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Más allá de la hermenéutica

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Más allá de la hermenéutica
Más allá de la hermenéutica
Gianni Vattimo
Gabriel Aranzueque
I. MÁS ALLÁ DE LA INTERPRETACIÓN
Gabriel Aranzueque.— Uno ele los fines explícitos de Más allá de la interpretación'
es, como usted mismo comenta en reiteradas ocasiones, su voluntad de ruptura con la hermenéutica entendida como koiné dialekté, es decir, comofilosofíade la cultura apegada
a la maniera metafisico-objetivadora según la cual la disciplina hermenéutica podría definirse como una descripción de la «estructura interpretativa» permanente de la experiencia
humana. Frente a esta especie de multiculturalismo más o menos inoperante e indeterminado en el que desemboca dicho planteamiento, propone una asunción de la carga histórica que define la «verdad» hermenéutica. ¿Cómo es posible conciliar la radicalización de
los contenidos de la hermenéutica con el hecho de que ésta, en dicho proceso, quede sobrepasada {en el sentido deYtrwmáan^? Es decir, ¿por qué la profundización hermenéutica nos lleva, paradópcamente en un principio, más allá de la interpretación y, con ello, más
allá de la hermenéutica?
Gianni Vattimo.- No se trata tanto de ir literalmente más allá de la hermenéutica, cuanto de considerarla en un sentido más radical. Es decir, me parece que la hermenéutica ha de tener en cuenta de un modo muy radical el hecho de que consiste en
una teoría que no puede probarse de un modo ostensivo u objetivador, sino que, por
el contrario, sólo puede demostrarse cuando se la considera la interpretación o el resultado de un proceso histórico. Es decir, no existen hechos que prueben la hermenéutica, sino una serie de transformaciones de la teoría o de la situación social y política que
hacen que la hermenéutica sea, de algiin modo, verdadera, o que ponen de manifiesto que la hermenéutica resulta más persuasiva que otras teorías. Cuando la hermenéutica tiene en cuenta su estatuto, no puede dejar a un lado el problema de adoptar una
posición frente a la situación histórica efectiva. Muchos hermeneutas, sencillamente,
no dicen nada al respecto. Lo único que subrayan es que cualquier cosa que hagamos
' G. Vattimo, Oltre l'interpretazione, Roma-Bari, Laterza, 1994. Trad. cast.: Más allá de la interpretación, Barcelona, Paidós, 1995.
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es ya una interpretación. Pero, como piensan que ésta es una descripción metafísica de
la experiencia humana en general, no contraen ningún compromiso frente a la situación histórica concreta. A mi juicio, dado que la hermenéutica no puede concebirse
como ima teoría descriptivo-metafísica, ha de ser legitimada, por así decirlo, por una
historia. Una historia que, a su vez, consiste en la interpretación de un proceso.
En cuanto a la Verwindung, no creo que la historia de la hermenéutica pueda
entenderse como la superación de algo.
— Efectivamente. No se trataba de eso. Hablaba de Verwindung en el sentido de
continuación, remisión y distorsión del proceso de desfondamiento que acompaña a su
modo de concebir el nihilismo''. Con ese término, trataba de evitar el sentido fuerte de
superación vinculado a la Aufhebung hegeliana que, pese a su doble sentido, «pone fin»
a lo superado o al concepto de Überwindung, como superación dialéctica de contradicciones. ¿No puede entenderse como Verwindung el «más allá» que da titulo a su libro?
— Sí, es cierto, más o menos; pero no tomemos demasiado en serio el título, pues
fue casi accidental. Quería llamar a este libro Consecuencias de la hermenéutica, título que se asemejaba al de Rorty Consecuencias del pragmatismo. Pero me di cuenta de
que un editor americano había anunciado ya una colección de ensayos míos con ese
nombre, que yo mismo había sugerido, y, por ello, no pude utilizarlo. Por eso, no se
ha de exagerar la literalidad del título. Este «más allá» significa, precisamente, no sólo
una Verwindung de la interpretación, sino una teoría filosófica que se plantea el problema de saber cuál es la ontología que corresponde a la hermenéutica. Generalmente, los hermeneutas no se plantean dicho problema, ni siquiera Gadamer, que a
mi juicio es el más agudo de todos ellos. Obviamente, siempre que se avanza hasta
cierto punto, se puede desarrollar más tarde esa posición. No creo que mi hermenéutica sea mejor que la de Gadamer. Él ha realizado la mayor parte del trabajo, y
yo sólo he intentado radicalizar su posición.
— A mi modo de ver, este «más allá» de la hermenéutica (en el sentido objetivo y subjetivo del genitivo) puede constatarse también en la apertura de la misma a otras disciplinas paralelas, como es el caso, por ejemplo, de la ética. ¿Cuál es el grado de asimilación de
la hermenéutica a la filosofía práctica? Es decir, ¿cuál es la relación de continuidad existente en sus escritos entre ambas disciplinas? Me gustaría, especialmente, que ampliara la
sugerente propuesta que existe en su libro cuando comenta, de la mano de Heidegger, que
la verdad hermenéutica encuentra su esencia originaria en el concepto de «libertad»?'
— No creo que haya una diferencia disciplinar entre hermenéutica y filosofía
práctica. Son dos términos que pueden significar más o menos lo mismo. La hermenéutica no es una metodología de la interpretación, sino una reflexión sobre el
fenómeno de la interpretación que conlleva, de un modo inmediato, numerosas consecuencias éticas. No se trata de reconocer ima continuidad, de establecer una diferencia o de mostrar una conexión, sino de constatar que en ambas se dicen aproximadamente las mismas cosas. Si se piensa sobre todo en Heide^er cuando escribía
" Cf G. Vattimo, «Heidegger y ía superación (Verwimiun^ de la modernidad», en filosofía, política, religión.
Más allá del -pensamiento débil', Oviedo, Nobel, 1996, pp. 31-46.
^ G. Vattimo, Más allá de la interpretación, op. cit., p. 146.
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Sein undZeito en Gadamer posteriormente, se puede ver que ambos toman la ética de
Aristóteles como continuo punto de referencia. Esta idea cobra ima mayor claridad tras
la publicación de los inéditos del joven Heidegger. Es en Vom Wesen der Wahrheitáonác
comenta, como señala usted en la pregunta, que la esencia de la verdad es la libertad.
Lo dice, principalmente, en el sentido de la libertad como apertura de horizontes,
como libertad de opción, como Ojfenheit. Creo que la verdad de la hermenéutica no
consiste sólo en la idea de que el ser se encuentra arrojado en una apertura históricodestinal, sino en que dicha apertura, al no ser objetiva, sino algo que se dirige al hombre y a lo que éste ha de corresponder interpretativamente, es efectivamente libertad en
el sentido común de la palabra: libertad de opción, de elección o de asumir una responsabilidad. En este sentido, la hermenéutica tiene un significado eminentemente
práctico, que no se reduce a la concepción heideggeriana de la libertad como apertura,
sino que entiende el concepto de libertad como asunción de responsabilidades.
- La estética es otro de los campos en los que se prolonga este debilitamiento de la
hermenéutica que promueve toda su obra. Una vez que el ser deja de serfundamento para
convertirse en fábula —tengo presentes, por ejemplo, pasajes concretos de Etica de la interpretación^ muy cercanos al Crepúsculo de los ídolos de Nietzsche—, es decir, una vez
que se alude al ser con una categoría estético-narrativa, ¿cómo separar el dominio de la
ontología del de la estética? ¿Y cómo evitar el peligro de «esteticismo» que cierta lectura
de esa propuesta puede arrastrar consigo y que su obra trata de evitar continuamente?
— Esteticismo sería el hecho de no tomar en serio el compromiso histórico de la
hermenéutica. Dicho esteticismo puede encontrarse en los planteamientos de Rorty,
cuando opone la hermenéutica, como encuentro con otras formas de vida, a la epistemología, entendida como el desarrollo de determinados paradigmas o como la articulación de ciertas verdades en el interior de un paradigma. La hermenéutica, para
Rorty, es el encuentro con paradigmas nuevos. Pero estos paradigmas tienen sólo el
carácter de obras de arte, es decir, de creaciones originales sin legitimación alguna.
El esteticismo consiste en imaginar que la hermenéutica es una filosofía sobre la creatividad histórica entendida como algo genial o puramente artístico. Por el contrario,
cuando digo que existe una conexión entre la hermenéutica y la estética es porque,
efectivamente, la fabulación del mundo se da como hecho estético. La metafísica es
un discurso fiíndamentador que trata de ser sistemático y global. La verdad de la
obra de arte, por el contrario, no tiene nada que ver con la verdad descriptiva: conlleva una participación activa en la historicidad, y no simplemente la transposición
del espectador a un mundo imaginario. De algún modo, el modelo estético forma
parte, en buena medida, de la hermenéutica; pero cuando se entiende de este modo,
no se trata de un modelo esteticista. Esteticista sería, precisamente, considerar las
aperturas de la verdad epocal como puras obras de arte que pueden exhibirse en un
museo una al lado de la otra. No hay sólo una apertura de la verdad, sino una verdad de la apertura: la continuidad de la historia del ser; que no es completamente
estética en oposición a lo científico, como sostiene Rorty.
"* G. Vattimo, Etica dell'interpretazione, Turín, Rosenberg & Sellíer, 1989. Trad. cast.; Ética de U interpretación,
Barcelona, Paidós, 1991.
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— En el capítulo de Más allá de la interpretación dedicado a la cuestión ética, toma
partido, en un momento determinado', por una hermenéutica de tipo continuista, deudora de Gadamer, que consistiría en entrelazar en una unidad articulada y armónica,
en el lógos o lenguaje histórico-destinal de una comunidad, los múltiples aspectos de la
experiencia (científico, ético, estético, religioso, etc.). Sin embargo, posteriormente', para
evitar el modelo de una continuidad cerrada, armónica en el sentido clasicista, introduce en su análisis el elemento de la distorsión, entendida como transformación y, a la par,
como conflicto ¿le interpretaciones; un elemento que, a mi modo de ver, es propio precisamente de la «ética de la redescripción» de Klossowski, Foucault o Ricoeur, en los que prima
la creatividad íle la acción de leer y los elementos distorsionadores o reconfigurativos que
dicha acción propicia. ¿Puede entenderse la ética continuista sin la distorsión característica de las éticas de la redescripción?
— Me parece que sería ilustrativo de lo que trato de decir conectar el modelo de
la ética continuista-distorsionadora con la experiencia del arte vanguardista del siglo XX. Gadamer tiene razón cuando considera apropiado el modelo estético para
dar cuenta de la verdad hermenéutica. Dicho modelo, como comenta usted en su
pregunta, no tiene por qué ser un modelo clasicista, apegado a la armonía y a la
rotundidad, sino un modelo basado en la fractura, en la pluralidad, en la multiplicación de perspectivas, etc. Me parece que resulta más acertada esta comparación con
las vanguardias que con las éticas de la redescripción. Es conveniente que haya redescripciones; pero no creo que puedan justificarse filosóficamente. Por el contrario,
creo que la verdad ha de entenderse siempre como inclusión en un horizonte determinado. Ahora bien, dicha inclusión no puede ser tranquilizadora. Se trata, más
bien, de algo similar al shock que produce la obra de arte, comentado por Heidegger
en «Der Ursprung des Kunstwerkes»'', es decir, de una experiencia estética, no objetivo-descriptiva, sino inquietante. Creo que esta experiencia se da más en un modelo
estético moderno, irónico o fracturado que en la idea de redescripción como novedad,
pues desde el punto de vista de la ética de la redescripción, el modo en que se concibe la estética sigue siendo muy tradicional. Concibe la obra de arte como algo nuevo
e incluso genial. Mi hipótesis es que todos estos elementos siguen formando parte de
una concepción de la estética en la que prima la novedad formal. Por el contrario, en
el arte de finales del XIX, se desarrolló una actitud estética para la que la forma dejaba de ser rotunda y se convertía en algo esencialmente informe. Este es el modelo que
me interesa, pues pone el acento en la distorsión de la forma, en su destrucción.
— Una de sus tesis más controvertidas debe ser, sin duda, la adscripción a un mismo
modelo de pensar de «personajes conceptuales», como diría Deleuze, tan dispares en principio como Heidegger, Habermas, Apel, Gadamer o Ricoeur. En varias ocasiones, ha
defendido la idea de que existe un parecido de familia entre estos autores. Pues bien, ¿cuáles serían los rasgos comunes que avalarían su posición, en qué consiste esa atmósfera compartida de la que parecen nutrirse todos ellos?
^ Vid. G. Vattimo, Más allá de la interpretación, op. cit.. p. 80.
^ ¡hid, pp. 82-83.
M. Heidegger, «Der Ursprung des Kunstwerkes», en Hohwege, Gesamtausgabe, Frankfurt/M-, Kiosrermann,
1977, vol. 5, pp- 1-74. Trad. cast.: «El origen de la obra de arte», en Caminos del bosque. Madrid, Alianza, 1995,
pp. 11 -74.
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— La idea compartida consiste en que, para todos ellos, sólo hay experiencia de
la verdad como experiencia de la interpretación. Si tomamos a Rorty o a Ricceur, a
Heidegger o a Gadamer, advertiremos que la experiencia de la verdad se da mediante una participación activa y distorsionadora del sujeto que conoce en un ámbito
previo, es decir, mediante una pertenencia a una comprensión que precede a dicho
sujeto. Creo, asimismo, que más allá del círculo de los hermeneutas oficiales, es decir,
en el ámbito de buena parte de la filosofía de la ciencia contemporánea, sobre todo
cuando se habla de paradigmas, se da una concepción hermenéutica generalizada.
Por ello, la hermenéutica se ha convertido en algo demasiado pacífico, en una especie de tendencia general de nuestro pensamiento.
II. PAUL RICCEUR Y EL PROBLEMA DE LA METAFÍSICA
— En Las aventuras de la diferencia^, dicha atmósfera común se define abiertamente como «antología hermenéutica» —cercana, a mi juicio, en muchos aspectos a la
«antología del presente» faucaultiana—, e incluye en dicha acepción el pensamiento de
Paul Ricceur. Ricoeur, sin embarga, se ha declarada al margen de la cuestión ontalógica o,
mejor dicha, la ha mantenida como un interrogante siempre abierta y la ha caracterÍ2Mdo cama el umbral no-explícito de buena parte de su filasofía. A pesar de ello, algunos
intérpretes piensan que la antología de Ricoeur es algo mucho más evidente de lo que él
mismo se atreve a confesar. ¿En qué sentido formaría parte, para usted, de lo que llama
«antología hermenéutica»?
— Creo que Ricceur es, esencialmente, un hermeneuta. En cuanto a la ontología, tendría que haber sido más prudente, pues no veo, en realidad, muchas implicaciones ontológicas de carácter hermenéutico en el pensamiento de Ricoeur. Me
parece que toda su filosofía se desarrolla entre una concepción descriptivo-metafísica, que concibe el sujeto independientemente de la realidad y que el propio Ricoeur
rechaza, y una concepción propiamente hermenéutica. Ricoeur defiende que la construcción de la verdad, como se ve en De Vinterprétatian, su ensayo sobre Freud, consiste en un recorrido o en un proceso muy amplio en el que el sujeto se reconstruye
como historia subjetivo-objetiva. En dicho proceso, no existe separación alguna de
tipo descriptivo entre sujeto y objeto. Pero, a mi juicio, este modelo por sí solo no
implica, al menos explícitamente, una actitud ontológica. Si he hablado de ontología hermenéutica y he incluido a Ricoeur, tendría que haber sido más claro y hablar
simplemente de hermenéutica, pues no creo que la ontología de Ricceur sea algo
característicamente hermenéutico.
-Alo larga de su obra, que comienza a ser abundante, ha insistido en la necesidad
de repensar el concepta de «historicidad». En Ética de la interpretación, comentaba que
Tiempo y relato de Ricoeur partía de ese misma empeño par evaluar el problema de lo
histórico constitutivo. Por otra parte, para usted, la asunción de la historicidad es una de
^ G. Vattimo, Le avventure ¿ella dijferenza, Milán, Garzanti, 1980. Trad. cast.: Las aventuras de la diferencia,
Barcelona, Península, 1986.
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los elementos determinantes del nihilismo como secularización de la metafísica. ¿Existiría,
en ese caso, una dimensión nihilista implícita en elpensamiento de Ricosur cuando decide
pensar de nuevo, de la mano de Heidegger, el problema de la temporalidad vinculado a la
comprensión histórica? ¿Qué elementos de Tiempo y relato influyen en su pensamiento?
— Lo más importante de Tiempo y relato es, en mi opinión, el énfasis que se pone
en la narratividad del pensamiento, en el hecho de que la experiencia del tiempo, que
también es central en el pensamiento heideggeriano, es básicamente una experiencia
narrativa. Se trata indudablemente de un paso muy importante en el análisis de la
temporalidad. Pero me parece que Ricceur —y en este sentido su ontología no sería
hermenéutica- sigue adoptando una actitud de tipo descriptivo-estructural. Ricoeur
describe la temporalidad de la existencia, relacionándola con diferentes formas de
relato o de narratividad, como si siempre sucediera así, es decir, como si los ejemplos
que pone de novelas contemporáneas se repitieran siempre en la construcción de la
identidad. Sin embargo, sólo son ejemplos y bien podrían ponerse otros. Su modelo permanece en el marco de la poética aristotélica, que conlleva una estructura que,
al parecer, según él, sería la misma en Aristóteles que en el arte contemporáneo. La
temporalidad, en cierto sentido, prevalece sobre la historicidad. La historicidad se
limita, desde este enfoque, a una estructura construida en base a un esquema temporal, existencial y estructural en el que la historicidad queda sumamente mermada.
No existe en Ricceur una ontología que asuma por completo la historicidad, y no
creo que tenga razón en este sentido. El esquema narrativo aristotélico propuesto por
Ricceur no puede aplicarse a la existencia moderna, tardomoderna o postmoderna.
Ricosur cree haber descubierto un rasgo de la existencia humana omnitemporal. Pues
bien, la filosofía pensada de ese modo me parece una ontología de tipo metafísico
tradicional, que cree en la existencia de estructuras que, posteriormente, pueden ser
ilustradas teóricamente. Lo extraño es que Ricceur trate de concebir esas estructuras
como algo histórico. A mi juicio, en cualquier caso, Ricoeur está pensando en estructuras eternamente históricas. Lo cual me parece contradictorio, aunque obviamente
Ricceur tiene sus razones para pensar así. Creo que no se puede defender que estamos eternamente en la historia, pues en la historia estamos históricamente. Lo cual
trae aparejado todo mi discurso anterior sobre la hermenéutica como teoría cuya verdad sólo puede probarse dentro de una determinada situación histórico-destinal del
ser, no como estructura existencial permanente.
— Yíi en su artículo «Hermenéutica: nueva koiné»' definía Tiempo y relato como
una descripción estructural de la narratividad. ¿En qué sentido está vinculada esta obra
a un modelo estructural; máxime, después de la polémica entre Ricceur y Lévi-Strauss a
propósito del estructuralismo a principios de los sesenta?
— Evidentemente, cuando hablo de descripción estructural me refiero al hecho
de que Ricoeur no aclara si el descubrimiento de la estructura narrativa de la existencia consiste en el descubrimiento de una estructura esencial del hombre o no. Es
cierto que dicha estructura no tiene nada que ver con el estructuralismo más matemático o positivista de Lévi-Strauss. No quiero acusar a Ricceur de ser un estructu^ G. Vatcímo, «Ermeneutica come koiné», en aut aut, 1987, n.° 217-218, pp. 3-11. Trad. cast.: «Hermenéutica: nueva Koinh, en Ética de la interpretación, op. cit., pp. 55-71.
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ralista en un sentido fuerte. Ahora bien, toda su concepción de ios modelos narrativos, que provienen de la existencia y que, más tarde, se aplican a la misma como
principios de orden de nuestra experiencia existencial, no tiene en cuenta el hecho
de que muchos de esos modelos narrativos, por ejemplo, han surgido en la modernidad. La novela es un género literario relativamente moderno, como sucede con el
teatro burgués. La tragedia, por el contrario, es constitutivamente griega. Ricceur,
evidentemente, no ignora todo esto; pero a mi modo de ver no lo desarrolla suficientemente, pues parece que la estructura de la Poética de Aristóteles es idéntica en
la tragedia griega y en la novela moderna. Esa actitud me parece extraña, pues la filosofía tiene hoy en día la responsabilidad de dejar de pensar en términos de esencias
eternas. Sobre todo después de Heidegger y su modo de entender la noción de Wesen,
sólo se puede hablar de esencias históricas. Lo cual resulta paradójico, pues la filosofía nació como búsqueda de las estructuras eternas, como ejemplifica Platón. Pero la
revuelta contra el platonismo creo que tiene vigencia en este punto. Todo el discurso de Ricoeur sobre la narratividad me parece una introducción magnífica a una hermenéutica comprometida históricamente, pues basándome en Ricoeur puedo tratar
de comprender cómo se ha transformado la experiencia existencial del hombre con
la transformación de la literatura o del tipo de relatos con los que contamos. Pero
esto es lo que en realidad me interesa, no las estructuras hermenéuticas.
— En Etica de la interpretación, insiste en la necesidad de recuperar un diálogo no
superador con la historia de los símbolos. En dicha tarea, encuentra un peligro metafisico, propio de la filosofía de la mitología de Schelling, consistente en considerar lo mítico
como una presencia desplegada por completo, e incluye en dicha caracterización de lo simbólico los planteamientos de Ricoeur. ¿En qué sentido participaría el pensamiento de
Ricceur de este ideal de la sincronía de lo mítico, plenamente metafisico, que usted combate en numerosas páginas?
— Me parece que cuando Ricceur habla del símbolo adopta una actitud, por así
decirlo, «simbolista». Concibe el símbolo como si fiíera un momento denso, lleno de
significado o de sentido, que siempre tiene algo más que decir. En este punto, me
refiero sobre todo a una obra no muy reciente, su ensayo sobre Freud, donde se contrapone un psicoanálisis de lo sacro a una hermenéutica de lo sagrado. Ésta última
concibe lo sagrado como una especie de densidad simbólica que se asemeja al modo
de entender el símbolo que tenían algunos románticos como Schelling. Para ellos, el
símbolo era algo lleno de sentido frente al carácter puramente alusivo e inestable de
la alegoría. La idea de un símbolo lleno como un núcleo de verdad que siempre
puede ser reinterpretado de nuevo o que siempre da más que pensar se elabora desde
el modelo de la presencia. En dicha concepción, no es metafisico el hecho de que el
símbolo parece darse en una experiencia que no es racional, ni demostrativa, ni objetiva, ni descriptiva. Pero la idea de que existe un sentido presente o denso en un objeto, en un signo o en una imagen conlleva una noción de presencia que, a mi juicio,
puede considerarse metafísica. Desconfío —y trato de justificar mi desconfianza, aunque comprendo que no se comparta totalmente mi posición- de todo aquel pensamiento que cree alcanzar una presencia plena, pues dicha actitud, en última instancia,
me parece completamente metafísica en el sentido heideggeriano. La metafísica defiende la existencia de una evidencia incontrovertible a partir de la cual no es posible plan463
tear nuevas preguntas, es decir, descansa en la perentoriedad del fundamento, en su
carácter último. El símbolo tal como lo entiende Ricceur se encuentra inscrito en este
modo de pensar, pues excluye un análisis deconstructivo o secularizador de lo sagrado.
Mantiene el símbolo como un núcleo de verdad que hemos de respetar en silencio. Por
mi parte, creo que la secularización es un proceso necesario del pensamiento a la hora
de liberarse de la violencia de lo sagrado y del fundamento metafisico.
— En Más allá de la interpretación, definía también la violencia como «la perentoriedad silenciante del fiíndamento dado 'en presencia'»^^, es decir, como la consecuencia
directa de la metaflsica en su sentido tradicional En la dirección hermenéutica que ha tratado de seguir en este punto, hace referencia, no obstante, al texto de Ricosur «Violencia y
lenguaje»^' que comprende el fenómeno de la violencia como algo vinculado a la impostura del discurso coherente, al hecho de negar la posibilidad de entablar una discusión
razonable o al punto de partida excesivamente arbitrario con el que comenzamos el desarrollo de un tema. ¿Cuáles son los «momentos significativos» de este análisis de Ricceur,
como usted mismo comenta, que tienen un peso específico en su obra? ¿Cómo relaciona, a
la luz de lo que venimos diciendo, esta lectura de la violencia realizada por Ricceur, que
usted parece compartir parcialmente, con el nihilismo de su ontología hermenéutica?
— No he desarrollado esa cita del texto de Ricoeur. Tenía la impresión de que mi
concepción de la violencia podía ampliarse en esa dirección; pero no recuerdo en qué
sentido. No obstante, podría decirse que mi discurso sobre la violencia es completamente hermenéutico, es decir, se trata de un discurso que identifica la violencia con
la interrupción del juego de la interpretación. El fundamento último, como comentaba anteriormente, no permite plantear más preguntas. Simplemente, está ahí y eso
es todo. Creo que el trabajo de Ricoeur sobre la metáfora puede ir en la misma dirección, pues pasa de la violencia del símbolo a la vitalidad de la metaforización. Por lo
que a mí respecta, creo que la única definición posible de la violencia en un sentido
filosófico es ésta, pues las demás están vinculadas siempre a una profesión de fe metafísica en una esencia. Desde este punto de vista, es violento aquello que viola una
esencia, entendida desde el modelo del lugar natural aristotélico. Este enfoque me
parece insuficiente, pues toda teoría de la violencia vinculada al esencialismo conlleva siempre un riesgo añadido de violencia. Pongamos un ejemplo: la política gubernamental sobre el problema de la droga parte del supuesto de que los drogadictos no
son libres porque toman decisiones contrarias a su esencia humana. Por ello, creemos tener el derecho de impedirles violentamente que tomen drogas. Es un caso
paradigmático: cuando uno establece esencias, se toma la libertad de negar la libertad ajena, pues se presume tanto de conocer la esencia del otro que se cree tener el
derecho de obligarle a hacer lo que uno quiera. Por el contrario, la definición nometafísica de la violencia consiste, sencillamente, en poder seguir preguntando. Lo
cual explica por qué Heidegger es el enemigo de la metafísica; no se enfrenta a ella
porque falte a la verdad, en un sentido descriptivo, pues ésta sería, a su vez, una objeción metafísica. La única razón que tiene para enfrentarse a la metafísica y que, en
"> G. Vattimo, Más allá de la interpretación, op. cit., p. 72.
" P. Ricoeur, «Violence et langage», en ¿ í r í « r « / . vÍKíoKr í/«/>o/¿n^»f, París, Seuil, 1991, pp- 131-140.
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mi opinión, tenía ya en Sein und Zeit, aunque esto no esté tan claro, es de carácter
ético-político. Para Heidegger, la metafísica es reprobable porque identifica el pensamiento del ser con los entes y, de ese modo, funda la tecnología moderna, el estado totalitario, etc. Estoy muy comprometido con esta definición hermenéutica de la
violencia, pues no veo a nadie —aunque, en un principio, todo el mundo está contra
la violencia— que haya tratado filosóficamente el problema. Cuando he tratado de
estudiar filosóficamente el problema de la violencia no he encontrado casi nada, ni
siquiera en Hannah Arendt. En buena medida, sólo existen estudios tomistas que se
centran en la idea de esencia que, como le decía anteriormente, es siempre la raíz de
nuevas violencias.
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