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Pablo, el Espíritu y el Pueblo de Dios

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Pablo, el Espíritu y el Pueblo de Dios
Pablo,
el Espíritu
y el Pueblo
de Dios
Gordon D. Fee
La misión de Editorial Vida es proporcionar los recursos
necesarios a fin de alcanzar a las personas para Jesucristo y
ayudarlas a crecer en su fe.
PABLO, EL ESPÍRITU Y EL PUEBLO DE DIOS
Edición en español publicada
por Editorial Vida -2007
Miami, Florida
© 2007 Editorial Vida
Publicado en inglés con el título:
Paul, the Spirit, and the People of God
Por Hendrickson Publishers, Inc.
© 1996 por Hendrickson Publishers, Inc.
lgunas porciones de este libro están adaptadas de:
A
God’s Empowering Presence: The Holy Spirit in the Letters of Paul
© 1994 por Hendrickson Publishers, Inc., Peabody Massachusetts.
Traducción: Pedro Gómez Flores
Edición: Anabel Fernández Ortiz
Diseño interior: Eugenia Chinchilla
Diseño de cubierta: Ismael López Medel
Reservados todos los derechos. A menos que se indique lo contrario, el texto bíblico se tomó de la Santa Biblia Nueva Versión
Internacional. © 1999 por Sociedad Bíblica Internacional.
ISBN–10: 0-8297-5387-7
ISBN–13: 978-5387-5387-5
Categoría: Vida cristiana / General
Impreso en Estados Unidos de América
Printed in the United States of America
07
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v
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5
4
3
2
1
índice
Presentación de la “Biblioteca Teológica Vida”....................... VII
Prefacio....................................................................................................... XV
Obertura: Una invitación a leer de nuevo a Pablo ....................XXI
1. ¿Una “teología” del Espíritu? ........................................................ 1
El Espíritu en la teología paulina
2. Dios visita nuevamente a su pueblo: . ........................................ 9
El Espíritu como la renovada presencia de Dios
3. El Santo ¿quién?.................................................................................. 25
El Espíritu como persona
4. Dios en tres personas....................................................................... 37
El Espíritu Santo y la Trinidad
5. El principio del fin: . ........................................................................... 50
El Espíritu como evidencia de la “presencia del futuro”
6. Un pueblo para su nombre: ........................................................... 65
El Espíritu y el pueblo de Dios
7. Conversión: La entrada (Parte 1). . ............................................. 77
El Espíritu y la percepción del Evangelio
8. Conversión: La entrada (Parte 2). . ............................................. 87
El Espíritu en el punto de acceso
9. Conversión: permanecer (Parte 1)..............................................101
El Espíritu y la ética paulina
10. Conversión: permanecer (Parte 2). .........................................117
El fruto del Espíritu
11. La lucha constante:.........................................................................132
El Espíritu contra la carne
12. Poder en la debilidad:....................................................................148
El Espíritu, la debilidad presente y la oración
13. Para alabanza de su gloria: ..........................................................161
El Espíritu y la adoración
14. ¿Los dones controvertidos? .......................................................173
El Espíritu y los charismata
15. ¿Adónde vamos desde aquí?: . .................................................192
El Espíritu para hoy y mañana
Apéndice: El Bautismo del Espíritu y el bautismo de agua en
los escritos de Pablo........................................................208
Bibliografía en castellano.....................................................................221
PREFACIO
Este libro tiene una historia un tanto accidentada. Es la obra que
habría esperado escribir hace algunos años a petición de Hendrickson Publishers cuando me propusieron una “ligera ampliación”
de un artículo acerca del Espíritu Santo en las cartas paulinas, que
apareció en el Dictionary of Pentecostal and Charismatic Movements (Grand Rapids, Zondervan, 1988). Para mi sorpresa, mientras trabajaba en la redacción de ese artículo descubrí que no había ningún libro sobre el tema. De modo que me propuse escribir
una obra que llenara este vacío.
Sin embargo, estaba también deseoso de apoyar las conclusiones que había expuesto en el mencionado artículo del diccionario.
Con esta idea en mente decidí dedicarme a realizar una exégesis
completa y concienzuda de todos los textos paulinos que mencionaban al Espíritu o su actividad. El resultado de este trabajo
fue God’s Empowering Presence (Peabody, Mass.: Hendrickson,
1994. De aquí en adelante GEP, una obra muy extensa llena de
(necesarios) detalles y de prolija argumentación.
De modo que el primer acercamiento acabó siendo un libro
dirigido principalmente a estudiosos y pastores, que intentaba
introducir cierto equilibrio en las presentaciones de la teología
paulina. Aunque se ha hablado mucho del importante papel que
desempeña el Espíritu en la vida y el pensamiento de Pablo, los
eruditos del Nuevo Testamento en general, y en especial los paulinistas, han relegado este papel a un segundo plano. En parte escribí GEP para corregir esta situación.
Lo que ha llevado a la presentación de este material ha sido mi
temor de que las cosas que verdaderamente preocupaban a Pablo —según yo las percibo— pudieran haber quedado sepultadas
por la extensión del primer libro, o por la esquemática presentación que se hace de su teología en los últimos cuatro capítulos.
Este libro pretende acercar el material en cuestión al público
en general. No se trata de una mera reedición del “mamotreto” sin
XV
Pablo, el Espíritu y el Pueblo de Dios
las más de setecientas páginas de exégesis. Aunque es cierto que
la mayor parte del contenido que aparece aquí procede de GEP,
ha sido en gran parte redactado de nuevo y reordenado para enfocar aquellas cosas que me interesan especialmente. En aquellas
cuestiones que requieren un fundamento exegético, remito sistemáticamente al lector a las páginas de GEP.
En todo esto me han ayudado especialmente tres personas. En
primer lugar, Patrick Alexander, de Hendrickson Publishers —responsable de la edición del primer libro—, que ha estado animándome persistentemente a dedicarme a la redacción de esta obra. En
segundo lugar, Hendrickson encargó a Chris Armstrong que trabajara en una reexpresión inicial de los capítulos 1 y 12-16 de GEP
para hacer que el material fuera más fácil de leer. Su sugerente redacción ha servido como fundamento de una buena parte de este
libro. En tercer lugar, Wendy Zoba de Christianity Today, insistió
en la posibilidad de que trabajara para condensar el contenido de
GEP en un artículo para su revista. Al hacerlo, conseguí finalmente
clarificar mis inquietudes y prioridades para este volumen.
Para dar una idea al lector de cuáles son las inquietudes que
subyacen tras este libro, quiero explicarlas con detalle (ligeramente modificadas respecto a la forma en que se las presenté a
Wendy):
a. En pocas palabras, es algo que probablemente se capta
solo al final de GEP, a saber, el testimonio generalmente inefectivo y la irrelevancia que se percibe en la Iglesia de la cultura
occidental. Es aquí donde, a mi entender, se pone de relieve
la verdadera diferencia entre Pablo y nosotros, donde en una
cultura parecida a la nuestra, los primeros creyentes parecen
haber sido más efectivos que nosotros. Estoy convencido de
que esto se debe, en gran parte, a su experiencia de la realidad
de la presencia del Espíritu.
b. Esto es, pues, lo que me hace sentir incómodo con los
acercamientos al Espíritu que polarizan las cuestiones de los
“dones” y el “fruto” y que parece caracterizar una buena parte
del cristianismo contemporáneo. Para la Iglesia Primitiva el Espíritu era una presencia que capacitaba, y tal formación tenía
que ver con fruto, testimonio y dones.
XVI
Prefacio
c. Algo crucial a esta experiencia fue la idea que la Iglesia
primitiva tenía del Espíritu, como cumplimiento de las esperanzas judías del regreso de la presencia de Dios (de ahí la enorme
importancia que tiene la imaginería del templo en los escritos
de Pablo). Para los primeros cristianos esto significó que el Espíritu no era solo la presencia personal de Dios en ellos (individualmente) y entre ellos (colectivamente), sino que su comprensión de Dios había de ensancharse para llegar a ser trinitaria. Aunque Pablo no utilizó esta clase de lenguaje, su nueva
comprensión de la existencia (como estar en Cristo) era pues,
en esencia, completamente trinitaria.
d. Igual de crucial a la experiencia del Espíritu era la concepción que la Iglesia primitiva tenía de sí misma como “completamente escatológica”, en el sentido del “ya/todavía no”.
Los primeros creyentes creían realmente que el futuro había
comenzado, y esto estaba atestiguado por el don del Espíritu
derramado, quien era también la garantía de la consumación
futura.
e. En el centro mismo de esta nueva concepción estaba su
percepción de sí mismos como pueblo de Dios recién constituido. La meta de la Salvación en Cristo, el núcleo de la teología
paulina, era que Dios iba a crear “un pueblo para su nombre”.
Y el don del Espíritu escatológico (el Espíritu que evidenciaba
que el futuro había llegado, y que era la garantía de su consumación) es la esencia de esta Salvación. Una idea central de
esta nueva concepción era que ahora se entraba a formar parte
del pueblo de Dios de manera individual: por medio de la fe en
Cristo y, especialmente, a través de la experiencia del Espíritu.
f. Sin embargo, aunque las personas llegaban a ser miembros
del pueblo de Dios de manera individual, la meta no era simplemente preparar a una serie de individuos para el cielo, sino
crear un pueblo que, por el poder del Espíritu, viviera la vida
del futuro (la vida del propio Dios) en la era presente. El “fruto
del Espíritu”, por tanto, aunque se lleva a cabo por medio de
la participación individual, tiene que ver principalmente con la
vida de la comunidad (como sucede, en general, con la ética de
Pablo).
XVII
Pablo, el Espíritu y el Pueblo de Dios
g. El “Espíritu doxológico”, que es ahora el agente clave en la
adoración del recién constituido pueblo de Dios, dota también
a su pueblo para que, tanto en esta dotación en sí, como en
su diversidad, todo el cuerpo sea edificado para vivir su nueva
existencia escatológica mientras los creyentes esperan el advenimiento final de Dios.
Esta experiencia personal y poderosa del Espíritu escatológico no solo les transformaba de manera individual, sino que les
hacía efectivos como pueblo de las Buenas Nuevas en la cultura pagana greco-romana. Y esta es la razón por la que creo
que tuvieron un enorme impacto, y por la que haríamos bien en
hacer nuestra parte de esta realidad.
Esta comunicación previa de mis inquietudes constituye un
bosquejo esencial de lo que sigue.
He de dar las gracias a otras cuatro personas que leyeron todo
el manuscrito y ofrecieron muchas sugerencias provechosas para
mejorar su contenido y hacerlo más fácil de leer: mi actual profesor
adjunto, Den Pinter, quien también confeccionó el Índice de textos
bíblicos; mi hija —y en este momento estudiante del Regent College— Cherith Nordling; mi hijo Mark, que lo leyó con los ojos de pastor pensando en su pueblo; y especialmente mi esposa, Maudine,
quien con paciencia trabajó por todo el texto para quitar algo de
la “grasa” y la “retahíla magisterial”, y cuyos giros expresivos he ido
utilizando de vez en cuando. Con sumo placer dedico este trabajo
a ella, mi maravillosa amiga y compañera, en este año de nuestro
cuadragésimo aniversario.
Algunas otras anotaciones respecto a los usos poco corrientes,
que se derivan de mi trabajo en GEP, serán también de ayuda para
el lector.
En primer lugar, a pesar de algunas (esperadas) objeciones, sigo
basando mi teología de Pablo en las trece cartas canónicas que se
le atribuyen. Quienes han presentado objeciones a mi acercamiento han de convencerme de lo contrario con pruebas más sólidas.
En segundo lugar, la mayoría de las listas de referencias siguen
lo que yo entiendo como el orden cronológico de estas cartas: 1
y 2 Tesalonicenses, 1 y 2 Corintios, Gálatas, Romanos, Filemón,
XVIII
Prefacio
Colosenses, Efesios, Filipenses, 1 Timoteo, Tito, 2 Timoteo.
En tercer lugar, las traducciones sin referencia específica (NIV,
NRSV, etc.) son mías, aunque en ocasiones solo he alterado ligeramente traducciones ya existentes.
En cuarto lugar, en el capítulo 2 de GEP presenté una perspectiva general un tanto técnica de todos los usos de pneuma (“Espíritu/espíritu”) y pneumatikos (“espiritual”) en el corpus paulino.
Quiero mencionar dos conclusiones que afectan a las cuestiones
de traducción y uso pensando en los lectores de esta obra.
a.En algunos lugares es extraordinariamente difícil entender si Pablo está hablando de su propio “espíritu” o del papel
del Espíritu Santo. Por ejemplo, cuando dice en 1 Corintios
14:15, “mi pneuma ora”, el contexto deja claro que Pablo quiere decir algo parecido a: “el Espíritu Santo ora por medio de
mi espíritu”. He traducido estos usos con la poco elegante expresión “E/espíritu”, con el fin de preservar la ambigüedad así
como para apuntar el papel del Espíritu en tales pasajes.
b.Hay pruebas abrumadoras en el sentido de que Pablo,
muy en consonancia con el uso del primer siglo, nunca pretendió que el término pneumatikos se refiriera al espíritu humano
o a cierta idea imprecisa como la que expresa el término “espiritual”, que en castellano funciona como un adjetivo que significa “religioso”, “inmaterial”, “pavoroso”, “no secular”, o “piadoso”. En cualquier caso, en los escritos de Pablo el principal
referente de esta palabra es el Espíritu Santo, aun cuando se
contrasta con las “bendiciones materiales” en 1 Corintios 9:11.
Por esta razón siempre escribo este adjetivo con mayúsculas
(Espiritual; cf. Espiritualidad) cuando lo utilizo con el sentido
paulino; escribo “espiritual” (en minúscula) cuando lo utilizo de
un modo más contemporáneo.
En quinto lugar, uno de los puntos débiles de este libro es que
no me he esforzado en comparar a Pablo con los demás autores
del Nuevo Testamento. Mi objetivo ha sido escuchar a Pablo en
sus propios términos. Es de esperar que encuentre un espacio entre otros libros de este tipo: el de Gary Burge (acerca de Juan);
XIX
Pablo, el Espíritu y el Pueblo de Dios
el de James Shelton (acerca de Lucas-Hechos); y el de Gerald
Hawthorne (acerca de Jesús).
Por último, escribir GEP ha transformado mi vida. Ha sido muy
gratificante —y humillante— saber de parte de un importante número de otras personas, por carta, teléfono, o conversaciones
personales, que la lectura de las porciones exegéticas de este libro les ha enriquecido. Presento esta nueva versión del material
con la ferviente oración de que pueda tener un efecto parecido
en muchos de quienes lo lean.
Epifanía, 1996
XX
OBERTURA: UNA INVITACIÓN A
LEER DE NUEVO A PABLO
Lee a Pablo de un modo muy superficial quien no reconoce que, para él, la presencia del Espíritu, como una
realidad viva y experimental, era el asunto crucial de la
vida cristiana,
de principio a fin.
Los cristianos de hoy tienen razones para preocuparse.
En un mundo cada vez más secular, individualista y relativista
—calificado de “poscristiano” en la década de los 60 y llamado ahora “posmoderno”—, a la Iglesia se la considera sistemáticamente
como un ente irrelevante, en el mejor de los casos, y prehistórico
en el peor. Con franqueza, una buena parte de la culpa la tiene
la propia Iglesia, especialmente aquellos de nosotros que nos
preciamos de ser ortodoxos por lo que a la fe histórica se refiere.
Puesto que demasiado a menudo nuestra ortodoxia, o bien se ha
diluido en su alianza profana con una agenda política determinada,
desleído en éticas legalistas o relativistas completamente ajenas
al carácter de Dios, o se ha convertido en ineficaz por un profundo
racionalismo en un mundo que cada vez es menos racionalista.
Pero hay también razones para la esperanza puesto que el
postmodernismo contemporáneo se parece mucho a la cultura
del mundo greco-romano en la que el Evangelio hizo su aparición hace unos dos mil años. El secreto del éxito de los primeros
creyentes en su cultura estaba, en primer lugar, en las “buenas
noticias” centradas en la vida, muerte, y resurrección de Jesús.
Enmanuel había venido, y traído consigo tanto la revelación del
carácter de Dios (¿“Tanto tiempo he estado con ustedes y todavía
no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí ha visto al Padre”,
XXI
Capítulo 1
¿Una “Teología” del Espíritu?
El Espíritu en la Teología Paulina
Tengo un recuerdo especial de mi profesor de Teología, de
postgrado, afirmando con insistencia: “todos tenemos alguna forma de teología [es decir, una rudimentaria concepción de Dios y
del mundo, que nos sirve de fundamento para vivir]; por tanto, el
asunto no es si la tenemos o no, sino si la que tenemos es o no
correcta”.
Reconozco, pues, abiertamente, que éste es principalmente un
libro acerca de la teología de Pablo, es decir, de la manera en la
que Pablo entendía a Dios y su forma de proceder y, asimismo,
acerca del papel que desempeña el Espíritu dentro de esta teología. No hay duda de que, para algunos, escribir un libro de “teología” acerca del Espíritu hace un flaco favor a la comprensión de las
cuestiones relativas al Espíritu; y en muchos sentidos comparto su
opinión. Pero no tenemos una palabra mejor y, en último término,
la salud de la Iglesia contemporánea demanda que su teología y
su experiencia del Espíritu se correspondan de un modo mucho
más estrecho de lo que lo han hecho durante una gran parte del
pasado.
Normalmente, la Teología pretende llegar a una comprensión
de las cosas divinas mediante el estudio y la reflexión, y procura
sistematizar en un todo coherente las diferentes verdades que
creemos acerca de Dios y su manera de proceder. Sin embargo, a
Pablo no le encontramos reflexionando acerca del Espíritu Santo
más de lo que le encontramos reflexionando respecto al sentido
de la Santa Cena o las relaciones internas de la Trinidad; son cosas
que el apóstol presupone y que va mencionando aquí y allá. Como
sucede a menudo con estas cuestiones fundamentales, rara vez
las consideramos de manera reflexiva. Son, sencillamente, parte
de la vida de cada día y nuestros comentarios acerca de tales co
El Espíritu en la teología paulina
sas suelen ser muy naturales y realistas, sin argumentos o explicaciones.
Sin embargo, Pablo está constantemente haciendo teología. A
diferencia de la teología reflexiva y académica del erudito, la suya
es una “teología desde la labor”, es el tipo de teología que se
lleva a cabo en el mercado, donde las creencias y la experiencia
de Dios se encuentran directamente con los sistemas de pensamiento, las religiones y la vida cotidiana de las gentes inmersas en
la cultura grecorromana de la segunda mitad del siglo I. La teología que Pablo hace desde su labor es aún más compleja, si cabe,
puesto que se desarrolla en un medio diverso desde un punto de
vista racial y sociológico. En parte, por tanto, las cuestiones que
Pablo plantea tienen que ver con lo que el Dios de los judíos (el
único Dios) estaba haciendo en la Historia por medio de Cristo y
del Espíritu, lo cual para Pablo tenía lugar dentro de un contexto
principalmente gentil.
A esta clase de escenario, Pablo llegó predicando, experimentando, reflexionando y planteando verdades antiguas y nuevas,
mientras luchaba por entender lo que significaba el hecho de que
judíos y gentiles formaban parte del único pueblo de Dios. Durante este proceso, el apóstol estuvo siempre “haciendo” teología,
esforzándose por entender el modo en que el Evangelio operaba
y prevalecía en este nuevo contexto tan radicalmente distinto del
mucho más aislado mundo judío en el que las Buenas Nuevas habían hecho su aparición.
En esta nueva lectura de Pablo nos interesa lo que el apóstol
dice acerca del Espíritu, puesto que sus palabras son nuestra principal ventana a esta concepción. Sin embargo, hemos de intentar
algo más que reunir todos estos pasajes y examinarlos en referencia con una serie de presupuestos doctrinales, puesto que en el
caso del Espíritu estamos tratando con la cuestión esencial de la
experiencia cristiana. Al fin y al cabo, la única teología que merece
la pena es aquella susceptible de traducirse en vida; y, en último
término, la idea que Pablo tiene del Espíritu es un asunto de fe
expresado en vida. Fue mediante la experiencia del Espíritu como
los primeros creyentes recibieron la Salvación que Jesucristo había logrado, y llegaron a entender que estaban viviendo en el co
Continuidad y descontinuidad
mienzo del periodo del fin. Para ellos, el Espíritu era, por un lado,
la evidencia de que el extraordinario futuro que Dios tenía para
su pueblo había llegado hasta ellos en tiempo presente y, por otro
lado, la garantía de que Dios concluiría lo que había comenzado en
Cristo (es decir, el marco escatológico de Pablo). De este modo, el
Espíritu se convierte en algo fundamental para la totalidad de su
experiencia y para la comprensión de su vida presente en Cristo.
Mi deseo es que comprendamos bien tanto las realidades experimentadas por las iglesias del Nuevo Testamento, como el entendimiento que Pablo tenía de ellas, y que podamos hacerlo de un
modo ecuánime e íntegro.
CONTINUIDAD Y DISCONTINUIDAD CON EL PASADO
Una de las principales cuestiones que se plantean en la teología
paulina es la de la continuidad y discontinuidad entre el antiguo
pacto y el nuevo, es decir, entre la palabra de Dios dada a Israel, comunicada por medio de profetas y poetas, y la palabra de Dios para
su pueblo a través de Cristo Jesús, y comunicada por apóstoles y
maestros. Leemos las cartas de Pablo como parte del Nuevo Testamento, el registro del nuevo pacto de Dios con su pueblo llevado
a cabo por medio de Cristo y el Espíritu. Pero, de hecho, Pablo no
sabía que estaba contribuyendo a la formación de tal “nuevo testamento”. Para él, el “nuevo pacto” no tenía nada que ver con un
registro escrito, sino con una realidad histórica, expresada de una
manera nueva en la Santa Cena y experimentada en la cotidianidad
mediante la presencia del Espíritu. Por tanto, la pregunta es ¿cómo
se relaciona lo nuevo con lo antiguo? ¿Sustituye el nuevo pacto al antiguo como un
Una de las
tratado absolutamente distinto? ¿O acaso
principales
el nuevo es cumplimiento del antiguo y, de
cuestiones que se
plantean en la teo- este modo, lleva consigo mucho de lo anterior? Para entender correctamente a Palogía paulina es la
de la continuidad y blo hemos de advertir que su perspectiva
discontinuidad entre es una extensión de la tradición religiosa
el antiguo pacto y el en la que creció, en especial la comprensión de sus raíces veterotestamentarias, y
nuevo
al tiempo modifica.
Capítulo 1
En primer lugar, hemos de reconocer su sentido de continuidad
con respecto a su propia herencia. Pablo se ve a sí mismo y a las
iglesias por él establecidas, en línea directa con el pueblo de Dios
en el Antiguo Testamento; y a pesar de sus profundas convicciones respecto a las radicales implicaciones de la venida de Cristo y
el Espíritu, el apóstol revalida con regularidad dicha continuidad.
Aplica los acontecimientos del Éxodo a una Iglesia principalmente
gentil: “todos nuestros padres… en Moisés fueron bautizados en
la nube y en el mar” (1 Cor 10:1-2). Cuando trata con los gentiles
gálatas que estaban en peligro de ceder a la circuncisión, Pablo
no solo apela a Abraham y a las promesas del antiguo pacto, sino
que les pregunta con franqueza: “Díganme, los que desean estar
bajo la ley, ¿no oyen la ley?” y a continuación expone el “verdadero
significado” de Sara y Agar, Isaac e Ismael en vista de Cristo y el
Espíritu (Gál 4:21-31). El apóstol nunca habla de un “nuevo Israel”
o de un “nuevo pueblo de Dios”, sino del “Israel de Dios” (Gál 6:16),
un Israel en continuidad con el pasado, pero formado ahora indistintamente por judíos y gentiles como un único pueblo de Dios.
Sin embargo, para Pablo es igualmente claro que existe una discontinuidad. El pueblo de Dios ha sido ahora formado de un modo
nuevo. Cristo es la “meta de la ley” (Rom 10:4), y el Espíritu, “el
Espíritu Santo de la promesa” (Gál 3:14; Ef 1:13). La muerte y resurrección de Cristo han llevado a su fin la observancia de la Torá
(vivir sobre la base de la ley veterotestamentaria, Rom 7:4-6; 8:23); ser guiado por el Espíritu ha sustituido a la observancia de los
preceptos como forma de cumplir la Torá (Gál 5:18); de hecho, las
justas demandas de la ley se cumplen ahora en aquellos que andan
en/por el Espíritu (Rom 8:4).
El Espíritu Santo era una parte esencial del futuro prometidode Israel. Para Pablo, el don del “Espíritu Santo de la promesa”
(Ef 1:13) es la segura evidencia de que el futuro se había ya puesto
en marcha. Entender cómo ha cumplido el Espíritu esta promesa,
y el modo en que esto influyó en la percepción que la Iglesia Primitiva tenía de sí misma, es una parte de esta invitación a leer a Pablo
de un modo nuevo.
Puesto que el Espíritu desempeña este papel integral en el cumplimiento del nuevo pacto, sería apropiado incluir un capítulo en
Un centro teológico escurridizo
este libro acerca de los antecedentes paulinos, es decir, respecto
al papel del Espíritu en el Antiguo Testamento y en el judaísmo del
periodo intertestamentario. Sin embargo, en lugar de esto, he decidido ir mostrando a lo largo de este libro cuáles podrían ser sus
expectativas y cómo entiende Pablo que el Espíritu las cumple.
UN CENTRO TEOLÓGICO ESCURRIDIZO
Es necesaria una última palabra introductoria relativa al largo
debate dentro del mundo académico con respecto a lo que constituye el “meollo” de la teología de Pablo. La perspectiva tradicional
promovida por los reformadores y perpetuada por muchas generaciones de protestantes es que la clave del pensamiento paulino
es “la justificación por la fe”. Esta posición subraya el histórico acto
salvífico de Cristo a nuestro favor y nuestra percepción de él por la
fe. Lo inadecuado de esta perspectiva es que se centra en una de
las metáforas de la Salvación, la “justificación”, y excluye las otras.
La debilidad de este enfoque es que no arroja la red lo suficientemente lejos como para captar todas las inquietudes teológicas de
Pablo.
En respuesta, otros consideran que el centro que buscamos
está en la experiencia mística de Pablo que se articula con la expresión “en Cristo”. Esta postura trasladó el enfoque de la obra
histórica de Cristo y su apropiación por parte del creyente, a la
constante experiencia de Cristo (especialmente en el caso de Pablo). Aunque de algún modo esta idea sirvió para corregir el punto
de vista tradicional, algunos eruditos paulinos contemporáneos
han reconocido que ambos acercamientos son, en cierto modo, limitados. No obstante, el resultado frecuente ha sido un énfasis en
Esto es exactamente lo que hice en forma de apéndice en GEP, 904–15.
Aquellos que deseen considerar un útil resumen de este debate, especialmente en sus expresiones
más recientes, pueden ver la obra de J. Plevnik, “The Center of Pauline Theology”, Catholic Biblical
Quarterly 61 (1989) 461–78.
El término “justificación” procede del ámbito de la jurisprudencia. Es una metáfora que se utiliza
de manera natural cuando nos movemos en la esfera de la ley judía; de hecho, se utiliza casi exclusivamente en este medio. En otros pasajes, Pablo utiliza distintas metáforas procedentes de una
serie de contextos sociales diferentes: por ejemplo, la redención (en el contexto de la esclavitud), la
adopción (una metáfora del ámbito familiar; ver el capítulo 6), la propiciación (tomada del sistema de
sacrificios), el lavamiento (también de la esfera de las prácticas religiosas judías), la reconciliación (en
un contexto de enemistad entre personas).
Ver GEP, 12, n. 13.
Capítulo 1
la diversidad y “carácter contingente” de las cartas de Pablo hasta
tal punto que muchos estudiosos, representativos del postmodernismo contemporáneo, han perdido toda esperanza de hallar un
verdadero centro de la teología paulina, o incluso de encontrar
alguna coherencia en ella.
Por lo que a mí respecta, tengo dos convicciones. En primer
lugar, creo que en la concepción paulina de Cristo y el Espíritu
existe un núcleo estable, y que una gran parte del mismo, presupone Pablo, se basa en su sentido de continuidad con el antiguo.
Por otra parte, todo este núcleo se encuentra en lo que él llama
simplemente “el Evangelio”. Para el apóstol, el Evangelio tenía un
núcleo de contenido fundamental: un contenido que era común
a todos los primeros cristianos (ver p. ej., 1 Cor 15:1-3, 11). Las
aparentes variaciones en la teología de Pablo, tal como yo las entiendo, tienen que ver con las implicaciones de este contenido común para la misión a los gentiles, a lo cual dedicó las dos últimas
décadas de su vida.
En segundo lugar, y en consonancia con el talante de nuestro
tiempo, estoy convencido de que el centro teológico del pensamiento de Pablo es tan difícil de sintetizar porque comprende demasiados aspectos como para poder formularse en una sola frase.
Parece mucho más fácil aislar los elementos esenciales que fundamentan la teología paulina y que constituyen el núcleo alrededor
del cual se aglutinan los demás temas:
• La Iglesia como comunidad escatológica (es decir, una comunidad que vive en el principio del “tiempo del fin”), formada
por el pueblo de Dios del Nuevo Pacto.
• El marco escatológico de la existencia y pensamiento de este
nuevo pueblo.
• La formación del nuevo pueblo de Dios por la nueva salvación
escatológica que se lleva a cabo por medio de la muerte y resurrección de Cristo.
Lo que está en juego para muchos es la relación de coherencia y contingencia cuando se intenta reconstruir la teología paulina. Es decir, ¿se puede extrapolar un núcleo teológico coherente a partir de
las cartas de Pablo que sirva de una forma de teología “sistemática” paulina? ¿O acaso la naturaleza
ad hoc de las cartas, lo cual significa que la teología se expresa siempre en la contingencia de aquella
específica situación histórica, descartaría la posibilidad de encontrar tal coherencia?
Un centro teológico escurridizo
• La concepción que tiene este pueblo de Jesús como Mesías,
Señor e Hijo de Dios.
Dicho de otro modo:
• El fundamento: un Dios misericordioso y generoso, lleno de
amor hacia nosotros.
• El marco: el cumplimiento de las promesas de Dios como
algo ya iniciado, pero aún no consumado.
• El enfoque: Jesús, el Hijo de Dios, quien como siervo sufriente de Dios ganó la salvación escatológica para la Humanidad,
a través de su muerte y resurrección, y que ahora es el Señor
exaltado y el Rey cuya venida esperamos.
•El fruto: la Iglesia como comunidad escatológica que, formada como pueblo por la muerte de Cristo y el don del Espíritu
y que es, de este modo, restaurada según la imagen de Dios,
se convierte en el nuevo pueblo del Pacto de Dios.
Si estos puntos representan un enunciado correcto de la perspectiva de Pablo (y del resto del Nuevo Testamento), podemos
además derivar lo siguiente: por un lado, y como señalaremos en
el capítulo 5, parece imposible entender a Pablo sin reconocer la
Escatología como el marco esencial de todo su pensamiento teológico; por otra parte, dentro de este marco de referencia, la preocupación esencial es el asunto de la Salvación en Cristo. Dicha
salvación es “escatológica” en el sentido de que aquella salvación
final que aún aguarda al creyente, es ya una realidad presente por
medio de Cristo y del Espíritu. Es “en Cristo”, en el sentido de que
aquello que se originó en Dios fue llevado a cabo en la Historia por
medio de la muerte y resurrección de Cristo, y se recibe a través
de la obra del Espíritu Santo, quien es también la clave de la vida
cristiana durante este periodo intermedio hasta la consumación
final que tendrá lugar con la parusía (venida) de Cristo.
No hace falta mucha reflexión para reconocer que, aparte del
enfoque en Jesucristo como Mesías, Señor y Salvador, el Espíri
Capítulo 1
tu es un ingrediente esencial en cada uno de estos aspectos del
centro teológico de Pablo. De ahí mi convicción de que el Espíritu
está muy cerca del centro del pensamiento paulino, siendo una
parte del núcleo fundamental de su concepción del Evangelio. La
experiencia del Espíritu es clave para su marco escatológico caracterizado por el “ya, pero todavía no”; el Espíritu es el agente
esencial para que los creyentes experimenten y expresen la Salvación que Dios ha llevado a cabo en Cristo; el Espíritu constituye a la Iglesia como nuevo pueblo (escatológico) de Dios y transforma a sus miembros según la imagen de
Cristo mediante el fruto que produce en
Es justo decir
sus vidas; es también el Espíritu quien les
que “sin el piñón
capacita en la adoración para animarse y
de soporte del
edificarse unos a otros. Es justo decir que
Espíritu, toda la
“sin el piñón de soporte del Espíritu, toda
teología de
la teología de Pablo se desplomaría por
Pablo se
completo”.
desplomaría por
Por último, quiero observar que el procompleto”.
pósito de todo esto no es meramente informativo. No sería honesto si no admitiera
que mi intención es persuadir. Sin embargo, en este caso, la persuasión no tiene que ver con tener o no razón. Mi verdadera preocupación, tanto para mí mismo como para la Iglesia de nuestro
tiempo, es que, en este asunto, todos volvamos a nuestras raíces
bíblicas y, de este modo podamos desempeñar nuestro papel en
el milenio que está ya a la vuelta de la esquina.
C. Pinnock, “The Concept of Spirit in the Epistles of Paul” (Ph.D. dissertation; Manchester, 1963) 2; cf.
S. Neill y N. T. Wright, The Interpretation of the New Testament 1861–1986 (Oxford: Oxford University
Press, 1988) 203: “La doctrina del Espíritu Santo, en Pablo, es mucho más importante y característica
que su doctrina de la justificación por la fe”.
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