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la duda. el hombre
LA DUDA. EL HOMBRE.
Guillermo Floris Margadant, legado de universalidad.
“Lo que el genio tiene de bello es que se
parece a todo el mundo y nadie se le
parece”
Honoré de Balzac.
˜™
Nuestra Alma Mater nos da tantos regalos que a veces no nos
alcanza el tiempo, la capacidad, la vida, para valorarlos. Uno de ellos
es la universalidad de pensamiento y la posibilidad de conocer
espíritus universales.
Conocí a Don Guillermo Floris Margadant en estas aulas, en
estos pasillos, en medio de este verde que es el campus universitario.
Nuestra facultad de derecho fue el vínculo que facilitó nuestra
convivencia y el marco de referencia común que durante muchos años
compartimos.
Pero la Facultad fue sólo el pretexto para compartir muchas
ideas en común, porque si algo tenía el maestro era precisamente eso:
su don de universalidad.
Guillermo Floris Margadant era, sin duda alguna, un hombre
universal, un ser humano excepcional que hacía comprender a todo el
que tenía la oportunidad de tratarlo, aquella frase de Juvenal que dice:
todo lo que es humano me interesa.
Don Guillermo tenía la prestancia del hombre culto, la amabilidad
de quien se asumió desde su llegada a este país como mexicano, la
simpatía que da el ingenio y la ironía que sólo las mentes brillantes
poseen.
Su sentido del humor era agudo, inteligente, pero estaba plagado
de sencillez. Reía de todo y con todos y su sonrisa franca, para
quienes le conocimos ya entrado en años, era una revitalizante fuente
de energía que provenía de su actitud hacia la vida.
Nunca, durante el tiempo que tuve la oportunidad de tratarle, le vi
quejándose por alguna de sus múltiples dolencias, ni siquiera traerlas
a charla o tocarlas tangencialmente y si lo llegaba a hacer, lo hacía
siempre en ese tono de positividad y optimismo tan contagioso. Poseía
el don de la esperanza perpetua, de la alegría inacabable, del
optimismo serio de quien duda de todo, pero al mismo tiempo confía
en todo.
Recuerdo que, en alguna de esas maravillosas tarjetas de fin de
año que solía entregarnos cada cabo de año, me decía: “de ningún
modo me considero en el camino de salida definitiva, pero, de todos
modos, mi nueva condición [hablaba de su ataque de hemiplejía y su
cáncer medular] da pábula (sic) a curiosas observaciones sobre las
complejas relaciones entre el “yo” y el cuerpo.”
No se sentía único en forma alguna. No alardeaba de su cultura
ni se regodeaba mostrando su talento, siempre se mantuvo casi
imperceptible, como “ninja” japonés, lo cual debe haber sido fruto del
aprendizaje que obtuvo de su dedicación al estudio del derecho
japonés. Refugiado primero en su cubículo del tercer piso del edificio
que da al frente de la facultad, donde estaba antes el Seminario de
Historia del Derecho y Derecho Romano y luego en su nuevo cubículo
de la biblioteca, desde el cual siempre se asomaba para sacar a la
ventana una de sus plantas.
Y quien no recuerda el decorado que solía darle a sus oficinas,
su hábitat, sus pergaminos, litografías, acuarelas y demás dibujos de
los que siempre disfrutaba, al grado tal que los compartía. Quien haya
tenido la oportunidad de adentrarse en sus libros sabrá que no miento,
que cada capítulo (por lo menos en lo que a los libros editados por
Miguel Ángel Porrúa se refiere) está ilustrado con algún dibujo
representativo y uno o más epígrafes magistralmente puestos,
adecuados para entender el contenido.
Recuerdo, sin ir muy lejos, aquel dibujo que ilustra el capítulo V
de su libro “Panorama de la Historia Universal del Derecho” en el que
la teoría medieval de las dos espadas se plasma perfectamente en la
ilustración que encabeza ese capítulo.
Su don de gentes era inigualable. Lo mismo podía pasar horas
platicando con algún alumno que compartiera un ideal común o una
misma actitud ante los problemas de la vida, que con uno de sus
colegas profesores de la facultad que le planteaban alguna inquietud
personal.
Su espíritu universal lo traicionaba siempre que alguien tocaba
un tema sobre el que se apasionara, y como eran tantos los temas por
los cuales se apasionaba, pues no era raro verlo en los pasillos de la
facultad discrepando, discutiendo, disintiendo, explicando.
Nunca he conocido hombre más universal que Don Guillermo
Floris Margadant, ni más bueno, ni más tolerante. Gnóstico, como era,
tampoco conocí un hombre que creyera más en las bondades de las
religiones, decía que no había nada más bueno para darle al hombre
criterios de convivencia sólidos, límites que aminoraran su cada vez
más tendiente propensión hacia lo malo.
Disfrutaba de todo. Del verde del campus, de la charla con los
alumnos, de la música y de los libros. Su vida estaba tan llena que
recuerdo incluso que siempre ponía en sus tarjetas de presentación o
en cualquier comunicado suyo, una advertencia a todo aquel que
quisiera estar en contacto con él: que por favor se le llamara entre 6 y
8 de la mañana.
Y no era que su teléfono no funcionara después de esas horas o
que no se le encontrara en su oficina de la facultad o el Instituto o su
casa; pero le sacaba tanto provecho a la vida, que para él era valioso
cada segundo empleado. Recuerdo incluso que comentaba, en algún
tiempo, con esa ironía magistral que le caracterizaba, estar estudiando
japonés en los semáforos en rojo.
Era un hombre apasionado de lo bueno. De las buenas lecturas,
de la buena música, del té, su imprescindible alimento diario. ¿Quién
no lo recuerda con su taza de té, llegando a la clase que en los últimos
años impartía, incluso, con un amplificador portátil y bocinas para que
no se perdiera su voz entre el murmullo de los jóvenes?
¿Quién no lo recuerda hablando de música, contando de música
e incluso, algunos muy privilegiados, tocando música?
¿Quién no recuerda su frase de respuesta a todo lo que se le
platicaba? Interesante, era siempre la respuesta a la que precedía una
sonrisa.
¿Quién no recuerda su ánimo de profesor, su entusiasmo por la
cátedra y la investigación, sus temas de tesis en las paredes del
seminario invitando a los jóvenes a interesarse por la historia del
derecho y el derecho romano?
¿Quién no recuerda sus recomendaciones literarias, su afición
por Voltaire, de quien seguramente heredó su lacerante humor, su
sentido crítico, su ironía, su visión del mundo?
¿Quién no recuerda su insistencia por leer a Bertrand Russell?
de quien seguramente provenían su gnosticismo religioso y su rigor
científico.
¿Quién
no
recuerda,
sus
recomendaciones
para
visitar
Xochimilco y los museos de la megalópolis en la que pasó sus últimos
años de vida?
¿Quién no recuerda, en fin, sus utopías, su deseo por “un mundo
globalizado, ecológicamente autoperpetuador, con un refrigerador en
cada casa y ninguna con dos”?
Yo sí lo recuerdo. Lo quiero recordar siempre, y por eso me he
atrevido a estar aquí esta mañana, porque yo también deseo que las
utopías de los hombres como él se realicen y que los habitantes de
ese nuevo mundo feliz le tengamos siempre en el lugar que merece,
un lugar entre los grandes, entre Voltaire y todos los enciclopédicos,
entre Bergson, Chaplin y Bach.
Personas entre las que debe estar, en este momento,
regocijándose con el sonido de una flauta, al calor de una humeante
taza de té y mirándonos, con gusto, hablar de él en este merecido
homenaje.
Muchas Gracias.
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