...

Competencias para (con)vivir con el siglo XXI

by user

on
Category: Documents
0

views

Report

Comments

Transcript

Competencias para (con)vivir con el siglo XXI
Competencias para (con)vivir
con el siglo XXI
¿Qué son las competencias? ¿Una nueva moda?
¿Una palabra mágica? Los autores analizan este
concepto y el papel que desempeña la
educación en el desarrollo de estas
funciones, algunas disponibles de partida
en la mente humana y otras que
precisan de un profundo cambio
cognitivo para ser adquiridas.
Al tiempo que presentan de qué
aspectos tratará el Monográfico,
identifican cuatro macrocompetencias
relacionadas respectivamente
con el escenario educativo, el profesional,
el comunitario y el personal.
ALBERT CAMPILLO
“
CARLES MONEREO
Departamento de Psicología de la Educación
de la Universitat Autònoma de Barcelona.
Correo-e: [email protected]
JUAN IGNACIO POZO
Departamento de Psicología Básica de la Universidad Autónoma
de Madrid.
Correo-e: [email protected]
12 CUADERNOS DE PEDAGOGÍA. Nº370 MONOGRÁFICO } Nº IDENTIFICADOR: 370.001
Si la educación tiene sentido es porque encierra unas
metas, es decir, porque no queremos que los alumnos
sean como son, porque creemos que si incorporan
otras competencias serán mejores compañeros, alumnos y
ciudadanos, y porque más allá de todas las incertidumbres
y relativismos de la sociedad postmoderna, si educamos es
porque creemos que hay conocimientos, valores y, en suma,
unas competencias más deseables que otras, y por tanto
queremos que nuestro alumnado sea más competente y
más capaz, un peaje probablemente necesario para conseguir que sean también más felices”.
monográfico
Con el párrafo anterior finalizábamos el Tema del Mes que,
en enero de 2001, nos había encargado Cuadernos de Pedagogía
sobre cuáles eran las competencias necesarias para sobrevivir
en el siglo XXI (Monereo y Pozo, 2001). Ahora, cuando parece
que estamos sobreviviendo, un tanto perplejos y asustados, a
los primeros embates del nuevo siglo (que no han sido pocos:
internacionalización del terrorismo, guerra de Irak, chapapote
en Galicia, pero también una nueva reforma y otra contrarreforma educativa, o viceversa, la blogosfera, las wikimentes, etc.),
quizá sea un buen momento para revisar esas competencias y
hablar sobre las que empezamos a necesitar para vivir o, mejor
aún, convivir con tirios (léase humanos) y troyanos (léase tecnologías) en el siglo de las luces (y las sombras) digitales (Monereo,
2005).
¿Vino viejo en odres nuevos?
En los últimos años el término “competencia” se ha abierto
camino con una facilidad pasmosa entre taxonomías, programaciones, currículos y evaluaciones (nacionales e internacionales).
Los sistemas de evaluación de la calidad educativa, como las
pruebas de evaluación de las competencias básicas en nuestro
país –Ley Orgánica 2/2006, de 3 de mayo, de Educación (Jesús
Rul y Teresa Cambra realizan un análisis comparativo entre comunidades autónomas en este Monográfico)– o el proyecto PISA
(http://www.pisa.oecd.org) a nivel internacional –también en
este ejemplar, Dominique Simone Rychen analiza el fenómeno
desde dentro y Neus Sanmartí desde fuera–, inciden cada vez
más en evaluar no sólo conocimientos y destrezas. A su vez, el
nuevo Espacio Europeo de Educación Superior, la graciosamente llamada “enseñanza a la boloñesa” que nos espera al doblar
la esquina (2010), está dirigido a formar en competencias y no
sólo a transmitir contenidos o saberes especializados. Las competencias se han convertido, parece, en el santo grial de la
educación. Pero ¿qué son realmente las competencias? ¿Una
nueva moda, como piensan algunos, para vender ideas viejas
en odres nuevos? ¿Una palabra mágica que nos redimirá de
todos los males que aquejan a nuestro sistema educativo (la
desmotivación, la ignorancia, y todos los “ings”: el bullying, el
flaming –conductas de insulto o de incitación a la pelea en Internet–, etc.) ¿Una forma de identificar lo que realmente es básico
o esencial en un currículo saturado? (César Coll, en el siguiente
artículo, reflexiona sobre este controvertido aspecto).
Si hace cinco años nos ocupamos de cómo fomentar las competencias en la educación y ahora volvemos sobre nuestros pasos
es porque estamos convencidos de que el concepto de competencia puede ayudarnos a definir mejor las metas y los propósitos
de la acción educativa que otros conceptos afines (habilidades,
aptitudes, estrategias, etc.), con los que sin duda está emparentado e incluso cohabita. El propio éxito del concepto de competencia ha hecho que, como sucede con tantos otros términos
usados en la educación, en la pedagogía y en la psicología, se
haya vuelto un objeto poliédrico, fuzzy, difuso, de muy difícil
operativización. No tenemos la pretensión de desvelar ninguna
supuesta verdad terminológica, pero sí creemos que todo nuevo
término, para ser aceptable en la comunidad de práctica en que
se empleará, es decir, para que resulte útil, debería cumplir dos
condiciones sine qua non: a) identificar algún fenómeno para el
que no exista una nomenclatura más precisa, y b) auxiliar a la
comunicación dentro de esa comunidad de práctica.
En relación con este segundo punto, pensando en términos
pragmáticos, parece necesario diferenciar unas nociones de otras.
El sentido común no nos ayuda gran cosa, si aceptamos la definición propuesta en el Diccionario de la Real Academia Española:
“Pericia, aptitud o idoneidad para hacer algo o intervenir en un
asunto determinado” (RAE, 2006). Pero, por fortuna, la psicología científica nos propone distinciones más sutiles. Así, recurriendo a un diccionario de Psicología (Reber, 1995), encontramos
una sugerente distinción entre competencia y habilidad, siendo
la habilidad la capacidad de ser realmente eficiente en una tarea,
mientras que la competencia sería la potencialidad de serlo
dadas ciertas condiciones.
Esta distinción, sin duda basada en la diferenciación establecida por Chomsky entre competencia y actuación en la adquisición del lenguaje, nos permite desfacer un primer entuerto
conceptual, al diferenciar la formación en competencias de la
vieja pedagogía por objetivos, un riesgo del que conviene avisar cuando esto de enseñar por y para las competencias comience a generalizarse, más temprano que tarde, en todos los
niveles educativos. Ser competente no es sólo ser hábil en la
ejecución de tareas y actividades concretas, escolares o no, tal
como han sido enseñadas, sino más allá de ello, ser capaz de
afrontar, a partir de las habilidades adquiridas, nuevas tareas o
retos que supongan ir más allá de lo ya aprendido. Evaluar si
alguien es competente es en parte comprobar su capacidad
para reorganizar lo aprendido, para transferirlo a nuevas situaciones y contextos.
Pero hay un segundo entuerto conceptual que deberíamos
desentrañar. Con frecuencia, la mayor o menor competencia de
un alumno concreto en una tarea o incluso en un dominio o
ámbito de actividad se suele atribuir a diferencias individuales
de origen genético, o al menos de desarrollo muy temprano,
con respecto a las cuales la escuela poco podría hacer, más allá
de estimular ese desarrollo. En contra de este supuesto, hay
motivos para suponer que las competencias para las que formamos no están previamente en los alumnos, sino que desde
una perspectiva vygotskiana, son construcciones sociales que
deben ser internalizadas a través de la educación. Tal vez una
buena forma de entender esto sea recurrir al concepto de “función psicológica” –el lector encontrará en este concepto un eco
de la caracterización del desarrollo de las funciones mentales
descrito en las últimas obras de Ángel Rivière (Rivière, 2003)–.
Podemos asumir que la mente humana, en su diseño natural,
producto de su larga evolución, está dotada de una serie de
funciones o dispositivos para ejecutar eficazmente diferentes
tareas (dispositivos o funciones emocionales, comunicativas o
lingüísticas, perceptivas, motoras, etc.).
Nacemos pues con unos recursos de serie, propios de nuestra
especie y que marcan un espacio de desarrollo a partir de las
propias restricciones que establecen. Esas restricciones no sólo
instituyen límites al desarrollo sino también posibilidades, opciones de desarrollo. En realidad, sabemos algo más sobre nuestros
límites que sobre nuestras potencialidades. En el ámbito cognitivo, sabemos por ejemplo que nuestra memoria inmediata tiene
una capacidad limitada para retener al mismo tiempo un número excesivo de datos, aunque no sabemos, sin embargo, cuál es
la capacidad de almacenamiento de nuestra memoria a largo
{ Nº370 CUADERNOS DE PEDAGOGÍA.
13
plazo. En todo caso, esas funciones psicológicas naturales son
universales, independientes de la cultura y la educación (todos,
a menos que exista una disfunción genética, tenemos las mismas),
bastante permanentes (no cambian de una a otra generación) y
poco accesibles a la conciencia (no podemos saber, por ejemplo,
que hacemos para ver las cosas en color o en qué nos fijamos
exactamente para atribuir estados emocionales a las personas a
partir de sus expresiones faciales).
¿Qué papel desempeña la educación en el desarrollo de esas
funciones? ¿Están todas las competencias que queremos formar
incluidas en ese equipo psicológico de serie con el que venimos
al mundo y que tanto restringe nuestro desarrollo personal?
Podemos recurrir a una idea sugerida, aunque no plenamente
desarrollada por Premack y Premack (2004), quienes diferencian
entre aquellas capacidades que la educación se limita a desarrollar o actualizar, aquellas que debe extender o ampliar, llevándolas más allá de sus límites originales para crear nuevas
funciones, compatibles con las originales, y aquellas capacidades
escribir. Digan lo que digan quienes buscan “causas” neuropsicológicas en las dificultades del aprendizaje, la escritura es
un invento cultural tan reciente que no podía estar prevista en
nuestro genoma. Es más bien al revés: extiende funciones originales para crear nuevas “prótesis cognitivas” (véase Pozo,
2003), ampliando así, en un sentido muy vygotskiano, las competencias cognitivas –por ejemplo, la escritura amplía las funciones del lenguaje oral, de modo que la “mente letrada” tiene
funciones de las que carece la “mente oral” (véase Olson,
1994)–. Pero este segundo tipo de capacidades que amplían o
extienden las funciones originales se apoyan para su construcción
en las restricciones impuestas por esas funciones primarias. Por
ejemplo, los sistemas de notación matemática generan nuevas
posibilidades de cálculo, nuevas competencias matemáticas,
pero lo hacen optimizando las restricciones del funcionamiento
cognitivo natural, lo que conlleva que algunos sistemas de notación sean más eficaces cognitivamente que otros (véase, por
ejemplo, Pérez Echeverría y Scheuer, 2005).
Cuadro 1
Decálogo de competencias para la educación en el siglo XXI
1. Buscarás la información de manera crítica.
2. Leerás siempre tratando de comprender.
3. Escribirás de manera argumentada para convencer.
4. Automatizarás lo rutinario y dedicarás tus esfuerzos en pensar en lo relevante.
5. Analizarás los problemas de forma rigurosa.
6. Escucharás con atención, tratando de comprender.
7. Hablarás con claridad, convencimiento y rigor.
8. Crearás empatía con los demás.
9. Cooperarás en el desarrollo de tareas comunes.
10. Te fijarás metas razonables que te permitan superarte día a día.
Monereo y Pozo (2001)
más complejas y exigentes que reclaman no sólo adquirir nuevas
funciones, sino reformatear o reestructurar las ya existentes.
En el primer caso, se trataría de funciones ya disponibles de
serie en la mente humana, esos universales psicológicos (como
la percepción del color, la noción de objeto permanente, la
percepción y expresión de estados emocionales y posiblemente también la comprensión y producción del lenguaje oral) que
para su pleno desarrollo en forma de habilidades sólo requerirían
el aporte vitamínico de un ambiente dinámico y, a ser posible,
socialmente enriquecido.
Un segundo grupo de funciones no formarían parte del equipo cognitivo de serie, sino que más bien serían construcciones
culturales cuya internalización cognitiva sería plenamente compatible con las restricciones iniciales impuestas por esas funciones psicológicas primarias. Aquí podríamos incluir el aprendizaje de una lengua concreta a partir de las funciones lingüísticas
primarias o incluso el aprendizaje de los sistemas de notación
escrita. Está claro que no puede haber en nuestro genoma ningún dispositivo programado para desarrollar la competencia de
14 CUADERNOS DE PEDAGOGÍA. Nº370 }
Hay, sin embargo, otras competencias cuya adquisición requiere reformatear o reestructurar buena parte del funcionamiento cognitivo en ese dominio. Los estudios sobre la necesidad
de promover un profundo cambio conceptual para usar competentemente el conocimiento científico en diferentes dominios
(matemático, científico, social…) serían un ejemplo de esta necesidad de reestructuración mental que implicaría no ya extender la mente más allá de sus restricciones originales, sino superar o trascender algunas de esas restricciones que deberían ser
inhibidas, suspendidas o directamente reestructuradas para lograr un funcionamiento competente en ciertos dominios (véase
Pozo, 2003). Aquí ya no basta con enriquecer el desarrollo, o
incluso promover su extensión a nuevos dominios o competencias, sino que se precisa una terapia de choque que haga posible esa siempre difícil reestructuración mental. Obviamente son
estas competencias –las que implican superar algunas de las
restricciones de la mente humana, como sucede en el aprendizaje de la termodinámica, pero también en la aceptación de
perspectivas diferentes e incluso la asunción de posiciones cons-
monográfico
tructivistas sobre el aprendizaje y la enseñanza (Pozo y otros,
2006)– las más difíciles de lograr y las que requieren una intervención educativa más decidida.
Por decirlo con nitidez, cualquier ambiente es suficiente para
aprender a comunicarse oralmente, aunque dependiendo de la
riqueza vitamínica de ese ambiente las competencias lingüísticas
pueden ampliarse más o menos. En cambio, el aprendizaje de la
lectoescritura, lo que se dice aprender a leer y escribir, requiere
un diseño y una intervención instruccional –o, en su defecto, un
ambiente muy rico que lo apoye– que en la mayor parte de los
casos suele ser suficiente: todos los que son expuestos a instrucción adquieren esa competencia, aunque obviamente no en el
mismo grado. Sin embargo, para la formación en esas competencias que suponen reformatear la mente –siguiendo con el
ejemplo, aprender a escribir de forma argumentada, integrando
diferentes puntos de vista, o saber leer para aprender– la instrucción suele ser una condición necesaria pero no suficiente.
A partir de esta diferenciación entre competencias desarrolladas, extendidas y reestructuradas, un sano y difícil ejercicio
sería decidir a qué categoría o grupo corresponden las diferentes competencias que queremos promover en nuestro sistema
educativo. En aquel artículo (de hace unos años en esta misma
revista) que mencionábamos al comienzo (Monereo y Pozo,
2001) establecíamos un decálogo de competencias para “sobrevivir” en la sociedad del siglo XXI (véase el cuadro 1).
ALBERT CAMPILLO
Seguramente no están todas las que son, pero sí son todas
las que están. Ahora bien, ¿cuáles de esas competencias requieren desarrollar funciones psicológicas originales, cuáles ampliarlas y cuáles reestructurarlas? Dejamos el juego al lector, pero
por nuestra parte sólo podemos avanzar que la mayoría de las
que están ahí suponen un reto educativo precisamente porque
no forman parte del diseño natural de la mente, porque no se
aprenden implícitamente ni por ósmosis, sino que requieren una
decidida intervención educativa para recorrer el largo camino
que va de esas funciones psicológicas a la formación de competencias. Veamos cuál es ese camino.
El largo camino hacia las competencias
Si asumimos que hay unas funciones o predisposiciones psicológicas desde las que se construye todo el conocimiento,
también debemos asumir que esas funciones no son sino restricciones para la representación y la acción, que requieren un
ambiente físico y social para desplegarse. El ejercicio doblemente restringido –por las propias disposiciones mentales y por el
ambiente– de esas funciones conducirá al desarrollo de habilidades, que se hacen visibles y desarrollan conjuntos de operaciones mentales y físicas dirigidas a una meta, que tienen un
origen cultural. Así, la función sensorial de ver se convierte en
la habilidad de mirar de distintos modos (fijamente, con el rabillo del ojo, por encima del hombro, etc.).
Las estrategias, por su parte, implican un mayor grado de
sofisticación cognitiva, requieren leer el contexto para activar
conocimientos que se ajusten a sus condiciones. Suponen tomar
decisiones sobre cuándo, cómo y por qué hacer, decir o pensar
algo; en suma, implican un cierto grado de actividad metacognitiva. Para seguir con nuestro ejemplo, cuándo, cómo y por
qué mirar a alguien con desdén, para afearle la conducta; o con
intensidad, para llamar su atención. Pero también cuándo hay
que repasar algo para aprenderlo y cuándo, en cambio, conviene pensar en contraejemplos para aprenderlo mejor, o
cuándo utilizar los verbos “do” o “make” en inglés. Las estrategias pueden llegar a ser muy específicas e idiosincrásicas, pueden
y deberían mejorarse durante toda la vida e implican siempre
una toma consciente de decisiones (para
ampliar esta posición, véase Pozo, Monereo y Castelló, 2001).
Y por fin llegamos a las competencias. Demostrar competencia en
algún ámbito de la vida conlleva
resolver problemas de cierta complejidad, encadenando una serie de
estrategias de manera coordinada.
Ser competente leyendo, hablando y
escribiendo debería significar que esa
persona puede resolver problemas complejos a través de esas conductas, no sólo de su
vida cotidiana, también frente a nuevos desafíos:
leer distintas versiones de una misma noticia en
diferentes periódicos para formarse una opinión;
hablar con distintos registros: con un amigo a
través del teléfono móvil, en una presentación
con PowerPoint o en una entrevista de traba-
{ Nº370 CUADERNOS DE PEDAGOGÍA.
15
jo; escribir un texto argumentando una posición personal, a
partir de fuentes de información localizadas en Google, etc.
Tomemos un ejemplo del ámbito profesional. Un docente,
para realizar su trabajo con eficacia, debe estar en posesión de
determinadas funciones psicológicas (leer los estados mentales
y emocionales de sus alumnos), mostrar el dominio de algunos
procedimientos y habilidades (discurso estructurado, métodos
de enseñanza) y, en alguna medida, dar muestras de enfrentarse estratégicamente a alguna situación especial (qué hacer
cuando baja el interés de sus alumnos). Para demostrar competencia debería, además, poder enfrentarse con éxito a una situación prototípica en su trabajo, en el sentido de que se produce de forma regular, pero que en cada circunstancia adquiere
tintes algo distintos que exige emplear estrategias coordinadas,
también distintas en algún punto. Por ejemplo, en el momento
de atender a alumnos que presenten alguna necesidad educativa específica (emigrantes, con un handicap, más avanzados…),
actuar de manera competente implicará poder adaptar el discurso y las actividades de enseñanza y evaluación a sus peculiaridades. Una situación exigente y compleja como esa no puede
resolverse con una única estrategia, sino que solicita la participación de varias estrategias coordinadas, conformando una
competencia docente.
Una competencia sería, pues, un conjunto de recursos potenciales (saber qué, saber cómo y saber cuándo y por qué) que
posee una persona para enfrentarse a problemas propios del
escenario social en el que se desenvuelve.
Claro que los ejemplos expuestos se refieren a competencias
muy específicas del ámbito comunicativo y laboral. Pese al limitado espacio de que disponemos, hemos de ampliar el foco. La
cuestión sería: ¿qué competencias generales podrían encuadrar
lo que un ciudadano actual deberá aprender para afrontar con
garantías de éxito las transformaciones de nuestro siglo?
importante que encontrar un empleo es poseer competencias
que lo conviertan a uno en profesionalmente más cualificado
(employability).
- Un escenario vinculado a la comunidad próxima (vecinos,
conciudadanos) y distante (compatriotas, humanos).
- Un escenario personal asentado en relaciones afectivas con
nuestra pareja, familiares, amigos.
En cada uno de esos escenarios sociales de desarrollo se
generan un conjunto de problemas que podríamos clasificar en
tres grupos:
Problemas prototípicos
Estaríamos hablando de tareas que, por su frecuencia, resultan habituales en alguno de los escenarios mencionados, si bien
en cada nueva situación en que aparecen requieren, a diferencia de los meros ejercicios, un nuevo ajuste cognitivo al contexto.
Para un escolar sería prototípico preparar una prueba o examen;
para un dentista, realizar un empaste; para un ciudadano, tener
¿En qué competencias debe formar la escuela?
Pensamos que identificar esas macrocompetencias, en
cuanto recursos para resolver problemas de la vida de
una persona, demanda identificar esos problemas y,
por consiguiente, los escenarios en los que se producen. En esta ocasión, más que hacer un decálogo
de mandamientos educativos –y sus correspondientes pecados y penitencias–, podríamos considerar
grosso modo los cuatro grandes escenarios sociales
en los que transcurre nuestro desarrollo personal
(al menos en los países occidentales y desarrollados) y en los
que todos deberíamos procurar ser competentes:
- Un escenario educativo,
entendido en sentido laxo,
pensando en situaciones de
educación formal y no formal,
escolar y no escolar; en definitiva, a lo largo y ancho de la vida (el
famoso lifelong learning).
- Un escenario profesional y laboral, cada vez más
dinámico y menos estable, en el que a largo plazo, más
16 CUADERNOS DE PEDAGOGÍA. Nº370 }
ERT
ALB
ILLO
MP
CA
monográfico
una posición política y ejercer el derecho a voto; para un matrimonio, establecer determinados hábitos de comunicación y
convivencia conyugal.
Problemas emergentes
Se referirían a tareas que, si bien resultan poco frecuentes en
el momento actual, tienden a incrementarse de manera progresiva y existen pruebas suficientes (estudios de prospectiva, sociológicos, de mercado…) de que su presencia irá en aumento en
un futuro próximo. Serían problemas emergentes la regulación
de situaciones de violencia escolar, los trastornos alimenticios
(anorexia, bulimia), el uso de las tecnologías de la información y
la comunicación (TIC) para la gestión de impuestos, o los problemas de adicción de los adolescentes (Internet, drogas, juego).
Problemas generados desde instancias dedicadas a la formación
Sería deseable crear determinados problemas, en el sentido
de interpretar como situaciones problemáticas sucesos que no
reciben una respuesta apropiada y que, sin embargo, inciden
negativamente en el desarrollo de las personas. En este caso,
se trataría de promover nuevas competencias para problemas
que son, hasta el momento, invisibles. Ejemplos de ello serían
algunas tensiones que, a veces de manera solapada, se producen en los distintos escenarios: la extensión y límites en el uso
de las TIC en la escuela, la extensión y límites de la discriminación positiva de la mujer en entornos laborales, la extensión y
límites de la solidaridad entre vecinos, o la extensión y límites
de la privacidad en las relaciones familiares.
¿Qué enseñar y evaluar, cuándo y cómo?
Estando pues de acuerdo en que las personas deben adquirir competencias para desarrollarse positivamente en los escenarios que hemos enumerado y en relación con la tipología de
problemas que hemos definido, las incógnitas se abren cuando
tratamos de responder a los requerimientos curriculares: qué
competencias enseñar y evaluar, cuándo hacerlo y cómo hacerlo. En cuanto a las competencias que deben enseñarse, aun a
riesgo de simplificar, creemos que casi todos los autores, estudiosos y políticos estarían de acuerdo en considerar las siguientes macrocompetencias:
- Relacionadas con el escenario educativo, competencias para
gestionar el conocimiento y el aprendizaje: ser un aprendiz
permanente.
– Respecto al escenario profesional y laboral, competencias
para el acceso al mundo laboral y al ejercicio profesional: ser un
profesional eficaz.
- En cuanto al escenario comunitario, competencias para la
convivencia y las relaciones interpersonales: ser un ciudadano
participativo y solidario.
- En relación con el escenario personal, competencias para la
autoestima y el ajuste personal: ser una persona feliz.
Pasamos a describir brevemente el sentido y posibles contenidos de cada una de esas macrocompetencias.
Ser un aprendiz permanente
El aprendizaje autónomo sigue siendo una de las asignaturas más necesarias y pendientes. La denominada “alfabetiza-
ción informacional” describe simple y llanamente una obviedad:
en la sociedad de la información, el que sepa gestionar esa
información será el rey (o la reina). Saber cuándo, dónde y
cómo buscar información, ser capaz de seleccionarla en función
de unos objetivos, procesarla (leerla) y elaborarla adecuadamente para después utilizarla (escribirla, exponerla, aplicarla)
con el fin de resolver un determinado problema constituyen
cadenas de competencia de urgente instauración curricular (a
continuación Joaquín Gairín se ocupa de estas competencias
de gestión del conocimiento, y también en el segundo bloque
de este Monográfico puede revisarse una experiencia educativa al respecto).
Ser un buen profesional
El sistema educativo no puede formar específicamente para
las necesidades laborales ni siquiera en un futuro inmediato, no
sólo por la diversidad de esas tareas, sino también porque
muchas de ellas son impredecibles ahora; lo que debe hacer es
ayudar a los futuros profesionales a ser competentes para actuar
en los contextos que los esperan. Sabemos que un profesional
con éxito no va a trabajar solo, sino que va a tener que negociar
metas y proyectos en el marco de equipos, deberá ser capaz
de colaborar, de apoyarse en otros y apoyarlos; también deberá ser sensible al contexto social en el que trabaje y socialmente responsable. Deberá ser flexible, capaz de movilizar sus recursos y tomar decisiones para afrontar tareas cambiantes,
diferentes, dado que las tecnologías absorberán buena parte
de las actividades rutinarias. Deberá, en fin, ser capaz no sólo
de seguir aprendiendo de modo continuado cuando el contexto lo requiera, sino más allá de ello, si quiere ser competente,
fijarse deliberadamente nuevas metas y retos (más adelante,
Vicent Tirado habla de las competencias para acceder y desarrollarse en el mundo laboral, y en el segundo bloque se presenta un proyecto en esa misma línea).
Ser un ciudadano participativo y solidario
En una sociedad pluricultural como en la que vivimos, se necesitan ciudadanos capaces no sólo de convivir con la diversidad
social, sino de extraer de ella riquezas y valores para una sociedad
abierta, no estratificada ni cerrada. En un mundo de creciente
complejidad –en el sentido de no uniformidad– los conflictos
deberán resolverse cada vez más horizontalmente, lo que requiere de los ciudadanos competencias para el diálogo y la negociación de perspectivas. Se requiere también una ampliación del
círculo moral que afecte no sólo a los derechos de quienes están
más cerca de nosotros, sino de los distantes en el espacio y en
el tiempo, lo que implica educar realmente en un compromiso
creciente con valores de sostenibilidad y equidad. La globalización está trayendo paradójicamente consigo una revalorización
del entorno cercano, lo que idealmente debería llevarnos a
formar ciudadanos implicados en su comunidad, donde los valores cívicos –o políticos, en el sentido clásico– deben compensar la tendencia natural a priorizar los intereses individuales. La
educación deberá promover decididamente valores compartidos,
que nos alejen tanto de la discriminación y la exclusión como de
un relativismo paralizante (Rosario Ortega analiza directamente
las competencias necesarias para una buena convivencia, que se
tratan también en una iniciativa educativa incluida en el segundo
bloque del Monográfico).
{ Nº370 CUADERNOS DE PEDAGOGÍA.
17
Ser una persona feliz
“Tres cosas hay en la vida: salud, dinero y amor”. Tradicionalmente
la felicidad se ha tratado como un estado –se es feliz–, no como
un proceso –se logra ser feliz–. Ello ha contribuido a que, de
todas las competencias que estamos revisando, sea la que se
considera menos enseñable, dado que se atribuye a factores
poco controlables: la salud, el dinero o el amor aparecen por
azar o suerte y poca cosa podemos hacer (más allá de, siguiendo con la canción, dar gracias a Dios). Sin embargo, se puede
trabajar para tener una vida saludable, económicamente sólida
y emocionalmente estable. En todo caso, el primer aspecto
recibe bastante atención social (servicios de atención médica),
y el segundo puede entenderse como un efecto de ser un
profesional competente; sin embargo, la competencia emocional, siendo un tema de moda, apenas forma parte de proyectos
educativos y currículos. Pensamos que en este caso las dimensiones que deberían explorarse tendrían que ver con ser competente para expresar las propias emociones, para regular esas
emociones y para cambiar la propia perspectiva emocional. La
expresión de las emociones implicaría dominar una suerte de
lenguaje de los afectos para poder comunicar a los demás y a
uno mismo el propio estado emocional y empezar a tener opciones de actuar en consecuencia. La autorregulación de las
emociones supone el siguiente paso. Tras tomar conciencia de
nuestro estado emocional, ahora es preciso sentir y actuar de
un modo adecuado que evite situaciones de explosión emocional, frustración o agresividad. Aprender a sentir(se). Una última
subcompetencia complementaria consistirá en poder comprender la perspectiva emocional de los demás, ponerse en su lugar,
en el lugar de sus sentimientos (en su contribución en este
Monográfico, María Dolores Avia se refiere con detalle a estas
competencias para la autoestima y el ajuste personal; igualmente, en el bloque “Buenas prácticas educativas” se presenta un
trabajo orientado a esta macrocompetencia: “Cuando hablan
las emociones”).
Con respecto a cuándo y cómo enseñar y evaluar esas
competencias, el tema es también polémico. Desde un optimismo pedagógico, pensamos que desmesurado, las competencias pueden enseñarse a cualquier edad, en entornos
educativos formales y pueden evaluarse mediante pruebas de
lápiz y papel diseñadas para breves períodos de tiempo.
Tenemos dudas, pensamos que razonables, en relación con
los dos últimos supuestos. Desde luego pueden y deben
enseñarse competencias en todas las edades y en relación
con los cuatro escenarios sociales definidos (como lo demuestra el segundo bloque de este Monográfico). Lo que no parece tan claro es que puedan enseñarse sólo en situaciones
formales y sea válido evaluarlas sólo con tareas de lápiz y
papel. Si acordamos que las competencias se ponen en acción
en contextos problemáticos que se definen por su autenticidad,
es decir, que se perciben como reales (fieles a las condiciones
de aparición en la vida real) y relevantes (vinculados al quehacer vital del individuo y por consiguiente a su supervivencia),
la posibilidad de replicar esa autenticidad en las aulas y evaluarla a través únicamente de pruebas escolares típicas resulta, cuando menos, incierta (al respecto recomendamos revisar
el análisis que realiza Elena Martín de los sistemas de evaluación de la calidad en centros, así como el análisis crítico de
Emilio Sánchez).
18 CUADERNOS DE PEDAGOGÍA. Nº370 }
Ser competente supone muchos complementos circunstanciales: para qué, en qué lugar, en qué tiempo, de qué modo,
con qué recursos, etc., y esas circunstancias deben estar presentes durante la enseñanza y la evaluación. Dicho de otro modo,
pensamos que desde la educación formal podemos sobre todo
enseñar habilidades y estrategias que el estudiante, cuando se
enfrente a un problema auténtico, podrá coordinar en una competencia; sin embargo, esa competencia se consolidará en su
contexto de uso, por lo que la formación permanente deberá
tener un papel crucial.
para saber más
X Monereo, C. (coord.) (2005): Internet y competencias básicas.
Barcelona: Graó.
X Monereo, C. y Pozo, J.I. (2001): “Competencias para sobrevivir
en el siglo XXI”. Cuadernos de Pedagogía, n.º 298 (enero), pp.
50-55.
X Olson, D. (1998): El mundo sobre el papel. Barcelona: Gedisa.
X Pérez Echevarría, M.P. y Scheuer, N. (2005): “Desde el sentido
numérico al número con sentido”. Infancia y Aprendizaje, n.º 28
(4), pp. 393-407.
X Pozo (2003): Adquisición de conocimiento: cuando la carne se
hace verbo. Madrid: Morata.
X Pozo, J.I., Monereo, C. y Castelló, M. (2001): “El uso estratégico
del conocimiento”, en Coll, C.; Palacios, J. y Marchesi, A. (coords.).
Psicología de la educación escolar. Madrid: Alianza Editorial, pp.
211-233.
X Pozo, J.I.; Scheuer, N.; Pérez Echeverría, M.P.; Mateos, M.;
Martín, E. y De La Cruz, M. (eds.) (2006): Nuevas formas de
pensar la enseñanza y el aprendizaje: Las concepciones de profesores y alumnos. Barcelona: Graó.
X Premack, D. y Premack, A. (2004): “Education for the prepared
mind”. Cognitive Development, n.º 19, pp. 537-549.
X RAE (2006): Diccionario Esencial de la Lengua Española. Madrid:
Espasa Calpe.
X Reber, A.S. (1995): The Penguin Dictionary of Psychology. Londres:
Penguin Books.
X Rivière, A. (2003): “Educación y modelos de desarrollo”, en
Rivière, Á.: Obras escogidas, vol III. Madrid: Editorial Médica
Panamericana.
Fly UP