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de humano demasiado humano

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de humano demasiado humano
HUMANO
DEMASIADO
HUMANO
DE
PREFACIO
1
Harto a menudo, y siempre con gran extrañeza, se me ha señalado que
hay algo común y característico en todos mis escritos, desde el Nacimiento de
la tragedia hasta el último publicado, Preludios a una filosofía del porvenir:
todos ellos contienen, se me ha dicho, lazos y redes para pájaros incautos y
casi una constante e inadvertida incitación a la subversión de valoraciones
habituales y caros hábitos. ¿Cómo? ¿Todo es sólo... humano, demasiado
humano? Con este suspiro se sale de mis escritos, no sin una especie de horror
y desconfianza incluso hacia la moral, más aún, no mal dispuesto y animado a
ser por una vez el defensor de las peores cosas: ¡como si acaso sólo fuesen las
más vituperadas! A mis escritos se les ha llamado escuela de recelo, más aún
de desprecio, felizmente también de coraje, aun de temeridad. En realidad, yo
mismo no creo que nadie haya nunca escrutado el mundo con tan profundo
recelo, y no sólo como ocasional abogado del diablo, sino igualmente, para
hablar teológicamente, como enemigo y acusador de Dios; y quien adivina
algo de las consecuencias que implica todo recelo profundo, algo de los
escalofríos y angustias del asilamiento a los que condena toda incondicional
diferencia de enfoque a quien la sostiene, comprenderá también cuántas veces
para aliviarme de mí mismo, dijérase para olvidarme de mí mismo por un
tiempo, he intentado resguardarme en cualquier parte, en cualquier
veneración, enemistad, cientificidad, liviandad o estulticia; también por qué
cuando no he encontrado lo que necesitaba he tenido que procurármelo
artificiosamente, falseando o inventando (¿y qué otra cosa han hecho siempre
los poetas? ¿y para qué, si no, existiría todo el arte del mundo?). Pero lo que
una y otra vez necesitaba más perentoriamente para mi curación y mi
restablecimiento era la creencia de que no era el único en ser de este modo, en
ver de este modo, una mágica sospecha de afinidad e igualdad de puntos de
vista y de deseos, un descansar en la confianza de la amistad, una ceguera a
dúo, sin recelo ni interrogantes, un goce en los primeros planos, superficies, lo
cercano, vecino, en todo lo que tiene color, piel y apariencia. Quizá pudiera
reprochárseme a este respecto no poco “arte”, no poca sutil acuñación falsa:
por ejemplo por haber cerrado a sabiendas y voluntariamente los ojos ante la
ciega voluntad de moral de Schopenhauer, en una época en que yo era
bastante clarividente en materia de moral; también haberme engañado
respecto al incurable romanticismo de Richard Wagner, como si fuese un
comienzo y no un final; también con respecto a los griegos, y también por lo
que a los alemanes y su futuro se refiere, y acaso quedará todavía una larga
lista de tales -también-. Más, aun cuando todo esto fuese verdad y se me
reprochara con fundamento, ¿qué sabéis vosotros, que podéis saber de cuánta
astucia de autoconservación, de cuánta razón y superior precaución contiene
tal autoengaño, y cuánta falsía ha todavía menester para poder una y otra vez
permitirme el lujo de mí veracidad?... Basta, aún vivo; y la vida no es después
de todo una invención de la moral: quiere ilusión, vive de la ilusión..., pero de
nuevo vuelvo, ¿no es cierto?, a las andadas, y hago lo que, viejo inmoralista y
pajarero, siempre he hecho, y hablo inmoral, extramoralmente, -más allá del
bien y del mal-.
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Así pues, una vez en que hube menester, me inventé también los
“espíritus libres!, a los que está dedicado este libro entre melancólico y osado
con el titulo de Humano demasiado humano, semejantes “espíritus libres” no
los hay, no lo habido, pero en aquella ocasión, como he dicho, tenía necesidad
de su compañía para que me aliviaran de tantas calamidades (enfermedad,
soledad, exilio, acedía, inactividad) como valerosos camaradas y fantasmas
con los que uno charla y ríe cuando tiene ganas de charlar y de reír; y a
quienes se manda al diablo cuando se ponen pesados; como una compensación
por los amigos que me faltaban. No seré yo al menos quien dude de que un día
pueda haber semejantes espíritus libres, que nuestra Europa tendrá entre sus
hijos de mañana o de pasado mañana tales camaradas alegres e intrépidos, de
carne y hueso y no sólo, como en mi caso, como espectros y juego de sombras
de solitario. Ya los veo venir, lenta, lentamente, ¿y hago yo acaso algo para
acelerar su venida si describo por anticipado bajo qué destinos los veo nacer,
por qué caminos venir?
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Cabe presumir que un espíritu en el que el tipo “espíritu libre” ha un día
de madurar y llegar a sazón hasta la perfección haya tenido su episodio
decisivo en un gran desasimiento y que antes no haya sido más que un
espíritu atado y que parecía encadenado para siempre a su rincón y a su
columna. ¿Qué es lo que ata más firmemente? ¿Cuáles son las cuerdas casi
irrompibles? Entre hombres de una clase elevada y selecta los deberes serán
ese respeto propio de la juventud, ese recato y delicadeza ante todo lo de
antiguo venerado y digno, esa gratitud hacia el suelo en que crecieron, hacia la
mano que les guió, hacia el santuario en que aprendieron a orar; sus momentos
supremos serán lo que más firmemente les ate; lo que mas duramente les
obligue. Para los hombres de tal suerte encadenados, el gran desasimiento se
opera súbitamente, como un terremoto: el alma joven es de repente sacudida,
desprendida, arrancada, ella misma no entiende lo que sucede. Un impulso y
embate la domina y se apodera de ella imperiosamente; se despiertan una
voluntad y un ansia de irse; a cualquier parte, a toda costa; flamea y azoga en
todos sus sentidos una vehemente y peligrosa curiosidad por un mundo ignoto.
-Antes morir que vivir aquí, así resuenan la voz y la seducción perentorias: ¡y
este “aquí”, este -“en casa”- es todo lo que hasta entonces había amado! Un
repentino horror y recelo hacia lo que amaba, un relámpago de desprecio hacia
lo que para ella significaba “deber”, un afán turbulento arbitrario, impetuoso
como un volcán, de peregrinación, de exilio, de extrañamiento, de
enfriamiento, de desintoxicación, de congelación, un odio hacia el amor, quizá
un paso y una mirada sacrílegos hacia atrás, hacia donde hasta entonces oraba
y amaba, quizá un rubor de vergüenza por lo que acaba de hacer, y al mismo
tiempo un alborozo por haberlo hecho, un ebrio y exultante estremecimiento
interior que delata una victoria -¿una victoria?, ¿sobre qué?, ¿sobre quien?-,
una enigmática victoria erizada de interrogantes y problemática, pero la
primera victoria al fin y al cabo: de semejantes males y dolores consta la
historia del gran desasimiento. Es la mismo tiempo una enfermedad que puede
destruir al hombre, esta primera erupción de fuerza y voluntad de
autodeterminación, de autovaloración, esta voluntad de libre albedrío: ¡y
cuanta enfermedad se expresa en las salvajes tentativas y extravagancias con
que el liberado, el desasido, trata en delante de demostrase a sí mismo su
dominio sobre las cosas! Vaga cruelmente con una avidez insatisfecha; lo que
apresa debe expiar la peligrosa excitación de su orgullo; destruye lo que atrae.
Con malévola risa da vuelta a lo que encentra oculto, tapado por cualquier
pudor: trata de ver el aspecto de las cosas cuando se las invierte. Es por
arbitrio y gusto por el arbitrio por lo que acaso dispensa entonces su favores a
lo hasta tal momento desacreditado, por lo que, curioso e indagador, merodea
alrededor de los más prohibido. En el trasfondo de su trajín y vagabundeo pues está intranquilo y sin norte que le oriente, como en un desierto- está el
interrogante de una curiosidad cada vez más peligrosa. “¿No es posible
subvertir todos los valores?, ¿y es el bien acaso el mal?, ¿y Dios sólo una
invención y sutileza del diablo? ¿Es todo acaso en definitiva falso? Y si somos
engañados, ¿no somos precisamente por eso también engañadores?, ¿no nos es
inevitable ser también engañadores?” Tales pensamientos le conducen y
seducen cada vez más lejos, cada vez más extraviadamente. La soledad esa
temible diosa y mater saeva cupidinum, le rodea y envuelve, cada vez más
amenazadora, más asfixiante, más agobiante; pero ¿quién sabe hoy qué es la
soledad?
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Desde esta aislamiento enfermizo, desde el desierto de tales años de
tanteo, hay todavía un largo trecho hasta esa enorme y desbordante seguridad
y salud que no puede renunciar a la enfermedad misma como medio y anzuelo
del conocimiento; hasta esa libertad madura del espíritu que es igualmente
autodominio y disciplina del corazón y permite el acceso a muchos y
contrapuestos modos de pensar; hasta esa copiosidad y ese refinamiento
internos de la sobreabundancia, que excluyen el peligro de que el espíritu, por
así decir, se pierda y enamore por sus propios caminos y, embriagado, se
quede sentado en cualquier rincón; hasta ese exceso de fuerzas plásticas,
curativas, reproductoras y restauradoras, que es precisamente el signo de la
gran salud, ese exceso que le da al espíritu el peligroso privilegio de poder
vivir en la tentativa y ofrecerse a la aventura: ¡el privilegio de maestría del
espíritu libre! Entretanto pueden pasar largos años de convalecencia, años
llenos de multicolores mutaciones, a un tiempo dolorosas y encantadoras,
dominado y llevados de la rienda por una tenaz voluntad de salud que a
menudo osa ya vestirse y travestirse de salud. Hay en esto un estado
intermedio, que un hombre de tal destino no recuerda luego sin emoción: le es
propia una pálida y tenue luz y dicha solar, un sentimiento de libertad de
pájaro, de petulancia de pájaro, algo tercero en que curiosidad y delicado
desprecio se han combinado. Un -“espíritu libre”-: esta fría expresión es
benéfica en este estado, casi calienta. Se vive ya no en las cadenas de amor y
odio, sin sí, sin no, voluntariamente cerca, voluntariamente lejos, de
preferencia esquiva, evasiva, elusivamente; presto a escapar, a remontar el
vuelo; se está mal acostumbrado, como cualquiera que una vez ha visto por
debajo de sí un inmensa cantidad de objetos, y se ha llegado a ser lo opuesto
de los que se preocupan por cosas que no les conciernen. En realidad, en
adelante al espíritu libre le conciernen exclusivamente cosas -¡y cuantas
cosas!- que ya no le preocupan...
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Un paso más en la convalecencia, y el espíritu libre se aproxima de
nuevo a la vida, lentamente por cierto, casi recalcitrantemente, casi con
desconfianza. De nuevo hace más calor en torno a él, todo se vuelve por así
decir, más amarillo; sentimiento y simpatía cobran profundidad, tibios vientos
de todas clases soplan sobre él. Casi siente como si los ojos se le abriesen
ahora por vez primera a lo próximo. Está maravillado y se sienta en silencio:
¿pero dónde ha estado? ¡Qué cambiadas le parecen estas cosas cercanas y
contiguas! ¡Qué lozanía y encanto han adquirido entretanto! Mira atrás
agradecido: agradecido por su peregrinaje, por su dureza y autoextrañamiento,
por sus miradas a lo lejos y sus vuelos de pájaro por frías alturas. ¡Qué bien
que no se ha quedado todo el tiempo “en casa”, siempre “consigo”, como un
holgazán mimado y apático! Estaba fuera de sí: no cabe duda. Sólo ahora se
ve a sí mismo, ¡y con qué sorpresas se encuentra! ¡Qué estremecimiento nunca
experimentado! ¡Qué dicha en la fatiga, en la antigua enfermedad, en las
recaídas del convaleciente! ¡Cómo le gusta sentarse doliente y en silencio,
armarse de paciencia, tumbarse al sol! ¿Quién entiende como él de la dicha en
invierno, de las máculas solares en el muro? Estos convaleciente y lagartos a
medias vueltos a la vida son los animales más agradecidos del mundo,
también los más modestos: entre ellos los hay que no dejan pasar un día sin
prenderle un pequeño panegírico del dobladillo que le cuelga. Y hablando en
serio: es una cura a fondo contra todo pesimismo (la gangrena de los viejos
idealistas y héroes de mentira, como es sabido) enfermar a la manera de estos
espíritus libres, permanecer enfermo un buen lapso de tiempo y luego recobrar
la salud por un período cada vez más largo, quiero decir, volverse “más sano”.
Hay sabiduría, sabiduría de la vida, en eso de recetarse a sí mismo por mucho
tiempo la salud sólo en pequeñas dosis.
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Por esa época puede en fin suceder, entre los súbitos destellos de una
salud todavía tempestuosa, todavía inestable, que comience a desvelársele al
espíritu libre, cada vez más libre, el enigma de ese gran desasimiento que
hasta entonces había estado a la espera, oscuro, problemático, casi intangible
en su memoria. Si durante mucho tiempo apenas osó preguntarse: “¿por qué
tan apartado, tan solo, repudiando todo lo que yo veneraba, repudiando la
veneración misma?; ¿por qué esta dureza, este recelo, este odio a las virtudes
propias?”, ahora sí se atreve y lo pregunta en voz alta y oye ya algo así como
un respuesta. “Debías llegar a ser dueño de ti, dueño también de tus propias
virtudes. Antes eran ellas dueñas de ti; pero no deben ser más que tus
instrumentos junto a otros instrumentos. Debías adquirir poder sobre tu pro y
tu contra y aprender a captar lo perspectivista de toda valoración; la
deformación, la distorsión y la aparente teleología de los horizontes y todo lo
que pertenece a lo perspectivista; también la porción de estupidez con respecto
a valores contrapuestos y toda la merma intelectual en que revierte todo pro y
contra. Debías aprender a captar la necesaria injusticia de todo pro y contra, la
injusticia como inseparable de la vida, la vida misma como condicionada por
lo perspectivista y su injusticia. Debías ante todo ver con tus propios ojos
dónde es siempre más grande la injusticia, a saber: allí donde la vida está más
mezquina, estrecha, pobre, rudimentariamente desarrollada y no puede sin
embargo por menos de tomarse a sí misma como fin y medida de las cosas, y
de desmenuzar y, por mor de su conservación, poner subrepticia, mezquina e
incesantemente en cuestión lo superior, más grande, más rico; debías ver con
tus propios ojos el problema de la jerarquía y cómo crecen juntos hacia lo alto
poder, derecho y amplitud de la perspectiva. Debías...”; basta, el espíritu libre
sabe de ahora en adelante a qué -debes- ha obedecido, y también lo que ahora
puede, lo que ahora por vez primera le es permitido...
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De esta forma se da el espíritu libre respuesta respecto a ese enigma de
desasimiento y con ello, generalizando su caso, termina por decidir así sobre
su vivencia. “Lo que me ha sucedido -se dice- debe sucederle a todo aquel en
el que quiere tomar cuerpo y “venir al mundo” una misión. El secreto poder y
necesidad de esta misión operará entre y en sus destinos individuales igual que
una gestación inconsciente: mucho antes de que se haya percatado él mismo
de esta misión y sepa su nombre. Nuestra determinación dispone de nosotros
aunque todavía no la conozcamos; es el futuro el que rige nuestro hoy. Puesto
que es del problema de la jerarquía del que nosotros espíritus libres podemos
decir que es nuestro problema, sólo ahora, en el mediodía de nuestra vida,
comprendemos qué preparativos, rodeos, pruebas, tentativas, disfraces había
menester el problema antes de que éste pudiera planteársenos, y cómo
primero debíamos experimentar en cuerpo y alma los más múltiples y
contradictorios apremios y venturas, como aventureros y circunnavegantes de
ese mundo interno que se llama “hombre”, como medidores de lo “superior” y
“superpuesto” que se llama igualmente “hombre”, lanzándonos en todas las
direcciones, casi sin miedo, sin desdeñar nada, sin perderse nada,
saboreándolo todo, depurándolo de lo contingente y, por así decir, cribándolo,
hasta que finalmente pudiéramos decir nosotros espíritus libres: “¡He aquí un
problema nuevo¡” ¡He aquí una larga escalera en cuyos peldaños nosotros
mismos nos hemos sentado y por ellos ascendido, que nosotros mismos hemos
sido alguna vez! ¡He aquí algo más elevado, algo más profundo, algo por
debajo de nosotros, un orden de inmensas dimensiones, un jerarquía que
vemos he aquí nuestro problema!”.
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Ningún psicólogo ni adivino dudará ni por un momento a qué lugar de
la evolución que acabo de describir le corresponde (o en cuál está situado) el
presente libro. ¿Pero dónde hay psicólogos? En Francia por supuesto; quizás
en Rusia; desde luego, no en Alemania. No faltan razones para que los
alemanes de la hora presente puedan tomar esto incluso como un honor: ¡tanto
peor para quien en este punto sea por índole y designio antialemán! Este libro
alemán, que ha sabido encontrar sus lectores en un vasto círculo de países y
pueblos -hace unos diez años que está en circulación- y que debe de entender
de alguna música o arte flautistico que incluso a los recalcitrantes oídos
extranjeros induce a la escucha, este libro es precisamente en Alemania donde
has sido leído más negligentemente, donde peor has sido oído. ¿A qué se debe
esto? “Exige demasiado”, se me ha respondido, “se dirige a hombres sin el
apremio de groseros deberes, requiere sentidos delicados y refinados, precisa
abundancia, abundancia de tiempo, de claridad, de cielo y de corazón, de
otium en el sentido más audaz: sin excepción buenas cosas que nosotros
alemanes de hoy no tenemos y por tanto tampoco podemos dar”. Tras una
respuesta tan amable, mi filosofía me aconseja callar y no hacer más
preguntas, máxime si como dice el proverbio, en ciertos caso uno sólo sigue
siendo filósofo si calla.
Friedrich Nietzsche
Niza, primavera de 1886
Trad. Alfredo Brotons Muñoz
1
QUÍMICA DE LOS CONCEPTOS Y SENSACIONES. Los
problemas filosóficos vuelven a tomara hora, en casi todos los casos, la misma
forma de plantearse de hace dos mil años: ¿cómo puede algo nacer de su
contrario, por ejemplo lo racional de lo irracional, lo que siente de lo que está
muerto, la lógica de la ilogicidad, la contemplación desinteresada del deseo
apasionado, el vivir para los otro del egoísmo, la verdad de los errores? La
filosofía metafísica conseguía hasta ahora salir de esta dificultad negando que
unas cosas se originasen de otras y suponiendo un origen milagroso para las
cosas más altamente valoradas, como si procediesen directamente del núcleo y
la esencia de la “cosa en sí”. Por el contrario, la filosofía histórica, que no se
puede pensar separada de las ciencia naturales, y el más reciente de todos los
métodos filosóficos, ha comprobado en casos particulares (y tal será
presumiblemente su resultado en todos los casos), que esas cosas no son
opuestas, sino en la acostumbrada exageración de la concepción popular o
metafísica, y que esta oposición estaba basada en un error de la razón: según
su explicación, no existe para ser rigurosos, ni un obrar altruista ni una
contemplación plenamente desinteresada; ambas cosas son sólo sublimaciones
en las que el elemento básico se presenta casi volatilizado y se revela como
aún existente sólo a la observación más sutil. - Todo lo que necesitamos y
todo lo que solamente se nos puede dar en el nivel actual de las ciencias
especializadas es una química de las representaciones y sensaciones morales,
religiosas y estéticas, así como de todas aquellas estimulaciones que
vivenciamos en nosotros, tanto en las grades como en las pequeñas relaciones
que tenemos con la cultura y con la sociedad e incluso estando en soledad:
¿qué sucedería si esta química concluyese con el resultado de que también en
esta ámbito los colores más espléndidos se han obtenido de materias vulgares
e incluso despreciadas? ¿Tendrán ganas de continuar tales investigaciones? A
la humanidad le gusta deshacerse pronto de las preguntas por el origen y los
comienzos: ¿no hay que estar poco menos que deshumanizado para notar en sí
mismo la tendencia contraría?
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FENÓMENO Y COSA EN SÍ. Los filósofos suelen situarse ante la
vida y la experiencia -ante aquello que denominan el mundo de la apariencia-,
como ante un cuadro que estuviese desplegado de una vez por todas y
mostrase el mismo acontecer de forma invariablemente fija: ellos opinan que
hay que interpretar correctamente este acontecer para de esa manera obtener la
esencia que ha producido el cuadro; es decir, la cosa en sí que siempre suele
considerarse como la razón suficiente del mundo de la apariencia. Por el
contrario, lógicos más estrictos, tras haber dilucidado agudamente el concepto
de lo metafísico como el concepto de lo incondicionado y, en consecuencia,
también como el de lo incondicionante, han puesto en duda toda conexión
entre lo incondicionado (el mundo metafísico) y el mundo que nos es
conocido: de modo que en el fenómeno no aparece para nada la cosa en si, y
se ha de rechazar, por tanto, todo tipo de conclusión sobre ésta que haya
partido de aquél. Por ambas partes, sin embargo, se ha desatendido la
posibilidad de que aquel cuadro -eso que ahora para nosotros los hombres
significa vida y experiencia-, haya devenido gradualmente, que, en efecto,
todavía esté por completo en devenir y que, por ello, no deba ser considerado
como cantidad fija de la que fuese lícito sacar, o incluso solamente rechazar,
alguna conclusión sobre el autor (la razón suficiente.) Puesto que desde hace
milenios hemos visto el mundo con pretensiones morales, estéticas y
religiosas, con ciega inclinación, pasión o temor, y nos hemos entregado con
placer a las groserías del pensamiento ilógico, por todo ello este mundo se ha
convertido poco a poco en tan maravillosamente multicolor, terrible, profundo
de significación y lleno de alma que ha tomado color, - pero nosotros hemos
sido los coloristas: el intelecto humano ha dejado que el fenómeno apareciera
y ha introducido en las cosas sus erróneas concepciones fundamentales. Tarde,
muy tarde - vuelve en sí: y ahora el mundo de la experiencia y la cosa en sí le
parecen tan extraordinariamente distintos y separados que rechaza que de
aquél se saquen conclusiones sobre ésta - o de una forma horriblemente
misteriosa exige la renuncia de nuestro intelecto y de nuestra voluntad
personal: para llegar a lo esencial haciéndose esencial. Otros, en cambio, han
recogido todos los rasgos característicos de nuestro mundo de la apariencia esto es, de la representación del mundo tramada partiendo de equivocaciones
intelectuales y heredada por nosotros-, y en lugar de declarar culpable al
intelecto han acusado a la esencia de las cosas de ser la causa de ese efectivo y
muy inquietante carácter del mundo y han predicado la redención del ser. - El
continuo y laborioso proceso de la ciencia acabará de forma decisiva con todas
estas concepciones. Dicho proceso alguna vez celebrará por fin su máximo
triunfo mediante una historia de la génesis del pensamiento, cuyo resultado
quizá podría resumirse en esta frase: lo que nosotros ahora denominamos
mundo es el resultado de muchas equivocaciones y fantasías que se formaron
poco a poco en la evolución global de los seres orgánicos, que han crecido
entrelazándose y ahora las heredamos como tesoro acumulado de todo el
pasado, - como tesoro: porque sobre él descansa el valor de nuestra
humanidad. De este mundo de la representación la ciencia estricta sólo nos
puede desligar, de hecho, en pequeña medida - y en absoluto es de desear que
lo haga, en tanto en cuanto no pueda romper esencialmente la violencia de
antiquísimos hábitos de la sensación: la ciencia puede, sin embargo, clarificar
poco a poco y paso a paso la historia de la génesis de aquel mundo como
representación - y elevarnos, al menos por momentos, por encima de todo el
proceso. Quizá reconozcamos entonces que la cosa en sí merece una sonrisa
homérica: porque parecía mucho, incluso todo, y propiamente esta vacía, es
decir, vacía de significación.
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CUESTIONES FUNDAMENTALES DE LA METAFÍSICA.
Cuando se escriba la historia de la génesis del pensamiento, entonces la
siguiente proposición de un eminente lógico también estará iluminada por una
nueva luz: “La ley originaria y general del sujeto cognoscente consiste en la
interna necesidad de conocer todo objeto en sí, en su esencia propia, como uno
e idéntico consigo mismo, así pues, como existente por sí y, en el fondo,
permaneciendo siempre igual e inmutable, en una palabra, como una
sustancia.” También esta ley, que aquí ha sido llamada “originaria” es algo
derivado: algún día se enseñará que esta tendencia se forma gradualmente en
los organismo inferiores, que los torpes ojos de topo de estas organizaciones al
principio no ven nada sino siempre lo mismo, que entonces, cuando se hacen
más perceptibles las distintas estimulaciones de placer y displacer, las distintas
substancias se distinguen poco a poco, pero cada una con un atributo, es decir,
con una única relación con un tal organismo. - El primer grado de lo lógico es
el juicio; cuya esencia consiste, según la declaración de los mejores lógicos,
en la creencia. A toda creencia le sirve de base la sensación de lo agradable o
lo doloroso con respecto al sujeto que siente. El juicio, en su forma ínfima, es
una tercera sensación nueva, resultado de dos sensaciones individuales
previas. - Originariamente a los seres orgánicos sólo nos interesa en todas las
cosas su relación con nosotros respecto del placer y el dolor. Entre los
momentos en los que nos hacemos conscientes de esta relación, esto es, los
estados de sensación, están los momentos del reposo, es decir, los estados sin
sensación: ya que entonces el mundo y cada una de las cosas carecen de
interés para nosotros, no percibimos en él ninguna alteración (como todavía
ahora si alguien está vivamente interesado en algo no nota que otro pase a su
lado). Para las plantas en general todas las cosas están en reposo, son eternas y
cada una de ellas s idéntica a sí misma. Del periodo de los organismo
inferiores el hombre ha heredado al creencia en la existencia de cosas
idénticas (solamente la experiencia desarrollada por la creencia más elevada
contradice esa proposición). La creencia primordial de todo lo orgánico y
quizá desde sus comienzos puede que sea que todo el resto del mundo
constituye una cosa única e inmóvil. - A aquel grado primordial de lo lógico le
queda sumamente lejos la idea de causalidad; en efecto, nosotros todavía
opinamos, en el fondo que todas las sensaciones y acciones son actos de la
voluntad libre; si el individuo que siente se considera a sí mismo, entonces
tomará, toda sensación, toda alteración, por algo aislado, es decir,
incondicionado, inconexo: surgiendo de nosotros sin asociación con lo
anterior o lo posterior. Cuando tenemos hambre no opinamos originariamente
que el organismo quiere ser mantenido, sino que aquel sentimiento es el que
aparece haciéndose valer sin fundamento ni finalidad, se aísla y se toma a sí
mismo por arbitrario. En consecuencia: la creencia en la libertad de la
voluntad es un error originario de todo lo orgánico, tan antiguo que en él ya
existen los arranques de lo lógico, la creencia en sustancias incondicionadas y
en cosas idénticas también es un error originario e igualmente antiguo de todo
lo orgánico. Ahora bien en la medida en que toda metafísica se ha ocupado
principalmente de la sustancia y de la libertad de la voluntad, se la debe
designar como la ciencia que trata de los errores fundamentales del hombre,
aunque lo hace como si fuesen verdades fundamentales.
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ALGUNOS PASOS ATRÁS. Se alcanza un nivel ciertamente muy
elevado de cultura cuando el hombre se libera de la ideas y temores
supersticiosos y religiosos, y, por ejemplo, no cree ya en los simpáticos
angelitos o en el pecado original, y ha olvidado también hablar de la salvación
del alma: si se encuentra en este grado de liberación, le queda aún por superar,
con la máxima tensión de su reflexión, la metafísica. Después, sin embargo, es
necesario un movimiento hacia atrás: debe comprender la justificación
histórica, como también la psicológica de semejantes representaciones, debe
reconocer cómo se ha originado de ellas el mayor progreso de la humanidad y
cómo, sin tal movimiento hacia atrás, nos veríamos privados de los mejores
resultados obtenidos hasta ahora por la humanidad. Con respecto a la
metafísica filosófica, son cada vez más numerosos aquellos que veo alcanzar
la meta negativa (que toda metafísica positiva es un error), pero aún son muy
pocos quienes dan algunos pasos atrás; en otras palabras, es preciso mirar por
encima del último travesaño de la escalera, pero no querer permanecer en él.
Los más iluminados sólo consiguen liberarse de la metafísica y volverse a
mirarla con superioridad: mientras también aquí, como en el hipódromo al
termino de la recta es necesario girar.
34
PARA TRANQUILIZAR. Así pues, ¿no se convierte de esta manera
nuestra filosofía en tragedia? ¿No se convierte la verdad en enemiga de la vida
y de lo mejor? Parece que una pregunta se nos trabase en la lengua sin querer
expresarse: ¿podríamos permanecer conscientemente en la falsedad? o, si
tuviéramos que hacerlo, ¿no sería preferible la muerte? Porque ya no hay un
deber; la moral, en la medida en que era un deber, está aniquilada por nuestra
forma de considerar las cosas, de la misma manera que lo está la religión. El
conocimiento solamente puede dejar que subsistan como motivos el placer y
el displacer, el provecho y el daño: ahora bien, ¿cómo concordarán estos
motivos con el sentido para la verdad? Pues ellos también están en contacto
con errores (por cuanto, como dijimos, la simpatía y la antipatía y sus muy
injustas medidas determinan esencialmente nuestro placer y displacer). La
vida humana está toda ella sumergida profundamente en la falsedad, el
individuo no la puede sacar de este pozo sin sentir aversión contra su pasado
por la más profunda de las razones, sin encontrar absurdos sus motivos
actuales como los del honor y sin manifestar irrisión y desprecio en contra de
las pasiones que impulsan hacia el futuro y hacia la felicidad en el futuro.
¿Será verdad que sólo quede una única forma de pensar que implique, como
resultado personal, la desesperación y, como resultado teórico, una filosofía de
la destrucción? - Yo creo que la decisión sobre la repercusión del
conocimiento la toma el temperamento de un hombre: de la misma manera
que esa repercusión expuesta, y posible en naturalezas individuales, podría
imaginarse otra capaz de producir una vida mucho más sencilla y más libre de
afectos que la actual: de modo que al principio los antiguos motivos del deseo
vehemente todavía tuviesen fuerza por la antigua costumbre heredada, pero se
debilitasen paulatinamente bajo el influjo del conocimiento purificante. Al
final se viviría entre los hombres y consigo mismo como en la naturaleza, sin
elogios ni reproches, sin apasionamiento, disfrutando como en un espectáculo
de muchas cosas que hasta entonces solamente habían infundido temor. Se
estaría libre del énfasis y ya no se sentiría el aguijón del pensamiento de ser no
sólo naturaleza o ser más que naturaleza. Obviamente, de esto formaría parte,
como dijimos, un buen temperamento, un alma sólida, suave y en el fondo
alegre, un estado de ánimo que no necesitara estar en guardia frente a perfidias
y arrebatos repentinos y que en sus exteriorizaciones no ostentase nada de
tono refunfuñante ni de encarnizamiento, - esas conocidas y molestas
propiedades de hombres y perros viejos, que han estado atados mucho tiempo.
Al contrario, un hombre que se ha desprendido en tal medida de las habituales
cadenas de la vida y que no continúa viviendo más que para conocer cada vez
mejor, ha de poder renunciar, sin disgusto ni envidia, a mucho e incluso a casi
todo lo que para los otros hombres tiene valor, a él ha de bastarle como el más
deseable de los estados ese libre y valiente planear por encima de los hombres,
las costumbres, las leyes y las apreciaciones habituales de las cosas. Comparte
con gusto la alegría de este estado y quizás no tenga otra cosa que compartir, lo cual implica, evidentemente, una privación, una renuncia más. Pero si, a
pesar de ello, se quisieran más cosas de él, entonces con benévolo movimiento
de cabeza señalaría a su hermano, el hombre libre de la acción, y tal vez no
disimularía un poco de ironía: pues la de éste es un caso muy particular de
«libertad».
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CÓMO EL PARECER SE CONVIERTE EN SER. En definitiva, el
actor no puede dejar de pensar en la impresión que causa su persona y en el
efecto escénico en general ni siquiera cuando siente el más hondo dolor,
incluyendo el entierro de su hijo, por ejemplo: llorará por encima de su propio
sufrimiento y de sus manifestaciones como si fuera un espectador de sí
mismo. El hipócrita, que desempeña siempre el mismo papel, termina dejando
de ser hipócrita; de este modo, los sacerdotes que solían ser hipócritas en su
juventud, conscientemente o no, acaban comportándose con naturalidad, y
entonces es cuando son realmente sacerdotes, sin afectación alguna; o si no
consigue el padre comportarse así, probablemente herede el hijo su costumbre,
beneficiándose del esfuerzo paterno. Cuando un hombre pretende parecer algo
durante mucho tiempo y con empeño, le resulta difícil acabar siendo otra cosa.
La profesión de casi todos los hombres, incluyendo a los artistas, empieza por
una hipocresía, por un imitar exterior, por un copiar lo que produce efecto.
Quien lleva siempre la misma máscara del gesto amistoso acaba adquiriendo
la actitud benévola sin la que no puede darse la manifestación de la
cordialidad, y cuando dicha actitud acabe apoderándose de el, será benévolo.
57
LA MORAL COMO AUTOESCISIÓN DEL HOMBRE. El buen
autor, el que de veras se compromete con su causa, quiere que aparezca otro y
lo eclipse sosteniendo la misma causa de modo más claro y resolviendo
exhaustivamente los problemas contenidos en ella. La muchacha que ama
desea descubrir, en la infidelidad del amado, la devota fidelidad de su propio
amor. El soldado desea caer en el campo de batalla por su patria victoriosa:
pues en la victoria de su patria triunfan al mismo tiempo sus más altos deseos.
La madre da al hijo lo que se quita a sí misma, el sueño, la mejor comida, en
algunos casos la salud y los bienes. ¿Pero son, todos éstos, estados altruistas?
¿Son, estas acciones de la moral milagros, en tanto que son, según expresión
de Schopenhauer, “imposibles y con todo reales”? ¿No es evidente que en
todos estos casos el hombre ama algo propio, un pensamiento, una aspiración,
una criatura, más que otra cosa propia, es decir, que escinde su ser y sacrifica
una parte de éste a la otra? ¿Acaso sucede algo esencialmente distinto cuando
un testarudo dice: “Prefiero que me maten a ceder un palmo ante este
hombre”? En todos estos casos existe la inclinación hacia algo (deseo,
instinto, aspiración); secundarla con todas las consecuencias, no es, en ningún
caso “altruista”. En la moral el hombre se trata a sí mismo, no como
individuum, sino como dividuum .
107
IRRESPONSABILIDAD E INOCENCIA. La irresponsabilidad total
del hombre respecto de sus actos y a su ser es la gota más amarga que ha de
tragar el hombre del conocimiento, una vez habituado a considerar que la
responsabilidad y el dolor son los títulos de nobleza de la humanidad. Todas
sus valoraciones, atracciones y aversiones se convierten por ello en algo falso
y carente de valor: su sentimiento más hondo, el que le acercaba al mártir y al
héroe, ha adquirido a causa de eso el valor de un error; ya no tiene derecho
alabar ni a censurar, pues no tiene sentido alabar ni censurar a la naturaleza y a
la necesidad. Ante los actos propios y ajenos debe proceder como cuando le
gusta una obra bella pero no la alaba, porque ésta no puede hacer nada por sí
misma, o como cuando se encuentra delante de una planta. Puede admirar su
fuerza, su belleza, su plenitud, pero no le es lícito atribuirles mérito: el
fenómeno químico, la lucha de los elementos o los tormentos de quien ansia
curarse tienen tanto mérito como esas luchas y angustias del alma en las que
nos sentimos atenazados por diversos motivos y en diferentes sentidos, hasta
que al final nos decidimos por el más poderoso (como suele decirse, aunque
en realidad habría que decir: hasta que el más poderoso decide por nosotros).
Pero por elevados que sean los nombres que demos a esos motivos, proceden
de las mismas raíces en las que creemos que se encuentran los malignos
venenos: entre los actos buenos y los actos malos no hay una diferencia de
especie, sino a lo sumo de grado. Los actos buenos son la sublimación de
actos malos; y los actos malos son actos buenos, pero realizados de una forma
tosca y estúpida. Cualquiera que sea el modo como puede obrar el hombre, es
decir, como debe hacerlo, éste no desea más que autocomplacerse (unido esto
al miedo que tiene a la frustración), ya sea mediante actos de vanidad,
venganza, concupiscencia, interés, maldad o perfidia; o mediante actos de
sacrificio, de compasión, de entendimiento. Los grados de raciocinio
determinarán la dirección en la que cada cual se dejará llevar por este deseo;
toda sociedad y todo individuo tienen siempre presente una jerarquía de
bienes, por la cual deciden sus actos y juzgan los ajenos. Sin embargo esta
escala de medida está cambiando continuamente; se llama malos a muchos
actos que sólo son estúpidos porque el nivel de inteligencia de quién decidió
realizarlos era muy bajo. Más aún, en cierto sentido, todos los actos son
todavía hoy estúpidos, porque será sin duda superado el nivel más elevado que
ha podido alcanzar la inteligencia humana: cuando entonces se mire hacia
atrás, todos nuestros actos y juicios resultarán tan limitados e irreflexivos
como nos parecen hoy los de los pueblos salvajes y atrasados. Puede que la
toma de conciencia de todo esto produzca un hondo dolor, pero existe un
consuelo: estos sufrimientos son dolores de parto. La mariposa quiere romper
su envoltura, despedazándola y desgarrándola; entonces se siente cegada y
embriagada por esa luz desconocida que es el reino de la libertad. El primer
ensayo para saber si la humanidad, que es moral, puede convertirse en sabia,
se hace con hombre que son capaces de soportar esta tristeza (¡y que serán
muy pocos!). el sol de un nuevo evangelio lanza su primer rayo sobre las
cimas más altas de las almas de esos solitarios; allí se acumulan nubes más
densas que en ninguna otra parte, y reinan a un tiempo la claridad más pura y
el crepúsculo más sombrío. Todo es necesidad, dice el nuevo saber, y el
conocimiento es el camino que conduce a esa inocencia. Si la voluptuosidad,
el egoísmo y la vanidad son necesarios para la producción de los fenómenos
morales y para que alcancen su más elevada floración, el sentido de la verdad
y de la justicia del conocimiento: si el error, el extravío de la imaginación ha
sido el único medio por el que ha podido ir elevándose paulatinamente la
humanidad hasta este grado de claridad y de autoliberación. ¿quién iría a
entristecerse al divisar la meta adonde llevan estos caminos? Es cierto que en
el terreno de la moral todo se modifica y cambia, que es incierto y está en
constante fluctuación, pero también es verdad que todo fluye y que se dirige a
un único fina. Aunque siga actuando en nosotros el hábito hereditario de
juzgar, amar y odiar erróneamente, cada vez se irá debitando más por el
creciente influjo del conocimiento: en este mismo terreno nuestro se va
implantando insensiblemente un nuevo hábito: el de comprender, el de no
amar ni odiar, el de ver desde lo alto, y dentro de miles de años será tal vez lo
bastante poderoso para dar a la humanidad la fuerza de producir al hombre
sabio, inocente (consciente de su inocencia), de un modo tan regular como hoy
produce al hombre necio, injusto, que se siente culpable, es decir, su
antecedente necesario, no lo opuesto a aquél.
147
EL ARTE COMO NIGROMANTE. El arte cumple secundariamente
el deber de conservar e incluso de prestar nuevos colores a concepciones
apagadas, desteñidas; cuando lleva a cabo este deber, establece un vínculo con
épocas diferentes y hace que sus espíritus vuelvan. En realidad, la vida que
surge de tal modo es sólo una regla de fantasma que sale de su tumba, o como
el regreso en sueños de muertos queridos; pero al menos por algunos instantes
el antiguo sentimiento vuelve a despertarse y el corazón late con un ritmo ya
olvidado. Ahora bien, por este cometido general del arte se debe perdonar al
artista el hacho de que no figure en las primeras filas de la ilustración y de la
progresiva, viril educación de la humanidad: ha sido durante toda su vida un
niño, un adolescente, y se ha detenido en el punto en que lo ha sorprendido su
impulso artístico; los sentimientos de las primeras etapas de la vida están, sin
embargo, según cree, más cerca de los de las épocas pasadas que los del siglo
presente. Involuntariamente su deber se convierte en el de hacer que la
humanidad vuelva a su niñez; esta es su gloria y su limite.
638
EL CAMINANTE. Quien ha alcanzado la libertad de la razón, aunque
sólo sea en cierta medida, no puede menos que sentirse en la tierra como un
caminante, pero un caminante que no se dirige hacia un punto de destino pues
no lo hay.. Mirará, sin embargo, con ojos bien abiertos todo lo que pase
realmente en le mundo; asimismo, no deberá atar a nada en particular el
corazón con demasiada fuerza: es preciso que tenga también algo del
vagabundo al que agrada cambiar de paisaje. Sin duda ese hombre pasará
malas noches, en las que, cansado como estará hallará cerrada la puerta de la
ciudad que había de darle cobijo: tal vez incluso como en oriente, el desierto
llegue hasta esa puerta, los animales de presa dejen oír sus aullidos tan pronto
lejos como cerca; se levante un fuerte viento, y unos ladrones le roben su
acémilas. Quizá entonces la terrible noche será para él otro desierto cayendo
en el desierto y su corazón se sentirá cansado de viajar. Y cuando se eleve el
sol de la mañana, ardiente como un airado dios, y se abra la ciudad, puede que
vea en los ojos de sus habitantes más desierto, más suciedad, mas bellaquería
y más inseguridad aún que ante su puerta, -por lo que el día será para él casi
peor que la noche. Es posible que a veces sea así la suerte de este caminante.
Pero pronto llegan, en compensación, las deliciosas mañanas de otras
comarcas y de otras jornadas, en las que desde los primeros resplandores del
alba, ve pasar entre la niebla de la montaña a los coros de las musas que le
rozan al danzar; más tarde sereno, en el equilibrio del alma de la mañana antes
del mediodía y mientras se pasee bajo los árboles verá caer a sus pies desde
sus copas y desde los verdes escondrijos de sus ramas una lluvia de cosas
buenas y claras, como regalo de todos los espíritus libres que frecuentan el
monte, el bosque y la soledad, y que son como él, con su forma de ser unas
veces gozosa y otra meditabunda, caminantes y filósofos. Nacidos de los
misterios de la mañana temprana, piensan que es lo que puede dar al día, entre
la décima y la duodécima campanadas del reloj, una faz tan pura, tan llena de
luz y de claridad serena y transfiguradora: buscan la filosofía de la mañana.
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