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¡QUÉ COÑO TUVE QUE VER YO CON TOUTAIN!

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¡QUÉ COÑO TUVE QUE VER YO CON TOUTAIN!
¡QUÉ COÑO TUVE QUE VER YO CON TOUTAIN!
Lo que quería decirme Toutain el día que me contaba que el álbum de Anarcoma que había
publicado en inglés su editorial Catalán Comunications no era que lo hubieran censurado, sino
que habían prohibido su venta en las librerías y otros espacios públicos obligándolos a
plastificarlo y a venderlo solo en sex shops, colocando así a la pobre travesti en aquellos
retablos casi inaccesibles compitiendo con consoladores, vibradores y revistas porno. ¡Habían
convertido a la ingenua detective del Barrio Chino de Barcelona en un personaje pornográfico
y sus aventuras en historias para pajilleros a la altura de los Kakes de Tom de Finlandia! ¡Por
supuesto un sex shop gay –porque de maricones debía tratarse la historia-, sería el último sitio
en el que a nadie se le ocurriría buscar un cómic por muy erótico que fuera tanto si se trataba
de historias de Manara, Pichard o Köning!
Los que tomaron la decisión – Toutain y el hombre de Catalán Comunications en Nueva York de publicar mi álbum en aquel país se habían equivocado al pensar que las aventuras de
Anarcoma y el botón del ombligo del robot XM2 -que con solo pulsarlo conseguía una
fulminante erección de su desmesurado miembro- podían ser equiparables a las aventuras de
las “titis” de Milo Manara, aquellas a las que les entraba unos irreprimibles y desinhibidos
ataques de ninfomanía cuando a alguien se le ocurría hacer click en una maquinita. ¡Tal vez se
habían equivocado de época aunque viendo el solapado avance del puritanismo posterior de
la sociedad americana uno piensa que aquella gente siempre ha vivido en la misma época de
mormones empedernidos! Pero no, no solo se trataba de Estados Unidos: en Saarland, el
ministerio de Trabajo, Salud y Bienestar social decidió incluir a la Anarcoma alemana en el
índice de obras peligrosas para la salud de la juventud y la infancia por tener sus historias
como meta la estimulación sexual como si se trataran de un Viagra infantil.
De aquella edición americana de lujosas pastas duras jamás volví a saber nada.
¡Evidentemente!
Jordi Bayona era un capitoste de la Bruguera además de un guionista y realizador de cortos
extravagantes mientras Josep Toutain creaba una ambiciosa editorial que publicaría a los
mejores artistas de cómic de todo el mundo en sus cuidadas revistas 1984 y Cómix
Internacional. Ambos vivían en la Floresta, aquel bosque húmedo y aislado cercano a
Barcelona plagado de artistas, progres y bohemios.
El puñado de jóvenes dibujantes que éramos, alardeando de ser émulos de los dibujantes
underground americanos, llegamos un día a la casa del hombre de la Bruguera posiblemente
de la mano de Mariscal y de aquel Señor del Caballito que publicaba en la revista católica El
Ciervo, aunque tal vez no fuera el del Caballito quien nos guiara hasta la Floresta sino más bien
alguno de los profesores de la escuela de diseño Elisava, siendo fácilmente rebotados hasta los
jardines de la casa del hombre de la agencia Selecciones Ilustradas. No buscaban editor
aquellos chicos porque una de las normas insoslayables de los auténticos dibujantes
underground era la independencia de los editores intentando ser ellos mismos sus propios
editores. Puede que solo se tratase de relaciones sociales pero los encuentros con Bayona
repercutirían en las hambrientas y sedientas arcas de los pobres artistas underground que
accedieron encantados a realizar unos trabajillos de negros para la editorial Bruguera: colorear
cuentos. Unos dibujos en negro sobre acetatos y unas páginas en blanco con el mismo dibujo
impreso en color azul que había que ir coloreando primorosamente sin salirse de la raya por lo
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que había que estar constantemente comprobando con el acetato sobre el color si realmente
iba quedando, como debía quedar, impecablemente ajustado. Pagaban una miseria pero era
un trabajillo que en absoluto mermaba la libertad creativa de sus cómics.
Era una época de supervivencia y a trabajillos como este de colorear cuentos para la Bruguera
siguieron otros consistentes en patearse los colegios nacionales de las ciudades intentando
venderles a los directores los álbumes de cromos que editaba el padre de Juan José Fernández
-casi a punto entonces de arriesgarse a sacar la revista Star-, o intentar vender por las aceras
de las calles de los pueblos cercanos a Barcelona, emulando al impenitente Picarol cargado de
melenas y posters, camisetas estampadas y “parchetes” como los jipys vendían artesanías en
forma de sandalias de cuero, pulseras de piel trenzada y collares con piedras recién traídas del
lejano TanTan.
Contaban que por la Floresta unos arquitectos llamados Guti y Berenguer habían construido
una cúpula geodésica. Era la época en la que construir inflables como hacía Ponsati en Ibiza y
Cadaqués o cúpulas geodésicas como estos dos hacían en La Floresta era algo que estaba de
moda.
Resultaba increíble pensar que para finales de los setenta aquel grupo de dibujantes que ya
habían dejado de ser underground -suponiendo que algún día hubieran llegado a serlo aunque
para los media aquel adjetivo continuaría siendo recurrente a lo largo de varios años-; aquel
editor de exquisitas revistas de fama universal y el arquitecto de cúpulas geodésicas
decidieran confluir en un proyecto al que habían decidido llamar Goma-3.
La conjunción de los astros fue perfecta y si alguien consultó por aquel entonces los oráculos
seguro que recibió todo tipo de buenos augurios porque: ¿cómo iba a sospechar Toutain que
aquel dinero que estaba a punto de invertir a fondo perdido en un proyecto que algunos
allegados tal vez calificarían de descabellado iba a recuperarlo con creces? o ¿cómo iba a
imaginar José María Berenguer que no solamente tendría madera para ser editor de una
revista de cómic sino que con el tiempo llegaría a convertirse en un excelente y perspicaz
editor de revistas y álbumes a la vez que descubridor de nuevos valores? Y, por último, ¿en
qué momento de sus inciertos comienzos habrían soñado aquellos desaliñados dibujantes que
iban a obtener el éxito mediático que llegarían a cosechar en todo el país llegando a ser
admirados por miles de lectores tanto en castellano como en otros idiomas?
Para los dibujantes, la felicidad en aquella época consistía en saber que las historias que
dibujaban -que no tenían cabida en las páginas de revistas como Por Favor, Papus o
Matarratos-, tenían asegurada su publicación en las páginas de la nueva revista que algunos
consideraban suya.
Anarcoma comenzó dando tropezones intentado colarse en las páginas de una nueva revista
gay llamada Rampa que duraría solo tres números -lo que era algo bastante frecuente por
aquellos años- para acordar poco después mostrar su palmito, ahora en color, en una revista
de lujo llamada Viva que no solo duró pocos números, sino que ni siquiera llegó a salir al
mercado. Cuando le mostré a Berenguer las páginas impactantes de los capítulos que ya tenía
terminados consideró que aquella sería la heroína por derecho propio de las páginas centrales
en color de la nueva revista. Las aventuras de Anarcoma, independientemente de su calidad
artística, fueron como un ariete que con sus provocaciones abrirían la mentalidad de muchos
jóvenes de la época dejándolos boquiabiertos.
Tras forcejeos y prohibiciones, afortunadamente, la nueva revista ya no se llamaría Goma-3
porque dicho nombre hubiera quedado rancio al ser portador de unos ecos terroristas ajenos a
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la idiosincrasia de la revista, sino que se llamaría El Víbora título más sutil y agudo, más sonoro
y sobre todo más ambiguo. La portada con el primer título no llegó a editarse pero sí que
llegaron a hacerse pruebas de grabador con el logotipo.
Si la historia de Anarcoma sería la estrella, yo debía ser el más indicado para realizar la primera
portada que nada tendría que ver con mi personaje sino con el nombre de la revista. Tendría
que ser una portada impactante, que se viniera a la vista destacándose entre los montones de
revistas de un quiosco, que fuera provocativa y que no corriera el riesgo de ser secuestrada.
Como para la mentalidad perversa e hipócrita de un censor una escena violenta siempre será
más digerible que una escena erótica, sabiéndolo, opté por la violencia. Resulta curioso
comprobar cómo las historias de Anarcoma, chocantes y atrevidas, fascinantes para muchos
lectores, pasaron desapercibidas para los censores en aquella época. En la actualidad la
censura correría a cargo de los editores al negarse a reeditarlas pensando supuestamente que
ese tipo de aventuras mancillarían los anaqueles en los que se exponen las serias y correctas
novelas gráficas con las que creen haber elevado los comics a la categoría -¡por fin!- de libros.
Y es que aquel puritanismo americano parece habernos ido invadiendo poco a poco hasta
conseguir modificar nuestros antiguos códigos convirtiéndonos en autocensores.
El otro día corrí al FNAC a devolver una muestra de estos tiempos neocatecumenales que
actualmente recorren el país. Lleno de curiosidad me había comprado una recién editada
Enciclopedia del cómic erótico sin detenerme a pensar en la ranciedad de las dos viejas glorias
a cuyo cargo había corrido la selección de viñetas. No me hizo falta ojearla mucho para darme
cuenta de la insipidez, la pacata y cuidadosa selección de imágenes que en absoluto podrían
herir la sensibilidad de nadie –comenzando por la sensibilidad de las dos carrozonas -como si
el libro estuviera destinado a jóvenes de un colegio de ursulinas.
Tras aquellos escándalos de mi álbum Ali Babá y los 40 maricones en relación con la Educación
para la Ciudadanía, llenando páginas y páginas de internet a favor y en contra de su uso, hoy
observo con asombro cómo me prohíben en la red social Facebook dos fotos, difuminadas y
viradas de color, de agujeros muy ampliados de una uretra, a las que llamaba “Volcán de amor
1 y 2”. Pero el asombro se convirtió en estupor al descubrir que, tras alegar en mi página de
Facebook que en Wikipedia, la enciclopedia libre de internet, la foto que ilustraba la palabra
glande era la de un hermoso capullo mostrando el agujero de mear, la foto a la que aludía
había desaparecido al día siguiente siendo sustituida por otra en la que el capullo se ve ahora
de espaldas sin mostrar lo que yo llamaba volcán de amor. ¡Si la boca de la uretra es algo que
puede herir la sensibilidad de las señoras aburridas que frecuentan estas redes y la de los
niños que, según ellos, miran estas chorradas de adultos, qué no dirían hoy de las inmensas
pollas y los inconcebibles agujeros de mear de los personajes de Anarcoma!
¡Por lo que veo los años del cachondeo y la provocación ya pasaron y ahora nos tocan tiempos
de fariseísmos, de hipocresías, veladuras y erotismos de dodotis y tacatás.
Hasta cinco disparos atravesaban la cabeza del señor de la portada arrastrando sangre y
grumos blanquecinos de cerebro. Las gafas, los ojos desorbitados y la lengua acompañan el
violento movimiento de unos disparos que no son realizados dentro de una viñeta en la que se
desarrollara una escena violenta sino que son realizados desde el exterior impactando sobre la
viñeta. Los disparos atraviesan el papel y posteriormente la cabeza en dirección a donde se
halla el lector. Intentaba conseguir, a la vez que un efecto tridimensional, una complicidad
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entre el personaje oculto tras la revista: el dibujante, y el que observa la revista: el lector.
Berenguer decidió que le cabía el privilegio de conservar el dibujo original y lo guardó en un
relicario en la redacción de La Cúpula.
Nadie supo cuánto dinero arriesgó Toutain en la empresa, qué dinero devolvió Berenguer y en
qué momento decidieron caminar cada uno por su lado. Nosotros continuábamos
reuniéndonos en la redacción para llevar los trabajos y para acordar el reparto de páginas en
color, en bitono o en blanco y negro y en discutir las ideas que a cada uno podían habérsenos
ocurrido para hacer más divertida la revista. Algunos de nosotros continuábamos funcionando
como si continuáramos trabajando en la comuna del piso de la calle Comercio y Berenguer
intentaba que las barreras que normalmente separan a artistas y editores llegaran a notarse lo
menos posible. No obstante a nivel económico siempre estaba regateando y racaneando
negándonos aumentos ridículos por el precio de las páginas cuando todos sabíamos que la
revista alcanzaba unas ventas asombrosas.
Toutain era una especie de Godot al que nadie esperaba por la redacción de la Cúpula. A mí
me gustaba acercarme de vez en cuando por su almacén para saludar y charlar con los chicos
que trabajaban allí y me iba trayendo cuadros estropeados y desechados del Equipo Crónica
que parece ser que tuvieron un tiempo el estudio por las cercanías, números de la revista 1984
y Comix Internacional de los que llegué a tener la colección completa.
Recuerdo que fui invitado a una gran cena aprovechando la ocasión para coger una de aquellas
descomunales borracheras que tenía por costumbre coger por aquella época. Las fotos dicen
que estuve mariposeando por entre los grupos de dibujantes, machacas de la editorial y
trabajadores del almacén adosados a esposas y novias, tocado con una enorme gorra gris
intentando atrapar a inexistentes novios con un fular blanco con hilos de oro. ¿Era un
aniversario o un homenaje? Estaban todos pero yo solo conocía a mis amigos del almacén, a
Berenguer y a aquel señor alto, delgado, enteco, huesudo, un poco como acartonado, con los
pómulos salientes y unas arrugas a ambos lados de la boca que cuando reía quedaban como
las estrías de las antiguas tablas de madera para lavar la ropa. A pesar de la borrachera creí
reconocer en él a Toutain, mi antiguo editor de Anarcoma en Estados Unidos al que no sé por
qué siempre imaginé adosado a Will Eisner como a Berenguer lo imaginaba adosado a Gilbert
Shelton y su mujer Lora.
NAZARIO 4 de Febrero de 2013
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