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Tengo algo que decirle

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Tengo algo que decirle
TENGO ALGO QUE DECIRLE
J. C. RYLE
TENGO ALGO QUE DECIRLE
Título original en inglés: I have something to say to you
Título en portugués (principal versión tenida en cuenta): Tenho uma coisa a
lhe dizer
Por fe y para fe (Traducciones)
Persistiendo en la Verdad aprendida en la Escritura
©John Sebastián Castrillón Correa, por la traducción.
Revisión y demás trabajo editor: Anderson Cardona Bonilla
Plantilla de la portada por: http://dryicons.com
Pereira, Colombia, 2016
Es permitido usar este material sin alterar su contenido en parte o
en su totalidad. Queda totalmente prohibida su venta. Se
permite distribuirlo para la edificación del Cuerpo de Cristo y la
salvación de los perdidos con la única condición de que cite al
titular de los derechos de traducción y se coloque el siguiente link
perteneciente a nuestra iglesia local, Iglesia Bautista Gracia
Redentora: www.ibgrpereira.com
TENGO ALGO QUE
DECIRLE
Primer sermón predicado
por J. C. Ryle
En la iglesia de Santa María de Helmingham,
Suffolk, Inglaterra
En 1844
Y publicado como un capítulo de la tercera edición de
libro "Home Tracts"
“Entonces respondiendo Jesús, le dijo:
Simón, una cosa tengo que decirte…”
~Lucas 7:40
No sé quién es usted; no sé ni siquiera si usted es
anciano o joven, rico o pobre, letrado o iletrado; solo
sé que usted es un hijo de Adán y posee un alma que se
perderá o salvará, y entonces le digo: “¡Escúcheme!
¡Tengo algo que decirle!”. Lector, tengo cuatro cosas
para decirle, y en breve serán dichas. El Señor preparó
Sus palabras en el tiempo acertado para su alma.
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I. Primeramente, tengo una PALABRA DE
SUEÑOS Y DESEOS para cada uno de aquellos en
cuyas manos vengan a caer estas páginas. Digo que es
el deseo de mi corazón y mi oración a Dios que usted
pueda ser salvo. Quiero que usted se convenza de su
pecaminosidad ante los ojos de Dios, para que sienta
su necesidad de un Salvador; que conozca a Cristo por
la fe y tenga vida eterna en Él. Deseo que usted sea uno
de los que conoce su condición de perdido por
naturaleza, su propia corrupción, culpa, y riesgo de
ruina eterna; su necesidad de una justicia mucho
mayor que la suya con la que se presente delante de
Dios en el Día del Juicio. Deseo que usted sea uno que
se esfuerce en Cristo para la paz, y lance la carga de su
alma sobre Él; que crea en Él para el perdón, que confíe
en Él para la liberación de toda transgresión y
abandone todas las otras esperanzas y confianzas,
extrayendo de Él todo su confort y fuerzas. Deseo que
usted sea alguien que viva por fe, se sostenga por fe,
camine en fe; que reciba con el corazón esta grande
verdad: “aquel que cree en Jesús no es condenado”, y
que descanse seguro en ella. Esa fe es el único principio
que produce paz interior y real santidad. Esa es la fe
que santifica al hombre, “que purifica el corazón, que
vence al mundo, que trabaja por amor, que produce
frutos”. Aquel que tiene esa fe es nacido de Dios y es
heredero de Su gloria; aquel que no la tiene, no es de
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Dios, conoce poco de la verdad del cristianismo vital y
se perderá para siempre en la vida futura.
Lector, mi mayor deseo es que usted pueda ser una
nueva criatura en Cristo Jesús; guiado por el Espíritu
de Dios; a la semejanza del Maestro, no del mundo;
amando mucho, por causa del inmenso perdón;
teniendo comunión con el Padre y con el Hijo; siendo
uno con Cristo, y Cristo uno en usted. Entonces sentiré
que usted está seguro; seguro, aunque el Señor venga
en gloria, y cielo y tierra sean disueltos, y los elementos
se derritan con el calor ferviente; seguro, pues estará
listo para toda condición. Juzgue por sí mismo, ¿puedo
sentir eso por todos los que profesan y dicen ser
cristianos? Entonces yo debería sentir que usted es
realmente feliz; feliz, porque las fuentes de su felicidad
están en el Cielo y nunca se secarán; feliz, porque su
paz será aquella paz bendita que el mundo no le puede
dar ni quitar. Juzgue por sí mismo, ¿puedo sentir eso
por todos los que profesan y dicen ser cristianos?
Lector, yo no escondo mis deseos, no importa lo que
usted piense de ellos. Dios es mi testigo: estos son mis
sueños, estos son mis deseos para todos.
II. En segundo lugar, yo tengo una PALABRA
DE DOLOROSA ADVERTENCIA para algunos en
cuyas manos estas páginas vengan a caer. Algunos de
ustedes saben, saben bien, en sus corazones y
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conciencias (aunque yo podría decir eso llorando), que
no están andando con Dios. Ustedes, a quienes hablo
ahora, saben bien que los caminos de Dios no son sus
caminos; que, aunque profesen y se llamen a sí mismos
cristianos, sus corazones no son rectos ante los ojos de
Dios. Ustedes no tienen odio de corazón por el pecado;
no tienen ningún amor de corazón por los
mandamientos de Dios; no tienen placer en la Palabra
de Dios; no tienen placer en la compañía de Su pueblo.
Su Día1 es agotador para ustedes; Su servicio es una
carga. Sus ordenanzas no son preciosas para sus
almas; sus primeros y mejores pensamientos son
dados para la vida de ahora, y los destrozos y restos de
ellos para la vida futura. Su tesoro está en la tierra y no
en el Cielo; sus afectos están colocados en las cosas de
esta tierra y no en las cosas de lo Alto; su amistad es
con el mundo y no con Dios. ¡Oh, lector, ¿qué le ha
hecho el Señor Dios a usted para que lo trate de esa
forma?! ¿Qué puede el mundo hacer por usted, para
que usted lo ame más de lo que a Cristo? ¿Será que el
mundo moriría por usted? ¡No, pero Jesús lo hizo! ¿El
mundo puede borrar sus pecados? ¡No, solamente
Jesús puede! ¿Será que el mundo da la verdadera paz
en esta vida? ¡No, pero Jesús la da! ¿Será que el mundo
dará consuelo en la muerte? ¡No, mas Jesús lo dará!
1
(N. del T.) Hace referencia al domingo, el Día del Señor, el día que Cristo resucitó
de entre los muertos.
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¿El mundo puede ayudarlo en el Día del Juicio? ¡No!
¡No! ¡Ninguno puede ayudarlo; solo Cristo!
Lector, ¿qué va a hacer cuando Dios se levante, si
usted no se arrepiente? Cuando Él lo visite, ¿qué va a
responderle, a menos que usted cambie? ¿Usted no
sabe que todo lo que el hombre siembra también eso
cosechará? Aquel que siembra en la carne, de la carne
segará la corrupción; aquel que siembra solamente en
el Espíritu, del Espíritu cosechará la Vida Eterna. El
mundo de ahora, en el cual usted piensa tanto, pasará;
solamente el que hace la voluntad de Dios permanece
para siempre. Sin embargo, Dios, nuestro Salvador,
aún le ama. Dios no quiere que ninguno perezca: Él le
envía un mensaje de paz, por mi boca, en este día.
Salga del camino ancho y venga hasta Cristo en cuanto
aún halla tiempo. Venga antes de que la fuente, ahora
abierta para lavar del pecado y de la impureza, sea
cerrada; antes que la puerta de la casa del Padre se
cierre para siempre y nadie más tenga permiso para
entrar; antes de que el Espíritu y la Novia cesen de
convidar. Sea sabio, arrepiéntase, dé la vuelta y venga.
Lector, no puede evitar que me sienta de luto por
usted, aunque tal vez se sienta aliviado. Dios es mi
testigo: ¡hoy yo le di una advertencia!
III. En tercer lugar, yo tengo una PALABRA
DE VIVIFICACIÓN para todos los creyentes
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verdaderos, en cuyas manos este tratado pueda caer.
Querido lector, yo confío en lo que puedo decir de
usted: que usted ama al Señor Jesucristo en
sinceridad. Sepa que yo quiero que usted sea una luz
brillante y reluciente para aquellos que lo rodean. Yo
quiero que usted sea como una epístola tan simple de
Cristo que todos puedan leer algo de Dios en el rostro
de su conversación. Anhelo tanto que usted viva eso
para que todos puedan ver que es uno de aquellos del
pueblo de Jesús, y así glorifiquen a su Padre que está
en los Cielos. ¡Ay!, digo eso con vergüenza: que muchos
de nosotros rendimos poca gloria al Señor que nos
compró; que estamos lejos de caminar dignos de
nuestra vocación. ¡Cuán frágil es nuestra fe! ¡Cuán
pasajero nuestro dolor por el pecado! ¡Cuán débil
nuestra abnegación! ¡Qué tan pronto pasa nuestra
paciencia! ¡Cuán raquítica es nuestra humildad! ¡Cuán
formales son nuestras oraciones! ¡Cuán frío es nuestro
amor!
Somos llamados testigos de Dios, pero
verdaderamente, nuestro testimonio es muchas veces
poco mejor de lo que lo es el silencio; es un sonido
incierto. Somos llamados la luz del mundo, pero
somos, muchos de nosotros, pobres chispas que
pueden apenas ser vistas. Somos llamados la sal de la
tierra, pero difícilmente hacemos cualquier cosa para
hacer que nuestro sabor sea percibido y conocido.
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Somos llamados peregrinos y extranjeros, mas
aquellos que nos observan a veces pueden pensar que
este mundo es nuestro único hogar. Frecuentemente,
muy frecuentemente, nosotros demostramos ser una
cosa en nombre y otra en la realidad; elevados en
nuestras profesiones de fe, pero deficientes en
nuestras prácticas; gigantes en nuestras resoluciones,
mas infantiles en nuestras acciones; angelicales y
espirituales en nuestra conversa, pero paganos, o un
poco mejor que eso, en nuestro esfuerzo; agradables,
como Neftalí, en nuestras palabras, mas inestables,
como Rubén, en nuestras obras. ¡Oh, querido lector,
esas cosas no deberían ser así!
No debemos contentarnos con una baja medida de
santidad; no debemos quedar satisfechos con un poco
de santificación; no debemos pensar que es suficiente
porque alcanzamos un pequeño grado de gracia y
somos apenas un paso mejor que el mundo. ¡No! A la
verdad, debemos ir como viento en popa; debemos
brillar más y más hasta que el día sea perfecto.
Debemos esforzarnos por dar mucho fruto. Cristo no
se dio a Sí mismo por nosotros para que seamos una
generación somnolienta, de árboles que no crecen,
siempre estancados; Él quiere que seamos “un pueblo
peculiar, celoso de buenas obras”, valientes por la
verdad, fervorosos en el espíritu, viviendo no para
nosotros mismos, sino para Él. Salvados por gracia,
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debemos ser libres y espontáneos en las obras.
Perdonados por gracia, debemos libre y alegremente
trabajar. Rescatados por gracia de mucho más que
esclavitud en Egipto, debemos contar que es un placer
y un privilegio servir al Señor. Nuestras vidas deben
ser libros de evidencias; nuestros actos deben decir
quiénes somos nosotros. “Vosotros sois Mis amigos”,
dice Jesús, “si hacéis lo que Yo os mando”.
Hermano o hermana, ¿qué está usted haciendo en
este mundo? ¿Dónde está la prueba de su crecimiento
en la gracia? ¿Usted está despierto o está dormido?
¿Será que no existen temperamentos que usted pueda
mantener sobre mayor rigor? ¿No hay ninguna especie
de pecado que le acosa y que usted está
vergonzosamente ocultando? ¿Será que no hay un
tiempo que usted pueda emplear de manera más útil?
¿No hay ninguna especie de egoísmo al cual esté
cediendo secretamente? ¿Será que no hay un bien que
usted tenga la manera de hacer y esté dejando a un
lado? ¿Será que no existen hábitos diarios que usted
pueda alterar para algo mejor? ¿Será que no existen
manchas sobre sus vestimentas espirituales que usted
nunca procura limpiar? ¿Será que no existen amigos y
parientes a los que usted esté abandonando en sus
pecados? ¡Oh, que usted pueda lidiar con eso de
manera más honesta de lo que usted lo ha hecho hasta
ahora! El Señor está cerca.
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Hermano o hermana, mire dentro de sí. Mire que un
corazón engañoso, un mundo tramposo y un demonio
ocupado no le saquen del camino. Estimule una
conciencia sensible. Cuidado con la indolencia sobre el
manto de la falsa humildad. No haga del viejo Adán y
del diablo una excusa para pequeños pecados. Deje que
las pequeñas cosas de su vida diaria sean bien hechas,
y como el siclo del santuario: que sean una buena
medida y que sean aún más de lo que el peso total.
Acuérdese del consejo del apóstol: “Velad, estad
firmes en la fe; portaos varonilmente, y esforzaos” (1
Corintios 16:13). Aquellos que siguen al Señor
completamente son aquellos que lo siguen más
confortablemente. Sea celoso, pues el mundo puede
hacerlo adormecer.
Hermano o hermana, yo le di esta palabra para que
su amor se inflame y sea vivificado. No quiero que sea
el menor en el Reino de los Cielos; no me gustaría que
usted fuese el más pálido y el más débil entre las
estrellas en gloria. No quiero que sea salvo, así como
por fuego, sino que reciba una recompensa completa.
Entonces coloque esas cosas buenas en su corazón.
IV. En cuarto lugar, tengo PALABRAS DE
CONSEJO para todo aquel que desea ser un
verdadero cristiano. Una parte de mi consejo es este:
“Escudriñad las Escrituras”. Solamente ellas pueden
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hacerlo sabio para la salvación, por la fe que es en
Cristo Jesús. Ellas son la verdad de Dios, deben ser
cumplidas, no pueden ser quebrantadas y, aun así,
ellas son el libro que muchos poseen, pero muy pocos
leen. Lector, cuídese de que una Biblia no leída sea un
testimonio terrible contra usted en el Día postrero. Si
usted quiere que su alma sea salva, lea la Biblia; si
usted no quiere estar siempre ondeando o siendo
llevado por cualquier viento de doctrina, lea la Biblia.
Léala regularmente; léala toda. Sea un cristiano lector
de la Biblia, independientemente de todo lo que el
mundo pueda decir. Ordene un tiempo para ello sin
importar lo que los demás hagan. Recuerde mi
consejo: si usted no quiere perder su propia alma, lea
la Biblia. Otra parte de mi consejo es este: “Orad sin
cesar”. La oración es la única manera por la cual el
hombre puede acercarse a Dios; la oración es la única
mensajera que podemos enviar para decir a Dios lo que
queremos: y si queremos cosas buenas para nuestras
almas, debemos pedir por ellas. La oración abre los
tesoros de la misericordia de Dios como una llave; si
pedimos, recibiremos. La oración es el medio que cada
uno puede usar si quiere, y aun así muchas personas
nunca oran.
Lector, tenga cuidado, no sea que su negligencia en
la oración demuestre su condenación. Si Jesús vino al
mundo para salvarlo, usted debe orar. Si sus pecados
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son perdonados, usted debe orar. Si el Espíritu habita
en su corazón, usted debe orar. Si usted necesita tener
fuerza contra el pecado, usted debe orar. Si usted
morará con Dios en el Cielo, su corazón debe conversar
con Dios en la tierra por medio de la oración. ¡Oh!, no
sea un cristiano que no ora, aunque otros piensen que
no orar sea correcto. Comience a orar en este día si
usted nunca oró antes. Recuerde, si usted y yo hemos
de encontrarnos con alegría en la aparición de Cristo,
entonces usted debe orar.
Otra parte de mi consejo es este: “Participe
regularme de los medios de gracia”. Vaya a un lugar
de culto donde se predique el Evangelio. La fe viene por
el oír.
Aquellos que nunca oyen, no son propensos a creer
en el Evangelio. Lector, tenga cuidado para que no se
pierda para siempre por ser negligente con los medios
que Dios designó para su salvación. ¡Ay!, usted no
necesita ser un asesino, un adúltero, un ladrón o un
mentiroso para estar en el camino al infierno; usted
solamente tiene que estar quieto, no hacer nada,
profanar el Día del Señor, rehusarse a oír la
instrucción, y en breve se encontrará en el infierno.
¡Oh!, no permita que este sea su fin: acérquese a Dios,
y Él se acercará a usted; ande en el camino que Jesús
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ama caminar, y, quién sabe, tal vez un día Él lo haga
ser un creyente de Su pueblo.
Lector, yo recomiendo estas cosas como un aviso
especial; sé que sobre ellas vale la pena pensar. El
Señor le conceda, si nunca lo ha pensado antes, que
usted pueda continuar pensando, pensando; pensando
acerca de estas advertencias hasta que su alma sea
salva. El Señor le conceda, si usted ya había pensado
en estas cosas, que pueda pensar en ellas más y más
cada año que usted viva. Cuanto más usted piense en
ellas, más feliz será.
Yo me quedo por aquí; su afectuoso amigo,
J. C Ryle
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