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“Seguir a Cristo es exigente”

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“Seguir a Cristo es exigente”
Domingo 22º del Tiempo Ordinario. Ciclo A.
“Seguir a Cristo es exigente”
La vida cristiana, inspirada y basada en la fe, es profundamente interior, y no se reduce a
objetos, ritos o leyes. Somos santificados por acción del Espíritu Santo de Dios, que actúa
directamente en el corazón de los creyentes. A todos los cristianos, como a Jeremías, la Palabra dulce
de Dios se puede volver amarga y el amor seducción. Sin embargo, esa misma Palabra, desde su
verdad interior más profunda, nos invita a seguir cargando con la cruz.
El camino del profeta y del discípulo es ciertamente el camino de la cruz, que conoce
oscuridades, abandono, silencio, sufrimientos..... Cargar con la cruz no es otra cosa que negarse a sí
mismo, saber renunciar y perder. Cristo sugiere un “perder” especial, para saber encontrar.
Pedro, que ha profesado su fe en Cesarea, no acepta las consecuencias de su confesión. Ha
reconocido a Jesús como Mesías pero quiere ignorar todo lo que deriva de esa afirmación. No ha
comprendido que creer no es nunca algo definitivamente adquirido o estático, sino una discusión
viva y constante con la duda y la incomprensión.
El cristiano tiende a ser así: alguien que cree y duda. Seguir a Cristo, ser cristiano auténtico,
lleva consigo sus exigencias. Aunque, a decir verdad, vivir sin Dios y sin fe, tiene dificultades aún
mucho más duras.
Después de la confesión de Pedro, aparece enseguida la tentación: seguir el camino más fácil,
un camino sin cruz. Esto no es posible. Jesús ha de pasar por la cruz, y el discípulo que quiera
seguir en verdad al maestro también ha de coger la cruz con fuerza.
No hay gloria sin cruz, sin renuncia a sí mismo y a las tentaciones del mundo. Estamos en el
mundo sin ser del mundo, por eso hemos de discernir claramente que camino queremos recorrer. Hay
que tener cuidad, porque las cosas de este mundo, con su reclamo de una vida fácil y cómoda, no
pueden ocupar nuestro corazón, está reservado para el Señor.
Vivir la fe cristiana cuesta (sea uno joven, casado, religioso, sacerdote...). Seguir a Cristo
exige entrar por la “puerta estrecha”, pero precisamente por ella nos viene la verdadera vida. Seguir
lo que el mundo dice es, es principio, “puerta ancha”, pero luego conduce a la desesperación y a la
muerte. Jesús nos enseñó que tenía que subir a Jerusalén para padecer mucho, para ser ejecutado
y resucitar al tercer día. Y también añadió: “El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo,
cargue con su cruz cada día y se venga conmigo”.
Es preciso “subir a Jerusalén”, lo que es lo mismo que pasar por desprecios, injusticias,
abandonos, oscuridad, muerte.... pero luego viene la resurrección. Y esto no es por sadismo o por
deseo de amargarnos la vida, como si Dios no nos amara, sino porque el dolor, según el plan de Dios,
es el camino que conduce a la vida y a la plenitud. No hay resurrección gloriosa sin cruz
ignominiosa. El verdadero amor se demuestra a través del dolor y la entrega por la persona amada.
Creer y vivir esto, a pesar de decirlo el evangelio y verlo reflejado en la vida de Cristo, suele
costar mucho a nuestra naturaleza que ante el dolor y la cruz se resiste y se revela.
En esta aventura no estamos solos:
Cristo nos ilumina con su Palabra y nos acompaña y fortalece
con sus sacramentos, con su Espíritu, con la protección de su Madre;
también con la Eucaristía.
Avelino José Belenguer Calvé.
Delegado Episcopal de Liturgia.
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