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la gente mas feliz de la tierra
LA GENTE MAS FELIZ DE LA TIERRA
Es una historia para hacerlo reír, para hacerlo llorar, para construir su fe, Usted caminará
con Demos:
•
Cuando él corteja al estilo armenio, a una chica de sólo quince años, Rose
Gabrielian.
•
Cuando él pondera profecías "que no tienen sentido"
•
Cuando él y Rose, se enfrentan a la trágica pérdida de su hijita querida.
Cuando él le hace frente a una crisis de sus negocios, descubre una enfermedad
mortal en sus vacas lecheras, se enfrenta a una voluntad de Dios para su vida.
La historia personal de Demos, nos comparte un poderoso secreto que, todos los
creyentes necesitamos conocer para sobrevivir a los problemas contemporáneos.
Descubra usted, como ser ¡la gente más feliz de la tierra!.
INDICE
Prefacio___________________________________________________________9
1.Un mensaje desde lo alto de la Montaña
_________________________13
2.Avenida "Unión Pacific"
______________________________________37
3.Una bomba de tiempo
_______________________________________59
4.El hombre que cambió su modo de pensar
5.Afianzamiento del cielo
6.Hollywood Bowl
_______________________75
_______________________________________91
____________________________________________111
7.Tiempo de prueba
__________________________________________127
8.La cafetería Clifton
_________________________________________149
9.Los pies sobre la mesa
______________________________________177
10. El mundo comienza a girar
11.La cadena de oro
12.Al día
___________________________________197
__________________________________________211
_____________________________________________________246
13.¿Cómo puedo tener una relación con Dios?
14. In memoriam
_____________________249
_____________________________________________251
PREFACIO
Era un día gris de diciembre en 1960, cuando llevamos nuestra furgoneta al
penúltimo aparcamiento frente al Hotel Presidente de la ciudad de Atlántico.
Segundos después, un Cadillac con matricula de California dio la vuelta hacia el
lugar libre junte a nosotros y se bajó un hombre corpulento, la cabeza cubierta con un
sombrero "Stetson " de ala ancha. Extendió una mano enorme llena de cicatrices par el
duro trabajo.
Soy Demos Shakerian, dijo.
Dio la vuelta hacia el otro lado de su automóvil y sostuvo abierta la puerta para
que descendiera una mujer bonita de pelo oscuro. "Y ella es mi esposa Rose".
Les dijimos que éramos periodistas de la revista "Guideposts" y que
teníamos asignada la labor de investigar el fenómeno de "hablar en lenguas", añadiendo
rápidamente que estábamos allí "solamente para observar"
Nos divertimos mucho. El Hotel Presidente era escenario esa semana de una
convención regional de la organización llamada " Fraternidad Internacional de Hombres
de Negocios del Evangelio Completo", de la cual, Demos era fundador y presidente.
Habrán venido miles de personas hasta la ciudad de Atlantic, de toda la costa oriental,
unas para encontrarse con el curtido granjero del sombrero "Stetson", otros para
compartir historias de lo que el Espíritu Santo había hecho en sus vidas, y los demás,
como nosotros, sólo como observadores, un poco más que temerosos.
"Al observar el emocionalismo", nos dijimos el uno al otro "gritar, alzar los brazos,
frenéticos testimonios, esas viejas técnicas usadas para manipular a las masas
hasta el emocionalismo.
".. Estuvimos observando... y nada de eso ocurrió. Demos, desde el frente de la
pista de calle del hotel, dirigía la reunión con la callada sensibilidad de quien está
escuchando una voz, que el resto de nosotros no podía ir. En lugar del caos que
esperábamos, reinó un gozo ordenado en la convención. Habiéndonos presentado
prevenidos contra esas manifestaciones emotivas, que no se llegaron a producir, nos
hallamos sin defensa contra el amor con que nos topamos esa semana, y con nosotros,
cientos de personas iniciaron el camino en el Espíritu.
Durante los quince años que han pasado desde aquel diciembre, hemos seguido
el movimiento pentecostal en diferentes partes del mundo, parque nos hemos dado
cuenta de que es donde se hallan las buenas noticias, el entusiasmo, los cambios de vida,
la realidad viva de la iglesia de hoy. Y cuando procedimos les advertimos un hecho
interesante, donde quiera que hablásemos con personas cuya fe estuviese viva, hombres
o mujeres, niños o viejos, católicos romanos o menonitas, una y otra vez la historia
comenzaba con este extraordinario grupo de hombres de negocios y con un granjero de
Downey, California, que se llama Demos Shakarian.
¿Como era posible, nos preguntábamos, que este hombre tímido, sin don de
gentes, con una sonrisa amable, un hombre que jamás parece tener prisa, que nunca
parecía tener idea de lo que iba a hacer al día siguiente, pudiera tener tal en millones de
personas? Nos decidimos a entrevistarlo para descubrir su secreto.
Fue más fácil decidirlo que hacerlo. Demos puede encontrarse en Boston o
Bangkok o Berlín, y Demos no contesta su correspondencia. Pero durante los últimos
cuatro años conseguimos hacerle un buen número de visitas. Demos y Rose vinieron a
nuestra ciudad para vernos; mas tarde nos reunimos en el chalet de un amigo común en
Suiza. Trabajamos juntos en Mónaco y en Palm Springs. Charlamos en automóviles,
aeropuertos y restaurantes armenios. Pero la mejor de todas las ocasiones que pasamos
con Demos y Rose fue en su casa en Downey, la misma casa que construyó en 1934,
cuando nació su primer hijo. La casa del padre de Demos está contigua a la suya y
permanece vacía desde que aquél falleció. Aunque esta casa es más grande y con más
espacio, Demos y Rose profieren vivir en ella, parque bueno... les evoca ciertas
memorias...
Y, poco a poco, comenzamos a captar el secreto de Demos.
Parte del mismo, lo trajo su familia desde Armenia. Esta vieja nación cristiana es
la que más ha sufrido par su fe. Y desde lo más profundo del sufrimiento han emergido las
percepciones.
No se trata, sin embargo, de una misión mayor o distinta de la que pueda tener
cualquier raza o nación. Se trata de un secreto que cada uno de nosotros necesita
conocer, porque, cuando lo conocemos, coma Demos dice, "no importa cuáles sean las
condiciones del mundo que nos rodeó seremos siempre las personas más felices de la
tierra."
Noviembre 1975
John y Elizabeth Sherrill
Chosen Books
Lincoin,Virginia
Capítulo 1
Un mensaje desde lo alto de la montaña
Una noche Rose y yo viajábamos en automóvil a través de Los Angeles, de regreso
a casa, cuando de pronto me sentí impulsado a salirme de la autopista y pasar enfrente de
la casa en donde vivía mi abuelo Demos, cuando llegó a América.
Después de cuarenta y dos años de matrimonio, Rose ya está acostumbrada a estos
inesperados impulsos míos, de modo que aunque fuese la una de la madrugada, no dijo
una sola palabra cuando yo di la vuelta hacia el lugar que antes se lla maba "Los Angeles
Flats". La casa de estuco, de forma cuadrada, había desaparecido del número 919 de la
calle Boston. Permanecimos sentados en el automóvil durante unos momentos,
contemplando los nuevos edificios federales que han reemplazado las viejas casas del
antiguo vecindario. Luego le di vuelta al automóvil y regresé a la autopista.
Pero conmigo, en la cálida noche de California, viajaban recuerdos del abuelo.
Sabía por que había necesitado dar aquel rodeo esa noche, era debido a una profecía que
habíamos escuchado Rose y yo a primera hora de la noche. Habíamos estado en una
reunión de "hombres de Negocios del Evangelio Completo", en Beverly Hills, en donde
alguien había hecho una predicción, proclamaba que estaba transmitiendo las propias
palabras de Dios y que una gran persecución contra los cristianos tendría lugar muy pronto
en muchas partes del mundo, inclusive en los Estados Unidos de América.
¿Que tendríamos que hacer nosotros con tal afirmación? ¿Qué había hecho mi
familia con un mensaje similar hacía ya un siglo? Porque hubo entonces también una
profecía y todo lo que sucedió desde entonces en la vida de mi abuelo, en la vida de mi
padre y en la mía propia, fue resultado de haberla tomado en serio.
Eran las dos de la mañana cuando llegamos a la entrada de nuestra casa en
Downey, una noche de luna demasiado bella para desperdiciarla durmiendo. Yo soy un
trasnochador, para desesperación de Rose, así que ella se fue a la cama, mientras yo
acerqué la vieja silla de la sala junto a la ventana, me senté en la oscuridad y dejé que mi
mente vagase par el pasado.
Yo no conocí al abuelo Demos, falleció antes de que yo naciera, pero tango que
haber escuchado cuentos que se referían a él, al menos un millar de veces. Conocía tan
bien cada detalle de los mismos, que, cuando me senté mirando los naranjos plateados
por la luna me pareció estar contemplando otro paisaje, muy lejano en el tiempo y en el
espacio. Esto no es difícil para un armenio. Somos un pueblo del Antiguo Testamento, el
pasado y el presente están entretejidos de tal forma en nuestras mentes que lo que pasó
hace cien años, o mil, o dos mil, es tan real para nosotros como la fecha presente del
calendario.
He escuchado contar este relato marchas veces y hasta puedo evocar en este
momento al pueblo de Kara Kala situado sólidamente en la rocosa falda del Monte Ararat,
la montaña según la Biblia donde se poso el Arca de Noé. Al cerrar los ojos, veo las casas
de piedra, el granero, el cobertizo, y la casa de la granja de una sola habitación donde vivía
mi abuelo Demos. En la casa de mi abuelo habían nacido cinco hijas ningún varón, y eso
era una desgracia entre los armenios, coma lo era entre los antiguos israelitas.
Podía imaginar al abuelo yendo hacia la iglesia cada domingo por la mañana con
sus cinco hijas. A pesar de que la mayoría de los armenios son ortodoxos, el abuelo y
muchos otros en Kara Kala eran presbiterianos. Podían verlo marchar aquel domingo a
través de la aldea hacia la casa en dónde se reunía la iglesia, con su cabeza erguida ante
su silencioso reproche.
En vista de su gran necesidad, siempre me había sorprendido que mi abuelo no
hubiese aceptado inmediatamente el extraño mensaje que corría por lo alto de las
montañas desde hacía cincuenta años. El mensaje lo trajeron los rusos. Al abuelo le
gustaban los rusos, pero era una persona de mucho sentido común para aceptar esos
cuentos milagrosos. Los rusos venían en grandes caravanas de carretas cubiertas.
Vestían como la gente nuestra, con túnicas largas, de cuello alto, sujetas par la cintura
con un cordón a manera de cincho, los hombres casados, con barba. Los armenios no
tenían ninguna dificultad para entenderse con ellos, ya que la mayoría de los nuestros
hablaban también ruso. Ellos escuchaban los cuentos de lo que los rusos llamaban "la
efusión del Espíritu Santo" sobre centenares de miles de cristianos, ortodoxos rusos. Los
rusos, venían como quien trae regalos, regalos del Espíritu Santo que querían compartir
con nosotros. Podría aún escuchar al abuelo y a la abuela hablando a altas horas de la
noche después de una de estas visitas. Uno tiene que admitir, hubiese dicho el abuelo,
que todo lo que hablan los rusos es bíblico.
Me refiero a que el don de sanidad, está en la Biblia. También está el de hablar en
lenguas. También el don de profecía. Lo que sucede es que todo eso, no suena...
armenio con lo cual hubiese querido decir confiable. Con los pies en la tierra, práctico.
Y la abuela, con su corazón siempre abierto hubiese respondido "sabes, cuando
estás hablando de profecías y de sanidad estás hablando de milagros".
"Pues si".
"Si alguna vez "recibiéramos el Espíritu Santo" en esa forma ¿crees que también
nosotros podríamos pedir un milagro?"
¿Quieres decir un milagro, como tener un hijo?."
Y luego la abuela se habría puesto a llorar. Sé, como un hecho, que en una cierta
soleada mañana de maya de 1891, la abuela estaba llorando.
En el transcurso de los años, varias familias que vivían en Kara Kala habían
comenzado a aceptar el mensaje de los pentecostales rusos. El cuñado del abuelo,
Magardich Mushegan fue uno de ellos. Recibió el Bautismo del Espíritu Santo y en sus
frecuentes visitas a la granja de los Shakarian solía hablar del nuevo gozo que había
encontrado en su vida.
En este día particular, 25 de mayo de 1891, la abuela y algunas otras mujeres
estaban cosiendo en un rincón de la casa de campo de una sola habitación, es decir, la
abuela trataba de coser, porque las lágrimas caían sobre la tela que yacía en su regazo.
A través de la habitación, cerca de la ventana en donde la luz era más clara,
Magardich Mushegan se hallaba sentado con la Biblia abierta sobre las rodillas,
leyéndola.
De improviso, Magardich cerró la Biblia de un golpe, se puso de pie y cruzó la
habitación. Se detuvo delante de la abuela, con su espesa barba negra, moviéndose a
causa de la emoción.
"Goolisar", dijo Magardich "el Señor acaba de hablarme".
La espalda de la abuela se enderezó. "¿De veras, Magardich?"
“Me esta dando un mensaje para ti, prosiguió Magardich. “Gocilisar, exactamente
de hoy en un año darás a luz un niño".
Cuando el abuelo regresó de los campos, la abuela salió a su encuentro a la puerta
de la casa con la noticia de la maravillosa profecía. Complacido y deseando creer, a pesar
de su escepticismo, el abuelo no dijo palabra. Tan sólo sonrió y se encogió de hombros y
marcó la fecha en el calendario.
Los meses pasaron y la abuela quedó encinta de nuevo.
Para aquel entonces, todos en Kara Kala sabían acerca de la profecía, y el pueblo
esperaba en suspenso. Luego, el 25 de mayo de 1892, exactamente un año después de
que se recibió la profecía, la abuela dio a luz un varón.
Esta fue la primera vez que mi familia tuvo un encuentro con el Espíritu Santo en
forma tan personal. Todos los vecinos de Kara Kala estuvieron de acuerdo en que el
nombre escogido para el pequeño niño era perfecto; fue llamado Isaac, porque fue
como el hijo de Abraham largamente esperado, el hijo de la promesa.
Estoy seguro de que era un hombre feliz y orgulloso quien desfilaba con su
familia a la iglesia todos los domingos después del nacimiento de su hijo Isaac. Pero
el abuelo era muy terco, todos los armenios lo son. Se consideraba a si mismo demasiado
inflexible para aceptar sin reservas que había presenciado una profecía sobrenatural de la
misma clase que se menciona en la Biblia. Quizá la predicción de Magardich había sido
solamente una afortunada coincidencia.
Pero al fin, en un mismo día, todas las dudas de mi abuelo desaparecieron de una vez por
todas.
En el año 1900, cuando Isaac tenia ocho años y su hermana menor, lamas, cuatro,
llegaron noticias de que un centenar de cristianos rusos se acercaban por la parte alta de
la montaña en sus carretas cubiertas. Todos se alegraron, en Kara Kala era costumbre
preparar una fiesta para los visitantes cristianos cuando llegaban. A pesar de no estar de
acuerdo con "el evangelio completo" que predicaban los rusos, el abuelo consideraba sus
visitas como un tiempo reservado para el Señor, e insistía en que la bienvenida tuviese
lugar en la explanada frente a su propia casa.
Ahora, el abuelo se sentía orgulloso de su fino ganado. Al escuchar la noticia de la
llegada de los rusos marchó al corral para inspeccionar su manada. Elegiría el mejor de
sus novillos,el más gordo, para aquella comida especial.
Desafortunadamente, sin embargo, al inspeccionarlo resultó que el más gordo de
sus animales tenía una falla, era tuerto.
¿Qué debería hacer? El abuelo conocía la Biblia muy bien, sabía que no debía
ofrecer un animal imperfecto al Señor, acaso no dice el capitulo 22 de Levítico, en el
versículo 20: "¿Cualquier casa que tenga defecto no debéis ofrecerla, pues ésta no será
aceptable...?"
¡Vaya dilema! Ningún otro animal de la manada era suficientemente gordo para
alimentar a un ciento de huéspedes. El abuelo miró alrededor, nadie estaba mirando.
¿Supóngase que lo destace y simplemente esconda la cabeza defectuosa? ¡Si, esto es lo
que haría! El abuelo condujo el animal tuerto al cobertizo, lo degolló el mismo, y a toda
prisa metió la cabeza en un saco y la escondió debajo de un montón de grano de trigo
trillado en un rincón obscuro.
El abuelo estuvo apenas a tiempo, parque cuando terminaba de condimentar el
novillo, oyó el rumor de las carretas que llegaban a Kara Kala. ¡Que vista tan estupenda...!
Por la polvorienta carretera se veía la conocida caravana de carretas, coada una de ellas,
tirada par cuatro caballos bañados de sudor. Al lado del conductor del primer carro erguido y
en posición de mando, como de costumbre, iba sentado el patriarca de la barba blanca
que era el jefe y profeta del grupo. El abuelo y el pequeño Isaac corrieron camino arriba a
dar la bienvenida a los huéspedes.
Por todas partes del pueblo se hacían preparativos para la fiesta. Pronto, el enorme
novillo se estaba asando sobre un lecho de carbones encendidos. Esa noche todos se
juntaron ansiosos y hambrientos en torno de las tablas de madera que les servirían de
mesa. Sin embargo, antes de que la cena pudiese comenzar, la comida debía ser
bendecida.
Estos viejos cristianos rusos no oraban nunca, ni aún daban gracias par las
comidas, hasta no haber recibido lo que llamaban "la unción". Esperaban ante el Señor,
hasta que, según sus palabras, el Espíritu Santo descendiese sobre ellos. Ellos clamaban
(y ésto divertía un poquito al abuelo) que podrían sentir descender la presencia del Señor
y cuando este ocurría alzaban sus brazos y danzaban de gozo.
En esta ocasión, como siempre, los rusos esperaron la unción del Espíritu y tal
como sucedía, uno y después otro, comenzaron a bailar en su lugar a la vista de todos.
Todo marchaba como siempre. Pronto vendría la bendición de los alimentos y la fiesta
comenzaría.
Pero, para consternación del abuelo, el patriarca alzó de pronto la mano, no en
señal de bendición, sino coma señal para que todos parasen. Dirigiendo al abuelo una
mirada penetrante, aquel hombre alto de barba blanca se alejó de la mesa sin decir una
palabra.
Los ojos del abuelo seguían los movimientos del anciano, mientras el profeta
cruzaba el patio en dirección al establo. Reapareció después de un minuto. En su mano
sostenía el saco que el abuelo había escondido debajo de un montón de trigo.
¡El abuelo comenzó a temblar. Cómo pudo saberlo aquel hombre! Nadie lo había
visto. Los rusos todavía no habían llegado al pueblo cuando él escondió la cabeza. Ahora
el patriarca ponía el saco delante de mi abuelo y lo dejaba abierto, revelando a todos la
cabeza con el ojo lechoso.
“¿Tienes algo que confesar, hermano Demos?" pregunto el ruso.
"Si, yo lo tengo", dijo el abuelo temblando, ¿pero como lo supo?
“Dios me lo dijo", respondió el hombre con sencillez. Tú todavía no crees que El
habla a su pueblo como lo hacía en el pasado. El Espíritu me dio esta palabra de
conocimiento por una razón especial, para que tú y tu familia creáis. Habéis estado
resistiendo el poder del Espíritu. Hoy es el día en que deja de resistirlo".
Ante vecinos y huéspedes, aquella noche el abuelo confeso el engaño que había
proyectado. Con las lágrimas rodando por su hirsuta barba, pidió perdón. "Muéstrame", dijo
al profeta, "¿cómo puedo yo recibir al Espíritu de Dios?".
El abuelo se arrodilló, y el anciano ruso posó sus manos marcadas por el duro
trabajo, sobre su cabeza. Inmediatamente el abuelo prorrumpió en una gozosa oración,
en una lengua que ninguno de nosotros conocía. Los rusos llamaban a esta clase de
éxtasis "lenguas" y lo tomaban como un signo de que el Espíritu Santo estaba con quien
así hablaba. Aquella noche, también la abuela recibió "su Bautismo en el Espíritu Santo".
Este fue el principio de grandes cambios en la vida de mi familia, y uno de los
primeros síntomas fue un cambio de actitud hacia el más famoso ciudadano de Kara Kala.
Este era conocido en toda la región como “el niño profeta”a pesar de que aquellos días del
incidente de la cabeza del novillo, el niño profeta contaba con cincuenta y ocho años.
El verdadero nombre de aquel personaje era Efim Gerasemovitch Klubniken, y tenía
una peculiar historia. Era de origen ruso y estaba su familia entre las primeras pentecostales
que habían cruzado la frontera para asentarse permanentemente en Kara Kala. Desde su
primera infancia Efim había mostrado un don para la oración, practicaba frecuentes y
largos ayunos, oraba sin cesar en veladas de oración de toda la noche.
Como todos los vecinos de Kara Kala lo sabían, cuando Efim tenía once años oyó la
voz de Dios llamándolo en una de sus vigilias de oración. Esa vez continuó orando durante
siete días con sus noches y durante ese tiempo recibió una visión.
Este hecho en sí mismo no era extraordinario. En verdad, coma el abuelo
acostumbraba a mascullar, cualquiera que pasase tanto tiempo sin comer ni dormir tenía
mucha probabilidad de comenzar a ver cosas. Pero lo que Efim fue capaz de hacer
durante esos siete días no resulta fácil de explicar.
Efim no sabía leer ni escribir, sin embargo, cuando se sentó en su pequeña cabaña de
piedra en Kara Kala, vio ante si una visión de mapas y un mensaje escrito en una
bellísima caligrafía, Efim pidió pluma y papel, y durante siete días, sentado en la dura
banca de la mesa de madera donde comía su familia, copió laboriosamente la forma y
hachura de las letras y los diagramas que pasaban trente a sus ojos.
Cuando hubo terminado el manuscrito fue llevado a personas del pueblo que sabían
leer, y resulto que aquel niño analfabeto había escrito en caracteres rusos una serie de
instrucciones y advertencias. En un tiempo futuro que quedaba sin especificar, escribió el
muchacho todos los cristianos de Kara Kala estarían en gran peligro. Predijo una época
de inexplicable tragedia para toda la región, cuando centenares de miles de hombres,
mujeres y niños serían brutalmente masacrados. El tiempo llegaría, advertía, cuando
todos los habitantes de la región tendrían que huir. Deberían irse a una tierra atravesando
el mar. A pesar de que jamás había visto un libro de geografía, el muchacho profeta dibujó
un mapa que mostraría exactamente el lugar a donde los cristianos deberían huir. Para
asombro de los adultos, el mar que había dibujado con tanta precisión no era precisamente
el cercano Mar Negro o el Mar Caspio, ni tan siquiera el más lejano Mediterráneo, sino el
distante e inimaginable Océano Atlántico. No había dudas acerca de este, ni tampoco
acerca de la identidad de la tierra que se dibujaba al otro lado del mapa, raramente era la
costa este de los Estados Unidos de América.
Pero los refugiados no se quedarían allí, continuaba la profecía. Deberían seguir
viajando hasta llegar a la costa oeste de la nueva tierra. Allí, escribió el muchacho, Dios los
bendeciría y los haría prosperar, y haría que su semilla fuese una bendición para las
naciones.
Un poco después, Efim escribió también una segunda profecía, pero lo único que
todo el mundo conocía de esta otra era que se refería a un futuro todavía más lejano,
cuando la gente tendría otra vez que huir. Efim pidió a sus padres que sellaran la segunda
profecía en un sobre y repitió las instrucciones previas que había recibido. Se le dijo en su
visión que únicamente un profeta, elegido por el Señor para esta tarea, podría abrir el
sobre y leer la profecía a la iglesia. Cualquiera que se atreviese a abrir el sobre entes,
moriría.
Bueno, lo cierto es que mucha gente en Kara Kala sonreía ante estos cuentos del
niño. Sin duda tenía que haber alguna explicación para aquella lectura "milagrosa". Quizá
había aprendido a leer y escribir en secreto, con el único motivo de hacerle un broma a
los del pueblo.
Otros sin embargo, comenzaron a llamar a Efim el niño profeta y no estaban
demasiado convencidos de que el mensaje fuese genuino. Cada vez que llegaban
noticias frescas sobre la situación política a estas tranquilas cortinas del Monte Ararat,
cogían las ya amarillentas hojas para leerlas de nuevo. Los problemas entre los
musulmanes-turcos y los cristianos-armenios parecían crecer en intensidad. En agosto de
1896 cuatro años antes de que el abuelo degollara el novillo tuerto ,,no hubo acaso una
turbo enfurecida de turcos que asesinó a seis mil cristianos armenios en las calles de
Constantinopla?
Pero Constantinopla estaba muy lejos, y habían pasado muchos años desde que
se dio la profecía. Las profecías de la Biblia se daban en docenas y aún hasta centenares
de años antes de que se produjesen los sucesos profetizados, pero la mayoría de la gente
de Kara Kala, el abuelo entre ellas, creía que esos genuinos dones proféticos habían
cesado al completarse la Biblia.
Y después, a poco de comenzar el nuevo siglo, Efim anunció que el tiempo del
cumplimiento de la profecía que había escrito hacía casi cincuenta años, estaba cerca.
"Tenemos que escapar a América. ¡Todos los que permanezcan aquí perecerán"
Aquí y allá en Kara Kala, familias pentecostales empaquetaban sus casas y
abandonaban las pertenencias que habían sido sus posesiones desde tiempos
inmemoriales Efim y su familia, fueron de las primeras en marcharse. Cada vez que un
grupo de pentecostales abandonaba Armenia, eran la irrisión de los que quedaban atrás.
Estos buenos paisanos escépticos e incrédulos, inclusive muchos cristianos, rehusaban
creer que Dios podía dar instrucciones exactas a la gente moderna de nuestros días.
Pero las instrucciones demostraron ser correctas. En 1914 un período de horror
inimaginable invadió Armenia. Con una cruel eficacia, los turcos iniciaron su sangrienta
labor de conducir a dos tercios de la población hacia el interior del desierto de la
Mesopotamia. Más de un millón de hombres, mujeres y niños murieron en aquellas
marchas mortales, inclusive todos los habitantes de Kara Kala. Otro medio millón fue
masacrado en sus pueblos, en un programa que le serviría mas tarde a Hitler de modelo
para exterminar a los judíos. "El mundo no intervino cuando los turcos barrieron a los
armenios", recordó a sus seguidores, "tampoco intervendrá ahora".
Los escasos armenios que consiguieron escapar al asedio, llevaron consigo relatos
de gran heroísmo. Explicaron que a veces los turcos ofrecían una oportunidad de negar
su fe, a cambio de sus vidas. El procedimiento favorito de los turcos era encerrar a un
grupo de cristianos en un establo y prenderle fuego "Si estáis dispuesto a aceptar a
Mahoma en lugar de Cristo, abriremos las puertas." Una u otra vez, los cristianos elegían
morir, cantando himnos de alabanza mientras las llamas los devoraban.
Los que habían obedecido al aviso del Niño Profeta y habían buscado asilo en
América, escuchaban las noticias con espanto.
El abuelo Demos se contaba entre los que habían huido. Después de su
experiencia con el patriarca ruso, el abuelo no volvió a dudar de la validez de la profecía.
En 1905 vendió la granja que había pertenecido a su familia durante generaciones y
aceptó a cambio el poco dinero que quisieron darle para ella. Después seleccionó las
pertenencias que la familia podría llevar consigo a sus espaldas, inclusive su propia
tetera rusa de bronce. Y con su esposa y sus seis hijas, Shushan, Esther, Siroon, Magga,
Yerchan y Humas, y el, orgullo más de su vida, su hijo de trece años Isaac, partió para
América.
La familia llegó a salvo a Nueva York, pero conscientes de la profecía, no se
quedaron allí. De acuerdo con las instrucciones escritas comenzaron a viajar a través de
esa tierra nueva y salvaje para ellos hasta que llegaron a Los Ángeles. Allí, para su dicha,
hallaron un pequeño sector armenio en pleno proceso de crecimiento donde ya vivían
algunos amigos de Kara Kala y con la ayuda de esos amigos, mi abuelo comenzó a buscar
casa. "The Flats" era la localidad más barata de Los Ángeles y sin embargo fue solamente
al juntarse con otras dos familias que pudo llevar a su familia a vivir en la casa de estuco
en forma cuadrada en el número 919, de la calle Boston.
El pasaje del barco, el viaje a través de los Estados Unidos y su parte del alquiler
de la casa, acabó con todo el dinero que obtuvo por la venta de la finca ancestral y el
abuelo se puso inmediatamente a buscar trabajo sin éxito alguno. La gran depresión de los
últimos años de 1800 todavía se dejaba sentir en California, no había puesto de trabajo
disponible, especialmente para un recién llegado que no hablaba ni una palabra en inglés.
Todas las mañanas el abuelo iba a las oficinas de empleo y siempre regresaba con el
paso más vacilante que el día anterior.
Pero había un tiempo cada semana, cuando todas las preocupaciones se hacían a
un lado, el culto de adoración del domingo. La casa de la Calle Boston tenía un salón al
trente, bastante grande, que de pronto se convirtió en el lugar de reunión de la comunidad.
Los servicios se llevaban a cabo según las costumbres que traíamos de reuniones en las
iglesias en el hogar, allá de Kara Kala. El punto de enfoque era una mesa grande en la
que descansaba una Biblia abierta. A ambos lados se sentaban los hombres, alineados según
orden de edad, los ancianos en primer lugar, después los jóvenes y finalmente los niños; al otro
lado las mujeres, también en orden de edad. Los ancianos continuaban llevando sus pobladas
barbas negras, aunque de vez en cuando un hombre joven asombraba a todo el mundo al dejarse
crecer tan solo el bigote. Y se esperaba que al menos para asistir a la iglesia (aunque no durante la
semana), los hombres llevasen sus túnicas de vivos colores, las mujeres sus vestidos largos
bordados, con sus tocadas en la cabeza, tejidos a ganchillo, tal como se había hecho por
generaciones.
Que alivio tiene que haber proporcionado al abuelo encontrar apoyo espiritual en aquel
grupo de cristianos... Hacía mucho tiempo que habían aprendido que Dios podía hablarles
directamente desde la Biblia. Con su necesidad de un trabajo en su mente, el abuelo se
arrodillaba sobre la pequeña alfombra oriental, que había sido traída de su vieja nación, para pedir
'por una palabra'. Y enseguida toda la congregación comenzaba a orar en voz baja, a menudo en
éxtasis, en desconocidos y exóticos idiomas llamados lenguas". Al final, uno de los mayores se
acercaba a la Biblia y colocaba su dedo en un pasaje elegido al azar. Siempre las palabras parecían
hablar directamente sobre la necesidad del momento.
A veces eran acerca de la fidelidad de Dios, y otras, acerca de la venida de los días de
leche y miel, tal como lo había predicho el Niño Profeta. De cualquier modo la pequeña iglesia
armenia esperaba que llegasen esos ansiados días, pero mientras duraba la espera, podía
gozar de esos hermosos momentos de comunión.
Un día llego un nuevo motivo de aliento. Sucedió que el abuelo y su cuñado
Magardich Mushegan (el mismo que había predicho el nacimiento de Isaac) caminaban por la Calle
San Pedro de Los Ángeles en busca de trabajo en los establos. Cuando al pasar por la
calle de al lado llamada Azusa, se pararon en seco. Junto con el olor de caballos y arneses
de cuero les llegó el inconfundible sonido de gentes que alababan a Dios en lenguas. No
sabían que en los Estados Unidos hubiese personas que adorasen a Dios en la forma
como ellos lo hacían. Se acercaron precipitadamente al establo transformado de donde
procedían las voces y llamaron a la puerta. Por aquel entonces el abuelo ya había
aprendido unas pocas palabras en inglés.
¿Podemos, entrar.. nosotros...?
¡Por supuesto! La puerta se abrió de par en par. Hubo abrazos, manos levantadas
a Dios en acción de gracias, cánticos y alabanzas al Señor, el abuelo y Magardich
regresaron a la calle Boston con la noticia de que que pentecostés había llegado hasta estas
lejanas tierras desde el otro lado del mar. Nadie sabía entonces que la calle Azusa llegaría
a ser un nombre famoso. Comenzaba un avivamiento aquí en ese viejo establo de
caballos de alquiler que esparciría la renovación carismática por diferentes lugares
alrededor del mundo. En aquel momento, el abuelo vio aquel otro cuerpo de creyentes
como una clara confirmación de la promesa de Dios de que haría cosas nuevas y
maravillosas en California.
Cuales serían estas cosas, el no alcanzó a vivir para verlas el tan ansiado trabajo
estable que por fin llegó, se convirtió en tragedia.
Un día, en 1906, el abuelo llegó a casa con el paso más ligero,
¡Haz encontrado trabajo! dijo la abuela.
Sí lo he encontrado.
Todos los miembros de la casa se reunieron alrededor del abuelo que contaba la
gran noticia. Allá en Nevada, en otro estado junto a California, explicó, los ferrocarriles
estaban contratando persona.
El rostro de la abuela perdió la sonrisa, había oído hablar de Nevada. Se trataba de
un desierto donde la temperatura subía por encima de los 48 grados centígrados y donde
los hombres caían muertos mientras intentaban llevar acabo el duro trabajo de tender la
línea.
Pero tú te olvidas replicó el abuelo, que soy granjero. Estoy acostumbrado a trabajar
al aire libre en el sol. Por otro lado, Goolisar, madre de mi hijo, ¿tenemos otra opción?.
Así fue como el abuelo pidió a los ancianos de la iglesia que se reuniesen y recibió
la bendición tradicional por el viaje. Después, con una muda de ropa arrollada dentro de
una manta se dirigió hacia el desierto. Muy pronto el cartero trajo un giro postal cada
semana a la casa de la calle Boston.
Y entonces un verano por la noche, llegó el cable que la abuela había estado
temiendo desde el principio. En un día de calor agobiante, el abuelo se había desplomado
mientras trabajaba en la línea del ferrocarril. Su cuerpo sería enviado por tren de regreso.
Y con la muerte de mi abuelo, mi propio padre, Isaac, tomó el empleo para el que no
estaba preparado, porque a los 14 años se había convertido en cabeza de la familia.
Desde hacía varios meses, papá vendía periódicos en la esquina de una calle del
centro de Los Ángeles. Ganaba casi diez dólares al mes lo cual era una valiosa
contribución mientras el abuelo vivía, pero insuficiente para alimenten ahora a su madre y a
sus seis hermanas. Incluso en el gran momento periodístico que fue el terremoto de San
Francisco de 1906 cuando vendió seis atados de periódicos "extras" en una hora, apenas
alcanzó para poner un poco más de leche sobre la mesa.
Papá nunca hubiese tomado dinero por el que no hubiese trabajado. En los
primeros años del siglo, todavía circulaban monedas de oro, las piezas de oro de cinco
dólares eran de un diámetro aproximadamente al de las de una moneda de cinco centavos
de ahora. Un día, un cliente con mucha prisa, depositó en su mano una moneda, recogió
los tres centavos de cambio y se alejó rápidamente. Papá estuvo a punto de deslizar la
moneda en el bolsillo de su delantal azul de vendedor de periódicos que llevaba escritas
las palabras "Los Angeles Times” cuando se dio cuenta, al mirarla con detenimiento, que
la moneda que tenía en la mano era en realidad una moneda de oro de cinco dólares.
Señor! gritó. Pero el cliente ya estaba a casi de una cuadra de distancia. Papá puso
una pesa encima de sus periódicos y echó a correr tras el hombre. Un vehículo público
pasó frente a él. Sin pensarlo dos veces papá montó, pagó el pasaje con sus preciosas
ganancias y siguió al individuo. Cuando por fin lo alcanzó, papá saltó del tranvía.
"Señor". El hombre se volvió finalmente. "Señor, esto no es una moneda de cinco
centavos", dijo papá en su inglés y extendió su mano, el oro brillo con el sol.
A menudo pienso en aquel hombre que tomó su moneda sin extender por lo menos
un reconocimiento. Me gusta pensar que si hubiera podido ver los hambrientos rostros
esperando coda noche a la puerta del número 919 de la calle Boston, le hubiera dicho al
muchacho que se quedara con la moneda.
Diez dolares al mes no eran suficientes para la familia. Por las noches, después del
trabajo, papá comenzó a recorrer las oficinas de empleo como había hecho antes el abuelo.
Pero si el trabajo para los hombres escaseaba. Los trabajos para un muchacho todavía eran
más difíciles de encontrar. Por fin, supo que había una plaza en una fábrica de arneses. El
sueldo era poco, quince dólares al mes, pero aun así era más de lo que podía ganar con
la venta de periódicos, y papá tomó el empleo.
Un día en 1908, cuando papa tenía dieciséis años, vino a casa desde la fábrica para
escuchar alarmantes palabras de la abuela.
¡Isaac!. ¡Escucha que noticias tan estupendas! dijo la abuela.
Si que necesitamos buenas noticias, respondió papá a través del pañuelo que a
menudo se ponía en la boca. El fino polvo del cuero en la fabrica de arneses se le
depositaba en los pulmones y le hacía toser continuamente.
¡He encontrado trabajo!, dijo la abuela.
Papá no podía creer lo que escuchaban sus oídos. Ninguna mujer armenia
trabajaba por un sueldo. En su antiguo país los hombres se ocupaban de la manutención
de sus familias, le recordaba a la abuela en la cocina, mientras él lavaba sus cabellos
sucios por el polvo del cuero.
Pero Isaac ¿no te das cuenta de lo que significa para ti llevar esta carga? estás
más delgado que un palillo. Incluso te he oído hablar ayer con rudeza a tu hermana
Hamas.
Papá se ruborizó, pero mantuvo el aplomo. No tomarás ese trabajo.
Ya lo tengo. Es una familia muy amable de Hollenbeck Park. Lavaré, plancharé y
haré algo de limpieza.
Entonces voy a empacar y me marcho de casa, contestó papá con lentitud,
mientras abandonaba la cocina. Subió a la habitación y la abuela le siguió. Se mantuvo en
pie en el umbral de la puerta mientras papá ataba sus ropas en un paquete. Sí tu trabajas,
ya no me necesitas a mí aquí.
Al día siguiente, después de todo, la abuela informó a la gente de Hollenbeck Park
que no les lavaría la ropa.
Pero en la fábrica de arneses la tos de papá fue empeorando. No mejoraba, ni
siquiera cuando lo hicieron capataz al año siguiente, y con ello podía, a veces, estar fuera
de la planta. La abuela acostumbraba comentarme cómo se quedaba despierta en cama
escuchando toser a papá durante toda la noche cuando por fin persuadió a papá de que
fuese a visitar al médico. El doctor confirmo lo que toda la familia ya sabía, si papá no
abandonaba la fábrica de arneses, no llegaría a los veinte años.
La interrogante era ¿de qué otra forma podría él sostener a su madre y a sus
hermanas? Y en este momento, como solía hacerlo siempre la familia en tiempos de
perplejidad, papá se volvió a la iglesia.
La iglesia pentecostal armenia ya no se reunía en el salón de la calle Boston.
Conforme los hombres habían ido encontrando trabajo aquí y allá, lo primero que hicieron
fue construir un edificio para la iglesia. Se trataba de un pequeña estructura en la calle
Gless, de tal vez 20 por 10 metros, con bancas sin respaldo, que se podrían arrinconar
hacia la pared cuando el gozo del Señor movía la congregación a danzar en el Espíritu. Al
frente de la sala se hallaba la tradicional “mesa”.
Puedo imaginar a mi papá dirigiéndose hacia la "mesa", en la misma forma en que
lo había hecho en muchas ocasiones el abuelo. Se arrodilló en la pequeña alfombra
marrón oscuro y expresó su necesidad, mientras detrás de él se agrupaban los ancianos,
inclusive Magardich y su hijo Aram Mushegan de quien se decía que era tan fuerte que podía
levantar una carreta del suelo mientras se reparaba una rueda. Fue Aram quien colocó su
dedo en la Biblia y leyó en voz alta estas extrañas y hermosas palabras:
"Bendito serás tú en la ciudad, y bendito serás tú en el campo. Bendito será el fruto
de tu vientre, el fruto de tu tierra, y el fruto de tus bestias, la cría de tus vacas y los rebaños
de tus ovejas" (Deut. 28: 34).
¿Tierra? Papá se pregunto ¿Ganado?, pero las hermosas palabras del capitulo 28
de Deuteronomio continuaban:
“El Señor enviará bendición sobre ti, en tus establos, y sobre todo aquello que
emprendas y te bendecirá en la tierra que el Señor tu Dios te da".
Y mientras papá escuchaba, se daba cuenta de que había una sola cosa que
siempre había deseado hacer. Lo que había estado soñando durante todos los días
cuando trabajaba las máquinas cortadoras de cuero. Deseaba trabajar con vacas, con
cosas verdes y frescas que crecían al aire libre.
Pero se necesita mucho dinero para adquirir tierra, lo recordaba a menudo, cuando
sus pensamientos llegaban a este punto. Ahora, con la promesa de las Escrituras que se
repetían sus oídos, se decidió. Papá aviso a la fábrica de arneses, y al cabo de dos
meses estaba sin empleo.
Y casi al mismo tiempo comenzó a darse cuenta de una cosa. Las frutas y verduras
que se exhibían en las tiendas de los alrededores de la ciudad, no sólo eran demasiado
caras para que familias modestas como la suya las pudieran comprar, si no que además
eran pequeñas y pálidas como si hubiesen sido cortadas antes de tiempo. ¿Que pasaría,
se preguntaba, si él las llevase a la ciudad a vender, de casa en casa?
Y así fue como papá comenzó su próspero negocio. Al sur y al este de Los Ángeles,
se encontraba una área llena de pequeñas granjas cuyos dueños eran armenios, que
cultivaban algunas de las verduras y frutas mejor seleccionadas del mundo. Papá tomó el
poco dinero que había estado ahorrando mes tras mes para el ajuar de sus hermanas y
con él hizo dos compras, una carreta y un caballo de pelo rojizo de dos años,
llamado“Jack".
Al día siguiente, papá condujo a "Jack" y su carreta a un cruce de ferrovía que se
llamaba Downey, en aquellos días no era aun un suburbio de la ciudad, sino un poblado a
veinticinco kilómetros en el campo. El viaje le llevaba casi tres horas cada vez, pero papá
disfrutaba cada minuto de ese tiempo. El aire limpio y fresco llenaba de salud sus malsanos
pulmones. En la mente de papá comenzaban a emerger los sueños, un día también él sería
un granjero. Incluso poseería vacas. Sería un lechero, el mejor del país.
Pero entre tanto, quedaba mucho trabajo por hacer. Aquel día, en Downey, papá fue
de granja en granja a comprar lechugas aquí, toronjas allá, naranjas en otro lugar
zanahorias en cualquier otra parte y cualquier otra fruta o verdura que estu viesen en su
punto mas alto de la cosecha. Luego con el carro cargado con productos de primera
calidad, regresaba a Los Ángeles. Mientras Jack iba de arriba abajo, hacia sonar el
empedrado de las calles con las herraduras de sus patas, papá anunciaba a voz en
cuello su mercancía: ¡Fresas maduras! i Naranjas dulces! ¡Espinacas recién cortadas!. Su
producto era bueno y sus precios justos, así que la próxima vez que volvió, encontró a las
amas de casa esperándolo.
Pasó un año y ahora papá tenía diecinueve, y lucía bigote de moda. El dinero del
ajuar para sus hermanas se había repuesto y aumentado. Con su salud renovada y el
negocio floreciente, papá comenzó a pensar en una familia propia.
Ya había echado el ojo a la muchacha que quería por esposa, una chica de quince
años, con ojos negros y pelo negro que se llama Zarouhi Yesseyian. No es que la
conociese personalmente. De acuerdo con las costumbres armenias, un muchacho y una
chica no pueden hablarse antes de que las familias se hayan puesto de acuerdo para el
matrimonio. Papá solo sabía que cuando pasaba cerca de su casa entre la Calle Sexta y
Gless, el corazón le daba saltos en el pecho.
Puesto que el papá había fallecido, uno de los ancianos de la iglesia hizo la
petición formal de la mano de Zarouhi. El hombre manifestó los propósitos de papá en
cuanto hubiese ahorrado lo suficiente para el pago inicial, vendería su productivo negocio
y compraría tierra para ganado. Después de ésto, proclamaba el joven, únicamente el cielo
azul de California le pondría límites.
Así que papá se casó. Muy pronto, él y mi madre estuvieron en disposición de
comprar cuatro hectáreas de tierra con cultivos de maíz, algunos eucaliptos y tierra de
pasto en el corazón de Downey. Y lo más hermoso de todo, tres vacas lecheras. Con sus
propias manos él y mamá construyeron una casita de tablas de madera rústica. Mamá
acostumbraba decir que era una casa muy fácil de limpiar; las tablas de treinta centímetros
que formaban el piso, encajaban tan mal entre ellas, que el agua de fregar se filtraba por las
ranuras de la madera del piso hacia la tierra que había debajo...
De pronto me di cuenta de que mientras estaba sentado en la silla de la sala de
estar y hacía recuerdos, el cielo se hacía claro tras los naranjos. Y todavía mis
pensamientos seguían hurgando el pasado. El 21 de julio de 1913, aún antes de que papá y
mamá terminasen la casita de madera en Downey, nació su primer hijo. A diferencia del
abuelo, quien tuvo que esperar tanto para un hijo, el primer bebé de papá y mamá fue un
niño. Me llamaron Demos.
En la mesa, junto a mi, la gran tetera de bronce que el abuelo había traído a sus
espaldas desde Kara Kala comenzaba a reflejar la primera luz del día. Volví a mirarla,
contemplé sus costados que brillaban como el oro a la luz de la aurora. Y me pregunté si
al darme el nombre de mi abuelo, mis padres habían adivinado el papel misterioso que
la profecía jugaría también en mi propia vida.
CAPITULO 2
Avenida Unión Pacific
A pesar de que mis padres se trasladaron a Downey cuando yo tenía ocho meses,
siguieron asistiendo a la pequeña iglesia de la calle Gless. Papá decía que era de sus
iglesias de donde los armenios obtenían su fuerza. Papá también me enseño dos
habilidades a la vez. Tan pronto mis manos fueron suficientemente grandes me enseñó a
ordeñar y tan pronto como fui lo bastante alto para subir un cesto de naranjas y llegarle a la
cabeza de "Jack", me enseñó a ponerle el arnés. Muchas de mis primeras memorias que
recuerdo son de cuando uncía a Jack al carro y salíamos con mi familia hacia la iglesia;
para entonces ya tenía dos hermanas, Ruth y Lucy.
El viaje tomaba tres horas tanto de ida como de regreso, y el servicio con todo y
almuerzo, duraba cinco, y yo disfrutaba cada momento. Me gustaba observar a aquellos
musculosos granjeros y trabajadores levantando sus manos al aire mientras el Espíritu se
movía por toda la congregación, los rostros elevados al cielo, hasta que sus largas barbas
apuntaban hacia adelante, paralelas a la mesa. Me gustaba escuchar sus voces
profundas y encantadoras que cantaban el antiguo salterio armenio.
Aún los sermones levantaban los ánimos en aquella pequeña construcción de la
calle Gless, porque hacían revivir el pasado. Armenia, nos recordaba el predicador, es la
nación cristiana más antigua del mundo, y también la que más ha sufrido a causa de su fe.
Las recientes masacres de los turcos eran tan sólo las últimas entre los recuerdos de
salvajes atentados que los vecinos habían perpetrado con intención de aniquilar a esta
pequeña nación inflexible, y de tanto oír la misma historia, llegó a convertirse en la fibra y el
hueso de todos nosotros. "Estamos en el año 287, comenzaba el predicador, y el joven
San Gregorio se está preguntando si debe regresar a su hogar en su amada Armenia".
Gregorio había caído en desgracia con el Rey y por ello se encontraba exiliado de su país,
pero en el exilio había tenido la oportunidad de escuchar el mensaje de Cristo.
Finalmente, a pesar del riesgo, decidió regresar para compartir el evangelio con sus
compatriotas.
El Rey pronto sabe de su retorno, lo manda a apresar y lo encierra en la más
lóbrega mazmorra del castillo, para que muera de inanición. Pero no antes de que la
hermana del rey escuchara a Gregorio y se convirtiera. El predicador describía con vivos
colores el cuadro de la joven bajando furtivamente las húmedas escaleras de piedra de la
negra y maloliente prisión, escondiendo un pan o una calabaza llena de leche de cabra,
bajo una andrajosa capa. Por catorce años, la princesa consiguió mantener vivo a
Gregorio.
Por aquel entonces una espantosa enfermedad se apodera del rey, una extraña
locura le hizo revolcarse en el suelo aullando como un animal. Durante sus momentos de
lucidez el Rey suplicó a los médicos que lo curasen, pero ninguno lo consiguió.
"Gregorio puede curarte" sugiere su hermana. "Gregorio murió hace muchos años"
respondió el Rey, "sus huesos yacen podridos bajo este mismo castillo".
"El está vivo" le dice ella quedamente, y describe sus catorce años de vigilia.
De modo qué, Gregorio es sacado de su mazmorra, sus cabellos se han tornado
blancos como la nieve del Monte Ararat, pero su mente y su espíritu están sanos. En el
nombre de Jesucristo, Gregorio increpa al demonio que atormenta al rey, y en aquel
mismo instante el Rey es sanado. Juntos, en el año de 301, él y San Gregorio se dedican
a la conversión de toda Armenia.
En el largo camino de regreso a casa yo revivía de nuevo la historia, recordaba al
hombre paciente en su mazmorra, encerrado mientras los años transcurrían uno tras otro,
sin perder jamás la fe, sin perder nunca la esperanza, esperando solamente que llegase el
momento perfecto que el Señor le tenía preparado...
Cuando la última de sus seis hijas se casó, la abuela vino a vivir con nosotros a la
pequeña casa de madera; la recuerdo bien, una mujer menuda de cabellos blancos cuyos
ojos brillaban orgullosos de su único hijo varón. Lo único que lamentaba, solía decir, era
que el abuelo Demos no hubiera vivido lo bastante para ver a los Shakarian con tierra
propia de nuevo. Goolisar murió allí en su pequeña habitación, una mujer feliz y realizada.
Cuando yo tenía diez años, la lechería prosperaba. Las tres vacas se habían
convertido en treinta, después en cien y más tarde en quinientas, y también las cinco
hectáreas originales se habían convertido en cien. Ahora papá soñaba con poseer la
granja más grande y mejor de California. Si el trabajo era todo lo que necesitaba para
conseguir su propósito, entonces todo estaba solucionado por que mi padre sabía
ciertamente trabajar y sabía también cómo conseguir que todos los demás trabajásemos.
Además de mí, trabajaban en el establo con nosotros, un grupo de méxicoamericanos que vivían en un barracón vecino y con ellos mi padre y yo aprendimos
español. No se quien disfrutaba más de los relatos, si nosotros con los cuentos mexicanos
o ellos con los recuerdos de mi padre de la vida en Armenia. Nunca se cansaban de
escuchar los relatos acerca de Efim, el niño profeta, o como Magardich Mushegan había
predicho el nacimiento de papá. Cada vez que se sumaba una mano más al trabajo, mi
papá tenía que contar los mismos relatos.
Y después tendría también que describir el funeral de Efim en 1915, el más grande
que se había visto jamás en "Los Angeles Flats". Efim no había asistido a la iglesia de la
calle Gless (donde los servicios se tenían en lengua armenia) sino a la iglesia de habla
rusa, a unas pocas cuadras de distancia. En la fecha del gran funeral, no solamente estas
dos congregaciones se juntaron, sino también las de los armenios y rusos ortodoxos, que
se tuvieron que tragar sus reparos al "salvaje culto pentecostal" y asistieron al servicio,
porque muchos de ellos habían venido a América como resultado de la profecía de Efim.
¿Y que hay de la segunda profecía? preguntaban los méxico-americanos. ¿La que
aún está por cumplirse?
Sigue bien guardada. La tiene el hijo de Efim.
¿Y morirás tú si la abres?
"A menos que tu seas la persona señalada por el Señor"
¿Quién crees que será esta persona?
Pero, por supuesto, nadie conocía la respuesta...
Fue en la época en que el joven profeta murió que recibí la herida que me causaría
tantos problemas.
Nunca supe como me había roto la nariz. Un muchacho de diez años, que trabaja
en una granja, generalmente se da muchos golpes. De cualquier modo, cuando comencé
a notar que no podía oír con tanta facilidad como los demás niños del quinto grado, mamá
me llevo al doctor.
“Yo se dónde está el problema, Zarouhi", dijo el médico, pero no lo que se puede
hacer. Demos se rompió la nariz y sano mal. Los conductos nasales y auditivos están
bloqueados. Se puede intentar operar, pero por lo general estas operaciones no tienen
buenos resultados."
Y tampoco dicha operación obtuvo buen éxito en mi caso. Cada año iba al hospital
para que tratasen la obstrucción, pero otra vez volvían a cerrarse los conductos. En clase
me tenía que sentar en primera fila para poder oír al maestro.
Sin embargo, no recuerdo ni una vez en que Jesús no fuese como un amigo íntimo
durante estos meses en que la sordera iba en aumento; cada vez lo sentía a El más cerca
ya no pude seguir participando en los juegos con los demás niños después de la escuela
( no elijamos a Demos que no oye bien"). Así que comencé a sentirme sólo por completo.
No es que me importase demasiado. Mi ocupación favorita en la granja era
deshierbar el maíz, porque podía alejarme por los campos hablando con el Señor en voz
alta. Los veranos cuando tuve doce y trece años, las líneas de los surcos que se unían en
la distancia me parecían como una inmensa catedral que se arqueaba sobre mi cabeza.
Allí alzaba mis manos en el aire al estilo como lo hacían los hombres de nuestra iglesia.
"¡Déjame oír de nuevo, Jesús!" ¡No escuches lo que dice el médico acerca de que
no me curaré... !
Que bien recuerdo los detalles de aquel domingo de 1926 cuando contaba trece
años. Recuerdo que me levanté y me vestí en mi habitación del segundo piso de la nueva
casa. Ahora ya papá tenía mil vacas lecheras, y había construido una casa de estilo
español de dos pisos, con paredes de estuco blanco, con tejas rojas.
Me sentía raro mientras me vestía para ir a la iglesia. Raro en una forma muy bonita,
como si todo mi cuerpo estuviese en algún tono espiritual no usual. Bajé la larga escalera de
caracol a tomar mi desayuno cantando. Mis padres y hermanas ya estaban en la mesa;
por aquel entonces tres nuevas chicas se habían añadido a la familia. La más joven,
Florence, era todavía una bebé de dos años, pero las otras cuatro chicas estaban charlando
emocionadas sobre el viaje semanal a la ciudad. Yo traté de unirme a ellas pero pronto
abandoné la idea. ¿Cómo podía yo hablar con gente que mascullaba las palabras?
Nuestro viejo caballo "Jack", ya no jalaba el carro de la familia hacia la iglesia cada
domingo. El año anterior cuando "Jack" cumplió 16 años, papá lo soltó en los potreros por
el resto de su vida como un bien merecido retiro. En su lugar ahora teníamos un carro
Studebaker con una capota de lona y caja con ejes de repuesto, debajo del asiento trasero,
como prevención contra lo desparejo del camino.
Aquel domingo la iglesia hervía de emoción. No había ni una sola persona en el
lugar que no recordase lo que había sucedido la semana anterior. La madre de una de las
muchachas de la congregación había dejado Armenia hacia dos meses para reunirse con
su hija en América. No se había recibido ni una noticia de ella desde entonces y la hija
estaba histérica. Como la congregación había comenzado a orar por esta situación, el
esposo de tía Esther, el tío George Stepanian, de pronto se puso de pie y se dirigió hacia
la puerta. Por largo tiempo estuvo observando calle arriba como si viera horizontes
lejanos. Al fin habló: "Tu madre está bien. Estará en Los Ángeles dentro de tres días".
Tres días después llegó la madre.
Y por ello el sentido de expectativa era tan alto aquel domingo, todos se
preguntaban qué nueva forma tomaría la siguiente bendición de Dios. Quizás alguien
recibiría alguna guía...
Y mientras yo pensaba en esto, algo empezó a suceder, pero no a otra persona sino
a mí. Sentado en la banca de atrás con los demás muchachos, sentí algo así como si me
hubiesen echado un cobertor de lana sobre los hombros. Miré a mi alrededor, asombrado,
pero nadie me había tocado. Intente mover los brazos, pero éstos se resistían a obedecer
como si intentase moverlos dentro del agua.
De pronto mi mandíbula comenzó a temblar como sí tuviese frío a pesar de que "el
cobertor" me hacía sentir calor. Los músculos de la parte posterior de mi garganta
estaban tirantes. De pronto sentí un fuerte deseo de decirle a Jesús que lo amaba, pero
cuando abrí la boca para decirlo, las palabras que salieron de mis labios eran
incomprensibles para mí. Sabía que no era armenio, ni español, ni inglés, pero era una
lengua que fluía de mí como si toda mi vida la hubiese hablado. Me volví al muchacho que
tenía a mi lado y vi que me miraba con una gran sonrisa.
¡Demos ha recibido al Espíritu! gritó, y toda la gente de la iglesia se volteó. Alguien
me hizo una pregunta, pero a pesar de que le entendí perfectamente sólo pude
responderle con los balbucientes gozos de los sonidos nuevos. Toda la iglesia comenzó a
cantar y a alabar al Señor con júbilo, mientras yo adoraba al Señor en mi nueva lengua.
Incluso horas después, mientras conducía hacia casa, a todo el que se dirigía a mí
no podía sino responderle en lenguas. Subí a mi habitación y cerré la puerta, todavía las
estáticas e ininteligibles sílabas surgían de mi interior. Me puse mi pijama y apague la luz.
Y en aquel momento el sentimiento de la presencia del Señor vino sobre mí más fuerte
que nunca. Era como si el invisible manto había permanecido sobre mis hombros durante
todo este tiempo se hubiera vuelto irresistiblemente pesado, aunque no en forma
desagradable. Caí al suelo y quedé tendido en la alfombra absolutamente desamparado,
incapaz de incorporarme y meterme en la cama. No se trataba de una experiencia
aterradora sino como un momento sano y refrescante, como el momento especial antes de
caer en un sueño profundo.
Mientras yacía allí, en mi habitación, el tiempo tomó calidad de eternidad, y en la
eternidad escuché una voz. Era una voz que reconocí claramente, porque la había
escuchado muchas veces afuera en mi verde catedral de los campos de maíz.
Demos, ¿puedes sentarte?, preguntó.
Lo intenté, pero sin resultado. Una fuerza increíblemente fuerte, y a la vez
sumamente gentil, me mantenía donde estaba. Sabía que era un muchacho fuerte, no tan
fuerte como Aram Mushegan, pero por supuesto muy fuerte para mis trece años. Sin
embargo, mis músculos no tenían más fuerzas que un ternero recién nacido.
La voz habló de nuevo. ¡Demos!, ¿Y dudarás alguna vez de mi poder? No, Señor
Jesús.
La pregunta se repitió por tres veces y tres veces di la invariable respuesta.
Entonces, de súbito, el poder que parecía rodearme comenzó a dejarse sentir en mi interior
también. Sentí una fuerza de sobrehumana energía, como si pudiese salir volando de la
casa y navegar por los cielos en el poder de Dios. Me sentí como si pudiera mirar hacia la
tierra desde la misma perspectiva de Dios y como si se pudieran ver las necesidades
humanas desde su ventajoso punto, para poder suplirlas. Y durante este rato El estuvo
murmurando a mi corazón: Demos, el poder es el derecho de nacimiento de todo
cristiano; acepta el poder, Demos.
Y pronto estaba amaneciendo. Pude oír el cenzontle a través de mi ventana. Me
senté en la cama. ¿Qué había oído yo?... Habían pasado años sin que pudiera oír un
pájaro cantar.
Me puse de pie de un salto, me sentía hermosamente entero y vivo, me vestí
rápidamente. Eran pasadas las cinco de la mañana, papá y yo teníamos que estar en los
establos a las cinco y media. En cuanto abrí mi puerta aquella maravillosa mañana, pude
escuchar el sonido de los huevos al freírse abajo en la cocina.
El chocar de los platos, el canto de los pájaros, el sonido de mis propios pies al
bajar corriendo las gradas de baldosa roja; éstos eran pequeños sonidos que no me había
dado cuenta antes de que existiesen. Entré en la cocina como un relámpago.Papá, mamá,
puedo oír!
La sanación no fue total. Cuando mamá me llevó de nuevo al doctor descubrió que
oía con un 90 por ciento de normalidad. ¿Por qué me quedé con un 10 por ciento de
sordera? No lo sé, ni me preocupa en absoluto. Recuerdo que mas tarde, ese mismo
lunes por la mañana, cuando habíamos terminado de ordeñar, me fui solo a mi verde
catedral. El maíz ya estaba alto, listo para la cosecha. Me senté entre dos surcos, corté un
elote, lo deshojé y mordisqueé los blancos granos que resultaron lechosos y dije: Señor,
yo sé que cuando sanas a las personas es porque tienes algún trabajo para que
ellas cumplan. ¿Quieres mostrarme, Señor, el trabajo que me tienes asignado?
Antes, cuando los demás chicos de mi clase soñaban en convertirse en estrellas de
"baseball", yo soñaba en convertirme en profeta. Después de todo era apenas un poco
mayor que el Niño Profeta cuando tuvo su visión.
Pero los años fueron pasando sin que yo recibiera este hermoso regalo.
La profecía tomará gran parte de tu vida, parecía decir el Señor, pero tú no
serás el profeta.
Entonces, un día tuve una experiencia que me hizo preguntarme si iba a
convertirme en sanador. Mi hermana menor, Florence, tenía seis años cuando se cayó y se
golpeó contra una tubería que salía de uno de los establos y se rompió el codo derecho.
Cuando el cirujano y el especialista le arreglaron la rotura confiaban en que Florence
podría hacer uso de su mano derecha, pero el codo quedaría doblado y rígido para
siempre. Cuando le quitemos el yeso podremos empezar sesiones de terapia. Con
paciencia la niña recuperará el diez o quizás el veinte por ciento de la articulación, es lo
mejor que se puede esperar".
Un domingo en la iglesia, un tiempo después del informe médico, yo sentí de nuevo
la sensación del calor, sentí que me ponían el cobertor pesado sobre mis hombros. No
necesitaba preguntar de quién se trataba, ni tuve que preguntar lo que tenía que hacer,
tenía que caminar a través de la sala y orar por la sanidad del brazo de Florence.
Así que mientras todos cantaban un himno, me levanté calladamente de mi banca y
me dirigí a la sección de las mujeres. Me incline sobre Florence, sentada en la última
banca, su brazo derecho envuelto en un pesado cabestrillo de yeso. El calor de mi
espalda bajó por mis brazos hasta mis manos.
Florence, musité, voy a orar por tu codo. Sus grandes ojos negros me miraron con
solemnidad. Puse mis manos sobre el yeso. Realmente, casi no oré sino que permanecí
de pies sintiendo como el calor de mis brazos y mis manos fluía hacia el yeso que cubría
el codo de Florence.
Siento algo! murmuró Florence, ¡algo caliente!
Y eso fue todo. En un momento la sensación del manto de calor me abandonó y
regresé a mi asiento. No creo que más de media docena de personas nos observaron.
Pocas semanas después quitaron el yeso. A la hora de la comida mamá nos dijo
que el especialista había puesto una mano sobre la blanca y magullada piel del codo de
Florence, tomo la muñeca con la otra mano y con extrema precaución intentó enderezar
el brazo herido, unos tres o cuatro centímetros. Como el antebrazo hizo el movimiento
completo atrás, y luego hacia adelante, hizo mover el brazo en círculos, y en su rostro
apareció una sonrisa de incredulidad. Bien...! comenzó a decir, bien, mejor de lo que
esperaba. ¡Mucho mejor! está... como un brazo que jamás se hubiera roto!
Y así, en el campo de maíz, ese verano me hallé preguntándole al Señor si la
sanación era el trabajo que iba a encomendarme. De nuevo creí escuchar una respuesta:
Por supuesto. Quiero que toda mi Iglesia se interese por esta labor. Tú verás
maravillosas sanaciones y algunas a través de tus manos. Pero Demos, éste
tampoco es el trabajo "especial" para ti.
Para entonces yo tenía diecisiete años y cursaba segundo año en la secundaria.
Debería de estar ya en mi último año pero había perdido dos años a causa de mi
sordera, cuando papá compró una segunda granja. Ahora disponíamos de lugar para
construir nuestros propios silos y el capital suficiente para instalar máquinas de ordeñar
mecánicas. También se dedicó a otros negocios. Había sido un verdadero quebradero de
cabeza para nosotros y también para nuestros vecinos granjeros, el transportar la leche
hasta la embotelladora. De modo que papá inició una empresa que se ocupaba de
transportar la leche. Después, al notar que el precio del jamón estaba aumentando en los
Angeles, se dedicó también a la crianza de cerdos. Más tarde a empacar carne. "El Señor
bendecirá todo lo que emprendas ...”parecía en verdad, que todo lo que Isaac, el hijo de la
promesa, emprendía, estaba destinado a prosperar.
Su éxito era más sorprendente además, puesto que atravesábamos los años de
depresión económica, por allá de los treinta. Para entonces, papá ya me había dado a
manejar mi propio rebaño, y aún recuerdo al maestro que me enseñaba contabilidad
decirme con esperanzas, que yo conseguía más ganancias con mis treinta vacas que la
mayoría de los profesores de la Escuela Superior de Downey.
Por nuestra casa ahora pasaban políticos, hombres de negocios, dirigentes de la
comunidad, y mi madre, la tímida y pequeña emigrante armenia, se encontró preparando
cenas en su casa semanalmente para la gente más poderosa y prominente. Era una
cocinera maravillosa, y muy pronto, sus platos armenios como "dolmas", "kuftas" y
"katash" se hicieron famosos en todo el sur de California.
Pero lo que recuerdo especialmente de mi madre, es que ella se tomaba las mismas
molestias para cocinar, fuese quien fuese el huésped. Muchos vagabundos pasaban en
aquellos días, y recibían el mismo trato que el Alcalde de Downey, el mejor juego de
porcelana, los cubiertos de plata y un mantel en la mesa. Si no habla comida caliente, la
preparaba, la hacía enseguida, carne, verduras, dulces caseros, a la vez que decía en su
limitado inglés. -¡Siéntense, siéntense! ¡No hay prisa para comer!
Y entre tanto, yo me sentía atraído cada vez mas hacia otra casa. Fuese cual fuese
el negocio de la finca que me llevase al este de Los Angeles, siempre encontraba una
excusa para acercarme a la casa color crema de Sirakan Gabrielian, en la Avenida Union
Pacific 4311, con la esperanza de que su hija apareciera casualmente por el jardín. No
es que pudiese hablar con ella en el caso de que apareciese por que la conversación
entre chicos y chicas, salvo en caso de que estuviesen comprometidos, era algo inaudito
en las comunidades armenias. Pero el solo saber que estaba cerca me producía una
felicidad indescriptible.
El domingo era otra ocasión ansiosamente esperada, el domingo cuando Rose
Gabrielian se sentaba con las demás muchachas en el lugar destinado a las mujeres,
era la chica más bonita de toda la iglesia, la muchacha a quien todos los muchachos
seguían disimuladamente con la mirada.
El nombre de su padre Sirakan, significaba en armenio llamado y eso me gustaba.
Como mi propio padre, Sirakan Gabrielian había comenzado de la nada. Eventualmente
había conseguido reunir unos cien dólares, y así como mi papá, compró una carreta y un
caballo. Sirakán, sin embargo, en lugar de transportar frutas y verduras con su carreta, se
dedicó a recoger basura. Hacía bastante falta en Los Angeles hacia el final de siglo, y
pronto pudo comprarse una segunda carreta y después una tercera.
Sirakan y su familia eran ortodoxos armenios, sin embargo vivía muy cerca de la
iglesia de la Calle Gless, y al escuchar los alegres cantos que salía por las ventanas
abiertas, semana tras semana, él decidió investigar de qué se trataba. Al poco tiempo se
unió a nuestra congregación y por poco le cuesta la vida. Para muchos armenios
ortodoxos, los pentecostales eran algo así como traidores a su antigua fe. Ver que uno
de los suyos se sumaba a este odiado grupo, era lo mismo que verlo muerto.
Y por ello decidieron sepultarlo.
Un día, cuando Sirakan llegó al botadero de basura de la ciudad con su carga, se
encontró con un grupo de creyentes ortodoxos que lo esperaban. Ellos maniataron sus
brazos y piernas y lo llevaron a un hoyo que ellos habían cavado en el suelo arenoso. Ya lo
habían tirado en el hoyo y lo habían cubierto con varias capas de tierra, cuando una carreta
conducida por pentecostales llegó, y durante la lucha que siguió Sirakan pudo librarse.
Me divertía escuchar cómo contaba esta historia Sirakan. También me gustaba
escucharlo hablar de su matrimonio. Cuando Sirakan tenía veintiún años su padre decidió
regresara Armenia a buscarse una esposa, por que la madre de Sirakan había fallecido
hacía algunos años. El negocio de Sirakan también estaba prosperando, por lo que le
pidió a su padre que le trajese también una esposa para él.
El padre de Sirakan tuvo éxito en ambos casos. Para su hijo eligió una muchacha
muy bonita de trece años, que se llamaba Tiroon Marderosian. Para facilitar su entrada en
los Estados Unidos se casó por poder en Armenia, y luego inició el largo viaje para
unirse al esposo que jamás había visto. Más tarde se daría cuenta de cuán providencial
había sido la elección. Pocas semanas después, los turcos atacaron aquel territorio
armenio y las dos esposas fueron las dos últimas mujeres que salieron vivas del pueblo.
La bienvenida que Tiroon recibió en Los Angeles debió ser la más extraña que una
joven esposa haya experimentado jamás. Sirakan no esperaba a su padre y a las dos
mujeres hasta el día siguiente. Regresaba del basurero de la ciudad, para encontrarse
a una niña de mirada aterrada parada a mitad de la sala. Con sorpresa adivinó que debía
tratarse de su esposa, y que él estaba cubierto de suciedad de pies a cabeza.
¡Quédate aquí!, le gritó ¡Quédate aquí mismo! como si la pobre niña tuviera otro
lugar a donde ir. Salió corriendo por la parte trasera de la casa y media hora después,
limpio, cepillado y perfumado,el joven Sirakan, "Amado" Gabrielian, dio su formal discurso
de bienvenida a la joven dama, quién se sintió ya más aliviada.
Estos eran los padres de Rose, los que algún día elegirían un marido para ella.
Pero yo no podía acercármeles directamente para pedirles a su hija en matrimonio. Tanto
en mi caso como en el suyo, era la familia quien debía tomar la iniciativa.
Cómo temblaba yo la noche en que comencé a dar a entender mis intenciones a mi
padre! Era una noche de junio de 1932, y estábamos todos sentados alrededor de la
mesa en el comedor, la puerta estaba abierta para dejar entrar la brisa.¿ Papá, sabes que
ya tengo diecinueve años?" le dije. Papá se limpió el bigote y cortó otro pedazo de carne, y
continué, "estoy a punto de graduarme en la escuela superior, y estoy ayudando a pagar
las granjas. Y tú tenías diecinueve años cuando te casaste."
Mis cinco hermanas dejaron de comer. Mamá dejó el tenedor al lado del plato, y
preguntó ¿Hay una muchacha en particular? Sí. ¿Es Cristiana? ¡Oh,si!
"Es..." comencé". "Ella es Rose Gabrielian".
"Ah..." suspiró mamá.
Así que..." dijo papá.
"Oh..." corearon todas mis hermanas a la vez.
Y así comenzó a elaborarse el ceremonial que desde hacía siglos precedía la
propuesta de matrimonio. Primero, a pesar de que las familias se veían cada semana en
la iglesia y eran amigos íntimos, se tenía que preparar un encuentro oficial.
Este delicado asunto se manejaba por medio de un intermediario cuidadosamente
escogido. Después de largas discusiones (en las que por supuesto no se me consultaba
para nada) mamá y papá estuvieron de acuerdo en que la persona adecuada para esta
delicada tarea era Raphael Janoian, el esposo de la hermana de papá, Siroon. Un buen
augurio, me dije a mí mismo, porque de los seis hombres que se habían casado con las
hermanas de mi padre, el tío Janoian era mi favorito; él era dueño de un predio de chatarra
donde, cuando yo tenia catorce años, me permitía escoger entre sus viejos repuestos de
automóvil con los que yo pretendí construirme mi primer automóvil. Y este predio de
chatarra lo ponía en contacto diario con la familia de los Gabrielian, debido a la compañía
de transporte de éstos.
Aún recuerdo como corrí hacia su automóvil cuando él regresó de la cita formal de
casa de Sirakan Gabrielian. Pero el tío Janoian no iba a descargar su encargo tan
fácilmente. Deliberadamente se dirigió hasta nuestra sala de estar, aceptó una tasa de te
muy fuerte y dulce, y comenzó a sorberlo lentamente.
Y bien, Raphael, dijo mi padre apurándolo.
Pues bien, Isaac, respondió el tío Janoian, hemos acordado la fecha. Los
Gabrielian estarán encantados de recibir una visita de los Shakarían el día veinte del mes
entrante.
¡La visita ya estaba acordada! Entonces, por lo menos, no lo habían rechazado de
plano, y ésto significaba que Rose, sin duda, iba a tomarme en consideración. Este
pensamiento hacía que mi cabeza volase.
Por fin llegó el veinte de julio. Terminé mis obligaciones en el establo en un tiempo
desusado y comencé a prepararme para la visita, me bañé, me duché, y me bañé de
nuevo. Me cepillé los dientes hasta casi quitar el esmalte. Usé los dos, “Listerine” y
“Lavoris". Me cepille la suciedad que la granja dejaba en mis uñas hasta que el cepillo
perdió sus cerdas.
Escuche como papá sacaba el Packard de la cochera. Una última subida por las
escaleras para limpiar una mancha de mis zapatos y una nueva aplicación de antisépticos
en la cortada que me había hecho en la cara después de mi tercera afeitada.
“Demos" tronó mi padre. "¿Qué pretendes? ¿Estar más bonito que Rose?"
Apretado entre mis hermanas en la parte trasera del automóvil pensé que los
veintisiete kilómetros entre Downey y el este de Los Ángeles jamás me habían parecido tan
distantes. Finalmente llegamos al número 4311 de Unión Pacific. Marchamos como una
tropa por el camino de grava, a lo largo de las bellamente alineadas matas de albahaca,
perejil y otras hierbas de cocina. La puerta principal se abrió de par en par, y allí, de pie,
estaban: Sirakan, Tiroon, Eduardo el hermano mayor de Rose, tíos y tías abuelas y un
sinnúmero de primos. Y detrás de todos ellos se hallaba Rose, con un vestido veraniego
del color de su nombre.
No pude verla mucho, porque la reunión se deshizo de inmediato, y como era
costumbre armenia, en grupos que se excluían mutuamente, los hombres en un lugar del
gran salón y las mujeres en el otro. De vez en cuando, yo miraba hacia el grupo donde
Rose estaba sentada con mis hermanas y me preguntaba de que estarían hablando las
chicas. Rose tenía la misma edad de mi hermana Lucy y me preguntaba si yo podría
hablarle a Rose con la misma naturalidad y facilidad con que lo hacía Lucy. Tampoco tomé
parte en la solemne conversación que mantenían mi padre y Sirakan Gabrielian desde dos
cómodos sillones, uno junto al otro. Fuera lo que fuese que hablaban entre ellos, ambos
hombres parecían satisfechos; ya en la puerta, el señor Gabrielian dijo a mi padre: "Le haré
llegar tu mensaje a Rose",
Y dos semanas más tarde el tío Janoian transmitió la histórica respuesta:
Rose se casaría conmigo.
Ahora venían las cinco noches tradicionales de celebración en la casa de la novia
para festejar una respuesta afirmativa: si. Había alegres noches de cantos, comidas
especiales, discursos y mutuas felicitaciones, porque entre los armenios no son dos
individuos, sino dos familias, las que se casan la una con la otra.
Una noche Rose nos dio un concierto de piano, y mi corazón se infló de orgullo al
contemplar sus dedos volando con tanta ligereza sobre el teclado. Yo había tomado
lecciones de violín una vez, pero lo dejé de mutuo acuerdo con mi profesor y con todos los
que estaban dentro de los limites del auditorio. Florence había heredado ambas cosas, el
violín y las lecciones, y ella también tocó para ambas familias reunidas; tenía ocho años, y
su ágil brazo derecho se inclinaba amorosamente alrededor del brillante instrumento de
madera.
Vino la noche de entregar la "prenda", ese regalo tradicional del chico a la
muchacha, que simbolizaba la nueva relación. En este caso, se trataba de un reloj de
pulsera de diamantes. El regalo había sido elegido también por mis padres, pero a mí me
tocaba la tarea de cruzar la habitación hasta donde estaban sentadas las mujeres y colocar
el reloj alrededor de la muñeca de Rose. En un repentino silencio, sintiendo los oídos de
cada uno de los presentes en la habitación sobre mi persona, mis dedos se volvieron
duros, como de madera. Primero, no podía abrir el cierre, y después no lo podía cerrar.
Recordé con nostalgia mi tractor cuyas piezas podía desmontar una por una y volverlas a
montar sin tener que pensar ni un momento. Al final, Rose acercó su mano derecha y
abrochó el cierre por mí.
Por supuesto, quedaban todavía decisiones que tomar por parte de nuestros
mayores, tales como dónde y cuándo tendría lugar la boda. La iglesia de la Calle Gless,
todos estuvieron de acuerdo, era demasiado pequeña para ¡os centenares de personas
que vendrían, y a la vez, los familiares pertenecientes a la iglesia ortodoxa antes se
dejarían matar que poner allí los pies. No, la boda sería en la casa paterna del novio,
según la costumbre del viejo país, y la fiesta que seguiría (y que era por supuesto, el
suceso principal de las solemnidades armenias) se llevaría a cabo en la doble pista de
tenis del jardín posterior de la granja.
En cuanto la fecha los Gabrielian preferían esperar por lo menos un año. Los
tiempos han cambiado, explicaban, desde que mi madre se casó a los quince años y la
madre de Rose a los trece. Una mujer necesitaba madurez para cuidar de una familia en
estos días. Tendríamos que esperar a que Rose tuviera dieciséis años.
Y mientras se discutían nuestros asuntos, Rose y yo todavía no nos habíamos dicho
una palabra. Tradicionalmente, el momento tendría después de la fiesta formal del
compromiso, donde incluso los parientes más lejanos serían invitados, pero estas
reuniones familiares eran solamente los preliminares.
A la cuarta noche de celebración ya no pude aguantar más. Lancé las milenarias
tradiciones por el aire y me puse de pie de un salto.
Señora Gabrielian, dije a través de aquella muchedumbre de cabezas, ¿puedo
hablar con Rose?
Durante unos horribles instantes la señora Tiroon Gabrielian me miró en
silencio. Después, con un movimiento de cabeza, que parecía preguntarse a dónde irían a
parar los jóvenes de hoy, n o s c o n d u j o a Rose y a mí a la otra habitación, colocó dos
sillas de altos respaldos, una al lado de la otra en el centro de la sala y se marcho
dejándonos solos.
Por vez primera en nuestras vidas. Y de repente todos esos hermosos discursos
que yo había preparado de antemano se me escaparon. Yo había ensayado delicadas
obras maestras para expresar mis sentimientos de amor y había recordado frases
poéticas en armenio, por que el padre de la novia, alarmado por la "nueva locura de
Hollywood" que reinaba en la ciudad, no permitía una palabra de inglés en su casa. Yo
pretendía decirle que era la muchacha más hermosa del mundo, y que estaba dispuesto a
Pasar toda la vida haciéndola feliz. Pero no pude recordar una sola palabra, y allí me quedé
sentado con la lengua trabada como estúpido. Al final, horrorizado, las primeras palabras
que salieron de mis labios fueron:
"Rose, sé que Dios nos quiere juntos".
Ante mi asombro, sus brillantes ojos cafés se inundaron en lágrimas. Demos,
"musitó, he orado durante toda mi vida para que el hombre con quien me tuviera que
casar me dijese esas palabras antes de todo"
Tres semanas después llegó el momento del compromiso oficial cuando la novia
recibiría el anillo. Fuimos juntos a un almacén de mayoreo a escoger el diamante,
acompañados, por supuesto, de una larga tropa de familiares. El nombre de la
dependienta, todavía lo recuerdo, era señora Earhart, hablamos acerca de su hija Amelia,
que acababa de cruzar el Océano Atlántico sola en su avión. Descubrí a Rose mirando a
hurtadillas un diamante pequeño que había en una de las bandejas, pero mi madre había
elegido otro. No se nos ocurrió a ninguno de los dos contradecir su decisión.
La fiesta de compromiso tuvo lugar en la tienda de víveres al señor Gabrielian,
donde había cupo para trescientas personas. Después de esto se me permitió visitar a
Rose tan a menudo como quisiera, lo cual sucedía todas las noches cuando yo no
trabajaba. Mientras transcurría ese año largo para mi, mi madre, Rose y mis hermanas
fueron saliendo de compras cada vez más a menudo. Por tradición, la familia del novio
compra el ajuar de la novia, y para elegir un bolso y un sombrero se podía disfrutar de
media docena de salidas. La compra favorita de Rose fue un vestido marrón oscuro y unos
zapatos que hacían juego. En la comunidad armenia solamente las mujeres casadas
llevan colores obscuros; Rose estaba convencida de que parecería unos cinco años
mayor cuando se los pusiese.
La boda tuvo lugar el 6 de agosto de 1933. Aquella mañana el clan entero Shakarian
se dirigió hasta la parte este de Los Ángeles donde ella vivía, para "llevarse la novia a
casa". Puesto que el banquete más importante del día se haría por la noche, los
Gabrielian sirvieron un almuerzo de cinco platos que para los armenios era una pequeña
merienda. Después, ambas familias partieron hacia Downey, en una caravana de
veinticinco automóviles adornados con flores.
En casa, la alambrada que rodeaba a dos canchas de tenis, había desaparecido
detrás de grandes cascadas de rosas. Del resto del día puedo recordar tan sólo momentos
aislados. La larga barba de color castaño del pastor Perumean se sacudía hacia arriba y
hacia abajo sin descanso al compás de la lectura del antiguo servicio armenio. Colgaban
hilos de lamparillas entre las palmeras y los camareros con casaca blanca luchaban por
sostener los tremendos azafates de “shishkebab" y el tradicional "pilaf”, plato de bodas
hecho de dátiles y almendras, que mi madre había pasado días enteros preparando.
Recuerdo que había quinientos invitados y cada uno de ellos, según parecía, había
escrito un poema en armenio que tenía que escucharse y ser aplaudido por la
concurrencia entera. A las once de la noche, yo me sentía mareado de tanta fatiga, y
había lágrimas en los ojos de Rose por que llevaba zapatos blancos con tacón alto desde
por la mañana.
Cuando nos pusimos de pie para despedir a la interminable cantidad de parientes y
amigos, estábamos seguros de una cosa, Rose y yo estábamos al final completamente,
irrevocablemente y permanentemente casados en todo el sentido de la palabra armenia .
CAPITULO 3
Una bomba de tiempo
Era la tradición, que equivale a decir lo aceptamos sin cuestionario, que el novio y
la novia debían pasar su primero y quizá segundo año de matrimonio con la familia del
novio. La sombra sobre esta gran casa de estilo español, era por aquel entonces , la
quebrantada salud de mi hermana Lucy. A los once años había recibido una herida en el
pecho en un accidente del autobús escolar, ahora cada vez se quejaba más de molestias
al respirar. La cirugía no conseguía mejoría alguna, ni tampoco nuestras oraciones
conseguían una sanación permanente. ¿Por qué Señor? preguntaba yo una y otra vez.
¿Por qué sanaste el codo de Florence, pero no sanas el pecho de Lucy?.
Rose y yo estábamos viviendo con mi familia cuando nació nuestro hijo Richard en
octubre de 1934. Enseguida comenzamos a construir una casa para nosotros al lado. Los
años que siguieron fueron un verdadero desafío para nuestros negocios lecheros. Incluso
durante la depresión económica los negocios fueron creciendo con más rapidez de lo que
papá jamás pudo soñar cuando trabajaba entre el polvo del cuero de la fabrica de
arneses, o cuando apuraba a "Jack", con una carreta cargada de vegetales. Ya teníamos la
granja lechera más grande de toda California y papá tenía un nuevo sueño, poseer la
lechería más grande del mundo. Nos decían que aquí, en esta parte del mundo ya existía
la lechería que tenía tres mil vacas de ordeño. Esa se convirtió en nuestra meta.
Junto con este sueño vinieron otros, ampliamos nuestra caravana de camiones
lecheros. Ya teníamos trescientos y si tuviésemos quinientos podríamos servir a todo el
estado.
También podríamos usar nuestra flota de camiones para acarrear ensilaje y para
llevar los cerdos y el ganado de carne hasta las plantas procesadoras. Las ambiciones
nuestras fueros creciendo más y más, por que en los Estados Unidos no había límites en
cuanto al trabajo que pudiera lograr un armenio.
Y probablemente lograría mucho más. Yo tomé a mi cargo un proyecto especial, el
proyecto de construir "Reliance Number Three'”, la tercera de nuestras granjas lecheras,
que nos daría capacidad para tres mil cabezas de ganado. Compramos un terreno como
de veinte hectáreas y empezamos la construcción de corrales, silos y un moderno establo
y cremería donde la leche pasaba de la vaca a la botella sin ser tocada por manos.
De vez en cuando me preguntaba brevemente si Dios tendría aún el plan para mi
vida que yo había sentido con tanta seguridad cuando era niño. Pero el hecho era de que
Dios ya no estaba en el centro de mi vida. Por supuesto que siempre íbamos a la iglesia
de la Calle Gless, todos los domingos, con nuestro pequeño hijo Richard dando saltos en
el asiento trasero. Pero cuando yo era honesto conmigo mismo me daba cuenta de que los
negocios se habían convertido en el objeto principal de mis pensamientos y energía.
Frecuentemente comenzaba el trabajo a las siete de la mañana para terminar después de
las once de la noche.
En 1936 me lance a una nueva empresa, una planta de fertilizantes y desde
entonces yo me sentaba a menudo en mi escritorio toda la noche.
Incluso cuando oraba, mis oraciones eran enfocadas en el precio de la alfalfa, o en
el rendimiento en kilómetros que daban nuestros camiones. Por ejemplo, había toda esas
importantes decisiones con las que el dueño de una lechería se enfrenta, cómo
seleccionar el mejor hato. Un buen torete de calidad, que incluso a mediados de los años
treinta, podía costar quince mil dólares. Pero a pesar de este precio, respaldado por un
"pedigree cinta azul" comprar un toro era siempre como una lotería. La incógnita residía en
que si el animal podía transmitir sus cualidades deseables a sus crías, y un toro capaz de
lograrlo consistentemente, era solo uno entre mil.
De modo que yo oraba entre el ruido y el polvo del lugar de la subasta de ganado.
"Señor. Tú hiciste estos animales. Tú ves cada célula y fibra. Indícame cual es el toro que
tengo que comprar". A veces me llevaba el toro mas delgado de todos y lo veía después
convertirse en un criador de campeones.
Siempre llevé conmigo mis creencias pentecostales a los establos. Muchas noches
pasaba mi mano en un ternero febril, o sobre una vaca que tenía un parto difícil, y observaba
al veterinario sorprendido cuando la oración hacía lo que él no podían hacer.
Si, es verdad que todavía creía. La palabra "Reliance", nombre de nuestra empresa
familiar quería decir precisamente confianza en Dios y si la teníamos todos los días en El.
Sólo que parecía que yo siempre estaba recibiendo del Señor pero dándole muy poco.
Por eso es que me sentía tan perplejo por la profecía que se refería a Rose y a mí.
Milton Hasen era un pintor de casas en una época cuando nadie pintaba sus casas.
Era un noruego alto, delgado, de cabellos rubios y que había pasado muchas penas. Sin
embargo, era la persona más alegre que jamás había conocido. Sabíamos cuándo venía
a visitarnos por que oíamos bajar por la calle cantando himnos evangélicos a todo
pulmón.
Una noche, cuando Rose, Milton y yo estábamos en nuestra pequeña sala de estar,
Milton alzó sus largos brazos y comenzó a temblar. Milton pertenecía a una
denominación particular de pentecostales; cuando el Espíritu descendía sobre él,
cerraba los ojos, levantaba sus manos y hablaba en una voz fuerte y retórica.
Rose y yo éramos "naves escogidas", que el hacía tronar. Nosotros "éramos guiados
paso a paso".
Mantengan la mente en las cosas del Señor, clamó Milton. Ustedes entrarán a
través de las puertas de la ciudad y nadie las cerrará delante de ustedes.
Hablarán de cosas santas con los jefes de estado alrededor del mundo.
Yo miré a Rose y vi que estaba tan atónita como yo. "¿Importantes hombres de
estado?" ¿Viajes a través del mundo entero? Ni Rose ni yo habíamos salido jamás
de California, y con un niño de tres años y otro bebé en camino, nuestros sueños o
esperanzas estaban concentradas alrededor de nuestro pequeño hogar.
Milton tuvo que leer la expresión de nuestros rostros.
No me echéis la culpa, amigos, dijo en su acostumbrado tono amable. No
hago más que repetir lo que dice el Señor. Tampoco yo entiendo todo ésto.
Estoy seguro de que me habría olvidado de la profecía de Milton, casi al
instante, de no haber sido por una sorprendente segunda experiencia. Algunos días
después, por intuición, se me ocurrió entrar por casualidad a un servicio entre
semana de una iglesia, en una parte de la ciudad que yo no conocía. Al terminar el
sermón, el pastor hizo un llamado al altar. Tal vez por que yo estaba convencido de
que mi vida espiritual no era la que debía ser, acepté la invitación y me arrodillé en
el reclinatorio. El pastor fue pasando frente a cada uno de los que estábamos
arrodillados e imponiendo manos en uno tras otro. Cuando me llegó el turno, dijo
con una voz que retumbó por la iglesia:
Hijo mío, tú eres una nave escogida para un trabajo específico. Yo te estoy guiando.
Tu visitarás altos oficiales de gobierno en muchas partes del mundo en el nombre del
Señor. Cuando tú llegues a una ciudad, las puertas se abrirán y ningún hombre podrá
cerrarlas.
Recuerdo que me levanté un poco indeciso. ¡Qué increíble coincidencia! me dije a
mi mismo, no es concebible que este pastor nos conozca a mi y a Milton Hasen, ¿Será
este mensaje algo que de verdad proviene de Dios? Yo no entiendo, "mantén tu mente
ocupada en las cosas del Señor", me habían dicho Milton. Yo bien sabía que era teología
sana y yo también sabía que mi mente, aunque intentase algo diferente, estaba siempre
lista a ocuparse de los negocios privados de la familia Shakarian.
El año siguiente sucedieron en nuestra familia dos grandes acontecimientos:
el primero fue el nacimiento de nuestra hija Geraldine, en octubre en 1938, el
siguiente fue la muerte de mi hermana Lucy la primavera siguiente, a la temprana edad de
22 años. Esta hermana mía tenía la misma edad que Rose y era ciertamente la más
hermosa de mis hermanas y también la más sensible e inteligente, cuyo
ambicionado sueño era el de convertirse en maestra de escuela, sueño por cierto
poco común entre las muchachas armenias de aquellos días. Lucy era tan apreciada
en el Colegio Whittier, donde estudiaba, que en el día de su funeral se suspendieron
las clases como un tributo a su memoria. Por primera vez en muchos años yo me
enfrentaba a una de las grandes preguntas que atormentan la mente humana: ¿Para que
venimos al mundo? ¿Cuál es el significado de la muerte? ¿y de la vida?
Yo miraba en la Iglesia de la Calle Gless a amigos y familiares durante la
acostumbrada comida del funeral y me repetía esas preguntas. La muerte para nosotros
los armenios era la señal para que nos reuniéramos todos los parientes, inmediatos hasta
los más lejanos y después del funeral, la costumbre requería ofrecer una comida formal.
Esta era una verdadera necesidad allá en armenia por las grandes distancias que mu chos
miembros tenían que recorrer para venir hasta el funeral. Pero aquí en California esta
comida se convertía en una especie de sacramento de la unidad familiar.
Yo me senté al lado de mi padre en un extremo de la mesa larga, puesta cerca del
altar y podían mirar hacia el extremo opuesto donde se sentaba mi madre. A su lado se
sentaba Rose, que tenía a la pequeña Gerry en su regazo y junto a ella el otro hijo nuestro,
Richard, que ya contaba con cuatro años. El tío Magardich Mushegan había muerto hacía
ya algunos años, pero cerca de Richard se sentaba Aram, el hijo de Magardich y a
continuación el hijo de éste llamado Harry. En esta ocasión se encontraban también las
seis hermanas de papá y sus esposos y mis cuatro hermanas restantes, Ruth, Grace y
Roxanne con su esposo y sus respectivas familias; la más pequeña, Florence, que era ya
según la mentalidad de nosotros los armenios, una mujer hecha y derecha a sus 15 años.
En las restantes mesas en torno de la nuestra se hallaban los sobrinos y los primos y un
sinnúmero de parientes políticos...
Y todos habíamos prosperado. Estos armenios eran gente orgullosa y fuerte, los
hombres con estómagos de hierro ciertamente bien alimentados y las mujeres con sus
mantillas de seda negras. Me vino a la mente entonces la profecía que habían traído a
toda esta gente desde tan lejos, hasta esta tierra de abundancia: "Yo os bendeciré y os
haré prosperar", había prometido Dios allá en las montañas de Kara Kala y ahora que
miraba a mi alrededor ciertamente lo podían constatar.
Pero había también otra parte de la profecía: "Yo haré que vuestra descendencia sea
una bendición para las naciones". ¿Estábamos haciendo que esta parte de la profecía se
llevase también a cabo? ¿Eramos una bendición para otras gentes? En cierto sentido, si
era así, por que toda esta gente eran buenos vecinos, excelentes trabajadores,
buenos y justos patrones. Pero... ¿era eso todo?
No, ésto no es todo, le dije a Rose mientras regresába mos a nuestra casa
en Downey, estoy convencido de que Dios nos está pidiendo que hagamos algo por
los demás. Solamente que yo no se exactamente qué cosa debemos hacer.
En los meses que siguieron comencé a prestar más aten ción a las personas
con las cuales trabajaba todos los días y había ciertamente muchos de ellos, no
solamente nuestros propios vaqueros, si no también vendedores de grano,
conducto-, res de camiones, fabricantes de botellas, y en esos días hice un
sorprendente descubrimiento, estos hombres nunca hablaban de Dios.
Hubo de pasar un cierto tiempo antes de que mi mente se acostumbrase a ellos,
porque Dios era tan real en mi vida... como lo eran Rose y mis hijos. El formaba
parte de mi existencia, todos los días y a todas horas. Es cierto que sabían en una
forma abstracta que había gente que no conocía a Dios, y que en nuestra iglesia
se hacían colectas que iban a parara las Islas del Pacífico o a cualquier otro de
esos lugares donde había misioneros.
Pero que aquí mismo, en la ciudad de Los Angeles, donde ciertamente había
una iglesia en cada esquina, que hubiese personas maduras que no fueran
creyentes, era algo que ciertamente ni siquiera se me había ocurrido pensar. Y
ahora que ya lo sabía ¿qué debería hacer yo?
Una noche, mientras oraba por todo ésto, una terrible escena cruzó por mi
mente. El lugar era el Parque Lincoln, un espacio grande al aire libre cubierto de
pasto y árboles, a quince kilómetros de Downey, en donde a menudo íbamos a hacer un
día de campo. Un domingo por la tarde, en el verano, pueden reunirse allí miIes de
personas sentadas en la hierba sobre mantas. Pero en la escena que veía, la que
aparecía en los ojos de mi mente, estaba yo subido, no sé cómo, en una plataforma en
medio de toda esa gente y les estaba hablando de Jesús.
Al siguiente día, en lugar de desvanecerse después de un sueño restaurador, la
ridícula idea permanecía allí como clavada. Mientras me ponía la corbata se la mencioné
a Rose.
Querida, estoy imaginándome esta terrible escena donde yo estoy de pie en una
plataforma hablándole a una multitud de gente...
..."en el Parque Lincoln" terminó ella por mí.
Me di vuelta del espejo, ocupado todavía con el nudo de la corbata.
"He estado pensando en esta misma cosa", dijo ella. No he conseguido alejar este
pensamiento de mi mente. Me pareció una cosa tan tonta que ni quería decírtelo..."
Nos miramos fijamente el uno al otro en la soleada habitación, sin imaginarnos
siquiera lo a menudo que experimentábamos este fenómeno. Entonces nos pareció una
lejana coincidencia, sin motivo alguno.
"Tu me conoces bien, Rose. Si yo tengo que hablar a más de dos personas a la vez,
me asusto de tal manera que no soy capaz de recordar cómo me llamo".
Yo era un granjero, pensaba despacio, hablaba lentamente, sabía que jamás podría
traducir en palabras lo que Jesús significaba para mí.
Fue Rose quien no dejó pasar la idea. Recuerda, estábamos pidiéndole a
Dios que nos comunicase lo que teníamos que hacer. ¿Y si esto fuera su
respuesta? de otro modo ¿Cómo nos habría ocurrido a los dos a la vez una idea tan
extraña?
Bueno, al principio revisé los reglamentos de la ciudad, y para alivio mío,
encontré que el Parque Lincoln estaba reservado para recreo público, no para uso
privado, cualquiera que fuese.
Pero Rose, investigando por cuenta propia, descubrió un lote vació al cruzar
la calle desde donde se veía el parque perfectamente. Pertenecía a un hombre
que poseía una granja dedicada a la cría de avestruces, con la esperanza de
atraer clientes del parque. El negocio no andaba muy bien y le encan tó la idea de
alquilar el lote vacío, junto a la granja, los domingos por la tarde.
Y así, repentinamente, sin darme cuenta como había su cedido, me hallé
comprometido en esta locura. Al principio había demasiados detalles de orden
práctico que atender, de modo que no tuve tiempo de sentirme asustado. Había
que obtener permisos de la policía, levantar una plataforma y además alqui lar el
equipo de amplificadores Rose pensó que podría conseguir algunas muchachas de la
iglesia para cantar.
En cuanto al mensaje, me consolaba a mi mismo pen sando que con la
cantidad de sermones que había escuchado en mi vida, había adquirido
experiencia para hablar con soltura, y la música podría llenar la mayor parte del tiempo.
Pero cuando se fue acercando el primer domingo comen cé a despertarme
por la noche sudando. El sueño era siempre el mismo, yo estaba de pie sobre una
plataforma ridículamente alta, gritando y agitando los brazos, mientras mirándome
con horror, estaba frente a mí, un compañero con quien había esta do tratando de
negocios aquel día.
¿Supóngase que ésto sucediera realmente?. ¿Supóngase que algún comprador o
vendedor estuviera realmente en el parque?. ¿Que pensaría?. Allí estaba yo, un próspero
y joven hombre de negocios, que comenzaba a alcanzar una buena reputación por mi
sano juicio. ¿Qué sucedería si corriese la voz de que yo era una especie de fanático
religioso? Esto podría arruinar no sólo mi nombre, si no también todo lo que mi padre
había construido con tanto esfuerzo.
Y llegó el primer domingo en junio de 1940, el día en que deberíamos empezar.
Nos dirigimos al lote junto a la granja de avestruces, después del servicio matutino de la
iglesia y comenzamos por poner el altavoz. Era un día cálido y despejado, y el porque
Lincoln, al otro lado de la calle estaba muy concurrido. ¿Por que no habría llovido? estaba
pensando yo, mientras Rose deliraba por un tiempo maravilloso. En ese momento ella
dirigía el coro formado por tres chicas de la iglesia que cantaban el tan conocido himno:
"¡Oh, qué amigo tenemos en Jesús...!" Terminó el canto. Yo subí por los hechizos peldaños
a la plataforma, conecté el micrófono y carraspeé mi garganta para aclararme la voz. Para
mi horror, el sonido tronó a través de los altavoces. Di un salto hacia atrás.
Amigos..." empecé, otra vez un rugido explotó alrededor mío. Pronuncié unas
pocas frases consciente tan sólo de ese monstruoso eco mecánico que producía mi voz.
Después desesperadamente hice señales a las chicas para que cantasen de nuevo.
Por aquí por allá las gentes iban recogiendo sus mantas y hubiera jurado que se
marchaban del parque. Pero para mi sorpresa muchos de ellos se acercaron y pusieron
sus mantas en un lugar donde nos pudieran ver mejor. De pronto me vi rodeado de un
real auditorio que aumentó mi valor. Avance hacia el micrófono, seleccioné a un pobre
hombre que vestía una camisa amarilla, le mire a los ojos, y le dirigí directamente a él mi
sermón.
Y después oí claramente una voz de mujer que decía "¿Querido, no es este Demos
Shakarian ?"
Mis ojos buscaron entre la muchedumbre. Allí estaba ella, me señalaba a través de
la canasta en que acarreaba su comida, mientras que a su lado, tratando de ver a pesar
de su miopía, estaba sentado el hombre a quien habíamos comprado la valla eléctrica.
No puede ser Shakarian", dijo él en medio de un repentino silencio, mientras
rebuscaba en la bolsa de su comida. Sacó un par de gafas "¡Caramba! pues sí que es el
mismo Shakarian."
El cuello de la camisa me estaba cortando la tráquea, sentía el micrófono húmedo y
resbaladizo entre mis manos sudorosas. Escuché un sollozo y me pregunté si estarían
llorando. Allí junto a la pequeña plataforma se hallaba el hombre de la camisa amarilla, le
corrían las lágrimas por las mejillas.
"Tiene razón, hermano, tiene razón", sollozaba. "Dios ha sido bueno conmigo".
Yo lo miré mudo de asombró. Por fortuna Rose tuvo la suficiente presencia de
ánimo para invitarlo a subir a la plataforma. El hombre tomó el sudado micrófono e hizo un
largo relato de éxitos materiales y fracasos personales. Un pequeño manantial de gente
cruzo la calle y se apiñó en torno a la plataforma.
"Esta es también mi historia", dijo otro hombre, a la vez que subía los tres
escalones.
Me olvidé de los altavoces, me olvidé del hombre que me había vendido la valla
eléctrica y sólo podía pensar en las maravillas que Dios estaba haciendo en el Parque
Lincoln. Cuando empaquetamos el equipo, ya al final de la tarde, seis personas habían
entregado su vida a Cristo.
Durante tres meses, a través de junio, julio y agosto de 1940, seguimos con la
misma rutina cada domingo, llegábamos frente el Parque. Alrededor de las dos de la tarde
y allí permanecíamos hasta las cinco o las seis. Bien pronto se desarrolló un patrón. Unos
cuantos hacían preguntas necias y otros que nos apoyaban, callaban a los preguntones
impertinentes y regularmente había algún viejo que dejaba su afición a la bebida. El
número de personas que subía a la plataforma no fue nunca demasiado grande:
cuatro, diez, una docena. Y cuando ocasionalmente podíamos mantenernos en contacto
con algunos de ellos, no podíamos constatar si realmente se había producido un cambio en
sus vidas o no.
Pero si los resultados evidentes de estas concentraciones de los domingos
resultaban difíciles de medir, el cambio que se obraba en mí era bien claro. Yo había
empezado las reuniones muy preocupado por mi dignidad, y ahora regresaba a casa
convencido de que carecía de ella. La respuesta de Dios a mis temores de que algún
conocido me viese, había servido para atraer al parque, uno por uno, domingo tras
domingo, a cada uno de los hombres con los que había tenido algún negocio.
Ahí estás!, parecía decir el Señor. Has estado jugando el papel de tonto frente a él.
Ahora hay una persona menos por la que tienes que preocuparte por impresionar.
Después, cuando me encontraba con alguno de ellos en una reunión del Club de
Leones o del Club Kiwanis, había por lo general un embarazoso silencio, ocasionalmente
alguna carcajada, pero no más. Ninguno de los desastres financieros que me había tenido
se materializaron. A finales del verano había aprendido una lección que nunca olvidaré
ese temor "al que dirán" es solamente el reflejo de nuestro propio egocentrismo.
Pero hubo otra clase de resistencia en aquel verano, y provino de donde Rose y yo
menos esperábamos, la iglesia de la Calle Gless. Al principio parecía que los ancianos
miraban estas "salidas" del domingo por la tarde como una especie de locura juvenil
de¡ verano. Pero como las reuniones continuaban semana tras semana, los ancianos
comenzaron a protestar. Uno de los responsables de la iglesia habló en nombre de los
ancianos, un domingo de agosto por la mañana, se levantó desde la primera banca, y nos
previno de que no continuáramos en el Parque Lincoln.
¡No esta bien! proclamaba con su barba gris temblando emotivamente. ¿Esto... no
es armenio!
Y de pronto comprendí que tenia razón. Yo tenía la imagen de Armenia a través de
los siglos, pequeño país en pie de batalla que se aferraba a su única verdad a través de
las conquistas y de las masacres sufridas, rodeado siempre por naciones infieles, más
grandes y más fuertes y que halláis su fuerza en su propia fortaleza interior.
Si, a Rose y a mi se nos decía, que nos saliéramos, tendríamos que hacerlo por
nuestra propia decisión. Por primera vez en nuestras vidas entrábamos en conflicto con la
generación de nuestros padres. El mundo, como lo veíamos por medio de las mantas que
se extendían sobre el parque Lincoln aquel verano, era un mundo mucho mas grande del
que hubiéramos esperado. También, un mundo infinitamente más solitario.
En septiembre comenzó a refrescar y las multitudes del parque comenzaron a
desaparecer; dejamos de tener las reuniones. La lechería, por otra parte, me iba
ocupando mas y más tiempo ya que estaba preparando un nuevo tipo de mercadeo de la
leche. ¿Por qué no, me pregunté a mi mismo, no establezco una venta de leche de
autoservicio en la carretera, en donde hoy se encuentra la lechería "Reliance Number
Three"? Les costaría unos centavos menos que si se la llevásemos de casa en casa, o
que si la compraran en una tienda.
Para que la gente conociera nuestro propósito celebramos una inauguración a lo
grande, con música y anuncios por los periódicos, por radio y volantes por correo. En la
misma lechería, banderas, música y anfitriones. El negocio dio como un salto y así se
mantuvo. Inmediatamente empecé a soñar con una cadena de expendios por toda
California. Esto nos haría ricos.
Pero la perspectiva principal respecto a la fortuna de los Shakarian se produjo con
el nuevo negocio de los molinos.
No me había dado cuenta de que este negocio también representaba una bomba
de tiempo.
Dedicarme a los molinos me parecía una consecuencia natural del negocio de la
lechería. Una vaca lechera consume diez kilos de grano al día más quince kilos de heno.
Multiplicada esta cantidad por tres mil vacas que esperábamos tener algún día, resultaba
con la increíble cantidad de setenta y cinco mil kilos diarios de heno y raciones de grano.
Durante años habíamos comprado el forraje de los molinos locales y después
mezclábamos el grano de acuerdo con una fórmula que habíamos encontrado que
producía una leche de excelente calidad.
Los resultados fueron tan buenos que los granjeros vecinos comenzaron a decirle a
papá:
¿Isaac, nos podrías vender un poco de esa mezcla especial que preparas?
¿Por qué no? respondió papá.
Este parecía un paso lógico en los negocios. Podríamos comprar grano en
enormes cantidades, lo cual reduciría el costo de la manutención de nuestras lecherías.
Con el aumento de volumen podríamos hacer nuestra propia molienda y bajar mucho
más los costos. Haríamos un pequeño pero constante negocio M grano que
venderíamos a las demás lecherías locales.
Y de este modo comenzamos la nueva ampliación de¡ negocio con gran expectativa.
Compramos un molino cerca de una de nuestras granjas que consistía en tres elevadores y
tres silos de grano de veinte metros de altura, que había servido para ensilar maíz.
Vaciamos los silos, los limpiamos y los reforzamos con nuevas capas de cemento.
Predije un hermoso futuro para esta nueva aventura. La línea del ferrocarril
Southern Pacific pasaba junto a los elevadores de grano. Antes, en el pasado, el
grano se descargaba de los vagones del ferrocarril y se transportaba hasta los elevadores
por medio de un complicado sistema de carretones y paleo a mano. Durante nuestro
primer año de molienda, perfeccioné un sistema para mover el grano directamente
hacia los elevadores por medio de enormes aspiradoras. Con los viejos métodos se
necesitaban tres hombres y un día entero para vaciar un vagón del ferrocarril de cuarenta
toneladas; con el nuevo sistema un solo hombre podía hacer el mismo trabajo en dos
horas y media. Así se recortaron los costos en un 80% y se creó una gran agitación en la
industria. A mi me gustaba trabajar en el molino; el sonido de la maquinaria, el zumbido de
¿a aspiradora, los trenes cargueros traqueteando al pasar, e in cluso un fino polvíllo
que se posaba sobre el brillante acabado negro de mi Cadillac nuevo, todo ello me
intoxicaba.
Y aún, como digo, dentro de toda esta operación había una tremenda trampa.
Todo ello tenía que ver con la naturaleza de los productos básicos, cuyos precios
fluctuaban tremendamente. La gente que especulaba con avena, trigo y cebada puede
hacer y también perder verdaderas fortunas en pocas horas. En "Wall Street", hay
expertos especializados en esta clase de especulaciones. Pero un granjero, que maneja el
grano por si mismo, es a su vez un especulador, lo quiera o no.
El negocio funciona de la siguiente forma, yo compro grano, supongamos el
primero de julio, para recibirlo en el otoño siguiente. Pago el precio de julio, sabiendo que
para el otoño el precio de la mercancía puede cambiar. Si compré el grano en julio a dos
dólares las cien libras, y para el otoño el precio baja a uno cincuenta, pierdo dinero. Pero
si el precio sube a dos cincuenta, entonces gano. El secreto de ser un buen operador de
molinos es comprar mucho cuando se espera que el precio vaya a aumentar y comprar
poco cuando se espera que el precio vaya a bajar.
Yo conocía ésto en teoría, durante el invierno de 1940-41. Pero tenía que aprender
todavía lo que ello significaba en la práctica diaria.
CAPITULO 4
El hombre que cambió su modo de pensar
Tan pronto como el buen tiempo trajo a la gente de nuevo al Parque Lincoln en la
primavera siguiente, Rose y yo comenzamos a hablar acerca de las reuniones. "Pero no
solamente los domingos por la tarde", dijo ella, “Ia gente se interesa, luego nosotros
empaquetamos las cosas, nos vamos a casa y no sucede nada durante el resto de la
semana".
¿Y si tuviéramos reuniones en las noches?. Si pudiéramos plantar una tienda en
alguna parte podríamos tener reuniones aunque lloviese o hiciese sol.
“En la propiedad de la iglesia", dijimos ambos a un tiempo, y nos reímos por esta
nueva coincidencia. Ya hacía tiempo que el edificio de la Calle Gless se estaba haciendo
pequeño para la creciente comunidad armenia, y la iglesia hacía poco había comprado un
terreno en la esquina entre Goodrich y Carolina Place, al este de Los Ángeles donde ellos
tenían intención de construir.
Y por este motivo intentamos obtener el permiso de los ancianos de la iglesia.
Todos los recelos del verano anterior brotaron de nuevo en los rostros morenos que se
alineaban delante de nosotros. ¿Quiénes eran esos extraños a los que pretendíamos
introducir en la propiedad de la iglesia? ¿Por qué tendría que verse involucrada la iglesia
pentecostal armenia?
No sería únicamente nuestra iglesia, explicamos. Nuestro plan era que todas las
iglesias pentecostales de los alrededores colaborasen con nuestras reuniones. Nuestra
iglesia proveería el lugar, para la carpa, y otra proporcionaría los músicos y los
acomodadores. Trabajaríamos todos juntos.
Pero al escuchar la palabra "juntos" sus rostros se estiraron todavía mas "¿Juntos?"
"¿Con la Iglesia Cuadrangular, con las Asambleas de Dios, y la gente de la Santidad
Pentecostal, con sus dudosas doctrinas? ¿Por qué algunas de esas llamadas iglesias
cristianas permiten que los hombres y las mujeres se sienten juntos? Y los ancianos se
aislaron hablando de cosas que nos parecían secundarias, mientras Rase y yo nos
manteníamos sentados en silencio olvidando nuestro proyecto para el verano.
Pero el hecho era que el viento de pentecostés, que había soplado tan fuertemente
desde Rusia a Armenia hacía casi cien anos, tendría que calmarse, por ahora, dentro de
una denominación tan rígida como cualquier otra. Era siempre así. A través de toda la
historia, cada soplo refrescante del Espíritu pronto llegar a ser, en manos humanas, una
nueva ortodoxia. El gran avivamiento de la Calle Azusa, por ejemplo, que comenzó en
esta misma ciudad con libertad, con gozo y que rompió todas las barreras, se había
rígidizado allá por los años 40 y convertido en un grupo de iglesias tan independientes que
ni siquiera se comunicaban entre ellas dejando solo al mundo entero.
La tragedia, como la veíamos Rose y yo, era que ellas tenían tanto que dar. Cada
pequeño grupo, detrás de sus propias paredes, experimentaba cada semana el poder de
Dios para proveer, sanar y guiar, mientras el mundo necesitaba desesperadamente todo
este poder; al menos los hombres de negocio que yo frecuentaba seis días a la semana,
ni siquiera sabían que éste existía.
Entonces ustedes no tienen porqué involucrarse en absoluto, dije a los ancianos".
Yo me ocuparé de la tienda, de la limpieza, y de todo. Sólo tienen que dejamos usar el
terreno.
Al final de mis explicaciones nada de lo que dije los con movió, fue sólo el
hecho de que mi padre hablo en favor del proyecto. El nombre de Isaac Shakarian
pesaba mucho en la iglesia. Si Isaac estaba de acuerdo, entonces aunque
arriesgado como parecía, tendría que estar bien,
De modo que obtuvimos el permiso. Pero en seguida, casi lo lamentamos.
Armar una carpa, lo entendimos enseguida, iba a ser una cosa muy diferente a
preparar solamente una plataforma con altoparlantes. Alquilar la tienda fue lo más
fácil. Tenía que ser un sitio para "acomodar público" y había tantos reglamentos
que cumplir como para un edificio permanente. Tuve que presentarme ante la Oficina
Municipal, ante el Departamento de Bomberos, al departamento de Policía, a la Oficina
de Salud Pública y a la Comisión de Energía y Luz Eléctrica. Cada vez tuve que
explicar todo de nuevo, qué propósito nos movía y por que.
Solamente después de haber obtenido todas las licencias necesarias pudimos
comenzar a pensar en poner la tienda. Ahora tenían que venir a inspeccionar toda
la instalación eléctrica de la tienda, cerciorarse de que las puertas de entrada y
salida llenaban los requisitos de que había facilidades higiéni cas, de que había
rociadores de agua para impedir que se levantase el polvo. Finalmente nos
quedaba aún el trabajo de hacer llegar la noticia a la gente. Radio, anuncios de
televisión, anuncios en los periódicos, carteles en las vitrinas de los comercios; yo
traté de recordar todos los detalles posibles de cuando abrí mi venta de leche de
autoservicio, para poder utilizarlos ahora.
Todo esto necesitó mucho dinero y también mucho tiem po. Al final, hasta
papá estaba impaciente. Hacia semanas que yo apenas pasaba por la oficina, y él
me lo recordaba. No necesitaba decirme lo que más apremiaba nuestras mentes,
la planta de fertilizantes, que había sido mi primer proyecto independiente y que ahora
estaba. perdiendo d inero. Durante cinco años quería que sobreviviese, ahora tendría
que dedicarle todo mi tiempo y energías. Y, por otra parte, no podía desechar el
sentimiento de que estas reuniones en la tienda de campaña también eran
importantes.
Los servicios nocturnos comenzaron en julio y siguieron todas las noches
durante seis semanas. Yo me había dado cuenta desde el verano pasado que no
era precisamente un orador. Mi corazón rebosaba siempre de las maravillas de Dios
y de sus realidades, pero de m i boca jamás fluían las palabras apropiadas. Harry
Mushegan, mi querido primo segundo, era otra cosa. Al igual que su padre Aram y
su abuelo Magardich, sabía hablar en forma elocuente. El tenía siempre la palabra
exacta, lograba que la gente se sentase y lo escuchase. Tenía solo veinte años,
pero ya era un orador infinitamente mejor de lo que yo pudiera ser jamás, y por ello
pedimos que fuese nuestro predicador.
La gente vino, y regresó una y otra vez, y a medida que las semanas pasaban,
el público iba en aumento. Las cinco denominaciones pentecostales que se habían
unido tan alegremente para respaldar las reuniones nocturnas, fueron gradualmente
integrándose. Los pastores se sentaron en la plataforma, con Rose al piano, y sus
coros dirigían el canto.
Las noches en que no venía ningún coro, Florence cantaba para nosotros con su
voz dulce y bien timbrada de soprano profesional. Florence se había graduado en la
escuela superior en junio, y se estaba preparando para entrar en el "Whittier College" en el
otoño. En cuanto a mí, ayudaba en lo que podía. Dirigía las reuniones, hacía las llamadas
telefónicas, arreglaba la transportación y me ocupaba de llevar la contabilidad.
Con un poco de sorpresa para todos, los registros de ingresos superaban los
egresos. Todas las noches, cuando los pastores contaban el dinero de la ofrenda, la
suma superaba a la de la noche anterior. Era sorprendente, si se toma en cuenta
que nunca hicimos demasiado hincapié en las ofrendas. Tam bién resultaba irónico
que cada vez que revisaba los libros de la planta de fertilizante con el contador, la
situación iba cada vez peor.
Del dinero de las ofrendas pagábamos los avisos en los periódicos y la
radio, el alquiler de la tienda y todavía nos que daba dinero. De esos gastos no
llevaba registro, pues nunca pensé que se recuperaran. Entonces se me ocurrió
una idea. ¿Que tal si el resto de la ofrenda se pusiera en una cuenta especial
bancaria y que la administraran las cinco iglesias?
A mediados de agosto, quitamos la tienda y un grupo de voluntarios limpió el
campo. Centenares de personas habían escuchado el mensaje del evangelio por
primera vez y habían experimentado que las obras de Dios eran reales. Algunos
habían tomado su decisión de ser cristianos. Entretanto, una planta de fertilizantes
de Downey había cerrado sus puertas por última vez.
Pero los efectos de largo alcance, como sucedió, surgie ron de aquella
cuenta común del Banco Con intención de to mar decisiones acerca de la misma, el
pastor de la Iglesia Cuadrangular telefoneó al pastor de la Iglesia Pentecostal de
Dios. Un anciano de las Asambleas de Dios fue a comer con un anciano de la
Iglesia Pentecostal Armenia. Yambos. en ese momento atravesaron juntos el dintel
de la puerta de la Iglesia de Santidad Pentecostal que había al final de la calle, y
se sentaron a rendir culto a Dios. .
Era martes por la mañana a finales de septiembre cuando me hallaba sentado
en mi despacho, tratando de poner algo de orden en mis asuntos. Al principio,
difícilmente oí el teléfono que repicaba junto a mi codo; cuando tomé el auricular, tardé
unos segundos en darme cuenta de que la persona que se hallaba al otro lado del hilo
estaba llorando. Era Rose
... Hospital Downey, decía, "tan pronto como puedas".
"¿Quién. ? ¿Qué...?" dije estúpidamente.
"¡Florence!" repitió ella. Mientras conducía camino de Whittier esta mañana.
Acuérdate de la niebla que había. Oh Demos ella ni siquiera debió haber visto del todo al
camión."
Todavía sin comprender del todo, corrí hacia mi carro y cubrí como un relámpago
las escasas cuadras que me separaban del Hospital de Downey. La mayoría de la familia
ya había llegado al pequeño edificio de una planta. Florence estaba en la mesa de
operaciones, me dijo papá, pero era poco lo que los médicos podían hacer. Papá casi no
podía hablar, y fue mi cuñado el esposo de mi hermana Ruth, quien me contó los detalles.
El accidente había tenido lugar a las 7:30 de la mañana, en medio de una espesa
niebla gris que sube desde el Pacífico en las mañanas de otoño. Aparentemente. Florence
no había visto una señal de alto y su carro chocó con un camión que hacía
reparaciones en la carretera derramando por todas partes toneladas de asfalto hirviendo.
El conductor del camión salió ileso pero Florence fue arrojada violentamente de su
automóvil para caer en medio del alquitrán en llamas. Un transeúnte la sacó y la envolvió
en su chaqueta, pero no antes de que toda su espalda resultase peligrosamente
quemada.
Eran estas masivas quemaduras las que impedían al cirujano operar los huesos
rotos. Al final la trasladaron al Servicio de Cuidados Intensivos, donde se nos permitió,
uno por uno, permanecer en el dintel de la puerta y mirar al interior. Fue el doctor
Haygood quien nos condujo a través del pasillo, lloraba sin reparo alguno, como
cualquiera de nosotros. Fue este mismo hombre, quien diecisiete años atrás había tratado
al mundo a Florence y quien la había tratado desde el sarampión a la tosferina de su
infancia. Ahora, todo lo que podía hacer era dar palmaditas en la mano de mamá, una y
otra vez.
Es joven y fuerte, Zahouri, repetía, y tiene unas ganas tremendas de vivir.
Cuando me tocó el turno de pararme frente a la puerta, apenas podía creer que la
que estaba en la cama alta del hospital fuese Florence, con su carita de duende y voz
angelical, la más joven y más favorecida por Dios en la familia, suspendida por poleas, sus
ojos permanecían cerrados y un continuo lamento surgía de su garganta.
Señor Dios mío", rogué. No la dejes sufrir. Cura su dolor.
¿Me lo imaginé, o el lamento había dejado de escucharse de pronto? "Llévate su
dolor", ore de nuevo.
Rose y yo regresamos a casa para preparar la comida a Richard y Gerry. Cuando
volví al hospital aquella tarde, Florence llorando de dolor, aunque aparentemente estaba
inconsciente a cualquier otra cosa. Me pare frente a la puerta y ore, de nuevo los gritos
cesaron. El resto de aquel día y la noche, cuando el dolor parecía ser peor, mis oraciones
aparecían ayudar. incluso las enfermeras y los doctores se dieran cuenta.
"Demos". me dijo el doctor Haygood, "puedes entrar a esta habitación siempre que
quieras. Incluso la alimentación por el sistema intravenoso parece ir mejor cuando tú
estás aquí..."
Así que me proveyeron de una bata blanca, máscara y gorro quirúrgico, y una silla
para que me sentase a la cabecera de la cama. Durante los siguientes cinco días pasé todo el
tiempo que me fue posible en aquella habitación. A la vez que ella recobraba conciencia.
el dolor aumentaba. Ni las drogas, ni la cantidad de diferentes inyecciones calmantes
parecían surtir efecto; los únicos ratos que Florence dormía, me contaron las
enfermeras, era durante mis visitas.
El por qué las cosas tuvieron que suceder así, era algo de lo que yo no tenía
la menor idea. A menudo recordaba once años atrás cuando Florence se rompió el
codo y yo había sabido, una mañana en la iglesia, que ella sería sanada. Un
extraño lazo parecía unirnos a Florence y a mi, pero sin embargo, esta vez la
sanidad no había seguido a mis oraciones. Un alivio temporal del dolor si, pero no el
cese al peligro que se cernía sobre ella.
Fue entonces cuando el peligro mas grave apareció. El resultado de los
rayos X que tomaron inmediatamente después del accidente, mostraba que la
cadera izquierda y la pelvis se habían aplastado al chocar contra el suelo. Las
radiografías mostraban astillas de hueso a través de todos los órganos vita les M
abdomen. Todos los días hacían una nueva placa, cada día, observaban, y yo con
los doctores, que las afiladas astillas se hincaban más profundamente en la cavidad
abdominal.
Seis días después del accidente, cuando aún las quema duras no permitían
una operación, nuestra iglesia declaró un día completo de ayuno. Comenzando el
domingo a media noche la congregación entera no tomó ni alimentos ni bebida
alguna. A las siete de la mañana del lunes, se reunieron en la recién acabada
iglesia en Goodrich Boulevard, al este de Los Angeles, para completar la vigilia de
veinticuatro horas por la sanidad de Florence. "con un propósito común se
encontraban en un mismo lugar", como se lee en el libro de los Hechos 2:1 .
Solamente yo no estaba con ellos. Yo tenía misión espe cial aquella noche en
la ciudad de Maywood, a ocho kilómetros de Downey. Desde hacía meses
habíamos estado escuchado hablar de un hombre que se llamaba Charles Price. Hacía
unos años, el doctor Price había sido pastor de una gran iglesia Congregacional en Lodi,
California, un ministro ultramoderno para una ultramoderna iglesia, que incluso se jactaba
de tener una pista de boliche. En ese entonces, la evangelista Aimee Semple McPherson
visitó esa ciudad y el doctor Price acudió a la reunión de su tienda, armado de lápiz y
papel, para tomar nota de todas las tonterías pentecostales que proclamase la señorita
McPherson, para poder prevenir a su congregación contra ella. A mitad del servicio el papel
y el lápiz fueron a parar al bolsillo, el doctor Price se halló de rodillas, con lágrimas
rodándole por las mejillas, sus manos alzadas sobre la cabeza, alabando a Dios en una
lengua desconocida.
Desde aquella noche, el ministerio de Charles Price cambió radicalmente y llamó a
su nuevo mensaje "el evangelio completo", con lo que quiso decir que desde aquel
momento en adelante, ninguna parte del Nuevo Testamento dejaría de estar presente en
sus predicaciones. Llegó a ser famoso por su insistencia en que las sanaciones tal contó
aparecen en la Biblia, tienen que formar parte de la vida normal de la iglesia en cualquier
época y aún en nuestros días.
Y, ahora, el doctor Price estaba en la cercana Maywood predicando en una tienda
que había erigido por su propia cuenta, y a medida que me acercaba, mi corazón se
hundía, Los carros se veían aparcados a casi un kilómetro de distancia, y cuando
finalmente llegué a la enorme tienda, todos los asientos estaban ocupados, y cantidad de
personas estaban de pie afuera, sobre la hierba.
El doctor Price estaba hablando desde una plataforma enorme, con adornos de
terciopelo rojo y blanco. Era un hombre de mediana edad, de cabellos claros, que usaba
gafas sin aros, que ahora brillaban bajo la luz de los reflectores. Terminó el sermón e invitó
a cualquiera que tuviese necesidad de sanación, pasase al frente para que se le orase.
Centenares de personas fueron surgiendo de todas partes a los pasillos. Miré el reloj.
Eran las 9 de la noche. Nunca conseguiría llegar hasta el esa noche. Pero el
recuerdo de todos en mi iglesia de rodillas me hizo quedarme. Lentamente, las largas
colas fueron avanzando poco a poco. Diez, diez y media, once. Los acomodadores
intentaban terminar la reunión: "El doctor Price estará mañana por la noche aquí, de
nuevo, hermana..." "El doctor Price estará encantado de orar por usted, mañana,
hermano..."
El doctor Price estaba tomando su Biblia y la botella de aceite con que ungía a los
enfermos. "Señor", grité.
Se dio la vuelta e intentó ver a través de las brillantes luces.
Evadí la vigilancia de uno de los ayudantes. "Doctor Price, mi nombre es Demos
Shakarian, y mi hermana ha tenido un accidente automovilístico; el doctor del hospital de
Downey dice que no vivirá, quisiera pedirle que viniese", dije todo de un tirón.
El doctor Price cerró los ojos y pude ver la preocupación en su rostro. Permaneció
un instante quieto, luego abrió los ojos bruscamente:
Me apresuré y le abrí el camino a través de la multitud que se dispersaba, siempre
hubo alguien que lo detenía y el doctor Price notó mi impaciencia.
No estés ansioso, hijo", dijo, "tu hermana será sana esta noche".
Miré aquel hombre. ¿Como podía hacer una afirmación como esa con tanta
seguridad? Pero, por supuesto, recordé, él no había visto el resultado de los rayos X y
tampoco podía tener ni la menor idea de lo grave de la situación de mi hermana.
Mi escepticismo debió trasparentarse en mi rostro, por que cuando puse el motor en
marcha, me dijo: "Permíteme que le diga, joven, por qué estoy tan seguro de que su
hermana sanará". Y relató como años antes, allá por el año 1924, un poco después de su
experiencia con la señorita McPherson, viajaba en auto a través del Canadá, cuando llegó
a la pequeña ciudad de París, en la provincia de Ontario. Mientras iba por la calle, sintió la
urgente necesidad de dar vuelta a la derecha, y así lo hizo. Luego sintió la misma urgente
necesidad de virar a la izquierda. De esa forma, el doctor Price fue guiado a través de la
ciudad hasta hallarse frente a la Iglesia Metodista. Allí pareció recibir la orden de
detenerse.
Sin la menor idea de por qué estaba haciendo eso. Charles Price tocó el timbre de
la casa del pastor, junto a la iglesia, se presentó, dijo ser un evangelista; de pronto se
escuchó a si mismo pidiendo si podría tener una serie de reuniones en aquella iglesia, y para
gran sorpresa del doctor Price, la respuesta fue afirmativa.
Entre la gente que acudió a las reuniones, el doctor Price se fijó especialmente en
una joven patéticamente lisiada, cuyo esposo la traía cada noche, la ponía sobre unos
almohadones en una de las primeras bancas. Al preguntar acerca de ellos supo que sus
nombres eran Louis y Eva Johnston, que venían de Laurel, Ontario, y que Eva Johnston,
había estado paralítica y sufría de fuertes dolores por más de diez años como resultado de
un ataque de fiebre reumática. El doctor Price miró aquellas fruncidas y torcidas piernas, la
derecha grotescamente doblada tras la otra. La pareja había ido a veinte diferentes
doctores en Toronto; probaron tratamientos eléctricos, rayos X, cirugía, masaje de calor,
pero sin poder evitar que la deformidad empeorase año tras año. Y sin embargo el Dr.
Price supo mientras predicaba, que aquella noche Eva Johnston sería sanada. Lo sabía
porque cada vez que la miraba sentía un extraño calor que se apoderaba de él. como una
Gálica manta que le arropaba los hombros.
Un escalofrío recorrió mi columna vertebral. por que recordé la idéntica experiencia
cuando la curación del codo de Florence. Con dificultad pude mantener los ojos en la
carretera.
El doctor Price interpretaba la sensación de peso y calor, como la presencia de
Dios. Dijo a la congregación en aquella ocasión que estaba a punto de presenciar un gran
milagro. Bajó de la plataforma, poso sus manos sobre la cabeza de la enferma y comenzó
a orar. Ante toda la congregación, la espalda de la mujer se enderezó, las piernas se
enderezaron hasta incluso crecieron a la vista de todos, a pesar de que no había dado
paso durante diez años, Eva Wilson Johnston se puso de pie, anduvo, incluso danzó, a
todo lo largo del pasillo. El doctor Price se mantenía todavía en contacto con los Johnston y
su curación había sido permanente.
Y esta noche, continuó Charles Price, vamos a ver otro milagro, por que en el
momento en que usted habló, aquella "manta" volvió a caer sobre mis hombros, y allí está
ahora. Dios está presente en esta situación.
Tragué saliva con dificultad, no me atreví a hablar porque en once años nunca había
escuchado experiencia similar.
Eran las once y media cuando llegamos a Downey. La puerta principal del pequeño
hospital de treinta y tres camas, estaba cerrado y tuvimos que llamar. Al fin apareció una
enfermera.
Me alegro de que esté aquí, dijo, Florence esta peor esta noche.
Pregunté si el doctor Price también podía entrar conmigo a la habitación, y tuvo que
ponerse una bata y máscara esterilizada. Luego los dos entramos en la habitación de
Florence.
Ella yacía en la cama, medio escondida entre la multitud de tubos y poleas. Le
presenté al doctor Price y ella asintió débilmente con la cabeza.
El doctor Price sacó el frasco de aceite de su bolsillo y vertió un poco de líquido en
su mano. Después se acercó a ella a través de la profusión de aparatos que rodeaban su
cama y apoyó sus dedos en la frente de Florence. "Señor Jesús" dijo te damos gracias
por que, estás aquí. Te damos gracias por curar a esta nuestra hermana".
Su voz fuerte y gentil, continuó orando, pero ya no pude seguir oyendo las palabra,
por que un extraordinario cambio se había efectuado en el ambiente de aquella habitación.
Parecía más... mas apiñada, en alguna forma. El aire mismo parecía haberse vuelto mas
denso, casi como si nos hubiésemos hallado sumergidos en el agua.
Repentinamente, en su cama alta, Florence se retorció. El doctor Price saltó hacia
atrás mientras una de las pesas de acero usadas para tracción pasaba rozándole la
cabeza. Florence se retorció hacia un lado tanto como los alambres que a sujetaban le
permitieron y después se giró hacia el otro lado. De pronto todos los pesos que había en la
habitación comenzaron a moverse, a la vez que ella se movía hacia adelante y hacia
atrás. Sé que debería haber intentado detenerla porque el doctor había repetido cien
veces que su cadera destrozada tenía que permanecer inmóvil, pero me quedé quieto
donde estaba, envuelto y bañado en este aire denso que emitía pulsaciones...
Un gemido profundo emergió de la garganta de Florence, pero no podía asegurar si
fue de dolor o de inexplicable éxtasis. Durante veinte increíbles minutos Florence continuó
moviéndose y retorciéndose en su prisión de hilos metálicos, mientras el doctor Price y yo
eludíamos los grandes contrapesos que parecían volar. A cada minuto esperaba que
apareciese la enfermera irrumpiendo en la habitación para preguntar qué era lo que
sucedía, pues sabía que cada diez minutos inspeccionaba la habitación. Pero no vino
nadie. Era como si los tres hubiésemos sido transportados a otra dimensión de espacio y
tiempo, en un mundo habitado tan sólo por la cálida presencia de Dios, que todo lo
invadía, permaneció de pronto quieta en su cama y gradualmente los pesos que la
sujetaban dejaron de moverse. Por un largo rato fijó su vista en mí.
"Demos" musitó, "Jesús me ha sanado".
Yo me incliné hacia ella. Lo sé, le respondí.
Cuando la enfermera entró en la habitación pocos minutos después se alegró
muchísimo de verla durmiendo...
A la mañana siguiente, después de llevar al doctor Price hasta su casa en
Pasadena, me hallaba todavía dormido cuando llamó el doctor Haygood.
Quiero que venga a ver la placa de rayos X, esto es todo lo que puedo decir.
El cuarto de rayos X estaba repleto cuando yo llegue, doctores, enfermeras,
técnicos de laboratorio. Todos se apiñaban para mirar colocadas contra una superficie
luminosa había ocho placas. Las primeras siete mostraban una pelvis aplastada, dislocadas
las caderas y la pelvis del lado izquierdo. La última radiografía, tomada aquella misma
mañana, mostraba una pelvis normal, absolutamente. Ambos lados de la imagen era
idénticos, el hueso de la cadera izquierda tan bien formado como el de la derecha,
Únicamente unos lineamientos delgados mostraban que alguna vez, seguramente años
atrás habría sufrido alguna rotura.
Florence permaneció en el hospital un mes todavía mientras las quemaduras de su
espalda iban sanando. La noche anterior a ser dada de alta, tuvo un sueño. Un sueño
extraño en el que veinticinco vasos de agua estaban en la mesa esperando que ella los
bebiese "Yo creo que representa los años que aún tengo de vida", nos dijo a Rose y a mi
cuando fuimos al siguiente día para llevárnosla a casa. "Creo que. Dios va a concederme
todavía veinticinco años para que le sirva".
Nada supe sobre eso. Yo solo supe que vi el poder de Dios con mis propios ojos.
Lo que aún me quedaba por conocer era mi propia debilidad.
CAPITULO 5
AFIANZAMIENTO DEL CIELO
Diciembre de 1941. Los Estados Unidos estaban en guerra. Con el ataque a Pearl
Harbor, la ciudad de Los Angeles se convirtió de la noche a la mañana en el centro de las
actividades de defensa durante las veinticuatro horas del día. Durante el día, las
autopistas estaban atestadas de camiones verde olivo del ejército. Durante la noche, la
ciudad se apresuraba en sus ocupaciones dentro de una total obscuridad y nosotros
ordeñábamos antes del amanecer en nuestros establos con las ventanas cubiertas. La
pequeña fábrica norteamericana de aviones, cercana a Downey, se convirtió en tina enorme
planta rodeada de alambre de púas, por cuyas puertas pasaban autos y camiones las
veinticuatro horas del día. Para desesperación de Rose y deleite de Richard que
contaba siete años, las instalaciones antiaéreas se construyeron casi en nuestro patio.
Como la industria lechera se consideraba industria esencial, la gente de nuestra
granja no fue reclutada al principio. Pero antes de mucho tiempo, nuestros empleados y
proveedores se hallaron al servicio o en las plantas de la defensa. Yo entonces dividía mi
tiempo entre los corrales de los terneros y los establos de las vacas en donde andábamos
más cortos de mano de obra. y en los puestos de racionamiento y en las oficinas de
distribución suplicábamos por grano, combustible, llantas y piezas para camiones que
necesitábamos para continuar trabajando.
El principal problema era la salud de los animales, y tanto los veterinarios como las
medicinas, escaseaban cada vez más. Papá y yo orábamos primero cuando la enfermedad
amenazaba nuestras reses, luego con frecuencia era la primera y ultima protección de los
animales.
A través de los años de guerra, Rosa y yo seguimos patrocinando durante los
veranos las reuniones en la carpa; seguimos el patrón que nos había servido en el este de
Los Angeles. Buscábamos un predicador talentoso y empleábamos nuestras habilidades
donde hicieran falta y donde fuese, invitamos a las distintas iglesias del mismo lugar a
trabajar juntas y alquilábamos equipo y manejábamos los detalles. Luego, cuando se
habían cubierto los principales gastos, poníamos el resto de la ofrenda en un banco para
ser administrada conjuntamente por todas las iglesias participantes, de modo que cuando la
campaña se terminara, la cooperación continuaría.
En nuestra propia iglesia algunos de los ancianos se preguntaban a viva voz que
era lo que sacábamos de “todo aquel lío". Pero cuando Florence se presento sin señales
de lo acontecido en julio de 1942, y cantó el glorioso himno de apertura, Rosa y yo
supimos que todo el esfuerzo de nuestras vidas jamás expresaría suficientemente nuestra
gratitud hacía Dios.
Otra fuente de gozo en aquellos días era nuestra profunda amistad con Charles
Price. ¡Me gustaba escucharlo predicar en su elocuente estilo que habla perfeccionado
bajo supervisión de William Jennings Bryan. Lo mejor de todo eran las visitas personales.
Casi cada semana desde 1941 hasta 1946 venía a Downey e íbamos con él a su
restaurante italiano favorito. Nos sentábamos en un lugar al fondo, donde me pasaba la
tarde escuchando al hombre más sabio que jamás había conocido.
"Doctor Price", le dije una vez "Hacer lo que usted hace debe ser la cosa más
maravillosa del mundo. Ver centenares de personas tocadas por su palabra, ver cómo
la gente se salva y se sana y sienten el poder de Dios, que se mueve a través de usted”.
El doctor Price dejó de enrollar "espagueti" en su tenedor y me miró frunciendo el
entrecejo ligeramente.
No es como eso", dijo finalmente. "Es... es como la guerra". Agitó un brazo
alrededor del cuarto; éramos casi los únicos civiles en aquel lugar. "¿En dónde están
matando a los soldados? En el frente, donde el enemigo está más cerca.
"Demos, es lo mismo con el evangelismo. Esta es una guerra, tan mortífera
como la que esta ocurriendo en Guadalcanal. El predicador que lleva el ataque al
territorio enemigo, está bajo su fuego. Recibe heridas, Demos. Algunos de nosotros
somos destruidos".
Rió con esa risa corta, menospreciadora de sí mismo, tan característica de él. A
veces, la gente trata de felicitarme, diciéndome lo buen predicador que soy. Eso no
significa nada para mí. Pero la otra noche, una señora me dijo que su familia oraba por mí
todos !os días. Demos: esto es lo más maravilloso que puede escuchar un predicador.
Asentí con un movimiento de cabeza, impresionado por su honestidad. Pero la
realidad de lo que estaba diciendo no pude comprender en aquellos tempranos años
cuarenta.
Sucedió casi sin advertirlo entre las presiones y formalismos de la guerra, y las
escaseces del momento. Las primeras tres vacas de mi padre se habían convertido en
tres mil, y habíamos llegado a tener la lechería privada más grande del mundo.
Y, por lo tanto, teníamos las mayores preocupaciones que yo hubiera imaginado, me
pasaba pendiente del teléfono hora tras hora, seguía el rumor de que había envases de
leche por aquí, cemento para el piso de una planta lechera por allá.
Únicamente hallar suficiente alimento para tal cantidad de animales ya resultaba
sumamente dificultoso. Yo tenía que manejar hasta el Valle Imperial para comprar heno.
La mayor parte de este viaje era a través del desierto y, en un sofocante mes de julio
que dio paso a un agosto de 1943 todavía más caluroso, descubrí que algo había
cambiado en aquella una vez solitaria carretera. Donde antes hallaba dos cabañas
soleadas en mi camino, en el último viaje, ahora en el sitio se levantaba una concurrida
ciudad de carpas y el tráfico se hacía mas lento a causa de la larga fila de camiones del
ejército. A lo largo de toda la carretera no se veía otra cosa que antiguas granjas y
polvorientas casetas que, de pronto, hervían de soldados. Nadie decía una palabra, por
supuesto; nadie sabía nada, pero era evidente que se estaba llevando a cabo una gran
campaña en el desierto, en alguna parte de la perturbada faz de la tierra.
Le hablaría a Rose de ello cuando regresara a casa. "Demasiados muchachos,
Rose y se les ve tan acalorados y aburridos..”
La ciudad de Indio, a cuarenta kilómetros al este de Palm Springs me atemorizaba
particularmente. Las calles rebosaban de tantos soldados fuera de servicio que se
necesitaba una hora entera para atravesarla. Yo me sentaba en las paradas de tráfico,
viéndolos esperar en interminables colas, ante los tres o cuatro restaurantes y el único
teatro, donde buscaban una pequeña sombra contra los 120 grados de calor. Nada que
hacer, y ningún lugar adonde ir.
Y pensé: ¿Qué tal si levantase una carpa aquí?
"¿Más reuniones, ¡Demos!?" preguntó mi padre. Rose y yo acabábamos de
patrocinar una campaña de avivamiento de seis semanas en el condado de Orange.
También Rose sentía dudas. "Demos, estás trabajando dieciséis horas al día en la
lechería. Durante la campaña de avivamiento apenas si te acercaste a la cama. ¿Qué
intentas probar matándote con tanto trabajo?"
"Pero. ¿y si esta idea viene de Dios. Rose, y no de mí mismo?"
Ella me miró desde el lugar donde planchaba. "Entonces lo haremos".
Salté del sofá. "Voy a telefonear a Charles Price ahora mismo", dije. Sé que está
lleno de compromisos, pero quizá le queden una o dos semanas libres".
Rose alzó otro de los trajes deportivos de Gerry del cesto de ropa para planchar.
No era el tipo de persona que habla mucho cuando no tiene absolutamente nada qué
decir, y yo sabía que tenía mucho que decirme,
"¿Rose?"
Silencio.
"¿Hay algo que no está bien?"
Demos, con lo mucho que amó y respeto al doctor Price, creo que no es la persona
adecuada para hablar con los soldados... Necesitamos a alguien más joven... no lo se,
alguien que sepa tocar la guitarra"
Estaba seguro que Rose estaba equivocada. "Acuérdate de las multitudes que
atrae el doctor Price", le dije. "acuérdate de las sanaciones que tienen lugar. Mira a
Florence".
Rose volvió a guardar silencio. Y así que llamé al doctor Price, olvidé la primera
lección que aprendí cuando tenía las reuniones en Lincoln Park, para Rose y para mí, la
llave de la voluntad de Dios era nuestro mutuo acuerdo.
El doctor Price estuvo de acuerdo con que era difícil la situación de los soldados en
el desierto, y prometió que haría un reajuste en sus compromisos. El lo hizo en efecto, pero
una subida de nuestra cuota lechera me mantuvo preocupado por un tiempo. Luego el
doctor Price tuvo una gripe y yo tuve dificultades para obtener el permiso de las
autoridades para nuestras reuniones y, a la vez, el médico del doctor Price, le prohibió
terminantemente esta actividad, pero por otra parte, el sentimiento de apremiante
necesidad que yo sentía, había pasado. Había perdido el momento oportuno de Dios, o al
hombre que Dios había dispuesto para esta labor. Hice algunos intentos poco entusiastas
y traté de hallar a alguien que dirigiera tales reuniones, pero al final nada hice...
Aquel otoño los periódicos estaban llenos de historias de la guerra. Las
defunciones entre los norteamericanos eran numerosas. Cada vez que publicaban nuevas
listas volvían las agonizantes preguntas. ¿Cuántos de los jóvenes soldados a los que vi
durante mi travesía en el desierto de California se hallaban entre las bajas? ¿Cuántos
hubieran acudido a las reuniones de Indio? ¿Cuántos podrían haber descubierto la verdad
que hubiera significado todo para ellos?.
Y entretanto se sumaba una nueva ansiedad. Por todo el sur de California los
lecheros se enfrentaban con una crisis. Con tantos veterinarios en las filas, la tuberculosis
se estaba abriendo paso entre el ganado. Cada treinta días ¡os oficiales del estado y los
del Departamento de Sanidad venían a inspeccionar el ganado. Una inyección se aplicaba
en la base suave y sin pelo de la cola. Si la piel permanecía blanda durante los tres días
siguientes, el animal no estaba infectado. Pero si aparecía un bulto del tamaño de una
goma de lápiz indicaba que en el animal había "reacción", y si aparecía uno más pequeño
lo hacía "sospechoso". Cuando la incidencia de animales con reacción y sospechosos
llegaba a un determinado nivel, todos los animales tenían que sacrificarse por decreto ley,
tanto los enfermos como los sanos.
Ya varios de los hatos de la vecindad habían sido destruidos cuando una primera
de nuestras vacas dio muestras de la enfermedad. Por supuesto, papá y yo oramos por
ellas. Richard, que entonces contaba nueve años, oraba por ellas cuando venía para
ayudar en los establos al salir del colegio. Era precisamente nuestra granja modelo
"Reliance Number Three" donde se hallaba el problema. Casi un centenar de los animales
mostraba reacción, y doscientos más eran sospechosos. Si se incrementaban estas cifras
antes de la próxima visita de los inspectores, todo un millar de vacas tendría que ser
sacrificado.
El día en que se nos comunicó la noticia, papá y yo permanecimos en "Number
Three" después del ordeño nocturno, sentados desconsoladamente ante nuestros
escritorios. No sabíamos de ningún granjero que hubiera alcanzado estas cifras y que
hubiera podido salvar su ganado.
Para alzar nuestra moral, papá puso la radio nocturna en la emisión radiofónica
“Templo del Angelus" y la voz del doctor Kelso Grover inundo aquella habitación llena de
tristeza. El doctor Kelso esa noche estaba hablando del poder de Dios para sanar cualquier
enfermedad. Los ojos de papá y los míos se encontraron a través de nuestros escritorios.
Por la mañana temprano, telefoneé al doctor Kelso: ¿Cuándo usted habla de "cualquier
enfermedad", señor, incluye también las enfermedades de las vacas?
Hubo un largo silencio en el teléfono hasta que el teólogo, que había estudiado en
Berkeley, hubo pensado acerca de la pregunta "cualquier enfermedad", repitió finalmente,
en animales y hombres.
Entonces, señor, ¿querría usted orar por un millar de vacas Holstein? Hoy. Y acto
seguido le describí la situación en nuestra lechería llamada "Reliance Number Three".
Llego a la lechería a las 11:30 de la mañana, y ambos fuimos a los corrales. Había
sesenta animales en cada departamento, con las cabezas sobre los pesebres de heno, en
el final de las filas. Pero cuando el doctor Grover y yo entramos a través de la primera
puerta, cesaron de comer y se apiñaron alrededor de nosotros, como acostumbran a
hacer las vacas, empujándose suavemente en un círculo.
A pesar de que el sol le daba directamente en la cabeza, el doctor Grover se quitó
su sombrero, yo hice otro tanto.
¡Señor Jesús! exclamó: ¡El ganado en un millar de colinas es tuyo! ¡En tu nombre,
Señor, tomamos autoridad sobre cualquier clase de infección de tuberculosis que ataque a
tus criaturas!.
Las orejas de las vacas se enderezaron y sus húmedos ojos negros lo miraron
ansiosamente.
Tardamos tres horas en visitar todos los corrales. Yo estaba preocupado por el sol
que caía sobre el doctor Grover, que ya no era muy joven, pero él no se cubrió de nuevo
con el sombrero mientras estaba orando y verdaderamente la atmósfera de afuera entre
los silos y las artesas de riego, iban aquietándose extrañamente.
También los trabajadores lo sintieron, ellos eran en su mayoría viejos trabajadores,
demasiado viejos para ser útiles en el ejército y en las fábricas, que nos habían
acompañado a papá y a mí durante muchos años, estaban acostumbrados a las
maneras pentecostales. Pero me pude dar cuenta de que los modales del doctor
Grover los impresionaba. Cuando él reprendía la enfermedad, casi se podían ver los
gérmenes salir volando.
Ahora, yo apenas podía contener la impaciencia hasta el siguiente "examen
médico". Pero como era usual, llegaron los oficiales de salud pública, como de costumbre,
con sus rostros melancólicos y preocupados mientras recorrían las hileras de vacas. Los
exámenes se llevaron a cabo en los animales mientras estaban en los cepos y sólo
hacían una pausa tras cada inyección para desinfectar la jeringa con alcohol. Estos
hombres conocían mejor que nadie cómo la salud de la nación, especialmente la de los
niños, dependía de la industria lechera, y hasta que punto la actual epidemia era
devastadora.
Tres días más tarde estaban de regreso para investigar la reacción, dos médicos
del estado y el delegado del condado. No hablaron mucho mientras se ponían sus
botas de goma. Esta era la parte más dura de su trabajo, el decirle a un ganadero que su
rebaño estaba condenado.
Ordeñamos 120 vacas a la vez, en "Reliance Number Three", en hileras de treinta
cepos. Al final de las primeras hileras del establo, los dos oficiales estatales se
encontraron. Yo me acerqué, para escucharlos ya que me lo impedía el sonido de las
máquinas ordeñadoras.
Es una cosa muy extraña, dijo uno de ellos. No ha habido una sola reacción en
toda la hilera, ni sospechosas tampoco.
El otro hombre parpadeo un poco: "Pues tampoco en la hilera que he
inspeccionado yo".
En todo ese establo de 120 vacas, ni una sola de ellas mostró un rastro de la
enfermedad. Para el momento en que se ordeñó el segundo turno y doscientas cuarenta
vacas dieron resultados negativos de tuberculina, los trabajadores comenzaron a juntarse
en el establo. En el tercer turno igual resultado.
Al finalizar la mañana se habían ordeñado, alrededor de mil vacas y ningún caso de
tuberculosis o por lo menos sospechoso, se había encontrado aún entre los que
previamente habían dado positivos. Los empleados del gobierno dijeron que no existía
explicación médica para caso tan singular. La única respuesta era la que compartíamos
los que en ese momento llenábamos los establos, el doctor Grover había orado y Dios
había respondido.
Pero El no respondió únicamente durante este período de guerra, sino también los
veinte años que tuvimos lecherías en Downey, hasta que la ciudad creció tanto que
tuvimos que trasladarlas al norte de Los Ángeles. Pero ya no se halló un solo caso de
tuberculosis o sospechoso de tal enfermedad en "Reliance Number Three"
Creo que mi madre fue la que estuvo más entusiasmada de todos cuando supo que
estábamos esperando un nuevo bebé, para noviembre de 1944. Gerry había empezado
a ir a un jardín infantil y nuestras dos casas, con sus lotes de tierra adyacentes, eran un
lugar bastante tranquilo para mamá. Por supuesto que tenía otros nietos, pero mis
hermanas y sus familias vivía a más de un kilómetro de distancia para el modo de pensar
armenio, prácticamente fuera de alcance.
Y existía una razón especial para tal bienvenida a esta noticia. Mamá a los
cuarenta y siete años padecía un cáncer inoperable. La oración, tan eficiente en la
lechería, había sido impotente en casa. ¡Pero yo veré tu segunda hija Demos! dijo con
expresión feliz. Se daba por un hecho en la familia que el siguiente bebé seria niña ya que
hasta donde podían recordar, no se había dado el caso de dos hijos varones en la familia
de cada generación de los Shakarian. Mamá comenzó a preparar pequeños vestiditos de
color de rosa y gorritas bordadas.
Fue en el verano de 1944, cuando estaba en una reunión cuando puse atención a
algo que había estado revoloteando en mi mente. Me hallaba sentado en una plataforma,
mientras un evangelista hablaba mirando sobre la atestada carpa. Vestidos de color
pastel, vestidos floreados, muchos de los hombres iban de uniforme, algunas mujeres
también. Mujeres...
Me di cuenta que mi mente estaba divagando y con esfuerzo intenté concentrarme
en el sermón. Pero mientras se cantaba el segundo himno volví a inspeccionar el auditorio.
¿Me engañaba mi imaginación o había diez mujeres por cada hombre? La noche
siguiente Rose contó conmigo. Había catorce sillas en una hilera y después un pasillo
de acuerdo con el regIamento del condado de Los Ángeles. Yo me ocupé de contar la
parte de la derecha. En la primera hilera, ocho mujeres, dos hombres, cuatro niños. En la
siguiente, doce mujeres, dos hombres. En la otra, catorce mujeres.
Durante los tres noches siguientes Rose y yo nos dividimos la carpa, para contar la
gente, Era indudable las mujeres sobrepasaban a los hombres a razón de diez a uno.
Me quedé perplejo. En la Iglesia Pentecostal Armenia, puesto que acudía a la
iglesia toda la familia, el número de hombres y mujeres era más o menos el mismo. Aquí
en la carpa todos se sentaban juntos, sin división de sexo ni edad, y por ello no había
advertido el fenómeno hasta ese momento. Pero entonces, ¿dónde estaban los esposos,
hermanos y padres?.
"Nunca me había dado cuenta” le dije a Charles Price mientras comíamos una
“lasagna”, esa semana los pocos hombres que quedan en el área. ¿Estarán en el otro lado
del mar?, supongo".
El doctor Price me observó a través de sus gafas sin marcos.
"¡Demos, Los Ángeles jamás ha estado más llena de hombres! Soldados de cada
estado de la Unión. Decenas de miles de hombres están en la reserva”.
"Entonces... ¿por que hay muchas más mujeres que nombres en las reuniones en la
carpa?"
El doctor Price echó la cabeza hacia atrás y rió hasta que un grupo de "marines" que
estaba en una mesa, al otro lado de la sala, se volteó a mirarlo "Dios bendiga tu inocente
corazón armenio", me dijo. "Hay siempre muchas más mujeres en esta clase de cosas. La
mayoría de americanos consideran la religión como... no sé... para afeminados. Quizá
pase para mujeres y niños. ¿Has oído hablar alguna vez de una sociedad misionera de
hombres? ¿Un grupo bíblico de hombres? Las mujeres son la iglesia en los Estados
Unidos, Demos. A excepción de los clérigos profesionales, por supuesto, como yo. Pero todo
el trabajo voluntario, todo el entusiasmo, toda la vida .. son las mujeres".
Durante varias noches las palabras de Charles me mantuvieron despierto, Rose me
pidió que me trasladase al sofá de la sala. Yo ya estaba acostumbrado a que las mujeres
sirvieran y amaran al Señor. La Iglesia Armenia había tenido siempre sus profetizas. Pero
los hombres eran los primeros en moverse; los ancianos, los estudiantes de la Biblia, los
maestros, los responsables de la educación religiosa de los niños. ¿Cómo pudieron los
hombres norteamericanos, tan vigorosos y llenos de éxito en otros aspectos, haber
abandonado al más alto llamado de todos? Por mucho que lo intenté, no puede
comprenderlo.
El primero de noviembre de 1944 nació nuestra segunda hija, un pequeño querubín
de cabellos negros con unas pestañas negras tan largas que cepillaban sus mejillas. Por
supuesto cada bebé es especial, pero había algo en éste que impresionó a todas las
enfermeras del hospital, que se apiñaban en la ventana de las cunas del hospital de
Downey.
La llamarnos Carolyn. Cuando Rose y yo, con Richard y Gerry junto a nosotros la
llevamos al frente de la iglesia de Goodrich Boulevard y nos arrodillamos en la pequeña
alfombra para recibir la tradicional bendición para los infantes, yo creí que iba a reventar
de orgullo por mi familia.
Pero por supuesto, desde el principio Carolyn fue el bebé mimado de mamá. A
mamá se le iba haciendo cada vez más difícil caminar, incluso los cortos pasos que
separaban su casa de la nuestra. Por ello, Rose le llevaba la niña varias veces al día, y
fue mamá quien descubrió una por una sus curiosas habilidades; lo pronto que sonreía, lo
de prisa que rodaba por sí misma, lo pronto que empezó a sentarse. Incluso proclamaba
que a los cuatro meses ya había escuchado llamarla claramente "Zorouhi", pero nadie
más consiguió comprobar tal maravilla.
Aquel invierno, durante las reuniones semanales de la familia. Charles Price y yo
hablábamos a menudo del fenómeno al que él me había abierto los ojos, la resistencia de
los hombres norteamericanos a la religión también yo le conté otra cosa que había notado
en nuestra propia iglesia.
"Cuando un hombre comienza a tener éxito en los negocios, doctor Price, el cesa
de venir a la iglesia. Lo he estado observando una y otra vez".
Muchas veces, le dije que había visto a toda la congregación sobre sus rodillas
cuando se tenía que amortizar una hipoteca o si un hombre necesitaba un préstamo del
Banco. Pero cuando el mismo hombre de negocios comenzaba a subir, la iglesia que
había luchado con el en los tiempos difíciles va no lo veía mas. "¿Por qué ha de ser
así?".
El doctor Price se reclinó hacia atrás de su asiento. "Sé la respuesta que dan las
iglesias. Los éxitos mundanos contra la vida en el Espíritu. Dios y mamón... y todo eso.
Pero esa respuesta no me satisface". El hizo correr sus dedos entre su ralo pelo grisáceo.
"¿Qué respuesta tienen las iglesias para los hombres, y también para las mujeres, que se
enfrentan a la horrenda complejidad del mundo moderno de los negocios?". Gente
cargada con tremendas responsabilidades, de cuyas decisiones dependen los empleos de
centenares de personas. He visto venir a mi a hombres como estos, Demos, y
francamente ni siquiera conseguí entender sus preguntas. ¿Qué sé yo de contratos
laborales y congelación de precios? No he tenido experiencia alguna en cuestión de
negocios.
"Por supuesto que los clérigos podemos ofrecer consuelo y consejo al hombre que
sufre los altibajos de los negocios, pero ¿qué se yo del hombre que prospera? necesita
tanto a Dios, y los ministros como yo, que ni siquiera conocen el lenguaje para hablarles.
Otras veces nuestras conversaciones eran más alegres. "Demos", me dijo una vez
el doctor Price, "estás a punto de ser testigo de uno de los mayores sucesos que fueron
predichos en la Biblia"... "y sucederá de todos modos, su Espíritu se derramará sobre toda
carne... Esto sucederá en tu tiempo, demos, y tú jugarás un papel importante en ello".
A mí siempre me sobresaltaba la forma como el doctor Price proclamaba sus
profecías. En la tradición de mi iglesia, un suceso profético era un movimiento de Dios
muy especial que estremecía los cuerpos de los hombres, les hacía levantar sus voces e
imponer un completo silencio entre los que escuchaban. Pero el doctor Price era capaz de
expresar las más tremendas afirmaciones con el mismo tono de voz que usaba para pedir
que le pasasen la sal.
"La única parte que yo tomaría, doctor Price, sería respaldar económicamente a
evangelistas como usted."
El sacudió su cabeza. No sucederá así. No a través de predicadores profesionales.
"Toda carne" es lo que nos dice Isaías. Esto va a suceder espontáneamente, por todo el
mundo entre hombres y mujeres comunes y corrientes, gente en oficinas, tiendas y
fábricas. Yo no viviré lo suficiente para verlo, pero tú sí. Y, Demos, cuando veas ésto sabrás
que la venida de Jesús esta muy cerca".
El doctor Price hablaba a menudo de la segunda venida de Jesús a la tierra en
estos días. Me habló también acerca de su muerte próxima a pesar de que contaba sólo
sesenta y dos años. Yo comencé a protestar, pero él alzó la mano para hacerme callar. No
nos pongamos sentimentales, amigo mío. Simplemente son cosas que sé. Me queda otro
año más o menos. Y luego, Demos, ¡qué privilegio para un cristiano ir con su Señor... !"
Nunca sabremos cómo Carolyn cogió la gripe, aparte de que había un fuerte brote
en Los Angeles aquel marzo de 1945.
El doctor Haygood hacía tiempo que había fallecido. El doctor Steere, que había
tomado su lugar, nos aseguró que estaría mejor cuidada en casa de lo que podría estar
en un hospital con la escasez de equipo y personal que había en aquellos tiempos de
guerra.
Pero el cuidado durante las veinticuatro horas del día no la hicieron mejorar en
absoluto. La infección parecía haberse instalado en su pecho, comenzó a respirar por la
boca. Cuando la admitieron en el hospital la noche del 21 de marzo el diagnóstico fue
simple y terrible, neumonía en ambos pulmones.
Rose no abandonó la habitación del hospital durante las siguientes doce horas; yo
me ausentaba tan sólo para telefonear a las personas que deseábamos que orasen. La
familia oró. La iglesia oró. Charles Price vino a la habitación del hospital y nosotros
intentamos aumentar nuestra fe recordando lo que Dios había hecho con Florence, a
pocas habitaciones de distancia, en el mismo pasillo. Pero esta vez el doctor Price no
habló de una sensación cálida sobre sus espaldas, y cuando abandonó la habitación su
rostro tenía un color grisáceo.
Todo sucedió con asombrosa rapidez. A las siete de la mañana del 22 de marzo yo
estaba en casa tomando una ducha cuando sonó el teléfono. Era una enfermera. ¿Podría
venir al hospital? Pero yo sabía antes de llegar que el bebé se había ido.
Y, en otro sentido, pasaron semanas y meses antes de que me diese cuenta de
ello. Carolyn, tan asombrosamente viva a sus casi cinco meses, ¿cómo podía tanta
chispa y brillantez desaparecer simplemente? La vimos por última vez en la funeraria,
yacía increíblemente quieta en su pequeño ataúd blanco, con sus largas pestañas
rizadas, que acariciaban sus redondas mejillas.
En casa, por supuesto, la familia ya estaba llegando, se llenó nuestra casa y la de
el lado, y pasamos unidos largas tardes, de acuerdo a las antiguas tradiciones
familiares. Después del viaje al cementerio hubo la comida en la iglesia, y las
palabras de condolencia que el corazón va guardando, hasta que la mente es capaz
de asimilar.
Pero, cosa bastante extraña, la mayor ayuda que nos vino durante esta
primera semana se nos presentó a través de dos extraños. Eran mujeres en sus
treintas, que vivía en Pasadena, y llegaron con Charles Price a nuestra casa una
tarde. Ellas querían esperar afuera, en el carro, pero Rose insistió en que
entraran. Al poco rato, el doctor Price me llevó al pasillo. Conozco muy bien a
estas mujeres, me dijo, poseen la rara y herm osa facultad de sentir al invisible
huésped angelical que la Biblia nos dice que a veces visita la tierra. Desde el
momento en que entraron en casa, dijo el doctor Price, las dos mujeres, Dorothy
Doane y Allene Brumbach, había advertido la gran compañía de ángeles, más de los
que hubiesen encontrado jamás en un solo lugar. "Dicen" que el aire está saturado de
ellos.
Este fue un don que nos guió a través de momentos bien difíciles.
¡Pero los malos momentos vinieron muy inesperadamente!. Un domingo, en
la iglesia, Rose saltó desde su banco en la sección de las mujeres y corrió hacia la
puerta. Cuando la alcancé en la acera estaba llorando.
¡Aquel bebé...! fue todo lo que pudo decir.
Luego advertí que la muchacha sentada a su lado tenía en sus brazos un
bebé de la edad de Carolyn. Cuatro mujeres d e la iglesia habían tenido hijos casi
al mismo tiempo que Carolyn nació, y durante meses la vista de estos niños la
harían regresar el vacío.
Y sin embargo... pasado el tiempo fuimos advirtiendo un cambio en nosotros.
El mundo visible y material que nos rodeaba iba haciéndose cada vez... menos...
menos convincente de lo que había sido antes. La guerra se había terminado,
hubo tiempo para comenzar a construir nuestra nueva casa. Durante años
estuvimos planeando construir una casa mas grande, cuando los materiales de
construcción volvieran a tener precios razonables. Yo deseaba una habitación
donde poder trabajar, Rose quería una cocina más grande, por supuesto,
necesitábamos un cuarto de huéspedes para los evangelistas que a menudo
pasaban fines de semana con nosotros. Tal como estaban las cosas ahora,
Richard o Gerry tenían que mudarse al sofá.
De todas formas, sin que nos dijésemos una palabra, Rose y yo sabíamos que
jamás construiríamos esa casa. En parte porque esta casa pequeña estaba llena
de Carolyn, el rincón donde siempre había estado su cuna, el lugar fuera del baño
donde solíamos poner su bacinilla. Pero también había aquello de... bueno, tener
un estudio, una bonita habitación para los huéspedes y todos los aparatos de
cocina nuevos, pero en una u otra forma dejaban de ser importantes. Una parte
de nosotros estaba en el cielo y desde entonces las cosas de la tierra nos' aprecian
menos urgentes.
También nos dimos cuenta de otra cosa. En la mañana, después de que
Richard y Gerry salían para la escuela, Rose y yo permanecíamos en el
desayunador para nuestras oraciones de la mañana, inclinábamos las cabezas,
hablábamos con Dio acerca de las cosas concernientes al día.
Ahora, de pronto, la pequeña mesa no estaba bien. De nuevo, sin decir
una palabra, ambos supimos que deseábam os arrodillarnos para hablar con el
Señor. Juntos, una mañana fuimos a la sala y nos arrodillamos sobre la alfombra
oriental que habíamos recibido como regalo en nuestro décimo aniversario de bodas de
parte de la familia de Rose. Desde entonces, aquella alfombra roja con campos de flores
azules, fue el lugar de nuestro encuentro con Dios. No es que nos hubiéramos vuelto más
temerosos de Dios desde la muerte de Carolyn, sino que Dios se había convertido en algo
más grande, más cercano, más auténtico, su viva presencia nos hacía arrodillamos con
reverencia.
Y fue en esta sala, una mañana, donde yo dí el paso que me había resistido a dar
por tanto tiempo: "Señor", le dije, "no sé en cuanto a Rose, pero me doy cuenta de que
nunca te he puesto en el primer lugar de mi vida. Oh, las reuniones en las carpas, algo de
mi tiempo, algo de dinero. Pero tú sabes y yo sé que mi familia ha estado primera en mi
corazón. Señor, yo deseo que tú tomes el primer lugar".
Sentí la mano de Rose en la mía. Era la confirmación que necesitaba. Rose jamás
había sido una mujer de muchas palabras.
CAPITULO 6
Hollywood Bowl
Aparentemente no existía nada diferente sobre la idea. Era lo que habíamos estado
haciendo desde hacía mucho tiempo, solo que en una escala mayor. Habían trabajado muy
bien las diferentes iglesias pentecostales unidas de un área ¿Qué pasaría si todas las
iglesias pentecostales de toda la región de Los Ángeles, unas trescientas, alquilasen el
"Hollywood Bowl” para una reunión realmente gigantesca?, como el "Bowl" era tan
conocido, tal vez vendrían a una reunión ahí, y no se acercarían a una reunión en una
carpa.
El problema, según nos dimos cuenta los pastores y yo, al discutir el asunto, era
el de siempre, dinero. Solamente el depósito para la reserva del “Bowl” un lunes por la
noche costaba 2.500 dólares. Por pagos por adelantado, por anuncios de radio, folletos y
carteles calculé que llegaríamos a los 3.000 dólares, lo cual sumaba 5.500 dólares, solo
para empezar, antes de añadir las luces, acomodadores para el estacionamiento y todo lo
demás. ¿De donde nos tendría tal suma de dinero? Por supuesto, no de los pastores, la
mayoría de ellos recibían un salario mas bajo de lo normal.
Pero, ¿Y qué pasará con los hombres de negocios en sus congregaciones? Y luego
se me ocurrió una idea puramente armenia "Si yo proveyese una comida con pollo", le
pregunté a los pastores, ¿me conseguirían un centenar de hombres de negocios para
asistir a la comida? Después de todo, los armenios sabíamos muy bien que las cosas
más importantes de la vida se resuelven alrededor de una mesa de comida.
La mayoría de los pastores expresaron sus dudas. No hay tantos hombres de
negocios que asistan a nuestros servicios, Demos, por lo menos, no los que han logrado
éxito, corearon esa verdad que yo conocía tan bien.
Pero conseguimos reunir un centenar de nombres de hombres y los invitamos con
sus esposas, a una comida de pollo en "Knott's Berry Farm".
Cuando llegó la noche, el comedor más grande de la granja estaba lleno de invitados.
Rose y yo nos sentamos a la cabecera de la mesa donde podríamos observar a todos los
demás. Y mientras lo hacía, se me ocurrió una idea extraordinaria. Y si algunos de estos
hombres, quizá media docena, subieran para decimos por qué siguen asistiendo a sus
iglesias cuando la mayoría de ellos, especialmente los que han triunfado en los negocios
ya no lo hace?. ¿Qué es lo que tanto les atrae de Jesús para abandonar su día de
descanso?. ¿Qué significa para ellos el Espíritu Santo, personalmente en sus propias
vidas? Esto podría servimos de mucho estímulo para todos nosotros.
Un momento después parpadeé. Tres mesas más allá de la mía, un hombre de
mediana edad, vestido con un traje a rayas, se le iluminó el rostro de repente como si se lo
hubiesen enfocado con una luz. Yo miré a Rose pero aparentemente ella no lo vio. ¡Cómo
pudo perdérselo! La extraña radiación danzaba y brillaba a su alrededor y supe que era el
hombre al que tenía que llamar de primero.
Ahora ya no podía esperar al final de la comida. El café y el pastel fueron una
frustración, tan ansioso estaba por saber lo que aquel hombre podía decir.
Al fin las jarras de café dejaron de circular. Las camareras limpiaron la mesa y se
llevaron los platos mientras todos se pusieron cómodos en sus sillas y se aprestaron a
escuchar mis peticiones de dinero, en lugar de eso, me dirigí hacía el hombre del traje a
rayas.
-Señor... Si..., eso es... usted... que lleva una corbata azul y esa sonrisa tan llena de
Dios. ¿Tiene la bondad de subir hasta aquí? El hombre me miró sorprendido, pero inicio su
marcha entre las mesas hasta que se halló de pie junto a mí. ¿No le gustaría contarnos
las hermosas cosas que el Señor ha hecho por usted?, le pregunté.
El hombre hizo un movimiento de cabeza para demostrar su asombro. No sé quién
se lo dijo, pero sí... mi esposa y yo tenemos mucho por lo que estar agradecidos con el
Señor". Y comenzó a contar como el padre de su esposa había sido curado recientemente
por medio de la oración, de lo que los doctores llamaron un cáncer terminal. En medio del
silencio electrizante que siguió a sus palabras, miré de nuevo alrededor de la habitación
Cerca de la ventana un rostro se iluminaba. "Señor, tenga la bondad de subir aquí para que
todos podamos verlo..."
Así pasó una hora y media, un hombre pasó tras del otro en el gran salón, que
parecía estar lleno de una especie de poder invisible. Escuchamos historias de matrimonios
sanados, alcoholismo superado, reconciliación de socios en negocios. Me puse a pensar
en la frase de Charles Price "Evangelio Completo..." pues cada aspecto de las buenas
nuevas se relacionaba esa noche a términos de experiencias reales. Cortos, sencillos,
detallados, así fueron los relatos de estos hombres prácticos. Ninguno dio un sermón, ni
usó lenguaje sofisticado, y sin embargo, el efecto combinado fue más potente que
cualquier sermón que se haya oído. Cuando diez u once hombres habían hablado, tomé
el micrófono y dije, "amigos, acaban ustedes de oír el evangelio completo, expresado por
un grupo de hombres de negocio. Evangelio Completo.. Hombres de negocios. Algo de la
frase se fijó en mi mente.
"¿No desean ustedes." proseguí, "que muchos hombres de negocios del área de
Los Ángeles cuenten relatos como éstos? " ¿No les gustaría que cada hombre, mujer y
niño de California conociese el poder de Dios de la forma en que lo conocen estos
hombres? ¿,Qué mejor lugar puede haber para hablarles acerca de el que el "Hollywood
Bowl"?
Esto fue literalmente todo lo que tuve tiempo de decir. Por todas partes de la
sala los hombres se estaban poniendo de pie, metían sus manos en tos bolsillos y venias
hacia adelante para dejar dinero en la mesa. Trajeron billetes de diez dólares, de veinte y
cheques. Los cheques se fueron amontonando sobre las mesas, cheques escritos de pie
en la misma fila en que esperaban para llegar frente a la mesa del salón....
Cuando nosotros contamos el dinero al final de aquella noche, la suma total
ascendía a 6.200 dólares.
Pero aún cuando esta cifra me pareciera impresionante, sabía que algo más
importante había sucedido aquella noche. Había surgido una idea, un patrón de muestra,
a pesar de que todavía no alcanzaba a ver las implicaciones futuras.
"Solo piensa", le dije a Rose mientras conducía hacia Downey. "cuantos hombres
de negocios hay en el mundo comparados con los predicadores. Si los hombres de
negocios se uniesen para difundir el evangelio...
Después, los funcionarios nos dijeron que el "Hollywood Bowl" nunca antes se había
llenado un lunes por la noche. Para nuestra reunión, del "Evangelio Completo", se llenaron
20.000 asientos y quedaron 2.500 personas de pie alrededor de la arena. Esta fue la
primera noche que usamos la ceremonia de encender candelas. La idea es que una sola
candela difícilmente se puede ver en la oscuridad, pero cuando cada uno enciende su
candela, cuando cada uno de nosotros usa lo que Dios le ha dado, el resplandor puede
tornar la noche en día.
Para mí esto fue verdaderamente un momento de luz, cuando al fin tuve la
respuesta a la pregunta que me había formulado cuando era un muchacho de trece años"
Señor, ¿es éste el trabajo que me has designado especialmente a mí? Estaba
reflexionando sobre la pregunta, como solía hacerlo a menudo, cuando se apagaron las
luces y la arena se, sumió en la oscuridad. No me había convertido en un predicador, pues
seguía sintiéndome tan balbuciente y torpe como siempre delante de un auditorio.
Tampoco era un profeta como Charles Price. No era un maestro, ni un evangelista, ni un
sanador...
De pronto, desde algún lugar arriba de nosotros se escuchó el sonido de una
trompeta, el eco del sonido agudo repiqueteaba desde las oscuras colinas. Diminutos
destellos de luz fueron apareciendo cuando las candelas se encendieron. El resplandor
creció hasta que la llama se entendía de vecino e vecino. Y de pronto, el "Bowl"
centelleaba de luz mientras miles de diminutas llamas se quemaban juntas.
Un ayudador. Era como si la palabra estuviera escrita en las mismas chispeantes
llamas. Era como algo que pasaba de un hombre a otro. Un proporcionados de tiempo o
lugar u ocasión para que se uniesen las luces. Un estimulador de la chispa que pudiera
poner en llamas al mundo.
La emoción de ese momento hizo que las lágrimas que inundaran los ojos. Más
tarde, en la noche en casa, me dirigí ansioso a mi Biblia y leí 1a. Corintios. 12:28. ¡Cuan a
menudo había reflexionado y orado sobre esta lista de divinos compromisos...! "primero
apóstoles, segundo profetas, tercero maestros, luego obradores de milagros, luego
sanadores..." Si, ahí estaban, "ayudadores" ¿Cómo no me había fijado en esta palabra que
se distinguía ahí entre las demás...? "Sanadores, ayudadores, administradores y los que
hablan varias clases de lenguas".
Aquí estaba mi tarea, el trabajo que me asignaba. El Mismo Dios, revelado en
aquel momento de luz en las colinas de Hollywood. ¡Dios me había llamado a mí, sí, a mí!
Para ser un ayudador..., y desde ese momento ese maravilloso compromiso que jamás
me abandonaría.
Era muy bueno que yo sintiera este entusiasmo por que después vino una
experiencia que pudo dar al traste con todo la alegría de ayudar. El conferenciante de una
de nuestras reuniones fue un evangelista del este. Vino al parecer con las mejores
recomendaciones, y sin embargo, su figura resultaba un tanto extraña para un
evangelista, por sus mechones de cabello plateado que le caían sobre sus hombros y por
su pierna artificial. Desde el principio me pareció que se interesaba mucho en el dinero de
la ofrenda, pues comentaba frecuentemente que en otros sitios la colecta era toda para él.
También aquí sería de este modo, le dije, si usted sostuviese los gastos de la
reunión. Cuando un evangelista sostiene su propia campaña y paga los salarios del
personal, la publicidad, los viajes, y los alojamientos, por supuesto, se queda con la
ofrenda para sufragar esos gastos. En ese caso, también el propio evangelista sería quien
se ocuparía de arrendar el campo y contratar el personal de la construcción.
Por otro lado, si nosotros preparábamos las reuniones, el evangelista no tenía por
qué preocuparse de esos asuntos, ni siquiera de sus propios gastos, puesto que viviría en
nuestra casa, y comería de la buena cocina casera de Rose. También le dijimos que
gastábamos cientos de dólares en cada campaña, que no esperábamos por supuesto, ni
deseábamos recuperar. Después de que todos los gastos eran cubiertos, el saldo de la
ofrenda iba para las iglesias.
Con una excepción. Una vez a la semana recogíamos lo que llamábamos una
ofrenda para las propias necesidades del evangelista. Había sido nuestra experiencia que
al final de las seis semanas de campaña el evangelista podría disponer del suficiente
dinero para poder financiar sus siguiente campaña para sí mismo.
Como digo, le hablé tan minuciosamente de todo ésto, porque me daba cuenta de
que era algo que le preocupaba en extremo. Pero incluso, después de esta explicación, el
siguió preguntando al final de cada servicio cual había sido la recaudación. "Ustedes
podrían recoger muchísima más que eso, nos decía. No lo llevan bien; tienen que llegarles
a las fibras del corazón si quieren que la gente dé".
"Nosotros no queremos que ellos den", dijo Rose a través de la mesa de la cena,
pasándole las albóndigas por tercera vez. No porque lo pidamos nosotros. Si el Espíritu
Santo los impulsa a dar, es distinto. Y El les dirá qué cantidad.
Lo extraño del caso de este hombre es que, a pesar de su amor al dinero, era un
hombre ungido, inspirado por Dios. Jamás tuvimos mayores concurrencias que en ese
verano, nunca antes se acerco tanta gente al altar, jamás se vieron sanidades tan
maravillosas. Una noche, un niño sordo oyó por primera vez en su vida. Al fin de la
semana, su médico testificó su sanidad desde la plataforma. Otra noche, una mujer fue
liberada de un bocio que la desfiguraba tremendamente.
Al fin llegó el último domingo por la tarde alrededor de diez mil personas se
amontonaron en la enorme tienda, mientras Bob Smith (éste no es su nombre real) hacía
el cierre final de su sermón. Era realmente un orador nato, pensé. Y me ale gré de que, por
su causa, las reuniones hubieran resultado tan exitosas financieramente hablando, ya que
el pobre hombre parecía muy ansioso a este respecto. Había recibido suficiente dinero de
las ofrendas de amor, como para financiar varias campañas cuando regresara al este, o
donde hubiera elegido dirigirse.
Mis ojos se posaron en las hileras de espectadores. Aun había una sobreabundante
diferencia a favor de las mujeres, lo pude comprobar, "¿Cuál era la respuesta para hacer a
Dios real, también para los hombres de hoy?"
Las ricas bendiciones de Dios, Smith lo estaba diciendo. Mi mente repentinamente
volvió al sermón. "El no puede darles a ustedes, si ustedes no le dan primero a El. Vacíen
sus bolsas, amigos, que el las llenará con todas las riquezas celestiales".
¿Por qué estaba aquel hombre hablando de bolsas? No se había proyectado tener
una colecta en esta reunión final.
¿Quién dará?, persistía. ¿Quien dará con sacrificio, hasta que las manos de Dios se
desaten para darles a ustedes?.
Una mujer vestida de rosado ya venía por el pasillo hacia la plataforma. Smith salió
por detrás del púlpito y se inclinó a través de las macetas que rodeaban la tarima, para
aceptar lo que ella le ofrecía.
¡El Señor la bendiga, hermana, gritó! Dios la bendecirá poderosamente por esta
dádiva de amor. Aquí y allá, bajo la enorme tienda, otras personas venían por los pasillos.
Yo me levante de mi asiento en la parte de atrás de la plataforma y me hice hacia el lado.
Allí, detrás se estaba formando un grupo de mujeres y pastores locales.
¿Qué se cree que está haciendo?, preguntó Edward Gabriel, hermano de Rose.
(la familia de Rose recientemente había acortado su apellido de Gabríelian a Gabriel). ¡No
tiene derecho a hacer eso!.
¡Tenemos que impedírselo!, corroboré yo.
Pero... ¿Cómo? La emoción de la gente por ofrendar era verdadera, a pesar de
que la del predicador no lo fuera. Ahora él estaba llorando, mientras recogía las
ofrendas. ¡Gracias hermano!. ¡Dios le recompense, hermano!. ¡Dios lo bendiga... y a
usted... y a usted...!
¿Qué podíamos hacer? Estas gentes habían escuchado la voz de Dios predicada
durante semanas por este hombre, habían visto sus sanidades. Muchos habían dado su
vida a Cristo como resultado. Si lo hacíamos quedar mal, ¿no minaríamos la fe de esta
gente?
Pero tenemos que procurar que no se marche con todo el dinero de esa gente, dijo
Edward. Edward era el jefe de los ujieres de las reuniones.
La desvergonzada sangría siguió adelante. Gerry acabó por impacientarse de tanto
estar sentada y Rose tomó las llaves del carro y la llevó a casa. Cuando Rose regreso de
un viaje redondo de cincuenta kilómetros, el hombre seguía adelante con su demanda de
dinero. Convirtió el hecho de dar en un testimonio público "a la vista de todos" y " para ser
contado" como uno que amaba a Dios. El volver una segunda y aún una tercera vez,
significaba la demostración mayor de su devoción.
Durante dos horas y media increíbles, mucho después de la hora final propuesta, la
colecta seguía. Aquí y allá, en el auditorio vi rostros que estaban tan desconcertados
como el mío. Quizás unas cuatrocientas personas se habían marchado, pero la mayoría de
la congregación parecía hechizada por su espectáculo. Varias veces pareció que toda la
muchedumbre de la tienda se ponía de pie a la vez y pasaban al frente para colocar su
dinero en las cajas para ofrendar a los pies del predicador.
Al final, cuando difícilmente podía quedar un dolar en un bolsillo o un bolso, el
predicador inclinó su cabeza para la oración de clausura. Con tanta rapidez como una
maniobra militar, Edward y su equipo de mujeres se acercaron a la plataforma. Antes de
que Smith pudiera protestar, alzaron las cajas de ofrendas, y las llevaron a la parte
posterior de la plataforma.
"Eh, vosotros, muchachos... esto. ¡hermanos!" Smith tartamudeó ¡Estoy.. todavía
bendiciendo estas ofrendas!.
¡Amén!, corearon los ujieres, y se desvanecieron tras la cortina que separaba del
publico, el lugar que usábamos como despacho, detrás del entarimado.
Allí nos encontrábamos pocos minutos después, comenzábamos a contar el dinero
cuando Smith irrumpió embistiendo los cortinajes, las venas de sus sienes, palpitando de
rabia.
¡Esto es mío!, dijo., ¡Todo eso es mío!
Llevaba consigo una vieja cartera de cuero cuando entró en la habitación y con ella
se echó sobre la mesa . No le había visto antes tal cartera, y por supuesto no la llevaba
en el carro cuando él; Kose y yo habíamos "venido" desde Downey aquella tarde. Abrió la
cartera, y comenzó a llenarla de los billetes que estaban sobre la mesa.
Edward cogió un asa de la cartera, mientras otro de los hermanos agarraba a Smith
por un brazo.
No lo toque" Era mi propia voz las que estaba hablando.
No pongan un dedo sobre ese hombre".
Los ujieres me miraron sin comprender. Yo estaba tan sorprendido como cualquiera
de ellos. De pronto me pareció estar viendo no a un predicador sofocado, preso de la
codicia sino a Saúl, Rey de Israel, y escuchando las palabras de la Biblia: ... ¿Quién
extenderá la mano en contra del ungido del Señor...? (1a. Samuel, 26:9).
Aquellas eran las palabras de David, recordaba, y las había dicho refiriéndose a
Saúl, después de que Saúl se había apartado de Dios desobedeciéndole, estaba
peleando contra El. Aún así, a los ojos de David, Saúl sequía siendo el hombre a través
del cual el poder de Dios había bendecido y fluido, igual que yo había visto fluir el poder,
a través de Bob Smith.
Smith continuaba metiendo billetes en la cartera tan de prisa como sus manos se
podían mover.
"Demos", dijo Edward, "¿Es que no ves lo que está haciendo?"
"Lo veo".
"¿Y le vas a dejar que se marche con todo este dinero?".
"¿Por qué no debo?, dilo Smith, ¿Si es mío, no? Ahora el estaba sosteniendo la
cartera debajo de la mesa, arrastrando el dinero con el brazo hacia su interior.
"Si Bob" es tuyo'. Asentí, apenas creyendo mis propias palabras. Dios no provee Su
dinero por estos métodos.
"¡Métodos!", Smith se echo hacia atrás con desdén, usted no sabe nada sobre
estos métodos, ¡Usted es un tonto. Shakarian! ¡Todos ustedes son unos tontos! Cerró la
tapa de la bolsa con un chasquido y se quedó de pie, mirando el pequeño círculo de laicos
y pastores "¡Tienen una cosa fantástica en marcha y ni siquiera se han dado cuenta!"
Retrocedió hacia la cortina, buscando de espaldas la salida. Un segundo después
habías desaparecido.
Tuve que poner ambas manos en los hombros de Edward para evitar que se echase
a correr detrás de él. "¡Déjalo en paz!", repetí "¿,Qué íbamos a hacer con ese dinero? Este
dinero no es de Dios, y ni puedo creer que Dios lo haya bendecido".
Una vez más tenía la sensación de que las palabras que escuchaba no procedían de
mí mismo. Después, el momento pasó y una gran debilidad se apoderó de mí; la debilidad
de la gente, de las reuniones, de las carpas, de la plataforma, de los altavoces... Pasamos
al interior de la gran carpa de lona. La multitud todavía estaba saliendo paso a paso por
los pasillos en dirección a las puertas, y los equipos de voluntarios de las iglesias estaban
ya plegando las sillas. No había ni rastro de Bob Smith.
Encontré a Rose y le dije que se fuese para casa. Todavía me quedaban horas de
trabajo aquella noche. Había que organizar la limpieza el equipo que se ocupaba de
desmontar las carpas tenía que volver a sus casas Al día siguiente tenía que estar aquí
temprano, para ocuparme de los empleados de ornamentación que se llevarían las
plantas y yo estaba cansado de todo ésto, terriblemente cansado de todo...
En la habitación de Richard no quedaba ni rastro del hombre que había vivido allí
durante seis semanas. Sus ropas no estaban en el armario, sus dos maletas azules
habían desaparecido e incluso su cepillo de dientes del soporte, en el cuarto de baño.
Ninguno de nosotros se dio cuenta de cuando hizo las maletas. Por supuesto no se había
despedido de ningún miembro de la familia, y ni siquiera dio las gracias a Rose por sus
semanas de hospitalidad.
Seis años después oí hablar de nuevo de Bob Smith. Luego, una mañana, él
mismo entro en la oficina principal de "Reliance Number Three", flaco, sin afeitar, mal
vestido y con toda la apariencia de no llevar un centavo encima. Me contó una larga
historia de mala suerte, y me pidió dinero para ir a Detroit; se lo dí. Tres años después
supe que había muerto.
Esta fue la primera vez, pero, de ninguna manera la última, en que Rose y yo nos
enfrentaríamos al fenómeno de encontrar un hombre con un tremendo ministerio de Dios
para los demás, pero que era en su vida personal una vergüenza. Algunas veces, como
en el caso de Smith, el problema era dinero, otras veces era el alcohol; otras, se trataba de
mujeres, drogas o de perversión sexual.
¿Por qué Dios honra al ministerio de hombres como estos? ¿Era el poder de las
Escrituras, que obran independientemente del hombre que las cita? ¿Es la fe de los
oyentes? No lo sé.
Sólo estaba yo seguro de dos cosas al respecto. Que esta gente que daba su
corazón o su bolsillo al Señor en estas reuniones, no perdía recompensa por que el agente
humano fuese defectuoso. Y que las palabras que yo había dicho sin comprenderlas
seguían siendo verdad.
“No lo toquen" ..
Estos hombres estaban en las manos de Dios; incluso me pareció que no me estaba
permitido especular mucho al respecto. Sin embargo, a menudo, recordaba las palabras de
Charles Price, dichas con tal acento de dolor: "Los hombres que están en el frente reciben
heridas". Y pensaba en los riesgos y tentaciones con que tenían que enfrentarse estos
hombres, y yo me preguntaba a mi mismo si habría orado lo suficiente por Bob Smith, .
Charles Price había muerto. Había muerto tal como ya sabía él, en 1946. Pero mi
madre, casi siempre con constantes dolores, vivía todavía. Después de la muerte de
Carolyn la Familia creyó que ella partiría muy pronto. Las gorditas manos de Carolyn,
apretando las suyas tan delgadas, tan estropeadas, parecían ser la única fuerza que
mantenía a mi madre viviendo.
Pero existía una pieza que todavía no encajaba en el rompecabezas. Florence, a los
veintiún años, todavía estaba soltera, y para una madre armenia ésto era una forma
intolerable de dejar sus asuntos terrenales. Así que cuando Florence se comprometió con
un guapo joven armenio, cuya madre había fallecido algunos años antes, mamá tomó en
sus manos el asunto de la boda.
Sus fuerzas durante esos meses fueron un misterio para los doctores, que no podían
entender, cómo todavía era capaz de andar, iba de compras, cosía, incluso guisó la mayor
parte del elaborado banquete que siguió a la ceremonia de la boda.
Pero luego, cuando la radiante pareja había partido para su luna de miel, ella volvió
a la cama. El cáncer había progresado más allá de lo que puede aliviar las drogas, pero
no recuerdo haberle oído a mamá ni una sola queja, le oía sólo dar gracias por que había
sido capaz de completar sus deberes familiares.
El doctor John Leary, el especialista que la atendía en sus últimos meses, solía acudir
a la gran casa estilo español por la mañana temprano, "para empezar el día bien", solía
decirme. Él decía que tenía unos cuantos pacientes no tan enfermos como mamá, pero
que sus problemas lo dejaban exhausto. Pero si puedo pasar quince minutos al lado de tu
madre, Demos, al principio del día, puedo enfrentarme con cualquier cosa que venga.
Cuando falleció en noviembre de 1947, a la edad de cincuenta años, me dí cuenta de
cuánta gente se había visto alentada por ella. Fue el mayor funeral que jamás había
visto Downey. Todo el mundo, estaba allí: desde líderes de la comunidad hasta
descamisados sin hogar. Fue entonces cuando comprendí la hospitalidad de mamá.
Pero en muchos aspectos la persona más importante y la más joven, de sólo cuatro
meses de edad, era Stephen, que dormía sin preocupación en los brazos de Rose.
Cuando supimos que íbamos a tener otro bebé supimos también que tendría justo
para que mamá todavía lo pudiera sostener antes de morir. Y así ocurrió. Bastante
después de que el doctor Leary hubiera prohibido otras visitas, llevamos a Steve hasta la
cama de mamá. Y ella acarició sus suaves rizos negros y dijo, algunas veces teníamos
que inclinarnos mucho para oírla: "un segundo varón... ésto nunca había sucedido, que
Dios enviase un segundo varón..."
CAPÍTULO 7
Tiempo de prueba
Papá había vuelto a la oficina. Las últimas semanas de vida de mamá las había
pasado la mayor parte del día en su habitación. Ahora estaba de vuelta en su escritorio,
frente al mío en "Reliance Number Three". Su entrecejo se iba frunciendo mientras leía
los informes trimestrales.
Estás recargando los almacenes, hijo, me dijo y señaló las cifras que mostraban un
inventario de granos mayor de lo que necesitábamos para las demandas corrientes. A
papá nunca le había satisfecho la operación del molino por las frecuentes fluctuaciones de
los precios.
Pero estas objeciones parecían poco aplicables durante el auge de la post-guerra.
Ese invierno de 1947-48 todo el que comerciaba con esta clase de productos estaba de
acuerdo en un punto. Solamente el precio tope que había establecido el gobierno podría
mantener los precios bajos. La avena, la cebada, el maíz, harina de semilla de algodón,
harina de soya, todos estaban forzados a mantener ese arbitrario nivel de precios durante
meses, como si trataran de forzarlos a que siguieran hasta el final. Al minuto que se
quitase la restricción, los precios se elevarían. Me pareció un buen negocio almacenar
mucho, mientras se mantenía el precio tope.
Esto es lo que el buen ojo armenio de papa comprendió, cuando repasó las cifras.
Su entrecejo se frunció más profundamente cuando observó que yo había gastado cientos
de miles de dólares en grano a los precios corrientes de compra, para venderlos en el
otoño siguiente.
Al firmar aquel contrato yo había encendido la mecha de la bomba. El nombre me
saltaba en la mente en los momentos más raros: Fresno.
¿Por qué tendría que estar pensando en Fresno? Era una ciudad situada alrededor de
trescientos kilómetros al norte de Los Ángeles, por la que había pasado numerosas
veces. Pero no conocía a nadie allí, y no tenía conexión alguna con tal ciudad. ¿Por qué
me tenía que venir una y otra vez Fresno a la mente?
Con el aguijón del asunto de Bob Smith que todavía me punzaba, Rose y yo
habíamos hablado poco de los planes para ese verano. Alguien sugirió que tuviésemos
reuniones de nuevo en el este de Los Ángeles, y nos parecía una buena idea.
Cuando una noche llegue a casa, Rose estaba en nuestro dormitorio, poniendo al
pequeño Steve en su cuna. "Querida", le dije, “durante todo el tiempo que conducía hacia
casa esta noche, el nombre de un lugar en particular me ha estado martillando en la mente
sin parar. No puedo dejar de pensar en ello".
Rose se enderezó y me miró directo a los ojos. “No me digas el nombre. Es lo
mismo que me ha estado pasando a mí". Apagó la luz y salimos de puntillas del cuarto. En
el pasillo se volteó hacia mi y me dijo: Se trata de Fresno, ¿verdad?". Moví la cabeza, con
asombro.
Si es "Fresno"
Pero, si sabíamos dónde quería Dios que trabajásemos, la siguiente pregunta era
cómo. Allí no teníamos contactos, y no conocíamos nada sobre el lugar.
Por fin obtuve de un ministro de Los Ángeles el nombre de un pastor de las Asambleas
de Dios en Fresno. Lo llamé por teléfono, y le sugerí la idea de mantener unas reuniones
el siguiente verano en aquella ciudad. Se escuchó un largo silencio al otro lado del hilo.
Finalmente, dijo que me llamaría, y unas semanas después, me encontraba invitándolo a
él y a otros treinta y tres pastores locales, a una comida en el Hotel California de Fresno. El
método archicomprobado por los armenios de alimentar el cuerpo a la vez que el alma,
probablemente influyó en el buen resultado de aquella reunión; verdaderamente no había
gran entusiasmo por el proyecto, Jamás había visto tantos rostros desconfiados como
los que me miraban. cuando me levanté para hablar.
Les describí las reuniones en la carpa que habíamos tenido en Los Ángeles durante
siete veranos, y especulamos sobre los centenares de personas que ahora estaban en
buenas relaciones con Dios a causa de ellas. Silencio. Miradas hostiles. Por fin, uno de
los hombres se alzo, se ajustó los pantalones y me preguntó lo que aparentemente estaba
en la mente de todos los presentes: ¿Que espera obtener usted de todo ésto, señor
Shakarian? ¿Qué esconde en la manga?.
Sentí el calor que incendiaba mis mejillas, luego me controlé ¿Por qué tendrían
estos que fiarse de un extraño? Recordé a Bob Smith, y por vez primera agradecí aquella
experiencia. El Señor sabía que era poco precavido. Quizá la única forma como podían
enseñarme algo era restregándomelo en la cara. Un pastor tenía que ser desconfiado,
hacer preguntas cuando entraba en juego el bienestar de su gente.
Y por esto informé a los treinta y cuatro hombres, de mi proceder. No pedía salario, y
pagaría mis propios gastos. Aquí en Fresno éstos debían ser mayores de lo corriente,
puesto que Rose y yo tendríamos que trasladarnos allí por todo el tiempo que durara la
campaña. Cuando se hubiera pagado la mayoría de los gastos, anuncios, instalación
de la carpa todo eso, todo el dinero que quedase en las ofrendas pertenecería
conjuntamente a las iglesias que participasen. Por otra parte, en el caso de que hubiese
déficit, yo lo pagaría de mí propio bolsillo.
"¿Qué saco yo de todo ésto?" se me repetía como un eco. Saqué mi Nuevo
Testamento del bolsillo, y leí en voz alta los textos de 1a. Corintios 12 que había llegado a
significar tanto para mi. Amigos, les dije, creo que el Señor nos ha dotado de un don
especial a cada uno de sus siervos, con alguna habilidad especial que debemos usar en
su Reino. Yo creo que si descubrimos el don, y lo usamos, seremos la gente más feliz de
la tierra. Y si perdemos la oportunidad, no importa cuán buenas sean nuestras obras, nos
sentiremos siempre infelices.
"Yo soy afortunado", les dije "Yo he encontrado mi trabajo. Soy un ayudador, tal como
dice ahí. Mi don es ayudar a las demás personas a que lo que hagan, lo hagan mejor. Yo
les ayudo a ustedes a reunirse, a preparar el lugar para las reuniones, a encontrar
oradores. Todo lo que obtengo es el gozo de usar el talento que Dios me dio".
Me remangué el brazo izquierdo de mi chaqueta y me rebusqué dentro de la manga.
"Nada", les dije. "aquí no hay nada".
La improvisada carcajada que siguió, rompió la tensión. De todos los rincones de la
habitación venían sugerencias para la campaña de Fresno. Este pastor tenía un contacto
con la emisora de radio local; el otro conocía al gerente de una imprenta. Parecían estar
todos de acuerdo en que en el otoño sería la época más propicia que en el verano en
Fresno, sería en octubre, en cuanto ya se hubiesen cosechado las uvas. Existía un gran
salón en el centro de la ciudad, el "Memorial Auditórium", que sería mucho más cómodo
que una carpa.
Parece que vamos a tener unos meses un poco ocupados Demos, dijo Floyd
Hawkins, uno de los pastores que me acompañó a mi carro. Tendrás que estar ausente
bastante tiempo de tu oficina. Espero que te vaya bien con tus negocios.
Le expresé mi confianza con una sonrisa. “No pueden ir mejor, Floyd, no
pueden ir mejor". Alquilé una casa sin amue blar en la calle "G" a sólo cinco
cuadras del Fresno Memorial Auditórium. Amueblarla no sería problema. Cuando
llegara la hora, cargaría lo que necesitábamos en un gran camión diesel: sillas,
mesas, camas, y la máquina de lavar, me recordó Rose. No puedo enfrentarme al
lavado de los pañales sin mi máquina.
La casa era lo bastante grande, para que los diferentes evangelistas
pudieran estar con nosotros, como solíamos te nerlos en Downey. Esta vez, cada
semana predicaría un evangelista diferente.
Sería una campaña de cinco semanas, y Rose y yo esta ríamos allí una
semana antes; después de todo son necesarios por lo menos diez días para atar
cabos sueltos. Decidimos que a los nueve años de edad, a Gerry no le haría
ningún daño asistir a la escuela de Fresno durante esas semanas, pero en
cuanto a Richard, que iba ya por el octavo grado, sería mejor que no perdiera sus
clases. Este era un arreglo satisfactorio en el que todos pensábamos, aunque no
lo dijésemos: no podíamos marcharnos todos, dejando solo a papá. Desde la
muerte de mamá, la soledad de mí padre era algo que se podía palpar. De modo
que acordamos que Richard se quedaría con su abuelo, y ambos podrían reunirse con
nosotros los fines de semana.
El proyecto pareció recibir su bendición final al saber con seguridad que la señora
Newman, la diligente enfermera que había estado con nosotros cuando cada uno
de los niños había venido a casa del hospital, vendría con nosotros, de modo que
Rose podría tocar el piano en las reuniones.
Y así fue como con el sentimiento de que Dios mediaba realmente en
nuestros planes, fui al molino un lunes por la mañana en octubre, para dar los
últimos toques a algunos asuntos antes de partir para Fresno al día siguiente. Para
sorpresa mía, nuestro contador Maurice Brunache, estaba de pie en medio de la puerta de
entrada. El color de su rostro era como el fino polvillo de harina que se asienta sobre todo
el molino.
"¡Ya ha sucedido! Demos". Tenía unos papeles en la mano.
"¿Qué es lo que sucedió?"
"El precio límite. El mercado de Chicago abrió esta mañana sin él".
"¡Estupendo, Maurice!" "Es lo que estábamos esp.. "Algo en el rostro de Maurice
me hizo callar. Lo seguí en silencio hacia la oficina. Tomó una silla, y eso mismo hice
yo.
"Me temo que no es tan estupendo, Demos."
"¿Quieres decir que los precios no cambiaron?"
"Si, cambiaron, pero... bajaron". Consultó el papel que tenía en las manos. "En
nuestro inventario actual hemos perdido 10.500 dólares. Pero si nos siguen entregando
material cada día, no tenemos espacio para almacenar todo ese grano, así que es
necesario seguir vendiendo, y desde ahora, cada venta nos representa una pérdida."
Tomé el papel de la mano de Maurice. Las reglas del mercado permiten la baja de
precio hasta un cierto punto cada vez. En los primeros minutos de la apertura de hoy, yo vi
que el grano había alcanzado su pérdida máxima. Y nosotros, por supuesto, teníamos
que seguir pagando los precios más altos como habíamos contratado hacía meses.
"Esta baja de precios no ha llegado al final todavía, y si sigue Demos, puedes...
arruinarte".
Salí del molino como atontado. Era una locura. No tenía sentido. Y, sin embargo,
estaba sucediendo. Sombríamente, fui calculando cuántos dólares me costaba cada
cargamento de alimento de grano que tenía que vender.
Al día siguiente, martes, cargué la lavadora de ropa de Rose, algunos muebles en un
camión y lo mandé a Fresno. Cuando regresé a la casa el teléfono estaba sonando.
Era Maurice Brunache: la tempestad sigue de nuevo Demos, dijo, cuando el
mercado de Chicago abrió una vez más, contra todas las predicciones, el precio del grano
ha vuelto a bajar al máximo permitido por el mercado de cambio. En menos de una hora
hemos vuelto a perder más de diez mil dólares.
“Creo que el viaje a Fresno no se presenta en un buen momento", prosiguió Maurice.
"Me imagino lo que ésta campaña ha tenido que significar para tí".
¿Ha tenido que significar?
Bueno... ¡no es que no puedas irte! Demos ... ¿Ya estás allá? -Sí, estaba, pero mi
mente había retornado atrás tres años y medio, a una promesa que había hecho, que los
negocios de Dios iban a ser primero, antes que la familia, antes que la lechería, antes que
cualquier cosa en el mundo.
"Tengo que seguir adelante, Maurice," le dije. "Mira, esa caída de precios ha sido
una cosa rara, volverá a subir, nos mantendremos en contacto por teléfono".
Pero durante todo el camino hacia Fresno una vocecita daba vueltas sin parar al
compás de las llantas: Te arruinarás. Te arruinarás. Perderás el molino, te arruinarás...
Estaba colocando la cuna de Steve en la casa de la calle G, al final de la tarde,
cuando escuché un grito proveniente de la cocina, donde Rose y la señora Newman
estaba guardando los platos.
“Mi reloj", grito Rose desde la cima de la escalera de mano. "¡No, lo llevo puesto!"
Corrí hacia la cocina y alcé los ojos para mirar a Rose. Recordaba la noche en que
crucé la sala de los Grabrielian para abrochárselo alrededor de su muñeca.
“¿Estás segura de que lo llevabas puesto?"
"¡Por supuesto que estoy segura!. Recuerdo muy bien habérmelo visto puesto al
bajar del carro."
Bien, buscamos por toda la cocina. Salí hacia donde estaba el carro, y busqué por el
camino entre éste y la casa. Rose recordó que había desempacado algunas cosas en la
habitación de Gerry, pero antes de que comenzáramos a buscar allí, la señora Newman
nos llamó a los dos a donde estaba poniéndole la pijama a Steve.
Toquen su cabeza, dijo. Este niño no parece ser el mismo hoy, ha estado
refunfuñando todo el tiempo en el carro. Voy a tomarle la temperatura. Los tres
permanecíamos callados en aquella extraña habitación, mientras ella llevaba el
termómetro hacia la luz azulada de la lámpara. Sus ojos se agrandaron con asombro.
"Cuarenta...”
Uno de los pastores de Fresno nos dio el nombre de un médico, pero cuando llegó,
lo único que pudo hacer fue confirmar la temperatura que había leído la señora Newman,
y decirnos que continuásemos con los baños de alcohol que ella había iniciado.
Baños con esponja, bolsas de hielo, aspirinas, nada consiguió bajar la fiebre. Por la
mañana, los ojos de Stevie estaban vidriosos y su piel seca al tacto. El médico vino de
nuevo y prescribió un montón de recetas. Le pedí a Rose que se acostara un rato, pero
ella apenas pareció oírme.
Como Stevie aun no estaba mejor en la noche, llamé a casa para decirle a papá que
pidiese a la iglesia que orasen, y supe de paso que el grano había sufrido otro día
desastroso en el mercado. Finalmente Rose se durmió exhausta, y la señora Newman y
yo nos turnamos para velar en la cabecera de la cuna.
El jueves por la mañana llevamos a cabo la reunión que teníamos planeada con las
mujeres y consejeros, pero me resultaba difícil concentrarme en lo que estaba haciendo.
Me mantenía llamando por teléfono a la casa de la Calle G, sólo para seguir escuchando:
ningún cambio. Está muy colorado. Parece que le cuesta tragar.
Durante tres días más, todo continuó igual. Era terrible contemplar al vivaz
muchachito yacer tan quieto, sólo su pecho jadeaba por el esfuerzo en respirar. Hora tras
hora. Rose y la señora Newman permanecieron junto a la cuna, dándole cucharaditas de
agua a través de sus pequeños labios rajados.
Ya casi me había olvidado del molino, cuando el viernes por la tarde Maurice
Brunache telefoneó para decir que habíamos perdido alrededor de 50.000 dólares durante
la semana. Llegó el sábado. La campaña tenía que comenzar al día siguiente y Steve no
mejoraba. Un almacén de la ciudad había donado una alfombra celeste para poner al
frente del entarimado, un rollo enorme de casi cinco metros de ancho por treinta de largo.
El sábado por la tarde estaba inspeccionando la instalación, cuando de pronto, me di
cuenta de que si no me marchaba empezaría a llorar.
"Ustedes no me necesitan para esto", murmuré al mucha cho de la tienda de
muebles "Josephine" que regaló la alfombra. Salí con rapidez, subí al carro y
simplemente lo puse en marcha. Me fui a través de la ciudad, hacia afuera, por el
valle de San Joaquin. En los viñedos, las hojas de parra de un amarillo dorado, se
batían como un lamento contra las estacas, movidas por el viento de octubre.
"Señor Jesús, Tú eres la viña. Nosotros somos solamente las ramas y hojas.
Sin tí, nada podemos hacer. Por supuesto, yo no he podido hacer mucho en toda
esta semana. ¿Es por que no estás Tú en la campaña? ¿Será por que he puesto
en marcha toda esta obra sin contar contigo?"
Mientras yo hablaba, una voz me contestó. Una voz inter na, inconfundible,
aunque no la escuchaba con mis oídos,
"Demos, tiene que abandonar esta campaña de Fresno. Tienes que regresar
a Los Ángeles, donde puedas atender mejor a tu hijo y ocuparte de tus
negocios. Estás llevando deshonor a Mí nombre con esa enfermedad y esa
pérdida".
Dirigí el carro hacia una orilla de la carretera y paré el motor, con las
manos temblorosas. Por alguna razón, aun en medio del temor y la
ansiedad, no había esperado esta res puesta. Entonces, todos los estímulos
aparentes.., las oracio nes contestadas... solo habían sido cosas de mi imaginación...
Pero ¿qué podía hacer ahora?, por supuesto era dema siado tarde para
detener los planes ya tan adelantados.
-Es tu orgullo, Demos. Es solo tu temor al ridículo.
Finalmente puse el motor en marcha y regresé a la casa de la calle G, en
Fresno. La fiebre de Steve se mantenía todavía en cuarenta grados. Había
llegado Billy Adams, me dijo la señora Newman, nuestro primer cantante de Los
Ángeles, había ido a ver el Auditorio. Rose se había dormido en la habitación de
Gerry. Me di cuenta por primera vez hasta qué punto estaba exhausto yo mismo.
Me acosté, pero no pude dormir.
− Tienes
que abandonar la campaña. Tienes que regresar a Los Ángeles.
Toda la noche me estuve revolviendo en la carea, escuchando la tos seca y dura de
Steve. Escuché llegar a Billy Adams escuché a Rose preparando bolsas con hielo en la
cocina.
− Tú
orgullo... tu orgullo....
Afuera, estaba aclarando. Steve comenzó a llorar, con un sollozo irregular. Por
supuesto, Dios no atacaría a un niño tan pequeño solamente para enseñarme humildad...
Pero la voz acusadora continuaba:
− Abandona
la campaña. Regresa a Los Ángeles. Terminarás arruinado...
Me senté de repente en la cama. ¡Había reconocido esa voz!. Era la misma que me
había estado murmurado en el carro mientras conducía el martes. Y también ayer en los
campos vinícolas, temor, duda, confusión, odio contra mí mismo. Estos no eran los signos
de la presencia de Dios. Eran las armas del gran engañador.
¡Y si él estaba tan empeñado en contra de estas reuniones, era porque Dios iba a
estar a favor de ellas!
"¡Rose! ¡Billy!".
Corrí hacia la sala donde Rose estaba paseando al pequeño Stevie de arriba a
abajo. Billy Adams salió de la cocina trayendo una cafetera con café recién hecho.
"Era Satanás", les dije "Era Satanás intentando vencerme para que abandonase todo.
Dios quiere que tengamos esta campaña".
Billy dejó la cafetera sobre el cristal de la mesa. "Lo dudaste alguna vez, Demos".
Y tan sutil y tan devastador había sido su ataque, que tuve que confesar que había
dudado.
"Pero ya no", le dije. "Vamos a ir allí esta tarde, y vamos a alabar a Dios, vamos a
reírnos en la cara del diablo".
Y eso hicimos, afirmamos la victoria de Dios incluso cuando nada apreciable a la vista
hubiese cambiado. En el transcurso de las cinco cuadras que nos separaban del Auditorio,
Rose lloraba por haber tenido que dejar a Steve, a pesar de que ambos sabíamos que no lo
podíamos dejar en mejores manos que las de la señora Newman.
Pero cuando las altas cortinas se abrieron y Rose en el piano dio los primeros
acordes de la alegre antífona de apertura, nadie de entre la muchedumbre que casi
llenaba el gran salón municipal, podía darse cuenta que ella tenía una gran
preocupación en la vida. Luego Billy se dirigió hacia el micrófono y pidió a la congregación
entera que se pusieran de pie para orar por la salud de Steve. Oramos, cantamos y
alabamos al Señor. Se sentía tan fuertemente el Espíritu en la congregación que
cuando fuimos a casa para la cena, entre la sesión de la tarde y la de la noche, creo que los
tres esperábamos que el mismo Steve se dirigiese con su pasito incierto a darnos la
bienvenida a la puerta.
Pero no hubo cambio. La señora Newman estaba cambiándole la pijama
completamente mojada por la transpiración, mientras Gerry ponía una sábana limpia en la
cuna.
Fue lo mismo a media noche cuando volvimos del servicio nocturno. La fiebre igual
de alta, sus ojos perdidos y sin brillo.
Sin embargo, algo había cambiado en la casa. Por primera vez desde que llegamos,
sentí sueño y me quedé dormido en cuanto mi cabeza tocó la almohada.
Me desperté por la mañana a los repetidos golpes de la Señora Newman a la puerta:
-¡La fiebre bajo! ¡Su temperatura está normal! ¡Oh, vengan a ver!.
Juntos a la señora Newman, Rose, Gerry y yo, nos inclinamos alrededor de la cuna.
Steve yacía de espaldas, pálido y cansado, pero en sus grandes ojos castaños se
insinuaba su acostumbrada chispa de alegría.
− Quiero una galleta -dijo
Cuando regresamos para la reunión de la tarde, estaba sentado, devorando una
caja de galletas. A la mañana siguiente no quedaba ni el más mínimo rastro de que
hubiese estado enfermo.
Durante su enfermedad, apenas me quedé, un minuto para pensar en la crisis
financiera, y por supuesto, dejamos de pensar, como cosa de menor importancia, en el reloj
perdido. "Pero ahora", dijo Rose, era miércoles por la mañana! "voy a buscar el reloj otra
vez". Esto nos debió indicar quién andaba detrás de tantos problemas, Demos. Es la
clase de trucos que acostumbra usar Satanás.
Todos nos unimos en la búsqueda, rebuscando en cada gaveta, cada armario, cada
bolsillo, y pieza de ropa de vestir.
Ni rastro del reloj.
Tampoco las noticias que provenían del molino era mas alentadoras. La caída del
precio de los granos no había sido simplemente una fluctuación del mercado.
Representaba una baja general, a nivel nacional, de la compra de granos. Cada día el
molino iba perdiendo miles de dólares.
Cuando papá trajo a Richard para el fin de semana estaba realmente alarmado. “No
podemos seguir adelante. Demos. Si tenemos muchas semanas como esta última, pronto
habremos perdido el negocio".
Era sábado por la mañana y yo estaba llevando a papá y a Richard a la feria del
condado de Fresno. Un lechero nunca es tan feliz como cuando ve vacas hermosas, y yo
esperaba que ésto ayudara a papá a olvidar el desastre financiero, por lo menos por un par
de horas.
Demasiado pronto se hizo el tiempo de regresar a casa y prepararse para la reunión
de la tarde. A la salida de la feria, Richard se pasó fascinado con un hombre que vendía
unas lagartijas verdes y café, por un dólar.
"Papá ¿Podría yo tener...?"
“No seas tonto hijo ¿Quieres escuchar los gritos de tu madre por traer esos
animalitos viscosos a casa?
“Por favor... papá... Por favor..., no son viscosos", tomó uno de los animalitos, y lo
frotó suavemente con el pulgar. "Por favor, papá"
Miré a Richard con sorpresa. No era su costumbre el insistir de este modo. Y más
sorprendido me quedé cuando vi a papá meter la mano en el bolsillo y darle un dólar.
“Deja que el chico tenga su lagartija", me regañó.
Subí al coche con un suspiro. Papá nunca fue tan generoso conmigo cuando yo era
muchacho. Al llegar a la calle G, le dije a Richard: ahora, Richard, deja ir ese animalito en
la grama. No quiero tener una casa llena de mujeres gritando.
"Esta bien papá. ¿Pero, puedo enseñárselo a Gerry? ¿Quieres decirle que salga?"
Pero para mi desaliento, fue la señora Newman quien salió. Miró las manos de
Richard y sonrió complacida- "Un camaleón", exclamó "Oh, qué pequeñito y bonito..."
"Busquémosle una caja para tenerlo allí". Ella se dirigió a un montón de basura que
solo esperaba que pasaran a recogerla el sábado por la tarde.
¡Un camaleón!, esto es lo que es. La señora Newman continuó, buscando entre un
montón de cajas de cartón vacías. Esta es demasiado grande, no, necesita ser más alta.
¡Esta es!. ¡Esta servirá!.
Levantó la tapa de una caja de zapatos. Una caja que al cabo de una hora hubiera
ido hecha pedazos en el camión de la basura.
Allí estaba el reloj de pulsera de diamantes.
De esta forma la familia completó el día junto a la lagartija: y una certera comprensión
de que Dios cuida de todos los detalles de nuestra vida.
Y mientras las reuniones entraban ya en su tercera semana extraordinaria, con un
número de asistentes que aumentaba cada noche, y los milagros que se repetían sobre la
alfombra azul, comencé a preguntarme si El no sería capaz de resolver nuestro problema
del molino de grano. Seguramente que para El, un molino de grano que se hundía no era
un problema mayor que encontrar una caja de zapatos olvidada. Y sin su ayuda, lo
perderíamos irremisiblemente. Todavía estábamos pagando los altos precios del último
invierno, mientras que a diario teníamos que vender a menor precio.
Pero los días pasaban y no había cambio alguno, salvo para empeorar. Fue
un tiempo extraordinario. Cada tarde en nuestras sesiones de enseñanza
centenares de nuevos cristianos se estaban iniciando en su nueva fe. Cada
noche, centenares más venían hacia el frente a rendir sus vidas a Cristo, ser
sanados o para recibir el bautismo en el Espíritu Santo. Y cada mañana pasaba
horas en el teléfono con vendedores y com pradores de grano, presidiendo la pérdida
de miles de dólares.
Esto me recordaba mi primera reunión en una carpa en el Boulevard Goodrich,
cuando el evangelismo triunfaba mientras la planta de abonos fracasaba. Señor, le
dije Tú me dices que esta gente en Fresno es más importante que un molino de
granos. Tú sabes que no puedo discutirlo. Solamente me hubiera gustado haberlo
sabido antes de comprar tanto grano..
Estaba sentado en la cocina de la calle G. Era una hermo sa mañana de
octubre; todos los demás habían salido de compras. Y aquí, en la silenciosa casa,
acompañado tan sólo por el ronroneo del refrigerador, me pareció escuchar una voz
débil y un poco chistosa:
Te lo dije, Demos.
Me sentí incómodo en la dura silla de madera. ¿Era eso verdad? ¿Me había
prevenido Dios desde el principio, a través de mi padre, sobre esta situación?.
Referente al molino mismo, ¿había oído yo claramente de Dios que fuese parte
de sus planes para la familia Shakarian?. ¿O se trató simplemente de una
brillante idea mía?. ¿No era más bien, en parte, la avidez de poder por un lado, y
mi sentido de la lógica por el otro lo que me había empujado a crear este pequeño
imperio, cuando era ya un hombre al que Dios había suplido abundantemente de bienes?.
Ahora cuando por primera vez plenamente consciente, deliberadamente le preguntaba a
Dios acerca de la operación financiera del molino, la respuesta vino clara y precisa:
No es para ti, Demos. Los negocios especulativos requieren de tu tiempo
completo, y yo nunca te daré el día entero para tus negocios.
Entonces, ahí, caí sobre mis rodillas, mis manos sobre el asiento de madera de mi
silla. "Señor Jesús, perdóname por ir adelante de Ti en unos negocios a los que Tú nunca
me llamaste. En alguna parte, Señor, tiene que estar el hombre que puede tomar este
negocio a su cuidado, y sacarlos adelante. Envíamelo Señor, ahora, y Señor..."Miré a mi
alrededor sintiéndome un poco culpable, pero estaba completamente solo, aunque es
inútil esconder a Dios lo que está en nuestro corazón, puesto que El puede ver cada
rincón del mismo.
"Señor, haz que nos ofrezcan un buen precio".
Yo imaginaba que papá estaría encantado con la idea de vender el molino. Pero,
cuando le hablé de ello, la semana siguiente, él solamente hizo un movimiento de cabeza:
"¿Cómo esperas hallar comprador en un tiempo como éste?, nadie va a comprar un
negocio de granos hoy en día; por que el valor del molino mengua cada día que pasa.
Todo lo que alguien tiene que hacer es esperar a que caiga en bancarrota y comprarlo por
el valor de los impuestos."
"Lo veremos, papá", le dije, intentando por este medio que mis palabras resultasen
convincentes, "y a buen precio".
La tercera semana de nuestra campaña en Fresno se clausuró con un servicio
dominical. William Branham era el evangelista de aquella semana, y cuando unos gemelos
sordomudos, de cinco años, comenzaron a articular sonidos sin sentido (pues jamás
antes habían oído un verdadero lenguaje) el lugar se levantó en alabanzas como no se
había visto nunca.
El miércoles por la mañana, de la cuarta semana, papa llamó por teléfono desde Los
Ángeles:
"Demos", me dijo, "no vas a creer lo que te voy a decir, pero acaba de llamarme
Adolph Weinberg. Quiere comprar el negocio del molino."
Weinberg era, como nosotros, un granjero californiano del sur. Era judío; un hombre
devoto que no se quedo asombrado cuando una voz lo despertó a la tres de la mañana, y
la cual reconoció como la voz de Dios.
Adolph, el Señor Weinberg, nos informó de cómo la voz que le había hablado le
dijo "quiero que llames a Isaac y le ofrezcas comprar su molino".
Obedientemente, había telefoneado a papá. Estaba ansioso por que nos
encontrásemos y discutiésemos las formalidades.
− "Yo no puedo comprenderlo", decía papá. "Ahora, en estos tiempos. ¿Cómo pudo
enterarse de que queríamos venderlo?. ¿Se lo dijiste a alguien además de mi?”
No, papá.
Fuere como fuere, prosiguió, está dispuesto a comprar. ¿Cuando puedes estar aquí,
lo mas pronto?. Papá tú sabes que ahora no puedo ausentarme. Por el amor de Dios
¿Por qué no?. Porque aún quedan dos semanas de campaña además de la clausura final.
"Pero seguramente las reuniones podrán pasárselas un par de días sin ti. ¡No es tan
importante que tú estés presente!”
“No para las reuniones; sino para mí. Por algo que Dios me está enseñando. Papá,
desde los comienzos de esta campaña han estado pasando cosas muy raras; por alguna
razón, son tiempos de prueba para mí, más de lo que lo hayan sido en cualquier época
anterior. ¿Qué es lo primero?. Me está preguntando Dios, papá, y quiero darle a Dios la
respuesta correcta".
"¿Supón que Weinberg cambie de idea?"
"Si es el comprador que Dios ha elegido, no cambiará".
Casi cada uno de los diez días siguientes, Adolph W einberg telefoneó a papá.
Le parecía imposible que estuviésemos haciendo esperar a un comprador, con dinero al
contado, mientras cada día los inventarios de nuestros silos demostraban una nueva
pérdida de su valor. Tampoco yo lo entendía. Sólo sabía que Fresno era el lugar adonde
Dios me quería en ese momento.
Llegó por fin la conclusión de las cinco semanas de campaña; el comienzo de la
reunión el domingo por la tarde se fijo para las dos y media. Pero desde las doce y media,
cada uno de los 3.500 asientos del auditorio estaba ocupados; así que empezamos. A las
dos de la tarde habían 1.500 personas de pie a lo largo de las paredes, y centenares de
personas que esperaban afuera. Dieron las cinco de la tarde, que era la hora de terminar la
reunión. Pero el espíritu de alabanza llenaba el enorme local tan poderosamente que no
hubo forma de terminar, aunque yo lo hubiera deseado.
Las seis de la tarde. Las siete, y apenas algunas personas habían abandonado el
local. La mayoría de las que llenaban el lugar estaban allí desde el amanecer y ninguna
de ellas se marchaba a comer por temor a no poder entrar después.
El programa que habíamos planeado para la noche tuvo que abandonarse cuando el
Espíritu tomó a su cargo la reunión.
KeIso Glover era el predicador de esta última semana, pero aquella noche, dijo, la
dirección se le había escapado de las manos.
"Es como el agua", me dijo", "el poder parece fluir sobre la alfombra como agua.
Cuando bajo hasta el público, siento como si el agua me llegase a las rodillas".
La gente se acercaba al frente para pedir sanación pero también era sanada la que
se hallaba en los pasillos. Un joven llegó a la reunión sufriendo terriblemente debido a una
herida en un ojo. El día anterior había estado trabajando la tierra cerca de sus
duraznales, cuando el tubo de escape de su tractor se enredó en un alambre para
tender ropa. Sin saber lo que estaba ocurriendo, siguió con el tractor hacia adelante,
haciendo que el alambre quedase más tenso, hasta que se rompió y le hirió el ojo
izquierdo. El doctor le había cubierto el ojo con un gran vendaje apretado, pero no
aseguraba si volvería a ver o no.
Oca Tatham vino hacia adelante, nos contó después que casi se desmayaba del
dolor. Al instante en que Kelso Glover tocó su frente, desapareció hasta el más leve
rastro de dolor y una increíble sensación de bienestar invadió su ojo herido.
A la vista de 5.000 personas Tatham comenzó a quitarse el vendaje, hasta que
quedó todo como un pequeño montón de gasa a sus pies. El vendaje más profundo
estaba sujeto por una cinta adhesiva y él la arrancó.
Dos ojos azules perfectamente iguales miraban incrédulos a Glover y a mí. No
había ni cicatriz; el ojo izquierdo de Tatham no tenía una mancha de sangre.
Era media noche cuando la increíble reunión concluyó. Había durado once horas y
media, y sin embargo, mientras nos dirigíamos a la casa de la calle G. me sentía
más descansado que por la mañana, Rose y el doctor Glover, decían lo mismo.
Me sentía aturdido, gozoso, como un hombre que ha estado combatiendo
cuerpo a cuerpo, y ahora ve al enemigo correr. Una vez más pensé en las
palabras de Charles Price: "Es una batalla en la que estamos, Demos"
Quizá la dimensión de la victoria, y la amargura de la ba talla. estaban
relacionadas. Quizás el enemigo lucha más fuerte, cuando teme lo peor...
Ahora sólo quedaba por terminar el cierre financiero. El programa por seguir y
el cierre de la casa, Weinberg estaba al teléfono de nuevo.
"Estaré en casa el próximo lunes, señor Weinberg"; le prometí. Debería de
alegrarse de que no haya llegado antes. Cada día que esperaba, el precio de la
empresa bajaba.
Le estoy ofreciendo medio millón de dólares al contado, por la compañía que
está perdiendo dinero, y usted lo toma con calma, No consigo entender su línea
de pensamiento Shakarian.
El lunes por la tarde, prometí. Y el lunes, a las dos, papá, Adolph
Weinberg y yo nos sentamos a comenzar la intrincada transferencia de los molinos
rodantes, elevadores, inventario general y todo lo demás. Al final de la primera
sesión teníamos una diferencia en el trato de 25.000 dólares.
Esta fue mi oferta final, dijo Adolph Weinberg, no puedo subir más.
Miré a papá a través de la mesa.. Hizo un gesto negativo con la cabeza.
Y ésta es también la nuestra, señor Weinberg.
Así que las negociaciones quedaron interrumpidas, o eso creíamos. Pero a la
mañana siguiente, a las seis de la mañana sonó el teléfono.
¿Shakarian? Weinberg. ¿Pueden venir a desayunar?
Papá y yo fuimos a la casa de Weinberg; mientras comíamos unos huevos revueltos,
nos dijo que Dios le había despertado de nuevo a media noche, esta vez con
instrucciones precisas. Tienes que llamar a los Shakarian mañana por la mañana y
aceptar su precio.
"De modo, que aquí estoy", dijo Adolph Weinberg. "Su comprador. A su precio, y
démonos la mano, Isaac y Demos. Desearía volver a dormir una noche entera de un
tirón."
Esa fue la forma en que Dios nos guía en una de las épocas mas difíciles de
nuestras vidas. Si los ataques venían de Satanás, Dios procuró que no recibiéramos
ningún daño irreparable. Steve salió de su enfermedad sin que le dejara secuelas. Bajo la
mano de Weinberg el negocio del molino prosperó.
Yo tenía la seguridad de que Dios había permitido todo aquél género de
acontecimientos como preparación para una nueva clase de trabajo, pero se trataba sin
duda de alguna labor muy ardua, a juzgar por lo duro que había sido el entrenamiento.
CAPÍTULO 8
La Cafetería Clifton
Hombres, mujeres, comunes y corrientes... Gente de almacenes, oficinas y
fábricas...
Podía escuchar las palabras de Charles Price con tanta claridad como si estuviera
sentado al otro lado de la mesa del comedor: "... Tu serás testigo de uno de los
acontecimientos mas importantes profetizados en la Biblia. Justo antes del regreso de
Jesús a la tierra, el Espíritu de Dios descenderá sobre toda carne".
"Y hombres laicos", insistía el doctor Price. "serían su más importante canal. No los
clérigos ni los teólogos, o los predicadores mejor dotados, sino hombres y mujeres con
trabajos comunes y corrientes, en un mundo común y corriente"
Cuando el Dr. Price comenzó a decirme estas cosas, hace cinco, o seis o siete años,
durante la guerra, yo apenas le escuchaba. Me parecía imposible que gente sin
preparación pudiera tener el mismo impacto que un gran predicador como el doctor
Charles Price.
Pero cuando analizó la década de los cuarenta, me hallé a mí mismo pensando en
sus palabras cada vez más a menudo. Pensé también en otras cosas: en el salón
comedor de Knott's Berry Farm, cuando el rostro de un hombre y después el de los
demás, me parecieron iluminados por la gloria de Dios al impacto del relato de las
experiencias de otros hombres. Qué irresistible fuerza se podría reunir, si cientos, miles de
hombres como éstos, se juntarán para difundir esta Clase de "Buenas Nuevas.." por todo
el mundo... !
Luego tenía que forzar mi mente hacia las cifras frente a mí, sobre la producción de
leche.
Pero la idea no me abandonaba; me despertaba a media noche; iba conmigo a la
oficina. Quemaba mi interior mientras cantaba las antiguas melodías armenias en
Goordrich Boulevard.
Mientras tanto, Rose y yo continuábamos patrocinando evangelistas durante el
verano. Y todos los veranos las reuniones parecían obtener éxitos mayores que las
precedentes. ¿Por qué tuve esa extraña sensación de que esas reuniones ya no eran el
trabajo especial para el que Dios me había elegido?. En el otoño de 1951, ayudamos a
Oral Roberts a preparar su campaña en Los Ángeles, la mayor que se había visto en la
actualidad, con un auditorio de alrededor de 200 mil personas que acudían a las
reuniones a diario, durante dieciséis días. Y sin embargo...
"Y sin embargo", le dije a Oral una noche en que estábamos cenando después del
servicio de la noche, "sigo sintiendo que Dios quiere mostrarme algo diferente que hacer".
“¿Cómo qué, Demos?”
"Es un grupo, un grupo de hombres. Ninguno excepcional. Solo gente de negocios
promedio, que conoce al Señor y lo ama, pero que no sabe cómo demostrarlo."
"¿Y qué hará ese grupo?"
"Hablarle a otros hombres, Oral, pero no teorías. Hombres que pueden explicar
sus propias experiencias con Dios a otros hombres como ellos, hombres que quizá no
creerían lo que dice un predicador, incluso ni a uno como tú, pero que sí escucharían a un
plomero o a un vendedor, como ellos, porque ellos mismos son plomeros, dentistas o
vendedores.
Oral, interesado, puso la taza en el plato con tanta fuerza que derramó parte de su
contenido, "Lo oigo Demos, lo oigo, hermano: ¿Y cómo se llamaran ustedes mismos?"
Ya tenia el nombre. "Fraternidad Internacional de Hombres de Negocios del
Evangelio Completo”.
Oral, me miró por encima de la cubierta de plástico de la mesa. "Tamaño bocado".
"Si. pero como ves. cada una de las palabras es necesaria". Evangelio Completo.
Este es el objetivo que no tenemos que perder de vista en nuestras reuniones:
sanaciones, lenguas. liberación. Que el hombre hable de cualquier tipo de experiencia
que haya tenido, tal y como le ha sucedido.
Hombres de Negocios. Laicos, gente común y corriente.
Fraternidad. Así es como yo lo veo, gente que le gusta reunirse y no por compromiso
ni obligaciones de ningún orden.
Internacional... "Creo que esta parte suena algo ridícula, lo admito." "Pero, Oral, es la
forma como Dios me lo ha estado diciendo: Internacional. Todo el mundo, toda carne". Me
reí escuchándome a mi mismo; como que escuchara a Charles Price.
Pero Oral no se reía. "Demos", me dijo, " es algo auténtico, se nota que Dios está en
ello". ¿Puedo hacer algo para ayudarte a empezar?
¡Ahí estaba! Con Oral Roberts como orador, cientos de hombres de negocios
cristianos vendrían a la reunión inicial. ¿Oral, si yo invitase a hombres de negocios de todo
Los Ángeles, un sábado por la mañana, vendrías para ayudarme a comenzar?.
Y así quedó planeado. Como lugar de reunión elegimos el segundo piso de la
Cafetería Clifton, entre las calles Broadway y Seventh. Era un salón muy grande, que
estaba lleno de gente durante las horas de movimiento de la semana, pero desierto los
sábados por la mañana. Luego llamé por teléfono a cada hombre de negocios, lleno del
Espíritu, que recordaba conocer y les anuncié la primer reunión de la nueva Fraternidad,
con Oral Roberts como principal orador; les pedí que esparcieran la noticia y que se
trajesen a sus amigos para tener una brillante iniciación. Había un piano en un rincón de
la planta baja, según lo recordaba, y Rose estuvo de acuerdo en tocar algunos himnos.
Llega el gran día. El tráfico en el centro de la ciudad de Los Ángeles era muy denso
aquel sábado por la mañana de octubre y a Oral, a Rose y a mí, nos costó mucho tiempo
encontrar estacionamiento. Llegamos por fin a la Cafetería Clifton un poco tarde y más que
un poco emocionados y comenzamos a subir por la escalera central. ¿Cuánta gente habría
ya esperando arriba? ¿Trescientas personas? ¿Cuatrocientas?.
Llegamos a la parte alta de las escaleras. Conté al instante a los presentes:
Diecinueve... veinte.., veintiuna personas, incluyendo a nosotros tres. Dieciocho más se
entusiasmaron lo suficiente como para llegar a esta nueva organización, persuadidos
además de poder escuchar al famoso evangelista.
Rose tocó unos cuantos himnos en el pequeño piano, pero los cantos mostraban la
falta de entusiasmo que había en la habitación. Mire alrededor a los hombres que habían
venido, la mayoría de ellos viejos amigos, cristianos comprometidos y muchos de ellos
metidos hasta el cuello en comités de servicio y organizaciones cívicas. Era la clase de
gente que se presenta como voluntaria cuando se necesita hacer una obra, la clase de
hombres que no desperdician un minuto en algo que ven que no llegará lejos.
Rose dejó de tocar y yo me puse de pie. Descubrí cómo la convicción había nacido en
mí de que el Espíritu de Dios, en las siguientes décadas escogería nuevos canales a
través de los cuales se movería. Por aquí y por allá vi hombres que miraban sus relojes
“Ni órganos, ni vitrales emplomados, nada que los hombres pudieran tachar como
'religioso'. Sólo un hombre hablándole a otro hombre de Jesús"
Jamás había tenido habilidad para poner en palabras mis ideas, y me senté
convencido de que tampoco esta vez lo había logrado.
Oral Robert se puso de pie. Comenzó a darle gracias a Dios por los que estábamos
allí, "Desde este momento, ésta será Tu organización, que brotará de estas semillas de
mostaza que hoy sembramos y que esta lejos de todo sentimiento humano" Habló
alrededor de veinte minutos, y luego, concluyó con una oración "¿Nos ponemos de pie?",
dijo.
El puñado de hombres se puso inmediatamente de pie.
"Señor Jesús" oró Roberts "permite que esta Fraternidad crezca solamente por tu
fuerza. Envíala a marchar con Tu poder a través de la nación. A través del mundo. Te
damos gracias ahora mismo, Señor Jesús, por que vemos a este pequeño grupo en una
cafetería, pero que ya Tú ves mil capítulos".
Después de estas palabras, sucedió algo verdaderamente sorprendente. El pequeño
grupo que un minuto antes estaba sentado con el mismo desánimo con que las manos de
un granjero descansan sobre una verja, se tornó de repente, vivo. Fue el sueño de Oral de
"mil capítulos" lo que cambió el ánimo de aquel grupo. De pronto nos dimos cuenta de la
aventura que significaba ver al Espíritu Santo convertir a estos pocos hombres esparcidos
en la gran sala, en un ejército de ámbito mundial con miles de diferentes compañías.
Alguien comenzó a cantar: "Estad por Cristo firmes... soldados que vais a la guerra..."
Todos le seguimos: "... con la cruz de Cristo al frente..." Yo tomé la mano del vecino, y
pronto, todos estábamos tomados de las manos formando un círculo, marchando en el
mismo lugar, cantando. Esta forma tan sencilla de cantar como en la escuela dominical,
tuvo una singular clase de poder. Una y otra vez cantamos y marchamos. Legalmente, la
"Fraternidad Internacional de Hombres de Negocios del Evangelio Completo", comenzó
unas pocas semanas más tarde con la firma de los artículos de incorporación y la
nominación de cinco miembros de la Junta Directiva. Aunque espiritualmente comenzó
cuando Oral Roberts compartió con nosotros "su sueño de miles de capítulo" y nos
tomamos de ¡as manos como niños para marchar y cantar un himno de batalla.
"Rose", le dije, cuando regresábamos a casa al medio día, "dentro de un año vamos a
ver cosas extraordinarias".
Y luego siguieron doce meses de la más increíble frustración que jamás haya
experimentado. El impulso que sentimos al abandonar la Cafetería Clifton, se convirtió
muy pronto en una fuerza antagónica de inercia y resistencia.
Comenzamos a reunimos a la hora del desayuno en la Cafetería Clifton cada sábado
por la mañana. Llenábamos nuestras bandejas en el primer piso de la cafetería, y
subíamos a las mesas del segundo piso en donde orábamos y compartíamos nuestras
experiencias, durante dos horas y media Algunas veces teníamos algún orador famoso,
pero la mayor parte de las veces dependíamos únicamente de los mismos hombres de
negocios que asistíamos. Para gozo mío, el fenómeno que se dio en Knott's Berry Farm,
se repitió: una vez tras otra, miraba alrededor de la habitación y "sabía" quien tenía una
experiencia que contar.
Si, las reuniones eran todo lo que yo esperaba. Lo único era que no había
nada contagioso en ellas; no había crecimiento. Treinta hombres, aún cuarenta podrían
haber una semana, pero la siguiente quince.
Y luego, comenzó la oposición, ¿Qué es lo que Shakarian pretende, se preguntaban
los pastores desde el púlpito, empezar una nueva denominación? Manténganse alejados
de la Fraternidad; ellos se están llevando hombres y dinero que son de la iglesia.
Esto era lo injusto de los ataques, era lo que me hería. Desde el principio,
Rose y yo dejamos sentados claramente dos principios en cada reunión que
auspiciamos. El primero: “Quédense en sus propias iglesias. Si su iglesia conoce el
poder del Espíritu, regresen a su iglesia con la determinación de servirle a Él con más
fuerzas que nunca si no, regresa a tu iglesia hecho un misionero.
"Y segundo: No deje ni un centavo en el cesto de la ofrenda que pertenezca a
alguna otra colecta. No es aquí donde pertenece tu diezmo sino a tu propia
iglesia. Cualquier suma que ofrezcas en esta reunión, tiene que ser algo que esté
fuera de tus obligaciones normales con tu iglesia".
Nosotros sabíamos, por años de experiencia, que la gente se aprendía estos
puntos de memoria. Los que acudían a nuestras reuniones se convertían a su vez
en las personas que más trabajaban por sus propias iglesias y las que más
ofrendaban. Pero con todo y todo, las iglesias continuaban mirando la Fraternidad con
sospecha.
La acusación que me hacían sobre el dinero era particularmente irónico,
durante todo el año no recibimos ni un solo donativo. Entretanto, yo mandaba al
correo todas las semanas cartas de invitación, y telefoneaba a gentes por toda la
nación, para pedirles que se uniesen con nosotros cuando viniesen por negocios
a Los Ángeles. De hecho, la mayoría de las veces acababa yo por pagar los
desayunos.
Pero, por lo visto, un desayuno gratis no era una invitación suficientemente
atractiva. Nada de lo que hice fue suficiente; necesitaba más. Compré, treinta
minutos de tiempo en la radio cada sábado por la mañana y radiaba partes de la
reunión, para que la noticia llegase a todas partes. Viajé por todo el estado,
luego por los estados del oeste, finalmente viajé por toda la costa este. Si la
gente no quería venir yo iría por ellos, eso describe lo que estábamos intentando
hacer, los urgíamos a formar un grupo de “Hombres de Negocios del Evangelio
Completo” en su propia ciudad.
En junio me sentía completamente exhausto. Después de un día completo
de trabajo en la lechería, dedicaba cada noche a asuntos de la Fraternidad; me
acostaba a las tres o cuatro de la mañana, me sentía más débil que un hombre
que hubiese atravesado un río a nado contra la corriente.
Y al final de muchos trabajos comenzó a delinearse una esperanza. Uno de
los oradores a quien invitamos a la Cafetería Clifton, fue David Du Plessis, un
directivo de la Conferencia Pentecostal Mundial.
Después de la reunión
regresamos a Downey juntos, y David no pudo contener su entusiasmo.
“Demos”, dijo David, “estás detrás de algo muy importante. ¡Que idea! ¡Un
mundo de hombres comunes, llenos del Espíritu Santo!. ¡Cada hombre un
misionero para la gente con quien trabaja cada día!”
Gracias, David, le dije con melancolía, pero me temo que no hay mucha
gente que comparta tu...
“Yo creo, prosiguió David, no prestándole la mínima atención a mi humor,
que tú deberías venir a Londres el mes que viene a exponerle a nuestra gente
ésto. Apuesto a que la Conferencia lo tomaría como programa suyo.
De pronto, yo era toda atención. Aquí venía la cuerda sal vado ra a la
e mpresa que se hu nde . La Conferenci a Pentecostal representaba unas diez mil
iglesias de todo el mundo; si nos uniésemos a ellas, ya no seríamos un pequeño
grupo luchando por nuestra parte. Seríamos los responsables. Tendríamos
categoría "oficial". David hizo las mismas sugerencias a Rose y llenos de entusiasmo
aceptamos.
Inmediatamente vino la oposición de parte de mi familia, no a la convención, sino
que al viaje por vía aérea.
¿Cómo váis a ir a Londres? Preguntó papá cuando le ha blamos del asunto.
Estábamos sentados en la sala de los Gabriel, un domingo por la noche,
después del servicio de la iglesia. Yo miré al círculo de cautos rostros armenios. A
pesar de que estuviésemos en 1952, yo era el único de la familia que había viajado
en avión aunque sólo para vuelos cortos y en aviones pequeños.
Pero, papá, sí vamos en tren por todo el país, y después en barco,
tardaremos muchísimo. A Rose ya le cuesta bastante trabajo dejar a los niños,
Richard tenía diecisiete años, Gerry trece, el pequeño Steve casi cinco, y ésta sería
la primera vez que Rose los dejase, y ahora sólo porque la señora Newman había
prometido quedarse con ellos.
“Piensas ir en avión", dedujo papá después de pensar un m o me n t o . L o s
g e s t o s d e d e sa p r o b a c i ó n s e m a n i f i e s t o s en todo el salón “Nunca comprenderé
qué es lo que mantiene esas cosas allá arriba", dijo tía Siroon.
“Van demasiado rápido” corroboró Sirakan Gabriel, visiblemente preocupado.
"Y por encima del agua", añadió Tiroon.
Después de mucha discusión nos pusimos de acuerdo en que viajaríamos en vuelos
separados, y sentados en el último sitio del avión. Yo saldría antes; y creo que toda la
congregación de Goordich Boulevard fue al aeropuerto de Los Ángeles para verme
despegar. Hubo despedidas y abrazos, como a un hombre que va a ser ajusticiado. Hubo
promesas de oración y un último consejo:
“No comas nada" "Abrocha el cinturón".
"Echa el respaldo del asiento hacia atrás".
Cuando los propulsores comenzaron a girar, todavía pude ver al tío Jonoian, que me
daba advertencias a gritos haciendo una bocina con sus manos.
Al día siguiente estaba yo en el aeropuerto de La Guardia de Nueva York, para
esperar a Rose. Ella bajó del avión radiante. Le había gustado tanto su primer vuelo, que
ahora quería probar en metro. Encontramos una entrada cerca del hotel, y viajamos de un
extremo a otro bajo la ciudad hasta que no quedo nadie, más que un viejecito con una
botella de vino en una bolsa de papel.
Al día siguiente viajamos hacia Londres, en vuelos separados, guardando la
promesa que habíamos hecho a muestra familia Pero la alegría de reunirnos de nuevo en
Londres, se ensombreció un poco, cuando encontramos a David du Plessis.
"Lo siento mucho" dijo con visible embarazo, "pues por mi parte no estoy yendo muy
lejos con la gente aquí. Parece que están preocupados por que usted no es un clérigo sino
un lechero"
¿Significa eso que no van a respaldamos?.
"Lo seguiré intentando" fue lo único que pudo decir David.
Rose y yo fuimos a las reuniones públicas de la Conferencia, escuchamos las
animadas pláticas, nos unimos a su forma vivida de cantar, y al final de la semana, David
admitió su derrota. No había conseguido convencer a un solo líder Pentecostal de
que escuchase mi idea.
Rose y yo volamos, por supuesto, por separado, a Hamburgo, Alemania, con el
corazón adolorido.
"No lo entiendo, Señor" oraba en el avión. "Este viaje tan largo, todo este tiempo y
dinero, ha sido para nada" "¿O quizás vas a mostrarme algo en Alemania?.
Ibamos a Hamburgo debido a las apremiantes llamadas de nuestro amigo Hal
Hermann. Hal era el fotógrafo que había tomado las primeras fotografías oficiales del
bombardeo de Hiroshima por los Estados Unidos. Lo que vio en Japón lo hizo decidirse a
dedicar su vida a buscar las respuestas de Dios al mundo. Nosotros lo habíamos
ayudado a obtener una enorme carpa que había embarcado para Hamburgo y ahora el
quería que asistiéramos a sus reuniones.
El pastor Robbie vino a encontrarnos al aeropuerto de Hamburgo, era el ministro
alemán que tendría que albergarnos.
"¡Bienvenidos a nuestra ciudad!" dijo el pastor Robbie en un excelente inglés. "Quiero
mostrarles que nuestro Dios es un Dios de milagros". Mi corazón se aceleró. ¿Sería ésto lo
que el Señor me había traído a ver desde tan lejos?.
Me quedé tan asombrado al ver lo devastado que estaba todavía Hamburgo, aún en
julio de 1952. Cuando dejamos el aeropuerto, pasamos manzanas tras manzanas,
cascotes de cemento, ladrillos rotos y vías de tranvía retorcidas. Parecía imposible que
hubiese quedado alguna persona viva en medio de aquella destrucción. Finalmente, el
pastor Robbie paró el carro frente a un montón de escombros que en nada se distinguían
de los demás.
Esto era nuestra iglesia dijo:
Mientras nos abríamos paso a través de los cascotes de ladrillos y cristales, el
hombre añadió:
Aquí es donde sucedió el milagro.
Se paró frente a unas ruinas, consumidas por el fuego, de lo que habían sido dos hojas
de puerta de acero que conducían hacia el interior de la tierra. Un refugio antibombas,
aclaró el pastor Robbie, "un domingo estábamos en mitad de un servicio", alzó el brazo
para señalar la gran dimensión del templo, cuando sonó la sirena..."
Acostumbrados a las alertas de los ataques aéreos, el pastor Robbie había hecho
salir a la gente de la iglesia a través del patio, hacia el refugio. Las puertas de acero
se abrieron para dar paso a 300 personas que se apiñaron en el espacio interior.
Luego, la puerta se cerró.
Poco tiempo después, un infierno de bombas explotaron alrededor. El castigo aéreo
seguía una y otra vez, demoliendo todos los edificios de los alrededores, la iglesia entre
ellos. El fuego de las bombas acabó con lo que los aviones habían dejado en pie. Abajo,
en el refugio antiaéreo la congregación escuchaba el crepitar de las llamas.
Parecieron horas el tiempo transcurrido en el sofocante aire del sótano antes de que
sonara la advertencia de que el peligro había pasado. Ansioso, el pastor Robbie subió
los pocos escalones para abrir las puertas. En seguida retrocedió, porque el
metal estaba demasiado caliente para tocarlo. En contró un pedazo de madera y
empujó con él. La puerta ni se movió. Luego los hombres, en grupos de dos por
cuatro, tiraron de las puertas con todas sus fuerzas, picando y martillando la sólida
masa de acero.
Fue inútil, el calor de la tormenta de fuego había fundido metal uniéndolo.
Golpear la puerta era sólo consumir un oxígeno precioso.
Para conservar el aire el mayor tiempo posible el pastor Robbie instó a la
gente a que se arrodillase y orase. Señor, c omenzó en voz alta, sabemos que Tú
eres más fuerte que el poder de la muerte. Padre, te pedimos un milagro, abre
estas puertas, te lo pedimos y déjanos salir.
De rodillas hombres, mujeres y niños, esperamos. Al cabo de un poco de
tiempo, se escuchó a lo lejos el rumor de un nuevo avión. Comenzó a volar en
círculo sobre la ciudad en ruinas. Y luego se escuchó el zumbido de un bomba.
Llevados por el instinto, como de costumbre nos acurrucamos, la bom ba había
estallado cerca; muy cerca, pero no lo bastante para herir a la gente que estaba
bajo tierra. Pero si lo bastante, para abrir de par en par las dos puertas de metal
que se habían fundido juntas. Cuando cesó el polvo, el pastor Robbie y la
congregación salieron del refugio entre el humo y las ruinas que les rodeaban por
todas partes. Estuvieron de pie trescientas personas, a la luz de la ciudad
llameante, y dieron gracias a Dios.
Aquella noche, en la sala de huéspedes del Pastor Robbie, yo repetía a Rose
la hermosa historia. Estaba seguro de que esta historia contenía un mensaje
para solucionar los problemas de la Fraternidad. Solamente que no daba con él.
Ni tampoco pude ver la conexión entre nuestra situación y la tienda para reuniones de
Hal. Era toda una experiencia sentarnos en una reunión donde no entendíamos una
palabra de lo que se decía, y nos dedicábamos a estudiar los rostros atentos y formales,
éste era ciertamente el auditorio mas difícil del que Rose y yo hubiéramos formado parte.
Ya había decidido que nada podría romper la natural reserva alemana, cuando, como
suele ocurrir, se produjo una sanidad que lo cambió todo. Un hombre completamente sordo,
conocido por toda la ciudad, comenzó a oír, y la reunión cobró una vivacidad indescriptible.
La gente lloraba, se abrazaba, alzaba sus manos al cielo, igual como lo hubiera hecho un
puñado de armenios pentecostales.
Y todavía me preguntaba, "¿Señor, por qué me has traído aquí?. No estoy
contribuyendo a nada, y tampoco estaba seguro de estar aprendiendo algo". Ahora, Rose
ya estaba impaciente por volver al lado de sus hijos. Pero antes deseaba realizar un
sueño largamente acariciado; Rose siempre había deseado conocer Venecia. "Y,
probablemente, nos recordábamos el uno al otro, no volveremos a Europa otra vez".
Asi es que continuamos nuestros viajes hacia Italia esta vez en tren. ¡Qué
diferente mundo el que pasaba ante las ventanillas de los vastos ranchos de California!.
Pequeños lotes de tierra rodeaban viejas casas de campo de piedra, mientras cerdos,
gansos, gallinas, corran por los patios.
¡Cómo en Kara Kala!, le dije a Rose, ¡cómo las granjas de que habla papá!.
En Alemania me había comprado una cámara fotográfica. Ahora a despecho de las
advertencias en cuatro idiomas de no asomarse a las ventanillas eso fue precisamente lo
que hice Bajé el cristal de la ventana de nuestro compartimiento, y saqué la cabeza y
hombros para sacar una mejor foto.
Un dolor lacerante me hirió el ojo derecho, Me eché rápidamente hacia atrás,
casi dejando caer la cámara. ¡Rose! Rose me a yudó a sentarme, luego me apartó la
mano del ojo, Mi ojo temblaba de tal forma que no lo podía abrir. Rose, con cuidado,
del párpado para levantarlo.
“¡Ya lo veo!, parece una partícula de ceniza justo en la mitad de la pupila". Rose
sacó el pañuelo e intentó sacar la ceniza, pero estaba demasiado clavada. El dolor
era insoportable. Me oprimí el pañuelo contra el rostro para impedir que me saltasen las
lágrimas. Estábamos a una hora de Venecia y, a la vez la hora más crucial
de mi vida.
Desde la estación, en lugar de tomar una romántica góndola para dar un
paseo como habíamos proyectado, tomamos el vaporcillo rápido hacia el hotel. El
recepcionista se hizo cargo de la situación al instante. Minutos después yacía en la
cama de nuestra habitación, con el doctor del hotel inclinado sobre mí. Alzó el
párpado, me dirigió el foco de la lamparilla al ojo, luego se enderezó.
"Lo siento, signore, pero ésto es bastante serio. Es una piedra grande y muy
dura".
“¿No puede quitármela?”.
“¿Aquí? ¡No signore!.
inmediatamente"
Para ésto tenemos que ir al hospital. Voy a llamar
Mientras marcaba el número y hablaba rápidamente en italiano.
sentó a mi lado y me tomó de la mano.
Rose se
"Demos, dijo, oremos al Señor por esta piedra".
Y por extraordinario que parezca, entre el dolor y el disgusto contra mi mismo,
ésta era la única cosa que no había hecho.
Rose comenzó a dar gracias a Dios por el milagro de sanidad que habíamos
visto en Hamburgo.
"Señor, te damos gracias por que estás aquí, en esta habitación de Italia, lo
mismo, que estabas presente en la carpa en Alemania. En el nombre de Jesús te
pedimos que saques esta piedra"
Mientras ella estaba orando, un flujo de calor pareció correr a través de mi
ojo. "¡Rose, siento algo! ¡Algo esta pasando!".
Parpadeé y no sentí nada. Ningún dolor. Ninguna obs trucción. ¡Rose, mira mi
ojo!.
Rose se inclino sobre mí.
“¡Demos, ya no está!, ¡la piedra ya no está allí!" y se echó a llorar.
El doctor colgó el teléfono. "El hospital se hará cargo de usted. Vamos a la sala
de emergencias".
"Doctor, ¿Quiere mirar de nuevo?.
Tomó la lamparilla de bolsillo y dirigió de nuevo el foco de luz a mi ojo. Examinó el
párpado y lo dejó para examinar el otro ojo. Luego volvió de nuevo al ojo derecho.
No es posible" dijo, “Mi esposa le pidió a Dios que quitase la piedrecilla," le dije.
"Esto no es posible", dijo de nuevo, "Esta piedra no podía salir por sí misma. “No ha
sido por sí misma, doctor. Dios la quitó”. No lo entiendo, Habría la herida. Una rotura
en el tejido donde estuvo clavada la piedra. Pero no hay nada. No hay herida". Se
marchó en dirección a la puerta, “no le voy a mandar la cuenta, señor, esto no es
posible que pase".
Rose y yo nos pasamos el tiempo divirtiéndonos en Italia, Pero todavía me
preguntaba, ¿Qué tendría todo ésto que ver con la Fraternidad?. Cuando regresamos a
Los Ángeles, a finales de julio, el camino por avanzar no estaba más claro que antes.
Llegó agosto y después septiembre. Continuamos reuniéndonos los sábados por la
mañana en la Cafetería Clifton, el mismo pequeño grupo de hombres que seguía
viniendo, más por lealtad hacia mi, sospechaba, que por cualquier otra razón y luego llegó
octubre, el primer aniversario de la "Fraternidad de Hombres de Negocios del Evangelio
Completo". Durante los pasados doce meses había estado hablando acerca de la
Fraternidad en muchas partes del país. Hombres de distintas ciudades habían acudido a
nuestros desayunos. Pero, en todo aquel año, no se habían visto "cosas asombrosas", ni
siquiera un hombre se había impresionado lo suficiente como para iniciar un segundo
capítulo en otra ciudad.
Rose era lo bastante amable para no recordarme mi predicción del pasado otoño,
pero podía ver que en ella comenzaban a nacer las dudas de que si sería muy inteligente
seguir adelante. sábado tras sábado.
Sólo estamos alimentando gente a la hora del desayuno, Demos, dijo. Hicimos
mucho más con las reuniones en las carpas en el verano. Alcanzábamos a miles cada
verano, en vez de unas cuantas docenas en el mejor de los casos. Sabía que tenía
razón, sin embargo... "Veamos que sucede el próximo mes", le dije.
Pero llegó noviembre, siguieron las reuniones adelante y la asistencia de hecho
decayó.
"En diciembre será distinto", le aseguré. "La gente está más abierta en Navidad”.
Pero si la época de Navidad tuvo algún efecto, fue para mantener a la gente demasiado
ocupada para reunirse con nosotros.
"Tengo que ir de compras con mi esposa el próximo sábado, Demos".
"Es el día en que tenemos el bazar de la iglesia”.
“Voy a llevar a mis hijos a ver a Santa Claus"
Sábado por la mañana, diciembre 20, nos reunimos quin ce personas en el
piso de arriba de la Cafetería Clifton, seis menos de los que nos habíamos reunido
hacía catorce meses. A la clausura de la melancólica reunión, mi amigo Miner
Arganbright, me habló con franqueza. Miner era un contratista de construcción de
grandes "centros comerciales" y empresas industriales, y uno de los cinco directivos de la
Fraternidad.
"Demos, me molesta de veras ser negativo en época de Navidad y todo eso",
dijo Miner, "pero creo que con la idea de la Fraternidad no llegaremos a ninguna
parte. Francamente, no tiene la más mínima posibilidad, no doy ni cinco centavos
por esta agrupación".
Lo miré, me sentí demasiado herido como para responderle.
Miner me extendió su mano. "¿Tu has dicho a menudo que ésto era un
experimento, no es así?"
“Sí”.
"Bueno. Muchas veces los experimentos fallan. No hay nada de que
avergonzarse.”
Todavía no se me ocurría alguna cosa que responderle.
Lo que estoy intentando decirte, Demos, es que si no ocurre un milagro entre
hoy y el sábado próximo, Demos, no cuentes más conmigo.
Bien, está bien Miner, lo comprendo.
Rose y yo nos fuimos en silencio escaleras abajo. En la gran entrada principal, las
lucecillas del árbol de Navidad se encendían y se apagaban.
Miner tiene razón, dijo Rose, suavemente, ¿Si Dios está en un asunto, lo bendice, no
es así? y no puedes decir que la Fraternidad ha sido bendecida.
La seguí en silencio por la acera. Todos los esfuerzos, las llamadas telefónicas y
viajes, la compra virtual de los hombres que habían estado viniendo; todo para nada. Si
había algo que había aprendido desde 1940, era que cuando Rose y yo no compartíamos
la misma opinión, el Señor no estaba en ello. Si ella estaba segura de que la Fraternidad
iba mal, de acuerdo, ese sería el fin de la misma. Cuanto antes lo olvidase, mejor.
Solamente... que no podía olvidarlo. Durante toda la semana estuve conteniendo las
lágrimas. Mientras conducía, de repente, me echaba a llorar. Me preguntaba si no había
contraído una depresión nerviosa.
A causa de los chicos, me esforcé por poner un rostro feliz por la Navidad, me
alegraba de que al día siguiente, viernes 26, estuviésemos esperando un invitado. Se
trataba de nuestro amigo Tommy Hicks, un dotado evangelista, una excelente persona
para tenerla cerca cuando los ánimos están decaídos.
"Porque como te darás cuenta, Tommy", le dije mientras cenábamos el viernes por la
noche, "mañana es el día de reunión de la Fraternidad Internacional de Hombres de
Negocio del Evangelio Completo", hice una mueca, "¿internacional?". Es muy obvio que
todos piensan del mismo modo al respecto; pero únicamente Miner fue lo suficientemente
honesto para decirlo. "Por ello, creo que la única cosa que queda por hacer, es darle un
fin oficial, con algún anuncio. Quizá diciendo lo mucho que podemos trabajar juntos el
próximo verano, financiando campañas en las carpas."
Me esforcé por parecer natural, pero Tommy debió darse cuenta del torbellino que
había en mi corazón, porque dijo:
"Demos, creo que tendremos que hablar más acerca de ésto."
Eso fue lo que hicimos durante la sobremesa, hicimos con él remembranza de todo lo
sucedido, de nuestras esperanzas y desilusiones. Después de un rato, Gerry se fue a
acostar Stevie ya estaba en cama desde hacía mucho tiempo, y Richard asistía a un retiro
de jóvenes aquel fin de semana. Pero Tommy. Rose y yo, permanecimos hablando de
varios de los hombres que habían asistido a la Cafetería Clifton, y recordábamos las cosas
que habíamos compartido con el grupo.
No hubo ni un sábado en el que no aprendiese algo! le dije a Tommy, algo que me
ayudase a amar más a Dios y a mis semejantes.
Era casi media noche cuando Rose miró el reloj. "Mira que hora es Demos, y
todavía no he quitado la mesa. Tenemos que acostarnos, o ni nosotros mismos vamos a
estar en la Cafetería Clifton mañana por la mañana".
"Ve tú a la cama, querida", le dije, "todo ésto me preocupa demasiado para poder
dormir, ¡estaba tan seguro hace un año!"; yo voy a la sala, y me voy a poner de rodillas
hasta que Dios me hable de este asunto".
"Buen hombre", me dijo Tommy. "voy a darle una mano a Rose con los platos, luego
iré a mi habitación y te respaldaré. Demos, pero este asunto es entre Tu y Dios".
Tommy y Rose llevaron un montón de platos a la cocina. Yo crucé el pequeño vestíbulo
del frente y me fui a la sala. Fue cuando sucedió.
Exactamente del mismo modo que cuando tenía trece años, el aire a mi alrededor
comenzó a ponerse pesado, saturado y me empujó hacia abajo. Caí de rodillas, luego
sobre mí rostro, completamente tendido sobre la alfombra roja llena de dibujos.
No pude permanecer de pie, del mismo modo que no pude hacerlo en mi habitación de
la gran casa española de al lado, hacia veintisiete años. Ni lo intenté, simplemente me
relajé ante su irresistible amor, sintiendo el palpitar de su Espíritu a través de la
habitación, en un infinito torrente de poder. Cesó el tiempo. Desapareció el lugar. Y
mientras yacía allí, alabando al Señor, ora en inglés, ora en lenguas; escuché la voz de
Dios que me decía las mismas palabras que había dicho hacia tanto tiempo: Demos. ¿Has
dudado de mi poder?
Y de pronto me vi a mi mismo como debió mirarme Él en los pasados meses:
luchando, y esforzándome; muy ocupado aquí y allá partiendo para Europa, procurando el
respaldo de algún grupo "oficial" que fundase la Fraternidad, dependiendo únicamente de
mis fuerzas, en lugar de confiar en las suyas.
Con angustia recordé la oración de Oral Roberts en la primerísima reunión de la
Fraternidad, la oración que puso de pie a veintiuna personas y nos hizo marchar con un
himno de victoria "Deja que ésta organización crezca únicamente con Tu fuerza..."
Pero yo me había movido como si fueran mis fuerzas las que contaban, como si de
mi dependiera el poner en marcha los centenares de capítulos que Oral Roberts había
visto. Y por supuesto, no había sido capaz de Iniciar siquiera uno solo.
"¡Señor Jesús, perdóname!".
Lo siguiente que me recordó es lo que había visto en Europa, visto pero no
comprendido, las puertas de acero, cuando cayó la bomba en el refugio de la iglesia de
Hamburgo, y la piedra incrustada en mi ojo en el Gran Hotel de Venecia.
Yo Soy Uno, Demos, el Único que puede abrir las puertas. Soy el Único que quita la
viga de los ojos que no ven.
"Lo entiendo, Señor Jesús. Y te doy las gracias." Y ahora, por supuesto, te voy a
permitir ver.
Con esto el Señor me permitió levantarme de mis rodillas. Casi me elevó, y el poder
que me había presionado hacia el piso, ahora me conducía hacia arriba. En ese
momento, Rose entró en la sala. Caminó alrededor mío y se dirigió al órgano Hammond
que había en una esquina. No dijo una palabra, se sentó y comenzó a tocar.
Mientras la música iba llenando la pequeña habitación, la atmósfera se fue
iluminando. Para mi asombro, el cielo raso de la habitación parecía haber desaparecido. El
cielo raso de yeso color crema y las luces, simplemente se habían ido, y en su lugar me
hallé a mi mismo mirando hacia los cielos, a un cielo diurno, a pesar de que a mi
alrededor debía reinar una noche oscura. Durante todo el tiempo en que ella estuvo
tocando, yo estuve contemplando la distancia infinita, no sé. Pero, de pronto ella se
detuvo, los dedos aún posados sobre las teclas, comenzó a orar en lenguas en voz alta,
un hermoso y cadencioso mensaje.
Hizo una pausa; después, con el mismo ritmo lírico, habló en inglés:
Hijo mío, te conocí desde antes de nacer. Te he estado guiando en cada paso de tu
camino. Ahora voy a mostrarte el propósito de tu vida.
Estos eran los dones del Espíritu, de lenguas y de interpretación, que se daban al
mismo tiempo. Y cuando ella habló, notables cosas comenzaron a acontecer. Aunque yo
todavía permanecía de rodillas, sentí como que me estuviesen alzando, como si
dejase mi cuerpo, y poniéndome en movimiento, saliese lejos de la habitación. Allá por
debajo de mi se veían los techos de Downey. Ahí estaban las montañas de San
Bernardino y por allá la costa del Pacifico. Ahora me hallaba muy arriba, por encima de la
tierra, capaz de ver todo el país, de este a oeste.
Pero, a pesar de que pudiese ver tan lejos, veía a la gente sobre la tierra: millones y
millones de personas, hombro con hombro. Luego, como sucede con la secuencia de una
cámara de televisión en un juego de fútbol, primero vi el estadio, después a los jugadores,
vi los propios cordones de las bolas de fútbol, luego mi visión pareció cambiar hacia estos
millones de hombres. Descubrí pequeños detalles en los miles y miles de rostros.
Y lo que vi me dejó aterrado. Los rostros estaban quietos, sin vida. A pesar de que
la gente estaba tan cerca unos de otros, hombro con hombro, no existía un contacto
verdadero entre ellos. Miraban hacia adelante, sin pestañear, como sin ver. Con un
estremecimiento de horror comprobé que todos estaban muertos...
Luego, la visión cambió. Si era el mundo el que daba vueltas, o si era yo quien se
movía a su alrededor, no lo se, pero ahora debajo de mí, estaba el continente de América
del Sur. Luego África, Europa, Asia. De nuevo se repitieron los asombrosos primeros
planos de visión, y por todas partes era lo mismo. Rostros morenos, negros, blancos,
amarillos, todos rígidos, miserables, encerrados en su propia muerte privada.
"¡Señor! grité. ¿Que les pasa, Señor? ¡Ayúdalos!”
Luego Rose me dijo que yo no había dicho nada. Pero en la visión me parecía que
rogaba y que lloraba en voz alta.
De pronto Rose se puso a hablar. Hablando humanamente, por supuesto, ella no
tenía forma en absoluto de saber qué estaba diciendo yo. Pero lo que dijo fue:
− Hijo mío. Lo que vas a ver ahora, sucederá muy pronto.
La tierra daba vueltas, o yo me movía a su alrededor por segunda vez. Abajo, otra
vez había millones y millones de hombres. Pero, ¡qué diferencia! esta vez sus cabezas
estaban levantadas. Los ojos miraban con alegría. Sus manos estaban alzadas hacia el
cielo.
Estos hombres que antes se hallaban tan aislados, cada cual en su propia prisión,
estaban unidos en una comunidad de amor y adoración. Asia, África, América y en todas
partes los muertos habían vuelto a la vida.
Y luego se terminó la visión. Me sentí a mí mismo regresando a la tierra. Abajo
estaba Downey, California. Allí nuestra casa. Pude verme a mí mismo de rodillas, y a Rose
sentada al órgano. Y luego aparecieron los objetos familiares de la habitación que me
rodeaban, y yo estaba consciente del dolor de mis rodillas y de la tirantez del cuello. Me
levanté lentamente y miré el reloj: eran las 3:30 de la mañana.
"¿Que pasó, Demos? me preguntó Rose. ¿Escuchaste algo de parte del Señor?"
"Querida, no sólo oí, sino que vi". Y le describí la visión. Rose me escuchaba con
lágrimas y le brillaban los ojos.
“¡Oh, Demos! ¿lo ves?; El Señor nos esta diciendo que la Fraternidad siga adelante!"
Se levantó del órgano y deslizó una de sus manos entre las mías. ¿Te acuerdas,
Demos? Fue en esta misma habitación, hace ocho años, donde nos arrodillamos y pusimos
a Dios de primero.
Cuando nos dirigíamos a nuestro dormitorio, vimos luz bajo la puerta de la habitación
de Richard, que era la que ocupaba Tommy. Llamé a la puerta, y Tommy gritó
"¡Adelante". Estaba postrado en el suelo, todavía vestido con su traje gris. Había
prometido orar y lo estaba cumpliendo. "Demos", me dijo, "¡dime lo que oíste! Jamás en mi
vida he sentido el poder de Dios como lo he sentido esta noche. Ola tras ola fluyeron a
través de la casa".
No nos acostamos en toda la noche. A la hora en que yo terminaba de explicarle a
Tommy mi visión, ya era hora de tomar el carro y dirigirnos a la Cafetería Clifton,
Cuando llegamos al lugar, dos hombres ya estaban allí esperándonos. Uno de ellos
era Miner Arganbright. ¡Cuánto me sorprendí al verlo!. El otro era un hombre cuyo rostro
me resultaba solo vagamente familiar. Tengo algo para ti, Demos, dijo Miner. Metió la
mano en el bolsillo y sacó de él un sobre. Su carta de renuncia, no había duda. ¡Qué
lástima!. Ahora precisamente que yo...
Pero no era una carta, era un cheque. Mis ojos pasaron sobre las palabras orden de
pago a "Fraternidad Internacional de Hombres de Negocios del Evangelio Completo"
"¡Mil dólares!, le dije. ¡Pero Miner, la semana pasada no dabas cinco centavos por el
grupo!"
"La semana pasada era la semana pasada". dijo Miner, Demos; esta mañana me
desperté temprano y escuché una voz. Era la voz de Dios, y sé muy bien que era Su voz.
Y me dijo: "Este grupo va a marchar por todo el mundo y tú tienes que ser el primero
en dar dinero."
Todavía estaba escuchándole cuando se acercó el otro hombre. "Señor
Shakarian", dijo, "mi nombre es Thomas Nickel. Algo me sucedió anoche y pienso que
le va a interesar".
Acerqué mi bandeja a la de él, eche sal a los huevos de mi desayuno mientras el
señor Nickel relataba que él también había recibido un mensaje del Señor en medio
de la noche. Había e stad o tra b aj a nd o h a sta mu y ta rd e e n su i mp ren ta d e
Watsonville, California, cerca de San Francisco; porque al haber caído la Navidad a
mitad de la semana se había atrasado el trabajo. De pronto dijo, escuché al
Espíritu Santo decirme claramente "Toma el coche y dirígete a Los Ángeles a la
reunión del sábado por la mañana, al grupo al que acudiste una vez".
Había consultado su reloj, apenas era media noche; la misma hora en que yo
me dirigí a la sala para orar.
Nickel argumentaba sobre esa voz que insistía en su inte rior, por que
Watsonville está a seiscientos cuarenta kilómetros al norte de Los Ángeles, tendría
que conducir durante toda la noche para llegar. Pero la voz siguió adelante:
"Debes ir a la reunión". Tuvo que dejar un mensaje en la Escuela Cristiana Monte
Vista, en donde era maestro, en el que decía que partía hacia el sur.
"Y aquí estoy, concluyó Nickel, para ofrecerle mi imprenta y mis servicios."
Rose, Miner y Tommy escuchaban atentamente. "¿Su imprenta?" Pregunto
Tommy.
"Sí para sacar una revista", dijo Nickel.. Ve, lo que el Espíritu me dijo fue: "la
Fraternidad tiene que ir. por todo el mundo. Pero no puede comenzar sin una voz."
Voz... repitió Rose. La Voz de los Hombres de Negocios...
La reunión de esa mañana no fue muy larga, pero sí fue la más alegre que
jamás habíamos tenido. Antes de que se ter minase ya habíamos nombrado a
Thomas R. Nickel, director y editor de una nueva revista que saldría con el nombre
de La Voz de los Hombres de Negocios del Evangelio Completo.
Piensa solamente, le dije a Rose esa misma noche mien tras nos metíamos en
el lecho, que anoche a esta misma hora la Fraternidad estaba acabada. Ahora
tenemos una tesorería con mil dólares. y una revista. ¡Me muero de impaciencia
por ver lo que el Señor hará próximamente!.
CAPÍTULO 9
Los pies sobre la mesa
¡La respuesta no se hizo esperar mucho. Poco después de Año Nuevo recibí una
llamada telefónica de Sioux Falis, Dakota del Sur. Era Tommy Hicks que llamaba desde
detrás de la cortina del auditorio donde había hablado.
Demos, me dijo, yo creo que ya tienes el capítulo número dos. Esa noche, él había
contado la historia de la Fraternidad y la visión. Al fina! de su plática un miembro del
auditorio se puso de pie y preguntó, por qué no se podía tener un grupo como ése aquí en
Sioux Falls.
Por su puesto que se puede, le respondí, y pregunté que si había alguno interesado
que pasase al frente, y Demos, parecía como si toda la sala se hubiera venido al frente "Ya
tenéis aquí mismo el Grupo Número Dos aquí en Dakota del Sur".
Esto fue solo el principio. Por todas partes donde estuvo Tommy aquel año y habló de
la Fraternidad, dejó una huella de hombres entusiasmados detrás de él y para el verano de
1953 teníamos ya nueve capítulos y estábamos planeando una Convención Nacional en
octubre, exactamente dos años después de la primera reunión en la Cafetería Clifton.
Seiscientas personas salieron ese fin de semana de otoño hacia el Hotel Clark, en
Los Ángeles hoy, cuando para una convención se congregan veinte mil personas, ese
primer encuentro nacional parece en verdad pequeño. Pero para nosotros fue enorme, así
también fue enorme nuestro entusiasmo.
Hubo, por ejemplo, la cuestión del presupuesto. Ahora te níamos un empleado a
tiempo completo, Floyd Highfields, que respondía a las preguntas de los hombres de
todo el país, les ponía en contacto unos con otros, y les ayudaba a organizarse en
capítulos. Uno de estos días Floyd iba a necesitar una se cretaria. Ya teníamos
también una revista: Tom Nickel estaba donando su tiempo y equipo, pero alguien
tenía que pagar por la tinta y el papel. Ya también nos dábamos cuenta de que
teníamos que imprimir más de cinco mil copias al mes para em pezar. En 1954
estimábamos que íbamos a necesitar alrededor de diez mil dólares para este fin.
Por ello, en la última noche de la convención, uno de los oradores, Jack Coe,
se puso de pie e hizo la más simple peti ción de dinero que he oído jamás. Jack era
un hombre enorme, con una gran habilidad para ir directamente al grano.
"Necesitamos diez mil dólares", dijo. "Me gustaría invitar a cien hombres de ustedes
para que pasen adelante y empeñen su palabra por cien dólares cada uno". Luego se
sentó.
Inmediatamente los hombres comenzaron a acercarse a la mesa del orador. Jack
les pidió que anotasen sus nombres y dirección en una hoja de papel. Al final de la
reunión repasamos la lista de, nombres, exactamente cien hombres habían
comprometido su palabra. El presupuesto se había completado hasta el último centavo.
Y entretanto, las reuniones matutinas de los sábados en la Cafetería Clifton se
estaban enfrentando a otra clase de problema, El primer año no lográbamos que los
hombres vinieran, pero ahora no los podíamos mantener alejados.
El segundo piso tenía capacidad para cuatrocientas personas sentadas y nosotros
apretábamos allí de quinientas a seiscientas personas cada semana. Algunas veces
aparecieron más de setecientas personas, estaban de pie junto a las paredes, apiñadas
en la escalera. Pero por seis semanas consecutivas el departamento de bomberos envió
a sus oficiales quienes amenazaban de que cerrarían el restaurante.
Y por ésto tuvimos una reunión todos los directivos, algo temerosos, para discutir la
situación, y enfrentarnos a algo sobre lo que debíamos tomar una decisión. Podíamos
encontrar un lugar más amplio, el Salón de Baile del Hotel Claric, por ejemplo, y podíamos
sugerir también a los hombres que habían estado viniendo a la Cafetería Clifton que
formasen nuevos capítulos, más cerca de sus casas en Long Beach. Glendale, Pasadena.
¿Por qué no tener en cada uno de esos lugares su propia "Cafetería Clifton", un centro de
poder desde el cual la vida del Espíritu pudiera alcanzar a la comunidad?.
No quiero una gran organización centralizada. Parecía ser el mensaje que nos
daba el Espíritu.
Por supuesto, reúnanse ocasionalmente para inspirarse y alentarse unos a otros, y
así encender el brillante fuego de manera que todos lo puedan ver.
Pero para sus reuniones diarias y su trabajo anual, prefiero las reuniones locales,
pequeñas, sensibles a Mi. No deseo uniformidad. Yo nunca vendré a dos hombres o a
dos lugares de la misma manera. Denme salidas para Mi infinita variedad.
De este modo, la reunión del sábado por la mañana en la Cafetería Clifton se dividió
en cuatro grupos, después en cinco y en diez. Algunos se reunían semanalmente otros
cada quince días, otros cada mes, otros eligieron una noche a la semana. Cuando estas
reuniones a su vez fueron creciendo, más de tres o cuatrocientas personas en una sola
reunión, también a su vez, fueron formando grupos, hasta el presente que hay
cuarenta y dos capítulos en el área de Los Ángeles, cada uno con su propio estilo
particular.
Algunos son demostrativos, otros reservados, otros dan importancia a la enseñanza,
otros dan más importancia a las sanidades, o al evangelismo, y otros al trabajo entre los
jóvenes.
Pero ninguno habría existido sin ese primer año de lucha, al parecer, sin esperanza.
Y esta ha sido la forma en que la Fraternidad se ha extendido. El primer año para
cualquiera de los capítulos parece ser el más difícil.
En Minneapolis, por ejemplo, en 1955, el dueño de un restaurante invitó a trece de
nosotros para ir a un banquete de inauguración del primer capítulo de Minnesota.
Viajamos bajo una tempestad de nieve que había por todo el país. Volé con C. C. Ford, un
constructor de Denver, en su avioneta Cessna de cuatro plazas: me sentía feliz de que
nadie de la iglesia nos hubiera visto en aquel pequeño avión de un solo motor, dando
volteretas en el cielo.
En el aeropuerto de Minneapolis nos esperaba Clayton Sonmore. Él hizo un ligero
comentario sobre la tormenta. "Nosotros estamos acostumbrados a que nieve así aquí en
Minneapolis", dijo. "Esperamos la llegada de doscientos cincuenta hombres de negocios
importantes esta noche".
En su restaurante descubrimos por qué estaba tan confiado de tener un gran éxito:
pollo frito, pan casero, pastel de manzana recién hecho, y los camareros estaban ya
preparados para servir aquel menú que hacía agua la boca. Los trece responsables de la
Fraternidad habíamos llegado, cosa que me daba gran alivio, a pesar del mal tiempo, y
estábamos de pie comparando impresiones de nuestros viajes, mientras Sonmore daba la
bienvenida a los hombres de la localidad que habían empezado a llegar.
Llegaron las siete, la hora en que estaba previsto que comenzase el banquete.
Veintiocho personas nos habíamos reunido en el comedor. Trece, de nosotros, y quince
de ellos, contando a Clayton Sonmore, de Minneapolis.
Siete y media. Veintiocho personas hambrientas miraban el bien surtido "buffet". El
tiempo no deja a la gente salir de casa, sugirió alguien.
Pero a través de las ventanas se podía escuchar el tráfico normal moviéndose por las
calles recién limpias de la nieve.
A las ocho de la noche, veintiocho de nosotros nos sentamos a cenar, menos gente
que el número de mesas que habían en el gran salón. El rostro de Sonmore era digno de
estudio. Sé perfectamente cómo se sentía, pero también sabía algo más. Aquí se repetía un
patrón, el patrón Dios. Le hablé al desalentado dueño del restaurante de nuestra
experiencia en Los Ángeles y cómo nosotros nos quedábamos muchas veces con los
desayunos, así como él se había quedado con la comida hoy. Pero Dios no necesita un
gran número para realizar su obra. El necesita solamente unos pocos en cada lugar. No
se fije en los doscientos treinta y seis asientos vacíos, le dije, fíjese en los catorce que
vinieron con estos catorce, Dios puede volver esta ciudad al revés.
Acabó por ser una hermosa reunión. El orador principal fue Henry Krause, un
fabricante de Hutchison, Kansas, y presidente del "Consejo Directivo de la Fraternidad",
Henry se quedó de pie y miró la sala casi vacía, con tanta ansiedad como si estuviera
llena. No predicó un sermón. Como todos nuestros hombres lo acostumbraban, él
simplemente contó su propia historia: cómo un día, mientras estaba arando su propio
campo de trigo y orando a la vez, como acostumbraba hacerlo mientras estaba sobre el
tractor. Dios le mostró una nueva clase de arado.
Henry Krause no tenía una mente especialmente predispuesta a la mecánica, pero
en ese momento era esa máquina la que tenía frente a sus ojos, completa en todos sus
detalles. Cuando regresó a su casa la dibujó y cuanto más la miraba, más se daba cuenta
de que, con un arado como aquel, si funcionaba, podía arar tres veces más con el mismo
tractor, en el mismo espacio de tiempo.
Henry hizo luego dibujos más exactos y comenzó a llevarlos a la fábrica de tractores.
Donde quiera que fue, la reacción de los técnicos era siempre la misma, este arado no
podrá funcionar.
Henry no era un experto ni un técnico. Pero seguro de que el diseño procedía de
Dios, y sabía que Dios sí que era un experto y un maestro.
Y así, en su propio granero, comenzó a construir el arado él mismo, trabajaba a
martillo, hoja por hoja con deshechos de metal, y utilizaba piezas de segunda mano. Tardó
muchos meses en construirlo, trabajó en una forja casera, hasta que el arado estuvo
terminado, según el diseño que Dios le había mostrado. Lo conectó al tractor y salió a los
campos y éste funcionó.
El arado Krause se utiliza hoy en todas partes del mundo, y Henry Krause se convirtió
en el dueño de una de las mayores empresas manufactureras de equipo para granja; un
hombre de negocios que dedicaba la mitad de su tiempo y todo su corazón, al servicio del
Señor.
Una especie de fluido eléctrico llenó el salón. Cuando Henry hablaba se podía
"sentir" literalmente el Espíritu caer sobre la reunión. Tres de los hombres de Minneapolis
recibieron el Bautismo, mientras se hallaban sentados en la mesa, sin que nadie posase las
manos sobre ellos, y sin que nadie dijera una sola oración por ellos. Todos nos reunimos
alrededor de ellos, llenos de gozo cuando uno de los camareros salió con rapidez por la
puerta de la cocina.
"Señor Sonmore! ¿Puede venir en seguida?".
Abajo en el sótano parecía ser que a uno de los hombres del mantenimiento le había
entrado de repente alguna enfermedad. El camarero no sabía precisar si se trataba de un
ataque al corazón o un ataque epiléptico. Varios de nosotros corrimos escaleras abajo,
junto al gran horno, un grupo de hombres sostenían a un compañero para mantenerlo
sentado en una silla.
De pronto, empecé a reír, aquel hombre no estaba enfermo. Estaba simplemente,
como decían los antiguos siervos de la Iglesia Armenia: "bajo evidencia"...
"Hermano", dije, ¡Alabado sea el Señor! ¡Gracias a Él, que lo buscó, y lo halló esta
noche!"
El hombre abrió los ojos, estaba asustadísimo, no era para menos. Tiene que haber
sido algo muy grande para sentirse preso del poder de Dios, sin previo aviso, en mitad de
aquel pasillo de cemento. Aquel hombre ni siquiera se había enterado de que arriba en el
restaurante se estaba celebrando una sesión de oración.
Pues bien, él subió las escaleras con nosotros, y ustedes nunca han visto una
conversión mas completa. Primero tenía muchas cosas de su vida que quería confesar al
Señor, después no podía terminar de decirle a Dios cuánto lo amaba.
El episodio fue como el veredicto de Dios en una reunión que seguro las
previsiones humanas había fallado. Era como si nos hubiese dicho: no os preocupéis
en cuanto al número. Yo encontraré a la gente que quiero, donde quiera que esté, yo la
traeré a ustedes. Hagan su parte con fe y déjenme el resto a mí.
Y eso fue lo que hicieron allí en Minneapolis. Aquel primer grupo de hombres,
inclusive el mecánico de la caldera, se mantuvieron reuniéndose constante y
regularmente. No vieron el menor crecimiento por espacio de seis meses, no era
visible el menor impacto en relación a lo que estaban haciendo. Pero de pronto sin
algún cambio aparente, los hombres comenzaron a venir: doscientos, trescientos,
quinientos, mil... ¡Otra vez se repitió lo mismo que en Los Ángeles!.
Se avivó tanto lo región de Minneapolis que año y medio después de la noche de
la gran nevada, elegimos esa ciudad para tener allí la Convención Nacional, en el
otoño de 1956 y fue en esa Convención cuando vimos por primera vez que se
rompieron las barreras entre pentecostales y una de la princi pales iglesias
denominacionales.
Durante años, por supuesto, individuos de todas las denominaciones han
alcanzado la plenitud del Espíritu. Y en ge neral ellos se han enfrentado a dos
opciones: permanecer en su iglesia y callar esta nueva dimensión o salirse y unirse
a un grupo pentecostal. Pero, el pentecostalismo es bienvenido y fomentado en las
mismas iglesias históricas.
Los vimos el primer día de la Convención, sentados en la última fila del gran
salón en el Leamington Hotel, como dispuesto a escapar de un momento a otro:
cinco ministros luteranos. Lo que escucharon no debió parecerles muy alarmante
cuando volvieron el segundo día, y se sentaron menos alejados del frente, ya más
cerca. El tercer día, un miércoles, en la reunión del desayuno, estaban allí ávidos de
recibir, según nos dijeron: "todo lo que Cristo tenga para nosotros”.
Un grupo de nosotros miembros de la Fraternidad fue a su mesa y oró para que
Jesús los llenase con su Espíritu. Después nos dieron cortésmente las gracias y
partieron. Todo fue muy tranquilo, muy quieto, muy luterano y no supimos sino hasta
después que nuestras oraciones habían sido escuchadas.
Y ciertamente que lo fueron. Uno de los clérigos recibió el Bautismo en el Espíritu,
mientras conducía hacia su casa. Otro, mientras se afeitaba al día siguiente. Un tercero
estaba recordando a uno de los oradores de la Convención que decía que no era cuando
nos esforzábamos y luchábamos, cuando se recibían los dones de Dios, sino cuando se
estaba más tranquilo. "¿Dónde puedo descansar mejor?", pensó. Un minuto después
estaba bajo una ducha de agua caliente, alabando a Dios en lenguas celestiales.
Este fue el principio de una transformación que desde entonces ha alcanzado las
congregaciones luteranas de costa a costa. Sin abandonar sus tradiciones, sino todo lo
contrario: con un revestimiento del poder del Espíritu, pastores luteranos y laicos, han
convertido las afirmaciones de su fe en una realidad, día a día.
Desde entonces hemos visto el mismo poder llenando a muchas denominaciones:
presbiterianas, bautistas, metodistas, católico-romanas, episcopales. Siempre, al principio,
el grupo que viene por primera vez con curiosidad a nuestras reuniones, es algo hostil.
Pero luego el viento del Espíritu sopla a través de todas las iglesias, a través de todas las
congregaciones.
Recuerdo otro hecho. Fueron solamente siete estudiantes de Notre Dame los que
hablaron en lenguas aquel lunes por la noche, en marzo de 1967, en el hogar de Ray
Bullard, Presidente del Capítulo de la Fraternidad en South Bend. Pero el gozo y el
poder que hallaron en ese cuarto del sótano fue tal que hoy Ray es considerado
por muchos como una especie de padrino espiritual del movimiento mundial
pentecostal católico que surgió en Notre Dame.
De nuevo, la clave se hallaba en el pequeño capítulo que se reunía regularmente
algunas veces con desaliento, que oraba por South Bend esperando, como San
Gregorio esperó, el tiempo perfecto de Dios.
No hay un hombre capaz de ver todo el cuadro completo, s ó l o s e v e n
a l g u n o s a q u í y a l l á . E n o c t u b r e d e 1 9 7 4 , me tocó a mi ver el fragmento de
ese cuadro cuando fui a ver el fragmento de ese cuadro, cuando fuí invitado al
Vaticano, para recibir un reconocimiento oficial por el papel que ha tenido la
Fraternidad en lograr alcanzar a millones de católico-romanos, laicos. ¿Millones?
pensé ofuscado, cuando atravesaba la línea de los coloridos guardias suizos.
¿Millones?.
No te preocupes por el número. Esa ha sido la palabra de Dios para nosotros
desde el principio. Cuando el Espíritu e s t á e n c o n t r o l , l o s n ú m e ro s s e r á n m á s
d e l o q u e c u a l quier hombre hayan podido conocer.
Y cuando el Espíritu no está. ..
Fue en 1957. cuando C.G. Ford me llevó en una visita de dos semanas a una
docena de capítulos en el sur. Quedamos muy impresionados con el grupo de
Houston, Texas; se reunieron alrededor de seiscientas personas para el desayuno
del sábado.
“No se", dijo un hombre con tono displicente, cuando algunos de nosotros nos
sentamos a hablar después de la reunión, “deberíamos estar alcanzando a miles,
no a cientos”.
"Pero ustedes han empezado hace sólo unos pocos meses", le dije, "esto toma
tiempo"...
"¡No en Texas!. En Texas hacemos las cosas en grande y las hacemos a prisa, dijo,
dando un salto. Un delgado, vendedor de bienes raíces, cuya perfecta carrera ratificaba
sus palabras. "¡Arrendemos un salón!. ¡Alquilemos un carro con equipo de sonido.
Vayamos a todas las estaciones de radio, pongamos a esta ciudad de pie!.
Andy SoRelle, Presidente del Capítulo, movió la cabeza en señal de duda, pero el
otro hombre no pareció notarlo. Alquilemos el Auditorio de la ciudad, que tiene capacidad
para seis mil seiscientas personas. ¡Cuando la gente escuche que Demos Shakarian está
en la ciudad, lo llenaremos!.
Lo miré horrorizado. "¿Yo..? ¿Quien querría oírme a mi?. Yo no soy un orador.
Además tengo que volver a casa para hacer las compras de heno y...
Pero aquel hombre no quería argumentaciones. C. y yo seguíamos viajando por otra
semana más para visitar capítulos de Louisiana y Misissippi. "Vuelva por Houston. Una
semana aquí en Texas es suficiente tiempo para hablar de la Palabra.
Y debido a que el amor a Dios de aquel hombre era del tamaño de Texas, yo me
dejé convencer. O casi. Durante los siguientes diez días me estuve repitiendo que el
avivamiento de Houston no iría bien. Si había una cosa que había aprendido durante los
seis años de la Fraternidad, era que, en esa misteriosa realidad que es el Cuerpo de
Cristo, cada individuo tiene su función especial. Algunos hombres han nacido para
organizar, otros son ungidos predicadores, otros pueden ser consejeros. Y cuando alguno
asume una función que no es la suya, no solamente hace un trabajo de baja calidad, sino
que bloquea el flujo de poder hacia la persona a quien le corresponde dicha función.
En cuanto a mi trabajo yo he estado seguro de cuál es, desde que las trompetas
sonaron en las colinas de Hollywood. Yo soy un ayudador. Mi don es proporcionar un lugar
y un tiempo, y la forma para que otros hombres brillen. Este no es un don menor o mayor
que los de los otros. Es simplemente mi don.
Pero mi nombre en las luces de un auditorio!, ¡una reunión enfocada en mí!. Este
era un error y cuanto más me esforzaba para preparar mi discurso, más me daba cuenta
de lo errado que era esto.
"¿Cual es el problema?”, me preguntó C. C. después de ver que página tras página
iban a parar arrugadas al cesto de los papeles. "Pero si tú has hecho cientos de
discursos".
Pero no era verdad. Yo nunca di discursos. Yo simplemente me ponía de pie al frente y
no sé, solamente hablaba. En tanto me limitaba a lo que estaba llamando a hacer, a
presentar a otros hombres, a mostrar a la gente dónde estaban sus posibilidades, las
palabras acudían. Pero al sólo pensar en miles de rostros pendientes de mí para guiarlos,
me quedaba en blanco.
Para cuando regresamos a Houston, yo era presa del pánico. Andy y Maxine
SoRelle nos habían invitado a su casa a comer antes de la reunión, pero yo estaba
demasiado excitado para comer. Aún a riesgo de ofender a su cocinera Lottie Jefferson,
apenas probé los alimentos.
Alrededor de las seis y cuarenta y cinco, nos dirigimos al Auditorio de la ciudad en
dos carros: Lottie Jefferson, Andy y Maxine no pudo venir, C. C. y yo, y otros tres invitados
a la comida. Ya desde casi dos kilómetros de distancia podíamos ver las luces del lugar
que brillaban como los fuegos del juicio.
Los empleados de los estacionamientos, uniformados, se acer caron para abrir
las portezuelas de nuestros carros.
En el vasto estacionamiento había solamente cinco auto móviles más.
Miramos nuestros relojes: eran las 7:15. La re unión estaba anunciada para las
7:30. Nos dirigimos por una puerta lateral al inmenso auditorio, profusamente
alumbrado y silencioso; nadie en el interior, salvo un guardián allá en el fon do. Fijé los
reflectores en la forma como usted los quería, gritó, mirando al vendedor de bienes
raíces. Bajamos lentamente en el pasillo central, las pisadas levantaban un eco
cavernoso en aquel inmenso Auditorio. Los cinco carros debían pertenecer al guardia
y al personal del establecimiento.
Había una hilera de sillas abajo de la luz de los reflectores del escenario pero
no parecía que alguien fuese a ocuparlas. Nos sentamos en siete sillas que
habían cerca del frente; no llenamos ni la mitad de la hilera. Yo miré mi reloj; 7:25.
De pronto, un tremendo éxtasis se apodero de mi. ¡Quizá no vendría nadie!
¡Nadie en absoluto!. Quizá Dios había intervenido para protegerme contra mi propia
desobediencia.
"Estoy seguro de que puse la fecha correcta en las invita ciones", comenzó a
decir el vendedor de bienes raíces.
A las 7:30, él también comenzó a orar por que parecía que nadie vendría.
¿Qué explicaciones daríamos, de una gi gantesca campaña a la que nadie
respondió?.
Hacia las ocho, quedaba claro que Dios había hecho lo imposible. En una
ciudad donde seiscientos hombres se re unían un sábado temprano por la
mañana, él había dejado caer un velo de invisibilidad sobre una reunión que
carecía de la bendición de Dios. El vendedor de bienes raíces, con el corazón tan
grande como Texas, fue el primero en decirlo en voz alta y alabar al Señor por eso.
"Pero, ahora. ¿Qué haremos?, preguntó Andy. Hemos alquilado este local tan
enorme para toda la noche. ¿Tendremos una reunión de todos modos de nosotros
siete?”.
Tú has escrito algo, Demos, dijo C.C., pero nada pude hallar en mis bolsillos
de mis páginas garabateadas.
Bien, entonces, ¡yo tomaré la palabra! dijo Lottie Jefferson, ¡siempre he deseado
hablar en un lugar tan hermoso como éste!.
Se levantó de su silla, subió al frente del auditorio, y comenzó a hablar. Era
una persona menuda, no debía pesar más de cuarenta y cinco kilos, pero cuando
hablaba acerca de Jesús, su voz llenaba los 6.600 asientos de la platea. Durante
treinta y cinco minutos estuvo predicando como si cada una de las sillas hubiera
estado ocupada. Y tan llena estaba su voz del amor de Dios y de la verdad de cada
una de sus palabras que yo sentí como las tensiones de los días anteriores Iban
cediendo.
Lo único que no pude entender fue su llamamiento final. Porque por supuesto
los siete que componíamos su auditorio hacia ya tiempo que "habíamos entregado
nuestros corazones a Jesús”. ¿Cómo nos estaba pidiendo ella que lo hiciésemos?.
De todas formas, había sido una hermosa prédica que nunca olvidaría. De
repente, escuché pisadas. Por allá abajo, venía el guardián, con las lágrimas que
le resbalaban por las mejillas, se arrodilló frente a la plataforma y dio su corazón a
Jesús.
Y Lotty Jefferson, con el estilo de un evangelista acostum brado a recibir cientos
de almas para el Reino de los Cielos. puso las manos sobre la cabeza de aquel
hombre y comenzó a orar por él.
¿Quién sabe? Quizá no había ningún error después de todo. Quizás a aquella hora
de la noche, el Auditorio de la ciudad, era el lugar que había designado el Señor para
nosotros, porque allí estaba la persona que Él estaba buscando. Solo supe que había
recordado una vez más que si había alguna persona que necesitaba oírlo tantas veces,
era yo, que solamente es el Espíritu el que puede conducir los hombres a Jesús.
Y solamente son los dones del Espíritu los que El usa para obras como ésta. A mi no me
había dado el don del Evangelismo, sin embargo, yo tenía que ser un testigo, por impuesto.
Cada cristiano lo es. Con la sola diferencia de que al lugar en que yo tenía que hablar de
Jesús era mas bien un establo, en vez de una plataforma. Este era un sueño original que
Dios me había dado después de todo: un vendedor de automóviles como Linwood Safford,
en Washington, D.C. hablando de Dios a otros vendedores; un juez como Kermit Bradford, en
Atlanta, Georgia, hablando a otros abogados; un lechero hablando a otros lecheros.
Era una forma de hablar tan natural, que comenzaba con lenguaje común, intereses
comunes...
Como por ejemplo, el interés que tiene todo productor de leche, en la cría de
ganado. Para nosotros es el típico más fascinante del mundo la búsqueda de un animal
perfecto, que invariablemente transmitiría sus buenas características a las siguientes
generaciones. Cada mes, escudriñaba en la revista de la asociación Holstein-Friesian las
tablas genealógicas. Y cada vez me impresionaba más la líneas genealógica Burke, que
se desarrollaba en la granja Pabst, allá por Wisconsin.
Recuerdo cuando caminaba yo a través de esos impecables establos de terneros por
primera vez, buscando un pequeño toro para introducir esa línea en nuestros rebaños. El
primer animal que me detuve a observar costaba 25.000 dólares; mu chas veces
más de lo que yo podía pagar. Había animales entre ellos de dos o tres meses,
que se vendían por 50.000 dólares otros de la misma edad, costaban 1.000 dólares.
De pronto descubrí uno. En un corral a lo largo de la tapia sur del establo, un
pequeño animal fornido, que se mantenía separado de los demás como iluminado
por un rayo que estuviese brillando especialmente sobre él. Se trataba del mismo
fenómeno que nunca había dejado de sorprenderme en la Fra ternidad, en donde, en
una habitación en la que se reunían 400 personas, siempre distinguía entre todos al
que había de llamar. Ahora, este “Jovenzuelo" fornido de 90 kilos estaba junto a mí,
del mismo modo.
Me acerqué a su corral. Su nombre era Pabst Leader; su precio 5.000 dólares.
Leí sus particulares y me gustó lo que vi, su madre tiene el grado E (excelente
productora de leche) y su padre había engendrado mas de 50 vacas del grado E.
Pero estos detalles no eran más que confirmaciones de lo que supe en cuanto lo vi.
Me llevaré el torete Pabst Leader, le dije al encargado que me atendió.
El señor SyIvester me miró con curiosidad. Los ganade ros no acostumbraban
a decidirse tan rápidamente. Únicamente después de exhaustivas consultas con sus
consejeros. ¿Esta seguro?, me dijo. Me gustaría mostrarle algunos animales del
corral próximo, en los que el señor Pabst cree que podía intere sarse.
Estoy completamente seguro Señor Sylvester.
Pues bien. Enjauló el animal y nos lo mandó con un cargo adicional de 350 dólares,
y yo gire un cheque por 5.350 dólares a su favor. Generalmente, las diez primeras vacas
descendientes de un toro, ofrecen un fiel retrato de su calidad como semental. Cada una
de las diez hijas del toro Leader heredarían las cualidades superiores de su padre:
aspecto, resistencia a las enfermedades y alta calidad de leche de su raza. incluso
algunas de nuestras pequeñas vacas de piernas no muy esbeltas, tenían becerros que no
heredaban sus propias desventajas, sino las cualidades del padre. Durante los quince años
que lo tuvimos, nos dio quinientas hembras, cada una de ellas selladas con la indiscutible
calidad del semental. Pabst Leader era el animal, entre un millón, con la capacidad de
transmitir sus características cada vez.
Entre tanto el señor Sylvester se lamentaba de que un animal que había vendido en
la misma temporada por 50.000 dólares no había demostrado ser un buen semental. No
valía ni cinco mil dólares, y el ternerillo que usted se llevó valía el doble de 50.000 dólares.
Esta no fue una experiencia aislada. Cada uno de los toros que compramos a la
ganadería Pabst, demostró ser una inversión de primer orden, ¡no podía evitarlo!.
Recuerdo el día en que el señor Sylvester se inclinaba a través de la mesa del
comedor, y me decía sería y solemnemente "Vamos Shakarían. ¿no me diga que elige así,
en el acto como pretende?. Usted tiene un consejero ¿no es así?. ¿Es alguien que viaja
antes que ustedes, y le recomienda qué animales comprar?".
"Pues bien, señor Sylvester, en cierto modo, así es"
Me lanzó una mirada triunfante a través de la mesa. "¡Lo sabía! ¿quién es? ¡vamos...!
¡no le vamos a aumentar el precio por que sepamos que alguien le aconseja!"
"¿Quiere decir que usted no sabe quien es mi "consejero”?”.
"¡Por supuesto que no! pasan docenas de corredores y compradores, todos a la vez.
Su hombre evidentemente es muy astuto".
"¿Sabe más de animales que todo los que estamos en esta habitación juntos?".
"¿Un viejo zorro, verdad?"
“El ha estado en el negocio de animales más que nadie." "¿Especializado en
Holstein, no es así?"
"Oh, absolutamente"
Por supuesto que me mantuve así, tanto como pude. A la hora que di el nombre de
mi consejero no tuve nunca un interlocutor mas desalentado. El Señor Jesús hizo estos
animales, le dije. Ustedes y yo sólo podemos mirar los "pedigrees", pero El sabe lo que está
en el interior del animal, y del hombre también.
Esta era la forma más idónea de abrir los corazones y las mentes de esos hombres.
La oportunidad de mostrar a un Dios vivo en el mundo que cada hombre conoce; de esto
es de lo que trata la Fraternidad.
El mundo que el hombre conoce... Recuerdo cuando nuestro capítulo de la Fraternidad
en Lancaster, Pennsylvania, estaba pasando un mal rato con una comunidad de granjeros
muy conservadores. La principal objeción a la Fraternidad fue de que se trataba de un
movimiento de "afuera" y que nuestros problemas y necesidades eran distintas a los de
ellos.
Una vez que Rase y yo estuvimos en Lancaster, el Capítulo invitó a varias docenas
de granjeros locales para comer juntos, y yo me puse de pie como un compañero
granjero, e intenté convencerlos para que se uniesen a nuestro movimiento de compartir
experiencias unos con otros.
Un silencio sepulcral fue la respuesta que obtuve.
Ya sabes lo que ocurre; cuando se recibe una respuesta negativa, se pierde la
seguridad y todo comienza a salir mal. A la vez que mi confianza disminuía, mis gestos se
ampliaban. Recuerdo que abrí los brazos, y luego hice un gesto como que los abarcaba a
todos y dije: "¡La Fraternidad depende de la participación de todos nosotros!" pero lo
único que mis manos alcanzaron fue la jarra de leche que estaba en el centro de la mesa.
La jarra se volcó y su contenido se derramó sobre mi mejor traje y mis zapatos. Estaba
tan mortificado para darme cuenta de lo que estaba haciendo, que puse un pie sobre la
mesa y comencé a secarme el zapato con el mantel blanco.
Escuché a Rose dar un respingo. ¡Demos! ¡Qué estás haciendo!.
Y mirando hacia la mesa, me di cuenta.
Baje el pie apresuradamente. Sentí que mi rostro se ponía de color púrpura y
hubiera deseado desaparecer debajo de la mesa. "Sentí como si estuviera en el establo,
amigos" y me excusé.
"¿A alguno de ustedes le ha pasado, estar ordeñando una vaca y que ésta, de una
patada le haya echado encima todo el cubo de leche?".
Se escuchó una risa ahogada en alguna parte de atrás del salón y luego, de
pronto, una general explosión de risa. No se escuchó otra cosa que carcajadas por
algunos minutos, y la reunión se transformó.. Los viejos granjeros se pusieron de pie y
contaron como Dios les había ayudado a través de las tempestades de nieve invernales.
Y al finalizar la noche, el Capítulo de Lancaster contaba ya con muchos nuevos
miembros.
"¿Sabes lo que nos hizo cambiar de idea respecto a la Fraternidad?”, me dijeron los
hombres después. "Fue cuando pusiste el pie sobre la mesa. Comprendimos que
realmente eras un granjero, como nosotros...".
CAPÍTULO 10
El mundo comienza a girar
En 1956 iniciamos nuestro Capítulo canadiense en Toronto y, desde entonces la
palabra "Internacional" de nuestro título comenzó a tener más sentido. Con todo Canadá y
los Estados Unidos no son más que una tajada pequeña en comparación con la superficie
terrestre. Comencé a pensar en el globo que había visto girando ante mí la noche de
1952. Millones de hombres de todos los continentes con la vista hacia arriba, vivos con
amor, esperanza la llegada de su Señor.
La década de los cincuenta ya se estaba terminando, y no veía que ésta sucediera
luego cuando llegó la oportunidad, estuve a punto de pasarla por alto.
La invitación llegó en diciembre de 1959 a través de CABE. La fraternidad había
enviado ayuda a las víctimas del hambre en la República de Haití. Ahora llegaba una
invitación del presidente Francois Duvalier para que mantuviésemos una campaña de tres
semanas de reuniones en su país.
Todo lo que se de Duvalier, le dije, años del grupo de la Cafetería Clifton, es que se
trata de uno de los dictadores más sanguinarios de todo el mundo. Tortura, policía secreta,
cada cual ha oído una historia diferente de "Papá Doc". Acudir a esa Invitación sería
como admitir que estábamos de acuerdo con su sistema.
Y fue Rose quien lanzó el reto. ¿En tu visión, Demos, hay algunas partes del mundo
afuera, por causa de sus gobiernos?. Intenté recordar. No, todos los continentes, todas
las islas llenas de gente, hombro con hombro, sin vida y sin esperanza la primera
vez, y gozosamente vivas la segunda.
"Las divisiones políticas no entraban para nada".
"Entonces no creo que debieran existir divisiones ahora. En cuanto peor es un
sistema político, más necesita la gente confiar en el Espíritu.
Y, por supuesto, Rose tenía razón. Así es que en febrero de 1960, veinticinco
hombres de la Fraternidad tomamos un avión con dirección a Haití. No sabíamos
entonces que este primer vuelo marcaría el rumbo para los siguientes quince años.
Sólo sabíamos que cada uno de nosotros en alguna forma completó sus pasajes
para Haití y cambió sus vacaciones para el invierno. ¡Y mi esposa contaba con un
viaje en el verano!. Y partimos respaldados cada uno por las oraciones de nuestros
respectivos capítulos.
Apenas sí había aterrizado el avión en el aeropuerto de Puerto Príncipe,
cuando se abrieron las puertas delanteras y entró un grupo de oficiales del ejército
con uniformes muy adornados y llenos de medallas. ¿,Está aquí el doctor
Shakarian?, dijo uno del grupo que aparentemente era el interprete.
"Yo soy Demos Shakarian, pero soy solamente un leche ro, no..." Bienvenido a
Haití doctor Shakarian. Sus maletas serán llevadas al hotel. Usted venga con
nosotros, tenga la bondad.
Salimos del avión ante las extrañas miradas de los demás pasajeros, y
atravesamos entre una doble fila de soldados rígidamente atentos.
Una hilera de limosinas negras nos estaban esperando. Nunca pasamos por
aduanas a pesar de que habíamos llena do en el avión una serie de formularios para
tal propósito. Bajo doble escolta de motocicletas, atravesamos volando la ciudad
hacia el Hotel Rivera. Allí el senador Arthur Bonhomme, líder de la mayoría del
Senado, nos esperaba.
Todo está preparado para su reunión de esta noche, me dijo en un excelente
inglés.
Al saber que yo era un ganadero, se ofreció a llevarme para visitar el
mercado de ganado. Yo me quedaba fascinado al ver pasar a la gente Algunas
personas llevaban vacas, o simplemente una cabra, y las mujeres, se
balanceaban bajo una cesta de piñas, melones, incluso pollos, que llevaban so bre
sus cabezas sin el menor esfuerzo. Pero para mi asombro, cuando llegamos al
mercado, vi como destazaban a los animales allí mismo y los vendían
inmediatamente en la misma plaza. "Es la sequía", me explicó el senador
Bonhomme, “la peor de que yo recuerdo. Tenemos que sacrificarlos porque no hay
bastante hierba para que coman".
El Estadio Sylvio Cato, de Puerto Príncipe, tiene capaci dad para unas 23.000
personas y cuando nuestro grupo de veinticinco llegó aquella noche a las 7:30,
estaba casi lleno. Una tarima de siete por veinte metros de largo, se había ergui do
en mitad de la pista para que pudiésemos hablar. Yo me hubiera sentido algo más
feliz sin tantos uniformes militares en la plataforma acompañándonos. Pero el
senador Bonhomme me aseguró que la presencia de generales y oficiales del
gobierno, le daba más realce a la reunión a los ojos de la gente. Intentamos abrir
la reunión con algunos himnos, pero pronto nos dimos cuenta que no teníamos
nada en común con el público. Por ello, decidimos seguir el modelo de reuniones
que solíamos tener en los capítulos de la Fraternidad, individuos dando sus
testimonios personales. Una vez más el contacto inicial por medio de los hombres
de negocios tuvo su efectividad, y ello demostró ser de valiosa ayuda. No
asomaron diferencias políticas, teológicas o de raza, cuando los miembros de nuestro
grupo hablaron a través de intérpretes acerca de experiencias comunes a todas las
personas: falta de comprensión entre ambos, enfermedad en una familia. la lucha para
ganarse la vida.
La siguiente noche, todos los sitios del estadio estaban ocupados, y había miles de
personas sentadas sobre la hierba de la cancha. La tercera noche, el senador Bonhomme
estimó que había una multitud de unas treinta y cinco mil personas...
Sin embargo ninguno de ellos había venido para orar. El problema comenzó cuando
Earl Prickett estaba hablando. Earl posee un negocio de mantenimiento de tanques
industriales y de control de contaminación ambiental en Nueva Jersey, pero la historia que
contó aquella noche fue su batalla personal contra el alcohol. Debió haber sido muy buena
para ese auditorio, por que el senador Bonhomme nos había dicho que el alcoholismo era
el mayor problema de la isla.
Earl describió cómo había comenzado a beber con sus clientes por que "perderás el
negocio si no lo haces así". Sin embargo Earl era una de esas personas que no pueden
parar de beber. Su esposa lo abandono; el doctor le dijo que estaba minando su vida,
pero con todo y eso fue incapaz de dominar su hábito.
El rumor en el estadio fue en aumento de tal forma que la voz de Earl apenas podía
oírse. "Como resultado, mi hígado y mis riñones estaban tan dañados", dijo, "que el
médico me dió sólo seis meses de vida". Y en ese momento él hizo memoria que un
amigo lo había invitado a las reuniones de la Fraternidad en el Hotel Broadwood de
Philadelphia. "Fue en ese mismo hotel donde el miércoles anterior por la noche, el
cantinero me había dicho que me saliera y que nunca más me asomara por allí".
Me incliné hacia adelante, para escuchar más detenidamente el creciente rumor que
se escuchaba. Yo había estado en ese desayuno y creo que nunca olvidaré a Earl que
vestía un inmaculado traje blanco, tendido en el suelo, pidiendo la gracia de Dios.
Uno de los interpretes se inclinó hacia mí. ¿Ve usted a esos hombres, doctor
Shakarian?.
Miré hacia donde me señalaba, y fue cuando me fije por primera vez, una fila de
hombres vestidos con túnicas rojas y capuchas del mismo color. Había por lo menos
trescientos de ellos, y marchaban lentamente alrededor de la marca de ceniza que
rodeaba el terreno de juegos, un número indefinido de gentes en traje de calle los seguía.
"Sacerdotes vudú, me dijo el interprete. Están intentando acabar con la reunión".
Ahora pude distinguir claramente un canto muy agudo que se elevaba sobre el
murmullo de la gente. Centenares de personas estaban preparándose para sumarse a la
procesión.
El General que estaba a mi derecha vociferó una orden, y soldados que estaban
detrás de él, bajaron inmediatamente de la plataforma.
¿Qué es lo que ha dicho?, le pregunté al interprete.
Ha ordenado a las tropas que estén alertas. Ellos pueden manejarlos.
¡No.! ¡No deben hacerlo!, me volví hacia el General. ¡No. Llame a los soldados, por
favor!.
A través del interprete, el General le explicó. "Si no los paramos, le diré lo que va a
ocurrir. Comenzarán a formar un círculo hasta que hayan conseguido que se les una
bastante gente, y se pondrán a gritar todos juntos. Y... ¡se acabó su reunión de esta noche!.
Miré al Senador Bohnomme en busca de ayuda, pero aquél se encogió de hombros. “No
se qué mas podemos hacer, conocí al Senador y sabía que no estaba pensando solamente
en la gente del estadio, sino en los centenares de miles de radioescuchas de los pueblos
y las veredas de las montañas de toda la isla. Habíamos visto algunos de estos caseríos
cuando viajábamos en automóvil por las montañas aquella misma tarde, un altavoz
colgado de un árbol o en el frente de una casa era el único entretenimiento público en sus
largas y oscuras noches".
Earl intentaba describir el milagroso cambio que su vida había experimentado aquel
sábado por la mañana; la reconciliación con su esposa, la sanidad médicamente
Imposible" de su cuerpo, pero de nada sirvió. Se detuvo entonces y me miró en busca de
instrucciones. La línea serpenteante que seguía a los sacerdotes encapuchados, estaba
ahora formada por más de un centenar de personas, y seguía creciendo minuto a minuto.
Pero... ¿si usábamos los método que utilizaba el hombre fuerte de Haití, para proteger la
reunión, ¿no estaríamos desvirtuando lo que habíamos venido a hacer?. Estábamos allí
para demostrar el poder de Dios, no el poder de las pistolas.
Por favor, General, le rogué. Espere. Hay un mejor modo".
Pero cuando los veinticinco de la Fraternidad nos reunimos en la parte posterior de la
plataforma, me hubiera gustado saber de que se trataba. Ante aquellos miles de personas
que nos estaban contemplando para ver qué haríamos, formamos un círculo, con las
manos entrelazadas por los hombros, y empezamos a orar.
Al cabo de un rato abrí los ojos y eché una ojeada al estadio. La situación empeoraba
por momentos. Ahora debía haber como dos mil marchando y habían comenzado a batir
las palmas. La multitud, contagiada, comenzaba también a batir las palmas en sus sillas, y
balanceaban rítmicamente el cuerpo hacia adelante y hacia atrás, en forma vibrante,
horrible, y se inició un grito general.
Voy a hacer que los paren, dijo el General. No, le dije, todavía, no.
Incliné la cabeza de nuevo. ¡Señor, es tu hora! Señor, salva tu reunión!.
Desde alguna parte de atrás de las graderías se oyó un fuerte grito. Me di vuelta
totalmente, alguien había sido acuchillado. Entonces, todos vimos a un hombre y a una
mujer que traían apuradamente a un niño en sus brazos, y venían hacia la plataforma.
En la otra parte del campo, la marcha se había convertido en una danza rítmica. La
pareja subió a la plataforma. Y de repente, el Senador Bonhomme cruzó a grandes trancos
hacia la parte de atrás de la plataforma y se agachó sobre la pareja.
En otro minuto estaba de vuelta, sostenía en sus brazos a un niño delgado de unos
ocho a nueve años, que miraba asombrado con sus ojos cafés, hundidos.
¡Este chico!, dijo. ¡Lo conozco es de mi barrio, conozco a su familia de toda la vida!.
Nos miraba a todos detenidamente, uno por uno, temblando de emoción. ¡Puede ver!.
Esto sucedió mientras usted hablaba, le dijo a Earl. ¡Sus ojos se abrieron, y ahora ve!.
Yo aún no comprendía. ¿Quiere decir que era ciego?, dije.
¡Ciego de nacimiento!, respondió el Senador, y se dirigió a mí exasperado. Ciego
toda su vida, hasta este momento.
Sosteniendo todavía el chiquillo en sus brazos, casi corrió con él hacia el
micrófono. Al principio no logró hacerse escuchar con todo aquel cantar y batir de
palmas. Pero, gradualmente, viendo que la alta y familiar figura del Senador estaba
delante del micrófono, con un niño en brazos, algunas de las personas
comenzaron a quedarse quietas. El traductor parecía estar demasiado
impresionado con lo que estaba sucediendo, para traducirnos ni una sola palabra de
lo que el Senador decía a la multitud. Pero al poco rato comenzamos a notar un
cambio en los ánimos de la multitud del estadio. A pesar de que la mar cha
continuaba, el ruido se estaba aquietando definitivamente. Los aplausos se
escucharon más esporádicamente. Ahora, todos los ojos estaban clavados en el
Senador.
Una reacción eléctrica pareció barrer las graderías: aquí y allá veía manos que
se alzaban al cielo. Al final, incluso, los sacerdotes vestidos de rojo, dejaron su
canto y permanecieron de pie entre la multitud, confundidos.
El muchachito, que era el centro de acciones de gracias, estaba mirando
solamente al Senador, luchando un poco por salirse de sus brazos. Qué fue lo que
vio por primera vez, no lo sé, pero era evidente lo que miraba ahora, pues sus
pupilas pasaban de un objeto a otro, eran los brillantes adornos de los generales. A
menudo giraba los ojos hacia los focos que iluminaban la plataforma, los miraba
fijamente. hasta que la luz le hacía guiñar los ojos.
Sus padres habían subido por las escaleras laterales de la plataforma, y
ahora estaban de pie, junto al Senador, El se dio la vuelta y puso el niño abajo entre
los dos.
Pero yo continué mirando a la multitud que estaba adorando a Dios. Hombro con
hombro, con sus cabezas alzadas en señal de adoración... ¿Dónde había visto
ésto antes...?. Y entonces, por supuesto, recordé...
Cuando el senador se alejó del micrófono le pedí al intér prete que tomase su
lugar, y que hiciera un simple llamado al altar: ¿Vendrían hacia el campo todos los
que deseaban conocer al amado Jesús?. Se levantaron de sus asientos y
empezaron a bajar cientos de cientos. Muchos de los que se habían unido a la
marcha del "vudú” ahora corrían hacia el centro del campo. Muy pronto, la multitud se
derramaba desde la base de la plataforma, por todas las direcciones. En veinte
minutos cinco mil personas se reunieron allí.
Al día siguiente, el estadio estuvo completamente lleno desde la media tarde;
nuevamente fueron centenares de personas las que respondieron al
llamamiento. Hubo más sanaciones, algunas a la vista de nuestros ojos, al pie
de la plataforma, otras por todas partes entre la multitud que llenaba el estadio. La
tercera noche después de que el niño ciego recobrara la vista, estimamos que la
cifra de los que se habían entregado a Jesús eran unas diez mil personas.
Muchos de los que pudieron acercarse hasta la plataforma confesaron sus
pecados llorando y especialmente los que practicaban la hechicería y la adoración
demoníaca. Muchísimas cosas trajo la gente a la plataforma y las dejó ahí. Bolsas
de cabello, pedazos de madera tallada algunas bolsas conte nían huesos y
plumas. Lo que me alegró más en el feo montón de cosas fue contemplar las túnicas y
capuchas rojas.
La penúltima reunión ya se había terminado. Estaba asomado por la ventana
de mi hotel mirando hacia la bahía iluminada por la luna, demasiado exhausto y
demasiado gozoso para irme a la cama Gozoso y... preocupado. ¿Qué era lo que
realmente había sucedido en las reuniones?. ¿Un caso de histeria colectiva?. ¿Una
reacción de la muchedumbre que podía responder el canto del "vudú" un minuto antes, y al
evangelismo cristiano después? y; ¿Podría esta gente tan fácilmente cambiar de nuevo
en la otra dirección?. ¿Que podrían haber conocido estos miles de personas de las
realidades de Cristo en una campaña de tres semanas?. ¿Qué sería de ellos después?.
Yo en teoría sabía muy bien que los dejaríamos en manos de la Divina Providencia,
pero mi fe no era suficientemente fuerte como para creer que esto era suficiente.
"Muéstrame, Señor que todo esto es real. Muéstrame que realmente algo diferente
ha sucedido".
Lo vi con toda claridad a través de la terraza la mañana siguiente. Estábamos
desayunando en la amplia terraza del Hotel Rivera; nuestro grupo de la Fraternidad,
el Senador Bonhomme, y otros oficiales gubernamentales, más un buen número que se
había estado reuniendo con nosotros para las reuniones matinales y la oración. Yo estaba
en la mesa del Senador Bonhomme junto a otros seis hombres, cuando el camarero se
nos acercó sonriendo.
¡Bonjour, méssieurs!, Dijo a la vez que comenzaba a llenar las tazas. Era la primera
vez que le oíamos hablar. Era un muchacho de rostro taciturno que hasta el momento nos
había servido en silencio absoluto. Cuando llegó hasta donde estaba el Senador
Bonhomme habló de nuevo, apretando su mano libre más y más fuerte sobre su pecho.
"Dice", tradujo el señor Bonhomme, dirigiéndose al resto de nosotros, "que esta
mañana cuando se despertó, el gran peso que le había estado oprimiendo había
desaparecido".
Había acudido a la reunión de la noche anterior traduciendo el Senador. No había
pasado al frente, pero cuando nosotros habíamos estado orando por los que
habían venido al frente, él dijo para sí: Jesús, si Tú eres el que estos hom bres dicen
que eres, yo quiero seguirte.
Viendo que todos los ojos de los presentes estaban posando sobre él, puso
abajo la cafetera. El Senador continuó traduciendo:
"Durante toda mi vida este peso me había estado opri miendo. Eran
pensamientos malos, terribles. Tenía miedo de mi mismo, temía el acostarme por
miedo a los pensamientos que me acosaban. El camarero ahora estaba
sollozando. El Senador interpretó sus palabras "esta mañana, cuando abrí los ojos,
el peso no estaba. Era como si de pronto me sintiera más ligero, como si pudiera
flotar hacia afuera de mi cama. No había ninguna opresión dentro de mí".
Otra persona estaba llorando. Me volví y vi al segundo camarero; las
lágrimas le resbalaban por las mejillas, también. El Senador tradujo de nuevo:
"¡Yo conozco ésto ligeramente!. También yo he tenido esos pensamientos. Hace
cuatro noches fui a la plataforma, cuando preguntaron quienes deseaban una nueva
vida. Desde entonces he estado pensando si vendrían de nuevo los
pensamientos, pero no han vuelto, ¡ahora mi mente es la de un hombre, y no la de
una bestia!". Esta vez me tocó a mí el turno de frotarme los ojos, mientras musitaba:
¡Señor Jesús, perdóname!. Perdóname por haber dudado que Tú eres suficientemente
fuerte.
Más tarde, en la misma mañana, nos llegó el mensaje de que el doctor Duvalier
recibiría a tres de nosotros en el Palacio Presidencial.
Una de las brillantes limosinas fue enviada para trans portarnos al Palacio. Una
audiencia con el Presidente acostumbra durar alrededor de cinco minutos, dijo el oficial
que nos esperaba en la entrada. No sé cuándo los podrá recibir, pero aquí hay una sala
donde pueden esperar.
En el interior de la enorme antesala había unos cincuenta hombres que esperaban
sentados con sus “attachés" a los pies. Nos sentamos dispuestos a esperar mucho rato,
pero para sorpresa nuestra, la puerta del Presidente se abrió inmediatamente, y se nos
invitó a entrar. No sé cómo me había imaginado antes de ver a Duvalier, cómo era un
dictador. No precisamente a este hombre menudo, con enormes gafas redondas, que se
levantó de detrás de su escritorio para recibimos. En un inglés fluido nos preguntó, si
habíamos tenido una permanencia agradable. Hablamos acerca de las reuniones, la
enorme concurrencia, la fuerza con que el "vudú" se había asentado en el país.
Los cinco minutos se convirtieron en diez y los diez en veinte. Duvalier preguntó
sobre las técnicas de criar ganado y la producción de leche en Estados Unidos y después
de media hora dijo: "Me gustaría escucharlos aún más, pero hay gente afuera esperando".
"Antes de que nos marchemos" le dije a quemarropa, "¿podemos orar por su país y
por su gente, aquí, en esta oficina?".
Todos nosotros inclinamos la cabeza, inclusive el doctor Duvalier y su Estado Mayor.
Los tres componentes de la Fraternidad oramos en voz alta, pedimos las bendiciones del
Señor para los miles de personas que habían acudido a la campaña, personalmente o que
la habían seguido por radio, y por las nuevas vidas que ahora comenzaban. Luego,
alguien le pidió al doctor Duvalier si tenía alguna petición especial por la que desearía que
orásemos.
"Lluvia", dijo sin titubear. "Pídale a Dios que nos mande lluvia".
Nos miramos los unos a los otros sorprendidos, pero bajamos de nuevo nuestras
cabezas. "Señor Dios que has derramado tu Espíritu sobre estos corazones sedientos,
manda lluvia, te rogamos, también sobre esta tierra sedienta."
La reunión final aquella noche fue la menos concurrida de toda la campaña.
La razón era bastante simple. Nadie quería salir al descubierto bajo aquel aguacero
tan fuerte que caía.
CAPÍTULO 11
La cadena de oro
Era el 24 de mayo de 1975: una vez más, Rose y yo subíamos nuevamente abordo
de un avión en el Aeropuerto Internacional de Los Ángeles.
Ninguna multitud vino esta vez a despedirnos, únicamente Steve y su esposa Debra
que nos trajeron. Ni el grupo de preocupados ancianos de la Iglesia Armenia, ni ningún
rostro ansioso. ¿Por qué deberían haber estado?. Durante 24 años que habían
transcurrido desde aquel nuestro primer vuelo. Rose y yo habíamos volado más de cuatro
millones de kilómetros.
Steve y yo intercambiamos palabras acerca del programa de televisión que el tenía
que ir a filmar a Portland, Oregon, para la Fraternidad, mientras estábamos ausentes Rose,
le dio a Debbie un último abrazo, luego marchamos a través del conducto de embarque
hasta la nave aérea. Esta tarde estábamos volando hacia Honolulu en camino de Auckland
donde nuestros dieciséis capítulos de Nueva Zelandia estaban patrocinando una actividad
con una semana de duración que llamaban "Jesús 75”. De acuerdo con el último informe
llegaron tantos miles que hubo necesidad de alquilar el Hipódromo Alexandra Park por
siete noches.
La comida fue servida después de despegar el avión y Rose inclinó su cabeza sobre
la ventanilla para su habitual siesta en el avión. Era una buena oportunidad para que yo
preparase la respuesta a la primera de las preguntas que harían miles de personas:
"¿Qué es la Fraternidad?"
¿Cómo podría responder a una pregunta como esa?. ¿En términos
estadísticos?. Bueno, podría ser verdaderamente in teresante. Tomé una hoja de
papel, un lápiz y anoté.
Años de existencia: 24.
Número de estados en los Estados Unidos que tiene capítulos: 50.
Número de países que tienen capítulos: 52. Número total de capítulos 1.650.
Concurrencia aproximada mensual en la totalidad de capítulos: más de medio
millón de asistentes.
Tasa de crecimiento: un nuevo capítulo cada día.
Sonreí recordando el sueño de mil capítulos de Oral Roberts, que una vez
nos pareció imposible. Muy pronto habríamos doblado el número. Seguí escribiendo:
Circulación mensual de la revista "La Voz": 800.000 copias.
Estaciones de T. V. que transmiten nuestro programa "Las Buenas Nuevas:" 150.
Auditorio visual: cuatro millones. Viajes aéreos: tres al año, desde 1965.
Puse el lápiz sobre la bandeja. ¿Era esta la forma correc ta de describir la
Fraternidad?. ¿Contando cabezas, haciendo lista de actividades?. No, no era la
forma.
Bien, entonces. ¿qué pasa con nuestros distintos ministerios?.
El de sanidad, por ejemplo. Nunca hacemos en la Fraternidad mucho énfasis en la
sanidad por que tiende inmediatamente a ganarse toda la atención. Sin embargo, las
sanidades se presentan siempre. Algunas veces invitamos a algún hombre dotado por el
Espíritu Santo con don de sanidad para llevar a cabo algún servicio especial. Pero muy a
menudo era algún miembro común y corriente que se ocupaba de negocios comunes y
corrientes al que Dios usaba en un momento particular.
Mi don, por ejemplo, era el de ayudar, no sanar. Sin embargo... en mayo de 1961 la
Fraternidad había enviado una gran delegación a la Conferencia Pentecostal Mundial, que
se reunía aquel año en Jerusalén. Que impresión fue recorrer todos aquellos lugares que
conocíamos tan bien a través de la "Biblia", el Monte de los Olivos, la Puerta La Hermosa,
el Estanque de Siloé... casi lamentamos cuando llegó la hora de ir al auditorio. Tres mil
personas asistían a las conferencias, y a Rose le pareció, y también a mí, que todos habían
llegado al vestíbulo a la vez y que intentaban penetrar todos al mismo tiempo el auditorio.
La conferencia fue tan popular que los delegados tuvieron que ponerse un distintivo para
que les permitiesen entrar.
Distinguimos a nuestro amigo Jim Brown, delegado de la Fraternidad de Parkesburg.
Pennsylvania, y juntos permanecimos detrás de todos esperando que la muchedumbre
comenzara a disminuir.
¿De-mos Shak-arr-ian?. La voz era de una mujer, el acento, ruso o polaco. Miré en la
habitación para descubrir quién me llamaba.
¡Ahí está ella!.
Jim señaló. Estaban caminando en dirección a nosotros un hombre y una mujer.
Ella era bajita y gordita, y andaría por ahí en los cincuenta avanzados. El hombre era el
individuo más terriblemente paralítico que jamás había visto. Estaba doblado formando un
siete. Andaba apoyando ambas manos en un bastón y su rostro paralelo al suelo.
¿Me buscaban?, Pregunté a la mujer. No podía ver el rostro del hombre.
Si... Señor Shak-arr-ian. Este hombre necesita ayuda. Explicó ella que lo había
encontrado en un refugio en las afueras de la ciudad. Él le había pedido que ella lo
llevase hasta el auditorio porque había oído decir que Jesús sanaba a la gente allí. Cuando
supieron que todos los asientos estaban ocupados, alguien les había sugerido que
hablasen conmigo.
Mi corazón se dolió al contemplar aquel hombrecillo cubierto de andrajos. Ambos, la
mujer y el hombre eran judíos. Sólo tenía que acordarme de los judíos que habían en la
Fraternidad: hombres como David Rothschild, Presidente de nuestro capítulo de Beverly
Hills, para recordar que Jesús tenía un especial amor por Su "pueblo elegido". ¿Pero, qué
podía hacer yo ahora?. Yo no tenía una influencia especial en aquella reunión.
Y de pronto se me ocurrió una idea. ¿Supongamos que yo le diera a este hombre
mis credenciales para la tarde?. Jim Brown era uno de los oradores de hoy pero yo...
Venga, le dije desabrochándose el distintivo que yo llevaba en la solapa, con ésto usted
podrá entrar.
Me arrodillé en el piso del vestíbulo y me eché hacia atrás, intentando alcanzar la
solapa de la chaqueta del hombrecillo. Al final le aseguré la insignia y estaba a punto de
ponerme de pie cuando escuché una inconfundible voz:
No Demos, no dejes a este hombre. Tienes que orar por su sanidad aquí mismo.
Me sentí turbado, ¿Aquí?. ¿Ahora?. ¿Con el vestíbulo lleno de poderosos
líderes pentecostales de todo el mundo?. Le eché una mirada a Jim Brown, Jim tenía
mucha más experiencia en sanidades que yo, y él...
Tú, Demos, aquí mismo.
Y, así todavía de rodillas, le hablé al oído al hombre: "¿Señor, me permite que ore por
usted ahora mismo?".
Como respuesta el hombrecillo, apoyó su cabeza sobre el bastón y cerró los ojos.
Querido Jesús, oré. Te damos gracias por que Tú hiciste que el cojo saltase de alegría en
estas mismas colinas. Hoy. Señor, otro hombre cojo viene hacia Ti, es uno de tus
escogidos.
Las lágrimas saltaron sobre las nudosas articulaciones y cayeron al suelo. Se
empezó a formar un grupo a nuestro alrededor.
¡En el nombre de Jesucristo, le dije, ponte derecho!. Escuché un chasquido.
Al principio me asuste temiendo que aquel frágil hombrecillo se hubiese roto algún
hueso. Pero el gemido que salía de él, en el momento que levantaba su cabeza y su
espalda unos centímetros, fue de alivio, y no de dolor. Por tal esfuerzo los músculos de
su garganta se cambiaron, se estiró otros centímetros. Hubo otro chasquido. De nuevo él
luchaba como si estuviese atado por invisibles cadenas. Se hacía más alto.
Por si alguno de los que estaban en el vestíbulo no se hubieran dado cuenta de lo
que estaba sucediendo, los gritos de la mujer hicieron volver todas las cabezas hacia
nosotros:
¡Un milagro!. Siguió llorando. ¡Esto es un mi-la-gro!.
El hombrecillo se estiró los últimos centímetros y me miró triunfante a la cara. De
todas partes llegaron coros de gozo y de acción de gracias, en docenas de diferentes
lenguas.
También yo me puse de pie. ¡Me acerqué y tomé el bastón de aquél hombre!. ¡Sólo
con el poder de Dios!, le dije. Y bastante seguro, arrastrando un poco los pies al principio,
comenzó a andar hacia adelante y hacia atrás, con la columna vertebral derecha, y los
hombros rectos.
En lugar del material que había preparado para aquella noche, Jim Brown contó la
historia que había sucedido en el vestíbulo. Ahora no hubo ningún problema para que la
pareja pudiese entrar, y se hallaron sillas para ellos, y también para nosotros, en la
primera fila. Cada tanto, mientras Jim hablaba, el hombrecillo saltaba de su silla.
¡Ese soy yo! gritaba. ¡Ese soy yo!.
Y se ponía a saltar y a danzar y a hacer piruetas hacia arriba y abajo de la sala,
hasta que llegué a temer que llegase a casa curvado de nuevo a causa de tanto ejercicio.
Si, yo podría contar esa historia en Alexandra Park, a pesar de que ahora no fuera
capaz de contarla como lo hiciera entonces. A diferencia de los hombres dotados con el
especifico don de sanidad, yo no había buscado la experiencia, yo no había pasado horas
y días ayunando y preparándome. Ni dejé el extraño poder permanecer en mi más que por
esos escasos momentos, aún cuando la gente necesitada vino hacia mi durante el resto
de la conferencia.
Lo mejor que fui capaz de decirle a la gente de Auckland fue que la sanidad es una
de las funciones normales del Cuerpo de Cristo y que, cualquier miembro puede llevarla a
cabo. Cuando llega este llamado, la clave parece ser la obediencia.
Mire a Rose con sentimiento de culpa, me acurruqué bajo la manta del avión y recordé
cierta noche en Downey.
Nos habíamos metido en la cama, ya era media noche, tiempo de apagar las luces.
Pero por alguna razón Rose se sentía inquieta. Terminó por levantarse, ir hacia la
ventana, volver junto a la cama y se sentó a la orilla. Yo estaba desconcertado;
generalmente me paso la noche despierto y Rose es de las personas que no tarda en
dormirse. ¿Qué pasa, querida?.
Voy a telefonear a Vivían Fuller.
¡Vivían Fuller!. Los Fuller vivían al sur de Nueva Jersey. Herb Fuller era el presidente
de nuestros capítulos de Filadelfia, y creo recordar que la última vez que estuvimos allá, su
esposa tenía dolores en un ojo. ¡pero, llamar a estas horas de la noche!.
"¿Rose, tú sabes qué hora es ahora en Nueva Jersey?, ¡las tres de la mañana!".
Rose suspiró "lo sé", dijo, y estuvo de acuerdo que sería mejor esperar a la mañana. Pero
jamás he visto al Espíritu de Dios inquietar tanto a una persona Rose no consiguió
descansar. Se levantó a cepillarse el pelo. Volvió a meterse en cama Salió a ver si la
estufa se estaba apagando, regreso una vez más, y subió de nuevo para ver si la puerta
estaba bien cerrada.
"¡Por el amor de Dios, querida!". Acabé por decirle. "Haz esa llamada antes de que
hagas un hoyo en la alfombra".
Rose se abalanzó sobre el teléfono, yo me sorprendí al notar la rapidez con que le
respondieron al otro lado de la línea.
Rose escuchó durante unos minutos luego volviéndose hacia mi me dijo "¡Demos
escucha por el otro teléfono!”.
Me dirigí a la parte anterior de la habitación y tomé el auricular.
"Vivían" dijo Rose, "repite a Demos lo que acabas de decirme".
Sin parecer soñolienta o aburrida la señora Fuller me contó que le habían
diagnosticado que su ojo padecía de glaucoma en estado avanzado, y que no respondía
al tratamiento. Sabiendo que estaba quedándose ciega había intentado enfrentarse al
hecho valientemente. Se pasaba las horas intentando transitar por la casa sin tropezar en
los muebles. Aquella noche en particular la depresión estaba siendo insoportable. Vacía,
despierta, sintiéndome abandonada de Dios, abandonada de todo el mundo.
"Por favor, Señor", había orado al final. "Si me amas muéstramelo haciendo que
alguien me llame, ¡ahora mismo, en mitad de la noche!".
Por unos momentos solo escuchó el zumbido del teléfono a distancia.
"Vivían", le dijo Rose. "Dios no solamente me dijo que te llamase sino que me dijo
algo más. Me dijo que ibas a ser curada por completo".
Espero que el respingo que di no fuese transmitido hasta Nueva Jersey. Pero Rose
siguió hablando y recordando a Vivían todas las señales del amor de Dios que habíamos
estado viviendo juntos en la Fraternidad, a través de los años. A continuación oramos los
tres por la completa curación de Vivían y pedimos que toda la sanación comenzara desde
aquel momento. Cuando terminamos era la 1:30 de la mañana en Downey y las 4:30 en
Nueva Jersey.
Algunos días después llamó Vivían. No tengo ninguna noticia concreta que darles,
dijo, pero una hora después de que hablamos la otra noche, algo pareció saltar en el interior
de mi cabeza; no se me ocurre ninguna otra forma de explicarlo. Al día siguiente fui al
especialista. Todo lo que me dijo fue que no había empeoramiento alguno desde la última
visita.
Pocas semanas después recibimos una segunda llamada de Vivían: no sólo la
enfermedad no había avanzado sino que sus ojos parecían estar mejorando.
Pasaron meses y luego nos encontramos, con motivo de una Convención Regional
en el Statier Hilton, en la ciudad de Nueva York. Yo compartí con la multitud reunida en el
Salón de la reunión la historia de Vivían y cómo algunos de los mejores doctores del este le
habían diagnosticado un glaucoma irreversible. "Pero ahora... " Vivían subió los escalones
que la condujeron al micrófono y describió el agonizante progreso de la enfermedad, cómo
cada día, se decía a sí misma, que quizás aquella sería la última vez que veía el rostro de
su marido. Luego habló de cuando la depresión le llegó a su fase más aguda, cuando yacía
en su cama a las tres de la mañana, orando por que alguien la llamase. Narró la historia de
la llamada de Rose y las siguientes visitas al especialista y la feliz noticia de que sus ojos
inexplicablemente habían comenzado a responder al mismo tratamiento que hacía tanto
tiempo que le estaban aplicando. ¡Yo alabo al Señor cada día por mi maravillosa vista!.
Y la obediencia de Rose continuó siendo usada. Aún cuando Vivían estaba hablando,
la gente comenzó a abandonar sus asientos para acercarse a la plataforma; hasta
veintisiete pacientes de glaucoma se reunieron en la plataforma. En una atmósfera
cargada de fe., la entera sala oró por ellos. Seis meses después, siete de estos
veintisiete, concurrieron a la convención en Washington, D.C.. No sabemos nada acerca
de los otros veinte, pero cada uno de estos siete había sido curado por completo.
En cada una de las convenciones se cuentan experiencias similares y algunas más
asombrosas que éstas. Cáncer terminal curado al instante. Un paciente cardíaco que
recibió un nuevo corazón (no sanado sino un corazón nuevo sin trazas de tubos plásticos y
válvulas colocadas anteriormente por medio de cirugía). Un joven muerto por una herida de
bala calibre 38, que se sentó en un hospital de Jackson Ville y pidió agua después de que el
director de la Fraternidad oró por él. Otro hombre al cual un doctor de Sudáfrica le había
dado por muerto, resucitó después de que un grupo de la Fraternidad oró por él y hoy
llevaba con orgullo su certificado de defunción en la bolsa de su pecho. Y en cada caso los
milagros se daban cuando alguien estaba dispuesto a ser obediente, sin importarle lo
ridículo y lo desesperado que pudiera parecer el caso.
Oh... nuestro ministerio era de alcance mundial.
Los números que dió Dios a un grupo de nosotros en oración el pasado diciembre: un
billón, doscientos cincuenta millones de personas que serían alcanzadas en 1975, eran
tan, astronómicos, que nos parecieron irreales. Pero también, la completa era electrónica
que me parecía a mi tan irreal, era precisamente ella la que en agosto estaba cubriendo
las multitudes que jamás se habían oído.
Por el momento el programa radial de, la Fraternidad, se transmite semanalmente en
veintiuna lenguas diferentes, a través de Europa, América del Sur y Asia. En Estados
Unidos, nuestro programa de televisión de media hora semanal "Las Buenas Nuevas"
está entrando en su cuarto año para toda la nación, Canadá, las Bermudas, Australia y
Japón.
Una parte importante de esta actividad esta a cargo de nuestro hijo, Steve, ahora es
nuestro productor ejecutivo. Micrófonos, discos de reloj, cintas filmadas o grabadas
parecen serle tan familiares a él, como extraños a mi. Aun me estremezco cuando
recuerdo mi primer día ante las cámaras. La idea del programa "Las Buenas Nuevas" era
que otros nombres hablasen de sus experiencias, del mismo modo como yo lo hacía en
las reuniones de la Fraternidad. Me parecía bastante sencillo, y como el tiempo en un
estudio de televisión era tan caro, esperábamos filmar los trece primeros programas de
media hora en una semana.
Cuando entré en la cabina de sonido, vi aquellos cables y cámaras y los hombres con
los cronómetros, me quedé plantado como una vaca ante un cepo que no es el suyo. Los
directores del guión me ordenaban: Párese aquí. Siéntese allá. Ahora vuelva la cabeza.
Cuando se encendieron las luces a las siete de la mañana, comencé a sudar; al medio día
parecía como si hubiéramos estado filmando en una bañera.
Lo peor de todo fue el monitor que mostraba en una pequeña caja adherida a las
cámaras, las líneas de mi discurso. Yo distorsioné las palabras, le di vueltas a las frases,
hasta que las pobres personas a quienes iba a entrevistar se hallaron tan confundidas
como yo. Después de dos semanas de filmación, había perdido el entusiasmo por el
proyecto entero y diez kilos de peso. Desesperado, me dirigí al productor de aquella
original serie. Dick Mann "No usemos el guión", le supliqué "déjeme que yo solo hable a la
gente".
"Usted no puede hacer eso en televisión", me explicó Dick pacientemente. "El tiempo
se tiene que calcular al segundo, y los camarógrafos tienen que saber de antemano
cuando deben hacer determinadas tomas". Y, por supuesto, prevaleció su experiencia
hasta que llegaron las pruebas. Estas mostraban a un hombre mecánico, de ojos estáticos
y un rostro de madera.
Las siguientes series las hicimos al estilo aficionado. Sin guión ni ensayos,
solamente oramos antes de empezar, oramos durante la filmación y oramos al terminar.
Me olvidé de las técnicas de producción y me concentré en el hombre que me acompañaba.
Todos notamos al instante el cambio y el flujo del Espíritu de Dios en el estudio. Las
cámaras dejaron de trabarse, la gente llegó a tiempo y las cuatro entrevistas de
media hora formaban un perfecto equilibrio, Dick Mann no podía creerlo: cada vez que me
daba la señal y decía "un minuto para entrar”, yo terminaba precisamente sesenta
segundos después.
Sucedieron aún cosas más difíciles de explicar. Una vez estábamos filmando en
Puerto Rico. Se trataba de dieciocho historias seleccionadas por el capítulo de ese
país. Teníamos que ceñirnos a un programa muy rígido por que teníamos que hacer
todas las tomas con luz diurna.. . ¡Y estaba lloviendo!.
Por la tarde, yo tenía que entrevistar a un hombre que había sido sanado de
lepra, y estaba cayendo un regular diluvio en aquel momento. Los camarógrafos
cubrieron las cámaras con papel impermeable, y nos sentamos a ver cómo caía la
lluvia. Rogelio Parilla llegó, y estreché la mano que me tendía. Al principio, creí que
se trataba del gozo de sus ojos que me hacía ver el día mas claro; luego me di
cuenta que un rayo de sol estaba atravesando las nubes. El personal destacó las
cámaras, y Rogelio y la señora que lo acompañaba como Intér prete, se colocaron
frente a las cámaras.
A través de Sally Olsen describió lo que había representa do para él, a los
nueve años, saber que era leproso. La agonía física de la enfermedad era más
soportable que tener que separarse de su familia, y verse encerrado en un campo
de aislamiento. Hasta entonces él nunca había visto a un leproso: ahora se veía
obligado a vivir entre gente cuyo aspecto lo horrorizaba. Y lo peor estaba aún por
venir. Después de pocos años él era el que estaba más desfigurado de todos
ellos, cubierto de llagas malignas, de tal suerte que incluso los demás lepro sos lo
evitaban, y tenía que comer solo.
Luego, un día, cuando tenía veintidós años, un grupo de cristianos visitó la colonia de
leprosos y, por primera vez, escuchó el mensaje de Jesús. Esto transformó a Rogelio, de
un hombre miserable y abatido, sin esperanzas, en un ser lleno de gozo y amor. Por aquel
entonces, la enfermedad había roído sus cuerdas vocales y comenzó a pedirle a Dios que
le devolviese la voz para poder decir a los demás la nueva vida que había encontrado.
Un tiempo después oyó hablar de un servicio de sanación que tenían en la Iglesia
Pentecostal de Río Piedras. Una indescriptible esperanza comenzó a crecer en él. Pidió a
las autoridades del campamento que le diesen una autorización especial para dejar el
campo, y acudió al servicio: se sentó en la pared del fondo alejado de los demás
asistentes. Cuando se formó la cola de los que deseaban ser sanados esperó a que todos
los demás hubiesen pasado. Y cuando lo hizo, la desesperación lo acometió. La sanidad
se llevaba a cabo imponiendo las manos sobre la cabeza. Ningún hombre querría tocar a
un leproso.
Al fin, el altar quedó vacío, Rogelio corrió hacia adelante y se inclino, el pastor Torres
bajó los peldaños, y colocó ambas manos sobre su cabeza. Luego. las puso sobre su
rostro, sus hombros, su espalda, puso sus brazos a su alrededor y lo abrazó, y en aquel
momento Rogelio supo que había sido senado.
Esto sucedía muchas semanas antes de que los doctores pudieran creer lo que veían,
que Rogelio Parilla ya no era un caso de lepra positivo. Al final, le dejaron ir, y a lo largo
de veinticinco años había estado predicando por todo Puerto Rico. Dios le ha dado no
solamente una hermosa voz, sino además un hermoso don para el canto. Los músicos que
vinieron con él se pusieron a tono con él y Rogelio, con un airoso ritmo de calipso cantó
para la gloria de Dios.
La última nota moría en su garganta cuando el sol desapareció. Los músicos y los
camarógrafos apenas tuvieron tiempo de poner sus equipos a cubierto cuando una fuerte
lluvia volvió a caer del cielo.
Luego contamos esta experiencia en la reunión del capítulo de San Juan esa noche.
¿No fue maravilloso que la tormenta cesase tan a tiempo a la hora de comenzar a filmar?.
Rostros perplejos se miraban una y otra vez. En ninguna parte en todo San Juan, según
parecía, había cesado de llover ni tan sólo por unos minutos...
Esta es la forma como preparamos los programas de la televisión por tres años; sin
guiones, sin ensayos, confiando solamente en el Espíritu Santo. Los programas no serían
de primera clase. Pero llevaban consigo tanta sinceridad que llegaban al corazón de la
gente.
Cada estación deba un número de teléfono local para que los televidentes
interesados en recibir más información pudieran ponerse en contacto con alguien del
capítulo más cercano. Yo tenía el número de llamadas que íbamos recibiendo y éstas
provenían de toda la nación. Atientas me incline para tomar mi portafolio que estaba debajo
del asiento de adelante.
Ahora Rose se había despertado, y estaba mirando con curiosidad las cifras que yo
había estado anotando ¿Qué significa "T. V. 13-3"? Me preguntó.
Trece programas en tres días, le respondí. Es el tiempo normal que hemos dedicado
a las filmaciones por ahora. Y hasta el momento no hemos tenido que repetir más que una
toma dos voces.
Estoy intentando saber con seguridad, le dije, cuánta gente llama después de cada
programa.
Yo creo, Demos, dijo Rose después de un rato, que el número de gente que llame es
menos interesante que lo que suceda. Es más importante un sólo hombre y cómo cambió.
Un sólo hombre, pero, ¿cuál entre los miles de historias que vamos a contar?. Dejé
vagar mi mente a través del país, de Puerto Rico, hacia el este. A la costa este. Hacia el
medio oeste. A través de las montañas, hacia California. Y más allá, a la parte opuesta de la
nación, a Hawai. Y pensé en Harold Shirakl.
Harold fue la primera persona que llamó al número de la televisión en Honolulú,
después de que el programa se presentó, en septiembre de 1972. No había tenido la menor
intención de sintonizarlo aquel domingo por la mañana. Lo que Harold tenía intención de
hacer, era algo muy diferente.
Harold había nacido en una pequeña granja donde se cultivaba café en Kona en las
islas Hawai, el sexto entre dieciséis hermanos. En la mejor tradición japonesa se le había
enseñado a trabajar duramente, a tener consideración de los demás y a respetar la
autoridad.
El padre de Harold padecía de "parkinson" y cuando estuvo ya demasiado enfermo
para trabajar, los hijos mayores dejaron los estudios para poder sostener a la familia.
Como ellos trabajaban horas extras cada día, Harold pudo continuar su educación, y fue el
primero de la familia que se graduó en la escuela secundaria.
Después de ésto, Harold trabajó para que sus hermanos menores tuviesen la misma
oportunidad que él. Se levantaba cada día a las cuatro de la madrugada, se vestía a la luz
de una lámpara de kerosene y caminaba varios kilómetros hasta cualquier granja cafetera
que necesitase peones. Solamente cuando todos sus hubieron terminado la
escuela secundaria, se pudo casar para formar su propia familia.
Para entonces, Harold se había trasladado a Honolulú; trabajó primero en el muelle,
descargando buques; luego, como mozo de un almacén de comestibles, finalmente, puso un
negocio propio. La sana costumbre de Harold de trabajar duro le dio su recompensa; por
ahí de la década de los setenta ya había conseguido ahorrar una buena suma de dinero.
Pero más tarde lo perdió casi todo. Se lo quitaron suavemente, con sonrisas, los
hombres en. quienes había confiado. Cuando se dio cuenta de lo que había sucedido, la
fe que había adquirido toda su vida, se derrumbó.
Él había confiado en el esfuerzo humano y en la decencia, pero no en Dios.
Nominalmente, la familia de Harold era budista, pero, como sucedía a mucha gente de las
islas, creían en muchos dioses y espíritus. Uno de ellos, Odaisan, tenía una influencia
particular en ellos. Había una pequeña imagen de piedra de este espíritu en el templo
japonés de Kona, y la familia le consultaba casi todas sus decisiones. Cuando ese dios le
concedía un favor, la imagen se podía alzar con facilidad. Cuando apenas podían mover la
imagen. la respuesta era negativa.
Con el pasar de los años, Harold llego a desilusionarse de estas creencias
tradicionales, especialmente cuando veía la forma en que ataban a su familia. Su anciana
madre, ahora viuda, vivía toda su vida aterrada por miedo a ofender a un dios o a otro.
Cuando se trasladó a Honolulú. Harold se unió a la iglesia episcopal por que parecía
ofrecerle la libertad de todos sus temores. Había intentado conducir a su madre a que
aceptase el cristianismo también, pero ella explicó que también Jesús era uno de los
dioses a quien ella oraba. Pero según ella, el principal interés de Jesús se centraba en la
gente blanca. Cada una de sus imágenes y cuadros, explicaba ella, lo representaban con
barba, prueba evidente de que muy poco podía interesarse por los orientales.
Ahora, con la pérdida de su dinero. Harold se dirigió al pastor de su iglesia. El
clérigo lo escuchó con simpatía, estuvo de acuerdo en que le habían hecho una gran
injusticia. Pero no lo aconsejó que denunciase el caso al juzgado. Estas cosas
pasan todos los días en el mundo de los negocios y no hay nada que podamos
hacer ni tú ni yo. Intenta olvidarlo.
Pero ésto fue precisamente lo que Harold no consiguió. Dejó de comer, dejó de
ver a sus amigos, se sentaba solo en la sala al atardecer mientras caía la noche,
sentía que el odio crecía en su interior. Honestidad, sacrificio, largas horas de
trabajo, si todo ésto no lo conducía a ninguna parte, ¿cuál era la meta de la vida?.
La muerte sería mil veces mejor. Los muertos podían dormir. A los muertos nadie los
engaña ni les roba.
Harold tenía un amigo que tenía una pistola, pero él no iba a morir solo, Antes
de suicidarse, se llevaría por delante a otros dos hombres. Tres, si el pudiera
hacerlo antes de que pudieran pararlo.
La idea fue creciendo en su interior hasta convertirse en una obsesión, hasta
convertirse en la única idea que llenaba su cerebro. Escogió el día: un domingo.
Tenía que ser un domingo, porque así podría decir a sus amigos que iba de
cacería. Un domingo de septiembre, tan pronto corno se abriese la es tación de
caza.
Llegó el domingo escogido por Harold. Su esposa le pidió nuevamente que fuese a
la iglesia, Harold no había vuelto a la iglesia después de su conversación con el
pastor. Harold sólo movió la cabeza.
“Por lo menos, pon la televisión", le suplicó ella, “Mira el partido de fútbol".
Aquella extraña indiferencia a todo, la estaba alarmando.
Harold hizo un movimiento de cabeza; luego miró a su esposa con expresión adusta.
Ella nunca pudo sospechar lo que se proponía hacer. En absoluto. Ella presionó el botón
del televisor. Se quedó mirando el partido, hasta que dejó de preocuparse, y se marchó a la
iglesia. El le echó un vistazo a su reloj: las 10:35. Los juegos de la tarde ya debían haber
comenzado, allá en el continente. El lo cambió al canal cuatro.
Había dos hombres hablando juntos. Uno era blanco, el otro, él no estaba seguro:
polinesio, probablemente (Yo me reí entre dientes al recordarlo: cuantas veces había
orado al Señor por este curioso tipo de mi rostro armenio. Los judíos me tomaban por
Judío, los árabes por árabe, en América Latina me hablaban en español, en el este me
tomaban por indio. Y ahora, en Honolulú, me tomaban por ¡hawaiano!).
En su tenso estado mental Harold no pudo seguir lo que los dos hombres estaban
hablando. Estaba inclinado hacia adelante en su silla, como si aún fuera a encender el
televisor, sólo miró sus rostros. Eran las personas con los rostros mas felices que él
recordaba haber visto.
Intentó concentrarse en las palabras, pero sus pensamientos eran un torbellino
en acción. De modo que siguió mirando y mientras lo hacía una extraña paz reinó en la
pequeña habitación en que se encontraba. Amor, armonía, esperanza: al mismo tiempo que
pensaba en esas palabras, un sentimiento de paz y perdón parecía fluir del mismo
aparato de televisión.
Al final del programa apareció un número de teléfono en la pantalla. Todavía sentado
sobre el asiento acojinado en su silla donde estaba desde que apareció la imagen en la
pantalla, Harold repitió el número para si.
Unos minutos después estaba hablando con Roy Hitchcock, miembro de
nuestro capítulo de Honolulú escuchando palabras demasiado hermosas para creerlas"
Jesús conoce todos los detalles de tu situación... Jesús es la respuesta... Jesús te ama".
Hoy en día Harold es un líder, no solamente en su iglesia episcopal, sino también en
los programas de la Fraternidad en todas las islas. Nunca recuperó su dinero, pero en la
Fraternidad lo ayudaron a librarse del peso del resentimiento y de la rabia y a convertirse
en una persona en victoria, No solamente él ha iniciado una refrescante renovación de si
mismo, sino que ha ayudado a centenares de otras personas a renovarse.
Entre las primeras personas a quienes ayudó, se encontró su anciana madre, de
ochenta y un años. Al ver el cambio de su hijo, se dio cuenta de que había un poder
mayor que el de los espíritu que la habían aprisionado por tanto tiempo. Ella y otros
miembros de su familia hicieron un montón con las numerosas imágenes y altares que
tenían en su casa y los quemaron en el patio de una iglesia. La madre de Harold murió en
1973, como una serena y radiante cristiana.
Experiencias como éstas eran las que me confirmaban que el papel de la televisión
era decisivo en la visión que yo había tenido de un mundo que despertaba a la vida. Lo
mismo sucedía con los modernos y maravillosos viajes en "jet". Hice análisis de los países
adonde nuestras misiones aéreas de "buenas nuevas" nos habían llevado: Inglaterra,
Suecia, Noruega, Francia, Italia, Japón, Filipinas, Vietnam, India, más de cincuenta. En la
mayoría de ellos, después de semanas de reuniones y campañas, algo más importante
había quedado, un capítulo local; a menudo varios, como centros de la continuación de la
actividad laica.
En otros países, tales como Finlandia. Estonia. Yugoslavia, sólo pudimos orar y
esperar efectos a largo plazo. Pienso en la primera visita a un país comunista, y la
resolución que nació en mí.
Fue en Cuba, después de la toma del poder por Castro y nuestro grupo estaba
hospedado en el Habana Hilton, rebautizado ahora con el nombre de Cuba Libre.
Castro había hecho del hotel su cuartel general, y el lugar hervía de soldados armados,
pero nunca conseguimos verlo de cerca o saber si estaba allí o no. Una mañana,
alrededor de las dos de la mañana, me estaba metiendo en la cama y de pronto supe que si
me vestía y bajaba al restaurante por el ascensor, me encontraría cara a cara con Fidel
Castro. Había tenido ya muchas experiencias con los avisos del Espíritu Santo, para
poner a cuestionar estos inexplicables chispazos de conocimiento, de modo que tan de
prisa como pude, me vestí de nuevo.
Rose abrió los ojos: "¿A dónde vas?". "Abajo a encontrarme con Castro ".
También Rose estaba acostumbrada a estos avisos del Espíritu. "Eso es
interesante", dijo, con voz soñolienta.
Abajo en el restaurante, los únicos clientes era un grupo de soldados jóvenes, de
quince a dieciséis años, según me pareció, sentados ante el mostrador bebiendo jugo de
naranja. "Pocos años antes", me dijo el camarero, "el lugar estaría atestado de gente a
estas horas: norteamericanos, me dijo pensativo. . ., del casino."
Señaló con un gesto hacia arriba, en dirección a las ahora desiertas mesas de juego,
del "mezzanine". "A ellos no les importaba cuánto dinero gastaban."
Escribió mi orden de una copa de helados y se dirigió a la cocina con un suspiro.
Cuando regresó con el helado, limpió la mesa, pareciendo contento de la oportunidad de
poder hablar. El léxico español cubano era diferente de la variedad mexicana que yo había
aprendido, pero nos pudimos entender sin dificultad.
"Cuando el Primer Ministro Castro venga esta noche", le dije, ¿quiere decirle que soy
un productor de leche de California, y que me gustaría hablar con él?.
"¿Esta noche?".
Preguntó extrañado el camarero. "¡Esta noche no vendrá!. Nunca viene tan tarde".
Terminé mi helado. "El vendrá esta noche". El camarero me miro. "¿Alguien le dijo
que él vendría?". Pensé por un minuto. "Sí", dije "alguien me lo dijo".
El meneó su cabeza. "¡Imposible!", dijo "nunca viene después de las diez".
Y comenzaba a parecerme que el camarero tenía razón. Pasaron otros cinco
minutos, y diez más. Los jóvenes soldados se marcharon. Tomé la factura y fui a la caja
para pagar mi cuenta. El cajero estaba contando el dinero cuando, de repente, se oyó el
taconeo de botas en el pasillo, y a través de la puerta aparecieron dieciocho o veinte
hombres con negras barbas y uniformes color verde olivo, algunos de ellos llevaban rifles,
otros portaban ametralladoras americanas; en medio del grupo estaba Fidel Castro.
Castro se sentó a la mesa y pidió un filete mientras los guardaespaldas se
acomodaron por diversos puntos de la habitación. No viendo otro a quien vigilar me
miraron a mí. Vi al camarero inclinarse y hablar con Castro. También el me miró por un
momento. Luego, con el dedo, me hizo señal de que me acercase.
Me senté a su derecha, consciente de las armas que me seguían por toda la
habitación. Castro me hizo un sin fin de preguntas acerca de la producción de leche en
California, y pareció decepcionado por que no le permití que me invitase a un filete.
"Cuando yo vaya a visitarlo, dijo, me beberé cuatro litros de leche".
Por toda la habitación los hombres barbudos soltaron la risa. Para alivio mío bajaron
las armas, y algunos encendieron cigarrillos. Ya había conocido al líder revolucionario
solamente a través de sus inacabables discursos y me sorprendió encontrar en él a una
persona atenta y cuidadosa para escuchar. ¿Y qué le trae a Cuba?, me preguntó al poco
rato.
Le dije que un grupo de nosotros habíamos venido aquí para hacer conocer a los
cubanos, de nuestros mismos campos de labor y contarles lo que el Espíritu Santo estaba
haciendo en medio de gentes como ellos en otros países.
De nuevo, para sorpresa mía, pareció genuinamente interesado. Me dijo que una vez
había estado en el hospital en Brownsville, Texas. "Cada semana salían dos hombres en
la televisión. Uno era Billy Graham y el otro Oral Roberts. A mí me parecieron hombres
honestos que decían cosas honestas".
Estuvimos hablando por espacio de unos treinta y cinco minutos, cuando un
americano, muy enfadado y muy borracho se acercó a la mesa. “¿Alguna vez ustedes
contestan cartas? preguntó. ¡Hace tres meses que estoy esperando recibir una respuesta
de este llamado gobierno!".
No pude entender mucho de lo que estaba diciendo pero creí comprender que era el
dueño de un club nocturno que había sido cerrado por el gobierno revolucionario. Yo estaba
asombrado del atrevimiento de este hombre en una habitación llena de soldados, pero él,
aparentemente estaba demasiado preocupado con sus problemas para notario. "Ustedes
también están perdiendo dinero". le dijo a Castro. "¡No lo olvide!. ¡Yo estaba trayendo
buenos negocios para acá!".
El rostro de Castro se iba tornando mas gris verdoso que su uniforme ¿Buenos
negocios?, dijo éste. ¿Así lo llama usted?. ¿Juego y prostitutas?. ¿Eso era todo lo que les
interesaba a ustedes en este país?".
Intenté mirar a los ojos de aquel hombre, seguramente uno no podía estar tan borracho,
tan ensimismado, que no advirtiese el grito en esta pregunta. ¿Te importó alguna vez?.
¿Nos conociste a nosotros alguna vez?.
Pero aquel hombre no oía. "¡No me enseñe moral!" dijo. Los cubanos tenían mucha
parte en mis negocios ¿Por qué cada vez.?"...
Castro se puso de pie, dejando la cena a medio terminar. Estaba ya a mitad de
camino de la puerta seguido por sus soldados, cuando se volvió, regresó y me tendió la
mano.
Me alegro de que haya venido, dijo, deseo ...
Su rostro todavía seguía grisáceo, y no terminó la frase. Un minuto después todos se
habían marchado, el dueño del club nocturno detrás de ellos, siguiéndoles, todavía
protestando, y yo me quedé solo en la mesa, miré mi reloj. Las tres y cinco.
Deseo... Deseo que vengan más hombres como usted a orar, en vez de venir a
Cuba a apostar.
Qué habría pasado si hubiera sido así, me preguntaba, mientras el ascensor me
llevaba hacia arriba. ¿Cómo sería el mundo hoy en día si los millones de viajeros
americanos hubieran ido por el mundo llevando el amor de Dios a la gente que visitaban?.
"¿Y si lo hicieran ahora...?".
Desde aquella noche en adelante ésta fue mi plegaria, en todos los lugares en donde
me he encontrado con capítulos de la Fraternidad. ¡Adelante!. ¡Llevad las buenas nuevas!.
¡Viajad para Dios!. ¡Ayudad a cambiar la imagen de los viajeros que el mundo ve muy a
menudo!.
Y nuestros hombres han ido; han ido como personas que han recibido la confianza y
la fidelidad de otros lugares y otros tiempos, y han regresado a pagar un poquito de
nuestra deuda.
Recordé un septiembre por la noche, en 1966, en Moscú, siete años después de mi
visita a Cuba, cuando tuve la oportunidad de contarles, a dos mil doscientas personas que
se habían reunido en la iglesia bautista, la historia de los pentecostales rusos que cruzaron las
montañas para llegar a Armenia, en sus carromatos cubiertos. Dos mil doscientas
personas se levantaron de sus asientos, y elevaron sus manos al cielo, lloraron de gozo,
mientras el Espíritu de Dios, barría la reunión.
Al día siguiente tuve la segunda oportunidad de grabar la misma historia para Radio
Moscú: para agradecer al pueblo ruso desde el fondo de mi corazón por traernos ese
indecible regalo de Dios.
Bajé el respaldo de mi asiento unos centímetros y cerré los ojos. Hombres de todo el
mundo que despertaban de la muerte a la vida, sí, ésto es la Fraternidad.
Y ésto es lo que había visto en nuestra sala de Downey. ¿Qué más me había
mostrado la visión?. Hombres volviendo a la vida, no solamente para Dios, sino para los
unos con los otros. Hombres que habían estado aislados, ahora juntándose,
descubriéndose unos a otros. Esto también es la Fraternidad.
Para la sesión de apertura en las convenciones ahora nos gustaba pedir a los
presentes que levantasen sus manos: ¿Cuántos episcopales, aquí esta noche?. ¿Cuántos
presbiterianos?. ¿Cuántos bautistas?. La parte más importante para mi no era la
respuesta a cada pregunta, sino que cada vez se alzaban manos por todo el salón
Católicos sentados con metodistas, cuáqueros junto a adventistas del séptimo día, de
modo que cuando el Espíritu desciende en las reuniones, los hermanos se abrazan a
pesar de que podían pertenecer a iglesias que no se han hablado por centurias.
Las razas juntándose. Las cosas están cambiando ahora, pero allá por los años
cincuenta existía segregación racial en muchas partes del país. Recordé los preparativos
para una convención mundial en Atlanta. Habíamos alquilado el salón de baile en un hotel
del centro de la ciudad, se había reservado más de mil habitaciones para cinco noches,
reservado el tiempo en una radio, impreso formularios para el registro, todos los detalles
bien sincronizados, necesarios para reunir a un gran grupo de gente. Y luego, como un
mes antes de la convención, el hotel descubrió que estábamos esperando, como siempre, a
un buen números de hombres de negocios negros. Bueno, ellos iban a hacer un arreglo
que ellos llamaban de "acomodamiento idéntico". Las reuniones podrían ser seguidas en
un lujoso salón privado por medio de televisión en circuito cerrado.
Tomo cerca de un millón de llamadas telefónicas para llevar la convención a Denver.
Y notamos allí algo curioso. La participación de hombres de negocios negros no fue
solamente grande, sino mucho más grande de lo que se esperaba. Finalmente el dueño
de un almacén de ropa de Atlanta nos dio una luz sobre esto. "Mis amigos me han estado
preguntando durante meses por qué yo voy a ese desayuno de oración de hombres
blancos. Pero cuando ellos oyeron lo que pasó en el hotel, yo tuve que alquilar un autobús
para llevar a toda la gente que quería ir conmigo". (En el verano de 1973, incidentalmente
tuvimos una convención regional en el Hayatt House de Atlanta y cada noche estuvieron
indistintamente juntos, 1500 personas blancas y negras.)
Las diferentes generaciones se han juntado. Bajo el liderazgo de Richard y su
bellísima esposa, Evangeline, había ahora un programa lleno de juventud en cada
convención muchas veces en un pasillo de un hotel pasé junto a un joven con su pelo largo
y a un hombre de mediana edad bien vestido, con lágrimas de reconciliación, uno llorando
sobre el hombro del otro.
Gente con toda clase de antecedentes juntándose. Negros y blancos reuniéndose en
muchos de nuestros capítulos en Sudáfrica. Protestantes y católicos pidiéndose perdón
unos a otros, abrazándose con gozo en nuestros capítulos en Belfast, Irlanda.
La gente tumbando los muros que se habían levantado entre nosotros y los otros.
Recuerdo a una mujer que literalmente tenía que tener un muro entre ella y el resto del
mundo, antes de poderse sentir tranquila. Sarah Elías, pianista, había estudiado con
Julliard, en Nueva York, y cantaba bajo la dirección de Leopold Stokowski. Viéndola tan
alta, imponente, nadie hubiera creído que tenía problema alguno en su vida. De modo que
cuando ella especificó "habitación simple”, en una convención regional en Indianapolis,
nadie hubiera soñado en el tormentoso temor que toda su vida había sufrido, y que ahora
escondía tras esta petición.
Cuando llegó la ocasión de la convención, fueron necesarias todas las camas del
hotel para acomodar la multitud que esperaba acudir aquel fin de semana de mayo en
1972. Lo lamento, le dijo el recepcionista, hemos tenido que acomodarla en una habitación
doble. El empleado revisó la lista. La otra dama es la Hermana Francis Clare, de la
Escuela Hermanas de Nuestra Señora. Estoy seguro de que disfrutará de su compañía".
Sarah Elías estaba segura de que no sería así. Educada por personas que le habían
enseñado un tipo particular de santidad, en una pequeña ciudad al oeste de
Pennsylvania; le habían enseñado a desconfiar de las monjas, en general. Pero su
problema real provenía de su trágica niñez. Desde el tiempo en que su padre disparó y
mató a su mamá, cuando ella era una niñita, durante sus años en un orfanato, hasta
cuando la familia que la adoptó la desheredo, ella había aprendido que la gente la
rechazaría. Y ella, a su vez, en donde no fuera su lugar de trabajo, rechazaba a la gente, la
apartaba de su vida y levantaba un muro entre ella y el mundo.
Nadie, como digo, sabía nada de ella hasta que aquel día penetró apresuradamente
a la habitación que creía vacía y halló en ella a la otra mujer. Y la hermana Francis Ciare,
una cristiana inteligente y amable, que tenia el ministerio especial de sanar recuerdo, pidió
si podía orar por Sarah. Toda aquella amargura desapareció, y las horas que siguieron, el
temor, el resentimiento y la amargura pasaron, dando paso al amor y a la aceptación de
Dios.
Cuando yo ví a Sarah aquella noche, su rostro estaba tan transfigurado que le pedí
que pasara frente al micrófono y nos dijera qué le había sucedido. Después de eso se
sentó al piano. Cuando terminó, la convención entera se puso de pie y la estuvo
aplaudiendo hasta que volvió a tocar. Le dedicaron cuatro ovaciones de pie, y al final
todos nosotros supimos que el mismo Espíritu había tocado el piano para nosotros
aquella noche.
Sarah Elías pertenecía a aquella categoría de gente a quienes la Fraternidad estaba
ayudando: a mujeres de negocios y profesionales. Al principio yo estaba tan preocupado
por los hombres que habían perdido interés en la vida, que no me daba cuenta de alguien
más. Las mujeres, en los primeros años de la Fraternidad, y había muchas, eran
generalmente las esposas de dichos hombres, cristianas ellas mismas, que buscaban la
forma de alcanzar a sus maridos.
Luego, a medida que la Fraternidad fue siendo más conocida, un nuevo grupo de
mujeres apareció, tanto casadas como solteras, jóvenes como de más edad; eran personas
que trabajaban y que como los hombres, se sentían apartadas de los programas
tradicionales de las iglesias, de los círculos de costura, ventas de artículos, el café
matutino, estaban tan aparte de las actividades de las profesionales: doctoras, maestras,
trabajadoras de oficina, como estaban para mí. Ahora tenemos mujeres abogados,
actrices, trabajadoras de fábricas que asisten a nuestras reuniones. "Vendedoras", escribí
en un papel, "Enfermeras", "Periodistas".
"¿Demos?"
Rose me estaba codeando y yo miré hacía arriba y vi a la azafata de pie con una
bandeja de bocadillos. Estaríamos en Honolulú dentro de poco; ya era cosa de una hora.
"Azafatas..." añadí a las notas que tenía frente a mi. Hubo cinco o seis en la última
convención. Releí las páginas manuscritas. Me había extendido por todo el mundo de mil
formas diferentes, a toda clase de gente. ¿Sería este un fiel retrato de la Fraternidad?.
¿Qué es lo que había dicho Rose?. Habla de un individuo lo que él había cambiado.
Era cierto, pues todas las estadísticas del mundo no podían sobrepasar a la maravilla de
una sola vida renovada por el Espíritu.
Pero, ¿por dónde podía empezar?, ¿o detenerme?. Cuando conté la fabulosa historia
de George Otis, o de Walter Black, o del General Ralph Haines, me faltó tiempo y tuve que
dejar afuera la igualmente estupenda historia de Jim Watt, de Otto Kundert, o de Don
Locke.
Había un millón de historias ahora en la Fraternidad cada una de ellas más hermosa
que la otra, cada una era única a pesar de que a la vez estuviese ligada a las demás por
una cadena de oro.
Cada una ligada...
Por qué no explicar la historia de una tal unión, de una bella continuidad de la reacción
en cadena que es la Fraternidad de Hombres de Negocios del Evangelio Completo...
Era viernes por la mañana a principios de los años sesenta, cuando recibí una
llamada telefónica de un hombre joven que me dijo que nos habíamos encontrado
recientemente en la convención de la Fraternidad en Oklahoma. Señor Shakarian, dijo el
joven, me gustaría que pudiese hablar con mi tío. Creo que está preparado para conocer
al Señor.
¿Quién es su tío?.
Shannon Vandruff.
El nombre me sonaba vagamente familiar. ¿Dónde vive?.
Me dio una dirección en una parte elegante de la ciudad de Downey.
¿En qué se ocupa?, le pregunté, ligeramente nervioso.
Es un constructor. ¿Ha oído hablar de las “Cinderella Homes”?. Esa es su compañía.
Bueno mi primer pensamiento fue que jamás conseguiría hablar con él. Todos nosotros
conocíamos "Cinderella Homes". Era una empresa muy, muy grande e importante.
Pero, por lo menos, prometí que llamaría a Shannon Vandruff y al día siguiente,
sábado, lo hice. Muy lejos de ser un hombre lleno de prisa. Shannon demostró ser una
persona, de agradable trato. Y su sobrino tenía razón: Shannon estaba predispuesto a
escuchar las buenas nuevas de Jesús. El y su esposa. Veta, nos invitaron a Rose y a mi
aquella misma noche a su estupenda casa por el campo de golf. Mas adelante fue con
nosotros a una convención de la Fraternidad en Phoenix, Arizona, donde ambos recibieron el
bautismo en el Espíritu Santo.
Ahora un nuevo hombre estaba en esta reacción en cadena. El doctor Ray Charles
Jarman era el pastor de la gran iglesia de South Gate, California, donde los Vandruff
habían asistido durante catorce años. Bajo la brillante dialéctica del doctor Jarman se
había convertido en una institución de un millón de dólares, con asientos tapizados,
gruesas alfombras, aire acondicionado, estatuas de mármol importado. El doctor Jarman
tenía además un programa de radio diario que era una fuerza en la vida intelectual del sur
de California.
La única cosa que los Vandruff nunca le habían "escuchado" a él era predicar a
Cristo. Como tantos bien educados ministros, él había cesado, hacía ya mucho tiempo de
creer en la divinidad de Jesucristo, en sus milagros, y otros conceptos "pre-científicos". Pero
era un pastor responsable, que deseaba dar a su congregación algo real y verdadero.
Por eso, durante cincuenta años buscó esta evasiva realidad. Buscó en la ciencia
religiosa, pensamiento nuevo, unidad cristiana, ciencia cristiana. Halló que su vida estaba
cada vez más vacía, se volvió hacía las religiones orientales, estudio durante tres años bajo
Paramahansa Yogananda, entre otras. Fue tras el rosacrucismo y, finalmente, fue tras la
teosofía.
En 1961, antes de que las drogas se declarasen ilegales, entró en una clínica de San
Francisco donde pagó a una enfermera, a un doctor y a un psiquiatra, para que estuviese
en su compañía durante su experimento de veinticuatro horas con el L.S.D. Lejos de
procurarle una revelación de Dios le produjo pesadillas que le persiguieron durante
muchos meses.
Mientras tanto, después de su conversión Shannon Vandruff siguió una tranquila
campaña para llevar a Jarman a una reunión de la Fraternidad. El erudito ministro
demostró su más absoluto desinterés. Por casi cuatro años Shannon perseveró. Jarman
llegaba al lugar y le disgustaba ver venir al hombre.
Por fin un amigo mutuo invitó a Jarman a una velada de música cristiana y de la
Fraternidad en casa de los Vandruff.
Con un encogimiento de hombros, el Dr. Jarman accedió. ¿Qué tenía que perder?.
Sería un experimento más.
Quién sabe cómo, pero en agosto de 1965 Ray Charles Jarman llegó a casa de los
Vandruff con tres personas de su iglesia. La enorme sala de los Vandruff estaba tan
concurrida, que resultaba difícil hallar un lugar en ella. Jarman notó una alegría radiante en
estas personas como si asistieran a un "cocktail" y ésto le llamó la atención y le molestó a
la vez. Si no hubiera traído gente consigo se hubiera marchado al momento.
Y mientras transcurría la velada, Jarman se sentía más y más incómodo; hubo
cantos, oración: después siguieron testimonios, todo ello coronado por un "Gloria a Dios".
Jarman comenzó a pensar en lo que pensarían de él sus amigos de la Universidad.
En mitad de la velada la puerta frontal se abrió y allí, sostenido por dos hombres,
apareció la mujer más frágil que él jamás había visto, profundos círculos rodeaban sus
ojos, ropas colgaban como si no hubiese habido un cuerpo debajo de ellas.
Aquella mujer era mi hermana Florence.
Mientras Jarman miraba horrorizado, los dos hombres casi la transportaron a través
de la sala y la depositaron en una silla. Habían pasado veinticinco años desde su
accidente automovilístico. ¡Y que cuarto de siglo de servicio había sido!. A menudo, con
Rose al piano o al órgano, Florence había cantado en iglesias y en reuniones de la
Fraternidad por todo lo ancho y lo largo del país. Ahora, precisamente como predijo su
sueño, se moría de una extraña forma de cáncer.
Florence Shakarian Lalain, le dijo Shannon. ¿Te sientes con fuerzas bastantes para
cantarnos algo?, Florence sonrió:
Lo intentaré, dijo. Alzó ambas manos hasta su frente y la echó hacia atrás; ya no
tenía suficientes fuerzas para levantar la cabeza; luego, comenzó a cantar.
Ray Jarman se enfrentó cara a cara con la realidad que había estado buscando por
largos años. Jarman era un fanático de la ópera, había escuchado las voces más
importantes de aquellos días. Pero jamás había escuchado una voz como ésa, me dijo
luego. Cuando ella estaba cantando se hubiera dicho que había un ángel en la sala.
Florence pidió a los presentes que se uniesen al coro de "Que Grande eres Tú". Cuando
lo hicieron, su voz se escuchaba por encima de las de los demás como un ave canora,
hasta que Jarman creyó hallarse en las puertas del cielo.
Aquella fue la última canción de Florence, y para el pastor Ray Charles Jarman la
primera vez en su vida que lloraba en público.
Pero su costumbre de intelectualizarlo todo, estaba tan arraigada en Jarman que su
mente continuó resistiendo lo que su espíritu ya conocía. No fue antes de algunos meses
que consiguió dar el paso que lo aterraba tanto, es decir, el salto más allá de su
comprensión. En su apartamento de viudo, con Shannon.
Vandruff como testigo, cayó sobre sus rodillas, una cosa que tampoco había hecho
antes, y le pidió a Jesús que tomase su vida. Se puso de pie tan lleno y gozoso, como
antes se había sentido, vacío y asustado.
Es este el nuevo doctor Ray Jarman al que han escuchado centenares de miles de
personas en las reuniones de la Fraternidad alrededor del mundo: "Estuve predicando
durante cincuenta y dos años. antes de conocer a Jesús". Pero, ¿quién puede contar
cuántos hombres ha alcanzado el ministerio de Ray Jarman, y cuántos hombres de estos
a su vez han alcanzado a otros?. ¿Dónde termina la cadena de oro que une a cada uno de
nosotros con el otro?.
¿Dónde empieza?.
Recordé los eslabones de esta cadena, forjados antes de que yo naciera. Magardich
Mushegan lo profetizó allá en Kara Kala. "De hoy en un año tendrás un hijo. "También
pensé en aquel hijo que conducía un carro de vegetales detrás de su caballo Jack. ¡Que
lazo tan fuerte el que unía las vidas de los Shakarian con los Mushegan!. Fue el nieto de
Magardich Harry, quien, en un domingo de 1955, recibió la visión en la iglesia Pentecostal
Armenia en el Boulevard Goodrich. Había visto el santuario lleno de luces y ríos de aceite
que descendían desde el cielo sobre Isaac Shakarian. En una ordenación y la única que
nuestra iglesia reconocía. Y por ello, por casi diez años, papá había servido como pastor
en la iglesia, sin recibir salario por supuesto, según la tradición armenia, obteniendo una
licencia del estado para casar y dar sepultura, predicaba los domingos, y se ocupaba de
las necesidades de la gente.
Entonces un viernes por la mañana, en el otoño de 1964 Harry Mushegan tuvo otra
visión. Yo estaba en el Hotel Coronado, al sur de San Diego aquella noche Era el día 6 de
noviembre, al principio de los tres días de la convención regional. Nuestra hija Gerry y su
esposo, Gene Scalf también estaban allí y amaban a la Fraternidad, pero como tenía dos
niñas pequeñas, no podían acudir a menudo a las reuniones .Yo sabía cuantos
preparativos habían tenido que hacer para poder asistir los dos; por eso me sorprendí
cuando se me acercó Gerry y me dijo que teníamos que volver inmediatamente a
Downey.
"¡Se trata del abuelo!, dijo. ¡está... está en el hospital!".
"¿En el hospital?. ¡Pero, él no está enfermo!, ¡se encontraba estupendamente
cuando dejé la oficina esta tarde!".
En la recepción del hospital me dijeron que papá estaba en el edificio, al otro lado de
la calle. ¡Qué extraño!, pensé mientras estaba en la casa de una sola planta, por qué lo
pondrían en un lugar tan obscuro y desierto. ¿Dónde estaban las enfermeras...? y de
pronto me di cuenta que ese pequeño edificio era la morgue.
Papá yacía en una mesa blanca y alta. No era extraño que nadie hubiese intentado
avisarme. Nunca un padre y un hijo habían estado en tan íntima relación. Me quedé de
pie en aquella habitación, escuchaba su voz, como lo había hecho centenares de veces,
cuando a través de los años se abría la oportunidad, en alguna parte, de hablar a los
hombres de Jesús: "Ve Demos. Yo me haré cargo del negocio".
En nuestra casa, el doctor Donald Griggs nos estaba esperando. Tenía yo razón,
papá no había estado enfermo. "Murió como lo hacían los viejos patriarcas, dijo el doctor
Griggs, con todas sus fuerzas, sin enfermedad. Estaba leyendo el pe riódico de la
tarde y se quedó dormido".
Nadie aparte del doctor Griggs y la familia más inmediata sabían la noticia de modo
que nos sorprendimos cuando Harry Mushegan me llamó por teléfono desde Atlanta,
Georgia, donde él tenía ahora un pastoreo.
"Los viejos", dijo "acabo de verlos a todos". "Mi abuelo, mi padre, todos los viejos que
recuerdo desde niño, y algunos hombres con largas barbas blancas, riendo, corriendo y
alzando sus brazos como si le estuviesen dando la bienvenida a al guien. Y luego vi a
Isaac, corriendo hacia ellos". Se hizo una pausa en el teléfono. ¿Isaac ha muerto, no es
así?. Se encendió el letrero que advertía la necesidad de abrocharse los cinturones para
aterrizar y el avión, se inclino y comenzó a descender.
Tu ve. Demos...
Esto es lo que Dios nos dice a cada uno de nosotros. ¿No es así? "Tú ve, Juan. Jaime
Guillermo, María". No siempre nos dijo adónde, al principio del viaje. Yo pensé en el
segundo mensaje del niño profeta recibido hacía tanto tiempo todavía sellado y sin abrir.
¿Predecía una gran persecución que habría en América contra los cristianos, justo antes
del retomo del Señor?. Personalmente, eso creo. Creo que el Espíritu Santo nos esta
preparando para ese tiempo uniéndonos en un cuerpo, para asignarnos a cada uno una
tarea que sólo Él puede hacer para el bienestar del cuerpo. A menudo me pregunto a quién
se le pedirá que abra el mensaje y que lo lea para la iglesia.
Pero esto no es lo importante. Lo importante es que Él nos manda a ir, a cada uno de
nosotros ir con el don que Él nos ha dado. Él sabe que cuando descubramos ese don y lo
usemos no importa las condiciones del mundo que nos rodea, seremos "la gente más feliz
de la tierra".
El avión al aterrizar hizo un pequeña sacudida y se dirigió a la terminal, Rose rebuscó
bajo el asiento por nuestras cosas.
¿Estás listo, Demos?, me dijo. "Estoy listo, Rose".
Caminamos por el pasillo del avión juntos, preparados para emprender la próxima
aventura.
"¿Estás listo, Demos?".
Cuando este libro se publicó por primera vez concluyó con esa pregunta que me hizo
mi esposa Rose, y mi respuesta.
"Estoy listo, Rose".
Ninguno de los dos nos pudimos imaginar que aventuras nos esperaban,
invitaciones a la Casa Blanca; presenciar la transferencia del Monte Sinaí: dirigirnos a
líderes religiosos de la India: comida con Madam Soong, esposa del primer presidente de
China, en su residencia: encuentros con líderes de las naciones de América Central.
No teníamos idea que este libro sería traducido al ale mán, holandés, francés,
español, portugués, polaco, húngaro, ruso; ucraniano, armenio, árabe, sueco, danés,
noruego, japonés, chino y telugu, y que bendeciría a tanta gente.
No pudimos haber soñado hasta dónde llegaría el ministerio de la Fraternidad
Internacional de Hombres de Negocio del Evangelio Completo, a través del trabajo de sus
capítulos, convenciones, libros, revistas, grabaciones, televisión, radio y ministerios por
medio de "satélites".
Esta organización no lucrativa de cristianos laicos es guiada por 70 directores
Internacionales y 500 directores nacionales y su membresía representa casi cada
antecedente denominacional. Es el más grande ministerio laico de su tipo en el mundo,
con más de un millón de hombres laicos que se reúnen regularmente cada mes o cada
semana.
Complementando el ministerio de las iglesias locales por medio de un llamado a los
hombres de negocio a Dios, la Fraternidad hoy abarca mas de 3.500 capítulos en 134
países y toca las vidas, de millones de gente a través de sus alcances a nivel mundial.
La visión que Dios me reveló a mí en 1952, en la cual gente alrededor del mundo que
estaba sin vida, deprimida, fue transformada en personas gozosas, unidas todas y
llenadas con el amor de Jesús.
Evidencia de esto es visible cuando miles de miembros y amigos de todos los
continentes, muchos en ambientes culturalmente distintos, celebran convenciones
anuales de la Fraternidad por todo el mundo.
Dios está proporcionando el cumplimiento de este propósito por medio de más de
80.000 miembros dedicados a alcanzar hombres para Cristo, tales como Sir Lionel
Luckhoo, de Guyana, aclamado en el Libro de Records de Guinness como el más exitoso
defensor en el mundo; como Charles M. Duke, astronauta de Apolo 16: como el famoso
Rosey Grier, de la Liga Nacional de Foot Ball (NFL): y miles de profesionales y hombres
de negocio de varios senderos de la vida. A través de ellos, los miserables, los solitarios,
que yo observé al principio de mi visión, son ahora transformados en la Gente más Feliz
de la Tierra.
Demos Shakarian.
EL HOMBRE SE PREGUNTA:
¿Cómo puedo tener una relación personal con Dios?
Querido Lector: Al concluir la lectura de este libro es posible que te preguntes si
también tu puedes conocer a Dios de un modo personal como Demos y tener paz en tu
corazón Jesús dijo que para conocer a Dios, que es Espíritu, debes "nacer de nuevo". Para
que esto ocurra es necesario:
1.-
Reconocer, delante de Dios, que has vivido totalmente centrado en tu egoísmo y
que no estas honrándolo como Señor de tu vida, puesto que has pecado y estas
separado de Él. "Porque todos han pecado y están destituidos de la gloria de Dios"
Romanos 3:23
2.-
Arrepentirte, volviéndote a Dios y pidiéndole perdón por tus pecados pasados e
implorando su ayuda para vivir como Él quiere. "Si no os arrepintieréis, todos
pereceréis igualmente" Lucas 13:3
3.-
Creer que Jesús es el hijo de Dios y que al morir en la cruz asumió tus pecados
para que de este modo tu puedas obtener el perdón de Dios. “Porque de tal manera
amó Dios al mundo que entregó a su único Hijo para que todo aquel que crea en
Él, no muera sino que tenga vida eterna" Juan 3:16.
4.-
Decirle a Dios que ahora aceptas a Jesús como Salvador y Señor de tu vida. "Que
si confesares con tu boca que Jesús es el Señor y creyeres en tu corazón que Dios
lo levantó de los muertos, serás salvo". Romanos 10:9.
Si después de pensar despacio y reflexionar sobre estos versículos de la Biblia
deseas dar este paso, di en voz alta la siguiente oración:
"Dios mío, estoy consciente de que soy pecador y que por lo tanto merezco la
condenación. Creo firmemente que Jesús, tu Hijo murió por todos los pecadores,
incluyéndome a mi, y derramó su sangre para limpiarme de mis pecados. Confieso
que Jesús es el Señor y Salvador de mi vida y te doy las gracias por el don de la
vida eterna. Ahora te pido ayuda para vivir conforme a tus deseos."
No confíes en tus sentimientos como prueba de que Dios te ha perdonado y
aceptado. Los sentimientos son volubles. Tu nueva relación con Dios está basado
en sus promesas. - Romanos 10:13. No te avergüences de hablar a otras personas
de tu relación con Jesús. - Mateo 10:32. Emplea DIARIAMENTE algún tiempo para
orar y leer la Biblia 1a de Pedro 2:2 -Salmos 37:4 - Romanos 8:14. Cuando
hayas tomado la más importante de las decisiones, ponte por favor, en contacto
con nosotros y/o con otros hermanos en la fe, de tu iglesia.
IN MEMORIAM
DEMOS SHAKARIAN
1913-1993
Demos Shakarian fue un hombre lleno del Espíritu Santo, un hombre que caminó con
Dios y que amó a la gente. El nació en Los Ángeles el 12 de julio de 1913, hijo de Isaac y
Zarouhi Shakarian. Creció en Downey, California. Asistió a la Escuela Secundaria de
Downey y al Colegio Universitario de Davis. Se casó en 1933 a la edad de 20 años con
Rose Gabrielian. Tuvieron cuatro hijos: Richard, Geraldine, Carolyn y Stephen.
Demos fue un productor de leche y vendedor de bienes raíces. Con su padre Isaac
construyeron la más grande e independiente lechería del mundo.
Demos fue verdaderamente un pilar de su comunidad. Fue nombrado por dos
gobernadores de California. Pat Brown y Donald Reagan, miembro de la Junta Agrícola
del Estado de California. El ayudó en la construcción del Hospital de Downey.
Inició la Fraternidad Internacional de Hombres de Negocios del Evangelio Completo
con 21 hombres. Hoy hay capítulos en más de 150 naciones del mundo. La Fraternidad
Internacional de Hombres de Negocios del Evangelio Completo, con más de un millón de
personas que asisten semanalmente a reuniones alrededor del mundo. Durante la
expansión de los trabajos del Evangelio Completo, Demos conoció líderes del mundo y
presidentes de muchos países. El también sirvió en el fideicomiso de la Universidad Oral
Roberts y como directivo del Trinity Broadcasting Network. Adicionalmente él y su esposa
Rose, contribuyeron para escribir este libro "La Gente Más Feliz de la Tierra" que narra la
historia del nacimiento de la Fraternidad que ha sido usada por Dios para cambiar las vidas
de hombres y mujeres de todo el mundo.
...Grandes bendiciones reciben quienes
hayan leído estas líneas,
que esta inspiración no quede solo en tí,
entrega esta alegría
para que otros también sean tocados en su corazón...
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