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¡Venga tu Reino! Encuentro de Universidades Católicas Cristian

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¡Venga tu Reino! Encuentro de Universidades Católicas Cristian
¡Venga tu Reino!
Encuentro de Universidades Católicas
Cristian Nazer Astorga
Rector, Universidad Finis Terrae
2 de septiembre de 2015
En aras del tiempo acotado que tenemos, y del foro en que se da esta
intervención, más que referirme a temas puntuales de la contigencia nacional,
quisiera proponer algunas reflexiones e ideas que puedan servirnos para
iniciar, o más bien, continuar, la discusión sobre el rol que tiene la universidad,
y particularmente la universidad católica, en el Chile del siglo XXI.
De manera muy lúcida, la Quinta Conferencia del Episcopado Latinoamericano
y del Caribe celebrada en Aparecida el 2007, señala que no sólo estamos en
una época de cambios, sino en un cambio de época. Una nueva época para
nuestras sociedades y, por consiguiente, para nuestra Iglesia.
Esta constatación no puede ser soslayada o abordada de modo superficial por
el mundo universitario. Precisamente si la universidad se ha mantenido por
siglos en el corazón y en el imaginario de las sociedades como una institución
esencial es porque ha sabido dar respuestas sólidas y oportunas a los
problemas que cada época plantea y, más aún, a aquellos que se configuran
con el advenimiento de una nueva época.
Resulta interesante constatar que el actual contexto, por lo disruptivo y
dinámico que es, cuestiona el ser y la misión de la universidad. Pero esto lejos
de ser un peligro, se constituye en aliciente y desafío revitalizador para la
universidad, especialmente aquella de inspiración católica, puesto que no se
concibe a sí misma como un fin, nunca lo ha hecho, sino como un medio de
promoción humana y de búsqueda de la verdad y del bien común.
¿Cuál es nuestra misión?, ¿qué nos distingue como universidades católicas, en
el Chile de hoy? Son preguntas que exigen respuestas renovadas y
renovadoras y, por tanto, fundadas en una rica tradición eclesial, pero al mismo
tiempo en una profunda libertad evangélica; tal como lo señala la Constitución
Apostólica Ex Corde Ecclesiae: “Tal renovación exige la clara conciencia de
que, por su carácter católico, la Universidad goza de una mayor capacidad para
la búsqueda desinteresada de la verdad; búsqueda, pues, que no está
subordinada ni condicionada por intereses particulares de ningún género” (7).
Sin pretender agotar una reflexión tan compleja como la que nos convoca y en
base a los dos elementos que he indicado –cambio de época y renovación
misional- me atrevo a proponer cuatro puntos que nos deberían distinguir,
desafiar y proyectar como universidades católicas.
En primer lugar, y no podría ser otro, la centralidad en la persona. Este
aspecto tiene impactos directos en la función formativa, en la labor investigativa
y en el para qué y en el cómo la universidad católica se vincula con su entorno.
A nivel formativo la centralidad en la persona nos exige reivindicar la labor del
artesano, de aquel que conociendo y respetando la naturaleza de aquello que
le es confiado se pone en actitud de servicio y busca que emerja lo mejor y
más bello. Por lo tanto, para la universidad católica no es algo instrumental,
sino ético, el conocer a sus alumnos, valorar sus talentos, fortalecer aquellos
aspectos más débiles y comprometerse con el éxito de sus procesos
formativos.
De igual forma, también está en el corazón de la universidad católica el generar
programas formativos de verificada calidad que den forma a perfiles
profesionales de excelencia, lo cual incluye la presencia de una conciencia
crítica madura, de una vocación comprometida y de un desarrollo espiritual con
sentido de trascendencia.
Cada una de las universidades representadas en este Encuentro hemos
trabajado para implementar modelos formativos que nos permitan ser
coherentes con aquel desarrollo humano al cual queremos aportar. En otra
palabras, podemos aseverar sin temor a equivocarnos que las universidades
de inspiración católica estamos marcadas desde nuestro origen por el
sello de la corresponsabilidad social, de una corresponsabilidad que, por
una parte, tiene rostros y proyectos de vida concretos y, por la otra, nos
compromete con un proyecto compartido de sociedad más justa, equitativa y
humana. Por lo anterior, es irremplazable y no mediable el vínculo directo
que como universidades católicas tenemos con las personas y con las
comunidades. Con el Estado, por otra parte, compartimos objetivos de bien
común, siendo llamados a ser sus colaboradores y a construir una fecunda
complementariedad.
Estoy cierto que en las universidades católicas se ha acumulado rica
experiencia en la formación de personas y ha existido un esfuerzo sincero por
generar una labor docente robustecida. Es un hecho por todos reconocido que
Chile hoy tiene un problema calidad de su educación, y en ese sentido, como
universidades católicas que somos, nos corresponde poner más intensamente
al servicio del país aquello que hemos aprendido y generado.
Pero aún es insuficiente. Nuestras propias instituciones están llamadas hoy a la
conversión evangélica en clave humana, a salir de la comodidad y a
revitalizarse. Como señala el Papa Francisco en su reciente Encíclica Laudato
Sii: "La espiritualidad cristiana propone un modo alternativo de entender la
calidad de vida, y alienta un estilo de vida profético y contemplativo, capaz de
gozar profundamente sin obsesionarse por el consumo... La espiritualidad
cristiana propone un crecimiento con sobriedad y una capacidad de gozar con
poco. Es un retorno a la simplicidad que nos permite detenernos a valorar lo
pequeño, agradecer las posibilidades que ofrece la vida sin apegarnos a lo que
tenemos ni entristecernos por lo que no poseemos. Esto supone evitar la
dinámica del dominio y de la mera acumulación de placeres." (222)
El retorno a la simplicidad es también un desafío paradójico para las
universidades católicas, paradoja que puede ser asumida privilegiando el bien
común, haciendo uso eficiente de sus recursos y otorgando un servicio con
soluciones eficaces para la sociedad a la que se debe y pertenece.
Un segundo punto que nos distingue y desafía es la presencia de
comunidades académicas que buscan la verdad. La universidad católica
está llamada a distinguirse por su capacidad de generar comunidades
académicas de maestros y discípulos que comparten y alimentan unos en otros
un vivo amor por un saber integrativo e interdisciplinario. La comunión,
valoración e integración son la respuesta de las universidades católicas frente a
la fragmentación y atomización de un conocimiento que muchas veces
deshumaniza, arrebata al hombre su dignidad y desfigura la búsqueda de la
verdad.
El concebir la universidad católica como una comunidad de buscadores de la
verdad no sólo plantea el más noble desafío investigativo y formativo, sino que
además nos obliga a que, en consecuencia, implementemos crecientemente
procedimientos transparentes, rigurosos, sobrios y fraternos para avanzar en
pos del objetivo planteado. A saber, sólo se pueden formar comunidades de
buscadores de la verdad en un ecosistema que respeta y reconoce los talentos
y la dignidad del ser humano y que bajo ninguna excusa instrumentaliza al
hombre, sus potencialidades y sus necesidades.
La centralidad en la persona y la presencia de comunidades académicas que
buscan la verdad son, para las universidades católicas, objetivos
irrenunciables, pero al mismo tiempo, altamente complejos de cumplir, incluso
como aspiración. Eso nos lleva a presentarnos muchas veces como
"contracorriente" de los tiempos actuales y obligan, por un sentido de
coherencia, no sólo a cuantificar un impacto, sino sobre todo a cualificarlo.
Precisamente por esta riqueza que encierra el proyecto universitario
católico es que no admite intentos de homogenización, tanto así que
aceptarlos sería incoherente con nuestra propia naturaleza y misión. En
una sociedad como la nuestra, cada vez más diversa, este tipo de proyectos
educativos son los que permiten que esa diversidad sea una riqueza y fuente
de desarrollo y de integración para los pueblos y para las personas. Pensar en
estandarizarlo todo y hacer nacer una suerte de “clonación” de un único modelo
educativo es traicionar nuestro ethos.
Este Congreso es, por cierto, una muestra y una invitación a que, como
universidades católicas, demos testimonio de la vocación comunitaria que nos
anima. La Iglesia, como Cristo la quiso, es una Iglesia de carismas diversos,
pero a la vez complementarios. No puedo dejar de citar la imagen que usó
Francisco en su primera homilía luego de ser elegido Papa, cuando a los
Cardenales participantes del Cónclave les hacía ver que la riqueza de la Iglesia
está en al acción del Espíritu Santo que une no en la homogenización sino en
la armonía.
Nuestras comunidades académicas están dando testimonio en ese sentido.
Muchos proyectos están siendo llevados adelante en forma compartida,
muchas experiencias de unas instituciones enriquecen la labor cotidiana de
otras, y, en definitiva, lo que hacen las universidades católicas está puesto al
servicio del país. Con todo, un mayor espíritu de apertura, servicio y comunión
debiera ser un constante desafío testimonial para las universidades católicas.
Esto siempre es tarea inconclusa.
Un tercer punto que quisiera destacar de la vocación de la universidad
católica tiene que ver con el sentido del tiempo y de la trascendencia.
Numerosos investigadores han demostrado que nuestra época se caracteriza
por la existencia de un presente extenso que comprime y fragiliza la
experiencia de pasado y de futuro. Con ello rompe vínculos de transmisión
intergeneracional y fragiliza el concepto de proyecto de vida que ha tenido un
rol tan importante para ordenar y socializar la vida de las personas y de las
comunidades. Este presente extenso presiona a que muchas veces las
organizaciones se muevan en busca de éxito sólo en clave de oportunidad. Por
un lado, el generar mayores oportunidades aparece como virtuoso y, por el
otro, el no perder oportunidad aparece deseable.
Las universidades católicas, por naturaleza y misión, logran mantener este
vínculo entre un pasado y una tradición que ofrece fundamentos, un presente
que requiere consistencia y sentido de lo ético, y un futuro que es un horizonte
de transcendencia. En el fortalecimiento de este vínculo está nuestra
coherencia que se manifiesta en la formación de comunidad que practica el
discernimiento y que se concibe humildemente como parte de una historia de
salvación mayor.
Para poder discernir, la universidad católica debe mantener esa preciosa
autonomía que implica una sana y profética dimensión de resistencia
académica al vacío de sentido, vacío al cual se opone través de la razón y de la
fe.
Finalmente, como cuarto elemento distintivo quisiera mencionar la
esperanza. Las universidades católicas estamos llamadas a ser inquietas,
cuestionadoras, inconformistas; pero al mismo tiempo respetuosas,
responsables y alimentadoras de esperanza. Extraña paradoja que es propia
de quienes tienen los pies bien puestos en la tierra, pero la mirada fija en el
cielo.
Esa esperanza que el Papa Francisco manifiesta al decir que "es posible volver
a ampliar la mirada, y (que) la libertad humana es capaz de limitar la técnica,
orientarla y colocarla al servicio de otro tipo de progreso más sano, más
humano, más social, más integral." (Laudato Si, 112)
Las universidades católicas no somos vehículos de agresividad, de
destrucción, ni portadoras de tragedias. Estamos llamadas a proclamar la
Buena Nueva, una Buena Nueva que es esperanza movilizadora, que interpela
a estos tiempos y que nos obliga a no renunciar a ser protagonistas de la
historia contemporánea de nuestro Chile. A ver más allá de la contingencia
sabedores de que “portamos un tesoro en vasijas de barro”, sin olvidar la
validez de ninguna de las dos partes de la frase: “en vasijas de barro”, sí, pero
“un tesoro”, también y sobretodo.
¿Dónde está nuestro corazón?, ¿dónde hemos puestos nuestros esfuerzos?,
¿qué valor tiene hoy nuestro testimonio como universidades católicas? Son
preguntas a las cuales, con honestidad y humildad, no podemos sustraernos.
Las respuestas deben dirigirse a la construcción del Reino, que en nuestro
caso consiste en aportar al desarrollo del conocimiento desde las ciencias y
las artes para que las comunidades y a las personas tengan vida y “la tengan
en abundancia” (Jn 10,10).
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