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De cómo una estudiante del Liceo Benalcázar se convirtió en puta

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De cómo una estudiante del Liceo Benalcázar se convirtió en puta
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De cómo una estudiante
del Liceo Benalcázar se
convirtió
convirtióen
enputa.
puta
(Una
(una revisión de ¡Que
viva la música!)
Por Camilo Aguilera Toro
([email protected])
Profesor Contratista
Escuela de Comunicación Social, Facultad de
Artes Integradas, Universidad del Valle.
Cali, Colombia
RESUMEN:
El artículo reconstruye de forma sintética el
trayecto social efectuado por María del Carmen
Huertas, personaje principal de la novela de
Andrés Caicedo ¡Que viva la música! Es posible
entender este trayecto como una experiencia de
desclasamiento social radical y el ejercicio de
análisis aquí propuesto busca identificar e interpretar los significados atribuibles al mismo en sus
diferentes etapas.
PALABRAS CLAVE: Andrés Caicedo, ¡Que viva la
música!, desclasamiento social, música.
M
aría del Carmen Huertas es una jovencita ‘prometedora’. Egresada del Liceo Benalcázar
(talvez hasta hoy el colegio de mayor abolengo entre ciertas elites locales), ella es una
joven aplicada. Prueba de ello son sus buenas notas en el colegio y su segundo lugar en el
proceso de admisión de la Escuela de Arquitectura de la Universidad del Valle. Aunque no
se reconoce como una persona ilustrada –culta, dice ella- ha leído algunos libros y, con dos
amigos, forma un grupo de lectura de El Capital [Marx]. Después de tres reuniones ella
deserta del grupo, lo que representa su «entrada al mundo de la música, de las escuchas y
del bailoteo». Su salida del grupo es también la renuncia a un cierto tipo de vida y a los
espacios y personas que lo constituyen: familia, amigas, lugares, etc. No es este el
momento en que ella se desclasa, lo que vendrá después, sino el rompimiento con un estilo
de vida y el paso a uno nuevo, el que podríamos llamar tentativamente ‘cultura del rock’,
aún emergente en los años 70 (¿especialmente en las urbes del trópico?). En Cali (¿y no es
el mismo caso de toda América Latina?) la asimilación de esta ‘cultura’ es efectuada por
las clases altas, por los jóvenes (¿‘disidentes’?) de las clases altas. Esto confirma, entre
otros datos, que la primera ruptura de María del Carmen con ‘su mundo’ no es una ruptura
de clase y sí de estilo de vida. De cualquier modo, esto no implica la ausencia durante la
primera parte de la novela, en ella, de reflexiones sobre su condición burguesa. Prueba de
ello es la dicotomía que establece entre ‘programa de piscina’ (el que solía hacer con sus
amigas) y ‘programa de río’ (el que sólo vino a hacer por primera vez cuando Ricardito el
Miserable, su amigo y congénere de clase, le invitó). Sorprendida con ella misma ante la
novedad del río, María del Carmen le pregunta a Ricardito: «¿Cómo no lo había conocido
antes?». A lo que él responde: «Porque eres una burguesita de lo más chinche». Antes de
caracterizar cómo María del Carmen rompe con su anterior estilo de vida, quisiera aclarar
un punto que juzgo capital en la novela y que vincula la referida dicotomía con su
deserción del grupo de estudio.
«...bastó una sola reunión de estudio para reírmeles en la cara (de
las amigas) cuando me llamaron dizque a inventarme programa de
piscina: no sabían que yo, al salir de la reunión, agotada de tanto
comprendimiento [irónica], me había ido con Ricardito el Miserable
al Río» [p. 11].
Este pasaje del libro, cotejado a otros venideros, demuestra que la lectura de El Capital,
aunque apenas iniciada, representaría una ruptura de clase que, ya no en la teoría, se
consumará en la medida que avanza el relato. Explico: con El Capital María del Carmen
parece adoptar, aunque aún de modo incipiente, una postura crítica frente a su clase. No
obstante, ella también rompe con el grupo de estudios, con «los marxistas». Se trata, por
tanto, de una doble ruptura que confunde pues podría llevar a pensar que habiendo ganado
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elementos para construir una crítica de la
burguesía, lo que a mediano plazo derivaría en
su desclasamiento, ella se habría arrepentido. Y
no: su deserción del grupo de estudios –como
muestra la novela más adelante- no significa su
re-aburguesamiento y sí su desencanto frente
al desclasamiento teórico, falso, retórico. Ella,
como muestra la segunda parte de la novela,
experimenta un desclasamiento de carne y
hueso.
Decía que varios elementos indican que María
del Carmen asume un nuevo estilo de vida:
caminar por la calle acompañada de hombres;
retirarse de una fiesta sólo cuando ésta
termina; consumir drogas; tener sexo antes del
matrimonio; salir de la casa de sus padres para
irse a vivir con el novio; escuchar rock; desistir
de tener un título universitario (hábito
plenamente naturalizado entre las elites,
incluso entre aquellas que, sabiéndose más
próximas del mundo de los negocios que del
ejercicio de una profesión refrendada por la
institución universitaria, cumplían con este
canon); etc.
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La rebeldía de María del Carmen es más el
efecto que la causa de su vitalidad. Su
fascinación ante lo nuevo no es sólo su
fascinación por lo contrario (‘la piedra en el
zapato’), sino por la posibilidad del
advenimiento de ‘un nuevo tiempo’ hecho de
jóvenes, de rock, de rumba, de caminado y
movimiento incesantes, de renuncia al letargo
y al mundo de la producción. Más que una
sociedad nueva María del Carmen parece
imaginar un mundo hecho en las calles, en los
trayectos y los recorridos, en los encuentros de
los bandos de amigos, en la camaradería y la
unión, en «la comunión de la rumba».
Las rupturas de María del Carmen no carecen de
contradicciones: de clase, como se mencionó,
pero también de género. Aunque ella vaya a
vivir con su novio sin la anuencia de sus padres
ni la bendición del cura, su relación con él Leopoldo Brook- es la de una jovencita en
busca de amparo:
«Caminé hacia el guitarrista
[Leopoldo Brook] sintiendo aguijón
de amor en las caderas. ‘Es el
hombre más interesante que he
conocido’, resolví, y sin ninguna
pena me le refugié en sus brazos,
sin ninguna pena de hacerle
suspender su canción para que viera
qué frágil y qué necesitada de
consuelo estaba» (p. 59).
A lo que habría que sumar el hecho de que ella
vea en Leopoldo, en tanto estadounidense y
rockero, una fuente de «cultura». El sexo con él,
sobre el cual María del Carmen no ofrece mayores
detalles (salvo que con él perdió su «virginidad»)
no es el mismo que tendrá con Rubén, ya en su
período de desclasamiento, cuando ya ha perdido
cualquier halo angelical. Leopoldo ofició como su
tutor en varios aspectos (rock, sexo, amistades
«interesantes», drogas), hasta que un día no dio
la talla: decidió ausentarse de las rumbas, a
quejarse de dolores en el cuerpo y a no querer
salir de su casa. Lo que precipita el abandono a
Leopoldo fue la rumba en Miraflores, su última
rumba rockera. Leopoldo y ella son invitados;
ella se llena de entusiasmo y augura una buena
noche. Para su sorpresa encuentra una rumba
desrrumbada: rock a volumen de bautizo y todos
los asistentes tumbados en el suelo. Ella,
esperanzada aún, sube el volumen del equipo y
sólo obtiene reclamos y un Leopoldo que le pide
sosiego. La crisis ya había sido anunciada y no lo
pensó dos veces: salió de esa casa y oyó, desde el
sur, «música a un volumen bestial» [p. 92].
«Sonaba en casa, no de ricos, al otro
lado de la calle que yo pretendía
cruzar, allí donde termina Miraflores.
No sé cómo se llama el barrio del
otro lado, puede que ni nombre
tenga, que la gente que allí vive
haya aprovechado para también
llamarlo Miraflores [¿arribismo?],
pero no, no es; son casas
desparramadas en la montaña,
jóvenes que no estudian en el San
Juan Berchmans, que no se
encierran, en eso pensaba: ‘No,
cómo van a encerrarse después de lo
que estoy viendo’: veía dos ventanas
y una puerta abierta y rasgos de
vestidos que iban del amarillo
profundo para arriba, de allí al
zapote y del zapote al rojo, al
morado, al lila» [p. 94].
«Jóvenes que no se encierran»: ¿el ostracismo
sería característico del ‘joven burgués’? He aquí
el motivo que hace inevitable el desclasamiento
de María del Carmen. ¿Motivo vital, más que
político (como los de los marxistas)? Su
descubrimiento de la salsa es también el
hallazgo de una diferencia crucial y que
establece –irónía de Caicedo- otra dicotomía de
clase: música en inglés Vs. música en español. Lo cierto es que después de conocer la
salsa (proceso efectuado en la citada fiesta, pero sobretodo en los siete días de
rumba incesante en la casa de los «volibolistas»), María del Carmen decide entrar en
contacto con los marxistas:
«...sabiéndome para siempre con una conciencia de lo que era
música en inglés y música en español, como quien dice
conciencia política estructurada [una vez Caicedo ironizando].
Troté por calles que sí eran de Miraflores. En la primera tienda
de esquina y teléfono pedí cerveza y llamé a los marxistas.
El grillo me contestó entre suspiros, ‘Recién parido – le dije, y
luego-: perezoso. Al que madruga Dios le ayuda’.
‘¿Quién es?, decían.
‘Yo. Tonto. Acabo de descubrirle la salsa a la astilla. Hay
que sabotear el Rock para seguir vivos’.
Les exigí una reunión para ese mismo día, pero me la
dieron para el siguiente viernes. Ninguno de los dos
cumplimos. Yo, porque me enrumbé. Ellos, y esto sí me duele,
porque me ignoraron, los muy teóricos» [pp. 102-3]
Su reaproximación a los marxistas es un gesto demagógico y no producto de su
verdadera voluntad de sabotear el rock. O entonces, ¿por qué ella al hacer la defensa
de la salsa contrapone este género a «los cultores del ‘Sonido Paisa’» y no al rock? La
verdad es que la dicotomía rock Vs. salsa se diluye. «Abajo la penetración Yanqui» y
«conciencia política estructurada» pueden ser entendidos, por tanto, como estribillos
irónicos. Su desazón es con Los Hispanos y con Los Graduados y no con los Beatles o
los Stones. Su escozor no es con el rock (aunque deje de escucharlo) y sí con el letargo
y el intelectualismo. Ella es puro movimiento, energía inagotable. Su queja de los
volibolistas lo confirma:
«Cuando se estaban durmiendo los insulté. Su respuesta fue terrible:
Hidalgo se paró y apagó el stereo, y yo quedé sin cuerda, solita qué hago...
[...]
...tarde que vinieron a comprender ellos que alguien iba a tener que
levantarse y al menos darme una explicación, quitarme pena, hombre,
caballero. A Marcos Pérez le agradezco que se haya parado. Me dijo:
‘Pelada, mañana entramos a la universidad. Hora de dormir. Nadie aguanta
más’.
‘Yo si aguanto’, repliqué, apartándolo y empezando ya a irme de allí,
no veía bien la distancia entre escalón y escalón, pero de alguna manera
vine a encontrar el aire de la calle mientras ellos yo no sé, como que
daban explicaciones que no aliviaban, ya en la lejanía, mi dolor» [p. 102].
Su desclasamiento, sin embargo, no supone una mirada romántica de las clases
populares. En la medida que éste se radicaliza, ella percibe que la censura contra
ella proviene de sus antiguos pares, pero también de los nuevos:
«Los volibolistas se hacían los locos al verme, y cuando yo me les voltiaba
se la pasaban dizque diciendo: ‘¿La mona esa? Olvidate: callejón sin salida
de la burguesía’. Hasta que me les planté: ‘Está de moda negar el saludo
apenas se politizan’. Y me iba de allí, triste y confundida» [p. 106].
La alianza de María del Carmen con Bárbaro, además de acentuar su desclasamiento,
parece abrir un nuevo proceso, aún más radical: el de su lumpenización. A diferencia
de Rubén, Bárbaro, su nuevo compañero y al que ya no llamará de novio, no trabaja.
Su oficio es la delincuencia y es en esta actividad que María del Carmen lo
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acompaña, dichosa. Con él, ella conoce los ríos, ya no como turista y sí como expedicionaria. También
con él, ella ‘conoce’ los negros, abundantes en «Xamundí». De igual modo, es en compañía suya que
ella consuma lo que a lo largo de la novela aparecía sólo insinuado: su atracción por las mujeres. Y de
la mano de este erotismo, la violencia, el asesinato, ejecutado por ella de manera indirecta:
«...comprendí: la violencia progresaba si la belleza la conducía» [p. 163].
Después de este episodio parece clausurarse la posibilidad de nuevas alianzas y de nuevas expediciones.
Ella se ancla, no en el Norte ni en el Sur: en el Centro. Pero anclarse no significa marchitarse. Ella, como
siempre, es pura rumba, lo que no falta en los puteaderos del Centro. Es allí que vive y desempeña un
oficio (el primero en su vida). Contra lo que se podría pensar, María del Carmen no es una prostituta
melancólica. Ella no es víctima, mas lo contrario. Su sexo, del que siempre hizo alarde, es asesino:
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«‘Mona, ¿cuánto cobra?’
Yo lo miré, le di la espalda, él me siguió hasta la mesa, me senté, lo miré otra
vez y le dije, subiéndome el vaso de cerveza hasta la cara:
‘Cobro trescientos y la pieza’. Eso es lo que valgo, la más cara.
Protestan, pero todos vienen.
Salimos. Me condujo, con aires de explorador, a una pieza con paredes de
azulejo. Me desnudé sin prisa, me abrí de piernas, recibí su cara horrible
contra la mía, […intentó meterlo pero no encontró dónde, el experto.
Tuve que bajar la mano y enterrármelo. Él hablaba de paisajes de esos
que pintan en los buses cuando yo hice con mis entrañas el horrible
movimiento de fuelle y se lo soplé. Ha debido sentir un hielo, luego el
hielo avanzando, y el grosor... Intentó sacarlo pera ya estaba inflado
como melón. Le explotó todo dentro de mí, esos jirones de piel fueron
como latigazos. Eso sí fue vida.
Salí de allí berriando y haciendo la gran pelotera, ‘se me murió el
cliente’. Que Richie se levantó y eso lo sabe la gente» (pp. 179-80).
Insisto: aunque anclada, no marchita. En su reflexión final lo confirma:
«No accedas al arrepentimiento ni a la envidia ni al arribismo social. Es preferible bajar,
desclasarse; alcanzar, al término de una carrera que no conoció el esplendor, la anónima
decadencia.
[...]
De no haber conocido nunca este son montuno, habría sido escuálida alma perdida, sin
cabuyas por la selva. Pero ya me llaman, me ladran. Ya se dice que vienen de otras ciudades
a conocerme y a gastar canecas. Sacan fotos mías en la prensa amarilla, y yo me río
imaginando la cara de escándalo que harán los cerdos, si no fuera porque ahora ya me faltan
fuerzas, lograría unión para salir y gritar consignas y quebrar ventanas, pero para qué
ilusiones si quedan lejos esos barrios: ya no son nunca más mi rumbo. Supongo que los
marxistas ven las fotografías y pensarán: ‘Observen ustedes lo bajo que puede llegar la
burguesía’. Qué bajo pero qué rico, no me importa servir de chivo expiatorio, yo estoy más
allá de todo juicio y salgo divina, fabulosa en cada foto. Fuerzas tengo. Yo me he puesto un
nombre: SIEMPREVIVA».
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