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Pedir perdón desde el sufrimiento de las víctimas.

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Pedir perdón desde el sufrimiento de las víctimas.
PEDIR PERDÓN DESDE EL SUFRIMIENTO DE LAS VÍCTIMAS
JOSÉ LUIS ALVAREZ SANTA CRISTINA
Ante todo quiero agradecer la oportunidad que se me brinda, en este foro
académico tan singular y de gran proyección social, para poder ofrecer una
reflexión a la vez rigurosa y personal acerca de la experiencia del perdón
solicitado y recibido. Dadas las circunstancias, he preferido realizar un
resumen de la exposición que tenía preparada.
No es exagerado afirmar que vivimos un periodo de gran trascendencia social y
política en la que todos los que habitamos este país, tejido de tantos
encuentros y desencuentros a lo largo de su historia, nos debemos de aportar
lo mejor de nosotros mismos a fin de labrar entre todos un presente más
ilusionado y un futuro no lejano donde la convivencia entre ciudadanos de
diferentes y aun contrapuestas visiones ideológicas y sociales sea realmente
posible.
El tema del perdón es sin duda una cuestión de candente actualidad y de
enorme valor simbólico y reparador, tanto a nivel individual como a escala
grupal y social. Solo una mirada serena y rigurosa podrá ayudarnos a
profundizar y avanzar en este terreno. Para ello es imprescindible ir más allá de
los discursos políticos de distinto signo, sin por ello ignorarlos, y tratar de situar
esta reflexión en un ámbito ante todo ético y, si se quiere, metapolítico, de
manera que pueda servir para racionalizar el debate, dotarlo de un rigor ético y
articular un camino de reconciliación y memoria que transite por la senda de la
justicia ecuánime y del perdón pedido y otorgado.
Mi exposición, dada mi biografía pública, se va a centrar en analizar el perdón
desde la perspectiva del perdón pedido, es decir, del perdón solicitado por
quien ha sido responsable, en una u otra medida, del sufrimiento injusto de otra
persona, y en particular por quien ha atentado gravemente contra la vida o la
integridad de otro u otros seres humanos. Trataré de mostrar que la petición de
perdón, para ser auténtica y reparadora, debe hacerse ante todo y sobre todo
desde el sufrimiento de las víctimas, a saber, desde la conciencia siempre
creciente del dolor irreparable generado en la(s) víctima(s) y en sus familiares y
allegados.
Dada la complejidad e intensidad de emociones, pensamientos y juicios
espontáneos –en ocasiones contradictorios- que genera la temática del perdón
en el conjunto de nuestra sociedad y la particular sensibilidad que dicha
cuestión requiere para con todas las víctimas y sus familiares, conviene ir paso
por paso y aclarar bien los conceptos y su alcance. Y a todas ellas van
dedicadas en especial mis reflexiones de hoy, que quieren ser una aportación
reflexiva humanizadora, desde mi conversión religiosa y severa autocrítica
personal, al reconocimiento de la realidad masiva del sufrimiento de todas y
cada una de las víctimas y de sus familiares y allegados -víctimas también-,
con el contexto del llamado “conflicto vasco” como telón de fondo y trasfondo,
independientemente de la lectura política y social que se haga del mismo.
Solo un acercamiento sereno y riguroso al tema del perdón nos permitirá a
todos tener elementos de juicio para construir entre todos una sociedad que
camine hacia la reconciliación. Un hombre lleno de sabiduría y bondad, y
auténticamente libre, Jesús de Nazaret, enseñó: “La verdad os hará libres”.
Con los años he podido comprender y experimentar la verdad profunda que
encierra esa enseñanza. Solo la verdad puede hacernos realmente libres.
Ahora bien, ¿qué es la verdad?, y en nuestro caso concreto: ¿cuál es la verdad
del perdón, del perdón pedido y del perdón dado?
En filosofía hay un cierto consenso en entender que la verdad de las cosas no
es algo que esté ahí frente o exterior a nosotros, sino más bien una realidad
que nos impregna y que tenemos que descubrir y construir entre todos, sobre
todo cuando de cuestiones y actitudes sociopersonales se refiere. La verdad
es, en este sentido, reconocimiento, construcción, experiencia (vivencia pasada
por el tamiz de la reflexión y del sentido) y proyecto, proyecto de búsqueda y de
vida.
La idea matriz y motriz que propongo a reflexión es en este caso la petición
libre y sincera de perdón, como elemento fundamental para desarrollar una
dinámica de perdón y reconciliación que erradique definitivamente todo tipo de
violencia, especialmente la violencia “de intencionalidad política” (Setién) –sea
cual fuere su signo y origen- y afiance la paz y la convivencia.
¿Qué significado tiene o debería tener dicha petición? ¿Qué significado le da o
debería dar el infractor o victimario? ¿Qué sentido le dan o podrían dar la
víctima o sus familiares? Dicho de manera más llana y clara, si se prefiere:
¿Qué se pide exactamente cuando uno pide perdón, valga la redundancia?
¿Cómo puede una víctima o familiar de esta recibir una petición de perdón por
parte de su victimario? Esas son las cuestiones concretas a las que voy a tratar
de responder de modo esquemático pero preciso.
A fin de expresar de modo sintético mi posición al respecto, propongo siete
criterios básicos.
1. Pedir perdón es un acto de humildad y no pocas veces de valentía.
Acto de humildad, en la medida que uno se reconoce radicalmente
falible y responsable del mal causado a alguien; no echa balones fuera,
valga la expresión, no busca excusas, sino que reconoce simple y
llanamente el daño objetivo causado. Acto asimismo de valentía, y voy a
precisar qué entiendo por tal para evitar malentendidos. En una cultura
como la nuestra, donde con demasiada frecuencia la valentía ha sido y
sigue aún asociada por muchos a gestos de supuesta bravura, no pocas
veces violenta y sangrante, conviene subrayar la auténtica valentía que
entraña la actitud de quien, lejos de toda arrogancia o sumisión
deshumanizante, se atreve a mirar de cara el mal que ha causado. En
este sentido, quien pide perdón se honra a sí mismo y honra aún más la
memoria de la víctima y su familia.
2. Pedir perdón es asimismo un ejercicio de libertad. Quien pide perdón
con sinceridad no lo hace forzado por presiones externas, sino fruto de
una libre reflexión autocrítica y empática que le lleva no solo a reconocer
el mal causado sino también a conmoverse profundamente ante el
sufrimiento inconmensurable que ha provocado. Por ello, a mi entender,
la petición de perdón podría quedar desnaturalizada y perder su potente
fuerza reparadora y regeneradora si se planteara solo como un requisito
de cumplimiento formal, sin negar por ello que determinadas
circunstancias sociales y personales puedan y deban favorecer un
proceso de reflexión autocrítica y empática que desemboque en su
momento en una libre petición de perdón. Conviene tener presente que,
al igual que otorgar el perdón es un acto libre, generoso donde los haya,
la petición de perdón solo incoa y despliega toda su fuerza
reconciliadora cuando se manifiesta como un gesto libre y sincero, fruto
de un proceso de maduración absolutamente personal e intransferible,
cuyos ritmos y fases no se pueden forzar so pena de poner en riesgo su
autenticidad.
3. La petición de perdón no es en modo alguno un acto de exigencia para
con la víctima o sus familiares. Cuando se efectúa de manera voluntaria
y sincera, dicha petición no tiene en absoluto el ánimo de exigir a la
víctima y/o a sus familiares la obtención del perdón. No se trata de
exigencia alguna, antes al contrario. Cuando alguien pide sinceramente
perdón a su víctima y comienza a hacerlo con la expresión “Le(s) pido
sinceramente perdón” trata ante todo de expresar en primera persona y
con sus propias palabras (sencillas, pero muy significativas) el
reconocimiento explícito del dolor irreparable causado y el sentimiento
sincero de pena y amargura por el daño infligido a la víctima y a sus
familiares.
4. Quien expresa la petición de perdón no espera necesariamente, y
menos aún en primer término, que se le otorgue el perdón por parte de
la víctima o sus familiares. Cuando el victimario da el paso de pedir
perdón por el dolor causado, y cuando éste es irreparable, es muy
consciente de la gravedad del daño infligido y de la enorme dificultad por
parte de la víctima o sus familiares para poder perdonar, e incluso para
poder simplemente escuchar o recibir la petición de perdón. Desde esta
perspectiva, la petición de perdón expresa un acercamiento emocional y
vital por parte del victimario hacia la víctima y sus familiares, es decir, un
gesto de empatía real para con ellos.
5. En definitiva, la petición sincera de perdón por parte del infractor o
victimario no obliga en modo alguno a la víctima o a sus familiares a
tener que conceder su perdón, ni a escucharla en persona. Por lo tanto,
éstos no deben sentirse obligados a otorgar el perdón ni, si así es su
deseo, a recibir en persona dicha petición de perdón.
6. Por otra parte, la petición de perdón podría ser entendida como una
oportunidad para la víctima o sus familiares para que la memoria del
daño irreparable sufrido se asiente definitivamente y se fortalezca en
todas sus dimensiones, siendo una de éstas el reconocimiento por parte
del victimario del dolor causado, dimensión que restaba por restaurar.
7. La petición sincera de perdón podría asimismo ser comprendida como
una oportunidad para avanzar en la labor de duelo inherente a la
pérdida de un ser querido o a las graves heridas físicas y morales
sufridas. Los profesionales que ayudan a personas que han sufrido
pérdidas irreparables a elaborar sus duelos conocen muy bien la
importancia decisiva que reviste para dichas personas el poder
escuchar, en el momento y circunstancias oportunos, de boca de su
victimario una sinceras palabras de petición de perdón, respetando
siempre, obviamente, su derecho a no querer aceptarlas o siquiera
escucharlas personalmente.
Siendo la ética aquella dimensión humana que, constituyéndonos en lo más
profundo de nuestra humanidad, nos permite tomar conciencia del bien y
del mal, la capacidad de pedir perdón aparece como el punto álgido del
proceso de toma de conciencia del mal infligido. A mi juicio, la petición de
perdón es un acto genuinamente humano que muestra la capacidad del ser
humano de tomar conciencia de sus errores más graves y regenerarse a sí
mismo reconociendo el daño causado y expresando con sinceridad dicho
reconocimiento ante quien o quienes ha dañado gravemente. Pedir perdón
es un gesto que dignifica al infractor o victimario, es decir, un gesto que le
reconcilia consigo mismo, con lo más genuino y profundo de su dignidad
humana, a la vez que inicia un proceso de reparación del daño causado.
Como tal, no es un acto específicamente ni necesariamente religioso, sino
un acto genuinamente humano. Quien tenga un credo religioso lo revestirá,
sin duda, de un contenido y unas características propias de la fe que le
habita, y quien no lo tenga lo investirá con connotaciones distintas; pero en
uno y otro caso la petición de perdón del victimario se manifiesta como un
gesto humano de honestidad ante sí mismo, ante la víctima y sus familiares
y, por ende, ante el conjunto de la sociedad, se exprese públicamente o no.
¿Qué pide quien pide perdón? O dicho en primera persona: ¿Qué pido
cuando pido perdón?
A mi juicio, ante todo y sobre todo, cuando se pide perdón se pide escucha,
es decir, se intenta transmitir este mensaje: “Escúcheme, tengo algo
importante que decirle: sé que he hecho mal y lo siento de veras; cada día
soy más consciente de ello y le pido sinceramente perdón”. Ese es el
significado latente, antes que cualquier otro. El acto delictivo o criminal
había supuesto la quiebra de todo diálogo, por tenue, difuminado o
embroncado que fuera. Ahora, cuando el victimario pide perdón, toca a la
puerta de la víctima o sus familiares y pide ser escuchado de algún modo.
No fuerza puerta alguna, ni tan siquiera toca él directamente la puerta, tan
sólo hace llegar su mensaje, de modo escueto pero diáfano; pide simple y
llanamente que se le escuche, que su mensaje sea recibido o cuando
menos reciba acuse de envío.
Hablando en primera persona
No quisiera terminar esta exposición sin antes tratar de ser coherente con
las reflexiones que he expuesto y aplicármelas, ante ustedes, ante
vosotros, en primera persona. Por ello, expreso hoy y aquí el profundo
pesar y dolor que me embarga al ser cada día más consciente de la
tragedia que todas, absolutamente todas y cada una de las víctimas de la
violencia están, estáis, viviendo.
Habiendo sido durante años militante de ETA soy plenamente consciente
de la responsabilidad moral que ello conlleva para con las numerosas
víctimas que ha generado ETA a lo largo de su historia y en particular
durante los años en que fui militante. Dios es testigo que estoy profunda y
sinceramente arrepentido de ello. Trato en la medida de lo humanamente
posible compartir de algún modo el dolor generado por las graves secuelas
físicas y psicológicas que han de soportar muchas víctimas y sus
familiares, así como el sufrimiento perenne que arrastran cientos de
familias por la trágica pérdida de su esposo/a, hijo/a, padre, madre,
hermano/a, familiar, allegado o amigo/a y tengo siempre presente que es
un mal irreparable. En la medida en que siendo en su día miembro de ETA
contribuí de un modo u otro a la perpetuación de dicha violencia, pido
públicamente perdón de todo corazón y con toda la hondura de reflexión
autocrítica que he tratado de reflejar en estas líneas.
En Donostia, a 24 de junio de 2012
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