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Mike Wilson - Fortegaverso

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Mike Wilson - Fortegaverso
Mike Wilson
Rockabilly
Para Alex & Lyman
Only the lonely
Know the way I feel tonight
Only the lonely
Know this feelin’ ain’t right
Roy Orbison
Rockabilly
Rockabilly comenzó a cavar tarde,
una noche de primavera, con una pala oxidada en el jardín trasero de su casa. Todo
había comenzado un par de horas antes,
estaba oscureciendo, las ventanas del vecindario empezaban a iluminarse y la mancha
roja en el horizonte se atenuaba. En algunas casas parpadeaban televisores, en otras,
las familias se reunían alrededor de la mesa
a cenar. Pero Rockabilly no tenía familia ni
televisor, él estaba en el living, bajo una ampolleta débil, arrodillado sobre un montón
de periódicos viejos, sus dedos grasientos
desarmaban una caja de cambio que había
recogido del depósito de chatarras. Se pasó
la mano por la frente, despejando el sudor
y dejando en su lugar un borrón negro. Satisfecho, entró al baño a lavarse. Mientras se
enjabonaba los brazos, tratando sin éxito de
eliminar las manchas negras que se adherían
a su piel, algo cayó del cielo.
Primero escuchó un silbido agudo,
después un golpe seco en el techo, un destello y un impacto sordo en el patio trasero. Rockabilly salió corriendo del baño. El
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borde del techo estaba en llamas y la canaleta colgaba precariamente. Sin entrar en
pánico, buscó el extintor que guardaba en
la cocina y sofocó el incendio. Una vez despejado el humo, Rockabilly inspeccionó el
daño. Aparte de un semicírculo carbonizado, la única evidencia de que algo hubiese
caído del cielo era una perforación del tamaño de una moneda, a través de la cual
brillaba una estrella.
Rockabilly soltó el extintor y se quedó mirando el jardín trasero. Se rascó el
mentón, contemplando el pequeño apocalipsis doméstico. Una bruma incandescente descansaba sobre el pasto, la tierra estaba
herida y restos de vegetación yacían repartidos por el patio. Dio unos pasos hacia el
centro del surco, siguiéndole el rumbo a una
corriente de vapor. Mientras avanzaba, el
movimiento de sus piernas perturbaba la
niebla, permitiéndole ver por unos instantes lo que se escondía debajo de la superficie. Siguió con cautela hasta descubrir una
fisura en el patio. Se hincó y pudo ver los
contornos nebulosos de un pequeño cráter.
La corriente de bruma se hundía en él.
Permaneció ahí unos minutos sin saber qué hacer. Pensó en llamar a alguien, los
bomberos, la policía, a quien fuera, pero descartó la idea. Tenía un historial y prefería
mantener un perfil bajo. Además, todo pa-
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recía bajo control. El incendio estaba apagado, el techo no amenazaba con derrumbarse
y el patio... a quién mierda le iba a importar
el patio. En fin, estaba cansado, no había
dormido la noche anterior y no tenía ganas
de lidiar con las autoridades. Se restregó los
ojos y decidió arreglar el lío en la mañana.
Sin volver la mirada, encendió un cigarrillo
y se acostó en el sofá.
Rockabilly ya llevaba cuatro años en
la casa, pero no había encontrado el tiempo ni las ganas de comprarse una cama. De
hecho, aparte de un par de sillas plegables,
una pequeña mesa y un sofá deshilachado,
la casa no tenía muebles. En su lugar había
un sinnúmero de piezas de chatarra regadas
por el piso. Tornillos, bujías, amortiguadores, motores desarmados, neumáticos vintage y caños oxidados. La simple idea de tener
que ordenar el caos lo dejaba exhausto. Sin
embargo, a pesar del agotamiento, no lograba calmarse, estaba inquieto. No dejaba de
pensar en el cráter, en que podría ser una
roca espacial, un pequeño meteorito o algo
similar. Se acordó de un artículo que leyó
en uno de los retazos de diario que usaba
para proteger el piso. Algo sobre la conmemoración de los cuarenta años desde que el
hombre pisó la Luna, decía que las rocas lunares que trajeron de vuelta valían millones
de dólares. Rockabilly no podía sacarse ese
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dato de la cabeza, la posibilidad de que una
piedra espacial estuviese enterrada en su patio lo mantenía en vela. Ya se lo imaginaba,
vendería el meteorito por miles de dólares,
podría por fin comprarse las piezas que le
faltaban para el low-rider.
Apartó la manta, se puso los jeans,
fue al garage y tomó la pala.
La noche estaba cálida y la tarea era
ardua. El objeto estaba más enterrado de lo
que Rockabilly se había imaginado. Gotas
de sudor se deslizaban por su rostro y la camisa se le pegaba a la piel. Se la sacó y siguió
cavando con entusiasmo. No le cabía duda
de que con cada jadeo y gruñido se acercaba
a su premio.
Mientras Rockabilly seguía paleando, y sin que él sospechara de su presencia,
ella lo observaba desde una ventana oscurecida. El brillo de su mirada delataba el
mismo fervor que contaminaba los ojos de
su vecino. Desde la seguridad de su propia
casa, espiaba como Rockabilly hacía fuerza,
como los músculos de sus brazos y torso se
tensaban, como el tatuaje de la chica pin-up
que abarcaba su espalda parecía bailar bajo
el plenilunio.
Suicide Girl
Estoy en mi dormitorio, mirándome
al espejo, tratando de verme de una forma
que no me dé asco. Escruto mi rostro, buscándole un ángulo, una sombra, una expresión, algo. Sé que no soy fea, sé cómo me
miran los chicos del colegio, creo que me
consideran atractiva, pero en este momento no logro convencerme. Abro el cajón y
saco el maquillaje, sombra oscura, el rouge
más rojo que encuentro. Me pinto, quiero
parecerme a ella, me amarro el pelo, tomo
el delineador, me dibujo un lunar en la mejilla y un tatuaje en el brazo, es la silueta
de una mujer, me la imagino posando en
un traje de baño como los de antes. Así me
veo mejor. Estoy a punto de apartarme de
mi reflejo cuando un resplandor llena mi
dormitorio. Siento la luz, la siento pesada,
como si me golpeara, me penetra la carne,
me traspasa, me transforma. Todo ocurre
en cuestión de segundos, la luz es seguida
por un estruendo, algo, tierra, salpica mi
ventana, mi lagarto se oculta detrás de una
piedra. Luego oscurece, el silencio vuelve a
descender sobre el vecindario y a los pocos
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instantes los grillos reanudan sus chirridos,
como si ya no pudieran aguantar más la respiración.
Me asomo por la ventana y veo a mi
vecino con un extintor, apagando un pequeño incendio en un extremo del techo.
Me muerdo el labio y suspiro. Siempre lo
hago cuando veo a Rockabilly, no me puedo
aguantar. Creo que paso más horas espiándolo que en cualquier otra cosa. Conozco
su rutina. Sale a observar el cielo cuando el
sol se está escondiendo, de ahí no vuelve a
aparecer hasta la mañana, temprano, antes
de irme al colegio. Mamá se enfurece cuando me sorprende mirándolo, me dice que
una niña de quince años no debería andar
espiando gente, menos a un grasiento como
Rockabilly y sus autos mugrientos, sus motos infernales, sus tatuajes pornográficos y
no sé qué más. Ah, y que encontraba preocupante que una niña de mi edad pusiera
semejante cara de calentona al mirar a un
hombre de más de treinta años, que yo estaba jugando con fuego.
Rockabilly ya no está en su patio. Me
tiro sobre la cama y cierro los ojos. Odio mi
dormitorio, no quiero ver más superficies
rosadas. Otro capricho de mi mamá. Ella
controla la apariencia de mi pieza. No ha
cambiado desde que tengo siete años. Paredes rosadas, cortinas rosadas, clóset rosado,
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tocador rosado, infierno rosado. Mi único
«lujo» es Chuck, mi lagarto. El día que me
lo regalaron fue un día negro para Mamá.
Ella lo odia, cree que es un bicho y que porta
quién sabe qué peste. Desde que me dijo eso,
adoré a Chuck, fui a la tienda de mascotas y
le compré todo lo que necesitaba. Ahora vive
en un terrario sobre mi escritorio, amoblado
con un par de piedras lisas, arena, una rama
seca y una lámpara de calor. Los reptiles necesitan calor, si no se ponen tiesos.
Lo oigo rasquetear. Abro un ojo, Chuck
me mira fijo, tiene las patas delanteras plantadas y extendidas, el cuello estirado, algo le
pasa, se ve nervioso. Esa luz extraña lo debe
haber espantado. Me quedo quieta, sin hacer nada. Chuck se estira más y su lengua
se asoma. Me levanto de la cama, Chuck
se vuelve loco, se alza sobre sus ancas y sus
pequeñas garras comienzan a rasquetear el
vidrio del terrario. Me acerco y se desespera
aún más.
¿Qué te pasa, Chuck?
No aparta la mirada de mí, pero al
aproximarme me doy cuenta de que sus diminutos ojos no buscan los míos, se fijan
en mi cuerpo, en mi pecho. Bajo la mirada
y veo que del lado izquierdo de mi camisón
hay un círculo mojado.
Uno de mis pezones gotea leche.
Babyface
La cabeza me pesa, me cuesta abrir
los ojos, mi cuerpo yace inmóvil sobre el
sillón lay-z-boy, mi manos no responden,
lonjas de plomo, logro entreabrir los párpados, veo sombras desdibujadas. Consigo despegar un brazo y palparme el rostro,
abarcar mi cráneo ciclópeo. De a poco voy
redescubriendo la extensión de mi cabeza.
Enorme, redonda, suave. Me paso los dedos por la pelusa sedosa que apenas cubre
la cresta de mi cuero cabelludo. Respiro
hondo, un par de veces, intentando oxigenarme. Tanteo mi muslo hasta encontrar
el catéter, jalo de la sonda, siento como se
desprende de mi vejiga y como arde al deslizarse de mi pene. Me mojo un poco. Tengo la lengua seca, se me olvidó sacarme la
dentadura, las encías me duelen. Vuelvo a
aspirar, cierro los ojos, busco la palanca del
sillón y me enderezo. Dejo que la gravedad
se encargue de evacuar los fluidos acumulados en mi cabeza. Duele, es como si me
desgarraran el cerebro desde el vientre. De
a poco, mis sentidos se agudizan, mi vista
se restaura, recupero el movimiento de las
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piernas y del otro brazo. Me seco la saliva
del mentón y estoy por estirar la mano para
encender la lámpara cuando un fulgor invade mi living. Alzo el antebrazo para protegerme los ojos, pero antes de que pueda
cubrirlos, el resplandor desaparece. Quiero
ir a ver de qué se trata, mi cuerpo aún no
me lo permite, debo esperar un poco más.
No sé cuánto tiempo ha pasado, creo
que volví a quedarme dormido. Escucho
un sonido áspero, repetitivo, que viene de
la casa del vecino. Me alzo, mi bata abierta, tambaleo un poco, me afirmo contra
la pared y me dirijo hacia el ventanal del
patio. Veo mi reflejo en el vidrio y aprieto
la quijada. No logro acostumbrarme a mi
apariencia, el cuerpo hinchado, alto, una
barriga densa y redonda. La piel amarillenta
y la cabeza... aparto la vista. Los chicos de
la otra cuadra tienen razón, soy un Gerber
grotesco, un asco.
Hace tres años, mi cuerpo comenzó a
deteriorarse, la carne de mi cabeza se hinchó,
creció, el cráneo también, se me cayeron los
dientes, el cabello, me salió una pelusa, se me
agrandaron los ojos y las orejas. Inicialmente los doctores no sabían qué era, publicaron
artículos, me fotografiaron, me palparon,
midieron, nada. Hasta que un día un paleovirólogo descubrió que sufría de un virus que
se creía extinto. Y que provoca un mal llama-
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do ICF, Infantilismo cráneo-facial. La cabeza
que me devuelve la mirada en el reflejo es la
de un bebé de cuarenta y tres años.
Apoyo la frente contra el vidrio y
bloqueo la luz con las manos para ver qué
ocurre en la oscuridad del patio vecino. Me
cuesta, pero mis ojos se acostumbran a la
penumbra. El torso sudado de Rockabilly
brilla a la luz de la luna mientra cava afiebradamente. El pozo le llega hasta las rodillas. El movimiento rítmico de su tarea
hace que ese tatuaje que cubre su espalda
pareciera tomar vida. Me cierro la bata. Lo
observo un rato más, tratando de descifrar
qué busca, qué trama. Me acuerdo de la luz,
ese fulgor que invadió mi casa. Me comienza a doler la cabeza, es la posición, la aparto del ventanal, siento como la piel de mi
frente se despega del vidrio, dejando en su
lugar un rastro de humedad. Hay algo raro,
me cuesta enfocar la vista, alcanzo a hacerlo
justo a tiempo, antes de que la huella de humedad se desvanezca. Veo las letras translúcidas escritas por el sudor, se reducen, como
un código anoréxico a punto de expirar. La
palabra se evapora y el vidrio recupera su
trasparencia. Sin embargo, cuando cierro
los ojos, las letras siguen ahí. Claras, pulcras
y nítidas.
KILL
Bones
Esa luz me hizo algo. Mi cabeza está
llena de cosas, ideas, palabras, creo. No dejo
de jadear, me cansa, siento que una abeja se
ha metido en mi cráneo. No para de zumbar. Algo tiene que ver con el vecino. Me
rasco, me rasco, me rasco. No sé por qué,
pero desde que vi esa luz, mi cabeza me habla, cada vez que hago algo, me lo dice. Me
rasco. Me supera, no lo puedo evitar. Camino hacia la cerca. Camino a la cerca. Sé que
el vecino está en su patio, puedo oler su culo. Huelo su culo. Está a unos ocho metros.
Huelo su culo. Conozco los culos del vecindario. Sé cuándo salen al patio. En este momento el culo de Rockabilly está en su patio. Me rasco. Me rasco. Me aproximo a la
cerca. Me alzo sobre mis patas traseras. Veo
el culo de Rockabilly. Su culo está cavando.
Yo sé cavar. Es una de las cosas que hago.
Cavar, cagar, comer, dormir, cavar, rascar,
cavar. También huelo el culo del otro vecino, Babyface, pero está más lejos, puertas
adentro, igual lo huelo, huele a talco. Me
rasco, me rasco. Más lejos está Suicide Girl,
huelo su culo, pero también huelo leche.
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Quiero leche. Quiero leche. Quiero leche.
Me dan ganas de ladrar. Hago mi ladrido de
hambre. Lo hago dieciocho veces: ¡hambre!
¡hambre! ¡hambre! ¡hambre!... y así hasta
quedar conforme. Vuelvo a mirar el hoyo
que el culo de Rockabilly está cavando. Algo me molesta. Yo sé cavar. Sé cavar, pero
no me sale así. Me da vergüenza. Quiero
cavar así. Quiero su pozo. Entrar en él, girar seis veces y acostarme. Odio el culo de
Rockabilly, me humilla, quiero el pozo del
culo de Rockabilly. Debo tramar algo. Me
rasco, me rasco. No sé tramar. Debo conseguir que mi cabeza me diga cómo tramar.
Vuelvo a asomarme. Veo la carne dibujada,
la mujer en la espalda del culo de Rockabilly. Ella huele distinto. Me mira y huele
distinto. Sus ojos me hablan. Me ofrecen lo
que deseo. Me dicen cómo obtenerlo. No
entiendo cómo, pero sé lo que debo hacer.
Hay un gruñido en mi pecho.
Suicide Girl
Lo veo cavar. Apago las luces de mi
pieza y abro mi ventana para observarlo
mejor. Ella está con él, siempre está con él.
Hermosa, seductora, eterna. Él entierra la
pala con fuerza, ella reacciona, mece las caderas, como si intentara sacudirse las gotas
de sudor que bajan por la espalda de Rockabilly. Veo el pecho voluptuoso de la pinup y pienso en mi propia teta. Se está hinchando cada vez más, duele, me veo rara,
el pecho disparejo. Me sigue saliendo leche
del lado izquierdo. Cubrí el pezón con una
toallita higiénica, pero no hay caso, el líquido no se demora nada en traspasarla. Tengo
miedo, quiero avisarle a Mamá, quizás ella
sepa qué me pasa, puede que sea algún resto
de la pubertad, no sé, algo hormonal, ella
debe saber. Pero me arrepiento, estoy segura de que ella va a pensar lo peor, que estoy
embarazada o algo así. Mamá está convencida de que soy una pequeña puta. Una vez la
escuché hablando con una amiga que viene
de cuando en cuando, yo estaba en el pasillo, ellas en la cocina. Mamá le dijo que se
había dado por vencida conmigo, que tenía
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una hija que se vestía como una suelta y que
no le cabía duda de que me había tirado a
más de uno. Desde ese día no he dejado de
odiarla. Me da lo mismo lo que piense de
mí, ni me molesto en contarle que aún soy
virgen, que le tengo miedo al sexo. No es
que no tenga ganas, hay veces en que me llega a obsesionar el tema, pero prefiero imaginármelo solita... lo otro parece doloroso,
como de monos, no sé.
Me sorprende una puntada. Me aguanto el grito. No doy más, me duele, tengo el camisón empapado. Admiro a Rockabilly
unos segundos y cierro la ventana. Mientras
me amaso, me acuerdo de algo que podría
aliviarme el dolor. Mamá todavía guarda la
bomba eléctrica para sacarse leche de cuando yo era bebé. La encuentro en un cajón
del baño, está en su caja original. Regreso a
mi dormitorio, cierro la puerta, leo las instrucciones y enchufo el aparato. Sigue funcionando. Me saco el camisón, Chuck se
pone histérico, da saltos, rasca el vidrio, se
azota la cabecita contra el cristal. Me perturba, cubro el terrario con una manta. Sigo escuchando su rasqueteo. Lo ignoro. Me
miro el pecho desnudo, mi lado izquierdo
casi duplica el tamaño del derecho. Aplico
la copa de succión y la presiono contra mí
tal como lo indican las instrucciones. Con
la otra mano me aprieto, como si estuviera
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exprimiéndole jugo a una fruta, no sé si lo
hago bien, pero no me queda otra. Enciendo la máquina, comienza a zumbar y siento
como la succión me estira el pecho, siento
un ardor en el pezón. De pronto, la leche
comienza a salir a chorros, no es un flujo
continuo. Chorro, pausa, chorro, pausa,
chorro. Me da risa. Después de unos diez
minutos siento alivio, mi lado izquierdo ya
no está hinchado, el pequeño recipiente que
viene conectado a la bomba está casi lleno.
La leche se ve cremosa, rica, la botella está
tibia, por un segundo quiero probarla, pero
recapacito y pongo cara de asco. Destornillo el frasco de la máquina y me abotono el
camisón. Por si acaso, me dejo una toallita
puesta.
Chuck sigue rasqueteando. Siento
pena por él, lo destapo. Ve la botella de leche en mi mano y se pone tieso, clava los
ojitos en el líquido cremoso. No sé por qué,
pero comprendo exactamente lo que debo
hacer. Me asomo al terrario y acerco la mano para llenarle el platillo, pero no alcanzo
a servirle la leche. Chuck da un salto y me
muerde la muñeca. Suelto la botellita y retraigo la mano. Me sale sangre. Me llevo la
herida a los labios. Nunca antes me había
atacado, lo miro asustada. Chuck no parece
estar consciente de lo que me hizo, tiene la
cabecita agachada, bebiendo con desespera-
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ción la leche vertida. Me quedo observándolo un rato. Sé que los reptiles no son capaces de expresiones faciales, pero juro por
Dios que en el rostro de Chuck se ve una
euforia siniestra... insaciable.
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