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Don Segundo Sombra / 1926 Ricardo Güiraldes (1886

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Don Segundo Sombra / 1926 Ricardo Güiraldes (1886
http://www.biblioteca.clarin.com/pbda/novela/segundo_sombra/segundo_16.htm
Don Segundo Sombra
/ 1926
Ricardo Güiraldes (1886-1927)
Fuente: Segunda edición, San Antonio de Areco, Proa, 1926.
DEDICATORIA A Ud., Don Segundo.
A la memoria de los finados Don Rufino Galván, Don Nicasio Cano y Don José Hernández.
A mis amigos domadores y reseros: Don Víctor Taboada, Ramón Cisneros, Pedro Brandán,
Ciriaco Díaz, Dolores Juárez, Pedro Falcón, Gregorio López, Esteban Pereyra, Pablo Ojeda,
Victorino Nogueira y Mariano Ortega.
A los paisanos de mis pagos.
A los que no conozco y están en el alma de este libro.
Al gaucho que llevo en mí, sacramente, como la custodia lleva la hostia.
R. G.
Capítulo I
En las afueras del pueblo, a unas diez cuadras de la plaza céntrica, el puente viejo tiende su arco
sobre el río, uniendo las quintas al campo tranquilo.
Aquel día, como de costumbre, había yo venido a esconderme bajo la sombra fresca de la piedra, a
fin de pescar algunos bagrecitos, que luego cambiaría al pulpero de "La Blanqueada" por golosinas,
cigarrillos o unos centavos.
Mi humor no era el de siempre; sentíame hosco, huraño, y no había querido avisar a mis habituales
compañeros de huelga y baño, porque prefería no sonreír a nadie ni repetir las chuscadas de uso.
La pesca misma pareciéndome un gesto superfluo, dejé que el corcho de mi aparejo, llevado por la
corriente, viniera a recostarse contra la orilla.
Pensaba. Pensaba en mis catorce años de chico abandonado, de"guacho", como seguramente dirían
por ahí.
Con los párpados caídos para no ver las cosas que me distraían, imaginé las cuarenta manzanas del
pueblo, sus casas chatas, divididas monótonamente por calles trazadas a escuadra, siempre paralelas
o perpendiculares entre sí.
En una de esas manzanas, no más lujosa ni pobre que otras, estaba la casa de mis presuntas tías, mi
prisión.
¿Mi casa? ¿Mis tías? ¿Mi protector don Fabio Cáceres? Por centésima vez aquellas preguntas se
formulaban en mí, con grande interrogante ansioso, y por centésima vez reconstruí mi breve vida
como única contestación posible, sabiendo que nada ganaría con ello; pero era una obsesión tenaz.
¿Seis, siete, ocho años? ¿Qué edad tenía a lo justo cuando me separaron de la que siempre llamé
"mama", para traerme al encierro del pueblo, so pretexto de que debía ir el colegio? Sólo sé que
lloré mucho la primera semana; aunque me rodearon de cariño dos mujeres desconocidas y un
hombre de quien conservaba un vago recuerdo. Las mujeres me trataban de "m'hijito" y dijeron que
debía yo llamarlas Tía Asunción y Tía Mercedes. El hombre no exigió de mí trato alguno, pero su
bondad me parecía de mejor augurio.
Fui al colegio. Había ya aprendido a tragar mis lágrimas y a no creer en palabras zalameras. Mis tías
pronto se aburrieron del juguete y regañaban el día entero, poniéndose de acuerdo sólo para decirme
que estaba sucio, que era un atorrante, y echarme la culpa de cuanto desperfecto sucedía en la casa.
Don Fabio Cáceres vino a buscarme una vez, preguntándome si quería pasear con él por su estancia.
Conocí la casa pomposa como no había ninguna en el pueblo, que me impuso un respeto silencioso
a semejanza de la iglesia, a la cual solían llevarme mis tías sentándome entre ellas para soplarme el
rosario y vigilar mis actitudes, haciéndose de cada reto un mérito ante Dios.
Don Fabio me mostró el gallinero, me dio una torta, me regaló un durazno y me sacó por el campo
en "sulky" para mirar las vacas y las yeguas.
De vuelta al pueblo conservé un luminoso recuerdo de aquel paseo y lloré, porque vi el puesto en
que me había criado y la figura de "mama", siempre ocupada en algún trabajo, mientras yo rondaba
la cocina o pataleaba en un charco.
Dos o tres veces más vino Don Fabio a buscarme y así concluyó el primer año.
Ya mis tías no hacían caso de mí sino para llevarme a misa los domingos y hacerme rezar de noche
el rosario.
En ambos casos me encontraba en la situación de un preso entre dos vigilantes, cuyas advertencias
poco a poco fueron reduciéndose a un simple coscorrón.
Durante tres años fui al colegio. No recuerdo qué causa motivó mi libertad. Un día pretendieron mis
tías que no valía la pena seguir mi instrucción y comenzaron a encargarme mil comisiones que me
hacían vivir continuamente en la calle.
En el Almacén, en la Tienda, el Correo, me trataron con afecto. Conocí gente que toda me sonreía,
sin nada exigir de mí. Lo que llevaba yo escondido de alegría y de sentimientos cordiales se libertó
de su consuetudinario calabozo, y mi verdadera naturaleza se expandió libre, borbotante, vívida.
La calle fue mi paraíso, la casa mi tortura; todo cuanto comencé a ganar en simpatía afuera, lo
convertí en odio para mis tías. Me hice ladino. Ya no tenía vergüenza de entrar en el hotel a
conversar con los copetudos, que se reunían a la mañana y a la tarde para una partida de tute o de
truco. Me hice familiar de la peluquería, donde se oyen las noticias de más actualidad, y llegué
pronto a conocer a las personas como a las cosas. No había requiebro niguasada que no hallara un
lugar en mi cabeza, de modo que fui una especie de archivo que los mayores se entretenían en
revolver con algún puyazo, para oírme largar elbrulote.
Supe las relaciones del comisario con la viuda Eulalia, los enredos comerciales de los Gambutti, la
reputación ambigua del relojero Porro. Instigado por el fondero Gómez, dije una vez "retarjo" al
cartero Moreira, que me contestó "¡guacho!", con lo cual malicié que en torno mío también existía
un misterio que nadie quiso revelarme.
Pero estaba yo demasiado contento con haber conquistado en la calle simpatía y popularidad, para
sufrir inquietudes de ningún género.
Fueron los tiempos mejores de mi niñez.
La indiferencia de mis tías se topaba en mi sentir con una indiferencia mayor, y la audacia que
había desarrollado en mi vida de vagabundo sirvióme para mejor aguantar sus reprensiones.
Hasta llegué a escaparme de noche o ir un domingo a las carreras, donde hubo barullo y sonaron
algunos tiros sin mayor consecuencia.
Con todo esto parecíame haber tomado rango de hombre maduro y a los de mi edad llegué a
tratarlos, de buena fe, como a chiquilines desabridos.
Visto que me daban fama de vivaracho, hice oficio de ello, satisfaciendo con cruel inconsciencia de
chico la maldad de los fuertes contra los débiles.
-Andá decíle algo a Juan Sosa -proponíame alguno-, que está mamao, allí, en elboliche.
Cuatro o cinco curiosos que sabían la broma, se acercaban a la puerta o se sentaban en las mesas
cercanas para oír.
Con la audacia que me daba el amor propio, acercábame a Sosa y dábale la mano:
-¿Cómo te va, Juan?
-...
-'ta que tranca tenés, si ya no sabés quién soy.
El borracho me miraba como a través de un siglo. Reconocíame perfectamente, pero callaba
maliciando una broma.
Hinchando la voz y el cuerpo como un escuerzo, poníamele bien cerca, diciéndole:
-No ves que soy Filumena tu mujer y que si seguís chupando, esta noche, cuantito dentrés a casa
bien mamao, te vi'a zampar de culo en el bañadero'e los patos pa que se te pase el pedo.
Juan Sosa levantaba la mano para pegarme unbife ; pero sacando coraje en las risas que oía detrás
mío no me movía un ápice, diciendo por lo contrario en son de amenaza:
-No amagués, Juan..., no vaya a ser que se te escape la mano y rompás algún vaso. Mirá que al
comisario no le gustan los envinaos y te va a hacer calentar el lomo como la vez pasada. ¿Se te ha
enturbiao la memoria?
El pobre Sosa miraba al dueño del hotel, que a su vez dirigía sus ojos maliciosos hacia los que me
habían mandado.
Juan le rogaba:
-Dígale pues que se vaya, patrón, a este mocoso pesao. Es capaz de hacerme perder la paciencia.
El patrón fingía enojo, apostrofándome con voz fuerte:
-A ver si te mandás mudar, muchacho, y dejás tranquilos a los mayores.
Afuera reclamaba yo de quien me había mandado:
-Aura dame un peso.
-¿Un peso? Te ha pasao la tranca Juan Sosa.
-No..., formal; alcanzáme un peso que vi'hacer una prueba.
Sonriendo, mi hombre accedía esperando una nueva payasada, y a la verdad que no era mala,
porque entonces tomaba yo un tono protector, diciendo a dos o tres:
-Dentremos muchachos a tomar cerveza. Yo pago.
Y sentado en el hotel de los copetudos me daba el lujo de pedir por mi propia cuenta la botella en
cuestión, para convidar, mientras contaba algo recientemente aprendido sobre el alazán de Melo, la
pelea deltape Burgos con Sinforiano Herrera, o la desvergüenza del gringo Culasso que había
vendido por veinte pesos su hija de doce años al viejo Salomovich, dueño del prostíbulo.
Mi reputación de dicharachero y audaz iba mezclada de otros comentarios que yo ignoraba. Decía la
gente que era un perdidito y que concluiría, cuando fuera hombre, viviendo de malos recursos. Esto,
que a algunos les hacía mirarme con desconfianza, me puso en boga entre la muchachada de mala
vida, que me llevó a los boliches convidándome con licores y sangrías, a fin de hacerme perder la
cabeza; pero una desconfianza natural me preservó de sus malas jugadas. Pancho me cargó una
noche en ancas y me llevó a la casa pública. Recién cuando estuve dentro me di cuenta, pero hice de
tripas corazón y nadie notó mi susto.
La costumbre de ser agasajado, me hizo perder el encanto que en ello experimentaba los primeros
días. Me aburría nuevamente por más que fuera al hotel, a la peluquería, a los almacenes o a
lapulperíade "La Blanqueada", cuyo patrón me mimaba y donde conocía gente de "pajuera":
reseros, forasteros o simplemente peones de las estancias del partido.
Por suerte, en aquellos tiempos, y como tuviera ya doce años, Don Fabio se mostró más que nunca
mi protector, viniendo a verme a menudo, ya para llevarme a la estancia, ya para hacerme algún
regalo. Me dio un ponchito, me avió de ropa y hasta ¡oh maravilla!, me regaló una yunta de petisos
y un recadito, para que fuera con él a caballo en nuestros paseos.
Un año duró aquello. En mi destino estaría escrito que todo bien era pasajero. Don Fabio dejó de
venir seguido. De mis petisos, mis tías prestaron uno al hijo del tendero Festal, que yo aborrecía por
orgulloso y maricón. Mi recadito fue al altillo, so pretexto de que no lo usaba.
Mi soledad se hizo mayor, porque ya la gente se había cansado algo de divertirse conmigo y yo no
me afanaba tanto en entretenerla.
Mis pasos de pequeño vagabundo me llevaron hacia el río. Conocí al hijo del molinero Manzoni, al
negrito Lechuza que, a pesar de sus quince años, había quedado sordo de andar bajo el agua.
Aprendí a nadar. Pesqué casi todos los días, porque de ello sacaba luego provecho.
Gradualmente mis recuerdos habíanme llevado a los momentos entonces presentes. Volvía a pensar
en lo hermoso que sería irse, pero esa misma idea se desvanecía en la tarde, en cuyo silencio el
crepúsculo comenzaba a suspender sus primeras sombras.
El barro de las orillas y las barrancas habíanse vuelto de color violeta. Las toscas costeras exhalaban
como un resplandor de metal. Las aguas del río hiciéronse frías a mis ojos y los reflejos de las cosas
en la superficie serenada, tenían más color que las cosas mismas. El cielo se alejaba. Mudábanse los
tintes áureos de las nubes en rojos, los rojos en pardos.
Junto a mí, tomé mi sarta de bagrecitos "duros pa morir", que aún coleaban en la desesperación de
su asfixia lenta, y envolviendo el hilo de mi aparejo en la caña, clavando el anzuelo en el corcho,
dirigí mi andar hacia el pueblo en que comenzaban a titilar las primeras luces.
Sobre el tendido caserío bajo, la noche iba dando importancia al viejo campanario de la iglesia.
Don Segundo Sombra
/ 1926
Ricardo Güiraldes (1886-1927)
Fuente: Segunda edición, San Antonio de Areco, Proa, 1926.
Capítulo II
Sin apuros, la caña de pescar al hombro, zarandeando irreverentemente mis pequeñas víctimas, me
dirigí al pueblo. La calle estaba aún anegada por un reciente aguacero y tenía yo que caminar
cautelosamente para no sumirme en el barro, que se adhería con tenacidad a mis alpargatas
amenazando dejarme descalzo.
Sin pensamientos seguí la pequeña huella que, vecina a los cercos de cinacina, espinilla o tuna, iba
buscando las lomitas como las liebres para correr por lo parejo.
El callejón, delante mío, se tendía oscuro. El cielo, aún zarco de crepúsculo, reflejábase en los
charcos de forma irregular o en el agua guardada por las profundas huellas de alguna carreta, en
cuyo surco tomaba aspecto de acero cuidadosamente recortado.
Había ya entrado al área de las quintas, en las cuales la hora iba despertando la desconfianza de los
perros. Un incontenible temor me bailaba en las piernas, cuando oía cerca el gruñido de algún
mastín peligroso; pero sin equivocaciones decía yo los nombres: Centinela, Capitán, Alvertido.
Cuando algún cuzco irrumpía en tan apurado como inofensivo griterío, mirábalo con un desprecio
que solía llegar al cascotazo.
Pasé al lado del cementerio y un conocido resquemor me castigó la médula, irradiando su pálido
escalofrío hasta mis pantorrillas y antebrazos. Los muertos, las luces malas, las ánimas, me
atemorizaban ciertamente más que los malos encuentros posibles en aquellos parajes. ¿Qué podía
esperar de mí el más exigente bandido? Yo conocía de cerca las caras más taimadas, y aquel que
por inadvertencia me atajara, hubiese conseguido cuanto más que le sustrajera un cigarrillo.
El callejón habíase hecho calle; las quintas, manzanas; y los cercos de paraísos, como los tapiales,
no tenían para mí secretos. Aquí había alfalfa, allá un cuadro de maíz, un corralón o simplemente
malezas. A poca distancia divisé los primeros ranchos, míseramente silenciosos y alumbrados por la
endeble luz de velas o lámparas de apestoso kerosén.
Al cruzar una calle espanté desprevenidamente un caballo, cuyo tranco me había parecido más
lejano, y como el miedo es contagioso, aun de bestia a hombre, quedéme clavado en el barrial sin
animarme a seguir. El jinete, que me pareció enorme bajo su poncho claro, reboleó la lonja del
rebenque contra el ojo izquierdo de su redomón; pero como intentara yo dar un paso, el animal
asustado bufó como una mula, abriéndose en larga "tendida". Un charco bajo sus patas se
despedazó chillando como un vidrio roto. Oí una voz aguda decir con calma:
-Vamos pingo... Vamos, vamos pingo...
Luego el trote y el galope chapalearon en el barro chirle.
Inmóvil, miré alejarse, extrañamente agrandada contra el horizonte luminoso, aquella silueta de
caballo y jinete. Me pareció haber visto un fantasma, una sombra, algo que pasa y es más una idea
que un ser; algo que me atraía con la fuerza de un remanso, cuya hondura sorbe la corriente del río.
Con mi visión dentro, alcancé las primeras veredas sobre las cuales mis pasos pudieron apurarse.
Más fuerte que nunca vino a mí el deseo de irme para siempre del pueblito mezquino. Entreveía una
vida nueva hecha de movimiento y espacio.
Absorto por mis cavilaciones crucé el pueblo, salí a la oscuridad de otro callejón, me detuve en "La
Blanqueada".
Para vencer el encandilamiento fruncí como jareta los ojos al entrar al boliche. Detrás del mostrador
estaba el patrón, como de costumbre y de pie, frente a él, el tape Burgos concluía una caña.
-Güenas tardes, señores.
-Güenas -respondió apenas Burgos.
-¿Qué traís? -inquirió el patrón.
-Ahí tiene, Don Pedro -dije mostrando mi sarta de bagrecitos.
-Muy bien. ¿Querés un pedazo demazacote?
-No, Don Pedro.
-¿Unos paquetes de La Popular?
-No, Don Pedro... ¿Se acuerda de la última platita que me dio?
-Sí.
-Era redonda.
-Y la has hecho correr.
-Ahá.
-Güeno... ahí tenés -concluyó el hombre, haciendo sonar sobre el mostrador unas monedas de
níquel.
-¿Vah' a pagar la copa? -sonrió el tape Burgos.
-En la pulpería'e Las Ganas -respondí contando mi capital.
-¿Hay algo nuevo en el pueblo? -preguntó Don Pedro, a quien solía yo servir de noticiero.
-Sí, señor..., un pajuerano.
-¿Ande lo has visto?
-Lo topé en una encrucijada, volviendo' el río.
-¿Y no sabés quién es?
-Sé que no es de aquí... no hay ningún hombre tan grande en el pueblo.
Don Pedro frunció las cejas como si se concentrara en un recuerdo.
-Decíme... ¿es muy moreno?
-Me pareció..., sí señor... y es muy juerte.
Como hablando de algo extraordinario el pulpero murmuró para sí:
-Quién sabe si no es Don Segundo Sombra.
-El es -dije sin saber por qué, sintiendo la misma emoción que al anochecer me había mantenido
inmóvil ante la estampa significativa de aquel gaucho, perfilado en negro sobre el horizonte.
-¿Lo conocés vos? -preguntó Don Pedro al tape Burgos, sin hacer caso de mi exclamación.
-De mentas no más. No ha de ser tan fiero el diablo como lo pintan; ¿quiere darme otra caña?
-¡Hum! -prosiguió Don Pedro-, yo lo he visto más de una vez. Sabía venir por acá a hacer la tarde.
No ha de ser de arriar con las riendas. El es de San Pedro. Dicen que tuvo en otros tiempos una
mala partida con la policía.
-Carnearía un ajeno.
-Sí, pero me parece que el ajeno era cristiano.
El tape Burgos quedó impávido mirando su copa. Un gesto de disgusto se arrugaba en su frente
angosta depampa, como si aquella reputación de hombre valiente menoscabara la suya de
cuchillero.
Oímos un galope detenerse frente a la pulpería, luego el chistido persistente que usan los paisanos
para calmar un caballo, y la silenciosa silueta de Don Segundo Sombra, quedó enmarcada en la
puerta.
-Güenas tardes -dijo la voz aguada, fácil de reconocer-. ¿Cómo le va, Don Pedro?
-Bien, ¿y usted Don Segundo?
-Viviendo sin demasiadas penas graciah' a Dios.
Mientras los hombres se saludaban con las cortesías de uso, miré al recién llegado. No era tan
grande en verdad, pero lo que le hacía aparecer tal hoy le viera, debíase seguramente a la expresión
de fuerza que manaba de su cuerpo.
El pecho era vasto, las coyunturas huesudas como las de un potro, los pies cortos con un empeine a
lo galleta, las manos gruesas y cuerudas como cascarón de peludo. Su tez era aindiada, sus ojos
ligeramente levantados hacia las sienes y pequeños. Para conversar mejor habíase echado atrás el
chambergo de ala escasa, descubriendo un flequillo cortado como crin a la altura de las cejas.
Su indumentaria era de gaucho pobre. Un simplechanchero rodeaba su cintura. La blusa corta se
levantaba un poco sobre un "cabo de güeso", del cual pendía el rebenque tosco y ennegrecido por el
uso. Elchiripá era largo, talar, y un simple pañuelo negro se anudaba en torno a su cuello con las
puntas divididas sobre el hombro. Las alpargatas tenían sobre el empeine un tajo para contener el
pie carnudo.
Cuando lo hube mirado suficientemente, atendí a la conversación. Don Segundo buscaba trabajo y
el pulpero le daba datos seguros, pues su continuo trato con gente de campo hacía que supiera
cuanto acontecía en las estancias.
-... en lo de Galván hay unas yeguas pa domar. Días pasaos estuvo aquí Valerio y me preguntó si
conocía algún hombre del oficio que le pudiera recomendar, porque él tenía muchos animales que
atender. Yo le hablé del Mosco Pereira, pero si a usté le conviene...
-Me está pareciendo que sí.
-Güeno. Yo le avisaré al muchacho que viene todos los días al pueblo a hacer encargos. El sabe
pasar por acá.
-Más me gusta que no diga nada. Si puedo iré yo mesmo a la estancia.
-Arreglao. ¿No quiere servirse de algo?
-Güeno -dijo Don Segundo, sentándose en una mesa cercana-, eche una sangría y gracias por el
convite.
Lo que había que decir estaba dicho. Un silencio tranquilo aquietó el lugar. El tape Burgos se servía
una cuarta caña. Sus ojos estaban lacrimosos, su faz impávida. De pronto me dijo, sin aparente
motivo:
-Si yo juera pescador como vos, me gustaría sacar un bagre barroso bien grandote.
Una risa estúpida y falsa subrayó su decir, mientras de reojo miraba a Don Segundo.
-Parecen malos -agregó- porque colean y hacen mucha bulla, pero ¡qué malos han de ser si no son
más que negros!
Don Pedro lo miró con desconfianza. Tanto él como yo conocíamos al tape Burgos, sabiendo que
no había nada que hacer cuando una racha agresiva se apoderaba de él.
De los cuatro presentes sólo Don Segundo no entendía la alusión, conservando frente a su sangría
un aire perfectamente distraído. El tape volvió a reírse en falso, como contento con su comparación.
Yo hubiera querido hacer una prueba y ocasionar un cataclismo que nos distrajera. Don Pedro
canturreaba. Un rato de angustia pasó para todos, menos para el forastero, que decididamente no
había entendido y no parecía sentir siquiera el frío de nuestro silencio.
-Un barroso grandote -repitió el borracho-, un barroso grandote... ¡ahá! aunque tenga barba y ande
en dos patas como los cristianos... En San Pedro cuentan que hay muchos d'esos bichos; por eso
dice el refrán:
San Pedrino
El que no es mulato es chino
Dos veces oímos repetir el versito por una voz cada vez más pastosa y burlona.
Don Segundo levantó el rostro y, como si recién se apercibiera de que a él se dirigían los decires del
tape Burgos, comentó tranquilo:
-Vea amigo..., vi'a tener que creer que me está provocando.
Tan insólita exclamación, acompañada de una mueca de sorpresa, nos hizo sonreír a pesar del mal
cariz que tomaba el diálogo. El borracho mismo se sintió un tanto desconcertado, pero volvió a su
aplomo, diciendo:
-¿Ahá? Yo creiba que estaba hablando con sordos.
-¡Qué han de ser sordos los bagres con tanta oreja! Yo, eso sí, soy un hombre muy ocupao y por eso
no lo puedo atender ahora. Cuando me quiera peliar, avíseme siquiera con unos tres días de
anticipación.
No pudimos contener la risa, malgrado el asombro que nos causaba esa tranquilidad que llegaba a la
inconsciencia. De golpe, el forastero volvió a crecer en mi imaginación. Era el "tapao", el misterio,
el hombre de pocas palabras que inspira en la pampa una admiración interrogante.
El tape Burgos pagó sus cañas, murmurando amenazas.
Tras él corrí hacia la puerta, notando que quedaba agazapado entre las sombras. Don Segundo se
preparó para salir a su vez y se despidió de Don Pedro, cuya palidez delataba sus aprensiones.
Temiendo que el matón asesinara al hombre que tenía ya toda mi simpatía, hice como si hablara al
patrón para advertir a Don Segundo.
-Cuídese.
Luego me senté en el umbral, esperando, con el corazón que se me salía por la boca, el fin de la
inevitable pelea.
Don Segundo se detuvo un momento en la puerta, mirando a diferentes partes. Comprendí que
estaba habituando sus ojos a lo más oscuro, para no ser sorprendido. Después se dirigió hacia su
caballo caminando junto a la pared.
El tape Burgos salió de entre las sombras y creyendo asegurar a su hombre, tiróle una puñalada
firme, a partirle el corazón. Yo vi la hoja cortar la noche como un fogonazo.
Don Segundo, con una rapidez inaudita quitó el cuerpo, y el facón se quebró entre los ladrillos del
muro con nota de cencerro.
El tape Burgos dio para atrás dos pasos y esperó de frente el encontronazo decisivo.
En el puño de Don Segundo relucía la hoja triangular de una pequeña cuchilla. Pero el ataque
esperado no se produjo. Don Segundo, cuya serenidad no se había alterado, se agachó, recogió los
pedazos de acero roto y con su voz irónica dijo:
-Tome, amigo, y hágala componer, que así tal vez no le sirva ni pa carniar borregos.
Como el agresor conservara la distancia, Don Segundo guardó su cuchillita y, estirando la mano,
volvió a ofrecer los retazos del facón.
-¡Agarre, amigo!
Dominado el matón se acercó, baja la cabeza, en el puño bruñido y torpe la empuñadura del arma,
inofensiva como una cruz rota.
Don Segundo se encogió de hombros y fue hacia su redomón. El tape Burgos lo seguía.
Ya a caballo el forastero iba a irse hacia la noche; el borracho se aproximó, pareciendo por fin haber
recuperado el don de hablar:
-Oiga, paisano -dijo levantando el rostro hosco, en que sólo vivían los ojos-. Yo vi'a hacer
componer este facón pa cuando usted me necesite.
En su pensamiento de matón no creía poder más, como gesto de gratitud, que el ofrecer así su vida a
la de otro.
-Aura déme la mano.
-¡Cómo no! -concedió Don Segundo, con la misma impasibilidad con que hoy aceptaba el reto-. Ahí
tiene, amigo.
Y sin más ceremonias se fue por el callejón, dejando allí al hombre que parecía como luchar con
una idea demasiado grande y clara para él.
Al lado de Don Segundo, que mantenía su redomón al tranco, iba yo caminando a grandes pasos.
-¿Lo conocés a este mozo? -me preguntó terciando el poncho con amplio ademán dé holgura.
-Sí, señor. Lo conozco mucho.
-Parece medio pavote, ¿no?
Capítulo V
A los quince días estaban mansas las yeguas. Don Segundo, hombre práctico y paciente, sabía todos
los recursos del oficio. Pasaba las mañanas en el corral manoseando sus animales, golpeándolos con
loscojinillos para hacerles perder las cosquillas, palmeándoles las ancas, el cogote y las verijas para
que no temieran sus manos, tusándolos con mil precauciones para que se habituaran al ruido de las
tijeras, abrazándolos por las paletas para que no se sentaran cuando se les arrimaba. Gradualmente y
sin brusquedad, había cumplido los difíciles compromisos del domador y lo veíamos abrir las
tranqueras y arrear novillos con sus redomonas.
-Las yeguas ya están mansitas -dijo, al cabo, al patrón.
-Muy bien -respondió Don Leandro-; sígalas unos días, que después tengo un trabajo para usté.
Pasadas mis dos semanas de gran tranquilidad, en que sólo rabié con las perezas del petiso Sapo,
habíame caído una mala noticia:
En el pueblo sabían mi paradero, y posiblemente querrían obligarme a volver para casa. Esaisoca no
me haría daño, porque ya estaba en parva mi lino. Antes me zamparía en un remanso o me haría
estropear por los cimarrones, que aceptar aquel destino. De ningún modo volvería a hacer el vago
por las calles aburridas. Yo era, una vez por todas, un hombre libre que ganaba su puchero, y más
bien viviría como puma, alzado en los pajales, que como cuzco de sala entre las faldas hediondas a
sahumerío eclesiástico y retos de mandonas bigotudas. ¡A otro perro con ese hueso! ¡Buen nacido
me había salido en la cruz!
Apenado, no hice caso de la actividad desplegada en torno mío por la peonada. Los más, en efecto,
habían tomado un aspecto misterioso y ocupado, que no comprendí sino cuando me informaron de
que habría aparte y luegoarreo.
Por segunda vez parecía que la casualidad me daba la solución. ¿No decidí pocos días antes escapar,
por haberme marcado un camino el paso de Don Segundo? Pues esta vez me iría detrás de la tropa,
librándome de peligros lugareños con sólo mudar de pago. ¿Adónde iría la tropa? ¿Quiénes iban de
reseros?
A la tarde Goyo me informó, aunque insuficientemente, a mi entender.
La tropa sería de quinientas cabezas y saldría de allí dos días para el sur, hacia otro campo de Don
Leandro.
-¿Y quiénes son los reseros?
-Va de capataz Valerio, y de piones, Horacio, Don Segundo, Pedro Barrales y yo, a no ser que
mandés otra cosa.
Don Segundo fue más parco aún en sus explicaciones, y yo no sabía por entonces a qué se debía ese
silencio despreciativo que usan los que se van cuando hablan con los que quedan en las casas.
-¿Podré dir yo?
-Si te manda el patrón.
-¿Y si no me manda?
Don Segundo me miró de arriba abajo y sus ojos se detuvieron a la altura de mis tobillos.
-¿Qué es lo que busca? -pregunté fastidiado por su insistencia.
-Lamanea.
-¿Ande la tiene?
-Creiba que te la habías puesto.
Un momento tardé en darme cuenta de su decir. Cuando comprendí hice lo posible por reírme,
aunque me sintiera burlado con justicia.
-No es que me haiga maniao, Don, pero tengo miedo qu'el patrón se me siente.
-Cuando yo tenía tu edad, le hacía el gusto al cuerpo sin pedir licencia a naides.
Aleccionado, me alejé tratando de resolver el conflicto creado por las ansias de irme y el temor de
un chasco.
Como Don Jeremías se había mostrado bondadoso, a él me dirigí, aunque tartamudeando mi pedido.
El inglés se encogió de hombros.
-Valerio te dirá si te quiere yevar.
Valerio, de quien menos esperaba yo comedimiento, me dijo que hablaría con el patrón, pidiéndole
permiso para agregarme a los troperos como medio pago.
-Mirá -agregó- que el oficio es duro.
-No le hace.
-Güeno, esta noche te vi'a contestar.
Cuando media hora más tarde Valerio me hizo una seña desde el palenque, largué los platos que
estaba limpiando en la cocina y salí corriendo.
-Podés dir juntando tus prendas y preparando la tropilla.
-¿Me lleva?
-Ahá.
-¿Habló con el patrón?
-Ahá.
-¡Ese sí que eh'un hombre gaucho! -prorrumpí lleno de infantil gratitud.
-Vamoh'a ver lo que decís cuando el recao te dentre a lonjiar las nalgas.
-Vamoh'a ver -contesté seguro de mí mismo.
La botaratada es una ayuda, porque una vez hecho el gesto se esfuerza uno en callar todo
pensamiento sincero. Ya está tomada la actitud, y no queda más quehacer "pata ancha". Pero la
ausencia del público corrige luego las resoluciones tomadas arbitrariamente; de suerte que cuando
quedé solo, púseme, a pesar mío, a consultar las posibilidades de sostener mi gallardía. ¿Cómo
hablaría, en efecto, cuando "el recao me dentrara a lonjiar las nalgas"? ¿Qué tal me sabría dormir al
raso una noche de llovizna? ¿Cuáles medios emplearía para disimular mis futuros sufrimientos de
bisoño? Ninguna de estas vicisitudes de vida dura me era conocida, y comencé a imaginar
crecientes de agua, diálogos de pulpería, astucias y malicias de chico pueblero que me pusieran en
terreno conocido. Inútil. Todo lo aprendido en mi niñez aventurera resultaba un mísero bagaje de
experiencia para la existencia que iba a emprender. ¿Para qué diablos me sacaron del lado de
"mama" en el puestito campero, llevándome al colegio a aprender el alfabeto, las cuentas y la
historia, que hoy de nada me servían?
En fin, había que hinchar la panza y aguantar la cinchada. Por otra parte, mis pensamientos no
mellaban mi resolución, porque desde chico supe dejarlos al margen de los hechos. Metido en el
baile, bailaría, visto que no había más remedio, y si el cuerpo no me daba, mi voluntad le serviría de
impulso. ¿No quería huir de la vida mansa para hacerme más capaz?
-¿Qué estáh'ablando solo? -me gritó Horacio, que pasaba cerca.
-¿Sabéh'ermano?
-¿Qué?
-¡Que me voy con el arreo!
-¡Qué alegría pa la hacienda! -exclamó Horacio, sin la admiración que yo esperaba.
-¿Alegría? ¡No ves que voy de a pie!
-¡Oh!, no le andás muy lejos.
-Verdá, hermano -confesé pensando en mis dos petisos-. ¿No sabés de ningún potrillo que me pueda
comprar?
-¿Te vah'acer domador?
-Vi'a arreglarme como pueda. ¿No sabés de nenguno?
-Cómo no; aquí cerquita no más, en la chacra de Cuevas, vah'a hallar lo que te conviene... y baratito
-concluyó Horacio, dándome buenos datos después de haber comenzado mofándose de mi
indigencia.
-¡Graciah'ermano!
A la caída del sol me tomé rumbo a lo de Cuevas. La chacra estaba a unas quince cuadras atrás del
monte, y me fui a pie para disimular mi partida al patrón, que podía disgustarse, y a los peones, que
se burlarían de mi audacia conociendo mi falta de capital para un negocio.
Salí por un grupo de eucaliptos, pisando en falso sobre los gajos caídos de algunas ramas secas y
enredándome a veces en un cascarón, por ir mirando para atrás. Al linde de la arboleda descansé mi
andar, asentando las alpargatas sobre la lisa dureza de una huella; poco a poco, fui acercándome al
rancho, por un maizalito de unas pocas cuadras.
Andando distraídamente, pensaba en cómo haría mi oferta de compra y mi promesa de pagar más
adelante, y resolví cerrar el trato si el negocio convenía, prometiendo pasar al día siguiente para
verificar el pago y llevarme el potrillo.
De pronto sentí en el maizal que iba orillando mi huella un ruido de tronquillos quebrados, y no
pude impedir un intuitivo salto de lado. Entre la sementera verde reía la cara morocha de una
chinita, y una mano burlona me dijo adiós, mientras encolerizado seguía mi camino interrumpido
por el miedo grotesco.
Un enorme perro bayo me cargó, haciéndome echar mano al cuchillo, pero la voz del amo fue
obedecida. Estaba junto a las poblaciones: un rancho de barro prolijamente techado de paja con, al
frente, un patio bien endurecido a agua y escoba. En un corralito vi unos doce caballos y entre ellos
un potrillo petisón de pelo cebruno.
-Güenas tardes, señor.
-Güenas tardeh'amigo.
-Soy mensual de las casas... vengo porque me han dicho que tenía un potrillo pa vender.
El hombre me estudiaba con ojos socarrones y adiviné una ligera sonrisa dentro de la barba.
-¿Eh' usté el comprador?
-Si no manda otra cosa.
-Ahí está el potrillo... lo doy por veinte pesos.
-¿Puedo mirarlo?
-Cómo no... hasta que se enllene.
Tras una corta mirada, que no fue muy clara, dada la turbación que me infundía mi papel
importante, volví hacia el dueño.
-Mañana, con su licencia, vendré a buscarlo y le traeré la plata.
-Había sido redondo pa los negocios.
-...
Un rato quedé sin saber qué hablar, y como aquel hombre parecía más inclinado a la ironía muda
que al gracejo, saludé, llevándome la mano al sombrero, y di frente a mi huellita.
El perro bayo quiso cargarme, pero, decididamente, su amo sabía hacerse obedecer. No sé por qué,
llevaba una impresión de temor, y apuré el paso hasta esconderme en el maizal, donde me sentí
libre de dos ojos incómodamente persistentes.
Una pequeña silueta salió a unos veinte metros delante mío, poniéndose a caminar en el mismo
sentido que yo. Por el pañuelo rojo que llevaba atado a la cabeza y el vestido claro, reconocí a la
chinita de hoy.
Sin preguntarme con qué objeto, me puse a correr tras aquella grácil silueta, escondiéndome en las
orillas del maizal.
Advertida por mis pasos, se dio vuelta de pronto, y habiéndome reconocido, rió con todo el brillo de
sus dientes de morena y de sus ojos anchos.
Yo nunca había tenido miedo sino delante de mujeres grandes, por temor a las burlas de quienes
estaban acostumbradas a juguetes más serios, pero esta vez me sentí preso de una exaltación
incómoda.
Para vencerme, pregunté imperativamente:
-¿Cómo te llamás?
-Me llamo Aurora.
Su alegría y la malicia de sus ojos disiparon mi timidez.
-¿Y no tenés miedo que te muerda algún tigre, andando ansí solita por el maizal?
-Aquí no hay tigres.
Su sonrisa se hizo más maliciosa. Su pequeño busto se irguió con orgullo y provocación.
-Puede venir uno de pajuera -apoyé significativamente.
-No será cebao en carne'e cristiano.
Su desprecio era duro e hirió mi amor propio. Extendí hacia ella mi mano. Aurora hizo unos pasos
atrás. Entonces sentí que por ningún precio la dejaría escapar, y rápidamente la tomé entre mis
brazos, a pesar de su tenaz defensa y de sus amenazas.
-¡Largáme o grito!
Empeñosamente la arrastré hacia el escondite de los tallos verdes, que trazaban innumerables
caminos. Entorpecido por su resistencia, tropecé en un surco y caímos en la tierra blanda.
Aurora se reía con tal olvido de su cuerpo que hacía un rato tenazmente defendía, que pude
aprovechar de aquel olvido.
Un solo momento calló, frunciendo el rostro, entreabriendo la boca como si sufriera. Luego volvió a
reír.
Orgulloso, no pude dejar de decirle:
-Me querés, prendita.
Aurora, enojada, me apartó de un solo golpe, poniéndose de pie.
-Sonso... sinvergüenza ... decí que sos más juerte.
Y la dejé que se fuera, muy digna, murmurando frases que consolaban su pudor y su amor propio.
Capítulo XI
En el camino de luz proyectado por la puerta hacia la noche, los hombres se apiñaban como
queresas en un tajo. Pedro me echaba por delante y entramos; pero mis pobres ropas de resero me
restaban aplomo, de modo que nos acoquinamos a la orillita de la entrada.
Las muchachas, modestamente recogidas en actitud de pudor, eran tentadoras como las frutas
maduras que esperan en traje llamativo quien las tome para gozarlas.
Corrí mi vista sobre ellas, como se corre la mano sobre un juego de bombas trenzadas. De a una
pasaron bajo mi curiosidad sin retenerla.
De pronto vi a mi mocita, vestida de punzó, con pañuelo celeste al cuello, y me pareció que toda su
coquetería era para mí solo.
Un acordeón y dos guitarras iniciaron una polca. Nadie se movía.
Sufría la ilusión de que toda la paisanada no tenía más razón de ser que la de sus manos, inhábiles
en el ocio. Eran aquéllas unos bultos pesados y fuertes, que las mujeres dejaban muertos sobre las
faldas y que los hombres llevaban colgados de los brazos como un estorbo.
En eso, todos los rostros se volvieron hacia la puerta, al modo de un trigal que se arquea mirando
viento abajo.
El patrón, hombre fornido, de barba tordilla, nos daba las buenas noches con sonrisa socarrona:
-¡A ver, muchachos, a bailar y divertirse como Dios manda! Vos Remigio y vos Pancho; usted Don
Primitivo y los otros: Felisario, Sofanor, Ramón, Telmo..., síganme y vamos sacando compañeras.
Un momento nos sentimos empujados de todas partes y tuvimos que hacer cancha a los nombrados.
Bajo la voz neta de un hombre, los demás se sintieron unidos como para una carga. Y en verdad que
no era poca hazaña tomar a una mujer de la cintura, para aquella gente que sola, en familia o con
algún compañero, vivía la mayor parte del tiempo separada de todo trato humano por varias leguas.
Un tropel se formó en el centro del salón, remolineó inquieto, se desparramó hacia las sillas
estorbándose como hacienda sedienta en una aguada.
Cada hombre dobló su importancia con la de la elegida. Arrancó el acordeonista a tocar un vals
rápido.
-¡A bailar por la derecha y sin encontrones! - gritó con autoridad el bastonero. Y las parejas
tomadas de lejos, los pies cercanos, el busto echado para atrás, como marcando su voluntad de
evitarse, empezaron a girar desafiando el cansancio y el mareo.
Había comenzado la fiesta. Tras el vals tocaron una mazurca. Los mozos, los viejos, los chicos,
bailaban seriamente, sin que una mueca delatara su contento. Se gozaba con un poco de asombro, y
el estar así, en contacto con los géneros femeniles, el sentir bajo la mano algún corsé de rigidez
arcaica o la carne suave y ser uno en movimiento con una moza turbada, no eran motivos para reír.
Sólo los alocados surtían el grito necesario de toda emoción.
Yo me enervaba al lado de Perico, sorprendido como en una iglesia. Peleaban en mí los deseos de
sacar a mi mocita de punzó y la vergüenza. Calló un intervalo el acordeón monótono. El bastonero
golpeó las manos:
-¡La polca'e la silla!
Un comedido trajo el mueble que quedó desairado en medio del aposento. El patrón inició la pieza
con una chinita de verde, que luego de dar dos vueltas, envanecida, fue sentada en la silla, donde
quedó en postura de retrato.
-¡Qué cotorra pa mi jaula! -decía Pedro; pero yo estaba, como todos, atento a lo que iba a suceder.
-¡Feliciano Gómez!
Un paisano grande quería disparar, mientras lo echaban al medio donde quedó como borrego que ha
perdido el rumbo de un golpe.
-Déjenlo que mire p'al siñuelo -gritaba Pedro.
El mozo hacía lo posible por seguir la jarana, aunque se adivinara en él la turbación del buen
hombre tranquilo nunca puesto en evidencia. Por fin tomó coraje y dio seis trancos que lo
enfrentaron a la mocita de verde. Fue mirado insolentemente de pies a cabeza por la moza, que
luego dio vuelta con silla, dejándolo a su espalda.
El hombre se dirigió al patrón con reproche:
-También, señor, a una madrinita como ésta no se le acollara mancarrón tan fiero.
-¡Don Fabián Luna!
Un viejo de barba larga y piernas chuecas, se acercó con desenvoltura para sufrir el mismo desaire.
-Cuando no es fiero es viejo -comentó con buen humor. Y soltó una carcajada como para espantar
todos los patos de una laguna.
El patrón se fingía acobardado.
-Alguno mejor parecido y más mozo, pues -aconsejaba Don Fabián.
-Eso es; nómbrelo usted.
-Tal vez el reserito ...
No oí más y me sentí como potro sobre un maneador seguro, pero estaba contra la pared y no pude
bandearla para encontrar la noche, en que hubiera deseado perderme.
La atención general me hizo recordar mi audacia de chico pueblero. Con paso firme me acerqué,
levanté el chambergo sobre la frente, crucé los brazos y quebré la cadera.
La muchacha pretendió intimidarme con su ya repetida maniobra.
-Cuanti más me mire -le dije- más seguro que me compra.
Seguidamente salimos a dar, bailando, nuestras dos reglamentarias vueltas, orillando la hilera de
mirones.
-¿Qué gusto tendrán los norteros? -dijo como para sí la moza al dejarme en la silla.
-A la derecha usamos los chambergos -comenté a manera de indicación.
A la derecha dio ella tres pasos, volviendo a quedar indecisa.
-Po'l lao del lazo se desmontan los naciones -insistí.
Y viendo que mis señas no eran suficientemente precisas, recité el versito:
"El color de mi querida es más blanco que cuajada,
pero endiciéndole envido se pone muy colorada."
Esta vez fui entendido y tuve el premio de mi desfachatez cuando salí con mi morochita dando
vueltas, no sé si al compás.
A medianoche vinieron bandejas con refrescos para las señoras. También se sirvió licor y algunas
sangrías. Alfajores, bollos, tortas fritas y empanadas fueron traídos en canastas de mimbre claro. Y
las que querían cenar algún plato de carne asada, salían hacia la carpa.
Los hombres, por su lado, se acercaban al despacho de los frascos, que hoy habíamos contemplado
con Pedro, y allí hacían gasto de ginebra, anís Carabanchel y caña de durazno o guindado.
Desde ese momento se estableció una corriente de idas y vueltas entre las carpas y el salón,
animado por un renuevo de alegría.
El acordeonista fue reemplazado por otro más vivaracho, bajo cuyos dedos las polcas y las
mazurcas saltaban entre escalas, trinos y firuletes.
Ya las bromas se daban a voz alta y las muchachas reían olvidando su exagerada tiesura.
Saqué como cuatro veces a mi niña de punzó y, al compás de las guitarras, empecé a decirle floridas
galanterías que aceptaba con gustosos sonrojos.
En los intervalos volvía hacia mi lugar, al lado de Pedro Barrales, que me divertía con sus
comentarios.
-Sos sonso -le decía-, estás sumido y triste como lechón que se ha dejao quitar la teta.
-No ves que soy loco como vos, para andar pataleando sobre las baldosas.
-¿Loco?
-¡Si te hirve el agua en la cabeza!
Y como yo me fingiera resentido, tomábame del brazo para consolarme con afectuoso acento:
-No te me enojéh'ermanito. Sos como la cañada'e la Cruz: tenés tus retazos malos y tus retazos
güenos.
-Válganme los güenos -concluía yo, volviendo a mi fandango.
Sin embargo, la animación crecía y éranos casi necesario un apuro de ritmos, cuando el bastonero
golpeó las manos:
-¡Vamoh'a ver, un gato bien cantadito y bailarines que sepan floriarse!
El acordeonista dio sitio al guitarrero que iba a cantar.
Los cuatro bailarines se colocaron cerca de los músicos. Las mujeres miraban al suelo mientras los
hombres requintaban el ala de sus chambergos.
Empezaron a rasguear los mozos de las guitarras. Las manos de muñecas flojas pasaban sobre el
encordado, con acompasado vaivén, y un golpe más fuerte marcaba el acento, cortando como un
tajo el borrón rítmico del rasguido.
El latigazo intermitente del acento iba irradiando valentías de tambor en el ambiente. Los bailarines,
de pie, esperaban que aquello se hiciera alma en los descansados músculos de sus paletas bravías,
en la lisura de sus hombros lentos, en las largas fibras de sus tendones potentes.
Gradualmente, la sala iba embebiéndose de aquella música. Estaban como curadas las paredes
blancas que encerraban el tumulto.
La puerta pegaba con energía sus cuatro golpes rígidos en el muro, abriéndolo a la noche hecha de
infinito y de astros, sobre el campo que nada quería saber fuera de su reposo. Los candiles
temblaban como viejas. Las baldosas preparaban sonido bajo los pies de los zapateadores. Todo se
había plegado al macho imperio del rasguido.
Y el cantor expresó ternuras en tensas notas:
"Sólo una escalerita de amor me falta,
sólo una escalerita de amor me falta,
para llegar al cielo, mi vida, de tu garganta."
Las dos mujeres, los dos hombres, dieron comienzo a la danza.
Los hombres caminaban con ágiles galanteos de gallo que arrastra el ala.
Las mujeres tomaron la delantera en el círculo descrito y miraban coqueteando por sobre el hombro.
El cuadro dio una vuelta, el cantor continuaba:
"Vuela la infeliz, vuela, ay que me embarco
en un barco pequeño, mi vida, pequeño barco."
Las mujeres tomaron entre sus dedos las faldas, que abrieron en abanico, como queriendo recibir
una dádiva o proteger algo. Las sombras llamearon sobre los muros, tocaron el techo, cayeron al
suelo como harapos, para ser pisadas por los pasos galanos. Un apuro repentino enojó los cuerpos
viriles. Tras el leve siseo de las botas de potro trabajando un escobilleo de preludio, los talones y las
plantas traquetearon un ritmo, que multiplicó de impaciencia el amplio acento de las guitarras
esmeradas en marcar el compás. Agitábanse como breves aguas los pliegues de los chiripases. Las
mudanzas adquirieron solturas de corcovo, comentando en sonantes contrapuntos el decir de los
encordados.
Repetíase el paseo y la zapateada. Un rasgueo sólo batió cuatro compases. Otra vez los pasos largos
descansaron el baile. Volvieron a sonar talones y espuelas en una escasa sobra de agitación. Las
faldas femeninas se abrieron, más suntuosas, y el percal lució como pequeños campos de trébol
florido, la fina tonalidad de su lujo agreste.
Murió el baile sobre un punto final, marcado y duro.
Algunas mujeres hacían muecas de desagrado ante las danzas paisanas, que querían ignorar; pero
una alegría involuntaria era dueña de todos nosotros, pues sentíamos que aquélla era la mímica de
nuestros amores y contentos.
A mi vez fui parte del cuadro con Don Segundo y mi elegida. Era un gato con relación.
Cuando quedamos aislados en el silencio, deletrié claramente mis versos:
"Para venir a este baile puse un lucero de guía,
porque supe que aquí estaba la prenda que yo quería."
Por la derecha dimos una vuelta y zapateamos una mudanza. Quieto esperé la respuesta, que vino
sin tardar:
"De amores me estás hablando, yo de amores nada sé.
Pero si en amor sos sabio, se me hace que aprenderé."
A su vez tocó el turno a Don Segundo, que avanzó hacia su compañera retándola con firme voz de
amenaza:
"Una, dos, tres, cuatro.
Si no me querés me mato."
Concluida la vuelta, contestó con gran indiferencia y encogiéndose de hombros la voluminosa Doña
Encarnación:
"Una, dos, tres.
Matate si querés."
Entre burlas y galanteos siguió el juego de los versos.
Bailamos un triunfo y un prado y enardecidos nos entreveramos cada vez más con mi morocha,
lanzándonos palabras que por ir en rima nos parecían disimuladas.
Una muchacha cantó. Un hombre tenía que contestar con una relación, porque era de uso. Pero
¿quién se atreve a declamar una versada jocosa, paseando de una punta del salón a la otra ante el
silencio de los demás?
Don Segundo quedó de pronto en el centro de la rueda.
La curiosidad volvía mudos a los mirones. Mi padrino se quitó el chambergo y pasó el antebrazo
por la frente, en señal de trabajoso pensamiento. Por fin, pareciendo haber encontrado inspiración,
echó una mirada circular y prorrumpió con voz fuerte:
"Yo soy un carnero viejo de la majada'e San Blas."
Dio una vuelta como prestándose a la observación:
"Ya me han visto por delante..."
Y tomando dirección lentamente hacia la puerta de salida concluyó con desgano:
"...ahora mirenmé de atrás."
Mi morochita era indudablemente la prenda más vivaracha de la fiesta y, como ya el amanecer nos
sugería un deseo de blando descanso, no dejaba de anegarme en sus ojos chispones y en la risa
carnosa de sus labios, dispuestos a la contestación tierna.
Un poco turbado por mis propios piropos y su consentimiento intenté apartarla, invitándola a tomar
un refresco en la carpa. Cuando, con una hábil y costosa maniobra, pude llevarla hasta quedar
escondido de la gente por la lona del improvisado boliche, le tomé la mano pretendiendo sin más
aviso darle un beso. Luchamos un momento y me sentí rudamente apartado ante su mirada de enojo.
Volvimos al baile sin que se me ocurriese una artimaña para desagraviarla, y aunque fuera yo a
pedirle tres piezas consecutivas negóse con pretextos nimios.
Rabioso, pensé en el trato benévolo de la de verde.
Al rato estaba muy bien de relaciones con mi nueva amiga, y hasta me acusaba de haber sido un
sonso en desperdiciar mi tiempo con la otra.
Tiernamente, al concluir una polca, le oprimí los dedos; pero debía estar de mala pata esa noche
porque se me cuadró en actitud altanera diciéndome:
-¿Se ha creído que soy escoba'e barrer sobras?
Adiós todos mis placeres de la noche. De pronto, la gente que me codeaba empezó a pesarme, como
un caballo que lo ha apretado a uno en la rodada.
Me abrigué en la sociedad de Perico.
-Ve, ve -me decía éste señalando una pareja de gringos que pasaba bailando a saltos-. ¡Cha que son
gauchitos, si van como arrancando clavos con los talones!
Y al notar mi seriedad, volvió hacia mí sus bromas:
-No ves que el andar saltando al pedo no lleva a nada güeno. ¿Te han basuriao, hermano?
¡Pobrecito! ¡Si te has quedao con la pontizuela caída!
Y Pedro aflojaba el labio inferior con expresión que trataba de acercar, lo más posible, a la de un
freno con pontezuela.
De golpe me fui por el día ya alto a tender mi recado y dormir unas horas.
Capítulo XII
Era nuestra noche de despedida. Mateando en rueda, después de la cena, habíamos agotado
preguntas y respuestas a propósito de nuestro camino del día siguiente.
Breves palabras caían como cenizas de pensamientos internos. Estábamos embargados por
pequeñas preocupaciones respecto a la tropilla o los aperos, y era como si el horizonte, que nos iba
a preceder en la marcha, se hiciera presente por el silencio. Recordé mi primer arreo.
Perico, a quien repugnaba toda inacción, nos acusó de estar acoquinados como pollos cuando hay
tormenta.
-O nos vamoh'a dormir -decía- o Don Segundo nos hace una relación de esas que él sabe: con
brujas, aparecidos y más embrollos que negocio'e turco.
-¿De cuándo sé cuentos? -retó Don Segundo.
-¡Bah!, no se haga el más sonso de lo que es. Cuente ese del zorro con el inglés y la viuda
estanciera.
-Lo habráh'oído en boca de otro.
-De esta mesma trompa embustera lo he oído. Y si no quiere contar ése, cuéntenos el de la pardita
Aniceta, que se casó con el Diablo pa verle la cola.
Don Segundo se acomodó en el banco como para hablar. Pasó un rato.
-¿Y... ? -preguntó Perico.
-¡Oh! -respondió Don Segundo.
Pedro se levantó, el rebenque en alto, tomado de la lonja.
-Negro indino -dijo-, o cuenta un cuento, o le hago chispear la cerda de un talerazo.
-Antes que me castigués -dijo Don Segundo, fingiendo susto para seguir la broma- soy capaz de
contarte hasta las virgüelas.
Las miradas iban del rostro de Pedro, mosqueado de cicatrices, a la expresión impávida de Don
Segundo, pasando así de una expresión jocosa a una admirativa.
Y yo admiraba más que nadie la habilidad de mi padrino que, siempre, antes de empezar un relato,
sabía maniobrar de modo que la atención se concentrara en su persona.
-Cuento no sé nenguno -empezó-, pero sé de algunos casos que han sucedido y, si prestan atención,
voy a relatarles la historia de un paisanito enamorao y de las diferencias que tuvo con un hijo'el
diablo.
-¡Cuente, pues! -interrumpió un impaciente.
"-Dice el caso que a orillas del Paraná donde hay más remansos que cuevas en una vizcachera,
trabajaba un paisanito llamao Dolores.
"No era un hombre ni grande ni juerte, pero sí era corajudo, lo que vale más."
Don Segundo miró a su auditorio, como para asegurar con una imposición aquel axioma. Las
miradas esperaron asintiendo.
"-A más de corajudo, este mozo era medio aficionado a las polleras, de suerte que al caer la tarde,
cuando dejaba su trabajo, solía arrimarse a un lugar del río ande las muchachas venían a bañarse.
Esto podía haberle costao una rebenqueada, pero él sabía esconderse de modo que naides maliciara
de su picardía.
"Una tarde, como iba en dirición a un sombra'e toro, que era su guarida, vido llegar una moza de
linda y fresca que parecía una madrugada. Sintió que el corazón le corcoviaba en el pecho como
zorro entrampao y la dejó pasar pa seguirla."
-A un pantano cayó un ciego creyendo subir a un cerro -observó Perico.
-Conocí un pialador que de apurao se enredaba en la presilla -comentó Don Segundo- y el mozo de
mi cuento tal vez juera'e la familia.
"-Ya ciego con la vista'e la prenda, siguió nuestro hombre pa'l río y en llegando la vido que andaba
nadando cerquita'e la orilla.
"Cuando malició que ella iba a salir del agua, abrió los ojos a lo lechuza porque no quería perdir ni
un pedacito."
-Había sido como mosca pa'l tasajo -gritó Pedro.
-¡Cayate,barraco! -dije, metiéndole un puñetazo por las costillas.
"-El mocito, que estaba mirando a su prenda, encandilao como los pájaros blancos con el sol, se
pegó de improviso el susto más grande de su vida. Cerquita, como de aquí al jogón, de la flor que
estaba contemplando, se había asentao un flamenco grande como un ñandú y colorao como sangre'e
toro. Este flamenco quedó aleteando delante'e la muchacha, que buscaba abrigo en sus ropas, y de
pronto dijo unas palabras en guaraní.
"En seguida no más, la paisanita quedó del altor de un cabo'e rebenque."
-¡Cruz diablo! -dijo un viejito que estaba acurrucado contra las brasas, santiguándose con brazos
tiesos demamboretá.
"-Eso mesmo dijo Dolores y, como no le faltaban agallas, se descolgó de entre las ramas de su
sombra'e toro, con el facón en la mano, pa hacerle un dentro al brujo. Pero cuando llegó al lugar, ya
éste había abierto el vuelo, con la chinita hecha ovillo de miedo entre las patas, y le pareció a
Dolores que no más vía el resplandor de una nube coloriada por la tarde, sobre el río.
"Medio sonso, el pobre muchacho quedó dando güeltas como borrego airao, hasta que se cayó al
suelo y quedó, largo a largo y más estirao que cuero en las estacas.
"Recién a la media hora golvió en sí y recordó lo que había pasao. Ni dudas tuvo de que todo era
magia, y que estaba embrujao por la china bonita que no podía apartar de su memoria. Y como ya
se había hecho noche y el susto crece con la escuridá, lo mesmo que las arboledas, Dolores se puso
a correr en dirición a las barrancas.
"Sin saber por qué, ni siguiendo cuál güella, se encontró de pronto en una pieza alumbrada por un
candil mugriento, frente a una viejita achucharrada como pasa, que lo miraba igual que se mira un
juego de sogas de regalo. Se le arrimaba cerquita, como revisándole las costuras, y lo tanteaba pa
ver si estaba enterito.
"-¿Ande estoy? -gritó Dolores.
"-En casa de gente güena -contestó la vieja-. Sentáte con confianza y tomá aliento pa contarme qué
te trai tan estraviao.
"Cuando medio se compuso, Dolores dijo lo que había sucedido frente al río, y dio unos suspiros
como pa echar del pecho un daño.
"La viejita, que era sabia en esas cosas, lo consoló y dijo que si le atendía con un poco de pacencia,
le contaría el cuento del flamenco y le daría unas prendas virtuosas, para que se juera en seguida a
salvar la moza, que no era bruja, sino hija de una vecina suya.
"Y sin dilación ya le dentró a pegar al relato por lo más corto.
"Hace una ponchada de años, dicen que una mujer, conocida en los pagos por su mala vida y sus
brujerías, entró en tratos con el diablo, y de estos tratos nació un hijo. Vino al mundo este bicho sin
pellejo y cuentan que era tan fiero, que las mesmas lechuzas apagaban los ojos de miedo'e quedar
bizcas. A los pocos días de nacido, se le enfermó la madre y como vido que iba en derecera'e la
muerte, dijo que le quería hacer un pedido.
"-Hablá, m'hijo -le dijo la madre.
"-Vea, mama, yo soy juerte y sé cómo desenredarme en la vida, pero usté me ha parido más fiero
que mi propio padre y nunca podré crecer, por falta'e cuero en que estirarme, de suerte que nenguna
mujer quedrá tener amores conmigo. Yo le pido, pues, ya que tan poco me ha agraciao, que me dé
ungualichopa podérmelas conseguir.
"-Si no es más que eso -le contestó la querida'el Diablo- atendéme bien y no has de tener de qué
quejarte:
"Cuando desiés alguna mujer, te arrancás siete pelos de la cabeza, los tiráh'al aire y lo llamáh'a tu
padre diciendo estas palabras... (Aquí se secretiaron tan bajito que ni en el aire quedaron señas de lo
dicho.)
"Poco a poco vah'a sentir que no tenés ya traza'e gente, sino de flamenco. Entonces te voláh'en
frent'e la prenda y le decís estas otras palabras... (Aquí güelta los secretos.)
"En seguida vah'a ver que la muchacha se queda, cuanti más, de unas dos cuartas de altor. Entonces
la soliviás pa trairla a esta isla, donde pasarán siete días antes que se ruempa el encanto.
"Ni bien concluyó de hablar esto, ya la bruja, querida deAñangla sofrenó la muerte, y el monstruo
sin pellejo jue güérfano.
"Cuando Dolores oyó el fin de aquel relato, comenzó a llorar de tal modo, que no parecía sino que
se le iban a redetir los ojos.
"Compadecida, la vieja le dijo que ella sabía de brujerías y que lo ayudaría, dándole unas virtudes
pa rescatar la prenda, que el hijo'el Diablo le había robao con tan malas leyes.
"La vieja lo tomó al llorón de la mano y se lo llevó a un aposento del fondo'e la casa.
"En el aposento había un almario, grande como un rancho, y de allí sacó la misia un arco de los que
supieron usar los indios, unas cuantas flechah'envenenadas y un frasco con un agua blanca.
"-¿Y qué vi'a hacer yo, pobre disgraciao, con estas tres nadas -dijo Dolores-, contra las más muchas
brujerías que dejuro tendráMandinga?
"-Algo hay que esperar en la gracia de Dios -le contestó la viejita-. Y dejáme que te diga cómo has
de hacer, porque denó va siendo tarde:
"Estas cosas que te he dao te las llevás y, esta mesma noche, te vas pa'l río de suerte que naides te
vea. Allí vah'a encontrar un bote; te metéh'en él y remás pa'l medio del agua. Cuando sintás que
hah'entrao en un remanso, levantá los remos. El remolino te va a hacer dar unas güeltas, para
largarte en una corriente que tira en dirición de las islas del encanto.
"Y ya me queda poco por decirte. En esa isla tenés que matar uncaburé, que pa eso te he dado el
arco y las flechas. Y al caburé le sacáh'el corazón y lo echáh'adentro del frasco de agua, que es
bendita, y también le arrancáh'al bicho tres plumas de la cola pa hacer un manojo que te colgáh'en el
pescuezo.
"En seguida vah'a saber más cosas que las que te puedo decir, porque el corazón del caburé, con ser
tan chiquito, está lleno de brujerías y de cencia.
"Dolores, que no dejaba de ver en su memoria a la morochita del baño, no titubió un momento y
agradeciéndole a la anciana su bondá, tomó el arco, las flechas y el frasquito de agua, pa correr al
Paraná entre la noche escura.
"Y ya ganó la orilla y vido el barco y saltó en él y remó pa'l medio, hasta cair en el remansO que lo
hizo trompo tres veces, pa empezar a correr después aguah'abajo, con una ligereza que le dio
chucho.
"Ya estaba por dormirse, cuando el barco costaló del lao del lazo y siguió corriendo de lo lindo.
Dolores se enderezó un cuantito y vido que dentraba en la boca de un arroyo angosto, y en un
descuido quedó como enredao en los juncales de la orilla.
"El muchacho ispió un rato, a ver si el barco no cambiaba de parecer; pero como ahí no más
quedaba clavadito, malició que debía estar en tierra de encanto, y se bajó del pingo que tan
lindamente le había traído, no sin fijarse bien ande quedaba, pa poderse servir d'él a la güelta.
"Y ya dentró en una arboledamacuca, que no dejaba pasar ni un rayito de la noche estrellada.
"Como había muchas malezas y raíces de flor del aire, comenzó a enredarse hasta que quedó como
pialao. Entonces sacó el cuchillo pa caminar abriéndose una picada, pero pensó que eraal
ñudobuscar su caburé a esas horas y que mejor sería descansar esa noche. Como en el suelo es
peligroso dormir en esos pagos de tigres y yararases, eligió la más juerte de las raíces que encontró
a mano, y subió p'arriba arañándose en las ramas, hasta que halló como una hamaca de hojas.
"Allí acomodó su arco, sus flechas y su frasco, disponiéndose al sueño.
"Al día siguiente lo dispertó el griterío de los loros y la bulla de los carpinteros.
"Refregándose los ojos, vido que el sol ya estaba puntiando y, pa'l mesmo lao, divisó un palacio
grande como un cerro, y tan relumbroso que parecía hecho de chafalonía.
"Alrededor del palacio había un parque lleno de árboles con frutas tan grandotas y lucientes que
podía verlas clarito.
"Cuando coligió de que todo era verdá, el paisanito recogió sus menesteres y se largó por las ramas.
"Abriéndose paso a cuchillazos, a los tirones pa desbrozarse una güella, llegó al fin de la selva, que
era ande emprincipiaba el jardín.
"En el jardín halló unos duraznos como sandías y desgajó uno pa comerlo. Así sació el hambre y
engañó la sé, y, habiendo cobrao juerzas nuevas, empezó a buscar su caburé aunque sin mucha
esperanza, porque no es éste un pájaro que naide haiga visto con el sol alto.
"Pobrecito Dolores, que no esperaba las penas que debía sufrir pa alcanzar su suerte. Ansina es el
destino del hombre. Naides empezaría el camino si le mostraran lo que lo espera.
"En las mañanas claras, cuando él cambea de pago, mira un punto delante suyo, y es como si viera
el fin de su andar, pero ¡qué ha de ser, si en alcanzándolo el llano sigue por delante sin mudanzas! Y
así va el hombre, persiguiendo lo que alcanza con su vista, sin pensar en el desamparo que lo
aguaita atrás de cada lomada. Tranco por tranco lo ampara una esperanza, que es la cuarta que lo
ayuda en los repechos para ir caminando rumbo a su osamenta. Pero, ¿pa qué hablar de cosas que
no tienen remedio?
"El paisanito de mi cuento craiba conseguir su suerte con estirar la mano, y graciah'a eso venció seis
días de penah'i de tormento. Muchas veces pensó golverse, pero la recordaba a su morocha del río y
el amor lo tiraba p'atrás como lazo.
"Recién al sexto día, a eso de la oración, vido que alrededor de un naranjo revoloteaba una punta de
pajaritos, y dijo pa sus adentros:
"-Allá debe de hallarse lo que buscás.
"Gateando como yaguareté, se allegó al lugar y vislumbró al bicho parao en un tronco. Ya había
muerto dos o tres pajaritos, pero seguía de puro vicio partiéndoles la cabeza a los que se le ponían a
tiro.
"Dolores pensó en el enano malparido, rodiao de las mujercitas embrujadas.
"-¡Hijo de Añang -dijo entre dientes-, yo te vi'a hacer sosegar!
"Apuntó bien, estiró el arco y largó el flechazo.
"El caburé cayó p'atrás, como gringo voltiao de un corcovo, y los pajaritos remontaron el vuelo
igual que si hubieran roto un hilo. Sin perder de vista el lugar donde había caído el bicho, Dolores
corrió a buscarlo entre el pasto, pero no halló más que unas gotas de sangre.
"Ya se iba a acobardar cuando a unos dos tiros de lazo golvió a ver un rodeo de pajaritos y en el
medio otro caburé. De miedo y de rabia, tiró apurao y la flecha salió p'arriba.
"Tres veces erró del mesmo modo y no le quedaba más que una flecha pa ganar la partida, o dejar
sin premio todas sus penas pasadas. Entonces, comprendiendo que había brujería, sacó un poquito
de agua de su frasco, roció su última flecha y tiró, diciendo:
-Nómbrese a Dios.
"Esta vez el pájaro quedó clavao en el mesmo tronco y Dolores pudo arrancarle tres plumas de la
cola, pa hacer un manojo y colgárselo en el pescuezo. Y también le sacó el corazón, que echó
calentito en el frasco de agua bendita.
"En seguida, como le había dicho la vieja, vido todo lo que debía hacer, y ya tomó por una calle de
flores, sabiendo que iría a salir al palacio.
"A unas dos cuadras antes de llegar lo agarró la noche, y él se echó a dormir bajo lo más tupido de
un monte de naranjos.
"Al otro día comió de las frutas que tenía a mano, y como empezaba a clariar, caminó hasta cerquita
de una juente que había frente al palacio.
"-Dentro de un rato -dijo- va a venir el flamenco pa librarse del encanto, que dura siete días, y yo
haré lo que deba de hacer.
"Ni bien concluyó estas palabras cuando oyó el ruido de un vuelo y vido caer a orillas de la fuente
al flamenco, grande como un ñandú y colorao como sangre'e toro.
"Agatas aguantó las ganas que tenía de echársele encima, ahí no más, y se agazapó más bajo en su
escondrijo.
"Para esto el pajarraco, parao en una pata a la orillita mesma del agua, miraba pa'lao que iba a salir
el sol, y quedó como dormido. Pero Dolores, que no largaba su frasquito, estaba sabiendo lo que
sucedería.
"En eso se asomó el sol y al flamenco le dio un desmayo, que lo tumbó panza arriba en el agua, de
donde al pronto quiso salir en la forma de un enano.
"Dolores, que no aguardaba otra cosa, echó mano a la cintura, sacó el cuchillo, lo despatarró de un
empujón al monstruo, lo pisó en el cogote como ternero, y por fin hizo con él lo que debía hacer pa
que aquel bicho indino no anduviera más codiciando mujeres.
"El enano salió gritando pa la selva, con las verijas coloriando, y cuando Dolores jue a mirar el
palacio, ya no quedaba sino una humareda y un tropel de mujercitas del grandor de un charabón de
quince días que venían corriendo en su dirición.
"Dolores, que muy pronto reconoció a su morochita del Paraná, se arrancó el manojo de plumas que
traiba colgao al pescuezo, las roció de agua bendita y le dibujó a su prenda una cruz en la frente.
"La paisanita empezó a crecer, y cuando llegó al altor que Dios le había dao endenantes, le echó los
brazos al pescuezo a Dolores y le preguntó:
"-¿Cómo te llamás, mi novio?
"-Dolores, ¿y vos?
"-Consuelo.
"Cuando volvieron del abrazo se acordaron de las tristes compañeras y el paisanito las desembrujó
del mesmo modo que a su novia.
"Después las llevaron hasta donde estaba el bote, y de a cuatro jueron cruzando el río hasta las
cuatro últimas.
"Y ahí quedaron Dolores y Consuelo, mano a mano con la felicidad que ella había ganao por bonita
y él por corajudo.
"Años después se ha sabido que la pareja se ha hecho rica y tiene en la isla una gran estancia con
miles de animales y cosechas y frutas de todas layas.
"Y al enano, hijo del Diablo, lo tienen encadenado al frasco del encanto, y nunca este bicho
malhechor podrá escapar de ese palenque, porque el corazón del caburé tiene el peso de todas las
maldades del mundo."
Capítulo XIII
Después de dos días de marcha, sin peripecias, llegamos al pueblo de Navarro un domingo por la
mañana.
Tomando una calle poblada, pasamos por la plaza frente a la iglesia petisa, y nos bajamos en un
almacén a hacer la mañana.
Por ser día festivo había gente a porrillo, y un antiguo amigo de mi padrino se acercó a saludarlo,
con muchos agasajos y recuerdos.
Nunca me gustaron amontonamientos, y menos cuando al alcohol menudea; de suerte que me apreté
la barriga contra el mostrador, a fin de ocupar poco sitio, y espié lo que sucedía en torno sin
entreverarme.
Oí que el desconocido amigo de Don Segundo le hablaba de riñas de gallos, instándole a que fuera
esa tarde testigo de una casi segura victoria suya sobre un forastero del Tandil.
Una hora pasó para mí sin diversión, viendo entrar y salir al paisanaje endomingado, que nos
miraba de soslayo observando con disimulo el porte salvaje y rudo de mi padrino.
Para mí todos los pueblos eran iguales, toda la gente más o menos de la misma laya, y los recuerdos
que tenía de aquellos ambientes, presurosos e inútiles, me causaban antipatía.
Marcó el reloj el mediodía, y por un pasadizo angosto pasamos del despacho de bebidas al comedor,
más tranquilo.
En un lugar sombreado nos sentamos a comer.
Habría en todo unas veinte mesas, con manteles manchados por violáceos recuerdos de vino. Los
cubiertos eran de metal dudoso y los tenedores tenían torcidas las puntas de tanto pegar contra las
lozas rudas en busca de algún bocado esquivo. Los vasos eran de vidrio espeso y turbio. En el vasto
recinto bostezaba una desesperante atonía.
El mozo nos saludó con una sonrisa de complicidad, que no alcanzamos a comprender. Tal vez le
pareciera una excesiva calaverada para dos paisanos eso de almorzar en la "Fonda del Polo".
-Sírvanos de lo que haya -ordenó Don Segundo.
Yo miraba a mi alrededor.
En un lugar central, tres españoles hablaban fuerte y duro, llamando la atención sobre sus caras de
baturros o dependientes de tienda. Vecinos a la entrada, un matrimonio irlandés esgrimía los
cubiertos como lapiceras; ella tenía pecudas las manos y la cara, como huevo de tero. El hombre
miraba con ojos de pescado y su cara estaba llena de venas reventonas, como la panza de una oveja
recién cuereada.
Detrás nuestro, un joven rosado, con párpados y lacrimales lagañosos de "mancarrón palomo";
debía ser, por su traje y su actitud, el representante de alguna casa cerealista.
-Yo he visto las romerías de Giles -decía uno de los españoles-, y no se diferencian en nada de las
de aquí.
Otro, de la misma mesa, dialogaba con un vecino sobre el precio de los cerdos, y el cerealista
intervenía opinando con gruesas erres alemanas.
Tratando de hacerse olvidar un momento, un hombre grande y gordo, solitario frente a un mantel
cargado de manjares, callaba, comía y bebía. Sólo levantaba de vez en cuando la cabeza del plato, y
parecía entonces llenarse de satisfacción el comedor aburrido.
Una vez se interrumpió para llamar al mozo, decirle quién sabe qué a propósito de una botella y
palmearle el lomo con protección cariñosa.
En el rincón opuesto al nuestro, como empujados por el ruido, una yunta de criollos miraba en
silencio. Uno de ellos tenía una hosca onda volcada sobre el ojo izquierdo, y los dos estaban
tostados de gran aire.
Comieron apurados. A los postres rieron sin voces, las bocas sumidas en sus servilletas.
Pero uno de los españoles relataba el suicidio de un amigo:
-Vino de una farra, se sentó al borde de la cama en que su mujer dormía, tomó el revólver y delante
de ella: ¡pafff!
El de las romerías seguía pesadamente sus comparaciones con Giles.
Con gran contento pagamos nuestra comida, aunque cara, y salimos al sol de la calle.
Al tranco fuimos para el reñidero, que Don Segundo conocía, y metimos los caballos a un corralón,
donde les aflojamos la cincha.
En el mismo corralón había unas jaulas llenas de cacareos, y el público que como nosotros llegó
temprano comentaba la sangre y el estado de los animales.
Nos acomodamos en el redondel, como patos alrededor del bañadero.
Llegó el juez, que se sentó frente a una balanza colgada sobre la cancha. Vinieron los dueños con
sus respectivos gallos, que se pesaron, colgándolos envueltos en un pañuelo. Después se eligieron
las púas, se hizo el depósito de los quinientos pesos jugados y cada cual salió a calzar su campeón.
Don Segundo me explicó en cortas palabras las condiciones de la pelea.
Esperamos.
Un poco aturdido por el movimiento y las voces, miraba yo el redondel vacío, limitado por su cerco
de paño rojo, y los cinco anillos de gente colocados en graderías, formando embudo abierto hacia
arriba.
En el intervalo de espera se discutieron las posibilidades en favor de ambos animales. Sería la riña,
al parecer, un combate rudo y parejo. Los gallos eran de igual peso, de igual talla. Cada uno había
pisado por tres veces la arena para salir vencedor.
El público enumeraba los detalles de la pesada, buscando algún indicio de superioridad. El bataraz
fallaba en el pico, levemente quebrado hacia la punta, del lado izquierdo, pero tenía no sé qué
tranquilidad que el giro no compensaba con su mayor viveza.
La expectativa se hizo más tensa cuando los combatientes fueron depositados en postura
conveniente, por los dueños, en el circo.
Sonó la campanilla.
El giro había caído livianamente al suelo, ladeadas las alas como un chambergo de matón, medio
encogido el pescuezo en arqueo interrogante, firme en el enemigo la pupila de azabache engarzada
en un anillo de oro.
El bataraz, más burdo en alardes, se acercaba a pasos cortos, alta la cabeza, agitada en pequeñas
sacudidas de llama.
Se cerraron tres o cuatro apuestas sin importancia. La plata estaba al giro.
En un brusco arranque, los gallos acortaron distancia. A dos centímetros, los picos se trabaron en un
rápido juego de fintas. Las cabezas temblequeban, subiendo, bajando.
Y el primer tope sonó como guascazo en las caronas.
Aprovechando los revuelos, que desnudan al combatiente, juzgamos los cuerpos, los muslos, la
respectiva capacidad de violencia o ligereza. Luego miramos en silencio, para traducir nuestra
opinión en opuesta.
-¡Treinta pesos al giro!
-¡Doy cincuenta a cuarenta con el giro!
La usura me pareció un insulto de compadre logrero, que aprovecha una tara para envalentonarse.
El bataraz sentía su defecto del pico. Espié minuciosamente.
El giro cargaba de firme, el buche pegado a su contrario, que le daba un poco el flanco cruzando el
pescuezo. Pero el bataraz, cuando se sentía picado en las plumas del cogote, zafaba el encontrón
echando casi al suelo la cabeza, de modo que los puazos pasaran por encima, sin herirlo. Maldije
del dueño que largaba al reñidero un animal tan noble en condiciones desventajosas.
Brillaban las cabezas barnizadas de sangre. Afanosos, los picos buscaban los verrugones de las
crestas o un desgarrón de pellejo para asegurar el bote.
Las apuestas, dando usura, caían con persistencia de gotera.
Veinte, treinta minutos pasaron angustiosamente, sin que variara el aspecto del combate. Mis
simpatías estaban por el bataraz, que, no habiéndose empleado a fondo, resistía las cargas del giro,
incapaz de inferirle una herida grave. Pero ¿sabría mi favorito emplear su vigor en caso de tomar la
ofensiva?
Mi atención se había hecho sutil. Mis ojos, como mis oídos, percibían hasta las fibras íntimas las
dos vidas, que a unos pasos de mi asiento batallaban a muerte.
Pertinazmente el giro seguía empujando con el buche, agravando así el silbido de su respiración
penosa, y noté que aflojaba en su juego de pico.
-¡Quince a diez da el giro!
Nuevamente la usura me daba en el rostro su cachetada.
-¡Pago! -respondí.
-¡Veinte a quince al giro!
-¡Pago!
Y así, no sé cuántas veces, tomé posturas en que arriesgaba plata penosamente ganada en mis rudas
andanzas. Algunos del público me miraron como se mira a un loco o a un zonzo. Para ellos el giro
no tenía más que insistir en su trabajo, acentuando su victoria hasta el anonadamiento del bataraz.
Herido por esas miradas que me trataban de bisoño y excitado por el empeño de mi dinero, me
concentré en la pelea hasta identificarme con el gallo en quien había puesto mi cariño y mi interés.
Hice mi plan. Era necesario permanecer en la defensiva, evitando el golpe decisivo, salvando en
media hora de resistencia, y tirar hacia abajo a cada picada del contrario.
El bataraz parecía haberme entendido.
De pronto un murmullo de sorpresa sofocó al público. El giro se había despicado. Un triangulito
rojo yacía en la tierra barrida del reñidero.
-¡Se igualaron los picos! -no pude dejar de gritar, agregando con insolencia-: ¡Voy treinta pesos
derecho al bataraz!
Pero la plaza se había dado vuelta comoguayacavacía.
-Treinta a veinticinco contra el despicao -decía otro.
Me reproché con rabia no haber aprovechado la usura para jugar más. Desde ese momento, los
partidarios del giro se harían ariscos.
Extenuados por cuarenta minutos de lucha, los gallos descansaban apuntalándose en el peso del
enemigo.
Con seguridad el bataraz tomó la iniciativa, se aferró a una picada de plumas sanguinolentas, golpeó
dos veces reciamente, sin largar.
El giro cloqueó como una gallina cascoteada y comenzó a dar vueltas de derecha a izquierda, el
cuello lastimosamente estirado, la respiración atrancada en un ronquido de coágulos. En su cabeza
carmínea y como verrugosa había desaparecido el pequeño lente hostil de su mirada.
-¡'stá ciego y loco! -sentenció alguien.
En efecto, el animal herido, después de repetir sus círculos maquinales, como en busca de una
mosca imaginaria, picoteaba el paño del redondel, dando la espalda al combate. En su cabeza como
vaciada sólo vivía un quemante bordoneo, cruzado de dolores agudos como puñaladas.
Pero ningún cristiano o salvaje es capaz de imaginar la saña de un gallo de riña. Ciego, privado de
sentidos, el giro continuaba batiéndose contra un fantasma, mientras el bataraz, paciente, buscaba
concluirlo en un golpe decisivo.
Sin embargo, el cansancio, fuerza incontrastable cuyo coma sentíamos caer en el reñidero, hacíase
casi perceptible al tacto. Era algo que se enredaba en las patas de los combatientes, sujetaba sus
botes, nos oprimía las sienes.
-¿La hora? -preguntó alguien.
-Faltan dos minutos -pronunció el juez.
Comprendí que el reloj se convertía en mi peor enemigo.
Mi gallo se agotaba, enredándose en las alas y la cola del giro. E inesperadamente éste se rehizo,
situó a su adversario por el tacto, le dio un encontronazo que lo echó al suelo.
-¡Cincuenta pesos a mi gallo giro! -vociferó el dueño.
-¡Pago! -respondí, olvidado de mi lástima reciente.
Y el bataraz volvió sobre el golpe, fortalecido de rabia, tomó una picada, clavó las espuelas certeras
en el cráneo ciego y deforme.
El giro se acostó lentamente, en un entumecimiento de muerte; cloqueó apenas, estiró el cuello,
clavó el pico roto.
Sonó la campanilla.
Los hombres enormes entraban al redondel.
El dueño del giro alzó una masa sangrienta y blanda.
El otro acariciaba un bulto de músculos aún hirvientes de rabia.
Hacia mí se estiraban manos cargadas de billetes, también como cansados. Hice un rollo
voluminoso, que guardé en mi tirador, y salí al corralón.
Allí lo encontré a mi bataraz, asentado todavía en la mano de su dueño, que lo acariciaba
distraídamente, alegando con un grupo sobre la vicisitudes de la pelea.
Y vi que el gallo miraba curiosamente en derredor, volviendo a nacer a la sorpresa calma de la vida
ordinaria, después de un delirio que lo había poseído, tal vez a pesar suyo, como un irresistible
mandato de raza.
Don Segundo me tomó el brazo y lo seguí para la calle, a la cola de la gente que se retiraba.
Una vez a caballo nos dirigimos, al caer de la tarde dorada, hacia un puesto de estancia en que Don
Segundo había parado en ocasión de algunos arreos.
Mi padrino me hacía burla por mi audacia en el juego, pretendiendo que en caso de pérdida no
hubiera podido pagar las apuestas.
Saqué con orgullo el paquete de pesos de mi tirador y conté, apretándolos bien en una esquina para
que no me los llevara el viento.
-¿Sabe cuántos, Don Segundo?
-Vos dirás.
-Ciento noventa y cinco pesos.
-Ya tenés pa comprarte una estancita.
-Unos potros sí.
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