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Villar-Jiménez. Ellos estaban hechos

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Villar-Jiménez. Ellos estaban hechos
Ellos estaban hechos a matar cristianos
Rebeldía y construcción de poder en los caciques corsarios de Mamil Mapu
(segunda mitad del siglo XVIII)
Daniel VILLAR – Juan Francisco JIMÉNEZ 1
“Prospero : -¡Abhorred slave, which any print of goodness will not take, being
capable of all ill! I pitied thee, took pains to make thee speak, taught thee each hour
one thing or other: when thou did’st not, savage, know thine own meaning, but
would’st gabble like a thing most brutish, I endow’d thy purposes with words that
made then known...
Caliban: -¡You taught me language, and my profit on’t is, I know how to
curse: the red plague rid you, for learning me your language!” Shakespeare,
Tempest (I, II).
“...vino Quilan, con treinta y tantos Mozetones chibateando...puesto él un corto
espacio delante de los suyos. Su figura era la mas ridicula que jamas vi, muy chico
y viejo, los ojos ya gastados de mirar, y los dientes de comer; la Cara teñida de
negro desde las cejas a la boca, un Sombrero de lana negro viejísimo, con una tira
de Cotense, muy puerca y vieja; un vestido de librea que sería encarnado, un
poncho ordinario negro, un avio que no era sino grasa, y Caballo negro flaco y
viejo competente a su ridicula Persona que me movio a risa mirarlo...” De la
Cruz 1806.2
I.
Quizá las eventuales reacciones fisiológicas del Alcalde de la Concepción no
hubiesen incluido la risa, si el encuentro con esa figura ridícula a la que ahora podía aludir
con sorna hubiera tenido lugar treinta o cuarenta años antes, cuando desde Mamil Mapu -el
País del Monte que más adelante describiremos- caciques rebeldes como Quilan, los
llamados corsarios públicos por el poder colonial, alimentaban su fama atacando las arrias
y caravanas que transitaban los caminos que unían Buenos Aires y Mendoza, o asaltando
las haciendas fronterizas.
Los más conspicuos de aquellos corsarios construyeron riesgosos liderazgos y
acumularon poder sobre el número y la fuerza de sus lanzas y la irreductibilidad de sus
conductas beligerantes. Pero también fueron capaces de reclutar voluntades y tejer una
1
Universidades Nacionales del Sur y de la Pampa, y Centro de Documentación Patagónica de la Universidad Nacional
del Sur (Bahía Blanca, Argentina), respectivamente. Correos electrónicos: [email protected]
[email protected]
Una primera versión de este artículo fue publicada en Nouveau Monde, Mondes nouveaux, Revista electrónica del
Centro de Estudios Regionales del Mundo Americano (CERMA), Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales (Villar
& Jiménez 2003a).
2
Viage á su costa del Alcalde Provincial del Muy Ilustre Cabildo de la Concepción de Chile Don Luis de la Cruz desde el
Fuerte de Ballenar frontera de dicha Concepción por tierras desconocidas, y habitadas de Indios barbaros, hasta la ciudad de
Buenos Ayres, auxiliado por parte de Su Majestad, de un Agrimensor, del Practico Don Justo Molina, de dos asociados
Tenientes de Milicias, Don Angel y Don Joaquín Prieto, de dos Dragones un Interprete y siete Peones para el serbicio, y
conducción de Viveres en veinte y siete cargas. Archivo General de Indias [AGI], Audiencia de Chile [ACh], Legajo 179. En
adelante, se abreviará De la Cruz 1806, consignándose los folios del manuscrito que correspondan.
2
apretada trama de alianzas inter-grupales sostenidas mediante la utilización de eficaces
mecanismos de materialización ideológica3 para difundir el éxito de sus incursiones
guerreras. La deliberada exhibición de un botín frecuentemente constituido por objetos
suntuarios y sagrados, que sólo podía ser arrebatado a los españoles por la fuerza, reforzaba
su renombre frente a propios y extraños y los convertía en un problema que desvelaba a los
funcionarios coloniales de ambas vertientes cordilleranas 4 .
En articulación con esas destrezas bélicas y diplomáticas y la manipulación del
botín con fines propagandísticos, los caciques en cuestión mostraban conductas y
retomaban un discurso que, según veremos, reunía elementos que trascendían su
experiencia personal y encontraba antecedentes en siglos anteriores, remontándose incluso
a la época de la Guerra de Arauco, durante los primeros años de la invasión y conquista del
luego denominado Reyno de Chile. Un odio exaltado contra los europeos intrusos; el
descarte, por inadecuada e impropia, de una actitud negociadora con ellos -si no como
estrategia coyuntural, por lo menos como política permanente-; las ofensas y humillaciones
inferidas a cautivos, imágenes sagradas y objetos del culto religioso, insoportables para los
enemigos; y la perentoriedad de su derrota5 eran los principales temas reivindicados que
acompañaban un obstinado comportamiento, muy visible sobre todo en la segunda mitad
del siglo XVIII y en el gran territorio libre de control colonial interpuesto entre la
cordillera de los Andes y la llanura herbácea del Este, un Argel disimulado dentro de los
dominios de nuestro Soberano 6 , según clamaba una relación de autor ignorado, fechada en
1771 (Méndez Beltrán 1984: 190).
Vayamos paso a paso.
II.
3
Ver la defición del concepto en DeMarrais, Castillo & Earle 1996: 15, y el papel de la ideología como
fuente del poder social en Mann 1991: 43.
4
Sobre la utilización de mecanismos de materialización ideológica por parte de Llanketruz, uno de los más
famosos corsarios de Mamil Mapu, hemos producido un trabajo a cuyos términos y bibliografía remitimos la
atención del lector interesado: Villar & Jiménez 2000.
5
En épocas tempranas, conjuntamente con la victoria sobre los invasores, se había pretendido su expulsión
(ver, por ejemplo, el sustento ideológico de la rebelión tepehuana de 1616 en Giudicelli 2000: 9 y 14, y la
finalidad de la resistencia reche contra la entrada de Valdivia en Saignes 2000: 276), objetivo abandonado
ya
en el siglo XVIII, dada la obvia irreversibilidad de la instalación colonial.
6
De la misma manera que, en el siglo XVII, Diego de Rosales había establecido un paralelo entre las guerras
de Arauco y las de Flandes (Rosales 1989), el autor de esta crónica, al comparar la situación de Mamil
Mapu con la de Argel, trataba de crear una imagen familiar para los burócratas metropolitanos vinculando
las incursiones incontrolables de los aukas de la lejana frontera meridional del imperio, con las actividades
de los corsarios de las regencias berberiscas, más cercanas a la experiencia de los funcionarios de la
península. En este último caso, como en aquel, el destino de los cautivos constituyó una de las constantes
preocupaciones de la monarquía y de la sociedad españolas, quienes apoyaron con generosas donaciones los
esfuerzos por rescatarlos. Ver al respecto Friedman 1983: 105-128.
3
En primer lugar, es necesario decir que, en el seno de las sociedades indígenas de la
región pampeano-nordpatagónica en estrecha vinculación con las localizadas sobre la
cordillera y en el territorio co- lindante ubicado al Oeste de los Andes (el espacio que
constituyó la Araucanía histórica), coexistían en la segunda mitad del siglo XVIII7 al menos
dos formas diferentes de construir, incrementar, conservar, ejercer y transmitir el poder:
una de ellas, típica de los guilmenes o ulmenes8 , y la otra, de los aukas9 -liderados estos
últimos en el caso aquí considerado por los caciques llamados corsarios-, ambas
estructuralmente relacionadas en el sentido de que la segunda no hubiera sido posible si no
hubiese existido la restante. Guillaume Boccara ha dicho al respecto:
“L’autre effet produit par cette transformation de la dynamique politique est
perceptible au niveau de la structure sociale proprement dite. On observe l’émergence de
patrilignages localisés qui assurent leur pérennité à travers la sucession et l’héritage des
rangs, charges, noms et biens par le fils aîné issu du mariage primaire. Les charges et les
rangs son désormais héréditaires. Cette cristallisation des patrilignages est décelable;
d’une part á travers l’apparition d’une terminologie de parenté Omaha, et, d’autre part, à
travers les informations fournies par la documentation que nous avons consultée
concernant les modalités de l’héritage et de la succession. On observe que les apoulmen et
ulmen sont, dans leur grande majorité, des fils de caciques et que le fils aîné du mariage
primaire hérite du nom de son père. Apparaissent alors des sortes de dynasties comme les
Ñamcu de Angol, les Lemu de Colue ou les Vilu de Maquegua.” (Boccara 1998: 353).
II. a. Las formas de liderazgo habían experimentado profundos cambios que el
mismo Boccara explica, describiendo las transformaciones verificadas entre los Reche
extra-andinos. La figura del gran hombre10 que debía a las prácticas guerreras y a su
7
Obsérvese que estamos refiriéndonos a un momento en que ambas formas descriptas a continuación en el
texto son diáfanamente perceptibles en el registro documental, pero ello no implica afirmar que hayan
surgido recién en esa época. Por el contrario, es posible que el proceso de diferenciación entre ellas se
iniciara con anterioridad y se fuera desarrollando al creciente calor irradiado por la proximidad de las
sociedades coloniales. Los procesos de transformación relacionados con la constitución de las llamadas
zonas tribales (Ferguson & Whitehead 1992: 1-30), es decir aquellas áreas de contacto entre sociedades sin
estado con sociedades estatales, pueden verse en Villar & Jiménez 2002.
8
Claudio Gay menciona la existencia de tres divisiones existentes en el interior de la sociedad Mapuche del
siglo XIX, aunque su aparición seguramente se remontaba a épocas anteriores a su descripción por el autor
nombrado: ”...guilmencupa (descendientes de guilmenes), anilmapucupa (descendientes de paz) aucacupa
(descendientes de alzados) son las tres familias, y de estas familias sólo de la primera pueden ser nombrados
los caciques, pero en tiempo de guerra los aucacupa levantan la cabeza, porque antes son muy mal vistos,
ellos dicen a gritos Deuma cheñein ñeincullinñiay ñien plata, ñeay, ñiencheñeay (ya somos gentes, ya
somos dueños de las haciendas, ya somos dueños de la plata, ya somos dueños de las gentes...) y están muy
contentos, son ellos en efecto quienes nombran a los ñendungu, los capitanes de armas...Los gulmenescupa y
los anilmapuquepa vuelven a ser humildes y ya no se atreven a levantar la cabeza, se quedan en sus casas y
no tienen más que hacer; todos los aucaquepa están en movimiento, y hablan a escondidas del alzamiento,
durante la noche tienen lugar estas reuniones (auca thraun) y en un lugar de parlamento de guerra se habla
de modo que los demás no se enteren...” (Gay 1998: 44).
9
Rebeldes. Más adelante, volveremos sobre este concepto (ver notas 25 y 26, pág. 10).
10
Ver la definición del concepto Big Man que ofrece Harris 1994: 405 ss., y la discusión del mismo en
Godelier 1986: 196 ss.; asimismo Strathern 1971.
4
habilidad oratoria una buena parte de su poder político, dio paso al ulmen (Boccara 1999:
449). En este personaje se recombinan las formas tradicionales del prestigio tribal y la
acumulación de los capitales 11 económico, generado a expensas del malón, pero también de
lucrativos intercambios fronterizos; político, enfatizado y robustecido por la pregnancia
adquirida sobre todo como interlocutor de las autoridades coloniales en parlamentos
generales12 ; bélico, constituido por la disposición de buen número de mocetones; e
informacional, derivado de que el lider se convertía en nodo principal de un campo de
poder integrado por grandes redes de alianzas parentales, económicas y políticas. A ello, se
agregan el conocimiento de la cultura wingka13 desarrollado luego de múlt iples contactos
institucionales e individuales con sus protagonistas, y la frecuente capacidad de comprender
y hablar la lengua española y aún de poderse comunicar por escrito en este idioma
(Boccara 1999: 451-453).
En este contexto novedoso, se tornó imp rescindible operar los mecanismos que
garantizasen que esta concentración de poder no se diluiría tras la muerte del ulmen. Así, la
práctica de l'akutun que, basada en la reciprocidad, eslabonaba generaciones alternadas,
relacionando simbólicamente al abue lo con su nieto a través de la imposición del mismo
nombre 14, la transmisión de la mayoría de los bienes del padre -especialmente sus mujeres,
una importante reserva económica y social-, de su posición y título político y de sus
contactos endo y exogrupales, al primer hijo de su esposa principal tendían a conservar en
el sucesor los logros de su transmitente. Desde su ingreso a la pubertad, el hijo del ulmen
recibía un entrenamiento especial consistente en convertirse tempranamente en werken 15
de su padre, misión que le facilitaría no sólo conocer y frecuentar los contactos cultivados
por este, sino también iniciar los propios y adiestrarse en el manejo de los negocios
políticos.
Las esposas del antecesor representaban un stock significativo de mano de obra
textil -actividad cuya importancia era altísima 16 -, pero también aplicada a la preparación de
alimentos y sobre todo bebidas, esenciales en la realización de festines. 17 Las redes
establecidas por alianzas matrimoniales revertían sobre el sucesor que quedaba colocado en
el lugar de su padre, reemplazándolo en sus funciones de marido, yerno, cuñado y pater a
su vez: el control que ahora estaba legitimado para ejercer sobre sus hermanas lo
convertiría en suegro de yernos expectables y le reportaría el acceso a nuevos bienes
11
Boccara utiliza el concepto capital en el sentido que le asignó Bourdieu ( Boccara 1999: 449, nota 38).
Sobre todo durante la segunda mitad del siglo XVIII tuvieron lugar una serie de parlamentos que
contribuyeron a consolidar la importancia de distintos cacicatos en el sentido referido en el texto:
Parlamentos de Los Angeles (1772), Tapihue (1774), Valdivia (1782), Lonquilmo (178 4), y Primer
Parlamento General de Negrete (1793). Respecto a su organización, ver Méndez Beltrán 1982: 107-173.
13
En la lengua de la tierra, español, cristiano, con una connotación despectiva.
14
Sobre la donación del nombre (güi) y la ceremonia de su imposición (l'akutun), ver Föerster 1993: 91.
15
El werken es un tipo específico de mensajero adiestrado tempranamente en adquirir, transmitir y circular
información por vía oral y con notable fidelidad, auxiliado por una oratoria muy desarrollada en cuyos
secretos comenzaba a ejercitarse desde edad temprana. Ver el concepto en Augusta 1916: 254, y las formas
de adiestramiento y características de su tarea en Robles Rodríguez 1942: 211-214.
16
Sobre las características y calidad de los ponchos indígenas, ramo principal de su textilería, Garavaglia
1986: 57-58, Garavaglia & Wentzel 1989: 217-218, y sobre la tejeduría en general, Jiménez & Villar
2001.
17
Sobre la importancia de los festines, ver Villar & Jiménez 2003b.
12
5
obtenidos a través del pago de compensaciones nupciales. 18 Y no sólo eso, sino que,
además, sus propias hijas -jerarquizadas por pertenecer al linaje del nuevo ulmenincrementarían sus chances de ser pretendidas por hombres provenientes de otros linajes
empinados, interesados en estrechar sus relaciones parentales con el sucesor. Al mismo
tiempo y por igual motivo, sus hijos podrían aspirar a obtener buen éxito en sus búsquedas
nupciales, reforzando de esta manera la importancia del padre. Ta mbién aumentaba la
capacidad de control que el nuevo lider tenía sobre sus hermanos menores, puesto que la
buena voluntad de aquel era imprescindible a la hora de reunir las pagas necesarias para
casarse.
Los funcionarios coloniales, por su parte, familiarizados con instituciones regidas
por lógicas análogas -como los mayorazgos- siempre estarían predispuestos a bientratar a
los hijos mayores de los ulmenes, en quienes continuarían encontrando adecuados
interlocutores para el desarrollo de las relaciones inter-étnicas, al precio de reconocerles el
status y la legitimación que notoriamente se les confería ya en el interior de sus propios
grupos.
II. b. Lógicamente, este proceso de concentración de poder originado en el interior
de un linaje y de una familia determinada y protagonizado por un conjunto limitado –y
comparativamente pequeño- de individuos fue motivo de insatisfacción para muchos otros
que no se encontraban colocados en posición de usufructuar tales ventajas. Su
disconformidad los llevó a buscar caminos alternativos para llegar a obtenerlas, utilizando
de manera distinta las diferentes especies de capital enumeradas19 .
Mamil Mapu 20 , un dilatado espacio alejado de las fronteras coloniales, por tanto
libre de los controles inmediatos que los españo les pudieran ejercer, y escasamente
habitado por indígenas, ofrecía, hacia mediados del siglo XVIII, buenas perspectivas de
convertirse en una suerte de tierra de promisión. Los insatisfechos encontrarían allí la
manera de alcanzar los objetivos que les estaban negados en el país trasandino y en los
sectores cordilleranos adyacentes, más colmados de gente y, desde luego, más
comprometidos en las relaciones con los europeos, cuyo contacto, como vimos, ejercía
cierto influjo hasta en las formas de organización de los liderazgos indígenas, y propiciaba,
en no pocas ocasiones, los procesos de concentración y acumulación que mencionábamos
en la sección precedente.
18
La entrega de bienes que el grupo dador de la mujer recibía del grupo que la incorporaba por
matrimonio en compensación de la fuerza de trabajo que se le restaba, fue denominada precio de la novia de
manera impropia por la antropología clásica. En la gran mayoría de los casos, entre ellos el aquí
considerado, estas compensaciones eran pagadas por los padres y parientes del novio. Respecto al tema en
general, ver Fox 1972: 110; entre los Reche-Mapuche, Cooper: 1946: 719-720 y Coña 1984: 231 ss., entre
muchas otras referencias.
19
Una posibilidad consistía, desde luego, en disputar poder a los líderes establecidos, como lo ha señalado
León Solís (1994a, 1994b, 1999). La analizada en este trabajo constituía otra opción disponible.
20
País del Monte en Mapu dungum, la lengua de los Reche-Mapuche de la Araucanía. Se trata del monte
pampeano -dominio del caldén (Prosopis caldenia) y del algarrobo (Prosopis alba)- que se extiende bajo la
forma de una cuña orientada del Nordoeste al Sudeste, sobre todo al oriente del sistema fluvial actualmente
denominado Atuel-Salado-Chadileuvu-Curaco -tributario del Río Colorado- y va desapareciendo
gradualmente al encontrarse con la llanura herbácea del Este, es decir, la pampa bonaerense.
6
Esa válvula de escape fue rápidamente aprovechada. Particularmente desde 1750 en
adelante se hacen perceptibles movimientos migratorios hacia el Este con el propósito de
instalar bases en el País del Monte:
“...Mamell Mapo qe. significa tierra de las leñas esta distante de Mendoza 170 legs.
caminando al Sueste, en estos montes ai mas de 2000 Yndios de Armas, qe. son estos los
que hacen las maiores atrocidades en las Pampas y Caminos de esta para la de Buenos
Ayres su Governador se llama Paillatur, y este manda mas de 50 Casiques que tiene para
el Comando de esta Yndiada, y tiene muchas haciendas de todo Genero de animales, y
mucha plata, oro y alhajas de las qe. han rovado de continuo...” (Noticia Diaria de todo lo
acaecido en la Expedicion que contra los dichos Yndios barvaros se ha executado por los
cuidadanos de Mendoza con Expresion del dia de la salida motibo que la causaron y
numero de Gente que componia el Exercito, Declaración de Antonio Guajardo, Mendoza,
24 de marzo de 1779, en Archivo General de la Nación [AGN] IX, 24.1.1., folios 16 y 16
vta.). 21
Desde allí, beneficiándose por las caracter ísticas naturales del amplísimo lugar y su
condición de territorio interpuesto, se tornaba posible acceder a las áreas fronterizas que lo
bordeaban y sus dependencias. No sólo las inmediatas ubicadas en Mendoza y San Luis,
también otras más alejadas, pero de prometedor rendimiento -como en el caso de Córdobapor la relativa desprotección en que se encontraban, en ese tramo de su recorrido, los
caminos que vinculaban Buenos Aires y Mendoza. 22 Y hacia el Este, aún más distante
todavía, la campaña bonaerense, rica en ganados y otros bienes.
A lo largo de aproximadamente cuatro décadas, entre 1750 y 1790, se constituyeron
en Mamil Mapu diversos cacicatos, predominantemente caracterizados por sus políticas de
hostilidad y enfrentamiento con los españoles. 23 Desde su perspectiva, esta actitud belicosa
se tornaba insoslayable, porque sólo quitándoselos por la fuerza a los wingka, era posible
21
Podrían reiterarse varias citas en idéntico sentido. Entre otras: Amat y Junient 1927 [1760]: 405; la ya mencionada
Relación [1771] transcripta en Méndez Beltrán 1984: 190; Carta de José de Amigorena al Virrey Vertiz [1780] en AGN
IX 11.4.5.; Carta de José de Amigorena al marqués de Loreto [1785], Archivo Histórico Provincial de Mendoza [AHM],
Carpeta 55, Documento 12; Parlamento celebrado con los indios Pehuenches en el que queda reconocido como
Governador de esta tribu el casique Pichintur [Río Salado, 1787] AHM, Carpeta 29, Documento 36.
22
En jurisdicción cordobesa, había varios itinerarios posibles, uno de ellos -el camino de adentro- era el más seguro;
los restantes -caminos de afuera y de más afuera- representaban un riesgo mayor, por encontrarse expuestos a las
incursiones indígenas sobre arrias y caravanas. Lógicamente, todos los transeúntes hubieran preferido el primero, si no
fuera porque la administración había creado un impuesto que gravaba el tráfico de aguardiente, con el cual se atendía el
mantenimiento de las guarniciones fronterizas. Para evitar su aplicación, frecuentemente los troperos y comerciantes se
arriesgaban a utilizar los caminos de afuera, en muchos casos con consecuencias desagradables, sobre todo porque las
bebidas eran bienes muy apetecidos por los indígenas: “...al entrar estos enemigos por el parage expresado que llaman el
Zapallar encontraron una Arria de Sn. Juan que conducía Aguardiente, vino y Porotos a esa Capital y habia tomado
aquel camino prohibido por lo expuesto, por que ahorra algo, y en ella quitaron la vida a los tres Peones, escapando el
capataz, con cuyo motivo he extrechado a los Comandantes para que por ningun pretexto, aunque lo repugnen, permitan
que las Arrias, ni transeuntes, sigan estos caminos de afuera...” (Carta del marqués de Sobremonte al marqués de Loreto,
Córdoba, 6 de octubre de 1785, en AGN IX, 5.9.5. Enfasis nuestro). El resultado paradojal obtenido podría ponerse en
las siguientes palabras: el impuesto se recaudaba insuficientemente, sus destinatarios tenían más trabajo, pero sin recibir
el mantenimiento necesario; ergo, la inseguridad aumentaba. Para una consideración del transporte terrestre y la
circulación de mercaderías en el Río de la Plata, durante la etapa virreynal, Rosal 1988. Sobre vías de
comunicación en territorio hispanoamericano colonial, Castillero Calvo 2000: 339-397.
23
El nombrado Paillatur, su hermano Llanketruz, el mismo Ancan Amun -cacique de los Pewenche de
Malargüe- por lo menos en la primera etapa de su carrera política, y los restantes lideres que se mencionarán
en la sección IV de este trabajo, se cuentan entre las principales cabezas de estos cacicatos.
7
apropiarse de aquellos bienes en los que inexorablemente se fundaba el éxito futuro de
cualquier joven animoso que no se hubiera visto favorecido por su posición personal dentro
de un determinado esquema parental. Unicamente el prestigio alcanzado en la guerra y el
saqueo permitiría lograr todo lo que los ulmenes capitalizaban y conservaban para sí,
aplicando una lógica distinta que los mostraba más proclives a una actitud conciliadora
frente a los europeos, garantizadora de la continuidad de sus privilegios dentro de los
estrechos límites de una transmisión constreñida a ciertos y determinados parientes.
En la etapa inicial de sus carreras, los caciques aukas no disponían ni de muchas
mujeres, ni de grandes rebaños. Tampoco se beneficiaban, en principio, con relaciones y
alianzas. Sólo con posterioridad y luego que hubiesen demostrado ser líderes
emprendedores y exitosos, podrían llegar a obtenerlos y a establecerlas.
Su capital de partida más significativo era el de la fuerza bélica, porque
indudablemente siempre había mocetones bien predispuestos a sumarse a sus empresas,
escapando así al control más rígido establecido y ejercido por los ulmenes. Por cierto que
cuando comenzaban a verificarse los éxitos en la guerra y el saqueo, convenientemente
comunicados mediante la utilización de mecanismos de materialización ideológica, el
reclutamiento de konas24 se incrementaba. El aporte de nuevos brazos contribuía a asegurar
la reiteración de buenos resultados y estos, a su vez, retro-alimentaban las incorporaciones.
Por eso, la exhibición del botín arrebatado por la fuerza a sus propietarios adquiere la
importancia propagandística que los líderes maloqueros se preocupaban por conferirle.
Decía Pedro Joseph Núñez de Guzmán:
“...toda la ropa que visten es conocidam.te lo que han quitado a los pasageros, de
Chupas frangeadas, volantes de terciopelo, otras de paño fino; lo que no es dable ninguno,
que haya entrado a conchavar con ellas, ha de gastar telas de esta naturaleza para
venderles...Tam.en vide varias alhajas de cobre botadas en sus toldos, por ser de aprecios
para ellos, se presume que las de plata las tendrían enterradas; dinero sellado corre entre
ellos: todas estas me parecieron muestras de ser unos Corsarios públicos.” (Diario que
manifiesta lo acaecido en la expedición que acaba de hacer a esta vanda de la cordillera a
las tierras del Enemigo Barbaro el Comisario de Guerra D. Pedro Jph Núñez de Guzman,
el día 29 de marzo de 1779, en AGN, IX, 24.1.1.).
Las jactanciosas exhibiciones del número de combatientes, de sus buenas
caballadas, de sus lanzas imbatibles, la descarnada convocatoria a la guerra contra los
centenarios usurpadores europeos, la exteriorización del éxito bélico, la humillación del
enemigo vencido y prisionero, las conductas desacratorias y profanadoras que golpeaban el
centro mismo de las convicciones españolas, todo en su conjunto tenía un efecto inquietante
y desestabilizador: los wingka observaban perturbados el surgimiento de una amenaza
creciente y dañosa, difícil de controlar. Y los ulmenes, por su parte, entreveían la
configuración de un poder contestatario con capacidad potencial suficiente para minar la s
bases del poder establecido.
24
En la lengua de la tierra, equivale a guerrero, hombre de guerra, el llamado mocetón por los españoles.
8
El desconocimiento, por parte de los funcionarios coloniales, del territorio que
habitaban los aukas también mediatizaba sus posibilidades de intervención. Los corsarios y
su gente, en cambio, aprendieron a conocer y aprovechar las características ambientales de
Mamil Mapu, la calidad y distribución de los recursos naturales 25 , las rutas que lo surcaban,
las peculiaridades de todas las poblaciones fronterizas que orlaban ese espacio, y los
dispositivos militares locales con sus debilidades y fortalezas. Además, y como en todo
Argel que merezca llamarse tal, abundaron en el País del Monte los renegados, hábiles para
moverse en los mundos en pugna, parlantes de mapu dungum y castellano, operadores de
armas de fuego, experimentados conocedores de las fronteras y sus habitantes, siempre
dispuestos a obtener y transmitir información importante, a cambio de una buena acogida
entre los indígenas que los liberase de viejas cuentas pendientes y les garantizase
participación en el botín:
“...handaban entre los Yndios ocho christianos que heran los peores; eso es mui
cierto, porque â mi me ablaban por mi nombre y Apellido y me desafiaban, suponiendo que
no es la primera vez.” (Oficio de Ventura Montoya al marqués de Sobremonte, Mendoza,
12 de octubre de 1785, en AGN. IX, 5.9.5.).
Los corsarios encontraron, empero, un problema complejo en la administración de
su capital simbólico. En el caso de los ulmenes este capital se basaba sobre todo en la
exhibición de la legitimidad del status adquirido en el seno de sus grupos, reconocida por
los españoles y reforzada tanto en la interacción política con estos como en la transmisión
sucesoria. Nada parecido podían acreditar los aukas, y entonces procuraron solucionar el
punto, poniendo empeño en actualizar otra forma de legitimidad que, al contrario de la
anterior, no se fundara en la prestancia alcanzada como interlocutores del poder colonial,
ni en el rédito de una consistente actitud negociadora con los wingka.
III.
Para ello, reactualizaron un patrón de conducta beligerante cuyos antecedentes más
remotos constatables en documentación producida por los recién llegados, se remontan al
momento mismo en que la vanguardia de la armada de Diego de Almagro, capitaneada por
Gómez de Alvarado, ingresó por primera vez a la futura tierra de guerra que se extendía al
Sur del Río Itata, en el invierno de 1536, pero cuyas raíces se hunden en épocas anteriores a
esa fecha, cuando los ejércitos del Sapa Inka recorrieron esos mismos parajes, con
análogos -y frustrados- propósitos de dominio. Parecen haber sido ellos quienes motejaron
25
Así lo describía Juan de Ojeda: “...es de bastante estension, se distingue del comun de las pampas por
estar interrumpido por cerros, lomas i valles mui amenos, abundantes de arroyos de agua perenne i
proveidos de muchas maderas...” (Ojeda 1898: 288-289). Si bien Ojeda generaliza excesivamente,
asignando a la totalidad del paisaje de la pampa central, rasgos de bonanza que, en realidad, no aparecen
distribuidos con la homogeneidad imaginada por el funcionario colonial de la Concepción, determinados
sectores de este amplio país, como la vega de Puelec descripta por de la Cruz, sí se ca racterizaban por la
disponibilidad de recursos. Por el contrario, las travesías que lo jalonaban (Fagioli 1996: 166-172) eran
lugares inhóspitos, carentes de agua, que sólo con baqueanos podían transponerse exitosamente.
9
aukas a los habitantes del Sur de Chile26 , descalificándolos con un deíctico que en qechwa
se reservaba para los animales salvajes, bravíos, difíciles de sujetar 27.
El término pasó de esta última lengua imperial que lo utilizaba para designar a
quienes se oponían a que se los sometiese, a otra lengua de la misma laya, el castellano del
siglo XVI, que le asignó idéntica significación luego de experimentar en carne propia la
resistencia que su presencia generaba en los indígenas de la distante frontera meridional.
Pero también quienes eran así calificados, la adoptaron para sí, liberándola por
cierto de sus connotaciones negativas. Ya en tiempos tempranos del contacto y haciendo de
vicio virtud, durante la sublevación general de 1655, los mocetones Reche se burlaban de
Alonso del Pozo, su patiru 28 cautivo, soltándole con sorna estas palabras:
“¿Qué es de la doctrina? Ya somos aucaes enemigos y se acabó el rezar y la
campanilla, llámanos, ya no nos amenazarás con que se lo has de decir al Gobernador si
no rezamos, ya hemos alcanzado nuestra libertad, y estamos libres de todos...” (Rosales
1991: 108. Enfasis agregado).
Cuarenta años más tarde, en 1693, Bartolomé Yngaipillan, uno de varios caciques
de Makewa acusados de conspirar para sublevarse, declaró ante los instructores que, al
realizarse los auka thraun, es decir las juntas en las que se planificaba la rebelión:
26
Hostigados por quienes llamaron Puruma Aucaes, los enviados del estado Inka lograron, no sin
dificultades, poner en explotación las minas de oro ubicadas al Norte del Río Maipo (Saignes 2000: 286),
pero no pudieron consolidar la ocupación hacia Meridión. Aquel nombre devino luego en purrum aucaces,
promaucaties, promaucaces, pomaucaes, entre otras metátesis, fluctuaciones y alteraciones, y designaba a
los indígenas ubicados entre el Maipo y el Maule. Un cronista temprano, miembro de la armada del general
Valdivia, Jerónimo de Vivar, relata que viendo los Inka “...su manera de vivir los llamaron pomaucaes que
quiere decir lobos monteses (Vivar 1988: 241). Más al Sur aún, cruzando el Maule, se encontraban los aukas
o aukaes, en territorios que luego se reconocerían poblados por Reche.
27
En Araucanía, el vocablo auka no designaba originariamente a un grupo étnico, sino que se trataba de
una adjetivación aplicada a quien se caracterizara por su oposición a los europeos, rebelándose contra el
avance conquistador primero, y contra el poder colonial más tarde. Aunque Luis de Valdivia no incluyó el
vocablo en su vocabulario recopilado a principios del siglo XVII (Valdivia 1887), sabemos que ya existía con
el sentido apuntado que volverá a aparecer más tarde en el diccionario de Febrés, editado en 1765: “...Auca:
alzado, rebelde, ó cimarrón, montaraz...” (Febrés 1882: 30) y en el aún posterior de Félix de Augusta, donde
a la primera acepción como deíctico, se le agregan sus funciones radicales en distintas palabras siempre
relacionadas con la rebeldía, el conflicto y la guerra, por ejemplo auka?en [estar en guerra], aukakulme
[belicoso], aukaln y aukañpen [alborotar a otros, provocar un alboroto], aukan [sublevarse y, como
sustantivo, alzamiento, rebelión] (Augusta 1916: I-12). Rodolfo Lenz -con citas provenientes del siglo XVIII
y tomadas, entre otros, de Núñez de Pineda y Bascuñán y del Padre Menéndez- desarrolla la historia del
concepto, subrayando la persistencia del sentido que lo asocia con el levantamiento, la rebelión y el deseo de
no someterse a los invasores europeos, y desechando una aparente función de etnónimo que considera
errónea y que encuentra en autores de los siglos XVIII -como Gómez de Vidaurre y Molina- y XIX -Vicuña
Mackenna, Barbará, y Delagrasserie, entre otros- (aspecto comp lejo sobre el que no podremos extendernos
aquí y respecto al cual sólo anotaremos nuestra discrepancia con la conclusión negativa de Lenz referida a
la constitución del grupo auka en región pampeano-nordpatagónica, durante la primera mitad del siglo XIX).
Al indicar la etimología, no sólo menciona el origen qechwa, sino que recupera el claro matiz etnocéntrico
presente en la idea primigenia que aludía al comportamiento de animales silvestre –los imaginados lobos
montaraces de Vivar-, aunque transpuesto más tarde a animales introducidos, dado que el término auka señala- se aplicaba preferentemente a “...caballunos i vacunos bravíos...” (todo ello en Lenz s. d.: 141-142).
28
En la lengua de la tierra, neologismo por sacerdote o religioso.
10
[folio 39] “...hazian las mesmas bruxerias dellamar al demonio que aunque este
declarante no le Vio oyo Sus Vozes y que dijo la dha. Yndia Guentearay y Pichunamcu que
las Vozes que dava eran que se avian de alzar todos y Ser Aucazes y que se alegraron
mucho...y que tomo [folio 40] La mano el Cazique Quipaina diziendo aquí os e traido ami
tierra donde ablaron mis antepassados y dispusieron sus platicas...y que dijo el dho.
Quipaina...que los amigos de españoles los tienen abasallados y Sujetos que se llevavan
todos los favores.” (Concepción, 8 de octubre de 1693, declaración de Bartolome
Yngaipillan, en Juicio contra Juan Pichuñan y otros. Biblioteca Nacional de Santiago de
Chile, Sala Toribio Medina, Sección Manuscritos, Tomo 323, folios 39 y 40. Enfasis
nuestro).
Quienes sustanciaban el sumario no sólo no manifestaron dudas o extrañeza al oir la
palabra Aucazes, sino que revelaron tenerla incorporada a su propio vocabulario, al
preguntar directamente sobre el punto:
“...Si se trato en esta Junta de alsarse y ser Aucazes. Dixo que el Cazique
Yngaipillan y Lemullanca ablaron de esto y dijo que todos avian de Ser aucazes...”
(Declaración de Guenteray, en ese mismo lugar, día, y documento, folio 97. Enfasis
agregado ).
Pero se desprende también de lo dicho que, a contrario sensu, aquellos que se
llevaban todos los favores a cambio de domeñarse aceptando la doble carga de ser súbditos
del rey y buenos cristianos, quedaban avasallados y sujetos al poder colonial y dejaban de
ser aukas. A ojos de los rebeldes, pagaban un alto costo por este renuncio, porque no se
verían “...libres de los españoles, y de sus agravios...”, no podrían gozar “...de sus casas y
de su chicha, con descanso y libertad...” , y se les objetarían “...sus usos antiguos...”,
impidiéndoseles “...tener muchas mujeres, y hacer sus borracheras...” (Rosale s 1991: 9495).
El aukan -la rebelión- estaba legitimado, entonces, porque permitía alcanzar un
doble objetivo. En primer término, se oían nuevamente las voces de los antepasados
ahogadas por la irrupción de los europeos, y concluía para los Reche la carga muy gravosa
de sustentar económica y socialmente la estructura colonial. Cesaban los agravios y se
recuperaba la libertad de hacer lo que prescribían los usos antiguos -el admapu- y prohibían
los recién llegados, sobre todo a través de la prédica intolerante y agobiadora de sus
sacerdotes vistos como infidentes y sostenedores del poder establecido y, por esta causa,
blanco preferencial - no sólo en el caso de Alonso del Pozo - de burlas y agresiones que se
reiteraron en todas las oportunidades que hubo luga r.
En segundo término, el aukan abría la puerta al resarcimiento del daño ocasionado.
Esta última noción era muy cara a la legalidad indígena y se encontraba directamente
vinculada con las tres maneras de manejar los conflictos: tautulun, malotun y weichan29 .
29
Se definen de la siguiente forma: la forma más conspicua, el malotun, analizado a la luz del trabajo de
Christopher Boehm (1993) sobre la puesta en acto de los conflictos y su organización y gestión en distintas
sociedades tribales, se clasificaría entre los raids o incursiones, esto es, una única expedición protagonizada
11
Todas ellas son en principio discernibles por sus diferencias de escala, pero no obstante, en
momentos de alta conflictividad, es difícil distinguir el malotun de las restantes
modalidades -una de menor intensidad, el tautulun o vendetta, y la restante de máxima
intensidad, weichan o la guerra propiamente dicha. En tales ocasiones, podía iniciarse, bajo
la forma de escalada, una espiral violenta, en cuyo transcurso se eslabonaban una con otra
hasta conformar un continuum que culminaba en weichan, la gue rra propiamente dicha, a
veces de prolongada duración. Veamos cómo presentó la cuestión del resarcimiento el
cacique Quipaina:
[folio 157] “...que el dho. Quipaina Dijo alentandolos a todos que para la parte de
los llanos no avia mas fortaleza que el Nazimiento y que essa era Vna Cossa despreciable y
que de Vn soplo se la llebarian y pasarian a maloquear las estancias que para esso tenian
asu Voluntad ya Grangeados todos los Yndios de los llanos que avia quatro años que los
avian estado Solizitando para esto por lo qual todos estavan [folio 158] desseando que
llegasse el dia para traerles a los españoles todas Sus haziendas y a sus mugeres a las
ancas para Servirse de ellas y alos niños para pajesillos...” (Concepción, 12 de noviembre
de 1693, declaración de Naguelquirque, en Juicio contra Juan Pichuñan y otros. Biblioteca
Nacional de Santiago de Chile, Sala Toribio Medina, Sección Manuscriptos, Tomo
323, folios 157 y 158. Enfasis nuestro).
Justamente en esta noción de resarcimiento, Rolf Föerster ha encontrado una
explicación de la obstinada resistencia frente al estado monárquico y su epígono
republicano: “...los agravios provocados [generan] una deuda, una asimetría, que debe ser
saldada, nada hay en el huinca que justifique su violencia contra el mapuche.30 A más
violencia, entonces, mayor es la deuda que queda por pagar. Añádase a este proceso lo
señalado...sobre la memoria histórica y tendremos como resultado un pueblo que vive en
función del pago 31 de una deuda. En otras palabras, las relaciones del mapuche con el
huinca generan un daño en los primeros, lo que será entendido y representado como una
por un pequeño número de aliados que penetran en territorio de sus enemigos, con el fin preciso de producir
homicidios y expropiar bienes, abandonándolo rápidamente para neutralizar el riesgo de un contra-ataque.
De acuerdo con Guillaume Boccara, el malón o maloca –es decir, el raid de Boehm- consiste precisamente
en la incursión de una partida generalmente poco numerosa, con el objetivo de apropiarse sobre todo de
ganado y de mujeres. En este caso, la finalidad de los incursores no es demostrar valentía personal, sino
astucia y mañosidad para apoderarse de los recursos tratando, en lo posible, de que las víctimas del ataque
no se enteren de su presencia hasta que sea demasiado tarde. El éxito total del malón se verifica cuando
sus protagonistas logran dar el golpe sin ser sentidos, retirándose con los bienes arrebatados. El grupo de
raiders actúa por sorpresa, preferentemente durante la noche –o de madrugada-, y evita derramar sangre,
eludiendo entrar en combate (Boccara 1998: 113). El tautulun -o vendetta en Boehm- es un conflicto de
mínima intensidad debido a motivos tradicionales -la reparación de un homicidio, un daño material, un robo,
o un adulterio- y concluye con el pago de compensaciones. Weichan constituye la guerra propiamente dicha,
en cuya gestión quedan comprometidos los esfuerzos de todo el grupo, por tratarse de un conflicto de máxima
escala. Ver al respecto Boccara 1998: 113 -114, y específicamente Villar & Jiménez 2002.
30
Föerster utiliza el etnónimo Mapuche para referirse a los indígenas de Araucanía que, durante los siglos
XVI, XVII y principios del XVIII se autodenominaron Reche –Los Verdaderos Hombres-, según resulta de los
testimonios relativos al contacto temprano. Más tarde (hacia la segunda mitad del XVIII), con el énfasis
colocado en la reivindicación del territorio y su autonomía de acuerdo a las prescripciones del admapu,
surgió el gentilicio referido por el antropólogo chileno que se traduce Los Hombres de la Tierra y que ha
continuado vigente hasta la actualidad.
31
Entendemos que el autor ha querido decir “...en función del cobro de una deuda.”
12
deuda que, al no ser reparada, los transforma en “mas bravos y obstinados”. Es un círculo
de violencia sin mediación, de allí que la guerra subsista, incluso como mito.” (Föerster
1991: 194).
En discursos de épocas tempranas, como el que transcribiremos, se expresa con
claridad este imperativo de restituir las cosas a su lugar, reestableciendo una simetría y un
orden previos que la presencia española había violentado:
“Levantóse...el Cacique Aliante...y tomando el Toqui en las manos; que es señal de
guerra, dixo echando fuego por los ojos, y un bolcan por la voca: quando nuestros
antepassados rindieron parias a los Españoles? somos nosotros menos, que ellos? no
heredamos su sangre, y su valor? pues porque hemos de degenerar su valentia? que
importa, que nos maten quatro ni seis soldados, pues nosotros les matamos los Españoles
de quarenta en quarenta, y de sesenta en sesenta? que perdemos, quando lleben por
esclavas quatro mugeres? quanto nos sirven las suyas, y nos hazen chicha sus
Españolas, y nos paren hixos más blancos, y mas animosos y halentados?...para que
emos de dar la paz? para que nos hagan trabaxar en sacar oro? para que nos azoten, y
trasquilen en faltando algo de el peso?...para que vengan a poblar, y hazer ciudades en
nuestras tierras, y repartirnos en mitas, y en trabaxo personal? Lo que veo es que
nuestros antepassados no los pudieron sufrir, y que les destruyeron, y abrasaron todas sus
ciudades, fuertes y castillos, y los echaron de toda la tierra...pues memorias que ya estan
borradas, para que las emos de resucitar?...Hagamos lo que hizieron nuestros
antepasados, que no somos nosotros ni mexores, ni mas sabios que ellos: echémosles de
la tierra...” (Rosales 1989: II-1114-1115).
El aukan, entonces, conllevaba simultáneamente liberación y resarcimiento del
daño. Por ello, ahogarlo con represión, además de constituir, lógicamente, una
desinterpretación de su sentido esencial, constituía un vano intento destinado a fracasar,
aunque de momento el castigo se aplicase con éxito. La nueva violencia ejercida no hacía
más que magnificar el daño y aumentar la deuda, creando renovados motivos para la
rebelión y otorgando mejores argumentos para justificarla y legitimarla, motivos y
argumentos que se fijaban en la memoria colectiva, viajaban en el tiempo y en el espacio, y
eran traídos al presente cuando la oportunidad lo demandaba. 32
32
Un caso emblemático está constituido por el temor antiguo que provocaba el avistamiento o la mención de
navíos que persistió fijado en la memoria colectiva por historias oralmente transmitidas acerca de las
desnaturalizaciones ordenadas desde épocas de la colonia, cuando un castigo posible podía consistir en que
determinadas personas fueran embarcadas con un destino desconocido para sus familias y sus grupos, y no
se volviera a tener noticias de ellas. Imaginemos el efecto de las narraciones de “los indios cogidos en la
guerra que se llevaban al Perú” desde Chile, en el siglo XVII, y que lograron escapar en condiciones
excepcionalísimas. Ovalle relata que hubo quienes volvieron caminando a su tierra, luego de haber sido
transportados en barco, y otros que se arrojaron a las aguas mientras los llevaban a Lima (Ovalle 1969:
118). Morris, por su parte, describe una dramática fuga durante un viaje a España, aunque en este caso, los
indígenas “saltaron al mar” y allí “perecieron todos” (Morris 1956: 60-61). En nuestra región, un caso
muy conspicuo fue la deportación del cacique Linco Pangi, arbitrariamente apresado en Luján, en mayo de
1779, cuando -en calidad de embajador- se disponía a entrevistarse con el virrey Vertiz. En esas
circunstancias -aduciría más tarde Vertiz- “...como...ya fuese vehemente la sospecha de su infidelidad; y por
la declaración del cautivo Juan Antonio Alvarracin, se comprobase bastantemente...que al mismo tiempo que
vino á tratar de la paz, dejó sus indios hostilizando la campaña con crecidos robos de ganado, me pareció
13
IV.
Quienes elegían realizar acciones de guerra en Mamil Mapu, reivindicando el
discurso y las conductas de los aukaes y convirtiéndose en una molestia incordiosa para los
ulmenes, y en corsarios públicos a los ojos del poder colonial, encontraban amplias
oportunidades de obtener prestigio. El botín obtenido en estas incursiones - ganado, cautivas
y cautivos, objetos suntuarios y de culto, ropas, bebidas y otras mercaderías de diversos
tipos, todo concentrado en un punto del espacio bajo la forma de una arria o caravana constituía, como dijimos, la prueba más palpable del éxito de sus dueños. 33
Las bebidas importadas -vino y aguardiente, ambas de alta graduación alcohólicatambién jugaron un papel significativo. Su generosa distribución en los festines que tenían
justo sorprenderle, y le destiné á las islas Malvinas, quitando así de entre los indios uno de los mas vaqueanos
caciques, y á cuya direccion se sujetaban los demás...” (Vertiz 1871: 419-20). En esa misma década, el
cacique pampa Flamenco fue llevado “...primero a Montevideo y luego a las Malvinas...”, de donde regresó
en 1784, ya viejo, para servir de baqueano en una expedición contra indígenas, servicio a cambio del cual se
le permitió vivir en la frontera (Crivelli Montero 1994: 72). Los temores mantenían a tal punto su vigencia
que los caciques solían utilizarlos como argumento en su discurso. En 1787, Llanketruz, un renombrado
cacique corsario de Mamil Mapu , amenazaba a sus enemigos los Pewenche de Ancan Amun, aliados de los
españoles, con estas palabras : “...esclavos de Amigorena, el vendrá ahora que nos llebamos vuestras
haciendas y con su gente os acabara y deno os llebara en su navio a su tierra...” (Oficio de Amigorena al
marqués de Loreto, Mendoza, 25 agosto 1787, AHM, Carpeta 55, Documento 18, sin foliar ). En 1830, el
cacique Chokori exhortaba a los indígenas a que se alejaran de Bahía Blanca, “...porque los cristianos...los
quieren tener inmediatos, para embarcarlos en las naves...y conducirlos, há haserlos esclavos, ál otro lado del
mar...” (Villar, Jiménez & Ratto 1998: 228). En épocas muy tardías (fines de la década de 1850), el cacique
Pittü, rememorando la muerte del lider borogano Juan Ignacio Cañiukir, ocurrida en 1836, aconsejaba a su
gente que desconfiara de los cristianos con estas palabras: “...Murió Cañiuquir y muchos con él. Cautivadas
sus mujeres y sus hijos que ya muchos habrán hido a morir al otro lado del mar...¿Qué dicen de esto? ¿Se
puede uno confiar..?” (Avendaño 1997: 141). El terrible castigo también podía ser augurado y en este caso,
mostraba un poderoso efecto disuasorio. Carripilun, sobrino de Llanketruz, le manifestaba a Luis de la Cruz:
“...las muchas viejas que hay entre mis gentes...siempre me anuncian ruina en mi ida á Buenos Ayres, y ahora
estas Viejas de mi Casa han soñado que me echarán al otro lado del Mar...” (de la Cruz 1806, AGI, ACh,
Legajo 179, folios 113-113 vta.).
33
En los primeros tiempos de la conquista, durante la Guerra de Arauco, los caballos habían estado revestidos
de un significado similar, es decir, representaban el éxito de quien los montaba en una época en que se trataba
de bienes escasos, de difícil acceso, que sólo podían obtenerse arrebatándolos a los españoles. Luego, cuando
esas restricciones cedieron y el uso del caballo se generalizó, si bien conservó su importancia como parte del
botín, la materialización ideológica del éxito guerrero se desplazó hacia otros objetos, pero caracterizados de
una forma análoga. En esta nueva etapa, la posesión del animal importaba menos que cómo se lo enjaezase:
un apero con adornos y piezas de plata -chapeados, tembladeras, estribos- y un jinete con adornos personales
y espuelas del mismo metal causaban positiva impresión y hablaban a favor de su valor y prestigio más
elocuentemente que cien palabras (Ver al respecto Leiva 1981-82: 103). Los símbolos del pasado suelen
volver, su vigencia se renueva y mantiene a veces de maneras inusitadas: en 1989, Pascual, shaman de
Colicó, le transmitió a José Bengoa un relato cargado de milenarismo, en el que los tiempos antiguos y el
presente, el ad mapu y las creencias cristianas, se integraban en medio del sueño. El machi escuchó ruidos en
el patio de su casa, al lado del rewe y, al salir, encontró allí a “...un caballero...con un caballo...tenía aquí,
la rienda de pura plata, el bajador era de plata, los estribos de plata, la frente del caballero cubierta de
plata, miraba así, fuerte, en el pecho, tenía aquí, una redondela de plata, todo de pura plata, y se plantó allí,
en el rehue, mira, me dijo, vengo a avisarte, yo no quiero que este mundo, Chile es que me dijo,
fatalice...Siempre que usted le dé a ver las cosas a la gente, entregando la palabra a los lonko, los caciques,
está salvado Chile...me dijo, eso no más le vengo a avisar mi hijito...yo soy mandado, yo soy un enviado, me
dijo, que mando que hagan un nguillatun...toda la gente tiene que reconocer lo antiguo, reconocer la
antigüedad, todas las damas con su puro chamal, sin delantal, nada de ropa de chilenos, sin sombrero, todos
los hombres con manta, ojalá con chiripá...” (Bengoa 1992: 7-8)
14
lugar luego de un saqueo engrosaba la fama de quien los organizase e incrementaba las
posibilidades de reclutar nuevos seguidores. Además, sus excedentes admitían el
almacenamiento y podían reservarse para futuras reuniones, a diferencia de las chichas
locales que tenían baja graduación y que, a los pocos días de elaboradas, se avinagraban
(Villalobos 1982: 35).
Precisamente cuando el mundo se subvertía transitoriamente al Oeste de los Andes,
llegada la época de la chicha de manzana, durante esos días de caos en que el poder de los
ulmenes aflojaba por una vez sus controles y los españoles optaban por mantenerse
apartados, los aucacupa se adueñaban rápidamente del espacio público y hacían oír el
discurso de los guerreros, en palabras análogas a las que los seguidores de Llanketruz
gritaban a los Pewenche de Malargüe, aliados del poder colonial:
“...aprended, indios pobres, esclavos, a matar españoles y a tener chapeados,
estribos de plata, chupas y calzones buenos, assi como nosotros estamos hechos a hacerlo
en los caminos, y no estar sujetos a los españoles...” (Carta del comandante de armas de
Mendoza José Francisco de Amigorena al marqués de Loreto, Mendoza, 21 de agosto de
1787, en AHM, Carpeta 55, Documento 18).
Entre los principales líderes maloqueros de la segunda mitad del siglo XVIII,
Llanketruz, Quelan, Anteman y Canevayun exhiben en común el patrón de comportamiento
que hemos descripto precedentemente. Todos ellos, además, y principalmente el primero,
participaron en un resonante suceso que tuvo lugar en noviembre de 1777, cuando la
trayectoria de Llanketruz como corsario recién estaba comenzando. Ese episodio y sus
consecuencias nos brindará la ocasión de conocer la forma en que estos líderes construían
su poder.
En aquel entonces, los caciques reunían “...en el paraje que llaman los montes...”
contingentes todavía poco numerosos de mocetones bajo su liderazgo:
“...Estos caciques...cada uno tiene a su mando 90 indios, y algunos de asiento, los
que se hallan con abundancia de ganados, y demás Haciendas de valor...” (Carta de José
Francisco de Amigorena a Juan José de Vertiz y Salcedo, Mendoza, 30 de mayo de 1780,
en AGN, IX, 3.4.5.).
En esas circunstancias, asaltaron una caravana en la que viajaba desde Buenos Aires
a Chile, por el camino de Mendoza, el canónigo Ignacio Pedro Cañas. El testimonio de Blas
de Pedroza - un jovencito gallego, mozo de servicio del prevendado, capturado por los
indígenas y vuelto a Buenos Aires nueve años más tarde- indicaba que su amo había
resultado muerto en el encuentro:
“...Que en la continuación de su viaje y en las ymmediaciones de Cordova fueron
sorprehendidos por porción de Yndios en el paraje llamado el Saladillo de Ruy Dias y
aunque todos los que ivan en la tropa de carretas detrás de ellos procuraron defenderse
quanto les fue posible, mataron a él expresado canónigo con otras quarenta personas, y
hiriendo al que declara en la Espalda, con un golpe de Lanza, le dejaron ultimamente la
vida, como á dos Esclavos del mismo Canonigo que llevaron cautibos los caciques
15
Anteman y Canevayon, a sus tolderías...quedando Pedroza escla vo del 1º y los dos sitados
del 2º...” (Declaración de Blas de Pedroza, 8 de diciembre de 1786, en AGN, IX, 1.3.5.,
folio 662 vta.).
Sin embargo, Luis de la Cruz recogió, a casi treinta años del suceso, una versión
distinta sobre el destino del religioso. Según sus términos, Cañas fue asimismo cautivado
por Llanketruz -“...[el] famoso Llanquitur Guilliche que asolaba los campos de Buenos
Ayres, robaba las carabanas que viajaban para Chile, y cautivaba muchos Españoles entre
los que fue uno el Canónigo Cañas.” (De la Cruz, 1806, en AGI, ACh, 179, folio 187
vta.)-, lo que es de por sí atípico y reclama otro tipo de explicación, dado que se trataba de
un varón adulto cuya abducción no hubiera estado de ordinario entre las preferenciales
(claramente dirigidas a mujeres jóvenes y a niños de ambos sexos), y teniendo en cuenta
que simultáneamente fueron ultimadas más de cuarenta personas. El cacique lo mantuvo
con vida, llevándolo al campamento y allí, sin despojarlo de los hábitos ni de su misal, es
decir permitiéndole conservar las insignias de su status, lo puso a cuidar ovejas, trabajo
reservado a mujeres y hueñis. 34
Llanketruz era consciente de que la humillación del sacerdote y los episodios
desacratorios que la acompañaron y sucedieron constituían una insopo rtable blasfemia a los
ojos españoles. Tan insufrible era para los funcionarios coloniales la idea de que un hombre
sagrado pudiese estar experimentando en su persona y bienes semejantes insultos, que
Ambrosio Higgins -como lo haría nuevamente en circunstancias análogas, cuando se
esforzase por recuperar los objetos de culto arrebatados al Obispo de Concepción del
Penco, Francisco José Marán, asaltado por indígenas años después- tomó la iniciativa de
averiguar si Cañas estaba con vida, con el propósito de intentar su rescate:
“Quando la perdida de este Eclesiastico, hizo...el Señor Don Ambrosio Higgins
esquisitas indagaciones para saber su paradero, sin embargo de que de las Fronteras de
Buenos Ayres, Cordova y Mendoza se aseguraba que lo havían muerto los Indios. Mandó a
muchos Capitanes de Amigos á la tierra...[entre ellos]...un Xavier Poblete que por varios
servicios utiles que entre los Indios habia hecho gozaba de sueldo doble. Este se internó
por Antuco...y poco tardó de que supiese que dicho Canonigo estaba vivo en las Tolderías
de Llanquitur, que hasta entonces se vestía de negro con calzones, y capote, y aun resaba
todos los dias de un libro mediano, que su oficio era de Ovejero, y en fin se le hizo una
pintura tan cabal de su cuerpo y facciones que no desmentía de la filiación que llebaba.
Toda esta noticia se la dio un Indio llamado Colimilla. Contento con el allasgo descubrio
34
La práctica de exhibir como trofeos cierta clase de cautivos -religiosos y mujeres, por ejemplo- en
situaciones humillantes tenía antecedentes remotos en la historia de la resistencia de los Reche-Mapuche.
González de Nájera, en cita de Guarda Geywitz (1987: 106) se escandalizaba del trato inferido a cautivas de
pro: “con mil injurias y ignominias nacidas del celo y común odio que tienen a los españoles...las obligan a
ir a guardar el ganado...haciéndolas de señoras, pastoras...obligándolas a traer haces de leña sobre los
desnudos hombros, y a sus tiempos a ir a cavar sus posesiones, que es oficio de las mujeres en aquella
tierra...” A esta referencia, podría agregarse otra consignada por Robert Padden, quien la toma de la
crónica temprana. Se recuerda que en 1605, durante las paces e intercambio de cautivos iniciadas por el
gobernador Alonso García Ramón, los caciques de Arauco, bien conscientes de la distinción existente entre
partes públicas y privadas de la anatomía, exhibieron a varias cautivas totalmente desnudas y en visible
estado de embarazo, ant e los ojos de sus padres y esposos (Padden 1957: 120).
16
que su entrada solo havia sido por adquirir noticias de este sugeto por que queria
rescatarlo el Señor Don Ambrosio. Este que conocia el carácter de los Indios, á todos los
que mando previno que dijesen á lo que ivan pues se aventuraba la diligencia. Salió
Poblete, comunicó la existencia de aquel Eclesiastico, pero poco tardó en saverse tambien,
que Llanquitur así como supo, que Poblete havia andado adquiriendo noticias del
Canonigo, lo havia hecho degollar. Irritado don Ambrosio contra Poblete...le privo del
sueldo, y de que tubiese el menor trato con los Indios.” (De la Cruz 1806, en AGI, ACh,
179, folios 187 vta. a 188 vta. ) 35 .
Su política de captación exigía a Llanquetruz actuar con decisión, si es que deseaba
conservar y acrecentar sobre todo su capital simbólico, generando adhesión en las mentes y
corazones de los mocetones. La noticia de la búsqueda y la subyacente intención de un
rescate bastaron para que el corsario ordenase degollar a Cañas, enviando un mensaje claro
y coincidente no sólo a Higgins, también a sus propios konas y capitanes y a las
reducciones de Araucanía y las Pampas -entre las que se contaban algunas aliadas suyas y
otras coaligadas con los españoles en su contra-, en el sentido de que no había vuelta atrás
en sus conductas y que su irreductibilidad se encontraba garantizada por la ejecución de
actos irreversibles que el poder colonial nunca podría tolerar ni perdonarle.
La intrincada y sorprendente trayectoria posterior de los objetos de culto, ropas,
enseres, caballo y aperos del canónigo constituyen otra prueba concluyente de la
importancia de los mecanismos de materialización ideológica que sustentaban el aucan.
Juan Cuello, cautivo fugado luego de cuatro años de permanencia entre los
indígenas, relataba que el Cacique Quelan36 y su grupo lo llevaron “...a el paraje que
llaman Mamelmapú que quiere decir los montes...”, donde vio “... muchas tolderías a
trechos cortos, cautivas, haciendas, plata de cordoncillo, chapeados, fuentes, platos de
plata, etc, y el caliz del Canónigo en que beven chicha, que dicen que hera de un obispo
que lo lloran los cristianos...” (Declaración de Juan Cuello, Fuerte de San Carlos, uno de
junio de 1782, en AHM, Carpeta 65, Documento 23). E identificaba a sus captores como
“...los que mataron al canonigo Cañas, que ellos mismos se lo dijeron y qe. en poder de
ellos ha visto la casulla y otras alhajas y que eran también los que frecuentemente abanzan
a estos caminos...” (Carta de Javier de la Cruz a Juan José de Vertiz y Salcedo, Mendoza,
16 de junio de 1782, en AGN, IX, 3.4.6.).
35
La versión que narra De la Cruz es creíble, por varios motivos: en primer lugar, porque le fue transmitida
por Pedro Baeza, uno de sus acompañantes, que fue protagonista de las guerras contra Llanketruz, hombre
de profundo conocimiento de la frontera regional y experimentado en el trato con indígenas, y por ello digno
de crédito; en segundo término, porque la otra versión -la de que Cañas hubiese muerto en el ataque a la
caravana- era debida al relato de oídas realizado por Pedroza, herido de un lanzazo en la espalda que lo
dejó fuera de combate, impidiéndole ser testigo del resultado del entrevero; luego, porque Pedroza no
permaneció con Llanketruz, sino que fue recogido por el cacique Anteman que lo llevó a sus tolderías (Cfr.
Declaración de Blas de Pedroza, ya citada), y por último, porque Xavier Poblete era en efecto Capitán de
Amigos de la Reducción de Villacura, un lugar muy cercano a la Cordillera (Ver Tratado del Parlamento de
Tapihue, 21 a 29 de diciembre de 1774, en AGI, ACh, Legajo 189).
36
El mismo que años más tarde, siendo un anciano, provocaría con su aspecto la risa de la Cruz.
17
El mismo Llanketruz conservó -y utilizaba- el montado y los aperos que
pertenecieron a Cañas, perdiéndolos recién diez años después, durante un ataque que
españoles y aliados indígenas llevaron contra su campamento y del que escapó a pie,
tirándose a las aguas heladas de un arroyo. Sus atacantes se apoderaron de “...porción de
prisioneros, y cautivas, de toda la caballada, y de los Abíos, y entre ellos el de Llanquitur
que andaba en el del Canonigo Cañas con sus estriberas, y Erraje...” (De la Cruz 1806,
en AGI, ACh, 179, folios 200 y 201).
Los aperos quedaron en poder de Rayguan, entonces capitan del cacique Curelipi,
aliado de la administración colonial en las acciones de guerra contra Llanketruz. En 1806,
De la Cruz los vio en poder de uno de los hijos: “En el propio sitio de la capilla está la
Toldería de una India llamada Raypi; hermana del difunto Peguenche Rayguan, que es
tutora de sus sobrinos. A este Rayguan mataron...8 años há. Era Indio de mucho crédito
por su valor. Rico de vienes de fortuna, y he visto a un hijo suyo de edad de diez y seis años
al parecer, llamado Hymiguan, el errage del difunto Canonigo Cañas que cautibó
Llanquitur, famoso salteador...” (De la Cruz 1806, en AGI, ACh, 179, folio 32 vta. )
El cáliz, por su parte, pasó de las tolderías de Quelan -donde Juan Cuello lo vio
exhibido en un contexto festivo, utilizado para beber chicha- a manos de Carripilum,
segundo de Llanketruz, “...en su poder se halló el calix de oro de el Canonigo Cañas que
lo cargaba de senserro en el caballo...” (Carta de Luis de la Cruz al marqués de
Sobremonte, Buenos Aires, 20 de septiembre de 1806, en AGI, Ach, 179, folio 216 vta.)
Los españoles lograron al fin recuperarlo recién tres décadas después de que fuera
arrebatado a su propietario. En efecto, “...lo compró por otra mano el Teniente Coronel
Don Simón Gorordo según el mismo me lo expresó conosiendolo en Río Tercero quando
pasaba para Cordoba en solicitud de V. E.” (idem anterior).
Por último y para que se vea claramente cómo en el mundo cóncavo de los aukaes,
aquello que la convexidad del orden imperial coloca abajo, se troca arriba, y vice versa,
faltaría sólo agregar que, así como se hacían de señoras, pastoras -y de canónigo también-,
un esclavo podía recorrer con rapidez un camino en otras circunstancias intransitable: “...en
los ataques pasados, dicen que estos dos [renegados] con un Negro les gritaban [a los
aliados indígenas de la administración colonial] que los españoles los engañaban y que
ellos estaban hechos a matar cristianos...” (Carta de José de Amigorena al marqués de
Sobremonte, Río Salado, 12 de octubre de 1787, en AGN, IX, 5.9.6.). Y el mismo
Amigorena, escribiéndole al marqués de Loreto, agregaba: “...le gritaban sus
enemigos...que para que tenían españoles con escopetas [en referencia a los milicianos que
acompañaban a los aliados indígenas de la administración colonial], que seria de miedo,
que los abandonasen y saliesen a pelear con su gente...por causa de vosotros que estays en
estos caminos, no bamos a Mendoza a Maloquear porque dais parte, pero algun dia
iremos, que los mas malos eran el negro y los dos españoles, que estos les gritaban que los
españoles los avian engañado y los tenian de carnaza diciéndoles...adulones, cobardes,
subordinados...” (Mendoza, 21 de agosto de 1787, en AHM, Carpeta 55, Documento
18).
V.
18
Mamil Mapu se convirtió, entonces, en el lugar ideal para escapar al control
crecientemente ejercido por los ulmenes. Si hasta las distantes autoridades coloniales
llegaban las noticias de festejos en los que los corsarios exhibían cautivos, aperos de plata,
alhajas, prendas de vestir y objetos de culto tomados a los españoles en acciones de guerra,
seguramente mucho mayores y más precisas habrán sido las referencias que sobre esto
mismo tendrían los mocetones deseosos de abrirse camino y que los decidirían a participar
en aquellas.
No es extraño, por lo tanto, que se incluyeran cláusulas en las actas de los
parlamentos de Tapihue, Lonquilmo y Negrete, poniendo bajo la responsabilidad de los
caciques de cada reducción el control estricto de las incursiones al Este de la cordillera, en
este caso destinadas a saltear a los transeúntes del camino a Mendoza desde Buenos Aires y
a las estancias fronterizas. En el primero de esos parlamentos, celebrado en 1774, se
especificaba:
“...Que si algunos mocetones salieran a robar a la Ysla de La Laja, a los potreros
de Arauco, ú otros parajes de Españoles, ha de ser obligado el Cacique de su Reducción a
hacer las diligencias y averiguar quienes han sido los Ladrones, á quitarles el robo...y a
entregar a los delincuentes para que se les castigase a proporción del delito, con pena de
destierro ó la que corresponda, para que no lo padezca su reducción, ni el credito de los
mismos Caciques...y que lo mismo han de executar con los que saliesen a robar a los
Caminantes para Buenos Ayres, ó a aquellas Haziendas inmediatas, ó cualesquiera del
Reyno.” (Tratado del Parlamento de Tapihue, Novena Capitulación, 21 a 29 de diciembre
de 1774, en AGI, ACh, Legajo 189).
El texto muestra a las claras que los corsarios provenían del seno de la misma
sociedad Reche -Mapuche y que su actividad comprometía la paz en las reducciones y el
crédito de los caciques que las autoridades coloniales deseaban reforzar para terminar con
los disturbios.
Sin embargo, las incursiones no cesaron. En 1784, el Obispo Marán denunciaba la
ineficacia de las medidas tomadas al respecto:
“...Como estos indios no pueden vivir, por decirlo así, sin la embriaguez, del mismo
modo se ha hecho costumbre general el hurto. Este lo practican con no menor tesón,
cebados por el interés. Entre ellos mismos son frecuentes las malocas...No son menos, sino
aun mas frecuentes para con los españoles...Si solo se ciñeran a los robos considerables
que salen a hacer los Pehuenches al camino de Buenos Aires...Pero roban
desenfrenadamente en Mendoza, San Luis de la Punta, todo el resto de las pampas hasta la
Costa Patagónica; y no satisfecha su pasión roban el distrito de esta frontera con no
menor desenfreno, sin que para contenerlos...se haya tallado otro arbitrio que la ruina de
estos pobres y fieles vasallos de S. M...” (Marán 1784: 136-137).
En el Tratado del Parlamento de Lonquilmo, se convino que “...sean castigados
como enemigos de la Corona...los Caciques Capitanes de Guerra Caudillos y
Parcialidades que por sí marcharen ó diesen auxilio de gente contra los citados pueblos de
19
Buenos Ayres por que se obligarán á cortar de raiz estas perversas expediciones...”
(Tratados del Parlamento General Celebrado por el Señor Brigadier de Caballería de los
Reales ejércitos Dn. Ambrosio de Higgins, en el campo de Lonquilmo, á principios de
enero de mil setecientos ochenta y cinco años, en Archivo Nacional de Santiago, Fondo
Morla Vicuña, Volumen 24, Pieza 8, fojas 58-59), pero casi una década después, en el
Primer Parlamento de Negrete, el mismo Don Ambrosio aunque más realista, se
conformaba con ordenar a los caciques gobernadores que hiciesen lo posible por evitar las
incursiones, poniéndolas en conocimiento de las autoridades, si no lograban hacerlo:
“...Que por cuanto de mi embargo de lo repetidamente ordenado...para que sus
caciques cuiden con celo, y vigilancia, que los mocetones, ó indios particulares de guerra,
no se mezclen con los Huilliches de la otra banda de la cordillera para hacer incursiones y
correrías sobre las Pampas de Buenos Ayres, en los ganados, casas, Haciendas y arrias de
los Españoles...estoy informado que este ecceso a continuado aun despues del Parlamento
de Lonquilmo, causando grandes perjuicios a la población de aquellas partes...y sobre
todo un grande escándalo por la falta de respeto y subordinación que incurre este mismo
procedimiento, hordeno y mando a los espresados Gobernadores y Caciques de los
Bultamapus de los Llanos que redoblen su cuidado...para evitar la emigración de los
mozetones al otro lado de la Cordillera, y que en caso de no poder impedirla, me den
cuenta con toda anticipación...” (Artículos publicados en el Parlamento General de los
Indios, congregados en el Campo de Negrete, por orden del Gobernador Ambrosio
O’Higgins, los días 4, 5 y 6 de marzo de 1793, en Archivo Nacional, Fondo Morla
Vicuña, Volumen 8, Pieza 131, folios 392 y 392 vta.).
Precisamente en esos años, luego de la muerte de Llanketruz (diciembre de 1788), el
conflicto en Mamil Mapu comenzó a ceder de manera gradual aunque en forma transitoria.
Como consecuencia de la desaparición del cacique, se desarticuló el sistema de alianzas que
este había construido a lo largo de muchos años y concomitantemente mermó la intensidad
de la rebelión.
La victoria obtenida sobre el lider corsario y su gente constituyó un señalado éxito
de la política colonial. Para obtenerlo, los funcionarios imperiales instrumentaron contra los
aukas los recelos que estos despertaban en los ulmenes, aprovechando simultáneamente los
conflictos surgidos entre los mismos caciques instalados en el País del Monte, en torno al
problema de las hegemonías locales (Jiménez 2001, Villar & Jiménez 2000, 2002). Las
autoridades de Mendoza y Chile, prometiendo beneficios políticos y económicos,
organizaron alianzas interétnicas que presentaban para la corona importantes ventajas. En
primer lugar, a cambio de apoyarlos con un corto número de operadores de armas de fuego
y eventualmente con alguna pieza de artillería, se descargaba en los coaligados indígenas el
peso de las acciones bélicas -que tuvieron un alto costo demográfico y territorial para los
grupos implicados37 -; y en segundo término, se desplazaban estas acciones hacia tierra
37
Los Pewenche, aliados de los españoles y por lo tanto vencedores nominales en esos conflictos, vieron, sin
embargo, reducidas sus poblaciones y sensiblemente modificada la ubicación de sus territorios que,
además, disminuyeron en extensión. Ver al respecto sobre todo Jiménez 1997a, 1997b , y además Villar &
Jiménez 1999 y 2002.
20
adentro, evitando que los enfrentamientos perturbasen las actividades propias de las áreas
fronterizas.
Las últimas dos décadas de dominio hispánico se caracterizarían por el
apaciguamiento de los guerreros y el predominio temporario de los ulmenes. Pero la crisis
que acompañará la disolución del imperio también colocaría nuevamente en entredicho su
poder, tan estrechamente vinculado a la concertación con los españoles, brindando otras
oportunidades a los aukas. Mientras este tiempo llegaba, Luis de la Cruz podía reir sin
cuidado del aspecto de Quilán.
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