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Beagle, Peter - Un Lugar Agradable y Tranquilo.rtf
Peter Beagle
Un lugar agradable y tranquilo
Traducción de Jordi Fibla
ALCOR
Título original: A Fine and Private Place
Colección dirigida por Alejo Cuervo y Albert Solé
Cubierta: Romi Sanmartí
Ilustración: Chris Collingwood
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del «Copyright», bajo las
sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o
procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de
ejemplares de ella mediante alquiler o préstamos públicos, así como la exportación e importación de esos
ejemplares para su distribución en venta, fuera del ámbito de la Comunidad Económica Europea.
© 1960, Peter S. Beagle
© 1991, Ediciones Martínez Roca, S. A.
Gran Via, 774, 7°, 08013 Barcelona
ISBN 84—270—1511—9
Depósito legal B. 12.642—1991
Impresión: Libergraf, S. A., Constitució, 19, 08014 Barcelona
Impreso en España — Printed in Spain
A la memoria de Louis Untermeyer y Edgar Pangborn
Todos los personajes de este libro son ficticios y cualquier parecido con personas
reales, vivas o muertas, es pura coincidencia.
Prefacio
Tal como yo lo veo, sólo hay que saber un par de cosas importantes acerca de lo
que he escrito. En primer lugar, como ocultador innato que soy, durante toda mi
vida me ha fascinado el disfraz, el camuflaje, lo que cambia de forma y todo aquello
que ha de abordarse hacia atrás o de lado, mientras uno finge estar pensando en
otra cosa. Hay en el mar peces y crustáceos que sobreviven haciéndose pasar por
piedras o fragmentos de algas, o como tipos de una pandilla peligrosa. Por mi
parte, tiendo a cultivar una franqueza inocente, que en el fondo es exactamente lo
mismo.
En segundo lugar, siempre he sido cantante y, de vez en cuando, escribo
canciones. Me envanece en extremo el hecho de que desde hace varios años
interpreto las obras de los grandes chansonniers franceses (Brassens, Jacques Brel,
Léo Ferré, Charles Aznavour) en un pequeño restaurante de Santa Cruz. Pero lo
que importa es que siempre estoy cantando y, normalmente, sólo soy a medias
consciente de que lo hago. Murmuro un batiburrillo perpetuo de ópera y blues,
tonadas de viejos musicales e himnos sureños, baladas isabelinas que tratan de
asesinatos y venganzas, celebraciones hasídicas en clave menor y canciones
susurradas de Gilbert Sullivan. Con frecuencia no pronuncio palabras inteligibles, es
algo cercano a la circulación sanguínea o al ronroneo. Es mi sello distintivo, siempre
estoy tarareando, de una manera u otra.
Estos dos detalles pueden explicar hasta cierto punto por qué cultivo la literatura
fantástica. En la medida en que yo mismo me lo he explicado, puesto que soy
intelectualmente perezoso y, en consecuencia, una especie de Parque Nacional de
pensamientos a medio formular, el ángulo de visión fantástico conviene por igual a
mi idea del mundo como un lugar profundamente extraño y engañoso y mi sentido
más hondo de la poesía, que se concreta en cantar. También me proporciona el
bosque más rico posible de vidas y hechos en el que moverme, animado y umbrío,
donde estoy a mis anchas en las sombras del tiempo. En cualquier caso, me
aseguran que empiezo a hablar así después de tomar la segunda San Miguel. Tras
engullir la tercera, es probable que anuncie que, al fin y al cabo, toda escritura es
fantasía, que narrar cualquier acontecimiento es empezar de inmediato a mentir
acerca de él, gracias a Dios, y que no es menos absurdo y presuntuoso ponerse la
piel de cajero de banco que la de un Pies Grandes1 o un dragón. En mi caso, parece
ser sencillamente que veo y canto así, y que siempre lo he hecho.
La influencia más importante sobre mi obra no es la de James Stephens ni la de
T. H. White ni siquiera la de Brassens, sino la de los animales. Cuando rememoro
mi infancia veo muy lejos y, a la vez, amedrentadora y tiernamente cercano, a un
chico del Bronx gordo, asmático y solitario que leía todos los libros que caían en sus
manos sobre lobos, pumas y caballos salvajes, que jugaba a ser un lobo en vez de
Roy Rogers o el capitán Video (en el baño solía ser uno de los lobos de Mowgli que
nadaba por el Waigunga), cuyo amigo imaginario, hasta una época tan tardía como
la del inicio del bachillerato, era un león de cabellera negra, y que no podía respirar
si estaba cerca de un gato doméstico durante media hora. (A este respecto, tenía
continuos ataques de asma en los claustros fríos y polvorientos, pero siempre
insistía en que me llevaran allí para ver los tapices de los unicornios.) No hay uno
solo de mis libros de relatos que no rebose de imágenes animales, de ambientación
animal, tanto si los protagonistas son unicornios, hombres lobo y cuervos como si
sólo son nobles y motoristas. No es coincidencia que el libro con cuya escritura más
1
Nombre del también llamado Sasquatch, un gran mamífero peludo que se supone existente en el
noroeste del Pacífico y el Canadá occidental (N. del T.).
he disfrutado haya sido el que escribí en colaboración con Pat Derby, La dama y su
tigre. Ahora vivo con muchos animales y conozco a dos lobos llamados Lucy y
Sylvester.
Un lugar apacible y tranquilo es un libro escrito en estado de gracia. Tenía
diecinueve años cuando empecé a escribirlo por las noches en la Universidad de
Pittsburgh, mientras los miembros del club estudiantil de mi compañero de
habitación celebraban sus reuniones alrededor de su cama y los Piratas de
Pittsburgh perdían partidos al otro lado de la calle. El cementerio es un sitio muy
real (allí jugaba de niño, paseaba o me sentaba ante la ventana de la cocina con mi
hermano, y contemplaba apaciblemente los cortejos fúnebres que serpenteaban por
las laderas verdes y blancas), y la mayor parte de los detalles físicos accesorios
están sacados de esa punta extrema del Bronx donde el metro llega a su término.
El señor Rebeck es un plagio flagrante de las novelas de Robert Nathan, que
devoraba por aquel entonces, y en especial de Una primavera más. Michael Morgan
responde a la idea que yo tenía de lo que era tener treinta y cuatro años y un
matrimonio desgraciado pero interesante. Así pues, Laura Durand soy yo y la
señora Gertrude Klapper es ella misma, gracias a Dios. Incluso hoy estoy muy
orgulloso de la señora Klapper.
1
La mortadela que sujetaba el cuervo le impedía remontar el vuelo, y el tendero
casi le atrapó cuando aleteaba con frenesí a través de la puerta de la charcutería. Al
batir las alas con todas sus fuerzas para ganar altura, pareció un pequeño
ventilador eléctrico de color negro. Una corriente de aire ascendente le lanzó hacia
el cielo. Voló dos veces en círculo, para establecer su rumbo, y se alejó en dirección
norte.
Abajo, el tendero permaneció un rato con los brazos en jarras, mirando aquella
pavesa cada vez más pequeña en el cielo. Luego se encogió de hombros, dio media
vuelta y entró en la charcutería. No carecía de algunas ideas filosóficas y sabía que
si un cuervo entra en tu tienda y te roba una mortadela entera, o bien es un
designio divino o bien no lo es, y en ninguno de los dos casos puedes hacer gran
cosa por evitarlo.
El cuervo voló perezosamente sobre Nueva York, dejando que el sol temprano le
calentara las plumas. Un camión de riego anadeaba por la avenida Jerome, dejando
la calzada oscura y brillante tras él. Algunos taxis se deslizaban alrededor de
Fordham como tiburones bien alimentados. Dos parejas salieron de la boca del
metro y caminaron lentamente, las mujeres apoyadas contra los hombres. El
cuervo prosiguió su vuelo.
La noche había sido calurosa, y el cuervo vio personas que se despertaban en los
tejados de la ciudad. Las ratas grises que salen poco antes del alba habían vuelto a
sus sótanos, porque los gatos ya habían salido y recorrían despacio los bordillos.
Las palomas matutinas se habían diseminado por los tejados y aleros cuando
llegaron los gatos, y el cuervo pensó que era una lástima. ¡Ojalá hubiera algunas
palomas menos!
La acostumbrada bruma matinal cubría Yorkchester, y el cuervo descendió y se
internó en ella. Una compañía de seguros había construido gran parte de Yorkshire,
que parecía un solo edificio de ladrillo rosa reflejado en un centenar de espejos.
Todos los edificios de Yorkshire tenían catorce plantas y marineros de estuco
tocando el acordeón en las entradas principales, mientras que en las traseras los
marineros tocaban la mandolina. Todos los marineros eran zurdos y tenían borlas
de estuco en las gorras. Había un centro comercial, tres cines y un pequeño parque
cuadrado.
También había un cementerio, hacia donde el cuervo descendió de súbito. Era un
cementerio muy grande, como la mitad de Central Park, y poblado de árboles.
Tenía un trazado cuidadoso, con vías serpenteantes que ostentaban nombres como
Avenida Vistabella, Avenida Central, Avenida de Oakland, Calle de los Alerces y
Calle de los Olmos. Una de las vías conducía a la sección italiana del cementerio,
otra a la sección alemana, una tercera a la sección polaca y así sucesivamente,
pues el cementerio de Yorkchester no era sectario pero sí asustadizo.
El cuervo había entrado por la parte trasera, de modo que sobrevoló la Avenida
Central, sujetando la mortadela entre sus garras. La extensión de lápidas más o
menos sencillas empezó a ceder el paso a las antiguas y severas cruces, a éstas las
sustituyeron los ángeles, que fueron reemplazados a su vez por otros ángeles
plañideros, y éstos, finalmente, fueron sustituidos por mausoleos que se alzaban
como gélidos perros guardianes en las parcelas familiares y se decían unos a otros:
«¡Mirad! Alguien importante ha abandonado el mundo». Eran agresivamente
griegos, con columnas de mármol blanco y tejados en forma de cúpula. Tal vez a
un griego no le habrían parecido griegos, pero sí se lo parecían a los habitantes de
Yorkchester.
Un corto sendero separaba un mausoleo de los demás. Era una construcción
antigua, no tan grande como algunas otras ni tan blancas. Sus columnas estaban
agrietadas y desportilladas en las bases, y el cristal había desaparecido de la rejilla
que cubría la puerta, pero los dos pesados picaportes continuaban en las bocas de
dos leones, y si uno miraba a través de la ventana podía ver el ángel de vidrio de
color en la pared del fondo.
La puerta estaba abierta, y en los escalones se sentaba un hombrecillo en
zapatillas, el cual agitó la mano, saludando al cuervo que descendía hacia él y le
dijo: «Buenos días, buenos días» cuando se posó ante él. El cuervo soltó la
mortadela y el hombrecillo se apoderó afanosamente de ella.
—¡Una mortadela entera! —exclamó—. Muchísimas gracias.
El cuervo jadeaba un poco y miraba al hombrecillo con cierta expresión
rencorosa.
—Los cornflakes no eran bastante buenos —le dijo ásperamente—. Bernard
Baruch los come, pero tú necesitas mortadela.
—¿Has tenido dificultades para traerla? —le preguntó el hombrecillo, que se
llamaba Jonathan Rebeck.
—He estado a punto de herniarme —gruñó el cuervo.
—Los pájaros no se hernian —dijo el señor Rebeck, algo inseguro.
—Menudo ornitólogo serías.
El señor Rebeck empezó a comerse la mortadela.
—Deliciosa —comentó al cabo de un rato—. Muy tierna. ¿No quieres un poco?
—No tengo inconveniente —dijo el cuervo, y picoteó el trozo de mortadela entre
los dedos del señor Rebeck.
—¿Hace buen tiempo? —inquirió el hombrecillo al cabo de un rato.
—Bueno. Cielo azul, sol brillante. El mundo apesta a verano.
El señor Rebeck sonrió un poco.
—¿No te gusta el verano?
El cuervo alzó ligeramente las alas.
—¿Por qué no? Está bien.
—Me gusta el verano —afirmó el señor Rebeck. Dio un mordisco a la mortadela y
añadió con la boca llena—: Es la única estación que puedes saborear cuando
respiras.
—Caramba, no a horas tan tempranas —puntualizó el cuervo—. Por cierto, sería
mejor que te libraras de todas esas bolsas de papel viejas. Se ven desde el
exterior.
—Las tiraré a las papelera del lavabo de hombres —replicó el señor Rebeck.
—No, no hagas eso. Yo las esparciré desde el aire. Mira, la gente empezaría a
intrigarse. Si ven bolsas de papel en el cementerio no pensarán que las gírl scouts
han venido de excursión. Además, andas demasiado por ahí y van a empezar a
recordarte.
—Me gusta —dijo el señor Rebeck—. Estoy muy encariñado con ese lavabo y ahí
me lavo la ropa. —Se rodeó las rodillas con las manos—. ¿Sabes? La gente dice que
el mundo está gobernado por materialistas y por máquinas, pero eso no es cierto,
por lo menos en Nueva York. Una ciudad que instala unos lavabos en un cementerio
es una ciudad de poetas. —Esta última frase le satisfizo y la repitió—: Una ciudad
de poetas.
—Es para los niños —aseguró el cuervo—. Las madres traen a los niños para que
vean las tumbas de sus tíos abuelos. Las madres lloran y ponen flores en la tumba.
Los niños tienen que hacer pipí más tarde o más temprano, así que instalan un
gran retrete. ¿Qué otra cosa podrían hacer?
El señor Rebeck se echó a reír.
—Nunca cambias, ¿eh? —le dijo al cuervo.
—¿Cómo podría hacerlo? Pero tú sí que has cambiado. Hace diecinueve años se
te habría caído la baba y me habrías dado las gracias efusivamente por una
galletita. Ahora quieres que te traiga filetes. Anda, dame otro trozo de mortadela.
El señor Rebeck le complació.
—Sigo pensando que podrías hacerlo. Un filetito no pesa tanto.
—Claro que pesa..., cuando un policía lo agarra por el otro extremo. Hoy casi no
he podido remontar el vuelo, y no olvides que todos los carniceros de esta última
frontera de la civilización ya me conocen. Muy pronto tendré que empezar a hacer
incursiones en los Altos de Washington, y dentro de veinte años, si llegamos a vivir
tanto, tendré que transportar tu comida desde Jersey.
—Mira, no estás obligado a traerme comida —dijo el señor Rebeck, sintiéndose
un tanto dolido y extrañamente culpable. Al fin y al cabo, el cuervo era muy
pequeño—. Puedo apañarme yo solo.
—Tonterías. Te entraría el pánico nada más cruzar la puerta de la verja, y la
ciudad ha cambiado mucho en diecinueve años.
—¿Tanto ha cambiado?
—No te lo puedes imaginar.
—Quién lo diría. —El señor Rebeck envolvió con esmero el resto de la mortadela
y lo dejó a un lado—. Oye, ¿te fastidia traerme comida? —preguntó con titubeo al
cuervo—. Quiero decir si es una molestia.
Preguntar tal cosa le hacía sentirse como un estúpido, pero quería saberlo. El
cuervo fijó en él los ojillos, que parecían de oro vitrificado.
—Una vez al año —respondió con voz ronca—, una vez al año te preocupas,
empiezas a preguntarte qué le pasa a tu amigo volador. Te preguntas qué ganas
con esto y te dices: «Nada de nada. Nadie le hace a nadie ningún favor».
—Eso no es cierto —dijo el señor Rebeck—. No es en absoluto cierto.
—Ja —replicó el cuervo—. Muy bien, tu conciencia empieza a importunarte. Tus
fiambres variados no saben bien. —Miró directamente al señor Rebeck—: Claro que
es molesto, por supuesto que resulta fastidioso. Tienes mucha razón, esto se sale
de lo común para mí. ¿Te sientes mejor así? ¿Alguna otra pregunta?
—Sí —dijo el señor Rebeck—. Entonces ¿por qué lo haces?
El cuervo se lanzó contra una oruga apresurada y falló. Habló lentamente, sin
mirar al señor Rebeck.
—Hay gente que da y gente que toma —le dijo—. Unos crean, otros destruyen y
otros no hacen nada y vuelven locos a los de las otras dos clases. Dar o tomar es
algo innato en ti, y así es como eres. Los cuervos damos cosas a la gente, somos
así, está en nuestra naturaleza, aunque no nos guste. Preferiríamos mucho más ser
águilas, o cisnes, o incluso uno de esos tordos idiotas, pero somos cuervos, qué se
le va a hacer. Los cuervos no nos sentimos bien sin alguien a quien llevarle cosas, y
cuando encontramos a alguien nos damos cuenta de lo absurda que es, ante todo,
esa actividad. —Emitió un sonido que oscilaba entre la risa apagada y la tos—. Los
cuervos somos unos pájaros bastante neuróticos. Estamos más cerca de la gente
que cualquier otro pájaro y unidos a ella durante toda nuestra vida, pero no tiene
por qué gustarnos. ¿Acaso crees que le llevamos comida a Elías porque nos
gustaba? Era un viejo con la barba sucia.
Guardó silencio y escarbó ociosamente el polvo con el pico. El señor Rebeck no
dijo nada. Al cabo de un rato tendió una mano vacilante para acariciar el plumaje
del cuervo.
—No hagas eso —dijo el pájaro.
—Perdona.
—Me pones nervioso.
—Perdona —repitió el señor Rebeck. Miró al exterior, por encima de las pulcras
parcelas familiares con sus lápidas musgosas—. Espero que pronto venga alguien
más. Esto es demasiado solitario en verano.
—Si querías compañía, deberías haberte afiliado a un club de bridge —dijo el
pájaro.
—La verdad es que casi nunca me falta compañía, pero se olvidan tan pronto y
con tanta facilidad... Es mejor cuando son recién llegados. —Se puso en pie y se
apoyó en una columna—. A veces creo estar muerto —confesó, y el pájaro soltó un
barboteo burlón—. De veras, también me olvido de las cosas. A veces el sol brilla
en mis ojos y ni siquiera me doy cuenta. Una vez me senté con un viejo y los dos
intentamos recordar el sabor de los pistachos, pero no pudimos.
—Te traeré unos cuantos —dijo el cuervo—. Cerca de Tremont hay una tienda
que los vende. Es también un garito donde se corren apuestas para las carreras de
caballos.
—Me encantaría probarlos —repuso el señor Rebeck, y se volvió hacia el ángel
de vidrio coloreado—. Ahora me aceptan más fácilmente —siguió diciendo, de
espaldas al cuervo—. Al principio estaban terriblemente asustados, pero ahora nos
sentamos a charlar, echamos unas partidas y me digo que quizás ahora, quizá esta
vez, sí, de verás, quizás... Entonces se lo pregunto y me dicen que no.
—Ellos sabrán —dijo el cuervo.
El señor Rebeck se volvió hacia él.
—Sí, pero si la vida es la única distinción entre los vivos y los muertos... no creo
que esté vivo, no, no lo creo.
—Estás vivo —afirmó el cuervo—. Te escondes detrás de las lápidas, pero la vida
te sigue. Huiste de ella hace diecinueve años y te persigue como un cobrador de
morosos. —Cloqueó quedamente—. La vida debe quererte muchísimo.
—¡No deseo que me quieran! —gritó el señor Rebeck—. Es una carga para mí.
—Bueno, eso es asunto tuyo. Yo tengo mis propios problemas. —Batió las alas
negras produciendo un ligero fragor—. Tengo que marcharme. Dame las bolsas y lo
demás.
El señor Rebeck entró en el mausoleo y salió poco después con cinco bolsas de
papel y un envase de leche vacío. El cuervo agarró las bolsas y dejó de lado el
envase.
—Eso lo recogeré más tarde. Si me lo llevo ahora tendré que ir a casa andando.
El cuervo echó a volar y aleteó lentamente por encima de la Avenida Central.
—Adiós —le dijo el señor Rebeck.
—Hasta luego —graznó el cuervo, y desapareció tras un olmo enorme.
El señor Rebeck estiró los brazos, volvió a sentarse en los escalones y contempló
el sol, que ascendía. Estaba un poco desconcertado. Normalmente, el cuervo le
traía alimento dos veces al día, charlaban un poco y eso era todo. A veces ni
siquiera hablaban. Pensó que no conocía al pájaro en absoluto, a pesar de los
muchos años transcurridos. Conocía a los fantasmas mejor que a aquel pajarillo.
Apoyó el mentón en las rodillas y pensó en ello. Era una idea nueva, y el señor
Rebeck atesoraba las ideas nuevas. Últimamente no se le habían ocurrido
demasiadas, y sabía que era culpa suya. El cementerio no era propicio para
concebir nuevas ideas, el ambiente no se prestaba. Era un sitio para considerar las
viejas ideas almacenadas, acariciarlas amorosa y esmeradamente, como si fuesen
cristalería fina, preguntándose si sería posible pensarlas de cualquier otra manera y
con el conocimiento profundo y firme de que aquélla era la mejor de las maneras.
Así pues, examinó la nueva idea minuciosa pero cautamente, se acercó para
obtener los detalles y luego se alejó de ella para verla en perspectiva, la extendió,
la hizo transparente, cambió su forma a palmaditas y la moldeó gradualmente para
que encajara en los contornos de su mente.
Alzó la vista al oír un aleteo. El cuervo volaba en círculo a unos tres o cuatro
metros de altura, y le llamaba.
—¿Te has olvidado algo? —le preguntó el señor Rebeck.
—He visto algo al salir —dijo el pájaro—. Un cortejo fúnebre ha entrado por la
puerta principal..., no es muy numeroso, pero viene hacia aquí. Será mejor que
corras a esconderte o te cambies los pantalones, como prefieras. Podrían pensar
que eres un comité de recepción.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó el señor Rebeck, y se puso en pie de un salto—.
Gracias, muchísimas gracias. No puedo permitirme la negligencia. Gracias por
decírmelo.
—¿No lo hago siempre? —replicó el cuervo en tono de hastío.
El ave remontó el vuelo con lentos y potentes aletazos, y el señor Rebeck corrió
al interior del mausoleo, cerró la puerta y se tendió en el suelo, escuchando los
latidos de su corazón en la súbita oscuridad.
2
Era un cortejo fúnebre bastante reducido, pero tenía dignidad. Lo precedía un
sacerdote con dos acólitos a derecha e izquierda. Seguía el ataúd, a hombros de
cinco portaféretros, cuatro de los cuales sostenían los ángulos de la caja, mientras
que el quinto parecía algo azorado. Tras ellos, vestida de un negro sombrío y
curiosamente garboso, caminaba Sandra Morgan, la que fuera esposa de Michael
Morgan. Cerraban la marcha tres personas que evidenciaban distintos grados de
tristeza. Una de ellas compartió habitación con Michael Morgan en la universidad.
Otra enseñó historia con él en la Universidad de Ingersoll. La tercera bebió y jugó a
las cartas con él, y le tenía bastante aprecio.
Si Michael hubiera podido presenciar su propio funeral, le habría gustado. Era
íntimo, en absoluto pomposo, como había temido.
—Los muertos —dijo en cierta ocasión— no necesitaban nada de los vivos y los
vivos no pueden dar nada a los muertos.
Esa frase, a los veintidós años revelaba precocidad y a los treinta y cuatro
madurez, lo cual complacía a Michael de un modo considerable. Le había gustado
ser maduro y razonable, mientras que le desagradaba el ritual y la pomposidad, la
rutina y la emoción falsa, la retórica y los gestos dramáticos. Las multitudes le
ponían nervioso, la ostentación le ofendía. Hombre romántico en esencia, había
prescindido de los adornos propios del romanticismo y, aunque los amó
profundamente, nunca los conoció.
El cortejó avanzó en silencio por los serpenteantes caminos del cementerio de
Yorkchester. El sacerdote reflexionaba en la transitoriedad del mundo, Sandra
Morgan lloraba por su marido y parecía turbadoramente adorable, los amigos
efectuaban los pequeños y necesarios reajustes en sus vidas y a los acólitos les
dolían los pies. Dentro del ataúd, Michael Morgan golpeaba la tapa y aullaba.
Michael había muerto de un modo bastante súbito y muy definitivo, y cuando
recobró la conciencia supo dónde estaba. El ataúd oscilaba y se ladeaba sobre
cuatro hombros, y su cuerpo chocaba con las estrechas paredes. Al principio
permaneció inmóvil, porque siempre existía la posibilidad de que estuviera
soñando. Pero oyó el cántico del sacerdote cerca de él y la grava que se deslizaba
bajo los pies de los portaféretros, lo cual, unido a un sonido tintineante que debía
de ser el llanto de Sandra, le sacó de dudas.
Pensó que, o bien había muerto realmente o le habían declarado como tal por
error. Sabía que eso había sucedido a otros, y era del todo posible, por no decir
apropiado, que a Michael Morgan le hubiera ocurrido semejante cosa. Entonces se
apoderó de él un gran temor a la tierra que le asfixiaría y aporreó la tapa del ataúd
y gritó, pero sus labios no emitieron sonido alguno y la tapa permaneció muda bajo
sus golpes.
Pronunció frenéticamente el nombre de su esposa y la maldijo cuando ella siguió
llorando sin hacerle caso. El sacerdote entonaba su liturgia y dirigía miradas de
advertencia a los acólitos cuando arrastraban los pies, los portaféretros trasladaban
el ataúd sobre sus hombros y Michael Morgan gemía calladamente por su silencio.
Entonces se tranquilizó de repente, el frenesí desapareció y yació en silencio,
sabiéndose muerto.
«Ahí tienes, Morgan —se dijo a sí mismo—. Treinta y cuatro años haciendo esto
y aquello, y aquí es dónde todo termina. De regreso a la tierra...» «O al mar» —
añadió, porque nunca recordaba dónde acababa todo el protoplasma.
Su conciencia no le sobresaltaba mucho. Siempre había estado dispuesto a
conceder la vaga posibilidad de otra vida, y supuso que estaba atravesando la
primera etapa.
«Quédate quieto, Morgan —pensó— y tómatelo con calma. Canta un espiritual o
algo parecido.»
Volvió a preguntarse si no habrían cometido algún error, pero en realidad no lo
creía.
Uno de los portaféretros resbaló y casi dejó caer su esquina del ataúd, pero
Michael no sintió la sacudida.
«No me siento especialmente muerto —dijo a la tapa del ataúd—, pero sólo soy
un lego. Mi opinión carecería de valor ante cualquier tribunal de la tierra. No te
entremetas, Morgan. Era un funeral muy agradable hasta que empezaste a causar
problemas.»
Cerró los ojos y siguió quieto, preguntándose distraídamente por el rigor mortis.
El cortejo se detuvo de súbito y la voz del sacerdote se hizo más intensa y firme.
Cantaba en latín, y Michael le escuchó apreciativamente. Siempre detestó los
funerales y los había evitado en la medida de lo posible. Pero pensó que las cosas
eran distintas cuando se trata de tu propio funeral. Tienes la sensación de que es
una de esas ocasiones que no deberías perderte.
No sabía latín, pero se aferró a las palabras del cántico, sabedor de que eran las
últimas palabras humanas que oiría jamás.
«Supongo que significan "cenizas a las cenizas" —pensó— y "polvo al polvo". Eso
es todo lo que eres ahora, Morgan..., una taza de polvo diseminado para los lobos
de la noche.»
Reflexionó en la última frase y la rechazó a regañadientes. Al fin y al cabo, ¿qué
tenían que ver los lobos con el polvo?
Los primeros puñados de tierra cayeron sobre la tapa del féretro, sonando
exactamente como golpes en la puerta. Michael se echó a reír dentro de su cabeza.
«Adelante —pensó—, puede usted pasar. Ahora la casa está un poco
desordenada, pero siempre agradezco la compañía. Haga el favor de entrar, amigo.
Esta es la Casa Abierta.»
Ahora Sandra lloraba ruidosamente,
empezaban a parecer bostezos.
sin
contenerse,
pero
sus
sollozos
«Pobre Sandy —pensó Michael—. Probablemente has tenido que levantarte
temprano para venir aquí. Lo siento, chica. Unos pocos minutos más y podrás irte a
casa y volver a dormir.»
Los sonidos de la tierra fueron debilitándose hasta desaparecer por completo.
«Bien, aquí estamos —se dijo Michael Morgan. Se dio cuenta de lo absurdas que
eran esas palabras y, desafiante, las pensó de nuevo—. Aquí estamos, aquí
estamos, aquí estamos, aquí estamos todos, dando vueltas a la chumbera. La
chumbera. Aquí estamos, chumbera. Aquí.»
Por fin se detuvo y pensó en el cielo, el infierno y Sandra.
Jamás en toda su vida había creído en ninguno de los dos primeros, y no veía
motivos para empezar a creer ahora.
«Estoy en este autómata agusanado mientras dure —pensó—, y dentro de unos
minutos me daré la vuelta, me arroparé la eternidad alrededor del cuello y me
echaré a dormir.»
Si se equivocaba, uno de los dos Viejos Caballeros no tardaría en venir a verle, y
por fin podrían quedar claras una serie de cosas. Entretanto, decidió pensar en
Sandra.
Había querido a su mujer. Pensando en ello objetivamente, desafiaba a
cualquiera a que no la amara. Reunía en su persona todos los objetos adorables del
mundo, y los mostraba lenta y perezosamente, como un disco giratorio lleno de
diamantes en el escaparate de una joyería. Además, parecía apurada y tenía un
rictus de tristeza en la boca.
Se conocieron en la pequeña reunión que dieron a Michael cuando entró a formar
parte de la facultad de Ingersoll. Sandra asistió con su tío, que enseñaba geología.
Sus miradas se cruzaron y él dejó el vaso que tenía en la mano y fue hacia ella. Un
cuarto de hora después le había citado a Rimbaud, Dowson y Swinburne, además
de tararearle sus propias canciones secretas. Y Sandra le escuchó y comprendió:
Michael quería acostarse con ella. Así pues, eran maduros y civilizados, y ella le
llevó a su cama enorme y cálida, en la que se las ingenió para parecer
conmovedoramente perdida.
A Michael le encantó esa cualidad que tenía Sandra de parecer perdida, pues le
hacía sentirse necesario y útil. Descubrió en sí mismo una fuerte tendencia
protectora que le irritó, divirtió y satisfizo intensamente por turno. La cautivaron
todavía más sus momentos de fría brillantez e ingenio perezoso, que la hacían
tridimensional, y Michael llevaba largo tiempo en busca de la tercera dimensión.
Así pues se casaron y Michael recibió lo que el presidente denominó «un
aumentillo». Era exactamente eso, pero permitió a Michael y Sandra mudarse a un
piso de Yorkchester y a Sandra a dejar su trabajo en una galería de arte.
Estuvieron casados cuatro años, y durante gran parte de ese tiempo fueron felices.
Yahora estaba muerto. Muerto y enterrado, pensó Michael. Humus para la tierra
ávida. Y jamás vería de nuevo a Sandra. Este pensamiento le dolía, incluso a través
del entumecimiento que le había acariciado con sus dedos brujeriles. Ahora su
cuerpo no era nada para él, pero gran parte de su alma parecía haberse quedado
con Sandra y, muerto, se sentía desnudo y de alguna manera incompleto.
Rogó para poder conciliar el sueño, y al no conseguirlo inventó maneras de pasar
el tiempo. Dividió su vida en períodos bajo los epígrafes Juventud, Harvard,
Europea, Corea, Ingersoll y Sandra, y los examinó minuciosa y objetivamente.
Primero juzgó que no había desperdiciado su vida y poco después llegó a la
conclusión contraria. Pensó en todos los minúsculos factores que habían intervenido
en la formación de la existencia mortal de Michael Morgan, los enumeró, los sopesó
y decidió que tenían importancia individual pero no colectiva. Entonces pensó que
podría haber sido exactamente al revés. Había descubierto que la muerte traía
consigo la facultad de efectuar un escrutinio desinteresado del camino recorrido,
pero que también le acompañanaba una curiosa falta de interés por gran parte de
lo que antes fue un mundo muy importante. Ahora sólo Sandra parecía real...
Sandra y, tal vez, las agradables primaveras de Nueva York y encontrar al único
alumno de su clase que comprendió a la acería solitaria que fue Bismarck y a
Bonaparte, el emperador de hielo.
Entonces trató de recordar la gran música que escuchó a lo largo de su vida y en
seguida descubrió que su educación no había sido tan completa, su interés tan
grande y su memoria tan retentiva como había esperado. Su recuerdo sólo
abarcaba los Preludios de Chopin que aprendió de niño; junto con algo de Rimsky—
Korsakov, unos pocos pasajes de la Novena y una melodía lastimera y sinuosa que
adjudicó a Weill. El resto le había abandonado, o era él quien había abandonado al
resto, y lo sentía porque habría sido grato en sus circunstancias escuchar un poco
de música.
«Un muerto ha de ser muy profundo —pensó—, y yo no lo soy.»
Empezó a tener cierta noción de la eternidad y su mente se estremeció como lo
hiciera su cuerpo cuando se despertaba en las noches frías y metía las manos entre
los muslos para mantenerlas calientes. Pensó que aquélla iba a ser una larga
marcha.
De repente recordó una mañana, a primera hora, en compañía de Sandra antes
de que se casaran. Estaban sentados a la pequeña mesa de la cocina de Sandra,
comiendo bocadillos de pan con jalea. Ella fue a sacar una botella de leche de la
nevera y él contempló sus movimientos. Los pies de la mujer produjeron un sonido
muy ligero e íntimo sobre el linóleo. Ahora, al recordarlo, el dolor parecía rasgarle
como un carámbano. Gritó y oyó su propio grito como un gran aullido animal de
terror..., y entonces se encontró al lado de su propia tumba, gritando: «¡Sandy!
¡Sandy!».
Ella no acudió, él supo que no lo haría, pero aun así siguió gritando y diciéndose:
«Cerraré los ojos, contaré hasta cien y cuando los abra ella estará ahí»... lo mismo
que hacía cuando esperaba el autobús, pero no podía cerrar los ojos y los números
matraqueaban en su cabeza como dados. Finalmente se esforzó para contener sus
gritos y al cabo de un rato se sentó en la hierba.
Tardó un rato en darse cuenta de que había salido de su tumba, y cuando lo hizo
no le pareció muy importante.
«Estoy fuera —se dijo— y puedo hablar y moverme de nuevo, pero no estoy
mejor que antes.»
Si estuviera vivo, por lo menos podría mantener el pretexto de que tenía algún
lugar importante adonde ir, pero ahora parecía como si pudiera permanecer
sentado al lado del camino durante el próximo millón de años. Y en realidad eso era
lo único que deseaba, sólo quería seguir sentado en la hierba, contemplando las
hormigas que iban de un lado a otro, y no pensar en nada.
«Quiero que mi mente esté blanca, limpia y sin características, como mis
huesos», pensó. Ésa era la respuesta a todo y él no la había visto.
—Podéis quedaros con mi cráneo —dijo cortésmente a las hormigas—. No voy a
necesitarlo. —Pero las hormigas siguieron pululando entre la hierba y Michael se
enfadó con ellas—. Muy bien, idos también al diablo —concluyó. Entonces se
levantó y fue a echar un vistazo a su tumba.
Aún no había lápida, sino sólo una plaquita metálica que decía: «Michael Morgan,
7 de marzo, 1924—10 de junio, 1958», y esta concisión le agradó mucho. Pensó
que era como un titular del Times y la miró durante largo rato.
«Mi cuerpo está ahí —pensó—. Todas mis cenas a base de pollo, todas las veces
que me rasqué la cabeza, estornudé y forniqué, y los baños calientes, las
quemaduras del sol, las cervezas y los afeitados..., todo enterrado y olvidado. Es
como un lavado de todas las minucias. Me siento limpio, ligero y puro.»
Pensó en ir a la caza de libros en la Cuarta Avenida y supuso que se sentía como
una bombilla hecha añicos.
—Adiós —dijo a su cuerpo, y se alejó por el camino pavimentado. Quiso silbar y
se sintió estafado al comprobar que le era imposible.
Michael Morgan deambulaba por el cementerio y sus pies no producían ningún
sonido. El sol brillaba, pero él no notaba su calor ni tampoco las ligeras corrientes
de aire que susurraban entre las lápidas. Vio un círculo de columnas griegas que no
sostenían nada y cerca de ellas una alberquilla de cemento donde se bañaban los
pájaros. Vio fuentes, flores y una carretilla medio llena de tierra. Un coche pasó por
su lado cuando caminaba por el lado paralelo a la calle, pero ninguno de los
pasajeros le miró.
Vio parcelas familiares, con las pequeñas lápidas apelotonadas como ganado
asustado, y vio un gran mausoleo de cuatro pisos de altura, custodiado por un
ángel de mármol. Vio un grupo de cerezos, de ramas gruesas e hinchadas por el
rojo fruto. Espaciados a intervalos regulares, veinticuatro chapiteles indicaban el
camino del cielo, en beneficio, supuso Michael, de almas perdidas y turistas.
Tenía la sensación de caminar por un vacío ligeramente permeable. Veía el sol y
suponía que seguía ardiendo, pero él personalmente no sentía frío ni calor. Veía que
soplaba una brisa, porque las hojas cruzaban el camino ante él, pero no sentía el
contacto del aire en su piel. Oía débil, pero claramente, el canto de los pájaros y el
rumor del agua, pero los sonidos no significaban nada para él, y ni siquiera se le
ocurrió arrancar una cereza. No es que nada le importara un bledo (durante toda su
vida puso un gran empeño en evitar que nada le importara un bledo), pero ahora el
hecho de que algo importara, un bledo o no era del todo irrelevante.
—Me siento mediocre —dijo a modo de experimento—. Tibio... —Pero las
palabras carecían de significado.
Caminó durante largo tiempo. El camino, hasta entonces con pavimento negro,
pasó a ser de tierra, luego de grava y otra vez pavimentado, en un tramo del que
partían otros senderos. Unas veces era ancho y otras tan estrecho como la fría
cama de Barbara Allen, pero no terminaba y Michael siguió andando sin sentir la
menor señal de cansancio.
Pensó que tal vez el camino no tenía final y él sólo seguiría andando. Esa
perspectiva no le hizo sentir nada salvo un tenue regocijo.
Entonces, al otro lado de una pequeña loma, vio el mausoleo y al hombrecillo
sentado delante. Tenía las rodillas subidas y el mentón sobre los brazos cruzados,
la mirada extraviada.
Michael creyó que recobraba las sensaciones: curiosidad, interés, cierto temor,
placer y una cucharadita de esperanza retornaron lentamente, diciéndose unos a
otros: «¿Qué es esto? ¿Cómo puede ser? ¿Aún no está la casa vacía?». Y Michael
Morgan dijo alegremente:
—¡Hola!
El hombrecillo parpadeó, miró a su alrededor y sonrió a Michael.
—Hola —respondió—. Ven aquí.
Michael bajó lentamente la loma y el hombre se puso en pie para recibirle.
Parecía tener unos cincuenta años, pues sus hombros estaban un poco
redondeados y el cabello era de un gris canoso. Pero la sonrisa que dirigió a Michael
era afable y juvenil, y sus ojos tenían el color de la tierra.
—¿Qué tal? —le preguntó—. Me llamo Jonathan Rebeck.
—Y yo Michael Morgan —dijo Michael, súbitamente tan feliz al ver a aquel
hombrecillo y tan feliz al darse cuenta de que se sentía feliz, que aferró la mano
morena del señor Rebeck... y observó con moderado horror que atravesaba
completamente la suya.
Entonces recordó, y por primera vez vio la vida tal como la ven los muertos. Se
apartó del señor Rebeck, y se habría vuelto para echar a correr de no haber visto la
tristeza que llenaba los ojos marrones del hombrecillo. Entonces se sentó en los
escalones que conducían a la entrada del mausoleo e intentó llorar, pero no sabía
cómo hacerlo.
—De acuerdo —dijo finalmente—. Estoy muerto.
—Lo sé —replicó en tono afable el señor Rebeck—. He visto tu cortejo fúnebre.
—¿De veras? —Michael alzó la cabeza y le miró—. ¿Qué aspecto tenía desde
fuera?
—Muy bonito —dijo el señor Rebeck—. Muy sosegado y con mucho gusto.
—Me alegra saberlo —comentó Michael—. El hombre llega al mundo con un
máximo de jaleo. Dejémosle...
El señor Rebeck empezó a reírse.
—Un máximo de jaleo... —Se rió entre dientes—. Muy cierto, sí, muy curioso y
muy cierto.
—¿Me dejas terminar? —preguntó fríamente Michael.
—¿Cómo? Oh, claro que sí. Lo siento muchísimo. Creí que ya habías terminado.
—Dejémosle abandonarlo con el mínimo —concluyó Michael, en tono disgustado.
El señor Rebeck se rió cortésmente y Michael le miró con el ceño fruncido.
Todavía cejijunto, empezó a reír de un modo entrecortado, como una
ametralladora, y al terminar se frotó los ojos con los nudillos, pero no había
ninguna lágrima que enjugar y miró seriamente al señor Rebeck.
—No me siento muerto —dijo lentamente—. ¿Seguiría haciendo esos malos
epigramas si lo estuviera? Me siento tan vivo como cualquiera, tanto como tú.
—Yo no soy muy apropiado como referencia —dijo quedamente el señor Rebeck.
—No me siento muerto —repitió Michael con firmeza—. Noto mi cuerpo como si
fuese un ancla. —El símil le agradó—. Un ancla, un ancla buena y consoladora que
me sujeta a la tierra. Si estoy muerto, ¿cómo es que no voy ondulando hacia el
más allá, como una sábana arrancada de un tendedero por el viento?
Lamentó vagamente que Mooney, el director del departamento de Clásicas, no
pudiera oírle ahora. Mooney y él habían pasado veladas juntos, hasta muy tarde.
—Conozco una metáfora muy buena —dijo pensativo el señor Rebeck—. ¿No es
cierto que esas personas a las que les han amputado los brazos o las piernas
siempre dicen que todavía los sienten? Afirman que les pican de noche.
Michael permaneció largo rato en silencio.
—Yo conozco una mejor —dijo por fin—. Es una superstición antigua. Algunos
creen que si matas a una serpiente de día su cola no dejará de menearse hasta la
puesta del sol. —Miró al señor Rebeck y añadió—: De acuerdo, estoy muerto.
¿Cuánto falta hasta la puesta del sol?
—Todavía falta un buen rato —respondió el señor Rebeck, y se sentó al lado de
Michael—. Mira, Michael, nadie se muere de golpe. El cuerpo lo hace con rapidez,
pero el alma se aferra a la vida mientras puede, porque vivir es lo único que
conoce.
—¿El alma? —inquirió Michael, vagamente preocupado—. Entonces ¿tengo alma?
—No sé si ésa es la palabra adecuada. Tal vez sea mejor decir la memoria. Vivir
es algo grande y resulta bastante difícil olvidarlo. Todo cuanto tiene alguna
conexión con la vida se vuelve importante para los muertos..., incluso encender
una cerilla o cortarte las uñas de los pies. No sólo tu vida pasa ante ti, sino las de
todos los demás. Tienes avidez de gente, cada vez que vienen a visitarte observas
sus movimientos, tratando de recordar cómo hacías tú eso. Y cuando se marchan
los sigues hasta la salida y te detienes ahí porque no puedes ir más allá. —Hizo una
pausa y siguió diciendo—: Mira, lo han entendido al revés..., esas viejas historias
de fantasmas, sobre muertos que acosan a los vivos. No es así en absoluto.
Michael esbozó una leve sonrisa.
—Sabes más de la muerte que yo.
—Vivo aquí desde hace mucho tiempo —confesó el señor Rebeck—. La muerte es
algo que se debe aprender, como ocurre con la vida, sólo que no has de aprender
con tanta rapidez porque dispones de más tiempo.
—¿Será así... para siempre? Quiero decir que, hasta ahora, es como si estuviese
vivo pero menos apresurado.
Esta vez el señor Rebeck no se rió.
—No, es diferente, pero no puedo decirte cómo es realmente. Creo que podría si
estuviera muerto..., pero entonces no querría decírtelo. —Vio que Michael
parpadeaba, perplejo, y añadió—: Lo único que puedo decirte es que te olvidas de
todo. Dentro de una semana te habrás olvidado de algunas cosas..., la música que
te gustaba, los juegos que te entretenían, cosas de poca monta. Dentro de dos
semanas puede que hayas olvidado cosas más importantes, como dónde
trabajabas, dónde estudiaste... Al cabo de tres semanas no recordarás que jamás
amaras u odiaras a nadie, y dentro de un mes..., no puedo decirlo exactamente con
palabras. La cuestión es que te olvidas de las cosas.
—¿Me olvido de todo? —El señor Rebeck apenas oyó la voz de Michael. Asintió
con la cabeza—. ¿De todo? ¿De hablar..., de pensar?
—Eso se hace innecesario, como la respiración. No es que te olvides de eso, sino
que ya no te sirve de nada, no lo necesitas, y se atrofia, como el apéndice. Ahora
no estás hablando realmente. ¿Cómo podrías hacerlo? No tienes laringe, ni cuerdas
vocales, ni diafragma, pero estás tan acostumbrado a hablar y deseas tanto hacerlo
que te oigo tan claramente como si pudieras producir sonidos. Nada te impedirá
hablar mientras lo desees. Lo que ocurre es que dentro de algún tiempo ya no lo
desearás.
—Entonces es el infierno —dijo Michael lentamente—. Sin duda es el infierno.
—Es curioso que digas eso. Yo siempre lo he considerado como algo más bien
celestial. Ya nada te puede afectar, sobresaltar o hacerte daño. Todas las pequeñas
hipocresías que sostienen la vida te abandonan. Te conviertes en una especie de
círculo cerrado, sin principio ni fin. A mi modo de ver, es el estado más puro de
existencia.
—Como una ameba —comentó Michael—. Tampoco tienen traumas.
—No, no es como una ameba. Te lo demostraré. Alza los ojos, Michael. Mira el
sol.
Michael obedeció y miró el sol, rojo e hinchado en el atardecer, cuyo calor se
había vuelto vengativo. El señor Rebeck parpadeó rápidamente al mirarlo y desvió
la vista, pero Michael lo miró fijamente, sin ver más que una naranja arrugada
colgada de un árbol encogido. Sintió que le invadía una mezcla de conmiseración y
desdén.
—¿Te das cuenta? —le preguntó Rebeck cuando por fin Michael le miró con sus
ojos que no se habían deslumhrado.
—Dios —dijo Michael.
—Podría ser —afirmó el señor Rebeck—. Si yo hubiera mirado el sol durante
tanto rato, ahora estaría ciego, pero tú puedes mirarlo todo el día, puedes observar
su movimiento si te apetece. Ahora nada puede cegarte, Michael. Verás más
claramente de lo que jamás viste en tu vida. Ahora nadie puede mentirte, porque
tres cuartas partes de una mentira son el deseo de creer en ella, y creer ya no
significa nada para ti. Te envidio mucho, Michael. —Suspiró e hizo saltar dos
piedrecillas de una palma a otra—. Cada vez que también me creo muerto —añadió
quedamente— miro el sol.
Michael quiso mirar el sol de nuevo, pero en vez de hacerlo miró al señor
Rebeck.
—¿Quién eres tú? —le preguntó.
—Vivo aquí —respondió el señor Rebeck.
—¿Por qué? ¿Qué haces? —Entonces se le ocurrió una idea y preguntó—: ¿Eres
el vigilante?
—En cierto sentido. —El señor Rebeck se levantó y entró en el mausoleo. Volvió
a salir poco después, con media mortadela y un pequeño envase de leche en las
manos—. La cena —explicó—. O un almuerzo muy tardío. Me lo ha traído un viejo
amigo. —Se apoyó en una columna agrietada y sonrió a Michael, que no se había
movido—. La muerte es como la vida en muchos aspectos —comentó pensativo—.
La facultad de ver claramente no siempre cambia a la gente. Quien ha sido sensato
en vida se vuelve más sensato una vez muerto, el mezquino en vida sigue siendo
mezquino. Mira, la muerte cambia sus domicilios, no sus almas.
»Los cementerios siempre me han parecido similares a ciudades. Tienen calles,
avenidas..., creo que ya las has visto, Michael. También hay manzanas, números en
las casas, barrios pobres y guetos, distritos de clase media y palacetes. En la
entrada dan tarjetas a los visitantes, en las que constan las calles de sus parientes
y los números de las casas. Es la única manera de encontrarlos. En eso también es
como una ciudad.
»Una ciudad oscura, Michael, y superpoblada. Y tiene casi todas las cualidades
de las demás ciudades: compañerismo, frialdad, discusiones. No hay amor, por
supuesto, no lo hay en absoluto, pero tampoco abundan demasiado en ese mundo
flotante del exterior.
»Lo que sí hay es soledad. Los muertos están muy solitarios durante cierto
tiempo, muy perplejos y asustados. El abismo que los separa de los vivos es tan
ancho como el abismo que separa a los vivos unos de otros, incluso creo que más
ancho. Deambulan tan desamparados a través de la ciudad oscura como lo hacían
en las ciudades de piedra y, finalmente, encuentran un lecho tranquilo e intentan
dormir.
»Me gusta ayudarles. Me gusta estar aquí cuando vienen, para calmarlos y
serenar su espíritu. Alguien con quien hablar, podríamos decir. La gente ha
enloquecido buscando alguien con quien hablar. Charlamos, o nos sentamos a jugar
al ajedrez —confío en que sepas jugar— o les leo. Muy pocas cosas, Michael, y sólo
por poco tiempo. Pronto desaparecen, y allá adonde van no puedo seguirles.
Entonces no me necesitan, no necesitan a nadie y eso me satisface, porque la
mayoría de ellos se pasaron la vida tratando de no necesitar a nadie.
»Así pues, hago un poco de compañía a esos amigos míos. A veces les digo que
soy el alcalde de la ciudad oscura, pues por lo menos esa palabra les resulta
familiar, pero más bien creo ser una luz en la noche, un farol en una calle oscura.
—Caronte —dijo Michael—. Caronte y las monedas sobre las lenguas de los
muertos.
El señor Rebeck sonrió.
—Eso pensaba antes, pero Caronte era un dios o un semidiós, y yo soy un
hombre. —Rió quedamente—. Era farmacéutico.
—Yo era profesor —dijo Michael—. Profesor de historia. Me gustaba mucho. —Se
le ocurrió algo y, un tanto azorado, preguntó—: ¿Puedes verme? ¿Soy visible?
—Te veo —afirmó el señor Rebeck—. Pareces un hombre, pero no arrojas
sombra y puedo ver el sol a tu través.
—Una especie de calco de un hombre —dijo Michael amargamente.
—No importa —le aseguró el señor Rebeck—. Dentro de tres semanas o de un
mes ya ni siquiera necesitarás adoptar la forma humana.
—Quieres decir que ya no la recordaré.
—No querrás recordarla.
—¡Claro que querré! —exclamó Michael con vehemencia.
El señor Rebeck le replicó lentamente.
—Voy a hacerte la misma promesa que hago a todo el mundo, Michael. Mientras
te aferres a la vida, mientras te importe ser un hombre, estaré aquí. Estaremos
juntos, como dos hombres, en este lugar. Eso me gustará, porque aquí me siento
solo y necesito compañía, y también a ti te gustará, hasta que llegue a ser un
juego, un ritual inútil. Entonces te marcharás.
—Me quedaré —musitó Michael—. Puede que no sea un hombre, pero lo
pareceré tanto como me sea posible.
El señor Michael extendió la mano y se encogió ligeramente de hombros.
—Te he dicho que no es tan distinto de la vida. —Titubeó un instante y entonces
preguntó—: Dime, Michael, ¿de qué has muerto?
La pregunta sorprendió a Michael.
—¿Cómo has dicho?
—Pareces muy joven. Estaba intrigado...
Michael le miró con una ancha sonrisa.
—¿Qué te parece vejez prematura? —El señor Rebeck no dijo nada—. Tengo una
esposa —añadió Michael—. Quiero decir que la tenía.
—La he visto. Una mujer muy guapa.
—Adorable —dijo Michael, y guardó silencio.
—¿Y bien?
—¿Bien qué? Mi encantadora esposa me ha matado. Me envenenó, como si
echara sal en la sopa.
Vio el sobresalto reflejado en el rostro del señor Rebeck y esto le gustó. Se sintió
muy humano, y sonrió de nuevo al señor Rebeck.
—Me gustaría jugar al ajedrez antes de que se ponga el sol —le dijo.
3
—Podríamos dar otro paseo —dijo el señor Rebeck.
—No quiero pasear más. Hemos andado hasta arrancar toda la hierba de este
lugar. Por donde pasamos dejamos la tierra monda. Somos como langostas.
—Pero te gusta, o eso me dijiste.
Michael se concentró en pensar sobre el fruncimiento de ceño y se sintió
satisfecho al recordar la sensación.
—Claro que me gusta, pero me fastidia ver que te cansas.
El señor Rebeck empezó a decir algo, pero Michael le interrumpió.
—Porque yo no puedo, no puedo cansarme y verte respirar como si bebieras el
aire, me molesta. Así que no sigamos andando.
—De acuerdo —musitó el señor Rebeck—. Si lo deseas, podemos jugar al
ajedrez.
—No quiero jugar al ajedrez. —Michael recordó qué era la petulancia—. Tienes
que mover las fichas por mí. ¿Cómo crees que me siento en esas condiciones?
El señor Rebeck le dirigió una mirada de conmiseración.
—Michael, Michael, estás poniendo las cosas muy difíciles.
—Tienes mucha razón. No abandono con facilidad. —Sonrió al señor Rebeck—. Si
ya no puedo tomar vodka y zumo de tomate, no voy a tragar la bebida mágica de
nadie. Nada de ajedrez. Además, el ajedrez no me gusta.
—Podría leerte.
—¿Leer qué? —preguntó Michael con suspicacia—. No sabía que tuvieras libros.
—De vez en cuando el cuervo roba un par de ellos en las librerías de la Cuarta
Avenida. Tengo un libro de Swinburne.
Michael se esforzó por recordar si le había gustado Swinburne, y se sintió a un
palmo del terror cuando el nombre no evocó nada en su cabeza.
—Swinburne —dijo en voz alta. Sabía que el señor Rebeck le estaba mirando.
«Dios mío —pensó— Entonces ¿todo está desapareciendo?» Aferró
frenéticamente la primera cosa familiar que encontró a mano y que resultó ser el
número de su despacho en la universidad. Uno tres uno seis, pensó, tratando de
componer la cifra, 1316, 1316, 1316. Cuando, de súbito, se convirtió en 1613, se
apresuró a decir:
—Swinburne. Sí, conozco a Swinburne. ¿No escribió un poema muy largo sobre
el tema de Circe?
Ese era un viejo truco, que recordaba de todas las conversaciones académicas y
largas discusiones en las que había participado. Si no sabes una cosa, invéntala.
Nadie admitía jamás que desconocía una cita, o un libro, o un ensayo sobre algo.
Esa regla también tenía un corolario: si no estás seguro, di que se trata de
Marlowe.
Racionalizó la cuestión, como siempre había hecho, diciéndose que era muy
posible que Swinburne hubiese escrito ese poema. ¿Cómo iba a saberlo ahora?
—¿Circe? —El señor Rebeck frunció el ceño—. Nunca lo he leído, pero eso no
significada nada —añadió, sonriendo tímidamente—. No he leído infinidad de cosas.
—No estoy seguro de que lo escribiera Swinburne —dijo Michael—. Podría haber
sido otro.
—El poema en el que pensaba es El jardín de Proserpina, ¿sabes?
Citó los versos, con cierta vacilación, pero saboreando ávidamente las palabras.
Liberados de un amor excesivo a la vida,
del temor y la esperanza,
agradecemos, con breve acción de gracias,
a cualesquiera dioses existentes,
que ninguna vida sea eterna;
que los muertos jamás se levanten...2
2
From too much love of living, / From hope and fear set free, / We thank with brief thanksgiving /
—Lo recuerdo —dijo bruscamente Michael—. No me gusta.
—Lo siento —replicó el señor Rebeck—. Creí que podría agradarte.
—Oportuno —dijo Michael—. Muy oportuno. De todos modos, Swinburne lo
escribió cuando vivía.
Alzó la vista y vio que el sol se deslizaba lentamente por el cielo, como un viejo
cansado. Le interesó y se quedó mirándolo con fijeza. Mientras lo hacía, Swinburne
desapareció de su mente para siempre, ni amado ni odiado.
—Juguemos al ajedrez —propuso.
—Creía que no te gustaba.
«Maldito seas», pensó Michael, y habló con una claridad de dicción exagerada:
—El ajedrez me gusta. Es un juego que me entusiasma, estoy loco por el
ajedrez. Anda, juguemos una partida.
El señor Rebeck se incorporó, riendo.
—De acuerdo —dijo, y echó a andar hacia la puerta del mausoleo.
—Podemos sustituir la torre negra por un guijarro —le dijo Michael desde atrás.
El señor Rebeck buscaba algo distraídamente en el bolsillo trasero del pantalón.
Se detuvo y sonrió a Michael un tanto tristemente.
—Desde hace diecinueve años, cada vez que vuelvo aquí busco la llave para
entrar. La cerradura está rota, ¿sabes?, pero siempre espero encontrarme con la
puerta cerrada.
Empujó la puerta y entró en el mausoleo. Michael se sentó de espaldas a una de
las columnas blancas; más bien imaginó que se sentaba y, a todos los efectos
prácticos, así lo hizo. Desde hacía tres días experimentaba una pérdida de contacto
con el mundo físico, y eso le asustaba. Cada vez que quería hablar, sonreír o hacer
un guiño tenía que esforzarse mucho para recordar qué eran esas acciones. Por lo
demás permanecía inmóvil, totalmente desconectado de sus recuerdos corporales,
como una gota de conciencia suspendida en el aire.
Su memoria todavía era buena y su imaginación clara. Se sentía humano y
aburrido, y el mismo aburrimiento le aliviaba por ser una emoción tan humana.
El señor Rebeck salió del mausoleo con un tablero de ajedrez cuyo anverso
estaba cubierto con un trozo de hule verde lleno de desgarrones. Se sentó al lado
de Michael y empezó a arrojar piezas de ajedrez sobre el tablero. Sacó tres del
bolsillo de la camisa, otras cinco del bolsillo derecho del pantalón y así
sucesivamente, hasta completar el juego, con la excepción de la torre negra.
Ninguna de las piezas era del mismo juego. La mayoría estaban hechas de
diversas maderas amarillentas, unas pocas eran de plástico rojo y dos, un alfil
negro y una torre blanca, habían sido talladas en caoba tétricamente hermosa. Las
bases de estas dos últimas piezas estaban provistas de pesos forrados de fieltro, y
mientras las demás piezas se tambaleaban y acababan cayendo sobre el tablero,
aquel par permanecía enfrentado, mirándose desde detrás de las líneas contrarias,
y cuando el viento o la rodilla del señor Rebeck esparcían las demás piezas, el alfil y
la torre de caoba se saludaban con gravedad.
Michael contempló con placer las fichas de ajedrez, las cuales le hicieron reír sin
el sonido de goma elástica que había adoptado su risa en los últimos tres días.
Whatever gods may be / That no life lives forever, / That dead men risa up never…
—Desde luego, forman un grupito heterogéneo, ¿verdad? —le dijo al señor
Rebeck.
—El cuervo las robó de una en una —explicó el hombrecillo— y le llevó bastante
tiempo, porque le obligué a robarlas en los grandes almacenes. Él quería
quitárselas a las ancianas del parque, pero así tengo la conciencia más tranquila. La
torre negra también era preciosa, pero la perdí y no sé dónde está, probablemente
en cualquier parte cerca de aquí. —Tendió las dos manos cerradas a Michael—.
¿Quieres blancas o negras?
—Blancas —dijo Michael, señalando la mano derecha del señor Rebeck.
Éste abrió la mano y dejó caer un peón negro. Empezó a colocar las fichas,
tarareando quedamente mientras lo hacía.
—¿De dónde sacó el cuervo este tablero? —preguntó Michael de repente.
El señor Rebeck alzó la vista.
—No lo sé. Una mañana entró tambaleándose con él, y cuando le pregunté
dónde lo había conseguido se limitó a decirme que había sido buen chico. —
Terminó de colocar las fichas—. A veces me preocupa, pero procuro no pensar en
ello.
Inició la partida moviendo su peón del rey dos cuadrados adelante.
—Soy muy ortodoxo —afirmó. Había dicho lo mismo en otras ocasiones durante
las ocho partidas anteriores, pero Michael no lo recordaba.
—Mueve igual la mía —le pidió Michael—. No soy orgulloso.
El señor Rebeck se inclinó hacia adelante y repitió su jugada en el lado del
tablero de Michael. Examinó sus piezas durante un rato y finalmente hizo saltar su
caballo dos cuadros delante de su alfil del rey. Michael hizo la misma jugada con el
caballo de su reina, y el juego les absorbió.
Jugaban en silencio. El señor Rebeck se movía adelante y atrás sobre el tablero,
moviendo las fichas de ambos, y su respiración se hacía más áspera a medida que
el juego avanzaba. Michael se entregó al lujo de envolver su mente alrededor de un
único tema, excluyendo todos los demás. En la novena jugada hubo un rápido
intercambio de peones, cosa que se repitió en la decimoquinta, cuando uno de los
caballos de Michael y sus dos alfiles rodearon airados un peón del señor Rebeck
pero no pudieron eliminarlo. Dos jugadas más adelante, Michael eliminó
vengativamente a uno de los caballos del señor Rebeck, tras lo cual el juego avanzó
lenta y cautelosamente.
De repente el cuerpo del señor Rebeck pareció sufrir una sacudida y se irguió. Al
principio Michael pensó en una marioneta con todos sus hilos puestos súbitamente
en tensión; entonces rechazó la imagen inanimada y pensó en un pequeño animal
salvaje, pues el señor Rebeck incluso parecía husmear el aire.
—¿Qué ocurre? —le preguntó Michael.
—Hay una mujer allí —dijo el señor Rebeck con rigidez.
Las pisadas de Sandra volvieron a resonar en el cráneo de Michael.
—¿Dónde?
—Detrás de aquel grupo de árboles..., cerca del mausoleo grande. No nos ha
visto, aún tenemos tiempo.
Empezó a recoger las fichas de ajedrez y a guardárselas apresuradamente en los
bolsillos.
—¡Eh! —exclamó Michael—. Espera un momento.
El señor Rebeck cesó en su intento de meter un rey en el bolsillo de la camisa ya
sobrecargado.
—¿Qué?
—Que esperes, eso es todo. ¿Por qué te asusta tanto la compañía? Creo que
sería agradable.
—Por el amor de Dios, Michael —replicó el señor Rebeck.
—Dejemos en paz a Dios. ¿Por qué diantres tenemos que escondernos cuando
viene alguien? ¿Lo haces siempre?
—Casi siempre. Vamos, Michael.
—¿Qué clase de vida es ésta?
—Es la mía —le espetó el señor Rebeck con una vehemencia inusitada—, y me
las arreglo. Si una sola persona sospecha de mí e informa al portero, me echarán
de aquí. Y no puedo ir afuera, Michael, jamás.
Miró a Michael por encima del tablero, respirando rápida y ásperamente. Michael
estaba a punto de decir algo, o así lo creía, cuando el señor Rebeck sofocó un grito
y susurró:
—La has liado.
La mujer había subido a lo alto de la loma y les miraba.
—Muy bien —dijo Michael—. Te concedo la partida. De todas maneras, estabas
ganando. —Miró a la mujer y gritó—: ¡Hola! ¡Buenos días!
La mujer permaneció en silencio sobre la loma.
—¡Buenos días! —gritó de nuevo Michael.
—No puede oírte —le dijo el señor Rebeck.
—Entonces debe de estar sorda. He gritado con todas mis fuerzas.
—No es suficiente —dijo el señor Rebeck sin mirarle.
—Tú me oyes —argüyó Michael en voz baja.
—Yo soy diferente.
—¿Ella puede verme?
—No. Por lo menos no lo creo.
—¿Tal vez podría verme?
—Tal vez, pero lo dudo, Michael.
—Entonces llámala.
El señor Rebeck guardó silencio.
—Llámala —insistió Michael—. Llámala. Por favor, llámala.
—De acuerdo —convino el señor Rebeck. Se volvió para mirar a la mujer.
—Hola—le dijo, con la voz un poco quebrada.
—Hola. —La voz de la mujer era alta y clara. Empezó a bajar la cuesta, con
pasos firmes y prudentes.
El señor Rebeck se volvió hacia Michael.
—¿Lo ves? ¿Me crees ahora?
—No —dijo Michael—. Todavía no.
El señor Rebeck habló en tono bajo para evitar ser oído por la mujer que se
aproximaba, pero las palabras salieron siseando de su boca como vapor.
—No puede verte ni oírte. Créeme de una vez, lo sé. Los vivos y los muertos no
pueden comunicarse.
—Quiero hablar con ella —dijo Michael—, quiero oír su voz, quiero hablar con
alguien vivo.
El señor Rebeck le dirigió una rápida mirada y luego se volvió hacia la mujer, la
cual había llegado al borde de la parcela de hierba que rodeaba al mausoleo.
—Buenos días —saludó el hombrecillo.
—Buenos días —respondió la mujer. Vestía de negro pero no llevaba velo.
Michael le echó unos cincuenta años, corrigió su cálculo y supuso que tendría
poco más de cuarenta. Siempre había sido mal juez de la edad femenina, y el
vestido negro podría añadir algunos años.
El rasgo más sorprendente de su rostro era la boca, ancha y de labios gruesos,
con finas arrugas en las comisuras. Al hablar, toda la boca cobraba vida, saltaba, se
contorsionaba y gesticulaba como el cuerpo de una bailarina, revelando en
ocasiones unos dientes pequeños y blancos.
—Hace un día delicioso —comentó el señor Rebeck.
—Sí, muy bonito —respondió la mujer—. Lo único que pido es que se mantenga
así.
—Seguirá así, no se preocupe —afirmó el señor Rebeck. Creyó percibir curiosidad
en los ojos oscuros de la mujer y añadió—: Hace tan buen tiempo que no he podido
quedarme en casa.
—Le comprendo. Yo estaba en casa esta mañana y me dije: «Gertrude, un día
así debes compartirlo con alguien. Vete a ver a Morris», y me he venido aquí.
Morris no creería que alguien le recuerde en un día tan espléndido. Morris es mi
marido —explicó, al ver que el señor Rebeck fruncía levemente el ceño—. Morris
Klapper. —Señaló loma arriba hacia un gran edificio de mármol que resplandecía al
sol—. Morris está en esa casona, ¿sabe?
El señor Rebeck asintió.
—Conozco ese
impresionante.
nombre.
He
pasado
por
delante
del
edificio.
Es
muy
—Todo de mármol —dijo la señora Klapper—, incluso por dentro. A Morris le
gustaba el mármol.
El señor Rebeck se preguntó si la viuda habría estado llorando. No sabría decirlo.
—Sí, es una construcción muy hermosa— comentó. Entonces indicó el mausoleo
de los Wilder—. Ésta es una parcela familiar. Eran amigos míos.
Observó a la señora Klapper mientras ésta inspeccionaba el edificio, del que, por
primera vez en diecinueve años, se sentía un poco avergonzado. Por lo menos
deberían haber colocado el cristal de la rejilla, y él mismo podría haber abrillantado
las cabezas de león. Pero el ángel seguía en buen estado. La recién llegada tenía
que ver el ángel.
—Perdone que se lo diga, pero no lo cuidan muy bien —dijo finalmente la señora
Klapper.
—Verá, es que ya no queda nadie para cuidarlo. La familia se extinguió.
—Lo siento —dijo la señora Klapper—. Lo siento de veras. Sé lo que es eso. —La
mujer sorbió aire ruidosamente por la nariz—. Hace un año y dos meses que murió
Morris y por las mañanas sigo inclinándome para despertarle.
—Hay cosas que duran largo tiempo —dijo Michael. Habló en voz alta y clara,
pero sin gritar. No lo hizo hasta que la señora Klapper se apartó de él. Entonces
repitió a gritos lo que había dicho y deseó poder notar el roce de las palabras al
salir de sus labios.
—Tranquilo, Michael —dijo el señor Rebeck ásperamente.
La señora Klapper dio unos pasos hacia él.
—¿Qué ha dicho?
—Nada, decía tan sólo que uno no olvida ciertas cosas.
—Desde luego. Hay cosas que recuerdas siempre, como un marido o una
operación. Si le extirpan el apéndice, lo meten en un frasquito y se lo enseñan,
luego ya no puede soportar la visión de los espagueti. —Dio unos pasitos más sobre
la hierba—. Como usted.
El señor Rebeck parpadeó.
—¿Cñomo yo?
—Sí, usted me recuerda a Morris. No es que se le parezca físicamente,
comprenda, pero al bajar aquí y verle jugar con eso —señaló el tablero de ajedrez
sobre la hierba— me dije para mis adentros: «¡Dios mío! ¡Ahí está Morris!». —Se
quedó un momento silenciosa—. ¿Jugaba usted solo?
—Jugaba conmigo, y le estaba dando una buena paliza —dijo Michael, lo cual no
era cierto, pero no parecía importar lo más mínimo.
—Intentaba resolver algunos problemas de ajedrez —dijo el señor Rebeck.
Consideró que la expresión de la mujer era de incredulidad—. Sé que parece un
poco raro que juegue al ajedrez aquí, pero es un lugar tranquilo y puedo
concentrarme más.
—Usted y Morris —dijo la señora Klapper, y volvió a sorber aire por la nariz—.
Usted y Morris. Él hacía eso continuamente, cogía el tablero, se sentaba en un
rincón a solas y si le decías: «Morris, ya es la hora de cenar», él contestaba: «Calla,
calla, tengo que resolver este problema». «Morris, la carne se está enfriando», y él:
«Calla, calla, en seguida voy». «Morris, ¿te hago un bocadillo?» «Calla, mujer,
calla. No tengo apetito.» —La señora Klapper suspiró—. Estaba loco, pero no puedo
olvidarle.
—Lo sé —dijo el señor Rebeck.
—¿Cómo? —preguntó Michael, riendo entre dientes.
—Créame —dijo la señora Klapper—. Él sabrá que no le olvido. —Miró a su
alrededor—. ¿Hay algún sitio donde sentarme? Tengo los pies molidos.
—Sólo puedo ofrecerle los escalones —dijo el señor Rebeck—. Están bastante
limpios.
La señora Klapper miró, les echó un vistazo y se encogió de hombros.
—Limpios, sucios... Ah, cómo me recuerda a Klapper. —Se dejó caer
pesadamente sobre el escalón superior y soltó un hondo suspiro—. Uuuuf, tenía los
pies hechos cisco, de veras. —Sonrió afablemente al señor Rebeck.
—También yo estoy algo cansado —dijo el hombrecillo, y notó que se
ruborizaba—. Vivo muy lejos de aquí.
—Que me aspen si lo entiendo —dijo Michael, acuclillándose cerca de la señora
Klapper—. Todavía te queda sangre.
La señora Klapper dio unas palmaditas en la hierba, a su lado.
—Siéntese, hombre. ¿Qué es usted, un joven atleta? A su edad, un hombre debe
sentarse donde le apetezca.
—Gracias —dijo el señor Rebeck, y tomó asiento cuidadosamente al lado de la
dama. «¿A mi edad?», se preguntó. «¿Tan viejo parezco?» «¿Qué edad creerá que
tengo?» Quería ponerse en pie de nuevo, pero se sentía comprometido.
Permanecieron un rato en silencio. La señora Klapper se había quitado un zapato
y suspiraba tenuemente, satisfecha. El señor Rebeck deseaba decirle algo, pero no
se le ocurría nada, lo cual le irritaba consigo mismo.
De súbito, un grito como salido de la garganta del tenor estelar del infierno en
uno de sus días buenos vibró y estalló dentro de su cabeza. Se puso en pie de un
salto, exhalando un grito de auténtico dolor físico, y miró sobresaltado a su
alrededor, en busca del origen de aquel aullido.
La señora Klapper siguió sentada, pero volvió a ponerse el zapato y le miró un
tanto alarmada.
—¿Se encuentra bien? —le preguntó.
—He o—oído algo —tartamudeó el señor Rebeck—, un grito...
—Qué curioso. —La señora Klapper también se levantó—. Yo no he oído nada.
—He oído un grito —repitió el señor Rebeck, y entonces vio a Michael, sentado
con las piernas cruzadas y desternillándose de risa silenciosa—. ¡Michael! —exclamó
antes de poder contenerse.
Michael abrió la boca y señaló la oscuridad de su garganta.
—Estaba probando, sólo probando —explicó—. Quería ver si estabas alerta.
—¿Quién? —preguntó la señora Klapper, juntando las cejas como para
protegerse.
El señor Rebeck se enjugó la frente.
—Lo siento —dijo en voz queda—. Lo siento muchísimo. Creí haber oído a
alguien.
Esperaba que la señora Klapper rompiera a reír o pusiera pies en polvorosa, pero
vio que sus facciones se serenaban con la seguridad de haber comprendido.
—Su amigo, ¿eh? —inquirió.
—¿Cómo dice? —preguntó él a su vez, pensando con un terror que le helaba las
entrañas: «¿Puede ver a Michael?».
—Su amigo —repitió la señora Klapper, señalando el mausoleo—. El que está
enterrado ahí dentro.
—Ah —dijo el señor Rebeck, pensando rápidamente—. Sí, Michael Wilder, un
viejo y querido amigo. Su muerte fue un golpe muy duro para mí. —La señora
Klapper asentía continuamente. Él siguió diciendo—: De vez en cuando tengo la
seguridad de que le oigo llamarme.
—Bonito —dijo Michael—. Muy bonito. —Al cabo de un momento añadió—:
Siento haber hecho eso.
—Supongo que debe de parecerle un poco absurdo —añadió el señor Rebeck.
La señora Klapper volvió a sentarse en los escalones.
—Escuche —le dijo con firmeza—. Medio mundo padece esa clase de locura. —
Tras una pausa, añadió—: Yo también.
El señor Rebeck se sentó a su lado.
—¿Su marido?
—Ajá —dijo ella—. Morris. Muchas veces oigo que me llama: «Gertrude,
Gertrude», como si hubiera vuelto a perder la llave o no diera con el interruptor de
la luz en el baño. Ha pasado un año y dos meses y todavía sigo oyéndole.
—Supongo que eso debe de sucederles a muchas personas —dijo el señor
Rebeck—. Uno no quiere creer que alguien ha muerto realmente.
—No —respondió la señora Klapper—. En mi caso es distinto. Tal vez para otras
personas sea así. —Mordisqueó la punta de un dedo índice enfundado en un guante
negro, y el señor Rebeck pensó que nunca habría asociado ese rasgo con la mujer.
—Morris murió de una forma curiosa, ¿sabe? —siguió diciendo ella lentamente. El
señor Rebeck no hizo ningún comentario—. Teníamos un bonito piso..., con su
terraza y su jardincito. Cuando lo alquilamos el agente nos dijo: «Miren qué
preciosa terraza, podrán cenar aquí», así que cenábamos en ella, excepto cuando
hacía frío. En fin, un día estábamos cenando y vi que Morris no tenía muy buen
aspecto. Le dije: «Morris, no haces buena cara. ¿Quieres entrar y echarte un
rato?», y él me dijo: «No, Gertrude, terminemos la cena, se echaría a perder». «De
acuerdo, Morris, si te encuentras bien...», le dije, y le puse un poco de maíz en el
plato. Gigante Verde..., a Morris no le gusta directamente de la mazorca, porque se
le mete entre los dientes.
—No tiene que contarme todo eso —la interrumpió el señor Rebeck—. Ni siquiera
me conoce.
—Galante —comentó Michael—. Solapado pero galante.
—Perdone —dijo la señora Klapper—. Quiero contárselo. Es un alivio, no creo
que vuelva a contárselo a nadie y, además, a usted no volveré a verle nunca.
El señor Rebeck supo que lo último era cierto y sintió una curiosa tristeza.
—Así que Morris se come el maíz y le digo: «Morris, ¿quieres un poco más de
maíz?», y él abre la boca para decir algo y ¡pum! —El señor Rebeck se sobresaltó—.
Se cae por encima del respaldo de su silla. —La señora Klapper trazó un amplio
semicírculo con el brazo—. ¿Sabe qué hago entonces? —El señor Rebeck meneó la
cabeza en silencio—. Grito —dijo la señora Rebeck con amargura—. Me quedo
sentada en mi silla y grito. Me paso tal vez cinco minutos de la vida de Morris
gritando. ¿Y qué hago entonces? —Volvió a mover el brazo de un extremo a otro—.
¡Pum! Me desmayo, me apago como una luz.
Calló y se miró el regazo. El señor Rebeck observó con una extraña objetividad
que se le había abierto una costura en el guante derecho.
—Tal vez se despierta —dijo en voz baja— y me llama: «Gertrude, Gertrude».
Siempre perdía la llave del piso. A lo mejor está ahí tendido, llamándome, y yo no
le oigo.
—No diga eso —la instó el señor Rebeck—. No puede saberlo de ninguna
manera.
—¿Sabe lo que hice durante los dos días siguientes? —le preguntó la señora
Klapper—. Iba por ahí diciendo: «Morris, ¿quieres un poco más de maíz? Dime,
Morris, ¿un poquito más de maíz? Era como un tocadiscos con la aguja atascada.
Dos días. Trajeron una enfermera que se alojaba en la casa. Dormía en la sala de
estar.
Guardó silencio, sin sollozar, mirando fijamente adelante. Michael no quiso decir
nada. El señor Rebeck sí.
Al cabo de un rato, la mujer volvió la cabeza y miró al hombrecillo. Las
comisuras de su boca se crisparon un poco.
—Cada sábado rezan un kaddish por Morris, allá en la sinagoga de Beth David.
Cuando me muera, seguirán rezando el kaddish por él, todos los sábados, hasta
que el firmamento se hunda. —Se inclinó hacía el señor Rebeck, echándole su
aliento cálido, intenso y no desagradable—. ¿Cree que olvidaría a Morris? ¿Cree que
le olvidaría?
—No, creo que no —dijo el señor Rebeck.
Ella se reclinó hacia atrás y alisó el vestido negro sobre las rodillas. El señor
Rebeck miró fijamente la palabra WILDER sobre la puerta del mausoleo, hasta que
se hizo borrosa y onduló ante sus ojos. Pensó que lo único que se le ocurría decirle
era «me gusta usted», y eso parecía estúpido, por no decir inapropiado.
Al cabo de un rato la señora Klapper se echó a reír quedamente, y al oír su risa
ondulante, al señor Rebeck se le ocurrió que reía como un río. Ella le miró.
—La enfermera se teñía el pelo —le informó, puntuando las palabras con su
risa—. Y se lo teñía de un modo fatal, con trozos negros, otros rojos y una especie
de rubio pardusco. Parecía una caja de lápices de colores.
Entonces se echaron a reír los tres, el señor Rebeck con un alegre cloqueo, la
señora Klapper con una risa modulada, mientras que la de Michael era oscura y
silente.
—¿Le parezco terrible por reírme así? —preguntó finalmente la señora Klapper.
—No —dijo el señor Rebeck—. Creo que no. Ahora está usted mucho mejor.
Tendría que verse.
No se había propuesto decir lo que estas palabras daban a entender y empezó a
corregirlas, pero la señora Klapper sonrió.
—Una tiene que reírse —afirmó—. Más tarde o más temprano una tiene que
reírse. ¿Durante cuánto tiempo puedes llorar?
—Durante años —dijo Michael.
La señora Klapper meneó la cabeza, como si le hubiera oído.
—Más tarde o más temprano una tiene que reírse —repitió. Consultó su
minúsculo reloj de oro y se levantó en seguida—. Tengo que irme —dijo—. Mi
hermana traerá a su hija a cenar. Mi sobrina es una chiquilla, estudia el primer
curso. Es guapísima. —Estiró la palabra hasta hacerla vibrar—. Será mejor que
vaya a preparar la cena.
—Yo también voy en esa dirección —dijo el señor Rebeck con cierta timidez.
La señora Klapper se echó a reír.
—Ni siquiera sabe qué dirección voy a tomar.
—Viejo verde —dijo Michael—. Domina tus manos pegajosas, Tarquino.
El señor Rebeck sintió que se ruborizaba de nuevo. Hizo un intento audaz.
—La entrada cerca del metro —se apresuró a decir.
Tenía que haber una entrada cerca de una estación de metro. Eso era propio de
todos los cementerios.
La señora Klapper le miró sorprendida.
—¿Cómo lo ha sabido?
—Por el camino que sigue. Por ahí no hay ninguna otra entrada.
Rogó a Dios que no la hubiera.
La señora Klapper asintió. Dio unos pasos, se detuvo y se volvió hacia él.
—Entonces, si va a venir, venga —le dijo.
En un estado de ánimo en el que el temor y el regocijo se mezclaban en partes
iguales, el señor Rebeck se puso en pie. Miró a Michael con una expresión algo
suplicante.
—No dejes que te lo impida —le dijo Michael—. Ve a disipar tu vida con la danza,
no te esfuerces ni hiles. Me quedaré aquí sentado y meditaré. —Movió una mano en
dirección a la señora Klapper—. Desaparece sin más. Yo siempre lo hago.
Michael les vio alejarse por el sendero serpenteante que conducía a la Avenida
Central. Sentía un poco de lástima por la señora Klapper, más por el señor Rebeck
y mucha más por sí mismo. Sumido en esa sensación, deambuló satisfecho
alrededor del pequeño claro, empapándose de la sensación a través del vago
recuerdo de sus poros, dejándose lastrar por la tristeza.
En el cielo del mediodía apareció un punto negro. Michael observó su vuelo en
espiral hacia él con cierto interés indolente, hasta que reconoció al cuervo contra el
sol marchito. Se había acostumbrado a las visitas regulares del cuervo y le gustaba
hablar con él. El humor burlón del cuervo le recordaba vagamente a un hombre de
cuyo nombre se había olvidado, pero con el que jugó a las cartas.
El cuervo sobrevoló dos veces el claro y al final se dejó caer sobre la hierba de
un modo poco elegante.
—En este maldito sitio debería haber una pista de aterrizaje —gruñó. Llevaba en
las garras una pequeña lengua de vaca pre—cocinada.
—Bienvenido, pájaro —le saludó Michael.
El cuervo no le hizo caso.
—¿Dónde está Rebeck?
—Nuestro mutuo amigo se ha ido con una dama —dijo Michael.
—Ya me parecía que ése era él —comentó el cuervo. Dejó la lengua de vaca
sobre la hierba—. Dile que esta noche le traeré leche, si puedo conseguirla. —Miró
curiosamente a Michael—: ¿Qué mosca te ha picado?
—Estoy desolado y tú también deberías estarlo. Hemos sido abandonados. Tú
eres corpóreo, yo etéreo, pero ahora los dos estamos unidos por un pesar mutuo,
una tristeza llorona, Weltschmerz y una condenada soledad. Te saludo de nuevo,
alado y solitario hermano.
—Habla por ti —respondió afablemente el cuervo—. Yo he desayunado.
El señor Rebeck y la señora Klapper recorrían el camino, más allá de las fuentes
sin agua y los sauces llorones, y la mujer hablaba del lugar donde vivía, la anciana
que se sentaba ante su casa en los días cálidos, su sobrina, que era tan guapa, el
carnicero, que te vendía carne mala a menos que figurases entre sus amistades, y
su marido, que estaba muerto. A veces se detenían para echar un vistazo a las
construcciones altas y vacías, para admirar los ángeles y los niños que velaban por
encima de ellas y las espadas y esfinges que las custodiaban. Entonces reanudaban
el camino, y el señor Rebeck hablaba un poco de vez en cuando, pero en general
escuchaba a la señora Klapper, cuyas palabras le complacían.
Le intrigaba el motivo: ¿por qué las cosas que decía la mujer le gustaban tanto,
sobre todo cuando apenas las entendía? Sabía muy bien que la mayor parte de la
conversación humana carece de significado, y pensó que uno puede desenvolverse
perfectamente en la vida con respuestas trilladas a preguntas trilladas. Una vez
comprendes el juego, puedes arreglártelas con una serie de gruñidos variados. Esto
no ocurriría si las personas se escucharan mutuamente, pero no lo hacen. Saben
que en ese preciso momento nadie va a decirles algo conmovedor e importante.
Cualquier cosa importante sería anunciada por los periódicos y reimpresa para
quienes se la hubieran perdido. Nadie quiere saber realmente cómo está su vecino,
pero se lo pregunta de todos modos, porque es cortés y porque sabe que, desde
luego, su vecino no va a decirle cómo está. Lo que aquella mujer y él se decían no
tenía importancia. Lo que les complacía era la mera emisión de sonidos.
La señora Klapper estaba hablando de un chiquillo que vivía en su misma
manzana.
—Sólo tiene once años, y cada vez que le encuentro con su madre ha escrito
otro poema. Y ella siempre le dice: «Herbie, recítale a la señora Klapper tu nuevo
poema», y le da cachetes hasta que lo recita. Once años cumplió el pasado marzo.
—¿Y son buenos poemas? —inquirió el señor Rebeck.
—¿Qué sé yo de poesía para dar una opinión? Siempre tratan de la muerte y los
entierros. Y es un niño de once años... Me entran ganas de decirle a su madre:
«Mire, aléjese de mí con esa columna necrológica ambulante. Cuando escriba un
poema sobre un pájaro o un perro, tráigamelo». Pero nunca se lo digo. ¿Por qué
habría de herir los sentimientos del muchacho? Cuando los veo venir, cruzo al otro
lado de la calle. Bueno, ya hemos llegado.
El señor Rebeck alzó la vista para ver la puerta negra.
La puerta era de hierro colado, inserta en unas columnas de cemento armado
color de arena, coronadas con torrecillas. La cubría una hiedra verde oscuro, un
poco más frondosa de lo que suele ser la hiedra, y serpientes de hierro colado con
ojos pacientes se abrían paso con resignación entre la fronda. Tenía en lo alto una
hilera de púas romas y estaba abierta. El señor Rebeck vio la calle al otro lado.
—Ya hemos llegado —se maravilló la señora Klapper—. Qué corto es el trayecto
cuando hablas con alguien.
—Es cierto —afirmó el señor Rebeck.
Pensó que la puerta se había mantenido en su sitio bastante más de diecinueve
años y mucho mejor que él. La pintura negra se había agrietado en varios lugares
que dejaban ver el metal oxidado, pero seguía siendo una puerta fuerte. Él la
sacudió una noche y las escamas de óxido le rasparon las manos, pero los barrotes
no temblaron ni el cerrojo matraqueó. Eso fue... ¿cuánto tiempo hacía? Doce o
quince años. Lo único que recordaba era que había querido salir del cementerio y la
puerta estaba cerrada porque ya era tarde. Se pasó toda la noche agitando la
puerta y se llenó las manos de cortes, pero a la mañana siguiente, cuando abrieron
la puerta, no salió. Se escondió en el lavabo y puso las manos bajo el grifo de agua
fría. Luego regresó a su mausoleo y se durmió.
—Bueno, ¿va a coger el metro? —le preguntó la señora Klapper.
Él balbuceó algo afirmativo, mientras pensaba que no debería haberla
acompañado. ¿Cómo iba a decirle que no podía cruzar la puerta, que vivía allí? Ella
no le creería, pensaría que bromeaba o que estaba loco. Había cometido un error al
pedirle que le dejara acompañarla. No sabía por qué lo había hecho.
—Entonces vamos —dijo la señora Klapper. Dio unos golpecitos al suelo con la
punta de un zapato y le sonrió—. ¿A qué está esperando? ¿A que el metro venga
aquí?
Sí, esa sería una buena idea. Si el metro llegara allí, él subiría. Se internarían en
el subsuelo y él nunca vería la puerta ni sabría que había abandonado el cementerio
hasta que subieran la escalera de una boca de metro y se vieran rodeados de
gente. Podría hacer eso, si el metro llegara hasta él y si estuviera con alguien.
Miró su delgada muñeca y se le ocurrió una idea. Dobló el brazo izquierdo ante
sus ojos y dijo:
—Vaya, he perdido el reloj.
—¿Qué ocurre? ¿Ha perdido algo?
—Mi reloj de pulsera. —Intentó sonreír tristemente, pero sólo se movió una
comisura de su boca, crispándose como si le hubiesen producido un corte
doloroso—. Lo traía al venir y ahora ha desaparecido. Se me habrá caído por alguna
parte.
La señora Klapper se mostró debidamente comprensiva.
—Qué mala suerte. ¿Era un reloj muy valioso?
—No —dijo él, decidido a no exagerar el embuste—, pero lo tenía desde hace
mucho tiempo y estaba encariñado con él. Marcaba bien la hora.
—Dígaselo a aquel hombre —sugirió la señora Klapper, señalando la caseta del
vigilante—. Déle su dirección y él se pondrá en contacto con usted cuando lo
encuentre.
El señor Rebeck meneó la cabeza.
—Será mejor que regrese y lo busque. Alguien podría encontrarlo, o es posible
que llueva.
—Tendrá que buscar por todo el cementerio. Tardará horas y se romperá el
espinazo. ¿Quiere que le eche una mano?
«Dile que no, dile que no o tendrás que mentirle de nuevo y eres un mentiroso
muy malo, tras diecinueve años sin practicar.»
—No se moleste, no merece la pena. Creo que sé dónde me ha caído. Es un
paseo muy largo.
—En fin, espero que lo encuentre —dijo la señora Klapper—. Pídale al vigilante
que le ayude, si no puede encontrarlo.
Se estrecharon las manos.
—Ha sido muy agradable hablar con usted —afirmó el señor Rebeck—. Lamento
que no podamos continuar nuestra charla.
La señora Klapper se encogió de hombros.
—Quizá nos veamos de nuevo. ¿Viene mucho por aquí?
—Sí, me gusta pasear por estos lugares.
—A mí también. De vez en cuando vengo a ver a Morris, así que a lo mejor nos
encontraremos.
—Es muy posible —dijo el señor Rebeck—. Adiós.
—Adiós. Ojalá encuentre su reloj.
El hombrecillo no esperó a verla alejarse. Se apresuró a dar media vuelta y
desandño sus pasos por el ancho camino, mirando el suelo como quien ha perdido
algo pequeño y valioso. Sólo cuando llegó a lo alto de la loma se volvió y miró
atrás. La mujer se había ido.
«Detesto mentir y despedirme —pensó—, porque no soy muy ducho en ninguna
de ambas cosas.»
4
Las tres personas que no habían salido del cementerio estaban al lado de la
tumba. Uno de los hombres era menos barrigón que el otro. La mujer tenía las uñas
anchas y curvas, del color de la leche agria.
—Era una chica tan buena... —dijo la mujer con la voz ronca. Los hombres
asintieron.
—No exactamente —dijo Laura Durand, que estaba sentada en la hierba al lado
de Michael y miraba a las tres personas—. Sólo estaba cansada.
—Es cierto, sólo podía decirse de ella que era buena —terció el hombre más
joven con voz clara y precisa—. Ésa es la única palabra que la definía realmente.
—Toda mi vida —dijo Laura, haciendo un gesto de asentimiento.
—Tan joven... —comentó la mujer. Se tambaleó un poco, y el hombre mayor la
rodeó con un brazo.
—Tenía veintinueve —replicó Laura—, así que ya avanzaba hacia los cincuenta.
Solía decir a la gente que tenía treinta y tres, porque eso me ahorraba preguntas
sobre mi gusto por los libros.
—Y tan bonita... —dijo el hombre más joven con su voz que parecía el tecleo de
una máquina de escribir—. Tan activa, tan vital...
—Oh, Gary —murmuró Laura, un poco entristecida. Se volvió hacia Michael—.
Parecía una maestra de escuela elemental.
Gary dio unas palmaditas persistentes en el hombro de la mujer y estiró el cuello
para consultar su reloj.
—Quiere regresar a la librería —explicó Laura—. Se pone nervioso si está
ausente demasiado tiempo. Hace dos años tuvo un ataque de apendicitis y le
operaron sobre el mostrador de Ciencias Sociales.
—Eramos más que madre e hija —dijo la madre con emoción—. Eramos amigas.
¿No es cierto, Karl?
El hombre le apretó los hombros.
—Sí, madre —dijo Laura en voz queda—. La amistad es mejor que nada. —Se
incorporó a medias y volvió a sentarse—, ¿Puedo hablar con ellos?
Michael meneó la cabeza.
—Era una trabajadora excelente —comentó Gary—. Muy eficiente, siempre a
mano cuando la necesitaba. No sé cómo me apañaré ahora sin ella.
—Saldrás adelante, Gary —dijo Laura—. El mundo está lleno de mujeres como
yo. —Miró a Michael y añadió—: Me pirré por él, con la clase de amor que una
siente cuando está harta de los bailes formales en la parroquia. Él no llegó a
saberlo y mi pasión se extinguió gradualmente, como el pie de atleta.
El hombre mayor habló por primera vez. Su voz era baja y tenía un ligero
acento.
—Es hora de irnos, Marian.
—No quiero abandonarla. —Ahora la madre lloraba, de una manera silenciosa y
constante. Gary se sacó un pañuelo del bolsillo de la pechera y se lo ofreció.
—Gary siempre tiene un pañuelo —dijo Laura, sonriente— y cerillas también.
—Será mejor que nos vayamos —dijo Gary, haciendo un vago gesto hacia el
hombre mayor, por encima de la cabeza gacha de la mujer—. Probablemente
cerrarán pronto.
—No quiero irme.
Michael contempló las lágrimas que se deslizaban por debajo del pañuelo con
una especie de codicia. Hacía largo tiempo que no veía llorar a nadie.
—Marian... —repitió el viejo.
—Espera un momento. Por favor, espera un momento.
—¡Vete! —Laura se incorporó de repente, con los brazos pegados a los
costados—. ¡Vete de una vez, maldita sea!
Michael tuvo la impresión de que estaba a punto de llorar, pero sabía que no iba
a hacerlo. Siguió sentado con las piernas cruzadas y pensó que Laura tenía el
cabello bonito.
Ahora la gente se alejaba. La mujer seguía llorando, flanqueada por Gary y el
viejo Carl, caminando con lentitud, la mirada hacia adelante. Parecía como si
acabaran de ver una obra teatral que no les interesaba y cuyo autor, con toda
seguridad, les pediría su opinión a la mañana siguiente. Contempló su andadura,
observando con sus ojos aguzados por la muerte cómo arrastraban los pies sobre la
grava dispersa. Mirando a Carl, se metió las manos en los bolsillos, las sacó unos
segundos después y repitió ese gesto una y otra vez; frunció el ceño con Gary
cuando a éste se le metió una piedrecilla en el zapato. Notó muy claramente el
guijarro contra el recuerdo de un empeine evocado a toda prisa, mientras veía al
joven sacudir el pie de un lado a otro, y suspiró con Gary cuando por fin el joven
desalojó la piedrecilla bajo el arco del pie.
De repente Laura gritó y echó a correr tras ellos, con las manos extendidas,
como si estuviera a punto de caer, de una manera titubeante y desgarbada.
—Eso no sirve de nada —le gritó Michael—. No puedes tocarlos.
Pero ya se había detenido y regresaba a paso vivo hacia él. Abría y cerraba
lentamente las manos, pero estaba completamente serena.
—No sé por qué lo he hecho —le dijo, sentándose de nuevo a su lado—. Sabía
que era inútil.
—No lo admitas —replicó Michael con vehemencia—. No lo admitas nunca.
Laura pareció un poco perpleja.
—No me importa. —Miró a su alrededor y preguntó—: ¿Son éstas las colinas del
cielo? Estoy segura de que iré al cielo. Mi vida ha sido bastante insulsa.
—Esto es el cementerio de Yorkchester —le respondió Michael—. El cielo y el
infierno sólo son para los vivos.
—Es una lástima.
Laura intentó arrancar una brizna de hierba y Michael se estremeció por ella
cuando sus dedos atravesaron la hierba sin tocarla. La muchacha no mostró
ninguna emoción, salvo que cerró las manos y se apretó el regazo.
Michael recordó vagamente un libro muy antiguo, con la encuademación hecha
jirones. Asoció una cita con él y experimentó un placer desproporcionado al hacerlo.
Habló lentamente:
—Al Paraíso van esos sacerdotes ancianos, esos viejos lisiados y los mutilados,
que tosen todo el día y toda la noche ante los altares. No tengo nada que ver con
ellos.
Laura alzó la vista, sonriente, y chasqueó los dedos en silencio.
—Pero iré al infierno —citó entusiasmada—, pues al infierno van los buenos
escríbanos y los hermosos caballeros..., allá van las damas bellas y cortesanas... —
Frunció el ceño y meneó levemente la cabeza—. Me he olvidado...
—Allá van las damas bellas y cortesanas —prosiguió Michael—que tienen dos o
tres amigos junto con sus esposos. Y por allí pasa el oro y la plata, el armiño y las
ricas pieles, músicos que tañen el arpa y trovadores, y los seres felices del mundo.
Laura recitó con él las últimas palabras.
—Leí eso cuando tenía diecisiete o dieciocho años y estaba muy triste. ¿Dónde lo
leíste?
—Le gustaba a mi mujer. Lo recitaba continuamente.
Laura permaneció en silencio un momento.
—Es curioso. Me lo sé de memoria y, sin embargo, al intentar recordarlo, he
tenido la sensación de que se deslizaba fuera de mi mente, y al aferrarlo se
contorsionaba como una criatura salvaje a la que hubiera atrapado.
—Sigue aferrándolo tan fuerte como puedas..., durante el mayor tiempo posible
—le dijo Michael.
—Nunca me aferró a nada —replicó Laura—. Estoy a favor de liberarlo todo. —Se
puso en pie y avanzó lentamente hacia su tumba—. ¿No tengo lápida? —preguntó—
. Creía que todo el mundo tenía una.
—Yo tampoco la tengo —dijo Michael—. Creo que eso viene más adelante. El
terreno tiene que acostumbrarse a ti.
—Mi lápida será pequeña y muy sencilla. A Marian le gusta la sencillez. Sólo mi
nombre y mis dos grandes momentos: «Laura Durand. 1929—1958». Y un verso...
—Titubeó un instante y luego sonrió—: «Te saludo, espíritu alegre». Apuesto a que
dirá eso.
—Puedes estar agradecida. Imagina que te pusieran: «Ahora me levantaré y me
iré».
—El Club Poético de mi madre todavía no ha llegado a Yeats —dijo Laura—. No lo
tocarán hasta después de la semana dedicada a Hopkins—. Alargó la mano para
tocar el túmulo y la retiró—. ¿Estoy ahí? Me refiero a mi cuerpo. —Michael no
respondió, ni Laura se volvió hacia él—. Qué extraño.
—¿Cómo has salido tan rápido? —inquirió Michael—. Yo tardé bastante en salir,
pero tú has brotado como un geranio incluso antes de que hubiese terminado el
funeral.
—Una bonita imagen —dijo Laura.
—Gracias. Deberías haberme oído cuando vivía. —Esperó una respuesta, que
tardó en llegar.
—Tal vez no estabas preparado del todo para morir —comentó Laura—. Yo tenía
que haberlo hecho mucho antes.
Michael no dijo nada. Se alejaron de la tumba a la ventura y caminaron sin
propósito, sin destino, sin conciencia del movimiento, pero siempre con garbo.
Michael volvió la cabeza para ver moverse a Laura. La hierba no se doblaba bajo
sus pies, ni las hojas caídas crepitaban indignadas. Una ligera brisa alzó las hojas y
las esporas color malvavisco de una vaina rota de algodoncillo, pero no el cabello
de Laura.
Ella habló en voz muy queda, sin mirarle.
—Represento cinco minutos de tiempo perdido por parte de Dios o de mi padre
—le dijo—. La muerte no es un cambio tan grande. Es como si viviera en un lugar
alto de una ciudad ruidosa y no pudiera dormir porque la ventana está abierta,
atascada, y me llegaran los bocinazos de los coches. Ahora por fin he podido cerrar
la ventana y el ruido de la calle no me llega. Tengo mucho sueño y quiero irme a la
cama. —Michael la oyó reír ligeramente—. Ésa tampoco es una mala imagen,
aunque tal vez un poco recargada.
—Yo he puesto una cuña para mantener la ventana abierta —dijo Michael.
—Sólo en tu habitación, y por poco tiempo —replicó ella.
Estaban en pie, mirándose, y cada uno veía una película gris sobre una pequeña
porción del mundo.
—Llevo muerto quince días y he aprendido un par de cosas —dijo Michael—. La
gran diferencia entre los vivos y los muertos es que a los muertos no les importa
nada.
—Eso explica mucho.
Michael pasó por alto el sarcasmo.
—Sí, es cierto. Tener interés por las cosas es mucho más importante para los
muertos, porque es todo lo que tienen para mantenerse conscientes. Sin ese
interés se desvanecen, disminuyen, se adelgazan hasta tener la textura de un
susurro. A los vivos les sucede lo mismo, pero nadie se da cuenta porque sus
cuerpos actúan como máscaras. Los muertos no tienen máscara. Las han dejado
detrás.
—Continúa.
—Un conocido mío me dijo todo esto hace algún tiempo. En aquel momento no
lo comprendí, pero ahora sí. Lo que no me dijo es que, si te esfuerzas, puedes
permanecer despierto. Es como la congelación. Tienes que moverte de un lado a
otro y pisotear el suelo, pues de lo contrario el frío se apodera de ti.
—Aquí también —susurró Laura, desviando la mirada—. Supuse que el ambiente
podría ser cálido.
—Eso es lo fácil, lo que hicieron todos los demás. Se arrebujaron en la tierra y se
quedaron dormidos. Todos ellos... Desperté a dos e intenté que me hablaran, pero
sus palabras parecían ronquidos. —Su tono estaba lleno de desdén—. Lo han
olvidado todo. Sus mentes se han convertido en arena. Yo todavía recuerdo. Es
cierto que he olvidado algunas cosas, pero conservo las importantes.
—Sí, probablemente se tarda más tiempo en olvidar las cosas importantes.
Michael meneó la cabeza.
—No, viene a ser como extirpar malas hierbas..., como elegir diez libros para
quedarte con ellos en una isla desierta. Ya verás. —Sonrió, admitiendo
mentalmente el esfuerzo consciente que suponía, aunque esperaba que la
muchacha no se diera cuenta—. Me alegro de que estés aquí. Podemos facilitarnos
las cosas mutuamente. Eso forma parte de estar vivo.
Laura se volvió bruscamente y empezó a regresar despacio a su tumba. Michael
la siguió perplejo.
—¿Adónde vas?
—A dormir —respondió Laura por encima del hombro—. Eso también forma parte
de estar vivo.
—¡Espera un momento! ¡No me dejes solo!
—¿Por qué no? Ésa es otra parte, y no precisamente pequeña, de la vida. No
puedes haberla olvidado, es demasiado importante. Si quieres estar vivo, tienes
que aceptar todo lo que supone, no puedes elegir y rechazar lo que no te gusta.
Ése es el privilegio de los muertos.
—¡Tienes que luchar! —le gritó Michael—. Ahora lo sé. Abandonar la lucha
significa la muerte.
Laura se detuvo y volvió el rostro hacia él.
—La muerte es no tener que seguir luchando, ni por ti ni por nadie. Me tiene sin
cuidado lo que hagas con tu vida ultra—terrena. Puedes seguir cursos de
carpintería, o jugar al ajedrez por correspondencia, o suscribirte a un montón de
revistas, o dedicarte al teatro de repertorio, pero hazlo con sosiego. Me siento muy
fatigada y he estado levantada hasta muy tarde.
Michael corrió tras ella y la alcanzó al lado de la tumba. Ella estaba en pie,
silenciosa, mirando la hierba.
—¿Qué te mato? —quiso saber. Se sentía torpe y demasiado pomposo, pero
también inundado de cólera, una sensación familiar y muy agradable—. ¿Estabas
mortalmente aburrida?
—Me atropello un camión —dijo Laura—, y de repente todo el mundo comprendió
que estaba muerta. Vete, cualquiera que sea tu nombre...
—Michael Morgan.
—Muy bonito. Vete, Michael Morgan, y escribe una carta al director. Libra la
lucha valiente. El resultado es el mismo que el de la lucha cobarde. La lucha
valiente no es más que una retirada con publicidad. Te lo pasarás bien. Yo me voy
a dormir. Se tendió sobre la tumba y en seguida empezó a tener dificultades para
colocar los brazos. Los dobló sobre el pecho, los extendió en cruz, los aplicó a los
costados y finalmente los cruzó sobre el vientre. Cerró los ojos y volvió a abrirlos
casi de inmediato; miró a Michael.
—¿Ahora qué? ¿Me quedo aquí tendida, sobre las mantas, por así decirlo, o
puedo regresar a mi ataúd?
—No puedes regresar —replicó Michael fríamente—. Una vez has salido, no hay
retorno posible. Quédate ahí y piensa en lo agradable que es descansar sin que
esos malditos pájaros te despierten cada mañana.
Laura le sonrió y cerró los ojos. Michael dio media vuelta y se alejó. Creyó oírle
decir a la muchacha: «Buenas noches, Michael», pero siguió andando, furioso por la
satisfacción que percibía en su voz. Estaba seguro de haberla oído reír.
Cuando perdió de vista la tumba de la muchacha, se sentó en una piedra. Estaba
tan enojado que olvidó cómo era sentarse y se quedó enmarañado en el aire. Al
cuarto intento consiguió tomar asiento, con el mentón recordado en la mano
evocada. Recordaba muy bien el tamaño y la forma de sus manos, pero nunca
había tenido mucho interés por su cara y, en consecuencia, sus esquinas y ángulos
recordados variaban de manera notable de un momento a otro. En aquel instante
su mentón era más agudo de lo que había sido y más doblado en ángulo desde la
mandíbula, pero no lo recordaba.
Pensó que la muchacha había seguido el camino fácil. Dormir, olvidarlo todo, no
ser nada. Él no era así. Pensó en los atletas y los «hombres grandes» del campus a
los que conoció durante la carrera en la universidad. Los atletas descollaban por
encima de él en las escaleras, hablaban entre ellos con frases cortas e insulsas, y él
desdeñaba como no podía ser menos su manera de aceptar la vida mascando
chicle, sus notas en los triviales cursos de psicología que seguían y, sobre todo, sus
chicas risueñas con cintura de avispa. Se consideró destinado a un nivel superior y
le poseyó una querida más exigente. Dedicó unos segundos a imaginar a la
querida. Los «grandes hombres» charlaban plácidamente en los corredores y la
cafetería, hablaban de bailes, enérgicas asambleas, producciones estudiantiles,
elecciones y campañas para recoger fondos. Vestían con pulcritud, pertenecían a
asociaciones de estudiantes honorarios y, cuando les hacían preguntas en las
clases, se las ingeniaban para convertir las respuestas en discursos. Los jugadores
de fútbol les saludaban como a iguales, mientras que ellos saludaban a los
jugadores de fútbol como a inferiores aunque, eso sí, buenos tipos. Y cuando se
graduaban, las empresas de relaciones públicas y las compañías de publicidad se
los disputaban como si fueran pastillas de menta.
Michael los consideraba entonces unos farsantes, y ahora, sentado en la piedra,
lo pensó de nuevo. Falsos y farsantes. No tenía nada que ver con él. No, él estaba
despierto, era consciente, sabía que la vida es extraña, sorprendente, cruel,
implacable, real, seria. Fíjate en la de uno de ésos. Deja que les aplaudan, les den
subsidios, les amen. Él tenía su integridad.
Con frecuencia había usado la palabra «integridad» durante sus estudios e
irritado a mucha gente, en su mayoría profesores. Uno de ellos, un auxiliar del
departamento de lengua y literatura inglesas, le dijo bruscamente:
—Morgan, no tienes más idea del significado de esa palabra que una barracuda.
Michael se indignó.
—Significa ser fiel a ti mismo, seas como seas —replicó—, y me gusta pensar
que soy fiel a mí mismo.
—Mmmm —dijo el profesor, pensativo—. Mira, sería mejor que te engañaras
ligeramente. Un poco de adulterio te haría mucho bien.
En vida no estuvo seguro de la honradez de nadie, excepto la suya propia, y se
enorgullecía de la honradez con que admitía la honradez de su razonamiento. Ahora
no estaba del todo seguro.
—En un momento de extravagancia creí tener la respuesta a la muerte —dijo en
voz alta.
Al recordar a Laura Durand sonriente sobre la hierba de su tumba, familiarizada
y a sus anchas con la muerte, se sintió exhausto y tan asqueado de sí mismo como
se había sentido siempre después de pelearse con Sandra. Pensó con fatiga que
debía de ser un poco maníaco depresivo, y entonces descendió a una impulsiva
degradación de sí mismo con tanta curiosidad como si hubiera bajado por una
escalera de piedra a un club nocturno en un sótano que nunca había visitado. Entre
varias otras cosas, juzgó que no sólo había sido un necio al alistarse para la guerra
de Corea, sino que se había revelado en cierto modo como un hipócrita al salir vivo
de la contienda. Casi había decidido que iría a despedirse del señor Rebeck, cuya
paciencia ahora consideraba como digna de Cristo, aunque inútil, e ir luego en
busca de su propia tumba y dejar que los tensos músculos de su memoria se
relajaran, cuando vio que Laura caminaba lentamente hacia él.
Primero sintió deseos de ponerse en pie de un salto y correr hacia ella, pero en
seguida se le ocurrió esperar a que llegara a su lado y decirle: «El lavabo está al
fondo, cerca de la entrada»... Ah, fuerte de veras, puro Sinatra. «No me venga a
hurtadillas, señora. Soy Michael Morgan, tan puro como el agua de un manantial en
la montaña, tan implacable como Dios.» Finalmente se quedó sentado, mirando el
suelo como si hubiera perdido algo.
Las piernas de la muchacha penetraron gradualmente en su campo de visión y
se detuvieron. Michael sabía que ella le estaba mirando y esperó impaciente a que
le dijera algo. Se preguntó si los fantasmas tenían a veces colapsos nerviosos.
—Hola, Michael —le dijo por fin.
Él alzó la vista y parpadeó sorprendido. Admirable, chica, admirable. Aquellos
difuntos reverenciados no habían muerto en vano.
—No te he oído venir.
Laura sonrió levemente.
—Los muertos son buenos vecinos —dijo ella, e hizo una pausa. Él no se movió,
decidido a permanecer tan inmóvil como el portero de Kafka—. No quiero irme a
dormir en seguida, al fin y al cabo... —titubeó un momento— tengo suficiente
tiempo. Pensé que si no estabas haciendo nada —ninguno de los dos se rió—
podríamos charlar un poco. Desconozco totalmente este lugar... —Titubeó de
nuevo, mirando a Michael sin parpadear, de una manera que él calificó
cariñosamente como iracunda—. De acuerdo, no podía dormir. Todavía estoy
consciente y podría aprovecharlo de algún modo. ¿Vas avenir o no? La verdad es
que no me importa.
Michael se levantó y echó a andar hacia la sección del cementerio donde estaban
enterrados los ricos del pasado.
—Ven conmigo —dijo a la muchacha.
Ella se le acercó.
—¿Adonde vamos? —Michael le habló en voz tan baja que Laura apenas pudo
oírle—. Lo sé. Ahora lo sé con certeza. Los muertos no pueden dormir. —Él le
dirigió una mirada inquisitiva y ella asintió—. Cuando cerré los ojos... no ocurrió
nada en absoluto. Fue exactamente como si los tuviera abiertos.
—Nosotros no dormimos —dijo Michael—. Dormitamos de vez en cuando.
Aquellos con los que hablé sólo fingían haber dormido. Fingían... más para ellos
mismos que para mí. —Apretó el paso.
—¿Adonde vamos?
—A ver a un hombre.
—¿Un fantasma?
—No, un hombre. No estaba seguro de que lo fuese hasta ahora.
—¿Acaso me habrías creído? —preguntó el señor Rebeck. Estaba sentado en los
escalones del mausoleo de Wilder, enfundado en una bata de baño a cuadros
blancos y negros que hacía resaltar su delgadez.
—Probablemente no —respondió Michael—, pero podrías haberlo intentado.
—Cielo santo, ya tenias bastantes dificultades para creerte muerto, y yo no te
convencí de eso..., fuiste tú mismo. —El señor Rebeck titubeó y ordenó sus
palabras como si fueran una mano de naipes—: En nuestra sociedad tienes dos
opciones, dos posibles creencias. O vas a alguna parte después de muerto, o no
vas; o cantas a voz en cuello durante la eternidad, o duermes apaciblemente hasta
que el mundo se venga abajo a tu alrededor y navegues por el espacio, sin
despertar ni resucitar. Ninguna de esas creencias es cierta, pero eso tienes que
descubrirlo por tí mismo.
—Confiaba en dormir —dijo Laura—. Probablemente mi última palabra en vida
fue: «¡Hurra!».
—Te amodorrarás —replicó el señor Rebeck— y eso es casi como dormir. Cuando
haya transcurrido suficiente tiempo, dormir no significará nada para ti, porque
habrás perdido el concepto. No sabrás si estás despierta o dormida, y lo cierto es
que eso no importará nada. —Hizo una pausa antes de añadir—: Y todavía estás en
la tierra. No existe ningún mundo especial para los muertos, sino sólo las frías
habitaciones que los vivos les conceden por respeto hacia sus cuerpos gastados. No
hay más realidad que la tierra.
Se dio cuenta de que sus palabras tenían cierta solemnidad sentenciosa, pero no
se le ocurría nada que pudiera aliviar su seriedad. Miró a la pareja y pensó con
fatiga que las cosas siempre acaban complicándose, que las telarañas se enredan
tanto si la araña se proponía engañar como si no. Aquel par de jóvenes le gustaban
mucho, y le habría gustado que no le obligaran a hacer frases de cuyo sentido ni él
mismo estaba seguro hasta que las pronunciaba. Él no era ni dios ni el Primer
Sepulturero..., y luego estaba la señora Klapper.
Laura estaba diciendo algo, y el hombrecillo pensó que la muchacha tenía un
nombre melifluo. Le gustaría que estuviera alejada, para poder llamarla.
—¿Cuánto tiempo pasará? —preguntaba Laura.
—¿Cómo dices? —preguntó el señor Rebeck, parpadeando.
—Quiero saber cuánto tiempo pasará antes de que me olvide de las cosas, me
desintegre, prescinda de todo.
—Ah, ya veo. —Claro, Michael debía de habérselo dicho—. Eso depende. El
término medio parece ser de un mes.
—¿Un mes? ¿Y qué ocurre entonces?
—No lo sé.
«Claro que no lo sé —pensó—. No soy el Hombre de las Respuestas.» Se
preguntó si todavía emitían ese programa por la radio. Probablemente no. Debería
habérselo preguntado a la señora Klapper.
—Puedo esperar —dijo Laura.
Michael se echó a reír.
—No tendrás más remedio que hacerlo.
Laura le miró como si fuera una manzana a medio comer y que alguien hubiera
tirado.
—Desde luego, habrías sido un excelente Mesías.
—Tienes razón. Mi primer milagro habría sido el de hacer que te levantaras de
entre los muertos..., seguramente con una pala mecánica.
—Eres como un viejo de una ciudad pequeña, que era alguien importante y sigue
merodeando por el lugar donde trabajaba, soltando discursitos los días de fiesta y
jugando a ser todavía importante.
—Es posible —dijo Michael con tirantez—, pero cada Navidad me sentaré sobre
tu tumba y te cantaré villancicos.
«¡Oh, por el amor de Dios! —pensó el señor Rebeck—. ¡Cerrad el pico!»
Entonces vio las expresiones de asombro en los rostros de ambos jóvenes y
comprendió que había dicho en voz alta su pensamiento, por lo que se vio obligado
a continuar:
—¿Qué más da que uno de vosotros recuerde su nombre durante más tiempo?
Los dos estáis muertos, y quizá sea ésa la única cosa que tenéis en común, pero es
importante. Me provocáis dolor de cabeza. Si tenéis tantas ganas de pelearos, id a
intercambiar gritos entre las lápidas. La muerte tiene que ser una cosa serena y
suave, como el amor. Os pasáis el tiempo diciéndoos a gritos que no dormiréis o
que no podéis dormir, cuando ni siquiera sabéis lo que es el sueño.
Vio las expresiones de asombro infantil en sus rostros translúcidos y de repente
no se le ocurrió nada más que decir. Hacía mucho tiempo que no gritaba a nadie, y
su voz era retumbante y cavernosa. Cruzó por su mente la fugaz imagen de unos
murciélagos anidados en sus carrillos y colgados cabeza abajo del velo de su
paladar, y estuvo a punto de reírse.
—Llevo aquí mucho tiempo, ¿sabéis? —añadió. Entonces se sentó y desvió la
vista, porque había terminado de hablar.
Laura empezó a decir algo pero se interrumpió. Hizo un leve gesto a Michael, el
cual asintió y se inclinó hacia adelante, confiando en que el señor Rebeck le mirase.
—¿Por qué viniste aquí?
Entonces el señor Rebeck alzó la vista.
—Fallecí, como todos los demás —respondió. Entonces, al ver que Laura
respingaba, añadió—: No, decir eso es demasiado fácil y, además, no es cierto. —
Miró a Michael—. Creo haberte dicho que era farmacéutico.
Michael asintió.
—Tenía una agradable farmacia, olorosa... Quiero decir que estaba limpia pero
olía bien. Era un olor como de pólvora mezclada con canela y, tal vez, un poco de
chocolate. Cada vez que alguien abría la puerta sonaba una campanilla, y lo hacía
siempre, para cualquier cosa que necesitara una persona, tanto si traía una receta
como si no. Tenía una balanza en la que habría podido pesar el corazón de un
hombre. No tenía refrescos, pero sí un tarro con caramelos pata, los niños cuando
venían a comprar jarabe para la tos u hojas de afeitar. Llamaban a aquellos
caramelos «pezuña de potro», no sé por qué. Eran largas barritas amarillas. No
creo que sigan vendiéndolos. Tenía todo lo que servían los demás farmacéuticos de
Nueva York y, además, ciertas sustancias especiales.
Se había levantado una ligera brisa y el señor Rebeck se arrebujó en su manta y
metió las manos en los bolsillos.
—Cierta vez, un hombre me pidió que le preparase un filtro de amor. Era un
buen hombre pero muy feo, con cicatrices en la cara. Creo que era boxeador, por
sus orejas y porque solía venir a tomar café conmigo y hablar de boxeo. A veces
también venía una chica y se sentaba con nosotros. Se parecía un poco a ti, Laura,
pero era rubia. Una chica muy inteligente. El hombre me pidió que preparase algo
para lograr que la chica le quisiera. Mira, estaba avergonzado de su cara, y creía
que me sería muy fácil hacer una pócima, algo así como preparar un batido. Yo no
podía hacerlo, por supuesto, porque es ilegal y, además, no tenía suficientes
conocimientos, pero le dije que lo haría y le advertí que la pócima no volvería a la
chica agresiva, sino sólo receptiva. En cualquier caso, él tendría que hacerle
proposiciones, sin tener en cuenta su cara.
Sonrió al recordar la situación.
—Era una chica muy simpática y creo que, al fin y al cabo, quería al hombre.
Pero después de aquello todo el mundo empezó a acudir a mí, pidiéndome filtros de
amor, predicciones de futuro y amuletos de la suerte, o deseosos de conocer el
significado de sus sueños. La gente es desdichada y está dispuesta a hacer
cualquier cosa para variar su suerte. Se dirigían a mí como si fuese un brujo o un
dócil hechicero. Me rogaban que sanara a sus hijos o que volviera abstemios a sus
maridos. Yo les decía que nada de eso estaba en mi mano, que no era ningún
mago, y algunos lloraban mientras otros me maldecían. Eran unas maldiciones muy
tristes, sin demasiada fuerza... Así que cometí mi primer gran error: dije que lo
intentaría.
»Me dije que era farmacéutico e intentaba ayudar a los enfermos. Aquellas
personas también estaban enfermas, aunque de un modo distinto. Tal vez podría
ayudarles de una manera diferente. Cometí el error de intentarlo, porque en el
mundo no existe ningún mago, pero pensé que ellos me necesitaban y que un
hombre ha de ser necesitado. Así pues, trituré unas hierbecillas inocuas y les dije
que rociaran con ellas sus comidas..., les dije que pusieran saquitos de harina bajo
la almohada y que sus sueños mejorarían. Era un brujo, y en Nueva York nada
menos. No me había propuesto serlo, pero lo era. Y, para empeorar las cosas, no
era un brujo muy bueno. A veces tenía suerte, en ocasiones mi intuición era
acertada y el niño sanaba, o el número era el correcto. Pero eso no sucedía con
mucha frecuencia. Quienes no creían en aquella mistificación dejaron de acudir a mi
establecimiento, y los que creían también se esfumaron, porque no era una
mistificación muy eficaz.
El señor Rebeck retorcía nerviosamente el cinturón de su bata, pero en su rostro
todavía se esbozaba una sonrisa.
—Sólo quedaron los que estaban chiflados de veras, y probablemente un
farmacéutico es la última persona que puede hacer algo por ellos, pero les atendía
porque estaban solos y creían en mí. Yo era su profeta, tal vez un profeta caído en
una época mala, pero no sin honor, y a veces me sentía un poco importante.
Empezó a reír discretamente, con auténtico regocijo, y se alisó el cabello ralo
con una mano morena.
—Sabía que más tarde o más temprano ocurriría algo. Lo que estaba haciendo
era ilegal para cualquiera, y el doble de delictivo para un farmacéutico. Si entraba
un nuevo cliente en la tienda, cosa que sucedía muy de tarde en tarde, tenía que
agarrarme del mostrador para no echar a correr. De joven los policías siempre me
asustaban, y además temía perder mi licencia si alguien investigaba mis
actividades. No tenía preparación para hacer cualquier otra cosa.
Se apoyó en una de las columnas agrietadas que se interponían entre el sol y la
tumba de Wilder.
—Entonces ocurrió la cosa más curiosa, la más lógica del mundo. Me encontré en
bancarrota. —El señor Rebeck, que tenía buen sentido dramático, hizo una pausa y
continuó—: No podía pagar el alquiler, ni las existencias, ni los gastos de
mantenimiento, ni la electricidad, ni al abogado que declaró ante el tribunal que yo
no podía pagar nada. Cuando salí de aquella sala de justicia, hubiera tenido que ir a
parar al asilo de pobres, salvo que en la ciudad no había ninguna casa de caridad y
yo no tenía dinero para coger el autobús.
—¿Y viniste aquí? —preguntó Laura, que le miraba con fijeza.
—No, no vine en seguida. Todavía era joven, más o menos de la edad de
Michael. Me dije: «Jonathan, tienes toda la vida por delante, y bien podrías vivirla
contentándote con naranjas y colillas de cigarrillos». Conseguí empleo en una
tienda de comestibles, porque me dejaban dormir en la trastienda. Trabajé allí un
par de meses, ahorré algún dinero y me compré unas camisas nuevas. Una noche
salí a dar una vuelta y pasé por el lugar donde estuvo mi establecimiento. Habían
levantado una farmacia perteneciente a una cadena, grande y limpia, con un
mostrador de mármol verde.
Entonces desvió la vista, se retorció las manos y habló en voz muy baja:
—Pensé en lo curioso que era aquello, porque estaban haciendo lo mismo que
hice yo, pero con publicidad. Sus anuncios decían: «Haremos aflorar su belleza, le
haremos oler bien, curaremos sus cálculos renales y sus hemorroides, le
eliminaremos el mal aliento, la caspa y los malos modales, suavizaremos su piel y
le libraremos de veinte kilos como si extrajéramos una verruga, cosa que, por
cierto, también hacemos muy bien, y la gente estará deseosa de hablar con usted.
Venid a nosotros todos los que sois feos, tenéis mal humor y estáis solos...» —Hizo
una pausa—. Está mal prometer cosas mágicas a la gente. Estaba mal cuando yo lo
hacía y seguía estándolo para aquella farmacia nueva y limpia. Aquella noche di un
largo paseo, entregado a muchos pensamientos filosóficos de los que, por suerte,
no me acuerdo. —Rió brevemente y se quedó en silencio.
—¿Y entonces?
Al oír la voz de Michael, el señor Rebeck volvió la cabeza bruscamente, como si
hubiera un cordel entre ellos.
—Entonces —respondió el hombrecillo pausadamente—. Me emborraché lo
suficiente para una boda y un funeral juntos y llegué aquí tambaleándome y
canturreando..., en aquella época no echaban el cerrojo a la puerta... Me quedé
dormido en este último escalón durante todo un día. —Se encogió de hombros—. Y
aquí me tenéis. Me quedé. Al principio sólo pensé descansar un poco, porque
estaba muy fatigado, pero el cuervo me trajo comida... —Sonrió de repente—. El
cuervo estaba allí cuando me desperté, esperándome. Me dijo que me traería
comida durante mi estancia, y cuando le pregunté por qué, respondió que lo hacía
porque teníamos algo en común. Ambos teníamos delirios de bondad. —El señor
Rebeck bostezó—. Estoy cansado —dijo en tono casi de disculpa. Se levantó, se
estiró y la bata de baño se ciñó a su delgado cuerpo.
—Te dije que la muerte es como la vida, Michael —añadió soñoliento—. No
importa gran cosa que te opongas o no. —Se volvió hacia Laura—. Excepto para ti.
La muerte es asunto de cada uno, y que duermas o no tiene menos importancia
que la manera de aceptarla... o de racionalizarla. —Se encaminó lentamente a la
puerta del mausoleo y se volvió antes de entrar—. Buenas noches.
—Buenas noches —le dijeron los dos jóvenes al unísono.
Cerró la puerta, se quitó la bata y se tendió sobre un colchón que estaba hecho
con pequeños cojines dispuestos de manera que permitiesen una comodidad
razonable. Se cubrió con una manta y yació boca arriba, mirando el techo.
Alguien pronunció su nombre y se dio cuenta de que Michael estaba allí. El señor
Rebeck se había preguntado cuánto tardaría Michael en darse cuenta de que las
barreras físicas ya no le afectaban.
—¿Qué quieres, Michael?
—¿Me harías un favor?
—Probablemente. ¿De qué se trata?
Michael habló con cierto titubeo.
—¿Podrías decirme..., podrías decirme qué aspecto tiene esta chica?
—¿Laura?
—Sí. Siento curiosidad.
—¿Es que no puedes verla?
—Sólo veo una especie de contorno general. El cabello, la forma... Sé que es una
mujer, pero eso es todo.
—Sí —dijo el señor Rebeck, y se quedó en silencio.
—¿Y bien?
—Bueno... es morena, creo que tiene los ojos grises y los dedos largos.
—¿Eso es todo?
—¿Qué puede importar eso ahora, Michael?
—Nada —dijo el joven al cabo de un momento—. Sólo sentía curiosidad.
Lamento haberte molestado.
—Buenas noches.
Michael desapareció. El señor Rebeck se dijo que aquel verano sería agradable.
Había necesitado compañía.
Pensó en el otoño, una estación que nunca le había gustado, en parte porque
tenerla en cuenta le estropeaba un poco la primavera. Era demasiado previsor
porque temía enfrentarse de repente con las cosas. En su infancia nunca había
podido disfrutar de las vacaciones navideñas, porque parecían empujarle
irremediablemente hacia el largo enero.
Pero la noche era cálida y perfumada, y dejó de lado el otoño. Pensó que
llegaría, como siempre, pero le precedería el verano.
5
La señora Klapper había puesto el despertador a las nueve y media y esperaba
pacientemente a que sonara. Estaba tendida de costado, de espaldas al reloj, con
las piernas hacia arriba y un brazo bajo la almohada. Había tirado tanto de la
manta para taparse hasta el mentón, que se había soltado en el extremo de la
cama, dejándole los pies al descubierto. Cruzó los tobillos y se restregó un pie con
el otro, pero siguieron fríos, lo cual le hizo sentirse extrañamente vulnerable.
Sin volverse de lado, estiró el brazo y, como cada mañana, constató que allí no
había nadie a quien tocar y que gruñera una queja medio dormido.
Pensó que la cama era demasiado grande. Aquel día, o al siguiente, iría a los
almacenes Sachs y la cambiaría por otra. «¿Para qué necesita una cama de
matrimonio, señora Klapper? —preguntó al techo—. ¿Acaso espera invitados?»
El despertador emitió un chasquido ligero, como si estuviera satisfecho de sí
mismo, y la señora Klapper se puso tensa, a la expectativa, pero el timbre no sonó
y el reloj continuó con su inocente zumbido.
—¡Suena de una vez! —exclamó la señora Klapper, disgustada—. Ya son las diez,
las diez y media. ¿Qué esperas, que te envíe una invitación troquelada? —El reloj
no expresó ninguna preferencia.
—Ah, las maravillas de la técnica —dijo la mujer, y se volvió de lado, gruñendo,
para mirar la esfera del reloj. Miró cautamente a través de los párpados pesados,
sus ojos como dos centinelas que espiaran el territorio enemigo. Se apartó el
cabello de la cara y examinó más de cerca la esfera—. ¿No sabes que has de brillar
en la oscuridad? —le recordó coloquialmente—. Anda, brilla un poco. —Finalmente
comprobó que eran las nueve y cuarto.
La señora Klapper volvió a recostar la cabeza en la almohada.
—Quince minutos, aún me quedan quince minutos. —Guardó silencio y entonces
se volvió hacia el reloj y le gritó—: ¿Qué voy a hacer durante quince minutos?
¿Contarme chistes? —Se volvió del otro lado y ocultó el rostro en la almohada.
Por supuesto, podía levantarse, lo cual por lo menos le proporcionaría el placer
de desconectar el timbre del despertador. Esa idea le gustó. Tendió un brazo hacia
el reloj y lo retiró. No había ninguna prisa.
Pensó que si no se levantaba tendría un terrible dolor de cabeza, y eso estuvo a
punto de hacerle saltar de la cama. Temía el dolor, y cuando llegaba lo soportaba
con el estoicismo de quienes tienen un temor profundo. Retiró las ropas de cama y
empezó a erguirse, pero cuando estaba erecta a medias cambió de idea. Lo único
que podía esperar si se levantaba era no tener dolor de cabeza. No valía la pena
molestarse por tan poca cosa. Se tendió de nuevo.
Sintió el impulso de mirar el reloj por encima del hombro y averiguar cuántos
minutos faltaban para que pudiera levantarse a la hora fijada, pero eso habría sido
una victoria moral para el reloj, y la señora Klapper conocía el valor de las victorias
morales. Las coleccionaba. Así pues, permaneció tendida e inmóvil, con un brazo
apoyado pesadamente en el muslo, y se puso a pensar en el extraño hombrecillo
del cementerio. Había pensado mucho en él durante los doce días transcurridos
desde que visitara la tumba de su marido.
El hombrecillo la intrigaba porque no podía llegar a ninguna conclusión acerca de
él. Había llegado a la conclusión provisional de que era un caballero..., un caballero
que tenía suelto un tornillo. Pero esa decisión no le satisfacía. No era la primera vez
que la señora Klapper trababa conocimiento con caballeros que tenían tornillos
sueltos, pues el bufete de abogados de Morris parecía especializado en ellos, pero el
hombre del cementerio no se parecía a ninguno de ellos.
El reloj era eléctrico y de insonoridad garantizada. En realidad, producía un
ligero zumbido que a la señora Klapper le parecía exasperante. Comprendía que un
reloj hiciera tictac, sonido que le agradaba por los recuerdos que evocaba de las
noches en que ella y Morris yacían uno al lado del otro en la cama baja, con su
colchón delgado, sin más sonido que aquel tictac entrecortado que consumía la
noche a diminutas dentelladas. A veces, si escuchaba durante largo rato, el tictac
parecía apresurarse, correr estrepitosamente por túneles oscuros en pos de algo
que estaba delante, algo que esperaría sólo un poco más allá, agazapado y con un
resplandor rojizo. Entonces agarraba el brazo de Morris, como si fuese una
barandilla en una escalera larga y curvada, y se le arrimaba, apretándole tanto que
él se movía, soñoliento, y murmuraba: «Gertrude, déjame un poco de aire, por
favor. No estás casada con un acordeón».
Entonces las aguas volvían a su cauce. Morris estaba allí, macizo, cálido y
quejumbroso, y el reloj era sólo un reloj y ella podía permanecer despierta un
minuto más, respirando honda y silenciosamente, y luego se volvería de cara a
Morris y se dormiría...
En aquel momento sonó el despertador, cuyo timbre parecía el taladro de un
dentista, y la señora Klapper saltó de la cama y lo paró de un golpe. Entonces se
sentó en el borde del lecho y dijo «puñeta» en un tono abstracto. Sí, le dolía un
poco la cabeza.
Se levantó y fue de ventana en ventana, abriendo los postigos para que el sol
inundara la habitación de grandes proporciones. De pie bajo el sol, parpadeando un
poco, se estiró y bostezó con la misma apreciación sensual de un buen estiramiento
y bostezo que tienen los animales y los niños.
—¿Tal vez un poquito de ejercicio, Klapper? —se preguntó en voz alta—. Dóblate
y tócate los dedos de los pies. —Miró sin curiosidad sus pies descalzos y decidió no
hacerlo—. Qué manera más estúpida de empezar la mañana.
Cuando se dirigía lentamente al tocador, se vio reflejada en la luna del armario.
Empezó a quitarse el pijama de un color azul desvaído.
—Vey Gott, Klapper, pareces un racimo de plátanos.
Abrió rápidamente el armario y buscó unas bragas en su interior.
La señora Klapper se vistió despacio, eligiendo las prendas minuciosamente. Ya
hacía calor y cada vez que se volvía notaba el sol en la nuca. Tomó nota mental de
que debía ducharse por la noche y también lavarse la cabeza. Mientras se vestía,
cantaba una cancioncilla sobre una muchacha cuya madre le ofrecía un surtido
selecto de candidatos a marido, todos ellos hombres ricos y de éxito, pero ella los
desdeñaba a todos para casarse con un estudiante rabínico sin blanca. «Boba», dijo
al final de la canción, como hacía siempre, pero, como siempre, lo dijo en tono
amable.
Una vez vestida se lavó la cara (no usaba maquillaje desde la muerte de Morris)
y entró en la cocina para hervir un par de huevos. Preparó el cronómetro para que
sonora al cabo de un cuarto de hora, porque le gustaban los huevos duros y firmes
y porque eran quince minutos durante los que podía moverse con rapidez en la
cocina, abriendo el grifo, cerrándolo, encendiendo los fogones y apagándolos,
indagando en el frigorífico y los armarios, planeando sus comidas para el resto del
día y, en ocasiones, para los días venideros. El comedor era silencioso y demasiado
grande, y ya no le gustaba comer en él, pero seguía haciéndolo en la mesa
demasiado larga, porque era una persona de hábitos demasiado arraigados. Los
hábitos eran seguros, consoladores, y prestaban cierta finalidad a la jornada.
Tuvo la idea tardía de hacerse unas tostadas, y una vez listas las llevó con los
huevos al comedor. Tras depositar la comida en la mesa, regresó a la cocina en
busca de una botella de leche. La señora Klapper desayunó con fruición, pues
disfrutaba de la comida.
Mientras comía, volvió a pensar en el señor Rebeck. Le molestaba su brusca
despedida en la puerta del cementerio. Reflexionó en que quizá había perdido
realmente el reloj. Son cosas que suceden. Pinchó el último trozo de huevo duro
con el tenedor. Pero desandar todo el camino para encontrarlo, y no saber si te ha
caído por el camino, o si lo has perdido en el metro, o si te lo has dejado en casa...,
vamos, eso es de locos. Se encogió de hombros y embadurnó una tostada con
mermelada de cereza. «A lo mejor tiene esposa y no quiere regresar a casa
todavía. No seas fisgona, Klapper.»
¿Tendría esposa? La señora Klapper mordió un trozo de tostada, cuyo ruido
crujiente le agradó. ¿Desde cuándo un hombre casado deambula por un cementerio
como si estuviera haciendo inventario? Un hombre casado va a un cementerio para
visitar a los familiares fallecidos de su esposa. Entonces tal vez no estaba casado.
Desde luego, se parecía a Morris. Quizás éste era algo más corpulento y tenía las
cejas pobladas, como las colas de los gatos airados, pero sus ojos eran iguales,
como la forma de la cabeza. Morris se inclinaba sobre cualquier cosa que hiciera,
tanto si jugaba al ajedrez como si leía un libro o preparaba un informe. Ella le
gastaba bromas al respecto, le decía: «Morris, sigue sentándote así y acabarás
yendo a la tumba jorobado. Tendrán que añadir un ala especial a tu ataúd». Morris
soltaba la risita ligera que le caracterizaba, que te pasaba por alto si no le estabas
escuchando con mucha atención, y replicaba: «Me gusta imaginarme en forma de
signo de interrogación». Y ahora, al ver al hombrecillo jugando a solas al ajedrez,
encorvado sobre el tablero como si estuviera a punto de abalanzarse sobre él...
«Basta ya, Klapper —se reconvino con firmeza—. Eres una mujer adulta..., una
mujer más que madura, por así decirlo.» Se sirvió un vaso de leche, lo engulló a
toda prisa y llevó los platos a la cocina.
Después de lavar los platos, cosa que hizo salpicando demasiada agua sin
necesidad y manoseando torpemente los grifos, abrió el armario de la limpieza al
lado del frigorífico y sacó una escoba y un recogedor. No se daba maña para barrer.
El movimiento efectuado al barrer no es precisamente natural si suele ser
generalmente garboso, y la calidad del barrendero casi siempre puede juzgarse
directamente por su forma. La señora Klapper barría el suelo como si esperase que
reculara bajo la escoba. Detestaba los recogedores porque cada vez que se
agachaba, sofocándose para trasladar la porquería al recogedor, siempre quedaba
un poco fuera, a lo largo del borde. Retiraba un poco el recogedor y, musitando
maldiciones, volvía a atacar, pero siempre quedaba un hilito de polvo en el suelo, y
ella siempre acababa levantándose con un gruñido de disgusto y echándolo bajo el
frigorífico.
Después de barrer echó un vistazo al reloj de pared.
—Las once menos veinte. Muy bien. ¿Ves cómo va más rápido de lo que crees?
Tienes que mantenerte ocupada.
Recordó que su hermana le decía esas palabras. Tal vez aquel mismo día debería
visitar a Ida. En cualquier caso, debería salir. Dejó a un lado la escoba y el
recogedor y fue a mirar a través de la ventana.
—Qué mañana tan espléndida —dijo en voz baja.
El sol ya estaba alto y la deslumhró con su reflejo en millares de ventanas. La
señora Klapper se volvió y fue lentamente al comedor. Era una sala grande, con
tres de sus paredes ocu padas por las estanterías de Morris. Ella había cambiado el
mobiliario hacía un mes, y ahora lo lamentaba. Las sillas y el sofá nuevos eran
pesados, poco flexibles, y por mucho que los usara no se adaptaban y volvían
cómodos. Tan pronto como desapareció la brillantez momentánea que trajeron a la
casa, la mujer deseó tener de nuevo los viejos muebles.
—Bueno, ¿qué voy a hacer hoy?
Se apoyó en una estantería y pasó una mano ociosamente por los libros de
Morris. Siempre eran «los libros de Morris». La señora Klapper no leía mucho, y
Morris, tras algunos intentos importunos en los primeros años de su matrimonio,
nunca hizo ningún esfuerzo serio para interesarla en la lectura. A la señora Klapper
le gustaba que le leyeran, pero siempre se dormía, y cuando eso sucedía, Morris le
daba unas palmaditas cariñosas, sonreía y jugaba solo al ajedrez.
—Tengo que ir de compras. —Contó con los dedos—. Veamos..., tengo que pasar
por la tienda de Wireman y comprar una barra de pan, leche y quizá levadura de
hornear...
Frunció el ceño. Tenía que haber algo más. La tienda de Wireman sólo estaba a
dos manzanas de distancia.
—Si voy a casa de Ida tengo que pasar por delante de la carnicería cerca del
metro, y podría entrar y comprar una libra de carne picada y un par de chuletas de
cordero. —Así pues, iría a ver a Ida—. Es mi hermana y nos vemos tan poco, somos
como desconocidas.
Ida, la mayor de las dos hermanas de la señora Klapper, era soltera, y a su
hermana nunca le había parecido correcto ir a cenar a su casa con Morris. Durante
los veintidós años de su matrimonio no había comido a solas con su hermana más
de un par de veces al año, unos almuerzos siempre presididos por el embarazo y
los silencios.
Recordó que su hermana siempre la miraba de la misma manera. Ella le hablaba,
hacía bromas, y su hermana reía y le decía:
—Ay, Gertrude, todo cambia menos tú.
Y siempre percibía en el fondo de su risa lo que en realidad pensaba: «Ésta
también tiene un hombre, y yo no tengo a nadie». Bajo una mirada como la suya,
una se atragantaba con el apio. ¿Qué podía decirle? Pensó que ahora podría ser
apropiado visitar a Ida.
La sala de estar siempre había sido el dominio de Morris, del mismo modo que el
dormitorio había sido el suyo. Cada uno penetraba en el territorio del otro con algo
parecido a la actitud arrogante y la curiosidad de un rey que visita a otro rey.
Morris estaba muerto, pero la sala le seguía siendo leal, y los extraños cuadros de
las paredes la miraban con el odio de los conquistados. Se apresuró a abandonar la
sala y fue al armario para sacar una chaqueta ligera.
Pensó que visitaría a Ida y hurgó en su monedero para asegurarse de que tenía
suficiente dinero. Almorzarían juntas, charlarían, tal vez darían un paseo por el
parque y entonces le diría: «Mira, Ida, tengo mucha comida, una libra entera de
carne picada que no puedo comerme yo sola. Ven a casa conmigo. Haremos unas
hamburguesas y charlaremos como en otros tiempos».
La idea le gustó. Pensó que no iría hasta bastante tarde. Conocía bien a Ida.
Se detuvo antes de salir y musitó: «Sei gesund, Morris». No había podido
eliminar el hábito de decirle a su marido que «estuviera bien» antes de salir de
casa, ni tampoco se había empeñado en hacerlo, pero se apresuró a cerrar la
puerta tras ella como hacía siempre para no esperar a que le llegara el suave «Geh
gesund» desde la sala de estar.
El aire era cálido y seco, y lo respiró con verdadero placer mientras se
encaminaba lentamente a la tienda. El principio del verano en Nueva York es más
hermoso por la mañana, pero poca gente repara en ello. Los niños se van a los
campamentos de verano, y las dos semanas de vacaciones de sus padres suelen
ser a fines de julio o principios de agosto, cuando los días están viscosos de hastío.
Sólo los ancianos conocen esas mañanas del verano temprano, los ancianos y los
vendedores de helados en los parques públicos. Ellos conocen bien esas mañanas y
las aman con desesperación porque no pueden durar..., esas personas sabedoras
de que nada es duradero. El vendedor se sirve uno de sus helados y se sienta en la
hierba a comerlo, o por lo menos piensa en hacerlo. El policía canturrea y hace un
alto para charlar con el confitero, que ha salido a tomar un poco el aire antes de
que el viento sea cálido y desagradable. Hablan de ir a nadar o a ver un partido de
fútbol, pero les basta con estar en la esquina de la calle, charlando de ello. Y las
ancianas mueven sus sillas para seguir al sol y no intercambian una sola palabra
entre ellas. Lo harán por la tarde, pero será en una estación y un mundo diferente.
Ahora, por la mañana, miran al otro lado de la calle y no parpadean cuando pasan
los coches.
La señora Klapper conocía a algunas de aquellas mujeres, pero no las saludó al
pasar ante la hilera de sillas plegables. Siempre había sentido cierto vago desprecio
hacia ellas y las consideraba plañideras e irritantes. Algunas no eran mayores que
ella, y allí estaban, sentadas como piedras, sin hacer punto o leer el periódico o
cualquier otra cosa. ¿Qué clase de vida era ésa? Una tenía que mantenerse
ocupada, moverse sin cesar, hacer visitas. Apretó el paso, satisfecha por su
decisión de ir a ver a Ida, y entró en la tienda de comestibles y productos lácteos
de Wireman.
El tendero, que estaba detrás del mostrador, era un hombre menudo, de forma
peroide, con un suéter gris y pantalones marrones. Tenía los ojos soñolientos, y
siempre los fijaba en su interlocutor. La piel colgante de las mejillas daba a su cara
el aspecto de una bata arrugada y tirada descuidadamente en un rincón. Se había
establecido en la esquina antes de que la señora Klapper y Morris fuesen a vivir al
barrio, y ella no recordaba que el hombre pareciera entonces diferente o que
hubiera cambiado de un modo notable en los veintidós años transcurridos. Su
esposa, sus hijos y su tienda habían crecido, se habían hecho mayores y expandido
durante ese tiempo, pero Wireman seguía siendo Wireman. Ella siempre se
preguntaba cómo debía verla el tendero.
—¿Qué hay? —le dijo al entrar—. ¿Qué tal está usted hoy?
—Muy bien —respondió la señora Klapper—. ¿Cómo está su esposa? —Saludó
con la cabeza a la hija, Sarah, que estaba sentada sobre una caja de botellas de
leche vacía, leyendo una revista.
—¿Quién puede quejarse? —Wireman se encogió de hombros—. Está levantada,
come... No se le puede pedir más a Dios.
—¿Ha tenido últimamente noticias de Sam? —El hijo de Wireman se había
casado seis meses atrás y se había ido a vivir a la costa del Pacífico.
Wireman echó un rápido vistazo por encima del hombro al fondo de la tienda.
Cuando miró de nuevo a la señora Klapper, su semblante era inexpresivo.
—No. ¿En qué puedo servirla?
—Una barra de pan de centeno —dijo la señora Klapper—, sin semillas, y
también dos botellas de leche y un bote de levadura de hornear.
Cuando Wireman se volvió para ir al fondo de la tienda, donde estaba el
frigorífico, la señora Klapper se dio cuenta sobresaltada de la manera en que
caminaba el tendero. Encorvaba los hombros bajo el suéter gris y daba pasitos
cortos, con un pie ligeramente por delante del otro y éste apresurándose para dar
alcance a su compañero. Sus manos tenían un temblequeo muy breve, pegadas a
los costados, y parecía como si en el transcurso de los años el aire en el que se
desplazaba se hubiera transformado gradualmente en agua.
—Qué viejo está —dijo la señora Klapper en voz alta, y entonces se dio cuenta
de que Sarah debía de haberla oído. La miró con un sentimiento de culpabilidad. La
muchacha asintió y siguió leyendo su revista.
—¿Qué cuentas, Sarah? —preguntó a la chica, pues no podía soportar el
silencio—. ¿Cómo te va?
—Muy bien —dijo Sarah. ¿Qué edad tendría? ¿Dieciocho, diecinueve? Estaba
gorda para su edad, tenía granos en la cara y la señora Klapper siempre había
intuido que era la más lista de la familia.
—¿Cuándo te casas? —le preguntó, y se enojó consigo misma al ver la expresión
de enojo en los ojos de Sarah. «¿Qué te importa?», se dijo. «¿Por qué todo el
mundo se interesa tanto por las bodas de los demás?»
Sarah Wireman sonrió resueltamente.
—No será pronto, señora Klapper.
Su voz carecía por completo de inflexión, y la señora Klapper supo que había
dado la misma respuesta a una infinidad de clientas mientras su padre iba en busca
de sus pedidos. No quería que Sarah la relacionara con aquellas mujeres, perc
sabía que lo había hecho mucho tiempo atrás, y siguió hablando, pensando que sin
duda existía alguna frase que remediaría la situación.
—Bueno, muy pronto vas a ser tía —comentó, al tiempo que pensaba: «¡Calla,
Klapper! ¡Manten la boca cerrada, por favor!».
La sonrisa de la muchacha fue tan recta y delgada como una daga.
—Eso espero, por supuesto, señora Klapper.
«¡Calla, calla, Klapper! ¿En qué te estás convirtiendo?» Desvió la vista de Sarah
y contempló las cajas de galletas y cornflakes alineadas en una pared de la tienda.
Oyó el suspiro de alivio de la chica y ella misma suspiró, como si acabara de bajar
de un ascensor en el que ella y un desconocido hubieran evitado cuidadosamente
que sus miradas se encontraran. Entonces Wireman regresó arrastrando los pies,
con el pan, la leche y la levadura de hornear, lo depositó todo sobre el mostrador e
hizo la suma, musitando las cifras mientras anotaba el total.
—¿Quiere que se lo cargue en cuenta?
—Sí —respondió la señora Klapper.
Wireman metió el pedido en una bolsa de papel marrón y añadió el papelito de la
suma. Ella cogió la bolsa y se encaminó a la puerta.
—Déle recuerdos a su esposa de mi parte. —Cerró la puerta tras ella,
interrumpiendo la breve réplica de Wireman.
Como había resuelto visitar a Ida, se colgó la bolsa del brazo izquierdo y echó a
andar calle abajo. El sol le devolvió el buen humor, y un par de manzanas más allá
casi había olvidado la cansina cortesía en la voz de Sarah Wireman.
Una mujer subía por la calle hacia ella, pero tardó un rato en identificarla porque
tenía el sol de cara. Cuando por fin reconoció a Lena Wireman respingó. «Vaya, por
ahí viene la artillería pesada», pensó. Tal vez si alzara la bolsa de la compra hasta
cubrirse con ella el rostro la señora Wireman no la reconocería, pero no confiaba
realmente en tener esa suerte. Ella era una de las pocas mujeres del barrio que se
tomaban la molestia de hablar con la señora Wireman, y ésta sabía distinguir a su
gente.
Era una mujer delgada que en otro tiempo fue gorda. La piel le colgaba fláccida
de los antebrazos, entre los nudillos y alrededor de los codos, una piel de color
blanco anaranjado que parecía casi transparente. Siempre calzaba zapatos blancos
sin tacón, porque los había admirado en las enfermeras, y se sujetaba el cabello en
lo alto de la cabeza, en un nudo que tenía más o menos el tamaño de una ciruela.
En el pasado trabajó con su marido en la tienda, pero durante los diez o doce
últimos años no había hecho más que sentarse en una silla de metal y tela ante la
tienda cuando hacía calor, o en una caja de botellas de leche dentro de la tienda
cuando llovía. Nunca cruzaba la calle para sentarse con las viejas en sus sillas
plegables, y siempre colocaba su silla de modo que les diera la espalda.
—Hola —saludó a la señora Klapper cuando estaban a veinte metros de
distancia.
La señora Klapper dejó su bolsa de la compra. Desde luego, aquella mujer tenía
vista de lince. Suspiró, preparándose para una charla de diez minutos por lo menos.
Se dijo que tenía que ser cortés. Al fin y al cabo el intercambio de cortesías hacía
funcionar el mundo. Una ancha sonrisa de bienvenida apareció en su cara.
—¡Lena! —exclamó—. ¿Cómo está? ¡Tiene un aspecto estupendo!
La señora Wireman se encogió de hombros.
—Ahh —replicó, lo cual significaba que estaba resignada ante el caos—. Muy
bien. ¿Y a usted cómo le va?
—Voy tirando. Acabo de ver a su marido en la tienda.
Los ojos de la señora Wireman tenían el color gris muy pálido de un huevo
pasado. Eran grandes, con una ancha porción blanca, y los entrecerró para mirar a
la señora Klapper.
—¿Cómo es que ya no viene tanto?
—Pero ¿qué dice? Claro que voy a menudo. —Con la mano libre señaló la bolsa—
. También tengo que comer, como todo el mundo.
La mujer del tendero meneó la cabeza con gesto firme.
—Recuerdo que le decía a Avrom: «Prepara los huevos y la leche, para que
cuando venga Gertrude Klapper no tenga que esperar». Ahora pasan dos, tres,
cuatro días, y Gertrude Klapper no aparece. ¿Qué es usted? ¿Una desconocida?
¿Está ahorrando su dinero? —Dirigió una mirada acusadora a la mujer más joven—.
¿Acaso compra en otra tienda?
«No hay mejor amiga que una vieja amiga», pensó irónicamente la señora
Klapper. Entonces dijo en voz alta:
—Mire, Lena, compro en su tienda desde hace veinte años, ¿Por qué habría de
cambiar ahora? ¿A qué viene esto? Compro mis comestibles en su tienda, y porque
no voy un par de días se lo toma usted como si me hubiera vuelto una avara. —
Abrió un poco los pies para acomodar su peso, pues aún estaría un rato allí
parada—. Recuerde que ahora sólo compro para mí, no como por dos personas,
Lena.
La señora Wireman bajó la vista.
—De acuerdo, perdóneme, me olvidé de Morris. Le pido disculpas.
—No se preocupe —dijo la señora Klapper—. Ya ha pasado más de un año.
—Bueno, Gertrude, ¿cuándo se irá? —La señora Wireman la miraba de nuevo.
—¿Irme? —La señora Klapper parpadeó, perpleja de veras—. ¿Qué quiere decir,
Lena? ¿Quién se marcha?
—Todos los días le digo a Avrom: «Ahora que Gertrude está sola, ¿para qué
guarda su dinero en el banco?». ¿Por qué no hace un viaje a alguna parte, tal vez a
Florida? Ya que tiene algún dinero, debería gastarlo ahora, ir a alguna parte.
—Lena... —empezó a decir la señora Klapper.
—Tengo una prima... —Más que interrumpirla, la señora Wi—rena la atropello—.
Tengo una prima que se fue a Florida, a Miami Beach. —Se acercó más a la señora
Klapper—. Cuando llevaba allí dos semanas, ¡zas! —Chasqueó sus dedos delgados—
. Casada de la noche a la mañana, y con un hombre rico.
«Bueno, tú te lo has buscado, Gertrude —se dijo la señora Klapper—. La próxima
vez quizá dejarás en paz a Sarah.» Aspiró hondo.
—Lena, no voy a ir a ningún sitio, ni a Florida ni a ninguna parte.
La señora Wireman entrecerró los ojos un poco más.
—¿Para qué está ahorrando? ¿Para comprar una casa grande en la que no vivirá
nadie más? Sería mejor que hiciera un viaje y se lo pasara bien.
—No quiero ir a ninguna parte, Lena. Vivo aquí, cocino, mantengo la casa limpia,
doy paseos, la tengo a usted para conversar. —«¡Que Dios te perdone, Klapper!»,
pensó—. ¿Por qué habría de ir a algún sitio donde no conozco a nadie? No tenga
tanta prisa por enviarme a Florida. Me gusta estar aquí.
—¡Vaya, vaya, mira cómo se enfada! —La señora Wireman sonrió, mostrando
unos dientes largos y anchos—. ¿Quién la apresura? Lo único que le pido es que
venga a saludar a sus viejos amigos de vez en cuando.
La señora Klapper suspiró.
—Créame, pasaré dentro de uno o dos días y nos sentaremos a charlar. —Trató
de cambiar de tema—. Puede hablarme de Sam, de cómo le van las cosas.
El rostro delgado, blancoanaranjado, se endureció con una expresión de
disgusto.
—De Sam y de la zorra con la que se casó no le diré nada. Hablaremos de
cualquier cosa menos de Sam.
—Eleanor parecía una buena chica.
La señora Klapper recordaba a la esposa de Sam como una mujer alta, de
facciones agradables, que intentó ayudar en la tienda antes de casarse con Sam.
—Una zorra —dijo categóricamente la señora Wireman—. No es en absoluto
buena, créame.
Miró a la señora Klapper como si la desafiara a decir algo en defensa de Eleanor.
—Tengo que irme, Lena —dijo finalmente la señora Klapper—. He de comprar
algunas cosas más. —Empezó a apartarse de la señora Wireman, pero ésta no se
movió ni un ápice—. Mire, pronto iré a verla y nos sentaremos afuera para charlar
un poco, ¿de acuerdo?
—Muy bien, pero piense en lo que le he dicho, en Miami Beach.
La señora Klapper pasó por su lado.
—Lo haré, Lena. Cuídese.
—Sei gesund —dijo la señora Wireman mientras se volvía para marcharse.
—Salude a su guapa hija de mi parte.
Entonces la señora Wireman sonrió.
—Lo haré —le dijo, y siguió andando calle arriba. Caminaba con más rapidez que
su marido, pero estaba encorvada, cargada de espaldas.
La señora Klapper se quedó en medio de la acera, mirando a la mujer hasta que
la perdió de vista. Entonces se volvió a medias para seguir calle abajo, se detuvo y
empezó a desandar sus pasos. Andaba muy lentamente, a pasitos cortos.
Oyó al pequeño Schwartz, que conducía un camión de fruta, anunciando su
mercancía a lo lejos. Su voz era aguda y musical, pero estaba demasiado lejos y
sus palabras eran ininteligibles. Una mujer a la que conocía pasó por su lado
sonriente y le dijo: «Hola, Gertrude». La señora Klapper la saludó con la cabeza y
apretó el paso, pues no quería detenerse y charlar.
Pensó que era fácil reírse de los Wireman. Lena era estúpida, no sabía nada,
hablar con ella era como hacerlo con un besugo. Wireman sólo entendía de su
negocio, y al cabo de tantos años detrás del mostrador tenía los pies planos y había
olvidado qué era sentarse. Para los dos el dinero era Dios en la tierra. Sarah... no
quería ser dura con ella. De acuerdo, Sarah era lista, pero ¿de qué le servía? Nacer
lista en semejante familia era una maldición. Habría sido mejor que no hubiese
aprendido a leer. Suspiró y se dijo que, a pesar de todo, les tenía afecto. Qué se le
iba a hacer, sentía algo por ellos. ¿Acaso era ella tan lista como para reírse de
Lena? ¿Era tan popular como para sentarse entre las viejas y decir: «Lena Wireman
se sienta ahí sola. Allá ella. No le apetece sentarse con nosotras»? ¿Quiénes son
ellos? Su marido está al frente de una tienda, vende cosas a la gente. ¿Tan útiles
son? ¿Lo era ella?
La señora Klapper no era una mujer introspectiva ni, en general, muy analítica.
Pensar en Lena Wireman la irritaba, y caminó más rápido al pasar de nuevo ante la
tienda, pues no tenía deseo alguno de un partido de desquite. Vio fugazmente a
Sarah a través del escaparate y se preguntó si la muchacha la habría visto pasar.
Decidió visitar a Ida en otra ocasión. Aquel día no le apetecía andar. El bote de
levadura de hornear, encima de la barra de pan, le llamó la atención e intentó
recordar por qué lo había comprado. Quizá podría hacer un pastel y luego llamar a
Ida y decirle: «Oye, vente a casa, que nos engordaremos juntas. ¿Quién puede
comerse solo un pastel entero?». Asintió. Primero haría el pastel y luego llamaría a
Ida.
Al pasar ante la hilera de sillas (Morris las llamó una vez «la fila de las
asesinas»), reconoció a viejas conocidas. Sentada, como siempre, bajo el toldo
verde en la esquina de la confitería, lugar que le correspondía por veteranía y
derechos adquiridos de ocupación, había una mujer menuda, de cabello gris,
llamada Lapin. Ya era vieja cuando la señora Klapper empezó a vivir en el barrio, y
las suposiciones sobre su edad exacta oscilaban entre los ochenta y los cien años.
Era poco más que hueso y pellejo, pero a la señora Klapper le gustaba y
consideraba su compañía agradable.
—Eh, Lapin —la llamó alzando la voz. La mujer se llamaba Bella, pero nadie
usaba jamás su nombre de pila—. Lapin, míreme y diga algo.
Lapin alzó la vista lentamente de sus omnipresentes agujas de media y la
madeja de lana negra.
—Hola, Gertrude —replicó, con una voz que sorprendía por su profundidad—.
¿Cómo está?
—Voy tirando. La veo muy bien, Lapin.
La vieja se dio unos golpecitos en el pecho.
—Desde hace dos días tengo un estertor aquí dentro, y el estómago me gruñe
continuamente. Siéntese ya.
La señora Klapper meneó la cabeza. Tenía tiempo, pero la idea de ocupar una de
aquellas sillas en hilera, aunque fuese temporalmente, le asustaba.
—Tengo mucha prisa, Lapin. Coma un poco y así su estómago no le gruñirá
tanto.
La vieja meneó, a su vez, la cabeza.
—He hablado con el rabino y me ha dicho que a mi edad tengo que estar
preparada. ¿Para qué habría de atracarme? Cualquier día... ¡boom! —Sonrió a la
señora Klapper—. Cualquier día.
—Dios no lo quiera —dijo la señora Klapper—. Usted vivirá más que yo y el resto
de los buitres, incluido el rabino.
—Cualquier día. —El tono de Lapin era un poco petulante. Hizo una seña con un
dedo índice de larga uña para que su interlocutora se acercase más—. Pero estoy
dispuesta, créame. Cuando me muera, en la Casa de los Sabios rezarán el kaddish
por mí, con la misma regularidad que el Año Nuevo judío.
La señora Klapper sabía qué pregunta esperaba la anciana que le hiciera.
—¿Y qué me dice de su sobrino? Sería mejor que la familia rezara el kaddish.
La mujer torció la boca y arrugó la nariz.
—Mis sobrinos no creen en las oraciones. No rezarían ni por sus hijos. —Su
rostro se relajó de nuevo—. En la Casa de los Sabios rezarán el kaddish por mí.
La señora Klapper sabía que, por lo menos durante treinta años, Lapin había
vivido del dinero que sus tres sobrinos le enviaban cada mes. Necesitaba muy poco
para vivir, y así podía hacer constantes aportaciones de cinco dólares a la Casa de
los Sabios. Una o dos veces había persuadido a Morris para que enviara diez
dólares en su nombre, y la señora Klapper lo había hecho más a menudo de lo que
había hecho saber a Lapin.
—La Casa de los Sabios me hará un buen funeral —dijo la anciana, satisfecha.
—Tengo que irme en seguida, Lapin —le apremió la señora Klapper—. Hablemos
de alguna otra cosa, por favor.
La anciana siguió hablando, con los ojos cerrados.
—Me enterrarán con mi traje de ceremonia. —Ahora había pasado al yiddish—, y
echarán un poco de tierra de Israel sobre el ataúd.
—¿Por qué habla siempre de funerales? —inquirió la señora Klapper un poco
nerviosa.
Lapin siguió hablando en yiddish, en voz baja y monótona.
—Y viviré en una bonita casa propia. Viviré para siempre. Viviré en Dios...
—¿Ah, sí? —La voz de la señora Klapper era áspera, irritada—. ¿Cuántos pisos
habrá en esa casa, Lapin? ¿Yquién será el casero?
Lapin pareció replegarse en su chal.
—No se lo tome a broma. No me importa los pisos que tenga.
La señora Klapper lamentó sus palabras.
—Perdone, Lapin. Le deseo que tenga un hermoso funeral y viva en una casa
preciosa. Ya falta poco.
Los ojos negros la miraron fijamente, y la anciana la señaló con el largo dedo
índice.
—Usted vendrá al funeral.
—¿Yo? —La señora Klapper se recobró con rapidez—. De acuerdo, Lapin.
Asistiré.
—Dígales a mis sobrinos que es mi voluntad que la lleven en coche al
cementerio. —Lapin miraba vagamente calle abajo—. El rabino dirá a todo el
mundo lo devota que he sido.
—Por supuesto, Lapin. Bueno, tengo que irme. Cuídese.
La señora Klapper casi había doblado la esquina cuando oyó que la anciana la
llamaba.
—¡Gertrude!
Se volvió y regresó al lado de Lapin.
—¿Qué quiere?
—Estaba pensando... en el funeral —dijo la anciana lentamente.
La señora Klapper esperó, pero Lapin no dijo nada.
—¿En qué estaba pensando, Lapin?
—Para usted no hay problemas. —Lapin volvió la cabeza con rigidez y alzó la
vista para mirar a la señora Klapper—. Viene al funeral, dice: «Adiós, Lapin», llora,
vuelve a casa... Vuelve a su casa y cena. —Siguió tejiendo la lana negra—. Yo... he
de quedarme allí. Todos volverán a sus casas a cenar y me dejarán allí sola.
La señora Klapper musitó algo, dio una palmadita a un hombro huesudo y se
alejó a toda prisa.
Casi completó a la carrera el resto del trayecto hasta su casa. Sólo se detuvo en
el vestíbulo para recobrar el aliento antes de apretar el botón de llamada del
ascensor, al lado de cuya puerta había un banco de respaldo recto, en el que tomó
asiento como si fuera un baño caliente. Su respiración se hizo más lenta y más
somera, y gradualmente separó las manos que había entrelazado con fuerza en el
regazo.
—¡Madre mía! —exclamó en voz alta—. ¡Qué mañana! —Llegó el ascensor y la
mujer entró en el camarín.
Las predicciones de su muerte y los planes para la misma de la señora Lapin no
eran nada nuevo para la señora Klapper, pues la anciana las mencionaba con
regularidad, como si fueran predicciones meteorológicas o informes sobre el
mercado de valores. A Morris le hacían reír y se refería a ellas como «la
preocupación del gueto por tener un supergueto», pero la señora Klapper se había
criado en una casa y un barrio donde incluso la mención de la muerte se mantenía
a raya con un «Dios no lo quiera». Saber que tus hijos o tus parientes se ocuparían
de que te enterrasen adecuadamente y con todos los honores era sin duda motivo
de cierto orgullo, pero a la señora Klapper le parecía que Lapin lo exageraba más
de la cuenta.
Sin embargo, reflexionó al entrar en su piso, ¿de qué otra cosa podía hablar
Lapin? Sus sobrinos jugaban a los dados y el perdedor iba a visitarla. El rabino se le
acercaba para decirle que la Casa de los Sabios le haría un buen funeral. ¿De qué
más podría hablar la anciana? Por lo menos no se pasaba el día entero
chismorreando como las otras. Volvió a ver la larga hilera de sillas y las viejas
apoyadas unas contra otras como arbustos al viento.
—«No te preocupes, Klapper.» Colgó la chaqueta y se encaminó lentamente a la
cocina. «También a ti te espera una silla en la fila de las asesinas. Acabarás ahí en
cualquier momento.» Guardó la leche en el frigorífico y fue a la sala de estar.
«¿Y ahora qué?» Miró desafiante los libros y los cuadros. «Ahora es mediodía y
vuelvo a estar donde estaba a las once. ¿Alguna sugerencia?» Pero la sala
perteneció a Morris y no tenía ninguna intención de sugerir nada.
En su infancia la señora Klapper tuvo las piernas robustas y mucha curiosidad
unida a un verdadero talento para perderse. Incluso de adulta era perfectamente
capaz de perderse en Brooklyn o Queens. Si había una sola emoción que pudiera
recordar en su integridad era la sensación de encontrarse en una calle desconocida,
bajo el cielo de las cinco de la tarde, haciendo una probatura de orientación tras
otra y sabiendo que todas ellas eran erróneas. Siempre temía preguntar a la gente,
que le parecía gris y obtusa, muy distintos a los habitantes del Bronx, y pasaban
por su lado sin mirarla, excepto los niños, los cuales sabían que se había extraviado
y gozaban de ello. No había estaciones de metro familiares y los autobuses eran de
colores diferentes y tenían números raros. Así podía permanecer, tan equilibrada
entre fuerzas como el eje de una rueda, durante media o una hora, antes de que
telefoneara a su padre (más adelante a Morris) para que fuese a buscarla. Ahora se
quedó en la sala de estar, con las manos en los costados, buscando un motivo para
apartarse del oscuro cuadrado de alfombra en el que estaba de pie.
Pensó de nuevo en Jonathan Rebeck y se preguntó si habría encontrado su reloj.
Un reloj es un objeto pequeño y uno puede pasarse días enteros buscándolo.
Recordó que había planeado llamar a Ida, se acercó al teléfono, lo descolgó y
lentamente volvió a colocar el aparato en su horquilla.
«De modo que voy a llamar a Ida para decirle: "Ida, ven aquí porque soy una
vieja y no sé qué hacer conmigo misma".» Observó el deslizamiento de la
segundera por la esfera del reloj de cocina. «¿Qué harás mañana, Klapper? Será
mejor que empieces a contar a tus parientes.»
Al apartarse del teléfono, su mirada se posó en la pequeña fotografía enmarcada
de Morris que colgaba en el vestibulo. Se quedó mirándola, recordando la larga
mandíbula y los pómulos altos y prominentes, las cejas pobladas como colas de
gato y las hebras de pelo que se aferraban a su cabeza como piltrafas de carne a
un hueso roído. Morris falleció a los cincuenta y nueve años, pero su rostro
mostraba una suavidad y una falta de arrugas sorprendente, como si el viento y el
agua se hubieran abatido sobre él durante miles de años, tallando y puliendo su
rostro, erosionando las cicatrices de la ira humana. No era tanto un rostro en paz
como un rostro del que habían sido eliminadas las señales de la guerra.
La señora Klapper pensó que podría ir al cementerio y hacer un rato de
compañía a Morris. Jugó con el disco del teléfono, pero no volvió a levantar el
receptor. No tenía ningún otro lugar adonde ir. Unos pocos días más como aquél e
iría en busca de Lena Wireman, se sentaría junto a ella en una caja y hablarían de
lo despreciable que es la gente. Se dijo que no debía llegar a eso.
Se encaminó al armario, pensando que, además, el cementerio es un lugar
tranquilo y quizá podría reflexionar allí en lo que haría durante los próximos treinta
años.
Tras un detenido examen de sus prendas, eligió otra chaqueta de lana ligera y
pasó al dormitorio para mirarse en el espejo.
—Mmmm —murmuró con admiración—. Estás guapa, Klapper, como una joven
novia. Sólo que... —se quitó la chaqueta y regresó al armario ropero—, sólo que
una joven novia jamás iría a un cementerio. Compórtate de acuerdo con tu edad,
Klapper.
Con cierta tristeza, se puso una chaqueta oscura y fue de nuevo al espejo.
—Sí, está bien. Una no va al cementerio con ajuar de novia. —Sonrió a su
imagen reflejada en el espejo y suspiró—. Sé un poco sincera contigo misma,
Klapper, y también con Morris.
Apagó la luz y deambuló de una habitación a otra, asegurándose de que todas
las luces y espitas de gas estaban apagadas y todos los grifos cerrados. Finalmente
permaneció en el vestíbulo con la puerta abierta y miró atrás, al piso a oscuras.
—Morris —dijo quedamente—. Me siento un poco culpable porque no estoy
segura de si eres tú a quien voy a ver. —Titubeó antes de añadir—: Te llevaría
algo, Morris, haría algo por ti, pero no se me ocurre qué podrías necesitar.
La señora Klapper cerró la puerta tras ella y se dirigió al ascensor.
6
El cuervo estaba cansado de volar. Aquella mañana había recorrido todo el
Bronx, tratando de encontrar un restaurante donde vendieran bocadillos
preparados. Todas las cafeterías estaban atestadas de clientes pues era la hora del
almuerzo, y el Automat representaba un problema logístico que el cuervo nunca
había resuelto del todo. Finalmente arrebató un bocadillo de rosbif de las manos de
un operario de teléfonos, antes incluso de que la víctima hubiera abierto el
envoltorio de papel encerado. El operario de teléfonos no era un filósofo y lanzó una
pedrada al cuervo. La piedra erró de blanco —el cuervo tenía un sentido especial
para esas cosas— y alcanzó a un policía por encima de la región renal. El policía
tampoco era un filósofo.
Pero el vuelo hasta el cementerio de Yorkchester era largo y al cuervo le dolían
las alas. Tenía que esforzarse para no perder altura, y el bocadillo de rosbif era más
pesado a cada movimiento de las alas fatigadas. Pasó bajo el ferrocarril elevado de
Broadway, lo cual fue un golpe terrible para su orgullo. El cuervo despreciaba
olímpicamente a los trenes y, en general, se apartaba de su rumbo para volar muy
por encima de ellos, igualando su velocidad durante el máximo tiempo posible y
graznándoles insultos hasta que los perdía de vista. Cuando era mucho más joven
le encantaba perseguir al exprés de la Lexington Avenue cuando se convertía en
subterráneo en la calle Ciento Sesenta y Uno y decir a gritos que creía que una
lombriz se había escondido bajo tierra sin el menor gesto de desafío, a pesar de
que era una monstruosidad glandular.
Su adolescencia terminó bruscamente el día que voló por el túnel en pos de un
gran gusano que gritaba de terror. Incluso ahora, muchos inviernos y mudas de
pluma después, no quería hablar de ello.
Cuando sobrevolaba extenuado las puertas del cementerio, vio una pequeña
camioneta de caja abierta un poco por delante de él y la reconoció. Los encargados
del cementerio la utilizaban para desplazarse desde los lugares distantes del recinto
hasta la oficina principal, al lado de la entrada. El vehículo corría por el camino
pavimentado a unos treinta kilómetros por hora y, al observarlo, el cuervo luchó
contra el impulso de posarse en él y dejarse llevar.
Hasta entonces nunca había hecho tal cosa. Como era demasiado arrogante para
andar, pesado en exceso para posarse en los cables telefónicos y demasiado
impopular en los refugios de aves, había pasado en el aire una parte
asombrosamente extensa de su vida. No sentía un orgullo especial por el hecho de
haber nacido pájaro y no suscribía ningún código ético de las aves, pero jamás
había visto que un pájaro hiciera uso del transporte humano, y los pioneros le
ponían nervioso.
Tenía que decidirse con rapidez. Las alas le pesaban como si fueran planchas y la
camioneta se distanciaba de él cada vez más. El cuervo echó una rápida mirada a
su alrededor, no vio a nadie, titubeó y se sintió extrañamente culpable. «A hacer
puñetas», dijo, arremolinó el aire con un último aleteo y cayó, jadeante, en la caja
de la camioneta.
Permaneció unos minutos tendidos de lado, contentándose sencillamente con
respirar y sentir que el dolor desaparecía poco a poco de sus alas plegadas.
Entonces se incorporó con cuidado y miró por encima de la compuerta de cola la
estrecha carretera que parecía desenrollarse detrás del vehículo, pero supo que era
mayor que su propia velocidad de crucero normal y se rió bajo el sol de su
inteligencia memorable.
—Por Dios —dijo en voz alta—. Esta es manera de viajar. Que me aspen si
vuelvo a batir las alas.
Se volvió, subió de un saltito al borde delantero de la caja y estiró el cuello para
ver a través de la estrecha ranura de cristal el interior de la cabina.
Había allí dos hombres. Uno de ellos un hombretón moreno llamado Campos,
repantigado en el asiento con los pies extendidos delante de él, las manos en los
bolsillos y los ojos semicerrados. El conductor era un hombre de estatura mediana
que respondía al nombre de Walters, estaba resfriado y levantaba continuamente
una mano del volante para limpiarse la nariz con la manga. Hablaba sin cesar y a
menudo miraba ansiosamente al silencioso Campos para ver si le prestaba
atención. Campos tenía bajada la gorra sobre los ojos, con la visera casi
descansando en el puente de la nariz, y parecía profundamente dormido.
—Un tipo bueno de veras —decía Walters— y un conductor de primera, pero no
muy listo. Trabajó como chófer para no sé qué empresa de perfumes allá en
Poughkeepsie, y siempre recogía gente. Autoestopistas, ya sabes. Paraba para
recoger a cualquiera que viese caminando por la carretera, y solía llegar a
Poughkeepsie con ocho o nueve tipos a bordo. Se sentaban detrás, con las piernas
colgando fuera de la caja, o en la cabina con él. Parecía como si se hubieran puesto
de acuerdo para alquilarle el vehículo. Así que al final... ¿Me estás escuchando,
Campos?
Campos permaneció inmóvil, pero el borde de su gorra se movió.
—Bueno, pues —siguió diciendo Walters, tranquilizado—, un día recoge a dos
matones en Fishkill, y los tipos le dan una paliza, le dejan tirado y le roban el
camión. Así dieron al traste con su punto de vista. —Sonrió a Campos—. Desde
entonces nunca recoge a nadie. —Campos no se movió. Walters suspiró
sonoramente—. Intentas ser un buen tipo —añadió, con la mirada fija en la
carretera—, pero ellos te hacen cambiar de idea más tarde o más temprano.
Campos soltó un gruñido evasivo. Walters asintió.
—Más tarde o más temprano, muchacho. —Miró por la ventanilla, aspiró hondo y
estornudó—. Hermoso día, qué cabronada de buen tiempo.
La camioneta traqueteó por un tramo de carretera sin pavimentar y Campos se
deslizó todavía más abajo en su asiento. Walters le miró con cierto nerviosismo.
—Algún día vas a romperte el culo en esa postura.
Campos volvió a gruñir.
—De acuerdo —dijo Walters—. Me importa un pepino. —Estornudó otra vez y
condujo en silencio durante unos minutos. Entonces miró de nuevo a Campos,
esperanzado, y le preguntó—: ¿Viste el partido de anoche? —Siguió hablando
incluso antes de que Campos hubiera movido la cabeza—. Perdieron por cinco a
cuatro. Cepeda consiguió dos, pero Kirkland golpeó dos veces en el noveno. —
Escupió por la ventanilla—. En fin, los cabrones les regalaron el partido. Cometieron
cuatro errores. Wagner bateó una pelota con trayectoria arqueada y Spencer lanzó
una al campo izquierdo...
Describió el juego con el triste placer
rápidamente mientras hablaba. Campos
gruñendo y asintiendo de vez en cuando,
podría ir dirigido a Walters como a cualquier
del mensajero de Job, parpadeando
seguía repantigado en su asiento,
pero su gesto de asentimiento tanto
otro.
Walters sorbió aire, se limpió la nariz con la manga y empezó a cantar el último
éxito de Perry Como. Lo hacía como si no estuviera seguro de la tonada, y pareció
sobresaltarse cuando Campos se movió a su lado, se irguió un poco y le dijo:
—No es así.
—Lo hago mejor que cualquier condenado portorriqueño —replicó Walters con
satisfacción.
—Cubano, cabrón —puntualizó el hombretón sin encono. Volvió a deslizarse
hacia abajo y miró por la ventanilla.
En la caja del camión, el cuervo tenía la compañía de una ardillita roja que se
había dejado caer desde una rama voladiza de un árbol cuando pasó el vehículo.
Era una ardilla delgada, de ojos grandes y brillantes, y se sentó en una de las
cadenas que sujetaban la compuerta de cola.
—¿Qué diablos estás haciendo? —preguntó.
—Una gira de buena voluntad —replicó el cuervo, a quien las ardillas le
disgustaban todavía más que las palomas—. ¿Qué parezco estar haciendo?
La ardilla se llevó las patas delanteras al peludo pecho.
—¡Pero eres un pájaro! —exclamó sorprendida—. ¿Por qué no vuelas?
—Me he jubilado —dijo calmosamente el cuervo.
La camioneta tomó una curva demasiado cerrada y la ardilla estuvo a punto de
perder el equilibrio sobre la cadena. Se recuperó con un gritito de alarma y miró
fijamente al cuervo.
—Los pájaros tienen que volar —dijo con cierta displicencia—. ¿Quieres decir que
no vas a hacerlo de nuevo?
De una manera muy gradual, el cuervo se había percatado de que el movimiento
de un vehículo por un camino de grava es muy distinto al vuelo. Su estómago
produjo un leve murmullo de descontento, todavía lejano, como los relámpagos de
una tormenta distante.
—Jamás —dijo con solemnidad—. De ahora en adelante seré un peatón.
La camioneta cogió dos baches seguidos y el cuervo yació quieto y miró
furibundo a la ardilla, la cual se había equilibrado dos veces con un grácil
movimiento de su cola.
—Personalmente, no sé si me tomaría la molestia de volar —siguió diciendo la
ardilla—. Al fin y al cabo, no es un método de locomoción natural. Es fatigoso,
peligroso y expuesto a toda clase de lesiones. Sí, comprendo muy bien que no
quieras seguir practicándolo. Pero, al fin y al cabo, para eso naciste, de la misma
manera que yo nací para ser una ardilla. Los peces tienen que nadar y los pájaros
tienen que volar. Dios los crió, encumbrados y humildes, y reguló su condición. —
Tosió como para disculparse—. Me temo que esas últimas palabras no son mías.
—Podrías haberme engañado —dijo el cuervo.
—Todas las vidas se componen de dos elementos básicos —afirmó la ardilla—.
Son el propósito y la poesía. Siendo nosotros mismos, ardilla y cuervo, cumplimos
con el primer requisito, tú volando y yo en mi árbol. Pero incluso en la más
mezquina de las vidas hay poesía, y si no la buscamos no nos realizamos. Una vida
sin comida, sin refugio, sin amor, una vida bajo la lluvia..., eso no es nada al lado
de una vida sin poesía.
El cuervo alzó la cabeza del suelo de la caja.
—Si fuese un halcón te comería en dos bocados —dijo débilmente.
—Por supuesto —convino de inmediato la ardilla—. Y si fueras un halcón tendrías
el deber de comerme. Ése es el propósito de los halcones, comerse a las ardillas y,
podría añadir, a otros animalillos parecidos. Pero si me comieras sin ninguna
apreciación de la rapidez con que te abatías sobre mí y sin cierta tierna
comprensión de mi alocada y vana huida hacia mi árbol, donde moran mi esposa y
mi familia... bueno, en ese caso no tendrías mucho de halcón, eso es todo lo que
puedo decir.
Se irguió sobre la compuerta de cola, como si se enfrentara a un pelotón de
fusilamiento tras haber rechazado la venda y el cigarrillo.
—Gente como tú es la que dificulta las cosas a los no combatientes —dijo el
cuervo en tono amargo.
Se puso en pie y caminó hasta el extremo del vehículo para mirar por encima de
la compuerta de cola. La camioneta se aproximaba a un descuidado sendero que
conducía al mausoleo de Wilder. Recordó el bocadillo de rosbif, regresó y lo cogió
bastante torpemente con el pico.
—¿Te apeas aquí? —le preguntó la ardilla.
El cuervo asintió.
—Bueno, ha sido muy interesante charlar contigo —dijo seriamente la ardilla—.
Ven a visitarme si pasas alguna vez por la vecindad. Celebramos pequeñas
reuniones todos los sábados por la noche. Si estás libre alguna noche...
Pero el cuervo ya se había ido, aleteando pesadamente con sus alas rígidas a lo
largo del estrecho sendero hacia el mausoleo. Volvió la cabeza y vio que la
camioneta proseguía su camino, ladeada. En cuanto la perdió de vista, bajó al suelo
y echó a andar con decisión por el sendero.
«No quería andar a la vista de ese pequeño cabrón peludo —se dijo—. Las
ardillas tienen la puñetera manía de entusiasmarse tanto por todo...»
La grava se deslizaba bajo sus patas, ofreciendo muy poco asidero a sus garras,
cosa que resultaba dolorosa. La fortuita sensación eufórica que experimentó en la
camioneta antes de que el movimiento empezara a afectarle el estómago había
desaparecido, y la sustituyó la imagen mental de un pájaro negro mareado tras un
viaje en automóvil, tambaleándose por un camino resbaladizo que le dañaba las
patas. Era una imagen totalmente indignante, y el cuervo dio un respingo y la
desterró de su mente. De un modo gruñón e inarticulado, el cuervo creía en la
dignidad.
Pero siguió caminando. En un momento determinado alzó la vista y vio una
golondrina que planeaba por el cielo. Sus alas se movieron brusca e
involuntariamente, tirando de su cuerpo como niños, pero no emprendió el vuelo.
Caminó por la grava y pensó en la ardilla.
«Malditos organizadores —se dijo—. Tienes algo bueno en marcha y de repente
se presenta alguien y lo organiza.» Pensó que era algo inevitable, que así es el
mundo, pero le molestaba. El cuervo habría estado a favor de un movimiento en la
dirección general del caos, la consternación y la desorganización, si no hubiera
sabido que semejante proyecto habría requerido la mayor organización de todas.
Además, era indudable que la ardilla se pondría al frente.
—Reuniones los sábados por la noche —musitó como si hablara con el bocadillo
de rosbif mientras avanzaba cojeando—. Minúsculas salchichas atravesadas con
mondadientes. Basura.
Las patas le dolían mucho y el bocadillo volvía a resultar pesado.
Michael Morgan no hizo ruido alguno al pisar la grava y cuando dijo: «Buenos
días, pájaro», el cuervo dejó caer el bocadillo y dio un salto de casi un metro de
altura. Se volvió en el aire, de modo que diera la cara a Michael mientras
descendía, y soltó juramentos incluso antes de tocar el suelo.
—¡Qué ocurrencia! —gritó enfurecido—. ¡Las cosas que hace este hijo de puta!
Michael se palmeó insonoramente los muslos y de su garganta brotaron
carcajadas tan silenciosas como los relámpagos.
—No sabía que te lo tomarías así —dijo jadeando, al tiempo que extendía una
mano para acallar al pájaro airado—. No lo sabía, de veras. Lo siento. Te pido
disculpas. —Miró de cerca al cuervo polvoriento—. ¿Por qué estás hoy tan
quisquilloso?
—La mañana ha sido dura —respondió el cuervo de mal humor. Tenía la
sensación de haber reaccionado estúpidamente, pero detestaba que le
sorprendieran desprevenido.
—Has dejado caer algo —dijo Michael, señalando el bocadillo con un pie
transparente—. Y en nombre de Dios, ¿por qué vas andando?
—Porque he tenido un reventón.
—Dime por qué caminas. Siento curiosidad.
—Ocúpate de tus puñeteros asuntos —respondió el cuervo, pero lo dijo distraído
y no pareció estar pensando en Michael.
—¿Sabes lo que pienso? —Michael se cruzó de brazos y sonrió—. Creo que te has
olvidado de volar.
El cuervo le miró asombrado.
—¿Cómo dices?
—Claro —continuó alegremente Michael—. Es como tocar el piano, ¿sabes? Lo
haces estupendamente, ni siquiera necesitas partituras. Entonces te miras las
manos y piensas: ¿Cómo lo he hecho? ¿Cómo lo hago? ¿Qué he de hacer a
continuación? Y entonces todo se viene abajo. Te olvidas de cómo has de mover los
dedos, de pedalear, incluso de cómo es la pieza musical. Eso es lo que te ha
ocurrido, amigo mío. Has pensado demasiado y ahora no recuerdas cómo se vuela.
—Vete a embrujar alguna casa —dijo el cuervo. Volvió a agarrar el bocadillo de
rosbif y reanudó su camino. Michael avanzó a su lado, hablándole.
—Eso pasa por estar demasiado tiempo con fantasmas, muchacho. Es malo para
ti. Empiezas a convertirte en uno, por osmosis, por así decirlo. Empiezas a olvidarte
de las cosas, de la manera de hacerlas. Te mueves lentamente, como hacen los
fantasmas, porque nada en el mundo puede apresurarte. Ah, sí, estás muy
avanzado en la transformación, muchacho, como lo prueba el hecho de que no
recuerdes cómo volar. Dentro de unos pocos días podrás formar parte de nuestro
club de ajedrez y hacer que el señor Rebeck mueva las piezas por ti.
El cuervo se detuvo y miró a Michael un momento con algo que se aproximaba a
la compasión. Entonces dejó el bocadillo en el suelo y volvió a mirarle fijamente.
—Observa —le dijo. Dio dos pasos rápidos y emprendió el vuelo.
El viento le aturdió y le mareó un poco. Pasó a pocos centímetros por encima de
un árbol, giró y pareció deslizarse con una cuerda floja invisible hasta un árbol más
pequeño. Entonces voló casi en vertical unos ocho o diez metros, se inclinó sobre
un ala y empezó a descender gradualmente en espiral, como una hoja perezosa.
Trazó pequeños círculos en ángulo sin mover las alas hasta llegar a una altura no
superior a la de la cabeza de Michael. Entonces hizo un desgarbado movimiento con
las alas, pareció resbalar un poco y se posó en un árbol, a la izquierda, jadeante y
encantado, el corazón latiéndole con frenesí.
Meneó la cabeza ligeramente, hizo un guiño malicioso a Michael y se alzó de la
rama con un salto que se aproximaba mucho a un paso de baile. El aire estaba
cálido como un pastel de bodas mientras el ave caía en vuelo cernido directamente
a los pies de Michael. Éste retrocedió con nerviosismo, preguntándose si el suelo se
abriría ante el fuerte pico como el mar Rojo o si no lo haría, y qué pensaba el
cuervo del asunto, si es que le importaba lo más mínimo. Entonces se produjo un
rápido remolino en la grava, las piedrecillas se dispersaron, una pluma negra cayó
al suelo y el cuervo voló en círculo con el bocadillo suspendido del pico.
El mismo bocadillo había tenido una mañana extenuante, y mientras el cuervo
trazaba círculos majestuosos, el desgastado envoltorio se desgarró y el contenido
se desprendió del pico, girando una y otra vez. Michael levantó las manos para
cogerlo y luego las bajó y las enlazó a la espalda.
Pero el cuervo se situó al lado del bocadillo, volviendo la cabeza para juzgar su
descenso, de modo que parecían dos meteoros consolándose mutuamente.
Entonces una rama detuvo momentáneamente la caída del bocadillo. El cuervo se
hizo con él y voló por encima de los árboles y a lo largo del sendero. Michael sonrió,
con sólo el toque apropiado de natural tristeza, y le siguió.
Laura vio al cuervo por primera vez desde el lugar en el que estaba sentada en
la hierba con el señor Rebeck, delante del mausoleo. Estaba allí sentada cuando el
hombrecillo salió y bostezó en los escalones. Verla allí le complació en sumo grado,
y regresó al mausoleo para vestirse con la mayor rapidez posible, porque tenía la
sensación de que ella podría haber desaparecido cuando volviera a salir.
Pero allí estaba la muchacha, sentada en la hierba y mirando al sol con
curiosidad. El señor Rebeck no la había visto desde la ocasión en que vino con
Michael, hacía una semana. Entonces era junio y ahora corría julio, un julio
neoyorquino, con mañanas de color óxido y lunas brillantes que herían los ojos. La
gente visitaba con menos frecuencia el cementerio y las rosas se volvían pardas
sobre las tumbas antes de que las sustituyeran.
Laura no había vuelto desde entonces, y el hombrecillo estaba intrigado. Ahora
se le acercó y tomó asiento a su lado.
—Hola, Laura. ¿Dónde te habías metido?
—Aquí y allá. —Laura movió la mano muy ligeramente y estuvo aquí y allá. El
señor Rebeck la vio así..., sentada, con el sol brillando a través del vestido, la carne
y los huesos, lo cual le daba el aspecto de un dibujo a la pluma, y caminando entre
los heléchos de color verde oliva que crecían alrededor del cementerio, rodeándolo
como las espadañas rodean una charca de aguas estancadas. Ahora ella le sonreía,
y él la vio la noche anterior, de pie cerca de la puerta forrada de serpientes
vegetales, sonriente.
—Ya veo —le dijo—, y así era.
—He venido a visitarle —dijo Laura—. He venido a sentarme y escucharle.
—Estoy encantado. ¿De qué quieres que te hable?
—De algo vivo. El teatro, las tarifas del metro, los sindicatos, los libros, el
béisbol, las relaciones con el extranjero o el precio actual de los plátanos. Hábleme,
por favor, de cualquier cosa, mientras sea algo vivo.
Las cejas del señor Rebeck se consultaron mutuamente mientras trataba de
pensar en un tema, pero Laura interpretó el frunce como una expresión de
perplejidad y siguió diciendo:
—Porque voy a tener que escoger muy pronto y quiero asegurarme de que mi
elección es la correcta. —Hizo una pausa y sus manos se movieron en el regazo
como mariposas capturadas—. La muerte ha sido muy buena para mí —dijo
finalmente—. ¿Sabe lo que puedo hacer ahora? —El señor Rebeck meneó la
cabeza—. Puedo pensar que formo parte de los lugares, puedo recorrer este
cementerio siete veces de una puerta a la otra y estar de regreso antes de que
usted haya tenido tiempo de chasquear los dedos. Puedo viajar en la camioneta de
los encargados, en un espacio apenas lo bastante amplio para dos personas, y
escuchar la conversación de los hombres. Lo único que he de hacer es
desprenderme de mi cuerpo como si fuese un traje de baño, y entonces soy yo y
puedo ir adonde quiera.
—Excepto fuera del cementerio —dijo el señor Rebeck.
—¿Cómo lo ha sabido?
—Así es para todos los fantasmas. Puedes ir a cualquier parte, mientras no te
alejes del lugar donde tu cuerpo está enterrado. Supongo que existe alguna razón
para ello.
—Creí que sólo me ocurría a mí —dijo Laura—. Pensé que quizás es preciso un
ferviente deseo de volver para que la puerta te deje pasar. —Miró más allá del
hombrecillo, y éste supo que ella miraba las cabezas de león en la puerta del
mausoleo—. No importa, pues no quiero ver nada. Prefiero que sea así. Nadie
puede verme, ni siquiera usted, a menos que yo lo desee. He estado aquí sentada,
mirándole durante horas —el señor Rebeck se sobresaltó— y usted leía, y a veces
dejaba el libro y me miraba sin saber que estaba ahí. Usted se ponía a tararear.
—Ahora te veo —dijo el señor Rebeck.
—A veces vuelvo a ponerme mi cuerpo, pero no lo hago tan a menudo como
antes. Lo noto tenso y me obliga a caminar despacio. Siempre fue así. Algún día,
un día no lejano, puede que lo abandone y no vuelva.
—¿Dónde está entonces la elección?
Laura dejó de mover las manos sobre el regazo y desvió la vista del señor
Rebeck.
—Porque podría equivocarme —dijo en voz baja—, y Michael podría tener cierta
razón, aunque sea un necio. —Se volvió hacia el señor Rebeck—. Esto es muy
parecido al último minuto antes de dormirte por la noche. Cierras los ojos y todo
parece alejarse velozmente de ti, y te hundes, caes hacia atrás y abajo..., como el
metro cuando viajas en un tren local y pasa un exprés tan rápido que tu tren
realmente parece ir hacia atrás. Tienes la sensación de que caes con él, y es fácil,
cómodo y realmente maravilloso, pero te mantienes despierta hasta asegurarte de
que todo va bien, que las luces están apagadas y la puerta cerrada, que has hecho
todo cuanto tenías que hacer ese día, que no has dejado nada sin terminar.
«Pues bien, no tengo esa sensación de que todo está bien, y pienso una y otra
vez que me he dejado una puerta abierta en alguna parte.
Alargó una mano para tocar la del hombrecillo, y el señor Rebeck notó que una
brisa fría secaba el sudor de julio sobre el dorso de su mano antes de que ella se
retirase.
—¿Quieres que te hable ahora de cosas vivas? —le preguntó—. He recordado
algo.
—Sí, por favor —respondió Laura, y el señor Rebeck se sentó con las piernas
cruzadas y sus ojos miraron los delicados indicios de iris, pupila y pestañas que
fueron los ojos de Laura y le habló de un zoo que visitó más de veinte años atrás.
Habló a la muchacha de un hipopótamo que mascaba la misma pastilla
minúscula de chocolate durante casi una hora, paseándola por el interior de la boca
con los ojos fuertemente cerrados, y de un orangután de gordura descomunal que
dormía sobre un charco de su propia grasa, y de un mono que se lanzaba
alegremente de un lado al otro de su jaula como un carrete de cinta roja, acerca de
dos lobos blancos y de los visitantes del zoo, a los que inventó para ella. No eran
demasiado convincentes, porque había transcurrido tanto tiempo, pero Laura
parecía satisfecha. De repente, señaló el cielo por encima del hombro del señor
Rebeck y dijo:
—Se acerca el cuervo... y Michael.
El señor Rebeck volvió la cabeza y vio al cuervo en el aire y a Michael que
avanzaba lentamente por el sendero, pisando ramitas sin romperlas.
El cuervo parecía reacio a aterrizar, pero por fin lo hizo, dejando caer un
estropeado bocadillo de rosbif en el regazo del señor Rebeck un momento antes de
posarse en el suelo. El hombrecillo pensó que el pájaro parecía un poco inseguro
sobre sus patas, pero los ojillos le brillaban y su cabeza estaba erguida como el
martillo de un arma amartillada.
—Es lo único que he conseguido —dijo, señalando el bocadillo con el pico.
—¿Sólo uno?
—Las cosas se han puesto difíciles en todas partes.
—Lo decía en broma. —El señor Rebeck abrió el desgarrado envoltorio de papel
encerado—. Está muy bien. —Cogió un trozo de carne y se lo ofreció al cuervo, el
cual meneó la cabeza.
—No, gracias. Esta mañana encontré un nido de petirrojo.
El señor Rebeck se comió la carne, pero Laura emitió un leve sonido de horror.
—Te has comido... —No pudo terminar la frase.
El cuervo se volvió para mirarla.
—Buenos días—le dijo alegremente—. No te había visto.
Laura permaneció inmóvil, pero parecía haberse alejado muchos kilómetros del
hombre y el pájaro.
—Te has comido los huevos de un petirrojo...
—Un huevo —replicó el cuervo—. Más de un huevo por la mañana me produce
hipo.
Alcanzó con toda naturalidad a un saltamontes, le derribó un par de veces con el
pico y luego dejó que se ocultara entre la hierba.
Laura ahuecó las manos, como si protegiera algo azul y frágil.
—¡Pero son tan bonitos y tan inocuos!
—¿Y qué? —El cuervo ladeó ligeramente la cabeza—. ¿Y una gallina es el
enemigo público número uno?
—No es lo mismo. No es en absoluto lo mismo.
—¡Claro que no lo es! Nadie dice jamás: «¡Mira, es primavera! i Acabo de ver la
primera gallina!». ¿Has oído alguna vez una canción sobre la gallina co, co,
colorada que se bam, bam, bambolea? Qué diablos, dale a un pájaro listo como el
buitre la mitad de la publicidad que tiene el petirrojo y será el ave nacional antes de
un año.
Bajó la voz a su tono normal.
—La gente se pirra por los pájaros más mezquinos. Ven a un petirrojo
asesinando a una lombriz y en seguida exclaman: «¡Aguanta firme, pechuga
colorada! ¡Hay refuerzos en camino! ¡Espera a que encuentre mi viejo rifle de la
mili y lucharemos contra el monstruo! ¡Tú y yo, pajarito! ¡Codo con codo! ¡A
muerte!». Pero ves a un búho que se desayuna a un ratón silvestre y formas un
comité para ir a Washington y hacerles promulgar una ley por la que en lo sucesivo
sólo se permita comer a los búhos col y tarta de manzana.
«Ahora bien, fíjate en las lombrices. De acuerdo, no son inteligentes, pero
trabajan duro. La lombriz de tipo medio es un individuo bastante agradable, una
especie de pequeño hombre de negocios. Es tranquilo, beneficioso para el suelo, no
molesta a nadie, lleva una vida buena e insípida... y el pobre cabrón tiene tres
probabilidades contra una de terminar en la punta del gancho de algún niño si los
petirrojos no dan con él. Y no es que eso esté mal, porque es un bicho viscoso y
tampoco sabe cantar. Pero un crío derriba a un petirrojo con su tirachinas y
cuarenta años después escribe en su autobiografía que hasta entonces desconocía
el significado de la muerte. O fíjate en las ardillas. —Sus ojillos brillaron
perceptiblemente—. Tal como yo lo veo, disparar contra las ardillas...
—Pero tú comes lombrices —le interrumpió Laura.
—Claro, pero por lo menos no aviso a los fotógrafos.
En aquel momento Michael se reunió con ellos y el señor Rebeck percibió
repentinamente la disparidad entre su manera de andar y la de Laura. Ésta se
movía como un vilano de diente de león en un día arrugado por vientos ligeros, sin
tocar apenas el suelo, cosa que, cuando la hacía, parecía accidental y sin
importancia, pues no dejaba huellas ni siquiera en la tierra más blanda y sus pies
no despedían ninguna piedrecilla a los lados. Tanto si estaba de pie en el suelo,
como sobre una rama de árbol o la espina más pequeña de una rosa, estaba
separada del suelo, la rama o la espina.
En cambio, Michael, se dijo el señor Rebeck, caminaba lentamente porque
estaba ocupado en recordar lo que uno siente al caminar. Debía de construir su
camino a medida que avanzaba, y no debía resultarle agradable darse cuenta de
que el camino se enrollaba detrás de él a cada paso que daba. Pisaba con fuerza,
golpeando los pies contra el suelo, con la esperanza de experimentar el dolor que
uno siente cuando hace eso, como si pisara un cigarrillo encendido. Pero no
experimentaba dolor alguno y no dejaba ninguna huella que revelara por dónde
había ido.
—Buenos días, Michael —le saludó el señor Rebeck.
—Hola. —Miró a la muchacha y añadió—: Hola, Laura.
—Hola.
Al verle acercarse, ella se había propuesto añadir algo como «¿todavía librando
buenas peleas?», pero también vio su manera de caminar y la desesperada
tangibilidad por la que se esforzaba y que le hacía incluso más irreal, una forma
superpuesta al mundo, y no dijo nada. Se preguntó qué habría representado la vida
para él, hasta el punto de aferrársele tanto, y se sintió un poco celosa.
—Eh, Morgan.
Michael se volvió rápidamente hacia el cuervo.
—¿Sí?
—Sabía que tenía algo que decirte. Han fijado la fecha del juicio de tu ex para el
ocho de agosto.
Al oír estas palabras, el corazón de Michael podría haberse saltado un latido, o
sonar como un tambor aporreado, o corrido como un adeta o hecho cualquiera de
las demás cosas tan populares entre los corazones, pero ahora Michael no tenía
corazón, ni siquiera el calco más borroso de uno, ni volvería a tenerlo jamás.
—¿Mi... ex? —preguntó, lenta y neciamente.
—Sandres. —Sólo un hombre más fuerte que el señor Rebeck podría haber
mantenido la boca cerrada—. Tu esposa, Michael.
—¡Sé quién es! —le gritó Michael. No sabía que estaba enojado hasta que
respondió, y no había tenido intención de hacerlo a grito pelado. Pero todos le
miraban.
—La recuerdo —dijo—. ¿Qué ocurre con ella?
—He visto un par de periódicos —explicó el cuervo—. Sale en primera página.
Por su aspecto, está un poco preocupada.
Michael pensaba en Sandra. No había pensado en ella durante casi una semana.
Es decir, había pensado mucho en ella, pero más o menos de la manera en que uno
piensa en una muela que le duele. Está ahí, por supuesto, y los dientes sanos
duelen con ella en una armonía para cuatro voces, pero es algo que se puede
aguantar y se da en gran parte por supuesto, como todas las demás cosas de la
vida cotidiana. Lo importante es no tocar la muela con la lengua. Y, como ocurre
con el corazón y los esfínteres, es posible disciplinar la lengua. Sólo se necesita
fuerza de voluntad y mucho tiempo libre.
—Ni siquiera sabía que la habían detenido —le dijo al cuervo.
—Te lo habría dicho antes, pero leo poco los periódicos, y suelo limitarme a las
páginas deportivas. La acusaron inmediatamente después de que te enterraran, y
es muy probable que desde entonces sea material de primera página.
La mirada de Laura iba de uno a otro, con el ceño ligeramente fruncido.
—Me temo que no comprendo.
El cuervo le dirigió una rápida mirada de sus ojillos dorados.
—No te sientas mal por ello. Nadie lo comprende.
—Pero ¿por qué van a juzgar a la esposa de Michael? —insistió Laura—. ¿Qué ha
hecho?
—Me envenenó hasta acabar conmigo —dijo brevemente Michael, sin mirarla—.
Te hablé de ello.
—No, no lo hiciste.
—Claro que lo hice. ¿Cómo crees que vine aquí..., por comer demasiado? Te lo
dije, puedes estar segura. Lo que ocurre es que lo has olvidado. —Entonces se
dirigió al cuervo—: ¿Ha estado en la cárcel durante todo este tiempo?
—Aja. En casos de asesinato en primer grado no se concede libertad bajo fianza.
—Sandra en la cárcel —dijo Michael con vacilación—. Parece raro. ¿Es que va a
declararse culpable y terminar de una vez con el asunto?
—No puede hacerlo —dijo el cuervo—. No en un caso de asesinato en primer
grado. Tiene que declararse inocente o ellos no estarán dispuestos a actuar. Tienen
sus reglas, ¿sabes?, como todo el mundo.
—¡Inocente! —Michael miró con fijeza al pájaro—. ¿Es eso lo que va a decir al
jurado?
El cuervo arañó la tierra, inquieto.
—No soy su abogado. Sólo he leído un par de periódicos.
—¡Ah, no podrá salirse con la suya! —Ahora Michael estaba escandalizado—. Me
envenenó a base de bien.
—Eso es lo que cree la policía y la mayoría de los reporteros —dijo el cuervo—.
Mañana te traeré un periódico. Chico, tienes muy buena prensa.
Michael no pareció oírle.
—¿A quién podría atenerse? ¿Decir que fue una muerte accidental? Nunca
convencerá a nadie. Querrán saber dónde obtuvo el veneno y cómo lo echó en mi
bebida.
—Encontraron el veneno en el tocador o un sitio parecido —le dijo el cuervo—.
Ella dice que no sabe nada de nada. Ni lo compró ni siquiera sabía que estuviera en
la casa.
—La vida está llena de sorpresas.
—Tienes razón —convino el cuervo. Se frotó con el pico una pata que le picaba—
. Pero, según los periódicos, no va a decir que fue un accidente.
—¿Qué dirá entonces? ¿Qué ha sido voluntad de Dios?
—No. —El cuervo se abalanzó sobre otro saltamontes y lo arrojó, aturdido, al
suelo. Tardó un tiempo desmedido en devorarlo y Michael se impacientó.
—¿Qué aducirá pues?
El cuervo terminó de comerse el saltamontes y dijo:
—Suicidio.
Entonces buscó más insectos entre la hierba, porque los saltamontes son como
los cacahuetes. Nadie se come solo uno.
7
Todos miraban a Michael, el señor Rebeck, Laura, el cuervo... todos le miraban.
Se sentía como si hubiera contado un chiste, sus oyentes no le encontraran la
gracia y estuvieran pendientes de él en espera del final irónico, ese final iluminador
que sólo se encuentra en los chistes, o como si alguien le hubiera preguntado
«¿cómo te va?», y el dispositivo de muelle y correa incorporado a su persona que
siempre respondía por él a esa pregunta se hubiera oxidado y roto y él hubiese
perdido la capacidad de responder a preguntas triviales como las demás personas.
Confió en que el señor Rebeck dijera algo, pero entonces pensó que sería mejor
que hablara con el cuervo antes de que el señor Rebeck abriera la boca. Así pues,
meneó la cabeza lentamente para mostrar que estaba asombrado y más que
asombrado y preguntó al cuervo:
—¿Ella dice que me he suicidado?
—Ajá. —El cuervo se había hecho con otro saltamontes—. Dice que por la noche
tomasteis una última copa juntos, luego fuisteis a la cama y al despertarte te
encontró fiambre.
Michael procuró no mirar a Laura.
—¡Eso es absurdo! ¿Por qué tendría que haberme suicidado?
—Yo no soy tu madre —replicó el cuervo, malhumorado—. Mira, todo lo que sé
es lo que leo en los periódicos. O sea que ahí está ella y le preguntan si lo ha
hecho. Ella responde que no y ellos no se lo tragan, así que el ocho de agosto va
ajuicio. —Se volvió hacia el señor Rebeck—. Tengo que marcharme. ¿Quieres que
me lleve algo?
El señor Rebeck sacó un envase de cuarto de litro de leche.
—Muchísimas gracias por el bocadillo.
—El placer ha sido mío —dijo el cuervo— y también todo el vuelo por ahí. Hasta
la vida. —Empezó a batir las alas.
—Espera un momento —le dijo Michael—. ¿Podrías enterarte?
—¿Enterarme de qué?
—No te hagas el estúpido —dijo Michael con brusquedad—. De lo que hace
Sandra, lo que ocurre en el juicio. ¿Podrías echar un vistazo a los periódicos? Me
gustaría saber cómo se desarrolla el juicio.
—Supongo que sí. —El cuervo remontó el vuelo, trazó una larga elipse
descendente y volvió a subir por encima de sus cabezas. Aprovechando una ligera
brisa, se ladeó una y otra vez, tratando de mantenerse a una distancia que
permitiera oírle—. Estaré al tanto. Tal vez te traeré un periódico, si puedo
conseguirlo.
—Gracias —dijo Michael.
El cuervo se alejó, volando en ángulos rectos con el viento. El envase de leche
colgaba de sus garras, y a veces se deslizaba hacia un lado sin ningún motivo
aparente, pero sus alas batían con agilidad y brío, y le llevaban por encima de los
árboles.
Michael contempló al pájaro mientras pudo verle y no se volvió ni siquiera
cuando lo perdió de vista. Sabía que el señor Rebeck estaba sentado a su derecha,
mirándole, con el mentón en el puño y una expresión de perplejidad en los ojos.
Michael sabía que no iba a hacerle preguntas, que sería muy cortés y esperaría a
que él abordara el asunto. Y si Michael no lo hacía, hablaría de cualquier otra cosa y
no volvería a mencionar a Sandra. Tal vez habría tensión y embarazo entre ellos
durante algún tiempo, pero todo se debería a Michael, el cual se vería en la posición
incómoda de quien sabe que su intimidad es respetada de veras, y detestaría un
poco al señor Rebeck por ello.
Pero oyó a sus espaldas la risa de Laura, que se apresuraba tumultuosa en su
garganta mucho antes de que la derramara en el espacio entre ellos. Giró sobre sus
talones mientras ella reía y le preguntó:
—¿Algo te ha hecho gracia?
—Todo —respondió Laura, risueña.
Reía de una forma parecida a la de los escasos fantasmas que recuerdan cómo
llorar, silenciosa e incesantemente, porque no hay lágrimas que enjugar, ni
gargantas que duelan, ni rostros que se estropeen. No hay manera de detener esa
clase de risa, y Michael temió que su lenta fuerza podría doblarle hasta partirle en
dos.
—Basta ya —dijo enojado—. Sandra tiene que alegar algo. —Laura siguió
riéndose y Michael miró al señor Rebeck—. No puede declararse culpable..., y no lo
haría aunque pudiera. La condenarían a cadena perpetua.
La risa de Laura cesó abruptamente y la sustituyó el silencio satinado que flota
en el aire tras el paso de un tren.
—¿Y si ahora la declaran culpable? —preguntó. Pero Michael pensaba en Sandra
encarcelada y no dijo nada—. La ejecutarían —concluyó Laura—. Es lo que hacen en
estos casos. Si es culpable, corre el riesgo de que la maten.
Michael siguió en silencio y el señor Rebeck se desperezó y se puso en pie.
—Tal vez estaría mejor muerta —dijo lentamente—. Puede que no quiera ir a la
cárcel.
—Nadie quiere ir —replicó Laura con impaciencia—. Pero las mujeres no
desperdician su vida así como así. Las mujeres son auténticas jugadoras y sólo
apuestan por cosas seguras. —Miró de nuevo a Michael, el cual no sostuvo su
mirada—. Qué divertido sería —añadió pensativa—. Aquí tenemos a Michael
Morgan, que no puede quedarse quieto en su tumba, patalea y dice a todo el
mundo que amaba tanto la vida que tuvieron que arrebatársela. Un hombre
asesinado que pide justicia a gritos, y todo el que le oye queda convenientemente
impresionado. —Volvió a reírse—. Yo también. Pensé que era un necio, pero aullaba
tanto y hacía tales alharacas que empecé a ponerlo en duda. Y ahora, al fin y al
cabo...
—¡Calla! —exclamó Michael—. Calla de una vez. No sabes de qué estás
hablando.
—Al fin y al cabo es posible que él mismo llevara a cabo la operación —siguió
diciendo Laura—. Estupenda hazaña, felicidades. Una consumación piadosa,
etcétera, etcétera. Has hecho bien, muchacho.
—Sandra —dijo Michael secamente—, quiero decir Laura, calla y déjame en paz.
No me suicidé. Juro ante Dios que no me suicidé.
Pero la voz de Laura no se interrumpió, ahora sin rastro de risa, incluso un poco
temblorosa, pero clara e implacable, y él no podía detenerla, como la alambrada
más fuerte no puede detener el más leve soplo de brisa.
—Y ahora está terriblemente azorado por lo que ha hecho. Quiere volver atrás e
imagina que si grita lo bastante fuerte tal vez podrá despertar. —Probó a reír de
nuevo, pero el temblor de su voz se lo impidió—. Vete a hacer puñelas, Michael. Por
un momento, quizá sólo unos minutos, me convenciste del todo. Eras un símbolo de
la indestructibilidad de la vida o algo por el estilo, un auténtico desafío griego a la
muerte, el Hombre contra la Noche. Dondequiera que vayas, cariño, iré contigo.
Telón. Todo el mundo desfila hacia la salida, exaltado, y la orquesta toca el gran
número de tango del segundo acto —suspiró antes de proseguir—. En fin, Michael,
no importa. Simplemente te has cerrado la puerta, eso es todo—. Se levantó y
sacudió el vestido, aunque no tenía adherida ninguna brizna de hierba—. Adiós,
señor Rebeck. Gracias por hablar conmigo. Adiós, Michael.
Empezó a alejarse, y sus pies unas veces tocaban el suelo y otras no.
—¡Eh, mujer! —El grito de Michael rebotó, se abrió y expandió en la cabeza del
señor Rebeck, que le dolió un poco—. ¡No me suicidé, maldita sea! No tenía
ninguna intención de matarme. Era demasiado arrogante para eso. Habría sido
como asesinar a Dios o dibujar bigotes a las figuras de la Capilla Sixtina. ¿Por qué
habría de suicidarme? Por eso ella no podrá salirse con la suya, por eso la
condenarán. Tomamos una última copa, fuimos a acostarnos y por la mañana
estaba muerto. Eso puede ser indigestión, pero no suicidio.
Laura se había detenido al oír el grito de Michael, pero no se volvió. Él hizo
ademán de rascarse la cabeza y dijo de súbito:
—En cualquier caso, mi tumba está en terreno de la iglesia. Era católico, ¿sabes?
No muy devoto, pero nunca abandoné la Iglesia. Creo que era demasiado perezoso.
¿Acaso me habrían enterrado aquí, en terreno sagrado, si hubieran creído que me
había suicidado?
Laura se volvió entonces.
—No lo sé —dijo lentamente—. No había pensado en eso.
Michael dio unos pasos hacia ella y se detuvo.
—No me suicidé. Lo sé tan bien como puedes saber cualquier cosa en este lugar,
donde tus pensamientos se desmoronan y desaparecen. Quitarme la vida es algo
que no haría nunca.
—Algo que no harías nunca, como dijo la madre cuando su hijo se desmandó y
mató a dos ancianas, un conductor de autobús y el jefe de bomberos.
—No, no es eso. Escúchame, Laura. A los dieciocho o veinte años lo sabía todo
excepto lo que quería. Lo sabía todo acerca de la gente, la poesía, el amor, la
música, la política, el béisbol y la historia, y era un excelente pianista de jazz.
Entonces me dediqué a viajar, porque tenía la sensación de que quizá me faltaba
algo y sería buena idea aprenderlo antes de licenciarme. —Sonrió levemente a la
silenciosa Laura y se volvió un poco para dirigirse también al señor Rebeck—. Y a
medida que me hacía mayor y viajaba más lejos, más joven me volvía y menos
sabía. Notaba que me sucedía eso. Paseaba por una calle sucia y sentía que toda mi
sabiduría se desprendía de mí, todas aquellas cosas sobre las que redactaba mis
trabajos universitarios. Hasta que al fin, antes de que lo perdiera todo, me dije:
«Bueno, lo siento. Era joven, tenía novia y no conocía nada mejor. No es fácil
permanecer en la ignorancia como es debido. Pido disculpas. Sólo pido conocer
unas pocas cosas, las suficientes para volver a casa con ellas, y me daré por
satisfecho y no molestaré a nadie. He aprendido mi lección. Tal vez escribiré un
libro».
«Entonces ese poco también desapareció y me encontré solo en medio del
mundo, sin duda alguna el hombre más estúpido que jamás se rascó la cabeza.
Todo cuanto creía saber acerca de la gente y de mí mismo se habia esfumado. Lo
único que me quedaba era la cabeza llena de confusión, y ni siquiera estaba seguro
de aquello sobre lo que estaba confuso. Nada era permanente. Así que me dije:
"Qué diablos, soy un necio", y eso me pareció bastante razonable. Entonces volví a
casa y me hice profesor.
—¿Porque no podías hacer otra cosa? —inquirió Laura—. Esa canción me suena.
La verdad es que nunca me lo he creído.
—No, no fue por eso sino porque me sentía seguro. Era agradable regresar a la
universidad, un mundo que conocía bien. Imaginé que me quedaría allí algún
tiempo, enseñaría e intentaría aprender algunas cosas. Y cuando volviera a ser yo
mismo, recuperada mi sabiduría..., entonces partiría de nuevo, hacia dondequiera
que me llevaran mis pasos.
»Sin embargo, aquel mundo me gustó, llegué a apreciarlo tanto que permanecí
en él. Supongo que acepté un compromiso. Puedes decir eso, si lo prefieres. Pero
me sentía cómodo y, al cabo de un tiempo, me sentí lo bastante sabio para
encontrar de noche el camino de mi casa. Siempre había libros que leer y obras
teatrales que no había visto, y en verano Sandra y yo... —se interrumpió, titubeó
un poco y prosiguió— viajábamos a Vermont. Durante el verano solía escribir
artículos, una especie de ensayos sobre temas de historia. Iba a componer un libro
con ellos. Y a veces, en el baño, escribía poemas.
Esperó a que Laura dijera algo, pero ella permaneció en silencio.
—Así pues —continuó Michael—, tenía algo que hacer, algo que había hecho,
algún lugar adonde ir y algo que esperar del futuro. Esa es una manera de vivir
razonable. Disfrutaba viviendo, me lo pasaba bien. ¿Qué más se puede pedir?
—Mucho más, si eres codicioso —replicó Laura en voz baja—. Yo lo fui una vez.
—Yo también, pero eso fue hace mucho tiempo. Naces con un máximo de
codicia, y desde ese momento va disminuyendo. Si vivieras doscientos años, no
pedirías nada.
—Si vivieras hasta los doscientos nada tendría utilidad para ti.
Ahora se miraban mutuamente sin prestar atención al señor Rebeck, el cual se
había apoyado en un árbol y les observaba. Clavó las uñas en la corteza del tronco
y le quedaron algunos trocitos debajo. Una hormiga se paseó por su hombro y
desapareció en una grieta de la corteza.
—Voy a decir algo un poco cruel —dijo Michael—. No deseo que lo sea, pero así
te lo parecerá. ¿Te importa?
—¿Qué más da? Continúa.
—Bien, allá va —empezó a decir Michael. Intentó toser, pero había olvidado la
sensación de hacerlo y en vez de tos le salió un silbido—. Estás aquí y... pareces
feliz, más feliz de lo que fuiste en vida. O, por decirlo de otra manera..., la tuya no
fue lo que se dice una vida muy interesante, ¿verdad?
—No —respondió Laura, con una sonrisa que el señor Rebeck consideró
demasiado tolerante, demasiado juiciosa, demasiado tout comprendre est tout
pardonner—. No fue muy interesante, aburrida si quieres. Tu apreciación no me
duele.
—Bien —dijo Michael, intentándolo de nuevo—. Bien, pero, a pesar de eso, no te
suicidaste, ¿verdad? No corriste al encuentro de aquel camión como si fuese el
cartero..., o de un amante, ya que estamos en ello. Y cuando le viste venir, por
muy hastiada que estuvieras, por muy insulso que te resultara todo, intentaste
salvarte, ¿no es cierto?
La sonrisa se deslizaba del rostro de Laura, como rímel bajo la lluvia. Empezó a
decir algo, pero Michael no se dio cuenta y prosiguió:
—Te apartaste de la muerte, no te arrojaste a ella. Ése es el instinto humano.
Que no lograras salvarte es otra cuestión. Lo importante es que cuando se trató de
elegir entre morir o seguir viviendo, y tuviste tiempo de elegir, intentaste seguir
viviendo. Con menos motivos para vivir que muchas otras personas, elegiste la
vida. ¿No es cierto?
Hizo un guiño exultante al señor Rebeck, y se habría metido las manos en los
bolsillos si no se hubiera olvidado tiempo atrás de cómo eran los bolsillos.
Laura permaneció inmóvil. Al señor Rebeck le pareció menos nítidamente
contorneada que antes, algo más vaga a la vista, un poco más color de viento. La
muchacha se volvió, girando sobre un pie como lo haría una niña aburrida, y sin
que ahora hubiera en su movimiento nada de la piedra lanzada que roza la
superficie del agua o del aeroplano de papel.
—No lo sé —admitió. Michael apenas pudo oírla—. No, no lo haría..., no lo sé.
—Déjalo correr, Michael —dijo el señor Rebeck entre dientes, o quizá sólo pensó
las palabras y no las pronunció. Michael no pareció haberle oído.
—No te habrías suicidado —insistió—. Ah, estoy seguro de que pensaste en ello,
pues la gente piensa en todo mientras vive, pero lo pospusiste hasta la mañana, y
por la mañana tenías que levantarte e ir al trabajo. La gente hace eso..., yo
también. —Movió los brazos en un gesto amplio, generoso—. Pero nunca me
encontré a solas en el momento adecuado, ni tú tampoco.
—No lo sé, no lo sé —dijo Laura.
Permanecieron un momento inmóviles, como si estuvieran a la espera para
atacarse, pero quietos, similares a veletas en una serena mañana de verano, y el
señor Rebeck se apoyó en el árbol, notó la áspera corteza bajo su camisa liviana y
deseó que tanto ellos como él permanecieran en aquella postura eternamente. La
eternidad pasó, el hechizo se rompió y Laura echó a correr.
Su huida no fue un deslizamiento majestuoso ni evocó la carrera de alguna
criatura con plumas o pezuñas, sino que corrió como una mujer, de rodillas para
abajo, las manos algo adelantadas y los hombros ligeramente encorvados. Y al
correr su forma pareció palidecer, como una pompa de jabón soplada contra el sol.
Michael la llamó a gritos, pero ella siguió corriendo hasta desaparecer entre el
follaje de un cerezo. Entonces él guardó silencio, abrió y cerró varias veces la mano
derecha y se quedó mirando el cerezo.
Al cabo de un rato se acercó al señor Rebeck, que seguía al lado del árbol, y
tomó asiento.
—De acuerdo, sé paternal. ¿Qué he hecho?
—No lo sé —replicó el señor Rebeck—. Parecía muy trastornada.
—Estupendo, yo también lo estoy. —De improviso pasó por su mente una
caricatura de hombre urbano, del célebre dibujante James Thurber, y sonrió—.
Todos estamos trastornados, pero ¿por qué ella lo está más que yo? No se suicidó.
—¿Estás seguro? Ella no lo está.
—Claro que estoy seguro. Es de la clase de personas que no se matan. Viven
esperanzadas, esperando una llamada telefónica, o un telegrama, o una carta, o
unos golpes en la puerta, o tropezar con alguien en la calle que verá lo guapas que
son realmente. Piensan en suicidarse, pero si lo hicieran en serio no cogerían el
teléfono cuando sonara.
—No sé qué decirte —murmuró el señor Rebeck—. Seguramente algunos de
ellos...
—Sí, claro, algunos lo hacen. Se cansan del correo comercial con la dirección
mimeografiada y pegada en el sobre. Pero Laura no, ella no se suicidaría, puede
permitirse jugar con la idea, porque nadie intentará demostrar que lo hizo. En
cambio, yo tengo dificultades. Si alguien tiene derecho a estar trastornado, soy yo.
El señor Rebeck volvió la cabeza para mirarle.
—Michael, ¿aún estás seguro de que tu mujer te envenenó?
—¿Seguro? Lo único que me sorprende es que usara veneno. Sandy siempre me
pareció la clase de persona que emplearía una cuchilla de carnicero.
—¿Qué sucedió? ¿Lo recuerdas?
—Hasta cierto punto. Creo que aquella noche fuimos a una fiesta. No recuerdo
quién la daba, pero estoy bastante seguro de que se trataba de una fiesta. Me
parece que las cosas no salieron demasiado bien. Cuando Sandra y yo
empezábamos a discutir, nos tenía sin cuidado el lugar donde estábamos. Una vez
nos peleamos en la ópera y nos echaron. Muy cortésmente, eso sí.
—¿Por qué os peleabais tanto?
Michael se encogió de hombros.
—La cuestión es que después de la fiesta regresamos a casa y puede que
hiciéramos las paces o que no. —Sonrió de improviso—. Creo que hicimos ambas
cosas. Recuerdo que Sandra preparó un par de copas, lo cual solía ser una especie
de ofrenda de paz, pero luego se fue al dormitorio y yo me quedé a dormir en la
sala de estar, por lo que debió de haber una auténtica batalla. —Alzó las rodillas y
miró al otro extremo del claro, donde terminaba el sendero—. No éramos uno de
esos matrimonios que duermen en camas gemelas.
—La querías mucho —dijo el señor Rebeck.
Michael lo tomó como una pregunta.
—Sí, pero en ciertos momentos. No era la clase de mujer a la que podrías amar
durante un período largo de tiempo. —Meneó vivamente la cabeza—. En fin, me
acosté en el sofá y me dormí en seguida. Eso debió de irritarla. Entonces..., y esto
lo recuerdo con mucha claridad..., me desperté empapado en sudor y una
sensación en el estómago como si me hubiera tragado el calentador portátil de
alguien. —Alzó la vista y miró al señor Rebeck—. En aquel instante supe que
Sandra me había envenenado. No se me ocurrió que había comido huevos pasados
ni nada por el estilo. Intenté enderezarme y no pude, y entonces pensé que la muy
zorra lo había hecho. Luego me desvanecí..., fallecí..., y cuando desperté estaban
cantando el Gaudeamus igitur o algo así por encima de mí. Desde entonces estoy
aquí.
Michael se levantó y dio unos pasos con la forma de andar peculiar, pesada, que
el señor Rebeck había observado antes.
—Lo recuerdo todo como si estuviera sucediendo ahora. Intenté olvidarlo, de la
misma manera que olvido la poesía y si llegué a ser profesor titular o no, pero eso
sigue incrustado en mi mente. Puede que ella sostenga que me suicidé y acabe
saliéndose con la suya. No me sorprendería demasiado que lo hiciera, pero sé que
ella me mató con tanta certeza como que estoy muerto.
El señor Rebeck se enderezó lentamente.
—Bueno, podemos seguir las noticias de prensa y ver cuál es el resultado del
juicio.
—El resultado me es indiferente. Si la declaran culpable, estará bien. Eso no me
devolverá a mi agradable vida, pero estará bien. Si la juzgan inocente..., bueno,
sabré que no es verdad, y ésa es siempre una sensación consoladora. —Ahora
estaba en medio del claro, de espaldas al señor Rebeck—. De todos modos, qué
diablos, podríamos informarnos de cómo va el proceso. —Giró bruscamente sobre
sus talones—. Pero me gustaría saber qué clase de explicaciones dará sobre mi
suicidio. Es una chica de imaginación fértil, pero sólo para conseguir dinero.
—¿No podría decir que últimamente estabas deprimido?
Michael soltó un bufido.
—Ése era el motivo de nuestras discusiones. Yo no estaba deprimido, pero ella
creía que cualquier hombre en una posición como la mía debía estarlo. Mi
posición... cuando pronunciaba esa palabra parecía referirse a un horno de asar
indio. —Se volvió de nuevo, incapaz de estarse quieto, y avanzó hasta el pie del
mausoleo—. Tal vez estaba deprimido en cierto modo, pero Sandra danzaba
alrededor de la hoguera, gritando a pleno pulmón y echando gasolina a las llamas.
Por un instante el señor Rebeck creyó verle estremecerse. Su imagen se onduló
ligeramente y pareció palidecer. Entonces recuperó su integridad, como si fuese un
reflejo en el agua y una piedra lo hubiera descompuesto.
—No creas que le importaba el hecho de que sólo fuese un profesor. No, sólo
quería que fuese un profesor importante. Se estaba hartando un poco de preparar
la cena para mí y un grupito de alumnos y luego poner el disco de La ópera de tres
peniques en la sala de estar. Mi Sandra era una mujer ávida. Quería que me
realizara, que llegara a ser todo lo que ella sabía que podía ser. Una mujer
ambiciosa, pero muy atractiva. Tenía una cabellera hermosa.
Entonces guardó silencio, de pie ante el edificio de un blanco sucio, sin arrojar
ninguna sombra sobre la puerta.
Qué lugar tan apropiado para oír unas palabras de labios de un hombre juicioso
y comprensivo, se dijo el señor Rebeck. Debería solicitar uno por escrito, tal vez
podría poner un anuncio en el periódico, quizás al cuervo se le ocurriría algo. Un
hombre juicioso y comprensivo podría residir con ellos. Alguien debería hacerlo.
Michael, delante de él, miraba con fijeza. De pronto, sin volver la cabeza, dijo en
voz baja:
—Viene tu dama.
—¿Cómo? ¿Quién viene?
—Allá lejos, por el camino. ¿No puedes verla?
—No. —El señor Rebeck se aproximó lentamente a Michael—. No, todavía no.
Dime cómo es.
—La conoces, es la viuda, la que tiene el marido enterrado cerca de aquí.
—Sí, la conozco —dijo el señor Rebeck. Se puso de puntillas y forzó la vista—.
Sí, ahora la veo.
—Probablemente viene a visitar de nuevo a su marido —comentó Michael, y miró
de soslayo al señor Rebeck.
El señor Rebeck se mordió el puño.
—Vaya por Dios.
—Pareces nervioso, incluso diría que ansioso. ¿Voy a alguna parte a contarme
los dedos de los pies?
—No, no —se apresuró a decir el señor Rebeck—. No hagas eso.
Empezó a retroceder arrastrando los pies, sin dejar de mirar la pequeña figura
que se aproximaba.
—Da un largo rodeo para visitar a su marido, ¿no crees?
—Sí, precisamente pensaba en eso.
—Si intentas esconderte detrás de mí, me temo que será inútil.
El señor Rebeck dejó de retroceder.
—No tenía intención de esconderme, pero ojalá se me ocurriera algo que decirle.
¿Qué podría ser?
—Algo bonito —replicó alegremente Michael, y empezó a deslizarse lentamente,
como una barca de remo perdida—. Algo tierno y hermoso.
—Me gustaría que te quedaras —dijo el señor Rebeck.
—He pensado a ir a ver a Laura. Tú tienes compañía y ella puede necesitarla. —
Sonrió al señor Rebeck por encima del hombro—. Procura ser misteriosamente
fascinante.
El señor Rebeck le vio alejarse por el camino, con la cabeza alta, más alta que de
ordinario. A veces daba un ligero puntapié a un guijarro o una ramita caída en
primavera y podrida, pero no lo hacía como si esperase que los objetos se
movieran. El señor Rebeck retuvo la respiración cuando Michael se aproximaba a la
señora Klapper, casi esperando ver a la mujer borrosa por un instante, como
cuando una nube ligera pasa ante el sol. Más tarde no recordaría haber tenido esa
sensación, pero la tendría varias veces más y tampoco recordaría ninguna de ellas.
Las dos figuras se encontraron en el camino cuya anchura sólo permitía el paso
de una de ellas y ninguna cedió el paso, como tampoco la mujer se hizo borrosa o
el fantasma menos transparente. El hombrecillo creyó ver que Michael decía algo al
oído de la señora Klapper cuando pasó a su través, pero no tuvo tiempo de
preguntarse qué podría haber sido, pues la señora Klapper le había visto y le
saludaba agitando la mano. Empezó a caminar más rápido, sonriente.
Michael también agitó la mano, un gesto despreocupado, como el aleteo de una
bandera lejana, y desapareció más allá del cerezo. El señor Rebeck esperó a la
señora Klapper y pensó que a lo mejor se limitaría a saludarle, le diría que la tarde
era espléndida y seguiría su camino hacia la tumba de su marido. Eso sería lo
mejor que podría sucederle. Se apoyó en el árbol con la mano detrás y un pie sobre
una raíz protuberante e intentó parecer boyante, palabra que siempre había sido
una de sus favoritas.
La señora Klapper se detuvo en el borde del claro y le miró, un poco insegura.
Entonces dio unos pasos hacia él y dijo:
—¡Usted aquí! ¡Hola!
—Hola —replicó el señor Rebeck—. Me alegro de verla.
Eso era cierto, pero el hombrecillo se preguntó de inmediato si había cometido
un error al decirlo, porque la señora Klapper titubeó antes de hablar de nuevo.
—Nos tropezamos continuamente, ¿verdad? —observó por fin.
—Creo que se debe a nuestros hábitos. No debe de haber muchas personas que
pasen las tardes de verano en los cementerios.
La señora Klapper se echó a reír.
—Ya me dirá dónde se puede pasar la tarde ahora. Los parques están llenos de
criaturas que juegan, gritan, tiran petardos y se pelean..., es mejor hacer una
buena siesta en una lavadora. Un cementerio es el único sitio donde una puede
escuchar su propio pensamiento.
—Yo solía ir con frecuencia a los museos —dijo el señor Rebeck. Habría querido
decir que «iba con frecuencia» a los museos, pero temía que ella le preguntara qué
museos frecuentaba y él ya no recordaba sus nombres.
—Morris de nuevo. —La señora Klapper vio la expresión de perplejidad en el
rostro del señor Rebeck—. Quiero decir que Morris también tenía la manía de los
museos. —Sorbió aire por la nariz—. Durante veintidós años fui a los museos con
Morris. Una vez a la semana me decía: «Gertrude, vamos a un museo. Gertrude,
hace un día precioso, vayamos al Metropolitan, hay una gran exposición. Gertrude,
aquí hay un museo, entremos un momento». Perdone, pero he estado en bastantes
museos y no quiero ver ninguno más durante una temporada. Quizá más adelante.
Miraba loma arriba, hacia la tumba de su marido, y su voz era ahora algo más
suave y lenta. El señor Rebeck bajó la vista y se concentró en su pie derecho,
apoyado en el montículo de raíz. La lluvia ligera de la noche anterior había
humedecido la raíz y el pie del señor Rebeck resbalaba un poco. Enojado de súbito,
cargó todo su peso sobre la pierna derecha y pisoteó la corteza oscura y
resbaladiza. Sólo permaneció en equilibrio un momento, luego el zapato se deslizó
por la corteza y el hombrecillo cayó hacia adelante. La señora Klapper dio unos
rápidos pasos para sujetarle, pero él ya estaba en pie, musitando: «No, no, no,
estoy bien», al tiempo que agitaba la mano para indicarle que no se molestara.
—¡Vaya por Dios! —exclamó la señora Klapper—. Ha resbalado un poco.
—He perdido el equilibrio.
«Que esto te sirva de lección, Rebeck —se dijo—. No eres garboso y cometes un
gran error al fingir que lo eres, un error que puede perjudicarte como ha
perjudicado a otros que se creyeron airosos y boyantes. Boyantes... Suspiró
brevemente por la palabra, como si fuera un amor errante, y dejó que se perdiera.
Deseó que la señora Klapper dijera algo. Tenía buen aspecto con su chaqueta de
entretiempo. El señor Rebeck no diría que era bella, palabra apropiada para los
jóvenes. La belleza pertenece a una fase del crecimiento, como el acné. La señora
Klapper era guapa, llamativa, tal vez la mujer más llamativa que él había conocido
jamás, pero sabía que se había vestido con tanta elegancia para complacer a su
marido recordado y, al tiempo que la admiraba, se sentía un poco nostálgico.
Probablemente la mujer había esperado durante días la cita con su marido, había
planeado la ropa que se pondría, el día de la visita, el tiempo que ésta duraría; se
habría preguntado si haría un buen día y si sería tan malo que la obligaría a
quedarse en casa, habría contado minuciosamente las monedas para el billete del
metro, cualquiera que fuese la tarifa actual, en el bolsillo de la chaqueta, antes de
salir de casa, como también habría contado las estaciones por las que pasaba el
metro, porque cada una la aproximaba al lugar donde estaba su marido. Se
preguntó a cuántas estaciones de distancia viviría.
No había traído flores, cosa que también le intrigó, pues la mayoría de la gente
inundaba la lápida con flores hasta ocultarla por completo.
—He venido a ver a mi marido —dijo entonces la señora Klapper, como si
hubiera sabido lo que estaba pensando.
—Lo sé —replicó el señor Rebeck.
La señora Klapper se volvió de nuevo para mirar loma arriba, y él pensó que iba
a marcharse. Incluso empezó a avanzar lentamente hacia la loma, sin volver la
cabeza.
El hombrecillo pensó que por lo menos podría decirle adiós, y estaba a punto de
decirle algo como «por mí no se entretenga», cuando la señora Klapper se volvió.
Tenía los pies bien afianzados en el suelo y sujetaba el bolso con ambas manos.
—Si no tiene usted nada que hacer, podría acompañarme —le dijo.
—No hacía nada especial, sólo pasear —respondió el señor Rebeck. Notó el sudor
repentino en las muñecas y se preguntó si estaba asustado. Sentía frío en el
estómago.
—Estaba visitando a su amigo, ¿no? —dijo la señora Klapper.
El señor Rebeck recordó su supuesta amistad con los Wilder y asintió.
—Sí, es un sitio tranquilo, y éramos buenos amigos.
Deseaba algo en que apoyarse, pero al estirar el brazo hacia atrás no encontró el
árbol.
—Si va usted a visitar a su marido, quizá prefiera estar sola —añadió—. Quiero
decir que no estaba haciendo nada —consideró oportuno remachar ese punto—,
pero quizá usted prefiera ir sola.
—No me gusta ir sola —dijo la señora Klapper—. Un poco de compañía nunca
hace daño a nadie. —Sonrió, su boca versátil tan rápida como una cabrilla del
oleaje marino—. ¿Le preocupa que a Morris pudiera importarle?
—No es exactamente eso —empezó a decir el señor Rebeck—. Sólo pensaba...
—A Morris no le importaría. Venga conmigo. —Le tendió a medias la mano y
entonces la dejó caer al costado—. Venga, hablaremos como dos amigos y haremos
un poco de ruido. El silencio está bien, pero tampoco hay que exagerarlo. A veces
este sitio está demasiado silencioso.
La sensación de frío desapareció súbitamente del estómago del señor Rebeck, y
en su lugar un dedalito de buen vino irradió color, como un sol que surge de
improviso en un universo gélido. Se sintió como desenganchado de sí mismo,
dislocado, y se escuchó con interés mientras decía:
—Gracias, será un placer para mí.
Juntos ascendieron lentamente la colina más allá de la cual se alzaba la blanca
casa en cuya cripta yacía Morris Klapper, empequeñeciendo los arbolillos que la
rodeaban. Ninguno de los dos hablaba ni intercambiaban miradas. Sus cuerpos
seguían andando, pero sus mentes se habían quedado rezagadas en el claro, ante
otro mausoleo, en una suspensión meditativa tras el momento en que ella hizo el
ofrecimiento y él lo aceptó.
El edificio que se levantaba ante ellos, con sus columnas, volutas, mármoles y
elementos de hierro, era mucho más grande que el de los Wilder, y aun así no se le
veían los cimientos. El señor Rebeck acababa de hacer el descubrimiento de que la
señora Klapper no era tan alta como parecía, y lo ponía en práctica bajando la vista
para mirarla.
—Es muy grande —comentó. Nunca le habían gustado los mausoleos, sobre todo
los grandes, pero hizo un esfuerzo para que su voz tuviera un tono admirativo.
—Lo quise grande —dijo la señora Klapper—. Quise que todo el mundo supiera
quién está enterrado aquí. —Se detuvo un momento para sacar una piedrecilla del
zapato—, ¿Sabe? No tenía que hacerle un gran funeral. Quiero decir que en su
testamento no dejó ninguna indicación sobre eso. Su socio, el señor Harris, me
dijo: «Mira, Gertrude, Morris desearía un funeral mínimo, quizá con un par de
amigos y sin discursos, por favor», y también me dijo: «Créeme, Gertrude,
hablábamos mucho de ello y no quería que disparases salvas sobre su tumba ni
contratases a un gran rabino». —Miró al señor Rebeck con las cejas enarcadas—.
Me lo pedía casi de rodillas, así que le dije: «Señor Harris, sepa usted que aprecio
sus esfuerzos en pro de Morris, pero creo que conozco a mi marido un poco mejor
que usted», así mismo se lo dije, «perdone, pero estuve casada con él. Morris va a
tener un gran funeral, con mucha gente, y también tendrá un gran mausoleo, de
mármol, como él quería. Quizás usted no quiera pagar los gastos de ese funeral,
señor Harris..., no importa, yo correré con ellos, pero no me diga cómo tengo que
enterrar a mi marido». Eso le dije, y añadí: «Cuando usted se muera, quiera Dios
que dentro de muchos años, podrá tener un pequeño funeral, no invitar a nadie y
estar en una tumba del tamaño de una quesera, pero no me diga cómo tengo que
enterrar a mi marido».
Cuando terminó de hablar su paso era más vivo y su respiración algo más
apresurada. El señor Rebeck tuvo que dar tres cortos pasos para ponerse de nuevo
a su lado y caminar al ritmo de ella.
—Si está cansada, podríamos andar más despacio —le sugirió.
La señora Klapper le miró un momento como si de improviso hubiera salido de
entre unos arbustos para agarrarla del brazo. Entonces sonrió.
—No, estoy bien —le dijo, pero su paso se hizo más lento, al parecer con la
misma inconsciencia con que lo había apresurado.
Cuando por fin llegaron a lo alto de la loma, encontraron a un hombre y una
mujer que les saludaron como si fueran sus salvadores y les preguntaron por la
situación de una tumba determinada. Entonces el señor Rebeck cometió un error,
habida cuenta de su papel de mero visitante que buscaba tranquilidad. Les dijo
dónde estaba lo que buscaban.
Les dio minuciosas instrucciones, sin reparar ni una sola vez en la súbita
expresión inquisitiva de la señora Klapper. Aquellas personas estaban fatigadas,
enfadadas entre ellas y totalmente perdidas, y al señor Rebeck le complació poder
ayudarlas. Así pues, fue muy preciso: les dijo qué camino debían tomar y los
senderos que habrían de seguir para llegar al camino, les dijo que contaran los
ángeles de mármol a lo largo del recorrido y que torcieran a la derecha al llegar a
un árbol determinado; la tumba que buscaban estaba muy cerca del sendero y la
encontrarían fácilmente. El hombre y la mujer se mostraron muy agradecidos, y la
mujer se volvió mientras se alejaba y saludó al señor Rebeck agitando la mano. Él
le devolvió el saludo.
Al volver la cabeza su mirada se encontró con la de la señora Klapper y supo que
había cometido un error táctico. Percibió la especulación en aquella mirada, junto
con extrañeza y un cierto temor reverencial. Hasta entonces nunca le había mirado
de aquel modo, y el temor, que nunca está alejado del corazón de las personas
afectuosas, retornó al suyo. No había tenido en cuenta el efecto que su natural
conocimiento del cementerio tendría en ella, porque ni siquiera lo había considerado
conocimiento. Alguien le había preguntado por una dirección, como otros lo habían
hecho en ocasiones a lo largo de diecinueve años, y resultó que él conocía el
camino. Ahora, en el mejor de los casos, ella le consideraría como un hombre fuera
de lo corriente, tal vez un tipo raro, en cualquier caso un hombre con una memoria
que parecía cosa de magia. Le divertiría —parecía divertirse con facilidad— pero a
partir de entonces le consideraría un poco menos humano. Eso sería lo mejor que
podría suceder. Lo peor sería que no le divirtiera, que le hiciera preguntas y él se
viera obligado a mentirle, como en la ocasión anterior. Eso le deprimía, pues no
quería mentirle de nuevo y sabía lo mal mentiroso que era.
Se volvió antes de que la pareja se hubiera perdido de vista por completo y miró
al mausoleo con las manos en los bolsillos y la cabeza echada atrás.
—Bien, bien —dijo, confiando en que su aire fuese calculador pero en absoluto
profesional—. Desde luego, es un gran mausoleo—. Eso era inocuo, pues no hacía
falta vivir diecinueve años en un cementerio para comentar tal cosa. Bastaba ver la
construcción para aquilatar su tamaño—. Es grande de veras —insistió.
—Espero que encuentren el sitio que están buscando —dijo la señora Klapper a
sus espaldas.
—Yo también. Es fácil que les haya dado la dirección equivocada. No estaba muy
seguro.
—¿Ah, sí? —Ahora la señora Klapper estaba a su lado—. Parecía bastante
seguro.
—Bueno, ya sabe cómo son estas cosas —le sonrió esperanzado—. Uno no
quiere que los demás sepan que no sabe muy bien dónde está.
La señora Klapper le devolvió la sonrisa.
—Le comprendo, créame.
Hubo un largo silencio, durante el cual el señor Rebeck contempló el mausoleo
de los Klapper con una admiración desesperada, y la señora Klapper hurgó en el
interior de su bolso en busca de un pañuelo. Tardó un poco en encontrarlo porque
estaba mirando al señor Rebeck, y cuando dio con él lo sostuvo algún tiempo en la
mano y volvió a guardarlo en el bolso sin usarlo.
—Una lápida —dijo en voz baja—. Eso es lo que me intriga. Un mausoleo, de
acuerdo, si fuera un mausoleo lo entendería. Pero una lápida entre mil o cinco mil...
Hace falta muy buena memoria.
—Es que tengo muy buena memoria —dijo el señor Rebeck. Así pues, ella se
decantaba por la brujería de salón—. Puedo coger una baraja de cartas y...
—Sé que tiene usted muy buena memoria —dijo la señora Klapper en tono
ausente—. Debe de ser una auténtica bendición. Yo siempre me olvido de las cosas.
¿Encontró su reloj?
Le hizo la pregunta en un tono tan inexpresivo que el señor Rebeck tardó un
momento en darse cuenta de que era una pregunta. Cuando cayó en la cuenta, se
apresuró a responder, sin mirarse el antebrazo.
—Sí, lo encontré en Vistabella, casi a dos kilómetros de la puerta. Debió
desprenderse de mi muñeca mientras hablaba con usted y ni siquiera lo noté.
Mientras hablaba se miró la muñeca. Estaba bronceada, como el resto del brazo,
y cubierta de fino vello negro. No alzó la vista de inmediato.
—Hoy me lo he dejado en casa —dijo en voz baja—. Tengo que llevarlo a
arreglar. —Alzó los ojos muy despacio y miró a la señora Klapper—. Tiene algo que
no funciona.
La señora Klapper le miró durante largo rato y él sostuvo su mirada. Pensó que
no hay nada prodigioso en resistir la mirada de otra persona. Al cabo de un rato
puede que los ojos te empiecen a lagrimear y es posible que te entre tortícolis, pero
el alma está muy por detrás de los ojos y ni siquiera sabe qué ocurre allá delante.
Así pues, sostuvo la mirada de la señora Klapper, directamente y con dignidad,
hasta que la figura de la mujer empezó a hacerse borrosa y desenfocada.
Por fin ella desvió la vista. Fue hasta los escalones del mausoleo y se sentó.
—De acuerdo —le dijo—. Olvídelo. Olvide que se lo he preguntado. Una mujer no
debe jugar a detectives, porque obliga a los demás a mentirle, ella los sorprende
mintiendo y se siente orgullosa de sí misma. Olvide que le he preguntado. Soy una
fisgona y quiero saber demasiado. No me diga nada.
El señor Rebeck se pasó la mano por la nuca y palpó el sudor que la cubría.
—Señora Klapper... —empezó a decir.
—No me diga nada. —La señora Klapper hizo un movimiento cortante con el filo
de la mano—. Es mejor que no lo sepa. Tengo una costumbre muy mala.
El señor Rebeck volvió a frotarse la nuca y miró a la mujer sentada. De repente
le sonrió.
—Hágame sitio.
La señora Klapper le miró parpadeando, un tanto perpleja, y se movió un poco
sobre el escalón del mausoleo.
—Tengo que pensar un momento —dijo él. Se sentó a su lado y contempló el
suelo. Notaba que ella le estaba mirando, pero no volvió la cabeza.
«Rebeck —pensó—, has llegado a una de esas encrucijadas sobre las que escribe
la gente. Como es tu primera encrucijada desde hace mucho tiempo, creo que
deberías cuidarla bien y examinarla cuidadosamente, pero sin entretenerte
demasiado, por favor. Las encrucijadas tienen una cualidad, y es que puedes
quedarte mirándolas largo rato, como insistió en decir Whitman, y olvidarte de la
cruz.»3
Se miró la muñeca y pensó: «Si hubieras llevado reloj durante algún tiempo,
tendrías una franja blanca alrededor de la muñeca, donde el sol no podía llegar.
Hurra por ti, Jonathan. Deberías formar una sociedad de detectives con la señora
Klapper.
«¿Se lo diré ahora? ¿Por qué no? Últimamente se lo he dicho a todo el mundo.
No exageres, Rebeck. ¿Quién es todo el mundo? Michael y Laura, y esos dos
apenas cuentan, no son más que espectros, saben lo que es posible y lo que no lo
es. Esta mujer está viva. No te confundas con eso. Está viva y eso significa que
puede escuchar la verdad, no significa que la conozca cuando la escuche.
«Tendrás que decírselo más tarde o más temprano. Sea cuando fuere, su
incredulidad será idéntica. En el peor de los casos, huirá de aquí gritando y, por
interesante que fuese observar esa reacción, más adelante te sentirías solo. En el
mejor de los casos..., ¿qué haría ella en el mejor de los casos? Probablemente diría
algo como "De acuerdo, pero ¿no es un poco absurdo?" ¿Y entonces qué le dirás?
»Tal vez es un poco absurdo.
»Sal de la encrucijada, Rebeck. Estás empezando a girar en pequeños y bonitos
círculos. Podría atrepellarte un coche.
3
Juego de palabras entre crossroads, encrucijada y cross, cruz (N. del T.)
»Quizá es absurdo, sí, pero eso no tiene nada que ver. Hay un montón de cosas
serias que son absurdas, incluso para quienes las hacen. Ésa no es una salida.
»Míralo de otro modo. Si no se lo dices, ella no volverá a preguntártelo, pero no
le harás mucha gracia, porque le has hecho sentirse fisgona. Sí, parecerá amigable,
alegre y todo eso, porque así es ella. Pero dejará de venir, ni siquiera vendrá a
visitar a su marido, si ello implica tropezarse contigo. Cada vez que os veáis,
sonreiréis y os saludaréis agitando furiosamente la mano, furia que aumentará en
proporción directa a la distancia que os separe. Ahí tienes el núcleo de una de esas
amistades de cincuenta años.
»¿Acaso es tan importante para ti? La intimidad también es importante y abunda
menos.
»No, no es tan importante, todavía no. Apenas la conozco. No es importante
como individuo. Es un símbolo.
»Mira que bien. ¿Símbolo de qué?
»¿Cómo podría saberlo? Pero, como símbolo, es muy agradable.»
La señora Klapper se movió impaciente a su lado.
—Perdone a una vieja, Rebeck, pero ¿es que está poniendo un huevo?
Más adelante, cada vez que el señor Rebeck pensara en ello, estaría seguro de
que la balanza se inclinó cuando ella le llamó por su nombre, cosa que no había
hecho hasta entonces. Laura siempre le llamaba señor Rebeck.
Se levantó, se estiró y se dio unos golpes en el pecho como si se estuviera
duchando. Entonces miró a la señora Klapper.
—Vamos —le dijo—. Demos un paseo.
8
Las lomas ya no significaban nada para Laura. Las recordaba: en el cementerio
había caminos que ascendían de súbito, se curvaban, parecían colgados y
descendían para alzarse de nuevo, enrollándose en sí mismos como lenguas de
sapo, y ella aceptaba esas elevaciones como lomas. Incluso ahora, si hacía un
esfuerzo para concentrarse, recordaba la sensación de subir las lomas, pero la
elevación y el descenso del terreno real bajo sus pies al caminar no llegaban hasta
ella. Recordaba los caminos y el acto de andar, de modo que bajo sus pies había
pavimento, grava, tierra pardoamarillenta, guijarros, maleza, hierba e incluso una
estrella enana que, según le habían dicho, vivía en el centro de la tierra. Por donde
Laura caminaba, sólo existía lo que recordaba, y se había olvidado de los conceptos
de arriba y abajo, exactamente como no existe arriba y abajo en el espacio, y Laura
avanzaba por un camino plano y dócil al que sus pies nunca tocaban del todo.
En realidad, caminaba por una pequeña loma, una joraba momentánea del
camino que serpenteaba por la zona más pobre del cementerio. No era una fosa
común, pues la administración de Yorkchester consideraba que la pobreza extrema
era tan ostentosa como el exceso de riqueza. Las tumbas estaban limpias y bien
cuidadas, y la hiedra que cubría la mayor parte de ellas había sido podada, pero su
número era exagerado. Las lápidas se hacinaban, con una separación de apenas un
palmo entre unas y otras, y los codos de las estatuas se tocaban. Había bastantes
Cristos, Vírgenes y ángeles para poblar mil paraísos, y la hierba corta que crecía
entre ellas tenía un aspecto provisorio.
Laura pensó que la harapienta manta de tierra había sido extendida tanto como
daba de sí. Más tarde o más temprano se rompería por el medio con un sonido
como de llamas crepitantes y los muertos quedarían expuestos, parpadeando bajo
la luz, tendidos con la cabeza contra los pies de otro y unos pies contra su cabeza,
pataleando en busca de espacio para estar muertos. «Quita los pies de mis ojos,
amigo, y deja de charlar contigo mismo. No quiero oírte. Déjame en paz. Estamos
muertos. Ahora no tengo que ser tu hermano.»
Aquel día había muchos visitantes en el cementerio. ¿Era fin de semana? ¿No
tenían nada que hacer en sus vacaciones más que ir allí y permanecer alrededor de
una lápida con los sombreros en las manos? Se alegró de que sus padres no
hubieran ido. Tenían suficiente juicio para comprender que en la muerte hay un
poco de dignidad, pero ni un ápice en llorar al muerto.
A todos ellos..., al hombre de edad mediana que depositaba flores a los pies de
una estatua pulcra y perfecta, a la mujer embarazada que se había traído una silla
de madera plegable, a las tres ancianas que bajaron de un cochazo, lloraron,
regresaron al vehículo y se marcharon, al joven de pelo amarillento que se sentó en
la hierba en medio de una parcela familiar y habló cortésmente en italiano a todas
las tumbas..., a todos ellos les dijo en voz alta:
—¿Creéis que vuestros muertos pueden oíros, creéis que saben que estáis
llorando? No están aquí, ninguno de ellos, y si estuvieran no os conocerían. Se han
ido muy lejos y no regresarían aunque pudieran. Id a casa y hablad entre vosotros,
si sabéis hacerlo. No os queremos aquí. No nos queríais cuando estábamos vivos y
ahora no os queremos. Idos. Decid a vuestros cuerpos que os lleven a casa.
Y aunque ellos no podían oírla, sintió por un momento que era más que Laura,
que los muertos ausentes la habían elegido realmente para que hablara por ellos.
Pero entonces vio a un hombre que estaba ante la estatua de un muchacho
leyendo un libro. El rostro del chico tenía la impersonalidad de libro ilustrado propia
de los Cristos que le flanqueaban, pero algo, tal vez el mentón redondeado o las
orejas grandes, le hacía parecer joven y humano. La lisura sin imperfecciones del
mármol había atrapado un poco de esa juventud. Delante del banco había una
inscripción y bajo ella dos fechas.
El mismo muchacho estaba sentado en el banco, al lado de la estatua. Era más
pequeño que ésta y muy delgado y tenue, una fina línea que contorneaba la forma
de un chico en el aire. Contra el mármol manchado de su estatua y con el sol a su
espalda, era casi invisible. El hombre que estaba delante de su tumba habla queda
y estúpidamente, y el chico no hacía el menor movimiento.
El hombre alargó una mano para tocar la estatua y Laura sintió de inmediato un
acceso de celos. «No está bien —pensó—, no está nada bien. Déjale en paz.
¿Incluso debes envidiar a los niños muertos? Estabas mejor viva, cuando no te
atrevías a dejar que la gente viese lo celosa que eres.» Notó el familiar dolor
expansivo, pues es un dolor de la mente que no necesita del cuerpo para
expresarse.
—Ha venido a verte —le dijo al chico—, a mostrar a todo el mundo cuánto te
echa de menos, pero algún día dejará de venir, ¿y qué harás entonces?
El chico no se volvía hacia ella y eso la enfureció. Era como si también ella
estuviera viva y fuese la única de ellos cuya voz era inaudible.
Estarás ahí sentado, esperando —siguió diciendo—. Él nunca vendrá, pero
seguirás sentado esperándole. La gente vendrá a ver las demás tumba del
cementerio, pero no la tuya. Esperas y alzas la vista cada vez que pasa alguien,
pero ellos no vienen. Nunca vienen. Crees que ahora le tienes, pero sólo me tienes
a mí, sólo tienes a Laura para que hable contigo y te acompañe. Ahora estás
muerto y sólo me tienes a mí.
Pero el hombre murmuraba en voz baja a la estatua, el muchacho le escuchaba
y la estatua seguía leyendo su historia de piedra.
—Muy bien —dijo Laura—. ¿Crees que me importa? —Les dio la espalda y echó a
andar por la loma que parecía tan llana como cualquier otro camino, como todos los
caminos...
Volvió a pensar en el muchacho y se preguntó por qué había actuado así. ¿Qué
intentaba hacer? ¿A quién se proponía perjudicar? No a él, no a un niño muerto. En
vida era muy buena con los niños. Eso formaba parte de su encanto.
Qué celosa estaba de las bellezas cuando vivía... Eso debería haber cesado allí.
Aquel no era un lugar para la envidia, para querer ser como las mujeres de piel
suave. Ahora eran iguales. No podían llevar allí sus magníficos cuerpos ni sus
caritas suaves. Nadie las esperaría a la hora del almuerzo ni las llevaría a casa por
la noche. Sus hombres ya no podrían verlas ni tocarlas ni amarlas. Requiere
tiempo, pero al final todos somos iguales. No hay ninguna diferencia entre
nosotros.
Sólo había una diferencia entre ella y aquel muchacho de piedra: alguien le
recordaba.
Su tumba y la de Michael estaban en una de las secciones católicas del
cementerio, aproximadamente a un kilómetro de la puerta. Era una sección de
clase media, lo cual significaba que las tumbas no estaban tan hacinadas como en
la sección que acababa de dejar, y había algunos mausoleos pequeños. Uno de
ellos, gracias al que reconocía la zona cuando llegaba a ella, tenía una estatua de
una mujer arrodillada y abrazada a una cruz. A Laura le desagradaba. La cruz
parecía lisa e inalcanzable. Tenía la sensación de que se liberaría de la mujer
arrodillada con un movimiento rápido, y la mujer también parecía esperarlo.
En el momento en que dejaba perfectamente claro para sí misma que pasaba
ante la tumba de Michael sólo porque estaba en la dirección de la suya, vio a dos
personas a su lado. Se detuvo un momento, dispuesta a esconderse, antes de
recordar que no podían verla. Entonces, irritada por haberlo olvidado, se acercó a la
pareja y permaneció a su lado mientras ellos contemplaba la sencilla lápida con la
inscripción MICHAEL MORGAN.
Eran un hombre y una mujer. Él de piernas cortas y hombros robustos, algo más
bajo que la mujer. No llevaba sombrero, y su rostro tenía un aspecto belicoso y
fatigado. Ella, rubia y con una cabeza tan pequeña y ahusada que parecía casi fuera
de lugar en un cuerpo con una delantera tan generosa —pese a la esbeltez de la
cintura y las caderas—, hacía ondear su cabellera con la arrogancia de una
bandera.
Laura se dijo que era hermosa. Sí, cielos, era hermosa. Si ella estuviera viva, la
odiaría. No, no era cierto. ¿De qué le serviría odiarla? Solía odiar a las mujeres casi
hermosas, a las bonitas, porque le parecía que ella podría tener el mismo aspecto si
supiera qué ponerse, qué clase de maquillaje utilizar y cómo andar. Tenía la
sensación de que ellas conocían algo secreto y se lo ocultaban, porque si lo supiera
sería tan bonita como ellas y capaz de competir con ellas por las cosas que quería.
La mujer que estaba al lado de la tumba pertenecía a un nivel totalmente distinto.
A Laura nunca se le habría ocurrido competir con ella, por muy bonita que fuera.
Pensó que eso era muy amable de su parte.
El veneno es lo importante —dijo el hombre en un tono agudo y áspero—. Si
usted no lo compró, él lo hizo. Y si puedo averiguar dónde lo compró, tenemos algo
para seguir adelante.
La voz de la mujer era exactamente como Laura había imaginado que sería.
—No veo cómo podría averiguarlo. Probablemente lo venden en todas las
pequeñas droguerías del país.
El hombre emitió una risita exultante.
—Ajá. Ésa es la cuestión. No se puede conseguir en Nueva York.
—No veo...
—Mire, fui con la lata a un par de droguerías y en ambas me dijeron lo mismo.
No venden esa sustancia en Nueva York porque sirve sobre todo para ratones de
campo. Tiene una base de estricnina, como las marcas habituales, pero parece ser
muy eficaz contra los ratones de campo. ¿Y quién tiene ratones de campo en Nueva
York? ¿Comprende adonde quiero ir a parar?
Había flores sobre la tumba, rosas. La mujer se arrodilló para tocar una.
—Entonces ¿de dónde procedía?
—Eso no lo sé —dijo el hombre—, pero lo fabrica una pequeña empresa de
Greenwich, Connecticut. Lo distribuyen a unas diez u once tiendas especializadas
en herbicidas y esparcidas por toda Nueva Inglaterra. Creo que si pasara un par de
semanas investigando por allí, podría descubrir dónde compraron el producto, y
quizá recordarían a quién se lo vendieron. En esa clase de tiendas llevan un
registro. En fin, es una conjetura.
La mujer no alzó la cabeza ni la volvió hacia él.
—No es mucho, ¿verdad?
—No está tan mal —replicó el hombre, a la defensiva—. La cuestión es que ese
producto rio tiene mucha salida. La mayoría de la gente sigue comprando las
marcas corrientes, y esa sustancia se queda en los estantes. Cuando alguien la
compra, es un gran acontecimiento, como la Navidad. Los vendedores recuerdan
quién ha comprado esa marca.
El hombre suspiró y pareció desplomarse de hombros para abajo.
—No es mucho, de acuerdo —dijo ásperamente—. Es incluso menos de lo que
parece. Si compraron el veneno hace más de un mes, estoy listo, porque no se
acordarán. Pero ¿qué otra cosa puedo hacer? Ya le he dicho antes que no soy
ningún Darrow,4 sólo soy persistente a más no poder. Hago lo que puedo con las
herramientas de que dispongo, y todo lo que tengo es ese veneno. Así pues, le
seguiré la pista hasta donde pueda, y si no da resultado, intentaré alguna otra
cosa, si se me ocurre algo que intentar.
—Once tiendas, nada menos... —dijo la mujer. Se levantó y sacudió la falda para
eliminar la tierra y la hierba adheridas—. Es una dificultad. Aunque en una de ellas
vendieran el veneno a Michael, puede que no lo recuerden.
Laura comprendió que aquella mujer era Sandra, la esposa de Michael. Se
aproximó a ella y la miró, tratando inconscientemente de verla menos hermosa.
Exploró el rostro suavemente puntiagudo en busca de manchas en la piel, trató de
reducir el tamaño de los ojos y aumentar el de la nariz. Laura se acercó a Sandra
tanto como una mujer se ha aproximado jamás a otra e, invisible, se sintió en
comparación fea sin paliativos.
—¿La tratan bien ahí dentro? —preguntó el hombre. Estaba en una postura
4
* Clarence Darrow (1857—1938), abogado cuya actuación como asesor de la defensa en muchos
procesos espectaculares le valió un lugar en la historia legal norteamericana. Fue famoso orador y
polemista y escribió varias obras. (N. del T.)
desgarbada y de vez en cuando miraba de soslayo a la mujer esbelta a su lado y
hacía un esfuerzo por enderezar los hombros caídos.
—Oh, sí —dijo la mujer—. Muy bien. Son muy corteses. —Sonrió abstraída,
mirando la tumba—. Me pregunto qué pensaría Michael si supiera que estoy en la
cárcel. Era siempre muy protector.
—Sí, eso precisamente me recuerda que no fue una buena idea pelearse con él
en la fiesta. El fiscal del distrito llamará a declarar a todos los que estuvieron
presentes, y yo no podré hacer gran cosa al respecto. Ojalá hubiera esperado a
llegar a casa para discutir.
La mujer se volvió lentamente y le miró.
—Estaba borracho. No sabe usted cómo fue aquello. Estaba borracho y se
comportó como un payaso delante del rector. Contó chistes, se puso a cantar y se
empeñó en iniciar discusiones estúpidas con el rector. Todas las mujeres me
miraban, porque era su esposa y no podía detenerle, y todos los hombres buscaban
la manera de congraciarse con el rector, poniéndose de su parte contra Michael.
Todo aquello por lo que siempre me había esforzado salió por la ventana aquella
noche. Tendríamos que irnos a otra parte y empezar de nuevo. Y cuando ocurre
algo así escriben cartas sobre ti. Sé que lo hacen. Todo lo que Michael podría haber
sido...
El hombre la interrumpió, áspera y pausadamente.
—¿Ve usted por qué no la dejé presentarse ante un gran jurado? Se excita de
esta manera y parece como si hubiera podido matar a alguien. Tiene que
serenarse. Si hace eso en la sala de justicia, facilitará las cosas al fiscal del distrito.
Por lo menos, hágale trabajar un poco.
—Usted sigue creyendo que podría haber matado a Michael.
Laura admiró la dignidad perceptible en el tono suave y quejumbroso de la
mujer, aunque sabía perfectamente que era artificial. Pensó que las mujeres se
adaptan mucho mejor que los hombres al papel de víctima inocente. Ven el drama
en ese papel. Los hombres sólo ven la injusticia de que son objeto y protestan a
gritos.
—Creo que podría usted haberlo hecho —replicó el hombre—. Estoy bastante
seguro de que no lo hizo, pero nunca estoy completamente seguro de nada.
—Eso debe de ser triste.
—Ha evitado que me casara, me mataran o me excluyeran del foro. Sólo es
triste si uno cree que existe una cosa segura en el mundo y se empeña en buscarla.
Por lo demás, es una postura bastante sensata. Le evita a uno pasar mucho tiempo
en sitios como éste.
—Michael era mi marido —murmuró la mujer. Sus ojos tenían una expresión
soñolienta y satisfecha, la expresión que suele verse en los ojos de las mujeres que
acaban de dar a luz.
—Tenía que venir. Hoy no me habría sentido bien si no hubiera venido.
—¿Por qué? Si intenta impresionar a los espías del fiscal del distrito, olvídelo.
Están esperando fuera. Y si quiere convencerme de que amaba a su marido, la
acompañaré a casa cuando esté dispuesta.
—Le amé tanto como pude. —La mujer miró fijamente la tumba—. A veces me
pregunto si soy capaz de amar, y creo que no. Michael no se habría suicidado si lo
fuera.
—Esa postura se está poniendo de moda —replicó el hombre—. Antes se
escribían libros sobre mujeres que se acostaban con el repartidor del hielo porque
desbordaban de amor por la humanidad y debían empezar por alguna parte. Ahora
es exactamente al revés, y todo el mundo compadece a la mujer que no puede
amar a nadie. Ahora se acuesta con el repartidor del hielo porque intenta destruirse
a sí misma. Al repartidor del hielo le da lo mismo uno u otro motivo. En cualquier
caso, yo en su lugar no me sentiría muy mal por no amar a su marido. Él no la
amaba.
La mujer se volvió hacia él con tanta rapidez que su pie desvió una de las flores
del ramo de rosas.
—Eso no es cierto. Michael me amaba. Si amaba a alguien en el mundo, era a
mí. Me lo decía una docena de veces al día, y me asustaba, porque no creía
merecer esa clase de amor. Solía advertirle que no me amase tanto. —Ahora su
tono era alto y el estrecho rostro había palidecido—. No diga jamás que Michael no
me amaba. Usted desconoce muchas cosas acerca de Michael y de mí.
—Eso sí que es verdad —admitió afablemente el hombre—. ¿Nos vamos ya?
—Todavía no —dijo la mujer. Había recuperado el dominio de sí misma con tanta
rapidez como lo había perdido, pero aún tenía los puños cerrados y apretados
contra los costados—. Quiero quedarme aquí en silencio un momento. No diga
nada. No debí haber permitido que me acompañara. Guarde silencio.
—Pero primero, damas y caballeros, nuestro himno nacional —musitó el hombre.
Ella le dirigió una serena mirada de disgusto y se volvió para contemplar la
tumba de Michael. Inclinaba la cabeza y sus manos, ahora abiertas, parecían
conscientes de su inutilidad. Un soplo de brisa encrespó un mechón suelto de su
cabello rubio, pero ella no alzó una mano para volver a colocarlo en su sitio. En
aquel momento toda su sexualidad se había desvanecido y podría haber sido una
monja entregada a la oración de vísperas. Incluso el hombre corpulento parecía a
punto de impresionarse.
Laura vio que la mujer movía los labios para formar el nombre de Michael y
pensó: «Sandra de Michael, eres una hipócrita y puedes ser una asesina con la
misma naturalidad. Espero que lo seas. Perdónamelo y perdona mi envidia de los
planos dorados de tu rostro, pero confío, y por lo mismo creo, que mataste a tu
marido. Compréndeme, por favor. No tengo nada contra ti como persona, excepto
que tuviste que advertirle a un hombre que no te amara tanto. Eso me parece una
pérdida de recursos naturales, sí, eso parece a una persona como yo, que tenía el
pelo liso y sin brillo y bailaba como el monumento de Washington. Puede que mi
actitud parezca injusta e incomprensible, pero la entenderías si me hubieras
conocido en vida. Si formara parte de tu jurado, haría lo posible por darte la
libertad, pero sé que eres culpable. Así es como funciona mi mente, o por lo menos
así es como recuerdo su funcionamiento. He de considerarte culpable porque no soy
lo bastante deshonesta para considerarte fea, y has de desagradarme para que no
desee ser como tú. Si me conocieras lo comprenderías».
Se preguntó si eso era todo, si le quedaba algo más por decir. Tenía la sensación
de que sí, la misma sensación de algo que se dejó fuera y que experimentaba
desde que llegó allí. Una ponía todo su empeño en ser sincera consigo misma y
acababa haciendo que las mentiras fuesen algo menos agradables al paladar.
—Ya podemos irnos —dijo la mujer.
—Te olvidas de la rosa que has movido —repuso Laura—. Ponla como estaba.
Sólo hay que enderezarla un poco. Lo haria yo misma y te ahorraría la molestia,
pero no puedo. ¿Quieres hacerlo? Gracias.
Como si la hubiera oído, la mujer se arrodilló con elegancia y alineó la rosa con
las demás flores. Sus largos dedos tenían una ligera tonalidad amarillo limón, pero
el color de las uñas era el mismo que el de las rosas, quizás algo más oscuras,
como rosas después de la lluvia.
—Gracias, Sandra —le dijo Laura—. Adiós. —Se preguntó dónde estaría Michael.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —inquirió la mujer.
Los dos empezaron a alejarse de la tumba de Michael.
—El juicio ha sido fijado para el ocho de agosto —respondió el hombre—. Eso
nos da casi un mes.
—No es mucho tiempo —comentó ella, con una nota de preocupación en su voz.
—Es suficiente. Si hay algo que averiguar, lo habré hecho en un mes. Si no
descubro nada... —se encogió de hombros—. Siempre podemos apelar.
La mujer se detuvo y puso su mano en el brazo del hombre.
—Yo no maté a Michael... No voy a sufrir por algo que no hice.
La risa del hombre era como arena agitada en un cubo de lata. Siguió caminando
y la mujer le siguió.
—¿Por qué no? ¿Por qué habría usted de ser diferente a los demás?
—Eso no es divertido, maldita sea —dijo la mujer.
Laura los perdió de vista, aunque sus voces todavía le llegaban. El hombre
respondió regocijado:
—Eso se llama humor negro, señora. Será más divertido a medida que pase el
tiempo.
A partir de entonces sus voces se diluyeron, en parte porque Laura no escuchaba
con mucha atención.
«Supongo que podría seguirles —pensó—. Al fin y al cabo iba a visitar mi propia
tumba, no la de Michael. Lo que ocurre es que no quiero seguirles, no quiero verles.
¿Qué tengo que ver con los vivos? No voy a depender de ellos. Si lo hago nunca
olvidaré la vida, nunca dormiré. Y no debo seguir permitiendo que me aturdan. Si
no puedo estar viva, quiero estar muerta. Definitivamente muerta. No me gusta
este estado intermedio. Es demasiado parecido a la vida, pero no lo suficiente. No
debo seguir mirando a los seres vivos e interesarme por ellos. Hasta una hormiga
que se escabulle es traicionera, incluso una florecilla es engañosa y seductora. Y
eso me recuerda que me gustaría soplar uno de esos gruesos y blancos dientes de
león. Si piensas un deseo, soplas y haces que desaparezca toda la pelusa de una
vez, el deseo se realiza. Lo sé. Nunca logré hacerlo soplando una sola vez y mis
deseos nunca se realizaron. Los muertos no tienen nada que ver con los dientes de
león, ni tampoco tienen deseos. Iré a mi tumba y me tenderé de nuevo.»
En aquel momento oyó un silbido y, al volverse, vio que Michael venía por el
camino. El silbido de un espectro no se parece a ningún otro sonido en un puñado
de universos, porque está tejido con todos los silbidos que el espectro oyó en su
vida, y por ello suele incluir silbidos de trenes, toques de silbato a la hora de
comer, alarmas contra incendios y el grito de virgen ultrajada de las teteras. A
todos estos componentes Michael había añadido un recuerdo más: el chirrido
agónico de un coche que frena en seco en un espacio muy reducido. Todo ello
resultaba en una clase de sonido discordante y nada melódico, pero los espectros
no se interesan en absoluto por la melodía. Lo único que les interesa es la
producción de sonido. Michael parecía muy satisfecho con su silbido.
—Hola, Michael —le saludó Laura cuando él pareció a punto de pasar por su lado
sin verla.
Michael se detuvo y la miró.
—Hola, Laura. Escucha, silbaré tu nombre.
Silbó una breve serie de notas que hicieron pensar a Laura en una cometa
atrapada por un huracán. El sonido se interrumpió bruscamente y ella preguntó:
—¿Eso es todo?
—Deberías tener un nombre más largo —dijo Michael—. Más largo y áspero. Eso
es lo máximo que puedo hacer con Laura Durand. —Se sentó en medio del camino
e hizo una seña a la muchacha para que también lo hiciera a su lado.
—Llevo practicando toda la mañana..., silbando los nombres de las cosas, como
leitmotivos. Nombra cualquier cosa y la silbaré. Vamos.
—Dientes de león —se apresuró a decir Laura.
—Dientes de león, de acuerdo. —Michael silbó algunas notas de una estrepitosa
tonada de aire marcial—. Dientes de león.
—No para mí. Parece música a la hora de comer en una excursión de la Legión
Americana.
—Así es como veo yo los dientes de león —dijo Michael con firmeza—. Soy un
impresionista. Si quieres música descriptiva, hazte con una de esas orquestas con
ciento cincuenta violines. El silbido es una clase de música muy personal.
—De acuerdo. Te concedo tu integridad. Silba al señor Rebeck.
—Todavía no lo he conseguido. He hecho varios intentos, pero nunca me sale.
Recuerda que aún estoy aprendiendo esta habilidad. Probemos con otra cosa.
Por un momento, Laura pensó pedirle que silbara a Sandra. «¿Qué clase de
música tienes para Sandra?» Abandonó la idea sólo porque temió que realmente
tuviera una melodía para el nombre.
Michael reparó en las flores brillantes sobre su tumba.
—Vaya, alguien ha dejado caer algo —comentó. Se puso en pie y fue a
contemplar las rosas—. ¡Caramba! Alguien me admira en secreto.
—Las ha traído tu esposa —dijo Laura—. Estaba aquí hace unos minutos.
Michael permaneció en silencio, de espaldas a ella. Laura podía ver a su través la
pequeña lápida que brillaba al sol.
—Y son muy frescas —dijo él poco después—. Y caras: de ocho a diez dólares la
docena. Siempre me he preguntado por qué unas clases de rosas valen más que
otras.
—Se marchó muy poco antes de que llegaras —insistió Laura. Pensó que volvía a
portarse mal, en cierto modo peor que con el muchacho de la estatua.
—Ya te he oído —dijo Michael—. ¿Qué quieres que haga al respecto?
—No lo sé. Es tu esposa.
—No, ya no lo es. La muerte nos separó. Nuestro matrimonio ha sido anulado.
Ahí tienes una palabra magnífica: anulado.
—Supongo que podrías seguirla —dijo Laura—. Caminaba muy despacio.
—¡No quiero seguirla, maldita sea! —Ella se sintió extrañadamente satisfecha
por haberle hecho gritar—. No quiero verla. No tengo nada que decirle, y aunque lo
tuviera ella no me escucharía. Fue mi mujer y me asesinó, y es comprensible que
eso haya herido mis sentimientos. No me hables más de ella, no quiero saber nada
más. Deja de hablar de ella o vete. Una cosa u otra.
Impulsado por la ira, había subido sobre las rosas, las cuales permanecían
indemnes bajo sus pies, de un rojo oscuro, con los pétalos exteriores que
empezaban a enroscarse en el calor de la mañana. Aún no habían empezado a
cambiar de color. Eso ocurriría más tarde.
—Lo siento —dijo Laura, y era cierto, aunque no sabía por qué. Cuando vivía
tampoco solía saberlo.
—Está bien, no hablemos de ello. Oye, ¿tienes algo que hacer ahora mismo? —
Sin interrumpirse, añadió—: Eso es lo más estúpido que he dicho jamás, vivo o
muerto.
—No —respondió Laura, sin reírse—. No hago nada especial. Sólo estaba dando
un paseo.
—Pues si tienes ganas de pasear, vente conmigo. Iba a la puerta para mirar a la
gente.
Laura titubeó antes de responder.
—En general, no me acerco a la puerta. Antes lo hacía con regularidad, como si
fuese a buscar el correo, pero ha empezado a deprimirme. La gente, los
guardianes, los coches y la puerta que pueden cruzar con tanta facilidad... Prefiero
no ir, Michael.
—Todo eso no me molesta gran cosa —dijo Michael—. Me gusta escucharles.
Pero no tenemos necesidad de ir ahí. —Frunció brevemente el ceño y añadió—:
Hace algún tiempo descubrí un sitio. Quizá lo conozcas, es un muro.
La miró, pendiente de alguna señal de reconocimiento. Laura meneó la cabeza.
—Creo que no lo conozco.
—Está en el borde del cementerio. Un muro bajo de ladrillo.
—No —dijo Laura—. Soy nueva aquí.
—Entonces ven —dijo Michael con vehemencia—. No está lejos..., aunque eso es
indiferente para nosotros. Ven, te lo enseñaré. Es muy bonito. Desde ahí se ve toda
la ciudad..., por lo menos todo Yorkchester. Una vista espléndida.
—Me gustaría verlo —dijo Laura.
—Tenemos que retroceder hasta la bifurcación del camino —le informó Michael
mientras andaban—. Luego hay un camino de grava con un gran invernadero en el
extremo. Doblamos a la derecha del invernadero, y ya está.
—¿Para qué tienen un invernadero aquí?
—¿Te has fijado en esa hiedra fungosa que hay en la mayor parte de las
tumbas? —Laura asintió—. La crían ahí. También crían algunas flores, por si los
visitantes vienen desarmados—. He estado pensando en eso de poner flores en las
tumbas. ¿No es una costumbre bárbara? Considéralo lógicamente. Así se
desperdician flores en perfecto estado. Las abandonan y se marchitan. Nadie
debería hacer eso con las flores. Y para los muertos no significa nada.
—Claro que sí —dijo Laura—. Me gusta que Marian y Cari me traigan flores.
—¿Por qué? ¿Te hace sentir que alguien se acuerda de ti?
—No, no es eso.
—Porque al cabo de un tiempo ya no te recuerdan, ¿sabes? Se convierte en algo
automático, trillado, como ir a la iglesia.
—No es así —replicó Laura—. Bueno, supongo que sí, un poco, pero me gustan
las flores. Me gustaban cuando vivía y me gustan ahora. Me agradan.
—También a mí me agradan, pero no hay nada personal en ello. Las flores en
cualquier tumba me satisfacen tanto como en la mía propia. Me gustan como flores,
no como símbolos de pérdida. Sé que generalizo y simplifico en extremo y, en
general, hablo como un universitario de primeros cursos, pero también estoy
muerto y los gestos con lo que se pretende honrar a los muertos ya no me
interesan. Me habría dado lo mismo que me hubieran enterrado con mi arco y mis
flechas y hubieran sacrificado un caballo sobre mi tumba. Un caballo muerto sobre
mi tumba estaría bien, me distinguiría..., sería el primero en mi pandilla honrado de
esa manera.
—Esta mañana he visto un chico... —empezó a decir Laura, pero Michael no le
prestó atención y siguió hablando.
—Y a mi mujer —dijo con entusiasmo—. Que entierren a mi mujer conmigo. He
ahí un regalo útil para el guerrero que parte. Al diablo con las malditas flores. Que
dejen de lado el arco y las flechas y se lleven a rastras el caballo. Quiero a mi
mujer. Que la entierren conmigo y alisen la tierra con una pala. Si oyes ruidos,
seremos nosotros que cantamos el dúo de Aída. —Miró a Laura sonriente—. Eso es
un regalo personal. ¿Para qué quiero las flores?
—Tu mujer es hermosa —dijo Laura.
Pensó que Michael quería hablar de ella. Preferiría olvidarla del todo, pero si no
podía hacerlo, hablaría para no tener que pensar. No le importaba. Por lo menos no
creía que le importara.
—Lo es, ¿verdad? —dijo Michael, con cierta severidad en su tono—. En muchos
aspectos es la zorra consumada del mundo occidental, pero, Dios mío, cómo me
gustaba pasear con ella por la calle... Tengo que admitirlo. Paseábamos cogidos de
la cintura... —Se interrumpió y miró a Laura durante tanto rato que ella se puso un
poco nerviosa y se sintió aliviada cuando él habló de nuevo—. Esa es la manera
más agradable de pasear que conozco. Produce una sensación de seguridad, es
afectuosa y sólida.
—Lo sé —afirmó Laura, pensando que lo sabía de veras, pero estaba segura de
que él no la creía.
—Bueno, pues un día paseábamos así y nos vimos reflejados en un escaparate.
Me eché a reír, ella quiso saber por qué y le dije: «Sólo me preguntaba qué está
haciendo ese pobre diablo con una chica tan guapa».
—¿Y ella qué dijo?
—Dijo: «Eso mismo estaba pensando», y seguimos paseando. —Michael
suspiró—. Ojalá no me hubiera asesinado. A veces nos llevábamos bien.
Volvió a silbar mientras caminaban. El sonido era agudo, tanto que habría sido
inaudible al oído humano. La melodía era triste, quejumbrosa, casi de un modo
descarado, y el efecto de conjunto era el de un flautín transido de dolor al
separarse para siempre de su gaita adorada. Pero Michael parecía orgulloso de él y
lo silbó satisfecho a lo largo del sendero de grava. Cuando se interrumpió fue para
preguntar:
—¿Estaba guapa de veras?
—Sí. Muy agraciada. Creo que ésa es la palabra adecuada.
—Agraciada —repitió Michael, pensativo—. Es una buena palabra, que la resume
en cierto modo. Lo hacía todo con mucho garbo.
—Hay personas así, que nunca parecen torpes, hagan lo que hagan. Todo lo que
hacen o dicen es correcto. Si lo hicieran de una manera consciente te sentirías
mejor, porque podrías considerarlas afectadas y decir «gracias a Dios que no soy
así». Sin embargo para esas personas es algo natural, como lo es para un gato
estirarse.
Por un instante se sintió indecisa, insegura de lo que quería decir, pero la
repentina curiosidad que observó en la mirada de Michael le impulsó a continuar.
Era como correr cuesta abajo con los brazos extendidos, confiando en no caer y, al
mismo tiempo, esperándolo de un momento a otro. Quería que Michael
comprendiera.
—Mira, un día caminas por la calle y ves que viene hacia ti alguien a quien
conoces. El no te ha visto todavía, pero sabes que en cuanto te vea hará un
ademán, sonreirá y te dirá algo. Y de improviso, poco antes de que te vea, piensas:
«Voy a meter la pata, no sé exactamente cómo, pero voy a meterla. Estoy
deseando ver cómo lo hago. ¿Me pararé y alargaré la mano cuando él espera que le
salude con un simple ademán y siga adelante, y me quedaré ahí parada, un islote
de embarazo en medio de la calle, ambos empujados por los transeúntes y con las
manos pegajosas? ¿Soltaré su mano antes de que él esté dispuesto a soltar la mía,
o será al revés? ¿Qué le diré cuando me pregunte cómo me va? ¿Me limitaré a
gruñir como un idiota, o me detendré para decírselo? ¿Soy lo bastante atrevida
para seguir andando y fingir que no le he visto? ¿Qué terrible acontecimiento
tendrá lugar en los próximos cinco segundos?...». De modo que esperas cinco
segundos y lo descubres.
Pensó que no estaba nada mal. Nunca lo había planteado así cuando vivía, y
ahora Michael la estaba mirando y pensaba en ello. Tal vez había valido la pena
decirlo.
Dos mariposas blancas revoloteaban sobre el camino con el abandono oscilante
de unas cintas al viento. Giraban una alrededor de la otra, como una estrella doble,
se separaban y huían del camino de grava, muy próximas entre sí.
—En fin, eso no les ocurre a las personas agraciadas —añadió Laura—. No sé por
qué, pero es así. Quizá se debe a un gene de más o de menos.
—Deja de compadecerte —le dijo Michael, y ella ahogó una exclamación de
sorpresa.
—¡No me compadezco! Jamás. Ésa es una de las cosas que aprendí muy
pronto..., es inútil que te compadezcas, y además es feo. No lo he hecho en
muchos años.
—Muy bien, entonces sigue por ese camino.
Su expresión tranquila y divertida irritó a Laura.
—Y no me aferró a las cosas..., ni a la vida ni a la gente ni a los objetos ni a
nada. Ya te lo dije en otra ocasión. Prescindo de las cosas. Eso podría hacerte
mucho bien.
—Es posible —replicó Michael—. En ese aspecto somos distintos. Lo que a mí me
gusta es aferrarme, con ambas manos y con los dientes, si consigo un buen
asidero.
—¿Incluso si ese asidero no te quiere?
—Sí, sobre todo entonces. Cualquiera puede amar a alguien que le corresponde.
Pero amar cuando no te aman requiere cierto esfuerzo.
—Entonces tenemos puntos de vista diferentes —dijo ella, y siguieron caminando
en silencio.
El camino de grava trazaba una amplia curva, desde cuyo extremo vieron el
invernadero. Michael señaló la vegetación apretada contra las paredes de vidrio.
—Mira, ahí está la hiedra. No es muy impresionante, ¿verdad!
Laura asintió. La hiedra parecía agazapada y adusta en la casa de cristal.
—¿Será éste el mismo tipo de hiedra que crece en los muros de las
universidades?
—Es posible —dijo Michael—. Tiene el mismo aspecto arrogantemente inútil. No
me sorprendería. —Señaló de nuevo—: el muro está allí. ¿Lo ves?
—Sí.
El muro llegaba a los hombros de Laura y tenía unos veinte metros de largo. El
camino de grava terminaba en una especie de hondonada polvorienta, cuyo lado
abierto tenía al muro como valla. Era de ladrillos rojipardos y lo habían levantado
con un exceso de mortero. Al aproximarse vieron el cemento endurecido que había
rebosado de los ladrillos individuales, formando gruesos rebordes.
Michael se detuvo ante el muro y se volvió hacia la muchacha.
—¿Sabes saltar? —le preguntó.
—Supongo que sí —respondió ella, dubitativa—. ¿Cómo lo haces?
—Así.
Se perdió de vista por un instante y reapareció sentado con las piernas cruzadas
encima del muro.
—Es como cuando piensas que formas partes de un sitio, pero como la distancia
es tan corta has de poner cuidado para no irte demasiado lejos. Concéntrate en
conseguir el salto exacto y olvida por un momento que podrías ser visible. Ten
cuidado. Las primeras veces es difícil.
Laura lo consiguió al cuarto intento y se sentó a su lado en el muro.
—Me sentiría excitada y sin aliento, si tuviera aliento que perder —comentó—.
Ésa es la gran desventaja de no tener cuerpo. Te olvidas de qué es descansar
cuando estás cansada.
—Nunca estás satisfecha —replicó Michael, pero sonrió—. Anda, echa un vistazo.
Bajo el muro la tierra descendía abruptamente hasta un campo de lápidas
humildes que parecían de yeso. Más allá del campo, Laura vio la gran verja que
rodeaba todo el perímetro del cementerio, y más allá de la verja la densa cuadrícula
de la ciudad.
—Nunca había visto esto —musitó—. Nunca había estado aquí.
Desde el lugar que ocupaban sobre el muro podían ver casi todo Yorkchester.
Los edificios se alzaban en la atmósfera rosada y sólo se distinguían unos de otros
por el número de antenas de televisión que llevaban como horquillas del pelo. Entre
ellos, los coches se arracimaban en las calles, como frutos ácidos. El tenue viento
veraniego se deslizaba sobre la ciudad, alzando faldas sin ningún interés verdadero,
y la gente se movía lentamente en las calles. En el horizonte se levantaba la
estructura, orgullosamente esquelética, de lo que probablemente sería un nuevo
conjunto de viviendas. Allí había movimiento, y Laura tuvo la seguridad de que oía
los gritos de los obreros. Una autopista de tres carriles corría paralela a la ciudad,
accedía a hacerle un poco de compañía, pero mantenía una pulcra separación
incluso cuando las calles de la ciudad tropezaban con ella.
Michael vio que Laura miraba la autopista.
—Antes por ahí pasaba un río —le dijo—. Primero redujeron su caudal hasta
dejarlo convertido en un riachuelo. Luego cambiaron su curso tres o cuatro veces, y
finalmente no quedó ni rastro del río. Supongo que murió de frustración.
Laura creía oír todos los sonidos de la ciudad. Oía los cláxones de los coches, los
juramentos en las calles, los gritos de los niños acalorados y el chasquido de los
interruptores de la luz en los edificios de oficinas. Oía el zumbido de los
ventiladores eléctricos en los vagones del metro y los sonidos que distintas clases
de tacones hacían en diferentes clases de pavimento, el rebote de los balones de
goma contra las paredes de los edificios y los gritos agudos de los obreros en los
bloques de viviendas en construcción. Incluso oía el tintineo de las monedas en las
máquinas cobradoras de los autobuses.
A su lado, Michael murmuró:
—Y el diablo llevó a Fausto a un sitio elevado y le mostró todas las ciudades del
mundo.
Laura apartó con renuencia su mirada de la ciudad extendida ante ella.
—¿Eso es de Fausto? Hay algo parecido en la Biblia, acerca de Cristo.
—Creo que les sucede a ambos —dijo Michael—. Fausto cedió y Cristo no, eso es
todo. El diablo no podía pagar el precio de Cristo, y por eso Cristo no se corrompió.
Hay gente honesta en el mundo, pero sólo porque el diablo considera ridículos los
precios que piden.
Laura se echó a reír.
—Esa manera de hablar me recuerda al hombre que estaba con tu mujer.
—¿Qué hombre? —inquirió Michael vivamente.
—No sé cómo se llama. Creo que es su abogado.
—Ah —dijo Michael. Al cabo de un momento añadió—: Perdona por mi
brusquedad.
—Ni me había fijado —replicó Laura, que miraba de nuevo la ciudad—. En fin,
esto no es exactamente todo el mundo, es sólo Yorkchester.
—Es lo único que tenemos, incluso más de lo que tenemos. Si el diablo me lo
ofreciera ahora mismo... —Dejó la frase sin terminar.
—Michael —dijo Laura de súbito.
—¿Qué?
Ella empezó a hablarle sobre la estatua del chico que había visto por la mañana.
Contó el encuentro con precisión, incluyendo todos los detalles que recordaba, sin
olvidarse del libro de la estatua y las cosas que dijo el hombre mientras ella estaba
allí. Cuando llegó a la parte en que ella amenazó al muchacho y le dijo que nadie
iría a verle, titubeó un poco y desvió la mirada de Michael, pero le contó todo lo que
recordaba. Él la escuchó en silencio, sin sonreír ni interrumpirla.
—No sé por qué lo hice —concluyó—. Cada vez que lo pienso me siento más
avergonzada de mí misma. Nunca hice una cosa así cuando vivía, Michael, al
margen de lo que sintiera. ¿Por qué he de hacerlo ahora? ¿Qué creía que iba a
ganar con ello?
Michael se encogió de hombros.
—No lo sé, Laura. No te conozco lo bastante bien. Tal vez te cansaste de ser
dulce y tímida. Es algo que ocurre. Tener que representar ese papel es una
cabronada. Pero no importa, no has herido a ese chico. —Entonces cambió
abiertamente de tema, señalando por tercera vez Yorkchester—. ¿Te gusta? ¿Estás
contenta de que te haya traído aquí?
—Sí —se apresuró a decir Laura, agradecida por la oportunidad de no seguir
hablando del muchacho—. Me encanta mirar la ciudad desde este lugar. Podría
pasarme el día entero aquí sentada.
—Lo he hecho. Deberías verla de noche. Es como una tarta de cumpleaños.
—Me encantan los sonidos, probablemente porque el cementerio es tan
silencioso. Me sorprendo a mí misma buscando sonidos.
—Hablame de alguno. ¿Qué oyes?
—Oigo hablar a la gente, el ruido del tráfico y el de los aviones... —Hizo una
pausa y se volvió hacia él—. ¿Por qué me lo preguntas? ¿No puedes oírlos tú
mismo?
Michael meneó la cabeza.
—Ni un sonido, nunca, desde que fallecí.
—No lo entiendo —dijo Laura lentamente—. A mí me oyes, ¿no?
—Perfectamente. Oigo a cualquiera con quien hable y los sonidos que puedes oír
en un cementerio, pero no puedo oír nada procedente de la maldita ciudad. —
Sonrió irónicamente al ver la perplejidad de la muchacha—. Todos los sonidos que
oímos son sonidos que recordamos. Sabemos cómo deben sonar las palabras, los
trenes y el agua corriente, y si desafinamos un poco en nuestro recuerdo nadie lo
nota. Pero no recuerdo en absoluto los sonidos de Yorkchester. Supongo que nunca
les presté mucha atención.
—Lo siento... —dijo Laura con cierto embarazo.
—No lo sientas. Nos pasamos demasiado tiempo pidiendo nos disculpas. Dime
sólo algunos de los sonidos que oyes. Los escucharé.
Laura titubeó.
—La verdad es que no sé por dónde comenzar. Hay un obrero con un martinete
trabajando en ese nuevo edificio.
—¿Cómo suena? —Como ella no respondía, añadió—: Está bien Dime cómo te
suena.
—Como latidos de corazón —dijo Laura—, muy pesado y regular. Un latido lento
y que golpea con estrépito.
—Ajá. ¿Qué me dices de los trenes subterráneos? ¿Puede hablarme de ellos?
—Ahora no —dijo Laura—. Lo haré en cuanto pase uno. Entretanto puedo
hablarte de los autobuses.
—Muy bien, adelante, dime cómo suenan los autobuses.
Laura le habló de los autobuses y pasaron sentados en el muro todo aquel día de
verano, escuchando los ruidos de la ciudad y los trenes.
9
En algún momento entre las dos y las tres de la madrugada, el señor Rebeck
dejó de debatirse. «No hay manera», dijo mientras se levantaba, descalzo, en un
torbellino de mantas y almohadas, e iba a la puerta abierta del mausoleo para
considerar el asunto.
«No voy a pegar ojo esta noche —se dijo—, y hasta es posible que haya
superado la necesidad del sueño. Tal vez nunca volveré a dormir. En fin, quizá no
sea tan malo. Puedo pasar las noches pensando en los problemas de ajedrez
realmente difíciles, esos que nunca he sido capaz de resolver, y quizá pueda
aprender un poco de astronomía. Podría empezar ahora mismo.»
Sin embargo, no se movió. Se apoyó en el vano de la puerta, estremeciéndose
agradablemente al contacto del frío hierro con su piel. El aire nocturno era cálido,
incluso un poco húmedo, pero cada vez que amenazaba con estancarse una brisa lo
turbaba, al igual que unos insectos minúsculos dan al traste con la dignidad de un
estanque inmóvil al turbar levemente sus aguas. El cielo estaba oscuro pero sin
nubes. El día siguiente iba a ser muy caluroso, con esa clase de calor que dura
hasta mucho después de la puesta del sol, traicionando la noche. Los próximos días
probablemente también serían calurosos. Los últimos días de julio en Nueva York es
la época es que los días calurosos corren en jaurías.
«Lo malo es que si no he resuelto esos problemas de ajedrez en diecinueve
años, no veo de qué servirá que lo siga intentando por las noches. Si fuese capaz
de encontrar las respuestas, las habría encontrado hace mucho tiempo. Y lo mismo
es aplicable al conocimiento de las estrellas. Jamás podría ser astrónomo, no tengo
cabeza para eso. Sólo soy un farmacéutico que ha leído algunos libros. Desde que
estoy aquí no he adquirido nuevos conocimientos. Me he limitado a recordar
algunas cosas que me aburrían cuando vivía en un mundo diferente y me he
cambiado de ropa cada día. Olvídalo, Jonathan, y vuelve a dormir. Y antes de que
vayas a dormir ruega para que ningún dios bienintencionado jamás te haga
inmortal.»
Dio media vuelta y regresó al mausoleo, pero no se acostó, sino que buscó algo
a tientas en un rincón lleno de calcetines y extrajo su vieja bata roja y negra y sus
desgastadas zapatillas de baño. Tras ponerse la bata y calzarse, volvió a salir y
cerró la puerta de hierro a sus espaldas.
Pensó que iría hasta la puerta del cementerio, sólo por dar un paseo. Tal vez el
cansancio de la caminata le ayudaría a dormir cuando regresara. Además, podría
beber agua en el lavabo.
Así pues, se ciñó la bata con el cinturón alrededor de la delgada cintura y caminó
por la hierba hasta notar la grava suelta de la Avenida Central deslizándose bajo
sus zapatillas. Entonces recorrió el largo sendero, procurando, por la fuerza de la
costumbre, hacer el menor ruido posible. No había luna que iluminara el camino,
pero el señor Rebeck andaba con la energía y la rapidez de quien sabe lo que hace
y habría rechazado a la luna como una impertinencia. Pensó que era maravilloso
sentirse competente. Todo hombre debería conocer algo en el mundo tan bien
cómo él conocía aquel camino, que parecía adaptarse a sus pies y que podría
recorrer bebido y con los ojos vendados sin desorientarse jamás. Pero deseaba que
alguien le viera, poder mostrar a alguien lo bien que podía recorrer aquel camino en
plena noche... Y eso, naturalmente, le hizo pensar en la señora Klapper. Lo habría
hecho de todos modos, pero era más divertido dejar que ella se introdujera
gradualmente en sus pensamientos. Parecía más natural.
La señora Klapper creía que estaba loco, y así se lo decía cada vez que se veían.
En su opinión, cualquier hombre que viviera en un cementerio, no sólo estaba loco
sino que tenía un mal gusto extremo. ¡Vaya un sitio al que tenían que ir sus
visitantes! ¿Cómo recibía el correo? ¿Qué hacía en invierno? ¿Podía darse un baño
de vez en cuando por lo menos? ¿Cómo se alimentaba? Esta última pregunta casi
abocó a la perdición completa del señor Rebeck. Había empezado a hablarle del
cuervo cuando se dio cuenta de que la credulidad de la señora Klapper se había
estirado al límite, y la más ligera mención de su irreverente pájaro negro que le
traía comida la rompería. Se apresuró a sustituir al cuervo por un viejo amigo, un
compañero de su infancia que le suministraba alimento por el respeto a lajuventud
perdida que ambas compartieron. Lo dijo muy bien y deseó que fuese cierto.
Sus palabras no impresionaron a la señora Klapper, la cual sorbió aire por la
nariz y observó:
—Un viejo amigo, ¿eh? ¿Por qué no le invita a alojarse en su casa, si es tan buen
amigo?
—No quisiera abusar de él —respondió el señor Rebeck, y entonces se irguió y la
miró severamente—: Al fin y al cabo, tengo mi orgullo.
—Vamos, hombre —replicó la señora Klapper en tono sar—cástico—. De repente
se trata de orgullo. Un loco orgulloso. Mira cómo se sienta, como un general. Ah,
Rebeck, qué necio es usted.
Pero en las tres semanas transcurridas desde que le revelara su manera de vivir,
ella había ido con frecuencia al cementerio. Durante algún tiempo él se sentó en los
escalones del mausoleo, a primera hora de la tarde, esperando su llegada, pero
recientemente había empezado a bajar por el camino para ir a su encuentro,
porque la Avenida Central se elevaba desde su inicio en la puerta y la señora
Klapper no estaba hecha para andar demasiado cuesta arriba. Además, él estaba
esperando ansioso el momento en que la mujer le vería, pues siempre le veía
primero, agitaría el brazo y gritaría: «¡Eh, Rebeck! ¡Soy Klapper!». No había nada
planeado en el saludo, aun cuando siempre era el mismo. Tenía la sensación de que
ella se alegraba de verle y quería asegurarse de que él la veía. En cuanto a él, el
grito exuberante le hacía sentirse real, una persona que desentonaba lo suficiente
con el entorno para ser reconocida, para que la saludaran y la llamaran loca.
Mientras avanzaba por el camino de grava, se dijo que el hombre busca
constantemente la identidad. No tiene ninguna prueba real de su existencia,
excepto las reacciones de los demás a ese hecho. Por eso escucha con tanta
atención lo que la gente comenta de él, sea malo o bueno, porque eso indica que
vive en el mismo mundo que ellos y que todos sus temores acerca de ser invisible,
impotente, carente de alguna dimensión misteriosa que los demás poseen no tienen
fundamento. Por ese motivo a la gente le gustan los apodos. Él se alegraba de que
la señora Klapper conociera su existencia, pues ella sola contaba por dos o tres
personas ordinarias.
El camino se ensanchó, extendiéndose hasta una especie de delta de pavimento,
en uno de cuyos lados brillaba la única luz de la dependencia donde estaba el
celador. Enfrente, a unos treinta metros, la forma más impresionante de unos
lavabos destacaba en la oscuridad. El camino iba en línea recta hasta la puerta con
sus torrecillas, ahora cerrada con candado, como lo estaba desde las cinco de la
tarde. El señor Rebeck desvió la vista. Nunca miraba la puerta más de lo
imprescindible.
Entró con mucha cautela en los lavabos y lo primero que hizo fue cerrar la
pesada puerta, pues sabía por experiencia que un ruido inevitable, como el de
hacer correr el agua en el inodoro o la pila, no podría ser oído a menos que el
oyente se encontrara a muy poca distancia de la puerta. Entonces encendió el
tenue fluorescente del techo. No había ninguna ventana en el lado del edificio que
daba a la dependencia del celador, y la luz era tan mortecina que las posibilidades
de que la viera por debajo de la puerta eran mínimas.
Utilizó uno de los urinarios, sin dejar de mirar nerviosamente la puerta. En su
sueño recurrente de que era descubierto, con frecuencia en momentos como aquél
las puertas —en sus sueños siempre había varias puertas— se abrían bruscamente
y los capturadores sin rostro se abalanzaban contra él desde todas las direcciones.
Bebió de la fuente colocada junto a la hilera de pilas, abrió la puerta
cuidadosamente y salió para enfrentarse a las sombras que le recordaban perros de
hierro, inmóviles en espera de alguna presa. Agradecía profundamente que no le
prestaran atención. Años atrás le había parecido que abrían sus fauces para
mostrarle sus dientes brillantes, en señal de reconocimiento y bienvenida
demasiado vehemente.
Pero aquella noche había una nueva sombra entre las sombras, un monstruo
entre los sabuesos de hierro. La sombra se movió entre ellos, apartando de su
camino a los perros tensamente pacientes, y se enfrentó al señor Rebeck con los
brazos enjarras.
—¡Tú!
Así pues, había ocurrido. Así era como lo decían en el sueño: «¡Tú!». En el sueño
eran más y gritaban, pero la palabra era la misma. Ahora eran conscientes de su
existencia, tenía identidad en sus mentes, y él casi se sintió agradecido por ello.
—¿Yo? —replicó, cuestionando su nueva condición, como si pudiera creer del
todo que el regalo era realmente para él, que no habían cometido un error.
—Ven aquí —dijo el hombre, haciendo un gesto imperioso con un grueso dedo
índice—. He dicho que vengas aquí —repitió cuando el señor Rebeck no hizo
ademán de moverse.
El hombrecillo se le acercó lentamente, arrastrando los pies por el suelo. El
hombre se iba haciendo más corpulento y moreno a medida que el señor Rebeck se
aproximaba, hasta que al fin estuvo ante él, mirándole al rostro con el cuello algo
torcido, como si siguiera el avance de un gran nubarrón. Los rasgos del hombre,
nariz, boca, ojos, mentón y frente, eran todos grandes y prominentes, excepto las
orejas, de una pequenez ridicula y tan pegada a la cabeza que casi parecían
perdidas en contraste con la pelambrera negra como el carbón con la que
terminaba uno de los extremos del individuo.
Señaló la puerta de los lavabos por encima del hombro del señor Rebeck y le
preguntó:
—¿Has terminado lo que hacías ahí dentro?
Su voz era profunda e inexpresiva.
—Sí —respondió el señor Rebeck. Pensó que preguntárselo era una gentileza por
parte del hombre.
—Muy bien —dijo el hombre. Sacudió el brazo que señalaba los lavabos—. Ahora
vuelve ahí y apaga esa luz. Luego vuelve aquí.
El señor Rebeck estaba seguro de que le había oído correctamente. Tenía muy
buen oído para un hombre de su edad y había escuchado atentamente al
hombretón. Cuando preguntó «¿qué?» fue sólo porque quería que el hombre lo
repitiera. Pensó que quizá se equivocaba y quería darle una oportunidad de
rectificar.
—Vuelve ahí —repitió el hombre—. Date prisa y apaga la luz. Aquí no se dejan
luces encendidas. Es un despilfarro.
—En seguida—obedeció el señor Rebeck.
Regresó a los lavabos y apagó la luz. Desandó sus pasos hasta quedar ante el
hombretón y permaneció en silencio, todavía esperando juicio, aunque ahora se
preguntaba si ese juicio 110 habría descarrilado en algún lugar entre el hombre y
él.
—Bien —dijo el hombretón. Miró en silencio al señor Rebeck, el cual parpadeó y
desvió la vista, observando al hacerlo que la mano izquierda del hombretón
agarraba una botella semivacía. Supuso que era whisky y se permitió un rápido
bocado de esperanza—. De acuerdo —continuó el hombre—. Ahora tengo que irme.
Quédate aquí y no te muevas. —Puso la botella en la mano abierta del señor
Rebeck—. Aquí tienes. —Soltó una risita sin tono—. Esto te entretendrá. Vuelvo en
seguida. Quédate aquí y no te muevas.
Dio media vuelta y se dirigió rápidamente a unos arbustos que crecían a un lado
de los lavabos. Apenas había desaparecido cuando los arbustos se agitaron y
crujieron y la enorme cabeza del hombre emergió entre ellos, sus ojos buscando al
señor Rebeck entre las sombras de sabuesos.
—¿Crees que bromeo, amigo? —preguntó en tono amenazante la voz profunda.
—No —contestó el señor Rebeck, que no se atrevía a moverse—. Estoy seguro
de que lo has dicho con toda seriedad.
—Te enseñaré quién bromea —masculló el hombre.
Agitó un puño del tamaño de un tambor y desapareció entre la vegetación. El
señor Rebeck se quedó solo y esperó a que el hombre regresara.
Se dijo que era el momento de correr. Apartarse de la luz y correr. Cuando se
hubiera alejado doscientos metros, el hombre no podría verla. «¡Corre, estúpido!
¿Es que tu mente se ha olvidado por fin de volver a casa?» Pero permaneció donde
estaba, sabiendo que el hombre esperaría hasta el alba, pediría la ayuda de algunos
guardianes y le prenderían. Tenían coches y una camioneta. Si querían hacerlo,
darían con él en menos de un día. No habría dignidad en ello, sino sólo sudor,
temor, gritos de descubrimiento, y le sacarían a rastras de donde se escondiera, se
reirían de sus desesperados intentos de huida... De aquella manera todo sería más
sereno y menos doloroso. Huir sería doloroso.
Miró con curiosidad la botella de cuello largo que tenía en la mano. Estaba
demasiado oscuro para poder leer la etiqueta, y supuso que era whisky. Antes de
su abandono del mundo bebía muy poco y, por supuesto, no lo había hecho desde
la juerga monumental que le llevó al cementerio. Olisqueó con cautela el orificio de
la botella y el olor le pareció mareante y desconocido por completo. Se había
olvidado totalmente del aroma del whisky, e imaginó que debería estar contento
por ello.
Los arbustos crepitaron de nuevo y el hombretón se levantó, abrochándose el
cinturón. Su cabeza giró lentamente de un lado a otro, como un cañón, buscando al
señor Rebeck.
—¿Estás ahí, amigo? —Su voz de cañón sonó en la noche—. ¿Estás ahí? —
Parecía inquieto.
—Estoy aquí —dijo el señor Rebeck. Su sentido común le consideró senil, cerró la
tienda y se marchó a casa.
—Muy bien —dijo el hombre, y se aproximó al señor Rebeck, el cual tuvo la
seguridad de que podía oír el temblor del suelo.
El señor Rebeck se quedó donde estaba, sujetando la botella tan fuerte como
podía. Una sensación de irrealidad le sacudió con violencia dejándole un poco
mareado.
—¿Qué estoy haciendo aquí? —dijo en voz alta—. Soy Jonathan Rebeck, tengo
cincuenta y tres años. ¿Cómo he entrado aquí?
El hombre cogió la botella que sujetaba el señor Rebeck. Bebió del gollete y su
nuez de Adán se movió como una boya de campana. Se limpió la boca con el dorso
de la mano y miró furibundo al señor Rebeck. Era grande como un camión, un
bulldozer, se movía arriba y abajo sobre los tacones, fruncía el ceño, sin dejar de
mirar al señor Rebeck, y su sombra se movía con él sobre el duro pavimento.
De súbito se rascó la cabeza. Su mano derecha ascendió desde el costado donde
colgaba, se ocultó entre la espesa cabellera y rascó el cuero cabelludo con un
sonido de papel de lija. Parpadeó. Los dos gestos le habían hecho parecer joven e
inseguro de su fuerza.
—¿Qué voy a hacer contigo? —preguntó. Era una pregunta directa y esperaba
una respuesta.
—No lo sé —dijo el señor Rebeck, sintiéndose de pronto enojado y engañado—.
Ése es tu trabajo. No voy a ayudarte.
—Se me ha terminado el ron —dijo el hombretón, poniéndose a la defensiva, y
apretó la botella que sujetaba contra el muslo, como si intentara ocultarla—. Esto
es todo lo que me queda, y lo necesito.
—De acuerdo —dijo el señor Rebeck—. No lo quiero.
El señor Rebeck juzgó que el hombre no era tan corpulento. Un grandullón,
desde luego, pero la familiaridad y el hecho de que se rascara la cabeza le habían
apeado de la clase bulldozer. A la luz de la puerta abierta del edificio que ocupaba
el celador, el señor Rebeck vio que los ojos del hombre eran de color azul oscuro y
que en aquel momento tenían una expresión de perplejidad. Se sintió un poco
mejor. Había esperado que los ojos del hombre fuesen incoloros y tan expresivos
como un tronco de árbol.
—Ah, qué diablos —dijo finalmente el hombre—. Vente conmigo.
Se encaminó a la dependencia del celador, volviendo la cabeza de vez en cuando
para asegurarse de que el señor Rebeck le seguía. Al llegar a la puerta hizo una
seña al hombrecillo para que se detuviera y desapareció en el pequeño edificio. El
señor Rebeck oyó el ruido de algo que se estrelló contra el suelo, oyó la breve e
inventiva obscenidad del hombre y el sonido de un cajón de archivador al abrirse.
Esperó en el lugar en que el hombre le había dejado y pensó: «Debe de ser nuevo y
estar inseguro de sí mismo, por lo que ha ido a llamar a su relevo. Dentro de unos
minutos llegará un hombre que sabe lo que hay que hacer con los intrusos». La
gente que sabía lo que hay que hacer siempre impresionaba al señor Rebeck a su
pesar.
Oyó un grito de triunfo en la oficina, otro estrépito, y el hombre apareció en el
vano de la puerta, con una nueva botella en la mano.
—Encontré a la hija de puta —dijo exultante—. Ahí estaba escondida, debajo de
mis narices. —Se acercó la botella a la nariz y soltó una risita—. Ha sido una suerte
que tuviera una buena nariz. Toma. —Ofreció la botella al señor Rebeck—. Toma.
Entretanto pensaré lo que he de hacer contigo.
El señor Rebeck no cogió la botella. Se ciñó la bata y preguntó:
—¿Eres el celador de servicio?
El hombretón asintió.
—Ése soy yo. De servicio entre medianoche y las ocho de la mañana. Entonces
me iré a casa.
—En tal caso, por el amor de Dios, ¡compórtate como un guardián! —dijo el
señor Rebeck indignado—. ¿Qué clase de guardián va por ahí ofreciendo bebidas a
cualquiera que encuentra?
El hombretón reflexionó seriamente en la pregunta.
—No me lo digas. —Cerró los ojos con fuerza, arrugó la frente y murmuró
posibles respuestas para sí mismo—. Un guardián generoso —sugirió—. Un
guardián tonto y generoso. ¿De acuerdo?
El señor Rebeck era un hombre ordenado que respetaba la propiedad ajena, y le
dolió la actitud de aquel nombre.
—Esto es inaudito —dijo—. Por lo que sabes de mí, podría ser un ladrón. ¿Cómo
sabes que no intento robar algo?
El hombre soltó una risa profunda, caldeada por el ron.
—No hay nada que robar. Los ladrones no van a hurgar en los cementerios.
¿Para qué?
—Los ladrones de cadáveres sí —replicó el señor Rebeck, que no estaba
dispuesto a darle la razón—. Los ladrones de tumbas. A lo mejor soy un ladrón de
tumbas.
Los ojos azules del hombre le inspeccionaron seriamente.
—Debería ser una tumba muy pequeña. No tienes más que un bolsillo.
Alguien tenía que imbuir en aquel hombre el sentido de sus responsabilidades. El
señor Rebeck pensó que había sido afortunado al tropezar con él. Afirmó bien los
pies en el suelo y se golpeó la palma abierta con el dedo índice de la otra mano.
—No te corresponde tomar decisiones —le dijo pacientemente—. No tienes que
decir quién es un ladrón y quién no lo es. Ése no es tu trabajo. ¿Me estás
escuchando?
—Sí —dijo el hombre, y agitó la botella ante la cara del señor Rebeck—. Bueno,
¿quieres esto o no?
—Dámelo —dijo el señor Rebeck cautelosamente.
Se alegraba de que el hombre no pareciera dispuesto a detenerle, pero la
desenvuelta dejación de sus deberes le entristecía y le causaba un vago disgusto.
Pensó en todas las noches en que se deslizó amedrentado en los lavabos, de
puntillas, creyendo oír su condenación en cada paso vacilante que daba, temeroso
incluso de mirar el edificio iluminado en el otro lado del camino porque, de alguna
manera, podría llamar la atención del celador. Se dijo amargamente que podría
haber desfilado con botas militares, entonando canciones de borracho y arrojando
piedras contra su puerta, y él ni siquiera se habría movido en su sueño. Ahora se
daba cuenta de que había disfrutado de las excursiones furtivas y lamentaba que se
hubieran terminado.
Bebió del gollete, sin atragantarse, aunque era la primera vez que lo hacía en
diecinueve años. El aroma del ron, una mezcla de chocolate y carbón, caldeó el
fondo de su garganta a medida que el licor bajaba.
Dio las gracias al hombretón y le tendió la botella. El otro meneó la cabeza.
—Tuya es —replicó, y empujó la botella que sujetaba el señor Rebeck con la
fuerza suficiente para hacerle retroceder tambaleándose—, hasta que termine la
mía.
—Bueno, eso es bastante justo —dijo el señor Rebeck, y tomó otro trago.
Entonces, recordando sus buenos modales, ofreció la mano al hombre—. Me llamó
Jonathan Rebeck.
—Yo soy Campos —dijo su compañero, y estrechó la mano tendida del señor
Rebeck con la suavidad tensa de quien es consciente de su propia fuerza—.
Sentémonos en alguna parte a beber esto.
—Eres un buen tipo y sabes ser sociable, pero también eres el peor celador que
he conocido en mi vida. Que no haya ningún tipo de pretensiones entre nosotros.
—Nada de pretensiones —convino Campos—. Pero siempre me he considerado
un celador bastante bueno.
—Eres un celador terrible —afirmó el señor Rebeck con toda seriedad. Entonces
tocó el brazo de Campos—. Disculpa, no quería herirte, pero ciertas cosas hay que
decirlas.
—Soy un celador terrible —dijo Campos en tono meditativo, encogiéndose
ligeramente de hombros—. Bueno, uno aprende algo nuevo cada día. Vamos,
siéntate.
Se sentaron en la hierba, ante la oficina del celador, pero Campos se levantó en
seguida, entró en la oficina y salió un instante después provisto de una radio
portátil con funda de cuero apretada contra el pecho.
—Mi música —explicó. Dejó la radio en el suelo, la encendió y movió el mando de
sintonía hasta encontrar una emisora que programaba música clásica. Entonces se
apoyó en la pared del edificio y sonrió al señor Rebeck—. Buena música. La escucho
continuamente.
El señor Rebeck se acomodó a su lado.
—Es muy bonita —comentó plácidamente. Sostenía la botella en el regazo,
haciéndola rodar entre sus palmas.
—Todo el santo día escuchándola, desde que empecé a trabajar aquí —dijo
Campos.
—¿Cuánto hace de eso?
—Ahora hace un año. Walters me consiguió el empleo.
Entonces el señor Rebeck cometió una indiscreción.
—¿Es el hombre del pelo claro?
—Sí. —La sospecha brilló por un momento en los ojos azul tinta de Campos—.
¿Por qué sabes cómo es Walters?
La despreocupada sensación de alivio que el señor Rebeck se había permitido
experimentar se extinguió por completo en su estómago con un murmullo de
reproche. Un hilo de ron penetró en un corte que tenía en un labio y le escoció.
—Le vi cuando vine aquí en otra ocasión... Conducía la camioneta, y creo que tú
ibas con él.
Campos no se dejó desconcertar. Su manaza se cerró sobre la botella que
sostenía el señor Rebeck y se la arrebató.
—No derrames mi ron de esa manera. Bueno, dime qué haces aquí esta noche.
Cerramos a las cinco.
—Me quedé encerrado —se apresuró a decir el señor Rebeck, y sonrió a Campos
para apaciguarle—. Ya sabes cómo vuela el tiempo cuando visitas a alguien, y antes
de que te des cuenta...
—No has entrado aquí en bata de baño —le interrumpió Campos. Señaló los pies
del señor Rebeck—. Ni tampoco con zapatillas de estar por casa. Walters no te
dejaría pasar. Yo sí, porque a veces estoy escuchando mi música y no me fijo en las
cosas. Conmigo podrías pasar, porque a veces no me doy cuenta de nada, pero
Walters no te habría dejado entrar vestido de esa guisa.
Terminó con una nota triunfal, y el señor Rebeck retorció el borde de su bata de
rizo y se sintió atrapado. Ahora no podía hacer más que abandonarse a la
misericordia de Campos, y, según su experiencia, la misericordia tendía a combarse
bajo el peso de un alma humana. Pero estaba cansado, eran las tres de la
madrugada y el hecho de estar sentado en un cementerio al lado de aquel hombre
desconocido y suspicaz le estaba envejeciendo rápidamente. Si no había más
remedio que decirlo, debía ser entonces, antes de que el ron y la aparente amistad
se hubieran agotado.
—Vivo aquí —dijo en tono neutro—. Vivo en un antiguo mausoleo, desde mucho
tiempo atrás. Ahora llama a la policía o pásame ese ron. Estoy demasiado viejo
para estas cosas.
—Claro —dijo Campos—. Ni siquiera me había dado cuenta de que lo tenía.
Pasó la botella al señor Rebeck, el cual le miró fijamente un momento antes de
tragar el licor con un sonido lastimero. Cuando por fin se atragantó, Campos le dio
unas palmadas en la espalda y le ayudó a enderezarse.
—¿Lo ves? Sabía que Walters no te dejaría entrar, por lo que imaginé algo así. —
Extendió la mano para tocar la tela de la bata—. Te vas a enfriar si andas por ahí
vestido con esto. Vas a coger un buen resfriado.
—Qué va —replicó el señor Rebeck—. Hace una noche muy cálida.
—Aun así —dijo Campos.
Subió el volumen de la radio y escuchó atentamente a un cuarteto de cuerda.
Era una pieza de Mozart o Haydn. Lo poco que el señor Rebeck supo alguna vez de
música clásica lo había olvidado por completo. Pero vio que Campos le miraba,
pendiente de su aprobación, y cerró los ojos y tarareó quedamente para indicar que
seguía la música.
—Magnífico, ¿eh? —dijo Campos, cuyo rostro reflejaba el anhelo de que el otro
refrendara su buen gusto—. Todo violines. Hace que me sienta liberado.
—Liberado —repitió el señor Rebeck, un poco temeroso de que pareciera una
pregunta—. Sí, liberado.
—Como cuando tenía veinte años, no trabajaba para nadie y podía volar —
explicó Campos—. Esa clase de liberación.
Escucharon juntos al cuarteto de cuerda. La música era alegre en las notas altas
y triste en las bajas, y caldeó el estómago del señor Rebeck tanto como el ron. Se
tendió en la hierba con las manos bajo la cabeza y la botella de ron equilibrada
sobre el pecho y contempló a través del ramaje las pocas estrellas que brillaban en
el cielo.
Se dijo que aquello era muy agradable. Le parecía inusitado porque él mismo no
lo había practicado mucho, pero tal vez era la respuesta a la pregunta de cuál es la
finalidad del hombre. Claro que podría no serlo. Quizá se tratara, sencillamente, de
un modo muy placentero de pasar el tiempo, con música, algo para beber y un
amigo..., aunque no estaba seguro de que pudiera considerar a Campos un amigo.
Era demasiado impredecible, incluso como amigo..., ni más bueno ni malo que el
viento y tan digno de confianza como éste. Con todo, ahora estaba en deuda con él
y compartían la bebida, cosas que a menudo forman un buen engrudo para
cimentar la amistad.
Cuando oyó el alegre «hola» de Campos, tuvo la seguridad de que el hombretón
saludaba a otro guardián, y se tensó contra el suelo, sintiéndose inmovilizado e
impotente, pero cuando oyó que la voz familiar de Michael Morgan respondía a
Campos, se irguió con tal rapidez que la botella de ron le cayó del pecho y su
contenido se habría derramado si Campos no la hubiera cogido al vuelo. Miró hacia
el camino y vio que Michael y Laura venían juntos.
Observó que parecían muy tangibles, extremadamente humanos, lo cual era en
parte comprensible, pues su transparencia no se evidenciaba contra la negrura a
sus espaldas, pero había algo más. Tenían una claridad precisa, había una nueva
nitidez en los detalles de su rostro y su cuerpo, como si cada uno hubiera
contemplado los ojos del otro y recordado de súbito cómo estaban colocados los
suyos. Caminaban con ligereza, Michael no golpeaba el suelo con los pies ni Laura
parecía rehuirlo a cada paso. Su aspecto era tan real que casi habrían podido
arrojar sombra o reflejarse en los espejos.
Pero todo esto cruzó un instante por su mente y se desvaneció. Su mirada se
deslizó de Campos a Michael y oyó que el hombre y el espectro se llamaban
mutuamente. Oyó reír a los dos y sólo supo que una risa era más profunda y
áspera que la otra. Laura le vio y le llamó por su nombre. Él respondió con un rígido
gesto de asentimiento, sintiéndose más viejo de lo que era.
—¿Puedes verlos? —preguntó asombrado a Campos, en un susurro.
—Claro. ¿Qué clase de estúpida pregunta es ésa? —El señor Rebeck no replicó.
Campos se puso en pie cuando Michael y Laura llegaron a su lado y les preguntó—:
¿Dónde habéis estado?
—Por todas partes —respondió Michael—. Hemos estado vendiendo cuentas de
colores y piezas de cerámica a los turistas. No es mucho, pero a nuestra manera
primitiva nos apañamos. A veces ella les obsequia con una danza primitiva mientras
yo relleno el primitivo talón de venta. Así se marchan felices.
—Hola —dijo Laura al señor Rebeck. Se sentó a su lado y posó una mano en la
suya. Él no notó el contacto, pero de súbito sintió frió en los dedos.
—Hola, Laura —le dijo, y, como no se le ocurría nada más, añadió—: Hacía
tiempo que no nos veíamos.
—Teníamos intención de venir y lo habríamos hecho... —Siguió la dirección de su
mirada, fija en Michael y Campos, y sonrió—. ¿Te sorprende que también podamos
hablar con Campos?
—Mucho —replicó el señor Rebeck—. No acabo de entenderlo.
—Si te he de ser sincera, nosotros tampoco. Fue Michael. Él tropezó primero con
Campos. Yo le conocí más tarde.
Michael volvió la cabeza hacia ella.
—¿Qué dices que he hecho?
—Encontraste a Campos. Se lo estaba contando al señor Rebeck.
—Así es —dijo Michael, satisfecho de sí mismo—. Conducía su camioneta y yo
salí al camino e intenté echarle el mal de ojo, porque quería comprobar si hay algo
cierto en los antiguos relatos de fantasmas. Y el sucio perro me atropello..., bueno,
pasó a través de mí.
—Supe que eras un fantasma —dijo Campos—. En cualquier caso, ¿no volví atrás
para asegurarme?
—Oh, sí, lo hiciste. Eso te lo concedo. Para asegurarte de que no habías fallado
el golpe. —Miró al señor Rebeck—. En fin, resultó que podía verme y hablarme,
igual que tú. Ahora Laura y yo tenemos la costumbre de venir a visitarle cuando
tiene turno de noche. Le cantamos y le contamos cosas. Así se mantiene despierto.
—Ya veo —dijo el señor Rebeck. Suspiró y su cuerpo se relajó—. Perdonad que
me haya sobresaltado, pero es que siempre he tenido la duda de si sería el único
hombre en el mundo capaz de ver a los fantasmas. Sé que parecerá codicioso, pero
al cabo de un tiempo empecé a sentirme como si lo fuera.
—Nunca hay una sola persona en el mundo capaz de hacer una cosa —dijo
Michael con naturalidad, y se volvió hacia Campos—. Oye, vigilante nocturno,
observador de la noche, cántame esa canción acerca del árbol. Se me olvida una y
otra vez.
—No se trata de un árbol —dijo Campos—. Estoy cansado de decírtelo.
—De acuerdo, no trata de un árbol, no tiene nada que ver con los árboles. Ahora
cántala.
Campos empezó a cantar en voz muy baja. La radio seguía emitiendo la música
del cuarteto de cuerda, y la voz gutural, casi chirriante, de Campos sonaba como
un quinto instrumento de cuerda, afinado en una escala distinta a la de los otros
cuatro y tocando una melodía sin ninguna relación que merodeaba alrededor del
círculo cerrado del cuarteto, confiando en que le dejaran integrarse.
No hay árbol que no tenga
sombra en verano.
No hay niña que no quiera
tarde o temprano...5
—Y repetición —dijo Michael con vehemencia—. Eso lo sé.
Su propia voz se unió a la de Campos y los dos repitieron la estrofa. La voz de
Michael era más ligera que la de Campos y más remota. Entonaba la letra
claramente y sin desafinar, pero su voz parecía muy levemente reducida en su
escala, como una voz a través del teléfono. Era la primera vez que el señor Rebeck
oía cantar a un fantasma, los cuales solían olvidar la música antes de que olvidaran
el nombre de la calle donde vivieron y, una vez olvidadas, nunca volvían a recordar
las canciones. Pero Michael cantaba con Campos y, además, una canción que el
señor Rebeck desconocía, y no parecía tener la menor conciencia de que estaba
haciendo algo fuera de lo común.
—Parece usted triste —le dijo Laura a su lado. El señor Rebeck no sabía que
había estado observándole. Se apresuró a requerir de sus labios una sonrisa
soñolienta.
—No estoy triste, pero creo que sí algo perplejo. Ésta ha sido una extraña
velada, y necesito algo de tiempo para acostumbrarme a las novedades. Pero no
5
En español en el original (N. del T.)
me siento desgraciado ni nada por el estilo.
—Eso está bien —afirmó Laura. Titubeó un instante y se apresuró a decir—: Creo
saber cómo se siente.
El señor Rebeck la miró e incluso en la oscuridad vio sus rasgos ordinarios, el
cabello lacio, la boca ancha, y vio también la belleza que por lo menos aquella
noche les había dado sin cambiarlos en absoluto.
—¿De veras? —le preguntó pensativo—. Porque yo mismo no losé.
—Yo sí —afirmó Laura.
En aquel momento Michael la llamó y ella dejó de hablar con el señor Rebeck y
añadió su voz al coro de la canción. Los tres la cantaron al unísono y el hombrecillo
les escuchó. La canción se elevaba como humo, un humo que tenía el color del ron.
El señor Rebeck pensó que Laura tenía la mejor voz de los tres. Era el recuerdo
de una voz aguda y dulce, una voz para jardines, riberas de ríos, viñedos y el elogio
de las aves marinas. Le miró mientras cantaba, y él cerró los ojos y escuchó la voz
femenina, buen entendedor a pesar de que era casi un profano en música. Hacía
largo tiempo que no tomaba ron ni escuchaba el canto de una mujer.
«¡Maldita sea!», pensó con tal intensidad que por momento creyó haber
pronunciado las palabras: «¡Sí, maldita sea! ¿Qué es lo que siento? ¿Qué es lo que
añoro? ¿Estoy triste, al fin y al cabo? No lo creo. ¿Por qué habría de estarlo?
Michael es feliz y Laura también..—, no hay más que mirarla. Campos es feliz, o
cualquiera que sea su emoción en estas ocasiones. ¿Por qué no puedo relajarme,
aceptar el momento y escuchar el canto? ¿Qué se retuerce en mi interior cuando
cantan?»
Oía la voz de Michael, polvorienta en los bordes, pero sincera y sardónica, y
comprendía que el joven disfrutaba cantando. Y la risa profunda de Campos, su voz
más intensa que las de los espectros, su aspereza en armonía con el significado de
la canción.
«Nunca cantan para mí —pensó el señor Rebeck—. Tal vez sea eso lo que me
entristece. Vienen a mí en busca de consuelo y conversación, vienen a mí para
jugar al ajedrez, pasear o simplemente estar junto a un ser vivo, pero cantan con
este hombre, y nunca los había visto tan felices. Les ha enseñado una canción y
ahora la cantan con él. ¿Podría haber hecho yo una cosa así?»
Laura jugueteaba con la melodía mientras ellos cantaban el coro, la lanzaba a lo
alto como si fuese una bola de oropel, dejando que hiciera guiños y destellara a la
luz mientras descendía hacia ella.
El señor Rebeck arrancó una brizna de hierba y se la puso entre los labios. Era
ácida, y masticarla resultaba agradable.
«¿Es su amistad lo que deseo o su dependencia? Creo que es muy importante
que lo sepa. ¿Lamento que pueden hablar entre ellos y con este hombre y me
asusta que pueda haber otros Campos? ¿Soy un hombre tan tedioso, incluso para sí
mismo, que temo que esos otros me quitarán a mis amigos? ¿Estoy tan casado y
tan carente de objetivos que quiero tenerlos conmigo para siempre, viviendo a
costa de su necesidad y su soledad? No puedes hacer eso, Jonathan. Son almas, y
no puedes hacer que las almas dependan de ti. Eso te convertiría sin duda en el
diablo.»
Cuando se ven queridos
no corresponden.6
Llegaron al final de la canción y se echaron a reír. El señor Rebeck se tendió en
la hierba y aplaudió.
—Bravo... y «brava» por Laura.
—¿Habéis captado mi armonía en el segundo coro? —preguntó Michael en
general, y nadie le respondió—. No lo digáis todos a la vez.
—Inolvidable —dijo secamente Laura.
—Sutil —afirmó el señor Rebeck, con el aire de un hombre que intenta ser a la
vez servicial y sincero—. Muy sutil.
—Tetradimensional —declaró Michael—. Pero no debo regañaros por vuestra
estupidez. No tenéis medios de comparación, ningún punto de referencia. Campos
aprecia mi armonía. Lo veo por su taciturno silencio.
—¿Qué significa la canción? —preguntó el señor Rebeck a Campos.
El hombretón se encogió de hombros.
—Significa que las mujeres son maravillosas. Nunca ha existido un árbol que no
dé sombra, una casa sin polvo en los rincones y una mujer que no amara a alguien
más tarde o más temprano. Los hombres son unos hijos de puta. En cuanto los
amas se dan a la fuga. No confíes en los hijos de puta.
—Sencilla sabiduría popular —dijo Michael—. Transmitida por los mayas. Cierra
los ojos, querida, y piensa en Inglaterra.
—Hay muchas canciones así —dijo Laura—, todas desde un punto de vista
femenino. Todas dicen que no confíes nunca en los hombres y te guardes de los
amantes. Todos los hombres te abandonan. Los fieles lo son porque se mueren
antes de que estén preparados para abandonarte.
—Hay una abundancia similar de canciones desde el punto de vista masculino —
replicó Michael—, sólo que no se cantan. No son divertidas ni bellas, y las canciones
de amor tienen que ser una cosa u otra, como la gente. Por eso nadie las canta en
los conciertos municipales, pero todo hombre sabe unas cuantas.
—Canta una —le desafió Laura—. Canta una ahora mismo.
—Tienes que estar de mal talante para cantar esas canciones, y mi estado de
ánimo es bastante placentero. Además, hay que cantarlas cuando uno no tiene
ganas de cantar, y ahora tengo muchas ganas de hacerlo. Te cantaré una, si lo
deseas, pero quiero que comprendas mis desventajas.
—¿Puedo cantar algo con vosotros? —preguntó el señor Rebeck—. La verdad es
que no sé cantar, pero me gustaría hacerlo.
Los otros tres le miraron, y el tomó sus expresiones como una mezcla de
embarazo y regocijo. Pensó que había cometido una estupidez. ¿Por qué lo había
hecho? Deseó retractarse.
Michael fue el primero en hablar.
—Por supuesto que puedes. ¿Creías que era necesario preguntarlo? —Se volvió
hacia Campos—: Enséñale El monigote, ésa sobre el pelele. Se aprende en cinco
minutos.
Pero Laura intervino en voz queda.
6
En español en el original. (N. del T)
—No, enséñanos algo nuevo, algo que ninguno de nosotros conozca. Esa es la
mejor manera de aprender canciones.
—La verdad es que no sé cantar —repitió el señor Rebeck, pero Campos la
interrumpió.
—Sé una nana —dijo alzando la voz—. La cantan a los niños. ¿Queréis
aprenderla? —Los tres asintieron—. Es la mar de fácil —añadió Campos—.
Escuchad.
Cantó en voz profunda, con la mirada perdida camino arriba mientras lo hacía.
Duérmete, mi niño, que tengo quehacer,
Lavar tus pañales, sentarme a comer.
Duérmete, mi niño, cabeza de ayote,
Que si no te duermes, te come el coyote.7
—He entendido lo del coyote —dijo Michael—. ¿Qué pinta un coyote en una
nana?
—Es como el coco. Significa: duerme, niño, que he de lavarte la ropa y comer
algo, duerme niño, cabeza de calabaza, que si no te duermes te atrapará el coyote.
—Oh, es encantadora —comentó Michael—. En Cuba saben cómo criar a los
niños. Nada de bromas.
Campos les hizo caso omiso.
—Luego sigue así:
Arru, arruru,
Arru, arruru,
Arru, arruru,
Arru, arruru,
El señor Rebeck, a espaldas de Michael y Laura, empezó a cantar algunas notas.
Había temido una incapacidad total de cantar, y cuando oyó las primeras notas de
la nueva voz en el coro, se sobresaltó tanto que se detuvo un momento. Sabía que
el desuso haría sonar su voz seca y oxidada, pero descubrió que cantar era
realmente doloroso. Tenía la garganta llena de serrín y no podía tragar. Notaba los
labios tensos y encostrados.
Sin dejar de cantar, Campos estiró el brazo y le puso la última botella de ron en
la mano. El señor Rebeck tomó un trago y notó que la pared de espinas en el fondo
de su garganta se desmoronaba y la canción pasaba sobre ella. Tomó otro trago
para eliminar las últimas espinas, devolvió la botella a Campos y empezó a cantar
de nuevo:
Arru, arruru,
Arruru, arruru.
Cuando finalizó el coro, el señor Rebeck empezó a cantar de nuevo toda la
canción. Lo hizo solo, en voz alta y alegre. En seguida perdió la armonía y encontró
algunos de sus retazos a medida que avanzaba, y cuando no podía alcanzar las
notas altas cambiaba de tono. Laura y Michael se miraron sonrientes, y el
hombrecillo tuvo la seguridad de que se reían de él. Pensó que estaba haciendo el
7
En español en el original. (N. del T)
payaso, pero se dijo que había nacido para eso y que ya se había tomado
suficientes vacaciones en su cometido. «Claro que se están riendo. Yo mismo me
reiría si no estuviera cantando.»
Pero también pensaba: «Duerme, niño, cabeza de calabaza», y cantaba las
sílabas carentes de significado con los ojos cerrados, porque temía pararse en seco
si veía que se estaban riendo de él.
Entonces Michael cantó con él, suavemente, abstraído, sin mirarle ni mirar a
nadie. Finalizaron juntos la canción.
Arru, arruru,
Arruru, arruru.
Michael cantó la última nota y se detuvo, pero el señor Rebeck sostuvo la nota
tanto como pudo, hasta que no le quedó aliento y tuvo que ceder.
Una pluma negra cayó del cielo, revelándose a la luz mortecina, y oyeron un
bufido de disgusto en la oscuridad, por encima de sus cabezas. Entonces el cuervo
se posó pesadamente entre ellos, batiendo sus alas con frenesí, como si acabara de
caerse del viento que le transportaba. Recobró el equilibrio, miró a los cuatro
parpadeando y dijo:
—¿Pero qué diantres es esto? ¿Terapia de grupo?
Michael fue el primero en reaccionar y señaló la pluma en el suelo.
—Creo que se te ha caído algo.
El cuervo miró apesadumbrado la pluma perdida.
—Aterrizo muy mal —admitió—. Jamás en mi vida he hecho un aterrizaje
respetable.
—Los colibríes aterrizan bien —observó Michael—. Como los helicópteros.
—Los colibríes son grandes —convino el cuervo—. Tenías que haberme visto
cuando descubrí que jamás sería un colibrí. Lloré como un polluelo. Es terrible
decirle una cosa así a una criatura.
—¿Qué haces levantado a estas horas? —le preguntó el señor Rebeck—. Deben
de ser las cuatro de la madrugada.
—Me levanto temprano. Sois vosotros los que trasnocháis. De todos modos, hace
demasiado calor para dormir. Estaba volando por ahí y oí al alegre club. ¿Acaso
celebráis algo?
—No —dijo el señor Rebeck—. Tampoco podíamos dormir.
El cuervo ladeó la cabeza para mirar a Campos.
—A este le conozco de alguna parte.
—Campos —dijo el hombretón—. Soy un celador terrible.
—Sí, te recuerdo. Una vez viajé en tu camioneta.
Campos se encogió de hombros.
—Viaja todo lo que quieras. La camioneta no es mía, pertenece al ayuntamiento.
—Saludable actitud —dijo el cuervo.
—Puede ver a Michael y Laura —le informó el señor Re—beck—. Como yo.
El cuervo deslizó la mirada de Campos al señor Rebeck y volvió a posarla en el
primero.
—Se comprende. Tenéis el mismo aspecto de chiflados.
—¿Qué aspecto es ése? —inquirió Laura.
—Con un pie aquí y el otro allí —respondió el cuervo—. La mitad dentro y la
mitad fuera. Un aspecto de chiflados. Lo distingo cuando lo veo. —Se volvió hacia
Michael—: Ultimas noticias y predicción del tiempo. Tu ex está metida en un lío
hasta el cuello.
—Sandra —dijo Michael, y se irguió rápidamente—. ¿Qué ha ocurrido?
Laura no se movió, pero al señor Rebeck le pareció que se había vuelto un poco
más transparente, más difícil de ver. Intentó verle los ojos, pero ella no le miraba.
—Los polis encontraron un trozo de papel en el suelo —dijo el cuervo—, un
trocito de papel en forma de cucurucho. Estaba lleno de residuos de veneno. Todo
el mundo está armando un gran jaleo por eso.
—¿Están sus huellas dactilares en el papel? —preguntó Michael.
El señor Rebeck pensó que parecía ávido y un poco cansado.
—No hay ninguna huella —dijo el cuervo—. Suponen que ella lo cogió con un
pañuelo al usarlo y se le extravió antes de que pudiera quemarlo.
Lo habían arrancado de una hoja de papel para mecanografiar. Ahora intentan
encontrar el resto de la hoja.
Michael volvió a tenderse lentamente.
—Entonces es eso, tiene que serlo. Todo ha terminado.
—Michael —dijo Laura en voz baja—. Déjalo, no te preocupes más. Ya no
importa.
Michael le respondió en un tono impetuoso y airado.
—Me importa a mí. Ella intenta demostrar que me suicidé. Si le dan la razón,
vendrán aquí con sus pautas y me exhumarán para enterrarme en otra parte, con
todos los suicidas. ¿Quieres que ocurra eso? ¿Te gustaría?
—No —dijo Laura—, no me gustaría. Pero no quiero que ella muera.
Se miraron con fijeza, uno y otra espectros desentendidos por completo de los
dos hombres y el pájaro negro. Michael fue el primero en bajar los ojos.
—No quiero que muera —aseguró—. Creía desearlo, pero no importa. Me tiene
sin cuidado lo que le ocurra, pero no quiero que muera.
—Gran descubrimiento —gruñó el cuervo, y cloqueó ligeramente, como si algo
que sólo él conocía le hiciera gracia—. Su abogado ha solicitado un aplazamiento y
le han dado una semana. Ahora el juicio será el día quince.
—La tiene bien cogida —dijo Michael sin regocijo—. Ella debe de saberlo. El resto
es sólo ritual. ¿Me informarás de cómo va el proceso?
—No me achuches —replicó el cuervo—. Hoy me daré otra vuelta por aquí,
después de echar un vistazo a los periódicos de la tarde. Te comunicaré cualquier
noticia nueva.
—Gracias.
Campos estaba sentado con las piernas cruzadas y la cabeza echada muy atrás,
contemplando el firmamento.
—¿Has perdido algo? —le preguntó el cuervo.
Campos bajó la cabeza y se frotó la nuca.
—Hoy no volará nadie. Va a llover.
El cuervo aceptó el cambio de tema.
—¿Cómo diablos lo sabes?
—Los pájaros no cantan —respondió Campos en serio—. Cuando oyes cantar a
los pájaros sabes que no lloverá. Los pájaros no salen cuando llueve.
—Eso es una solemne tontería —dijo el cuervo—. Antes también lo creía, pero ya
no. Una mañana, al despertar, el cielo estaba gris y parecía que iba a estallar una
tormenta de un momento a otro, pero oí cantar a los pajarillos y me dije: «Bah, mis
amigos emplumados no estarían ahí afuera cantando si fuese a llover, porque ellos
saben lo que hacen». Así que salí en busca del desayuno y apenas estaba al aire
libre cuando llovieron chuzos. Hube de quedarme allí, esperando hasta que tuviera
una buena oportunidad para refugiarme. Y aquellos cabroncetes con plumas no
dejaron de cantar durante el diluvio. Estaban parados en las ramas de los árboles y
cantaban. Tardé una semana en secarme del todo. Desde entonces no he vuelto a
confiar en un pájaro ni pienso hacerlo jamás.
—No te gustan los pájaros, ¿verdad? —observó Laura—. Nunca te he oído hablar
bien de ellos.
—No es que no me gusten, sino que no confío en ellos. Cada puñetero pájaro
está un poco chiflado.
—Tú también —rezongó Campos—. Tú también.
—Sí, yo también. Soy el más chiflado de todos. —Empujó la pluma perdida con
una garra amarilla, y al final la cogió con el pico y se la dio al señor Rebeck,
diciéndole—: Ponla en algún sitio.
El hombrecillo se la guardó en el bolsillo.
—Os diré una cosa —siguió diciendo el cuervo—. Cierta vez volaba por el Medio
Oeste. —Se interrumpió de pronto, cerró los ojos un momento, volvió a abrirlos y
empezó de nuevo—: Volaba por el Medio Oeste, lowa o Illinois o algún lugar de
ésos, y vi una puñetera gaviota de buen tamaño. Allá, en medio de lowa, nada
menos que una gaviota. Volaba en amplios círculos, unos círculos grandes de veras,
como vuelan las gaviotas, aleteando lo mínimo para sostenerse con las corrientes
ascendentes. Cada vez que veía agua, se lanzaba en picado hacia ella, gritando:
«¡Lo encontré! ¡Lo encontré!». La pobre hija de puta estaba buscando el mar, y
cada vez que veía agua creía haberlo encontrado. No sabía nada de estanques ni
lagos ni cosas parecidas. Durante toda su vida no había visto más agua que la del
mar, y creía que ésa era toda el agua que existía.
—¿Cómo llegó a lowa? —le preguntó Michael.
—Se quedó dormida y no pudo apearse en su estación —replicó el cuervo
desdeñosamente—. ¿Cómo voy a saberlo? Lo más probable es que se perdiera en
una tormenta. En cualquier caso, seguía volando en círculo, buscando el océano. No
se desalentaba ni tenía miedo. Sabía que iba a encontrar el maldito océano, y todos
los estanques y arroyos no le molestaban en absoluto. A lo mejor todavía está allí
volando en círculo. Los pájaros son así.
Inclinó la cabeza para rascarse la pechuga y el vientre entre las suaves plumas
interiores. Ahora las estrellas se extinguían, una tras otra, caían como monedas
detrás de las antenas de televisión, las claraboyas y la ropa tendida entre las
chimeneas. El cielo estaba todavía oscuro y parecía una mujer satisfecha vestida de
azul marino, pero la hierba estaba inquieta, a la espera del alba.
—¿Hiciste algo? —preguntó por fin el señor Rebeck—. ¿Le ayudaste?
—¿Qué podía hacer? ¿Qué diablo puede uno hacer por una gaviota en lowa? Me
fui volando.
—Deberías haber hecho algo —observó Laura—. Sin duda hay algo que podrías
haber hecho.
—Por todos los santos, mujer, no sabía dónde estaba el mar. También yo me
había perdido. De lo contrario, ¿qué habría estado haciendo en lowa?
—No te pierdes nunca —dijo Laura—. Sin duda podrías haberle ayudado. Podrías
haber hecho algo.
—¿Qué? ¿Quieres decirme qué podría haber hecho? —El pico del cuervo produjo
un sonido como un tecleo de telégrafo—. Ése es el problema con vosotros, los
puñeteros seres humanos. Dices «habría que haber hecho algo, deberías haber
hecho algo», y con eso te das por satisfecha, se acabaron las responsabilidades. No
me vengas a mí con ésas. Yo soy estúpido, no sé ayudar a nadie. También me
había perdido.
Miró a todos, furibundo, mascullando algo, sus ojos relucientes como las
condecoraciones de guerra del diablo, consciente y solo.
—De acuerdo —dijo Michael en voz muy baja—. Tienes razón y yo soy un
hipócrita y lo he sido durante toda mi vida. Pero eso no impide que me apenen las
gaviotas.
—No tenía por qué impedirlo —replicó el cuervo. Miró la boca rosada que estaba
empezando a abrirse en el este—. Está amaneciendo.
—Esperaremos —dijo el señor Rebeck soñoliento. Sentía sus ojos tan pesados
como si fuesen cojinetes de bolas y el cuello ya no podía sostener su cabeza
erecta—. Canta algo, Laura, cántanos algo mientras esperamos el alba.
—Está medio dormido —dijo Laura—. Le llevaremos a casa. Puede contemplar el
amanecer mientras caminamos.
—No. Nos hemos pasado la noche sentados aquí juntos. Contemplamos juntos el
amanecer. Es importante. —Hizo un gran esfuerzo para no bostezar y lo consiguió.
—Hay un amanacer todos los días —observó el cuerpo—, y cada uno es como los
demás. Estás muerto de cansancio.
—Una imagen con una singular falta de tacto —murmuró Michael.
—Le cantaré una canción —dijo Laura al señor Rebeck. Éste no podía verla, pero
la voz de la muchacha sonaba muy cerca de él—. Estírese y se la cantaré. Puede
contemplar el amanecer estirado.
El señor Rebeck se tendió y notó la hierba aplastada bajo su cuerpo. Se metió la
mano en el bolsillo de la bata y tocó la pluma perdida del cuervo. Pensó que el ron
le había adormecido. Debería haber bebido con moderación, después de tanto
tiempo sin hacerlo. Campos estaba diciendo algo, pero sus palabras eran como
cerillas encendidas en una tormenta. El señor Rebeck sintió una cálida rojez detrás
de los párpados cerrados y supo que el sol empezaba a salir.
—Anda, canta —le dijo a Laura.
La risa de la muchacha fue muy suave, como una almohada para su cabeza.
—¿Qué le cantaré? ¿Una canción con acertijo? ¿Una nana? ¿Una canción para
amantes? ¿Una canción sobre el amanecer y la salida del sol? ¿Qué quiere que le
cante?
El señor Rebeck empezó a hablarle de la clase de canción que quería, pero se
quedó dormido y así no vio aquel amanecer determinado. Hubo otros, y hermosos
por cierto, con canciones para acompañarlos, pero en los años posteriores siempre
lamentó haberse perdido aquel amanecer. «El ron tuvo la culpa —solía decirse—. Te
adormeció.»
Campos le llevó a casa.
10
—No te preocupes por eso —le dijo Michael—. Si no viene hoy. vendrá mañana.
—No, no vendrá —replicó el señor Rebeck. Estaban sentados en los escalones del
mausoleo, mirando el corto sendero que llevaba a la Avenida Central—. Mañana es
domingo y ella nunca viene en domingo. No sé por qué, pero nunca lo hace.
Michael le miró de soslayo.
—Por lo menos sabes a qué día estamos. Antes te veía mirar mi tumba para
recordar el año.
El señor Rebeck raspó ociosamente con un guijarro el escalón por debajo de él.
—No siempre recuerdo a qué día estamos. Cuando lo hago se debe a que un día
sin la visita de la señora Klapper es muy distinto a un día en el que ella viene.
Ahora tengo dos clases de días. Antes tenía una sola.
—Yo tengo una sola —dijo Michael—. Una larga, con una subdivisión. No te
preocupes —añadió cuando el señor Rebeck se mantuvo en silencio—. Vendrá hoy.
—No me preocupo. Vendrá cuando le apetezca. ¿Qué hora es?
Michael se echó a reír.
—Que me aspen si lo sé. Últimamente, el tiempo y Morgan no tienen nada en
común.
—Uno de nosotros debería saber qué hora es.
—Bueno, ése no seré yo —replicó Michael. La monotonía del tono de Rebeck le
había desconcertado un poco—. ¿Para qué quieres saberlo? ¿Qué más da?
El señor Rebeck tiró el guijarro.
—Cierran las puertas a las cinco. Si viene tarde, no podrá quedarse mucho
tiempo. No me gustan nada esas ocasiones en que viene, me saluda y se va.
—No tiene que irse de inmediato —dijo Michael—. Walters suele hacer la ronda
un par de veces al día para comprobar que nadie se haya quedado encerrado. La
señora Klapper puede quedarse pasadas las cinco.
—Ya se lo he pedido, pero ella siempre tiene que ir a casa y hacer la cena. —El
señor Rebeck miró el cielo cálido y brillante con el ceño fruncido—. O bien tiene que
hacer de canguro para alguien. Eso le encanta. Los padres se van al cine y ella se
sienta en la sala de estar y escucha la radio. Al día siguiente se pasa horas
contándome cómo acostó a la criatura y qué hizo cuando ésta se despertó en plena
noche llamando a su mamá a berridos.
—¿No tiene hijos propios?
—No —dijo el señor Rebeck—. Tiene muchos sobrinos, chicos y chicas. Es una
familia muy numerosa. —Se metió las manos en los bolsillos y se recostó en los
escalones—. Hoy no va a venir. Es demasiado tarde.
—No cedas al pánico —le dijo Michael—. Aún tiene tiempo. —Se levantó y dio
unos pasos por la hierba—. Creo que voy a buscar por ahí a Laura. A lo mejor
vendremos más tarde y te contaremos un cuento para que te duermas.
El señor Rebeck sonrió y estiró las piernas bajo el sol de la tarde.
—De acuerdo. Eso estaría bien.
Lo del cuento para dormir era una broma constante entre ellos desde hacía más
de una semana, la mañana en que Campos, sin dejar de cantar y tambaleándose,
guiado pacientemente por Michael y Laura y obscenamente por el cuervo, le llevó a
casa, le cubrió con las mantas y luego él mismo se quedó dormido en los escalones
del mausoleo. Cuando despertó, a primera hora de la tarde, el señor Rebeck le
encontró allí, y compartieron el desayuno. Desde entonces no había vuelto a ver a
Campos.
—Aquélla fue una buena noche —comentó. Le gustaba hablar de ella—.
Deberíamos pasar más veladas así.
—No te vayas de aquí y las pasaremos —dijo Michael sombríamente. Volvió junto
al señor Rebeck y se sentó dos escalones por debajo de él—. Últimamente he
empezado a elaborar un concepto de la eternidad trivial pero útil. Escucha mi
pensamiento.
El señor Rebeck esperó, pensando: «Claro que escucharé tus pensamientos. Eso
es lo que hago. Eso es lo que soy realmente, tus pensamientos y los de otros».
Asintió para mostrar a Michael que le estaba escuchando.
—Aquella noche también yo me divertí —dijo Michael—, pero pensaba
continuamente en que aquello era para siempre. Volvería a pasarlo bien una y otra
vez, un millón de veces y más, hasta que fuese como una representación en la que
tú, Laura y unas pocas vidas fugitivas nos sentaríamos alrededor de un fuego
imaginario, hablaríamos, cantaríamos, nos amaríamos y a veces arrojaríamos
tizones imaginarios a los ojos parpadeantes más allá del círculo de luz imaginaria. Y
entonces pensé..., y en este punto parecía un filósofo de veras, que incluso cuando
admites conocer todos los diálogos que se dicen en la obra y todas las canciones
que se cantan, incluso cuando sabes que esa velada que pasas con tus amigos es
placentera y alegre porque así es como la recuerdas y no la cambiarías por nada del
mundo, incluso cuando sabes que cuanto sientes por esos buenos amigos no tiene
más realidad que un sueño fielmente recordado cada noche durante mil años...,
incluso entonces continúa, incluso entonces acaba de comenzar.
El aire estaba inmóvil, tallado, un bloque de cobre cálido pulcramente encajado
alrededor de la tierra, moldeado cuando estaba blando para que contorneara cada
casa y cada ser humano de la tierra, y ahora endurecido para siempre, de modo
que ningún hombre pudiera moverse y el aire no pasara jamás a su través. La
tierra avanzaba con un ruido sordo por su callejón como una bola de bolera dorada,
resplandeciente.
Michael siguió hablando:
—La gente imaginaba el infierno como un lugar donde se practica el mal, y estar
en el infierno era sufrir maldades eternamente, por lo que uno debía alabar a Dios y
no empujar, ya que hay bastante espacio en la galería para todas las almas
benditas. Pues bien, Morgan amplía esa idea. El infierno es la eternidad. El infierno
es que te hagan constantemente bueno o malo. Al cabo de mil millones de milenios
ya no existe el bien ni el mal. Hay tan sólo algo que sucede y que ya ha sucedido
antes. Piensa en ello... eternamente, para siempre. No sabemos qué significa esa
palabra, y morimos ignorantes y desarmados. No me pidas que asista a más
sesiones alegres alrededor de la fogata de campamento, amigo mío. Iré,
naturalmente. No me las perdería. Pero no me lo pidas.
Volvió a levantarse, bajó los escalones y cruzó el césped con el movimiento
flotante y corcoveante de un globo cautivo: un recuerdo de forma humana, un
invento de su imaginación.
—No puedo ayudarte —le dijo el señor Rebeck. Habló en voz muy baja, pero
Michael le oyó y se volvió hacia él.
—Hombre, no te he pedido eso, no te he pedido que me ayudaras. Te tengo
mucho cariño, pero nunca te pediría que me ayudes. Jamás volveré a pedir a nadie
que me ayude. Saluda a la señora Klapper de mi parte.
Se alejó y el sol le devoró rápidamente. El señor Rebeck se sentó en los
escalones del mausoleo, agradecido por la sombra que ofrecía el edificio. De
repente se levantó una brisa fría que se hizo audible al agitar la hierba y sisear con
intensidad entre los árboles, pero no llegó al señor Rebeck. Éste se desabrochó la
camisa y liberó los faldones, pero la brisa había cesado y los árboles dejaron de
moverse. Su piel siguió empapada en sudor y percibió el familiar olor agrio de su
cuerpo. Más tarde, cuando oscureciera, iría a los lavabos y se lavaría. No le gustaba
el jabón líquido del que un recipiente de vidrio suministraba un chorrito, pero
tendría que conformarse.
Pensó que estaba cansado y tal vez se debía al calor, pero se había sentado allí
en numerosos veranos y nunca había experimentado aquella sensación de fatiga.
Estaba cansado de ser útil y consolador. Ignoraba a qué se debía, pero la imagen
que tenía de sí mismo, como un hombre comprensivo que flotaba en amabilidad
como una cereza en un licor azucarado, empezaba a arrollarse por los ángulos.
Deseó que le ocurriera algo, algo que le enseñara exactamente lo cruel, celoso y
vengativo que era capaz de ser. Luego podría volver a la dulzura, pues la prefería a
la brutalidad por sí misma, no porque tuviera el valor de ser cruel. Tal vez incluso le
gustaría la crueldad. Dudaba mucho de que así fuera, pero debería averiguarlo.
Recordó al cuervo, cuando castañeteó con el pico y dijo: «Soy estúpido. No sé
cómo ayudar a nadie. Yo también estaba perdido».
«Creo que soy bueno —se dijo—, y por eso me puedo permitir excitarme
agradablemente al pensar en el mal, como un niño se asusta a sí mismo con los
relatos de horror. No soy un hombre malo, pero no juicioso ni tampoco
comprensivo. Y no obstante, si pierdo esta agradable y cómoda piel que me cubre,
¿cómo encontraré algo con que sustituirla? Ojalá fuese más joven y la piel me
creciera fácilmente.»
—¡Eh, Rebeck! —le llamó en aquel momento la señora Klapper, y él salió a toda
prisa del sótano de su mente, se levantó de un salto y bajó por el sendero al
encuentro de la mujer, la cual agitaba un brazo mientras iba hacia él.
El hombrecillo notó que los faldones de la camisa aleteaban alrededor de su
cintura y se los metió bajo los pantalones mientras andaba. Abrochó todos los
botones y luego desabrochó el del cuello.
La señora Klapper llevaba un vestido azul que él ya le había visto en otra ocasión
con agrado, y un sombrero irracional en forma de media luna que ella estimaba y
defendía con vehemencia. El señor Rebeck también le había tomado cariño, pero
ésa era una de las cosas que se negaba a admitir a la mujer. Ahora deambuló
alrededor de ella, con las manos enlazadas a la espalda y la cabeza hacia adelante,
mirando fijamente el sombrero. Ella torció el cuello para seguirle.
—Bueno, ya está bien —le dijo, y se llevó una mano al sombrero como para
protegerlo del ataque que quizá él estaba tramando—. Me lo he puesto, ¿y qué?
¿Quieres que lleve un salacot como el doctor Livingstone? No te metas con eso,
Rebeck.
—Es que me fascina —replicó el hombrecillo. Permaneció con una mano en un
bolsillo trasero del pantalón y rascándose la cabeza con la otra—. No puedo quitarle
los ojos de encima. ¿Lo sujetas con una aguja?
—No, tengo un tarro de engrudo de encuadernar y me ha parecido una lástima
desperdiciarlo. Deja en paz mi sombrero, Rebeck. Él nunca te ha molestado. —
Respiraba con dificultad y se abanicaba ineficazmente con la mano—. Uf, qué calor
hace. Treinta y dos grados, según la radio. Vamos a sentarnos en alguna parte.
—De acuerdo —dijo el señor Rebeck.
Observó que la mujer llevaba un impermeable liviano doblado sobre el brazo, lo
cual no le sorprendió demasiado, a pesar del día radiante, pues sabía que la señora
Klapper se fiaba tanto del tiempo como de los horarios de los autobuses. De haber
vivido en la antigüedad, habría hecho sacrificios propiciatorios a un dios de los
fenómenos atmosféricos poseedor de una inteligencia vengativa y un pelotón de
pequeños ayudantes que se apresurarían a informarle cada vez que la señora
Klapper decidiera ir a alguna parte.
Durante el trayecto de regreso al mausoleo, el señor Rebeck le dijo:
—Creí que no ibas a venir.
Lo dijo con tanta despreocupación como le fue posible, pues no era por
naturaleza un hombre despreocupado.
—El metro se encontró en un cuello de botella —se apresuró a explicar la señora
Klapper—. Había un tren delante de nosotros y otro detrás, estábamos en el medio,
nadie se movía, había un estrépito de silbidos y zumbidos y los ventiladores no
funcionaban. Perdimos media hora, tal vez más. Perdóname por llegar con retraso.
—He esperado toda la tarde —le informó el señor Rebeck.
No era más que la expresión de un hecho, pero ella lo tomó como un ligero
reproche y una muestra de autocompasión.
—Preocuparte un poco te hará bien. De esa manera nunca engordarás. —
Caminaba como si todos los caminos fuesen aceras y cada uno de ellos cuesta
arriba—. De todos modos he venido corriendo. ¿No ves que jadeo como un perro?
Si corro más rápido me da un ataque. Entonces ¿estarías contento?
—Bailaría en las calles —replicó el señor Rebeck.
Habían llegado al mausoleo, y la señora Klapper sacudió el escalón superior,
como hacía siempre, y se sentó con un profundo suspiro de satisfacción. Se quitó
un zapato y empezó a masajearse los dedos de los pies, meneándolos de vez en
cuando para ver si respondían al tratamiento.
—Completamente ateridos —observó, mirando al señor Rebeck—. Mis dedos no
tienen más sensación que un arenque salado. Además, creo que me he quebrado
un empeine. Llama a la ambulancia, Rebeck. Trae una camilla, llévame fuera de
aquí, ¿a qué estás esperando? —Se aferró los dedos torturados, los cuales
crepitaron como cáscaras de cacahuetes.
El señor Rebeck permaneció azorado en presencia de la modesta femineidad que
conlleva incluso algo tan simple como el masaje de unos pies. Observó que el pie
de la señora Klapper era pequeño y estaba limpio, con el único defecto de los callos
en las plantas y los talones que aparecen en un pie si su poseedor tiene el hábito
de andar por la casa descalzo. Juzgado sencillamente como tal, era un pie atractivo.
El hombrecillo se sintió mejor cuándo su amiga se calzó de nuevo.
—¿Quieres un poco de agua? —le preguntó.
La señora Klapper asintió con vehemencia.
—¿Tienes agua? Tráemela. —Entonces frunció el ceño—. Espera un momento.
Tendrías que ir hasta la puerta para buscarla. Olvídalo, no estoy tan sedienta.
Déjalo correr.
El señor Rebeck sonrió y le dio unas palmaditas en el hombro.
—No temas nada. Regresaré en seguida.
Subió los escalones del mausoleo y salió un instante después con una tacita de
plástico. Rodeó el edificio y recorrió veinte metros hasta un grifo oxidado que
estaba en el césped, cerca de un parterre de flores. Llenó la taza y regresó al
mausoleo, donde se la ofreció a la señora Klapper con un ademán elegante.
—Me he olvidado de tu ramillete —le dijo—, pero puedes llevarte esto a casa y
cultivarlo tú misma.
La señora Klapper no perdió tiempo en bromas. Vació la taza de tres tragos
desinhibidos, volvió a inclinarla para apurar las últimas gotas y dijo:
—Gracias. No me había dado cuenta de la sed que tenía. —Entonces su rostro se
ensombreció y miró con expresión de culpabilidad la taza vacía—. Lo siento,
Rebeck, qué egoísta soy —se lamentó—. Estaba tan sedienta que no te he dejado
nada. Qué egoísta eres, Klapper.
—No te preocupes —dijo el señor Rebeck, y se sentó a su lado—. No me apetecía
beber.
—Te diré lo que voy a hacer —replicó la señora Klapper—. Dime dónde está la
fuente e iré a buscarte un poco de agua. ¿Dónde está? —Empezó a levantarse.
—No te molestes, de veras. No tengo sed.
—¿Con un tiempo como éste no tienes sed? No seas tan noble y vivirás más.
Tenía tanta sed que mi boca parecía una marmita doble. No me digas que no estás
sediento, dime sólo dónde está la fuente.
—Mira —dijo el señor Rebeck, adoptando inconscientemente algo del tono de voz
de la mujer, como hacía siempre que ella llevaba un rato en su compañía—. Vivo
aquí y el grifo está ahí cerca. Puedo ir a beber cada vez que me apetece. Poco
antes de que llegaras tenía sed y fui a beber, pero ahora no estoy sediento. Anda,
siéntate y deja de corretear de un lado a otro.
—¿Quién estaba correteando? —le preguntó la señora Klapper, pero volvió a
sentarse y suspiró—: Rebeck, no es nada fácil hacerte Un favor. Una siempre tiene
que debértelo. Ésa no es forma de mantener las amistades.
El señor Rebeck sonrió. Se sentía muy relajado y poco preocupado.
—Afortunadamente... —empezó a decir, pero la señora Klapper le interrumpió
con un grito repentino. Acababa de recordar algo.
—¡Boba! ¡Idiota! Sabía que te había traído algo. ¡Qué boba! Aquí tienes, un gran
regalo, con saludos del Ejército de Salvación. —Antes de que él pudiera hablar, le
echó el impermeable sobre el regazo—. Aquí tienes. Ahora si coges pulmonía doble,
no me eches la culpa. He hecho lo que he podido.
El señor Rebeck miró parpadeando la prenda sobre sus rodillas, y tocó el suave
tejido gris.
—¿Esto es para mí?
—No, para el presidente Eisenhower. ¿Dónde tienes el cerebro? Claro que es
para ti. ¿Lo traería hasta aquí para mí? Es un impermeable, para que no te mojes
cuando llueva y agarres un resfriado. —Se echó a reír y alargó la mano para bajar
el cuello de la prenda.
—Es un bonito impermeable —dijo el señor Rebeck, y lo alzó de su regazo para
contemplarlo—. Pero no sé...
—¿Saber? ¿Qué quieres saber? Claro que es un bonito impermeable, y útil, te
mantendrá seco. Cuando creas que va a llover, te lo pones. Que no llueve, pues es
estupendo que no lo necesites. Pero si empieza a llover, te lo pones y santas
pascuas. Por algo es impermeable.
El señor Rebeck palpó la prenda sin mirar a la mujer.
—Sí, ya sé cómo se usa.
Su tono desangelado finalmente empañó el regocijo de la señora Klapper, la cual
le miró sorprendida.
—¿Qué pasa? —inquirió, chasqueando los dedos de súbito—. ¿Acaso crees que te
va grande? No, no es demasiado grande. A ver. —Le cogió el impermeable—.
Levántate y póntelo un momento. Verás cómo no te va grande.
El señor Rebeck no se levantó.
—No, no se trata de eso. —Se ladeó en el escalón para mirar de frente a su
amiga—. Gertrude... —sólo era la segunda o tercera vez desde que se conocían que
la llamaba por su nombre de pila—. Te lo agradezco mucho, pero no puedo aceptar
este impermeable.
La expresión afligida de la mujer hizo que su estómago se contrajera, aunque
sabía que sólo duraría un par de segundos. Durante ese breve tiempo la señora
Klapper estuvo sin defensas y el señor Rebeck se sintió culpable y débil. Nunca
había sabido, y nunca aprendería, cómo tratar a gente desarmada.
Entonces la señora Klapper contraatacó.
—¿No puedes aceptarlo? ¿Por qué razón? ¿A qué viene esto, Rebeck? ¿Es que
estoy comprándote el alma? Te regalo un impermeable. ¿Qué tiene de malo?
—No necesito un impermeable —respondió el señor Rebeck.
—¿Por qué? ¿Acaso eres un pato? —Su expresiva boca se curvó hacia atrás como
una catapulta y le lanzó las palabras—: ¿Tienes membrana en los pies y el agua se
escurre por tu lomo? ¿Qué significa eso de que no necesitas un impermeable?
¿Todo el mundo necesita un impermeable y de repente resulta que tú no?
—Sería un despilfarro —dijo el señor Rebeck—. En todo el tiempo que llevo
viviendo aquí, jamás he usado impermeable.
—Entonces eres un chiflado —le dijo prestamente la señora Rebeck—. Ya es
bastante malo vivir en un sitio así, ¡pero sin impermeable...! ¿En veinte años no te
ha sorprendido la lluvia ni una sola vez? ¿Ni una sola?
—Claro que sí, pero esto está lleno de refugios..., árboles, mausoleos, las
dependencias de los celadores. La verdad es que nunca me he mojado. —Rebuscó
en su mente alguna prueba que tuviera significado para ella—. Nunca he estado
enfermo.
La señora Klapper meneó la cabeza, con una expresión de disgusto por la
ignorancia que el hombrecillo revelaba.
—¿Crees entonces que nunca vas a mojarte ni a caer enfermo? Créeme, Rebeck,
algún día te calarás hasta los huesos, cuando enfermes será de pulmonía triple, ¿y
qué harás entonces? —Volvió a echar el impermeable sobre su regazo—. Mira,
¿cuesta tanto llevarlo cuando salgas? —Le brillaron los ojos al encontrar una posible
razón de su rechazo—. ¿Crees que lo necesito? Pues no. Tengo un millón de
impermeables, un armario lleno de impermeables, podría llevar uno distinto cada
día. No me lo robas, ¿sabes?
El señor Rebeck meneó la cabeza.
—No, Gertrude. —Dobló pulcramente la prenda y se la tendió. Como ella no
quiso aceptarla, la dejó en el escalón entre ellos—. Te lo agradezco muchísimo —
añadió, sabiendo que no se atrevía a quedarse con el impermeable y deseando al
mismo tiempo suavizar el rechazo—. Ha sido un gesto espléndido, Gertrude, pero
sería un despilfarro. No lo necesito.
—Lo que necesitas es una camisa de fuerza —respondió la señora Klapper, pero
lo dijo abstraída, sin malicia. Se alisó el vestido sobre las rodillas y sonrió de
improviso, afectuosamente—. De acuerdo, no lo aceptes. Con la edad me estoy
volviendo una latosa. Ya hablaremos de ello más tarde.
—De acuerdo —dijo el señor Rebeck—. Más tarde.
Para la señora Klapper ese tiempo podía oscilar entre un par de minutos y dos
años. El hombrecillo esperó, por el bien de su capacidad de resistencia, que en
aquella ocasión significara lo último.
Ahora, sin un cambio de marcha audible, la mujer había iniciado otro tema.
—Oye, anoche hice de canguro para mi cuñado, el dentista. Ya te he hablado de
él. Quería llevar a mi hermana al estadio Lewisohn, así que me llama y dice:
«Gertrude, si tienes la noche libre, ¿podrías venir para vigilar que Linda no se caiga
de la cama?». Bueno, su hija es una muñeca. Tiene seis años y es una muñequita.
Cuidar de ella es un placer, no como con ciertos niños. Te enseñé su foto, ¿verdad?
El señor Rebeck asintió. No dejaba de ser sorprendente que siempre se hubiera
mantenido al tanto de la parentela de su amiga, cosa que ella no siempre podía
hacer. Aún más, le gustaba que le hablara de sus familiares, únicas personas fuera
del cementerio de las que sabía algo, y había llegado a la conclusión de que le
gustaban mucho, con excepción de los dos primos a los que la señora Klapper no
podía soportar.
—Bien, llegué a su casa hacia las seis, mi hermana y mi cuñado se fueron al
concierto y me quedé jugando con Linda. Qué muñeca, esa criatura, es un privilegio
cuidar de ella. Su hora de acostarse eran las siete, pero permití que siguiera
levantada hasta las siete y media, pues nos divertíamos mucho. En fin, la llevé a la
cama, le di las buenas noches y ella me cogió la mano y me pidió que le contara un
cuento.
Ahora era a la vez ella misma y Linda, y cambiaba de un personaje a otro, de
mujer a niña y de nuevo mujer, con la facilidad eléctrica con que cambian los
colores de los semáforos.
—¿Un cuento? De acuerdo, que Dios me ayude, ¿qué clase de cuento? Y ella
dice: «El de la gallinita roja». Gracias a Dios que ese por lo menos lo conozco. Soy
la única mujer del mundo que no sabe el cuento de la Bella Durmiente, pero el de la
gallinita roja lo conozco como la palma de mi mano. Así que empiezo a hablarle de
la gallinita roja que vive en una granja con otros animales y se le mete en la cabeza
que ha de hornear una hogaza de pan. ¿Sabes a cuál me refiero?
—Sí —dijo el señor Rebeck—. No lo recuerdo muy bien pero lo conozco.
—Bueno, pues sigo adelante con el cuento y de repente Linda se sienta en la
cama, me mira con una gran desconfianza y exclama: «¡Esa no es la gallinita
roja!». Es una criatura adorable y todo eso, pero conozco a fondo ese cuento de
hadas, así que le digo: «Claro que es la gallinita roja. ¿Crees que te mentiría,
Linda?». Y ella insiste: «¡Esa no es la gallinita roja!», y me digo «Jolines, dentro de
un momento se echará a llorar. ¿Qué voy a hacer?». Y entonces se me ocurre
decirle: «Bueno, a lo mejor hay dos relatos sobre la gallinita roja. Cuéntame el que
sabes tú». Ella deja de llorar, gracias a Dios, y empieza a contarme su cuento sobre
la gallinita roja, la cual ha hecho un trato por el que ha de poner un huevo diario o
le cortarán la cabeza, así que compra el huevo en un supermercado. Me cuenta
toda una historia que nunca había oído hasta entonces y me quedo allí
escuchándola boquiabierta.
Abrió los brazos y miró impotente al señor Rebeck.
—Dime, Rebeck. ¿Puede haber dos relatos sobre la gallinita roja o se trata de un
invento de la pequeña? No lo sé. La verdad es que no supe qué decirle a Linda.
El señor Rebeck se reía. Había empezado a hacerlo a mitad de la anécdota,
siguió haciendo hasta el final y no mostraba signos de que fuera a detenerse en
seguida. Reía de manera pausada, satisfecho, como quien recuerda algo sucedido
hace mucho tiempo.
—Sólo conozco tu versión del cuento —le dijo cuando por fin dejó de reír—. Creo
que Linda se confundió con algún otro cuento de hadas.
La señora Klapper meneó la cabeza, con una expresión dubitativa.
—Lo contó como si lo supiera de memoria. Llegó hasta el final y, zas, se quedó
dormida. —Volvió a menear la cabeza y empezó a reír—. Ah, así es Linda. La
próxima vez que vaya a cuidarla y me pida que le cuente un cuento, le diré: «De
acuerdo, pero decídete: ¿el mío o el tuyo?».
Cuando dejaron de reír, y no se interrumpieron de inmediato, sino que dejaron
que su risa se apagara poco a poco, hubo un momento de silencio y luego uno de
ellos tuvo un nuevo acceso de risa que el otro secundó en seguida, pero cuando la
risa se agotó por fin, se miraron casi con timidez y no dijeron nada. El señor
Rebeck soltó una risita entre dientes al recordar una vez más la anécdota, pero
esta vez ella no le imitó. Él desvió la vista de la mujer y cuando volvió a mirarla
había dejado de reír. Aún no tenía nada que decir. La señora Klapper se alisó de
nuevo el vestido con gesto nervioso.
—Rebeck, estaba pensando...
—¿Por qué siempre llevas guantes? —se le adelantó el hombrecillo—. Nunca lo
he comprendido. ¿Cómo puedes llevar guantes con un tiempo así?
—A veces me muerdo las uñas. —La señora Klapper mantuvo las manos con
firmeza en el regazo—. Desde que Morris murió, me sorprendí mordiéndome las
uñas como una chiquilla. No sé por qué.
—Me intrigaba —dijo el señor Rebeck.
La señora Klapper se miró las manos y aspiró rápidamente una bocanada de
aire.
—Rebeck..., acerca del impermeable...
—¿Ya volvemos a eso? —replicó él entristecido—. Creí haberte oído decir que
hablaríamos del asunto más tarde.
—Entonces soy una gran embustera. Te pido que aceptes el impermeable,
Rebeck. Quédatelo, por favor. ¿Por qué das tanta importancia a esa pequeñez?
—No le doy tanta importancia. Eres tú quien se la da. Olvidemos el asunto,
Gertrude. Hablemos de alguna otra cosa. Algún día podrías traer unas galletas. Me
gustan las galletas, y hace años que no las pruebo. Eso sí que sería un favor.
Habló jovialmente, confiando en hacerla reír de nuevo, pero el esfuerzo fracasó,
como era de esperar. Había temido que algún día ocurriera una cosa así, pero había
evitado pensar en lo que haría cuando llegara el momento. Prevenido, sabedor de
que algo muy grato en su vida estaba cambiando, muy probablemente para
empeorar, se culpó de su falta de preparación, de no haber estado nunca
preparado. Había previsto todos y cada uno de los cambios en su suerte, siempre
había hecho caso omiso y llamado inocencia al rechazo.
—Me paso la noche en vela —dijo la señora Klapper en voz queda—. Miro a
través de la ventana, veo que está lloviendo y pienso: «Rebeck está allí, calándose.
¿Qué es, un vagabundo o un ladrón para que haya de ir por ahí sin un impermeable
siquiera?». Sigo despierta y me preocupo.
—Desearía que no lo hicieras —replicó el señor Rebeck—. No tienes que
preocuparte por mí. Yo no lo hago.
—De acuerdo, tú no lo haces. Perdóname por preocuparme, no soy más que una
vieja. Me digo: «¿Qué pasa, no puedes darle algo para que esté caliente? ¿Estás sin
blanca, despedazas el mobiliario para encender el fuego? Klapper, tiene la casa
llena de impermeables: llévale uno y deja de perder el sueño». Así que miró en el
armario, elijo un bonito impermeable y pienso: «Este parece bueno, a Morris no le
importará que se lo dé a Rebeck, está limpio...» —Se interrumpió bruscamente,
antes incluso de que el hombrecillo pudiera hablar.
—Ah —dijo él suavemente—. ¿Este impermeable fue de tu marido?
—Claro. ¿Qué tiene de malo? —replicó ella un poco a la defensiva—. El mío no te
iría bien. El impermeable de Morris es perfecto, un poco grande quizá, pero parece
nuevo. Pruébatelo y verás lo bien que te sienta. —Se lo ofreció de nuevo—. Anda,
pruébatelo.
—No lo quiero —dijo el señor Rebeck, rechazándolo sin energía pero también sin
el menor atisbo de amabilidad.
—¿Por qué? ¿Cuál es el motivo? ¿Te molestaría ponerte el impermeable de
Morris? Dime, Rebeck, ¿no lo quieres porque Morris lo usó un poco?
—No voy a ponerme la ropa de tu marido. No voy a llevar la ropa de nadie, sólo
la mía. Pero, sobre todo, no voy a llevar prendas de Morris, ni su impermeable ni su
sombrero ni sus pantalones ni sus zapatos. Nada. —Hablaba con rapidez, más
enojado a medida que avanzaba—. Y ya que hablamos de ello, estoy empezando a
cansarme de oírte hablar de tu marido.
—Ya veo —dijo la señora Klapper.
Un hombre más sosegado habría percibido los avisos de tormenta que se cernían
sobre la voz tranquila de la mujer. Con toda probabilidad, el señor Rebeck, que era
un hombre sosegado, los observó y se complació en ignorarlos.
—La primera vez que me viste, creíste que era el espectro de tu marido. Desde
entonces ha habido muchos momentos en que he deseado serlo. Pasamos la mayor
parte del tiempo hablando de Morris, visitamos su mausoleo, donde tiene de todo
excepto un plato caliente por si siente hambre, especulamos sobre lo que podría
haber hecho si no hubiese muerto. Me hablas de lo estupendo que era, me dices
cuánto me parezco a él y ahora me traes su ropa para que me la ponga.
—Su impermeable —puntualizó la señora Klapper, cuya voz era como un
alambre tenso y vibrante—. Un solo impermeable.
—Eso es lo de menos. No quiero parecerme a él, ni un ápice, y no quiero que
vuelvas a confundirme con él, ni siquiera por un instante. Me tiene sin cuidado lo
maravilloso que fue..., de hecho, confío en que no fuese un hombre tan grande
como crees que era, porque habría sido inhumano e insoportable.
Obedeciendo a un impulso repentino, cogió la mano enguantada de la mujer y la
apretó con fuerza.
—Gertrude, estoy seguro de que fue un hombre excelente, o no te habrías
casado con él. En muchos aspectos, probablemente fue mejor que yo, mejor que la
mayoría de la gente. Pero está muerto —notó que su mano se contorsionaba en la
suya, tratando de separarse— y no es ningún honor para los muertos que les
recuerden como no fueron, que les consideren mejores de lo que fueron. No quiero
ni su ropa ni su cara. No quiero nada que le haya pertenecido.
Entonces la señora Klapper liberó su mano, como si la de él fuese un gancho de
la que tuviera que descolgar la suya con un terrible desgarrón.
—¿Qué es lo que quieres? —gritó—. ¿Quieres que le olvide? ¿Quieres que haga
como si Morris nunca hubiera existido? ¿Es eso lo que deseas?
—No, no quiero eso, y tú lo sabes. Quiero que dejes de hablar de él como si
estuviera vivo y te escuchara. ¡Quiero que dejes de engañarte!
—¿Engañarme? —La risa de la señora Klapper fue estridente y forzada, no tanto
una risa como un grito de angustia ampliado—. ¿Yo me estoy engañando? —Movió
un brazo trazando un arco que abarcaba todo el cementerio que podía verse desde
donde estaban sentados—. ¡Mira quién habla! ¡Mira quién vive en una tumba, como
si estuviera muerto, y me dice que no debe engañarme! Sal de la tumba y vuelve a
decírmelo, Rebeck.
—Eso no tiene nada que ver con lo que estoy diciendo —replicó el señor
Rebeck—. Nada en absoluto. No estamos hablando de mi manera de vivir.
—¡Yo estoy hablando de ella! —La señora Klapper se golpeó el pecho con un
dedo índice—. Escúchame un momento, tienes el tupé de decirme que me estoy
engañando. ¿Qué clase de manera de vivir es la tuya? ¿Desde cuándo un hombre,
un ser humano, vive en un cementerio, comiendo un par de bocadillos al día y
calándose hasta los huesos si llueve cuando sale por la noche, hablando consigo
mismo y enloqueciendo a solas? ¿Crees que ésa es manera de vivir? ¿Sabes
quiénes viven así? Los animales, sólo los animales locos y tristes. ¿Qué eres tú, un
animal loco?
El señor Rebeck abrió la boca para hablar, pero ella le hizo tragarse sus palabras
con un ademán.
—¿Crees que éste es un buen lugar para esconderse? —inquirió, señalándole—.
A lo mejor crees que es tu sitio, que los muertos te dicen: «Ven aquí, Rebeck,
¿dónde te habías metido? Estábamos muy preocupados». Aunque vivieras cien años
no pertenecerías aquí. Eres un ser humano y has de vivir como tal no como un
animal loco escondido en una madriguera. No me digas que me engaño, Rebeck.
Su cabellera negra se había torcido un poco, y el ridículo sombrero en forma de
media luna se deslizaba lentamente por encima de su frente. Estaba muy pálida y
sus ojos, en contraste, parecían más negros y vivaces, rebosantes de ira. Cuando
volvió a hablar, su voz era más serena y los movimientos de sus labios más
precisos y menos desdeñosos.
—Bueno, quizá me engaño un poco, no voy a negarlo. Tal vez no siempre fue
Nochevieja cuando estaba casada con Morris. Eso no quiere decir que no fuese un
gran hombre, compréndeme. No había nadie como Morris. Pero de acuerdo, tal vez
lo he hecho parecer mejor de lo que fue. ¿A quién perjudico? Una vieja recuerda las
cosas un poco sesgadas, ése es su privilegio y no hace daño a nadie, ni siquiera a sí
misma. Pero un hombre que se dice: «Soy un fantasma, sólo me siento feliz con los
muertos», se hace daño a sí mismo y a sus amigos. Un hombre debe vivir con los
hombres, no en un cementerio donde hace frío por la noche y no tiene nada con
que calentarse. De acuerdo, tanto tú como yo nos engañamos, pero no es lo
mismo. No me digas que es lo mismo porque sé muy bien que no.
—Vivo aquí —dijo bruscamente el señor Rebeck. Ahora estaban de pie en los
escalones y hablaban a gritos. El hombrecillo notaba los fríos y cosquilleantes
hilillos se sudor que le corrían por los costados bajo la camisa—. Esto me gusta.
Este lugar, esta ciudad oscura, es mi hogar tanto como cualquier rincón de la tierra
es el hogar de cualquier otro. No puedo vivir en ningún otro sitio. Lo intenté. Sí, lo
intenté durante largo tiempo. Ahora vivo aquí y soy feliz. Un hombre debe vivir
donde se encuentra a gusto, y si no encaja en ninguna parte debe tratar de
meterse allí donde no perjudique a nadie y donde nadie se fije en él. He tenido la
suerte de encontrar un sitio donde vivir, he sido más afortunado que muchos
hombres que aún están buscándolo.
—¿Crees que esto es vivir? Esto es subsistir, nada más. —La señora Klapper
agarró el sombrero en forma de media luna antes de que se desprendiera de su
frente y lo echó atrás, donde permaneció inclinándose de un lado a otro como un
pájaro mareado—. Eres como esas viejas quejumbrosas de mi barrio, te sientas al
sol y esperas que te crezcan las alas. Si quieres vivir en alguna parte, vive en una
casa. Ahí es donde vive la gente.
En cualquier otro momento, el señor Rebeck no habría aprovechado la ocasión
que ella acababa de brindarle sin querer, aun cuando la hubiera percibido, cosa
improbable. Ahora la cogió al vuelo, con su cólera como un cráneo bajo el brazo.
—¿Ah, sí? Entonces dime por qué siempre llamas al mausoleo de Morris su gran
casa.
El ruido de un motor quebró el silencio y ambos miraron camino arriba: la
camioneta de los celadores se había desviado de la Avenida Central y avanzaba
hacia ellos. Incluso desde aquella distancia, el señor Rebeck la reconoció. Era de
color verde oliva en su mayor parte, con parachoques oxidados y un ancho sin
pintura en la portezuela del conductor, debido a un golpe recibido cierta vez que
Campos se metió entre los coches de un cortejo fúnebre. El motor carraspeaba
como un congresista, y el borde del capó estaba doblado hacia arriba y abierto en
un lado, lo que daba al vehículo una impersonal expresión burlona.
Al principio el señor Rebeck no se alarmó al ver la camioneta, pues pensó que la
conducía Campos, al cual le encantaba y la utilizaba casi siempre. Pero entonces
distinguió la cabeza rubia de Walters por encima del volante y, como lo había hecho
tantas veces que yo no lo consideraba una huida, subió corriendo los escalones
hasta la puerta del mausoleo. Se detuvo, con la mano en el picaporte de hierro, y
se volvió, esperando ver la burla reflejada en el rostro de la señora Klapper y
escuchar su voz, que podría ser como el desagradable sonido de una hoja de
cuchillo contra otra, mofándose de él. En cierto sentido, confiaba en que lo hiciera,
para no echarla de menos cuando ella pusiera fin a sus visitas, pues estaba seguro
de que no volvería y temía recordarla.
Pero ella se limitó a mirar el vehículo, luego a él y dijo en voz baja:
—Es demasiado tarde. Rebeck. Te ha visto. Ven aquí.
Él bajó la escalera, poniendo cuidado para no tropezar, permaneció a su lado en
el primer escalón y esperó con ella la llegada de la camioneta.
El vehículo se detuvo ante ellos con una especie de hipo y Walters desconectó el
motor. Asomó la cabeza por la ventanilla y les preguntó:
—¿Están ustedes juntos?
—Sí —respondió el señor Rebeck, confiando en que Walters no le reconociera. Se
habían encontrado en otras dos ocasiones y ambas veces él había fingido que era
un visitante. Intentó vagamente cambiar el timbre de su voz.
—¿No saben que el recinto se cierra a las cinco? Ya son menos diez.
—Dios mío —dijo asombrada la señora Klapper—. Cómo vuela el tiempo. Parece
como si hubiéramos entrado hace un minuto. —Entrecerró los ojos y miró a Walters
con suspicacia y un dedo alzado—. ¿Está seguro de que son las cinco menos diez?
—Estoy seguro, señora —respondió Walters, pero consultó su reloj—. Si no se
dan prisa, les van a cerrar la puerta, y éste no es un sitio donde me gustaría pasar
la noche.
—Bien. —La señora Klapper se volvió, inquisitiva, hacia el señor Rebeck—.
Supongo que será mejor que nos vayamos, ¿eh? —El hombrecillo asintió.
Walters consultó de nuevo su reloj.
—No llegarán a la puerta en diez minutos. Les van a dejar encerrados. Suban y
les llevaré. Vamos.
La señora Klapper miró rápidamente al señor Rebeck, pero no intercambiaron
ninguna palabra. Se volvió hacia Walters e hizo un gesto negativo con la cabeza.
—Muchísimas gracias, pero no podemos aceptarlo. Vaya usted y diga a los
empleados que llegaremos un poco tarde y que no cierren todavía.
—Vamos, vamos —replicó Walters con impaciencia—. Tardarán media hora en
llegar a pie. No van a esperar tanto tiempo por nadie.
—Entonces el celador nocturno nos dejará salir —dijo con calma la señora
Klapper—. De todos modos no podemos ir con usted, gracias. He perdido algo por
el camino y tenemos que encontrarlo.
—¿Ah, sí? ¿Qué ha perdido? En la oficina tenemos una sección de objetos
perdidos.
El señor Rebeck interpretó correctamente la mirada que le dirigió la señora
Klapper como un grito de auxilio. Recordó haberle dicho en broma «no temas
nada», y se preguntó si también ella lo recordaba. Lo había dicho muy a la ligera.
—Un anillo... Cuando veníamos hacia aquí ha perdido un anillo muy pequeño, y
vamos a buscarlo en el trayecto de regreso. Por eso queremos ir andando.
Walters se dio una palmada en la frente.
—Por Dios, ahora no pueden ir en busca de un anillo. Necesitarían horas para
encontrar una cosa tan pequeña. Vuelvan mañana.
—No era tan pequeño —dijo indignada la señora Klapper—. ¿Parezco la clase de
mujer que llevaría un anillito de tres al cuarto? Lo encontraremos y no tardaremos
tanto. Usted diga a los de la puerta que no tengan tanta prisa, que iremos en
seguida.
—Mire, señora... —empezó a decir Walters, pero no terminó la frase.
El señor Rebeck observó que, en ocasiones, ejercía ese efecto en la gente. Sintió
lástima de Walters.
—Gracias por su ofrecimiento —le dijo—. Y no se preocupe, que no tardaremos
mucho.
—Sí, muchísimas gracias —añadió la señora Klapper, como si desafiara a Walters
a mantenerse en sus trece—. Es usted un joven muy simpático.
—Dios mío —dijo Walters, y pareció casi una plegaria. Puso el motor en marcha
y el motor se rió con una especie de humor siniestro.
—Dejaré la puerta abierta —dijo al volante—. Antes de salir avisen al empleado.
¿Harán eso por mí?
—Por supuesto —dijo generosamente el señor Rebeck—. Con mucho gusto.
—Y cuidado con la camioneta —añadió la señora Klapper mientras el vehículo se
alejaba—. No vaya a pisar el anillo, que es muy valioso.
Se quedaron mirando el vehículo que traqueteaba a lo largo del camino hasta
que llegó a la Avenida Central y se perdió de vista.
Se habían propuesto reírse cuando estuvieran a salvo, sentarse en los escalones
y reír juntos más fuerte que nunca. Ninguno de los dos había expresado su
intención al otro, pero quedó perfectamente entendida mientras hablaban con
Walters. Ahora, sin embargo, se miraron precavidamente y recordaron que cinco
minutos antes habían estado a punto de destruirse por el «bien» del otro. Ninguno
estaba seguro de que la destrucción no se hubiera producido realmente, y cada uno
observó con cautela los movimientos del otro y no se atrevió a hablar por temor a
que ahora no tuviera lengua ni el otro oídos. Se movían como si estuvieran
vadeando o sorteando los restos de un naufragio.
—Será mejor que me vaya —dijo por fin la señora Klapper—. Quienquiera que
esté en la puerta, no va a esperar eternamente. Además, tengo que volver a casa.
—Te acompañaré parte del camino —dijo el señor Rebeck.
Ella no respondió, y echaron a andar hacia la Avenida Central. A veces sus
hombros se tocaban.
—¿Crees que se pondrán nerviosos si ven salir a una sola persona en lugar de
dos?
El señor Rebeck meneó la cabeza.
—No. Walters se ha ido a casa y le ha sustituido un celador nocturno. Nadie se
dará cuenta.
—Desde luego, sabes muy bien cómo funciona esto. Pareces un atracador de
banco.
—Tengo que saberlo.
Una vez en la Avenida Central, el señor Rebeck notó el calor del pavimento a
través de la delgada suela de sus zapatos. Pasaron junto a las fuentes sin agua de
los sauces llorones y oyeron, lejano y muy débil, el estrépito de la camioneta, como
una carcajada. La señora Klapper llevaba el impermeable gris doblado sobre el
brazo.
—Rebeck —le dijo, y aspiró hondo—. Siento haber armado tanto jaleo por eso,
por tu manera de vivir y lo demás.
—Olvídalo —replicó el hombrecillo—. Olvidémoslo. No tiene importancia.
No quería que ella le pidiera disculpas.
—No, no voy a olvidarlo. ¿Qué soy yo, Dios mío, una policía? «Vives aqui, no
vives aquí?» Vives donde te da la gana, estamos en un país libre. Que quieres vivir
aquí porque eso te hace feliz, pues vive aquí. Nadie tiene que decirte dónde has de
vivir, ni yo ni nadie. Vives donde se te antoja.
—Es que aquí me siento cómodo —dijo el señor Rebeck—. Nunca me he sentido
así en ninguna otra parte.
—Estoy segura de que es un lugar muy agradable, por lo menos en primavera y
verano. En invierno... bueno, ¿qué lugar es agradable en invierno? —Le miró a los
ojos—. Pero me preocupa que te mojes. Si te resfrías aquí, sin médico ni farmacia,
la palmas en menos que canta un gallo. Por eso me pareció una buena idea traerte
el impermeable.
—No habría podido aceptarlo —dijo el señor Rebeck.
—Lo sé. Era el impermeable de Morris y no quieres nada que le perteneciera. De
acuerdo, no te lo quedes. ¿Por qué vamos a pelearnos por un impermeable? No
quiera Dios que alguien te encuentre parecido a Morris, sería el fin del mundo.
—Alguien no: tú. No me he expresado bien y he parecido demasiado heroico al
respecto, pero no seré Morris para ti. —Pensó que estaba refrescando un poco
¿Empezaba agosto al día siguiente? Con qué rapidez pasaba el verano.
—Si quieres regalarme un impermeable —dijo lentamente—, que sea de mi talla.
La señora Klapper se paró en seco.
—¡No sé cuál es tu talla! —protestó regocijada. La expresión de sus ojos agradó
y asustó por igual al señor Rebeck.
—Soy más bajo que Morris —le dijo—. Vamos, antes de que nos dejen
encerrados.
—Magnífico, eres más bajo que Morris. Así que ahora lo sé. —La señora Klapper
reanudó sus pasos—. Crees que soy una maga, que me basta con echarte una
mirada y, ¡zas!, sé cuál es tu talla de impermeable. ¿Tal vez tendría que ir por ahí
con una cinta métrica para estos casos? Perdona, Rebeck, pero hay cosas de las
que no sabes nada.
Ahora le sonreía. Parecía haber transcurrido largo tiempo desde que la vio
sonreír por última vez. Tuvo la sensación de que había llegado a otra encrucijada y
pasó por ella sin reconocerla siquiera como tal. Si volvía la cabeza, probablemente
la vería empequeñecerse a sus espaldas, quizás incluso podría regresar a ella si
echaba a correr ahora. Una vez estuviera fuera de su vista sería demasiado tarde,
nunca podría encontrarla.
—Será mejor que regrese —dijo a su acompañante—. Pronto llegaremos a la
puerta.
—Espera un momento. Por lo menos déjame adivinar cuál es tu talla. Ponte bien
recto. —Le miró de arriba abajo rápidamente y se encogió de hombros—. Te traeré
uno bien ceñido, y entonces lamentarás no haberte quedado con el de Morris.
Adiós, Rebeck. No pises el anillo.
La señora Klapper avanzó sola por la avenida. Entonces se detuvo y se volvió a
mirarle. El no se había movido.
—Escucha, te diré algo. —Ahora no sonreía—. ¿Recuerdas que me has
preguntado por qué llegaba tarde y te he hablado del metro y de que tuve que
volver para coger el impermeable? —El señor Rebeck asintió—. Bueno, no ha sido
así exactamente. Me dirigía a la estación del metro y encontré a una conocida.
«Hola, ¿cómo te va?», le dije, y ella respondió: «Bien, ¿cómo es que últimamente
apenas te vemos?». Así que le dije: «He estado ocupada», y ella me mira y suelta:
«¿Qué clase de ocupación? ¿Haciendo diabluras?». Rebeck, el tono en que lo dijo,
su manera de menear el dedo y poner así los ojos... «Diabluras —dijo—. Lo
comprendo.» Rebeck, volví a casa, me tendí en la cama durante una hora y me
dije: «No voy allí, se acabó. ¿Es que estoy loca?». Así que me pasé una hora
acostada y luego cogí el impermeable y salí. Por eso llegué tarde.
La Avenida Central traza una curva muy ancha poco antes de llegar a la puerta.
El señor Rebeck pudo contemplar a la señora Klapper por la calzada, a través de la
puerta de hierro y en la calle. La vio detenerse para dejar pasar un coche, y luego
cruzó la calle y se perdió de vista. Había muchos transeúntes y no era fácil localizar
a uno entre todos ellos, aun cuando su cabeza tuviera la forma de una media luna.
11
Llovió durante toda la noche. Michael y Laura se deslizaban atravesando la
cortina de agua, contemplando la lluvia tan intensa que rebotaba al tocar el suelo.
Hacia el amanecer empezó a escampar, y cuando llegaron al muro desde donde se
veía la ciudad una espesa niebla cubría los árboles y no se dejaba conmover por el
sol naciente. La lluvia a mediados de agosto es así en Nueva York.
—Qué agradable es esto —observó Michael, y se estiró, gesto que,
naturalmente, era del todo innecesario, pero uno de los movimientos de la
humanidad que recordaba muy claramente.
—¿Aunque ya lo hemos hecho antes? —inquirió Laura, sentada en el muro a su
lado.
—Aun así. Ciertas cosas resisten mejor la repitición que otras. Las mañanas
como ésta, las uvas... Creo que jamás me habría cansado de las uvas. Las
acaparaba. Uvas de todas clases: verdes, rojas, purpúreas, negras. Hay hombres
que no pueden pasar ante un salón de billares sin entrar. Yo no podía pasar de
largo ante las fruterías.
—A mí me ocurría lo mismo con los plátanos —dijo Laura—. Pero no les era fiel.
Me comía un racimo en un día y luego me acurrucaba bajo la pila, presa de
náuseas. Eso me curaba durante una o dos semanas, y entonces volvía a darme
atracones de plátanos. Las uvas me gustaban un poco, pero nada como los
plátanos.
—Las uvas —dijo Michael con firmeza—. Pero ya ves lo que quiero decir. Esto me
gusta. Sí, me gusta que nos sentemos aquí y hablemos, contemplando la niebla
que se va disipando y los camiones en las calles. Supongo que dentro de cien o mil
años estaré mortalmente harto de ello.
—Yo no tardaré tanto. Un mes, dos a lo sumo.
—De acuerdo, lo sé. ¿Qué intentas demostrar? En este momento me gusta ver
cómo arnenece. Sandy y yo solíamos hacerlo a menudo. Nos pasábamos la noche
jugando a las cartas y escuchando discos y entonces, poco antes del alba, íbamos a
pasear hasta que salía el sol. Desayunábamos dondequiera que estuviéramos e
íbamos a casa para dormir hasta las tres o las cuatro de la tarde. Entonces
repetíamos lo mismo y nunca nos cansábamos.
Laura miró la ladera de la cuesta mientras hablaba.
—A veces quisiera que Sandra se abstuviera de intervenir sigilosamente en todas
nuestras conversaciones. Si parezco mezquina y maliciosa es porque lo soy.
—Nada más pronunciar su nombre lo he lamentado —dijo Michael—. Comprendo
tu reacción. Lo más aburrido del mundo es la chica de otro hombre.
—No es eso —dijo Laura, con cierto malhumor—. Tienes perfecto derecho a
hablar de ella. Todas las cosas hermosas que eres capaz de recordar son útiles
después de la muerte. Sin embargo... —Un avión que acababa de despegar del
aeropuerto de la Guardia sobrevoló atronando la ciudad, y ella dejó la frase
incompleta hasta que el aparato se perdió de vista. Entonces, todavía sin mirar a
Michael, prosiguió—: Sin embargo, no me gustaría que decidieras si la quieres o la
odias.
—No la quiero, pero todas las cosas agradables que recuerdo parecen estar
vinculadas con ella, de una u otra manera. No porque se trate de Sandra, sino
porque el hecho de que alguien más estuviera presente hacía que los buenos
momentos fuesen mejores. Esto parece filosofía de revista del corazón, pero hay
cosas que no sirven de nada si no se comparten. Permanecer levantado toda la
noche sería inútil si un ser amado no estuviera contigo, eligiendo la música que vais
a escuchar y ayudándote a terminar el bourbon. Pasear a solas bajo la lluvia es
para los estudiantes convencidos de que la soledad forja a los poetas. Ya sabes a
qué me refiero.
—Sí, sé a qué te refieres —dijo Laura.
—Muy bien. Dejémoslo. Ya he aclarado mi punto de vista. ¿Sabes? El cuervo
tenía razón acerca de los pájaros. Cantan antes de que llueva. Les he oído. —Miró
de soslayo a la muchacha—. ¿Qué te ocurre, Laura? ¿He dicho algo malo?
—Nada, nada malo. Cuando mencionaste a Sandra empecé a pensar en el juicio.
Ya debe de haber terminado.
—¿Ya? ¿De qué me estás hablando? Todavía falta una semana.
Laura sonrió por primera vez.
—¿A qué día estamos?
—Dios mío, no lo sé. Todavía es verano, pero algunas hojas ya se están
volviendo pardas. ¿Qué día es?
—El diecisiete de agosto. El juicio tuvo lugar hace dos días. Lo sé porque me lo
dijo el señor Rebeck. El cuervo lo ha seguido en los periódicos, tal como le pediste.
—¿Se lo pedí? Ni siquiera me acuerdo. Estoy perdiendo la noción del tiempo,
Laura. Creí que la conservaría algún tiempo más.
En la ciudad sonaban los despertadores. Uno tras otro, a veces dos o tres juntos,
hundían sus cuchillitos de plata en el cuerpo del gran sueño desnudo y espatarrado
sobre los tejados de la ciudad. Era sensual, afable e indefenso, pero aún tardaría un
poco en morir.
—¿Y eso qué importa? —replicó Laura—. ¿Qué significa el tiempo para nosotros?
¿Qué son las cinco de la tarde para los muertos? No tenemos citas apremiantes.
—No importa nada, pero forma parte de ser humano y por eso detesto perder
esa noción. ¿No te dije que me aferró a las cosas?
—Lo recuerdo —dijo Laura. Miró el cielo cubierto tratando de localizar al cuervo—
. Sea como fuere, hoy deberíamos tener noticias del juicio.
—El juicio me tiene sin cuidado. Podría haber significado algo para mí si la
hubieran juzgado cuando estaba recién muerto y rebosante de deseos de venganza.
Ahora no me importa gran cosa. Ni siquiera recuerdo a Sandra tan bien como
antes. Se está convirtiendo en una desconocida que le hizo algo a un desconocido.
No le deseo ningún daño. Dejemos las cosas así. No hablemos del juicio, Laura.
A sus espaldas una rama se sacudió como un perro mojado y salpicó el suelo con
su carga de lluvia. Michael y Laura se volvieron y vieron una pareja que pasaba
junto al invernadero en dirección al muro.
—Tenemos compañía—dijo Michael—. Y tan temprano.
Laura pensó que eran muy jóvenes. Tendrían veinte o veintiún años. El chico
tenía el pelo tan mojado que su color era casi rojo oscuro. Llevaba impermeable
pero no botas de goma, y las perneras de sus pantalones aleteaban informes sobre
los calcetines igualmente empapados al andar. La muchacha también llevaba
impermeable, pero le faltaba el botón superior y su blusa blanca mojada se ceñía a
los senos pequeños y puntiagudos. Se cubría el cabello con una especie de pañuelo
de plástico, pero la lluvia se había filtrado a su través, y lo que podía verse del pelo
estaba mojado y lacio. Caminaban lentamente, cogidos de la cintura y mirándose
mientras hablaban. A veces, sin detenerse, se besaban y luego daban traspiés
porque no miraban hacia dónde iban. Entonces se echaban a reír.
—Vamonos de aquí —dijo Michael—. No quiero oírles. Vamonos a otra parte.
—Espera un poco. Qué calados están y qué felices son.
Entonces oyeron la voz del muchacho.
—Claro que es una locura. La noche ha sido estupenda. Considéralo de esta
manera. Apuesto a que has tenido cientos de chicos que te han llevado al cine, a la
pista de hielo y al baile, pero ¿cuántos te han llevado a un cementerio antes del
desayuno? Así me recordarás.
—Un cementerio antes del desayuno —dijo la chica—. Toda la noche bajo la
lluvia y ahora un cementerio. Puedes estar seguro de que te recordaré, caballero.
—Pero se reía al hablar y apretaba con fuerza la cintura del muchacho.
—Piensa que es un parque. Mira todas las estatuas esparcidas por ahí, mira los
árboles. Es como Central Park.
La chica le miró y meneó la cabeza, fingiendo exasperación.
—Un parque, ¿eh? Menudo parque. Ya verás cuando mi madre me ponga la
mano encima. —Imitó una voz chillona de persona mayor—. «¿Dónde has estado,
Norma, toda la noche y sin decir palabra? ¿Qué manera de tratar a tu madre es
ésa?». Y le diré: «Está bien, mamá, está bien, no te asustes. Harry y yo lo hemos
pasado muy bien. Fuimos al cine y al salir llovía, así que paseamos durante toda la
noche. Y por la mañana Harry me llevó al cementerio más precioso que puedas
imaginar. Tendrías que haberlo visto, mamá. Qué noche.» —Estornudó.
—Que Dios te bendiga —dijo el muchacho—. ¿Estás bien, cariño? No quiero que
enfermes porque estoy loco. Si no te sientes bien, te llevaré a casa ahora mismo.
—No estoy bien —replicó la chica—. En cuanto llegue a casa me daré una ducha
caliente. Pero no nos quedemos aquí demasiado tiempo, Harry.
—Sólo unos minutos. —El chico señaló el muro—. Ven, nos sentaremos a
descansar un poco. Luego iremos a casa.
Al ver que se acercaban, Michael susurró:
—Vamonos de aquí, Laura. No quiero mirarle, ni tú tampoco.
—Espera un momento, por favor —le pidió Laura—. Creía que eras tú quien se
pasa todo el tiempo observando a la gente.
—No a las parejas, jamás. No tengo esa clase de valor repulsivo, Laura.
—Yo no tengo ninguna clase de valor —dijo ella, pero continuó sobre el muro,
observando la aproximación de los dos jóvenes, y Michael permaneció a su lado.
Cuando llegaron al muro bajo, el chico se agachó, cogió a la muchacha en brazos
y la sentó en lo alto. Siguió una serie de jadeos, risitas y aleteo de ropas húmedas.
Una vez sentada, la muchacha extendió la mano con delicadeza y el muchacho la
cogió y subió, jadeante, apoyándose en los rebordes de mortero que parecían una
escala, hasta sentarse junto a ella. Estaba totalmente sin aliento e intentaba
ocultarlo aspirando hondas bocanadas de aire que espiraba lentamente. Pero la
muchacha le miró y empezó a reírse, de un modo distinto a la risa tras los besos y
los traspiés.
—Mírate —le dijo—. Estás rojo y sin aliento.
—¿Crees que eres un peso ligero? —replicó él, no sin resentimiento—. Vamos, lo
haremos de nuevo y esta vez me subes tú en brazos. Veremos qué aspecto tienes.
—Primer punto para nuestro lado —dijo Michael a Laura—. Creo que me pondré
de su parte si llegan a las manos.
Pero el muchacho estiró un brazo, la chica se acurrucó contra él y se rodeó con
aquel brazo como si fuese un manto. Soltó una risita y besó rápidamente al joven
en la mejilla cuando él la miró irritado y empezó a hablar.
—No me lo tomaría a broma si fueses débil —dijo la joven, y su acompañante le
apretó los hombros con el brazo hasta que ella hizo una mueca de dolor.
Estaban sentados casi exactamente en el mismo lugar que Michael y Laura, en el
centro del muro, donde los árboles a los lados no les ocultaban el panorama de la
ciudad. Al señor Rebeck o a Campos las dos figuras les habrían parecido
contorneadas, como con telarañas, por las formas recordadas de los espectros que
se sentaban con ellos, como si Michael y Laura fuesen sólo vainas de las jóvenes
espadas que eran los dos jóvenes. Mas para cualquier otra persona que pasara por
allí, sólo habrían sido una joven pareja sentada sobre el muro, el rostro húmedo de
la muchacha apoyado en el cuello del chico.
—Desde aquí puedo ver tu casa —dijo él.
La muchacha separó la cabeza de su hombro.
—¿Dónde, Harry? ¿Dónde es?
—Allá abajo, mira... una manzana después del letrero de la Coca Cola. Si hay
algo que sepa perfectamente es dónde vives.
—Lo veo. Incluso veo... Dios mío, Harry, ¡hay luz en el dormitorio! Mi madre
debe de estar subiéndose por las paredes. Cuando llegue me matará, estoy segura.
—Iré contigo —se ofreció el muchacho tímidamente.
—Te matará a ti también —le advirtió ella.
—Te acompañaré. Tu madre no me asusta.
—Ah, qué valiente eres. No sé qué haría sin ti.
—Te pasarías la vida durmiendo. Mira, Norma, las luces de la ciudad se están
apagando. Míralas.
—Qué bonito es. Puedes contemplar toda la ciudad despertándose. —La
muchacha recorría con un dedo índice la boca y la nariz del muchacho—. Las
tiendas abrirán pronto. —Estornudó de nuevo—. Harry, si me resfrío, será mejor
que lo hagas tú también. De lo contrario, que Dios te proteja.
—¿No es enternecedor? —dijo Michael—. Lo mío es tuyo. Ah, el amor es lo más
dulce que existe.
—Qué manera de mirarse —observó Laura—, como si uno de ellos fuese a
desvanecerse de un momento a otro y no supieran cuál va a ser.
—La lujuria juvenil. No me digas que no la habías visto hasta ahora.
—Claro que sí —dijo Laura.
—Descálzate —decía el muchacho.
La muchacha se apartó de él con el ceño fruncido.
—¿Por qué? ¿Qué pretendes?
—Vamos, quítate los zapatos —dijo el muchacho—. Te estás enfriando.
—Ya sé que me estoy enfriando. ¿Acaso andar por ahí descalza mejorará la
situación?
—Mira, tienes los pies mojados. Descálzate, quítate los calcetines y te secaré los
pies. Entonces puedes ponerte mis calcetines hasta que lleguemos a casa. Cómo
discurro, ¿eh?
La muchacha empezó a reírse de nuevo.
—¡Estás loco, Harry! ¿De qué me servirá ponerme tus calcetines? Están tan
mojados como los míos.
—Ah —dijo el muchacho—. Claro. —Se palpó desanimado sus zapatos y
calcetines—. De acuerdo, olvídalo. Era sólo una idea.
—Es un ofrecimiento muy amable, Harry, pero no serviría de nada. Sólo volvería
a mojarme.
—Sí, lo sé —dijo el muchacho, todavía examinándose los pies—. Es que me
gustaba la idea de que llevaras algo mío.
—Qué bonito es eso. —Le acarició la nuca, en la línea donde empieza a crecer el
cabello—. Es muy bonito, Harry.
—Olvídalo. Ha sido una idea estúpida.
—Bueno, mira. Podríamos intercambiar los impermeables. El mío te estará algo
pequeño, pero creo que podemos arreglárnosla. ¿Quieres que lo hagamos, Harry?
—No, no me refería a eso. Olvídalo, Norma.
La muchacha sonrió lenta y vagamente, como si tratara de recordar un sueño.
Abría y cerraba suavemente los dedos en la nuca del chico.
—Harry —le dijo con voz ronca—. Mírame, Harry.
—Eso es —dijo Michael—. Esa es la operación de contacto con el enemigo. Miras
a los ojos de la chica y ves todo cuanto siempre has creído sobre ti mismo. Y nunca
puedes verla fea, porque eso significaría que tú también eres feo y desleal. Así es
como empiezas a meterte en apuros. Mira a la pobre criatura.
—También yo estoy celosa, Michael —observó Laura.
Los dos jóvenes se habían inclinado para besarse. Cerraban los ojos con tanta
fuerza que los párpados se les arrugaron, y tardaron un momento en encontrarse
las bocas. Se besaron húmeda y ruidosamente, y luego permanecieron sentados
tan juntos como les era posible, cadera contra cadera, rodeándose los hombros con
sus brazos. La chica seguía sonriendo. Mordisqueó la oreja del muchacho y le dijo:
—Creo que será mejor que nos vayamos, Harry.
El muchacho echó atrás el pañuelo de plástico y hundió los dedos entre las lacias
guedejas.
—Tienes el pelo suave.
—Fino como el de un bebé. Soy la única en mi familia que lo tiene así. Según mi
madre, mi abuela también lo tenía. No la recuerdo. Será mejor que nos vayamos,
Harry.
Su voz era más aguda que antes y ahora temblorosa, pues la mano del chico
había descendido del cabello al hombro, del hombro a la cintura y de ésta a la
cadera, donde permanecía. Había cierta incertidumbre en el ademán de los dedos
arqueados, como si su movimiento o su inmovilidad dependieran por completo de la
reacción de la muchacha. Sin quitar la mano masculina de su cadera, se apartó un
poco y el muchacho en seguida la dejó caer.
—No en un cementerio, Harry —dijo ella, más risueña que regañona.
—No en un cementerio —repitió él afablemente—. No en la sala de estar, no en
el tejado, no en un parque, no en el cine, no en pleno desierto del Sahara. ¿De
acuerdo? ¿Es así?
—No grites —le pidió la muchacha. Él iba a desviar la vista, pero ella le cogió por
el mentón y retuvo su mano—. Es que no quiero estropear esto, Harry. No quiero
que nos ocurra nada malo porque uno de los dos ha sido... ya sabes, codicioso.
—¡Codicioso! Maldita sea, te toco a través de un puñetero impermeable, un
vestido y la clase de armadura que lleves debajo, y resulta que soy codicioso. Por el
amor de Dios.
—A veces temo por nosotros —dijo ella—. Temo de veras, Harry.
El chico liberó su mentón de la mano que lo sujetaba.
—Es para cabrearse, Norma, por todos los santos.
—Amén —dijo Michael.
—Harry, Harry... Vuélvete y mírame.
—No lo hagas, Harry —le advirtió Michael.
Pero el chico se había vuelto y la muchacha se estiró para besarle en la frente.
Musitando «Harry, Harry, Harry», llevó las manos masculinas hasta sus pequeños
senos y las retuvo allí mientras le acariciaba la mejilla e introducía los dedos entre
su cabello.
—Mi Harry —susurró—. Mi pobre y codicioso Harry.
—No me trates como un bebé, Norma. —La voz del muchacho estaba un poco
amortiguada—. No me trates como un bebé. Siempre lo haces y no me gusta.
La chica se echó a reír.
—¿Esto es tratarte como un bebé? —Acercó más la cabeza del muchacho a su
cuerpo.
—Sí —dijo el muchacho, pero Michael y Laura apenas pudieron oírle.
Estaba inclinado hacia adelante, en un ángulo muy forzado, con la cabeza sobre
el pecho de la chica, y no cesaba de moverse para colocar las piernas y el trasero
en una postura más cómoda. Dijo algo más y la chica se inclinó para escucharle.
—¿Qué has dicho, Harry?
—Que te quiero. —Ella había dejado de sostenerle la cabeza, pero él no la
enderezó.
—Lo sé. Sé que me quieres.
—Bueno, pues te lo digo de nuevo —dijo él alzando la voz—. Te quiero, Norma.
—Y yo te quiero. —Alzó la cabeza, le besó en la boca, deslizó lentamente la
mano por su mejilla y dijo—: Vamonos, Harry. Tomaremos café o cualquier cosa y
nos enfrentaremos a mi madre. ¿Crees que podrás hacerlo?
—Ya lo verás. —Saltó del muro y aterrizó en cuclillas. Se volvió y tendió los
brazos a la muchacha—: Salta, te cogeré.
—¿Estás seguro? —La chica le hizo una seña para que se acercara más a la
pared—. ¿No me dejarás caer al suelo?
—Ni hablar. ¿Cómo haría tal cosa Músculos Harry? Vamos, cariño, no tengas
miedo.
—De acuerdo.
Se deslizó cautamente fuera del muro y el muchacho la cogió y la depositó a
salvo en el suelo. La besó en la comisura de la boca y la rodeó con un brazo.
Mientras retrocedían hacia el invernadero, Michael y Laura oyeron decir al chico:
—¿Te has divertido esta noche, cariño?
—Muchísimo. Tendremos que repetirlo.
Cuando se perdieron de vista, Michael suspiró y dijo:
—Ha mordido el anzuelo. Qué útil es la zanahoria del sexo como arma para todos
los usos cuando está en buenas manos. Pobre tipo.
—Creo que ella le quiere —dijo Laura—. No apartaba los ojos de él ni un
instante.
—Claro que no. Cuando un gato acecha a un pájaro gordo y lustroso el paisaje
no le interesa lo más mínimo. Ella es experta en miradas. «Mírame, Harry,
mírame». Hipnotismo combinado con una asfixia suave. Cuando le atrajo hacia su
pecho, él aún se debatía. Cuando alzó la cabeza ya no luchaba, estaba vencido. Le
quiere, sin duda, pero tienen ideas distintas del amor. Él quiere bailar con ella en
una terraza, con luna llena y una orquesta de treinta y seis músicos. Quiere cantar
con ella bajo la luvia, como Gene Kelly. Ella sabe cómo son las orquestas de treinta
y seis músicos. Hay que alimentarlos y luego no queda nada para los niños.
En la ciudad la gente se dirigía a su trabajo. Casi al mismo tiempo salían de sus
casas, llenaban las calles hasta entonces desiertas, subían a sus coches, esperaban
autobuses, bajaban a los metros, caminaban por las aceras grises. A su debido
tiempo las calles volverían a quedarse desiertas, cuando el secante de la ciudad
absorbiera a los hombres. Luego soltaría a la mayoría de ellos, siempre que lo
retorcieran, escurrieran y desgarraran lo suficiente entre ahora y después.
—Una vez estuve sentada con un hombre, igual que esos jóvenes —comentó
Laura. Michael no dijo nada y ella prosiguió—: Le rodeé con mis brazos igual que
ella y le retuve del mismo modo, no exactamente por la misma razón, pero le
abracé como ella e hice las mismas cosas. Di algo en seguida, Michael, porque
había olvidado eso y lo digo al recordarlo.
—No me habías hablado de ello —dijo Michael—. No sé qué decirte. ¿Ha venido
alguna vez aquí?
Laura se echó a reír.
—Dios mío, no. Eso fue hace mucho tiempo, cuando salíamos juntos. —Se
interrumpió de nuevo y esperó alguna reacción de él—. Di algo, Michael.
—¿Qué puedo decir? —Ahora estaba enojado—. Deja de convertirme en tu
cámara de resonancia. Habla de ello, si quieres. Tenías novio. Muy bien. ¿Qué más?
—Novio —dijo Laura—. Así le llamaba yo, es una palabra bonita. Por entonces
iba a la universidad. Recuerdo que me sentaba ante mi pupitre, cerraba los ojos y
me decía: tengo novio. Laura tiene novio. Miraba a las chicas sentadas a mi
alrededor, con sus vestidos de entretiempo, las bocas un poco abiertas, como si
estuvieran escuchando todo aquello que es preciso escuchar, y les decía
mentalmente: «Cuando termine esta clase, algunas os iréis a casa, algunas
asistiréis a otra clase y algunas haréis otras cosas, pero saldré del aula e iré a
reunirme con mi novio. Vosotras tenéis amigos, salís con chicos fijos, pero lo que
yo tengo es un novio. Somos diferentes.
—Probablemente ellas pensaban lo mismo —dijo Michael—. Por hablar como un
profesor.
—Eso lo sé ahora. Pero ellas siempre habían tenido novios, al margen de cómo
los considerasen. Para mí era la primera vez. Una noche nos sentamos bajo un
árbol y él, sofocado y excusándose, me dijo que no era lo bastante bueno para mí.
Le rodeé con mis brazos... no, la verdad es que le cogí por el cuello, puse su cara
contra mis senos casi inexistentes y le dije: «No digas eso, por favor, no te
preocupes, te quiero, te quiero». Tal vez tienes razón con respecto a esa chica,
Michael, porque le agarré como si hubiera estado agazapada en espera de una
oportunidad para cogerle así. Era una sensación muy agradable. Creo que incluso
lloré un poco.
En la calle, por debajo de ellos, una madre gritaba a su hijo con una mezcla de
ira y amor.
—¿Qué ocurrió entonces?
—Llegó el verano y me abandonó. Nuestra relación duró muy poco tiempo, pero
entonces parecía largo y todavía lo parece cuando pienso en ello. Tardé mucho en
dejar de decir «Laura tiene novio» cada vez que disponía de unos minutos libres.
Se movió un poco sobre el muro, tan insustancial y evanescente como la poesía,
y tan duradera. Los coches avanzaban a empellones y remolineaban bramando en
la calle.
—Ahora viene lo curioso. Antes y después de aquella primavera me enorgullecía
de ser mucho más sensible y comprensiva que la mayoría de la gente. Escogía a los
perdidos y los mudos y solía creer que los entendía. Sé lo que es causar un mal
lamentable porque uno sabe que no le quieren. Puede que a mí tampoco me
quieran, pero por lo menos soy compresiva. A veces incluso escribía al respecto.
Michael no experimentó tensión alguna en su garganta inexistente ni se sintió
inundado por una compasión almibarada, pero no oía más sonido que el de las
palabras de Laura.
—Sin embargo, durante aquel breve período me olvidé de todos los desnutridos
emocionales, me volví arrogante. Era amada, pertenecía a la casta de los que
tienen, y uno de los secretos de esa casta es no perder el tiempo con la compasión.
Me atracaba de comer con la sensación de ser amada hasta que me rezumaba por
las orejas, y cuando todo terminó no lo comprendí durante algún tiempo, porque
vivía de la grasa acumulada. Lo cual demuestra...
Se interrumpió y pareció muy interesada en las lápidas baratas al pie de la loma,
tan parecidas y tan juntas que podría tenderse una regla a su través hasta la
puerta de hierro.
—¿Qué demuestra? —le preguntó Michael en voz baja.
—Nada. Demuestra que todo el mundo, es decir, yo, tiene su precio. Demuestra
que es más fácil amar a los oprimidos y los solitarios del mundo si nunca te han
amado. Eso me echó a perder. Un hombre me dijo que me quería y yo se lo hice
repetir muchas veces. Por eso me sentí un poco por encima de los que no son
amados, hasta que me di cuenta de que los amados y los que todavía aman
estaban muy por encima de mí. Olvídalo, Michael. Me estoy complicando, pero sé lo
que quiero decir.
Desvió la vista, miró a cualquier parte excepto a él, y Michael, que la miraba, la
vio más claramente que nunca. Vio la boca ancha, la nariz irregular, los ojos que no
armonizaban con los demás rasgos más de lo que armonizaban entre sí la nariz, la
boca y la piel. Vio el cabello negro que caía a través del cuello inclinado, e incluso el
vestido favorito, gris y poco atractivo, pero tan minuciosamente recordado que
podía ver la trama de la tela y el único botón flojo en la espalda. Seguía sin
experimentar compasión ni un pesar empalagoso, sino una sensación muy próxima
a las lágrimas, una sensación que no podría expresar con palabras sin disiparla.
Pero lo intentó, porque era Michael Morgan y no confiaba en ninguna sensación que
fuese inexpresable.
—Te quiero —le dijo.
Las palabras salieron de sus labios sin preparación y sonaron muy mal. Recalcó
demasiado la primera, y lo que había dicho parecía casi insolentemente protector.
Sabía que Laura lo consideraría desatinado.
—No, así no —dijo un poco entristecida—. Así era como lo decía mi madre. No
quiero ser defendida, Michael.
—Te quiero —repitió él, y esta vez lo hizo mejor—. Yo, Morgan, no tu madre. Te
quiero, Laura.
—Me encanta oírtelo decir. Nunca podría acostumbrarme al sonido de esas
palabras. Vuelve a decirlo, tan a menudo como te parezca.
Estaba a punto de repetirlo cuando se contuvo.
—Eso significa que puedo repetir las palabras cuando me apetezca, pero que no
las creerás.
—No me conoces, Michael, nunca me has visto realmente. Si estuviéramos vivos
y un día nos cruzáramos en la calle o entraras en mi librería a comprar algo, no me
mirarías dos veces. Si nos presentaran en una fiesta, me darías la mano, dirías:
«¿Cómo está, señorita Tal?», y me olvidarías antes de que hubieras terminado de
decirlo. Eres afectuoso, estás acostumbrado a que te quieran y ahora estás solo. No
me utilices para practicar. No me digas que me quieres porque amar a alguien
forma parte de estar vivo. Eso no te devolvería a la vida y no me haría la muerte
más cómoda.
Él pensó que era curioso. Estaban allí sentados, hablando de la emoción con
voces que carecían de ella por completo, como dos vecinos que obtienen un mínimo
alimento de un chismorreo de cuarta mano. ¿Podían los muertos tener sentimientos
o también eso era algo que recordaban con esfuerzo? ¿Sería feliz si ella le quisiera?
¿Se sentiría herido en caso contrario? ¿Percibiría siquiera la diferencia?
—Te habría conocido —le dijo—. Te habría visto una vez y conocido, me habría
casado y habría vivido contigo antes de que la fiesta hubiera terminado.
—¿Qué me habrías dicho? —inquirió ella—. «¿Querida señorita Durand, la amaré
mientras viva?» ¿Qué me dices ahora?
—Te amaré todos los días de mi muerte, sean pocos o muchos. Te amaré
durante tanto tiempo como puede recordar el amor.
—Todos los días de mi muerte... —repitió Laura en voz baja—. No quedan
muchos, Michael. Nuestras mentes son como bolsillos agujereados. Piensa en todas
las cosas que hemos olvidado y que olvidamos a cada momento. ¿Por qué
habríamos de recordar el amor durante más tiempo que los demás?
—Porque lo necesitamos más, porque sin él no nos queda nada. Amándonos
duramos un poco más, antes de olvidar incluso que hemos vivido. Sabernos
amados nos hace casi humanos durante algún tiempo.
—Tan poco tiempo... —dijo Laura—. ¿Vale la pena el esfuerzo de amar para
permanecer despierto el tiempo que se tarda en fumar un cigarrillo o en escuchar
otro disco? Si no puede durar lo suficiente para que nos preguntemos si podría
durar más, si sabemos cómo ha de terminar y cuando, ¿para qué sirve? Estoy
cansado de las esperanzas y de las vistosas causas perdidas. Agita tu puño ante la
cara de los dioses y cuando lo retires tendrás un muñón. No sigas con eso y déjame
en paz.
Las campanillas de bufón de una camioneta de helados tintinearon en la ciudad,
pero sólo acudieron corriendo unos pocos niños, porque era demasiado temprano
para tomar helado. Allá en el bloque de viviendas en construcción un taladro de
vapor tosía y gruñía, y a través de las rejillas en la acera llegaba débilmente el
chirrido de un tren subterráneo al tomar una curva cerrada. Michael pensó que ya
debía de hacer calor, pues la mayor parte de las ventanas que podía ver estaban
abiertas y los obreros se habían quitado las camisas.
—Al final nada merece ningún esfuerzo —le dijo a Laura—, porque todos mueren
y no hay nada en el mundo que pueda impedir su muerte. Nada dura, algunas
cosas duran más que la vida de la mayoría de la gente, pero también ellas
desaparecen. La esperanza se extingue, junto con el deseo, la curiosidad, el temor
y en anhelo. El amor dura unos minutos más, eso es todo. Un minuto o una hora o
un mes. La cerilla de papel arde hasta que te quema los dedos y se apaga, y
vuelves a quedarte en la oscuridad, frotando tus dos palitos. Pero ésta es la última
vez, la última cerilla. Ya no habrá más luz, nunca más. No habrá más ruidos de
cosas que se mueven o animales que se echan a dormir. No habrá más que
nuestros yoes independientes, que no se tocan, y pronto ni siquiera eso.
—Entonces nos sentaremos en la oscuridad —dijo Laura—. Nos sentaremos a
esperar.
—¿Esperar qué? No va a venir nada. Por el amor de Dios, tú y yo hemos pasado
nuestras vidas esperando. ¿Por qué habría de venir ahora hacia nosotros algo que
no vino entonces? No hay más que esto, sólo este desdichado boceto de amor para
impedirnos ser inmortales un poco más. ¿Estás dispuesta a ser juiciosa, Laura? Yo
no. Preferiría amar durante el día y luego ser juicioso, aunque eso sólo signifique
decirte que te quiero, como te lo digo ahora.
Un gorrión se posó sobre el muro. Laura alargó la mano para acariciarle las
plumas, y cuando su mano pasó a través del ave lo intentó de nuevo. Hizo la vana
caricia una y otra vez, hasta que el ave echó a volar.
—Entonces se trata de conseguir lo que podamos, en cualesquiera condiciones —
dijo ella.
—Eso es lo único que hay, lo único que ha habido siempre.
—Debería haberlo aprovechado una vez, cuando estaba viva. Si un hombre me
amaba, debería haberme persuadido a mí misma para amarle, y al cabo de un
tiempo le habría amado profundamente. Ahora no puedo hacer eso, Michael. Sé
que parece estúpido, y estúpidamente orgulloso, pero no te amaré simplemente
porque me necesitas. Quiero que me ames, aunque sólo sea por la fracción de
tiempo que tenemos, pero me tienes que amar como Laura. Sé que es un poco
tarde para eso, pero no quiero que me ames porque ves la muerte por encima de
mi hombro cuando me miras.
—Entonces ¿por qué intentaste que aquel chico de piedra te amara porque
estaba solo? —inquirió Michael afablemente—. ¿Por qué le dijiste que no tenía a
nadie salvo a ti?
Volvió a ver el fugaz rictus de dolor que había visto en ella uno o dos veces antes
sin reconocerlo.
—Eso fue diferente. No quería que él me amara, sino que me hablara y me
pidiera que le hiciese un rato de compañía. Quería que me necesitara.
—Todo amor es una necesidad rimada —dijo Michael—. Te necesito. Te
necesitaba cuando vivía. ¿Dónde diablos estabas entonces? Ahora te necesito y
estás aquí y te quiero. Soy egoísta al respecto, como el pobre y codicioso Harry.
Quiero darte cosas y contemplar cómo te satisfacen, y ése es el egoísmo definitivo.
No puedo regatear contigo, Laura. Me dejé en casa todas las cuentas de colores y
los espejitos. Lo único que puedo darte es mi necesidad. Aceptaré cualquier cosa
que me des y estaré satisfecho con ella. Te quiero, Laura.
—También yo te quiero. ¿Cantamos ahora nuestro dúo?
—No, no cambia nada.
Laura se acercó a él, y la angustia en los ojos grises y la ancha boca era como
un anzuelo en su mente.
—Te quiero de veras, Michael, pero ojalá pudiera ser de la manera que me
gustaría amarte. Tal como somos, no tengo nada que darte. Sólo puedo recibir de
ti, y me detestaré por ello.
—No te entusiasmes demasiado —dijo Michael—. Ámame mientras tengas
necesidad de mí. Así es como ama la gente.
—Así no es como yo quiero amar. Para mí, amar es dar lo que tengas a quien
ames, y ni siquiera puedo tocarte. Ojalá pudiera tocarte, Michael, ojalá pudiera
dormir contigo, ojalá pudiera satisfacerte.
Michael le sonrió.
—Mira, no tienes que pensar de esa manera. Tienes que ser un espíritu puro, no
perturbado por los deseos de la carne corrupta. La idea consiste en liberarte del
cuerpo de modo que estés libre para meditar sin que te llamen continuamente por
teléfono. Sé una llama, Laura, sé una recatada llama azul.
—No tardaré en serlo. ¿Qué hacemos entonces en esta breve eternidad que
tenemos? ¿Cómo nos amamos? ¿Cómo vivimos juntos y nos hacemos felices
mutuamente?
—No lo sé con exactitud —respondió Michael—. Creo que debemos permanecer
juntos y no alejarnos demasiado uno del otro. Poco es lo que podemos hacer por
nosotros mismos o por el otro, Laura, excepto amarnos, porque amar es un poco
mejor que no hacerlo. ¿Eso te asusta?
—¿Pueden asustarse los muertos? ¿Incluso los muertos que aman?
—Son más vulnerables. Cualquier criatura es más vulnerable si ama o está en
celo que si no lo está.
—Lo que me asusta un poco es ser conocida —dijo Laura—. Vamos a conocernos
muy bien antes de que perdamos la tierra, amor mío. Antes pensaba en lo
maravilloso que sería si la gente pudiera levantar el tejado de su mente y dejar que
los demás mirasen el interior, en vez de confiar sus almas a las palabras. Ahora ya
no estoy tan segura. No sé si me amarás cuando me conozcas.
Michael se echó a reír.
—Correré el riesgo. Es como el matrimonio, en el que compiten en una carrera el
conocimiento total de cada uno por parte del otro y la muerte. Si la muerte llega
primero, el matrimonio es considerado un éxito. —Señaló de súbito la ciudad—.
Mira, ¿no son ésos los dos que estuvieron aquí esta mañana? ¿Harry y... cómo se
llamaba?
—Norma.
Laura vio a los dos jóvenes enfundados en impermeables, esperando el cambio
de luz en un semáforo. Cada uno rodeaba la cintura del otro con el brazo.
—Están demasiado lejos para poder asegurarlo, pero parecen ellos.
Observaron a la pareja sin hablar hasta que cambió la luz y los jóvenes cruzaron
la calle. Caminaban con tal lentitud, que la luz del semáforo volvió a cambiar antes
de que llegaran a la otra acera, y los coches les husmeaban los tobillos.
—Suerte, cabrones bobos —musitó Michael—. Sí, que tengáis suerte.
Se volvió a tiempo de ver sonreír a Laura y pareció un poco azorado.
—¿Te das cuenta? —le dijo—. Estabas equivocada. Cuando te sientes amado, te
vuelves generoso, expansivo y sentimental. Amas a todo el mundo, incluso a las
parejas jóvenes, que ya es decir. —Laura sonrió, le miró risueña y no dijo nada—.
Ojalá pudiera tocarte —añadió al cabo de un momento—. Creo que me gustaría
cogerte la cara entre mis manos y mirarte protectoramente. Tendrías la piel muy
fría y los huesos livianos contra las palmas de mis manos.
—Me encantaría, pero también me ruborizaría y la piel se me pondría muy
caliente y roja. Siempre me ocurría eso. Pero si no lo hicieras no me importaría.
—A mí tampoco.
—El generoso Morgan —dijo Laura en voz baja, pero seguía sonriendo y se irguió
para que Michael pudiera mirarla.
—Tócame —le pidió él de improviso—. Intenta tocarme la mano.
—No servirá de nada, Michael —musitó ella—. Lo intentaré si quieres, me
romperé el corazón intentándolo, pero no servirá de nada. El tiempo de tocar
pertenece al pasado.
—Inténtalo —insistió Michael—. Por favor, inténtalo. Piensa en ello. Piensa que
me amas y quieres tocarme, en la sensación del tacto, en cómo movías la mano y
lo que notabas al tocar las cosas con ella. Dame tu mano, Laura. Piensa que es
realmente tu mano. Es un gran símbolo.
—Sólo una vez. Inténtalo una vez y nunca más.
Michael extendió su mano y ella la suya, sin vacilación, para tocarla. El sol
caldeaba las hojas y llegaban de la ciudad los ruidos de coches y niños. Los
amantes Michael y Laura se cogieron las manos como antes. Hubo un punto en el
espacio donde sus manos, delgadas como el aliento, se encontraron y parecieron
convertirse en una sola mano, a través de la cual el sol brillaba y pasaba una hoja
caída. La miraron esperanzados durante un rato. Luego cada uno bajó
gradualmente los ojos para mirar los del otro con una especie de sentimiento de
culpa, pero todavía esperando ver algo allí que no miraba desde sus propios ojos.
No bajaron las manos ni desviaron las miradas.
—Nada —dijo Michael—. No esperaba que lo hubiera.
—Yo he sentido algo —dijo Laura, incapaz de eliminar la tristeza de su voz—. Por
lo menos eso creo. Tal vez lo imagino...
—No me mientas, ni siquiera para complacerme. No tenemos tiempo para
mentir.
—De acuerdo —dijo ella—. No he sentido nada, no ha funcionado, no podemos
tocarnos. Sinceramente, ¿eso hace que te sientas mejor? Para mí es tan doloroso
como las mentiras.
—No te preocupes, Laura. —Michael dejó caer su mano al costado—. No importa.
—¡Claro que importa! —exclamó ella—. Por eso no puedo evitar sentir envidia de
Sandra, incluso ahora. Al margen de lo que te quiera, por lo menos tenía mucho
calor que darte, mientras que yo no tengo nada. Sólo compañía y bonitas palabras.
—Laura... Laura, Laura. Sandra veía las cosas de una manera algo distinta. Para
ella, abrazarnos, dormir juntos..., eso también era una forma de tomar. Nunca
hacíamos el amor. No sé qué hacíamos, pero no era amor, y por la mañana siempre
estaba muerto. —Se echó a reír—. Te diré una cosa. Cierta vez me entusiasmé con
un poema de Emily Dickinson u otro poeta. Sólo recuerdo uno de sus versos, pero
decía: El alma selecciona su propia sociedad. En aquella época lo comentaba con
todo el mundo. Cierta vez se lo mencioné a un amigo mío y me replicó: «Es posible,
pero el cuerpo se acuesta con la gente menos recomendable». Recuerdo que dijo
eso.
La miró durante largo rato, sin decir nada. En un momento determinado alargó
la mano, como si intentara tocarla de nuevo, pero la apartó con tanta rapidez que
ella no estuvo segura de si el movimiento era real o lo había imaginado. Cayó otra
hoja. Laura pensó que aquel otoño iba a anticiparse.
—Tú eres mi propia sociedad —decía Michael—. Cuando estaba vivo te buscaba.
Lo hacía con despreocupación, para no sentirme demasiado dolido al no
encontrarte, y cuando mi despreocupación era excesiva acababa en la cama con la
gente menos recomendable, pero te buscaba, Laura. Por un momento te confundí
con Sandra. Te pido disculpas por ello. Estaba oscuro y soy miope. Pero no fue
nunca Sandra la mujer a la que amé. El brazo que me rodeaba en la cama no era el
de Sandra.
—Maldito seas —dijo Laura—. ¡Por qué te entretuviste tanto en el camino?
—Mi caballo murió de fatiga y tuve que comérmelo. Pobre bestia. ¿Me quieres?
—Sí, muchísimo.
—Te quiero. ¿Vamos a dar un paseo? La ciudad puede vestirse, comer e ir a
trabajar sin nosotros.
—No, quedémonos aquí un poco más. Tenemos tiempo.
El cuervo llegó por detrás de ellos, y se volvieron al oír el áspero batir de sus
alas. Aterrizó sobre el muro, entre los dos, recobró el aliento y dijo:
—Te he buscado por todas partes, Morgan.
—Estaba aquí.
—He recorrido el maldito cementerio de arriba abajo. Rebeck me dijo que
podrías estar aquí.
—Se trata del juicio —dijo Laura—. El juicio ha terminado.
—Ha terminado. —El cuervo inclinó la cabeza y rascó con el pico los espacios
entre los ladrillos, donde sobresalía el cemento.
—¿Cómo ha ido? —preguntó Michael con calma—. ¿Qué le ha ocurrido a Sandra?
—Un juicio de locos —musitó el cuervo sin alzar la cabeza—. El juicio más
absurdo del que jamás he tenido noticia.
—Ella ha ganado —dijo Laura—. Ella ha ganado, ¿verdad? La han dejado en
libertad.
—Querida, no has de pensar en los juicios como algo que se pierde o se gana—
dijo Michael—. La idea es...
—La han dejado libre —dijo el cuervo ásperamente—. Declarada inocente.
—Me alegro por ella. No quería que le ocurriera nada malo a Sandra. Ejecutarla
habría sido un error.
—No captas la idea, Morgan —dijo el cuervo, sin mirarle a los ojos—. Tal como
ellos lo ven, si ella no te mató, fuiste tú. Suicidio. Su abogado sostuvo que
intentaste incriminarla fraudulentamente, así que van a enviar un par de tipos para
que te exhumen y trasladen a otro sitio. Eres católico, etcétera, etcétera.
Laura emitió un gritito agudo y se quedó inmóvil.
—Laura —le dijo Michael. Desvió la mirada del cuervo para hablar con ella, pero
después de pronunciar su nombre no añadió nada.
—Ha sido un juicio absurdo —dijo el cuervo—. Se lo conté a Rebeck y él también
lo cree así.
12
—Se basaron en el papel —dijo el cuervo—. Encontraron la otra mitad.
—¿Qué papel? —preguntó el señor Rebeck.
Los cuervos estaban sentados en una pequeña elevación del terreno desde la
que veían la tumba de Morgan. Después de que la niebla se hubiera disipado, el día
era muy soleado, pero fresco y azotado por las brisas. Era la clase de día que
siempre había gustado al señor Rebeck.
—El papel que contenía el veneno —dijo Michael en voz baja—. Ahora lo
recuerdo.
—Eso es —dijo el cuervo—. Mira, ya tenían ese trocito, enrollado como un
cucurucho, pero no presentaba ninguna huella dactilar. Según los periódicos, su
abogado registró la casa, tratando de encontrar el resto del papel. Lo puso todo
patas arriba.
—Estaba bajo el secante de mi escritorio. —Michael parecía muy sereno—. Pensé
que allí estaría bien guardado. Iba a tirarlo, pero debía de estar demasiado
borracho. ¿Cuándo vendrán?
—No lo sé, pero no tardarán.
—No lo comprendo —dijo el señor Rebeck—. ¿Por qué era tan importante ese
papel?
—Tenía anotados muchos números de su puño y letra —respondió el cuervo—.
No sé qué representaban todos esos números, pero lo importante era la caligrafía.
Michael estaba sentado junto a Laura con las piernas cruzadas, tal como ella le
había visto la primera vez. Con frecuencia volvía la cabeza para mirarla y sonreía.
Ella permanecía muy quieta, la mirada fija en el largo camino guijarroso por donde
vendrían los hombres. No le hablaba directamente y ella no abría la boca.
—Los números tenían que ver con la dosis —explicó—. Lo importante de esa
clase de veneno es que, si tomas poco, sólo te producirá dolor de estómago, y si
tomas demasiado lo vomitarás, como un emético. Has de saber la cantidad exacta a
utilizar. Tomé los datos en una biblioteca y los anoté en el papel. Luego necesité
algo para guardar el veneno, por lo que arranqué un ángulo del papel y guardé el
resto bajo el secante porque tenía prisa. Y eché el veneno en mi propio vaso
cuando Sandra y yo bebimos juntos, antes de acostarnos. Ahora lo recuerdo.
Alzó la cabeza de súbito.
—Creo que oigo algo... Un coche.
Laura le miró entonces y empezó a decir algo, pero no llegó a articular las
palabras. Permanecieron sentados en silencio, esperando oír la chachara siseante
de los guijarros retorcidos bajo los neumáticos, voces, el ruido de un motor,
esperando un ancho morro y una sonriente boca plateada en el recodo del camino.
El señor Rebeck quería coger la mano de Laura, o poner su mano sobre el hombro
de Michael, pero no podía hacerlo. Encontró un agujero en uno de sus calcetines y
metió el dedo en él, observando cómo se agrandaba el desgarrón.
Esperaron, pero no ocurrió nada. Sólo se oía el sonido de los saltamontes.
—Nada —dijo Michael por fin—. Debo estar demasiado ansioso.
—No puedo imaginar que te suicidaras —observó el señor Rebeck, casi con
curiosidad—. Incluso ahora me cuesta trabajo imaginarlo.
—A mí también —replicó Michael—, tanto entonces como ahora. Es difícil de
explicar, pero nunca supe que iba a suicidarme, no como creemos que el suicida lo
sabe..., planeándolo, pensando en ello, despertándose por la mañana y diciendo:
«Dentro de dos días tomaré veneno y moriré». Para hacer eso hace falta un
carácter que yo no tengo. Incluso cuando me informé de la dosis letal y la anoté, lo
hice por pura curiosidad intelectual, como algo de lo que hablar cuando se agotan
los temas en una conversación. Pero no recuerdo que me hubiera dicho: «Basta, no
quiero seguir viviendo. Voy a matarme lo antes posible y terminar de una vez con
todo». Jamás pensé tal cosa.
Miró a Laura de nuevo.
—Creo que eso es lo que Laura no puede perdonarme. Quiere que los suicidas
sean sinceros consigo mismos, que escojan una forma de morir y la lleven a cabo
audazmente. Yo no pude hacer eso. No era ni valiente ni sincero en grado
suficiente. He decepcionado a Laura. Es perfectamente comprensible.
—No se trata de eso en absoluto —dijo Laura, sin volver la cabeza—. No tengo
derecho a pedir a nadie que sea sincero. No, no es eso. Pero dejar tu muerte en el
umbral de tu esposa, morir de tal manera que ella muriese también... No veo la
manera de aceptar eso, Michael. Si pudiera lo haría.
—Sí, eso estuvo mal.
El señor Rebeck sintió la necesidad de tocar algo vivo, alargó la mano y acarició
el negro plumaje del cuervo. Al ver que el pájaro se encogía pero no se apartaba,
dejó que su mano reposara sobre las plumas polvorientas. Notaba los latidos del
corazón del cuervo.
—Tal vez no lo supo —aventuró—. Es posible. Uno hace muchas cosas sin
enterarse de que las ha hecho. No sabía que culparían a Sandra de su muerte.
Míchael meneó la cabeza.
—Lo sabía, pero te lo agradezco de todos modos. —No miró a ninguno de ellos,
ni tampoco miraba hacia el camino. Parecía contemplar con gran interés una nube
blanca en forma de cabeza de caballo—. Lo sabía, no hay que darle más vueltas.
Tenía la sensación de que Sandy me había empujado al suicidio, y era justo que
sufriera por ello. Resulta curioso que hubiera llegado a creer a pies juntillas en la
justicia. Siempre iniciaba mis cursos de historia diciendo a los alumnos que si
esperaban escuchar una serie de guiones cinematográficos, con el triunfo de los
buenos al final, sería mejor que se marcharan a casa porque no sólo no ganaban
los buenos, sino que no existen tales buenos.
—¿Tienes que ir a la universidad para aprender eso? —preguntó el cuervo—. Es
algo que los pájaros saben antes de saber que son pájaros.
—La gente también lo sabe —replicó Michael—, pero les preocupa un poco y les
gustaría evitar el tema. Yo decía a mis alumnos: «La justicia no existe, es un
concepto artificial, un cuerpo extraño en el universo. Los tigres no son justos ni
injustos cuando matan a las cabras, o a los hombres, lo mismo da. La justicia en
abstracto, la ley son cosas inexistentes». Son viejas ideas, en absoluto cosecha de
Morgan, pero los alumnos se quedaban muy impresionados. —Laura no dijo nada y
Michael suspiró—. ¿Qué puedo decirte, Laura? ¿Que confundo la justicia con la
venganza? Eso es algo muy frecuente y siempre se ha hecho. No es ninguna
excusa. Nunca admití que creía que mi esposa debería morir por causar mi muerte,
pero ésa era la idea. Parecía muy justo.
—Y tu enojo por la muerte —intervino Laura—. ¿Era eso una mentira? El
esfuerzo por mantenerte cerca de la vida, los lamentos porque Sandra te había
asesinado... ¿Lo sabías desde el principio?
—No, no lo supe hasta que vino el cuervo. No recordaba nada de mi muerte.
Sólo que hubo veneno y que tenía mucho que ver con Sandra. Eso era todo.
Laura siguió con la cabeza gacha, sin mirarle, y Michael se puso a gritar de
repente.
—¿Cómo crees que me siento, maldita sea?
Su voz resonó en la cabeza del señor Rebeck, al cual le dolía escucharla. Parecía
tener un gran péndulo que oscilaba lentamente dentro de su cráneo.
—¿Cómo crees que me siento, sabiendo que estaba lo bastante hastiado de mí
mismo para matarme y era lo bastante vengativo para arrastrar a alguien conmigo?
¿Sabiendo a ciencia cierta, sin ningún paliativo, que soy un mentiroso, un cobarde y
un asesino, aunque no de obra? ¿Sabiendo que nunca amé a Sandra e intenté
destruirla porque no me amaba? Y lo planeé. Planeé esa hazaña torpe, infantil y
asesina, y luego me olvidé de ella porque no encajaba con la imagen que tenía de
mí mismo. Dios mío, qué clase de hombre era. Cómo debí de odiar.
—Yo no me golpearía tanto la cabeza contra el suelo —dijo el cuervo—. Total,
para lo que puedes hacer ahora... En cualquier caso, la han dejado libre. Final feliz.
El resto es lo de menos.
Michael meneó la cabeza.
—Sí que importa. Lo que ya no importa es cómo termine. —Su voz se había
serenado—. Es curioso descubrir que no amaba a Sandra. Siempre creí que la
quería.
El señor Rebeck notó que el cuerpecillo compacto del cuervo se movía bajo su
mano y pensó: «Ojalá no hubiera ocurrido nada de esto. Deseo con todo mi
corazón que volviera a ser junio, primavera tardía, antes de la llegada del calor, y
nada de esto hubiera sucedido». Vio que los ojos de Laura se alzaban gradualmente
al encuentro de los de Michael y supo, sin que le sorprendiera, lo que había
sucedido entre ellos aquella mañana. Pensó que debía de ser algo maravilloso,
incluso una especie de milagro, pero él no era capaz de reaccionar ante aquella
nueva situación apropiadamente. Era demasiado mayor para la belleza repentina, la
belleza que nace sin florecer y muere sin dar fruto. ¿Qué les ocurriría ahora?
Sí, deseaba que volviera a ser primavera, en sus últimos días, antes de que
llegara el calor.
Michael se dirigió a Laura en voz baja.
—La persecución ha terminado, la caza ha Morgan ha llegado a su fin. Sé lo que
soy, todo cuanto temí en vida, todo cuanto detestaba en otros, la falsedad, la
brutalidad y una arrogancia insensata. Y he de arrastrar todo eso conmigo
adondequiera que me arrastren, porque forma parte de mí, de mi piel y mi
esqueleto. Jamás podré volver a esquivarlo.
—Eso no es cierto —protestó Laura—. Eres amable, considerado, y no tienes más
maldad que el desayuno o la puesta del sol. ¿Crees que no lo sé?
—Sí, creo que no lo sabes, Laura, porque yo mismo lo desconocía hasta ahora.
No puedo ser amable ahora que no queda nada más. De joven, creía que era muy
amable, creía que detestaba la mezquindad y la brutalidad sencillamente porque
son malas por sí mismas. Al crecer me di cuenta de que detestaba ver sufrir a la
gente porque me imaginaba sufriendo en su lugar. Siempre tuve mucha
imaginación. Ahora comprendo que hacía grandes aspavientos contra esas cosas
porque estaban en mí, lo sabía y no me atrevía a admitirlo.
—Esas cosas están en todos nosotros —dijo Laura con desesperación—. Están en
mí. Escucha, Michael.
Michael continuó:
—Así pues, me dije que era amable y servicial, los demás me creyeron e incluso
yo mismo lo creí, y mira lo que he hecho, Laura, mira lo que he hecho.
Esta vez todos oyeron el ruido de la camioneta y supieron que los hombres
habían llegado incluso antes de que vieran el vehículo. El señor Rebeck había
esperado que fuese uno de los coches fúnebres de un negro reluciente, con largo
compartimiento posterior y cortinillas que tan a menudo había visto deslizarse por
los caminos del cementerio, pero el vehículo que venía en busca de Michael era una
camioneta grande de caja abierta y con una cabina verde que parecía haber sido
pintada aquella misma mañana. Había cuatro hombres, tres de ellos sentados
delante y uno en la caja, apoyado en un oxidado torno rojo que se erguía como la
aleta de un pez magro. El ruido del motor era curiosamente suave y amortiguado,
incluso cuando estuvo muy cerca.
—Van a verme —dijo el señor Rebeck, y recogió las piernas para incorporarse,
pero el cuervo le empujó la mano con su cabeza y dijo:
—No te verán a menos que te levantes. Quédate quieto.
El hombrecillo se relajó, sintiéndose un poco avergonzado de su temor, pero
satisfecho de que los hombres no le vieran.
—Haced algo —dijo Laura al señor Rebeck, al cuervo, a Michael. Su mirada
oscilaba entre la camioneta cada vez más próxima y Michael—. Por favor, haced
algo.
Ahora la camioneta avanzaba muy lentamente. Uno de los hombres que
ocupaban la cabina había asomado la cabeza por la ventanilla y examinaba las
lápidas al pasar.
—No pueden hacer nada —dijo Michael—. El tiempo para hacer algo, como el
tiempo para tocar y para ser amable, ha pasado. En fin, no todo el mundo tiene
oportunidad de ver cómo le sacan de la tumba. —Intentó fruncir el ceño—. Sacar...
no está bien dicho. Exhumar... tampoco me gusta. Desenterrar... Dios mío.
—Excavado —sugirió el cuervo—. Extraído. ¿Qué te parece extraído?
—Extraído está muy bien.
El señor Rebeck oyó un grito amorfo procedente del hombre que asomaba la
cabeza por la ventanilla, y la camioneta frenó con un chirrido.
—Ya está —murmuró Michael—. Nuestro bando ha vencido en la busca del
tesoro.
Los cuatro hombres bajaron del vehículo y rodearon la tumba. Llevaban limpios
monos de faena y gruesos zapatos. El conductor fue a la parte trasera y regresó
con cuatro palas. El señor Rebeck había pensado vagamente que usarían picos,
pero corría el verano y el terreno estaba blando. No tendrían problemas para
excavar la tierra.
Uno de los hombres alzó su pala, la sostuvo en alto un momento, cambiando de
asidero, y entonces la introdujo en la tierra, al pie de la tumba. Apoyó un pie en la
pala para hundirla más. Cuando la extrajo y echó la tierra a un lado con un rápido
movimiento, había una brecha de color marrón oscuro en medio de la hierba.
—Dios mío —dijo Laura en voz baja. De repente se volvió hacia el señor Rebeck,
su sombra implorante muy próxima a él—. Haga algo —le dijo—. Tiene que hacer
algo.
El señor Rebeck pensó que, al fin y al cabo, era bonita, y él nunca había
reparado en ello. Pero, ¿por qué recurría a él? ¿Por qué a él? No podía hacer nada.
Michael habló por él.
—Es inútil, Laura. ¿Qué quieres que haga? ¿Que baje la cuesta corriendo y
gritando «¡No toquéis a ese espectro! Si os lo lleváis, no tendré a nadie con quien
hablar»? No es posible hacer nada. ¿De qué sirve gritar?
El señor Rebeck pensó que no servía de nada, pero los gritos eran necesarios,
debería haber muchos gritos, agitación de puños y maldiciones, pues ¿cómo
sabemos que estamos vivos si no hay ningún ruido?
«Laura, Laura, para tu consuelo debería ser un poco valeroso, correr hacia esos
hombres, maldecirles a voz en cuello y decirles que dejen en paz a Michael. Para
eso no hace falta mucha valentía. Pero cuando se me agotaran las maldiciones
verían lo pequeño que soy, se mirarían unos a otros, se reirían y seguirían cavando.
Incluso podrían descubrir qué hago aquí. No soy lo bastante valiente para eso y
nadie puede convencerme de lo contrario.»
El primer hombre hizo una seña a otro, el cual también hundió su pala en el
suelo hasta que sólo quedó al descubierto una estrecha franja de hoja. Cavaron
juntos, uno al pie de la tumba y el otro al lado, mientras los otros dos hombres se
apoyaban en sus palas y charlaban. Quebraron el precario asidero en la tierra de la
hiedra de hoja ancha sobre la tumba de Michael y la arrojaron con indiferencia a un
lado, donde quedó como un raído cobertor de cama. Por un momento se contorneó
la tumba, una figura oblonga de color marrón oscuro en la tierra, con heridas
negras producidas por las palas.
—La hiedra ni siquiera ha tenido tiempo de arraigar —comentó Michael—.
Parecía muy frondosa y protectora, pero la pobrecilla probablemente no ha podido
echar raíces. Pobre hiedra de invernadero. Ojalá terminen pronto. ¿Cuánto suelen
tardar esas operaciones?
—No lo sé —dijo el señor Rebeck—. Es la primera vez que asisto a una.
La cabeza del cuervo era pequeña y sorprendentemente dura bajo los dedos del
señor Rebeck, el cual leyó cierta vez que los huesos de las aves son ligeros y
frágiles como las bolas decorativas de los árboles navideños.
—Yo he visto un par de ellas —dijo el pájaro—. Dura media hora, más o menos.
Depende de cuánto les cueste subir el ataúd a la camioneta. Para eso tienen el
torno.
—Media hora —dijo Michael—. Gracias. ¿Podrás amarme media hora más, Laura?
Los hombres trabajaban con mucha rapidez. Empezaban a agacharse a medida
que cavaban en la tumba y arrojaban la tierra por encima de sus hombros. Dos
desordenados montículos de tierra se extendían ya a los lados de la tumba.
—¿Es eso todo lo que quieres? —inquirió Laura en voz baja—. ¿Media hora de mi
amor?
—Es todo lo que voy a conseguir, y por ello es lo único que quiero. Creo que
ante los hechos es preciso racionalizar, pero necesito muchísimo esa media hora,
Laura.
—De acuerdo, Michael. Media hora.
—Poco más o menos. Quizá tengan problemas con el torno. Qué rápido cavan...
Mientras hablaba, los dos hombres dejaron de cavar y los otros dos que hasta
entonces habían permanecido ociosos los sustituyeron. Cavaron con brío, apenas
concediéndose tiempo para arrojar la tierra extraída al lado antes de que las hojas
volvieran a hundirse en el suelo. Uno de ellos se había quitado la camisa y revelaba
los dientes superiores con una sonrisa abstracta cada vez que hundía y retorcía la
pala. Los dos hombres relevados se enjugaban la frente y el cuello y tomaban unos
sorbos de agua de un grifo cercano.
—Me pregunto qué hacen cuando han terminado —dijo Michael—. Probablemente
nada hasta que salen del cementerio. ¿Y entonces qué? —Miró inquisitivo al señor
Rebeck.
—Nunca había visto una cosa así —repitió el hombrecillo—. Ignoro qué sucede.
—Claro, ¿cómo podría saberlo? En fin, no importa. No pueden hacer que esté
más o menos muerto. Ése fue un error mío. Pero me gustaría saber adonde me
llevan.
—A Mount Merrill —dijo el cuervo—. Un pequeño lugar allá en el extremo del
Bronx, donde reciben a todos los rechazados de Yorkchester. Tu ex hizo las
gestiones oportunas.
—Bonito nombre. Aliterativo. —Michael no parecía haber reparado en la última
observación del cuervo—. ¿Sabéis? Bien mirado, esta... extracción no debería
afectarme mucho. No es como si realmente abandonara a alguien a quien no
hubiera dejado ya, con excepción de Laura, siempre con excepción de Laura. —Se
volvió en seguida hacia el señor Rebeck—: No quería decirlo tal como suena,
Jonathan. —Hasta entonces nunca había llamado al señor Rebeck por su nombre de
pila—. Aquí hemos sido amigos. Lo habríamos sido de habernos conocido cuando
vivía. Podríamos haber envejecido jugando al pinocle, y habría persuadido a los
niños para que te llamaran tío Jonathan. Pero, como hombre y fantasma, teníamos
muy poco tiempo para cultivar nuestra amistad. Ya lo sabes, claro. Era como el
segundo de luz roja que queda cuando apagas una lámpara. Así de breve.
La lápida de Michael empezó a caer de repente. El señor Rebeck oyó que uno de
los hombres en pie gritaban una advertencia y vio a los dos cavadores que se
apresuraban a salir de la tumba mientras la lápida se movía por encima de ellos. Al
igual que la hiedra, no había tenido tiempo de afirmarse en el suelo, y ahora caía
poco a poco hacia adelante, haciendo que se desmoronara la poca tierra que aún la
sostenía, sin hacer ningún ruido. Osciló un momento antes de caer y desapareció
en el hoyo somero que los hombres habían cavado. Los cuatro que observaban
desde la loma oyeron el ruido que produjo contra la tierra, y el señor Rebeck creyó
detectar una ligera resonancia bajo el sonido. Las palas no habrían tenido que cavar
mucho más.
—¡Ah! —exclamó Laura, como si la lápida hubiese caído encima de ella.
Los hombres permanecían alrededor de la tumba e intercambiaban miradas.
—Qué sonido —dijo Michael maravillado—. Como una maleta cerrada de golpe.
Es muy simbólico. Incluso la piedra grita. Bueno, creo que eso nos dará un poco
más de tiempo, lo cual es de agradecer.
Observaron mientras el hombre descamisado hacía una seña a los demás para
que esperasen y saltaba a la tumba. Se restregó las manos contra los muslos y se
agachó para mover la piedra. Desde donde estaba sentado, el señor Rebeck sólo
podía ver la ancha espalda morena del hombre, pero oía los silbantes gruñidos de
esfuerzo que salían de entre sus dientes mientras intentaba mover la lápida, y veía
las rayas de suciedad y sudor que se formaban en sus costados y recordaban la
chaqueta de un uniforme carcelario. Hubo un momento en que casi levantó la
piedra, en que se alzó casi erecto, con los hombros curvados, el cuello hacia
adelante, los brazos extendidos hacia abajo, como cuerdas del arco que era su
espalda sudorosa, y la piedra en las manos, alzada del suelo. Tenía los codos
despellejados y muy sucios.
Entonces oyeron otra vez el ruido sordo de la piedra contra el suelo y vieron al
hombre enderezarse lentamente, frotándose la espalda, la boca abierta en una
mueca de dolor. El que había conducido la camioneta le sonrió, con una sonrisa
llena de exultación y simpatía, y saltó a la fosa para reunirse con él. Se colocó
frente al descamisado y le dijo claramente: «Tienes que ponerte en cuclillas». Así
pues, ambos se agacharon hasta que sólo las cabezas sobresalieron de la fosa, y
juntos aferraron la piedra y la alzaron a medida que se incorporaban. La dejaron
caer sobre la hierba y salieron de la tumba. Tenían la respiración entrecortada y
reían espasmódicamente. Los otros dos hombres cogieron las palas y empezaron a
cavar de nuevo.
—Eso es —dijo Michael—. He ahí el verdadero final de Morgan. El cuerpo en el
ataúd que tanto se esfuerzan por alcanzar no importa lo más mínimo. Todos los
cadáveres son iguales. Pero cuando la lápida con mi nombre se derrumbó, el viejo
Morgan cayó en ella. Todo el mundo debería tener una lápida con su nombre
inscrito en ella, así como las fechas de su nacimiento y su muerte. Yo no la tengo.
Cubrid de nuevo la fosa y dejad que la hierba crezca en la tierra. Morgan está
acabado.
—Siempre se llevan la lápida —comentó el cuervo—. La colocarán de nuevo en
Mount Merrill.
Michael no respondió. Observaba a los hombres, al igual que el señor Rebeck, el
cual se sentía cada vez más nervioso. Ahora no deseaba que fuese primavera. Sólo
deseaba estar lejos de la loma y la tumba que abrían con tanta ansiedad como
quien abre un regalo inesperado.
—No es justo —dijo Laura, en tono triste e infantil—. No es justo.
—¿Por qué no es justo? —inquirió Michael—. Nadie me hace esto. Lo hice yo
mismo. Sin duda un día lo deseé. Calla, Laura, no llores.
—No estoy llorando. Soy un fantasma.
—No discutas conmigo. Sé cuándo estás llorando. Te quiero y lo sé todo acerca
de ti.
La fosa era ya muy profunda. El más menudo de los hombres estaba dentro de
ella hasta la altura de los hombros, mientras añadía sus paletadas al gran montón
de tierra en el pie de la tumba. Cuando se agachó para cavar se perdió por
completo de vista.
—Tal vez sea así como debe ser. Nos hemos amado durante media noche y
medio día y nos hemos reconfortado un poco. ¿Qué más podrían esperar unos
amantes tardíos como nosotros? Incluso si sólo tuviéramos la media hora que te he
pedido, habríamos amado más de lo que muchos aman a lo largo de su vida. La
gente ama en momentos diseminados: cinco minutos aquí, un minuto con esta
muchacha, dos minutos en un metro con otra chica. Nosotros sabemos amar.
Practicamos en nuestra mente, pensando: «Así es como amaré si alguien me lo
pide alguna vez». Y ahora tenemos una mañana de amor. ¿De cuánto más tiempo
dispone jamás la mayoría de la gente, viva o muerta?
—De mucho más —dijo Laura con vehemencia—. No crees una sola palabra de lo
que has dicho. Ni siquiera te escuchabas a ti mismo. No intentes consolarme, pues
no necesito consuelo, Michael. No quiero un amor reducido y perfecto. Te quiero a
ti. Te quiero durante tanto tiempo como pueda tenerte, y sé cuál es la diferencia
entre media hora y toda una vida.
—Laura... —empezó a decir Michael, pero ella se había vuelto rápidamente hacia
el señor Rebeck, y su rostro, hermoso y al mismo tiempo absolutamente ordinario,
exigió que el hombrecillo la mirase—: ¿Es que eso es impropio de los fantasmas? —
le preguntó—. La verdad es que no tengo apenas la sensación de ser un fantasma.
Me siento codiciosa y humana. ¿Me equivoco al no resignarme y aceptar las cosas
como son, aceptar la belleza que encierra la pérdida? ¿Me equivoco al querer más
de lo que tengo? Dígamelo. Quiero saberlo.
«¿Cómo se me ha ocurrido pensar que tiene la voz de una criatura triste? —se
preguntó el señor Rebeck—. La voz que escucho es la de una mujer orgullosa y
angustiada. ¿Qué hace una mujer en este lugar? ¿Qué puedo decirle? ¿Por qué
habría de escucharme? Yo no lo haría, si tuviera oportunidad.»
—No —le respondió—. ¿Quién soy yo para decirte que no desees nada? Pero sé
qué quiere decir Michael. Existe una clase de amor que sólo puede echarse a perder
si se consuma.
«Eso no es lo que querías decir, ¿verdad? No. No, no pensaba eso. Si no tomaras
tan en serio lo que quieres decir, podrías acertar en alguna de ellas. Fíjate en cómo
se ríe el cuervo bajo tu mano.»
Decidió hablarles de la muchacha... si lograba acordarse. Tendría que hablar con
cuidado.
—Una vez, hace mucho tiempo, cuando era joven, fui a alguna parte con una
chica. Era de noche. No recuerdo adonde fuimos, pero sé que allí había otras
personas y, de alguna manera, ella y yo estábamos solos, en una habitación muy
grande de techo alto y sin sillas. Oíamos a los demás en la habitación contigua.
«Pareces un viejo contando la única anécdota picante que conoce. Habla de
violonchelo en seguida, porque la anécdota trata realmente del violenchelo y no de
ti.»
—Había un violonchelo apoyado en la pared. Parecía antiguo y le faltaba una
cuerda. Pero lo cogimos y tocamos melodías con las tres cuerdas. De vez en cuando
nos mirábamos y sonreíamos, y en una ocasión nuestras manos se rozaron cuando
los dos tocábamos el instrumento al mismo tiempo. Permanecimos allí largo rato,
contándonos chistes en dialecto irlandés y tañendo las cuerdas del violenchelo.
Entonces algunas de las otras personas empezaron a entrar en la habitación y
nosotros salimos a la terraza.
En aquel preciso momento las palas encontraron el ataúd. Se oyó un breve
sonido de metal contra madera, seguido de otro. Los cuatro hombres lanzaron una
exclamación de júbilo, y el descamisado, que no estaba cavando, agitó su pala por
encima de la cabeza. Las otras palas rasparon el ataúd de arriba abajo, para
eliminar los terrones adheridos, y el conductor dio unas palmadas en la espalda al
descamisado y se dirigió a la camioneta.
—No queda mucho tiempo —dijo Michael.
—Bastante todavía —replicó el cuervo—. Todavía tienen que colocar las cadenas
a la caja y volver a llenar la fosa cuando hayan terminado.
—No sabría qué hacer si tuviera mucho más tiempo. Mientras levantaban la
lápida, pensaba sin cesar: «Esto es un regalo de cinco minutos, tal vez más, sin
duda tiempo suficiente para decirle algo importante a Laura o explicarme a mí
mismo», pero no se me ocurrió nada, ni una sola palabra. Te quiero, Laura mía,
pero nunca dije nada importante en vida, y no voy a empezar ahora.
«Debo concluir mi anécdota —pensó el señor Rebeck—. No soy tan sincero como
Michael. Debo creer que cualquier cosa que diga es importante y no he de dejarla
incompleta. Así pues, termina de contar la anécdota, pero no les culpes si no te
escuchan. Ellos saben lo que es importante y lo que no lo es.»
—En el momento en que la chica y yo estábamos en la habitación, tocando el
violenchelo y bromeando, nos amamos tanto como jamás podríamos habernos
amado. Pero cuando salimos al jardín, la cosa cambió, y al cabo de algún tiempo
nos separamos, porque ambos sabíamos que nuestra relación no podría volver a
ser jamás tan grata como lo había sido en la habitación con el violenchelo.
Habíamos gastado todo nuestro amor en aquellos pocos minutos, y lo que vino
después era sólo recuerdo y el intento de revivir lo que habíamos vivido antes.
El conductor había retrocedido con la camioneta hasta el borde de la tumba y
una cadena descendía matraqueando desde el rodillo del torno, con un ruido muy
parecido al de una vajilla metálica en la pila. El hombre descamisado cogió dos
rollos de cuerda que estaban en la caja del vehículo, lanzó uno de ellos al otro
hombre y ambos descendieron a la fosa con mucho cuidado, pues la profundidad
era considerable y sería fácil caerse y hacerse daño.
Laura estaba cada vez más inquieta sobre la pequeña loma. Tenía los ojos muy
abiertos y se movían en su rostro como ardillas atrapadas presas del pánico en una
jaula demasiado pequeña. Su mirada se deslizaba desde Michael al señor Rebeck,
ahora silencioso como una estatua, a los ojos de tesoro de pirata del cuervo y su
afilado pico amarillo, a los hombres en la fosa, agachados para rodear el ataúd con
las cuerdas y, finalmente, volvía a Michael, siempre volvía a Michael. Estaba
sentada tan cerca de él como podía.
—Con qué rapidez trabajan —comentó—. ¿Por qué tienen tanta prisa? No
soporto verlos.
—Entonces no los mires —replicó Michael—. Mírame a mí. ¿Por qué desvías la
mirada de mí?
—Michael, debe de haber algo que podamos hacer. Debe de haberlo.
—No, Laura, no hay nada que hacer. No podemos hacer más que mirarnos y
confiar en que cada uno recordará el rostro del otro después de que haya olvidado
el suyo propio.
Los dos hombres se movían en la tumba, y de vez en cuando el tercer hombre
comunicaba a gritos al conductor sus progresos. Laura los contemplaba, pegada a
Michael. Cada vez que sus cabezas y hombros sobresalían de la fosa, ella sabía que
debían estar de pie sobre el ataúd.
—Nos olvidaremos —dijo amargamente—. En cuanto desaparezca, te olvidaré y
moriré. Y tú me olvidarás.
—¿Qué puedo decirte? ¿Que mi amor por ti es tan grande que quemará las
puertas negras existentes entre nosotros y las reducirá a cenizas? ¿Qué volveremos
a encontrarnos y nos conoceremos en esa gran isla de Ellis del cielo? ¿Qué te
visitaré a la luz de la luna, aunque el infierno me cierre el camino? Sabes que nada
de eso es posible, Laura. Creo que te quiere más de lo que estaría dispuesto a
aceptar, pero nuestra clase de amor no es una espada ni una llama, sino una
lucecita, lo bastante brillante para leer cartas de amor y mantener a los animales
gruñendo a cierta distancia. Con el tiempo se apagará, como se apagan todas las
luces y todas las llamas, si hay algún consuelo. Quiéreme, mírame y recuérdame
como yo te recordaré. No hay nada más. Permanece a mi lado y calla.
El motor del torno retumbó como el vientre de un gigante, y la brillante cadena
descendió lentamente a la fosa. El hombre descamisado la cogió con ambas manos,
con una especie de afecto vehemente, y, junto con el otro hombre, se afanó en
sujetarla a las cuerdas que rodeaban el ataúd. La operación requirió varios minutos,
durante los cuales Michael y Laura se miraron, en vez de mirar la fosa, y el torno
permaneció ocioso, mascullando maldiciones obsoletas para sí mismo.
Entonces el que vigilaba entre la tumba y el vehículo verde gritó algo a los dos
hombres, los cuales salieron de la profunda fosa. El tercer hombre tendió la mano a
cada uno y les ayudó a subir, uno tras otro. No dejaron de reír ni de respirar
pesadamente, pero avanzaron tambaleándose unos tres metros, antes de sentarse
en la hierba y agitar las manos al conductor de la camioneta. Estaban empapados
en sudor, que apelmazaba la oscura tierra de la tumba sobre su piel.
La cadena se puso tensa y vibrante. Por un instante no hubo movimiento y sólo
se oyó el ruido del torno. No había ningún otro sonido. Incluso los saltamontes
guardaban silencio.
Laura empezó a emitir un sonido que podría haber sido un gemido, pero lo
interrumpió bruscamente a la mitad. El cuervo apresó un saltamontes silencioso
con el pico, y el crujido que hizo al triturarlo fue el único sonido que rompió el
silencio.
En aquel momento, el gemido ávido del torno se elevó hasta convertirse en un
aullido de triunfo semejante al de un viento invernal. El vehículo entero se
estremeció bajo aquel sonido. La cadena matraqueó como una cuerda floja de violín
y el ataúd empezó a elevarse lentamente de la fosa, golpeando contra los lados y
enviando tenues aguaceros de tierra al fondo de la tumba. Los hombres al lado de
la camioneta se mordisqueaban los dedos y esperaban.
Laura soltó otra exclamación, y Michael le dijo:
—Silencio, Laura, por favor, cariño.
El ataúd se alzó lentamente, la parte delantera más alta que la posterior, y se
inclinó a un lado, pero salió de la fosa y el torno aulló con más intensidad que hasta
entonces. Un gran terrón se desprendió del ataúd y se estrelló en la oscuridad al
fondo de la fosa.
—Es como arrancar una muela —comentó Michael—. Exactamente como arrancar
una muela.
Cuando el ataúd estuvo por encima de la tumba, el conductor desconectó el
motor. La caja se balanceó, alta y negra, y el sol arrancó destellos de sus asas y la
plaquita de plata con el nombre del difunto. La cadena crujía un poco y las cuerdas
restregaban los ángulos del ataúd.
Michael se incorporó con un extraño garbo y permaneció con las manos a los
lados y la cabeza ladeada para ver el ataúd colgado del torno. El motor volvió a
ponerse en marcha y el torno depositó el ataúd de costado, en la caja de la
camioneta. Uno de los hombres desenganchó la cadena y empujó el ataúd hacia el
fondo. Y Michael asintió una y otra vez.
Entonces se volvió hacia Laura y le dijo en voz baja:
—Creo que será mejor que me vaya.
No le dio tiempo a replicar. Intentando evitar sus ojos, se acercó al señor Rebeck
y le dijo:
—Adiós, Jonathan. Te echaré mucho de menos. Cuídate y habla con Campos
cuando te sientas solo. A veces los vivos son una compañía estupenda.
El señor Rebeck apenas tuvo tiempo de iniciar una perpleja despedida cuando
Laura se interpuso entre ellos, miró a Michael y exclamó:
—¡No! ¡Todavía no es el momento, no tienes que irte! ¡No, Michael!
—He de hacerlo, Laura. Ya se van. Será más fácil si me voy cuando ellos lo
hagan.
—Pero no es el momento —insistió ella desesperadamente—. Quédate, Michael,
por favor. Aún no se marchan.
—Tienen que rellenar la fosa —dijo titubeante el señor Rebeck—. Eso requerirá
algún tiempo.
—No —les dijo Michael a los dos—. No me retengáis. He de irme. Es mejor que
me vaya ahora.
—¡Maldito seas! —gritó Laura, con la voz quebrada por la pesadumbre—.
¿Quieres dejar por un momento de ser tan valeroso? ¿Quieres hacer el favor de
bajar esa cabeza desafiante y perder tu dignidad, tu nueva y maldita dignidad? ¿Me
harás el honor, querido mío, de flaquear en tu resistencia aunque sólo sea un poco?
Hazlo por mí, Michael. Quiero recordarte cómo soy, inmadura y civilizada, soy
orgullosa y llorosa.
Michael se acercó a ella y le dijo:
—Esto no es valentía ni dignidad. Jamás he sido valiente ni digno, ni una sola
vez. Esto es otra muestra de cobardía, es la salida fácil. No tengo valor y mi
tristeza no es elegante. No puedo decirte adiós y quiero marcharme antes de que
deba decirlo.
—Quédate conmigo —insistió Laura—. Mientras haya un minuto todavía, quédate
conmigo. No tienes que irte hasta que crucen la puerta. Quédate conmigo hasta
entonces.
—No puedo, Laura mía, perdóname. No puedo quedarme.
Intensamente azorado, sintiéndose como quien escucha furtivamente, aun
cuando no le prestaban ninguna atención, el señor Rebeck acariciaba las ásperas
plumas del cuervo y contemplaba a los hombres que volvían a echar la tierra en la
fosa. Tres de ellos trabajaban al mismo tiempo, levantaban la tierra, la arrojaban,
la apelmazaban. Trabajaban perezosamente, hablando entre ellos, como si con su
sudor hubieran alejado la necesidad y la impaciencia provista de espolones que les
habían escoltado mientras extraían el ataúd. Sin embargo, por muy despacio que
trabajaran bajo la mirada del hombrecillo, acabaron por llenar la fosa. La superficie
quedó un poco hundida, porque no había bastante tierra para llenar totalmente la
tumba, ya que el ataúd había ocupado un espacio considerable. Uno de los hombres
golpeaba la tierra con la pala, mientras los otros dos se agacharon para recoger la
lápida y cargarla en la caja de la camioneta, al lado del ataúd. El conductor asomó
la cabeza por la ventanilla y observó el trabajo de sus compañeros.
—No soporto estar aquí sentado, perderte y no poder hacer nada por evitarlo —
dijo Michael—. No tengo valor para eso. Esperaría contigo si me atreviera, Laura, y
te diría cosas juiciosas y consoladoras, pero no dejaría de pensar: Cinco minutos,
cuatro minutos, cuesta arriba, cuesta abajo, a través de los sauces, ahora el recodo
del camino, la sombría puerta está abierta, ¿qué puedo decirle a Laura? Debe de
haber algo que pueda decirle, algo que dé significado a nuestra mutua pérdida, algo
que dé sentido a esta situación triste y estúpida. Y entonces pensaría: Dos minutos,
un minuto, la puerta está abierta, y diría: «Te quiero, Laura, una y otra vez, hasta
desaparecer».
—Eso es significado. No hay nada que tenga más significado. Quédate conmigo,
Michael.
—No puedo. No he cambiado. Morir y amar no me han hecho más valiente y
galante. Sigo siendo Morgan y estoy muerto. Deja que me vaya, déjame terminar
con esto.
Los hombres echaron sus palas en la camioneta y subieron, tres de ellos en la
cabina y uno en la caja, igual que al venir. El motor hizo que el vehículo se
estremeciera y las palas entrechocaron con un tintineo. El hombre que viajaba en la
caja se sujetó apoyando los pies en el ataúd. Entonces la camioneta se puso en
marcha, y lo último que vieron de ella antes de que doblara el recodo fue el delgado
torno rojo con manchas marrones allí donde la pintura se había descascarillado, y el
hombre solitario sentado en la caja.
—Ya me voy —dijo Michael.
—Te quiero. —De la voz de Laura había desaparecido toda esperanza—. Te
querría aunque tuvieras miedo de todo cuanto existe.
—Temo todo, excepto estar solo. Te quiero, Laura.
Volvió a despedirse del señor Rebeck, se volvió y bajó la cuesta hacia la parcela
de tierra oscura con la hiedra desgarrada y esparcida a su alrededor. Era la suya
una figura ligeramente esbozada, sin color propio, sino el de la hierba, el de la
tierra removida de la tumba y el de los guijarros diseminados por el camino. El sol
brillaba a su través y él también adquiría ese color. No se volvió ni miró atrás, pero
se detuvo un par de veces y permaneció inmóvil, con los hombros encorvados,
antes de reanudar su camino.
—Quiere volver —dijo Laura—. Si volviera a llamarle, regresaría.
—Entonces llámale —replicó el señor Rebeck, con la cabeza gacha.
—No, porque a lo mejor no se volvería y creo que entonces yo no podría
soportarlo.
Laura se deslizaba arriba y abajo, ya no como una cinta sino más bien como un
velo, y ya no era bella, si es que alguna vez lo había sido. Vio pasar a Michael junto
a la tumba vacía, sobre la que la hierba no tardaría en crecer de nuevo, y musitó:
«Oh, Dios mío, ¿qué voy a hacer?». El señor Rebeck recordó la misma voz que le
cantaba tiempo atrás, antes de que saliera el sol, y supo que también ahora estaba
cantando. El cuervo permanecía en silencio, sin mirar nada en particular.
De repente Laura se detuvo y permaneció tan inmóvil que el señor Rebeck tuvo
la seguridad de que había visto a Michael desvanecerse ante sus ojos, y cuando él
intentaba decirle algo que disminuyera la aflicción de la muchacha, ésta empezó a
volverse. Antes de verla la cara, él supo lo que iba a pedirle que hiciera, y el temor
saltó del lugar donde había estado durmiendo y cabrioleó con salvaje alegría.
Ella se le acercó, se arrodilló a su lado y le dijo:
—Si me trasladara, si exhumara mi ataúd y me enterrara en Mount Merrill,
podría estar con Michael, podríamos estar juntos.
—Laura, Laura, querida, sabes que si hubiera la menor posibilidad...
—Es posible. —La voz le temblaba como si estuviera a punto de reírse
alegremente—. Puede hacerlo de noche, cuando nadie le vea. Y si deja mi lápida tal
como está, nadie sabrá que no estoy enterrada ahí. Puede hacerlo, sé que puede.
Él se pasó una mano súbitamente húmeda por la mandíbula, pensando
absurdamente que debía afeitarse, que con aquel rastrojo debía de tener un
aspecto terrible, como un pordiosero.
—No soy lo bastante fuerte. No tengo pala y, aunque la tuviera, no tendría
fuerzas para levantar el ataúd. Ya has visto cómo lo han hecho. Son precisos cuatro
hombres y una camioneta. ¿De dónde sacaría una camioneta?
—Hable con Campos —replicó Laura con vehemencia—. Campos tiene la fuerza
de cuatro hombres y una camioneta. Él le ayudará. Por favor, sé que puede
hacerlo. Ayúdeme ahora.
El cuervo cloqueó bajo su mano, un tanto divertido, y musitó:
—Jajá. Ahora sí que te han embaucado. Hasta la vista, amigo.
—No —replicó el hombrecillo, acalorado—. No me lo pidas, Laura. Tendría que
salir del cementerio.
Al principio Laura le interpretó mal.
—Irá con Campos —balbuceó—. Él puede llevarle y traerle de regreso, y nadie lo
sabrá.
—No se trata de eso —le dijo, y entonces ella comprendió—. No he salido nunca
del cementerio, ni una sola vez en diecinueve años. Jamás lo he hecho.
—Será esta única vez —dijo Laura, pero la esperanza había desaparecido de su
voz—. Podría volver en seguida.
—No puedo —replicó con firmeza el señor Rebeck, y pensó: «Por fin ha sucedido,
como sabía que ocurriría, y no estoy más preparado para enfrentarme a ello de lo
que estaba hace tanto tiempo, cuando estaba tan deseoso de ser amable». Le
aturdía ver a Laura implorándole de rodillas. Su cabeza se movía adelante y atrás,
como si alguien se la sacudiera. Le tendió una mano, sabiendo que era un gesto
inútil, pero quería que se levantara. No soportaba verla arrodillada—. Laura... —
Repitió aquel nombre que siempre le había encantado—. Por favor, Laura. Te
ayudaría si pudiera, si hubiera la menor posibilidad, pero no puedo cruzar la puerta.
Lo he intentado. Laura, escúchame... —añadió, pues la oscura cabeza de la
muchacha seguía inclinada—. Lo he intentado, pero no puedo cruzar la puerta, de
la misma manera que tú no puedes. Soy tan impotente como tú. No puedo hacer
nada.
Ella no dijo nada, y el hombrecillo se dijo que podría morirse allí mismo, con la
muchacha arrodillada ante él. Pensó que sería una ocasión muy buena para
hacerlo.
—No puedo ayudarte —repitió—. Un hombre podría hacerlo, pero yo soy como
Michael y como tú. Nada que perjudique a un hombre puede perjudicarme, pero
nada que pueda hacer un hombre está también a mi alcance. No puedo cruzar la
puerta y llevarte adonde está Michael, Laura. Es como caminar contra el viento.
Das el mismo paso una y otra vez, y poco a poco el viento te aleja del lugar al que
quieres ir. No me lo pidas más, Laura.
No la vio incorporarse porque tenía el rostro oculto entre las manos. Sus dedos
aferraban y frotaban la piel como si intentaran averiguar de quién era la cara que
se había puesto por error. El cuervo rascaba el suelo en busca de insectos.
—No hay nada que hacer —dijo Laura en voz muy baja—. Los animales
exteriores se convierten rápidamente en animales interiores. Lo siento, Jonathan.
Él la miró y no vio odio en sus ojos. Habría preferido que le odiara. No había
nada en los ojos de Laura excepto, tal vez, un poco de compasión.
—Lo siento —repitió, y entonces se apartó de él y corrió cuesta abajo, pasó junto
al foso de la tumba abierta y llegó al camino adoquinado.
Se movía como una cinta, como un velo, como una pluma, como una cometa,
como cualquier objeto atrapado por el viento y transportado lejos de donde estaba,
donde se pierde de vista, para regresar luego impulsado por las ráfagas a su lugar
de origen.
El sol brillaba tanto que el señor Rebeck apenas podía verla. Percibió una
negrura entre los árboles y supo que era su cabellera, luego vio un retazo de color
gris que era su vestido. Aparte de esos indicios, no la veía en absoluto, pero podía
oírla gritar: «¡Michael! ¡Michael, espérame, Michael! ¡Oh, Michael, espera!».
Y poco antes de que llegara al recodo del camino y la perdiera de vista
totalmente, le oyó exclamar «Michael» de nuevo, y de algún modo supo que
Michael la había esperado.
Se sintió un poco mejor y mucho más triste.
—Él quería regresar —le explicó al cuervo—, pero temía hacerlo, por lo que
caminó lentamente, confiando en que ella le siguiera. Ahora irán juntos hasta la
puerta, o por lo menos tan lejos como puedan. Creo que así es mejor para él que si
se marchara solo.
—Muy grato —dijo el cuervo—. Jolín, no me gusta el sabor de los grillos. No sé
por qué me los como. Supongo que son alimenticios.
El señor Rebeck intentó acariciar al cuervo de nuevo, pero el pájaro se zafó.
—Tenía razón —dijo el hombrecillo—. ¿No es cierto? No podría haberla ayudado
de ninguna manera. Tú sabes que no habría podido.
—Yo no sé nada —replicó el cuervo—. No vengas husmeando a mi alrededor,
amigo. Yo no tomo decisiones. Soy un pájaro.
—Muy cierto —dijo el señor Rebeck.
Se levantó lentamente y se estiró un poco, porque permanecer sentado durante
tanto tiempo en la misma postura le producía calambres.
13
—¿Qué voy a hacer? —preguntó, confiando todavía en que el cuervo le
respondiera—. ¿Qué voy a hacer? ¿Qué voy a hacer?
Estaba de pie en la hierba con las manos en los bolsillos y las piernas muy
juntas, como si soplara el viento, y repetía «¿qué voy a hacer?» sin recordar que
Laura lo había dicho. Le dolían las piernas y cuando se movía notaba la espalda
rígida.
Sabía que si quería seguir creyendo en la ficción de que era útil a los muertos,
debería encaminarse a la puerta. Laura estaría allí y necesitaría a alguien. Era
claramente el lugar para encontrarse con ella y mostrarse consolador, afectuoso y
tiernamente juicioso. Tenía más experiencia de la vida que ella y sabía más de la
muerte, y por eso era natural que la palabra que también haría juiciosa a Laura
procediera de él. Era lo más apropiado. De todos modos, ahora no había nadie más
que pudiera hablar con ella.
Pero no quería ir solo. Pidió al cuervo que le acompañara, aunque sólo fuese
parte del camino, pero el pájaro se negó y echó a volar. El señor Rebeck se lo
quedó mirando mientras pudo, porque el cuervo tenía un bello estilo de vuelo.
Cuando por fin lo perdió de vista, se sintió apático y solitario. Poco antes había
estado sentado con tres amigos; ahora estaba solo en la loma y la transición había
sido demasiado repentina para él. Se preguntó si los hombres muy ancianos se
sentirían así. Tal vez los niños, los pequeños que se quedaban dormidos en una
habitación llena de luz y olores agradables, con los sonidos de la plata y el cristal, y
se despertaban mucho más tarde, solos en una cama desconocida, en plena noche,
en una habitación que pudo haber sido amistosa y familiar en otro tiempo, pero que
ya no lo era.
Incluso sin la compañía del cuervo iría y encontraría a Laura. Ahora alguien
debería estar con ella. Dio unos pasos lentos cuesta abajo y se detuvo, afirmando
bien las piernas en la cuesta. Allá abajo la tumba era un parche marrón en la
hierba. Se preguntó cuánto tiempo tardaría en cubrirse nuevamente de verdor.
«Estará en la puerta —se dijo—, y habrá algunas marcas en el suelo por donde
ha pasado la camioneta.» Era bastante difícil imaginarla, un susurro frenético ante
la puerta burlonamente abierta, suplicándole al hierro negro para que la dejara
pasar. No le gustaba pensar en ello. Le hacía sentirse como si no tuviera piernas.
—No puedo ayudarla —dijo en voz alta, mirando a su alrededor.
Hasta donde alcanzaba su vista no se veía a nadie. Esperó un momento, como si
confiara en que alguien le contradijera, luego dio media vuelta y subió la pequeña
cuesta hasta el estrecho sendero de tierra que partía de ella. Una vez miró atrás y
vio los surcos profundos en la tierra producidas por el pesado vehículo. Cuando
volviera a llover se llenarían de agua y, con el tiempo, crecerían en ellos hierbajos.
Pero no podía apartar a Laura de su mente. En cuanto se relajaba, en cuanto se
le agotaba todo aquello que podía decirse sobre la esplendidez del día, ella
regresaba y permanecía como una antorcha en el centro de su mente. Él se
esforzaba en admirar la belleza de ciertas flores para alejarla, pero ella volvía de
nuevo, más bella, con la cabellera negra, el vestido gris y los ojos invernales,
diciéndole: «No hay nada que hacer. Lo siento, Jonathan».
—No podía hacer nada —le dijo—. No soy el hombre adecuado para pedirle
ayuda. ¿Habrías preferido que te prometiera ayuda y luego te decepcionara? Por lo
menos he sido lo bastante hombre para enfrentarme a mi propia debilidad. No todo
el mundo es lo bastante sincero para hacer eso.
Laura no dijo nada y se retiró en silencio al fondo de su mente, donde
permaneció, destellante en la sombra. Él volvió a decirle que estaba perdiendo el
tiempo y, al mismo tiempo, le hacía daño, pero ella no respondió.
Incluso los trenes guardaban silencio. Por uno de los lados del cementerio
pasaba un ferrocarril elevado y por el otro un metro, y el hombrecillo pensó que los
trenes eran sus defensas contra la ciudad. Le gustaban los ruidos que producían.
De noche, en los instantes resbaladizos antes de dormirse, el matraqueo y los
chirridos le hacían sentirse menos solo. Conocía sus horarios de memoria y sabía
que había pasado mucho tiempo desde que oyera pasar un tren por última vez.
Pensó que Laura había detenido los trenes, o por lo menos les había hecho
correr sin ruido, a fin de que él pudiera concentrarse en su sentimiento de
culpabilidad. Desde luego, sabía que eso no era cierto. Sin duda los trenes corrían
como siempre lo habían hecho. Lo que ocurría, sencillamente, era que él no los oía.
El camino se ensanchó convirtiéndose en calzada, y él siguió andando,
diciéndose que comprendía sin dificultad el punto de vista de la muchacha, la cual
no podía imaginar que un hombre vivo no pudiera entrar y salir del cementerio a
voluntad. Había visto a muchos hombres hacerlo a diario, y sin duda lo hacían en
aquel mismo momento, mientras ella permanecía arrodillada al lado de la puerta.
Entraban y salían, tan confiados en sí mismos que no aminoraban su paso lo más
mínimo al cruzar la puerta. Incluso Campos..., y Campos se parecía mucho a él.
Ella no comprendía por qué le resultaba tan difícil salir del cementerio, pero lo
cierto era que tampoco él lo comprendía muy bien. Lo único que sabía era que
aquél no era meramente donde vivía y dormía, sino su misma piel, y un hombre
sólo abandona la piel de su cuerpo con una enorme dificultad primero y mucho
dolor después. Él temía al dolor, que es frío, envejece y no sirve para nada. Debía
haber intentado que Laura lo comprendiera.
Estaba llegando a una sección más lujosa del cementerio, más allá de la cual los
mausoleos empezaban a escasear. El último de ellos era uno de sus favoritos, un
gran edificio cilindrico con tres círculos de mármol concéntricos en la base, los
cuales formaban escalones que conducían a una puertecilla de vidrio con una cruz
en lo alto. El conjunto le recordaba al señor Rebeck la cabeza y los hombros de un
caballero medieval. La cúpula sería el casco, la puerta la abertura para la boca y los
tres escalones el adminículo, o como quiera que se llamase, que protegía el cuello.
Alrededor del mausoleo había un bajorrelieve, exactamente donde estaría la cabeza
del caballero, y presentaba una talla de espadas cruzadas entre una frondosa
enredadera. Ése podría ser el amuleto del caballero, si tenían tales cosas, o quizá
un favor de una dama rica.
Tal vez el caballero se había limitado a quedarse quieto un momento, o se había
dormido, y el mundo se había levantado a su alrededor, como un montón de hojas
muertas. Podría haber sucedido. Ésa era una de las cosas del mundo que le
asustaban. Cierras los ojos un momento y cuando vuelves a abrirlos estás cubierto
de tierra y hojas muertas hasta los hombros. Tienes que estar despierto y en
movimiento continuamente.
«Los animales exteriores se convierten rápidamente en animales interiores», dijo
Laura en su mente.
—No, no es cierto —respondió irritado—. El miedo se ha detenido en la puerta de
este sitio. Si me marchara, volvería a sentirlo, pero aquí no puede seguirme. Aquí
estoy a salvo, nada puede dañarme.
«Si no temes a nada, entonces no eres un hombre», le dijo Laura desde una
gran distancia.
—¿He dicho alguna vez que lo fuera? —inquirió, y tuvo la sensación de que había
aducido un argumento importante contra ella—. La condición de hombre no es algo
que te pones y te quitas a voluntad, no es una recompensa al valor. No me espera
ningún premio a la hombría si soy lo bastante valiente para abandonar el
cementerio. No soy ni hombre ni espectro. Por tu bien quisiera ser uno, por el mío
el otro. Tal como están las cosas, no puedo ayudarte ni ayudarme. Procura no
culparme. No tengo la culpa del todo.
A su espalda sonó el claxon de un coche patrulla, y él se apartó rápidamente
para dejarlo pasar. Aún le ponían nervioso y trataba de desviar el rostro para que
no le viera el conductor, pero ya no pensaba en correr o esconderse cuando veía
uno de aquellos coches negros con la insignia en forma de hoja de roble en las
portezuelas. Siguió andando por el camino, alargando de vez en cuando una mano
para tocar el pelaje verde y punzante de los pequeños pinos que crecían en aquella
zona. Sólo había unos pocos cuando empezó a vivir en el cementerio.
—De todos modos —añadió, aunque Laura no había dicho nada en su cabeza—,
no es sólo la idea de abandonar el cementerio. ¿Y si no pudiera regresar? ¿Y si
nunca pudiera vivir aquí de nuevo?
Se sorprendió a sí mismo razonando con la silenciosa mujer a la que no podía
ver.
—No podría vivir fuera de aquí, Laura. Ha pasado demasiado tiempo, son
muchos años durmiendo sobre un suelo de mármol y jugando al ajedrez con los
fantasmas. ¿Cómo puedo hablar con la gente, yo que he contado chistes a los
muertos y he cantado con ellos? ¿Cómo podría acostumbrarme jamás a comer en
restaurantes, tras haber sido alimentado por un cuervo? ¿Qué haré conmigo
mismo? ¿Cómo me ganaré la vida? ¿Dónde viviré? Si no puedo regresar aquí, no
tendré ningún lugar adonde ir. ¿Quién me enseñará a dormir de nuevo en una
cama y a cruzar las calles? En nombre de Dios, Laura, ¿cómo podría vivir en el
mundo sin morir?
Laura no le respondió. Pasó junto al círculo de columnas sin tejado que Michael
vio la primera vez que paseó por el cementerio en busca de alguien con quien
hablar. Un rociador giratorio en el centro oscurecía las bases de las columnas
blancas mientras regaba la hierba que las rodeaba. Permaneció entre las columnas
unos minutos, dejando que el agua brillante le salpicara manos y muñecas.
—Soy demasiado viejo —intentó explicar a Laura—. Más viejo de lo que creía. No
me refiero a mi cuerpo, al que no le importa lo que haga, sino a mi mente, que es
vieja y no acepta fácilmente los cambios, y cuando se enfrenta a un reto echa a
correr para ponerse a salvo. Os quiero mucho, a ti y a Michael, ya lo sabes. —Alzó
mucho la voz al decir estas últimas palabras—. Pero debes creerme cuando te digo
que no te puedo ayudar sin sufrir por ello, y temo demasiado al sufrimiento. Por lo
menos soy sincero contigo.
Laura siguió sin responderle. Sólo brillaba tenuemente en los corredores
abovedados de su mente, sintiendo que su sinceridad había sido rechazada, y
entonces el hombrecillo se enojó, pensó en el suicidio de Michael y en lo insegura
que estaba Laura acerca de las razones de su propia muerte, y, como se creía
engañado y sabía que estaba sufriendo, dijo una crueldad.
—No soy precisamente el único que no encajaba en el mundo. Pensad en
vosotros mismos antes de que me enviaras a ese recado de misericordia. De los
tres, ¿quién se ocultó en la tierra como un zorro asustado y quién vivió? Es posible
que vosotros estuvierais en el mundo más a vuestras anchas que yo, y fueseis más
capaces de fingir que vivíais con vuestros vecinos, pero ¿quién vivía, quién vivía?
Se arrepintió de decir esas palabras incluso mientras las pronunciaba, pero las
dijo hasta que estuvo seguro de haber terminado, y entonces se estremeció y se
sintió desgraciado. Notaba una amargura tenue, líquida, en el fondo de la garganta.
—De acuerdo, lo siento —le dijo a Laura, que seguía callada en su mente—.
Sabes que lo siento. Perdóname y sé un poco tolerante, u ódiame y déjame en paz.
En este momento me importa poco lo que decidas.
Durante un rato creyó que Laura le había abandonado, pues no había rastro de
ella en su cabeza. Suspiró y se dijo que lo inevitable es una gran bendición para un
hombre cansado de tener que elegir. Con el tiempo indudablemente se perdonaría a
sí mismo, absorbería su pérdida como la boca herida de un pez absorbe
gradualmente un anzuelo roto. Cuando transcurriera algún tiempo, no sólo olvidaría
a Laura, sino que llegaría a creer que nunca había sido real, que él la había
inventado con la misma cabeza que estaba llena de unicornios y de vírgenes tristes.
Y tal vez así era.
Pensó en la posibilidad de que Michael, Laura y todos los demás fantasmas con
los que había hablado y se había entretenido nunca hubieran existido y fueran el
producto de su soledad y el deseo de tener compañía. Tal vez los muertos estaban
muertos y no había más fantasmas que sus propios recuerdos de las ocasiones
perdidas, amigos con los que nunca hablaba, cartas jamás escritas ni respondidas,
mujeres a las que nunca había abordado en las calles o sonreído en el metro. O tal
vez, para decirlo sin ambages, podría estar mucho más loco de lo que creía.
Siempre se había considerado un poco loco.
Pero se dijo que le habían necesitado y quizás eso significaba que eran reales.
Los sueños nunca te necesitan para recordarte que existen..., siempre ocurre al
revés. Al fin y al cabo, tal vez Michael, Laura y todos los demás eran reales, pues
habían acudido a él, le habían llamado por su nombre y solicitado las pequeñas
amabilidades que él nunca había podido ofrecer antes. Y las había ofrecido todas,
ansiosa, casi frenéticamente, y ahora no le quedaba ninguna. Percibía la diferencia
en sí mismo, como si estuviera empezando a desmoronarse. La verdad es que
nunca había tenido mucho que dar, y ahora no tenía nada en absoluto, nada
excepto lo poco que siempre había planeado guardar para sí mismo, a fin de estar
un poco protegido cuando envejeciera.
—No lo haré —dijo, sabiendo que Laura le escuchaba aunque no podía verla—. Ni
siquiera por ti. No te ayudaré porque el esfuerzo es excesivo para tan escaso
beneficio. No os quiero... —esto lo dijo también para Michael y quienquiera que
estuviera escuchándole— y si os he hecho creer que os quería, lo siento. La culpa
ha sido mía. Sólo me amo a mí mismo, y ese amor se extingue a causa del tiempo
y el conocimiento, como todo amor. Pronto habrá terminado y tendré cierta clase
de paz, en la que nadie me pedirá que haga nada por él.
Pensó en la señora Klapper y se preguntó si aquel día le visitaría. Si lo hacía, le
diría lo mismo y terminaría con aquel asunto de una vez. Nunca debería haber
aceptado nada de ella..., su preocupación, su compañía, la anécdota acerca de
Linda. Si venía, le devolvería su impermeable y le pediría que dejara de
importunarle. Confió en que ella le escuchara.
Hizo un alto para orientarse y descubrió que se estaba acercando al mausoleo de
los Wilder, pero desde una dirección distinta a la habitual. El camino empezaba a
elevarse antes de descender al somero valle en el que se alzaba el mausoleo. En lo
alto de la loma, con sus volutas y su blancura de jabón, estaba el castillo cuyos
cimientos eran el pecho y el vientre de Morris Klapper. Cada vez que el señor
Rebeck veía el mausoleo, le parecía mayor. Nunca había visto ninguna otra cosa
que le diera esa impresión.
Decidió sentarse un rato en los escalones, porque estaba cansado. Se
desabrocharía la camisa, se arremangaría y tomaría un poco el sol. Cuando éste se
pusiera, emprendería el regreso a su refugio y esperaría hasta que llegara el
cuervo.
Cuando llegó a los escalones del mausoleo de Klapper se quedó inmóvil, mirando
el tejado blanco. Había leído u oído en alguna parte que las lápidas más antiguas
eran así, un montón de piedras sobre una fosa abierta a toda prisa para evitar que
los lobos exhumaran el cadáver. Pensó que si tal era el caso, Morris Klapper estaba
perfectamente a salvo. Los animales interiores (al margen de lo que Laura hubiera
querido significar con eso) no podrían llegar hasta él. El mismo Dios se rompería
algunas uñas si intentara llegar hasta Morris Klapper.
Se sentó en los escalones, que no eran tan cómodos ni mucho menos como
aquellos a los que estaba acostumbrado, y alzó el rostro al sol. Con los ojos
cerrados, notó que el calor impregnaba su piel. Le gustaba sentarse al sol, le hacía
sentirse como un padre, tendido en un banco del parque con un periódico sobre el
vientre, casi dormido, mientras su hijito juega en la arena. Pero hoy la ensoñación
parecía un poco raída en los bordes. No se sentía a gusto en el banco de madera,
por muy a menudo que cambiara de postura, y el chico se desvanecía cada vez que
apartaba los ojos de él.
—Muy bien —dijo en voz alta—. Siento cierta culpabilidad en mi conciencia. Esto
es perfectamente natural, nada de lo que haya de avergonzarme. Ya pasará.
También esto pasará y se quedará en nada.
—Ojalá yo pudiera decir lo mismo —dijo una voz a sus espaldas.
El señor Rebeck se volvió rápidamente y no vio nada. No había nada en absoluto
entre él y la puerta del mausoleo.
—Hola —dijo nerviosamente—. ¿Hay alguien ahí?
—¿Qué? —preguntó la voz.
—¿Hay alguien ahí? —repitió el señor Rebeck, ahora sintiéndose un poco
estúpido.
—Ah —dijo la voz—. Sí, estoy aquí. Ya llevo algún tiempo.
La voz era débil, pero clara y muy seca. Al señor Rebeck le recordó el ruido de
unos zapatos de suela delgada pisando arena.
—¿Es usted Morris Klapper? —preguntó.
—No lo sé —respondió la voz lentamente—. No había pensado... —Entonces
añadió con firmeza—. Sí, sí, debe ser. Soy Morris Klapper.
—Me llamo Jonathan Rebeck. —Deseó poder ver a Morris Klapper para
cerciorarse de si realmente se le parecía.
—¿Qué está haciendo aquí? No le conozco, ¿verdad?
—No —dijo el señor Rebeck—. Vivo aquí.
—¿Aquí? ¿En el cementerio?
El señor Rebeck asintió. La voz no dijo nada, pero estuvo seguro de percibir su
desaprobación.
—Tiene usted una hermosa casa —le dijo, adoptando sin darse cuenta la
expresión de la señora Klapper—. Precisamente estaba admirándola.
—¿Cómo? ¿Este sitio? —El hombrecillo creyó oír un polvoriento suspiro—. No
sabe usted bien. Lo único que yo quería era una pequeña lápida, con mi nombre y
quizá unas palabras de presentación. Y mire lo que tengo. Una sinagoga, un palacio
de justicia.
—Bueno, su esposa quería que tuviera una tumba lujosa —observó el señor
Rebeck.
—Ah, sí —dijo Morris Klapper—. Esto tiene el sello distintivo de Gertrude Klapper.
Es un monumento a ella misma, no a mí.
—Ésa no era la intención —dijo el señor Rebeck, enojado—. Es usted un necio si
lo cree así. Ella le quiere.
—El amor no es una excusa para el mal gusto.
El señor Rebeck tuvo la sensación de que le observaban de cerca, y eso le puso
tenso. Nunca se había sentido incómodo con los muertos hasta ahora, cuando
hablaba con Morris Klapper y no podía verle.
—¿Por qué está tan interesado? —le preguntó la voz—. No conoce a mi esposa.
—La conocí cuando vino a visitarle. Viene muy a menudo.
—Ah, sí, claro —dijo Morris Klapper—. Ha dicho usted que vive aquí. Lo había
olvidado.
—Vivo aquí desde hace mucho tiempo, casi veinte años.
—Qué interesante —dijo Morris Klapper sin interés—. ¿Puedo preguntarle por
qué?
—Porque no encajaba en el mundo y todos los demás sí. —Estaba cansado de
hablar de ello. Hablar de las cosas acaba oxidándolas con el tiempo.
—Ya veo —dijo Morris Klapper—. Así pues, como no pertenecía a un mundo no
tuvo más elección que adoptar el otro. Por defecto, podríamos decir.
La voz impersonal y profesoral empezaba a irritar al señor Rebeck.
—No —dijo bruscamente—. Tal vez fue así al principio, pero entonces descubrí
que éste era mi lugar y aquí tenía un sitio entre mi propia gente. Me gusta este
mundo, aquí me siento bien. Incluso si pudiera regresar al país del que procedo,
sabiendo que habría un lugar para mí, no iría.
—Bravo —dijo Morris Klapper—. Un discurso para conmover los corazones
frustrados de los muertos. Erróneo, pero más bello precisamente porque es
erróneo. Me alegro de no llevar demasiado tiempo muerto y poder así apreciar una
postura bella aunque descaminada. Esto no es un mundo. Existe un solo mundo, y
esto no es más que un depósito de chatarra. Los muertos no lo hicieron y no les
interesa lo más mínimo transformarlo en un mundo. Aquí no hay nada con lo que
hacer un mundo.
—Hay amor —objetó el señor Rebeck—. Yo mismo lo he visto. Hay humor,
disputas y amistades. He visto todo eso.
—Están aquí sólo porque trajo todo eso con usted. ¿Cree que ha abandonado el
mundo, cree que uno puede escapar tan fácilmente? Lleva el mundo con usted,
adondequiera que vaya, como una tortuga lleva su caparazón. Usted mismo es de
tejido blando, desnudo, informe, pero lleva el duro caparazón del mundo para
protegerse la espalda y el vientre. Todos los hombres llevan el mundo a cuestas,
adondequiera que vayan.
—No quiero llevar el mundo a cuestas —dijo el señor Rebeck—. Nunca he pedido
tal cosa. ¿Puedo huir por debajo de él? ¿Hay una salida?
—La muerte, no la apariencia de la muerte, no dormir en la misma cama con la
muerte. Nada excepto el artículo verdadero.
El señor Rebeck se sentó en los escalones y contempló la puerta con barrotes de
hierro. Sobre el dintel había una inscripción, pero no podía leerla desde la distancia
donde se encontraba. Pensó que su vista ya no era tan aguda, y a renglón seguido
se dijo que aquel edificio era un gran diente hueco.
Entonces habló despaciosamente.
—A veces he pensado que yo mismo podría ser un fantasma. ¿Sería eso posible?
¿Podría haber vivido aquí y haberme muerto sin enterarme? Pienso mucho en ello.
Volvió a sentir los ojos muertos de Morris Klapper fijos en él, pero el espectro no
habló. El señor Rebeck se mordió una uña mellada. Era desagradable al contacto
con los dientes y tenía un sabor amargo. Se oyó el claxon de un coche que pasaba
a lo lejos. Confió en que no pasara por allí.
—Todos somos fantasmas —dijo por fin Morris Klapper—. Somos concebidos en
un momento de muerte, nacemos de matrices espectrales y jugamos en las calles
con otros pequeños espectros, entonamos rimas espectrales y nos rascamos para
ser reales. Nos dicen que la vida está llena de metas y que, si bien luchar es
tristemente necesario, por lo menos uno puede elegir su guerra. Pero aprendemos
que para los espectros sólo puede haber una batalla: la de llegar a ser reales.
Algunos lo conseguimos, y así incitamos a otros espectros para que crean que
puede lograrse.
—¿Cómo es eso? —inquirió el señor Rebeck—. Me refiero a ser real.
La risa de Morris Klapper fue como el leve sonido de un reloj de arena al darle la
vuelta.
—Dios mío, no lo sé. Yo nunca lo conseguí.
—Ah —dijo el señor Rebeck, y añadió—: Su esposa le amaba. ¿No es ésa una
manera de llegar a ser real?
—¿Quiere quitarse de una vez el amor de la cabeza? —le instó Morris Klapper—.
El amor no garantiza nada. Además, Gertrude nunca me amó. Amaba al hombre
que deseaba que fuese. Era como tener a un desconocido en casa. Los tres juntos
éramos muy felices, pero no se trataba de la clase de amor que hace real a un
espectro. Creo que la única manera de ser real consiste en serlo para uno mismo y
para alguien más. El amor no tiene nada que ver con eso.
Por ninguna razón en particular, el señor Rebeck pensó en el sombrero en forma
de media luna de la señora Klapper, posado, delgado y absurdo, sobre su pelo.
—Tengo dos amigos —informó al espectro invisible—. Quieren que abandone el
cementerio, no por mi propio bien, sino porque desean que les haga un favor. No
es una petición justa.
—No hay nada gratuito —respondió Morris Klapper—. Si tiene amigos, habrá de
pagar por ello más tarde o más temprano, y el cementerio no le protegerá de esa
clase de deuda. Un amigo, y la verja de hierro alrededor de este depósito de
chatarra es un anillo de mantequilla; una deuda entre amigos, y las cosas que ama
y teme entrarán silbando por la puerta. Es un gran error tener amigos si le gusta
vivir en los cementerios. Nunca debería haberlo hecho, señor... ¿cómo ha dicho que
se llama? Soy viejo...
—Rebeck. ¿Cree entonces que debería volver? ¿Cree que debería abandonar el
cementerio?
—Me es indiferente. Eso me importa un comino. Estoy muerto, y lo que usted
haga o deje de hacer no me interesa. Si se le prendiera fuego mientras estamos
aquí hablando y desapareciera como un almiar en llamas, me daría lo mismo. Claro
que no he visto fuego desde hace bastante tiempo y no recuerdo cómo es.
Guardó silencio. El señor Rebeck miró la puerta de hierro, pero notó que el
espectro estaba muy próximo a él. Sin embargo, cuando Morris Klapper volvió a
hablarle su voz era más débil y el señor Rebeck tuvo que aguzar el oído.
—Pero le digo que es usted un hombre vivo y que se ha engañado a sí mismo.
Un hombre no puede elegir entre mundos. Nunca ha existido esa posibilidad de
elección.
Entonces el señor Rebeck se puso en pie y gritó:
—¡Tengo miedo! No a morirme de hambre, o a hablar con la gente, o incluso a la
soledad. Pero no puedo soportar ser inútil e ineficaz. Necesito tener algún
significado, aunque mi vida no lo tenga. Sin duda ha de existir algún objetivo con
mi nombre escrito en él. En caso contrario, si también me estoy engañando en eso,
¿por qué querría entonces ser real? ¿Qué razón tengo para vivir en cualquier parte?
—Ah, de modo que ahora quiere razones —dijo Morris Klapper. De nuevo el
señor Rebeck percibió la risa distante en el aire—. No tengo razones que darle.
Muérase, si así lo decide. Muérase, y usted y yo nos sentaremos juntos y
hablaremos de la amistad.
El señor Rebeck permaneció en los escalones y pensó desesperadamente en el
sombrero de la señora Klapper. Su mente estaba llena de plumas de un negro
azulado unidas por la esperanza y un alfiler de brillante cabeza. Laura también
estaba allí, en alguna parte, esperando. Sintió un dolor repentino en los muslos, y
al mirar se dio cuenta de que sus manos se aferraban a él como niños asustados.
Sus delgados dedos se arqueaban y agarraban la carne, y los músculos entre
pulgares e índices se tensaban en pequeñas elevaciones y huecos. No podía
soltarlos, pues sabía que el dolor sería más intenso cuando lo hiciera.
—¿Cómo es estar muerto? —Nunca había hecho esa pregunta.
La respuesta de Morris Klapper la siguió tan de cerca como la sangre sigue a una
cuchillada.
—Como nada en absoluto. Es como nada en absoluto.
Permaneció un momento más en los escalones, algo tembloroso, las manos
aferrándole los muslos, y creyó ver a Morris Klapper. Fue sólo un fragmento de
imagen, gris y vaga, como el pesar recordado de otra persona, y probablemente
era imaginaria. Pero creyó ver a Morris Klapper y pensó que éste se le parecía un
poco, como un hombre se parece a otro.
Entonces, a sus espaldas, oyó el grito vital y estridente de la señora Klapper:
—¡Eh, Rebeck! —Él no se volvió y la mujer le llamó de nuevo—: ¡Rebeck! ¡Aquí,
Rebeck!
Había una nota de ansiedad en su voz, y él supo que la mujer temía haberse
equivocado y llamado a un hombre que se le parecía mucho pero era otro. Separó
las manos y notó el vivo dolor cuando la sangre volvió a circular por sus muslos.
Ella volvió a llamarle, y esta vez el señor Rebeck se volvió y bajó por el camino a
su encuentro. Lo hizo en parte porque su voz era aguda y clara y le hizo pensar en
seguida en el grito de un buhonero, el chillido de un policía indignado, un claxon de
automóvil y la corneta triunfante de la caballería que acude al rescate. Pero, sobre
todo, fue a su encuentro porque ella se había alegrado tanto al ver que no se había
equivocado de hombre que su voz resbaló por la escala y salió de su boca como
una especie de risueño graznido.
Más tarde, mucho tiempo después, cuando pensaba una vez más en la tarde que
decidió abandonar el cementerio, llegaba a la conclusión de que aquel «Eh,
Rebeck» graznado fue decisivo.
14
¡Qué momento aquél!, cuando Campos se irguió negro sobre la tumba negra,
con el ataúd en los hombros. La caja arrojó una sombra alargada a la luz de los
faros y el señor Rebeck no pudo ver la cara del hombretón, pero vio las manazas
que agarraban, las manos cuyos dorsos eran tierras baldías con músculos tensos y
gruesas venas azules, los nudillos como cráneos bajo la luna, y la espalda desnuda,
cuyos músculos abultados parecían puños, y las costillas, tan tensas contra la piel
que le daban un aspecto atigrado, y, sobre todo, las gruesas piernas, bien abiertas
para sostener al hombre y su pesada carga. El mismo Campos no arrojaba
sombras, pues la tierra era muy oscura.
En aquel momento sin mañana, al señor Rebeck le intrigó si el mundo sostenía a
Campos, dándole un lugar donde estar, o si era realmente Campos quien sostenía
al mundo y evitaba que se lo llevara el viento.
La parte delantera del ataúd era pesada y oscilaba un poco hacia adelante, pero
Campos se agachó en seguida, cambió la posición de las manos y solucionó las
dificultades. Entonces se encaminó a la camioneta, a pasos lentos e iguales, con el
ataúd al hombro. Tenía rectas las piernas y la espalda, pero los hombros se
curvaban perceptiblemente, y torcía el cuello de modo que la boca estaba junto al
ataúd, como si dijera palabras de amor a la mujer cuyo cadáver transportaba con
tanto cuidado. Cuando llegó al vehículo, se volvió y dobló las rodillas hasta que el
ataúd descansó sobre las compuertas de cola bajadas. Entonces cayó, se apartó,
puso una mano en el suelo para apoyarse y se enderezó.
—Muy bien —dijo a las dos personas que estaban sentadas cerca de la
camioneta y le observaban. Con un movimiento despreocupado, empujó el ataúd
hacia el fondo del vehículo y cogió su camisa, que colgaba de la compuerta de cola.
El señor Rebeck oyó el suspiro de exagerado alivio de la señora Klapper a su
lado. Antes de que ella pudiera decir nada, le dijo a Campos:
—¿Nos vamos ya?
Campos asintió. Sujetaba la camisa sin ponérsela. Su respiración era profunda y
se tocaba cautamente un punto del cuello que el ataúd le había despellejado.
—Muy bien —repitió.
Se dirigió a la cabina de la camioneta y permaneció al lado de la portezuela. A la
luz mortecina, su cuerpo empapado en sudor relucía dorado, marrón y negro. Se
puso la camisa sin abrocharla.
—¿No deberíamos llenar la fosa antes de irnos? —preguntó el señor Rebeck.
Campos miró la fosa vacía con los montones de tierra diseminados a su
alrededor y se encogió de hombros.
—Ya la llenaré cuando regrese. Vámonos.
El señor Rebeck se levantó de la piedra en la que había estado sentado y ofreció
la mano a la señora Klapper. Ella la asió para ponerse en pie, al tiempo que se
sacudía el vestido con la mano libre. Después de todo, no llevaba el sombrero en
forma de media luna.
—Bien —dijo la mujer—. ¿Por fin está todo en orden? ¿Nadie se deja nada?
—Todo está bien —dijo el señor Rebeck, y se dirigieron a la camioneta.
Campos había puesto el motor en marcha.
—¿Y ahora qué? —preguntó la señora Klapper.
—Ahora tenemos que llevar el ataúd a Mount Merrill —respondió el señor
Rebeck—. No está lejos.
La señora Klapper le miró parpadeante.
—¿Vais a enterrarlo de nuevo? Uf, qué gente. Sois como un perro con un hueso.
—Es un favor a una amiga. Ya te hablé de ello.
—Ya sé que me hablaste. Es un favor a un amigo, de acuerdo, ¿quién puede
negarle un favor a un amigo? Así que muy bien, nos pasamos la santa noche ahí
sentados, contemplando como tu amigo abre una tumba, y ahora tenemos que
acompañarle para ver como vuelve a enterrar el ataúd que ha desenterrado.
Rebeck, tienes algunos amigos que ni siquiera los querría como enemigos.
—No podía negarme —dijo el señor Rebeck sin convicción—. Es muy buen
amigo.
—De acuerdo, para ti es muy buen amigo, pero a mí no me gusta ni pizca. Me da
miedo.
Susurró estas últimas palabras porque habían llegado a la cabina de la
camioneta. El señor Rebeck abrió la portezuela y retrocedió para dejar pasar
primero a la señora Klapper. Ella le miró con una expresión agria, moviendo la
cabeza ligeramente, y él se dio cuenta de que le daba un poco de miedo sentarse al
lado de Campos. Sin embargo, era inevitable. Campos les estaba mirando,
esperando con impaciencia a que subieran, y ya sería bastante difícil que tres
personas se acomodaran en la estrecha cabina sin preocuparse por el orden. Así
pues, la señora Klapper subió y se sentó cautelosamente al lado de Campos. El
señor Rebeck subió tras ella. Apenas quedaba espacio para él, incluso cuando la
señora Klapper se acercó más al cuerpo duro y sudado de Campos, pero el
hombrecillo se sentó a su lado y cerró la puerta cuidadosamente.
El motor parecía presa de un hipo violento, y la camioneta avanzó traqueteando.
El señor Rebeck apoyó el codo en la ventanilla y notó que la manija de la puerta le
presionaba la pierna. Eran las tres de la madrugada, según el diminuto reloj de la
señora Klapper, y estaba muy oscuro. El señor Rebeck tenía dificultades para
respirar, e incluso los latidos de su corazón eran dolorosos. Desvió la cabeza de la
señora Klapper, pues no quería que viera lo asustado que estaba.
Cuando le dijo a la señora Klapper que había decidido abandonar el cementerio,
ella dio grandes muestras de júbilo. Luego se sentó en una piedra y se echó a
llorar. Su lloro cesó bruscamente cuando él añadió que tendría que esperar hasta la
noche para marcharse. Y cuando le habló acerca de Campos y el ataúd, ella se puso
en pie, sosteniendo el bolso con ambas manos, y le dijo que era un ladrón de
tumbas loco y que indudablemente sería mejor que siguiera en el cementerio,
donde los psiquiatras no podrían darle alcance. La soledad le había vuelto loco, tal
como ella le advirtiera.
Sin embargo, la señora Klapper siguió allí, chasqueando los dedos en busca de
una explicación que pudiera aceptar con dignidad, tanto si la creía corno si no. La
que él eligió finalmente, acerca de hacer un último favor a Campos, no era tan
creíble como ella hubiera preferido, pero se conformó. La aceptó diciendo que la
amistad era muy importante y añadió que esperaría con él, porque sin duda se
perdería si salía a la ciudad solo de noche.
Todavía era necesario abordar a Campos, pero no entraría de servicio hasta
medianoche. Así pues, se quedaron en el cementerio, esforzándose por parecer una
pareja normal de edad mediana y creyendo secretamente que cualquiera que se
fijara en ellos pensaría que eran unas personas fuera de lo corriente que estaban a
punto de hacer algo muy poco común. A partir de las cinco de la tarde
permanecieron escondidos mientras Walters recorría el cementerio en busca de
visitantes rezagados. El señor Rebeck temía que la señora Klapper se aburriera en
seguida, pero al cabo de un rato comprendió que se lo estaba pasando mu bien
jugando a policías y ladrones, porque sabía que era la última vez en su vida que
harían una cosa así. Fue entonces cuando los latidos de su corazón empezaron a
dolerle al hombrecillo, aun cuando faltaban varias horas para que salieran de allí.
Se sentaron en los escalones del mausoleo mientras el sol se ponía y comieron
los pocos alimentos que quedaban del día anterior. Se sentían extrañamente
tímidos, porque hasta entonces nunca habían comido juntos, pero se sonreían con
frecuencia y a veces hablaban con la boca llena. Terminada la parca comida, él le
trajo un vaso de agua del grifo que estaba detrás del edificio.
Entonces pidió que le disculpara un momento, entró en el mausoleo y cerró la
puerta tras él. Con el sol bajo, la estancia estaba oscura, además de mal ventilada,
pero hacía mucho tiempo que el señor Rebeck no necesitaba la vista para
orientarse allí dentro. Sabía dónde estaba todo: sus ropas más o menos en un
rincón, sus pocos libros en otro, cubiertos con bolsas de papel y papel encerado, las
mantas, almohadas y el impermeable en un tercer rincón. El impermeable estaba
doblado cuidadosamente, pues era demasiado nuevo para dejarlo arrugado. Encima
de las mantas había una pelota de tenis, que el cuervo encontró en el cementerio
años atrás y se la llevó. Nunca la había utilizado para nada, pero siempre la había
dejado donde pudiera verla, aunque con el paso del tiempo se había vuelto de un
negro verdoso.
Se dio cuenta de que era una estancia muy pequeña, aunque siempre le había
parecido lo bastante amplia para sus necesidades. Así era como debía de parecer su
mente a una persona de afuera: muchas cosas viejas amontonadas en un espacio
reducido, limpio pero sin orden. Sin embargo, al igual que la estancia, su mente
siempre había sido adecuada para él, y sabía que ambas seguirían siéndolo si se
quedaba, porque no tenía nada con qué compararlas, excepto las mentes más
desnudas y las casas más estrechas de los muertos.
—Debo llevarme algunas cosas —dijo en voz alta—. ¿Cómo voy a volver a la
ciudad sin nada propio?
Se agachó y recogió una brazada de ropa, pensando vagamente que podría
clasificar las prendas y llevarse las mejores, pero había cogido demasiadas para
clasificarlas apropiadamente y las sujetaba muy cerca del pecho.
—Desde luego debo tener algo propio —dijo con voz ronca, y entonces la puerta
se abrió con un crujido vacilante y la sala se iluminó un poco. La señora Klapper
estaba en el umbral.
—Te he oído hablar —le dijo. Le vio en pie con los brazos llenos de ropa y se
adentró más en la sala—. ¿Qué es esto, Rebeck? ¿Esperas un furgón de mudanzas?
—Sólo me llevo algunas de mis cosas —replicó, sabiendo lo ridículo que debía
parecerle—. No quería dejar esto hecho un asco.
—¿Qué ocurre? ¿Es que no puedes dejar tus cosas aquí un día más? ¿Quién va a
robártelas? Oye, no te cargues ahora, pues no podrás ayudar a tu amigo. Mañana
por la mañana volveremos con un par de grandes bolsas y nos lo llevaremos todo.
—No —se apresuró a decir él—. No, tengo que llevármelo ahora. No volveré.
—De acuerdo, vendré yo sola y lo cogeré. No te preocupes por eso, Rebeck, no
hay ningún problema.
Tomó suavemente el montón de ropa de los brazos, que no ofrecieron
resistencia, y lo sostuvo ella. Le sonrió y él, remiso al principio, le devolvió la
sonrisa.
—Mira, Rebeck... Si cambias de idea repentinamente, si no quieres irte, está
bien. Puedes decírmelo. No importa.
Con esas palabras ella le hacía cruzar la puerta irremisiblemente. Hasta entonces
podría haberse quedado.
—Déjalo pues —le dijo, y cruzó la puerta del mausoleo por última vez. Ella le
siguió un instante más tarde. Caminaron cogidos de la mano y sin decirse nada.
La medianoche y Campos llegaron juntos. Era como si hubiera ido a trabajar
montado en la medianoche, como otros toman autobuses, y la hubiera dejado
atada ante la puerta negra, para que le esperara hasta que llegase el momento de
volver a casa. La señora Klapper casi echó a correr cuando vio por primera vez al
hombretón, y Campos pareció igualmente cauteloso al verla. Ella permaneció fuera
de la oficina mientras Campos y el señor Rebeck hablaban. La radio sonaba
continuamente.
Y en el interior, gritando a veces para hacerse oír por encima de la música, el
señor Rebeck suplicaba por Laura y Michael y, debido a ellos, por sí mismo. Nunca
recordaría nada de lo que le había dicho a Campos aquella medianoche, como quien
no recuerda lo que dice en sueños y, cuando se las repiten, cree que son las
palabras de un desconocido loco.
El señor Rebeck pensó que pedirle un favor a Campos era como rogar a un dios
de jade con ojos ciegos de ónice. Campos se arrellanó en su silla con los ojos casi
cerrados y el atezado rostro inexpresivo. El señor Rebeck intercaló largas pausas en
su proposición, como espacios en blanco de un cuestionario, pero su interlocutor
nunca decía nada y se veía obligado a continuar. Debió de hablar durante quince o
veinte minutos, con la radio en marcha y la mole de Campos permaneció inerte en
su asiento, como un dios ciego.
Cuando el hombrecillo terminó de hablar, Campos no se movió. Se quedó
mirando al señor Rebeck y cerró gradualmente los ojos hasta que desapareció la
última mota de negrura. Permaneció completamente inmóvil, tan sereno como una
ventana encarada a la tragedia.
Entonces, todavía ciego, alargó la mano y apagó la radio.
En el silencio el señor Rebeck oyó las respiraciones de dos hombres, la suya y la
de Campos.
Campos abrió los ojos y se levantó. Salió de la oficina, dejando la luz encendida.
El señor Rebeck le siguió. La señora Klapper acompañó al señor Rebeck. Tenían que
andar a paso ligero para mantenerse a la altura de Campos.
Ahora, apretado entre la señora Klapper y la portezuela, con la ventanilla abierta
y el cálido viento que levantaban al pasar acariciándole el rostro, el señor Rebeck
se miró las manos. Tenía nuevas costras de sangre seca en los nudillos, y un
rasguño en el dorso de la mano derecha todavía sangraba perezosamente. Al
principio intentó ayudar a Campos a cavar, hasta que se hizo un corte en la mano y
el hombretón se volvió hacia él y le dijo que fuera a sentarse en alguna parte.
Mientras miraba su mano herida, se sentía bastante orgulloso. Confiaba en que
Laura pudiera verla.
La señora Klapper estiró el cuello para ver qué estaba mirando.
—Lo primero que haremos será poner mercromina en ese rasguño —le dijo, y le
tocó ligeramente la mano antes de volver a acomodarse en el asiento.
El señor Rebeck pensó que lo que estaban haciendo era ilegal y debería decírselo
a Campos, pues tal vez éste lo ignoraba. Era justo que se lo dijera. Muy pronto
llegarían a la puerta.
—Campos —le dijo—. Si la policía descubre lo que hemos hecho, pueden
detenernos.
—No hables así, Rebeck— dijo preocupada la señora Klapper—. Podría oírte el
diablo.
Campos ni siquiera volvió la cabeza.
—No lo descubrirán.
—Si lo hacen —insistió el señor Rebeck—, desde luego te costará tu empleo. Sólo
quería decírtelo.
—Trabajaré en algún otro sitio. Las calles están llenas de empleos.
—¡Basta, Rebeck! —exclamó la señora Klapper—. ¿Qué clase de charla es ésta?
¡Policías y pérdida de empleos! No te preocupes tanto.
—Sólo quería decírselo a Campos —replicó el hombrecillo. Se apoyó en la
ventanilla y contempló las lápidas que pasaban como veleros.
La camioneta tomó una amplia curva y dio un tumbo cuando una rueda trasera
pasó por un bache lleno de agua. El señor Rebeck conocía bien el camino. Había
largas elevaciones de tierra y hierba seca a cada lado y pocas tumbas. Habría una
curva más antes de llegar a la puerta.
Supo que si volvía la cabeza podría ver a Laura. Estaba seguro de ello. La
muchacha estaría sentada en su ataúd, mirando adelante como él miraría atrás
para buscarla, y en aquel momento no sería gris sino que tendría el color de la
mañana. También su vestido tendría el color de la mañana y el de la zanahoria
silvestre. Sus ojos brillarían tanto como los de una mujer viva, y la negra cabellera
le llegaría hasta los hombros. Sería agradable volver a verla, alzar la mano hacia tal
belleza.
Pero si se volvía, Laura volvería a hablarle, querría agradecerle lo que hacía por
ella, y él no creía que mereciera su agradecimiento.
Le dijo en su mente: «Te llevo con Michael, como me pediste, Laura, pero no te
llevo a la vida y es preciso que lo comprendas. Te llevo hacia los pocos minutos u
horas de felicidad que te has ganado simplemente porque nunca los has tenido.
Aunque cierres la mano sobre ellos, se alejarán de ti como pájaros silvestres y ni
siquiera recordarás haberlos tenido. Quizá habría sido mejor dejarte donde estabas.
El único engaño que nunca has tenido en tu vida ha sido el de la permanencia de la
felicidad. Eso es lo que te doy, no la vida, ni siquiera el amor. Sólo esto. Siento no
poder darte más. Con el tiempo, es posible que lamente haberte dado incluso esto.
No me lo agradezcas. Sé feliz, si puedes, pero no me lo agradezcas».
Miró más allá de la señora Klapper, a Campos, que estaba al volante, tarareando
en voz muy baja. El hombretón conducía bien, sin que pareciera prestar mucha
atención al camino ni al vehículo, pero había una expresión extraña en su rostro
pesado mientras aferraba el volante y tarareaba. El señor Rebeck no lo habría
llamado amor. La camioneta quizá sí.
Obedeciendo a un impulso repentino, el señor Rebeck se inclinó hacia adelante y
dijo:
—Campos, Laura cantaba bien, ¿verdad?
Campos se volvió ligeramente para mirarle con sus ojos oscuros y serenos.
Conducía con una mano y se abrochaba la camisa con la otra, sin mirar el camino.
—Muy bien —respondió, y volvió la cabeza.
—Gracias, Campos —dijo el señor Rebeck.
La señora Klapper suspiró y se contorsionó un poco, tratando de acomodarse
mejor entre los dos hombres.
—¿Quién es esa Laura, Rebeck? No me lo digas si no debo saberlo.
Con un placer vacilante, se preguntó si estaría celosa. ¿Cuándo una mujer había
estado celosa por él? ¡Qué tarde tendría que comenzar tantas cosas!
—Una mujer que conocí una vez —respondió—. Casi la he olvidado.
Tomaron la última curva y emprendieron el descenso de la cuesta en cuyo pie
estaba la puerta negra.
Campos la había dejado abierta de par en par. A la izquierda, la única luz de la
dependencia del celador todavía brillaba. Más allá había una zona de oscuridad más
profunda, con tramos grises, y el señor Rebeck supo que debía de ser la calle. El
viento nocturno movía un poco las hojas de la puerta. Se oía su débil chirrido, como
un murciélago.
El hierro chirría y murmura en la tierra, y las serpientes de hierro se deslizan a
través de las hojas verdes. El mundo está agazapado para caer sobre mí desde el
primer árbol verde. ¿Por qué estoy haciendo esto? ¿Qué dije que haría? Ayúdame
ahora, Laura. Michael, quédate conmigo un poco. Que alguien se quede conmigo.
Un hombre no debería entra ren el mundo solo.
A mitad de la cuesta, la luz de la oficina del celador parpadeó y se apagó. La
puerta se desvaneció. El señor Rebeck no se sorprendió: la bombilla había ardido
durante toda la noche. Ahora la única luz era la de los faros del vehículo y la de la
luna, la cual era bonita pero muy poco útil.
—Mierda —dijo Campos, como si tratara de escupir su propia lengua.
Frenó ligeramente como una desganada concesión a la oscuridad. La velocidad
de la camioneta disminuyó algo, muy poco.
—Rebeck —dijo en voz baja la señora Klapper—. ¿Estás seguro?
Él miró a la mujer sentada a su lado, contento de que se lo hubiera preguntado
pero deseoso de decirle que con cada vía de escape que le ofrecía, se veía más
inmerso a la fuerza en el mundo. ¿Lo sabía ella? Probablemente, pero ¿que más
daba?
—No, no estoy en absoluto seguro.
La señora Klapper le apretó la mano con fuerza. Tenía unas manos pequeñas y
blandas, pero de una fuerza sorprendente. Campos seguía al volante, tarareando y,
de vez en cuando, cantaba algún fragmento de una canción que el señor Rebeck
nunca había oído hasta entonces.
Como los faros de la camioneta tenían muy poco alcance, no vieron la puerta
hasta que casi estuvieron ante ella. El señor Rebeck se puso en pie, cosa que sólo
supo cuando su cabeza chocó contra el techo de la cabina. La señora Klapper
retenía su mano, pero no tiró de él. Campos ni siquiera se molestó en mirar. Lanzó
la camioneta hacia la puerta como si fuese una piedra arrojada contra una ventana
a oscuras.
Quizá habría sido más fácil si la puerta hubiera estado como el señor Rebeck la
soñaba de noche e imaginaba de día; las púas en lo alto recubiertas de sangre
seca, y las serpientes de hierro siseando una silenciosa advertencia de muerte
callada, agazapada para golpear la cabeza y los talones de cualquier hombre que se
acercara demasiado. Podría enfrentarse a ellas, pues le acompañaban dos amigos,
y un hombre puede extraer fuerza de sus amigos cuando le rodean las serpientes
de hierro.
Pero, al fin y al cabo, la puerta no era más que una puerta y las púas estaban
muy oxidadas. El vehículo la cruzó rozando un lado, porque Campos alzó la mano
del volante para limpiarse la nariz. Entonces las ruedas se deslizaron por una nueva
calzada y la puerta quedó tras ellos, y el señor Rebeck comprendió poco a poco que
estaba de pie y la cabeza le tocaba el techo de la cabina, que la señora Klapper aún
retenía su mano y que Campos seguía con su profundo y monótono tarareo.
—Lo he hecho —le dijo a la señora Klapper—. Lo he hecho.
—He estado todo ese rato sin respirar —replicó ella. Por el tono de su voz
parecía muy cansada.
El señor Rebeck se asomó a la ventanilla. Le fascinaban las casas y los coches
aparcados en los bordillos.
—¿Dónde estamos? —preguntó.
—Todo esto en Yorkchester —respondió la señora Klapper. Señaló un lugar—. Allí
vive mi médico, un hombre estupendo, pero con tan mal aliento que es como si su
boca tuviera mil años de antigüedad. Parecería lógico que, como es médico, hiciera
algo para evitarlo..., pues no. Un buen hombre. Toca el violín. Estaba muy
preocupada, Rebeck, pensé que iba a volverme loca.
—Todo va bien —dijo el señor Rebeck, y se arrellanó en el asiento con los ojos
cerrados.
—No sabía qué hacer. Pensé: «Dios mío, le he obligado a hacer esto, le he
arrastrado hasta quí, mira lo asustado que está. Si algo le ocurre tú tendrás la
culpa, mujer estúpida». Rebeck, ¿estás seguro de que te encuentras bien? No
tienes muy buen aspecto.
—Estoy bien —respondió el señor Rebeck.
Estaban pasando por debajo del ferrocarril elevado que pasaba por el lado del
cementerio. La camioneta traqueteaba en la calzada adoquinada, y se acercó tanto
a las columnas que sostenían la vía férrea que el señor Rebeck casi habría podido
tocarlas. A la luz de los faros eran de un gris rojizo, punteadas con blandos parches
de pintura que eran costrosos en el exterior y semilíquidos por debajo. Estaba
oscuro, con la oscuridad de las cuatro de la madrugada, pero algunas tiendas
habían dejado encendidos sus letreros de neón y sus escaparates brillaban mucho
en las calles desiertas.
—¿Sabes? —dijo a su compañera—. Siempre he creído que debería haber cierta
bondad en la vida. Era muy importante para mí. A veces me decía: «Cuando el
mundo aprenda a ser bueno, regresaré. No antes». Creí que lo sabría, ya ves.
Un taxi libre se detuvo a su lado en un semáforo (Campos era caprichoso con
respecto a los semáforos: a veces los respetaba), y el taxista y el señor Rebeck se
miraron con verdadera curiosidad hasta que la luz cambió y el taxi se desvaneció
entre las columnas como un ciervo entre los árboles. Campos giró a la izquierda, y
avanzaron por una larga calle asfaltada entre dos hileras de casas adosadas. En
una de ellas había luz y una mujer de edad mediana de pie ante una ventana. Sus
ojos estaban cansados pero miraron divertidos a la traqueteante camioneta.
—Y ahora he abandonado el cementerio —siguió diciendo el señor Rebeck— sin
ninguna garantía de que el mundo haya mejorado lo más mínimo. De hecho, estoy
seguro de que no ha mejorado, no de alguna manera significativa, pero, por alguna
razón, eso no me molesta. Por lo menos no en este momento. Tal vez mañana, o
algo más adelante. En este momento lo que me entristece es la sensación de haber
perdido casi veinte años de mi vida. No sería un despilfarro si hubiera aprendido
algo, si fuese un hombre al cabo de todos esos años. Pero soy tal como era, sólo
más viejo, y el despilfarro es evidente. Para mí el despilfarro es una cosa terrible,
un crimen.
Mientras hablaba así, estaba seguro de que la señora Klapper estaría de acuerdo
con él, pero también tenía la seguridad de que ella se encogería de hombros y
diría: «De acuerdo, has despilfarrado tu vida. ¿Y qué? ¿Qué podemos hacer al
respecto? Por lo menos no te pusiste enfermo ni moriste allí, gracias a Dios. ¿Qué
más quieres?». Él necesitaba que la mujer le tranquilizara.
Pero en vez de tranquilizarle, replicó:
—Todo el mundo despilfarra el tiempo. Un poco aquí, un poco allá. Te despiertas
por la mañana, todo es brillante y diáfano, saltas de la cama y te dices: «¡Hoy es
mi día! Hoy voy a ser una gran persona». Entonces miras por la ventana, ves a una
chica bonita en la acera... y ¡zas!, te pones los pantalones y la camisa y bajas
corriendo la escalera. «Hola, ¿se te ha caído esto?» Y te dices a tí mismo: «Bueno,
mañana seré un gran hombre. ¿Quién consiguió nada jamás apresurándose?
Mañana, con toda seguridad, el jueves sin duda...». Dime, Rebeck, ¿eso no es
despilfarrar el tiempo?
El señor Rebeck se limitó a mirarla. Ella tenía la frente oculta en las sombras,
pero podía verle los ojos.
—Así pues, digamos que te casas con esa chica. De acuerdo, todavía puedes ser
un gran hombre. Mira todos los grandes hombres que se han casado. Adelante, sé
una gran persona, no permitas que te lo impida. Pero primero haz un alto en la
tienda y compra comida para el perro, y también para el niño, algo blando, porque
le están saliendo los dientes. Para hacer eso tienes que trabajar cinco días a la
semana, pero puedes ser un gran hombre los fines de semana.
Las calles estaban muy vacías. Los únicos coches que pasaban eran taxis. Un
gato cruzó corriendo la calzada por delante de ellos y se escondió tras el
parachoques de un coche aparcado, observando como se alejaban.
—¿No es esto un despilfarro, Rebeck? Esto es el gran despilfarro. Cinco minutos
aquí, una hora allí, tal vez una semana en alguna otra parte. Lo sumas todo y te da
un total de veinte años o más. Por lo menos tú has terminado de golpe con tus
años de despilfarro. Ahora puedes quitártelos de encima y ser un gran hombre.
—Pero no soy un gran hombre, Gertrude —dijo en voz baja el señor Rebeck—.
Jamás podría serlo, no estoy hecho de esa pasta.
—Entonces ¿quién te está rompiendo un brazo para obligarte a serlo? ¿Te lo he
dicho como una orden? No seas grande si no te apetece. Lo único que digo es que
no hagas nada que no quieras hacer. No deberías hacer nada que no desees.
Le miraba pensativa, mordisqueándose el dedo índice enguantado, como
siempre hacía.
—Rebeck, ¿qué vas a hacer ahora que has dejado el cementerio? ¿Tienes alguna
idea?
—No lo sé. El único oficio que conozco es el de farmacéutico. Supongo que
podría volver a practicarlo.
—La farmacia está bien —convino la señora Klapper—. Un farmacéutico se gana
muy bien la vida. Pero las cosas han cambiado mucho en veinte años. Ahora hay un
montón de novedades y medicamentos milagrosos.
—Podría estudiar. Sería divertido volver a la universidad a mi edad.
—¿Qué tiene de divertido? Muchísima gente lo hace, gente mayor que tú. —La
señora Klapper frunció el ceño—. Estoy intentando pensar en todos los fármacos
nuevos que hay ahora y que desconoces. La penicilina. ¿Conoces la penicilina?
—Sí —respondió el señor Rebeck—. Lo leí en los periódicos.
—Estupendo, por lo menos conoces la penicilina. También tienen muchas cosas
con nombres que parecen iguales. Déjame pensar un momento.
—¿Las sulfamidas? ¿Las miacinas?
La señora Klapper le miró fijamente.
—Rebeck, ¿si sabes todo eso por qué me das la tabarra? ¿A qué viene ese
cuento de que has de volver a la universidad? Hace cinco minutos que has salido
del cementerio y ya vuelves a ser un farmacéutico.
El señor Rebeck se echó a reír.
—No, sólo he leído acerca de esos medicamentos, pero no sé cómo funcionan.
Tendría que estudiar.
—De acuerdo, estudia. A veces me preocupas, Rebeck.
Cuando se detuvieron en otro semáforo, el
muchachos en una esquina. Llevaban camisas
vaquero. Todos ellos tenían la cara pálida y se
ellos. Miraron ociosamente la camioneta. Parecían
señor Rebeck vio un grupo de
deportivas y pesadas botas de
apoyaban en una pared y entre
más bien ariscos y solitarios.
—Maleantes —dijo la señora Klapper, siguiendo la mirada del señor Rebeck—.
Siento que los hayas visto. Son vagabundos, todos ellos. ¿Qué cosa decente
podrían estar haciendo a estas horas? Son un fastidio.
El señor Rebeck le sonrió mientras la camioneta reanudaba la marcha con una
sacudida.
—¿Y qué haces tú levantada a estas horas, una respetable señora del Bronx?
—¿Acaso es culpa mía? ¿He sido yo quién ha dicho: «Eh, vamos a Mount Merrill
a enterrar un muerto»? ¿Ha sido idea mía? No tengo nada que ver con esto,
Rebeck. Si un policía nos para, diré que me has secuestrado. Tú y este gigante de
al lado.
Bostezó y estiró los brazos, mirando, más allá del señor Rebeck, los edificios de
pisos sin iluminar y la luna que descendía tras ellos. Su brazo descansaba
ligeramente sobre el hombro del señor Rebeck mientras miraba por la ventanilla.
Él recordó que ya no había trolebuses. El cuervo se lo había dicho. Los tranvías,
de aspecto endeble, también se habían esfumado, y las vías por las que se
deslizaban habían sido cubiertas por el asfalto. De vez en cuando, si miraba
atentamente, podía ver un destello de plata que procedía del corazón oculto de la
calle, y entonces sabía que allí seguía habiendo un raíl de tranvía, envuelto en
alquitrán y asfalto desgastado.
Miró atrás una sola vez, a través de la ranura de cristal a sus espaldas, porque
quería ver de nuevo a Laura. Pero la caja de la camioneta estaba vacía, con
excepción del pulido y severo ataúd y las pocas herramientas que matraqueaban a
su lado. No había rastro de Laura, ni cabellera oscura ni voz otoñal ni ojos grises ni
recuerdo de una risa ligera. Sólo un ataúd en la caja, con un pico, una pala y una
alzaprima. De Laura, que le había cantado y que había amado a Michael, nada.
—Y, no obstante, sabía que ella estaba allí... Lo sabía con tanta seguridad como
que jamás sería capaz de volver a ver a los espectros.
Se dijo que él había elegido y sabía lo que estaba haciendo. Más tarde o más
temprano habría tenido que elegir. Ningún hombre puede hablar indefinidamente
con los vivos y los muertos a la vez.
Entonces oyó que Campos tarareaba con una especie de armonía metálica con el
motor gruñón, y pensó que Campos podía verlos. Campos siempre estaría a sus
anchas en ambos mundos, porque no pertenecía a ninguno de los dos, no amaba a
ninguno... no, tenía que olvidarlo. Morris Klapper estaba en lo cierto. El amor no
tenía nada que ver con ello. Lo que ocurría, sencillamente, era que a Campos le
tenía sin cuidado tanto un mundo como el otro, y preocuparnos de las cosas es lo
que nos tritura el alma y nos impulsa a cometer estupideces. El siempre sería capaz
de ver a los espectros y a la gente, porque ni unos ni otros podían afectarle, ni
complacerle ni perjudicarle. El señor Rebeck había creído erróneamente que
también él era así.
Durante un rato pensó en Laura y envidió a Campos por la clase de vida que él
acababa de abandonar. Entonces olvidó la envidia, mientras contemplaba las casas
silenciosas que iban quedando atrás. Las cosas le sorprendían. Tenían un aura de
irrealidad, una limpieza de cristal y ladrillo que imposibilitaba imaginar que
estuvieran habitadas, que en ellas viviera gente que comía, hacía el amor y tiraba
de la cadena del water. Sin embargo, era evidente que lo hacían. Veía cubos de
basura delante de la mayor parte de los edificios y cochecitos de bebé, dos signos
irrefutables de ocupación humana en cualquier parte. Se preguntó si la señora
Klapper viviría en un sitio así.
—Gertrude —le dijo, tocándola con el codo—. ¿Todavía estamos en Yorkchester?
La señora Klapper parpadeó y se irguió en el asiento. El hombrecillo se dio
cuenta de que se había adormilado.
—No —dijo ella, tratando de establecer el rumbo mediante los nombres de las
calles—. No estoy segura de dónde estamos, pero Yorkchester ha quedado muy
atrás.
—Espero que Mount Merrill no esté demasiado lejos —comentó el señor Rebeck—
. No nos queda mucho tiempo.
—Eh, tú —le dijo la señora Klapper a Campos. La familiaridad había reducido
notablemente el temor que le inspiraba al principio—. Tú, Toro Sentado. ¿Cuánto
falta para Mount Merrill?
Por toda respuesta, Campos giró tan bruscamente a la izquierda que la señora
Klapper cayó sobre el señor Rebeck, dejándole sin aliento. El hombretón condujo
por una cuesta pronunciada y sembrada de guijarros, flanqueada a ambos lados por
algunas casitas muy privadas. Cuando el terreno se niveló, dejó que la camioneta
corriera un poco más por inercia y la frenó ante una puerta de hierro pintada de
color dorado. No había vigilante al otro lado de la puerta ni luz alguna en el
chamizo de madera del celador.
—¿Es aquí? —preguntó la señora Klapper, un tanto mortificada a juzgar por su
tono—. ¿Esta cosilla es Mount Merrill?
—Esto es la entrada trasera —gruñó Campos. Dejó el motor encendido, bajó de
la cabina y fue a examinar la cerradura de la puerta.
—Ja, ja —dijo la señora Klapper—. La entrada trasera. Hemos venido a traer los
víveres, ¿eh?
—Así es más fácil —le explicó el señor Rebeck—. En la entrada principal siempre
hay alguien de servicio, según Campos.
Campos manoseó el candado con el dedo índice y se acercó a la caja de la
camioneta. Regresó poco después con la alzaprima, que encajó en la aldaba del
candado. Sin preámbulo, aplicó ambas manos a la alzaprima y empujó hacia abajo.
Se puso de puntillas y cargó todo su peso en ella. Los largos músculos de sus
muñecas y antebrazos se hincharon brevemente, y entonces el candado salió
volando con un sonido como el de una cuchara cuando se deja caer en un vaso.
Campos abrió la puerta de par en par y regresó a la camioneta.
—¡Dios mío! —susurró la señora Klapper con el susurro que reservaba de
ordinario para los huracanes y los cuatrillizos—. Dios mío, Rebeck, ¿ha ido alguna
vez a la escuela? ¿Qué estamos haciendo aquí?
—No había otra manera de entrar. —El mismo señor Rebeck estaba un poco
preocupado.
Tras romper su propio candado, habría roto mucho más para que Laura y
Michael se reunieran, pero empezaba a pensar que no había sido juicioso traer a la
señora Klapper. Si les detenían, ¿también la prenderían a ella? Nunca había
considerado esa posibilidad.
La señora Klapper sí que la consideraba.
—Por una cosa así —musitó mientras Campos subía de nuevo a la cabina—, por
una cosa así te meten en la cárcel y se comen la llave para desayunar.
—No puede ser tan grave —replicó el señor Rebeck, seguro de que lo era.
—¿Ah, no? Rebeck, no creo que ni siquiera
Probablemente te leerán el periódico una vez al mes.
te
dejen
recibir
correo.
Y así entraron en el cementerio de Mount Merrill, escudriñando en la oscuridad
algodonosa un lugar donde enterrar a Laura Durand. Al cabo de un rato
encontraron uno, un parche bastante árido de tierra rodeado de algunas tumbas
pequeñas, pero todas bastante alejadas. El señor Rebeck pensó que habría estado
bien enterrarla cerca de la tumba de Michael, pero eso sólo habría sido un bonito
gesto, y los muertos no aprecian la importancia de los gestos de los vivos.
Campos trazó las líneas de la tumba con el borde de la pala y empezó a cavar. El
señor Rebeck y la señora Klapper permanecieron en la cabina, pues el ofrecimiento
de ayuda por parte del señor Rebeck había sido silenciosamente rechazado.
Durante largo tiempo ninguno de ellos dijo nada. Contemplaron a Campos de pie,
hundido paulatinamente hasta los tobillos, las pantorrillas, las rodillas en la tierra,
la cual arrojaba por encima del hombro con un curioso movimiento de torsión de su
cuerpo. Aún faltaba bastante tiempo para el amanecer, pero la oscuridad se había
suavizado con la desaparición de las estrellas, de modo que Campos ya no era la
forma negra que aguarda donde el hombre cree que debería estar su destino, sino
que era sólo Campos, el amigo de nadie, que cavaba una tumba para Laura por sus
propias razones o por ninguna razón en absoluto.
Al cabo de un rato, la señora Klapper miró pensativa al señor Rebeck y le dijo:
—¿Sabes, Rebeck? Todo esto es una locura. Todo. Mira, son más de las cuatro
de la madrugada y el sol no tardará en salir. Todo el mundo va a despertarse. Soy
una mujer mayor y también debería estar a punto de despertarme, pero en vez de
estar en la cama estoy sentada en la cabina de una camioneta, en un cementerio, a
altas horas de la madrugada, contemplando como King Kong arranca la hierba y
esperando que llegue la policia. Rebeck, tal vez para ti esto no sea una locura, sólo
Dios lo sabe. Para mí, créeme, lo es, una imensa locura.
—Lo sé —dijo el señor Rebeck. Deseó hablarle de Laura y Michael, pero sabía
que era la única cosa que no podría decirle jamás—. Aunque es realmente un
último favor a un amigo. Algún día te hablaré de ello, si puedo.
La señora Klapper se encogió de hombros.
—Me lo digas o no, te creo. Es demasiado tarde para no creerte. En cualquier
caso, Rebeck, cuando una llega a mi edad descubre que da lo mismo creer o no
creer en lo que alguien te dice. ¿A quién le importa? Eso te deja sin nada. Una
mujer de mi edad no tiene elección. Cree. Quién sabe, tal vez saldrá bien.
Se apartó de la frente el espeso cabello y hurgó frenéticamente en su bolso,
tratando de retener un estornudo hasta que encontrara un pañuelo. Mientras la
miraba, en aquella situación tan poco atractiva, el señor Rebeck se sintió lleno de
afecto hacia ella. Deseó que sus facciones revelaran por lo menos un poco lo que
sentía, y las contorsionó en una torpe sonrisa.
—No eres tan mayor —le dijo en voz baja.
La señora
semicerrados.
Klapper
sonrió
entonces,
frotándose
la
nuca,
con
los
ojos
—Lo sé —respondió alegremente—. ¿Crees que podría decir que lo soy si lo
fuera?
Campos había terminado de cavar la fosa, y entonces entre los tres introdujeron
el ataúd y el señor Rebeck ayudó a Campos a llenar la tumba de tierra y
apelmazarla. La señora Klapper contempló como daban brincos y hacían cabriolas
bajo la azul oscuridad, imaginó a un espantapájaros grande y otro pequeño y se
echó a reír.
—Sois como niños en una pastelería —comentó.
Por mucho que aplanaran la tierra e intentaran nivelar el suelo, parecía una
tumba donde no debería haber ninguna. Sólo podían confiar en que ningún
funcionario del cementerio pasara por allí hasta que el terreno se hubiera
aposentado. El invierno lo helaría y daría a la tierra removida el color de la tierra
que la rodeaba, y en primavera la hierba silvestre crecería sobre la tumba de Laura,
ocultándola y caldeándola.
—En cualquier caso, no hay ninguna lápida delatora —dijo el señor Rebeck. Hizo
una pausa y añadió—: ¿No es extraño? Laura estará enterrada aquí y nadie en el
mundo lo sabrá excepto nosotros. Todos verán la lápida en el cementerio de
Yorkchester y creerán que está enterrada allí. Y para ellos será exactamente como
si lo estuviera.
Campos les sorprendió entonces al intervenir en la conversación.
—La gente no sabe —comentó. Se apoyaba en la pala, sudoroso de nuevo, pero
con la respiración normal—. Lo único que les importa es la lápida. Pon una lápida y
diles que su madre está enterrada debajo. Eso es todo lo que quieren. Entonces se
acercan a la lápida y dicen: «Lo siento, mamá, soy un cabrón». Qué más da.
Regresaron lentamente a la camioneta, pero el señor Rebeck volvió la cabeza
para mirar la tumba. No esperaba realmente ver a Laura emergiendo con ligereza
del suelo, encantadora e inmortal, para correr entre las lápidas hasta encontrar al
hombre que la amaba, pero le habría gustado verlos juntos. Sabía que los finales
felices no existen, porque nada acaba, y si se expendiera alguno, muchísima gente
más valiosa estaría haciendo cola para conseguirlo, mucho antes que Michael,
Laura y él mismo. Pero la felicidad de los indignos y la felicidad de los que lo son a
medias es tan frágil, tan centrada en sí misma y tan querida como la felicidad de
los justos y los dignos, y la felicidad de los vivos no es menos breve, desesperada y
olvidada que las alegrías de los muertos.
Campos condujo hasta la puerta y bajó de la cabina para cerrarla cuidadosa e
inútilmente. Luego siguió conduciendo cuesta arriba. Una joven pareja estaba
sentada en el porche de una de las casas, conversando en voz baja, muy cerca uno
del otro, pero sin tocarse. Alzaron la vista al ver pasar la camioneta y siguieron
hablando.
—Éste es el mejor lugar del mundo para pillar un resfriado —dijo la señora
Klapper—. Bobos. —Pero sus labios dibujaban una sonrisa soñolienta.
Campos detuvo el vehículo al pie de la pendiente. El señor Rebeck y él
intercambiaron una mirada.
—¿Y bien? —preguntó el hombretón—. ¿Vas a volver?
El señor Rebeck permaneció inmóvil. La señora Klapper separó la mano de la
suya y aguardó.
Al enfrentarse con la mirada desapasionada de Campos, pensó: «Este hombre es
puro y tan bellamente estéril como todos los cementerios. Yo no soy puro ni estéril.
Estoy infectado de vida y, a su debido tiempo, moriré de ello. La santidad no es
para mí, como tampoco la sabiduría ni la pureza. Sólo la farmacia y el amor que no
he enterrado ni perdido. Es muy poco en comparación con todo lo que un hombre
podría tener, pero es todo lo que un hombre consigue jamás. Venderé caramelos de
tusílago, si todavía existen».
Así pues, meneó la cabeza y dijo:
—No, Campos.
El hombretón asintió y volvió a poner el motor en marcha.
La señora Klapper bajó del vehículo, pero el señor Rebeck permaneció un
momento más en la cabina.
—Adiós —dijo, tendiendo la mano.
Campos miró la mano delgada y morena sin demasiado interés. Finalmente la
cogió un momento con la suya, de piel áspera y seca.
—Hasta la vista —le dijo.
En cuanto el señor Rebeck bajó de la camioneta, ésta se alejó. El hombre y la
mujer la contemplaron con mucha más intensidad de la que merecía hasta que
dobló una esquina y se perdió de vista. Entonces la señora Klapper se estiró
perezosamente, todavía sin mirar al señor Rebeck y dijo.
—¿Y ahora?
—¿Ahora? —repitió él—. ¿Ahora qué?
—¿Adónde vamos ahora? Es casi de día, Rebeck. ¿Tienes algún sitio adonde ir?
El hombre miró las casas desconocidas y las farolas de la calle, que se estaban
apagando como las estrellas. Rodeó los hombros de la mujer.
—Aún no ha amanecido —le dijo sonriente—. Esto es lo que llamaba un
amanecer falso.
—Muy bien, amanecer o falso amanecer. No voy a discutir contigo por eso. Ven a
casa conmigo y toma por lo menos una taza de café. Eso te espabilará.
—Estoy espabilado —replicó él—. Lo he estado toda la noche.
—Rebeck, eres un incordio y un problema para una mujer mayor. Bueno, ¿vienes
o no?
—Sí, Gertrude, voy.
Caminaron juntos por la calle, lentamente, porque ambos estaban fatigados. Los
tacones de la señora Klapper tintineaban en la acera. No había nadie más que ellos
en la calle, hasta donde alcanzaba su vista.
—No lejos de aquí hay una estación de metro —dijo la señora Klapper—. Nos
deja directamente en casa. —Entonces le miró y él experimentó una sensación
agradable—. Rebeck, ¿te gusta la nata agria con requesón?
—No recuerdo. Hace mucho tiempo que no como esas cosas.
—Es estupendo en verano, con arándanos, si todavía quedan. Probablemente me
los comí todos. Anda más despacio, Rebeck, ¿a qué viene tanta prisa? A lo mejor
podemos ver la salida del sol. ¿Por dónde está el este?
El señor Rebeck señaló la dirección por donde el cielo tenía el color de los
ladrillos en las casas nuevas. Vio un pájaro que volaba. Era el único pájaro en el
cielo, de la misma manera que ellos eran los únicos transeúntes que paseaban por
la calle. El pájaro estaba lejos y volaba trazando círculos amplios y despaciosos,
contemplando el mundo sobre el que caía su sombra con la arrogancia que tienen
todos los seres voladores. Pensó que podría ser el cuervo y deseó haber tenido la
oportunidad de despedirse de él, aunque sabía que eso no habría significado nada
para el pájaro. Pero los hombres siempre tienen que despedirse de los seres y las
cosas.
—Me pregunto qué le ocurrió a la gaviota —dijo en voz alta.
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