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No habrá mas penas ni olvido

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No habrá mas penas ni olvido
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No habrá mas
penas ni olvido
Osvaldo Soriano
Ediciones B, Barcelona, 1987
La paginación se corresponde
con la edición impresa. Se han
eliminado las páginas en blanco.
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PRÓLOGO
La acción de No habrá más penas ni olvido se
sitúa en la Argentina durante el último gobierno de Juan Domingo Perón, entre octubre de
1973 y julio de 1974. Luego de una larga lucha
popular, Perón regresó al país en medio de una
grave conmoción a la que él mismo había con tribuido; su movimiento estaba dividido por lo
menos en dos grandes fracciones: aquella que lo
veía como un líder revolucionario y otra que se
aferraba a su ascendiente sobre las masas para
impedir la victoria popular. Este malentendido
—por absurdo que hoy parezca— es uno de los
tantos orígenes de la tragedia argentina.
5
Electo presidente, Perón iniciaría una implacable depuración de elementos «izquierdistas»
de su movimiento. La juventud, cada día más
golpeada y maltrecha, siguió reivindicando
hasta el final su adhesión al «líder». Calificados
por Perón de «imbéciles», de «imberbes irresponsables», dirigentes y militantes de la organizaPage 4
ción guerrillera Montoneros y de la Juventud Peronista (estrechamente ligados) insistían en
creer (o querían creer) que la furia del jefe del
Justicialismo era una argucia táctica más en su
presunta lucha contra la oligarquía y el imperialismo. Trágica confusión. Hasta su muerte,
el 1.° de julio de 1974, Perón utilizó una curiosa estrategia de gobierno: descalificó como «infiltrados» a aquellos a quienes todo el país conocía como peronistas, incluso a viejos militantes de la primera hora (representados en esta novela por el delegado municipal Ignacio Fuentes)
y bendijo como peronistas a muchos advenedizos que habían contribuido a su caída en 1955
y se batieron contra él hasta poco antes de su regreso (el personaje del martillero Guzmán los
ejemplifica en el relato).
6
En este momento histórico se sitúa No habrá
más penas ni olvido. La acción se desarrolla en
un pequeño pueblo de la provincia de Buenos
Aires donde todos los personajes se conocen entre sí. La maniobra de Perón y su ministro, José
López Rega, cobra entonces dimensiones absurdas, grotescas. En realidad, este enfrentamiento sucedía en el anonimato de las grandes ciudades donde el terror se disimula en la multitud, en la incertidumbre creada por asesinos y
víctimas sin uniforme. Como la novela lo sugiere, la batalla no podía sino facilitar la intervención de las fuerzas armadas, que completarían minuciosamente la liquidación de izquierPage 5
distas ya iniciada por los grupos fascistas. Era
en los sindicatos controlados por la burocracia
peronista, en la policía (al frente de la cual Perón nombró a sus más acérrimos enemigos de
ayer) y en los ministerios, dominados por la
«verticalidad» justicialista, donde se reclutaban
las temibles bandas armadas que «depuraban»
a la juventud y a los honestos peronistas de la
primera hora (dirigentes y militantes universitarios y obreros, diputados, gobernadores de
provincias que habían dejado de ser útiles al
proyecto reformista encabezado por Perón).
El juego de masacre fue facilitado por los tremendos errores cometidos por la guerrilla (la
peronista y la «marxista») y sus brazos legales;
por su candidez política, por la torpeza, el extremo dogmatismo y a veces la mala fe de sus
dirigentes.
No habrá más penas ni olvido excluye de la acción a todos los demás protagonistas políticos y
sociales de aquel momento para ceñirse a esta
satírica observación del fenómeno peronista.
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A la memoria de mi padre.
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Mi Buenos Aires querido
cuando yo te vuelva a ver
no habrá más penas ni olvido.
CARLOS GARDEL
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I
—Tenés infiltrados —dijo el comisario.
—¿Infiltrados? Acá sólo trabaja Mateo, y
hace veinticuatro años que está en la delegación.
—Está infiltrado. Te digo, Ignacio, echalo
porque va a haber lío.
—¿Quién va a hacer lío? Yo soy el delegado y vos me conocés bien. ¿Quién va a joder?
—El normalizador
—¿Quién?
—Suprino. Volvió de Tandil y trae la orden.
—Suprino es amigo, qué joder. Hace un
mes le vendí la camioneta y todavía me debe
plata.
—Viene a normalizar.
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—Normalizar qué. Estás leyendo muchos
diarios, vos.
—El Mateo es marxista comunista.
—¿Quién te metió eso en la cabeza? Mateo
fue a la escuela con nosotros.
—Se torció.
—Pero si lo único que hace es cobrar los
impuestos y arreglar los papeles de la oficina.
—Yo te aviso, Ignacio, echalo.
—Cómo lo voy a echar, gordo. Se me va a
venir el pueblo encima.
—¿Y para qué estoy yo?
—¿Para qué estás?
—Para cuidar el orden en el pueblo.
—Vamos, gordo, vos estás jodiendo. Andá
a la mierda.
—Te digo en serio. Suprino está en el bar.
Te va a ir a ver, te va a aconsejar.
—Que me pague lo que me debe antes. Si
no, te lo voy a denunciar.
Ignacio salió de la comisaría. Dos agentes
que estaban en la puerta, bajo un árbol, lo saludaron. Montó en la bicicleta y pedaleó despacio. Iba pensativo. El sol calentaba con
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treinta y seis grados esa mañana. Cuando llegó a la esquina, aminoró la marcha y dejó que
cruzara el camión de Manteconi que repartía
los sifones. Pedaleó hasta la otra cuadra, en
pleno centro del pueblo, y paró frente al bar.
Dejó la bicicleta en la vereda, a la sombra, y
entró. Se sacó la gorra y saludó con una
mano; le contestaron dos viejos que jugaban
al mus. Fue hasta el mostrador.
—Hola, Vega. ¿Lo viste a Suprino?
—Recién se va. Está alborotado. Se fue a
verlo a Reinaldo a la CGT. ¿Va a haber
huelga?
—¿Dónde?
—Acá. Dice Suprino.
—Puta che, están todos locos. Dame una
coca cola.
La tomó de la botella, a tragos largos.
—¿Qué pasa, Ignacio?
—Qué sé yo. ¿Qué más te dijo Suprino?
—Poca cosa. Que vas a renunciar.
—¿Yo?
—Vos y Mateo. Dice que son traidores.
—¿Eso dijo?
—Sí.
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—¡Hijo de puta!
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—Que sos traidor. Lo dijo delante de Guzmán.
—¿Qué hacía el martillero acá?
—Lo estaba esperando, me parece. Se fueron juntos a la CGT.
—Vos sabés que Guzmán no es peronista.
Nos cagamos a golpes por eso en el 66.
—En la plaza, me acuerdo.
—Me hizo meter preso por peronista cuando Soldatti era comisario. Cobrame.
—No —Vega sonrió con su dentadura amarillenta y despareja—. Si te vas a quedar sin
trabajo.
—Bueno, chau.
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Ignacio tomó la bicicleta y pedaleó fuerte.
Un golpe de estado. Una sonrisa amarga apareció en su cara: «A mí me van a enseñar a
ser peronista.» De pronto sintió un extraño
brío. Nunca pensó que tendría que enfrentar
un golpe de estado, como Perón, como Frondizi, como Illia. Llegó a la plaza. Dejó la bicicleta contra un banco y caminó hasta la arboleda más tupida. Eran las once y la plaza estaba desierta por el calor. Se sentó en el césped y sacó un cigarrillo.
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—¿Cómo le va, don Ignacio? —dijo el
placero.
—Dejame que voy a pensar. Andá a regar
más allá.
Se tapó la cara con las manos. «Me quieren
mover el piso», se dijo en voz alta. Fuera de
la plaza, los parlantes empezaron a vocear
propaganda. Trató de repasar la situación.
Suprino era secretario del partido. Ignacio lo
había mandado el día anterior a Tandil a pedir al intendente que votara la partida para
ampliar la sala de primeros auxilios. Volvió
agrandado y consiguió meter en algún asunto al comisario y a Guzmán. Ahora lo querían joder. «Pero el pueblo me eligió a mí. Seiscientos cuarenta votos. ¿Qué es eso de que
Mateo es comunista? Cuando lo echaron a Perón, en el 55, ya estaba en la municipalidad.
Estuvo después, estuvo siempre. Nunca le
pregunté si era comunista. Bolche es Gandolfo. De siempre fue, pero lo saben todos. Es
el único en Colonia Vela. Tiene la ferretería
y nadie lo jode. Si hasta estuvo en la comisión vecinal una vez. Y yo soy infiltrado de
qué, la puta que los parió; los voy a meter a
todos presos, carajo».
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—¡Che, Moyanito, vení!
El placero soltó la manguera y caminó
apurado.
—Diga, don Ignacio.
—Decime, ¿qué te parece si los meto presos a Guzmán y a Suprino?
—¿Qué hicieron, don Ignacio?
—Se han sublevado.
—¿Qué es eso?
—Me quieren echar.
—¡A usted!
—Sí. A mí y a Mateo.
—¡Pero don Mateo de qué va a vivir! ¡Tiene la señora enferma y la hija estudia en
Tandil!
—Nos quieren echar.
—¿Por qué, don Ignacio?
—Dicen que no soy peronista.
—¿Que no es peronista? —el placero se
rió—; yo lo vi a usted a las piñas acá con Guzmán por defenderlo a Perón.
—Los meto presos.
El viejo placero se quedó pensando.
—¿Y qué dice el comisario?
Ignacio recibió la pregunta como un hachazo. Se paró y corrió hacia la bicicleta.
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—¿Dónde está el comisario?
El preso que lavaba el zaguán levantó la vista y se cuadró.
—Adentro, con el oficial Rossi y los seis
milicos. Me sacó del calabozo y me mandó
que lavara la bandera y el piso.
Ignacio entró. La oficina estaba desierta.
Salió al patio y los vio. El comisario estaba
frente a la tropa y Rossi a su lado, con el uniforme más limpio. Alcanzó a escuchar que el
comisario gritaba: «para terminar con el enemigo apátrida que se ha infiltrado en Colonia Vela».
—Venite a mi oficina, Rubén.
—No me des órdenes, Ignacio.
—¿Qué mierda hacés cagado de calor en el
patio? Vení a la oficina.
—No voy. No va nadie. Vos no me das más
órdenes, Ignacio. Sos un traidor.
Ignacio supo que no bromeaba. Lo miró
fijamente un rato, luego le dio la espalda y salió. En el zaguán se paró frente al
preso.
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—¿Cómo te llamas, vos?
—Juan Ugarte, señor.
—Te vas al municipio y me esperas allá.
—Sí, don Ignacio.
El delegado tomó la bicicleta y salió.
El preso corrió calle arriba. Era mediodía.
Por los parlantes una voz gritaba tan
fuerte que sólo se oía un chillido confuso.
—¡Compañeros! ¡Compañeros!
Ignacio reconoció la voz de Reinaldo.
—¡Compañeros! ¡Los comunistas de Colonia Vela traban nuestros justos pedidos de
fondos para la guardia de primeros auxilios!
¡Demoran el permiso para construir el monumento a la madre! ¡Impiden la instalación de
las cloacas! ¡Compañeros! ¡Echemos a los
traidores Ignacio Fuentes y Mateo Guastavino! ¡Con la CGT de los trabajadores y la policía del pueblo desbarataremos la maniobra
sinárquica contra Colonia Vela! ¡Compañeros! ¡De pie en apoyo del secretario general
del justicialismo, compañero Suprino! ¡Hagamos tronar el escarmiento contra la oligarquía marxista!
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Ignacio frenó la bicicleta con el taco del zapato y la dejó contra el frente del almacén.
Era un viejo caserón que había sido de su padre, como también el negocio que ahora
atendía su mujer.
Felisa envolvió los cien gramos de jamón,
los entregó a una chica de largas trenzas y se
limpió las manos en el delantal.
—Ya cierro, Ignacio. La comida está casi
lista.
—¿No escuchás los parlantes?
—No les presté atención.
—Hay revolución, vieja. ¡Me hacen una revolución! ¡Como a Perón!
—¿Qué decís?
—Cerrá el negocio; ¡rápido!
Felisa cerró las dos hojas de la puerta de
madera y dio un par de vueltas a la llave.
—Escuchame, Felisa: yo voy a salir. No
abrás a nadie. A nadie, ¿me entendés?
—¡Ignacio! ¿Qué hiciste, Ignacio?
El delegado fue hasta el dormitorio y sacó
de la cómoda un viejo Smith and Wesson.
Buscó entre las sábanas cuidadosamente plegadas y juntó todas las balas. Quince en total.
—Traeme la escopeta.
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—No, Ignacio. ¿Qué vas a hacer? ¡Te van
a matar!
—¡Qué mierda me van a matar, si son unos
cagones!
—¡Voy a llamar a Rubén!
—Es contra ese hijo de puta que voy a
pelear.
Ignacio se puso el revólver a la cintura y
se echó la escopeta al hombro. Besó a su mujer en una mejilla y antes de salir le dijo:
—Dios me hubiera dado un hijo para verlo pelear al lado de su padre.
La calle estaba desierta. Desde el centro, a
seis cuadras, llegaba el griterío del parlante.
Ignacio buscó con la mirada a su alrededor.
—Mierda, me robaron la bicicleta.
Sobre la pared donde estuvo apoyada, alguien había escrito con carbón:
Fuentes traidor
al pueblo peronista
—¡Hijos de puta! ¡A tiros voy a llegar al
municipio!
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Sin embargo, nadie parecía oponerse. Ignació vio a doña Sara, la vecina de enfrente
que lo observaba a través de la ventana. DesPage 18
de un zaguán, sin dejarse ver, alguien gritó:
—¡Arriba Fuentes, viejo!
El calor era insoportable. Ignacio caminó
hacia la esquina. A los 51 años había perdido
demasiado pelo como para andar sin gorra
bajo el sol. Sintió la transpiración en el cuello; la camisa se le pegaba en las axilas y bajo
la correa de la escopeta.
—¡Ignacio! —el grito lo detuvo, Se dio
vuelta y vio a su mujer que corría hacia él.
Llevaba un cinturón con cartuchos.
—Te los olvidaste.
La miró con una leve sonrisa.
—¿No me trajiste la gorra?
—No, los cartuchos. Te la voy a buscar.
—No. No salgás de casa. Andá.
Tornó la calle principal y avanzó dos cuadras a pasos lentos. El pueblo parecía desierto. Al llegar a la calle de la municipalidad se
detuvo y miró antes de doblar. Frente a la entrada montaban guardia dos policías.
—¡Milicos! —gritó Ignacio.
Hubo un silencio.
—¡Milicos!
Los agentes miraron las puertas de los za23
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guanes vecinos. Estaban armados con viejas
ametralladoras.
—¡Acá, boludos, en la esquina!
Los policías se dieron vuelta. Ignacio gritó:
—¿Dónde está el comisario?
—¡El comisario Llanos se fue a almorzar!
—gritó un agente.
Los parlantes habían dejado de emitir las
proclamas. Era la una de la tarde y todo el
pueblo se disponía a la siesta. Ignacio avanzó
hacia la municipalidad. Un agente le salió al
paso.
—No puede entrar, señor.
—Orden de quién.
—Del comisario Llanos, señor.
—Y vos, ¿cómo te llamás?
—García, señor.
—¿Y vos? —se dirigió al otro agente.
—Comini, señor. No puede entrar.
—¿Dónde andan los otros?
—Acuartelados, señor.
—Ajá. ¿Quién los manda?
—El comisario, señor.
—¿Y si no está el comisario?
—El oficial Rossi.
—¿Y si no está?
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Los agentes se miraron.
—¡Acá mando yo, carajo! ¡Firmes, carajo!
—gritó Ignacio.
Se cuadraron.
—A vos, García, te nombro cabo y te aumento el sueldo. ¿Cuánto ganás?
—Ciento cuatro mil con el descuento y el
salario familiar, don Ignacio.
—Te vas a ciento cincuenta.
—Gracias, señor.
—¡Cabo García!
—Ordene, señor.
—Mande al agente Comini a buscar al
placero.
—Sí, señor. ¡Agente Comini!
—Sí, mi cabo.
—¡Corra a buscar al placero Moyano! ¡Rápido!
Comini cruzó hacia la plaza.
—Cabo García.
—Señor.
—Venga que le firmo el ascenso.
—Sí, señor. Gracias, señor.
Entraron a la municipalidad. Ignacio cerró
la puerta de acceso. En la oficina Mateo estaba solo, encorvado en una silla. Su cara se ha25
Page 21
bía vuelto pálida. Al ver al delegado se puso
bruscamente de pie.
—¡Don Ignacio! ¡Nos quieren echar, don
Ignacio!
—Tomá la escopeta. Vamos a resistir.
—¿Qué pasa, don Ignacio?
—Dicen que somos bolches.
—¿Bolches? ¿Cómo bolches? Pero si yo
siempre fui peronista..., nunca me metí en
política.
—Eso dicen. Prepará una ordenanza nombrando cabo al agente García.
Mateo se sentó frente a la Olivetti y empezó a escribir.
—Cabo García —dijo Ignacio—, vamos
defender el municipio. Monte guardia frente
a aquella ventana.
—Sí, señor.
Mateo sacó el papel de la máquina.
—¿Quiere firmar, don Ignacio?
Ignacio firmó. El cabo García miró el papel y sacó pecho.
—¡Qué va a decir mi negra! —los grandes
bigotes casi le tocaron las orejas. Entraron
Comini y el placero.
26
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—¿Cuánto ganás, Moyanito?
—Ochenta y tres mil, más o menos.
—Te nombro director de parques y jardines y te aumento a ciento veinte mil.
—Gracias, don Ignacio, no sabe la falta
que me...
—Cabo García, dele su pistola.
—¿Para qué, don Ignacio? —preguntó Moyano.
—Para que defiendas al pueblo.
El placero no entendió demasiado. Tomó
la Ballester Molina y la miró de cerca. Estaba
a punto de jubilarse y sus manos temblaban
un poco.
—¡Agente García!
El vozarrón venía de la calle.
—¡El comisario! —García miró a Ignacio—.
Si me ve, voy al calabozo.
—¡Agente Comini!
—Me llama el comisario.
—Usted se queda —dijo el delegado.
—Para ser vigilante me voy con él.
27
El comisario se había parado en el medio
de la calle. Tras él estaban el oficial Rossi, el
martillero Guzmán, Suprino, Reinaldo y mePage 23
dia docena de muchachos. Ignacio se asomó
por la ventana.
—¡Salí, García, te ordeno!
—Me vio, don Ignacio. Cagué.
—No te vio nada. No salgás.
—¡García!
—Yo me las tomo.
—¡Para, che! ¿Quién te nombró cabo?
—Usted, don Ignacio, pero si no salgo nos
van a meter presos a todos.
—No seas pavo. Si salís te va a cagar por
dejarme entrar al municipio.
—¡Comini! ¡Salí, macho! —gritó el comisario.
—Vos te quedás acá —ordenó García con
voz grave.
—Estás loco.
—Te quedás, te digo.
—Nos va a dar una calaboceada, che.
—Mi cabo, decí.
—Se queda acá —Ignacio apuntó el revólver al pecho del agente—. Encerralo en el
baño —ordenó a García.
—Dame las armas, vos.
Comini tiró la metralleta y la pistola al sue28
Page 24
lo. El cabo lo empujó hasta el baño y cerró
la puerta con llave.
—A la orden, don Ignacio.
—Preparate para defender al gobierno.
—Acá no entra nadie, señor delegado. Moyano, trabá la puerta del fondo.
—Yo no quiero que me maten.
—Te voy a matar yo si no me obedecés.
Moyano lo miró y tuvo la sensación de que
hablaba en serio. Corrió a cumplir la orden.
El comisario se había parado en la vereda
opuesta. Gesticulaba. Rossi se cuadró ante él
y salió a toda carrera. Suprino daba órdenes
a varios civiles jóvenes que estaban armados
con pistolas ametralladora y escopetas de
caño recortado.
En el pavimento reverberaban el calor y la
luz del sol. Rossi llegó con la camioneta de
la policía y la cruzó en la esquina para bloquear el paso. Empezaban a acercarse los curiosos. El parlante volvió a funcionar:
—¡Ciudadanos! ¡Los hombres de Colonia
Vela estamos librando una batalla por la libertad! ¡Fuentes, ladrón comunista con la camiseta peronista, debe irse! ¡Saquémoslo de
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su guarida! ¡Viva la patria! ¡Viva Colonia
Vela! ¡Viva Perón!
—Qué carajo les pasa —dijo Ignacio en voz
baja—. Mateo, llamá a Tandil, al intendente.
—¿Va a hablar con el intendente?
—Directamente. Si no está, lo llamas a la
casa. Apurate antes de que corten el teléfono.
Mateo agitó la horquilla. La telefonista pidió el número.
—Dame con el intendente, Clarita, rápido.
—García, cerrá los postigos que nos van a
tirar cartuchos de gas.
—No, si no tenemos gases en el cuartel,
don Ignacio.
—Cerrá igual. ¿Qué hace el comisario?
—Barricadas. El viejo choto está amontonando porquerías en la calle. Le está sacando
los cajones de verdura al rengo Durán.
Juan Ugarte entró a la oficina por la puerta
del fondo. Detrás iba Moyano.
—¡La vida por Perón! —gritó Juan.
—¿Dónde te habías metido? —preguntó
Ignacio.
—Estaba mirando desde el techo. Francotirador, que le dicen.
—¡Un francotirador! —dijo Ignacio—
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¡Claro, eso es! Agarrá la pistola y te vas arri-
ba. No tirés si no te ordeno.
—Allá voy.
—Che.
—¿Señor?
—¿Por qué estabas preso, vos?
—Por borracho, señor, para serle sincero.
Trabajo en el horno de ladrillos y de vez en
cuando me tomo una copa en el boliche del
viejo Bustos. Cada vez que me agarra un milico me hace limpiar los calabozos y todo el
cuartel. La comida que dan es mala, acá el
agente le puede decir...
—Cabo —dijo García—, ahora soy cabo.
—¡Qué te parió que subiste! Bueno, ahora
me voy. ¡La vida por Perón!
—¡La comunicación, don Ignacio! —gritó
Mateo. El delegado corrió al teléfono.
—¡Hola! ¡Señor Guglielmini!
—Estaba durmiendo la siesta, Fuentes.
—Es que hay problemas, señor intendente.
Se me sublevaron el comisario y el secretario
del partido. Dice que vino a normalizar...
—¿Y qué va a hacer? —interrumpió el
intendente.
—Cómo que qué voy a hacer. Eso le digo
31
Page 27
a usted. Estoy atrincherado en la municipalidad y necesito la policía de Tandil.
—Mire, Fuentes, las cosas de Colonia Vela
arréglenlas allá. Mañana me pasa un informe.
—Usted es el intendente.
—Pero el cuestionado es usted.
—¿Quién me cuestiona?
—El consejo superior del partido. Dicen
que Mateo es comunista y que usted lo protege. Que son todos de la Tendencia, como
los muchachos.
—¿Qué muchachos?
—Esos que le arreglaron los bancos de la
escuela y le limpiaron la sala de primeros
auxilios. Usted los conoce bien. Andan por
su despacho como Pedro por su casa...
—Son buenos muchachos, serviciales y peronistas.
—¡Mierda, peronistas! —Guglielmini cortó
bruscamente la comunicación.
Juan entró apurado. Tenía la camisa desabotonada y el sudor le pegoteaba el pelo del
pecho.
—¡Don Ignacio, le allanaron la casa!
—¿Mi casa?
—Sí. Se llevaron presa a su señora. El par32
Page 28
lante dice que había propaganda comunista y
armas.
—¿Eso dice?
—Sí. Libros del Che Guevara y armas.
—El matagatos..., me olvidé del matagatos... ¿Y qué tiene que ver Felisa en todo
esto?
—Se la llevaron de la mala manera, don Ignacio, discúlpeme la noticia.
Ignacio se rascó la cabeza, se mordió el bigote y dijo en voz baja:
—Se terminó la joda, ya me llenaron las pelotas. Juan, andá a buscar a la cuadrilla del
corralón. Le contás al capataz y les decís a
los muchachos que se vengan con vos. No,
mejor te doy una orden escrita. Hacela, Mateo.
—¿Y qué hago? —dijo Juan—. Son ocho o
diez viejos chotos.
—Te armas una tropa. Hay picos, palas, cuchillos. Llevátelos a la plaza.
García miraba a la calle por una rendija de
la ventana.
—Le desparramaron toda la fruta al rengo.
Se me hace que nos van a atacar.
33
—Los cagamos a tiros antes —dijo Ignacio.
Page 29
Juan salió por la puerta del fondo. Mateo
dijo:
—Yo puedo renunciar, don Ignacio. Así se
arregla todo.
—Vos no renunciás —dijo el cabo García—. Ahora das la vida por Perón.
—La vida por Perón —repitió Ignacio en
voz baja—. ¿Qué estará haciendo Perón ahora?
—Hay mucha gente mirándonos —sonrió
García—. Todos los que nos votaron están
ahí ahora.
El delegado fue hasta la ventana y buscó
un resquicio por donde mirar.
—¡Ignacio Fuentes! —gritó desde la calle
el comisario, ahuecando las manos—. ¡Ríndanse a la ley! ¡El tribunal del partido los va
a juzgar! ¡Ríndanse!
Ignacio abrió un postigo y rompió el vidrio con la escopeta.
—¡Rendite vos, desacatado!
—¡Usted sublevó al personal policial! ¡Entregue a los agentes García y Comini!
—¡Vení a buscarlos, gordo hijo de puta!
—¡El pueblo es testigo! ¡Sos un comunista
cabrón!
34
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Ignacio hizo fuego. La perdigonada dio en
los cajones de fruta y volteó la barricada. Los
curiosos se desbandaron. El comisario se tiró
cuerpo a tierra.
—¡Iiiija, mierda! —gritó García. El placero
se tapó las orejas. Ignacio cargó los dos caños de su escopeta. Mateo empezó a temblar.
Sonó el teléfono.
—Hola —atendió Mateo.
—¿Compañero Mateo? Deme con don Ignacio.
El empleado pasó el teléfono al delegado.
—Compañero Fuentes, le habla Morán, de
la juventud peronista, para hacerle llegar
nuestra solidaridad.
—Vengan a pelear conmigo.
—Estamos en asamblea permanente. Si la
asamblea lo decide, allá estaremos.
—Bueno, vayan a la plaza y se unen a la
cuadrilla municipal. Traten de tomar el parlante.
Ignacio cortó. Una descarga de ametralladora golpeó en el frente del edificio. Una bala
entró por la ventana y destrozó el termo que
estaba sobre la mesa.
35
—¡Al suelo! —gritó el cabo.
Page 31
—¡Suéltenme! —chilló Comini desde el
baño.
Ignacio se arrastró hasta la otra ventana y
entornó el postigo. El comisario corría hacia
la camioneta cuando resbaló y rodó por el pavimento. Desde el techo de enfrente, tres jóvenes volvieron a tirar. Ignacio y el cabo se
agacharon. El placero disparó su pistola. La
bala entró en el capó de la camioneta policial
cuando ésta se ponía en marcha. El vehículo
dio un brinco y se detuvo en el medio de la
calle. Entonces se vio el choque y se oyó el
estallido.
—¡Los muchachos del corralón! —gritó Ignacio, eufórico.
El desvencijado Chevrolet de la cuadrilla
giró en la esquina quemando las gomas contra el pavimento. El que manejaba parecía haber perdido el control. La trompa del camión
apuntó hacia la vereda primero y luego, bruscamente, se incrustó contra la camioneta. El
techo del coche policial se abrió con un ruido agudo y sus ruedas se despegaron del sue-
lo. Se arrastró tres metros, vaciló, y mientras
caía de costado le estalló el tanque de nafta.
El fuego empezó a cubrirlo. Adentro, el ofi36
Page 32
cial Rossi alcanzó a ver el cielo por la puerta
que se abrió sobre su cabeza. Saltó y corrió
con el uniforme encendido. El cabo García le
tiró; la bala pasó a medio metro de su cabeza. Rossi gimió y se dejó caer sobre el pavimento. El fuego le llegaba a las solapas. Ocho
hombres con picos y palas cruzaron desde la
plaza hacia el Chevrolet que también empezaba a incendiarse. Una ráfaga que partía desde un techo los obligó a retroceder hasta los
primeros árboles. Uno renqueaba. El oficial
Rossi avanzó con esfuerzo hacia la vereda dominada por la policía; trataba de quitarse la
chaqueta incendiada. Desde un zaguán, un vigilante le tiró un balde con agua. El fondo del
recipiente golpeó contra la cabeza del oficial
y se vació sobre el pavimento. Atontado, Rossi se arrastró desesperadamente y apoyó la espalda en el agua. A golpes de gorra trataba de
apagarse las botamangas de los pantalones.
—Esto se pone feo —dijo el comisario. Tenía un codo lastimado y la manga de la cha-
queta desgarrada por el revolcón.
—Ahora estamos en el baile, Rubén. Hay
que sacarlos antes de que vengan los periodistas de Tandil.
37
Page 33
—Suprino dijo que el intendente y el consejo superior se hacían responsables.
—Sí, pero no de este quilombo. Si los sacamos es asunto terminado, pero si no, vamos a tener baile.
—Metámosle bala.
—Esperá. Dejá que tiren los pibes, que después desaparecen. Vos tenés que estar limpio. Suprino dijo que vas a ser jefe en Tandil.
—Allá debe haber comunistas a patadas.
—Lleno. En la facultad, en la metalúrgica.
Vas a tener para divertirte.
—Che, Guzmán —dijo el comisario por lo
bajo, con una sonrisa de complicidad.
—¿Qué?
—¿Te acordás cuando eras gorila?
—Vamos, nunca fui gorila. No era peronista y ahora sí, porque Perón se hizo democrático. Esa es la verdad.
Suprino y Reinaldo llegaron en un Torino
que se detuvo lejos del fuego. Se acercaron a
Llanos y Guzmán.
—¿Qué pasa? —preguntó Suprino.
—Ignacio se retobó —dijo el comisario.
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Suprino miró la hoguera que crecía sobre
los vehículos y escupió con fuerza.
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—Bueno, la cagada la hizo él. Hablé con el
intendente y me dijo que manda diez civiles
más. Arriba quieren que el trabajo se haga rápido y limpito. Los pibes terminan esta noche y a la mañana se van a Mar del Plata. Eso
sí, tenemos que mostrar algunos policías lastimados. Para los periodistas.
—¿Y cómo?
—Mándalos a atacar el edificio. Los van a
balear.
—Mandarlos al muere, decís.
—No es para tanto. Con algún herido estamos hechos. Les voy a dar la orden de parte
tuya.
En la esquina aparecieron Morán y otros
dos muchachos que apenas llegaban a los
veinte años.
—¡Comisario Llanos!
—¿Qué quieren? Circulen o la van a ligar
ustedes también.
—La asamblea de la juventud peronista
sacó un comunicado.
—Ajá. ¿Y qué dice?
—Si quiere se lo leo.
—No hace falta. Dejáselo a Rossi y preséntense detenidos.
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—Detenidos las pelotas.
—¡Comunistas de mierda! ¡Oficial Rossi!
—¡Rajemos! —gritó Morán.
Los tres muchachos corrieron hacia la
plaza.
—Ordene, mi comisario —dijo Rossi. Tenía el uniforme roto y chamuscado. Arrastraba la pierna derecha.
—Preparate para atacar.
—Estoy herido, mi comisario.
—¿Herido?
—Me prendí fuego.
—¿Cómo carajo te prendiste fuego?
—Estaba en la camioneta cuando se empezó a incendiar.
—Te quisiste rajar, seguro.
—No, mi comisario. Vigilaba la retaguardia.
—Bueno. Vas a atacar igual.
—Me tengo que curar, mi comisario. Con
un poco de pancután estoy hecho.
—Te quedas así. Calavera no chilla.
—Me duele.
—Te aguantás.
—¡Pero si me quemé hasta las verijas!
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—hizo una pausa—. Y tengo otro herido más.
—¿Otro?
—Antonio. Lo cagaron de una pedrada
cuando pasaba en bicicleta frente a la plaza.
Se cayó y se peló una rodilla.
—Ajá. Se quedan así, aguantando machos
hasta que lleguen los periodistas de Tandil.
Preparate para el ataque. ¿Cuántos son?
—Yo y tres.
—Bueno. Se van a arrastrar frente al municipio y van a tirar un cartucho de gas.
—Si no tenemos gas.
—Se lo pedís al civil, al rubio de camisa
amarilla o a cualquiera de los que llevan brazalete. Ellos van a ir atrás de ustedes para cuidarles la espalda.
—¿Para qué nos van a cuidar la espalda si
el enemigo está adelante?
—Me parece, che, que vos estás cagado.
—Es que nos van a reventar a tiros. Don Ignacio está enojado hoy.
—¿Qué son, maricas?
—No, mi comisario.
—Cumplí la orden, entonces.
El comisario se quitó la gorra grasienta y
se secó el sudor con el pañuelo. Miró irse al
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oficial Rossi que arrastraba una pierna como
si se le hubiera secado. No estaba seguro de
haber hecho lo mejor. Vio a Suprino junto a
la camioneta que seguía ardiendo. Lo llamó
de un grito. El secretario del partido se acercó. Se había puesto un pañuelo en la cara,
como un cow–boy, y sostenía una escopeta
de caño recortado.
—Mandé a Rossi al asalto —dijo el comisario—, ¿qué te parece?
—Está bien, porque los pibes de Tandil están medio cabreros. En el sindicato les dijeron que venían por una huelga, no para esto.
—Mandá a algunos con Rossi y a otros por
el techo, que entren por atrás.
—No sé si van a querer. Son unos pendejos prepotentes.
—Repartiles unos caramelos, por ahí se
ablandan.
Suprino lo miró. Tenía el pañuelo mojado
por el sudor.
—¿Todavía tenés ganas de hacer chistes?
—¿Y vos? ¿Para qué mierda te pusiste el pañuelo ése? Pareces un payaso.
—Me lo dio mi mujer.
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—Entonces cuidalo, se te está ensuciando.
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Suprino se alejó. El comisario cruzó la calle. Guzmán estaba uniendo dos cables largos.
—A ver si hacés andar un rato el parlante.
Hay que darle ánimo a la gente.
—Me habían cortado los cables —dijo Guzmán.
Desde la esquina llegó una andanada de
cascotes. Uno pegó en la espalda de Guzmán.
El martillero se dobló y cayó de costado. Con
una mano trataba de encontrar la herida. El
comisario se arrojó dentro de un zaguán.
En la esquina, cuatro muchachos huían hacia la plaza. Un civil tiró al bulto. La gente
que estaba amontonada a una cuadra de distancia desapareció dentro de las casas.
—¡Rossi! ¡Cuándo vas a atacar, carajo!
—gritó Llanos.
—¡Ya, mi comisario! —contestó el oficial—. ¡Ya vamos!
Llanos miró a su alrededor. La camioneta
y el camión seguían ardiendo y el calor descascaraba los frentes de dos edificios que tenían los vidrios destrozados. Guzmán estaba
sentado en el porche de un chalet. Se frotaba
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la espalda contra la pared. Detrás del Chevrolet, policías y civiles recibían órdenes de
Suprino y Rossi.
«Bueno —se dijo el comisario—, ahora van
a salir como ratas.»
En la oficina de la delegación, Ignacio chupaba lentamente un mate. El cabo García vigilaba una ventana y el placero Moyano la
otra.
—Los muchachos se portaron —dijo Moyano—. Los tenemos cagando aceite.
—Me parece que se van a venir —dijo García—. Hay mucha conciliación.
—Confabulación —corrigió Ignacio.
—Eso. De noche la vamos a pasar mal. Si
los muchachos de la plaza tuvieran armas, los
podrían rodear.
Juan entró apurado por la puerta del
fondo.
—Cuidado, don Ignacio —dijo—, vienen
para acá. Se arrastran como culebras.
Ignacio puso el mate sobre el escritorio.
—Dejame ver.
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El delegado apartó a García y se agachó
junto a la ventana.
—Sí, se vienen cuerpo a tierra.
García retomó su puesto.
—Se traen a los civiles. Reinaldo se subió
al techo de enfrente; está enmascarado el
loco.
Rossi y los tres vigilantes habían salido
arrastrándose por detrás de los vehículos incendiados. Después aparecieron los civiles.
Eran seis y llevaban armas largas. Avanzaban
con dificultad, levantando las cabezas del
pavimento.
—Se van a quemar las bolas —dijo García—, la calle está echando fuego. Una cerrada descarga partió desde afuera. El comisario,
apostado en un zaguán, Guzmán y el vigilante lastimado desde el chalet y Suprino desde
el techo, tiraban contra las ventanas del edificio. Los postigos y los vidrios se hicieron
pedazos. Moyano cayó hacia atrás. Todos,
adentro, se arrojaron al piso.
—¡Mierda! —gritó García—. ¡Cómo nos
dieron!
El suelo estaba manchado de sangre. Mo45
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yano no se movía. Juan se arrastró hasta el
placero y le miró los ojos.
—Pobre Moyanito —dijo.
García se puso de pie y se apretó contra la
pared. Asomó el caño de la ametralladora por
la ventana destrozada y disparó contra los
que cruzaban la calle. Uno de los policías se
levantó y salió corriendo. Los demás se frenaron y tiraron contra el municipio. Las balas picaron la pared de la oficina. El retrato
de Perón se movió y luego cayó al suelo.
—Estamos listos —dijo García—. Mejor
rendirse, don Ignacio.
—¡No! —gritó Juan—. ¡Si todavía nos queda la aviación!
—No jodás ahora —rezongó el delegado.
—No, don Ignacio, le digo en serio. Tenemos el avión. Si lo encuentro a Cerviño les
podemos dar guerra.
—No estamos para jodas, che.
—Nada de joda, don Ignacio. Aguanten
todo lo que puedan mientras yo lo busco a
Cerviño.
Salió por la puerta de atrás. Desde un techo, alguien le disparó. Juan corrió a través
del patio y saltó la pared del fondo. Afuera,
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vigilantes y civiles seguían arrastrándose hacia la vereda del municipio. Dos autos aparecieron en la esquina.
—¡Los periodistas! —dijo Suprino.
—¡El intendente! —gritó el comisario.
El primer coche, un Peugeot, se acercó a
gran velocidad. El que manejaba no vio a los
hombres que estaban echados sobre la calle
y pisó a uno. El muchacho de camisa amarilla gritó y quedó bajo el auto cuando éste frenó. Los demás se pararon y corrieron hacia
el conductor.
—¿Por qué no miras por dónde vas, boludo? —gritó Rossi.
—¿A quién le decís? —preguntó el gordo
que manejaba, mientras abría la puerta y saltaba a la calle—. ¿A quién le dijiste boludo?
—A vos —dijo Rossi y tiró un derechazo
que pegó en el amplio pecho del gordo. El
hombre retrocedió y sacó una cachiporra de
goma; después se fue encima del policía y lo
golpeó en la cabeza. Cuando el oficial se dobló, el gordo le dio un rodillazo en la barriga. Rossi aspiró y cayó con la boca abierta.
Del Peugeot bajaron cinco hombres jóvenes.
Del segundo auto, un Falcon, salieron otros
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seis civiles. Llevaban armas largas. Del baúl
del Falcon sacaron lanzagases y cartuchos. El
último en salir del Peugeot fue el intendente.
—¡Dónde está el comisario! —gritó.
En la oficina, Ignacio se acercó a la ventana y miró.
—Vino Guglielmini. Trajo más civiles.
—Por ahí nos defienden —dijo García.
—Están del otro lado —contestó Ignacio—. Tapen las ventanas con cartones mientras yo le mando un mensaje al intendente.
Escribí, Mateo.
El empleado corrió a la Olivetti y revolvió
en un cajón hasta encontrar papel.
—Poné: «Señor intendente, lo hago responsable de lo que está pasando en Colonia
Vela. Esos traidores mataron al placero Moyano, y si quieren guerra la van a tener. Pe-
rón o muerte.»
—¿Quién lo va a llevar? —preguntó Mateo
con voz temblorosa.
—Comini. Largalo.
Mateo pidió la llave al cabo García y abrió
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la puerta del baño. Como no oyó ruido, se
asomó.
—Perdone —dijo.
Cerró la puerta y miró a Ignacio. Se había
puesto colorado.
—Ya sale —agregó.
Un minuto más tarde, Comini salió abrochándose los pantalones. García le dijo:
—Estás suelto. Le vas a llevar un mensaje
al intendente. Levantá un pañuelo blanco
cuando salgás.
—¿Cuál es el intendente?
—El viejo alto, de traje azul —lo señaló por
la ventana. Mateo le entregó el papel. Comini abrió lentamente la puerta, agitó el pañuelo y salió. Todas las armas le apuntaron.
—¡Traigo un mensaje para el intendente!
—gritó y se acercó con los brazos levantados.
Guglielmini leyó el papel.
—¡Un muerto! ¡Qué cagada hiciste, Llanos!
—Ellos tiraron primero. Tengo varios heridos.
El intendente sacó una libreta y una lapicera. Se apoyó en el techo del Peugeot y escribió: «Señor delegado. Está acusado de infiltrado y subversivo. Presente su renuncia y
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lo llevaremos ante el Tribunal del Partido.
Perón o muerte.» Lo entregó a Comini. El vigilante cruzó la calle hasta la municipalidad.
Golpeó la puerta. El cabo García le abrió. Comini entregó el papel y se quedó parado frente a la puerta. Ignacio leyó el mensaje.
—Hijo de puta. Nos va a tener que sacar
muertos. Mateo, escribí.
El empleado fue a la máquina.
—Pone: «Váyase a la reputa que lo parió.
Perón o muerte.» Dáselo a Comini y trancá
la puerta.
Cuando el intendente recibió el mensaje
estaba reunido con Suprino, Llanos, Guzmán
y Reinaldo en la puerta de la CGT.
—¿Qué dice? —preguntó Guzmán.
—Me putea.
—Yo creo que usted tiene que nombrar un
nuevo delegado —dijo Suprino.
—Todavía no puedo. Ustedes trabajaron
mal. Si Llanos lo hubiera metido preso a
Fuentes, vos quedabas de interino. Ahora el
asunto es grave. Los diarios le van a dar manija al muerto.
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—¿Qué hacemos, entonces?
—Voy a mandar a algún muchacho del comando a que ponga armas y propaganda de
los Montoneros en la casa del Moyano ese.
Vos, Llanos, decí por el parlante que Fuentes
entregaba armas a los guerrilleros. Decíselo
también a los periodistas. Poné una bomba
en la puerta de la CGT y después meté presos a dos o tres pibes de la juventud. Hay que
armar el paquete. Rápido. Vos, Suprino, hacé
que dos civiles me baleen el auto. Los muchachos del comando se van a encargar de
Fuentes y los otros. Vamos.
Salieron. El intendente dio órdenes a los civiles. Cuando se acercaban al cuartel de policía escucharon la detonación de la bomba.
—Me va a tener que dar una subvención
para arreglar el edificio —dijo Reinaldo con
una sonrisa.
—¿Qué piensa la gente de Ignacio? —pre-
guntó Guglielmini.
—Y... no sé. Lo de comunista no se lo van
a tragar —dijo Suprino.
—Esta noche llená el pueblo de panfletos
diciendo que es puto, que se dedicaba a las
51
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orgías en Tandil y poné también que era
cornudo.
—¡Carajo! —gritó el comisario—. ¡Miren
eso!
En el frente del edificio de la policía, alguien había escrito con carbón:
A Suprino y a Llanos
con el pueblo los colgamos
—Pendejos de mierda. Hoy nos cagaron a
pedradas —dijo Llanos.
—Se creen muy vivos los hijos de puta
—dijo Suprino—. Eso pasa por darles demasiada piola.
Llegaron al frente del edificio de la comuna. Un Torino con cuatro personas esperaba
en la esquina. Suprino caminó hasta el auto.
—Qué me dice, señor Luzuriaga.
—Que esto es demasiado.
—Ustedes lo aprobaron, ¿no?
—Aprobamos la destitución de Fuentes,
pero esto no lo podemos apoyar delante de
la prensa si no sale bien.
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—Hable con el intendente.
—No tenemos nada que hablar con él. Ya
charlamos todo con usted en su momento. Si
mañana las cosas no están en orden, la Sociedad Rural se lava las manos.
—Va a estar todo bien.
—¿Qué fue esa explosión? —preguntó Luzuriaga.
—Los de la juventud pusieron una bomba
en la CGT.
—¿Los agarraron?
—Están en eso, no se preocupe.
El Torino se alejó. Suprino volvió junto al
comisario y el intendente. Llanos miró su reloj. Eran las siete de la tarde. Se sentía cansado. Pensó que las cosas habían ido demasiado lejos. Advirtió qué la gente lo miraba
desde los postigos de las ventanas. Cuando
todo terminara lo trasladarían a Tandil. Siempre había querido vivir allí. Frente a la municipalidad sitiada había unas treinta personas. Pensó que Fuentes tendría que salir, no
podía ser tan cabezadura.
—Si sigue ahí se le va a pudrir el cadáver
del placero —se dijo a sí mismo.
Se detuvieron frente al Peugeot de Gugliel53
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mini. Tenía las puertas agujereadas por cinco balazos.
—Todo va a andar mejor ahora —dijo el intendente—. Voy a constituir mi despacho en
el banco de la provincia.
—Véngase a la comisaría.
—No, no es el momento. Téngame informado. ¿Vio cómo me agujerearon el auto?
—Señor Guglielmini...
—¿Qué?
—No me va a dejar en banda, ¿no?
—¿Qué quiere decir?
—No, nada —Llanos hizo una pausa—.
Digo si me va a apoyar hasta el final.
—Por favor...
—Digo. No lo tome a mal. A mí me puso
acá Fuentes. Nunca me gustó la política. Nada
más que quisiera irme a Tandil con el ascenso. Mi mujer quiere que los chicos hagan la
universidad allá.
—Claro.
—¡Comisario!
El oficial Rossi llegó corriendo. Tenía un
parche sobre la cabeza.
—¡Viene un avión, comisario!
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—¿Un avión?
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—Allá —Rossi señaló hacia el oeste. Lejos
se escuchaba el ruido de un motor. Todos miraron. El viejo aparato parecía más pequeño
contra el sol.
El motor tartamudeaba. Se acercó y pasó a
cien metros de altura.
—Cerviño —dijo Reinaldo.
—¿Quién? —preguntó el intendente.
—El fumigador. Echa remedio en el campo. Siempre borracho.
Cerviño bajó la potencia del motor y dejó
que Torito planeara hacia el campo. Luego
giró hasta ver otra vez el pueblo.
—Hacé una pasada bajita y los regamos
—dijo Juan—. Nos vamos a divertir.
La hélice gruñó pidiendo grasa. El escape
soplaba fuego. Cerviño metió el avión sobre
la calle principal y lo bajó a cincuenta metros.
—Bajá más.
Planeó a veinte metros, sobre los autos y
la gente que estaba frente al municipio.
—¡Ahora!
Juan bajó la palanca del depósito. Una llu55
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via fina, gris, cayó sobre los hombres que miraban el avión.
—¡Viva Perón, mierda! —gritó Cerviño.
El intendente tropezó con el cuerpo de un
muchacho de anteojos negros y se fue al suelo. El asfalto le quemó las manos. Sintió que
sobre su cabeza caía un rocío fresco y suave.
Empezó a estornudar. Rossi se zambulló en
un zaguán y su cabeza golpeó contra la ametralladora de un gordo que tenía una gorra a
cuadros. Su herida empezó a sangrar otra vez.
El martillero Guzmán se metió bajo el Peugeot. Dos civiles subieron al auto que arrancó a toda marcha. Guzmán sintió el peso del
coche sobre su mano derecha y un dolor punzante le recorrió todo el brazo. Cuando vio
la sangre que salía de los dedos reventados
tuvo un mareo y se desmayó. El avión volvió a pasar. El comisario se había refugiado
bajo un árbol de la plaza. Apuntó hacia el aparato y apretó el gatillo. En ese momento su
vista se nubló, oyó un sonido metálico que
se demoraba dentro de su cabeza y cayó de
rodillas. Luego su nariz se hundió en el césped. Dos hombres de la cuadrilla municipal
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lo tomaron de los brazos y lo arrastraron entre los árboles.
Ignacio asomó la cabeza por la ventana y
sorprendió a un vigilante que escapaba ciego
por la vereda del municipio. Le pegó con el
caño de la escopeta y lo vio caer. Los ojos le
lloraban y el DDT flotaba aún en el aire. Los
que seguían en el suelo, desparramados a lo
largo de la calle, estornudaban sin parar.
El cabo García volvió a cubrir las ventanas
con cartones.
—Les estamos dando con todo, don Ignacio. Cerviño es un campeón.
El delegado se tiró en el sillón de las visitas y miró el cuerpo de Moyano, tapado con
diarios.
—¿Y ahora? —dijo.
—¿Ahora qué? —respondió García.
—Eso digo, ¿Qué va a decir Perón?
—Va a estar orgulloso —dijo el cabo—. Por
ahí me nombra comisario.
Cuando el avión pasó por primera vez, Guglielmini se había protegido bajo los restos
de la camioneta y el camión carbonizados. Se
57
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arrastró bajo los chasis y su traje se puso negro. Tenía también la cara y las manos sucias
de hollín. Levantó los ojos y vio, bajo los restos del Chevrolet, a dos muchachos que habían llegado con él. Avanzó hacia donde estaban. Uno, morocho, de ojos pequeños, tenía en las manos una escopeta enorme. El
otro, de pelo castaño y nariz filosa, se pasaba el pañuelo por la cara, pero sólo conseguía ensuciarla más.
—¿Adonde nos trajo? —preguntó el morocho—. Este no es un trabajo serio.
Al acercarse, Guglielmini sintió que la botamanga de su pantalón se desgarraba, enganchada por el caño de escape del camión.
—Está bravo —dijo el intendente—; vamos
a tener que esperar la noche para atacar.
—Si no nos envenenan antes —gruñó el
que se frotaba con el pañuelo.
—Le puedo tirar cuando pase de nuevo. Se
va a hacer pomada —propuso el de la escopeta.
El rugido del motor se alejó hasta desaparecer.
—Debe haber ido a cargar más DDT
—murmuró el intendente.
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—No le queda mucha luz. Cuando venga la
noche está listo —dijo el morocho.
Se arrastraron hasta salir de entre los escombros. Guglielmini tosió y escupió. La calle estaba desierta. El cielo era rojizo y el sol
había bajado. El calor parecía haberse comprimido en este lugar como en un horno.
Caminaron hacia la esquina de la plaza. Al
intendente le sangraba el tobillo bajo el pantalón desgarrado. El morocho se echó la escopeta al hombro, sacó los anteojos negros y
al ver que estaban rotos los tiró. Sonó un balazo. El morocho sintió que el golpe lo arrancaba del piso. Tendido, aguantó el dolor que
le penetraba también la espalda. Se sentó con
esfuerzo y buscó el agujero por todo el cuerpo. Lo encontró en la rodilla izquierda. Cuando vio que Guglielmini y su compañero
huían, se puso a llorar.
—¡Le pegué, don Ignacio! ¡Le saqué una
pata! —gritó García.
Cuando el policía retiró su pistola, el delegado miró por el hueco del cartón.
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—Tenés buena puntería, cabo —dijo—. La
vamos a necesitar.
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Entró al baño. Cerró la puerta con llave, se
bajó los pantalones y se sentó sobre el inodoro. Quería pensar. Sabía que no podrían
aguantar toda la noche. Les sería imposible
abandonar el edificio porque el patio estaría
custodiado desde los techos. Ellos no podrían acercarse con luz mientras García y él
tuvieran armas. Pero, ¿qué pasaría cuando se
les terminaran las balas? Miró su reloj y le dio
cuerda. Dentro de una hora el avión no podría volar entre las casas. De todos modos,
Cerviño había hecho un buen trabajo. Concluyó que no les quedaban muchas posibilidades. Además, en la oscuridad, sin testigos,
sería imposible rendirse. Se preguntó dónde
estarían los vecinos, por qué no venían en su
ayuda. Tiró la cadena y miró el agua que se
arremolinaba dentro del inodoro. Fue hasta
el espejo y se apretó un barrito de la nariz.
Abrió la puerta y pasó a la oficina. Mateo estaba sentado en el suelo. Tenía la cara desencajada.
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—Nunca me hubiera imaginado esto, don
Ignacio —dijo.
—Yo tampoco. Cebate unos mates, ¿querés?
Dos hombres de la cuadrilla arrastraron al
comisario hasta la tupida arboleda de la plaza. Luego, ayudados por dos jóvenes, lo llevaron hasta la vereda, frente al cine. La ambulancia se acercó y cargaron el cuerpo sobre una camilla. Cinco hombres subieron
atrás y otro se sentó junto al que manejaba.
—¿Dónde lo llevamos?
—Al sótano del ferrocarril.
A marcha moderada la ambulancia fue alejándose del centro. Fuera del pueblo, tomó
por un camino de tierra. Llanos había reaccionado, pero no se daba cuenta de lo que
ocurría a su alrededor. Era como si demasiados sueños lo hubieran asaltado al mismo
tiempo. Vio el revólver que le apuntaba a la
cara. Después miró a los otros hombres. Sucios, vestidos con gastados pantalones, encapuchados sostenían ametralladoras. Uno de
61
Page 57
ellos escupía a cada rato cerca de sus piernas.
—¿Qué pasa? —levantó la cabeza—
¿Adonde me llevan?
—Prisionero de guerra —dijo el joven que
le apuntaba.
—¿Qué guerra?
—Esta.
Llanos recostó la nuca sobre el borde de la
camilla. Le dolía mucho la cabeza. Por primera vez le pareció difícil llegar a jefe de policía de Tandil.
El avión planeó sobre el campo, tocó los
pastizales ralos y carreteó hasta un galpón.
Cerviño y Juan saltaron a tierra. Juan dio un
largo trago a la botella y luego la pasó a su
amigo. Cerviño se echó el gollete a la boca y
mientras tragaba miró el sol que se ocultaba
en el horizonte, tras la línea recta de la
llanura.
—Para colmo va a llover —dijo en voz
baja; después miro a Juan—. Traé el bidón.
Juan corrió hasta el galpón y volvió con el
combustible.
62
Page 58
—Habrá diez litros —dijo.
—Es poco, carajo.
—DDT no hay más —dijo Juan, mientras
volcaba la nafta en el tanque del avión.
Cerviño calculó que con diez litros podría
hacer una pasada rápida sobre el pueblo y
aterrizar en otro campo más cercano. Pero
no valía la pena.
—Voy a ir de noche —dijo.
—Estás loco.
—Escuchá. Andate hasta el pueblo en la bicicleta. Avisá a la gente de la calle del municipio que cuando oigan el ruido del avión,
prendan las luces de los frentes, así puedo entrar por el corredor.
—Te vas a tragar los cables de la luz.
—¿Te creés que vuelo desde ayer? Nos vamos a cagar de risa, Juan.
—Si decís que va a llover... Es una locura,
che.
63
—Dejate de joder. Después que le avisés a
la gente te vas al municipio y aguantás allá.
Cuando sea el momento justo hacés que don
Ignacio prenda y apague tres veces las luces
del frente. Entonces voy yo.
Page 59
—¿Y qué vas a tirar?
—Mierda. Los voy a tapar de mierda.
—¡Juiiiii! —gritó Juan y palmeó a su amigo.
—No me llantiés la bicicleta —dijo Cerviño, y fue hasta el galpón.
Volvió al avión con una pala y diez bolsas
de arpillera. Puso en marcha el motor y llevó a Torito hasta un extremo del campo. Luego lo hizo carretear y elevarse. Cerviño estaba seguro de que al chanchero Rodríguez le
iba a gustar que le limpiara gratis el corral. Y
hasta le prestaría veinte litros de nafta. Buscó la botella bajo el asiento, pero se la había
llevado Juan.
—Borracho de mierda —dijo, y cerró la
ventanilla por la que silbaba el viento.
En seguida que llegó al banco, el intendente se dio una ducha. Suprino le había llevado
un traje suyo, una camisa y un calzoncillo
blanco.
Guglielmini dejó que Reinaldo le vendara
el tobillo herido. Ya vestido, se sentó frente
a una mesa. Un muchacho de bigotes finitos,
que tenía un brazalete amarillo sobre la man64
Page 60
ga derecha de la camisa, sirvió café. Guzmán
entró a la oficina. Tenía un brazo atado contra el pecho. Sobre el vendaje de la mano ha-
bía una opaca mancha de sangre.
—Llegaron los periodistas. Están sacando
fotos de la calle. Hay uno que quiere hacerle
un reportaje a Ignacio en el municipio.
—Póngalos bajo protección policial. No se
pueden acercar al lugar. Que dejen las cámaras de fotos acá. Voy a dar una conferencia
de prensa.
—Le aviso al comisario —dijo Guzmán.
—¿Dónde está?
—No sé. ¿No andaba con usted?
—No. Entonces dígale al oficial Rossi que
los civiles rodeen el municipio para que no
se acerque nadie.
Guzmán salió. Guglielmini prendió un cigarrillo y miró a su alrededor.
—Ya saben lo que hay que decir. Comunistas, armas, la bomba a la CGT, el atentado
contra mi auto, que me salvé porque hay
Dios. Todo eso. Voy a hablar yo.
Cinco minutos más tarde, los periodistas
entraron en la sala. El intendente se puso de
pie y los saludó con una sonrisa. Sintió que
65
Page 61
el traje de Suprino le apretaba entre las
piernas.
—¿Cómo están, muchachos?
Eran cuatro y dijeron que estaban bien. El
joven de bigote les sirvió café. Tres periodistas sacaron lapiceras y papeles; el otro encendió un grabador. Guglielmini empezó a hablar. Cuando terminó el relato, agregó con
gesto complacido:
—Pregunten lo que quieran. Ya me conocen, yo también fui periodista.
—¿Cree que el gobierno intervendrá la municipalidad de Tandil?
—No —dijo el intendente—. El gobierno
provincial, con el que estamos plenamente
consustanciados en su defensa de la verticalidad justicialista, sabe que estamos llevando
adelante una lucha contra la sinarquía internacional que en Colonia Vela es comandada
por el delegado municipal y la juventud que
se dice peronista.
—¿Usted cree que es necesaria tanta violencia policial? —preguntó un cronista.
—No ha habido violencia policial, señor.
Son los marxistas los que han atacado a las
fuerzas del orden. Incluso sabemos que Igna66
Page 62
cio Fuentes asesinó a un pobre placero, obre-
ro municipal, por negarse a pelear contra las
autoridades a las que reconocía legítimas y
peronistas.
—¿Esto podría ser motivo de intervención
por parte de efectivos del ejército? —preguntó el del grabador.
—No, señor. Los militares están subordinados al gobierno del pueblo y sólo serían llamados a intervenir en caso de que se tratara
de una sublevación importante. Pero no hay
necesidad, puesto que los marxistas son una
ínfima minoría. La policía y algunos ciudadanos que colaboran con ella harán cumplir la
ley esta misma noche.
—¿Qué es ese olor a DDT? —preguntó otro
de los periodistas.
—Teníamos un tanque en el camión. Un
tanque que reventó.
—El DDT no revienta —dijo el periodista.
—Pero esta vez reventó —contestó Guglielmini—. Pueden volver a Tandil. Mañana
les haré llegar un comunicado de prensa
detallado.
—Yo me voy a quedar un rato —dijo un
cronista—. Es una linda nota.
67
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Guglielmini lo miró, contrariado.
—Muy bien, entonces no se acerque al lugar. No quiero periodistas heridos. Yo soy el
responsable aquí.
—Una última pregunta —dijo el del grabador—, ¿quiénes son los civiles armados que
hay en la calle?
—Ya se lo dije. Compañeros peronistas
que espontáneamente se han unido a las fuerzas del orden. Trabajadores dispuestos a dar
su vida en defensa del pueblo y de su líder.
—Claro —dijo el periodista y miró el brazalete amarillo del que había servido café—.
¿Puedo hablar con la esposa de Fuentes o la
de Mateo Guastavino?
—Están incomunicadas.
—¿Y la del placero?
—Era viudo. Que en paz descanse.
68
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Con amor o con odio,
pero siempre con violencia.
CESARE PAVESE
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II
Llegó la noche, cálida y nublada. Un cier-
to olor del aire, mezclado con el calor que
aún despedía el pavimento, prometía lluvia.
Ignacio se preguntó, cuando miró los nubarrones a través de la banderola del baño,
en qué podría favorecerlos el agua.
—Ni Dios —dijo en un murmullo—, no nos
salva ni Dios.
Mateo puso el retrato de Perón sobre el escritorio. Entre los vidrios rotos había rescatado la foto en la que posaba con su uniforme militar. El cabo García, que seguía vigilando los movimientos en la calle, vio una figura que cruzaba hacia el municipio.
—¡Don Ignacio! —gritó.
El delegado corrió a la ventana y miró por
el agujero.
71
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—El loco Peláez —dijo.
El hombre llegó a la vereda con paso vacilante; miró un rato el frente del edificio estropeado por las balas y luego se acercó. Golpeó la puerta.
—Vigilá mientras abro —dijo Ignacio.
Corrió el pasador y giró dos veces la llave.
El loco Peláez entró. Aparentaba unos cincuenta años. La barba y el bigote casi le ta-
paban la cara. Sus ojos podrían haber sido
dulces si no miraran tan profundamente. Tenía un clavel rojo en el ojal del saco negro,
sucio y destrozado. No llevaba camisa y se le
veía un matorral de pelo gris sobre la piel
quemada. Arrastraba lo que alguna vez había
sido un pantalón marrón. Los zapatos, en
cambio, reivindicaban una pulcritud que contrastaba con el resto. Toda su ropa estaba cubierta de polvo blanco.
—Un cigarrillo —pidió. Arrastraba la voz.
Ignacio sacó un negro y se lo alcanzó. Luego le dio fuego. El loco sonrió y aspiró con
fuerza.
—Me bombardearon —dijo.
Entonces empezó a gemir. El cigarrillo
cayó de sus manos. Se puso las palmas sobre
72
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la cara y sollozó largamente. Ignacio lo miró
con lástima. Se asombró de tener todavía capacidad para compadecerse de los demás.
Había visto centenares de veces a Peláez caminar de un lado a otro del pueblo, sin rumbo. El loco solía detenerse a escribir frases extrañas sobre las paredes o los frentes de las
casas. Dormía a la intemperie en la plaza o
bajo las chapas del corralón municipal; a veces en algún zaguán abierto. Nadie lo había
visto comer jamás.
Ahora estaba parado allí, cubierto de luz.
Se dobló para levantar el cigarrillo y le costó
llegar con la mano al suelo. Por un instante
la atención de los tres hombres se fijó en él.
Peláez, al agacharse, había descubierto el
cuerpo de Moyano, tapado con diarios. Se
acercó, y levantó uno y le miró la cara. Otra
vez rompió a llorar. Se puso de rodillas, abrazó el cadáver y lo estrechó contra su cuerpo.
Ignacio vio que el clavel se aplastaba sobre la
nariz del placero.
A lo lejos, sonaron dos balazos. García
miró atentamente hacia la calle, pero no vio
movimientos, salvo la lámpara que oscilaba
suavemente y repartía luces y sombras sobre
73
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los frentes de las casas. En la oficina sólo se
oía el llanto de Peláez. De pronto, como si
todo su dolor se hubiera agotado en un instante, se quedó en silencio.
—Me dejaba dormir en un banco —murmuró. Luego miró a García—. Cuando estuve preso, vos me metiste en el agua. Vos sos
hijo de puta. Moyanito era un viejo bueno.
Sus ojos recorrieron el salón, las paredes,
y se detuvieron en el crucifijo. Se acercó a la
cruz que pendía detrás del escritorio, sobre
la pared, y se persignó.
—Padre nuestro que vos estás en los cielos, Dios te salve María, llena eres de gracia,
que el Señor contigo.
—Lo único que faltaba —dijo García.
—¿A qué viniste? —preguntó Ignacio.
—Traía un papel que me dio Juan. Me dijo
que era un verso para don Fuentes.
Buscó en los bolsillos.
—Pero lo perdí. Lo tiré.
Ignacio miró a Mateo.
—¿Qué diría? —dijo Mateo.
—Cosas. Secretos. Me dijo secretos, por
eso lo tiré.
Lo miraron con inquietud.
74
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—Me bombardearon —gimió nuevamente.
—¿Quién? —preguntó Ignacio.
—El Señor. Dios me castiga.
—¿Dónde te castigó?
—En la casa de la CGT. Nadie me da nada
por loco. Moyanito sí me daba, por eso Dios
lo castigó —se limpió la nariz con la manga
del saco.
—¿Estabas allá?
—Sí. Dormía. El mundo tembló, Dios nos
salve. Salí corriendo. Después Juan me dio el
papel con el secreto. No digás nada a nadie,
me dijo. ¿A quién voy a decir? Digo yo, ¿a
quién?
—El mensaje era para nosotros —dijo Ignacio.
—Sí. Pobre Moyanito. Él me dio una flor
esta mañana. Yo la sacaba igual, pero él
contento.
—No te acordás de nada.
—De la luz. Que a todos nos ilumine.
—¡Me cago en la mierda! —dijo Ignacio—.
¡Mandar un mensaje con el loco! ¡Hay que ser
boludo!
75
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—¿Puedo dormir acá?
—No —dijo Ignacio—. Acá va a haber balazos, tiros, ¿entendés?
—Tiros. Yo duermo bien. Con Moyanito
vamos a dormir. Él me dejaba.
A las dos de la madrugada, Guglielmini
mandó atacar. Suprino salió con un grupo de
seis civiles, Rossi con cuatro policías y Reinaldo con otros seis muchachos de Tandil.
En media hora cerraron la calle del municipio con una motoniveladora, dos tractores y
una topadora. Todas las casas estaban a oscuras. Sólo las lámparas que colgaban sobre
la calle iluminaban tibiamente la escena. Los
hombres fueron apostándose tras las máquinas. El silencio era quebrado apenas por los
pasos apurados, el ruido de los percutores de
las escopetas y de los cargadores de las ametralladoras. Cerca de las dos y media, Suprino gritó la orden de fuego. Al estruendo de
los disparos siguieron un relámpago y un
trueno. El frente del edificio municipal resistió la andanada, pero los cartones de las ventanas desaparecieron en un instante. La se76
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gunda descarga de ametralladora rompió la
puerta y dejó un enorme hueco hacia la noche. Las primeras gotas de lluvia cayeron entonces sobre Colonia Vela.
La oficina del municipio temblaba como
una caja de cartón. El cabo García se apretó
contra la pared, junto a la ventana; Ignacio
se tiró al suelo y Mateo se metió en el baño.
Cuando la puerta se convirtió en astillas, el
loco Peláez se puso de pie.
—Ellos mataron a Moyanito —dijo—.
Dame una escopeta.
El cabo dudó.
—¡Dale! —gritó Ignacio—. ¡Dale la de Comini!
Peláez tomó el arma. Sólo sabía que debía
apretar el gatillo.
—¡Tirate al suelo! —gritó Ignacio, y se
arrastró hasta la otra ventana.
Las balas entraban en las paredes con golpes secos. Los cartones destrozados dejaban
ver negros huecos y a lo lejos las breves llamaradas de las ametralladoras. Peláez se hincó y avanzó sobre sus rodillas. Cuando llegó
junto a Ignacio, asomó la cabeza por la ventana. Un balazo le arrancó la oreja derecha.
77
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Peláez no debió haberlo sentido; se puso de
pie y tiró, ciego. Después del escopetazo se
escuchó una explosión. Había reventado el
neumático de un tractor. Peláez quedó sentado por el culatazo de su escopeta. Desde la
topadora todas las armas abrieron fuego al
mismo tiempo que el loco se ponía de pie. El
golpe en el pecho lo empujó hacia atrás y lo
revolcó por el piso. El cabo García asomó el
caño de su ametralladora, disparó una ráfaga
y luego otra. Peláez se arrastró. Tenía el pecho destrozado y el cuero cabelludo le colgaba sobre los ojos. A tientas buscó la ametralladora de Ignacio. El delegado se la puso
en las manos. El loco se echó hacia atrás el
cuero que le tapaba la frente y la sangre le
corrió por la espalda. Avanzó de rodillas hacia el hueco donde había estado la puerta y
salió. La lluvia le limpió los ojos. Descargó la
ametralladora antes de que otra andanada lo
levantara del suelo hasta casi ponerlo de pie.
Su cuerpo quedó sobre la vereda, con los brazos colgando hacia la alcantarilla.
Torito se movió con dificultad. Sobrecar78
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gado, con sus lisas cubiertas adheridas al suelo mojado, corrió por el campo de avena.
Cerviño intentó levantarlo. La máquina, acelerada a fondo, se elevó cinco metros y volvió al piso con un crujido del fuselaje. El campo estaba completamente a oscuras. A cien
metros, la luz de la casa del chanchero Rodríguez servía para que el piloto no se sintie-
ra invadido por la soledad de la pampa. Cerviño calculó que el alambrado estaría lejos.
Esperó un relámpago para saberlo. La lluvia
sobre el motor del avión producía chistidos
como los de mil lechuzas.
A la distancia todo era estruendo. Un relámpago que duró un segundo le hizo ver lo
mal que había calculado. El alambrado estaba a sólo cincuenta metros. Cerviño hizo girar el avión en sentido contrario. La máquina se sacudía por el viento y la fuerza del motor. El piloto sacó una botella de ginebra de
una bolsa y tragó hasta que se quedó sin aire.
Hubo otro golpe de luz y Cerviño vio el horizonte. Sonrió. Con las palmas de las manos
acarició el tablero de la máquina.
—Vamos, Torito viejo y peludo. Vamos
nomás.
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Aceleró a fondo. Las ruedas patinaron y
luego corrieron sobre la avena. Cerca del
alambrado, Torito despegó; se elevó cincuenta metros y perdió altura. Sopló. Todo el fuselaje vibró y se recuperó, como si la fuerza
de Cerviño lo ayudara. Subió lentamente, frenado por el viento. El altímetro nunca había
funcionado, pero por la luz de la casa del
chanchero Cerviño calculó que estaría a más
de doscientos metros.
—¡Torito bravo! —gritó, y buscó otra vez
la botella.
Juan sabía que la memoria del loco Peláez
no era de confiar, pero corrió el riesgo. Después de avisar a los primeros vecinos de la calle que hicieran correr la voz de encender las
luces, decidió jugar otra carta desesperada.
Pedaleaba fuerte a favor del viento por el camino de ripio. Se daba cuenta de que los ojos
no le servían de nada. La lluvia y la noche
cerrada lo habían convertido en un autómata. Al llegar a la curva del primer barranco,
salió despedido contra un alambrado. Dio
una voltereta y su cuerpo se hundió en el
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barro. Se levantó despacio, tomándose de un
poste. Sus pies chapotearon en una zanja.
Sólo distinguía sombras, vagas imágenes de
árboles y nubes negras. La lluvia le golpeaba
la cara y el cuerpo cubierto apenas por una
camisa. Buscó a tientas la bicicleta. «Puta que
te parió», se decía, mientras lograba afirmar
se con las piernas en el barro. El cromado del
manubrio brilló bajo un relámpago y Juan
vio a lo lejos el depósito de Vialidad. Aferró el cuadro, luego el asiento y se levantó. Advirtió que la rueda delantera había
perdido su simetría. La metió entre las piernas, giró el manubrio con todas sus fuerzas y
lo enderezó. Montó y volvió a pedalear con
furia.
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Los truenos, seguidos de víboras de luz,
le daban un cierto temor. Estaba llegando
al galpón cuando sintió el martillazo seco
en la rodilla derecha y su cuerpo se fue
otra vez al suelo. Un dolor punzante y un rápido temblor le recorrieron la pierna golpeada. Sintió la boca llena de un sabor dulce y
escupió sin saber si era barro o sangre. Empezó a tantear hasta tomarse de un tronco y
se puso de pie.
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—¡Qué boludo, tragarme la tranquera!
—dijo en voz alta.
Se agachó y pasó dificultosamente entre las
barras de hierro. Arrastrando la pierna herida caminó hasta el galpón. El portón parecía
infranqueable, pero la ventana era frágil, de
madera vieja y reseca. Anduvo de un lado a
otro hasta encontrar una piedra de buen tamaño. Empezó a golpear un postigo que tardó cinco minutos en quebrarse. Juan trepó
hasta el vano y saltó dentro. Al caer, el dolor
que sentía en la pierna le subió hasta los ojos.
Los cerró y apretó los párpados con toda su
fuerza. Buscó los fósforos en un bolsillo. Estaban mojados. Se apoyó en la pared y fue
tanteándola hasta llegar al portón. Luego encontró la llave de la luz. Encendió. Pestañeó
hasta acostumbrarse al resplandor. El viento
soplaba de tal manera que las chapas del techo parecían a punto de ser arrancadas de los
tirantes. Empezó a buscar. En un cajón estaban los cartuchos, con mechas largas y secas.
Tomó diez. Los envolvió en un trozo de lona,
los ató con un alambre oxidado y los colgó
de su cinturón. Luego encontró una linterna.
82
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Era cromada y tenía el sello de Vialidad.
Apagó la luz. Saltó por la ventana y caminó hasta la tranquera. La pierna ya no le dolía tanto.
—¡Paren! ¡No tiren más! —gritó Suprino a
sus hombres.
Entre la oscuridad y la cortina de agua no
podía distinguir de quién era ese cuerpo que
estaba tirado a lo largo de la vereda del municipio. Se reunió con Rossi y Reinaldo detrás de la topadora.
—Para mí es Ignacio —dijo Suprino—.
Salió a morir como un héroe el boludo.
—¿Cuántos quedan adentro? —preguntó
Reinaldo.
—Mateo, Juan y García —respondió Suprino.
—Se van a rendir. No sirven para nada
—agregó Reinaldo.
Suprino miró a Rossi.
—¿Dónde se metió el comisario?
—Desapareció.
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—Se habrá ido —dijo Reinaldo—; se cagó.
—Bueno —el oficial Rossi levantó la voz—,
yo soy el jefe ahora.
Miró a un agente que había perdido la
gorra y estaba empapado.
—Vos, traé la bocina.
El agente corrió y en seguida regresó con
un megáfono.
—Vamos a decirles a ésos que se rindan
—dijo Rossi.
—Dame a mí —Suprino le quitó el aparato.
La lluvia arreciaba y el calor había desaparecido de los cuerpos mojados. Los civiles se
habían refugiado bajo la topadora. El agua bajaba como un arroyo por la calle y chocaba
contra sus cuerpos, pero pese a todo algunos
se las arreglaban para fumar. Suprino se metió en la cabina de un tractor, dejó la puerta
abierta y habló por el megáfono.
—¡Mateo! ¡García! ¡Juan! ¡Salgan! ¡Ustedes
no tienen la culpa de nada!
Hizo una pausa.
—¡Ignacio está muerto! ¡No peleen al
pedo!
Otra pausa.
—¡Si salen no les va a pasar nada!
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Nadie contestó.
—¡García! ¡Te vamos a respetar el grado de
cabo!
Suprino miró a través de la lluvia, pero no
vio ningún movimiento en la puerta del municipio. Rumió una puteada.
—¡Les damos cinco minutos, che! ¡Si no salen les tiramos la casa abajo con la topadora!
¡Los vamos a fusilar, carajo!
Miró su reloj. Pensó que no podían esperar un minuto más. Bajó de la cabina y caminó hasta la topadora. Frente a la máquina se
agachó y miró a los civiles. Uno de ellos, que
descansaba apoyado en una rueda, le devolvió la mirada.
—Oiga, don —dijo—, esto es un quilombo.
—Cállense la boca y salgan de ahí, que les
vamos a tirar la topadora encima.
El joven movió la cabeza.
—No va más, viejo. Basta de jugar. Ahora
mandamos nosotros.
Salieron uno detrás del otro. El primero
apoyó su escopeta contra el pecho de Suprino.
—Los vamos a sacar y no va a quedar uno
vivo, ¿entiende?
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—Claro —dijo Suprino—. Pero no se pongan nerviosos. Yo sé lo que tengo que hacer.
—Usted es un boludo. Nos vamos a pescar
una pulmonía por culpa suya. Ahora va a ver
cómo se trata a esta clase de tipos.
—Me confundieron con el loco —dijo Ignacio en voz baja.
—¡Pusieron en marcha la topadora! —gritó García—. Me parece que se nos van a venir encima. Mejor nos entregamos.
—El cabo tiene razón —dijo Mateo.
—Me van a conservar el grado —dijo García.
—No te lo van a conservar —se enojó Ignacio—. Si te quedás, mañana vas a ser
sargento.
—¿Ahora?
—Está bien, ahora. Escribí, Mateo, hacele
el nombramiento.
El empleado fue hasta la máquina.
—Ellos piensan que estoy muerto —dijo Ignacio—; vamos a dejar que se lo crean. Hablá vos y decí que ustedes se van a entregar,
pero que necesitan garantías. Que vengan los
periodistas.
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—¿Y después?
—Ya vas a ver, sargento; los vamos a joder.
—¡Sargento! ¡En un solo día de milico a
sargento!
—Para eso peleás.
—Claro. Voy a hablar.
Se acercó al hueco de la puerta y gritó:
—¡Oficial Rossi!
Hubo un breve silencio.
—¿Quién es? —gritó Rossi.
—¡Soy el sargento García!
—¿Qué sargento?
—¡Sargento García, che!
—¡Salí, güevón, o los vamos a hacer moco!
—¡Queremos garantías! ¡Que vengan los
periodistas!
Mateo alcanzó una planilla a Ignacio. El delegado firmó.
—Ya sos sargento —dijo.
García se dio vuelta y miró al delegado.
—Gracias, don Ignacio. Se lo voy a reconocer.
—Vos, Mateo, trae la garrafa de la cocina.
Y una botella de querosén —dijo el delegado.
—¿Qué va a hacer?
87
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—Ya vas a ver. Rogá para que siga lloviendo.
Mateo fue hasta la cocina y volvió con la
garrafa y una damajuana.
—García, deciles que dentro de tres minutos van a salir.
El sargento gritó:
—¡Che, Rossi!
—¡Qué!
—¡Vamos a salir dentro de tres minutos!
¿Tenés a los periodistas?
—¡Acá están!
Ignacio y Mateo amontonaron carpetas,
papeles y sillas cerca de donde había estado
la puerta. Luego, el delegado roció todo con
querosén y puso la garrafa encima.
—Ahora ustedes se entregan —dijo.
—¿Quién se va a entregar? —preguntó
García.
—Ustedes.
—Está bien —dijo Mateo.
—¿Todo esto para después entregarnos?
—protestó el sargento.
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—No podemos hacer otra cosa. Si salimos
todos por atrás nos van a bajar a tiros.
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—Que se entregue Mateo, que no sirve
para esto.
—Vos también.
García miró al delegado. Sonrió con amargura. Sus dientes sucios por el tabaco tenían
cierta fiereza.
—¿Qué le pasa? ¿Se quiere escapar solo?
—Sabés que no me voy a escapar.
—Bueno, donde usted vaya, ahí estoy yo.
¿O se cree que si me rindo me van a recibir
a los abrazos?
Ignacio lo miró. Tuvo que sonreír. Con
una mano apretó un hombro del policía. Luego miró al empleado de la municipalidad.
—Salí, Mateo.
Mateo fue hasta la puerta. Se dio vuelta.
—Cuídese, don Ignacio —dijo.
—Seguro, anda tranquilo.
Mateo se asomó y gritó:
—¡Soy Mateo! ¡Voy a salir!
—¡Levantá las manos! —gritó Rossi.
Mateo alzó los brazos y salió. Temblaba. La
lluvia le empapó la ropa apenas llegó a la vereda. Pasó sobre el cuerpo del loco Peláez.
Mientras cruzaba la calle pensó en su hija. El
agua le cubría las pantorrillas.
89
Page 84
Dos civiles salieron a buscarlo. El cielo se
estremeció con un rayo que desgarró las nubes y demoró el estallido. Empujaron a Mateo hasta detrás de la topadora, donde esperaba Suprino.
—Yo no me quería quedar —dijo el em-
pleado.
Suprino le pegó un derechazo en la nariz.
Mateo cayó contra la cabina. Un civil lo
golpeó con el caño de su ametralladora
en el estómago. El empleado resbaló de espaldas a la enorme rueda de la máquina.
Mientras caía empezó a ahogarse y escupió.
El pantalón blanco del civil se manchó de
rojo a la altura de las rodillas; Mateo quedó
sentado y su cabeza se volcó sobre un hombro.
—¡Hijo de puta! ¡Te voy a reventar! —rugió el muchacho del pantalón manchado. Levantó la ametralladora y con la culata descargó un golpe a la cabeza del empleado municipal. Sus cabellos se pusieron súbitamente
rojos y la sangre le corrió por el saco suave90
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mente. Suprino se interpuso entre Mateo y el
civil. El muchacho levantó el caño de su arma
y lo puso frente a la nariz del secretario del
partido.
—¡Salí! —dijo con voz nerviosa—. ¡Salí o
te cocino a vos!
Suprino se apartó. Miró a Rossi.
—Llevateló. Metelo en la comisaría.
Rossi vaciló frente al civil que seguía apuntando.
—Te quedás ahí —amenazó el muchacho—. Me lo dejás a mí.
Se agachó y miró la cara de Mateo. Tenía
los ojos cerrados. El civil sacó una pequeña
sevillana y la abrió con un ruido breve y seguro. La acercó a la garganta de Mateo y presionó. La hoja rompió la piel. El empleado
dio un respingo y abrió los ojos.
—No... no me mate —balbuceó—. I... Ignacio está... vi... vivo...
—¿Qué le parece, viejo? —su voz era burlona—. Se están cagando de risa de usted.
Suprino se agachó y tomó a Mateo de las
solapas. Cuando lo sacudió, la navaja del mu91
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chacho entró un poco más en la garganta
herida.
—¿Qué decís? —la voz de Suprino era un
alarido—. ¡Habla o te arranco la cabeza!
Mateo cerró los ojos con fuerza y tembló.
De entre sus labios salió una espuma oscura.
Volvió a escupir pero casi no tenía aliento.
El líquido sucio se deslizó sobre su camisa.
Hizo un esfuerzo. Su voz no tenía tono.
—Se es... está... esca... pando...
—¿Quién es el muerto ése? —preguntó el
civil y señaló la vereda.
—Peláez... el lo... —quiso seguir, pero las
palabras se le quedaron entre los dientes.
—El loco Peláez —dijo Suprino.
Los hombres se miraron. Rossi pateó al caído en las costillas. El cuerpo apenas se movió. Guzmán y Reinaldo se acercaron al lugar. Reinaldo miró un rato a Mateo. Después
se dirigió a Suprino.
—¿Qué hacemos? —dijo con tono preocupado.
—Poné en marcha la topadora. Les vamos
a remover la cueva.
—¿Qué hago con éste? —Rossi señaló a
Mateo.
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Page 87
—Le hacés la boleta.
—¿Cómo?
—Que le hagás la boleta.
—Está loco.
—¡Te digo que lo liquidés, carajo! ¿O querés que te haga cagar a vos?
Rossi le miró los ojos. Ardían en la lluvia.
Junto a Suprino, el civil apuntaba con su
ametralladora.
—Me parece mucho —dijo Guzmán—.
Después de todo, no es contra él la cosa. Podemos dejarlo en la comisaría.
—¿Para que cuente todo? Por ahí anda un
periodista, y a la mañana van a venir los de
Buenos Aires. Estamos metidos hasta la cabeza.
—No me gusta. Si lo matan yo me abro. Es
demasiado.
Se miraron. El civil empujó a Rossi contra
la topadora.
—¡Vamos! —gritó—. ¡Hacé lo que te dicen!
—Está bien —dijo Guzmán—. Yo me voy.
No quiero saber nada con esto.
Empezó a cruzar la calle. Todas las miradas lo siguieron. Cuando llegó al círculo de
93
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luz que bajaba del farol, el civil dio un grito.
—¡Guzmán!
El martillero se dio vuelta. La ráfaga de
ametralladora lo empujó hacia la sombra.
Cerró los brazos sobre el estómago y caminó
cuatro pasos a ciegas. La segunda descarga le
dio en las piernas. Al caer golpeó la cabeza
contra el pavimento. Tuvo un último espasmo y se quedó quieto. El civil se acercó y desde tres metros tiró otra vez contra el bulto.
El cuerpo rodó hasta quedar flojo y desarticulado.
El muchacho volvió sobre sus pasos y
apuntó al grupo. Los miró uno a uno. Luego
fijó sus ojos en los de Suprino.
—Necesitábamos un muerto, ¿no? —dijo.
Nadie le contestó. Estuvieron un rato en silencio. El primero en moverse fue el oficial
Rossi.
—Vos, ayúdame —dijo a Reinaldo. Se agacharon, tomaron a Mateo por los brazos y 1o
pusieron de pie. El empleado municipal
arrastraba las puntas de los zapatos. Su cabeza caía sobre la de Reinaldo, que sintió el estómago revuelto. Llegaron hasta el tractor.
Rossi empujó a Mateo contra el radiador. El
94
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cuerpo cayó doblado hacia adelante. El policía sacó su pistola. Reinaldo lo miró. Rossi
tiró dos veces y se quedó parado, como si observara algo ajeno e inasible. Reinaldo empezó a vomitar.
La calle se iluminó con un resplandor rojo.
Por las ventanas del municipio empezaron a
salir espesas llamaradas. El frente del edificio
estalló arrastrando ladrillos y maderas. Suprino y los civiles corrieron hacia las esquinas.
Sólo Reinaldo y Rossi se quedaron parados
donde estaban. El policía oyó cuando Mateo
gimió por última vez.
Ignacio y el sargento García salieron arrastrándose al patio. Cuando escucharon la explosión corrieron hasta una pared lateral y se
echaron sobre un cantero de flores. El cielo
empezó a iluminarse por el fuego. Ignacio vio
a un hombre agachado sobre un tejado vecino. Casi le daba la espalda.
—Vamos —dijo.
Treparon la medianera y saltaron al fondo
vecino. Un gallo empezó a gritar como si vinieran a buscarlo; las gallinas saltaron, ciegas,
95
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al suelo mojado. García tropezó con un bulto blanco que cacareó y dio un salto. Ignacio
abrió una puerta de alambre y salieron al patio. La casa seguía a oscuras. Saltaron otra tapia y luego pasaron sobre un cerco de ligustrines. Detrás, encontraron un corredor que
salía a la calle. Avanzaron. Ignacio se asomó.
Había unos pocos autos que tenían el aspecto de estar abandonados desde hacía mucho
tiempo. Fueron deslizándose por la vereda
hasta llegar a la esquina. Allí, casi bajo el farol, Ignacio vio la camioneta que le había
vendido a Suprino. Estaba acordonada frente
a la casa del secretario del partido. Era una
Ford A con techo de lona. Ignacio recordó
que nunca había tenido arranque. Buscó la
manija en la cabina, bajo el asiento. Luego fue
hasta el paragolpes delantero y la colocó con
dificultad. La hizo girar dos, tres veces, hasta
que el motor arrancó. Subieron. El asiento estaba empapado. Ignacio apretó los dientes,
puso la primera y empezó a soltar el embrague. Toda la carrocería se sacudió. En ese
momento, escucharon una voz joven.
—Hasta acá llegaron, muchachos.
El caño de la escopeta se apoyó en la ca96
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beza de Ignacio. El sargento García, con un
movimiento casi imperceptible, acercó la
mano derecha al gatillo de su ametralladora
y puso cuidadosamente un dedo sobre él.
—Bajen con las manos levantadas —dijo el
muchacho.
García apretó el gatillo. La puerta de la camioneta voló, arrancada por los impactos. El
cuerpo del joven saltó hacia atrás y se tumbó
retorciéndose en el medio de la calle. La camioneta dio un salto y se detuvo.
—¡Dale manija! —gritó el delegado. García
abrió la puerta que quedaba y corrió a la
trompa del Ford. Giró la manija varias veces.
Ignacio pensaba que siempre había sido un
motor mañero cuando vio a los seis hombres
que les apuntaban. Suprino dijo:
—Me hiciste pasar un mal día, Ignacio. Más
vale que empecés a rezar.
La bicicleta subió al pavimento, hizo una
ese y luego se enderezó. Juan quiso pedalear
más rápido, pero estaba agotado. Cuando
oyó la explosión estaba a media cuadra de la
plaza. Levantó la cabeza para ver el fuego so97
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bre las casas. Por un momento tuvo la sensación de que los cartuchos de dinamita serían
inútiles. Tiró la bicicleta contra el primer árbol de la plaza y se internó entre los canteros de amapolas. Un obrero de la cuadrilla le
salió al paso. Luego, otros corrieron hasta el
lugar. Juan desprendió el paquete de su cin-
turón y lo entregó al primer hombre que llegó hasta él.
—Es dinamita, compañero —dijo.
—¡Dinamita! —gritó un peón de cara aindiada—: ¡Dinamita para meterles en el culo a
los gorilas!
Juan se sentó bajo un árbol tupido, donde
apenas pasaba la lluvia. Un hombre bajo y
barrigón se acercó y le alcanzó una botella de
vino. Juan tomó un trago. Luego se recostó
contra el árbol y se quedó dormido.
El comisario Llanos estaba incómodo. Lo
que más le molestaba era la picazón en la cabeza, que a cada rato lo obligaba a rascarse
contra la pared. Al menos, pensó, quienes lo
habían dejado allí eligieron un ángulo de dos
paredes que le permitía frotarse con cierta fa98
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cilidad. Tenía las manos y los pies bien ajustados y sus intentos por desatarse habían sido
inútiles. El pañuelo que le tapaba los ojos presionaba demasiado sobre las orejas pero pudo
escuchar una puerta que se abría. Después,
unos pasos sobre una escalera de madera.
Oyó que alguien se detenía cerca suyo y dejaba algo pesado sobre lo que Llanos imagi-
nó sería una mesa.
—¿Cómo anda, comisario? —dijo el recién
llegado.
—Más o menos —contestó molesto. La cabeza le picaba otra vez.
—¿Se va a tomar una cañita conmigo?
—Me gustaría —dijo Llanos—, me estaba
faltando compañía.
Los pasos se acercaron y el comisario sintió unas manos ásperas y huesudas que le
arrancaban el pañuelo de los ojos. El lugar estaba en semipenumbra. La escasa iluminación
llegaba de un farol a querosén cuya mecha
despedía un humo negruzco. Llanos parpadeó unos instantes pero en seguida se acostumbró a la débil luz. Se inclinó para rascarse la cabeza contra la pared y luego miró al
hombre.
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—La picazón me tiene mal.
El que estaba de pie era alto y macizo. Cubría su cabeza con una media de mujer a la
que había hecho dos agujeros a la altura de
los ojos. Vestía una campera de cuero negra
y un pantalón marrón muy arrugado. Por la
campera corrían hilos de agua. Sacudió la ca-
beza y algunas gotas salpicaron al comisario.
—Sigue lloviendo —dijo el policía.
—A baldazos.
Llanos lo miró más detenidamente.
—¿Usted es de aquí? —preguntó.
El encapuchado no contestó.
—¿Me va a convidar la caña?
—Ya.
El hombre fue hasta la mesa, abrió un bolso, sacó una botella y le quitó el corcho.
Tomó un trago y se acercó al comisario.
—Le voy a tener que dar como en mamadera.
—¿No me va a desatar?
—No.
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El comisario abrió la boca y el encapuchado le metió el pico de la botella entre los
dientes. Llanos tragó un par de sorbos y luego se atoró.
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—Perdone —dijo el hombre—; la incliné
demasiado.
—¿Hasta cuándo me va a tener así?
—Hasta las siete. Si no recibo otra orden,
a las siete pasadas lo fusilo.
Llanos se estremeció.
—No joda. ¿Quién le ordenó?
—Los muchachos. Hasta las siete, me dijeron. Si no viene alguno con otra orden...
—¡Carajo! —dijo el comisario—. ¿Y cuántos son ustedes?
—Si no lo sabe usted que es policía...
—Yo qué sé —volvió a rascarse contra la
pared—; ya no entiendo nada.
Hizo un esfuerzo por cambiar de posición.
—Me han puesto el culo contra una tabla.
Me duele.
—Comisario.
—¿Qué hay?
—Le voy a desatar las manos. Las manos
nada más, para que se pueda rascar la caspa.
No va a querer joder, ¿no?
—Puta, cómo te agradezco, macho.
—No se crea que es de güevón. Tengo una
escopeta.
—No, no te calentés, che.
101
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Le desató las manos. El comisario movió
los dedos para desentumecerlos y después se
sacó una lagaña.
—Ahora sí, dame la botella.
Se la alcanzó. Llanos tomó dos tragos abun-
dantes y respiró hondo. Miró al hombre que
tenía delante, recortado por la luz de la
lámpara.
—¿Cuántos años tenés?
—Veinticuatro.
—No te vas a animar a matarme así.
—¿Así cómo?
—A sangre fría.
—Las cosas son así, comisario.
—Hay que ser cobarde para matar a un
hombre atado.
—Lo voy a desatar.
—Lo mismo, che, eso no está bien.
—A las siete pasadas, me dijeron.
—¿Qué hora es?
—Las tres y cuarto.
La manopla de bronce golpeó la mandíbula de Ignacio. El delegado cayó sobre el fichero de las cuentas bancarias y percibió, va102
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gamente, que algo se le clavaba en la espalda. Sintió que masticaba sus propios dientes.
El aire se abría paso apenas hacia sus pulmones. Vio llegar el zapato sobre su cara. Consiguió esquivarlo, pero el golpe le dio en el
pecho. La oficina desapareció por un instan-
te, pero luego volvió a iluminarse y el delegado vio todo dificultosamente. Las imágenes oscilaban. Alguien le tomó una pierna y
lo arrastró un par de metros. Dos hombres lo
levantaron para acostarlo sobre algo que a Ignacio le pareció un escritorio. Cerró los ojos
y trató de escuchar las voces que se cruzaban
cerca suyo, pero le era imposible recibir una
señal coherente. Un zumbido agudo le revolvió la cabeza y se le alojó en el cerebro. Oyó
cómo de su garganta salía un rugido. Su propio grito le dio una sensación de horror. Hizo
un esfuerzo por abrir los ojos, pero los párpados le pesaron como cortinas de plomo.
Por fin, aferrándose con las manos a los bordes de la mesa, logró levantarlos. Vio un punto rojo, humeante. Un fuego sólido se apretó
103
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sobre sus ojos. Sintió que su cabeza era una
confusión de dolores que no conseguían fundirse en uno solo. Quiso que la muerte lo
arrancara de esa pesadilla.
El edificio municipal empezaba a derrumbarse. El pesado camión de los bomberos llegó con sólo tres hombres a bordo, mientras
hacía sonar la sirena llamando a otros volun-
tarios. Todo el pueblo parecía teñido de un
rojo suave. Los bomberos se habían puesto
los uniformes con apuro y ahora no conseguían desenrollar la manguera reseca. El jefe
pensó que si Dios seguía enviándoles agua, el
edificio se apagaría solo. Pero antes tenía que
aislar las casas vecinas del fuego. De todas
maneras, el problema era serio. La gente seguía en la calle, se apretaba en las veredas y
dificultaba el trabajo. Desde la plaza salieron
ocho hombres. Cruzaron por la esquina y se
mezclaron con los vecinos. Cada uno llevaba
un cartucho de dinamita.
El periodista de Tandil que se había quedado en el pueblo luego de la conferencia de
prensa, se acercó a la esquina de la plaza.
104
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Pensó que nunca había visto nada igual.
Hombres disparando armas por las calles,
muertos, heridos y ahora un incendio. Un
muchacho alto, de pelo muy corto, que estaba oculto en la sombra de un zaguán, lo tomó
de un brazo y lo atrajo hacia la oscuridad.
—Usted es periodista, ¿no?
—Sí.
—Bueno. Dígales a Suprino y al intenden-
te que entreguen a Ignacio antes de las siete.
Si a esa hora no está el delegado en el andén
de la estación, allá van a encontrar el cadáver del comisario Llanos.
—¿Ustedes lo secuestraron?
—Digamos que es prisionero de guerra.
—¿Quién es usted?
—No importa.
—¿La policía tiene al delegado?
—Sí. Es mejor que los busque en seguida
porque lo van a matar. Usted vio lo que hicieron con Mateo y con el otro, ¿no?
—Guglielmini no va a dejar que sigan matando gente.
—Vaya a ver. Y apúrese si quiere servir
para algo.
Sobre las casas, a cien metros de altura,
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pasó el avión. El hombre levantó la cabeza
como si pudiera verlo a través del techo.
Cuando el periodista se iba, volvió a tomarlo
de un brazo.
—Pregunte también por un vigilante que
se llama García. Que aparezca con el delegado.
—Ustedes están locos. Me parece que si las
cosas siguen así va a venir el ejército.
—Nosotros creemos lo mismo. Por eso tenemos apuro.
El periodista se alejó. Cuando llegó a la esquina vio que todas las luces de los frentes
de las casas se encendía a lo largo de la calle
principal. Escuchó, más cercano, el ruido del
avión.
Cerviño miró el fuego y su resplandor reflejado en el parabrisas.
Torito brincaba en la tormenta, caía en
profundos pozos de aire. Le dio bronca llegar tarde. No conseguía imaginarse qué estaría pasando abajo. Si Suprino y Llanos habían
incendiado el municipio, era posible que Ignacio se hubiera entregado. O quizá lo habían
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matado. Y Juan, ¿dónde estaría? Todo el plan
se había complicado. Tenía que decidir por
sí mismo qué hacer. Cuando picaba hacia abajo, veía movimientos nerviosos frente al edificio de la municipalidad, pero el reflejo de
las llamas y la cortina de agua le impedían
ver con precisión qué pasaba. De pronto, las
luces de la calle central se encendieron. Cervino se tranquilizó. Mientras buscaba el ex-
tremo de la improvisada ruta, concluyó que
el bombardeo sería beneficioso de cualquier
manera. Bajó la velocidad del motor y dejó
que Torito planeara, que el viento lo arrastrara fuera del pueblo. No le sería fácil entrar
por ese corredor a baja altura. Pensó que su
intento se haría más peligroso cuando el fuego del municipio estuviera cerca y no lo dejara ver adelante. Tenía que medir la fuerza
del viento, la altura de los cables, la potencia
del motor. Se dijo que éste era el entrevero
más peliagudo en el que Torito y él se habían
metido en los doce años que llevaban juntos.
Giró ciento ochenta grados en la oscuridad
y otra vez vio el fuego a lo lejos. Entonces escuchó que el motor se ahogaba y vio la hélice detenida ante sus ojos. Sin defensa, Tori107
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to quedó al capricho del viento. Cerviño calculó que no estaba demasiado lejos de la
tierra. No pudo evitar un sentimiento de disgusto, como si se viera traicionado por un
amigo. «En las malas no, Torito», rezongó.
Apretó el arranque. Al segundo intento el
motor se puso en marcha, pero volvió a detenerse. Mientras insistía, Cerviño pensó que
el distribuidor se habría mojado. En ese momento, Torito rugió y se dejó acelerar a fondo. Lentamente retomó altura. Cerviño golpeó el tablero con los puños y gritó:
—¡Torito macho, carajo!
Levantó la botella de ginebra y se mandó
un trago.
—¡Salú, hermano! —gritó y volcó un
chorro sobre el viejo tablero—. ¡Mierda! ¡Los
vamos a hacer cagar!
Enfiló hacia el fuego y se metió en un remolino de viento. Dejó que Torito perdiera
altura hasta casi tocar los techos de los autos.
Entonces aceleró a fondo. A los costados las
luces de las casas desfilaban a una velocidad
vertiginosa. Cerviño vio el reflejo que cam108
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biaba de colores sobre las alas del avión. Levantó la palanca que abría el depósito y la
carga empezó a caer suavemente, mezclada
con la lluvia.
Juan durmió media hora. A las cuatro, Morán lo despertó palmeándole un hombro.
—¿Descansó bien?
Le dolían los músculos de las piernas y tenía los ojos pegoteados por una pasta seca.
Se los frotó con las manos y logró abrirlos.
Junto a Morán había otro hombre.
—El compañero es nuestro jefe —dijo Morán.
La lluvia golpeaba furiosamente contra las
copas de los árboles. Juan se puso de pie con
esfuerzo. Apoyó las manos en las rodillas doloridas y flexionó la cintura. Levantó la vista
y miró al que estaba junto a Morán. Era un
hombre de unos treinta años. Vestía pantalón vaquero, camisa a rayas y una campera
de tela dura. Llevaba una pistola sujeta al
cinturón.
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—Buen trabajo —dijo con una sonrisa.
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—Todo al pedo —contestó Juan y se pasó
las manos por la cabeza.
—¿Por qué? —preguntó el hombre.
—¿Dónde está Ignacio?
—Lo agarraron.
Juan sacudió la cabeza.
—Ya ve. Todo al pedo.
—Lo vamos a sacar —dijo el hombre. Juan
lo miró a los ojos.
—¿Cómo?
—Ya va a ver. ¿Quiere ayudar?
—Me gustaría tomar un traguito antes. Estoy un poco flojo.
Morán se apartó y volvió con una botella
de vino. Juan se enjuagó la boca y escupió.
Luego empezó a tragar ansiosamente. Cuando la botella llegó a la mitad, la devolvió.
—¿Qué hay que hacer?
—Usted va a meter unos cartuchos en el
banco. A las cuatro y media justas.
—¿En qué parte?
—Suba al techo. Junto al tanque de agua
va a encontrar una claraboya cerrada por
barrotes de hierro. Rompa el vidrio, sostenga los cartuchos con hilo zizal y métalos encendidos entre los barrotes. Prenda las me110
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chas a las cuatro y veinticinco. La claraboya
está sobre el baño, muy cerca de la oficina de
Guglielmini.
—Listo —dijo Juan.
Fueron hasta la carpa. Juan se puso una vieja campera de cuero mientras Morán metía
cuatro cartuchos de dinamita, una caja de
fósforos y un ovillo de hilo en una bolsa de
plástico. Juan la acomodó dentro de la campera, contra la barriga. Tendió la mano a cada
uno de los hombres y salió. Dejó que la lluvia le corriera por la cara hasta despejarse por
completo. Levantó los ojos y vio el cielo negro. De vez en cuando algún relámpago le
permitía distinguir las nubes. De golpe se
paró, se tocó la cintura y los bolsillos y puteó. A trancos largos volvió a la carpa.
—Me dejé el bufoso —dijo.
Morán le alcanzó su revólver. Juan lo puso
en el bolsillo de la campera. Salió de la plaza, dio una vuelta a la manzana y apareció en
la esquina del municipio. Se metió entre la
gente que se amontonaba para ver el incendio, apenas protegida por paraguas o por diarios. Llegó frente al camión de bomberos y
se detuvo un instante. Oyó que alguien lo lla111
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maba. Se dio vuelta. Una mujer le alcanzó la
bolsa de plástico.
—Se le cayó —dijo.
—Gracias —contestó Juan. Guardó el paquete apretándolo con el cinturón y siguió su
camino. Cuando llegó a la calle que daba a
los fondos del banco, avanzó muy cerca de
la pared. Vio a un civil que dormía dentro de
un auto; por la ventana asomaba el caño de
una escopeta. Juan miró a los costados. La calle estaba vacía. Se deslizó suavemente hacia
la puerta del coche contra la que roncaba con
la boca abierta el joven de la escopeta. Con
un movimiento rápido sacó el revólver y se
lo apoyó contra los dientes. Después empujó
el caño que entró hasta la garganta. El muchacho dio un respingo.
—Suelte la escopeta, pendejo. ¡Vamos!
El civil dejó caer el arma al piso del auto.
Juan se apartó un poco y abrió la puerta.
—¡Abajo!
El muchacho tropezó al salir. Juan le apuntó el revólver a la cabeza.
—Sin jugar, tranquilo.
—Si me tocás te van a cortar en pedacitos,
sorete.
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—No me digás —dijo Juan—. ¿Son muchos?
—Bastantes para vos.
—Bueno. Te quedás quietito ahí.
Juan retrocedió hasta el auto. Sin dejar de
apuntar tanteó en el piso hasta encontrar la
escopeta. La levantó y se la mostró.
—Sin esto sos una mierda. No valés nada.
El otro empezó a reír forzadamente.
—Tirá los fierros y vamos a ver quién es
más.
—No, mi viejo. El que tiene esto manda —le
apretó el revólver en la barriga.
El civil lo miró fijo. Escupió las palabras:
—Comunista de mierda.
Juan le pegó con el revólver en el mentón.
El muchacho vaciló y se llevó las manos a la
cara. Juan lo golpeó en la cabeza y dejó que
se fuera lentamente hacia adelante. Después
se agachó y lo palpó con cuidado. Encontró
una chapa en un bolsillo del pantalón.
—Cana —dijo en voz baja—. Son canas.
Un balazo dio en la pared. Juan se arrojó
al suelo y tiró hacia cualquier parte. Se dio
cuenta de que se había quedado demasiado
tiempo allí. Empezó a arrastrarse hasta el
113
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auto para refugiarse. Otro disparo sacó chispas del pavimento y un polvillo caliente le
salpicó la cara. Durante un minuto Juan se
apretó contra el suelo, moviendo apenas la
cabeza en busca de su atacante. Una ráfaga de
ametralladora barrió la calle.
—Son dos, carajo —se dijo en voz alta.
El muchacho al que había golpeado empezó a incorporarse. Juan no se movió. Apenas
levantaba el revólver del suelo para impedir
que lo alcanzara el agua que corría por la calle. El civil estaba de pie, tambaleante. Otro
tiro entró por la puerta del auto.
—¡No tiren! —gritó el muchacho—. ¡Soy
Raúl, no tiren!
No había visto a Juan. Cuando escuchó
otro tableteo se arrojó contra el auto, golpeó el cuerpo sobre el capó y se dejó caer de
rodillas. Juan le puso el revólver en la nuca.
—Otra vez yo, pendejo.
Raúl no miró. Le bastaba con la voz.
—De ésta no salís vivo —dijo y tosió.
—Ni yo ni vos —dijo Juan—. Parate.
—Estás loco.
—Parate te digo.
Con una rodilla le pegó en la espalda. El jo114
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ven empezó a pararse con las manos en alto.
Gritó:
—¡Soy Raúl! ¡No tiren!
Juan se apretó contra su espalda mientras
le apoyaba el revólver en la sien. Lo empujó
hacia la vereda del banco. Caminaron cuatro
pasos y tronó un fusil. Raúl se dobló. Juan
sintió en el pecho un golpe amortiguado que
lo dejó sin aliento un instante. Acompañó el
cuerpo inmóvil hasta el suelo. Miró hacia los
techos. Agachado, corrió hacia el jardín de la
casa vecina al banco. Una bala silbó cerca. Se
tiró detrás de la pared baja y miró la casa. La
entrada para autos llegaba hasta el fondo.
Avanzó. Cuando llegó al patio observó la pared lindera. Tenía que saltar por ella para llegar al banco. Por el momento estaba a cubierto de su atacante. Respiró y miró su reloj.
Eran las cuatro y veinticinco. Puso las manos
en el borde del tapial, flexionó y, apoyando
se con las puntas de los pies, trepó. Desde
allí montó al techo del banco. A lo alto veía
el fuego y las luces mientras el viento y la lluvia lo atropellaban. Fue hasta el tanque de
agua y encontró la claraboya. Adentro había
luz. Abrió el paquete, sacó el atado de cartu115
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chos y protegiéndolo con su cuerpo encendió las mechas. Con el fósforo las ayudó a
consumirse. Luego rompió el vidrio con el
taco del zapato. En seguida oyó el motor del
avión. Levantó la cabeza y lo buscó en el cie-
lo negro.
—¡Cerviño! —gritó.
No podía ver a Torito, pero lo oía cada vez
más cerca. El chisporroteo de las mechas le
quemó un poco las manos. Rápidamente ató
los cartuchos con el hilo y los dejó caer por
la claraboya. El avión rugía encima suyo. Levantó los brazos.
—¡Cerviño, carajo!
Un vaho nauseabundo inundó el aire. Juan
sintió algo más que agua corriéndole por la
cara. Se pasó la mano y la olió. Hizo una mueca de asco.
—¡Mierda, Cerviño, los estás cagando!
—gritó y lanzó una carcajada.
—Ya me voy a ocupar de vos —dijo el
civil.
Tenía en la mano derecha una cadena con
la que había golpeado al sargento García en
116
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la espalda. El viejo uniforme del policía estaba mojado y roto. Entre las solapas de la chaqueta desprendida asomaba la camisa sucia y
pegoteada. Otro golpe le había dejado una
pequeña herida sobre la frente. Apoyó las manos en la pared y se deslizó al suelo. La ca-
beza se le volcó hacia adelante y unas gotas
oscuras cayeron al piso desde la herida. Le
pareció que tendría alguna costilla quebrada.
Esperaba otro golpe. Se dio vuelta para mirar al civil, pero éste ya no estaba allí. Oyó
el cerrojo del calabozo; levantó la vista y lo
vio afuera de la celda, quitándose la camisa.
El muchacho había sacado ropas secas del armario donde los vigilantes guardaban sus cosas. Se vistió y guardó la cadena y un revólver en el bolsillo del saco. Después desapareció por un pasillo.
García no se animó a moverse hasta mucho después. Por fin, cuando estuvo seguro
de que se había quedado solo en el cuartel de
policía, empezó a levantarse. Apoyó las manos en la pared y se fue incorporando hasta
quedar de pie. Lentamente caminó hasta la litera y se tiró sobre la cama de abajo. Era muy
dura. Recordó las veces que se había negado
117
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a darle un colchón a Juan. Pensó, también,
en aquella noche que se había divertido mojando con la manguera al loco Peláez. Nunca
imaginó que alguna vez él mismo estaría en
el calabozo. Se quedó quieto un rato para evi-
tar las puntadas en la espalda y sin darse
cuenta se durmió. Lo despertó una voz.
—¡Che, García!
Abrió los ojos y sin moverse buscó con la
mirada. El calabozo y los pasillos seguían
desiertos.
—¡Acá, che!
Miró la pequeña ventana que daba al patio.
Entre los barrotes vio la cara de Morán.
—¿Qué hacés ahí? —dijo el sargento.
Morán pasó un envoltorio negro entre los
barrotes.
—Tirate al suelo que voy a reventar la
pared.
—¡Me vas a matar, carajo!
—Llevate la catrera a la otra pared y tirate
abajo, bien pegado al suelo.
—No, che, que se me va a caer el techo
encima.
—Voy a poner un cartucho solo. Apurate.
García se levantó y empezó a arrastrar la li118
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tera. La acomodó contra la pared y luego se
quedó parado observando a Morán. El muchacho estaba atando el cartucho a un barrote. Después pasó los fósforos al policía.
—Prendelo vos que acá llueve mucho.
García tomó los fósforos. Encendió uno
que se apagó luego del primer fogonazo.
—Metele —dijo Morán en voz baja.
Nervioso, García encendió otro.
—Cuando se abra el boquete saltás y salís
al patio. Por acá podés ir a la calle. Reunite
con la gente en la plaza.
—Si salgo vivo. Esperame por las dudas.
—No puedo —dijo Morán—. Tengo que
meter otro cartucho.
—Está bien, andá. ¿Sabés dónde está Ignacio?
—No. Por ahí lo mataron.
—Hijos de puta —murmuró García.
—Metele que si no te la van a dar a vos
también.
Morán saltó y desapareció de la vista del
sargento. El fósforo encendido le quemó los
dedos y el policía lo soltó. Apretó los dientes y prendió otro. Lo acercó a la mecha y la
vio arder con chispazos amarillos. Se quedó
119
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un momento mirando y luego se metió bajo
la litera. Apretó la cara contra el piso frío.
Contuvo la respiración. Cuando acercaba las
manos a los oídos para protegerse de la explosión, escuchó ruido de pasos frente a la
puerta del calabozo.
—¿Qué mierda hacés ahí abajo, García?
—dijo una voz joven.
El sargento se quedó en silencio.
—¡Salí de ahí o te cago a tiros! —era el civil que lo había golpeado con la cadena.
—Estoy durmiendo —dijo García.
Oyó el ruido del seguro de una pistola. Encogió el cuerpo y se tapó los oídos esperando el disparo. Entonces, la explosión le arrastró los brazos y lo levantó del suelo. Le pareció que todo se revolvía dentro de su cuerpo. Sobre su espalda cayó un pesado bloque
y lo inmovilizó. Hizo un esfuerzo y consiguió
zafarse. Se pasó una mano sobre los ojos
cerrados. Empezó a abrirlos lentamente y se
arrastró a ciegas. La polvareda lo envolvía.
Vagamente oyó un estampido y se apretó
nuevamente contra el piso. Por fin, se levantó sobre las rodillas. Hubo otro estallido seco
y su brazo izquierdo salió impulsado hacia
120
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atrás. Durante un momento dejó de sentirlo.
Apoyó la mano derecha sobre un trozo de
mampostería que se había arrancado de la pa
red y consiguió ponerse de pie. El polvo se
iba por un enorme agujero que se abría hacia
la noche. Miró a su alrededor y vio al civil
en el pasillo, caído junto a la reja retorcida
que había sido puerta del calabozo. Todo el
piso estaba cubierto de ladrillos y cal seca.
—Negro mugriento —dijo el civil, y volvió
a disparar. El tiro se perdió en alguna parte.
—¡Andate a la puta que te parió! —gritó
García. Le salió un grito agudo, desesperado.
El muchacho apenas podía sostener la pistola que colgaba floja de su mano derecha. García quiso levantar un trozo de mampostería
para arrojársela, pero le dolió la espalda.
Trastabilló y sin proponérselo quedó parado
frente al civil. Este intentó levantar el arma
pero ya le pesaba demasiado. García le pegó
una patada en la cara. El cuerpo del muchacho se planchó contra el suelo. El sargento
perdió el equilibrio y cayó de espaldas. Recien entonces pudo escuchar con claridad el
ruido de la lluvia. Por el pasillo, alguien
corría. Tomó la pistola del muchacho y apun121
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tó a la entrada del corredor. Cuando apare-
ció el primero, tiró. La camisa del hombre se
llenó de sangre. Quiso agarrarse de la pared
pero cayó hacia adelante, cerca de García. El
que corría atrás disparó a ciegas. El sargento
apretó otra vez el gatillo y vio que el muchacho no tendría más de veinte años. Su cara
se deformó en seguida. Se llevó las manos al
sexo y cayó. El sargento se puso de pie. Sentía que todo daba vueltas a su alrededor. Caminó hacia el boquete y saltó. Cayó con todo
el cuerpo sobre un charco de agua y dejó que
su cara se hundiera un momento. Tosió, se
pasó la mano izquierda sobre la boca y sintió
como si un cuchillo le desgarrara el antebrazo. Se levantó, tropezó y volvió a enderezarse.
—Mi negra —dijo—. Qué va a decir mi
negra.
El jefe de bomberos vio una sombra enorme y confusa que se le venía encima y se tiró
al suelo. La manguera escapó de sus manos y
viboreó por la calle lanzando el chorro contra los curiosos que empezaron a correr. El
122
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ruido del avión fue como un trueno y todo
se puso negro por un instante. Un olor amar-
go lo contaminó todo. La gente corría a refugiarse. Dos mujeres cayeron al suelo; un
chico tropezó con el cuerpo de una de ellas
y también cayó. Algunos de los que venían
detrás consiguieron pasarles por encima,
pero otros se derrumbaron y empezó a formarse una pila de piernas y brazos que se agitaban. Un hombre grande como una puerta
esquivó la montaña de gente justo en el momento que el jefe de bomberos intentaba incorporarse. La rodilla del gigante le dio en el
pecho y lo acostó otra vez. Luego, cuatro pares de zapatos le pisotearon el uniforme. El
bombero sintió crujir una costilla y boqueó,
pero en su garganta sólo entró agua. Sus ayudantes habían desaparecido arrastrados por
el desborde. Los que estaban más cerca de las
veredas se metieron en los zaguanes y jardines e invadieron las casas. Dos minutos más
tarde, el avión estaba lejos y la calle quedó
sembrada de cuerpos que reptaban o hacían
absurdas piruetas antes de caer. Sobre los lamentos se escucharon varias explosiones. El
jefe de bomberos se arrastró hasta la vereda.
123
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El incendio, pese a la lluvia, era cada vez más
robusto y rojo. Dolorido, el bombero se dio
vuelta y miró el cielo. Sacó un pañuelo mojado y se lo pasó por la cara.
—¡Sargento Luis! —gritó.
Escuchó una voz débil. Luego un quejido
que se arrastraba hacia él.
—Herido en cumplimiento del deber —balbuceó el sargento Luis.
—Más incendios —dijo el jefe.
El sargento miró hacia arriba. Todo el cielo ardía.
—Ataque aéreo —dijo.
El jefe trató de tomar un poco de aire. El
pecho y las piernas le dolían como si lo hubieran triturado.
—Sargento.
—Mande, jefe.
—¿Puede moverse?
—Creo que sí.
—Haga sonar la sirena del autobomba.
El sargento se levantó y caminó tambaleándose hasta el camión. En la esquina apareció
un hombre pequeño, vestido con uniforme,
que corría resbalando por la calle.
—¡Jefe! ¡Volaron el cuartel, jefe! —gritó
124
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antes de dar una voltereta y caer contra el
cordón de la vereda. El hombrecito empezó
a arrastrarse sobre el pavimento hacia donde
estaba su jefe.
—¡Una bomba! —dijo—. ¡Nos pusieron
una bomba!
La sirena del camión empezó a sonar sobre
los otros ruidos y apagó la voz del recién llegado. El sargento trató de ir hacia su compañero para ayudarlo a cruzar, pero el pavimento estaba demasiado resbaladizo. Dio cuatro
o cinco pasos y se quedó en el mismo lugar.
Un Peugeot dio vuelta en la esquina a toda
marcha. Las gomas traseras patinaron y se fue
de costado. Las ruedas de la izquierda pasaron sobre la espalda del bombero. Con el paragolpes levantó al sargento por el aire y el
cuerpo aterrizó junto al del jefe que miraba
la escena. El auto, sin control, se estrelló contra el autobomba y explotó. El fuego alcanzó
rápidamente al camión de los bomberos. Un
hombre salió despedido del auto y cayó con
los brazos abiertos. El cuerpo rígido se deslizó suavemente sobre la calle. De una mano
se le escapó la pistola.
El jefe de bomberos empezó a llorar. Se
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arrastró hasta el cuerpo del caído y tomó la
pistola. Se sentó y miró los techos. Todo era
rojo y las casas crujían como papel de celofán en manos de un chico. Se acercó el arma
a la nariz. Apestaba.
—Dios los proteja —dijo.
Se llevó la pistola a la sien derecha y apretó el gatillo.
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Cuando soltó la carga, Torito se alivió.
Dejó de vibrar y respondió dócil al mando
de Cerviño. Al salir del callejón de luces,
mientras el piloto gritaba jubiloso, arrancó
un cable telefónico con el timón. El avión vaciló un momento, pero luego ganó altura y
enfiló hacia el campo. Cerviño silbaba una
canción de Palito Ortega. Se sentía bien. Ahora quería regresar al pueblo en bicicleta y ver
lo que había ocurrido mientras Torito y él estaban en el aire. Modificó el rumbo y se dirigió hacia el terreno de aterrizaje. Empezó a
descender suavemente. Con los ojos buscaba
las luces del galpón que había dejado encendidas. Las vio a lo lejos. Dejó que Torito planeara y calculó la distancia que había entre
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el comienzo de la pista y el alambrado. Sabía
que el suelo era un charco resbaladizo. Miró
la luz del galpón, aceleró el motor y enderezó el timón. Sonrió. Siempre había pensado
que fumigar era poca cosa para Torito. A cien
metros del piso se dio cuenta que el ruido del
motor no lo dejaba soñar. Giró la llave de
contacto y lo silenció. Escuchó el viento y la
lluvia sobre el fuselaje.
—Gracias, hermano —dijo, y sacudió el
comando del avión.
Las ruedas de Torito tocaron la tierra hundiéndose en el barro hasta detenerse frente a
la puerta del galpón. Dentro, un auto encendió sus faros y Cerviño quedó encandilado.
Juan saltó al patio y mientras corría hacia
la puerta de la casa oyó la explosión. Le pareció que todo a su alrededor temblaba. Se
arrojó al suelo y se dio vuelta para ver cómo
la pared por la que había bajado terminaba
de desmoronarse. La lluvia barría el polvo
que se levantaba desde el edificio del baño.
Se puso de pie y dejó que el agua también lo
limpiara a él. Abrió la campera y el torrente
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le bañó el pecho como una ducha fría. Se sen-
tía bien, con la cabeza despejada y el cuerpo
nuevo como si hubiera dormido cien horas;
sonrió y caminó hacia la salida. Cuando estaba cruzando el jardín vio a un hombre agacharse detrás de un viejo Dodge estacionado
en la vereda opuesta.
Volvió a tirarse al suelo y sacó el revólver.
Esperó un rato. El hombre escondido no daba
ninguna señal. Se arrastró hasta la pared de
la entrada y se asomó con el arma lista para
disparar. Empezaba a impacientarse. Decidió,
por fin, pasar a la casa vecina. Avanzó sigilosamente, ocultándose entre las flores y empezó a incorporarse lentamente. Se tomó del
borde de la pared para saltar cuando sonó el
balazo. El impacto arrancó un ladrillo a veinte centímetros de donde tenía apoyadas las
manos. Se dejó caer al suelo y se quedó quieto. Oyó un ruido cercano, amenazante. Se
dijo que debía saltar la pared. Tensó los músculos, dio un salto, tocó apenas el muro de
la medianera con las manos y cayó boca abajo en el jardín vecino.
—Quieto. Quedate quieto y larga el revólver.
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Se sintió estúpido; no debió haber salido
nunca por el mismo lugar por el que había
entrado.
Tiró el revólver. Calculó que quien
apuntaba estaría escondido detrás de la pared baja que daba a la vereda.
—Date vuelta y levanta bien las manos.
Le pareció una voz conocida; el corazón
empezó a latirle con más fuerza. Dijo:
—No serás vos, cabo hijo de puta, que casi
me arrancás la cabeza de un chumbazo.
—¡Juan! ¡Juan, negro ‘e mierda! ¡Casi
dejo seco, carajo!
Se enfrentaron un momento, como pareconocerse bajo la lluvia, entre las sombras.
Después se apretaron en un abrazo largo.
—¡Negro ‘e mierda!
—¡Milico jetón!
Juan palmeó con fuerza el brazo herido de
su compañero. El sargento dio un salto.
—Guarda, negro, que me la dieron.
—Dejame ver.
—No me jodás, si no es nada.
Juan empezó a reírse.
—Todavía andas peleando...
—Y no.
—Bueno, cabo, acá me tenés. Ahora lo bus-
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camos a Cerviño y entre los tres no vamos a
dejar un gorila sano.
—Vamos —García lo miró con una sonrisa—. Desde ahora decime sargento, che.
Cuando los vidrios de la claraboya se rompieron, Reinaldo estaba sentado en el inodoro. Le hubiera gustado dormirse, pero los gritos de Ignacio, que llegaban desde la oficina,
lo habían puesto nervioso. La paliza que los
civiles dieron al delegado lo había divertido
un rato. Pero cuando uno de ellos calentó un
alambre en la cocina y lo apretó sobre los
ojos de Ignacio, había sentido súbitamente
que los intestinos se le revolvían y tuvo que
correr al baño.
Trataba de tranquilizarse cuando los vidrios rotos cayeron frente a él. Por el agujero empezó a entrar un remolino de viento y
agua que mojó el piso y las paredes. Reinaldo sintió otro tirón en la barriga. Se contrajo
y trató de ayudarse apretando las manos bajo
el ombligo. Sudaba. Miró su ropa caída sobre
los zapatos, al pie del inodoro; estaba pegoteada de barro y despedía un olor repugnante. Le hubiera gustado estar en su casa, bajo
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la ducha. No comprendía exactamente cómo
habían pasado las cosas desde el momento en
que decidieron librarse de Ignacio hasta que
mataron a Guzmán y a Mateo. Y la llegada del
avión, que había enredado todo. Se preguntaba cuándo terminaría esa pesadilla. Al otro
lado de la pared, Ignacio se quejaba y sus gritos le hacían nudos en las tripas. Escuchó ruidos sobre el techo, pero no podía saber que
pasaba allí. Vio que desde la claraboya aparecía un bulto. Las mechas ardían con ruido
de paja consumida por el incendio. Los intestinos de Reinaldo crujieron estrepitosamente. A un metro y medio de su cara, el paquete de cartuchos oscilaba como un péndulo.
Estiró los brazos en un intento por atraparlo
pero se le escapó por centímetros. Gritó,
pero su voz se confundió con la de Ignacio,
que se prolongó por unos instantes más. Vio
cómo las mechas se consumían a todo fuego;
pensó que la única manera sería alcanzar los
cartuchos y arrojarlos al inodoro. Se puso de
pie con un impulso desesperado, pero sus
piernas estaban enlazadas por el pantalón y
el calzoncillo. Cayó hacia adelante y su cabe-
za golpeó contra el borde del lavatorio. Estaba en el suelo, bajo la llovizna que entraba
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por el hueco, mientras las mechas se agotaban frente a su cara. El golpe lo dejó mareado, pero juntó todas sus fuerzas. Se apoyó en
el lavatorio, consiguió ponerse de pie y atrapar los cartuchos. Le quemaban las manos.
Gimió y se precipitó sobre el inodoro.
Ignacio dejó de respirar un momento antes de la explosión. Suprino había apoyado
una oreja sobre el pecho descubierto del delegado y los demás estaban pendientes de sus
gestos. Guglielmini se había levantado del sillón donde había estado tendido. Uno de los
muchachos sostenía aún el alambre con la
punta candente. El otro tenía un cigarrillo
apagado entre los labios y el sueño le cerraba los ojos.
La pared del baño se arrancó de su cimiento y escupió los ladrillos como cañonazos.
Una parte del techo se desplomó de golpe,
sin que nadie tuviera tiempo de darse cuenta. Guglielmini se desparramó otra vez sobre
el sillón, golpeado en el pecho por un ladrillo. Sufrió un largo ahogo pero pudo ver
cómo los dos muchachos desaparecían bajo
la mampostería del techo. Sobre el cuerpo de
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Ignacio cayeron gruesos cascotes, pero el delegado ya no podía moverse. Suprino rodó
hasta la pared opuesta, impulsado por la
onda del estallido. La confusión no duró mucho tiempo. Guglielmini se puso de pie y entre la polvareda corrió hacia la salida del edificio. El Peugeot de la intendencia de Tañdil
estaba detenido en la calle. Se acomodó en el
asiento, frente al volante, y vio que las llaves
estaban puestas. Esperó un momento a que
sus músculos se relajaran un poco.
Suprino empezó a levantarse. Miró a su alrededor. Bajo la losa del techo caído asomaban las piernas de un hombre. Caminó entre
los escombros observando perplejo las consecuencias del desastre. La grotesca figura de
Reinaldo tenía los brazos cruzados sobre el
pecho como si apretara algo, pero le faltaban
las manos. Junto a él estaba volcado el inodoro, sucio y partido por la mitad. Miró toda
la habitación y se dio cuenta de que Guglielmini no estaba allí. Corrió hacia la caja fuerte del banco y la encontró volcada en el piso.
Tironeó de la puerta, pero advirtió, con rabia, que la explosión no la había afectado. Salió a la calle. Guglielmini estaba dentro del
auto. Suprino se sentó junto a él.
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—No se asuste —dijo—. Todavía nos queda una carta que no puede perder.
—No quiero más —contestó Guglielmini—. Para mí es demasiado. Tenemos que salir de acá, irnos del país.
—No va a ser fácil irse. Déjeme hacer a mí.
—¿Qué piensa hacer ahora?
—Jugar la única que nos queda.
Guglielmini lo miró. Suprino parecía tranquilo aún.
—El ejército —dijo.
Las luces del auto iluminaron el cuerpo gris
de Torito. Los faros arrojaban haces de luz
que barrían el campo de avena y destacaban
nítidamente los hilos de la lluvia. Cerviño se
quedó quieto en el asiento. Comprendió que
cualquier maniobra sería inútil. Dos civiles le
apuntaban con pistolas y otro con una escopeta. Se refugiaban bajo el techo del galpón.
El que tenía la escopeta gritó:
—¡Levantá las manos y bajá!
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Cerviño no tenía ganas de moverse. El repiqueteo de la lluvia, la tibieza de la cabina
y los tragos de ginebra lo habían puesto
alegre.
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—¡Vayanse a la puta que los parió!
Se inclinó y levantó la botella. El movimiento inquietó a los civiles.
—Sacalo, Tito —ordenó el de la escopeta.
El joven levantó la pistola, apuntó a la cabeza del piloto y se acercó. Estaba mojado
pero le molestó que la lluvia le corriera otra
vez por el cuello. Abrió la puerta del avión.
—Bajá, vamos.
Cerviño escondió la botella. El muchacho
hizo un gesto urgiéndolo a salir.
—¿Ensucié el pueblo? —preguntó Cerviño.
—No te hagás el piola que acá se te acabó
la cuerda, payaso. ¡Bajá!
—No. Si me van a matar es mejor acá, que
no llueve.
—¿Quién te mandó? —preguntó el muchacho.
—Nadie.
—¡Quién!
—No recibo órdenes, viejo. Nunca. Por eso
ando siempre por allá —señaló el cielo.
—¿Por qué lo defendés?
—¿A quién?
—Al coso ése. Al delegado.
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—Porque es peronista y porque es buen
tipo.
—Vos y quién más.
—Torito.
—¿Dónde está?
—Acá —golpeó el tablero del avión—. ¡El
viejo Torito! Cinco mil horas arriba y ni tos
tiene.
—Sos un boludo, negro, hacerte matar al
pedo.
—¿Al pedo? —Cerviño miró al muchacho,
que no tendría más de veinticinco años—.
¿Vos sos de la capital?
—Ajá.
—¿Te pagan mucho?
El joven estaba completamente empapado.
Oyó que su jefe lo llamaba.
—Mejor que a vos —dijo.
—Pendejo gorilón.
—Ojo con lo que decís.
—«Niño bien, pretencioso y engrupido»
—canturreó Cerviño.
—Callate, negro de mierda; vos no me vas
a enseñar a ser peronista.
Cerviño lo miró sin entender. Empezó a
reír. Levantó la botella y tomó otro trago.
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—¡Vamos, Tito! —gritó uno de los jóvenes
que esperaban.
—No ves que te usaron, cabecita. Nunca
vas a entender nada —dijo el muchacho y tiró
el percutor de la pistola.
—Ni falta me hace. Si vos sos peronista yo
me borro.
—No vas a tener tiempo porque yo te voy
a borrar antes.
—Pendejo maricón. Sos macho con un
chumbo en la mano. Pero ni así sirven los tipos como vos.
Tito le pegó con la pistola en la cara. Cerviño empezó a perder sangre por un ojo. El
muchacho retrocedió hasta donde estaban
sus compañeros.
—No sale —dijo.
—A la mierda con él —dijo el de la escopeta. Dio un paso adelante y apretó el gatillo. El vidrio del avión saltó en pedazos. Cer-
viño cayó hacia atrás. Tito le tiró con la pistola. El cuerpo se agitó y volvió sobre el tablero. La lluvia limpió la sangre que corría sobre la trompa de Torito. Los cuatro hombres
subieron al auto y Tito lo puso en marcha.
Fueron hacia el camino. Cerviño sentía que
la llama de un soplete le quemaba la cara. No
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podía ver. Con un brazo buscó la botella,
pero no tuvo fuerza para levantarla.
—Hay que ir a buscar a Cerviño —dijo
Juan—. En la plaza debe haber alguna bicicleta.
Caminaron apretando los cuerpos contra
las paredes húmedas. Vigilaban los techos,
pero todo el pueblo parecía vacío. Juan se dio
cuenta de que amanecía. Primero pensó que
el rojo del cielo era un reflejo del fuego, pero
después vio que al final de la calle, donde empezaba el campo, el horizonte parecía arder.
La lluvia era más suave y las nubes empezaban a abrirse. Calculó que serían las seis de
la mañana.
Cuando llegaron a la esquina de la plaza se
detuvieron. Juan empujó a García hacia una
mata de yuyos que crecía en la vereda, fren-
te a una vieja casa. El sargento miró a su alrededor y cuando aspiró profundamente el
aire se sintió mejor.
—Puta che, qué bien vendría un traguito.
Juan levantó la cabeza hacia el cielo.
—Ajá. ¿Te duele el brazo, sargento?
—No es nada. Un rajuñón, nomás.
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Cruzaron la calle corriendo y llegaron al
sendero de baldosas de la plaza. Saltaron sobre un cantero de claveles. Desde un árbol
un hombre los siguió con la mirada y con el
caño de la escopeta. Caminaron sobre el cesped, entre las magnolias, hacia una pequeña
carpa. Adentro, alumbrados por un farol de
querosén, había cinco hombres. Entre ellos
estaba el que Juan había conocido antes. Al
verlos entrar, se puso de pie.
—¿Quién es el compañero? —preguntó.
—Sargento García —dijo el policía y le tendió la mano.
—Defendió la municipalidad con Ignacio
—contó Juan—. Los agarraron juntos.
—Claro —dijo el hombre—. Mandamos a
Morán para que lo sacara de la cárcel.
Lo miró y le dedicó una sonrisa. Después
señaló el brazo del sargento.
—Está herido. Sáquese la ropa y déjeme
ver eso, compañero.
García no se movió.
—¿Dónde está don Ignacio? —preguntó.
—Está muerto —dijo el hombre.
—¿Muerto?
—Lo torturaron hasta matarlo.
—¿Usted lo vio? —preguntó Juan, ansioso.
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—Sí. Estaba entre los escombros del banco, donde usted puso la dinamita.
—Puta..., pobre Ignacio —dijo el sargento—. ¿Lo enterraron?
—No hay tiempo para eso, compañero. Tenemos que retirarnos.
—¿Retirarnos? —preguntó Juan—. ¿Por
qué vamos a retirarnos si los tenemos con el
culo a cuatro manos?
—Vienen el ejército y la policía federal.
—No nos vamos a escapar ahora —dijo el
sargento.
—No nos escapamos.
—¿Ah, no? Si usted corre para atrás, ¿qué
es?
El hombre sonrió. Se hizo un silencio pro-
longado. Juan pidió un cigarrillo negro. Pensaba. Otro hombre entró en la carpa y se dirigió al jefe.
—Tenemos a Rossi —dijo.
—Bueno. Llévenlo con Llanos.
El hombre salió. García miró al jefe.
—¿Ustedes tienen al comisario? —dijo.
—Sí. Y ahora también a Rossi. Él mató al
empleado, a Mateo.
—¿Se los van a llevar con ustedes? —preguntó Juan.
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—Van a ser juzgados.
Juan miró al jefe durante un rato.
—¿Para qué? —dijo.
—Para qué, ¿qué?
—Para qué van a juzgarlos. Ellos empezaron la joda. Mataron a Ignacio, a Mateo, a Moyanito, al loco. ¿Para qué va a dárselos al
juez? Los juicios no son buenos en la capital,
van a salir en una semana...
—No van a juzgarlos en la capital, compañero. Vamos a juzgarlos nosotros. Ustedes y
nosotros. Los compañeros de los hombres
que ellos mataron.
—Yo no sé de eso —dijo García.
El jefe lo miró y volvió a sonreír.
—No hay que saber —dijo—. Eso no se
aprende estudiando. Cuando usted ha matado y ha visto morir ya lo sabe todo.
García bajó la cabeza. El hombre preguntó:
—¿Qué haría usted con ellos?
El sargento tenía los ojos hinchados y la
cara reseca.
—Yo no sirvo para andar en esas cosas
—dijo—. No sé discutir de leyes.
—No vamos a discutir de leyes. Las leyes
del comisario, de Suprino, del oficial Rossi.
Nosotros tenemos ahora nuestra ley.
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—No sé —dijo García, mientras se pasaba
la manga de la chaqueta por los ojos—. Yo
digo que el hijo de puta que mata como ellos
mataron a Ignacio...
Se quedó en silencio. Los miró a todos esperando que alguien lo dijera por él. Nadie
habló; García bajó la cabeza y agregó en voz
más baja:
—A un cabrón así hay que cagarlo a tiros.
Empezó a quitarse la chaqueta. Se dio vuelta y miró a Juan, que fumaba lentamente su
cigarrillo. Lo vio asentir en silencio.
—Conseguime otra camisa, ¿querés, Juan?
—dijo García—. Se me pegoteó la sangre y
me está molestando un poco la lastimadura.
Suprino manejaba demasiado rápido sobre
la ruta resbaladiza. A su lado, Guglielmini estaba echado en el asiento. Parecía abatido. Le
habían dado órdenes precisas y no pudo cumplirlas. La situación había escapado a su control y suponía que ya era demasiado tarde.
Sentía que Suprino se apoderaba incluso de
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sus últimas decisiones. Quiso encender un cigarrillo, pero no tenía fósforos. De vez en
cuando miraba de reojo al secretario del partido. Suprino parecía decidido, seguro de lo
que iba a hacer. Él sabría entenderse con los
militares, conocía a algunos de ellos. El problema sería cómo pasarles un paquete tan
delicado.
—No te van a creer lo de los comunistas
—dijo.
Suprino siguió un rato en silencio. Luego
sonrió.
—Ni falta hace que se los diga. Para ellos
cuando un tipo como Ignacio saca una escopeta es como si se les apareciese el diablo. Y
a los milicos no les gusta que la gente ande
cagándose a tiros sin permiso. Ese es asunto
para ellos.
—¿Y Perón?
—¿Perón, qué?
—Nos va a quemar. Estamos listos, mejor
nos borramos.
Suprino estacionó el coche en la banquina.
Apenas llovía y el sol se filtraba entre los
abiertos nubarrones. Miró al intendente. No
podía ir con él al comando del ejército. Estaba demasiado asustado y era un débil. Un
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politiquero flojo. Encendió la radio. Un boletín especial informó sobre los sucesos en
Colonia Vela. La policía federal había enviado tropas para restaurar el orden alterado por
elementos extremistas alentados por el delegado municipal. Las últimas informaciones
señalaban que habría un muerto.
—¡Un muerto! —Suprino no pudo contener una carcajada—. ¡Tu amigo se va a querer cortar las bolas!
El intendente tardó un instante en comprender.
—¿Quién?
—Tu amigo. El asesor de Perón.
En la radio cantaba Gardel.
—¿Y vos? ¿Qué les vas a vender a los
milicos?
Suprino lo miró. Pensó otra vez que Guglielmini era un idiota.
—Nada, no necesito venderles nada. Ellos
tienen que meterse a la fuerza. No les queda
más remedio. Detrás de la Federal van ellos.
—Está bien. Yo no quiero saber más nada.
Hacé tu juego.
—Me vas, a vender cuando veamos a los
milicos.
—No, Suprino. Yo me rajo; vos hacé lo que
quieras.
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El secretario del partido sacó una pistola.
—Salí.
—¿Qué te pasa?
—Salí afuera te digo.
—Estás loco.
Suprino saltó fuera del auto, dio vuelta por
delante y abrió la puerta de Guglielmini. El
intendente extendió un brazo para defenderse y se aferró con la otra mano al volante. Suprino le pegó un puñetazo en la cara y Gu-
glielmini se aflojó sobre el asiento. Suprino
lo tomó de los cabellos y lo arrastró hacia
afuera. El intendente cayó sobre la banquina.
Suprino puso la pistola sobre la cabeza del
intendente y disparó. Guglielmini arqueó el
cuerpo y se quedó quieto. Suprino lo empujó con un pie hasta la cuneta y lo arrojó a una
zanja, entre los yuyos. El cuerpo quedó sumergido entre el agua y el barro. Suprino volvió al coche, salió a la ruta y aceleró. Ahora,
en la radio cantaba Rivero. El secretario del
partido puso el auto a 140 kilómetros y sintió que el viento lo empujaba de costado. Estornudó. Pensó que iba a resfriarse. En el comando tendrían aspirinas.
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Juan y el sargento García dejaron el camino pavimentado y avanzaron con dificultad
entre el barro. Las ruedas de las bicicletas
amontonaban tierra contra los guardabarros
y los dos hombres debían forzar sus piernas
para avanzar. El cielo tenía un tono rojo y
azul por donde se filtraban los primeros rayos del sol. Había dejado de llover y las nubes eran blancas otra vez. Corría un suave
viento del oeste. Las ropas mojadas se habían
pegado a sus cuerpos. Sentían frío y no
hablaban.
Desde la tranquera vieron a Torito. Tenía
una puerta abierta que se agitaba con la brisa. La lámpara del galpón estaba encendida.
Dejaron las bicicletas. Juan miró adentro y
fue hacia el campo de avena que había servido de pista. Se acercó al avión seguido por
García. Vieron el parabrisas destrozado y algunas chapas del fuselaje agujereadas. Juan
quiso correr y resbaló. Al caer consiguió apoyar las palmas en el suelo. Su compañero lo
ayudó a levantarse. Juan se quedó como clavado en la tierra, hundiéndose lentamente en
el barro. Se llevó las manos a la cabeza.
—¡Lo mataron! ¡Hijos de puta! ¡Lo mataron!
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Le salió un grito ronco. Cuando quiso
avanzar estaba tan adherido al suelo que cayó
de costado. Desde el avión le llegó una voz
débil.
—Todavía no, hermano...
—¡Cerviño! —gritó Juan y se arrastró sin
poder levantar los brazos ni las piernas del
barro. García lo miraba desde su cara marrón
asaltada por el dolor. Juan llegó hasta la puerta del avión.
—Alcanzame la botella, hermano. No veo
nada —balbuceó Cerviño.
Tenía la cara abierta y roja de sangre. Los
ojos habían desaparecido.
—Cerviño... ¿qué pasó, viejo?
El piloto se movió apoyando las manos en
el tablero.
—Me esperaban...
Juan buscó la botella de ginebra. Quedaban
apenas un par de tragos. La acercó a la cara
de Cerviño. El piloto abrió el agujero donde
había tenido la boca y tragó algo. A Juan le
pareció que sonreía.
—Puta, che —dijo en voz baja.
—No te asustés —dijo Cerviño—. Más feo
que antes no debo estar.
Su voz era un sonido hueco, desarticulado.
Juan le dio otro trago.
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—Los cagué, ¿no? —preguntó en un hilo
de voz.
—Sí, hermano. Los hicimos mierda.
—¿Ganó Ignacio?
—Claro. ¿Te podes mover?
—No sé..., estoy bien así. Tengo un poco
de frío nomás...
—Te vamos a llevar al pueblo para que te
curen.
—No, si estoy todo roto... Qué cagada morirse ahora...
—Pará, hermano, tengo la bicicleta. Te voy
a llevar a la sala de guardia.
—Dame otro trago.
Juan miró la botella.
—No hay más, viejo. Aguantá hasta el pueblo y te compro un litro.
Intentó sacarlo del avión. Cerviño se quejó y cayó de costado.
—Dejame..., los hicimos mierda... ¿Estás
ahí, Juan?
—Sí, hermano, sí.
—Decile a don Ignacio que me jugué por
él..., que soy peronista y... que no les afloje... cuando el general lo sepa va a estar
orgulloso...
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El cuerpo se contrajo y quedó inmóvil.
Juan le pasó suavemente la mano por el pelo
oscuro. Se dio vuelta y miró a García con los
ojos vidriosos.
—Ayudame —dijo.
Lo llevaron hasta el galpón. García buscó
una lona y envolvieron el cuerpo. Salieron.
El sol se veía entero en el horizonte. Juan
miró a su amigo.
—No les vamos a aflojar —dijo.
Caminaron en silencio hasta el avión. Torito estaba inclinado, con una rueda hundida
en la tierra y el viento lo hamacaba.
—¿Y contra quién vamos a pelear? —preguntó García.
—Dicen que viene el ejército. No vamos a
rajarnos ahora, compadre.
—¿Sabés manejar el avión? —preguntó el
sargento.
—No..., pero lo vi a Cerviño. Difícil no ha
de ser.
Dieron una vuelta alrededor de Torito. El
sol se reflejaba en las alas.
—Che, Juan.
—¿Qué?
—¿Vamos a ganar?
—Claro, si no valen para nada.
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El sargento García sonrió.
—Y después lo vamos a buscar —dijo.
—¿A quién?
—A Perón. Lo vamos a traer.
—Estás loco, sargento.
—¿Loco? Le vamos a mostrar cómo quedó
el pueblo, le vamos a contar de Ignacio, de
Mateo, de Cerviño, de todos los que dieron
la vida por él.
Juan miró a su compañero. Tenía los ojos
hinchados y rojos.
—Cuando lo sepa se va a emocionar el
viejo.
—Va a hablar desde el balcón del municipio y los milicos no van a saber dónde meterse del cagazo.
Se acercaron a la cabina de Torito. Antes
de subir, Juan miró el sol y tuvo que cerrar
los ojos.
—Va a ser un lindo día, sargento.
García se dio vuelta en dirección al pueblo
y se quedó con la vista clavada en el horizonte. Tenía el rostro fatigado, pero la voz le salió alegre, limpia.
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—Un día peronista —dijo.
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Osvaldo Soriano nació en Mar de Plata, Argentina, el 6 de enero de 1943. Ejerció el perio-
dismo en Buenos Aires, donde en 1973 fue editada su primera novela, Triste, solitario y final,
que tuvo mucho éxito, siendo inmediatamente
traducida a diversos idiomas. Sus obras posteriores, No habrá más penas ni olvido y Cuarteles
de invierno, fueron editadas antes en italiano o
en francés que en castellano. La edición de sus
obras en España puso fin a esta situación anómala. Residente en París desde 1976, el autor
ha vuelto recientemente a Buenos Aires y ha reanudado su actividad de periodista al finalizar
el período de dictadura militar.
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