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PAPÁ ESTÁ GORDO
Ediciones Palabra
Madrid
Título original: Dad is Fat
Copyright © 2013 by Jim Gaffigan
Spanish translation © 2016 Ediciones Palabra, S.A.
This translation published by arrangement with Crown Archetype,
an imprint of the Crown Publishing Group, a división of Penguin Random House LLC
and International Editor’s Co.
© Ediciones Palabra, S.A., 2016
Paseo de la Castellana, 210 - 28046 MADRID (España)
Telf.: (34) 91 350 77 20 - (34) 91 350 77 39
www.palabra.es
[email protected]
© Traducción: José Gabriel Rodríguez Pazos
Fotografías: todas las fotografías son cortesía del autor,
excepto la del capítulo “¡Comeos la ensaladilla!”,
© Mindy Tucker; la segunda del capítulo “En misa y repicando”,
© Kai Cheung; y la de la página “Sobre el autor”, © Corey Melton.
Diseño de cubierta: Raúl Ostos
ISBN: 978-84-9061-368-9
Depósito Legal: M. 1.931-2016
Impresión: Gráficas Gohegraf, S. L.
Printed in Spain - Impreso en España
Todos los derechos reservados.
No está permitida la reproducción total o parcial de este libro, ni su tratamiento
informático, ni la transmisión de ninguna forma o por cualquier medio, ya sea
electrónico, mecánico, por fotocopia, por registro u otros métodos,
sin el permiso previo y por escrito del editor.
JIM GAFFIGAN
PAPÁ ESTÁ GORDO
palabra
Dedicatoria y agradecimiento
Este libro está dedicado a Jeannie.
Me resulta un tanto estúpido –y
hasta insultante– «dedicarle» aquí
este libro a Jeannie o expresar mi
«agradecimiento». No hace justicia a la participación de Jeannie en
Papá está gordo. Este libro ha sido en
realidad nuestro libro. Jeannie no
solo me ha convertido en padre y
mejor humorista, sino también en
escritor. Sí, Jeannie es mágica. Si
eres un incondicional admirador de
Jeannie, escucharás su voz en este
libro. En atención a lectores como
tú, he decidido no incluir los gritos.
La imagen de Jeannie sentada delante del ordenador para convertir
en un texto coherente la sarta de
incongruencias que yo le iba pasando, mientras le daba el pecho al recién nacido Patrick, me acompañará siempre. No entiendo cómo tuve
la tremenda suerte de que Jeannie
llegara a ser mi escritora ayudante, mi amante, mi amiga…, pero
con ella me ha tocado la lotería. La verdad es que ha resultado ser
una fantástica primera esposa.
Prefacio
¿Que Jim Gaffigan ha escrito un libro? ¿Ese no es el tío de los
Hot Pockets1? Estoy seguro de que se arrepiente de aquel monólogo:
«¡Hoooot Poooockets!». Bueno, a algunos les hace gracia. ¿Qué necesidad tenía de escribir un libro? ¿Por qué se lo publican? Ni siquiera
tiene pinta de haber leído un libro en su vida. Bueno, a lo mejor uno de
cocina. No, demasiado vago como para ponerse a cocinar... A lo mejor
un libro sobre comida. Supongo que es que ahora a cualquiera le publican un libro. Eso, suponiendo que lo haya escrito ÉL. Seguro que
se lo habrá encargado a un negro. Él no tiene pinta de negro: es pálido
como un fantasma. ¿Pero es tan pálido como parece? ¿Y a qué viene
ese título: Papá está gordo? Es evidente que es gordo. Un momento…,
¿no es este el tío de los diez hijos? Lo mires por donde lo mires, tener
tantos hijos hoy en día es ciertamente extravagante. Espero que este
no sea un libro de esos en los que el autor no hace más quejarse de sus
hijos; o, peor aún, una de esas cursilerías del tipo «adoro a mis hijos».
¡Puaj! Qué curioso: yo nunca digo «puaj». Ah, ya veo: está haciendo
como si fuera yo, el lector, el que está hablando. Por eso lo ha puesto en
cursiva. Yo jamás haría una cosa así en el prefacio de un libro.
1
Los Hot Pockets son una especie de empanadillas para microondas muy populares
en Estados Unidos. Jim Gaffigan se hizo famoso por sus monólogos dedicados a este
tipo de comida rápida (N. del T.).
Carta a mis hijos
Queridos hijos:
Soy vuestro papá. El padre de vosotros cinco, pálidas criaturas.
Dado lo atractiva y fértil que es vuestra madre, puede que seáis
más cuando leáis este libro. Si estáis leyendo esto, probablemente
yo esté muerto. Lo digo porque, sinceramente, no se me ocurre
ninguna otra circunstancia en la que a vosotros os pueda interesar
nada de lo que yo haga. Es más, hoy por hoy, os veo más interesados en que yo no haga cosas como trabajar, dormir, sonreír… Es
broma. Bueno, más o menos. Os quiero con toda mi alma, pero
probablemente vosotros sois la causa de que esté muerto.
Bueno, vale…, no fuisteis vosotros los que me matasteis. Fue
vuestra madre. ¡No dejaba de quedarse embarazada! No entiendo
cómo. No penséis en ello: os daría mucho yuyu. Hubo un momento en que tuve miedo de que se quedara embarazada estando ya
embarazada. Era tan fértil que llegué a prohibirle que tocara los
aguacates... Pero, bueno, a lo que iba: este libro recoge mis observaciones como padre vuestro cuando vosotros erais muy pequeños y yo todavía tenía pelo, allá por 2013.
¿Y por qué un libro? Pues porque, desde que llegasteis a mi
vida, fuisteis un constante motivo de diversión y, al mismo tiempo, casi conseguís que me vuelva loco. Sentí, pues, la necesidad
de poner por escrito mis observaciones. Y también lo hice por
dinero, para que pudierais seguir comiendo y rompiendo cosas. A
propósito, siento mucho haberos gritado tanto y también el ruido
ese que hacía aplaudiendo fuerte. Lo de aplaudir fuerte ya lo hacía mi padre y yo no lo soportaba, así que os podéis imaginar lo
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Papá est á go r do
mucho que me dolía hacéroslo a vosotros. Y me dolía, fundamentalmente, por el daño que me hacía en las manos.
Os estaréis preguntando cómo escribí este libro. Desde muy
pequeños, algo os decía que yo no era un tipo muy listo. Seguramente fueron todas las veces que tuvisteis que corregirme cuando
no conseguía leer todas las palabras de El gato garabato. ¡Porras!,
si escribir un correo electrónico se me hace un mundo… (¡gracias, corrector ortográfico!). Escribí este libro con ayuda de mucha gente, pero sobre todo de vuestra madre. Vuestra madre no
es solo la única mujer a la que he amado, sino también la persona
más divertida que conozco. Quitando los momentos en que me
gritaba mientras daba a luz, ella me ha hecho reír como nadie.
Os quiero.
Papá
P.D.: ¿Cómo conseguisteis meter aquel hula hoop en el restaurante en la Semana Santa de 2011?
Quién es quién en el reparto
Jim Gaffigan (Papá). Jim considera un honor poder interpretar el
papel de papá, que forma parte del título de esta obra. Antes de trabajar en Papá es gordo, el señor Gaffigan interpretó también el papel
protagonista de El tío es un mediocre, y está muy emocionado por la
oportunidad que le ha sido concedida de trabajar con actores de la
talla de los que constituyen el reparto de Papá es gordo. «Jim Gaffigan no tiene prácticamente ninguna formación, capacidad o talento
para desempeñar este papel» –New York Times.
Jeannie Noth Gaffigan (Mamá, Directora, Productora, Vestuario,
Diseño de peinado y maquillaje, Directora de reparto, Directora técnica,
Catering, Música y letra, Ujier, Coreógrafa, Música y letra adicional).
Además, la señora Noth Gaffigan ayuda a Jim Gaffigan a desempeñar su papel de padre.
Marre Gaffigan (La mayor, Actriz de reparto, Miembro fundador
de la compañía Papá es gordo). La señorita Gaffigan tiene ocho años,
cursa tercero de Primaria y es una consumada bailarina. Participó
en el musical En tiempos tuve una cama solo para mí.
Jack Gaffigan (Primer hijo varón, Actor de reparto, Sonido y efectos
especiales). Jack actuó anteriormente en Berrear sin motivo alguno.
Tiene seis años y le gustaría dar las gracias a Dios por ser tan sumamente guapo, lo cual le sirvió para hacerse con el papel protagonista
del exitoso Soy demasiado mono como para que me castigues.
Katie Gaffigan (La del medio, Actriz de reparto). Katie tiene tres
años y sirvió de fuente de inspiración para la canción «Tú eres mi
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Papá est á go r do
sol». Le gustaría dar las gracias a los creadores de Scooby Doo y el
color verde.
Michael Gaffigan (Bebé por poco tiempo, Actor de reparto). Michael tiene un año y no ha dejado de asombrar a la audiencia desde
su debut en 2011. Le gustaría dar las gracias a todos los que le animaron a luchar por alcanzar el sueño de su infancia: jugar con un
balón.
Patrick Gaffigan (Recién nacido, Actor de reparto). Patrick es el
último fichaje. Actor absolutamente incombustible, solo lleva unas
semanas en la compañía, pero ya ha ganado el premio Recién nacido
con más cólicos 2012.
Escenario: Época actual. Un pequeño y abarrotado apartamento del Bowery, en el centro de Manhattan.
No hay intermedio. Nunca.
Te arrepentirás
Cuando yo era soltero, estaba convencido de que aquellos amigos míos que daban el paso y tenían su primer hijo eran víctimas
de una abducción alienígena, porque desaparecían del planeta y
reaparecían un año después totalmente irreconocibles. Admito,
no obstante, que esa creencia pudiera tener que ver con lo mucho
que yo veía Expediente X.
Cuando empecé a salir con Jeannie, la idea de casarnos y tener
niños me parecía algo sencillo. Casualmente, por aquel entonces,
un amigo de la infancia que había sido abducido por los alienígenas –es decir, que se había casado y tenido un hijo– un año antes
me invitó a que le hiciera una visita.
Mi amigo, su mujer y el niño de un año se habían mudado al
suroeste del país. Como yo trabajaba en Los Ángeles, una visita de
fin de semana era perfectamente factible. Pensé que sería fantástico que me acompañara Jeannie, ya que así podríamos ver cómo
sería nuestra vida cuando nos casáramos y tuviéramos un niño.
Mi amigo Tom (he cambiado el nombre para preservar su identidad y nuestra amistad) nos propuso un plan de coger el coche e
irnos a hacer senderismo al Gran Cañón. A mí aquello me parecía
innecesariamente cansado y de un aire libre excesivo, pero sabía
que a mi atlética Jeannie le encantaría.
Jeannie y yo llegamos de noche, mucho más tarde de lo previsto, debido a un retraso en nuestro vuelo. Cuando entramos en la
casa de Tom, que estaba en penumbra, nos dijeron que permaneciéramos en silencio para no despertar al niño. Me sentí como un
adolescente que entra a escondidas en casa, porque llega tarde.
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Papá est á go r do
Entramos de puntillas en la habitación de invitados, sin poder
evitar una risita.
—¡Creo que tenemos un problema! –me susurró Jeannie.
Una vez que nos hubimos instalado en la habitación, Tom vino
a darnos las buenas noches y nos dijo que saldríamos rumbo al
Gran Cañón a las siete de la mañana, así que se iba a dormir para
estar descansado. Cuando Tom cerró la puerta, Jeannie me miró
desconcertada y dijo:
—Creí entenderte que íbamos a cenar o algo así.
Yo miré mi reloj: eran las nueve. Pensé: «Bueno, Tom ya es
padre. Supongo que esto forma parte de la paternidad. Debe de
ser lo que hace la gente adulta. No toman nada antes de irse a la
cama».
A la mañana siguiente, a las siete en punto, comenzamos nuestro largo y pintoresco viaje al Gran Cañón. En el Saab de Tom, los
caballeros íbamos sentados delante y las damas detrás, con el niño
de un año entre ellas. La primera alarma que saltó en el viaje tuvo
que ver con el hecho de que solo había un reproductor de CD que
se podía utilizar en el coche: el que llevaban para relajar al niño.
El volumen podría subir o bajar en función de las necesidades del
niño. Pues vale.
Hicimos kilómetros y kilómetros charlando y escuchando canciones con letras tales como «Ding-dong-ding, ding-dong-ding».
Para el que nunca haya viajado por el suroeste del país, la única
cosa más impactante que la belleza del paisaje es la ausencia de
gente. Uno puede pasarse horas y horas sin ver un alma. Los restaurantes son escasos, caros y con poco donde elegir. Pronto paramos
para comer y yo probé mi primera –y espero que última– ensalada
de tacos, con fritos de maíz como ingrediente principal.
Pasamos por delante de una tienda de cecina de vaca de esas
en las que te dan el producto desde una ventanilla, sin bajarte
del coche. No es que fuera una tienda que solo vendía cecina
de vaca: era una tienda que solo vendía cecina de vaca a través
de una ventanilla, sin bajarte del coche. Supongo que tiene su
lógica, porque si uno come cecina de vaca debe de ser porque
está tan ocupado que no tiene tiempo para bajar a comprársela.
Empecé entonces a improvisar con voz cómica lo que debía de
Te ar r epentirá s
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estar pensando el dueño de la tienda cuando se le ocurrió aquella brillante idea:
—Para todos aquellos que van con mucha prisa y no tienen
tiempo de aparcar sus pick-ups para bajarse a comprar cecina de
vaca de primera…
Tenía su gracia. Al menos eso pensaron Jeannie y Tom. La mujer de Tom, Barb (también le he cambiado el nombre), me dijo
educadamente que estaba molestando al niño. Me volví para mirar al niño, que estaba profundamente dormido. No supe qué decir. Me quedé callado. Nos pasamos el resto del viaje hasta el Gran
Cañón en completo silencio, escuchando el CD relajante del niño:
«Ding-dong-ding, ding-dong-ding».
Llegamos al Gran Cañón hacia la una de la tarde. Los «hoteles»
del Gran Cañón los gestiona el gobierno, por lo que parecen más
bien barracones militares. Cuando estábamos en la cola, esperando
a que nos asignaran habitaciones, la mujer de Tom dijo que el niño
necesitaba salir fuera. El niño no había dicho que necesitara nada,
pero –no se sabe cómo– Barb tenía la certeza de que el niño necesitaba salir. En cualquier caso, Jeannie y yo nos quedaríamos haciendo cola. Antes de acompañar a Barb, quien a su vez acompañaba al
niño que quería salir fuera, Tom me dijo que había reservado dos
habitaciones contiguas y que me asegurara de que las habitaciones
que nos daban eran contiguas. Después de esperar media hora más,
llegué al mostrador, donde me informaron de que, si quería habitaciones contiguas, tenía que esperar una hora más. Dije que no era
necesario, que cogeríamos habitaciones separadas.
Cuando me estaban dando las llaves (y tengo que decir que
eran llaves, llaves), llegó Tom:
—¿Son habitaciones contiguas?
Le expliqué que no, que eso supondría esperar una hora más.
Al escuchar esto, a Tom se le cambió la cara; se le veía contrariado y muy decepcionado conmigo; y pidió a la mujer que atendía
el mostrador que nos diera habitaciones contiguas, que no nos
importaba esperar. A mí sí me importaba esperar, pero volví a
callarme.
Después de perder una hora, dejamos nuestras cosas en nuestras
contiguas habitaciones y nos fuimos a hacer senderismo al Gran
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Papá est á go r do
Cañón. Tom y Barb llevaban tiempo viviendo en el suroeste y tenían
experiencia en lo de hacer senderismo por esa parte del país, así
que iban convenientemente equipados. Tom nos dio unas mochilas
especiales llenas de agua y puso al niño en una mochila con parasol
que Barb llevaba a la espalda. Yo tuve la sensación de estar sacando
clandestinamente del Tibet al nuevo Dalai Lama. Después de pertrecharnos convenientemente con todo nuestro equipo, nos pusimos a
andar. A los veinte minutos, el niño emitió un leve chillido, ante el
que Barb reaccionó inmediatamente:
—Bueno, tenemos que volvernos. El niño necesita echar una
siesta.
Por un momento pensé que lo decía en broma, pero entonces
me di cuenta de algo horrible: pensaban que nosotros también
nos volvíamos. Ponernos todo aquel innecesario equipo nos había
llevado más tiempo que el que llevábamos andando. Miré a Jeannie, a la que se veía claramente decepcionada: había viajado desde
muy lejos para visitar el Gran Cañón por primera vez en su vida y
la excursión estaba a punto de concluir. Me miró como diciendo:
«Me temo que nos tenemos que volver». En un desacostumbrado
gesto de caballerosidad, les espeté:
—Nosotros seguimos. Puede que sea la única ocasión de ver
esto que tengamos en nuestra vida, y mola bastante, ¿no?
Después de un silencio demasiado prolongado, Barb dijo:
—Sí, claro… Nos volvemos solo nosotros. Vamos, Tom.
Tom parecía de nuevo contrariado y preguntó:
—¿Cuánto tiempo calculáis que estaréis por ahí?
Yo dirigí la vista al largo y tortuoso sendero, intentando divisar
el río Colorado, que discurría varios kilómetros más abajo.
—No sé, supongo que un par de horas.
—Vale. Tocad en nuestra puerta cuando volváis.
«¡Caray!, tampoco estoy en tan baja forma», pensé yo.
Cuando se fueron, caí en la cuenta de que Jeannie y yo no habíamos tenido una conversación solos desde el comienzo de aquel
viaje.
—No sé qué está pasando aquí –dijo Jeannie–, pero yo me crié
con un montón de niños pequeños alrededor y lo normal es que se
duerman en cualquier sitio.
Te ar r epentirá s
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Como no quería criticar a un buen amigo, le dije que probablemente no teníamos ni idea de lo abrumadora que es la tarea de
lidiar con un niño de un año. Le concedí a Tom el beneficio de la
duda.
Recorrer el Gran Cañón no es fácil, pero yo lo conseguí. Sin
que me pagaran nada a cambio, todo hay que decirlo. Lo más
frustrante fue cuando me di cuenta de que, una vez que has recorrido el Gran Cañón, tienes que salir de allí abajo. Y no hay ascensor. ¡¿Será posible?! Jeannie estaba disfrutando como los indios.
A mí me ardían las piernas y estaba realmente agotado, pero fingí
que me lo estaba pasando bomba.
Cuando llegamos de vuelta al hotel, nos sorprendió ver a Barb
y a Tom sentados fuera de su habitación. ¿Se habrían dejado la
llave dentro? Tom, que tenía cara de cansado, nos explicó:
—El niño acaba de dormirse.
Recuerdo que pensé: «¿Está alguna vez despierto este niño?».
Cuando abrí la puerta de nuestra habitación, Barb y Tom entraron y se sentaron en una de las camas. Tom cogió el mando a
distancia y se puso a zapear por los tres únicos canales que se podían sintonizar. Me disculpé y les dije que me gustaría echar una
cabezadita antes de cenar y que si no les importaba irse a ver la
televisión a su habitación.
Tom y Barb parecían no entender nada.
—¡En nuestra habitación no podemos encender la televisión!
–estalló Tom—. ¡Está durmiendo el niño! Pensábamos que podríamos estar viendo la tele en vuestra habitación mientras dormía el
niño… ¡Os hemos estado esperando dos horas!
Yo estaba muy desconcertado. ¿Era esto ser padre? Le expliqué
que tenía las piernas muy doloridas, que estaba muy cansado y que
necesitaba echar una cabezadita. Con un evidente esfuerzo por contener su ira, Tom me preguntó si, una vez que hubiera echado mi
cabezadita, sería tan amable de dar un toquecito en su puerta para
que ellos pudieran venir a nuestra habitación. Volví a disculparme:
casi no podía andar y, como no me acostara una hora, iba a estar hecho polvo el resto de la tarde. Barb y Tom salieron de la habitación
dando un portazo.
—¡Vivir para ver! –dijo Jeannie.
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Papá est á go r do
Ella fue a ducharse y a hacer cosas de chicas, mientras yo me
quedaba profundamente dormido durante tres cuartos de hora,
sin ni siquiera descalzarme.
Cuando me desperté de mi cabezadita, toqué delicadamente en
su puerta para irnos a cenar juntos a alguna cafetería gubernamental. Barb –que ya estaba en pijama– no quiso venir. Cuando
le pregunté si quería que le trajéramos algo, me respondió de manera cortante:
—Ya he cenado con el niño. No te preocupes. Id sin mí. Gajes
del oficio de madre. ¿Puedo usar vuestro baño para lavarme los
dientes.
—Sí, por supuesto –contesté. Y pensé: «No vayas a molestar al
niño con el ruido del cepillo».
En el camino a la cafetería, me di cuenta de que Tom estaba
muy callado. Cuando le pregunté si pasaba algo, se paró, miró al
suelo y esbozó una sonrisa:
—Lo entenderás cuando seas padre.
—¿Entender qué?
Y, en tono condescendiente, me dijo:
—Te arrepentirás de haber echado esa siesta.
¿Arrepentirme? Me he arrepentido de muchas cosas en mi vida,
pero nunca de haber echado una siesta. Entonces lo vi claro: la importancia de las habitaciones contiguas era que el niño necesitaba
una habitación para él solo, y la otra era para nosotros cuatro. La
nuestra era una especie de «sala de descompresión», un sitio donde
relajarse y descansar de la ardua tarea de ser padres. Volví a disculparme, pero no pude evitar pensar que, si las reglas se hubieran
explicado desde el principio, se podría haber evitado aquella situación. Me parecía que lo lógico habría sido dejar clara aquella cuestión organizativa, antes de que yo me cargara la función de «sala
de descompresión» que tenía nuestra habitación. Más lógico aún
habría sido coger tres habitaciones y reconocer que el niño necesitaba la suya. Yo estaba convencido de que aquello habría evitado
las situaciones un tanto violentas que habíamos vivido. Pero, bueno,
yo nunca había sido abducido por alienígenas.
Tom aceptó mis disculpas, y a la mañana siguiente emprendimos el viaje de vuelta por la larga carretera que atravesaba el
Te ar r epentirá s
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desierto. Estaba siendo un viaje relativamente tranquilo, a no ser
por la música del CD del niño: «Ding-dong-ding, ding-dong-ding».
De repente, no se sabe de dónde, salió un enorme ciervo que atravesó la carretera delante del coche. Tom dio un volantazo para esquivarlo, pero el ciervo se quedó parado como… Bueno, como un
ciervo deslumbrado por los faros. Nos estrellamos contra el ciervo
a ochenta kilómetros por hora. Todos gritamos horrorizados. El
coche quedó destrozado y el ciervo herido salió corriendo hasta
que desapareció en el desierto. Aparte del ciervo, todos estábamos
bien, gracias a Dios. Y el niño, el que mejor. Ni siquiera se había
despertado. «Ding-dong-ding, ding-dong-ding».
La secta
Recuerdo que, cuando veía a gente que iba con niños pequeños
en los aviones, siempre pensaba: «¡Qué extraño! ¿Cómo puede haber nadie que quiera someterse a sí mismo a esa tortura?». No lo
pillaba. Veía a los padres como si fueran miembros de una secta.
Y, la verdad, no andaba muy descaminado. Ser padre es pertenecer a una secta.
Es mucho más que dormir poco y vestir de manera desaliñada.
Lo que sigue son características de las sectas, según la American
Family Foundation. He añadido alguna aclaración entre [corchetes].
• Los miembros del grupo [padres] profesan una obediencia ciega e incuestionable al líder [su hijo].
• Los miembros del grupo [padres] se afanan por atraer nuevos
miembros.
• Los miembros del grupo [padres] se afanan por conseguir dinero.
• El líder [hijo] provoca sentimientos de culpabilidad en los
miembros [padres] con el fin de controlarlos.
• La ciega sumisión de los miembros [padres] al grupo [hijos]
hace que abandonen toda relación con familiares y amigos y
que renuncien a objetivos y actividades personales que centraban su interés antes de unirse al grupo.
• Se espera de los miembros [padres] que dediquen al grupo [hijos] una cantidad de tiempo desproporcionada.
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Papá est á go r do
• Se recomienda o exige a los miembros [padres] que vivan [en
barrios periféricos] y/o se relacionen [reuniones de niños para
jugar, cumpleaños, etc.] únicamente con otros miembros del
grupo [padres].
Todo esto, que puede parecer histérico y aterrador, es verdad
solo en parte. Sí, a primera vista los padres podemos parecer zombis a los que han lavado el cerebro, pero no lo somos. No lo somos.
Nos encanta ser padres. Nos encanta. A ti también te va a encantar.
Únete a nosotros. Únete. ¡Debes unirte! Llévate, por favor, este folleto y no dejes de ver este vídeo de Baby Einstein. ¿A que es genial?
Te va a acabar encantando. Te dará paz. (Auxilio, estoy atrapado).
¡ÚNETE!
En justicia, hay que decir que los intangibles beneficios que reporta ser padres están ocultos detrás de esta terrorífica fachada. No
me di cuenta hasta que tuve hijos. ¿Cómo iba a darme cuenta? Yo
nunca había estado combatiendo en Vietnam y cenando en París el
mismo día. No tenía ninguna referencia que me ayudara a entender
el dolor del combate y el romance que un padre puede experimentar en el mismo día. No conocía el gozo que supone conseguir que
se duerma un niño de dos años. Bueno, sigo sin conocerlo, pero esa
es otra cuestión… Para los que no tienen hijos, lo de ser padre es
una cosa rara. Carece de toda lógica. Uno tiene que pertenecer a la
secta para entenderlo. Evidentemente, no intento forzar a nadie. La
decisión es cosa tuya, tómate tu tiempo. Pero la nave espacial llega
el jueves.
Familiar
A mí se me considera un humorista «limpio». Esto quiere decir, fundamentalmente, que no suelo decir palabrotas y no cuento
chistes verdes. Y no es que yo me lo propusiera; simplemente, ha
acabado siendo así. Cuando estás hablando de magdalenas en un
monólogo, no hace demasiada falta decir tacos o recurrir al sexo.
De vez en cuando, algún periodista se refiere a mí como un humorista «familiar», y eso siempre me pone enfermo.
Como padre que soy, sé perfectamente que «familiar» no es más
que un sinónimo de malo. Los restaurantes familiares sirven una
comida horrible. Los hoteles familiares tienen el mismo encanto
que puede tener un aquapark. En realidad, cualquier cosa a la que
se añade el adjetivo familiar es mala. ¿Has estado alguna vez en
unos «aseos familiares»? El estado en que me los encuentro hace
que siempre los asocie a las gasolineras.
El aspecto más terrible de todo lo que sea «familiar» es que siempre hay otras familias. Por definición, esas otras familias tienen niños, lo que se traduce en más gritos. Los niños tienden a portarse
tan mal como el que peor se porte en la sala. Las leyes de la física
establecen que, si hay un niño gritando y corriendo en el vestíbulo
de un hotel, el resto de niños presentes se pondrán a gritar y correr
en el vestíbulo del hotel.
Probablemente, solo hay una cosa peor que las que llevan la etiqueta «familiar»: las que llevan la etiqueta «para niños». Que una
cosa sea «para niños» significa que no se considera en absoluto lo
que un adulto puede querer o necesitar. Y no es que sea de menor
calidad: es que es horrible. Podrían llamarlo también «antiadultos».
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Papá est á go r do
Quizá contra lo que hay que estar prevenidos es contra todo aquello
a lo que ponen etiquetas. Si uno lo piensa, cuando etiquetan una
cosa es por algo. A mí algunas etiquetas me dan un cierto yuyu. En
cuanto veo destinos turísticos con la etiqueta «ambiente incomparable», empiezo a sospechar. Conmigo que no cuenten. Muchas veces
la gente dice de algunos sitios que no son adecuados para llevar
niños. Esos son los que yo quiero. Cuando me hablan de restaurantes que no están preparados para llevar niños, siempre pienso
lo mismo: «¡Debe de ser un sitio increíble! ¡Vamos a llamar a una
canguro!».
Ten hijos: la condición
El hecho de ser padre de cinco niños ha hecho que empiece a
valorar lo que de verdad importa en la vida. Y, muy especialmente,
la sublimidad de estar solo. Claro que ahora no estoy solo nunca.
Tengo cinco hijos a los que quiero con toda mi alma. Incluso al
que me proporcionó el título de este libro.
Esto lo escribió mi ex hijo.
Y la expresión «Tengo hijos» está siempre en presente. Siempre
están conmigo. Incluso cuando no están a mi lado, «tengo hijos».
Cuando viajo, «tengo hijos»; y el estar separado de ellos me hace
sentirme culpable. Si estoy en el baño, disfrutando de un poco de
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Papá est á go r do
tiempo privado de papi, «tengo hijos» que tocarán en la puerta:
«Papá, ¿qué haces ahí dentro?». Como si les estuviera ofendiendo.
«Tengo hijos», lo mismo que «tengo alopecia típica de varón». Es
una condición incurable, y yo la tengo. Los síntomas incluyen fatiga constante, incapacidad para dormir y, por supuesto, interrupción frecuente del sueño.
Me entran unas paranoias terribles cuando estoy con gente que
no tiene niños, porque yo sí «tengo hijos». Entre ellos, me siento
un marginado. Una vez que sale el tema de que tengo niños, me
quedo mirando a las caras de los jóvenes solteros. Me los imagino retrocediendo un discreto pasito hacia atrás, como para evitar
contagios, y con una expresión en el rostro que me está diciendo:
«No sabes cómo lo siento». Algo así como si yo me hubiera prestado inocente y voluntariamente a contraer la lepra y a estar en
cuarentena para siempre, alejado del mundo de la diversión, mediante el procedimiento de tener niños.
Evidentemente, mi temor a ser rechazado por amigos sin niños
carece de fundamento alguno. Me he vuelto un hipocondríaco en
lo que respecta a mi actual estado; y lo más probable es que esta
sea la consecuencia de cómo veía yo a los que tenían hijos cuando
yo era soltero y no los tenía. Siempre pensé que, si me acercaba
demasiado a uno que tuviera hijos, un tropezón fortuito me haría
caer en una cinta transportadora que me conduciría a un barrio
periférico, donde empezaría a acostarme a una hora razonable.
Pero lo cierto es que mis amigos sin hijos han manifestado su
admiración por el valor con que me enfrento a mi enfermedad:
«¡Qué valiente!», «¡Ánimo!», «¡Lo superarás!». Eso no quiere decir
que no me tomen un poco el pelo porque no puedo ir a divertirme
saliendo de bares con ellos durante toda la noche. A menudo percibo el retintín de los comentarios cuando excuso mi asistencia a
un plan de juerga nocturna hasta altas horas. Y me voy entonces a
casa, a mi particular juerga nocturna. También me lo paso bien y,
al igual que mis amigos, me despierto por la mañana como si me
hubiera atropellado un camión. Con lo que sé perfectamente que
no me estoy perdiendo nada.
Claro que no es el tipo de juerga que se corren mis amigos. Esa
no la tendrán hasta que cojan el virus, tengan hijos y descubran qué
Ten hijos: l a c ondició n
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es pasárselo bien de verdad. Y, cuando digo «pasárselo bien», me
refiero a «tener hijos» que te hacen valorar la sublimidad de estar
solo. Bueno, a mí me parece sublime. Bueno, ya no me acuerdo. No
paso solo el suficiente tiempo como para acordarme.
El llanero solitario
Recuerdo que, cuando estaba soltero, yo era una persona solitaria porque quería. Comía solo, iba solo al cine y pasaba mucho
tiempo solo. Por aquel entonces, me parecía absurda la mera idea
de tener compañeros de piso. Ahora tengo muchos. Una de ocho
años, uno de seis, una de tres, uno de uno y otro al que creo que todavía no me han presentado. ¡Cinco, nada menos! Cinco niños pueden parecerte algo abrumador… ¿Pero cómo crees que me siento
yo? Hace diez años, prácticamente no quedaba con nadie, y ahora
mi apartamento rebosa literalmente de niños. Es como si me hubiera olvidado de guardar la manteca de cacahuete por la noche.
Lo cierto es que yo no había pensado nunca en casarme, y mucho menos en tener niños. Supongo que sí tenía la típica idea romántica de ser padre algún día; pero, bueno, también tenía la romántica idea de ser astronauta, y, en serio, lo de ser astronauta me
parecía más realista. Aparte de mis características físicas, nada en
mi infancia, adolescencia o juventud hacía suponer que yo tendría
hijos algún día. Mientras que era evidente que muchísimas cosas
apuntaban a que muy probablemente sería astronauta… Bueno,
vale, sí, que bebí Tang una vez.
Yo era el pequeño de seis hermanos. Sí, vengo de una familia
numerosa, pero hay que decir que el hecho de ser el pequeño de
seis hermanos no te prepara para la paternidad. Para lo único que
te prepara es para la filiación. Nunca he hecho de canguro ni he
sido monitor de campamento. No he tenido primos más pequeños, y ni siquiera vecinos con hijos más pequeños que yo. Lo más
cerca que había estado de un niño pequeño es cuando veía en la
televisión La hora de Bill Cosby y Raven-Symoné se fue a vivir con
los Huxtable durante varias temporadas.
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Papá est á go r do
Nada en la elección de mi profesión hacía suponer que me acabaría casando y teniendo hijos. La de humorista es una vida nómada y noctámbula, poco compatible con la mínima normalidad y
previsibilidad que requiere una sana participación en la sociedad,
y no digamos la sana participación en la educación de un niño. Ha
habido épocas en mi vida en las que solo tenía que hacer una cosa
en todo el día, pero no lo conseguía. «Tengo que ir a correos, pero
para eso tendría que vestirme. Y cierran a las cinco… Creo que lo
voy a dejar para la semana que viene». Los humoristas son, normalmente, personas introspectivas y marginales que se parecen más a
los juguetes que nadie quiere en Rodolfo, el reno de la nariz roja que
a los padres «normales» que sacan en televisión.
La mayoría de los monologuistas son muy conscientes de que no
son personas normales. No tiene nada de normal salir a un escenario
para hacer reír a gente que uno no conoce de nada. Pruébalo si no.
Es de lo más raro. Por naturaleza, nos gusta llevar la contraria. Dile
a un humorista que haga algo: lo más probable es que haga justo lo
contrario para ver cómo reaccionas. «Deberías jugar al fútbol, como
tu hermano»; «Deberías dedicarte a las finanzas, como tu padre»;
«Deberías escribir un libro inteligente, divertido y bien escrito, como
Bill Cosby».
Cuando ya me había hecho a la idea de limitarme a ser el tío que
vive en Nueva York y al que sus sobrinos consideran un tipo muy peculiar, conocí a Jeannie. Jeannie era distinta a todas las mujeres que
había conocido y que conoceré. Era, en parte, vecina, en parte, superestrella, en parte, paciente de un hospital psiquiátrico. Jeannie era
la mayor de nueve hermanos, y, cuando la conocí, estaba dirigiendo
una obra de Shakespeare en versión hip-hop, en la que participaban unos cincuenta niños de barrios marginales. ¡Sin cobrar! Ahí
estaba aquella divertida, sexy e inteligente mujer, apasionada por su
arte y apasionada por los niños. Trabajar con niños era una fuente de
inspiración para Jeannie, y estar con ella era una fuente de inspiración para mí. La nuestra era una relación alucinante. Jeannie quería
cuidar de mí, literalmente. Y yo, por mi parte, tenía un inexplicable
–casi genético– deseo de proporcionarle alguien a quien cuidar.
Por primera vez en mi vida, sentí que podía pasar el resto de mi
vida con alguien. ¡Caray!, y hasta tener un hijo con esa persona.
El ll aner o so lit ar io
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Porque, aunque yo no sabía nada de niños, seguro que Jeannie se
encargaba de todo. Digo yo. En cualquier caso, sabía que no tendría que pagarle. Al final, conseguí engañar a Jeannie para que se
casara conmigo, y fue entonces cuando descubrí que Jeannie se
quedaba embarazada con solo mirar a los niños.
Así que ahora soy un llanero solitario con un caso agudo de enfermedad crónica que se llama «niños». Estoy aprendiendo a vivir
con la enfermedad y también a aconsejar a otros aquejados de la
misma dolencia. En esta línea, estoy organizando una vez al año un
maratón de sueño para conseguir fondos destinados a la investigación. Si quieres colaborar –y no me cabe duda de que quieres–, no
tienes más que hacer un donativo de cien dólares por cada hora que
yo duerma. Estarás prestando un inestimable servicio humanitario
y yo llegaré a ser mejor padre gracias a tu solidaridad y apoyo. Nos
beneficiamos los dos. Ya sé que suena como si me estuvieras pagando por dormir, pero es mucho más. Juntos podemos hacer que esto
de ser padre sea mucho más llevadero. Al menos, será más llevadero
para mí y mi cuenta corriente. Gracias por tu generosidad.
Postrados en cama con niños.
Podría ser porque Jim Gaffigan es muy perezoso y además
tiene mala vista o porque tiene cinco hijos pequeños y vive en un
apartamento de dos habitaciones en el centro de Nueva York. Jim
es como cualquiera: una persona muy ocupada, muy centrado en
sí mismo y va agotado por la vida. La única diferencia, quizá, es
que Jim Gaffigan es humorista profesional y muy, muy guapo.
JIM GAFFIGAN
JIM GAFFIGAN
¿Alguna vez te has leído un libro que te haya cambiado la vida?
Bueno, Jim Gaffigan tampoco.
Lleno de agudas observaciones y de un humor explosivo, Papá
está gordo es el homenaje de Jim a su vida rodeado de su familia,
con todas sus alegrías y también con sus horrores. A la vez, es una
petición de ayuda de un padre que se ha dado cuenta de que él y
su mujer se han convertido en minoría en su propio hogar.
«Divertidísimo… te hará estallar en carcajadas. Es uno de los
retratos más sinceros y atractivos sobre la paternidad compuesto por un humorista de nuestros días». — Publishers Weekly
«Una mirada honesta a la realidad de lo que supone ser
padres y al buen humor que sustenta todo. Pero más divertido
aún». — Babble.com
Visita su web jimgaffigan.com o síguele en Twitter
@JimGaffigan
ISBN 978-84-9061-368-9
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