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Descárgate la introducción

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Descárgate la introducción
Introducción
Para tener éxito hay que tener amigos. Para tener
MUCHO éxito hay que tener enemigos.
Frank Sinatra
La gente es idiota
La gente es idiota. Y yo el primero, sí. Pero ni soy el único ni soy el
más idiota de todos, lamentablemente. Porque siempre hay alguien más idiota que tú. Siempre. Es una ley universal. Cuando
creías que ya habías conocido al más idiota de los idiotas, siempre
llega alguien dispuesto a batir todos tus récords y dejarte con cara
de… eso.
Si juntas a muchos idiotas, tendrás una masa de gente idiota. Si
les preguntas sobre cualquier tema, el resultado es lo que llamamos encuesta, sondeo u opinión pública. Si no se lo preguntas
pero ellos te lo cuentan igualmente, estarás haciendo un programa de televisión. Y si utilizas muchas urnas para preguntárselo,
obtendrás una democracia.
La gestión de la masa idiota es lo que nos hace diferentes al resto de seres vivos. En el reino animal, a los idiotas se los comen, los
matan o los ignoran hasta que se extinguen sin más. Nosotros,
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como especie presuntamente civilizada, aprendemos desde pequeñitos a tratar y a cuidar a los idiotas con el respeto que merecen. Les damos las mismas oportunidades que al resto y, sobre
todo, los mismos derechos y responsabilidades, para que se desarrollen en toda su idiotez y hasta sus últimas consecuencias. Ser
idiota en sí no es peligroso. El peligro viene con la adjudicación de
cualquier tipo de poder al idiota. En España hemos disfrutado
de varios ejemplos en el terreno de la política.
Pongamos que vamos en el interior de un avión. Si el más idiota
del avión es otro pasajero, el alcance de su idiotez rara vez irá más
allá de los que se sientan a su alrededor, y puede que tengamos
suerte y nos libremos de tener que aguantarlo. Si, por el contrario,
se trata de una azafata, igual el problema se hace más incómodo
de soportar, pues de su desempeño depende la infelicidad de muchos pasajeros. Pero si el más idiota del aparato es el piloto, ya puedes empezar a rezar. No hay nada más peligroso que un idiota con
posibles, un idiota con poder.
Todo empieza de pequeñitos, con la educación general básica
(EGB, ESO, o como carajo se llame en el momento en que leas
esto). Si lo piensas bien, nos educan para convivir con idiotas. No
digas eso. No hagas lo otro. Niño, no toques. Niño, no interrumpas. Niño, levanta la mano. Niño, estate quieto. Qué se dice. Qué
se hace. Es que no tienes una sola buena idea. No digas tonterías.
No hagas tonterías. No grites. No llores. En definitiva, no les molestes.
Y así llegamos a la pubertad, período inseguro por excelencia, y
encontramos refugio en una masa de la que algunos no salen ya
por el resto de sus días. Si alguna vez te has visto dando una charla
en la universidad, y te has enfrentado a ese miedo colectivo a destacar tan nuestro en forma de ausencia de preguntas, sabrás de lo
que te estoy hablando.
Así que nada, tenemos una especie entera basada en la tolerancia a la idiotez del prójimo, que sobrevive aun a pesar de ella, y que
encima se cree determinante en el devenir del planeta y del uni-
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verso entero. Y cómo te afecta eso en tu día a día, preguntarás.
Bien. Bueno. En realidad, la verdadera pregunta es cómo lograr
que NO te afecte.
La tele es una fábrica de ídolos para idiotas
Es el único electrodoméstico instalado en el 99,6 por ciento de los
hogares de nuestro país.1 Por encima de la nevera, sí. Hay hogares
que tienen antes una tele que un frigorífico o una lavadora.
Es el único lugar del mundo en el que la experiencia penaliza.
Un medio que expulsa a la gente mayor. Excelentes profesionales
han sido amablemente despedidos por un único crimen: haber
acumulado demasiados años de experiencia. Pero no sólo ocurre
con la gente mayor. También pasa con la gente que sabe de lo que
habla. En la tele, casi todos los expertos aburren. El ritmo televisivo impone expresarse a golpe de titular, a fuerza de tuit, con el
único objetivo de informar, sí, pero entreteniendo, o lo que es lo
mismo, añadiendo las dosis justas de frivolidad, lo cual impide
tratar cualquier tema con la suficiente profundidad. Porque es que
la tele no es un medio para profundizar en nada. Si lo haces, te
arriesgas a emitir documentales que nadie ve. Para eso está un
buen libro.
Por último, en la tele queda cada vez más gente famosa y menos
gente prestigiosa. Hasta hace unos años, fama y prestigio iban de
la mano. Tú hacías algo que valía la pena, algo relevante, y te convertías en un personaje popular.
Durante los años ochenta, con el advenimiento de la llamada jet
set marbellí y más tarde ibicenca, empezó a desfilar por este país
gente de profesión desconocida pero que poco a poco desplazó a
los prestigiosos para hacerse un hueco en los medios y la prensa
rosa. Son los años en los que empezamos a preguntarnos «Y éste,
¿quién es?», «Y ¿qué ha hecho para estar ahí?», preguntas de las
1. http://www.cursosypostgrados.com/noticias/obs-presenta-el-uso-y-equipamento-de-las-tic-en-los-hogares-espanoles-15167.html
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que poco a poco nos iríamos olvidando. Son los años en los que las
revistas del corazón se instalan entre los medios impresos más
vendidos,2 lugar del que ya no volverían a caer jamás.3 En la última década del siglo xx y la primera del xxi, con los programas del
corazón en las cadenas privadas y el triunfo de los reality shows, se
consolida el fenómeno, hasta el día de hoy, en el que fama y prestigio están ya más separados que nunca.
Hoy la gente prestigiosa es cada vez más anónima, mientras
que los famosos tienen cada vez menos prestigio. Ocurre hasta en
el sector de la publicidad: los mejores publicistas de España —un
Toni Segarra, un Miguel García Vizcaíno o un Daniel Solana—
pueden caminar tan tranquilos por la calle, mientras que a mí,
que estoy a años luz de esos cracs, me piden fotos y autógrafos.
Sólo porque he salido por la tele, haciendo algo que además no
tiene nada que ver con la publicidad. No tiene ningún sentido.
En 2008 impartí una conferencia en Las Palmas de Gran Canaria.
En la sala contigua a mi conferencia había un premio Nobel de Economía que había venido a hablar sobre la crisis. Mi sala estaba a
reventar, con gente sentada hasta en los pasillos. En su sala, cuatro
gatos. Lo primero que dije al abrir mi conferencia fue esto: «Dejad
que la televisión sea la única que fabrica vuestros ídolos y jamás
levantaréis cabeza». Años después, ojalá hubiéramos seguido igual.
Vivimos un cambio de paradigma
Vivimos un cambio de paradigma.4 Hasta hace poco, la actualidad, eso que nos conecta con nuestro entorno, nuestro contexto
2. http://josepardina.wordpress.com/2008/06/19/el-top-ten-de-las-revistasen-espana/
3. http://www.revistas-ari.com/attachments/article/338/ARI_EGM%20
1%20ACU_MOV_2012.pdf
4. Esta frase siempre suena muy bien, porque pone a tu interlocutor a la expectativa de conocer por fin lo que se está perdiendo. Pero es que encima ahora
es cierta.
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histórico y nuestra sociedad, se consumía principal y casi exclusivamente a través de los medios de comunicación. Lo que decían
esos medios era la materia prima para pensar, para actuar y para
vivir. Y como hemos visto, entre todos esos medios, el rey ha sido
el todopoderoso televisor.
Esa actualidad siempre nos ha llegado, vamos a decirlo, adulterada. Junto a la información y el entretenimiento, siempre nos
han llegado mensajes cortos, más o menos ingeniosos y contundentes, que interrumpían el contenido dispuestos a convencernos para activarnos y que hiciéramos algo tan simple como necesario para que la economía funcionase: comprar. Son los llamamos
anuncios, spots o simplemente publicidad, el tercer pilar fundamental, junto al crédito y el consumo, del capitalismo moderno.
Los anuncios son mensajes de alguien diciéndote lo guapo que es
para que tú pienses lo mismo y acabes desembolsando más dinero
del que realmente valdría si no hubiera que comunicarlo. Los que
están detrás, las marcas, son los que están pagando la fiesta de los
contenidos a cambio de poder interrumpirlos y decirte esas cosas.
Por lo tanto, las marcas controlan los medios y deciden qué te dicen, cómo te lo dicen y cada cuánto te lo van a decir. Y tú escuchas
y callas.
Estamos en el mundo de la luz y el color. Los anuncios en los
que todo es perfecto, los mensajes en los que una familia ideal es
aún más ideal por consumir un producto ideal que les hace la vida
más ideal, todo avalado por un instituto ideal en el que nueve de
cada diez doctores ideales certifican que el producto es aún más
ideal de lo que te había contado la marca ideal que lo comercializa, ahora además con una promoción ideal dos por uno sólo hasta
fin de mes.
De repente llega internet. Y luego el internet social. Y luego el
internet móvil. Y luego el de los objetos. No es un medio, es un
medio de medios. Cada nodo, cada bloguero, cada forero, cada tuitero, cada dispositivo, cada localización, cada bar, cada local, con
tiempo y una caña, puede construir su propio medio de comuni-
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cación, su propia audiencia, su propia actualidad… y todo ello, en
principio, sin adulterar.
De repente, las marcas ya no controlan los medios. Y todo deja
de ser ideal… para pasar a ser real. La gente toma esos mensajes, los
manipula, los tergiversa, los contrasta, los estruja, los cuestiona,
los pone a prueba y los lanza contra su día a día. Resultado: la creatividad del que produce el mensaje acaba siendo sustituida por la
credibilidad del que lo emite. La influencia sustituye a la notoriedad, y el ingenio a la inversión en medios.
Nos acabamos de cargar la gallina de los huevos de oro, sí, la
comunicación. Pero ha nacido la comunicación en red. Mucho
más real, mucho más divertida, cuyo motor está en cada uno de
nosotros y cuyo combustible es… la molestia.
Lo que NO es este libro
Vaya por delante que no soy quién para dar lecciones de conducta
ni de nada a nadie. He trabajado durante seis años en televisión y
más de quince en publicidad, así que no soy quién para ir por la vida
dando clases de moralina, precisamente. Además, siempre me ha
maravillado la gente que va dando consejos por la vida, porque creo
que los buenos consejos son como los buenos masajes: tremendamente difícil darlos a los demás, imposible dárselos a uno mismo.
Puestos a seguir de frente, éste tampoco es un libro de autoayuda. No, por favor. Si en algún momento notas que se me pone cara
de Coelho o de Jodorowsky, ciérralo inmediatamente, devuélvelo
a la librería, demándame por publicidad engañosa y exige que te
devuelvan el dinero (por exigir, que no quede).
Tampoco pretende ser un ensayo. Tendría que saber mucho de
lo que hablo para poder escribirlo, y si yo supiera de lo que hablo,
no habría aguantado ni un año saliendo por la tele, ni por supuesto haciendo anuncios.
Ante todo, voy a intentar que sea un libro sincero, sin más pretensión que la de ser honesto contigo, que ya me parece mucho
pretender. Después, ya en un alarde de presunción, intentaré que
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sea un libro de lectura entretenida. Ya, es mucho pedir, lo sé. Con
la cantidad de coñazos que se publican por ahí, la tentación de
convertirme en un escritor serio, respetado y reputado es grande.
Pero tranquilo, me falta talento y me sobran horas de sexo para
que eso me pueda llegar a ocurrir. Igual por esa razón he escrito
un libro sobre lo único realmente auténtico y de valor que puedo
aportar y compartir.
Lo que SÍ es este libro
Es una invitación a una fiesta que se llama «diferencia». Es una
oda a todo aquel que no le teme al fracaso propio y ajeno. ¿Ajeno?
Sí, ajeno. Porque éste también es un manual para aprender a decir
NO. Una palabra que a veces es muchísimo más positiva, motivadora y constructiva que un SÍ.
Vamos a rendir un homenaje más al que se arriesga, al que se
lanza, al que toma la decisión más cara, no porque nadie le obliga,
sino porque se lo dicta su propia conciencia, y está dispuesto a
acarrear con todas sus consecuencias. Y vamos a cargar contra
cualquier subproducto de autoayuda que pretenda forrarse a costa de hacerte sentir mal por lo mal que ya te sientes.
Éste no es sólo un libro sobre la diferencia, sino sobre todo sobre su primer —y en ocasiones, único— gran efecto. Éste es un libro sobre la molestia. Creo en una molestia que se puede provocar, desarrollar y gestionar. Y creo que sus efectos pueden ser tan
positivos para uno mismo como para los demás.
Que conste que es mi experiencia. Es lo que me ha funcionado
A MÍ. Bueno, a mí y como veremos más adelante, a unos cuantos
más también. Que cada uno se prepare los espaguetis en su casa
como le dé la gana. Ésta no es más que mi receta. Ni mágica, ni
polémica, ni revolucionaria. Simplemente, la mía. La misma que
he estado aplicando sobre mi personaje televisivo durante estos
seis años con mayor o menor acierto, la misma que he intentado
aplicar durante los quince años anteriores sobre las decenas de
marcas para las que he tenido la suerte de trabajar.
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En las páginas siguientes intentaré analizar y ordenar de forma
más o menos metódica el arte de convertirse en una molestia con
la legítima ambición de ganar algo de dinero por el camino. Y de
divertirse un poco, por qué no, también.
En la primera parte del libro trato de definir y especificar qué
entendemos por molestia. Para eso haré un breve recorrido por
diferentes disciplinas con el fin de intentar acotar y enumerar
todo lo positivo que una buena molestia ha aportado y aún tiene
que aportar al mundo, que como ya te puedes imaginar, es mucho.
También empezaré el racconto parcial, subjetivo y absolutamente
sesgado del caso «Operación Triunfo» («OT»), la oportunidad que
me llevó a participar durante tres ediciones en el mayor talent
show jamás producido en España hasta ese momento, y la experiencia que me permitió elaborar y desarrollar la teoría de la molestia que tienes entre manos. Hay que decir que en este caso cualquier parecido con la realidad es pura conveniencia.
En la segunda parte estudiaremos a fondo el Método Annoyo­
mics©, su aplicación práctica y una forma como otra cualquiera
de planificar e implementar tu molestia. Veremos los pasos para
aplicarlo y, sobre todo, veremos casos de éxito, personas, empresas, productos o servicios a los que ser molestos les ha proporcionado resultados muy provechosos.
Por último, en la tercera parte del libro he querido recoger una
conclusión lo más concisa posible sobre la teoría y la práctica expuestas en las dos partes anteriores.
Como he dicho más arriba, no pretendo cambiarle la vida a nadie. Básicamente porque tampoco sabría qué ponerle en su lugar.
Bienvenidos al apasionante mundo de la molestia.
Bienvenidos al apasionante mundo de Annoyomics.
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