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una misma fe - Panel Internacional de Traducción de Literatura

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una misma fe - Panel Internacional de Traducción de Literatura
Una Misma Fe
Primera edición en España: abril 2005
© Centro Mundial Bahá’í, 2005
Traducción aprobada por el Panel Internacional
para la Traduccción de Textos Bahá’ís al Español
© De la presente edición: ARCA EDITORIAL, S.L., 2005
Marconi, 250
08224 Terrassa (Barcelona)
ISBN: 84-95652-17-X
Depósito Legal: D.L.B. 23842 - 2005
Impresión: Gràfiques Olsa
Impreso en España – Printed in Spain
Reservados todos los derechos. Este libro no podrá ser reproducido,
ni total ni parcialmente por medio alguno, sin la previa
autorización del editor.
P
E
R E F A C I O
N RIDVAN
de 2002 dirigimos una carta abierta
.
a los líderes religiosos del mundo. Nuestra acción partía de la convicción de que la enfermedad de los odios
sectarios, si no se corta tajantemente, amenaza con tener consecuencias desgarradoras que dejarán pocas zonas del mundo
sin afectar. La carta reconocía con aprecio los logros del movimiento interconfesional, al que los bahá’ís han procurado contribuir desde muy temprano a partir de la puesta en marcha de
dicho movimiento. No obstante, pensábamos que debíamos
constatar de manera diáfana que si se pretende afrontar la crisis
religiosa de forma igual de seria como ha ocurrido con los demás prejuicios que afligen a la humanidad, la religión organizada ha de encontrar dentro de sí el coraje comparable para
elevarse por encima de los rígidos preconceptos heredados del
pasado distante.
Por encima de todo, expresamos nuestra convicción de que
ha llegado la hora en que el liderazgo religioso debe afrontar
ii
UNA MISMA FE
con honestidad y sin más evasivas las implicaciones de la
verdad de que Dios es uno solo y que, más allá de toda diversidad de expresión cultural e interpretación humana, la
religión también es una sola. Fueron presentimientos de esta
verdad los que originalmente inspiraron el movimiento
interconfesional y los que lo han apoyado a través de las
vicisitudes de los últimos cien años. Lejos de cuestionar la
validez de ninguna de las grandes confesiones reveladas, este
principio tiene la capacidad de asegurar su pertinencia continua. Sin embargo, con objeto de ejercer su influencia, el
reconocimiento de esta realidad ha de operar en el fondo del
discurso religioso, y fue con esta intención que pensamos
que nuestra carta debía ser explícita en articularla.
La respuesta ha sido alentadora. Las instituciones bahá’ís
de todo el mundo se aseguraron de que se entregaran millares de copias del documento a las personalidades influyentes de las comunidades de las principales confesiones. Si
bien no es de sorprender que el mensaje que contenía fue
pasado por alto en algunos círculos, los bahá’ís informan de
que, por lo general, fueron recibidos calurosamente. Particularmente notoria ha sido la sinceridad obvia de la aflicción con que muchos de los receptores ven que las instituciones religiosas no han ayudado a la humanidad a responder a desafíos cuya naturaleza esencial es espiritual y moral.
Las discusiones se han tornado rápidamente hacia la necesidad de un cambio fundamental en la forma en que las masas
de creyentes de la humanidad se relacionan entre sí, y en un
número significativo de casos los receptores de la carta se
han sentido inclinados a reproducirla y distribuirla a otros
clérigos de sus respectivas tradiciones. Estamos deseosos de
UNA MISMA FE
iii
que nuestra iniciativa sirva de catalizador que abra el camino hacia una nueva comprensión del propósito religioso.
Por mucho o poco tiempo que dure este cambio, la preocupación de los bahá’ís debe ser por su propia responsabilidad en
la materia. Asegurar que Su mensaje sea captado por todos es
una tarea que Bahá’u’lláh ha puesto principalmente en los hombros de aquellos que Le han reconocido. Por supuesto que ésta
ha sido la labor que ha estado procurando la comunidad bahá’í
a lo largo de la historia de la Fe, pero la aceleración de la descomposición del orden social exige desesperadamente que el
espíritu religioso se libere de los grilletes que hasta ahora le
han impedido proporcionar la influencia curativa de la que es
capaz.
Si pretenden responder a aquella necesidad, los bahá’ís han
de recurrir a una profunda comprensión del proceso mediante
el cual evoluciona la vida espiritual de la humanidad. Los escritos de Bahá’u’lláh ofrecen explicaciones que pueden ayudar
a elevar la discusión sobre los temas religiosos por encima de
las consideraciones sectarias y transitorias. La responsabilidad
de dotarse de este recurso espiritual es inseparable del don de la
fe misma. «El fanatismo y odio religiosos», advierte Bahá’u’lláh,
«son un fuego que devora al mundo, cuya violencia nadie puede extinguir. Sólo la Mano del Poder Divino puede librar a la
humanidad de esta aflicción desoladora...». Lejos de no sentirse apoyados en sus esfuerzos por responder, los bahá’ís llegarán a comprender cada vez más que la Causa a la que sirven
representa la punta de lanza de un despertar que está teniendo
lugar entre la gente de todas partes, cualquiera que sea la procedencia religiosa, y de hecho entre muchos que no tienen inclinación religiosa alguna.
iv
UNA MISMA FE
La reflexión sobre el desafío nos ha animado a encargar la
redacción del comentario que sigue. Una Misma Fe, preparado
bajo nuestra supervisión, revisa pasajes pertinentes tanto de las
escrituras de Bahá’u’lláh como de las de otras confesiones a la
luz de la crisis contemporánea. Lo encomendamos al estudio
detenido de los amigos.
L A C ASA U NIVERSAL
Naw-Rúz 2005
DE
J USTICIA
UNA MISMA FE
UNA MISMA FE
H
confiar en que el período de la historia que ahora se abre será mucho más
receptivo a los esfuerzos por difundir el mensaje
de Bahá’u’lláh que lo fue el siglo que acaba de terminar. Todas
las señales indican que está en marcha una completa transformación de la consciencia humana.
A principios del siglo XX se había consolidado una interpretación materialista de la realidad en forma tan completa hasta convertirse en la religión mundial predominante por lo que
se refería al rumbo de la sociedad. Junto con ello, la educación
de la naturaleza humana había sido violentamente sacada del
curso que había seguido durante milenios. En Occidente, a muchos les parecía que simplemente se había disuelto y desvanecido la Autoridad divina que había hecho de centro focal de la
guía –por muy diversas que fuesen las interpretaciones de su
AY RAZONES DE SOBRA PARA
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UNA MISMA FE
naturaleza–. En gran parte, las personas quedaban en libertad de mantener cualquier interpretación sobre la relación
entre su vida y una existencia más allá de lo material, mas la
sociedad en su conjunto se dispuso con creciente confianza
a cortar la dependencia respecto de un concepto del universo que era considerado, en el mejor de los casos, una invención y, en el peor, un narcótico, algo que en ambos casos
impedía el progreso. La humanidad había tomado el destino
por su propia mano. Había resuelto a través de la experimentación racional y el discurso –así se le hacía creer a la
gente– todas las cuestiones fundamentales que tenían que
ver con el ejercicio del gobierno y el desarrollo humanos.
Esta actitud fue reforzada por la suposición de que los
valores, ideales y disciplinas cultivadas a lo largo de los siglos eran ya rasgos de la naturaleza humana fidedignamente
estables y permanentes. Era menester solamente que fuesen
refinados por la educación y reforzados por la acción legislativa. El legado moral del pasado era precisamente eso: la
herencia irrevocable de la humanidad, que no requería de
más intervención religiosa. Es verdad que individuos, grupos y aun naciones indisciplinadas seguirían amenazando la
estabilidad del orden social y requerirían correctivo. Sin
embargo, inspirada en nociones seculares de la realidad, surgía irresistiblemente la civilización universal hacia cuya realización habían conducido a la raza humana todas las fuerzas de la historia. La felicidad de la gente sería el resultado
natural de una mejor salud, mejor alimentación, mejor educación, mejores condiciones de vida: metas indiscutiblemente
deseables que ya parecían estar al alcance de una sociedad
entregada al único objetivo de lograrlas.
UNA MISMA FE
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En toda aquella parte del mundo en que vive la gran
mayoría de la población mundial, pocos prestaban atención a
declaraciones ligeras en el sentido de que “Dios ha muerto”. La
experiencia hacía tiempo les había confirmado a los pueblos de
África, Asia, Latinoamérica y del Pacífico la opinión de que no
solamente la naturaleza humana es profundamente influida por
las fuerzas espirituales, sino que su propia identidad es espiritual. En consecuencia, como había ocurrido siempre, la religión continuó ejerciendo autoridad final en la vida. Aunque no
se vieron directamente confrontadas con la revolución ideológica que tenía lugar en Occidente, tales convicciones fueron
eficazmente marginadas por ésta, por lo que a la interacción
entre pueblos y naciones se refiere. Habiendo penetrado y capturado todos los centros importantes de poder e información de
ámbito mundial, el materialismo dogmático se aseguró de que
ninguna idea opuesta conservara la capacidad de desafiar los
proyectos de explotación económica a escala planetaria. Al daño
cultural ya causado por dos siglos de dominio colonial se añadió una angustiosa separación entre la experiencia interior y
exterior de las masas afectadas, condición que invade de hecho
todos los aspectos de la vida. Impotentes para ejercer influencia alguna en la configuración de su futuro, o siquiera preservar
el bienestar moral de sus hijos, estas poblaciones fueron sumidas en una crisis distinta de la que adquiría impulso en Europa
y Norteamérica, pero en muchos sentidos más devastadora. Aunque mantenía su papel central en la conciencia, la fe parecía
incapaz de influir en el desarrollo de los acontecimientos.
Por lo tanto, a medida que el siglo XX se acercaba a su fin,
nada parecía menos probable que un resurgimiento de la religión en cuanto tema de importancia para el consumo mundial.
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UNA MISMA FE
Sin embargo, ello es precisamente lo que ha ocurrido ahora en
forma de una profunda corriente de ansiedad y descontento, en
gran parte sólo vagamente consciente del sentido de vacío espiritual que la produce. Con una virulencia mayor de lo conocido hasta ahora, han reaparecido antiguos conflictos sectarios, que por lo
visto no reaccionan fácilmente a las pacientes artes de la diplomacia. En medios de comunicación influyentes se examinan solemnemente, si bien en forma indiscriminada, temas de las Sagradas
Escrituras, fenómenos milagrosos y dogmas teológicos que, hasta
hace poco, habían sido desechados como restos de una época de
ignorancia. Las referencias religiosas adquieren en muchos países
un nuevo y potente significado en la candidatura de aspirantes a
cargos políticos. El mundo, que suponía que con la caída del Muro
de Berlín había comenzado una nueva época de paz internacional,
ha caído en la cuenta de que es presa de una guerra de civilizaciones cuya característica distintiva son las antipatías religiosas irreconciliables. Las librerías, quioscos de revistas, páginas web y bibliotecas luchan por satisfacer el apetito aparentemente inagotable
del público, que busca información sobre temas religiosos y espirituales. Tal vez el factor más insistente en el cambio lo constituya
el reconocimiento a desgana de que no tiene un verdadero sustituto la creencia religiosa en cuanto fuerza capaz de generar
autodisciplina y restaurar el compromiso de un comportamiento
moral.
Detrás de la atención que ha comenzado a atraer sobre sí la
religión, en cuanto a su concepción formal, se encuentra un resurgimiento general de la búsqueda espiritual. Expresado más comúnmente como un afán de descubrir una identidad personal que
trascienda lo meramente físico, este acontecimiento alienta un sinnúmero de búsquedas, de carácter tanto positivo como negativo.
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Por una parte, la búsqueda de la justicia y la promoción de la causa
de la paz internacional tienden a producir también el efecto de
estimular nuevas concepciones sobre el papel del individuo en la
sociedad. De modo semejante, aunque se concentran en la movilización de apoyo a los cambios en la toma de decisiones sociales,
movimientos como el ecologismo y el feminismo inducen a la
gente a reexaminar su imagen de sí mismos y de su objetivo en la
vida. Una reorientación que se da en todas las comunidades religiosas más importantes es la migración acelerada de creyentes de
ramas tradicionales de las religiones matrices hacia sectas que dan
importancia primordial a la búsqueda espiritual y las experiencias
personales de sus miembros. En el polo opuesto, las observaciones de extraterrestres, los regimientos del “autodescubrimiento”,
los retiros en el desierto, la exaltación carismática, diversos entusiasmos por la Nueva Era y la eficacia atribuida a los narcóticos y
alucinógenos en elevar el nivel de consciencia atraen seguidores
en mucho mayor número y diversidad que todos los que tuvieron
el espiritismo o la teosofía en un momento histórico decisivo similar de hace un siglo. Para un bahá’í, la proliferación incluso de
cultos y prácticas que pueden despertar aversión en la mente de
muchos sirve básicamente como recordatorio de la sutileza contenida en la antigua narración de Majnún, quien tamizaba la arena
en busca de la amada Leylí, aunque sabía que ella era puro espíritu: “La busco por doquier; quizá en alguna parte la halle”.1
*
El renaciente interés por la religión está claramente lejos de haber
alcanzado su apogeo, ya sea en sus manifestaciones explícitamente religiosas o en las menos definidas de carácter espiri-
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UNA MISMA FE
tual. Al contrario: el fenómeno es producto de fuerzas históricas que continuamente cobran impulso cuyo efecto común es
socavar la certeza, legada al mundo por el siglo XX, de que la
existencia material constituye la realidad última.
La causa más evidente de estas reevaluaciones ha sido la
quiebra de la empresa materialista misma. Durante más de cien
años la idea del progreso se identificó con el desarrollo económico y con su capacidad de motivar y modelar el mejoramiento
social. Las diferencias de opinión que existían no cuestionaban
esta visión del mundo, sino solamente las concepciones de cómo
lograr mejor esas metas. Su forma extrema, constituida por el
dogma de hierro del “materialismo científico”, trataba de
reinterpretar todos los aspectos de la historia y el comportamiento humano en sus propios estrechos términos. Cualesquiera fuesen los ideales humanitarios que hubieran inspirado a algunos de sus primeros proponentes, la consecuencia universal
fue producir regímenes de control totalitario dispuestos a usar
todos los medios coercitivos en el control de las desventuradas
poblaciones sometidas a ellos. La meta alegada para justificar
tales abusos era la creación de un nuevo tipo de sociedad que
garantizaría no sólo la erradicación de la indigencia sino también la satisfacción del espíritu humano. Finalmente, tras ocho
décadas de locura y brutalidad progresivas, el modelo fracasó
como guía creíble para el futuro del mundo.
Otros sistemas de experimentación social, si bien rechazaban el recurso a métodos inhumanos, obtenían su empuje
moral e intelectual de la misma concepción limitada de la realidad. Se afianzó el criterio de que, actuando la gente esencialmente en interés propio en lo que atañe a su bienestar económico, se podía asegurar el establecimiento de sociedades justas y
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prósperas por uno u otro plan de lo que se describía como modernización. Sin embargo, las décadas finales del siglo XX cedieron ante una carga creciente de pruebas en contra: la desintegración de la vida familiar, el aumento de la criminalidad,
sistemas educativos disfuncionales y una serie de patologías
sociales que traen a la memoria las sombrías palabras de
Bahá’u’lláh que advertían sobre la inminente condición de la
sociedad humana: “Tal será su condición, que exponerla ahora
no sería apropiado ni correcto”.2
La suerte corrida por lo que el mundo ha dado en llamar
desarrollo económico y social no ha dejado lugar a dudas de
que ni los motivos más idealistas pueden corregir los defectos
fundamentales del materialismo. Nacido de resultas del caos
de la Segunda Guerra Mundial, el “desarrollo” llegó a ser, con
mucho, la empresa colectiva de mayor alcance y más aspiraciones a que se haya lanzado la raza humana. Su motivación humanitaria igualaba su enorme inversión material y tecnológica.
Cincuenta años después, si bien hay que reconocer los impresionantes beneficios que ha traído el desarrollo, esa iniciativa
debe ser juzgada, con sus propios criterios, como un desalentador fracaso. Lejos de estrechar la distancia que separa el bienestar del pequeño sector de la familia humana que disfruta de
las ventajas de la modernidad y la condición de las amplias
poblaciones empantanadas sin esperanza en la indigencia, el
esfuerzo colectivo que comenzó con tan caras esperanzas ha
visto ensancharse esa distancia hasta formar un abismo.
La cultura del consumismo, a falta de otra, heredera actual del evangelio materialista del mejoramiento humano, no
se muestra perturbada por la naturaleza efímera de los objetivos que la inspiran. Para la pequeña minoría de personas que
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puede permitírselos, los beneficios que ofrece son inmediatos,
y no sienten vergüenza por su razón fundamental. Alentado por
el desmoronamiento de la moralidad tradicional, el avance del
nuevo credo no es en esencia más que el triunfo del impulso
animal, instintivo y ciego como todo apetito, librado al fin de
las restricciones de las sanciones sobrenaturales. Su víctima más
evidente ha sido el lenguaje. Las tendencias que antaño habían
sido censuradas universalmente como faltas morales se transforman en necesidades para el progreso social. El egoísmo pasa
a ser un valioso recurso comercial; la falsedad se reinventa como
información pública; diversos tipos de perversión reclaman la
condición de derechos civiles. Bajo eufemismos convenientes,
la avaricia, la lujuria, la indolencia, la soberbia –incluso la violencia– adquieren no solamente amplia aceptación sino valor
social y económico. Se da la ironía de que, a medida que las
palabras han sido vaciadas de significado, también lo han sido
las mismísimas comodidades y adquisiciones materiales por las
cuales la verdad ha sido gratuitamente sacrificada.
Está claro que el error del materialismo no radica en el
loable esfuerzo por mejorar las condiciones de vida, sino en la
estrechez de miras e injustificada autoconfianza que han determinado su misión. La importancia tanto de la prosperidad
material como de los avances tecnológicos necesarios para su
logro es un tema que aparece en todos los escritos de la Fe
bahá’í. Sin embargo, como era inevitable desde la partida, los
esfuerzos arbitrarios por separar semejante bienestar físico y
material del desarrollo espiritual y moral de la humanidad han
terminado por perder la lealtad de precisamente aquellas poblaciones a cuyos intereses pretende servir esa cultura materialista. “El mundo padece y su agitación aumenta día a día”, ad-
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vierte Bahá’u’lláh. “Su dolencia se aproxima a la etapa de total
desesperanza, por cuanto se impide al verdadero Médico administrar el remedio, mientras se mira con aprobación a practicantes incompetentes y se les otorga completa libertad para actuar...”.3
*
A la desilusión con las promesas del materialismo se suma una
fuerza de cambio que socava los equívocos acerca de la realidad y que la humanidad introdujo en el siglo XXI: la integración
global. A su nivel más sencillo, se manifiesta en avances en las
tecnologías de las comunicaciones, que abren amplias vías de
interacción entre las diversas poblaciones del planeta. Además
de facilitar los intercambios entre personas y sociedades, el acceso general a la información tiene como resultado transformar
el cúmulo de conocimientos de todas las épocas, que hasta hace
poco era propiedad exclusiva de élites privilegiadas, en patrimonio de toda la familia humana, sin distinción de nación, raza
o cultura. Con todas las flagrantes desigualdades que perpetúa
–y de hecho intensifica– la integración global, ningún observador informado puede dejar de reconocer el estímulo a la reflexión sobre la realidad que han producido tales cambios. Con
la reflexión ha ocurrido un cuestionamiento de toda autoridad
establecida, ya no sólo de la religión y la moral, sino también
del gobierno, del sistema académico, del comercio, de los medios de comunicación y, cada vez más, de la opinión científica.
Aparte de los factores tecnológicos, la unificación del planeta
está produciendo otros efectos aun más directos en el pensamiento. Sería imposible exagerar, por ejemplo, el efecto trans-
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formador sobre la consciencia global que se ha derivado de los
viajes masivos a escala internacional. Mayores aún han sido las
consecuencias de las inmensas migraciones que el mundo ha
presenciado durante el siglo y medio transcurrido desde que el
Báb declaró Su misión. Millones de refugiados que huyen de
las persecuciones se han desplazado en vaivén, cual marejadas,
sobre todo a través de los continentes de Europa, África y Asia
en particular. En medio del sufrimiento causado por tal agitación, se percibe la progresiva integración de las razas y culturas
del mundo en cuanto ciudadanos de una única patria que es el
planeta. Como consecuencia, gentes de todo origen han sido
expuestas a otras culturas y normas, acerca de las cuales sus
antepasados poco o nada sabían, lo que ha provocado una búsqueda de significado que no se puede eludir.
Es imposible imaginar cuán distinta habría sido la historia del pasado siglo y medio si alguno de los principales árbitros de los asuntos del mundo a quienes se dirigió Bahá’u’lláh
se hubiese dado el tiempo de reflexionar sobre una concepción
de la realidad avalada por los méritos morales de su Autor,
méritos morales que ellos alegaban tener en la mayor estima. A
los bahá’ís sí les resulta evidente que, a pesar de esa omisión,
las transformaciones anunciadas en el mensaje de Bahá’u’lláh
se están cumpliendo irresistiblemente. Compartiendo descubrimientos y fatigas, gentes de diversas culturas son confrontadas
con la humanidad tal como es, inmediatamente debajo de la
superficie de diferencias imaginarias de identidad. Ora objeto
de obstinada oposición en algunas sociedades, ora bienvenido
en otros lugares como una liberación de las limitaciones inútiles y asfixiantes, el sentimiento de que los habitantes de la tierra son efectivamente “las hojas de un mismo árbol”4 se con-
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vierte lentamente en el criterio con el cual se juzgan ahora los
esfuerzos colectivos de la humanidad.
La pérdida de fe en las certezas del materialismo y la progresiva mundialización de la experiencia humana se refuerzan
mutuamente en el anhelo que inspiran de alcanzar un entendimiento acerca de la finalidad de la existencia. Se ponen en duda
valores básicos; se abandonan lazos localistas; se aceptan exigencias otrora impensables. Bahá’u’lláh explica que es este cataclismo universal para el cual las escrituras de las religiones
pasadas emplearon la simbología del “Día de la Resurrección”:
“Se ha elevado el grito, y las gentes han salido de sus tumbas, y
al levantarse, miran a su alrededor”.5 Por encima de todo el trastorno y sufrimiento, se trata de un proceso esencialmente espiritual: “Ha soplado la brisa del Todomisericordioso, y las almas
han sido vivificadas en las tumbas de sus cuerpos”.6
*
A lo largo de toda la historia, los principales instrumentos del
desarrollo espiritual han sido las grandes religiones. Para la
mayoría de las gentes de la tierra, las escrituras de cada uno de
estos sistemas de credo han servido, en palabras de Bahá’u’lláh,
como “la Ciudad de Dios”,7 fuente de un conocimiento que abarca por completo la consciencia y es tan persuasivo que dota a
los sinceros con “vista nueva, oído nuevo, corazón nuevo y
mente nueva”.8 Una amplia literatura, a la cual han contribuido
todas las culturas religiosas, consigna la experiencia de trascendencia relatada por generaciones de buscadores. A través de
los milenios, las vidas de quienes han respondido a las indicaciones de lo Divino han inspirado logros impresionantes en la
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UNA MISMA FE
música, la arquitectura y las demás artes, con un sinfín de réplicas
de la experiencia del alma destinadas a millones de sus
correligionarios. Ninguna otra fuerza de la existencia ha sido capaz de producir en la gente cualidades comparables de heroísmo,
abnegación y autodominio. En el ámbito social los principios morales resultantes se han traducido en códigos de leyes universales,
que regulan y elevan las relaciones humanas. Miradas en perspectiva, las religiones principales aparecen como las fuerzas motrices
primarias del proceso civilizador. Sostener lo contrario es ciertamente desconocer la evidencia de la historia.
¿Por qué, entonces, esta herencia inmensamente rica no
sirve como escenario central del presente nuevo despertar de la
búsqueda espiritual? En la periferia se hacen intentos serios
por reformular las enseñanzas que dieron origen a las respectivas religiones, con la esperanza de imbuirlas de nuevo atractivo, pero la mayor parte de la búsqueda de significado es de
carácter difuso, individualista e incoherente. Las escrituras no
han cambiado; los principios morales que contienen no han
perdido nada de su validez. Nadie que sinceramente plantee
preguntas al Cielo, si persiste, dejará de advertir una voz de
respuesta en los Salmos o en los Upanishads. Cualquiera que
tenga un atisbo de la Realidad que trasciende a esta realidad
material será conmovido en su corazón por las palabras con
que Jesús o Buda hablan tan íntimamente de ella. Las visiones
apocalípticas del Corán continúan proporcionando a sus lectores seguridad convincente de que la realización de la justicia es
consustancial al Propósito divino. Tampoco parecen las vidas
de héroes y santos menos significativas, en sus rasgos esenciales, de lo que eran cuando fueron vividas hace siglos. Por consiguiente, para muchas personas religiosas el aspecto más pe-
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noso de la actual crisis de la civilización es que la búsqueda de
la verdad no se ha dirigido confiadamente por las vías familiares de la religión.
Por supuesto, el problema es doble. El alma racional no
sólo ocupa una esfera privada, sino que participa activamente
en un orden social. Aunque las verdades recibidas de las grandes religiones siguen siendo válidas, la diaria experiencia de
una persona del siglo XXI está inimaginablemente alejada de
aquella que hubiera conocido en cualquiera de las épocas en
que se reveló esa guía. La toma de decisiones democrática ha
alterado fundamentalmente la relación de la persona con la autoridad. Con creciente confianza y creciente éxito las mujeres
insisten justamente en su derecho a la plena igualdad con los
hombres. Las revoluciones en la ciencia y la tecnología cambian no sólo el funcionamiento sino la concepción de la sociedad e incluso de la existencia misma. La educación universal y
una explosión de nuevos campos de la creatividad abren camino a nuevas percepciones que estimulan la movilidad e integración social, y generan oportunidades que el Estado de derecho
alienta al ciudadano a aprovechar plenamente. La investigación de células madre, la energía nuclear, la identidad sexual,
el estrés ecológico y el uso de la riqueza plantean, como mínimo, cuestiones sociales que no tienen precedente. Éstos, y los
demás innumerables cambios que afectan a todos los aspectos
de la vida humana, han creado un nuevo mundo de opciones
diarias tanto para la sociedad como para sus miembros. Lo que
no ha cambiado es la exigencia ineludible de elegir, para bien o
para mal. Es aquí donde la naturaleza espiritual de la crisis contemporánea se ve con máxima nitidez, pues la mayoría de las
decisiones que deben tomarse no son meramente prácticas sino
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morales. Es por esto que, en gran parte, la pérdida de fe en la
religión tradicional ha sido consecuencia inevitable de la imposibilidad de descubrir en ella la orientación necesaria para
vivir en modernidad, con éxito y con confianza.
Un segundo obstáculo para la reaparición de sistemas de
creencia heredados como respuesta a los anhelos espirituales
de la humanidad lo constituyen los efectos ya mencionados de
la integración global. En todo el planeta, personas que han sido
criadas en determinado marco referencial religioso se hallan
repentinamente puestas en asociación estrecha con otras cuyas
creencias y prácticas parecen a primera vista
irreconciliablemente diferentes de las suyas. Las diferencias
pueden dar pie –y a menudo lo dan– a actitudes defensivas,
resentimientos contenidos y conflicto manifiesto. Sin embargo, en muchos casos el resultado es, más bien, el de reconsiderar
la doctrina heredada y alentar esfuerzos por descubrir valores
compartidos. El apoyo que reciben diversas actividades
interreligiosas sin duda debe mucho a respuestas de este tipo
entre el público en general. Inevitablemente, tales enfoques son
acompañados por un cuestionamiento de aquellas doctrinas religiosas que frenan la asociación y el entendimiento. Si personas cuyas creencias parecen ser fundamentalmente diferentes
viven, con todo, vidas morales que merecen admiración, ¿qué
hace a la fe de uno superior a las de ellas? Recíprocamente, si
todas las grandes religiones tienen en común ciertos valores
básicos, ¿no corren los apegos sectarios el riesgo de meramente reforzar barreras no deseadas entre una persona y sus semejantes?
Hoy día, por tanto, probablemente pocos de entre los que
tienen algún grado de conocimiento objetivo del tema abrigan
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la ilusión de que alguno de los sistemas religiosos establecidos
del pasado pueda asumir el papel de última guía para la humanidad en los asuntos de la vida contemporánea, aun en el caso
improbable de que sus sectas disímiles se juntaran para ese fin.
Cada una de las que el mundo considera religiones independientes está ajustada al patrón creado por su escritura autorizada y su historia. Puesto que no puede rehacer su sistema de fe
para obtener legitimación de las palabras autorizadas de su Fundador, asimismo tampoco puede dar respuestas adecuadas a la
multitud de preguntas planteadas por la evolución social e intelectual. Aunque a muchos esto les parezca inquietante, no es
más que un rasgo intrínseco del proceso evolutivo. Los intentos de forzar algún tipo de cambio radical sólo pueden conducir a un desencanto aún mayor con la religión misma y a exacerbar el conflicto sectario.
*
El dilema es tanto artificial como autoinfligido. El orden mundial –si puede ser descrito así– dentro del cual los bahá’ís ejercen hoy la labor de compartir el mensaje de Bahá’u’lláh es uno
cuyos conceptos erróneos acerca de la naturaleza humana, así
como de la evolución social, son tan fundamentales que inhiben
los más inteligentes y bienintencionados esfuerzos por el mejoramiento humano. Esto es especialmente cierto respecto de la
confusión que rodea prácticamente todos los aspectos del tema
de la religión. A fin de responder apropiadamente a las necesidades espirituales de su prójimo, el bahá’í ha de obtener una
comprensión a fondo de las materias en cuestión. El esfuerzo
de imaginación que exige este desafío puede comprenderse a
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UNA MISMA FE
partir del consejo que es quizás la recomendación reiterada con
más urgencia y frecuencia en las escrituras de su Fe: “meditar”,
“sopesar”, “reflexionar”.
Un lugar común del discurso popular es que por “religión” se entiende la multitud de sectas que actualmente existen. No es de sorprender que semejante insinuación inmediatamente suscite en otros círculos la protesta de que por religión
se entiende más bien uno u otro de los grandes e independientes sistemas de fe históricos que han dado forma e inspirado a
civilizaciones enteras. A su vez, este punto de vista se enfrenta
a la inevitable interrogante de dónde se han de encontrar esas
religiones históricas en el mundo contemporáneo. ¿Dónde se
hallan, precisamente, el “judaísmo”, el “budismo”, el “islam” y
demás religiones, puesto que evidentemente no pueden identificarse con las organizaciones irreconciliablemente opuestas que
pretenden hablar con autoridad en nombre de ellas? Y el problema no termina aquí. Otra respuesta más a la interrogante,
sin duda, es que por religión se entiende simplemente una actitud frente a la vida, un sentido de relación con una Realidad
que trasciende la existencia material. Así concebida, la religión
es un atributo de la persona en particular, un impulso que no se
presta a la organización, una experiencia universalmente disponible. Sin embargo, también semejante orientación es vista
por una mayoría de personas de inclinación religiosa como carente de la mismísima autoridad del autodominio y el efecto
unificador que dan sentido a la religión. Algunos opositores
sostendrán que, por el contrario, religión significa el estilo de
vida de personas que, como ellos, han adoptado severos regímenes diarios de ritos y renunciamiento que los aíslan totalmente del resto de la sociedad. Lo que tienen en común tales
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concepciones diferentes es la medida en que un fenómeno que
reconocidamente trasciende completamente el alcance humano ha sido, con todo, gradualmente aprisionado dentro de límites conceptuales –bien organizacionales, teológicos o rituales–
inventados por el hombre.
Las enseñanzas de Bahá’u’lláh atraviesan esta maraña de
visiones incongruentes y, al hacerlo, reformulan muchas verdades que, explícita o implícitamente, han constituido el meollo de toda Revelación divina. Si bien esto en modo alguno es
una lectura exhaustiva de Su propósito, Bahá’u’lláh deja en claro
que los intentos de captar la Realidad de Dios o sugerirla en
catecismos y credos constituyen ejercicios de engaño de sí mismo: “Es evidente para todo corazón perspicaz e iluminado que
Dios, la Esencia incognoscible, el Ser divino, es inmensamente
excelso por encima de todo atributo humano, tal como existencia corpórea, ascenso y descenso, salida y retorno. Lejos está
de Su gloria que lengua humana alguna haya de referir apropiadamente Su alabanza, o que algún corazón humano comprenda Su misterio insondable”.9 La mediación que el Creador
de todas las cosas utiliza para interactuar con la creación en
permanente evolución que Él ha traído a la existencia es la aparición de Figuras proféticas que ponen de manifiesto los atributos de esa Divinidad inaccesible: “Estando así cerrada la puerta
del conocimiento del Anciano de Días ante la faz de todos los
seres, la Fuente de gracia infinita ha hecho que (...) aparezcan
del dominio del espíritu aquellas luminosas Joyas de Santidad,
en la noble forma del templo humano, y sean reveladas a todos
los hombres, a fin de que comuniquen al mundo los misterios
del Ser inmutable y hablen de las sutilezas de Su Esencia imperecedera».10
20
UNA MISMA FE
Atreverse a juzgar entre los Mensajeros de Dios, ensalzando a uno por encima de otro, sería ceder a la falsa ilusión de
que el Eterno y Omnímodo está sujeto a los antojos de la preferencia humana. “Te resulta claro y evidente”, son las palabras
precisas de Bahá’u’lláh, “que todos los Profetas son los Templos de la Causa de Dios, Quienes han aparecido ataviados con
diversas vestiduras. Si observaras con ojo perspicaz, Los verías
a todos habitando en el mismo tabernáculo, remontándose hacia el mismo cielo, sentados en el mismo trono, pronunciando
las mismas palabras y proclamando la misma Fe.”11 Encima,
imaginar que la naturaleza de estas Figuras únicas pueda ser –o
deba ser– englobada en teorías sacadas de la experiencia física
es igualmente atrevido. Lo que se quiere decir por “conocimiento
de Dios”, explica Bahá’u’lláh, es el conocimiento de las Manifestaciones que revelan Su voluntad y atributos, y es aquí donde el alma entra en asociación íntima con el Creador, Quien de
otra manera trasciende tanto el lenguaje como la comprensión:
“Atestiguo”, es la afirmación de Bahá’u’lláh acerca del rango
de la Manifestación de Dios, “… que mediante Tu belleza se ha
descubierto la belleza del Adorado, y que mediante Tu rostro
ha resplandecido el rostro del Deseado…”.12
La religión así concebida abre los ojos al alma sobre potencialidades que de otra manera son inimaginables. En la medida en que una persona aprende a aprovechar la influencia de
la revelación de Dios para su época, su naturaleza se imbuye
progresivamente de los atributos del mundo divino: “Mediante
las Enseñanzas de este Sol de la Verdad”, explica Bahá’u’lláh,
“todo hombre ha de avanzar y desarrollarse hasta que (…) pueda manifestar todas las fuerzas potenciales con que ha sido dotado su más íntimo ser”.13 Como el propósito de la humanidad
UNA MISMA FE
21
incluye el de llevar adelante “una civilización en continuo progreso”,14 uno de los nada despreciables poderes extraordinarios
que posee la religión ha sido su capacidad de librar de las limitaciones del tiempo mismo a los que creen, obteniendo de ellos
sacrificios en nombre de generaciones distantes siglos hacia el
futuro. En efecto, como el alma es inmortal, abrir los ojos a su
propia naturaleza le permite, no solamente en este mundo sino
más directamente en los mundos del más allá, servir al proceso
evolutivo: “La luz que irradian estas almas”, afirma Bahá’u’lláh,
“es responsable del progreso del mundo y del adelanto de sus
pueblos… Todas las cosas tienen necesariamente una causa,
una fuerza motriz, un principio animador. Estas almas y los
símbolos del desprendimiento han provisto y continuarán proveyendo al mundo del ser con el supremo impulso motor”.15
La creencia es así un vivo deseo, necesario e inextinguible, de la especie, el cual un influyente pensador moderno ha
descrito como “la evolución vuelta consciente de sí misma”.16
Si, como los acontecimientos del siglo XX lo prueban triste y
convincentemente, la expresión natural de la fe se obstaculiza
artificialmente, inventa objetos de adoración impropios –o incluso degradados– que en alguna medida apacigüen el anhelo
de certeza. Es un impulso que no se ha de negar.
Brevemente, a través del proceso continuo de revelación,
Aquel que es la Fuente del sistema de conocimiento que llamamos religión demuestra la integridad de ese sistema y su no
sometimiento a las contradicciones impuestas por ambiciones
sectarias. La labor de cada Manifestación de Dios tiene una
autonomía y autoridad que trascienden toda evaluación; es también una etapa del ilimitado desenvolvimiento de una Realidad
única. Por cuanto la finalidad de las sucesivas revelaciones de
22
UNA MISMA FE
Dios es que la humanidad abra los ojos sobre sus capacidades y
responsabilidades en cuanto fiduciaria de la creación, el proceso no es simplemente repetitivo, sino progresivo, y solo es plenamente valorado cuando se ve en este contexto.
De ninguna manera pueden los bahá’ís, en esta hora temprana, presumir de haber comprendido más que una mínima
parte de las verdades inherentes a la revelación en que se basa
su Fe. Refiriéndose, por ejemplo, a la evolución de la Causa, el
Guardián dijo: “Todo lo que podemos razonablemente
atrevernos a intentar es esforzarnos por obtener una vislumbre
de los primeros haces de luz de la Aurora prometida que, en la
plenitud del tiempo, ha de ahuyentar la oscuridad que ha envuelto a la humanidad”.17 Además de alentar la humildad, este
hecho debiera servir como recordatorio constante de que
Bahá’u’lláh no ha traído a la existencia una nueva religión para
que ocupe lugar junto a la presente multiplicidad de organizaciones sectarias. Por el contrario, Él ha refundido la concepción total de la religión en cuanto principal fuerza que impulsa
el desarrollo de la consciencia. Así como la raza humana en
toda su diversidad es una sola especie, también la intervención
por la cual Dios cultiva las cualidades de la mente y el corazón
latentes en esa especie es un solo proceso. Sus héroes y santos
son los héroes y santos de todas las etapas de esa lucha; sus
éxitos, los éxitos de todas las etapas. Ésta es la norma demostrada en la vida y obra del Maestro y ejemplificada hoy en esta
Comunidad bahá’í que ha pasado a ser la heredera de todo el
legado espiritual de la humanidad, legado que está igualmente
disponible para todos los pueblos de la tierra.
Por lo tanto, la prueba que se repite para demostrar la
existencia de Dios es que desde tiempo inmemorial Él reitera-
UNA MISMA FE
23
damente Se ha puesto de manifiesto. En el sentido amplio, como
lo explica Bahá’u’lláh, la inmensa epopeya de la historia religiosa de la humanidad representa el cumplimiento de la “Alianza”, la promesa duradera con que el Creador de todas las cosas
asegura a la raza la infalible guía esencial para su desarrollo
moral y espiritual, y le exige que interiorice y dé expresión a
estos valores. Uno es libre de poner en duda, a través de interpretaciones historicistas de la evidencia el papel único, de tal o
cual Mensajero de Dios, si es ése su propósito, pero semejante
especulación no presta ninguna ayuda para explicar acontecimientos que han transformado el pensamiento y efectuado cambios en las relaciones humanas de importancia fundamental para
la evolución social. A intervalos tan poco frecuentes que los
casos conocidos pueden contarse con los dedos de las manos,
las Manifestaciones de Dios han aparecido, cada una ha sido
explícita respecto de la autoridad de Sus enseñanzas y cada una
ha ejercido una influencia en el adelanto de la civilización que
supera sin comparación todos los demás fenómenos de la historia. “Considera la hora en que la suprema Manifestación de
Dios Se revela a los hombres”, señala Bahá’u’lláh: “Hasta la
llegada de esa hora, el Antiguo Ser, Quien permanece todavía
desconocido a los hombres y no ha dado aún expresión a la
Palabra de Dios, es, Él mismo, el Omnisciente en un mundo en
que no hay ningún hombre que Le haya conocido. Él es, realmente, el Creador sin creación”.18
*
La objeción que más comúnmente se pone a la mencionada
concepción de religión es la afirmación de que las diferencias
24
UNA MISMA FE
entre las creencias reveladas son tan fundamentales que presentarlas como etapas o aspectos de un sistema único de verdad es contrario a los hechos. Dada la confusión que hay en
torno a la naturaleza de la religión, esa reacción es comprensible. Sin embargo, mayormente tal objeción ofrece a los bahá’ís
una invitación a exponer los principios reseñados aquí más explícitamente en el contexto de evolución presentado en las escrituras de Bahá’u’lláh.
Las diferencias a que se ha aludido están incluidas en las
categorías de práctica o de doctrina, presentadas ambas como
el propósito de las escrituras pertinentes. En lo que atañe a las
costumbres religiosas que rigen la vida personal, es útil comparar el tema con los rasgos correspondientes de la vida material.
Es muy poco probable que la diversidad en higiene, vestimenta, medicina, construcción o actividad económica, por muy chocantes que sean, se propongan a estas alturas en apoyo de la
teoría de que la humanidad no constituya de hecho un solo pueblo, singular y único. Hasta el comienzo del siglo XX, tales argumentos simplistas eran lugar común, pero la investigación
histórica y antropológica ofrece ahora un panorama uniforme
del proceso de evolución cultural por el cual estas y otras múltiples expresiones de la creatividad humana llegaron a existir,
fueron transmitidas por generaciones sucesivas, experimentaron metamorfosis graduales y a menudo se extendieron para
enriquecer la vida de pueblos de países lejanos. El que las sociedades de hoy representen un amplio espectro de tales fenómenos, por tanto, no define en modo alguno una identidad fija
e inmutable de los pueblos en cuestión, sino simplemente distingue la etapa que atraviesan –o al menos hasta hace poco han
atravesado– los grupos dados. Aun así, todas esas expresiones
UNA MISMA FE
25
culturales se hallan actualmente en un estado de fluidez a consecuencia de las presiones de la integración planetaria.
Un proceso evolutivo similar –indica Bahá’u’lláh– ha caracterizado la vida religiosa de la humanidad. Lo que marca la
diferencia está en el hecho de que, en lugar de representar simplemente accidentes del continuo método histórico de prueba y
error, tales normas fueron prescritas explícitamente en cada caso,
como aspectos integrales de tal o cual revelación de lo Divino,
incorporadas en la escritura, y con su integridad mantenida escrupulosamente a lo largo de un período de siglos. En tanto que
ciertos rasgos de cada código de conducta cumplían finalmente
su propósito y con el tiempo eran eclipsados por intereses de
naturaleza diferente producidos por el proceso de evolución
social, el código mismo no perdía nada de su autoridad durante
la larga etapa de progreso humano en que desempeñaba un papel vital en la formación de la conducta y las actitudes. “Estos
principios y leyes, estos sistemas poderosos y firmemente establecidos”, afirma Bahá’u’lláh, “han procedido de una sola Fuente y son los rayos de una sola Luz. Que difieran unos de otros
debe atribuirse a los requisitos variables de las edades en que
fueron promulgados”.19
Por lo tanto, sostener que las diferencias de normas, ritos
y otras prácticas constituyen una objeción significativa a la idea
de la unicidad esencial de la religión revelada supone pasar por
alto la finalidad para la cual servían estas prescripciones. Más
grave aún, pasa por alto la distinción fundamental entre las características eternas y transitorias de la función de la religión.
El mensaje esencial de la religión es inmutable. Es, en palabras
de Bahá’u’lláh, “inmutable Fe de Dios, eterna en el pasado,
eterna en el futuro”.20 Su papel en abrirle camino al alma para
26
UNA MISMA FE
que entre en una relación cada vez más madura con su Creador –y en dotarla de una medida siempre mayor de autonomía moral para controlar los impulsos animales de la naturaleza humana– no es en absoluto irreconciliable con el que
suministre guía auxiliar que realce el proceso de construcción de la civilización.
El proceso de revelación progresiva hace hincapié final
en el reconocimiento de la revelación de Dios en su aparición.
La omisión de la generalidad de la humanidad a este respecto
ha condenado, una y otra vez, a poblaciones enteras a una repetición ritual de disposiciones y prácticas mucho después de que
estas últimas han cumplido su finalidad y ya solamente
anquilosan el adelanto moral. Es triste que, en el día de hoy,
una consecuencia de tal omisión ha sido la de trivializar la religión. Precisamente en el punto de su desarrollo colectivo cuando la humanidad empezaba a luchar con los desafíos de la modernidad, el recurso espiritual de que había dependido principalmente para obtener valor e ilustración moral se convertía
rápidamente en objeto de burla, primero a nivel de la toma de
decisiones acerca de la dirección que debía tomar la sociedad
y, con el tiempo, en círculos cada vez más amplios de la población en general. Entonces, no hay razón para sorprenderse de
que esta deslealtad de la confianza humana, con diferencia la
más devastadora de las numerosas que ha padecido, con el correr del tiempo socavara los cimientos de la fe misma. Es así
que Bahá’u’lláh insta reiteradamente a Sus lectores a pensar en
profundidad sobre la lección que dejan tales repetidas omisiones: “Meditad por un momento, y reflexionad sobre lo que ha
sido la causa de tal rechazo…”.21 “¿Cuál pudo haber sido la
razón de tal rechazo y elusión…?”22 “¿Qué pudo haber causa-
UNA MISMA FE
27
do tal contienda…?”23 “Reflexiona: ¿cuál pudo haber sido el
motivo…?”24
Aún más perjudicial para el entendimiento religioso ha
sido la presunción teológica. Un rasgo persistente del pasado
sectario de la religión ha sido el papel dominante desempeñado
por el clero. En ausencia de textos de las escrituras que estableciesen una autoridad institucional irrefutable, las élites clericales lograron arrogarse a sí mismas el control exclusivo sobre la
interpretación de la Intención divina. Sean cuales fuesen los
motivos, los trágicos efectos han sido obstruir la corriente de la
inspiración, desalentar la actividad intelectual independiente,
centrar la atención en las minucias de los rituales y, muy a menudo, generar odio y prejuicio para con los que seguían una
senda sectaria diferente de la de los autoproclamados conductores espirituales. Mientras que nada podía impedir al poder
creativo de la divina Intervención continuar su labor de crear
conciencia progresivamente, el alcance de lo que, en toda época, pudo haberse logrado se volvió cada vez más limitado por
esos obstáculos artificialmente urdidos.
A lo largo del tiempo, la teología logró construir en el
fondo de cada una de las grandes religiones una autoridad paralela a las enseñanzas reveladas en que se basaba la tradición, e
incluso contraria en espíritu a éstas. La conocida parábola de
Jesús acerca del labrador que sembraba la semilla en su campo
trata tanto de esta cuestión como de sus repercusiones en la
época actual: “Pero, mientras la gente dormía, vino su enemigo, sobresembró cizaña entre el trigo, y se fue”.25 Cuando sus
siervos le propusieron desarraigarla, el labriego replicó: “No,
no sea que al recoger la cizaña, desarraiguéis también el trigo.
Dejadlos crecer juntamente hasta la siega. Y al momento de la
28
UNA MISMA FE
siega, diré a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla
en gavillas para quemarla, y al trigo juntadlo en mi granero”.26
En todas sus páginas, el Corán reserva su peor condena para el
daño espiritual que ha causado esta hegemonía rival: Di: “Mi
Señor prohíbe sólo las deshonestidades, tanto las públicas como
las ocultas, el pecado, la opresión injusta, que asociéis a Dios
algo a lo que Él no ha conferido autoridad y que digáis de Dios
lo que no sabéis”.27 Para la mente moderna constituye la mayor
de las ironías que generaciones de teólogos, cuyas imposiciones a la religión encarnan precisamente la traición tan enérgicamente censurada en estos textos, trataran de usar esa misma
advertencia como arma para suprimir toda protesta contra su
usurpación de la Autoridad divina.
En efecto, cada nueva etapa en la revelación de la verdad
espiritual, en progresivo desenvolvimiento, fue congelada en
el tiempo en un juego de imágenes e interpretaciones pegadas a
la letra, muchas de ellas tomadas de culturas que estaban en sí
mismas agotadas moralmente. Cualquiera que fuese su valor
en etapas previas de la evolución de la consciencia, los conceptos de resurrección física, de un paraíso de deleites carnales,
reencarnación, prodigios panteístas y otros por el estilo, levantan hoy muros de separación y conflicto en una época en la cual
la tierra ha devenido literalmente una sola patria y los seres
humanos han de aprender a verse como sus ciudadanos. En este
contexto uno puede comprender la vehemencia de las advertencias de Bahá’u’lláh contra las barreras que la teología dogmática pone en el camino de los que procuran comprender la
voluntad de Dios: “¡Oh jefes de la religión! No peséis el Libro
de Dios con los criterios y ciencias comunes entre vosotros, ya
que el Libro mismo es la Balanza infalible establecida entre los
UNA MISMA FE
29
hombres.”28 En Su Tabla dirigida al Papa Pío IX, Él notifica al
pontífice de que Dios en este día ha “guardado… en los recipientes de la justicia” todo cuanto es perdurable en la religión y
“ha arrojado al fuego lo que le corresponde”.29
*
Libre de la maraña con que la teología ha cercado el entendimiento religioso, la mente puede explorar pasajes conocidos de
las escrituras a través de los ojos de Bahá’u’lláh. “Incomparable es este Día”, asevera Él, “pues es como el ojo para las épocas y siglos pasados, y como una luz para la oscuridad de los
tiempos”.30 La observación más sorprendente que resulta de sacar
partido de esta perspectiva es la unidad de propósito y principio que pasa por todas las escrituras hebreas, el Evangelio y el
Corán, en especial, si bien se distinguen ecos de ello en las
escrituras de otras de entre las religiones mundiales. Los mismos temas organizativos aparecen repetidamente de la matriz
de preceptos, exhortaciones, narraciones, simbolismos e interpretaciones en la cual están insertos. De estas verdades fundamentales, con mucho la más característica es la articulación
progresiva y la categórica aseveración de la unicidad de Dios,
Creador de toda la existencia ya sea del mundo fenoménico o
de aquellos dominios que lo trascienden. “Yo soy Yahvé”, declara la Biblia, “y no hay otro; fuera de Mí no hay Dios alguno”;31 y la misma concepción subyace a las posteriores enseñanzas de Jesucristo y Muhammad.
.
La humanidad –centro, heredero y fiduciario del mundo–
existe para conocer a su Creador y servir a Su propósito. En su
expresión más depurada, el impulso humano innato de respuesta
30
UNA MISMA FE
toma la forma de adoración, condición que supone sumisión
incondicional a un poder al que se reconoce como merecedor
de tal homenaje. “Al rey de los siglos, al inmortal, invisible, al
solo Dios, honor y gloria por los siglos de los siglos”.32 Inseparable del espíritu de reverencia mismo es su expresión de servicio al divino Propósito para la humanidad. Di: “El favor está en
manos de Dios, Que lo dispensa a quien Él quiere. Dios es inmenso, omnisciente”.33 A la luz de este entendimiento, son claras las responsabilidades de la humanidad: “La piedad no consiste en que volváis vuestros rostros a Oriente y Occidente”,
dice el Corán; “piadoso es quien cree en Dios… da dinero, por
Su amor, a los allegados, huérfanos, pobres, al viajero, a los
mendigos…”. 34 “Vosotros sois la sal de la tierra”,35 recalca Jesús a aquellos que responden a Su llamamiento. “Sois la luz del
mundo”.36 Resumiendo un tema que reaparece una y otra vez
en todas las escrituras hebreas y posteriormente sale de nuevo
en el Evangelio y el Corán, el profeta Miqueas inquiere: “… lo
que te pide Yahvé: practicar la justicia, y amar la misericordia,
y andar humildemente en la presencia de tu Dios”.37
Igualmente estos textos concuerdan en que la capacidad
del alma para llegar a un entendimiento del propósito de su
Creador es producto no sólo de su propio esfuerzo, sino de la
intervención de lo Divino que le abre vía. Jesús lo señaló con
memorable claridad: “Soy Yo el camino, y la verdad, y la vida;
nadie va al Padre, sino por Mí”.38 Si no se ha de ver en esta
aseveración simplemente un reto a otras etapas del único proceso en curso de divina Guía, es evidentemente expresión de la
verdad central de la religión revelada: que solamente es posible
tener acceso a la Realidad incognoscible, que crea y mantiene a
la existencia, abriendo los ojos a la iluminación proveniente de
UNA MISMA FE
31
ese Dominio. Uno de los suras más preciados del Corán recoge
esta metáfora: “Dios es la Luz de los cielos y de la tierra…
¡Luz sobre Luz! Dios dirige a Su Luz a quien Él quiere”.39 En
el caso de los profetas hebreos, el Intermediario divino que había de aparecer posteriormente en el cristianismo en la persona
del Hijo del Hombre, y en el islam como el Libro de Dios,
asumió la forma de una Alianza obligatoria establecida por el
Creador con Abraham, Patriarca y Profeta: “Y estableceré mi
pacto entre mí y entre ti, y entre tu posteridad después de ti en
la serie de sus generaciones con alianza sempiterna: para ser
Yo el Dios tuyo, y de la posteridad tuya después de ti”.40
La sucesión de revelaciones de lo Divino también aparece como un rasgo implícito –y normalmente explícito– de todas las fes principales. Una de sus primeras y clarísimas expresiones se encuentra en el Bhagavad-Gita: “Yo vengo, y voy, y
vengo. Cuando declina la Rectitud, ¡oh Bharata!, cuando la
maldad es intensa, Yo surjo, de época en época, y tomo forma
visible, y me muevo como hombre entre los hombres, socorriendo a los buenos, desechando el mal y poniendo a la Virtud
de nuevo en su sitio”.41 Este drama continuo constituye la estructura básica de la Biblia, cuya secuencia de libros relata no
solamente las misiones de Abraham y de Moisés –“a quien conoció el Señor cara a cara”– sino de la línea de profetas menores que desarrollaron y consolidaron la labor que estos Autores
principales habían echado a andar. Asimismo, ningún exceso
de especulación polémica y descabellada acerca de la naturaleza exacta de Jesús podía conseguir separar Su misión de la influencia transformadora ejercida en el curso de la civilización
por la labor de Abraham y Moisés. Él mismo advierte que no
será Él Quien condene a aquellos que rechazan el mensaje que
32
UNA MISMA FE
trae, sino Moisés, “en quien habéis puesto vuestra esperanza.
Si creyeseis a Moisés, me creeríais también a Mí, pues de Mí
escribió Él. Pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo creeréis a
mis palabras?”43 Con la revelación del Corán, pasó a ser fundamental el tema de la sucesión de los Mensajeros de Dios: “Creemos en Dios y en lo que nos ha revelado, en lo que reveló a
Abraham, Ismael, Isaac, Jacob… en lo que Moisés, Jesús y los
profetas recibieron de su Señor”.44
Para un lector de tales pasajes que sea objetivo y tenga
buena disposición lo que sale a relucir es un reconocimiento de
la unicidad esencial de la religión. Es así que el término “islam” (literalmente “sumisión” a Dios) denota no solamente el
designio preciso de la Providencia inaugurado por Muhammad
.
sino también, como las palabras del Corán lo dejan
inconfundiblemente claro, a la religión misma. Si bien es correcto que se hable de la unidad de todas las religiones, es clave
comprender el contexto. A nivel más profundo, no hay más que
una religión. La religión es religión, al igual que la ciencia es
ciencia. Aquélla distingue y expresa los valores que progresivamente se despliegan mediante la divina Revelación; ésta es
la agencia por la cual la mente humana explora el mundo de los
fenómenos y puede ejercer su influencia sobre éste en forma
cada vez más precisa. Aquélla define metas que sirven al proceso evolutivo; ésta ayuda a lograrlas. Juntas, constituyen los
dos sistemas de conocimiento que impulsan el adelanto de la
civilización. Cada una de ellas es aclamada por el Maestro como
un “fulgor del Sol de la Verdad”.45
Sería, por tanto, un reconocimiento inadecuado del rango
único de Moisés, Buda, Zoroastro, Jesús, Muhammad
–o de la
.
sucesión de Avatares que inspiraron las Escrituras hindúes– re-
UNA MISMA FE
33
presentar su labor como la fundación de diferentes religiones.
Más bien, son realmente valorados cuando se los reconoce como
los Educadores espirituales de la historia, como las fuerzas que
han estimulado el surgimiento de las civilizaciones por las cuales la conciencia ha florecido: “Él estaba en el mundo”; declara
el Evangelio, “por Él, el mundo había sido hecho…”.46 El que
sus personas hayan sido reverenciadas infinitamente por encima de las de cualesquiera otras figuras históricas refleja el intento de exteriorizar sentimientos de otro modo inexpresables
que en los corazones de innumerables millones de personas han
suscitado las bendiciones conferidas por su labor. Amándolos,
la humanidad ha aprendido progresivamente lo que significa
amar a Dios. Siendo realistas, no hay otra manera de hacerlo.
No se los honra con torpes esfuerzos por reflejar el misterio
esencial de su naturaleza en dogmas inventados por la imaginación humana: lo que los honra es la entrega incondicional
que el alma hace de su voluntad a la influencia transformadora
que ellos transmiten.
*
Igualmente se advierte confusión acerca del papel de la religión en el cultivo de la conciencia moral en el entendimiento
popular de su contribución a la formación de la sociedad. Tal
vez el ejemplo más evidente sea la condición social inferior
que la mayoría de los textos sagrados asignan a la mujer. Mientras que los consiguientes beneficios de que gozaban los hombres eran sin duda un factor muy importante en la consolidación de semejante concepción, la justificación moral la daba
indiscutiblemente la forma en que la gente entendía la inten-
34
UNA MISMA FE
ción de las escrituras mismas. Con pocas excepciones, estos
textos se dirigen a los hombres, asignándoles a las mujeres un
papel de apoyo y subordinado dentro de la vida tanto de la religión como de la sociedad. Por desgracia, tal entendimiento hacía lamentablemente fácil que la mayor parte de la culpa de no
lograr disciplinar el impulso sexual –rasgo esencial del avance
moral– fuese achacada a las mujeres. En un marco de referencia actual, las actitudes de este tipo son fácilmente reconocidas
como prejuiciadas e injustas. En las etapas de desarrollo social
en que aparecieron todas las religiones principales, la guía de
las escrituras trataba primero de civilizar, en la medida de lo
posible, relaciones que eran el producto de circunstancias históricas insolubles. No hay que ser muy perspicaz para darse
cuenta de que aferrarse hoy en día a normas primitivas desbarataría el propósito mismo del paciente cultivo que la religión ha
hecho del sentido moral.
Se han hecho consideraciones similares en el caso de las
relaciones entre sociedades. La larga y ardua preparación del
pueblo judío para la misión que se esperaba de ellos es una
ilustración de la complejidad y el carácter persistente de los
desafíos morales en juego. A fin de que pudiesen despertar y
florecer las capacidades espirituales a que apelaban los profetas, había que resistir, a toda costa, los atractivos que ofrecían
vecinas culturas idólatras. La importancia atribuida a ello por
el Propósito divino era ilustrada por relatos de las escrituras
referidos a los castigos merecidos que sobrevenían tanto a gobernantes como a súbditos que quebrantaban ese principio. Una
cuestión algo comparable surgió en la lucha de la recién nacida
comunidad fundada por Muhammad
por sobrevivir a los inten.
tos de tribus paganas árabes por extinguirla, y la crueldad bár-
UNA MISMA FE
35
bara y el despiadado espíritu de venganza que animaba a los
atacantes. Nadie que conozca los detalles históricos tendrá dificultad en entender la severidad de los interdictos del Corán
sobre el tema. Mientras que a las creencias monoteístas de judíos y cristianos había que respetarlas, no se permitía ninguna
concesión para con los idólatras. En un tiempo relativamente
breve, esta regla draconiana había conseguido unificar las tribus de la Península Arábiga y lanzó a la recién forjada comunidad a más de cinco siglos de logros morales, intelectuales, culturales y económicos no igualados ni antes ni desde entonces
en la velocidad y alcance de su expansión. La historia tiende a
ser un juez severo. En última instancia, y desde una perspectiva
ecuánime, las consecuencias debidas a aquellos que ciegamente hubieran estrangulado tales empresas en su origen siempre
serán eclipsadas por los beneficios recibidos por el mundo en
general gracias al triunfo de la visión que la Biblia ofrece de las
posibilidades humanas y los adelantos posibilitados por la
genialidad de la civilización del islam.
Entre las cuestiones que más se han discutido sobre el
entendimiento de la evolución de la sociedad hacia la madurez
espiritual se halla la del crimen y el castigo. Aunque diferentes
en su detalle, las penas prescritas por la mayoría de los textos
sagrados para actos de violencia dirigidos contra el bien común
o los derechos de otras personas tendían a ser severas. Es más,
a menudo llegaban a permitir la represalia contra los culpables
por las partes perjudicadas o por miembros de sus familias. Sin
embargo, en una perspectiva histórica podría uno preguntarse
qué otras alternativas prácticas había. Al no existir ni los actuales programas de cambio de conducta, ni tampoco poder
recurrirse a la posibilidad de cárceles y servicios de manteni-
36
UNA MISMA FE
miento del orden público, a la religión le interesaba sobremanera dejar indeleblemente grabada en la conciencia de todos la
inadmisibilidad moral –y los costos prácticos– de conductas
cuyo efecto habría sido, de otro modo, desalentar los esfuerzos
por el progreso social. Desde entonces la totalidad de la civilización ha sido la beneficiaria, y sería una falta de sinceridad no
reconocerlo.
Así ha sido durante todas las dispensaciones religiosas
cuyos orígenes han sobrevivido en documentos escritos. No se
cuestionaron la mendicidad, la esclavitud, la autocracia, las conquistas, los prejuicios étnicos ni otros aspectos indeseables de
la interacción social –o se toleraron explícitamente– mientras
la religión se centraba en conseguir reformas de conducta que
se consideraban inmediatamente imprescindibles en etapas concretas en el avance de la civilización. Condenar a la religión
porque una de sus sucesivas dispensaciones no trató todo el
ámbito de males sociales sería desconocer todo lo que se ha
aprendido sobre la naturaleza del desarrollo humano. Es inevitable que un pensamiento anacrónico de esta clase cree también graves impedimentos psicológicos en la valoración y afrontamiento de los requerimientos de la época en que a uno le toca
vivir.
No se trata del pasado, sino de las consecuencias para el
presente. Los problemas surgen cuando los seguidores de alguna de las creencias resultan ser incapaces de distinguir entre
sus rasgos eternos y transitorios, e intentan imponerle a la sociedad reglas de conducta que hace tiempo ya han cumplido su
propósito. Este principio es fundamental para entender el papel
social de la religión: “El remedio que el mundo necesita para
sus aflicciones actuales no puede ser nunca el mismo que el
UNA MISMA FE
37
que pueda requerir una época posterior”, señala Bahá’u’lláh.
“Preocupaos fervientemente de las necesidades de la edad en
que vivís y centrad vuestras deliberaciones en sus exigencias y
requerimientos”.47
*
Las exigencias de la nueva época de experiencia humana a las
que Bahá’u’lláh llamó la atención de los gobernantes políticos
y religiosos del mundo del siglo XIX, han sido ya en gran parte
adoptadas por doquier, al menos como ideales, por sus sucesores y por mentes progresistas. Para cuando el siglo XX se acercaba a su término, se habían convertido en centrales para el
discurso global unos principios que sólo algunas breves décadas antes habían sido condescendientemente tildados de visionarios y totalmente carentes de realismo. Apuntalados por los
descubrimientos de la investigación científica y las conclusiones de comisiones influyentes –a menudo financiadas espléndidamente–, dirigen la labor de poderosas agencias a nivel internacional, nacional y local. Se dedica una gran cantidad de
literatura erudita a examinar medios prácticos para su ejecución, y esos programas pueden contar con la atención de los
medios de comunicación en los cinco continentes.
Es de lamentar que a la mayoría de estos principios tampoco se les preste atención, no solamente entre enemigos reconocidos de la paz social, sino en círculos declaradamente comprometidos con ellos. Lo que falta no son testimonios convincentes en cuanto a su relevancia, sino el poder de convicción
moral que puede ponerlos en práctica, poder cuya única fuente
demostradamente fiable a lo largo de la historia ha sido la fe
38
UNA MISMA FE
religiosa. Hasta el comienzo de la propia misión de Bahá’u’lláh,
la autoridad religiosa todavía ejercía un grado significativo de
influencia social. Cuando el mundo cristiano se sintió movido
a romper con milenios de convicción incondicional y por fin
abordó el mal de la esclavitud, los primeros reformadores británicos optaron por apelar a los ideales bíblicos. Posteriormente, en el discurso determinante que dio acerca del papel fundamental que desempeñó el tema en el gran conflicto de
Norteamérica, el Presidente de los Estados Unidos advirtió que
si “cada gota de sangre que arranque el látigo ha de pagarse con
otra que arranque la espada, como se dijo hacía tres mil años,
también debe decirse «los juicios del Señor son del todo justos
y verdaderos»”.48 Sin embargo, esa era se acercaba rápidamente a su fin. En los trastornos que siguieron a la Segunda Guerra
Mundial, incluso una figura tan influyente como Mohandas
Ghandi resultó ser incapaz de movilizar la fuerza espiritual del
hinduismo en apoyo de sus esfuerzos por extinguir la violencia
sectaria en el subcontinente indio. Tampoco fueron más eficaces al respecto los líderes de la comunidad islámica. Tal como
lo había prefigurado la metafórica visión del Corán que habla
del “Día en que plegaremos el cielo como se pliega un pergamino”,49 la otrora autoridad incuestionable de las religiones tradicionales había dejado de dirigir las relaciones sociales de la
humanidad.
Es en este contexto que uno comienza a comprender por
qué Bahá’u’lláh escogió estas imágenes acerca de la voluntad
de Dios para una nueva época: “No penséis que os hemos revelado un mero código de leyes. Antes bien, hemos roto el sello
del Vino selecto con los dedos de la fuerza y del poder.”50 A
través de Su revelación, los principios requeridos para la llega-
UNA MISMA FE
39
da colectiva a la mayoría de edad de la raza humana han
sido investidos con el único poder capaz de penetrar hasta
las raíces de la motivación humana y de modificar su conducta. Para quienes Le han reconocido, la igualdad de hombres y mujeres no constituye un postulado sociológico, sino
que es verdad revelada acerca de la naturaleza humana, con
implicaciones para todos los aspectos de las relaciones humanas. Lo mismo vale para Su enseñanza acerca del principio de la unicidad racial. La educación universal, la libertad
de pensamiento, la protección de los derechos humanos, el
reconocimiento de que los amplios recursos de la tierra son
fideicomiso de todo el género humano, la responsabilidad
de la sociedad por el bienestar de sus ciudadanos, la promoción de la investigación científica e incluso un principio tan
práctico como un idioma auxiliar internacional que promueva la integración de los pueblos de la tierra: para todos aquellos que responden a la revelación de Bahá’u’lláh, estos preceptos y otros similares revisten la misma autoridad irresistible que los mandamientos de las escrituras que prohíben la
idolatría, el robo y el falso testimonio. Si bien son perceptibles algunas insinuaciones de ellos en escrituras sagradas
anteriores, su definición y prescripción necesariamente tenía que esperar hasta que las heterogéneas poblaciones del
planeta pudieran juntas lanzarse al descubrimiento de su
naturaleza en cuanto raza humana única. Por la atribución
de poder espiritual traída por la revelación de Bahá’u’lláh,
los divinos Estandartes se perciben no como principios y
leyes aisladas, sino como facetas de una visión única,
omnímoda, del futuro de la humanidad, revolucionaria en su
propósito, embriagadora en las posibilidades que abre.
40
UNA MISMA FE
Consustancial a estas enseñanzas se hallan ciertos principios que se refieren a los asuntos colectivos de la humanidad.
Un pasaje muy citado de la Tabla de Bahá’u’lláh a la Reina
Victoria expresa categórica alabanza del principio de gobierno
democrático y constitucional, pero constituye también una advertencia sobre el contexto de responsabilidad mundial en que
debe regir ese principio para poder conseguir su propósito en
esta época: “¡Oh vosotros, los representantes elegidos del pueblo en todos los países! Reuníos a consultar y ocupaos sólo con
lo que beneficie a la humanidad y mejore su condición, ojalá
fuerais de los que inquieren con cuidado. Considerad al mundo
como el cuerpo humano, que aunque al ser creado es sano y
perfecto, ha sufrido, por diversas causas, graves trastornos y
enfermedades. Ni un día logró alivio; más bien su dolencia se
hizo más severa, puesto que cayó en manos de médicos ignorantes que, dando rienda suelta a sus deseos personales, han
errado gravemente. Y si alguna vez, por el cuidado de un médico competente, sanaba un miembro de aquel cuerpo, el resto
quedaba enfermo como antes.”51. En otros pasajes Bahá’u’lláh
traza algunas de las implicaciones prácticas. Se emplaza a los
gobiernos del mundo a convocar un cuerpo consultivo internacional como la base, en palabras del Guardián, de «un sistema
federal mundial»52 facultado para salvaguardar la autonomía y
el territorio de sus estados miembros, resolver disputas nacionales y regionales y coordinar programas de desarrollo internacional para el bien de toda la raza humana. De forma significativa, Bahá’u’lláh atribuye a este sistema, una vez establecido,
el derecho a sofocar por la fuerza los actos de agresión de un
Estado contra otro. Dirigiéndose a los gobernantes de Su tiempo, afirma la clara legitimidad moral de tal acción: «Si alguno
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41
de vosotros se levantara en armas contra otro, levantaos todos
contra él, porque esto no es sino justicia manifiesta».
*
El poder por el cual estas metas han de llevarse progresivamente a cabo es el de la unidad. Si bien para los bahá’ís es la más
evidente de las verdades, sus consecuencias para la actual crisis de la civilización parecen pasar inadvertidas en la mayor
parte del discurso moderno. Pocos estarán en desacuerdo con
que la enfermedad universal que agota la salud del cuerpo de la
humanidad es la de la desunión. Sus manifestaciones por todas
partes paralizan la voluntad política, debilitan el ansia colectiva por el cambio y envenenan las relaciones nacionales y religiosas. Es muy extraño, entonces, que se considere la unidad
como una meta que ha de alcanzarse, si es que alguna vez se
alcanza, en un lejano futuro, después de que hayan sido abordados y resueltos de una u otra forma un sinfín de desórdenes
en la vida social, política, económica y moral. Mas éstos son
esencialmente síntomas y efectos colaterales del problema: no
su causa primordial. ¿Por qué ha llegado a aceptarse ampliamente una inversión tan fundamental de la realidad?
Presumiblemente la respuesta sea porque se considera que el
logro de verdadera unidad de mente y corazón entre pueblos
cuyas experiencias discrepan profundamente está más allá de
la capacidad de las instituciones existentes de la sociedad. Si
bien esta admisión tácita es un bien acogido avance con relación al entendimiento de los procesos de evolución social que
reinaba algunas décadas atrás, es de limitada ayuda práctica
para responder al desafío.
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UNA MISMA FE
La unidad es una condición del espíritu humano. La educación puede apoyarla y realzarla, al igual que la ley, pero pueden solamente en cuanto surja y se haya establecido como una
fuerza influyente en la vida social. Una intelectualidad mundial, con preceptos en su mayor parte determinados por erróneos conceptos materialistas de la realidad, se aferra tenazmente
a la esperanza de que una ingeniería social imaginativa, apoyada en arreglos políticos, posponga indefinidamente los potenciales desastres que –pocos lo niegan– se ciernen sobre el futuro de la humanidad. “Percibimos perfectamente cómo toda la
raza humana está rodeada de grandes, de incalculables aflicciones”, declara Bahá’u’lláh. “Los que están embriagados de presunción se han interpuesto entre ella y el Médico divino e infalible. Presenciad cómo han enredado a todos los hombres, incluso a sí mismos, en la red de sus artificios. No pueden ni
descubrir la causa de la enfermedad, ni tampoco poseen conocimiento del remedio”.54 Siendo la unidad el remedio para los
males del mundo, su única fuente cierta radica en el restablecimiento de la influencia de la religión en los asuntos humanos.
Las leyes y principios que Dios ha revelado en este día –declara
Bahá’u’lláh– “son los instrumentos más potentes y el más seguro de todos los medios para que amanezca entre los hombres
la luz de la unidad”.55 “Los cambios y azares del mundo nunca
podrán menoscabar la resistencia de todo lo que sea erigido
sobre este cimiento, ni el transcurso de incontables siglos podrá socavar su estructura”. 56
Por consiguiente, ha sido fundamental en la misión de
Bahá’u’lláh la creación de una comunidad mundial que refleje
la unicidad de la humanidad. El testimonio definitivo que la
Comunidad bahá’í puede aducir para reivindicar Su misión es
UNA MISMA FE
43
el ejemplo de unidad que han producido Sus enseñanzas. Al
entrar en el siglo XXI, la Causa bahá’í es un fenómeno que no se
parece a nada que el mundo haya visto. Tras décadas de esfuerzos, en las cuales las olas de crecimiento se alternaban con largos períodos de consolidación, a menudo oscurecidos por reveses, la Comunidad bahá’í comprende a varios millones de
personas que de hecho representan a todos los ámbitos étnicos,
culturales, sociales y religiosos del planeta, y administran sus
asuntos colectivos sin la intervención de un clero, mediante
instituciones democráticamente elegidas. Los miles de localidades donde ha echado raíces se hallan en todo país, territorio y
grupo importante de islas, desde el Océano Ártico a Tierra del
Fuego, de África al Océano Pacífico. La aseveración de que
esta comunidad pueda hoy ya constituir el grupo humano más
diverso y geográficamente extendido de todos los grupos organizados similarmente en el planeta difícilmente será puesta en
duda por alguien que conozca la evidencia.
El logro exige entendimiento. Las explicaciones convencionales –acceso a riqueza, el patrocinio de poderosos intereses políticos, invocaciones a lo oculto o agresivos programas
de proselitismo que inculcan miedo a la ira de Dios– nada de
ello ha desempeñado un papel en los acontecimientos en cuestión. Los adherentes de la Fe han logrado un sentido de identidad en cuanto miembros de una raza humana única, identidad
que determina el propósito de sus vidas y que, claramente, no
constituye la expresión de una superioridad moral intrínseca
por parte de ellos: «¡Oh pueblo de Bahá! El que no haya nadie
que rivalice con vosotros es un signo de misericordia».57 Un
observador imparcial se ve obligado a tomar en consideración
por lo menos la posibilidad de que el fenómeno represente la
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UNA MISMA FE
acción de influencias totalmente diferentes, en su naturaleza,
de las conocidas –influencias que sólo pueden describirse apropiadamente como espirituales– capaces de producir hazañas
extraordinarias de sacrificio y entendimiento en gente común y
corriente de todos los orígenes.
Especialmente sorprendente ha sido el hecho de que la
Causa bahá’í haya podido mantener la unidad así lograda, incólume e intacta, durante las vulnerabilísimas primeras etapas
de su existencia. En vano podemos tratar de encontrar otra asociación de seres humanos en la historia –política, religiosa o
social– que haya sobrevivido satisfactoriamente la perenne plaga
de cisma y disensión. En toda su diversidad, la Comunidad
bahá’í es un solo grupo de personas, con un solo entendimiento
de la revelación de Dios que le dio origen; es uno solo en su
consagración al Orden Administrativo que su Autor creó como
forma de gobierno para sus asuntos colectivos y uno solo en su
compromiso con la tarea de difundir Su mensaje por todo el
planeta. Durante las décadas de su ascenso, varios individuos,
algunos de ellos muy bien situados y todos estimulados por la
ambición, hicieron cuanto les fue posible por crear sus propios
séquitos leales a ellos mismos o a las interpretaciones personales que habían impuesto a las escrituras de Bahá’u’lláh. En los
comienzos de la evolución de toda religión ha habido intentos
similares que han logrado escindir las recién nacidas creencias
transformándolas en sectas rivales. Sin embargo, en la Causa
bahá’í tales intrigas, sin excepción, no han llegado a producir
más que estallidos pasajeros de controversia cuyo efecto final
ha sido el de profundizar el entendimiento que la comunidad
tenía del propósito de su Fundador y su entrega a éste. «Tan
potente es la luz de la unidad», garantiza Bahá’u’lláh a quienes
UNA MISMA FE
45
Le reconocen, «que puede iluminar toda la tierra».58 Siendo la
naturaleza humana lo que es, puede uno fácilmente comprender la previsión del Guardián en el sentido de que este proceso
purificador por mucho tiempo ha de continuar siendo –paradójica pero necesariamente– un rasgo esencial de la maduración
de la Comunidad bahá’í.
*
Una consecuencia del abandono de la fe en Dios ha sido una parálisis de la capacidad de abordar eficazmente el problema del mal
o, en muchos casos, de siquiera reconocerlo. Si bien los bahá’ís no
atribuyen al fenómeno la existencia objetiva que se suponía poseía
en etapas anteriores de la historia religiosa, la negación del bien
que el mal representa, como ocurre con la oscuridad, la ignorancia
o la enfermedad, tiene el efecto de mutilar severamente. No pasan
muchas temporadas editoriales que no ofrezcan al lector educado
una serie de nuevos e imaginativos análisis del carácter de las
monstruosas figuras que, durante el siglo XX, en forma sistemática
torturaron, degradaron y exterminaron a millones de sus semejantes. La autoridad de los eruditos nos invita a sopesar la importancia que debiera darse, según el caso, al abuso de los padres, rechazo social, desilusiones profesionales, pobreza, injusticia, experiencias bélicas, posible daño genético, literatura nihilista –o varias
combinaciones de lo anterior– cuando tratamos de entender las
obsesiones que alimentan el odio aparentemente inacabable del
género humano. Falta notoriamente en tal especulación contemporánea lo que comentaristas experimentados, tan recientemente
como hace un siglo, habrían reconocido como enfermedad espiritual, cualesquiera que fuesen sus características.
46
UNA MISMA FE
Si la unidad es la prueba de fuego del progreso humano,
ni la historia ni el Cielo perdonarán fácilmente a quienes optan
por alzar la mano deliberadamente contra ella. Al confiar, la
gente baja las defensas y se abre a los demás. Sin ello, no hay
forma en que se puedan comprometer incondicionalmente con
metas compartidas. Nada es tan devastador como descubrir repentinamente que, para la otra parte, los compromisos adoptados de buena fe no han representado más que una ventaja a su
favor, un medio de lograr objetivos encubiertos diferentes de lo
que habían emprendido ostensiblemente en conjunto o, incluso, adversos a éstos. Semejante traición es un hilo persistente
en la historia humana, entre cuyas expresiones más antiguas de
las que se guarda registro figura el relato de los celos que Caín
tenía de su hermano, cuya fe Dios había decidido confirmar. Si
el horroroso sufrimiento padecido por los pueblos de la tierra
durante el siglo XX ha dejado una lección, ésta consiste en el
hecho de que la desunión sistémica, heredada de un pasado lóbrego y relaciones ponzoñosas en todos los ámbitos de la vida,
podría en esta época abrir las puertas a una conducta demoníaca
más brutal que todo cuanto la mente haya imaginado posible.
Si el mal tiene un nombre, es ciertamente la violación deliberada de los acuerdos de paz y reconciliación con que los pueblos
de buena voluntad tratan de escapar del pasado y construir en
conjunto un nuevo futuro. Por su propia naturaleza, la unidad
requiere abnegación. «... el amor de sí mismo está incorporado
a la arcilla misma del hombre».59 El ego, que Él denomina «el
insistente yo»,60 se resiste instintivamente a las restricciones
impuestas a lo que él concibe ser su libertad. Para abstenerse
voluntariamente de las satisfacciones que proporciona el libertinaje, el individuo debe llegar a creer que el contento se halla
UNA MISMA FE
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en otra parte. En última instancia, se halla donde siempre: en la
sumisión del alma a Dios.
El hecho de no hacer frente al reto de tal sumisión se ha
manifestado con consecuencias especialmente devastadoras a lo
largo de los siglos en la traición a los Mensajeros de Dios y los
ideales que enseñaban. Esta exposición no es el lugar adecuado
para revisar la naturaleza y disposiciones de la Alianza concreta
por medio de la cual Bahá’u’lláh ha logrado preservar la unidad de
aquellos que Le reconocen y sirven a Su propósito. Basta tomar
nota del enérgico lenguaje que reserva para su violación deliberada por parte de quienes a la vez simulan ser leales a ella: «Aquellos
que se han apartado de ella son contados entre los moradores del
fuego más profundo a los ojos de tu Señor, el Todopoderoso, el
Ilimitado».61 La razón de la severidad de esta condena está clara. A
pocos les cuesta reconocer el peligro que representan para el bienestar social delitos tan conocidos como el asesinato, la violación o
el fraude, así como la necesidad que la sociedad tiene de tomar
medidas eficaces para su propia protección. Mas ¿qué han de pensar los bahá’ís de una perversidad que, de no ser atajada, destruiría
el medio mismo que es esencial para la creación de la unidad y, en
las inexorables palabras de ‘Abdu’l-Bahá, «llegaría a ser como un
hacha que golpea la raíz misma del Árbol Bendito»? 62 El problema no consiste en disidencia intelectual, ni siquiera en debilidad
moral. Mucha gente se resiste a aceptar la autoridad de uno u otro
tipo, y con el tiempo se distancia de circunstancias que la requieren. Las personas que han sido atraídas a la Fe bahá’í pero que, por
cualquier razón, deciden irse pueden hacerlo libremente.
El quebrantamiento de la Alianza es un fenómeno de naturaleza fundamentalmente diferente. El impulso que despierta
en los que están bajo su influencia no es el de simplemente
48
UNA MISMA FE
seguir cualquier camino que crean conduce a la realización personal o la contribución a la sociedad. Antes, a tales personas las
anima un empeño aparentemente incontrolable de imponer su
voluntad personal a la comunidad por todos los medios a su
alcance, sin consideración del daño que hacen y sin respeto por
la promesa solemne que hicieron al ser aceptados como miembros de esa comunidad. En última instancia, el yo pasa a ser la
autoridad absoluta, no sólo en la propia vida del individuo, sino
en cuantas otras vidas logre influir. Como la larga y trágica experiencia lo ha demostrado con demasiada certeza, dotes tales
como un linaje distinguido, el intelecto, la educación, el
liderazgo piadoso o social pueden ser utilizadas en el servicio a
la humanidad o bien, igualmente, en el de la ambición personal. En épocas pasadas, cuando el centro del Propósito divino
lo constituían prioridades espirituales de naturaleza diferente,
las consecuencias de semejante rebelión no viciaban el mensaje principal de ninguna de las sucesivas revelaciones de Dios.
Hoy día, con las inmensas oportunidades y terribles peligros
que la unificación física del planeta ha traído consigo, comprometerse con los requerimientos de la unidad viene a ser la piedra de toque de todo aquel que dice estar dedicado a la voluntad de Dios o, si es que se puede decir, al bienestar del género
humano.
*
Todo lo que ha ocurrido en su historia ha equipado a la Fe bahá’í
para abordar el desafío que enfrenta. Aun en esta etapa relativamente temprana de su desarrollo –y con recursos relativamente limitados actualmente– la organización bahá’í es total-
UNA MISMA FE
49
mente merecedora del respeto que se está ganando. Un espectador
no necesita aceptar su afirmación de ser de origen divino para apreciar lo que está logrando. Considerados simplemente como fenómenos de este mundo, la naturaleza y realizaciones de la Comunidad bahá’í constituyen su propia justificación para merecer la atención de todos los que están seriamente preocupados por la crisis de
la civilización, ya que son una prueba de que los pueblos del mundo, con lo diversos que son, pueden aprender a vivir y trabajar y
hallar satisfacción como una sola raza, en una sola patria mundial.
Este hecho subraya la urgencia de los sucesivos Planes ideados por la Casa Universal de Justicia para la expansión y consolidación de la Fe, si fuera necesario mayor hincapié. El resto de la
humanidad tiene todo el derecho a suponer que un grupo de personas legítimamente comprometidas con la visión de unidad encarnada en las escrituras de Bahá’u’lláh ha de ser un colaborador cada
vez más entusiasta para con los programas de mejoramiento social
que para su éxito dependen precisamente de la fuerza de la unidad.
Para responder a las expectativas, la Comunidad bahá’í deberá
crecer a un paso cada vez más acelerado, multiplicando en gran
medida los recursos humanos y materiales invertidos en su labor y
diversificando más aún la variedad de talentos que hacen de ella
un socio útil para organizaciones con ideas afines. Los objetivos
sociales de este esfuerzo deben ser acompañados por un reconocimiento del anhelo de millones de personas igualmente sinceras,
que todavía son inconscientes de la misión de Bahá’u’lláh pero
están inspiradas por muchos de sus ideales, por una oportunidad
de hallar vidas de servicio que tengan significado duradero.
Por tanto, la cultura de crecimiento sistemático que echa
raíces en la Comunidad bahá’í parecería ser, con mucho, la respuesta más eficaz que los amigos pueden dar al desafío anali-
50
UNA MISMA FE
zado en estas páginas. La experiencia de una intensa y continua
inmersión en la Palabra Creativa los libra poco a poco de la
garra de las suposiciones materialistas –lo que Bahá’u’lláh denomina «las alusiones de las personificaciones de la fantasía
satánica»63– que penetran la sociedad y paralizan los impulsos
hacia el cambio. Desarrolla en nosotros la capacidad de ayudar
a que el anhelo de unidad por parte de los amigos y conocidos
encuentre una expresión madura e inteligente. La naturaleza de
las actividades centrales del presente Plan –clases de niños, reuniones devocionales y círculos de estudio– permite que personas cada vez más numerosas que aún no se consideran bahá’ís
se sientan libres de participar en el proceso. El resultado ha
sido dar nacimiento a lo que adecuadamente se ha dado en llamar una «comunidad de intereses». A medida que otros se benefician con la participación y llegan a identificarse con las metas
a que la Causa aspira, la experiencia demuestra que también
ellos se sienten inclinados a comprometerse de lleno con
Bahá’u’lláh en calidad de agentes eficaces de Su propósito. Por
consiguiente, además de los objetivos relacionados con el Plan,
la prosecución incondicional de éste tiene la potencialidad de
aumentar enormemente la contribución de la Comunidad bahá’í
al discurso público acerca de lo que ha llegado a ser el problema más exigente que tiene ante sí el género humano.
Sin embargo, si los bahá’ís han de cumplir el mandato de
Bahá’u’lláh, es, por supuesto, indispensable que lleguen a comprender que los esfuerzos paralelos por promover el mejoramiento de la sociedad y enseñar la Fe bahá’í no son actividades
que compitan por atención. Por el contrario, son aspectos recíprocos de un solo programa coherente mundial. Las diferencias en el enfoque están determinadas principalmente por las
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51
necesidades distintas y las diferentes etapas de indagación que
encuentran los amigos. Debido a que el libre albedrío es una
dote inherente al alma, cada persona que se siente motivada a
examinar las enseñanzas de Bahá’u’lláh necesita hallar su propio lugar en el interminable continuo de la búsqueda espiritual.
Necesita determinar, en la privacidad de su propia consciencia
y sin presiones, la responsabilidad espiritual que este descubrimiento trae consigo. Sin embargo, con el fin de ejercer inteligentemente esta autonomía, debe adquirir tanto una perspectiva de los procesos de cambio en los cuales, al igual que el resto
de la población de la tierra, se halla inmerso y un claro entendimiento de las consecuencias en su propia vida. Es la obligación
de la Comunidad bahá’í hacer todo cuanto esté a su alcance por
prestar asistencia en todas las etapas del movimiento universal
de la humanidad hacia la reunión con Dios. El Plan Divino dejado en herencia por el Maestro es el medio por el cual se lleva
a cabo esta labor.
Luego, por muy importante que sea el ideal de la unicidad de la religión, la tarea de compartir el mensaje de Bahá’u’lláh
evidentemente no es un proyecto interreligioso. Mientras que
la mente busca la certidumbre intelectual, lo que el alma anhela
es alcanzar la certeza. Semejante convicción interior es la meta
final de toda búsqueda espiritual, independientemente de lo rápido o lento que sea el proceso. Para el alma, la experiencia de
la conversión no es un rasgo accidental ni secundario de la exploración de la verdad religiosa, sino el tema central que finalmente debe abordarse. No hay ambigüedad en las palabras de
Bahá’u’lláh sobre el tema, ni la puede haber en las mentes de
quienes tratan de servirle: «En verdad digo: Éste es el Día en
que la humanidad puede contemplar el Rostro del Prometido y
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UNA MISMA FE
oír Su Voz. Se ha proclamado el Llamamiento de Dios y se ha
alzado la Luz de Su semblante sobre los hombres. Incumbe a
todos borrar de la tabla de su corazón la huella de toda palabra
vana, y contemplar con mente abierta e imparcial los signos de
Su Revelación, las pruebas de Su Misión y las muestras de Su
gloria».64
*
Uno de los rasgos distintivos de la modernidad ha sido el despertar universal de la consciencia histórica. Un resultado de
este revolucionario cambio de perspectiva que realza sobremanera la enseñanza del mensaje de Bahá’u’lláh es la capacidad
de la gente de reconocer, si se les da la oportunidad, que el
cuerpo total de textos sagrados de la humanidad coloca el drama de la salvación misma directamente en el contexto de la
historia. Por debajo del lenguaje de superficie en símbolos y
metáforas, la religión, como las escrituras lo revelan, no actúa
sólo por los arbitrarios dictados de la magia, sino como un proceso de cumplimiento que se desenvuelve en un mundo físico
creado por Dios para tal efecto.
En este sentido, los textos son unánimes: la meta de la
religión es que la humanidad alcance la edad de la «cosecha»,65
de «un solo rebaño y un solo pastor»;66 la gran edad por venir
en que «la tierra brillará con la gloria de su Señor»67 y la voluntad de Dios se hará «en la tierra como en el cielo»;68 «el Día
prometido»69 en que «la ciudad santa»70 descenderá «del cielo
(...) viniendo de Dios»,71 en que «el monte de la Casa de Yahvé
será establecido en la cumbre de los montes, y se elevará sobre
los collados; y acudirán a él todas las naciones,72 en que Dios
UNA MISMA FE
53
querrá saber «por qué aplastáis a mi pueblo, y moléis el rostro
de los pobres»;73 el Día en que las escrituras que han sido «selladas hasta el tiempo del fin»74 serán abiertas y la unión con
Dios hallará expresión en un nombre nuevo, que Yahvé determinará con su boca»;75 edad que superará todo cuanto la humanidad haya experimentado, haya concebido la mente o el lenguaje hasta ahora haya abarcado: «Como creamos una vez primera, crearemos otra. ¡Es promesa que nos obliga y la cumpliremos!» 76
Por consiguiente, el propósito declarado de la serie histórica de revelaciones proféticas ha sido no sólo el de guiar al
buscador por la senda de la salvación personal, sino preparar a
toda la familia humana para el gran Acontecimiento escatológico por llegar, mediante el cual se ha de transformar completamente la vida del mundo. La revelación de Bahá’u’lláh no es
preparatoria ni profética. Es ese Acontecimiento. A través de
su influencia, se ha echado a andar la empresa prodigiosa de
echar los cimientos del Reino de Dios, y la población de la
tierra ha sido dotada con los poderes y capacidades que la tarea
requiere. Ese Reino es una civilización universal configurada
por principios de justicia social y enriquecida por logros de la
mente y espíritu humanos que superan cuanto pueda concebir
la época presente. «Éste es el Día», declara Bahá’u’lláh, «en
que los muy excelentes favores de Dios han sido derramados
sobre los hombres, Día en que Su muy potente gracia ha sido
infundida a todas las cosas creadas... Pronto el orden actual
será enrollado y uno nuevo será desplegado en su lugar».77
El servicio a la meta exige un entendimiento de la diferencia fundamental que distingue a la misión de Bahá’u’lláh de
proyectos políticos e ideológicos inventados por el hombre. El
54
UNA MISMA FE
vacío moral que produjeron los horrores del siglo XX puso al
descubierto hasta dónde llegan los límites de la capacidad de la
mente sola para idear y construir una sociedad ideal, por muy
grandes que sean los recursos materiales utilizados en el esfuerzo. El consecuente sufrimiento ha grabado la lección
indeleblemente en la consciencia de los pueblos de la tierra.
Por tanto, la perspectiva de la religión sobre el futuro de la humanidad no tiene nada en común con sistemas del pasado, y
sólo relativamente poca relación con los de hoy día. Apela a
una realidad en el código genético, si se puede describir así, del
alma racional. Hace dos mil años Jesucristo enseñó que el Reino de Dios está «adentro».78 Sus analogías orgánicas de una
«viña»,79 de «semilla [sembrada] en tierra fértil»,80 del «árbol
bueno [que] da frutos sanos»81 hablan de una potencialidad de
la especie humana que ha sido cultivada y educada por Dios
desde los albores del tiempo como la finalidad y vanguardia
del proceso creador. El trabajo continuo de paciente cultivo es
la tarea que Bahá’u’lláh ha encomendado al conjunto de aquellos que Le reconocen y abrazan Su Causa. No es de extrañar,
entonces, el elevado lenguaje en que habla de tan grande privilegio: «Sois las estrellas del cielo del entendimiento, la brisa
que sopla al amanecer, las mansas aguas de las cuales debe
depender la vida misma de todos los hombres...». 82
El proceso contiene dentro de sí la seguridad de su cumplimiento. Para los que tienen ojos para ver, la nueva creación
emerge hoy día por doquier, de la misma forma que una planta
de semillero llega a ser con el tiempo un árbol fructífero, o un
niño se convierte en adulto. Las sucesivas dispensaciones de
un Creador amoroso y resuelto han llevado a los habitantes de
la tierra al umbral de su llegada colectiva a la madurez como un
UNA MISMA FE
55
solo pueblo. Bahá’u’lláh llama ahora a la humanidad a hacerse
cargo de su herencia: «Lo que el Señor ha dispuesto como el
remedio supremo y el instrumento más poderoso para la curación de todo el mundo es la unión de todos sus pueblos en una
sola Causa universal, una misma Fe».83
REFERENCIAS
1. Bahá’u’lláh hace referencia a la antigua historia persa y árabe de Majnún
y Laylí, The Seven Valleys and The Four Valleys
(Wilmette: Bahá’í Publishing Trust, 1991), p. 6.
2. Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh (en prensa), sección LXI.
3. Ibíd. sección XVI.
4. Tablas de Bahá’u’lláh reveladas después del Kitáb-i-Aqdas (Barcelona:
Arca, 2002), p. 40.
5. Pasajes, sección XVII.
6. Bahá’u’lláh, Epistle to the Son of the Wolf (Wilmette: Bahá’í Publishing
Trust, 1988), p. 133.
7. Bahá’u’lláh, El Kitáb-i-Íqán (Terrassa: Editorial Bahá’í de España, 1995),
párrafo 216.
8. Ibíd.
9. Ibíd., párrafo 104.
10. Ibíd., párrafo 106.
11. Pasajes, sección XXII.
12. Oraciones y meditaciones de Bahá’u’lláh (Barcelona: Arca, 2002), CLXXX.
13. Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh, sección XXVII.
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58
14. Ibíd. CIX.
15. Ibíd. LXXXI.
16. Julian Huxley, citado por Pierre Teilhard de Chardin, The Phenomenon of
Man (Londres: William Collins Sons & Co. Ltd., 1959), p. 243. Véase
también Julian Huxley, Knowledge, Morality, and Destiny (Nueva York:
Harper & Brothers, 1957), p. 13.
17. Shoghi Effendi, The World Order of Bahá’u’lláh: Selected Letters (Wilmette:
Bahá’í Publishing Trust, 1991), p. 35. Existe versión en castellano (Buenos
Aires: EBILA, 1973).
18. Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh, sección LXXVIII.
19. Ibíd., sección CXXXII.
20. Bahá’u’lláh, El Kitáb-i-Aqdas: El Libro Más Sagrado (Barcelona: Arca,
2003), párrafo 182.
21. Bahá’u’lláh, El Kitáb-i-Íqán, párrafo 4.
22. Ibíd., párrafo 8.
23. Ibíd., párrafo 13.
24. Ibíd., párrafo 14.
25. S. Mateo 13.25, versión de J. Straubinger.
26. Ibíd., 13.29-30.
27. El Corán, sura 7, versículo 33, versión de J. Vernet (Barcelona: Círculo de
Lectores, 2002).
28. Bahá’u’lláh, El Kitáb-i-Aqdas, párrafo 99.
29. El llamamiento del Señor de las Huestes (en prensa); Tablets of Bahá’u’lláh
(Haifa: Bahá’i World Centre, 2002), párrafo 126.
30. Bahá’u’lláh, citado en Shoghi Effendi, The Advent of Divine Justice
(Wilmette: Bahá’í Publishing Trust, 1990), p. 79. Existe versión en castellano
(Buenos Aires: EBILA, 1972).
31. Isaías 45.5.
32. Timoteo 1.17.
33. El Corán, sura 3, versículo 73.
UNA MISMA FE
59
34. Ibíd. sura 2, versículo 177.
35. S. Mateo 5.13.
36. Ibíd. 5.14.
37. Miqueas 6.8.
38. S. Juan 14.6.
39. El Corán, sura 24, versículo 35.
40. Génesis 17.7.
41. Bhagavad-Gita, capítulo IV.
42. Deuteronomio 34.10.
43. S. Juan 5.45-47.
44. El Corán, sura 2, versículo 136.
45. The Promulgation of Universal Peace: Talks Delivered by ‘Abdu’l-Bahá
during His Visit to the United States and Canada in 1912, edición revisada
(Wilmette: Bahá’í Publishing Trust, 1995), p. 326. Existe versión en español:
La promulgación de la paz universal (Buenos Aires: EBILA, 1991).
46. S. Juan 1.10.
47. Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh, sección CVI.
48. Abraham Lincoln, citado en Inaugural Addresses of the Presidents of the
United States (Washington, D.C.: U.S. Government Printing Office,
1989).
49. El Corán, sura 21, versículo 104.
50. Bahá’u’lláh, El Kitáb-i-Aqdas, párrafo 5.
51. El Llamamiento del Señor de las Huestes (en prensa), párrafo 174.
52. Shoghi Effendi, The World Order of Bahá’u’lláh, p. 204.
53. Bahá’u’lláh, citado en Shoghi Effendi, The World Order of Bahá’u’lláh,
p. 192.
54. Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh, sección CVI.
55. Tablets of Bahá’u’lláh, p. 129.
56. Bahá’u’lláh, citado en Shoghi Effendi, The World Order of Bahá’u’lláh,
pp. 202–203.
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57. Bahá’u’lláh, citado en Shoghi Effendi, The Advent of Divine Justice,
p. 84.
58. Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh, sección CXXXII.
59. ‘Abdu’l-Bahá, The Secret of Divine Civilization (Wilmette: Bahá’í
Publishing Trust, 1990), p. 96. Existe versión en español (Buenos Aires:
EBILA, 1986).
60. Selections from the Writings of ‘Abdu’l-Bahá (Haifa: Bahá’í World Centre, 1997), p. 256. Existe versión en castellano (Buenos Aires: EBILA,
1987).
61. Bahá’u’lláh, de una Tabla anteriormente no traducida.
62. Will and Testament of ‘Abdu’l-Bahá (Wilmette: Bahá’í Publishing Trust,
1944), p. 25. Existe versión en castellano (Buenos Aires: EBILA, 1973).
63. Bahá’u’lláh, El Kitáb-i-Íqán, párrafo 213.
64. Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh, sección VII.
65. El Llamamiento del Señor de las Huestes, párrafo 126.
66. S. Juan 10.16. Versión de L. A. Schökel.
67. El Corán, sura 39, versículo 69. Versión no publicada del Panel Internacional de Traducción.
68. S. Mateo 6.10. Versión de Straubinger.
69. El Corán, sura 85, versículo 2. Versión de J. Cortés.
70. Apocalipsis 21.2. Versión de L. A. Schökel.
71. Ibíd., 31.12. Versión de Straubinger.
72. Isaías, 2.2.
73. Ibíd., 3.15.
74. Daniel, 12.9.
75. Isaías, 62.2.
76. El Corán, sura 21, versículo 104. Versión de J. Cortés.
77. Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh, sección IV.
78. S. Lucas, 17.21. Versión no publicada del Panel de Traducción.
79. S. Mateo, 21:33. Versión de Straubinger.
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77. Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh, sección IV.
78. S. Lucas, 17.21. Versión no publicada del Panel de Traducción.
79. S. Mateo, 21:33. Versión de Straubinger.
80. Ibíd., 13.23. Versión de Schökel.
81. Ibíd. 7.17. Versión de Straubinger.
82. Pasajes de los Escritos de Bahá’u’lláh, sección XCVI.
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