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La guerra de Jugurta

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La guerra de Jugurta
L A
G U E R R A D E
J U G U R T A
C A Y O
S A L U S T I O
LA GUERRA DE JUGURTA
PRÓLOGO
Mi intento en esta traducción es que puedan los
españoles, sin el socorro de la lengua latina, leer y
entender sin tropiezo las obras de Cayo Salustio
Crispo. Su hermosura, su gracia y perfección han
dado en todos tiempos que admirar a los sabios, los
cuales a una voz le han declarado por el príncipe de
los historiadores romanos. Ninguno de ellos es tan
grave y sublime en las sentencias: tan noble, tan numeroso, tan breve y, al mismo tiempo, tan claro en
la expresión. En él tienen las palabras todo el vigor
y fuerza que se les puede dar, y en su boca parece
que significan más que en la de otros escritores: tan
justa es la colocación y tan propio el uso que hace
de ellas. Aun por esto, son casi inimitables sus primores, y no es menos difícil conservarlos en una
traducción. Pero si en algún idioma puede hacerse,
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CAYO SALUSTIO
es en el español. A la verdad nuestra lengua, por su
gravedad y nervio, es capaz de explicar con decoro
y energía los más grandes pensamientos. Es rica,
armoniosa y dulce; se acomoda sin violencia al giro
de frases y palabras de la latina; admite su brevedad
y concisión, y se acerca más a ella que otra alguna de
las vulgares. Bien conocieron esto los sabios extranjeros que juzgaron desapasionadamente; y aun
hubo entre ellos quien la vindicó de cierta hinchazón y fasto, que algunos le han querido injustamente
atribuir. Por otra parte, los genios españoles aman
de suyo lo sublime y no se contentan con la medianía, y así nuestros escritores de mayor crédito se
propusieron imitar a Salustio, con preferencia a César, Nepote, Livio y demás historiadores latinos;
como se echa de ver en don Diego de Mendoza,
Juan de Mariana, don Carlos Coloma, don Antonio
Solís y otros. Pedro Chacón y Jerónimo Zurita le
ilustraron con eruditas notas. Y cuando todavía los
griegos no habían renovado en el Occidente el buen
gusto de la literatura, ya entre nosotros Vasco de
Guzmán, a ruego del célebre Fernán Pérez de Guzmán, señor de Batres, había hecho la traducción
española de este autor, que se halla manuscrita en la
Real Biblioteca de El Escorial, obra verdaderamente
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LA GUERRA DE JUGURTA
grande para aquellos tiempos y de que no tuvo noticia don Nicolás Antonio. De ella desciende la que
en el año 1529 publicó el maestro Francisco Vidal y
Noya, el cual, especialmente en el Jugurta, apenas
hizo otra cosa que copiar a este autor, aunque no le
nombra. Otra hizo Manuel Sueiro, que se imprimió
en Amberes en el año 1615. Y es bien de notar la
estimación con que se recibieron en España estas
traducciones, pues la del maestro Vidal y Noya, o
bien se llame de Vasco de Guzmán, se imprimió
tres veces en poco más de treinta años. La desgracia
es que ninguna de ellas se hiciese en el tiempo en
que floreció más nuestra literatura y en que, por la
misma razón, se cultivó también la lengua con mayor cuidado. Realmente todas desmerecen cotejadas
con el original y distan mucho de aquel decir nervioso y preciso que caracteriza al autor. Esto me ha
movido a emprender de nuevo el mismo trabajo, y a
experimentar si podría hacerse una traducción más
digna de la lengua española y que se acercase más a
la grandeza del escritor romano. Para ello, en cuanto
al estilo y frases, me he propuesto seguir las huellas
de nuestros escritores del siglo XVI, reconocidos
generalmente por maestros de la lengua; y evitar con
la atención posible las expresiones y vocablos de
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CAYO SALUSTIO
otros idiomas, que muchos usan sin necesidad, no
debiendo esto hacerse sino cuando en español no se
halla su equivalente, o no puede explicarse con propiedad y energía lo que se intenta declarar. Tal vez
porque huyo este escollo, habrá quien diga que doy
en el opuesto, y que en mi traducción uso afectadamente de alguna voz española ya anticuada. Si se
creyese afectación, la misma notaron muchos en
Salustio respecto de las voces latinas. Y ojalá que
con esto abriera yo camino a nuestros escritores,
amantes de la riqueza y propiedad de su lengua, para
que hiciesen lo mismo y poco a poco le restituyesen
aquella su nobleza y majestad que tuvo en sus mejores tiempos. No puede verse sin dolor que se dejen
cada día de usar en España muchas palabras propias, enérgicas, sonoras y de una gravedad inimitable, y que se admitan en su lugar otras, que ni
por su origen, ni por la analogía, ni por la fuerza, ni
por el sonido, ni por el número son recomendables,
ni tienen más gracia que la novedad.
Para mayor exactitud en la traducción, he procurado seguir, no sólo la letra, sino también el orden
de las palabras y la economía y distribución de los
períodos, dividiéndolos, como Salustio los divide,
en cuanto lo permite el sentido de la oración y el
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LA GUERRA DE JUGURTA
genio del idioma. De suerte que en muchos de ellos,
si se cotejan, se hallará la misma estructura y los
mismos apoyos y descansos con que se sostiene y
suaviza la pronunciación
DE LA VIDA Y PRINCIPALES ESCRITOS
DE SALUSTIO
(86-35 a. de J. C.)
A Cayo Salustio Crispo hicieron famoso su vida
y sus escritos. La memoria de éstos durará cuanto
durare el aprecio de las letras. Aquélla debiera pasarse en silencio y aun sepultarse en el olvido. Diré,
sin embargo, brevemente que nació en el año 668, o
en el 669 de Roma, en Amiterno, pueblo de los sabinos, en el mismo confín del Abruzo, no lejos de la
ciudad de la Aquila, la cual, según Celario afirma, se
engrandeció con sus ruinas. Fue de familia ilustre.
De pequeño se aplicó a las letras, y trasladado a
Roma y a los negocios del foro, se dejó arrastrar de
la ambición, vicio que no se avergüenza de confesar,
o porque era general o porque, según frase del mismo, se acerca más a la virtud. De edad de treinta y
cuatro años, en el de 702 de Roma, obtuvo el tribunado de la plebe. En esta magistratura se hubo muy
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CAYO SALUSTIO
mal; y en él y en los dos siguientes años dio motivo
a que se le echase con ignominia del Senado. Favorecióle Julio César y le restituyó a su lugar y dignidad, honrándole después con la cuestura y pretura y
últimamente, por los años 707 de Roma, con el gobierno de la Numidia, en cuyo empleo acabó de
darse a conocer saqueando la provincia. Fastidiado
de los negocios, quizá porque no le salían a su gusto, se resolvió a vivir privadamente el resto de su
vida. Murió de cincuenta años (no de setenta, como
Juan Clere afirma) si es cierto lo que también este
autor, siguiendo la común opinión, dice que nació
en el año 669 de Roma, en el tercer consulado de
Lucio Cornelio Cina y Cneo Papirio Carbón, y que
murió en el de 719, siendo cónsules Sexto Pompeyo
y Sexto (o Lucio) Cornificio, cuatro años antes de la
batalla Acciaca.
En cuanto a sus obras hay varias opiniones
acerca del tiempo en que las compuso. Juan Clere
sospecha, que así el Catilina como el Jugurta se escribieron poco después de haber Salustio obtenido
el tribunado. Pero sus conjeturas de haber vivido
entonces Salustio apartado de los negocios y de no
ser enemigo de Cicerón, son muy endebles. Porque
también después del gobierno de la Numidia vivió
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LA GUERRA DE JUGURTA
retirado, y en los últimos años de su vida en que
pudo escribir sus obras, habría ya cesado la enemistad con Cicerón, puesto que éste había muerto
algunos años antes, en el de 711 de Roma. Fuera de
que, con lo que el mismo Clere añade: no ser aquellos escritos de un hombre de pocos años, destruye
sus conjeturas, porque acababa de decir que Salustio
nació en el 669 de Roma y, según esta cuenta, en el
de 702 tendría poco más de treinta y tres años.
Soy de parecer que ambas obras se escribieron
después de la muerte de Julio César o de los idus de
marzo del año 710 de Roma. Del Catilina lo da a
entender claramente el mismo Salustio en la comparación que hace entre César y Catón. Hubo -dice- en
mi tiempo dos varones; y no hablaría de este modo
si entonces viviera Julio César. Siendo, pues, constante que el Catilina se escribió antes que el Jugurta,
lo que además del general consentimiento de los
doctos, se reconoce por el exordio del mismo Catilina, donde se muestra que éste fue el primer ensayo
de sus escritos, en las palabras: vuelto a mi primer
estudio, de que la ambición me había distraído, determiné escribir la Historia del pueblo romano, se
convence que también el Jugurta fue posterior a la
muerte de Julio César.
9
CAYO SALUSTIO
Pero yo añado que esta última obra tardó aún algunos años en escribirse, y que lo indica bastantemente Salustio, cuando en su exordio, después de
haber dicho: los magistrados y gobiernos, y en una
palabra, todos los empleos de la república son, en
mi juicio, en este tiempo muy poco apetecibles, prosigue hablando de esta suerte contra los que atribuían su retiro o flojedad y desidia: los cuales si
reflexionan, lo primero, en qué tiempos obtuve yo
empleos públicos y qué sujetos competidores míos
no los pudieron alcanzar; y además de esto, qué clases de gentes han llegado después a la dignidad de
senadores, reconocerán sin duda que no fue pereza
la que me hizo mudar de propósito, sino justa razón
que para ello tuve. Porque las palabras en este tiempo, en qué tiempos obtuve yo y qué clases de gentes
han llegado después, etc., manifiestan que había pasado mucho tiempo desde que Salustio obtuvo empleos, esto es, desde los últimos años de Julio César
hasta que trabajó esta obra.
Aún más claro en el mismo exordio. Habiendo
dicho que los que obtienen con fraudes los empleos
de la república, no por eso son mejores, o viven
más seguros, prosigue así: El dominar un ciudadano
a su patria y a los suyos y obligarles con la fuerza,
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LA GUERRA DE JUGURTA
aun cuando se llegue a conseguir y se corrijan los
abusos, siempre es cosa dura y arriesgada, por traer
consigo todas las mudanzas de gobierno: muertes,
destierros y otros desórdenes; y por el contrario,
empeñarse en ello vanamente y sin más fruto que
malquistarse a costa de fatigas, es la mayor locura, si
ya no es que haga quien, poseído de un infame y
pernicioso capricho, quiera el mando para hacer un
presente de su libertad y de su honor a cuatro poderosos. Donde, en mi juicio, señala Salustio como
con el dedo la mudanza de la república en monarquía en las palabras: todas las mudanzas de gobierno; la muerte de César y las proscripciones que con
ese motivo hubo en las inmediatas: muertes, destierros y otros desórdenes; la temeridad y locura de
Bruto y Casio, que prometiéndose restituir la libertad a Roma con el asesinato de Julio César, no hicieron más que poner el gobierno en manos de los
triunviros, en lo que sigue: es la mayor locura, y hacer un presente de su libertad y de su honor a cuatro
poderosos. Y esto prueba bien que Salustio escribió
el Jugurta cuando estaba en su auge el triunvirato,
esto es, años después del 711 de Roma. No pudo
Salustio hablar en otro tono de César, a fuer de
agradecido; ni nombrarle no declarar a los triunvi11
CAYO SALUSTIO
ros, porque había en ello riesgo, y así se contentó
con darlo a entender por estos rodeos.
La misma serie del Jugurta manifiesta que Salustio no acabó de perfeccionarlo, porque su última
mitad está defectuosa en varias partes. No nombra
la ciudad que se tomó por la industria y valor del
ligur; ni el alcázar real, a cuya conquista fue Mario
cuando llegaron los embajadores de Boco al campo
de los romanos; y aun la prisión y entrega de Jugurta
a Mario y el triunfo de éste lo cuenta con la mayor
frialdad, como quien solamente apunta y, por decirlo así, toma los cabos de lo que se propone tratar
con más extensión. Ni dice nada del paradero de
Jugurta, que unos creen que murió de hambre y frío
en un silo, otros que fue precipitado de la Roca
Tarpeya y otros, con Paulo Orosio, que le fue dado
garrote en la cárcel.
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LA GUERRA DE JUGURTA
LA GUERRA DE JUGURTA
Sin causa alguna se quejan los hombres de que
su naturaleza es flaca y de corta duración; y que se
gobierna más por la suerte, que por su virtud. Porque si bien se mira, se hallará, por el contrario, que
no hay en el mundo cosa mayor, ni más excelente; y
que no le falta vigor ni tiempo, sí sólo aplicación e
industria. Es, pues, la guía y el gobierno entero de
nuestra vida el ánimo, el cual, si se encamina a la
gloria por el sendero de la virtud, harto eficaz, ilustre y poderoso es por sí mismo; no necesita de la
fortuna, la cual no puede dar ni quitar a nadie bondad, industria, ni otras virtudes. Pero si, esclavo de
sus pasiones, se abandona a la ociosidad y a los deleites perniciosos, a poco que se engolfa en ellos y
por su entorpecimiento se reconoce ya sin fuerzas,
sin tiempo y sin facultades para nada, se acusa de
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CAYO SALUSTIO
flaca a la naturaleza, y atribuyen los hombres a sus
negocios y ocupación la culpa que ellos tienen. Y a
la verdad, si tanto esmero pusiesen en las cosas útiles, como ponen en procurar las que no les tocan, ni
pueden serles de provecho, y aun aquellas que les
son muy perjudiciales, no serían ellos los gobernados, sino antes bien gobernarían los humanos acaecimientos, y llegarían a tal punto de grandeza, que,
en vez de mortales que son, se harían inmortales
por su fama.
Porque como la naturaleza humana es compuesta de cuerpo y alma, así todas nuestras cosas e
inclinaciones siguen unas el cuerpo y otras el ánimo.
La hermosura, pues, las grandes riquezas, las fuerzas
del cuerpo y demás cosas de esta clase pasan brevemente; pero las esclarecidas obras del ingenio son
tan inmortales como el alma. Asimismo, los bienes
del cuerpo y de fortuna, como tuvieron principio,
tienen su término; y cuanto nace y se aumenta llega
con el tiempo a envejecer y muere; el ánimo es incorruptible, eterno, el que gobierna al género humano,
el que lo mueve y lo abraza todo, sin estar sujeto a
nadie. Por esto es más de admirar la depravación de
aquellos que, entregados a los placeres del cuerpo,
pasan su vida entre los regalos y el ocio, dejando
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LA GUERRA DE JUGURTA
que el ingenio, que es la mejor y más noble porción
de nuestra naturaleza, se entorpezca con la desidia y
falta de cultura; y más habiendo, como hay, tantas y
tan varias ocupaciones propias del ánimo, con las
cuales se adquiere suma honra.
Pero entre éstas los magistrados y gobiernos, y
en una palabra, todos los empleos de la república
son en mi juicio en este tiempo muy poco apetecibles, porque ni para ellos se atiende al mérito, y los
que destituidos de él los consiguen por medio de
fraudes, no son por eso mejores ni viven más seguros. Por otra parte, el dominar un ciudadano a su
patria y a los suyos y obligarles con la fuerza, aun
cuando se llegue a conseguir y se corrijan los abusos, siempre es cosa dura y arriesgada, por traer
consigo todas las mudanzas de gobierno muertes,
destierros y otros desórdenes; y, por el contrario,
empeñarse en ello vanamente y sin más fruto que
malquitarse a costa de fatigas, es la mayor locura; si
ya no es que haya quien, poseído de un infame y
pernicioso capricho, quiera el mando para hacer un
presente de su libertad y de su honor a cuatro poderosos.
Entre las ocupaciones, pues, propias del ingenio, una de las que traen mayor utilidad es la histo15
CAYO SALUSTIO
ria; de cuya excelencia, porque han escrito muchos,
me parece ocioso que yo hable, y también porque
no piense alguno que ensalzando yo un estudio de
mi profesión, quiero de camino vanamente alabarme. Aun sin esto, creo que habrá algunos que, porque he resuelto vivir apartado de la república,
llamen inacción a este tan grande y tan útil trabajo
mío; y éstos serán sin duda los que tienen por obra
de
plebe y captar su benevolencia a fuerza de convites;
los cuales, si reflexionan, lo primero en qué tiempos
dores míos no los pudieron alcanzar, y además de
esto, qué clases de gentes han llegado después a la
dores, reconocerán sin duda, que
no fue pereza la que me hizo mudar de propósito,
como quieren llamarme, soy de más provecho a la
república, que ellos ocupados. Porque muchas veces
Publio Scipión y otros
iles inflamaba vehementísimamente el ánimo para la
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LA GUERRA DE JUGURTA
moria de sus hechos se avivaba en los ánimos de
aquellos grandes hombres una llama, que nunca se
apagaba hasta igualar con la propia virtud su reputación y gloria. Pero al contrario, ¿quién habrá hoy
tan moderado que no exceda a sus antepasados en
gastos y riquezas, o que pueda competir con ellos en
bondad e industria? Hasta los hombres nuevos y
advenedizos que en otro tiempo solían granjearse
anticipadamente el grado de nobles a costa de su
valor, aspiran hoy a los magistrados y honores, más
por vías ocultas y latrocinios que por buenos medios, como si la pretura, el consulado y demás empleos de esta clase fuesen por sí ilustres y
magníficos, y no deban solamente estimarse a proporción del mérito del que los obtiene. Pero yo tal
mirar con displicencia y tedio las costumbres de
nuestra ciudad, he sido algo libre y me he internado
en esto más de lo que debiera. Acercándome ahora
a mi propósito.
Voy a escribir la guerra que el pueblo romano
tuvo con Jugurta, rey de los númidas, ya porque fue
grande y sangrienta y la victoria anduvo varia, ya
porque entonces fue la primera vez que la plebe romana se opuso abiertamente al poder de la nobleza,
cuya contienda trastornó y confundió todo lo sagra17
CAYO SALUSTIO
do y lo profano, llegando a tal extremo de furor, que
no se acabaron las discordias civiles sino con la
oción, pienso tomar desde el princ pio algunas cosas, a fin de que mejor y más
rir. En la
segunda guerra con los cartagineses en que su gedel nombre romano, debilitó en gran manera las
Masinisa
númidas, con
quien
Scipión, llamado después por su valor
el Africano, había trabado alianza, hizo muchas y
después de vencidos los cartagineses y de haber he
cho prisionero a
nen premio todas las ciudades y territorios que con
Masinisa nos fue constantemente honrosa y útil, ni
se acabó sino con su imperio y con su vida. DesMicipsa obtuvo solo el reino,
habiendo
Gulusa, sus hermanos,
muerto de enfermedad.
Aderbal y Hiempsal, y además de esto crió en su
Jugurta (hijo de su her
LA GUERRA DE JUGURTA
mano Manastabal), al cual Masinisa, porque no era
legítimo, había privado de su herencia.
Este, luego que llegó a los años de la mocedad,
como era esforzado, de bella presencia y especialmente de un claro y despejado ingenio, no se dejó
corromper de la ociosidad y el lujo, sino antes bien,
según la costumbre de aquella gente, se ejercitaba en
montar a caballo, en tirar el dardo, en correr con sus
iguales, disputándoles la ventaja; y siendo así que
sobrepujaba en reputación a todos, no era por eso
menos bienquisto de ellos. Ocupaba además de esto
lo más del tiempo en la caza, hería si podía el primero o entre los primeros a los leones y otras fieras, y
ejecutando mucho, hablaba con gran moderación de
sí. De estas cosas Micipsa, aunque en los principios
se alegraba, con la esperanza de que el valor de Jugurta podría algún día contribuir a la gloria de su
reino, después que reflexionó que el mancebo se iba
ganando más y más crédito en la flor de su edad,
siendo tan avanzada la suya y tan tierna la de sus
hijos, inquieto sumamente con este pensamiento,
daba mil vueltas en su interior. Poníale miedo la
condición humana de suyo ambiciosa de mando y
nada detenida en cumplir sus deseos, y asimismo la
favorable ocasión de su edad y la de sus hijos, capaz
19
CAYO SALUSTIO
éxito, aun a espíritus menos elevados. Añadíase a
númidas tenían a J gurta; todo lo que hacía temer mucho a
si se resolvía a matarle con engaños, podría nacer de
ahí alguna guerra o sed ción.
Entre estas dificultades, viendo que ni por vía
un hombre tan bienquisto del pueblo, y por otra
parte, cuán valiente era
onenviar Micipsa al pueblo romano socorros de i fantería y caballería para la guerra de
eligió por comandante de los númidas que destinaba
aecería. Pero la cosa sucedió
Jugurta era de ingenio pronto y perspicaz, luego que
Publio Scipión, que era ento ces el general de los romanos, y la costumbre de
cuidado y, además de e
suma modestia, y muchas veces saliendo al encuen
20
LA GUERRA DE JUGURTA
tro a los peligros, llegó muy en breve a hacerse tan
ilustre, que los nuestros le amaban sumamente y no
menos le temían los numantinos. Y a la verdad juntaba en sí Jugurta el ser ardiente en las batallas y
maduro en las deliberaciones, cosa en sumo grado
difícil, porque el conocimiento de los riesgos suele
engendrar temor y la intrepidez temeridad. El general, pues, para casi todos los casos arduos se valía de
Jugurta, le trataba familiarmente y cada día le insinuaba más en su amistad, viendo que ningún consejo ni empresa suya salía vana. Llegábase a esto su
liberalidad y la destreza de su ingenio, con las cuales
prendas se había granjeado la amistad de muchos de
los romanos.
Había en aquel tiempo en nuestro ejército varios
sujetos (de poca cuenta y también nobles) que anteponían las riquezas a lo bueno y honesto; gente de
partido y de autoridad en Roma, famosos por eso
entre los confederados, más que por su virtud. Estos inflamaban el ánimo elevado de Jugurta, prometiéndole que si llegaba a faltar Micipsa, sería su
único sucesor en el imperio de Numidia, así por su
gran valor como porque en Roma todo se vendía.
Pero después que, destruida Numancia, Publio Scipión resolvió despedir las tropas auxiliares y volver21
CAYO SALUSTIO
se a Roma, habiendo regalado y elogiado magníficamente a Jugurta en presencia de todos, le separó y
llevó a su tienda y allí le advirtió secretamente «que
no cultivase la amistad del pueblo romano por medio de particulares, sino en cuerpo, ni se acostumbrase a regalar privadamente a alguno, que no sin
riesgo se compraba a pocos lo que era de muchos, y
que si proseguía obrando bien, como hasta entonces, la gloria y el reino de suyo se le vendrían a las
manos; pero que si se apresuraba demasiado, sus
mismas riquezas le precipitarían.
Habiéndole hablado de esta suerte, le despidió
con una carta suya para Micipsa, cuyo contenido era
éste: Tu Jugurta en la guerra de Numancia se ha
portado con un valor incomparable, cuya noticia no
dudo que te será muy grata. Yo le estimo por su merecimiento y haré cuanto pueda porque le estime
también el Senado y pueblo romano. Doite el parabién de ello por la amistad que te profeso. Tienes
por cierto en el un varón digno de ti y de su abuelo
Masinisa. El rey, pues, viendo confirmado por la
carta de Scipión cuanto por noticias había entendido de Jugurta, conmovido en su interior ya por el
mérito, ya especialmente por la gallardía del joven,
dobló al fin su ánimo y tentó si le vencería a fuerza
22
LA GUERRA DE JUGURTA
de beneficios, y así le adoptó desde luego y le declaró heredero en su testamento, igualmente que a sus
hijos. De allí a pocos años Micipsa, agobiado de la
vejez y achaques, reconociendo que se le acercaba el
término de su vida, dicen que, en presencia de sus
amigos y parientes y de sus hijos Aderbal y
Hiempsal, habló a Jugurta de esta suerte:
«Pequeño eras tú, Jugurta, cuando, muerto tu
padre y viéndote pobre y sin esperanza alguna, te
recogí en mi casa, juzgando que, a ley de agradecido,
no me amarías menos que si te hubiese yo engendrado. Ni me engañé en esto, porque, dejando
aparte otras grandes y excelentes prendas que te
adornan, recientemente en tu vuelta de Numancia
me has colmado a mí y a mi reino de gloria; con tu
valor nos has estrechado más en la amistad de los
romanos, renovaste en España la memoria de nuestra familia y, en fin, lo que es para los hombres más
difícil de lograr: venciste a la envidia con tu fama.
Ahora, pues, que la naturaleza va poniendo término
a mi vida, te exhorto y conjuro por esta mi diestra y
por la fidelidad que al reino debes, que ames mucho
a éstos, que por su linaje te son parientes y por mi
beneficio hermanos, y que no quieras más agregarte
extraños que conservar a los que te son cercanos
23
CAYO SALUSTIO
por la sangre. Advierte que no son los ejércitos ni
los tesoros la seguridad de un reino, sino los amigos, los cuales ni se ganan por las armas ni se compran con el oro: la buena fe y el obsequio los
produce. ¿Quién, pues, más amigo que un hermano
para otro? ¿O a quién hallará fiel entre los extraños
el que fuese infiel a los suyos? Entrégocis, pues, un
reino firme, si hubiere unión entre vosotros; pero
débil si llegáis a desaveniros, porque con la concordia se engrandecen los pequeños estados; la discordia destruye aun los mayores. Pero tú, ¡oh, Jugurta!,
pues te aventajas, a éstos en edad y prudencia, conviene que seas el primero en procurar que no suceda
de otro modo, porque en toda contienda el que es
más fuerte, parece que sólo esto a la primera vista,
que es el agresor, aunque en la realidad sea el injuriado. Vosotros también, ¡oh Aderbal y Hiempsal!,
respetad y no perdáis de vista a este varón insigne:
imitad su virtud y haced cuanto podáis para que no
se diga de mí que he prohijado mejores hijos que he
engendrado.
Jugurta entonces, aunque conocía bien el artificio de aquel razonamiento y estaba muy lejos de
pensar de aquel modo, se acomodó al tiempo y respondió al rey benigna y cortésmente. Muere de allí a
24
LA GUERRA DE JUGURTA
pocos días Micipsa, y después de haberle hecho
magníficamente las exequias, según la real costumbre, se juntaron los pequeños reyes a tratar entre sí
de los negocios. Pero Hiempsal, el menor de los
hermanos (que era de condición feroz y ya de antemano despreciaba a Jugurta por la desigualdad de su
nacimiento por la línea materna), se sentó inmediato
y a la mano derecha de Aderbal, para que de esa
suerte no pudiese Jugurta ocupar el medio, lo que
también entre los númidas se tiene por honor, y aun
después de haberte su hermano importunado para
que cediese a la mayor edad de Jugurta y se pasase al
otro lado, con dificultad lo pudo conseguir. Tratando, pues, los tres largamente en aquella punta de la
administración del reino, Jugurta entre otras cosas
propuso, que convendría anular todas las deliberaciones y decretos hechos de cinco años hasta entonces, alegando que en ese tiempo Micipsa, por su
edad decrépita, no había estado en su cabal juicio,
Hiempsal, que oyó esto, dijo al instante que le placía, porque en los tres postreros años de Micipsa
había él sido adoptado y llegado por ese medio al
trono, cuya palabra hizo en el ánimo de Jugurta más
impresión de lo que nadie puede imaginar. Así que,
desde entonces, agitado del furor y del miedo, todo
25
CAYO SALUSTIO
era maquinar, prevenir y no pensar sino en trazas y
engaños por donde haber a las manos a Hiempsal.
Pero viendo que esto iba largo y no pudiendo
entretanto sosegar su ánimo feroz, determinó llevar
de todos modos a efecto su pensamiento.
Habían los reyes en la primera junta que tuvieron, como se dijo antes, acordado para evitar discordias, que se dividiesen los tesoros y señalasen a
cada uno los límites de su imperio, y así se prefijó
término para uno y otro, pero más breve para la repartición del dinero. En el intermedio se fueron cada cual por su parte a las cercanías del sitio donde
se guardaban los tesoros. Hallábase Hiempsal en el
lugar de Tírmida, y estaba casualmente hospedado
en casa de un vecino, que por haber sido lictor de
los más allegados de Jugurta era muy estimado y
bienquisto de él. A éste, pues (viendo Jugurta que
tan favorablemente se le había presentado la suerte),
le llenó de promesas y le indujo a que fuese a su casa con pretexto de dar una vista, y procurase falsear
las llaves de su entrada, porque las verdaderas se
entregaban por las noches a Hiempsal, asegurándole
que él vendría en persona con buen número de
gente cuando el caso lo pidiese. El númida hizo muy
en breve lo que se le había mandado; y según la ins26
LA GUERRA DE JUGURTA
trucción que tenía, introdujo de noche en la casa a
los soldados de Jugurta, los cuales, derramándose
por lo interior de ella, buscan al rey por diversas
partes, matan a los que hallan dormidos o se les resisten, registran los escondrijos más ocultos, fuerzan
las puertas y lo confunden todo con el ruido y alboroto, cuando en este tiempo fue hallado Hiempsal,
que procuraba ocultarse en la choza de una esclava,
adonde se había retirado desde el principio, despavorido y sin saber dónde estaba. Los númidas presentan su cabeza a Jugurta, según la orden que
tenían.
Divulgada en breve la noticia de tan atroz maldad por toda el África, se apoderó un gran miedo de
Aderbal y de todos los antiguos vasallos de Micipsa.
Divídense en dos bandos los númidas: el mayor
número sigue a Aderbal, los más guerreros a Jugurta. Éste arma cuanta más gente puede, agrega a su
imperio varias ciudades, unas por fuerza, otras que
voluntariamente se le entregan, y en suma resuélvese
a hacerse dueño de toda la Numidia. Por otra parte
Aderbal, aunque habla enviado a Roma sus mensajeros para informar al Senado de la muerte de su
hermano y del deplorable estado de sus cosas, con
todo eso, confiado en el mayor número de tropas,
27
CAYO SALUSTIO
se apercibía para resistirlo con las armas; pero habiéndose dado batalla y siendo vencido en ella, tuvo
que retirarse huyendo al África proconsular, desde
donde pasó a Roma. Jugurta entonces, logrado ya su
intento, y después que se vio dueño de toda la Numidia, comenzó en su inquietud a reflexionar sobre
su hecho y a temer al pueblo romano, sin que hallase en cosa alguna remedio contra su justo enojo,
sino en la avaricia de la nobleza y su dinero. Y así,
dentro de pocos días envía sus mensajeros a Roma
con gran copia de oro y plata y con encargo primeramente de regalar a manos llenas a los amigos antiguos, ganar después a otros y últimamente comprar
a fuerza de dones a cuantos más pudiesen, sin detenerse en nada. Luego, pues, que llegaron los mensajeros y según el orden que tenían de su rey,
regalaron espléndidamente a sus huéspedes y camaradas y a otros que en aquel tiempo tenían manejo
en el Senado; se trocaron las cosas de tal suerte, que
en un momento alcanzó Jugurta la gracia y el favor
de la nobleza, que antes le aborrecía extremamente;
hasta haber muchos, que inducidos por sus promesas o sus dones, visitaban uno a uno a los senadores
y se empeñaban en que no se tomase resolución
fuerte contra él. Ya, pues, que los mensajeros vieron
28
LA GUERRA DE JUGURTA
la cosa en buen estado, se señaló día de audiencia a
las dos partes. Entonces, dicen, que habló Aderbal
de esta suerte:
«Padres conscriptos: Micipsa, mi padre, al tiempo de morir me hizo saber que no me tuviese sino
por administrador del reino de Numidia, porque el
dominio y la propiedad de él eran vuestros. Encargóme también que en paz y en guerra procurase con
todo empeño ser del mayor provecho que pudiese al
pueblo romano, y que os tuviese en lugar de mis
parientes y allegados, asegurándome que si así lo
hacía, tendría en vuestra amistad ejército, riquezas y
mi reino bien defendido. Cuando yo, pues, observaba cuidadosamente esta máxima, Jugurta, hombre el
más malvado de cuantos tiene el mundo, despreciando vuestra autoridad, me echó de mi reino y me
despojó de todos mis bienes, siendo, como soy,
nieto de Masinisa y así por linaje, confederado y
amigo del pueblo romano. Y a la verdad, padres
conscriptos, ya que había yo de llegar a este extremo
de infelicidad, más quisiera alegar servicios propios,
que los de mis mayores, para implorar con mejor
derecho vuestra ayuda, y especialmente ser en esta
parte acreedor del pueblo romano, sin necesitar de
su favor, y en caso de necesitarle, poderme valer de
29
CAYO SALUSTIO
él como de cosa debida. Pero como la inocencia no
tiene bastante apoyo en sí misma, ni podía yo jamás
pensar cuán malo había de ser Jugurta, por eso vengo a ampararme de vosotros, padres conscriptos,
causándome dolor sumo seros antes de carga que de
provecho. Otros reyes fueron admitidos a vuestra
amistad después de vencidos en campaña, o a lo
más solicitaron vuestra alianza cuando sus cosas
corrían peligro; pero nuestra familia trabó amistad
con el pueblo romano en tiempo de la guerra de
Cartago, en que más era para apetecida su buena fe
que su fortuna. No consintáis, pues, padres conscriptos, que siendo yo rama de esta familia y nieto
de Masinisa, implore en vano vuestro socorro.
Aunque no hubiese para esto más motivo que mi
desgraciada suerte y el verme ahora pobre, desfigurado por mis trabajos y dependiente del favor ajeno,
habiendo poco antes sido un rey por sangre, fama y
riquezas poderoso; sería muy propio de la majestad
del pueblo romano impedir que se me atropellase
injustamente y no consentir que reino alguno se
acrecentase por medios tan inicuos. Pero yo, además
de esto, he sido echado de aquellas tierras que dio el
pueblo romano a mis antepasados, y de las que mi
padre y mi abuelo, juntamente con vosotros, despo30
LA GUERRA DE JUGURTA
seyeron a Sifax y a los cartagineses. Lo que vos me
disteis, padres conscriptos, es lo que se me ha quitado de las manos, y así vuestra es, no menos que mía,
la injuria que padezco. ¡Desdichado de mí ¿Tal pago al fin tuvieron, padre mío, Micipsa, tus beneficios
que aquel a quien tú igualaste con tus hijos y diste
parte en su reino, ése haya justamente de ser el exterminador de tu linaje? ¿Que nunca ha de tener paz
nuestra familia? ¿Que hemos de andar siempre entre
muertes, espadas y destierros? Mientras los cartagineses estuvieron florecientes, nos era preciso sufrir
cualquier trabajo: teníamos al enemigo al lado, vosotros, que nos podíais socorrer, estabais lejos; toda
nuestra esperanza pendía de las armas. Después que
aquella peste fue echada de África, vivíamos en paz,
con alegría y sin más enemigos que aquellos que
vosotros queríais que tuviésemos por tales. Pero
heos ahí de repente a Jugurta que, con una avilantez
y soberbia intolerables, después de haber dado
muerte a mi hermano, que era también su deudo, lo
primero que hizo fue usurparle el reino en premio
de su alevosía. Después, viendo que no podía haberme a mí a las manos, por los mismos infames
medios de que se valió contra mí hermano, cuando
en nada pensaba yo menos que en guerra o en que
31
CAYO SALUSTIO
se me hiciese violencia, me obliga, como veis, a acogerme a vuestro imperio y a abandonar mi patria, mi
casa, pobre y lleno de trabajos; de suerte que dondequiera esté más seguro que en mi reino. Yo siempre juzgué, padres conscriptos, según se lo oí a mi
padre muchas veces, que los que cultivaban con esmero vuestra amistad, tomaban a la verdad sobre sí
un peso muy gravoso; pero que en recompensa eran
entre todos los que vivían más seguros. Lo que ha
estado, pues, de parte de nuestra familia, es a saber,
el asistiros en todas vuestras guerras, lo hemos
cumplido exactamente; toca ahora y pende de vosotros, padres conscriptos, nuestra seguridad en
tiempo de paz. Nuestro padre nos dejó a los dos
hermanos y nos dio otro, con haber adoptado a Jugurta, creyendo que obligado por sus beneficios,
sería nuestro más estrecho allegado. Uno de los dos
ha sido ya por él cruelmente muerto; el otro, que soy
yo, con dificultad he podido escapar de sus manos.
¿Qué haré, pues, o adónde, infeliz de mí, mejor me
acogeré? Los apoyos que tenía en mi familia todos
me han faltado. Mi anciano padre murió, como era
natural; a mi hermano quitó alevosamente la vida el
pariente que más debiera conservársela; mis allegados, amigos, parientes y demás parciales han sido
32
LA GUERRA DE JUGURTA
oprimidos de mil modos; los que Jugurta ha podido
haber a las manos, parte han sido ahorcados, otros
echados a las fieras, y los pocos que han quedado
con vida, la pasan en oscuros calabozos, triste, llorosa y más amarga que la misma muerte. Aunque las
cosas que he perdido o de favorables que eran se
me han vuelto contrarias, estuviesen todas en su ser,
no obstante eso, si me hubiera sobrevenido algún
desastre repentino, imploraría yo vuestro favor, padres conscriptos, a quienes, por lo grande de vuestra
autoridad, corresponde hacer que se guarde a cada
uno su derecho y que los delitos se castiguen. Pero
ahora, desterrado de mi patria, de mi casa, solo y
necesitado de cuanto pide mi decoro, ¿adónde iré?,
¿o a quiénes apelaré? ¿A las naciones o a los reyes,
siendo como son todos contrarios a mi familia, por
causa de vuestra amistad? ¿Podré acaso ir a parte
alguna donde no haya bastantes memorias de hostilidades hechas por mis mayores en obsequio vuestro?, ¿o se apiadará de mí quien haya algún tiempo
sido vuestro enemigo? Finalmente, Masinisa nos
crió con esta máxima, ¡oh padres conscriptos!: que
ninguna amistad cultivásemos sino la del pueblo
romano, que no hiciésemos tratados ni alianzas
nuevas, que harto bien defendidos estaríamos con
33
CAYO SALUSTIO
ser vuestros amigos, y que si a vuestro imperio fuese
algún día adversa la fortuna, pereciésemos todos a la
paz. Por vuestro valor y por el favor de los dioses
sois grandes y poderosos, todo os es favorable, todo os obedece, por lo que podéis mejor tomar a
vuestro cargo las injurias de vuestros aliados. Sólo
una cosa temo, y es que la amistad particular y encubierta que algunos mantienen con Jugurta, les haga dar al través y apartar de lo justo; porque oigo
que los tales se empeñan con el mayor ahínco y os
cercan e importunan uno a uno, a fin de que no toméis providencia contra un ausente, sin pleno conocimiento de causa, y aun añaden que yo abulto
con estudio mi desgracia y hago del que huye, pudiéndome estar sin riesgo alguno en mi reino. Pero
ojalá que vea yo fingir a aquél por cuya execrable
maldad estoy reducido a estos trabajos, las mismas
cosas que dicen que yo finjo, y que o vosotros o los
dioses inmortales muestren una vez que cuidan de
las cosas humanas, para que de esa suerte el que hoy
por sus maldades se ha hecho insolente y famoso,
pague, atormentado cruelmente por todo género de
castigos, la pena de su ingratitud contra nuestro padre, de la muerte de mi hermano y de los trabajos en
que me ha puesto. Tú a lo menos, ¡oh hermano de
34
LA GUERRA DE JUGURTA
mi alma!, aunque perdiste tempranamente la vida, y
a manos del que más la debiera defender, tienes en
mi juicio más por qué consolarte, que por qué llorar
tu desgracia; pues, aunque perdiste el reino juntamente con la vida, te libraste con eso de verte huido,
desterrado, pobre y cercado de los males que a mí
ahora me oprimen; pero yo, infeliz, en medio de
tantos trabajos, echado del reino de nuestros padres, vengo a ser hoy el espectáculo de las cosas
humanas, sin saber qué hacerme, si vengar tus injurias, en el tiempo que más necesito de socorro, o
pensar en recobrar mi reino, cuando pende el arbitrio de mi vida o muerte del poder ajeno. Ojalá que
muriendo pudiese yo dar honrado fin a mis infortunios, por no vivir despreciado, en caso que el peso
de mis trabajos me obligue al fin a ceder a la injuria.
Pero ahora que aun el vivir me fastidia y ni morir
puedo sin afrenta, os ruego, padres conscriptos, por
vuestro estado, por el amor que tenéis a vuestros
hijos y parientes, por la majestad del pueblo romano, que me socorráis en mi desgracia, que os opongáis al agravio que padezco, y no consintáis que el
reino de Numidia, que en propiedad es vuestro, se
inficione y manche por medio de una maldad con la
sangre de nuestra familia. Habiendo acabado el rey
35
CAYO SALUSTIO
de hablar, los mensajeros de Jugurta, confiando más
en sus dádivas que en la justicia de su causa, responden brevemente: «que a Hiempsal le habían
muerto los númidas por su crueldad; que Aderbal,
después de haber movido de suyo la guerra, cuando
se veía vencido, se quejaba de que no había podido
atropellar a Jugurta; que éste pedía únicamente al
Senado que no le tuviese por diferente de aquel Jugurta que había experimentado en Numancia, ni
creyese más que a sus obras a las palabras de su
enemigo. Con esto se salieron ambos de la corte, y
el Senado comenzó luego a tratar el negocio. Los
que favorecían a los mensajeros y otros muchos corrompidos con dinero, despreciaban las razones de
Aderbal, ensalzaban el mérito de Jugurta y con
ademanes, en voz y por todos medios se empeñaban tan eficazmente por la maldad y delito ajeno,
como pudieran por su propia gloria. Pero al contrario, algunos pocos que amaban más la equidad y la
justicia que el dinero, eran de parecer que se debía
socorrer a Aderbal y castigar severamente la muerte
de su hermano. Era el principal de éstos Emilio
Scauro, hombre noble, resuelto partidario, amigo de
mando, de honores y riquezas; pero que tenía gran
arte para ocultar sus vicios. Viendo éste la pu36
LA GUERRA DE JUGURTA
blicidad y descaro con que regalaba el rey y temiendo (como acontece en tales casos) no le hiciese
odioso tan infame libertad, contuvo en esta ocasión
su avaricia.
Pero, no obstante eso, prevaleció en el Senado
el partido de los que anteponían el favor o el interés
a la justicia. La resolución fue enviar diez diputados
para que dividiesen entre Aderbal y Jugurta el reino
que había sido de Micipsa, y entre éstos fue el primero Lucio Opimio, varón ilustre y entonces muy
acreditado en el Senado, porque siendo cónsul, con
la muerte de Cayo Graco y Marco Fulvio había vengado acérrimamente a la nobleza de los insultos de
la plebe. Jugurta, aunque había sido su amigo en
Roma, procuró además de esto esmerarse cuanto
pudo en su hospedaje, y a fuerza de dones y promesas consiguió al fin de él que sacrificase su crédito,
su fidelidad y sus cosas todas a la conveniencia ajena. Del mismo medio se valió para con los otros y
ganó a los más de ellos; pocos antepusieron su honor al interés. En la división, pues, que se hizo, la
parte de Numidía, contigua a la Mauritania, que era
la más fértil y poblada, se adjudicó a Jugurta; la otra,
en que habla más puertos y edificios y que a la vista,
37
CAYO SALUSTIO
aunque no en realidad, era la mejor, fue dada en
parte a Aderbal.
El asunto está pidiendo que expliquemos brevemente la situación de África y digamos algo de
aquellas gentes con quienes tuvimos guerra o fueron
nuestras aliadas; bien que de los sitios y regiones
que, o por lo excesivo del calor, o por su aspereza y
soledad, son poco frecuentadas de las gentes, no me
será fácil contar cosas ciertas y averiguadas; lo demás procuraré explicarlo con cuanta más brevedad
pueda.
En la división del globo de la Tierra, los más de
los geógrafos dan al África el tercer lugar. Algunos
cuentan sólo al Asia y Europa, en la que incluyen al
África. Esta confina por el occidente con el estrecho
que divide a nuestro mar del Océano, y por la parte
oriental con una gran llanura algo pendiente, a la
que los del país llaman Catabatmo. El mar es borrascoso y de pocos puertos: la campiña fértil de
mieses y de buenos pastos, pero de pocas arboledas;
escasa de fuentes y de lluvias; la gente de buena
complexión, ágil, dura para el trabajo, de suerte que
si no los que perecen a hierro o devorados por las
fieras, los más mueren de vejez, y es raro a quien
rinde la enfermedad. Abunda además de esto la tie38
LA GUERRA DE JUGURTA
rra de animales venenosos. Acerca de sus primeros
pobladores y los que después se les juntaron y del
modo conque se confundieron entre sí, aunque en la
realidad es cosa muy diversa de lo que vulgarmente
se cree, diré, sin embargo, brevísimamente lo que
me fue interpretado de ciertos libros escritos en lengua púnica, que decían haber sido del rey Hiempsal
y lo que tienen por tradición cierta los habitadores
del país; bien que no pretendo más fe que la que
merecen los que lo afirman.
En los principios habitaron el África los gétulos
y libios, gente áspera y sin cultura, que se alimentaba
con carne de fieras y con las hierbas del campo,
como las bestias. Estos no se gobernaban por costumbres, ni por leyes, ni vivían sujetos a nadie; antes
bien, vagos y derramados, ponían sus aduares donde les cogía la noche. Pero después que, según la
opinión de los africanos, murió en España Hércules, su ejército, que se componía de varias gentes, ya
por haber perdido su caudillo, ya porque había muchos competidores sobre la sucesión en el mando,
se deshizo en breve tiempo.
De estas gentes, los medos, persas y armenios,
habiendo pasado a África embarcados, ocuparon las
tierras cercanas a nuestro mar; pero los persas se
39
CAYO SALUSTIO
internaron más hacia el Océano y tuvieron por chozas las quillas de sus barcos vueltas al revés, por no
haber madera alguna en los campos, ni facilidad de
comprarla, o tomarla en trueque a los españoles,
cuya comunicación impedía el anchuroso mar y la
diversidad de idiomas. Fueron, pues, los persas
uniéndose poco a poco a los gétulos por vía de casamiento, y porque mudaban muchas veces sitios,
explorando el que más les acomodaba para los
pastos, se intitularon númidas. Aún hoy día las casas
de los que viven por el campo, a que en su lengua
llaman mapales, son prolongadas y tienen sus costillas en arco, amanera de quillas de navíos. A los
medos y armenios se agregaron los libios que vivían
cerca de la costa del mar de África (los gétulos, más
bajo la influencia del sol y no lejos de sus ardores).
Estas dos naciones tuvieron muy en breve pueblos
formados, porque como sólo las dividía de los españoles una corta travesía de mar, se habían acostumbrado a permutar con ellos las cosas necesarias, y
los libios desfiguraron poco a poco su nombre, llamando a los medos en su lengua bárbara moros.
Pero el estado de los persas se aumentó en breve
tiempo, y después, habiéndose muchos de ellos, con
el nombre que habían tomado de númidas, separado
40
LA GUERRA DE JUGURTA
de sus padres a causa de su gran número, ocuparon
las cercanías o fronteras de Cartago, llamadas por
esta razón Numidia, y ayudándose unos y otros entre sí, sujetaron a su imperio a sus comarcanos, ya
con las armas, ya con el terror, y se hicieron ilustres
y famosos, especialmente los que más se habían
acercado a nuestro mar (porque los libios son de
suyo menos guerreros que los gótulos), y, en fin, los
númidas vinieron a hacerse dueños de la mayor
parte de la inferior África, pasando desde entonces
los vencidos a ser y a llamarse como los vencedores.
Después de esto los fenicios, parte a fin de aliviar a sus pueblos de la muchedumbre, parte habiendo por su ambición de mando solicitado a la
plebe, y otros deseosos de novedades, fundaron en
la costa del mar a Hipona, Adrumeto, Leptis y otras
ciudades, las cuales, habiéndose aumentado mucho
en breve tiempo, vinieron después a ser, unas escudo, otras ornamento de los pueblos de donde descendían, y esto sin hablar de Cartago, lo que es
mejor que haberme de quedar corto, pues me llama
el tiempo a tratar de otro asunto. De la parte, pues,
del Catabatmo, que es el linde que divide a Egipto
de África, siguiendo la costa, se halla lo primero
Cirene, colonia de los tereos, después las dos Sirtes
41
CAYO SALUSTIO
y entre ellas la ciudad de Leptis, luego las aras de los
filenos, término que era del imperio de Cartago por
la parte que mira a Egipto; más adelante otras ciudades cartaginesas. El resto hasta la Mauritania lo
ocupan los númidas. Los mauritanos son los más
cercanos a España. Sobre la Numidia, tierra adentro, se dice que habitan los gétulos, parte en chozas,
parte vagos y a la inclemencia, y sobre éstos los
etíopes, y que después se encuentran tierras desiertas y abrasadas por los ardores del sol. En tiempos,
pues, de la guerra de Jugurta, el pueblo romano administraba las más de las ciudades cartaginesas y las
fronteras de su imperio, que había recientemente
ocupado, por medio de magistrados que enviaba.
Gran parte de los gétulos y los númidas hasta el río
Muluca, obedecían a Jugurta: los mauritanos todos
al rey Boco, que no conocía al pueblo romano sino
por el nombre, ni antes de esto, en paz ni en guerra,
teníamos nosotros de él noticia alguna. Del África y
sus habitadores creo haber dicho lo que basta para
mi propósito.
Después que dividido el reino se partieron los
diputados de África, y Jugurta, en lugar del castigo
que recelaba, se vio premiado por su maldad reconociendo por experiencia cuán cierto era lo que en
42
LA GUERRA DE JUGURTA
Numancia había oído a sus amigos, es a saber, que
en Roma todo se vendía, y engreído con las promesas de aquellos a quienes poco antes había llenado
de dones, aspiró al reino de Aderbal, cosa para él
muy fácil, siendo como era fuerte y belicoso y a
quien invadía, quieto, pacifico, de genio blando, a
propósito para ser injuriado y antes medroso que
temible. Acometiendo, pues, de repente con buen
número de tropa a sus fronteras, cautiva a muchas
gentes, róbales sus ganados y hacienda, pone fuego
a sus casas, entra por varias partes con su caballería
haciendo grandes daños, y después se retira con
todo el ejército a su reino, creyendo que Aderbal,
con el dolor de la injuria, querría tomar satisfacción
de ella con las armas, y que esto daría ocasión para
la guerra. Pero Aderbal, ya porque se contemplaba
desigual en fuerzas, ya porque confiaba más en la
alianza con el pueblo romano que en los númidas,
envía sus mensajeros a Jugurta para que se quejen
del agravio y, aunque la respuesta con que volvieron
fue una nueva afrenta para Aderbal, resolvió éste
sufrirla y pasar por todo, a trueque de no volver a
una guerra, cuyo ensayo le había salido mal. Pero ni
esto apagó la ambición de Jugurta, el cual ya en su
idea se contemplaba dueño absoluto de todo aquel
43
CAYO SALUSTIO
reino; y así, no ya con una partida de gente destinada a correrías como antes, sino con grande ejército,
comienza a hacer la guerra y pretender declaradamente el dominio de toda la Numidia; y asolando,
talando y saqueando los pueblos y campiñas por
donde pasaba, añadía ánimo a los suyos y espanto a
sus enemigos.
Aderbal, cuando vio que las cosas habían llegado a un término que, o bien era necesaria desamparar el reino o mantenerle con las armas, obligado de
la necesidad, junta sus tropas y sale al encuentro de
Jugurta. Acamparon los dos ejércitos en las vecindades del pueblo de Cirta, no lejos, y porque quería
ya anochecer, no se dio entonces la batalla. Pasado
lo más de la noche, aún entre sombras y alguna escasa luz, los soldados de Jugurta, dada la señal,
acometen los reales de los enemigos, ahuyentan y
desbaratan a unos que estaban medio dormidos y a
otros que tomaban las armas. Aderbal, con pocos
caballos, se acogió a Cirta, y si no hubiera sido por
la muchedumbre de los del pueblo, que apartaron
de sus murallas a los númidas que le seguían, en un
mismo día se hubiera entre los dos reyes comenzado y acabado la guerra. Visto esto por Jugurta, sitia
al pueblo y le estrecha con trincheras, torres y má44
LA GUERRA DE JUGURTA
quinas de todos géneros, dándose gran prisa para
ganarle antes que volviesen de Roma los mensajeros
que sabia haber enviado Aderbal antes de la batalla.
Cuando el Senado tuvo noticia de esta guerra, envió
a África tres sujetos de poca edad con orden de que
viesen a los dos reyes y les notificasen de parte del
Senado y pueblo romano, «que dejasen desde luego
las armas, que esa era su determinación y voluntad;
y lo que debía mandar y ellos hacer.
Los enviados se dieron gran prisa para llegar a
África, porque ya en Roma, cuando estaban de partida, comenzaba a susurrarse la pasada batalla y la
toma de Cirta; pero eran sólo rumores vagos. Jugurta habiendo oído su embajada, respondió: «que
para él no habla en el mundo cosa mayor, ni de más
aprecio que la autoridad del Senado; que desde su
juventud había procurado portarse de suerte que
todos los buenos aprobasen su conducta; que por
ella, y no con engaños, se había conciliado el amor
de un varón tan ilustre como Publio Scipión; que la
misma razón había tenido Micipsa para adoptarle, y
no por falta que tuviese de hijos; pero que por lo
mismo que vivía satisfecho de su buen porte y su
valor, no sabía ni podía sufrir que nadie le injuriase;
que Aderbal había maquinado contra su vida y que,
45
CAYO SALUSTIO
sabido esto por él, se había opuesto a su maldad;
que el pueblo romano no obraría con justicia ni
equidad si le impedía que para su defensa usase del
derecho de las gentes, y últimamente que él enviaría
en breve sus mensajeros a Roma para que informasen de todo. Con esto se disolvió el congreso, sin
que los enviados pudiesen hablar a Aderbal.
Jugurta, cuando hizo juicio que habrían ya partido de África, reconociendo que a fuerza de armas
le era imposible ganar a Cirta por lo fuerte de su
situación, cércala formalmente con su vallado y foso, levanta torres al derredor y las guarnece con su
tropa; no cesa ni de día ni de noche de inquietarla
con asaltos y ardides militares; ofrece unas veces
premios, otras amenaza a los sitiados; exhorta y
anima a los suyos a que se porten con valor, y
puesto del todo en la conquista, nada omite de
cuanto cree conducente a ella. Aderbal, viendo sus
cosas en el último apuro, que su enemigo era implacable, que ni habla esperanza de socorro, ni la ciudad podía largo tiempo defenderse por falta de lo
necesario, escoge entre los que se habían refugiado
con él en Cirta dos, los que le parecieron más resueltos, y a fuerza de promesas y de hacerles presente su desgracia, logra y se asegura de ellos, que
46
LA GUERRA DE JUGURTA
atravesando las trincheras de los enemigos, harán
por llegar de noche a la vecina playa, y de allí pasarán a Roma.
Cúmplenlo en pocos días los númidas y léese en
el Senado la carta de Aderbal, que en sustancia decía
así:
«No es culpa mía, ¡oh padres conscriptos!, si os
importuno con mis ruegos. Oblígame a ello la violencia de Jugurta, el cual está tan empeñado en que
yo muera, que ni vuestro respeto, ni los dioses inmortales le detienen, y sobre cuanto hay en el mundo desea derramar mi sangre. Cinco meses ha que
me tiene sitiado, no obstante ser aliado y amigo del
pueblo romano, sin que me valgan los beneficios
que recibió de mi padre Micipsa, ni vuestros decretos, y sin poder decir si me estrecha más por hambre que con las armas. Más os diría de Jugurta, si no
me retrajese mi desgracia y el tener experimentado
antes de ahora que son poco creídos los infelices.
Sólo sé que aspira a más que a mi vida, y que conoce
bien que quitarme el reino y ser al mismo tiempo
vuestro amigo, es imposible. Lo que piensa, pues,
nadie lo ignora. Al principio mató alevosamente a
mi hermano Hiempsal, después me echó del reino
de mis padres. Nuestras injurias privadas nada os
47
CAYO SALUSTIO
tocan. Pero hoy ocupa con sus armas vuestro reino
y a mí, a quien vosotros hicisteis gobernador de
Numidia, me tiene sitiado estrechamente. Cuán poco caso ha hecho de vuestros legados, lo manifiesta
el sumo riesgo en que me hallo. ¿Qué resta, pues,
para contenerle sino vuestras armas? Cuanto os digo, y cuantas quejas he dado antes de ahora al Senado, quisiera yo que fuesen ponderaciones y que no
las hiciese creíbles mi desgracia. Pero pues he nacido para que en mí hiciese Jugurta ver al mundo sus
maldades, no pretendo ya libertarme de la muerte ni
de otros trabajos, si sólo de caer en manos de mi
enemigo y de ser cruelmente atormentado. Del reino
de Numidia, supuesto que es vuestro, disponed como os parezca con tal que me saquéis de las crueles
garras de Jugurta: como os lo pido por la majestad
de vuestro imperio y por la fe de nuestra alianza, si
queda aún en vosotros alguna memoria de mi
abuelo Masinsa. Leída esta carta en el Senado, hubo
pareceres de que cuanto antes se enviase ejército a
África en socorro de Aderbal, y que entretanto se
viese qué debería hacerse de Jugurta, por no haber
obedecido a los legados. Pero los antiguos valedores del rey se opusieron con el mayor empeño a esta
resolución, y así prevaleció el privado interés al pú48
LA GUERRA DE JUGURTA
blico bien, como sucede frecuentemente en los negocios. No obstante esto, se enviaron a África algunos nobles de edad provecta y que habían obtenido
empleos grandes, y entre ellos aquel Marco Scauro,
de quien se habló antes, cónsul que había sido y que
a la sazón era príncipe del Sonado. Éstos, ya porque
veían irritados los ánimos, ya importunados por los
dos númidas, se embarcaron al tercer día, y habiendo llegado brevemente a útica, escriben a Jugurta
que pase allá al instante, que tienen que hablarle de
parte del Senado. Cuando Jugurta supo que habían
venido unos hombres tan ilustres, cuya autoridad
sabía ser grande en Roma, para oponerse a sus designios, al principio se alteró mucho, fluctuando
entre el miedo y la ambición. Temía por un lado la
ira del Senado si no obedecía a los legados; por
otro, su ánimo ciego de pasión, le arrebataba a llevar
adelante su malvado intento. Pero al fin venció en
su ambicioso genio la depravada resolución. Empéñase, pues, con el mayor esfuerzo en tomar a
Cirta por asalto, atacándola a un tiempo con su ejército por todas partes, con la esperanza de que, dividida también la guarnición, hallaría el momento
favorable para la victoria, ya fuese por fuerza o por
medio de algún ardid militar. Pero saliéndole al re49
CAYO SALUSTIO
vés y viendo que no podía lograr su intento de apoderarse de Aderbal, antes de ver a los legados, temeroso de irritar con más dilaciones a Scauro, a quien
temía en extremo, vase a la provincia de los romanos con pocos de a caballo. Y aunque de parte del
Senado se le amenazó terriblemente, si no desistía
del sitio, después de malgastada una larga conferencia, se fueron los legados sin concluir nada.
Luego que esto se supo en Cirta, los italianos de
la guarnición, por cuyo esfuerzo se habla hasta entonces defendido la ciudad, confiados en que si se
entregaban no se les haría agravio por respeto a la
grandeza del pueblo romano, aconsejan a Aderbal
que se entregue y entregue la ciudad a Jugurta, sin
más condiciones que la vida, diciéndole que de lo
demás cuidaría el Senado. Aderbal, aunque en ninguna cosa del mundo fiaba menos que en las palabras de Jugurta, como veía que los italianos mismos
que le aconsejaban así podrían, si lo repugnaba,
obligarle a ello, tuvo que conformarse con su parecer, e hizo la entrega. Jugurta, ante todo, quita la vida a Aderbal, habiéndole cruelmente atormentado;
después pasa a cuchillo a todos los númidas de catorce años arriba y a los mercaderes indistintamente,
según se iban presentando a sus soldados.
50
LA GUERRA DE JUGURTA
Sabida esta novedad en Roma y habiéndose
comenzado a tratar de ella en el Sonado, los valedores del rey, que antes dijimos, mezclando otros
asuntos y ganando tiempo, ya por el favor que lograban, ya con altercaciones y porfías, procuraban
suavizar la atrocidad de su delito, de suerte que sino
fuera por Cayo Memio (nombrado para el siguiente
año tribuno de la plebe), hombre de resolución y
enemigo del poder de la nobleza, el cual hizo ver al
pueblo romano que por la negociación de algunos
sediciosos se trataba de dejar sin castigo a Jugurta,
sin duda alguna se hubiera desvanecido todo el aborrecimiento que le tenían, con sólo ir alargando las
deliberaciones y consultas; tal era la fuerza del favor
y de su dinero. Pero el Senado, entrando en temor
del pueblo, por lo que le acusaba su conciencia, resolvió que, según la ley Sempronia, se encargase el
gobierno de las provincias de Numidia y de Italia a
los cónsules que habían de elegirse para el año venidero. Fueron éstos Publio ScipiónNasica y Lucio
Bestia Calpurnio, de los cuales a éste tocó por suerte
la Numidia y al primero la Italia. Alistase después de
esto el ejército que había de pasar a África, decrétase
la paga militar y lo demás necesario para la guerra.
51
CAYO SALUSTIO
Pero Jugurta, habiendo recibido esta noticia
contra lo que esperaba, por haberse fijado en el
pensamiento de que en Roma todo se vendía, envía
por mensajeros al Senado a un hijo suyo y a dos de
sus confidentes, con orden «de que procuren ganar
por dinero a toda suerte de gentes, como había hecho en la muerte de Hiempsal. Cuando éstos se iban
acercando a Roma, juntó Bestia el Senado para tratar si convendría o no que entrasen en la ciudad, y
se resolvió «que si no venían a entregar el reino y al
mismo Jugurta, saliesen de Italia dentro de diez días.
Manda notificarlo el cónsul a los númidas por orden del Senado, y así tuvieron que volverse a sus
casas sin hacer nada. Entretanto, Calpurnio, estando
ya el ejército a punto, elige por asociados a algunos
hombres nobles y de séquito, cuya autoridad le defendiese, si en algo delinquía. Uno de éstos fue
aquel Scauro, cuyo genio y costumbres se dijeron
antes, porque a la verdad nuestro cónsul estaba
adornado de muchas bellas prendas de ánimo y de
cuerpo, sólo que su avaricia lo echaba a perder todo.
Era sufridor de los trabajos, de ingenio perspicaz,
de bastante prudencia, perito en el arte militar y de
gran presencia de ánimo en los peligros y asechanzas. Las legiones se encaminaron por Italia a Regio,
52
LA GUERRA DE JUGURTA
desde donde pasaron a Sicilia y de allí a África. Calpurnio en los principios, dispuesto lo necesario,
entró con gran furia en Numidia, cautivando mucha
gente y tomando algunas ciudades a fuerza de armas.
Pero apenas le representó Jugurta por medio de
sus mensajeros, la dificultad de la guerra de que estaba encargado y le tentó con dinero, aquel ánimo
propenso a la avaricia se trocó enteramente. Ni lo
hizo mejor Scauro, a quien había elegido por su
compañero y confidente en todos los negocios.
Porque aunque primero, estando ya cohechados los
más de los suyos, se opuso acérrimamente a los designios del rey, la suma grande que se le ofrecía vino
al fin a corromperle y desviarle de la justicia y del
honor. Jugurta en los principios no solicitaba sino
largas, confiando que entretanto conseguiría en
Roma algo por el favor o por su dinero. Pero cuando supo que también Scauro tenía parte en la negociación, entrando en grande esperanza de alcanzar
la paz, se resolvió a tratar con ellos por si mismo
cuanto hubiese de estipularse. A fin, pues, de que lo
pudiese ejecutar sobre seguro, envió antes el cónsul
al cuestor Sextio a Vaca, ciudad de Jugurta, con
pretexto de que iba por cierto trigo, que Calpurnio,
53
CAYO SALUSTIO
en presencia de todos, había mandado aprontar a
los diputados de ella, porque mientras se efectuaba
la entrega, habían cesado las hostilidades. Vino,
pues, el rey a nuestro campo, según había determinado, y habiendo en público hablado muy poco en
disculpa de su hecho y acerca de entregarse, el resto
de la conferencia lo tuvo a solas con Bestia y con
Scauro, y al día siguiente, habiéndose tomado los
pareceres del Consejo tumultuariamente y sin formafidad alguna, se entrega al cónsul y, según lo que
se le había mandado, pone en poder del cuestor
treinta elefantes, cantidad de ganado y de caballos,
pero dinero poco. Pártese Calpurnio a Roma a la
elección de magistrados, en cuyo intermedio en
Numidia y nuestro ejército hubo paz.
Divulgadas las cosas de África, y el modo cómo
habían pasado, no se hablaba en Roma sino del hecho del cónsul en todos los lugares y corrillos; la
plebe estaba sumamente irritada; los senadores cuidadosos y sin saber si aprobarían una maldad tan
grande o darían por el pie a la capitulación, pero les
detenía mucho para que obrasen en razón y justicia
el poder de Scauro, porque se decía que no sólo era
cómplice con Bestia, sino el que le había dado este
consejo. Pero Cayo Memio, de cuyo genio libre y
54
LA GUERRA DE JUGURTA
poco afecto al poder de la nobleza se habló antes,
entre estas dudas e irresoluciones del Senado, no
cesaba en los concursos de exhortar al pueblo a que
tomase satisfacción. Persuadiales que no desamparasen la república, ni su libertad; poníales delante
muchos desprecios y crueldades que había usado
con ellos la nobleza, y puesto de todo punto en este
empeño, no omitía medio de inflamar los ánimos de
la plebe. Pero porque en aquel tiempo era muy celebrada y tenía gran séquito en Roma su elocuencia,
he tenido por conveniente poner aquí una de sus
muchas oraciones, y especialmente la que en presencia de un gran concurso dijo al regreso de Bestia
en estos términos:
«Muchas cosas me ponen a punto de abandonaros, ¡oh quirites!, si no prevaleciera a todo mi amor
a la república: el poder de los nobles, vuestra tolerancia, la falta entera de justicia y especialmente el
ver que la inocencia está muy expuesta, en vez de
ser premiada. No tengo valor para acordaros la
burla que en estos quince años han hecho de vosotros algunos insolentes; cuán indigna y cuán impunemente han hecho morir a vuestros defensores;
cuánto os habéis dejado corromper de la pereza y
flojedad; vosotros, digo, que aún hoy, que veis caí55
CAYO SALUSTIO
dos a vuestros enemigos, no sabéis aprovecharos, y
estáis temiendo a los mismos a quienes debierais
causar terror. Pero aunque sea esto así, no sé, ni
puedo dejar de oponerme al poder de la coligación.
A lo menos haré ver que mantengo la libertad que
heredé de mis padres. Que lo haga o no con fruto,
pende de vosotros, ¡oh quirites! Ni esto es deciros
que venguéis con las armas vuestro agravio, como
hicieron muchas veces vuestros mayores. No es necesaria fuerza, ni tumulto. Sin nada de esto es preciso, según obran, que ellos mismos se precipiten.
Muerto Tiberio Graco, a quien achacaron quería
alzarse con el reino, se procedió en la pesquisa con
el mayor rigor contra la plebe romana. Después que
mataron a Cayo Greco y a Marco Fulvio, perecieron
asimismo en la cárcel muchos de vuestro estado, sin
que ley alguna contuviese en uno ni otro lance a los
autores, hasta que, hartos de sangre, lo dejaron de
suyo. Pero doy que el haber Tiberio Graco querido
reponer a la plebe en sus derechos, fuese aspirar al
reino; doy que se derramase justamente la sangre de
los ciudadanos, si no había otro medio de contenerles. No hago mérito de esto. Los años pasados
mirabais con dolor, pero sin atreveros a hablar palabra, que se robaba al erario; que los reyes y pue56
LA GUERRA DE JUGURTA
blos libres eran tributarios de algunos de los nobles;
que en ellos estaban estancadas las mayores honras
y riqueza. Ahora pareciéndoles poco el haber hecho
esto impunemente, por remate de todo han puesto
vuestras leyes, vuestra majestad, lo sagrado y lo profano en poder de nuestros enemigos. Ni se avergüenzan o arrepienten de ello los autores; antes
bien, pasan por delante de vosotros muy ufanos,
haciendo alarde de los sacerdocios, de los consulados y alguno de sus triunfos, como si esos fuesen justo ,,galardón de su mérito y no fruto de sus
usurpaciones. Los siervos comprados con dinero
no sufren el dominio injusto de sus amos, ¿y vosotros, quirites, nacidos para el mando, sufriréis con
paciencia tan dura servidumbre? ¿Mas quiénes
creéis que sean estos que se han alzado con la república? Unos hombres llenos de maldades, sanguinarios, avaros sin término y en sumo grado dañosos e
insolentes; hombres que hacen granjería de su palabra, de su honor, de la religión y últimamente de
todo lo honesto y de lo que no lo es. Parte de ellos
afianza su seguridad en haber muerto a vuestros
tribunos, otros en haberos injustamente atormentado y los más en haber hecho en vosotros una cruel
carnicería; de suerte que el que más daño os hizo,
57
CAYO SALUSTIO
ése vive más seguro. El miedo que debieran tener
por sus maldades le han trasladado a vuestra inacción y flojedad, y el haberse unido es porque desean, aborrecen y temen todos unas mismas cosas;
pero esta unión entre buenos es amistad; entre malos, partido. Y a la verdad, si vosotros miraseis tanto
por vuestra libertad, como ellos por adelantar su
despotismo, no estaría, como está hoy, desolada la
república, y obtendrían vuestros empleos, no los
más osados, sino los más dignos. Vuestros mayores,
a fin de recobrar sus derechos y sostener la majestad
del imperio, tomaron en dos ocasiones las armas, y
separándose del resto de los ciudadanos, ocuparon
el monte Aventino, ¿y vosotros no habéis de trabajar con el mayor empeño por mantener la libertad
que de ellos recibisteis? Y esto con tanto más ardor
cuanto el perder las cosas ya adquiridas es mayor
afrenta que el no haberlas jamás solicitado. Pero, me
preguntará alguno de vosotros, ¿qué debemos hacer? ¿Qué? Procurar se castigue a los que han vendido infamemente al enemigo la república; pero
esto, no con mano armada, ni con violencia (lo que,
aunque ellos tenían bien merecido, es cosa indigna
de vosotros), sino a fuerza de cuestiones y torturas,
y por la declaración del mismo Jugurta, el cual, si se
58
LA GUERRA DE JUGURTA
ha rendido y entregado de buena fe, como ellos dicen, sin duda hará cuanto le mandareis, pero si
rehúsa obedecer, entonces, entonces conoceréis cuál
sea el fondo de aquella paz y de aquella entrega, de
que no hemos visto otro fruto sino quedar Jugurta
sin castigo, enriquecerse mucho algunos poderosos
y perjudicarse y cubrirse de oprobio la república. Y
ya no es que no estáis aún hartos de sufrir su tiranía
y que mal hallados con estos tiempos, gustáis más
de aquellos en que los reinos, las provincias, las leyes, los derechos, los tribunales, la paz, la guerra y
últimamente todo lo divino y lo humano estaba en
poder de algunos pocos; y vosotros, esto es, el pueblo romano, jamás vencido por los enemigos y dueño del mundo, os contentabais con que os dejasen
vivir. Porque, hablando por la verdad, ¿quién de
vosotros tenía valor para rehusar la servidumbre?
Yo, pues, aunque juzgo que para un hombre honrado es cosa en sumo grado vergonzosa recibir agravio y no tomar satisfacción, con todo eso llevaría
bien que perdonaseis a estos hombres llenos de
maldades, sólo porque son ciudadanos, si la piedad
que con ellos se use no hubiera de redundar en
vuestro daño. Porque, según es su insolencia, no se
contentarán con el mal que hasta ahora impune59
CAYO SALUSTIO
mente han hecho, si no les quitáis la libertad de
continuarlo; y vosotros viviréis en un perpetuo sobresalto desde el punto en que echéis de ver, que os
es preciso servir o mantener vuestra libertad a fuerza de brazos. Porque, ¿qué esperanza puede haber
de buena fe o de acomodamiento? Ellos quieren
dominar, vosotros ser libres; ellos hacer injuria, vosotros impedirla. Tratan, finalmente, a vuestros aliados como a enemigos, y a éstos como si fueran
aliados. ¿Puede acaso haber paz o amistad en tan
encontrados pareceres? Por esto os exhorto y amonesto, que en ninguna manera dejéis tan gran maldad sin castigo. No se trata aquí de haber robado el
erario, ni de haber quitado violentamente la hacienda a vuestros aliados (cosas que, aunque tan enormes, han venido ya con la costumbre a tenerse en
nada), sino de haber vendido la autoridad del Senado, de haber vendido vuestro imperio al enemigo
más terrible. En paz y en guerra ha sido puesta en
precio la república. Si esto, pues, no se inquiere, si
no se castigan los culpados, ¿qué restará sino que
vivamos perpetuamente esclavos de ellos? Porque,
¿qué otra cosa es ser rey sino hacer lo que se quiere
impunemente? Ni os digo con esto, ¡oh quirites!,
que por vengaros queráis más que vuestros ciuda60
LA GUERRA DE JUGURTA
danos se hallen culpados, que inocentes; sí sólo que
no oprimáis a los buenos perdonando a los malhechores. Fuera de que en un Estado es mucho menor
inconveniente el dejar sin galardón los hechos ilustres, que sin castigo los delitos; porque el bueno, si
no es premiado, lo más que hace es entibiarse; el
malo, si no se castiga, se empeora. Y en fin, si no
hubiese agravios, ni habrá tampoco necesidad de
recursos para que se reparen. Con estos y otros tales
razonamientos, que Cayo Memio hacía frecuentemente al pueblo, le persuadió a que se enviase Lucio
Casio, que a la sazón era pretor, a Jugurta y le trajese
consigo a Roma bajo la fe pública, a fin de descubrir
más fácilmente por su declaración el delito de Scauro y de los demás a quienes acusaban de haberse
dejado cohechar. Mientras pasaba esto en Roma, los
que Bestia había dejado en Numidia con el mando
del ejército, cometieron, a ejemplo de su general,
muchos y muy enormes excesos. Hubo entre ellos
quien, sobornado por Jugurta, le volvió sus elefantes; otros que le vendieron sus desertores, y muchos
que hacían robos y correrías en los pueblos con
quienes tenlamos paz; tal era la avaricia que como
un contagio se había apoderado de los ánimos de
todos. Pero el pretor Casio, habiéndose hecho el
61
CAYO SALUSTIO
plebiscito, según la proposición de Cayo Memio, lo
que puso en consternación a toda la nobleza, se
parte para Jugurta, y viéndole temeroso y desconfiado por su mala conciencia del buen éxito de sus cosas, le induce «a que no quiera más experimentar la
fuerza que la clemencia del pueblo romano, una vez
que se le había ya rendido. Dale además de esto su
palabra, que aunque privada, no la estimaba él menos que la pública; tal era en aquel tiempo la buena
opinión que se tenía de Casio.
Viene, pues, Jugurta a Roma en traje muy poco
correspondiente a su real decoro; y aunque de suyo
era hombre de gran pecho, confortado más y más
por todos aquellos a cuya sombra había ejecutado
las maldades que arriba dijimos, gana con gran suma
de dinero a Cayo Bebio, tribuno de la plebe, para
que su avilantez le asegure contra cualquiera resolución, justa o injusta. Pero habiendo Cayo Memío
llamado a junta, no obstante que la plebe aborrecía
mucho al rey y algunos querían que se le prendiese y
otros que, según la costumbre de los mayores, se le
impusiese pena capital como a enemigo público, si
no descubría los cómplices de su maldad, teniendo
más consideración al propio decoro que a desahogar su enojo, procuraba apaciguar el tumulto, ablan62
LA GUERRA DE JUGURTA
dar los ánimos y protestar que la fe pública sería
porque cesó el su parte inviolablemente guardada.
Pero luego clamor, sacando a Jugurta al público,
toma la palabra, cuenta muy por menor los males
que ha ejecutado en Roma y en Numidia, hace ver a
todos su crueldad contra su padre y hermanos, y
vuelto a él, le dice «que aunque el pueblo romano
sabe bien quiénes le han ayudado y favorecido para
ello, quiere, sin embargo, asegurarse más y oírlo de
su boca; que si declara la verdad, puede con gran
fundamento prometerse mucho de la buena fe y
clemencia del pueblo romano, pero si la oculta, no
salvará a sus cómplices y él se perderá y malogrará
todas sus esperanzas.
Habiendo concluido Memio y dicho a Jugurta
que diese sus descargos, Cayo Bebio, también tribuno de la plebe, que, como se dijo antes, estaba cohechado, mándale callar. Y aunque la muchedumbre
que se hallaba presente, en gran manera irritada, le
atemorizaba con gritos, con lo airados de sus rostros y muchas veces con ademanes de insultarle y lo
demás que suele dictar la ira, prevaleció no obstante
eso la desvergüenza, y así el pueblo se retiró burlado
de la junta, Y Jugurta, Bestia y los demás a quienes
63
CAYO SALUSTIO
tenía aquella disputa cuidadosos, cobraron grande
ánimo.
Hallábase a la sazón en Roma cierto númida
llamado Masiva, hijo de Gulusa y nieto de Masinisa,
el cual, porque en la discordia de los reyes había
sido del partido contrario de Jugurta, luego que se
entregó Cirta y fue muerto Aderbal, se escapó huyendo de África. Spurio Albino, que en compañía
de Quinto Minucio Rufo había sucedido a Bestia en
el consulado, induce a este hombre a que se querelle
de Jugurta, procurando hacerle odioso y temible por
sus maldades; y supuesto que él es de la línea de
Masinisa, pida para sí al Senado el reino de Numidia. Estaba el cónsul (a quien había tocado por
suerte esta provincia, como a su compañero la de
Macedonia) deseoso de hacer la guerra, y así quería
que las cosas se revolviesen y no se dejasen enfriar.
Entablada por Masiva la pretensión y no teniendo
Jugurta en sus amigos bastantes fuerzas para rebatirla (porque unos por su misma conciencia, otros
por temor de desacreditarse o por su cobardía no se
atrevían a sacar la cara), manda a Bomílear, su deudo y confidente íntimo «que con dinero, como había
negociado otras cosas, busque asesinos que secretamente, si ser pudiese, y si no de cualquier modo,
64
LA GUERRA DE JUGURTA
quiten la vida a Masiva. Bomílear obedece prontamente, y valiéndose de sujetos abonados para tales
máquinas, explora menudamente los pasos y entradas y salidas de Masiva, los sitios y momentos
oportunos para su intento y apuesta, según el caso
lo pedía, los agresores. Uno de éstos, acometiendo
in consideradamente a Masiva, le mata; y siendo
cogido en flagrante, descubre a persuasión de muchos, y especialmente el cónsul Albino, quién le ha
inducido a ello. Hácesele causa a Bomílcar, más por
pedirlo así la natural razón y equidad, que por el
derecho de las gentes, pues había venido a Roma
acompañando a uno que tenía salvaguarda pública.
Pero Jugurta, aunque reo notorio de tan gran delito,
no cesó de porfiar negándolo, hasta que echó de ver
que el aborrecimiento que este hecho le había conciliado sobrepujaba a su favor y a su dinero. Y así,
aunque en la primera acusación de Bomílear le había
afianzado con cincuenta de sus amigos, como su
mira única era el reino, los abandonó del todo y
despachó ocultamente al reo a Numidia, receloso de
que si le quitaban la vida en Roma, sus vasallos entrarían en temor de obedecerle, y él mismo le siguió
de allí a pocos días, por haberle mandado el Senado
salir de Italia. Ya fuera de Roma, dicen que volvió a
65
CAYO SALUSTIO
ella el rostro muchas veces, sin hablar palabra, pero
que al fin prorrumpió diciendo: ¡Oh ciudad venal!
¡ Cuán poco durarías si hallases comprador!
Albino, entretanto, habiéndose renovado la guerra, se da gran prisa de transportar a África víveres,
pagas y lo demás necesario para ella, y pasa allá al
instante con ánimo de acabarla, si ser pudiese, bien
por fuerza o por negociación, o de otra suerte, antes
del día de los comicios, que no estaba muy lejos.
Pero al contrario, Jugurta todo era dar largas, buscar
para ello cada día nuevos pretextos; prometer que se
entregaría y luego aparentar miedo; ceder si se le
estrechaba y poco después volver sobre los nuestros, a fin de que no desmayasen sus soldados. De
esta suerte, mostrando unas veces querer guerra,
otras paz, burlaba y entretenía al cónsul. Ni faltó
quien ya entonces sospechase que Albino tenla inteligencia con el rey; porque parecía increíble que la
gran prisa que manifestó en los principios se hubiese, sin estudio y por sola flojedad, trocado tan
presto en otra tanta lentitud. Pero ya que con el curso del tiempo se acercaba el día de los comicios,
fuese Albino a Roma, dejando a su hermano Aulo el
mando del ejército en calidad de propretor.
66
LA GUERRA DE JUGURTA
Hallábase a la sazón atrozmente combatida la
república con los alborotos de los tribunos de la
plebe. Publio Lúculo y Lucio Anio, que obtenían
este magistrado, estaban empeñados en que habían
de continuar en él, a pesar de sus compañeros, cuya
contienda impedía los comicios de todo el año. Lisonjeado, pues, el propretor Aulo de que entre estas
dilaciones o acabaría la guerra o el rey, a trueque de
evitarla, pondría en sus manos alguna gruesa suma,
saca a Jos soldados de sus cuarteles en mitad de
enero, y a grandes jornadas, en lo más riguroso del
invierno, llega a la ciudad de Sutul, donde el rey tenía sus tesoros, la cual, aunque por lo crudo de la
estación y por la fortaleza de su sitio ni ganarse, ni
aun sitiarse podía (porque alrededor de la muralla,
construida en la cima de un monte muy agrio, había
una llanura cenagosa, que con las lluvias del invierno estaba hecha una laguna), con todo eso, fuese
ficción de Aulo para aumentar el miedo al rey o
porque le cegase su deseo de apoderarse de la ciudad y de los tesoros, comenzó a acercar a ella los
manteletes, a tirar el cordón y adelantar lo demás
que creía conducir a su intento.
Jugurta, vista la temeridad y falta de pericia militar del legado, procuraba con grande astucia ir ce67
CAYO SALUSTIO
bando su locura. Enviábale a menudo mensajeros
con súplicas; llevaba su ejército por veredas y lugares fragosos, en apariencia de que huía, hasta que al
fin, con esperanza de que se compondría con él,
logró inducirle a que dejando a Sutul, le persiguiese
y, por ciertas regiones apartadas, adonde fingiría
retirarse, y además cualquiera negociación que se
hiciese estaría más oculta. Entretanto, no cesaba de
día ni de noche de solicitar su ejército por medio de
gente práctica y sagaz; cohechaba a los centuriones y
oficiales de caballería para que o desertasen o a
cierta señal que les daría, desamparasen sus puestos;
y cuando tuvo ya las cosas preparadas según su idea,
déjase a medianoche caer imprevistamente sobre los
reales de Aulo con gran muchedumbre de númidas.
Los soldados romanos sorprendidos con el no esperado alboroto, toman unos las armas, otros procuran ocultarse; parte anima a los medrosos, parte
se turba y se embaraza; los enemigos cargan por
todos lados en gran número; la noche aumenta sus
sombras con las nubes; en todo hay riesgo; dúdase
si mayor en huir o en esperar. En esto una cohorte
de ligures, del número de los que se dijo estaban
cohechados, juntamente con dos escuadrones de
caballos traces y algunos soldados de poca cuenta,
68
LA GUERRA DE JUGURTA
pásanse al rey, y el centurión de la primera columna
de la legión tercera da entrada franca a los enemigos
por un puesto fortificado, cuya defensa estaba a su
cargo, por donde los númidas rompieron de tropel.
Los nuestros, huyendo vergonzosamente y los más
arrojando las armas, se acogieron a un collado vecino. La noche y el despojo de los reales hicieron que
los enemigos no se aprovechasen más de la victoria.
Jugurta el día siguiente, en una conferencia con
Aulo, le dijo: «que aunque le tenía encerrado a él y a
su ejército por hierro y hambre, sin embargo, conociendo la inconstancia de las cosas humanas, le concedería, si le prometía la paz, que saliesen todos
salvos, con tal que antes pasasen por bajo del yugo,
y saliesen dentro de diez días de Numidia, cuyas
condiciones, aunque tan duras y llenas de ignominia,
hubieron de aceptarse por temor de la muerte, y así
se hizo la paz según quiso Jugurta.
Sabido esto en Roma, el miedo y la tristeza se
apoderaron de la ciudad; unos se lastimaban por ver
oscurecida la gloria guerra, llegaban a temer si la
libertad peligraría. Contra Aulo se enfurecian todos,
y especialmente los que en las del imperio; otros,
poco acostumbrados a los reveses de las pasadas
guerras se habían portado con valor. Objetábanle
69
CAYO SALUSTIO
que, teniendo las armas en la mano, había procurado salvarse, no por medio de ellas, sino a costa de la
mayor ignominia. Por esto el cónsul Albino, temiendo el aborrecimiento y el peligro que el delito
de su hermano podría ocasionarle, propuso al Senado que deliberase acerca de la capitulación. Al
mismo tiempo alistaba gente para completar el ejército, solicitaba socorros de los confederados y latinos, y por todos medios se prevenía con la mayor
diligencia para la guerra.
El Senado resuelve, como era justo, que sin su
orden y la del pueblo no pudo Aulo haber hecho
tratado alguno. El cónsul, habiéndole prohibido los
tribunos de la plebe llevar consigo la gente que tenía
prevenida, se parte de allí a pocos días al África
proconsular, porque todo el ejército, según lo estipulado, había salido de Numidia e invernaba en
nuestra provincia. Cuando llegó allá, aunque ardía
en deseos de perseguir a Jugurta y mitigar el general
aborrecimiento de su hermano, con todo eso, visto
el ejército (en quien además de la deserción, había la
falta de disciplina, la libertad y la lascivia hecho el
mayor estrago), determinó, según el estado de las
cosas, no emprender nada por entonces.
70
LA GUERRA DE JUGURTA
Entretanto en Roma, Cayo Mamilio Limetano,
tribuno de la plebe, propone al pueblo «que haga ley
para que se inquiera contra los autores de haber Jugurta despreciado los mandamientos del Senado, y
los que en sus embajadas o empleos hubiesen recibido dinero de él, o entregádole los elefantes y desertores, y últimamente contra cualesquiera que
hubiesen hecho tratados de paz o de guerra con los
enemigos. Como a esta ley no podían en lo público
oponerse los que se sentían culpados, ni los que temían algún peligro por el encono de los partidos,
antes bien era preciso mostrar que la aprobaban y
aplaudían, procuraron bajo mano por medio de sus
amigos, y especialmente de algunos latinos y otros
confederados itálicos, ver si podrían impedir que se
llevase a efecto. Pero no es creíble lo empeñada que
estaba en ello la plebe, ni el tesón con que había decretado y promulgado aquella ley; no tanto por
amor a la república, como por aborrecimiento a la
nobleza, contra la cual se asestaba el tiro; tal era el
desenfreno de los dos partidos. Consternado, pues,
el resto de los nobles, Marco Scauro, de quien dijimos antes que había sido legado de Bestia, estando
aún entonces la ciudad fluctuante entre la alegría de
la plebe y el quebranto de los de su partido, y de71
CAYO SALUSTIO
biendo, según proponía Mamilio, nombrarse tres
sujetos que hiciesen la pesquisa, pudo lograr que él
fuese uno de los nombrados. Pero habiéndose esta
pesquisa ejecutado dura y violentamente, dejándose
los comisionados llevar de las hablillas y caprichos
del vulgo, sucedió que, como la nobleza en otras
ocasiones, Así en ésta la plebe por la demasiada
prosperidad vino a hacerse insolente.
Este abuso de las divisiones y partidos entre los
del pueblo y el Senado, y todos los desórdenes que
después se experimentaron, tuvo principio en Roma
pocos años antes, y era efecto de la paz y de la
abundancia de las cosas que el mundo más estima.
Porque mientras estuvo en pie Cartago, el Senado y
pueblo romano administraban la república con gran
moderación y templanza; ni entre ciudadanos se
disputaba sobre quién había de sobresalir en la gloria o en el mando; el miedo del enemigo contenía a
la ciudad en su deber. Pero luego que sacudió de sí
este cuidado, se apoderaron de ella la soberbia y la
lascivia, males que trae regularmente consigo la
prosperidad. De esta suerte el descanso por que
anhelaron tanto en los tiempos trabajosos, después
de alcanzado, fue para ellos más duro y amargo que
los trabajos mismos. Porque así la nobleza como el
72
LA GUERRA DE JUGURTA
pueblo hicieron servir, aquélla su elevación, éste su
libertad a sus antojos; robando unos y otros y apropiándose cuanto podían. De esta suerte todo se dividió en dos bandos, y la república, cogida en medio
de ellos, fue despedazada. Pero el partido de los
nobles por su estrecha unión era más fuerte; la plebe, aunque mayor en número, por estar desunida y
dividida su fuerza, podía menos. Gobernábase en
paz y en guerra el Estado por el arbitrio de pocos.
Estos tenían en su mano el erario, los gobiernos, los
magistrados, la gloria y los triunfos; el pueblo vivía
oprimido con la pobreza y el peso de la guerra; los
generales se apoderaban y a pocos daban parte de
los despojos militares; y entretanto las mujeres y los
hijos pequeños de los soldados eran echados de sus
casas y posesiones, si confinaban con las de algún
poderoso. De esta suerte la avaricia sin tasa ni vergüenza alguna, juntamente con el poder, lo invadía,
manchaba y asolaba todo, no teniendo el menor
miramiento ni respeto, hasta que se despeñó ella
misma. Luego, pues, que entre los de la nobleza hubo quien antepusiese al poder injusto la verdadera
gloria, comenzó a revolverse la ciudad y se vio nacer en ella la discordia, no de otra suerte que cuando
vemos formarse un torbellino.
73
CAYO SALUSTIO
Porque después que Tiberio y Cayo Graco, cuyos mayores en la guerra púnica y en otras habían
acrecentado mucho los términos del imperio, intentaron restablecer a la plebe en su libertad y descubrir las maldades de algunos particulares, la
nobleza, que se sentía culpada y por eso estaba temerosa (valiéndose unas veces de los confederados
y latinos, otras, de algunos caballeros romanos, que
con la esperanza de que se les daría parte en los
empleos, se hablan separado de la plebe), se opuso
al intento de los Gracos, y en los principios mató a
Tiberio, tribuno que era del pueblo; de allí a pocos
años a Cayo, triunviro conductor de las colonias,
que seguía las mismas pisadas, y a Marco Fulvio Flaco. Y a la verdad los Gracos, arrebatados del deseo
de la victoria, no guardaron la moderación que convenía; pero mejor es disimular prudentemente los
agravios que tomar satisfacción a costa de un mal
ejemplo. La nobleza, pues, usando de esta victoria
desenfrenadamente, mató y desterró a muchas gentes, con lo que logró en lo venidero hacerse más
temible que poderosa, mal que ordinariamente ha
sido la ruina de grandes y opulentas ciudades, por
querer unos y otros vencer a toda costa y ensangrentarse demasiado en los vencidos. Pero si hubie74
LA GUERRA DE JUGURTA
se yo de hablar menudamente de los partidos y de
las costumbres de Roma, según lo pide la grandeza
del asunto, antes me faltaría tiempo que materia; por
cuya razón vuelvo a mi propósito.
Después de la capitulación de Aulo y de la vergonzosa retirada de nuestro ejército, Metelo y Silano, nombrados cónsules para el siguiente año,
sortearon entre sí las provincias; y de éstas la Numidia cupo a Metelo, varón fuerte y, aunque opuesto
al partido del pueblo, constantemente reputado por
hombre de grande entereza. Este, luego que comenzó a ejercer su magistrado, hecho cargo de que los
demás negocios eran comunes a ambos cónsules,
pero el de la guerra peculiar suyo, se aplicó seriamente a la que había de emprender. Teniendo, pues,
poca confianza del ejército antiguo, alista gente, solicita socorros de todas partes, apresta armas, caballos y demás tren de campaña; previene asimismo
víveres en abundancia y cuanto podía ofrecérsele en
una guerra de sucesos varios y que pedía grandes
prevenciones. Contribuía a ello el Senado con su
autoridad; los confederados, los latinos y aun los
reyes, enviando voluntariamente socorros, y finalmente la ciudad toda con el mayor empeño. Prevenidas y ordenadas las cosas según deseaba, pártese a
75
CAYO SALUSTIO
Numidia, dejando a los ciudadanos muy esperanzados, ya por sus excelentes prendas, ya especialmente porque sabían que su ánimo era superior a las
riquezas, y que la avaricia de los magistrados había
hasta entonces quebrantado en Numidia nuestras
fuerzas y aumentado las de los enemigos.
Habiendo, pues, llegado a África, le entrega el
procónsul Spurio Albino un ejército flojo, no aguerrido ni sufridor de los peligros y trabajos, de más
lengua que manos, robador de sus aliados, y presa
de los enemigos, hecho en fin a vivir sin rienda ni
moderación alguna; de suerte que al nuevo general
le daba más cuidado lo estragado de las costumbres
de los soldados que alivio o esperanza su gran número. Y aunque la dilación de los comicios habla
acortado el tiempo del estío, y Metelo conocía bien
que en Roma estaba el pueblo ansioso esperando el
éxito de la guerra, resolvió, sin embargo, no emprender cosa alguna, hasta tanto que hubiese ejercitado bien a los soldados en la disciplina militar de
sus mayores. Porque Albino, amedrentado por la
desgracia de su hermano y la del ejército y resuelto a
no salir un paso de la provincia, tuvo ordinariamente a los solidados en cuarteles fijos todo el
tiempo del verano, en que conservó el mando, si no
76
LA GUERRA DE JUGURTA
era cuando el mal olor o la necesidad de forrajes le
obligaba a mudar de sitio. Ni se hacían las guardias
según la costumbre militar: el que quería se ausentaba por su antojo de las banderas; los vivanderos
mezclados con los saldados andaban día y noche
ociosos y derramados por varias partes, talaban los
campos, tomaban por fuerza las caserías, robando
sus ganados y esclavos a porfía, y los trocaban con
los mercaderes por vino que les traían de afuera y
cosas semejantes; vendían además de esto el trigo
que el público les daba por meses, y después compraban el pan diariamente. En suma, cuantos males,
hijos de la flojedad y la lujuria, pueden decirse o
imaginarse, tantos y aún más se hallaron en aquel
ejército.
Entre estos embarazos hallo yo a Metelo no
menos prudente y grande que en lo más vivo de la
guerra; tal fue su templanza entre la ambiciosa blandura y el rigor. Lo primero, pues, que hizo fue quitar
cuanto podía fomentar la pereza y regalo, mandando «que nadie en los reales vendiese pan ni vianda
alguna cocida; que los vivanderos no siguiesen al
ejército; que el soldado raso, ni en el campo ni en la
expedición tuviese esclavo o caballería; y en lo demás poniendo con grande arte las cosas en buen
77
CAYO SALUSTIO
orden. Mudaba además de esto cada día la situación
de los reales por varias travesías; fortificábalos con
su valla y foso, como si estuviera a la vista el enemigo, ponía en ellos muy espesas centinelas, haciendo
por sí mismo la ronda en compañía de los primeros
oficiales. Hallábase unas veces en el frente del ejército, otras en la retaguardia; pero regularmente en el
centro, a fin de que nadie se desordenase; y para que
no se alejasen en las banderas, dispuso que los soldados llevasen consigo su comida y sus armas. De
esta suerte, impidiendo los delitos más que castigándolos, logró restablecer en breve el ejército.
Cuando entendió Jugurta por sus espías en lo
que Metelo se ocupaba y sabiendo desde que estuvo
en Roma su integridad, comenzó a desconfiar de
sus cosas y entonces finalmente quiso de veras entregarse. Resuélvese, pues, a enviar sus mensajeros a
Metelo con orden de que únicamente le pidan la
vida para sí y para sus hijos, y lo demás lo entreguen
sin reserva al pueblo romano. Pero tenía Metelo
experimentado mucho antes, cuán poco de fiar y
cuán volubles y amigos de novedades eran los númidas; y así se introduce con los mensajeros, háblales a cada uno de por sí y sondeándolos poco a
poco, cuando vio que daban alguna entrada a su
78
LA GUERRA DE JUGURTA
designio, solicita de ellos a fuerza de promesas «que
le entreguen, si es posible, la persona y si no la cabeza de Jugurta; pero en público dio a todos juntos
la respuesta que quería llevasen al rey. De allí a pocos días se encamina con su ejército bien disciplinado y deseoso de obrar hacia la Numidia, donde
contra el regular aspecto de un país que está en guerra, encuentra las chozas llenas de gente y los campos de colonos y ganados, y que de los pueblos y
mapalias le salían a recibir los gobernadores que en
ellos tenía el rey, dispuestos a aprontar trigo, a
transportar víveres y últimamente a hacer cuanto se
les mandase. Pero no por eso Metelo procedía menos cauto; antes bien, marchaba con su ejército
formado, y siempre a punto, como si tuviese al lado
al enemigo, haciendo alargar más a los batidores
para que lo explorasen todo, persuadido a que lo de
la entrega no era sino añagaza para hacerle dar en
alguna emboscada. Y así él iba en la vanguardia con
los compañías ligeras y una banda escogida de honderos y ballesteros; Cayo Mario legado en la retaguardia con nuestra caballería; la de los auxiliares la
había repartido entre los tribunos y prefectos de las
cohortes a uno y otro lado del ejército, a fin de que
interpolada con nuestra tropa ligera pudiese recha79
CAYO SALUSTIO
zar la caballería de los enemigos por cualquiera
parte que embistiese. Porque Jugurta era tan astuto y
tan práctico del terreno y de la guerra, que podía
dudarse si era más de temer ausente o cuando estaba a la vista, si haciendo guerra o estando en paz.
Había no lejos del camino que llevaba Metelo
una ciudad de Numidia, llamada Vaca, emporio el
más célebre de todo el reino, donde solían habitar y
comerciaban muchos mercaderes italianos. En ella
puso guarnición el cónsul, por ver cómo sería recibida, y si se le franquearían sus entradas. Mandó
después de esto conducir allí trigo y lo demás necesario para la guerra, creyendo, como era natural, que
la copia de mercaderes y de vituallas podría ser útil
al ejército, y juntamente servir de seguridad a las
prevenciones que se hiciesen. En este intermedio no
cesaba Jugurta, por medio de sus mensajeros, de
solicitar con la mayor instancia el tratado de paz,
ofreciendo entregarse a Metelo, sin más condiciones
que su vida y la de sus hijos. Pero el cónsul los enviaba a sus casas, como a los primeros, después de
haberlos inducido a que le entregasen a su rey, sin
rehusar ni ofrecer la paz que éste pretendía, y entretanto esperaba a ver si tendría efecto lo que le
habían prometido los mensajeros.
80
LA GUERRA DE JUGURTA
Jugurta, cotejadas las palabras con los hechos de
Metelo y echando de ver que le hería por sus mismos filos; porque al paso que le daba esperanzas de
paz, le hacía una guerra muy cruel, en la que había
perdido una ciudad considerable, los enemigos habían tomado conocimiento de la tierra y sus vasallos
habían sido solicitados para que le desamparasen;
obligado de la necesidad determinó volver a las armas. Habiendo, pues, explorado el camino que llevaban los enemigos y lisonjeándose de que podría
vencerlos en algún sitio ventajoso, junta cuanto más
gente puede de todas clases, y por veredas ocultas se
adelanta y ataja al ejército de Metelo. Había en la
parte de Numidia, que cupo a Aderbal, un río que
tenía su origen al Mediodía, llamado Mutul; y cerca
de veinte millas de él corría en igual distancia una
cordillera de montes pelados y sin cultura alguna,
del medio de la cual salía como una colina, cuyo fin
no se alcanzaba a ver, vestida de acebuches, arrayanes y otras plantas de las que suelen producir las
tierras secas y arenosas. La llanura intermedia estaba
del todo yerma por falta de agua, a excepción de las
cercanías del río, en que había varios arbustos y frecuencia de ganados y colonos.
81
CAYO SALUSTIO
En esta colina, pues, que como dijimos se alargaba al través del camino que traía Metelo, sentó
Jugurta su campo, dándole mucha extensión por el
frente. A Bomílcar dio el cargo de los elefantes, y
parte de la infantería, diciéndole lo que debía hacer;
él se apostó más cerca del monte con toda la caballería y los infantes escogidos, y girando por los escuadrones y compañías una a una, exhorta y conjura
a sus soldados victoria, defiendan sus personas y su
reino de la avaricia, «que, acordándose del valor antiguo y de la pasada de los romanos. Díceles que
van a pelear con los mismos a quienes ya antes habían vencido y hecho pasar por bajo del yugo; que
sólo habían mudado de caudillo, no de ánimo; que
cuantas precauciones podía un buen general tomar,
tantas había él tomado; lugar ventajoso, que los
prácticos del terreno peleasen con los que no lo
eran y nunca los menos contra superior número, ni
los bisoños con los más aguerridos. Y así, que estuviesen apercibidos, y a punto para acometer a los
romanos, luego que se les diese la señal, que aquel
día o les aseguraría el fruto de sus trabajos y victorias o sería principio de las mayores desgracias e
infortunios. Va, además de esto, acordando en particular a los que por alguna hazaña había honrado y
82
LA GUERRA DE JUGURTA
regalado, las mercedes y que les había hecho, y poniéndolos a la vista de los demás. últimamente,
prometiendo a éstos, amenazando y rogando a
aquéllos, según era el genio de cada uno, los disponía y animaba de diversos modos para la batalla,
cuando entretanto Metelo, que nada sabía del enemigo, le descubre al bajar del monte con su ejército.
Y al principio no acababa de comprender lo que
sería aquel extraño objeto (porque los caballos e
infantes númidas estaban entre las matas, ni bien del
todo encubiertos por lo bajo de ellas, ni dando idea
clara de sí, por lo caprichoso del terreno y por la
astucia con que ellos y sus banderas se habían ocultado). Pero cayendo presto en la cuenta de lo que
aquello era, hizo un ligero alto, y mudando la formación del lado derecho, que era el más inmediato
al enemigo, escuadrona y divide el ejército en tres
cuerpos, reparte entre los claros de las compañías
los honderos y ballesteros, acomoda la caballería
toda en las dos alas, y habiendo exhortado brevemente a los soldados, según lo permitía el tiempo,
conduce el ejército a lo llano, así como lo había escuadronado, haciendo el lado derecho, que formaba
su vanguardia, frente al enemigo.
83
CAYO SALUSTIO
Pero como vio que los númidas se estaban
quietos y que no bajaban de la colina, recelando que
el ejército por lo ardiente de la estación y la escasez
de agua pereciese de sed, hizo que Rutilio, su legado, con algunas compañías ligeras y parte de la caballería se adelantasen al río, para tomar con tiempo
sitio donde acampar, persuadido a que los enemigos, acometiendo muchas veces por los costados,
retardarían su marcha, y que viéndose inferiores en
fuerzas, tirarían a fatigar a sus soldados con el cansancio y con la sed. Después, según el caso y el lugar
lo permitían, fue poco a poco prosiguiendo su camino en la forma en que había bajado del monte,
llevando a Mario en el cuerpo de batalla, y él yendo
con la caballería del ala izquierda, la cual, según el
movimiento del ejército, había venido a ser su vanguardia. Jugurta, cuando vio que la retaguardia de
Metelo se había adelantado a sus primeros escuadrones, ocupa con un cuerpo como de dos mil infantes el monte por donde habla bajado Metelo, a
fin de que en caso de retirarse los nuestros, no les
sirviese de abrigo, y después se fortificasen en él; y
dando de repente la señal, acomete a los enemigos.
Los númidas, unos dan sobre nuestra retaguardia,
otros hacen sus tentativas por la derecha e izquier84
LA GUERRA DE JUGURTA
da, porfiando, estrechando y procurando por todas
partes desordenar nuestras líneas. En ellas, aun los
que resistían con mayor esfuerzo, burlados por el
irregular modo de pelear de los enemigos, eran heridos desde lejos, sin poder vengarse ni venir a las
manos, porque Jugurta había prevenido a los de a
caballo que cuando les persiguiesen en tropa los
romanos no se retirasen apiñados, ni en un cuerpo,
sino cada cual por su lado y lo más desviados que
pudiesen. De esa suerte, siendo superiores en número, cuando no podían hacer frente a los nuestros,
los cogían ya desordenados por las espaldas o por
los lados; y si les acomodaba más para la fuga el collado que la llanura, allí también los caballos númidas, hechos a sus veredas, se escabullían fácilmente
entre las matas, al paso que a los nuestros embarazaba la aspereza y poca práctica del terreno.
Era el aspecto de todo el campo fluctuante y vario, causando a un mismo tiempo horror y compasión. De los desmandados parte huían, otros
seguían el alcance, sin acordarse nadie de su formación ni de sus banderas. Donde a cada uno le cogía
el riesgo, allí hacía frente y procuraba superarle; armas, lanzas, caballos, hombres, númidas y romanos,
todos andaban mezclados y revueltos: nada se hacía
85
CAYO SALUSTIO
por consejo ni orden, todo lo gobernaba el acaso.
Así pasó gran parte del día y aún estaba pendiente el
éxito de la batalla. Finalmente, cansados ya unos y
otros con el trabajo y el calor y visto por Metelo que
los númidas no estrechaban tanto como antes, reúne
poco a poco su gente, vuelve a ordenar las líneas y
opone cuatro cohortes legionarias a la infantería de
los enemigos, gran parte de la cual, fatigada, tomaba
algún aliento en lo alto del collado; ruega al mismo
tiempo y exhorta a los soldados «que no desfallezcan, ni den lugar a que venzan los enemigos que ya
huyen. Díceles que no tienen reales, ni atrincheramiento alguno adonde acogerse en la retirada, ni
más recurso que las armas. Pero ni Jugurta estaba
entretanto ocioso: giraba, animaba a los suyos, renovaba la pelea; hacía mil tentativas por sí mismo
con su tropa escogida; socorría a los suyos, cargaba
a los enemigos que vacilaban, y a los que veía firmes
los contenía desde lejos con las armas arrojadizas.
De esta suerte combatían estos dos grandes capitanes, Iguales en el valor y pericia militar, pero
desiguales en fuerzas. Metelo tenía mejor gente; pero el sitio le era poco favorable. Al contrario, Jugurta llevaba ventaja en todo, sino en la calidad de
su tropa. Pero al fin, viendo los romanos que ni
86
LA GUERRA DE JUGURTA
ellos tenían donde retirarse, ni los enemigos volvían
a la batalla, y se acercaba ya la noche, suben a pechos, según el orden que tenían, a lo alto del collado; echan de allí a los númidas y los desbaratan y
ponen en huida, pero con muerte de pocos, porque
a los más salvó su ligereza y el no ser los nuestros
prácticos del terreno. Entretanto Amílcar que, como
dijimos, estaba encargado de los elefantes y parte de
la infantería, luego que se le adelantó Rutilio, conduce poco a poco los suyos a una llanura, y mientras
el legado se daba prisa por llegar al río, que era su
designio, pudo él con su sosiego poner su gente en
orden según el caso lo pedía; y no omitió diligencia
para saber en qué se ocupaba por todas partes su
enemigo. Sabido, pues, que Rutilio había sentado su
campo y estaba sin cuidado, y viendo al mismo
tiempo que se aumentaba el estruendo de la batalla
de Jugurta, receloso de que si el legado lo llegaba a
entender, iría prontamente a socorrer a los suyos en
aquel peligro, extendió el frente de su tropa (que
hasta allí por lo poco que confiaba en ella había tenido muy unida) para impedir el paso a su enemigo
y en esa posición marcha hacia los reales de Rutilio.
Los romanos advierten de improviso una gran
polvareda, sin descubrir la causa, porque lo embara87
CAYO SALUSTIO
zaban los arbustos de que estaba vestida la campaña. Y aunque al principio juzgaron que sería polvo
que se levantaba con el viento, cuando observaron
que se mantenía en un estado y que se les iba acercando al paso que se movía el escuadrón, entendido
lo que era, toman apresuradamente las armas, fórmanse en batalla delante de los reales, según el orden que se les dio, y llegando a tiro, trábase con
gran vocería de ambas partes. Los númidas sólo
hicieron frente mientras tuvieron confianza de que
los elefantes les socorrerían; pero cuando vieron
que éstos, embarazados con las ramas y perdida su
formación a manos de los nuestros, echan precipitadamente a huir, y los más, arrojando las armas, se
escapan sin daño alguno al abrigo del collado y de la
noche, que comenzaba ya a cerrarse. Tomáronse
cuatro elefantes: el resto hasta cuarenta fueron
muertos. Los romanos, aunque cansados y rendidos
por el trabajo del camino, del acampamento y la
batalla, viendo que Metelo tardaba en llegar más de
lo que creían, vanse a encontrarle, así escuadronados como estaban, y prontos para cualquier acontecimiento, porque los engaños de los númidas no
permitían el menor descuido. Y al principio, cuando
llegaron cerca, con la oscuridad de la noche y el rui88
LA GUERRA DE JUGURTA
do que ambas partes hacían, comienzan unos y
otros a temer y alborotarse como si viniese el enemigo, y estuvo a pique, por esta incertidumbre, de
haber sucedido una gran fatalidad, si los caballos
avanzados de una y otra parte no hubiesen aclarado
lo que era; con lo que el miedo que tenían se trocó
repentinamente en gozo. Los soldados alegres llámanse unos a otros por sus nombres; cuéntanse
mutuamente las particularidades del suceso; cada
uno pone en las nubes sus hazañas, que esta es la
condición humana: jactarse y gloriarse en la victoria
aun los cobardes, y, al contrario, abatir a los valerosos las desgracias.
Metelo habiendo permanecido cuatro días en el
acampamento de Rutilio, cura con gran diligencia a
los heridos, premia según la costumbre militar a los
que se habían distinguido en las dos acciones, alaba
y da gracias en público a todos y les exhorta «a que
se porten con igual valor en lo que resta, que es cosa
ya ligera. Díceles, que bastante han peleado ya por la
gloria de vencer, que lo que falta de trabajo ha de
ser para enriquecerse con la presa. Entretanto envía
algunos desertores y otros sujetos a propósito para
explorar por dónde iba y lo que meditaba Jugurta, si
tenía poca gente o ejército formado, y cómo se go89
CAYO SALUSTIO
bernaba después de vencido. Por ellos supo haberse
retirado a lugares fragosos y fuertes por naturaleza,
y que allí juntaba un ejército mayor en número que
el primero, pero de gente bozal, de poco valor y
más para el campo y los ganados que para la guerra.
Nacía esto de que entre los númidas nadie sigue a su
rey en las derrotas, a excepción de los caballeros de
la guardia real; los demás vanse cada uno adonde
quiere, sin que esto se tenga por delito militar. Así lo
llevan sus costumbres. Viendo, pues, Metelo que ni
aun entonces había el rey perdido el ánimo y que se
iba a emprender de nuevo una guerra, que era preciso hacerla dónde y cómo Jugurta quisiese; que era
muy desigual su partido y el de sus enemigos, porque aun siendo éstos vencidos, perdían menos que
los vencedores, determinó proseguir la guerra, no
con batallas ni peleas, como hasta entonces, sino
por un rumbo diferente. Vase, pues, a las ciudades
más ricas de Numidia: tala sus campos; toma y abrasa muchas villas y castillos poco fortificados o que
estaban sin guarnición; manda pasar a cuchillo a
cuantos puedan tomar las armas, y todo lo demás lo
da al saco a los soldados. Con este miedo se entregaron muchos por rehenes a los romanos, se
aprontó trigo y lo demás de servicio en abundancia
90
LA GUERRA DE JUGURTA
y se puso guarnición donde se creyó conveniente;
cuyas calamidades hacían más impresión en el ánimo del rey que la pasada derrota. Porque teniendo
puesta toda su esperanza en evitar los encuentros
con Metelo, se veía precisado a seguirle, y no pudiendo aún defenderse en los lugares ventajosos,
tenla que hacer la guerra en los que le eran poco
favorables. Resuelve, no obstante esto, lo que en
aquel apuro le pareció mejor, es a saber, que el grueso del ejército le aguardase en los sitios donde solía
estar: él, con la caballería escogida sigue a Metelo, y
caminando de noche por veredas desusadas, sin que
nadie le observase, acomete improvisamente a los
romanos, que andaban derramados: mata a los más
de ellos que halló sin las armas, cautiva a muchos; ni
uno siquiera se escapó sin herida, y antes que de los
reales puedan socorrerles, se retiran los númidas, según el orden que tenían, a los montes inmediatos.
Entretanto habla gran regocijo en Roma por las
noticias que se tenían de Metelo: es a saber, por su
buena conducta y haber gobernado a su ejército a
semejanza de sus mayores, y porque, sin embargo,
de serle contrario el lugar de la batalla había por su
esfuerzo salido vencedor, apoderándose de la tierra
del enemigo y obligado a Jugurta (a quien la flojedad
91
CAYO SALUSTIO
de Aulo había hecho insolente) a librar toda la esperanza de salvarse en la aspereza de los montes o en
la fuga. Y así el Senado manda que por estos sucesos felices se den gracias públicamente a los dioses
inmortales; y la ciudad, antes sobresaltada y cuidadosa del éxito de la guerra, se alegra y explaya, ensalzando el nombre de Metelo. Éste, por lo mismo,
se aplica con más empeño a terminar la guerra, y no
omite diligencia para ello; pero cuidando mucho de
no dar ocasión de que le asaltase el enemigo, y teniendo presente que a la gloria sigue comúnmente la
envidia. De esta suerte, cuanto era su crédito mayor,
andaba más vigilante y cuidadoso; ni permitía después de la sorpresa de Jugurta que los soldados derramados saliesen a pillaje; antes bien, hacía que los
escoltasen las cohortes y toda la caballería, cuando
había falta de forrajes o de trigo. Parte del ejército
mandaba Metelo por sí mismo, el resto Mario, y
ambos asolaban la campaña, no tanto con las correrías, como a fuego. Acampaban separadamente,
aunque a poca distancia uno de otro. Cuando era
necesaria fuerza, se juntaban; pero a fin de esparcir
más lejos el terror y la fuga, tomaba cada uno su
rumbo. Entretanto Jugurta seguía sus pasos por los
montes, buscando lugar y ocasión de sorprenderlos;
92
LA GUERRA DE JUGURTA
destruía los pastos y las pocas fuentes que había por
la parte que entendía que habían de pasar; presentábase unas veces a Metelo, otras a Mario, picando
nuestra retaguardia y retirándose inmediatamente a
los montes; ahora amagaba a unos, luego a otros, sin
hacernos guerra, ni dejarnos quietos, con sólo el fin
de entretener y apartar de su intento al general.
Éste, viendo que se le inquietaba con falsas
alarmas y que el enemigo huía la batalla, resuelve
conquistar a Zama, ciudad grande y llave por aquella
parte del reino; juzgando, como era natural, que Jugurta iría en socorro de los sitiados y que allí vendría con él a las manos. Pero éste entendió por
nuestros desertores lo que se le preparaba, y anticipándose a fuerza de marchas a Metelo, exhorta a los
ciudadanos de Zama a la defensa y refuerza su
guarnición con los desertores mismos, gente para el
caso la más segura de todas sus tropas, porque no
podía engañar sino a gran riesgo. Ofréceles sobre
esto que él irá en persona y con ejército a socorrerlos, cuando sea tiempo. Dispuestas así las cosas, retírase a unos lugares muy fuera de comunicación;
pero habiendo poco después sabido que Mario con
algunas cohortes había sido enviado desde el camino de Zama por trigo a Sica, que era la primera ciu93
CAYO SALUSTIO
dad que después de la derrota había abandonado a
Jugurta, encaminase allá de noche con su caballería
escogida y traba en las mismas puertas de ella la pelea con los nuestros, que iban ya saliendo; exhorta al
mismo tiempo en alta voz a los sicenses «que los
acometan por las espaldas; díceles que la fortuna les
ha puesto en las manos la más bella ocasión para
una acción gloriosa, y que haciéndolo así, asegurará
él su reino y ellos su libertad y su quietud para
siempre. Y a la verdad si Mario no se hubiera echado tan presto sobre el enemigo con sus banderas y
salido de la ciudad, todos los más de los sicenses
hubieran sin duda alguna mudado de partida; tal es
la inconstancia de los númidas. Los soldados de
Jugurta, habiendo sido algún tanto sostenidos con
su presencia, cuando ven que el enemigo los estrecha con fuerzas superiores, se retiran huyendo con
pérdida de pocos.
Mario llega después a Zama. Estaba esta ciudad
situada en una llanura, y así era más fuerte por arte
que por naturaleza. Tenía muchas armas, numerosa
guarnición y cuanto era necesario para la defensa.
Metelo, prevenidas las cosas, según el tiempo y el
lugar lo permitían, cerca la muralla con su ejército,
señala a los legados dónde debía cada uno mandar;
94
LA GUERRA DE JUGURTA
y dada la señal del asalto, levántase por todas partes
gran gritería. Los númidas no por eso se amedrentan, antes bien fieros y resueltos se mantienen en sus
puestos sin turbarse; trábase la pelea. Los romanos,
cada cual a su modo, arrojaban desde lejos piedras y
balas de plomo contra los defensores; sucedíanse
unos a otros, ya zapando, ya escalando el muro, con
deseo de llegar a las manos. Por el contrario, los de
la ciudad dejaban caer grandes piedras sobre los que
se acercaban y les arrojaban jaras, chuzos y teas embreadas con pez y azufre ardiendo. Ni el miedo ponía del todo en salvo a los que estaban apartados,
porque a muchos de ellos herían las armas arrojadas
a mano o disparadas con máquinas; y así valerosos y
cobardes, aunque desiguales en gloria, corrían igual
riesgo.
Mientras se peleaba así en Zama, Jugurta acomete de improviso con gran número de gente nuestros reales, y hallando a los que estaban de guardia
descuidados y muy ajenos de pensar que podían ser
sorprendidos, penetra por una de las puertas. Los
nuestros poseídos de repentino espanto, mira cada
cual por sí, según era su valor; huyen unos, otros
toman las armas, los más son heridos o muertos.
Cuarenta hubo solos en toda aquella muchedumbre,
95
CAYO SALUSTIO
que acordándose del nombre romano, tomaron hechos una pifia un puesto algo superior, de donde
jamás los enemigos, por más esfuerzos que hicieron,
pudieron desencastillarlos; antes bien, revolvían
contra ellos los mismos dardos que les arrojaban,
sin errar golpe, por ser muchos en quienes ponían la
mira, y si los númidas se les acercaban, allí era donde más descubrían su valor y donde con mayor esfuerzo los herían y desbarataban, haciéndolos
retroceder. Metelo, que se hallaba entonces en lo
más vivo de la acción, oye detrás de si la gritería y
estruendo del enemigo, y revolviendo el caballo, ve
gentes que huían hacia él, lo que le hizo conocer que
eran los suyos. Envía, pues, sin tardanza a los reales
toda la caballería y tras ella a Cayo Mario con las
cohortes auxiliares, y arrasados sus ojos de lágrimas,
le ruega «por su amistad y por el honor de la república, que no permita quede ignominia alguna en el
ejército ya vencedor; ni que se vayan los enemigos
sin castigo. Mario ejecuta al punto lo mandado. Jugurta, embarazado con el atrincheramiento de los
reales (porque unos caían en el foso, otros con la
prisa de salir por los portillos angostos se impedían
mutuamente), retirase a lugares fuertes con pérdida
de muchos, y Metelo, muy cerca ya de la noche,
96
LA GUERRA DE JUGURTA
vuelve al campamento con su ejército, sin haber
adelantado nada en el sitio.
El día siguiente, antes de salir al combate, manda formar la caballería delante de los reales en el
paraje por donde solía venir el rey; encarga la guarda de las puertas y sus inmediaciones a los tribunos;
él se encamina a la ciudad y asalta como el día antecedente la muralla. Jugurta, entretanto, desde una
emboscada, se echa de repente sobre los nuestros.
Los primeros con quienes dio, desordénanse algún
tanto atemorizados; los otros acuden prontamente
al socorro. Ni hubieran podido resistir mucho los
númidas, sino por su infantería, que entretejida con
los caballos hizo en los nuestros gran estrago en el
primer encuentro; a cuyo abrigo la caballería (contra
su costumbre de embestir y retirarse luego) acometía
de frente, se mezclaba con los nuestros y desordenaba las líneas; y así deshechas y casi ya vencidas las presentaba a su infantería suelta y expedita.
Al mismo tiempo en Zama se peleaba con gran
furia. Donde acertaba a hallarse legado o tribuno,
allí era el empeño mayor: nadie fiaba sino de sus
manos. Lo mismo hacían los defensores, peleando y
acudiendo a todas partes, ansiosos más de herir al
enemigo que de resguardarse. Olase un confuso
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CAYO SALUSTIO
clamor de exhortaciones, alegrías y gemidos; llegaba
al cielo el estruendo de los golpes; cruzábanse por el
aire las armas arrojadizas. Los que guardaban la muralla, si acaso los nuestros aflojaban un momento en
el combate, miraban atentamente la batalla de la caballería que se descubría desde allí. Viéraselos ya
alegres, ya caídos de ánimo, según iban las cosas de
Jugurta; y como si pudiesen ser oídos o vistos de los
suyos, los animaban y exhortaban, haciéndoles señas con las manos y ademanes con sus cuerpos,
moviéndose ya hacia éste, ya hacia el otro lado, como que se desviaban de los tiros del enemigo, o
como que disparaban los suyos. Visto esto por Mario, que se hallaba en aquella parte, comenzó con
estudio a aflojar algún tanto, fingiendo que desconfiaba del suceso y dejando a los sitiados gozar a
todo su placer de aquel espectáculo. Pero cuando
más embebecidos los tenía el afecto a los suyos,
asalta de repente la muralla con gran furia; y ya los
que la escalaban habían casi llegado a las almenas,
cuando acudiendo de todas partes los defensores,
arrojan sobre ellos un diluvio de piedras, fuego, dardos y otras armas. Los nuestros resistían al principio; pero rotas muchas de las escaleras, dieron en
tierra los que subían por ellas; el resto se salvó co98
LA GUERRA DE JUGURTA
mo pudo, pocos de ellos sanos, los más atravesados
de heridas. La noche hizo cesar de ambas partes la
batalla.
Viendo Metelo frustradas sus ideas y que ni la
ciudad se tomaba, ni Jugurta quería pelear sino por
sorpresa o en lugares ventajosos, y que ya se había
pasado el estío, levanta el sitio de Zama, pone guarnición en las ciudades que se le habían entregado y
eran bastante fuertes por su situación o por sus murallas, y acuartela el resto de su ejército en la parte
de la provincia romana más cercana a la Numidia,
para que invernase allí. Pero ni en ese tiempo estuvo
ocioso, ni entregado, como otros suelen, al regalo,
sino antes bien, visto que la guerra se adelantaba
poco con la fuerza, resuelve valerse de los amigos
del rey para tenderle lazos y usar de perfidia en vez
de armas. Tienta, pues, con grandes promesas a
aquel Bomílear que dijimos había estado con Jugurta en Roma, y que, sin embargo, de hallarse
afianzado por la muerte de Masiva, se había ocultamente substraído al juicio con la fuga, el cual por la
gran confianza que de él hacía el rey tenía gran
proporción para engañarle, y logra desde luego de él
que vaya en secreto a verle. Asegúrale después con
su palabra que, si le entrega vivo o muerto a Jugurta,
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CAYO SALUSTIO
el Senado le perdonará y dejará toda su hacienda, y
le persuade a ello fácilmente, ya por su natural infiel,
ya porque temía que, si llegaba a hacerse la paz, una
de las condiciones sería que le llevasen al suplicio.
Llégase, pues, en la primera ocasión que tuvo a
Jugurta, que andaba acongojado y lastimándose de
sus trabajos, y le exhorta y ruega con lágrimas, «que
mire al fin por sí y por sus hijos y también por sus
númidas, que tan acreedores a ello eran. Dícele que
no ha habido batalla en que no hayan sido vencidos;
que la campaña está asolada, la gente cautiva y
muerta, las fuerzas del reino arruinadas; que hartas
pruebas tiene ya hechas del valor de sus soldados y
de la fortuna; y, finalmente, que no dé lugar con su
tardanza a que los númidas se le anticipen. Con estas y otras razones induce al rey a que se entregue.
Envíanse mensajeros a Metelo para hacerle saber
que Jugurta hará cuanto se le mande, y que desde
luego se pone a sí y a su reino en sus manos a discreción y sin pacto alguno. Metelo manda que vengan al instante de los cuarteles cuantos había en
ellos del orden senatorio, con quienes, y con otros
que creía a propósito, tiene su consejo; y tomada
resolución en él, según la costumbre de los mayores,
manda a Jugurta que apronte doscientas mil libras
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LA GUERRA DE JUGURTA
de plata, todos los elefantes y algunos caballos y
armas. Hecho esto sin la menor tardanza, ordena
que se le traigan atados todos los desertores. Tráesele gran parte, según lo acordado: algunos de ellos,
desde que empezó a tratarse de entrega, se habían
pasado al rey Boco a la Mauritania. Jugurta, viendo
que sobre haberle despojado de sus armas, gente y
dinero, le mandaban presentar en Tisidio para oír lo
que debería hacer, comenzó a vacilar de nuevo y a
temer por su mala conciencia el merecido castigo.
Finalmente, habiendo entre estas dudas pasado muchos días, pareciéndole unas veces cualquiera suerte
más llevadera que la guerra, por el tedio con que
miraba su fortuna, y otras, considerando entre si
cuán dura cosa era pasar de re a siervo, después de
haber perdido infructuosamente y lo más y mejor de
sus fuerzas, emprende de nuevo la guerra. En Roma, entretanto, el Senado, siendo consultado acerca
de la distribución de las provincias, prorrogó a Metelo la Numidia.
Por el mismo tiempo en útica, estando acaso
Mario haciendo sus sacrificios, le dijo el arúspice
«que las víctimas le pronosticaban cosas grandes y
portentosas, y así que llevase adelante sus ideas, fiado en el favor de los dioses, y se entregase sin mie101
CAYO SALUSTIO
do a la fortuna, que todo le sucedería felizmente.
Pero a él ya antes de esto le traía muy inquieto su
deseo de llegar al consulado, para cuyo logro, a excepción de no ser antigua su familia, le sobraban
méritos personales, esto es, industria, bondad, gran
pericia militar, presencia de espíritu en la guerra,
frugalidad en la paz, genio superior a los placeres y
riquezas, y únicamente amante de la gloria. Era natural de Arpino, donde pasó su primera edad; y luego que fue capaz de la milicia, hizo profesión de
ella, sin cuidar de cultivar su ánimo con la elocuencia griega, ni con los modales o cortesanías de Roma, y de esta suerte su noble ingenio, con la buena
crianza y costumbres, adelantó mucho en breve
tiempo. Por lo que no bien hubo acabado de pedir
al pueblo el empleo de tribuno militar, cuando, sin
conocerle los más de rostro, le eligieron por aclamación todas las tribus, pues era notoria su reputación y fama. De éste fue pasando sucesivamente a
otros magistrados, y siempre se hubo en ellos de tal
suerte, que generalmente le juzgaban digno de otro
mayor. Con todo eso, un hombre tan grande hasta
aquel punto (porque después le precipitó su ambición) no tenía valor para pedir el consulado, porque
aún entonces pasaba la nobleza de mano en mano
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LA GUERRA DE JUGURTA
este empleo entre los de su cuerpo, como dividía
entre si la plebe otros magistrados; ni había hombre,
por grande que fuese su fama y sus servicios, a
quien, si no era noble, no tuviera el pueblo como
por tachado y poco a propósito para aquel honor.
Viendo, pues, Mario que la respuesta del arúspice le conducía al término mismo de sus deseos, ruega a Metelo le dé licencia para pasar a Roma a su
pretensión. Metelo, aunque tan virtuoso, ilustre y
lleno de las más envidiables prendas, era, como de
ordinario son los nobles, de un genio despreciador
y altivo, y así alterado al principio por ver una cosa
tan extraña, comenzó a maravillarse de su modo de
pensar y a rogarle en tono de amigo «que no intentase una cosa tan fuera de camino, ni aspirase a lo
que era sobre su esfera. Díjole que no era todo para
todos, que se contentase con su suerte, y últimamente, que no se expusiese pidiendo al pueblo romano una cosa que, sin hacerle agravio, podría
negarle. Pero viendo que ni éstas ni otras tales razones hacían mella en el ánimo de Mario, le respondió
«que luego que lo permitiesen los negocios públicos,
le daría el permiso que pedía, e importunándole aún
Mario, cuentan que le añadió: que no se diese tanta
prisa a marchar, que harto llegaría a tiempo de pedir
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CAYO SALUSTIO
el consulado, cuando lo pidiese también su hijo.
Podría éste tener entonces veinte años y militaba a
la sazón en el ejército, bajo el mando y disciplina de
su padre. Esta respuesta inflamó vehementemente a
Mario, ya para conseguir el honor a que aspiraba, ya
especialmente contra Metelo, y así dejándose arrastrar de dos malísimos consejeros, la ambición y la
ira, no ponía reparo en decir ni hacer cuanto creía
conducente a sus designios. Tenía a los soldados de
su cargo en los cuarteles de invierno con menos
severa disciplina que hasta entonces; hablaba de la
guerra entre los mercaderes, de que había gran muchedumbre en titica; zahiriendo a Metelo y ensalzándose a sí, decía: «que con la mitad del ejército
tendría él dentro de pocos días a Jugurta en cadenas;
que el general alargaba de propósito la guerra, porque como era hombre hueco y de un fausto casi real,
estaba muy bien hallado con el mando. Todo esto
como era según el paladar de los mercaderes (porque con haberse alargado la guerra, se habían arruinado sus caudales), se les hacía muy creíble; y para
quien desea con ansia, no hay diligencia que baste.
Había, además de esto en nuestro ejército, cierto
númida llamado Gauda, hijo de Manastabal y nieto
de Masinisa, al cual Micipsa en su testamento había
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LA GUERRA DE JUGURTA
dejado heredero en segundo lugar, hombre de salud
muy quebrantada, y por esta razón, de juicio no del
todo cabal. Pretendía éste que Metelo le hiciese poner silla junto a sí, según se acostumbra con los reyes, y que le señalase para su guardia cierto número
de caballeros romanos. Metelo le había negado uno
y otro; la silla, porque era distinción que sólo se
concedía a los reyes que el pueblo había reconocido
por tales; la guardia, porque le parecía indecoroso
que caballeros romanos la hiciesen a un númida.
Introdácese, pues, Mario con este hombre, que andaba acongojado, y le exhorta a que con su ayuda
pida al pueblo romano satisfacción de los desaires
que el general le hacía; y como por sus achaques
tenía el juicio débil, le engríe fácilmente, lisonjeándole «con que era rey, personaje de gran cuenta y
nieto de Masinisa, y que si llegaba el caso de que
Jugurta fuese muerto o preso (lo que sucedería tan
presto como le enviasen a él después de cónsul a esa
guerra), obtendría inmediatamente el reino de Numidia. Por este medio logra inducirle, y también a
los caballeros, soldados y mercaderes romanos; a
unos por el crédito que tenía y a los más con la esperanza de la paz, para que escriban a Roma a sus
amigos y parientes, quejándose del gobierno de
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CAYO SALUSTIO
Metelo y pidiendo por general de aquella guerra a
Mario, que era lo mismo que pedir por un medio
honradísimo que le hiciesen cónsul; y esto en un
tiempo en que la plebe, habiendo con la ley Mamilia
logrado abatir a la nobleza, procuraba colocar en los
empleos a los suyos. De esta suerte todo se le iba
disponiendo bien a Mario.
Jugurta entretanto, después que abandonado el
pensamiento de la entrega volvió a la guerra, prevenía con gran diligencia lo necesario para ella; juntaba ejército, solicitaba, ya por vía de amenazas, ya
con premios, reducir a su obediencia las ciudades
que le habían desamparado; fortificaba los sitios
ventajosos, reparaba o compraba de nuevo armas
de todos géneros y lo demás de que con la esperanza de la paz se había despojado; atraía a su servicio
a los esclavos de los romanos y procuraba ganar
con dinero hasta a los mismos soldados de las
guarniciones; en suma, todo lo tentaba y revolvía,
sin dejar piedra por mover. En Vaca, pues, donde
Metelo en los principios, cuando Jugurta andaba en
tratos de paz, había puesto guarnición, los principales ciudadanos (porque el vulgo en todas partes, y
más entre los númidas, siempre es voluble, alborotado, rencilloso, amigo de novedades y contrario de
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LA GUERRA DE JUGURTA
la pública quietud), importunados por los ruegos de
su rey, de quien más por fuerza que de su voluntad
se habían separado, fraguan entre sí una conjuración
contra los romanos; y cuando tuvieron las cosas ya
dispuestas, determinan su ejecución para el tercer
día, que por ser festivo y célebre en todo el África,
prometía juegos y regocijos más que recelos ni temores. Llegado que fue, convidan a comer a sus
casas a los centuriones, a los tribunos y al mismo
gobernador de la ciudad, Tito Turpilio Silano, cada
cual al suyo; y mientras comían mátanlos a todos, a
excepción de Turpilio. Después acometen a los soldados, que por ser el día que era andaban derramados, sin armas y sin caudillo. Lo mismo hace el
vulgo; parte sabedor por medio de la nobleza de lo
que se trataba, otros por genio e inclinación a semejantes revueltas, los cuales, aun ignorando lo que
hacían y el fin a que aquello se dirigía, gustaban del
tumulto y de las novedades por sí mismas.
Los soldados romanos, sobrecogidos con el repentino miedo, sin acertar ni saber qué hacerse, corren turbados al alcázar de la ciudad, donde tenían
sus banderas y escudos; pero la guarnición enemiga,
que lo había ocupado y cerrado de antemano las
puertas, se lo impedía. Además de esto, las mujeres
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CAYO SALUSTIO
y niños echaban a porfía desde los terrados piedras
y cuanto les venía a las manos, de suerte que ni podían precaverse contra un riesgo que les cercaba por
todas partes, ni resistir unos hombres tan esforzados al sexo y edad más débiles; y así buenos y malos, valerosos y cobardes, murieron igualmente sin
poder tomar satisfacción. En medio de tantas dificultades, estando encarnizados los númidas y cerradas todas las puertas de la ciudad, Turpilio, su
gobernador, fue el único que escapó sin lesión. Si
fue esto compasión que de él tuvo el que le hospedó
en su casa, o bien concierto o casualidad, no he podido averiguarlo; sólo sí me parece que quien en una
adversidad tan grande estimó más vivir afrentado
que morir con reputación, debe tenerse por hombre
infame y detestable.
Metelo, cuando supo lo de Vaca, retírase un poco a su estancia con la pesadumbre; pero luego que
ésta dio lugar a la ira, dispónese con el mayor cuidado a vengar prontamente la injuria; saca de sus
cuarteles al mismo ponerse el sol la legión con que
invernaba, y cuantos más númidas de a caballo encontró apercibidos, y al día siguiente, cerca de las
nueve de la mañana, llega a cierta llanura rodeada de
pequeños collados, y haciendo allí alto, dice a su
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LA GUERRA DE JUGURTA
tropa (que cansada con lo largo de la marcha rehusaba ya obedecer) «que Vaca no distaba sino una
milla, que era honor suyo sufrir constantemente lo
que restaba de trabajo hasta vengar a sus valerosos y
desgraciados conciudadanos. Ofrécela además de
esto liberalmente la presa, con lo que, alentados los
soldados, ordena que la caballería ocupe la vanguardia del escuadrón y la infantería se estreche lo
más que pueda y oculte sus banderas.
Los de Vaca, cuando echaron de ver que se encaminaba un ejército hacia ellos, al principio creyendo que fuese Metelo, como era la verdad,
cerraron las puertas, pero luego que vieron que ni la
campaña se talaba y que los que venían en las primeras filas eran númidas de a caballo, de nuevo hicieron juicio que era Jugurta y salen con gran
contento a recibirle. Nuestra caballería e infantería,
habiéndose de repente dado la señal, unos hieren a
su placer en aquella muchedumbre derramada, otros
vanse a toda prisa a ocupar las puertas y apoderarse
de las torres, venciendo la ira y la esperanza del
despojo el gran cansancio que tenían. De esta suerte
los de Vaca no gozaron sino dos días del fruto de
su perfidia, y esta ciudad grande y opulenta fue pasada enteramente a cuchillo y saqueada. Turpilio, en
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CAYO SALUSTIO
otro tiempo su gobernador, que como dijimos fue el
único que escapó de ella, siendo mandado comparecer y dar sus descargos, no habiendo parecido a
Metelo suficientes, después de sentenciado y azotado, pagó con su cabeza, por ser ciudadano del Lacio.
Por el mismo tiempo Bomílear, autor del pensamiento de la entrega (que Jugurta, medroso, abandonó después de comenzada), siendo desde aquella
hora sospechoso al rey, y él también teniéndose por
poco seguro, deseaba que las cosas se mudasen y
buscaba ocasiones de perderle, fatigándose en ello
día y noche, hasta que, tentando cuantos medios
pudo, logra ganar a Nabdalsa, hombre ilustre, famoso por sus riquezas y bienquisto de sus compatriotas, el cual solía mandar un ejército distinto al del
rey y despachar por sí todos los negocios que Jugurta no podía, por estar cansado o ocupado en
otros mayores, lo que le produjo crédito y riquezas.
Queda, pues, por consejo de ambos acordado el día
para la traición, dejando pendiente lo demás para
resolverlo en la ocurrencia, según el caso lo pidiese.
Pártese Nabdalsa a su ejército, que, según el orden
de Jugurta, tenía apostado entre los cuarteles de los
romanos, a fin de que no pudiesen talar a su salvo la
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LA GUERRA DE JUGURTA
campaña. Pero después, acobardado por lo grande
del empeño en que se había metido y temeroso del
éxito, no acudió al plazo señalado. Bomílear a un
mismo tiempo, atormentado del deseo de llevar al
fin su empresa y receloso de su compañero, no fuera que arrepentido del concierto tomase otras medidas, escríbele con persona de su satisfacción una
carta en que le trataba de cobarde y flojo; pónele
delante a los dioses, por cuya fe había jurado, y le
dice «que no haga de suerte que las promesas de
Metelo se vuelvan en su daño. Añade que Jugurta de
todos modos ha de morir presto; que el punto está
en si ha de ser a sus manos o por el valor de Metelo,
y así que reflexione bien si quiere más la recompensa o el suplicio.
Cuando llegó esta carta, se hallaba casualmente
Nabdalsa reposando en su lecho, por hallarse fatigado del ejercicio, y viendo lo que Bomilcar le decía,
le sobrecogió el cuidado y luego el sueño, como sucede a un ánimo apesadumbrado. Tenía consigo
Nabdalsa un númida que le ayudaba en sus negocios, hombre fiel, a quien amaba mucho, y era sabedor de todos sus secretos, excepto éste. El númida
apenas entendió que había llegado una carta, creyendo, como en otras ocasiones, que para el despa111
CAYO SALUSTIO
cho de ella sería necesaria su asistencia y consejo,
entra en la tienda de Nabdalsa y hallándole dormido, toma la carta que sin reflexión había puesto en la
cabecera de la cama sobre la almohada; léela y vista
la traición que se tramaba contra su rey, vase inmediatamente a darle cuenta. Despierta poco después
Nabdalsa; y cuando se halla sin la carta y entiende
cuanto había pasado, primero intenta alcanzar y
detener al que iba con la noticia, y no habiendo podido lograrlo, vase a Jugurta para aplacarle y decirle
«que la perfidia de aquel confidente suyo se le había
anticipado a hacer lo mismo que él pensaba, pídele
con muchas lágrimas, por su amistad y buenos servicios hasta entonces, que no entre en sospecha de
él sobre aquel hecho.
El rey le responde plácidamente, pero muy
contra lo que pensaba en su interior, y con haber
hecho morir a Bomílcar y a otros muchos que supo
ser cómplices de la conjuración, desahogó algún
tanto su enojo, sin atreverse a más, por miedo de
que no se levantase con ocasión de eso algún tumulto. Desde este lance no tuvo ya Jugurta día o
noche alguna con sosiego; de nadie se fiaba, ni se
tenía por seguro en tiempo ni en paraje alguno; temía no menos a los suyos que a los enemigos; volvía
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LA GUERRA DE JUGURTA
frecuentemente el rostro a todas partes, sobresaltándose a cualquier ruido; dormía ya en un lugar, ya
en otro, muchas veces contra lo que pedía el real
decoro, y despertando a menudo, tomaba las armas
y lo alborotaba todo. De esta suerte su miedo le
traía como loca.
Metelo, luego que por los desertores supo la
desgracia de Bomílear y que se había descubierto lo
que se trataba, de nuevo se apercibe a la guerra con
la misma diligencia que al principio, y hecho cargo
de que Mario (el cual no cesaba de importunarle con
sus ruegos) no sería ya allí más de provecho, porque
sobre no serle agradable, se había estrellado con él
abiertamente, dale su licencia para partirse a Roma,
donde la plebe, habiendo entendido lo que las cartas
decían de Metelo y Mario, estaba con lo uno y lo
otro muy contenta, porque la calidad de noble, que
hasta allí había realzado al general, comenzó desde
entonces a hacerle odioso, y al contrario el nacimiento humilde de Mario le granjeaba crédito para
con el vulgo, bien que ni en uno ni en otro regían
para esto sus buenas o sus malas calidades, sino el
empeño de los partidos. Además de esto, los magistrados sediciosos no cesaban de alborotar al vulgo, atribuyendo en todas sus Metelo delitos capitales
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CAYO SALUSTIO
y ensalzando más y más arengas a el valor de Mario.
últimamente la plebe estaba tan acalorada, que todos
los artesanos y labradores que no tenían más crédito
ni bienes que el trabajo de sus manos, abandonando
sus haciendas, iban a casa de Mario y dejaban de
atender a sus familias por hacerle obsequio. De esta
suerte, consternada la nobleza, vino al fin a conferirse el consulado a este hombre de inferior condición, cosa que no se había visto largo tiempo; y el
pueblo, preguntado después por Lucio Manlio
Mantino su tribuno, ¿a quién quería por general
contra Jugurta?, dijo casi a una voz, que a Mario.
Por lo cual, aunque el Senado había poco antes decretado a Metelo la Numidia, no tuvo esta determinación efecto.
En el mismo tiempo Jugurta, habiendo perdido
a sus amigos, de los cuales los más había hecho él
matar y otros por miedo se habían pasado a los romanos o al rey Boco, viendo que no podía la guerra
hacerse sin oficiales y que era muy arriesgado hacer
experiencia de los nuevos, a vista de la deslealtad de
los antiguos, andaba dudoso y fluctuante, sin hallar
cosa ni resolución, ni persona alguna que le satisficiese; tomaba cada día rumbos distintos; mudaba
gobernadores; volvía unas veces el rostro al enemi114
LA GUERRA DE JUGURTA
go, otras se encaminaba a las soledades; su esperanza la ponía de ordinario en huir los encuentros, pero poco después en las armas, sin saber si fiaría
menos del valor o de la fidelidad de sus vasallos. De
esta suerte a cualquiera parte que se volvía, todo le
era contrario. Entre estas dilaciones sobreviene de
repente Metelo con su ejército. Jugurta dispone y
escuadrona a los númidas, según lo permitía el
tiempo, y comienza luego la batalla. Donde asistía el
rey hubo alguna resistencia; los demás al primer encuentro fueron rotos y ahuyentados, quedando los
romanos dueños de las banderas, de las armas y de
un pequeño número de enemigos; porque a éstos,
casi en todas las batallas, salvaba más su ligereza
que las manos.
Jugurta con la nueva desgracia, desconfiando
mucho más de sus cosas, encamínase con parte de
su caballería y los desertores a las soledades, y desde
allí a Tala, ciudad considerable y rica, donde estaban
los principales tesoros del rey y donde sus hijos se
criaban con gran magnificencia. Entendido esto por
Metelo, aunque no ignoraba que desde un río, que
tenía cerca, hasta Tala no se hallaban en el espacio
de cincuenta millas sino tierras áridas y despobladas, sin em-Jbargo, con la esperanza de acabar la
115
CAYO SALUSTIO
guerra, si lograba apoderarse de aquella ciudad, empéñase en superar todas las dificultades y vencer a la
naturaleza misma. Dispone, pues, que se descargue
todo el bagaje, a excepción del trigo necesario para
diez días, y que se traigan odres y otros vasos a propósito para conducir agua. Busca, además de esto,
en aquellos campos el mayor número que puede de
bestias de carga y acomoda en ellas vasijas de todos
géneros, las más de madera, recogidas en las chozas
de los númidas. Manda asimismo a los pueblos comarcanos que después de la derrota de Jugurta se le
habían entregado, acarrear cada uno la mayor porción de agua que pudiese, señalándose día y lugar
donde debían tenerla a punto, y él carga también su
bagaje del agua de aquel río, que, como dijimos, era
el más cercano a la ciudad. Con esta prevención se
encamina a Tala, y habiendo llegado al sitio donde
había mandado que le esperasen los númidas, y
puesto y fortificado en él su campo, dícese que llovió repentinamente tanto, que sólo aquel agua hubiera sido bastante y aun sobrada para el ejército.
Hubo también más víveres de lo que se esperaba,
porque los númidas, como es regular en los que de
nuevo se rinden, se mostraron muy oficiosos. Pero
nuestros soldados usaban más del agua llovediza,
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LA GUERRA DE JUGURTA
teniéndola por milagrosa, lo que les infundía mucho
ánimo, por persuadirse que cuidaban de su conservación los dioses inmortales. De esta suerte llegan el
siguiente día a Tala contra la expectación de Jugurta.
Los ciudadanos, que se tenían por seguros sólo por
lo inaccesible de aquel sitio, aunque espantados
viendo una cosa tal y tan extraña, no por eso dejaron de atender con el mayor cuidado a la defensa.
Lo mismo hacen por su parte los nuestros.
Pero Jugurta, viendo que nada sería ya difícil a
Metelo, después de haber vencido con su industria
la fuerza de las armas, la aspereza de los sitios, el
rigor de las estaciones y hasta la misma naturaleza,
árbitra de las cosas humanas, sálese de noche de la
ciudad con sus hijos y con gran parte de sus tesoros.
Ni después de esto se detuvo ya en lugar alguno más
que un día o una noche, pretextando pedirlo así sus
ocupaciones; pero en la realidad era por miedo que
tenía de alguna traición, la cual juzgaba que podría
evitar mudando frecuentemente sitios, porque semejantes tratos necesitan para fraguarse tiempo y
oportunidad. Pero Metelo, viendo que los ciudadanos se apercibían a la defensa y que la ciudad era
bastantemente fuerte por arte y por su situación,
cércala con su vallado y foso; manda adelantar los
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CAYO SALUSTIO
manteletes por los parajes que entre todos creyó
más oportunos; levanta un cordón de tierra y sobre
él algunas torres, desde las cuales pudiesen ser sostenidos los que asistían y gobernaban los trabajos
del sitio. Por el contrario, los defensores se prevenían y acudían con gran diligencia a todo; en suma,
ni unos ni otros dejaban cosa por hacer. Pero al fin
los romanos, aunque cansados de antemano con
tantos trabajos y batallas, a los cuarenta días de haber llegado a Tala se apoderaron de ella; mas no
gozaron de la presa, porque la habían destruido enteramente los desertores. Éstos, viendo que los
arietes comenzaban ya a hacer brecha en las murallas y que sus cosas no tenían remedio, llevan al palacio el oro, la plata y cuanto había precioso en la
ciudad, y cargados de vino y de comida lo abrasan
todo juntamente con el edificio, y ellos mismos se
entregan a las llamas, tomándose por sus manos el
castigo, que siendo vencidos pudieran temer de sus
enemigos.
Al mismo tiempo que se ganó Tala, llegaron a
Metelo mensajeros de la ciudad de Leptis, suplicándole «que les enviase guarnición y gobernador, porque cierto Amílcar, hombre noble y partidario
intentaba alborotarla y no hacía caso de las órdenes
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LA GUERRA DE JUGURTA
del magistrado, ni de ley alguna; y añadieron «que si
no daba pronta providencia, corría sumo ries o
aquella ciudad, su aliada. Porque en la realidad los
9leptitanos, desde el principio de la guerra de Jugurta, habían acudido primero al cónsul Bestia y
después a Roma a solicitar nuestra alianza y amistad;
y obtenida, siempre se mantuvieron firmes y leales,
haciendo con la mayor prontitud cuanto Bestia, Albino y Metelo les mandaron. Por esto no hubo dificultad en que el general les concediese lo que
pedían; y, en efecto, se les enviaron cuatro cohortes
de ligures y a Cayo Anio por su gobernador.
Fundaron esta ciudad los sidonios, que, según
es tradición, huyendo de su patria por las discordias
civiles, aportaron con sus naves a aquellas playas. Su
asiento está entre dos bajíos, llamados sirtes por los
efectos que causan, porque vienen a ser dos ensenadas que el mar forma cerca del confin del África y
del Egipto, y aunque en grandeza desiguales, la naturaleza de ambas es la misma; el mar cerca de las
riberas muy profundo; en lo interior lo es más o
menos, según lo da el caso, y en partes vadeable en
tiempo de borrascas, porque cuando comienza a
engrosarse y embravecerse, las olas llevan tras sí el
légamo, la arena y peñascos grandes, y de esta suer119
CAYO SALUSTIO
te, según es el embate de los vientos, mudan de aspecto aquellos mares. Llámanse estos bajíos sirtes,
porque atraen. El lenguaje antiguo de los leptitanos
estaba muy alterado por el comercio y matrimonio
con los númidas; no así sus leyes y costumbres, que
por lo común eran sidónicas, y las retuvieron fácilmente porque vivían lejos de donde el rey mandaba.
Entre este pueblo y la Numidia habitada no había
sino tierras incultas y desiertas.
Pero, pues nos han traído acá las cosas de los
leptitanos, no será extraño que yo cuente una ilustre
y memorable hazaña de dos cartagineses, que la
ocasión me ha hecho venir a la memoria. Cuando
los de Cartago poseían lo más del África, fueron
también grandes y opulentos los de Cirene. Había
entre estas dos ciudades una campaña arenosa y de
un aspecto igual, sin río ni monte alguno que pudieselas distinguir los límites de cada una, lo que ocasionó entre el grandes y prolongadas guerras. Pero
al fin, después de varías batallas y derrotas de ambas
partes por mar y tierra, y que unos y otros quedaron
algo quebrantados, temiendo que si sobrevenía un
tercero se apoderase de los vencidos y vencedores
ya cansados, hacen en tiempo de treguas el acuerdo
«de que en cierto día y hora salgan dos de cada pue120
LA GUERRA DE JUGURTA
blo y el lugar donde se encontraren sea el común
lindero de ambos. Envían los de Cartago dos hermanos, llamados Filenos, los cuales se dieron gran
prisa en caminar; los de Cirene no fueron tan diligentes, lo que si fue descuido o casualidad no he
llegado yo a averiguar. Lo cierto es que en aquellos
lugares suelen las tormentas detener a los que caminan, no menos que en el mar, porque arreciando el
viento en las campañas llanas y peladas, levanta del
suelo las arenas, y éstas, como si fueran disparadas,
llenan la boca y ojos de los caminantes y embarazándoles la vista los detienen. Viendo los cirenenses
que habían perdido algún terreno y temiendo que a
su vuelta serían por ello castigados, acusan a los de
Cartago de que han salido antes de la hora aplazada
y tiran a embrollar el negocio, dispuestos a pasar
por todo, antes que volverse vencidos a su patria.
Pero diciéndoles los cartagineses que propusiesen
cualquiera otra condición, con tal que fuese razonable, danles los de Cirene a escoger, «que o bien los
de Cartago han de ser enterrados vivos en aquel
sitio, puesto que quieren sea el término de su pueblo, o si no, que ellos pasarán adelante Filehasta
donde quieran bajo la misma condición. Losnos,
aceptado el partido, sacrificaron sus vidas por la re121
CAYO SALUSTIO
pública, y fueron allí enterrados vivos, en memoria
de lo cual los cartagineses dedicaron en aquel lugar
aras a los dos hermanos, y en Cartago les hicieron
otros honores. Vuelvo ahora a mi propósito.
Jugurta, perdida Tala, viendo que nada había
que pudiese resistir a Metelo, vase acompañado de
pocos, y atravesando unos desiertos grandes, llega a
los gétulos, gente fiera y sin cultura alguna, que ni
tenía entonces noticia del nombre romano; junta
gran número de ellos y los va poco a poco acostumbrando a escuadronarse, a seguir las banderas,
observar disciplina y hacer otros ejercicios militares.
Gana además de esto con grandes dones y mayores
promesas a los confidentes del rey Boco; y habiendo por su medio logrado introducirse con él mismo,
le induce a que tome las armas contra los romanos.
Esto fue llano y fácil de conseguir, por haber ya Boco en el principio de estas revueltas enviado a Roma
sus mensajeros solicitando nuestra alianza y amistad, cuya conclusión (que hubiera sido muy del caso
para la guerra) estorbaron algunos pocos, ciegos de
avaricia y acostumbrados a hacer granjería de todo,
bueno y malo. Concurría también el haber casado
antes Jugurta con hija de Boco, pero de este parentesco no se hace grande aprecio entre los númidas y
122
LA GUERRA DE JUGURTA
moros, porque cada uno, según sus facultades,
mantiene cuantas mujeres puede, quien diez, quien
más, pero los reyes en mucho mayor número; y de
esta suerte, dividido el afecto entre muchas, ninguna
es reputada por compañera individua de la vida;
todas son igualmente tenidas en poco.
Júntanse, pues, los ejércitos de los dos reyes en
el lugar que habían aplazado; y, dadas mutuamente
las seguridades, inflama Jugurta con una arenga el
ánimo de Boco, diciéndole: «que los romanos son
injustos, avarientos sin término y comunes enemigos de todos; que el mismo motivo tienen para hacer guerra a Boco que a él y a las demás gentes; es, a
saber, su antojo de mandar y su aversión a toda soberanía; que entonces guerreaban con él, poco antes
habían guerreado con los cartagineses y con el rey
Perseo y despues harían lo mismo con cualquiera
otro, sólo porque les pareciese muy poderoso. De
resulta de éste y otros discursos semejantes determinan ir a Cirta, donde Metelo había depositado el
despojo, los cautivos y el bagaje, creyendo Jugurta
que si se tomaba la ciudad, sería de grande importancia; y si Metelo intentaba socorrerla, vendrían a
las manos, porque, como tan astuto, ponía toda su
123
CAYO SALUSTIO
mira en que Boco rompiese presto con los romanos,
no fuese que si lo difería abrazase otro partido.
Metelo, sabida la alianza de los dos reyes, no se
presentaba ya sin precaución al enemigo, ni le daba
lugar de pelear en cualquier parte, como acostumbraba hacer, después de haberle tantas veces vencido, sino que los espera no lejos de Cirta en sus
reales bien fortificados, creyendo que sería mejor
tantear primero a los moros para pelear después
ventajosamente con este nuevo enemigo. Entretanto
sabe por cartas de Roma, que se había decretado a
Mario la Numidia, porque de lo del consulado tenía
ya noticia. Con esto, apesadumbrado más de lo que
era justo y correspondiente a su decoro, ni podía
contener las lágrimas, ni refrenar su lengua, y siendo, como era hombre grande en todo lo demás,
mostró en este accidente menos constancia que debiera. Esto lo atribuían unos a soberbia, otros decían que su buen natural se había inflamado por la
afrenta que se le hacía, y muchos que era porque se
le arrebataba la victoria que tenía ya en las manos.
Yo sé bien que le atormentó aún más el honor que
se había hecho a Mario que su particular injuria, y
que hubiera sido menor su sentimiento si la provin124
LA GUERRA DE JUGURTA
cia de que le separaban se hubiera dado a cualquiera
otro.
Embargado, pues, Metelo de la pesadumbre y
porque hubiera sido necedad cuidar con riesgo propio de la hacienda ajena, envía mensajeros a Boco
pidiéndole «que no quiera sin causa alguna hacerse
enemigo del pueblo romano; que le será muy fácil
obtener su amistad y alianza, la cual sin duda alguna
le estará mejor que la guerra; que por confiado que
esté de sus fuerzas, no es prudencia dejar lo cierto
por lo incierto; que las guerras se emprenden fácilmente, pero no se acaban sino con gran dificultad,
por no pender de uno mismo el fin que el principio
de ellas; que provocar puede aún el más cobarde,
pero hacer la paz está en mano del vencedor; y así,
que mirase por sí y por su reino y no quisiese mezclar sus cosas florecientes con las de Jugurta desesperadas. Boco respondió a esto cortésmente «que él
deseaba la paz, pero que se compadecía de la desgracia de Jugurta; que si a éste se le diese el arbitrio
que a él, todo se compondria. De nuevo Metelo le
envía su embajada para satisfacer a esta demanda, y
el rey se convenía en algunas cosas, pero rehusaba
otras. Do esta suerte, yendo y viniendo mensajeros,
125
CAYO SALUSTIO
se iba pasando el tiempo y en la guerra nada se innovaba, que era el designio de Metelo.
Mario en Roma, que, según dijimos, había sido
hecho cónsul con tanto aplauso y aclamación de la
plebe, después de haberle el pueblo decretado la
Numidia, explicó más y con mayor desenfreno su
antiguo aborrecimiento a la nobleza, ultrajando en
particular y en común a muchos, y diciendo a cada
paso: «que su consulado era el despojo de la victoria
que había conseguido de los nobles, con otras expresiones jactanciosas hacia sí y para ellos MUY
amargas. Entretanto su primer cuidado era el disponer lo necesario parala guerra, pedir que se le completasen las legiones, solicitarlos socorros de los
reyes, de los pueblos y de los confederados. Convidaba además de esto a cuantos había esforzados en
el Lacio, que la mayor parte eran sus conocidos
porla milicia, pocos sólo por fama; y a fuerza de
ruegos y promesas obligaba aún a los que estaban ya
jubilados a que le acompañasen. Ni el Senado, aun
siéndole contrario, se atrevía a negarle nada, y en lo
del suplemento de las legiones vino muy gustoso;
porque como sabia que la plebe rehusaba ir a la guerra, se figuraba que o no habla de hallar Mariogente
para ella o el vulgo, si quería obligarle, le perdería la
126
LA GUERRA DE JUGURTA
afición. Pero no sucedió así; tal era el deseo que tenían los más de acompañar a Mario, prometiéndose
cada uno se haría rico con los despojos de la guerra
y que volvería a su casa victorioso. Con tales pensamientos se lisonjeaban; y sobre esto Mario los
había acabado de envanecer con una arenga que les
hizo. Porque habiendo obtenido cuanto pedía, y
estando para alistar la gente a fin de animarla y dar
quesentir a la nobleza, según su costumbre, juntó al
pueblo y le habló de esta suerte:
«Sé bien, ¡oh quirites!, que por lo regular es muy
otra la conducta de los que os piden los empleos
que la que observan después de haberlos conseguido; que al principio se muestran oficiosos, tratables,
contenidos, pero después pasan la vida entregados
al ocio y la soberbia. Yo pienso muy de otra suerte,
porque cuanto es de más consideración el todo de la
república que el consulado o la pretura, tanto debe
ponerse más cuidado en la administración de aquélla que en la solicitud de estos empleos. Conozco
asimismo el gran peso que habéis puesto sobre mí,
con haberme hecho el mayor honor que podíais;
que debo hacer la guerra, sin llegar, si se puede, al
erario; obligar a que militen aquellos a quienes en
nada quisiera disgustar; atender a todo en Rorna y
127
CAYO SALUSTIO
fuera; y haber de hacer esto, estando rodeado de
gentes que me aborrecen, que se oponen, que todo
lo alborotan, creed, quirítes, que es más dificil de lo
que parece. Añádese, que a otros, si delinquen, su
antigua nobleza, los hechos de sus mayores, el poder de sus deudos y allegados y los muchos a quienes han favorecido, los sostienen.. Yo no tengo más
esperanza que en mí mismo; y así es preciso mantenerla con mi valor y conducta, porque todo lo demás es muy endeble. También sé, ¡oh quirites!, que
toda Roma tiene puestos en mí los ojos; que la gente
de bien me favorece, porque ve que mi proceder
trae gran cuenta a la república; que, por el contrario,
la nobleza busca portillo por donde entrarme. Por
lo mismo, debo yo insistir con más empeño en que
vosotros no quedéis burlados y ellos en vano se fatiguen. Tal me he portado desde mi niñez hasta este
punto, que no hay trabajo ni peligro a que no esté
acostumbrado. Lo que he hecho, pues, de mi buen
grado, antes de estaros en tanta obligación, no hayáis miedo, quirites, que deje de hacerlo después del
honor que he recibido. Para aquéllos es difícil contenerse en los empleos, que por la ambición de alcanzarlos se vendieron por buenos; en mí, que he
pasado toda mi vida en las más nobles ocupaciones,
128
LA GUERRA DE JUGURTA
la costumbre de bien obrar ha venido ya a ser naturaleza. Habeisme mandado hacer la guerra a Jugurta,
lo que la nobleza ha llevado muy mal. Reflexionad
OS ruego, si sera mejor revocarlo y que encarguéis
un negocio de esta naturaleza a alguno de aquel corrilo de nobles, quiero decir, a uno de linaje antiguo
y que tenga muchas estatuas de sus mayores, pero
que jamás haya militado; para que puesto en él se
turbe, se apresure sin saber qué hacerse y eche mano
del primero que encuentre para que le enseñe su
oficio. Así sucede muchas veces, que a quien vosotros habéis cometido el mando, busca otro que le
mande a él. De algunos sé yo, ¡oh quirites!, que después de cónsules comenzaron a leer los hechos de
nuestros mayores y la disciplina militar de los griegos; hombres que todo lo invierten. Porque aunque
en el orden del tiempo, primero es lograr un empleo
que ejercerle, el modo de portarse bien y provechosamente en él, debe saberse antes. Comparad, pues,
ahora, quirites, a un hombre de fortuna, cual yo soy,
con la altanería de estas gentes. De lo que ellos suelen leer u oír, parte he visto, parte he ejecutado por
mí mismo; lo que ellos leyendo, yo lo he aprendido
militando; juzgad, pues, ahora si han de estimarse
más las obras o las palabras. Desprecian en mí la
129
CAYO SALUSTIO
falta de nobleza; yo en ellos la sobra de flojedad; a
mí se me echa en cara mi nacimiento; a ellos sus
maldades; bien que, según entiendo, la calidad es
una y general en todos, y el que tiene más valor ése
es el más noble. Y si no, si se pudiese hoy preguntar
a los padres de Albino y Bestia, a quién quisieran
más tener por hijo, a mí o a ellos, ¿qué creéis que
habían de responder sino que querrían por hijos los
mejores? Si tienen, pues, razón para despreciarme a
mí, desprecien también a sus antepasados, cuya nobleza, así como la mía, comenzó en ellos por su valor. Si me envidian el honor que tengo, envidien
también mis trabajos, mi conducta y los peligros en
que me he visto, pues por tales medios lo he adquirido. Pero estos hombres corrompidos por su soberbia, así viven como si no quisieran vuestros
empleos, y después Así los solicitan como si hubieran vivido bien. Mas ¡ah, cuánto se engañan, creyendo que pueden lograr juntas dos cosas tan
repugnantes entre sí, como son el deleite de la ociosidad y el premio de la virtud! Y tienen aún valor
cuando arengan en vuestra presencia o en el Senado
para ensalzar prolijamente a sus mayores, creyendo
que la memoria de sus grandes hechos les hará a
ellos más ilustres, lo que es muy al contrario. Porque
130
LA GUERRA DE JUGURTA
cuanto la vida de aquéllos fuese más esclarecida,
tanto es más reprensible la pereza de éstos. Y en la
realidad ello es Así; la gloria de los mayores es para
sus descendientes una antorcha que no permite que
sus virtudes ni sus vicios estén ocultos. Yo nada de
esto tengo, ¡oh quirites!, pero puedo referir mis hazañas, que vale mucho más. Ved, pues, cuán injustos
son, que lo que se atribuyen ellos a sí por la virtud
ajena, no quieren concedérmelo a mí por la propia.
¿Y por qué? Porque no tengo en mi casa estatuas y
porque mi nobleza es de ayer; siendo cierto que es
mejor adquirírsela uno por sí mismo que haber corrompido la que heredó. Ni ignoro que si quieren
satisfacerme, tendrán a mano una oración, copiosa y
limada. Mas puesto que toman ocasión de la gran
merced que me habéis hecho para despedazar en
todas partes con dieterios vuestro honor y el mío,
no me ha parecido razón callar; no haya quien atribuya mi silencio a remordimiento o culpa. A mí en
la realidad, según me siento, nada de cuanto digan
puede dañarme; porque si hablan verdad, han de
hablar bien; si no, los desmentirá mi vida y mis
costumbres. Pero vosotros, cuya resolución de haberme honrado y puesto a mi cargo el negocio de
más peso, se acusa igualmente, pensad una y otra
131
CAYO SALUSTIO
vez si convendrá revocarla. Porque a la verdad yo
no puedo presentar en abono mío estatuas ni triunfos, ni consulados de mis mayores; pero si fuere
necesario presentaré lanzas, banderas, jaeces y otros
dones militares; y además de esto heridas recibidas
pecho a pecho. Estas son mis estatuas, ésta mi nobleza, no como ellos la tienen heredada, sino adquirida a costa de grandes trabajos y peligros. No son
mis palabras aliñadas, ni hago de esto caso; harto se
descubre la virtud por sí misma. Ellos sí que necesitan de artificio para encubrir sus maldades con
arengas estudiadas. Ni tampoco he aprendido la
lengua griega, ni querido perder en ello el tiempo,
porque veía que los que la sabían no por eso fueron
mejores. Lo que si he aprendido cuidadosamente es
lo que importa más a la república: herir al enemigo,
ganar o defender una plaza, no temer otra cosa alguna sino la infamia, sufrir igualmente el frío y el
calor, dormir en el suelo y luchar a un mismo tiempo con el hambre y el trabajo. Con este ejemplo
animaré yo a los soldados; ni los trataré a ellos mal y
a mí con opulencia, ni convertiré en alabanza mía su
trabajo. Éste es el gobierno útil y el propio de un
ciudadano; porque regalarse un general y tratar con
rigor a sus soldados no es portarse según su oficio,
132
LA GUERRA DE JUGURTA
sino como dueño absoluto. Por estos y otros tales
medios, ¡oh quirites!, se engrandecieron vuestros
mayores a sí mismos y a la república, y apoyada en
ellos la nobleza, sin embargo, de lo desemejante de
sus costumbres, me desprecia a mí, que procuro
imitarlos, y os pide los empleos, no como recompensa del mérito, sino como cosa debida a su nacimiento. Pero en esto los engaña mucho su vanidad.
Sus mayores les dejaron cuanto pudieron: riquezas,
estatuas y una clara memoria de sí mismos; virtud
no les dejaron, ni podían. 2sta sola es la que ni se
regala, ni se hereda. Dicen de mí que soy hombre
rústico y sin cultura, porque no pongo una mesa con
primor, ni mantengo truhanes, ni doy más salario al
cocinero que al que cuida de mis labranzas, lo que
yo os confieso de buena gana, quirites. Porque oí a
mi padre y a otros graves varones, que estas delicadezas son propias de mujeres y el trabajo de hombres; que la gente de bien debe tener mayor caudal
de gloria que de riquezas, y que sus armas, no los
muebles preciosos, han de ser su principal adorno.
Hagan, pues, en hora buena lo que les place y en lo
que tienen puestas sus delicias: amen, beban, pasen
su vejez donde tuvieron la juventud, esto es, en
banquetes, entregados a la gula y a la lascivia, y de133
CAYO SALUSTIO
jen para nosotros el sudor, el polvo y los trabajos,
que nos son más suaves que las viandas delicadas
Pero no es esto lo que quieren, sino, después de haber manchado vergonzosamente su honor con mil
infamias, solicitan quitar de las manos los premios a
los buenos. De esta suerte, contra toda razón y justicia, los que se abandonaron a los detestables vicios
de la pereza y de la lujuria, nada pierden por ello, y
quien viene al fin a pagarlo es la república inocente.
Ahora, pues, que he satisfecho a los cargos que los
nobles me hacen, aunque no según merecían sus
maldades, sino según lo llevan mi moderación y genio, diré algo de lo que pertenece a la república. Lo
primero, en cuanto a la Numidia, buen ánimo, quirites, pues lo que hasta ahora ha sido favorable a
Jugurta, quiero decir, la avaricia, la ignorancia del
arte militar y la soberbia, lo habéis todo apartado de
vosotros. El ejército que allí tenéis es práctico del
terreno y valeroso, aunque a la verdad no igualmente afortunado, por haber la codicia o temeridad
de sus capitanes quitádole gran parte de su fuerza. Y
así vosotros, que estáis en la flor de la edad para las
armas, esforzaos conmigo y tomad a vuestro cargo
la defensa de la patria, sin que en manera alguna os
acobarde la desgracia ajena o la soberbia de los pa134
LA GUERRA DE JUGURTA
sados generales. Yo, yo estaré siempre a vuestro
lado en las filas y en la batalla, por vuestro consultor
y compañero en los peligros; ni cuidaré más de mí
que de vosotros. Y a la verdad, mediante el favor de
los dioses, tenemos a la vista la victoria, la presa y la
alabanza, lo que, aunque no fuese así y estuviese
muy remoto, sería justo que los buenos ciudadanos
socorriesen a su república. Nadie hasta ahora por
cobarde evitó la muerte, ni padre alguno ha deseado
que sus hijos fuesen eternos, sino que fuesen buenos y viviesen con honor. Más dijera, ¡oh quirites!,
si las palabras diesen valor a los medrosos; para los
esforzados creo que baste.
Mario, acabada su oración, viendo que la plebe
estabadispuesta y animosa, embarca sin perder
tiempo el bastimento, la paga militar, las armas y lo
demás que cree conveniente, y hace partir con ello a
Aulo Manlio, su legado. Entretanto alistaba gente,
pero no según la costumbre de los mayores, ni precisamente de las clases, sino según se le presentaba
cada uno; y aun de los que por no tener bienes pagaban tributo por sus personas. Esto decían unos
que se hacía a falta de buenos; otros lo atribuían a
ambición del cónsul, por ser esta gente a quien debía su fama y sus aumentos; y para el que aspira al
135
CAYO SALUSTIO
mando, nadie es más a propósito que el más necesitado, porque quien no tiene, nada aventura, y como haya ganancia de por medio, todo le parece
bien. Mario, pues, habiéndose embarcado con alguna más gente que se le había concedido, llegó en
pocos días Útica, donde el legado Publio Rutilio le
entregó el ejército, porque Metelo había evitado el
encuentro de Mario, por no ver por sus ojos lo que
ni por relación había tenido valor para sufrir.
Pero el cónsul, después de haber completado las
legiones y las cohortes auxiliares, encaminase a una
campaña fértil y llena de despojos, y concede toda la
presa a los soldados. Asalta después de esto algunas
villas y ciudades poco fortalecidas por su sitio o por
falta de guarnición; tiene varios choques y otras ligeras refriegas con el enemigo en diferentes partes,
con lo que los bisoños iban perdiendo el miedo y
echaban de ver que los que huían eran regularmente
presos o muertos, y al contrario los más esforzados
los que mejor libraban; en suma, que con las armas
se aseguraba la libertad, la patria, las familias y
cuanto había, y que por su medio se adquiría gloria y
riqueza. De esta suerte en breve tiempo nuevos y
veteranos se incorporaron, haciéndose todos iguales
en valor. Los reyes por su parte, cuando supieron la
136
LA GUERRA DE JUGURTA
llegada de Mario, fuéronse cada cual por su lado a
lugares fragosos y ásperos. Éste fue consejo de Jugurta, el cual creyó que dando algún tiempo a los
enemigos se derramarían y podrían ser asaltados,
porque se figuraba que los romanos, depuesto el
primer miedo, andarían, como regularmente sucede,
más libres y con menos disciplina.
En este tiempo Metelo, que había partido para
Roma, fue, contra lo que esperaba, recibido en ella
con las mayores demostraciones de alegría, no sólo
de los nobles, sino también de la plebe, que igualmente le amaba, después que cesó el motivo del disgusto. Pero Mario observaba a un mismo tiempo
con gran cuidado y prudencia sus cosas y las del
enemigo; instruíase en lo que se hallaba, bueno y
malo, en ambos ejércitos; exploraba las marchas de
los reyes; preveníase contra sus designios y asechanzas, sin permitir que hubiese el menor descuido
en su campo, ni un momento de seguridad en el del
enemigo. De esta suerte en varias ocasiones acometió y derrotó a los gétulos y a Jugurta, al volver de
sus correrías en tierra de nuestros confederados, y al
mismo Jugurta le obligó, no lejos de Cirta, a que
arrojase las armas por salvarse. Pero conociendo
que esto sólo le conciliaba crédito, mas no era parte
137
CAYO SALUSTIO
para acabar la guerra, resuelve ganar o atraer a su
partido una a una las ciudades que por su gente o su
situación eran para él de estorbo y de gran ventaja
para los enemigos; persuadido a que Jugurta perdería el apoyo de aquellas plazas si no acudía al socorro o vendría con él a las manos, porque Boco le
había enviado varias veces a decir «que quería ser
amigo del pueblo romano, y así que no temiese por
su parte hostilidad alguna. Si esto fue fingimiento
para hacernos más daño dejándose caer de improviso, o ligereza y facilidad suya en abrazar la paz o la
guerra, no puedo asegurarlo.
Pero el cónsul, según había resuelto, se presentaba delante de las ciudades y lugares fuertes, y parte
por las armas, parte con promesas o amenazas procuraba apartarlos del enemigo, sin querer al principio empeñarse en cosas de consideración, creyendo
que Jugurta, por defender a los suyos, vendría con él
a batalla. Pero cuando supo que estaba lejos de allí,
y que entendía en otros negocios, juzgó que era ya
tiempo de emprender cosas mayores y de más dificultad. Había entre unos desiertos grandes una ciudad populosa y fuerte, llamada Capsa, fundación
que decían ser de Hércules Líbico. Sus habitadores
eran libres de tributos y tratados por Jugurta con
138
LA GUERRA DE JUGURTA
blandura, por lo que estaban en concepto de muy
fieles. Defendíanlos del enemigo, no sólo sus murallas, sus armas y su gente, sino aún más que esto lo
inaccesible de aquel sitio, porque a excepción de los
contornos de la ciudad, todo lo demás estaba yermo, inculto, falto de agua e infestado de serpientes,
cuya actividad, como sucede en las demás fieras, es
mayor cuando les falta el pasto, pero más en las serpientes, porque nada irrita tanto su natural ponzoña
como la sed. Tenía gran deseo Mario de hacer esta
conquista, ya por lo que conduciría para acabar la
guerra, ya porque era empresa muy ardua. Contribuía también el haber Metelo con gran gloria suya
conquistado a Tala, que en el sitio y fortificación no
era desemejante; sólo que en Tala había algunas
fuentes cerca de sus muros, y en Capsa no había
sino una, y ésa dentro de la ciudad, cuya agua bebían
los vecinos, sirviéndose de la llovediza para los demás usos. Esta escasez de agua, así en aquel sitio,
como en el resto del África distante de la costa y
menos habitada, para los númidas era llevadera, por
ser su ordinario alimento leche y carne de fieras, sin
sal ni condimento alguno que irritase la gula, y por
servirles sólo la comida de reparo contra el hambre
y la sed, no de fomento al apetito ni al deleite.
139
CAYO SALUSTIO
El cónsul, pues, aunque sabía todas estas cosas,
confiando, a lo que yo juzgo, en el favor de los dioses (porque a la verdad, contra tantas dificultades no
había prudencia humana que bastase, pues comenzaba también a faltarle el trigo, por cuidar más los
númidas de los pastos para sus ganados que de la
labor, cuanto se había cogido lo había mandado
guardar el rey en lugares fortalecidos, y la campaña
estaba en aquel tiempo seca y pelada, por ser el fin
del estío), da, sin embargo, sus providencias lo mejor que puede, acomodándose al tiempo; encarga a
la caballería auxiliar el ganado que los días pasados
se había tomado para que lo guardase y condujese;
ordena que Aulo Manlio su legado vaya con la infantería ligera a la ciudad de Laris, donde habla
puesto la caja militar y los almacenes, y le ofrece que
dentro de pocos días se alargará él hasta allá corriendo la campaña. De este modo, sin manifestar su
designio, se encamina al río Tana.
Pero en su marcha iba todos los días repartiendo entre el ejército el ganado por compañías y escuadrones igualmente, y encargaba que de los
cueros se hiciesen odres, con lo que a. un mismo
tiempo suplía la falta de trigo, y sin que nadie lo entendiese, iba previniendo lo que después le había de
140
LA GUERRA DE JUGURTA
servir, de suerte que cuando llegó al río, después de
seis días de camino, se había juntado una copia inmensa de odres. Sentados allí y fortificados ligeramente los reales, manda que los soldados coman y
estén prevenidos para marchar al ponerse el sol, y
que descargando todo el bagaje, lo carguen solamente de agua y ellos lleven también la que pudieren. Después, cuando le pareció que era tiempo, sale
de sus reales, y habiendo caminado la noche entera,
descansó por el día. Lo mismo ejecutó la siguiente
noche; pero en la tercera, mucho antes que amaneciese, llegó a un terreno desigual y caprichoso, que
no distaba de Capsa sino dos millas, donde hizo
alto con todo el ejército, procurando ocultarse lo
más que pudo. Ya que hubo amanecido y que los
númidas, sin el menor recelo del enemigo, salieron
en gran copia de la ciudad, manda de repente que la
caballería toda y los de a pie más expeditos, vayan a
carrera tendida a Capsa y cojan las avenidas de las
puertas. Sígueles luego él mismo a gran prisa, sin
permitir que los soldados se detengan en el despojo.
Visto esto por los ciudadanos, la turbación, el miedo grande, la desgracia imprevista y el ver ya parte
de los suyos fuera de las murallas y en poder del
enemigo, les obligaron a rendirse. Sin embargo, la
141
CAYO SALUSTIO
ciudad fue abrasada, los númidas de catorce años
arriba muertos, el resto vendidos, y la presa repartida entre los soldados. Este rigor, contra el derecho
de la guerra, no se ejecutó por avaricia, ni otra culpa
del cónsul, sino por ser el lugar a propósito para
Jugurta, para nosotros de difícil acceso, y la gente de
suyo infiel y voluble, a la que hasta entonces ni los
beneficios ni el miedo había contenido en su deber.
Después que Mario, sin pérdida alguna de los
suyos acabó una empresa tan ilustre, su fama, que ya
era grande, comenzó a crecer y ensalzarse sobremanera, de suerte que aun las cosas resueltas con poco
acuerdo, como salían bien, se atribuían a su valor;
los soldados tratados con blandura y al mismo
tiempo ricos con las presas, lo ponían en las nubes;
los númidas lo respetaban por más que hombre
mortal; últimamente, confederados y enemigos
creían que tenla divino instinto, o que por especial
favor de los dioses le salía bien cuanto intentaba.
Pero él, acabada felizmente esta empresa, se encamina a otros lugares, toma algunos de ellos, que quisieron resistirle; los más, que por el ejemplar de
Capsa, halló desiertos, fueron entregados a las llamas, con lo que todo se llenó de muertes y de llanto.
últimamente, habiéndose apoderado de gran núme142
LA GUERRA DE JUGURTA
ro de pueblos, y de los más sin derramar una gota
de sangre, resuélvese a otra empresa no de tantos
embarazos, pero de igual dificultad a la de Capsa.
No lejos del río Muluca, que era el lindero de los
reinos de Jugurta y Boco, se elevaba en medio de
una gran llanura un monte formado de peñascos,
harto espacioso y sumamente alto, en que había una
mediana población, sin másque una entrada muy
estrecha, porque todo él era por su naturaleza un
precipicio, como si se hubiera hecho a mano y de
propósito. Esta conquista deseaba hacer Marío con
el mayor empeño, por saber que Jugurta tenía allí
sus tesoros, y aunque el pensamiento le salió bien,
se debió más a una casualidad que a su prudencia.
Porque el lugar estaba muy abastecido de gente, de
armas y provisiones, tenía agua viva y no podían
abrirse al derredor trincheras, ni levantarse torres ni
otras máquinas; el camino sumamente angosto y
cortado de un lado y de otro. Ni los manteletes se
adelantaban sino con mucho riesgo, y sin fruto alguno, porque apenas se acercaban a la muralla,
cuando el fuego y piedrasque arrojaban los sitiados,
los abrasaban o deshacían. Tampoco fuera de ellos
podían los soldados mantenerse, por la desigualdad
del terreno; ni aun cubiertos andaban sin peligro.
143
CAYO SALUSTIO
Los que querían señalarse, caían luego muertos o
heridos, con lo que se aumentaba el miedo de los
otros.
Mario, después de haber perdido mucho tiempo
y trabajo, andaba vacilante y dudoso si abandonaría
la empresa, visto que nada adelantaba, o si permanecería en ella esperando el favor de la fortuna, que
tantas veces había experimentado. Pero después de
haber muchos días y noches andado inquieto entre
estas dudas, sucedió acaso que un ligur, soldado
raso de las cohortes auxiliares, habiendo salido de
los reales por agua, advirtió no lejos del sitio por
donde el lugar se combatía, que serpeaban entre
aquellas peñas algunos caracoles, y habiendo cogido
uno u otro, y después en más cantidad, embebecido
en esto, fue poco a poco subiendo casi hasta lo más
alto del monte; y asegurado de que no había por
aquella parte gente, púsose, como es natural, a registrar por curiosidad aquel país nuevo. Había por
fortuna en el mismo sitio una grande encina entre
las peñas, en parte algo inclinada, el resto derecha y
erguida, según la naturaleza de todo vegetable. El
ligur, asido unas veces a sus ramas, otras a los peñascos que sobresalían algún tanto, forma en su idea
muy a su salvo el plano de la fortaleza, porque todo
144
LA GUERRA DE JUGURTA
el pueblo estaba en el opuesto lado atento a los que
combatían; y habiendo explorado bien cuanto hizo
juicio que después podría conducir, vuelve a bajar
por el mismo camino; pero no ya sin cuidado, como
a la subida, sino tanteándolo y examinándolo todo.
Vase después de esto en derechura a Mario, cuéntale
el suceso y le exhorta a que dé un tiento a la plaza
por la parte por donde él había subido, ofreciéndose a guiar la gente y acompañarla en el peligro. Mario envía con él algunos de los que se hallaban
presentes para examinar su propuesta, de los cuales
unos vuelven diciendo que era empresa difícil, otros
que no, según que eran más o menos animosos. El
cónsul, no obstante esta variedad, entró en alguna
esperanza del suceso; y así escoge entre los trompeteros y cornetas del ejército cinco de los más ágiles, dales para su defensa cuatro compañías,
mandando que al día siguiente, señalado para la ejecución, estén todos a las órdenes del ligur.
Cuando a éste, según el designio que había formado, le pareció tiempo, dispuesto y prevenido lo
necesario, encamínase al sitio. Los capitanes, instruidos por su conductor, habían, junto con la tropa,
mudado de armas y vestido: iban con la cabeza descubierta y descalzos para ver más libremente y tre145
CAYO SALUSTIO
par mejor por las peñas; llevaban al hombro sus
espadas y los escudos al modo de los númidas, de
cuero, así para evitar peso, como porque hiciesen
menos ruidos, si acaso se encontraban. El ligur iba
delante, poniendo cuerdas en las peñas y en los raigones viejos de las matas, a fin de que afianzados en
ellos los soldados, tuviesen menos dificultad en el
subir. Alguna vez daba la mano para ayudar a los
que veía temerosos por lo agrio del camino; donde
la subida era más difícil, los iba enviando delante
uno a uno sin armas; luego subía él con ellas, explorando muy cuidadosamente los parajes de dudoso
apoyo; y subiendo y bajando muchas veces, y dejando luego el lugar desembarazado, alentaba a los demás para que subiesen. Al fin, después de una
grande y prolija fatiga, llegan a la plaza, que hallaron
por aquel lado desamparada, porque toda la gente
estaba, como los días pasados, empleada contra el
enemigo. Mario, sabido por los avisos que le daban
el estado de la empresa, aunque todo el día había
tenido a los númidas ocupados en la defensa, entonces, exhortando a los soldados, preséntase al
enemigo fuera de los reparos, formando con los
escudos una concha de tortuga, y hace que al mismo
tiempo las máquinas y los ballesteros y honderos
146
LA GUERRA DE JUGURTA
disparen desde lejos, para desviar de la muralla al
enemigo. Pero los númidas, como habían ya otras
veces trastornado y pegado fuego a los manteletes,
no cuidaban de resguardarse con las almenas de la
muralla, sino que de noche y aun por el día combatían a cuerpo descubierto, maldiciendo a los romanos, tratando a Mario de loco y amenazando a los
nuestros con que serían esclavos de Jugurta; en suma, la prosperidad los había hecho insolentes. Entretanto, cuando estaban más empeñados los
romanos y los enemigos en la acción, peleando con
el mayor esfuerzo, unos por la gloria y el imperio,
otros por la libeJtad y por la vida, suenan de repente
por el opuesto lado las trompetas; y al principio
echan a huir las mujeres y los niños, que se habían
adelantado para ver el combate; después otros, según estaban más cerca de la muralla, y últimamente
todos, armados y desarmados. Visto esto por los
romanos, cargan con mayor fuerza y desbaratan a
los enemigos; hieren a los más de ellos, sin acabarlos de matar; después, ansiosos de gloria, rompen
peleando derecho al muro por encima de los caídos,
sin detenerse nadie en el despojo. De esta suerte
habiendo la fortuna enmendado la temeridad de
Mario, su mismo yerro le concilió alabanza.
147
CAYO SALUSTIO
Mientras pasaba esto, llegó a los reales con un
gran cuerpo de caballería el cuestor Lucio Sila, que
se había quedado en Roma para recoger los socorros del Lacio y de los confederados. Pero ya que
nos presenta el asunto a un varón tan grande, razón
será decir aquí algo de su natural y sus costumbres,
pues no hemos de hablar de esto en otra parte, y
porque juzgo que Lucio Sisena, que es quien mejor y
con más exactitud ha tratado de sus cosas, habló
con menos libertad de la que conviene a un historiador. Fue Sila de gente patricia, de una familia casi
del todo oscurecida por la flojedad de sus mayores.
Sabía igualmente las lenguas latina y griega en el más
alto grado; era de grande espíritu, amigo de placeres,
pero más de gloria; vivía en tiempo de ocio delicadamente, pero jamás descuidó por eso de lo que
estaba a su cargo, bien que en cuanto a su mujer pudiera haberse portado con más decoro. Era afluente,
astuto, accesible aquellos que querían su amistad, de
una increíble profundidad de ingenio para disimular; daba francamente cuanto tenía, y especialmente
el dinero, y con haber sido el hombre más feliz de
cuantos se conocieron, jamás fue su fortuna superior a su merecimiento; de suerte que dudaban muchos si era más esforzado o venturoso. Hablo de él
148
LA GUERRA DE JUGURTA
antes de la guerra civil, porque lo que después hizo,
no sé si causa más vergüenza o fastidio referirlo.
Sila, pues, habiendo, como se dijo untes, llegado
a África y a los reales de Mario con la caballería;
siendo así que hasta entonces ignoraba enteramente
el arte militar, se aventajó muy presto en su pericia a
todos. Llegábase a esto su cortesanía y liberalidad
con los soldados, a quienes daba cuanto le pedían y
a muchos aun antes; él nada admitía sino con repugnancia, y si admitía, era más puntual en pagarlo
que si fuese empréstito, descuidando enteramente
de recobrar lo que a otros daba, y procurando a toda costa que le debiesen más. Gastaba chanzas y
trataba asuntos serios aun con las gentes más humildes; asistía con frecuencia a los trabajos, a las
filas, a las rondas, sin tomar jamás en boca (como
suelen hacer los ambiciosos) al cónsul, ni a sujeto
alguno acreditado; ni poner la mira sino en que nadie se le aventajase en prudencia ni en valor, y en
adelantarse a todos. Por estos medios muy en breve
se granjeó la benevolencia de Mario y de los soldados.
Jugurta, después de haber perdido a Capsa y a
otros lugares fuertes e importantes, con gran parte
de sus tesoros, envía a decir a Boco «que pase
149
CAYO SALUSTIO
cuanto antes con su ejército a Numidia, que era ya
tiempo de obrar: mas viendo que éste lo difería y
buscaba pretextos, dudando si abrazaría la paz o la
guerra, cohecha de nuevo a sus confidentes y ofrécele la tercera parte de su reino, si se lograba echar a
los romanos de África o se ajustaba la paz sin perder nada de sus estados. Inducido con esta promesa
Boco, vase a Jugurta con gran número de gente, y
juntos los dos ejércitos acometen a Mario, que estaba ya en marcha para tomar cuarteles, cuando quedaba poco más de una hora de día, por parecerles
que la cercana noche les servirla de abrigo en caso
de ser vencidos, y si salían con victoria, no les sería
de estorbo para usar de ella, por ser prácticos del
terreno; y que al contrario, los romanos, en uno y
otro caso, se habían de hallar muy embarazados con
la oscuridad. Lo mismo, pues fue recibir el cónsul
los avisos de que venía el enemigo, que tenerlo ya
sobre sí; y antes de formarse nuestro ejército y de
recogerse el bagaje, en suma, antes que pudiese darse la señal, ni recibirse orden alguna, los caballos
moros y gétulos arrójanse sobre los nuestros, no
escuadronados ni en forma de batalla, sino a pelotones, según la casualidad los había juntado, y aunque al principio con la impensada alarma lograron
150
LA GUERRA DE JUGURTA
conturbarlos, recobrándose luego y volviendo a su
acostumbrado valor, toman las armas para defenderse a sí y dar lugar a que otros las tomasen; parte
monta a caballo y va a encontrar al enemigo; de
suerte que más que batalla parecía la acción sorpresa
de ladrones; infantes y caballos sin orden y sin banderas andaban mezclados y revueltos, matando a
unos, hiriendo a otros y cogiendo por las espaldas a
muchos que peleaban gallardamente con los enemigos, sin que ni su valor ni sus armas pudiesen
defenderlos, por ser éstos superiores en número y
hallarse por todas partes. Finalmente, nuestros veteranos aguerridos, y a su ejemplo los nuevos, cuando
los juntaba el lugar o la casualidad, formaban un
círculo, y así escuadronados y defendidos por todas
partes, sostenían el ímpetu del enemigo.
Ni Mario en un conflicto tan grande se amedrentó o mostró menos valor que por lo pasado,
sino antes bien, girando por todas partes con su
escuadrón, compuesto, no de sus más allegados,
sino de los más valerosos, socorría unas veces a los
que peligraban, otras rompía por medio de los enemigos donde estaban más apiñados, haciendo con la
mano señas a sus soldados para que se animasen,
pues en aquella turbación no podían entenderse sus
151
CAYO SALUSTIO
órdenes. Habíase ya acabado el día y ni entonces
aflojaban los bárbaros; antes bien, según les habían
prevenido sus reyes, por creer que la noche les sería
favorable, cargaban con mayor furia. Mario en aquel
estrecho toma su resolución lo mejor que puede; y a
fin de que los suyos asegurasen la retirada, ocupa
dos collados poco distantes entre sí, de los cuales el
uno, aunque no era capaz de todo el ejército, tenía
una gran fuente; el otro era muy a propósito para
acampar, porque como gran parte de él fuese pendiente y quebrado, necesitaba de poca fortificación.
Hace apostar por la noche a Sila junto al agua con
su caballería; reúne poco a poco por sí mismo a los
soldados derramados, aprovechándose del no menor desorden de los enemigos, y después se retira a
todo andar con los suyos al collado. De esta suerte
los reyes, no pudiendo seguirle por lo escabroso del
sitio, vense obligados a dejar el combate; pero no
permiten que sus gentes se alejen; antes bien, cercando con su muchedumbre ambos collados, se
alojan esparcidos a la redonda, y después encendiendo muchos fuegos, pasan lo más de la noche en
alegrías a su modo con grandes voces y algazara.
Hasta los mismos capitanes estaban muy ufanos, y
sólo porque no habían desamparado el campo de
152
LA GUERRA DE JUGURTA
batalla se tenían por vencedores. Todo esto que los
romanos entre la oscuridad y desde la altura que
ocupaban veían claramente, les infundía grande
aliento.
Pero en especial a Marío, el cual asegurado de la
poca pericia militar de los enemigos, manda observar un silencio profundo y que ni aun toquen las
trompetas, según se acostumbraba al mudar las
guardias. Después, cuando ya quería amanecer e
hizo juicio de que los enemigos estarían cansados y
vencidos del sueño, manda que las rondas, los
trompetas de las cohortes y legiones y los cornetas
de la caballería toquen a un mismo tiempo, y que los
soldados con gran gritería salgan de los reales. Los
moros y gétulos, despertando repentinamente con
tan extraño y horrible estruendo, no acertaban a
huir ni a tomar las armas, ni obrar podían, ni dar
disposición alguna; de tal suerte los traía desacordados el alboroto y clamor, no menos que la turbación, el terror y espanto, y el ver que de los suyos
nadie les socorría, y que los nuestros más los estrechaban. Finalmente, todos fueron desordenados y
puestos en huida, sus armas y banderas en la mayor
parte tomadas, y el número de los muertos fue mayor en sola aquella batalla que en todas las pasadas,
153
CAYO SALUSTIO
porque el sueño y el extraño pavor impidieron la
fuga.
Mario prosiguió su camino a los cuarteles, que
había resuelto tener cerca de la costa, por la comodidad de los bastimientos, sin que la victoria le hiciese descuidar ni ensoberbecerse; antes bien, no de
otra suerte que si tuviera a la vista al enemigo, caminaba formando con su gente un cuadro, cuya derecha mandaba Sila con la caballería, la siniestra Aulo
Manlio con los honderos, los ballesteros y las
cohortes de los ligures; en la frente y la espalda habla colocado las compañías ligeras a cargo de los
tribunos. Los desertores, gente que no dolía, pero
muy práctica del terreno, exploraban el camino de
los enemigos. No obstante lo cual, el cónsul atendía
a todo como si nada hubiera encargado a otros; hallábase en todas partes; alababa o reprendía a los
suyos según el merecimiento de cada uno; no dejaha
las armas, ni se descuidaba un punto, obligando con
el ejemplo a que hiciesen lo mismo los soldados;
cuidaba, no menos que de su marcha, de fortificar
su campo en los descansos, encargando la guarda de
sus puertas a las cohortes de las legiones, y la campaña a la caballería auxiliar. Ponla además de esto
tropa en los fortines de su atrincheramiento; hacia él
154
LA GUERRA DE JUGURTA
mismo las rondas, no por recelo que tuviese de que
dejarían de ejecutarse sus órdenes, sino porque
viendo los soldados que el general partía con ellos
el trabajo, lo hiciesen de buena gana. Y a la verdad,
Mario en esta ocasión y en todo el tiempo de la guerra con Jugurta, contuvo en su deber al ejército más
por el pundonor que por el castigo; lo que unos
atribuían a ambición, otros a que hallaba gusto en la
dureza misma a que desde niño se había acostumbrado, y en lo que el vulgo llama trabajos. Lo cierto
es que la causa pública anduvo por este medio de
blandura tan bien y noblemente administrada como
pudiera bajo del gobierno más severo.
Pasados cuatro días, a poca distancia de la ciudad de Cirta, llegan a un mismo tiempo de todas
partes los batidores muy apresurados, lo que indicaba acercarse el enemigo; pero como aunque venían
por distintos caminos y cada cual por su lado, no
decía uno más que otro, dudando el cónsul en qué
modo ordenaría su gente, se resolvió al fin a esperaren el mismo sitio y formación que traía, dispuesto
para todo acontecimiento. De esta suerte burló la
expectación de Jugurta, el cual había dividido en
cuatro trozos su ejército, creyendo que alguno de
ellos había de dar precisamente con los nuestros
155
CAYO SALUSTIO
por las espaldas. Sila, que fue el primero a quien los
enemigos se acercaron, habiendo animado a los suyos, embiste juntamente con otros a los moros,
formando un escuadrón muy apiñado; los demás,
firmes en sus puestos, procuraban resguardarse de
los dardos que les disparaban desde lejos, y si osaba
acercarse alguno, moría luego a sus manos. Mientras
peleaba así la caballería, Boco con los infantes que
había traído su hijo Vólux y no se habían hallado en
la primera batalla por haberse detenido en el camino, embiste la retaguardia de los romanos. Hallábase entonces Mario en la vanguardia, porque Jugurta
cargaba mucho por aquella parte; el cual, sabida la
llegada de Boco, vase ocultamente con pocos adonde peleaba nuestra infantería y dícele en latín (cuyo
idioma había aprendido en Numancia), «que en vano se esforzaba; que Mario poco antes había muerto
a sus manos, y mostraba, diciendo esto, su espada
teñida de sangre de uno de nuestros infantes, a
quien valerosamente acababa de matar. Esto no
dejó de asustar a los soldados, más por lo grande de
la novedad, que porque diesen crédito al que lo decía; y al mismo tiempo los bárbaros, tomando
aliento, estrechaban más a los nuestros ya consternados, de suerte que faltaba poco para ponerse
156
LA GUERRA DE JUGURTA
en fuga, cuando Sila, habiendo derrotado a los que
tenía por su frente, vuelve sobre los moros y los
acomete por un costado, con lo que rechaza al instante a Boco. Jugurta, que por sostener a los suyos y
no querer soltar de las manos la victoria, que casi
tenía en ellas, se detuvo; viéndose rodeado de nuestros caballos y que habían muerto cuantos con él
estaban, se escabulle solo por medio de los enemigos, resguardándose de sus tiros. Mario entonces,
ahuyentaba la caballería enemiga, vuelve en socorro
de los suyos, que había oído estaban para ser rechazados. Finalmente, los enemigos fueron deshechos
por todas partes. Entonces sí que aquellas dilatadas
campiñas presentaban un aspecto horrible; seguían
unos el alcance, otros huían; todo era matar y hacer
prisioneros; caballos y jinetes por el suelo; muchos
ni huir podían por sus heridas, ni dejar de intentarlo, hacer por levantarse y volver a caer luego; últimamente, cuanto alcanzaba la vista se hallaba
cubierto de dardos, armas y cadáveres, y los claros
que había estaban teñidos de sangre.
Después de esto el cónsul, declarada ya del todo
la- victoria a su favor, llega a Cirta, adonde se encaminaba desde el principio, y cinco días después de
la segunda derrota de los bárbaros, llegan mensaje157
CAYO SALUSTIO
ros de parte de Boco a pedirle «que le envíe dos sujetos de su mayor satisfacción, porque desea tratar
con ellos de cosas que le importan a él y también al
pueblo romano. Mario manda al instante ir a Lucio
Sila y a Aulo Manlio, y aunque iban llamados, pareció conveniente que hiciesen su arenga al rey, bien
para disuadirle si le veían poco inclinado a la paz o
para confirmarla en su pensamiento, si la deseaba.
Sila, pues, a cuya elocuencia cedió Manlio su vez, no
obstante que era mayor de edad, habló brevemente
de este modo:
«Grande es, rey Boco, nuestra alegría al ver que
a un varón, cual tú eres, los dioses han inspirado al
fin que quieras más la paz que la guerra, y que no
sufras ver manchada tu reputación, permaneciendo
aliado con el más perverso de los hombres: Jugurta;
con lo que nos libras de la dura necesidad de perseguirte a ti, sin más delito que haber sido engañado,
igualmente que a él, que tanto lo merece por sus
maldades. Además, que el pueblo romano, aun en
los principios, cuando era muy limitado su poder,
creyó siempre que debía buscarse amigos antes que
esclavos, teniendo por mejor hacerse obedecer por
vía de blandura que por la fuerza. Ni para ti puede
haber amistad más útil que la nuestra, ya porque es158
LA GUERRA DE JUGURTA
tamos muy distantes, con lo que hay menos ocasiones de disgusto y el provecho es el mismo que si
estuviéramos cerca; ya porque súbditos tenemos
bastantes; amigos, ni a nosotros ni a nadie sobraron
jamás. Y ojalá lo hubieras tú sido nuestro desde el
principio, que harto más bienes hubieras recibido
hasta aquí del pueblo romano que males has tenido
que sufrir. Pero ya que la fortuna, árbitra de las cosas humanas, ha dispuesto que experimentases
nuestras fuerzas, y que la misma te ofrece ahora
nuestra amistad, abrázala, pues te lo permite, sin
detención; prosigue como empezaste, procura que
tus servicios excedan a tus yerros, ya que tanta
oportunidad tienes para ello, y últimamente, fija en
tu pecho la máxima, de que al pueblo romano nadie
ha vencido hasta ahora en generosidad, toda vez
que sabes lo que puede con las armas.
A esto respondió plácida y cortésmente Boco, y
juntamente se disculpó algún tanto, con que él no
habla tomado las armas para insultar a nadie, «sino
por defender su reino, y ,por no poder sufrir que la
parte de Numidia, de donde había sido echado Jugurta (la cual le pertenecía por la convención que
con él tenía hecha), se devastase; fuera de que habiendo antes solicitado en Roma la paz por medio
159
CAYO SALUSTIO
de sus mensajeros, no la había podido conseguir;
pero que omitiendo cosas pasadas, si ahora Mario lo
permitía, enviaría de nuevo sus embajadores al Senado. No hubo dificultad en ello; pero el bárbaro
dejóse nuevamente vencer de los ruegos de sus confidentes, a quienes Jugurta, sabida la embajada de
Sila y Manlio, y temiendo las resultas de ella, había
corrompido con dinero.
Entretanto Mario, dejando acuartelado el ejército, vase con algunas cohortes expeditas y parte de
la caballería por tierras desiertas a poner sitio a un
alcázar real, donde Jugurta había puesto de guarnición a todos nuestros desertores. Boco entonces,
bien que reflexionase lo mal que le había ido en las
dos batallas o aconsejado de algunos a quienes no
había podido ganar Jugurta, toma de nuevo su resolución, y escogiendo cinco entre todos sus amigos, sujetos de la mayor confianza y destreza en los
negocios, mándales que vayan a Mario, y si a éste le
pareciere bien, pasen a Roma con facultad de tratar
las cosas y ajustar de un modo o de otro la paz.
Parten, pues, sin pérdida de tiempo a los cuarteles
de los romanos; pero habiendo en el camino caído
en manos de unos salteadores gétulos que los despojaron, llegan a donde estaba Sila (a quien el cón160
LA GUERRA DE JUGURTA
sul en su ausencia había dejado en calidad de propretor), despavoridos y sin el decoro correspondiente a su carácter. Tratólos Sila, no según
merecían, esto es, como a enemigos volubles y engañosos, sino con mucha cortesanía y liberalidad;
con lo que los bárbaros depusieron el concepto que
tenían de la avaricia de los romanos, y aun llegaron
a creer, viendo la generosidad de Sila, que les era
amigo; porque aun entonces se conocía poco el dar
interesado: a nadie creían dadivoso sino al que quería bien; y así, cuanto se daba, se atribuía a nobleza
de corazón. Ábrense, pues, con él, diciéndole a lo
que Boco los envía y le ruegan que les favorezca y
aconseje; pero sin olvidarse de encarecer cuanto
pudieron el poder, la fidelidad y la grandeza de su
rey, con otras cosas conducentes para la paz o que
podían granjearle nuestra benevolencia. Sila les
ofreció cuanto pedían, y habiéndolos instruido del
modo con que habían de hablar a Mario y al Senado, esperaron allí como unos cuarenta días a que
llegase el cónsul.
Vuelto éste a Cirta sin haber logrado el fin de su
expedición, y sabiendo la venida de los mensajeros,
dispone que vayan con Sila a hablarle, y que se llame de Utica a Lucio Belieno, pretor, y a cuantos se
161
CAYO SALUSTIO
hallasen en aquellos contornos, del orden senatorio;
oye en presencia de todos la embajada de Boco, y
queda acordado que los mensajeros puedan pasar a
Roma y que en el entretanto hubiese tregua, como
lo pedían. De este parecer fue Sila y la mayor parte
de los concurrentes, bien que hubo algunos que con
poca reflexión de la inestabilidad de las cosas humanas y de los reveses de la fortuna, lo repugnaron
agriamente. Obtenido por los mensajeros cuanto
querían, vanse tres de ellos a Roma en compañía de
Cneo Octavio Rufón, cuestor, que había pasado a
África con las pagas; los otros dos se vuelven para
Boco, al cual contaron cuanto les habla pasado en
su viaje y especialmente la generosidad y afecto con
que los había tratado Sila. A los primeros, después
de haber confesado el yerro de su rey por haberse
dejado engañar de Jugurta, en punto de la paz y
alianza que solicitaban, se les dio en Roma la respuesta siguiente:
«El Senado y pueblo romano conserva siempre
la memoria, no sólo de los beneficios, sino también
de los agravios que se le hacen. Concede el perdón a
Boco, porque está arrepentido de su yerro; la amistad y alianza se le concederá cuando la mereciere
con sus servicios.
162
LA GUERRA DE JUGURTA
Sabido esto por Boco, escribe a Mario pidiéndole que le envíe a Sila para tratar con él de los intereses comunes. Pasa éste allá escoltado de algunos
infantes y caballos, de los honderos mallorquines, y
además de esto de los ballesteros y la cohorte Peligna, armada a la ligera, así para adelantar camino como porque aquellas armas resistían bastante a los
dardos y flechas enemigas, que no son sobrado
fuertes. Pero después de cinco días que caminaban,
aparécese de repente en una llanura Vólux, hijo de
Boco, el cual no traía sino mil caballos, pero como
venían sin formación alguna y derramados, hacían
parecer a Sila y a los suyos que era mayor número y
daban algún recelo de que fuese el enemigo. Comienza, pues, cada uno a prevenirse y a requerir y
poner a punto sus armas, no sin algún temor, pero
siempre con mayor esperanza, como sucede a los
vencedores cuando han de pelear con aquellos a
quienes en muchas ocasiones han vencido. Entre
estas dudas, los de a caballo, enviados a hacer la
descubierta, vuelven con la noticia de que eran amigos.
Llegado Vólux, pregunta por el cuestor y le dice
«que viene de orden de su padre a recibirlo y a escoltarlo al mismo tiempo. Con esta seguridad cami163
CAYO SALUSTIO
naron juntos aquel y el siguiente día. Pero al caer de
la tarde, cuando habían ya sentado sus reales, llégase
de repente el moro, demudado el rostro y despavorido, a decir a Sila «que acababa de saber por sus
espías que Jugurta estaba cerca, y ruégale con la mayor instancia que se parta de allí con él ocultamente
aquella noche. óyelo Sila con enfado y le asegura
«que está muy lejos de temer al númida, a quien
tantas veces ha vencido; que tiene gran confianza en
el valor de sus soldados, y que aunque supiese con
certidumbre que había de, perderse, aguardaría allí
antes que desamparar traidoramente a los que estaban a su cargo, por conservar, huyendo con afrenta,
una vida de incierta duración y que tal vez cortaría
muy presto alguna enfermedad. Pero habiéndole
después propuesto que a lo menos levantase por la
noche el campo, aprueba el pensamiento y manda
que los soldados, después de la cena, permanezcan
en los reales, enciendan en ellos muchos fuegos,
después de lo cual marchan secretamente a la primera hora. El día siguiente, al mismo apuntar del Sol,
cuando disponía Sila el acampamento para sus gentes, que venían cansadas de caminar toda la noche,
llegan los moros batidores de a caballo con el aviso
de que Jugurta se había acampado a distancia como
164
LA GUERRA DE JUGURTA
de dos millas y en un sitio por donde precisamente
habían de pasar. Sabido esto por los nuestros, entonces sí que dejaron poseerse del terror, creyendo
que Vólux los había traído engañados y vendido,
hasta haber quien dijese que se le debía castigar y no
dejar una maldad tamaña sin el pago merecido.
Pero Sila, no obstante que recelaba lo mismo
que todos, asegura lo primero a Vólux de todo insulto y exhorta a los suyos «a que se porten con valor. Díceles que ya han visto en cuantas ocasiones
poco número de soldados valerosos han triunfado
de una gran muchedumbre; que cuanto con más denuedo expongan sus vidas, tanto estarán más seguros; que será cosa vergonzosa que hombres con las
armas ,en las manos apelen para salvarse a los pies
que no las Aienen, y que en la ocasión del mayor
peligro vuelvan al enemigo la parte del cuerpo más
desnuda e indefensa. Después, llamando a Júpiter
por testigo de la maldad y traición de Boco, manda
que Vólux, ya que se portaba como enemigo, salga
del campo. Éste, todo era disculparse y pedir a Sila
con lágrimas «que nada sospechase, que no habla en
gaflo, que todo eran astucias de Jugurta, el cual sabía
rnenudamente por sus espías cuantos pasos daba,
pero que se persuadía que Jugurta, ya por llevar
165
CAYO SALUSTIO
consigo poca gente, ya porque sus cosas y esperanzas pendían enteramente de su padre, no tendría
valor para intentar cosa alguna a las elaras, estando
él a la vista. Por tanto, que en su dictamen sería lo
mejor atravesar sus reales francamente; que él iría
solo en compañía de Sila, enviando delante a sus
moros o haciéndolos quedar donde estaban. Pareció
bien la propuesta en aquel apuro, y marchando al
instante, como su llegada imprevista sobrecogió a
Jugurta, mientras dudaba qué resolución tomaría,
pasan sin daño alguno y dentro de breves días llegan al lugar a donde se encaminaban.
Trataba mucho y muy familiarmente allí con
Boco cierto númida llamado Aspar, a quien Jugurta,
desde que supo el llamamiento de Sila, había hecho
ir por su enviado, con encargo al mismo tiempo de
explorar artificiosamente cómo pensaba el rey. Otro
había en su corte llamado Dabar, hijo de Masugrada, de la familia de Masinisa, pero desigual por línea
materna, porque su padre era hijo de concubina.
Tenía éste por sus prendas mucha cabida en la gracia y estimación de Boco, el cual sabiendo por varias experiencias que era fiel a los romanos, lo envía
al instante a decir a Sila: «que estaba dispuesto a hacer cuanto el pueblo romano quisiese; que fijase día,
166
LA GUERRA DE JUGURTA
lugar y tiempo para una conferencia; que en lo que
con él había acordado no había mudanza alguna, y
así que nada recelase del mensajero de Jugurta; que
lo había admitido para tratar con menos embarazo
de los intereses de ambos, pues de otra suerte no
podía precaverse contra sus asechanzas. Mas yo
tengo averiguado que Boco, con trato doble y no
por lo que manifestaba en lo exterior, iba entreteniendo a los dos partidos con esperanzas de paz;
que muchas veces dudó consigo mismo si pondría a
Jugurta en poder de los romanos o entregaría a Sila
a los númidas; que su inclinación nos era contraria,
pero su miedo favorable.
Sila satisfizo a esto diciendo «que delante de
Aspar hablaría poco; que el resto había de pasar en
secreto, con ninguno o con los menos testigos que
ser pudiese, y al mismo tiempo le instruyó de lo que
el rey le había de responder. Llegado el caso de la
conferencia en la forma que se había tratado, dice
Sila a Boco «que el cónsul lo había enviado a preguntarle si estaba en ánimo de hacer la paz o de
continuar la guerra, a lo que el rey, según el anterior
acuerdo, respondió que nada había aún resuelto; que
volviese dentro de diez días y sabría su determinación. De esta suerte se partió cada uno para su
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CAYO SALUSTIO
acampamento, pero después de la medianoche llama
Boco en secreto a Sila, sin más testigos de una y otra
parte que los intérpretes de la mayor confianza; luego el interlocutor Dabar jura religiosamente a satisfacción de ambos, y el rey comienza así:
«Jamás creí que un rey, cual yo soy, el mayor que
en estas tierras se conoce y el más poderoso de
cuantos tengo ,)noticia, pudiese estar en obligación a
un particular. De mí te aseguro, ¡oh Sila!, que antes
de conocerte he ayudado a muchísimos que han implorado mi favor y a otros sin pedirlo, pero que jamás he necesitado a nadie. El no poder ,ya decirlo
así, cosa que para otros fuera tan sensible, para mí
es de grande alegría, pues el haber yo necesitado
alguna vez, me ha producido tu amistad, que aprecio
en más que cuanto tengo, como puedes en la hora
experimentar. Armas, gente, dinero y cuanto te viniere al pensamiento, todo lo tienes a tu arbitrio;
toma, usa de ello según quisieres, y mientras vivas,
nunca te des por satisfecho, porque, en mi gratitud
siempre se conservará entera la memoria de lo que
te debo. En suma, nada apetecerás que no consigas,
si llego yo a saberlo, porque en mi juicio, menos
vergonzoso es para un rey ser vencido por las armas
que en generosidad. Ahora, por lo que toca a la re168
LA GUERRA DE JUGURTA
pública, cuyo encargo ha traído acá, te digo en breve: que yo jamás hice, ni quise que otro hiciese guerra al pueblo romano; lo que he hecho es defender
mis límites, oponiendo fuerza a fuerza, pero quede
esto a un lado. Vosotros, pues lo queréis así, haced
la guerra a Jugurta como mejor os parezca. Yo no
pasaré jamás el río Muluca, que desde Micipsa ha
sido el lindero común de nuestro imperio, ni permitiré tampoco que Jugurta lo pase. En lo demás, si
otra cosa quisieres digna de mí y de vosotros, te la
concederé gustoso.
A esto respondió Sila muy poco y con gran modestia en lo que miraba a sí, pero en lo tocante a la
paz y a la república se alargó mucho, y al fin vino a
declararle «que el Senado y pueblo romano no se
satisfaría con sus ofertas, pues le obligaba a hacerlas
la necesidad y el haber sido vencido; que era menester hacer algo en que se viese más el interés de la
república que el suyo, lo que le era muy fácil, pues
tenía en su mano a Jugurta; que si lo entregaba, le
quedaría el pueblo en la mayor obligación; y la
amistad y alianza, juntamente con la parte de Numidia que ahora solicitaba, se le vendrían entonces de
suyo a las manos. El rey en los principios lo rehusó
muchas veces, «alegando la amistad, el parentesco y
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CAYO SALUSTIO
la alianza que con él tenía; y asimismo el recelo de
que si faltaba a su fe y palabra, enajenaría de sí los
ánimos de sus vasallos que amaban a Jugurta y aborrecían a los romanos. Pero vencido al fin de las
instancias de Sila se rinde y le promete hacer en todo según su voluntad, y para fingir que trataban de
paz (que era lo que deseaba con la mayor ansia Jugurta, cansado de tan larga guerra) se buscaron algunos coloridos a propósito, y urdido de este modo
el engaño, se disuelve el congreso.
Al día siguiente llama el rey a Aspar, enviado de
Jugurta, y dícele «haber entendido de Sila, por medio de Dabar, que la paz podría ajustarse mediante
algunas condiciones, y así, que explorase la intención de su rey. Aspar vase muy alegre a los reales de
Jugurta, y habiéndole éste declarado su voluntad,
vuelve con gran prisa después de ocho días a Boco
y dícele: «que Jugurta estaba dispuesto a cuanto se le
mandase, pero que desconfiaba de Mario, porque
ninguno de los acuerdos hechos por él hasta entonces con los generales romanos había tenido efecto;
por lo que si Boco deseaba mirar por ambos y que
la paz fuese estable y segura, procurase que, so color
de tratar de ella, se tuviese una junta en que los tres
concurriesen y allí le entregase a Sila; que si él logra170
LA GUERRA DE JUGURTA
ba tener en su poder a un hombre de aquella esfera,
sin duda el Senado y pueblo romano mandaría efectuar el tratado, por no abandonar a un personaje tan
ilustre, que no por cobardía suya, sino por el bien de
la república, había caído en manos del enemigo.
Boco, después de haber dado en su ánimo mil
vueltas a esta propuesta, ofrece al fin que lo ejecutaría. Si el tardar en resolverse fue ficción o verdadera
repugnancia, no puedo asegurarlo; lo cierto es que
los deseos de los reyes, por lo mismo que son más
vehementes, suelen ser menos estables, y aun a veces contrarios entre sí. Señalado tiempo y lugar para
tratar de la paz, Boco llamaba unas veces a Sila,
otras al enviado de Jugurta, hablando cortésmente a
entrambos y ofreciendo a cada uno que le pondría
su enemigo en las manos, con lo que ellos estaban
contentos, y al mismo tiempo muy esperanzados. La
víspera en la noche del día aplazado para el congreso, llama el moro a sus confidentes; pero mudando
repentinamente de parecer, despídelos, y habiendo
quedado solo, dícese que estuvo mucho tiempo batallando consigo mismo, demudado el semblante y
el color, y atribulado a un tiempo mismo de ánimo y
de cuerpo, cuyos ademanes, aun callando él, descubrían su interior agitación. Pero al fin manda llamar
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CAYO SALUSTIO
a Sila y por su dirección arma el lazo al númida. Venido que fue el día y avisado Boco de que Jugurta
estaba no lejos de allí, sale, como por hacerle obsequio, con pocos de sus amigos y con nuestro cuestor, a encontrarle hasta un colladito que tenían muy
a la vista del que estaban emboscados. Llega a aquel
sitio Jugurta con los más de sus parientes y amigos,
sin armas, según estaba convenido, y habiéndose
dado la señal, embístenle por todas partes los que le
esperaban. Cuantos con él venían fueron muertos;
Jugurta, atado y entregado a Sila, quien lo condujo a
Mario.
Por este tiempo nuestros capitanes Quinto Cepión y Marco Manlio fueron rotos por los galos,
cuya noticia hizo estremecer a toda Roma; por lo
que ya entonces y hasta nuestra edad solía decirse
que todo lo demás era fácil de superar al valor de
los romanos, pero que con los galos no se peleaba
por ganar gloria, sino por la libertad y por la vida.
Mas cuando se supo en Roma que se había concluido la guerra de Numidia y que traían preso a Jugurta, Mario fue reelegido cónsul en ausencia y se le
encargó la administración de la Galia. Llegado a
Roma, triunfó con grande aplauso en las calendas
de enero, primera era de su nuevo consulado, y des172
LA GUERRA DE JUGURTA
de aquel tiempo estaban puestas en él todas las esperanzas y la felicidad de la república.
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