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Paris no se acaba nunca

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Paris no se acaba nunca
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Una revisión irónica de los
días de aprendizaje literario del
narrador en el París de los años
setenta. Fundiendo magistralmente
autobiografía, ficción y ensayo, nos
va contando la aventura en la que se
adentró cuando redactó su primer
libro en una buhardilla de París
cuya atípica casera era nada menos
que Marguerite Duras. Y también se
nos cuenta cómo el narrador quiso
imitar literalmente la vida del joven
Hemingway tal como éste relata en
París era una fiesta. Después del
resonante éxito de El mal de
Montano, el autor consigue en esta
nueva novela una armoniosa y
logradísima síntesis de las muchas
facetas de su singular narrativa.
ENRIQUE VILA-MATAS
Sinopsis
PARÍS NO SE ACABA
NUNCA
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notes
ENRIQUE VILAMATAS
París No Se Acaba Nunca
Anagrama
Sinopsis
Una revisión irónica
de
los
días
de
aprendizaje literario del
narrador en el París de
los
años
setenta.
Fundiendo
magistralmente
autobiografía, ficción y
ensayo, nos va contando
la aventura en la que se
adentró cuando redactó
su primer libro en una
buhardilla de París cuya
atípica casera era nada
menos que Marguerite
Duras. Y también se nos
cuenta cómo el narrador
quiso imitar literalmente
la vida del joven
Hemingway tal como
éste relata en París era
una fiesta. Después del
resonante éxito de El mal
de Montano, el autor
consigue en esta nueva
novela una armoniosa y
logradísima síntesis de
las muchas facetas de su
singular narrativa.
Autor: Enrique Vila-Matas
©2006, Anagrama
Colección:
Compactos
Anagrama, 413
ISBN: 9788433972675
Generado con: QualityEbook
v0.60
PARÍS NO SE ACABA
NUNCA
ENRIQUE VILA-MATAS
EDITORIAL ANAGRAMA
BARCELONA
Diseño de la colección:
Julio Vivas
Ilustración: © Estate of André
Kertész 2006,
Stephen Daiter Galllery, Chicago
Primera edición en «Narrativas
hispánicas»: octubre 2003
Primera edición en «Compactos»:
noviembre 2006
© Enrique Vila-Matas, 2003
© EDITORIAL ANAGRAMA, S.
A., 2003
Pedro de la Creu, 58 08034
Barcelona
ISBN: 84-339-7267-7
Depósito Legal: B. 45160-2006
Printed in Spain
Liberdúplex, S. L. U., ctra. BV
2249, km 7,4 - Polígono
Torrentfondo
08791 Sant Llorenc d’Hortons
A Paula de Parma
1
FUI a Key West, Florida, y me
inscribí en la edición de este año
del tradicional concurso de dobles
del escritor Ernest Hemingway. La
competición tuvo lugar en el Sloppy
Joe’s, el bar favorito del escritor
cuando vivía en Cayo Hueso, en el
extremo sur de Florida. No es
necesario decir que presentarse a
ese concurso —repleto de hombres
robustos, de mediana edad y con
poblada barba canosa, idénticos
todos a Hemingway, idénticos
incluso en su vertiente más estúpida
— es una experiencia única.
Yo llevo no sé ya cuántos años
bebiendo y engordando y creyendo
—en contra de la opinión de mi
mujer y de mis amigos— que cada
vez me parezco más físicamente a
mi ídolo de juventud, a Hemingway.
Como nadie me ha dado nunca la
razón en esto y yo tengo un carácter
más bien fuerte, quise darles una
lección a todos y, provisto de una
barba postiza —que pensé que
mejoraría
mi
parecido
con
Hemingway—, me presenté este
verano al concurso.
Debo decir que hice un
ridículo espantoso. Y es que fui a
Key West, concursé y quedé el
último o, mejor dicho, fui
descalificado, y lo peor de todo es
que no me apartaron de la
competición
porque
hubieran
descubierto la barba postiza —que
no la descubrieron—, sino por mi
«absoluta falta de parecido físico
con Hemingway». A mí me habría
bastado con ser admitido en el
concurso para demostrar a mi mujer
y amigos que tengo perfecto
derecho a creerme que cada día me
parezco más a mi ídolo de juventud
y que eso es todo o, mejor dicho,
que eso es lo único que me queda
para seguir sintiéndome algo unido
sentimentalmente a los años de mi
juventud. Pero casi me echaron a
patadas.
Tras esta humillación, viajé a
París y allí me reuní con mi mujer y
en esa ciudad pasamos todo este
último mes de agosto, dedicada ella
a la visita de museos y a las
compras excesivas y yo, por mi
parte, dedicado a tomar notas con
destino a una revisión irónica de
los dos años de mi juventud que
pasé en esa ciudad y en los que, a
diferencia de Hemingway, que fue
allí «muy pobre y muy feliz», yo fui
muy pobre y muy infeliz.
Pasamos pues este último mes
de agosto en París y el 1 de
septiembre, al subir al avión que
había de llevarnos de regreso a
Barcelona, sobre el asiento de mi
avión, fila 7 y letra B, hallé
olvidado por alguien un pliego de
notas con destino a una conferencia
titulada «París no se acaba nunca»,
y quedé vivamente sorprendido. Era
una conferencia enmarcada en un
simposio en torno al tema general
de la ironía y pensada para ser dada
en Barcelona en tres sesiones de
dos horas a lo largo de tres días.
Quedé muy sorprendido porque
precisamente acababa de escribir
en París un pliego de notas para una
conferencia que llevaba el mismo
título y estaba enmarcada en el
mismo simposio y encima también
duraba tres días. Y en fin. Se me
quedó una gran cara de idiota
cuando me di cuenta de que era yo
mismo quien acababa de arrojar ese
pliego de notas sobre mi asiento,
del mismo modo que otros tiran los
periódicos del día para tomar así
posesión de la plaza que les han
asignado en el avión. ¿Cómo había
podido olvidar tan pronto que era
yo quien acababa de arrojar sobre
el asiento esas notas? Todo lo que
puedo ahora decirles es que éstas
iban a dar origen a «París no se
acaba nunca», la conferencia que a
lo largo de estos tres días voy a
tener el honor de dictarles a todos
ustedes.
2
ME verán a veces improvisar.
Como ahora mismo en que, antes de
pasar a leerles mi revisión irónica
de mis dos años de juventud en
París, me siento impulsado a
decirles que sé perfectamente que
la ironía juega con fuego y que, al
burlar a los demás, a veces acaba
burlándose a sí misma. Todos
ustedes saben muy bien de qué
hablo. Cuando se finge el amor se
corre el riesgo de llegar a sentirlo,
quien parodia sin las debidas
precauciones acaba siendo víctima
de su propia astucia. Y aunque las
tome, acaba siendo víctima
igualmente. Ya lo dijo Pascal: «Es
casi imposible fingir que se ama sin
transformarse ya en amante.» En fin,
me propongo revisar irónicamente
mi pasado en París sin perder nunca
de vista los peligros de caer en la
charlatanería que encierra toda
conferencia y sobre todo sin olvidar
en ningún momento que los alardes
de un charlatán constituyen
precisamente un blanco excelente
para la ironía de los que escuchan.
Dicho esto, advertirles también que
cuando me oigan decir, por
ejemplo, que París no se acaba
nunca, lo más probable es que lo
esté diciendo irónicamente. Pero,
en fin, espero no agobiarles
demasiado con tanta ironía. La que
yo practico nada tiene que ver con
la que surge de la desesperación,
pues
bastante
estúpidamente
desesperado estuve ya de joven. Me
gusta un tipo de ironía que yo llamo
benévola, compasiva, como la que
encontramos, por ejemplo, en el
mejor Cervantes. No me gusta la
ironía feroz sino la que se mueve
entre la desilusión y la esperanza.
¿De acuerdo?
3
FUI a París a mediados de los años
setenta y fui allí muy pobre y muy
infeliz. Me gustaría poder decir que
fui feliz como Hemingway, pero
entonces volvería simplemente a
ser el pobre joven, guapo e idiota,
que se engañaba todos los días a sí
mismo y creía que había tenido
bastante suerte de poder vivir en
aquella cochambrosa buhardilla que
le había alquilado Marguerite
Duras al precio simbólico de cien
francos al mes, y digo simbólico
porque así lo entendí o quise
entenderlo yo, que no pagaba nunca
el alquiler ante las lógicas, aunque
por suerte sólo esporádicas,
protestas de mi extraña casera, y
digo extraña porque presumía yo de
entender todo cuanto me decían en
francés, salvo cuando estaba con
ella. No siempre, pero muchas
veces, cuando Marguerite me
hablaba —recuerdo habérselo
comentado muy preocupado a Raúl
Escari, que iba a ser mi mejor
amigo en París—, yo no entendía
nada, pero es que absolutamente
nada de lo que me decía, ni siquiera
las reclamaciones del alquiler. «Es
que ella, como la gran escritora que
es, habla en un francés superior»,
me dijo Raúl, sin que su
explicación me pareciera en aquel
momento demasiado convincente.
¿Y qué hacía yo en la
buhardilla
de
Duras?
Pues
básicamente tratar de llevar una
vida de escritor como la que
Hemingway relata en París era una
fiesta. ¿Y de dónde había salido
esa idea de tener a Hemingway
como referencia casi suprema?
Pues de cuando tenía quince años y
leí de un tirón su libro de recuerdos
de París y decidí que sería cazador,
pescador, reportero de guerra,
bebedor, gran amante y boxeador,
es decir, que sería como
Hemingway.
Unos meses después, al tener
que
decidir
qué
carrera
universitaria iba a estudiar, le dije
a mi padre que yo quería «estudiar
para Hemingway» y aún recuerdo
su mueca de gran sorpresa e
incredulidad. «Eso no se estudia en
ninguna parte, no es ninguna carrera
universitaria», me dijo, y días
después él me matriculaba en
Derecho.
Estuve
tres
años
estudiando para ser abogado. Un
día, con dinero que él me había
dado para pasar las vacaciones de
Semana Santa, decidí viajar por
primera vez en mi vida al
extranjero, me fui directo a París.
Fui sin la compañía de nadie y
nunca olvidaré la primera de las
cinco mañanas que pasé en París,
en ese primer viaje a la ciudad en
la que unos años después —aquella
mañana no podía yo saberlo—
acabaría viviendo.
Hacía frío y llovía esa mañana
y, al tener que refugiarme en un bar
del boulevard Saint-Michel, no
tardé en darme cuenta de que por un
curioso azar iba yo a repetir, a
protagonizar la situación del
comienzo del primer capítulo de
París era una fiesta, cuando el
narrador, en un día de lluvia y frío,
entraba en «un café simpático,
caliente, limpio y amable» del
boulevard Saint-Michel y colgaba
su vieja gabardina a secar en el
perchero y el sombrero en la rejilla
de encima de la banqueta, y pedía
un café con leche y comenzaba a
escribir un cuento y se ponía
caliente con una joven que se
sentaba sola a una mesa del café,
junto a una ventana.
Aunque entré sin gabardina y
sin sombrero, pedí un café con
leche, un pequeño guiño a mi
idolatrado Hemingway. Después,
saqué del bolsillo de la chaqueta
una libreta y un lápiz y me puse a
escribir una historia que pasaba en
Badalona. Y como el día en París
era lluvioso y de mucho viento,
comenzó a hacer un día así en mi
cuento. De pronto, en una nueva y
fantástica coincidencia, entró una
chica en el café y se sentó sola a
una mesa junto a una ventana
cercana a la mía y se puso a leer un
libro.
La muchacha era guapa, «de
cara fresca como una moneda
recién acuñada si vamos a suponer
que se acuñan monedas en carne
suave de cutis fresco de lluvia». La
miré con ojos asombrados. En la
Barcelona mojigata y franquista de
la que yo venía era impensable ver
a una mujer sola en un bar, y ya no
digamos leyendo un libro. Volví a
mirarla y esta vez me turbó y me
puso caliente. Y me dije que a ella
también, al igual que había hecho
con el día crudo, la metería en mi
cuento, la haría pasearse por
Badalona. Salí de aquel café
convertido
en
un
nuevo
Hemingway.
Pero cuando unos años
después, exactamente en febrero de
1974, volví a París —esa vez,
aunque no lo sabía, no para
quedarme cinco días sino dos años
—, yo no era ya el mismo joven
vanidoso de aquella mañana de
lluvia y frío. Seguía siendo bastante
idiota pero quizás no tan vanidoso
y, por otra parte, había aprendido a
ser ya algo astuto y prudente. Lo fui
cuando una tarde, en la rué SaintBenoít, mi amigo Javier Grandes, al
que había ido yo a visitar —mejor
será decir a espiar— a París, me
presentó en plena calle a
Marguerite
Duras
y
ésta,
sorprendentemente, a los pocos
minutos —guiándose tal vez por la
confianza que le inspiraba Javier—
ya me había ofrecido esa buhardilla
por la que antes de mí habían
desfilado inquilinos más o menos
ilustres de la bohemia y hasta
incluso algún político, también
ilustre.
Porque
en
aquella
buhardilla habían vivido antes,
entre otros amigos de Duras, el
mismo Javier Grandes, el escritor y
dibujante Copi, la delirante travesti
Amapola, un amigo del mago
Jodorowsky, una actriz de teatro
búlgara, el cineasta underground
yugoslavo Milosevic, e incluso el
futuro presidente Mitterrand, que en
el 43, en plena Resistencia, se
había ocultado allí dos días.
Fui, en efecto, astuto y
prudente cuando Duras, en la última
pregunta del coqueto interrogatorio
intelectual al que me sometió,
simulando que deseaba averiguar si
merecía ser el nuevo inquilino de su
buhardilla, me preguntó quiénes
eran mis escritores favoritos y la
cité a ella entre García Lorca y Luis
Cernuda. Y aunque tenía ya en la
punta de la lengua a Hemingway,
me guardé mucho, muchísimo, de
nombrarlo. Y creo que hice muy
bien, porque ella sólo coqueteaba y
jugaba con sus preguntas, pero
seguramente un autor no muy de su
gusto —y parecía difícil que
Hemingway lo fuera— podría haber
arruinado aquel juego. Y no quiero
ni pensar qué habría sido de mi
brillante biografía sin aquella
buhardilla.
4
FUI a París este agosto y, al pasar
con mi mujer por la esquina de la
rué Jacob con Saints-Péres, vino a
mi memoria el célebre episodio en
el que Hemingway, en los lavabos
del restaurante Michaud, aprueba el
tamaño de la polla de Scott
Fitzgerald. Me acordaba con tanta
precisión de esa escena de París
era una fiesta que la repasé
mentalmente a una gran velocidad y
hasta sentí la tentación de mirarme
la polla y, en fin, la repasé de forma
tan veloz que en pocos segundos me
quedé sin ella, sin la escena, la
polla continuó en su sitio. Luego,
anduve unos segundos errante, sin
tener nada en que pensar hasta que
compré Le Monde, tomé un taxi y
me fui con mi mujer a la terraza del
Select,
en
el
boulevard
Montparnasse, y allí, mientras ella
iba al lavabo, desplegué el
periódico y entré de lleno en las
primeras frases de un artículo de
Claudio Magris en el que hablaba
de una gran conjura para asesinar al
verano: «Verano mío, no declines,
cantaba Gabriele D’Annunzio, que
lo amaba por ser la estación de la
plenitud y el abandono a la vida y
había querido que no acabara
nunca...»
Todo se acaba, pensé.
Todo menos París, me digo
ahora. Todo se acaba menos París,
que no se acaba nunca, me
acompaña siempre, me persigue,
significa mi juventud. Vaya a donde
vaya, viaja conmigo, es una fiesta
que me sigue. Ya puede acabarse
este verano, que se acabará. Ya
puede hundirse el mundo, que se
hundirá. Pero mi juventud, pero
París no ha de acabarse nunca. Qué
horror.
5
HAY en la novela Viajes con mi tía
de Graham Greene un breve diálogo
que iba de epígrafe general de esta
conferencia de tres días, pero que
no he leído al principio de todo, es
decir, cuando tenía que leerlo y que
en todo caso leeré ahora. Se trata,
señoras y señores, de un epígrafe
poco ortodoxo, pues no ilumina el
texto que le sigue, en este caso mi
conferencia. Generalmente los
epígrafes son como un resumen de
lo que nos espera, sirven para que
entendamos mejor de qué nos habla
lo que va a continuación. Mi
epígrafe, en cambio, no ilumina en
absoluto el texto que le sigue. O
mejor dicho, sí lo ilumina, pero lo
hace mediante el absurdo. Ilumina
mi conferencia, porque dudo que
llegue a saberse nunca qué he
pretendido exactamente decir en
ella sobre la ironía, del mismo
modo que no se sabe qué buscó
decir Graham Greene con su
diálogo, seguramente no quiso decir
nada. ¿Me entenderán ustedes si les
digo que cuando más se dice es no
diciendo nada? Ahí va el diálogo,
mi epígrafe para esta conferencia:
«—Si sigue en plan irónico, no
pienso contarle mis problemas.
—Pero hace poco ha dicho
que la ironía es un rasgo literario...
—Sí, pero usted no es una
novela —dijo Tooley.»
6
¿SOY conferencia o novela? Dios,
qué pregunta. Disculpen ustedes.
Parece que regrese a los días en
que era joven, vivía en París y
estaba desesperado y no paraba de
hacerme preguntas. Normalmente se
abren siempre ante los jóvenes
horizontes de esperanza, pero los
hay que eligen la desesperación, y
yo era uno de ésos, pues no sabía
muy bien por dónde ir por la vida y,
además, tenía la impresión de que
estar desesperado era más elegante,
vestía mucho más que ser un pobre
joven instalado en la esperanza. El
hecho es que hoy tengo la impresión
de estar volviendo a ser aquel
joven que tantas preguntas se hacía.
¿Soy conferencia o novela? ¿Soy?
De repente, todo son preguntas.
¿Soy alguien? ¿Soy qué? ¿Me
parezco físicamente a Hemingway o
no tengo nada que ver con él? Por
sus miradas, respetable público, me
parece que ustedes opinan como mi
mujer y amigos. Ustedes tienen el
mismo talante que ellos y que los
organizadores de Key West. No sé
por qué, me parece que me están
descalificando. Sin duda lo hacen
guiados por su sensatez. Sin
embargo yo necesito creer que cada
día me voy pareciendo más
físicamente al ídolo de mis años
parisinos, pues ya sólo esto me une
sentimentalmente a mis días de
juventud. Por otra parte, creo que
tengo derecho a poder verme de
forma diferente de como me ven los
demás, verme como me da la gana
verme y no que me obliguen a ser
esa persona que los otros han
decidido que soy. Somos como los
demás nos ven, de acuerdo. Pero yo
me resisto a aceptar tamaña
injusticia. Llevo años intentando ser
lo más misterioso, impredecible y
reservado posible. Llevo años
intentando ser un enigma para
todos. Para ello, con cada persona
adopto una actitud diferente, busco
que no haya dos personas que me
vean de igual forma. Sin embargo,
esta esforzada tarea se me está
revelando inútil. Sigo siendo como
los demás quieren verme. Y por lo
visto todos me ven igual, como a
ellos les da la gana. Si al menos
alguien, ya no digo mucha gente
sino alguien, supiera verme idéntico
físicamente a Hemingway...
7
JEANNE Hébuterne se mató.
En esta última visita a París he
andado persiguiendo su sombra,
leyendo las ideas de los demás
sobre ella, interesado en la juventud
de esta infeliz artista, amante de
Modigliani, del que había tenido un
hijo —una niña— y estaba
esperando otro cuando el pintor —
alcohol y enfermedades varias—
murió.
Jeanne
tenía
muchos
problemas con la burguesía, con su
familia. Al día siguiente de la
muerte de Modigliani, embarazada
de nueve meses, abrió la ventana de
la quinta planta de la casa de sus
padres, en el número 8 de la rué
Amyot de París, y se dejó caer de
espaldas. Leí la historia de su
suicidio hace treinta años, cuando
era joven y vivía en París, la leí y
recuerdo que imaginé la calle y la
caída, imaginé la escena completa,
y luego la olvidé. Pero Jeanne ha
vuelto a mí este agosto en París, al
leer yo casualmente un artículo
sobre sus amores con Modigliani y
su muerte desesperada. Y ese
suicidio a los diecinueve años ha
vuelto a impresionarme, sólo que
ahora no pienso olvidarlo. Volví a
leer su historia encontrándome en
París y me di cuenta de que podía
buscar el número 8 de la rué Amyot
y, si ese inmueble y esa calle
todavía existían, examinar el lugar
donde Jeanne se despidió de la
vida.
No sólo existían la calle y la
casa sino que estaban cerca de mi
hotel. Por callejuelas estrechas,
ayudado por un mapa de la ciudad,
acabé plantándome en esa calle muy
breve con sólidos edificios antiguos
y que no debe de haber cambiado
mucho en los últimos ochenta y dos
años. Miré desde la calle hacia la
ventana de Jeanne en la quinta
planta, la miré desde el lugar,
posiblemente exacto, donde cayera
su cuerpo suicida, y me pareció que
toda mi juventud y todo mi verano
cabían en ese momento de vida y
muerte, cabían en esa rué Amyot de
París, ciudad cargada de placas
recordatorias, pero que no ha
colocado placa alguna en el sitio
donde se quitó la vida Jeanne. Nada
en la rué Amyot recuerda hoy la
tragedia que hace ochenta y dos
años tuvo lugar allí. Ni siquiera
ramos de flores de algún cultivador
secreto de la leyenda de ella, ni un
triste graffiti en la pared. Nada. Y
es que parece obvio que no se la
considera una artista demasiado
importante, aun cuando su muerte
fue posiblemente más artística que
la obra entera de Modigliani. Y,
además, se suicidó y los suicidas,
ya se sabe, no tienen placas, no se
celebran ni conmemoran.
Justo enfrente del inmueble del
número 8 de la rué Amyot donde
ella, en trágico y gimnástico dibujo
en el aire, se lanzó al vacío, han
instalado un limpio y alegre
gimnasio para la burguesía del
barrio, seguramente partidaria del
deporte y la familia y no muy
aficionada al arte, la bohemia o la
muerte por pirueta propia. Tal vez
los gimnastas se han instalado ahí a
propósito. Como esos enemigos del
tabaco que se plantan con mirada de
reprobación moral frente al primer
pobre suicida que ven fumando.1
8
EL pasado, decía Proust, no sólo no
es fugaz, es que no se mueve de
sitio. Con París pasa lo mismo,
jamás ha salido de viaje. Y encima
es interminable, no se acaba nunca.
9
ESTE verano, encontrándome en
París revisando mi pasado, fui un
día con mi mujer a Nantes, en el
TGV, invitado a dar una
conferencia sobre la ironía, es
decir, acerca del mismo tema sobre
el que estoy disertando hoy, sólo
que en Nantes —como sólo
disponía de unas cuantas notas con
destino a lo que hoy es París no se
acaba
nunca—
enfoqué
la
conferencia de otra forma.
«Señoras y señores», dije, «ya
ven, tengo un cierto parecido con
Hemingway y quiero creer que cada
día me parezco más a él, lo que no
significa que, al igual que él, ande
falto de ironía, todo lo contrario, la
ironía es mi fuerte.»
Miré a ver cómo reaccionaba
el público y ante todo vi a mi mujer
encolerizada, no ha podido soportar
nunca mi insistencia —patética,
dice ella— en querer creer que
cada día me parezco más a mi ídolo
de juventud.
En cuanto al público, vi que
algunos tomaban mi parecido con
Hemingway como una broma que
les gastaba mientras que otros ni
siquiera emitían señales de
haberme oído bien. Contrastaban —
y no sabía yo qué era peor— las
sonrisas o las miradas ausentes de
la gente con la ira de mi mujer.
«La ironía es mi fuerte»,
continué diciendo», «la ironía y la
capacidad para anunciar lo que va a
pasar. He venido a Nantes para
decirles que va a llover.»
No existía amenaza alguna de
lluvia, pero dije eso para que el
público fuera entrando en el clima
lluvioso del cuento que les pensaba
leer. «Ante todo», les dije, «quiero
decirles que he venido a Nantes
para que ustedes me ayuden a
entender El gato bajo la lluvia, un
relato de Hemingway que nunca he
entendido bien. Y también quiero
decirles que mi capacidad para
anunciarles lo que va a pasar me
lleva a anunciarles que mañana, ya
de vuelta en París, pienso
dedicarme a escribir un relato
titulado Lo que dijeron del gato, un
cuento que hablará de lo que haya
ocurrido
aquí,
de
las
interpretaciones que me den ustedes
del relato que paso ahora a
leerles.»
Al saber que iban a
convertirse en material literario, los
asistentes a aquella conferencia me
lanzaron miradas desafiantes (para
censurar mi atrevimiento) o bien de
angustia
ante
la
incómoda
perspectiva de verse de pronto
convertidos en personajes de un
relato «El cuento de Hemingway»,
dije, «es según García Márquez el
mejor cuento del mundo. Yo lo leí y
no entendí nada, pero es que nada,
de lo que pasaba en él, y lo que
menos entendí fue que pudiera ser
el mejor cuento del mundo. Voy a
leérselo. Para interpretarlo, no
pierdan nunca de vista que
Hemingway fue un maestro en el
arte de la elipsis y que en todos sus
cuentos lograba siempre que lo más
importante de la historia que
contaba no apareciera en el relato:
la historia secreta del cuento se
construía con lo no dicho, con el
sobreentendido y la alusión. Eso
explicaría que el relato pueda
parecerles muy trivial si no saben
que Hemingway opera técnicamente
con los sobreentendidos y las
alusiones.»
Les leí ese cuento en el que
una
pareja
de
jóvenes
norteamericanos,
probablemente
recién casados, de viaje por Italia
después de la Segunda Guerra
Mundial, están en un cuarto de hotel
y se aburren. Fuera llueve, tienen
una habitación en la segunda planta,
que da al mar y a una plaza en la
que hay un monumento a la guerra
en medio de un jardín de grandes
palmeras y verdes bancos. Mientras
el marido lee tranquilamente en la
cama, ella se muestra nerviosa y se
preocupa de un gato que en la calle,
bajo uno de los bancos verdes, trata
de evitar las gotas de agua que caen
por todos lados sobre su refugio.
«Voy a buscar a ese gatito», dice
ella. «Iré yo si quieres», se ofrece
el marido desde la cama. «No, voy
yo», dice ella. Se establece una
conversación
banal,
aunque
chispeante, construida con el
célebre
talento
que
tenía
Hemingway para escribir diálogos.
Al final, ella baja con una camarera
a la calle y no encuentra lo que
buscaba. «Había aquí un gato», dice
ella. «¿Un gato bajo la lluvia?»,
pregunta la camarera, y se ríe. Al
regresar a la habitación, le cuenta al
marido que el gato ya no está y
después se estudia de perfil en el
espejo, primero de un lado y
después del otro, y se fija en la
nuca y en el cuello y le pregunta al
marido si no le parece que le
convendría dejarse crecer el pelo.
«A mí me gusta como está», dice el
marido, y sigue leyendo. Tocan a la
puerta y es la sirvienta que trae un
gato que lucha por zafarse de los
brazos que lo sujetan. Es un regalo
del dueño del hotel.
Invité al público a interpretar
el cuento y las interpretaciones
fueron bastante variadas; retuve las
siguientes: 1) El relato recordaba a
otro también de Hemingway en el
que se hablaba de elefantes blancos
y en realidad la historia secreta era
la del embarazo de una mujer y su
deseo callado de abortar. 2) El
cuento parecía estar hablando de la
insatisfacción sexual de la joven,
que era lo que la llevaba a desear
un gato. 3) El cuento en realidad
sólo retrataba la sucia atmósfera de
una Italia que acababa de salir de
un conflicto bélico en el que habían
precisado la ayuda de los
norteamericanos. 4) El relato
describía el tedio después del
coito. 5) La recién casada estaba
cansada de llevar el pelo corto a lo
garson para así satisfacer los
deseos homosexuales de su marido.
6) La recién casada estaba
enamorada del dueño del hotel. 7)
El cuento explicaba que los
hombres no pueden leer un libro y
escuchar a la vez a su esposa, y
todo esto venía ya de la época de
las cavernas, de cuando ellos salían
a cazar y ellas se quedaban en casa
preparando la comida: ellos
aprendieron a pensar en silencio y
ellas a hablar de las cosas que las
afectaban y a desarrollar relaciones
basadas en los sentimientos.
Finalmente, una señora de
cierta edad dijo: «¿Y si el cuento es
así y punto? ¿Y si no hay nada que
interpretar? Tal vez el cuento es del
todo incomprensible y ahí radica su
gracia.»
Nunca había pensado en eso, y
me dio una buena idea para cerrar
el cuento que al día siguiente
pensaba escribir en París.
«Mañana», les dije, «escribiré
mi cuento sobre lo que ha pasado
hoy aquí y lo acabaré con lo que ha
dicho esta señora, sus palabras me
han recordado que yo siempre tengo
una gran alegría cuando no entiendo
algo y al revés: cuando leo algo que
entiendo
perfectamente,
lo
abandono desilusionado. No me
gustan los relatos con historias
comprensibles. Porque entender
puede ser una condena. Y no
entender, la puerta que se abre.»
Sentí que me habían quedado
muy redondas estas palabras. Pero
entonces una joven levantó la mano,
sonreía con una felicidad extraña.
«Me parece muy bien», dijo, «que
haya encontrado usted el final de su
cuento, pero como su conferencia
iba a versar sobre la ironía
permítame
ahora,
señor
Hemingway, que sea irónica y le
pida, por el bien de todos sus
lectores, que ese cuento que piensa
escribir mañana sea comprensible,
por favor, que lo podamos entender
todos.»
10
AL día siguiente, viajando de vuelta
en el TGV, mientras el tren cruzaba
a toda velocidad los valles del
Loira, iba leyendo yo, casi a modo
de homenaje, el primer tomo de
unos ensayos de Julien Gracq,
escritor nacido en esa región, en el
pueblo de Saint-Florent-le-Vieil, en
pleno centro de esa zona que se
llama los Mauges. Un paisaje
maravilloso que la velocidad del
tren no permitía ver, aunque por
suerte creo conocerlo ya bastante
bien. Entre el Loira y el Sévre,
entre los viñedos del Layon y los
del Muscadet, la planicie, por
donde uno puede perderse, se
caracteriza por su boscaje apretado,
sus bosques de fresnos, sus
praderas, sus valles profundos, sus
caseríos acurrucados y las laderas
que bordean el río más largo de
Francia. Iba leyendo el primer tomo
de Lettrines, y de pronto, muy poco
después de que el tren, como una
exhalación, hubiera dejado atrás
precisamente el pueblo de Gracq,
descubrí, no sin cierta sorpresa, que
éste, al que imaginaba ocupado
siempre en autores de serena talla
artística, hablaba de Hemingway.
Sus nada condescendientes
comentarios sobre este escritor me
llevaron a pensar que si algún día,
por casualidad, visito al señor
Gracq, trataré de que no sea
precisamente él la primera persona
del mundo que capta que yo tengo o
podría tener cierto parecido con
Hemingway. No me gustaría que me
echara de su casa con cajas
destempladas.
Escribe Julien Gracq: «Si
tuviera que escribir un estudio
sobre Hemingway, lo titularía Del
don considerado como límite. Pone
en marcha un diálogo con la misma
seguridad con que Sacha Guitry
entra en escena: sabe que nunca nos
aburrirá; mancha el papel con la
misma naturalidad con que otros
bajan las escaleras. Su mera
presencia nos hechiza; luego
salimos a fumar y dejamos de
pensar en él. Esta suerte de talento,
repetido de libro en libro, no
admite incubación ni maduración, ni
riesgo ni derrota: no es más que un
entreacto.»
Y añade:
«En la caza de la palabra
justa, dos razas: la de los pajareros
y la de los ojeadores: Rimbaud y
Mallarmé. El porcentaje de logros
de los segundos es invariablemente
mayor, su rendimiento tal vez no
admita comparación... pero jamás
regresan con piezas vivas.»
(Rimbaud y Mallarmé. Por un
momento me acordé de una pregunta
terrorífica que acerca de ellos me
había hecho Marguerite Duras un
día en que yo había bajado la
guardia.)
11
ESTANDO en Key West, ya
descalificado y expulsado del
concurso de dobles de Hemingway,
me dio por pensar, con cierta
intensidad, en Marguerite Duras y
sobre todo en la tarde en la casa de
Neauphle-le-Cháteau en la que, al
contarme la pálida pero intensa
trama de su novela La tarde de M.
Andesmas, ella misma se convirtió
en ese libro. Si es verdad que nos
convertimos en las historias que
contamos sobre nosotros mismos,
eso exactamente es lo que le
ocurrió a Marguerite aquella tarde,
ella se convirtió en esa historia que
transcurre en una plataforma a
media colina desde la que, anciano
e
inmóvil,
M.
Andesmas,
alcanzando sólo a ver el borde de
un abismo lleno de luz que
atraviesan los pájaros y reposando
en un sillón de mimbre, espera a
Michel Are. Es la historia de una
espera, de la espera de la muerte,
tal vez. Hace calor. Del abismo
cuyo fondo M. Andesmas no puede
ver, sube la música de un pick-up.
Es la canción del verano: «Cuando
las lilas florezcan, amor mío /,
cuando las lilas florezcan para
siempre.» El pick-up suena en la
plaza del pueblo. Están bailando.
Pasa un perro anaranjado que se
pierde en el bosque. Michel Are se
hace esperar, tarda y tarda, tarda
mucho. Y M. Andesmas se duerme
y avanza hacia él la sombra de un
haya cercana. Llega un soplo de
viento. El haya se estremece...
Con la literatura de Marguerite
Duras no hay medias tintas. O te
entusiasma
o
la
detestas
profundamente. Su literatura no es
de entreacto, eso me parece
evidente. Ese día, en Key West,
recuerdo que de pronto me quedé
pensando primero en Marguerite
Duras y después —supongo que
para no dar más vueltas a mi
descalificación— me puse a pensar
en los muchos escritores que eran
mejores que Hemingway, algo que
en el fondo sabía muy bien desde
hacía años. De hecho, a los pocos
meses de vivir en París, había
dejado de leer a Hemingway para
dedicarme a otros autores, algunos
de los cuales enseguida me
parecieron mejores, aunque él ha
terminado por ser siempre para mí
como
un
gran
padre, papá
Hemingway, al que nunca he
querido destronar del todo, y la
prueba está en mi empeño en creer
que tengo un parecido físico con él.
A fin de cuentas, incidió en mi
vocación de escritor con aquellas
líneas que me empujaron a ser
infeliz en París: «París no se acaba
nunca, y el recuerdo de cada
persona que ha vivido allí es
distinto del recuerdo de cualquier
otra (...) París siempre valía la
pena, y uno recibía siempre algo a
cambio de lo que allí dejaba. Yo he
hablado de París según era en los
primeros tiempos cuando éramos
muy pobres y muy felices.»
París no se acaba nunca.
Me acuerdo de los días en que
comencé a planear el primer libro
de mi vida, esa novela que iba a
escribir en la buhardilla de la sexta
planta del número 5 de la rué SaintBenoít y que desde el primer
momento, desde que encontré el
argumento en un libro de Unamuno,
se tituló La asesina ilustrada.
Aunque en esos días tenía una
relación muy idiota con la muerte, o
precisamente por eso, la novela se
proponía matar a quien la leyera,
matar al lector segundos después de
que éste la diera por terminada. Fue
una idea inspirada por la lectura de
Cómo se hace una novela, un
ensayo de Unamuno que descubrí en
los puestos de libros de los muelles
del Sena y que me había llamado la
atención por el título, pues pensé
que hablaba de lo que precisamente
yo no sabía hacer. Pero no, hablaba
de todo menos de cómo se escribía
una novela. Sin embargo, en un
párrafo en el que Unamuno
especulaba con libros que provocan
la muerte de sus lectores, encontré
una buena idea para contar una
historia.
Un día, me crucé con
Marguerite Duras en la escalera —
yo subía hacia mi chambre y ella
bajaba hacia la calle— y se mostró
súbitamente interesada en saber en
qué cosas andaba entretenido. Y yo,
queriendo darme importancia, le
expliqué que me proponía escribir
un libro que produjera la muerte de
todos los que lo leyeran. Marguerite
se quedó de piedra, sublimemente
estupefacta. Cuando acertó a
reaccionar, me dijo —o entendí que
me decía, porque volvió a hablarme
en su francés superior— que matar
al lector, aparte de un despropósito,
era algo más bien imposible, salvo
que, por ejemplo, saliera disparada
una veloz y afilada flecha
envenenada desde el interior del
libro y fuera directa al corazón del
desprevenido lector. Me quedé muy
fastidiado y hasta llegué a temer
que me dejara sin la buhardilla,
temí que descubrir que yo era un
principiante sin demasiado interés
la llevara a eso. Pero no,
Marguerite simplemente detectó en
mí una descomunal confusión
mental y quiso salir en mi ayuda.
Encendió
pausadamente
un
cigarrillo,
me
miró
medio
compasivamente
y
acabó
diciéndome que, si quería asesinar
a quien leyera el libro, debía
hacerlo a base de un efecto textual.
Dijo esto y continuó bajando la
escalera
dejándome
más
preocupado que antes. ¿Había yo
entendido bien o su francés
superior me había hecho entender
mal? ¿Qué era aquello del efecto
textual? Tal vez se había referido a
u n efecto literario que debía
encargarme yo mismo de construir
dentro del texto para causarle al
lector la impresión de que las
mismas letras del libro le habían
matado. Tal vez era eso. Pero, en
cualquier caso, ¿cómo conseguir un
efecto literario que pulverizara al
lector de una forma sólo textual?
Tras una semana de duros
interrogantes y sombras negras que
para mi desesperación se cernían
sobre mi trabajo literario, volví a
cruzarme con Marguerite en la
escalera. En esta ocasión, ella subía
—como en tantos inmuebles de
París, no había ascensor— hacia la
tercera planta, donde estaba su
casa. Y yo bajaba desde la sexta,
desde mi modesta chambre, directo
a la calle. De nuevo manejando
Marguerite su francés superior, me
preguntó, o me pareció entender que
me preguntaba, si ya había logrado
matar a mis lectores. A diferencia
de nuestro anterior encuentro, esta
vez decidí no darme importancia, es
decir, no hacer el ridículo, y tratar
no sólo de ser humilde sino de
aprovechar cualquier lección que
pudiera llegarme de ella. Le conté,
a trancas y barrancas, con mi
francés inferior, o si se quiere
confuso, las dificultades que tenía
para poner en pie mi novela. Traté
de explicarle que, siguiendo su
consejo, ya sólo quería provocar la
muerte del lector practicando el
crimen en el espacio estricto de la
escritura. «Pero es muy difícil de
lograr, aunque estoy en ello»,
añadí.
Entonces vi que si yo no la
entendía mucho, ella tampoco me
entendía a mí. Se produjo un serio
silencio. «Aunque estoy en ello»,
repetí.
De
nuevo,
silencio.
Entonces, buscando acabar con la
tensión, traté de resumirle lo que
me pasaba, farfullé de forma
sincopada esto: «Un consejo, eso
necesito, ayuda para la novela.»
Marguerite entendió esta vez
perfectamente. «Ah, un consejo»,
dijo, y me invitó a sentarme allí en
el recibidor (como si me viera muy
cansado), apagó lentamente su
cigarrillo y lo dejó en el cenicero
de la entrada y se dirigió, un tanto
misteriosamente, hacia su despacho,
del que volvió al cabo de un minuto
con una cuartilla que parecía una
receta médica y contenía unas
instrucciones que podían —me dijo,
o creí entender que me decía—
serme útiles para escribir novelas.
Tomé la cuartilla y me fui directo a
la calle. Leí las instrucciones que
contenía poco después, ya en la rué
Saint-Benoít, y noté que caía de
golpe todo el peso del mundo sobre
mí, todavía hoy recuerdo el pánico
inmenso —el escalofrío, para ser
más exacto— que sentí al leerlas:
1. Problemas de estructura. 2.
Unidad y armonía. 3. Trama e
historia. 4. El factor tiempo. 5.
Efectos textuales. 6. Verosimilitud.
7. Técnica narrativa. 8. Personajes.
9. Diálogo 10. Escenarios. 11.
Estilo. 12. Experiencia. 13.
Registro lingüístico.
12
¿Y por qué me sedujo tanto la idea
de matar a mis lectores cuando
además no tenía todavía ni uno?
Hoy me digo que tal vez elegí esa
idea movido por la sospecha de que
en el fondo no podía existir nadie
en el mundo que, leyéndome, no
advirtiera fácilmente que yo era un
escritor principiante. Por eso quería
matar al lector. Aunque me buscaba
argumentos distintos para justificar
ante mí mismo esa furiosa
criminalidad textual. Recuerdo que,
disimulando la verdadera causa de
mi instinto asesino, respondía yo en
aquellos días con pedantería
cuando me preguntaban (y me lo
preguntaban bastante) qué tenía
contra los lectores de mi texto:
«Quiero escribir como Miles
Davis, que en todas sus actuaciones
toca la trompeta de espaldas al
público.» Entonces me decían:
«¿Así que te gusta la música de
Miles Davis?» Y yo entonces me
callaba. Me callaba porque en
realidad no sabía si me gustaba o
no Miles Davis. Le había visto
actuar en Barcelona, eso sí, en el
Palau de la Música Catalana y lo
que me había impresionado, más
que su jazz, había sido que su
actuación hubiera resultado un
escándalo entre la burguesía de mi
ciudad porque, a diferencia de
todos
los
demás
músicos
norteamericanos que habían pasado
por aquel santuario de la música, él
tocaba de espaldas al público. En
realidad lo hacía simplemente para
concentrarse mejor, no para
despreciar a la platea (lo que
habría sido una idiotez), pero el
susceptible público burgués de
Barcelona lo entendió como un
insulto.
Creo que en esos días daba yo
la espalda al mundo, a todo el
mundo. Sin lectores, sin ideas
concretas sobre el amor ni la
muerte, y para colmo escritor
pedante que escondía su fragilidad
de principiante, yo era un horror
ambulante. Identificaba juventud
con desesperación y a ésta con el
color negro. Vestía con ropa negra
de la cabeza a los pies. Me compré
dos pares de gafas, dos pares
idénticos, que no necesitaba para
nada, me las compré para parecer
más intelectual. Y me puse a fumar
en pipa, que juzgaba (quizá influido
por fotografías de Jean-Paul Sartre
en el Café de Flore) que quedaba
más interesante que dar caladas a
simples cigarrillos. Pero sólo
fumaba en pipa en público, pues no
podía gastar tanto dinero en tabaco
perfumado. A veces, en la terraza
de algún café, mientras simulaba
leer a algún poeta maldito francés,
me hacía el intelectual y dejaba la
pipa en el cenicero (a veces la pipa
no estaba ni encendida) y me
sacaba las gafas con las que
aparentemente leía y me quitaba las
otras, que eran idénticas a las
primeras y con las que tampoco
podía leer nada. Pero eso no me
hacía sufrir demasiado, porque yo
no pretendía leer en público a los
poetas malditos franceses, sino
simular que era un profundo
intelectual de terraza de café de
París. Yo, señoras y señores, era un
horror ambulante. No tenía toda la
culpa de serlo, eso también es
verdad. Todos encontramos al
nacer un pequeño mundo, y éste
generalmente es el mismo en
cualquier parte en que se nazca. El
mío, de todos modos, me parece
que fue más pequeño de lo habitual.
A mi mundo mínimo vi muy pronto
que
necesitaba
urgentemente
ensancharlo, no por otro motivo
había viajado a París y había
logrado quedarme a vivir allí.
Tenía cierta razón en estar
desesperado, pues no sabía adonde
ir, ni qué ser en esta vida, etcétera.
Se me había ocurrido resolver el
embarazoso asunto de tener que ser
alguien siendo lo primero que se me
ocurriera, y lo primero había sido
—tras la lectura casual de París
era una fiesta— ser escritor, lo que
en realidad aún aumentó más mi
sentimiento de desesperación, pues,
no sé por qué, pasé muchos días
convencido de que para ser un buen
escritor
había
que
estar
completamente desesperado.
Yo en esos días era, en
cualquier caso, señoras y señores,
insisto, un horror ambulante. Con
razón había gente en el barrio que
cambiaba de acera al verme. Como
Raúl Escari, por ejemplo («un ser
inteligente y refinado, escritor
verdadero que se negaba a escribir,
el más brillante del círculo de
amigos jóvenes de Marguerite
Duras en los años setenta», según
escribiera el poeta Ullán), el gran
Raúl Escari, que primero me
evitaba cuando me veía por las
calles del barrio y después acabó
siendo mi mejor amigo en París.
Hoy Raúl vive en Montevideo,
cerca de su Buenos Aires natal, y
de vez en cuando me llama por
teléfono y desde cabinas próximas
al lugar donde nació Lautréamont
me manda en la distancia frases
surgidas espontáneamente de su
inteligencia insuperable.
13
LEO las palabras del poeta Ullán
sobre Marguerite Duras y es como
si estuviera viéndola ahora a ella:
«Marguerite preguntaba sin parar.
Y era el eco y el filtro de lo que a
ella misma se le preguntaba. Metía
cizaña y persuasión, melodrama y
comicidad. Exigía de viva voz que
se le diese la razón cuando en
verdad no la deseaba. Iba del vaso
al cigarrillo, de la tos espasmódica
a las interminables pausas. Retorcía
sus manos cargadas de anillos,
jugaba con las gafas o improvisaba
alguna leve coquetería con ayuda
d e l foulard. Se reía y lloraba a
menudo.
¿Con
facilidad?
¡Cualquiera sabe! De hecho, allí se
sabía menos cada vez. Menos, en
cualquier caso, de lo que ella
quería saber.»
Yo la recordaré siempre como
una mujer violentamente libre y
audaz, que encarnaba en ella misma
y a tumba abierta —con su
inteligente uso, por ejemplo, del
libertinaje verbal, que consistía en
su caso en sentarse en un sillón de
su casa y, con verdadera fiereza,
despacharse a gusto— todas las
monstruosas contradicciones que
reúne el ser humano, todas esas
dudas, fragilidad y desamparo,
individualidad feroz y busca del
desconsuelo compartido, en fin,
toda esa gran angustia que somos
capaces de desplegar ante la
realidad del mundo, esa desolación
de la que están hechos los
escritores menos ejemplares, los
menos académicos y edificantes,
los que no están pendientes de dar
una correcta y buena imagen de sí
mismos, los únicos de los que no
aprendemos nada, pero también los
únicos que tienen el raro coraje de
exponerse literalmente en sus
escritos —donde se despachan a
gusto— y a los que yo admiro
profundamente porque sólo ellos
juegan a fondo y me parecen
escritores de verdad.
14
LEÍA yo mucho a Perec, pero sin
asimilarlo apenas. Me habría ido
muy bien prestar más atención a
este escritor y así descubrir, ya en
esos días, la gracia y la exultante
ironía de, por ejemplo, Especies de
espacios, el libro que Perec
publicara en París en febrero de
aquel año de 1974, justo en ese mes
en que yo llegué a la ciudad y
compré el libro en la estación de
Austerlitz, y, aunque me gustó —me
quedó grabada la alternativa que el
libro ofrecía para vivir en un solo
sitio o vivir en muchos—, pensé
que de todos modos el tal Perec no
se podía comparar, por ejemplo,
con Lautréamont, ni con toda la
caterva
de
poetas
malditos
franceses.
Ayer volví a revisar esa
alternativa que el libro de Perec
ofrece para vivir en un sitio o en
muchos, para ser sedentario o
viajero, para ser nacionalista rancio
o nómada del espíritu:
«O bien arraigarse, encontrar
o dar forma a las raíces de uno,
arrancar al espacio el lugar que
será el nuestro, construir, plantar,
apropiarse milímetro a milímetro
de la propia casa: pertenecer por
entero a nuestro pueblo, saber que
uno es de la región de Cevennes o
de Poitou.
O bien no llevar más que lo
puesto, no guardar nada, vivir en un
hotel y cambiar a menudo de hotel y
de ciudad y de país, hablar, leer
indiferentemente cuatro o cinco
lenguas; no sentirse en casa en
ninguna parte, pero sentirse bien
casi en todos los sitios.»
Me divirtió ayer enormemente
reencontrarme con esas líneas de
Perec, que resumí de este modo en
una cuartilla:
«En definitiva, ir con los
nietos a recoger moras por los
angostos caminos nacionalistas o
viajar y perder países, perderlos
todos viajando en los trenes
iluminados del mundo nocturno, ser
extranjero siempre.»
15
LA ironía me parece un potente
artefacto para desactivar la
realidad. Ahora bien, ¿qué sucede
cuando vemos algo que habíamos
visto, por ejemplo, en una
fotografía y de repente vemos de
verdad? ¿Es posible ironizar sobre
la realidad, descreer de ella,
cuando estamos viendo algo que es
verdad?
Perec
en Especies
de
espacios: «Ver de verdad algo que
durante mucho tiempo sólo fue una
imagen en un viejo diccionario: un
géiser, una catarata, la bahía de
Nápoles, el lugar donde estaba
situado Gavrilo Princip cuando
disparó al archiduque Francisco
Fernando de Austria y a la duquesa
Sofía de Hohenberg, en la esquina
de la calle Francisco José y del
paseo Appel, en Sarajevo, justo
enfrente de la taberna de los
hermanos Simie, el 28 de junio de
1914 a las once y cuarto.»
Irónicas o no, las preguntas
que ahora me hago son éstas: ¿Es
que existe realmente lo real? ¿De
verdad se puede ver algo de
verdad? Sobre la realidad, yo
opino como Proust, que decía que
por
desgracia
los
ojos
fragmentados, tristes y de largo
alcance, tal vez permitirían medir
las distancias, pero no indican las
direcciones: el infinito campo de
los posibles se extiende y, si por
casualidad, lo real se presentara
ante nosotros quedaría tan fuera de
los posibles que, en un brusco
desmayo, iríamos a dar contra ese
muro surgido de repente y nos
caeríamos pasmados.
Entonces, ¿qué vemos cuando
creemos ver algo de verdad? Yo
diría que, cuando eso ocurre,
cuando parece que nos encontramos
ante lo real, estamos más que
autorizados a ironizar sobre la
realidad, aunque sólo sea para
conjurar la posible aparición casual
de lo que es realmente real y de ese
muro que nos dejaría sin ironía
alguna, desmayados.
Me vienen a la memoria
muchas ocasiones en las que puede
decirse que vi de verdad algo,
visiones tras las que me pregunté si
debía ironizar —en el fondo una
forma de admitir que creía en esa
verdad— y comentar, por ejemplo,
la suerte que había tenido de no
haber visto realmente lo real, pues
ya estaría desmayado, o bien
prescindir por completo de la
ironía y tomarme muy en serio lo
que acababa de ver de verdad, y
entonces intentar ir hacia una ironía
sin palabras, es decir, valiéndome
de un silencio de estupor profundo,
reinventar la ironía.
Una noche soñé que pasaba a
la historia como el reinventor de la
ironía. Vivía en un libro que era un
gran cementerio en el que, en la
mayoría de las tumbas, no se podían
leer los nombres borrados de las
diferentes clases de ironía.
16
«VI la eternidad el otro día»,
escribió Vaughan en un atrevido
verso. Tanto si la vio como si no,
desde aquí le mando todos mis
respetos al poeta. Su verso parece
incontestable, sobre todo porque,
como diría Celan, no hay nadie que
testifique por el testigo. El latigazo
sintáctico recuerda el inolvidable
final de la película Blade Runner
cuando el que va a morir inicia su
poética monserga con el tembloroso
y emocionante y tan verídico «I
have seen...» («He visto...»).
He
visto de verdad el
despacho de la casa de Coyoacán,
en México, donde mataron a
Trotski. Lo había visto antes en el
cine. La película que Joseph Losey
filmó sobre el asesinato de Trotski
fue rodada en los escenarios
naturales, pues éstos se hallaban
intactos treinta años después del
crimen. En la casa, después del
asesinato, había seguido viviendo
un tiempo la familia de Trotski, y
luego ya nadie más vivió allí.
Idéntico al día del asesinato, el
despacho de Trotski se conservaba
en muy buen estado, con toda la
biblioteca íntegra, por ejemplo. Ya
sólo faltaba el piolet con el que
había sido muerto por el estalinista
Mercader para que el escenario del
crimen estuviera completo. Yo
había visto la película y tenía muy
bien visualizado y memorizado el
escenario del asesinato, pero nunca
pensé, mientras veía esa película,
que un día estaría allí en persona,
en el mismísimo escenario del
crimen, nunca pensé que vería de
verdad el despacho de Trotski,
aquella habitación en la que
sucedió algo que cambió el curso
de la historia.
Fui a ver ese despacho
acompañado
por
mi
amigo
Christopher, escritor mexicano que
vivía en Coyoacán, a cuatro pasos
del lugar del crimen. No había
nadie más en la casa, de modo que,
en un momento determinado, nos
encontramos los dos solos frente al
escritorio de Trotski, sin saber qué
hacer ni qué decir. Podía oírse
hasta el vuelo de un mosquito. A mí
me resultaba difícil desvincular
aquel despacho del que aparecía en
la ficción de la película de Losey.
Con todo, trataba de no olvidar que
aquél era el lugar de verdad donde
habían asesinado a Trotski. De
modo —pensaba yo— que éste es
un lugar histórico. No se me ocurría
nada más. De modo, me iba
repitiendo obtusamente, que éste es
un lugar histórico. Por hacer algo,
miré al suelo, miré a la alfombra y
entonces, en medio de aquel
silencio y dominado por una
sensación extraña que oscilaba
entre lo anodino y lo trascendental
(a fin de cuentas lo que sentimos
ante
cualquier
acontecimiento
histórico
supuestamente
importante), vi o me pareció ver en
esa alfombra una mancha de sangre
de Trotski, todavía no limpiada del
todo o no oscurecida lo suficiente
por el paso del tiempo.
Me concentré en la mancha,
tenía una grotesca tentación de —
por hacer algo— santiguarme. Sentí
que estaba practicando en silencio
una nueva modalidad de ironía. «Vi
la mancha el otro día», pensé que
diría a mi regreso a Barcelona
cuando me preguntaran qué tal me
había ido por México. «¿Qué
mancha?», me preguntarían, y
entonces yo, en lugar de callarme y
sumirme de lleno en la ironía
reinventada, es decir, en el silencio
de una ironía sin palabras, volvería
a la ironía clásica. «Nada»,
respondería, «sólo quería deciros
que he visto de verdad la sangre de
Trotski.»
17
TAMBIÉN he visto de verdad
París. Aunque haga años que ya no
vivo en esa ciudad, tengo siempre
la sensación de continuar estando
allí. Recuerden el eslogan de mi
ídolo de juventud, el escritor
Hemingway: «Quien ha tenido la
suerte de vivir en ella cuando
joven, luego París le acompaña,
vaya a donde vaya, todo el resto de
su vida.»
Como es lógico, no conozco
todas las calles de París, pero todas
las he oído nombrar alguna vez o
bien he leído su nombre en alguna
parte. Aunque quisiera, me sería
muy difícil perderme en París.
Dispongo de numerosos puntos de
referencia. Casi siempre sé en qué
dirección debo coger el metro. En
Barcelona, tras los delirantes
cambios que ha habido antes y
después de los Juegos Olímpicos y
que han convertido esta ciudad,
antes elegante y secreta, en un
espacio abrumadoramente turístico,
es mucho más fácil que pueda
perderme. Si me depositan, por
ejemplo, en una calle poco
concurrida de la Villa Olímpica,
tardaré mucho en orientarme y ya no
digamos en encontrar un autobús o
un metro.
En París conozco muy bien el
itinerario de los autobuses y sé
explicar a un taxista el trayecto que
deseo seguir. París es fantástico
entre otras cosas porque, a
diferencia de, por ejemplo, las
ciudades alemanas o españolas, ha
sabido conservar durante siglos el
nombre de muchas de sus calles.
Por otra parte, en París las
características de los barrios me
son familiares, identifico sin
demasiado esfuerzo las iglesias y
otros monumentos, sé dónde están
las estaciones. Numerosos lugares
están unidos a recuerdos precisos:
se trata de casas donde han vivido
antes amigos que hace tiempo que
no veo —el viejo Hotel des
Pyrénées de la rué de l’Ancienne
Comedie, por ejemplo, donde
vivían Adolfo Arrieta y Javier
Grandes, hoy una moderna casa de
pisos—, o bien cafés donde me han
sucedido cosas raras: el Café de la
Paix, por ejemplo, junto a la Ópera,
donde un día un extraño vecino de
mesa intentó convencerme de que a
mi físico le sentaría bien una
chaqueta idéntica a la que lucía
Yves Montand en su última
película; el Café de Flore, donde
trabé una fugaz conversación con
Roland Barthes, que me contó que,
después de treinta años de ser
cliente del bar, la cajera del local
le había visto en televisión y se
había enterado de que era escritor y
le había pedido un libro dedicado y
él había decidido —puesto que ella
le había visto en algo tan visual
como la televisión— regalarle
L’empire de signes , el único libro
de
los
suyos
que
estaba
profusamente ilustrado; el Café
Blaise, donde me hizo efecto un
LSD de notable potencia y por muy
poco no fui asesinado por una novia
muy malvada; el Café Aux Deux
Magots, donde sin venir a cuento el
arquitecto Ricardo Bofill me dijo
n o sé cuántas veces que era muy
fácil destacar en Barcelona pero
muy difícil —«como lo estoy
logrando yo en estos momentos»,
repetía todo el rato— triunfar en
París; el Café La Closerie des
Lilas, donde adquirí la costumbre
de sentarme en la mesa en otro
tiempo habitual de Hemingway y
escaparme siempre sin pagar; el
Café Bonaparte, donde en compañía
de Marie-France (travestí a lo
Marilyn Monroe que estaba
rodando conmigo Tam-Tam, una
película underground de Adolfo
Arrieta) vi con gran asombro cómo
un loco furioso entraba con un
martillo en el local y elegía al azar
a uno de los clientes para asestarle
un contundente golpe en el cráneo
que le dejó tieso y muerto; el café
que está cerca del cruce entre la rué
du Bac y el boulevard SaintGermain, donde Perec recomendaba
sentarse para observar la calle con
un esmero un poco sistemático y
anotar lo que viéramos, lo que nos
llamara la atención, obligándonos a
nosotros mismos a escribir «incluso
lo que aparentemente no tiene
interés, lo que es más evidente, lo
más común, lo más opaco».
Me gusta sentarme en las
terrazas de los cafés de París, y
también me gusta mucho andar por
esta ciudad, andar a veces durante
toda una tarde, sin rumbo preciso,
aunque tampoco exactamente al
azar, ni a la ventura, pero tratando
de dejarme llevar. A veces tomando
el primer autobús que se detiene
ante mí (como decía Perec, no se
puede tomar el autobús al vuelo). O
bien caminando deliberadamente
por la rué de Seine para asomarme
al arco que da al Quai de Conti y
allí descubrir la silueta delgada de
mi amiga La Maga detenida en el
pretil de hierro del Pont des Arts.
Me gusta París, la place de
Furstemberg, el 27 de la rué
Fleurus, el Museo Moreau, la tumba
de Tristan Tzara, las rosadas
arcadas de la rué Nadja, el bar Au
Chien qui Fume, la fachada azul del
Fíotel Vaché, los puestos de libros
en los muelles. Y sobre todo una
carretera secundaria, cerca del
castillo de Vincennes, en la que hay
un modesto y antiguo letrero sobre
un poste que señala, como si
acabáramos de llegar a un pueblo,
que vamos a entrar en París. Me
gusta mucho en esta ciudad pasar
por un sitio que no he visto hace
tiempo. Pero también lo contrario:
pasar por uno por el que acabo de
pasar. Me gusta tanto lo que hay en
París que la ciudad no se me acaba
nunca. Me gusta mucho París
porque no tiene catedrales ni casas
de Gaudí.
18
TA M B I É N vi de verdad al
mismísimo Perec. Fue a mediados
de 1974, el año en que publicó
Especies de espacios. Le había
visto en muchas fotografías, pero
ese día, en una librería del
boulevard Saint-Germain, le vi
llegar a la presentación de un libro
de Philippe Sollers y hacer cosas
muy extrañas que ahora no vienen al
caso. Lo cierto es que durante un
rato, impresionado de verle de
verdad, le espié con gran atención,
tanta que, en un momento
determinado, tuve su cara a un
palmo de la mía. Perec observó esa
anomalía —un extraño a un palmo
de su perilla— y reaccionó
comentando en voz alta, como
tratando de indicarme que me fuera
con mi cara a otra parte: «El mundo
es grande, joven.»
19
NO había mesa en la buhardilla.
Sólo un armario, un viejo y gran
espejo, y un colchón en el suelo.
Dos semanas después de alquilar
aquella chambre, fui una mañana de
domingo con Javier Grandes al
Marché aux Puces y compré una
desahuciada y carcomida mesa de
madera que me costó ochenta
francos y que con la ayuda de
Javier trasladé en metro hasta mi
chambre. Dejé aquel día de ser un
escritor sin escritorio. Hoy, cuando
pienso en eso, hasta me resulta
difícil imaginarme a mí mismo sin
mesa para escribir. Pero no debería
sorprenderme tanto. Después de
todo, siempre hay un primer
escritorio, siempre hay una primera
vez para todo.
A la concierge la mesa no le
gustó, no tenía simpatía por los
habitantes de la sexta planta, el
rellano
de
los locateurs de
buhardillas. Tenía que limpiar
semanalmente el water común de
esa planta y nadie le pagaba, y
aquello la sacaba literalmente de
quicio. Odiaba, por otra parte, a
Marguerite Duras. La concierge era
valenciana, exiliada tras la guerra
civil española. Pero no quería
saber nada de mí, por muy catalán
que yo afirmara ser, por muy
compatriota suyo que fuera. Se
había vuelto muy francesa y,
además, consideraba que entre los
catalanes y los valencianos había
muchas diferencias. La concierge,
para honrar a todas las porteras de
París, estaba de permanente mal
humor. Cuando vio mi mesa, hizo un
gran esfuerzo para no montar en
cólera y me dijo unas frases
difíciles de olvidar: «Los franceses
ya no quieren trabajar, todos
quieren escribir. Y ahora ya sólo
faltaba que los catalanes quieran
imitarlos.»
La vieja mesa de madera, junto
con la máquina de escribir que
había viajado conmigo desde
Barcelona, le dio un aire distinto a
mi buhardilla, que pasó a parecer
más la chambre de un escritor. Y
aún lo pareció más cuando me
compré unas libretas, dos lápices y
un sacapuntas. Ya lo tenía todo para
poder escribir. «El instrumental
necesario», se leía en París era
una fiesta, «se reducía a las
libretas de lomo azul, a los dos
lápices y el sacapuntas, a los
veladores de mármol, y al olor a
mañana temprana y a barrido y
fregado y buena suerte.» Tenía,
pues, ya todo lo que según
Hemingway era necesario para
escribir y, además, una mesa (que
él tal vez daba por supuesta) y una
máquina de escribir (que él no
nombraba porque escribía a mano),
una pequeña Olivetti procedente del
despacho de mi padre. Tenía mesa
y máquina y libretas y lápices y un
sacapuntas y también —la suerte de
la que hablaba Hemingway me
llegaba por aquí— un dinero que, a
través de giros postales, mi padre
me había dicho que me enviaría
desde Barcelona durante unos
meses, sólo unos meses, «para que
no te mueras de hambre», a la
espera de que reflexionara y
decidiera regresar a Barcelona y a
mis estudios de Derecho.
No había tardado mucho,
gracias al libro de Unamuno, en
encontrar la historia que contaría en
mi novela (la de un manuscrito que
pasaba de mano en mano y producía
siempre la muerte de quien lo leía),
pero me faltaban, tal como me había
indicado Duras en su cuartilla con
instrucciones, detalles de todo tipo:
saber, por ejemplo, qué clase de
estructura pensaba darle a mi
historia. La encontré pronto, la
encontré el día en que me di cuenta
de que en realidad bastaba copiar
la estructura de un libro ya existente
y que a ser posible me gustara. Así
de sencillo era, o así me lo pareció.
No podía estar dando muchas
vueltas al asunto problemas de
estructura cuando aún quedaban
pendientes otros que parecían más
complicados, como, por ejemplo,
unidad y armonía o técnica
narrativa, y ya no digamos lo de
registro lingüístico , que me
pareció lo más enigmático. Así
pues, en lo referente a la estructura,
no convenía tener demasiados
escrúpulos. Después de todo, me
dije, los escritores jóvenes copian
modelos, imitan a los escritores que
les gustan, y a mí no me conviene
arriesgarme por sendas más
complicadas, pues me expongo a no
escribir nunca.
¿Y qué libro me gustaba?
Decidí elegir uno que no podía
decirse precisamente que fuera de
mi gusto (y no lo era porque no
acababa de comprenderlo), pero
que tenía una estructura que parecía
de alto nivel intelectual, eso lo
tenía yo bien claro. Y elegí a
Vladimir Nabokov, que, valiéndose
de un prólogo y de un voluminoso
corpus de notas a un mediocre
poema, había confeccionado de una
forma inteligentemente enrevesada
su novela Pálido fuego. No lo
pensé dos veces y puse manos a la
obra. Me dije que mi novela estaría
organizada en forma de prólogo y
comentarios a un manuscrito de
prosa poética que iría en medio del
libro. Escribí el prólogo y luego,
una tras otra, fueron cayendo —con
una exasperante lentitud, propia de
mi
condición
de
escritor
principiante— las diabólicas notas
o comentarios tras los que,
agazapada, estaba la Muerte del
desprevenido lector, que sin darse
cuenta, hacia la mitad del libro,
leería el manuscrito que al término
del volumen la maléfica narradora
desvelaría que provocaba la muerte
de todos cuantos lo leían.
Una vez terminada La asesina
ilustrada —la tarea no fue fácil,
tardé dos años en escribir cincuenta
folios: los dos de los que se ocupa
esta irónica conferencia sobre mis
años de aprendizaje literario—, lo
entregué en Barcelona lleno de
miedo (de miedo a publicar, sobre
todo) a la editora Beatriz de Moura,
que era amiga. Cogió el manuscrito,
lo observó con cierto estupor
durante unos segundos, me miró y
dijo: «Pero ¿qué has hecho?» No
sabía si estaba reprochándome
algo. Tenía ahora yo el doble de
miedo que unos segundos antes.
«Pálido fuego», dije con voz
entrecortada y como si eso fuera un
dato sobre mi propio pálido fuego
de escritor principiante, no el título
de un libro. «De modo que vas a ser
escritor», dijo. «Bueno, sí»,
respondí. Se me quedó mirando
fijamente, no sabía yo si furiosa
contra mí o compadeciéndose de
algo. Sentí que tenía que añadir
algo. Una nota de humor, por
ejemplo, que rebajara la tensión
que se había creado. «Escritor
como Hemingway, después de todo
mido metro ochenta como él», dije.
Siguió mirándome fijamente, no
sabía yo dónde meterme. Tragué
saliva y añadí: «Aunque no tengo su
anchura de hombros.»
20
CUANDO fui a París este último
agosto, una tarde me di una vuelta
con mi mujer por la rué Delambre,
en Montparnasse, para ver si por
casualidad todavía existía el Dingo
Bar, donde en abril de 1925 se
conocieron Scott Fitzgerald y
Hemingway.
La rué Delambre es más bien
breve, repleta de bares y hoteles,
está detrás del mítico Café Le
Dome. La recorrimos en cinco
escasos minutos y comprobamos
que en ella no queda ni rastro del
Dingo Bar, lo que en el fondo es
bastante lógico, pues han pasado
setenta y siete años desde que
Hemingway estaba allí un día
tranquilamente
sentado
«en
compañía de algunos sujetos que
eran compañías perfectamente
malas» y de pronto casi se le cayó
encima
literalmente
Scott
Fitzgerald, que dijo conocerle y
apreciar sus cuentos y le presentó a
un hombre alto y simpático que
estaba con él, diciéndole que era
Dunc Chaplin, el famoso lanzador
de béisbol, un señor del que
Hemingway, poco aficionado a ese
deporte, jamás había oído hablar.
Fue el comienzo de una
amistad, que empezó a buen ritmo y
acabó muy mal. Se cuenta en París
era una fiesta que a los pocos días
de aquel primer encuentro salieron
de viaje en tren los dos hacia Lyon,
fueron a esa ciudad para recuperar
el coche descapotable que el
escritor de éxito había dejado
abandonado allí, salieron el
escritor con mucho dinero, brillante
y ya muy famoso (Scott Fitzgerald)
y uno que era algo más joven y
todavía
un
principiante
(Hemingway), un escritor sin dinero
y ansioso por triunfar y contento de
haber conocido a aquella gran
estrella de la literatura. Y también
se cuenta que el viaje en tren fue un
lío inmenso y que aún más lo fue el
de regreso en el coche descapotable
y se sabe que el escritor joven tuvo
que hacer de enfermero del mayor,
cuidarle en la habitación de un hotel
del pueblito de Chalon-sur-Saone,
donde el escritor consagrado,
tocado por el alcohol ingerido,
decía que se moría, pero decía que
se moría de un resfriado. Y donde
el escritor principiante y ambicioso
tuvo que ocuparse de todo, intentar
que
el
escritor
consagrado
conservara la calma, mezclarle
limonada con whisky y ofrecérselo
con un par de aspirinas, y luego
sentarse a leer un periódico y
esperar a que se le pasara la
borrachera al autor de éxito.
Mientras el pobre Hemingway
estaba leyendo el periódico, oyó
que Fitzgerald le decía: «Eres un
tío frío, ¿no te parece?» Al mirarle,
Hemingway comprendió que, si no
en su diagnóstico, por lo menos en
su receta se había equivocado, y
que el whisky iba a resultarles muy
pernicioso. «¿Qué quieres decir,
Scott?» «Quiero decir que eres
capaz de sentarte tan tranquilo y
leer tu porquería de periodicucho
francés, sin importarte un comino
que yo agonice.»
Fitzgerald no agonizaba. Tan
sólo ocurría que había bebido y se
había mojado mucho a causa de la
lluvia
que
había
caído
despiadadamente sobre su infame
coche descapotable en el que no
funcionaba —por deseo expreso de
su mujer Zelda— la capota. Es muy
curioso constatar que el diálogo que
se estableció en esa habitación de
hotel de Chalon-sur-Saone y que
Hemingway transcribe en París era
una fiesta recuerda la situación y
los diálogos de El gato bajo la
lluvia.
Fitzgerald
parece
desempeñar el papel femenino
mientras que Hemingway trata de
leer con calma en la habitación del
hotel y espera que pase el
chaparrón. Si en el cuento del gato
bajo la lluvia la esposa quería tener
el pelo más largo para poder
hacerse un moño, y también quería
tener un gatito que se acostara en su
falda, y, además, quería comer en
una mesa con velas y con su propia
vajilla y que fuera primavera, en la
situación del hotel de Chalon-surSaone un exigente Scott Fitzgerald,
entre las nieblas del alcohol, habla
en un tono idéntico al de la
mujercita del cuento del gato y la
lluvia: «Quiero tomarme la
temperatura», dice Fitzgerald, «y
luego quiero que nos sequen la ropa
y que tomemos un expreso para
París, y llegar lo más pronto
posible al Hospital Americano de
Neuilly.» Hemingway trata de no
ponerse nervioso y le dice que la
ropa no está todavía seca. Y es
interrumpido
por
Fitzgerald:
«Quiero tomarme la temperatura.»
Y ya sólo le habría faltado añadir:
«Y quiero un gato que se acueste en
mi falda y ronronee cuando le
acaricie. Y quiero tener el pelo más
largo y comer en una mesa con
velas y con mi propia vajilla. Y
sobre todo quiero tener un gato,
quiero un gato, quiero un gato. Y
llegar lo más pronto posible al
Hospital Americano.»
Ya de regreso en París,
Hemingway confesaría a su mujer
que no había aprendido nada del
escritor famoso en aquel viaje. En
todo caso, si algo había aprendido
era que nunca hay que salir de viaje
con una persona a la que no
amamos.
El episodio HemingwayFitzgerald es uno de los más
estrambóticos que pueblan la
historia de los encuentros y
desamores entre dos escritores de
talento. Por lo general, poco puede
aprender uno del otro. Y luego está
el asunto de la rivalidad y de los
egos exacerbados y el tema de la
envidia que siente el más pobre por
el más rico, etcétera. Que el
episodio del hotel de Chalon-surSaone está emparentado con El
gato bajo la lluvia lo prueba de
algún modo el ronroneo («como el
de un gato») de la mujer de
Hemingway cuando éste en París
era una fiesta, después de decirle
que no piensa viajar nunca más con
personas a las que no ame, le
propone a ella ir a España. «Pobre
Scott»,
acaba
diciéndole
Hemingway a su mujer. «Pobre
todo el mundo. Ricos los gatos que
no tienen dinero», añade ella.
«Pobre Scott», le dije yo
también a mi mujer en París a
mediados de agosto de este año, ya
de vuelta en nuestro cuarto de hotel
sin haber hallado en la rué
Delambre rastro alguno del Dingo
Bar. «Pobre, pobre Scott», dijo
entonces mi mujer, «¿sabes qué?
Ahora vuelvo, voy a buscar el
Dingo en Internet, voy a ese
cibercafé de la esquina, seguro que
averiguo en qué número de la calle
estuvo ese bar.»
Yo estaba tumbado en la cama,
medio absorto en la lectura de un
periódico. «No te mojes», le dije, y
sin darme cuenta hablé como el
personaje de El gato bajo la lluvia.
Ella volvió un rato después, con
toda la información. El Dingo Bar
había estado en el número 10 de rué
Delambre, donde hoy está un
restaurante italiano que habíamos
visto antes y que nos había
parecido, con toda la razón del
mundo, horrendo.
«L’Auberge de Venise, ¿te
acuerdas?»
Me
acordaba
perfectamente. En la acera de
enfrente y delante mismo de aquel
restaurante habíamos visto a un
clochard que se parecía mucho a
Hemingway, y ella había dicho: «Se
le parece de verdad, no como tú,
que no te pareces en nada.»
También trajo del cibercafé
otro dato interesante: en el número
15 de la misma calle, donde ahora
está el Hotel Lennox, tras dar por
finalizada para siempre su vida en
Nueva York, había alquilado un
taller
mi
admirado
Marcel
Duchamp, en realidad el único mito
artístico de mi juventud que aún no
se me ha derrumbado del todo.
«La rué Delambre será
pequeña, pero desde luego tiene
más encanto y pedigrí del que
pensábamos, ¿no te parece?», dijo
mi mujer. No contesté. Fuera
continuaba lloviendo. Seguramente
en la calle había un gato bajo la
lluvia. Yo seguí medio absorto en
la lectura del periódico. Como en
un cuento de Hemingway.
21
UNA frase de Rilke: «Ganad las
profundidades, la ironía ahí no
desciende.» Y una de Jules Renard:
«La ironía es el pudor de la
humanidad.» Voy a ser sincero: las
dos frases, por muy discutibles que
sean, me parecen perfectas. Aunque
la que más me gusta es mía: «La
ironía es la forma más alta de la
sinceridad.»
22
A veces mi sentido de la ironía
alcanza a París mismo, y entonces
me gusta Nueva York. Diría más:
cada vez que alguien nombra a
Duchamp, pienso que mi vida ha
estado siempre equivocada y que,
en lugar de vivir en Barcelona y
estar enamorado de París, debería
haberme
dejado
de
tantas
zarandajas y haber vivido siempre
en Nueva York, en el apartamento
de Duchamp, por ejemplo. Y leer
allí a Hemingway en un confortable
sillón sus hazañas de cazador,
pescador,
amante,
boxeador,
reportero de guerra y bebedor. Y
pensar todo el rato: ¡Qué animal!
23
ME costaba mucho escribir
cualquier párrafo de La asesina
ilustrada. Sin embargo, cuando mi
padre me envió desde Barcelona
una carta en la que me decía que no
pensaba esperar ya más tiempo a
que terminara la dichosa novela y
que había decidido cerrarme por
completo el alegre grifo del di
ñero, le escribí una carta con una
soltura literaria muy distinta de la
que
tenía
cuando
escribía,
agarrotado, mi novela Siempre que
releo esa carta, me quedo
sorprendido de cómo está escrita:
mi estilo en ella es muy superior al
dubitativo d La asesina ilustrada.
Esa carta confirma esa expresión
española que dice que el hambre
agudiza el ingenio.
«Querido padre: He llegado a
esa edad en la cual se tiene el pleno
dominio de las propias cualidades y
la inteligencia alcanza su máxima
fuerza y capacidad. Es por tanto el
momento de realizar mi obra
literaria. Para realizarla, necesita
tranquilidad y poca distracción, no
tener que pedirle dinero a
Marguerite Duras ni estar todo el
rato ocupándome de convencerte de
que vale la pena que financies la
escritura de una novela que a la
larga, cuando la termine y la
publique recoja el aplauso de las
multitudes, habrá de llenarte de
orgullo paterno y de gran
satisfacción por haber sabido ser
generoso conmigo. Tu hijo, que te
quiere...»
Con esta carta logré aplazar
por un tiempo el fin definitivo de
los giros postales. Provisto de un
indudable sentido del humor y de un
estilo muy sobrio y escueto, mi
padre me contestó:
«Querido hijo: He llegado a
esa edad en la cual uno se ve
obligado a comprobar cómo su hijo
se ha convertido en un imbécil. Te
doy tres meses de tiempo para que
termines tu obra maestra. Por
cierto, ¿quién es Marguerite
Duras?»
24
SIN la alegría de vivir de Javier
Grandes, mis dos años en París
habrían sido un desastre aún mayor.
A Javier le había conocido en una
fiesta en Puerta de Hierro, en casa
de Lucía Bosé en Madrid, me lo
había presentado Michi Panero.
Javier era una persona muy alegre,
pero al mismo tiempo tenía una
visión muy desgarrada de la vida.
Era el protagonista de las películas
underground que rodaba su amigo
Arriera y era también pintor y
torero y la encarnación misma de la
bohemia. Yo había ido a París sólo
a verlo a él, sin ningún otro
objetivo que no fuera espiar, en la
medida de lo posible, su vida de
bohemia. Sin esta modesta intención
de espiar el mundo parisino de
Javier no creo que hubiera llegado
nunca a conocer a Duras y por lo
tanto no habría existido mi
buhardilla y la novela de mi vida
habría ido por otros derroteros,
quién sabe si taurinos o políticos,
¿por qué no?, estaba yo tan
disponible ante la vida que
cualquier disparate se podía
infiltrar en ella y cambiármela.
Hablando de política, debo
decir que un mes después de tomar
posesión de mi chambre, mis ideas
de estudiante español antifranquista
ya habían cambiado y había pasado
a ser de izquierda radical dura, de
la línea situacionista, con Guy
Debord como maestro. Pasé a
pensar que ser antifranquista era ser
muy poca cosa y, bajo la influencia
de las ideas situacionistas, con mi
pipa y mis dos gafas falsas,
comencé a pasear por el barrio
convertido en el prototipo del
intelectual poético y secretamente
revolucionario. Pero en realidad yo
e r a situacionista sin haber leído
una sola línea de Guy Debord, era
pues de la extrema izquierda más
radical, pero sólo de oídas. Y,
como he dicho, no ejercía, me
dedicaba a sentirme de extrema
izquierda y punto. En realidad lo
que más me interesaba era la noble
idea de olvidarme de la asfixia de
Barcelona y poder disfrutar, como
autoexiliado, del aire libre francés.
Pero no iba a tardar nada en
enterarme de que en reaccionario
considerarse un autoexiliado y no lo
era, en cambio, ser exiliado de
verdad, es decir, ser exiliado
político del franquismo. Había, por
lo visto, una sutil diferencia, este al
menos era lo que empezaron a
puntualizarme mis espeluznantes
compatriotas siempre que iba a
visitarles a los bares donde se
reunían y conspiraban.
Era
irrespirable la atmósfera que había
dejado yo atrás en Barcelona, pero
tanto o más asfixiante me pareció la
de mis compatriotas exiliados en
París
(ninguno
además
era
situacionista), de modo que
termino por dejar de ir a verles,
evitando
así
salir
siempre
amargado de aquellos bares,
deprimido por las obsesivas y
esclerótica: conversaciones en
torno a qué sucedería cuando
muriera Franco, agotado por la
plúmbea
rigidez
de
sus
planteamientos políticos, y, en fin,
sobre todo desalentado por lo
machacados que andaban muchos
de ellos por la heroína o por el más
rancio vino español.
Me dediqué a hacer amistades
extranjeras y fui desconectándome
del mundo terrible del exilio de mis
compatriotas un mundo que, al girar
exclusivamente
en torno
al
antifranquismo, no me atraía nada,
del mismo modo que tampoco me
atraía la propia política, una afición
o actividad que veía yo que a la
larga
acababa
exigiendo
concesiones entre e idealismo y el
pragmatismo, lo que me parecía no
sólo poco estimulante sino incluso
repugnante. Únicamente en una
ocasión acudí a un mitin
antifranquista, un homenaje a Rafael
Alberti, y me quedé paralizado
cuando en un pasillo mi encontré
frente a frente con María Teresa
León, que andaba sola y me miró y
me preguntó de golpe —a mí, que
era muy tímido y también iba solo
y, además, era situacionista— si
había visto a su marido. «Rafael
Alberti», añadió solemnemente,
pronunciando las erres de una
forma
muy
espectacular
inolvidable. Se quedó esperando mi
respuesta.
«Por
allí»,
dije
señalando hacia el punto más lejano
que alcanzaba mi vista.
Todo lo español comenzó a
quedarme muy lejos, pero también
Guy Debord, que no tardó en
convertirse en algo escasamente
cercano, aunque continué siendo
situacionista y sintiéndome su
discípulo, pero un discípulo
decepcionado, pues fui a ver su
película La société du spectacle,
ilustración fílmica de sus libros, y
me aburrí profundamente, pues era
un film para ser leído. En la
pantalla sólo aparecían textos,
puntuados muy de vez en cuando
por la aparición fugaz de algunas
imágenes que pretendían ilustrar el
horror de la sociedad del
espectáculo pero que pertenecían a
películas que a mí me gustaban
mucho, como Johnny Guitar, por
ejemplo; sólo en esos momentos,
cuando aparecían las fugaces
imágenes de grandes ficciones
cinematográficas, me divertía, lo
que me llevó a cierto desconcierto
y a distanciarme de Debord, al
menos como cineasta, aunque no
apostaté de su religión, seguí siendo
su seguidor, no quería ser sólo un
vulgar antifranquista. Todo lo
español comenzó a quedarme muy
lejos, salvo los amigos Javier
Grandes y Arrieta, en quienes veía
a dos artistas puros y, además, me
parecían —no creo que me
equivocara— geniales. Lo español
fue difuminándose, pero en honor a
la verdad hay que decir que había
noches en las que el discípulo de
Guy Debord regresaba triste y solo
y algo bebido a la buhardilla y se
ponía a leer a Luis Cernuda en voz
alta y se sentía de pronto muy
republicano y se emocionaba y
acababa llorando con aquellos
versos que decían «soy español sin
ganas / que vive como puede bien
lejos de su tierra / sin pesar ni
nostalgia».
Así vivía yo en esos días y tal
vez por eso lloraba: vivía como
podía y bien lejos de mi tierra, y no
sabía —¿cómo iba a saberlo?—
que estaba protagonizando la
novela de mis años de aprendizaje
literario, no sabía mucho, a veces
sólo sabía que era un español con
dos gafas falsas y una pipa, un
joven catalán que no sabía muy bien
qué hacer con su vida, un escritor
que se convertía en un joven
republicano si leía a Cernuda, un
joven sin ganas que vivía como
podía, bien lejos de su tierra, en un
París que no era precisamente una
fiesta.
25
MARÍTIMA y tropical, un tanto
decrépita, muy húmeda y calurosa,
la isla de Key West se la regalo a
quien la quiera. Hoy en día está
igual de horrible que cuando
Hemingway se instaló en esa vieja
casa de piedra que el tío de
Pauline, su segunda mujer, les dio
como tardío regalo de boda.
Aunque no era un sitio ideal, a
Hemingway no le disgustó del todo,
era un buen lugar al que regresar
después de pescar tarpones en las
aguas de las Tortugas o de cazar
osos en Wyoming. Pero, se mire
como se mire, Key West tiene poca
gracia y, de tener alguna, ésta quizá
sea la de que todavía, como en la
época
de
Hemingway,
los
marineros se pelean a puñetazo
limpio en bares de música de
rumba.
Salvo en esos bares, me aburrí
tanto en Key West (supongo que mi
descalificación contribuyó a ello)
que dediqué muchas horas a
imaginar con todo detalle la historia
de mi amistad con un cachivache
llamado Scott, que en su vida
anterior habría sido un demonio de
París, el diablo Vauvert.
He dicho cachivache y, quizá
para ser más preciso, habría tenido
que decir un odradek, esa criatura
kafkiana que es una especie de
armatoste en forma de carrete,
formado por una serie de hilos
viejos y rotos, de diversos tipos y
colores. No es más que un objeto de
madera, pero es también una
criatura animada, con una vida
propiamente eterna, que, en el caso
que nos ocupa, habrá de sobrevivir
a todos los clientes del lugar en que
se aloja, La Closerie des Lilas, de
París: allí vive, sin ser percibido
nunca por nadie que no sea yo
mismo, que desde hace ya treinta
años, cuando voy a ese local,
converso con él.
«Bueno, ¿cómo te llamas?», le
pregunté la primera vez que le vi.
«Antes era Vauvert, hoy soy Scott»,
me dijo con una voz que sonaba
como el susurro de unas hojas
caídas. «¿Y dónde vives?», le
pregunté. «Siempre aquí, en este
solar, hoy en día llamado La
Closerie, siempre entre la puerta y
la barra; en otro tiempo estuve en
los sótanos de una casa abandonada
que había en este solar», me dijo, y
se rió con una risa extraña, la de
alguien sin pulmones.
Hice mis investigaciones,
pregunté quién había sido el diablo
Vauvert.
«¿Qué fue del Monstre Vert,
del diablo Vauvert? Jamás se supo
y ya jamás se podrá saber»,
terminaba diciendo el lunático
Gérard de Nerval en un intenso y
romántico texto dedicado a la
leyenda de ese antiguo monstruo y
diablo de París. Hoy en día se da
por sentado que seguimos igual, que
jamás se supo y ya jamás se podrá
saber cuál fue la suerte del diablo
Vauvert a partir del momento en
que, allá por los años veinte del
siglo XIX, un sargento de la policía
lo vio por última vez. Y, sin
embargo, ya ven, yo tengo noticias
de él, le conozco desde hace treinta
años; sé que apenas se mueve de
ese lugar donde un día, pronto hará
dos siglos, le vieron desaparecer,
sólo que ahora su aspecto es
distinto, ya no es un demonio, ahora
es un odradek. El hecho es que
continúa en el solar donde
desapareció. Como diría Kafka, se
fue lejos para seguir aquí.
En otros tiempos, el Monstre
Vert vivió en el castillo de su
propiedad, en el castillo de
Vauvert, en el centro de París, pero
su lujosa morada fue destruida por
el fuego, y entonces fue a
esconderse, según Nerval, «en los
sótanos de una casa deshabitada, al
final del Jardín du Luxembourg, en
el boulevard de Montparnasse,
junto
a
la
avenue
de
l’Observatoire», es decir —aunque
Nerval no pudo llegar a saberlo—,
nada menos que en el solar donde
años después construyeron La
Closerie des Lilas, un bar en el que
Fitzgerald y Hemingway, allá por
los años veinte del siglo XX, se
encontrarían a menú do, primero
como colegas y amigos y después
como rivales enemigos.
Se sabe que en tiempos de
Nerval armaba mucho jaleo el
diablo Vauvert, especialista en
orgías y en embrujar y hacer bailar
a las botellas de vino de los sótanos
de esa casa deshabitada que con los
años sería derruida para dar paso
—tal vez no fuera casual— al bar
de copas donde tantas veces
dirimieron Fitzgerald y Hemingway
sus diferencias y que en la
actualidad es un refugio perfecto
para un antiguo embrujado de
botellas como el diablo Vauvert, un
lugar ideal para nuestro odradek,
hoy el fantasma secreto de La
Closerie des Lilas.
El odradek Scott (así lo llamo
yo, que soy la única persona del
mundo que tiene tratos con él) es la
memoria viva de las relaciones
entre Fitzgerald y Hemingway. No
es nada más que eso, lo cual, bien
mirado, es mucho. ¿O no es mucho
ser la memoria de aquella amistad
entre los dos escritores?
Sospecho que sus hilos viejos
y rotos pertenecen a una banda
magnética en la que él tiene
grabados para su desesperación
todos
los
encuentros
y
desencuentros de la pareja. Conoce
todo lo que pasó entre los dos. Se
llama a sí mismo Scott y se
identifica con el autor de El gran
Gatsby y lucha para que
Hemingway (que para él soy yo) no
olvide nunca lo que pasó.
Walter Benjamín dijo que un
ángel nos recuerda todo lo que
hemos olvidado. Scott, como el
odradek que es, siempre situado
entre la puerta y la barra de La
Closerie, me recuerda, cuando voy
a ese local, hasta el último detalle
de lo que pasó entre los dos
amigos. Es el alma, es el diablo, es
e l odradek, es la memoria de esa
relación entre Hemingway y
Fitzgerald. En los días de mi
juventud en que yo frecuentaba
mucho
La
Closerie,
él,
considerando
que
yo
era
Hemingway, me recordaba siempre,
en el nombre de Fitzgerald, las
anécdotas más olvidadas de nuestra
historia de colegas enfrentados. Y
había
noches
en las
que
trágicamente asumía en su persona
—¿o sería mejor decir en su
objeto?— toda entera la trama triste
de la enemistad de los dos
escritores y entonces se mostraba
intratable, de un humor de perros,
imitaba las frases más irónicas que
Hemingway le había dedicado a su
antiguo amigo en aquel bar, y luego
imitaba las respuestas no menos
irónicas del otro. Y acababa
amargado de tanta ironía, acababa
fatal entre la puerta y la barra,
incitándome diabólicamente a irme
del local sin pagar, algo que
empecé a hacer ya casi por sistema
en mis últimas visitas a ese lugar al
que, convencido de que después de
tanto tiempo ya no se acordarían de
mí, me atreví a volver a mediados
de agosto de este año y donde,
como es comprensible, entré
nervioso, sobre todo porque —
aunque sabía perfectamente que le
vería— me preguntaba si, a pesar
del mucho tiempo transcurrido,
Scott seguiría allí.
Entré este agosto en La
Closerie y no le vi. Fui sin mi
mujer, para evitar que ella me
reprochara una vez más que ande
siempre con la imaginación de que
me voy pareciendo a Hemingway, y
sobre todo para que ella no
descubriera que en La Closerie mi
imaginación ha creado un odradek
que me habla a mí como si yo fuera
Hemingway. Me quedé en la barra,
a la espera de pedir mesa. Miré a
un lado y al otro muchas veces y
nada, tenía la sensación de que él
ya no estaba allí. Hasta que de
pronto, en el momento menos
pensado, oí que alguien detrás de
mí decía y luego se reía: «Debes
mucho dinero.» Pensé de inmediato
en todas las veces que me había ido
de allí sin pagar. Me volví aterrado
pero no le vi, no parecía que
estuviera allí. Miré por todas
partes, tenía que estar entre la barra
y la puerta de entrada. Pero no, no
estaba allí, o yo no conseguía verle.
La voz, en cualquier caso, era la
suya, inconfundible, sonando como
el susurro de unas hojas caídas. Y
su risa la de siempre, la de alguien
sin pulmones. «Recuerda que yo fui
tu protector, recuerda que te
presenté al editor Perkins», le oí
decir de pronto. Y entonces le vi.
Estaba en el rincón más oscuro de
la barra. Parecía que se hubiera
bebido todas las botellas de los
antiguos sótanos de la antigua casa
deshabitada de aquel solar. «¿Qué
haces ahí, Scott?», le pregunté,
quizá en un tono demasiado
perdonavidas.
Permaneció
en
silencio largo tiempo, resistiendo a
ese tiempo como también lo ha
hecho la madera de la que está
hecho. Yo estaba ya sentado
hablando con el camarero cuando,
saliendo de la madera misma de mi
mesa, reapareció su inquietante voz.
«Me
debes
mucho
dinero,
Hemingway. Yo te ayudé a
triunfar», dijo, y se rió con cierta
amargura. Juraría que durante unas
décimas de segundo, bajo la
dirección del Monstre Vert,
ensayaron un baile todas las
botellas de La Closerie des Lilas.
Aunque le vi más borracho que
nunca, en el fondo del fondo lo
encontré igual que siempre, seguía
riendo sin pulmones pero riendo
como el ser inmortal que era, y no
habían envejecido nada sus viejos
hilos rotos de bello y maldito
cachivache, los viejos hilos de mi
querido Scott secreto.
26
UNA tarde, fui al apartamento de
Raúl Escari con la premeditada
idea de que me orientara acerca del
significado de la expresión registro
lingüístico, para mí el más grande
de los enigmas de la cuartilla en la
que Marguerite Duras me había
dado instrucciones para escribir
una novela. «¿De verdad quieres
saber eso?», me preguntó Raúl en
cuanto le dije en su casa que quería
saber aquello. «¿Así que sabes lo
que es?», le dije ilusionado. «Lo sé,
pero me aburre decírtelo», me
contestó. Y añadió: «Actúa en lugar
de
preguntar.»
Esto
último
evidentemente me desconcertó y me
llevó a querer saber qué había
querido decirme. «Que preguntas
demasiado cuando en realidad
deberías pasar a la acción, en este
caso ponerte a escribir sin más. En
cuanto lo hagas sin preguntarte
tantas cosas te encontrarás de frente
con el registro lingüístico.»
Volvíamos a estar como al
comienzo de la conversación. «¿Y
no podrías decirme cómo es, qué
rasgos
tiene
el registro
lingüístico?» Con un enorme
fastidio por tener que explicarme
aquello, Raúl acabó diciéndome:
«No se habla lo mismo en el salón
que en el cuartel, en familia que
entre estudiantes, o en una reunión
política, o en la iglesia, o en el bar
de la esquina. ¿Captas ahora el
asunto? Por cierto, podríamos ir al
bar de la esquina.»
Ya en el bar de la esquina, se
dignó decirme: «Cambiamos de
lenguaje conforme cambiamos de
ambiente. ¿Captas?» «Pero tú», le
dije, «hablas igual en este bar que
en tu casa.» «Pero si ahora se
sentara con nosotros, por ejemplo,
tu madre, yo hablaría en un registro
distinto.» «Capto», le dije.
Entonces, como si le hubiera
molestado que hubiera captado
tanto, añadió: «En realidad no
deberíamos hablar aquí en este bar
d e registros lingüísticos sino de
variedades diafásicas, que son los
diversos
comportamientos
idiomáticos que puede adoptar un
mismo individuo según la situación
comunicativa en que se encuentre.»
«¿Y no es lo mismo un
registro lingüístico que una
variedad diafásica?», pregunté.
«Claro que sí», respondió, «¿ves
como ya sabes qué es un registro?»
En efecto, ya sabía lo que era,
aunque lo había aprendido por un
tortuoso, quizá en realidad muy sutil
e inteligente, camino. Cambié de
tema. Decidí averiguar por qué él,
siendo claramente un escritor, no
escribía desde hacía años. De
pronto, le pregunté en qué registro
escribiría en el caso de que
escribiera. No me contestó. Insistí y
siguió igual, no obtuve respuesta
alguna. Sólo una sonrisa, una
sonrisa perfecta. Su registro, el más
elegante que he conocido en mi
vida, era pariente de la risa y del
silencio.
27
NADA en la vida es inmutable,
todo es modificable. Yo por
ejemplo, podría irme a vivir a
Nueva York, que es lo que en el
fondo deseo. Podría instalarme en
un apartamento en Nueva York en
lugar de estar en Barcelona
comentando que París no se acaba
nunca. Nada es inmutable, todo es
modificable.
Pensemos,
por
ejemplo, en la obra de Flaubert.
Con la imaginación la podemos
fácilmente transformar. Basta que
dejemos caer sobre esa obra la
sospecha de que si su autor hubiera
dispuesto de un poco más de tiempo
y dinero suficiente para ordenar su
legado literario, hoy sería una obra
bastante distinta, pues seguro que
Flaubert habría terminado Bouvard
y Pécuchet, habría suprimido
Madame Bovary (hay que tomarse
en serio el fastidio que a su autor le
producía la despótica fama del
libro)
y
a La
educación
sentimental le habría dado un final
diferente.
Salvando las insalvables
distancias con Flaubert pero
pensando que todo se puede
cambiar, me digo ahora que de mi
obra, antes de que sea demasiado
tarde, debería, por ejemplo,
cambiar el final de mi séptima
novela,
mejorar
la
novena
(desaproveché
las
amplias
posibilidades de la trama), suprimir
la tercera, etcétera. Pero, sobre
todo, lo más urgente sería retocar
La asesina ilustrada, libro
venenoso y criminal, mi fúnebre
debut literario. Tal vez cambiarle
sólo el título pasar a llamar
irónicamente a ese libro Pipa y
desesperación,
errores
de
juventud. No sé, creo que me
convendría darle cierta alegría a
mis primeros pasos en las letras,
embellecer lo que fue una puesta de
largo un tanto siniestra. Por su
carácter de monumento funerario —
es como esa tumba de Tutankhamon
que quien la abría, moría— yo
debería hacer con ese libro lo que
proponían los surrealistas para
darle un poco de alegría al siniestro
y solemne Panthéon de París:
cortarlo verticalmente y separar las
dos mitades cincuenta centímetros.
28
HABLANDO de panteones, la frase
más irónica que conozco —tal vez
la más insuperable de las frases
irónicas— es el epitafio que
Marcel Duchamp escribió para sí
mismo y que puede leerse en la
lápida de su tumba:
D’ailleurs, cest toujours les
autres qui meurent.
(Por otra parte, siempre se
mueren los otros.)
29
ES difícil saber si quien acaba de
pedir que yo hable más fuerte es un
saboteador de esta conferencia o
bien está sordo o es un admirador
excesivo.
Pero en fin, sea como fuere,
seré más sonoro.
Vivo en Barcelona, me atrae y
fascina mucho ese París que nunca
se acaba, pero no me engaño,
quisiera pasar más tiempo en Nueva
York, donde, por cierto, sólo he
pasado una noche en mi vida.
Nueva York es un deseo que
viene de lejos. Durante muchos
años tuve un sueño recurrente en el
que me veía a mí mismo de niño en
los años cincuenta en el amplio
patio de la casa de mis padres, en
ese entresuelo de la calle Rosellón
de Barcelona, frente al cine Chile.
Me veía en ese sueño allí jugando a
solas a fútbol (como solía hacer de
niño), a la sombra de las casas de
ocho o diez plantas que rodeaban el
patio. Pero había un cambio
respecto al pasado: aquellas casas
aparecían
transformadas
en
rascacielos de una ciudad con
innegable duende, la ciudad de
Nueva York. Y eso, el que en lugar
de las casas de mi barrio hubiera
rascacielos, me producía una
potente sensación de plenitud
absoluta y de felicidad, la que daba
no moverse en el último rincón de
la tierra sino en la capital del
mundo, Nueva York. Tanto se
repetía este sueño de grandeza que
deduje que deseaba conocer esa
gran ciudad, cambiar el esplendor
modesto de mi provinciano mundo
infantil de la posguerra española
por el centro del mundo.
Un día, de pronto, me invitaron
a pasar una noche en Nueva York.
Me ofrecieron participar en un
coloquio en una biblioteca de
Manhattan. Aunque una sola noche
era poco —en las siguientes debía
estar en Providence y Boston para
otros dos coloquios— acepté la
invitación, viajé a Nueva York,
viajé sobre todo para investigar qué
sucedía cuando uno en el mundo
real se encontraba dentro de su
sueño más recurrente y más feliz.
Ya en Nueva York, recién
llegado a la ciudad, de noche en la
soledad de mi cuarto de hotel y con
la maleta por deshacer todavía,
miré por la ventana y contemplé los
rascacielos de los que estaba
rodeado. Visualmente era como en
el sueño del patio, pero nada
especial sucedía. Me encontraba yo
dentro de mi sueño y al mismo
tiempo el sueño era real. Pero,
como por otra parte era de esperar,
no había aumentado en nada mi
sensación de plenitud o de felicidad
por estar allí. Me encontraba en
Nueva York, y eso era todo. Me
acosté, me dormí y entonces soñé
que estaba jugando en un patio de
Nueva York, rodeado de casas de
Barcelona. Y de pronto descubrí
que el duende del sueño no había
sido nunca la ciudad de Nueva
York, sino el niño que jugaba
dentro de ese sueño. El niño que yo
había sido era el que había
provocado siempre que aquél fuera
mi sueño de sueños. A la mañana
siguiente, por mucho que estuviera
en Nueva York, me molestó una
barbaridad comprobar que me
había despertado. Porque lo de
menos era Nueva York, que estaba
allí con sus rascacielos y su
innegable seducción. Lo de menos
era estar confirmando que, en
efecto, Nueva York me gustaba más
que París. Y lo de más era que al
despertar se había borrado el niño,
había perdido al verdadero duende
del sueño. Anduve sonámbulo todo
aquel día, el único de mi vida que
he pasado en Nueva York.
30
LA asesina ilustrada (libro escrito
por la asesina misma, aunque el
lector no debe saberlo hasta el
final) se abre con una primera frase
casi perfecta que habla de lo
entrelazadas que están en la vida de
la narradora las ocasiones de risa y
llanto (una frase que fue en realidad
la última que escribí de todo el
libro y sobre la que diré algo más
adelante). Y luego continúa así:
«Fue el año pasado, en un viejo
hotel de Bremen, andando en busca
de Vidal Escabia. Por un laberinto
de corredores había llegado hasta
el 666, el número de su habitación,
y como fuera que la puerta estaba
entreabierta...»
La asesina le cuenta al lector
que descubre en esa habitación 666
del viejo hotel de Bremen el cuerpo
sin vida de Vidal Escabia y que
junto al cadáver encuentra, caído en
el suelo, como si a él le hubiera
sobrevenido la muerte mientras lo
leía, el manuscrito original de La
asesina ilustrada. Y un poco más
adelante la asesina revela que en
mayo del 75 le envió a la víctima
desde Worpswede, cerca de
Bremen, una carta personal, el
manuscrito de La asesina ilustrada
y unas notas sobre ese texto.
El motivo por el que elegí
Bremen y Worpswede —ciudad y
pueblo sobre los que lo desconocía
todo, sólo sabía que eran
poblaciones alemanas— fue en
realidad
muy
simple.
Por
imperativos de la trama, necesitaba
el nombre de una ciudad que no
estuviera muy lejos de París y en
aquel momento lo que tenía más a
mano en la buhardilla era Cartas a
un joven poeta, de Rainer Maria
Rilke. Abrí el libro con los ojos
cerrados y fui a parar a la cuarta
carta, que estaba fechada en julio
de 1903 en Worpswede, cerca de
Bremen. Me di cuenta enseguida de
que había encontrado la ciudad que
buscaba, pero también un pueblo de
nombre raro que sería una pena no
aprovechar. Y así fue como los dos,
tanto el pueblo de nombre raro,
Worpswede, como la ciudad de
Bremen, ocuparon un lugar en la
primera página de mi primer libro y
con el paso del tiempo —pocas
páginas habré frecuentado tanto
como la primera de La asesina
ilustrada—
acabaron
convirtiéndose en dos nombres
míticos para mí, en dos nombres
que pasaron a formar parte de mí
mismo.
Permítanme ahora que por
unos momentos deje a un lado la
ironía y me enternezca recordando
qué leía yo en esos días del pasado.
Creo que veía a Rilke y Unamuno
como si fueran escritores de libros
de autoayuda. Me parece que, al
igual que Cómo se hace una
novela, de Unamuno, yo tenía el
libro de Rilke allí en la buhardilla
con la idea primordial de tratar de
que, tal como insinuaba el título,
éste me enseñara a escribir. Lo
había comprado en la librería La
Hune como quien adquiere una
perla pensando que ésta va a
solucionarle la vida. Aquella
compra no puedo verla más que
como enternecedora y me lleva a
pensar en la posibilidad de que hoy
aquí, en esta sala, se encuentre entre
el público algún joven poeta que
esté escuchando esta conferencia
creyendo que puede aprender algo
de la exposición irónica de mis
años de aprendizaje.
Si es así, a ese joven poeta le
recomendaría que no cayera en tan
lamentable equívoco. Si a este
mundo venimos a aprender y, sin
embargo, no aprendemos nada —
salimos de él sabiendo menos de lo
que sabíamos—, menos va a
aprender de una conferencia en la
que la única certeza que tiene el
conferenciante —bueno, quizá ese
joven sí aprenda algo, quizá
aprenda esto que voy a decirle, lo
cual no es poco—, la única certeza
que yo tengo es que la constancia
del hábito de escribir suele estar en
relación con su absurdo, mientras
que en cambio las cosas brillantes
solemos hacerlas de repente.
No creo que esté de más
precisar que si bien del libro de
Rilke no aprendí nada, también es
cierto y curioso que ese libro a su
manera sí me ayudó en algo, me
ayudó no sólo a encontrar el
nombre de una ciudad y de un
pueblo alemanes sino también a
escribir las primeras frases de la
carta
de mi asesina, que son
exactamente las mismas que las del
cuarto mensaje de Rilke al joven
poeta, mensaje enviado desde
Worpswede, cerca de Bremen, el 16
de julio de 1903, y que comenzaba
así: «He dejado París y he venido
a esta gran llanura norteña, donde
la amplitud y la calma y el cielo
me ayudarán a descansar.»
Y si bien las dos poblaciones
me han ido acompañando a lo largo
de los años, nunca se me ocurrió
que un día podía viajar a ellas,
como así ha acabado sucediendo
hace unos pocos meses cuando unos
profesores me invitaron a una
lectura de mis textos en Bremen
ofreciéndome, sin ellos saberlo, la
posibilidad de viajar a la primera
ciudad y al primer pueblo que
nombré en toda mi obra. Acepté de
inmediato la invitación pero no
tardé nada en preguntarme si me
hospedarían en un viejo hotel en
Bremen y sobre todo en especular
en torno a la posibilidad tan
literaria como aterradora de que,
tanto si era viejo o no el hotel, el
número de mi cuarto pudiera ser el
666.
Si el 666 era el número de mi
habitación —cosa que entendía o
quería yo entender como muy
improbable—, debía desde luego
darme por hombre muerto. Tal vez
toda mi obra —me decía yo— ha
consistido en eso, en escribir
durante treinta años para acabar
volviendo a los orígenes, para
acabar regresando, en un círculo
cerrado diabólico —no olvidemos
que el 666 es el número de la
Bestia—, a las primeras frases que
escribí en mi primer libro,
regresando y siendo víctima mortal
de ellas, tal como lo había sido de
mi manuscrito Vidal Escabia, el
primer personaje de mis libros al
que maté.
Fui a Bremen y el hotel era
moderno y el número de habitación
(como a fin de cuentas era de
esperar) estaba muy lejos de ser el
666. Relajado, aquella misma
noche me liberé de golpe de mis
fantasmas y, al término de mi
lectura en la ciudad, durante la
cena,
bromeé
temerariamente
acerca de mis terrores ya disipados.
«¿Y si el 666 donde en realidad te
está esperando es en Worpswede?»
Nunca sabré quién preguntó eso. El
hecho es que al día siguiente decidí
viajar a Worpswede, en parte
porque quería desafiar a la Bestia,
pero también porque sentía
curiosidad por ese pueblo de
nombre raro que se había infiltrado
en las primeras páginas de mi
primer libro. En autobús, camino
del pueblo, me llegó la extraña
sensación
de
que
estaba
adentrándome, treinta años después
de haberla escrito, en la primera
página de La asesina ilustrada. Ya
en Worpswede, donde descubrí que
Rilke había viajado en 1903 a ese
tranquilo pueblo porque era amigo
de Paula Modersohn-Becker, visité
la casa—museo de esta interesante
pero malograda pintora. Y compré
varios libros sobre la historia
artística del lugar y también una
edición alemana de Cartas a un
joven poeta, aquel libro de Rilke
que yo había tenido en la buhardilla
de París y que había perdido hacía
mucho tiempo y en el que se
hablaba de la amplitud, la calma y
el cielo de aquella gran llanura
norteña donde curiosamente (o no)
en aquel momento me encontraba.
Modersohn-Becker pintaba a
las personas como si fueran
naturalezas muertas. Cuando murió,
Rilke le dedicó un poema, Réquiem
para una amiga. Tenía ella un
punto de genialidad que la muerte le
arrebató a los treinta y un años,
dejando a Rilke desolado: «Hay en
algún lugar una antigua enemistad
entre la vida y la gran obra...»
Estuve largo rato en la casa—
museo y después paseé por el
pueblo y a través de los cuadros de
paisajes que había visto en la casamuseo comencé a imaginar que
andaba por el Worpswede de
principios del siglo XX, que
andaba
por
la gran llanura
norteña, al anochecer, empujado
por un suave viento. Bajo un cielo
inmenso se extendían los campos en
tonos oscuros, lejanas colinas
onduladas que se movían cubiertas
de brezo, limitadas por rastrojeras
y alforjón recién segado. Y todo
esto se me fue presentando tan
fuerte y tan real, que hasta me entró
miedo. Entonces me acordé del
número 666 y también de que había
ido hasta aquel pueblo sabiendo
que me arriesgaba a encontrarme
con aquel número y con la amenaza
de que el círculo diabólico de mi
obra pudiera cerrarse de golpe en
cualquier momento. Pero el 666 no
estaba por ninguna parte. Tomé un
trivial helado de fresa en una
terraza de la carretera, junto a la
parada del autobús, que me
devolvió a Bremen.
Mi miedo a la Bestia quedó en
eso, quedó en un helado de fresa.
31
¿EN un helado de fresa?
Pasaron dos semanas y
Bremen y Worpswede habían
quedado atrás cuando de Barcelona
tuve que viajar a Málaga: se trataba
de unas apretadas horas de trabajo
con noche en el Hotel Larios y
vuelta al día siguiente. Sabido es
que todo llega o acaba llegando y
que a veces llega cuando menos lo
esperas. Al regreso del rápido
viaje, me tocó volar de Málaga a
Barcelona en el vuelo de Spanair
JKK666. Casi no podía creerlo.
¿Cómo se atrevían a darle el
número de la Bestia a un avión?
Durante un largo rato, esperando la
salida del diabólico vuelo temí que
aquello que había presumido que
podía sucederme en Bremen,
pudiera pasarme precisamente en
aquel avión. Porque también es bien
sabido que tanto Dios como el
Diablo han mostrado últimamente
con creces no tener nada de
perfectos y sí mucho de torpes, se
les ve a menudo llegar tarde al
teatro de sus operaciones. Pero
luego pensé en lo contrario, me dije
que era absurdo caer en la trampa y
creer en cosas de tan pronunciada
carga literaria y que en definitiva
no tenía por qué sucederme nada. Y
subí al avión.
Mi compañero de asiento era
uno de esos jóvenes nerviosos con
los que todos alguna vez nos hemos
cruzado en los aviones, una de esas
personas que no paran de moverse,
como si vinieran de beber mucho o
de haber tomado una fuerte dosis de
cocaína. Cuando la azafata les
obliga a ponerse el cinturón de
seguridad, creemos que vamos a
poder descansar de ellos. Pero en
modo alguno es así, porque siguen
agitándose intranquilos y nerviosos
dentro del cinturón abrochado y
hasta empiezan a contagiarnos su
alterado
estado.
Logró
contagiármelo tanto que no pude
evitar enviarle una mirada feroz al
tiempo que trataba yo de reprimir
mis instintos más primarios, que
eran darle una bofetada y colocarle
un triple cinturón de seguridad. El
tipo seguía allí descontrolado y
agitándose en el asiento, cogiendo,
por ejemplo, la revista de la
compañía aérea y volviendo a
colocarla en su sitio, y eso hasta no
sé cuántas veces. Por no hablar de
las preguntas absurdas a las
azafatas, las miradas nerviosas
hacia la ventanilla y otras lindezas.
Le contemplé bien, iba vestido
completamente de negro, de la
cabeza a los pies. Miré con
atención esa cabeza, me detuve en
el examen detallado de su rostro, y
sentí un breve escalofrío: aquel
joven, que tenía aire diabólico y
cierto aspecto de asesino, se
parecía mucho a mí en la época en
que escribí La asesina ilustrada.
En ese momento, despegó el
avión.
¿Era un impostor o alguien
ajeno por completo a mí o yo
mismo con unos años menos? Sin
duda lo segundo y, salvo que
viajaba en el JKK666 y su aspecto
era más bien demoníaco, no había
demasiados
motivos
para
alarmarse. Pero por si acaso traté
de seguir manteniéndole a raya. Le
lancé una nueva mirada desafiante.
Le lancé —en la medida de lo
posible— la misma mirada helada y
terrorífica que en su momento,
cuando escribía el libro, había
imaginado yo que tenía mi asesina
ilustrada. Pensé que le había dejado
atónito o confundido, pero eso sólo
lo pensé, la realidad iba por otro
lado. Cuando andaba ya planeando
dejar de mirarle y de ocuparme de
él, reanudó su gesto nervioso de
coger la revista de la compañía
aérea y darle un vistazo compulsivo
y colocarla de nuevo en su sitio.
Más irritado que nunca, iba a
mandarle una última y muy seria y
amenazante mirada de reproche
cuando me llegó nítidamente la
impresión de que yo no estaría vivo
si en los años setenta, por ejemplo,
siguiendo
el
ejemplo
de
Hemingway o dejándose llevar por
la desesperación propia de la
juventud, él se hubiera suicidado.
Vi que siempre había dependido de
aquel joven asesino y que si él me
olvidaba, yo moriría. Y viceversa,
claro.
Tomé nota en mi agenda de lo
que pasaba y busqué que él lo
leyera. Anoté: «Sensación de estar
en dos tiempos y en dos sitios.» El
joven diabólico estaba demasiado
nervioso para leer lo que yo
escribía. Me pregunté qué sucedería
si yo, por ejemplo, le dijera:
«Cuando alcances mi edad, querrás
a toda costa que alguien te
reconozca que físicamente te
pareces
a
Hemingway.»
Seguramente, me tomaría por loco o
pensaría que quería estrechar lazos
amorosos con él, cualquier cosa
menos adivinar que era igual a mí
cuando yo era joven. Viajé en
riguroso y reprimido silencio a su
lado hasta Barcelona. Y al aterrizar
en esa ciudad le cedí el paso en el
pasillo del avión para que pudiera
salir antes. «La juventud, delante»,
le dije desfogándome, tratando de
subsanar con estas palabras parte
de la represión sufrida a lo largo
del interminable vuelo. «Y el
demonio que anda por todas
partes», respondió insolente, casi
arrollándome.
Tan
inmensa
urgencia por salir de un avión no la
he visto nunca en nadie, y eso que
he visto gente acelerada.
32
DECÍA Hemingway que cuando la
primavera llega a París, incluso si
es una primavera falsa, la única
cuestión está en encontrar el lugar
donde uno pueda ser más feliz.
Recuerdo muy bien el primer día de
la primavera de 1974, no el primer
día oficial de la primavera, sino un
día espléndido de abril, recuerdo
muy bien la fecha, el 9 de abril, un
día en el que de pronto cesaron por
completo las lluvias y todo el
mundo dejó atrás la ropa de
invierno y se llenaron las terrazas
de los cafés. Todo invitaba a la
felicidad, un grave contratiempo
para mi estado habitual de
desesperación juvenil. París es una
ciudad gris y lluviosa, pero cuando
llega la primavera y se llenan las
terrazas y cantantes callejeras que
parecen salir de todos los rincones
cantan La vie en rose, la ciudad se
convierte en el mejor lugar del
mundo para, aunque uno no quiera y
prefiera la vida en negro, poder ser
feliz.
Ese 9 de abril, iba yo a cruzar
el boulevard Saint-Germain con
Marguerite Duras y Raúl Escari
cuando de pronto un gran coche
negro, casi funerario y en todo caso
nada primaveral, frenó de golpe y
se detuvo junto a nosotros. Miré y
pude ver en su interior a Julia
Kristeva,
Philippe
Sollers,
Marcelin Pleynet y a una cuarta
persona que no identifiqué. Sollers
bajó la ventanilla del coche y habló
unos
breves
segundos
con
Marguerite. No entendí nada de lo
que decían. Después, el coche
arrancó y desapareció en la lejanía,
acabó difuminándose al fondo del
boulevard. Entonces Marguerite
dijo de pronto: «Se van a la China.»
Una vez más, pensé, habla en
su francés superior. Se van a la
China, repitió Raúl en un tono muy
solemne e irónico, y no pudo
reprimir una alegre carcajada. Y yo
reí para no llevar la contraria. Lo
curioso es que era verdad. En días
de abril y mayo de 1974, una
delegación francesa compuesta por
tres miembros de la revista Tel
Quel (Sollers, Kristeva y Pleynet),
junto a François Wahl y Roland
Barthes, visitó la China. Fueron de
Pekín a Shanghai y de Nankín a
Xian. A su vuelta, Barthes publicó
un célebre artículo en Le Monde,
donde se mostraba decepcionado
ante lo que había oído y visto. El té
chino le había parecido tan soso
como el paisaje. Eso y ciertas
reflexiones sobre el maoísmo es lo
que más recuerdo de aquel artículo
que el día en que apareció, un 24 de
mayo de 1974 —otro extraordinario
día de primavera—, leí en mi
buhardilla con sigiloso asombro
ante lo que allí se decía. El artículo
se titulaba «Alors la Chine», y hay
quien asegura que ha pasado a la
historia de la literatura francesa del
siglo XX.
33
PIENSEN cuáles pueden ser las
razones
básicas
para
la
desesperación. Cada uno de ustedes
tendrá las suyas. Les propongo las
mías: la volubilidad del amor, la
fragilidad de nuestro cuerpo, la
abrumadora
mezquindad
que
domina la vida social, la trágica
soledad en la que en el fondo
vivimos todos, los reveses de la
amistad,
la
monotonía
e
insensibilidad que trae aparejada la
costumbre de vivir.
Al otro lado de la balanza,
encontramos París. Esa ciudad, tal
vez porque no se acaba nunca y
porque, además, es maravillosa,
puede con todo, puede con todas las
causas que el hombre encuentra
para ser infeliz. Pero si, además,
uno en París es joven como lo era
yo en aquellos días y en realidad
aún no ha detectado las verdaderas
y esenciales razones que puede
haber para la desesperación, no se
entiende que yo me sintiera tan
infeliz. ¿Qué hacía, Dios mío,
desesperado en París? No podía ser
más imbécil.
Doy vueltas a esto y me
acuerdo de este apunte de Cioran:
«París: ciudad en la que podría
haber ciertas personas interesantes
a las que ver, pero en la que se ve a
cualquiera menos a ellas. Te
crucifican los fastidiosos.»
Y me digo que cuando viví en
París nunca distinguí entre personas
interesantes y fastidiosas, muy
probablemente porque yo, con mi
estúpida desesperación a cuestas,
pertenecía al numeroso grupo de las
fastidiosas.
34
CREÍA que era muy elegante vivir
en la desesperación. Lo creí a lo
largo de esos dos años que pasé en
París, y en realidad lo he creído
casi toda mi vida, he vivido en ese
error hasta agosto de este año, que
es cuando se tambaleó y derrumbó
definitivamente esa íntima creencia
en la elegancia de la desesperación.
Cuando ésta se derrumbó, fueron
cayendo poco después, como un
castillo de naipes, otras creencias
no menos pintorescas. Como, por
ejemplo, la de pensar que la flacura
es esencial para ser intelectual y
que los gordos —a medida que yo
engordaba, con gran complejo de
culpa, lo iba pensando cada día más
— no son poéticos ni pueden ser
inteligentes.
Fui a París este agosto y, a la
espera de que llegara mi mujer, que
iba a reunirse conmigo al día
siguiente, salí del hotel al atardecer
y fui andando por la rué de Rennes
hasta el Café de Flore y me mezclé
con la multitud que abarrotaba las
calles y fui hacia el 5 de la rué
Saint-Benoít. Actué como si
continuara siendo aquélla mi casa y
un día más al atardecer regresara a
ella. Pero pronto me di cuenta de
que tenía yo algo de fantasma, algo
de cadáver al que le hubieran dado
un permiso de varias horas para
levantarse de la tumba y regresar a
las abandonadas calles de su
juventud y comprobar que en ellas
nada estaba igual, que todo había
cambiado mucho.
Andaba por las calles de mi
barrio como un triste fantasma y
descubrí de pronto lo poco elegante
que podía ser la desesperación,
sobre todo si el desesperado era un
fantasma, un muerto. Iba yo perdido
entre la multitud por esas calles
antaño tan familiares, perdido y sin
conocer a nadie en el barrio y sin
tan siquiera poder entrar en mi casa
y subir hasta la buhardilla, pues ya
no vivía allí; me sentía un muerto
con permiso, un fantasma, y ésta era
una sensación desoladora, porque
vi el hueco profundo e insalvable
que separaba mi juventud de la
madurez, y constatar esto me dolió
mucho, comprendí que el incesante
y vasto universo de París se había
ido apartando de mí desde hacía ya
mucho tiempo.
Anduve como un fantasma al
atardecer y nunca he abarcado con
tanta comprensión esa idea que
todos tenemos de la trágica soledad
de los muertos. En otros días, andar
como un fantasma me habría
parecido muy elegante. Pero ese
atardecer de agosto, al ver que en
mi barrio de París ya no era yo
nadie, supe qué clase de desastre
tan grande se escondía en el interior
de la elegante desesperación. No
era
nada
agradable
andar
desesperado por las calles de mi
antiguo barrio. Si no era elegante
querer morirse, aún menos lo era
estar muerto y pasear por los
lugares donde estuviste vivo.
Me acordé de una película
británica en la que a Napoleón le
hacían desembarcar de nuevo en
París mientras un doble le
reemplazaba en Santa Elena. El
problema para Bonaparte era que
en París nadie le reconocía y
comprendía muy pronto que, de
insistir
demasiado
en
que
respetasen su identidad, corría el
peligro de acabar como las decenas
de locos que llenaban el manicomio
de París asegurando que ellos y
únicamente ellos eran el auténtico
Napoleón.
Y me acordé también de un
amigo extraño de aquellos días, del
joven parisino que vivía en la rué
Jacob, cerca de mi buhardilla, me
acordé mucho de ese amigo que
cuando caía en el pozo negro de la
demencia se paseaba por el barrio
sintiéndose Napoleón. Me lo
encontraba a veces sentado a lo
Bonaparte en el pequeño y
confortable jardín del Museo
Delacroix de la place de
Furstemberg, y a veces conversaba
con él. «Ya ves», recuerdo que me
dijo un día, «ayer era pata- físico y
hoy en cambio sólo soy Napoleón.»
¿Qué era eso de ser
patafísico? Yo era situacionista,
pero no había oído hablar jamás de
los patafísicos. ¿Eran parientes de
l o s situacionistas? Cuando días
después supe algo sobre los
patafísicos, decidí continuar siendo
únicamente situacionista y evitar
así confusiones excesivas en mi
personálidad literaria y política.
Comencé a caminar por la ruta
de la locura de mi amigo extraño de
la rué Jacob, por la ruta del
Napoleón del barrio, y empecé a
vestir de joven con aires de asesino
ilustrado, gafas intelectuales y
ridicula pipa sartriana (no me daba
cuenta de que esa pipa me
aburguesaba más en vez de darme
una imagen de poeta maldito),
camisa y pantalones rigurosamente
negros, gafas también negras, el
rostro
hermético,
ausente,
terriblemente moderno: todo negro,
hasta el porvenir. Sólo quería ser
un escritor maldito, el más elegante
de los desesperados. Arrinconé de
pronto a Hemingway y me puse a
leer, por un lado, a Hólderlin,
Nietzsche y Mallarmé, y por otro a
lo que podríamos llamar el panteón
negro
de
la
literatura:
Lautréamont, Sade, Rimbaud, Jarry,
Artaud, Roussel.
En aquellos días, comencé a
pasear por las calles del barrio
creyéndome
una
persona
interesante. A veces me sentaba en
la terraza del Flore o de Chez
Tonton y buscaba que los
transeúntes repararan en mí,
observaran que, provisto de mi pipa
sartriana, leía con aires de joven
poeta francés peligroso. De vez en
cuando —lo tenía muy estudiado—
levantaba la vista del libro que
fingía leer y entonces mi penetrante
mirada de escritor maldito no podía
ser más impostada.
En aquellos días decía yo a
menudo que no soportaba la vida y
que deseaba morir por encima de
cualquier otra cosa. «En el fondo,
un truco para evitar la humillación
de aceptar que, después de la
muerte de Dios, ya no eras nadie»,
me comentó años después, desde
Montevideo
(la
ciudad
de
Lautréamont) el amigo inteligente,
el amigo Raúl Escari. Fue la
primera vez que advertí que tal vez
lo elegante podía ser algo distinto
de lo que había siempre pensado,
tal vez lo elegante era vivir en la
alegría del presente, que es una
forma de sentirnos inmortales.
Nadie nos pide que vivamos la
vida en rosa, pero tampoco la
desesperación en negro. Como dice
el proverbio chino, ningún hombre
puede impedir que el pájaro oscuro
de la tristeza vuele sobre su cabeza,
pero lo que sí puede impedir es que
anide en su cabellera. «No hago
nada sin alegría», decía Montaigne.
Al comienzo de El Antiedipo
hallamos esta gran frase de
Foucault: «No creas que porque
eres revolucionario debes sentirte
triste.»
Pero en aquellos días de
juventud de París yo creía que la
alegría era una tontería y una
vulgaridad
y,
con
notable
impostura, fingía leer a Lautréamont
y no paraba de molestar a los
amigos insinuando a todas horas
que el mundo era triste y que no
tardaría en suicidarme, pues sólo
pensaba en estar muerto. Hasta que
un día me encontré a Severo Sarduy
en La Closerie des Lilas y me
preguntó qué pensaba hacer el
sábado por la noche. «Matarme», le
respondí. «Entonces quedemos el
viernes», dijo Sarduy. (Años
después le oí decir lo mismo a
Woody Alien y quedé patitieso,
Sarduy se le había anticipado.)
A partir de aquel día, molesté
menos a los amigos con esa idea de
la muerte por mano propia, pero
durante mucho tiempo mantuve
todavía —hasta agosto de este año
no quedó del todo pulverizada— mi
creencia en la elegancia intrínseca
de la desesperación. Hasta que
descubrí lo poco elegante que
puede ser pasear triste, muerto y
desesperado por las calles de tu
barrio de París. Eso lo comprendí
este agosto. Y desde entonces la
elegancia la encuentro en la alegría.
«Varias veces emprendí el estudio
de la metafísica, pero me
interrumpió la felicidad», decía
Macedonio
Fernández.
Ahora
pienso que no es elegante sino de
verdaderos cataplasmas estar en el
mundo sin experimentar la alegría
de vivir. Dice Fernando Savater
que el dicho castizo tomarse las
cosas con filosofía no significa
tomarse las cosas con resignación,
ni tampoco con gravedad, sino
to má r s e l a s alegremente. Claro.
Después de todo, para estar
desesperados tenemos toda la
eternidad.
35
UNA noche de junio del 74, en un
restaurante de la rué Saint-Benoít
(Barthes ya había vuelto de la
China y en París comenzaban los
días a ser calurosos), quiso saber
Marguerite Duras qué destino
literario yo prefería.
«¿Mallarmé o Rimbaud?»,
preguntó.
Se me atragantó el café.
No tenía yo ni idea de qué me
estaba hablando. Había leído a los
dos con cierta atención y
deslumbramiento, pero estaba lejos
de saber que el uno y el otro
representaban
dos
opciones
literarias distintas, la sedentaria y
la nómada: Mallarmé sin moverse
en toda la vida de su domicilio de
París, sin abandonar jamás su
escritorio, concibiendo el lenguaje
como
una
potencia
de
transformación y de creación nacida
para crear enigmas más que para
aclararlos; Rimbaud abandonando
muy joven París y la escritura para
extraviarse en una vida africana de
aventura, convertirse en un hombre
de negocios al que le gustaba
«sobre todo fumar y beber licores
fuertes como metal fundido».
Adolfo Arrieta, que cenaba
con nosotros, vio mi cara de
zozobra y salió velozmente en mi
ayuda explicándome en breves
segundos qué clase de disyuntiva
era la que acababa de plantear
Marguerite. Esa disyuntiva me ha
acompañado toda la vida. Aquel
día, mi primer impulso fue elegir la
opción Rimbaud, cercana a la
apología de Hemingway de unas
formas de vida basadas en el riesgo
y en la mitificación de unas
c o nc e p c i o ne s viriles
de
la
existencia, dejarme seducir por la
aventura, situarme al lado de
Rimbaud, que «escribía silencios,
señalaba lo inexpresable, fijaba los
vértigos». Pero enseguida pensé
que, por sosa y aburrida que me
pareciera, me convenía más elegir
la opción Mallarmé, pues una
declaración entusiasta de principios
nómadas podía llevar a Marguerite
a preguntarme con coquetería por
qué diablos, si tanto me gustaban
Abisinia y Rimbaud, no me iba de
París y dejaba así libre mi
buhardilla. Por otra parte, no
convenía olvidar que quien había
escrito que le gustaban el humo y
los licores fuertes se había
convertido en África en un hombre
sobrio, avaro e hipócrita: «Sólo
bebo agua, quince francos al mes,
todo está muy caro. Nunca fumo.»
Iba a elegir la opción
Mallarmé cuando me quedé
peligrosamente dudando, y así he
llegado, dudando, hasta el día de
hoy, lo que en el fondo es más
propio de Mallarmé que de
Rimbaud, puesto que el domicilio y
el escritorio son ideales para la
duda y tienen la ventaja añadida de
impedir que nos volvamos locos, lo
cual, bien mirado, no está nada mal,
sobre todo si pensamos, como
pienso yo, que nunca será una duda
la que nos haga enloquecer, sino
más bien una certeza, cualquier
certeza, aunque ésta sea tan simple
como la que tengo ahora de que esta
primera sesión de las tres de las
que se compone esta conferencia de
tres días está a un solo fragmento de
llegar a su final. Les leo ahora el
fragmento sobre el orden y el
desorden en los escritorios, y por
hoy ya termino.
36
CREO que esa dicotomía entre
Rimbaud y Mallarmé la reflejé
inconscientemente en La asesina
ilustrada, donde inventé dos
escritores diametralmente opuestos.
Uno, Juan Herrera, era un escritor
de cierta categoría que se había
distinguido toda su vida por ser un
fanático del orden, del orden
burgués para ser más exactos.
Acerca de las arremetidas del
desorden (los totalitarismos de los
años treinta) contra el orden había
escrito numerosas páginas. El otro
se llamaba Vidal Escabia y era un
escritor pésimo y la viva imagen
del desorden. El primero era más
bien sedentario y el otro un nómada
recalcitrante. Tenían, claro está,
escritorios muy diferentes.
Herrera colocaba en el suyo
(había tenido el mismo durante toda
su vida, tanto en París como en Séte
o en Trouville), según un esquema
invariable:
plumas,
lápices,
cenicero,
lupa,
abrecartas,
diccionarios, folios, cuartillas, vaso
de agua mineral y cajita con
aspirinas, calmantes y centraminas.
Herrera —contrafigura de Thomas
Mann, un escritor burgués al que yo,
como situacionista, despreciaba—
era supersticioso y solía atribuir
sus momentos de escasa inspiración
literaria a la inexacta colocación de
alguno de sus objetos sobre la mesa
de trabajo. Vidal Escabia, en
cambio, nunca había tenido
escritorio (ni lo necesitaba, porque
otros le escribían la mayor parte de
sus novelas), era tremendamente
despistado, olvidaba en los taxis
los manuscritos de sus libros
escritos por otros, escribía (o,
mejor dicho, simulaba escribir) en
las playas o en las bares más
concurridos, no le duraba un
bolígrafo ni tres días seguidos, el
único diccionario que había tenido
había sido uno de sinónimos que le
regalaron en Lima y que perdió en
un prostíbulo (nunca se supo con
qué idea lo había llevado hasta
allí), era un apasionado promotor
de cualquier idea de caos y un
entusiasta de su propio desorden.
Creo que Vidal Escabia tenía
mucho de mí, pues a fin de cuentas
yo no había tenido escritorio hasta
llegar a París y, además, me había
pasado la vida homenajeando al
desorden y escribiendo cuatro
tonterías en las playas o en los
bares concurridos, nunca en un
escritorio. Yo amaba mucho el caos
y detestaba la estabilidad burguesa
y creo que me identificaba con
Escabia, a quien, aunque fuera un
mal escritor, le tenía mucha
simpatía, no diré que fuera mi
modelo de escritor, pero siempre le
habría preferido si me lo hubieran
confrontado con Thomas Mann, es
decir, con Juan Herrera, el escritor
insoportablemente
serio
y
sedentario, siempre pendiente de
que todo tuviera un orden preciso.
Ironías del destino. Cuando en
La asesina ilustrada describí la
ordenada disposición de los objetos
en la mesa de Juan Herrera, no
podía ni imaginar que, con el
tiempo, a lo largo de más de un
cuarto de siglo, yo acabaría
teniendo en Barcelona siempre el
mismo escritorio y cuidaría hasta
extremos patológicos y con
supersticiones de todo tipo la
disposición de mis objetos sobre la
mesa de trabajo, es decir, que me
convertiría
en
un
escritor
sedentario, en un Thomas Mann
cualquiera.
¿Soy conferencia o novela?
¿Soy Thomas Mann o Hemingway?
37
SIN duda la ironía ya existía en la
antigua Grecia, la encontramos en
Sócrates. El banquete de Platón es
de hecho la primera novela
moderna. En la Edad Media, sin
embargo,
la
ironía
estaba
peligrosamente vista o no era
concebible, estaba fuera de lugar,
podías ir a la hoguera si se te
ocurría
practicarla.
La
reencontramos
en
Cervantes,
hombre del Renacimiento. La ironía
se introduce en el meollo de la
novela, en su propia estructura. Y
de ahí hasta nuestros días. «Si la
realidad es un complot», dice
Ricardo Piglia, «la ironía es un
complot privado, una conspiración
contra ese complot.» La ironía no
es un añadido, forma parte de los
mecanismos de representación del
mundo, ofrece un ángulo de sombra
sobre ese mundo. La ironía, por
otra parte, es una figura retórica,
desmiente el lenguaje. Y, sin
embargo, yo no quiero desmentir
nada de lo que acabo de decir sobre
ella. No es nada irónico todo cuanto
he dicho sobre la ironía. Y es que a
fin de cuentas el arte es el único
método del que disponemos para
decir ciertas verdades. Y no veo
mayor verdad que ironizar sobre
nuestra propia identidad, que es lo
que desde ayer vengo haciendo,
siempre con buen ánimo, en esta
conferencia.
38
UN día, estaba sentado con Martine
Simonet (la plus belle pour aller
danser, la más guapa del barrio, mi
amor platónico), Javier Grandes y
Jeanne Boutade en la terraza del
Café de Flore (el Flora lo llamaba
Sarduy) y llevábamos un buen rato
sin hablar, seriamente inmersos en
la observación y estudio de la gente
que nos rodeaba o que pasaba por
la calle, cuando se me ocurrió de
pronto preguntarle a Martine qué
era lo que encontraba más
irresistible para reír a carcajadas.
«La piel de los plátanos»,
dijo, «la gente que resbala y se
rompe las narices. Soy muy
clásica.»
En aquellos días los clientes
del Café de Flore se dividían para
mí en tres apartados: el de los
escritores exiliados, el de los
escritores franceses y el de la
variopinta y más bien extravagante
clientela ajena a lo literario, pero
no a lo raro. Es posible que desde
entonces no haya vuelto a ver
reunido en ningún lugar del mundo
tanto elemento excéntrico como el
que allí había.
«Valga el fácil tropo: el Flora
tiene su fauna: titular, casi
inamovible, empalagosa y segura»,
escribió Sarduy por esas fechas.
Recuerdo muy bien a algunos de los
integrantes de aquella extravagante
y empalagosa fauna: el joven rubio,
por ejemplo, que sólo podía
sentarse donde Jean—Paul Sartre
escribió La náusea; la imitadora de
Zsa-Zsa Gabor, que llegaba, todos
los días al atardecer, con sus siete
perritos
blancos;
el
joven
millonario mallorquín Tomás Molí
y su eterno secretario, trabajando en
un libro que se les volvió infinito;
la pintora norteamericana Ruth
Stevens, demacrada y escorbútica;
Roland Barthes refugiándose en la
lectura de Le Monde para no ser
molestado; el travesti gordo de
todas las noches, ostensible y
negro; David Hockney, con la
mirada falsamente ausente; la
insoportable abuela moscovita,
desgreñada y diabólica; Paloma
Picasso y su novio argentino,
etcétera.
Yo me pasaba horas allí en el
Flore con los amigos riéndome de
los clientes del local y sobre todo
de la gente que veíamos pasar por
la calle, por delante del café. Claro
está que, según donde estuviera
situada mi mesa, había días en que,
cuando decidía dejarla para
regresar a la buhardilla (que estaba
a cuatro pasos de allí), era capaz de
dar una vuelta entera a la manzana
con tal de no pasar por delante de
la terraza y ser yo mismo la nueva
víctima de los comentarios y las
burlas.
Claro está también que no
siempre fue así, pues en realidad
tardé mucho en atreverme a entrar
en el Flore y aún más en aprender a
reírme de la gente de la calle y de
la del interior del café. De hecho, el
día en que le hice la pregunta
distendida a Martine, yo de algún
modo llevaba muy pocas horas ya
por fin plenamente integrado entre
la fauna del Flore. Ese día yo era
consciente de que, tal como ya
había sospechado la primera vez
que entré en el Flore, en realidad no
me había exiliado a Francia ni a
París, sino a un barrio de París, el
Quartier Latin, y muy especialmente
a un café de ese barrio, el Flore.
Ya el día en que fui por
primera vez al Flore sospeché que
entrar en él significaba pedir asilo
literario en el café, pasar a formar
parte
de
una
cadena
de
generaciones de escritores que se
habían exiliado allí, exactamente
allí. Yo aquel primer día sentí que
ingresar en el Flore significaba
abrazar una orden de escritores
desplazados, aceptar algo parecido
a la delegación de una continuidad.
El Flore parecía contener todos los
idiomas y todos los cafés literarios
del mundo. «Exiliarse en el
Quartier Latin», le había oído decir
a Sarduy, «es como pertenecer a un
clan, integrarse a un blasón, quedar
marcado por esa heráldica de
alcohol, de ausencia y de silencio
en la que generaciones de escritores
y poetas se han ido sucediendo.»
Me ilusionaba esa responsabilidad
de abrazar la orden de los que son
extranjeros siempre, pero al mismo
tiempo temía no estar a la altura, no
llegar a ser digno de los escritores
que me habían precedido, pues era
ya consciente de que tenía que
escribir como ellos, o incluso
mejor, y que para semejante
proyecto mi escritura tenía que ir
adquiriendo consistencia y textura.
¿Cómo lo haría? Difícil lo veía.
Estaba todo por hacer. ¿Lograría
ser digno de aquella tradición de
escritura de café y de exilio?
Azorado por todo esto, en los días
siguientes llegué a imaginar que la
tradición apátrida del Flore me
hablaba, y hasta creí oír algunas de
las lúcidas y también trágicas voces
de los que me habían precedido,
voces que parecían componer un
coro llamado Exilio. Es tu turno,
oía que me decían.
¿Mi turno? Durante un largo
periodo
de
tiempo,
estuve
despertando sudoroso en medio de
la noche, tumbado allí en el
horrible colchón de la buhardilla,
viendo todavía las paredes y las
mesas del Flore que se habían
asomado a mi sueño. Y recuerdo
perfectamente que, aunque ya
hubiera despertado, muchas veces
seguía oyendo esas voces del coro.
El coro de los desplazados. El
Exilio, en definitiva.
Ahora te toca a ti, me decía el
Exilio. Y, secándome el sudor, yo
pensaba que Marguerite debería
haber
añadido
el
apartado
responsabilidad en su cuartilla de
instrucciones.
39
¿ES recomendable irse de París?
No, no creo que lo sea mucho. Para
la mujer que acompaña al intrépido
Harry
en Las nieves del
Kilimanjaro no lo es nada.
Refiriéndose a la peligrosa África
en la que se han adentrado, le dice a
Harry en un momento del relato de
Hemingway: «Quisiera no haber
venido a este lugar, en París no te
habría pasado nada de todo esto,
podríamos habernos quedado allí.»
Esa mujer, aunque sólo sea por su
carácter liviano y porque no le
gustaba nada moverse de París, me
recuerda a veces a Kikí, la única
persona de este mundo de la que sé
con certeza que me ha querido
asesinar.
Las nieves del Kilimanjaro es
un relato en el que Hemingway nos
cuenta, de forma elíptica, que le ha
visto ya las orejas al lobo, que ve
un presagio de muerte en las
cumbres nevadas de esa orgullosa
montaña, «cuya cima oeste es
llamada por los masai la casa de
Dios».
Hemingway
estaba
convencido de que las nieves del
Kilimanjaro, que identificaba con la
muerte, eran definitivas, perpetuas.
También nosotros hemos estado
convencidos de esto hasta hace muy
poco. En medio de un mundo
acelerado en el que todo se
transforma, era confortable saber
que la muerte, como la nieve sobre
la cumbre del Kilimanjaro, estaría
ahí
siempre
intocable,
deliciosamente fría y estable. Sin
embargo, toda esa serena seguridad
en la eternidad de la nieve de esas
cumbres africanas se nos derrumbó
no hace mucho cuando supimos que
dentro de veinte años ya no habrá ni
rastro de ella en el Kilimanjaro. Se
trata de una noticia del siglo xxi
equiparable a una del xix, parecida
a aquella de la muerte de Dios que
difundiera
en
su
momento
Nietzsche.
Dentro de veinte años morirán
las nieves eternas del Kilimanjaro.
Me pregunto qué habría dicho
Hemingway de haber podido
enterarse de esto que ahora
nosotros sabemos, es decir, de
haberse enterado de que después de
Dios será la Muerte la que muera.
Le
recuerdo
a
Hemingway
fotografiado con su mujer en Africa,
con el majestuoso Kilimanjaro al
fondo, su mujer Mary mirando a la
cámara con una escopeta. Y le
recuerdo también en otra fotografía
africana, junto al gran aventurero
Philip Percival, cuya valentía él
admiraba tanto.
«Harry miró, y todo lo que
pudo ver fue la cima cuadrada del
Kilimanjaro, ancha como el mundo
entero;
gigantesca,
alta
e
increíblemente blanca bajo el sol.
Entonces supo que era allí adonde
iba.» Había en Hemingway una
manera muy valiente y digna de ir
hacia la muerte, hacia las cumbres
nevadas. Pero es evidente que, en el
caso de que dentro de veinte años
le fuera posible volver al mundo, le
resultaría imposible volver a
escribir eso de «entonces supo que
era allí adonde iba», pues para esos
días el espacio que dio título a su
relato, ese lugar de silencio e
imponente clima de altura («allí
adonde iba»), al encontrarse sin sus
nieves perpetuas, no será el lugar,
no será la Muerte.
Dentro de veinte años, habrá
que ir a París para buscar algo más
eterno, darle así la razón a esa
mujer del relato de Hemingway que
decía que no era recomendable
dejar esa ciudad. Me parece que
ella, a pesar de su carácter liviano,
supo intuir muy bien que París, a
diferencia de las sentenciadas
nieves del Kilimanjaro, será
siempre inmortal, no se acabará
nunca. Porque ¿verdad, señoras y
señores, que París no se acabará
nunca?
40
DEBIÓ de ser en septiembre del
74, estábamos en el Café Blaise, en
lo alto de la Tour Eiífel, y de golpe
la realidad dejó de ser para mí lo
que era y al mirar hacia la ciudad vi
sólo una encrucijada de cuatro
caminos, uno de los cuales llevaba
con toda claridad a las cumbres del
Kilimanjaro. Mi absoluto asombro
al ver esto y mi fulminante
despedida de una realidad que hasta
entonces me había parecido única e
inmutable se encuentran entre los
recuerdos más memorables de ese
día en el que, acompañado y guiado
por Kikí, tomé mi primer ácido, mi
primer LSD.
Poco después de notar los
primeros efectos de la píldora,
comencé a tener la sensación —
siempre con dudas, pero creciendo
de segundo en segundo— de que tal
vez era inmortal, y acabé teniéndola
ya con toda la fuerza cuando de
pronto me llegó la casi inequívoca
impresión de que yo estaba algo
más que vivo y que si en aquel
momento alguien tenía la ocurrencia
de, por ejemplo, dispararme al
corazón, no lograría matarme, al
menos no lo conseguiría en aquel
momento, pues yo notaba en mi
cuerpo una energía infinita y de
incontrolable potencia.
Con mis dudas —cada vez
menores— sobre si era o no
inmortal, comencé a preguntarme
qué podía pasarme si me lanzaba al
vacío desde el Café Blaise. Estaba
ta n pasado de LSD que era muy
capaz de hacerlo. Miré a Kikí y ella
parecía distraída observando los
movimientos de unos niños que
jugaban con unos globos en la
terraza. «Me gustaría ahora», le
dije, «arrojarme al vacío y caer de
pie, sano y salvo, en el asfalto.
¿Crees que con la fuerza del ácido
soy capaz de una pirueta así? ¿Qué
piensas que me sucedería si hiciera
eso, crees que me mataría?»
Kikí era amante de la filosofía
hindú y adoraba al músico Ravi
Shankar y tenía a Katmandú en el
centro de su atormentado mundo
hippie y a menudo me hablaba de
cruces de caminos con montañas
nevadas al fondo, cruces con
diferentes sendas espirituales de
vida en las que la sabiduría budista
te ayudaba a elegir la única
verdadera. Kikí era una jovencita
caprichosa y liviana de la que
estuve perdidamente enamorado
hasta ese día de la Tour Eiffel en el
que empecé por suerte a disponer
de unas primeras noticias sobre la
existencia de la ironía, que es una
actividad que yo creo que a veces
desarrolla una prudencia egoísta
que por fortuna nos inmuniza contra
la exaltación sentimental. Gracias a
la ironía —que nos permite eludir
las desilusiones por la sencilla
razón de que se niega a ilusionarse
— ya no me ilusiono hoy en día con
ninguna Kikí —en la actualidad,
por cierto, madre de familia en
Reims, además de señora obesa y
alcoholizada, nada budista—, ya no
me ilusiono y hace tiempo que mi
lema es una frase cervantina que
aplicada, por ejemplo, a la hoy
gorda Kikí, le deja a uno
enamorado de la ironía: «No hay
carga más pesada que la mujer
liviana.»
«No te matarías, no morirías,
sólo te irías lejos de París, pero no
te matarías», me contestó aquel día
Kikí en un tono hipnotizador, muy
persuasivo. «¿Ah, no?», le dije algo
extrañado. Y ella: «No la palmarás
si con el debido karma te
concentras bien en la caída, ¿me
comprendes? Debes ir frenando
mentalmente en el aire durante tu
descenso. Si obras así, hasta puede
que llegues incluso a caer de pie, ya
ves.» «¿Y no caeré de pie en el
suelo de París?», pregunté. «Caerás
de pie, pero no será París»,
respondió.
Estaba enamorado de ella. Le
había hecho tanto caso hasta
entonces en cuantas consignas me
había
dado
sobre
cómo
comportarse bajo los efectos del
LSD, que por poco me arrojo
confiadamente al vacío desde lo
alto de la Tour Eiffel. Pero algo en
el último momento impidió que me
creyera que podía ir mentalmente
frenando mi cuerpo en la caída. Y
ese algo, aparte de una intervención
a tiempo de mi inteligencia natural,
fue el descubrimiento de que Kikí
era monstruosa, pues, sabiendo
como sabía que el ácido abre
brechas peligrosas en nuestra
mente, buscaba sin tapujos que yo
me matara. Vi que ella no sólo no
me quería nada, sino que con sus
palabras buscaba desembarazarse
de mí, tal vez porque quería
quedarse con el poquísimo dinero
que tenía en la buhardilla, o tal vez
simplemente porque yo, tal como
últimamente venía sospechando, le
resultaba odioso. Por suerte, la
ironía acudió en el último momento
en mi auxilio y desarrolló en mí una
prudencia egoísta que me inmunizó
de la voz asesina y persuasiva de la
terrible Kikí.
«No entiendo por qué irse de
París te parece recomendable», le
dije. «¿Qué?», preguntó algo
sorprendida, como si no esperara
que yo todavía siguiera allí, tal vez
se creía que ya estaba muerto.
«Nada», le dije, «sólo quiero que
sepas que la eternidad no es mucho
más larga que la vida.» Di media
vuelta sobre mí mismo y me
marché, dejé el Blaise y la dejé a
ella, la dejé para siempre, lo cual
es un decir, porque en realidad la
desaprensiva Kikí me había dejado
hacía ya muchos meses. Bajé en el
ascensor de la Tour Eiffel y poco
después, ya en la calle, en el cruce
de los cuatro caminos, me interné
en una ruta que iba más allá incluso
de la realidad que había venido a
suplir a la realidad que había
dejado de ser lo que era, y fui, a
ritmo de ácido, hacia otra realidad
en la que tiempo y espacio no
existían: fui, por decirlo de algún
modo, más allá de las nieves
perpetuas del Kilimanjaro; fui al
país donde las cosas no tienen
nombre y donde no hay dioses, no
hay hombres, no hay mundo, sólo el
abismo del fondo.
Muchas horas después, ya en
la buhardilla y habiendo bajado
mucho el efecto de la droga, estaba
mirando yo distraídamente el techo
cuando de pronto sentí un escalofrío
de terror, como si en ese preciso
instante hubiera vuelto a la
normalidad y a la realidad. Y me di
cuenta de la gravedad de lo que
había sucedido.
«Caramba», me dije asustado,
«no todos los días intentan a uno
asesinarle.»
41
AUNQUE escribiendo sobre una
asesina
ilustrada
me
había
encontrado con una asesina de
verdad, rechacé darle a la
narradora de mi novela la mirada
de la miserable Kikí. Curiosamente,
unos días después, casi por puro
azar, en el transcurso de una fiesta
en casa de Marguerite, se cruzó en
mi
camino
la
mirada
extremadamente perturbadora de
una muchacha que me pareció la
mirada ideal para mi mujer fatal, la
asesina.
Todos hemos caído alguna vez
en el tópico y la cursilería y hemos
dicho de la noche anterior que «fue
una velada inolvidable». Pero, al
final de la vida, sólo los seres que
no han vivido veladas inolvidables
son, como diría Pessoa, ridículos.
Yo creo estar a salvo del ridículo
porque puedo recordar como
mínimo una velada inolvidable. Una
noche en casa de Marguerite Duras.
Una reunión animada, con muchos
invitados; yo me sentía como dentro
de una película, como si estuviera
en el salón de la casa del
vicecónsul de Francia en Calcuta,
pues la música que sonaba en el
tocadiscos era la compuesta por
Carlos d’Alessio para la banda
sonora de India Song.
Entre los invitados, una joven
actriz, con un rostro de una belleza
absoluta, una actriz todavía no
famosa pero que no tardaría en
serlo, una muchacha llamada
Isabelle Adjani. Acababa de rodar
con Truffaut L’Histoire d’Adele H.,
pero todavía no había sido
estrenado el film y aquel día
todavía no era una actriz famosa.
Pensé que podía llegar a gustarme
más que mi amor platónico, más
que la propia Martine Simonet.
Pero no me atreví a dirigirle la
palabra en toda la larga velada. De
hecho, apenas hablé en toda la
reunión, cuyo peso llevaron, con
notable gran animación, Dyonis
Mascolo, Edgar Morin (que cantó
varias canciones de Joan Manuel
Serrat) y Duras. Me pasé toda la
velada esperando ingenuamente que
Adjani se enamorara de mí. Y sólo
al final de la reunión, en vista de
que esto no había sucedido, recurrí
al alcohol para atreverme a decir
algo; me bebí tres copas de coñac
seguidas
y
finalmente,
aprovechando un breve hueco en la
conversación general, dije que si yo
fuera director de cine contrataría
inmediatamente a Isabelle. Lo dije
como quien escribe una carta de
amor, una carta de amor ridicula.
Después, tras el gran esfuerzo que
esto representó para mí, me quedé
completamente hundido en el sofá.
El ventilador adosado al techo
giraba, pero con una lentitud de
pesadilla. Todos me miraron y
rieron pensando que había hablado
irónicamente, pues todos, menos yo,
sabían que ella acababa de rodar
con Truffaut. Aunque no sabía por
qué, entendí que mi breve
intervención había sido muy
afortunada y entonces, con la ayuda
del cuarto coñac, me atreví a mirar
directamente a los ojos de Adjani,
traté de mirarla a ella con la mayor
fijeza y profundidad posibles.
En
ese
momento,
una
inoportuna mosca se posó en mi ojo
izquierdo y, al tener que apartarla
de un manotazo, dejé de mirar a
Adjani. Fastidiado, me dije que las
moscas andaban siempre metiendo
la nariz donde no las llamaban.
Cuando volví a mi actividad
anterior, cuando regresé a mi
mirada fija y profunda, descubrí
que Adjani me estaba lanzando en
aquel preciso instante una mirada
tan helada como terrorífica. Quedé
inválido para el resto de aquella
inolvidable velada, pues percibí
con toda claridad y horror que si
aquellos ojos pudieran matar no
dejarían vivo ni al apuntador. Pero
no hay mal que por bien no venga.
Me di cuenta de que, en
compensación, había encontrado a
la mujer fatal de mi libro. Ahora ya
sabía exactamente cómo miraba mi
asesina ilustrada.
«Gracias por ser tan galante»,
me dijo Adjani con sorna. Y todo el
mundo rió mucho, como si les
hiciera gracia que el ventilador del
techo hubiera aumentado su lentitud
de pesadilla.
42
ENTRE las aportaciones de la
droga a la construcción de La
asesina ilustrada tres destacan por
encima del resto: 1) Grandes
interrogantes acerca de si la
realidad visual aceptada por el
sentido común tiene algo que ver
con la verdadera realidad. 2)
Descubrimiento de mi gusto por la
simulación y el travestismo. De
aquel día peligroso en el Café
Blaise difícilmente olvidaré que,
tras el incidente con Kikí, fui
caminando hacia mi chambre, y una
vez en ella, muchas horas antes de
que volviera a la normalidad y a la
realidad, me di cuenta de que me
sentía muy mal con mi cuerpo y
también con mi burguesa y
encorsetada forma de vestirme y me
dio por cambiarme frenéticamente
de ropa y buscar una presencia ante
el espejo distinta de la habitual, y
acabé vestido de Hemingway en
versión femenina, es decir, que me
disfracé de niño con bucles rubios
de niña, tal como la madre de
Hemingway le disfrazaba a él
cuando era pequeño, cuando le
vestía en guinga rosa con un
sombrero de flores, lo que dicho
sea de paso me ha llevado siempre
a pensar que toda la carrera virilliteraria de Ernest puede ser leída
como una reacción extrema a la
imagen de niño femenino de mamá.
3) Descubrimiento de la fragilidad
de
mi
incipiente
escritura,
atribuible sobre todo a mi escasa
experiencia como lector, lo que me
llevó a decidir que, puesto que
apenas me podía alimentar de
material literario (tenía pocas
experiencias como lector), me
nutriría de las lecciones visuales,
cinematográficas, que me había
proporcionado la droga.
¡Oh, claro! Como esta
conferencia de tres días es una
revisión irónica de mis años de
juventud en París, me resultaría
ahora muy fácil reírme del material
no literario del que empezó a
nutrirse a partir de aquel día La
asesina ilustrada. Desde luego un
narrador que ha accedido a la
experiencia de escribir después de
haber trasegado los libros de la
biblioteca familiar parece mucho
más respetable que uno que ha
comenzado a construir su edificio
literario tras una experiencia de
LSD. Parece escasa la nobleza de
mi poética de primera hora si, como
yo mismo estoy diciendo, ésta se
vio alimentada básicamente de una
droga que simplemente me amplió
el campo visual de lo perceptible.
Y, sin embargo, no estoy seguro
ahora de que deba reprocharme
nada, más bien todo lo contrario.
Porque si bien es cierto que más
adelante leí bastante y mi cultura
literaria se fortaleció, también lo es
que el LSD, con su apertura de mi
campo visual, no fue en su momento
ni mucho menos una despreciable
fuente de inspiración. Es más,
algunas de aquellas percepciones
de una realidad distinta perduran
con firmeza y, cargadas todavía hoy
de una energía muy notable, son la
causa de que me hagan reír, por
ejemplo, los escritores realistas que
duplican
la
realidad
empobreciéndola.
43
UNOS días después de aquella
fiesta con Isabelle Adjani en casa
de Duras, estaba yo sentado
tranquilamente
en
el
Flore
esperando a Jeanne Boutade cuando
mi vecino de mesa, un joven que
dijo llamarse Yves, comenzó a
hablarme sin más, con un discurso
un tanto acelerado al principio,
pero que pronto adquirió un ritmo
lento y lúcido. Pasó de preguntarme
si
me gustaban los croquemonsieur —casi no escuchó mi
atenta respuesta— a hablarme del
barrio, de Saint-Germain-des-Prés.
Llevaba toda la vida viviendo en él,
me dijo. Le gustaba mucho la rué
Mazarine, donde había nacido.
Cuando él era muy niño, SaintGermain todavía era un barrio
provincial. Le miré con cierto
detenimiento: una sonrisa dulce
bajo unos cabellos rizados y unos
ojos miopes o asustados detrás de
unas gafas redondas. Yo le gustaba,
eso parecía totalmente evidente. Me
encomendé a Jeanne Boutade y me
dije que ojalá ella llegara puntual y
me echara una mano y me ayudara a
escapar, sin ofender a Yves, de
aquel pequeño equívoco.
En dos minutos tocamos siete u
ocho temas distintos y no sé cómo
fuimos a parar al tema de Mayo del
68. Habían pasado unos años desde
aquellos hechos, dijo, pero daba la
impresión
de
que
hubiera
transcurrido ya una eternidad. Me
pareció que llevaba la razón en
esto. Desde que había llegado a
París yo apenas había pensado o se
me había ocurrido pensar que
estaba en la ciudad donde, tan sólo
unos pocos años antes, habían
tenido lugar aquellos hechos que,
según había podido leer, habían
convulsionado el mundo de
Occidente. Si lo pensaba bien,
nadie hablaba de Mayo del 68 entre
la gente que yo frecuentaba. Y a mí,
por otra parte, aquella revolución
estudiantil me importaba más bien
poco, tan sólo sentía cierta
curiosidad por saber qué había
pasado.
«No pasó nada», me dijo
Yves. «¿Nada?», pregunté. «No,
nada. De todo aquello me queda
sólo el recuerdo de una emoción
inmensa en un amanecer en el que
pensábamos que iba a cambiar el
mundo», dijo. «¿Qué clase de
emoción?», pregunté sinceramente
interesado. «Estábamos en las
barricadas y nadie tenía sueño y
parecía que París despertaba de
años de vida plana y cretinez.
Tuvimos un momento de inspiración
colectiva, muy emocionante, nos
pusimos a cantar a Jacques Dutronc
y aquello se parecía mucho a la
Revolución: II est cinq heures,
París s’eveille...»
«¿Y eso fue todo?», le
pregunté. Se quedó pensativo, muy
concentrado en sí mismo. En ese
momento, como tantas otras noches
a aquella misma hora, entró Roland
Barthes en el Flore y dio un rápido
vistazo a la fauna del local. A dos
pasos de él, y hasta parecía que
fuera su acompañante, entró Jeanne
Boutade, que se dio cuenta muy
pronto de mi embarazosa situación
con mi vecino de mesa y,
echándome una mano, comenzó a
decir que andábamos mal de tiempo
para ir a la fiesta que daba Copi en
una casa del barrio de la Bastille.
Yo me levanté y le envié al
pensativo y muy concentrado Yves
una señal para que comprendiera
que me iba.
«La Revolución», dijo él
entonces,
melancólico,
«me
recuerda la definición que de la
vida nos daba siempre un amigo de
mi familia, el doctor Gottfried
Benn. La vida, nos decía ese
doctor, dura veinticuatro horas y a
lo sumo fue una congestión.»
44
LLOVÍA y el viento era muy fuerte,
y en esa mezcla violenta el aire de
Nueva York parecía un espejo
destrozado. Yo iba andando con
Sonia Orwell por Park Avenue,
cerca del edificio donde durmiera
Kruschev los días en que fue a la
ONU y en plena asamblea general,
posiblemente cargado de humor y
vodka, golpeó el pupitre con su
propio zapato. Íbamos Sonia
Orwell y yo caminando despacio,
como si hiciese un día cálido y
sereno con el cielo de color
turquesa y las duras calles
resbaladizas fuesen largas playas
caribeñas con reflejos de perla.
Yo a Sonia Orwell, fuera de
aquel sueño, la había visto antes
una sola vez en la vida real, una
mañana en París en la que, al bajar
de la buhardilla y pasar por la
tercera planta, vi que la puerta de la
casa de Duras estaba entreabierta y
pensé que detrás se encontraba mi
casera, dispuesta a pedirme por
enésima vez los alquileres que le
debía.
Algo aterrado, pasé de
puntillas por aquel rellano, pero la
puerta se abrió entonces de golpe y
vi a una mujer madura de notable
belleza, que estaba barriendo el
recibidor con gran alegría y que me
miró.
«¿Está
Marguerite?»,
pregunté azorado; pregunté eso
porque pensé que debía decir algo.
«No, ha salido», respondió.
«¿Volverá pronto?» Ella se quedó
pensativa, sonriente, parecía que
me conociera mucho, que supiera
muy bien quién era yo y que hasta
supiera —como si de un Gran
Hermano se tratara— la cantidad
exacta de dinero que le debía a
Marguerite. «Mira», me dijo
mientras comenzaba a barrer el
rellano y la escalera, «nadie va muy
lejos cuando conoce la felicidad de
volver a entrar en su casa.»
Lógicamente
confundido,
preguntándome si aquella señora
me estaba sugiriendo que regresara
a mi buhardilla, decidí seguir
cuanto antes mi camino, mi habitual
descenso fulgurante por la escalera.
Luego, por la noche, Adolfo Arrieta
me dijo que la mujer era Sonia
Orwell, que se hospedaba aquellos
días en la casa de Duras. Pensé que
algún día contaría a mis nietos que
vi a la mujer de George Orwell
barriendo una escalera.
No tengo hijos, no tendré
nietos. En lugar de nietos, les tengo
a ustedes. No quiero que ahora
piensen que soy sólo el hombre que
vio a la mujer de Orwell barriendo
una escalera. Quédense con el
sueño de Nueva York, es más
poético.
45
UNOS pocos días antes de que yo
naciera, en el mes de marzo de
1948, Hemingway, que estaba
acercándose a su cincuenta
aniversario y se encontraba en
plena crisis creativa, se enamoró en
Venecia de una joven de dieciocho
años, Adriana Ivancich. «Aquel
amor sólo imaginario», me dijo ella
cuando la entrevisté el año pasado
en su casa.
Cincuenta años no son nada,
pensaba Hemingway a medida que
se
acercaba
el
inquietante
aniversario. Por aquellos días, tenía
la impresión de que como escritor
estaba ya acabado, pero al mismo
tiempo se resistía a aceptarlo.
Quizá la culpa la tenía Cuba, vivir
en aquella isla. Fue por la
necesidad
de
estimular
su
imaginación creativa y ponerla en
acción por lo que dejó sus gallos de
pelea y sus daiquiris en el bar
Floridita de La Habana y regresó a
Europa, al centro del mundo del
arte.
Venecia se convirtió para
Hemingway en su nueva amante. El
y su cuarta esposa, Mary, se
establecieron felizmente en el
invierno veneciano de la isla de
Torcello y más tarde en Cortina.
Cazó patos y perdices, intentó
escribir. «Necesitaba, aunque él no
lo sabía, la chispa rejuvenecedora
de una relación con una hija en
funciones, una relación otoñal
caduca, mínimamente coloreada por
lo erótico, penosamente deliciosa»,
ha escrito Anthony Burgess.
¿Qué tendrá Venecia que es el
lugar ideal para enamorarse?
Encontró a esa hija en funciones en
una joven de dieciocho años
llamada Adriana Ivancich, de voz
suave, católica, devota, femenina
con una feminidad que estaba
desapareciendo rápidamente de
América. Su actitud hacia ella la
juzgaba él como totalmente
paternal, pero la convirtió en la
heroína de una novela, Al otro lado
del río y entre los árboles, una
novela pésima, todo hay que
decirlo, de argumento transparente:
la historia de un viejo soldado que
sabe que va a morir. Muere en
Venecia. El dibujo de la portada —
no demasiado afortunado— lo hizo
Adriana. Cuando el año pasado fui
a verla, me explicó que quemó
todas las cartas de Hemingway
porque estaba enamorada de un
joven, a quien le parecía un
escándalo que mantuviera cualquier
tipo de relación con el viejo
escritor. «Un joven innamorato»,
me dijo, «que me amenazó con no
casarse conmigo si no quemaba las
cartas. ¡Cuantas veces he lamentado
haberlas destruido! Para colmo,
¿sabe usted?, el joven acabó no
casándose conmigo.»
Dos años después del fracaso
de la novela sobre el viejo soldado
que moría en Venecia, Adriana hizo
también
el
dibujo
—nada
excepcional— de la portada de El
viejo y el mar, y esta vez la joven
italiana le trajo más suerte a
Hemingway, pues la novela le hizo
resucitar a nivel mundial como
escritor y contribuyó a que le dieran
el Nobel. Mary, la cuarta y última
esposa de Hemingway, toleró
siempre los escarceos amorosos de
su marido porque se dio cuenta de
que necesitaba una musa joven para
seguir adelante. Ganó el Nobel,
pero volvió a sentirse acabado.
Cuando se quedaba solo y pensaba
en la vida y en la literatura, sabía
que estaba acabado, en la vida y en
las novelas, y en la novela de su
vida, quizá porque Venecia había
quedado atrás. Comenzó a sufrir
una degeneración física y nerviosa
general. En 1960 se puso a trabajar
en un libro de recuerdos titulado
París era una fiesta. Se recluyó en
una casa muy sombría, en una casa
espantosa que tenía en Ketchum,
Idaho. Se veía que era una casa
para morir.
Cuando, tras su suicidio, se
publicó París era una fiesta, el
libro emergió como una especie de
autobiografía de los años de
bohemia y de aprendizaje literario.
De París en ese libro se dice —y
ahora esto, a diferencia del final
abrupto de su vida, nos parece
irónico— que no se acaba nunca y
que «el recuerdo de cada persona
que ha vivido allí es distinto del
recuerdo de cualquier otra. Siempre
hemos vuelto, estuviéramos donde
estuviéramos, y sin importarnos lo
trabajoso o lo fácil que fuera llegar
allí. París siempre valía la pena, y
uno siempre recibía algo a cambio
de lo que allí dejaba. Yo he
hablado de París según era en los
primeros tiempos, cuando éramos
muy pobres y muy felices».
Burgess opina que la prosa de
ese libro es Hemingway en su
estado más puro, prosa sencilla y
muy evocadora, aceptando la vida,
pero, como siempre en su obra,
matizándola de melancolía. Es una
prosa que habla siempre del estoico
aguante en la adversidad. Aunque
acabara quebrado ese aguante por
un disparo en la frente, su melodía
melancólica es juvenil. Y su libro
sobre París entra como un viento
huracanado en las mentes de todos
los hombres y mujeres jóvenes que
comienzan a escribir. Es un libro
para futuros escritores.
«¡Brutto disparo!», me dijo
Adriana Ivancich el año pasado
cuando fui a verla, «hubiera
querido hacer algo por él, pero la
distancia y la indecisión, ¿sabe
usted?, lo impidieron. ¡Y pensar
que aquel joven pretendiente, el
innamorato, no se casó conmigo, el
muy imbécil!»
No sabiendo cómo darle un
final a la visita a Adriana —aquella
conversación con ella parecía
París, que no se acaba nunca, y yo
sentía que debía marcharme antes
de que fuera demasiado tarde—, le
dije que no sabía si ella lo había
pensado alguna vez, pero que
incluso el peor Hemingway nos
recuerda que para comprometerse
en la literatura uno tiene primero
que comprometerse en la vida. Eso
pensé que podía hacerla llorar,
pero a decir verdad no lloró, entre
otros
motivos
porque
no
comprendió nada de mis palabras.
Decidí marcharme cuanto antes de
allí. Y entonces fue ella la que dijo
algo con la intención de que yo
llorara. «Ya soy tan vieja como mi
padre, que está muerto.» Decidí no
retrasar más mi partida. Besé
ceremoniosamente su mano y me
marché. Recordé una frase que le
había oído decir muchas veces a mi
madre: «Hay que saber nadar lo
justo para abstenerse de salvar a
los otros.»
46
NO estaba preparado para el
fracaso o, mejor dicho, sabía que,
de llegar el fracaso, no podría
resistirlo. Tal vez por eso hacía
todo lo posible por no terminar La
asesina ilustrada y así demorar la
llegada de la hora del comienzo del
fin, la hora del previsible desastre.
Aunque escribía, tenía miedo de
escribir (sobre todo de terminar mi
libro), sospechaba que eso me
llevaba directamente al fracaso. Y,
por otra parte, aunque me acostaba
con mujeres, tenía por lo general
miedo de hacerlo, miedo a que me
encontraran sexualmente tímido,
decepcionante. Tenía, pues, miedo
a escribir y miedo a las mujeres. La
ironía habría podido ayudarme
pero, como apenas la conocía, ésta
no podía hacer nada por mí. La
ironía me habría ido de perlas para
desdramatizarlo todo y reírme de
mí mismo, rebajar la intensidad del
miedo a la escritura y las mujeres,
estoy seguro de que la ironía me
habría hecho ganar en seguridad.
Pero no la conocía apenas. Sin
embargo,
me
echaron
una
inesperada mano algunas amigas
travestís, que supieron orientarme
hacia el conocimiento de la ironía y
además lograron que se rebajara en
mí el miedo a las mujeres.
Mi funcionamiento mental un
tanto ruin de aquellos días lo
recuerdo muy bien: consistía en
estar convencido de que, por muy
increíble que pareciera, existían en
el mundo seres todavía más frágiles
que mi endeble persona, había unas
personas que necesitaban que yo les
prestara atención y ayuda, y esas
personas eran nada menos que los
travestís del barrio. Así de simple y
de curioso. Eso hizo que me
aproximara a ellos, sobre todo a
Marie-France,
Vicky Yaporú,
Amapola y Jeanne Boutade. No las
olvidaré nunca, me ayudaron mucho
sin saberlo. Ese ruin pero útil
sentimiento de creerme necesario
para ellas —miseria moral de la
juventud—
acabó
dándome
seguridad en mí mismo. Visitaba a
mis amigas travestis en sus casas y,
si tenían algún problema, les
aconsejaba qué debían hacer, y a
cambio
ellas
también
me
aconsejaban a mí, y me ayudaron a
dar un paso adelante, a saber tratar
con menos miedo a las mujeres.
Después de todo, ellos presumían
de ser más mujeres que las mujeres.
Durante unos meses —el
tiempo que duró el rodaje de Tamtam, la película underground de
Adolfo Arrieta, la película con más
travestis por metro cuadrado de
toda la historia del cine—, gran
parte de mis relaciones fueron con
travestis. Por otro lado, el rodaje
de ese film contribuyó a darme no
sólo más confianza en las mujeres
sino también en mi escritura, pues
la estética de Arrieta me iba
facilitando día tras día todo tipo de
felices
descubrimientos,
una
animada
materia
prima
cinematográfica
que
acabó
resultándome útil para la creación
de mi mundo literario, para la
creación de La asesina ilustrada:
los juegos de espejos, los cambios
de apariencia (aplicados incluso al
texto mismo), la erótica del
transformismo y, sobre todo, la
prosa poética vista como una fiesta.
En realidad, toda la película de
Arrieta era una fiesta. Se iniciaba
con unas escenas en Nueva York en
las que la cámara del mítico
cineasta Joñas Mekas servía de
soporte a un pequeño journal de un
joven escritor (Javier Grandes) que
era esperado en París en una fiesta.
El tiempo que duraba ésta era el
tiempo del film. Tam-Tam era la
historia de una fiesta continua, sin
límites, que se desarrollaba sin
interrupción de Nueva York a París
pasando por el sur de España
(Marbella), y en un apartamento,
que era todos los apartamentos: esa
casa de París en la que esperaban a
Grandes, que, por estar en Nueva
York, no acudía, pero tenía el
detalle de mandar a su hermano
gemelo.
Cuando se estrenó, la película
fue
vista,
quizá
algo
precipitadamente,
como
un
reportaje de cinéma-verité sobre el
mundo de la nueva generación de
artistas bohemios de SaintGermain-des-Prés.
«Los
e s p e c ta d o r e s y también los
críticos», declaró Arrieta, «creen
que en la película todo es verdad y
dicen que es una película snob. Sin
embargo, esas damas tan chic que
se pasean entre jóvenes millonarios
son con frecuencia travestis que
después de filmar conmigo van a
trabajar al show del cabaret
Carrousel.»
En realidad lo que hacía
Arrieta era cine punk a la francesa
y con su aparente exceso de
realismo se adelantó muchos años a
su compatriota Almodóvar, por
ejemplo. «Exceso de realismo. Hay
en el travestí un suplemento de
feminidad (las mujeres los imitan),
pero Arrieta los dirige como a
simples actrices, sin insistir en el
simulacro cosmético ni en lo
fácilmente
aparatoso
de
la
situación», escribió Severo Sarduy
sobre la película.
El núcleo central, el núcleo
parisino festivo, se rodó en varias
casas de París que simulaban ser
una sola, de modo que el rodaje de
Tam-tam fue en cierta manera una
grandísima fiesta móvil y la
película podría haber llevado
perfectamente el título del original
inglés del libro de Hemingway
sobre sus recuerdos de París, The
Moveable Feast. En esa película ni
siquiera la ligera trama era lo que
aparentaba ser. Participar como
actor me ayudó a perder parte de mi
miedo a la escritura y a las mujeres,
con lo que se fue rebajando en mí el
terror al fracaso, digamos que mi
temor a un fracaso en aquellos
aspectos que me parecían más
importantes de la vida se fue
rebajando la intensidad de mi
miedo al fracaso total. Aunque el
fracaso
estaba ahí, para qué
engañarme, yo sabía que tarde o
temprano llegaría. En realidad,
bastaba con terminar la novela.
47
EL recuerdo del bohemio Bouvier
emerge ahora nítidamente de mi
oscuro pasado de aprendiz de
amante y de escritor principiante.
Es una clara mañana de sol,
seguramente es un día de marzo del
74, no hace mucho que he llegado a
la ciudad, hace frío, Barthes aún no
ha viajado a la China. Siento ganas
de salir a pasear, me pongo mi
gabardina y la bufanda de cuadros y
bajo de tres en tres los peldaños de
la escalera del inmueble y me
planto en la calle y allí me doy de
bruces con un anciano de noble
figura y barba blanca. «Una niebla
ha descendido sobre mí», me dice
el viejo. Pienso que seguramente
está loco, y él parece que lea mi
pensamiento: «No estoy loco, soy
un antiguo habitante de este
inmueble, eso es todo. Hace muchos
años viví ahí arriba», señala a
donde más o menos yo vivo, «y ahí
como artista me frené.» Intento
dejarle atrás, pero él me sigue. «Me
presento», dice, «soy el bohemio
Bouvier, ahí en las alturas traté de
ser artista sin lograrlo.» Me mira
como apiadándose de mí, como si
supiera que vivo en esas alturas
donde él fue infeliz. «Ahí arriba me
frené», repite. «Está bien, me doy
por enterado», le digo, y de nuevo
intento zafarme de él. «Quiero
decirle que este inmueble tiene una
onda extraña, una vibración rara, a
uno se le funden los plomos en él,
aquí se fracasa, yo he acabado
siendo el bohemio Bouvier por
culpa de esta casa», me dice. Con
el tiempo, retengo sobre todo la
frase de que es un lugar donde se
funden los plomos, y es que acabó
siendo premonitoria de lo que iba a
ocurrir. Aunque, cuando él la dijo,
pensé que era algo que no me
atañía, eran sólo las palabras de un
loco. Pero muchas veces los locos
anuncian lo que ha de suceder.
48
FUI un domingo a Neauphle-leCháteau, invitado por Duras a su
casa de campo, y recuerdo que tras
el almuerzo y una hora antes de que
me contara el argumento de La
tarde de M. Andesmas, subimos al
desván de la tercera planta donde,
desperdigadas por el suelo, estaban
las traducciones de sus libros, le
sobraban y no sabía a quién
regalarlas,
tampoco
deseaba
arrojarlas a la basura, no había
encontrado mejor lugar para ellas
que aquel desván. Marguerite
comenzó
a
regalarme
las
traducciones al español y a
preguntarme mi opinión sobre
Carlos Barral, su editor de
Barcelona. Apenas nada sabía yo
de Barral, de modo que me limité a
resistir los embates de la pregunta,
una y otra vez repetida, allá arriba
en el desván, donde me dio por
imaginarme que en un arcón de ese
lugar encontraba yo, manchado de
humedad, el manuscrito de La
asesina ilustrada, ya felizmente
terminado y traducido a algunos
idiomas, escrito en realidad por
Duras pero firmado por mí (una
forma más de intentar vencer el
miedo a publicar), lo que, al
aparecer el libro, me reportaba una
cierta fama al convertirse éste en un
succés d’estime.
Este pretencioso sueño en el
que se mezclaban la pereza, el
terror y cierta idea de éxito no
podía ser más miserable —lo es,
desde luego, desear que alguien
escriba tu libro por ti—, pero
curiosamente, a pesar de su carácter
detestable, el sueño tuvo la virtud
de empujarme a una seria reflexión
cuando temí de pronto que las
manchas
de
humedad
del
manuscrito del arcón pudieran
borrar las palabras que habían de
conducirme al éxito. De pronto,
gracias a creer literalmente en esas
manchas y en ese sueño y, por tanto,
en mi imaginación, me puse a
reflexionar —actividad que no
solía practicar excesivamente en
aquellos días— y recuerdo como si
fuera ahora que, descendiendo las
escaleras centrales de la casa de
Neauphle, en marcado contraste con
el picaresco sueño del desván y
como surgiendo precisamente de
ese inmenso contraste, creí advertir
en su más amplia dimensión el
poder de las palabras escritas, y
eso me condujo, por un intrincado
atajo, a intuir la importancia de
éstas como medio de adquirir cierta
distancia de lo que llamaban
realidad, que era algo —como lo ha
sido siempre para tantas y tantas
personas
jóvenes—
muy
decepcionante. Creí advertir de
pronto, bajando aquellas escaleras,
esa necesidad que tenía de las
palabras y también la de que éstas
pudieran resultarme útiles para
distanciarme del mundo real.
Seguramente empecé a hacerme
realmente escritor en aquellas
escaleras. Pero como aún no había
tenido acceso a la ironía, poco
podían hacer ese día por mí las
palabras, aunque eso no podía
saberlo
en aquel
momento,
precisamente a causa de mi falta de
sentido de la ironía. Era como el
pez que se muerde la cola. Desde
luego, es más bien complicado ser
joven, aunque eso no implica ni
muchísimo menos que uno deba
andar desesperado. Claro que la
madurez tampoco es que sea una
maravilla. En la madurez conoces
la ironía, sí. Pero ya no eres joven y
la única posibilidad que te queda
de serlo un poco estriba en resistir,
no renunciar demasiado, con el
paso del tiempo, a aquella húmeda
imaginación del arcón de Neauphlele-Cháteau. Sólo te queda resistir,
no ser como aquellos que, a medida
que la intensidad de su imaginación
juvenil va decayendo, se acomodan
a la realidad y se angustian el resto
de su vida. Sólo te queda tratar de
ser de los más obstinados, mantener
la fe en la imaginación durante más
tiempo que otros. Madurar con
obstinación y resistencia: madurar,
por
ejemplo,
dictando
una
conferencia de tres días sobre la
ironía de no haber conocido de
joven la ironía. Y después
envejecer, envejecer mucho y
mandar al diablo la ironía, pero
aferrándote patéticamente a ella
para no quedarte sin nada y ser el
blanco espeluznante de la ironía de
los otros.
49
SON unos versos de Gil de
Biedma: «Ahora, voy a contaros
cómo también yo estuve en París, y
fui dichoso. / Era en los buenos
años de mi juventud...» Parece que
se ha dado siempre por supuesto
que generalmente los jóvenes
artistas que viajan a París viven una
bohemia
interesante,
pasan
penalidades pero salen adelante
gracias a la ciudad misma, que es
hospitalaria, libre y maravillosa.
Pero hay casos muy trágicos que
contradicen esta idea. El del
cuentista
uruguayo
Horacio
Quiroga, por ejemplo, que fue a
París y en lugar de ver con
esperanza su futuro, cayó en la
desesperación más profunda. Por
suerte, nunca llegué a enterarme de
su caso en los días en que viví en
París. Por suerte, pues habría
podido ser catastrófico, ya que me
habría sentido aún más respaldado
en mi desesperación ficticia.
Que París no se acabara nunca
debió de ser para Quiroga, a
diferencia de para Hemingway, una
verdadera pesadilla. Vean lo que
escribió el desgraciado Quiroga en
su diario: «¡Qué angustia tan
grande! Hay momentos en que casi
lloro. ¡Y en París, pasarme eso, sin
tener una sola persona a quien
dirigirme! Cada día que pasa, en
lugar de tener más esperanzas, es
más oscuro.» Esto lo escribió en su
diario, donde más adelante
encontramos unas frases que son el
reverso exacto de esa idea de
Hemingway de que el recuerdo de
París es una fiesta que nos sigue.
Escribe Quiroga que sólo le calma
la idea del suicidio un pensamiento
que le produce una emoción nueva y
que teóricamente debería alejarle
del recuerdo de su paso por París y
que sin embargo no sólo no le aleja
de ese recuerdo sino que presiente
que no lo perderá de vista ni
siquiera con el pistoletazo final,
pues «aun entonces, digo, tendré
horror del recuerdo de París».
50
MÁS sobre la desesperación. Un
día, estábamos sentados Raúl y yo
en el peligroso Café Blaise, en lo
alto de la Tour Eiffel. Era la hora
del aperitivo, si mal no recuerdo.
Me dio por leerle algo que Perec
decía en su libro Especies de
espacios: «Hay algo espantoso en
la idea misma de ciudad; se tiene la
impresión de que sólo podremos
aferramos a imágenes trágicas o
desesperadas.» Le pregunté a Raúl
qué le parecía la frase y se encogió
de hombros. «Tengo la esperanza
de que las cosas pronto mejoren»,
se me ocurrió entonces decirle.
Había desesperación en mis
palabras, pero también cierto
histrionismo. Raúl sonrió. «Eso
significa que crees que hay
esperanza», dijo. «¿Y no la hay?»,
le pregunté. «Pues claro que la hay,
pero no para nosotros», me
contestó.
Le recordé ese fugaz diálogo
cuando me llamó este agosto en
París después de que un amigo
común le hubiera dado el teléfono
de mi hotel. Llamó como siempre
desde Montevideo, desde el país de
Quiroga, por cierto. Llamó desde
ese lugar desde donde suele
hacerlo, desde esa cabina cercana a
la casa donde nació Lautréamont.
No se acordaba absolutamente de
nada de la conversación sobre la
esperanza. «Te llamo desde la
cabina, no desde la esperanza», me
dijo, supongo que tratando de
decirme con esta frase (absurda e
incompleta pero eficaz para sus
propósitos) que no le interesaba el
tema de la esperanza y que, además,
había pasado mucho tiempo desde
que hablamos de aquello. «¿Sabes
que me estoy dedicando aquí a
recordar y escribir nuestras
conversaciones de París?», le dije.
Silencio. «¿Estás todavía ahí en la
cabina?», pregunté. «¿Y para qué
haces eso?», me respondió de
pronto. Entonces le conté que
estaba preparando una conferencia
de tres días en la que revisaba
irónicamente los años que pasé en
París. «¿Y hablas todo el rato de
mí?», dijo. «Bueno, sí», le contesté,
«pero sobre todo de la ironía, de
París,
de
Hemingway,
de
Marguerite Duras, y de cómo
escribí mi primer libro.» Nuevo
silencio. «O sea, que es una
conferencia que tendrá algo de
autobiografía de la bohemia y de tus
años de aprendizaje literario en
París», dijo de repente. «Pues sí»,
le contesté, «aunque aprender no
aprendí mucho.» «Tiene su gracia»,
dijo, «también una autobiografía es
una ficción entre muchas posibles.»
Siguió otro silencio. «Pero
procura», añadió, «ser lo más
verídico que puedas, que se te
pueda ver a ti de verdad. Y a mí, si
es posible, de mentira.»
51
ALGUNOS días, al atardecer, si
había ido a pasear por el relajante
Jardín du Luxembourg, daba un
rodeo antes de volver a mi barrio y
pasaba por delante de la que en los
años veinte había sido la casa de
Gertrude Stein, pasaba por el 27 de
la rué de Fleurus. No iba allí, como
en el caso de Hemingway, «por
amor a la lumbre y los cuadros
magníficos y la conversación» que
él hallaba en aquella casa, sino
porque pensaba que aquello podía
traerme suerte, pues a fin de cuentas
Miss Stein, en su faceta de
protectora, había sido para
Hemingway lo que Marguerite
Duras —suponía yo— era para mí.
Como joven más o menos
ambicioso que era, aspiraba a tener
no una sino dos protecciones, por
eso veía como un posible talismán
aquel ritual de pasar a veces por
delante de aquella casa y leer la
placa que, si bien recordaba que
aquel lugar había sido uno de los
centros mundiales de la literatura,
olvidaba en cambio informar de que
allí los grandes genios que iban de
visita oían decir a veces «una rosa
es una rosa es una rosa», una de las
frases preferidas de Miss Stein y
prueba incontestable de que
también en los centros mundiales de
la literatura se han oído siempre
tonterías.
«Horrible escritora», podrían
además haber añadido los que
pusieron la placa conmemorativa.
Porque Gertrude Stein, exiliada
americana que intentaba depurar el
inglés
y
administrar shocks
estéticos (forzar al lector a mirar al
mundo exterior como si fuera la
primera vez) a través de una
excesiva
simplificación
del
lenguaje, fue una escritora malísima
aunque ejerció un magisterio
interesante
sobre
el
joven
Hemingway. Ella es la que le
recomendó que prescindiera en su
prosa de todo tipo de adornos y que
comprimiera y concentrara y, en
definitiva, destrozara la vieja
retórica a través de la parodia. En
realidad lo que, sin darse cuenta, le
recomendó
a
su
discípulo
Hemingway es que hiciera lo que
ejemplarmente acababa ya de hacer
James Joyce en su Ulises.
Cuando meses después de esa
recomendación Hemingway leyó el
libro de Joyce, comentó en el 27 de
la rué de Fleurus: «Se trata de un
libro jodidamente bueno.» Fue la
única vez que iba a poder decir esto
en aquella casa, pues Miss Stein le
advirtió inmediatamente que si
alguien mencionaba dos veces a
Joyce en aquel salón, no se le
invitaba nunca más. Pero en
cualquier caso la frase sobre Ulises
llegó a oídos de Ezra Pound, amigo
de Joyce, que decidió leer al joven
Hemingway y apreció un gran
talento en él y le dio ánimos y
acabó recibiendo, a cambio,
lecciones de boxeo.
Yo pasaba al atardecer por
delante de la placa conmemorativa
del 27 de la rué de Fleurus y lo
hacía a veces temeroso de que el
espíritu de Miss Stein descubriera
que, buscando darle verosimilitud
al texto, había trasladado gran parte
de la página 7 de la edición
española de Giacomo Joyce (un
cuaderno personal del autor de
Ulises) a La asesina ilustrada,
donde, en la introducción al
manuscrito central, hacía yo
referencia a un cuaderno ilustrado
por la asesina y decía que «los
números entre corchetes indican las
páginas del cuaderno; el texto y los
dibujos corresponden, página por
página, al original», cuando en la
página 7 de Giacomo Joyce podía
leerse algo muy parecido.
Como me había basado en un
cuaderno de verdad, el de Joyce,
creía que aquello hacía más
verosímil el mío. Sin duda tenía una
idea aún muy endeble de lo que es
realmente la verosimilitud, que es
algo que a los verdaderos
novelistas les hace sudar la tinta
más oscura. Pero, mirado desde la
perspectiva de ahora, me digo que
más valía aquello que nada. Me
acuerdo de lo satisfecho que me
sentía al creer que había resuelto
sin demasiado problema uno de los
apartados de aquella abrupta
cuartilla que Duras me había dado
con instrucciones para escribir una
novela. Claro está que (me decía
yo) todavía me quedan por abordar
algunos de los apartados más duros
de la cuartilla, como por ejemplo el
de unidad y armonía, el del factor
tiempo o el del estilo, por no hablar
del de técnica narrativa, que debe
de ser tremendo.
Yo pasaba a veces, al
atardecer, por delante de aquella
casa de la rué de Fleurus y deseaba
que hacerlo me trajera suerte. No
me la trajo nunca, al menos
mientras permanecí en París, de
modo que este agosto, cuando fui de
nuevo a ver la casa talismán, miré
la placa conmemorativa, pensé en
Gertrude Stein y en la suerte que no
me dio y en el miedo que me daba
en otro tiempo que su espíritu
descubriera
mis
modestas
conexiones con Joyce, y también
pensé o más bien recordé los
problemas que tenía yo en aquellos
días con la unidad, la armonía y ya
no digamos con el estilo y con el
factor tiempo. Y en esta ocasión me
desahogué, dije en voz muy alta,
arriesgándome a que me tomaran
por un loco: «¿Miss Stein, está
usted ahí, puede oírme? Mire,
míreme bien, soy Hemingway.
¿Puede
verme? Ulises
es
jodidamente bueno es jodidamente
bueno es jodidamente bueno. ¿Me
oye, Miss Stein?»
52
UNA mañana, vi de verdad a Jean
Seberg. Andaba con el pelo muy
corto (como una heroína de
Hemingway), gafas de sol y un
vestido blanco de lunares negros.
La vi pasar caminando muy rápido
por delante de uno de los frontones
neoclásicos del Palais de Chaillot
donde hay inscritas, en letras
doradas, unas solemnes frases de
Paul Valéry escritas especialmente
para ese lugar y que de pronto, ante
el paso veloz de la bella Seberg,
parecían estar encontrando su
verdadera significación:
Depende de quién pase para
que sea yo tumba o tesoro.
53
LLAMABA yo una vez al mes a mi
madre, la llamaba siempre desde la
cabina —habilitada especialmente
para llamadas al extranjero— que
había en los sótanos del Reíais
Odéon, un café del boulevard SantGermain. Era una llamada rápida
que hacía mensualmente buscando
la tranquilidad de mi conciencia.
Me parecía que estar más de un mes
sin decirle nada, sin dar señales de
vida,
era
ser
un
hijo
desnaturalizado, es decir, llevar las
cosas demasiado lejos. Pero en
realidad a ella le daba igual que la
llamara o no, y yo bien que lo
sabía. A diferencia de mi padre
(que deseaba que yo regresara a
Barcelona), a ella le era indiferente
lo que tratara de hacer con mi vida.
Es más, a mí me encontraba un ser
gris, y esto nunca se lo había
guardado para sí misma sino que —
como si disfrutara con ello— me lo
había dicho en repetidas ocasiones,
yo creo que buscando directamente
mi humillación. Me lo había dicho
—siempre que no estuviera mi
padre delante— de muchas maneras
distintas, con todo tipo de variantes,
un día hasta llegó a compararme
con París: «Hijo, eres más gris que
París.» A ella le daba igual que yo
estuviera en esa ciudad. Era una
mujer que vivía pendiente de otras
cosas. Vivía pendiente, por
ejemplo, de sumar todos los
números que veía. A otras personas
les da por leer todo lo que ven,
hasta los papeles de periódico que
vuelan por la calle. A ella le daba
por sumar todos los números.
Había, por ejemplo, algunas
personas a las que nunca llamaba
por teléfono porque sus números
sumaban una cifra de mal agüero.
También rechazaba cuartos de
hoteles por la misma razón. No le
gustaba el año en que yo había
nacido y tal vez por esto procuraba
no sentir mucho afecto por mí, se
las arreglaba todo el rato para que
yo le importara un comino.
La llamaba desde París a una
hora en la que sabía que mi padre
no estaba en casa y cruzábamos
cuatro palabras y generalmente la
conversación era fría y sobre todo
muy excéntrica, y no porque yo lo
fuera, que lo era bastante, sino
porque mi madre —creo que ha
quedado claro— siempre lo fue
mucho, siempre fue enormemente
excéntrica. Por si aún no está claro
del todo: no podía soportar tres
colillas en el mismo cenicero,
gritaba si veía un botón suelto, no
viajaba en un avión si en él iban
dos monjas, no comenzaba ni
terminaba nada los viernes. Y, por
si fuera poco, era una mujer que no
acababa de cerrar nunca del todo
los grifos. Esto último, por cierto,
era francamente exasperante.
A mi madre le daba igual que
yo estuviera en París, pero un día,
en una de esas llamadas mensuales,
cambió de actitud. Sólo ocurrió un
día y tal vez por eso me ha quedado
muy grabado. Hasta muchos años
después, no supe que su extraña
actitud se había debido a que mi
padre aquel día había regresado
antes de hora a casa y ella se había
visto repentinamente obligada por
teléfono a hacer el papel de madre
preocupada
y
decirme
que
regresara a Barcelona y abandonara
mis veleidades bohemias de
«promesa ridícula de la literatura».
Yo no podía aquel día estar más
confundido al otro lado del
teléfono, y aquella llamada quedó
en mi recuerdo como la más rara de
todas las que le hice desde París,
ciudad que ella conocía muy bien,
pues allí había pasado en su
primerísima juventud unas breves
temporadas, que sólo le sirvieron
para convertirse en una persona de
frases a veces raras, esas frases
que, antes de que ella se casara,
tantas veces mi abuela se había
visto obligada con buen humor a
puntuar ante las visitas «Es que la
niña, ¿saben?, ha vivido en París»,
decía mi abuela. «Ah, bueno.
Entonces se comprende. Si ha
vivido en París...», decían las
visitas en un tono entre burlón y
cariñoso.
«Pareces un disco rayado»,
recuerdo que me dijo de pronto
aquel día (luego supe que
coincidiendo con la entrada de mi
padre en la casa), «tanto llenarte la
boca con París y París, ¿pero se
puede saber qué le encuentras a
París?»
Aunque
sorprendido,
recuerdo que estuve a punto de
decirle que recorría las calles de
aquella ciudad con el corazón
aturdido por la tristeza. Pero no me
atreví a decir nada. «Es una
desgracia para mí», continuó mi
madre, «ver que mi hijo se ha
vuelto un disco rayado.» Se quedó
callada de golpe. Cuando eso
pasaba, era el anuncio de que podía
acabar diciendo alguna frase
excéntrica, alguna de esas frases
que había aprendido en París y que
muchas veces estaban cargadas de
una extraña genialidad. Como
ocurrió aquel día cuando me dijo:
«Tanto París y París, pareces un
disco rayado en una ciudad que...
está llena de rayas. Mira la Tour
Eiffel, no es más que rayas. Rayas
en los pantalones de los señorones
franceses, rayas en la frente de las
porteras, rayas y rayas. Y tú el
disco rayado mayor del reino.
Deberías reconsiderar la vida
rayada que llevas.»
Mi madre fue una mujer de
curiosas intuiciones y extrañas
genialidades. Lo que desde hace un
tiempo más me impresiona de sus
frases de aquel día sobre París y las
rayas es que éstas guardan una
curiosa coincidencia con algo que
escribió Kafka y que descubrí no
hace mucho y que desde luego mi
madre no pudo leer nunca, entre
otras cosas porque nunca leía y yo
creo que ni tan siquiera llegó a
saber de la existencia de Kafka, el
extraño pasajero del siglo XX, el
hombre que vio un París parecido
al que vio mi madre y escribió en
sus diarios: «El París rayado (...) el
techo rayado de cristal del Grand
Palais des Arts, las ventanas
divididas por rayas de las oficinas,
la Tour Eiffel, hecha de rayas, el
efecto rayado de los listones
laterales y centrales de las puertas
de los balcones de enfrente de
nuestras ventanas, las pequeñas
butacas al aire libre y las mesitas
de los cafés, con patas que son
rayas, las rejas con punta dorada de
los parques públicos.»
El París rayado de Kafka. Yo
estaría más de acuerdo con Walter
Benjamín, que en Le Livre de
Passages veía París como la ciudad
de los espejos: «El asfalto de sus
calles, liso como un espejo, y sobre
todo las terrazas acristaladas
delante de cada café. Una
sobreabundancia de espejos en los
cafés para hacerlos más claros en el
interior y darles una agradable
amplitud
a
todos
los
compartimentos y a todos los
rincones minúsculos de los que se
componen los establecimientos
parisienses. Las mujeres en ellos se
miran más que nunca, y de ahí la
belleza especial de las parisinas.»
Mi rayada madre. Mi madre.
Genio y figura. La amé, pero ella no
me amó a mí. En cualquier caso, no
me sentó bien que muriera. Los
últimos años de su vida los pasó
más
maniática
que
nunca
confiándolo todo a unos amuletos
moriscos que había comprado en
Granada. En el lecho de muerte,
delante de mí y de mi padre y de
dos hermanos suyos a los que no
veía desde hacía siglos, dijo unas
palabras de despedida, unas últimas
palabras en vida que, por su
premeditada rareza, me sonaron a
epitafio, aunque no nos atrevimos a
ponerlas en su tumba. «Me reiré de
mis frases amargas», dijo. Sus dos
hermanos quedaron consternados.
«Es que vivió en París», les dije.
54
«HAS venido aquí a París
dispuesto a forjar tu propio estilo,
¿no es así?», me preguntó un día
Marguerite Duras, con alevosía y
nocturnidad. Primero preferí pensar
que había oído mal, que había
hablado en su francés superior y
que en realidad había dicho otra
cosa. Pero no, había dicho
exactamente aquello. Lo repitió y vi
que había entendido bien. Recordé
que el estilo formaba parte de su
cuartilla con instrucciones. Lo
recordé cuando ya habíamos subido
al Seat 127, mi coche. Había
aceptado mover aquel vehículo por
primera vez en muchos meses. Lo
tenía aparcado eternamente frente a
mi casa —quizás sea mejor decir
frente a la casa de Marguerite—,
porque le faltaba uno de los faros
de la parte delantera y no sabía
dónde reparaban aquello y, además,
cuánto dinero podía costarme, pero
aquel día había aceptado mover el
coche porque me había encontrado
a Marguerite en la calle y
sorprendentemente me había pedido
—en realidad casi me lo ordenó—
ir al Bois de Boulogne para ver si
era verdad que había allí por la
noche prostitutas vestidas de
primera comunión. Acababa de
leerlo en L’Express y le parecía un
insulto, un intolerable desprecio
hacia la dignidad femenina. Si era
cierto que había putas vestidas de
aquella forma, ella escribiría un
artículo en alguna parte, aquello era
inadmisible. Yo me puse al volante,
absolutamente resignado a la negra
suerte que me esperaba, pues
imaginaba que, a causa de la
ausencia de luz en un faro, de
inmediato tendría (cosa rara, no los
tuve) problemas con la policía de
tráfico.
Todavía hoy aquellas palabras
de Marguerite sobre mi estilo me
zumban en el oído. «No tengo
estilo», acabé diciéndole después
de haberme resistido durante un
buen
tiempo
a
contestarle.
Estábamos para entonces ya
recorriendo el Bois de Boulogne,
estuvimos largo rato recorriéndolo,
no encontramos nada. Al cabo de
una hora, cansado ya de aquella
desquiciada razzia que no llevaba a
ninguna parte, le dije en un tono
muy cortés pero casi al borde de
perder los nervios: «Ya hemos
peinado el bosque veinte veces, no
hay putas de primera comunión, me
parece que eso está claro.»
«¿Y por qué te falta uno de los
faros de delante?», volvió entonces
a preguntarme ella. «Porque no sé
cómo se repara ni cuánto dinero
cuesta», respondí. Ella de pronto
vio un símbolo en el faro delantero
que me faltaba. «Se diría que, como
tantos jóvenes, tienes un estilo de
un solo faro», me dijo, y se rió,
tosió, volvió a reírse, repitió que yo
tenía un estilo de un solo faro.
Aunque
la
había
entendido
perfectamente, preferí pensar que
me había hablado en su francés
superior. Simulé que prestaba una
grandísima atención al volante y la
verdad es que me habría encantado
en aquel momento encontrar una
puta, una sola, que fuera vestida de
primera comunión y así poder
terminar de una vez por todas con el
enojoso asunto de mi estilo
literario. Una hora y media arriba y
abajo por el Bois de Boulogne no
sirvió para encontrar lo que
buscábamos, terminamos tomando
unas copas de vino de Oporto —
siempre que iba allí yo tomaba eso
— en el bar de La Coupole. Y allí
ella me preguntó si quería oír el
consejo de Queneau. Me disponía a
responderle cuando me dijo que no
pensaba dármelo, pues no iba a
hacerme ningún bien. Y pasó a
comentarme algo extremadamente
complicado acerca del faro que me
faltaba, y a partir de ahí ya se
dedicó el resto de la noche a
hablarme en su francés superior y
apenas pude entender nada más de
lo que me fue diciendo.
¡El estilo! Durante muchos
años vi La asesina ilustrada como
el libro de un escritor extraño a mí
y, además, gélido y poco conectado
con la vida: algo, por otra parte,
nada extraño si tenemos en cuenta
que sólo pensaba en la muerte de
mis lectores. Hoy creo saber por
qué me ha resultado siempre frío mi
primer libro, creo que se debe a su
absoluta falta de estilo. Estaba muy
lejos en esa época de saber que,
como decía Gide, el gran secreto de
las obras con estilo —el gran
secreto de Stendhal, por ejemplo—
consiste en escribir en el acto. Dice
Gide sobre Stendhal que su estilo,
lo que podríamos llamar la malicia
de su estilo, consiste en que su
pensamiento conmovido queda tan
vivo, de tan fresco colorido, como
la recién nacida mariposa que el
coleccionista
ha
sorprendido
cuando estaba saliendo de la
crisálida. De ahí ese toque
despierto
y espontáneo,
no
convenido, súbito y desnudo, que
siempre vuelve a cautivarnos en el
estilo de Stendhal.
Yo creo que en mi primera
incursión en las letras, en La
asesina
ilustrada,
disocié
demasiado entre forma y contenido,
entre la emoción y la expresión de
la emoción, del pensamiento, que
tendrían que ser inseparables.
Emoción y pensamiento deberían
ser siempre inseparables, que el
lector
asista en directo a la
creación de un texto de pensamiento
conmovido.
En la juventud son raros los
momentos en los que uno escribe
con el pensamiento conmovido.
55
QUE yo sepa no ha existido un solo
aprendiz cabal de escritor que no
haya caído preocupado por el
estilo. Al día siguiente, por la
noche, después de aquella salida
con Marguerite, yo andaba dando
vueltas en torno al tema del estilo
cuando me encontré a Raúl Escari
frente al cine Pommeraye. Había
una gran cola de gente que
pretendía entrar a ver la versión
cinematográfica de la ópera—rock
Tommy. Algo tenía yo muy claro
aquella noche, y lo tenía tan claro
como el resto de la gente de París:
no tardaría mucho en llover. Lo del
estilo, en cambio, me parecía
confuso, aunque algo también
estaba muy claro: en los asuntos
triviales, el estilo y no la sinceridad
era lo esencial. Y, en los asuntos
importantes, también el estilo era lo
esencial. Resumiendo: que era muy
importante siempre. Pero ¿qué era
exactamente el estilo? ¿Era en
esencia la manera que tenía uno de
fumar en pipa, por ejemplo?
Cuando le pedí su opinión a Raúl,
me miró con cara de fastidio y citó
a Wilde: «El crimen debe ser
solitario y sin cómplices», dijo. Di
vueltas a la frase. Tal vez me había
querido indicar que a los que
buscan su estilo habría que decirles
que buscarlo es una manera poco
sutil de lograrlo, ya que para
conseguirlo les bastaría con ser
ellos mismos. Me hice el tonto, por
si conseguía mayor información de
Raúl. «¿Es un crimen el estilo?»,
pregunté. Había cada vez más gente
frente al Pommeraye y decidimos
marcharnos de allí, comenzamos a
andar en dirección a la rué
Mouffetard. «Los escritores del
futuro
serán
secos,
pocos
elocuentes, el Gran Estilo les
parecerá una mona de pascua», dijo
de pronto Raúl. Y luego, poco
después,
añadió
un
tanto
enigmáticamente: «Estar estreñido
es el futuro del estilo.» Al llegar a
la rué Mouffetard, entramos en el
Café Robin. Y fue entonces cuando
Raúl, viendo que yo estaba tan
desconcertado como ansioso por
saber más cosas sobre el tema,
añadió, casi apiadándose de mí:
«Mira: llueve o bien nieva y tú
quieres informarme de esto. ¿Cómo
lo haces? Pues dices: Llueve, nieva.
Eso es el estilo. ¿Está claro?» Ni él
podía imaginar el Mal que me
estaba haciendo con tanto ingenio.
Y es que, como dice una máxima
francesa, no hay nadie tan
inteligente que pueda saber todo el
mal que hace.
56
En la sordera del sueño eterno, no
somos
importunados por la Gloria.
MARCEL PROUST
¿Y la inmortalidad? ¿Acaso no
contaba para nada la inmortalidad?
Marguerite no la había incluido en
su cuartilla con instrucciones. ¿Por
qué? ¿Acaso no había que escribir
con la máxima ambición y
aspirando siempre a crear una obra
maestra, una obra inmortal? ¿Por
qué ella no me había aconsejado la
ambición? ¿Me veía incapaz de
alcanzar
la
inmortalidad?
Seguramente no la había incluido
por sentido común, del mismo
modo que no estaban, entre las
instrucciones, la intuición, el genio,
la sabiduría y la sensibilidad.
Cuando alcancé a ver esto, me
tranquilicé. ¿Cómo iba ella a
recomendarme la inmortalidad?
Pero quedó en mí un extraño,
amargo poso. Siempre que la veía,
me sentía mortal. Un día, se lo
comenté a Raúl. No pareció
extrañarle lo que le dije. Se quedó
pensativo, y yo esperando a ver qué
me decía. Como pasaba el rato y
seguía pensando, le pregunté en qué
pensaba. «En que el resplandor de
nuestros nombres se detiene en la
piedra de nuestra tumba», dijo.
57
El carácter se forma los domingos
por la tarde.
RAMÓN EDER
Los domingos por la tarde me
quedaba siempre muy solo. El
barrio, por otra parte, cambiaba
mucho y se llenaba de gente
extraña, visitantes llegados de la
periferia de la ciudad o de la
provincia misma que miraban
aburridos los escaparates de los
comercios cerrados del legendario
Saint-Germain. No había modo de
encontrarme a alguien conocido en
los cafés y un sentimiento de gran
infelicidad se apoderaba de mí
todos los domingos, me los pasaba
esperando a que al día siguiente
volviera a ser lunes y todo
recuperara
cierta
normalidad.
Muchos domingos por la tarde,
bajaba a la librería de los sótanos
del drugstore de Saint-Germain y
miraba libros. Algunas veces, como
si tuviera que justificar el largo rato
que me pasaba allí haciendo tiempo
—fazer horas, que dicen los
portugueses—, acababa comprando
un libro de bolsillo que me
destrozaba el presupuesto semanal.
Me aburría y lo sabía, miraba diez,
veinte veces los mismos libros.
«La vida es corta, y aun así
nos aburrimos», decía Jules
Renard.
Algunos domingos tenía yo la
impresión de que estaba allí
haciendo horas para poder regresar
a Barcelona y contar que vivía en
París. Un día, en el atardecer de una
tarde de domingo en la que se veía
que no tardaría en nevar, en esa
librería del drugstore, descubrí que
una persona de Barcelona a la que
conocía, la psiquiatra Alicia Roig,
me estaba observando. Creí que
había descubierto mi aburrimiento y
sobre todo que había visto que
estaba solo y que no sabía qué
hacer en París. Traté de
esconderme, pero comprendí que
era inútil porque me había visto. La
vi acercarse y enrojecí. «Vives en
París, ¿no?», me preguntó amable.
Estaba convencidísimo de que se
había dado cuenta de mi soledad y
aburrimiento. Enrojecí aún más.
«Me están esperando, perdona, creo
que tengo prisa», dije de una forma
brusca, cortante. «¿Sólo lo crees?»,
preguntó sonriente. Compré un libro
de bolsillo e hice que me lo
envolvieran como si fuera un
regalo. Compré el primero que
encontré y ella se extrañó de que
me interesara la obra de Afanasi
Golopupenko. No tenía yo ni idea
de quién era aquel escritor. «Creo
que nevará», le dije, y me marché.
Aquel encuentro me llegó al
alma. Poco después, ya de noche,
en la buhardilla, me derrumbé. Me
incliné
sobre
las
páginas
mecanografiadas de La asesina
ilustrada y rompí a llorar. Me sentí
más solo y desamparado que nunca.
La luna, entrando por la pequeña
ventana, se reflejaba en el espejo
de la habitación, sin duda colocado
allí para crear la sensación falsa y
muy parisina de que aquella
habitación era más grande de lo que
era. La luna, deslumbrándome,
parecía pretender que mirara yo por
la ventana para ver si nevaba. Me
levanté, dejé el escritorio nocturno.
Miré y vi que caía la nieve sobre
París.
Estuve
largo
rato
contemplando el sereno, lento,
silencioso espectáculo. Cuando la
monotonía de la nieve llegó a
hacérseme insufrible, me acordé de
alguien que una vez pensó en lo
monótona que sería la nieve si Dios
no hubiera creado los cuervos.
58
UNA tarde de invierno, en la
buhardilla, mientras escribía, me
pareció que Elena Villena, uno de
los personajes de La asesina
ilustrada, estaba detrás de mí y me
dictaba lo que debía decir sobre
ella. «No soy lesbiana», le oí decir
con toda claridad. Me di la vuelta y
no la vi, pero daba la impresión de
que acababa de difuminarse una
décima de segundo antes. «Pues
ahora vas a ser lesbiana todo el
rato», le dije. No hubo respuesta.
Me encantó saber que yo tenía
autoridad suficiente para evitar la
rebelión de mis personajes, saber
que no podía ni debía pasarme a mí
lo que le sucedía a Unamuno en
Niebla y que en el colegio tantas
veces nos habían contado. Y es que
lo que más me gustaba de ser
escritor era la libertad que
alcanzaba en la soledad de mi
buhardilla. Una libertad bien
alejada del patriarcal y autoritario
mundo familiar y político que había
dejado atrás en Barcelona. No me
había convertido en escritor y en
hombre libre en París para que
viniera una señorita, a fin de
cuentas inventada por mí, a
estropeármelo todo con sus
caprichos y órdenes.
Así que ya desde un primer
momento tuve claro —y ya es raro,
porque casi nada tuve claro desde
un primer momento— que los
escritores, a través de cierto
esfuerzo mental, tenían que pasar,
por así decirlo, por encima de sus
personajes, no hacer que éstos
pasaran por encima de ellos. Me
dije que era en el fondo un asunto
de disciplina y también de buenos
modales y sobre todo algo
relacionado con la confianza que
nos pudiera tener el lector. Y creo
que estaba en lo cierto. Porque
díganme ustedes ahora si, por
ejemplo, no perderían la confianza
en mí y, además, no les parecería
caótico y de mala educación y un
notable engorro que de repente
Marguerite Duras regresara del otro
mundo y se paseara entre nosotros y
se quejara de las cosas que le hago
decir aquí y me exigiera que
arreglara de una vez por todas la
luz del faro delantero de mi coche y
además me reclamara no sé cuántos
meses de alquiler, y yo me
disculpara con ella, arreglara el
faro y le pagara la deuda.
Aprendí, pues, con mi primer
libro —más por instinto que por
otra cosa— a no permitir que me
dominaran los personajes, pero
sobre todo, si algo realmente
aprendí en París —no son ganas de
ser irónico—, fue a escribir a
máquina. Antes de la buhardilla no
me había ejercitado demasiado en
el tecleo monótono y constante. En
cuanto al estilo, seguí tras mi
primer libro sin un estilo propio,
ésa es la verdad. Más o menos igual
que cuando había llegado a París.
Sin demasiado estilo, por mucho
que me esforzara con la pipa y la
desesperación. Aunque sospechaba
que matando a los lectores no iba a
encontrar nunca personas que me
amaran, no acababa de comprender
nunca del todo que a los lectores no
había que asesinarles ni siquiera
textualmente, sino que el estilo
podía precisamente consistir en
darles vida en lugar de matarlos,
inventarse lectores nuevos y
dirigirse a ellos con la mayor
claridad y sencillez posible, por
muy raro que fuera lo que yo
quisiera decir.
Tardaría en comprender, si es
que realmente lo he comprendido,
lo que supo ver Stendhal cuando,
escribiendo La Cartuja de Parma,
decidió que para adquirir el tono
correcto y que sus lectores, por muy
raro que fuera lo que les quisiera
contar, entendieran exactamente lo
que les quería decir, él debía leer
de vez en cuando unas páginas del
Código Civil. «Si no soy claro»,
escribió, «todo mi mundo queda
aniquilado.»
59
COMO la buhardilla tenía un
mínimo y repugnante lavabo
comunal en el rellano y carecía de
ducha, iba semanalmente con una
toalla, en largo trayecto en metro, a
asearme a los baños públicos de la
estación de Austerlitz, donde
precisamente llegaban todos los
trenes procedentes de mi ciudad, lo
que me infundía un miedo bastante
grande a ser descubierto por amigos
o conocidos de Barcelona recién
llegados a París. Pocas cosas me
aterraban más que la posibilidad de
ser avistado por ellos, es decir, que
de pronto me vieran con mi humilde
toalla de baño y descubrieran las
condiciones no idílicas en las que
me preparaba en París para ser un
gran artista como Hemingway.
Naturalmente, un día, lo que más
temía sucedió. Oí mi nombre, miré
a ver quién me llamaba, y era
Antonio Miró, hoy un famoso
diseñador de moda y entonces el
dueño de la entrañable tienda de
ropa Groe de la Rambla de
Cataluña de Barcelona.
Por suerte, me encontró recién
duchado, no lo contrario. «¿Qué
haces tan repeinado por aquí?», me
preguntó. Tardé un par de segundos
en reaccionar y creí hacerlo con
astucia. «Tengo una cita», dije,
guiñando un ojo. «Caray. Qué
calculador eres. Vas con toalla y
todo», me dijo.
Aquellos largos viajes en
metro para ducharme pertenecieron
siempre al mundo del absurdo,
sobre todo los regresos a la
buhardilla, tan ridículos tras el aseo
inútil, pues, tras pasar de nuevo por
el metro, volvía a mi vivienda tan
sucio como había salido de ella. Y
encima siempre con el temor de que
en la puerta estuviera esperándome
alguien y me viera llegar con la
triste toalla y la cara sucia.
Y es que a la buhardilla subían
a veces amigos del barrio a saludar,
otros a curiosear, y algunos, que me
llegaban de Barcelona, a intentar —
no solía permitirlo a casi nadie—
quedarse a dormir. La joven Petra
fue una de las que fueron para esto
último. En su caso, y haciendo una
excepción, le dije que podía
quedarse. No andaba precisamente
sobrado de mujeres y aquélla era
una bendición del cielo. Me había
acostado con ella varias veces en
Barcelona, en realidad había sido
la última novia (secreta, por fea y
proletaria) que había tenido antes
de dejar mi ciudad. La encontraba
muy
horrorosa,
pero
eso
precisamente
me
excitaba
muchísimo. Eso y el que fuera hija
de obreros de la periferia más
periférica de Barcelona, que me
excitaba aún más, entre otras cosas
porque, a diferencia de las de mi
clase social, acostarme con ella me
infundía un menor temor al fracaso
sexual, relativo o total. Con ella me
sentía menos tenso y más
desinhibido en la cama y podía ir
aprendiendo como amante, siempre
con la ventaja añadida de que, en el
caso de no estar a la altura, no se
enteraba nadie de mi medio social y
yo podía seguir con mis alegres
prácticas de inseguro sexual.
La joven Petra llamó a la
puerta y unos segundos después se
paseaba desnuda delante de mí
tapando con su cuerpo la gran
fotografía de Virginia Woolf
recortada de una revista francesa y
que yo tenía allí colgada como si
fuera un póster. Sentado en el
colchón a ras de suelo en el que
dormía, estuve un buen rato
observando a Petra. Parecía que
estuviéramos en un burdel, aunque
pronto vi que no, pues en los que
había visto en las películas una
vasta extensión de piso espejado
relegaba un desnudo femenino a una
lejanía casi sagrada; en cambio, en
la buhardilla, entre las cuatro
paredes de un cuarto tan exiguo, la
proximidad del desnudo, la
cercanía de Petra en cueros, rayaba
en la agresión, aunque era una
agresión interesante, me excitaba
mucho.
«Puedes quedarte las dos
noches», le dije. Petra sólo quería
quedarse dos noches allí, pues,
aunque pudiera parecerlo —me dijo
—, no había dejado Barcelona para
seguir mis pasos en París, era sólo
que había encontrado un trabajo, y
eso era todo. En dos días tendría ya
su propia buhardilla: iba a dar
clases de español a la hija de una
señora que vivía en el 25 del
boulevard Malesherbes y que la
había contratado a cambio de darle
comida y vivienda y unos pocos
francos. Sonaba todo aquello algo
fantasioso, parecía un poco
inverosímil lo de las clases de
español, y lo más probable era que
la hubieran contratado como criada,
y precisamente por eso tenía su
chambre de bonne, es decir, su
habitación de criada, su buhardilla
como yo.
Dos días después, dejó mi
buhardilla. Quedamos en que yo la
visitaría el viernes de la semana
siguiente en su flamante nueva
vivienda. Y así fue. Un viernes de
tiempo desapacible tomé dos
interminables enlaces de metro
nocturno para ir a acostarme con
Petra en su chambre de bonne del
boulevard Malesherbes. Pero fui de
mal humor, porque ese mismo
viernes tenía una invitación más
atractiva con la beautiful people de
París, en casa de Paloma Picasso,
en la otra punta de la ciudad.
Fui a la buhardilla de Petra
pretendiendo compaginar las dos
cosas. Había una huelga de Correos
en España y llevaba ya veinte días
sin recibir el giro postal de mi
padre. Estaba sin un franco y me
interesaba el contacto con Paloma
Picasso y sus amigos porque
pensaba que de ahí podían salir
como mínimo invitaciones a otras
fiestas del círculo de sus amistades,
invitaciones que me ayudarían a
subsistir, pues en ellas comería
gratis. La visita a la chambre de
bonne de Petra era un auténtico
fastidio. Fui demediado, dividido
entre las dos opciones de la noche y
dispuesto a hacerlas compatibles.
Petra y Picasso. Una hora de
trayecto en metro nocturno separaba
las dos casas tan distintas. Lo que
menos he olvidado del cuarto de
Petra es que era horrible. Cortinas
de tela barata de cuadros azules y
colcha a juego y un oso de peluche
sobre la almohada. Era para
ponerse a llorar si uno pensaba que
en aquel momento podía estar
conversando con Paloma Picasso o
con todo el círculo de amigos de
Duras. Le dije a Petra que tenía un
compromiso importante y que no
tenía tiempo de acostarme con ella
y que si había ido hasta allí era sólo
porque necesitaba que me dejara
dinero, pues la huelga de Correos
española me había dejado sin un
franco. Petra se molestó. Y lo que
me dijo me dejó muy sorprendido,
no podía esperármelo. «Te voy a
dejar ese dinero», dijo, «pero
deberías volver a Barcelona, aquí
estás perdiendo el tiempo. Yo
también lo estoy perdiendo, pero al
menos tengo un empleo.» Me dio
casi todos los francos que tenía. Me
sentí su chulo y aquello me hizo
sentirme bien. «Y ahora vete», dijo
enfadada, pero queriéndome. Miré
el dinero. «Voy a convertirme en el
mejor escritor del mundo, y por eso
estoy en París», le expliqué. Volví
a mirar el dinero. «Te lo devolveré
en cuanto acabe la huelga de
Correos y mi padre vuelva a
enviarme el sueldo», dije. «¿Qué
sueldo?», preguntó ella. No
contesté. Una hora después, tras un
largo trayecto nocturno en metro, yo
estaba triunfando —ésa al menos
era mi ridicula impresión— en los
salones de Paloma Picasso,
hablando de Audrey Hepburn y de
Desayuno en Tiffany’s con el
cineasta Benoít Jacquot, el ayudante
de dirección de Duras en India
Song, película que en aquellos días
arrasaba en la cartelera parisina.
Jacquot, por su parte, acababa de
estrenar su primer film, de título
parecido al de mi novela: L’assasin
musicien. Había lujo en las
lámparas y caviar en las mesas de
aquellos salones. Yo, con los
francos de Petra en el bolsillo, me
sentía el hombre más rico del
mundo y muy orgulloso de haber
sido tan listo y haber actuado de
forma chulesca y conseguido aquel
dinero con el que creía que me
había convertido en el rey del
mambo.
60
UN mes y medio después de aquella
noche, Petra reapareció en mi
buhardilla y yo, para que no se
quedara allí y tras devolverle el
dinero, la invité al cine, y quiso el
azar que casualmente la película
elegida
ilustrara
de
forma
inquietante las relaciones que
habíamos tenido ella y yo aquella
noche de la buhardilla con oso de
peluche, aquella noche de un mes y
medio antes en la que para mí ella
fue mi giro postal y mi puta y yo su
fugaz visitante y gran chulo y rey
del mambo.
«Te propongo ir a ver la
película de Benoít Jacquot, un
amigo del barrio», le dije. Si bien
era cierto que Jacquot vivía a
cuatro pasos de mi casa, lo de que
fuera un amigo era algo más que
dudoso. Le había visto unos minutos
en aquella fiesta de Paloma
Picasso. Y sólo en otra ocasión
más, esa vez en casa de Duras,
adonde él había acudido con su
mujer, Martine Simonet.
L’assasin musicien estaba
protagonizada por Anna Karina,
Joel Brion y por el impagable
veterano
—siempre
actor
secundario— Howard Vernon,
amante del cine joven o arriesgado
y que también trabajaba con
Arrieta. El estilo del film de
Jacquot era austero, influenciado
por el cine de Bresson y de Duras,
de ritmo lento y diálogos sobrios y,
a decir verdad, más bien
apelmazados. Martine Simonet tenía
un papel muy secundario, lo que me
parecía una flagrante injusticia.
La película era la adaptación
de un relato que Dostoievski dejó
incompleto y que Jacquot situaba en
París: la historia de un joven
violinista de provincias que,
convencido de tener un don
excepcional como músico, deja su
ciudad natal para conquistar la
capital, donde no encaja en las
sucesivas orquestas en las que
encuentra asiento, lo que le lleva a
decir que no trabaja porque no está
interesado
en compartir
su
excepcional
genio
con
los
componentes modestos de cualquier
orquesta del mundo, por muy buena
que ésta sea. Se considera el mejor
violinista del mundo y pasea por las
calles de París, mirando con una
extraña mezcla de engreimiento y
envidia los carteles que anuncian
conciertos musicales en la ciudad y
acaba no teniendo más remedio que
chulear a una pobre criada (Anna
Karina) que le acoge en su modesta
chambre de bonne porque se ha
enamorado de él, no del arrogante
músico provinciano sin trabajo sino
del patético y pobre diablo que ha
encontrado dando tumbos por la
ciudad diciendo que es el mejor
violinista del mundo.
61
EL 29 de abril de 1974 compré
papel y sobre y escribí la misma
carta que Arthur Rimbaud le había
escrito un 29 de abril de 1870 a
Théodore de Banville:
¿Y si encontraran
sitio estos versos en el
Parnasse contemporain?
Yo
no
soy
conocido. Pero ¿qué
importa? Los poetas son
hermanos. Sus versos
tienen fe, aman, esperan:
eso es todo.
Querido maestro:
eléveme un poco: soy
joven:
tiéndame
la
mano...
Metí la carta en el sobre y la
envié a Monsieur Théodore de
Banville, chez M. Alphonse
Lemerre, éditeur. Passage Choiseul,
París.
Siete días después, Correos
me devolvió a la buhardilla la carta
de Rimbaud. La carta había llegado
al passage Choiseul (escenario, por
cierto, del infierno adolescente del
escritor Céline), pero allí no habían
encontrado a ningún Monsieur
Théodore de Banville y la habían
reenviado a la rué Saint-Benoít,
donde esperé a que se hiciera de
noche para abrirla y leerla. «Soy
joven», leí en voz muy alta. Y
esperé toda la noche a que alguien
acudiera en mi auxilio, llamara a la
puerta de mi chambre y me tendiera
una mano. Pasé la noche esperando
a Rimbaud.
62
IBA mucho al cine.
Johnny Guitar, de Nicholas
Ray, es la película que más veces
he visto en mi vida. En cuanto la
pasaban en París en alguna sesión
golfa, allí estaba yo en la cola
nocturna, dispuesto a ver aquella
película por enésima vez. Me
fascinaban sus diálogos sobre el
amor y me encantaba la seguridad
que emanaba de la fuerte
personalidad del héroe. Pensaba
que de haberle conocido en mi
infancia, ésta habría sido muy
distinta de lo que había sido. Me
imaginaba a mí mismo durmiendo
en mi cuarto de niño, alejado de
cualquier terror nocturno, sabiendo
que Johnny Guitar guardaba la casa.
Me sabía de memoria todo lo que el
héroe decía en la película, sobre
todo los diálogos de amor, como
aquel en el que Johnny (Sterling
Hayden) le pregunta a Viena (Joan
Crawford) a cuántos hombres ha
amado y Viena le pregunta a Johnny
a cuántas mujeres ha olvidado.
Una noche en París, de regreso
de una larga fiesta en Le Sept de la
rué Sainte-Anne, discoteca de moda
y centro de la beautiful people
(Ingrid Caven, por ejemplo, pero
también Yves Saint Laurent,
Nuréiev, Helmut Berger, Andy
Warhol, y la otra Josette Day,
siempre bella y acompañada del
monstruo), caminando con los
amigos junto al Sena, Adolfo
Arrieta señaló de repente hacia la
última planta de uno de los
imponentes inmuebles junto al río.
«Ahí, en esa gran terraza que veis
iluminada, vive Sterling Hayden»,
nos dijo.
Yo no sabía que Johnny Guitar
vivía en París. Tras las palabras de
Arrieta, seguimos caminando, casi
todos en respetuoso silencio, como
si hubiéramos caído atrapados por
el hechizo de la terraza del héroe
sobre el río. Después de aquel día y
de aquel silencio, hubo otros días y
otros silencios. Solo o en
compañía, varias veces volví a
pasar de noche, a la orilla del Sena,
cerca de la casa de Sterling
Hayden. Y recuerdo que siempre
instintivamente levantaba la vista y
miraba hacia la última planta de
aquel inmueble y buscaba la terraza
y siempre la encontraba iluminada.
Y recuerdo también lo mucho que
me confortaba pasar por aquel lugar
y mirar hacia arriba y tener la
sensación de que desde aquella
casa junto al Sena, desde su
insomne terraza siempre iluminada,
el gran Johnny Guitar velaba por
mí, vigilaba la deriva a veces
patética de mis pasos junto al río.
63
IBA mucho al cine.
Sentí auténtica conmoción
viendo Notre Dame de París en la
versión del mediocre director Jean
Delannoy de la novela de Victor
Hugo. Si bien la película era a
todas luces horrenda, la historia del
jorobado Quasimodo y la bella
Esmeralda me llegó al alma. A la
salida de la película, fui andando
hasta el Hotel Esmeralda, junto a
Notre Dame, el famoso Esmegaldá,
centro indiscutible en aquellos días
del alma bohemia de la ciudad, un
legendario espacio de libertad
sobre el que circulaba el rumor de
que las habitaciones no tenían llave
y, además, estaban comunicadas
todas entre sí. Germán, un joven
español que trabajaba en la
recepción y que era amigo de
Arrieta y Javier Grandes, me contó
que el hotel lo frecuentaba mucho, y
siempre con notable escándalo, el
travestí que imitaba a Josette Day.
¿Y quién era la verdadera
Josette Day? Germán me explicó
que era la actriz que había
protagonizado La bella y la bestia
de Cocteau y que era famosa sobre
todo porque, después de rodar esa
película, se había casado con un
belga que era uno de los hombres
más ricos del mundo y a quien
había arruinado al dejarse arrastrar
por su fascinación por las
esmeraldas.
«Y todo eso me lo cuentas en
el Esmeralda», fue todo lo que se
me ocurrió decirle a Germán, que
absurdamente se molestó conmigo
por la obviedad —dijo— de mi
comentario. Encontré tan injusto,
por desproporcionado, ese enfado
que no tardé nada en marcharme de
allí, no sin antes agradecerle que
me hubiera contado quién era la
verdadera Josette Day. Salí del
Esmeralda y decidí subir hasta lo
alto de Notre Dame, donde no había
estado nunca, y conocer el mítico
territorio de Quasimodo. Subí en
compañía de unos turistas y, una
vez arriba, quedé enormemente
turbado ante lo que vi. La fotógrafa
Martine Barrat, amiga de amigos
comunes, estaba inmortalizando con
su cámara a Raúl Escari, que en
aquel preciso instante compartía un
joint con William Burroughs,
porque era Burroughs el que estaba
allí con mi amigo, desde el primer
momento no me cupo ninguna duda,
aunque mi extrañeza, sorpresa y
turbación ante aquel descubrimiento
fueron grandes. ¿Qué hacía Raúl
con aquel famoso escritor allí en lo
alto de Notre Dame? Claro que,
puestos a preguntar, también
debería haberme preguntado qué
hacía yo también allí en lo alto.
Me di cuenta de que ignoraba
muchas cosas sobre mi buen amigo.
Me sentí, por otra parte, tan
excluido de aquella escena que no
me atreví a ir hasta ellos y saludar.
Como no me vieron, preferí no
decirles nada, me veía a mí mismo
como un pobre diablo al que
hubieran arrojado de pronto al
mundo de lo desconocido.
En los días siguientes, cuando
veía a Raúl no podía dejar de tener
todo el rato presente que él me
ocultaba amistades y seguramente
historias y que los otros tal vez no
eran el infierno —como decía
Sartre—, pero sí unos completos
desconocidos por mucho que
creamos conocerles. Hasta que, un
día, el propio Raúl me mostró la
foto de Martine Barrat. «Estuve con
Burroughs el otro día, ¿sabes?», me
dijo con una sencillez y ausencia de
misterio total. Y si hubo alguien allí
misterioso y enigmático fui yo
mismo, sobre todo cuando le dije:
«Yo estaba en lo alto de Notre
Dame, pero no me acerqué a
vosotros porque no me atreví,
estabas con una persona tan
famosa...»
Raúl me miró como si quien
fumara los joints fuera yo. En
realidad me miró como le había
mirado yo cuando le vi allá en lo
alto junto a Burroughs. Pero lo más
asombroso de todo es que muy poco
después, dando muestras de que me
conocía muy bien, supo notar que,
por muy extraño que fuera, yo
estaba diciendo la verdad y
hablando además algo resentido y
movido por los celos. Creyó tanto
en lo que le había dicho que se
disculpó antes de decirme que al
día siguiente había quedado para
jugar
al flipper con Serge
Gainsbourg. Muchas veces he
pensado que en realidad no se
fundó del todo nuestra gran amistad
hasta que llegaron esas dos serias
escenas de misterio, perturbación y
celos.
64
IBA mucho al cine.
De mis últimos días en París
recuerdo mucho la tarde en que
casualmente, en una de las
pequeñas salas del Quartier Latin,
v i Tres long plays americanos , un
cortometraje de Wim Wenders del
año 1969, donde la banda sonora,
la música de rock and roll, tenía
una importancia absoluta, por
encima incluso de la imagen. Me
vino de pronto a la memoria la
olvidada banda sonora de mi vida.
«Hemos olvidado hace tiempo»,
escribe Walter Benjamin en
Dirección única, «el ritual según el
cual fue edificada la casa de nuestra
vida. Pero cuando hay que tomarla
por asalto y empiezan a caer las
bombas
enemigas,
¡qué
de
antigüedades
descarnadas
y
extrañas no dejan éstas al
descubierto entre los fundamentos!»
Aquel día, en aquella pequeña
sala de cine, apareció una
antigüedad extraña que yo había
sepultado en los sótanos del
edificio de mi vida: el recuerdo del
día de 1963 en el que yo iba
andando por la calle Pelayo de
Barcelona y oí de pronto por
primera vez a The Beatles, que
cantaban Twist and Shout, una
música que a mí me pareció
diferente de todas y que me
descubrió el sentimiento de una
felicidad rara, impensable hasta
entonces.
Descubrimiento del rock and
roll, que me salvó la vida, o que al
menos me dio el impulso para
buscarla. El rock and roll era algo
que mi generación no había
heredado de nadie y por tanto no
había quien nos enseñara a
quererlo. Al contrario, más de uno
quería convencernos de que
debíamos despreciarlo. El pelo
largo de The Beatles, que hoy nos
parece una banalidad, en realidad
no lo fue, más bien todo lo
contrario, yo creo que fue un hecho
decisivo para el rock, porque creó
un sentimiento de identidad
totalmente distinto del capitalismo.
En cierto sentido, fue un paso hacia
una revolución, pues fue el rock lo
que nos otorgó a muchos, por vez
primera, un sentido de identidad. Y
esto fue posible porque ante todo el
rock, a pesar
de nuestra
desesperación (ficticia o no), nos
conectaba con una felicidad
extraña.
Aquel día, en aquella sala del
cine del Quartier Latin, recuperé el
recuerdo
enterrado
en
los
fundamentos de la casa de mi vida,
el recuerdo de aquel Twist and
Shout que había cambiado mis
perspectivas. Tres long plays
americanos comenzaba con un
viaje en coche, y la cámara se
demoraba encuadrando desde la
ventanilla el paisaje que se movía
lateralmente. Se veía pasar la
ciudad, los negocios, carteles
publicitarios,
las
afueras,
cementerios
de
automóviles,
fábricas, mientras se oía la música
de Van Morrison. Las voces de
Wenders y Handke comentaban
fuera de campo los discos que
escuchaban en la radio del coche.
El verdadero héroe de aquella
película era el rock and roll, que se
convertía en el único vehículo de
comunicación en un universo
desolado e impenetrable. No
importaba lo que había fuera —
aquélla no era una road movie—,
sino lo que había dentro: la radio
del coche, la banda sonora de la
película, el rock.
Desde
aquel
día,
Van
Morrison es mi cantante favorito.
Fue un día supongo importante para
mí, pues descubrí que debía perder
ciertos complejos y no considerar
la música de rock ajena a lo que yo
podía escribir. Fue también el día
en que me di cuenta de que no debía
dejarme intimidar por algunos
escritores
españoles
de
mi
generación que decían estar sólo
interesados en la música clásica y
que, por ejemplo, se habían
compadecido de mí el día en que se
me ocurrió citarles a los Rolling
Stones. Fue el día en que me di
cuenta de que no sólo no debía
descartar nunca nada a la hora de
crear, sino que no debía dejarme
influir por la mirada compasiva de
aquellos pedantes de mi país tan
atrasado, escritores altivos y
anclados en una literatura de cartón
piedra. Fue el día en que descubrí
que a la hora de escribir no debía
descartar nada pues, como decía
Walter Benjamín, el cronista que
narra acontecimientos sin distinguir
entre pequeños y grandes se guía, al
hacerlo, por esta verdad: de todo lo
ocurrido nada debe ser considerado
perdido para la historia. Fue el día
en que descubrí que había en el
extranjero escritores y cineastas de
una generación anterior a la mía —
como Wenders y Handke— que
dialogaban sin complejos sobre el
rock and roll, sobre la felicidad
extraña que puede dar de golpe una
canción de Van Morrison. Seguí
viviendo en la desesperación, pero
con momentos de felicidad extraña
que de vez en cuando me llegaba —
me sigue llegando— del rock and
roll.
65
IBA mucho al cine y Edgardo
Cozarinsky también debía de ir
mucho, pues me lo encontraba muy
a menudo viendo la misma película
que yo. Cozarinsky, un borgesiano
tardío según Susan Sontag, era un
exiliado argentino que parecía
haber terminado por sentirse
cómodo en el papel de persona
desplazada. Escritor y cineasta,
vivía entre París y Londres, ignoro
dónde vive ahora, creo que sólo en
París. Recuerdo que le admiraba
porque sabía compaginar dos
ciudades y dos dedicaciones
artísticas —algo de lo que yo,
desde luego, era incapaz; hasta que
llegué a París, por ejemplo, no se
me había ocurrido nunca que se
pudiera vivir en dos ciudades al
mismo tiempo, bastante tenía yo con
estar en una sola— y también
recuerdo que vi alguna de sus
películas y leí su ensayo sobre
Borges y el cine, y también su
estudio sobre el chisme como
procedimiento narrativo y otros
textos,
todos
siempre
muy
hechizantes. Diez años después de
que yo dejara París, admiré muy
especialmente
su
libro Vudú
urbano, un libro de exiliado, un
libro transnacional donde utilizaba
una estructura híbrida que en
aquellos días era muy innovadora y
hoy está más asentada en el
panorama literario.
Vudú
urbano
daba
la
impresión de haber sido escrito por
Cozarinsky tras haber tomado muy
en serio aquello que proponía
Godard de hacer películas de
ficción que fueran documentales y
documentales que fueran como
películas de ficción. Vudú urbano,
que era un libro que se adelantó a
otros que después mezclaron el
ensayo con la ficción y que por
tanto
avanzaba
nuevas
e
interesantes tendencias para la
literatura, parecía compuesto de
narraciones que eran como ensayos
y ensayos que eran como
narraciones. Era, por otra parte, un
libro cargado de citas en forma de
epígrafes que hacían pensar en
aquellas películas de Godard que
estaban sembradas de citas.
Algunos de mis libros de los años
ochenta y noventa derivan en parte,
aunque
supongo
que
inconscientemente, del cine de
Godard. Y creo que algo también
de la estructura novelesca de Vudú
urbano de Cozarinsky, de esa
estructura en la que las citas o
injertos aparentemente caprichosos
prestaban magnífica elocuencia al
discurso: las citas o residuos
culturales se incorporaban a la
estructura de una forma prodigiosa,
pues, en vez de sumarse al resto del
texto plácidamente, chocaban con él
elevándose a una imprevisible
potencia y convirtiéndose en un
capítulo más del libro.
Creo que el artefacto literario
d e Vudú urbano, ese libro escrito
por alguien que a mí me parece que
se sentía cómodo sintiéndose una
persona desplazada, influyó sobre
todo en mi novela sobre conjuras
portátiles, pero esa influencia la
recibí a mediados de los ochenta y
pertenece, por tanto, a un periodo
de mi biografía literaria alejado del
que abarca esta conferencia de tres
días, que no habla de conjuras sino
más bien de conjurar mi juventud
revisándola irónicamente.
66
IBA mucho al cine, a ver India
Song. Por un motivo u otro siempre
estaba viendo India Song, la mejor
película de Duras. Alguien no la
había visto y yo le acompañaba a
verla. La vi muchas veces cuando
se estrenó en 1975 en varios cines
de París con notable éxito, la vi
muchas veces y siempre me fascinó,
y, además, la sentía como algo mío,
tal vez porque había asistido
muchas veces al rodaje, sobre todo
cuando estuvieron filmando en el
palacio Rothschild del Bois de
Boulogne, a cuatro pasos de los
lugares donde, dos meses antes, una
noche habíamos buscado ella y yo
putas de primera comunión. Ese
palacio lo había descubierto
Marguerite en uno de sus largos
paseos por la ciudad, y desde el
primer momento se sintió atraída
por el lugar. Hasta el final de sus
días se sintió impresionada por ese
espacio, y contaba que Goebbels
había vivido allí y que algunos
criados de los Rothschild habían
podido realizar actividades para la
Resistencia
en
habitaciones
secretas del palacio, a espaldas de
los alemanes. Era un palacio en el
que, después de la guerra, los
Rothschild decidieron no volver a
residir jamás. Cuando Marguerite
lo escogió como lugar de rodaje,
todo estaba en un notable estado de
abandono, de desmoronamiento.
Era
una
casa
enormemente
decadente y muy idónea para lo que
intentaba Marguerite contar que
pasaba en ella y que no era más que
una historia de amor inmovilizada
en el punto culminante de la pasión.
En torno a esa historia de amor,
estaba el mundo exterior, la India.
Y con ella el horror, el hambre, la
lepra y la humedad del monzón.
También el horror aparecía
inmovilizado en su paroxismo
cotidiano. Unas voces —sin rostro
— eran las que se encargaban de
hablar y tratar de reconstruir esa
historia de amor que las voces
recordaban vagamente, aunque no
habían olvidado el grito de amor
del enamorado en plena recepción
de la embajada de Francia, el grito
del vicecónsul pronunciando el
nombre de la amada, el nombre de
Anna Maria Stretter. Se oían
sirenas de barcos a lo lejos y trinos
de pájaros cercanos. Toda la
película era el eco de un gran grito
de amor.
En ocasiones con Raúl Escari
y en otras con Adolfo Arrieta, fui
muchas veces al rodaje y presencié
cómo el parque de los Rothschild
se transformaba en un jardín
colonial. Una enorme lámpara de
cuarzo atraía a las mariposas
nocturnas, que se abrasaban a
cientos. La luz blanca del verano
parisino adquiría el color del
monzón. A Marguerite, en el día del
preestreno, le encantaba que le
preguntaran en qué región de la
India había rodado la película. Me
acuerdo de que, al final de esa
primera proyección, se acercó
Robbe-Grillet para decirle que,
como le pasaba con todas las que
ella filmaba, le había gustado
mucho la película. Y recuerdo que
yo me quedé helado pensando si
había oído bien o ella había vuelto
a hablar en su francés superior
cuando oí que le decía a RobbeGrillet que lamentaba mucho no
poderle decir lo mismo de sus
películas. Creo que nunca hasta
entonces había oído hablar en mi
vida con tanta franqueza, y tal vez
por eso me quedaron aquellas
palabras muy grabadas en la
memoria. Es más, he imitado ese
tipo de franqueza en algunas
ocasiones de mi vida, siempre con
malos resultados, pues en todos los
casos
los
afectados
han
reaccionado mal y se han
convertido en enemigos míos y yo
he acabado, por una curiosa
asociación
de
ideas,
considerándoles a ellos enemigos a
su vez de la belleza de India Song,
de la extensión crepuscular del eco
de un gran grito de amor en la noche
india: una asociación que con el
tiempo he sabido que no era tan
descabellada como yo creía, pues
India Song gusta exclusivamente a
mis amigos.
67
IBA mucho al cine y entre mis
películas favoritas siempre estuvo
El conformista, de Bernardo
Bertolucci.
Adoraba
las
intervenciones
de
Dominique
Sanda, Stefania Sandrelli y las del
ambiguo Pierre Clementi. Y
adoraba también la extraordinaria
fotografía de Vittorio Storaro, pero
sobre todo lo que más me había
fascinado siempre de aquella
película tan diferente de todas era
la manera nada ortodoxa de contar
la historia, una historia que
avanzaba a base de saltos, como se
avanza cuando se está haciendo una
novela y uno no sabe qué va a pasar
y si va a llegar al final. Bertolucci,
al igual que hacía Cortázar en
Rayuela —novela que leí para
sentirme más atado a París y que
admiré en su momento—, convertía
en juego la narración. Y yo me
preguntaba qué día me atrevería a
comenzar una novela con ese
espíritu de juego que había
encontrado en Bertolucci
y
Cortázar, saltando de casilla en
casilla con la libertad primitiva que
tuvo en sus inicios el arte de contar.
Aun sin llegar a la categoría de
rayuela perfecta, otra película de
Bertolucci, El último tango en
París, también me produjo cierta
conmoción, muy especialmente por
su comienzo arrebatador, con un
Marión Brando desorientado y muy
desesperado —como yo mismo,
pensé—, perdido por las calles de
París. Con un comienzo como
aquél, partiendo de aquella
situación extrema, todo parecía
posible. Eran días en los que el
cine era un espejo. Un espejo
incluso de mi desorientación
porque no ignoraba —y sufría por
ello— que, del mismo modo que el
cine organizaba la realidad visual,
las buenas novelas organizaban la
realidad verbal. Yo todo eso, por
ejemplo, no lo ignoraba, pero, sin
embargo, a pesar de que había
encontrado el juego narrativo y los
saltos de casillas y los patrones
ideales para relatar, no sabía cómo
podía organizar esa realidad. Es
más, la sombra de una alarmante
pregunta planeaba sobre mi
buhardilla. ¿Cuál era mi realidad?
Si no la conocía, ¿cómo la quería
organizar?
Doy un salto ahora y cambio
tal vez de tema, pero no cambio de
casilla. Las reglas del juego
también están para jugar con ellas.
Salto para confesarles ahora a
todos ustedes que me siento
afortunado de no añorar mis años
de aprendizaje como escritor.
Porque si yo, por ejemplo, pudiera
decirles ahora a ustedes que
recuerdo de aquellos años la
intensidad, las horas consumidas
escribiendo en la buhardilla,
consumido yo también a lo largo de
todo un día y luego, por la noche,
inclinado sobre mi mesa mientras el
mundo dormía, sin sentir cansancio,
electrizado, trabajando hasta la
madrugada, y aun después... Si yo
pudiera decirles algo de todo esto,
pero es que no puedo hacerlo, no
hay mucha grandeza, belleza o
intensidad en los minutos de mi
juventud dedicados a la escritura.
Lo sé, es deplorable. Pero ésa es mi
suerte, vivo sin nostalgia. No añoro
ni mi pureza, ni mi entusiasmo
estimulante, ni la intensidad. Es
como si en París lo hubiera ido
postergando todo con habilidad
para sentir verdaderamente la
seducción de la escritura en estos
años de ahora, los de la edad
tardía.
68
DICE la leyenda que Hemingway,
armado de una metralleta y
acompañado por un grupo de la
Resistencia francesa, el 25 de
agosto de 1944, tras cuatro largos
años de ocupación alemana, se
adelantó unas horas a la entrada de
los aliados en París y liberó el bar
del Ritz, el famoso Petit Bar de la
rué Cambon. Exactamente la
leyenda dice que Hemingway liberó
las bodegas del hotel. Después,
tomó una suite en él y, en una casi
permanente nebulosa de champagne
y coñac, se dispuso a recibir a
amigos o simples visitantes que
fueran a felicitarle. Entre los que se
presentaron en el hotel, estuvo
André Malraux, arrogante a más no
poder. El escritor francés entró
desfilando en el Ritz con un pelotón
de soldados a sus órdenes,
convertido en todo un coronel con
lustrosas botas de caballería. No
puede decirse que hubiera ido al
Ritz a felicitar a nadie, y menos a
Hemingway, que lo advirtió
enseguida y que inmediatamente se
acordó de que aquel orgulloso
coronel había abandonado en 1937
la guerra civil española para
escribir L’espoir, la novela que
algunos cándidos habían elevado a
la categoría de obra maestra.
Enseguida se vio que el coronel
Malraux alardeaba de su pelotón de
soldados y se reía del manojo de
desarrapados que estaban a las
órdenes
de
Hemingway,
el
liberador del bar del Ritz.
«Qué
pena»,
le
dijo
Hemingway a Malraux, «que no
tuviéramos la ayuda de tus
fantásticas fuerzas cuando tomamos
París.»
Y
uno
de
los
incondicionales desarrapados a las
órdenes de Hemingway murmuró al
oído de su jefe: «Papa, on peut
fusiller ce con?» («Papá, ¿podemos
fusilar a este gilipollas?»)
El 25 de agosto de este verano
fui al Petit Bar, a ese pequeño bar
al que hace veinte años le
cambiaron el nombre y ahora la
dirección del Ritz llama Bar
Hemingway, aunque ha tenido otros
muchos clientes famosos: Marlene
Dietrich, Scott Fitzgerald, Ingrid
Bergman, Graham Greene y Truman
Capote, entre otros.
Al entrar allí con mi mujer con
la idea de celebrar el 58
aniversario de la liberación del bar,
me encontré el pequeño local
repleto de una multitud de gente
que, en medio de una horrenda
borrachera general, daba la
impresión de estar celebrando
también aquella fecha. Gente fea,
muy ebria. Lo que yo vi allí distaba
mucho de ser paradisíaco. «Cuando
sueño en el Paraíso», decía
Hemingway, «me veo siempre
transportado al Ritz de París.» Me
sentí en la obligación inmediata de
advertirle a mi mujer que aquello,
contrariamente a lo que esperaba,
no era el Paraíso. «Pero es
preferible al Paraíso», dijo mi
mujer enigmáticamente. Iba a
decirle que no entendía a qué se
refería cuando algunas de las
personas que estaban en el bar, al
vernos
buscar
una
mesa,
intercambiaron comentarios entre
ellas y algunas incluso se rieron,
nunca sabré de qué. «¿Has visto
cómo se ríen estos majaderos?», le
dije a mi mujer, que se encogió de
hombros, pues aquello no parecía
afectarla tanto como a mí, que
siempre me he tomado las cosas
más gravemente.
Recordé que, cuando era joven
y vivía en París, iba a aquel bar,
que todavía se llamaba Petit Bar, y
nadie se reía de mí. Al contrario,
allí hubo hasta quienes me tomaron
muy en serio y me dieron consejos,
muchos consejos. Siempre que
había una mesa libre, me gustaba
sentarme a una de las del altillo del
bar. Un día, estando en ese altillo
con Vicky Vaporú, ella se dignó —
a eso le llamo yo tomarme en serio
— darme un consejo que nunca he
olvidado: «Siempre que sientas
deseos de criticar a alguien,
recuerda que no todo el mundo ha
disfrutado de las facilidades que tú
has tenido.» Días después supe que
la frase era de El gran Gatsby y le
pedí explicaciones a ella, que casi
lloró al verse descubierta al tiempo
que percibí que de todos modos su
consejo me lo había dado de buena
fe, con muy buenas intenciones, y
que nadie en París me tomaba tan en
serio como ella.
Casi lloró y se excusó
diciendo que había sido un
homenaje a Scott Fitzgerald, que
era asiduo cliente de aquel bar y
que había escrito, además, un
cuento titulado Un diamante tan
grande como el Ritz, que era a lo
que ella aspiraba en la vida, a tener
un diamante de aquel colosal
tamaño. Vicky Vaporú, además de
ser la travestí más guapa del
Quartier Latín, era lo más parecido
que ha existido nunca a la Holly
Golightly de Desayuno en Tiffany’s
de Truman Capote. En las claras,
frescas mañanas de París, me la
encontraba de repente por el barrio
y me hacía preguntas que me
recordaban a la heroína de Capote:
«Yo creía que los escritores eran
muy viejos. Aunque, claro, Patrick
Modiano no es viejo. Por cierto,
¿Hemingway lo es?» «Está
muerto», me vi obligado a
contestarle.
En las claras, frescas mañanas
de París me la encontraba de
repente por el barrio comprando el
pan y me hacía en voz alta
preguntas muy divertidas o
increíbles para la hora que era y
sobre todo teniendo en cuenta que
estábamos haciendo cola en una
panadería. Recuerdo especialmente
una de esas preguntas: «¿Verdad
que yo no soy una mujer sofisticada
ni falsificada sino que soy una
falsificación verdadera?» Toda la
cola del pan nos miró, claro. En
cierta forma, aquella escena fue un
antecedente de esa sensación que
tuve este 25 de agosto, cuando al
entrar en el antiguo Petit Bar todo el
mundo nos miró y algunos se rieron
de nosotros. ¿En eso consistía
madurar? Cuando era joven
(pensé), en este bar nadie se reía de
mí, y, es más, me daban consejos y
me tomaban más en serio.
Un día, también en el altillo, el
actor Jean Marais, el héroe de las
películas de Jean Cocteau, me había
dado un misterioso consejo al que
desde entonces no he cesado nunca
de darle vueltas. Había ido yo
acompañando a un periodista amigo
que le entrevistaba para una revista
española. Al final de la reunión,
Jean Marais se enteró de que yo
quería ser escritor y, dando un
rodeo antes del consejo, me dijo
que seguro que yo soñaba con
alcanzar la fama. «¿No es así?», me
preguntó. No le contesté, no sabía
muy bien qué decirle, en realidad
más que la fama yo deseaba triunfar
en París, pero tal vez una y otra
cosa eran lo mismo. «La fama»,
dijo entonces Marais, «está hecha
de mil rumores y malentendidos que
suelen guardar poca relación con la
persona real.» Yo le escuchaba
sólo a medias y no sabía muy bien
adonde quería ir a parar, y lo que
mentalmente me tenía más ocupado
en aquel momento era lo mucho que
imitaba a Jean Cocteau, pues
hablaba como él, se había
impregnado de la personalidad de
su antiguo amante y maestro, a
veces sus gestos eran una copia
exacta de los de Cocteau. Cuando
me anunció que iba a darme un
consejo, pasé a escucharle con
atención. «Fabrícate un doble de ti
mismo», dijo Marais, «que te ayude
a afirmarte y pueda incluso llegar a
suplantarte, a ocupar la escena y
dejarte tranquilo para trabajar lejos
del ruido.» Tiempo después, supe
—y no me extrañó nada— que ese
consejo era una famosa frase que
solía decir mucho Cocteau.
Así pues, el bar del Ritz era un
local en el que yo había oído todo
tipo de consejos. Me faltaba el que
iba a darme mi mujer, este pasado
25 de agosto, cuando al ver el
panorama que ofrecía el bar en
aquel día del aniversario de la
gesta de Hemingway le dije que,
cuando se celebra una fiesta, sea la
fiesta que sea, no hay razón alguna
para que nosotros tomemos parte en
ella. Se lo dije con la intención de
que no nos quedáramos allí. Como
no me decía nada, insistí: «Además,
no estamos en el Paraíso del que
hablaba Hemingway.» Entonces
ella me dio un consejo que nos
mantuvo en el bar hasta el despuntar
del día siguiente: «Precisamente
por eso te aconsejo que nos
quedemos
un
rato
aquí,
aprovecharemos que no es el
Paraíso para reírnos un poco.
Piensa que en el Infierno no van a
dejar que nos riamos, y aún menos
en el Paraíso, allí seguro que no nos
conviene nada hacerlo.»
Este 25 de agosto, mi mujer y
yo liberamos nuestros impulsos más
secretos, como si estuviéramos
liberando la bodega del Ritz, los
liberamos tal vez demasiado.
Empezamos pidiendo dos daiquiris
y, al animarme un poco, le conté a
ella el encontronazo militar de
Malraux con Hemingway en el Ritz.
«Estoy cansada de ti, Hemingway»,
me dijo de pronto mi mujer, hija y
nieta de militar. Y yo debería haber
recordado en ese momento que
pernoctaba en ella —el verbo más
adecuado es precisamente este
término castrense, pernoctar— una
fobia suya de tipo militar, un odio
sólo nocturno y con alcohol por
medio, una oculta pero seria
animadversión contra mí y sobre
todo contra mi manía de que alguien
por fin un día, aunque sea a modo
de mentira piadosa, me diga que me
parezco físicamente a Hemingway.
Pero no le di la debida importancia
a aquel primer conato de
agresividad. Pedimos dos daiquiris
más y luego otros dos y luego diez
más, y yo pasé a llamar a los
daiquiris cócteles Malraux. Sonaba
bien, me parecía que sonaba
perfecto: cócteles Malraux. Pero
todo se había ya vuelto peligroso,
como un gigantesco cóctel molotov.
De pronto descubrimos que
estábamos ya más allá de la
madrugada y, por decirlo en
términos hemingwayanos, al otro
lado del río y entre los árboles.
Riendo como felices y verdaderos
majaderos, se nos habían pasado
volando las horas y se nos había
hecho de día en el bar. Yo estaba
hablando con unos norteamericanos
absolutamente estúpidos cuando de
pronto mi mujer, en su borrachera
extrema, dejó de reír, porque le
pareció que mis desarrapados —
eso dijo— la miraban mal. «¿Qué
desarrapados?»,
pregunté
desconcertado. Los desarrapados
eran, según ella, los estúpidos con
los que yo hablaba, «tu ejército
personal», los últimos borrachos
del bar. La miré a ella y me recordó
al coronel Malraux y no pude
evitarlo, se me escapó esto: «¿No
estarás pensando que te quiero
fusilar?» Nunca debí hacer esta
pregunta, nunca. Delaté que también
una secreta fobia pernoctaba en mí.
Siguió una refriega militar, yo en mi
papel de papá Hemingway y ella en
el de Malraux. Siguió una refriega
terrible y yo perdí la guerra y dos
dientes, y también perdí la
confianza en mí y la confianza en
ella. A mi mujer no pude más que
odiarla cuando al día siguiente me
dijo que estaba más guapo. «Con
dos dientes menos, ya no te pareces
tanto a Hemingway», ironizó.
69
CUANDO la primera de las dos
muertes de Franco —porque hubo
dos— yo estaba tan tranquilo en mi
buhardilla
leyendo
poesía.
Agonizaba el dictador en la clínica
de Madrid cuando un falso rumor
llevó a Santiago Carrillo, el
dirigente comunista español en el
exilio, a anunciar por Radio París,
antes de tiempo, la muerte del
dictador. Mi vecino de buhardilla
—un misterioso negro que no me
hablaba nunca, pero que ese día lo
hizo— se enteró de la noticia en su
transistor y tuvo el detalle de dar
unos golpes en mi puerta y, al
abrirle yo con más miedo que otra
cosa —era un negro de Costa de
Marfil de dos metros de altura y
cierto aspecto de caníbal—, me
dijo: «Buenos días, tubab. Franco
de España mort, muerto.» Luego,
soltó una carcajada y me mostró, no
sé si a propósito, sus afilados
dientes. Me dio una gran alegría la
noticia,
aunque
mantuve
la
compostura, exhibí cierta flema,
supongo que tratando de evitar que
él se diera cuenta de que me
intimidaba. «¿Qué es eso de
tubab?», me limité a decirle. No
contestó, regresó a su buhardilla.
Naturalmente, ya no seguí
leyendo poesía. Salí a la calle a
celebrar la muerte con el primer
amigo que encontrara. En aquellos
días, aparte de leer a Borges (al
que acababa de descubrir) y a todo
el panteón negro de la literatura
(con Roussel y Rimbaud al frente),
seguía leyendo (como ya hacía en
Barcelona) poesía de la generación
del 27, sobre todo Cernuda,
Salinas, Larrea, García Lorca y
Guillén. Leía mucha poesía. La de
la generación del 27 llevaba tiempo
influyendo en mi llamémosla
formación de escritor. De hecho, en
el período inmediatamente anterior
al de mi vida en París, yo no había
hecho más que leer poesía en
Barcelona, y no sólo la del 27 sino
también a Juan Ramón Jiménez y
.Antonio Machado y algunos poetas
de posguerra como Blas de Otero, y
todo eso había ido influyendo en mi
aprendizaje previo a mi vida en la
buhardilla y me había ido animando
a escribir.
A la poesía española, pues,
nunca la perdí de vista, fui leal a
ella, después de todo era la que me
había empujado, en mis años de
universidad en Barcelona, a
pergeñar algunos ingenuos versos
de primera hora, que aún conservo,
como aquellos de mi poema
Juventud a la intemperie, que hoy
en día irónicamente podría retitular
La desesperación en negro, pues se
trataba de un poema muy eufórico y
optimista, pero que en el fondo no
ocultaba mi angustioso y total
desconcierto ante la vida: «Yo tenía
programado un mundo / cargado de
pizarras y frailes viejos / que
lloraban salmos / mientras bebían
latín / contagiando geografías
muertas (...) pero ahora me preparo
para derrochar libertad / sentir que
por fin estoy viviendo la vida / que
nunca los viejos cabrones soñaron
para mí...»
¿Derrochaba yo libertad en
París? No mucha, si acaso
derrochaba riesgos de pulmonía. Se
me estropeó la estufa eléctrica, por
ejemplo, y pasé varios días con un
frío inmenso en la chambre. Sin
calefacción central, como la que yo
tenía en casa de mis padres, no
había verdadera o, mejor dicho,
completa libertad. Eso en el fondo
yo lo sabía, pero prefería
engañarme a mí mismo y creer que
el frío y la bohemia eran la pura
libertad. Era un poeta frustrado que,
habiendo querido escribir grandes
versos, había rebajado mis
ambiciones y aceptado ser tan sólo
(tenía ya bastante con el trabajo que
me iba a dar eso) un narrador. Pero
arrastraba los ideales perdidos de
mis deseos de ser poeta. En el
fondo, lo que narra el manuscrito
criminal de La asesina ilustrada es
la muerte del poeta que yo había
querido ser.
En fin. En el momento de
enterarme de la muerte de Franco,
yo leía poesía. Pero nada más saber
que había muerto el general
asesino, dejé de leer y salí a la
calle en busca de algún amigo para
celebrarlo y me encontré con Javier
Grandes, que no sabía nada de la
muerte del dictador y me abrazó
con fuerza y nos abrazamos mucho y
saltamos con tanta alegría y de
forma tan bestial que acabé
torciéndome un tobillo. Una hora
después, con el pie vendado, me
enteraba de que Franco no había
muerto y maldecía a Santiago
Carrillo. En los días siguientes,
medio
inmovilizado
por
el
accidente, regresé a la lectura de
poesía. Y entonces, un día, volvió a
morirse Franco, volvió a decirlo la
radio del vecino negro, y esta vez
era verdad, pero ya no podía saltar
de alegría, pues de alguna forma ya
lo había celebrado y, además, mi
tobillo fio respondía. Volvió a
llamar a la puerta el negro y volvió
a llamarme tubab. Tuve por unos
momentos la impresión de que cada
vez que se moría Franco, a mí me
llamaban tubab. La segunda muerte
del dictador me encontró también
leyendo poesía. En esta ocasión,
leyendo Canto del despertar, unos
versos de Claudio Rodríguez:
«Como si nunca hubiera sido mía /
dad al aire mi voz y que en el aire /
sea de todos y la sepan todos / igual
que una mañana o una tarde.»
Abrí la ventana de la
buhardilla. Había muerto un
dictador, el gran asesino y, aunque
no podía decirse que, como decía
Claudio Rodríguez en su poema,
fueran míos el viento o la luz, me
dije que tal vez pronto mi voz
estaría en el aire y sería de todos.
En un primer momento, me dio por
pensar que el acontecimiento de la
muerte de Franco era un hecho
histórico muy importante, tenía algo
de ese canto del despertar del que
hablaba Claudio Rodríguez. Y me
puse solemne. Me dije que tal vez
se iniciaba una nueva etapa para mí
y para el viento y para la luz. Y de
repente...
No iba a ser la última, pero
aquélla fue la primera vez que me
ocurrió algo así en la vida. Estaba
sintiendo que las circunstancias de
aquel momento eran pavorosamente
trascendentes cuando de pronto, sin
apenas darme cuenta, me alejé del
trance solemne y fui a parar
directamente a una nadería, pues me
vino a la memoria una palabra
extranjera, que era, si se quiere, una
bobada
comparada
con
la
trascendencia del momento, pero
que a fin de cuentas me permitió
relajarme, porque en esa nadería
descansó de pronto mi ánimo.
La palabra extranjera era
Savannakhet.
Era un nombre oriental que se
repetía obsesivamente en India
Song. Era un nombre oriental, una
palabra extranjera que a mí, por el
modo en que la pronunciaba una
mendiga india en la película, me
sonaba más a pregunta que a
nombre propio, a pregunta en forma
de grito espeluznante, como si
alguien gritara como el vicecónsul y
dijera: ¿Y ahora qué? Sonaba igual
que Savannakhet. Y ahora qué.
Sonaba angustioso. Era un grito, era
una pregunta, era una palabra tan
perdida como el nombre de Venecia
en Calcuta desierta.
Era un grito, era una pregunta,
era una palabra que luego en la
película se convertía en una
canción.
Una canción de Savannakhet.
¿Y ahora qué?
Franco había muerto y de
pronto yo sólo pensaba en los
temblores de la luz del monzón en
un parque junto al Ganges. Franco
había muerto y yo sólo era capaz de
pensar en Savannakhet. Parecía una
frivolidad. Pero luego me dije: ¿Y
qué?
70
DI con un libro que decidí que tenía
conexiones con mi bohemia vida:
El tiempo de los asesinos, de
Henry Miller, una biografía de
Rimbaud y al mismo tiempo una
evocación sobre los años en que
Miller fue pobre y feliz en París. En
un prefacio escrito en Big Sur,
California, en 1955, refiriéndose a
Rimbaud, decía que, en el
simbólico lenguaje del alma, el
poeta francés «describió todo
cuanto ahora está sucediendo».
Según Miller, había una
relación directa entre Rimbaud y
los grandes innovadores religiosos.
También el poeta francés proponía
reinventar la vida, volver a
empezar de cero. «Está más vivo
que nunca», decía de Rimbaud, «y
el futuro le pertenece... aunque no
haya futuro.» Yo me decía que,
dada la mediocridad de mi
presente, sería fantástico que el
futuro me perteneciera. Y estaba
dispuesto a creer a Miller cuando
decía que no había futuro, estaba
dispuesto a creerle con tal de poder
conservar la esperanza de que de
todos modos ese futuro, aun sin
existir, pudiera pertenecerme algún
día.
71
FUI a París este agosto y viajé en
metro
hasta
las
absurdas
edificaciones que acogen la
Biblioteca Nacional de Francia,
levantada por la megalomanía de
Mitterrand. Fui a ese extraño lugar
tan convencido como W. G. Sebald
de que ahí «está enterrado todo lo
que
nuestra
civilización ha
producido», y convencido también
de que el hombre moderno, bajo la
hipnosis del progreso y del
pensamiento único, no echa de
menos lo que yace en ese panteón ni
tampoco las huellas de los ausentes,
extraviado como está el hombre
moderno en el espejismo de un
futuro que no tiene a su alcance.
También en los años setenta,
cuando yo estuve en París —
entonces Mitterrand era para mí
básicamente un amigo de Duras que
en 1943, en plena Resistencia, se
había escondido dos noches en mi
buhardilla—, el futuro era un
espejismo, pero me negaba a
aceptarlo. Como era joven, sentía
que tenía la obligación de creer que
tenía futuro, aunque a éste no lo
viera muy claro. Por otra parte,
tanto simular desesperación me
llevaba a pasarme días enteros
desesperado de verdad, viéndolo
todo oscuro, muy negro el porvenir.
Mi juventud comenzaba a parecerse
a lo que antes llamé una
desesperación en negro. Esa
desesperación —a veces fingida y
otras realmente muy vivida— fue
mi compañía más fiel y constante a
lo largo de los dos años que viví en
París. Muchas veces, una repentina
lucidez que parecía surgir de mi
desesperación menos fingida me
decía que estaba enterrando mi
juventud en la buhardilla. La
juventud es extraordinaria, pensaba,
y yo la tengo sofocada viviendo una
bohemia que no me conduce a nada.
Un día, a través del ensayo de
Cozarinsky sobre Borges y el cine,
descubrí al autor de El Aleph.
Compré sus cuentos en la Librería
Española y leerlo fue toda una
revelación para mí, me impresionó
mucho sobre todo la idea —hallada
en uno de sus cuentos— de que tal
vez no existía el futuro. Era la
misma que había encontrado en el
libro de Miller sobre Rimbaud.
Quedé de nuevo perplejo ante esa
negación del tiempo, en este caso
ante la refutación del tiempo que
podía encontrarse en un escrito
sobre el Orbis Tertius, el axioma
más importante de las escuelas
filosóficas. Según ese axioma, el
futuro sólo tiene realidad en la
forma de nuestros miedos y
esperanza presentes, y el pasado
sólo tiene realidad meramente como
recuerdo.
El pasado es siempre un
conjunto de recuerdos, de recuerdos
muy precarios, porque nunca son
verdaderos. Acerca de esto le oí
decir algo muy bello y conmovedor
a Borges. Se lo oí decir en una
conferencia secreta que él dio en
Zékian, una librería clandestina que
se hallaba en la segunda planta de
una casa de la rué Littré. Fue el
propio Cozarinsky quien me puso
en la pista de esa librería secreta.
Fui a Zékian sin futuro y salí
sin pasado.
Escuché a Borges decir que
recordaba que una tarde su padre le
había dicho algo muy triste sobre la
memoria, le había dicho: «Pensé
que podría recordar mi niñez
cuando por primera vez llegué a
Buenos Aires, pero ahora sé que no
puedo, porque creo que si recuerdo
algo, por ejemplo, si hoy recuerdo
algo de esta mañana, obtengo una
imagen de lo que vi esta mañana.
Pero si esta noche recuerdo algo de
esta mañana, lo que entonces
recuerdo no es la primera imagen,
sino la primera imagen de la
memoria. Así que cada vez que
recuerdo algo, no lo estoy
recordando realmente, sino que
estoy recordando la última vez que
lo recordé, estoy recordando un
último recuerdo. Así que en
realidad no tengo en absoluto
recuerdos ni imágenes sobre mi
niñez, sobre mi juventud.»
Después de evocar estas
palabras de su padre, Borges se
calló durante unos segundos que me
parecieron eternos, y luego añadió:
«Intento no pensar en cosas pasadas
porque si lo hago, sé que lo estoy
haciendo sobre recuerdos, no sobre
las primeras imágenes. Y eso me
pone triste. Me entristece pensar
que tal vez no tengamos recuerdos
verdaderos de nuestra juventud.»
72
UNOS meses después de escuchar a
Borges decir en la Zékian que no
tenemos recuerdos verdaderos de
nuestra juventud, una muchacha que
dijo llamarse Sylvie me paró por la
calle y, con voz de conspiradora,
me explicó que me había visto el
día de Borges en la Zékian y que
deseaba comunicarme que el martes
de la semana siguiente, a las seis de
la tarde, había una intervención
clandestina de Georges Perec en
aquella librería secreta. «Te espero
allí», dijo medio envuelta en el
misterio, «no llegues tarde porque
Perec será muy breve.» Acto
seguido, me dio la contraseña para
entrar en la reunión secreta y,
doblando la esquina de la rué SaintBenoít con la rué Jacob,
desapareció para siempre. Llevaba
el mismo peinado que Jane Birkin,
es lo que más recuerdo de ella. Y
digo que desapareció para siempre
porque no la vi en la Zékian el
martes siguiente cuando acudí a la
reunión secreta, no la vi allí ni la he
vuelto a ver en mi vida. Un
misterio.
Me costó mucho decidirme a ir
a la Zékian a ver a Perec. Primero
porque tenía que ir solo y mi
timidez convertía en un trance
difícil volver a subir hasta la puerta
pintada de blanco de la segunda
planta de aquel edificio de la rué
Littré en el que meses antes había
escuchado a Borges. Y segundo
porque a Perec ya le había visto en
una ocasión, con motivo de la
presentación de un libro de
Philippe Sollers, y ya le había
espiado lo suficiente. Y, en fin, por
muchos otros motivos se me hacía
muy cuesta arriba ir a la librería.
Pero el hecho es que acabé yendo.
Di la contraseña («Soy un hombre
que duerme») y entré, y lo hice con
mayor timidez aún de la que en
circunstancias normales habría
sentido, pues se burlaron de mí al
responderme a la contraseña
diciéndome: «Pues no se le ve cara
de sueño.» Había unas treinta
personas en la librería y no conocía
a ninguna de ellas. A las seis en
punto apareció un hombre que dijo
ser Perec, pero no lo era. Es más,
no se parecía en nada a Perec. Entre
otras cosas porque era negro y
recordaba mucho a Tony Williams,
el cantante de Los Platters. La
intervención del falso Perec fue
breve y de esas que uno, por mucho
que sea un recuerdo de juventud, no
olvida. Dijo más o menos esto:
«Hace mucho tiempo, en
Nueva York, a unos cientos de
metros de los arrecifes adonde
vienen a romper las últimas olas
del Atlántico, un hombre se dejó
morir. Trabajaba de escribiente
para un abogado. Escondido detrás
de un biombo, se pasaba el tiempo
sentado frente a su pupitre y no se
movía de allí nunca. Se alimentaba
de galletas de jengibre. Miraba por
la ventana un muro de ladrillos
ennegrecidos que casi hubiera
podido tocar con la mano. Era inútil
pedirle algo, que releyera un texto o
que fuera al correo. Ni las
amenazas ni los ruegos tenían poder
sobre él. Al final, se volvió casi
ciego. Hubo que echarlo. Se instaló
en las escaleras del edificio.
Entonces lo encerraron, pero se
sentó en el patio de la cárcel y se
negó a comer.»
Dicho esto, miró fijamente al
público durante unos segundos y
después fue hacia la salida y se
marchó de la librería dando un gran
portazo. «Tocar fondo no quiere
decir nada», gritó el hombre que
estaba sentado a mi lado. Todo el
mundo le miró con disgusto. Y poco
después se disolvió la reunión. No
entendí nada. Salí a la rué Littré y
regresé a la buhardilla. No había
visto a Sylvie, no había visto a
Perec. ¿Y aquel portazo?
Qué raro, pensé. ¿Recordaré
esto dentro de unos años? Al día
siguiente, la frase «tocar fondo no
quiere decir nada» la trasladé a La
asesina ilustrada, quién sabe si con
el ánimo de recordar con el tiempo
al cantante de los Platters.
73
EN París, este agosto, cada día al
regresar al hotel pasábamos por
delante del edificio de la rué Littré
en cuya segunda planta hubo una
vez una librería secreta llamada
Zékian. Ni mi mujer ni yo nos
decidíamos a entrar en ese
inmueble para tratar de averiguar
qué había en el piso donde antaño
estuvo la librería Zékian. ¿Estaría
tal vez todavía ahí la librería y
encima seguiría siendo clandestina?
¿Y por qué diablos, por cierto,
hubo una vez en un París libre una
librería clandestina y a mí esto casi
me parecía normal?
Recordaba perfectamente y de
manera casi obsesiva la escalera de
caracol que conducía a la segunda
planta, donde había una puerta
blanca y en ella, pintada en negro,
encima de la mirilla, una minúscula
pero orientadora letra Z.
Aunque sentía constantemente
la tentación de recuperar para mí
mismo el espacio en el que un día
vi personalmente al legendario
Borges, no acababa de decidirme a
dar el primer paso. Al mismo
tiempo, esa indecisión, que
compartía con mi mujer —también
muy indecisa—, iba en realidad
agigantando mi curiosidad por
saber en qué se habría convertido la
enigmática Zékian. ¿Era tal vez
ahora la vivienda de una apacible
familia burguesa que ignoraba el
pasado de la casa y a la que dejaría
muy turbada saber que un día, en el
comedor de su dulce hogar, Borges
confesó que le entristecía pensar
que tal vez no tengamos recuerdos
verdaderos de nuestra juventud?
¿Qué habría detrás de la puerta
blanca? Pasaban los días y no nos
decidíamos a entrar en el inmueble
de la rué Littré y subir a la segunda
planta para llamar al timbre de la
puerta blanca —¿seguiría blanca?
— donde estuvo Zékian. Hasta que
una tarde, en el Café de Flore,
donde nos refugiamos porque
llovía, de pronto nos encontramos
—no sabíamos que andaba por
París y fue para nosotros una
alegría— con el amigo Sergio Pitol,
que se convirtió de inmediato en el
jefe de la expedición al inmueble
de la rué Littré. Fue él quien
prácticamente nos arrastró hacia
ese lugar. En cuanto aflojara la
lluvia, averiguaríamos, dijo, todo lo
que tuviéramos que averiguar y no
nos iríamos del edificio de la rué
Littré hasta que supiéramos qué
había detrás de la puerta blanca,
qué clase de persona o mueble —
dijo sonriendo— ocupaba el lugar
exacto donde un día Borges dijo
que era triste no tener recuerdos
verdaderos de nuestra juventud.
Me sorprendió, ya en el
edificio de la rué Littré, ver que en
la segunda planta había, una frente a
la otra, dos viviendas con sus
correspondientes puertas, ninguna
de ellas pintada de blanco. Seguía
allí, tal como la recordaba, la
escalera de caracol, de modo que
no nos habíamos equivocado de
inmueble, pero sin duda me había
traicionado la memoria en lo que se
refería a la puerta única en el
rellano de la segunda planta. De
pronto, toda la investigación en
torno al misterio de la Zékian pasó
a girar en torno a cuál de las dos
era la antaño puerta blanca.
A pesar de mis esfuerzos, me
resultó imposible saber cuál de las
dos puertas era la que yo, casi
treinta años antes, había atravesado
en dos ocasiones. Decidimos llamar
a la de la izquierda, que era la que
más me parecía que podía ser.
Nadie contestó. Insistimos, hubo
varios timbrazos. Nada. «Está tan
claro que ésta fue la puerta de la
librería como que no hay nadie ahí
dentro. Eran tan secretos sus
habitantes que, ya veis, se han
hecho invisibles», dijo Pitol, que no
ocultaba lo mucho que le divertía
aquella investigación. De pronto,
me pareció que él se estaba
moviendo como si estuviera dentro
de uno de sus relatos. Y recordé
que sus cuentos serían cuentos
cerrados si acabaran revelándonos
algo que jamás nos revelarán: el
misterio que viaja con cada uno de
nosotros. El estilo de cuentista de
Pitol ha consistido siempre en
contarlo todo pero no resolver el
misterio.
Tanto se divertía Pitol que
acabó aporreando la puerta, se
moría de risa. Entonces oímos que
alguien, en la puerta de enfrente,
hacía girar la mirilla y nos espiaba.
Llamamos poco después al timbre
de esa puerta de enfrente. Una
mujer de avanzada edad, una vieja
dama,
la
entreabrió
con
precauciones, dejando puesta la
cadena de seguridad. «¿Buscan a
alguien?», preguntó. Y entonces
Pitol tuvo una salida ocurrente y
preguntó en su francés impecable:
«¿Monsieur Jorge Luis Borges?
¿Vive ahí enfrente?» Tras un breve
silencio, la mujer nos dijo: «Viven
ahí, pero no están, no están nunca.»
A Pitol se le iluminó la
mirada. Ahora ya sabíamos dónde
había estado y dónde podía seguir
estando la librería Zékian: donde
vivían los Borges que no estaban.
Abandonamos el lugar entre risas,
con la impresión de haber hecho
todo lo que estaba a nuestro alcance
para resolver el enigma de la
librería secreta y, en definitiva, del
mundo. Nos fuimos de allí con la
impresión de haber estado más
cerca que nunca de la invisible
verdad.
74
IBA con Raúl Escari a muchas
reuniones de argentinos y debió de
ser hacia julio del 74 cuando, en
una fiesta que tuvo lugar en el taller
del pintor Antonio Seguí, conocí a
Gilberta Lobo, una señora uruguaya
que tenía cerca de ochenta años de
edad y a primera vista era una
mujer de gran personalidad, muy
interesante, aunque a veces
comunicaba cierta angustia, ya que
parecía ser asaltada de vez en
cuando por breves pero intensas
ráfagas de desasosiego. Lo sabía
todo sobre España, aunque no había
pisado tierra española nunca. Pero
ese país era la única pasión de su
vida, según me dijo. Los hombres,
en cambio, no habían sido nunca su
gran pasión. Eso me dijo y luego se
vanaglorió de llamarse de forma
parecida a Gilberta de Saint-Loup,
un personaje de Proust, y volvió a
insistir en lo de los hombres y se
mostró orgullosa de no haberse
casado con ninguno. «Todos acaban
resultando muy pesados», dijo, y
me preguntó a bocajarro si quería
que fuéramos al día siguiente a
comer los dos solos a un
restaurante. «Si no cree que se
compromete yendo a comer usted
sola con un joven...», le dije
intentando ser ingenioso, pero con
evidente torpeza. Al ver que a mi
alrededor todo el mundo se reía,
añadí a tiempo: «O más bien a
comer usted sola con un viejo.» Me
di en ese mismo momento cuenta de
que esa primera frase mía, la que
había hecho reír tanto a los
invitados del pintor Seguí, era de
las que podría haber dicho mi
madre hablando precisamente de mí
(para ella yo siempre fui un niño:
un niño, dicho sea de paso, gris).
Al día siguiente almorcé en un
comedor privado de un hotel de
Champs Elysées con la señora Lobo
y me sentí, durante un buen rato, un
niño en compañía de la madre que
hubiera querido tener. «¿Ya te trata
bien Marguerite Duras?», fue una
de sus preguntas, como rivalizando
en sentimientos maternales con mi
casera. Me sentí muy bien a lo largo
de casi toda la comida. Protegido.
Y con madre. Como hacía tiempo
que no me sentía. En realidad,
pensé, tal vez nunca hasta aquel día
había estado protegido por una
madre. Una madre, además, que no
me consideraba gris, sino con un
potencial artístico —según me
decía— inmenso, lo que me animó
a sentirme creativo y contarle el
argumento de La asesina ilustrada,
aunque se lo conté absolutamente
cambiado.
A que transformara toda la
historia de mi novela debieron de
contribuir —y no poco— las tres
botellas de vino de Burdeos que
nos habíamos bebido. El hecho es
que le dije que La asesina
ilustrada narraba la historia de una
anciana muy atractiva pero con
tendencias asesinas, una mujer que
se dedicaba a cortejar sólo a
jóvenes españoles a los que
acababa haciéndoles el amor hasta
matarlos.
«¿Acaso me ves como una
novia caníbal?», me preguntó de
repente. No supe qué decirle.
«¿Qué crees que soy? ¿Una Mantis
religiosa?» No sabía muy bien a
qué podía referirse. «¿Crees que
soy de las que se come al macho al
aparearse con él?» Tras decirme
esto, se abalanzó sobre mí y yo
recordaré siempre este episodio
como uno de los más breves pero
también más significativos de lo
que podríamos llamar —poniéndole
desde luego mucho énfasis al asunto
— mi educación sexual en París.
Me metió mano en la bragueta
y yo permanecí agarrotado,
asustado. «No te veo muy español,
más bien pareces un casquete
polar», dijo bastante enojada
cuando vio que me mantenía casi
inmóvil y más frío que un témpano.
Iba a preguntarle si aquello era un
reproche, pero los efectos del
Burdeos me llevaron por otro
vericueto.
«¿Y su señora madre?», dije.
Se trataba de una pregunta sin
duda educada, pero a todas luces
absurda en aquel momento y
absurda además para una dama de
su edad. Sin embargo la sorpresa
llegó cuando supe que, por
increíble que pareciera, Gilberta
Lobo tenía madre.
«Mi madre sigue admirable»,
me dijo, y a continuación me
explicó el porqué: en el uso de las
facultades más materiales, como ir
a pie a misa o soportar con
insensibilidad los entierros, su
madre, a los noventa y cinco años
de edad, había ido adquiriendo una
extraordinaria belleza moral.
«¿Y la madre de su madre?»,
pregunté tímidamente y sin la menor
sorna.
«Sigue muerta», me contestó.
Vi que esta vez se había
enojado de verdad conmigo, me
recordó a mi madre cuando se
enfadaba seriamente por alguna de
mis travesuras. Y en fin. Debo
decirles a ustedes algo sin la menor
ironía: nunca en la vida me sentí
con tantas madres como aquel día.
75
ME han dicho que usted se llama
Clara. ¿Es así? ¿No? Bueno,
tampoco soy un adivino. La verdad
es que nadie me ha dicho que usted
se llamara así. Sólo tenía ganas de
establecer un breve contacto con
alguien del público, apartarme un
poco de mis papeles, del
manuscrito de esta conferencia.
Volver a improvisar de nuevo,
decirle a usted y al público en
general que no me desdigo de algo
que ya les dije: me gusta más Nueva
York que París. Y no voy a negar
ahora que, como hizo Hemingway
en mayo de 1918, me habría
encantado pasear por Broadway y
Manhattan, fanfarroneando con mi
uniforme de subteniente honorífico.
Y desfilar como él por la Quinta
Avenida. Y tampoco voy a negar
ahora que me gustan las enfermeras
que llevan el pelo a lo garlón y que
a las enfermeras les gusto yo, claro
que sí. Usted es enfermera, no creo
que me equivoque. No se llama
Clara, pero es enfermera.
Me gustan las enfermeras
porque tienen una gran capacidad
de sacrificio y resistencia. Lo sabía
muy bien Hemingway, que se
enamoraba a menudo de ellas. En
Italia, durante la Primera Guerra
Mundial,
una
ametralladora
austríaca le alcanzó en la pierna
izquierda y le llevaron al hospital
de la Cruz Roja americana, en la
via Manzoni de Milán. Había allí
dieciocho enfermeras para sólo
cuatro pacientes. Pues bien,
Hemingway se enamoró de Agnes
Hannah
von
Kurowsky,
la
enfermera jefe, una americana de
origen alemán que le inspiró la
heroína de Adiós a las armas y que
llevó al irónico Scott Fitzgerald a
decir que Hemingway necesitaba
una mujer nueva para cada novela
que escribía. Desde luego usted, la
que no se llama Clara, es la mujer
nueva de esta conferencia, de eso
no tengo la menor duda, como
tampoco la tengo de que París no se
acaba nunca. Está bien, márchese,
nadie se lo impide. Que conste que
no quise molestarla. Sólo soy un
hombre cansado. Márchese, claro
que sí. Tampoco es grave. Además,
ya iba a terminar por hoy. Mañana
les diré si quería yo realmente
triunfar en París.
76
ÍBAMOS andando por el boulevard
Saint-Germain cuando, a la altura
del Reíais Odéon, se me ocurrió
sugerirle a Amapola (andaluza con
aires de camionero) que nos
detuviéramos un momento a jugar
una partida en la máquina del
millón, a jugar al flipper. En el
fondo, era una estrategia para ver a
Martine Simonet, que solía ir a
jugar también a aquel flipper. Era
un día gris de otoño y yo me sentía
profundamente
nostálgico
y
desolado y me parecía que, sólo si
veía a la bella Martine, me pondría
de buen humor.
Amapola, tal vez celosa
porque había adivinado lo que yo
andaba buscando, actuó como si
fuera una Martine al revés y con
gran facilidad logró, con su
inolvidable voz de cazalla,
ponerme directamente de mal
humor. «Escucha», dijo, «ya no
tienes edad para jugar a esa
máquina. No entraremos en el
Reíais. Cada día te pareces más a
un paquete de naipes caído.» Me
intrigó la imagen de las cartas
desparramadas. «¿Qué quieres
decir?», pregunté. «Pues, hijo, que
eres la pura confusión y el extravío.
Porque, vamos a ver, ¿qué piensas
hacer de tu vida?» Me pareció
desmesurado atacarme de aquella
forma sólo porque no quería
pararse a jugar al flipper. «¿Y
puede saberse adonde vamos tan
deprisa?», le contesté. Se plantó un
momento en la calle y, en una de sus
habituales salidas extravagantes,
dijo con su fuerte acento andaluz:
«A suicidarnos por pasión.»
Al llegar al Reíais, la máquina
estaba ocupada por Javier Grandes.
«Al menos, déjame entrar en el bar,
deja que lo salude», le dije a
Amapola. Entramos, ella lo hizo a
regañadientes. «¿Qué hacéis?»,
preguntó Javier sin quitar los ojos
de la máquina. «Discutir», dijo ella.
«¿De qué?», preguntó Javier. «De
nada», dije yo. «¿Cómo que de
nada?», me regañó de nuevo
Amapola, «hablamos de ti, que eres
pura confusión y extravío.» «¿Y
eso?», preguntó riendo Javier. «No
sabe aún lo que será en la vida»,
explicó ella.
Javier, sin dejar de jugar al
flipper, soltó una de sus
características carcajadas y luego,
casi a voz en cuello, le dijo a
Amapola: «Pero sí que sabe lo que
será en la vida. Escritor. Otra cosa
es que vaya un poco retrasado.»
Nueva carcajada de felicidad de
Javier, me pareció descubrir que se
había fumado un porro de
marihuana
muy
importante.
«¿Retrasado?», protesté. Javier
dejó de jugar por unos momentos,
me puso la mano en el hombro, me
dijo con su inconfundible acento de
Fuencarral, el barrio de Madrid en
el que había nacido: «Quiero decir
que vas retrasado comparado con
Boris Vian. A tu edad él ya casi se
había muerto, pero había escrito
quinientas canciones, trescientas
poesías, no sé cuántas novelas,
cincuenta obras de teatro, ocho
óperas, mil quinientas críticas de
música. Y no sólo eso, usaba y
abusaba de la trompeta. Y era un
noctámbulo glorioso, que iba todos
los días del Bar Vert a La Rhumerie
Martiniquaise, del Tabou al Petit
Saint-Benoít, del Trois Canettes al
Vieux Colombier. Dos matrimonios,
no sé cuántos hijos, estudios de
ingeniería, mil discusiones con los
camareros del Balzar, gamberradas
mil, se tragaba las agujas de los
tocadiscos en los guateques de los
niños ricos de este barrio, y, en fin,
para qué te voy a contar.»
Me quedé con la cabeza baja,
prácticamente hundido, como si
hubiera perdido mil partidas de
flipper. «Eso», me dijo Amapola,
«ahora ya sólo faltaba que te
deprimieras.»
77
¿QUERÍA yo realmente triunfar en
París? Intento profundizar en mi
mente no muy profunda de aquellos
años y no acabo de encontrar ahí la
respuesta exacta a esa pregunta. A
lo máximo que llego es a recordar
que yo pensaba que debería ser ya
un escritor muy conocido, pero que
era una lástima porque me faltaba
lo esencial: haber terminado un
libro. Por otra parte, en caso de
acabar el libro que andaba
haciendo, el miedo a publicarlo era
inmenso, aún me da miedo recordar
el miedo atroz que me daba la idea
de publicar. También me faltaba
una mujer, que fuera bella e
inteligente y me quisiera. Tampoco
eso lo tenía. En realidad no tenía
nada. Y yo me decía: Qué injusticia
más grande, quizá si acabo la
novela y la publico triunfe, pero
qué miedo. Aunque, bueno, quizá la
publique venciendo el miedo y
triunfe gracias precisamente a que
la lea una mujer muy bella e
inteligente, quizá una enfermera,
que me querrá de inmediato al leer
mi libro. Pero entonces surgía la
sospecha terrible de que no iba a
encontrar una lectora que me amara
teniendo en cuenta que yo me
proponía asesinar a mis lectores.
No podía haber una perspectiva de
debut más desgraciado en literatura,
porque me estaba echando asesinas
piedras ilustradas sobre mi propio
tejado y para colmo debía esperar a
terminar aquel libro para empezar
otro que realmente me aportara
posibilidades de triunfar, de
encontrar a la mujer de mi vida. ¿Y
cómo iba a triunfar si no estaba
seguro de que me convenía hacerlo?
¿Y cómo iba a publicar si no quería
hacerlo y, además, no tenía
terminado
el
libro,
debido
precisamente al miedo que me daba
publicar? ¿Y si encontraba a la
mujer de mi vida y no triunfaba? Lo
ideal, me decía muchas noches al
apagar la luz de la siniestra
buhardilla, sería conocer a una
mujer bella e inteligente que me
ayudara a triunfar, que hiciera
bueno aquello de que detrás de un
gran hombre siempre hay una gran
mujer. Pero ¿cómo podía aspirar a
encontrar a una gran mujer si en el
fondo yo sabía perfectamente que
no era un gran hombre? ¿Llegaría a
serlo algún día? Yo me decía que
tal vez de eso podría tratar mi
siguiente novela, la que escribiría
cuando me sacara de encima a la
maldita asesina ilustrada. Me decía
eso y me dormía. Y entonces
imaginaba en sueños que París —no
yo— tenía un gran futuro y, además,
tenía tranvías.
78
CONOCÍ a un tipo llamado
Alfonso, exiliado político español y
lector compulsivo de todo lo que
encontraba en su camino. Era un
tipo sin duda inteligente, pero
abocado por las circunstancias a
ser traficante de hachís para
subsistir en París. Cuando yo le
veía, él iba siempre vestido con un
chándal de boxeo y llevaba encima
una camisa y encima de la camisa
un jersey azul de marinero francés,
es decir, que iba tal como solía ir
muchas veces vestido Hemingway
en sus años de juventud en aquella
ciudad. Por lo demás, se parecía
bastante al escritor cuando era
joven, sobre todo a una fotografía
que había visto yo de éste cuando
era teniente de la Cruz Roja. Yo
tenía muy claro ese parecido suyo
con Hemingway, pero no le decía
nunca nada, le compraba la
mercancía (que era para Vicky
Vaporú, que me daba una comisión
y así respiraba un poco mi débil
economía), soportaba su envidia o
su rencor que procedía de
excesivas lecturas sobre la lucha de
clases, soportaba sus bromas sobre
mí y sobre mi buhardilla y me
marchaba. No veía útil decirle algo
sobre su parecido con Hemingway,
pues el chándal lo llevaba porque
practicaba el boxeo en sus ratos
libres. Pero también era cierto que
su jersey azul de marinero francés
era el más viejo y antiguo que había
visto en mi vida, lo que convertía
en probable —no mucho, pero en
probable— que ese jersey pudiera
ser el mismo que en su momento
había
sido
propiedad
de
Hemingway. Pero yo no le decía
nada. Para qué, pensaba. Hasta que
una tarde se propasó en cuanto a las
bromas y comenzó a reírse con tanta
crueldad de mi buhardilla que no
pude más y le pregunté si no se
había dado cuenta de que él iba
vestido igual que Hemingway
cuando éste era joven y vivía en
París. Reaccionó más rápido de lo
que esperaba y logró sorprenderme
al decirme: «Es que soy
Hemingway. Yo creía que ya te
habías dado cuenta.»
Cuando me preguntan si los
textos los tengo organizados en la
cabeza antes de escribirlos o bien
se desarrollan sorprendiéndome a
mí mismo a medida que avanzan,
siempre contesto que en la
redacción se producen sorpresas
infinitas. Y que por suerte es así,
porque la sorpresa, el sesgo
repentino, la frase que se presenta
en el momento preciso sin que se
sepa de dónde viene, son el
dividendo inesperado, el fantástico
empujoncito que mantiene activo a
un escritor. Eso es lo que logró el
boxeador Alfonso aquel día con su
sorprendente respuesta, consiguió
mantenerme despierto y bien activo
y con un más que aceptable juego
de cintura. Me di cuenta de que
haría bien en seguir por la senda
que él había iniciado al decirme
que era Hemingway. Porque si lo
era, si era Hemingway (que no lo
era, claro), tenía yo una
oportunidad única de entrevistarlo.
Y, de lo contrario, no pasaba nada:
la ficción siempre ha sido ficción y
hay que creer en ella cuando
aparece con gracia. Cuando eso
sucede, hay que ser consciente de
que se trata de una exquisita ficción
y, sabiéndolo, creer en ella. Uno no
debe ser remilgado ante situaciones
de este estilo. Si Alfonso decía que
era Hemingway, lo más práctico
que yo podía hacer era dar por
buena su afirmación y pasar a
interrogarle para ver cómo se
defendía siendo el que decía ser.
«Los ricos son gente muy
distinta, no se parecen a nosotros»,
le dije. Esto, como se sabe, es lo
que en cierta ocasión Scott
Fitzgerald le había dicho a
Hemingway, que con ironía le había
contestado: «Ya lo creo. Tienen
más dinero.» En cambio, Alfonso
me respondió: «La maldición de los
ricos es que tienen que vivir con los
ricos.» Con ser ingeniosa la
respuesta, no era en todo caso la
más pertinente. ¿O acaso ésa era la
forma de hablar de Hemingway?
Por supuesto que no, Hemingway no
hablaba como si fuera Oscar Wilde
o Chesterton. Decidí que lo mejor
sería abandonar aquella entrevista,
pero antes le hice una última
pregunta, una pregunta que me
atañía
directamente:
«Señor
Hemingway, ¿cuál cree que es el
mejor adiestramiento para el
aprendiz de escritor?» Cuando ya
menos lo esperaba, su respuesta me
sorprendió. Regresó el sesgo
inesperado, y yo pude seguir activo,
entrevistando
entusiasmado.
«Digamos», me contestó, y eso
sonaba muy Hemingway, «que ese
aprendiz de escritor debería
ahorcarse porque descubre que
escribir bien es intolerablemente
difícil. Entonces alguien debería
salvarlo sin misericordia, y su
propio yo debería obligarlo a
escribir tan bien como pudiera
durante el resto de su vida. Así al
menos tendría la historia del
ahorcamiento para comenzar.»
Yo, que no podía estar ya más
animado, le pregunté entonces:
«Señor Hemingway, ¿cambian el
tema o la trama o un personaje a
medida que uno escribe?» «Algunas
veces uno sabe la historia», dijo
cubriéndose la cara como si
estuviera boxeando, «y otras veces
uno inventa esa historia a medida
que escribe y no tiene la menor idea
de cómo van a ir las cosas. En
realidad todo cambia a medida que
se mueve. Eso es lo que produce el
movimiento que produce el cuento.
Algunas veces el movimiento es tan
lento que no parece estar
moviéndose. Pero siempre hay
cambio y siempre hay movimiento.»
Me animé todavía más. «Señor
Hemingway,
cuando
escribe,
¿alguna vez descubre que está
influido por lo que está leyendo en
ese momento?» Estuvo unos
segundos concentrado en sí mismo
hasta que por fin me dijo:
«Actualmente nada de lo que leo me
influye, pero hubo una época en la
que Joyce fue importante. Eso me
trajo graves problemas con mi
amiga Gertrude Stein cuando se me
ocurrió comentar que Ulises era un
libro jodidamente bueno, y ella me
dijo que si alguien mencionaba dos
veces a Joyce en su casa, no se le
invitaba nunca más.» «¿Y usted qué
hizo?», pregunté. «¿Qué iba a hacer,
amigo? Reprimirme. No volví a
pronunciar aquel nombre en su
casa.»
Estuve
un
buen
rato
entrevistándole y tuve la sensación
de haber aprendido mucho, pues la
verdad es que escuché con atención
algunos de sus consejos. «Es raro»,
me dijo hacia el final de la
entrevista, «que usted atienda a mis
consejos. Normalmente nadie los
escucha ni los acepta. Es curioso
que casi nadie acepte consejos y en
cambio sí acepte dinero, será que el
dinero es más valioso.»
Esto último no me sonó para
nada a Hemingway. Y mucho menos
lo que a continuación dijo: «He
tratado de salir de la miseria a
través de mis conocimientos
autodidactos, pero de nada me ha
servido. Tengo que malvivir
vendiendo mierda. De niño, apenas
teníamos qué comer. Madre
inválida y padre borracho. Pero eso
sí, había que mantener las
apariencias. Pobres, pero limpios.
Todavía no entiendo cómo la
conciencia social se despertó en mí,
porque yo no la tenía, estaba
resignado.»
Sólo cuando dijo esto, que
tampoco me sonó para nada a
Hemingway, di por acabada la
entrevista. Una exclusiva mundial,
pensé, algún día la escribiré.
«¿Algo más que añadir?», pregunté.
«Ponga que me gusta mucho la
nieve y los inviernos y llevar a mis
hijitas a las clases de piano», me
dijo. Y ante la feroz mirada que le
envié —como pidiéndole que por
favor no se saliera tanto del guión
— añadió: «¿Qué pasa? No suelo
contarlo todo, me rijo por el
principio del iceberg. La historia
secreta
de
este
encuentro
constrúyala usted con lo no dicho,
no voy a ser yo el que trabaje
siempre. Padre borracho y madre
inválida. Recuerde esto y vuelque
toda su pericia en la narración
hermética de mi tristeza.»
¿Tenía yo una entrevista en
exclusiva mundial o más bien un
cuento? Había ya oscurecido y yo
debía regresar a mi barrio, donde
me esperaba Vicky Vaporú para
que le diera el hachís. A él, por otra
parte, quien le esperaba era un
pintor. «He quedado con el pintor
Joan Miró en el gimnasio donde
boxeo», dijo. Y no sé... La palabra
boxeo sonó muy contundente, como
un puñetazo al entrevistador, y
también al cuentista.
79
Y ya que hablamos de exiliados
españoles en París, creo que el
caso del joven y chiflado huérfano
Tomás
Molí,
que
acabó
convirtiéndose
en toda
una
institución del Café de Flore, puede
merecer nuestra atención. Habiendo
heredado una gran fortuna en su
Mallorca natal, el joven Molí, que
de la noche a la mañana vio con
satisfacción cómo a causa de un
accidente se quedaba sin familiar
alguno en la vida, se trasladó
inmediatamente —él decía que se
había exiliado— a París, la ciudad
de sus sueños.
Se trasladó o exilió a París
buscando
olvidarse
de
los
andrajosos y desaseados muertos
que dejaba atrás (su mallorquína
familia era muy decadente, pero eso
no da siempre, ni mucho menos,
patente de elegancia) y llevar allí
una vida de dandy o de fláneur, dos
formas de ser en la vida que eran
impracticables en su apelmazada
ciudad de Palma de Mallorca.
Pronto renunció a lo segundo, a ser
fláneur,
porque
se
volvió
sedentario en el Flore. Le fascinó y
atrapó la terraza de ese café hasta
el punto de que, en compañía de un
secretario venezolano que contrató
en París, comenzó a pasar allí días
enteros dedicado, con el máximo
dandismo posible, a ir preparando
el material adecuado para un
extravagante libro que pensaba
titular Cómo ser lo menos parecido
a Baroja aunque te hayas exiliado
a París.
En cierta ocasión, recién
llegado el joven millonario Molí a
París, había acudido, por pura
curiosidad, a la tertulia española
del filósofo García Calvo en el
Café La Boule d’Or de la place
Saint-Michel, donde, tal como
había intuido que le ocurriría,
quedó horrorizado por el ambiente
atrabiliario y la escasa elegancia
del personal. La tertulia española le
recordó a la decadente familia
sucia que había dejado atrás.
Espantado ante la mugre de una —
para él— malentendida dignidad, ni
siquiera le quedaron fuerzas para
acercarse a García Calvo y
preguntarle su opinión sobre la vida
de Baraja en su primer exilio en
París.
En todo caso, aquella breve
incursión en La Boule d’Or le fue
muy provechosa, según me dijo el
día que hablé con él. Aquella
incursión le inmunizó contra
cualquier otra veleidad o tentativa
de buscar cafés mejores que el
Flore. No era feliz, me confesó ese
día, el único en que hablé con él. Y
no lo era básicamente porque
notaba que todas las personas que
se le acercaban lo hacían por
interés, por su dinero. A su
secretario al menos lo había ido a
buscar él y la relación no había
pasado por el molesto trance por el
que pasaban el resto de sus
relaciones, el trance incómodo de
la sospecha y la desconfianza.
«¿Entonces debes de estar
sospechando de mí?», le dije ese
día en que cruzamos unas palabras
en el Flore. «Mucho», me contestó.
Yo me había acercado a él
intrigado por saber cómo se
escribía una novela con secretario.
En la cuartilla con instrucciones de
Marguerite Duras no se me había
dicho nada sobre la posible
necesidad de contar con un
ayudante.
Y aunque
estaba
prácticamente seguro de que no era
necesario tener secretario para
escribir, yo no quería descartar
nada de antemano, pues no andaba
sobrado de recursos para sacar a
flote mi frágil condición de escritor
principiante. Eso me llevó a
preguntarle al joven Molí en qué
consistía la aportación intelectual
de su acompañante venezolano y si
lo había contratado únicamente
porque quedaba muy elegante tener
secretario. «Todo puede ser
elegante salvo parecerse a Baroja
cuando vivía en París», me
contestó. Y así fue como empecé a
saber cuál era el tema del que
hablaba el libro en el que estaba
trabajando.
A través de la recogida de
datos sobre la vida que llevó
Baroja hacia 1912 en su primer
exilio en París —minucioso estudio
en el que trabajaban varios
estudiantes contratados para ello y
a los que coordinaba su secretario y
de cuyos resultados le informaba
cada día puntualmente en el Flore
—, iba preparando un libro que
propondría un modelo de vida a
escritores que se hubieran exiliado
o tuvieran en el futuro que hacerlo:
un modelo impecable, basado en la
búsqueda descarada de la felicidad
y diametralmente opuesto a la nada
modélica vida que, según él, había
llevado Baroja en París cuando en
una asquerosa mesa con tapete
escribía El árbol de la ciencia en
su infame habitación del horrendo
Hotel Bretonne de la rué Vaugirard.
«Precisamente a cuatro pasos
de allí», me comentó aquel día el
joven Molí en el Flore, «también en
la rué Vaugirard, en duro contraste
entre la literatura española y la
norteamericana, en un maravilloso
apartamento del número 58, vivían
rodeados
de glamour Scott
Fitzgerald y Zelda. Baroja, en
cambio, lo hacía en un sórdido
cuarto con la cama empotrada en la
pared. La literatura española no
será nunca nada si no se aleja de las
mesas con tapete y las camas
empotradas.»
Me contó horrorizado —
supongo que buscando que yo
compartiera su horror— que Baroja
sólo dejaba atrás su cuarto de hotel
en París para dar la cena —como
vulgarmente se dice— a los amigos
que le visitaban y a los que, como
contara Ramón Gómez de la Serna
en
un retrato de Baroja, se
empeñaba en ensombrecerles la
vida con largas monsergas sobre la
importancia de la ciencia y del
biólogo Metchnicov, entonces de
moda porque acababa de dictaminar
que la larga vida de algunos
ciudadanos búlgaros se debía a los
productos lácteos fermentados.
«Nada», repetía una y otra vez
Baroja en las cenas, «lo que hay
que ser es un Metchnicofff» (y
añadía tres efes en lugar de la v
final).
No era necesario ser un lince
para ver que el libro del joven
huérfano y millonario Molí era el
delirio de un chiflado al que le
estaban birlando dinero un buen
grupo de falsos estudiantes, amigos
todos del secretario venezolano.
Pero como en cualquier caso no
cabía duda de que el Flore, con su
historial de exilios, era el lugar más
apropiado para ir preparando un
libro sobre el exilio de alguien, le
felicité por haber elegido trabajar
en un escenario tan adecuado como
aquel café. En fin. Hablé con el
joven Molí sólo ese día, pero eso
no significa que no fuera siguiendo,
aunque
siempre
a
prudente
distancia, la laboriosa elaboración
de un libro que, a medida que los
estudiantes contratados por el
secretario iban escandalosamente
en aumento, se fue alargando y
alargando en su preparación hasta
que un día, por lo visto, ya muchos
años después de que yo dejara
París, ese libro se le volvió
interminable al joven millonario, se
le volvió literalmente infinito: algo
que, según me contaron, el propio
Molí constató sin que le importara
nada que así fuera, más bien todo lo
contrario, pues para entonces ya
había descubierto que la verdadera
gracia del libro y el verdadero
dandismo
residían
en
la
generosidad de dar trabajo a
estudiantes falsos. De modo que, a
pesar de que se le había revelado
infinito, decidió continuar con los
preparativos de un libro que, por
otra parte, debería haber ya
interrumpido
hacía
tiempo,
concretamente cuando comenzó a
leer a Baroja y descubrió que lo
adoraba y que había sido una
imperdonable frivolidad haber
querido machacarle por detalles
tales como que le faltara el botón
de una camisa. Si no había
interrumpido
entonces
los
preparativos, menos lo iba a hacer
ahora porque el libro se le hubiera
vuelto
infinito.
¿Para
qué
interrumpirlos si a fin de cuentas el
libro no aparecería nunca y en
cambio la continuación de esos
preparativos le iban a seguir
permitiendo ayudar, con todo el
dandismo del mundo, a un buen
número de jóvenes necesitados de
trabajo, en este caso de un trabajo
que era —lo sabía Molí y lo sabía
el secretario y al final me dicen que
lo supieron todos— pura farsa,
necesidad de repartir el dinero de
la herencia de una asquerosa
familia mallorquína?
Molí acabó convertido en una
institución de la terraza del Flore, y
hasta los japoneses en los años
ochenta
le
buscaban
para
fotografiarlo junto a su secretario.
Murió de enfermedad fulminante en
febrero del 92. Hay una maravillosa
fotografía de finales de los ochenta,
creo que es del invierno del 89, en
la entrada del Café de Flore en la
que puede verse al millonario
mallorquín
y
al
secretario
venezolano rodeados de sonrientes
falsos estudiantes de los que no
puede exactamente decirse que se
hubieran acercado a Molí y al
ayudante venezolano (ya para
entonces también millonario) por
interés económico alguno sino que,
como decía con felicidad el propio
secretario, los habían ido a buscar
ellos; todos aquellos jóvenes en
paro habían sido literalmente
captados y enredados por ellos,
embarcados en la aventura de un
libro insensato y sin final, pero que
a fin de cuentas daba de comer a
mucha gente y le permitía además al
ya no tan joven Molí, a ese gran
chiflado y extraño huérfano,
justificarse ante la muerte con una
obra bien hecha aunque ésta fuera
infinita y, por tanto, inacabada:
justificarse ante la muerte y ser
además, por su ética de la
generosidad (y no por su estética
contraria a las camas empotradas),
un verdadero dandy. Una silueta
dandy en el exilio dorado del Café
de Flore de su vida.
80
ME es imposible no recordar con
mucha simpatía —la escribí cuando
ya tenía todo el libro terminado—
la primera frase de La asesina
ilustrada: «Tan mezcladas y
entrelazadas se encuentran en mi
vida las ocasiones de risa y de
llanto que me es imposible recordar
sin buen humor el penoso incidente
que me empujó a la publicación de
estas páginas.»
Esta larga primera frase no
sólo me parece un buen comienzo
sino que, además —junto a las del
peligroso manuscrito criminal que
va en el centro de la novela—, es
de las pocas que en la actualidad
reconozco como mías. Y es que
casi todas las otras frases me
resultan muy artificiosas o lejanas o
fueron copiadas de otros autores.
Curiosamente esa larga frase inicial
con la que tanto hoy me identifico
me resistí en un primer momento a
incluirla porque me dije que no
podía empezar mi libro con algo tan
poco ajustado a mi vida real, pues
nunca me había pasado algo de ese
estilo, algo que llevara entrelazadas
las lágrimas y las risas.
Pero pronto vi que esta frase
podía acabar siendo de lo poco que
con
el
tiempo
acabaría
reconociendo como auténticamente
mío. Lo vi gracias a Vicky Vaporú,
que me dijo que la vida muchas
veces acaba imitando al arte y que
podía yo llegar a vivir la
experiencia de ver cómo con el
tiempo
terminaba
siendo
responsable absoluto de aquella
primera frase y en cambio no
sintiéndome el autor de muchas de
las otras de mi criminal libro.
Y, bueno, así ha sido. Han
tenido que pasar, eso sí, bastantes
años —pero los doy por bien
empleados— para que se haya
convertido en cierto algo tan
incierto como aquella primera frase
de mi primer libro. El hecho es que
con el paso del tiempo se han
entrelazado en mi vida las
ocasiones de risa y de llanto y que,
por ejemplo, me es imposible
recordar hoy sin buen humor el
estado mental con el que he escrito
mis más recientes novelas, ese raro
estado mental que me lleva a llorar
de pena con mi propio humorismo y
a reírme a mandíbula batiente
cuando mis personajes mueren. Y
es que así es la vida y así es el arte.
A la larga, si uno se arma de
paciencia, comprueba que, al igual
que la risa y el llanto, vida y arte
tienen
tendencia
a
acabar
mezclándose y entrelazándose para
componer una figura única, cómica
y trágica al mismo tiempo, una
figura tan singular como la que
componen toro y torero en esas
grandes
faenas
que
nunca
olvidamos.
81
UNOS días después de terminar el
rodaje de India Song, Marguerite
Duras se sintió muy desorientada,
he podido saberlo muchos años
después, entonces yo no me
preocupaba por saber cómo se
sentía Marguerite, ni se me ocurría
preguntarme cuál podía ser su
estado de ánimo. Ahora sé que el
final del verano del 74 fue
espantoso para ella, fue un final de
verano de calor y angustia, y
también de soledad. Después del
rodaje, todo el mundo había vuelto
a su vida cotidiana, y Marguerite se
sintió sola. Vacía, en estado de
ingravidez, según cuenta Laure
Adler en su biografía de Duras. Se
fue a Neauphle-le-Cháteau, donde
yo la visité precisamente un día, al
final de aquel horroroso verano,
ignorando todo este drama.
Ahí, en Neauphle, volvió a oír
las voces que había estado
escuchando a lo largo de los días en
los que había escrito el guión de la
película.
«No
funciono
en
absoluto», le dijo a una amiga, «no
consigo volver a la realidad.»
Comenzó a pensar en una India
Song bis. Una noche, tuvo un sueño
extraño: soñó que la desvalijaban,
que vaciaban su apartamento de
Trouville y que, para colmo, le
robaban incluso las vistas al mar.
Luego
le
quitaban
la
documentación, el dinero, el
bolsillo. Lloraba, pero nadie se
ocupaba de ella, estaba muy sola y
sin vistas al mar. Al despertar, se
hundió en una gran depresión, y en
los días siguientes el sueño volvió
a repetirse una y otra vez.
Sus dos últimos libros no
habían funcionado nada, parecía
estar acabada como escritora. Se
sentía
aislada,
despreciada,
espantada. «El fracaso de mis dos
últimos libros me llena de pasmo y
de espanto», le escribió a Claude
Gallimard, su editor. Y luego,
hablando de unos elogios que
acababa de recibir en un artículo, le
decía: «Usted no ha tenido tiempo
de leerlo, lo comprendo muy bien;
pero en ese artículo se decía de mí
(con razón o sin ella, no es ésa la
cuestión) que soy una autora
dramática genial (...) Usted está
desbordado de trabajo. Y yo tengo
que vivir. Tengo una posición
política muy violenta (...) Tengo
que vivir, estoy sola y ya no soy
joven y no quiero acabar en la
miseria (el subrayado es suyo). Si
he de volver a sufrir esa miseria
que conocí de niña, me pego un tiro.
No hay vuelta de hoja, quiero
defenderme, no soy ninguna santa.
Nadie lo es. El martirio de los
últimos años de Bataille (siempre
le faltaban unos pocos francos) no
me parece normal (...) Si no vendo
más aquí, me iré al extranjero.»
Ahora sé que, cuando en junio
de 1975 India Song se convirtió en
una película de culto, esa buena
acogida la sorprendió y al mismo
tiempo la animó mucho, la hizo
salir del bache. El film lo pasaban
en varias multisalas compartiendo
generalmente
cartel
con
la
comercialísima Tommy, la ópera
rock de The Who. Hoy en día,
conociendo la crisis por la que ella
había
pasado,
comprendo
perfectamente que Marguerite se
excitara tanto —recuerdo que eso
me llamaba mucho la atención— al
ver las colas en las entradas de los
cines, unas colas que ella creía que
eran para India Song cuando en
realidad generalmente eran para la
película vecina, para la película
rockera, lo que no significaba que
su film no tuviera éxito, aunque no
era el éxito de masas que ella creía,
o soñaba.
Con Raúl nos habíamos reído
cariñosamente de ese delirio de
masas, de esa llamativa ansia o
fiebre de éxito de Marguerite. Es
curioso, me digo hoy. Es curioso,
pero de toda esta historia de miedo
y de éxito, de risa y llanto, lo que
más se enraíza en mi alma es, en
primer
lugar,
esa
violenta
desaparición de la vistas al mar en
los sueños de Marguerite, tal vez
porque me acuerdo de una de las
últimas frases que ella escribió, una
frase de C’est tout, su testamento
literario: «No sé si me da miedo la
muerte, no sé casi nada desde que
llegué al mar.» O tal vez porque lo
que más me aterra de la idea de la
muerte eterna es no poder volver a
ver el mar, las olas rompiendo en
invierno en las playas desiertas.
Pero, sobre todo, lo que más
se enraíza en mi alma es esa frase
sorprendente, que dice mucho de su
estilo tantas veces atrevido,
provocador y genial: «Si no vendo
más aquí, me iré al extranjero.»
¡Qué fantástica amenaza! Es como
si ahora la estuviera viendo decir
eso: con una sonrisa infantil, casi
jugando. Pero lo que ha dicho es
terrible, todos lo sabemos. Y al
mismo tiempo es poético. Terrible
y poético. Como el extranjero.
82
UNOS días después de la segunda
muerte de Franco, vi casualmente
en una revista la fotografía de una
reunión de OuLiPo (Ouvroir de
Littérature Potentielle) en el jardín
de la casa de François Le Lionnais.
A ese taller de literatura potencial
pertenecían, entre otros, Georges
Perec, Marcel Bénabou, Italo
Calvino y Raymond Queneau.
Perplejidad al ver aquello. ¿Qué
podía ser un taller de literatura
potencial? Yo quería precisamente
ser escritor para no tener que ir a
trabajar a una oficina y aún menos a
un taller. Pero seguramente se
trataba de un taller de otro estilo, se
trataba de un taller literario, tal
como indicaban las siglas Li de la
palabra OuLiPo. Pero volvía a estar
en lo mismo. ¿Qué podía ser un
taller
literario?
No
sonaba
demasiado bien. ¿Serían cosas de
Perec, el raro?
«Se reclaman», decía el pie de
foto, «herederos de Raymond
Roussel, el precursor de este
movimiento, tanto por sus métodos
de escritura como por una cierta
concepción de la literatura.» A mí
Roussel me fascinaba y también me
sentía, de algún modo, heredero
suyo. ¿Acaso era yo oulipiano sin
saberlo? En la foto aparecían
diecisiete miembros del grupo y
sobre una mesa un retrato de André
Blavier, corresponsal del taller en
el
extranjero,
en
Bélgica
concretamente. Anoté muy bien ese
apellido, Blavier, y es que el
peinado que llevaba era idéntico al
mío. Y ya no digamos su pipa, que
parecía la mía. OuLiPo me ha
robado la pipa, pensé de pronto. Al
día siguiente, indagué acerca de ese
Blavier. «Es bibliotecario y
patafísico», fue todo lo que
supieron decirme. ¡De nuevo, los
patafísicos!
Oulipianos,
patafísicos,
situacionistas... Me dije que lo más
prudente sería continuar siendo
situacionista, aunque no ejerciera.
No estaba yo para demasiadas
nuevas aventuras. Pero había que
reconocer que París estaba cargada
de tantas sorpresas que éstas no se
acababan nunca. Me dije que si
decidía hacer un breve viaje a
Barcelona me haría el interesante
cuando conocidos o amigos me
preguntaran cómo me iban las cosas
por París. «Bueno, igual que aquí,
salvo que allí yo soy oulipiano,
patafísico y situacionista. Y eso,
como comprenderéis, cambia un
poco las cosas», les diría peinado a
lo Blavier y con mi pipa.
Seguramente iba a disfrutar
viéndoles sorprendidos o muertos
de envidia. Ya era hora de que en
mi ciudad me tomaran más en
consideración.
83
UNOS días después de la segunda
muerte de Franco, hice un breve
viaje a Barcelona, no sé para qué,
tal vez para que mis padres vieran
mi tobillo vendado. El hecho es que
una noche de primeros de
diciembre fui a la discoteca
Bocaccio de la calle Muntaner y
allí conocí al novelista Juan Marsé,
que había vivido unos años en París
y al que unos amigos comunes le
dijeron que yo aspiraba a ser
escritor. En un primer momento
pensé en pedirle consejo sobre qué
debía hacer uno para aprovechar el
tiempo en París, pero me pareció
una idiotez preguntar algo cuya
respuesta me importaba un comino.
Entonces se me ocurrió pedirle un
consejo literario, así a secas, un
consejo relacionado con el arte de
hacer novelas. Nada más pedírselo,
me arrepentí, pues pensé que era
capaz de darme de pronto una
cuartilla como la de Duras, una
cuartilla con instrucciones. Me dije
que si me daba una cuartilla o algo
por el estilo, le mostraría
inmediatamente el papel con las
severas instrucciones de Duras —lo
llevaba siempre en el bolsillo
trasero de mi pantalón— y le diría
que gracias pero que de
recomendaciones escritas andaba
yo sobrado. Pero Marsé no era
hombre
de
cuartillas
con
instrucciones. «Qué raro, chaval,
normalmente los jóvenes no piden
consejos», me dijo. Y luego se
molestó en explicarme —y me
quedó grabado para siempre— que
uno de los aspectos más duros del
oficio de escritor era tener que
arrojar a la papelera fragmentos de
la novela que estamos escribiendo,
fragmentos que nos gustan mucho y
que sin embargo no nos sirven para
el proyecto general porque no
encajan en la trama o en la
estructura. «Es empreñador a veces
tener que prescindir de esos
papeles que nos gustan», me dijo, y
muy poco después se fue tras una
rubia a la que todo el mundo
llamaba Teresa.
La noche siguiente, dando
vueltas todavía a lo que Mar— sé
me había dicho, volví a Bocaccio y
ese día no vi a Marsé, lo único que
vi al entrar en el local fue que no
conocía a nadie o, mejor dicho, en
un extremo de la barra, con aire de
cierto
secretismo,
estaban
conversando Juan Benet y el
principiante Eduardo Mendoza, por
aquellos días autor de una primera
novela. Me acerqué de forma
disimulada a donde ellos estaban y
pude oír una frase, una sola (porque
de inmediato abandonaron la barra,
tal vez alertados por mi espionaje),
me acerqué justo lo preciso para oír
la frase que le dijo Benet a
Mendoza
y
que
escuché
perfectamente y nunca he olvidado,
fue dicha —recuerdo que fuera
llovía copiosamente, era noche de
tormenta— con aire de película de
misterio: «Hoy he escrito la
primera página de una novela, y no
sé de qué se trata, pero sé que me
espera un año de obsesión.»
No me pareció nada mal el
sistema de Benet, tomé nota del
mismo, y creo recordar que me
sonó a espléndido y oportuno
consejo no solicitado. Poco
después entraron personas que yo
conocía. Entre ellas, Beatriz de
Moura, que acabaría editando La
asesina ilustrada, aunque yo esa
noche aún no podía saberlo, esa
noche ni siquiera hablé de mi libro
con ella, hablamos de otro libro,
del de Julio Ramón Ribeyro,
escritor peruano del que yo nunca
había oído hablar. Beatriz me
preguntó si a mi regreso a París
podría darle en mano al escritor las
galeradas de ese libro, no me dijo
cuál era su título, el hecho era que
iban a publicarlo en cuanto las
galeradas estuvieran corregidas por
el propio Ribeyro. Yo no tenía
previsto
regresar
de
modo
inmediato a París, pero eso
precipitó de algún modo los
acontecimientos, pues la timidez me
impidió decirle a ella que no sabía
cuándo podría entregar a Ribeyro
aquellas galeradas.
Tres días después, volvía a
estar ya en París. Y al poco rato de
haber vuelto a mi buhardilla de la
rué Saint-Benoít tomaba un metro
que, si la memoria no me engaña,
me dejó muy cerca de la place
Falguiére, donde tardé bastante —
me puse muy nervioso— en
encontrar el inmueble en que vivía
Ribeyro. Tardé, pero finalmente lo
hallé y entonces recuerdo que subí
por una empinada escalera con la
satisfacción íntima e inmensa del
que se dispone a cumplir la misión
que le han encomendado. Hoy me
digo que es probable que las
galeradas que yo llevaba fueran las
d e Prosas apátridas, artefacto
literario que con el tiempo se
convertiría en uno de mis libros
favoritos. Recuerdo que aquel
encargo me había dejado contento,
pues sentía que por fin había
recaído sobre mi la responsabilidad
de algo y hasta le había encontrado
por fin un respetable sentido a mi
decisión de trasladarme a vivir a
París.
Regresé a esa ciudad un 9 de
diciembre de 1975, y ese mismo
día, tras dejar la maleta en la
buhardilla, cumplí inmediatamente
el encargo de Beatriz. Subí por una
empinada escalera, llamé al timbre
y Ribeyro, que estaba jugando con
su hijo en el recibidor de la casa,
abrió aquella puerta en el acto. Yo
era muy tímido. Pero, por lo visto,
Ribeyro también. «Le traigo esto»,
dije. Luego he sabido por su diario
personal que para él existía un
paralelismo entre la actividad de su
hijo y la suya, entre el juego y la
escritura: «El estado de ánimo que
le conduce a sus juguetes es similar
al que me sienta frente a mi
máquina:
insatisfacción,
aburrimiento, deseo de ceder la
palabra al otro o los otros que hay
en nosotros mismos...»
Ribeyro cogió las galeradas y
me observó en silencio. Era alto y
enjuto, me pareció que de ambigua
fragilidad. «De parte de Beatriz»,
añadí bastante nervioso. En los
segundos que siguieron estuve
esperando a que él dijera algo.
Cuando me pareció que iba a
decirlo, huí de allí, y lo hice a
causa del pánico que mi timidez y
la suya habían provocado en mí.
Bajé a gran velocidad los peldaños
y cuando me hallaba ya en la
primera planta y sentía que iba a
alcanzar pronto el aire fresco y
liberador de la calle, oí de repente
la voz del escritor llegando,
amortiguada por la risa feliz de su
hijo, desde lo alto del hueco de la
lúgubre escalera.
«Sosiégúese», oí que me
decía.
Es paradójico, pero ha pasado
el tiempo y ese tímido, fugaz y frío
encuentro lo recuerdo muy cálido.
Ignoro de dónde viene ese calor que
llega de tan lejos y llega tanto
tiempo después.
84
LA primera noche que volví a pasar
en París, tal vez porque mi padre
me había dado un ultimátum con
respecto al dinero, soñé que André
Blavier, el hombre que iba peinado
exactamente como yo, intentaba
decirme algo pero no se atrevía.
Hasta que por fin me lo decía: «Los
jóvenes se imaginan que el dinero
lo es todo, y cuando se hacen
mayores, saben que es cierto.»
85
DANDO vueltas a lo que Juan
Marsé me había dicho en
Barcelona, me pareció descubrir
que sus palabras sobre fragmentos
que hay que arrojar a veces a la
papelera podían estar relacionadas
con el enigmático apartado unidad
y armonía que aparecía en la
cuartilla con instrucciones de
Duras. Si no entendía mal, una
novela tenía que tener cierta
coherencia interior y era preferible
que el argumento fuera uniforme.
Todo lo que escapara de la trama
debía ser, por muy seductor que
resultara lo que uno hubiera escrito,
eliminado. ¿No era eso lo que me
había estado diciendo Marsé en
Bocaccio? ¿O tal vez había querido
explicarme que mientras escribía le
surgían historias inesperadas que
crecían incontrolables al margen
del tronco central de sus tramas y a
las que debía renunciar con cierto
pesar a veces? ¿Me había estado
hablando en realidad de la unidad y
la armonía? ¿O me había hablado
de algo muy distinto? ¿Podía yo
aceptar como una ley inflexible que
las novelas tuvieran que tener
unidad? Lo mejor tal vez era lo que
había ido haciendo en La asesina
ilustrada, donde no me había
desviado nunca de la espina dorsal
de la historia. Pero no estaba
tampoco tan claro que eso fuera lo
mejor,
pues
paradójicamente,
mientras escribía el libro, había ido
descubriendo
que
era
muy
discutible que una novela tuviera
que tener forzosamente unidad y
armonía. Pues ¿qué pasaba entonces
con las divagaciones? Yo sabía, o
mejor dicho intuía, que había
novelas muy buenas que resultaban
muy brillantes precisamente por las
digresiones que incluían. Además,
yo me decía que un libro era como
una conversación. ¿Tenía que
sostener una conversación durante
horas el mismo tema, la misma
forma o la misma intención?
Le conté mis angustias a Raúl
Escari, que me dijo que el tema de
la unidad y la armonía era una
cuestión mucho más difícil de
resolver de lo que yo pensaba. «¿Y
por qué?», pregunté asustado.
Estábamos en su casa de la rué de
Venise. Recuerdo muy bien que
sonaba en el tocadiscos música de
Boris Vian y que habíamos
discutido porque yo —supongo que
traumatizado todavía por la figura
de Vian— prefería escuchar a
Harry Belafonte. Fue a su
biblioteca y dijo que iba en busca
de una muestra ejemplar del
combate feroz de un escritor por la
unidad. Y al poco rato volvió con
las cartas de Flaubert a Louise
Collet: «En cinco meses he escrito
setenta y cinco páginas. Cada
párrafo es bueno en sí mismo y hay
páginas que son perfectas. Estoy
seguro de ello. Pero, precisamente
por eso, la cosa no marcha. Es una
colección de
párrafos
bien
acabados y ordenados que no se
comunican uno con otro. Tendré que
deshacerlos, aflojar los goznes,
como se hace con los mástiles de un
barco cuando se quiere que las
velas cojan más viento...»
«Así que», dijo Raúl, «no es
cuestión ni de unidad ni de cierta
tolerancia hacia las divagaciones.
El asunto es más profundo o
complejo de lo que parece. Que los
párrafos se comuniquen entre ellos.
Nada más ni nada menos.»
No se lo dije, pero me dio un
mareo.
86
DUDABA mucho, eso está claro.
No
era
algo
que
fuera
especialmente malo, pero me
faltaba saber que no lo era. Sufría
dudando tanto y podría haberme
ahorrado el desasosiego y dudar sin
más, sin problema alguno. Ignoraba
que dudar es escribir. Lo diría
Marguerite Duras en 1995, hacia el
final de sus días: «Ya puedo decir
lo que quiera, nunca sabré por qué
se escribe y cómo no se escribe. En
la vida, llega un momento, y pienso
que es total, del que no nos
podemos librar, en el que todo se
pone en tela de juicio: dudar es
escribir.»
Permítanme que improvise
algo ahora, que deje de leer por
unos momentos y les diga algo que
creo que va a encajar a la
perfección dentro del momento de
la conferencia en el que nos
encontramos,
cuando
ustedes
disponen ya de una notable vista
sobre la grisalla de mis días en
París. Creo que debo decirles que
de todas las frases de Marguerite
que he leído hay una que sé de
memoria y que a mi entender dice la
verdad sobre mí y sobre la vida que
estoy contando en esta conferencia:
«Llevamos una vida muy pobre los
escritores: hablo de la gente que
escribe de verdad. No conozco a
nadie que tenga menos vida
personal que yo.»
87
JEANNE Boutade se parecía mucho
a Coco Chanel, pero en versión más
moderna. Era una especie de enjuto
y pulcro gorrión, locuaz y animado
como un pájaro carpintero. Hablaba
mucho y confundía bastante los
datos que manejaba aunque a veces
era sorprendentemente lúcida, pero
por lo general se hacía siempre un
lío enorme con la información
adquirida en los, según ella, mil
libros que había leído en los tres
últimos años, concretamente desde
que se había enterado de que ya era
mayor de edad y, desesperada al
ver que ya no era una niña, se había
puesto a leer novelas y ensayos
para tratar de saber algo sobre el
mundo, para tratar de averiguar
todo lo que mientras fue niña no le
había interesado para nada.
En
cuanto
al
escritor,
dibujante, actor y pintor Copi, había
sido uno de los anteriores
inquilinos de mi buhardilla y se
había dejado en ella un manuscrito
que un día decidió recuperar, y así
fue como nos conocimos. Luego
resultó que teníamos muchas
amistades comunes, los dos
teníamos amigos, por ejemplo,
dentro del que podríamos llamar
grupo argentino de París, un grupo
de personas jóvenes que a menudo
rodeaban a Marguerite Duras y de
las que guardo el recuerdo de que
se hallaban siempre muy cómodas
en compañía de la inteligente locura
de ella, se hallaban muy cómodas
porque, además de divertida y de
comunicar una sensación de
libertad y de euforia, Marguerite se
interesaba mucho por todos ellos,
siempre
andaba
haciéndoles
preguntas indiscretas, quería estar
al día y saberlo todo. Como decía
Copi: «Marguerite está sola, pero
se alimenta de los demás.»
Un día, Copi, Boutade y yo
fuimos a comer ostras a una
brasserie del barrio. Me acordaré
siempre de ese día, no sólo porque
fue la primera vez en mi vida que
comía ostras (invitaba Copi), sino
también porque descubrí que había
personas
que
podían
vivir
literalmente de un secreto y también
porque la luz de invierno era
hermosísima, seguramente en mi
vida he visto otro día con una luz
como aquélla. Nos habíamos
encontrado los tres casualmente en
la rué de Medicis, a la altura de la
librería Corti, y bajo el viento vivo
y claro habíamos comenzado a
caminar juntos paseando por la
gravilla rociada de los caminos del
Jardin du Luxembourg. Aún no
habíamos decidido ir a comer
ostras cuando, cruzado ya el
Luxembourg, al entrar en la rué
Bonaparte, casi chocamos con el
bohemio Bouvier que, señalando
hacia lo alto de un inmueble de
aquella calle, estaba contándole a
un matrimonio despistado que allí
de joven habían transcurrido sus
años de bohemia. «Ahí viví, y ahí,
por culpa del inmueble, me obturé y
como artista fracasé», les estaba
diciendo con una voz muy cantarína.
«Mirad, mirad ese viejo», dijo
Copi. Todos le habíamos visto
alguna vez. Boutade incluso había
hablado con él una noche en que se
lo había encontrado frente al portal
de su casa y al verle encender una
cerilla que no estaba destinada a
ningún
cigarrillo,
le
había
preguntado qué estaba haciendo y el
viejo le había contestado: «Es de
noche, ¿sabes? Enciendo una cerilla
para así no ver nada.»
Estaba loco, eso parecía claro.
Pero no dejaba de ser enigmática su
obsesión por culpar a los inmuebles
del barrio —sólo a los de aquel
barrio— de su fracaso artístico. El
bohemio Bouvier ocupó aquel día
una parte de nuestra conversación
en la terraza, con braseros fuera, de
la brasserie donde nos atiborramos
de ostras y donde Copi no dejó ni
un solo segundo de comportarse
como una rata. Y es que Copi tenía
gran tendencia a identificarse con
los papeles que representaba y en
aquellos días interpretaba todas las
noches su obra Loretta Strong en
un teatro de París. En esa pieza
teatral se contaba la historia de una
rata a la que habían enviado al
espacio y que, al desaparecer por
accidente la humanidad entera, se
había quedado sola en el universo y
monologaba como una loca.
Su gloriosa conducta de rata
fue la que aquel mediodía iba a
abrirme definitivamente los ojos
acerca de la ausencia de fronteras
entre el teatro y la vida y también la
que iba a descubrirme la inmensa
capacidad que otras personas
poseen
para
escribir
peligrosamente, es decir, partiendo,
ya desde el primer momento, de una
situación límite que obliga al autor
a no rebajar nunca la alta tensión
con la que ha iniciado el drama.
¿Sería capaz yo algún día de
escribir partiendo de una situación
límite, tal como hacía siempre mi
admirado Copi? Eso me preguntaba
aquel día mientras comía ostras con
el escritor y con Boutade y,
mientras las comía, por una parte
me acordaba de Hemingway, que,
cuando tenía algo de dinero en
París, las comía «con su fuerte
sabor a mar y su deje metálico que
el vino fresco limpiaba, dejando
sólo el sabor a mar y la pulpa
sabrosa», y por otra parte no dejaba
yo de pensar en la suerte que tenía
de poder comer aquellas deliciosas
ostras, de poder comerlas bebiendo
lentamente el frío líquido de cada
una de las conchas y perder ese
gusto poco después con el neto
sabor del vino blanco seco.
«¿Por qué el bohemio Bouvier
se dedica a acusar a este barrio de
haber arruinado su arte?», preguntó
Copi con la voz que tendrían las
ratas si éstas tuvieran voz y,
además, esa voz fuera ronca.
Boutade se quedó pensativa, bebió
de golpe un vaso de vino entero y
luego dijo: «En el fondo es muy
divertido el viejo. No se da cuenta
de la que se ha librado al no ser un
artista de éxito.» Y luego se hizo un
lío con varios nombres famosos y
llamó Pablo al pintor Miró.
«Pensad en Tolstói o en
Hemingway,
triunfadores.
Y
recordad qué les pasó a estos y a
otros tantos artistas famosos cuando
envejecieron», dijo Copi.
«A veces, yo iba a comer a La
Fragate y veía allí a Henri de
Montherlant escondido detrás del
piano, daba un asco y al mismo
tiempo una pena increíbles, se veía
que se iba a suicidan No hay un
solo artista que, por mucho que
haya triunfado, no termine por
recluirse, por esconderse cuando se
hace viejo», dijo Boutade.
«Tal vez el bohemio Bouvier
fue existencialista y novio de
Juliette Greco y por eso está así»,
dije bromeando. Creo que Boutade
ni me oyó. Se hallaba pensativa
desde hacía unos instantes y no me
oyó. Dijo de pronto, como
iniciando
una
letanía
de
reflexiones:
«Ellos,
los
triunfadores,
se
matan,
o
enloquecen o se vuelven idiotas, o
se mueren de aburrimiento, casi
ninguno soporta con grandeza la
vejez. En cambio, el bohemio
Bouvier, gracias a su fracaso, tiene
una presencia y una dignidad
fantásticas, ¿no os parece? Aunque,
eso sí, le sobra esa obsesión por
los inmuebles del barrio.»
«A veces me pregunto si no
pasó sus años de bohemia
precisamente en mi buhardilla y mi
destino va a ser el suyo», dije
volviendo a bromear. Boutade, que
tampoco me escuchó esta vez, se
puso a hablar como si de pronto
hubiera tenido una iluminación:
«Estoy segura de que el viejo nunca
nos diría por qué le obsesionan los
inmuebles de este barrio, y no nos
lo diría porque seguro que ese
secreto es muy importante, es lo que
le mantiene vivo, seguro que al
bohemio Bouvier sólo le queda eso,
el secreto de por qué actúa así.
Vive de ese secreto.»
«No está mal visto», dijo
Copi. Pero después ironizó:
«Aunque también podría decirse
que el viejo es de los que saben que
tres personas pueden guardar
perfectamente un secreto siempre y
cuando dos de ellas estén muertas.»
Este verano en París, paseando
por el barrio, volví a pensar en lo
que dijo Boutade aquel día y me
pareció que efectivamente no estaba
mal vista esa idea de que tal vez el
bohemio Bouvier vivía de su
secreto. Pensé mucho este verano
en París en aquel día de inolvidable
luz de invierno en el que fui a
comer ostras con Copi y Boutade.
Pensé tanto que comencé a mirar de
arriba abajo los inmuebles tratando
de odiarlos para así poder
acusarles de mi fracaso de
buhardilla de aquellos años y de
paso averiguar por fin qué clase de
secreto era el que le daba tanta vida
a Bouvier. Pero nada conseguí en
este sentido y acabé confirmando
que, al igual que Copi y Boutade y
al igual que un día me sucederá a
mí, el bohemio Bouvier se llevó,
como todo el mundo, su más
intransferible secreto a la tumba.
Ya lo decía Hemingway en su tesis
sobre el cuento, en su famosa teoría
del iceberg: lo más importante
nunca se cuenta.
88
«DESPUÉS de vivir en París, uno
queda incapacitado para vivir en
cualquier sitio, incluido París»
(John Ashbery).
89
POR fin un día me decidí a colocar
el faro que me faltaba en el coche.
Como seguía sin saber adonde
debía ir para que me arreglaran
aquello, decidí preguntar al hombre
que en un callejón lateral de la rué
Saint-Benoít, enfrente de mi casa,
se dedicaba al negocio de los
neumáticos. La mujer del mecánico
parecía borracha, me dijo que para
hablar con su marido había que
pedir audiencia y me invitó a
sentarme. Me senté. Apareció un
perro que quería subírseme encima.
La mujer dijo entonces: «A estos
perritos les encantan las rodillas.»
Y a mí lo que me encantó fue la
frase. La anoté en el cuaderno que
llevaba para tomar notas en la calle
sobre aquellas cosas que pudieran
serme útiles para mi libro. Desde
hacía unos días había comenzado a
encontrarle gusto a tomar notas con
destino a lo que escribía. Me
agradaba hacerlo, porque notaba
que eso me hacía sentirme escritor.
Poco después, esperando que
un mecánico de la Porte d’Orleans
me colocara el faro, volví a pensar
en la frase de la mujer del mecánico
y me dije que debía de estar
ligeramente borracha y que eso era
precisamente lo que explicaba que
le hubiera salido de aquella manera
tan
hermosa
la
frase.
E
inmediatamente caí en la cuenta de
que había cierto parecido entre mi
breve episodio del taller con ese
famoso pasaje de París era una
fiesta en el que Hemingway explica
que Miss Stein tuvo problemas con
el viejo Ford T que entonces
guiaba, y un empleado de taller, un
joven que había servido en el
último año de la guerra, no puso
demasiado interés en reparar aquel
Ford, por lo que acabó siendo
regañado por el patrón, que le dijo:
«Todos
vosotros
sois une
génération perdue.» Miss Stein, al
oír esto, añadió: «Eso es lo que son
ustedes. Todos ustedes son eso.
Todos los jóvenes que sirvieron en
la guerra. Son una generación
perdida.»
«¿De verdad?», le preguntó
Hemingway. Para Miss Stein todos
esos jóvenes no tenían respeto a
nada, se emborrachaban hasta
matarse. Hemingway quiso hacerle
ver que no era así y que más bien
era el patrón de aquel muchacho el
que estaba borracho a las once de
la mañana y por eso le salían de
aquella forma tan hermosas las
frases.
«No
me
discuta,
Hemingway», dijo Miss Stein. «No
le hace ningún favor al joven.
Todos ustedes son una generación
perdida, exactamente como dice
este señor del taller.»
Aquel mismo día, es decir, el
día en que arreglé mi faro, por la
noche, con la luz ya arreglada,
volví a pasar por el lugar donde
arreglaban neumáticos. Con la
excusa de darles las gracias por
haberme indicado dónde debía
reparar mi faro, me acerqué por
aquel taller para ver si la mujer del
mecánico seguía diciendo frases
hermosas o su borrachera la había
conducido ya a otra dimensión
distinta, tal vez una dimensión de
frases horribles. Ella no estaba.
Quien sí estaba era el marido,
jugando con el perrito. «¿Qué se le
ofrece o no se le ofrece, etcétera?»,
preguntó. Estaba muy borracho. Tal
vez me diga él también una frase
hermosa, pensé. «Nada», le dije
con timidez, aunque como siempre
mezclada con cierta osadía que
supongo que surgía de la propia
timidez. «¿Cómo que nada?», dijo
el mecánico, colocando al perrito
en sus rodillas. «Nada», dije,
«simplemente
he
venido
a
agradecerle que por fin lleve yo las
dos luces de mi coche puestas, no
quería esperar a mañana para
decírselo.» Me miró con extraña
fijeza, y dijo muy lentamente en
español: «¿Esperar a mañana? El
mañana es hoy.» El rastreador de
frases para tomar notas que había
en mí aquel día se alegró mucho de
haber oído El mañana es hoy.
Tomé nota de la frase y, ante la
posible reacción de enfado por
parte de aquel hombre, me marché
de allí con esa velocidad que
algunos ponen en alejarse de los
talleres donde por una mínima
reparación han tenido que pagar una
fortuna. Aún tuve tiempo de oírle
decir al mecánico, posiblemente
molesto: «Bonjour lunettes, adieu
fillettes.» Pero esa frase no me
interesó nada. Poco después, ya en
la buhardilla, con la felicidad del
que regresa de una jornada
dedicada satisfactoriamente a la
caza de frases, decidí ante todo
incorporar El mañana es hoy a mi
novela. El mañana es hoy y no el
que tenía pensado (Nube de ahora)
sería el título que le daría a una
supuesta novela escrita por el
personaje de Juan Herrera. En
cuanto a lo de «A estos perritos les
encantan las rodillas» lo pondría en
boca de Ana Cañizal, la más
entrañable de mis personajes
femeninos. «Ha sido un día fértil»,
me dije dándome ciertos aires de
grandeza. Como si aquel día se
hubiera consolidado mi vocación
de escritor.
90
RECUERDO muy bien un día muy
frío de noviembre, ¿o fue en
diciembre?, del 74, en el que por
fin me decidí a hacer una incursión
en la place de la Contrescarpe, tan
ligada al recuerdo de los días de
Hemingway en París. Sentado en la
terraza del bar que en los años
veinte se llamaba Café des
Amateurs («era un café triste, mal
iluminado, y allí se agolpaban los
borrachos del barrio y yo me
guardaba de entrar porque olía a
cuerpo sucio y la borrachera olía a
acre», se lee en París era una
fiesta), vi pasar por allí, en menos
de una hora, unos cinco o seis
rastreadores de la vida de
Hemingway, excursionistas que
subían por la empinada rué
Mouffetard y una vez en la plaza
buscaban el antiguo Café des
Amateurs, tomaban fotos y luego,
como si fueran curtidos alpinistas,
seguían ascendiendo hasta plantarse
frente al 74 de la rué du Cardinal
Lemoine, donde vivió Hemingway a
principios de los años veinte. Allí
seguramente
miraban
y
fotografiaban
la
placa
conmemorativa del paso del
escritor por aquellos parajes,
rezaban una oración por su héroe y
descubrían que el famoso balmusette, el baile popular que estaba
debajo de la casa y cuyos
acordeones no dejaban escribir a
Hemingway, se había convertido en
una humilde discoteca.
Recuerdo muy bien que,
sentado allí en la terraza del café,
me vino de golpe a la memoria una
escena
de Las nieves del
Kilimanjaro en la que el
protagonista, que se está muriendo,
recuerda todas las historias que
nunca escribirá: «Sabía por lo
menos veinte buenas historias del
mundo exterior y nunca había
escrito ninguna. ¿Por qué?»
¿Sabía yo también veinte
historias?, me pregunté ese día
enseguida. En verdad no, había
vivido
poco,
tenía
escasas
experiencias y, si quería ser
honesto conmigo mismo, debía
reconocer que no tenía veinte y ni
siquiera tenía una sola historia que
no fuera la de La asesina ilustrada,
libro que me convenía seguir
escribiendo, y luego las musas ya
dirían. Tampoco es tan grave,
recuerdo que me dije. Después de
todo, es cuestión de paciencia,
algún día seré un buen escritor.
Pero también recuerdo que entonces
entré en una cadena de preguntas:
¿Y por qué diablos no soy ya ahora
mismo ese buen escritor que un día
seré? ¿Qué me falta para serlo?
¿Vida y lecturas? ¿Eso me falta? ¿Y
si no llego a ser nunca un buen
escritor? ¿Qué seré entonces? ¿Seré
toda la vida un joven sin
experiencia
ni
lecturas,
incapacitado para escribir bien?
¿Podré soportarlo? Pensé de nuevo
e n La asesina ilustrada y esa vez
me dije que debería ya acabarla
para tratar de embarcarme en un
nuevo proyecto, en un nuevo libro
que la superara. ¿Pero de qué modo
superarla si no sabía hacerlo mejor
de como lo estaba haciendo? ¿De
qué modo superarla si dedicaba
muchas horas a husmear en todos
los libros que tenía en la buhardilla
en busca de ideas para escribir otro
libro y no encontraba nada y eso me
hacía vivir todas las horas al ritmo
de mi desesperación en negro?
Si de verdad fuera escritor, me
dije, no tendría problemas tan
salvajes. Pero ¿había que esperar a
otra edad para no tenerlos? ¿Se
llegaba alguna vez a ser escritor de
verdad?
Si de verdad fuera escritor, me
dije, África sería mía. ¿Y por qué
África? Porque conocería la
melancolía de regresar a donde
nunca estuve. Porque iría a lugares
en los que ya habría estado antes de
haber ido nunca, ciudades en las
que ya habría estado antes de estar
jamás.
Si de verdad fuera escritor,
probaría como Rimbaud a crear
todas las fiestas, todos los triunfos,
todos los dramas. Intentaría
inventar nuevas flores, nuevos
astros, nuevas carnes, nuevas
lenguas.
Si de verdad fuera escritor,
sería absolutamente moderno. Y
con la aurora, armado de una
ardiente paciencia, entraría en las
espléndidas ciudades. Si de verdad
fuera escritor, transcurrirían mis
días de forma muy distinta. Si de
verdad fuera escritor...
91
UNA noche, me desperté de golpe a
causa de la fuerte tormenta que caía
sobre París. Cerré la pequeña
ventana de la buhardilla, me
coloqué un chal sobre los hombros,
escuché con cierto placer los
truenos y jugué a sentir miedo con
los relámpagos. Me acordé de la
frase de Juan Benet que había oído
yo hacía pocos días en Barcelona,
una frase dicha también en día de
tormenta. Y sentí de pronto unos
deseos inmensos de comenzar otra
novela, dejar para otros días y otras
noches las páginas finales de La
asesina ilustrada. Fui a mi
escritorio y recordé que yo a fin de
cuentas era mediterráneo y que, a
pesar de que detestaba la
vulgaridad de los veranos de los
bañistas, no por eso dejaba de
encantarme el sol y el mar. En
medio de aquella tormenta, me
incliné sobre mi escritorio y anoté
triunfalmente la primera frase de mi
nueva novela: «Amo el sol, la arena
y el agua salada.» Llené toda una
página hablando de mi fascinación
por el Mediterráneo. Nunca logré
pasar a la segunda. «Hoy he escrito
la primera página de una novela, y
no sé de qué se trata, pero sé que
me espera un año de obsesión», le
había oído a Benet. También yo
había escrito la primera página y no
sabía de qué trataba mi novela.
Hasta ahí todo perfecto, todo
idéntico, pero a partir de ahí todo
distinto. Me pasé horas esperando
que empezara mi año de obsesión, y
éste no comenzaba nunca. ¿Cómo
sería, por otra parte, un año de
obsesión? No era tan sencillo como
en un primer momento había
pensado. ¿Y qué podía ser además
exactamente una obsesión? Al día
siguiente, con la tormenta ya
terminada, volví cabizbajo y
humillado a La asesina ilustrada.
Escribí unas horas por la mañana y
luego salí a comprar la prensa
deportiva española y fui a comer a
un restaurante chino muy barato de
la rué du Bac, y en el camino me
crucé con Martine Simonet. Lo
hubiera dado todo para que me
acompañara a comer. En lugar de
eso, caminando ella con rapidez,
desde una acera a la otra me hizo
señales como diciendo que había
sido muy fuerte la tormenta de la
noche anterior. Y dobló una
esquina, desapareció. No me dejó
ni decirle que yo amaba el sol, la
arena y el agua salada. Tal vez fue
mejor así, porque ese día, de haber
podido decirle eso, también le
habría dicho alguna frase más.
«Desde hace un año eres mi
obsesión», le habría dicho por
ejemplo.
92
A finales de 1950, cuando apareció
Al otro lado del río y entre los
árboles, los críticos sacudieron la
cabeza. No y no. Hubo unanimidad.
Hemingway estaba acabado. Pero
él, que no era precisamente de los
que se rendían sin más, no iba a dar
tan fácilmente su brazo a torcer. Era
alguien que sabía moverse ante la
adversidad como pez en el agua. La
vida
y la
literatura
eran
precisamente eso para él: un
escenario para la exaltación de las
virtudes más entrañables y heroicas
del hombre. Cuando los críticos
sacudieron la cabeza, Hemingway
soltó los habituales sarcasmos,
amenazó a varios con partirles la
cabeza, pero todo esto no quedó
sólo en fuegos artificiales, sino que
se puso de nuevo a trabajar duro en
un esfuerzo por demostrar que se
encontraba muy lejos de estar
acabado. Y entonces escribió El
viejo y el mar.
El libro trataba del coraje de
un hombre frente al fracaso y
relataba la esforzada y solitaria
lucha de un viejo pescador cubano.
«Era un viejo que pescaba solo en
su bote en el Gulf Stream y hacía
ochenta y cuatro días que no cogía
un pez.» El libro contaba la
solitaria lucha del viejo pescador
con un pez espada al que doblegaba
como un torero mata a un toro que
ama. El viejo y el mar restauró su
prestigio
internacional
como
escritor, conmovió al lector
corriente hasta las lágrimas y
seguramente contribuyó a que
pensaran en él para el Premio
Nobel, cuya concesión recibió con
enorme fastidio y al mismo tiempo
secreta satisfacción. Le pareció
horrible que le dieran la misma
tontería de premio que le habían
dado al mediocre Sinclair Lewis o
al inefable William Faulkner, en
quien veía «un gran charlatán con
una
notable
empanada
de
aguardiente de centeno». En
cualquier caso el Nobel aún
disparó más el éxito y éste fue tal
que Hemingway llegó a ver incluso
cómo se predicaban sermones
basados en sus libros y cómo la
gente le besaba llorando por las
calles, y cómo su traductor italiano
apenas avanzaba en la traducción
de El viejo y el mar a causa de las
lágrimas que le producía el libro.
Una de las frases de El viejo y
el mar la leí muchas veces en la
buhardilla: «El hombre no está
hecho para la derrota. Un hombre
puede ser destrozado, pero no
derrotado.» Leí muchas veces esta
frase sobre todo al final de mis días
en París, cuando empezó a
invadirme cierta sensación de
absurdo mezclada con la de
fracaso, y a todas horas tenía que
decirme que no había sido en modo
alguno derrotado, simplemente
porque no había entrado en ninguna
batalla. Pero esto no era un
consuelo suficiente porque quedaba
siempre la sensación de absurdo, de
lo que podríamos llamar también
una sensación de para qué.
Para qué la vida, para qué
escribir sobre una asesina, para qué
los ojos de Adjani, para qué mis
padres, para qué Hemingway, para
qué París, para qué todo, Dios mío,
para qué. Recuerdo que muchos
días andaba por el barrio con pasos
veloces simulando que iba a alguna
parte cuando en realidad no había
un solo lugar en el mundo en el que
me esperara alguien. Y un día,
andando más errante que nunca y
muy deprimido, me encontré con
alguien que aún estaba más
deprimido que yo. Fue un día de
finales de octubre del 75,
exactamente el día en que
enterraron al gran boxeador francés
Georges Carpentier. Iba yo
tristísimo y sin rumbo por el barrio
cuando me sorprendió mucho ver a
Alfonso sentado en la terraza del
Himes Bar. Era raro verle allí
porque no se movía nunca de su
barrio. En cualquier caso, allí
estaba él, cabizbajo, la viva imagen
de una persona hundida. Me
acerqué a él. Como le gustaba tanto
el boxeo, pensé cándidamente que
venía del entierro del antiguo gran
campeón del mundo y que su
abatimiento estaba relacionado con
aquella muerte. Le saludé, le
pregunté si le había afectado la
muerte de Carpentier, y me lanzó
una mirada de odio difícil de
olvidar. No me la esperaba. Nunca
llegué a saber qué era lo que le
había dejado tan afectado, pero lo
cierto es que en breves segundos,
todavía no sé muy bien cómo, nos
vimos enzarzados en una discusión
absurda y que él comenzó a
decirme, con una insistencia fuera
de lo normal, que le molestaban
mucho los jóvenes artistas de aquel
barrio. «Ésos cuya vida carece de
proyecto y de sentido», dijo, «esos
que fuman en pipa y van de café en
café y creen que han de tomar
absenta a todas horas y que es una
gran proeza timarle el alquiler a la
casera y que eso les hace más
artistas.» Tras estas palabras,
quedé perfectamente deprimido. Mi
vida carecía de proyecto y de
sentido. No podía estar mejor
expresada esa gran verdad sobre
mí.
Unos minutos después, al
regresar a la buhardilla, el sonido
de la puerta al cerrarse —
herméticamente como siempre—
me pareció ese día idéntico al de la
fría losa de una tumba al caer
eternamente sobre el muerto. ¿Tenía
yo dónde caerme muerto? Si moría
aquella noche, por ejemplo,
tardarían mucho en apercibirse de
mi desaparición, buscarme y
hallarme cadáver. Me pudriría allí
dentro en la buhardilla seguramente
durante algunos días, hasta que
hediera y echaran la puerta al suelo.
Pensar en todo esto me llevó
instintivamente a taparme de golpe
la cara con las manos. La soledad,
la
búsqueda
ansiosa,
la
familiaridad con el absurdo, todo
esto formaba parte de mi mundo, y,
sin embargo, no me ayudaba a
escribir, tan sólo a angustiarme. Yo
sabía o había oído decir que otros
escritores le habían sacado un gran
partido a su angustia. Pero yo no
tenía ni idea de cómo se le podía
sacar un rendimiento a mi
desasosiego. Permanecí con las
manos tapándome la cara hasta que
decidí tumbarme sobre el horrible
colchón que había en el suelo y no
pensar más, buscar que mi
conciencia se volviera nula, me
planteé como objetivo no querer
comprender nada, no analizar.
Pensé que tal vez en eso consistía la
sabiduría. Pero el solo hecho de
haber pensado en algo, aunque fuera
pensar que no quería pensar, volvió
a traerme la amargura, el
desasosiego, esa angustia que no
había aprendido todavía a trasladar
a mi literatura.
Ahora bien, en contrapartida a
tanta angustia, pensar me llevó a
sospechar que todos esos escritores
que sabían trasladar sus problemas
a sus libros y que tenían una visión
ya hecha del mundo eran en
realidad ridículos, pues si la
literatura era posible se debía a que
el mundo no estaba hecho. ¿O era
sólo mi mundo el que no lo estaba?
Decidí volver a salir a la calle y
partirle la cara a Alfonso. Me di
cuenta enseguida, por suerte, de que
eso era simplemente un suicidio,
pues Alfonso, entre otras cosas, era
un experto boxeador. Además, no
debía enfadarme precisamente con
él, pues había tenido el detalle de
decirme la verdad. Decidí en todo
caso salir de allí corriendo, dejar la
buhardilla que se me había vuelto
tumba, y fui a la rué Jacob, fui
tratando incluso de no pensar que
iba, tratando de no pensar en nada,
no analizar nada, no ser nada (ser
exactamente lo que era: nada), fui
deprimido a la rué Jacob a
comprarme un pastel de queso, un
pobre pastel de nada.
93
JEANNE Boutade —seudónimo de
Estela Carriego— solía repetir
mucho esta frase: «Ningún hombre
sabe quién es, ningún hombre es
alguien.» La frase la atribuía al
refranero francés. Pero un día,
leyendo a Borges, descubrí que la
famosa frase era de Macedonio
Fernández. Lo más probable era
que Boutade la hubiera oído a
algunos de sus amigos argentinos y
luego hubiera olvidado de dónde
había salido realmente. ¿Sabía ella
quién era Macedonio? Seguramente
sólo le sonaba el nombre. A mí me
pasaba algo parecido. Sobre
Borges, en cambio, los dos cada día
sabíamos más, sobre todo yo, que
había tardado mucho en descubrirlo
pero ahora no paraba de leerlo y de
hallar ideas en sus textos. El
asombroso y creativo parasitismo
de Pierre Menard, por ejemplo, con
su réplica exacta pero distinta del
Quijote, eso que se podía resumir
así: si yo escribo una cosa que ya
has escrito tú, es lo mismo, pero ya
no es lo mismo. El memorioso
Funes, las hábiles falsificaciones de
obras de arte, el ser en otros (que
diría Pessoa), la creencia de que
«tal
vez
todos
sabemos
profundamente
que
somos
inmortales», el aleph y la sospecha
de que la poesía puede que sea el
nombre esquivo del mundo. Si hasta
entonces yo había visto fotografías
de personas o de lugares que en
algunas ocasiones acababa viendo
de verdad, ese cuento de Borges
sobre un aleph significó un avance
en mi visión del mundo, pues vi que
no sólo se podían ver de verdad
ciertas personas o lugares sino que,
además, existía la posibilidad —
llamémoslo el asombro— de ver
más.
En una crítica de cine que
Borges hizo de Ciudadano Kane,
encontré unas frases que me
ayudaron a descubrir un nuevo
punto débil de Hemingway. Decía
Borges que en la película de Welles
había por lo menos dos argumentos
y que uno de ellos era de una
imbecilidad casi banal, pues
hablaba de que un millonario
acumulaba
estatuas,
huertos,
palacios, piletas de natación,
vehículos, bibliotecas, hombres y
mujeres, y acababa descubriendo
que todas sus colecciones eran
vanidad de vanidades y, al verse
situado en el umbral de la Muerte,
anhelaba un solo objeto del
Universo: el pobre trineo con el que
jugaba cuando era un niño pobre y
feliz.
Como había empezado a leer
el mundo midiéndolo por el rasero
de Borges, me resultó imposible no
mirar con cierta compasión a
Hemingway, que había tenido una
vida apasionante, había ganado el
Nobel y le había adorado o
envidiado media humanidad y, sin
embargo, al final de sus días, con la
misma imbecilidad casi banal del
ciudadano Kane, escribió en París
era una fiesta que sentía nostalgia
de los días de su juventud en París,
de los días en que fue pobre y feliz.
Y ya sólo le faltó decir que soñaba
con un trineo.
No paraba de hallar ideas en
Borges y también en quienes
comentaban su obra y decían, por
ejemplo, que remitía a una
tradición, porque el mundo
moderno aparecía como lugar de
pérdida y deterioro, y a la vez
remitía a la noción de cambio
literario, porque la literatura afirma
el valor de lo nuevo. Borges
reescribía lo viejo, eso es algo que
de pronto entendió perfectamente el
principiante que yo era. Con la
ayuda de unos textos que me pasó
Boutade, me pareció intuir que
Borges
había
inventado
la
posibilidad de que nosotros los
modernos pudiéramos, en rara
vecindad con lo genuinamente
literario, practicar también el
ejercicio de las letras, es decir, que
pudiéramos nada menos que seguir
escribiendo.
En esos días, como no paraba
de hallar ideas en Borges, no tardé
en verle de nuevo asociado con
Orson Welles la noche en que fui
con Jeanne Boutade a ver F for
Fake, esa película donde, a partir
de entrevistas con el falsificador de
cuadros Elmir de Hory y con
Clifford Irving (autor de una
biografía apócrifa de Howard
Hughes), se jugaba con las nociones
de verdad y mentira en el arte. Los
temas de la película eran
borgesianos: la falsificación, la
lábil frontera entre realidad y
ficción, por ejemplo. F for Fake me
recordó a Vicky Vaporú en la cola
del pan, preguntándome si no era
verdad
que
ella
era
una
falsificación
verdadera.
La
película, aunque en ella nunca se
nombraba a Borges, me descubrió
tramas, fraudes y laberintos sobre
los que podía escribir si continuaba
queriendo llegar a ser un escritor de
verdad. Para serlo tenía que saludar
la invención de lo verdadero, del
mismo modo que tenía que
inventarme a mí mismo si de verdad
quería ser escritor. F for Fake hizo
que aumentara mi pasión por los
libros apócrifos, por las reseñas de
libros falsos, por el mundo de los
grandes impostores, por el de los
hombres que se hacen pasar por
otro, por el de los hombres que son
alguien y por el de los que no son
nadie.
La influencia, la sombra de
aquella película iba a ser alargada,
iba a cambiar los pasos del
principiante que yo era.
Ya empezó a influir en el
momento mismo en que salí a la
calle y mi amiga Boutade me
comentó entusiasmada: «Te lo dije.
Ningún hombre sabe quién es,
ningún hombre es alguien. Ni
Epiménides lo sabía.» Le pregunté
si Epiménides era su novio. Rió,
negó con la cabeza. «Es un sabio
antiguo», dijo, y luego citó las
palabras por las que había pasado a
la historia: «La frase que sigue es
falsa. La frase que la precede es
verdadera.»
Volví aquella noche a la
buhardilla convertido en el hombre
que no sabía quién era. Y poco
después, tras leer un cuento de
Borges sobre cuchilleros, imité en
La asesina ilustrada a los
falsificadores de la película de
Welles y, citando sin citar a
Borges, hablé de «un cuchillero que
va dejando su fuerza en su arma y al
final el arma tiene una vida propia
(como para Hoffmann la tenía aquel
diabólico violín de Krespel) y es el
arma la que mata, no el brazo que la
maneja». Fue la primera vez que,
sin citarlo, pero con voluntad de
acero, cité a un hombre llamado
Borges, fui en otro, cité a un
hombre que era alguien, fui un
hombre que no era nadie.
94
LEÍ una noche en la buhardilla que
Kubla Kahn, en el siglo XIII, soñó
un palacio y lo edificó conforme a
la visión que había tenido. Y luego
leí que en el siglo XVIII, el poeta
inglés Coleridge, que no sabía nada
de ese sueño del emperador
mongol, tomó un día un hipnótico
para dormir y soñó un poema sobre
el palacio y se despertó con la
certidumbre de haber compuesto o
recibido un poema de unos
trescientos versos que recordaba
con singular claridad y de los que
pudo transcribir cincuenta, el
fragmento que perdura en sus obras
con el título de Kubla Kahn,
cincuenta versos porque el resto se
perdieron por culpa de una visita
inesperada.
Me dormí tras leer la historia
del poema dictado y soñé que mi
madre era mi hermana y que era una
hermana mayor muy joven con la
que yo tenía prácticas incestuosas.
Al despertar, me pareció que
recordaba con singular claridad el
episodio sexual que acababa de
soñar y me lancé sobre el escritorio
para transcribirlo íntegro. Pero,
nada más sentarme ante la mesa, se
me olvidó gran parte de lo que
supuestamente una inspirada voz me
había dictado. Con los restos del
sueño, es decir, con la única imagen
que más o menos retuve, y
añadiendo elementos de cosecha
propia, compuse la página 3 del
manuscrito central de La asesina
ilustrada, una página de la que me
siento orgulloso, pues en ella por
primera vez —a pesar de que no se
trataba de un hecho real sino de un
sueño— llevé a cabo la
reconstrucción y distorsión de algo
vivido por mí anteriormente,
porque vivido debe ser considerado
un sueño, del mismo modo que los
sueños se infiltran en nuestra
realidad cotidiana y hasta nos
ayudan a saber manipularla a través
de la escritura: «Y recordó
entonces un episodio de su vida:
siendo un niño entró un día sin
previo aviso en la habitación de su
hermana sorprendiéndola desnuda
frente al espejo. Ariadna, que le
doblaba en edad, se enfureció y con
crueldad le castigó duramente. Le
ató de pies y de manos y le flageló
con dureza hasta conseguir que la
sangre recorriera su pequeño
cuerpo. Accedió luego a desatarle
con la expresa condición de que,
arrodillándose ante ella, besara sus
pies y agradeciera el castigo
recibido. Así lo hizo y fue entonces
cuando, bajo el látigo e inclinado
ante la gran belleza de su hermana,
se despertó en él por primera vez
una sensación de goce y de placer
estrechamente
ligada
a
su
descubrimiento de la mujer.
Siempre pensó que este episodio
iría borrándose de su memoria y se
equivocó. Porque no tenía otro
deseo que el de reencontrar a su
hermana muerta y volver a hallarse
rodeado de los muros de entonces;
sentir que Ariadna le seguía
llamando con aquel tono de voz
que, desde las largas fiebres de la
infancia, le había sido tan
familiar.».
95
DE todos mis recuerdos de tedio
juvenil emerge siempre, no sé por
qué, el mismo instante de profundo
aburrimiento, uno solo, el de una
tarde, por lo visto inolvidable, en
París. Hago un fácil esfuerzo y me
sitúo en el preciso instante de
aburrimiento de aquel día: estoy en
mi buhardilla mirando por la
minúscula ventana hacia el
campanario de la iglesia de Saint-
Germain-des-Prés.
Me
estoy
diciendo, una vez más, que vivo en
el centro del mundo y de pronto
descubro que eso me lo he dicho ya
mil veces y que me repito, que es
una señal clara de que me aburro.
Me acuerdo entonces de que alguien
dijo que el centro del mundo más
bien está en el lugar donde ha
trabajado un gran artista y no en
Delfos. ¿Y soy yo un gran artista
para pensar que estoy en el centro
del mundo? ¿Y de verdad creo que
Saint-Germain-des-Prés
es
el
centro de algo? Parece más bien
una ingenuidad por mi parte. Pero
no me conviene ser tan lúcido, de
modo que aparto de mí estas
preguntas. Y vuelvo a aburrirme.
Qué horror. ¿Acaso ya no sé
estar conmigo mismo? En el colegio
me decían que, según Erasmo, quien
conoce el arte de estar consigo
mismo nunca se aburre. Parece que
yo me he olvidado de ese arte. No
estoy en el centro del mundo y,
además, me aburro. ¿No sirve la
inteligencia para escapar del tedio?
Sólo ella puede ayudarme en esto.
Pongo mi mente en blanco, juego a
encontrar la salida a mi instante de
aburrimiento. Me digo de pronto
que aburrirse es comerse el tiempo.
Anoto la frase en un folio en blanco
que estaba destinado a La asesina
ilustrada, la famosa página en
blanco que tanto miedo dicen que
da a los escritores. La he anotado
con el lápiz que hace un año, al
llegar a la buhardilla, encontré en el
cajón de arriba del pequeño
armario que está debajo de la
ventana en la que hace unos
segundos me aburría. Ese lápiz muy
consumido tuvo que pertenecer a
uno de los antiguos inquilinos de la
buhardilla. ¿Perteneció a Copi? ¿O
a Javier Grandes? ¿O fue del amigo
del mago Jodorowsky, el inquilino
anterior a Copi? ¿O de la actriz de
teatro búlgara? ¿O se lo dejó ahí mi
vecino el negro cuando se acostó
con la actriz búlgara? ¿O el lápiz
fue del cineasta Milosevic, otro
antiguo inquilino? ¿O de Amapola,
el travesti que pasó unos cinco
meses en la buhardilla? ¿O fue de
Mitterrand y luego generaciones de
inquilinos de la buhardilla han
preservado de la destrucción el
lápiz como homenaje al más ilustre
de los antiguos ocupantes de este
reducido espacio de bohemia?
Ya casi no me aburro. Me
dedico al ejercicio mental de
imaginar a qué se dedicó el
camarada Morand, es decir, el
señor Mitterrand durante los dos
días en que estuvo recluido entre
estas cuatro melancólicas paredes.
Seguramente tenía una pistola para
defenderse. Y un lápiz, el lápiz que
todavía está aquí y que podría ir a
un museo de símbolos de la
Resistencia francesa. Le imagino a
Mitterrand frente a ese mismo
espejo ante el que estoy ahora.
Tiene el lápiz sobre la oreja y
sonríe. Anota una frase que le dijo
no hace mucho el camarada René
Char y que le encanta: «La
perdición del creyente es encontrar
su Iglesia.»
Después, guarda el heroico
lápiz en el armario para que lo
encuentren y lo vayan conservando
como una reliquia los desdichados
bohemios que a lo largo de los años
vayan pasando por la buhardilla.
Ríe de nuevo, vuelve al espejo,
desenfunda la pistola. Ya no me
aburro nada. Se gusta a sí mismo en
esa actitud. Y yo, por mi parte,
descubro que ese incontrolado o
inconsciente flujo de mi marea
imaginativa en el espejo tiene
puntos en común con el ejercicio de
la literatura, con la invención de
personajes, por ejemplo. Mitterrand
se mira, ríe, bum bum, juega con la
pistola, dice en voz alta: «La gente
sin imaginación cree que los demás
también llevan una vida mediocre.»
96
LE oí decir en una conferencia a
Romain Gary que los personajes
tienen que tener siempre realidad
para el escritor. ¿La tenían para mí
los de La asesina ilustrada? Más
bien ninguno, casi todos llevaban
mis iniciales del derecho o del
revés, eran como prolongaciones de
mi nombre y de mi personalidad. Si
acaso la narradora y asesina, al
poseer los ojos de Adjani, tenía
algo de realidad para mí. Y tal vez
mi madre, que yo presentaba como
mi hermana. Y tal vez también la
pobre Ana Cañizal, que a diferencia
de los otros no llevaba mis
iniciales y además tenía cierta vida
propia porque a ella al menos había
sido yo capaz de imaginármela, o,
mejor dicho, de localizarla dentro
de una reproducción de un cuadro
de Balthus que había visto en casa
de Vicky Vaporú.
La misteriosa atmósfera de
aquel cuadro —una enana descorría
una cortina y la luz, entrando por la
ventana, dejaba ver a una bella
mujer asesinada— era la que yo
deseaba que tuviera mi novela. ¿Era
a la atmósfera a lo que se refería
Duras en su cuartilla con
instrucciones cuando hablaba del
enigmático
apartado escenarios?
No me parecía que estuviera del
todo claro. ¿Y qué pensar del
apar tado diálogos, que era el
menos enigmático de todos, lo que
no lo eximía de ser, como los
demás, muy problemático, al menos
para un principiante como yo?
Porque los diálogos exigían
generalmente la reproducción de
trivialidades y eso parecía difícil
de compaginar con la buena
literatura. Aparentemente era lo
más fácil de resolver de las
instrucciones de la cuartilla de
Duras, parecía muy fácil reproducir
diálogos y, sin embargo, podía
acabar siendo lo más difícil de
todo. Eso pensaba yo, que me
preguntaba, por otra parte, si era
lícito utilizar los guiones para los
diálogos y así llenar páginas con
rapidez. ¿O había que valerse de un
bolígrafo y no de una máquina de
escribir y utilizar el sistema de las
comillas tratando de buscar páginas
densas, llenas, que fueran como
grandes manchas de escritura,
donde la tinta lo ocupara todo,
buscar el menor espacio en blanco
posible en una página de letra
compacta, sin fisuras aparentes?
Era joven, me decanté por lo
primero, por los guiones. Lo otro,
el sistema de las comillas, ocupar
la página entera como si ésta fuera
un campo de batalla, lógicamente
me aterrorizaba. Pero un día leí en
la revista Tel Quel que incluir
diálogos en las novelas era lo más
anticuado y reaccionario que
existía, daba igual si eran diálogos
con guiones o entrecomillados, era
retrógrado. Lo leí tomando un té
con leche en el Café Bonaparte, al
lado de mi casa. Pensé que aquello
iba más allá incluso de lo que había
previsto sobre el asunto de los
diálogos. Mi desconcierto fue tan
notable que saqué del bolsillo
trasero de mi pantalón la arrugada
cuartilla con las instrucciones de
Duras que siempre iban conmigo.
Donde podía leerse diálogos anoté
al lado «reaccionarios». Después,
no
queriendo
desorientarme
totalmente, fui en busca de alguna
certeza y evoqué a Hemingway,
maestro del arte de dialogar en los
relatos. A continuación, miré a mi
alrededor y comprobé que en todas
las mesas del Bonaparte había gente
dialogando. Sin embargo, esta
segunda certeza no cambiaba tanto
las cosas. Toda aquella gente que
dialogaba seguro que eran votantes
del político de derechas Giscard
d’Estaing y, además, se les notaba
mucho que no tenían poética, eran
de una vulgaridad aplastante y lo
que decían probablemente también.
Traté de mantener la calma antes de
tomar una decisión radical con
respecto a los diálogos de mi
novela. Pagué mi consumición y fui
a la buhardilla y, tras una nerviosa
reflexión, suprimí todos los
diálogos que hasta entonces había
escrito, salvo tres que consideré
ineludibles; pagaría una pequeña
cuota de reaccionario pero no
estaba dispuesto a cambiar mi
novela entera.
97
NECESITABA tener algún secreto
y ser malvado a veces, sentirme
perverso, notarme por dentro muy
diferente del situacionista que era
por fuera, tener algo de Jekyll y
Hyde. O, mejor dicho, ser Hyde
alguna vez, no estar todo el tiempo
siendo tan cándido, tan buena
persona y tan radical de izquierdas.
Creo que acerté enormemente al
pensar en concreto en Hyde para
mis planes de transgresión, pues
con el tiempo he descubierto que en
realidad el tema de fondo de la
novela de Stevenson —entonces yo
en París, en aquellos días, aún no la
había
leído,
pero sabía el
argumento, como todo el mundo—
es la fascinación envidiosa que la
persona convencionalmente buena
siente por sus posibilidades de
maldad desaprovechadas.
Dicho esto, tal vez quede
también explicado por qué, por
ejemplo, en cierta ocasión, un día
en que cobré por la mañana el giro
postal de mi padre, jugué a sentirme
rico y a tener un alma podrida y
capitalista y me fui deliberadamente
al Café La Rotonde a beber
champagne y allí, sin que
naturalmente
nadie
pudiera
apercibirse de esto, me dediqué a
desfogarme interiormente y a
flirtear con mi mente y a ir
transformándola en una mente
monstruosa en un intento —hoy lo
veo
muy
claro—
de
no
desaprovechar
todas
las
posibilidades de ser el gran cabrón
que yo me decía que podía ser si
quería.
Sin embargo, era yo tan bueno
en el fondo, tan cándido y estúpido
que siempre que intentaba esto
acababa avergonzándome de mí
mismo, que es lo que sin ir más
lejos me sucedió aquel día. Fui a La
Rotonde y a la séptima copa de
champagne me decidí a dejar mi
mente libre de toda atadura moral y
política y evoqué la figura de un
antiguo cliente de aquel café, el
artista Domergue —un pintor de
mujeres alargadas, una estrella de
lo que podríamos llamar arte de
almanaque—, para a continuación
poder evocar a su vez la figura de
su empleado del hogar —«mi
criada», lo llamaba Domergue—,
un hombrecito de frente ancha y
perilla oscura, que a veces se
sentaba con los amigos pintores de
Domergue en el café y tomaba una
copa con ellos, aunque nunca
tomaba la palabra.
Me
dediqué
a
reírme
interiormente de ese hombrecillo —
a eso exclusivamente había ido a La
Rotonde—, me dediqué a reírme
como un cabrón de aquella pobre
«criada». Escupí sobre el recuerdo
del hombrecillo, aunque terminé
fascinado
por
la
anécdota
recordada, avergonzado de mi
conducta
de
escupitajo
y
arrepentido de la irreverencia
excesiva que había tenido con aquel
hombrecillo que nunca hablaba en
La Rotonde o, mejor dicho, que
habló un día cuando los amigos
pintores
de
Domergue
le
preguntaron si limpiaba otros
wáteres, a lo que el hombrecillo
contestó que no. Y al preguntarle
los amigos de Domergue a qué
dedicaba entonces el resto del
tiempo, dijo que a mirar pintores y
a derrocar el gobierno de Rusia.
Todos rieron la doble ocurrencia.
«A esto último nos dedicamos
nosotros también», le dijeron. No
sabían que el hombre era Lenin.
98
EL apartado experiencia de la
cuartilla de Duras lo tomé durante
bastante tiempo como una nota de
humor que ella había incluido para
no asfixiarme del todo, pero un día
comencé a sospechar que tal vez el
apartado experiencia también iba
en serio, no había motivos para lo
contrario. Si era así, era realmente
fastidioso. La palabra experiencia
suena siempre horrible, pero en la
época en la que uno es joven
todavía suena peor. Una vez le
había oído decir a alguien: «La
experiencia es como un peine para
un calvo.» Yo no podía estar más
de acuerdo con esto. Estaba seguro
de que la experiencia no servía
para nada. Lo que aún no sabía era
que era necesario tener experiencia
para saber por qué no servía para
nada. Por otra parte, ¿sabía yo
realmente que no tenía experiencia?
Ni lo sabía ni dejaba de saberlo,
simplemente no deseaba pensar
mucho en el tema, ya que éste me
resultaba enormemente fastidioso,
propio del no menos fastidioso
mundo de los adultos.
Pero un día di de golpe con la
experiencia y fue una experiencia
irrepetible. Fui al Studio des
Ursulines a ver un documental
sobre escritores americanos en
París, sobre la generación perdida,
y le escuché a Hemingway hablar
de su teoría del iceberg. Había
leído cosas sobre esa teoría, pero
nunca las había escuchado en
directo, con la voz del mismísimo
Hemingway. Aunque él ya no era mi
ídolo absoluto, su presencia en la
pantalla y sus palabras me
impresionaron. «Trato de escribir»,
le oí decir, «de acuerdo con el
principio del iceberg. Sólo una
décima parte es lo que vemos del
iceberg, el resto está bajo el agua.
La historia que no está en el cuento,
la que está bajo el agua, se
construye con lo no dicho, con lo
sobreentendido y la alusión.»
Y algo más adelante: «El viejo
y el mar podría haber tenido más de
mil páginas, pero no era eso lo que
yo buscaba. Traté de eliminar todo
lo innecesario para transmitir
experiencia al lector, a pesar de
que experiencia en el mar, por
ejemplo, me sobraba. Pero esa
experiencia no aparece de forma
explícita, aunque por supuesto está
ahí, pero no se ve. Es muy difícil
de hacer, pero lo hice. Yo, por
ejemplo, he visto el acoplamiento
de los peces espada, así que es algo
que conozco. Eso no lo cuento. He
visto un cardumen de más de
cincuenta ballenas, y en una
oportunidad arponeé a una de casi
dieciocho metros de largo, y la
perdí. En fin. Todo eso no lo
cuento. Pero esas experiencias son
las que constituyen la parte
sumergida del iceberg.»
A la salida del Studio des
Ursulines, tuve la impresión de que
había aprendido más sobre la
experiencia que en el resto de mi
vida. Pero tener esa impresión no
me trajo precisamente la alegría.
Salí de allí formulándome todo el
rato esta pregunta: ¿Qué clase de
experiencia personal mía es la que,
a la hora de narrar, puedo yo dejar
en la parte sumergida del iceberg?
Si quería ser honesto, debía
reconocer que en la asignatura de la
experiencia la nota que me había
ganado a pulso era un cero. Porque
¿qué clase de experiencia creía que
estaba adquiriendo con mi vida de
buhardilla y farándula?
Para
no
angustiarme
demasiado, es decir, para poder
seguir
escribiendo La asesina
ilustrada,
me
dediqué
a
convencerme a mí mismo de que
todo aquello de la experiencia era
muy discutible y que seguramente se
podía escribir sin ella, ejemplos no
faltaban. Bastaba con cambiar el
Kilimanjaro de Hemingway por el
de Raymond Roussel, el autor de
Impresiones de África y escritor
extremadamente cerebral que no
explotaba nunca sus experiencias
personales, sino que se dedicaba,
gracias
a
un
método
de
combinaciones fonéticas que él
había inventado, a narrar historias
que surgían de la prosa misma, una
especie de gélida poética narrativa
que estaba directamente conectada
con, por ejemplo, su extraña manera
de viajar, tan en el polo opuesto a
la de Hemingway.
El autor de Impresiones de
África no viajaba para tener
experiencias que luego le sirvieran
para contarlas en sus libros o para
dejarlas calladas en la parte del
iceberg no visible. Roussel no
viajaba para descubrir nada nuevo
sino para ver de cerca universos
exóticos que habían poblado su
infancia en forma de cuentos o
novelas, no para tener historias que
contar o que ocultar mientras
contaba parte de ellas, sino sólo
para comprobar que existía lo que
había leído en la infancia. De él son
estas
maravillosas
palabras:
«Quiero dejar constancia de un
hecho bastante curioso. He viajado
mucho. En 1920-1921 di la vuelta
al mundo siguiendo la ruta de India,
Australia, Nueva Zelanda, las islas
del Pacífico, China, Japón y
América.
Conocía
ya
los
principales países de Europa,
Egipto y todo el norte de África, y
más tarde visité Constantinopla,
Asia menor y Persia. Se da el caso,
sin embargo, de que ninguno de
estos viajes me procuró el menor
material para mis libros. Me ha
parecido que valía la pena señalar
este hecho por cuanto muestra de
modo muy palpable la importancia
que tiene en mi obra la imaginación
creadora.»
Dándole vueltas al asunto de
la imaginación creadora y a la
necesidad o no de la experiencia
para escribir, terminé consultándole
a Raúl Escari mis dudas. «Todo me
lo preguntas a mí», me dijo Raúl,
«¿te has dado cuenta?» Pasé por
alto la cariñosa impertinencia y no
le contesté a la pregunta, me
dediqué a contarle que, debido a mi
falta de experiencia y para que eso
no me perjudicara a la hora de
escribir, comenzaba a sentirme
inclinado a alinearme con Raymond
Roussel y su concepción de la
literatura, y practicar por tanto una
escritura fría y muy cerebral en
clara oposición a los fuegos
artificiales del clásico hombre
experto en casi todo, el vividor
Hemingway.
Como Raúl permanecía en
silencio y todo parecía indicar que
no aprobaba demasiado mi
tendencia a narrar historias que
surgieran de la prosa misma, le
pregunté si pensaba que yo estaba
siendo injusto con Hemingway.
Entonces él, con un gesto que no
olvidaré, zanjó el asunto de esta
manera: «Mira, es muy sencillo. Si
Hemingway hubiera sido en
realidad un yerbajo raquítico que se
hubiera pasado la vida fantaseando
e inventando en sus libros las
historias que decía haber vivido o
que estaban detrás de lo que
contaba, eso no cambiaría nada las
cosas, seguiría siendo el gran
escritor que fue. Pero es que,
además, no era un yerbajo, no era
raquítico.»
99
HAY pasajes de París en los que su
cerrada atmósfera parece estar
presagiando el fin de algo. De
nuestro mundo, por ejemplo. De
nuestros días en París, como me
sucedió a mí. Son esos passages
largamente estudiados por Walter
Benjamin, pasajes cubiertos que a
veces pueden parecemos muy
bellos pero cuya asfixiante
atmósfera
puede
acabar
recordándonos la de nuestra alma
cuando en momentos melancólicos
se impregna de realismo y nos dice
la verdad, nos anuncia que el fin
está próximo. Decía LouisFerdinand Céline en Mort a crédit
que el siniestro passage Choiseul,
el propio pasaje, había acabado
siendo consciente de su innoble
asfixia. Y también decía que con su
olor a orina y a escapes de gas y
otras sutilezas, ese pasaje, donde su
madre trabajaba de mercera y en el
que él había pasado media vida, era
más infecto que el interior de una
prisión, y, además, presagiaba lo
peor. Un día yo, cuando menos lo
esperaba y en el lugar menos
pensado, en el passage de
Panoramas, me crucé de pronto con
Petra, a la que hacía meses que no
veía. Nada más verla, no sé cómo
fue que olí inmediatamente a orina y
a escapes de gas, y sentí la asfixia
de aquel pasaje cubierto, como si
no quisiera desmentir a Céline. A
ella, tan fea y tan en el fondo
menospreciada
por
mí,
la
acompañaba un fornido chulo, un
chulo digamos que de verdad, no el
que había creído yo ser cuando
estaba con ella.
Petra, como si hubiera captado
de inmediato en mi rostro toda la
angustia del mundo y, además, la
moviera cierto aire de venganza, me
dijo algo que ya me había dicho un
día y que, si entonces me resultó
bastante indiferente, en esta ocasión
dejó deshecha mi frágil moral:
«Deberías volver a Barcelona, aquí
estás perdiendo el tiempo. Yo
también lo estoy perdiendo, pero al
menos tengo novio y empleo.» Lo
peor de todo fue que no le contesté,
no le repliqué por un miserable
temor a la reacción violenta del
chulo. Hoy pienso que, a pesar de
que en aquel momento no fui
consciente de esto, aquel cruel y
deprimente incidente tuvo algo de
presagio de que algo para mí iba a
acabarse, seguramente fue el
principio del fin de mis días en
París.
100
UN 29 de octubre del 65, Ben
Barka, el líder de la oposición
marroquí al rey Hassan II, había
quedado a comer con un periodista
y un cineasta en la brasserie Lipp
del boulevard Saint-Germain, frente
al Flore. Cuando se disponía a
entrar en el restaurante, dos
policías de la brigade mondaine —
el inspector Souchon y su
subordinado
Voitot—
se
identificaron y le
invitaron
amablemente a subir al coche donde
le esperaba Antoine López, agente
de
los
servicios
del
Contraespionaje francés, que dijo
tener órdenes de ponerle en
contacto con una alta autoridad del
Estado. Se sabe que partieron hacia
una villa en Fontenay-le-Vicomte,
donde se perdió para siempre el
rastro del político marroquí.
Diez años después, a finales
de octubre del 75, fui a almorzar,
como solía hacer muchos días, a la
cafetería-restaurante del drugstore
de Saint-Germain, al lado mismo
del Lipp, también frente al Flore.
Solía allí comer siempre solo,
parapetado detrás de la prensa
deportiva
española, Marca y
Dicen, que leía de cabo a rabo. Ese
día, me acababan de retirar el
primer plato y aguardaba la llegada
del segundo cuando se me
acercaron dos hombres muy altos y
fornidos, dos gorilas de notable
envergadura que se identificaron
como policías secretos y me
invitaron discretamente a seguirles
hasta el lavabo, donde me
colocaron con notable nerviosismo
contra la pared y me cachearon y
preguntaron por qué estaba yo tan
nervioso. «Y ustedes», les pregunté,
«¿por qué también lo están tanto?»
Ellos tenían sus motivos para el
nerviosismo, pues creían que yo
podía ser el terrorista venezolano
Carlos, el mismo que hacía poco
había colocado una bomba que
había dejado una estela de muertos
en aquel local; el mismo al que se
le había visto antes del atentado —
según las declaraciones de las
camareras— comer varias veces en
el restaurante y leer allí prensa en
lengua española.
Los dos policías, que pronto
vieron que seguramente se habían
equivocado, acabaron invitándome
a que les acompañara hasta mi
buhardilla de la rué Saint-Benoit (la
que yo, tratando de que supieran
que estaba relacionado con una
persona importante, les había dicho
que me había alquilado Marguerite
Duras) y comprobar allí sobre el
terreno que efectivamente no
fabricaba bombas y sólo era, tal
como les decía, el inocente escritor
de una primera novela titulada La
asesina ilustrada.
Aquel incidente también tuvo
algo de principio del fin de mis
días en París. Así lo intuía yo
cuando, custodiado por los dos
inmensos gorilas, me disponía a
atravesar el boulevard SaintGermain, camino de la buhardilla.
Una nota de humor puntúa hoy en el
recuerdo lo que en aquellos
momentos para mí significó vivir un
momento difícil. Y eso que por
suerte nada sabía yo de que
exactamente diez años antes, en
circunstancias parecidas y también
frente al Flore, dos policías habían
hecho desaparecer para siempre a
un hombre que iba a almorzar en el
Lipp. Creo que de haber conocido
este antecedente de Ben Barka me
habría muerto de miedo. El hecho
es que el recuerdo de aquel día está
puntuado por una nota de humor
cuando, justo al pasar por el Flore,
un amigo de Arrieta —un pintor gay
que
físicamente
trataba
de
parecerse a Andy Warhol— no se
dio cuenta de que andaba yo
escoltado por dos policías y me
gritó al pasar: «¡Hoy sí que vas
bien acompañado!»
¿Tenían malas intenciones, a
lo Souchon y Voitot, aquellos
policías que me cachearon en el
lavabo del drugstore y después
subieron a mi buhardilla y, tras una
breve inspección, se quedaron unos
minutos leyendo las primeras
páginas de mi manuscrito de La
asesina ilustrada, tal vez creyendo
que mi libro aún no terminado
podía ser un conjunto de
documentos secretos del terrorismo
internacional? No lo creo, más bien
me parecieron, al final de aquel
asunto, bastante inofensivos. En
todo caso esto no lo podré saber
nunca, como tampoco si fueron
ellos los dos policías que unas
semanas más tarde cayeron
asesinados por el terrorista Carlos
cuando intentaban detenerle en un
apartamento de París.
Los
dos gorilas
inspeccionaron
la
buhardilla,
vieron que allí nadie preparaba
bombas,
dieron
un
vistazo
prolongado
a La asesina, y
finalmente el gorila más alto me
preguntó si había leído a Simenon.
No sabía yo qué era mejor
responder y preferí decir la verdad,
dije que no. «Bueno», dijo el gorila
más bajo, «ya nos vamos.» Parecían
estar de pronto de un repentino buen
humor, como si se hubieran librado
de un trabajo engorroso. Y, aunque
no pidieron disculpas al joven
inocente al que habían interrumpido
la comida, el gorila más bajo tuvo
un detalle cuando ya habían dejado
la buhardilla y enfilado el rellano
que les conducía al hueco de la
escalera. Se volvió de pronto y me
dijo con toda la ternura irónica de
la que puede ser capaz un policía:
«No es bueno en estos antros vivir
solo.» Y el otro policía añadió:
«No es bueno vivir en la espesa
soledad de los criminales.» Esto
último me sorprendió bastante. La
frase era rara, tanto pronunciada
por un policía como por cualquier
ciudadano. Y, por otra parte, ¿acaso
él creía que porque escribía sobre
una asesina ilustrada yo era
potencialmente
un
criminal
solitario? Muchos años después
alguien me dijo que «la espesa
soledad de los criminales» era una
expresión que Simenon empleaba
con frecuencia.
101
UNA mañana de invierno, paseaba
con Arrieta por el Jardin du
Luxembourg cuando en una alameda
secundaria divisamos un pájaro
negro y solitario, casi inmóvil,
leyendo el periódico. Era Samuel
Beckett. Vestido de riguroso negro
de la cabeza a los pies, estaba allí
en una silla, muy quieto, parecía
desesperado, daba miedo. Y hasta
casi parecía mentira que fuera él,
que fuera Beckett. Nunca había
previsto que pudiera encontrármelo.
Sabía que no era un clásico muerto,
sino alguien que vivía en París,
pero siempre le había imaginado
como una oscura presencia que
sobrevolaba la ciudad, nunca como
alguien al que uno se encuentra
leyendo desesperado un periódico
en un viejo parque frío y solitario.
De vez en cuando pasaba página, y
lo hacía con una especie de enojo
tan grande y una energía tan intensa
que si el Jardin du Luxembourg
entero hubiera temblado no nos
habría extrañado nada. Al llegar a
la última página, se quedó entre
absorto y ausente. Daba más miedo
que antes. «Es el único que ha
tenido el valor de mostrar que
nuestra desesperación es tan grande
que ni palabras tenemos para
expresarla», dijo Arrieta.
102
EN Vita nuova, nos dice Dante que
alguna vez enumeró en una epístola
sesenta nombres de mujer para
deslizar entre ellos, secreto, el
nombre de Beatriz. Borges piensa
que en la Comedia repitió Dante
ese melancólico juego, sospecha
que edificó el mejor libro que la
literatura ha alcanzado para poder
intercalar algunos encuentros con la
irrecuperable Beatriz. Y yo tengo la
impresión de que —salvando, por
supuesto, las insalvables distancias
— este melancólico juego lo llevé a
cabo
inconscientemente
en La
asesina ilustrada,
tengo
la
impresión de que escribí todo el
libro para poder intercalar en él un
poema, un solo poema, el último
que escribí en mi vida y el único
que he publicado. Vistas así las
cosas, toda La asesina ilustrada
habría sido una excusa para poder
despedirme de la poesía a través de
estos versos: «Proscrita andarás sin
lágrimas ni tumba / y navegarás
cerca del tiempo ido y de allí, / más
allá y hacia lo lejos, / con los ojos
frente a lo Nunca Visto, / en
dirección a Circe, bella muerta, /
allá donde, rebasando en silencio /
las ciudades sin sol, me
encontrarás. / Seré la destrozada
nave que tocará / la playa de la
amiga en vano celebrada.»
Hoy en día La asesina
ilustrada me parece básicamente
una despedida de la poesía por mi
parte. El argumento oculto del libro
sería la sorda tragedia juvenil del
que se ha despedido de la poesía
para caer en la vulgaridad de la
narración. Si a Hemingway, por
ejemplo, ese tipo de trasvase de la
poesía a la prosa no le había
preocupado ni lo más mínimo («la
facultad lírica de la adolescencia,
tan perecedera y engañosa como la
propia juventud»), a mí en cambio
me afectó mucho. La asesina
ilustrada, con su atormentada
descripción de la muerte de un
poeta, da pleno testimonio de ello,
habla no sólo de mi drama personal
sino del drama de muchos
escritores jóvenes que al principio
de su proceso creativo, si son
imaginativos,
suelen construir
mundos poéticos propios, forjados
en gran medida por sus lecturas,
pero más adelante, a medida que la
intensidad
imaginativa
va
disminuyendo, van viendo cómo se
acomodan a la realidad, caen en la
prosa cotidiana y eso les hace sentir
que han traicionado sus principios
poéticos de primera hora. Algunos,
los más inteligentes y obstinados, se
resisten a rendirse tan fácilmente y
mantienen la fe en su poesía durante
algunos años más, pero lo que no
saben es que, por mucho que hagan,
la poesía ya les abandonó a ellos
hace mucho tiempo. Nadie escapa a
esta ley de la vida poética tan
demoledora, nadie. O, mejor dicho,
escapa de ella la inmensa mayoría
de la humanidad, toda esa gente
zumbada y aplastada por la tiranía
de la realidad y que ha tenido la
dudosa suerte de no haber
distinguido nunca entre prosa y
poesía.
103
«M. D., qui a beaucoup lu,
aujourd’hui lit tres peu » («M. D.,
que ha leído mucho, hoy en día lee
muy poco»), comenzaba diciendo
Benoít Jacquot en uno de los
artículos de un libro colectivo que
la editorial francesa Albatros
acababa
de
publicar
sobre
Marguerite Duras y que yo compré
para ponerme al día en torno al
mundo creativo de mi casera. Lacan
y Maurice Blanchot, entre otros,
colaboraban en aquel libro.
Recuerdo que esa primera frase del
artículo de Jacquot entusiasmaba a
Raúl Escari de una forma fuera de
lo normal, ya que durante unos días
se especializó en repetirla a todo el
mundo, a Duras incluida. Y también
recuerdo que había en el libro una
especie de celebración colectiva de
la película India Song, que ella
acababa de estrenar con éxito en
varios cines de París. Su segundo
marido, Dyonis Mascolo, decía, por
ejemplo,
que India Song, aun
teniendo el precedente de Dreyer,
significaba el verdadero nacimiento
del cine, y le auguraba a este arte
joven un gran futuro, gracias en
parte a los caminos que había
abierto Duras con la película.
Maurice Blanchot se preguntaba
qué era India Song. ¿Podía decirse
que era una película o tal vez un
libro o ninguna de las dos cosas?
Al acabar de leer el artículo de
Blanchot, tuve la impresión de
saber sobre Marguerite menos
cosas de las que sabía antes de
haber comenzado a leer el artículo.
Jacques Lacan, por su parte, decía
haberse quedado con la boca
abierta cuando leyó Le ravissement
de Lol V. Stein . Y decía también
otras cosas que he olvidado o,
mejor dicho, que no entendí, sin que
eso me preocupara demasiado, pues
me había acostumbrado a no
entender a Lacan.
Aquel libro colectivo sobre
Duras lo abrían unas palabras de
ella en las que confesaba que
escribía para estar ocupada en algo.
Y añadía: «Si yo tuviera la fuerza
de no hacer nada, no haría nada. Es
porque no tengo la fuerza de no
hacer nada por lo que escribo. No
hay ninguna otra razón. Es lo más
verdadero que puedo decir sobre
esta cuestión.» Me impresionó la
sinceridad de estas palabras. Unos
días después de leer aquel libro, me
crucé con Marguerite en la rué
Saint-Benoit
y
la
breve
conversación callejera derivó hacia
unos terrenos tan literarios que se
me ocurrió —sabiendo ya lo que
podía contestarme— preguntarle
por qué escribía. Pensé que, en
cuanto empezara a contestarme con
su previsible respuesta («es porque
no tengo la fuerza de no hacer
nada...»), la interrumpiría con una
amplia sonrisa en los labios para
decirle que ya sabía cómo
continuaba la frase, puesto que la
había leído (así ella vería que me
interesaba por su mundo) en el libro
colectivo sobre su obra que yo
acababa de comprar, interesado
como estaba en todos los libros que
hablaran de ella.
Pero me llevé una buena
sorpresa, porque esperaba una
respuesta y encontré otra. «Escribo
para
no
suicidarme»,
dijo
lacónicamente. Aturdido, farfullé
unas palabras medio incoherentes,
no sabía qué decir ni cómo
continuar. Por suerte, Duras casi me
ordenó que le abriera paso en la
calle, pues debía ir al Flore, me
dijo. «Es horrible», añadió,
«porque he quedado con Peter
Brook, que me trae siempre mala
suerte, la última vez que le vi por
poco me atropella un coche frente
al Flore.»
¿Escribía para estar ocupada
en algo o para no suicidarse? ¿En
qué quedábamos? ¿Era ella muy
sincera o hacía todo el rato
literatura? ¿Había que esperar a que
un autor desapareciera para que un
biógrafo pudiera contar su vida tal
como la vivió y no tal como la
contaba él mismo? Había leído yo,
no sabía dónde, que André Gide
decía que un artista no debía contar
su vida tal y como la había vivido,
sino vivirla tal y como la iba a
contar. Y, en medio de todo esto,
¿qué pensaba hacer yo? ¿Vivir mi
vida tal como la pensaba contar?
¿Y cómo se llevaba a cabo algo de
ese estilo?
Fui meditando alrededor de
todo esto, hasta que llegué a la
buhardilla, entré en ella extenuado
por tantas preguntas. Después, con
el tiempo, he sabido que Duras era
una gran especialista en lo negativo,
una profesional del pathos o de su
simulación estricta. Pocas frases tan
seductoras, tan hipnotizadoras como
esta que encontramos en su libro
Ecrire: «La escritura: la escritura
llega como el viento, está desnuda,
es la tinta, es lo escrito, y pasa
como nada pasa en la vida, nada,
excepto eso, la vida.» Es una frase
fascinante. Pero ¿debemos creer al
pie de la letra lo que en ella dice?
¿Qué dice, además, ahí? Si
realmente dice algo, ese algo es en
realidad muy simple. Es algo en
verdad muy sencillo —viene tan
sólo a decir que la literatura es
igual que el viento—, pero hay que
reconocer que está especialmente
bien dicho. A Marguerite siempre
le gustó jugar con fuego, ahora lo
sé, entonces no lo sabía. A
Marguerite, ahora lo sé, le
encantaba evidenciar el desafío de
la incesante palabra vana.
Aquel día, extenuado por
tantas preguntas, entré en la
buhardilla, volví a mirar el libro
sobre India Song y Duras, y de
pronto conocí unos minutos de
felicidad inesperada cuando mi
atención se depositó distraídamente
en el pie de foto de una imagen del
libro: «Marguerite Duras, 17 años.
Sadec (Conchinchina).» Toda mi
atención se centró en la última
palabra, la que nombraba a ese país
legendario. Nunca lo había hasta
entonces tenido en cuenta, pero mi
casera había nacido en Saigón, una
ciudad a la que había estado ligado
mi bisabuelo materno, que había
participado a mediados del XIX en
la expedición de castigo española
que combatió junto con los
franceses en aquel lejano lugar y
entró en Saigón, aunque el mando
francés izó su bandera y se quedó
con el botín y consideró a los
españoles tropas auxiliares. Pero
mi bisabuelo estuvo ahí entrando en
Saigón con el general Palanca, y
allí se quedó unos años.
De niño, mi madre —como
tantas otras madres españolas de la
época— me amenazaba con
enviarme a la Conchinchina si me
portaba mal. Pero, a diferencia de
las otras madres, la amenaza de la
mía tenía cierto sentido, dada la
ligazón que nos ataba con ese
remoto país, una ligazón que
parecía de pronto proseguir con las
relaciones que yo tenía con Duras,
la escritora llegada de la
Conchinchina.
El descubrimiento de esta
conexión oriental dio paso a una
larga escena de engañosa felicidad
cuando en los minutos siguientes,
tumbado sobre el colchón que tenía
en el suelo —aquella cama horrible
en la que se consumían mis días—,
estuve especulando sobre la
misteriosa relación que unía a mi
familia con la Conchinchina, y se
me ocurrieron unas historias
extrañas, exóticas, apasionantes.
Fue como si estuviera escribiendo,
pero divirtiéndome mucho más que
si escribiera, ya que no debía
someterme a las rígidas normas de
la cuartilla de Duras. De pronto,
con los viajes de mi imaginación
descubrí durante unos minutos
inolvidables que mi prosa mental
era capaz de navegar por
superficies tranquilas tal como una
barca se desliza velozmente por
delante de un viento favorable. Las
historias de mis familiares y la
Conchinchina se deslizaban y se
escribían solas por delante de ese
viento, libres y sin ataduras.
Descubrí las excelencias de unir
esa imaginaria escritura sobre el
viento con «la fuerza de no hacer
nada», que diría Marguerite. Quedé
encantado de la vida y me dormí de
golpe, como si la felicidad de no
escribir tuviera la facultad de
dejarle dormido a uno.
Horas después, desperté. Me
quedé en la cama casi sin moverme,
miré la ventana, miré mis rodillas,
recordé mi felicidad de antes del
sueño, escuché los ruidos —como
siempre incomprensibles— del
negro de la buhardilla de al lado.
Pasé de pronto de la felicidad con
la que me había dormido al
remordimiento por no haber escrito
en realidad nada, sólo trazos
imaginarios en el viento. Si lo
pensaba bien, era espantoso. Me
había dormido de felicidad, sí. Pero
también de burricie y de pura
holgazanería. Me dije que si tanta
pereza me daba escribir, ¿por qué
no viajaba hasta la luz extrema y
extranjera de la Conchinchina, por
ejemplo? Allí nadie me obligaría a
escribir, podría inscribir historias
en el viento. ¿Podría realmente
inscribirlas? La Conchinchina había
cambiado de nombre hacía tiempo y
ahora se llamaba Vietnam y era un
infierno y no había sitio para los
holgazanes. Si bien allí nadie me
obligaría a escribir, lo más seguro
era que no me dejaran dormirme de
felicidad y que, además, me viera
obligado a trabajar. Me acordé de
cuando mi madre, al enterarse de
que yo simpatizaba con ideas de
izquierda, me decía: «Pues muy
bien, si eres comunista vete a
Rusia. Ya verás como allí te hacen
trabajar.»
104
SENTÍA que La asesina ilustrada
se encaminaba hacia su final y, para
darme un poco de moral a mí
mismo, me decía que, como
mínimo, la trama de mi libro era
muy original. Pero de pronto, el 12
de enero del 76, me enteré por Le
Monde de que acababa de morir
Agatha Christie y quedé totalmente
consternado cuando en una nota a
pie de página supe que ella había
escrito una novela policíaca, El
asesinato de Roger Ackroyd, en la
que el lector descubría al final que
el narrador del libro era
precisamente el asesino. No me
esperaba algo así. ¿Había perdido
dos años de mi vida escribiendo La
asesina ilustrada? Yo creía que era
muy original y única en el mundo mi
idea de matar al lector a través de
una narradora que no desvelaba que
era la asesina hasta la última línea.
Ver que no era así me hizo caer en
un notable desánimo, porque yo
tenía la impresión de que si algo
interesante tenía el libro era la
originalidad de la trampa que se
tendía al lector.
¿Qué tenía que hacer? ¿Volver
a empezar?
Todo está inventado, me dije.
¿O acaso creía que alguien podía
ser todavía original?2 Pasé unos
días un tanto desalentado hasta que
una tarde, de pronto, en un arranque
de buen humor, decidí sustituir la
fotografía de Virginia Woolf (que a
modo de póster presidía la
buhardilla
recordándome
que
también yo tenía una habitación
propia) por una fotografía gigante
de Santa Agatha Christie, la
verdadera asesina ilustrada y gran
dama del Crimen. Y me dije,
bromeando para mí mismo, que el
siguiente inquilino de aquella
buhardilla sería un escritor de
novelas policiacas. Luego me di
cuenta de que en otros días no se
me habría ni ocurrido pensar en el
siguiente inquilino de aquella
chambre. Era como si, al igual que
La asesina, mi tiempo en París
también se fuera encaminando hacia
su final.
105
¿NO inventábamos nada? ¿Estaba
en lo cierto el narrador de Molloy
cuando decía esto? ¿Y aprender?
¿Tampoco aprendíamos nada?
¿Eran, por ejemplo, los tan traídos
y llevados y tan prestigiosos años
de aprendizaje de un escritor sólo
una falacia? ¿Vivíamos sin
aprender nada y luego simplemente,
como diría Beckett, nos íbamos a la
mierda? ¿Acaso lo único que
podíamos aprender en este mundo
era que no inventábamos nada? El
golpe de gracia me lo dio Arrieta
regalándome la novela Jacob von
Gunten de Robert Walser. La abrí
por la primera página, comencé a
leer: «Aquí se aprende muy poco,
faltan profesores y nosotros, los
muchachos del Instituto Benjamenta,
nunca llegaremos a nada, es decir,
que el día de mañana seremos todos
gente muy modesta y subordinada.»
Bonito panorama.
Me recuerdo en un día de
lluvia, sentado en la terraza del
Café Rien de la Terre de la rué
Sainte-Anne, a finales de enero del
76, dándole vueltas al libro de
Walser y preguntándome si no
serían realmente un falso mito los
famosos años de aprendizaje.
«Algo sí que he aprendido en
los últimos tiempos, he aprendido a
escribir a máquina, eso seguro», me
dije poco antes de llamar al
camarero, abonar la cuenta y
abandonar aquel café y de paso
abandonar los años de aprendizaje.
«Y a la mierda», recuerdo que
pensé.
106
UNOS días después, fui al estreno
de una obra de teatro, una pieza
l l amada Cairo, escrita por dos
jóvenes amigos inseparables, los
argentinos Javier Arroyuelo y
Rafael López Sánchez. Fui con Raúl
Escari, que les conocía mucho a los
dos, y con Julita Grau, amiga de
Aiguafreda, un pueblo de Cataluña
donde yo de adolescente había
veraneado con mis padres. Julita,
que siempre había destacado por su
precoz intelectualismo, acababa de
llegar de Barcelona y había ido a
verme a la buhardilla. Aunque me
inquietó porque no sabía lo que allí
andaba ella buscando, me alegró
bastante verla y recordamos algunas
fiestas y ciertos jardines de la
horrenda
Aiguafreda.
Acabé
invitándola a ir al teatro por la
noche mientras me las arreglaba
con mil excusas para evitar que
quisiera quedarse en la buhardilla.
En Cairo Paloma Picasso, que
poco después se casaría con López
Sánchez (y años después se
divorciaría y le costaría una
verdadera fortuna la separación de
bienes), colaboraba en el montaje
teatral con el diseño de las joyas
que llevaban los actores y de paso
le daba glamour y público a la obra
de aquellos dos jóvenes argentinos,
que formaban parte de la
contracultura teatral de París y eran
dramaturgos del Théátre TSE que
dirigía otro argentino, Alfredo
Rodríguez-Arias.
Ya desde el primer momento
me di cuenta de que no iba a
entender mucho de la obra. A que
no entendiera absolutamente nada
contribuyó de forma inestimable
Julita Grau cuando, al final del
primer acto, buscando ayudarme,
me dijo que se trataba de una pieza
de
teatro
muy a la moda
psicoanalítica en su vertiente más
dura, más lacaniana y que el
mismo hecho de que en el título
faltara el artículo El en la palabra
Cairo ya era una pista. ¿Una pista
de qué? No obtuve respuesta. Al
terminar la representación, Raúl fue
al camerino a felicitar a los autores,
y le acompañamos. Y, no sé cómo,
acabamos
en
el
grandioso
Mercedes descapotable de Paloma
Picasso fumando unos puros
habanos gigantescos y recorriendo
con ella y con Raúl y con Julita y
con los autores de Cairo las calles
recién regadas de París, camino de
la discoteca Le Sept, de la rué
Sainte-Anne. Nunca en la vida me
he sentido igual de poderoso. Allí,
sentado en la parte de atrás del
magnífico descapotable, con música
de Glenn Mi— 11er en la radio,
jugué a verme a mí mismo como el
rey de la dolce vita parisina, como
si acabara de conquistar la ciudad y
fuera el heredero, en todos los
sentidos, de Pablo Picasso.
El triunfador catalán Ricardo
Bofill era un mequetrefe comparado
conmigo. París no se acaba nunca,
pensé. Y me demoré en la
agradable recepción de la idea de
que yo era el rey de París, un joven
dios muy por encima de la gente
vulgar, flagelo de los idiotas. Y me
acordé de Jacques Prévert, que
decía que tenía un pie en la Rive
Droite, otro en la Rive Gauche, y el
tercero en el culo de los imbéciles.
Y también me acordé de Martine
Simonet y me dije que sería
fantástico que ella estuviera
andando a aquellas horas como una
pobre cenicienta por las calles y
nos viera pasar y se quedara
impresionada al ver lo mucho que
había mejorado mi vida bohemia. Y
también me dije que sería perfecto
que en un semáforo estuviera
esperando para cruzarlo mi vecino
de buhardilla, el impertinente
negro. «Adiós, tubab, adiós», le
diría arrojándole a la cara el humo
de mi puro habano.
Estaba pensando en todo esto
cuando Julita Grau me preguntó si
andaba escribiendo algo y le dije
que estaba terminando una novela
que asesinaba a sus lectores. Y a la
pregunta de si estaba preparando
algo más, di una gran calada al puro
habano y se me ocurrió de golpe el
título de una obra de teatro que se
titularía Al sur de los párpados. Y
cuando ella quiso saber de qué
trataba esa obra, aproveché una
pausa en la conversación de Paloma
Picasso con los dos autores
argentinos para mirar al cielo
estrellado de París y decir con falsa
modestia, aunque sin poder ocultar
la voz altiva del que se cree a
siglos luz de sus contemporáneos:
«Bueno, no echemos las campanas
al vuelo, pero intuyo que será una
obra interesante, es un estudio
psicoanalítico de la mirada.» Me
miraron con extrañeza Picasso y los
dos dramaturgos. No me azoré para
nada,
todo
lo
contrario.
«Psicoanalítico de la mirada»,
repetí.
Estaba
plenamente
convencido de ser el rey del
mambo.
107
A la mañana siguiente, vino Julita
Grau de nuevo a la buhardilla. ¿Qué
querrá de mí esta vez?, me pregunté
de inmediato. Me dije: Ayer
debería haberme acostado con ella.
De hecho, me dije, las mujeres sólo
quieren una cosa, que los hombres
quieran acostarse con ellas. Pero si
te acuestas con una mujer, ella te
puede dejar jodido. Y si no quieres,
ella te jode igual por no haber
querido.
Me acordé de una novelita
inglesa que había leído hacía poco
en la que se describía la
tornasolada fantasía femenina de
estar sentada en un jardín a la caída
de la tarde, leyendo y esperando al
hombre que todos los días vuelve a
su hogar y a sus brazos. ¿Será eso
lo que quiere?, me pregunté. Y si
ella me confesara que es eso lo que
quiere, ¿debería creerla? Por otra
parte, ¿consistía mi fantasía en
volver a casa en un tren de
cercanías abarrotado con una
pesada cartera y encontrarme con
una mujercita intelectual que se ha
pasado el día tumbada a la bartola
leyendo a Unamuno?
«¿En qué piensas?», preguntó
ella. «En nada, ¿has venido para
despedirte?» «No», me contestó
lacónica. Me puse muy nervioso.
«Dime la verdad, ¿qué ves en mí?»
No
pareció
sorprendida.
«Probablemente
una
versión
mejorada de ti mismo», contestó
con gran aplomo. «No te entiendo.»
«Veo en ti», dijo, «una persona
completa, y no la macedonia
confusa que eres para ti mismo.»
Se quedó siete días en la
buhardilla. De un sábado al viernes
de la semana siguiente. En la
mañana de ese viernes, descubrí
casualmente que mi padre la había
contratado para que me enamorara y
me convenciera de regresar a
Barcelona. Lo descubrí y quedé
anonadado,
destrozado
mentalmente. Ella lloró.
108
EN enero del año en el que se iba a
matar, Hemingway, un hombre viejo
y frágil, con todo el cabello blanco,
pálido, de miembros enflaquecidos
pero aparentemente algo mejorado
de sus últimas crisis, fue autorizado
por los médicos a regresar a
Ketchum. Su amigo Gary Cooper
acababa de decir que un hombre
feliz es aquel que durante el día,
debido a su trabajo, y por la noche,
debido a su cansancio, no tiene
tiempo para pensar en sus cosas.
Pero Hemingway sí tenía ese
tiempo.
Se
le
pidió
que
contribuyera con una frase a un
libro que iba a ser entregado al
recién investido presidente de los
Estados Unidos John Fitzgerald
Kennedy.
Trabajó todo el día y no
consiguió la frase. «Ya no viene»,
le balbuceó a su amigo George
Saviers. Y lloró. Ya no volvió a
escribir nunca más. Cuando llegó la
primavera, dicen que ni la vio y que
ni se enteró de que había llegado.
Vestido siempre de negro, la cabeza
baja, vivía en permanente estado de
desesperación. Algunos héroes de
sus libros, con su estoico aguante en
la adversidad, con su extraordinaria
elegancia en el sufrimiento, iban a
pasar a la historia y a quedar, al
menos durante un tiempo, en la
memoria de la humanidad. Pero él
estaba desesperado y su estoico
aguante zozobraba. Y no podía
hacer mucho. Cuando se está en
medio de las adversidades ya es
tarde para ser cauto. Trasladó de la
armería a un armario una vieja
escopeta de caza y dos cartuchos.
Su mujer lo descubrió y avisó al
médico y el médico le pidió a
Hemingway que devolviera la
escopeta a la armería. Tuvieron que
volver a ingresarlo, pero antes de
subir al coche que iba a conducirle
al avión que le iba a llevar al
hospital se precipitó a la armería y
se puso un arma cargada en la
garganta. «Shanghaied», dijo. Fue
sólo un anticipo de lo que acabaría
haciendo en julio.
109
NO creo que tarde en ausentarme de
aquí. Me iré con mi conciencia, que
siempre fue para mí una ironía en
crecimiento que, a medida que se
hacía fuerte y grande, tendía al
mismo tiempo, paradójicamente, a
desaparecer. Fue algo que fui
descubriendo a medida que vivía y
se iba agrandando esa conciencia,
que nada sería sin la ironía. Me iré
de
aquí
para
disolverme,
disociarme, desintegrarme, dejar
hecho trizas todo conato de
personalidad o de conciencia,
cualquier nostalgia de París.
Después de todo, ironizar es
ausentarse.
110
HEMINGWAY volvió del hospital
y se replegó más en sí mismo.
Como decía Jeanne Boutade, son
frecuentes los escritores que, por
mucho que hayan triunfado,
terminan por
recluirse, por
esconderse cuando se hacen viejos.
Pero ¿qué le sucedía exactamente a
Hemingway? «Tal vez», dice
Anthony Burgess, «una creciente
tristeza por su fracaso en ser su
propio mito; más posiblemente una
incapacidad
sexual
que,
considerando sus proezas en otros
terrenos de la acción viril, le
desconcertaba profundamente. Con
la fama, o, en cualquier caso, con
cualquier clase de sensación de
reconocimiento de méritos, puede
esperarse la aparición de una
melancolía crónica, que se expresa
como un ansia de morir. O, más
sencillamente, Hemingway se veía
como excepción a la famosa regla
de Thoreau de tener, como todos
los hombres, que vivir una vida de
serena desesperación: no pudo
hacer frente a la tensión que la
mayoría de los hombres padecen
elegantemente,
era
demasiado
parecido a un dios para que se
esperara de él que tuviera que
hacerle frente.»
«Al final de su vida», dice
Borges de Hemingway, «se sintió
acosado por la incapacidad de
seguir escribiendo y por la locura.
Le dolía haber dedicado su vida a
aventuras físicas y no al solo y puro
ejercicio de la inteligencia.»
«La semana pasada trató de
suicidarse», dice de un cliente del
bar un camarero viejo en el cuento
de Hemingway Un lugar limpio y
bien iluminado. Y cuando el
camarero joven pregunta por qué,
recibe esta respuesta: «Estaba
desesperado.» «¿Por qué?», vuelve
a preguntar el joven. «Por nada.»
Hemingway cambió el sol y la
alegría de los cafés limpios y bien
iluminados de Cuba por su
desolada casa de Ketchum, Idaho,
una casa perfecta para matarse. Un
domingo por la mañana, el 2 de
julio de 1961, se levantó muy
temprano mientras su mujer dormía,
encontró la llave de la habitación
donde estaban guardadas las armas,
cargó una escopeta de dos cañones.
E n Un lugar limpio y bien
iluminado hay una oración: «Nada
nuestro que estás en la nada, nada
es tu nombre, tu reino nada, tú serás
nada en la nada como en la nada.»
Cargó la escopeta, se puso el doble
cañón en la frente y disparó. Y a la
mierda.
111
MUCHOS años después, también
Marguerite Duras se replegó en sí
misma. Eso ocurrió veinte años
después de que yo dejara mi
buhardilla. Mi biografía de
aquellos años no debería terminar
en el momento en que dejé la
ciudad sino veinte años después,
cuando Marguerite se replegó en sí
misma, se apartó del mundo y dejó
de escribir para siempre, dejó su
combate cuerpo a cuerpo con la
escritura, dejó de ver a sus amigos.
La noticia me llegó a mí a
Barcelona cuando Javier Grandes,
que ahora vivía en Mallorca, me
dijo que al pasar por París la había
llamado a su casa para saludarla y
ella le había dicho que no le
conocía, que no se acordaba de él,
que había vuelto al estado salvaje
de la infancia y que ya no se
acordaba de nadie, sólo recordaba
Saigón.
Se sabe que esto mismo se lo
dijo a otras muchas personas, se
sabe que en sus últimos días sólo
hablaba de la muerte y de los años
salvajes de la infancia y de la
dulzura de la tierra natal. Una
noche, se llevó las manos a la
garganta y pronunció el nombre de
uno de sus personajes. «AnneMarie Stretter», dijo. Fue sólo el
anticipo de lo que iba a suceder, el
anticipo de la llegada del monzón
mortal y de la escena final en el
lecho, donde dicen que dijo que
después de la muerte no queda
nada. «Sólo los vivos que se
sonríen, que se apoyan.» Y a la
mierda.
112
CUANDO
empecé La asesina
ilustrada tenía pensado escribir el
libro por el primer capítulo,
después el segundo, etcétera, pero
muy pronto me dejé llevar por el
azar, avanzando a veces incluso en
zigzag de modo que, como ya dije
antes, las ocho cuartillas del
cuaderno asesino (que van en el
centro del libro) y la frase que
encabeza
la
novela
fueron
redactadas al final de todo, algo —
esto último— que sin duda no habrá
de extrañar a quien recuerde
aquello que decía Pascal: «Lo
último que se encuentra escribiendo
una obra es aquello que ha de
figurar al principio.»
La octava y última cuartilla
del cuaderno central describía la
muerte de ese poeta, que era en el
fondo, sin yo saberlo, un trasunto de
mí mismo y de mi trágico paso a la
criminal prosa tras mi renuncia a la
poesía. Yo no sabía que aquella
octava página sería la última del
manuscrito, pero lo intuí, porque a
fin de cuentas narraba la muerte de
un poeta, de un poeta cualquiera,
que era el objetivo al que se habían
encaminado
las
cuartillas
anteriores. Escribí en esa última
página: «Chorros de vino salían de
sus orejas, y sus piernas barrían el
suelo como dos mástiles ciegos.
Todo terminó al alba (...) Le
abracé, pronuncié su nombre. Como
antaño su hermana, en las largas
noches de invierno, le llamé con un
tono de voz que le era familiar.
Pero ya no podía oírme. Todo
estaba en calma, llegaron los
primeros pájaros de la mañana.
Olor de encierro, de tabaco de pipa
y de sedas viejas y viejos
pergaminos. Estaba (ahora lo sabía)
abrazando a un cadáver.»
Era un día en el que llovía
mucho, me acuerdo muy bien.
Escribí esas frases del manuscrito
asesino, escribí esas frases que
hablaban del repliegue de un
escritor que se ha hecho viejo, las
escribí y entendí que la novela
seguramente había llegado a su
final. Era 30 de enero, me acuerdo
perfectamente. Antes de salir a la
calle para dar una vuelta y comer
algo y pensar en si ya estaba
terminado o no el manuscrito
central y con él mi libro, fui al
Reíais Odéon para ver si
encontraba a Martine Simonet y la
felicitaba, porque era el día de su
santo. Era 30 de enero del 76, Santa
Martine. Llovía muchísimo y la
gente titubeaba antes de cruzar las
calles, como si más que calles
fueran torrentes. Los coches
circulaban despacio, con miedo a
derrapar. Yo, por mi parte, tenía
miedo de haber terminado la
novela, pero al mismo tiempo me
decía que si era así debía afrontar
la realidad. No encontré a Martine
y acabé entrando en un bistrot de la
rué de Seine donde no había estado
nunca. Debía de ser un restaurante
malo, porque estaba medio vacío.
El menú estaba escrito con tiza en
una pizarra grande, los manteles
eran de papel, las mesas muy
pequeñas, y las jóvenes que servían
llevaban un uniforme de color
blanco y negro. Mientras comía un
bistec con patatas, pensé en que
podían volver a confundirme con el
terrorista Carlos. Pero no tardé en
caer en la cuenta de lo ridículo que
era haber pensado una cosa así.
Pedí otro pichet de rouge. La jarra
dejó una mancha con reflejos de
color rubí en el papel blanco de la
mesa, y eso me hizo recordar lo que
acababa de escribir en la octava
cuartilla: «Chorros de vino salían
de sus orejas, y sus piernas barrían
el suelo como dos mástiles
ciegos...» Me di cuenta de que de
una forma tan sencilla como
inesperada alguna Musa oculta me
había mandado una señal con la que
me indicaba que no le diera más
vueltas al asunto: la novela estaba
terminada.
¿Debía considerar que aquél
era el momento más extraordinario
de mi vida? Acababa de terminar
mi primera novela (no sabía aún
que me faltaba una frase, la que
encabezaba el libro) y por lo tanto
debía empezar a concienciarme de
que me encontraba en uno de los
puntos
culminantes
de
mi
existencia. ¿O no? Lo pensé bien y
vi que, en honor a la verdad, lo más
honrado era reconocer que nada
parecía subrayar la importancia del
momento, pues, por mucho que me
esforzara, todo estaba sucediendo
sin solemnidad ni emoción alguna.
Me llevé el vino a los labios y
sorprendí
las
miradas
que
intercambiaban entre ellas las
jóvenes camareras. Había tan pocos
clientes que ellas se aburrían y
seguramente se habían fijado en lo
raro que era yo y se reían. Pensé:
Ay, si supierais que acabo de
terminar una novela. Saqué pecho.
Pensé que, muchos años después,
La asesina ilustrada se traduciría
en Francia y alguien escribiría:
«Paradójicamente, este intento de
asesinar al lector firmó el acta de
nacimiento de un escritor.»
Cuando salí del restaurante,
había dejado de llover, el aire se
había serenado, estaba aclarándose
el cielo. Inicié el regreso hacia la
buhardilla. Pero al llegar a la rué
Saint-Benoít me pareció que no
tenía ya nada que hacer allí arriba,
en mi casa. Después de todo, la
novela estaba terminada. ¿Sentía yo
el famoso vacío que decían que se
apoderaba de un escritor cuando
terminaba su libro? No, nada sentía
de todo esto. Sí en cambio unas
ganas inmensas de encontrar a
Martine y felicitarle el santo. Volví
a dirigirme al Reíais Odéon, me
dije que tal vez con el cambio de
tiempo ella se habría por fin
decidido a salir y la encontraría
allí. Y hacia el Reíais me
encaminaba cuando, andando por el
boulevard Saint-Germain, pasó
como una fuerza del Mal,
rozándome a propósito, con la
música a todo volumen, el
Mercedes descapotable de Paloma
Picasso y quedaron mis pantalones
totalmente empapados de agua. No
vi quién conducía, pero en el coche
iba Paloma y a su lado, cubiertos
con espectaculares sombreros, los
dos dramaturgos argentinos. Todo
fue muy rápido. Me salpicaron los
pantalones a conciencia y luego se
alejaron burlándose, con grandes
risas, de mi mueca de estupor de
pobre bohemio humillado.
113
UNOS días después, al atardecer,
estaba yo en la buhardilla
disponiéndome tranquilamente a
limpiar la pipa cuando me cortaron
el suministro de luz. Al principio,
incluso bromeé para mí mismo y me
dije que aquello era como decirle
adiós a la luces de bohemia. Pero a
medida que pasaban los minutos e
iba cayendo la noche, fui dándome
cuenta de que el asunto era serio. El
vecino negro me prestó a
regañadientes una vela y pasé la
noche con toda la chambre a media
luz esperando a que se hiciera de
día para ir a ver a Marguerite y
contarle lo que había pasado.
¿Debía mostrarme indignado? Con
ella desde luego no. Después de
todo, le debía siete u ocho meses de
alquiler. ¿Qué esperaba? ¿No pagar
y tener eternamente luces de
bohemia en mi buhardilla?
Hacia las diez de la mañana,
bajé a la tercera planta y llamé al
timbre de la casa de Marguerite,
que seguramente estaba detrás
mismo de la puerta porque abrió en
el acto. Se extrañó de verme a
aquellas horas. Si no entendí mal,
me preguntó por la novela. «Ya la
he terminado», dije. Esto le hizo
mucha gracia, como si le asombrara
o encontrara inverosímil que los
libros pudieran tener un punto final.
Se rió con esa forma suya de reír
inolvidable, una risa maliciosa,
infantil, burlona, una risa que en el
fondo trataba de comunicar cierto
sentimiento de amistad. Pero, eso
sí, poco después llegó un jarro de
agua fría. «¿Y has venido sólo para
decirme que terminaste la novela?»,
preguntó. No sabía cómo hablarle
del problema de la luz. Había, por
otra parte, cambiado la expresión
de su cara, ya no reía nada, ahora
daba cierto miedo. «No estoy para
nadie, para mí tampoco», dijo
confirmando mis temores. Habría
querido morirme allí mismo.
«Vuelve después», dijo, y cerró la
puerta.
Hacia las doce y media, lo
volví a intentar. Me tembló el pulso
al tocar el timbre. Cuando menos lo
esperaba, se abrió la puerta. «¿Qué
pasa?», me preguntó. Con cierto
miedo en el cuerpo, le dije que el
contador de la luz no funcionaba.
Tuve que explicárselo, en mi
francés inferior, unas cinco veces.
Hasta que por fin quedó claro lo
que me pasaba. Entonces se quedó
inmóvil
mirándome.
Estuvo
bastante rato así, mirándome.
Inmóvil. De pronto, me dijo: «Un
momento, ahora vuelvo.» Al poco
rato regresó con un portafolios de
cuero, donde había una multitud de
facturas y recibos de la luz. Me dio
el portafolios y yo no sabía qué
hacer con él. Con uno de sus típicos
gestos muy enérgicos, me lo
arrebató de las manos y dijo:
«Bien, vayamos a la EdF.»
Unos minutos después, con el
portafolios de cuero, estábamos en
el 69 bis de la rué de Rennes, frente
al monstruoso edificio de la EdF,
Électricité de France. En el
entresuelo
nos
recibió
una
empleada que durante minutos
estuvo hablando con Marguerite en
un
lenguaje
burocrático
impenetrable para mí. Estuvieron
manejando muchos papeles con
muchas cifras y hablando largo rato
en términos sumamente enrevesados
hasta que la empleada, casi
dándonos una orden —como si de
pronto se hubiera sentido ofendida
por algo que le había dicho
Marguerite—, nos envió a la
segunda planta del edificio, donde
nos recibió en un despacho un señor
muy trajeado, del que recuerdo,
sobre todo, su extraña manía de
introducir continuamente en la
conversación el nombre del actor
Gérard Depardieu. De vez en
cuando, Marguerite levantaba la
voz, enojada por algo. Todo era
muy confuso. «¿Desde cuándo no
pagas?», me preguntó ella de
repente. Pero no estoy seguro de
que fuera eso exactamente lo que
me dijo, había comenzado a hablar
en su francés superior. No aguardó
mi respuesta. El señor trajeado
sacó más papeles e inició una
monserga extraña que acabó con la
recomendación de que fuéramos a
un despacho de la primera planta,
donde un burócrata muy educado
nos reeenvió a la ventanilla de al
lado de la ventanilla de la
empleada que nos había recibido al
principio. En esa nueva ventanilla
y, tras una conversación en la que
juraría que hablaron básicamente de
una tienda de paraguas que estaba
en el 73 de la rué de Rennes, un
hombre parecido al actor Lino
Ventura
acabó
dándole
a
Marguerite un papel, un único y
sobrio papel, atiborrado, eso sí, de
cifras y señales en rojo.
A la salida de aquel edificio,
en plena rué de Rennes, ella me
entregó el papel y me dijo algo que
no entendí para nada, parecía dicho
a propósito en su francés superior.
No entendí lo que ella me decía,
pero sí lo que estaba escrito en el
papel. Entendí perfectamente que
debía pagar más de cuarenta años
de recibo de la luz, es decir, que no
sólo debía hacerme cargo de los
gastos de las luces de bohemia de
Copi, Javier Grandes, la travestí
Amapola, el cineasta Milosevic, la
actriz de teatro búlgara, el amigo
del mago Jodorowsky, sino que
también me tocaba pagar la cuenta
de la luz atrasada de la Resistencia
francesa,
la
del
camarada
Mitterrand en sus dos días de
buhardilla.
Marguerite
me
hizo
comentarios en su francés superior
que no entendí para nada, sólo
entendí lo último que me dijo, eso
lo comprendí nítidamente, se
trataba del mismo y famoso consejo
que a ella años antes le había dado
Raymond Queneau, ese criminal
consejo —en el fondo me lo tenía
bien merecido por haber escrito un
libro criminal— que se recibía en
herencia y que a ella la había atado
para siempre a una silla y un
escritorio y que a mí me condenó a
lo mismo. «Usted escriba, no haga
otra cosa en la vida», me dijo.
Creo que puede decirse que a
París fui sólo para aprender a
escribir a máquina y recibir el
criminal consejo de Queneau.
Pero, por supuesto, esto yo ese
día todavía no lo sabía. Escuché el
consejo
de
Queneau
pero,
abrumado al ver que debía pagar
las luces de bohemia de como
mínimo tres generaciones de
artistas, no fui ni capaz de
agradecerle
ese
consejo
a
Marguerite, la acompañé hasta el
portal del inmueble de la rué Saint-
Benoít y con una silenciosa
reverencia le di las gracias por las
gestiones en Électricité de France.
Aunque no podía saberlo, era la
última vez que la vería. Hice la
reverencia y luego añadí con humor
y tímidamente, recordando una frase
del bohemio Bouvier: «Esta noche,
en la buhardilla, encenderé una
cerilla para no ver nada.»
Salí de su vida como se sale
de una frase.
Después, fui a tomarme un
croque-monsieur al Flore y me
bebí un licor de moras y analicé la
situación.
Seis
días
estuve
analizándola y al séptimo regresé a
Barcelona. Cuando mi padre quiso
saber por qué había vuelto, le dije
que era porque me había enamorado
de Julita Grau y porque, además, en
París siempre llovía y hacía frío y
había poca luz y mucha niebla. Y es
tan gris, añadió mi madre, supongo
que refiriéndose a mí.
notes
Notas a pie de página
1
Una vez escrito este
fragmento para la conferencia, me
enteré casualmente -con gran
sorpresa- de que La cena, un
maravilloso cuento de Augusto
Monterroso que yo había leído
muchas veces, transcurre en el 8 bis
de la rué Amyot de París: una
dirección en la que, a pesar de
haber leído muchas veces el cuento,
no había yo reparado demasiado,
más atento probablemente a lo que
el relato contaba. Allí, por lo visto,
en el segundo piso izquierda, tuvo
durante un tiempo un apartamento el
escritor Alfredo Bryce Echenique,
que un día dio una cena -la que da
título al cuento- a la que invitó a
Monterroso, pero también a Kafka,
al que esperaron en la rué Amyot
sin éxito.
Aunque yo, muchos años
después, encontré esa calle con
cierta dificultad «por callejuelas
estrechas, ayudado por un mapa de
la ciudad», a Monterroso en cambio
le resultó más bien sencillo: «Como
en cualquier gran ciudad, en París,
hay calles difíciles de encontrar;
pero la rué Amyot es fácil si uno
baja en la estación Monge del
Metro y después, como puede,
pregunta por la rué Amyot.»
2 Aquel día me dije que todo
estaba inventado, pero me faltaba
comprobarlo desde un nuevo ángulo
de visión, el que pocos días
después me proporcionó un breve
fragmento de Molloy de Beckett,
leído al azar en uno de los puestos
de ventas de libros en los muelles
del Sena: «No inventamos nada,
creemos inventar cuando en
realidad nos limitamos a balbucear
la lección, los restos de unos
deberes escolares aprendidos y
olvidados, la vida sin lágrimas, tal
como la lloramos. Y a la mierda.»
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