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El capitalismo cognitivo, ¿un déjà-vu? - e-TCS

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El capitalismo cognitivo, ¿un déjà-vu? - e-TCS
6. El capitalismo cognitivo ¿un déjà- vu?
Enzo Rullani
¿Por qué hablamos hoy de capitalismo cognitivo?
En la plétora de discursos sobre la economía del conocimiento, por lo general se deja de lado la cuestión más importante, a saber: por qué sentimos hoy la necesidad de unir la
producción de valor económico a la producción de conocimiento. Por qué esta necesidad emerge con fuerza ahora en
lugar de hace diez o veinte años.
La unión de economía y conocimiento no es una novedad. Esta unión existe, y tiene mucha consistencia desde
que, con la revolución industrial, la producción comenzara a
utilizar máquinas —es decir, la ciencia y la tecnología incorporadas a las máquinas—; y después, con Taylor, a organizar
científicamente el trabajo. Toda la historia del capitalismo
industrial, durante sus dos siglos de existencia, es la historia
de la extensión progresiva de las capacidades de previsión,
de programación y de cálculo sobre los comportamientos
económicos y sociales a través de la utilización del conocimiento. El «motor» de acumulación del capital ha sido puesto a punto por el positivismo científico, que ha recogido, en
el último siglo, la herencia de las Luces, y que ha inscrito el
saber en la reproductibilidad.
El conocimiento se ha puesto al servicio de la producción
en tanto que conocimiento determinista, cuya tarea es la de
controlar a la naturaleza a través de la técnica y a los hombres
a través de la jerarquía. Los resultados, en términos de ventajas
prácticas, han sido notables —aumento de la productividad y
de los ingresos—, pero ello al precio de la pérdida de la fuerza liberadora de una razón que, tras estar plegada a antiguas
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Capitalismo cognitivo
servidumbres, parecía preparada para imaginar, sentir, comunicar más allá de los límites del utilitarismo. Reduciendo el
conocimiento a un simple modo de cálculo y de control técnico, la modernización ha reprimido la variedad, la variabilidad y la indeterminación del mundo, para conformarlo a las
exigencias de la producción. En otros términos: la modernidad ha reducido de manera forzosa la complejidad —variedad, variabilidad, indeterminación— del entorno natural, del
organismo biológico, del espíritu pensante y de la cultura
social, a las dimensiones toleradas por la fábrica industrial.
Es decir: a muy poco o a nada.
En el curso de los dos últimos siglos, el conocimiento ha
jugado su papel en la objetivación del mundo, adaptando la
naturaleza y los hombres a la producción. No ha llegado
hasta el final. Sin embargo, en este proceso el conocimiento
se convierte en parte integrante del desarrollo industrial, con
las máquinas, los mercados y el cálculo económico. Así, en el
capitalismo moderno el conocimiento se ha convertido en un
factor necesario, tanto como el trabajo o como el capital. Se
trata, para ser más exactos, de un factor intermediario. Un
poco como la máquina, el conocimiento «almacena» el valor
del trabajo —y de los demás factores productivos— empleado para producirlo. A su vez, el conocimiento entra en la
producción gobernando las máquinas, administrando los
procesos y generando utilidad para el consumidor. En el circuito productivo del capitalismo industrial, el trabajo genera
conocimiento y el conocimiento a su vez, genera valor. De
este modo el capital, para valorizarse, no sólo debe «subsumir» —con arreglo a términos marxistas— el «trabajo vivo»,
sino también el conocimiento que genera y que pone en el
circuito. Ahí residen precisamente las dificultades de esta
«subsunción», que impiden reducir de manera simple el
conocimiento a capital y que, por consiguiente, dan sentido
a la idea de capitalismo cognitivo. En efecto:
- En el circuito productivo de valor, el conocimiento constituye un mediador muy poco dócil, ya que la valorización
de los conocimientos responde a leyes muy particulares.
Estas leyes difieren profundamente de las imaginadas por
el pensamiento liberal o marxista en sus teorías respectivas
del valor. Por consiguiente, el capitalismo cognitivo funciona de manera distinta de la del capitalismo a secas.
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- Esta diferencia, que ha existido siempre, surge en nuestros días y es fácilmente reconocible en el hecho de que
los procesos de virtualización separan el conocimiento de
su soporte material —tornándole reproducible, cambiable,
utilizable de manera distinta— tanto el capital como el trabajo que se ha empleado para producirlo. El postfordismo, que utiliza frecuentemente el conocimiento virtualizado, se vuelve completamente incomprensible a falta de
una teoría del capitalismo cognitivo.
- La valorización del conocimiento, sobre todo cuando es
utilizado de forma virtual, genera toda una serie de mismatchings (incoherencias) en el circuito de la valorización.
El proceso de transformación del conocimiento en valor
no es, de esta suerte, lineal y estable en el tiempo. Al contrario, implica inestabilidad, puntos de discontinuidad,
catástrofes, una multiplicidad de caminos posibles. Es justamente cuando nos situamos en un punto de vista postfosdista cuando los obstáculos reencontrados por la valorización del conocimiento ponen al descubierto espacios
de «crisis». Entretanto, en estos espacios, que son también
espacios de libertad, pueden insertarse soluciones nuevas
y transformaciones institucionales originales. De ahí que,
con toda razón, se hable tanto de capitalismo cognitivo.
El conocimiento no es un recurso naturalmente escaso,
su escasez es solamente artificial
En tanto que término intermediario, el conocimiento no tendría ninguna influencia sobre la teoría del valor si no fuera
más que una especie de bien semiacabado que no hace sino
«conservar» y «transmitir», a los procesos en curso, el valor
del capital y del trabajo utilizados para producirlo. Sin
embargo, las cosas no suceden de esa manera. Ni la teoría
del valor, de la tradición marxista, ni la liberal, actualmente
dominante, pueden dar cuenta del proceso de transformación del conocimiento en valor. De hecho:
- El conocimiento tiene ciertamente un valor de uso —para
los usuarios, para la sociedad—, pero no tiene un valorcoste de referencia que pueda ser empleado como referente para determinar el valor de cambio, funcionando bien
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Capitalismo cognitivo
como coste marginal —teoría neoclásica—, bien como
coste de reproducción —teoría marxista—. En efecto, el
coste de producción del conocimiento es enormemente
incierto —el proceso de aprendizaje es por su naturaleza
misma aleatorio— y, sobre todo, es radicalmente diferente del coste de su producción. Una vez que una primera
unidad ha sido producida, el coste necesario para reproducir las demás unidades tiende hacia cero —si el conocimiento es digitalizado. En ningún caso ese coste tiene que
ver con el coste de producción inicial.
-. El valor de uso del conocimiento no es ya el punto fijo
sobre el que basar el valor de cambio, tal y como sucede
con la utilidad marginal en la teoría neoclásica del valor.
De hecho, con independencia del valor de uso para los
usuarios, en un régimen de libre competencia, el valor de
cambio de una mercancía, cuyo coste de reproducción es
nulo, tiende inevitablemente a cero. El valor de cambio
del conocimiento está entonces enteramente ligado a la
capacidad práctica de limitar su difusión libre, es decir, de
limitar con medios jurídicos —patentes, derechos de
autor, licencias, contratos— o monopolistas la posibilidad de copiar, de imitar, de «reinventar», de aprender
conocimientos de otros. En otros términos: el valor del
conocimiento no es el fruto de su escasez —natural—,
sino que se desprende únicamente de limitaciones estables, institucionalmente o de hecho, del acceso al conocimiento. Sin embargo, estas limitaciones no llegan a frenar
más que temporalmente la imitación, la «reinvención» o
el aprendizaje sustitutivo por parte de otros productores
potenciales. La escasez del conocimiento, eso que le da
valor, tiene, de esta suerte, una naturaleza artificial: deriva de la capacidad de un «poder», cualquiera que sea su
género, para limitar temporalmente su difusión y para
reglamentar el acceso.
Economía de la velocidad
El valor de los actos cognitivos, que es garantía para esta
forma de escasez artificial, tiende estructuralmente a menguar
con el tiempo. Los valores económicos están inscritos en el
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tiempo y varían con éste. En este sentido, la economía del
conocimiento es una economía de la velocidad: los valores
no son stocks que se conservan en el tiempo, sino que estos
decrecen con el aumento de la velocidad de los procesos.
Para poder extraer valor de los conocimientos es necesario,
entonces, acelerar su uso con el fin de alcanzar la mayor
difusión posible. Al mismo tiempo, el conocimiento es socializado a menudo en razón misma de su difusión. Es decir,
conforme van cayendo las barreras que limitan su acceso,
deviene patrimonio común para todos los concurrentes y
todos los usuarios potenciales. Difusión y socialización son
dos procesos paralelos. Sin embargo, el propietario —o el
poseedor— del conocimiento debe mantenerlos apartados,
acelerando el primero y ralentizando el segundo. El valor
disponible para los productores depende, entonces, en cada
momento, del gap que consigan mantener entre la velocidad
de la difusión y la de la socialización. El poder contractual
—sustituibilidad— de las diferentes partes y de los diferentes factores determina, a través de los precios de los conocimientos intercambiados en los mercados «intermediarios»,
la distribución del valor disponible entre empresas, por una
parte, y entre factores, por otra.
El conocimiento informa de la acumulación de capital
La relación entre valor —de cambio— y conocimiento es
muy compleja, debido a que está subordinada al efecto multiplicador de la difusión y al divisor de la socialización. El
capital interioriza las leyes de la valorización del conocimiento, es decir la lógica de los rendimientos decrecientes en
el tiempo, de la aceleración de su difusión, de la limitación
de su socialización, de la reducción, por todos los medios, de
su carácter sustituible. Además, se trata de un proceso que
permanece siempre, en una cierta medida, indeterminado.
No hay una manera óptima de emplear los conocimientos
con el fin de obtener de ellos el máximo beneficio, ya que
cada operador debe explorar por cuenta propia el espacio de
las diferentes posibilidades de difusión, de socialización y de
sustitución en la supply chain —cadena de la oferta.
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Capitalismo cognitivo
De hecho, la acumulación de conocimientos y de valor que
generan es un proceso experimental que adquiere forma en
diferentes contextos, y que se efectúa sin que los resultados
estén predeterminados. Esto no tiene nada que ver con la
homogeneidad del capital dinero, que pretende prever y
nivelar las tasas de beneficio de las diferentes unidades abstractas del capital. Los procesos cognitivos parten de contextos diferentes y operan de manera experimental. De este
modo no admiten una respuesta única, sino varias. La variedad de las situaciones y de las estrategias posibles diferencia estructuralmente y de modo duradero las diferentes
unidades del capital cognitivo. Cada una incorpora conocimientos de procedencias diferentes, adopta sentidos de
valorización diferentes para que, in fine, cada unidad
obtenga una tasa de beneficio diferente.
Lo que entonces falla es la abstracción real —la reducción
del trabajo a tiempo de trabajo—, gracias a la cual el capital
marxista realizaba la subsunción del «trabajo vivo», reduciéndolo a capital dinero. En la subsunción de los conocimientos, el capital cognitivo permanece contextual y diferenciado, aunque utiliza, en parte, el conocimiento abstracto.
De esta suerte, la igualación de las tasas de beneficio, que
vuelve homogéneo al capital financiero, dándole la forma de
capital-dinero, se ve manifiestamente impugnada. La razón
estriba en la naturaleza localizada, específica, en parte autorreferencial, del capital cognitivo, que el capital financiero
pretende nivelar y dirigir. El capital-dinero no llega, en realidad, a afirmar su homogeneidad a no ser que separando el
nivel financiero del nivel productivo, en el que los capitales
cognitivos son y permanecen profundamente diferenciados.
Las dos «almas» del capital, es decir la forma conocimiento
—capital cognitivo— y la forma dinero —capital financiero—, no se basan la una en la otra: permanecen distintas, y
dan lugar a toda una serie de mismatchings, incoherencias.
Los mismatchings típicos del capitalismo cognitivo
Dentro del capitalismo cognitivo, la lógica intrínseca de la
valorización del conocimiento no coincide con los actores,
más bien se opone abiertamente a ellos —a los empresarios
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en primer lugar, pero también a los trabajadores, a los
consumidores, etc.—, que deberían producirlo y utilizarlo.
En otros términos: se crea una incoherencia, una forma de mismatching entre los valores que concurren en el ciclo de acumulación de los conocimientos, y los que concurren en la formación
del valor. A causa de esta incoherencia:
- El valor que puede ser extraído de los conocimientos
producidos no es maximizado, ya que su difusión sigue
siendo inferior a aquella potencialmente posible.
- Si debido precisamente a esta falta de difusión no
hay suficientes garantías sobre los rendimientos, no se
realizan nuevas inversiones en conocimientos; o bien se
realizan en cantidad menor en relación a lo que habría
sido posible y deseable para la sociedad.
En el primer caso, hay una pérdida social, un uso poco eficiente de un recurso disponible. En el segundo, hay subacumulación, tanto en el plano cognitivo como en el del valor: la
productividad y la renta producida crecen menos que lo que
sería posible obtener si se aumentaran de manera apropiada
las inversiones en aprendizaje. Se trata de dos situaciones
sobre las que se puede intervenir: en lo que atañe a la empresa se puede intervenir mediante innovaciones organizativas,
contractuales, institucionales, que reduzcan los efectos de
los mismatchings; desde el punto de vista político, se puede
intervenir por innovaciones institucionales y contextuales
que vuelvan al mismo tiempo gobernable el mismatching y
realizables las inversiones socialmente convenientes.
En el funcionamiento del capitalismo cognitivo hay al
menos tres grandes ocasiones de mismatching, en función de
la oposición que aparece entre:
- La difusión y la apropiación. El conocimiento genera
valor si es difuso, pero la difusión tiende a reducir su
grado de apropiabilidad.
- El tiempo de la vida y el tiempo de la producción. El
tiempo de vida procede con la lentitud necesaria del
aprendizaje complejo. El tiempo de la producción está
por el contrario dominado por la velocidad de aprendizaje simplificado, que genera un mundo extraño, alienante, de objetos y de comportamientos, en relación al
mundo de la vida.
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Capitalismo cognitivo
- El riesgo y la inversión cognitiva. Las personas, las
empresas y los territorios corren el riesgo de equivocarse
cuando buscan orientarse en las situaciones complejas,
en las que el valor de sus propios recursos no está garantizado. Con el fin de minimizar el riesgo, reducen las
inversiones en nuevos conocimientos, poniéndose de este
modo al margen del proceso de aprendizaje social y de
producción de valor.
Un esbozo de los capitalismos posibles
Los tres problemas aquí mencionados nos ofrecen la posibilidad de esbozar las diferentes variantes del capitalismo
cognitivo. Los países, las regiones, las empresas, los trabajadores y los consumidores han escogido, en el curso del
tiempo, posicionamientos diferentes en este esbozo ideal
de las respuestas posibles. Algunos incluso han introducido
innovaciones técnicas, organizativas e institucionales capaces de desplazar el trade-off (arbitrio) y de engendrar esta
suerte de nuevo valor potencial. Cuando ha habido avances
notables en este terreno, ha cambiado la orientación tomada
por la gestión de los trade-off.
Esto ha creado una discontinuidad entre «el antes» y «el
después» que podemos describir correctamente como un cambio de paradigma, como el paso de un capitalismo cognitivo a
otro. Los diferentes paradigmas que han ido sucediéndose
desde la revolución industrial —el capitalismo mercantil en el
siglo diecinueve, el fordismo en el veinte, el postfordismo en
nuestro siglo— han reposado, a su vez, sobre avances importantes bajo una forma u otra en los trade-off arriba mencionados. En el curso del tiempo, estos paradigmas han realizado sistemas coherentes de gestión del circuito cognitivo.
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