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Ningún lugar a donde ir

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Ningún lugar a donde ir
Ningún lugar a donde ir
Josefina Sartora *
Ningún lugar a donde ir (Die Unberührbare, 1999), film dirigido por Oskar Roehler, aborda
las consecuencias de la reunificación alemana a través de las vivencias y percepciones de
una escritora. Con las imágenes de la caída del muro que trasmite la televisión, caen para
Hanna Flanders los ideales que había sostenido durante veinte años. Novelista famosa en
las dos Alemanias, Hanna ha apoyado el sistema de la RDA pero vive en Munich, comparte
el sistema capitalista, aunque abomina de él. Hanna ha gozado de ciertos privilegios del
socialismo, y con el muro termina también su utopía. Después de haber pasado una noche
fantaseando con el suicidio, Hanna -víctima de sus propias contradicciones- decide
mudarse a Berlín oriental. Levanta su departamento y antes de partir compra en la casa
Dior un tapado vistosísimo, que vestirá en su viaje.
Una vez en Berlín, nada resulta como ella esperaba: su hijo escritor y su nuera la rechazan,
su editor (y ex amante) ya no tiene lugar donde recibirla, la editorial de Alemania del Este ya
no puede publicar su literatura, sus lectores la insultan; Hanna vive una tras otra,
situaciones de humillación. Recibe ayuda de quien menos lo imaginaba: una empleada de
la editorial la aloja en un departamento que resulta siniestro, y una mujer que la ve
desesperada la acoge una noche en su casa, compartiendo con ella y su familia los festejos
por la nueva libertad. En esos días todo Berlín está celebrando la reunificación, pero esta
alegría colectiva no resuena en Hanna, quien parece deprimirse cada vez más sin cesar de
recurrir a medicamentos, al alcohol y al cigarrillo que fuma permanentemente.
Después de su frustración en Berlín, Hanna viaja a casa de sus padres, ricos burgueses, y
les pide dinero para regresar a Munich a recuperar su departamento, pues se ha gastado
todo el que le quedaba. Su padre no puede neutralizar la agresividad de la madre, quien le
recrimina todas sus conductas. Hanna huye de la casa paterna y se encuentra con su ex
marido, en quien tampoco encuentra consuelo o protección. Tras esta nueva decepción,
Hanna regresa vencida y en absoluta soledad al departamento vacío de Munich, donde
pasa la noche tirada en el piso. Al día siguiente sufre un desvanecimiento, y ante el peligro
de una obstrucción circulatoria en el hospital le imponen una cura de desintoxicación.
Hanna no lo tolera. Fuma un último cigarrillo y se arroja al vacío.
La historia se basa en la personalidad y el destino de la madre del director Oskar Roehler, la
escritora filosocialista Gisela Elsner, quien efectivamente se suicidó en 1992. Pero más allá
de la referencia personal, podemos ver actualizadas en la subjetividad de Hanna las
vivencias de una vieja Alemania, una Alemania dividida en dos, como lo está
frecuentemente el rostro de Hanna: vemos el primer plano de su perfil, o medio rostro en
sombras y el resto en luz, o cubierto por una máscara de maquillaje, y al final, su primer
plano de manera integral mirando a la cámara, cuando ha tomado la decisión de suicidarse.
Los parámetros ideológicos de Hanna-Alemania ya no tienen vigencia: su idealización del
socialismo ya no se sostiene y ella no puede acompañar el cambio social vertiginoso que se
vive afuera de su departamento de cristal, a través de cuyas ventanas la vemos caminar
desesperada. "Creía en Lenin", dice Hanna, y la foto del soviético en su departamento
resulta un anacronismo frente a las imágenes que transmite la televisión. La reunificación
alemana y la alegría que se vive en el Este la hunden en la soledad, duda y desesperación.
Frente a la crisis, Hanna decide partir en busca de un lugar que ha perdido, y es un acierto
que el film se transforme en una película de camino, un viaje de 5 días con distintas
estaciones, en cada una de las cuales la protagonista confronta con algún aspecto de su
existencia y encuentra a sus interlocutores de otras épocas. De ninguno de ellos recibe
respuesta y ni siquiera puede superar sus contradicciones. "Odio cambiar -dice su ex
marido- Cuando algo cambia hago todo para que vuelva a estar como antes". También esa
mujer se niega a aceptar el cambio, y ya no hay lugar para quien no puede acompañar una
sociedad en transformación. Sus lectores del Este no quieren saber nada con lo que ella
representa: es mierda, hay que eliminarlo. El departamento que piadosamente le prestan en
los suburbios de Berlín está tan derruido como la RDA idealizada. Deambula por Berlín, por
su ciudad natal, por Munich, sin encontrar su sitio y cuando vuelve a lo que fue su hogar,
éste se halla tan vacío como ha quedado ella misma. Hanna transita espacios que ya no la
contienen, y ante la imposibilidad de crear espacios nuevos, o de redefinir una identidad,
elige el suicidio.
Cuando llega a Berlín, Hanna vive una aventura sexual en su hotel con un extranjero, un
árabe a quien le da todo el dinero que le queda a cambio de un momento de ternura y
placer. Es inevitable el recuerdo de una Alemania que a menudo se ha resentido por la
"ocupación " y la presencia turca. Sin embargo, él es el único hombre que la deja satisfecha
y feliz.
Antes y durante su viaje, Hanna se comunica con su amigo Ronald, el único que parece
comprenderla y acompañarla en todo su proceso. Este personaje, del que sabemos muy
poco, que fuma como ella y cuyo rostro permanece en sombras, puede ser un alter ego o
incluso una proyección de la mente de la protagonista, constituyendo así una imagen cristal, producto tal vez de las altas dosis de psicofármacos combinados con abundante
alcohol. Antes de su desvanecimiento, Hanna tiene una alucinación producida por esa
combinación explosiva. En todo caso, el personaje de Ronald permanece en una zona de
indiscernibilidad suficiente como para admitir distintas interpretaciones.
La realización del film pone en evidencia la marca que dejó Fassbinder en el cine alemán,
tanto en el aspecto formal como en su tratamiento del melodrama y los personajes. Una
dramática fotografía en blanco y negro de contrastes y claroscuros con iluminación cenital y
lateral agudiza los rasgos de la protagonista, y ese juego de luz y sombra refiere a los
contrastes morales y sociales e incluso a las contradicciones de Hanna.
Uno de los mayores méritos del film es la actuación de la premiada Hannelore Elsner -hoy
una de las actrices más populares en Alemania, quien aunque tiene el mismo apellido de la
escritora, manifestó no haberla conocido. Elsner transmite la pura intensidad de su
personaje y el patetismo de una manera que produce cierta fascinación. Con una peluca
imponente y la máscara de su denso maquillaje tiene un aura de heroína trágica griega, y
transmite la profundidad de su sufrimiento con una expresividad admirable. Como las
heroínas de Fassbinder, atraviesa las distintas estaciones de la humillación sin perder su
dignidad. Es patética la escena en que deambula por los campos grises y desolados que
rodean Berlín con su peluca imposible, las botas altísimas, su elegante y desubicado tapado
de Dior, aferrada a su cigarrillo. Frente al vacío, Hanna se aferra a ciertas posturas, que no
son otra cosa que el gestus que actualiza su estado de desgarro: sus actitudes corporales,
el cigarrillo como prolongación de su propio brazo, su peluca sin la cual está "más que
desnuda", conforman un cuerpo devenido máscara hierática que nunca llega a ocultar las
fisuras que estallan en la determinación final.
*Josefina Sartora es profesora en Letras, crítica de cine y cultural, da cursos sobre cine y publica
trabajos sobre cine en diversos medios. [email protected]
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