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Un papá en Chosica

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Un papá en Chosica
historias urbanas
La antigua estación de Chosica, bisagra entre los Andes y Lima.
Un papá en Chosica
Eduardo Maldonado*
114
L
a Fiesta de las Cruces secuestra
cada mayo la pequeña plaza frente
a nuestra casa. En el rito, cientos de
inmigrantes andinos que ahora viven en
Chosica suben en hombros una cruz de
madera a lo más alto del cerro San José.
Más tarde, ya ebrios, bajan bailando al
ritmo de una banda vernácula. Papá
también es andino, pero en estos días se
empeña en obviarlo. Mira por la ventana,
como un limeño tras celosías, jalando un
poco la cortina. Antes disfrutaba el espectáculo moviendo los pies o tarareando las
melodías. Ahora solo muestra un rostro
de sorpresa que trata de ocultar quizá su
nostalgia.
Papá no es un padre clásico. No es el
líder del hogar empecinado en hacer de
sus hijos un remedo suyo. Por el contrario,
se ha esforzado durante dos décadas por
ser más como nosotros y menos como él.
Es un hombre sin tierra, sin procedencia.
Desciende de una tradicional familia
tarmeña, pero nació en Oxapampa. Su
niñez trascurrió viajando por las carreteras peruanas ya que su padre, mi abuelo,
transportaba insumos para una mina.
Vivió muchos años en Arequipa, donde se
educó y de donde provienen sus mejores
recuerdos y su volcánico humor. Luego de
muchos años, la familia ancló en Chosica,
una pequeña villa creada para limeños
enfermizos y deprimidos que buscaban
alivio en su aire puro y clima cálido.
Quizá sea esa falta de pertenencia lo
que hizo que papá, al conocer a mi madre,
* Estudiante de periodismo en la PUCP.
se entregara voluntariamente a la familia
de ella, relegando la suya propia. Mamá
fue el ancla que necesitaba. Una criolla de
Breña que emigró junto a toda su familia
a Chosica, obligada por los problemas
respiratorios de sus hermanos. Su padre
era dentista y su madre una ama de casa
de Barrios Altos, capaz de reconocer
tantas razas entre la gente como dedos
de su mano. Los modales, aspiraciones
y formas de ver la vida de esta familia
de clase media encandilaron a papá, que
emprendió un largo y sostenido proceso
para desterrar sus costumbres, y con
ellas, sus lazos familiares. Hace tres años
papá decidió romper todo vínculo con
sus parientes, de quienes no sabe nada
desde entonces.
Pero esa actitud no es nueva en su familia. Además de la nariz aguileña, papá
heredó de Octavio Maldonado una extraña necesidad de aculturarse, un afán por
dejar de lado un pasado que consideran
inferior. Su historia se parece a una novela
mexicana con inversión de géneros, en
que un varón sin perspectivas de vida
encuentra a una mujer cuyas costumbres
y modales lo llevan a ordenarse y forjar
un futuro con ella. Para que la historia sea
del todo exitosa, es preciso romper con
el pasado de penurias y caos. Mi padre
y mi abuelo lo hicieron, sin miramientos
ni pena.
El abuelo es el segundo hijo de una
humilde familia del distrito de La Unión,
en la provincia de Tarma. Su padre era
carpintero y tenía la esperanza de que su
primogénito continuara con el negocio.
Para mi abuelo, nadie había previsto nada.
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La Plaza Central de Chosica es un lugar concurrido. Hace muchos años atrás fue una cancha de fútbol.
Durante una de sus visitas al pueblo,
el abuelo conoció a quien se convertiría
en su esposa, la hija mayor de una importante familia de la zona, descendiente
de los Runachagua, últimos caciques de
La Unión.
Ese hecho cambió su vida. Dejó en
manos de su hermano todo lo que viniese
de sus padres y, con pocas monedas en
el bolsillo, enrumbó a Lima. Se incorporó
al servicio militar, donde permaneció dos
años. Allí aprendió a conducir. Al salir
del cuartel consiguió un empleo como
transportista de insumos para las minas
de una acaudalada familia limeña. Cogió
sus cosas, las de su mujer y empezó su
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éxodo por el Perú. Jamás sintió pesar por
dejar el terruño.
Una tarde, mientras tomábamos lonche
en su vieja casa de Huarochirí, el abuelo
me contó algo que me causó escalofríos:
luego de salir de su tierra nunca volvió a
ver a su familia. Un par de años antes, mi
padre lo acompañó en un viaje a Tarma,
donde visitó la tumba de su madre. La
visitaba ya muerta, pues nunca volvió a
verla con vida luego de marcharse. Me
confesó también, con total naturalidad,
que su hermano mayor vivía en San Martín de Porres, que el negocio de carpintería
de su padre quebró y que el hermano
terminó hundido en el alcoholismo. Sabía
que sobrevivía gracias al apoyo de sus
hijos. Estaba enterado de todo, pero no
lo había vuelto a ver desde esa mañana
en que dejó el hogar.
El abuelo fue adoptado por la familia de
su esposa, y cuando ella murió, se quedó
solo. Un vals limeño que mi abuela materna suele cantar dice: “Por ti he perdido
a mis padres, por ti la gloria perdí, ahora
me vengo a quedar, sin padres, sin gloria
y sin ti”. Parece la historia resumida del
abuelo, que ahora solo tiene sus lonches,
sus periódicos, su radio y su inalterable
rutina, que lo mantienen vivo a pesar del
desinterés de sus hijos y nietos.
Cuando dos mundos se cruzan
Una mañana de 1981, mamá se disponía
a ver televisión. Tenía 16 años y vivía en
un antiguo caserón de Chosica. Su familia llegó allí huyendo de la humedad de
Breña, distrito en el que ella nació y donde
aprendió sus modales. Allí se formó como
limeña. Allí pulió su carácter conservador
e hipócrita.
En el televisor encendido no aparecía
ninguna imagen nítida y el abuelo decidió llamar a un técnico. Por “técnico”
nos referimos a un joven astuto, pues en
Chosica, pequeño suburbio de la capital,
los técnicos realmente calificados escaseaban. Acudió en auxilio de la familia
un joven de 21 años que se ganaba la
vida sacando provecho de su curiosidad
por todo objeto electrónico al que podía
echar mano. Esta curiosidad la heredó
de su abuelo materno, un mestizo de
casi un metro noventa que dirigía a los
obreros encargados de instalar las primeras torres de alta tensión de Tarma.
Era mi padre.
Tras reparar la antena, papá continuó
frecuentando la casa para visitar a mi
madre. Meses después, luego del caos
producido al descubrirse que la hija protegida salía con un bueno para nada, la
relación pudo formalizarse. Los abuelos,
ya resignados, se propusieron aplicar una
estrategia más eficaz: “Si no queremos
que nuestra hija salga con un papanatas,
convirtamos a este tipo en alguien”.
Entonces mezclaron las muestras de
afecto hacia mi padre con ácidos comentarios que incluían siempre la recomendación de que buscase un oficio. Así empezó
la metamorfosis de papá, proceso que
duró cerca de treinta años, en el que se
iría desprendiendo de todo lo que había
sido hasta entonces para parecerse más
a lo que se esperaba de él.
Papá ingresó a la universidad pero
consiguió un empleo bien remunerado
que no le permitió continuar los estudios.
En 1987 se casó con mamá y fueron a vivir
a una de las casas de sus padres, en la
que también vivían su hermana mayor
y sus dos hijas. Este lugar fue testigo del
choque de dos tradiciones, dos visiones
del mundo. En esta casa se dio la génesis
de lo que soy.
Mamá recuerda su estadía allí como
uno de los peores momentos de su vida.
Su cuñada estaba empecinada en mostrarla como una esposa incapaz. Mamá
contraatacó dejando en ridículo el estilo de
vida provinciano y el pésimo carácter de
mi resentida tía, a quien llama “la bruja”.
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La fiesta, alegría popular. (Foto: Daniel Pajuelo)
Desde entonces, los Maldonado serían
para los Pacheco el rostro mismo de la
barbarie en el Perú. En ellos se materializa
el odio o desaprobación hacia lo andino y
se reafirma la superioridad de los valores
culturales criollos.
Mamá disfruta las reuniones familiares
en que tiene la oportunidad de contar
cómo la mayor de los Maldonado “despiojaba” a sus hijas en la sala de la casa
y luego se llevaba los parásitos a la boca,
como en una exótica grabación documental hecha en el Congo. “La bruja” también
comía cuyes e incluso gatos. Compraba las
mascotas, a las que luego metía en ollas
enormes con una manguera. Se sentaba
sobre la tapa y abría el caño. Esperaba unos
minutos hasta que los animales murieran
ahogados. Luego los cocinaba.
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Los cuestionamientos de mi madre no
se limitaban a “la bruja”, sino incluían a
toda la familia Maldonado. Criticaba las
costumbres morales de sus miembros, la
organización de sus hogares, con padres
ausentes y madres poco cuidadosas.
Mamá relata que en una ocasión, cuando
revisaba mi control de vacunas, mi abuela
entró al cuarto y preguntó: “¿Por qué lo
vacunas? ¿Acaso es perro?”. También
cuenta horrorizada que, al notarme muy
agripado, una prima de mi padre le recomendó que me diera de tomar mi propia
orina. Mamá reaccionó asqueada, ante lo
que “la bruja” dijo: “¿Ven? Ella cree que
nosotros somos bárbaros”. En efecto,
mamá lo creía, profundamente.
Lo que sucedió en esa casa fue casi
una caricatura de la sociedad peruana,
con sus cientos de prejuicios, sus enormes
diferencias. Una alegoría de la siempre
temida “guerra de castas”, el terror de
la sociedad peruana que está vivo desde
que dos mundos chocaron, el occidental
y el andino. Me enorgullece ser fruto de
ese conflicto. Los prejuicios de ambas
familias alimentaron mi ser junto a la
leche materna. Al lactar, bebí también de
mi madre aquella crítica ácida hacia los
Maldonado, pero al crecer aprendí a entenderlos y a ser indulgente. Me satisface
que en mi formación hayan influido las
más extravagantes costumbres andinas y
los más duros prejuicios criollos, y haber
nacido de la pugna entre ambos.
Papá versus papá
Al mudarnos a una casa propia los conflictos no acabaron. ¿Lograría esa separación
física convertirse en una separación cultural y espiritual? Al comienzo no lo fue.
Los primeros años fueron duros. Papá,
que hasta entonces había sido mi héroe,
pasó a convertirse en un ogro. Perdió el
empleo y sus trabajos ocasionales nos
ayudaban a vivir una vida decente, pero
no confortable. Eso hubiese sido lo de
menos, de no ser porque además se volvió
iracundo. Estaba molesto con el mundo
y desencantado de la vida.
Su afición por el alcohol se tornó preocupante. Sus actitudes violentas permanecen en mi mente impregnadas como un
sentimiento raro e incómodo. Cada vez
que siento algún malestar, pena o temor,
recuerdo una escena de la infancia en la
que solo tengo 3 años y estoy acostado
con la luz apagada esperando la llegada
de papá. Él abre la puerta y me alivia,
pero a la vez me asusta. Entonces cierro
los ojos y me cubro atemorizado, mientras
escucho sus discusiones con mamá y me
arrepiento de no haberme dormido antes.
Pocos meses atrás, papá y yo nos envolvíamos en esas mismas mantas para
ver películas. Jugábamos en la cama. Yo
era un pescador y él un tiburón persiguiéndome para comerme. Esa escena se
volvió real: papá se había convertido en el
tiburón que estaba a punto de comernos
a mí y a mamá.
Empecé a odiarlo y a temerle. Todo en
él me parecía reprochable. Hasta la barba
mal afeitada en su rostro, que antes me
hacía cosquillas, ahora me daba asco. Ideaba planes para echarlo a la calle. Mamá y
yo no lo necesitábamos.
La primera grosería que pronuncié se
la dirigí a él. Nos disponíamos a almorzar,
cuando papá comenzó con sus típicas críticas a la comida. Se levantó bruscamente
y se dirigió a la puerta dispuesto a irse.
Deje mi silla, caminé tras él y le grité:
“Oye tú, pedazo de mierda, regresa a la
mesa”. Mi padre, con los ojos encendidos
de ira, se quedó en silencio largo rato. Se
fue de todas formas. No recuerdo las consecuencias de mi atrevimiento, no tienen
importancia, pero desde ese momento mi
relación con papá no volvió a ser la misma.
Pocas semanas después, papá rebasó
todos los límites. Esa noche llegó más tarde
de lo usual. Yo estaba despierto, cubierto
por mi frazada para evitar escuchar la discusión de todas las noches, hasta que un
grito de mamá me hizo saltar de la cama y
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correr hacia su cuarto. Allí la vi cogiéndose
el rostro, adolorida. Papá le había pegado
una bofetada. Ella no decía nada, pero su
mirada acuosa traslucía un odio enorme,
uno que no le he vuelto a ver nunca. La
familia de mi madre es experta en esas
miradas. Las miradas que lanza mi abuela
cuando hay visita y quiere reprochar un
comportamiento, las miradas que lanza
mi abuelo cuando desea pedir un favor,
las que usa mi mamá para amenazarme.
Esa noche papá entendió la mirada de
mamá y huyó.
No volvió a casa en muchos días. Una
noche, mientras hacía la cena, mamá me
preguntó: “Si yo decidiera dejar a tu papá
y viviéramos solo los dos, ¿tú estarías triste?”. Jamás pensé que ese momento llegaría. Había sido una de mis fantasías, pero
la cercanía de la situación me atemorizó.
Por supuesto que sufriría. ¡Era mi padre!
El hombre que me despertaba con regalos
los sábados, el cómplice con el que daba
vida a los peluches. En un momento que
nuestras miradas se cruzaron, sin pensar
más le dije: “No mamá, no estaría triste”.
Esa noche papá volvió a casa. Ambos
tuvieron una conversación alturada.
Con el tiempo descubrí por qué papá
se quedó con nosotros. Mamá le había
confesado que esperaba un segundo bebé
y le informó su decisión de divorciarse.
Papá captó la disyuntiva. Eran ellos o
nosotros. Eran nuestras costumbres o las
de su familia. Era un futuro previsible a
nuestro lado o una nebulosa junto a ellos.
Él tomó una decisión. Mi hermana nació,
papá terminó la carrera. Nunca más volví
a verlo ebrio.
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Las visitas a los abuelos se hicieron
cada vez más frecuentes. Íbamos a la casa
ubicada en Ricardo Palma, un antiguo
poblado a las afueras de Chosica, cada dos
semanas. Los temas que se tocaban eran
siempre los mismos. Nuestro vínculo con
ese lugar era como el de los turistas. Los
chismes no existían, solo apreciaciones
sobre la comida y su compleja preparación. Los platillos que servían en cada
ocasión eran distintos e inéditos para
mí. Pucheros, chupes y sopas verdes con
mucha carne y un plato de cancha serrana
en el centro de la mesa.
Mamá es la fuente de mis complejos
y también de los de mi padre. La familia
de papá siempre criticó el excesivo protagonismo de mamá, una profesional que
trabajaba y que, a diferencia de mi padre,
ganaba un sueldo fijo. Además de eso,
criticaron siempre el no sometimiento a
su hombre. Mamá no se molestaba por
las críticas, al contrario, parecía sentirse
halagada. Siempre fue lo suficientemente
sutil como para aborrecerlos en silencio
o en privado. Ellos, en cambio, no eran
tan discretos.
Poco a poco, la amabilidad forzada
fue tornándose real. Mamá logró entablar
amistad con algunas de mis tías y con
mis abuelos, que llegaron a apreciarla e
incluso a aceptar muchos de sus consejos.
Papá siempre oía atentamente las
críticas de mamá. Nunca la contradecía.
En el fondo las compartía. Era consciente
de que si no la hubiese conocido quizá
hoy sería un alcohólico como uno de sus
hermanos, o un prófugo de las deudas
como otro de ellos.
Carlos Domínguez
El abuelo. La figura fantasmal entre el zorro de arriba y el zorro de abajo.
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La decisión final
Papá también llora. Pude comprobarlo la
tarde en que fuimos a casa de sus padres
a presenciar la agonía de la abuela, una
mujer menuda a quien era difícil entender debido a que había perdido gran
parte de la dentadura. Usaba faldones
gruesos que combinaba con chompas de
lana. Siempre tenía algo en las manos, un
tejido, una calabaza. Sobre su cabeza, un
chullo verde resaltaba el color cobrizo de
su rostro y dejaba ver un pequeño mechón
plateado. Era descendiente de un antiguo
linaje andino, mestizos que alguna vez
habían sido nobles y que, con los años,
tuvieron que acostumbrarse a ser simples
campesinos.
Meses antes, una tranquila tarde de
domingo papá llegó de una reunión familiar a la que había asistido solo. Mamá
no había abierto del todo la puerta pero él
ya estaba sobre su pecho, en silencio. Se
parecía mucho a mí en mis momentos de
depresión. Mamá acariciaba su cabello y
besaba su frente como si mi padre fuese
un hijo más. Dulcemente susurraba en su
oído: “¿Qué pasa? Tranquilo. ¿Qué pasa?”.
Papá se había enterado de que su madre
moriría pronto.
Durante los meses previos, papá pasó
todas las mañanas en casa de la abuela.
Cocinaba para ella —él siempre ha adorado cocinar— mientras la adolorida abuela
(para cuyos dolores no había explicación)
permanecía sentada en su mecedora. Papá
escuchaba atento todas las indicaciones
de su madre para preparar las extrañas
sopas, pucheros y chupes.
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Y el inevitable momento de la despedida llegó. Desde hacía unos días la
abuela no reconocía a nadie, pero cuando
mi padre entró a la habitación una ráfaga
de lucidez pareció invadirla. Nos lanzó
una sonrisa a pesar de su dolor y con
un gesto le pidió a papá que se acercara
para decirle algo al oído, pero no pudo
articular palabra. “¿Me quieres encargar
algo?”, le preguntó él. La abuela asintió.
“¿Qué cosa? ¿Tu cocina?”. Asintió de
nuevo, y con una sonrisa demostró que
le complacía haberse dejado entender.
Luego de eso expiró.
Papá salió del cuarto. Yo lo seguí.
Volteó a verme y me abrazó llorando
como un niño. En verdad nunca había
dejado de ser un niño, uno aplicado,
siempre dispuesto, a la espera de un
poco de atención de sus padres. Solo
en los últimos meses sintió que la tenía,
pero el tiempo le quedó corto.
Desde la partida de la abuela papá
se acercó más a su padre. El abuelo y su
hija menor vivían juntos en una casa a las
afueras de Lima. El destino parecía empeñado en condenarlo a la soledad, pues
pocos meses después de haber perdido a
su esposa, su hija fue diagnosticada con
cáncer.
Se llamaba Helena. Su amabilidad
parecía no tener límite. Sus manos eran
blancas y sus uñas largas y rosadas,
como extraídas de una obra maestra de
algún escultor italiano. Desde que nació
fue aprendiz y cómplice de papá. Reían
juntos al recordar sus travesuras. Como
mis padres, ella también era maestra y
solía visitarnos frecuentemente en nuestra
Susana Pastor
Los años se llevan con dignidad, acompañados, por si acaso, por el santo.
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casa de Chosica. Fue durante una esas
visitas que comentó su deseo de quedarse
a vivir con nosotros. En casa del abuelo
estaban sucediendo cosas con las que ella
no estaba de acuerdo. Papá lo sabía pero
jamás nos lo dijo. No tardamos mucho
en descubrirlo.
Cuando Helena murió, los cinco hermanos de papá le pidieron que acompañe
al abuelo. Como este se negó a abandonar
su casa, nosotros tuvimos que mudarnos
con él. Desde entonces, ese lugar al que
relacionábamos con tantas cosas negativas
sería nuestro hogar.
Vista por fuera, la casa parecía abandonada. El abuelo pasaba los días encerrado
en su habitación, de la que solo salía para
ducharse y comer. Llegamos poco antes
de Navidad y debimos hacer enormes
esfuerzos para decorar el lugar antes de
las fiestas. Al armar el pesebre me invadían imágenes del pasado. Años antes, la
Navidad terminaba cada seis de febrero
en ese mismo salón. Los Maldonado se
reunían en torno al Belén y, luego de
beberse varias cajas de cervezas, bailaban
huaynos tarmeños mientras sacaban una
a una las figuras que yo ahora sostenía
entre mis manos. Nuestro pesebre fue
distinto. Lo desmonté yo solo mientras
escuchaba algunas piezas de rock británico. Nadie bailó.
La casa era un enorme baúl de recuerdos. Una habitación había sido convertida
en algo parecido a un santuario. Allí se
almacenaban cuidadosamente las pertenencias de los muertos recientes. Ropa,
frazadas, adornos y joyas. Era un pedido
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de la familia que nada sea desechado. Días
después de enterrados, muchos parientes
llevaban las prendas al río. Un ritual de
lavado las liberaba de las energías malignas del antiguo dueño.
Una vez libres de espíritus y ritos,
emprendimos la reforma de la casa.
Cambiamos el color de las paredes y
llenamos de vida el salón. Convertimos
esa construcción en la entrada de los Andes centrales en un típico hogar limeño.
Nuestro ingreso fue una alegoría de algo
sucedido hace casi quinientos años. Impusimos nuestro estilo de vida, nuestras
formas y costumbres occidentales, criollas, ajenas. Poco después de la fundación
de Lima, Manco Inca sitió la ciudad junto
a miles de guerreros y mantuvo en vilo
a los colonos españoles que no acababan
siquiera de acostumbrarse a su nuevo
hogar. No pasaría mucho tiempo para que
nosotros también fuésemos emboscados
y desterrados.
Un día mamá abrió la puerta y encontró a un trabajador municipal tomando
notas. El hombre dijo que estaba buscando a la dueña de la casa. “¿Es usted?”,
preguntó. Mamá respondió que la casa
no tenía dueña, sino dueño, mi abuelo.
“Lamento corregirla señora —replicó el
trabajador—, la titular de este predio es
doña Sonia Maldonado”. Así supimos
de qué huía Helena y comprendimos el
porqué del silencio de papá: su segunda
hermana había fraguado documentos
para adueñarse de la propiedad del abuelo, propiedad que nosotros confundimos
con nuestro legítimo hogar. Pero nuestra
presencia allí no estaba avalada por un
derecho. Éramos solo invitados de una
dueña espuria.Nuestra relación con aquel
mundo, durante años cubierta por un
manto de amabilidad, de pronto quedó al
desnudo. Los complejos, miedos y odios
mutuos estaban allí, tan vivos como antes,
quizá fortalecidos. Para mamá, esto fue
un nuevo desaire, una nueva forma de
hacerle saber a papá la poca valía que
tenía para su familia.
Mientras papá guardaba sus cosas en
secreto, pensaba que alejarse de ese mundo
había sido su decisión más sensata, y buscar
un acercamiento, su error más cándido.
Haciendo una pausa para recordar qué le
faltaba recoger, meditaba sobre la actitud
de sus padres. Ellos, con su desinterés,
no solo le negaron la posibilidad de un
futuro mejor, ahora también le negaban un
derecho que le correspondía por ley. Esa
noche salió a caminar solo. En cada hombro
llevaba una mochila. Una contenía cosas
suyas; la otra, prendas de mamá. Horas
después las dejaba caer en el piso vacío
de nuestra antigua casa, nuestra única
casa. El fin de su relación con el clan de
los Maldonado había llegado.
Frustrada, mamá decidió paralizar las
acciones legales que había iniciado. Su
repulsión era más fuerte que su deseo
de justicia. Para sus rivales, ese acto de
rendición no pareció ser suficiente.
Mamá dejó en el piso la bolsa de
compras que tenía en la mano. Papá,
mi hermana y yo esperábamos tras ella
mientras introducía la llave en la cerradura. Luego de un “crick” vino el “crack”.
En la casa, decenas de adornos hechos
añicos cubrían el piso. Mamá se mantuvo estoica y, dando pasos cuidadosos,
empezó a hacer un análisis de los daños.
Papá avanzó lentamente hacia una silla
tratando de no pisar los trozos de sus
recuerdos atesorados durante veintidós
años de matrimonio. Se sentó y cogió el
teléfono. Alguien contestó al otro lado de
la línea. Fue entonces que lo vi llorar de
nuevo como un niño, mientras con voz
entrecortada decía “¿por qué me han
hecho esto?”.
La casa luce un poco vacía. Algunas
cosas que nos llevamos meses atrás jamás
regresaron. Pero arrancamos de las garras
de ese lugar lo mejor: a papá. Un hombre
que cambió a su propia familia, la que le
dio la vida, por la nuestra, que le otorgó
la posibilidad de ser feliz.
Papá no ve a sus parientes desde entonces. Durante estos años, dos de ellos
han muerto. No sabe nada de su padre
y supone que tendrán la amabilidad
de anunciarle la noticia de su deceso.
No ha vuelto a probar las recetas de la
abuela y parece haber perdido el gusto
por ellas. Mira por la ventana, escondido
tras la cortina. No menea el pie al ritmo
de la banda vernácula que acompaña a
los fieles de la Cruz de San José. Parece
aburrirse y se desploma sobre el sillón
que más le gusta. Enciende el televisor
justo cuando se emite un comercial de
San Fernando en el que aparecen muchas
familias distintas.
“Mira —me dice—, ahí ponen a los
Maldonado y son un montón de serranitos
con chullos. Debería demandarlos, ¿no?”.
Suelta una carcajada.
n
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Fly UP