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Esa noche llamó Tamara - Difusión Cultural UAM

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Esa noche llamó Tamara - Difusión Cultural UAM
Big Bang
Esa noche
llamó Tamara
Marina Porcelli
… porque éramos jóvenes
y estábamos borrachos y teníamos
veinte años y nunca moriríamos
—Thomas Wolfe
—Pero si no fue así —Fany tomó de un trago lo que le quedaba de
cerveza y, alzando el vaso vacío, le hizo señas al mozo—. Otra de litro,
corazón —dijo y volvió a mirarme—. No te acordás. Me llamó a las tres de
la mañana porque se acababa de despertar, y me contó que mientras tanteaba para encender el velador, había metido la mano en el cenicero sucio.
Sentadas en El imaginario —uno de esos bares modernosos, decía
Fany, con pinturas bruscas en las paredes y recitales de público escaso, en
el sótano—, íbamos por la segunda cerveza cuando empezamos a discutir
sobre la última vez que ella habló con Tamara. El diálogo, por supuesto, yo
lo conocía de memoria, Fany me lo había contado mil veces en estos siete
años, y sin embargo esta noche, al acotar que no sólo fue eso, que también
estaba su miedo, o su tristeza, ella había vuelto a plantearlo, como si únicamente así, repitiéndolo, pudiéramos entender por qué se había matado.
No era extraño al fin de cuentas, ya que desde la tarde, al escuchar la voz
siempre un poco ronca de Fany, diciendo que hoy los chicos se quedan con
la abuela, y nosotras sí o sí nos vemos a la una en El imaginario, supe que
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después de varias cervezas alguna de las dos acabaría
por nombrarla. Y hasta pensé, incluso, mientras buscaba a mi amiga con cara de alemana y peinado caótico,
entre las mesas desbordadas de ruido y de humo de
cigarrillo, en que fue una noche parecida a ésta cuando
me encontré con Tamara, a solas, por última vez. Ella
se mató esa madrugada, y su cuerpo había quedado
colgando de uno de los tirantes del techo, oscilando
apenas, ajeno y desgarrado como un trapo. Su muerte
había sido una especie de fin de la adolescencia, las
caminatas nocturnas en las que nos quedábamos silenciosas para que ella tocara la armónica se derrumbaron
de golpe con el estupor de esa mañana. Sin embargo,
ahora, Fany y yo sabíamos que aún quedaban cosas
sin contar, y tal vez por eso volvíamos a vernos, tal vez
por eso, seguíamos tomando y hablando y buscando
esa alegría que ya no teníamos.
—Evidentemente, se nos confunden los recuerdos
—dije—. Pensé en la tarde de frío en que se encontró
con los nenes en la calle.
—A vos se te confunden —Fany peleaba por abrir
un paquete de cigarrillos. Encendió uno, me lo pasó—,
yo me lo acuerdo clarísimo. Eran las tres menos cuarto
cuando me llamó. Ése es tu problema, cariño —explicó,
chasqueando los dedos—, te creés que tenés buena
memoria y no hacés más que distorsionar la realidad.
Qué tarde de frío.
Con todo, era bueno que se filtrara la vieja Fany,
la que yo llamaba así y no por el nombre absurdo de
Fabricia, la que todavía contestaba con la voz un poco
ronca y era capaz de absorber, sin inmutarse, cantidades
industriales de cerveza. La que, aunque se quedara
conmigo despierta hasta el amanecer, podía rodearse
de escobas y pañales y críos, y se preocupaba por tener
la cena lista a las nueve de la noche. Tan sólida como
una matrona desde los trece años, aún estaba dispuesta
a amonestar a cualquiera, como siempre lo había hecho
con Tamara —sentada en un banco del colegio, junto a
ella—, porque la otra, la muchacha de piel oscura con
aire de huérfana, prefería la poética de los bares roñosos, fumaba cigarrillos negros, le dolían los oídos todo
el tiempo y se emborrachaba antes de los exámenes.
Claro que en esa época, nuestras borracheras eran, más
bien, económicas. Unos pocos vasos alcanzaban para
que las dos —Tamara y yo— estuviéramos diciendo
estupideces ante la mirada intranquila de Fany.
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Fotografías: Alejandro Arteaga
—Tenés que darte cuenta —siguió Fany—, la
clave del asunto está en su sentido del humor. Ella
que me llama y yo, con demasiado sueño para poder
o querer escucharla, le respondo que qué bien. Y que
me dejara de romper las pelotas con esas boludeces a
la madrugada.
—Entonces le cortaste el teléfono —interrumpí; y
así, sin estar convencida del todo, necesitaba ahora que
ella me entendiera—; ya lo sabemos, Tamara hablaba
de las bocinas de los trenes en la oscuridad, le daba
impresión tirar las flores a la basura, iba a la escuela en
pantuflas, y eso no era más que su sentido del humor.
Bastante siniestro, en el fondo. Reconocelo, Fany, le
pasaba lo otro, también.
—Sí. No. No sé —lánguidamente, había ido rozando con la uña un lado de la botella—, termino la
cerveza y voy al baño —anunció.
Un muchacho de pelo revuelto se acercó a nuestra
mesa. Nos hizo un gesto con el cigarrillo en los labios.
Fany levantó los ojos, le alcanzó el encendedor, y el
muchacho, antes de irse, sacudió la cabeza.
—Conmigo no hablaba de esas cosas —dijo ella.
—Parece que empezamos a confesarnos —respondí.
—No seas imbécil. Lo que me irrita, sabés, es no
entender cuándo dejó de reírse, por ejemplo.
Necesitábamos ordenar las ideas. Y yo necesitaba,
además, encontrar alguna causa, pensar por qué esa
última noche —¿perversamente, quizá?— Tamara me
había buscado para emborracharnos.
—Empecemos de nuevo —propuse—: la historia
trivial de una triste adolescente que, caminando por
la tarde helada del Abasto, horas antes de su suicidio,
encuentra a unos nenes en la calle.
—No sigas —Fany hizo una pausa—, callate.
Pero yo necesitaba continuar. Armar otro principio.
—Así los encuentra, ella muerta de frío y los chicos rotosos sentados en una especie de umbral. O mejor
no, era un caserón bien ancho, destruido, seguramente.
—Miré a Fany. No me miraba—. Uno de los nenes la
saluda y la lleva de la mano. Después, cuando ya están
en el fondo del caserón, hace que la mano de Tamara
se apoye ahí, sobre la mamadera tibia que tomaba una
nena, para que sienta el calor de la leche.
Apagué mi cigarrillo, giré la cabeza. Fany me
observaba casi con pánico.
—Ya me la habías contado —murmuró—, es
una de las historias más asombrosas de Tamara —Se
puso de pie enseguida, se acomodó el cinturón de
la pollera y dijo, aclarando la voz—: para mí que las
inventaba. Muy típico de ella.
Me quedé sola en la mesa. Moví los ojos y confirmé que el mundo permanecía alrededor de mí. Había
estado demasiado hundida en la charla con Fany. Y
tenía varios litros de cerveza encima, también. Sin
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Esa noche llamó Tamara
embargo, ver cómo ella atravesaba el pasillo apretado
de gente y llegaba a la otra punta sin problemas fue una
especie de alegría. Yo nunca hubiera podido hacerlo
así. Caminar sin tropezarme o responder alguna cosa
coherente al primero que se pusiera adelante. Qué sucedió, entonces, para que la chica de largo pelo oscuro
y ojos negros llorara de un modo insoportable en cada
fiesta. Nada horrible, en realidad, pura adolescencia
en la que actuaba de trágica, sin entender, sin pensar
siquiera que ya nos hartaba. Y ahora, con su muerte,
exigía que le creyéramos. Eso era lo imperdonable, lo
que a mí más me irritaba. La sentábamos en el suelo
del baño, Fany le sujetaba la frente y yo controlaba los
minutos en el reloj para alcanzarle un vaso de agua.
Esperábamos que vomitara. Y fue todo lo que hicimos
por ella. Escuchar sus historias absurdas o llevarla a su
casa borracha. Pero no alcanzó para que no se matara.
Antes de volver a la mesa, Fany se detuvo junto a
un codo del mostrador. Conversaba con el mozo chasqueando los dedos. Puedo jurar que le decía corazón o
que le decía cariño.
—La próxima ronda es gratis —me dijo, mientras
se acomodaba de nuevo en la silla— y después nos
largamos de este fondín. Quiero un vino como Dios
manda.
Con lentitud, se corrió la manga del pulóver y giró
el reloj de la muñeca.
— Todavía es temprano —agregó—, apenas son
las cuatro.
Despacio, lentamente, el viento frío nos palpó
la cara. Caminábamos sin rumbo, tomadas del brazo,
aunque, como siempre, yo era la única desorientada.
Encendí un cigarrillo y se lo pasé. Fany hablaba de la
fundación de Buenos Aires, del miedo incomprensible,
te das cuenta, de una ciudad que se repliega y se aleja
del río. Y era como si, de algún modo, siguiéramos
hablando de Tamara.
—Estaba asustada —dije yo.
—Ya sé, pero ojalá fuera eso.
Así, mientras continuábamos andando en la noche
perdida, y yo me dejaba arrastrar por la tibieza de su
cuerpo junto al mío, y hasta tenía ganas de reírme de
nuestros intentos por encontrar a Tamara entre tanto
diálogo sin forma y repetido, Fany se deslizó hacia la
noche en que ella, la muchacha llorona de las fiestas,
poco después de terminar el secundario, la obligaba a
subir a la terraza del piso veinticinco de una torre en
Avellaneda. Tamara, asomada al borde, estiró la mano
y ayudó a que Fany acabara de trepar. El aire cálido, a
esa hora, les generó un cierto sosiego. Fany iba a decirlo
cuando Tamara hizo un gesto y le pidió que se callara.
Le pidió que mirara hacia adelante, también.
—Qué bárbaro —dijo Fany.
Buenos Aires, hasta el límite más remoto de su
inmensidad, se desplegaba ante ellas como un mapa
desmedido de luces. Verlo era estar flotando a la altura
del inicio del viento. Tenían las espaldas recostadas
contra la pared que formaba un tanque de agua, y a sus
pies, una mancha de aceite sobre la superficie plateada
del techo. Tamara apoyó el mentón sobre las rodillas
y se aferró con fuerza a las piernas. Casi sin mirarla,
Fany se acostó a su lado. Estuvieron mucho rato así,
en silencio, concentradas en las luces infinitas. Sólo
cuando el sol empezó a despuntar detrás de la fila de
torres del Dock-Sud, y el color más distante de Quilmes comenzó a aclararse, y el río, ahora, fue una franja
acerada allá lejos, Tamara se animó a hablar de nuevo.
—Qué vamos a hacer —murmuró.
Pero Fany no le contestó. Sólo se mantuvo de este
modo, sin decir nada, esperando que llegara la mañana.
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—Que se vaya al carajo —cortó Fany.
Un auto azulado, con las luces encendidas y la
música a un volumen altísimo, se había detenido cerca
de nosotras. Nos gritaron “qué tal si vamos a pasar la
noche a otra parte”.
—Ustedes se lo pierden —dijeron, y el auto
arrancó.
—Al carajo —repitió Fany.
Se había quedado de pie, inmóvil, con el cuerpo
aclarado a medias por la luz de un farol de la vereda.
—Si fuera el miedo —siguió—, por lo menos la
entenderíamos. Pero Tamara se reía, también.
Su cara se había acercado demasiado a la mía.
Percibí, con brusquedad, su aliento oscuro a cigarrillo.
—Tendría que haberla escuchado la madrugada
que me llamó. Decirle algo más, no cortarle el teléfono.
Me miraba. Necesitaba que respondiera, pero qué
iba a decirle si también a mí Tamara me había buscado
antes de matarse, y yo había creído, estúpidamente,
que alcanzaba con emborracharnos. La noche había
sucedido oyendo la historia de los chicos en la calle, y
sin embargo al final, cuando ya casi no podíamos hablar
ni movernos ni reírnos, me sorprendió descubrir de
golpe que Tamara levantaba los ojos y me observaba
con fijeza, por primera vez.
—A veces estoy tan triste —me había dicho Tamara—, a veces, no sé.
Y yo, apenas, había intentado calmarla.
Y todo esto, ahora, era imposible contárselo a Fany.
Imposible hacerla sentir mejor. O seguir buscando
una causa.
—Mejor entremos ahí —dije, señalando el bar de
la próxima esquina.
—Para eso caminamos, cariño.
Y a pesar de que se había escondido en la oscuridad, vi que Fany se pasaba la mano por la cara.
La máquina rota de las tortas, que nunca gira, las
botellas de cerveza que se iban calentando sobre las me-
sas, y los hilos de agua de estas botellas descongeladas,
la caja registradora antigua junto a una radio de la que
sólo salen tangos. Faltaba un gato enroscándose en la
pata de nuestra mesa, y habríamos encallado en un
típico bar, de esos que le gustaban a Tamara. Con putas
cansadas desayunando en los rincones y trasnochados
que leen el diario. Nos sentamos cerca de la ventana y
hojeé el precio del vino.
—No cambiaste nada —dijo Fany—, sos la misma
Andrea de antes.
No se lo agradecí. Ella se había enfrascado en una
larga explicación sobre por qué una clásica chica de
clase media quiere saber los precios antes de consumir,
y encima, la muy miserable, duda en dejar propina.
—Dos vasos de vino tinto, corazón —dijo Fany
al mozo—, y después, dos cafés con leche y seis medialunas. De manteca.
Estiró el dedo índice, me amonestó.
— Estás borracha.
—Lo justo y necesario —contesté.
Fany levantó los hombros. Con lentitud, movió
los ojos hacia la ventana.
—A Tamara le divertía verte así.
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