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La nieta del señor Linh.vp

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La nieta del señor Linh.vp
Philippe Claudel
LA NIETA DEL
SEÑOR LINH
Traducción del francés de
José Antonio Soriano Marco
Título original: La petite fille de Monsieur Linh
Ouvrage publié avec le concours du Ministère français chargé de la cultureCentre National du Livre
Obra publicada con la ayuda del Ministerio de Cultura francésCentro Nacional del Libro
Ilustración de la cubierta: Ric Ergenbright/CORBIS
Copyright © Editions Stock, 2005
Copyright de la edición en castellano © Ediciones Salamandra, 2006
Publicaciones y Ediciones Salamandra, S.A.
Almogàvers, 56, 7º 2ª - 08018 Barcelona - Tel. 93 215 11 99
www.salamandra.info
Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la
autorización escrita de los titulares del “Copyright”, bajo las sanciones
establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por
cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento
informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler
o préstamo públicos.
ISBN: 978-84-9838-003-3
Depósito legal: B-2.695-2012
1ª edición, marzo de 2006
18ª edición, mayo de 2013
Printed in Spain
Impresión: Romanyà-Valls, Pl. Verdaguer, 1
Capellades, Barcelona
a todos los señores Linh de la tierra
y a sus nietas
para Nohm y Emélia
Un anciano en la popa de un barco. En los brazos sostiene una maleta ligera y a una criatura, todavía más
ligera. El anciano se llama Linh. Es el único que lo
sabe, porque el resto de las personas que lo sabían están muertas.
De pie en la cubierta, ve alejarse su país, el país de
sus antepasados y sus muertos, mientras la criatura
duerme en sus brazos. El país se aleja, se hace infinitamente pequeño, y el señor Linh lo ve desaparecer en
el horizonte durante horas, pese al viento que sopla y
lo zarandea como a una marioneta.
El viaje dura mucho tiempo. Días y días. Y el anciano pasa todo ese tiempo en la popa del barco, con
la mirada puesta en la estela blanca que acaba fundiéndose con el cielo, escrutando la lejanía en busca
de la orilla invisible.
Cuando quieren hacer lo entrar en su camarote,
se deja llevar sin decir nada, pero poco después vuelven
a verlo en la cubierta, con la pequeña maleta de cuero a
9
sus pies, agarrado a la borda con una mano y sujetando al bebé con la otra.
Una correa rodea la maleta para evitar que se abra,
como si en su interior hubiera cosas de mucho valor.
En realidad sólo contiene ropa usada, una fotografía
casi borrada por el sol y un saquito de tela en que el
anciano ha metido un puñado de tierra. Eso es todo lo
que pudo llevarse. Y al bebé, claro. Es un bebé tranquilo. Una niña. Cuando el señor Linh subió a bordo
con una multitud de gente parecida a él, hombres y
mujeres que lo habían perdido todo, que fueron reagrupados a toda prisa y se dejaron conducir, la niña
tenía seis semanas.
Seis semanas. Lo mismo que dura el viaje. Así
que cuando el barco llegue a su destino la niña tendrá
el doble de edad. Y el anciano, la sensación de haber
envejecido un siglo.
A veces le susurra una canción, siempre la misma,
y la niña abre los ojos, y también la boca. El anciano la
mira y ve algo más que el rostro de una recién nacida.
Ve paisajes, mañanas luminosas, el lento y apacible
paso de los búfalos por los arrozales, las alargadas
sombras de los enormes banianos a la entrada de su
aldea, la bruma azulada que desciende de las colinas al
atardecer, como un chal deslizándose lentamente por
unos hombros…
La leche que le da a la niña le rebosa de los labios. El señor Linh todavía no tiene costumbre. Es
torpe. Pero la niña no llora. Vuelve a dormirse, y él
sigue contemplando el horizonte, la espuma de la es10
tela y la lejanía, en la que hace mucho que no ve
nada.
Por fin, un día de noviembre, el barco llega a su
destino. Pero el anciano no quiere bajar. Abandonar el
barco es como abandonar definitivamente lo que todavía lo une a su tierra. Así que dos mujeres lo acompañan al muelle con gestos suaves, como si se tratara de
un enfermo. Hace mucho frío y el cielo está encapotado. El señor Linh aspira el olor del nuevo país. No
huele nada. No hay ningún olor. Es un país sin olor.
Aprieta a la niña contra su pecho y le canta al oído la
canción. En realidad, también la canta para él, para
oír su propia voz y la cadencia de su lengua.
El señor Linh y la niña no están solos. En el muelle hay centenares de personas como ellos. Viejos y jóvenes esperando dócilmente, junto a su escaso equipaje, a que les digan adónde ir y pasando un frío como
nunca han pasado. Nadie habla. Son frágiles estatuas
de rostro triste que tiritan en absoluto silencio.
Una de las mujeres que lo ha ayudado a bajar del
barco vuelve a acercarse a él. Le hace señas de que la
siga. El anciano no entiende sus palabras, pero sí sus
gestos. Le enseña la niña. Ella lo mira, parece dudar y
por fin sonríe. El anciano se pone en marcha y la sigue.
Los padres de la niña eran los hijos del señor
Linh. El padre de la niña era su hijo. Murieron durante la guerra que asola el país desde hace años. Una
mañana fueron a trabajar a los arrozales, con la niña, y
por la noche no volvieron. El anciano corrió a buscar11
los. Llegó jadeando al arrozal. Ya no era más que un
enorme agujero lleno de lodo, y al lado vio un búfalo
despanzurrado, con el yugo partido en dos como una
brizna de paja. También vio el cuerpo de su hijo y el
de su nuera, y un poco más lejos a la niña, envuelta en
sus pañales, con los ojos muy abiertos e ilesa, y a su lado
una muñeca, su muñeca, tan grande como ella, pero
decapitada por un trozo de metralla. La niña tenía
diez días. Sus padres le habían puesto Sang Diu, que
en el idioma del país quiere decir «Mañana dulce». Le
habían puesto ese nombre y luego habían muer to.
El señor Linh recogió a la niña. Y se fue. Decidió irse
para siempre. Por la niña.
Cuando piensa de ese modo en la niña, tiene la
sensación de que ella se acurruca todavía más contra
su cuerpo. Sujeta con fuerza el asa de la maleta y sigue
a la mujer, mientras la lluvia de noviembre resbala por
su rostro.
Llegan a un salón donde hace un calor agradable.
Hay mesas, sillas… La mujer le indica que se siente.
Es un sitio muy grande. Al principio están solos, pero
poco después llega toda la gente del barco y se instala
allí. Les sir ven sopa. El anciano no quiere comer, pero
la mujer vuelve a acercarse para hacerle entender que
hay que comer. Mira a la niña, que se ha dormido. El
anciano ve cómo la mira y se dice que esa mujer tiene
razón. Se dice que tiene que comer y reponer fuerzas,
si no por él, por la niña.
Nunca olvidará el mudo sabor de aquella primera
sopa que toma sin gana, recién desembarcado, pen12
sando en el frío que hace fuera, pensando que lo de
fuera no es su país sino un país extranjero y extraño,
que siempre lo será por mucho tiempo que pase, por
mucho que aumente la distancia entre sus recuerdos y
el presente.
La sopa es como el aire de la ciudad que ha inspirado al bajar del barco. No tiene auténtico olor, auténtico sabor. El anciano no reconoce nada en ella. No
encuentra el delicioso picor de la hierba limón, la dulzura del cilantro fresco, la suavidad de las tripas cocidas. La sopa entra en su boca y en su cuerpo, y de
pronto siente toda la incertidumbre de su nueva vida.
Al llegar la noche, la mujer acompaña al señor
Linh y a la niña hasta un dormitorio común. Es un sitio espacioso y limpio. Hay dos familias de refugiados
que llevan dos semanas instaladas allí. Ya han cogido
costumbre y confianza. Se conocen entre sí, porque
son originarios de la misma provincia del sur. Huyeron juntos, y juntos fueron a la deriva en una balsa
hasta que los recogió un auténtico barco. Los dos
hombres son jóvenes. Uno tiene una mujer; el otro,
dos. Los niños, once, son alegres y revoltosos. Todos
miran al anciano como a un intruso y a la criatura que
lleva en brazos, con ojos asombrados y levemente
hostiles. El señor Linh comprende que molesta. No
obstante, se esfuerzan en ofrecerle un buen recibimiento, se inclinan ante él, lo llaman «tío» como
manda la tradición… Los niños quieren coger a la pequeña Sang Diu, pero el anciano les dice que no con
voz serena y la estrecha un poco más entre sus brazos.
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Los niños se encogen de hombros. Las tres mujeres
cuchichean entre sí y le vuelven la espalda. Los dos
hombres se afeitan en un rincón y luego reanudan su
partida de mah-jong.
El anciano mira la cama que le han asignado.
Deja a la niña en el suelo con delicadeza, retira el colchón del somier y lo extiende junto a la cama. Acuesta
a la niña en el colchón. Luego se echa a su lado vestido, sin soltar el asa de la maleta. Cierra los ojos y se
olvida de las dos familias, que se han sentado en corro
y se disponen a comer. Cierra los ojos y se duerme
pensando en los olores de su país natal.
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Pasan los días. El señor Linh no sale del dormitorio
común. Dedica el tiempo a ocuparse de la niña, con
gestos tan cuidadosos como torpes. La pequeña no
protesta. Nunca llora, nunca se queja. Es como si quisiera ayudar a su abuelo a su manera, aguantándose el
llanto y sus imperiosos deseos de criatura. Eso es lo
que piensa el anciano. Los niños lo miran y a menudo
se burlan de él, pero sin atreverse a hacerlo en voz alta.
A veces, cuando ven los líos que se hace al cambiarla o
lavarla, las mujeres también se ríen.
—¡Usted no sabe, tío! ¡Déjenos a nosotras! ¡No se
la vamos a romper!
Y ríen con más ganas. Los niños también, y todavía más fuerte que sus madres. Pero, una y otra vez, el
anciano rechaza su ayuda con un gesto de la cabeza.
Los hombres resoplan con cara de pena y reanudan la
charla y la partida. Al señor Linh le trae sin cuidado
lo que piensen de él. Lo único que le importa es su
nieta. Quiere cuidarla lo mejor posible. A menudo le
canta la canción.
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La mujer del primer día, a la que interiormente
llama «la mujer del muelle», los visita todas las mañanas para llevarles provisiones y se interesa por todos.
La acompaña una chica joven. Ésta conoce la lengua
de su país y hace de intérprete.
—¿Todavía no ha salido, tío? ¿Por qué no sale?
¡Hay que tomar el aire!
El anciano responde que no en silencio. No se
atreve a reconocer que le da miedo salir, caminar por
esa ciudad desconocida, por ese país desconocido, que
le da miedo cruzarse con hombres y mujeres cuyos
rostros desconoce y cuya lengua ignora.
La joven intérprete mira a la niña y luego habla
con la mujer del muelle. La mujer le responde. Siguen
hablando. Después la joven se vuelve hacia él.
—Si no la saca a pasear se pondrá mala. Mire qué
pálida está, tío. Si parece un pequeño fantasma…
Las palabras de la joven consiguen alarmar lo. Al
señor Linh no le gustan los fantasmas. Bastante tiene con los que acuden a atormentar lo todas las noches. Aprieta a Sang Diu contra su cuerpo y promete
sacar la a pasear al día siguiente, si no hace demasiado frío.
—Aquí el frío es como la lluvia cálida en su país,
tío —le dice la chica—. Tendrá que acostumbrarse.
La mujer del muelle se va con la joven intérprete.
El señor Linh se inclina ante ellas ceremoniosamente, como hace siempre.
Al día siguiente, sale del dormitorio común por
primera vez y se reencuentra con el exterior. Sopla
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viento, un viento que viene del mar y deja un regusto a
sal en los labios. El anciano se relame para saborearla. Se ha puesto toda la ropa que le dio la mujer del
muelle al día siguiente de su llegada. Una camisa,
tres jerséis, un abrigo de lana que le queda un poco
grande, un impermeable y, por último, una gorra con
orejeras. Así vestido, parece una especie de espantapájaros hinchado. A la niña también le ha puesto toda
la ropa que pidió para ella a la mujer del muelle. Se diría que lo que el señor Linh lleva en brazos es un
enorme balón oblongo.
—¡No vaya a perderse, tío! ¡Esta ciudad es muy
grande! —le gritaron las mujeres, sonriendo, cuando
se disponía a salir.
—¡Cuide que no le roben a la niña! —añadió una
de ellas, y todos se echaron a reír, las mujeres, sus hijos
y sus hijas.
Los hombres también. Levantaron los ojos y, al
verlo vestido de esa guisa, a través del acre humo de
los cigarrillos —porque mientras juegan los dos fuman sin parar— uno de ellos le soltó:
—¡Si dentro de un año no ha vuelto, avisaremos a
la oficina para los refugiados!
Él les hizo una inclinación y se marchó, asustado
por lo que acababan de decir las mujeres sobre niños
robados.
El señor Linh ha echado a andar en línea recta,
sin cambiar de acera. Se ha dicho que, si no cambia de
acera y no cruza ninguna calle, no podrá perderse. Le
bastará con volver sobre sus pasos para encontrar el
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edificio donde está el dormitorio común. Así que camina por la misma acera llevando a la niña en brazos,
que con tanta ropa parece más grande. El frío le colorea las mejillas, que asoman entre la lana. Su carita no
tarda en adquirir un delicado tono rosa, que al señor
Linh le recuerda el de los capullos de nenúfar que eclosionan en las charcas apenas llega la primavera. A él le
lloran los ojos. El frío le arranca lágrimas y, como no
puede secárselas porque sostiene a su nieta con ambas
manos para que ningún ladrón pueda arrebatársela,
deja que le resbalen por la cara.
Avanza por la acera sin ver realmente la ciudad,
absorto en su propio avance. La mujer del muelle y la
joven intérprete tenían razón. Es verdad que sienta
bien andar, moverse un poco, y la niña, que lo mira
con sus negros ojillos, tan brillantes como piedras
preciosas, parece pensar lo mismo.
El señor Linh sigue caminando un buen rato, sin
apenas darse cuenta de que pasa y vuelve a pasar por
delante del edificio del dormitorio, porque, como no
baja de la acera, su paseo circular lo hace dar vueltas
alrededor de una gran manzana de casas.
Una hora después, más o menos, se nota cansado
y se sienta en un banco, frente al parque que hay al
otro lado de la calle. Se coloca a la niña sobre las rodillas y saca de un bolsillo un envoltorio en el que ha
metido arroz her vido. Se lleva el arroz a la boca, lo
mastica hasta hacerlo tan pastoso como papilla y a
continuación se lo saca y se lo da a la niña. Después
deja vagar la mirada en derredor.
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Nada le resulta familiar. Es como si hubiera venido al mundo por segunda vez. Pasan coches que nunca ha visto, en un número incalculable, como un fluido y ordenado ballet. En las aceras, los hombres y las
mujeres andan muy deprisa, como si les fuera la vida
en ello. Nadie lleva harapos. Nadie pide. Nadie mira
a nadie. También hay muchas tiendas. Sus anchos y
hondos escaparates están atestados de artículos que el
anciano ni siquiera sabía que existieran. Mirar todo
eso le da vértigo. Recuerda su aldea como se recuerda
algo que se ha soñado sin saber a ciencia cierta si era
un sueño o una realidad desaparecida.
La aldea no tenía más que una calle. Sólo una, y de
tierra batida. Cuando caía la lluvia, violenta y perpendicular, la calle se convertía en un impetuoso torrente
en el que los niños correteaban desnudos. Cuando estaba seca, los cerdos dormían y se revolcaban en el polvo, y los perros se perseguían ladrando. En la aldea se
conocía todo el mundo, y todo el mundo se saludaba.
En total eran doce familias, y cada una se sabía la historia de las demás, los nombres de los primos, los abuelos, los antepasados, y estaba al corriente de los bienes
que poseían unos y otros. El pueblo, en suma, era como
una gran y única familia distribuida en casas erigidas
sobre postes, entre los que gallinas y patos picoteaban
el suelo y cacareaban. El anciano repara en que, cuando habla de la aldea consigo mismo, lo hace en pasado.
Y siente una punzada en el corazón. La siente realmente, así que se lleva la mano libre al pecho y se lo
aprieta con fuerza para hacerla cesar.
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El señor Linh no tiene frío sentado en ese banco.
Pensar en la aldea, aunque sea en pasado, es un poco
como estar en ella, pese a saber que ya no existe, que
todas las casas fueron quemadas y destruidas, que todos los animales, perros, cerdos, patos y gallinas, han
muerto como la mayoría de sus habitantes, y que los
super vivientes se han dispersado por los cuatro rincones del mundo, como él. Se levanta el cuello del impermeable, acaricia la frente de la niña, que sigue durmiendo, y le limpia el arroz que le ha resbalado por las
comisuras de los labios.
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De pronto advierte que ya no están solos en el banco.
A su lado se ha sentado un hombre que lo mira, y
también a la niña. Aparenta la misma edad que él, tal
vez unos años menos. Es más alto, más grueso y lleva
menos ropa. Esboza una sonrisa.
—Hace fresco, ¿eh?
El hombre se sopla las manos, saca un paquete de
cigarrillos de un bolsillo y, con un preciso golpecito en
la parte inferior, hace salir un pitillo. Le ofrece el paquete al señor Linh, que niega con la cabeza.
—Tiene razón —dice el hombre—. Yo también
debería dejarlo. Pero habría que dejar tantas cosas…
—Se lleva el cigarrillo a los labios con gesto mecánico. Lo enciende, le da una larga calada y cierra los
ojos—. De todos modos, qué bien sabe… —murmura al fin. El anciano no entiende nada de lo que dice el
recién llegado, pero intuye que sus palabras no son
hostiles—. ¿Viene aquí a menudo? —le pregunta el
hombre, pero no parece esperar respuesta. Sigue fumando como si saboreara cada calada, y sigue hablan21
do, sin apenas mirar al señor Linh—. Yo vengo casi
todos los días. No es un sitio demasiado bonito, pero a
mí me gusta. Me trae recuerdos. —Se interrumpe,
echa un vistazo a la criatura, que sigue dormida sobre
las rodillas de su abuelo, mira al anciano, rígido bajo las
capas de ropa, y vuelve a posar los ojos en el rostro del
bebé—. Qué preciosidad… Parece una muñequita.
¿Cómo se llama? —pregunta y, uniendo el gesto a la
palabra, señala a la niña con el dedo y levanta la barbilla
en ademán interrogativo.
El señor Linh comprende.
—Sang Diu —dice.
—Sandiú… —murmura el hombre—. Curioso
nombre. Yo me llamo Bark. ¿Y usted? —pregunta
tendiéndole la mano.
—Tao-lai —dice el señor Linh, empleando la
fórmula cortés que se utiliza en su lengua natal para
dar los buenos días, y estrecha con las dos manos la
del hombre, una mano de gigante, con unos dedos
enormes, callosos, agrietados.
—Pues encantado, señor Taolai —dice el hombre
sonriendo.
—Tao-lai —le corresponde el señor Linh, mientras siguen dándose la mano.
El sol asoma entre las nubes. Eso no impide que
el cielo siga gris, pero de un gris horadado por boquetes blancos que se abren hacia alturas vertiginosas. El humo del señor Bark parece querer llegar al
cielo. Escapa de sus labios y asciende muy deprisa.
De vez en cuando lo expulsa por la nariz. El señor
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Linh piensa en los hocicos de los búfalos, y también
en los fuegos que se encienden en el bosque al atardecer para ahuyentar a los animales sal vajes, y que
se consumen lentamente durante las horas de la noche.
—Mi mujer ha muerto —dice el señor Bark, y arroja la colilla a la acera para aplastarla con el tacón—.
Hace dos meses. Dos meses es mucho tiempo, pero
también poco. Ya no sé medir el tiempo. Por más que
me digo dos meses, es decir, ocho semanas, cincuenta
y seis días, eso para mí ya no representa nada. —Vuelve a sacar los cigarrillos y vuelve a ofrecerle al anciano,
que rehúsa de nuevo con una sonrisa; luego se lleva
uno a los labios, lo enciende y da la primera calada
con los ojos cerrados—. Trabajaba ahí enfrente, en el
parque. Tenía un tiovivo. Seguro que lo ha visto, unos
caballitos de madera barnizada, un carrusel como los
de antes. Ahora casi no quedan.
Se interrumpe y fuma en silencio. El señor Linh
espera que la voz siga hablando. Aunque ignora el
significado de las palabras de aquel hombre que lleva
ya unos minutos a su lado, le gusta oír su voz, su timbre profundo, su grave fuerza. Por otra parte, puede
que le guste oírla precisamente porque no entiende
las palabras y sabe que no lo herirán, que no le dirán lo
que no quiere oír, que no le harán preguntas dolorosas, que no irán al pasado para desenterrarlo con violencia y arrojarlo a sus pies como un cadáver ensangrentado. Mira al hombre mientras abraza a la niña
sobre las rodillas.
23
—Seguramente está usted casado, o lo ha estado.
No quiero ser indiscreto —prosigue el señor Bark—.
Pero seguro que me entiende. Yo la esperaba en este
banco todos los días. Ella cerraba el tiovivo a las cinco
en invierno y a las siete en verano. La veía salir del
parque desde este lado de la calle y ella me hacía un
gesto con la mano. Yo también le hacía un gesto...
Pero le estoy aburriendo, perdone…
El señor Bark acompaña esas palabras finales posando la mano en el hombro del señor Linh. A través
de las capas de ropa, el anciano siente el peso de la
gruesa mano, que se demora en su hombro. No se
atreve a hacer ningún movimiento. De pronto, una
idea atraviesa su mente como un cuchillo. ¿Y si aquel
hombre fuera uno de esos ladrones de niños que mencionaban las mujeres del dormitorio? Abraza a la niña
con fuerza. Sin duda el miedo se refleja en su rostro,
porque el señor Bark se da cuenta de que ha pasado
algo. Incómodo, aparta la mano del hombro del anciano.
—Sí, perdone, hablo demasiado. Como ahora lo
hago tan poco… Bien, he de marcharme.
Y se levanta. Al instante, el corazón del señor Linh
deja de palpitar y, poco a poco, se calma. La sonrisa
vuelve a su rostro y sus manos aflojan la presión sobre
la pequeña. Lamenta haber pensado mal de aquel
hombre de rostro triste pero amable. El señor Bark se
toca el sombrero.
—Adiós, señor Taolai. Espero no haberlo molestado con mi cháchara. Hasta otro día, quizá.
24
El señor Linh se inclina tres veces y estrecha la
mano que le tiende el otro. Luego lo sigue con la mirada hasta verlo desaparecer entre la muchedumbre,
una muchedumbre tranquila, que no grita, que no se
empuja, que se desliza, ondulante y nudosa como una
enorme serpiente marina.
25
Al día siguiente, el anciano sale del dormitorio común a la misma hora. Va vestido como ayer. También
le ha puesto la misma ropa a la niña. Las mujeres y sus
hijos han vuelto a burlarse de él. En cambio, los hombres ni siquiera han levantado la mirada, demasiado
ensimismados en su juego.
A veces discuten. Se acusan mutuamente de hacer
trampas. Las voces suben de tono. Las fichas vuelan
por los aires. Y al punto todo se calma. Los dos hombres siguen fumando e inundan el dormitorio con una
nube gris de olor fuerte e irritante.
Por la mañana todo está tranquilo, puesto que las
tres mujeres salen con sus hijos. Los niños empiezan a
hacerse con la ciudad. Vuelven con palabras que hacen resonar en el dormitorio y que el señor Linh no
comprende. Las mujeres traen los alimentos que han
ido a buscar a la oficina para los refugiados; luego preparan la comida. Siempre hay un poco para el señor
Linh. Lo manda la tradición. El señor Linh es el mayor. Es un viejo. Las mujeres están obligadas a ali26
mentarlo. Él lo sabe. Sabe que no lo hacen movidas
por la bondad ni el afecto. Además, cuando una de las
tres se acerca con el cuenco, hace una mueca que no
deja lugar a dudas, se lo pone delante, da media vuelta
y se aleja sin pronunciar palabra. Él le da las gracias
con una inclinación de la cabeza, pero ella ni siquiera
lo ve.
El señor Linh nunca tiene apetito. Si estuviera
solo no comería. Pero si estuviera solo ni siquiera estaría allí, en aquel país que no es el suyo. Se habría
quedado en su tierra. No habría abandonado las ruinas
del pueblo. Habría muerto con él. Pero está la niña, su
nieta. Así que se obliga a comer, aunque la comida le
sepa a cartón y cuando la traga sienta una especie de
náuseas.
Camina por la acera con cautela. Acurrucada en
sus brazos, la niña no se mueve. Está tan tranquila
como siempre. Tan tranquila como el alba cuando
despunta y poco a poco disipa la noche que envolvía
la aldea, los arrozales y el bosque con su manto de
tinieblas.
El anciano avanza con pasos cortos. Hace tanto
frío como el día anterior, pero las capas de ropa lo
protegen. Sólo siente la mordedura del aire en los
ojos, la boca y la punta de la nariz. La muchedumbre
también es igual de numerosa. ¿Adónde irá toda esa
gente? El señor Linh no se atreve a mirarlos. Camina
con los ojos bajos. Sólo los levanta de vez en cuando,
y entonces ve rostros, un mar de rostros que avanzan a
su encuentro, lo envuelven, lo rozan; pero ninguno de
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esos rostros se fija en él, y menos aún en la niña que
duerme en sus brazos.
Nunca había visto tantos hombres y tantas mujeres
juntos. En la aldea vivía tan poca gente… Sí, a veces
iba al mercado de la pequeña ciudad del distrito, pero
también allí conocía a todo el mundo. Los campesinos
que acudían a vender sus productos, o a comprar otros,
vivían en pueblos parecidos al suyo, entre arrozales y
bosques, en la ladera de montañas cuyas cimas se veían
rara vez, puesto que casi siempre estaban envueltas en
bruma. Lazos de parentesco más o menos lejanos, matrimonios, primazgos, los unían unos a otros. En el
mercado se hablaba, se reía, se comunicaban noticias,
defunciones, rumores… Podías sentarte en los taburetes de alguno de los pequeños restaurantes ambulantes
y pedir una sopa de batata o un viscoso pastel de arroz.
Los hombres contaban historias de caza o hablaban de
los cultivos. Los más jóvenes contemplaban a las chicas, que de pronto se ruborizaban y empezaban a cuchichear y poner miraditas.
Pensando en todo eso, el señor Linh ha caído en
una ensoñación. Pero, de pronto, un brusco encontronazo está a punto de derribarlo. Se tambalea. ¡La
niña! ¡La niña! Abraza a la pequeña Sang Diu con todas sus fuerzas. Poco a poco recupera el equilibrio. Su
viejo corazón le golpea el pecho, parece que va a rompérselo. El anciano levanta la cabeza. Una mujer gorda le está diciendo algo. Gritándole, más bien. Es
bastante más alta que él. Lo mira con una cara que da
miedo. Sacude la cabeza, frunce el ceño… La gente
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pasa sin prestar atención a sus farfullos. La gente pasa
como un rebaño ciego y sordo.
El señor Linh se inclina una y otra vez ante la
mujer gorda para hacerle comprender que lo siente.
Ella se aleja refunfuñando y meneando la cabeza. El
anciano tiene el corazón acelerado. Le habla como si
fuera un animal acorralado. Intenta calmarlo. El corazón parece comprender. Se calma. Es como un perro que vuelve a tumbarse ante la puerta de casa después de haber ladrado de miedo al oír el trueno y la
tempestad.
Mira a su nieta. No se ha despertado. No se ha
enterado de nada. La sacudida sólo ha ladeado el gorrito y la capucha que le cubren la cabeza. El anciano
le arregla la ropa. Le acaricia la frente. Le murmura
una canción. Sabe que ella lo oye incluso dormida.
Es una canción muy antigua. Él la aprendió de su
abuela, que a su vez la ha bía aprendido de su propia abuela. Es una canción que se pierde en la noche
de los tiempos y que las mujeres cantan a todas las niñas de la aldea cuando vienen al mundo, desde que la
aldea existe. Dice así:
La mañana siempre vuelve,
siempre vuelve con su luz,
siempre hay un nuevo día,
y un día serás madre tú.
Las palabras acuden a los labios del señor Linh,
sus viejos, finos y agrietados labios. Y son como un
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bálsamo que los suaviza, y también le apacigua el
alma. Las palabras de la canción se burlan del tiempo,
del lugar y de la edad. Gracias a ellas, es fácil volver a
donde se ha nacido, a donde se ha vivido, a la casa de
bambú con suelo calado, impregnada del olor de la
leña en que se cuece la comida mientras la lluvia derrama su líquida y transparente cabellera sobre la techumbre de hojas.
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