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Martí, M.E. Desde afuera del dispositivo: la asexualidad o el

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Martí, M.E. Desde afuera del dispositivo: la asexualidad o el
Desde afuera del dispositivo: la asexualidad o el reverso
ilegible de la identidad
María Eugenia Martí
PUDS – UNR
[email protected]
Resumen
El presente texto aborda la disidencia asexual con el objetivo de analizar su potencialidad
disruptiva respecto las configuraciones inteligibles de la identidad sexual y como afuera
absoluto del dispositivo de sexualidad. Mientras, por un lado, existe la creciente necesidad de
pensarla como posición identitaria válida a modo de estrategia de reconocimiento social, por
otro lado, también persiste la insistencia de ciertos sectores, como la sexología y la psiquiatría,
de singularizar sus contornos y definirla desde el estudio entomológico clasificatorio que
permita determinar las causas que comprueben su origen patológico y su anomalía. Es posible
también reivindicar esa anomalía y reconocer la potencialidad subversiva respecto de las
configuraciones ontológicas permitidas y ver la potencia de su negatividad como un afuera
constitutivo que habilita todas y ninguna de las configuraciones posibles.
Palabras Clave
Asexualidad - Reconocimiento - Dispositivo de sexualidad - Patologización - Deseo
Soy asexual. Esas palabras consiguen idéntica reacción cada vez que
se las pronuncia: incredulidad. Como si uno estuviera invitando al otro al reino
del absurdo, abriendo las puertas al territorio de lo imposible o confesando que
la propia constitución ontológica proviene de la absoluta irrealidad. La
experiencia sería similar a ir por la calle, todos los días, afirmando: soy un
unicornio. Y la cuestión es justamente la irrealidad, la incapacidad para habitar
lo existente, para acceder al reconocimiento. El problema tal vez sea la
negación. El prefijo privativo en una autoafirmación. Así, en el verbo originario
que designa al ser, hay una ausencia de verbo, en la auto-denominación
misma del asexual como sujeto de una privación se instaura el registro del
oxímoron, la falta constitutiva, la insuficiencia activa que vuelve al sujeto el
reverso o negativo del agente. Por lo tanto, se trataría de un esfuerzo vano por
visibilizar una ausencia.
Como toda forma infrecuente o apenas perceptible del devenir sujeto, la
asexualidad produce reacciones que van desde la simple y llana desestimación
basada en supuestos erróneos que la reduce a anomalía intrascendente o
imposible, hasta las más variadas formas de patologización. Dado que la
asexualidad se instaura como negación, resulta consecuentemente más fácil
colocarla en otra categoría con prefijo privativo: la inexistencia. Parece aún
imposible deshacernos de la omnipresencia del sexo como fatalidad primaria,
como condición intrínsecamente universal. La noción de sexo, explica Foucault,
fue creada por el dispositivo de sexualidad, y formada a través de diferentes
estrategias de poder y permitió agrupar en una unidad artificial elementos
anatómicos, funciones biológicas, conductas, sensaciones, placeres. Dicha
unidad ficticia funciona no solo como principio causal sino también como
sentido omnipresente, significante único y significado universal (Foucault [1976]
2005: 187).
De esta manera, el sexo no es más que ese punto ideal vuelto necesario
por el dispositivo de sexualidad para desempeñar una función importante: es
por ese punto imaginario que llamamos sexo por lo que cada cual debe pasar
para acceder a su propia inteligibilidad, a la totalidad de su cuerpo, a su
identidad (Foucault [1976] 2005: 188-189). Hay una inversión histórica
fundamental que tener en cuenta, según Foucault:
(…) hemos llegado ahora a pedir nuestra inteligibilidad a lo que durante tantos
siglos fue considerado locura, la plenitud de nuestro cuerpo a lo que mucho tiempo
fue su estigma y su herida, nuestra identidad a lo que se percibía como oscuro
empuje sin nombre. (…) Al crear ese elemento imaginario que es el sexo, el
dispositivo de sexualidad suscitó uno de sus más esenciales principios internos de
funcionamiento: el deseo del sexo. (…) Constituyó al sexo mismo como deseable.
Y esta deseabilidad del sexo nos fija a cada uno de nosotros a la orden de
conocerlo, de sacar a la luz su ley y su poder; esa deseabilidad nos hace creer
que afirmamos contra poder los derechos de nuestro sexo, cuando en realidad nos
ata al dispositivo de sexualidad (…) (Foucault [1976] 2005: 189-191 El subrayado
es nuestro).
De este modo, aquellos que se abstienen de la presunción de la
necesidad del sexo, del sexo como pulsión primaria, instinto o significante
universal que responde a la configuración absoluta y originaria del ser, atentan
contra los residuos resistentes a la refutación de las nociones esencialistas y
biologicistas de la identidad. Los asexuales admiten ser leídos como otra
posibilidad radical de resistencia, que va más allá de la reversión estratégica de
las prácticas, placeres, usos y posibilidades plásticas somáticas, y pueden ser
vistos como sujetos de la negación, del autoexilio del dispositivo, opuestos a la
instancia del sexo:
No hay que creer que diciendo sí al sexo se diga que no al poder, se sigue, por el
contrario, el hilo del dispositivo general de la sexualidad. Si mediante la inversión
táctica de los diversos mecanismos de la sexualidad se quiere hacer valer, contra
el poder, los cuerpos, los placeres, los saberes en su multiplicidad y posibilidad de
resistencia, conviene liberarse primero de la instancia del sexo (Foucault [1976]
2005: 191).
Existen construcciones sociales asociadas a las prácticas y usos
individuales de los cuerpos: “serás alguien, mientras te atengas a alguna de la
configuraciones de la matriz de inteligibilidad: sujeto o abyecto”. Pero no
acceder o sostener una práctica regular dentro de las posibilidades del
dispositivo de sexualidad, significaría, por lo tanto, no acceder a ninguna
configuración hegemónica o alternativa de inteligibilidad, parecería traducirse,
entonces, a una carencia de estatus ontológico social. Significaría no ser ni si
quiera un abyecto, ni siquiera ininteligible, significaría el afuera absoluto.
También es cierto que esa exterioridad se puede instituir como el silencio que
hace ruido en el centro del dispositivo regulatorio, ya que la ausencia de
prácticas y discursos interrumpe el afán clasificatorio y obstaculiza los
mecanismos de control.
La asexualidad, entonces, se convirtió en el nuevo y laico pecado
nefando. Desde la muerte de Dios una expresión como nefas se volvió fútil e
inconsecuente. Para entender la falta gravísima que implicaba para los
antiguos abstenerse de seguir la voluntad divina primero habría que entender la
necesidad de seguirla. Fas refiere a voz o palabra divina, aquel verbo primero
que designó para siempre, performativmente, al mundo, significa expresión de
voluntad divina convertida en ley, de ahí se convierte en aquello que está
permitido, lo lícito. Nefas designaría, por lo tanto, la negación de dicha voluntad
de los dioses, la negación del discurso-ley. La asexualidad sería el infans
infantis (sujeto que no habla, que no posee palabra) del espectro de las
configuraciones de identidad. La palabra ya no proviene de los dioses, pero los
discursos en profusión exponencial no dejan de instaurarse en y a través del
poder que determina lo que es lícito, lo que permite el acceso a lo humano.
Por eso, la negación de los discursos es el lugar de la asexualidad,
porque denuncia continuamente que el sexo no es más que ese ideal
imaginario, ese instrumento de las técnicas del biopoder que permiten el
acceso regulatorio a la vida de los cuerpos y de la especie, construido como
instancia obligatoria de la vida que nos define, cifra ontológica universal
(Foucault [1976] 2005:175-191). Sin embargo, los asexuales desmienten la
percepción del sexo como instancia irrefutable y fundamental de la existencia.
Es por este motivo que producen extrañamiento y son invisibilizados
continuamente, aún dentro de los discursos que no son específicamente
heteronormativos, porque la ausencia de sexo en la vida de los individuos es
adjudicada a diversas formas de una supuesta “represión”, explicada a partir de
difusas razones patológicas o entendida simplemente como una desviación
más de las normas sociales. Lo que coloca a los asexuales, nuevamente, en el
afuera de la inteligibilidad.
Sin embargo, esta existencia a la intemperie nunca es realmente
absoluta, porque no existen configuraciones que escapen a los mecanismos
del poder ni que puedan, completamente, escapar a las operaciones del
dispositivo de sexualidad. El asexual que quiera adquirir tal identidad en
sociedad, necesita de una continua afirmación y explicación, de una continua
puesta en discurso que no loga evadir el sexo, ya que se vuelve indispensable
el pronunciarlo, incluso, para negarlo. No obstante, es en lo inverosímil de la
negación donde la asexualidad parece constituir un límite difuso e ininteligible
en las posibilidades de configuración de lo humano, porque entorpece o anula
totalmente la imperiosidad, obligatoriedad y inevitabilidad del sexo. Esto le
otorga un sustrato potencialmente disruptivo y subversivo.
Los sujetos asexuales entonces se instauran como excedente de las
configuraciones de usos y prácticas posibles diseñadas para los cuerpos,
reivindican la posibilidad del autoexilio de los intercambios sexuales de
cualquier tipo, y, a nivel de los diseños estratégicos políticos de identidad,
pueden carecer de la sigla “A” en la genealogía de las siglas, pero empiezan a
salir del ostracismo en el que la negatividad de su identidad los colocaba. En
las marchas del orgullo de New York y Los Ángeles, este año desfilaron
contingentes de asexuales para decir que no solo es posible encontrarlos en el
eterno espacio del et cetera, que significa: “y todo lo demás”, o sea, lo que está
de más, lo que sobra, el excedente silenciado.
Dos estrategias se tornan indispensables a la hora de romper el vacío
desde el cual se habita la asexualidad: salir del silencio imperante
y
contrarrestar los efectos de la literatura que sí circula sobre la materialidad y
realidad de los asexuales ya que esta opera, generalmente, en su detrimento.
Los estudios que han abordado la asexualidad provienen de la sexología, la
psiquiatría u otras perversiones del poder biomédico y abundan en taxonomías
cuyos indicadores y criterios clasificatorios apuntan a la patologización abierta
o encubierta del asexual.
Así,
Bogaert
(2004)
analiza
datos
preexistentes
extraídos
de
relevamientos sobre la población sexual en el Reino Unido para cuantificar las
posibilidades de existencia asexual en un 1%, y decepcionarse con los
resultados de sus análisis, ya que la heterogeneidad de los datos no le aporta
suficiente material como para que los factores predictivos de asexualidad lleven
a una causa única de la misma. La manera de resolverlo, ya que la impronta
patologizante no le permite otra opción, es alegar posibles causas múltiples
como un inadecuado desarrollo en la adolescencia, la sobre internalización de
roles de género en el caso de las mujeres o condiciones genéticas prenatales.
Los estudios de caracterización y clasificación de la sexología no
abandonan esta impronta ya que no pueden separarse de la idea de que existe
una media “normal” de deseo sexual. Así, Prause y Graham (2007) realizan un
estudio a partir de encuestas, estudios de grupo y otros recursos de la
entomología para clasificar a los sujetos asexuales. Todo su análisis de las
auto-definiciones de los sujetos solo las lleva a concluir que resulta necesario
realizar tests fisiológicos y psicofisiológicos para medir los factores causales
que puedan afectar los sentimientos de deseo sexual. Les resulta imposible
desligarse de la creencia en un supuesto funcionamiento “normal” de la
sexualidad, normalidad de la cual los asexuales extraen su diferencia
específica. Así, proponen que, si bien los mecanismos fisiológicos no parecen
poder explicar completamente la asexualidad, podrían ofrecer a los individuos
asexuales legitimidad y un marco conceptual para sus sentimientos, lo cual
reduciría el alcance que permite a otro culparlos por su identidad (2007: 354).
De la misma manera, Hamilton y Strizhakova (2004) parten del
presupuesto según el cual las relaciones sexuales consideradas “sanas” son
vitales para el desarrollo de los individuos, su autoestima, y su bienestar
personal, psicológico y social. No obstante, alegan los autores, esas relaciones
fueron mucho tiempo sinónimo de heterosexualidad, y a pesar de las nuevas
concepciones, las relaciones homosexuales siguen teñidas de un estigma
social muy fuerte (sic). Por lo tanto, proponen una hipótesis según la cual la
asexualidad es consecuencia de un conflicto interno entre el sistema de
creencias y varias etapas de desarrollo de la sexualidad. Así, se sugiere que
para evitar el estigma social que padecen otros sujetos no normativos los
individuos se autoidentifican como asexuales para no confesar la verdadera
orientación o porque el miedo al estigma les impide alcanzarla. Vemos así, que
la asexualidad no solo es entendida como una deficiencia de desarrollo de la
sexualidad, sino que además se ignora el estigma que comporta por sí misma,
y se la piensa como refugio ante el miedo a un estigma más reconocible y más
fácil de concebir que la realidad de la identidad asexual.
Por este motivo, empiezan a surgir comunidades on line que tratan de
difundir información y poner en existencia discursiva las contingencias y
variables que permitirían pensar a los asexuales, removerlos del espacio de
silencio e invisibilidad para construir vías de acceso a la inteligibilidad que no
estén teñidas de caracterizaciones patologizantes. Desde su virtualidad, sitios
como AVEN (Asexual Visibility and Education Network), apelan a estrategias
que permitan “decir” a los asexuales, que permitan dotarlos de identidades
reconocibles. Dado que los términos que permiten ser reconocidos como
humanos son articulables socialmente, todos nos constituimos como seres
sociales viables a través de la experiencia del reconocimiento, que no es más
que la sede del poder mediante la cual se produce lo humano de forma
diferencial (Butler [2004] 2006: 14-15). Por lo tanto, pensar, como se hace
desde AVEN, la asexualidad como una orientación sexual que otorga una
identidad definida, constituiría una forma de esencialismo estratégico que
apunta a salir del silencio de los discursos y emerger hacia la inteligibilidad.
Aunque sepamos que la identidad es un efecto, que no existe forma de
atribuirle esencia, que lo natural ya no existe (que la naturaleza se murió
después de Dios), el concepto resulta indispensable para toda agencia política
social. Para ser en sociedad. Para que se llene el lugar del predicativo, porque
ese lenguaje que nos instancia como sujetos exige que, detrás de las
ontologías intrínsecas que parece denotar el verbo ser, tenga que haber un
atributo. Resulta necesario apropiarnos del discurso desde una posición de
sujeto, desde una identidad que parezca tener límites definidos, para no quedar
relegados a tema extradiscursivo, configurados como la eterna no persona
excluida de la subjetividad. (Benveniste [1971] 2007:186).
Así, se entiende que para llevar adelante proyectos de visibilización que
revisten una importancia política fundamental, desde sitios como AVEN se
instauren definiciones esencialistas. Allí se define al asexual como persona que
no experimenta atracción sexual y se lo distingue del célibe porque este está
determinado por la elección. Se niega cualquier aspecto volitivo de la
asexualidad porque esto permite dos operaciones discursivas necesarias: por
un lado, distinguirse de la imagen religiosa del célibe (aquel que se somete a
un régimen impuesto o auto-impuesto de abstención como ofrenda o sacrificio)
y por otro, plantear a la asexualidad como orientación sexual no voluntaria.
Esta estrategia, por lo tanto, tiene el defecto de caer en una posición innatista y
de resucitar justificaciones del orden de las potencias naturales que otorgarían
a la asexualidad categoría de condición inevitable del ser.
Repetimos, puede ser estratégicamente válido, pero se pierde la
oportunidad de pensar al asexual en su potencialidad política real, a partir de
los rasgos que lo vuelven una anomalía perturbadora en los regímenes socio –
discursivos de la sexualidad. Los asexuales no son sujetos carentes de deseo,
sino que se los podría pensar como poseedores de un deseo que funciona
como productor de ontología. No se trata de un deseo como carencia, sino de
la exhibición de la potencialidad sexual absoluta, una o todas las orientaciones
a punto de derramarse simultáneamente, cuya cristalización más que causa y
origen, es un horizonte inalcanzable. Este deseo se asimila al deseo kafkiano,
tal y como lo definen Deleuze y Guattari ([1975] 1990: 84-86) en Kafka, por una
literatura menor, un deseo que no es carencia, sino plenitud, ejercicio y
funcionamiento, un deseo que es fundamentalmente polívoco, y cuya
polivicidad hace de él un solo deseo único que lo abarca todo.
De esta manera, se podría reivindicar a los asexuales no como entidad
ontológica pura, ni como sujeto esencial, sino como anomalía de las
tecnologías variables de producción de lo humano, como un estado aleatorio,
fortuito, arbitrario que, sin embargo, no deja de ser una posibilidad de habitar el
mundo. Se podría pensar, por lo tanto a aquellos configurados a partir de la
ausencia de las prácticas y usos sexuales del cuerpo, como otros
inapropiados/inapropiables que no se pueden configurar en una identidad fija.
La inverosimilitud que los recubre socialmente demuestra que son
posiciones políticas subversivas, ilegibles desde las identidades de sexualidad
y género heteronormativas. Dado que en su caso todas las orientaciones del
deseo y todas las posibilidades de significación del cuerpo están abiertas,
todas las prácticas existen en una potencialidad inconmensurable, que, a su
vez, resulta incómoda, subversiva, inasible, justamente por representar lo
indeterminado e indeterminable. Por eso mismo podrían ser vistos como la
mismísima refutación teórica de la identidad esencial hecha carne. Se trata de
identidades
imperfectas,
nunca
acabadas,
desidentificadas,
móviles,
constituidas como operación política a partir del reverso de su ilegibilidad, de su
falta de orientación concreta, de su existencia volátil como potencia absoluta.
Nada resulta más obsceno, ni más políticamente subversivo que la
potencialidad indeterminada, el campo abierto de orientaciones viables e
inviables. Por eso la asexualidad no suele ser contemplada siquiera como
posible. Se trataría de una operación de exclusión determinada también por la
matriz de inteligibilidad cultural, que no solo se restringe a vigilar las
performances de género, sino también los comportamientos y conductas
sexuales. En términos generales, quizá la persistente creencia en un irrefutable
instinto biológico o pulsión natural sea la causa primaria del derogamiento
continuo de la asexualidad a un tipo de existencia antinatural. “El sexo, como
órgano y como práctica, no es ni un lugar biológico preciso ni una pulsión
natural” dice Preciado (2002: 22). Esto ayuda a ver la necesidad de considerar
al sexo como una tecnología biopolítica (sistema complejo de estructuras
reguladoras que controlan los intercambios entre los cuerpos, los instrumentos,
las máquinas, los usos y los usuarios) y de deconstruir la sexualidad como
naturaleza. De la misma manera, ese espacio anómalo y excedente del
dispositivo constituido por los no practicantes desmiente varios presupuestos
basados
en
inscripciones
“naturales”:
la
fatalidad
de
orientaciones
predeterminadas de deseo, lo irrefutable de las pulsiones instintivas, la
necesidad natural del intercambio sexual, y finalmente, la idea del sexo como
significante universal, como cifra de lo que somos, como apremiante centro de
toda configuración ontológica.
Referencias Bibliográficas:
Benveniste, Emile [1971] (2007). “De la subjetividad en el lenguaje” en Problemas de
Lingüística General I. México. Siglo XXI.
Bogaert, A. F., (2006) Toward a Conceptual Understanding of Asexuality,
Review of General Psychology. Sep. Vol 10(3): 241-250.
Bogaert, A. F. (2004). Asexuality: Prevalence and associated factors in a national probability
sample. Journal of Sex Research, 41: 279–287.
Butler, Judith [2004] (2006). Deshacer el género. Barcelona. Paidós.
Deleuze – Guattari [1975] (1990). Kafka, por una literatura menor. México. Era.
Foucault, Michel [1976] (2005). Historia de la sexualidad. Tomo 1. La voluntad de saber.
Buenos Aires. Siglo XXI.
Hamilton, M. A. y Strizhakova, Y. (2004). "Homosexuality and Homophobia: Toward a Causal
Model of Asexuality" Paper presented at the annual meeting of the International Communication
Association, New Orleans Sheraton, New Orleans, LA Online. 2009-05-26
http://www.allacademic.com/meta/p112895_index.html
Prause, N. y Graham, C. (2007). Asexuality: Classification and Characterization, en Arch Sex
Behav, 36: 341–356.
Preciado, Beatriz, (2002). Manifiesto contra-sexual. Madrid. Opera Prima.
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