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Acciones inactivas: arte vivo y contextual

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Acciones inactivas: arte vivo y contextual
Acciones inactivas: arte vivo y
contextual
Yuriko Rojas-Moriyama
La expresión ‘arte contemporáneo’ tiene diversas acep-
Acciones inactivas: arte vivo y contextual
Yuriko Rojas-Moriyama
La Colmena 81 enero-marzo de 2014
ciones. Con ella se designa a aquellas manifestaciones
artísticas que acontecen en el presente, esto es, el arte
actual; pero su significado también se extiende al arte
producido por las transformaciones estéticas de principios del siglo XX que heredarían la intención transgresora de la propia idea del arte y un valor crítico sobre el
orden cultural, donde el arte cobraba voz para describir
con su propio lenguaje al mundo.
De lo primero que el arte trató de liberarse fue del historicismo, de la unicidad del tiempo entendido como una
linealidad donde ubicábamos el pasado, el presente y el
futuro. Entonces el plano en el que acontecían las cosas se
volvió un espacio de posibilidades múltiples, donde podían
encontrarse el pasado y el presente. Un claro ejemplo es la
pintura Tracer, de Robert Rauschenberg, que citaba en sí
misma otra obra, El baño de Venus, de Peter Paul Rubens,
al mismo tiempo que hacía visible la problemática social
generada por la guerra de Vietnam, temáticas que se combinaban con la crítica del propio quehacer pictórico.
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Presencias (2013), de Yuriko Rojas. Foto: Florencio Oliver Hernández Gómez.
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Esta obra es uno de tantos ejemplos dentro de la historia
del arte que manifestaban las transformaciones estéticas que
expandirían la idea del arte y los modos de producción. Aparecía en ella un diálogo con la propia memoria artística, al tiempo
que estrechaba una relación con sus propios medios y su propia
temporalidad; esto propició el uso de nuevos materiales maleables para el arte, una nueva relación con el espacio y también
con los espectadores. Y así comenzaría a desplazarse hacia la
idea de un arte vivo y contextual.
En este lugar se sitúa mi exposición Acciones inactivas, compuesta por las obras “La espera”, “Altar” y “Presencias”, con las
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cuales el espectador ha quedado involucrado por el encuentro
de situaciones escultóricas: espacio, objetos y tiempo.
La creación de un ambiente fue el primer paso para “La
espera”, acción performática, cuya duración equivale a la de
una jornada laboral (8 horas), desarrollada a puerta cerrada y
sin espectadores. Mediante la fotografía y el video se registró
un lapso que transcurría de la noche al día, el cual inició con
un paisaje lumínico que formaba parte importante de la acción
como instrumento de impregnación del tiempo.
La pieza continuaba conmigo, yo me hallaba sentada en la
silla frente al espacio circundante donde el tiempo se infiltraba
como acompañante de una larga espera por la aparición del día.
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Presencias (2013), de Yuriko Rojas. Foto: Florencio Oliver Hernández Gómez.
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Veía, justamente, el tiempo pasar, sentada en esa silla, en una
alteración del tiempo, entre la temporalidad psicológica como
experiencia del cuerpo y el flujo del tiempo en sí mismo.
Esta obra está pensada en la inmediatez de la palabra ‘esperar’, conceptualizada como un verbo en infinitivo que denota
una acción, aunque, curiosamente, sea un acto pasivo: sentarse
a esperar. Estas reflexiones muestran la complejidad de ese aparente no hacer nada.
Una acción construida como paradoja donde el hacer algo
se muestra como un aparente sinsentido. ¿Qué es el tiempo
entonces? ¿Desde dónde se puede cercar esta escurridiza idea?
Intentaba, con esta obra, reconfigurar el tiempo en una sociedad donde el ocio no posee un valor porque el “tiempo es dinero” y si no hago nada productivo en estos términos, se crean
pérdidas millonarias.
“Altar”, instalación vertical de 10x8 m, consistió en pasar
de la acción performática a la acción colectiva disponiendo
del escenario lumínico para convertirlo en un espejo y permitir que el espectador tomara el lugar del performer. La obra
aborda, a manera de altar, la exaltación de lo humano; representa el diálogo entre la razón y el espíritu, provocado por una
larga tradición filosófica y teológica entre la herencia ilustrada, que provee al hombre de autonomía, y el pensamiento
teocéntrico, que dominó la cultura durante varios siglos.
Retomar estas ideas en el pensamiento contemporáneo
implica reconocer ambos territorios dentro de la cultura como
presencias reales que se confrontan en el espacio en blanco
de la galería. Ahí sufre un remplazo la figura sacra de un dios de
madera o de marfil por la presencia o la ausencia de lo humano.
La crítica de tal sustitución alude a un plano sobrenatural que ha
exagerado su imagen mediante pensamientos dominantes, como
la globalización, el control, el poder, sin que por ello dejen de ser
extensiones de esta nueva figura idealizada.
Por su parte, “Presencias” fue una acción artística conformada por diez modelos que portaban textos sobre sus cuerpos.
En este trabajo, el cuerpo humano se presenta como objeto a
los ojos del espectador. Es un hacerse visible mediante la incidencia del cuerpo en el espacio, acto aparente de inactividad,
ya que los modelos estaban en la galería con la cara cubierta con un velo negro, sin rostro, sin datos, sin referencias, sin
hacer nada más que mantenerse en pie: se muestran anónimos,
como nuestra sociedad contemporánea, dicen cosas en nombre
de todos y de nadie.
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Altar (2013), de Yuriko Rojas.
Foto: Florencio Oliver Hernández Gómez.
Presencias (2013), de Yuriko Rojas.
Foto: Edgar Valtiago.
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Altar (2013), de Yuriko Rojas. Foto: Florencio Oliver Hernández Gómez.
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Entender una obra es desmenuzar sus elementos y establecer sus relaciones. El artista ha encuadrado un ángulo de la
realidad que le resulta significativo para ser mirado por otros:
un cuerpo, una frase, un altar, una silla; todo unido por la sintaxis discursiva que dialoga con nuestro entorno bajo las intenciones del artista.
El acontecimiento fundamental de la era moderna fue encarnarse como imagen en el mundo. Resultado de la conquista ilustrada del hombre sobre lo divino, la modernidad colocó la imagen
del mundo en una proyección de sí mismo como su propia extensión, redefiniendo su condición de sujeto en relación a otros; pero
no dotó al cuerpo de voz, sino hasta el siglo XX, con las prácticas
del arte de acción, donde el cuerpo haría las veces de materia, instrumento y discurso de la voz que se hace oír y enunciar, cuyos
pensamientos son enunciados en primera persona; el cuerpo se
vuelve, entonces, portavoz de su propio pensamiento y de su propia carnalidad en el mundo.
Si bien es cierto que, según los planteamientos anteriores,
ningún momento se ha abandonado a la representación como
medio de construcción cultural, deberíamos preguntarnos cuáles son las implicaciones de la imagen, cuál su relación entre lo
que propone y la realidad en sí misma.
La voz del hombre moderno fue la representación de los discursos totalizadores como principio de autoridad en la sustitución y caída de la Gran voz que representó Dios durante siglos;
sin embargo, la voz de nuestros contemporáneos es la voz de
la cita, del discurso tomado como préstamo de los Otros, que
diluye al individuo en una sonoridad colectiva que repite los
mismos discursos. Estas transformaciones han desterritorializado al ser y, en consecuencia, al cuerpo en su relación con el
mundo. Así se ha alterado también la relación con el espacio
y el tiempo.
En una sociedad como la nuestra, donde el cuerpo y el tiempo están objetualizados, donde el cuerpo está desvirtuado y aparece sobre el asfalto aventado como trebejo mientras el tiempo
se ha convertido en un medio de control que divide una temporalidad determinada en dos polos: la vida y la muerte.
A lo largo de este proyecto he pensado que al ser herederos de la Ilustración, el conocimiento fue para nosotros una
promesa esperanzadora que ha construido nuestro entorno,
este contexto. Concuerdo con el filósofo Eugenio Trías, quien
propone en Ética y condición humana una revisión analítica de
lo que hemos considerado razón a lo largo del tiempo, agrega
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Altar (2013), de Yuriko Rojas. Foto: Florencio Oliver Hernández Gómez.
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Altar (2013), de Yuriko Rojas.
Foto: Florencio Oliver Hernández Gómez.
Altar (2013), de Yuriko Rojas.
Foto: Estefanía Velázquez.
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que el conocimiento necesita una madurez en el sentido de no
invalidar el conocimiento de otras culturas y tiempos, de ser
incluyente, abriendo el pensamiento a favor de todos los ámbitos sociales.
Hoy no podemos pensar en la razón por la razón, ni en el
arte por el arte o en la creencia por la creencia; si hablamos
de una cultura de cruces, la diversidad no debería responder
a una cultura de citas y referencias reiteradas, sino a la
conciencia genuina de todas sus formas y manifestaciones
en la cultura.
Si el mundo nos muestra nuestra desnudez humana, nuestra fragilidad temporal al saber que todos tenemos una fecha
de caducidad, es porque en el mundo cobran sentido nuestras experiencias. El papel del arte entonces necesita establecer una distancia prudente con la lógica productiva que ha
disuelto su función y ha propuesto muchas veces imágenes
vaciadas de sentido. El arte también es una voz que articula a la sociedad, de modo que como docente y artista considero vital el replantear constantemente su sentido, no en el
soliloquio del arte como un sistema cerrado que habla para sí
mismo, sino en una cultura tan visual como la nuestra, donde las imágenes y sus sentidos puedan movilizar nuestros pensamientos y acciones.
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Altar (2013), de Yuriko Rojas. Foto: Florencio Oliver Hernández Gómez.
El arte es conocimiento, pero su saber es tangencial. El
cruce entre arte y vida es saber que estoy ahí, inmersa en ese
flujo cultural compuesto de simulaciones, creencias y situaciones contradictorias que forman lo colectivo; de lo cual,
finalmente yo también soy parte; es saber que le he dado
poder a pensamientos inseminadores; que he arrojado formas que se suman al entorno, algunas veces con sentido y
otras sin beneficio, y que he conducido el pensamiento y éste
me ha conducido.
El arte sin creencia, sin voz propia, sin argumento es un arte
estéril, pensamiento reiterado. No sé que haré mañana, pero
hoy es preciso decir esto en principio para mí; en consecuencia, para un posible lector. LC
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Yuriko Rojas-Moriyama. Licenciada en Artes Plásticas y maestra en Estudios Visuales por la
Facultad de Artes de la Universidad Autónoma del Estado de México, México; realizó parte
de sus estudios en la Universidad de Barcelona. Desde 2005 pertenece al Comité de la Bienal
Internacional de Arte Visual Universitario, en cuya primera edición (2003) obtuvo el segundo
lugar. Actualmente es docente en la Facultad de Artes de la Universidad Autónoma del Estado
de México. Se ha desarrollado como académica, museógrafa, diseñadora y artista en formatos
contemporáneos. Ha participado en varias exposiciones colectivas. Ha curado exposiciones de
intervención a espacios públicos con trabajos in situ de jóvenes y artistas locales. Ha elaborado diversos proyectos de curaduría y museografía con artistas internacionales, entre los cuales
destacan Afonías, de Magali Lara, y Pendientes de un hilo, de Betsabeé Romero. Ha trabajado
con colecciones privadas, así como con el acervo del Museo de Hacienda y Crédito Público de
la Ciudad de México. En 2013, entre otras actividades, presentó la exposición individual
Acciones inactivas en la Galería Principal de la Facultad de Artes de la UAEM, México.
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