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¿Dios es el mismo en todas las religiones?

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¿Dios es el mismo en todas las religiones?
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¿Dios es el mismo en
todas las religiones?
E
sta pregunta se puede responder de dos modos, dependiendo del sentido que se le dé. Un
primer modo es el que atiende
a su sentido más literal. En la
antigüedad era frecuente considerar que
cada grupo social o religión tenía su dios
o sus dioses, distintos, por ejemplo, de los
del pueblo vecino. La noción de divinidad
que está detrás de este planteamiento politeísta es del todo insuficiente de modo que,
en el fondo, no hay divinidad, no hay Dios:
en todo caso, los dioses serían concebidos
al modo humano, como grandes señores.
El pueblo de Israel, que vivía rodeado de
pueblos politeístas, tenía muy claro que los
dioses de esos pueblos no eran tales: «Tienen boca y no hablan –se lee en la Biblia–;
tienen ojos y no ven…» (Salmo 115, 5).
Desde luego, no tiene sentido hablar de
un Dios por cada religión; no puede haber
más que un Dios, el mismo para todos los
pueblos, para todas las religiones, en las que
al menos se tiene una idea vaga de una divinidad subyacente, quizá oculta tras múltiples dioses, aunque sea el «Dios desconocido» que veneraban aquellos atenienses a
los que se dirigió san Pablo (cfr. Hechos de
los Apóstoles 17, 23).
El segundo modo es interpretar la pregunta formulada como equivalente a esta
otra: ¿la idea de Dios es la misma en todas
las religiones? Basta una somera comparación de las distintas religiones para responder que no.
El Catecismo de la Iglesia Católica ilustra muy bien esta realidad cuando dice:
«Desde sus comienzos, la fe cristiana se ha visto confrontada a respuestas
distintas de las suyas sobre la cuestión
de los orígenes. Así, en las religiones y
culturas antiguas encontramos numerosos mitos referentes a los orígenes. Algunos filósofos han dicho que todo es Dios,
que el mundo es Dios, o que el devenir
del mundo es el devenir de Dios (panteísmo); otros han dicho que el mundo
es una emanación necesaria de Dios, que
brota de esta fuente y retorna a ella; otros
han afirmado incluso la existencia de dos
principios eternos, el Bien y el Mal, la
Luz y las Tinieblas, en lucha permanente
(dualismo, maniqueísmo); según algunas
de estas concepciones, el mundo (al me-
¿Dios es el mismo en
todas las religiones?
nos el mundo material) sería malo, producto de una caída, y por tanto se ha de
rechazar y superar (gnosis); otros admiten que el mundo ha sido hecho por Dios,
pero a la manera de un relojero que, una
vez hecho, lo habría abandonado a él
mismo (deísmo); otros, finalmente, no
aceptan ningún origen transcendente del
mundo, sino que ven en él el puro juego
de una materia que ha existido siempre
(materialismo). Todas estas tentativas
dan testimonio de la permanencia y de la
universalidad de la cuestión de los orígenes. Esta búsqueda es inherente al hombre» (n. 285).
Si nos preguntamos por los motivos de
esta diversidad, podemos individuar, entre
otros, dos que resultan muy decisivos:
1. La persona humana desde sus orígenes,
como atestigua la historia, se ha preguntado por el sentido profundo de su
propia existencia. La respuesta no se encuentra en lo inmediato, sino en un más
allá, en algo que trasciende, que remite
de un modo u otro a algo divino, infinito; en el fondo, de modo más o menos
explícito, a Dios. Pero Dios es infinito y
la razón humana es finita y limitada, de
manera que no puede comprender totalmente a Dios. Esto hace que personas diversas perciban a Dios de modo diverso.
Por ello, han surgido diversas religiones
o tradiciones religiosas con concepciones de la divinidad muy distantes entre
sí.
2. Los límites del conocimiento humano no
implican solo la imposibilidad de entender completamente a Dios, sino también
la posibilidad de error, por lo que cabe
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llegar a hacerse una idea de Dios básicamente falsa, aunque dentro de esa visión
errónea puede haber algún aspecto verdadero.
Detrás de esas percepciones diversas de
Dios podemos constatar los dos aspectos:
la imposibilidad de tener una visión perfecta sobre Dios (cualquier punto de vista que
se adopte es parcial) y el hecho de que nos
podemos equivocar.
Así, por ejemplo, la percepción panteísta sobre Dios en cierto modo tiene una base
real, pues Dios está en todas partes, pero
yerra al identificar el mundo con Dios; por
otro lado, el deísmo capta en cierta manera
la trascendencia de Dios (tal como la define
el Diccionario de la Real Academia Española: «aquello que está más allá de los límites
naturales y desligado de ellos»), pero a un
Dios así no se le puede adorar ni rezar ya
que está despreocupado de la realidad que
ha creado. El Catecismo se refiere en conjunto a los mitos de las religiones y culturas
antiguas: muchas de ellas son politeístas,
consideran la existencia de varios dioses,
de modo que desaparece un atributo esencial, el de la omnipotencia. Un caso particular, también citado en el texto precedente
del Catecismo, es el dualismo, en el que se
explica el problema del mal personificándolo en una divinidad antagonista a otra, que
sería el dios bueno.
Pero la recta razón es capaz de llegar a la
existencia de un solo Dios, dotado de absoluta perfección –incluidas las perfecciones
propias de un ser personal–, creador del
mundo y que a la vez lo trasciende. Esa es,
en términos generales, la concepción cristiana de Dios compartida en parte con el
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¿Dios es el mismo en
todas las religiones?
judaísmo y el islam. En el cristianismo además se concilia el carácter trascendente con
la consideración de que Dios está en todas
partes y, de modo particular, en lo más profundo de cada persona, quien recibe el don
de la filiación divina, que le capacita para
tener un diálogo de tú a tú con Dios. Esto
último en el judaísmo se da solo en parte
y en el islam no se concibe, por los acentos
que pone en la trascendencia de Dios, que
no ve compatible con esa cercanía. El cristianismo además ha recibido de Jesucristo,
el Hijo de Dios hecho hombre, la revelación
de que en Dios hay tres personas.
Todas estas diferencias en la noción o
percepción de Dios, es decir, el hecho de que
no todos entiendan lo mismo por «Dios»,
no excluyen que, en el ámbito de un idioma
específico, se le designe con una misma palabra. Por ejemplo, los cristianos árabes, al
hablar de Dios o dirigirse a Él en su lengua,
dicen «Alá»; y los musulmanes, si hablan en
castellano, utilizan habitualmente la palabra «Dios». Como sucede como con tantos
otros conceptos, la noción de Dios puede
entenderse de manera diferente según la
tradición cultural o religiosa en la que se
vive.n
Para saber más:
Catecismo de la Iglesia Católica,
27-38; 2566.
Francisco Gallardo
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