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Cuidar al otro. Siete tesis

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Cuidar al otro. Siete tesis
CUIDAR AL OTRO
SIETE TESIS
El ejercicio de cuidar es uno de los verbos esenciales que, inevitablemente, todo ser humano debe
conjugar para llegar a ser lo que está llamado a ser. Pero «cuidarse» no significa todavía «cuidar» de los otros.
En el primer caso, la referencia es el autós, el sí mismo; mientras que en el segundo caso, la referencia es el
alter, y, en este segundo sentido, el cuidar se convierte en una práctica trascendente, porque se abre a la
perspectiva del otro, del sujeto que está más allá de los contornos de mi personalidad.
De lo dicho se deduce que no concibo el cuidar como una actividad tangencial o accidental, o como
un verbo que se desarrolla exclusivamente en los ámbitos de la atención sanitaria estrictamente considerada,
sino como una actividad constitutiva del ser humano. El ser humano también puede ser definido como el ser
que requiere ser cuidado para seguir siendo lo que es; como el ser que sólo si es cuidado puede llegar a
desarrollar sus potencialidades.
Primera tesis: Cuidar es velar por la autonomía del otro
Cuidar del otro significa, ante todo, velar por su autonomía, esto es, por su ley propia. El ejercicio de
cuidar no debe ser interpretado como una forma de colonización del otro, y menos aún como un modo de
vulnerar la ley propia del otro, sino todo lo contrario. Cuando unose dispone a cuidar correctamente del otro,
trata de hacer todo lo posible para que ese otro pueda vivir y expresarse conforme a su ley, aunque esta ley
no coincida necesariamente con la del cuidador.
El respeto a las decisiones libres y responsables del otro es
fundamental en el ejercicio del cuidar, y ello implica una escrupulosa atención al principio de autonomía. Sin embargo, el sujeto
cuidador tampoco debe convertirse en puro sujeto pasivo y
neutro que se limita a satisfacer necesidades del sujeto cuidado,
sino que, en tanto que ser humano, también tiene derecho a
actuar conforme a su ley, a obrar autónomamente.
En el caso de un conflicto de voluntades, se impone la
necesidad de diálogo y de consenso, la práctica de la confianza
y una cierta elasticidad, priorizando, en cualquier caso, la
decisión libre y responsable del sujeto enfermo. El respeto a la
autonomía del otro no debe ser una excusa para la dejadez y la
indiferencia; pero la firme voluntad de hacerle un bien tampoco
deber convertirse en argumento para vulnerar sus decisiones
libres y responsables. Cuidar del otro es una exigencia moral,
pero el modo en que se articula esta exigencia debe respetar,
siempre y en cualquier circunstancia, el derecho a la libertad de expresión, de pensamiento y de creencias
de la persona cuidada.
El cuidar no es una práctica judicial, sino una práctica de acompañamiento. El cuidado no tiene como
objetivo conducir al sujeto cuidado a sus horizontes, sino ayudarle a llegar adonde él quiere llegar. Con todo,
el cuidador no es un sujeto puramente pasivo, sino que, en tanto que ser racional, puede exponer su punto
de vista sobre dicho horizonte, pero no puede, sin más, arrastrar al sujeto cuidado a su horizonte personal.
Segunda tesis: Cuidar es velar por la circunstancia del otro
Cuidar del otro significa velar por su circunstancia. La circunstancia no es un elemento accidental en
la configuración de la persona, sino un factor determinante para comprender por qué actúa como actúa. La
circunstancia no se refiere únicamente al conjunto de factores sociales y económicos que rodean una
existencia humana, sino también al ambiente espiritual, a los valores, creencias e ideales que subsisten en
un determinado contexto y que influyen en el proceso de realización de la persona.
El sujeto enfermo se halla ubicado en un contexto material que tiene unas determinadas características
y que, según cuál sea, influye de un modo determinante en la ya de por sí precaria autonomía del sujeto
cuidado. No se puede cuidar al otro si no se sumerge uno en su circunstancia y comprende las claves de su
contexto, tanto en el plano tangible como en el plano de lo intangible.
Tercera tesis: Cuidar es resolver el cuerpo de necesidades del otro
Cuidar de alguien significa tratar de resolver sus necesidades. El ser humano, en tanto que ser
indigente, es un cuerpo de necesidades de índole muy distinta. En el proceso de cuidar se alivian las
necesidades que experimenta el ser humano, pero no sólo las de orden físico, sino también las de orden
psicológico, social y espiritual.
En ambos casos, el cuidar es una actividad que no se limita a paliar las carencias tangibles del ser
humano, sino también las carencias intangibles o enfermedades del alma. Sólo es posible resolver el cuerpo
de necesidades del otro si se dan dos premisas.
! Primera: la capacidad de escucha o, mejor dicho, de recepción del otro.
! Segunda: la competencia profesional para resolver dichas necesidades.
Pueden fallar ambas. Sólo el que es receptivo al otro puede descifrar, a través de la expresión verbal
y gestual del paciente, lo que éste necesita; pero sólo el sujeto competente puede resolver esas necesidades
que siente el otro. Ambas características deben darse en el cuidador modélico, puesto que podría haber
competencia técnica, pero no haber competencia ética; y viceversa.
En el fondo, cuidar no consiste sólo en resolver las necesidades del otro, sino en darle herramientas
para que él mismo sea capaz de resolverlas por sí mismo sin necesidad de un cuidador. En el fondo, se trata
de buscar la autonomía en la resolución de necesidades. Algunas necesidades se podrían evitar si el sujeto
tuviera otro estilo de vida.
Cuidar de alguien significa educarlo para que viva un estilo de vida más saludable, menos sensible a
la incertidumbre y a la enfermedad. También consiste en ayudarle a asumir aquellas necesidades que de
ningún modo pueden ser subsanadas y que acaban formando parte de su misma identidad personal.
Sólo es posible cuidar si se dan dos condiciones fundamentales:
! Primera: un sujeto dispuesto a cuidar de otro; y,
! segunda: un sujeto dispuesto a ser cuidado por el primero.
Podría fallar la primera premisa, y no habría acto de cuidar; podría fallar la segunda premisa, y tampoco
podría decirse que existe el cuidar; pero también podrían fallar las dos premisas simultáneamente, y en todos
estos casos no se podría articular correctamente la función del cuidar. El deseo de cuidar del otro es una
especie de impulso altruista que emerge de dentro de la persona
y que la abre a la perspectiva del otro.
Este movimiento hacia fuera, de superación del propio
solipsismo, es, en esencia, la experiencia ética. Pero sólo es posible
culminar este proceso del cuidar si el destinatario es consciente de
que debe ser cuidado, si se sabe frágil y reconoce en el cuidador
cierta capacidad de sanar. Si fallan estos implícitos, el ejercicio de
cuidar se convierte en una tarea quimérica.
Esta apertura al otro es lo que revela que el ser humano es,
ante todo, un sujeto ético. La preocupación porel cuidado del otro
y no sólo por el propio cuidado es una forma de superación del
egocentrismo y la cerrazón en el propio mundo. Lo expresa
Emmanuel Lévinas de este modo: «En la relación ética, el otro se presenta como absolutamente otro, pero,
a la vez, esta alteridad radical con respecto a mí no destruye ni niega mi libertad, como creen los filósofos».
Y añade en otro lugar: «La intuición moral fundamental consiste, probablemente, en darse cuenta de que yo
no soy igual que el otro; y esto en un sentido muy estricto: yo me siento obligado con respecto al otro y, por
consiguiente, soy infinitamente más exigente con respecto a mí mismo que con respecto a los demás»'.
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Cuarta tesis: Cuidar es preocuparse y ocuparse del otro
En el acto de cuidar es fundamental la práctica de la anticipación. El ser humano, en tanto que animal
histórico, es capaz de anticipar situaciones que todavía no vive. Esta capacidad de anticipación es,
naturalmente, vulnerable, lo que significa que puede equivocarse y predecir algo que, finalmente, no va a
ocurrir. Pero cuidar sólo es posible si uno imagina qué puede pasar en el futuro y qué necesidades se van a
manifestar. Sólo así es posible responder con compromiso y seriedad a dichas necesidades y evitar males
mayores.
Ocuparse con anticipación de lo que probablemente va a ocurrir es una posibilidad humana que exige
una cierta capacidad de pensamiento con proyección de futuro. En determinados contextos precarios, donde
la realidad supera las expectativas y donde lo urgente y coyuntural aniquila cualquier previsión, la única salida
posible es ocuparse del enfermo. Sin embargo, cuando un sistema o institución anticipa las necesidades de
la población con suficiente tiempo y precisión, tiene mejores mecanismos para enfrentarse a los desafíos de
futuro, evitando males mayores.
Quinta tesis: Cuidar es preservar la identidad del otro
Cuidar de alguien es cuidar de un sujeto de derechos, de un ser singular en la historia que tiene una
identidad esculpida a lo largo del tiempo y que el cuidador debe saber respetar y promover en la medida de
sus posibilidades. El enfermo es un sujeto de derecho, un ser dotado de una dignidad intrínseca. Por causa
de su patología, sufre una reducción de sus capacidades y de sus posibilidades de expresión, movimiento y
comunicación; pero, aun así, es una persona humana y, en cuanto tal, su dignidad es intangible.
Cuidar de otro ser es velar por su identidad. Cuando el cuidar es un modo
de suplir al otro o de colonizar su identidad, no puede denominarse «cuidado» en
sentido estricto, porque niega el ser del otro, y ello contradice la misma esencia
del cuidar. Cuando una madre cuida de su hijo, lo que desea es que llegue a ser lo
que está llamado a ser; y para que esto sea posible sabe que es esencial la
protección, la alimentación, la estima y el cuidado. No se trata de proyectar en él
los pensamientos, ideales y creencias que uno tiene para sí, sino de ayudar al otro
a ser auténticamente él mismo, a superar las múltiples formas de alienación y
subordinación que presenta la cultura contemporánea.
La práctica del cuidar es radicalmente distinta según que se dirija a sujetos
o a objetos. El objeto es pasivo, neutro y cósico, mientras que el sujeto es un ser
dotado de dignidad, abierto a la libertad y celoso de su intimidad. El sujeto tiene
rostro, es un ente singular en la historia, un proyecto único en el mundo. Es, en definitiva, una realidad que
no se deja conceptualizar, no se deja agarrar, porque es, en esencia, inabarcable.
Emmanuel Lévinas lo expresa nítidamente en Difícil libertad: «El rostro no es el conjunto formado por
una nariz, una frente, unos ojos...
Es todo eso, ciertamente; pero todo ello adquiere la significación de rostro por la nueva dimensión que
abre en la percepción de un ser. Por el rostro, el ser no está únicamente encerrado en su forma y ofrecido
a la mano; está abierto, se instala en profundidad y, en esta apertura, se presenta, de algún modo,
personalmente. El rostro es un modo irreductible según el cual el ser puede presentarse en su identidad. A
la cosa se aplica la violencia. Ésta dispone de la cosa, la aprehende. Las cosas son aquello que nunca se
presenta personalmente y que, a fin de cuentas, no tiene identidad. Las cosas se dejan asir, en lugar de
ofrecer un rostro. Son seres sin rostro».
Esta notable diferencia entre sujeto y objeto tiene efectos evidentes en el acto de cuidar. Cuidar de
objetos y cuidar de personas son tareas que tienen un cierto grado de analogía, pero que jamás pueden
ponerse en un plano de igualdad.
Sexta tesis: La práctica del cuidar exige el auto-cuidado
Sólo es posible cuidar correctamente del otro si el agente que cuida se siente debidamente cuidado.
El auto-cuidado es la condición de posibilidad del cuidado del otro.
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La apertura al héteros sólo es posible cuando el autós tiene un cierto equilibrio emocional y mental; de
otro modo, tal apertura no obedece a la voluntad de dar, sino al deseo de resolver carencias y necesidades
que el cuidador padece. El acto de cuidar se convierte, entonces, en un proceso de proyección e incluso de
instrumentalización. Cuidar es dar apoyo, acompañar, dar protagonismo al otro, transmitir consuelo,
serenidad y paz; pero ello sólo es posible si el que se dispone a desarrollar dicha tarea goza de una cierta
tranquilidad espiritual.
Muy frecuentemente perdemos de vista que el cuidador también es un sujetohumano y que, en cuanto
tal, es vulnerable y debe protegerse y cuidar de sí mismo para poder desarrollar correctamente su labor en
la sociedad.
El auto-cuidado es, ante todo, una responsabilidad del cuidador. Debe velar por su cuerpo y por su
alma, por su equilibrio emocional y por la salud de su vida mental. Pero el cuidado del profesional no sólo
es una exigencia para el profesional, sino también para la institución y para el sistema. Las instituciones
inteligentes tienen cuidado de sus profesionales de ayuda, porque se sabe que el profesional es la fuerza
motriz de la organización y que, cuando éste falla o se quiebra, la institución entra en crisis. De ahí la
necesidad de proteger, cuidar y velar por la salud física, psíquica, social y espiritual del agente cuidador.
El sistema donde se ubican las instituciones de cura también debe tener cuidado de las mismas,
porque las instituciones, en la medida en que son organizaciones humanas, no son ajenas a la erosión y al
desgaste, sino todo lo contrario; lo que significa que deben ser cuidadas y atendidas correctamente para que
el sistema sanitario cumpla correctamente con la función que tiene encomendada en la sociedad.
Séptima tesis: La práctica del cuidar se fundamenta en la vulnerabilidad
La vulnerabilidad constitutiva del ser humano es, a la par, la condición de posibilidad del cuidado, pero
también el límite insuperable del cuidar. Si los seres humanos fuésemos dioses, no necesitaríamos ser
cuidados, puesto que no padeceríamos necesidad alguna, pero no es ésta nuestra situación en la existencia.
Somos vulnerables desde un punto de vista ontológico, y sólo si nos cuidamos podemos permanecer en el
ser. Por ello, la vulnerabilidad es la fuerza motriz del cuidar, la causa indirecta de dicha actividad; pero
precisamente porque somos vulnerables, nuestra capacidad de curar y de cuidar no es ilimitada, sino que
tiene unos contornos que debemos conocer.
No podemos curar todas las enfermedades, aunque sí podemos liberarnos
de algunas que en el pasado eran mortales y que en el presente, gracias al
desarrollo exponencial de la ciencia médica, ya no lo son. Pero tenemos otras
enfermedades que nos superan y que esperamos poder subsanar en algún
momento. No siempre cuidamos como querríamos a nuestros enfermos, porque
existen límites de carácter infraestructural, organizativo, de recursos humanos y de
disponibilidades personales.
Un último elemento clave: la práctica del cuidar exige ineludiblemente un
cierto vínculo empático entre el sujeto que cuida y el sujeto cuidado. Edith Stein
concibe la empatía como el acto a través del cual la realidad del otro se transforma
en elemento de la experiencia más íntima del yo6. Consiste en darse cuenta, en
observar y en percibir la alteridad; supone la percepción de la existencia y la
experiencia del otro.
A pesar de esta apropiación, se debe indicar que, como dice Edith Stein, esa experiencia del otro que
yo interiorizo respeta su experiencia como originaria. No significa alegrarse o entristecerse porque el otro esté
alegre o triste, sino ser capaz de vivir su alegría o su tristeza en él. A través de la empatía, se produce una
relación con el mundo objetivo, esto es, con el mundo que está más allá del yo.
Según la filósofa judía, la empatía es el fundamento de todos los actos cognoscitivos (sean de carácter
emotivo o volitivo, de juicio o narrativo...), pues gracias a este proceso se puede captar la vida psíquico-espiritual del otro. De hecho, la empatía es el fundamento de la comunicación de experiencia entre
sujetos.
La auténtica empatía, pues, no busca desencarnar la experiencia del otro, sino que busca vivirla en su
lugar original, es decir, en el otro; adquiriendo la realidad del sentir del otro. No es extraño, por tanto, que
Edith Stein, en su estudio de la empatía, llegase a la conclusión de que el ser humano es un ser trascendente,
es decir, un ser que no se agota en su materialidad, sino que posee una espiritualidad que le hace capaz de
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entrar en comunicación más allá de los límites sensoriales-materiales. La empatía se convierte, de este modo,
en el fundamento de la comunidad humana, de una auténtica comunidad donde los miembros que la
constituyen no son simples objetos, sino sujetos de experiencia que tienen capacidad de entrar
recíprocamente en comunión sin perder su identidad.
El contenido de la experiencia empática no me pertenece: es la alegría o el dolor del otro, que sin
embargo siento y vivo en mi interioridad. Hago experiencia interior de una experiencia que, después de todo,
no es mía, no me pertenece en cuanto tal, pero que vivo como si fuera mía. En este sentido, empatizar
significa alargar los horizontes de la experiencia del yo hacia los horizontes del otro, consiste en salir del
propio yo cerrado para adentrarse en el mundo de la alteridad trascendente, sabiendo que la distinción entre
yo y el otro no desaparece, no se disuelve en la nada. Es, por tanto, la capacidad de trascendencia, es decir,
de salir del propio yo (Hinausgehen) para ir al yo del otro.
La empatía, tal como la concibe la autora de Ser finito y ser eterno, es la posibilidad de enriquecer la
propia experiencia. La vivencia del otro es aquello que, por lo general, está más allá de nosotros, y puede ser
algo que ni hemos vivido y que quizá nunca tendremos la posibilidad de experimentar. Adentrarse en la
experiencia del otro significaría, entonces, adentrarse en lo que nos lleva más allá de nosotrosmismos; implica
superar los márgenes del propio mundo interior. Y ello me lleva a enriquecer la propia imagen del mundo.
La empatía es, pues, una forma de co-sentir o de sentir con el otro, de tal modo que trasciende la mera
simpatía. Se puede entender la empatía como una energía de unión con el otro y, en este sentido, es apertura
hacia la amistad con el otro. A través de la empatía se hace posible la apertura amorosa en cuanto capacidad
de hacer presente lo que siente o vive el otro. Empatizar implica en el sujeto la aceptación o voluntad de salir
de sí para encontrar y afrontar incluso una posible desproporción con el otro. De tal modo que la empatía,
además de fuente de conocimiento del otro, es también fundamento para el conocimiento personal. Viendo
al otro, descubro al mismo tiempo lo que yo no soy.
Síntesis final
El ejercicio de cuidar, que, más allá de su carácter prosaico y cotidiano, resulta fundamental para la
subsistencia del género humano, exige:
! El escrupuloso respeto de la autonomía del otro.
! El conocimiento y la comprensión de la circunstancia del sujeto cuidado.
! El análisis de sus necesidades.
! La capacidad de anticipación.
! El respeto y promoción de la identidad del sujeto cuidado.
! El auto-cuidado como garantía de un cuidado correcto.
! La vinculación empática con la vulnerabilidad del otro.
Francesc Torralba en Sal Terrae 1095
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