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Bullying: un miedo de muerte

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Bullying: un miedo de muerte
Bullying: un miedo de muerte
Henar L. Senovilla
Radiografía de la violencia entre niños y jóvenes en
las aulas españolas.
“Libre, libre. Mis ojos seguirán aunque paren mis pies”. Éstas fueron
algunas de las últimas palabras que dejó escritas Jokin Zeberio, de 14 años,
antes de suicidarse tirándose al vacío con su bicicleta, desde lo alto de la
muralla de Hondarribia, el pasado 21 de septiembre.
Jokin venía sufriendo el acoso de sus compañeros de clase y de
instituto desde hacía años. Amenazas, humillaciones, insultos. Golpes como
para dejar rastro en la autopsia que le realizaron después de su muerte, que
demostró que había sido víctima de una paliza días antes de acabar con
todo.
Jokin estudiaba 4º de Educación Secundaria Obligatoria (ESO) en el
centro Talaia. Un día, enfermo del estómago, se había hecho sus
necesidades encima. Desde entonces lo vejaban, le rompieron dientes a
bofetones, empapelaron su aula con papel higiénico… Parte del profesorado
y del alumnado de su instituto conocía los malos tratos que sufría. De hecho,
algunos de los chicos expulsados del centro como sospechosos de estar
implicados en su muerte son hijos de profesores.
Su caso, lamentablemente a posteriori y de modo irreversible, ha
hecho sonar la alarma social, política y educativa y ha desatado un debate en
el que no deja de sorprender que situaciones similares a la suya hayan
empezado a aflorar de repente, como por arte de magia, mientras que los
estudios sobre violencia e intimidación en el ámbito escolar no son ni
recientes ni escasos.
La violencia física o psíquica entre estudiantes comenzó a investigarse
en los EE.UU., Gran Bretaña y los países nórdicos a principios de los
setenta. Allí recibió el nombre de bullying. Dan Olweus y Peter Heinemann
fueron dos de los primeros especialistas en el tema.
Olweus aportó una completa definición de este tipo de violencia: “Un
alumno se convierte en víctima cuando está expuesto de forma repetida y
durante un tiempo a acciones negativas que lleva a cabo otro alumno o
varios de ellos. La victimización entre iguales es una conducta de
persecución física y/o psicológica que realiza el alumno o alumna contra otro
al que elige como víctima de ataques repetidos. Esta acción negativa e
intencionada sitúa a las víctimas en posiciones de las que difícilmente
pueden salir por sus medios”.
Intencionalidad del agresor, reiteración de la violencia e indefensión de
la víctima son, por tanto, características sine qua non para incluir un hecho
en la categoría de bullying.
En España, las primeras investigaciones se llevaron a cabo tiempo
después y reflejaron una complejidad añadida: “En primer lugar porque para
saber de qué hablamos cuándo hablamos de bullying tendríamos que contar
con un término en español que fuese la traducción exacta de la palabra
anglosajona. Y dicho término no existe. Y en segundo lugar porque tampoco
hay unanimidad en nuestro país a la hora de definir este fenómeno, a la hora
de fijar su significado”, explica Ricardo Lucena, licenciado en Ciencias de la
Educación y autor de una tesis sobre las variables que influyen en el bullying.
“Esa ‘falta de término’ provoca que, en no pocas ocasiones, sea imposible
reconocer determinados comportamientos como acoso escolar”.
Cifras
Los datos de los niños y adolescentes afectados por el bullying varían
en función de la fuente de la que procedan y del enfoque manejado a la hora
de estudiar el fenómeno. También en esto tiene que ver esa falta de
conceptuación citada y que se trata de acciones frecuentemente silenciadas
por víctimas, victimarios y testigos.
Sí hay un consenso más amplio a la hora de fijar en la adolescencia
temprana un riesgo mayor de generar y padecer violencia. “Suele darse entre
los 11 y los 14 años aproximadamente y luego empieza a descender. En
segundo y tercero de ESO”, sitúa Ricardo.
A juicio de José María Avilés, orientador escolar de Secundaria, el
abuso en el ámbito del colegio en España lo sufren un 1,6% de los niños y
jóvenes estudiantes de manera constante y un 5,7% episódicamente.
Una encuesta del Instituto de la Juventud (INJUVE) eleva el porcentaje
de víctimas de violencia física o psicológica habitual a un 3% de los alumnos.
El 37% de los niños y jóvenes encuestados considera que “si no devuelve los
golpes es un cobarde” y el 39% cree que “si un amigo suyo agrede a otro,
debe ponerse de su parte”. Además, el 16% de los estudiantes reconoce que
ha participado en exclusiones de compañeros o en agresiones psicológicas.
El Defensor del Pueblo aumenta el dato al mantener que el 5% de los
alumnos reconoce que algún compañero le pega. A estas cifras se acerca
Lucena, que baraja que, entre chicos, un 5,7% son agredidos con frecuencia
y un 1,9% de chicas también. Si la periodicidad baja y es “a veces”, un 11%
de los chicos son agredidos y un 10% de las chicas.
Los
datos
proporcionados
por
el
Instituto
de
Evaluación
y
Asesoramiento Educativo (IDEA), finalmente, son los más pesimistas, ya que
indican que un 49% de los estudiantes dice ser insultado o criticado en el
colegio y que un 13,4% confiesa haber pegado a sus compañeros.
Causas
¿Y cuáles son las causas de este tipo de agresividad? Los factores
que pueden hacer aparecer el bullying son incalculables. Tanto como las
formas en las que se manifiesta y los perjuicios que ocasiona.
“Las variables que afectan en la generación de estas conductas suelen
ser de tres tipos: personales, familiares y escolares. Esto no quiere decir que
se tengan que dar todas ni tampoco que sepamos en qué medida afectan
unas u otras”, adelanta Ricardo.
En el terreno de lo personal, “para ser acosador hay que verse en
situación de superioridad. Bien porque los que atacan son más, y entonces
se trata de una cuestión de fuerza, bien porque el acosado es un sujeto con
muy poca asertividad, es decir, con muy poca capacidad de rechazo a las
agresiones. Por inmadurez, por timidez… El agresor quiere ver que la víctima
lo está pasando mal. Si no, deja de agredirle”, describe.
Para el director del Centro Reina Sofía de Valencia para el Estudio de
la Violencia, José Sanmartín, los rasgos individuales del joven agresivo son
la baja autoestima, el maltrato infantil, la crianza autoritaria o negligente y la
impulsividad.
En este sentido, un 30% de los adolescentes estudiados por el
INJUVE muestra dificultades para pensar en soluciones no violentas a los
conflictos. Entre un 10 y un 12% de los jóvenes españoles adolece de una
conducta agresiva. De 2000 a 2003 la violencia juvenil en España de
menores de 21 años creció un 8,8%.
Víctimas y victimarios, por otra parte, suelen tener mala relación con
los compañeros. “En la víctima está clarísimo. Si tuviera un grupo sólido que
lo respaldase no sería acosado. Suelen ser individuos un poco aislados”. En
los agresores, sin embargo, el rol varía, “porque hay estudios que afirman
que los violentos suelen ser líderes aunque basen su liderazgo en el miedo
que provocan en los demás”.
La influencia del ambiente familiar ha sido uno de los factores más
estudiados en el bullying. Kathleen Heide, criminóloga de la Universidad del
Sur de Florida y una de los mayores expertos en homicidio juvenil de los
EE.UU., identifica el origen de la violencia en chavales con la falta de un
referente masculino positivo cercano: “La ausencia de un padre o la
presencia de un padre violento está en el origen del comportamiento agresivo
de los niños cuando son adolescentes o jóvenes”. “Cuando no existe o existe
una figura paterna así es más probable que los jóvenes exageren su
pretendida masculinidad con actos de machismo”.
Otros factores familiares que influyen son la organización del hogar, el
reparto de roles entre los familiares, la situación socioeconómica de la
familia, las tensiones matrimoniales…
En cuanto a causas escolares, “muchos autores hablan de la violencia
en las estructuras de muchos colegios donde las decisiones son verticales o
se trata mal a los alumnos, con poco respeto. Hay otras circunstancias
aparentemente poco influyentes pero que en realidad lo son mucho, como el
tamaño del colegio: cuanto más grande es el centro escolar más riesgo de
bullying se padece, porque hay menos control físico. En los pasillos tiene que
haber profesores. En los baños, un escenario habitual de abusos, no es
cuestión de poner cámaras y restar privacidad pero sí habría que controlar un
poco lo que pasa. Y no importa si la escuela es pública o privada, hay que
desmitificar esa falsa idea. El bullying puede darse en cualquier tipo de
colegio”, remarca Lucena.
No es el único tópico que hay que analizar. Suele pensarse que la
agresividad en las aulas es reflejo de la violencia instalada en la sociedad.
Sin embargo, según Leire Iglesias, directora general del INJUVE, “los
adolescentes viven más situaciones de agresión entre iguales en la escuela
que en el ocio, con la excepción de las coacciones con amenazas o con
armas, en las que sucede lo contrario. Las frecuentes situaciones de
exclusión y humillación que se producen en la escuela pueden ser, entonces,
el origen de la orientación a la violencia de los jóvenes”. Nos encontraríamos
con la situación inversa, es decir, con el colegio como generador de
comportamientos asociales.
Consecuencias
Las formas de intimidación y de acoso dependen de edades y sexos.
Desde mofas e insultos a amenazas o extorsiones a través de teléfonos
móviles y correos electrónicos. Desde chantajes como pedir dinero a
obligaciones de hacer los deberes al acosador o exigencias de regalos. Los
chicos están mucho más implicados que las chicas en agredir. Y un poquito
más, también, en ser agredidos. Podríamos decir entonces que el bullying es
un comportamiento activo y pasivo más masculino que femenino, aunque
esta diferenciación pueda tildarse de machista.
Está demostrado que los varones suelen decantarse por los ataques
físicos (golpes, palizas, armas blancas, violencia sexual) y que se pavonean
de sus “hazañas” mientras que las chicas son más sibilinas, más sutiles, y se
inclinan por descalificar a sus compañeras y aislarlas, camuflando así sus
acosos.
Si la tipología de las agresiones es variada, sus consecuencias no lo
son menos. Sobre todo porque la violencia no sólo la sufren los acosados.
También los agresores, los testigos, los profesores, el personal no docente,
los padres, las madres, los hermanos, los familiares… La sociedad entera.
Los acosados pueden padecer bloqueos emocionales e intelectuales y
alteraciones de conducta y sociales que les pueden llevar a finales
apocalípticos como el de Jokin. Sufrimientos que no son transitorios y que
pueden desafiar un desarrollo futuro normal. “El ojo morado no es el peor
daño”, asegura Ricardo. “El cardenal se va. Pero los acosados pueden ver
minada su personalidad el resto de su vida”.
La conciencia de culpa y la vergüenza son también reacciones
habituales en la víctima de la violencia. “Aunque los chicos que se
encuentran en estas situaciones necesitan que alguien les escuche, tienen
tendencia a no decir nada porque sienten una vergüenza muy fuerte de lo
que les está pasando, unida a una cierta culpabilidad. Piensan ‘si se meten
conmigo, es que soy distinto a los demás, es que estoy haciendo algo mal,
es que soy peor’. La víctima tiene tendencia a pensar que se lo merece”,
continúa Ricardo.
Los acosadores, a su vez, además de enfrentarse a un problema tan
serio como es barajar la violencia como medio para conseguir cualquier fin,
ven incrementados el riesgo de convertirse en víctimas de su propia violencia
y la probabilidad de delinquir en el futuro. “Ellos quieren contar su ‘hazaña’.
Necesitan ser ‘los primeros’ en algo, destacar en algo, sin pararse a pensar
en lo que se está haciendo o diciendo. Sienten un ansia de protagonismo que
les hace descontrolar”.
Y por último los testigos de la violencia pueden ver inhibida su
capacidad de distinguir conductas positivas y negativas, aceptables o
deleznables. “Los espectadores están o sufriendo o aprendiendo unas
formas de relación que son negativas”.
Soluciones
Todos buscamos soluciones a los problemas. Pero también aquí
tenemos que ser prudentes y evitar que la búsqueda de soluciones se
convierta en una “caza de culpables” que nos lleve a sentirnos satisfechos
con la focalización de los males en un solo punto, grupo o circunstancia. Lo
que en este caso, además, es imposible.
Según
las
últimas
encuestas
del
Centro
de
Investigaciones
Sociológicas (CIS), el 96% de la población está de acuerdo con que la clave
para prevenir la violencia es la educación en la igualdad y en el respeto
mutuo.
Para el Ministerio de Educación, en el mismo sentido, no puede
confiarse sólo en el relevo generacional para erradicar la violencia. Pero
tampoco debe responsabilizarse a la comunidad escolar en exclusiva de esta
lucha. Entre otras cosas porque una encuesta de la Asociación Nacional de
Profesores española afirma que un impresionante 80% de los maestros
confiesa que el estrés producido por su profesión le está perjudicando la
salud.
Es cierto que muchos docentes no detectan el “bullying” porque
desconocen sus manifestaciones, indicios, causas o consecuencias.
También es verdad que a veces lo detectan pero eluden implicarse al
ningunearlo o al no saber cómo afrontarlo.
Según la Confederación de Sindicatos de los Trabajadores de la
Enseñanza el fenómeno del acoso escolar “ha existido siempre, en todo tipo
de centros educativos, sean públicos o privados, elitistas o marginales, en
grandes ciudades o en pueblos pequeños. Pero era tomado como algo
normal a lo que no se le daba ninguna importancia”.
Ahora bien: también son muchos los profesores que se sienten
desprotegidos y desautorizados en numerosas ocasiones porque, cuando se
produce el conflicto e intervienen, la Administración educativa suele quitarles
la razón y dársela a los padres, que tienden a justificar y a amparar los
comportamientos de los hijos. Este cóctel molotov provoca que sólo cuando
la situación es muy grave el equipo docente intervenga con medidas
sancionadoras como la expulsión.
Las familias, por su parte, deben estar atentas a sus hijos. Deben
observar sus comportamientos, sus estados de ánimo, los cambios en sus
hábitos o costumbres. Deben dialogar con los niños y tratar de
comprenderlos desde su perspectiva, desde su realidad, no desde fuera.
Deben apoyarlos en una socialización igualitaria y comprensiva. “Es verdad
que hay veces que la comunicación padres-hijos no es tan fluida como
debería y esto hace que los chavales no encuentren apoyo en sus padres a
la hora de hacer frente a lo que les ocurre”, abunda Ricardo.
La Administración también debe asumir su parte alícuota de
responsabilidad: “Dramas como el de Hondarribia deben suponer un salto
cualitativo en el abordaje del bullying en nuestros centros educativos. La
lucha contra el acoso escolar no puede seguir siendo sólo una labor
voluntariosa de los y las docentes y de las familias. Debe ser la
Administración educativa quién dirija y encabece una lucha organizada
contra el bullying en todos los centros educativos, públicos y privados,
destinando para ello los recursos que sean necesarios”, continúa la
Confederación de Sindicatos. No se trata de criminalizar a unos ni de
justificar a otros, en suma. Se trata de cooperar en conjunto para ir
solventando lo que ya es un grave problema.
La ministra de Educación, María Jesús San Segundo, ha anunciado
que está previsto desarrollar en los próximos meses programas de formación
para el profesorado con el objetivo de erradicar la violencia entre los alumnos
en los colegios.
El Instituto para la Juventud ha elaborado un informe en el que recoge
tres medidas que los profesores pueden ir poniendo ya en marcha: intervenir
desde el primer indicio de maltrato físico o psicológico; explicar a los alumnos
en qué consiste la igualdad y el respeto; y hacer que todas las clases, al
margen de la materia que las ocupe, se conviertan en clases participativas.
Un mes después del suicidio de Jokin toda Hondarribia se manifestaba
en solidaridad con su familia y en repulsa de la violencia. “Para que no vuelva
a suceder”, rezaban sus pancartas. “Todos contra el bullying”.
La sociedad, que todos formamos, tarda un tiempo en asimilar los
fenómenos que van surgiendo. Pero esto no nos exime de nuestra
responsabilidad. Todos debemos implicarnos en la prevención, detección y
solución de los problemas de bullying. La relativa juventud de esta lacra no la
alivia. Y las aulas hoy son el presente de muchos niños y el futuro de todos
los ciudadanos.
Este artículo, junto con otros de interés, se puede localizar en:
www.gh.profes.net/especiales.asp
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