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Algunas consideraciones sobre la familia y la crianza desde un
Rev. psicol. Arequipa ISSN 2221-786X 2012, 2(1), 32-46
Recibido: 25-02-12 / Aceptado: 17-03-12
ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE
LA FAMILIA Y LA CRIANZA DESDE
UN ENFOQUE SISTÉMICO
Walter Lizandro Arias Gallegos
Universidad Católica San Pablo
RESUMEN
El enfoque sistémico familiar ofrece un marco teórico coherente para
explicar y tratar una diversidad de problemas humanos desde sus múltiples vertientes. En este artículo se exploran cuestiones básicas de la
familia como el ciclo vital familiar, su estructura, vínculos y dinámicas;
para desembocar en los procesos de crianza y socialización que tienen
lugar en el seno familiar, en función de diversos estilos de familia, el
género de los hijos, su orden en la estructura familiar y la cultura. Se
hacen diversas sugerencias para abordar pertinentemente problemas
como divorcio, adolescencia, roles familiares, comunicación, relaciones humanas y disfunciones familiares.
Palabras clave: Familia, crianza, terapia familiar sistémica, estructura
familiar, órdenes de amor.
ABSTRACT
SOME CONSIDERATIONS ABOUT FAMILY AND UPBRINGING FROM A
SYSTEMIC PERSPECTIVE
The systemic approach of the family offers a coherent theoretical frame to explain and treat several human problems from its multiple variants. In this paper we explore basic issues about family such as the
vital cycle, its structure, links and dynamics; to understand the process
of socialization and upbringing, which take place into de family, according to family styles, children’s gender, their order in family structure
and culture. We make some suggestions to aboard efficiently problems
like divorce, adolescence, family roles, communication, human relations and family dysfunctions.
Key words: Family, upbringing, systemic family therapy, family structure, love commands.
Correspondencia: [email protected]
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Consideraciones sobre la familia y la crianza desde un enfoque sistémico
SISTEMA FAMILIAR Y CRIANZA
Coincidimos con La Play cuando dice que la familia es la célula básica de
la sociedad (Clauss & Hiebsch, 1966). Sin embargo una familia es mucho más
que eso. Acogiendo el parangón de este autor, tendríamos que decir que una
familia es como un sistema vivo, un organismo que se desarrolla en el cumplimiento de sus funciones socializadoras, educativas, alimentarias y recreativas.
Analizaremos aquí la organización estructural y funcional de la familia, a la luz
de los conocimientos que se han formulado en el campo teórico-práctico de la
terapia familiar sistémica con el fin de analizar algunos factores inherentes a la
familia qua afectan la crianza.
Enfoque sistémico y ciclo vital de la familia
En los últimos años, los enfoques sistémicos han desarrollado una nueva
concepción de la familia como sistema. Estos enfoques, aunque variados y distintos, tienen como punto de partida, los estudios pioneros de Nathan Ackerman en
terapia familiar en 1952; las investigaciones de Gregory Bateson sobre las pautas
de comunicación en las familias de pacientes esquizofrénicos; los trabajos del
Instituto de Investigación Mental (MRI, Mental Research Institute) del grupo de
Palo Alto, conformado inicialmente por Don Jackson, Jules Riskin y Virginia Satir
en 1959 (luego se unirían al equipo Paul Watzlawick, John Weakland y Jay Haley,
para desarrollar modelos de psicoterapia familiar breve) (Ochoa, 2004).
A pesar de las diversas variantes de estos, y otros modelos sistémicos, todos
ellos comparten la noción que la familia es “un sistema que se compone de un
conjunto de personas, relacionadas entre sí, que forman una unidad frente al medio
externo” (Ochoa, 2004, pág. 19). Este concepto, implica que las relaciones familiares son circulares, es decir, que los miembros de la familia se influyen mutuamente unos sobre otros. En ese sentido una familia no es una suma de personas, ya
que al formar una totalidad, adquieren cualidades diferentes a las que se aprecian
en cada uno de sus miembros como unidades.
Además, como sistema, una familia adquiere cualidades propias de un organismo viviente. Algunos autores (Haley, 2002; Ríos, 2005) indican que toda
familia pasa por etapas o estadios como si se tratase de un ciclo vital. Estas etapas
vienen determinadas por cada cultura, que define los roles y tareas propias de cada
etapa. En nuestra cultura, marcada por una clara influencia occidental, se distinguen cuatro etapas básicas:
1.
Formación de la pareja. Todo sistema familiar surge como una unidad conyugal vital, en la que se conjuga la aportación de cada uno de los miembros de la pareja con las presiones e influencias que ejercerán tanto las
respectivas familias de origen como el entorno sociocultural en que se van
a desarrollar (Ríos, 2003). En esta primera etapa, la pareja debe aprender a
relacionarse, negociar y comunicarse equitativamente y de manera concre-
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Walter Arias
2.
ta, buscando en todo momento la igualdad tanto para el varón como para la
mujer (Hellinger, 2005).
Familia con hijos pequeños. Un segundo momento, viene dado por el nacimiento del primer hijo. La presencia de un nuevo miembro en la familia
puede desestabilizar el orden familiar, sin embargo si la primera etapa ha
sido superada a través del cumplimiento de roles y funciones definidas para
cada uno de los cónyuges; es más fácil ajustarse a los cambios propios de
esta etapa siguiendo las pautas de negociación de responsabilidades para con
el recién nacido. A medida que los niños crecen, los padres enfrentan nuevos
y variados inconvenientes derivados de la crianza en relación con las particularidades del niño, en cada etapa de su desarrollo. Es en relación con la
socialización, la etapa de la infancia y la niñez, el periodo en que los niños
interiorizan los patrones de socialización y convivencia que se experimentan
en el seno de la familia y los espacios de la vida escolar.
3.
Familia con hijos adolescentes. “La adolescencia irrumpe, a través de la pubertad, con profundos cambios en el organismo, que en rigor permiten hablar
de una crisis fisiológica, pero que no representan una razón suficiente para
postular por analogía una revolución en lo psicológico” (Merani, 1984, pág.
94). Ello quiere decir, que la adolescencia no representa de forma inherente
un periodo de rebeldía sin causa ni motivo; pues un adolescente bien orientado que haya iniciado desde su infancia un proceso de crecimiento emocional,
seguirá desarrollándose durante la adolescencia ordenada y tranquilamente
(Bowen, 1998). Es necesario eso sí, que se redistribuyan los roles en la familia, otorgando mayor libertad a los hijos adolescentes en la misma medida
que aumentan sus responsabilidades. Es prioridad de la crianza y la acción
parental consolidar la identidad del adolescente, fomentar su autonomía, respetar su individuación, y respaldar su independencia; permitiendo su expresión afectiva en equilibrio con su conducta responsable. Todo ello depende
de la negociación efectiva de roles en la familia.
4.
Familia con hijos adultos. Cuando los hijos crecen irremediablemente se van
del hogar. Los padres acostumbrados a su presencia no siempre saben cómo
hacer frente a esta nueva situación, debido a que con frecuencia alguno de los
hijos ha sido triangulizado, haciendo de nexo entre los padres. Para describir
la ausencia de los hijos se utiliza la metáfora del “nido vacío”, y aunque es
penoso para los padres separarse de sus hijos, según las costumbres y valores
de cada cultura, puede también ser una oportunidad para la realización de los
padres en su vida profesional y de pareja. Sin tener que preocuparse por el
cuidado de los hijos, la pareja de padres dispone de más tiempo y cuentan
con la experiencia y la madurez necesaria para embarcarse en proyectos que
dejaron olvidados o que postergaron por dedicarse a la prole.
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Consideraciones sobre la familia y la crianza desde un enfoque sistémico
En este esquema del ciclo vital, se debe tener presente que el tránsito de una
etapa a la otra representa un periodo de crisis, pero encierra dentro de sí misma
una oportunidad para el crecimiento de la familia (Ríos, 2005). Es necesario también destacar, que además de la crisis que provoca la transición de una etapa a otra
(accidentes evolutivos de la familia), pueden identificarse en la historia familiar,
múltiples eventos trágicos que son calificados siguiendo la terminología de Thomas Holmes, como sucesos vitales estresantes (Haley, 2002). Dentro de la amplia
variedad de sucesos vitales estresantes, se incluye los divorcios, las migraciones,
las muertes o pérdidas de un familiar, los accidentes, las enfermedades incurables,
las crisis financieras o cualquier otra situación que remece la estabilidad de la
estructura y el funcionamiento de la familia; al margen de las dificultades propias
del ciclo vital familiar.
En ese sentido, dedicaremos algunas líneas para analizar cómo se organiza
estructuralmente un sistema familiar, qué órdenes o jerarquías se conforman en
su ciclo vital y cuáles son las reglas sociales que determinan su funcionamiento.
Estructura familiar y diferenciación de límites
Salvador Minuchin es considerado como uno de los terapeutas familiares
más renombrados. En base a sus estudios con cientos de familias, ha preferido
centrarse en la estructura familiar, llegando a la conclusión de que los conflictos
familiares y muchas otras patologías surgen cuando la organización estructural de
un sistema familiar no se adecua a las exigencias de los contextos evolutivos y
sociales que le corresponden (Ochoa, 2004).
Salvador Minuchin, al igual que otros autores sistémicos; reconoce que la
familia es un sistema donde las relaciones mutuas toman el carácter de una cooperación recíproca para poder explicar la estructura actual de las relaciones familiares. Podemos considerar la estructura familiar como el armazón relacional de
jerarquías funcionales determinado por los roles que cumplen los miembros de
una familia en particular. Así, dentro de cada sistema familiar pueden distinguirse
subsistemas u holones conformados por niveles de funcionamiento que entrañan
una jerarquía inherente al orden en que se suceden temporal y relacionalmente
(Minuchin & Fishman, 1996).
El holón individual, viene dado por los contenidos individuales que aporta
cada miembro de la familia. Incluye el concepto de sí mismo en el contexto familiar y contiene los determinantes personales e históricos de cada individuo, que se
vierten en la trama relacional de la familia; mientras que a la vez, las interacciones
específicas con los demás moldean y/o refuerzan los aspectos de la personalidad
individual de sus miembros.
El holón o subsistema conyugal, abarca específicamente las relaciones
hombre-mujer entre esposo y esposa. Estas son de competencia exclusiva de la
pareja y los hijos no deben inmiscuirse en los asuntos de sus padres (Hellinger,
2003). Según Hellinger (2002, 2005) el principio que determina la armonía en
el holón conyugal es el equilibrio. Hombre y mujer deben estar al mismo nivel:
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ambos deben dar y recibir en la misma medida para que su relación de pareja
prospere y perdure.
El holón parental, se define como el contexto relacional que incluye las
interacciones entre padres e hijos. Estas tienen que ver directamente con la crianza
y socialización de los hijos. Este subsistema se modifica a medida que los hijos
crecen, ya que sus necesidades cambian, y sus posibilidades de independencia se
desarrollan; de modo que los padres deben concederles mayor libertad al tiempo
que les exigen más responsabilidad. A diferencia del holón conyugal, en el holón
parental existe desequilibrio por la naturaleza de la relación entre padres e hijos,
pues los padres son los que dan y los hijos siempre reciben. Nada de lo que haga
un hijo puede retribuir lo que han hecho o hacen sus padres por él.
El holón fraternal, está determinado por las relaciones entre hermanos y
constituye el subsistema más importante para la socialización del niño. Los hijos
se apoyan entre sí, se atacan, se divierten, comparten sus experiencias, sus momentos y así aprenden unos de otros. Los hermanos se ordenan en una jerarquía
temporal que va del mayor al menor, pero a pesar de ello, todos los hermanos
como hijos están al mismo nivel. En el holón fraternal la confianza entre hermanos
es fundamental. Así como los asuntos de los padres no son incumbencia de los
hijos, hay cosas de los hijos que no deben salir del holón fraternal.
Entre cada holón existen límites, determinados por las reglas y roles de los
miembros que los componen, cuya función es proteger la diferenciación del subsistema. Para la armoniosa integración de la familia y la interiorización de formas
funcionales de socialización, es fundamental que cada miembro ocupe su lugar,
ubicándose en el subsistema y en el orden que le corresponde para desempeñar el
rol que le toca como padre, madre, hermana mayor o hermano menor. Ello dependerá empero, de que en la familia se respete la ordenación jerárquica de sus miembros, que se establezcan reglas de relación y que los límites entre los subsistemas
familiares se encuentren bien diferenciados. Según Minuchin (2003), si se pasan
por alto estos principios, se produce la alteración de las relaciones intrafamiliares,
lo que trae como consecuencia una distorsión de los patrones de conducta social.
Es decir, por ejemplo, que si no se respeta a la cabeza de la familia (el padre),
difícilmente se respetarán otras figuras de autoridad a lo largo de la vida, como al
profesor, el jefe, etc.
Otro principio importante dentro de lo que atañe a la estructura del sistema,
es el de pertenencia a la familia. Como se ha probado a través de los estudios sobre
el conformismo (Asch, 1964; Cruces et al, 1991), las personas cambian sus opiniones y actitudes para poder asegurar su pertenencia al grupo. Siendo la familia
un grupo, es de esperarse que reglas similares entren en juego como una urdimbre
de motivaciones conscientes e inconscientes que se mueven y se instalan en el
núcleo de la estructura familiar.
Precisamente, Bert Hellinger ha derivado de un conjunto de prácticas terapéuticas de carácter fenomenológico, conocidas como constelaciones familiares
(Janov, 2006), un orden o principio básico que rige la organización de la estructura
familiar. Este orden es el de la vinculación, que hace referencia a la necesidad de
cada ser humano de pertenecer y vincularse a un grupo determinado. Hellinger
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Consideraciones sobre la familia y la crianza desde un enfoque sistémico
piensa que en la familia, debe honrarse el orden de cada miembro del sistema en el
lugar que le corresponde, pues el amor crece así dentro de un orden que da a cada
miembro de un sistema un lugar de dignidad y respeto (Hellinger, 2005). Es decir,
que la familia como sistema, tiene que guardar en su estructura el espacio que le
corresponde a cada persona según el orden temporal en que se ubica. Cuando nace
o cuando muere un miembro de la familia, su lugar debe ser siempre respetado;
incluso, si aún no ha nacido, o si no pudo nacer, ya que desde el momento de la
concepción, o más exactamente, desde el momento en que se sabe de la gestación
de un nuevo ser, sus familiares ya hacen un espacio para él o ella, en la familia.
Si este espacio no es respetado, generaciones presentes o sucesivas pueden verse
afectadas ya que surge una suerte de ajuste de cuentas, que tiene un alcance transgeneracional en los escenarios familiares (Schützenberger, 2006).
De acuerdo con diversos estudios transgeneracionales, cuando un miembro
de la familia es excluido, porque hizo algo que deshonró a su familia entonces otro
miembro ocupa su lugar. Según Boszormenyi-Nagy y Spark (2003), en la memoria de las familias se escribe de manera inconsciente, un libro de cuentas donde se
anotan los méritos y deudas de cada persona, de modo que se forja un equilibrio
entre las víctimas y los mártires, los héroes y los culpables. Desde el momento en
que un nuevo miembro se integra al sistema familiar, asume las deudas o méritos
que le son legadas por sus antecesores, como si se tratase de un compromiso que
le demanda lealtad.
Estas lealtades invisibles determinan en cierta medida, las relaciones que se
establecen entre los miembros de la familia. Veamos entonces que nos dicen los
teóricos sistémicos sobre las relaciones y la dinámica en el sistema familiar.
Relaciones y dinámica en el sistema familiar
Los enfoques sistémicos, ponen mayor énfasis en las relaciones que en los
contenidos familiares. Es decir, que lo que da significancia a un sistema no son
los contenidos, sino las relaciones. En todo sistema existe un factor que lo forma,
en el caso de la familia, el factor formador está conformado por los vínculos de
consanguinidad entre sus miembros, que tienen origen en la unión conyugal. Por
ello es importante reconocer que antes de los hijos están los padres, y que un hijo
nunca debe ubicarse antes que su progenitor. Dado que los contenidos no son más
relevantes que las relaciones, no importa cómo sea el padre o el hijo. Al margen de
si el padre estuvo o no física y emocionalmente, de si se encargó de la crianza de
los hijos, o si abandonó a su familia; igual sigue siendo el padre y su lugar no puede ni debe ser cuestionado. De forma similar, un hijo puede ser rebelde, cariñoso,
distante, responsable, obsceno o exitoso; pero ni sus virtudes o sus defectos, ni sus
aciertos o sus errores lo hacen menos hijo (Hellinger, 2005). Consecuentemente
“la base biológica de la lealtad familiar consiste en los vínculos de consanguinidad
y matrimoniales” (Boszormenyi-Nagy & Spark, 2003, pág. 57).
Puesto que los teóricos sistémicos se centran en las relaciones, tienden a
destacar en determinadas circunstancias, la comunicación analógica en vez de la
digital. Cuando hablamos de comunicación analógica y digital, nos referimos a la
forma y el contenido de la comunicación. Es decir, mientras la comunicación ver-
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bal es digital, la comunicación no verbal es analógica (López, Parada & Simonetti,
1999). En ese sentido los términos relación y comunicación no deben confundirse,
pues aunque se encuentran vinculados, el primero es mucho más general, ya que la
comunicación constituye una manifestación concreta de la relación (Ortiz, 2007).
Las relaciones familiares entonces se dan en dos sentidos comunicacionales, uno verbal o digital y otro no verbal o analógico. En ese sentido, Gregory
Bateson (citado por Satir, 1995), concluyó en base a diversos estudios, que la
esquizofrenia puede tener como componente causal la comunicación de mensajes paradójicos en el seno familiar. De acuerdo con Bateson, los pacientes
esquizofrénicos, provienen de familias donde en un mismo mensaje, los niveles
analógico y digital de la comunicación se contradicen. A este fenómeno se le
denominó doble vínculo (double bind) y genera en la persona que lo vivencia,
una presión psicológica de la que no puede escapar, porque la naturaleza del
mensaje que recibe le deja atrapado en un callejón sin salida. Estos mensajes
son incoherentes y paradójicos, y se caracterizan por la contradicción interna
del mensaje contenido. Decir por ejemplo “no importa si pierdes pero tienes que
ganar”, es un mensaje paradójico que se contradice y confunde al receptor, pues
no sabe si puede perder o si tiene que ganar.
Las relaciones familiares se producen de manera verbal y no verbal a través
del lenguaje. Pero el lenguaje como tal puede comunicar mensajes consciente e
inconscientemente. Es básicamente por medio de mensajes inconscientes que muchos patrones socioculturales y pautas de relación se aprenden dentro del contexto
familiar (Schützenberger, 2006). Una madre quizá no le dice a su hijo que no se
junte con negros, pero evita indirectamente que se les acerque. Quizá no le habla
mal del padre a su hijo, pero se incomoda cuando se lo mencionan. Así como en
estos ejemplos, en la familia se suelen transmitir mensajes solapadamente, que
son interiorizados por las generaciones venideras en el proceso de socialización.
Algunos de estos mensajes son positivos para el desarrollo individual y social de
los miembros de la familia, pero otros tienen efectos negativos.
Los efectos negativos pueden evidenciarse cuando la familia se relaciona
disfuncionalmente a través de componendas y querellas familiares que tiene por
trasfondo, la escasa diferenciación de límites entre cada holón familiar o bien, la
deficiente comunicación de los mensajes como pauta de relación. En el primero de
los casos, los miembros de la familia se desubican trastornando el orden familiar,
y como consecuencia las relaciones intergeneracionales resultan alteradas en la
misma medida. En el segundo de los casos, de manera cada vez menos consciente,
se emiten mensajes que tienen secuelas equiparables a las anteriores; pues el resultado siempre es el mismo: el trastocamiento de los roles familiares.
Debido a la alteración de los roles y funciones de los miembros de la familia,
el orden familiar se rompe, y en la estructura de la familia pueden observarse una
diversidad de transacciones (Berne, 1976). Una hija puede asumir las responsabilidades de la madre (parentalización), o el padre conducirse como si fuera un hijo. De
este modo cada miembro de la familia puede establecer complicidades con algún
otro miembro (alianza), y protegerse o arremeter contra otros miembros (coalición)
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Consideraciones sobre la familia y la crianza desde un enfoque sistémico
(Ríos, 2003). La dinámica familiar se observa entonces, como una danza que se
mueve al ritmo de los procesos antes mencionados (Minuchin & Fishman, 1996).
La dinámica familiar, entendida como estructura relacional, depende entonces de la estructura funcional determinada por la jerarquía y los roles que se desprenden de ella, para cada miembro del sistema familiar. No podemos reducir la
estructura relacional de una familia a un estereotipo, pues la riqueza espiritual de
la familia radica en cierta forma en la variedad relacional que manifiesta. Por eso,
no existe un dictado de recetas que indique cómo tienen que ser las relaciones en
la familia, pues cada familia se relaciona de forma particular dándole contenido a
su historia familiar; pero eso sí, dentro de los márgenes que le impone el contexto
geográfico y cultural de origen. Sin embargo en función de las consideraciones
teóricas que hemos presentado de la familia como sistema de estructuras, funciones y relaciones, la dinámica familiar será óptima si:
a) la familia entiende que, como sistema “vivo”, todos evolucionan y se relacionan interdependientemente;
b) privilegian las relaciones por sobre los contenidos, en mérito de los vínculos
de consanguinidad que los une;
c) cada persona integrante de una familia dada, desempeña su rol en el lugar
(holón familiar) que le corresponde, honrando el espacio o la memoria de sus
ancestros y sus descendientes;
d) la pareja aprende a negociar los roles y funciones que va a desempeñar como
elemento protagonista del holón conyugal y parental manteniendo el equilibrio entre lo que dan y lo que reciben el uno para con el otro;
e) se establecen límites intergeneracionales eficientes que faciliten la comunicación y la convivencia respetuosa y ordenada;
f) ponen en práctica pautas de comunicación mutua, coherente concreta y oportuna; entre todos los miembros de la familia.
Crianza y socialización en la familia
De todo lo dicho hasta ahora sobre la familia, nos debe quedar claro que
la familia no sólo transmite la herencia genética, sino también los contenidos
culturales del entorno social más próximo. De este modo la familia “contribuye
a la supervivencia de una sociedad y una cultura, porque como instancia socializadora transmite el tesoro de experiencias y valores de aquella a la cadena
de generaciones” (Stierlin, 1997, pág. 21). En ese sentido la familia se concibe
como un sistema sociocultural abierto y en transformación, que afronta una serie
de tareas evolutivas. Todas ellas directamente vinculadas con la educación y
crianza de los hijos.
Como medio de crianza, la familia integra al niño al sistema familiar, transmitiéndole sus valores, hábitos, intereses y actitudes. La pertenencia al sistema
conlleva la adopción de los contenidos culturales de la familia. Sin embargo como
propone Bowen (1998), cada miembro de la familia, a medida que evoluciona, se
va diferenciando de la masa familiar. Esto quiere decir, que los hijos por ejemplo,
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en el curso de su desarrollo, van elaborando sus propias ideas y despliegan su
propio repertorio comportamental y de intereses.
En virtud de este proceso de individuación progresiva, la vida familiar se enriquece y las relaciones intergeneracionales se transforman siguiendo el ciclo vital
de la familia. Una persona, que en su individualidad, se encuentra poco o nada
diferenciada del amasijo de dotes familiares o que esté fusionado con un miembro
específico de la familia, tendrá problemas de comunicación en diversos escenarios
de la sociedad, sus metas y opiniones se vivenciarán como limitadas y opacamente
definidas y podrá incluso desarrollar síntomas neuróticos, sino hasta psicóticos.
En ese sentido, los patrones de influencia mutua de la familia son harto complejos, pues existen tantos valores comunes como experiencias no compartidas,
ya que los miembros de una misma familia, no necesariamente experimentan el
mismo entorno (Craig, 1997).
Entre los factores que influyen en la crianza de los hijos se encuentran: los
diversos estilos de familia, el orden en la estructura familiar, el género y el bagaje
cultural que traen los padres de sus familias de origen. Revisaremos cada uno de
estos factores, desde los más generales hasta los más singulares.
Diversos estilos de familia
El tipo de familia en que nace un niño influye directa y hasta radicalmente
en la expresión de roles, la asunción de creencias y las interrelaciones que tendrá
a lo largo de su vida. Ahora bien, dado que las sociedades han cambiado, la organización familiar ha sufrido también modificaciones importantes en su estructura. Esto ocurre porque la familia no puede concebirse fuera del desarrollo de las
organizaciones sociales. Según Stierlin (1997) estos cambios se han producido
principalmente por: a) la tendencia creciente de no hacer vida común con una
pareja bajo los cánones del matrimonio, b) la inserción masiva de la mujer al escenario laboral, y c) la cada vez mayor preocupación por el control de la natalidad.
Nosotros incorporamos tres criterios más: d) la diversificación de las tecnologías
de la comunicación que han implantado una nueva cultura, e) la agudización de
las diferencias socioeconómicas entre las clases sociales, y f) la sequía de valores
cívicos y morales, azuzada por idiosincrasias foráneas como parte de un proceso
global de alienación.
En consecuencia son varios los estilos de familia hoy en día, pero aquí veremos cinco de ellos. Los tres primeros corresponden a los esquemas más tradicionales, mientras que los dos últimos han aparecido como corolario de los fenómenos históricos y culturales antes mencionados.
El tipo de familia con una estructura como de la que hemos venido hablando
es la familia nuclear, constituida por los padres y los hijos. Su organización es
tradicionalmente la más formal, según los estereotipos occidentales. El esposo es
quien aporta la autoridad y da la fortaleza necesaria para sostener la estructura de
la familia. La madre es quien prodiga abiertamente el amor a los hijos, su labor se
ovilla en el núcleo del alma familiar. Su flexibilidad favorece la comunicación y su
entrega es símbolo de fe genuina. Juntos brindan los valores necesarios a la prole
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Consideraciones sobre la familia y la crianza desde un enfoque sistémico
que de ellos se genera. Los hijos son los receptores de todo cuanto ofrecen los
padres, son el fruto de su unión, y en su corazón, los padres siempre están juntos
(Hellinger, 2002, 2003, 2005).
Las familias extendidas abarcan varias generaciones además de los padres y
los hijos. Pueden incluir también a los abuelos, los nietos, los tíos, los primos, los
cuñados, etc., que se deben constituir como subsistemas separados. Por convencionalismo, en este tipo de familias ha sido el varón más veterano quien asume el
rol de patriarca, pero las tendencias actuales posesionan como jefe a quien ostente mayor capacidad económica o estatus social. Además, en estas familias todos
participan de la crianza de los niños. El principal problema que enfrenta este tipo
de familias es la intromisión de los algunos integrantes de la familia extensa, en
los asuntos propios de los diversos subsistemas familiares. Para el correcto ajuste
relacional de todos y cada uno de los miembros de la familia, es imprescindible
establecer límites claros y precisos entre cada holón familiar.
Aunque, escasamente difundidas en nuestro medio, las familias comunales, se
caracterizan por la organización cooperativa de un grupo social que asume como una
unidad las funciones asignadas a la familia con respecto a la crianza de las generaciones más jóvenes. El caso más resaltante sin embargo, lo vemos en la organización
comunal que tienen los judíos en los denominados kibbutz. En un kibbutz, todos los
miembros de una comunidad determinada y limitada endógenamente, se encargan de
la educación de los niños, en forma no posesiva, sino más bien cooperativa. Los roles
sexuales se expresan de manera menos estereotipada, de modo que tanto el varón
como la mujer participan en las actividades económico-productivas y en la crianza de
los niños. Los efectos que tiene una familia comunal sobre los niños, son positivos por
cuanto alientan la solidaridad, la igualdad de género, el trabajo cooperativo y el gusto
por compartir experiencias y responsabilidades (Craig, 1997).
Tomando en cuenta la creciente tasa de divorcios a nivel mundial, pues dos
de cada tres matrimonios terminan en separación o divorcio (Ríos, 2005), las familias monoparentales, son aquellas donde un sólo padre es quien se encarga de
la manutención y crianza de los hijos. Aunque el otro cónyuge, puede apoyar a la
pareja y participar en la crianza de los hijos, su papel es más bien periférico la mayoría de las veces. Como resulta ya conocido, en estos casos, son los hijos quienes
presentan diversos riesgos por no presentar el adecuado soporte familiar. Según algunos estudios, los hijos provenientes de familias monoparentales, tienden a presentar mayores inconvenientes en su desarrollo psicológico (Bengoechea, 1992).
El bajo rendimiento académico, las perturbaciones emocionales, los problemas de
conducta, las adicciones y las alteraciones en el proceso de identificación sexual
(sobre todo en el caso de los varones), son algunos de los fenómenos que se observan cuando los hogares se desintegran (Craig, 1997; Salvatierra, 1997). Se tiene
que aclarar empero, que esto no siempre es así, y que un criterio para determinar
qué padre es más saludable para la formación del hijo, es además de la estabilidad
social que ostente, el respeto por el lugar del otro cónyuge (Hellinger, 2005). De
otro lado, un padre o una madre que se encuentre en una situación monoparental,
suele optar por volverse a casar, con lo que su familia pasará de ser monoparental
a considerarse como reconstruida.
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Al igual que en el caso anterior, las familias reconstruidas, son aquellas,
que luego de la separación o fallecimiento de dos o uno de los padres, según sea
el caso, se forman a través de una nueva unión conyugal. Este tipo de familias
muchas veces convive de manera conflictiva. Según Bert Hellinger (2002, 2003,
2005) para que esto no suceda y las relaciones intrafamiliares fluyan de manera
funcional, es imperativo que el lugar de los miembros sea siempre respetado. Esto
quiere decir, que en las familias reconstruidas, las ex-parejas de quienes contraen
nupcias, deben ser reconocidas como los padres de los hijos que engendraron y
ocupar su lugar en la memoria familiar. De parte de los hijos, estos deben reconocer que sus padres nunca dejarán de ser sus padres, aunque hayan dejado de
ser pareja, y que cada uno tiene el derecho de juntarse con otra persona cuando lo
considere conveniente.
Como es obvio, cada estilo de familia determina distintas formas de crianza
y por ende de socialización. Unos más tradicionales que otros, todos tienen repercusiones en la formación y expresión de la personalidad de sus miembros. De la
convivencia en el seno de la familia, se derivan formas de aprendizaje social condicionadas por la presión implícita que ejerce el grupo familiar sobre la necesidad
de pertenencia de un individuo al sistema familiar.
El orden en la estructura familiar
Ya hemos mencionado que para el correcto funcionamiento del sistema familiar, es imprescindible que cada miembro de la familia ocupe y asuma los roles
que le corresponden. Pero así como el orden es condicionante, también puede ser
condicionado. En ese sentido existen diversos estudios que demuestran variaciones en la crianza y lógicamente en los patrones de socialización, según el orden
de los nacimientos de los hijos. Uno de los primeros en referirse y estudiar el
tema fue Alfred Adler (1870-1937), un psicólogo pionero en materia de educación
para la familia, pues durante la década de 1910, estableció una serie de centros de
consulta psicopedagógica en más de treinta colegios de Viena (Arias, 2005). Adler
pensaba que la crianza se ve determinada por el orden del nacimiento de los hijos,
lo que a su vez determina rasgos diferenciados entre ellos. Los primogénitos por
ejemplo, serían más conservadores, y quizá más prudentes, reservados o hasta
tímidos e introvertidos. Los segundogénitos, dado que han de competir con el primero, tienden a ser más intrépidos y vivaces, sino hasta temerarios. El tercer hijo
por una cuestión de sobreprotección, pues todos están pendientes de él, se forma
más vacilante, inseguro e inmaduro. En definitiva, como postula Adler, el orden de
la familia puede influir directa y trascendentemente en la crianza. A esto hay que
agregar que en el curso de vida de la familia, se aprecian sucesos que modifican
las pautas de convivencia familiar, hecho que brinda diversidad a las formas y
criterios de crianza de los padres. Ellos aprenden de los sucesos pasados, alimentan nuevas expectativas y afrontan otros conflictos; y por ende pueden variar las
normas familiares y las pautas de convivencia que de ellas se derivan, afectando
favorable o desfavorablemente la socialización de los hijos (Satir, 1995).
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Consideraciones sobre la familia y la crianza desde un enfoque sistémico
El género
Otra variable fundamental a tener en cuenta en la crianza es el género de los
hijos. Pero primero, vamos a diferenciar algunos conceptos básicos, ya que no es
lo mismo la identidad de género que el rol de género. La identidad de género hace
referencia a la identificación sexual de cada quién con respecto a su género, con
las implicancias que conlleva en el marco de la unión intersexual y la búsqueda
de pareja. Es decir, que un varón se identifique como tal y se sienta atraído por las
mujeres, mientras que en el caso del género femenino, la mujer se identifica como
mujer a la vez que le atraen los varones. Las alteraciones de la identificación sexual se conocen como trastornos de identidad sexual o de género (McCary, 1983).
De otro lado, el rol de género, se conceptúa como el comportamiento que
se asigna al varón y a la mujer en un determinado contexto social. Al respecto,
existieron roles tradicionalmente impuestos a cada género en la cultura occidental,
como que la mujer tiene que encargarse de la casa y de los hijos, como que debe
ser cariñosa, sumisa y talentosa en la cocina; mientras que el varón debe ser más
bien, poco expresivo o sentimental, tiene que ir a trabajar y “llevar el pan a la
casa”. Sin embargo, aunque algunos de estos roles todavía se mantienen, debido
al fenómeno conocido como la liberación femenina y a la gran cantidad de madres
solteras, viudas o divorciadas que se hacen cargo de sus hijos, esto está cambiando. Hoy los varones cocinan, crían a sus hijos y expresan sus emociones con
mayor libertad que en el pasado. Las mujeres también se desenvuelven en terrenos
que eran exclusivos de los varones, ya que ahora estudian, trabajan y aportan a la
economía familiar. Los esquemas tradicionales quedaron atrás y la igualdad de
géneros ha traído como consecuencia, que los especialistas tipifiquen este tipo de
comportamiento como andrógino. Una persona andrógina es aquella que se siente
identificada con su género, pero que puede asumir roles del otro género. Hablamos
en este caso de un varón al que le gustan las mujeres y que cocina en casa o cambia
los pañales del bebé. Una mujer que se siente atraída por los varones y que trabaja
reparando autos o dirigiendo una empresa es también andrógina (Craig, 1997).
Según algunas investigaciones, las personas andróginas, puesto que tienen una
conducta y mentalidad más flexibles, al ser evaluados psicológicamente, resultan
ser más creativos, más sociables y más inteligentes; también presentan menos conflictos, inseguridades o trastornos mentales que los no andróginos (Craig, 1997;
Sebastían, Aguíñiga, & Moreno, 1987a). El machismo por ejemplo, se asocia con
la violencia intrafamiliar y el abuso sexual (Adams-Wescott & Isenbart, 2002). Finalmente, los estudios sobre el tema revelan que las relaciones de pareja funcionan
mejor entre los andróginos que entre las personas que asumen roles sexuales más
tradicionales (Sebastían, Aguíñiga & Moreno, 1987b).
Es desde el nacimiento, que un niño y una niña, reciben un trato diferenciado de sus padres y su comunidad. El género determina entonces el aprendizaje
de diversas conductas vinculadas a los roles de género. Esto ocurre básicamente,
a través de dos procesos: uno es el del condicionamiento operante, que implica
el reforzamiento de las conductas sujetas al género, con elogios, recompensas o
castigos. Otro proceso tiene lugar a través de formas sutiles de aprendizaje vicario
que reproducen la dinámica familiar en la convivencia diaria. Es decir, los niños y
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Walter Arias
las niñas observan a sus padres, y asumen sus conductas en función de su género
(Satir, 1995). De modo que para los cinco años los infantes ya manifiestan un
comportamiento masculino o femenino claramente diferenciado en relación a su
sexo. La identidad sexual se forma paralelamente, pero se hará evidente durante
la adolescencia.
Es fácil darse cuenta que el género de una persona determina en gran medida
las conductas y roles sexuales que ha de asumir. Ello dependerá por supuesto, de
cómo asumen los roles sexuales sus propios padres. En ese sentido, los estilos de
familia, la estructura de la familia en relación al orden y las conductas diferenciadas en función del género, se encuentran gobernadas por el bagaje cultural de los
padres con respecto a sus familias de origen y del medio cultural en que viven.
El bagaje cultural que traen los padres de sus familias de origen
La pareja o una familia no se forman de la nada, sino que cada cónyuge viene
de distintos sistemas familiares previos que aquí denominamos familias de origen.
“Los cónyuges como personas individuales aportan a su familia una historia personal y un modelo familiar que han vivido desde su nacimiento” (Ríos, 2003, pág.
254). Lo mismo pasó con sus padres, y así sucesivamente, hasta los antepasados
más remotos.
Aquí no estamos hablando solamente de la familia como estructura, sino
también de sus contenidos: el tipo de interacciones, formas de comunicación, sus
expectativas y tradiciones, los mitos y secretos, la religión, sus creencias, las tendencias políticas, sus relaciones sociales, los hábitos y costumbres, el folclore, los
valores morales y los intereses que les motivan sean estos académicos, estéticos,
laborales, etc.
Todos estos contenidos culturales son interiorizados en virtud de los procesos de socialización que se establece en el seno de la familia, donde como hemos
visto, se teje una trama de relaciones sistémicas. Es este bagaje cultural, lo que se
transmite de una generación a otra, dentro de un contexto cultural más amplio que
es la clase social a la que se pertenece. Y ésta también está insertada dentro de un
escenario social mayor, como puede ser la cultura local, regional y la nacional.
Las familias forman parte de un sistema más amplio y éste sistema más amplio
ejerce su influencia en los contenidos culturales de cada familia. De este modo,
lo que ocurre en la familia es siempre un reflejo de lo que ocurre en la sociedad
(Esler & Waldegrave, 2002). Precisamente por ello, a aquellos individuos que han
sido criados dentro de una misma cultura, se les atribuye los mismos contenidos y
regularidades de la personalidad (Sánchez, 1989).
En ese sentido, un inadecuado soporte familiar –afectivo, educativo o económico– obstaculiza el desarrollo de sus integrantes como seres autónomos,
diferenciados, saludables y productivos. Lo más lamentable de esta realidad, es
que los problemas familiares tienden a perpetuarse en el tiempo, pues los conflictos y carencias de una familia son usualmente heredados a las generaciones
que les suceden, a través de los mismos procesos de socialización a los que nos
referimos antes (Schützenberger, 2006; Hellinger, 2003, 2005; (BoszormenyiNagy & Spark, 2003). Este círculo vicioso explica en cierta forma, por qué re-
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Consideraciones sobre la familia y la crianza desde un enfoque sistémico
sulta tan difícil revertir los efectos de la crisis social que vivimos, pero también
dirige nuestra atención a la recuperación de los valores familiares, tomando
como piedra angular el respeto por el orden familiar. En ese sentido, la crianza
es un elemento fundamental para la transmisión de valores. La naturaleza de la
crianza del niño, le brinda el molde básico para su socialización futura, pues determina la estructura de su personalidad, como un modo concreto de interactuar
con los demás.
En conclusión, si queremos comprender el esquema del funcionamiento
familiar y sus correspondientes pautas de socialización tenemos que ver dentro
de su contexto histórico-cultural. En el caso más concreto del Perú, la sequía de
valores que estamos viviendo, así como los problemas sociales que de ella se derivan: la delincuencia, el pandillaje, la drogadicción, el alcoholismo, los ultrajes,
secuestros, suicidios, abortos y embarazos precoces; son fenómenos provocados
en gran medida, por la endeble estructura familiar que han configurado muchas
familias peruanas.
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