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Tú nos dijiste muchas veces que hay que seguir al

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Tú nos dijiste muchas veces que hay que seguir al
«Tú nos dijiste muchas veces que hay que seguir al Señor. El 'sígueme' fue la palabra clave de tu
homilía. Ahora te toca a ti seguirlo.» Un purpurado africano, probablemente el cardenal Gantin,
decano emérito del colegio cardenalicio e íntimo amigo del pupurado alemán, puso esta nota en
la mesita del todavía cardenal Ratzinger. Éste la leyó con atención. Era su amigo, el que siempre
estaba a su lado. Y era, sin duda alguna, la voz de Dios, la del «ven y sígueme», la del «apacienta
mis ovejas». Llevaba años, muchos años, con la mano puesta en el arado de la Iglesia y ahora,
llegado el momento, no podía volver la vista atrás.
Pero, antes de aceptar, pidió, por favor (con una humildad impropia de un príncipe de la Iglesia),
otra votación. Como había hecho Pablo VI. Para que sus hermanos cardenales se lo pensasen
debidamente. Y todavía tuvo más votos. Algunos dicen que ciento cuatro. Algún día se sabrá el
resultado exacto. Pero la Iglesia, superado el momento del terror de la sede vacante, tenía un
nuevo Papa. Eran las 17.30 del martes 19 de abril.
Como prevé la constitución apostólica Universi Dominici Gregis, promulgada por Juan Pablo II,
le corresponde al decano del sacro colegio preguntar al nuevo Papa si acepta. Pero el decano era
el elegido y las preguntas rituales se las iba a hacer a él el vicedecano, cardenal Angelo Sodano,
la eminencia gris de la sala de máquinas de la curia, durante tantos años secretario de Estado, que
en el pre cónclave se había dejado querer por un cupo de cardenales, pero que, al ver la fuerza
creciente de la candidatura de Ratzinger, inmediatamente le cedió sus votos. Éste es el diálogo
que, en latín, mantuvieron ambos purpurados ante la expectación de todo el cónclave:
—Acceptasne electionem de te canonice factam in Summum Pontificem? (¿Aceptas tu elección
como Sumo Pontífice?).
—Sí.
—Quo nomine vis vocari? (¿Cómo quieres llamarte?).
—Benedictus decimus sextus.
El cónclave prorrumpió en una cerrada ovación. «Estábamos en pie —cuenta el cardenal inglés
Murphy O’Connor—, pero él seguía sentado, con la cabeza baja y los ojos húmedos. Estaba
rezando.» Aplausos sinceros que salen del alma de los ciento quince cardenales «condenados» a
buscar sucesor al papa Magno. Y el recién elegido, con su voz dulce y su acento alemán
romanizado, dice: «Sé para qué me habéis elegido, y espero estar a la altura». Y, según el
cardenal Bertone, arzobispo de Génova, añadió: «Soy indigno de lo que me pedís, pero con la
ayuda del Señor, acepto. Y a vosotros os pido que me apoyéis». E inmediatamente improvisó,
allí mismo y en latín, una explicación de por qué había elegido el nombre de Benedicto XVI.
Un sentimiento de alivio recorrió la sala capitular. Desde el momento del fiat, ya hay papa a
todos los efectos. No es habitual que el papa elegido se niegue a aceptar. Pero hubo alguna
excepción. Como la de san Carlos Borromeo (1538-1584), que se negó a aceptar el papado. En
su Universi Dominici Gregis, el papa Wojtyla dejó escrito: «Pido a quien sea elegido que no
rehúse por temor a la responsabilidad, sino que se someta humildemente al designio de la Divina
Providencia».
El cardenal Schönbron, el papable austríaco, amigo del nuevo Papa, comenta aquellos momentos
de emoción en la Sixtina: «Ratzinger aceptó con un sí muy claro, fuerte y decidido. En ese
momento se sentía en la capilla todo el peso que estaba a punto de caer sobre sus hombros. Fue
un sí sin reservas. Creo que estaba feliz de darlo, de aceptar llevar ese peso hasta la muerte. La
elección del nombre nos sorprendió a todos. La verdad es que no lo esperábamos. Después de
aceptar nos recordó que Benedicto XV había sido el papa de la paz en los tiempos dolorosos de
la primera guerra mundial».
Pocos días después de su elección, el propio Papa se reunió con cinco mil peregrinos alemanes y
les contó, con enorme sencillez, su reluctancia a convertirse en papa y sus sensaciones en el
cónclave. El Papa dedicó buena parte de su parlamento, en lengua alemana, a insistir en que
nunca pensó en suceder a Juan Pablo II. «Pensaba que el trabajo de mi vida había concluido y
que me esperaban unos años tranquilos —comentó—. Nunca supuse que podía salir elegido y no
hice nada para favorecer que me eligieran.» Y se refirió a las decisivas veinticuatro horas de
encierro y a las cuatro votaciones que lo convirtieron en vicario de Cristo. «Quiero deciros
algunas cosas sobre el cónclave —comenzó— sin violar el secreto. Cuando lentamente el
desarrollo de la votación dio a entender que la guillotina se acercaba a mí y me miraba, pedí a
Dios que me librara de ese destino y eligiera a alguien más fuerte que yo, pero, evidentemente,
aquella vez el Señor no me hizo caso.»
«Cuando vi acercarse aquella guillotina —prosiguió—, recordé una cosa que me había escrito un
sacerdote alemán en una carta que llevé conmigo al cónclave. Me decía el sacerdote que si el
Señor dirigía hacia mí la orden “sígueme”, debía recordar cuanto yo mismo había dicho en el
funeral de Juan Pablo II y no rechazar la llamada.» Lo mismo que le había recordado ya dentro
del cónclave su amigo, el cardenal Gantin.
Y, en medio de los aplausos, Ratzinger el duro, el coriáceo, el que había atemorizado a todos los
teólogos y episcopados del mundo durante el largo reinado del papa Wojtyla, se echó a llorar. Y
una sacudida de emoción recorrió la Capilla Sixtina. Y contagió a todos los cardenales. Los más
ancianos también lloraban de alegría. Los más jóvenes, resistían a duras penas. «Me emocioné
profundamente y estuve a punto de llorar», confiesa, con su clásica sencillez franciscana, el
cardenal de Sevilla, Carlos Amigo. Y lo mismo dicen otros cardenales, como el hondureño y
papable latinoamericano Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga: «Fue un momento de emoción
suprema». Con una curiosidad. Según cuenta el purpurado hondureño, la chimenea estaba mal
soldada en uno de sus tramos y por una rendija comenzó a salir el humo blanco hacia la Capilla
Sixtina. En pequeñas cantidades, pero suficiente como para que los cardenales se diesen cuenta.
«Yo pensaba en el dinero que había costado restaurarla y, ahora, estábamos nosotros
ahumándola», recuerda el cardenal Maradiaga.
NI JUAN NI PABLO NI JUAN PABLO
Pero más que por el humo, los cardenales se quedaron sorprendidos por el nombre elegido. El
papa Ratzinger se llamaría Benedicto XVI. La costumbre del cambio de nombre de los papas en
el momento de su elección está inspirada en el célebre pasaje evangélico en el que Jesús pregunta
a los discípulos qué piensa la gente de Él. Y los discípulos le contestan: «Unos dicen que eres
Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas». Y entonces, Jesús les
hace la pregunta más directa y personal: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Simón Pedro
tomó la palabra y dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt. 16, 13-16).
Es lo que los exégetas llaman la confesión de Cesarea, lugar donde tuvo lugar el interrogatorio
de Cristo. Es entonces cuando el Maestro, según la mayoría de los biblistas, concede a Pedro la
primacía entre los apóstoles. «¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás! Porque eso no te lo ha revelado
nadie de carne y hueso, sino mi Padre del cielo. Ahora te digo yo: Tú eres Piedra, y sobre esta
roca voy a edificar mi Iglesia, y el poder de la muerte no la derrotará. Te daré las llaves del
Reino de Dios; así, lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra
quedará desatado en el cielo» (Mt. 16, 15-20). Éste es el pasaje en el que se funda el poder de
Pedro y de sus sucesores, aunque hay quien dice, y se viene diciendo desde el siglo IV, que el
citado pasaje es falso, interpolado mucho después, cerca del Concilio de Nicea (325).
Las fuentes históricas ciertamente conceden un papel relevante a Pedro (Lc. 22, 31-34 o Jn. 21,
15-19), pero el poder de atar y desatar les fue concedido a todos los apóstoles e incluso a la
comunidad como tal. Las iglesias del primer siglo parecen haber funcionado con una ausencia
total de poder central. Y la idea de una supremacía romana sobre la Iglesia pertenece en sus
orígenes al Medioevo.
En cualquier caso, Pedro pasa a ser Cefas, la roca, porque el Maestro, siguiendo la tradición
judía, cambia el nombre a Pedro para simbolizar la asignación de una importante misión. Por
ejemplo, Abram es rebautizado como Abraham y su esposa Sarai se convierte en Sara al
constituirlos Dios en padres de todos los creyentes. O Jacob, que recibe el nombre de Israel
después de luchar con el ángel del Señor y se convierte en el depositario de las promesas.
En la historia del pontificado, la costumbre de cambiar de nombres es tardía. El primero que lo
hace por obligación es Juan II (533-535), porque se llamaba Mercurio, nombre de un dios
pagano. El segundo en hacerlo fue Octavino, de la familia de los condes de Tusculum, que quiso
llamarse Juan XII (955-962). Algunos de sus sucesores continuaron con la costumbre. Tal fue el
caso de Pedro de Pavía o Juan XIV (983-984), Brunón o Gregorio V (996-999), Gerberto de
Aurillac o Silvestre II (999-1009), Sicón o Juan XVII (1003, que sólo reinó seis meses) y Fasán
o Juan XVIII (1004-1009).
Precisamente su sucesor, Sergio IV, fue quien implantó definitivamente la regla de cambiar de
nombre. Entre otras cosas porque él se llamaba Pedro, pero todos lo conocían por el mote de
Boca de Cerdo. Y para evitar malentendidos y bromas de mal gusto, Sergio IV impuso la norma
del cambio de nombre para él y para sus sucesores.
Las razones por las que los diversos papas eligieron su nuevo nombre son de lo más variado.
Muchos, por razones evangélicas. El exquisito humanista Eneas Silvio Piccolomini quiso dar a
su vida como papa un giro radical, evocando la sencillez del cristianismo primitivo, y se puso
Pío II, un nombre que no aparecía entre los papas desde hacía mil trescientos años. Otros, por
cuestiones políticas. Inocencio II y Anacleto II se pusieron nombres de papas antiguos, para
presentarse ante la cristiandad con la aureola de reformadores. Alejandro VI y Julio II se
rebautizaron en honor de Alejandro Magno y Julio César, de los que se sentían émulos.
Y hasta algunos por vanidad. Por ejemplo, Pablo II (1464-1471) era elegante, alto y, al decir de
las crónicas de la época, bastante guapo. Tanto que se lo tenía creído y, por eso, al subir al trono
pontificio quiso llamarse Fermoso II (del latín formosus, que significa ‘hermoso’). Los
cardenales le hicieron ver que sería una muestra elocuente de su vanidad y optó por el de Pablo.
La mayoría, sin embargo, solía adoptar el nombre del papa al que le debían su capelo
cardenalicio, en señal de respeto y de gratitud.
Con el fin de resaltar la ilegitimidad de su elección, diez pontífices se pusieron el nombre de
otros tantos antipapas: Honorio II (1124-1130), Celestino II (1143-1144); Gregorio VIII (1187);
Clemente III (1187-1191); Inocencio III (1198-1216); Nicolás V (1447-1445), Calixto III (14551458); Clemente VII (1523-1534); Benedicto XIII (1724-1730) y Juan XXIII (1958-1963).
Otros pontífices, como Clemente VIII (1592-1605) y Benedicto XIV (1740-1758) tomaron el
nombre de los que la Iglesia no reconoce siquiera como antipapas, dada la completa arbitrariedad
de su elección.
Dos papas del siglo XVI quebrantaron la tradición del cambio de nombre. Fueron Adriano de
Utrecht (Adriano VI) y Marcelo Cervini (Marcelo II). Pío XII también pensó, en un primer
momento, conservar su nombre de pila y llamarse Eugenio V, pero al final decidió ponerse Pío
en homenaje a sus predecesores Pío X, con el que inició su carrera en la Secretaría de Estado, y
Pío XI, a quien admiraba y amaba como a un padre.
Un somero repaso a la nomenclatura de los papas arroja un elenco sumamente variado de
nombres. Desde nombres con sabor antiguo, como Lino, Anacleto, Clemente, Evaristo, Sixto,
Telesforo, Aniceto, Higinio, Eleuterio, Ceferino, Antero, Ponciano, Fabián, Lucio, Eutiquiano,
Cayo, Marcelino, Marcelo, Eusebio, Melquíades, Siricio, Anastasio, Dámaso, Gelasio, Hilario,
Sixto, Símaco, Agapito, Pelagio, Adeotado, Agatón, Sisinio, hasta los nombres más modernos,
como Juan, Pablo, León, Gregorio, Esteban, Adriano, Bonifacio, Benedicto, Nicolás, Alejandro,
Celestino, Inocencio, Martín, Julio, Eugenio o Pío.
El nombre más utilizado es el de Juan (23 veces), seguido del de Gregorio (16 veces), Benedicto
(16 veces contando el actual), Clemente (14 veces), León e Inocencio (13 veces), Pío (12 veces),
Urbano y Alejandro (8 veces) y Adriano (6 veces). Albino Luciani, el papa de la sonrisa, fue el
primero en inaugurar la época de los papas con nombres compuestos, una novedad sin
precedentes. Quiso llamarse Juan Pablo I en honor simultáneamente de los dos papas del
Concilio Vaticano II: Juan XXIII y Pablo VI. El propio papa «meteorito», cuyo pontificado duró
treinta y tres días, lo contó de la forma más sencilla, según uno de sus biógrafos:1 «Ayer por la
mañana fui a la Sixtina —decía el recién electo pontífice— a votar tranquilamente. Nunca había
imaginado lo que iba a suceder. Apenas comenzó el peligro para mí, los dos compañeros que
tenía al lado me susurraron palabras de aliento. Uno me dijo: 'Ánimo; si el Señor da un peso,
dará también las fuerzas para llevarlo'. Y el otro compañero: 'No tenga miedo; en el mundo
entero hay mucha gente que reza por el nuevo papa'. Al llegar el momento he aceptado.»
Después vino la cuestión del nombre, porque preguntaban qué nombre quería tomar, y yo había
pensado poco en ello. Hice este razonamiento: el papa Juan quiso consagrarme personalmente
aquí, en la basílica de San Pedro. Después, aunque indignamente, en Venecia le he sucedido en
la cátedra de San Marcos, en esa Venecia que todavía está completamente llena del papa Juan.
Lo recuerdan los gondoleros, las religiosas, todos. Pero el papa Pablo no sólo me ha hecho
cardenal, sino que hace algunos meses, sobre el estrado de la plaza de San Marcos, me hizo
ponerme completamente colorado ante veinte mil personas, porque se quitó la estola y me la
puso sobre las espaldas. Jamás me he puesto tan colorado. Por otra parte, en quince años de
pontificado este papa ha demostrado no sólo a mí, sino a todo el mundo, cómo se ama, cómo se
sirve y cómo se trabaja y se sufre por la Iglesia de Cristo. Por estas razones dije: me llamaré Juan
Pablo.
«Entendámonos, yo no tengo la sapientia cordis del papa Juan, ni tampoco la preparación y la
cultura del papa Pablo, pero estoy en su puesto, debo tratar de servir a la Iglesia. Espero que me
ayudéis con vuestras plegarias.» Toda una declaración de principios que rezuma santidad y
sencillez evangélica de un papa que, a pesar de su efímero reinado, dejó una huella imborrable en
la Iglesia.
Su sucesor, el cardenal Wojtyla, quiso ir en la misma línea y siguió su ejemplo, llamándose Juan
Pablo II y reclamando también para sí el mismo espíritu de continuidad conciliar. Por eso,
cuando el cardenal Villot se plantó ante el estrado de Wojtyla para preguntarle por qué nombre
se le conocería, respondió que «debido a mi devoción por Pablo VI y a mi afecto por Juan Pablo
I, me llamaré Juan Pablo II». El sacro colegio estalló en aplausos y el nuevo papa fue conducido
hacia el vestidor de la Capilla Sixtina, que se conoce con el nombre de «lloradero» por las
lágrimas que en ese lugar derraman los recién elegidos papas.
Nadie, sin embargo, se ha vuelto a llamar Pedro. Quizá por humildad, porque Pedro sólo hubo
uno. O porque cada papa se considera Pedro y no estima necesario recalcarlo. O porque, como
dice Malaquías, Pedro II será el último papa: «En la última persecución a la Santa Iglesia
romana, se sentará en la sede Pedro romano, el cual apacentará a las ovejas por medio de muchas
tribulaciones, pasadas las cuales será destruida la ciudad de las siete colinas y el tremendo Juez
juzgará al pueblo».
«SIERVO TUYO SOY»
Sin percatarse del humo que entra en la Sixtina, el nuevo Papa sigue llorando. Las lágrimas del
Papa son serenas. Lágrimas de emoción humana y espiritual. Es la culminación de una vida.
Significa pasar a la historia de la Iglesia y, quizá, de la humanidad. Convertirse en la voz de la
conciencia del planeta, en la autoridad moral más respetada del mundo, en una de las personas
con más poder e influencia para bien o para mal. A partir de ahora, una palabra suya puede hacer
cambiar el curso de los acontecimientos. ¡Si sus padres y su hermana pudiesen ver al pequeño
Joseph convertido en Papa de Roma!
Eran lágrimas de súplica emocionada a Dios las del nuevo Papa. Consciente de la
responsabilidad que se le venía encima. «Carga inaudita», dirá pocos días después. Y plenamente
consciente de su fragilidad. Una fragilidad de hombre anciano, enfermo y con mala imagen o, al
menos, una imagen dura ante la opinión pública mundial. Pero, como siempre, volvió a las citas
del Evangelio: «Siervo tuyo soy».
Tras la aceptación y la emoción, un suspiro de alivio recorrió la Sixtina. Por el trabajo bien
hecho. Y rápido. Después de la imagen de su poder e influencia en las masas con motivo de la
muerte y el funeral del papa Wojtyla, la Iglesia de Roma daba una nueva lección al mundo. La
lección de su unidad, de su profunda comunión. Y la lección, más espiritual pero no menos
decisiva, de la asistencia del Espíritu Santo, cuya intervención convierte estas elecciones en otra
cosa. El Espíritu es el que ha construido la Iglesia, desde sus inicios, en torno a una figura, la del
vicario de Cristo. «Tú eres Pedro.» La fuerza de estos más de dos mil años está toda ahí.
Como decía el arzobispo de Pamplona, monseñor Sebastián, poco antes del cónclave en una carta
pastoral: «Tenemos que pensar que, en estos momentos, Dios tiene ya un candidato preparado en
el silencio a lo largo de toda una vida; lo que interesa es dar con él, descubrirlo, interpretar y
ejecutar los planes de Dios, que van mucho más allá de nuestras cortas previsiones». Es una
elección misteriosa y especial. Que supera, aunque no desdeña, las mediaciones humanas. O eso
dicen todos los cardenales con los que pude hablar.
Emocionado, el nuevo Papa se levanta, mientras los cardenales rezan el Te Deum, el broche de
oro de un cónclave que algunos cardenales, como el hondureño Maradiaga, definen como «unos
ejercicios espirituales». Mientras tanto, en la «sala de las lágrimas», el papa Ratzinger se
arrodilla y deja que por su mente pase toda su vida. ¡Nunca se lo hubiera imaginado! En algún
momento deseó ser un gran teólogo y hasta pensó en ser obispo y cardenal. Y lo consiguió todo
muy pronto. Pero ni por la imaginación hubiera soñado con llegar a ser papa, sobre todo después
de haber sido el «gran inquisidor» del papa Wojtyla. Pero Dios escribe recto con renglones tan
torcidos... Y allí está él, el nuevo Papa, viejo, enfermo y con una imagen tan resueltamente
negativa como no había tenido nadie en la Iglesia desde Torquemada o desde Ottaviani, su
antecesor en el Santo Oficio.
Pero también piensa que, como siempre, se dejará llevar por el Espíritu de Dios. Y recuerda, una
vez más, lo que Cristo le dijo
a Pedro: «Cuando seas mayor, otros te ceñirán y te llevarán a donde no quieras ir» (Jn. 21, 18).
Está dispuesto a entregarse
a fondo, a ofrecer a Dios lo que le queda de sus fuerzas y de su inteligencia, a exprimirse en pro
de la Iglesia. Lo demás, se lo confía a la gracia de estado. El maestro de ceremonias, Piero
Marini, le saca de su ensimismamiento. Tiene que probarse la sotana y salir. No le va bien
ninguna. La pequeña es demasiado pequeña, la grande le sobra mucho y la mediana le queda
corta. ¡Gammarelli, el sastre papal, se ha lucido! Pero eso es lo que menos le importa. Se pone la
mediana y sale al balcón, pidiendo fuerzas a Dios. Y cuando ve la plaza de San Pedro llena a
rebosar, casi vuelve a llorar de nuevo. Para él, lo importante no es que le quieran, sino que
quieran a Dios. Pero, sabio como es, también es consciente de la sorpresa que muchos se van a
llevar.
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