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Updike, John - Corre conejo

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Updike, John - Corre conejo
Corre, Conejo
John Updike
Título original: Rabbit, run
1ª. edición en Colección Andanzas: noviembre 1990
1ª. edición en Fábula: octubre 1996
© 1960 by John Updike. Traducción publicada por acuerdo
con Alfred A. Knopf, Inc.
© de la traducción: Jordi Fibla, 1990
Diseño de la colección: Pierluigi Cerri
Ilustración de la cubierta: detalle de una ilustración de Stan Watts
realizada para Polygram Records. © Stan Watts, 1990.
Derechos reservados
Reservados todos los derechos de esta edición para
Tusquets Editores, S. A. - Iradier, 24, bajos - 08017 Barcelona
ISBN: 84-8310-503-9
Depósito legal: B. 29. 737-1996
Impresión y encuadernación: GRAFOS, S. A. Arte sobre papel
Sector C, Calle D, n. ° 36, Zona Franca - 08040 Barcelona
Impreso en España
Los movimientos de la gracia,
la dureza del corazón;
las circunstancias exteriores.
Pascal, Pensamientos
John Updike
Corre, conejo
Unos chiquillos juegan al baloncesto en torno a un poste telefónico al que
han atornillado el tablero. Es un torbellino de piernas y gritos. Los zapatos
deportivos, que raspan el suelo y hacen saltar los guijarros diseminados por el
callejón, parecen catapultar sus voces al aire húmedo de marzo, hacia la franja
del cielo por encima de los cables. Conejo Angstrom, vestido con traje de calle,
sube por el callejón y se detiene a mirarles, aunque tiene veintiséis años y mide
metro noventa. Con esa altura sería un conejo inverosímil, pero la estrechez del
pálido rostro, el azul claro de los iris y un temblor nervioso bajo la breve nariz
en el instante en que se lleva un cigarrillo a los labios explican en parte el mote
que le pusieron en su infancia. Se queda ahí parado, pensativo. La inexorable
renovación de la vida, los niños que proliferan a tu alrededor.
Su presencia causa extrañeza a los pequeños, le miran de reojo. Juegan para
divertirse ellos solos, no es un espectáculo para un adulto vestido con traje de
chaqueta cruzada color cacao. ¿Dónde ha dejado su coche? Con el pitillo
colgando de la boca, su inmovilidad parece más siniestra.
¿Será uno de esos que ofrecen a los niños tabaco o dinero para que les
acompañen detrás de la fábrica de helados? Han oído hablar de tales cosas, pero
no están asustados. Al fin y al cabo, son seis contra uno.
La pelota rebota en el aro, vuela sobre las cabezas de los seis chicos y
aterriza a los pies del adulto, el cual la coge al primer rebote en el suelo con una
rapidez que les sobresalta. Le contemplan en silencio mientras él apunta
entrecerrando los ojos, a través de la nube de humo azulado, su silueta
súbitamente oscura, como una columna de humo contra el cielo en la tarde
primaveral, afirma bien los pies, mueve rítmicamente la pelota ante el pecho,
una mano pálida extendida encima de la esfera y la otra a un costado, la agita
de un lado a otro, con paciencia, procurando que el aire se distribuya de manera
uniforme en su interior. Tiene grandes las medias lunas de las uñas. Parece
entonces que la pelota sube por la solapa derecha de su chaqueta y, al tiempo
que él dobla las rodillas, sale lanzada desde el hombro. Se diría que el disparo
va a fallar, pues, aunque ha lanzado la pelota en ángulo, no se dirige al tablero,
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pero no es ahí donde él había apuntado, y la pelota pasa por el aro y agita la red
produciendo una especie de susurro femenino.
—Una chiripa —dice uno de los niños.
—No, experiencia —replica él, y les pregunta—: ¿Qué, me dejáis jugar?
Ellos no responden y se limitan a intercambiar miradas de perplejidad.
Conejo se quita la chaqueta, la dobla con esmero y la deja sobre la tapa limpia
de un contenedor de basuras. A sus espaldas los zapatos deportivos vuelven a
raspar el suelo. Conejo interviene en la arrebatiña de los niños para hacerse con
la pelota, de un golpecito se la quita a un par de manos infantiles de nudillos
mugrientos y se queda con ella. Nota la antigua sensación que tensa su cuerpo y
da alas a sus brazos, como si estuviera hecho de cuero estirado, como si
atravesara la densa capa de los años para palpar esa tirantez. Sus brazos se
alzan de un modo automático y la pelota de goma vuela hacia la cesta desde lo
alto de su cabeza. El lanzamiento le parece tan bueno que parpadea cuando la
pelota cae corta, y por un instante se pregunta si habrá pasado por el aro sin
mover siquiera la red.
—Eh —dice a los chicos—. ¿Cuál es mi equipo?
Los niños no le responden, pero se produce un movimiento entre ellos y
una delegación de dos acude a su lado para enfrentarse a los otros cuatro.
Aunque desde el principio Conejo se coloca en desventaja, a tres metros de la
cesta, la proporción de fuerzas sigue siendo incorrecta. Nadie se molesta en
llevar la cuenta de los puntos, y el desabrido silencio le incomoda. Los niños se
comunican con monosílabos, pero a él no se atreven a dirigirle la palabra. A
medida que avanza el juego, Conejo nota en las piernas el roce de los pequeños
acalorados y frenéticos, que intentan hacerle la zancadilla, pero sus lenguas
siguen atadas. Él no desea ese respeto, siente deseos de decirles que hacerse
mayor no tiene nada de especial, que no cuesta nada. Al cabo de diez minutos
uno de los chicos se pasa al otro bando, y ahora Conejo Angstrom y el único
muchacho que le queda se enfrentan a los otros cinco. Este chiquillo, todavía
pequeño y tímido, pero que ya muestra el inicio de una enérgica desenvoltura,
es el mejor de los seis. Lleva un gorro de lana con una borla verde encasquetado
hasta las orejas, a la altura de los ojos, que da a su rostro un aspecto de cretino.
Es evidente que tiene un talento innato, por su manera de moverse lateralmente
sin dar ningún paso, deslizándose en un abrir y cerrar de ojos, por esa espera
calculada antes de efectuar cualquier movimiento. Si tiene suerte, llegará a ser
un atleta excelente en la escuela secundaria. Conejo sabe bien lo que es eso: vas
subiendo de categoría hasta que llegas a la cumbre y todo el mundo te vitorea;
el sudor se desprende de tus cejas y no ves bien, el ruido gira a tu alrededor y te
eleva. Entonces quedas excluido, al principio no te olvidan, sólo te excluyen, y
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te sientes bien, tranquilo y libre. Estás excluido, es como si te fundieras, y sigues
subiendo, subiendo, hasta que, para estos chicos, te conviertes en un trozo más
del cielo de los adultos que se extiende por encima de ellos en la ciudad, un
trozo que, por alguna razón misteriosa, se ha nublado y les ha hecho una visita.
No le han olvidado, sino que es peor todavía: nunca han oído hablar de él. Y sin
embargo, en su época, Conejo fue famoso en todo el condado. En el penúltimo
curso estableció un récord en la segunda liga de baloncesto y lo superó al año
siguiente. Ese último récord permaneció imbatido hasta cuatro años después, es
decir, hacía de ello cuatro años.
Hace mates con una mano, con dos, sin que las manos rebasen la altura de
los hombros, con los pies firmes en el suelo, elabora pivotes y fintas, salta y
encesta. Aplanado y fofo, el balón se eleva. Conejo comprueba que sus manos
siguen siendo tan hábiles como antes y se exalta, liberado de una melancolía
largamente sentida, pero su cuerpo es pesado y tiene corto el resuello. Su falta
de aliento le irrita. Cuando los cinco chicos del equipo contrario empiezan a
quejarse y moverse perezosamente y uno de ellos, al que derriba sin querer, se
levanta con mala cara y se marcha, Conejo abandona el juego de buena gana.
—Bueno, me voy —les dice—. ¡Tres vivas! —Mira al muchacho que está a
su lado, el de la borla verde, y añade—: Hasta la vista, campeón.
Siente gratitud hacia ese pequeño, que sigue mirándole con una admiración
desinteresada cuando todos los demás se muestran adustos. Los dotados de un
talento innato se reconocen.
Conejo recoge su chaqueta doblada y la lleva en una mano, como una carta,
mientras corre callejón arriba. Deja atrás la fábrica de helados abandonada, con
sus largueros de madera carcomida y el soportal derruido de la plataforma de
carga. Cubos de basura, puertas de garajes, vallas de tela metálica de gallinero
que enjaulan enmarañados tallos de flores marchitas. Estamos en marzo y el
amor aligera la atmósfera, todo renace y, bajo el regusto acre del tabaco, Conejo
percibe el sabor de la nueva oportunidad en el aire, saca el paquete de tabaco
que se mecía en el bolsillo de su camisa y, sin reducir la rapidez de sus pasos, lo
arroja a un cubo de basura abierto. El tic nervioso agita el labio superior que
deja ver los dientes: sonríe, satisfecho de sí mismo. Sus grandes zapatos de ante
pisan con ruido sordo y hacen saltar la gravilla del suelo.
Sigue corriendo por el callejón. Al final de la manzana, dobla la esquina y
sale a Wilbur Street, en Mount Judge, una localidad próxima a la ciudad de
Brewer, la quinta de Pennsylvania por su tamaño. Corre cuesta arriba, pasa ante
una manzana de grandes viviendas, pequeñas fortalezas de cemento y ladrillo
con portales de cristal de colores biselado y macetas en las ventanas, y continúa
hasta la mitad de otra manzana, formada por una hilera de casas levantadas
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todas ellas en los años treinta. Las casas de madera ascienden por la cuesta
como una escalera. En el espacio de poco menos de dos metros que en cada
edificio de dos viviendas se alza por encima del vecino hay dos tristes ventanas
muy espaciadas, como los ojos de un animal, y hay un tejadillo artificial cuyo
color varía entre el violáceo de un cardenal y el del estiércol. Las fachadas son
de roñosas tablas de chilla que en otro tiempo fueron blancas. Hay una docena
de casas de tres plantas, cada una con dos puertas. La séptima puerta es la de
Conejo. Los escalones de madera de la entrada están desgastados y debajo de
ellos hay un cubículo con el suelo de tierra donde se enmohece un juguete
perdido, un payaso de plástico. Conejo lo ha visto ahí durante todo el invierno,
pero no lo tocó creyendo que algún niño volvería a buscarlo.
Jadeante, Conejo se detiene en el vestíbulo al que no llega la luz del sol. Del
techo pende una bombilla encendida, polvorienta. De la pared cuelgan tres
buzones de hojalata vacíos, por encima de un radiador marrón. La puerta del
vecino de la planta baja, al otro lado del vestíbulo, está cerrada, como una cara
murria. Flota en el aire un olor siempre idéntico pero que él nunca puede
identificar, que unas veces parece de col hervida, otras el hálito de un horno
oxidado y otras el de algo blando que cubre las paredes y se pudre. Conejo sube
las escaleras hasta su vivienda, en el último piso.
La puerta está cerrada. Cuando introduce el llavín en la cerradura la mano
le tiembla, pulsátil a causa del esfuerzo desacostumbrado, y el metal chirría.
Pero al abrir la puerta ve a su esposa sentada en un sillón, con un vaso de cóctel
en la mano, mirando la televisión con el volumen muy bajo.
—Ah, estás aquí —dice él—. ¿Por qué has cerrado la puerta? Ella vuelve la
cabeza para mirarle vagamente, los ojos enrojecidos por la larga contemplación
de la pantalla.
—Se ha cerrado sola.
—Se ha cerrado sola —repite él, pero de todos modos se inclina para besar
su frente satinada.
Es una mujer menuda, de piel que tiende al color oliváceo, y parece tensa,
como si algo creciera en su interior y se esforzara para desarrollarse en un
espacio tan reducido. Conejo tiene la sensación de que sólo el día anterior ha
dejado de ser guapa. Ahora, con un par de arrugas cortas en las comisuras de la
boca, ésta da una impresión de codicia. Tiene menos pelo, y Conejo piensa una
y otra vez en el cráneo que hay debajo. Estos minúsculos progresos en la vejez
han ocurrido de un modo imperceptible, y por eso parece posible que mañana
desaparezcan y ella vuelva a ser la chica de antes. Conejo intenta bromear.
—¿De qué tienes miedo? ¿Quién crees que va a entrar por esa puerta?
¿Errol Flynn?
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La mujer no responde. Él desdobla cuidadosamente la chaqueta, se acerca
con ella al armario y saca una percha de alambre. El armario se encuentra en la
sala y su puerta sólo puede abrirse a medias, puesto que el televisor está
delante. Conejo procura no tropezar con el cable, conectado a un enchufe al otro
lado de la puerta. Cierta vez Janice, que es más torpe que de ordinario cuando
está embarazada o borracha, se enredó un pie con el cable y estuvo a punto de
volcar el aparato, un receptor de ciento cuarenta y nueve dólares, y estrellarlo
contra el suelo. Por suerte él intervino en el momento en que el televisor aún
oscilaba en su soporte y antes de que Janice empezara a patalear en uno de sus
accesos de pánico. ¿Por qué se puso así? ¿De qué tenía miedo? Conejo, que es
un amante del orden, inserta diestramente la percha en las mangas de la
chaqueta y la cuelga de la barra pintada entre sus demás prendas. Se pregunta
si debería quitar de la solapa la insignia de Agente Demostrador, pero decide
llevar el mismo traje mañana. Sólo tiene otros dos, aparte de uno azul oscuro
que es demasiado caluroso para esta época del año. Cierra la puerta y la empuja
pero, aunque oye el chasquido del cierre, vuelve a abrirse unos centímetros. Ah,
estas puertas... Le enoja que su mano tiemble en la cerradura como la de un
vejestorio mientras su mujer sigue ahí sentada, escuchando el ruidito. Se vuelve
hacia ella y le pregunta:
—Si estás en casa, ¿dónde has dejado el coche? No lo he visto ahí fuera.
—Está delante de la casa de mi madre. No me dejas ver.
—¿Delante de la casa de tu madre? Vaya, eso es magnífico. El mejor de
todos los jodidos sitios en que podrías dejarlo.
—¿Por qué te pones así?
—¿Cómo me pongo? —Se aparta de su línea de visión y permanece de pie a
un lado.
Ella está contemplando a un grupo de niños llamado Mouseketeers que
interpretan un número musical, en el que Darlene es una florista parisiense,
Cubby un guardia y ese chico alto, presuntuoso y de voz chillona, un artista
romántico. Éste, Darlene, Cubby y Karen (vestida de vieja dama francesa a
quien el guardia Cubby ayuda a cruzar la calle) bailan. Entonces el anuncio
muestra los siete segmentos de un dulce Tootsie Roll saliendo de su envoltorio
para convertirse en las siete letras de «Tootsie», que también can tan y bailan y,
sin dejar de cantar, vuelven a meterse en el envoltorio, el cual parece una
cámara de resonancia. Está bien ideado, el hijo de perra. Conejo lo ha visto
cincuenta veces, y esta vez le revuelve el estómago. El corazón todavía le late
con fuerza y siente como si la garganta se le hubiera estrechado.
—¿Tienes un cigarrillo, Harry? —le pregunta Janice—. Se me han
terminado.
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—¿Eh? Camino de casa tiré el paquete a un cubo de basura. He dejado de
fumar.
Como tiene el estómago revuelto, le parece mentira que alguien desee
fumar. Por fin Janice le mira a la cara.
—¡Lo has tirado a un cubo de basura! Cielos, no bebes, ahora no fumas...
¿Qué te has propuesto? ¿Convertirte en un santo?
—¡Chist! Calla un momento.
En la pantalla ha aparecido el Mouseketeer Jimmy, un adulto con unas
grandes orejas circulares negras adosadas a la cabeza. Conejo le mira
atentamente: le respeta, espera aprender de él algo que le sirva de ayuda en su
propio trabajo, que consiste en demostrar las características de un utensilio de
cocina en diversas tiendas de tres al cuarto en los alrededores de Brewer. Tiene
ese empleo desde hace un mes.
—«Proverbios, proverbios, cuán ciertos son» —canta Jimmy, rasgueando su
guitarra—. «Los proverbios nos dicen qué hemos de hacer, los proverbios nos
ayudan a ser mejores Mouse-ke-teers.»
Jimmy deja de lado su sonrisa y su guitarra y se dirige a los
telespectadores:
—Conócete a ti mismo, dijo cierta vez un viejo sabio griego. Conócete a ti
mismo. Ahora bien, ¿qué significa eso, chicos y chicas? Significa que debéis ser
lo que sois. No tratéis de ser Sally, Johnny o vuestro vecino Fred, sino sed
vosotros mismos. Dios nos da a cada uno un talento especial. —Ahora la
quietud de Janice y Conejo no es natural: ambos son cristianos y el nombre de
Dios les hace sentirse culpables—. Dios quiere que unos seamos científicos,
otros artistas y otros bomberos, médicos o trapecistas, y otorga a cada uno su
talento especial para que llegue a serlo, siempre que trabajemos para desarrollar esa
aptitud. Tenemos que trabajar, chicos y chicas. Así pues, conócete a ti mismo.
Aprended a conocer vuestro talento y luego trabajad para desarrollarlo. Esa es
la manera de ser felices.
Dicho esto, Jimmy aprieta los labios y guiña un ojo.
Eso está bien. Conejo lo aprueba, aprieta la boca y guiña un ojo, y se dice
que así uno logra que el público que tiene delante se alinee contigo contra algún
enemigo situado detrás, Walt Disney o la empresa que fabrica el utensilio de
mondar MagiPeel. Todo es fingido, sí, pero, ¡qué diablos!, resulta creíble. Todos
estamos metidos en ello. Fingir hace que el mundo gire, es la base de nuestra
economía, la Vitaconomía, santo y seña del ama de casa moderna, la expresión
de una sola palabra para indicar la economía de vitaminas que se consigue con
el método MagiPeel.
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Janice se levanta y apaga el receptor cuando el noticiario de las seis intenta
asomarse a la pantalla. La estrellita que deja la corriente se extingue despacio.
—¿Dónde está el niño? —pregunta Conejo.
—En casa de tu madre.
—¿En casa de mi madre? El coche está en casa de tu madre y el niño en la
de mi madre. Eres un desastre.
Ella se levanta y su embarazo, con ese aspecto de hinchazón testaruda,
irrita a Conejo. Janice lleva una falda de premamá con una U cortada en el
abdomen, y una blanca medialuna de combinación brilla bajo el borde de la
blusa.
—Estaba cansada.
—No me extraña —replica él—. ¿Cuántos has tomado?
Señala el vaso de cóctel. El azúcar ha manchado el lado por el que ella ha
bebido. Janice intenta explicarle lo ocurrido.
—Dejé a Nelson en casa de tu madre camino de casa de la mía para ir
juntas a la ciudad. Fuimos en su coche y dimos un paseo, mirando la ropa de
primavera en los escaparates, y ella se compró un bonito pañuelo Liberty para
el cuello, de algodón purpúreo, en los almacenes Kroll's, una ganga.
Titubea y su lengua pequeña y estrecha asoma entre las dos hileras de
dientes sin brillo.
Él tiene miedo, porque cuando Janice se siente confusa es una persona que
asusta: sus ojos se empequeñecen bajo el ceño fruncido y la boca, abierta como
una ranura, le da un dejo de estupidez. Como su pelo ha empezado a menguar
a partir del arranque, en la frente satinada, Conejo no puede evitar la sensación
de que es una mujer frágil, inamovible, que sólo avanza en una dirección, hacia
unas arrugas más profundas y un cabello más ralo. Se ha casado relativamente
tarde; él tenía veintitrés años y ella había terminado dos años antes la
enseñanza secundaria, apenas adulta todavía, con unos senos recatados y
pequeños que, cuando ella se tendía boca abajo, se aplastaban contra su pecho,
de modo que su existencia se reducía a una blandura con pezones. Nelson nació
siete meses después de la boda en la iglesia episcopaliana, y el parto fue
prolongado: el temor que Conejo experimentó entonces se mezcla con el temor
de ahora y acaba por enternecerlo.
—¿ Y tú qué has comprado?
—Un traje de baño.
—¡Un traje de baño! No te digo... ¿En marzo?
Janice cierra los ojos un momento. Él percibe que la resaca del licor se abate
sobre ella y siente repugnancia.
—Me hizo recordar la época en que aún me habría entrado sin problemas.
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—¿Pero qué demonios te molesta? A otras mujeres les gusta estar
embarazadas. ¿Por qué tienes ese carácter tan extraño? Anda, dímelo, dime por
qué eres tan jodidamente caprichosa.
Ella abre los ojos castaños, castaños y agitados como café que se disuelve,
las lágrimas los anegan, se derraman por los bordes y descienden por las
mejillas a las que el agravio colorea de rosa.
—Eres un cabrón —le dice mientras le mira con un aire muy pensativo.
Conejo se acerca a ella, la rodea con sus brazos, nota su aliento cálido
entrecortado por las lágrimas, ve los blancos de sus ojos inyectados en sangre.
Obedeciendo a un reflejo cariñoso, baja las rodillas para que sus ijadas queden a
la altura de las de ella, pero el vientre prominente se lo impide. Entonces se
yergue cuán alto es y le dice:
—Muy bien, te has comprado un traje de baño.
Abrigada por el pecho y los brazos masculinos, ella balbucea con una
vehemencia que su marido habría creído desaparecida:
—No me dejes, Harry. Te quiero.
—También yo te quiero. Vamos, mujer, te has comprado un bañador.
—De color rojo —dice ella, meciéndose melancólicamente contra él. Pero su
cuerpo, cuando está bebida, produce una sensación de fragilidad, de
desconexión entre sus brazos que a. Conejo le resulta desagradable—. Con una
cinta que se ata en la nuca y una faldita plisada que puedes quitarte para
meterte en el agua. Entonces las varices empezaron a dolerme tanto que bajé
con mamá al sótano de Kroll's y tomamos chocolate batido. Han restaurado
toda la sección de cafetería y ya no hay mostrador. Las piernas seguían
doliéndome, y mamá me trajo a casa y dijo que tú podrías ir a buscar el coche y
a Nelson.
—Tus piernas, ¿eh? Qué diablo, probablemente eran las suyas.
—Creí que vendrías antes a casa. ¿Dónde has estado?
—Oh, por ahí, haciendo el payaso. Estuve jugando a la pelota con unos
chicos en el callejón.
Ya no siguen abrazados.
—Intenté echar una siesta, pero no pude. Mamá me dijo que yo parecía
cansada.
—Es lógico que estés cansada, ¿no? Eres un ama de casa moderna.
—¿Y entretanto tú estabas en el callejón, jugando como un crío de doce
años?
Él se da cuenta de que Janice no ha entendido la broma sobre el ama de
casa basada en la «imagen» de la mujer a la que el fabricante de MagiPeel
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quiere que sus vendedores se dirijan, irónica y, en el fondo, tierna y compasiva.
Parece que no hay alternativa: Janice es tonta.
—¿Cómo puedes echarme en cara tal cosa si te sientas ahí a ver un
programa para niños menores de dos años?
—¿Y quién me ha hecho callar hace un momento?
—Ah, Janice —suspira él—. Vete al infierno.
Ella le mira durante un largo momento.
—Haré la cena —decide por fin.
Él se muestra arrepentido.
—Iré a buscar el coche y traeré el niño. El pobre debe de creer que no tiene
casa. ¿Por qué diablos tu madre cree que la mía no tiene nada mejor que hacer
que cuidar de los hijos ajenos?
Vuelve a indignarse al pensar que ella no ha comprendido sus motivos
profesionales para contemplar la actuación de Jimmy, su deseo de mejora en ese
empleo con el que se gana la vida y le permite comprarle azúcar para que la
ponga en sus asquerosos cócteles.
Janice entra en la cocina, enfadada, aunque no demasiado. Debería haberse
disgustado de veras, o quizá no, puesto que Conejo no ha hecho más que
repetir lo que le ha dicho doscientas, puede que mil veces, pongamos, por
término medio, una vez cada tres días desde el año 1956. ¿Cuánto suma eso?
Trescientas. ¿Ocurre con tanta frecuencia? En ese caso, ¿por qué siempre le
cuesta un esfuerzo? Antes de que se casaran ella facilitaba las cosas.
Entonces tenía reacciones inesperadas. Era sólo una chiquilla con los
nervios a flor de piel, la cual, por cierto, olía a algodón fresco. Su compañera de
trabajo tenía un apartamento en Brewer y se lo prestaba. Cama metálica,
medallones plateados en el papel de la pared, una panorámica al oeste con los
grandes depósitos azules de gas a orillas del río. Iban allí al salir del trabajo.
Entonces los dos trabajaban en los almacenes Kroll's, donde ella vendía
caramelos y anacardos, vestida con una bata blanca que tenía bordada la sílaba
«Jan» en el bolsillo, mientras él, en el piso de arriba, empujaba sillones y mesitas
auxiliares y abría cajas de embalaje de nueve a cinco. La viruta de madera
empleada como relleno se le metía en las fosas nasales y en los ojos, que le
escocían. Aquella negra y sucia medialuna de cubos de basura detrás de los
ascensores, el suelo cubierto de clavos doblados, sus palmas renegridas y
Chandler, el remilgado marica, diciéndole a cada momento que se lavara las
manos para no ensuciar los muebles. Un jabón como de lava, cuya espuma era
gris. El uso de la alzaprima le producía callos amarillentos en las manos.
Pasadas las cinco y media, una vez concluida la sucia jornada, se encontraban
en las puertas, encadenadas para evitar que entraran más clientes, una cámara
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de silencio pavimentada de vidrio verde entre los dos juegos de puertas, en los
estrechos escaparates laterales las cabezas de maniquí sin cuerpo, con sus
sombreros de plumas y collares de perlas rosadas, escuchando
disimuladamente el resonante cuchicheo de despedida. Todos los empleados
odiaban los grandes almacenes en que trabajaban, pero ninguno parecía tener
prisa en abandonarlos. Janice y Conejo se encontraban en esa cámara que, con la
luz mortecina y el suelo verde, parecía un ámbito subacuático, empujaban la
única puerta sin encadenar, salían a la luz del día y echaban a andar, sin admitir
nunca que se dirigían allí, hacia los medallones plateados, cogidos de las manos
fatigadas, andando despacio contra la corriente de transeúntes que volvían a
sus hogares, y hacían el amor cuando la última luz del sol estaba al nivel de la
ventana. A ella le avergonzaba que él la viera y quería que cerrara los ojos. Y
entonces, con un estremecimiento, alcanzaba el orgasmo casi en el mismo
momento en que él la penetraba, su entraña tenuemente granulosa, como una
chinela de seda. Yacían tendidos el uno al lado del otro en la cama de la otra
muchacha, sintiéndose perdidos tras haber realizado el acto definitivo, entre la
plata de la pared y el oro del sol poniente.
La cocina es una habitación estrecha al lado de la sala de estar, un breve
pasillo entre aparatos que fueron modernos cinco años antes. Janice deja caer
algo metálico, una sartén o un tazón.
—¿Crees que podrás hacerlo sin quemarte? —le pregunta Conejo.
—¿Aún estás ahí? —replica ella.
Él va al armario y saca la chaqueta que había colgado tan pulcramente.
Tiene la sensación de que allí no hay nadie más que se preocupe de la limpieza.
El desorden de la sala detrás de él se aferra a su espalda como una red que le
apresa fuertemente: el vaso de cóctel con sus heces corruptas, el cenicero a
rebosar en equilibrio sobre el brazo del sillón, la alfombra arrugada, los blandos
rimeros de periódicos escurridizos, los juguetes del niño aquí y allá, rotos,
atascados, obstruidos, la pierna suelta de un muñeco y un trozo de cartón
doblado que contiene una figura recortable, arrancado de alguna caja de
cereales para el desayuno, la pelusa debajo de los radiadores, el incesante e
intrincado revoltijo... Intenta decidir si va a recoger el coche primero y luego el
niño o viceversa. Está más deseoso de ver al niño, y ganaría tiempo caminando
hasta la casa de la señora Springer, que vive más cerca. Pero ¿y si estuviera
junto a la ventana, esperándole, para asomarse y comentarle lo fatigada que
parece estar Janice? ¿Quién no estaría cansado después de ir por ahí contigo tratando
de comprar algo, miserable tacaña? Bruja gorda, vieja gitana. Si tuviera el niño
consigo tal vez eso no ocurriría. A Conejo le gusta la idea de ir andando desde
la casa de su madre con el niño. Nelson, que tiene dos años y medio, camina
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como un soldado de reserva, con tercos pasos inconexos. Pasearían con la
última luz del día bajo los árboles y luego, como por arte de magia, allí estaría el
coche de papá, junto a un bordillo. Pero así le llevaría más tiempo, pues su
propia madre le hablaría solapada y tortuosamente de la incompetencia de
Janice, y cuando su madre comenta esas cosas su moral se resiente. Quizás ella
sólo lo hace para bromear, pero Conejo no podría tomarla a la ligera, su madre
es una mujer demasiado enérgica, por lo menos con él. Sería mejor que fuese en
busca del coche y recogiera al niño con él, pero no está dispuesto a hacerlo así,
sencillamente no quiere. El problema se enmaraña en su mente, con una
complejidad que le hace sentir náuseas.
Janice le llama desde la cocina.
—Cariño, cómprame un paquete de tabaco, ¿quieres?
La normalidad de su voz indica que todo está perdonado, que todo es lo
mismo de siempre.
Conejo se detiene, contempla su tenue sombra amarilla en la puerta blanca
que da al vestíbulo y siente que está encerrado en una trampa. Parece
indudable. Sale a la calle.
La oscuridad y el frío se han acrecentado. Los arces noruegos exhalan el
aroma de sus hojitas nuevas y al otro lado de las anchas ventanas de las salas de
estar a lo largo de Wilbur Street se ven, más allá del parche plateado del
televisor, las cálidas bombillas que iluminan las cocinas, como fogatas en el
fondo de cuevas. Conejo echa a andar calle abajo. Parece como si el día también
se retirase a descansar. De vez en cuando roza la áspera corteza de un árbol o
las ramitas secas de un seto, para notar su textura. En la esquina, donde Wilbur
Street se cruza con Potter Avenue, un buzón, alzado en su poste de cemento
armado, es como un centinela en el crepúsculo. Los altos indicadores de las
calles, con sus dos pétalos, el tronco con abrazaderas del poste telefónico, sus
aisladores contra el cielo, la boca de incendios como un arbusto dorado: todo
eso semeja un bosquecillo. De niño le encantaba trepar a los postes, ir escalando
a partir de los hombros de un amigo, llegar a la escala de escarpias y seguir
subiendo hasta llegar allí donde puede oírse la canción de los cables, un susurro
espantosamente inmóvil. Siempre tienes la tentación de caer, soltar las duras
escarpias de las que te sujetas y sentir el espacio en la espalda, sentir que se
apodera de tus pies y asciende por tu espina dorsal mientras caes. Recuerda lo
calientes que tenía las manos allá arriba, llenas de astillas tras el roce con el
tronco hasta llegar al inicio de las escarpias. Aguzaba el oído junto a los cables,
como si pudiera oír lo que la gente decía y enterarse de qué iba todo aquel
mundo secreto de los adultos. Los aisladores, grandes huevos azules en un nido
azotado por el viento.
16
John Updike
Corre, conejo
Mientras avanza por Potter Avenue los cables, en su altura silente, chocan
con las copas de los arces mecidos por la brisa y penetran en su follaje. En la
próxima esquina, por donde antes bajaba el agua procedente de la fábrica de
helados, que caía con un rumor sollozante en un canal de desagüe y reaparecía
al otro lado de la calle, Conejo cruza y camina al lado de la zanja por la que
corría el agua depositando en el légamo del borde verdes y viscosos filamentos
que ondulaban y aguardaban a que te atrevieras a pisarlos para hacer que
resbalaras y te dieras un remojón. Recuerda que una vez se cayó, pero ha
olvidado por qué motivo andaba sobre aquel borde resbaladizo. Hace un
esfuerzo y por fin acude a su mente: lo hacía para impresionar a las niñas —
Lotty Bingaman, Margaret Schoelkopf, a veces June Cobb y Mary Holler— con
las que regresaba a casa al salir de la escuela primaria. Margaret tenía con
frecuencia hemorragias nasales, sin ninguna razón aparente. Quizá su vitalidad
era excesiva. Su padre se emborrachaba, su familia la obligaba a llevar zapatos
de cordones mucho después de que nadie los usara.
Dobla por Kegerise Street, un estrecho callejón con grava en el suelo que se
curva más allá de la lisa parte trasera de una pequeña fábrica de cajas cuyas
operarias son casi todas mujeres de edad mediana, una fachada de bloques de
cemento, que corresponde a un distribuidor de cerveza al por mayor, y una casa
de piedra auténtica, ahora cerrada, uno de los edificios más antiguos de la
ciudad, construida con rudos sillares de arenisca. Este edificio, del que en otro
tiempo dependía la mitad del terreno en el que ahora se asienta la ciudad,
todavía conserva, detrás de una valla destrozada por el tiempo y los gamberros,
su jardín, un montón de tallos pardos y leña erosionada que en verano florecerá
con una indeseable riqueza de hierbajos, cerúleas varitas verdes y vainas
lechosas con semillas de seda y airosas corolas amarillas casi traslúcidas con su
carga de polen.
Hay, pues, cierto espacio entre la vieja granja y la Asociación Atlética
Sunshine,* un alto y estrecho edificio de ladrillo, como una casa de vecindad
fuera de lugar en este desordenado callejón de partes posteriores y restos. La
entrada tiene un aspecto amenazante, debido a una extraña cubierta, del
tamaño de un cobertizo, levantada en invierno sobre los escalones de piedra
para proteger el bar del mal tiempo. Conejo ha estado varias veces en el club, al
que, a pesar de su nombre, no llega la luz del sol. En la planta baja está el bar y
el primer piso contiene mesas de juego donde se sientan los carcamales del
barrio y rumian sus estrategias. Conejo asocia tanto el alcohol como los naipes a
una clase de pecado deprimente, el pecado con mal aliento, y, cuando estuvo
*
Sunshine significa «luz del sol». (N. del T. )
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John Updike
Corre, conejo
allí, le deprimió todavía más la atmósfera política que se respiraba en el local.
Su antiguo entrenador de baloncesto, Marty Tothero, quien, antes de que un
escándalo le valiera la expulsión del instituto, tuvo cierta influencia en los
asuntos locales, vivía presuntamente en aquel edificio y, según decían, aún
trapicheaba. A
18
John Updike
Corre, conejo
Conejo le desagrada la manipulación, pero Tothero le gusta. Después de su
madre, Tothero es la persona con más energía que ha conocido en toda su vida.
Pensar en su antiguo entrenador agazapado ahí dentro le asusta. Sigue
caminando, pasa por delante de un taller de planchistería y un gallinero
inutilizado. Siempre va cuesta abajo, pues la localidad de Mount Judge se
levanta en la vertiente oriental de la montaña del mismo nombre, cuyo lado
occidental mira a la ciudad de Brewer. Aunque el pueblo y la ciudad se
encuentran en la carretera que rodea la montaña por el sur, en dirección a
Filadelfia, a ochenta kilómetros de distancia, nunca se fusionarán, pues entre
ambos la montaña levanta su ancho lomo verde, con una longitud de tres
kilómetros de norte a sur, y contiene cascajales, cementerios y nuevas
urbanizaciones, pero por encima de una línea no se permite construir y hay
centenares de acres de bosque que los chicos de Mount Judge nunca podrán
explorar del todo. A gran parte de ese bosque llegan los ruidos de los coches
que ascienden en segunda velocidad por los caminos, hacia las vistas
panorámicas, pero hay largos trechos de pinares olvidados, donde el suelo
cubierto de pinaza que amortigua todo sonido asciende más y más, bajo
interminables túneles de intenso verdor, y se tiene la sensación de haber
atravesado el silencio para dar con algo peor. Entonces, se llega a un claro,
donde las ramas no se molestan en cubrir el foso lleno de piedras excavado por
algún colono valiente y monstruoso siglos atrás, y se apodera de ti un miedo
cerval, como si ese otro signo de vida fuese a llamar la atención sobre ti y la
amenaza de los árboles se hiciera activa. Tu temor vibra, es como un
despertador que no puedes parar, con tanto más estrépito cuanto más rápido
corres, encorvado, hasta que oyes claramente el grito sofocado de un embrague
y el cambio de marcha de un coche cercano y, detrás de los pinos, aparecen los
gruesos postes blancos de la valla protectora. Entonces, a salvo en el firme de la
carretera, te preguntas si regresarás a casa andando o harás auto-stop hasta el
hotel Pinnacle para comprar un dulce y contemplar la ciudad de Brewer que se
extiende allá abajo como una alfombra, una ciudad roja, donde pintan la
madera, la chapa e incluso los ladrillos rojizos de rojo, una maceta de cosas
anaranjadas pintada de un rojo que no se parece al color de cualquier otra
ciudad del mundo, pero que para los niños del condado es el único color de las
ciudades, el color que tienen todas ellas.
La montaña trae pronto la oscuridad al pueblo. Ahora, poco después de las
seis, un día antes del equinoccio de primavera, todas las casas, fábricas con
tejados de ripio y calles trazadas diagonalmente en la ladera de la colina están
sumidas en la sombra que, al este, inunda un valle de tierras de labranza.
Hileras de casas gemelas, de un solo piso y tejado de poca pendiente, se
extienden en el límite de la sombra, y sus ventanas panorámicas reflejan la luz
del sol poniente. Una tras otra, tan súbitas como lámparas, esas ventanas se
apagan cuando la luz solar declina y se desliza sobre la urbanización, cruza las
tierras de color canela, valladas y a la espera de la siembra, y un campo de golf
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John Updike
Corre, conejo
que, visto desde lejos, podría ser un largo pasto, de no ser por las manchas
amarillas que son los obstáculos de arena, y sigue deslizándose hacia arriba,
cubriendo las colinas situadas enfrente, en cuyas laderas occidentales todavía
arde con orgullo vespertino. Conejo se detiene en el extremo del callejón, desde
donde tiene una visión de conjunto. En aquel campo de golf sirvió de pequeño
como caddy.
Aguijoneado por un apremio indefinido, da media vuelta y se encamina a
la izquierda por Jackson Road, donde vivió durante veinte años. Sus padres
viven en la casa de la esquina, un edificio de ladrillo que alberga a dos familias,
pero son sus vecinos, los Bolger, quienes poseen la mitad de la casa que hace
esquina, con un estrecho jardín lateral que la señora Angstrom siempre ha
envidiado. Las ventanas de los Bolger reciben toda esa luz mientras que nosotros
estamos aquí como encajonados.
Conejo se aproxima sigilosamente, andando sobre la hierba, a su antiguo
hogar, tras saltar el pequeño seto de palo de rosa y el alambre cuyo fin es evitar
que los niños se desvíen de la acera y entren donde no deben. Se desliza por la
franja de hierba entre los dos pasillos de cemento junto a cada pared de ladrillo.
Él vivía tras una de ellas y los Zim tras la otra. La señora Zim, que era fea, con
los ojos saltones a causa del bocio y la piel laxa y azulada, se pasaba el día
gritando a su hija Carolyn, más bonita de lo que una niña de cinco años tenía
derecho a ser. El señor Zim era un pelirrojo de labios gruesos, y en Carolyn el
grosor y la delgadez, el rojo y el azul, la salud y un temperamento muy
excitable se habían mezclado en la proporción adecuada. Su belleza precoz
parecía proceder de otro sitio, de Francia, de Persia o del cielo. Incluso Harry,
que era seis años mayor y aún no se fijaba en las chicas, se daba cuenta de ello.
La señora Zim gritaba a la pequeña durante todo el día y, cuando el señor Zim
volvía a casa al terminar su trabajo, los dos se pasaban horas gritando. La
trifulca empezaba con la defensa de la niña por parte del señor Zim y, entonces,
mientras los vecinos escuchaban, las viejas heridas se abrían en la noche como
flores complicadas. A veces la madre de Conejo comentaba que un día el señor
Zim mataría a la señora Zim, otras veces decía que la niñita asesinaría a los dos
cuando estuvieran durmiendo. Y lo cierto era que Carolyn daba cierta
impresión de sangre fría. Cuando llegó a la edad escolar, nunca salía de casa sin
una sonrisa en su rostro ovalado, y caminaba airosamente como si poseyera el
mundo, aunque los Angstrom habían oído los gritos histéricos que le lanzaba su
madre durante el desayuno: las ventanas de sus cocinas respectivas estaban a
menos de dos metros de distancia. ¿Cómo lo aguanta el pobre hombre? Si Carolyn y
su madre no solucionan sus diferencias, un buen día, al despertarse, se encontrarán sin
un protector.
Pero mamá nunca acertó en sus predicciones. Cuando los Zim se
marcharon, lo hicieron juntos, el señor Zim, la señora Zim y Carolyn;
desaparecieron en una camioneta mientras la mitad de sus muebles seguía en la
acera al lado del camión de mudanzas. Él tenía un nuevo empleo en Cleveland,
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John Updike
Corre, conejo
Ohio. La madre de Conejo vaticinó que nadie echaría en falta a los pobres
diablos, pero también se equivocó en eso. Habían vendido su mitad de la casa a
un matrimonio de edad, metodistas estrictos, y el viejo se negaba a cortar la
hierba entre su casa y la de los Angstrom. El señor Zim, que los fines de semana
trabajaba al aire libre con lluvia o bajo el sol, como si fuese su único placer en la
vida, y no me extraña, siempre había cortado la hierba. El viejo metodista cortaba
exactamente su mitad, con una pasada de segadora, y luego retrocedía por su
propio pasillo empujando la máquina invertida, cuando no le habría costado
nada empujarlo a lo largo de la otra mitad de la franja de hierba y no hacer un
trabajo tan ridículo. Cuando oigo el traqueteo de la segadora de ese chiflado por su
pasillo, con esos aires de justicia y rectitud, la tensión sanguínea me sube tanto que noto
los latidos en las orejas. La madre de Conejo no quiso que su padre segara su
mitad de la franja durante todo un verano, y la hierba creció hasta la altura de
las rodillas en aquel pequeño espacio sin sol, salieron espigas parecidas a las de
trigo y una o dos varas de san José, hasta que aproximadamente en agosto se
presentó un hombre de la ciudad y les comunicó que lo sentía, pero que, según
las ordenanzas municipales, debían cortar la hierba. Harry había atendido al
hombre en la puerta y le decía que, naturalmente, harían como estaba
mandado, cuando su madre salió por detrás de él, acalorada, y dijo que ni
hablar de ello, que el macizo de flores era suyo y no tenía intención de permitir
que lo destruyeran. Esta actitud de su madre hizo sentirse a Conejo
profundamente avergonzado. El hombre se limitó a mirarla y se sacó del
bolsillo trasero del pantalón un librito muy manoseado, para mostrarle la
ordenanza. Ella siguió en sus trece, afirmando que el parterre era suyo. El
hombre le leyó el montó de la multa y bajó del porche. Aquel sábado, mientras
ella estaba de compras en Brewer, papá cogió la hoz que guardaba en el garaje y
cortó todos los hierbajos, y luego Harry empujó la segadora arriba y abajo del
rastrojo hasta que la franja quedó tan pulcra como la del metodista, aunque más
oscura. Mientras hacía esa tarea se sentía culpable y le asustaba la riña en que
iban a enzarzarse sus padres cuando ella volviera. Temía sus peleas: cuando la
ira asomaba a sus rostros desabridos y las palabras insultantes volaban, era
como si pusieran delante de él una lámina de cristal que impedía el paso del
aire; sentía que le abandonaban las fuerzas y tenía que irse a un rincón de la
casa alejado de ellos. Pero aquella vez no hubo pelea. Su padre le sorprendió
con una mentira y volvió a sorprenderle al guiñarle un ojo mientras lo hacía.
Explicó a la madre que la resistencia del metodista se había quebrado por fin y
el hombre había cortado la franja de hierba. La madre lo creyó, pero no le hizo
ninguna gracia y estuvo dándoles la matraca el resto del día y durante toda la
semana, diciéndoles que demandaría al viejo santurrón. En cierto modo había
llegado a creer que aquél era, en efecto, su «macizo de flores». De un pasillo de
cemento al otro la franja mide poco más de un par de palmos, y al avanzar por
ella Harry tiene una ligera sensación de precariedad, como si caminara por lo
alto de un muro.
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John Updike
Corre, conejo
Retrocede hasta la ventana iluminada de la cocina, sube con sigilo al pasillo
de cemento para que las suelas de sus zapatos no hagan ningún ruido, y, de
puntillas, echa un vistazo desde un ángulo. Se ve a sí mismo sentado en una
sillita alta y siente una extraña y fugaz acometida de celos. El niño que está ahí
es su hijo, cuyo pequeño cuello brilla como otro de los objetos limpios en la
cocina, entre las tazas, los platos, los pomos cromados y los moldes de aluminio
para hacer pasteles alineados en estantes festoneados con hule lustroso. Su
madre, sentada a la mesa, se inclina con una cuchara de judías humeantes en el
extremo de su grueso brazo curvado, y la luz arranca destellos de sus gafas. En
su rostro no se refleja la preocupación que debe de sentir porque no vienen en
busca del pequeño; concentrada, la nariz como un pico labrado en facetas,
expresa un solo deseo: que el niño coma. Su boca está rodeada de pequeñas
arrugas que se alisan al sonreír, y Conejo, que desde su ángulo no ve los labios
de Nelson, piensa que éste debe de haberse comido las judías. Las otras
personas alrededor de la mesa le alaban, su padre con sílabas confusas, su
hermana en tono agudo, pero hay algo poco convincente en ambas voces. El
cristal de la ventana y el rumor de la sangre en su cabeza impiden a Conejo
entender lo que dicen. Su padre, que acaba de llegar del trabajo, lleva una
camisa azul manchada de tinta y, cuando deja de aplaudir al nieto, la fatiga
vuelve a aparecer en su rostro: es viejo, tiene el cabello gris, en su garganta hay
un manojo de tendones movedizos. La dentadura postiza que le pusieron hace
un año le ha cambiado el rostro, haciendo que le caiga un poco. Miriam se ha
emperifollado con oro y negro azabache para la noche del viernes, come con
indiferencia y ofrece una cucharada al niño. Su esbelto brazo blanco adornado
con brazaletes pone una nota bárbara en la escena. Se maquilla en exceso. A los
diecinueve años estaría mejor sin ese tono verde en los párpados. Como tiene
los dientes salientes procura no sonreír. Nelson agacha la cabeza grande y llena
de rizos, y su manita rosada se mueve hacia la cuchara con intención de
quitársela a su tía. El padre se echa a reír y en los labios de Mim aparece una
sonrisa que desbarata su expresión de adulta experta y recuerda a la chiquilla
que iba sentada en el manillar de la bicicleta de Conejo y cuyo cabello agitado
por el viento entraba en los ojos de su hermano mientras bajaban las
pronunciadas cuestas de las calles de Mount Judge. Deja que Nelson coja la
cuchara y el niño la deja caer. «¡Caío, caío!», exclama. Conejo le oye y entiende
que quiere decir «caído». Su padre y Mim sonríen y hacen comentarios, pero su
madre, sin despegar los labios, ceñuda, vuelve a ofrecer su cuchara al pequeño.
Están alimentando al hijo de Harry, este hogar es más feliz que el suyo. Da un
paso atrás sobre el pasillo de cemento y vuelve a recorrer la franja de hierba.
Actúa con rapidez y decisión. En la oscuridad recorre otra manzana de
Jackson, ataja por Joseph Street, corre a lo largo de una manzana, camina a
zancadas por otra y llega a la vista de su coche, mal aparcado en ese lado de la
calle. La rejilla del radiador parece sonreírle. Se palpa el bolsillo y le acomete el
temor. No tiene las llaves. Todo, la misma idea que acaba de concebir, depende
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John Updike
Corre, conejo
de la clase de descuido en que ha incurrido Janice. O bien se ha olvidado de
darle las llaves cuando él ha salido de casa o ni siquiera se ha molestado en
sacarlas del encendido. Intenta imaginar cuál de las dos cosas es más probable y
no lo consigue. Ni ella misma lo sabe. Es estúpida.
La parte trasera de la casa de los Springer está iluminada, pero no la
fachada. Conejo se mueve cautamente en las sombras bajo los árboles, donde
nota el agradable aroma de las plantas, por si la vieja está esperando en el salón
a oscuras para decirle lo que piensa en cuanto le vea. Rodea el coche, un Ford
del 55 que el viejo Springer, con su bigotito hitleriano color de arena, le vendió
por mil dólares en 1957, porque al asustado cabrón, que se dedicaba al negocio
de automóviles, le avergonzaba que su hija se casara con un hombre que sólo
tenía un Buick de 1936 adquirido por ciento veinticinco dólares cuando estaba
en el ejército, en Texas, allá por 1953. Le hizo soltar mil dólares que no tenía
cuando acababa de gastarse ochenta dólares en reparar el Buick. Así era aquel
hombre. Esa gente se merece todo lo que les ocurre. Abre el coche por el lado
del pasajero, se estremece al oír el ruido del frágil muelle de la portezuela y
rápidamente mete la cabeza en el compartimiento. Gracias a Dios. Bajo los
mandos de las luces y del limpiaparabrisas distingue la silueta octogonal de la
llave de encendido. Bendita sea esa idiota. Conejo sube al coche con sigilo y
cierra la portezuela hasta que su metal toca el de la carrocería. La deja así, sin
dar un portazo. La fachada de estuco de la casa sigue sin luz y, sin saber por
qué, a Conejo le recuerda un puesto de helados abandonado. Hace girar la llave
y el motor se pone en marcha. El ruido le inquieta tanto que pisa con delicadeza
el acelerador, y el motor, que lleva horas inactivo y refrescado por el aire de uno
de los primeros días primaverales, está frío, se para y atasca. El corazón de
Conejo le da un vuelco y nota en la garganta un sabor a paja. Pero, bien mirado,
¿qué más da si la vieja sale? Lo único sospechoso es que el niño no está con él, y
puede decir que ahora va a buscarlo. De todos modos, ése habría sido el modo
lógico de proceder. Sin embargo, no desea verse en el aprieto de tener que
mentir, por muy plausible que sea el embuste. Tira un poco del estárter, sólo lo
suficiente para sentir una ligera presión en las puntas de los dedos, y vuelve a
poner el motor en marcha. Pisa el gas una sola vez, echa un vistazo a la casa de
los Springer, ve encendida la luz del salón, suelta el embrague y el Ford, con
una ligera sacudida, se aparta del bordillo.
Conduce a demasiada velocidad por Joseph Street y gira a la izquierda,
haciendo caso omiso de la señal de stop. Baja por Jackson, hasta donde esta vía
traza una línea oblicua que finaliza en la autopista Central, la misma 422 que
lleva a Filadelfia. Otro stop. No quiere ir a Filadelfia, pero la calzada se
ensancha en el límite del pueblo, más allá de la central eléctrica, y sólo hay otra
alternativa, la de regresar a través de Mount Judge, rodear la montaña y
meterse en el denso tráfico de Brewer a la hora de la cena. No tiene intención de
ver Brewer una vez más, esa ciudad que parece una maceta. Los tres carriles de
la autopista se amplían a cuatro y no hay peligro de chocar con otro coche, pues
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John Updike
Corre, conejo
todos corren en la misma dirección, como palitos en una corriente de agua.
Enciende la radio. Tras un ruido confuso, una hermosa voz de negra canta: «Sin
una canción, el dííííía nuuuunca acabará, sin una canción». Conejo desea un
cigarrillo para acompañar la sensación de limpieza interior que experimenta,
recuerda que no tiene tabaco y se siente todavía más limpio. Se repantiga,
extiende un brazo sobre el respaldo del asiento y se desliza por la izquierda de
la autopista envuelta en el crepúsculo. «Un maizal», dice la voz negra,
ondulándose oscura y cálida como el interior de un violoncelo, «la hierba
crece», el campo se hunde repentinamente alrededor de la autopista como un
interminable pájaro negro, «no se puede entender, no se sabe cómo», su cuero
cabelludo se contrae con éxtasis, «siiin uuna...» El olor a goma quemada indica
que el calefactor se ha encendido, y Conejo gira la pequeña palanca para
regularlo.
«Amor secreto», «Hojas de otoño» y otra melodía cuyo título se le ha
escapado. Música para la hora de la cena, para que te acompañe mientras
cocinas. Su mente se aparta nerviosamente de la involuntaria visión que ha
tenido, la comida de Janice crepitando en la sartén, probablemente chuletas, el
desconsuelo del agua burbujeante con ronchas de grasa, los guisantes sin
descongelar con cuyo vapor emprenden el vuelo las vitaminas. Intenta pensar
en algo agradable. Se imagina a punto de efectuar un lanzamiento largo con
una sola mano, pero tiene la sensación de que hay un abismo en el que caerá
cuando la pelota abandone sus manos. Intenta recordar a su madre y su
hermana alimentando al pequeño, pero al volver mentalmente la vista atrás ve
a su hijo llorando, con la boca muy abierta y el aliento entrecortado y cálido.
Tiene que haber algo: el agua amarillenta de la fábrica de helados que corre por
la zanja, su manera de curvarse al topar con las piedras y avanzar con pequeñas
ondas diagonales que agitan los frágiles filamentos viscosos adheridos a los
bordes. De súbito Janice surge en su recuerdo, temblando en la cama de la otra
muchacha, al caer la tarde. Conejo intenta eliminar esa sensación pensando en
Miriam, Mim en el manillar de su bicicleta, Mim en un trineo, bajo la nevada, él,
su hermano mayor, empujándola Jackson Road abajo, unas luces rojas en la
nieve que señalan los trípodes utilizados por el personal municipal para
impedir el paso de los trineos por la vía, abajo, abajo, los dos silbando sobre la
nieve oscura y compacta que cubre el suelo, sujétame, Harry, las chispas cuando
llegan a las cenizas esparcidas en el extremo de la calle como medida de
seguridad, la raspadura al detenerse que parece el sordo latido de un corazón
en la oscuridad. Otra vez, Harry, y luego iremos a casa, te lo prometo, Harry, por
favor, ah, cuánto te quiero, la pequeña Mim no tiene más de siete años, cubre su
cabeza una capucha oscura, la calle parece encerada con la nieve que sigue
cayendo. Probablemente ahora la pobre Janice estará nerviosa, hablando por
teléfono con su madre o su suegra, preguntándose por qué se está enfriando la
cena. Es tan boba, se dice Conejo. Perdóname.
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John Updike
Corre, conejo
Acelera. La creciente complejidad de las luces le amenaza. Está siendo
arrastrado a Filadelfia, una ciudad que odia, la más sucia del mundo, donde la
gente bebe un agua envenenada que sabe a sustancias químicas. Quiere
dirigirse al sur, abajo, más abajo en el mapa, hacia los naranjales, los ríos
humeantes y las mujeres descalzas. Parece bastante sencillo, conduces durante
toda la noche, sigues corriendo al amanecer y durante toda la mañana y a
mediodía aparcas en una playa, te descalzas y te echas a dormir junto al Golfo
de México. Despiertas con las estrellas en el cielo perfectamente espaciadas y te
sientes de maravilla. Pero él avanza hacia el este, la peor dirección, hacia la
insalubridad, el hollín y el hedor, un agujero asfixiante donde no puedes
moverte sin matar a alguien. La autopista le engulle y una señal indica
POTTSTOWN 2. Está a punto de frenar, pero lo piensa mejor.
Si se dirige al este, el sur está a la derecha. Entonces, como si el mundo se
alzara a su alrededor para adecuarse a sus pensamientos, aparece la indicación
de una ancha carretera a la derecha, RUTA 100 CHESTER OESTE
WILMINGTON. Este número 100 parece tener una rotundidad definitiva.
Conejo no quiere ir a Wilmington, pero ésa es la dirección correcta. Nunca ha
estado en Wilmington, donde impera la familia Du Pont, y se pregunta qué
sentirá uno al triunfar en la vida y ser rico como un Du Pont. Apenas ha
recorrido ocho kilómetros cuando empieza a tener la sensación de que esa
carretera forma parte de la misma trampa. En cuanto ve un desvío, gira a la
derecha. Los faros iluminan un mojón con el número 23, una buena cifra. En su
primer partido universitario marcó veintitrés puntos. Era estudiante de
segundo curso y virgen. Los árboles ensombrecen esa carretera estrecha.
Una Du Pont descalza, probablemente de piernas morenas, los senos
pequeños y bonitos, junto a una piscina en Francia. Una mujer desnuda es como
el dinero, un buen montón de millones. Cuando intentas imaginar el color de
los millones acabas viéndolos blancos. Penetrar ese cuerpo es como invertir los
millones, sin prisas, porque aún te quedan muchos. ¿Son frígidas las muchachas
ricas? ¿Ninfómanas? Debe de haber de todo. Al fin y al cabo sólo son mujeres,
descendientes de alguien que engañó a los indios con más suerte que los demás,
pero están hechas de la misma madera que las mujeres de los barrios pobres.
Ahí, sobre colchones parduzcos, su blancura es incluso más brillante. Ah, esa
increíble manera que tienen de ofrecérsete cuando lo desean... Por lo demás,
sólo grasa. Resulta curioso que las apasionadas sean a menudo estrechas y secas
mientras que las flemáticas son jugosas. Te quieren erecto y duro en el umbral
de sus entrañas. Lo importante es jugar con ellas hasta que estén a punto, y
sabes que lo están porque el interior de su abertura se hace flexible en tus dedos
como el pescuezo de un cachorro.
La ruta 23 avanza hacia el oeste a través de pueblecitos insípidos con
nombres como Coventryville, Elverson, Morgantown, y a Conejo le gustan.
Casas de labranza altas y cuadradas se arriman a la carretera, con sus paredes
blancas como el yeso. En un pueblo ve una taberna iluminada y se detiene ante
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John Updike
Corre, conejo
una ferretería que está enfrente, con dos bombas de gasolina ante la fachada.
Conejo sabe la hora por la radio, es ya tarde, pero la ferretería sigue abierta. En
el escaparate, palas, azadones, despepitadoras y hachas, utensilios azules,
anaranjados y amarillos, se mezclan con unas cañas de pescar y una ristra de
guantes de béisbol. Sale de la tienda un hombre de edad mediana, con botas,
unos viejos y holgados pantalones y dos camisas, una encima de otra.
—Sí, señor —dice recalcando con fuerza la segunda palabra, como un cojo al
pisar.
—¿Puede llenarme el depósito de normal?
El hombre empieza a bombear la gasolina y Conejo baja del coche, se acerca
a la parte trasera y le pregunta:
—¿A qué distancia estoy de Brewer?
El otro deja de escuchar el gorgoteo de la gasolina, alza la cabeza y le mira
con una expresión de brusca confianza. Levanta un dedo.
—Retroceda y siga esa carretera. Hay veinticinco kilómetros hasta el
puente.
Veinticinco. Ha recorrido casi sesenta y cinco kilómetros para alejarse
veinticinco. De todos modos la distancia es suficiente, y éste es otro mundo.
Huele de un modo distinto, huele a más antiguo, a escondrijos y cavidades en el
suelo en los que todavía nadie ha hurgado.
—¿Y si continuara en línea recta?
—Así llegaría a Churchtown.
—¿Qué hay después de Churchtown?
—New Holland. Lancaster.
—¿Tiene algún mapa?
—Oiga, joven, ¿adónde quiere ir?
—¿Eh? No lo sé exactamente.
—¿Hacia dónde se dirige?
El hombre es paciente. La expresión de su cara parece paternal, artera y
estúpida al mismo tiempo.
Oye el ruido que hace la gasolina al llegar a la boca del depósito y observa
con qué cuidado ese campesino vierte hasta la última gota sin dejar que el
líquido rebose del borde, como lo haría cualquier empleado de gasolinera en la
ciudad. Aquí, en medio del campo, donde él se encuentra a medianoche, no se
permite la pérdida de una sola gota de combustible. Aquí las leyes no son
espectros, sino que caminan y despiden el olor de la tierra. Un temor insensato
se coagula sobre la piel de Conejo.
—¿Echo un vistazo al aceite? —le pregunta el hombre tras colgar la
manguera en el costado de la bomba oxidada y anticuada, con el cabezal
pintado en el que burbujea la gasolina.
—No. Espere, sí, será mejor que lo mire, gracias. —Se tranquiliza. No ha
hecho más que pedir un mapa, pero, el tono de ese condenado destripaterrones
es un tanto sarcástico. ¿Qué tiene de sospechosa esa petición? Siempre hay
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John Updike
Corre, conejo
alguien que se dirige a alguna parte. Le convenía comprobar el nivel del aceite
porque no iba a detenerse de nuevo hasta que estuviera a medio camino de
Georgia—. Dígame, ¿a qué distancia está Lancaster en dirección sur?
—¿Al sur? Pues no lo sé. Por esta carretera está a cuarenta kilómetros. El
aceite está bien. ¿Ahora piensa ir a Lancaster?
—Sí, es posible.
—¿Le miro el agua?
—No, está bien.
—¿La batería?
—No tiene ningún problema. Bueno, en marcha.
El hombre suelta el capó y mira sonriente a Harry.
—La gasolina sube tres con noventa, joven. —Pronuncia las palabras en el
mismo tono grave, cauto, entrecortado.
Conejo pone cuatro billetes de un dólar en su mano, rígida, costrosa, de
uñas que recuerdan esas palas viejas a las que el uso ha desgastado dándoles
formas extrañas. El campesino entra en la ferretería, quizá para telefonear a la
policía estatal. Actúa como si supiera algo, pero ¿qué podría saber? Conejo está
ansioso por subir al coche y alejarse de allí. Para serenarse cuenta el dinero que
le queda en la cartera. Setenta y tres dólares. Hoy ha sido día de paga. Tocar
tanto billete verde le calma los nervios. El campesino apaga la luz de la
ferretería y regresa con una moneda de diez centavos y sin ningún mapa. Harry
ahueca la mano para recoger la moneda y el hombre la presiona en la palma con
su pulgar y dice:
—He buscado ahí dentro y el único mapa de carreteras que hay es del
estado de Nueva York. No querrá ir en esa dirección, ¿verdad?
—No —responde Conejo, y se acerca a la portezuela del coche.
Nota en la nuca que el hombre le sigue. Sube al coche y cierra la portezuela.
El campesino está ahí, su rostro enmarcado por la ventanilla abierta. Se agacha
y casi mete la cabeza en el compartimiento. De sus labios delgados y agrietados
parte una cicatriz sesgada que finaliza bajo la nariz. Con las gafas puestas
parece un sabio. Habla pausadamente.
—La única manera de llegar a alguna parte es saber adónde va uno antes
de ponerse en marcha.
Conejo percibe una vaharada de whisky.
—No lo creo así —replica en tono neutro.
Los labios, las gafas y los pelos negros que asoman de las fosas nasales del
hombre no revelan la menor sorpresa. Conejo se aleja de él y avanza en línea
recta. Siempre que alguien te dice cómo tienes que actuar el aliento le huele a
whisky.
Se dirige a Lancaster, y durante todo el trayecto le abandona la agradable
sensación de ligereza que hasta entonces ha experimentado. Ese tipo no sabe
nada, sólo está medio borracho, pero su actitud hace que toda la región parezca
siniestra. En las afueras de Churchtown adelanta en la oscuridad a un carruaje
27
John Updike
Corre, conejo
de amish y vislumbra a un hombre barbudo y una mujer vestida de negro
dentro de esa sombra tirada por un caballo, mirándole iracundos como diablos.
Esa barba en el carricoche recuerda a Conejo los pelos en el interior de unas
fosas nasales. Intenta pensar en la buena vida que lleva esa gente, en cómo se
mantienen al margen de la farsa que hemos montado en este siglo xx
alborotado y vitaminado, mas para él siguen siendo pobres diablos que se
arriesgan a que los maten trotando en ese cochecillo con un sólo reflector de un
rosa tenue, exudando odio hacia Conejo y los de su clase, con sus grandes luces
traseras. ¿Quiénes se creen que son? No les ha visto por el retrovisor, les ha
adelantado y, al mirar, no había nada, salvo esa única mirada de soslayo, el
rostro de la mujer como un hacha de humo en la sombra cuadrada. Un ataúd
vertical forrado de pelo que traquetea al ritmo que le marca un caballo
moribundo. Conejo sabe que los amish hacen trabajar en exceso a sus animales.
Son unos fanáticos. Joden a sus mujeres de pie, en los campos, vestidos. Les
alzan las sayas negras y debajo no hay nada, no llevan bragas. Son unos
fanáticos, adoradores del estiércol.
La fértil tierra parece lanzar su oscuridad a la atmósfera. De noche el campo
es sombrío, y Conejo se siente reconfortado cuando las luces de Lancaster se
fusionan con la débil luminosidad de sus faros. Hace un alto en una fonda cuyo
reloj indica las 8. 04. No tenía intención de cenar hasta haber cruzado el límite
estatal. Coge un mapa del anaquel junto a la puerta y, mientras come tres
hamburguesas en el mostrador, estudia su posición. Se encuentra en Lancaster,
rodeado de poblaciones con nombres curiosos, Bird in Hand, Paradise,
Intercourse, Mount Airy, Mascot, que probablemente no tienen nada de
particular para quienes viven en ellos. Ocurre como con Mount Judge, te
acostumbras. A un pueblo hay que llamarlo de alguna manera.
Su mirada vuelve una y otra vez a esos refinados nombres en el mapa: Bird
in Hand, Paradise. Va consumiendo su cena nada metódica, grasienta y
sintética, y siente el impulso de ir a esos lugares. Imagina mujeres llenitas,
perros de juguete en las calles, confiterías bajo un sol amarillo limón.
Pero no, su meta es el sol blanco del sur, como un gran cojín en el cielo.
Observa en el mapa que ha viajado más al oeste que al sur. Si aquel
destripaterrones hubiera tenido un mapa, habría podido dirigirse al sur por la
ruta 10. Ahora lo único que puede hacer es ir al centro de Lancaster, tomar la
222, seguir hasta Maryland y tomar allí la ruta 1. Recuerda haber leído en el
Saturday Evening Post que la 1 va de Florida a Maine a través de los paisajes más
hermosos del mundo. Pide un vaso de leche y una porción de tarta de manzana
para acompañarlo. La corteza es de hojaldre, crujiente, y han tenido el buen
sentido de utilizar canela. Su madre siempre pone canela en los pasteles. Saca
un billete de diez dólares con el que produce un chasquido tirando de los lados,
paga y sale al aparcamiento, sintiéndose satisfecho. Las hamburguesas eran más
gruesas y estaban más calientes que las que sirven en Brewer, y los bollos
parecían ablandados con vapor. Las cosas ya están mejorando.
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John Updike
Corre, conejo
Tarda media hora en cruzar Lancaster. Ya en la ruta 222, se dirige al sur a
través de Refton, Hessdale, New Providence y Quarryville, por Mechanics
Grove y Unicom, y luego recorre una larga extensión tan monótona y carente de
señales que no se entera de que ha entrado en el estado de Maryland hasta que
llega a Oakwood. Escucha por la radio «No hay otros brazos, no hay otros
labios», «Stagger Lee», un anuncio de las fundas de plástico transparente para
asientos de coche Rayko, «Si no me importara», de Connie Francis, un anuncio
de dispositivos para apertura de puertas de garaje controladas por radio, «Fui
corriendo a casa sólo para decir que lo sentía», «Esa vieja sensación», de Mel
Torme, un anuncio de televisores Westinghouse de pantalla grande y
sintonizador automático que se acciona con un solo dedo, «imágenes
perfectamente nítidas aunque se miren a pocos centímetros de la pantalla», «La
canción del cowboy italiano», «Yep», de Duane Eddy, un anuncio de bolígrafos
Papermate, «Casi adulto», un anuncio de crema aclaradora Tame, «Paseemos»,
noticias (el presidente Eisenhower y el primer ministro Harold Macmillan
inician una serie de conversaciones en Gettysburg, los tibetanos combaten
contra los chinos comunistas en Lhasa, el paradero del Dalai Lama, jefe
espiritual de ese país remoto y atrasado, es desconocido, un fondo fiduciario
por valor de doscientos cincuenta mil dólares ha sido legado a una criada de
Park Avenue, mañana llegará la primavera), noticiario deportivo (los Yanks han
vencido a los Braves en Miami, alguien ha empatado con alguien en el Open de
Saint Petersburg, resultados de un torneo local de béisbol), el tiempo (despejado
y calor propio de la estación), «El órgano feliz», «Suéltame», un anuncio de la
Caja de Ahorros y Seguros de Vida, «Rocksville, P-A» (a Conejo le encanta),
«Un cuadro que ningún artista podría pintar», un anuncio de espuma Barbasol
Presto, según nueva fórmula, la acción limpiadora diaria previene las manchas
de la piel y emulsiona algo, «Cordones de zapatos rosa», de Dody Stevens, una
carta de un muchacho llamado Billy Tessman a quien atropelló un coche y
agradecería que le enviaran postales o cartas, «Petite Fleur», «Fungo» (está muy
bien), un anuncio de trajes de pura lana Wool-Tex, «Fall out», de Henry
Mancini, «A todos les gusta el cha cha cha», un anuncio de servilletas de mesa
Gracia del Señor y el maravilloso mantel Ultima Cena, «El latido de mi
corazón», un anuncio de cera y arcilla de lanolina Brilla Rápido, «Venus» y, a
continuación, las mismas noticias. ¿Dónde está el Dalai Lama?
Poco después de Oakwood llega a la ruta 1, que con sus tenderetes de
salchichas, carteles publicitarios y tabernas que imitan cabañas de troncos al
lado de la carretera resulta inesperadamente desalentadora. Cuanto más avanza
mayor es su conciencia de un sistema grande y confuso, ahora Baltimore en vez
de Filadelfia, que intenta engullirle. Se detiene en una gasolinera para poner un
par de dólares de normal. Lo que desea en realidad es otro mapa, y, apoyado en
una máquina expendedora de Coca-Cola, lo despliega y examina a la luz que se
filtra por una ventana que colorean de verde las pilas de envases de cera
líquida.
29
John Updike
Corre, conejo
Su problema consiste en ir al oeste y librarse de la línea BaltimoreWashington que, como un perro bicéfalo, vigila la ruta costera hacia el sur. De
todos modos no quiere descender a lo largo de la costa; se imagina viajando por
el centro, en medio del ancho y blando vientre de la tierra, sorprendiendo
cuando amanezca a los campos de algodón con su matrícula norteña.
Procura localizar su situación en el mapa. Más adelante una carretera, la
número 23, desembocará a la izquierda... no, a la derecha. Por ahí se sube de
regreso a Pennsylvania, pero en este lugar, Shawsville, puede tomar una
estrecha carretera azul sin numerar, recorrer un trecho y volver por la 137. Ahí
la ruta traza una brusca curva formada por la 482 y luego la 31. Conejo tiene ya
la sensación de tomar esa curva para entrar en la línea roja número 26, por
donde bajará y entrará en otra con el número 340. También roja. Es como si se
deslizara de veras y, de súbito, sabe adónde quiere ir. A la izquierda tres
carreteras rojas corren paralelas de nordeste a sudoeste. Imagina su trazado a
través de los valles entre los montes Apalaches. Si toma una de ellas será como
bajar por un tobogán que, por la mañana, le depositará en la dulce tierra baja de
las plantaciones de algodón. Eso es. Una vez llegue ahí, no tendrá que seguir
pensando en el desastre que ha dejado tras de sí.
Da un par de dólares al empleado de la gasolinera, un muchacho de color,
joven y alto, cuyo cuerpo cimbreño y perezoso, enfundado en un mono holgado
con la inscripción de la Amoco, siente el extraño impulso de abrazar. Apenas ha
empezado a descender hacia el sur, pero el aire es ya cálido. El calor vibra en los
arcos marrones y morados entre las luces de la estación de servicio y la luna. El
reloj en la ventana, encima de los envases verdes de cera líquida, indica las 9.10.
La delgada secundera barre calmosamente las cifras y hace que a Conejo le
parezca fluido y tranquilo el camino que tiene por delante. Sube al Ford y en su
sofocante interior empieza a murmurar: «A tooodos les gusta el cha cha cha».
Al principio conduce esforzadamente, sobre el firme negro y el blanco, a
través de pueblos y campos, dejando atrás falsos cruces que le llaman con voces
de sirena, el mapa desplegado en el asiento del pasajero, siguiendo la ruta en el
orden que ha establecido y resistiendo el impulso de girar ciegamente hacia el
sur. Algo animal en él sabe que se dirige al oeste.
El terreno es cada vez más agreste. La carretera esquiva los grandes lagos y
los túneles a través de pinares. En lo alto del parabrisas los cables telefónicos
azotan continuamente a las estrellas. La música de la radio se normaliza
lentamente. El rock and roll para chicos cede el paso a viejas melodías, temas de
musicales y canciones consoladoras de los años cuarenta. Conejo imagina
matrimonios que regresan a casa, donde han dejado a los niños con una
canguro, después de salir a cenar e ir al cine. Entonces esos ritmos son
desplazados por la música auténtica, pianos y vibráfonos que levantan haces de
altas y frágiles octavas y un clarinete pasea por la melodía como las ondas de
una pedrada en un estanque. Los saxos repiten la misma cifra 8 una y otra vez.
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John Updike
Corre, conejo
Conejo pasa por Westminster. Parece mentira lo que se tarda en llegar a
Frederick. Entra en la carretera 340 y cruza el río Potomac.
Antes de medianoche, cada vez más soñoliento, Conejo se detiene en un
establecimiento junto a la carretera para tomar café. De alguna manera, aunque
sería incapaz de determinar la diferencia, es distinto a los demás clientes del
local. Ellos también lo notan y le dirigen duras miradas.
Sus ojos son como pequeños tachones metálicos clavados en los pálidos
rostros de los jóvenes con chaquetas de cremallera que están sentados a las
mesas, tres varones por cada muchacha, ellas con el cabello anaranjado que
cuelga como algas, o sujeto flojamente con pasadores dorados como tesoros de
piratas. En el mostrador, varias parejas de edad mediana con abrigo aproximan
sus caras a las pajitas de sus grises granizados. En el silencio que provoca la
entrada de Conejo, la cortesía excesiva que muestra la fatigada mujer detrás del
mostrador aumenta su peculiaridad. Pide café en voz baja y mira con
detenimiento el borde de la taza para refrenar el repentino movimiento en su
estómago. Cree haber leído en alguna parte que, de una costa a otra, todo el
país es igual. Se pregunta si él es distinto sólo de esta gente que le rodea o si
está al margen del país entero.
Al salir el aire penetrante le acaricia el rostro y se estremece al oír ruido de
pisadas a sus espaldas, pero sólo es una pareja que, cogida de las manos, se
apresura hacia su coche. Las manos entrelazadas son como una estrella de mar
que salta en la oscuridad. Su matrícula es de Virginia Occidental, como todas
las demás excepto la de Conejo. Al otro lado de la carretera el terreno boscoso
forma una hondonada que le permite ver las copas de los árboles en la ladera
de una montaña, como un recorte de cartulina montado sobre una lámina azul
ligeramente desvaída. Sube al Ford con repugnancia, pero la atmósfera
enrarecida del interior es su único refugio.
Conduce a través de la noche cerrada. La carretera se desenmaraña con
exasperante lentitud, su membrana se alza infatigable delante de las luces del
coche y el alquitrán succiona los neumáticos. Conejo se da cuenta de que el
calor que siente en las mejillas se debe al enojo. Está enojado desde que salió de
aquel local lleno de sirenas, tan enfadado que el interior de la boca le abrasa y la
nariz se le humedece. Mueve el pie como para aplastar la serpiente que es esta
carretera y está a punto de perder el control de la dirección en una curva, pues
las dos ruedas de la derecha caen cautivas del borde de tierra. Conejo les hace
volver al firme, pero mantiene la aguja del velocímetro inclinada a la derecha
del límite de velocidad permitido.
Apaga la radio, cuya música ya no parece un río por el que él descienda,
sino que habla con la voz de las ciudades y le roza la cabeza con manos
viscosas. No obstante, en el silencio inmediato, se niega a permitir el flujo de
sus pensamientos. No quiere pensar, sino dormirse y despertar con la arena por
almohada. Qué estúpido, qué condenada, jodidamente estúpido ha sido por no
haberse alejado más. A medianoche, ya la mitad de la noche ha volado.
31
John Updike
Corre, conejo
El paisaje no cambia, y cuanto más conduce Conejo tanto más la región se
parece al campo de los alrededores de Mount Judge. La misma maleza en los
terraplenes, las mismas vallas publicitarias desgastadas por la intemperie,
anunciadoras de los mismos productos que uno no imagina quién desearía
comprar. Arriba, en el límite del espacio iluminado por los faros, las ramas
desnudas de los árboles forman la misma red, que ahora parece incluso más
espesa.
Su instinto protesta, diciéndole que va hacia el oeste. Su mente se resiste
con testarudez. La única manera de llegar a alguna parte es decidir adónde vas
y ponerte en marcha. Según su plan, tras pasar por Frederick tenía que dirigirse
a la izquierda y recorrer cuarenta y cinco kilómetros, pero ya ha superado esa
distancia y, aunque su instinto le grita que no lo haga, toma una ancha carretera
a la izquierda, aunque no está señalizada. Por el grosor que tiene en el mapa
sería improbable que lo estuviera, pero sabe que es un atajo. Recuerda que,
cuando Marty Tothero empezó a entrenarle, él no quería efectuar
disimuladamente lanzamientos contrarios a las reglas, pero al final ésa resultó
ser la solución. A menudo el camino correcto parece erróneo al principio.
La carretera se extiende ancha y lisa a lo largo de varios kilómetros, pero de
repente aparece un trecho bastante malo y a continuación la calzada se empina
y estrecha, no tanto porque la hayan trazado así, sino de un modo natural, los
márgenes se desmenuzan salpicando de escombros el firme y los árboles se
espesan a ambos lados y descienden por las vertientes. La carretera serpentea
cada vez más, como si hiciera un esfuerzo frenético para ganar altura y,
entonces, sin previo aviso, se desprende de su piel de asfalto y sigue reptando
en tierra viva, por así decirlo. Conejo sabe ya que ésta no es la carretera que
debía haber seguido, pero teme detener el coche para dar la vuelta. Ha dejado la
última luz de una casa bastantes kilómetros atrás. Cuando el coche, a
horcajadas en la melena de maleza, se desvía, las zarzas raspan la pintura de la
carrocería. La luz de los faros sólo alcanza a los troncos y las ramas bajas de los
árboles. Las sombras retroceden como arañas a través de la tela de espesura,
hacia un núcleo negro donde Conejo teme que su sonda luminosa provoque a
alguna fiera o a un espectro. Ruega para no perder velocidad, para que la
carretera no se interrumpa, y recuerda que en Mount Judge incluso el terreno
más agreste y olvidado acaba por inclinarse hacia el valle. Los oídos le zumban,
presionados por la altura.
La respuesta a su plegaria es cegadora. Los árboles en una curva distante
saltan como llamas y un coche la toma y avanza hacia él con la luz de los faros
alta y ladeada. Conejo se desvía a la cuneta y el brillante automóvil, sin rostro
como la misma muerte, pasa casi rozándole a una velocidad que dobla la suya.
Durante más de un minuto Conejo conduce a través del polvo insultante que ha
levantado ese cabrón. No obstante, la buena noticia le vuelve manso, la noticia
de que esa carretera es de dos direcciones.
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John Updike
Corre, conejo
Poco después llega a un lugar que parece un parque. Sus faros iluminan
unos toneles verdes en los que han pintado las palabras POR FAVOR, los
árboles están más espaciados en ambos lados y entre ellos se ven los bordes
rectos de mesas, pabellones y retretes. También aparecen las líneas curvas de
unos coches, algunos aparcados cerca de la carretera, sus pasajeros invisibles.
Así pues, la carretera del horror es un sendero de amantes. Cien metros
más allá finaliza.
El camino forma ángulo recto con una ancha carretera sobre la que se cierne
la mole oscura de una cadena montañosa. Un coche pasa a toda velocidad hacia
el norte, otro lo hace en dirección sur. No hay indicadores. Conejo pone la
palanca de cambios en punto muerto, tira del freno de mano, enciende la luz
del techo y estudia el mapa. Le tiemblan manos y piernas, la fatiga le produce
un hormigueo en la cabeza y siente como si tuviera arena bajo los párpados.
Deben de ser las doce y media, quizá más tarde. Nadie transita por esa
carretera, ahí delante. Ha olvidado los números de las rutas que ha seguido, así
como los nombres de los pueblos que ha cruzado. Se acuerda de Frederick, pero
no puede localizarlo, hasta que se da cuenta de que lo está buscando en una
zona al oeste de Washington por donde no ha pasado. Hay tantas líneas rojas y
azules, nombres largos, pueblecitos, cuadrados, círculos y estrellas... Desliza la
mirada al norte, pero la única línea que reconoce es la línea recta discontinua
del límite entre Pennsylvania y Maryland, la Línea Mason-Dixon. Este nombre
le evoca el recuerdo del aula donde lo aprendió, las hileras de pupitres fijos en
el suelo, su barniz estropeado por las muescas e incisiones, el negro lechoso de
la pizarra, los traseros desfilando pasillo arriba y abajo en orden alfabético.
Nota el sonido de un reloj en su cabeza, monstruosamente lento, sus tictacs tan
espaciados como el ruido de las olas en la orilla a la que había querido llegar.
Vuelve a concentrar su atención en el mapa a través de la película que le
empaña los ojos. Enseguida descubre «Frederick», pero al tratar de fijar su
posición lo pierde, y la irritación hace que le duela el puente de la nariz. Los
nombres se fusionan y ve el mapa en su integridad, como una red hecha con
todas esas líneas rojas y azules y estrellas, una red en alguno de cuyos puntos él
está atrapado. Sus manos se curvan como garras, cogen el mapa y lo rasgan; con
un jadeo exasperado arranca un gran trozo triangular, rompe el resto por la
mitad y, más sosegado, pone estos tres fragmentos uno encima de otro y los
rompe por la mitad, vuelve a hacer lo mismo con los seis fragmentos y continúa
así hasta tener un fajo que puede estrujar en su mano como una pelota. Abre la
ventanilla y tira la bola, que se deshace, y los trozos de papel doblado, como
alas separadas del cuerpo, revolotean y acaban posándose sobre el techo del
coche. Sube el cristal de la ventanilla. Echa la culpa de todo a aquel campesino
con gafas y dos camisas. Es curioso que siga teniendo a ese hombre atravesado.
Sólo puede pensar en él, en su presunción, en ese algo que es una forma de
firmeza o consistencia. Tropezó con él allí y sigue tropezando, no puede
quitárselo de los pies, como unos cordones de zapatos demasiado largos o un
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John Updike
Corre, conejo
palo rígido entre los pies. El tipo se burló, ya fuera verbalmente o con los
despaciosos movimientos de sus manos curtidas por el trabajo o a través de sus
peludas orejas, con alguna parte de su cuerpo se burló de las furtivas y calladas
esperanzas que en ciertos momentos dotan de solidez al suelo que pisa Harry.
Saber adónde va uno antes de ponerse en marcha... Eso está totalmente al margen de
la cuestión y, sin embargo, siempre existe la posibilidad de que, por muy poco
que diga, lo que dice sea acertado. En cualquier caso, si hubiera hecho caso a su
instinto ahora estaría en Carolina del Sur. Ojalá tuviera un cigarrillo para
ayudarle a determinar lo que le sugiere su instinto. Decide dormir unas horas
en el coche.
Pero un vehículo se pone en marcha en el bosquecillo de los amantes, a sus
espaldas, y la luz de los faros traza un arco y se derrama sobre él, parece
presionarle la nuca. Se ha detenido en medio de la carretera para consultar el
mapa y ahora debe moverse. Siente un miedo irracional a que le alcancen. Las
luces del otro inciden en el retrovisor y lo llenan como una taza ardiente.
Conejo pisa el embrague, entra la primera marcha y suelta el freno de mano, el
coche brinca y se asoma a la ancha carretera. Gira instintivamente a la derecha,
hacia el norte.
El trayecto de regreso es más cómodo. Aunque ya no tiene mapa y apenas
le queda gasolina, cerca de Hagerstown aparece una estación de Mobilgas que
presta servicio durante toda la noche y, como por arte de magia, unos
indicadores verdes empiezan a señalar la autopista de Pennsylvania. Ahora la
música de la radio es relajante, lírica y sin interrupciones de anuncios, y, como
procede primero de Harrisburg y luego de Filadelfia, forma un haz sonoro por
el que Conejo vuela infaliblemente. Ha roto la barrera de la fatiga y accedido a
un mundo tranquilo y apagado donde nada importa mucho. La segunda parte
de un partido de baloncesto le transportaba a ese mundo. No corres, como suele
creer el público, para conseguir puntos, sino por ti mismo, con cierta ociosidad.
Allí estabas, en ocasiones con la pelota en tus manos, y estaba el aro, aquel aro
alto y perfecto con la bonita falda de la red. Estabas tú, sólo tú y ese aro
festoneado, y a veces parecía bajar hasta la altura de tus labios, mientras que
otras se mantenía alejado, duro, remoto y pequeño. Parecía estúpido que el
público aplaudiera o se quejara por lo que tú ya habías sentido en los dedos o
incluso en los brazos cuando te afianzabas para lanzar, o por lo que retenían tus
ojos: en pleno ardor del encuentro, Conejo veía hasta los hilos individuales que
se trenzaban en los cordeles alrededor del aro. Sin embargo, al principio del
partido, cuando salía a la pista para hacer ejercicios de calentamiento y veía a
todos los simplones del pueblo sentados en las gradas y dándose codazos y a
las animadoras bromeando con los profesores más atrevidos, tenía la sensación
de que el público estaba en su interior, formado por el hígado, los pulmones y
el estómago. Solía acudir un individuo gordo que a Conejo le revolvía el
estómago. ¡Eh, artillero! ¡Eh, farolero, lanza ya, lanza! Ahora Conejo le recuerda
con afecto. Para aquel tipo él debía de ser una especie de héroe.
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John Updike
Corre, conejo
Durante esas primeras horas tan oscuras de la madrugada la música le
sigue acompañando y las señales no dejan de proporcionarle información. Su
cerebro le parece un inválido frágil pero despierto con mensajeros que por
largos corredores traen la música y las indicaciones geográficas. Al mismo
tiempo se siente anormalmente sensible en la superficie, como si su piel
pensara. El volante es delgado como un látigo en sus manos, y al moverlo un
poco nota el giro de la rígida barra de dirección, la separación de los engranajes
del diferencial y la rotación de los cojinetes en sus herméticos túneles de grasa.
Los letreros fosforescentes a los lados de la autopista le seducen y hacen pensar
en las jóvenes mujeres Du Pont: hileras de ellas girando en grandes fiestas
deslumbrantes, potencialmente desnudas bajo sus vestidos de lentejuelas. ¿Son
frígidas las muchachas ricas? Nunca lo sabrá.
Se pregunta por qué hay tantas señales al regresar y había tan pocas
cuando bajaba. Por supuesto, entonces desconocía que iba a ir hacia abajo.
Toma la salida de la autopista que corresponde a Brewer y la carretera le lleva a
través del pueblo donde puso gasolina por primera vez. Al tomar la carretera
con la señal BREWER 16, localiza esquinadas, al otro lado de la calle principal,
las viejas bombas de gasolina del destripaterrones y su escaparate a oscuras,
con los destellos de palas y cañas de pescar, un escaparate que parece
complacido. Hay un leve toque de luz de color lavanda en el aire. El largo flujo
musical de la radio se está troceando, interrumpido por partes meteorológicos e
informes de los precios agrarios.
Entra en Brewer por el sur, atisba la ciudad en la sombra brumosa que
precede al alba, una multiplicación gradual de casas entre los árboles al lado de
la carretera, y luego el desierto industrial sin vegetación, fábricas de zapatos,
plantas de embotellamiento, aparcamientos de las empresas, factorías textiles a
las que la conversión ha transformado en fábricas de componentes electrónicos,
y enormes depósitos de gas que se levantan en un terreno pantanoso lleno de
desechos, pero más bajos que el contorno azulado de la montaña desde cuya
cima Brewer es una cálida alfombra tejida alrededor de una sola clase de
ladrillo. Por encima de la montaña las estrellas se desvanecen.
Cruza el puente Running Horse y se encuentra entre calles conocidas. Por
Warren Avenue cruza el lado meridional de la ciudad y sale a la carretera 422
cerca de City Park. Va ascendiendo por la montaña en compañía de algunos
chirriantes camiones con remolque. Sale el sol, una franja de color naranja
aplastada contra una colina distante, destellos entre las ruedas. Cuando gira a la
izquierda para pasar de Central a Jackson está a punto de rozar a un camión de
reparto de leche detenido a varios metros del bordillo. Continúa Jackson arriba,
pasa por delante de la casa de sus padres y gira por el callejón Kegerise. De
súbito una fría palidez rosada tiñe los edificios. Deja atrás el viejo gallinero,
pasa ante el silencioso taller de planchistería y aparca ante la Asociación
Atlética Sunshine, a unos pasos de la curiosa entrada, donde nadie que salga
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John Updike
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del edificio se fijará en él. Mira esperanzado las ventanas del tercer piso, pero
no hay ninguna luz. Si Tothero está ahí dentro, todavía duerme.
Conejo también se dispone a dormir. Se quita la chaqueta y la extiende
sobre el pecho a modo de manta, pero la luz del día va en aumento, el asiento
delantero del coche es demasiado corto y el volante le comprime los hombros.
No se tiende en el asiento trasero porque de ese modo sería vulnerable y quiere
tener la posibilidad de ponerse en marcha de inmediato si fuese necesario.
Además, no quiere dormirse profundamente y no ver a Tothero cuando éste
salga.
Así pues, se queda ahí, con las largas piernas dobladas y sin sitio para los
pies, mirando con ojos irritados por la fatiga más allá del volante y a través del
parabrisas el azul renovado y fresco del cielo. Hoy es sábado y el cielo tiene esa
cualidad clara, brillante, contundente del sábado que Conejo recuerda de su
infancia, cuando el cielo de una mañana de sábado era el marcador en blanco de
un largo juego a punto de comenzar. Partidos de pelota, de hockey, dardos...
Un coche pasa por el callejón y Conejo cierra los ojos. La oscuridad vibra
con el ruido incesante del automóvil durante la noche pasada. Vuelve a ver la
espesura, la estrecha carretera, el bosquecillo oscuro lleno de coches con una
pareja silenciosa en cada uno de ellos. Piensa de nuevo en su meta, la de
tenderse al alba en la arena a orillas del Golfo de México, y en cierto modo
parece como si el asiento de su coche fuera esa arena y el murmullo de la
ciudad que despierta fuese el del mar.
No debe dejar que Tothero se le escape. Abre los ojos e intenta incorporarse
y sacudirse la rigidez de sus miembros bajo esa mortaja. Se pregunta si se habrá
adormilado sin darse cuenta, pero el aspecto del cielo no ha variado.
Le inquietan las ventanillas del coche. Se yergue apoyado en un codo y las
examina todas. La que está junto a su cabeza tiene un resquicio, y Conejo
mueve la manivela hasta cerrarla del todo y pulsa todos los botones de
seguridad. Estas medidas le relajan sin remedio. Vuelve el rostro hacia la
hendidura entre el asiento y el compartimiento trasero. Este giro presiona sus
rodillas contra el tenso cojín vertical, incomodidad que de momento le desvela
más. Se pregunta dónde ha dormido su hijo, qué ha hecho Janice, por dónde le
han buscado sus padres y los de ella, si han informado a la policía. Pensar en la
policía pinta por un instante su mente de color azul. Imagina la noche anterior
en este lugar, durante su ausencia, como una red de llamadas telefónicas y
viajes apresurados, regueros de lágrimas y ristras de palabras, blancos hilos de
preocupación que iban y venían como en una lanzadera, ya desvaídos pero
todavía existentes, una red invisible extendida sobre las calles empinadas y en
cuyo centro yace él, seguro en la cavidad de su conejera herméticamente
cerrada.
Algodón y gaviotas en la penumbra, la manera en que Janice culminaba la
satisfacción sexual en la cama de la otra muchacha, nunca tan completa en la
suya propia. Había, sin embargo, otras cosas buenas: ella era muy recatada y no
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John Updike
Corre, conejo
quería mostrarle su cuerpo desnudo ni siquiera en las primeras semanas de su
matrimonio, pero, cierta vez en que él entró en el baño sin esperarse nada,
encontró a Janice, que acababa de salir de la ducha, de pie ante el espejo
empañado por el vapor, perezosa y complacida, con una toallita azul,
aletargado el pudor, su trasero rosado y brillante, todavía empapado en agua
caliente, sus dos mitades perfectas en esa postura inclinada, y se volvió, se echó
a reír al ver la expresión de Conejo, cualquiera que fuese, alzó los brazos para
atraerle y besarle, su cuerpo enrojecido por el vapor, la nuca resbaladiza.
Conejo modifica un poco su postura y su mente retorna a su oscura cuenca; la
nuca de Janice, resbaladiza, la depresión de la espalda, dócil a su contacto,
ambos de rodillas, contorsiones que jamás hubo. Golpea con la canilla la
manivela de la portezuela, el dolor se mezcla extrañamente con los golpes de
metal sobre metal en el taller de planchistería. Ha comenzado el trabajo. ¿Son ya
las ocho? Reconoce que ha pasado el tiempo por la hinchazón y sequedad de
sus labios. Se retuerce y endereza, la chaqueta con que se cubre cae al suelo del
coche, y entonces, a través del sucio parabrisas, distingue la figura de Tothero,
sí, es él, alejándose callejón abajo. Ha rebasado la antiquísima casa de campo.
Conejo salta del coche, se pone la chaqueta y corre tras él.
—¡Señor Tothero! ¡Eh, señor Tothero!
Su voz suena rasposa y oxidada después de tantas horas sin usarla.
El hombre se vuelve y revela un aspecto más extraño de lo que Conejo
había esperado. Parece un enano voluminoso y cansado, como si le hubieran
reducido de tamaño: la cabeza grande y calva, una chaqueta deportiva a
cuadros, las piernas rollizas enfundadas en unos pantalones azules demasiado
largos, por lo que la raya se comba y zigzaguea sobre los zapatos. Mientras
frena su carrera y recorre andando los últimos metros, Conejo teme haberse
equivocado.
Pero lo que Tothero dice es inequívoco.
—Harry, el gran Harry Angstrom.
Le tiende una mano y con la otra le aprieta fuertemente el brazo. Conejo
recuerda entonces que este hombre tenía la costumbre de poner las manos
encima de su interlocutor. Tothero sigue sujetándole y mirándole, con una
sonrisa sesgada en los labios, la nariz torcida, un ojo muy abierto y el otro casi
cubierto por el párpado. Con el paso de los años su cara asimétrica se ha
ladeado más. Su calvicie es irregular y unas hebras grises y castaño claro
alisadas a cepillo le rayan lo alto del cráneo.
—Necesito tu consejo —le dice Conejo, y se corrige—: Lo que en realidad
necesito es un sitio donde dormir.
Tothero guarda silencio antes de replicar. En esas pausas de silencio radica
su fuerza enorme. Usa el truco del ordenancista, espera un momento mientras
sus palabras se cargan de importancia.
—¿Qué ha ocurrido en tu casa? —le pregunta al fin Tothero.
—Eso se terminó.
37
John Updike
Corre, conejo
—¿Qué quieres decir?
—No iba bien. Me he marchado. Es definitivo.
Otra pausa. Conejo entrecierra los ojos para protegerlos de la luz solar
reflejada por el asfalto. Le duele la oreja izquierda. Tiene la sensación de que los
dientes de ese lado también van a empezar a dolerle.
—Eso no parece un comportamiento muy maduro —dice Tothero.
—Tal como estaban las cosas, era un desastre.
—¿Qué clase de desastre?
—No sé. Mi mujer es alcohólica.
—¿Y has intentado ayudarla?
—Claro. ¿Cómo?
—¿Bebías con ella?
—No, señor, jamás. No soporto el licor, no me gusta el sabor que tiene.
Lo dice de buena gana, orgulloso de poder informar a su antiguo
entrenador que no ha maltratado su cuerpo.
—Tal vez deberías haberlo hecho —le sugiere Tothero al cabo de un
momento—. Si hubieras compartido ese placer con ella, quizás habría podido
controlarlo.
Conejo, deslumbrado por el sol y entumecido por la fatiga, no puede seguir
ese pensamiento.
—Es Janice Springer, ¿verdad? —le pregunta Tothero.
—Sí, y qué estúpida llega a ser, Dios mío...
—No está bien que digas eso, Harry, ni de ella ni de ningún ser humano.
Conejo asiente porque el mismo Tothero parece muy seguro de sus
palabras. Empieza a sentirse débil bajo el peso de las pausas de ese hombre, que
incluso parecen más largas de lo que recordaba, como si también Tothero
notara su peso. El miedo vuelve a acometerle, sospecha que su antiguo
entrenador chochea y empieza de nuevo.
—Pensé que quizá podría dormir un par de horas en algún rincón de la
Sunshine. De lo contrario quizá me vaya a casa. Estoy hecho polvo.
Tothero entra bruscamente en acción, le coge del codo y retrocede con él
por el callejón.
—Sí, por supuesto, Harry, tienes un aspecto terrible, Harry, terrible.
Su mano sujeta el brazo de Conejo con una inflexibilidad metálica, su rígida
presa en ese punto arranca una protesta a los huesos. Hay algo frenético en ese
fuerte apretón que rebaja el consuelo de su firmeza. También la voz de Tothero,
que se ha hecho precisa, apresurada y alegre, penetra con excesiva brusquedad
en el estado confuso de Conejo.
—Me has pedido dos cosas —le dice—. Dos cosas. Un sitio donde dormir y
consejo. Bueno, Harry, te dejaré el sitio donde dormir a condición, Harry, a
condición de que cuando despiertes tengamos tú y yo una seria, una larga y
seria charla sobre esta crisis en tu matrimonio. Y te diré una cosa, Harry, no es
que esté muy preocupado por ti, no, Harry, te conozco lo bastante bien para
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John Updike
Corre, conejo
saber que siempre aterrizas de pie. No me preocupas tanto como Janice. Ella no
tiene tu coordinación. ¿Me lo prometes?
—Claro. ¿Qué he de prometer?
—Prométeme, Harry, que entre los dos discutiremos a fondo la manera de
ayudarla.
—Sí, pero no creo que sea posible. Quiero decir que no estoy tan interesado
por ella. Lo estuve, pero ya no.
Llegan a los escalones de cemento y la cubierta de madera que resguarda la
puerta, cerrada con llave, y Tothero la abre. El interior está vacío, el bar
silencioso y sumido en la penumbra y las mesitas redondas, sin nadie sentado a
su alrededor, tienen un aspecto desvencijado y débil. Los anuncios eléctricos
detrás de la barra, de tubo y oropel, están desenchufados.
—No lo creo —dice Tothero, en voz demasiado alta—. No creo que el mejor
de mis muchachos se haya convertido en semejante monstruo.
La palabra monstruo parece seguirles ruidosamente cuando suben las
escaleras hasta el segundo piso. Conejo se disculpa:
—Procuraré pensar cuando haya dormido un poco.
—Buen chico. Eso es todo lo que queremos.
¿Qué significa ese plural? Todas las mesas están vacías.
La luz del sol se filtra por las ranuras de las persianas marrones bajadas,
encima de un radiador que el polvo tiñe de negro. Los hombres con sus pasos
han trazado senderos en las gastadas y estrechas tablas del suelo.
Tothero le conduce a una puerta por la que él nunca ha entrado, y suben un
empinado tramo de escaleras, una especie de escala fija entre cuyos escalones
ve trozos de cable aislante y boquetes mellados en la construcción de madera.
Llegan a una estancia iluminada.
—Ésta en mi mansión —dice Tothero, y manosea las solapas de los bolsillos
de su chaqueta.
La pequeña habitación está orientada al este. A través de una rotura
alargada en una de las persianas entra la luz del sol e incide en la pared, sobre
una litera castrense con la ropa de cama deshecha. La otra persiana está subida,
y entre ambas ventanas hay una cómoda mañosamente construida con seis
cajas de cerveza unidas por medio de alambres, con la altura de tres cajas y la
anchura de dos, que contienen camisas en bolsas de celofán de la lavandería,
camisetas y calzoncillos doblados, pares de calcetines en forma de bola,
pañuelos, zapatos lustrosos, un cepillo con montura de cuero y un peine
introducido entre las cerdas. Dos gruesos clavos sujetan varios colgadores con
chaquetas deportivas de diseños chillones. El orden doméstico de Tothero se
limita a su vestuario. El suelo está cubierto de pelusa y hay por doquier
periódicos y revistas de todas clases, desde la National Geographic hasta
publicaciones sobre la delincuencia juvenil y tebeos. El espacio habitado por
Tothero no desentona con el resto del desván, dedicado a almacenaje, con viejas
tablas de torneo de pinacle, mesas de billar, varios toneles de madera y metal,
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John Updike
Corre, conejo
sillas rotas con asiento de caña, un rollo de tela metálica para gallineros y un
perchero con uniformes de softball, colgados de un tubo fijado entre dos vigas
inclinadas y que no dejan pasar la luz a través de la ventana del fondo.
—¿Hay lavabo aquí? —pregunta Conejo.
—Abajo, Harry.
El entusiasmo de Tothero se ha extinguido y ahora parece desconcertado.
Desde el lavabo Conejo oye al viejo que va de acá para allá en el desván, pero
cuando regresa ve que nada ha cambiado. La cama sigue sin hacer.
Tothero espera, Conejo espera también, y entonces se da cuenta de que el
ex entrenador quiere verle desvestirse y así lo hace; en camiseta y calzoncillos
se mete en la cama deshecha y tibia. Aunque le desagrada acostarse en el
camastro del viejo, experimenta buenas sensaciones: por fin puede estirarse,
nota la pared sólida y fresca cerca de él, oye el ruido del tráfico, coches que
quizá van en su busca, allá abajo. Vuelve la cabeza para decirle algo a Tothero y
se sorprende al ver que se ha ido. La puerta al pie de los escalones del desván se
ha cerrado, el ruido de los pasos se aleja, cada vez menos audible, por un tramo
de escaleras, luego por otro, una llave raspa en la puerta de entrada, un pájaro
pía junto a la ventana y llega amortiguado el estrépito del taller de
planchistería. La presencia del viejo era perturbadora, pero Conejo está seguro
de que ése no es su problema. Tothero siempre ha sido un libertino, pero jamás
ha mostrado tendencias homosexuales. ¿Por qué se ha quedado a mirarle? De
súbito tiene la respuesta. Es una consecuencia del pasado, de haber estado
innumerables veces en los vestuarios, contemplando a sus muchachos cuando
se cambiaban de ropa. Solucionar este problema relaja los músculos de Conejo.
Recuerda a la pareja con las manos unidas a la salida del restaurante en Virginia
Occidental y le parece una gran pérdida no haber sido él quien estuviera a
punto de tirársela, la cabellera de la muchacha desparramada a su alrededor
como algas marinas. ¿Era pelirroja? ¿Lo haría allí mismo? Imagina que las
chicas de Virginia Occidental están siempre prontas a reírse, son ordinarias,
rígidas de cuerpo, como las putas jóvenes de Texas, con cuyo acento almibarado
siempre parecían burlarse, claro que entonces él sólo tenía diecinueve años. Un
recuerdo de aquel tiempo aflora a su mente y se ve en la calle con Hanley,
Jarzylo y Shamberger, nervioso porque lleva el prieto uniforme caqui, las
llanuras que emprenden su huida por todos los lados, el horizonte que no le
parecía más alto que sus rodillas y las casas en cuyos interiores había familias
sentadas en sofás ante el televisor como pollos en el gallinero. Jarzylo, que era
un maníaco, se desternillaba de risa. Conejo no podía creer que aquella fuese la
casa, porque tenía flores en la ventana, flores auténticas, vivas, y sentía el
impulso de dar media vuelta y echar a correr. La mujer que le abrió la puerta
sin duda podría salir en la televisión anunciando preparados para hacer
pasteles, pero les dijo: «Adelante, chicos, no seáis tímidos, adelante y pasad un
buen rato», lo dijo en un tono muy maternal, y allí estaban ellas, no tantas como
Conejo había supuesto, en aquel salón con muebles de aspecto antiguo
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John Updike
Corre, conejo
adornados con volutas y protuberancias. El hecho de que fuesen bastante feas
redujo su timidez, le parecieron mujeres ordinarias, obreras, a las que uno ni
siquiera llamaría chicas, con una pátina lustrosa en la cara, como iluminadas
por luces fluorescentes. Lanzaron a los soldados observaciones que eran como
bolas de polvo y les provocaban risas en vez de estornudos mientras se
agrupaban sorprendidos y aturdidos. La que él eligió, aunque bien mirado fue
al revés, ella se le acercó y le tocó, tenía desabrochados vanos botones de la
blusa tras el último servicio efectuado en el piso de arriba. Le preguntó con su
voz almibarada si quería la luz encendida o apagada, y cuando él le dijo
sofocado que la apagara la mujer se echó a reír, y luego sonreía a intervalos
debajo de él mientras se movía para excitarle e incluso le hablaba amablemente:
«Vas muy bien, cariño. Lo estás haciendo de maravilla. Oh, sí, se nota que te
han dado lecciones». Por eso, en cuanto terminó, fue doloroso saber, por los
pliegues que aparecieron junto a los labios de la mujer tras el cumplimiento de
su trabajo y la brusquedad con que, en vez de seguir tendida su lado, se
incorporó y se sentó en el borde de la cama metálica, mirando a través de la
oscura ventana el verdoso cielo nocturno de Texas, que ella había fingido,
representado un papel. Su espalda, en la que estaba grabada la marca blancoamarillenta de un tirante del traje de baño, le enojó. La cogió del hombro,
obligándola rudamente a volverse. Las pesadas sombras que eran sus senos le
colgaban de un modo tan despreocupado e indefenso que Conejo desvió la
vista. Ella le dijo al oído: «No has pagado para hacerlo dos veces, cariño».
Aquella dulce mujer no era sólo una persona, ella misma era dinero. El estrépito
del taller de planchistería le llega tenuemente, ese ruido le consuela, le dice que
está oculto y seguro, que mientras se esconde hay hombres ocupados en
martillear el mundo, y en la oscuridad se produce en su corazón un
movimiento de amor hacia los sonidos incorpóreos.
Sus sueños son poco profundos y furtivos, agita las piernas, mueve un poco
los labios contra la almohada. La piel de sus párpados se estremece cuando
giran los globos oculares, explorando el muro interno de la visión. Por lo demás
está como muerto, nada puede hacerle daño. La franja de sol en la pared por
encima de él va descendiendo lentamente como un cuchillo que le corta el
pecho, se convierte en una moneda en el suelo y desaparece. Conejo se
despierta de súbito en la oscuridad y sus iris azules, espectrales, registran los
planos extraños en busca del origen de las voces masculinas. Esas voces están
abajo, y un ruido sordo sugiere que mueven los muebles, que sus pasos pesados
trazan círculos, buscándole. Pero entonces oye una voz de bajo, bulbosa y
familiar, la de Tothero, y alrededor de ese firme centro los ruidos se revelan
como los sonidos de quienes juegan a las cartas, beben, bromean,
confraternizan. Conejo se vuelve en su cálida cavidad, la cara hacia su fría
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John Updike
Corre, conejo
compañera, la pared, y a través de un rojo cono de conciencia se duerme de
nuevo.
—¡Harry! ¡Harry! —La voz tira de su hombro, le revuelve el pelo. Conejo se
vuelve, apartándose de la pared, y mira hacia arriba con los ojos entrecerrados,
aunque el sol ya se ha desvanecido. Tothero está sentado en las sombras, una
masa oscura y visiblemente ansiosa. Su rostro, de un blanco como de leche
sucia, desciende con una sonrisa sesgada, emitiendo un olor a whisky—.
¡Harry, tengo una chica para ti!
—Estupendo. Tráela aquí. —El viejo se ríe, quizá con cierta inquietud. ¿Qué
quiere decir?—. ¿Te refieres a Janice?
—Son las seis pasadas. Levántate, Harry, levántate. Has dormido como un
precioso bebé. Vamos a salir.
—¿Por qué? —pregunta Conejo, aunque quería preguntar: «¿Adónde?».
—A cenar, Harry, c-e-n-a-r. Arriba, muchacho. ¿No tienes hambre?
Hambre, hambre. —Conejo piensa que está loco—. Oh, Harry, no puedes
comprender el apetito de un viejo, comes y comes y nunca la comida adecuada.
No puedes comprender eso.
Se acerca a la ventana y mira el callejón, su tosco perfil plomizo a la luz
mortecina.
Conejo retira las ropas de cama, dobla las piernas desnudas sobre el borde
y se sienta. El vello de las piernas, en otro tiempo fino y rubio, se está volviendo
oscuro e hirsuto. Nota el olor de su cuerpo empapado en sueño.
—¿Qué historia es ésa de una chica? —pregunta.
—¿Qué es, sí, qué es? Un coño. —A la luz de la ventana, la expresión de
Tothero cambia y parece sorprendido de haber dicho una cosa tan abrupta y
fea. Sin embargo, también está observando a Conejo, como si le hubiera
sometido a alguna clase de test, y, obtenido el resultado, se corrige—: No, tengo
una conocida aquí, en Brewer, una querida tal vez, a la que invito a comer de
tarde en tarde. Pero no es más que eso, poco más que eso, Harry. Eres tan
inocente...
Conejo empieza a tener miedo de Tothero, cuyas frases son inconexas. Se
levanta de la cama en ropa interior.
—Me parece que será mejor seguir corriendo.
La pelusa se pega a las plantas de sus pies descalzos.
—Oh, Harry, Harry —grita Tothero en un tono vehemente en el que se
mezclan el dolor y el afecto, mientras se acerca a él y le rodea con un brazo—.
Tú y yo somos de la misma clase. —El rostro grande y sesgado le mira
anhelante y confiado, pero Conejo no le entiende. No obstante, el recuerdo de la
época en que ese hombre era su entrenador todavía le predispone a
escucharle—. Tú y yo sabemos de qué va todo esto, lo sabemos... —Y entonces,
habiendo llegado al meollo de su lección, Tothero se interrumpe bruscamente,
aturdido—. Lo sabemos —repite, y retira el brazo.
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John Updike
Corre, conejo
—Creía que íbamos a hablar de Janice cuando me despertara —le dice
Conejo.
Recoge los pantalones del suelo y se los pone. Le irrita que estén arrugados,
eso le recuerda que ha dado un paso gigantesco y el nerviosismo le contrae el
estómago y la garganta.
—Lo haremos, lo haremos —dice Tothero—, en cuanto hayamos cumplido
con nuestras obligaciones sociales. —Hace una pausa antes de añadir—:
¿Quieres volverte atrás ahora? Si es así, debes decírmelo.
Conejo recuerda la estúpida ranura de la boca de Janice, la manera en que
la puerta del armario choca con el televisor.
—No, Dios mío.
Tothero está lleno de júbilo. La felicidad es lo que le hace hablar tanto.
—Muy bien, muy bien. Anda, vístete. No podemos ir a Brewer sin
vestirnos. ¿Necesitas una camisa limpia?
—Las tuyas no me sentarán bien, ¿verdad?
—¿No? ¿Estás seguro, Harry? ¿Qué talla tienes?
—La cuarenta y tres.
—¡La mía! Exactamente la mía. Tienes los brazos cortos para tu altura. Ah,
Harry, esto es extraordinario. No sabría decirte cuánto significa para mí que
hayas venido a verme cuando necesitabas ayuda. Tantos años —sigue diciendo
mientras coge una camisa de la cómoda hecha con cajas de cerveza y abre la
envoltura de celofán—, tantos años y tantos muchachos que pasan por tus
manos y se desvanecen en el aire. Y jamás vuelven, Harry, jamás.
Conejo se sorprende al notar primero y ver luego en el ondulante espejo de
Tothero que la camisa le sienta bien. La diferencia debe de estar en sus piernas.
Tothero le contempla mientras se viste, con la locuacidad de una madre
orgullosa. El apuro de explicar lo que van a hacer ha quedado atrás y ahora su
cháchara tiene más sentido.
—Esto es bueno para mi corazón, ver a la juventud ante el espejo. ¿Cuánto
tiempo ha pasado, Harry? Anda, dímelo sinceramente. ¿Desde cuándo no te
diviertes de lo lindo? ¿Hace mucho?
—Anoche lo pasé muy bien —replica Conejo—. Conduje hasta Virginia
Occidental y regresé.
—Te gustará mi dama, sé que te gustará, una flor de ciudad —prosigue
Tothero—. No conozco a la chica que va a traer. Dice que es gorda, pero a ella
todo el mundo le parece gordo... Y qué manera de comer, Harry. Tiene el
apetito de la juventud. Ese nudo es fascinante. ¡Ah!, vosotros, los jóvenes, sabéis
tantas cosas que yo nunca aprendí...
—No es más que un Windsor.
Una vez vestido, Conejo siente el retorno del sosiego. Despertar le ha
devuelto en cierto modo al mundo que ha abandonado. Ha echado en falta la
agobiante presencia de Janice, del niño y sus acuciantes necesidades, de sus
propias paredes. Se ha preguntado qué estaba haciendo, pero ahora esos
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John Updike
Corre, conejo
reflejos, que sólo ha rozado superficialmente se han consumido y brotan en él
unos instintos más profundos que le dan la razón. Siente la libertad como
oxígeno a su alrededor. Tothero es un remolino de aire y el edificio donde se
encuentra, las calles de la ciudad no son más que escaleras y pasadizos en el
espacio. Tan perfecta, tan consistente es la libertad en la que el mero acto de su
decisión ha vaporizado el desorden del mundo, que todos los caminos le
parecen igualmente buenos, todos los movimientos presionarán su piel de la
misma manera acariciante y ni un solo átomo de su felicidad se alteraría si
Tothero le dijera que no van a reunirse con chicas sino con dos cabras y que no
irán a Brewer sino al Tibet. Se arregla el nudo de la corbata con sumo cuidado,
como si las pequeñas líneas resultantes de la articulación del nudo Windsor, el
cuello de la camisa de Tothero y la base de su propio cuello fuesen los brazos de
una estrella que, cuando haya terminado, se extenderán hacia el límite del
universo. Él es el Dalai Lama. Como una nube que penetra en el ángulo de su
visión, Tothero se desliza hacia la ventana.
—¿Sigue ahí mi coche? —le pregunta Conejo.
—Es de color azul, ¿verdad? Sí, ahí está. Venga, ponte los zapatos.
—A lo mejor lo ha visto alguien. ¿No has oído hablar de mí en el pueblo,
mientras dormía?
Quiere saberlo porque en el vasto espacio en blanco de su libertad Conejo
ha recordado algunas imperfecciones, la casa de sus padres, la de sus suegros,
su apartamento, grumos de preocupación. Parece imposible que el paso del
tiempo los haya resuelto con tanta rapidez, pero así lo implica la respuesta de
Tothero.
—No, no he oído nada. Claro que no he estado en ningún sitio donde
hubiera podido oír hablar de ti.
A Conejo le irrita que Tothero sólo muestre interés él como compañero de
parranda.
—Hoy debería haber ido a trabajar —dice con un dejo mordaz, como si
culpara al viejo—. El sábado es mi gran día.
—¿A qué te dedicas?
—Hago demostraciones de un utensilio de cocina, la peladora MagiPeel, en
tiendas de poca categoría.
—Una noble vocación —comenta Tothero, y se aparta de la ventana—.
Espléndido, Harry. Por fin te has vestido.
—¿Hay un peine por alguna parte? Debería ir al lavabo.
Abajo los hombres de la Asociación Atlética Sunshine ríen y rechiflan por
alguna tontería. Conejo se imagina pasando entre ellos y pregunta:
—Oye, ¿es preciso que todo el mundo me vea?
Tothero se indigna, como le ocurría a veces en los entrenamientos, cuando
todo el mundo se limitaba a tontear alrededor de la cesta y no hacían los
ejercicios.
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John Updike
Corre, conejo
—¿A quién temes, Harry, a esa pobre Janice Springer? Sobrestimas a la
gente. Mira, a nadie le importa un bledo lo que hagas. Ahora bajaremos ahí e
irás al lavabo, pero no te entretengas demasiado. Por cierto, no me has
agradecido lo más mínimo cuanto he hecho por ti y lo que sigo haciendo.
Extrae el peine de entre las cerdas del cepillo y se lo ofrece a Harry.
El temor a echar a perder su libertad impide a Conejo el fácil gesto de
expresar gratitud. Al final la palabra «gracias» brota tenuemente de sus labios.
Bajan las escaleras. Contrariamente a lo que Tothero le ha prometido, todos
los hombres —viejos en general, pero no muy viejos, por lo que sus cuerpos
desfigurados tienen una rara agilidad— le miran con interés. Absurdamente,
Tothero le presenta a unos y a otros.
—Fred, aquí tienes al mejor de mis muchachos, un magnífico jugador de
baloncesto, Harry Angstrom, probablemente recordarás haber visto su nombre
en los periódicos. Estableció un récord en el condado dos veces seguidas, en
1950 y 1951, toda una hazaña.
—¿De veras, Marty?
—Es un honor conocerte, Harry.
Sus ojos vivaces e incoloros, pequeñas manchas oscuras como sus bocas, se
alimentan de la extraña estampa que ofrece el joven y envían impresiones
ácidas para que las digieran sus repugnantes estómagos hinchados de cerveza.
Conejo ve que Tothero es un bufón para ellos y se avergüenza de su amigo y de
sí mismo. Se oculta en el lavabo. El asiento del inodoro tiene la pintura
descascarillada y el lavamanos está manchado por las lágrimas rojizas del grifo
de agua caliente oxidado. Las paredes están grasientas y el toallero vacío. Hay
algo terrible en la altura del minúsculo techo, un metro cuadrado de un
refinado diseño metálico cubierto de telarañas en las que están atrapados varios
cuerpos blancuzcos de insectos. Su depresión se ahonda, se convierte en una
especie de parálisis. Sale y se reúne con Tothero, renqueando, con una sonrisa
forzada, y abandonan el edificio como en un sueño. Cuando Tothero sube a su
coche, Conejo se siente ultrajado, vagamente invadido, pero, también como en
un sueño del que no duda, se pone al volante y la renovada relación de sus
brazos y piernas con mandos y pedales le reviste de nuevo con el manto del
poder. Nota la rigidez de su cabello húmedo y recién peinado.
—Así que, según tú, debería haberme emborrachado con Janice —dice
abruptamente.
—Haz lo que el corazón te pida —replica Tothero—. El corazón es nuestra
única guía. —Su voz parece fatigada y lejana.
—¿Vamos a Brewer?
El viejo no responde.
Conejo enfila el callejón y sale a la Potter Avenue, donde antaño corría el
agua de la fábrica de helados. Tuerce a la derecha, alejándose de Wilbur Street,
donde está su apartamento, y otros dos giros le llevan a Central Street v la
montaña que ha de rodear para ir a Brewer. A la izquierda el terreno se
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John Updike
Corre, conejo
precipita en un abismo en cuyo fondo está la anchura inmóvil y oleosa del río
Running Horse; a la derecha resplandecen las estaciones de servicio, ondean los
banderines suspendidos de bramantes, los reflectores protestan.
Cuando el pueblo queda atrás, la lengua de Tothero se suelta.
—Las damas que vamos a ver... Mira, Harry, no tengo idea de cómo será la
otra, pero sé que te portarás como un caballero, y te garantizo que mi amiga te
va a gustar. Es una chica extraordinaria, Harry, con muy mala suerte desde que
nació, pero ha hecho una cosa admirable.
—¿Qué ha hecho?
—Luchar a brazo partido. ¿No es ése todo el secreto, Harry? Luchar a brazo
partido. Me siento feliz, feliz y humilde, por esa relación tan tenue que tengo
con ella. ¿Harry?
—¿Qué?
—¿Te das cuenta, Harry, de que una mujer joven tiene pelo en todas las
partes de su cuerpo?
—No había pensado en ello —dice Conejo, notando el sabor de la aversión
en la garganta.
—Pues hazlo, piensa en ello. Son monos, Harry. Las mujeres son monos. —
Lo dice en un tono tan solemne que Conejo no puede evitar reírse. Tothero ríe
también y se inclina hacia él en su asiento—. Sin embargo las queremos, Harry,
¿no es cierto? ¿Por qué las queremos, Harry? Respóndeme a eso y habrás
resuelto el enigma de la vida. —No cesa de moverse, cruza y descruza las
piernas, se inclina y toca el hombro de Conejo, se echa bruscamente atrás, mira
por la ventanilla, se vuelve y le toca otra vez—. Soy una persona espantosa,
Harry, una persona detestable. Déjame decirte algo, Harry. —Conejo recuerda
que cuando el viejo era entrenador siempre estaba diciendo algo—. Mi mujer
asegura que soy una persona detestable pero, ¿sabes cómo empezó eso?
Empezó con su piel. Un día de primavera, en el año cuarenta y tres o cuarenta y
cuatro, era durante la guerra, de repente, sin previo aviso, me resultó horrible.
Era como los pellejos de mil lagartos hilvanados, e hilvanados torpemente. ¿Te
lo imaginas? Esa sensación de que su piel estaba hecha con pedazos unidos me
horrorizó, Harry. ¿Me estás escuchando? No, no me escuchas. Te preguntas por
qué has recurrido a mí.
—Estoy un poco preocupado por lo que me dijiste esta mañana de Janice.
—¡Janice! Hombre, Harry, no hablemos de bobas como Janice Springer.
Ésta es la gran noche, no es momento para la compasión. Las mujeres de verdad
están cayendo de los árboles. —Imita con las manos el desprendimiento de
frutos de los árboles—. Plinc, planc, plunc.
A pesar de que ahora el viejo le parece un maníaco, Conejo se siente
expectante. Aparcan frente a Weiser Avenue y se reúnen con las chicas delante
de un restaurante chino.
Las mujeres que esperan bajo el neón carmesí tienen una delicadeza floral;
la luz roja contornea su pelo esponjoso dándole un toque de marchitez. El
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John Updike
Corre, conejo
corazón de Conejo parece caminar pesadamente por delante de él. Llegan
juntos y Tothero le presenta a Margaret.
—Margaret Kosko, Harry Angstrom, mi mejor atleta. Es un placer para mí
poder presentar a unos jóvenes tan extraordinarios.
Hay una extraña timidez en los modales del viejo, y una tos acecha en su
voz.
Después de las alabanzas de Tothero, a Conejo le sorprende que Margaret
sólo sea otra Janice: la misma expresión estúpida en su rostro cetrino, el mismo
cuerpo obstinadamente menudo.
—Ésta es Ruth Leonard —dice sin mover apenas los labios—. Ruth, te
presento a Marty Tothero y... como quiera que te llames.
—Harry. También me llaman Conejo.
—¡Eso es! —exclama Tothero—. Los otros chicos te llamaban Conejo. Lo
había olvidado. —La tos le interrumpe.
—Eres un conejo muy grande —observa Ruth.
Comparada con Margaret está gorda, pero no en exceso. Es más bien llenita
y bastante alta. Tiene los ojos de un azul mate, los muslos le tensan la tela del
vestido y por ello incluso de pie tiene regazo. Lleva el cabello de color amarillo
sucio recogido detrás de la cabeza. A su lado los parquímetros con sus
lengüetas rojas retroceden a lo largo del bordillo, y a sus pies, apretados por
unas tiras de color azul lavanda, cuatro baldosas de la acera se unen en una
equis.
—Sólo soy grande por fuera —dice Conejo.
—A mí me ocurre lo mismo —replica ella.
—Tengo un hambre canina —afirma Conejo por decir algo. De repente se
ha puesto muy nervioso.
—¡Sí, qué hambre! —exclama Tothero, como si agradeciera el pie que le ha
dado su amigo—. ¿Adónde irán mis pequeños?
—¿Aquí mismo? —sugiere Harry.
Por la forma en que le miran las dos mujeres se da cuenta de que esperan
que tome la iniciativa. Tothero se mueve atrás, adelante y de lado como un
cangrejo, y tropieza con una pareja de transeúntes de edad mediana. Su
expresión de sorpresa por el encontronazo y su manera de deshacerse en
excusas provocan la risa de Ruth, que suena como un puñado de calderilla
arrojada al suelo. Al oírla Conejo empieza a relajarse, tiene la sensación de que
el espacio entre los músculos de su pecho está acolchado de aire cálido. Tothero
es el primero en entrar por la puerta de vidrio, Margaret le sigue y Ruth coge a
Conejo del brazo y le dice:
—Te conozco. Fuiste a la escuela secundaria de Brewer y te graduaste en el
cincuenta y uno.
—Ésa es mi promoción.
Al igual que el contacto de la mano de Ruth en su brazo, el hecho de que
tenga su misma edad le satisface, como si, aunque en escuelas secundarias
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John Updike
Corre, conejo
situadas en lados opuestos de la ciudad, hubieran aprendido las mismas cosas y
adquirido idéntica visión de la vida. La visión que tiene la promoción de 1951.
—Nos vencisteis —dice ella.
—Teníais un equipo francamente malo.
—No, no era tan malo. Salí con tres de sus jugadores.
—¿Con tres a la vez?
—En cierto modo.
—Si es así, no me extraña que parecieran tan cansados.
Cae de nuevo al suelo la calderilla de su risa, aunque él se siente
avergonzado por lo que acaba de decir, porque parece una buena muchacha y
quizás en aquel entonces era bonita. Ahora no tiene un buen color de piel, pero
su cabello es espeso, y ésa es la señal.
Un joven chino con una chaqueta de lino gris les cierra el paso más allá del
mostrador de vidrio donde una chica americana en kimono cuenta gastados
billetes de banco.
—¿Cuántos son, por favor?
—Cuatro —dice Conejo, al ver que Tothero no responde.
Con gesto inesperado y generoso, Ruth se quita la chaqueta blanca y se la
da a Conejo. Una tela suave, apelotonada. El movimiento produce una
vaharada de perfume femenino.
—Cuatro. Por aquí, tengan la bondad.
El camarero les conduce a un reservado rojo. El restaurante ha sido
reconvertido hace poco. Antes no era chino, y todavía hay vistas de París de
tono rosado en las paredes. Ruth se tambalea un poco. Desde atrás Conejo ve
que sus talones, amarillentos a causa de la tensión, tienden a deslizarse
lateralmente en la red de tiras azul lavanda que fijan sus pies a los puntiagudos
tacones de sus zapatos. Pero su amplio trasero llena la brillante tela verde del
vestido con cierta compostura. La cintura está contenida con elegancia y
firmeza, como las líneas de su rostro. El corte del vestido deja al descubierto
una gran extensión en forma de V de su gruesa y blanca espalda. Al llegar al
reservado, tropieza con ella; la parte superior de su cabeza le llega a la nariz. El
acre olor de su pelo se confunde con el del perfume que se ha puesto detrás de
las orejas. Tropiezan porque Tothero está acomodando a Margaret en su asiento
con excesiva ceremonia, como un gnomo a la entrada de su cueva. Mientras
aguarda de pie, Conejo se regocija al pensar que un extraño que pasara ante la
ventana del restaurante, como él mismo anoche ante aquel establecimiento de
Virginia Occidental, le vería con una mujer. Él parece ser ese extraño que mira
al interior y envidia su propio cuerpo y el de la mujer que le acompaña. Ruth se
agacha y se desliza en su asiento. La piel de sus hombros destella y se apaga en
la penumbra del reservado. Conejo también se sienta y nota el movimiento de
Ruth a su lado, instalándose a la manera ajetreada de las mujeres, como si
hiciera un nido.
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John Updike
Corre, conejo
Observa que ha retenido su chaqueta, la cual, como un pellejo fláccido,
duerme en su regazo. Sin levantarse, alza el brazo y la cuelga del perchero.
—Es una suerte tener los brazos largos —comenta ella, mientras busca en
su bolso y saca un paquete de Newport.
—Pues Tothero dice que los tengo cortos.
—¿Dónde has conocido a ese viejo vagabundo? —le pregunta en voz
bastante alta para que así Tothero pueda oírla.
—No es un vagabundo, es mi antiguo entrenador.
—¿Quieres? —dice ella, ofreciéndole el tabaco.
Conejo hace un gesto negativo con la mano.
—Lo he dejado.
—De modo que ese viejo vagabundo fue tu antiguo entrenador —dice
Ruth, y suspira.
Saca un cigarrillo del paquete turquesa, lo cuelga de sus labios anaranjados
y frunce el ceño al tiempo que enciende el fósforo con una curiosa torpeza
femenina, sosteniéndolo a distancia de su cara, oblicuamente, doblándolo.
Logra encenderlo al tercer intento.
—Ruth... —le reconviene Margaret.
—¿Vagabundo? —dice Tothero, y en su rostro pesado y torcido aparece un
atisbo de hilaridad—. Tienes razón, lo soy, un viejo e infame vagabundo que se
encuentra entre princesas.
Margaret, que no ve nada ofensivo en estas palabras, pone su mano sobre la
de Tothero encima de la mesa e insiste en un tono sordo y solemne:
—No eres más que un vagabundo.
—¿Dónde está nuestro joven confuciano? —pregunta Tothero y mira a su
alrededor con el brazo libre levantado. Cuando llega el muchacho le pregunta—
: ¿Aquí podéis servir bebidas alcohólicas?
—Las traemos de la tienda de al lado —responde el camarero. Es curiosa la
manera en que las cejas de los chinos parecen empotradas en la piel en vez de
sobresalir de ésta.
—Un whisky doble —dice Tothero—. ¿Y tú, querida?
—Daiquiri. —Esta palabra parece de chiste.
—¿Y vosotros, chicos?
Conejo mira a Ruth, en cuyo rostro se apelmaza un polvo anaranjado. El
cabello, que al principio había parecido de un rubio sucio o un castaño
desvaído, es en realidad de varios colores, rojo, amarillo, castaño y negro, y
cada hebra pasa bajo la luz por una serie de tonalidades, como el pelo de un
perro.
—Qué diablos —dice—, creo que también tomaré un daiquiri.
—Que sean tres —le dice Conejo al camarero, creyendo que el daiquiri será
una especie de limonada.
—Tres daiquiris y un whisky doble con hielo —recita el camarero antes de
irse.
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John Updike
Corre, conejo
—¿Cuándo es tu cumpleaños? —pregunta Conejo a Ruth.
—En agosto. ¿Por qué?
—El mío es en abril. Te gano.
—Sí, me ganas —dice ella, como si supiera que eso le reconforta, porque
uno no puede sentirse dueño de la situación con una mujer que le supera en
edad.
—Ya que me has reconocido, ¿cómo es que no has reconocido también al
señor Tothero? Fue el entrenador de aquel equipo.
—¿Quién mira a los entrenadores? No sirven para nada, ¿verdad?
—¿Que no sirven para nada? El entrenamiento es lo más importante para
un equipo escolar, ¿no es así?
—Lo más importante son los muchachos, Harry —responde Tothero—. No
puedes obtener oro a partir de plomo, de ninguna manera.
—Estoy seguro de que tú puedes hacerlo —afirma Conejo—. Cuando
terminé el primer curso no sabía distinguir la cabeza de los codos.
—Sabías mucho, Harry, ya lo creo. Yo no tenía nada que enseñarte. Me
limité a dejarte correr. —Sigue mirando a su alrededor—. Eras un ciervo joven
con los pies grandes.
—¿Qué número calzas? —quiere saber Ruth.
—Un cuarenta y cuatro. ¿Y tú?
—Oh, mis pies son diminutos.
—Me ha parecido que se te salían de los zapatos.
Echa la cabeza atrás y se escurre un poco en el asiento para mirar por
debajo del borde de la mesa el crepúsculo submarino donde las pantorrillas en
escorzo de la mujer parecen peces de color canela. Ella se apresura a
esconderlas bajo su asiento.
—No mires tanto que te caerás fuera del reservado —le dice irritada, lo cual
es bueno. A las mujeres les gusta esa manera de tratarlas. Nunca lo admiten,
pero así es.
El camarero llega con las bebidas y empieza a colocar salvamanteles de
papel y cubiertos deslustrados. Ha terminado con Margaret y se está ocupando
de Tothero cuando éste se aparta el vaso de whisky de los labios y dice:
—¿Cubiertos? ¿Para tomar platos orientales? ¿No tienen palillos? —Su voz,
refrescada por la bebida, es más enérgica.
—Sí, palillos.
—Palillos para todos —dice Tothero en tono categórico—. Adonde fueres
haz lo que vieres.
—¡No se lleve los míos! —grita Margaret, descargando su mano sobre la
cuchara y el tenedor cuando el camarero se dispone a recogerlos—. No quiero
palillos.
—¿Qué preferís vosotros? —pregunta Tothero a Conejo y Ruth.
El daiquiri sabe, en efecto, a limonada de lima, flotando como aceite sobre
un gusto sin mezcla, transparente.
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Corre, conejo
—Palillos —dice Conejo en tono grave, satisfecho de fastidiar a Margaret—.
En Texas nunca comíamos pollo con cubiertos.
—¿Ruth? —La expresión facial de Tothero cuando se dirige a ella es tímida
y forzada.
—Bueno, supongo que si este bobo es capaz de comer con palillos, también
yo puedo hacerlo. —Aplasta la colilla del cigarrillo y saca otro.
El camarero se aleja como una novia con su ramillete de cubertería
indeseada. Nadie ha secundado la elección de Margaret y eso la agobia. Conejo
está satisfecho; esa mujer es una sombra en su felicidad.
—¿Tomabas comida china en Texas? —le pregunta Ruth.
—Continuamente. Dame un cigarrillo.
—Lo habías dejado, ¿no?
—He vuelto a empezar. Dame diez centavos.
—¡Diez centavos! Y un cuerno.
La innecesaria vehemencia de su negativa le ofende, parece como si ella
tratara de sacar provecho. ¿Por qué cree que va a robarle? ¿Qué le robaría?
Busca en el bolsillo de su chaqueta, saca unas monedas, coge una de diez
centavos y la inserta en el pequeño selector musical marfileño que brilla
tenuemente en la pared, al lado de su mesa. Se inclina, acercándose al rostro de
Ruth, pasa las páginas con la lista de canciones y finalmente oprime los botones
B y 7, que corresponden a «Rocksville, P-A».
—La comida china de Texas es la mejor comida china en Estados Unidos, a
excepción de Boston —asegura.
—Mirad al gran viajero —dice Ruth. Le ofrece un cigarrillo y él la perdona
por haberle negado la moneda.
Tothero sigue en sus trece:
—De modo que, según tú, los entrenadores no sirven para nada.
—Son inútiles —dice Ruth.
—Vamos, vamos —interviene Conejo.
El camarero regresa con los palillos y dos cartas. Los primeros decepcionan
a Conejo, pues parecen de plástico en vez de madera. El sabor del cigarrillo es
áspero y le parece tener la nariz llena de paja. Lo apaga en el cenicero. Nunca
más.
—Cada uno que pida un plato distinto y lo compartiremos —les dice
Tothero—. ¿Alguien tiene preferencias?
—Cerdo agridulce —dice Margaret. Por lo menos es muy concreta. —
¿Harry?
—No lo sé.
—¿Dónde está el gran especialista en comida china? —le pregunta Ruth.
—La carta está en inglés. Estoy acostumbrado a las cartas en chino.
—Vamos, hombre, dime qué es bueno.
—Déjalo ya, ¿quieres? Me estás poniendo nervioso.
—Nunca has estado en Texas —dice ella.
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John Updike
Corre, conejo
Conejo recuerda la casa en aquella extraña calle residencial sin árboles, la
noche verdosa extendiéndose sobre la pradera, las flores en la ventana.
—Claro que estuve.
—¿Y qué hacías allí?
—Servir al tío Sam.
—Ah, el servicio militar. Pero eso no cuenta. Todo el mundo ha hecho la
mili en Texas.
—Pide lo que te parezca bueno —le dice Conejo a Tothero.
Está irritado por todos esos veteranos del ejército a los que Ruth parece
conocer y aguza el oído para escuchar los últimos compases de la música cuya
audición le ha costado diez centavos. En este tugurio chino cree distinguir,
quizá procedente de la cocina, un indicio de la discordante melodía que la
noche anterior, en el coche, le levantó el ánimo.
Tothero encarga la comida al camarero y, cuando éste se va, intenta dar la
palabra a Ruth. Los labios del viejo están húmedos de whisky.
—El entrenador —le dice—, el entrenador tiene la misión de desarrollar las
tres herramientas de que disponemos en la vida: la cabeza, el cuerpo y el
corazón.
—Y la entrepierna —dice Ruth. Sólo Margaret se echa a reír. A Conejo le da
grima.
—Me has provocado, muchacha, y merezco el respeto de tu atención —
replica el entrenador con gravedad.
—Mierda —dice ella con voz baja, la vista baja—. No me vengas con
sermones. —Las palabras del viejo la han herido. Las aletas de su nariz han
palidecido, su áspero maquillaje se oscurece.
—Lo primero es la cabeza, que idea la estrategia. La mayoría de los chicos
llegan a manos del entrenador sin más práctica que los juegos en callejones y no
saben nada de... de la elegancia del encuentro jugado en una pista con dos cestas.
¿No estás de acuerdo, Harry?
—Sí, claro, ayer mismo...
—En segundo lugar... déjame terminar, Harry, y luego podrás hablar, en
segundo lugar está el cuerpo. Hay que poner a los chicos en condiciones,
endurecerles las piernas —cierra el puño sobre la superficie resbaladiza de la
mesa—, han de estar fuertes y duras para correr, correr, correr, correr sin cesar
durante todo el tiempo que sus pies estén en el suelo. Nunca se corre lo
suficiente. En tercer lugar —se lleva los dedos índice y pulgar de una mano a
las comisuras de la boca y se sacude la humedad— tenemos el corazón. Y aquí
el buen entrenador, que yo, jovencita, por supuesto intenté ser, tiene su
oportunidad más importante. Dar a los chicos la voluntad de esforzarse para
triunfar, que siempre he considerado mejor que la simple voluntad de ganar,
pues ese esfuerzo puede estar presente incluso en la derrota, hacer que sientan,
sí, creo que la palabra es correcta, lo sagrado del esfuerzo para triunfar, que se
concreta en dar lo mejor de nosotros mismos. —Ahora se atreve a hacer una
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John Updike
Corre, conejo
pausa, que le permite lograr lo que desea, mirando por turno a uno tras otro
para inmovilizar sus lenguas, y concluye—: Un muchacho, cuyo corazón ha
ensanchado un entrenador que sabe alentarle, nunca puede ser, en el sentido
más profundo, un fracaso en el juego más amplio de la vida. Y ahora que la paz
de Dios, etcétera... —Coge su vaso, que ahora apenas contiene otra cosa que
cubitos de hielo, los cuales, al ladearlo, se deslizan y chocan con sus labios.
Ruth se vuelve hacia Conejo y le pregunta en tono bajo, como para cambiar
de tema:
—¿Qué profesión tienes?
Él se echa a reír.
—La verdad es que ya no estoy seguro de tener ninguna. Esta mañana
debería haber ido a trabajar. Yo... bueno, no es fácil de explicar, demuestro lo
que puede hacer un utensilio de cocina, la peladora MagiPeel.
—Y estoy seguro de que lo hace bien —dice Tothero—. Estoy seguro de que
cuando la junta celebra su reunión anual y los capitostes se preguntan: «A ver,
¿quién ha hecho más por promover nuestra causa entre el público americano?»,
el nombre de Harry Conejo Angstrom encabeza la lista.
—¿ Y tú qué haces? —le pregunta Conejo a su vez.
—Nada —responde Ruth—. Nada. —Sus párpados forman una grasienta
cortina azul mientras sorbe el daiquiri. En su mentón se refleja tenuemente el
color verdoso del líquido.
Llega la comida china y a Conejo se le hace la boca agua. No ha tomado
ninguno de estos platos desde la época de Texas. Le encanta esta comida que no
contiene repugnantes pruebas de animales muertos, un trozo sanguinolento de
cadera de vaca, el esqueleto tendinoso de una gallina. Esos espectros han sido
picados, destruidos y mezclados indoloramente con las formas de las verduras
insensibles, robustos cuerpos verdes que invitan al deleite inocente de su
apetito. Confitura amontonada en un humeante montículo de arroz. Cada uno
recibe uno de esos montículos pulcros y calientes, y Margaret se apresura a
embadurnar su arroz con los pedazos de carne y verdura confitadas. Todos
comen bien. Sus caras se colorean y aparece en ellas el vigor procedente de los
platos ovales de oscura carne de cerdo, guisantes azucarados, pollo, rígida salsa
dulce, gambas, «castañas de agua» y quién sabe qué más. Su charla se vuelve
cordial.
—Era magnífico —dice Conejo de Tothero—. Era el mejor entrenador del
condado. Yo no habría sido nada sin él.
—No, Harry, no. Tú hiciste más por mí que yo por ti. Chicas, la primera vez
que jugó llegó a marcar veinte puntos.
—Veintitrés —le corrige Harry.
—¡Veintitrés puntos! Pensad en ello. —Las mujeres siguen comiendo—.
Harry, recuerda los torneos estatales en Harrisburg, Dennistown y su pequeño
artista del lanzamiento de tiro.
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John Updike
Corre, conejo
—Era un enano —explica Harry a Ruth—. Medía poco más de metro y
medio y era feo como un mono. Y, además, un jugador sucio.
—Ah, pero conocía su oficio —dice Tothero—, conocía su oficio. Se
convirtió en el rival de Harry.
—Entonces me hizo la zancadilla, ¿recuerdas?
—Sí que lo hizo. Lo había olvidado.
—Ese enano me hace la zancadilla y yo, ¡zas!, me estrello contra la
colchoneta. Si las paredes no hubieran estado acolchadas, me habría matado.
—¿Qué ocurrió entonces, Harry? ¿Le diste lo suyo? He olvidado por
completo ese incidente. —Tothero tiene la boca llena de comida y su hambre de
venganza es desagradable.
—No, no —dice Conejo lentamente—. Nunca jugaba sucio. El árbitro lo vio
y, como era su quinta falta, le expulsó. Entonces los derrotamos.
Algo se desvanece en la expresión de Tothero. Sus facciones se relajan.
—Eso es cierto, nunca cometías faltas. Harry fue siempre el idealista del
equipo.
Conejo se encoge de hombros.
—No tenía necesidad de hacerlo.
—La otra cosa curiosa de Harry es que nunca se lesionó —dice Tothero a
las dos mujeres.
—No, una vez me disloqué una muñeca —vuelve a corregirle Conejo—.
Dijiste una cosa que me ayudó de veras...
—¿Qué ocurrió luego en los torneos? Es increíble cómo me he olvidado de
todo eso.
—¿Luego? Creo que nos enfrentamos al Pennoak y no ocurrió nada. Nos
vencieron.
—¿Ganaron ellos? ¿No les derrotamos?
—No, diablos, no. Eran buenos, tenían cinco buenos jugadores y ¿qué
teníamos nosotros? En realidad, yo era el único. Teníamos a Harrison, que
estaba bien, pero después de aquella lesión que sufrió jugando al fútbol ya no
volvió a ser como antes.
—¿Ronnie Harrison? —pregunta Ruth.
Conejo se sobresalta.
—¿Le conoces? —Harrison tenía muy mala reputación.
—No estoy segura —dice ella, bastante complacida.
—Un tipo de baja estatura con el pelo rizado, un tanto lánguido.
—No, no sé —dice ella—. Si es como dices, no creo que sea el mismo.
Es diestra con los palillos y resulta agradable verla comer así, una mano en
el regazo con la palma hacia arriba. A Conejo le gusta ver cómo agacha la
cabeza, ese cuello grueso que se adelanta y alza los amplios tendones en los
hombros para acercar los labios al bocado sujeto sólo con la presión
imprescindible entre los palillos. Es curioso que las mujeres rollizas tengan esa
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John Updike
Corre, conejo
delicadeza. Margaret, en cambio, usa los cubiertos de plata deslustrada para
recoger la comida como con una pala.
—No ganamos —repite Tothero, y llama al camarero.
Cuando éste viene le pide otra ronda de las mismas bebidas.
—Para mí no, gracias —dice Conejo—. Ya me he colocado bastante con lo
que he bebido.
—Así que eres un chico de costumbres sanas, ¿eh, tú?, como te llames —
dice Margaret.
Ni siquiera se ha enterado todavía de su nombre. Señor, cómo la detesta. Se
dirige a Tothero.
—Como estaba diciendo, tú me dijiste una cosa que me ayudó de veras, eso
de tocarte los pulgares cuando haces un lanzamiento con ambas manos. La
verdad es que ése es todo el secreto, tener la pelota delante de tus manos y
notar así esa agradable sensación de alzamiento. Ffffiu, allá va. —Muestra con
las manos cómo lo hace.
—Hombre, Harry —replica Tothero entristecido—, cuando viniste a mí ya
sabías lanzar. Todo lo que te di fue la voluntad de ganar, la voluntad de
esforzarte para vencer.
—¿Sabes cuál fue mi mejor noche? —dice Conejo—. No fue aquella vez en
que marcamos cuarenta puntos contra Allenville, sino en el penúltimo curso,
cuando a principios de temporada fuimos al otro extremo del condado para
jugar con el equipo de una pequeña escuela rural que no tenía más de cien
alumnos entre los cien cursos, ¿cómo se llamaba? ¿Nido de Pájaro? Algo
parecido. ¿Te acuerdas?
—Nido de Pájaro... —repite Tothero—. Pues no.
—Creo que fue la única ocasión en que jugamos con ellos. Tenían un
curioso gimnasio cuadrado y la gente se sentaba en una especie de gradas. Su
nombre significaba algo.
—Nido de Pájaro —dice Tothero, intrigado, tocándose continuamente una
oreja.
—¡Oriole! —exclama Conejo, radiante—. La escuela secundaria de Oriole,
un pueblecito de casas diseminadas; era al principio de la temporada, por lo
que aún hacía calor. Desde el autobús veíamos las cañas de maíz recogidas
como tiendas indias allá en los campos, y la misma escuela olía como a sidra.
Recuerdo que bromeaste al respecto. Me dijiste que lo tomara con calma, que
habíamos ido allí para practicar y no se trataba de «asfixiarlos».
—Tu memoria es mejor que la mía —comenta Tothero.
El camarero regresa y el viejo coge su bebida directamente de la bandeja,
antes de que el muchacho tenga ocasión de servírsela. Conejo prosigue:
—Salimos a la pista y ahí estaban esos cinco campesinos moviéndose
torpemente arriba y abajo. Marcamos enseguida unos quince puntos y, desde
luego, me lo tomo con calma. Hay una docena de personas sentadas en las
gradas y, como no se trata de un partido de liga, nada importa demasiado.
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John Updike
Corre, conejo
Tengo la curiosa sensación de que puedo hacer cualquier cosa, deslizarme de
un lado a otro, pasar la pelota y, de repente, me doy cuenta, tengo la certeza de
que puedo hacer lo que quiera. En la segunda parte hago unos diez
lanzamientos y todos entran directamente en la cesta, sin rebotar, sin tocar el
aro, como si estuviera arrojando piedras en un pozo. Y esos campesinos que
corren arriba y abajo empapados en sudor sólo tienen dos en el banquillo, pero
tampoco nosotros figuramos en su liga, por lo que tampoco a ellos les importa
demasiado, y el único árbitro se apoya en el borde de las gradas hablando con
su entrenador. La escuela secundaria de Oriole... Y luego su entrenador baja al
vestuario donde los dos equipos se están cambiando, saca una jarra de sidra de
una taquilla y nos la vamos pasando. ¿No te acuerdas?
Le desconcierta y, al mismo tiempo, despierta su hilaridad que los otros no
acierten a ver por qué es tan especial lo que está contando. Sigue comiendo. Los
demás ya han terminado y están tomando la segunda bebida.
—Sí, señor, como te llames, eres un chico simpático de veras —le dice
Margaret.
—No les prestes atención, Harry —interviene Tothero—. Así es como
hablan las furcias.
Margaret le golpea, su mano se alza de la mesa, cruza ante su cuerpo y
acaba en la boca del viejo, plana, pero sin hacer ruido.
—Touché —dice Ruth en tono de indiferencia. Todo esto ocurre de un modo
tan silencioso que el chino, que está retirando los platos, no alza la vista ni
parece enterarse de nada.
—Nos vamos —anuncia Tothero, e intenta incorporarse, pero se golpea los
muslos con el borde de la mesa y se queda encorvado. La bofetada le ha dejado
una ligera torsión en la boca, y a Conejo le da grima esa mueca tan ambigua y
confusa, esa mezcla repulsiva de jactancia, vergüenza y, lo peor de todo, orgullo
o menos aún que orgullo, engreimiento. Sonriente y pálido como un muerto,
pregunta—: ¿Vienes, querida?
—Hijo de perra —dice Margaret, pero obedece, se levanta y mira atrás para
ver si se deja algo, tabaco o el monedero—. Hijo de perra —repite, y hay algo
hermoso en el tono neutro en que lo dice.
Ahora tanto ella como Tothero parecen más sosegados, resueltos y un tanto
rígidos.
Conejo empieza a levantarse de la mesa, pero Tothero se apresura a ponerle
una mano en el hombro, ese contacto del entrenador que Harry ha notado con
tanta frecuencia en el banquillo, un momento antes de la palmada en el trasero
que le enviaba a la pista.
—No, no, Harry, quédate aquí. Una para cada uno. No te dejes turbar por
nuestra vulgaridad. No podría tomar prestado tu coche, ¿verdad?
—¿Qué? ¿Y entonces cómo podría ir yo a cualquier parte?
—Tienes razón, toda la razón. Perdona que te lo haya preguntado.
—No, verás, si lo necesitas puedes usarlo...
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De hecho, se siente muy reacio a separarse de un coche que sólo es suyo a
medias. Tothero se da cuenta.
—No, no. Ha sido una idea absurda. Buenas noches.
—Viejo cabrón hinchado —le dice Margaret.
El viejo la mira y luego baja la vista nublada. Harry ve que ella está en lo
cierto, que su antiguo entrenador está hinchado y tiene la cara asimétrica como
un globo fatigado. No obstante ese balón le mira como si lo inflara algún
mensaje, pesado y vago como el agua.
—¿Adónde irás? —le pregunta Tothero.
—No te preocupes por mí. Tengo dinero, me iré a un hotel. Ahora que le ha
negado un favor, desea que Tothero desaparezca.
—La puerta de mi mansión está abierta —dice el viejo—. Sólo hay un
camastro, pero podríamos conseguir un colchón...
—No, escucha —replica Conejo en tono severo—. Me has salvado la vida,
pero no quiero ser una carga para ti. Ya me arreglaré. De todos modos no
puedo agradecerte suficientemente lo que has hecho por mí.
—Ya hablaremos en alguna ocasión —le promete Tothero. Su mano se
mueve con un súbito espasmo y golpea sin querer el muslo de Margaret.
—Te mataría —dice la mujer, y se marchan. Vistos desde atrás parecen
padre e hija. Pasan ante el mostrador donde el camarero susurra algo a la
muchacha americana y cruzan la puerta de vidrio, Margaret primero. Todo esto
parece muy bien regulado: son como figuritas de madera que entran y salen de
un barómetro.
—Tothero está fatal.
—¿Quién no lo está? —pregunta Ruth.
—Tú no pareces estarlo.
—Me alimento, si es eso lo que quieres decir.
—No, escucha, tienes no sé qué complejo por tu volumen, pero no eres
gorda. Estás bien proporcionada.
Ella se echa a reír, se domina, le mira, vuelve a reírse, le aprieta el brazo y
dice:
—Eres un caballero cristiano, Conejo.
Su apodo en los labios de la mujer provoca en él una perturbadora
sensación de afecto.
—¿Por qué le ha pegado? —le pregunta, riendo tontamente, temeroso de
que las manos de Ruth, que reposan sobre su antebrazo, le golpeen
juguetonamente el costado. La fuerza con que le aprieta sugiere esa posibilidad.
—A Margaret le gusta pegar a la gente. Una vez me atizó a mí.
—Probablemente sería porque se lo pediste.
Ella vuelve a poner las manos sobre la mesa.
—Es lo que ha hecho Tothero. Le gusta que le peguen.
—¿Le conoces?
—Margaret me ha hablado de él.
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John Updike
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—Bueno, así no puedes conocerle. Esa chica es boba.
—Y que lo digas. Es más boba de lo que te imaginas.
—Lo sé perfectamente. Me casé con una mujer que parece su hermana
gemela.
—Vaya, estás casado.
—Oye, ¿qué historia es ésa acerca de Ronnie Harrison? ¿Le conoces?
—¿Qué historia es ésa de que estás casado?
—Lo estuve..., todavía lo estoy.
Lamenta que ese tema haya salido a colación. Una burbuja grande, enorme,
le llena el corazón. Es como cuando era niño y, de improviso, al regresar de
alguna parte un sábado por la tarde, pensaba que cuanto le rodeaba, los árboles,
las aceras, eran la vida, lo único que existía realmente.
—¿Dónde está tu mujer?
Esta pregunta empeora las cosas, le hace evocar la figura de Janice.
¿Adónde habrá ido?
—Supongo que estará con sus padres. Anoche la abandoné.
—Ah, entonces esto no son más que unas vacaciones. No la has
abandonado.
—Creo que sí.
El camarero les trae un plato de pasteles con semillas de sésamo. Conejo
coge uno con prevención, creyendo que estará duro, y se sorprende
agradablemente al notar que se deshace en su boca como una jalea elástica, a
través de la cobertura de insípidas semillas.
—¿No van a volver sus amigos? —pregunta el camarero.
—No se preocupe, pago yo —dice Conejo.
El chino sonríe enarcando sus cejas hundidas y se retira.
—¿Eres rico? —le pregunta Ruth.
—No, soy pobre.
—¿Vas a ir de veras a un hotel?
Ambos comen varios pastelillos de sésamo. Hay unos veinte en el plato.
—Supongo que sí. Voy a hablarte de Janice. Nunca había pensado en
abandonarla hasta el momento en que lo hice. De improviso me pareció
evidente. Mide metro sesenta y ocho, tiene el cutis más bien oscuro...
—No quiero saber nada de eso —le interrumpe ella en tono terminante.
Su cabello multicolor, cuando echa la cabeza atrás y mira con los ojos
entrecerrados una luz del techo, adopta un matiz sombrío. La luz era más
halagadora para su pelo que para el rostro; en este lado de la nariz la piel
presenta varias manchas, imperfecciones que abultan bajo el cosmético.
—No quieres saberlo —dice Conejo. La burbuja abandona su pecho. Si no
preocupa a nadie más, ¿por qué habría de preocuparle a él?—. De acuerdo. ¿De
qué hablamos entonces? ¿Cuánto pesas?
—Setenta y cinco.
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—Eres esbelta, Ruth, sólo un peso mediano. Te lo digo en serio. Nadie
desea que te quedes en los huesos. Cada uno de tus kilos es inapreciable.
Habla tan sólo para que su relación sea agradable, pero algo de lo que dice
pone tensa a Ruth.
—Eres muy hábil, ¿eh? —le dice, inclinando el vaso vacío hacia sus ojos. El
vaso es una copa poco profunda con un pie corto, como un plato de helado en
una lujosa fiesta de cumpleaños, y traza pálidos reflejos arqueados en su rostro.
—Así que tampoco quieres hablar de tu peso. —Se lleva otro pastelillo de
sésamo a la boca y espera hasta que se diluye el sabor de la jalea—. Probemos
otra cosa. Lo que necesitas, señora Estados Unidos, es la peladora de cocina
MagiPeel, con la que podrás conservar las vitaminas, eliminar el exceso de
grasa... Un simple movimiento de la rosca de plástico te permite rayar
zanahorias y afilar los lápices de tu marido. Tiene una infinidad de usos.
—Basta, no seas tan gracioso.
—De acuerdo.
—Seamos amables.
—Muy bien, empieza tú.
Ruth se zampa otro pastelillo y le mira divertida, sonriente, con la boca
llena, sus facciones rebosantes de afabilidad mientras mastica. Traga, abre
mucho los ojos azules y emite un leve suspiro antes de embarcarse en lo que él
cree que será una observación pero resulta ser un acceso de risa en su misma
cara.
—Espera —le ruega ella—, lo estoy intentando. —Vuelve a mirar la concha
de su vaso, pensativa, y lo mejor que puede hacer, después de todo eso, es
decirle—: No te alojes en un hotel.
—Tengo que hacerlo. Recomiéndame uno que sea bueno. Su instinto le dice
que ella entiende de hoteles. En el lado del cuello que se transforma
gradualmente en el hombro hay una oquedad blanca poco profunda donde la
atención de Conejo se acurruca y descansa.
—Todos son caros —le dice—. No hay nada que no lo sea. Incluso mi
pequeño apartamento es caro.
—¿Dónde vives?
—A pocas manzanas de aquí, en Summer Street. Vivo en un primer piso,
encima de un médico.
—¿Y vives sola?
—Sí, lo compartía con una amiga, pero se casó.
—De modo que has de pagar todo el alquiler tú sola, pero no te dedicas a
nada.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Nada. Tú misma me has dicho que no trabajas. ¿Cuánto te cuesta? —Ella
le mira curiosa, con esa agudeza en la que Conejo ha reparado desde el
principio, al verla junto a los parquímetros. —El apartamento —añade.
—Ciento diez dólares al mes, la luz y el gas aparte.
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John Updike
Corre, conejo
—Y no haces nada, ¿eh?
Ella mira su vaso y con un movimiento oscilante de las manos hace que la
luz que se refleja corra alrededor del borde.
—¿En qué estás pensando? —pregunta él.
—Tan sólo quisiera saber...
—¿Qué?
—Lo listo que eres.
Allí mismo, sin mover la cabeza, Conejo nota el soplo del viento. No había
estado seguro, pero ahora se confirma el cariz que parecían tomar las cosas.
—Podríamos hacer una cosa. ¿Por qué no me dejas que te ayude un poco a
pagar el alquiler?
—¿Por qué habrías de hacer eso?
—Soy generoso. ¿Diez, por ejemplo?
—Necesito quince.
—Claro, para la luz y el gas. De acuerdo, de acuerdo.
Ahora no está seguro de lo que ha de hacer. Siguen sentados, mirando el
plato vacío que antes contenía una pirámide de pastelillos de sésamo. Se los han
comido todos, y cuando llega el camarero no puede ocultar su sorpresa y su
mirada se desliza rauda del plato a Ruth y Conejo. La cuenta asciende a nueve
dólares con sesenta centavos. Conejo pone sobre la mesa un billete de diez y
encima otro de uno, y al lado deposita otro de diez y uno de cinco. Cuenta lo
que le queda en la cartera: tres de diez y cuatro de uno. Cuando alza la vista el
dinero de Ruth ha desaparecido de la mesa. Conejo se levanta, coge la ligera
chaqueta de la mujer y la sostiene abierta para ella. Como un pez de gran
tamaño, ella, su captura, se incorpora con esfuerzo, sale del reservado y
fríamente permite que su acompañante le ponga la chaqueta. Él calcula que le
cuesta a veinte centavos el kilo.
Y eso sin contar la factura del restaurante. Coge la nota, la lleva al
mostrador y tiende a la muchacha un billete de diez dólares. Ella le da el
cambio con el ceño fruncido; la alarmante vacuidad de sus ojos está
metódicamente circundada de rímel, la sencillez del kimono morado no
armoniza con la permanente del cabello rizado y el rostro arrebolado, cóncavo,
de americana desabrida. Cuando deja las monedas del cambio en el platillo, él
mueve la mano en el aire, suelta el billete de un dólar que cubre la calderilla y
saluda con una inclinación de cabeza al joven camarero chino que está mirando
atentamente al lado de la cajera.
—Muchísima grashas, señor, muchísima grashas —le dice el muchacho.
Pero su gratitud ni siquiera dura hasta que se hayan perdido de vista.
Antes de que lleguen a la puerta el camarero se vuelve hacia la cajera y con voz
chillona y en un inglés perfecto reanuda el chiste que había interrumpido.
Conejo sale a la calle con Ruth. A la derecha, lejos de la montaña,
resplandece el corazón de la ciudad: luces que se entremezclan, el contorno de
neón de una bota un cacahuete, una chistera, un girasol enorme, símbolo de la
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John Updike
Corre, conejo
cerveza Sunflower, cuyo tallo de neón verde tiene la altura de seis pisos del
edificio en cuya fachada se yergue y su centro amarillo es una segunda luna.
Una manzana más abajo repica monótona y apresuradamente una campana, las
largas barreras de extremos rojos descienden en el paso a nivel, cortando como
cuchillos la blanda masa de neón, y el tráfico reduce su velocidad hasta
detenerse.
Ruth gira a la izquierda, hacia la sombra de Mount Judge, y Conejo la
sigue. Caminan cuesta arriba por el áspero pavimento. La cuesta de cemento es
una afirmación sepultada, un eco inesperado de la tierra que hubo ahí antes de
que construyeran la ciudad. Para Conejo el pavimento es una sombra de la
luminosa transparencia del daiquiri. Está alegre, y en una ocasión brinca para
ponerse al paso de esa mujer a la que ama. Mira hacia arriba, hacia el lugar en
que el hotel Pinnacle añade su áspera constelación a las estrellas sobre Mount
Judge. Caminan juntos en silencio, mientras a sus espaldas un tren de
mercancías pasa resoplando y chirriante por el cruce.
No se le oculta a Harry su problema: ahora desagrada a la mujer, como le
ocurrió con aquella puta de Texas.
—Oye —le dice—, ¿has estado alguna vez en la cima de esa montaña?
—Claro, fui en coche.
—Cuando era niño solíamos subir desde el otro lado. Hay una especie de
bosque tenebroso, y recuerdo que una vez tropecé con una casa antigua, sólo un
agujero en el suelo con algunas piedras, donde supongo que un pionero tuvo su
granja.
—La única vez que estuve ahí subí en coche, con algún tipo impaciente.
—Bueno, te felicito —dice él, irritado por la compasión de sí misma que se
oculta bajo la dureza de Ruth.
Ella reacciona agriamente al verse descubierta.
—¿Acaso crees que me intereso por tu pionero?
—No lo sé. ¿Por qué no? Al fin y al cabo, eres americana.
—¿Cómo lo sabes? A lo mejor soy mexicana.
—Imposible, no eres lo bastante pequeña.
—¿Sabes una cosa? Eres un auténtico cerdo.
—Vamos, mujer —le dice, rodeando su amplia cintura con el brazo—. Creo
que soy amable y considerado.
—No me digas.
Al llegar a Weiser, Ruth se zafa de su brazo y gira a la izquierda. Están en
Summer Street. Las casas de ladrillo oscuro, todas iguales, forman una sola
fachada oscura. Los números están insertos en montantes de vidrio coloreado
encima de las puertas. La luz anaranjada de una pequeña tienda de comestibles
revela las siluetas de unos niños que haraganean en la esquina. Los
supermercados están acabando con esta clase de tiendas, y las que sobreviven
se ven obligadas a permanecer abiertas durante toda la noche.
Conejo vuelve a rodearla con el brazo y le ruega:
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—Vamos, vamos, sé amable conmigo.
Quiere demostrarle que por mucho que le hable con dureza no va a
mantenerle a distancia. Ella quiere que se conforme con su pesado cuerpo, pero
él desea a las mujeres en cuerpo y alma y muy ligeras. Le sorprende que ella le
imite y rodee su cintura con el brazo. Así enlazados les resulta difícil avanzar, y
al llegar al semáforo se separan.
—¿Es que no te ha gustado mi actitud en el restaurante? —le pregunta
Conejo—. ¿No viste cómo procuré que Tothero se sintiera bien, diciéndole lo
grande que fue?
—Sólo te oí hablar de lo grande que tú fuiste.
—Y es cierto, lo fui, es un hecho. Quiero decir que ahora no valgo para gran
cosa, pero fui bueno de veras en el baloncesto.
—¿Sabes en qué destacaba yo?
—¿En qué?
—En cocina.
—Entonces superas a mi mujer, pobrecilla.
—¿Recuerdas lo que nos decían en la escuela dominical, que Dios nos dota
a cada uno de capacidad para alguna cosa? Pues bien, ésa era mi cosa, la cocina.
Estaba convencida de que llegaría a ser una gran cocinera.
—¿Y por qué no lo eres?
—No lo sé. Siempre como fuera de casa.
—Pues deja de hacerlo.
—Forma parte del oficio.
Estas palabras frenan a Conejo. Él no la considera con esa contundencia, le
asusta pensar así de ella, como un objeto amoroso al alcance de cualquiera.
—Ya hemos llegado —dice Ruth.
Su edificio es de ladrillo, como todos los demás en el lado occidental de la
calle. Al otro lado, un gran templo de piedra caliza cuelga como una cortina gris
bajo la farola. Entran en la casa, pasando por debajo del montante de vidrio
coloreado. En el vestíbulo hay una hilera de timbres bajo los buzones de latón,
un paragüero barnizado, una esterilla de goma en el suelo de mármol y dos
puertas, una a la derecha, de vidrio opaco, y la otra ante ellos, de vidrio
reforzado con alambre, a través del cual Conejo ve unas escaleras con cubierta
de caucho. Mientras Ruth introduce la llave en la cerradura, él lee el rótulo
dorado en la otra puerta: F. X. PELLIGRINI, DOCTOR EN MEDICINA.
—Es un zorro viejo —comenta Ruth, y le precede hacia la escalera.
Vive en el piso de arriba. Su puerta está en el extremo de un pasillo con
suelo de linóleo, la más cercana a la calle. Él permanece a su espalda mientras
ella manipula con la llave la cerradura. Bruscamente, a la fría luz de la farola
que penetra por las cuatro hojas de vidrio de la ventana, a su lado, hojas de
vidrio azul tan delgado que parece como si fuera posible romperlas con un
dedo, le acomete un temblor, primero en las piernas y luego en los costados.
Por fin entra la llave y se abre la puerta.
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John Updike
Corre, conejo
Una vez dentro, cuando ella alarga el brazo para encender la luz, él se lo
baja, le da la vuelta y la besa. Lo hace como un loco quiere aplastarla, un
minúsculo manómetro bajo sus costillas duplica y reduplica su necesidad de
presión, pura presión sin más, no hay amor en el abrazo, amor que fulgure y se
deslice a lo largo de la piel, no tiene conciencia de su piel ni de la de ella, quiere
estrujarle el corazón y amasarlo con el suyo, consolarla totalmente. Ella, por su
misma naturaleza, se pone rígida en semejante abrazo. El pequeño cojín
húmedo de remisa complacencia con que sus labios han saludado a los de
Conejo se seca y endurece, y, cuando puede echar la cabeza atrás y liberar la
mano, aplica la palma a la mandíbula masculina y empuja como si quisiera
arrojar el cráneo al pasillo. Sus dedos se curvan y una larga uña roza la piel
tierna bajo un ojo. Él la suelta. El ojo casi arañado se entrecierra y le duele un
tendón del cuello.
—Vete —le ordena, su cara gruesa y desaliñada fea a la luz del pasillo.
Él cierra la puerta con un movimiento hacia atrás de la pierna.
—No me eches —le dice—. Tenía que abrazarte.
Ve en la oscuridad que está asustada; su forma grande y negra tiene esa
cavidad, que su instinto percibe como una lengua sondeando el alvéolo de una
muela extraída. El aire le dice que debe permanecer inmóvil. Sin motivo alguno
siente deseos de reír. El temor de la mujer y el conocimiento interno que él
posee son demasiado incongruentes. Sabe que es absolutamente inofensivo.
—Un abrazo, ¿eh? —replica ella—. Más bien ha sido un intento de
asesinato.
—He estado tan loco por ti durante toda la noche... Tenía que sacármelo de
encima.
—Ya, conozco muy bien tu manera de sacártelo de encima. Un chorrito y
listo.
—No será así —le promete.
—Será mejor que lo sea. Quiero que te vayas.
—No, eso no es cierto.
—Todos os creéis unos grandes amantes.
—Lo soy —le asegura—. Soy un amante.
Impulsado por el oleaje del alcohol y el semen agitado, avanza súbitamente
hacia ella, y aunque Ruth retrocede no lo hace con tanta rapidez como para que
él no pueda notar que la cavidad de su temor se cierra. A la luz de la calle ve
que la habitación donde se hallan es pequeña y está amueblada con dos sillones,
un sofá cama y una mesa. Ella pasa a la habitación contigua, algo mayor, con
una cama de matrimonio. La persiana está bajada a medias y la luz baja arranca
una sombra de cada protuberancia de la cama y la proyecta sobre la colcha.
—Bueno —dice ella—, puedes echarte ahí.
—¿Adónde vas? —le pregunta, al ver que tiene la mano en el pomo de la
puerta.
—Ahí dentro.
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John Updike
Corre, conejo
—¿Vas a desnudarte ahí?
—Sí.
—No lo hagas. Déjame desnudarte, por favor.
Su vehemencia le ha llevado hasta ella, y ahora le acaricia un brazo. Ella lo
aparta.
—Eres demasiado mandón, ¿no crees?
—Por favor, te lo ruego.
Ella le replica con voz exasperada:
—Tengo que ir al lavabo.
—Pero sal vestida.
—También tengo que hacer otra cosa.
—No lo hagas. Sé de qué se trata. Detesto esas cosas.
—Ni siquiera lo notarás.
—Pero sé que está ahí dentro, como un riñón de goma o algo por el estilo.
Ruth se echa a reír.
—Vaya, qué refinado eres. ¿Tienes tú entonces la solución?
—No, eso me gusta menos todavía.
—Mira, no sé a qué crees que te dan derecho tus quince dólares, pero he de
protegerme.
—Si vas a utilizar un montón de artefactos, devuélveme mis quince dólares.
Ella intenta apartarse, pero ahora él sujeta el brazo que antes acariciaba.
—Oye —le dice ella—, ¿crees que estamos casados o algo parecido para
ordenarme lo que se te antoje?
La ola transparente vuelve a romper contra él y, con una voz apenas
audible, le dice:
—Sí, casémonos.
Con tanta rapidez que los brazos de Ruth ni siquiera oscilan a sus costados,
se arrodilla a sus pies y le besa el dedo donde habría de ir el anillo. En esa
misma postura empieza a desabrochar las tiras de los zapatos de ella.
—¿Por qué las mujeres usáis tacones altos? —le pregunta mientras le alza el
pie, de modo que ella ha de agarrarle el pelo para mantenerse en equilibrio—.
¿No te hacen daño?
A través de la puerta abierta lanza el zapato, una malla pegajosa, a la
habitación contigua, y hace lo mismo con el otro. Las plantas apoyadas en el
suelo dan firmeza a sus piernas cuán largas son. Él le rodea los tobillos con las
manos y se los fricciona briosamente, entre los huesos y la sólida grasa circular
de las pantorrillas. Tiene un hábito nervioso de masajear.
—Vamos, hombre —le dice Ruth, con la voz ligeramente tensa por el temor
a caer. Él le inmoviliza las piernas con su peso—. Ve a la cama.
Él percibe la trampa.
—Ni hablar —le dice, y se levanta—. Vas a ponerte un platillo volante.
—No, no lo haré. Mira, tampoco te vas a enterar de si lo hago o no.
—Claro que me enteraré. Soy muy sensible.
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John Updike
Corre, conejo
—Dios mío... Bueno, en cualquier caso tengo que hacer pipí.
—Adelante, no me importa —dice él, pero no le permite cerrar la puerta del
baño.
Ruth se sienta como lo hacen las mujeres, recatadamente, la espalda recta y
el mentón hacia adentro. Con las rodillas enlazadas por las bragas extendidas,
aguarda por encima del chorro susurrante. En casa, Conejo y Janice han
intentado adiestrar a Nelson para que haga sus necesidades en el lavabo, y por
eso, ahora que está apoyado en el marco de la puerta, como un padre vigilante,
siente el ridículo impulso de alabar a Ruth por la pulcritud con que introduce
bajo el vestido su mano provista de un trozo de papel amarillo limón; se
dispone a levantarse y por un dulce instante la íntima y vulnerable mezcolanza
de medias, cintas, seda, pelo y carne suave queda expuesta.
—Buena chica —le dice, precediéndola al dormitorio.
A sus espaldas, las cañerías vibran y murmuran. Ella se mueve rígida y
tímida, desconcertada por los deseos de Conejo. Éste, tembloroso de nuevo y no
menos tímido, hace que ella se detenga al pie de la cama y busca el cierre del
vestido. Encuentra botones en la espalda que no puede desabrochar fácilmente;
intenta hacerlo con las manos invertidas.
—Deja, yo lo haré.
—No tengas tanta prisa. Lo haré yo. Tú tienes que disfrutar de esto, es tu
noche de bodas.
—Mira, creo que estás enfermo. Él le da la vuelta bruscamente y siente de
nuevo el intenso deseo de consolarla. Toca sus mejillas embadurnadas de
cosmético y, al mirar desde su altura los planos del rostro serio, cejijunto,
ensombrecido parece pequeña. Sus labios se posan en un párpado, suavemente,
intentan decir que esta noche no hay prisa, trata de escuchar a través de ellos la
tenue pulsación en la piel. Con minuciosa imparcialidad, temeroso de que a ella
le parezca cómico, le besa también el otro ojo. Entonces, excitado por su propia
ternura, su apremio se derrama, su boca recorre el rostro femenino,
mordisqueando, lamiendo, haciéndole cosquillas, y ella se ríe y retrocede. Él
vuelve a abrazarla, se agacha y aplica los dientes en la cálida cavidad al lado de
la garganta. Esta amenaza de mordedura pone en tensión a Ruth, la cual le
empuja los hombros, pero él se aferra ahí, sus dientes expuestos en una
exclamación silenciosa, gritando contra la sofocante garganta de la mujer que
no es su cuerpo lo que quiere, no es la máquina, sino a ella, a ella.
Aunque no median palabras, ella escucha este grito y dice:
—No intentes demostrar conmigo que eres un amante. Limítate a correrte y
márchate.
—Eres tan astuta... —dice él, y alza el brazo para pegarle, pero se refrena y
le propone—: Pégame. Vamos. Quieres hacerlo, ¿no es cierto? Pégame en serio.
—Dios mío, esto va a durar toda la noche —se queja ella. Hace un esfuerzo
para levantar el brazo que le cuelga fláccido en el costado y lo descarga contra
él, pero de manera que los cinco dedos doblados entren en contacto con la
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John Updike
Corre, conejo
mejilla sin hacer ningún daño—. Esto es lo que la pobre Maggie tiene que hacer
por ese viejo cabrón amigo tuyo.
—No hablemos de ellos —le ruega Harry.
—Malditos hombres —prosigue ella—. O bien quieren herir a alguien o que
les hieran.
—Y o no soy así, te lo aseguro. Ni una cosa ni la otra.
—Pues entonces desnúdame de una vez y déjate de idioteces.
Él suspira a través de la nariz.
—Eres muy amable.
—Si te he molestado, lo siento —dice ella. Hay en voz un leve dejo metálico
de repliegue, como si lo sintiera de veras.
—No te creo —replica Conejo, y va al grano: se agacha y le coge el borde
del vestido.
Sus ojos ya están lo bastante habituados a la oscuridad para distinguir el
color verde de la tela. Lo sube a lo largo de su cuerpo, ella levanta los brazos y
su cabeza queda atascada brevemente en el orificio del cuello. La agita airada,
como un perro con una piltrafa en la boca, y el vestido liberado sigue subiendo,
pasa rozando sus brazos y termina en las manos de Conejo, colgante y con un
resto de calor humano. Lo lanza hacia una silla que vislumbra en un rincón.
—Dios mío, qué hermosa eres... —le dice.
Enfundada en su combinación plateada, Ruth parece un fantasma. El paso
del vestido por la cabeza le ha soltado el pelo. Ladea el rostro serio mientras se
quita rápidamente las horquillas y cae una cascada de cabello ondulado. En
combinación, todas las mujeres parecen novias.
—Sí, la hermosura de la obesidad —replica.
—No, lo digo en serio —y antes de que ella pueda reaccionar se le acerca, la
coge en brazos, parece un inmenso terrón de azúcar dentro de esa prenda con
textura de cedazo, la lleva a la cama y la acuesta—. Eres preciosa.
—Me has cogido en brazos —dice ella—. Ahora estarás fuera de combate.
La áspera luz directa incide en su rostro y deja a oscuras los pliegues del
cuello.
—¿Bajo la persiana?
—Sí, por favor. El panorama es deprimente.
Él se acerca a la ventana y se inclina para ver a qué se refiere Ruth. No hay
más que una iglesia al otro lado de la calle gris, solemne y confiada. Han dejado
encendidas las luces detrás del rosetón, y ese círculo rojo, violeta y dorado
parece en la noche urbana un agujero abierto en la realidad para mostrar la
brillantez abstracta que arde debajo. Conejo agradece a los constructores ese
adorno y se siente culpable cuando baja la persiana y lo oculta. Se vuelve con
rapidez. Los ojos de Ruth le contemplan desde las sombras que también
parecen brechas en una superficie.
En la curva de su cadera se apoya una medialuna de plata. La percepción
que él tiene del peso de Ruth parece transmutarse en un aroma.
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John Updike
Corre, conejo
—¿Y ahora qué? —Se quita la chaqueta y la arroja. Le encanta tirar las
cosas, la manera en que la tela volante le coloca en el centro de una desnudez
progresiva—. ¿Las medias?
—Son delicadas. No quiero que me hagas una carrera.
—Entonces quítatelas tú misma.
Sentada, con la impaciencia y la destreza de un gato, se libera de una red de
elástico, seda y algodón. Cuando se ha quitado las medias y, una vez enrolladas
con esmero, las ha depositado al pie de la cama, se tiende inesperadamente y
arquea la espalda para quitarse el portaligas y las bragas. De la misma manera
inesperada, él inclina el rostro hacia el bosquecillo con fragancia de especias.
Está al margen de toda dimensión, en una tierra oscura, y una mujer completa y
tierna parece hallarse a unos centímetros de distancia, a la vuelta de una especie
de esquina. Cuando se endereza, arrodillado junto al lecho, Ruth bajo sus ojos
es un continente increíble, y su combinación subida, un norte nevado.
—Tanto... —susurra él.
—Demasiado.
—No, escucha, eres estupenda.
Desliza una mano detrás de su cuello cálido y resguardado, la incorpora y
desliza la combinación por la cabeza. La prenda sale con la facilidad de un
líquido: cuando una mujer quiere que la desnuden, las ropas se desprenden de
ella casi por sí solas. El frío hueco que su mano encuentra en la región lumbar
se mezcla en su mente con las sombras bajas de la franja de piel que desciende
desde las clavículas, y besa esa extensión. Allí donde la piel es más blanca está
más fría. Su mentón duro choca con el duro sujetador. «Eh, déjame», susurra
cuando Ruth dobla un brazo para desabrocharlo. Se coloca detrás de Ruth, y
ella se sienta en la cama con las gruesas piernas dobladas lateralmente y la
espalda simétrica como un gran jarrón. No es fácil desprender las diminutas y
deslustradas presillas, y junta los omóplatos. La dura tira se abre con un
chasquido. Su espalda se ensancha y torna convexa mientras encoge los
hombros para quitarse los tirantes. Al tiempo que un brazo lanza el sostén al
pie de la cama, el otro, al lado de Conejo, le cubre el pecho para que él no lo vea.
Pero lo ve: un rápido vislumbre de su volumen con la protuberancia del pezón.
Conejo se aparta para sentarse en el ángulo de la cama y se recrea en la
contemplación de su figura. Ella sigue ocultando con el brazo el seno
descubierto y alza la mano para cubrir el otro. Un anillo destella. Su recato
agrada a Conejo, es una muestra de que siente algo. El brazo recto sostiene su
peso, su vientre es un estanque de sombra que ahonda hacia un negro eclipsado
por la ondulación interior de los muslos. La luz incide en su lado derecho
mientras su cuerpo gira en silencio. La rigidez es su única defensa contra la
mirada de Harry, y mantiene la pose hasta que los ecos de la blancura hacen
que le escuezan los ojos al hombre. Cuando la voz parte de la forma femenina
inmóvil, él se sobresalta.
—¿A qué esperas?
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John Updike
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Todavía está vestido, lleva incluso la corbata. Mientras dobla los pantalones
en el respaldo de una silla y los alisa para que se mantenga la raya, ella se
desliza bajo las sábanas. Conejo, de pie en ropa interior, inquiere:
—¿Ahora no llevas nada encima?
—No me lo permitirías.
Él recuerda el destello.
—Dame tu anillo.
Su mano derecha sale de entre las sábanas y él le quita cuidadosamente un
grueso anillo de latón, de esos que te dan al graduarte en la escuela. Al soltarle
la mano, ella roza la distorsionada parte delantera de sus calzoncillos.
Se queda mirándola pensativo. Las sábanas le llegan a la garganta y el
pálido brazo extendido sobre la colcha tiene una ligera ondulación de serpiente.
—¿No hay nada más? —pegunta él.
—Estoy en cueros. Anda, ven.
—¿Me deseas?
—No te hagas ilusiones. Quiero acabar con esto dé una vez.
—Tienes esa costra de maquillaje en la cara.
—¡Por Dios! ¡Mira que llegas a ser insultante!
—Es que te quiero demasiado. ¿Dónde hay un trapo para limpiarla?
—¡No quiero que me limpies mi condenada cara!
Conejo entra en el baño, enciende la luz, encuentra un paño para la cara y
lo pone bajo el grifo de agua caliente. Lo escurre y apaga la luz. Cuando regresa
a la habitación Ruth se ríe desde la cama.
—¿Qué es tan gracioso? —le pregunta.
—La verdad es que con esa ropa interior pareces un conejo. Creía que sólo
los niños llevaban esa clase de calzoncillos elásticos.
Él mira su camiseta y los calzoncillos ceñidos, complacido y aún más
excitado. Su apodo en los labios de la mujer le produce la sensación de un
contacto físico. Para ella es un hombre especial. Cuando le aplica el paño
húmedo a la cara, ésta se pone tensa y se retuerce ofreciendo resistencia, como
la de Nelson, lo cual él contrarresta con un método práctico paterno. Le limpia
la frente, le pinza la nariz con los dedos, le frota las mejillas y, finalmente,
mientras todo su cuerpo protesta contorsionándose, le restriega los labios,
fragmentando y ahogando sus palabras. Cuando por fin deja que las manos de
Ruth se salgan con la suya y levanta el paño, ella le mira fijamente, no dice nada
y cierra los ojos.
Al arrodillarse junto a la cama para cogerle la cara, presiona el núcleo
sensible de su amor contra el borde del colchón y ahora, involuntariamente, se
derrama un poco, como nata que rebosa el cuello de la botella forzada por la
congelación de la leche. Se retira, evitando el contacto, y la tímida serie de
brincos, desconcertada, late lentamente hasta detenerse. Se levanta y lleva el
paño al rostro, como si llorase. Se acerca al pie de la cama, lanza el paño hacia el
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John Updike
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cuarto de baño, se quita la ropa interior, tambaleándose un poco, y corre a
esconderse en la cama. El largo espacio oscuro entre las sábanas le engulle.
Le hace el amor como se lo haría a su mujer. Después de su matrimonio y
de que sus nervios perdieran aquella finura que tenían, Janice necesitaba que la
engatusara, y él empezaba por frotarle la espalda. Ruth le obedece
cautelosamente cuando Conejo le pide que se tienda boca abajo. Para prestar
fuerza a sus manos, se sienta sobre sus nalgas y carga su peso en los brazos
rígidos hasta las palmas y los pulgares que friccionan los amplios músculos y
los numerosos huesos del territorio espinal. Ella suspira y mueve la cabeza
sobre la almohada.
—Deberías trabajar en unos baños turcos —le dice.
Él le aborda el cuello, lo rodea con los dedos que avanzan hacia la garganta,
donde las columnas de sangre ceden como cañas, y le fricciona los hombros con
las puntas de los pulgares, mientras las de los otros dedos rozan los satinados
bordes superiores de sus senos aplastados. Vuelve a su espalda, hasta que le
duelen las muñecas, y desmonta a su sirena fatigado de veras, cae como presa
de un hechizo marino para hacerle dormir. Tira de las ropas de cama hasta que
les cubren la mitad de la cara.
Janice recelaba de los ojos de Conejo, y así Ruth se calienta en la oscuridad
que él ha impuesto. Mantiene los párpados cerrados aunque ella se arquea
ansiosamente contra su cuerpo. Su mano le busca y le orienta con firmeza hacia
un contacto que sus ojos cerrados perciben como rojo. La visión es azul cuando
la mano femenina le abre la boca y le inclina la cabeza hacia su pecho
voluminoso. Encantadoras y bamboleantes burbujas pesadas, con perfume
entre una y otra. Un sabor salobre y agrio vuelve a él remolineando con su
propia saliva. Ella gira un poco más, le da la espalda y acuna su trasero en el
estómago y los muslos de Conejo. Penetran en un espacio de indolencia. Él
desea que el tiempo se estire, que aumente su longitud y disminuya su espesor.
La acaricia entre las piernas con las puntas de los dedos. Ella echa atrás un pie y
él le coge el talón. Juntos profundizan en ese espacio, y él se impacienta porque,
a pesar de sus contorsiones, sus cuerpos continúan separados. Ahora que la
considera tan amiga suya, no puede ser demasiado atrevido en su búsqueda.
Por doquier tropiezan con un muro. Al cuerpo le falta voz para entonar su
propia canción. La impaciencia disminuye. Ella flota en la corriente de su
sangre mientras bajo sus párpados siente un olor salobre, una presión húmeda,
una sensación de pequeñez cuando el cuerpo de Ruth se contorsiona
frenéticamente en sus manos, su respiración, el crujido de los muelles del
somier, golpes accidentales y el dolor en la reseca raíz de su lengua... cada una
de estas cosas tiene su propio color.
Un suave codazo penetra en su morbidez.
—¿Ahora? —le pregunta Ruth con voz ronca.
Presa de una especie de náusea, él se arrodilla entre sus piernas abiertas.
Con la ayuda de Ruth, sus ciegos ijares encajan. Hay algo triste en el
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John Updike
Corre, conejo
apresamiento, y se intensifica. Harry se sostiene por encima de ella con los
brazos apoyados en la cama, temeroso, porque eso es lo que ha decepcionado a
Janice con mayor frecuencia, de eyacular demasiado pronto. Sin embargo, con
la cantidad de alcohol que corre por sus venas, o el inicio de eyaculación hace
un momento, su amor tarda en estallar dentro de la cálida entraña de Ruth.
Oculta el rostro al lado de su garganta, en la fragancia herbal de su pelo. Ella le
rodea con sus brazos, le aprieta contra su cuerpo, se alza sobre él. A partir de
sus hombros altos y suaves, Ruth es sólo un largo bajo vientre erguido en la luz
por encima de él.
—¡Eh! —le dice Conejo en voz baja y tono elogioso.
—Eh —responde ella.
—Eres preciosa.
—Venga, muévete.
Vejado, no se limita a embestirla, sino que coloca una mano bajo su
mandíbula y le empuja la cara, de modo que los dedos se deslizan dentro de su
boca y su garganta resbaladiza se tensa. Como debilitada por esta ira, Ruth se
desploma y le arrastra consigo, y él vuelve a yacer encima de ella, las pieles
húmedas de sus torsos adheridas. La mano de Ruth desciende y toca la mezcla
de sus vellos púbicos, algo agudo rasga su respiración. Abre los muslos, los
cierra sobre los flancos masculinos y vuelve a abrirlos tanto que él se asusta al
ver que quiere lo imposible, volverse del revés. Los músculos, labios y huesos
de su parte oculta expandida presionan a Harry como una nueva anatomía, de
otro animal. Ella se siente transparente, él ve su corazón. Ella le interrumpe, se
hunde en el lecho, y en los pliegues de su languidez reviven el amor y el orgullo
de Harry. Así pues, ella es la primera en experimentar la culminación del placer
y espera a que él lo haga, mientras con una temblorosa y extrema ternura Harry
recorre una y otra vez el arco de una de sus cejas con el pulgar. El mar de
simientes masculinas se encrespa y penetra sollozante en un canal inmóvil. A
cada estremecimiento, la boca de Ruth sonríe en la suya y las piernas,
entrelazadas en su espalda, le hacen bajar por fuerza.
Poco después ella le pregunta:
—¿Satisfecho?
—Eres preciosa.
Ruth desenlaza las piernas y le aparta de ella como si fuera un montón de
arena. Él la mira a la cara y cree ver en las sombras que la cruzan una triste
expresión de indulgencia, como si supiera que en el momento de la liberación,
la raíz del amor, él la ha traicionado al experimentar desesperanza. La
naturaleza le conduce a uno como una madre y en cuanto obtiene su pequeña
recompensa le deja sin nada. El aire enfría el sudor en su piel. Sube las mantas
que estaban amontonadas a los pies de Ruth.
—Lo has hecho de maravilla —dice Conejo apáticamente desde la
almohada, y toca su suave costado. La piel de Ruth está todavía empapada por
el acto, que en ella menguaba más lentamente.
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John Updike
Corre, conejo
—Me había olvidado —le dice ella.
—¿De qué?
—De que yo también puedo sentirlo.
—¿Cómo es?
—Pues... como una caída.
—¿Y dónde caes?
—En ninguna parte. No puedo hablar de eso.
La besa en los labios; ella no tiene la culpa. Ruth lo acepta lánguidamente y
luego, en un súbito acceso de afecto, su lengua se mueve ligeramente contra el
mentón de Conejo.
Él le rodea la cintura con el brazo y se acurruca contra su cuerpo para
dormir.
—Eh, tengo que levantarme.
—Quédate.
—He de ir al baño.
—No. —La sujeta con más fuerza.
—Será mejor que no me impidas levantarme, chico.
—No me asustes —murmura él, arrimándose todavía más a ella.
Su muslo se desliza sobre el de Ruth, representación viva de lo pesado
sobre lo cálido. Es extraordinaria la manera en que las mujeres pueden
acompañarle a uno. ¡Ah qué manera! Cuando Ruth montó en él como la corola
de un gran lirio azul que se hubiera dejado caer sobre la lenta cabeza de su
miembro... Podría haberla lastimado al empujarle la mandíbula. Vuelve a
despertarse lo suficiente para notar la sequedad de su aliento a través de los
labios colgantes, cuando ella se libera de la pierna y el brazo con que la
inmovilizaba.
—Dame un vaso de agua —le pide Conejo.
Ella está junto al borde de la cama, abotagada en su desnudez, y se dirige al
baño para cumplir con su deber. Eso es algo que le repele de las mujeres, que se
manoseen como un sobre usado. Tubos dentro de tubos, eliminar la suciedad
del hombre... Es insultante, de veras. Los grifos lloran. Cuanto más despierto
está, más deprimido se siente. Desde la hondura de la almohada contempla la
franja horizontal de vidrio coloreado del rosetón de la iglesia, visible bajo la
persiana de la ventana. Su brillo infantil parece la única clase de consuelo que le
queda.
La luz que se filtra por los intersticios de la puerta cerrada del baño tiñe la
atmósfera del dormitorio. Los sonidos del agua son como los que sus padres
hacían cuando de niño Conejo despertaba y se daba cuenta de que habían
subido a su habitación, que pronto la casa entera estaría sumida en la oscuridad
y la luz de la mañana sería su próxima sensación. Está dormido cuando, como
un fauno a la luz de la luna, Ruth regresa a su lado con un vaso de agua en la
mano.
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John Updike
Corre, conejo
Mientras duerme tiene un sueño muy intenso. Con sus padres y algunas
personas más, está sentado a la mesa de la cocina. Es la cocina antigua. Una
niña extiende un brazo muy largo en el que luce un pesado brazalete y gira una
manivela de la nevera de madera. El aire frío envuelve Conejo. La muchacha ha
abierto la puerta de la cueva cuadrada donde reposa el pastel helado, y ahí está,
a unos centímetros de los ojos de Harry, asimétrico porque una parte se ha
derretido, pero todavía grande, conservando en su masa de color negro
metálico la partición blanca que tienen los pasteles cuando bajan traqueteando
por la rampa en la fábrica de helados. Se inclina, acercándose más al frío hálito
del hielo, una frialdad con olor a hojalata que él asocia al metal del que están
hechas las paredes de la cueva y las estrías del suelo, de un delicado gris de
rinoceronte, moteado por la misma enfermedad que padece el linóleo. Al
acercarse más, observa que bajo la piel acuosa hay centenares de venas blancas,
como los capilares de una hoja, como si también el hielo estuviera hecho de
células vivas, y más adentro, tan espectral que sólo la ve en último lugar, se
cierne una nube de contorno quebrado, puntiagudo, la estrella de una explosión
cuyo centro es incierto debido a la refracción pero cuyos brazos se alejan del
pálido núcleo tan rectos como largas marcas de goma de borrar, diagonalmente
en todos los planos del cubo. Las oxidadas nervaduras sobre las que descansa el
pastel se mueven ante sus ojos como los dientes de una boca sonriente. El
miedo hace presa en él: ese frío receptáculo está vivo.
—Cierra la puerta —le ordena su madre.
—Yo no la he abierto.
—Ya lo sé.
—Lo ha hecho ella.
—Lo sé. Mi niño bueno no haría daño a nadie.
La niña juguetea con un trozo de comida y la madre, con una autoridad
terrible, se vuelve hacia ella y la riñe. La amonestación se prolonga
insensatamente, es una repetición constante de lo mismo, un bombeo continuo
de palabras, como una profunda hemorragia interna. También él se desangra, y
la pena que siente por la niña le distiende el rostro hasta que lo nota como un
enorme plato blanco.
—Tart no sabe comer como es debido, parece un bebé —dice la madre.
—Eh, eh, eh —grita Conejo, y se levanta para defender a su hermana.
La madre retrocede, mofándose de él. Están en el estrecho espacio entre las
dos casas, solos él y la niña: es Janice Springer. Él intenta explicarle el
comportamiento de su madre. Janice, sumisa, le mira fijamente el hombro.
Cuando él la rodea con sus brazos se da cuenta de que la muchacha tiene los
ojos inyectados en sangre. Aunque sus caras no están juntas, él nota su
respiración, agitada por el llanto. Han salido y están detrás del Salón Recreativo
Mount Judge, ahí detrás, donde hay hierbajos y la tierra está pisoteada y tiene
clavados fragmentos de botellas rotas. A través de la pared les llega la música
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John Updike
Corre, conejo
de los altavoces. Janice lleva un vestido de baile de color rosa, y está llorando.
Él, con el alma aterida, sigue hablando de su madre, le dice que sólo le reñía a
él, pero la niña sigue llorando y, horrorizado, ve cómo su cara empieza a
deslizarse, la piel se separa lentamente del hueso, pero debajo no hay hueso
sino más sustancia que se derrite. Él ahueca las manos debajo con la idea de
recogerla y volverla a juntar. Mientras la sustancia gotea en sus palmas, su
propio grito hace que el aire se vuelva blanco.
El blanco es luz. La almohada brilla contra sus ojos y la luz del sol proyecta
las manchas de los cristales de la ventana sobre la persiana bajada. La mujer
está acurrucada bajo las mantas, entre él y la ventana. La luz del sol incide en su
cabello y rocía la almohada de rojo, marrón, dorado, blanco y negro. Sonriendo
aliviado, él se incorpora sobre un codo y besa la carnosa mejilla laxa,
admirando su tenaz textura porosa. Bajo la leve luz rosada constata la
imperfección con que le restregó el rostro en la oscuridad. Vuelve a la posición
en que dormía, pero ha dormido demasiado en las últimas horas. Como si
buscara la entrada a otro sueño, extiende el brazo hacia el cuerpo desnudo de la
mujer y desliza la mano arriba y abajo, por las amplias laderas, calientes todavía
como un pastel recién salido del horno. Ella le da la espalda y Conejo no puede
verle los ojos. No sabe que está despierta hasta que ella suspira profundamente,
se estira y se vuelve hacia él.
Entonces vuelven a hacer el amor, con la luz matinal, las bocas pastosas, los
senos de la mujer flotando levemente en su protuberante caja torácica. Sus
pezones son capullos marrones hundidos, su cabellera una espuma de metal
teñido. Casi está demasiado desnuda. El placer que Conejo experimenta parece
trivial con relación a la riqueza de piel brillante, y se pregunta si ella finge. Ruth
le asegura que no: esta vez ha sido distinto, pero ha estado bien. Muy bien, de
veras. Él vuelve a deslizarse bajo las mantas mientras ella se viste lentamente.
Es curioso que se ponga el sujetador antes que las bragas. Cuando se las pone,
él tiene conciencia de sus piernas como miembros independientes, gruesas y
rosadas curvas líquidas que disminuyen hacia los tobillos. Al moverse, el reflejo
de cada una ilumina de rosa a la otra. Le halaga que ella le permita mirarla, es
como un refugio: se han vuelto domésticos.
Las campanas de la iglesia repican con estrépito. Conejo se coloca en el lado
de la cama que ocupaba ella para mirar a la gente endomingada que entra en la
iglesia de piedra caliza al otro lado de la calle, cuyo rosetón iluminado le sosegó
anoche y le hizo dormir. Ahora el rosetón está sin luz y sobre la iglesia, por
encima de Mount Judge, el sol fulgura en una fachada azul y proyecta la
sombra del campanario, un frío y grueso negativo en el que algunos hombres
con flores en las solapas permanecen de pie y chismorrean, mientras las ovejas
comunes del rebaño entran en el templo con las cabezas gachas. Pensar en que
esa gente ha tenido la audaz idea de abandonar sus hogares para ir ahí y rezar
le satisface y tranquiliza, le impulsa a cerrar los ojos e inclinar la cabeza con el
movimiento más ligero para que Ruth no se dé cuenta. Ayúdame, Jesús,
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John Updike
Corre, conejo
perdóname. Llévame por el buen camino. Bendice a Ruth, Janice, Nelson, mis padres, los
señores Springer y el bebé que aún no ha nacido. Perdona a Tothero y a todos los demás.
Amén.
Abre los ojos a la luz del día y comenta:
—Es una parroquia bastante grande.
—El domingo por la mañana... —replica ella—. Los domingos por la
mañana me dan ganas de vomitar.
—¿Por qué?
—Bah —se limita a decir, como si él conociera la respuesta. Tras pensar un
poco y verle allí mirando con interés por la ventana, añade—: Una vez tuve
aquí a un individuo que me despertó a las ocho en punto porque a las nueve y
media tenía que dar una clase en la escuela dominical.
—¿No crees en nada?
—No. ¿Acaso crees tú?
—Pues... sí, me parece que sí.
La aspereza de su voz, la seguridad con que habla sobresaltan a Conejo, y
se pregunta si le está mintiendo. Si así fuese, él estaría suspendido en medio de
ninguna parte, y esta idea le deprime, hace que su corazón se estremezca. Al
otro lado de la calle varias personas vestidas con sus mejores galas caminan por
la acera, ante la hilera de casas de ladrillo desgastado. ¿Están andando por el
aire? Sus ropas, se ponen sus mejores ropas: aturdido, se aferra a esta idea, le
parece una prueba visual del mundo invisible.
—Si eres creyente, ¿qué estás haciendo aquí? —le pregunta Ruth.
—¿Por qué no? ¿Es que te crees Satán o algo por el estilo?
Ella hace una pausa tras oír estas palabras, ahí de pie con el peine en la
mano, y luego se echa a reír.
—Bueno, adelante, si eso te hace feliz.
—¿Por qué no crees en nada? —insiste Conejo.
—Estás de guasa.
—No, no. ¿Es que nunca, aunque sólo sea por un segundo, nunca te parece
evidente?
—¿Te refieres a Dios? No. Me parece que lo contrario es evidente. Siempre.
—Pero si Dios no existe, ¿por qué existe todo lo demás?
—¿Por qué? No hay ninguna razón. Las cosas existen, simplemente.
Permanece de pie ante el espejo, y el peine, al tirar del pelo hacia atrás, le
alza el labio superior. Las mujeres siempre tienen ese aspecto en las películas.
—No siento eso con respecto a ti —le dice él—, que existes sin más.
—Oye, ¿por qué no te vistes en vez de seguir ahí acostado echándome un
sermón?
Esto, sumado al hecho de que ella se vuelve, el cabello remolineando, le
estimula. La idea de hacerlo mientras las iglesias están llenas de fieles le excita.
—No —dice Ruth. La verdad es que está un poco molesta. Le irrita que el
muchacho crea en Dios.
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John Updike
Corre, conejo
—¿Ahora no te gusto?
—¿Qué te importa eso?
—Sabes que sí me importa.
—Sal de mi cama.
—Supongo que te debo otros quince dólares. —Lo único que me debes es
largarte de aquí de una puñetera vez.
—¡Cómo! ¿Dejarte sola?
Lo dice al tiempo que, con una celeridad cómica, mientras ella sigue ahí de
pie, sobresaltada y rígida, salta de la cama, recoge algunas de sus prendas, entra
en el baño y cierra la puerta. Cuando sale, en ropa interior, le dice, todavía
bromeando: «Ya no te gusto», y se acerca cariacontecido a la silla en cuyo
respaldo están sus pantalones pulcramente doblados. Mientras estaba fuera de
la habitación, ella ha hecho la cama.
—Me gustas bastante —dice ella distraídamente, tirando del borde de la
colcha para alisarla.
—¿Bastante para qué?
—Bastante.
—¿Por qué te gusto?
—Porque eres más corpulento que yo. —Se acerca a la siguiente esquina y
tira de la colcha—. Es algo que me sacaba de quicio, eso de que las mujeres que
a todo el mundo les parecen tan monas conquisten a todos los hombres
corpulentos.
—Hay un motivo —replica él—. Como son tan grandes es más fácil
atraparlos.
Ella vuelve a reírse.
—Supongo que eso es cierto.
Él se pone los pantalones y se abrocha el cinturón.
—¿Qué más te gusta de mí?
Ruth le mira.
—¿Tengo que decírtelo?
—Dímelo.
—Me gustas porque no has abandonado. A tu estúpida manera, sigues
luchando.
A él le encanta escuchar esto, el placer gira a lo largo de sus nervios, le hace
sentirse inmenso, y sonríe. Pero es norteamericano y afirmar su modestia es
algo instintivo para él.
—La voluntad de esforzarse para triunfar —dice tratando de poner la boca
torcida. Ella le entiende.
—Ese pobre y viejo cabrón... Es un auténtico cabrón.
—Oye, te diré qué vamos a hacer —dice Conejo—. Saldré y en esa tienda
compraré algo para que hagas la comida.
—Vaya, te instalas aquí como en tu casa, ¿no?
—¿Por qué? ¿Acaso ibas a encontrarte con alguien?
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John Updike
Corre, conejo
—No, no tengo a nadie.
—Entonces no hablemos más. Anoche dijiste que te gustaba cocinar.
—Dije que lo hacía en otro tiempo.
—Bueno, si lo hacías puedes seguir haciéndolo. ¿Qué he de comprar?
—¿Cómo sabes que la tienda está abierta?
—¿No lo está? Seguro que sí. Esas tiendecitas hacen todo su negocio los
domingos. Los otros días, con la competencia de los supermercados...
Se acerca a la ventana y echa un vistazo a la esquina de la calle. En efecto, la
puerta de la tienda se abre y sale un hombre con un periódico.
—Tu camisa está sucia —dice ella a sus espaldas.
—Lo sé. —Se aparta de la luz que entra por la ventana—. Esta camisa es de
Tothero. Tengo que hacerme con algo de ropa. Pero de momento iré a comprar
comida. ¿Qué traigo?
—¿Qué te gusta? —le pregunta ella.
Sale del piso satisfecho. Lo bueno de esta mujer es su carácter bonachón. Lo
supo en cuanto la vio de pie al lado de los parquímetros. Lo notó en el plácido
aspecto de su abdomen. Tratando con mujeres, uno tropieza una y otra vez,
porque ellas quieren cosas diferentes, son de una raza distinta. O bien ceden,
como una planta, o raspan, como una piedra. En todo el mundo vegetal no hay
nada tan agradable como una mujer de buen corazón. El pavimento protesta
ruidosamente bajo sus pies mientras corre al colmado con su camisa sucia. ¿Qué
te gusta? La tiene a ella. Sabe que la tiene.
Regresa con ocho salchichas envueltas en celofán, un paquete de judías
congeladas, otro de patatas para freír también congeladas, una botella de leche,
un frasco de condimento, una hogaza de pan con pasas, un queso de bola
envuelto en celofán rojo y, encima de todo, un pastel de crema v azúcar moreno
de la marca Ma Sweitzer. Todo ello le ha costado dos dólares con cuarenta y
tres centavos. Cuando saca la comida de la bolsa en la cocina minúscula y
descolorida, Ruth comenta:
—Vaya, te gusta comer caprichos.
—Quería chuletas de cordero, pero ese hombre sólo tenía salchichas, salami
y latas de picadillo.
Mientras ella prepara la comida, Conejo deambula por la sala de estar y
encuentra una hilera de novelas de misterio en un estante bajo una mesa al lado
de una silla. El chico que ocupaba la litera al lado de la suya en Fort Hood leía
continuamente esa clase de novelas. Ruth ha abierto las ventanas, y ese
recuerdo de la tórrida Texas hace que el fresco aire de marzo parezca aún más
frío. La brisa agita las cortinas de Ruth, de sucia muselina adornada con motas
bordadas, su piel de gasa se infla suavemente y luego se inclina hacia Conejo;
éste sigue de pie, paralizado por un recuerdo más bello: su hogar cuando era
niño, los periódicos cuyas hojas, agitadas por la brisa de la tarde, baten el suelo,
los sonidos procedentes de la cocina, donde su madre friega los platos. Cuando
haya terminado ella los arreglará a todos, a papá, a él, a la pequeña Miriam,
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John Updike
Corre, conejo
para salir de paseo. Como la niña no anda todavía, el paseo será corto, tan sólo
recorrerán unas manzanas, quizás hasta la antigua cantera de grava, donde el
estanque helado en invierno, convertido con el deshielo en un lago poco
profundo, duplica la altura del risco de la cantera al reflejar sus rocas invertidas.
Pero sólo es agua. Avanzan un poco más por la orilla y desde este nuevo ángulo
el estanque refleja el sol, la ilusión de los peñascos invertidos se desvanece y el
agua bajo la luz es tan sólida como el hielo. Conejo aprieta con fuerza la mano
de la pequeña Mim.
—Oye —le dice a Ruth—. Tengo una idea estupenda. Vamos a dar un
paseo esta tarde.
—¡Pasear! Eso es lo que hago continuamente.
—Vayamos a lo alto de Mount Judge desde aquí.
—No recuerda haber subido nunca a la montaña desde el lado de Brewer.
De súbito se siente ilusionado, exaltado, y, al apartarse de las cortinas rígidas y
ladeadas por la brisa, las grandes campanas de la iglesia vuelven a repicar—. Sí,
hagamos eso —dice alzando la voz para que ella le oiga desde la cocina—, por
favor.
En la calle, la gente sale de la iglesia llevando distraídamente ramitas
verdes en los costados.
Cuando Ruth le sirve el almuerzo, Conejo comprueba que es mejor cocinera
que Janice. Se las ha ingeniado para hervir las salchichas sin que se partan.
Janice siempre las servía desgarradas, retorcidas, como si las hubieran
torturado. Ambos comen en una mesita con la superficie de porcelana, en la
cocina. Al contacto del tenedor con el plato, Harry recuerda su sueño, la fría
sensación del rostro de Janice derretido y cayendo en sus manos, y ese recuerdo
echa a perder el placer del primer bocado, convertido en una especie de horror.
—Está buenísimo —dice a pesar de esa sensación, sigue adelante
resueltamente y, a medida que come, recupera en parte su apetito.
El rostro de Ruth, sentada delante de él, recibe algo del pálido resplandor
de la mesa. Le brilla la piel de la ancha frente y las dos tachas al lado de la nariz
son como manchas dejadas por alguna sustancia derramada. Ella parece intuir
que ha dejado de ser atractiva y come obsequiosamente, a pequeños bocados
rápidos y modestos.
—Oye —dice Conejo.
—¿Qué?
—¿Sabes que todavía tengo el coche aparcado en la calle Cherry?
—No te preocupes. Los parquímetros no funcionan en domingo.
—Sí, pero funcionarán mañana.
—Véndelo.
—¿Cómo?
—Vende el coche, simplifica tu vida, hazte rico enseguida.
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John Updike
Corre, conejo
—No, quiero decir... Ah, claro, lo dices por ti. Mira, todavía me quedan
treinta dólares. ¿Qué te parece si te los doy? —Se lleva la mano al bolsillo
trasero del pantalón.
—No, no, no me refería a eso ni a nada en particular. No es más que una
idea que ha cruzado por mi gruesa cabeza.
Está azorada; el rubor le cubre el cuello de manchitas y él siente compasión
al pensar en lo bonita que le pareció la noche anterior.
Él se lo explica.
—Mira, el padre de mi mujer es vendedor de coches usados, y al casarnos
nos vendió ese coche con un descuento considerable. Así que, en cierto modo, el
coche es de ella y, además, como tiene el niño, creo que debería quedárselo. Por
otro lado, como has dicho, llevo una camisa sucia y debería ir en busca de mi
ropa, si es posible. He pensado que, después de comer, podríamos ir a mi casa,
con sigilo, para que no nos vean, dejar ahí el coche y recoger mi ropa.
—¿Y si ella estuviera dentro?
—No estará. Habrá ido a casa de su madre.
—Creo que te gustaría encontrártela en tu casa —dice Ruth.
Él lo piensa. Se imagina abriendo la puerta y encontrando a Janice sentada
en el sillón con un vaso vacío en la mano, mirando la televisión, y siente —
como un pequeño colapso en su interior, como un trozo de comida atascado en
su garganta y que por fin baja— el alivio de ver que su rostro no ha perdido ni
un ápice de su firmeza, que es su cara de siempre, tensa y estúpida.
—No, no me gustaría —le dice a Ruth—. Ella me da miedo.
—Es evidente —replica Ruth.
—Hay algo en ella que asusta —insiste—. Es una amenaza.
—¿Esa pobre esposa que has abandonado? Yo diría que tú eres la amenaza.
—No.
—Está bien. Crees que eres un conejo. —Lo dice en un tono vagamente
burlón y malhumorado, y él no acierta el motivo—. ¿Qué te propones hacer
cuando tengas la ropa? —le pregunta. Sin duda ha intuido que quiere mudarse
a su piso.
—Traerla aquí —admite Conejo. Ella aspira hondo pero no dice nada—.
Sólo por esta noche —le suplica—. No tienes ningún plan, ¿verdad?
—Quizá, no lo sé, probablemente no.
—Entonces decidido. Es magnífico. Te quiero, ¿sabes?
Ella se levanta para retirar los platos y se queda de pie, el pulgar sobre la
porcelana, mirando fijamente el centro de la mesa blanca. Mueve pesadamente
la cabeza.
—Eres un tipo de cuidado —le dice.
Frente a él su ancha pelvis, ceñida por una nudosa falda marrón, es sólida y
simétrica como la base de una potente columna. El corazón de Harry asciende
por esa fuerte columna y, embelesado al sentir cimentado de nuevo su amor por
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ella, pero sin atreverse a alzar la vista y enfrentarse a la expresión de su rostro,
le dice:
—No puedo evitarlo. Pero tú eres tan buena...
Se come tres porciones de pastel de crema, y cuando la besa en los pechos a
modo de despedida, una miga prendida en la comisura de sus labios se
desprende sobre el suéter de Ruth. La deja en la cocina fregando los platos. Su
coche está esperándole en Cherry Street, misteriosamente, en el fresco mediodía
de primavera. Es como si una habitación de una casa de su propiedad se
hubiera separado y escabullido hasta ese bordillo, y ahora que ha desaparecido
la marea de la noche se alzara allí reluciente en la arena, algo ladeada pero
indemne, dispuesta a partir con sólo girar una llave. Bajo las ropas arrugadas y
sucias, nota su cuerpo limpio, liviano y resonante: la sensación de quien se sabe
amado. El olor del coche le sugiere seguridad, olor a caucho, polvo y metal
pintado caliente bajo el sol, una vaina para el cuchillo que es él mismo. Cruza la
ciudad sumida en el aturdimiento del domingo, pasa ante las hileras de
tranquilas casas de ladrillo, los plácidos porches con barandillas de madera.
Rodea el gran flanco de Mount Judge, cuya vertiente al lado de la carretera está
cubierta por el verde amarillento de las hojas nuevas, mientras que a más altura
los árboles de hoja perenne forman un horizonte negro en el cielo. El paisaje ha
cambiado desde la última vez que pasó por aquí. Ayer por la mañana las largas
y delgadas nubes del alba cruzaban el cielo, y él, fatigado, se dirigía al centro de
la red, único lugar donde parecía existir una posibilidad de descanso. Ahora el
mediodía de otra jornada ha extinguido las nubes, y el cielo en el parabrisas
está vacío, es frío, y lo que Harry percibe es nada, la nada con ojos azules de
Ruth, la nada en que se resume la actividad de ella, según le ha dicho, la nada
en la que cree. El corazón de uno se eleva para siempre a través de ese cielo
vacío.
Su talante sereno se desmorona cuando emprende el descenso hacia las
casas familiares de Mount Judge. Cauto y nervioso, dobla por Jackson, sube por
Potter y Wilbur e intenta averiguar por alguna señal externa si hay alguien en
su apartamento. No ve ninguna luz reveladora, pero es natural a esta hora del
día. No hay ningún coche aparcado ante la casa. Rodea dos veces la manzana,
estirando el cuello por si ve un rostro en la ventana, cuyas hojas son altas y
opacas. Ruth se equivocaba: no quiere ver a Janice.
La mera posibilidad de verla le oprime tanto que cuando baja del coche el
sol brillante le golpea como un almohadazo. Cuando sube la escalera, los
escalones parecen graduar, refrenar paso a paso una irremediable tendencia de
su cuerpo, hinchado de temor, a elevarse. Llama a la puerta, preparándose para
echar a correr. Nadie le abre. Llama de nuevo, escucha y se saca la llave del
bolsillo.
Aunque el apartamento está desierto, la presencia de Janice es todavía tan
intensa que Conejo empieza a temblar. Al ver ese sillón de cara al televisor le
flaquean las rodillas. Los juguetes rotos de Nelson en el suelo le trastornan.
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John Updike
Corre, conejo
Todo cuanto hay dentro de su cráneo, la materia gris, los huesecillos del oído, el
aparato ocular, parece atropellarse y obstruir el conducto de su yo, sus senos
frontales se obturan, no sabe si a causa de un estornudo o de las lágrimas. La
sala de estar parece polvorienta. Las persianas siguen bajadas. Janice las bajaba
por la tarde para que la claridad no le estorbara cuando miraba la televisión.
Alguien ha hecho un poco de limpieza: han retirado sus ceniceros y su vaso
vacío. Conejo deja la llave de la puerta y del coche sobre la caja del televisor, de
metal pintado de marrón, imitando la madera. Cuando abre la puerta del
armario, el pomo golpea el borde del receptor. Algunas prendas de Janice han
desaparecido.
Tiene la intención de recoger su ropa, pero en vez de hacerlo da media
vuelta y se dirige a la cocina, tratando de determinar con exactitud la naturaleza
de lo que ha hecho. A la luz del sol que se filtra por la ventana ve la cama con
su depresión en el centro. Nunca fue una buena cama. Se la dieron los padres
de Janice. En el tocador hay varios de sus frascos, unas tijeras de manicura, un
carrete de hilo blanco, varios pasadores de latón para el pelo, un listín
telefónico, un reloj con números luminosos, una receta recortada de una revista
y nunca utilizada y un collar de cuentas de madera talladas en Java que él le
regaló en Navidad. Apoyado precariamente en la pared, el gran espejo oval que
se llevaron cuando los padres de ella instalaron un baño nuevo. Desde el
principio Harry se propuso fijar el espejo en la pared, detrás del tocador de
Janice, pero sólo llegó a comprar los tornillos. Un vaso en el alféizar de la
ventana, lleno hasta la mitad de agua pasada, con burbujas, arroja una franja
curva de sol diluido contra el espacio vacío donde debería estar fijado el espejo.
En la pared hay tres muescas alargadas, paralelas. ¿Con qué las han hecho y
cuándo? Más allá de la cama hecha se ve un triángulo blanco de suelo del baño,
y evoca en él los instantes después de que Janice se duchara, su trasero
enrojecido por el vapor, los brazos alzados alegremente para besarle, el pelo de
las axilas empapado. ¿Qué júbilo se apoderaba de ella, y luego de él,
espontáneamente?
En la cocina descubre algo que antes le había pasado inadvertido: las
chuletas de cerdo sin retirar de la sartén, frías como la muerte, sobre una capa
de grasa cuajada. Las echa en la bolsa de papel bajo el fregadero y raspa con
una espátula la grasa solidificada en la sartén. La bolsa, con el fondo manchado,
de un marrón oscuro, despide el olor dulzón de algo putrefacto que le
desconcierta. El cubo de la basura está abajo, en la parte trasera de la casa, y
Conejo no quiere hacer dos viajes. Prefiere olvidarse de esa bolsa. Llena el
fregadero de agua caliente y sumerge la sartén. El hálito del vapor es como un
susurro en una tumba.
Apremiado por el temor, se apresura a sacar de un cajón calzoncillos,
camisetas y calcetines, de otro tres camisas en sus bolsas de celofán con un
cartón azul y de un tercero unos pantalones planchados. Retira del armario sus
dos trajes y una camisa deportiva, y envuelve las prendas menudas con los
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Corre, conejo
trajes, haciendo así un bulto transportable. Esta actividad le hace sudar.
Sujetando la ropa entre los dos brazos y un muslo alzado, examina el
apartamento una vez más, y los muebles, la alfombra, el papel de la pared le
parecen recubiertos por la película de lobreguez que cubre también su rostro. El
aroma de una tarea torpe llena las habitaciones, y se alegra de salir. La puerta se
cierra tras él irrevocablemente. Ha dejado la llave en el interior.
Cepillo de dientes, navaja de afeitar, gemelos, zapatos. A cada paso
escaleras abajo recuerda algo que se ha dejado. Se apresura, baja a saltos, su
cabeza está a punto de chocar con la bombilla encendida que cuelga en el
extremo de un cable negro en el vestíbulo. Su nombre en el buzón parece
llamarle cuando pasa por delante, sus letras en tinta azul pueblan el aire como
un grito. Se siente ridículo al salir a la luz del sol con la cabeza gacha, como uno
de esos ladrones de los que hablan en las últimas páginas de los periódicos, que
en vez de robar dinero y plata se llevan una jofaina de porcelana, veinte rollos
de papel de pared o un bulto de ropas viejas.
—Buenas tardes, señor Angstrom.
Pasa una vecina, la señorita Arndt, que viene de la iglesia con un sombrero
azul lavanda, las manos cerradas alrededor de una rama de palma.
—Ah, hola. ¿Cómo está? —La mujer vive tres casas más arriba. Creen que
padece cáncer.
—Estoy de maravilla, joven, de maravilla —dice ella, y se queda ahí bajo el
sol, aturdida por el resplandor, los pies planos, inclinándose sin darse cuenta
hacia la pendiente del pavimento.
Pasa un coche verde con excesiva lentitud. La señorita Arndt cierra el paso
a Conejo, afablemente confusa, agradecida por alguna cosa, y en su mera
adherencia al pavimento parece una mosca que ha dejado de andar por el techo
para maravillarse de sí misma.
—¿Qué le parece este tiempo? —pregunta él.
—Me encanta, me encanta. El Domingo de Ramos siempre es azul, hace
que la savia me suba por las piernas.
Se ríe y él la imita. La mujer permanece como enraizada en el cemento
caliente en la sombra ligera entre dos arces jóvenes. Conejo está seguro de que
no sabe nada.
—Sí —le dice Conejo, pues ella tiene ahora la mirada fija en sus brazos—.
Estoy haciendo una limpieza general. —Mueve el bulto de ropa para aclarar sus
palabras.
—Magnífico —replica ella, con un gruñido que encierra un sarcasmo
sorprendente—. Desde luego, los maridos jóvenes tascáis bien el freno. —
Entonces se gira y exclama—: ¡Vaya, hay un clérigo ahí dentro!
El coche verde ha regresado, avanzando aún más lentamente por el centro
de la calle. Con una consternación que duplica el peso del bulto de ropa en sus
brazos, Conejo se da cuenta de que está inmovilizado. Abandona el porche y se
aparta de la señorita Arndt, diciéndole:
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John Updike
Corre, conejo
—Tengo que correr. —Sus palabras casi se solapan con la considerada
observación que ella acaba de hacer—. No es el reverendo Kruppenbach.
No, claro que no es Kruppenbach. Conejo sabe quién es, aunque no cómo
se llama. El episcopaliano. Los Springer eran episcopalianos, estaban a la misma
altura social que el viejo farsante, e inicialmente fueron protestantes. Conejo no
llega a correr, a cada paso el pavimento cuesta abajo sacude sus talones. No
puede ver el cemento bajo el bulto que transporta. Si pudiera llegar al callejón...
Su única esperanza es que el clérigo no esté seguro de que él sea quien busca.
Nota que el coche verde avanza lentamente tras él, piensa en arrojar el bulto y
echar a correr de veras. Si pudiera llegar a la vieja fábrica de helados... pero está
a una manzana de distancia. Piensa en Ruth, que habrá terminado de fregar los
platos, esperándole en el otro lado de la montaña. Azul más allá del azul bajo el
azul.
Como el morro de un tiburón forma silenciosos pliegues en el agua por la
que se desliza, así el parachoques del coche verde hace ondas en el aire que
rompen contra las pantorrillas de Conejo, y cuanto más rápido camina con tanta
más dureza rompen esas ondas. A sus espaldas, una voz infantilmente gangosa
le pregunta:
—Disculpe, por favor. ¿Es usted Harry Angstrom?
Con la abrumadora sensación de que está mintiendo, Conejo se vuelve y
dice casi en un susurro:
—Sí, soy yo.
El hombre joven y rubio, con el cuello cautivo por la argolla blanca del
alzacuello, deja que su vehículo se deslice en diagonal hasta el bordillo, pone el
freno de mano y desconecta el motor, aparcándolo torcido en el lado de la calle
donde no debe hacerlo. Resulta curiosa esa costumbre que tienen los clérigos de
hacer caso omiso de las leyes elementales. Conejo recuerda que el hijo de
Kruppenbach corría a toda velocidad por el pueblo en una motocicleta, lo cual
parecía en cierto modo blasfemo.
—Hola, soy Jack Eccles —le dice el clérigo, riendo sin motivo aparente al
pronunciar su apellido.
La barrita blanca de un cigarrillo sin encender que le cuelga de los labios
forma con el alzacuello a juego una cómica estampa en la ventanilla. Baja del
coche, un Buick del 58, de cuatro puertas y color verde oliva, y le tiende la
mano. Para estrechársela Conejo tiene que dejar el bulto de ropa en la franja de
hierba que hay entre el pavimento y el bordillo.
El apretón de manos de Eccles, vehemente, duro, producto de una larga
práctica, parece simbolizar para él un abrazo. Por un instante Conejo teme que
nunca le va a soltar. Se siente capturado, prevé explicaciones, azoramiento,
plegarias, reconciliaciones alzándose como muros húmedos. La desesperanza le
produce comezón en la piel. Percibe tenacidad en su captor.
El clérigo es de su edad o algo mayor y bastante más bajo, pero no menudo.
Se le nota una especie de musculosidad innecesaria bajo su chaqueta negra.
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Permanece en pie, inquieto, el pecho levemente ahuecado. Tiene unas cejas
largas y rojizas que forman un surco de preocupación sobre el puente de la
nariz, y un mantón breve, puntiagudo, pálido, resguardado bajo la boca. A
pesar de que parece contrariado, da la impresión de que es cordial y un poco
bobo.
—¿Adónde va? —le pregunta.
—¿Eh? A ninguna parte.
Le intriga el traje del hombre. Sólo finge ser negro, en realidad es azul, un
sobrio pero elegante y ligero azul de medianoche, mientras que su pequeño
chaleco, pechera o lo que sea es negro como un fogón. El esfuerzo para
mantener el cigarrillo entre los labios convierte la risa de Eccles en un bufido. Se
da una palmada en el pecho.
—¿Tiene una cerilla por casualidad?
—No, lo siento. He dejado de fumar.
—Es usted un hombre mejor que yo. —Hace una pausa, pensativa, y luego
mira a Harry con las cejas arqueadas, como sobresaltado. La distensión hace
que sus ojos grises parezcan redondos y claros como el cristal.
—¿Puedo llevarle en mi coche?
—No, por favor, no se moleste.
—Me gustaría hablar con usted.
—No me lo dirá en serio, ¿verdad?
—Sí, muy en serio.
—Bien, de acuerdo. —Conejo recoge el bulto de ropa, rodea el Buick y
ocupa el asiento del pasajero. El interior tiene ese olor dulzón y acre de plástico
de los coches nuevos; aspira hondo y el aire impregnado de ese aroma enfría su
temor—. ¿Se trata de Janice?
Eccles asiente, mirando por la luneta trasera mientras retrocede y se aleja
del bordillo. El labio superior le sobresale por encima del inferior, tiene
semicírculos violáceos de fatiga bajo los ojos. El domingo debe de ser el día más
duro para él.
—¿Cómo está ella? ¿Qué ha hecho?
—Hoy parece mucho más en sus cabales. Esta mañana ha venido a la
iglesia con su padre.
Avanzan calle abajo. Eccles no añade nada más y se limita a mirar por el
parabrisas, parpadeando. Conecta el encendedor en el tablero de instrumentos.
—Sabía que estaría con ellos —dice Conejo. Está un poco irritado porque el
clérigo no le echa ninguna reprimenda. No parece conocer su oficio.
El encendedor produce un chasquido. Eccles lo aplica a su cigarrillo, inhala
y parece volver a centrarse.
—Como es evidente, cuando usted llevaba media hora ausente telefoneó
para que su padre trajera el niño a casa. Creo que él la tranquilizó mucho,
diciéndole que probablemente se habría desviado por algún motivo. Ella
recordó que usted había llegado tarde a casa debido a un juego callejero, y
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John Updike
Corre, conejo
pensó que quizás había vuelto a eso. Creo que su padre incluso dio una vuelta
por el pueblo tratando de localizarle.
—¿Dónde estaba el viejo Springer?
—Ella no les llamó. No lo hizo hasta las dos de la madrugada, cuando
supongo que la pobrecilla había abandonado toda esperanza. —«Pobrecilla», en
sus labios, es una palabra desgastada.
—¿No les llamó hasta las dos? —pregunta Harry. La compasión se apodera
de él y sus manos aferran el bulto de ropa, como si consolara a Janice.
—Más o menos. Por entonces estaba en tal estado, bebida y fuera de sí, que
su madre me llamó.
—¿Por qué a usted?
—No lo sé —responde Eccles, riendo—. Es algo que suele hacer la gente y
resulta consolador, por lo menos para mí. Siempre había pensado que la señora
Springer me odiaba. Hacía meses que no iba a la iglesia. —Cuando se vuelve
hacia Conejo para ver el efecto de su broma, una leve punzada inquisitiva le
alza las cejas y abre a la fuerza su ancha boca.
—¿Eso fue alrededor de las dos de la madrugada?
—Entre las dos y las tres.
—Vaya, lo siento. No tenía intención de levantarle de la cama.
El clérigo menea la cabeza con expresión irritada.
—Eso no tiene ninguna importancia.
—En cualquier caso, lo lamento terriblemente.
—¿De veras? Resulta esperanzador. Dígame, ¿cuál es exactamente su plan?
—La verdad es que no tengo ninguno. Digamos que estoy tocando de oído.
La sonrisa de Eccles le sorprende. Se le ocurre que el clérigo es un experto
en esta clase de asuntos, hogares rotos, maridos que huyen, y que ha acertado al
decir eso de que «toca de oído». Se siente halagado. Eccles tiene el don de
hacerle sentir a uno así.
—La madre de usted tiene un punto de vista interesante. Cree que su huida
son imaginaciones mías y de su esposa. Dice que usted es demasiado bueno
para hacer semejante cosa.
—Veo que esto le ha tenido muy ocupado.
—Esto y un fallecimiento que ocurrió ayer.
—Vaya, lo siento.
Recorren las calles familiares a velocidad de paseo. Han dejado atrás la
fábrica de helados y doblado una esquina desde donde se domina la extensión
del valle.
—Ya que es tan amable de llevarme en su coche, podríamos ir a Brewer —
sugiere Conejo.
—¿No quiere que le lleve junto a su esposa?
—No, líbreme Dios... Eso no serviría de nada, ¿no le parece?
Durante largo rato parece como si el clérigo no le hubiera oído. Su rostro
aseado y con muestras de fatiga permanece inmóvil, los ojos atentos a la calle
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John Updike
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mientras el cochazo prosigue su recorrido con un ronroneo uniforme. Harry se
dispone a repetir sus palabras cuando Eccles replica:
—No serviría de nada si usted no lo desea.
De este modo tan sencillo el asunto parece zanjado. Bajan por Potter
Avenue hacia la carretera. En las calles soleadas sólo hay niños, algunos
vestidos todavía con la ropa que les ponen para ir a la escuela dominical, las
niñas con vestiditos acampanados de color rosa que no moldean ninguna
forma, cintas del pelo a juego con los calcetines.
—¿Qué ha hecho ella para que llegue a abandonarla? —pregunta Eccles.
—Me pidió que le comprara un paquete de tabaco. —Eccles no se ríe como
él esperaba, y parece considerar su respuesta como impúdica y fuera de lugar,
pero es cierto—. Es la pura verdad. Tuve la sensación de que mi vida se reducía
a eso, a traerle esto o aquello y poner remedio a sus continuos estropicios. No
sé, me pareció como si estuviera encerrado con un montón de juguetes rotos,
vasos vacíos, un televisor siempre encendido, obligado a comer tarde y sin
ninguna salida. Entonces, de repente, comprendí lo fácil que sería librarme de
todo eso, sólo tenía que cruzar la puerta y... lo fue, resultó facilísimo.
—Sí, lo ha sido durante menos de dos días.
—Bueno, supongo que he de contar con la ley...
—No, no me refiero a la ley. Su suegra pensó en eso de inmediato, pero su
esposa y el señor Springer están totalmente en contra, supongo que por motivos
diferentes. Su esposa casi parece paralizada, no quiere que nadie tome iniciativa
alguna.
—Pobre chica, es tan boba...
—¿Por qué está usted aquí?
—Porque usted ha dado conmigo.
—No, quiero decir por qué estaba delante de su casa.
—Fui a recoger ropa limpia.
—¿Significa tanto para usted la ropa limpia? ¿Por qué se aferra a esa
decencia si pisotear a los demás le resulta tan fácil?
Ahora Conejo percibe el peligro que encierra la conversación. Sus palabras
retornan a él, convertidas en pequeños anzuelos y trampas.
—También he venido para dejarle a ella el coche.
—¿Por qué? ¿No lo necesita para huir?
—Pensé que debería quedarse con él. Su padre nos lo vendió barato. En
cualquier caso, no me servía de nada.
—¿No? —Eccles apaga el cigarrillo en el cenicero del coche y busca otro en
el bolsillo de su chaqueta. Están rodeando la montaña, en el tramo más alto de
la carretera, donde la vertiente se alza demasiado escarpada en un lado y
desciende demasiado escarpada en el otro a fin de dejar espacio para una casa o
una estación de servicio. El río resplandece tenuemente allá abajo—. Mire, si yo
quisiera abandonar a mi esposa, cogería el coche y viajaría dos mil kilómetros.
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—Sus palabras brotan sosegadas por encima del alzacuello y casi parecen un
consejo.
—¡Eso es lo que hice! —exclama Conejo, encantado al descubrir que tienen
tanto en común—. Fui hasta Virginia Occidental y entonces me dije «Al diablo
con ello», y regresé.
No debe seguir soltando juramentos. Se pregunta por qué lo hace; quizá
para mantener la distancia entre ellos, pues siente un peligroso tirón que le
acerca a ese hombre vestido de negro.
—¿Puedo preguntarle por qué?
—No lo sé, por una combinación de cosas. Me parecía más seguro estar en
un lugar que conozco.
—¿No regresó para proteger a su esposa? —Conejo no sabe qué
responderle. Eccles prosigue—: Habla usted de esa sensación de chapuza y
estupidez. ¿Cómo cree que es la vida de otras parejas jóvenes? ¿En qué sentido
se considera excepcional?
—Usted no cree que haya alguna respuesta a esa pregunta, pero la hay. En
una época hice algo importante. Jugaba al baloncesto, era un jugador de
primera categoría. En serio. Y cuando se ha sido de primera clase en algo, lo que
sea, verse reducido a segunda clase deprime. Mi matrimonio con Janice era
irremediablemente de segunda clase.
El encendedor del salpicadero retrocede con un chasquido. Eccles lo utiliza
y vuelve a concentrarse en la conducción. Han llegado a las afueras de Brewer.
—¿Cree en Dios? —le pregunta el clérigo.
Como Conejo ha ensayado eso por la mañana, responde sin vacilar:
—Sí.
Eccles parpadea, sorprendido, pero no vuelve el rostro hacia él.
—¿Cree entonces que Dios desea que haga sufrir a su esposa?
—Permítame que le pregunte otra cosa. ¿Cree que Dios quiere que una
cascada sea un árbol?
Se da cuenta de que acaba de decir una ridiculez y le irrita que Eccles se
limite a engullirla con el humo de su cigarrillo. Comprende que, diga lo que
diga, el clérigo lo aceptará del mismo modo, pues su oficio consiste en escuchar.
Su cabeza grande y rubia parece rellena con la mezcolanza gris de los secretos
preciosos y las preguntas apasionadas de todo el mundo, una mezcolanza a la
que nada, a pesar de lo joven que es él, puede prestar color. Por primera vez el
clérigo desagrada a Conejo.
—No —replica Eccles después de pensarlo—, pero sin duda quiere que un
arbolito llegue a convertirse en un árbol grande.
—Si me está diciendo que no estoy maduro, no voy a llorar por eso, pues
por lo que puedo percibir, es tanto como estar muerto.
—También yo soy inmaduro —declara Eccles.
Estas palabras no convencen a Conejo y se apresta a dejar las cosas claras.
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—Mire, no voy a volver con esa idiota por mucha pena que le dé a usted.
Ignoro lo que siente, no lo sé desde hace años. Lo único que conozco es lo que
hay dentro de mí, eso es todo cuanto tengo. ¿Sabe qué hacía para mantener a
esa necia? ¡Demostraba el funcionamiento de un jodido cacharro de lata
llamado peladora MagiPeel en tiendas de mala muerte!
Eccles le mira y se ríe, las cejas enarcadas por la sorpresa.
—Claro, eso explica sus dotes de orador —comenta.
La befa aristocrática parece fundada, les pone a los dos en su lugar, Conejo
se siente menos desorientado.
—Oiga, ya puede dejarme aquí.
Están en Weiser Street, en dirección al gran girasol, apagado durante el día.
—¿No quiere que le lleve al lugar donde se aloja?
—No me alojo en ninguna parte.
—De acuerdo.
Con una pizca de irritación en su semblante juvenil, Eccles se desvía y se
detiene delante de una boca de incendios. Al frenar bruscamente algo hace
ruido en el portaequipajes.
—Este trasto se está haciendo pedazos —dice Conejo.
—Sólo son mis palos de golf.
—¿Juega usted?
—Muy mal, ¿y usted? —Parece animado; el cigarrillo olvidado se consume
entre sus dedos.
—De niño fui caddy.
—¿Podría invitarle a un partido?
Por fin: ahí está el anzuelo. Conejo baja del coche con su gran bulto de ropa
entre los brazos y, una vez en el bordillo, da un paso lateral, bufoneando en su
libertad.
—No tengo palos.
—Se pueden alquilar —sugiere Eccles—. Por favor, me encantaría. —Se
inclina sobre el asiento del pasajero para hablar a través de la portezuela—. Me
es muy difícil encontrar compañeros. Todo el mundo trabaja excepto yo. —Se
echa a reír.
Conejo sabe que debería emprender la huida, pero se resiste, pensando en
el partido y en que cuando a uno intentan darle caza está más seguro si ve al
cazador.
Eccles le apremia.
—Me temo que si no le veo pronto volverá a hacer demostraciones de esas
máquinas peladoras. ¿Qué le parece el martes a las dos? ¿Vengo a recogerle?
—No, yo iré a su casa.
—¿Me lo promete?
—Sí, pero no confíe en mis promesas.
—He de hacerlo.
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Eccles le da una dirección en Mount Judge y se despiden. Un viejo policía
camina por la acera ante las tiendas cerradas en domingo y les mira de soslayo.
¿Qué verá en ellos? Probablemente un sacerdote que se separa del presidente de
un Grupo Juvenil, el cual lleva un fardo de ropa para los pobres. Harry sonríe al
policía y se aleja por el pavimento centelleante, satisfecho de la curiosidad que
experimenta porque el mundo no puede hacerle nada.
Ruth le abre la puerta con una novela de misterio en la mano. Tiene los ojos
soñolientos a causa de la prolongada lectura. Se ha puesto otro suéter, su
cabello parece más oscuro. Conejo echa el fardo de ropa sobre la cama.
—¿Tienes perchas?
—Crees que te has ganado la palma, ¿eh?
—Te he ganado a ti y el sol y las estrellas.
Al estrecharle entre sus brazos tiene la sensación de que, en efecto, se ha
salido con la suya. La siente tibia y compacta bajo su abrazo, ni amistosa ni
hostil. Un tenue aroma de jabón llega a su olfato y la humedad le roza la
mandíbula. Ruth se ha lavado la cabeza y el cabello cae hacia atrás desde la
frente en hebras más oscuras y lisas, uniformemente estiradas por el peine.
Limpia, sí, es limpia, una mujer grande y limpia. Acerca la nariz a su cabeza
para aspirar el púdico y pungente aroma. La imagina desnuda en la ducha, el
pelo colgante y rezumando espuma, el cuello inclinado bajo el látigo del agua.
—Has florecido gracias a mí.
—Sí, eres un milagro —replica ella, y se aparta empujándole el pecho.
Mientras él cuelga pulcramente sus trajes, Ruth le pregunta—: ¿Le has devuelto
el coche a tu mujer?
—No había nadie en casa. Sólo entré un momento y al salir dejé la llave
dentro.
—¿Y no te vio nadie?
—Sí, tuve un encuentro. El clérigo episcopaliano me ha traído en su coche
hasta Brewer.
—Vaya, es evidente que eres religioso.
—Fue él quien vino en mi busca.
—¿Y qué te dijo?
—Poca cosa.
—¿Cómo es ese hombre?
—Un tipo bastante raro. Se ríe mucho.
—¿No será que tú le has hecho reír?
—Hemos quedado en vernos el martes para jugar al golf.
—Estás de guasa.
—No, en serio. Le dije que no sé jugar.
Ruth se ríe, largamente, como hacen las mujeres cuando uno las excita y se
avergüenzan de ello.
—Tú deliras, Conejo, ¿no es cierto? —le dice al fin, pero en tono cariñoso,
suspirando.
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—Te digo que él me encontró —insiste él, sabiendo que sus intentos de
explicación divertirán a Ruth por confusas razones—. Yo no hice nada.
—Pobrecillo mío, eres irresistible.
Con un alivio secreto y profundo, él se quita por fin las prendas sucias y se
pone ropa interior limpia, calcetines nuevos y unos pantalones. Se ha dejado la
navaja de afeitar en casa, pero Ruth tiene una pequeña y curva, femenina, para
depilarse las axilas, y Harry la usa. Elige una camisa deportiva de lana, pues en
las tardes de primavera refresca mucho, y vuelve a calzarse los zapatos de ante.
Ha olvidado coger otros zapatos.
—Vamos a dar ese paseo —le dice una vez vestido.
—Estoy leyendo —replica Ruth desde un sillón. El libro está abierto cerca
del final. Maneja esas novelas muy bien, sin agrietarles los lomos, aunque sólo
valen treinta y cinco centavos el ejemplar.
—Vamos, mujer. Salgamos a tomar el fresco.
Se acerca a ella e intenta arrebatarle de las manos la novela de misterio. Se
titula Las muertes en Oxford. ¿Cómo puede interesarse por unas muertes
ocurridas en Oxford cuando le tiene a él ahí, al magnífico Harry Angstrom?
—Espera —le suplica ella. Vuelve la página y lee unas frases mientras él
retira el libro lentamente, sus ojos moviéndose como una lanzadera, hasta que
de improviso deja que se lo lleve—. Qué abusón eres, Dios mío.
Harry pone entre las páginas una cerilla usada a modo de punto y mira los
pies descalzos de Ruth.
—¿No tienes unas zapatillas o algo por el estilo? No puedes ir con tacones
altos.
—No tengo nada, excepto sueño.
—Nos acostaremos temprano.
Ella le mira con los labios fruncidos. Tiene ese rasgo de vulgaridad: no
puede escuchar ciertas cosas sin demostrar que no se le escapa todo su sentido.
—Anda, ponte unos zapatos planos y saldremos para que se te seque el
pelo.
—Tendré que llevar zapatos de tacón.
Cuando baja la cabeza para calzarse, Harry sonríe al ver la raya blanca que
le divide el cabello, recta como la de una niña peinada para la fiesta de su
cumpleaños.
Se dirigen a la montaña a través del parque municipal. Aún no han
instalado las papeleras ni los bancos metálicos movibles. En los bancos de
cemento y tablas hay ancianos sentados que toman el sol y parecen ahuecados
como enormes palomas, vestidos con múltiples prendas grises equivalentes al
plumaje. Los árboles de hojas pequeñas cubren de sombra el terreno plantado a
medias. Estacas y cordones protegen los márgenes recién sembrados de los
senderos de grava sin rastrillar. La brisa, que sopla continuamente cuesta abajo
desde la plataforma con concha acústica para la banda de música, es fría donde
no llega el sol. Harry ha acertado al ponerse la camisa de lana. Las palomas,
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cuyas cabezas tienen un movimiento mecánico, se alzan sobre sus patitas
rosadas ante el peligro de los zapatos que se aproximan y vuelven a posarse,
zureando, a sus espaldas. Un vagabundo extiende un brazo húmedo a lo largo
del respaldo de su banco para que se seque, y de su rostro curtido por la
intemperie surge un delicado estornudo. Unos alborotadores que no tendrán
más de catorce años fuman e intercambian golpes amistosos cerca del cobertizo
cerrado que contiene el equipo de un pabellón de juegos, en cuyas tablas
amarillas alguien ha pintado con letras rojas tex y josie, rita y jay. ¿De dónde
habrán sacado la pintura roja? Harry coge a Ruth de la mano. El estanque
ornamental delante de la plataforma de música está seco, sus paredes
recubiertas de impurezas. Avanzan por un sendero paralelo a la curva de su
frío borde, que refleja el silencio de la concha acústica. Un tanque de la segunda
guerra mundial, convertido en un monumento, apunta su cañón vacío hacia las
lejanas pistas de tenis. No hay redes y las líneas están sin pintar.
Oscurece en la arboleda, los pabellones se deslizan cuesta abajo. Caminan
por la zona superior del parque, donde los delincuentes merodean por la noche,
esparciendo naipes marcados y envoltorios de caramelos. El inicio de las
escaleras está casi oculto por una maleza de grandes arbustos que los primeros
brotes tiñen de un ámbar mate. Hace mucho tiempo, cuando la gente tenía la
costumbre de hacer breves excursiones a pie, el municipio construyó unas
escaleras hasta el lado de la montaña donde se alza Brewer. Son de troncos de
dos metros de largo, embreados y con un relleno de tierra entre uno y otro. Más
tarde añadieron unos tubos de hierro para mantener en su sitio esos recios
escalones redondos y cubrieron con gravilla azulada la tierra apelmazada que
represan. La ascensión es difícil para Ruth. Conejo observa el esfuerzo de su
cuerpo para impulsar su peso y cómo se tuercen los tacones de sus zapatos. Su
espalda se tambalea y agita los brazos para mantener el equilibrio.
—Descálzate —le dice Conejo.
—¿Quieres que me destroce los pies? Eres un cabrón muy considerado.
—Entonces volvamos abajo.
—No, no, ya debemos de estar a medio camino.
—Aún falta mucho para llegar a la mitad. Descálzate. Esas piedrecitas
azules se acaban enseguida y luego no hay más que tierra aplastada.
—Con fragmentos de vidrio escondidos.
Pero más adelante se quita los zapatos. Sus blancos pies, sin medias, se
alzan ligeramente bajo los ojos de Harry. Vibra la piel amarillenta de los
talones. Bajo las gruesas pantorrillas los tobillos son delgados. En un gesto de
gratitud, él se descalza también, para compartir el dolor que Ruth experimenta.
La tierra pisoteada está lisa, pero los guijarros empotrados le punzan la piel con
la fuerza de su peso. Además, el suelo está frío.
—Uf —se queja él—. Aaay.
—Vamos, soldado —le dice Ruth—. Sé valiente.
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Descubren que es más fácil caminar sobre la hierba por los extremos de los
troncos. Durante un trecho las ramas de los árboles se proyectan y forman un
túnel. En otros lugares no hay obstáculos a sus espaldas y pueden mirar por
encima de los tejados de Brewer y ver el edificio de veinte pisos de los juzgados,
único rascacielos de la ciudad. Entre las ventanas superiores hay unas águilas
en relieve, de cemento armado, con las alas desplegadas. Al descender, dos
parejas de edad mediana, observadores de pájaros, abrigadas con bufandas a
cuadros, pasan por su lado. En cuanto se han perdido de vista detrás de la
nudosa rama de un roble, Conejo se pone de un brinco al lado de Ruth y la
besa, abraza su cuerpo acalorado y saborea la sal en el sudor de su rostro, que
no responde a su caricia. Ella está pensando en la tontería de esta ascensión, su
mente concentrada en llegar a la cima. Pero Harry piensa en sus pies de
muchacha de ciudad, blancos como el papel, descalzos sobre las piedras porque
así lo ha querido él, y su corazón, fatigado por el esfuerzo, se apena, y aferra el
fuerte cuerpo de la mujer con la debilidad que origina la pesadumbre. Un avión
cruza en lo alto, haciendo vibrar la atmósfera.
—Mi reina —le dice—, mi magnífico caballo.
—¿Tu qué?
—Mi caballo.
Cerca de la cumbre la ladera de la colina se empina hasta formar un
precipicio, y ahí los hombres modernos han construido unas escaleras de
cemento armado, con barandillas de hierro, que en tres tramos en forma de 2
conducen el aparcamiento asfaltado del hotel. Ruth y Conejo se ponen los
zapatos, suben las escaleras y contemplan la ciudad que se extiende
aplanándose lentamente a sus pies.
En el borde del precipicio hay una barandilla protectora. Harry agarra el
tubo blanco, calentado por el sol que ahora se hunde rápidamente en el cenit, y
mira directamente abajo, hacia las copas de los árboles. Recuerda que esa visión
le aterraba en su infancia, cuando solía preguntarse qué le ocurriría si saltaba:
¿moriría o le retendrían esas copas verdes, como las nubes de un sueño? En la
parte inferior de su visión el precipicio de piedra se alza hasta sus pies
escorzado, con la estrechez de un cuchillo; en la parte superior la vertiente de la
colina desciende, revelando senderillos, claros diseminados y los escalones por
los que han subido.
Ruth entrecierra los ojos, como si estuviera leyendo un libro, y su mirada
descansa en la ciudad. La firme silueta de su pómulo acariciado por el fino aire
de la altura permanece inmóvil. ¿Acaso se siente como una india? Ha dicho que
podría ser mexicana.
Ahora se pregunta por qué la ha traído aquí. ¿Qué quería ver? La ciudad se
extiende desde las hileras de casas de muñecas al lado del parque, a través de
un ancho y difuminado vientre de color rojo de maceta punteado de tejados
oscuros y centelleantes automóviles, y termina como un tono rosado en la
bruma que se cierne sobre el río lejano. Envueltos en ese vapor destellan los
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John Updike
Corre, conejo
depósitos de gas, y las aglomeraciones del extrarradio parecen pañuelos para el
cuello tendidos en la bruma. Pero la ciudad es enorme en el centro, y Harry
abre la boca como si quisiera que los labios de su alma percibieran el sabor de la
verdad de esa urbe, como si la verdad fuese un secreto diluido en tan pequeña
proporción que sólo la inmensidad pudiera proporcionarle un sabor
perceptible. El aire le seca la boca.
Ha habido en su jornada una perturbación religiosa: la burla de Ruth, el
parpadeo de Eccles... ¿Por qué te enseñan esas cosas si nadie cree en ellas?
Desde aquí parece evidente que, si esto es el suelo, ha de existir un techo, que el
espacio verdadero en el que vivimos es un espacio que tiende hacia arriba.
Alguien agoniza. En esta gran extensión de ladrillo alguien se está muriendo.
Esa idea no procede de ninguna parte, es un simple porcentaje. Alguien muere
en alguna casa, en esas calles, si no es en este mismo instante será en el
siguiente, y en ese pecho súbitamente pétreo Harry cree que está el corazón de
esa rosa abatida y postrada. Su mirada busca el lugar, esperando ver quizás el
alma renegrida por el cáncer de un anciano que asciende a través del azul como
un mono por una cuerda. Aguza el oído para escuchar el chasquido de la
liberación cuando la ilusión rojiza extendida a sus pies entregue esta realidad,
pero el silencio se abate contra él como una ráfaga de viento. Hileras de coches
que se mueven lentamente sin hacer ruido, un punto que sale de una puerta...
¿Qué está haciendo aquí, en medio del aire? ¿Por qué no está en su casa? El
temor le acomete.
—Abrázame —le ruega a Ruth.
Ella le obedece distraídamente, da un paso hacia él y balancea su cadera
contra la de Harry. Éste la abraza con más fuerza y se siente mejor. Allá abajo
Brewer parece calentarse a la luz del sol que declina: su vasto tejido rojo parece
alzarse del valle en el que está cóncavamente hundida, parece llenarse como un
pecho al respirar, Brewer, la madre de cien mil seres, refugio de amor, artefacto
ingenioso y luminoso. Entonces, súbitamente seguro de sí mismo, como un niño
amado que expresa una duda importuna, pregunta a Ruth:
—¿Has sido de veras una puta?
Le sorprende que ella se revuelva en su abrazo, separándose de él, y se
quede al lado de la barandilla en actitud amenazante. Entrecierra los ojos, la
forma de su mentón cambia. Nervioso, Harry repara en tres boy scouts que les
sonríen desde el otro lado del asfalto.
—¿Eres de veras un canalla? —replica ella.
Él se da cuenta de que ha de tener cuidado con lo que dice.
—En cierto modo —responde.
—Entonces no hay más que hablar.
Regresan a la ciudad en autobús.
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John Updike
Corre, conejo
En la tarde nublada del martes, Harry viaja en autobús a Mount Judge, en
cuya zona norte vive Eccles. Cruza su barrio sin ningún riesgo, se apea en
Spruce y echa a andar canturreando en voz alta «Estoy loca por Harry», no el
principio de la canción sino esa parte hacia el final en que la chica repite «estoy»
en voz cada vez más aguda.
Su sensación general es de equilibrio. Por espacio de dos días Ruth y él han
vivido de su dinero y todavía le quedan catorce dólares. Además, esta mañana,
cuando hurgaba en su tocador mientras ella estaba haciendo la compra, ha
descubierto que posee una sustanciosa cuenta corriente, con un saldo de más de
quinientos dólares a finales de febrero. Han ido una vez a la bolera y visto
cuatro películas: Gigi, Me enamoré de una bruja, El albergue de la sexta
felicidad y, por último, una película cómica. Él había visto tantas veces retazos
de esta última que tenía curiosidad por ver la película entera. Ha sido como
mirar un álbum fotográfico en el que casi la mitad de las caras son familiares.
La escena en la que el cohete atraviesa el tejado y el hombre sale corriendo con
la cafetera en la mano la conocía tan bien como su propia cara.
Ruth se ha revelado como una mujer muy divertida. Juega mal a los bolos:
se acercaba a la línea de lanzamiento moviendo los brazos como si chapoteara y
dejaba caer la bola, que golpeaba el parquet con un ruido sordo. Cuando fueron
a ver Gigi, cada vez que al altavoz estereofónico sonaba a sus espaldas, ella se
volvía y decía: «¡Chist!», como si algún espectador en la sala estuviera hablando
demasiado alto. Cada vez que el rostro de Ingrid Bergman aparecía en la
pantalla en El albergue de la sexta felicidad, ella se inclinaba hacia Conejo y le
preguntaba en un susurro: «¿Es de veras una puta?». A Harry le turbó ver que
Robert Donat tenía un aspecto terrible. Sabía que se estaba muriendo, e intentó
imaginar cómo sería saber que te queda poco tiempo de vida y seguir adelante
como si tal cosa, fingiendo que eres un mandarín. La noche anterior habían ido
a ver Me enamoré de una bruja, y el único comentario de Ruth a esa película
fue: «¿Por qué nunca vemos bongos por aquí?». Él no le dijo nada, pero en
aquel instante decidió que le compraría unos. Media hora antes, cuando
esperaban el autobús en Weiser Street, había visto un juego de bongos en el
escaparate de la tienda de instrumentos musicales Chords «n» Records.
Costaban diecinueve dólares con noventa y cinco centavos. Durante todo el
trayecto en el autobús marcó ritmos de bongos en sus rodillas.
—«Pues estoy loca por Harrrryy...»
El número 61 es un edificio grande de ladrillo con adornos de madera, un
pequeño porche que imita un templo griego y un tejado de pizarra que brilla
como las escamas de un pez enorme. En el jardín trasero una valla de tela
metálica rodea un columpio amarillo y un cajón de arena. Un cachorro ladra en
este redil cuando Harry sube por la acera. La hierba es de ese intenso verde
untuoso que promete lluvia, el color de la hierba en las fotografías en color. El
lugar parece demasiado alegre para ser el correcto. Conejo imagina que los
eclesiásticos habitan en castillos de tejas negras. Sin embargo, una pequeña
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John Updike
Corre, conejo
placa sobre el picaporte en forma de pez tiene grabada la palabra Rectoría.
Golpea dos veces con el pez y, tras esperar un rato, lo hace dos veces más. Abre
la puerta una mujer joven, de ojos verdes moteados.
—¿Qué ocurre? —le pregunta, y por su tono más bien parece decirle cómo
se atreve a molestar.
Cuando alza el rostro para adaptarlo a la altura del visitante, sus ojos se
agrandan y muestran una mayor porción de los blancos brillantes en los que
están abrochados sus iris de color musgo.
Harry tiene la absurda impresión inmediata de que él la domina, y siente
que le agrada. La nariz de la mujer es pequeña, irregular, está cubierta de pecas,
una nariz que parece pinzada, estrecha y pálida bajo las manchas de color
canela. Su piel es clara y satinada como la de una niña. Lleva unos pantalones
cortos anaranjados.
—Hola —le dice Conejo con una afabilidad que no se diferencia de la
arrogancia.
—Hola.
—¿Está en casa el reverendo Eccles?
—Está durmiendo.
—¿En pleno día?
—Ha estado levantado gran parte de la noche.
—¡Dios mío! Pobre hombre.
—¿Quiere entrar?
—Pues no sé..., me citó aquí, en serio.
—No lo dudo. Pase, por favor.
La joven le conduce por un vestíbulo y una escalera hasta una habitación de
techo alto, con papel plateado en las paredes, un piano, acuarelas de paisajes,
varias colecciones de libros en una biblioteca empotrada, una chimenea sobre
cuya repisa hay uno de esos relojes de péndulo con cuatro bolas de oro que,
según dicen, funcionan sin interrupción casi eternamente. Hay fotografías
enmarcadas por todas partes. En el mobiliario destacan los colores verde y rojo,
con excepción de un largo sofá de respaldo y brazos curvos con los cojines de
un blanco cremoso. Huele a limpio, el frío olor de una pulcritud tenazmente
mantenida. Llega desde algún lugar distante el olor más cálido de un pastel
horneándose. La joven se detiene en el centro de la alfombra.
—Escuche —le dice. Conejo hace un alto, pero el leve ruido, como un
choque, que también él ha oído no se repite—. Creí que ese mocoso estaba
dormido —le explica ella.
—¿Es usted la canguro?
—Soy la esposa —dice ella, y para demostrarlo se sienta en el centro del
sofá blanco.
Conejo se sienta frente a ella, en un sillón de orejas. La textura de la tela
color ciruela en contacto con sus antebrazos desnudos es un poco rasposa. Lleva
una camisa deportiva a cuadros, arremangada hasta los codos.
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—Oh, disculpe.
Ahora se da cuenta. Las piernas desnudas y cruzadas de la mujer tienen los
toques azulados de las varices. Su rostro, cuando se sienta, no es tan joven como
le ha parecido en la puerta. Al relajarse y echar la cabeza atrás revela una doble
papada. Se nota que es presumida. Sus senos son pequeños y firmes.
—¿Qué edad tiene su hijo? —le pregunta Conejo.
—Tenemos dos, dos niñas, de uno y tres años.
—Yo tengo un chico de dos.
—Me encantaría tener un niño. Las niñas y yo tenemos problemas de
personalidad, somos demasiado iguales, cada una sabe exactamente lo que
piensa la otra.
¡Le desagradan sus propios hijos! A Conejo le escandaliza escuchar
semejantes palabras de labios de la esposa de un clérigo.
—¿Y su marido se da cuenta de esos problemas?
—Ah, para Jack es magnífico. Le encanta tener mujeres que riñan por él.
Formamos su pequeño harén. Creo que un muchacho representaría una
amenaza para él. ¿Se siente usted amenazado?
—No, por el niño no. Sólo tiene dos años.
—Eso empieza antes de los dos años, créame. El antagonismo sexual se
inicia prácticamente al nacer.
—Pues no he reparado en ello.
—Mejor para usted. Supongo que es un padre primitivo. Creo que Freud es
como Dios. Usted lo confirma.
Conejo sonríe y supone que Freud tiene alguna conexión con el papel de
pared plateado y la acuarela de un palacio y un canal colgada por encima de la
mujer. Tiene clase. Se lleva los dedos a las sienes, echa la cabeza atrás, cierra los
párpados y suspira a través de los labios gordezuelos y abiertos. Conejo se
sorprende al encontrarle cierto parecido con Ruth, claro que una Ruth más fina.
La voz delgada de Eccles, curiosamente amplificada en su hogar, grita
desde lo alto de la escalera:
—¡Lucy! ¡Joyce quiere meterse en la cama conmigo!
Lucy abre los ojos.
—¿Lo ve? —le dice orgullosamente a Conejo.
—Dice que tú le has dicho que puede hacerlo —gime la voz aguda,
horadando barandillas, paredes y capas de papel.
La señora Eccles se levanta y se acerca al corredor abovedado. El fondillo
de sus pantalones anaranjados se ha arrugado al sentarse, las perneras alzadas
exponen gran parte de los reversos ovales de sus muslos, más blancos que el
sofá, la tonalidad rosada debida a la presión al sentarse se desvanece.
—¡No le he dicho tal cosa! —grita hacia arriba mientras una mano blanca
tira de los pantalones hacia abajo y alisa la tela alrededor de la grupa,
desaliñada pero pagada de sí misma, un bolsillo cosido con hilo negro en la
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John Updike
Corre, conejo
mitad derecha—. ¡Tienes una visita, Jack! ¡Un joven muy alto que dice que le
invitaste!
Al oír que le menciona, Conejo se ha levantado y, detrás de ella, dice:
—A jugar al golf.
—¡A jugar al golf! —repite ella a gritos.
—Oh, Dios mío —dice para sí misma la voz de arriba, y entonces grita—:
¡Hola, Harry! Enseguida bajo.
Se oye el llanto de una niña.
—¡Mamá también lo hizo! ¡Mamá también lo hizo!
—¡Hola! —responde Conejo.
La señora Eccles vuelve ahora la cabeza con un gesto seductor.
—¿Harry... ?
—Angstrom.
—¿A qué se dedica, señor Angstrom?
—Bueno, ahora estoy sin trabajo.
—Angstrom, claro. ¿No es usted el que desapareció? ¿El yerno de los
Springer?
—El mismo —replica él briosamente y, como si completara el movimiento
tras lanzar la pelota, en una especie de floreo coordinado, aprovechando que
ella, al escuchar su respuesta, se ha vuelto y apartado de nuevo recatadamente
de él, ¡le da una palmada en el descarado trasero!, suavemente, con la mano
ahuecada, muestra de reprensión y afecto al mismo tiempo, bien situada sobre
el bolsillo.
Ella gira rápidamente sobre sus talones, poniendo su espalda a buen
recaudo. Las pecas parecen alfilerazos en su rostro sorprendido. El brinco de la
sangre le hace palidecer, y su mirada rígida y fría es tan incompatible con la
simpatía perezosa y condescendiente que Conejo siente hacia ella, que adelanta
el labio superior y presiona con él el inferior, en una burlesca expresión de
penitencia.
Unos saltos caóticos en la escalera hacen retumbar la pared. Eccles se
detiene ante ellos en equilibrio precario, metiéndose los faldones de una sucia
camisa blanca bajo los pantalones arrugados. Sus ojos oscuros lloriquean entre
las pestañas pobladas.
—Lo siento —se disculpa—. Me había olvidado por completo.
—De todos modos está nublado —replica Conejo, y sonríe de un modo
involuntario. La sensación al contacto con el trasero de la mujer ha sido muy
agradable, lo tiene en su punto, compacto pero elástico, como recién azotado.
Supone que ella se lo dirá al clérigo y así terminará su relación. No importa. De
todos modos no sabe por qué ha venido.
Quizá se lo habría dicho, pero su marido empieza a incomodarla de
inmediato.
—Hombre, estoy seguro de que podremos llegar al último hoyo antes de
que llueva —le dice a Conejo.
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John Updike
Corre, conejo
—Jack, no vas a jugar de nuevo al golf. Dijiste que tenías que hacer varias
visitas esta tarde.
—Ya las he hecho por la mañana.
—Dos, has hecho sólo dos, a Freddy Davis y a la señora Landis. Los
mismos viejos que no suponen ningún riesgo. ¿Y qué me dices de los Ferry?
Llevas seis meses hablando de ellos.
—¿Por qué das tanta importancia a los Ferry? Jamás hacen nada por la
iglesia. Ella vino el día de Navidad y salió por la puerta del coro para no tener
que hablar conmigo.
—Claro que no hacen nada por la iglesia, y por eso deberías visitarles, lo
sabes perfectamente. No les doy tanta importancia, eres tú quien lleva meses
rumiando porque ella salió por la puerta lateral, fastidiando a los demás con esa
monserga. Y si viene otra vez por Pascua ocurrirá lo mismo. Si quieres saber mi
opinión, creo que tú y la señora Ferry os entenderíais de maravilla, sois igual de
infantiles.
—Mira, Lucy, el hecho de que el señor Ferry sea propietario de una fábrica
de zapatos no les convierte en unos cristianos más importantes que cualquiera
que trabaje en una fábrica de zapatos.
—Eres tedioso, Jack. Lo único que ocurre es que temes el desaire, y no me
cites las Escrituras para justificarte. Me importa un bledo que los Ferry vengan a
la iglesia, no se asomen por aquí o se hagan Testigos de Jehová.
—Por lo menos los Testigos de Jehová ponen en práctica aquello en lo que
creen.
Cuando Eccles se vuelve hacia Harry para reír conspiratoriamente por esta
agudeza, un rictus amargo paraliza su risa y aprieta los labios hacia dentro, de
modo que su cabeza de mandíbula pequeña exhibe los dientes como una
calavera.
—No sé qué quieres decir con eso —replica Lucy— pero cuando me pediste
en matrimonio te dije lo que sentía y estuviste de acuerdo.
—Pero recuerda lo que te dije: mientras tu corazón estuviera abierto a la
Gracia.
Eccles le dice estas palabras en un tono tenso, la frente teñida de rubor.
—Ya he descansado, mami.
La vocecilla tímida y penetrante, procedente de arriba, les sorprende. En lo
alto de la escalera alfombrada hay una niña pequeña y morena en bragas. A
Conejo le parece demasiado morena, dada la blancura de sus padres,
demasiado oscura en la sombra, sus piernas regordetas de bebé silueteadas.
Está exasperada y lo demuestra frotándose el pecho desnudo y tirando de la
piel. Sabe cuál va a ser la respuesta de su madre antes de oírla.
—Vuelve a la cama, Joyce, y haz una siesta.
—No puedo. Hay demasiado ruido.
—Hemos gritado debajo de ella —dice Eccles a su esposa.
—Has sido tú quien ha gritado acerca de la Gracia.
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Corre, conejo
—He tenido un sueño y me daba miedo —dice Joyce, y baja pesadamente
dos escalones.
—No es cierto, no has llegado a dormirte.
La señora Eccles se acerca al pie de la escalera, sujetándose la garganta
como si quisiera impedir el paso de alguna emoción.
—¿Qué clase de sueño has tenido? —pregunta Eccles a la niña.
—Un león se comía a un chico.
—Eso no es ningún sueño —replica la mujer, y se vuelve hacia su marido—
. Son esos detestables poemas de Belloc que insistes en leerle.
—Ella me lo pide.
—Son odiosos. Van a causarle un trauma.
—Joyce y yo creemos que son divertidos.
—Es que los dos tenéis un sentido del humor pervertido. Cada noche me
pregunta por ese condenado caballito, Tom, y quiere saber qué significa morir.
—Dile lo que significa. Si tuvieras la fe que Belloc y yo tenemos en lo
sobrenatural, estas cuestiones perfectamente naturales no te perturbarían.
—No insistas, Jack. Eres terrible cuando insistes.
—Quieres decir que soy terrible cuando me tomo a mí mismo en serio.
—Eh, noto un olor a pastel quemado —tercia Conejo.
Ella le mira y el agradecimiento empaña sus ojos. Harry percibe una
especie de fría llamada en esa mirada, un leve grito lanzado en medio de sus
enemigos, pero hace caso omiso y deja que su propia mirada languidezca por
encima de ella, mostrándole las sensibles fosas nasales que han husmeado el
pastel.
—Ojalá te tomaras a ti mismo en serio —le dice a Eccles, y desaparece por
el oscuro pasillo de la rectoría.
—Joyce —grita Eccles—, ve a tu habitación, ponte una blusa y baja si
quieres.
En vez de obedecerle la niña baja otros tres escalones.
—¿No me has oído, Joyce?
—Cógela tú, papi.
—¿Por qué he de cogerla yo? Papá está al pie de la escalera.
—No sé dónde está.
—Claro que lo sabes. Está en tu cómoda.
—No sé dónde está mi cómoda.
—En tu habitación, cariño. Claro que sabes dónde está. Ponte la blusa y te
dejaré bajar.
Pero la niña ya ha bajado media escalera.
—Me da miedo el león —dice suspirando, con una sonrisita que revela la
conciencia de su propia impudicia. Habla lentamente, como si sondeara el
efecto de cada una de sus palabras. Conejo también ha observado ese detalle de
precaución en la voz de su madre, cuando importunaba al mismo hombre.
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John Updike
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—Ahí arriba no hay ningún león. No hay nadie más que Bonnie, y está
durmiendo. Bonnie no tiene miedo.
—Por favor, papi. Por favor, por favor, por favoooor.
Ha llegado al pie de la escalera y rodea y aprieta las rodillas de su padre.
Eccles se ríe y mantiene el equilibrio apoyándose en la cabeza de la niña,
que es bastante ancha y aplanada en la parte superior, como la suya.
—De acuerdo —le dice—. Quédate aquí y habla con este hombre, que es
muy divertido —le dice, y luego sube las escaleras con inesperados saltos
atléticos.
—Joyce, ¿eres una niña buena? —le pregunta Conejo.
La pequeña contonea el vientre y hunde la cabeza en los hombros. Este
movimiento arranca de su garganta un ligero sonido gutural, y menea la
cabeza. Él tiene la impresión de que intenta ocultarse tras una pantalla de
hoyuelos, pero por fin la niña dice que sí con una enunciación inesperadamente
firme.
—¿Y tu mamá es buena?
—Sí.
—¿Por qué crees que es tan buena?
Confía en que la señora Eccles le oiga desde la cocina. Los sonidos de su
apresuramiento en el horno han cesado.
Joyce le mira y, como una lámina que se ondula, el miedo tira de un ángulo
de su rostro. Parece estar al borde de las lágrimas. Se aparta de él y se escabulle
por el corredor tras los pasos de su madre. Al verse solo, Conejo se siente
inquieto, entra en el corredor y trata de calmar su excitación mirando las
fotografías que cuelgan de las paredes. Vistas de capitales extranjeras, una
mujer vestida de blanco bajo un árbol cuyas hojas tienen los bordes dorados, un
minucioso dibujo a pluma de la iglesia episcopal de Saint John, fechado en 1927
y firmado, en grandes caracteres, por Mildred L. Kramer. Encima de una mesita
colocada contra la pared hacia la mitad del corredor cuelga una foto de estudio
de un anciano, con el cabello blanco a los lados de la cabeza y alzacuello, que te
mira por encima de tu hombro como si contemplara la realidad última de todas
las cosas. En la ranura entre el cristal y el marco está fijada una fotografía
amarillenta recortada de un periódico, cuyos burdos puntos configuran al
mismo anciano caballero con un cigarro puro en una mano, riéndose como un
loco con otros tres que visten manteo. Se parece un poco a Jack Eccles, pero es
más grueso y más fuerte. Sostiene el cigarro entre los dedos del puño cerrado.
Más adelante hay un grabado en color de una pintura, una escena en un taller
donde el carpintero trabaja a la luz que irradia la cabeza de su auxiliador: el
cristal que protege este grabado devuelve a Conejo la sombra de su propia
cabeza. En el corredor flota un olor acre, de quitamanchas o barniz nuevo o
naftalina o papel de pared antiguo. Titubea entre estas posibilidades, piensa en
«la que ha desaparecido». El antagonismo sexual se inicia prácticamente al nacer.
Menuda zorra, pero no exenta de una agradable llama de baja intensidad que le
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John Updike
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ilumina las piernas, esas piernas blancas y brillantes. ¿Cómo será vivir con ella?
Debe de ser inquieta, algo irritable, empeñada siempre en salirse con la suya.
Una galleta de vainilla, una pizca ácida. Sea como fuere, la ama.
Debe de haber una escalera trasera, porque ahora oye la voz de Eccles
desde la cocina, discutiendo con Joyce para que se ponga el suéter, preguntando
a Lucy si el pastel se ha quemado, dando explicaciones, sin saber que Conejo le
escucha en la vuelta del pasillo.
—No creas que esto es un placer para mí. Se trata de trabajo.
—¿Es que no hay otra manera de hablar con él?
—Está asustado.
—Todo el mundo se asusta contigo, cariño.
—Pero incluso está asustado de mí.
—Pues ha entrado por esa puerta con bastante arrogancia.
Este es el momento de decir: Y me ha dado una palmada en el culo, a ver cómo
explicas eso.
¡Cómo! ¡Tu precioso culo! Mataré a ese bribón. Llamaré a la policía.
En realidad, la última palabra que ha pronunciado Lucy es «arrogancia», y
Eccles le está diciendo lo que ella debe decir si llama fulano, pregunta dónde
están las pelotas de golf nuevas, le dice a Joyce que ya ha comido una galleta
hace diez minutos y, finalmente, con una voz en la que apenas han cicatrizado
los rasguños de la discusión, les dice adiós. Conejo desanda sus pasos sin hacer
ruido, y cuando Eccles sale de la cocina con el aspecto de un búho joven,
desmañado y malhumorado, ve a Conejo apoyado en el radiador.
Se encaminan hacia el coche del clérigo. Bajo la amenaza de la lluvia, la piel
verde del Buick tiene un lustre céreo, tropical. Eccles enciende un cigarrillo y se
ponen en marcha, toman la ruta 422 y recorren el valle hacia el campo de golf.
Eccles inhala el humo varias veces, reteniéndolo en el pecho, antes de
hablarle.
—De manera que su problema no es realmente la falta de religión.
—¿Cómo?
—Estaba recordando nuestra conversación anterior, acerca de la cascada y
el árbol.
—Ah, sí, eso se lo robé a Mickey Mouse.
Eccles se ríe, perplejo. Conejo observa que después de reír sigue con la boca
abierta, las pequeñas hileras de dientes inclinados hacia dentro esperan un
momento mientras las cejas suben y bajan, expectantes.
—Eso me paró en seco —admite, cerrando esa cueva coqueta—. Entonces
me dijo que sabe lo que hay dentro de usted. Durante todo el fin de semana me
he estado preguntando qué sería eso. ¿Puede decírmelo?
Conejo no quiere decirle nada, pues cuantas más cosas diga, más sale
perdiendo. Está seguro dentro de su propio pellejo y no quiere salir. El juego de
este hombre consiste en sacarle al exterior, donde pueda manipularle. Pero la
convención de la cortesía es violenta y abre a la fuerza los labios de Harry.
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—No busque ningún sentido profundo a esas palabras —le dice—.
Significan simplemente lo que dicen, ¿no cree usted?
Eccles asiente, parpadea y sigue conduciendo en silencio. A su manera está
muy seguro de sí mismo.
—¿Cómo está Janice ahora? —pregunta Conejo.
Este viraje sobresalta a Eccles.
—El lunes les visité para decirles que usted estaba en el condado. Su esposa
estaba en el patio trasero con el niño y una mujer que me pareció una vieja
amiga suya, una tal señora... ¿Foster? ¿Fogleman?
—¿Qué aspecto tenía?
—La verdad es que no lo sé. Llevaba unas gafas de sol que me llamaron la
atención, de esas que tienen cristales de espejo, con las patillas muy anchas.
—Ah, Peggy Gring, esa imbécil. Se casó con ese paleto de Morris Fosnacht.
—Fosnacht, exacto, como la marca de buñuelos. Sabía que era un nombre
conocido por aquí.
—¿Nunca había oído hablar del Día de Fosnacht antes de venir aquí?
—En Norwalk jamás lo oí.
—Recuerdo que cuando tenía unos seis o siete años, porque él murió en
1940, mi abuelo aguardaba en el piso de arriba hasta que yo bajaba, para que yo
no fuera un Fosnacht. Entonces vivía con nosotros.
Al parecer, Conejo lleva años sin pensar en su abuelo ni hablar de él. Un
sabor ligeramente rancio acude a su boca.
—¿Cuál era el castigo por ser un Fosnacht?
—Lo he olvidado. Era algo que uno no quería ser. Espere. Recuerdo que un
año fui el último en bajar y mis padres o alguien más se burlaron de mí; eso no
me gustó y supongo que lloré, no sé. En cualquier caso, ése es el motivo de que
mi abuelo se esperase arriba.
—¿Era su abuelo paterno?
—Materno. Vivía con nosotros.
—Recuerdo a mi abuelo paterno —dice Eccles—. Solía ir a Connecticut y
tenía terribles discusiones con mi padre. Mi abuelo era el obispo de Providence,
y evitó que su iglesia fuese arrollada por los unitarios casi convirtiéndose él
mismo en un unitario. Se consideraba un deísta darwinista. Mi padre, supongo
que como una reacción, se hizo muy ortodoxo, casi anglocatólico. Belloc y
Chesterton le encantaban. Era él quien nos leía esos poemas a los que, como ha
visto, mi mujer pone objeciones.
—¿Sobre el león?
—Sí. Belloc tiene esa vena de mordacidad burlona que mi mujer es incapaz
de apreciar. Se burla de los niños, y ella no puede perdonarle tal cosa. Así es su
psicología. Psicológicamente los niños son muy sagrados. ¿Por dónde iba? Ah,
sí, además de su teología aguada mi abuelo había retenido cierta vistosidad en
su práctica religiosa y un rigor que mi padre había perdido. Al abuelo le parecía
que papá era extremadamente negligente por no tener un servicio de culto
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familiar todas las noches. Mi padre le decía que no quería aburrir a sus hijos
como a él le habían aburrido con Dios y, de todos modos, ¿de qué servía adorar
a un dios de la jungla en la sala de estar? «¿No crees que Dios está en los
bosques?», le preguntaba mi abuelo. «¿Sólo está detrás de los vitrales de
colores?», y así sucesivamente. Mis hermanos y yo temblábamos, porque esas
discusiones acababan por causar a papá una terrible depresión. Ya sabe lo que
ocurre con los padres, nunca puedes rehuir la idea de que quizás, en el fondo,
tengan razón. Era un viejecito reseco, con acento yanqui, en realidad muy
cariñoso. Recuerdo que durante la comida solía agarrarnos las rodillas con su
mano huesuda y morena y nos preguntaba con voz ronca: «¿Os ha hecho creer
en el infierno?».
Harry se ríe. La imitación que acaba de hacer es buena y el papel de
anciano muy adecuado para él.
—¿Y lo creía? ¿Lo cree usted?
—Sí, así parece. En el infierno tal como Jesús lo describió, como una
separación de Dios.
—Bueno, entonces todos estamos más o menos en él.
—No estoy en absoluto de acuerdo. No creo que ni siquiera el ateo más
convencido tenga una idea de cómo será la verdadera separación. Será la
oscuridad exterior, mientras que vivimos en lo que podríamos llamar...—mira a
Harry y se ríe— la oscuridad interior.
La familiaridad con que Eccles le dice todo esto disuelve la precaución de
Conejo, y éste desea llenar de algún modo el espacio vacío entre ellos. El
estímulo de la amistad, un estímulo competitivo que le hace levantar las manos
y moverlas como si los pensamientos fuesen pelotas de baloncesto, le impulsa a
decir:
—Mire, no sé nada de teología, pero creo sentir realmente que existe algo
detrás de todo esto... —señala el paisaje; están pasando ante la urbanización
construida al lado del campo de golf, casas bajas de ladrillo y madera rodeadas
de jardines nivelados con bulldozer en los que hay triciclos y esbeltos arbolitos
de tres años, el paisaje menos espectacular del mundo— ...hay algo y quiere que
yo lo encuentre.
Eccles apaga cuidadosamente su cigarrillo en el diminuto cenicero estriado
del coche.
—Claro, todos los vagabundos creen que van en busca de algo, por lo
menos al principio.
Conejo considera inmerecido ese desaire, después de que ha intentado dar
algo de sí mismo al clérigo. Supone que obedece a una necesidad del gremio,
tienen que medir a todo el mundo por el mismo rasero mezquino.
—En ese caso —replica— supongo que su amigo Jesús parece bastante
necio.
La mención del santo nombre hace que broten manchas rosadas en las
mejillas de Eccles.
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Corre, conejo
—Él dijo que los santos no deben casarse —le dice.
Toman un desvío en la carretera y suben por el serpenteante sendero hasta
el edificio del club, una construcción grande de bloques de hormigón, con un
largo letrero en la fachada que dice campo de golf el castañar entre dos
logotipos de Coca-Cola. En la época en que Harry actuó aquí como caddy no
era más que una cabaña de tablas de chilla en la que había una vieja estufa de
leña, gráficas de antiguos torneos, dos sillones y un mostrador con barras de
caramelo y pelotas de golf extraídas de la ciénaga y que la señora Wenrich
revendía. Conejo supone que la señora Wenrich ha muerto. Era una anciana
delicada, de mejillas coloradas, como una muñeca con el pelo blanco, y siempre
hacía gracia oírle hablar de greens, divots, torneos y pares. Eccles frena el Buick
en el aparcamiento y se vuelve hacia su acompañante.
—Una cosa, antes de que se me olvide.
—¿Sí...? —Conejo tiene ya la mano en el tirador de la puerta.
—¿Le interesaría un trabajo?
—¿Qué clase de trabajo?
—Una de mis parroquianas, la señora de Horace Smith, tiene un jardín de
unos ocho acres, hacia Appleboro. Su marido fue un increíble entusiasta de los
rododendros. No debería usar la palabra increíble. Era una bellísima persona.
—No sé nada de jardinería.
—Nadie sabe nada de eso, según dice la señora Smith. Ya no quedan
auténticos jardineros. Creo que ofrece cuarenta dólares a la semana.
—Un pavo la hora. Es muy poco.
—No serían cuarenta horas. El horario será flexible, y eso es lo que a usted
le conviene, ¿no es cierto? La flexibilidad. Así tendrá tiempo libre para predicar
a las multitudes.
Es evidente que Eccles tiene una vena mezquina. Él y Belloc. Cuando no
lleva puesto el alzacuello tiende a mostrarse tal como es. Conejo baja del coche.
Eccles hace lo mismo, y su cabeza al otro lado del techo del vehículo parece una
cabeza cortada y puesta sobre una fuente. Su ancha boca se mueve.
—Le ruego que lo considere.
—No puedo. Es posible que ni siquiera me quede en el condado.
—¿Es que la chica va a mandarle a paseo?
—¿Qué chica?
—¿Cómo se llama? Ah, sí, Leonard. Ruth Leonard.
—Vaya, es usted muy listo, ¿eh?
¿Quién puede habérselo dicho? ¿Peggy Gring? ¿Lo habrá sabido por
Tothero? Más probablemente por la chica de Tothero, esa Comosellame que se
parecía a Janice. Pero no importa, al fin y al cabo el mundo es como una red a
cuyo través se filtran las cosas.
—Nunca he oído hablar de ella —concluye Conejo.
La cabeza sobre la fuente sonríe enigmáticamente, iluminada por el
resplandor del sol que refleja el metal.
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John Updike
Corre, conejo
Uno al lado del otro caminan hasta el edificio de bloques de hormigón.
Durante el trayecto Eccles observa:
—Lo extraño de ustedes, los místicos, es la frecuencia con que sus pequeños
éxtasis llevan falda.
—¿Sabe? Hoy no tenía que haber venido.
—Lo sé. Perdóneme. Hoy me siento muy deprimido.
Estas palabras no tienen nada de malo, pero el efecto que ejercen en Conejo
es adverso, parecen aferrarse en su interior y decirle compadéceme, ámame, le
causan una comezón y una viscosidad en los labios que le impide abrirlos para
responder. Cuando Eccles le paga su entrada a duras penas puede darle las
gracias, y cuando alquilan sus palos permanece tan indiferente y callado que el
muchacho pecoso detrás del mostrador se le queda mirando como si fuese un
idiota. Cruza brevemente por su cabeza la idea de que Eccles tiene fama de
marica y él se ha convertido en el nuevo chico que le acompaña. Mientras se
encamina con Eccles al primer tee se siente parcialmente destruido, como un
buen caballo uncido a un penco de cascos pulposos. La presencia de Eccles tira
de él con tal decisión que ha de hacer un esfuerzo para no inclinarse hacia su
lado.
Y la pelota también parece sentirlo, la pelota que golpea tras recibir algunos
consejos de Eccles y que se va a un lado, incapacitada por un perverso efecto
vertical que detiene su vuelo y la hace caer tan pesadamente como si fuera una
bola de arcilla.
Eccles se ríe.
—Vaya golpe inicial para ser la primera vez. Es el mejor de todos los que he
visto.
—No es la primera vez. Cuando era caddy solía golpear la pelota. Debería
hacerlo mejor.
—Espera usted demasiado de sí mismo. Míreme, así se sentirá más
tranquilo.
Conejo retrocede y le sorprende ver que Eccles, que tiene cierta elasticidad
en sus movimientos inconscientes, se balancea con la pintoresca rigidez de un
cincuentón, como si tuviera que apartar de su camino un orinal. Golpea la
pelota con un apretado balanceo desde atrás. La pelota parte en línea recta,
aunque alta y débil, cosa que parece encantarle. Echa a correr haciendo
cabriolas por el terreno y Harry le sigue pesadamente. La hierba descuidada y
húmeda a causa del deshielo reciente se hunde bajo sus grandes zapatos de
ante. Están en un sube y baja: Eccles va hacia arriba y él desciende.
Allá abajo, en los bosquecillos paganos y las verdes pistas del campo, Eccles
se transforma, animado por una alegría insensata. Ríe, se balancea, chasca la
lengua y le llama. Harry deja de odiarle, piensa en lo terrible que él mismo es.
La ineptitud parece recubrirle como una enfermedad escabrosa y siente gratitud
hacia Eccles porque no ha huido de él. A menudo Eccles —que a causa del
hábito de correr, alborotado y jubiloso, está cincuenta metros más adelante—
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John Updike
Corre, conejo
retrocede a la carrera en busca de una pelota que Harry ha perdido. A Conejo le
resulta imposible desviar su atención del lugar donde la pelota debería haber
ido a parar, la pequeña servilleta ideal de hierba recortada con la bonita mancha
rosada de un banderín. No puede centrar la vista en el lugar adonde ha ido
realmente.
—Aquí está —dice Eccles—, detrás de una raíz. Tiene usted una suerte
terrible.
—Esto debe de ser una pesadilla para usted.
—Qué va, de ninguna manera. Es usted una promesa extraordinaria. A
pesar de que nunca ha jugado, no ha perdido por completo la pelota ni una sola
vez.
El efecto de estas palabras es inmediato. Conejo apunta y, a pesar de la letal
intensidad con que desea golpear la pelota en vez de la raíz, pierde
completamente la primera.
—El único error que comete es el de utilizar su altura —le dice Eccles—.
Tiene un hermoso swing natural.
Conejo golpea de nuevo y la pelota salta y cae a unos metros de distancia.
—Inclínese hacia la pelota —dice Eccles—. Imagine que está a punto de
sentarse.
—Estoy a punto de estirarme —dice Harry.
Se siente mal, mareado, engullido hacia una vorágine cuyo borde superior
está marcado por las puntas de las tranquilas hojas de los árboles. Cree recordar
que ha estado aquí en otra ocasión. Resbala en los charcos, los árboles le tragan,
se hunde infaliblemente en la roñosa maleza a los lados de las pistas.
Una pesadilla, ésa es la palabra. Cuando está despierto sólo las cosas
animadas se deslizan y se mueven convulsamente. Siempre ha tenido
sensibilidad para el manejo de los objetos, y esta torpeza irreal le confunde. Su
cerebro, semihipnotizado, le hace extrañas jugadas de las que se da cuenta
lentamente. Habla en su cabeza con los palos como si fuesen mujeres. Los
hierros, delgados y livianos pero, de algún modo, traicioneros en sus manos,
son Janice Venga, estúpido, cálmate, allá vamos, tranquilo. Cuando la superficie
acanalada del palo levanta la tierra detrás de la pelota y el impacto le alza los
brazos hasta los hombros, tiene la sensación de que Janice le ha pegado. Ah, qué
estúpida llega a ser. A la mierda, sí, que se vaya a la mierda. El enojo permeabiliza su
piel y a través de ella se filtra el ambiente exterior. Diminutas púas secas de
zarzales laceran dolorosamente su interior, donde las palabras cuelgan como
nidos de orugas que es imposible quemar. Ella tropieza tropieza es gorda tropieza
con la tierra, nidos de palabras desgarradas en una boca áspera y parda: con el
palo en las manos «ella» se ha convertido en Ruth. Sosteniendo el palo número
tres, absorto en su pesado cabezal rojizo, la superficie manchada de grasa y la
línea blanca que se extiende bellamente a lo largo del borde, piensa de acuerdo, si
eres tan lista, aferra el palo y asesta el golpe. ¡Ah, fallar en esto cuando ella cayó
tan fácilmente! El manojo de hierba arrancada y la pelota corren, saltan una y
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John Updike
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otra vez y se esconden entre las ramas de un arbusto, pero una franja blanca
revela su posición, y cuando Conejo se acerca el condenado arbusto es otra
persona, su madre. Levanta las ofendidas ramas como si fuesen una falda,
avergonzado y enfurecido, pero con cuidado para no romper ninguna, y esas
ramas son un obstáculo para sus piernas cuando intenta verter su voluntad
sobre el duro e irreductible proyectil que no es realmente él mismo pero que, en
cierto modo, sí lo es, aunque sólo sea por esa manera de estar ahí posado en el
centro de todo. Cuando el hierro número siete corta el aire, por favor, Janice, sólo
una vez, la torpeza es una araña que corre hacia sus codos y, mientras él la
observa con los codos mordisqueados, la pelota vuela penosamente lenta y se
interna en otro grupo de abominable vegetación más adelante, que tiene el color
caqui de Texas. Ah, imbécil, vete a casa. La casa es el hoyo, y encima, en el ardid
de la visión feliz que roza su atención consciente con un recubrimiento casi
óptico de presencias, el cielo grisáceo cargado de lluvia es su abuelo que espera
arriba para que el pequeño Harry no sea un Fosnacht.
Y, ora en los ángulos, ora en el centro de este sueño pugnaz, Eccles y la
sucia camisa que lleva puesta pasan rápidamente como una bandera blanca de
perdón, alentándole a gritos, ondeando en el green para guiarle a casa.
Los greens, marchitos aún por el invierno, están espolvoreados de algo que
quizá sea fertilizante. La pelota se desliza haciendo saltar esa especie de
arenilla.
—Ojo con los putts —le dice Eccles—, han de ser suaves, no como si clavara
el palo. Un ligero balanceo, con los brazos rígidos. En el primer putt la distancia
es más importante que la puntería. Inténtelo de nuevo.
Le devuelve la pelota de un puntapié. Harry ha necesitado doce golpes
para llegar ahí desde el cuarto green, pero esa presuntuosa suposición de que
ya no vale la pena contar sus golpes le irrita, Vamos, cariño, suplica a su esposa,
ahí está el hoyo, grande como la boca de un cubo. Todo va bien.
Pero no, convertida en ese palo, el pánico que ella experimenta le hace
clavarse. ¿De qué tenía miedo? Demasiada velocidad, la pelota se detiene a cosa
de metro y medio más allá del hoyo. Harry se acerca a Eccles.
—No me ha dicho todavía cómo está Janice —le dice.
—¿Janice? —Eccles hace un esfuerzo para desviar su atención del juego. Es
evidente que le entusiasma ganar. Me está devorando, se dice Harry—. El lunes
su estado de ánimo parecía bueno. Estaba en el patio trasero con esa otra mujer,
y cuando llegué ambas reían. Debe comprender usted que, durante algún
tiempo, ahora que se ha adaptado un poco a la situación, probablemente le
gustará vivir de nuevo con sus padres. Es su propia versión de la
irresponsabilidad de usted.
Harry se pone en cuclillas para alinear el putt, como ha visto que hacen por
televisión.
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—La verdad es que no soporta a sus padres más que yo —dice con voz
rasposa—. Tal vez no se habría casado conmigo de no haber tenido tanta prisa
por alejarse de ellos.
Su putt se desvía más allá del lado inferior y vuelve a rebasar el hoyo más
de un metro. Maldita sea.
Eccles envía su pelota, la cual da un saltito y, con un matraqueo glótico,
entra en el hoyo. El clérigo alza los ojos en los que brilla la luz del triunfo.
—Harry —le dice, con dulzura pero también con audacia—, ¿por qué la ha
abandonado? No hay duda de que está profundamente preocupado por ella.
—Ya se lo he dicho. Porque faltaba alguna cosa en nuestro matrimonio.
—¿Qué cosa? ¿La ha visto alguna vez? ¿Está seguro de que existe?
El putt de Harry no pasa de medio metro, queda demasiado corto, él recoge
la pelota con dedos temblorosos.
—Mire, si usted no está seguro de que existe, no me lo pregunte. Es algo
que usted debe conocer muy bien. Si no lo sabe, no hay nadie que lo sepa.
—¡No! —exclama Eccles en la misma voz tensa en que le dijo a su esposa
que mantuviera el corazón abierto a la Gracia—. El cristianismo no anda en
busca de un arco iris. Si fuera lo que usted cree que es, durante los servicios
religiosos serviríamos opio a los feligreses. Intentamos servir a Dios, no ser
Dios. —Cogen sus bolsas y emprenden el camino que les indica una flecha de
madera—. Todo esto quedó zanjado hace siglos —sigue diciendo Eccles, a
modo de explicación—, cuando surgieron las herejías en el seno de aquella
joven Iglesia.
—Yo se lo diré. Sé qué es.
—Dígame, dígame. ¿Qué es? ¿Es algo duro o blando? ¿Es azul o rojo,
Harry? ¿Tiene lunares?
Conejo se deprime al comprender que el clérigo desea realmente que se lo
diga. Por debajo de esa actitud de superioridad, de esa cháchara sobre las
herejías de la joven Iglesia, desea en serio que se lo diga, quiere oírle afirmar
que eso existe, que él no miente a sus feligreses cada domingo. Como si no
bastara con el intento de encontrar algún sentido a este juego absurdo, uno
tiene que aguantar a este loco que trata de engullir tu alma. La cálida correa de
la bolsa le roza el hombro.
Con una excitación femenina, en una voz torturada por el embarazo, Eccles
habla de nuevo:
—Lo cierto es que tiene usted un egoísmo monstruoso, es un cobarde, no le
importa el bien o el mal, no rinde culto a nada excepto a sus peores instintos.
Llegan al tee, una plataforma de hierba al lado de un encorvado árbol frutal
con tiesos y pálidos brotes.
—Será mejor que me marche yo primero —le dice Conejo—, hasta que
usted se haya tranquilizado.
La ira acalla su corazón, lo inmoviliza a la mitad de un latido. No le
importa nada excepto librarse del lío en que se halla metido. Se dice que ojalá
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llueva. Evita mirar a Eccles y se fija en la pelota que, posada encima del tee, casi
parece liberada del suelo. Con toda naturalidad, desliza el cabezal del palo
sobre su hombro y tira. El sonido tiene una resonancia, una peculiaridad que no
había oído antes. El movimiento de los brazos hace que su cabeza se yerga, y la
pelota asciende a lo alto, con una palidez lunar contra el hermoso azul negruzco
de las nubes de tormenta, el color de su abuelo denso y extendido por el este
retrocede trazando una línea recta como el filo de una regla, se debilita, es una
esfera, una estrella, una mota, vacila y Conejo cree que caerá ya, pero se engaña,
pues la pelota hace de su titubeo el terreno para un último salto y, con una
especie de sollozo visible, toma el último bocado de espacio antes de
desvanecerse al caer.
—¡Eso es! —exclama, y volviéndose hacia Eccles, sonriente, exaltado,
repite—: Eso es.
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Sale el sol, sale la luna, el tiempo pasa. Empieza a brotar el azafrán en el
terreno de la señora Smith, los narcisos despliegan sus corolas acampanadas, la
hierba revive y alberga violetas entre sus briznas, el césped presenta de súbito
una áspera cobertura de dientes de león y plantas de anchas hojas. Invisibles
arroyuelos que siguen cursos accidentados rumorean en la tierra baja de la
finca. Los macizos de flores, bordeados con ladrillos semihundidos
diagonalmente en el suelo, están erizados de espigas de un rojo pálido que
serán peonias, y la misma tierra, esfuminada, moteada de piedras, costrosa,
dividida en irregulares fragmentos húmedos y secos, tiene el aspecto de lo más
antiguo y huele como lo más nuevo bajo el cielo. Los afelpados brotes dorados
de las forsitias brillan a través del humo que oscurece el jardín, mientras Conejo
quema paladas de tallos estrujados, hierbas marchitas, hojas de roble
desprendidas en la intimidad del invierno y ramas de rosal podadas, que se
entrelazan y forman molestos amasijos punzantes que arañan los tobillos. Estos
montones de maleza, a los que prende fuego poco después de llegar al jardín,
todavía soñoliento y con sabor a café en la boca, andando por la hierba
empapada de rocío, siguen humeando húmedamente al final de la jornada,
formando fantasmas en la noche a sus espaldas, cuando sus pasos hacen crujir
la grava del sendero. Durante todo el trayecto de regreso a Brewer no le
abandona el olor de las cenizas calientes.
Hace dos meses que trabaja como jardinero, y es curioso que en todo ese
tiempo no haya tenido necesidad de cortarse las uñas. Desmocha, levanta, cava,
planta anuales, paquetes de semillas que le proporciona la vieja dama: berros,
amapolas, guisantes de olor, petunias. Le encanta cubrir las semillas con el
montículo de tierra levantado por la azada. Una vez enterradas, dejan de
pertenecerle. Es un ejemplo de sencillez, de la facilidad con que uno se libra de
algo entregándolo a sí mismo. Se diría que Dios está plegado dentro de la
diminuta y obstinada estructura, destinado por Sí mismo a una sucesión de
explosiones, la grande y lenta agrupación a partir del agua, el aire y el silicio: es
algo que uno percibe en silencio, en el contacto de las palmas con el mango
redondo de la azada.
Ahora, después de que las magnolias hayan perdido su asimiento pero
antes de que ninguna otra planta —excepto las hojas de arce— tenga la anchura
suficiente para hacer sombra, los cerezos, los manzanos silvestres y —en un
rincón alejado del terreno— un ciruelo solitario se cubren de flores, una
blancura que las negras ramas parecen tomar de las nubes pasajeras y de la que
poco después se desprenden, de modo que la hierba reanimada está
blanqueada por una sorprendente tormenta de confeti. Destilando una
fragancia de gasolina, la segadora a motor mastica los pétalos y el césped los
digiere. Los arbustos de lilas florecen junto a las vallas caídas de la pista de
tenis. Los pájaros acuden a su alberquilla. Una mañana a Harry, con un útil en
forma de medialuna para arreglar los bordes del césped en la mano, le invade
una oleada de perfume, pues detrás de él la brisa ha cambiado de dirección y
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sopla a través de un montón de acres hojas de lirio del valle, en las que durante
la cálida noche han madurado mil campanillas, y las que están en el extremo
del tallo todavía tienen un color verde de amargo sorbete de corteza de melón
cantalupo. Manzanos y perales, tulipanes, esos feos colores purpúreos que
transforman los iris en harapos. Y, por fin, anunciados por las azaleas, los
rododendros, en una profusión que ha aumentado en la última semana de
mayo. Conejo había aguardado esta coronación durante toda la primavera. Los
arbustos le desconcertaron por su tamaño, pues eran casi como árboles, algunos
incluso duplicaban su propia altura, y los había en gran abundancia. Estaban
plantados a lo largo de la línea de gigantescos abetos de lánguidas ramas que
abrigaban el lugar, y en el terreno así protegido había docenas de grandes
masas rectangulares de arbustos, como hogazas de pan verde y poroso. Eran de
hoja perenne y, con sus ramas en zigzag y largas hojas extendidas en todas las
direcciones, parecían pertenecer a un clima diferente, a una tierra distinta, cuya
fuerza de gravedad fuese más suave que la de nuestro mundo. Cuando
brotaban las primeras flores eran como la flor grande que las prostitutas
orientales se prenden a un lado de la cabeza, en las cubiertas de las novelas de
espionaje que lee Ruth, pero cuando los hemisferios florales se multiplican le
recuerdan sobre todo los sombreros que las muchachas humildes se ponen en
Pascua para ir a la iglesia. Con frecuencia Harry ha deseado, pero nunca ha
conseguido, a una de esas muchachas, una pequeña católica de familia pobre,
vestida con ropas chillonas compradas en las rebajas. Contempla las hojas
atezadas bajo el gracioso y blando bonete de flores de cinco pétalos e imagina el
rostro de esa muchacha, casi puede oler su perfume cuando pasa por su lado en
los escalones de hormigón de la catedral. Cerca, tan cerca está él de los pétalos...
Vista desde tan corta distancia, cada flor tiene en el interior de la corola dos
abanicos de pecas, donde vierten su contenido las anteras.
Cuando el jardín de su difunto marido ha llegado a esta culminación, la
señora Smith sale de la casa y, cogida del brazo de Conejo, se interna con él en
la plantación de rododendros. Más bien alta en otro tiempo, la edad la ha
encorvado reduciendo su talla y los pocos mechones negros que le quedan
parecen sucios en contraste con el cabello blanco. Lleva bastón, pero, quizás
olvidado, le cuelga del antebrazo como un extravagante brazalete, y camina
tambaleante. El jardinero dobla el brazo derecho, el codo apuntando hacia el
hombro de la mujer, y ella, temblorosa, alza el antebrazo izquierdo, lo entrelaza
con el del hombre y se aferra fuertemente a la muñeca de éste con sus dedos
nudosos y llenos de pecas. Se adhiere a él como una enredadera a una pared: un
buen tirón podrá separarla, pero, por lo demás, sobrevivirá a todas las
condiciones climáticas. Él nota que el cuerpo de ella se estremece a cada paso, y
a cada palabra que pronuncia las facciones se le crispan, no porque el esfuerzo
para hablar sea excesivo, sino porque hace presa en ella la excitación de
comunicarse, arrugándole bruscamente el arco de la nariz, moviéndole los
labios rezongantes sobre los dientes fuera de lugar con una exagerada y cómica
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expresividad de la que ella es tímidamente consciente, como las muecas que
hace una chiquilla de trece años en constante confesión de que no es hermosa.
De improviso alza la cabeza para mirar a Harry, y, en las pequeñas órbitas
oscuras rodeadas de arrugas que son como otras tantas cintas para cerrar una
bolsa, sus debilitados ojos azules sobresalen frenéticamente, llenos de una
vivacidad momentánea, mientras habla.
—Pues no, la señora de R. S. Holford no me gusta nada, siempre con ese
aspecto tan remilgado... A Harry le encantaba este color salmón. Yo le decía: «Si
quiero rojo, dame rojo, una gran rosa roja, si quiero blanco, dame blanco, un
largo lirio blanco, y no me fastidies con todos esos colores intermedios,
aspirantes a rosa y casi púrpura que no saben lo que quieren. El rododendro es
una planta hipócrita»... «Esa mujer tiene cerebro, desde luego», le decía a Harry,
«por eso te da un poco de todo», y lo decía sólo para importunarle, pero la
verdad es que así lo creía. —Parece como si esa idea la hubiera golpeado, y se
para en seco en el sendero de hierba. Mueve nerviosamente los ojos, cuyos iris
son una especie de blanco de cristal roto dentro de unos anillos de azul
persistente—. Lo creía en serio, señor Angstrom. Soy hija de campesinos y
habría preferido ver toda esta tierra convertida en un campo de alfalfa. Le
decía: «¿Por qué no plantas alforjón si tienes que remover el suelo? Esa sí que es
una buena cosecha. Tú cultiva el trigo y yo haré el pan». Y lo habría hecho, ya lo
creo. «¿Para qué queremos todos esos ramilletes? Cuando se hayan marchitado
las flores tendremos que ver sus feas hojas durante todo el año. ¿Para qué chica
bonita cultivas esas flores?», le preguntaba. Era más joven que yo, y por eso
aprovechaba mi derecho a tomarle el pelo, pero no voy a decirle nuestra
diferencia de edad. ¿Qué estamos haciendo aquí parados? Si mi viejo cuerpo se
detiene en un sitio quedará inmovilizado. —Clava el bastón en la hierba, la
señal para que él extienda su brazo, y siguen caminando por el sendero entre
las flores—. Jamás pensé que le sobreviviría. Esa fue su debilidad. Cuando
entraba en casa, después de trabajar en el jardín, no hacía más que sentarse y no
se levantaba en todo el día. Eso es algo que desconoce la hija de un campesino.
Su mano inestable en la muñeca de Conejo oscila como las copas de los
abetos gigantes. Él asocia esos árboles a propiedades prohibidas, y estar bajo su
protección le causa placer.
—Mire, aquí hay una planta de verdad. —Se detienen en un ángulo y ella
señala con el bastón un pequeño rododendro de un color rosa puro—. El
Bianchi de Harry —dice la señora Smith—. El único rododendro excepto
algunos blancos, he olvidado sus nombres, estúpidos nombres de todos modos,
que responde a su significado. Es el único rosa auténtico que existe. Cuando
Harry lo consiguió, lo puso entre las demás flores de presunto color rosa. Éstas,
a su lado, parecían tan turbias que las arrancó y dejó solo el Bianchi, poniéndole
detrás un fondo de flores carmesíes. Están ahí, ¿verdad? ¿Estamos en junio? —
Intenta fijar en él su mirada errática y le aprieta la muñeca.
—No sé... No, el Día de los Caídos es el sábado próximo.
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—Ah, recuerdo muy bien el día que trajimos esa planta. ¡Qué calor! Fuimos
a Nueva York para recogerla del barco en que venía y ponerla en el asiento
trasero del Packard, como si se tratara de una tía predilecta o algo por el estilo.
Llegó en una gran maceta de madera azul. Había sólo un vivero en Inglaterra
que cultivaba esa especie, y el envío costó doscientos dólares. En el barco cada
día bajaba un hombre a la bodega para regarla. Hacía calor, el tráfico a través de
Nueva Jersey y Trenton era infernal, ¡y esta pobre planta sentada en su maceta
azul en el asiento trasero, como un príncipe del reino! Entonces no había
ninguna de esas autopistas, y el viaje a Nueva York llevaba sus buenas seis
horas. Estábamos en plena Depresión y parecía como si todos los habitantes del
mundo tuvieran automóvil. Se cruzaba el Delaware en Burlington. Eso era antes
de la guerra. No creo que cuando digo «la guerra» usted sepa a cuál me refiero.
Probablemente cree que es la guerra de Corea.
—No, creo que es la segunda guerra mundial.
—¡Yo también! ¡Yo también! ¿La recuerda usted de veras?
—Sí, claro. Entonces ya era bastante mayor. Aplastaba latas, compraba
sellos de guerra y me gradué en la escuela primaria.
—A nuestro hijo le mataron.
—Vaya, lo siento.
—No era un jovencito, tenía casi cuarenta años. Le hicieron oficial en el
acto.
—Aun así...
—Lo sé. Uno supone que en la guerra sólo mueren los jóvenes.
—Es verdad.
—Fue una buena guerra, no como la anterior. Teníamos que ganarla y la
ganamos. Todas las guerras son odiosas, pero ganar aquélla fue satisfactorio. —
Vuelve a señalar con el bastón la planta de color rosa—. El día en que fuimos al
muelle a recogerla no estaba en flor, claro, era a finales del verano, y me pareció
una estupidez llevarla en el asiento trasero como un... —se da cuenta de que se
está repitiendo, vacila un momento, pero continúa—: como un príncipe del
reino. —Sus ojos de un azul casi transparente le miran severamente para ver si
él sonríe por esa muestra de chochez. Al no ver nada, concluye con
brusquedad—: Es el único.
—¿El único Bianchi?
—¡Sí! ¡Es cierto! No existe ningún otro en Estados Unidos. No hay otro
buen rododendro rosado desde el Golden Gate hasta... donde sea, el puente de
Brooklyn, supongo. Aquí, bajo sus ojos, está concentrado todo el rosa auténtico
de la nación. Un floricultor de Lancaster cortó unas ramas, pero murieron.
Probablemente las ahogó en cal, el muy estúpido. Era griego.
Le agarra del brazo y sigue caminando más pesada y rápidamente. El sol
está alto y la anciana quizá siente la necesidad de volver a la casa. Las abejas
zumban entre el follaje, los pájaros ocultos parecen reñirles. La marea de hojas
ha adelantado a la de flores y los frescos muros de verdor exhalan un aroma
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John Updike
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que tiene un punto furtivo de amargor. Arces, hayas, robles, olmos y castaños
de Indias componen un estrecho bosque de espesor variable que se extiende
paralelo al límite de la propiedad. En la franja húmeda y umbría entre el césped
y ese bosquecillo siguen creciendo los rododendros, pero los grupos sin
resguardar en el centro del césped ya han perdido los pétalos, que se acumulan
en hileras curiosamente pulcras en los bordes de los senderos de hierba.
—No me gusta, no me gusta —dice la señora Smith, renqueando al lado de
Conejo por esa trinchera de marchita brillantez—. Aprecio la belleza pero
preferiría ver la alfalfa. Una mujer..., no sé por qué ha de irritarme tanto...,
Horace solía animar a los vecinos para que vinieran a ver su jardín en la época
de la floración..., pues esa mujer, la señora Foster, que vivía colina abajo en una
cabaña de aspecto brujeril con un gato metálico de adorno en los postigos de la
ventana, decía invariablemente..., se volvía hacia mí con el rojo de labios
corrido hasta la mitad de la nariz y decía —imita una voz demasiado dulce con
una briosa inquina que estremece su cuerpo—: «¡Dios mío, señora Smith, así es
como debe de ser el cielo!». Un año le dije, no pude morderme más la lengua y
le dije: «Mire, si cada domingo he de recorrer diez kilómetros de ida y vuelta
para asistir a la iglesia episcopal de Saint John y mi premio va a ser otra parcela
de rododendros allá arriba, muy bien podría ahorrarme el viaje porque ahí no
quiero ir». Claro que está muy mal que una vieja pecadora diga semejante cosa,
¿no cree?
—Pues no sé...
—Tratar así a esa pobre mujer que sólo quería ser cortés... Tenía poco seso,
es cierto, y se pintaba como una joven alocada. Ya no es de este mundo, la
pobrecilla. Alma Foster falleció hace dos o tres inviernos. Ahora ella sabe la
verdad y yo no.
—Bueno, quizá lo que a ella le parecen rododendros a usted le parecerá
alfalfa.
—¡Eso mismo, ja, ja, exactamente! Sabe usted, señor Angstrom, es un placer
tan grande...
Interrumpe sus pasos y le acaricia el antebrazo bruscamente. A la luz del
sol, el pequeño paisaje curtido de su rostro se alza hacia el de Conejo, y en su
mirada, bajo los restos desmañados de coquetería y el vagabundo líquido, hay
un destello inequívoco de sagacidad añeja, que hace sentir al inquieto Conejo
una punzada de la ruda fuerza que apartaba al señor Smith de las estúpidas
flores.
—Usted y yo pensamos del mismo modo, ¿no es cierto? ¿Verdad que tengo
razón?
—Te ha salido la mar de bien, ¿eh? —le dice Ruth.
Es la tarde del Día de los Caídos y han ido a la piscina pública de Brewer
Oeste. Al principio ella se mostraba reacia a ponerse el bañador, pero cuando
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John Updike
Corre, conejo
salió del vestuario tenía un magnífico aspecto, la cabeza empequeñecida por el
gorro de baño, los hombros imponentes. No menos excelente era su aspecto en
el agua que le cortaba los muslos como una estatua. Nadaba ágilmente,
moviendo con lentitud sus voluminosas piernas, alzando los brazos bien
proporcionados, la espalda y el trasero de un negro reluciente bajo la agitada
superficie verde. Una vez se detuvo y flotó, y su movimiento al sumergir el
rostro, evocador de un ligero peligro, aceleró los latidos del corazón de Harry.
El trasero flotaba por su propia fuerza ascensional, rompiendo la superficie, una
isla negra redonda y brillante, una repentina imagen clara en el agua que
oscilaba como la pantalla de un televisor averiado. La contemplación de su
solidez le llenó de orgullo y gozó de la sensación de propiedad que recorría
todo su ser como una fría corriente. Suya, era suya, la conocía tan bien como el
agua, al igual que el agua había estado en todos los recovecos de su cuerpo.
Cuando nadó de espaldas, el agua burbujeó, rompió contra su pecho y se
derramó sobre sus senos, el arco de su cuerpo sumergido se puso tenso, cerró
los ojos y avanzó a ciegas. Dos chiquillos que chapoteaban en el extremo
somero de la piscina se apartaron al verla acercarse. Rozó a uno de ellos al
mover un brazo hacia atrás, abrió los ojos y se acuclilló sonriente en el agua. Sus
brazos macizos se movían para mantener el equilibrio en el nervioso oleaje de la
piscina atestada. El olor del cloro flotaba en el aire. Limpia, limpia: Harry tuvo
entonces una comprensión cabal de lo que es la limpieza, nada que te toque que
no seas tú mismo. Ella en el agua, él en el césped y el aire. Su cabeza,
meciéndose como una pelota hueca, le hizo una mueca. Harry no es un animal
acuático, la humedad le produce escalofríos, y en cuanto se dio un chapuzón
prefirió sentarse en el borde embaldosado de la piscina con los pies a ras del
agua, imaginando que unas colegialas detrás de él admiraban el juego muscular
de sus anchas espaldas. Hacía girar los hombros y notaba cómo las paletillas
estiraban su piel bajo el sol. Ruth vadeó hasta el extremo, a través del agua tan
poco profunda que el diseño a cuadros del suelo de la piscina se refractaba en
su superficie. Subió la pequeña escala, desprendiendo agua en grandes racimos
como de uvas de un verde pálido. Harry regresó a su lugar señalado en el
césped por la toalla y se tendió, de modo que cuando ella llegó a su lado la vio
en pie por encima de él, a horcajadas en el cielo, con los negros rizos de vello en
lo alto, aplastados por el agua en los lados interiores de los muslos. Se quitó el
gorro, agitó la cabellera y se agachó para coger la toalla. El agua de su espalda
se deslizó por los hombros y cayó goteando al suelo. La contempló mientras ella
se restregaba los brazos, notando el olor de la hierba que se alzaba a través de la
toalla y la vibración del aire cristalino producido por el griterío de los bañistas.
Ella se tendió a su lado, cerró los ojos y se entregó al sol. Su rostro, visto tan de
cerca, estaba formado por grandes planos de piel cuyo color había eliminado la
presión del sol, con excepción de un lustre amarillo que añadía un peso mineral
a su tamaño, el peso de una piedra pura, sin venas, traída directamente desde la
cantera al templo de sus sienes. Las palabras salían de esta Ruth monumental a
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John Updike
Corre, conejo
la misma escala, como ruedas enormes que rodaran hasta los porches de los
oídos de Conejo, como mudas monedas girando bajo la luz.
—Te ha salido la mar de bien.
—¿Qué quieres decir? —pregunta Conejo.
—Está claro. —Sus palabras parecen retrasarse ligeramente al pasar a
través de los labios; él los ve moverse y luego oye—: Mira lo que has
conseguido. Tienes a Eccles para jugar al golf con él todas las semanas y evitar
que tu esposa intente perjudicarte. Tienes tus flores y a la señora Smith que está
enamorada de ti. Y me tienes a mí.
—¿Crees en serio que la señora Smith está enamorada de mí?
—Todo lo que sé es lo que tú me has contado. Y me has dicho que lo está.
—No es posible que dijera eso. ¿Lo he dicho?
Ella no se molesta en responderle. La amodorrada satisfacción de Conejo
magnifica el tamaño del rostro de Ruth. Unos toques de luz blancos como el
yeso reposan sobre su piel bronceada.
—¿Lo he dicho? —repite, y le pellizca el brazo con fuerza.
No tenía intención de hacerlo con tanta brusquedad, pero algo le ha irritado
al contacto con su piel, quizá la indolente manera en que ésta cede.
—¡Ay! Eres un hijo de perra.
Sin embargo, sigue tendida, prestando más atención al sol que a Conejo.
Éste se incorpora sobre un codo y mira por encima del cuerpo inmóvil de Ruth
las figuras más livianas de dos adolescentes que están de pie sorbiendo
naranjada de unos envases cónicos de cartón. Una de ellas, con un bañador sin
tirantes, alza la vista mientras aspira el líquido por la pajita y le mira; sus
piernas delgadas están morenas como las de una negra. Los huesos de las
caderas son dos picos descarnados a cada lado del vientre liso.
—Sí, todo el mundo te quiere —dice Ruth de improviso—. Lo que quisiera
saber es por qué.
—Porque soy adorable —sugiere él.
—¿Por qué diablos tú? A eso me refiero. ¿Qué tienes tú de especial?
—Soy un místico, doy algo a los demás: yo les transmito fe.
Eccles le ha dicho eso cierta vez, riéndose, probablemente con sarcasmo.
Nunca sabe a ciencia qué quiere decir Eccles, y ha de interpretarle como mejor
le parezca. Eso del misticismo, que a él nunca se le había ocurrido, lo tomó en
serio. No piensa demasiado en lo que da a los demás.
—A mí sólo me has dado un pellizco doloroso.
—¡Quién lo hubiera creído!
Es mezquinamente injusto que le eche eso en cara, después de haberse
sentido tan orgulloso en la piscina, de quererla tanto.
—¿Qué diantres te hace creer que no has de poner nada de tu parte?
—¿De qué te quejas? Te mantengo, ¿no?
—Y un cuerno. Tengo mi trabajo.
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John Updike
Corre, conejo
Eso es cierto. Poco después de que él empezara a trabajar para la señora
Smith, Ruth consiguió un empleo de taquimecanógrafa en una compañía de
seguros que tiene una sucursal en Brewer. Él quiso que trabajara, inquieto por
la manera en que Ruth pasaría las tardes cuando estuviera ausente. Ella le había
asegurado que su actividad anterior nunca le gustó, pero no estaba muy
convencido de ello, pues cuando se conocieron Ruth no parecía precisamente
estar sufriendo.
—Deja ese empleo —le dice—. No me importa. Puedes pasarte el día entero
leyendo novelas de misterio. Yo te mantendré.
—Tú me mantendrás... Ya que eres tan generoso, ¿por qué no mantienes a
tu mujer?
—¿Por qué habría de hacerlo? Su padre está podrido de dinero.
—Estás tan satisfecho de ti mismo... Eso es lo que me fastidia. ¿No piensas
nunca en que vas a tener que pagar el precio?
Ahora le mira a la cara, con los ojos enrojecidos por el baño. Los cubre con
una mano a modo de visera. Esos no son los ojos que él vio aquella noche junto
a los parquímetros, unos discos lisos y pálidos como los que podría tener una
muñeca. El azul de los iris se ha hecho más profundo, ahora tienen una
tonalidad oscura que canta la verdad a sus instintos y le perturba.
Pensativa, con un escozor en los ojos, Ruth vuelve la cabeza para contener
las lágrimas. Esa es una de las señales, la facilidad con que llora. En el trabajo
tiene que levantarse de la máquina de escribir, correr al lavabo como si tuviera
diarrea y dar rienda suelta al llanto, allí de pie en una cabina, mirando la taza
del inodoro, riéndose de sí misma y sollozando hasta que le duele el pecho. Y el
sueño que le entra... Cuando vuelve de comer tiene que poner en juego toda su
voluntad para no estirarse en el pasillo, sobre el suelo de linóleo, entre Lilly Orff
y Rita Fiorvante, donde el viejo Honig de mirada babosa tendría que pasar por
encima de ella. Y el hambre que pasa... Para almorzar, el bocadillo y una
gaseosa con helado, luego un buñuelo con el café, y aún tiene necesidad de
comprar una barra de caramelo en la caja registradora, después de que ha
intentado adelgazar para él y había perdido casi cuatro kilos, según le indicó
una báscula. En eso estribaba la esplendidez para él, en que ella cambiara por él
en una dirección mientras que él, en su estupidez, la cambiaba exactamente en
el sentido contrario. A pesar de su mansedumbre, él es una amenaza. Pero la
mansedumbre no le falta, y ella no ha conocido jamás a ningún otro hombre
que la tuviera. Por lo menos tiene la sensación de que existe para él, en vez de
ser algo pegado en el interior de las sucias cabezas de otros hombres. ¡Cómo
odiaba sus bocas húmedas y sus risitas! Pero cuando lo hizo con Harry, en
cierto modo los perdonó a todos, le pareció que la culpa sólo era de ellos a
medias, que eran una especie de muro contra el que ella se estrellaba una y otra
vez porque sabía que allí había algo, y de súbito, con Harry, encontró ese algo y
este hallazgo hizo que cuanto había ocurrido antes pareciera bastante irreal. Al
fin y al cabo, ninguno la había perjudicado seriamente, no le habían dejado
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John Updike
Corre, conejo
cicatrices ni nada por el estilo, y, cuando intenta recordarlo, a veces le parece
que es algo sucedido a otra persona. Los demás hombres se desdibujan en su
recuerdo, como si durante su relación con ellos hubiera mantenido los ojos
cerrados; eran vagos, patéticos y ansiosos, anhelantes de algo que sus esposas
no les daban, unas palabras cuartelarias, un gimoteo o ese trabajito con la boca.
Eso. ¿Qué le encuentran a eso? No puede ser tan intenso, pero qué sabe ella. Al
fin y al cabo no es peor que lo que ellos hacen con sus cántaros, y por qué una
no ha de ser generosa, la primera vez fue con Harrison y de todos modos ella
estaba borracha como una cuba, pero cuando despertó a la mañana siguiente
notó un sabor, algo raro cuyo origen le intrigaba, claro que preguntarse tal cosa
es propio de una chiquilla supersticiosa, porque era un sabor apenas
perceptible, como a agua de mar, pero lo que cuesta hacer eso..., es más duro de
lo que ellos probablemente piensan, las mujeres siempre han de hacer un
trabajo más duro de lo que ellos piensan. Lo cierto es que querían ser
admirados por eso, sí, lo querían de veras. No eran tan repulsivos, pero creían
que sí lo eran. Eso es lo que le sorprendió cuando estudiaba en el instituto, lo
avergonzados que parecían, lo agradecidos que se mostraban si les tocabas ahí
y la rapidez con que corría el rumor de que una lo hacía. ¿Qué se creían? ¿Unos
monstruos? Si se hubieran parado un momento a pensar, habrían sabido que
una también sentía curiosidad, que podía gustarle esa peculiaridad que tienen
ahí como a ellos les gusta la tuya, y que la suya no es peor que la de las mujeres,
con todos esos pliegues rojizos, ¿y qué hay a fin de cuentas? Ningún misterio.
Ése fue su gran descubrimiento, que no hay ningún misterio, sino sólo una
embestida obsesiva que les hace, creerse reyes, y si tú lo acompañas puede ser
más o menos bueno y, en cualquier caso, te alineas con ellos contra esos otros,
esos mozuelos que corrían a tu alrededor jugando a hockey en el gimnasio, ella
como una vaca con aquel uniforme azul, una especie de vestido infantil que se
negó a llevar en los últimos cursos, lo cual le valió una nota de reprobación.
Dios, cómo odiaba a algunas de las chicas cuyos padres eran contratistas de
obras o farmacéuticos, pero ella se desquitaba por la noche, tomando como una
reina lo que ellas ni siquiera sabían que existía. Entonces no había fantasías que
valieran, ni tan sólo tenía que desvestirse, bastaba un ligero toqueteo a través de
la ropa, las bocas sabían a la cebolla de las hamburguesas que acababan de
tomar en el restaurante barato, y la vibración del calefactor del coche al
enfriarse, el toqueteo de todas las partes a través de la ropa, y allá ibas. En esas
condiciones ellos no debían de sentir gran cosa, era más que nada la idea que
tenían de ti lo que les excitaba, todas sus ideas. A veces se limitaban a besarte a
la francesa, aunque a ella nunca le gustó del todo, la lengua del otro en tu boca
impidiéndote respirar, pero de repente, por la forma en que sus labios se
endurecían, se abrían y luego se cerraban suavemente apartándose de ti, sabías
que todo había terminado, que no les quedaba más energía para darte
satisfacción y sería mejor que retrocedieras si no querías que te mojaran el
vestido. Escribían su nombre en las paredes del lavabo, hicieron de ella el tema
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John Updike
Corre, conejo
de una canción escolar. Allie le habló amablemente de esas cosas. Pero ella pasó
algunos ratos agradables con Allie. Una vez, al salir de la escuela, con el sol
todavía alto, fueron en coche por una carretera rural, subieron por un antiguo
camino y se detuvieron en un lugar frondoso desde donde veían Mount Judge,
el pueblo contra la montaña, ambos borrosos a lo lejos, y él puso la cabeza en su
regazo, su suéter enrollado y el sujetador desabrochado, y actuó como un bebé
hambriento, entonces sus cántaros (¿quién los llamó cántaros? No fue Allie)
eran más firmes, más redondos y más sensibles, la boca húmeda del muchacho,
tan feliz y cegado, y los pájaros emitiendo alegres sonidos en la fronda bajo el
sol. Como era inevitable, Allie se fue de la lengua. Ella le perdonó, pero a partir
de entonces fue más cauta. Empezó a salir con los mayores, un error tal vez,
pero ¿por qué no? Esa misma pregunta, ¿por qué no?, seguía siendo válida
ahora. Preguntarse si cometió un error la fatiga, se cansa de pensar, tendida y
húmeda tras el baño, viendo una macha roja a través de los párpados cerrados,
tratando de retroceder a través de todo ese rojo, preguntándose si estaba
equivocada. Era cauta. Con los hombres jóvenes, el hecho de ser bonita
liquidaba pronto el asunto, y los mayores no eran tan apresurados. Caramba,
con ciertos cabrones una creería que no van a terminar nunca, como si su
pequeña aportación fuese lo más extraordinario que el mundo verá jamás si
está ahí para presenciarlo.
Éste, en cambio..., qué loco. Se pregunta qué tiene. Un miembro hermoso,
suave, sin circuncidar, tendido de lado sobre su vellón, y luego, como la espada
de un ángel, la potencia con que la penetra, pero debe de haber algo más que
eso, y no es sólo que él sea tan juvenil, que le compre bongos y le diga cosas
dulces y gratas, porque también tiene un curioso poder sobre ella. Cuando
están juntos y en armonía, ella se siente casi nada a su lado, y eso debe de ser,
sí, eso debe de ser lo que estaba buscando. Sentirse casi nada con un hombre.
Aquella primera noche, cuando él, con algo parecido al orgullo, le dijo: «Eh», a
ella no le importó demasiado abrirse de piernas, incluso lo deseó. Entonces los
perdonó a todos, el rostro de Harry y todos los demás rostros se confundieron
en su mente asustada, tuvo la sensación de que caía y experimentó algo que no
creía merecer. Pero luego resulta que él no es tan distinto, primero se aferra a ti,
tan deprimido y adorable, y en cuanto ha terminado te da la espalda y piensa
en otra cosa. Los hombres no dependen de eso como debe de hacerlo una mujer.
Ahora él lo hace cada vez más rápido, como si fuese un hábito, ahora se
apresura cuando nota, o sabe porque ella se lo dice, que lo ha perdido. Entonces
ella se queda inmóvil, atenta en cierto modo a los movimientos de su amante,
que la relajan, pero luego no puede conciliar el sueño. Algunas noches él intenta
satisfacerla, pero está tan soñolienta y se siente tan pesada que ahí abajo no
sucede nada. A veces sólo desea apartarle de un empujón, sacudirle y gritar:
«¡No puedo, estúpido! ¿No te das cuenta de que eres padre de familia?». Pero
no, no debe decírselo. Hablar así sería poner las cartas boca arriba, pero su
relación sólo puede ser temporal, será una época de su vida a la que pronto
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John Updike
Corre, conejo
seguirá otra, quizá mañana mismo pasará en un instante de pertenecerle a ella a
no tener nada. Entonces se sentirá muy confusa, pero no sabe lo feliz que eso
realmente le haría a ella. Por lo menos, al engullir todas esas barritas de
caramelo, está haciendo algo para poner fin a la situación. Dios, ni siquiera está
segura de no desear ese fin, porque él sí que lo desea, está claro por su manera
de actuar, al fin y al cabo su condenada esposa es una mujer decente. Ni
siquiera está segura de no haber provocado a sabiendas la ruptura, cuando se
quedó dormida en sus brazos sólo para poner en evidencia al cabrón
presuntuoso, porque una cosa está clara, y es que a Harry no le importa que se
levante cuando él está adormecido y vaya sigilosamente al frío cuarto de baño,
siempre que él no se vea obligado a mirar ni hacer nada. Así es él, sólo vive
para sí mismo y le importan un bledo las consecuencias de sus actos. Si le
hablara de las barritas de caramelo y de que tiene sueño entre sus brazos, él
probablemente se asustaría y la abandonaría, él y su mujercita decente, su Dios
encantador y su no menos encantador clérigo con el que juega al golf todos los
martes, ah, lo peor de ese tipo es que antes de conocerle Conejo por lo menos
tenía la idea de que su comportamiento era malo, pero ahora se cree Jesucristo
venido para salvar al mundo por el sencillo procedimiento de poner en práctica
lo que le pase por la cabeza. Le gustaría coger por su cuenta al obispo o
quienquiera que sea y decirle que ese clérigo suyo es una amenaza. Llena la
cabeza del pobre Conejo de algo que nadie puede alcanzar e incluso ahora su
voz suave y engreída responde a la pregunta que ella se hace con una
presunción vana y distante que le enfurece, y las lágrimas acaban por asomarse
a sus ojos.
—Te diré una cosa —le dice Conejo—. Cuando abandoné a Janice hice un
descubrimiento interesante. —Sus lágrimas burbujean en el borde de los
párpados y el sabor salado del agua de la piscina le llena la boca—. Si tienes el
valor suficiente para ser tú mismo, otros pagarán el precio por ti.
Hacer visitas difíciles es algo que atormenta a Eccles, o por lo menos la
previsión de tales visitas. En general, el sueño es peor que la realidad: a ésta la
gobierna Dios. Las presencias reales de la gente son siempre soportables. La
señora Springer es una mujer morena, llenita, de miembros cortos, con un aire
de gitana. Tanto la madre como la hija tienen un aura siniestra, pero en la
madre esta habilidad de crear desasosiego es un don arraigado, perfectamente
engranado en las estrategias de la vida de clase media, mientras que en el caso
de la hija se trata de algo flotante, inútil y tan peligroso para ella misma como
para los demás. A Eccles le alivia que Janice esté ausente, pues en su presencia
se siente más culpable. La esposa de Harry y la señora Fosnacht han ido a
Brewer, a la primera sesión de Con faldas y a lo loco. Sus dos hijos están en el
patio trasero. La señora Springer le acompaña a través de la casa hasta el porche
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John Updike
Corre, conejo
desde donde puede vigilar a los niños. La casa es lujosa pero amueblada de un
modo confuso. En cada habitación parece haber un sillón más de los necesarios.
Para ir desde la entrada a la parte trasera siguen un camino serpenteante entre
las habitaciones atestadas. La mujer se desplaza lentamente, tiene vendas
elásticas en los tobillos. Sus pasos cortos y penosos refuerzan en Conejo la
ilusión de que tiene las caderas escayoladas. Una vez en el porche, se agacha
poco a poco hasta acomodarse en los cojines de la mecedora, y en el momento
en que ésta recibe su peso, chirría y oscila, la señora Springer alza las piernas y
sobresalta a Eccles. Ese gesto parece una expresión de placer; las pálidas y lisas
pantorrillas sobresalen rígidas por el borde del asiento y sus zapatos de tacón
plano se elevan un instante del suelo. Esos zapatos están agrietados y
redondeados, como si los hubiera hecho girar durante años en un tonel
húmedo. Él toma asiento en una silla de jardín, de plástico y aluminio con unas
articulaciones muy poco fiables. A través de la tela metálica que protege el
porche en ese lado, ve a Nelson Angstrom y al niño de los Fosnacht, algo
mayor, que juegan bajo el sol alrededor del juego de sube y baja y el cajón de
arena. Cierta vez Eccles compró uno de esos columpios y cuando llegó, por
piezas en una larga caja de cartón, se sintió humillado al ver que era incapaz de
montarlo. Al final Henry, el viejo y sordo sacristán, tuvo que hacerlo por él.
—Me alegro mucho de verle —dice la señora Springer—. Ha pasado tanto
tiempo desde su última visita...
—Exactamente tres semanas —puntualiza él. La silla le presiona la espalda
y apoya los tacones en el travesaño inferior para evitar que se pliegue—. He
estado muy ocupado, con las clases para la confirmación, el Grupo Juvenil que
ha decidido organizar un equipo de softball este año y una serie de defunciones
en la parroquia.
Sus contactos anteriores con esta mujer no le han predispuesto a pedir
disculpas. Que tenga un hogar tan grande ofende a su aristocrático sentido del
rango. Esa mujer le sería más simpática, y sin duda ella estaría más cómoda, si
estuvieran en el porche de una chabola.
—Le comprendo. No querría hacer su trabajo por nada del mundo.
—Lo cierto es que en general disfruto haciéndolo.
—Sí, eso dicen de usted. Dicen que se está convirtiendo en un experto
jugador de golf.
Vaya por Dios. Y él creía que la señora se estaba ablandando... Por un
instante ha imaginado que estaban en el porche de una casa destartalada y que
ella era una esposa obrera, gorda y con mucho sufrimiento a sus espaldas, que
ha aprendido a tomar con resignación las adversidades de la vida. Su aspecto
no sugería otra cosa, y nada habría sido más natural que respondiera a esa
imagen patética. Cuando Fred Springer se casó con ella probablemente parecía
menos prometedor que Harry Angstrom cuando se casó con la hija de aquél.
Intenta imaginar a Harry cuatro años atrás y lo que ve es muy presentable: alto,
rubio, famoso en su época escolar, bastante inteligente... un hijo de la mañana.
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John Updike
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Su aire de confianza en sí mismo debió de atraer especialmente a Janice. David
y su esposa Mikal. No os defraudéis mutuamente... Se rasca la cabeza y dice:
—Jugar al golf con alguien es un buen sistema para llegar a conocerle. Eso
es lo que procuro hacer, ¿comprende? Conocer a la gente. No creo que sea
posible conducir a alguien por la senda de Cristo si no se le conoce lo suficiente.
—Entonces dígame, ¿qué sabe usted de mi yerno que yo no sepa?
—Que es un hombre bueno, por ejemplo.
—¿Bueno para qué?
—¿Hay que ser bueno para algo? —replica él y, tras reflexionar un instante,
añade—: Sí, supongo que la bondad también ha de tener un fin.
—¡Nelson! ¡Deja de hacer eso ahora mismo!
Se vuelve rígida en la mecedora, pero no se levanta para ver por qué llora el
niño. Eccles, sentado junto a la tela metálica, lo ve. El pequeño Fosnacht está al
lado del columpio, con un camión de plástico rojo en cada mano. El hijo de
Angstrom, que es unos centímetros más bajo, agita una mano abierta contra el
pecho del otro chico, pero no se atreve a dar un paso y golpearle de verdad. El
pequeño Fosnacht no cede, tiene la exasperante invulnerabilidad del estúpido y
mira la mano agitada y la cara contorsionada de su compañero sin una sonrisa
de satisfacción siquiera, como un verdadero científico, observando sin pasión el
efecto de su experimento. La voz de la señora Springer adquiere una dureza
frenética y atraviesa la tela metálica:
—¿No me has oído? ¡Te he dicho que dejes de berrear!
Nelson mira hacia el porche y trata de explicarse.
—Pilly ha... Pilly...
Pero el mero intento de describir la injusticia transmite a ésta una fuerza
insoportable y, como si le hubieran empujado por detrás, avanza
tambaleándose, golpea el pecho del ladrón y recibe un ligero empujón que le
sienta en el suelo, da una voltereta y rueda por la hierba, impulsado por su
propio pataleo incoherente. El corazón de Eccles parece girar con el cuerpo del
niño. Conoce muy bien la fuerza propulsora de un agravio, la manera en que la
mente se encrespa contra él y cada golpe inútil succiona el aire más y más hasta
que parece que toda la estructura de carne y hueso debe estallar en un universo
que puede ser semejante vacío.
—El chico le ha cogido su camión —le dice a la señora Springer.
—Pues dejemos que lo recupere por sí mismo —replica ella—. Tiene que
aprender. Con las piernas en este estado, no puedo levantarme a cada momento
y salir corriendo. Llevan así toda la tarde.
—¡Billy! —El chico, sorprendido, alza la vista hacia la voz masculina de
Eccles—. Devuélveselo. —Billy considera esta nueva evidencia y titubea—.
Vamos, dáselo, por favor.
Convencido, Billy se acerca a su compañero de juego y con gesto
pedantesco deja caer el juguete sobre su cabeza.
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John Updike
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Esta nueva afrenta aviva el llanto de Nelson, pero al ver el camión sobre la
hierba a su lado se tranquiliza. Tarda un momento en darse cuenta de que la
causa de su angustia ha desaparecido y otro momento en contener la emoción
que le embarga. Su jadeo fuerte y seco mientras dobla esas esquinas parece
levantar la alfombra de césped bien cuidado y la misma luz del sol que lo
ilumina. Una avispa que insiste en estrellarse contra la tela metálica cae y la silla
de Eccles amenaza con doblarse. Es como si el ancho mundo participara en la
readaptación de Nelson.
—No sé por qué este niño es tan afeminado —dice la señora Springer—. O
quizá sí que lo sé.
La marrullería de estas últimas palabras irrita a Eccles.
—¿Por qué?
La piel bajo los ojos de la mujer tiene la coloración amarillenta de los
enfermos del hígado. Frunce el ceño y esa piel se eleva mientras las comisuras
de la boca tiran hacia abajo.
—Bueno, es un crío mimado, como su padre. Le han consentido demasiado
y cree que el mundo le debe todo cuanto a él se le antoja.
—Ha sido el otro niño. Nelson sólo quería lo que es suyo.
—Ya, y supongo que en el caso de su padre usted supone que Janice ha
tenido toda la culpa.
El tono en que pronuncia «Janice» hace que la muchacha parezca más real,
preciosa e importante que la sombra patética en la mente de Eccles, quien se
pregunta si, al fin y al cabo, la mujer no estará en lo cierto, si no, se habrá
decantado totalmente por Harry.
—No, señora, no lo creo así. Su conducta es injustificable, pero eso no
quiere decir que ese comportamiento carezca de motivos, motivos que su hija
podría haber controlado en parte. Creo en mi Iglesia que todos somos seres
responsables, responsables de nosotros mismos y de quienes nos rodean.
Estas frases tan bien dichas saben a yeso en su boca. Desea que la mujer le
ofrezca algo de beber. La primavera empieza a ser calurosa. La vieja gitana se
da cuenta de su incertidumbre.
—Mire, decir eso es fácil, pero quizá no lo sea tanto si una está a punto de
parir, procede de una familia respetable, su marido anda por ahí con una pájara
y todo el mundo cree que eso es lo más gracioso que ha ocurrido desde... qué sé
yo cuándo.
La palabra «pájara» aletea en el aire como un murciélago rápido y negro.
—Nadie lo considera gracioso, señora Springer.
—A usted no le llegan los comentarios como a mí, ni ve las sonrisas.
Vamos, si el otro día una mujer tuvo la desfachatez de decirme que si mi hija no
puede retenerle no tiene derecho a él. Tuvo el descaro de decirme eso
sonriendo. Me entraron ganas de estrangularla. Le dije que el hombre también
tiene deberes que cumplir, no pueden hacer lo que les dé la gana. Las mujeres
como ella son las que les meten en la cabeza esas ideas, haciéndoles creer que el
122
John Updike
Corre, conejo
mundo existe sólo para su placer. Y usted... por su forma de actuar se diría que
también cree eso a medias. Pues bien, si el mundo va a estar lleno de hombres
como Harry Angstrom, ¿cree que van a necesitar su Iglesia durante mucho más
tiempo?
Se ha erguido en su asiento y sus ojos oscuros están barnizados de lágrimas
que no caen. El tono de su voz se ha hecho más agudo y raspa el rostro de
Eccles como una lima. El clérigo se siente cubierto de cortes. La revelación del
sonriente chismorreo ocasionado por este asunto es una temible realidad que le
rodea, como la realidad de esos centenares de rostros cuando el domingo, a las
once y media de la mañana, sube al púlpito, el texto huye de su mente y sus
notas se disuelven en la sandez. Hurga en su memoria y consigue decir:
—Creo que en ciertos aspectos Harry es un caso especial.
—Lo único especial en él es que no le importa a quién perjudica ni en qué
medida. No pretendo ofenderle, reverendo Eccles, y estoy segura de que ha
hecho cuanto ha podido, habida cuenta de lo ocupado que está, pero si he de
serle sincera, ojalá aquella primera noche hubiera avisado a la policía como
quería hacer.
A Eccles le parece oír que va a llamar a la policía para que le detengan a él.
¿Por qué no? Escudado por ese alzacuello, falsea el nombre de Dios en cada
palabra que pronuncia, roba la creencia de los niños a los que debería enseñar,
asesina la fe en las mentes de quienes escuchan realmente su cháchara, comete
un fraude con cada cadencia disciplinada del servicio, musitando el
Padrenuestro cuando su corazón conoce al padre verdadero a quien intenta
satisfacer, lo ha intentado durante toda su vida: el Dios que fuma puros.
—¿Qué puede hacer la policía? —pregunta Eccles a la mujer.
—No lo sé, pero supongo que algo más que jugar al golf.
—Estoy seguro de que volverá.
—Lleva usted diciendo eso desde hace dos meses.
—Y sigo creyéndolo.
Pero no lo cree, no cree nada. Hay una pausa de silencio mientras la señora
Springer parece leer esta certeza en su rostro.
—¿Podría traerme ese taburete del rincón? —le dice con la voz cambiada,
implorante—. Tengo que mantener, las piernas levantadas.
Cuando Eccles mueve los párpados éstos le raspan. Sale de su ensoñación,
va en busca del taburete y se lo lleva a la señora, la cual levanta poco a poco las
anchas canillas enfundadas en unos calcetines infantiles de color verde, y al
colocar el taburete bajo los talones, ese encorvamiento, que le evoca estampas
panfletarias de Cristo lavando los pies a los mendigos, adecúa su cuerpo para
que reciba un nuevo flujo de fuerza. Se endereza y permanece en pie ante ella.
La mujer tira del borde de la falda, hasta que queda por debajo de las rodillas.
—Gracias. Esto es un verdadero alivio para mí.
—Me temo que es el único alivio que puedo proporcionarle —confiesa él
con una sencillez que le parece, y se burla de sí mismo por ello, admirable.
123
John Updike
Corre, conejo
—Ah —suspira ella—. Supongo que nadie puede hacer gran cosa.
—Al contrario, es posible hacer algo. Quizá tiene usted razón con respecto
a la policía. La ley garantiza protección a las esposas. ¿Por qué no usarla?
—Fred no está de acuerdo.
—El señor Springer tiene buenas razones. No me refiero simplemente a
razones pecuniarias. Todo lo que la ley puede obtener de Harry es apoyo
económico, y en este caso no creo que el dinero sea realmente lo que importa.
La verdad es que no estoy seguro de que el dinero sea lo que importa en ningún
caso.
—Decir eso es fácil si uno siempre ha tenido bastante.
Él no se inmuta, pues parece habérsele escapado a la mujer
automáticamente, con menos malicia que lasitud. Está seguro de que ella desea
escucharle.
—Es posible, no lo sé, pero en cualquier caso mi preocupación, como lo
sería sin duda la de cualquiera, se centra en el estado general de la situación.
Para que se solucione de verdad, Harry y Janice son quienes tienen que actuar.
Por mucho que queramos ayudarles, por mucho que intentemos hacer en la
medida de nuestras posibilidades, lo cierto es que nosotros estamos al margen.
Imitando a su padre, ha entrelazado las manos a la espalda, que ahora da a
su interlocutora, mientras mira a través de la tela metálica a la otra única
persona que tal vez no está al margen, Nelson, que ahora precede al pequeño
Fosnacht, correteando por el césped en persecución del perro de un vecino. La
risa de Nelson es como una cascada que se despeña desde su cabeza y sus pasos
vacilantes y torpes le sacuden el cuerpo. El perro es viejo, rojizo, pequeño y
lento, y al chico de los Fosnacht le desconcierta pero complace el grito de
«¡león!, ¡león!» de su amiguito. A Eccles le interesa ver que en condiciones de
paz el niño de los Angstrom dirige al otro. La atmósfera verde al otro lado de la
tela metálica parece vibrar con el ruido que produce Nelson. Eccles comprende
la situación: de vez en cuando esa constante efusión traslúcida de excitación
desinteresada debe obstruir de una manera natural los pasadizos más estrechos
del otro niño, menos animado, y ocasionar un brusco movimiento de retroceso,
un repetido acto intimidatorio. Se compadece de Nelson, el cual se verá varado
muchas veces, presa de una sorpresa inocente, antes de que localice en sí mismo
el origen de esa extraña marea inversa. Le parece que también él era así de
pequeño, siempre se entregaba para acabar súbitamente atropellado por los
demás. El viejo perro menea la cola cuando los chicos se aproximan, pero deja
de menearla y la deja caer trazando un arco incierto y cauteloso cuando le
rodean como cazadores, gritando entusiasmados. Nelson extiende los brazos y
golpea el lomo del animal con ambas manos. Eccles siente deseos de gritar: el
perro podría morderle. Seguir mirando es intolerable.
—Sí, pero lo cierto es que él se aleja cada vez más dice la señora Springer en
tono quejumbroso—. Tal como está vive muy bien. No tiene ningún motivo
para volver si no se lo damos.
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John Updike
Corre, conejo
Eccles vuelve a sentarse en la silla de aluminio.
—No lo crea. Volverá por la misma razón que tuvo para marcharse. Es
exigente, tiene que rizar el rizo. El mundo en el que está ahora, el mundo de esa
chica de Brewer, no seguirá satisfaciendo sus fantasías. Viéndole de una semana
a otra ya he observado un cambio.
—Ésa no es la versión de Peggy Fosnacht. Ella tiene noticias de que mi
yerno lleva una vida ostentosa. No sé cuántas mujeres tiene.
—Estoy seguro de que sólo es una. Lo curioso de Angstrom es que por
naturaleza es una persona doméstica. Oh, Dios mío.
Hay una conmoción en el otro extremo del jardín, los chicos corren en una
dirección y el perro en otra. El pequeño Fosnacht se detiene, pero Nelson sigue
avanzando, el miedo reflejado en su rostro.
Al oírle gimotear, la señora Springer dice en tono irritado:
—¿Otra vez han enfurecido a Elsie? Esa perra debe de estar loca. Siempre
se meten con ella, pero viene aquí una y otra vez.
Eccles se incorpora de un salto y la silla se pliega y cae tras él. Abre la
puerta de tela metálica y corre al encuentro de Nelson. El niño le rehúye
asustado, pero él le agarra de los brazos.
—¿Te ha mordido la perra? —El nuevo temor provocado por el hombre
vestido de negro que le aferra interrumpe los sollozos del pequeño—. Dime, ¿te
ha mordido Elsie?
El chico de los Fosnacht se mantiene a prudente distancia. Nelson,
inesperadamente macizo y húmedo en los brazos de Eccles, da unas grandes
boqueadas entrecortadas y empieza a encontrar su voz.
Eccles le sacude para ahogar esa amenaza de llanto y, en su frenético deseo
de hacerse entender, entrechoca los dientes ante la cara del niño.
—¿Así? ¿Ha hecho así la perra?
Esta pantomima parece transportar a Nelson.
—Así —replica, y separa los labios pequeños y finos, arruga la nariz y
mueve bruscamente la cabeza a uno y otro lado.
—¿No te ha mordido? —insiste Eccles, aflojando la presión de sus brazos.
Los pequeños labios se alzan de nuevo con la misma fiereza en miniatura.
Eccles se siente burlado por la vivaz expresión del pequeño, que le recuerda la
de Harry. A Nelson vuelven a acometerle los sollozos, de un tirón se libra de las
manos de Eccles y sube corriendo los escalones del porche en busca de su
abuela. Eccles se levanta. Durante el breve momento que ha permanecido
agachado, el sol le ha hecho sudar bajo la chaqueta negra.
Mientras sube los escalones le turba algo patético, algo muy emocionante,
al recordar los dientecillos del niño expuestos en la imitación de un gruñido. La
inocuidad y, no obstante, la realidad del instinto, el instinto que empuja al
cachorro a atacar el carrete de hilo con sus garras suaves como algodón.
En lo alto del porche encuentra al pequeño entre las piernas de la abuela, el
rostro oculto en su abdomen. Al serpentear en busca de su calor le ha subido el
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John Updike
Corre, conejo
vestido desde las rodillas, que aparecen pálidas e indefensas y Eccles las ve
superpuestas a los dientecillos resueltamente rechinantes que le ha mostrado
antes el niño, esa vieja blancura tamizada a través de la fina malla, formando
una leche que le parece su propia sangre. Se acerca con paso vivo a las dos
cabezas inclinadas, como si la compasión, tal como le han enseñado, no fuese
un grito impotente sino una ola poderosa capaz de limpiar el polvo y los
escombros de todos los rincones del mundo.
—Si no ha vuelto cuando ella tenga el bebé, le denunciaremos —promete—.
Las leyes existen y no podrá librarse de ellas.
—Elsie gruñe porque tú y Billy la molestáis —dice la señora Springer.
—Elsie mala —protesta Nelson.
—Nelson malo —le corrige ella. Mira a Eccles y, en el mismo tono corrector,
replica—: Le falta una semana para cumplir y no veo que él se apresure a
volver.
El momento de ternura hacia ella ha pasado, y la deja en el porche. El amor
nunca termina, se dice, citando la versión estándar revisada de la Biblia. Según la
versión del rey Jaime, el amor nunca desfallece. La voz de la señora Springer
entra en la casa tras él.
—La próxima vez que la abuela te vea molestando a Elsie, te dará unos
azotes.
—No, abuela —le ruega el niño en tono lisonjero, desaparecido ya el temor.
Eccles ha supuesto que encontraría la cocina y tomaría un trago de agua del
grifo, pero entre tantas habitaciones en desorden la cocina se le escapa. Mueve
la lengua dentro de la boca para segregar saliva y la traga mientras abandona la
casa de estuco. Sube a su Buick, se aleja por Joseph Street y luego recorre una
manzana de Jackson Road hasta el domicilio de los Angstrom.
La señora Angstrom tiene las fosas nasales cuadrangulares, romboidales,
talladas en una nariz no tan notable por su tamaño como por su singularidad
anatómica, pues las pequeñas piezas de músculo, cartílago y hueso destacan
individualmente y bajo la luz intensa dividen la piel en muchas facetas. La
entrevista tiene lugar en la cocina, con la luz eléctrica encendida en pleno día.
Su hogar ocupa el lado umbrío de una casa de ladrillo habitada por dos
familias. La mujer ha salido a la puerta con restos de jabón en los brazos y
regresa con el clérigo a un fregadero lleno de camisas abombadas y ropa
interior, que sigue lavando vigorosamente mientras conversan. Es una mujer
fuerte. El exceso de grasa de la doliente señora Springer recubre una osamenta
pequeña, que en otro tiempo fue la de una muchacha esbelta como Janice. En
cambio la señora Angstrom es corpulenta, con huesos de gran tamaño. Sin duda
la talla y la corpulencia de Harry proceden de ella. A Eccles le molesta el ruido
constante de los grandes grifos ocultos por el cuerpo formidable de la mujer,
pero nunca se presenta la oportunidad de pedirle que los cierre.
—No sé por qué viene a verme —le dice—. Harold tiene veintiuno, ya no
puedo dominarle.
126
John Updike
Corre, conejo
—¿No ha venido a verla?
—No, señor. —Le muestra su perfil por encima del hombro izquierdo—.
Usted le avergonzó tanto que venir aquí debe de ser violento para él.
—Es lógico que esté avergonzado, ¿no le parece?
—No veo por qué. En primer lugar, nunca quise que saliera con esa chica.
Basta mirarla para comprender que está medio loca.
—Vamos, señora, eso no es cierto.
—¡Que no es cierto! ¿Sabe qué fue lo primero que me dijo? Que por qué no
compraba una máquina de lavar. Entra en mi cocina, echa un vistazo y empieza
a decirme cómo he de organizar mi vida.
—Pero no creería usted que lo hizo con alguna intención.
—No, no tenía ninguna intención. Sólo se extrañaba de que viviera en
media casa con tan pocas comodidades cuando ella tenía una vivienda enorme
en Joseph Street con la cocina llena de cachivaches, quería darme a entender lo
afortunada que era porque mi hijo se había conformado a vivir en semejantes
condiciones. Nunca me gustaron los ojos de esa chica, nunca te miran
directamente a la cara.
Se vuelve hacia Eccles y él, advertido, le devuelve la mirada. Bajo las gafas
empañadas, unas gafas pasadas de moda —unos círculos de cristal rodeados de
acero en las que las medias lunas bifocales reflejan la luz con una tonalidad
rosada—, la nariz arrogantemente ladeada exhibe su parte inferior carnosa e
intrincada. Una vaga expectación estira un poco su ancha boca. Eccles se da
cuenta de que esta mujer es una humorista, y la dificultad con esa clase de gente
es que mezclan lo que creen con lo que no creen, lo que parezca tener más
probabilidades de lograr un efecto. Lo curioso es que a él le gusta mucho,
aunque en cierto modo ella le trata con tanta rudeza como a la ropa sucia. Pero
ésa es la cuestión: a ella le da lo mismo. Al contrario que la señora Springer, no
ve en absoluto al clérigo como un adversario. Se enfrenta al mundo entero y,
protegida bajo la amplitud de su sátira, puede decir lo que le parezca.
Él defiende francamente a Janice.
—Esa joven es tímida.
—¡Tímida! No lo sería tanto cuando se quedó preñada obligando al pobre
Hassy a casarse con ella cuando apenas sabía meterse los faldones de la camisa
bajo el pantalón.
—Él tenía veintiuno, como usted dice.
—Sí, bueno, los años... Algunos mueren jóvenes, otros nacen viejos. —
Epigramas y todo. Es divertida de veras. Eccles se ríe sonoramente. Ella no
parece oírle y vuelve a su colada con furiosa seriedad—. Sí, sí, tan tímida como
una serpiente —sigue diciendo—. Esas mujercitas son un veneno. Con sus
remilgos y sus miraditas se atraen la simpatía de todo el mundo. Pero no la mía.
Que lloren los hombres. Como dice su suegro, es la mártir que más ha sufrido
desde Juana de Arco.
Eccles vuelve a reírse, pero piensa que Janice es, en efecto, una mártir.
127
John Updike
Corre, conejo
—¿Qué cree su marido que Harry debería hacer?
—Volver, naturalmente, ¿qué otra cosa podría hacer? Y volverá, el
pobrecillo. En el fondo es como su madre, tiene el corazón blando. Supongo que
por eso los hombres dirigen el mundo. Son todo corazón.
—Esa opinión es poco corriente.
—¿Ah, sí? Es lo que te dicen una y otra vez en la iglesia. Los hombres son
todo corazón y las mujeres son todo cuerpo. No sé quién tiene el cerebro.
Supongo que Dios.
Eccles sonríe, preguntándose si la Iglesia Luterana inculca a todo el mundo
tales ideas. Quizás el mismo Lutero fue un poco así y exageraba las medias
verdades con una especie de ira cómica. Tal vez ahí comienza el siniestro
método protestante de golpear con paradojas. En semejante mentalidad hay
una desesperanza fundamental, hay presunción en esa manera de echar a un
lado lo particular. Es posible que así sea, porque él se ha olvidado de casi toda
la teología que le obligaron a aprender. Se le ocurre que debería visitar al pastor
de Angstrom.
La señora Angstrom recoge un hilo suelto.
—Mire, mi hija Miriam es tan vieja como las colinas y siempre lo ha sido.
Jamás me he preocupado por ella. Recuerdo que hace mucho tiempo, cuando
los domingos paseábamos por la cantera, Harold, que entonces tendría doce
años, tenía mucho miedo de que la pequeña se cayera por el borde. Yo sabía
que no iba a caerse. Basta con mirarla. Ella no se casaría por compasión como lo
hizo el pobre Hassy, para que cuando intente librarse todo el mundo se le eche
encima.
—No creo que todo el mundo se le eche encima. Precisamente la madre de
la chica y yo hemos comentado que parece ocurrir todo lo contrario.
—Se equivoca usted. No siento ninguna simpatía por esa chica. Tiene a
todo el mundo de su parte, desde Eisenhower abajo. Intentan persuadirle, como
lo hace usted. Y hay otra.
La puerta principal se ha abierto con tanta suavidad que sólo ella la ha
oído. Su marido entra en la cocina con camisa blanca y corbata pero con las
uñas contorneadas de negro, pues trabaja en una imprenta. Es tan alto como su
mujer, pero parece más bajo. La línea de su boca es modesta, y al abrirla revela
una dentadura postiza mal encajada. Tiene la misma nariz de Harry, un botón
pulcro y suave.
—¿Qué tal está, padre? —le dice. O bien se educó como católico o entre
católicos.
—Me alegro mucho de verle, señor Angstrom. —La mano del hombre tiene
protuberancias duras, pero la palma es suave y seca—. Estábamos hablando de
su hijo.
—Ah, eso me ha afectado terriblemente.
Eccles le cree. Earl Angstrom tiene un aspecto gris y demacrado. La acción
de su hijo le ha herido en lo más hondo. Sus labios se adelgazan sobre los
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John Updike
Corre, conejo
dientes deslizantes como un enfermo del estómago que regurgita gas. Algo le
carcome por dentro. Su cabello ha perdido el color y los ojos también, como si
hubieran estado teñidos con tinta barata. Hombre estricto, que ha medido su
vida con la regla de cíceros y ha cerrado herméticamente las formas de la
imprenta, al regresar por la mañana se ha encontrado con los tipos mezclados
confusamente.
—Habla de la chica una y otra vez como si fuese la madre de Cristo —
comenta la señora Angstrom.
—Eso no es cierto —replica su marido mansamente, y se sienta a la mesa
con superficie de porcelana. El uso continuado durante años ha desgastado el
barniz en los cuatro lados, haciendo que asome el color negro que hay debajo—.
No entiendo cómo Harry ha sido capaz de causar tal desastre. De niño fue
siempre muy pulcro, no era descuidado y chapucero como otros chicos. Era un
trabajador limpio.
Con las manos enrojecidas y jabonosas, la señora Angstrom se ha puesto a
calentar café para su marido. Este pequeño acto de servicio parece crear una
armonía entre los dos, y de improviso, como suelen hacerlo los viejos
matrimonios aparentemente en desacuerdo, hablan como una sola persona.
—Fue el ejército —dice ella—. Cuando volvió de Texas era un muchacho
diferente.
—No quería entrar en la imprenta —dice Angstrom—. Temía ensuciarse.
—¿Le apetece un café, reverendo Eccles? —pregunta la señora Angstrom.
Por fin ha llegado su oportunidad.
—No, gracias, pero desearía tomar un vaso de agua.
—¿Sólo agua? ¿Con hielo?
—No importa, de cualquier manera estará bien.
—Sí, Earl tiene razón —concede la mujer—. Ahora la gente habla de lo
perezoso que es Hassy, pero se equivocan. Nunca lo ha sido. En el instituto,
cuando estábamos orgullosos de lo bien que jugaba al baloncesto, decían: «Sí,
pero como es tan alto le resulta fácil». No sabían cuánto había trabajado para
lograr esa perfección. Cada tarde estaba ahí detrás practicando con la pelota
hasta mucho después de que oscureciera. No sé cómo podía ver.
—A partir de los doce años más o menos se dedicó a eso noche y día —dice
Angstrom—. Clavé un poste en el patio trasero, para que se entrenara. El garaje
no era bastante alto.
—Cuando se interesaba por algo —prosigue la señora Angstrom—, no le
detenía nada. —Tira fuertemente de la palanca de la cubitera y, con un crujido
múltiple que dispersa brillantes trocitos de hielo, los cubitos se desprenden—.
Quería ser el mejor en ese deporte, y creo sinceramente que llegó a serlo.
—La comprendo muy bien, señora —dice Eccles—. He jugado un poco con
él al golf y ya me ha superado.
129
John Updike
Corre, conejo
La mujer echa los cubitos en un vaso, lo pone bajo una espita y se lo sirve.
Al llevárselo a los labios, la voz de Angstrom ondea a través del líquido con una
tenue vehemencia.
—Entonces regresa del servicio militar y en lo único que piensa es en las
mujeres. No quiere trabajar en la imprenta porque se ensuciaría las uñas. —
Eccles baja el vaso y Angstrom le espeta desde el otro lado de la mesa—: Ahora
en Brewer se ha convertido en un vagabundo de la peor especie. Si le echara las
manos encima, padre, le daría una paliza aunque él me matara.
Su rostro ceniciento se congestiona y le brillan los ojos incoloros.
—Ten cuidado con lo que dices, Earl —le previene su esposa, dejando una
floreada taza de café sobre la mesa, entre sus manos.
Él mira la negra y humeante superficie y dice:
—Discúlpame. Cuando pienso en lo que está haciendo ese chico se me
revuelve el estómago.
Eccles alza su vaso y dice «No» utilizándolo como si fuera un megáfono.
Bebe hasta que no queda una sola gota de agua bajo los cubitos que chocan
contra su labio superior. Se limpia la humedad de la boca y añade:
—Lo cierto es que su hijo tiene una gran bondad. Cuando estoy con él..., ya
sé que es lamentable, pero qué se le va a hacer..., me siento tan animado que
incluso me olvido del motivo que me ha llevado a verle.
Se ríe, mirando primero al hombre y luego, al ver que ni siquiera le arranca
una sonrisa, a la mujer.
—Eso de jugar al golf con él... —dice Angstrom—. ¿De qué sirve? ¿Por qué
los padres de la chica no avisan a la policía? En mi opinión, lo que necesita es
un buen puntapié.
Eccles mira a la señora Angstrom y ve el arco que forman sus cejas, como
barro secándose en la frente. Hace tan sólo un minuto no esperaba considerarla
una aliada mientras que este buen hombre agotado le parece un adversario
bastante vulgar y decepcionante.
—La señora Springer quiere denunciarle —dice Eccles a Angstrom—, pero
la chica y su padre prefieren esperar.
—No digas tonterías, Earl —tercia la señora Angstrom—. ¿Crees que al
viejo Springer le interesa que su nombre salga en los periódicos? Por tu manera
de hablar se diría que el pobre Harry era tu enemigo.
—Es mi enemigo —afirma él, tocando el platillo a uno y otro lado con las
sucias yemas de los dedos—. La noche que pasé recorriendo las calles en su
busca se convirtió en mi enemigo. Tú no puedes hablar, no viste la cara de la
chica.
—¿Qué me importa su cara? Estás hablando de furcias, y a mi modo de ver
no se convierten en santas blancas como el marfil sólo por tener una licencia de
matrimonio. Esa chica quería cazar a Harry y lo consiguió con el único truco
que conocía. Ahora no le quedan más.
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—No hables así, Mary. Dices las cosas sin pensar. Supón que yo hubiera
actuado como lo ha hecho Harry.
—Ah —dice ella, volviéndose, y Eccles se estremece al ver el rostro de la
mujer tenso para lanzar un proyectil—. Yo no te quería, eras tú quien me
buscabas. ¿O no fue así?
—Sí, claro, fue así —musita Angstrom.
—Pues entonces no hay comparación.
Angstrom ha hundido los hombros y permanece cabizbajo ante la taza de
café, empequeñecido.
—Oh, Mary —suspira, sin atreverse a decir nada más.
Eccles intenta defenderle. Siempre que hay una pelea se pone de parte del
más débil, de un modo casi automático.
—A mi modo de ver —le dice a la señora Angstrom—, usted afirma que
Janice no suponía que su matrimonio se basaba en la atracción mutua. Pero si la
muchacha fuese una intrigante tan lista, no habría dejado escapar a Harry con
esa facilidad.
La señora Angstrom sabe que ha abrumado demasiado a su marido, y ya
no le interesa seguir discutiendo. La postura que mantiene, la de que Janice
controla la situación, es tan falsa, evidentemente, que equivale a una concesión.
—No le ha dejado escapar —asegura—. Volverá con ella, ya lo verá.
Eccles se vuelve hacia el hombre. Si está de acuerdo, los tres serán del
mismo parecer y él podrá marcharse.
—¿Cree usted también que Harry volverá?
—No, jamás —responde Angstrom, con la vista baja—. Ha ido demasiado
lejos. Ahora seguirá hundiéndose más y más, y al final casi le olvidaremos. Si
tuviera veinte o veintiuno, pero a su edad... A veces, en la imprenta, veo a esos
jóvenes vagabundos de Brewer. Son incapaces de conservar su empleo, son
como lisiados, sólo que no cojean. Basura humana les llaman. Y yo llevo dos
meses sentado ante la máquina preguntándome cómo es posible que mi Harry,
que detestaba tanto el desorden, se haya vuelto así.
Eccles mira a la madre de Harry y se sobresalta al verla apoyada en el
fregadero con las mejillas empapadas de llanto, brillantes bajo las gafas. Se
levanta alarmado. ¿Llora la mujer porque cree que su marido dice la verdad o
porque cree que le dice eso sólo para herirla, como una venganza por hacerle
admitir que fue él quien la buscó, el que quiso casarse?
—Debo irme ya. Les agradezco que me hayan permitido comentar la
situación con ustedes. Comprendo que es doloroso.
Angstrom le acompaña a la salida y en la oscuridad del comedor le toca el
brazo.
—Le gusta la perfección en todo —le dice—. Nunca vi un muchacho como
él. Cuando había alguna discusión familiar se lo tomaba muy en serio... cuando
Mary y yo nos divertíamos, por ejemplo.
131
John Updike
Corre, conejo
Eccles asiente, pero duda de que la palabra «divertirse» sirva para describir
exactamente lo que ha visto.
En el oscuro comedor hay una muchacha con un vestido de verano sin
mangas.
—¡Mim! ¿Acabas de llegar?
—Éste es el padre..., quiero decir el reverendo...
—Eccles.
—Eccles, sí, ha venido para hablar de Harry. Es mi hija Miriam.
—Hola, Miriam, encantado. Harry me ha hablado muy bien de ti.
—Hola.
La gran ventana detrás de la muchacha adopta el lustre íntimo del ventanal
de uno de esos pequeños restaurantes frecuentados por los jóvenes. Saludos
descarados parecen seguirle el paso con las volutas de humo de tabaco y el olor
de perfume barato. La nariz es parecida a la de su madre pero más delicada,
con una angulosidad sarracena o incluso más antigua, bárbara. A primera vista
parece ser tan alta como la madre, pero cuando el padre se pone a su lado
Eccles ve que los dos tienen la misma altura, y tanto la joven bonita como el
hombre fatigado tienen un cuerpo idéntico, la misma estrechez y un filo que
Eccles, tras haber visto las heridas abiertas bajo las gafas de la señora Angstrom,
sabe que puede cortar. Esa estrechez y una discreta vulgaridad que le ofende.
Llevarán a cabo lo que se propongan, saben lo que están haciendo. Él tiene la
debilidad de preferir a los que no saben lo que hacen, los desvalidos, ésos y los
que están en lo más alto, fuera del alcance de toda ayuda. Sus prejuicios
aristocráticos le hacen pensar que quienes maniobran más o menos bien en el
medio roban de ambos extremos. Cuando llegan a la puerta, Angstrom rodea la
cintura de su hija con un brazo y Eccles piensa en la señora Angstrom silenciosa
en la cocina, con las mejillas húmedas y los brazos enrojecidos, como una
cautiva loca. No obstante, ya en la acera, cuando se vuelve para saludar a la
pareja en la puerta, tiene que sonreír por su simetría incongruente, el chico
árabe con pendientes que desdeña inocentemente el alzacuello cristiano que él
lleva, y la esposa de un impresor, una mujer mayor de rostro fláccido,
aparejados en esa esbeltez, entrelazados.
Sube al coche sediento e irritado. En la última media hora ha escuchado
algo agradable, pero no puede recordar qué ha sido. Se siente magullado,
acalorado, confuso y seco. Ha pasado una tarde deambulando por un sendero
entre zarzas. Ha visto a media docena de personas y un perro y en ninguna
parte una opinión ha coincidido con la suya, la de que merece la pena salvar a
Harry Angstrom y es posible salvarle. Pero ahí abajo, entre las zarzas, Harry no
parecía existir: no había más que aire viciado y tallos de la temporada anterior
marchitos. A través de la tarde blanca el día declina hacia la larga noche azul de
primavera. Pasa ante una esquina donde alguien practica con una trompeta
detrás de la ventana abierta de un primer piso. Du do do da da di. Di di da da do do
du. Rumorean los coches que conducen a los trabajadores de regreso a sus casas.
132
John Updike
Corre, conejo
Cruza el pueblo, virando por las calles diagonales para seguir en rumbo
paralelo a la montaña lejana. Fritz Kruppenbach, ministro luterano de Mount
Judge desde hace veintisiete años, vive en una alta casa de ladrillo cerca del
cementerio. La motocicleta de su hijo adolescente está volcada en el camino,
parcialmente desmontada. El césped en pendiente, escalonado en terrazas bien
cuidadas, tiene la uniformidad poco natural, el color verde pálido, que se debe
a un exceso de fertilizante, a una continua eliminación de hierbajos y una siega
constante. La señora Kruppenbach sale a la puerta con un vestido gris que no
armoniza en absoluto con la estación. Al ver su rostro con hoyuelos, Eccles se
pregunta si Lucy llegará a tener alguna vez ese aspecto obediente. Tiene el
cabello recogido en compactas trenzas grises. Cuando se lo suelta debe de
parecer una bruja.
—Está segando ahí detrás —dice al recién llegado.
—Quisiera hablar con él unos minutos. Se trata de un problema que implica
a nuestras dos congregaciones.
—Suba a su habitación, ¿quiere? Iré a buscarle.
La casa, el vestíbulo, los pasillos, la escalera, incluso la correosa madriguera
del ministro, huele a carne asada. En el minúsculo despacho de Kruppenbach,
Eccles toma asiento en un banco de coro con respaldo de roble, resto de alguna
renovación, y siente el impulso adolescente de rezar, pero en vez de hacerlo
mira a través del valle hacia los fragmentos verdes del campo de golf, donde le
gustaría estar con Harry. Ha encontrado otros compañeros mejores o peores
que él, pero sólo Harry es ambas cosas y sólo él proporciona al juego una
alegría desesperada, como si los dos estuvieran embarcados en una búsqueda
imposible organizada por un señor benevolente pero absurdo, una búsqueda
cuyas humillaciones les escuecen hasta arrancarles casi las lágrimas, pero que se
renueva en cada tee, en una nueva avenida verde. Y Eccles tiene una esperanza
adicional, una secreta determinación de derrotar a Harry. Percibe que la
inestabilidad del muchacho, lo que le impide repetir cada vez ese swing bello y
sin esfuerzo, es lo que hay en la raíz de todos los problemas que ha creado, y al
derrotarle decisivamente, él, Eccles, estará por encima de esa debilidad, de ese
defecto, y así resolverá los problemas. Entretanto experimenta el placer de oír
gritar a Harry de vez en cuando: «¡Eh! ¡Eh!» o «¡Me encanta!». Hay momentos
en que su relación proporciona a Eccles un placer intenso, un éxtasis inocuo, y
el mundo con sus imperfectas circunstancias parece remoto, esférico y verde.
Los pasos de su dueño estremecen la casa. Kruppenbach llega a su guarida,
en lo alto de la escalera, airado porque le han interrumpido cuando segaba el
césped. Lleva unos viejos pantalones negros y una camiseta empapada en
sudor. Tiene los hombros recubiertos de un vello gris y rígido como el alambre.
—Hola, Chack —le dice con el mismo volumen de voz que usa en el
púlpito y sin entonación de saludo., Su acento alemán hace que las palabras
parezcan piedras, puestas furiosamente una sobre otra ¿Qué ocurre?
133
John Updike
Corre, conejo
Como Eccles no se atreve a llamarle «Fritz», porque es mucho mayor que él,
se ríe y dice abruptamente:
—¡Hola!
Kruppenbach hace una mueca. Tiene la cabeza maciza y cuadrada, con el
pelo cortado a cepillo. Es un hombre de ladrillo, como si al nacer hubiera sido
un bebé de arcilla y décadas de exposición a la intemperie le hubieran cocido
hasta darle el color y la dureza del ladrillo.
—¿Qué ocurre? —repite.
—Tiene usted en su parroquia a una familia llamada Angstrom.
—Sí.
—El padre es impresor.
—Sí.
—Su hijo, Harry, abandonó a su esposa hace más de dos meses. Sus padres,
los Springer, pertenecen a mi iglesia.
—Ah, sí, ese muchacho... Ese muchacho..., sí, es un Schussel.
Eccles no está seguro de lo que significa esa palabra. Supone que
Kruppenbach no se sienta porque no quiere manchar los muebles con su propio
sudor. Su empeño en seguir de pie coloca a Eccles en una posición de súplica,
sentado en el banco como un niño de coro. El olor de la carne al horno se hace
más insistente a medida que explica cómo han ocurrido las cosas: que en cierto
sentido sus éxitos atléticos han malogrado a Harry; que, para ser justos, la
esposa quizás ha mostrado poca imaginación en el matrimonio; que él mismo,
como ministro, ha intentado hacerle reflexionar en el sufrimiento de su esposa,
sin forzar por ello una reunión prematura, pues el problema del muchacho no
era tanto una falta de sentimientos como un exceso incontrolado de los mismos;
como los padres de ambos, por diversas razones, son de poca ayuda, y él
mismo ha sido testigo hace unos minutos de una pelea entre los Angstrom que
quizás ofrece una pista de los motivos por los que su hijo...
Finalmente Kruppenbach le interrumpe.
—¿Cree usted que su trabajo consiste en entrometerse en la vida de esa
gente? Ya sé que ahora les enseñan psicología y esas cosas en el seminario, pero
no estoy de acuerdo con eso. Usted cree que ahora su trabajo consiste en ser un
médico sin paga, en ir corriendo por ahí, tapar los agujeros y suavizar las cosas.
No opino del mismo modo, no creo que ése sea su trabajo.
—Yo sólo...
—Déjeme terminar. Llevo veintisiete años en Mount Judge y usted sólo
tres. He escuchado su relato, pero no lo que decía sobre otras personas, sino lo
que revela de usted. Y lo que deduzco es esto: un ministro de Dios vende su
mensaje por un poco de chismorreo y unos partidos de golf. Ahora dígame,
¿qué cree que le parece a Dios el hecho de que un marido infantil abandone a
una esposa no menos infantil? ¿Piensa alguna vez en lo que Dios ve? ¿O es que
está por encima de eso?
134
John Updike
Corre, conejo
—No, claro que no, pero me parece que nuestro papel en una situación
así...
—Le parece que nuestro papel es ser policías, policías sin esposas, sin
armas, sin nada más que nuestra bondad humana. ¿Me equivoco? No responda,
piense tan sólo si estoy en lo cierto. Pues bien, creo que eso es una idea del
diablo. Dejemos que los policías sean policías y se preocupen de sus leyes que
no tienen nada que ver con nosotros.
—Estoy de acuerdo hasta cierto punto...
—¡No hay cierto punto! No hay ninguna razón o medida en lo que
debemos hacer. —Su grueso dedo índice, velludo en las falanges, ha empezado
a tamborilear en el respaldo de un sillón de cuero Si Dios quiere poner fin al
sufrimiento, declarará el Reino ahora mismo. —Jack, nota que el rubor empieza
a arderle en el rostro—. ¿Qué importancia cree que tienen sus amiguitos entre
los miles de millones que Dios ve? Ahora mismo, a cada minuto, en Bombay se
mueren en las calles. Habla usted de un papel, y yo le digo que usted no sabe
cuál es su papel, o de lo contrario estaría encerrado en casa, rezando. Ése es su
papel: convertirse en un ejemplo de la fe. De ahí es de donde proviene el
consuelo, de la fe, no de lo que un individuo mañoso puede hacer aquí y allá,
removiendo el agua del cubo. Al correr de un lado a otro, se aleja del deber
impuesto por Dios, el de hacer su fe poderosa, de modo que cuando llegue la
llamada usted pueda salir y decirles: «Sí, está muerto, pero volveréis a verle en
el Paraíso. Sí, sufrís, pero debéis amar vuestro dolor, porque es el dolor de
Cristo». Entonces, el domingo por la mañana, cuando nos presentemos ante
ellos, debemos hacerlo no fatigados por el peso del sufrimiento, sino llenos de
Cristo, calientes —cierra con fuerza los puños peludos con Cristo, ardientes:
hemos de quemarles con la fuerza de nuestra creencia. Por eso han ido a la
iglesia. ¿Por qué habrían de pagarnos si no fuera así? Cualquier otra cosa que
podamos hacer o decir será algo que cualquiera podrá hacer o decir. Para eso
tienen médicos y abogados. Todo está en el Libro... un ladrón con fe vale por
todos los fariseos juntos. No se equivoque, le hablo muy en serio, no se
equivoque. Para nosotros no hay nada más que Cristo. Todo lo demás, todo ese
decoro y aplicación, no es nada. Es la obra del diablo.
—Fritz —llaman suavemente desde el pie de la escalera—. La cena.
El hombre de piel rojiza en camiseta mira a Eccles y le pregunta:
—¿Se arrodillará un momento conmigo y rezará para que Cristo entre en
esta habitación?
—No, no lo haré. Estoy demasiado enojado. Sería hipócrita si lo hiciera.
La negativa, impensable en un lego, no ablanda a Kruppenbach pero le
sosiega.
—Hipocresía —dice quedamente No es usted serio. ¿No cree en la
condenación? ¿No sabía a qué se arriesgaba cuando se puso ese alzacuello?
En la piel arcillosa de su rostro los ojos parecen pequeñas imperfecciones,
rosados y humedecidos, como si le escocieran a causa de un calor intenso.
135
John Updike
Corre, conejo
Sin esperar la respuesta de Jack, da media vuelta y baja la escalera. Jack le
sigue y al llegar abajo se encamina a la salida. El corazón le late como el de un
niño al que han dado un rapapolvo, y el furor debilita sus rodillas. Ha venido
aquí para un intercambio de información y ha sido flagelado con una perorata
absurda. Ese hombre es un huno afectadamente fervoroso y atronador, sin la
idea de su ministerio como un legado de luz, probablemente salió de una
carnicería para hacerse religioso. Jack se da cuenta de que estos pensamientos
son rencorosos e indignos, pero no puede evitarlos. Su depresión es tan
profunda que intenta ahondarla todavía más diciéndose: «Tiene razón, tiene
razón», salpicando así de lágrimas expiatorias el perfecto círculo verde del
volante del Buick, pero no puede llorar, está reseco. Su vergüenza y su fracaso
cuelgan en su interior, pesados pero infructuosos.
Aunque sabe que Lucy quiere que vuelva a casa —si la cena aún no está
lista del todo llegará a tiempo para bañar a los niños— se dirige al drugstore en
el centro del pueblo. La chica con el pelo como un perro de lanas que está detrás
del mostrador pertenece a su Grupo Juvenil, y dos parroquianas que compran
medicinas, anticonceptivos o Kleenex le saludan alegremente. Aquí es donde
vienen realmente en busca de los antídotos contra las penalidades de la vida.
Eccles se siente a sus anchas; es cierto, en la mayoría de lugares públicos se
siente como en su casa. Apoya las muñecas en el frío y limpio mármol y pide
una gaseosa con helado de vainilla con una cucharada de jarabe de arce y se
bebe dos vasos de Coca-Cola llenos de un agua milagrosamente clara antes de
que se lo sirvan.
Al club Castañuela lo bautizaron así durante la guerra, en pleno auge de la
moda sudamericana, y ocupa un edificio triangular donde Warren Avenue y
Running Horse Street se cruzan en ángulo agudo. Está al sur de Brewer, en un
barrio de italianos, negros y polacos, y Conejo desconfía de ese sitio que, con su
espesa fachada de ladrillo horadada por negras ventanas, parece una fortaleza
de la muerte. La decoración del interior, poco iluminado, recuerda una
funeraria satinada, puesta al día: tiestos con plantas verdes aquí y allá, una
música suave y el mismo olor a alfombras, tubos fluorescentes y celosías junto
con el olor más suave, un efluvio sigiloso, del alcohol. Uno lo aspira, y luego
queda embalsamado en él. Desde que un hombre que vivía cerca de su casa en
Jackson Road perdió su empleo de ayudante en una funeraria y se hizo barman,
Conejo relaciona ambas profesiones. Quienes se dedican a ellas hablan con
suavidad, tienen un aspecto muy limpio y siempre se les ve de pie. Se sienta
con Ruth en un reservado cerca de la entrada, donde les llega a través de la
ventana una débil fluctuación de luz roja cuando la castañuela de neón en el
letrero de la fachada parpadea entre sus dos posiciones, que imitan el
castañeteo.
136
John Updike
Corre, conejo
Ese temblor rosado elimina el peso del rostro de Ruth, sentada frente a él.
Intenta imaginar la clase de vida que ha llevado. Un sitio tan lúgubre como éste
probablemente es tan familiar para ella como un vestuario lo sería para él. Pero
sólo pensar en ello le pone nervioso. La vida desordenada de Ruth, como el
hecho de que él tenga familia, son cosas que ha intentado mantener al margen.
Para sentirse satisfecho le bastaba con pasar las noches en su piso y, mientras
ella leía novelas de misterio, él iba a la tienda en busca de ginger ale, o algunas
noches salían e iban al cine; sí, esas cosas sencillas le satisfacían, pero no acudir
a esta clase de antros. Aquella primera noche le gustó el daiquiri, pero desde
entonces no había sentido deseos de tomar otro y confiaba en que a ella le
ocurriera lo mismo. Así fue durante algún tiempo, pero últimamente algo le
carcome, en la cama está inerte y de vez en cuando le mira como si fuese un
cerdo. Él desconoce en qué aspecto su comportamiento ha variado, pero sabe
que, de algún modo, ya no se encuentran tan a gusto juntos. Esta noche le ha
llamado esa supuesta amiga suya, Margaret. Cuando sonó el teléfono Harry fue
presa del pánico. Ahora teme que cada vez que llama alguien sea la policía, su
madre o alguien que le busca, tiene la sensación de que algo está creciendo al
otro lado de la montaña. Un par de veces, después de su traslado, el teléfono
sonó y una voz masculina preguntó por Ruth o colgaron el teléfono al oír la voz
de Conejo. Cuando esperaban a que ella se pusiera, Ruth se limitaba a decir
muchos noes y eso parecía zanjar el asunto. Sabía cómo tratarlos y, además, los
que habían llamado ni siquiera llegaban a la media docena. El pasado era una
enredadera colgada de esos únicos cinco zarcillos, y se desprendió fácilmente,
dejándola limpia, nostálgica y desconcertada. Pero esta noche Margaret salía de
su pasado, proponiéndole pasar un rato en el club Castañuela, y Ruth quiso que
Conejo la acompañara. Lo que sea por un pequeño cambio. Está aburrido.
—¿Qué vas a tomar? —le pregunta.
—Un daiquiri.
—¿Estás segura? ¿No te marearás? —Ha observado que a veces parece
mareada y no come nada, mientras que otras devora todo lo que encuentra.
—No, no estoy segura, pero ¿por qué diablos no puedo marearme?
—No lo sé. ¿Por qué no puede uno marearse?
—Oye, deja de filosofar por una vez y pídeme la bebida.
Una muchacha de color vestida con un uniforme anaranjado que, a juzgar
por los volantes, debe de tener la pretensión de parecer sudamericano, les
atiende y Conejo pide un par de daiquiris. La camarera cierra el bloc de pedidos
y se aleja, y él ve que el vestido está abierto hasta la mitad de la espalda,
revelando un poco de sostén negro. En comparación con esa tela, su piel no es
negra en absoluto. Suaves sombras violáceas giran en los planos de su espalda,
donde incide la luz. Anda a pasitos cortos, como una paloma, agitando esos
volantes anaranjados. No muestra ningún interés por él, y eso le agrada, que no
le importe. Lo malo de Ruth es que últimamente ha tratado de hacerle sentirse
culpable de algo.
137
John Updike
Corre, conejo
—¿Qué estás mirando? —pregunta ella.
—No miro nada.
—No puedes tenerla, Conejo. Eres demasiado blanco.
—Vaya, veo que estás de muy buen humor.
Ella le sonríe desafiante.
—Sólo soy yo misma.
—Dios mío, espero que no.
Vuelve la negra y deja los daiquiris entre la pareja, que permanece en
silencio. La puerta a sus espaldas se abre y Margaret entra en la fresca corriente
de aire. A Harry no le hace ninguna gracia ver al individuo que la acompaña.
Lo único que le faltaba era ver a Ronnie Harrison.
—Hola, chico —saluda Margaret a Conejo—. ¿Aún andas por aquí?
—¡Pero si es el gran Angstrom! —exclama Harrison, como si intentara
ocupar el lugar de Tothero en todos los aspectos He oído hablar de ti —añade
turbiamente.
—¿Qué has oído?
—Oh, lo que se dice.
Harrison nunca fue uno de los favoritos de Conejo y no ha mejorado. En el
vestuario siempre hablaba de seducir a las mujeres y de sus juegos con lo que
tenía bajo el vientre grueso y peludo, y desde entonces ese vientre se ha
hinchado mucho. Harrison es gordo y medio calvo. Su pelo ensortijado de color
amarillo latón se ha hecho ralo y, según cómo ladee la cabeza, se le ve la piel del
cuero cabelludo. Ese color rosado entre las hebras escasas molesta a Conejo
tanto como la única idea pelada que siempre aparece en la conversación de
Harrison. Sin embargo, recuerda una noche en que Harrison volvió a participar
en el juego tras haber perdido dos dientes a causa del codazo que le dio alguien,
e intenta alegrarse de verle. En lo más apurado de un partido se agradecían esas
intervenciones.
Pero eso parece haber sucedido hace mucho tiempo, y cada segundo que
Harrison permanece ahí de pie, sonriente, el pasado parece más remoto. Lleva
un traje de verano de algún tejido que imita el lino, estrecho de hombros, y
tener esa tela elegante y presuntuosa colgando junto a su oreja irrita a Harry, le
hace sentirse encerrado. Tomar asiento plantea un problema. Él y Ruth se han
sentado en lados opuestos de la mesa, y ése ha sido el error. Harrison toma una
decisión y se sienta al lado de Ruth, con una ligera dificultad en el movimiento
de agacharse que revela la secuela de la vieja lesión que sufrió jugando al
fútbol. A Conejo le obsesionan las imperfecciones de Harrison. Ha estropeado el
efecto de su elegante traje al ponerse una corbata de lana azul, como un italiano.
Cuando abre la boca, los dos dientes postizos no armonizan del todo con los
demás.
—Bueno, ¿qué tal trata la vida al viejo maestro? —pregunta Harrison—. Se
dice por ahí que estás hecho un seductor.
138
John Updike
Corre, conejo
Su mirada concreta el significado de estas palabras al dirigirse lateralmente
hacia Ruth, la cual permanece inmóvil en su asiento, las manos alrededor del
vaso. Tiene los nudillos rojos de lavar la vajilla para Conejo. Cuando levanta el
vaso para beber, su mentón se ve distorsionado a través del cristal.
—Me sedujo a mí —dice ella, y deja el vaso sobre la mesa.
—¿Él y quién más? —pregunta Harrison.
Margaret se remueve al lado de Conejo, y el nerviosismo de esa mujer
también le recuerda a Janice. Su presencia en el ángulo izquierdo de su visión es
como un paño oscuro y húmedo que se le acerca por ese lado de la cara.
—¿Dónde está Tothero? —le pregunta a Margaret.
—¿Torther qué?
Ruth se ríe tontamente, Harrison inclina la cabeza hacia Ruth, mostrando el
parche rosado, y susurra una observación, sonriente. Es exactamente como
aquella noche en el restaurante chino, cualquier cosa que él le diga le agradará,
excepto que esta noche él es Harrison en vez de Tothero y Conejo está sentado
frente a ellos, al lado de esta mujer a la que detesta. Está seguro de que Harrison
le susurra algo acerca de él, «el viejo maestro». En cuanto han sido cuatro, ha
estado claro que él sería la cabeza de turco, como Tothero aquella noche.
—Sabes muy bien a quién me refiero —le dice a Margaret A Tothero.
—¡Nuestro viejo entrenador, Harry! —exclama Harrison, y tiende un brazo
por encima de la mesa para tocar los dedos de Conejo—. ¡El hombre que nos
hizo inmortales!
Conejo curva un poco los dedos para evitar el contacto de Harrison, y éste,
con una sonrisa vana, se retira, deslizando las palmas sobre la pulida superficie
de la mesa, lo cual produce un leve ruido de fricción.
—Querrás decir que me hizo —replica Conejo Tú no eras nada.
—Nada, ¿eh? Eso parece un poco duro. Sí, eso parece un poco duro, Harry,
viejo compinche. Pensemos en el pasado. Cuando Tothero quería zurrar a un
tipo, ¿a quién enviaba para que lo hiciera? —Se palmotea el pecho—. Tú eras
demasiado importante para ensuciarte las manos. No, tú nunca tocabas a nadie,
¿verdad? Tampoco jugabas a fútbol y no te lesionaste la rodilla, ¿eh? No, señor,
Harry el Pájaro no. Él volaba. No había más que pasarte la pelota y mirar cómo
la encestaba.
—Y la encestaba, ¿no es cierto?
—A veces, sí, a veces. Vamos, Harry, no arrugues la nariz. No creas que no
apreciamos todos tu habilidad.
Por su manera de mover las manos, cortando el aire con ellas y alzándolas
de un modo que revela mucha práctica, Conejo supone que debe de hablar
mucho alrededor de una mesa. No obstante, percibe un temblor en ellas y, al
ver que Harrison le teme, pierde interés por él. Viene la camarera —Harrison le
pide bourbon con hielo para él y otro daiquiri para Ruth— y Conejo observa la
espalda de la muchacha que se aleja como si fuera la única cosa real en el
139
John Updike
Corre, conejo
mundo: el pequeño triángulo de sostén negro bajo los dos cojines de músculo
de un marrón azulado. Quiere que Ruth le vea mirarla.
Harrison está perdiendo su compostura de vendedor.
—¿Te he dicho alguna vez lo que Tothero me dijo de ti? ¿Me escuchas,
campeón?
—¿Qué dijo Tothero?
Piensa que este tipo es un pelma de mediana edad y aún no tiene los
treinta.
—Me dijo: «Que quede entre nosotros, Ronnie, pero dependo de ti para
estimular al equipo. Harry no es un jugador de equipo».
Conejo mira a Margaret y luego a Ruth.
—Ahora os diré lo que ocurrió realmente —replica. Es cierto que éste fue a
ver a Tothero, y le dijo: «Oye, sé estimular a la gente, ¿eh? Un auténtico
animador, ¿verdad? No como Angstrom, ese chulo de mierda». Probablemente
Tothero estaba durmiendo y no le contestó, así que Harrison seguirá pensando
durante el resto de su vida: «Caramba, soy todo un héroe, un verdadero
animador del juego». Y es que, en un equipo de baloncesto, siempre que hay un
tipejo torpe que puede hacer cualquier cosa se le llama animador del juego. No
sé dónde practica toda esa animación. Supongo que en su dormitorio.
Ruth se ríe. Él no está seguro de que deseara tal cosa.
—Eso no es cierto. —Las expertas manos de Harrison se mueven con más
rapidez—. Me lo dijo por su propia voluntad. Claro que no era algo que yo no
supiera. Toda la escuela lo sabía.
Conejo no recuerda tal cosa. Si toda la escuela lo sabía, él era la excepción.
—Por Dios, no hablemos más de baloncesto —tercia Ruth Cada vez que
salgo con este cabrón no hablamos de otra cosa.
¿Habrá aparecido la duda en su rostro y ella ha dicho eso para
tranquilizarle? ¿Es posible que, en algún rincón de su ser, se compadezca de él?
Harrison quizá considera que ha sido más desagradable de lo que
corresponde a las suaves maneras de un vendedor. Saca un cigarrillo y un
encendedor Ronson de piel de lagarto. Los demás no pueden evitar mirarle,
como niños alrededor de un mago, mientras él enciende una bonita llama.
Conejo se vuelve hacia Margaret. Algo en la manera en que esto dispone las
nervaduras en su cuello le recuerda algo, le hace pensar que se volvió hacia ella
exactamente igual hace un millón de años.
—Aún no me has respondido —le dice.
—Jolín, no sé dónde está. Supongo que se fue a casa Se encontraba mal.
—¿Se encontraba físicamente mal... —Harrison hace una cosa curiosa con la
boca, sonriendo y frunciéndola a la vez, como si presentara con deferencia esa
pequeña muestra de inteligencia neoyorquina a sus amigos rurales por primera
vez, dándose unos golpecitos en la cabeza para asegurarse de que «lo capten»—
o mal de la azotea?
—De todas las maneras —dice Margaret.
140
John Updike
Corre, conejo
Cruza su rostro una sombra de seriedad que parece apartarles a ella y
Harry, que la ve, de los demás y les lleva a ese extraño espacio de hace un
millón de años del que se desviaron. Harry siente una curiosa culpabilidad por
estar aquí en vez de allí, donde nunca estuvo. Frente a él, Ruth y Harrison,
iluminados a intervalos por la luz roja, parecen sonreír desde el infierno.
—¿Cómo te ha ido, querida Ruth? —pregunta Harrison—. A menudo me he
preocupado por ti.
—No te preocupes precisamente por mí —replica ella, pero parece
complacida.
—Me intriga la capacidad de nuestro mutuo amigo para ofrecerte el nivel
de vida al que estás acostumbrada.
La negra les trae las bebidas y Harrison, como si enseñara una insignia,
muestra el Ronson de piel de lagarto que tiene en la mano.
—Piel auténtica —dice.
—Hummm —responde ella gangosamente ¿La tuya propia?
Conejo se echa a reír. Esa mujer le encanta.
Cuando la camarera se marcha, Harrison se inclina adelante con la dulce
sonrisa con que uno se dirige a los niños.
—¿Sabías que una vez Ruth y yo fuimos juntos a Atlantic City? —pregunta
a Harry.
—Había otra pareja —dice ella.
—Una pareja repulsiva —explica Harrison— que prefería la destartalada
intimidad de su bungalow a la dorada luz del sol al aire libre. El hombre me
confesó más tarde, con mal disimulado orgullo, que había gozado de la
culminación orgásmica once veces en el cortísimo período de treinta y seis
horas.
Margaret se ríe.
—La verdad, Ronnie, es que oyéndote hablar a veces cualquiera diría que
has ido a Harvard.
—Princeton —la corrige a él El efecto que deseo obtener es el de Princeton.
El de Harvard es sospechoso en estos alrededores.
Conejo mira a Ruth y ve que ha dado cuenta del primer daiquiri y está
tomando el segundo. La oye reírse entre dientes.
—Lo desagradable de esos dos es lo que hicieron en el coche —comenta—.
Allí estaba el pobre Ronnie tratando de conducir en medio de tanto tráfico el
sábado por la noche, y cuando miré atrás en un semáforo vi que Betsy tenía el
vestido alrededor del cuello.
—No conduje durante todo el trayecto —le dice Harrison Recuerda que por
fin conseguimos que él cogiera el volante. —Inclina la cabeza hacia ella,
esperando su confirmación, y el rosado cuero cabelludo brilla.
—Sí. —Ruth mira su vaso y vuelve a reír entre dientes, tal vez recordando a
Betsy desnuda.
Harrison observa atentamente el efecto que todo esto surte en Conejo.
141
John Updike
Corre, conejo
—Ese tipo —dice, en el tono a la vez sosegado e imperioso con que se
ofrece un trato— tenía una teoría interesante. Creía... —las manos de Harrison
aferran el aire— que en el instante decisivo uno debe golpear a su pareja, tan
fuerte como pueda, en la cara. Si está en una postura que le permita hacerlo. De
lo contrarío, que golpee lo que pueda.
Conejo parpadea. No sabe a qué carta quedarse con este tipo asqueroso. Y
entonces, en el espacio del parpadeo, con el alcohol evaporándose bajo sus
costillas, siente que realmente le da lo mismo. Se echa a reír de buena gana. Que
se vayan todos al infierno.
—¿Y qué opinaba de morder?
La sonrisa risueña de Harrison se inmoviliza. Sus reflejos no son lo bastante
rápidos para encajar este giro inesperado.
—¿Morder? Pues no sé.
—Es algo muy sencillo, no hace falta pensar mucho. Un buen bocado
sanguinolento: nada mejor. Claro que tú no podrías hacerlo, con ese par de
dientes postizos.
—¿Tienes dientes postizos, Ronnie? —grita Margaret—. ¡Qué interesante!
No me lo habías dicho.
—Claro que los tiene —insiste Conejo No creerías que esas dos teclas de
piano son suyas, ¿verdad? Se ve a la legua que son distintas.
Harrison aprieta los labios, pero no puede permitirse una sonrisa forzada y
ese movimiento tensa sus facciones y le impide hablar. Harry sigue haciéndolo.
—En Texas frecuentaba un garito donde había una chica con la espalda tan
llena de mordiscos que a veces parecía un trozo de cartón viejo después de
haber estado bajo la lluvia. Eso era lo único que hacía. Por lo demás era virgen.
Mira a su alrededor y ve que Ruth mueve ligeramente la cabeza, como si
dijera No, Conejo, y parece muy triste, tanto que una áspera película de tristeza
desciende sobre su espíritu, amortiguándole.
—Es como el chiste de la puta que tenía un enorme... —dice Harrison—. Ah,
no queréis que os lo cuente, ¿verdad?
—Claro —dice Ruth adelante.
—Bueno, un tipo estaba haciéndolo con ella y pierde su... aparato. —El
rostro de Harrison fluctúa a la luz inestable. Empieza a acompañar sus
explicaciones con las manos. Conejo supone que el pobre tipo ha de hacer un
discurso de ventas unas cinco veces al día, y se pregunta qué venderá. Debe de
tratarse de algo intangible, de ideas, nada tan preciso como la peladora
MagiPeel—... hasta el codo, hasta el hombro, luego mete toda la cabeza y el
pecho, y empieza a arrastrarse por ese túnel... —La buena y vieja MagiPeel,
piensa Conejo: casi nota una de ellas entre sus manos. El mango a elegir entre
tres colores, que la empresa llamaba turquesa, escarlata y oro. Lo curioso es que
realmente hacía lo que decían, sí, quitaba la piel de apios, zanahorias, patatas y
rábanos, de un modo limpio y rápido, tenía una especie de larga ranura con los
bordes afilados como navajas—... ve a otro tipo ahí dentro y le pregunta: «Oye,
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John Updike
Corre, conejo
¿has visto... ?». —Ruth permanece inmóvil y resignada y él cree horrorizado
que para ella todo es lo mismo, que no hay diferencia entre Harrison y él, pero
¿hay acaso alguna diferencia? Todo el interior del local se enturbia y vuelve
rojo, como el interior de un estómago que les digiere—... y el otro tipo dice:
«Diablo de puta. ¡Llevo aquí tres semanas buscando mi motocicleta!».
Harrison, que esperaba la risa de los demás para compartirla, alza la vista
en silencio. No ha logrado venderlo.
—Eso es demasiado fantástico —dice Margaret.
Conejo suda bajo la ropa, y al abrirse la puerta detrás de él la corriente de
aire le estremece.
—Eh, ¿no es ésa tu hermana? —dice Harrison.
Ruth alza la vista del vaso.
—¿Lo es? —Él no dice nada y ella comenta—: Tienen el mismo aspecto
caballuno.
Un vistazo le ha bastado a Conejo. Por suerte Miriam y su acompañante se
adentran en el local, pasan ante su mesa y esperan más allá a que haya un
reservado libre. El local tiene forma de cuña y se ensancha a partir de la
entrada. El bar está en el centro, y a cada lado hay un pasillo con reservados. La
joven pareja se dirige al pasillo opuesto. Mim calza unos zapatos de un blanco
brillante con los tacones muy altos. El muchacho que la acompaña es rubio, con
la longitud de pelo mínima para poder peinarse y unos de esos bronceados
acaramelados que obtiene en verano la gente que juega pero no trabaja al aire
libre.
—¿Es ésa tu hermana? —dice Margaret Es atractiva. Cada uno debe de
haber salido a un padre distinto.
—¿Cómo es que la conoces? —pregunta Conejo a Harrison.
—Oh... —Mueve una mano tímidamente, como si las yemas de los dedos se
deslizaran por una capa de grasa en el aire—. Se la ve por ahí.
Instintivamente Conejo había decidido no decir nada a su hermana, pero la
sugerencia de Harrison de que es una ramera le hace levantarse, recorrer el
suelo de baldosas anaranjadas y rodear el bar.
—Mim.
—Ah, hola.
—¿Qué estás haciendo aquí?
—Es mi hermano —le dice ella a su acompañante. Ha regresado de entre
los muertos.
—Hola, hermano mayor.
A Conejo no le gusta que el chico diga eso ni tampoco que esté sentado en
el interior del reservado, y Mim junto al pasillo, en el sitio que debe ocupar el
hombre. No le gusta nada de lo que ve, que Mim se pasee con él por ahí. El
chico lleva chaqueta a rayas en relieve y corbata estrecha, ese atuendo no encaja
con su aspecto de estudiante de escuela preparatoria y le hace parecer a la vez
143
John Updike
Corre, conejo
demasiado joven y demasiado mayor. Tiene unos labios demasiado gruesos.
Mim no le dice su nombre.
—Harry, papá y mamá están discutiendo continuamente por tu culpa.
—Bueno, si supieran que estás en un antro como éste tendrían, algo más de
qué hablar.
—No está tan mal para esta zona del pueblo.
—Apesta. ¿Por qué no os largáis tú y este mocoso?
—Oye, ¿a qué viene esos humos?
Harry alarga un brazo, rodea con un dedo la corbata a rayas del chico y tira
de ella hacia fuera. La tela sube, toca la gruesa boca y oculta por un instante el
rostro lampiño. El muchacho empieza a levantarse, pero Conejo pone una mano
sobre el pelo pulcramente cortado, le empuja, obligándole a sentarse de nuevo,
y se aleja, con la dureza de la estrecha cabeza del otro cosquilleándole aún en
las yemas de los dedos.
—Harry —musita su hermana tras él.
Tiene tan buen oído que, al rodear el bar, oye que el chico explica a Mim,
con voz enronquecida por la cobardía:
—Está enamorado de ti.
—Vamos, Ruth —dice al llegar a su mesa—. Sube en tu motocicleta.
—Estoy bien aquí —protesta ella.
—Vamos.
Ella se mueve para recoger sus cosas y Harrison, tras mirar dubitativo a su
alrededor, sale del reservado para permitir que se levante. Se queda al lado de
Conejo y éste, obedeciendo a un impulso, pone la mano sobre el hombro sin
hombrera pretendidamente princetoniano de Ronnie. En comparación con el
acompañante de Mim, este muchacho le gusta.
—Tienes razón, Ronnie —le dice Eras un auténtico animador del juego.
Esta observación parece desagradable, pero lo ha dicho sinceramente, en
honor al viejo equipo.
Harrison, demasiado lento para darse cuenta de que lo dice en serio, le
aparta bruscamente la mano y dice:
—¿Cuándo vas a crecer?
Le ha desconcertado al contar esa asquerosa anécdota. Afuera, en los
escalones calentados por el verano, Conejo se echa a reír.
—Buscando mi motocicleta —dice y, bajo la luz de neón, se pone a gritar—:
Juá, juá, giaaa.
Ruth no está de humor para verle la gracia.
—Estás francamente loco —le dice.
A él le irrita que sea demasiado estúpida para darse cuenta de que está
realmente dolido. También le molesta que ella moviera negativamente la cabeza
cuando estaba contando aquella anécdota. Su mente vuelve una y otra vez a ese
momento, y cada vez tropieza con él. Está enfadado por tantas cosas que no
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John Updike
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sabe por dónde comenzar. Lo único que tiene claro es que va a decirle cuatro
verdades.
—De modo que te fuiste con ese cabrón a Atlantic City.
—¿Por qué le llamas cabrón?
—Ah, él no lo es y yo sí.
—No he dicho que lo fueras.
—Sí que lo has dicho, ahí dentro, hace un momento.
—Era sólo una expresión, y una expresión cariñosa, aunque no sé por qué.
—No lo sabes.
—No, no lo sé. Ves a tu hermana entrar con un amigo y prácticamente te
meas en los pantalones.
—¿Pero te has fijado en el tipejo que estaba con ella?
—¿Qué tiene de malo ese chico? No me ha parecido nada mal.
—A ti todo el mundo te parece bien, ¿no es cierto?
—Mira, no sé a qué vienen estas ínfulas de juez todopoderoso.
—Sí, señor, cualquier cosa con pelos en los sobacos te parece bien.
Caminan por Warren Avenue. Su casa está a siete manzanas de distancia.
Hay gente sentada en los escalones de sus viviendas, tomando el aire del
verano temprano. En este sentido su conversación es pública, y se esfuerzan por
no levantar la voz.
—Hijo mío, si te pasa esto sólo por ver a tu hermana, me alegro de que no
estemos casados.
—¿A qué viene eso?
—¿A qué viene qué?
—Lo del matrimonio.
—Tú hablaste de eso la primera noche, ¿no recuerdas?, hablabas
continuamente de eso y me besaste el dedo anular.
—Aquella noche fue estupenda.
—Estamos de acuerdo.
—Ni de acuerdo ni nada. —Conejo tiene la sensación de estar atrapado en
un rincón donde no puede decirle cuatro verdades sin poner fin a su relación,
sin destruir las cosas buenas. Pero ella tiene la culpa por haberle llevado a ese
local apestoso—. Te has acostado con Harrison, ¿verdad?
—Supongo que sí. Claro.
—Supones que sí. ¿No lo sabes?
—He dicho claro.
—¿Y con cuántos más?
—No lo sé.
—¿Cien?
—Esa pregunta no tiene sentido.
—¿Por qué no tiene sentido?
—Es como si te preguntan cuántas veces has ido al cine.
—Para ti viene a ser lo mismo, ¿no?
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John Updike
Corre, conejo
—No, no es lo mismo, pero no veo para qué sirve llevar la cuenta. Ya sabías
lo que he sido.
—No estoy seguro de haberlo sabido. ¿Eras una puta auténtica?
—Recibía algún dinero, ya te lo he dicho. Cuando trabajaba como
taquimeca tenía amigos, y éstos también los tenían, y es posible que perdiera mi
trabajo por los rumores, no sé, y algunos hombres mayores consiguieron mi
número de teléfono, tal vez a través de Margaret, tampoco lo sé. Mira, eso ya ha
pasado. Si crees que es alg0 así como estar sucia, hay muchas mujeres casadas
que han tenido que hacerlo con más frecuencia que yo.
—¿Has posado como modelo fotográfica?
—¿Quieres decir para esas fotos que usan los chicos del instituto? No,
nunca.
—¿Lo has hecho con la boca?
—Mira, tal vez deberíamos decirnos adiós.
Al pensar en lo que él acaba de recordarle le tiembla el mentón, le escuecen
los ojos y siente una oleada de odio hacia Harry. Le detesta demasiado para
compartir su secreto con él. Ese secreto no parece guardar ninguna relación con
el hombre alto que camina a su lado bajo las farolas, voraz como un alma en
pena, ansioso de escuchar sus palabras para azotarse con ellas. Eso es lo curioso
de los hombres, la importancia que dan a la boca. Conejo le parece otro hombre,
con una diferencia: en su ignorancia la ha soldado a él y ahora no puede
soltarse.
Con una gratitud degradante le oye decir:
—No, no quiero que nos digamos adiós, sólo deseo que respondas a mi
pregunta.
—La respuesta a tu pregunta es afirmativa.
—¿Con Harrison?
—¿Por qué Harrison significa tanto para ti?
—Porque apesta, y si Harrison es para ti lo mismo que yo, entonces apesto.
En este momento no hay para ella diferencia entre uno y otro. Incluso
preferiría a Harrison, sólo por el cambio, sólo porque este último no insiste en
ser el tipo más grande que jamás ha existido, pero le miente.
—No, tú no eres igual, en absoluto, no estás en la misma liga.
—Pues sentado ante vosotros en ese restaurante tenía una sensación
curiosa. ¿Qué hiciste con él? Cuéntamelo.
—¿Qué quieres que te cuente? ¿Qué haces tú? Haces el amor, tratas de
intimar con alguien.
—Veamos, ¿me harías todo lo que le hiciste a él?
Esto surte un extraño efecto en Ruth, le contrae la piel de tal manera que
siente su cuerpo oprimido y angustiado debajo de ella.
—Si quieres que lo haga...
Después de haber sido esposa, la piel de ramera le viene estrecha. Él sonríe
satisfecho, con un alivio juvenil.
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John Updike
Corre, conejo
—Sólo una vez, de veras —le promete Conejo. Nunca volveré a pedírtelo.
Intenta rodearla con el brazo, pero ella le aparta. Su única esperanza es que
no estén hablando de lo mismo.
Ya en el apartamento, él le pregunta en tono lastimero:
—¿Vas a hacerlo?
A ella le sorprende el desamparo de su postura. En la oscuridad del
interior, a la que sus ojos no se han acostumbrado todavía, Harry parece un
traje colgado de la percha ancha y blanca de su cara.
—¿Estás seguro de que hablamos de lo mismo? —pregunta ella.
—¿De qué crees que estamos hablando? —Es demasiado refinado para
expresarlo. Ruth se lo dice.
—Sí, eso es —confirma Conejo.
—Así, a sangre fría. Lo quieres sin más.
—Ajá. ¿Tan terrible es para ti?
Este vislumbre de su tierno conejo la envalentona.
—¿Puedo preguntarte qué he hecho?
—No me ha gustado tu manera de actuar esta noche.
—¿Cómo he actuado?
—Como lo que fuiste.
—No era ésa mi intención.
—Aun así. Esta noche he visto cómo fuiste, sentí que había un muro entre
nosotros y ésta es la única manera de atravesarlo.
—Qué bonito. Está muy claro que lo deseas.
Ansia golpearle, decirle que se vaya, pero la época en que podría haberlo
hecho ya ha pasado.
—¿Tan terrible es para ti? —repite él.
—Lo es porque tú lo crees así.
—Quizá no lo crea.
—Te he querido, ¿sabes?
—Yo también te he querido.
—¿Y ahora?
—No lo sé. Todavía deseo quererte.
Las lágrimas asoman de nuevo a los ojos de Ruth. Intenta hablar
apresuradamente, antes de que se le quiebre la voz.
—Una prueba de bondad por tu parte, algo heroico.
—No te piques. Oye, esta noche te has vuelto contra mí. Necesitaba verte
de rodillas.
—Si sólo es eso...
—No, no es sólo eso.
Los dos daiquiris le han sentado mal a Ruth. Quiere irse a dormir, tiene un
sabor amargo en la boca. Siente en lo más hondo la necesidad de retener a
Harry, y se pregunta si eso le asustará, si después de hacerlo se apagará su
sentimiento hacia ella.
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John Updike
Corre, conejo
—¿Qué demostraré haciendo eso?
—Que eres mía.
—¿Tengo que desnudarme?
—Claro.
Él se desviste con rapidez y su cuerpo brilla contra la pared oscura en la
que se apoya desmañadamente, alza una mano y la deja colgando sobre el
hombro, sin saber qué hacer con ella. Su pose tímida parece sostenida por unas
alas de tensión, como si fuese un ángel esperando una palabra. Ella se quita las
últimas prendas y nota los brazos fríos en contacto con sus costados. A lo largo
del último mes se ha sentido siempre fría, como si su temperatura estuviera
dividida o algo por el estilo. Ahora ve mejor en la oscuridad y observa que él se
mueve ligeramente. Cierra los ojos y se dice que ellos dos no son repugnantes.
No, no lo son.
La señora Springer llamó a la rectoría poco después de las ocho. La señora
Eccles le dijo que Jack había salido con el equipo juvenil de softball para jugar
un partido a veinticinco kilómetros de Mount Judge, y ella no sabía cuándo
estaría de vuelta. El pánico anidaba en la voz de la señora Springer, y Lucy
Eccles, alarmada, se pasó casi dos horas telefoneando a distintos lugares, en un
intento de dar con él. Oscureció. Por fin localizó al ministro de la iglesia con
cuyo equipo de softball se enfrentaban, y le dijo que el partido había terminado
hacía más de una hora. En el exterior la oscuridad iba en aumento, y la ventana
en cuyo antepecho reposaba el teléfono se convirtió en un espejo céreo y
jaspeado en que se veía reflejada, el cabello sin arreglar, inclinada ya sobre el
teléfono, ya sobre la libreta de direcciones. Al oír el sonido constante del disco,
Joyce bajó y no quiso separarse de su madre. Tres veces Lucy la llevó a la cama
y en dos ocasiones la pequeña volvió a bajar y se pegó, silenciosa y asustada, a
las piernas de su madre. La casa entera, una habitación tras otra rodeando de
oscuridad la pequeña isla de luz alrededor del teléfono, se llenó de amenaza, y
cuando, la tercera vez, Joyce no volvió a salir de su cuarto, Lucy se sintió a la
vez culpable y abandonada, como si hubiera vendido su única aliada a las
sombras. Marcó los números de todos los feligreses con problemas en los que
pudo pensar, intentó localizar a los miembros de la junta parroquial, al
secretario de la iglesia, a los tres copresidentes de la campaña para recaudación
de fondos, a Henry, el viejo y sordo sacristán, e incluso al organista, un profesor
de piano que vivía en Brewer.
Ahora son más de las diez, y empieza a ser embarazoso seguir llamando.
Parece como si su marido la hubiera abandonado. Y la verdad es que eso, que
su marido parezca haberse esfumado, la asusta. Prepara café y gime
quedamente en su propia cocina. ¿Cómo se metió en esto? ¿Qué la atrajo aquí?
La alegría de Jack, siempre tan risueño. Quien le conoció en el seminario nunca
habría creído que se tomaría su trabajo con tanta seriedad. Él y sus amigos
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John Updike
Corre, conejo
sentados en aquellas viejas habitaciones expuestas a las corrientes de aire, las
paredes con estantes llenos de bellas obras exegéticas encuadernadas en azul
hacían que su vocación pareciera una broma elegante. Recuerda haber jugado
con ellos en un partido de softball, cuyos equipos eran los atanasianos contra
los arrianos. Ella ya no veía nunca esa alegría, Jack la vertía totalmente en los
demás, en su parroquia lúgubre, gris e intangible, el enemigo de Lucy. Ah,
cómo los odia a todos, esas pegajosas, raras y temblequeantes viudas, esos
jóvenes que hacen de Cristo el eje de sus vidas... Lo único bueno que ocurrirá si
los rusos nos invaden es que acabarán con la religión. Debería haberse
extinguido hace un siglo. O quizá no, quizá nuestra mente la necesite, pero ¿no
podían otros sostenerla? La manera en que Jack vive la religión es tan
deprimente... A veces siente lástima de él, y ahora, abruptamente, ésta es una de
esas ocasiones.
Cuando Eccles llega por fin a casa, a las once menos cuarto, resulta que ha
estado en un drugstore charlando con algunos adolescentes de su parroquia.
Esos chicos idiotas se lo cuentan todo mientras fuman como chimeneas, y
regresa estúpidamente excitado, haciendo cábalas sobre «lo lejos que puede
llegar» una pareja de jóvenes sin dejar de amar a Jesús.
El clérigo ve enseguida que su mujer está furiosa. Se ha retrasado
demasiado. Adora a esos chicos, cuya creencia es tan real para ellos y a la vez
tan liviana.
Lucy le comunica el mensaje como si eso fuese suficiente reprimenda, pero
no lo es, pues él, haciendo caso omiso de las atroces horas que ella,
implícitamente, ha pasado, se abalanza hacia el teléfono.
Saca la cartera y, entre el permiso de conducir y el carnet de la biblioteca
pública, encuentra el número de teléfono que ha guardado ahí, la llave que sólo
puede girar una vez en la cerradura. Mientras marca el número se pregunta si
la llave encajará, si habrá sido un estúpido al apoyar todo el peso del caso en la
palabra de la joven señora Fosnacht, de ojos invisibles bajo las gafas de sol. El
timbre del teléfono suena varias veces, es como si la electricidad, ese ratón
asombrosamente adiestrado, se hubiera escabullido a través de kilómetros de
cable sólo para roer al otro extremo de la línea una impenetrable placa metálica.
Reza, pero lo hace mal, su rezo es siempre dubitativo, y no logra superponer a
Dios sobre las complejidades de la electricidad, a las que concede sus leyes
inviolables. La esperanza se ha desvanecido, sólo el aturdimiento le hace seguir
esperando, cuando los timbrazos roedores cesan, el metal se levanta y el espacio
abierto, una impresión de luz y aire, retorna a través de los cables al oído de
Eccles.
—¿Diga? —dice una voz masculina, pero no es la de Harry. Es más
indolente y brutal que la de su amigo.
—¿Está Harry Angstrom?
Unas gafas de sol se burlan de su corazón abatido. Éste no es el número.
—¿Quién llama?
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John Updike
Corre, conejo
—Soy Jack Eccles.
—Ah, hola.
—¿Eres tú, Harry? No he reconocido tu voz. ¿Estabas durmiendo?
—En cierto modo.
—Harry, tu mujer ha empezado a dar a luz. Su madre llamó aquí alrededor
de las ocho y yo acabo de llegar.
Eccles cierra los ojos. En el oscuro silencio que sigue a esta información
siente que lo esencial de su ministerio está siendo juzgado.
—Sí —suspira Harry en el otro extremo de la oscuridad—. Supongo que
debo ir con ella.
—Desearía que lo hicieras.
—Supongo que he de hacerlo. También es hijo mío.
—Exactamente. Nos veremos allí. Es el hospital de Saint Joseph, en Brewer.
¿Sabes dónde está?
—Sí, claro. Puedo ir andando en diez minutos.
—¿Quieres que te recoja con el coche?
—No, iré andando.
—Muy bien, si lo prefieres... Una cosa, Harry.
—¿Qué?
—Estoy muy orgulloso de ti.
—Sí, bueno, hasta luego.
Ha tenido la sensación de que Eccles le tendía un brazo desde el suelo. Su
voz sonaba minúscula y enterrada. El dormitorio de Ruth está oscuro, la farola
de la calle, como una luna baja, quema las sombras en los planos interiores del
sillón, en la cama ocupada, la sábana arrugada que él apartó finalmente al
comprender que el teléfono nunca dejaría de sonar. El brillante rosetón de la
iglesia en la acera de enfrente aún está iluminado: púrpura, rojo, azul y oro,
como las notas de distintas campanas tañidas. Su cuerpo, toda la estructura de
nervios y huesos, vibra como si sonaran ristras de campanillas colgadas a lo
largo de su piel. Se pregunta si ha dormido y cuánto tiempo, diez minutos o
cinco horas. Encuentra la ropa interior y los pantalones doblados sobre una silla
y se los pone con dificultad. No sólo sus dedos sino también la vista tiemblan en
la penumbra luminosa. La camisa blanca parece reptar, como un enjambre de
luciérnagas en la hierba. Titubea antes de meter los dedos en ese nido, que al
tacto resulta ser de tela inocua, inerte. La lleva de la mano a la cama sobre la
que abulta la masa oscura de su cuerpo.
—Eh, cariño.
No obtiene respuesta. Si no estuviera dormida, habría, oído todo lo que él
ha dicho por teléfono, pero, ¿qué ha dicho? No recuerda nada excepto esa
sensación de que le han dado alcance. Ruth yace pesada y silenciosa, su cuerpo
oculto. La noche es lo bastante calurosa para usar sólo una sábana, pero ella ha
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John Updike
Corre, conejo
puesto una manta, aduciendo que tenía frío. Eso ha sido casi lo único que ha
dicho. Harry se dice que no debería haberla obligado. No sabe por qué lo ha
hecho, salvo que en ese momento le parecía bien. Pensó que a ella podría
gustarle, o por lo menos le gustaría la humillación. Si no quería hacerlo, si eso le
repugnaba, ¿por qué no se negó, como él, de todos modos, había esperado a
medias que lo hiciera? Durante el acto no dejó de tocarle las mejillas con las
yemas de los dedos, mientras deseaba levantarla, abrazarla para mostrarle
sencillamente su agradecimiento y decirle Basta, eres mía de nuevo, pero por
alguna razón no pudo decidirse a detenerla y siguió pensando que lo haría
dentro de un momento, hasta que fue demasiado tarde, y con eso terminó al
instante aquella extraña sensación flotante de sumo orgullo. La vergüenza se
apoderó de él.
—Mi mujer está dando a luz. Tengo que estar presente. Volveré dentro de
un par de horas. Te quiero.
El cuerpo bajo la manta y la rizada medialuna de pelo que se asoma por el
borde superior siguen sin moverse. Él está tan seguro de que no duerme que
por un instante piensa que la ha matado. Es ridículo, una cosa así no la mataría,
no tiene nada que ver con la muerte, pero ese pensamiento le paraliza, le
impide aproximarse para tocarla y obligarla a escucharle.
—Ruth, está vez he de ir, pero será la última. Está pariendo a mi hijo, y es
tan boba que no creo que pueda hacerlo por sí sola. El parto de nuestro primer
hijo fue dificilísimo. Es lo mínimo que le debo.
Es posible que esta manera de decirlo no haya sido la mejor, pero él trata de
explicarse y la inmovilidad de Ruth le asusta y empieza a disgustarle.
—Eh, Ruth, si no dices nada no volveré. Ruth.
Ella permanece tendida como un animal muerto o un accidentado en la
carretera, cuando lo cubren con una manta. Harry intuye que si se acerca y la
levanta volverá a la vida; pero no le gusta verse manipulado y su enojo va en
aumento. Se pone la camisa y prescinde de la chaqueta y la corbata; sin
embargo, parece tardar una eternidad en ponerse los calcetines, pues tiene las
plantas de los pies pegajosas.
Cuando la puerta se cierra, el sabor a agua marina en la boca de Ruth se
diluye en la intensa aflicción que sube por su garganta, tan intensa que tiene
que sentarse en la cama para poder respirar. Las lágrimas se desprenden de sus
ojos cerrados y salan las comisuras de su boca, mientras las paredes vacías de la
habitación se hacen visibles, vagamente primero y luego compactas. Es como
cuando tenía catorce años y el mundo entero, los árboles, el sol y las estrellas
habrían tenido su razón de ser si ella hubiera podido perder diez kilos, porque
¿qué le costaría eso a Dios, que da forma a cada flor del campo? Ciertamente
ahora no es eso lo que pide, ahora sabe que son sólo supersticiones, lo único
que desea es lo que tenía hace un instante, a él en la habitación, a ese hombre
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John Updike
Corre, conejo
que cuando era bueno podía transformarla en una flor, despojarla de su carne y
convertirla en aire puro, «la dulce Ruth» la llamaba, y si hace un momento la
hubiera llamado «dulce» al hablarle quizá le habría respondido y él seguiría
entre estas paredes. No. Desde la primera noche supo que la esposa ganaría,
ellas tienen anzuelos y, en cualquier caso, se siente francamente mal: una oleada
de náuseas rompe contra ella y se retira arrastrando consigo todas sus
preocupaciones. Va al lavabo, se arrodilla en las baldosas y contempla el quieto
óvalo de agua en la taza, como si eso fuese a hacer algo. Al fin y al cabo no cree
que vaya a vomitar, pero se queda ahí porque le complace, su brazo desnudo
descansando en el frío borde de porcelana, y se acostumbra a la amenaza en su
estómago, que no se disuelve, que se queda con ella y así, en su estado de
debilidad, llega a parecerle que esa cosa que le causa náuseas es alguna clase de
amigo.
Harry corre durante casi todo el camino hasta el hospital. Una manzana
Summer Street arriba, luego baja por Youngquist, una calle paralela a Weiser
por el norte, de casas de ladrillo y modestos locales comerciales, tugurios de
reparación de calzados que segregan un olor a cuero, oscuras confiterías,
agencias de seguros con fotografías mostrando los daños ocasionados por los
tornados en las ventanas, oficinas de inmobiliarias con letreros dorados, una
librería. Youngquist Street se sirve de un anticuado puente de madera para
cruzar las vías del ferrocarril; éstas discurren entre muros de piedra renegrida,
recubiertos de una blanca capa de hollín como musgo negro, a través del centro
de la población, hilos metálicos en el fondo, en una oscuridad que es como un
río, reflejando los crepusculares tonos rosados de los neones que ostentan los
establecimientos a lo largo de Railway Street. Llega una música a sus oídos. Las
pesadas tablas del viejo puente, teñidas de negro por el humo de las
locomotoras, retumban bajo sus pies. Como se ha criado en una localidad
pequeña, siempre tiene el temor de que le acuchillen en el barrio bajo de una
ciudad. Corre más velozmente. El pavimento se ensancha, empiezan los
parquímetros, y ante el antiguo edificio de la YMCA, la Asociación Cristiana de
Jóvenes, hay un nuevo banco en el que se pueden efectuar operaciones sin bajar
del coche. Ataja por el callejón entre el viejo edificio y una iglesia de piedra
caliza cuyas ventanas emplomadas muestran a la calle los reversos de escenas
bíblicas. No puede distinguir qué están haciendo las figuras. Desde una ventana
alta en el edificio de la YMCA le llega el golpeteo de una partida de billar. Por
lo demás, no hay el menor rastro de vida en la amplia fachada del edificio. A
través de la puerta lateral ve a un viejo negro envuelto en una luz verde de
acuario. Ahora tiene bajo los pies las semillas pulposas de algún árbol cuyas
hojas tropicalmente estrechas son espigas negras contra el cielo amarillo oscuro,
un árbol importado de China, Brasil o algún sitio así, porque puede vivir bajo el
hollín y los humos. El aparcamiento del hospital de Saint Joseph es un cuadrado
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John Updike
Corre, conejo
de asfalto rayado en cuyos lados se alinean árboles de esa clase, y por encima
de sus copas, en este áspero espacio abierto, ve la luna y, por un instante, se
detiene y comunica con su cara apenada, para en seco en su pequeña sombra
garabateada en el asfalto para mirar la piedra celestial que refleja con metálica
brillantez la piedra que ha surgido dentro de su piel acalorada. Haz que todo
salga bien, le ruega, y se dirige a la entrada trasera del hospital.
Camina por un pasillo con suelo de linóleo perfumado de éter hasta el
mostrador de la recepción.
—Angstrom —le dice a la monja sentada ante una máquina de escribir Creo
que mi mujer está aquí.
Su rolliza cara de lavandera está contorneada como un pastelito en su
molde por los festones de la toca. Examina las fichas y asiente con una sonrisa.
Sus pequeñas gafas de montura metálica se encaraman a distancia de los ojos,
sobre los rellenos de grasa en lo alto de los carrillos.
—Puede esperar ahí —le dice, señalando el lugar con un bolígrafo rosa.
Su otra mano descansa al lado de la máquina de escribir, sobre un rosario
de cuentas negras que tiene el tamaño del collar de abalorios tallados en Java
que él le regaló a Janice una Navidad. Se queda ahí mirando, esperando oírle
decir: «Está aquí desde hace horas. ¿Dónde estaba usted?». No puede creer que
le acepte sin más. Mientras él mira su mano blanca y quieta, que parece
desconocer el sol, desliza el rosario sobre la superficie del mostrador hasta que
cae en su regazo.
Hay otros dos hombres esperando en la sala. Ése es el vestíbulo de la
entrada principal y la gente entra y sale. Conejo se sienta en un sillón con
tapicería que imita la piel y brazos de cromo, y este contacto metálico, unido al
sonido de los pasos, le hace fantasear que está en una comisaría de policía y
esos dos hombres son los agentes que han llevado a cabo un arresto. Es
evidente que ellos le ignoran. Presa de nerviosismo, coge una revista de la
mesa, una publicación católica con el formato del Reader's Digest, e intenta leer
un artículo sobre un abogado inglés que se interesa tanto por la injusticia legal
de Enrique VIII al confiscar las propiedades de los monasterios que se convierte
en católico romano y acaba haciéndose monje. Los dos hombres susurran. Tal
vez uno es el padre del otro. El más joven no cesa de frotarse las manos y
asentir a lo que dice el otro.
Entra Eccles, parpadeante, con un aspecto escuálido bajo el alzacuello.
Saluda a la monja recepcionista llamándola por su nombre, hermana Bernard.
Conejo se levanta con una sensación de ingravidez, como si sus tobillos fueran
etéreos, y Eccles se acerca a él con esa familiar expresión que le da el ceño
fruncido, cuya severidad acentúa la iluminación del hospital. Las líneas de su
frente violácea parecen delineadas a buril. Hoy mismo ha ido al barbero y, al
volver la cabeza, los planos afeitados por encima de las orejas brillan como las
plumas azuladas en la garganta de una paloma.
—¿Sabe ella que estoy aquí? —pregunta Conejo.
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John Updike
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Lo dice en un susurro que le sorprende a él mismo molesto de que su voz
se ahogue en el pánico.
—Me encargaré de que se lo digan si aún está consciente —responde
Eccles.
La brusquedad de su tono hace que los otros dos hombres alcen la vista. Se
acerca a la hermana Bernard. A la monja parece agradarle la charla y ambos se
ríen, Eccles con la risotada exagerada que Harry conoce bien y la hermana
Bernard con una risa aflautada, pura y juvenil, que surge de su garganta algo
contraída, refrenada por el marco de rígidos festones alrededor de su cara.
Cuando Eccles la deja, ella descuelga el teléfono que tiene al lado del codo.
De nuevo junto a Harry, Eccles le mira a la cara, suspira y le ofrece un
cigarrillo. Es como si le hiciera una propuesta de arrepentimiento, y Conejo lo
acepta. La primera chupada, después de tantos meses sin fumar, desquicia sus
músculos y tiene que sentarse. Eccles ocupa una dura silla a su lado y no intenta
entablar conversación. A Conejo nunca se le ocurre gran cosa que decirle fuera
del campo de golf y, sosteniendo el cigarrillo con la mano izquierda, coge otra
revista de la mesa, asegurándose de que no sea religiosa, el Saturday Evening
Post. La abre al azar y se encuentra con un artículo cuyo autor, que por la
fotografía incluida parece italiano, cuenta cómo llevó a su esposa, cuatro hijos y
la suegra a un camping en las Montañas Rocosas canadienses que sólo les costó
ciento veinte dólares, sin contar la inversión inicial en un Piper Cub. Conejo no
puede concentrarse en la lectura, su mente se desliza, bifurca y florece en leves
visiones de Janice gritando, de la cabeza del bebé apareciendo entre la sangre,
de la maligna luz azul que Janice debe de estar mirando ahora si está
consciente, si está consciente, ha dicho Eccles, de las manos enguantadas y
sanguinolentas del cirujano y su rostro cubierto por la mascarilla y las pequeñas
fosas nasales de Janice ensanchándose para absorber el olor antiséptico que él
huele, el olor que flota por todas partes a lo largo de las paredes enyesadas, el
olor del continuo fregado, sangre fregada, vómitos fregados, hasta que toda
superficie huele como el interior de un cubo, pero nunca estará limpio porque
siempre volveremos a llenarlo con nuestra suciedad. Parece como si tuviera el
corazón envuelto en un paño húmedo y caliente. Está seguro de que, como
consecuencia de su pecado, Janice o el bebé morirán. Su pecado es un
conglomerado de huida, crueldad, obscenidad y engreimiento, un grumo negro
englobado en las entrañas del parto. Aunque sus tripas se retuercen con el
deseo de rechazar ese coágulo, de retractarse, de volver atrás y deshacer lo
hecho, no se vuelve al sacerdote que está a su lado, sino que lee una y otra vez
la misma frase acerca de unas deliciosas truchas fritas.
Eccles está posado en el borde extremo de su árbol de temor, como un
pájaro negro; pasa las páginas de revistas y frunce el ceño, dirigiéndose a sí
mismo cejijuntas muecas. A Conejo le parece irreal, todo cuanto está fuera de
sus sensaciones le parece irreal. Siente un cosquilleo en las palmas, nota una
extraña presión móvil sobre su cuerpo, que ora se ceba en sus piernas, ora en la
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John Updike
Corre, conejo
base del cuello. Le pican las axilas como le ocurría de pequeño cuando llegaba
tarde a la escuela, corriendo por Jackson Road arriba.
—¿Dónde están sus padres? —pregunta a Eccles.
El clérigo parece sorprendido.
—No lo sé. Se lo preguntaré a la hermana. —Se dispone a levantarse.
—No, no, sigue sentado, por favor.
Le molesta que Eccles actúe como si poseyera la mitad del hospital. Harry
quiere pasar inadvertido, pero el clérigo hace ruido. Manosea las revistas como
si estuviera rompiendo cajas de naranjas y lanza las colillas a su alrededor como
un malabarista.
Una mujer vestida de blanco, no una monja, entra en la sala de espera y se
dirige a la hermana Bernard.
—¿Me dejé aquí una lata de abrillantador de muebles? —le pregunta—. No
lo encuentro por ninguna parte. Una lata verde, con uno de esos botones arriba,
que suelta una rociada al apretarlo.
—No, querida.
La mujer busca el envase, sale, regresa al cabo de un momento y anuncia:
—Bueno, esto es el misterio más grande del mundo.
Con el distante fondo musical de sartenes, carritos y puertas, un día cruza
la frontera de la medianoche y sale convertido en otro. Otra monja releva a la
hermana Bernard, una monja muy vieja vestida de azul oscuro, como si en su
ascenso hacia la santidad se hubiera quedado atascada en el cielo. Los dos
hombres que no dejaban de susurrar se acercan al mostrador, hablan y se
marchan sin resolver su crisis. Eccles y él se quedan solos. Conejo aguza el oído,
tratando de localizar el lloro de su hijo en algún lugar profundo del silencioso
laberinto del hospital. A menudo cree oírlo: el crujido de un zapato, un perro en
la calle, la risa de una enfermera... cualquiera de estas cosas basta para
engañarle. No espera que el fruto del dolor de Janice produzca un sonido muy
humano. Cada vez está más convencido de que será un monstruo del que él es
responsable. La embestida que provocó su concepción se confunde en su mente
con el acto pervertido al que obligó a Ruth hace unas horas. Extinguida
momentáneamente la lujuria, contempla las evocadas contorsiones a las que les
ha obligado. Su vida parece una secuencia de poses grotescas asumidas sin
finalidad alguna, una danza mágica huera de creencias. No existe Dios, Janice
puede morir: ambos pensamientos se le ocurren a la vez, en una sola onda
lenta. Se siente bajo el agua, inmovilizado por cadenas de limo transparente,
espectros de las apremiantes eyaculaciones que ha escupido en el interior de
suaves cuerpos femeninos. Sus dedos, en las rodillas, tiran de hilos persistentes.
Piensa en Mary Ann. Cansado, rígido, con el vigor indolente tras un
partido, la encontraba esperando en los escalones de la entrada bajo el lema de
la escuela, y paseaban envueltos en la niebla novembrina pisando la húmeda
capa de hojas y hierba hasta el coche de su padre, recorrían un trecho para que
el calefactor entrara en acción y aparcaban. El cuerpo de la muchacha era un
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árbol con cálidos nidos en sus ramas, aunque siempre un punto reacio, tímido,
como si no estuviera segura, pero él era mucho más pretencioso, era un
ganador. Al lado de ella se sentía un ganador, y ésa era la sensación que echaba
en falta desde entonces. De la misma manera ella era la mejor de todas, porque
era la única a la que, pese a su fatiga, era capaz de satisfacer. A veces el
resplandor voceante del gimnasio se oscurecía tras sus ojos irritados por el
sudor, y experimentaba por anticipado el toqueteo cauteloso que tendría lugar
bajo el acolchado techo gris del coche, y una vez ahí, el triunfo brillante del
juego concluido destellaría sobre la aquietada piel femenina rayada por las
sombras de la lluvia en el parabrisas. Así pues, ambas clases de triunfo se unían
en su mente. Ella se casó cuando él estaba en filas. Una posdata en una carta de
su madre le hizo deslizarse desde la orilla. Aquél fue el día de su botadura.
Pero ahora experimenta alegría. Acalambrado por su incómoda postura en
el sillón con erosionados brazos de cromo, mareado por el tabaco, siente alegría
al recordar a su mujer. El agua de su corazón ha sido vertida en un fino vaso de
alegría que la voz de Eccles sacude y rompe.
—Fíjate, he leído este artículo de Jackie Jensen de cabo a rabo y no sé qué
dice.
—¿Cómo?
—Este artículo de Jackie Jensen en el que explica por qué quiere abandonar
el béisbol. Según mi experiencia, los problemas del jugador de béisbol son los
mismos que los del ministro de una iglesia.
—Oye, ¿no quieres irte a casa? ¿Qué hora es? —le pregunta Conejo.
—Cerca de las dos. Me gustaría quedarme, si es posible.
—No me escaparé, si es eso lo que temes.
Eccles se ríe y sigue sentado. La primera impresión que le produjo a Harry
fue de tenacidad y ahora todo cuanto su relación amistosa ha modificado en su
opinión respecto a él desaparece y vuelve a quedar tan sólo esa primera
impresión.
—Cuando tuvo a Nelson el pobre niño tardó doce horas en nacer.
—El segundo parto suele ser más fácil —replica Eccles, y consulta su reloj
Todavía no han pasado seis horas.
Un acontecimiento crea otro. La señora Springer viene de la habitación
privilegiada donde ha estado esperando y saluda a Eccles con una rígida
inclinación de cabeza. Al ver a Harry por el rabillo del ojo le flaquean las
piernas doloridas y se tambalea sobre los pies embutidos en los gastados
zapatos de tacón plano. Eccles se levanta y la acompaña a la salida. Al cabo de
un rato los dos regresan con el señor Springer, que lleva una corbata con un
nudo minúsculo y una camisa limpia recién planchada. Se ha recortado tan a
menudo el bigotito amarillento que el labio superior parece como encogido
debajo de él.
—Hola, Harry —le saluda.
156
John Updike
Corre, conejo
Este reconocimiento por parte de su marido, a pesar del rapapolvo que
probablemente les habrá dado Eccles, aguijonea a la obesa bruja, la cual se
vuelve hacia Harry y le dice:
—Si estás ahí sentado como un buitre esperando a que se muera, ya puedes
volver al sitio donde has estado viviendo, porque ella se está desenvolviendo
muy bien sin ti, y no sólo ahora sino desde el principio.
Los dos hombres se apresuran a llevársela de ahí, mientras la vieja monja
les mira con una peculiar sonrisa desde el mostrador. Tal vez sea sorda. A pesar
de su deseo de herirle, el ataque de la señora Springer es —de entre todo lo que
le han dicho a Harry desde el inicio de su escapada— lo primero que parece
adecuado a la enormidad del acontecimiento que tiene lugar en alguna parte
del hospital, tras esa pantalla de olor a jabón. Antes de oír esas palabras se
sentía solo en un planeta muerto que rodeaba el gran sol gaseoso del parto de
Janice, y el grito de ésta, aunque un grito de odio, ha taladrado su soledad. El
espantoso pensamiento de la muerte de Janice: oírlo expresado por alguien ha
reducido su peso a la mitad. Ese extraño aroma de muerte que Janice exhalaba:
la señora Springer también lo ha olido, y compartir esto parece la conexión más
preciosa que él tiene con cualquier persona en el mundo.
El señor Springer regresa y sigue su camino hacia el exterior, dirigiendo a
su yerno una sonrisa de dolorosa complejidad en la que se combina el deseo de
pedirle disculpas por el comportamiento de su esposa (ambos son hombres y le
comprende), el deseo de mantener las distancias (sin embargo tu conducta ha
sido imperdonable; no te acerques a mí, no me toques) y el reflejo mecánico de
cortesía propio del vendedor de coches. Eres un desgraciado, piensa Harry, y
arroja este pensamiento contra la puerta que acaba de cerrarse. Eres un esclavo.
¿Adónde va todo el mundo? ¿De dónde viene? ¿Por qué nadie puede
descansar? Eccles vuelve a su lado, le ofrece otro cigarrillo y se marcha de
nuevo. El tabaco hace temblar el fondo de su estómago. Nota la garganta como
cuando uno despierta después de pasar toda la noche con la boca abierta. Su
propio mal aliento le restriega las fosas nasales. Un médico, con el pecho como
un tonel y unas manos increíblemente pequeñas y blandas cuyos pulgares
introduce en los bolsillos de la bata, entra en la antesala con visible vacilación.
—¿Señor Angstrom? —pregunta a Harry—. Soy el doctor Crowe.
Harry no le conoce. Janice acudió a otro ginecólogo durante el embarazo de
su primer hijo, y tras las dificultades del parto su padre le hizo cambiar de
médico. Janice le visitaba una vez al mes, y al regresar a casa le hablaba de lo
amable que era, de la suavidad extraordinaria de sus manos y de que parecía
conocer con exactitud lo que sentía una mujer embarazada.
—¿Cómo...?
—Felicidades. Tiene usted una hijita preciosa.
Tanto se apresura a tenderle la mano que Harry apenas tiene tiempo de
levantarse, de modo que recibe la noticia agachado. El intento de dar forma y
tonalidad a la inesperada palabra «hijita» realza el color rosado del rostro del
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John Updike
Corre, conejo
médico, restregado por la mascarilla estéril que ahora, desanudada, le cuelga de
una oreja y expone los labios carnosos y pálidos.
—¿Ah, sí? ¿Está bien?
—Pese casi tres kilos y medio. Su esposa ha estado consciente hasta el final
y ha abrazado al bebé durante un minuto después del parto.
—¿De veras? ¿Lo ha abrazado? ¿Ha sido... lo ha pasado mal?
—No, en absoluto. Ha sido normal. Al principio parecía tensa, pero todo ha
sucedido con normalidad.
—Magnífico, muchas gracias. Cielo santo, gracias.
Crowe le sonríe, pero no oculta cierta reserva. Acaba de salir del pozo de la
creación y al encontrarse en el aire libre parece algo desorientado. Es curioso: en
las últimas horas ha estado más cerca de Janice de lo que Harry estuvo jamás,
ha hurgado con sus manos en las entrañas de su mujer, manejando su cuerpo
sometido a un seísmo, pero no ha traído consigo nada que confiarle, ninguna
maldición ni bendición. Harry teme que los ojos del médico liberen con
estruendo el misterio que han absorbido, pero en la mirada de Crowe no hay
rastro de ira, ni siquiera una reprimenda. Harry parece ser para él otro más en
el desfile de maridos más o menos obedientes que se pasan la vida tratando de
cosechar su semilla sembrada irreflexivamente.
—¿Puedo verla? —pregunta Harry.
—¿A quién?
¿Quién? Le choca que ahora la palabra «ella» pueda referirse a más de una
mujer en su hogar. El mundo se vuelve más denso.
—A mi..., mi esposa.
—Sí, por supuesto. —Crowe muestra un conato de sorpresa porque Harry
le pide permiso. Debe de estar enterado de los hechos, pero parece desconocer
el abismo de culpa que se abre entre Harry y la humanidad Creía que quizá se
refería al bebé. Sería preferible que le viera mañana a las horas de visita, porque
ahora no hay enfermeras disponibles para enseñárselo, pero su esposa está
consciente, como le digo. Le hemos administrado un poco de Equanil, un
simple tranquilizante de meprobamato. Dígame... —se acerca más a él, su piel
rosada en perfecta armonía con la tela de su limpia bata— ¿tendría
inconveniente en que su madre le viera un momento? Nos ha estado
persiguiendo toda la noche.
Se lo pregunta a él, al huido, el fornicador, el monstruo. Debe de estar
ciego, o quizás el hecho de ser padre hace que todo el mundo le perdone a uno,
porque, al fin y al cabo, ésa es la única razón por la que con toda seguridad
estamos aquí.
—Claro, que la vea.
—¿Antes o después de usted?
Harry titubea y recuerda de qué manera la señora Springer ha venido a
visitarle en su planeta desierto.
—Puede entrar antes que yo.
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John Updike
Corre, conejo
—Gracias. Muy bien, así podrá irse a casa. La haremos salir enseguida, la
visita no durará más de diez minutos. Ahora las enfermeras están preparando a
su esposa.
—Magnífico —murmura Harry. Se sienta para demostrar cuán dócil es y se
levanta de nuevo—. Oiga, a propósito, gracias, muchísimas gracias. Lo que
hacen ustedes, los médicos, es extraordinario.
Crowe se encoge de hombros.
—Ella ha sido buena chica.
—Cuando tuvimos nuestro primer hijo me asusté de veras. Fue un parto
muy penoso.
—¿Dónde lo tuvo?
—En el otro hospital..., sistema homeopático.
—Ya veo.
Y el médico, que ha bajado al pozo sin regresar de él con estruendo, chasca
la lengua con desdén al pensar en el hospital de la competencia, menea la
cabeza, el rosado rostro restregado, y se aleja sin dejar de menearla.
Eccles entra en la sala sonriendo como un escolar y Conejo no puede
apartar la mirada de la boba expresión de su cara. Le sugiere que oren para dar
las gracias al Señor, y Harry baja la cabeza mientras su amigo se recoge en
silencio. Cada latido del corazón parece aplastarse como un ancho muro blanco.
Cuando alza la vista, los objetos parecen tener una solidez infinita e inclinarse
de algún modo, parecen tan llenos de vigor que están a punto de saltar. Su
verdadera felicidad es una escalera desde cuyo peldaño superior él intenta
saltar aún más arriba, porque sabe que debe hacerlo.
La frase de Crowe acerca de que las enfermeras están «preparando» a
Janice es intrigante. Cuando le conducen a su habitación espera encontrarla con
cintas en el pelo y flores entrelazadas en los postes de la cama. Pero quien está
ahí es la Janice de siempre, acostada entre dos sábanas suaves en una alta cama
metálica. Vuelve el rostro hacia él y dice:
—Vaya, mira quién está aquí.
—Hola —dice él, y se acerca para besarla con la mayor delicadeza,
inclinándose como uno se inclina hacia una flor de cristal. Su boca exhala
todavía el olor dulzón del éter. Sorprendido, ve cómo ella saca los brazos de
entre las sábanas, le rodea el cuello con ellos y le atrae hacia su boca adormilada
Eh, tómalo con calma —le dice.
—No tengo piernas —replica ella—, es una sensación de lo más curioso.
Le han recogido el pelo en una especie de moño sanitario y está sin
maquillar. Su pequeña cabeza resalta oscura en la almohada.
—¿No tienes piernas? —Él baja la vista y las localiza bajo las sábanas,
extendidas en forma de V inmóvil.
—Al final me inyectaron algo en la espina dorsal y no sentí nada. Estaba allí
tendida, oyéndoles decir que empujara y, de repente, ahí estaba esa cosita
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arrugada con su gran cara de luna, mirándome irritada. Le dije a mamá que se
parece a ella y no quiso escucharme.
—Me ha cantado las cuarenta ahí fuera.
—Ojalá no la hubieran dejado entrar. No quería verla... eras tú a quien
quería ver.
—¿Es eso cierto? Dios mío, ¿por qué, cariño? Después de haberme portado
contigo como un miserable.
—No digas eso. Me dijeron que estabas aquí y entonces pensé que iba a
tener tu bebé y era como si te tuviera a ti. Estoy tan llena de éter que es como si
flotara, sin piernas. Podría hablar y hablar... —Se pone las manos sobre el
vientre, cierra los ojos y sonríe Estoy completamente borracha. Mira, tengo el
vientre liso.
—Ahora podrás ponerte el traje de baño —dice él, sonriente y, entrando en
la corriente de esa charla inducida por el éter, se siente también como si no
tuviera piernas y flotara boca arriba en un gran mar de luz límpida, como una
burbuja entre las sábanas almidonadas y las superficies esterilizadas antes del
alba. El temor y el remordimiento se disuelven, y la gratitud adquiere tal
volumen que pierde todo filo cortante—. El médico ha dicho que has sido una
buena chica.
—Ah, qué tontería. Al contrario, he sido horrible. Lloraba, gritaba y le dije
que no me pusiera las manos encima. Pero lo que más me enfureció fue que esa
monja horrible me depilara en seco con una cuchilla de afeitar.
—Pobre Janice...
—No, ha sido maravilloso. Intenté contarle los deditos de los pies, pero
estaba tan aturdida que no pude hacerlo y entonces le conté los ojos. Dos.
¿Queríamos una niña? Dime que sí.
—Sí, la quería. —Harry descubre que es cierto, aunque son las palabras las
que descubren el deseo.
—Ahora tendré a alguien que se pondrá a mi lado contra ti y Nelson.
—¿Cómo está Nelson?
—Oh, no paraba de preguntar cuándo volvería papá a casa. Llegaba a
ponerme tan nerviosa que podría haberle azotado, pero no me hagas hablar de
eso, es demasiado deprimente.
—Cuánto lo siento —dice él, y sus propias lágrimas, que no parecían
existir, le escuecen en el puente de la nariz No puedo creer que haya hecho eso.
No sé por qué me marché.
—Hummm. —Ella se hunde más en la almohada mientras una sonrisa
voluptuosa extiende sus mejillas—. He tenido un bebé.
—Es magnífico.
—Eres adorable, tan alto... —dice ella con los ojos cerrados, y cuando los
abre rebosan de una idea embriagada; él no recuerda haberlos visto nunca
centellear así. Le susurra—: Harry, la mujer que ocupaba la otra cama se ha ido
hoy a casa... ¿Por qué no vuelves a escondidas cuando te vayas y entras por la
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John Updike
Corre, conejo
ventana? Así podríamos estar despiertos toda la noche contándonos cosas,
como cuando volviste de la mili o de alguna otra parte. ¿Has hecho el amor con
muchas otras mujeres?
—Oye, creo que ahora deberías dormir.
—No te preocupes, ahora harás mejor el amor conmigo. —Suelta una risita
e intenta moverse en la cama. No, no quería decir eso, eres un buen amante, me
has dado un bebé.
—Francamente, te veo muy sexy en el estado en que estás.
—Eso es lo que sientes... te invitaría a acostarte conmigo, pero la cama es
tan estrecha... Aaah.
—¿Qué te ocurre?
—Me apetece terriblemente una naranjada.
—Qué divertida eres...
—Tú sí que eres divertido. Ah, esa chiquitina parecía tan... irritada.
Una monja llena el vano de la puerta con su toca.
—Es la hora, señor Angstrom.
—Dame un beso —le pide Janice. Le toca la cara mientras él se inclina para
inhalar el éter de nuevo. Su boca es una nube cálida que se abre de súbito, y sus
dientes le mordisquean el labio inferior—. No te vayas.
—Ahora debo hacerlo, pero volveré mañana.
—Te quiero.
—Escucha, a pesar de lo que he hecho... te quiero con toda mi alma.
Eccles le espera en la antesala.
—¿Qué tal está? —le pregunta.
—Estupendamente.
—¿Ahora vas a volver a..., bueno, adonde estabas?
—No —responde Conejo sin vacilar y horrorizado. Cielo santo, no podría.
—En ese caso, ¿querrías venir a casa conmigo?
—Mira, ya has hecho más que suficiente. Puedo ir a casa de mis padres.
—Es demasiado tarde para despertarles.
—No, de veras. No podría causarte esa molestia.
Ya ha decidido aceptar. Tiene la sensación de que sus huesos no pueden
sostenerle.
—No es ninguna molestia —replica Eccles—. No te estoy pidiendo que
vivas con nosotros. —La larga noche está haciendo mella en sus nervios
Tenemos mucho espacio.
—De acuerdo, de acuerdo, muy bien, te lo agradezco.
Regresan a Mount Judge por la carretera familiar, libre de tráfico a estas
horas, incluso de camiones. Es noche cerrada pero, extrañamente, la negrura del
cielo no es absoluta sino que tiende al gris. Harry permanece callado, mirando a
través del parabrisas, rígido tanto en cuerpo como en espíritu. La carretera tiene
bastantes curvas, pero le parece un ancho camino recto que se ha abierto ante él
y no quiere hacer más que seguirlo.
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John Updike
Corre, conejo
La rectoría está sumida en el sueño, el vestíbulo huele como un armario.
Eccles le acompaña a un dormitorio del piso superior, en cuyo lecho hay un
cubrecama con borlas. Usa el baño con sigilo y, en ropa interior, se mete entre
las sábanas limpias y crujientes, acurrucándose al máximo en un borde. De esta
manera se interna en el sueño como una tortuga en su caparazón. Esta noche el
sueño no es un dominio oscuro e inquietante que la mente debe disponerse
conscientemente a invadir, sino una caverna en su interior, en la que él se
encoge mientras las garras del oso matraquean como lluvia en el exterior.
La luz del sol, el viejo payaso, contornea la habitación. Dos sillas rosadas
flanquean la ventana cubierta con una cortina de gasa impregnada de luz que
embadurna un escritorio erizado de cantos de sobres, encima del cual reposa el
retrato de una dama vestida de rosa que avanza hacia el espectador. Una voz
femenina suena al otro lado de la puerta.
—Señor Angstrom, señor Angstrom.
—Sí, hola —responde él, enronquecido.
—Son las doce y veinte. Jack me ha dicho que las horas de visita en el
hospital son de una a tres.
Reconoce el tono agudo y gorjeante de la esposa de Eccles y cree oír en él
un añadido inexpresado: ¿Qué diablos está usted haciendo en mi casa?
—Sí, de acuerdo, ahora mismo bajo.
Se pone los pantalones de color cacao que llevaba la noche anterior y,
molesto por la sensación de suciedad de sus ropas, va al baño llevando consigo
camisa, calcetines y zapatos, aplazando el momento de ponérselos para que su
piel se airee un poco más. Confuso incluso después de lavarse la cara, saca la
ropa del baño y baja la escalera descalzo y en camiseta.
La menuda esposa de Eccles está en la gran cocina, esta vez con unos
pantalones cortos de color caqui y sandalias que dejan ver sus uñas pintadas.
—¿Qué tal ha dormido? —le pregunta ella desde detrás de la puerta del
frigorífico.
—Como un muerto, ni siquiera he soñado.
—Ése es el efecto de tener la conciencia tranquila —comenta su anfitriona.
La mujer le sirve un vaso de naranjada, que produce un elegante sonido al
contacto con la mesa. Harry supone que verle vestido así, con sólo la camiseta
sobre el pecho, le hace desviar la vista rápidamente.
—Oiga, no se moleste por mí. Ya tomaré algo en Brewer.
—No le ofreceré huevos ni nada de eso. ¿Le gustan los cereales Cheerios?
—Me encantan.
—De acuerdo.
El zumo de naranja elimina en parte la pastosidad de su boca. Le mira los
dorsos de las piernas; los blancos tendones detrás de las rodillas se mueven
mientras prepara el desayuno en el mostrador.
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—¿Qué tal va Freud? —le pregunta.
Sabe que esto puede ser inoportuno, porque si evoca aquella tarde evocará
también la desfachatez que tuvo al tocarle el trasero, pero sigue teniendo la
ridícula impresión de que domina a la señora Eccles y no puede cometer
errores.
Ella se vuelve con la lengua contra las muelas laterales, ladeando la boca,
con una expresión pensativa, y le mira a la cara. Él sonríe al ver esa expresión,
la de una alumna de instituto que quiere dar la sensación de que sabe más de lo
que dice.
—Sigue igual. ¿Quiere leche o nata con los Cheerios?
—Leche, la nata es demasiado pegajosa. ¿Dónde está todo el mundo?
—Jack está en la iglesia, probablemente jugando al ping-pong con alguno
de sus delincuentes juveniles. Joyce y Bonnie están durmiendo, sabe Dios por
qué. Se han pasado toda la mañana dando la lata porque querían ver al hombre
malo que estaba en el cuarto de invitados. Me ha costado un gran esfuerzo
mantenerlas a raya.
—¿Quién les dijo que soy un hombre malo?
—Ha sido Jack, se lo ha dicho durante el desayuno. «Anoche traje a casa un
hombre malo que va a dejar de serlo.» Las niñas ponen motes a todos los casos
problemáticos de Jack... Usted es el Hombre Malo; el señor Carson, un
alcohólico, es el Hombre Tonto; la señora MacMillan es la Mujer Que Telefonea
de Noche. Luego están la señora Marchita, el señor Audífono, la señora Puerta
Lateral y el señor Judías Felices. La felicidad de ese hombre es lo último que
uno querría ver, pero cierta vez trajo a las niñas esas cápsulas de celuloide que
contienen un peso, y van por ahí haciéndolas sonar. Desde entonces es el señor
Judías Felices.
Conejo se ríe y Lucy le sirve los Cheerios. Ha añadido demasiada leche. Él
está acostumbrado a vivir con Ruth, que le deja poner la leche que quiere. Le
gusta limitarse a eliminar la sequedad, de manera que la leche y el cereal están
equilibrados. Ella sigue hablando animadamente:
—Una vez Jack estaba hablando por teléfono sobre uno u otro de sus
comités con un miembro de la junta parroquial, y se le ocurrió que sería una
buena ayuda para ese pobre hombre proporcionarle un trabajo en la parroquia.
«¿Por qué no nombramos a Judías Felices presidente de tal o cual?» El hombre
con el que estaba hablando le preguntó sorprendido: «¿Judías qué?», y Jack se
dio cuenta de lo que había dicho, pero en vez de darle poca importancia, como
habría hecho cualquiera, y pasar a otra cosa, Jack le contó la anécdota de las
niñas y el motivo de que le llamaran Judías Felices, y, claro, aquel viejo y severo
miembro de la junta parroquial no lo encontró gracioso en absoluto; era amigo
de Judías Felices, no exactamente socios en un negocio, pero a menudo comían
juntos en Brewer. Eso es lo malo de Jack, que siempre habla más de la cuenta.
Ahora ese miembro de la junta probablemente anda contando a todo el mundo
cómo el rector se burla de ese pobre desgraciado Judías Felices.
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John Updike
Corre, conejo
Él vuelve a reírse. Llega el café, en una taza diminuta con un monograma
dorado, y Lucy, tras servirse otra taza, se sienta frente a él.
—Ha dicho que voy a dejar de ser malo... —dice Conejo.
—Sí, no puede figurarse lo satisfecho que está. Cuando salió poco le faltaba
para echarse a cantar. Es la primera cosa constructiva que cree haber hecho
desde que vino a Mount Judge.
Conejo bosteza.
—La verdad es que no sé qué ha hecho.
—Yo tampoco, pero al oírle hablar se diría que todo el asunto dependía de
él.
Esta sugerencia de que ha sido manejado le desazona y nota que su sonrisa
se desvanece.
—¿De veras? ¿Ha hablado de eso?
—No hace otra cosa. Le tiene a usted mucho afecto, no sé por qué.
—Es que inspiro cariño.
—Sí, eso he oído decir. Es el ojo derecho de la pobre señora Smith, le
considera a usted maravilloso.
—¿Y usted no lo cree así?
—Quizá no soy lo bastante mayor. Tal vez si tuviera setenta y tres... —Se
lleva la taza a los labios, la inclina y las pecas de su nariz blanca y estrecha se
aguzan al aproximarse al humeante café marrón. Es una chica traviesa. Sí, está
claro como el día, una muchacha del tipo pícaro Deja la taza sobre la mesa, le
mira con los ojos redondeados y el blanco espacio triangular entre las cejas
también parece mirarle, burlón—. Bueno, dígame, ¿qué siente uno cuando es un
hombre nuevo? Jack siempre confía en que me reforme y quiero saber qué he de
esperar. ¿Ha «vuelto a nacer»?
—No, me siento más o menos igual.
—Pues no actúa de la misma manera.
—Bueno... —musita Harry, moviéndose en la silla. ¿Por qué se siente tan
incómodo? Ella pretende que se sienta estúpido y apocado, sólo porque va a
volver con su esposa. Es cierto que no actúa de la misma manera, pero tampoco
siente lo mismo con ella: ha perdido la ligereza que aquel día le impulsó a
palmotearle el trasero con tanta naturalidad Anoche, cuando veníamos hacia
aquí, tuve la sensación de que un camino recto se extendía ante mí. Antes era
como si estuviera entre los matorrales y no importara la dirección que tomara.
El rostro pequeño de Lucy por encima de la taza de café, que sujeta con
ambas manos como si fuera un cuenco de sopa, refleja un intenso regocijo. Él
espera que se eche a reír, pero lo único que hace es sonreír en silencio. Me
desea, se dice Harry.
Entonces recuerda a Janice con las piernas paralizadas, hablándole de sus
dedos, del amor y de la naranjada, y esto quizá cierra herméticamente algo que
estaba expuesto en su rostro, pues Lucy Eccles vuelve la cabeza con impaciencia
y dice:
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—Bueno, será mejor que se ponga en marcha por ese bonito camino recto.
Ya es la una y veinte.
—¿Cuánto se tarda en ir andando hasta la parada del autobús?
—No mucho. Yo misma le llevaría al hospital si no fuera por las niñas. —
Aguza el oído: algo se mueve en la escalera—. Hablando del rey de Roma, por
ahí baja una.
Mientras Harry se está poniendo los calcetines, la niña mayor entra en la
cocina, sin más ropa encima que las bragas.
—Joyce. —Su madre, que iba con las tazas vacías al fregadero, se detiene a
medio camino Vuelve inmediatamente a la cama.
—Hola, Joyce —la saluda Conejo—. ¿Has venido a ver al hombre malo?
Joyce se queda mirándole, rozando la pared con los omóplatos, su
barriguita dorada prominente.
—¿No me has oído, Joyce? —insiste Lucy.
—¿Por qué no lleva la camisa puesta? —pregunta la niña con voz clara.
—No lo sé —responde su madre Debe de creer que tiene un pecho bonito.
—Llevo puesta una camiseta —protesta él. Es como si ninguna de las dos la
viera.
—¿Ése es su sostén? —pregunta Joyce.
—No, cariño, sólo las mujeres tienen senos. Ya hemos hablado de eso.
—Diablos, si esto pone nervioso a todo el mundo —dice Conejo, y se viste
la camisa. Está arrugada y el interior del cuello tiene un ribete de color gris.
Cuando se la puso para ir al club Castañuela estaba limpia. No tiene chaqueta,
porque salió de casa de Ruth con demasiada rapidez—. De acuerdo —dice
mientras se mete los faldones bajo el pantalón Muchísimas gracias.
—De nada —replica Lucy—. Ahora sea bueno.
Madre e hija le acompañan por el pasillo. La blancura de las piernas de
Lucy se mezcla con la palidez del pecho desnudo de la chiquilla, que no deja de
mirarle, y él se pregunta cuál será el motivo de su perplejidad. Los niños y los
perros perciben lo invisible. Intenta imaginar cuánto sarcasmo ha habido en las
palabras «ahora sea bueno» y si significa algo o nada en absoluto. Le gustaría
que ella le llevara en su coche, no porque quiera hacer nada, sino para
averiguar con la mayor exactitud posible qué piensa Lucy de él. Su renuncia a
marcharse tensa la atmósfera entre ellos.
Se quedan un momento en la puerta, él, la esposa de Eccles, con su piel fina
como la de un bebé, bajo los dos el rostro de Joyce que les mira, con los anchos
labios de su padre y las cejas arqueadas, y por debajo de todos ellos las uñas
pintadas de los pies de Lucy, pequeñas conchas escarlata dispuestas en hilera
sobre la alfombra. Harry hace vibrar el aire con una vaga renuncia y pone la
mano en el pomo de la puerta. La idea de que sólo las mujeres tienen senos le
acosa absurdamente. Alza la vista desde las uñas de los pies de Lucy al rostro
atento de Joyce y de ahí a los senos de su madre, dos protuberancias
puntiagudas bajo una blusa abrochada que revela a través de su ligero tejido
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John Updike
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veraniego la sombra blanca del sujetador. Cuando sus ojos se encuentran con
los de Lucy una cosa sorprendente penetra en el silencio: la mujer le hace un
guiño, rápido como la luz... Quizás él lo ha imaginado. Gira el pomo y se aleja
por la acera soleada con un murmullo en su pecho, como si un tenso bramante
en su interior se hubiera roto.
En el hospital le dicen que el bebé estará un momento con Janice y que
tenga la bondad de esperar. Está sentado en el sillón de brazos cromados,
pasando de atrás adelante las páginas de Woman's Day cuando una mujer alta
con el pelo gris algo plateado peinado hacia atrás, y la piel llena de finas
arrugas, entra en la sala. A Conejo le parece tan familiar que se queda
mirándola. ¿Quién será? Esa familiaridad procede de un pasado lejano. Ella le
mira a desgana y le dirige la palabra.
—Usted fue alumno de Marty. Soy Harriet Tothero. Un día vino a cenar a
casa. Tengo su nombre en la punta de la lengua.
Sí, naturalmente, pero no la recuerda por esa cena, sino por haberla visto en
la calle. La mayoría de los alumnos del instituto de Mount Judge sabían que
Tothero se divertía por ahí, y a sus ojos inocentes la esposa del entrenador
estaba coronada por una llama oscura, era una mártir ambulante, una sombra
viva del pecado. Lo que les llevaba a fijarse especialmente en ella no era tanto la
compasión como una fascinación mórbida. Tothero era tan payaso y charlatán,
prodigaba tan generosamente sus tostones, que la mancha de sus propias
acciones se deslizaba fuera de él, como la grasa de un pato. Era la figura alta,
plateada y seria de su esposa la que acumulaba la carga de sus maldades y la
soltaba en las mentes juveniles de los alumnos con un choque eléctrico que les
hacía desviar la vista de ella, con tanto temor como embarazo. Harry se levanta
entonces del sillón, sorprendido al percibir que ahora el mundo en el que la
mujer de Tothero se desplaza es su propio mundo.
—Soy Harry Angstrom —le dice.
—Sí, ya recuerdo. Él estaba tan orgulloso de usted... Me hablaba de usted a
menudo, incluso recientemente.
Recientemente. ¿Qué diablos le diría? ¿Sabe lo que ha hecho? ¿Le considera
culpable? Como siempre, su larga cara que hace pensar en una maestra de
escuela no deja traslucir sus secretos.
—Me han dicho que está enfermo.
—Sí, lo está, Harry, muy enfermo. Ha tenido dos ataques apopléticos, uno
de ellos desde que ingresó en el hospital.
—¿Está aquí?
—Sí. ¿Le gustaría visitarle? Sé que él se sentiría muy feliz, aunque sólo sea
un momento. Ha tenido muy pocos visitantes. Supongo que ésa es la tragedia
de la enseñanza. Uno se acuerda de tantos y son tan pocos los que le recuerdan
a uno.
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—Claro, me gustaría verle.
—Entonces venga conmigo. —Mientras recorren los pasillos ella le dice Me
temo que le encontrará muy cambiado.
Él no presta mucha atención a estas palabras, pues está concentrado en la
piel de la mujer, tratando de ver si realmente parece un montón de pequeñas
pieles de lagarto cosidas, pero sólo se le ven las manos y el cuello.
Tothero está solo en una habitación. Como presencias que aguardaran,
unas cortinas blancas cuelgan expectantes alrededor de la cabecera de su cama.
En los alféizares de las ventanas unas plantas verdes exhalan oxígeno. Los
cristales biselados alzan los olores del verano y los introducen en la habitación.
Abajo se oye el crujido de unos pasos en la grava.
—He traído a alguien, querido. Estaba esperando fuera de la manera más
milagrosa.
—Hola, Tothero. Mi mujer ha dado a luz.
Dice estas palabras al tiempo que se acerca a la cama con un confuso
impulso: la visión del hombre postrado, encogido, la lengua deslizándose fuera
de la boca torcida, le ha aturdido. El rostro de Tothero, cubierto por la barba
cerdosa y blanca, es amarillo en contraste con las almohadas y sus delgadas
muñecas sobresalen de las mangas del pijama rayado junto al liviano bulto de
su cuerpo. Conejo le tiende la mano.
—No puede levantar los brazos, Harry —dice la señora Tothero—. Está
incapacitado, pero háblele, puede ver y oír.
Su dulce y paciente enunciación tiene un tono de melodía que es siniestro,
como si tararease para sí misma.
Puesto que ha alargado la mano, Harry aprieta con ella el dorso de una de
las de Tothero. A pesar de su sequedad, la mano, bajo un ligero y rasposo
vellón, es cálida, y Harry observa con horror que se mueve, se contorsiona
tercamente, hasta presentar la palma hacia arriba, al contacto de Harry. Éste
retira los dedos y se deja caer en la silla al lado de la cama. Los ojos de su
antiguo entrenador se mueven con dispersa rapidez mientras vuelve la cabeza
unos centímetros hacia su visitante. La carne de las mejillas se ha reducido tanto
que los ojos son un poco saltones. Hablar, piensa Conejo, debe hablar.
—Es una niñita —dice alzando la voz Quiero agradecerte tu ayuda para
que Janice y yo volviéramos a unirnos. Fuiste muy amable.
Tothero retrae la lengua y mueve los ojos para mirar a su mujer. Un
músculo salta bajo la mandíbula, sus labios se fruncen y el mentón se le arruga
repetidamente, como si el pulso le latiera ahí, mientras trata de decir algo.
Logra articular unas pocas vocales que se arrastran, y Harry se vuelve para ver
si la señora Tothero es capaz de descifrarlas pero se sorprende al ver que está
mirando hacia otra parte, a través de la ventana, hacia un patio con césped y
vacío. Su rostro es como una fotografía.
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John Updike
Corre, conejo
¿Acaso no le importa su marido? En ese caso, ¿debería hablarle a Tothero
de Margaret? Pero poco podría decirle acerca de Margaret que hiciera feliz a
Tothero.
—He sentado la cabeza, Tothero, y confío en que pronto te repongas y
salgas del hospital.
Tothero vuelve la cabeza con una rapidez reveladora de fastidio, la boca
cerrada, los ojos mirándole medio de soslayo, y en este momento parece tan
coherente que Harry cree que va a hablar, que la pausa es sólo ese truco del
ordenancista que permanece silencioso hasta asegurarse de que le prestas toda
tu atención, pero la pausa se alarga, se hincha, como si, acostumbrada durante
sesenta años a espaciar las palabras, al final hubiera adquirido una cancerosa
vida propia y se tragara las palabras. No obstante, en los primeros momentos
del silencio fluye cierta fuerza, un alma humana emite sus rayos invisibles e
inodoros con premura. Entonces la fijeza de los ojos se desvanece, los párpados
se alzan y exponen una jalea rosada, los labios se separan y aparece la punta de
la lengua.
—Será mejor que baje y visite a mi mujer —grita Harry—. Anoche dio a luz.
Es una niña.
Se siente claustrofóbico, como si estuviera dentro del cráneo de Tothero.
Cuando se incorpora, teme golpearse la cabeza, aunque el techo blanco está a
varios metros por encima de él.
—Muchísimas gracias, Harry —dice la señora Tothero Sé que le ha
encantado verle.
Sin embargo, a juzgar por su tono, sabe que ella le ha suspendido en
declamación. Recorre rápidamente el pasillo, sintiéndose como si hubiera roto
filas. Su salud, su vida reformada, hacen que el espacio, incluso el espacio
antiséptico en los corredores del hospital, sea delicioso. Sin embargo, la visita a
Janice es decepcionante. Tal vez aún está sofocado por haber visto a Tothero
postrado y medio muerto, o quizás, ahora que han desaparecido por completo
los efectos del éter, Janice está sofocada al pensar en cómo la ha tratado. Se
queja mucho del dolor que le causan los puntos y, cuando él intenta expresarle
de nuevo su arrepentimiento, a ella parece aburrirle. La dificultad de
complacerla empieza a cercarle. Ella le pregunta por qué no ha traído flores.
Harry no ha tenido tiempo de comprarlas, le explica cómo ha pasado la noche
y, como era de esperar, ella le pregunta cómo es la señora Eccles.
—Tiene más o menos tu altura —responde él con precaución—. Y es pecosa.
—Su marido es una bellísima persona —dice ella—. Parece querer a todo el
mundo.
—Es un buen hombre —replica Conejo pero me pone nervioso.
—A ti todo el mundo te pone nervioso.
—No, perdona, eso no es cierto. Marty Tothero nunca me puso nervioso.
Acabo de ver a ese pobre y viejo cabrón, postrado en una cama ahí arriba. No
puede decir una palabra ni mover la cabeza más de un par de centímetros.
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John Updike
Corre, conejo
—Él no te pone nervioso pero yo sí, ¿no es cierto?
—Yo no diría eso.
—Ah, no. Uf, esos malditos puntos son como alambre espinoso. Te puse tan
nerviosa que me abandonaste durante dos meses. Más de dos meses.
—Sí, Janice, pero por Dios, todo lo que hacías era mirar la televisión y beber
continuamente. No digo que no haya hecho mal, pero tuve la sensación de que
debía hacerlo. Me sentía como si estuviera en el ataúd antes de que me hubieran
sacado la sangre. Aquella primera noche, cuando subí al coche delante de la
casa de tus padres..., incluso entonces podría haber ido en busca de Nelson y
regresado a casa. Pero cuando solté el freno... —En el rostro de ella vuelve a
aparecer la expresión de hastío. Mueve la cabeza de un lado a otro, como para
impedir que las moscas se le posen encima—. Mierda —concluye él.
Esto la sulfura.
—Veo que vivir con esa prostituta no te ha servido para mejorar tu
lenguaje.
—No era exactamente una prostituta, sino más una mujer que se acostaba
por ahí... Creo que hay muchas chicas como ella. Quiero decir que si vas a
llamar prostituta a toda mujer que no está casada...
—¿Dónde vas a alojarte ahora? Hasta que salga del hospital.
—Pensé que Nelson y yo nos trasladaríamos a nuestro apartamento.
—No estoy segura de que puedas hacerlo. No hemos pagado el alquiler de
los dos últimos meses.
—¿Cómo? ¿No lo pagaste?
—Cielo santo, Harry, tú esperas demasiado. ¿Esperabas que papá siguiera
pagando el alquiler? Piensa que yo no tenía ni un centavo.
—Pero, vamos a ver, ¿se puso el casero en contacto contigo? ¿Qué ha
ocurrido con nuestros muebles? ¿Los sacó a la calle?
—No lo sé.
—¿Que no lo sabes? ¿Qué sabes entonces? ¿Qué has estado haciendo
durante todo este tiempo? ¿Dormir?
—Estaba gestando a nuestro bebé.
—¡Qué diablos!, no sabía que has de estar concentrada en eso
constantemente. El problema contigo, pequeña, es que todo te importa un
bledo. Eso es lo que te ocurre.
—Mira quién habla.
Él reflexiona en lo que acaba de decir, recuerda lo que sintió la noche
anterior y, tras una pausa, intenta empezar de nuevo.
—Oye —le dice te quiero.
—Yo también te quiero. ¿Tienes veinticinco centavos?
—Supongo que sí. Lo miraré. ¿Para qué los quieres?
—Si echas una moneda ahí —señala un pequeño televisor en un soporte
elevado, de modo que los pacientes puedan ver la pantalla por encima de los
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John Updike
Corre, conejo
pies de sus camas— funcionará durante una hora. A las dos dan un programa
tonto que mamá y yo mirábamos cuando estaba en casa.
Así pues, durante treinta minutos permanece sentado, contemplando cómo
un maestro de ceremonias con un corte de pelo a cepillo se guasea de una serie
de ancianas de Akron, Ohio, y Oakland, California. La idea consiste en que
todas esas mujeres tienen una tragedia que contar, y ganan dinero según la
duración de los aplausos, pero cuando el maestro de ceremonias ha terminado
de presentar los anuncios comerciales y bromear con ellas sobre sus nietas y sus
peinados juveniles, no queda mucho espacio para la tragedia. Conejo piensa
que el maestro de ceremonias, que tiene esa peculiaridad de pronunciar las
palabras muy claramente —característico de los judíos— por rápido que hablen,
empezará a anunciar de un momento a otro la peladora MagiPeel, pero el
producto aún no parece haber tenido el éxito indispensable para alcanzar ese
nivel publicitario. El programa no es demasiado malo. Un par de gemelas,
rubias oxigenadas con nalgas que se menean nerviosamente, empujan a las
mujeres hacia los diversos micrófonos, cabinas y zonas de aplauso. El espacio
televisivo sirve incluso para establecer cierta paz, pues Harry y Janice se cogen
de la mano. Cuando él se sienta en la cama casi le llega a la altura de los
hombros, y le gusta encontrarse en esta extraña relación con una mujer, como si
la llevara a hombros pero sin cargar con el peso. Da vueltas a la manivela para
alzar la cama, le sirve un vaso de agua, pequeños servicios que satisfacen
alguna necesidad que experimenta. El programa no ha terminado cuando entra
la enfermera.
—Señor Angstrom, si desea ver a su bebé, en estos momentos la enfermera
los muestra en la ventana.
Sigue a la mujer por el pasillo sin dejar de observar el movimiento de sus
caderas cuadradas bajo el blanco almidonado. Por el grosor de su cuello
imagina que es un buen ejemplar robusto, ancha de grupa, corpulenta por
encima de las rodillas. Le gustan las mujeres así. Por otro lado, le preocupa lo
que una mujer de Springfield, Illinois, iba a decir que sucedió tras el terrible
accidente de tráfico de su hijo, en el que perdió un brazo. Entre una y otra cosa,
no está nada preparado cuando la enfermera de la sala de los bebés, donde los
bultitos con cabezas como naranjas yacen en hileras en cestos de supermercado,
algunos ladeados, trae a su hija a la ventana de observación, y es como si un
regulador de tiro se deslizara hacia atrás en su pecho: una densa corriente
repentina le paraliza la respiración. La gente siempre comenta lo feos que son
los recién nacidos, y tal vez ésta sea la razón del asombro. La enfermera sostiene
al bebé, de modo que su perfil es de un rojo intenso contra la blanca pechera
abrochada del uniforme. Los pliegues alrededor de la nariz, tallados a una
escala tan pequeña, parecen tener una precisión milagrosa; la minúscula costura
sin puntadas del párpado cerrado tiene una considerable longitud en diagonal,
como si el ojo, cuando se abra, vaya a ser enorme y lo vea y conozca todo. En el
conato de presión detrás del párpado sereno y en la inclinación del labio
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John Updike
Corre, conejo
superior prominente, Conejo cree observar un delicioso atisbo de desdén. La
pequeña sabe que es buena, y él percibe lo que nunca había esperado, que es
femenina, nota algo que es a la vez delicado y duradero en el arco del largo
cráneo rosado, cubierto de liso vello negro. La cabeza de Nelson estaba llena de
bultos y alarmantes venas azules, y era calva, salvo en la base del cuello. Conejo
mira a través del vidrio con timidez, como si una mirada demasiado intensa
pudiera destrozar la delicada maquinaria de esta vida súbita.
La sonrisa de la enfermera, escorzada y graciosamente titilante entre los
ojos de Harry y la nariz del bebé, le confirma en su paternidad. Sus labios
pintados delinean una pregunta a través del cristal, y él dice: «Sí, de acuerdo», y
gesticula, llevándose las manos con los dedos extendidos a la altura de las
orejas. «Es precioso», añade, forzando la voz con la intención de que atraviese el
cristal, pero la enfermera ya está depositando de nuevo a la niña en su cesto de
supermercado. Conejo se vuelve en la dirección errónea, ve el rostro insomne
del padre situado a su lado y se echa a reír. Regresa al lado de Janice, el viento
remolinea a través de él y el fuego, el rojo de la piel del bebé llameando. En el
corredor con olor a jabón se le ocurre la idea: deberían llamar a la niña June.
Estamos en junio, ha nacido en junio, él nunca ha conocido a una June. A Janice
le gustará, por la J inicial. Pero Janice también ha pensado en posibles nombres
y quiere ponerle el de su madre. Harry nunca piensa que la señora Springer
tiene un nombre de pila, Rebecca. Su cálida ráfaga de orgullo por su hija
enternece a Janice en la cama, y a él, por su parte, le ablanda esa muestra de
amor filial, pues a veces le preocupa la falta de cariño hacia su madre que cree
observar en Janice. Al final llegan a un compromiso: la niña se llamará Rebecca
June Angstrom.
El camino recto se extiende liso ante Harry, sin los obstáculos que había
imaginado. Resulta que el señor Springer ha estado pagando el alquiler del
apartamento durante esos meses. Es amigo personal del casero y lo arregló sin
incomodar a su hija. Siempre tuvo la corazonada de que Harry volvería, pero
no quiso airearla por si se equivocaba. Harry y Nelson se trasladan y empiezan
a adecentar la casa, para lo que Conejo tiene auténticas dotes. Le agrada
eliminar el polvo con la aspiradora, esa succión por la manguera de tela hasta la
bolsa de papel que, una vez llena de compacta pelusa gris, levantará la cubierta
del Electrolux como un caballero que saluda alzando su sombrero. Su papel
como pregonero de la peladora MagiPeel no fue del todo inapropiado, pues
tiene un gusto instintivo por los pequeños aparatos de la civilización, como
moledores, máquinas de rebanar y similar instrumental de cocina. Tal vez el
hijo mayor de una casa debería ser siempre una niña. Mim, que nació después
de él en la familia de los Angstrom, nunca se ocupó directamente de las tareas
de la cocina; en las tareas domésticas siempre permanecía a la sombra de su
hermano y se mostraba reacia a efectuar su parte, que finalmente sería la mayor
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John Updike
Corre, conejo
parte porque, al fin y al cabo, Harry era un varón. Supone que ocurrirá lo
mismo con Nelson y Rebecca.
Nelson le ayuda. Ahora está más cerca de los tres años que de los dos y
puede cumplir órdenes que no le hagan salir de la habitación, comprende que
sus juguetes deben estar recogidos en el canasto y percibe la felicidad de la
limpieza, el orden y la luz. La brisa de junio suspira en las pantallas protectoras
de las ventanas cerradas durante largo tiempo. El sol puntea la tela metálica con
centenares de centelleantes letras T y L. Al otro lado de las ventanas está la
calzada en declive de Wilbur Street. Los tejados vecinos, superficies planas de
chapa y alquitrán levemente onduladas por la intemperie, tienen brillos
misteriosos que proceden del ripio, las envolturas de caramelos y los
fragmentos de vidrio, basura que debe de haber caído de las nubes o que han
traído los pájaros a esta calle, con su bosque de antenas de televisión y
chimeneas coronadas por una especie de capuchón que tienen el tamaño de
bocas de incendios. Hay tres de estos tejados en el lado inferior, inclinados
como terrazas para drenaje, tres anchos y sucios escalones que conducen a un
borde, bajo el cual empiezan las casas mejores, los fuertes de estuco y ladrillo,
con porches, buhardillas y pararrayos, rodeados de coníferas, protegidos por
acuerdos con bancos y bufetes de abogados. Era extraño que hubieran
construido más arriba una hilera de apartamentos. Si querían vivir aislados en
lo alto, el crecimiento les estafó; en una población levantada en la ladera de una
montaña, la altura era demasiado común para que fuera preciosa. Por encima
de todos ellos estaba el cerro primitivo, la oscura extensión de bosque, separada
de la zona decente del pueblo por una franja con senderos sin pavimentar, casas
de campo en ruinas, un cementerio y un par de urbanizaciones recientes y
vulgares. Más allá de la puerta de Conejo, Wilbur Street estaba pavimentada a
lo largo de una manzana y luego se convertía en una calle de barro y grava
entre dos cortas hileras de grandes casas de un solo piso y colores alternados,
levantadas en 1953 sobre una tierra roja que incluso ahora está inestablemente
sujeta por las briznas de la hierba que la salpican, de modo que tras una buena
lluvia el agua de los arroyos baja anaranjada por Wilbur Street. La calle se hace
luego aún más empinada y empieza el bosque.
Desde las ventanas de su apartamento, Conejo ve en la dirección opuesta,
al otro lado del pueblo, el ancho valle cultivado, con su campo de golf. Mi valle,
mi hogar, se dice. Las paredes, empapeladas de verde y manchadas, las
alfombras pequeñas entre los muebles con las esquinas siempre dobladas, el
armario cuya puerta choca con el televisor, todo cuanto no ha visto en varios
meses ha regresado con una fuerza inesperada. Cada esquina encaja en una
esquina recordada, cada grieta, cada irregularidad en la pintura corresponde a
una muesca ya existente en su cerebro, y esto añade otra dimensión de limpieza
a sus trabajos domésticos.
172
John Updike
Corre, conejo
Bajo el sofá y los sillones, detrás de las puertas y en el espacio bajo los
armarios de la cocina, encuentran fragmentos de viejos juguetes que encantan a
Nelson. El niño guarda una perfecta memoria de todas sus posesiones.
—Abuelita me dio esto —explica mientras sujeta un pato de plástico que ha
perdido sus ruedas.
—¿Ah, sí?
—Sí, fue la abuelita.
—Qué abuelita tan buena, ¿verdad?
—Sí.
—¿Sabes una cosa?
—¿Qué?
—¡La abuelita es la mami de mami!
—Sí, ¿dónde está mami?
—En el hospital.
—¿En hospital? ¿Volverá el viernes?
—Sí, cariño, volverá el viernes. ¡Qué contenta estará cuando vea lo limpio
que lo tenemos todo!
—Sí. ¿Papi en hospital?
—No, papi no estaba en el hospital. Papi estaba fuera.
—Papi fuera... —los ojos del niño se ensanchan y abre la boca mientras
considera el familiar concepto de «fuera», cuya seriedad parece contagiarse a su
voz, ahora más profunda—... muy, muy laargo—. Extiende los brazos para
medir la longitud, tanto que los deditos se doblan hacia atrás. Es toda la
longitud que puede medir.
—Pero papi ahora no fuera, ¿eh?
—No.
El día en que va a casa de la señora Smith para decirle que ha de dejar su
trabajo como jardinero, lleva a Nelson consigo en el coche. El viejo Springer le
ha ofrecido trabajo en su negocio. Los rododendros que bordean el sendero de
grava parecen polvorientos y yermos, con unos pocos ramilletes marrones
colgando todavía de sus ramas. La señora Smith en persona les abre la puerta.
—Sí, sí —canturrea, su rostro curtido sonriente.
—Éste es mi hijo Nelson, señora Smith.
—Sí, sí, ¿cómo estás Nelson? Tienes la misma cabeza que tu padre. —
Palmotea la pequeña cabeza con una mano agostada como una hoja de tabaco—
. A ver, déjame que piense. ¿Dónde he puesto ese bote de bombones? Puede
comer bombones, ¿verdad?
—Supongo que sí, pero no se moleste en buscarlos.
—Los buscaré si quiero. Lo malo de usted, joven, es que nunca me ha
considerado competente para nada.
Se aleja con paso vacilante, alisando con una mano su vestido mientras con
la otra agita el aire ante ella, como si apartara telarañas.
173
John Updike
Corre, conejo
Mientras la anciana se ausenta de la sala, Harry y Nelson miran el alto
techo, las ventanas con montantes finos como rayas de tiza, a través de cuyas
hojas, algunas de ellas coloreadas de azul lavanda, se ven los pinos y cipreses
que custodian el límite de la finca. De las brillantes paredes cuelgan cuadros.
Uno de ellos, en colores oscuros, representa a una mujer envuelta en un
ondulante velo de seda y, a juzgar por su manera de agitar los brazos, discute
con un gran cisne que se limita a permanecer ahí, importunándola. De otra
pared cuelga el retrato de una mujer joven vestida de negro y sentada con aire
de impaciencia en una silla tapizada. Su rostro, aunque tiende a la cuadratura,
es agradable, con la frente triangular debido a su peinado. Los brazos redondos
y blancos se curvan en el regazo. Conejo da unos pasos para mirar ese cuadro
desde una posición menos oblicua. La mujer tiene esa clase de labio superior
corto y gordezuelo que sienta tan bien a una muchacha y que cuando se levanta
permite que un toque de oscuridad se instale entre ambos labios. De toda ella se
desprende una disposición favorable. Harry tiene la sensación de que está a
punto de levantarse de la silla y avanzar hacia él con un frunce en la frente
triangular. La señora Smith regresa con una bola de cristal carmesí provista de
pie, como una copa de vino; ve lo que está mirando y comenta:
—Siempre me ha molestado que me retratara con ese aspecto de irritación.
No me gustaba y él lo sabía. Era un italiano pequeño y embaucador, que creía
saberlo todo acerca de las mujeres. Toma. —Se ha acercado a Nelson con el
recipiente de bombones—. Prueba uno de éstos.
Son viejos pero buenos, como tantas cosas viejas en este mundo.
Levanta la tapa, un hemisferio de cristal rojo traslúcido provisto de un
pomo, y la sostiene con su mano temblequeante. Nelson mira a Conejo, asiente
y coge un bombón envuelto en papel de estaño coloreado.
—Ése no te gustará —le dice Conejo—. Tiene una cereza dentro.
—Chitón —dice la señora Smith—. Deje que el niño tome el que prefiera.
El pobre Nelson sigue adelante y lo coge, embrujado por el papel de estaño.
—Señora Smith —empieza a decirle Conejo—. No sé si el reverendo Eccles
se lo habrá dicho, pero mi situación ha cambiado y he de dedicarme a otro
trabajo. Ya no podré seguir ayudándola en el jardín. Lo siento.
—Sí, sí —dice ella, mirando atentamente cómo Nelson trata de desenvolver
el bombón.
—Lo he pasado muy bien —prosigue él—. Ha sido una especie de paraíso,
como dijo aquella mujer.
—Ah, esa estúpida de Alma Foster —replica la señora Smith—. Con el rojo
de labios hasta la mitad de la nariz. Nunca la olvidaré, ángel de Dios, no tenía
ni un gramo de seso. Vamos, pequeño, dáselo a la señora Smith. —Deja la tapa
sobre una mesita redonda de mármol, en la que sólo hay un jarrón oriental con
peonías, coge el bombón de Nelson y con un frenético movimiento de los dedos
lo desenvuelve. El pequeño está mirándola boquiabierto. La anciana extiende el
brazo tembloroso e introduce la bola de chocolate entre sus labios. Con una
174
John Updike
Corre, conejo
sonrisa de satisfacción, se vuelve, deja caer el envoltorio sobre la mesa y le dice
a Conejo—: Bien, Harry, por lo menos recolectamos los rododendros.
—Sí, es cierto.
—Eso satisfará a mi Harry, ¿sabe?, dondequiera que esté.
Nelson muerde la golosina, nota el inesperado sabor del jarabe de cereza y
abre la boca, consternado. Un reguero marrón se desliza desde una comisura y
sus ojos miran a uno y otro lado de la inmaculada sala principesca. Conejo
ahueca una mano a su costado y el pequeño se acerca y escupe en ella
silenciosamente el revoltijo, trozos de chocolate, cálido jarabe filamentoso y la
cereza rota.
La señora Smith no ve nada de eso. Sus ojos, con sus iris transparentes de
cristal cuarteado, están fijos en Harry mientras le dice:
—Mantener cuidado el jardín de Horace ha sido un deber religioso para mí.
—Estoy seguro de que encontrará a alguien que me sustituya. Han
empezado las vacaciones, y es un trabajo perfecto para un estudiante.
—No, no —replica la anciana—, ni hablar de eso. El año que viene no estaré
aquí para ver florecer de nuevo los rododendros de Harry. Usted me ha
mantenido viva, Harry, ésa es la pura verdad. Durante todo el invierno estuve
con un pie en la tumba y entonces, en abril, miré por la ventana y ahí estaba ese
joven alto quemando los tallos viejos y supe que la vida no me había
abandonado. Eso es lo que usted tiene, Harry, vida. Es un don extraño y no sé
cómo hemos de usarlo, pero sé que es el único don que recibimos y que es
bueno. —Sus ojos cristalinos se han cubierto con una película líquida más
espesa que las lágrimas y le agarra los brazos por encima de los codos con
garras duras y pardas—. Un joven excelente y fuerte —murmura, y vuelve a
centrar la mirada al tiempo que añade—: Tiene un hijo orgulloso, tenga
cuidado.
Debe de querer decir que ha de estar orgulloso de su hijo y cuidarle. El
gesto de la mujer al cogerle del brazo le conmueve, desea responderle y
asegurarle que esa predicción de su muerte no se cumplirá, pero tiene la mano
derecha llena de bombón aplastado que se licua, y permanece en pie impotente
y rígido, escuchando la voz temblorosa de la anciana.
—Adiós, le deseo lo mejor..., lo mejor.
Durante la semana que sigue a esta bendición, Conejo y Nelson se sienten
con frecuencia felices. Pasean por los alrededores del pueblo. Un día asisten a
un partido de softball en el terreno del instituto. Juegan unos hombres de caras
arrugadas y oscuras, vestidos con llamativos uniformes de fieltro y franela. El
nombre de un equipo es el de una estación de bomberos en Brewer, el otro el de
la Asociación Atlética Sunshine, y Harry supone que son los mismos uniformes
que vio colgados en el desván la vez que durmió en la habitación de Tothero. El
número de espectadores sentados en las gradas desmontables no es mayor que
el número de jugadores. A su alrededor, detrás de la valla de alambre y
tuberías, muchachos calzados con zapatos de lona forcejean, corren y discuten.
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John Updike
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Harry y su hijo contemplan varios cambios de jugadores, mientras el sol
desciende entre los árboles. Un calor antiguo, delgado como el papel, inunda a
Conejo, el sol oblicuo en sus mejillas, el público escaso y apenas atento, la
cháchara gruñona y picante, la polvareda en el cuadrado amarillo, las chicas en
pantalón corto que pasan ante él lamiendo polos de chocolate, morenas piernas
adolescentes, gruesas en los tobillos y suaves en los muslos. Saben tanto... por lo
menos sus pieles. Los chicos de su edad son palos descarnados metidos en
pantalones de tela tosca y zapatos de gimnasia, discutiendo frenéticamente si
Williams era un fracaso total o no, Mantle es diez mil veces mejor, Williams era
diez millones de veces mejor... Harry y Nelson comparten una naranjada que le
han comprado a un hombre que vestido con un delantal del Club de
Animadores ha montado su tenderete a la sombra. El humo del hielo seco que
sale del depósito de helados, el ruido del tapón de la naranjada al abrir la
botella, el dulzor artificial, todo esto le llena el corazón. Nelson se echa un poco
de naranjada encima al tratar de llevarse el gollete a los labios.
Otro día van al parque infantil. A Nelson le asustan un poco los columpios.
Conejo le dice que se sujete bien y le empuja suavemente por delante, para que
el pequeño le vea y se tranquilice. Risas, súplicas, «Me bajo», su inicio de llanto,
«Me bajo, me bajo, papi». Pisotear en el cajón de arena produce a Conejo un
ligero dolor de cabeza. En la glorieta, el ruido sordo de una pelota de goma y el
sonido de las fichas de damas desencadenan sus recuerdos, así como el
olvidado olor de aquella estrecha cinta de plástico con la que se trenzaban
brazaletes y correas para pitos, y el olor a pega y ese olor a sudor en las asas de
los aparatos de gimnasia que trae la brisa entrelazada con el murmullo de los
niños. Harry percibe la verdad: aquello que ha salido de su vida lo ha hecho de
un modo irrevocable, y por mucho que lo busque no le recuperará. Ninguna
huida podrá darle alcance. Estaba aquí, debajo del pueblo, en estos olores y
estas voces, para siempre detrás de él. La plenitud cesa cuando pagamos a la
naturaleza su rescate, cuando engendramos hijos para ella. Entonces ella ha
terminado con nosotros y, primero por dentro y luego por fuera, nos
convertimos en chatarra, en tallos de flores.
Visitan a la abuelita Springer. El niño está encantado. Nelson la quiere,
razón suficiente para que Conejo le tenga afecto. Aunque ella intenta provocar
una pendencia con él, Harry se niega a pelear, limitándose a admitirlo todo: ha
sido un desgraciado, un idiota, su comportamiento no tiene perdón de Dios y
puede dar gracias de no verse entre rejas. De todos modos su suegra no se
ensaña con él. En primer lugar, Nelson está presente, y, además, su regreso ha
aliviado a la mujer y teme aterrarle si es demasiado dura. En tercer lugar, los
padres de la esposa no pueden meterse con uno como pueden hacerlo los
propios padres, pues siguen en el exterior, por muy fuerte que llamen a la
puerta, y hay en ellos algo relajante e incluso cómico. Harry y su suegra se
sientan en el porche protegido por la tela metálica, con sendos vasos de té
helado. Ella apoya las piernas vendadas sobre un taburete, y sus leves lamentos
176
John Updike
Corre, conejo
cuando cambia de postura hacen sonreír a su yerno, a quien le parece
encontrarse con una de aquellas chicas tontas del instituto que le gustaban en
cierto modo, sin que jamás pasara por su cabeza la posibilidad de amarlas.
Nelson y Billy Fosnacht están dentro de la casa, jugando tranquilamente,
incluso demasiado silenciosos. La señora Springer quiere ver qué ha sucedido,
pero no desea mover las piernas. Acongojada, empieza a quejarse de lo vulgar
que es el pequeño Billy Fosnacht, y de ahí pasa a criticar a su madre, que no le
gusta mucho a la señora Springer, no le inspira ninguna confianza, no sólo por
las gafas de sol, aunque eso le parece una afectación ridícula, no, es la actitud
general de la mujer, su acercamiento a Janice, tratando de caerle bien, sólo
porque lo sucedido parecía un jugoso material de chismorreo.
—Hombre, venía aquí tan a menudo que Nelson estaba conmigo mucho
más que con Janice. Cada día se iban al cine, como colegialas sin
responsabilidades maternales.
Sin embargo, Conejo sabe desde su época escolar que Peggy Fosnacht,
entonces Peggy Gring, usa gafas de sol porque sufre un extravagante y
humillante estrabismo divergente. Y Eccles le ha dicho que su compañía ha sido
un gran consuelo para Janice durante el penoso período ahora superado, pero él
no pone ninguna de estas objeciones y se limita a escuchar plácidamente,
satisfecho de aunarse con la señora Springer, ambos contra el mundo. Los
cubitos de hielo en el vaso de té se funden, duplicando así la insipidez de la
bebida. La charla de su suegra le baña los oídos como el murmullo de un
arroyo. Así arrullado, deja que sus párpados se entrecierren y asome una
sonrisa en sus labios. Duerme mal por las noches, solo en la cama, y ahora se
amodorra en la herbosa anchura del día, distraído y dichoso, cómodamente
instalado por fin en el lado correcto.
Las cosas son muy distintas en casa de sus padres, adonde ha ido una vez
con Nelson. Su madre está enfadada por algo, y ese enfado ataca el olfato de
Conejo en la misma puerta, como el olor de la edad en todas las cosas. Esta casa
parece desastrada y pequeña después de haber estado en la de los Springer.
¿Qué aqueja a su madre? Él supone que siempre ha estado de su parte y, en una
veloz ráfaga de confidencia, le cuenta lo bien que se han portado los Springer,
lo afectuosa que es en el fondo la señora Springer, la cual parece habérselo
perdonado todo, que el señor Springer les pagó el alquiler del apartamento y
ahora le ha prometido trabajo en su negocio de venta de coches. Tiene cuatro
centros de venta en Brewer y sus inmediaciones. Conejo no tenía idea de que
fuese un hombre tan emprendedor. Es un pelmazo, ciertamente, pero por lo
menos un pelmazo con éxito. En cualquier caso, él, Harry Angstrom, ha salido
del apuro con bastante facilidad. Hay destellos implacables en la nariz de su
madre, severamente arqueada, en los cristales empañados de sus gafas, y su
desaprobación le hiere levemente cada vez que le mira desde el fregadero. Al
principio piensa que nunca se ha comunicado realmente con ella, pero de ser así
ella no debería disgustarse más, sino al contrario, puesto que ahora se comunica
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John Updike
Corre, conejo
con ella. Entonces piensa que el disgusto se debe a que ha dormido con Ruth y
cometido adulterio. A medida que envejece se vuelve más religiosa y, en
cualquier caso, probablemente le ve como si no tuviera más de doce años. Pero
de improviso ella desbarata esa posibilidad haciéndole una brusca pregunta:
—¿Y qué le va a ocurrir a esa pobre chica con la que vivías en Brewer?
—¿Ella? Bueno, puede cuidar de sí misma. No esperaba nada.
Pero al pronunciar esas palabras nota el sabor de su propia saliva. Que su
propia madre mencione así a Ruth le coloca en una posición muy violenta. Ella
baja la voz y menea afectadamente la cabeza.
—No he dicho nada, Harry, no he dicho una sola palabra.
Pero, naturalmente, ha dicho mucho, aunque él no sabe exactamente qué.
Podría haber una pista en su manera de tratar a Nelson, al que apenas hace
caso, no le ofrece juguetes ni le abraza, se limita a decirle: «Hola, Nelson» con
una leve inclinación de cabeza, que convierte sus gafas en círculos blancos. Tras
la cordialidad de la señora Springer, esta frialdad parece brutal. Nelson lo nota,
permanece mudo y asustado, apoyado en las piernas de su padre. Conejo
desconoce qué es lo que corroe a su madre, pero, desde luego, no debería
descargar su enojo en un chiquitín de dos años. Parece mentira que una abuela
actúe de ese modo. Es cierto que la mera presencia del pobre niño les impide
tener la clase de conversación que tienen otras veces, cuando su madre le cuenta
algo muy divertido que ha ocurrido en el vecindario y siguen hablando de él,
de cómo era en su infancia, cómo se pasaba tardes enteras regateando con la
pelota de baloncesto hasta después de que anocheciera y siempre cuidaba de
Mim. El hecho de que Nelson sea medio Springer parece imposibilitar esa clase
de charla. En este momento su madre deja de gustarle. Hay que ser demente
para desairar a una criatura que acaba de aprender a hablar. Siente deseos de
decirle. ¿A qué viene todo esto? Actúas como si hubiera pasado al otro bando.
Pareces loca. ¿No sabes que éste es el bando correcto? ¿Por qué no me alabas?
Pero no dice tales cosas, pues es tan terco como ella. Tras haber
mencionado las bondades de los Springer, no dice mucho más. Se limita a matar
el tiempo en la cocina, haciendo rodar un limón que Nelson le devuelve. Cada
vez que el limón cae de la mesa y rueda hacia los pies de su madre tiene que
recogerlo, pues Nelson no quiere moverse. El silencio sonroja a Harry, y no sabe
si es por él o por su madre. Cuando su padre llega a casa las cosas apenas
mejoran. El viejo no está enfadado, pero mira a Harry como si no estuviera ahí.
Su cargazón de espaldas y sus uñas sucias molestan a su hijo, es como si ese
hombre se hubiera propuesto envejecerles a todos. ¿Por qué no se pone una
dentadura postiza que encaje bien? Mueve la boca como una anciana. Por lo
menos su padre presta atención a Nelson, el cual, esperanzado, hace rodar el
limón hacia él. Su abuelo se lo devuelve.
—¿Vas a ser jugador de pelota como papá?
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John Updike
Corre, conejo
—No puede, Earl —dice su madre, y a Conejo le alivia escuchar su voz,
cree que el hielo se ha roto, hasta que ella añade—: Tiene las manos pequeñas
de un Springer.
Estas palabras, pronunciadas en un tono duro como el acero, producen una
lluvia de chispas en el corazón de Harry.
—Por Dios, deja de molestar —le dice, y lo lamenta, porque se siente
atrapado.
El tamaño de las manos de Nelson no debería importar, pero ahora Conejo
descubre que no es así. No quiere que el chico tenga las manos de su madre, y si
las tiene —lo cual es muy probable, si su madre ha reparado en eso—, el niño le
gusta un poco menos. Sí, el niño le gusta un poco menos, pero odia a su madre
por hacerle sentir así. Es como si ella quisiera echarlo todo abajo, aunque le
caiga encima de ella. Y Conejo admira ese rasgo, que esté dispuesta a hacerse
odiar por su hijo si de ese modo éste recibe el mensaje, pero él rechaza su
mensaje, lo nota sondeándole el corazón y lo rechaza. No quiere oírlo. No
quiere oír otra palabra de su madre, sólo desea marcharse llevándose consigo
un pequeño resto de su amor hacia ella.
Antes de salir pregunta a su padre:
—¿Dónde está Mim?
—Ya no vemos mucho a Mim —responde el viejo.
Baja los ojos empañados y se toca el bolsillo de la camisa, que contiene dos
bolígrafos y un paquete de tarjetas y papeles algo manchado. Desde hace
algunos años su padre tiene la costumbre de hacer paquetitos de cosas, tarjetas,
listas, recetas y pequeños calendarios que envuelve con gomas elásticas y se
guarda en distintos bolsillos con una minuciosidad de viejo chocho. Conejo se
marcha de su antiguo hogar deprimido, sintiendo como si su corazón se
hubiera desplomado desde su centro.
Los días se deslizan con normalidad mientras Nelson está despierto, pero
cuando el niño se duerme, cuando su rostro se hunde en el sueño, cuando el
aire entra y sale de la boca cuyos labios entreabiertos depositan saliva en la
sábana de la cuna, los finos mechones de su cabello se desparraman sobre la
almohada y la piel perfecta de las mejillas gruesas y relajadas, ahora
inanimadas, yace inerte bajo un intenso rubor, entonces un espacio muerto se
abre en el interior de Harry y le acomete el temor. El sueño del niño es tan
profundo que le hace temer en la posibilidad de que se rompa la membrana de
la vida y desaparezca a su través. A veces se acerca a la cuna y coge en brazos al
pequeño, sólo para asegurarse de que sigue vivo con su calor y el movimiento
de protesta de sus miembros fláccidos.
Deambula por el apartamento, enciende todas las luces y la televisión, bebe
ginger ale y hojea números atrasados de Life, aferrándose a cualquier cosa para
llenar el vacío. Antes de acostarse pone a Nelson de pie delante del inodoro,
hace correr el agua del grifo y acaricia el culito tenso y desnudo hasta que el
niño, soñoliento e irritado, deja escapar el pipí que se vierte en la taza. Entonces
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John Updike
Corre, conejo
le pone un pañal, vuelve a depositarlo en la cuna y se dispone a saltar sobre el
profundo abismo desde ahora hasta el momento en que a la luz sesgada de la
mañana el niño aparezca, resucitado, con el pañal empapado, junto a la cama de
matrimonio, dando palmaditas en la cara de su padre a modo de tanteo. A
veces se mete en la cama, y entonces el paño frío y pegajoso que sorprende a la
piel de Conejo es como tocar de nuevo una orilla firme y húmeda. El tiempo
que transcurre entre esos dos momentos es insoportable para él, pero su deseo
imperioso de sumirse en la inconsciencia vuelve a frustrarse. Yace en diagonal,
para que los pies no le cuelguen de la cama, y se esfuerza por evitar la sensación
de ladeo en su interior. Como un barco sin gobierno, pasa rasando una y otra
vez las mismas rocas: la desagradable actitud de su madre, la desolación en la
mirada de su padre, el silencio de Ruth la última vez que la vio, el opresivo
empeño de su madre en no decir una sola palabra, ¿qué le molesta? Se pone
boca abajo y le parece mirar un mar insondable, y desciende más y más, hasta
donde ásperos peñascos se contornean entre ciegas sondas. La buena de Ruth
en la piscina, Harrison, ese pobre pelmazo, enfrentándose a la situación al estilo
de la elegante Ivy-League,* el lujurioso hijo de puta, la débil y sucia manita de
Margaret aleteando en la boca de Tothero y éste postrado en aquella cama con
la lengua fuera bajo unos agitados ojos que parecen de jalea. No, no quiere
pensar en eso. Se pone boca arriba en la cama cálida y seca, y esa sensación de
ladeo retorna con renovado ímpetu. Tiene que pensar en algo agradable. En el
baloncesto y la sidra en aquella pequeña escuela en el límite del condado, el
instituto Oriole, pero eso es algo tan lejano que sólo recuerda la sidra y el
público sentado en el pequeño estrado. Ruth en la piscina, la manera en que
flotaba ingrávida en el agua, rodeada de agua, deslizándose hacia atrás a través
del líquido, los ojos cerrados, y luego fuera del agua con la toalla, él
recorriéndole las piernas con la mirada hasta el vello secreto y su cara cuando
se tendió junto a él, su rostro enorme, amarillo y quieto, muerto. No, tiene que
borrar de su mente a Tothero y a Ruth, porque ambos le recuerdan la muerte,
practican en un costado este vacío de la muerte, mientras que en el otro costado
crece la amenaza del regreso a casa de Janice: eso es lo que le produce la
sensación de ladeo, de desequilibrio. Aunque está solo en el dormitorio se
siente rodeado de presencias, toda esa gente a su alrededor que le turba, no
tanto sus rostros o sus palabras como sus presencias mudas y densas,
importunando en la oscuridad como oscuros peñascos submarinos y bajo todo
ello, como un leve zumbido agudo, el guiño de la esposa de Eccles. Ese guiño.
¿Qué significaba? ¿Tan sólo una broma sin importancia en la confusión de la
salida, la niña que bajó en braguitas y tal vez un conato de pudor al ver cómo él
miraba las uñas pintadas de los pies, un simple gesto para decir Sigue tu
camino y buena suerte, o fue una rendija de luz en una sala oscura y significa
* Grupo de universidades del noroeste de Estados Unidos, famosas por su
prestigio académico y social. (N. del T.)
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John Updike
Corre, conejo
Entra? Curiosa y lista pecosilla, tenía que haberla seducido, ese constante
zumbido agudo que le turba desde entonces, seducirla de veras, ya que ella lo
quería, la sombra de sus senos bajo los sostenes, en una habitación llena de luz,
desliza los pantalones cortos sobre la piel infantil, muslos, grueso trasero, dos
blancos globos colgantes, a la luz, Freud, en la sala pintada de blanco con
acuarelas de canales en las paredes, ven aquí, padre primitivo, canales, en el
sofá, se sienta con las personas abiertas como dos compuertas blancas
separadas... qué bonito pecho tienes y aquí y aquí y aquí. Se da la vuelta y la
seca sábana es el tacto de las ansiosas manos femeninas, él mismo se alarga y
ahúsa a partir del velloso terciopelo, erguidas las aristas a través de las cuales se
tensa la gruesa vena, y hace lo que ha de hacer con mano prieta y experta, para
terminar con el agudo zumbido, relajarse y dormir. Una dulce espuma de
mujer. La seduce. Atraviesa el diamante que se alza en su cabeza y sale húmedo
por el otro lado. Qué estupidez. Lo lamenta. Es curioso dónde está la humedad,
no precisamente cerca de donde uno diría, en la sábana encimera en vez de la
de abajo. Apoya la mejilla en una parte fresca de la almohada. Ahora que ha
terminado con Lucy se ladea menos. Las líneas blancas de la mujer se alejan
amontonadas como cordel sin desenredar. Debe dormir, y el pensamiento de la
orilla lejana que se aproxima forma un tenaz obstáculo en su deslizamiento.
Piensa en cosas agradables. De todas las cosas recordadas de su vida, el único
lugar que se adelanta y en el que puede permanecer en pie sin que el suelo se
transforme en rostros a los que pisa es aquel parking del restaurante en Virginia
Occidental, después de que entrara a tomar una taza de café, la noche en que
viajó allí en coche. Recuerda las montañas a su alrededor como un anillo de
recortes contra el azul palidecido por la luna del cielo nocturno. Recuerda el
local, con sus ventanas doradas como las ventanas de los trolebuses que
enlazaban Mount Judge con Brewer cuando él era niño, y el aire frío pero vivo
en el inicio de la primavera. Oye las pisadas detrás de él en el asfalto y ve la
pareja que corre hacia su coche con las manos enlazadas. Una de las chicas
pelirrojas que estaba dentro del restaurante con la cabellera flotante como algas.
Y en este punto le parece que cometió un error al regresar, que debería haber
seguido, que ellos querían dirigirle y él debería haberles seguido, y en su estado
de desintegración le parece que los siguió, que los está siguiendo todavía, como
una nota musical que durante todo el tiempo en que suena parece viajar aunque
permanezca en el mismo lugar. Con esa nota se duerme.
Despierta antes del alba, de nuevo con la sensación de estar ladeado, presa
del temor de que Nelson haya muerto. Intenta deslizarse de nuevo en el sueño
que tenía, pero su temor a la pesadilla se dilata y acaba por levantarse de la
cama e ir a escuchar la respiración del niño, luego orina con un ligero dolor y
regresa a la cama, cuyas arrugas la primera luz del día convierte en líneas
negras. Sobre esa red se tiende y pasa furtivamente la hora que le queda antes
de que venga el pequeño, hambriento y frío.
181
John Updike
Corre, conejo
El viernes Janice vuelve a casa. Durante los primeros días la presencia del
bebé llena el apartamento como un cofrecillo de incienso llena una capilla.
Rebecca June yace en un canasto de juncos trenzados pintado de blanco y
montado en un carrito. Cuando Conejo va a mirarla, para asegurarse de que
sigue ahí, la ve un poco borrosa, como si el bebé no hubiera reunido aún la
fuerza necesaria para formar una silueta. Su mejilla, desviada, ya sin el rojo
brillante que él vislumbró en el hospital, está moteada de gris, amarillo y azul,
veteada como las palmas de Conejo cuando se encuentra mal. Cuando Janice le
da el pecho, unas manchas amarillas se acumulan en su seno, como
respondiendo a las sombras más ligeras de ese color en la piel de la niña.
Cuando Rebecca se alimenta, Nelson se agita, se interpone entre ellas, mete los
dedos en la costura entre los labios del bebé y la ubre materna, y luego, reñido y
apartado, deambula alrededor de la cama entonando una promesa que ha oído
en la televisión, «El Ratón Poderoso está en camino». El mismo Conejo se tiende
a su lado y observa cómo Janice manipula sus senos hinchados, que muestran la
piel blanca y el brillo de la plenitud. Introduce los gruesos pezones como un
arma en la boca cegada, con ampollas, que se abre y se aferra con una rapidez
de polluelo. «¡Uf!», exclama Janice dando un respingo, y entonces las glándulas
dentro de la boca del bebé empiezan a burbujear en armonía con las glándulas
mamarias de la madre. Así queda establecida la simetría. Sus facciones se
relajan y contempla a la niña sonriente, mientras sujeta un pañal contra el otro
seno, para enjugar la leche desperdiciada que exuda por simpatía. Esos
primeros días, llenos de descanso y salud cultivada en el hospital, tiene más
leche de la que el bebé consume. Entre una y otra toma pierde leche, y los
corpiños de todos sus camisones tienen dos manchas rígidas. Cuando él la ve
desnuda, salvo por el cinturón elástico que mantiene el tampón en su lugar, el
bajo vientre afeitado, hinchado y marcado con la línea marrón vertical que sólo
tienen las madres, le bulle la sangre a la vista de sus pechos, que se mantienen
erguidos por la tensión de la leche y sobresalen del cuerpo esbelto como
lustrosos frutos con venas verdosas y ásperas puntas violáceas. Con esta
sobrecarga en el pecho y el vendaje, Janice se mueve cautelosamente, como si
corriera peligro de derramarse, crispada. Aunque no le avergüenza en absoluto
mostrar los pechos mientras alimenta al bebé —son herramientas como las
manos—, ante los ojos de Harry sigue siendo tímida y se cubre enseguida si él
la mira demasiado abiertamente. Pero él nota una diferencia entre ahora y
cuando hicieron el amor por primera vez, tendidos uno al lado del otro en la
cama prestada, los ojos cerrados, efectuando juntos el tenue descenso hacia su
unión. Ahora ella se muestra en ocasiones descuidada, sale del baño desnuda,
deja que le cuelguen los tirantes del sujetador mientras amamanta al bebé,
parece aceptarse a sí misma con despreocupada gratitud, como una máquina,
una máquina blanca y flexible para joder, incubar, alimentar. También él
rezuma, un amor espeso y dulce sobrecarga su pecho, y la desea... sólo un
toque, sabe que ella es una herida sangrante, pero sólo un toque, lo suficiente
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John Updike
Corre, conejo
para librarse de su leche, para dársela a ella. Aunque bajo los efectos del éter
Janice le habló de hacer el amor, ella se aparta de él en la cama y duerme con
una pesadez que parece adusta. También él se siente agradecido, está
demasiado orgulloso de ella para no ser obediente. En cierta manera, esta
semana la adora.
Eccles les visita y les dice que espera verles en la iglesia. Han contraído tal
deuda con él que convienen en que por lo menos uno de ellos debería ir, y ese
uno ha de ser Harry, porque Janice no puede. Este domingo hace nueve días
que salió del hospital y, como Harry ha empezado a trabajar el lunes, ella se
siente ya cansada, débil y maltratada. A Harry le satisface ir a la iglesia de
Eccles, no sólo por el afecto que le tiene, aunque ésa es también una razón, sino
porque se considera feliz, afortunado, bendecido, perdonado y quiere dar
gracias. Su convencimiento de que existe un mundo invisible es instintivo, y
más acciones suyas de lo que nadie sospecha constituyen transacciones con ese
mundo. Se pone su traje gris nuevo y a las once y cuarto sale de casa. Es una
azul mañana de domingo, un día antes del solsticio de verano. Siempre le gustó
contemplar a la gente que desfilaba hacia el interior de la iglesia frente a la casa
de Ruth, y ahora él es una de esas personas. Tiene por delante la primera hora
en más de una semana en que no estará con un Springer, ya sea Janice en casa o
el padre de ésta en el trabajo. El trabajo en el centro de ventas es bastante fácil,
aunque no tiene tiempo para descansar. A media tarde se siente exhausto.
Vienen cacharros con ciento treinta mil kilómetros a cuestas y los pistones tan
sueltos que el aceite se vacía, y los lavan, hacen retroceder el velocímetro y se
oye a sí mismo decir que ese vehículo es una auténtica ganga. Pedirá perdón
por ello.
Detesta a los transeúntes vestidos con sucia ropa de diario, anunciando su
creencia de que el mundo se curva sobre un abismo, que la muerte es el final y
que el hilo errante de sus sentimientos no lleva a ninguna parte. En
contrapartida, ama a los que se han vestido para ir a la iglesia, los trajes de calle
planchados de los hombres corpulentos proporcionan sustancia y
respetabilidad a sus furtivas sensaciones de lo invisible, las flores en los
sombreros de sus esposas parecen empezar a hacerlo visible, y sus hijas son
ellas mismas flores, cada uno de sus cuerpos es una sola flor, con pétalos de
gasa y volantes, una flor de fe, de modo que incluso la más fea camina, a los
ojos de Conejo, deslumbrante de belleza, la belleza de la creencia. Podría
besarles los pies agradecido, pues le liberan del temor. Cuando entra en la
iglesia está demasiado elevado por la dicha para rebajarse a pedir perdón. Al
arrodillarse en un escabel rojo que está acolchado pero no lo suficiente para
evitar que su peso le pellizque dolorosamente las rodillas, la cabeza le vibra de
alegría, la sangre salta dentro de su cráneo y las pocas palabras que articula,
Dios, Rebecca, gracias, se mecen de un modo no consecutivo entre insensatos
remolinos de alegría. La gente que conoce a Dios murmura y se mueve a su
alrededor, sosteniéndole en la oscuridad. Cuando se sienta en el banco, la
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John Updike
Corre, conejo
cabeza que está delante de él llama su atención. Una mujer con un sombrero de
paja ancho. Es más pequeña que la mayoría, con los hombros estrechos y
pecosos, probablemente joven, aunque las mujeres, vistas por detrás, tienden a
parecer jóvenes. El ancho sombrero emite graciosamente el más leve
movimiento de su cabeza y convierte el cabello rubio rizado de la nuca en una
especie de secreto brevemente atisbado que sólo él conoce. La capa de finas
mechas blancas, invisibles salvo cuando su textura se orienta a la luz, dota de
un leve y cambiante brillo suave al cuello y los hombros. Conejo sonríe,
recordando aquel comentario de Tothero acerca de las mujeres y el pelo que las
cubre. Se pregunta si Tothero habrá muerto y se apresura a rogar que siga vivo.
Espera con impaciencia que la mujer se vuelva para verle el perfil bajo el borde
del sombrero, una gran rueda solar tejida, guarnecida con un arco de violetas
de papel. La mujer se vuelve y baja la vista hacia algo que está a su lado. A
Conejo se le corta la respiración. Brilla una finísima medialuna de mejilla y es
eclipsada de nuevo. Algo con una cinta rosa aparece al lado de su hombro.
Harry contempla el rostro inquisitivo, encantado, de la pequeña Joyce Eccles.
Sus dedos pasan nerviosamente las páginas del libro de himnos mientras el
órgano inicia el servicio religioso. La esposa de Eccles se levanta, al alcance de
su brazo.
Eccles avanza por el pasillo arrastrando los pies, precedido por una nube
de acólitos y miembros del coro. Detrás de la barandilla del altar parece absorto
y malhumorado, distante, insustancial y rígido bajo sus vestiduras, como un
muñeco japonés. La voz afectada, el tono piadoso y nasal con que entona las
plegarias afecta a Conejo de una manera desagradable, y es que hay algo
desagradable en el conjunto del servicio episcopaliano, con sus persistentes
altibajos, sus plegarias estereotipadas, sus cánticos superficiales. Conejo está
muy incómodo en el reclinatorio, le duele la región lumbar, pone los codos
como garfios en el respaldo del banco de delante para no caer hacia atrás. Echa
de menos la familiar liturgia luterana, grabada en su corazón como una
inscripción desgastada por la intemperie. En este servicio él comete errores
absurdos, frustrado por lo que parecen premeditadas dislocaciones del culto. Le
parece que se da una importancia excesiva a la recolecta de dinero. Apenas
escucha el sermón.
El tema del sermón es el período de cuarenta días en el desierto y la
conversación de Cristo con el diablo. ¿Tiene ese relato alguna relación con
nosotros, aquí y ahora? En el siglo xx, en los Estados Unidos de América. Sí,
existe la opinión común de que todos los cristianos sin excepción deben tener
conversaciones con el diablo, deben conocer sus métodos, deben oír su voz. La
tradición en que se basa esta leyenda es muy antigua, fue transmitida de boca a
boca entre los cristianos primitivos. He aquí, según Eccles, en qué consiste su
importancia principal, su amplio significado: sufrimiento, privación, aridez,
penalidades, necesidades..., todo esto constituye una parte indispensable de la
educación, la iniciación, por así decirlo, de quienes están dispuestos a seguir a
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John Updike
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Jesucristo. Eccles gesticula en el púlpito, su voz es chillona, las cejas se le
mueven a tirones, como si pendieran de sendos anzuelos. Es la suya una
actuación desagradable, forzada, contorsionada en cierto modo. Conejo piensa
que al volante de su coche tiene una piedad más natural. Vestido con esa ropa
negra parece el siniestro sacerdote de un oscuro misterio. A Harry no le gusta el
aspecto oscuro, enmarañado, visceral del cristianismo, esa cualidad de
atravesar que tiene, la entrada en la muerte, y el sufrimiento que redime e
invierte esas cosas como un paraguas que se abre al revés. Carece de la diligente
voluntad necesaria para recorrer la línea recta de una paradoja. Comoquiera
que la luz centellea en su retina vuelve los ojos hacia ella.
La mejilla brillante de Lucy Eccles aparece y desaparece bajo su escudo de
paja. La niña, oculta, con excepción de la cinta, tras el respaldo del banco, le
susurra algo, presumiblemente que él está detrás. Sin embargo, la mujer no
vuelve directamente la cabeza para verle, y este desaire innecesario excita a
Harry. Lo máximo que ve de ella es su perfil. El ligero pliegue doble del mentón
se ahonda cuando inclina la cabeza y mira a la niña con el ceño fruncido. Lleva
un vestido cuyas estrechas rayas azules coinciden en las costuras, formando
numerosas V agudas. El tejido y el corte elegante de la tela sobre sus hombros
disuenan en el ambiente de la iglesia, al que, no obstante, se someten. La
inmovilidad de la mujer en la iglesia, su obediencia a ese proceder rígido y
centrado en el hombre tienen cierto carácter sexual. Conejo se complace en
imaginar que la verdadera atención de Lucy irradia hacia él. Contra el austero
centón de cabezas gachas, vidrio coloreado, amarillentas placas
conmemorativas en la pared y ebanistería minuciosamente trabajada, el pelo, la
piel y el sombrero femeninos destacan por su brillo, y sus variaciones de
tonalidad son como la gama de brillantez en el interior de una llama.
Así pues, cuando el sermón da paso a un himno, la satinada nuca se inclina
para recibir la bendición, pasa el nerviosismo del momento de silencio y ella se
levanta y le mira, es un desengaño verle la cara salpicada de puntos oscuros...,
ojos, nariz, pecas y esos hoyuelos que ponen una tensión sarcástica a las
comisuras de su boca. Le choca ligeramente que ella tenga una expresión facial
determinada, pues la visión luminosa de la que ha gozado durante una hora no
parecía capaz de reducirse con tal rapidez y concentrarse en una sola persona.
—Vaya, hola —le dice Conejo.
—Hola. Es usted la última persona a la que esperaba ver aquí.
—¿Por qué? —Le complace que ella le considere así.
—No lo sé, quizá porque no tiene aspecto de religioso practicante.
Él la mira a los ojos, esperando otro guiño. Ha dejado de creer en el
primero, que tuvo lugar hace varias semanas. Ella le sostiene la mirada hasta
que él baja la vista.
—Hola, Joyce, ¿cómo estás?
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John Updike
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La chiquilla se detiene y se esconde detrás de su madre, que sigue
avanzando por el pasillo, con pasos cortos, repartiendo sonrisas entre los
feligreses. Conejo tiene que admirar su sociabilidad.
En la puerta Eccles estrecha vigorosamente la mano de Harry, apretándola
más en el momento en que debería soltarla.
—Es reconfortante verte aquí —le dice, sin soltarle la mano. Conejo nota
que la cola de fieles a sus espaldas se apelotona y empuja.
—Ha sido un placer —responde—. Excelente sermón.
Eccles, que ha estado escrutándole con una sonrisa febril y un rubor que
parecen acompañar al deseo de disculparse, se echa a reír. Su paladar brilla un
instante. Le suelta la mano.
Harry le oye decir a Lucy:
—Dentro de una hora más o menos.
—El asado está en el horno. ¿Lo quieres frío o muy hecho?
—Muy hecho. —Con gesto solemne, coge la manita de Joyce y le dice—:
¿Cómo está usted, señorita? ¡Qué espléndido aspecto tiene esta mañana!
Sobresaltado, Conejo se vuelve y ve que la gruesa dama detrás de él en la
cola también se ha sobresaltado. La esposa de Eccles está en lo cierto: es un
indiscreto. Lucy, con Joyce pisándole los talones, pasa por su lado. El sombrero
de paja llega al hombro de Harry.
—¿Tiene coche?
—No, ¿y usted?
—Tampoco, iremos andando. ¿Quiere acompañarnos?
—De acuerdo.
Su proposición es tan osada que no debe de contener ninguna intención, y,
no obstante, empieza a vibrar la cuerda de arpa en su pecho, armonizada con
ella. La luz del sol se estremece a través de los árboles, en las calles, a lo largo de
los tramos sin sombra del pavimento, descarga —sesgada y seca— su peso,
perdida la veteada consistencia lechosa del sol matinal. Destellan los
fragmentos de mica en el pavimento; los capós y las ventanillas de los coches
que pasan raudos por la calzada pintan el aire de reflejos blancos. Lucy se quita
el sombrero y agita su cabellera. Los feligreses se dispersan a sus espaldas. Las
céreas hojas de los arces que estrenan espesura plantados entre el pavimento y
el bordillo ponen rítmicamente bóvedas verdes sobre sus cabezas. En las anchas
brechas soleadas entre los árboles, el rostro de Lucy y la camisa de Harry
parecen blanquísimos. El ruido de los motores, el chirrido de un triciclo, el
tintineo de una taza y un platillo en el interior de una casa son sonidos que le
llegan como transmitidos a lo largo de una brillante barra de acero. Mientras
caminan él tiembla en una luz que parece venir de ella.
—¿Cómo están su esposa y el bebé? —pregunta Lucy Eccles.
—Bien, están muy bien.
—Estupendo. ¿Le gusta su nuevo trabajo?
—No mucho.
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John Updike
Corre, conejo
—Vaya, eso es una mala señal, ¿no? —No lo sé. No creo que a uno tenga
que gustarle su trabajo. Si gusta, entonces ya no es trabajo.
—A Jack le gusta lo que hace.
—Entonces no es un trabajo.
—Eso es lo que él dice, que no es un trabajo, como a mí me parece. Pero
supongo que conoce usted su ocupación tan bien como yo.
Él sabe que le está aguijoneando, pero no lo nota, a pesar del cosquilleo que
experimenta en todo el cuerpo.
—Creo que él y yo nos parecemos en algunos aspectos —le dice.
—Lo sé, lo sé. —La extraña rapidez con que ella asiente acelera los latidos
de su corazón—. Pero, como es natural —añade—, lo que noto son las
diferencias.
Su voz se encoge secamente al final de la frase, el labio inferior se desplaza
hacia un lado.
¿Qué significa esto? Harry tiene la sensación de estar tocando cristal. No
sabe si esta conversación es intrascendente o si están estableciendo un código
para los significados más profundos. No sabe si ella es una coqueta consciente o
inconsciente. Siempre piensa que cuando vuelvan a encontrarse le hablará con
firmeza, le dirá que la quiere u otra cosa igualmente directa, expondrá la
verdad, pero en su presencia se queda paralizado, su respiración empaña el
cristal, no se le ocurre nada que decir, y lo que dice es estúpido. Sólo sabe una
cosa: que por debajo de todo, por debajo de sus mentes y su situación, él tiene
dominio sobre ella, como un embargo heredado sobre un terreno lejano, y que
ella está preparada para someterse a ese dominio, que desea con todo su ser.
Pero entre esa preparación y él se interpone todo cuanto es razonable.
—¿Qué clase de diferencias? —le pregunta.
—Oh..., por ejemplo el hecho de que usted no teme a las mujeres.
—¿Quién las teme?
—Jack.
—¿Cree usted?
—Claro, con las viejas y las adolescentes, las que le ven con su alzacuello,
no tiene problemas, pero es muy receloso con las demás, no le gustan. En
realidad cree que ni siquiera deberían acudir a la iglesia, a la que llevan un olor
de bebés y de cama. Claro que no es una postura exclusiva de Jack, sino algo
enraizado en el cristianismo, una religión muy neurótica.
Por alguna razón, cuando ella revela su psicología, a Harry le parece tan
ridícula que su propia sensación de ridículo le abandona. Al bajar de un
bordillo alto la coge del brazo. Mount Judge, constituido en la ladera del monte,
está lleno de bordillos altos que constituyen un obstáculo para las mujeres
menudas. Sus brazos desnudos siguen fríos bajo los dedos de Harry.
—No les diga eso a los feligreses —le dice.
—¿Lo ve? Empieza a parecerse a Jack.
—Y ¿eso es bueno o malo?
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John Updike
Corre, conejo
Le parece que así la pone a prueba. Ella debe decirle si eso es bueno o malo,
y ésa será la bifurcación en el camino.
Pero ella no le dice nada. Harry percibe el esfuerzo que ella ha de hacer
para dominarse, pues está acostumbrada a replicar. Suben al bordillo de
enfrente y él le suelta el brazo bruscamente. A pesar de su embarazo, sigue
teniendo la sensación de anidar contra una textura receptiva, de encajar.
—¿Mami? —dice Joyce.
—¿Qué?
—¿Qué es rótica?
—Rótica... Ah, neurótica. Es cuando tienes la cabeza un poco enferma.
—¿Como un resfriado en la cabeza?
—Bueno, sí, en cierto modo. Es tan grave como eso Pero no te preocupes
por ello, cariño. Casi todo el mundo lo es, excepto nuestro amigo el señor
Angstrom.
La chiquilla mira al hombre que está al otro lado de los muslos de su
madre, y en sus labios aparece una sonrisa de tímida impudicia.
—Él es malo —dice.
—No mucho —replica su madre.
En el extremo del muro de ladrillo de la rectoría hay un triciclo azul
abandonado. Al verlo, Joyce echa a correr, lo monta y se aleja con su chaqueta
de domingo de color azul verdoso y su cinta rosa en el pelo, haciendo chirriar el
metal, lanzando al aire, como un ventrílocuo, cintas de ruido. Harry y Lucy
contemplan a la niña un momento. Luego ella le pregunta:
—¿Quiere entrar?
Mientras espera la respuesta ella le mira el hombro. Los párpados de Lucy,
blancos desde el ángulo de visión de Harry, ocultan a éste sus ojos, tiene los
labios entreabiertos y su lengua —un movimiento en la mandíbula lo revela—
le toca el velo del paladar. Bajo el sol del mediodía sus facciones son acusadas y
el rojo de labios parece cuarteado. Él le ve la mucosa interna de su labio inferior
contra los dientes. Una tardía ráfaga del sermón, su angustiado aroma
exhortador, como una brisa polvorienta procedente del desierto, se abate contra
él, grotescamente acompañada por una visión de los senos de Janice, tiernos,
surcados de venas verdosas. Esta maligna criatura quiere apartarle de ellos.
—No, muchas gracias, no puedo.
—Oh, vamos. Ha ido a la iglesia y merece una recompensa. Tome un café.
—No, mire... —habla con suavidad, pero su tono es un poco pomposo—. Es
usted preciosa, pero ahora tengo a mi esposa.
Sus manos, al alzarse desde los costados gesticulando una vaga explicación,
hacen que ella se apresure a retroceder un paso.
—Le ruego que me disculpe —dice ella.
Él sólo tiene conciencia del pequeño círculo moteado de sus iris verdes,
como pañuelos de papel desgarrados alrededor de los puntos negros de las
pupilas. Entonces ve que su trasero prieto y redondo se balancea hacia la casa.
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John Updike
Corre, conejo
—Pero gracias de todos modos —le dice en voz hueca, acobardada. Teme
que ella le odie. El portazo de Lucy es tan violento que el picaporte en forma de
pez golpea solo en el porche vacío.
Harry regresa a casa ciego a la luz del sol. ¿Se ha enfurecido ella porque él
ha rechazado una proposición o porque le ha mostrado que creía que ella se la
había hecho? ¿O ha sido una mezcla de estos contrarios que, de algún modo, le
ha revelado a ella sus propias intenciones? Su madre, presa de súbito en alguna
confusión propia, se inclinaría por esta última posibilidad. En cualquier caso,
Conejo se siente alto, elegante y potente mientras camina a zancadas bajo los
árboles enfundado en su traje de domingo. Desdeñada o mal comprendida, lo
cierto es que la esposa de Eccles le ha estimulado, y llega a su apartamento
rebosante de lujuria.
Su deseo de hacer el amor con Janice es como un angelito que durante toda
la tarde tiene plomo adherido a las alas diminutas. El bebé gimotea infatigable,
yace en la cuna y produce un irritante ruido de algo forzado, como una
rozadura débil y persistente en una puerta interior. ¿Qué quiere? ¿Por qué no
duerme? Harry ha regresado de la iglesia trayendo algo precioso para Janice y
la pequeña le impide dárselo. El ruido difunde temor en el apartamento, le
causa dolor de estómago, y, cuando levanta a la niña para que eructe, él lo hace
también. La presión en su estómago sigue un ritmo de rotura y nueva
formación en una burbuja extendida, mientras la burbuja del bebé no se rompe.
El blando cuerpecillo marmóreo ligero como el papel, se pone rígido contra su
pecho y vuelve a su estado de flaccidez; la cálida cabeza del bebé se mueve a un
lado y a otro como si fuera a descoyuntarse en el cuello.
—Becky, Becky, Becky —le dice—, anda, duerme, duerme, duerme.
El ruido inquieta a Nelson y le hace llorar como si, al estar más cerca del
oscuro portal de donde el bebé ha salido recientemente, fuese muy sensible a la
amenaza contra la que la chiquitina intenta ponerles en guardia. Alguna
sombra invisible para sus sentidos mejor formados parece apoderarse de
Rebecca cada vez que la dejan sola. Conejo la deposita en la cuna, entra de
puntillas en la sala de estar y todos retienen el aliento. Entonces, con un áspero
desgarrón, la membrana de silencio se rompe y el fluctuante gemido vuelve a
empezar.
—Ah, Dios mío —dice Conejo—. Hija de perra, hija de perra.
Hacia las cinco de la tarde Janice empieza a llorar. Las lágrimas burbujean
en su rostro estrecho y oscuro.
—Estoy seca —dice—, estoy seca, no tengo nada con que alimentarla.
La pequeña ha mamado repetidas veces.
—No te preocupes, así se desmayará y nos dejará tranquilos. Toma un
trago. En la cocina queda un poco de whisky.
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Corre, conejo
—Oye, ¿a qué viene esa insistencia tuya en que tome un trago? He
intentado dejar de beber. Creía que no te gustaba que bebiera. Te has pasado la
tarde fumando un pitillo tras otro y diciéndome que tome un trago.
—Pensé que podría relajarte. Estás demasiado tensa.
—No lo estoy más que tú. ¿Qué te carcome? ¿En qué estás pensando?
—¿Qué ha pasado con tu leche? ¿Por qué no puedes dar suficiente alimento
a la pequeña?
—Le he dado de mamar tres veces en cuatro horas. Ya no me queda ni una
gota.
Con gesto ordinario y cansado se oprime los senos a través del vestido.
—Tomaremos algo.
—Oye, ¿qué te han dicho en la iglesia? ¿«Ve a casa y emborracha a tu
mujer»? Bebe tú solo si tanto te apetece.
—Yo no necesito beber.
—Pues está claro que necesitas algo. Eres tú quien trastorna a Becky. Ha
pasado muy bien toda la mañana, hasta que volviste.
—Olvídalo, eso es, olvídalo. Sí, olvida todo este jodido asunto.
—¡Bebé llora!
Janice rodea a Nelson con un brazo.
—Lo sé, cariño. Es que tiene calor. Se callará enseguida.
—¿El bebé, calor?
Escuchan durante un rato, pero la niña no calla. La débil y tenaz
advertencia, interrumpida por exasperantes pausas de silencio, no tiene trazas
de acabar. Advertidos, pero sin saber de qué, los dos andan a ciegas
nerviosamente, pisando los restos del periódico dominical, en el apartamento
cuyas paredes les sofocan como las de una prisión. En el exterior el ancho cielo
conserva su aspecto majestuoso, azul hora tras hora, y el pánico de Conejo
aumenta al pensar que en un día así sus padres les llevaban a dar largos y
agradables paseos, que están desperdiciando un hermoso domingo. Pero son
incapaces de organizar lo suficiente para salir. Él y Nelson podrían hacerlo,
pero el niño, presa de un extraño temor, se muestra reacio a dejar a su madre, y
Conejo, confiando en poseerla finalmente, permanece cerca de ella como un
avaro cerca de su tesoro. Su lujuria le mantiene pegado a ella. Ella lo percibe y
siente que eso la oprime.
—¿Por qué no sales a dar una vuelta? Estás poniendo nerviosa a la
pequeña, y a mí también.
—¿No quieres un trago?
—No, ¿cuántas veces he de repetirlo? ¿Por qué no te sientas y dejas de
fumar, mecer a la criatura o hacer cualquier otra cosa? Y deja de tocarme. Hace
demasiado calor. Creo que debería estar todavía en el hospital.
—¿Te duele? Quiero decir ahí abajo.
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—Estaría mucho mejor si la niña dejara de llorar. Le he dado de mamar tres
veces y ahora tengo que hacerte la cena. ¡Aaah, los domingos me enferman!
¿Qué hiciste en la iglesia para estar tan agitado?
—No estoy agitado. Sólo trato de ser útil.
—Lo sé, y precisamente eso es tan poco natural... Tu piel tiene un olor
curioso.
—¿A qué?
—Ah, no sé. Deja de importunarme.
—Te quiero.
—Basta, no puedes, en estos momentos no inspiro cariño.
—Mira, acuéstate en el sofá y yo haré la cena.
—No, no, no, tú bañarás a Nelson, mientras yo intento alimentar de nuevo
a la niña. Pobrecilla, no me queda nada.
Cenan tarde, pero todavía a plena luz. Es uno de los días más largos del
año. Toman la sopa a la luz oscilante de los gritos imperiosos de Rebecca, cuya
vocecilla es un delgado filamento que arde con erráticas inyecciones de fuerza.
Pero cuando, entre la pila de platos en el fregadero, bajo el mobiliario gastado y
húmedo y en el hueco de la cuna de juncos trenzados que parece un ataúd, las
sombras empiezan a robustecerse, el dominio de aquélla con la que Becky ha
estado forcejeando toda la tarde se relaja y, de repente, guarda silencio, dejando
tras de sí una paz solemne y acusadora. La han abandonado. Una extranjera
que no habla inglés pero llena de una profunda y dolorosa preocupación ha
sido colocada entre ellos, y la han abandonado. Al final, la misma noche ha
descendido y se la ha llevado, barriéndola como si fuese un trasto roto.
—No puede haber sido un cólico, es demasiado pequeña para eso —dice
Janice—. Quizá sólo estaba hambrienta, quizá se me ha terminado la leche.
—¿Cómo es posible tal cosa? Tienes los pechos como balones de fútbol.
Ella le mira con los ojos entornados, intuyendo lo que él se propone.
—Mira, no creas que vas a jugar. —Pero él cree percibir un atisbo de sonrisa
en sus labios.
Nelson va a acostarse como lo hace cuando está enfermo, de buena gana y
gimoteando. Hoy su hermana ha sido un lastre para él. Hundida en la
almohada, la cabeza morena de Nelson tiene un aspecto recatado y compacto.
Mientras el niño aferra ávidamente el biberón, Conejo permanece a su lado,
buscando lo que uno nunca encuentra, la expresión con la que comunicar,
transferir esas cargas huidizas, ominosas y afectuosas que nos ponen encima y
levantan con la misma rapidez, como el toque de un pincel. Un oscuro
arrepentimiento le enturbia la boca, un arrepentimiento al margen del tiempo y
de la acción, un sencillo pesar porque existe en un mundo donde las cabezas
morenas de los niños se hunden agradecidas en estrechas camas succionando
biberones de goma y vidrio. Aplica una mano a la frente de Nelson. El niño,
amodorrado, intenta apartarla, menea la cabeza con irritación, y Harry la
levanta y va a la otra habitación.
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John Updike
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Persuade a Janice para que beba. Él prepara el brebaje —no entiende
mucho de bebidas alcohólicas—, mitad whisky y mitad agua. Ella dice que tiene
un sabor horrible, pero al cabo de un rato lo consume.
En la cama él cree que notará el efecto del alcohol en la carne de Janice, esa
sensación del cuerpo que se amolda a su palma, con una textura acogedora.
Todo lo que oculta el camisón, hasta la oquedad de la garganta, sigue
perteneciéndole. Yacen de costado, uno frente al otro. Él le frota la espalda,
primero suavemente y luego con fuerza, acercándole el pecho al suyo, y la
docilidad de Janice le estimula tanto que se alza apoyado en un codo para estar
por encima de ella. Besa su rostro oscuro y duro, aromatizado por el alcohol.
Ella no vuelve la cabeza, pero Harry no ve rechazo alguno en esa ligera
negativa a moverse que le permite besuquear desmañadamente su perfil.
Ahoga su oleada de resentimiento, adiestrándose de nuevo en la lentitud de
Janice. Orgulloso de su propia paciencia, vuelve a frotarle la espalda. La piel de
la mujer mantiene su secreto, al igual que su lengua. ¿Lo está sintiendo?
Después de Ruth, ella es misteriosa, un hosco peso cuya química es sorda a las
ideas, inexpugnable. ¿Está encendiendo él la chispa? Le duele la muñeca. Se
atreve a desabrochar los dos botones superiores del camisón y alza el paño
exponiendo un largo arco en la intensa penumbra de la cama, y el cálido seno
femenino se aplasta contra la piel desnuda de su pecho. Ella se somete a esta
maniobra y a él le embarga el agradable pensamiento de que es el causante de
esa plenitud. Es un buen amante. Se relaja en el calor de la cama y tira del arco
en la cintura de su pijama. A ella la han depilado y raspa. Se instala más abajo,
sobre el parche de algodón. Este elemento artificial, este recordatorio de la
herida de Janice, hace que su confianza sea precaria, y así queda totalmente
destruido cuando su voz, una voz delgada, chirriante, de niña tonta, le dice al
oído:
—Harry, ¿es que no sabes que quiero dormir?
—Entonces, ¿por qué no me lo has dicho antes?
—No sé. No sabía...
—¿Qué es lo que no sabías?
—No sabía lo que estabas haciendo. He creído que eras simplemente
cariñoso.
—Así que esto no es ser cariñoso.
—Bueno, no lo es cuando yo no puedo hacer nada.
—Puedes hacer algo.
—No, no puedo. Aunque no estuviera cansada y confusa después de que
Rebecca se ha pasado el día entero llorando, no es posible. No puedo tener
relaciones durante seis semanas, y tú lo sabes.
—Sí, lo sé, pero creí... —Está terriblemente azorado.
—¿Qué pensaste?
—Que podrías quererme de todos modos.
—Pero si te quiero —dice ella tras una pausa.
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Corre, conejo
—Sólo tocarte, Jan. Déjame que te toque.
—¿Por qué no intentas dormir?
—No, no puedo. Te quiero demasiado. Anda, quédate quieta.
Un minuto antes le habría sido fácil hacerlo, pero esa cháchara le ha
enfriado. El contacto es malo y la testaruda inmovilidad de Janice lo empeora,
lo está sofocando al hacerle sentirse apenado por ella, avergonzado y estúpido.
Una cosa tan dulce queda reducida a sudor, esfuerzo y su ridícula incapacidad
para terminarla contra el muro rígido y caliente de su vientre. Ella le aparta.
—Me estás utilizando, y eso me parece horrible.
—Por favor, pequeña, ya casi he terminado.
—Es algo tan despreciable...
Le enfurece que ella se atreva a decirle eso, comprende que la abstinencia
durante tres meses le ha dado una idea irreal de lo que es el amor. Exagera su
importancia, lo ha imaginado como algo extraordinario y precioso a cuya mitad
tiene derecho, cuando todo lo que él quiere es librarse de eso para poder seguir
adelante, para dormir, para seguir por el camino recto, por el bien de ella. Sí, es
por el bien de ella.
—Date la vuelta —le pide.
—Te quiero —dice ella con alivio, interpretándole mal, creyendo que la
deja en paz. Se despide de él tocándole la cara y le da la espalda.
Él se mueve hacia abajo y se acomoda entre sus nalgas, lo imprescindible
para que formen una especie de asidero. Esta postura empieza a surtir efecto,
estable y cálido, cuando ella vuelve de pronto la cabeza y le dice por encima del
hombro:
—¿Éste es un número que te ha enseñado tu puta?
Él le golpea el hombro con el puño, se levanta de la cama y le caen los
pantalones del pijama. La brisa nocturna se filtra a través de la tela metálica que
protege la ventana. Ella se coloca boca arriba en el centro de la cama.
—No soy tu puta, Harry —le explica.
—Maldita sea —replica él—. Es lo primero que te he pedido desde que
viniste a casa.
—Has sido muy comprensivo.
—Gracias.
—¿Adónde vas?
Él se está vistiendo.
—Voy a salir. He estado encerrado todo el día en este maldito agujero.
—Saliste esta mañana.
Encuentra sus pantalones y se los pone. Ella le pregunta:
—¿Por qué no intentas imaginar cómo me siento? Acabo de tener un hijo.
—Puedo imaginarlo, pero no quiero hacerlo. Esa no es la cuestión. La
cuestión es lo que yo siento, y lo que siento es que quiero salir.
—No lo hagas, Harry, por favor.
—Puedes quedarte ahí acostada con tu precioso culo. Bésalo por mí.
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—¡Por el amor de Dios! —grita ella, se oculta bajo la sábana y hunde la cara
en la almohada.
A pesar de lo lejos que han llegado, él podría quedarse si ella no aceptara la
derrota con esa actitud. La necesidad que tiene Harry de hacer el amor ha
cesado y ya no hay motivo para que se marche. Por fin ha dejado de desearla,
por lo que podría acostarse a su lado y dormir. Pero ella se lo busca al limitarse
a sollozar acurrucada en la cama. Afuera, en el pueblo, un motor se pone en
marcha, y él piensa en el aire, en los árboles y las calles que se extienden bajo las
farolas, y cruza la puerta.
Por extraño que parezca, ella se duerme poco después de la salida de
Harry. Últimamente se ha acostumbrado a dormir sola y es un alivio físico que
no esté en la cama moviendo sus piernas calientes y formando cuerdas con las
sábanas. Eso que le ha hecho en el trasero ha despertado el dolor en los puntos,
y cuando se pone boca arriba lo hace con mucho cuidado para no presionar la
zona dolorida. Hacia las cuatro de la madrugada el lloro de Becky la despierta y
se levanta. El camisón roza ligeramente su cuerpo y al andar nota en la piel una
sensibilidad poco natural. Cambia al bebé y se tiende en la cama para
alimentarle. Cuando Becky succiona es como si abriera un hueco en el cuerpo
de su madre. Harry no ha regresado.
El pezón se desliza una y otra vez de la boca del bebé porque Janice no
puede concentrarse en ella. Aguza el oído, esperando oír el ruido de la llave de
Harry en la cerradura.
Las vecinas de su madre se desternillarán de risa si vuelve a perderle, no
sabe por qué ha de pensar en las vecinas de su madre; claro que durante todo el
tiempo que estuvo en casa su madre no dejaba de recordarle cómo se mofaban
y con ella siempre le ocurría lo mismo, se sentía como una tonta, vulgar y
decepcionante, eso venía de antiguo, y creyó que terminaría cuando se casara y
tuviera casa propia. Cuando puso a la niña el nombre de su madre pensó que
así cambiaría la actitud de ésta, pero cuando la amamanta tiene la impresión de
que es su madre la que se aferra a su pecho, pobre criatura, y siente que está en
lo alto de una columna donde todo el pueblo puede ver que se encuentra sola.
Tiene frío. El bebé no chupa el pezón, no hay manera de que lo retenga.
Se levanta y pasea por la habitación con la niña en brazos, la cabeza
apoyada en el hombro, dándole palmaditas para que expulse el aire, y la niña,
pobrecilla, tan fofa y fláccida, resbala una y otra vez e intenta hundir en ella
esas piernecillas que no parecen tener huesos para sujetarse bien, la brisa agita
el camisón que no deja de rozarle las pantorrillas, los dorsos de las piernas, el
culo, como él lo ha llamado. Que ni siquiera tengan nombres decentes para
nombrar ciertas partes del cuerpo hace que una se sienta sucia.
Si oyera ruido en la cerradura y él entrara, podría hacer lo que quisiera con
ella, poseer cualquier parte de ella que deseara, qué más daba, así es el
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matrimonio, pero antes, cuando él lo intentó, parecía tan injusto..., ella todavía
convaleciente y él durmiendo con esa prostituta durante tantas semanas, y se le
ocurre pedirle: «Date la vuelta», en ese tono impaciente, como si fuera algo que
quisiera terminar cuanto antes, y ¿quién era ella para no permitírselo después
de haberle dejado escapar?, ¿qué derecho tenía a ser orgullosa, a tener amor
propio? Precisamente por eso mismo debía tener un poco, porque él no creía
que se atreviera a tenerlo después de haberle dejado escapar, eso era lo curioso,
que él se había portado mal, pero ella no debía mostrarse orgullosa después y
limitarse a ser un recipiente de su suciedad. Cuando le hizo eso en el trasero
demostró tener mucha práctica y le recordó las semanas que estuvo ausente,
haciendo lo que se le antojaba mientras ella estaba desvalida y daba pena a
mamá y a Peggy mientras todos los demás se reían..., no podía soportarlo.
Y luego se va a la iglesia y regresa lleno de excitación. ¿Qué derecho tenía
para ir a la iglesia? ¿De qué han hablado Dios y él tras las espaldas de todas
esas mujeres que intercambian guiños? Eso es lo que le preocupa, si sólo
piensan en el amor cuando lo hacen en vez de pensar en lo que harán cuando se
libren de ese zoquete caliente que las fastidia. Puedes notar en sus dedos si
piensan en ti, y esta noche al principio Harry pensaba en ella, por eso le dejó
seguir, era como estar ahí tendida dentro de una envoltura de ti misma, sus
manos acariciándole, pero entonces empezó a actuar rudamente y ella se
enfureció al notar que pensaba en sí mismo, qué bien lo hacía mientras besaba
su perfil, pero no debió insistir cuando ella estaba fatigada y dolorida,
empujándole el vientre con su cosa como si fuera un codo. Qué grosero ha sido.
Claramente grosero. Le ha llamado tonta cuando él ha sido demasiado
tonto para tener una idea de lo que ella sentía, de cómo su huida la había
cambiado y debía mimarla para que las cosas se arreglaran y no vadear a través
de su piel sin tener idea de lo que había ahí. Eso era lo que le causaba pánico
desde pequeña, eso de que nadie sepa cómo se siente una, y ella no tenía idea
de si nadie podía saberlo o si a nadie le importaba. No le gustaba su piel, nunca
le había gustado, era demasiado oscura y le hacía parecer italiana, aunque
nunca le salieron granos como a algunas de las otras chicas, y en aquella época,
cuando los dos trabajaban en Kroll's, ella en el puesto de almendras saladas,
cuando Harry se acostaba a su lado en la cama de Mary Hannacher, en aquella
habitación con papel plateado que a él le gustaba tanto, y cerraba los ojos, su
piel parecía derretirse y ella pensaba que todo había terminado, que por fin
estaba con alguien. Pero entonces se casaron (fue un golpe terrible quedar
embarazada antes de la boda, pero Harry llevaba un año hablando de
matrimonio y de todos modos se echó a reír cuando ella se lo reveló y dijo:
«Magnífico»; ella estaba terriblemente asustada y él dijo: «Magnífico», la
levantó del suelo, poniéndole los brazos por debajo del trasero, como se levanta
a un niño; él podía ser estupendo cuando no lo esperabas, en cierto modo
parecía importante que no lo esperases, tenía tantas cosas agradables que ella
no podía explicar a nadie que se había asustado tanto por quedar embarazada y
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él le hacía sentirse orgullosa), se casaron y ella era todavía la pequeña y torpe
Janice Springer de piel morena, y su marido era un papanatas engreído que no
servía para nada en el mundo, como dijo papá, y la sensación de estar sola se
diluía un poco con un poco de alcohol. No es que disolviera el terrón, pero
hacía que los bordes fuesen suaves e irisados.
Ha estado deambulando por la habitación y dando palmaditas al bebé
hasta que le duelen las muñecas y los tobillos y la pobrecilla Rebecca duerme
con las piernas alrededor del pecho que todavía contiene toda su leche. Se
pregunta si debería intentar que mamara un poco y decide que no, si puede
dormir, mejor déjala que duerma. Levanta a la liviana criatura del lugar sudado
en su hombro y la deposita en las frías sombras de la cuna. La noche ya toca a
su fin, el alba llega pronto al pueblo encarado al este en la ladera de la montaña.
Janice se tiende en la cama, pero la luz que se va intensificando a su lado sobre
las blancas sábanas la mantiene despierta, al principio agradablemente. La
llegada de la mañana es limpia y le hace sentirse como se sentía durante el
segundo mes de la ausencia de Harry. El gran cerezo japonés de mamá florecía
bajo su ventana, la hierba brotaba y la tierra olía a humedad, a ceniza y a calor.
Había reflexionado a fondo y se había resignado a la ruptura de su matrimonio.
Daría a luz, obtendría el divorcio y no volvería a casarse jamás. Sería una
especie de monja, como la de esa hermosa película que acababa de ver,
interpretada por Audrey Hepburn. Y si él volvía, las cosas no serían menos
sencillas: le perdonaría todo y dejaría de beber, cosa que a él le enojaba tanto sin
que ella comprendiera por qué, y llevarían una vida muy agradable, simple y
limpia, porque él se habría librado de todo lo que le importunaba y la amaría
porque ella le habría perdonado y ahora sabría ser una buena esposa. Fue a la
iglesia todas las semanas, habló con Peggy, rezó y llegó a comprender que el
matrimonio no es un refugio sino una manera de compartir, y ella y Harry
empezarían a compartirlo todo. Y entonces, como por un milagro, en las dos
últimas semanas todo esto se había materializado.
Y entonces, de súbito, Harry ha tenido que sacar a la luz las porquerías de
su puta y le ha pedido que eso le agrade. Esta injusticia le hace gritar
quedamente, como sobresaltada por algo que estuviera en la cama con ella.
Las últimas horas son como un giro estrecho en una tubería por la que no
puede hacer que se deslice su pensamiento. Una y otra vez tropieza con las
palabras de Harry, «Date la vuelta», y no puede ir más allá, no puede sentir
pánico ni sofoco. Se levanta de la cama y deambula descalza con el único pecho
tenso al aire, el pezón le escuece, va a la cocina y husmea el vaso vacío que
contuvo el whisky que Harry le hizo tomar. El olor es sombrío, sin depurar,
suave y profundo, y ella piensa que tal vez un sorbo le ayudará a vencer el
insomnio, le hará dormir hasta que el sonido de la llave en la cerradura le
despierte y vea entrar su cuerpo grande y blanco, avergonzado, y ella le diga
Ven a la cama Harry, todo va bien, házmelo, quiero compartirlo, sí, lo deseo de
veras.
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Vierte sólo dos dedos de whisky en el vaso, poca agua, porque de lo
contrario tardaría demasiado en beberlo, y no echa cubitos de hielo porque el
ruido de la bandeja podría despertar a los niños. Lleva esa dosis a la ventana y
mira a su través, más allá de los tres tejados alquitranados, al pueblo dormido.
Algunas pálidas luces de cocinas y dormitorios ya están encendidas aquí y allá.
Un coche, sus faros apagados que no arrojan haces de luz a la oscuridad en
retirada, pasa lentamente por Wilbur hacia el centro del pueblo. La carretera,
semioculta por las siluetas de las casas, como un río entre orillas arboladas,
tiene un tráfico considerable a pesar de la hora temprana. Janice percibe el día
laborable que se aproxima como un ejército de luces, siente que las casas
oscuras debajo de la suya están a punto de moverse, de despertar y abrirse
como castillos de los que saldrán hombres, y lamenta que su propio marido sea
incapaz de adaptarse al ritmo del que está a punto de sonar otro compás. ¿Por
qué él? ¿Qué había en él que fuese tan precioso? La ira contra Harry empieza a
florecer, y para apagarla apura el vaso y se gira a la luz del alba. Todo en el
apartamento tiene una tonalidad marrón. Se siente desequilibrada. La presión
del pecho sin vaciar tira de ella.
Entra en la cocina y se sirve otro trago, más fuerte que el primero,
pensando que, al fin y al cabo, ya es hora de que se divierta un poco. No ha
tenido un momento para dedicarlo a sí misma desde que regresó del hospital.
La idea de la diversión hace que sus movimientos sean rápidos y ligeros, casi
corre descalza por la áspera alfombra, otra vez a la ventana, como para asistir a
un espectáculo preparado sólo para ella. Encaramada con su camisón blanco
por encima de todo cuanto puede ver, se toca el pezón tenso y la leche empieza
a brotar y mancha, lenta y cálida, la tela blanca.
La humedad se desliza por su pecho y el aire de la ventana la enfría. Lleva
demasiado tiempo de pie y le duelen las piernas varicosas. Se sienta en el
anticuado sillón y la visión del ángulo en que se encuentran la pared moteada y
el pálido techo le hastía. Ese ángulo se ladea, se mueve confusamente arriba y
abajo. El dibujo del papel de la pared pulula, las flores son manchas marrones
que flotan en la lobreguez, se persiguen unas a otras y se fusionan ávidamente.
Es odioso. Desvía la cara y contempla la sosegada superficie verde del televisor
apagado. La pechera del camisón se está secando y la costrosa rigidez le raspa
la piel. El manual del bebé decía Mantén los pezones limpios, enjabónalos
suavemente, pues los gérmenes penetran en los rasguños. Deja el vaso sobre el
brazo redondo del sillón, se levanta, alza el camisón, lo pasa por encima de la
cabeza y vuelve a sentarse. La prenda da a su cuerpo desnudo un musgoso
abrazo. La deja apelotonada en su regazo, encima del parche del tampón
protector y el cinturón; acerca mañosamente el escabel con los dedos de los
pies, apoya en él los tobillos y admira sus piernas. Siempre ha creído que tiene
unas buenas piernas, los muslos rectos, pequeños, bonitos, parejos. Sí, tiene
unas buenas piernas. Sus ondulantes siluetas ahusadas son blancas contra la
sombra intensa de la alfombra. La luz mortecina borra las venas azules que son
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una secuela del embarazo de Becky. Se pregunta si sus piernas acabarán tan mal
como las de su madre. Intenta imaginar los tobillos tan gruesos como las
rodillas y, en efecto, parecen hincharse. Alarga un brazo para tranquilizarse
tocando los huesos estrechos y duros de los tobillos y el hombro derriba el vaso
de whisky que descansaba sobre el brazo del sillón. Se pone en pie de un salto,
sobresaltada al notar que el aire abraza su piel desnuda, el frío espacio envuelve
su cuerpo oscilante y protuberante. Ríe entre dientes. Si Harry la viera ahora...
Por suerte no quedaba gran cosa en el vaso. Intenta ir osadamente a la cocina,
sin nada encima, como una puta, pero la sensación de que alguien la observa,
que empezó cuando estaba de pie junto a la ventana e hizo fluir la leche, es
demasiado intensa. Entra en el dormitorio, se pone la bata azul de baño y luego
se prepara una nueva mezcla de bebida. Aún queda un tercio de la botella. La
fatiga le reseca los bordes de los párpados, pero no siente el menor deseo de
volver a acostarse, ir a la cama le horroriza, porque Harry debería estar ahí. Esta
ausencia es un agujero que se ensancha y ella vierte en ese vacío un poco de
whisky, pero no es suficiente, y cuando se acerca a la ventana por tercera vez
hay suficiente luz para ver lo monótono y ordinario que es todo. Alguien ha
roto una botella sobre uno de los tejados alquitranados. Los arroyos de Wilbur
Street están llenos de barro que baja desde la nueva urbanización. Mientras
mira, van apagándose en grupos las luces de la calle, grandes ristras pálidas de
ellas. Imagina al hombre de la central eléctrica manejando los interruptores, un
hombre pequeño, gris, jorobado y muy soñoliento. Enciende el televisor y la
franja luminosa que aparece de súbito en el rectángulo verde hace que brote en
su pecho una chispa de alegría, pero aún es demasiado temprano y la luz sólo
una insensata brillantez moteada, mientras que el sonido es el de la electricidad
estática. Se sienta ante el receptor, contempla la luminosidad sin imágenes y
vuelve la cabeza varias veces, con la sensación de que hay otra persona detrás
de ella. Lo hace con mucha rapidez, pero siempre hay un espacio que no ve, en
el que la otra persona podría ocultarse si estuviera ahí. El televisor ha causado
esa presencia en la sala, pero cuando lo apaga empieza a llorar de inmediato.
Sigue sentada con la cara entre las manos, las lágrimas deslizándose entre los
dedos, y sus sollozos hacen vibrar el apartamento silencioso. No quiere
ahogarlos porque desea despertar a alguien, está harta de su soledad. A la luz
blanquecina, las paredes y los muebles se ven con toda claridad, recuperan sus
colores y esa mezcla de superficies marrones también tiene lugar en su interior.
Va a echar un vistazo a la pequeña, la pobrecilla acostada ahí, husmeando
la sábana de la cuna, sus manitas moviéndose a la altura de las orejas, alarga un
brazo y acaricia su cabeza cálida y membranosa, levanta el cuerpecillo, que
tiene las piernas completamente mojadas, y va con ella al sillón que mira hacia
la ventana, para darle de mamar. Desde ahí ve el cielo, de un azul pálido y
suave que parece pintado en los cristales. No se ve más que el cielo, y podrían
estar a miles de metros de altura, en la barquilla de un gran globo. Oye un
portazo al otro lado del tabique y el corazón le da un vuelco, pero no es más
198
John Updike
Corre, conejo
que otro inquilino, tal vez el viejo señor Cappello, ese que nunca dice una
palabra amable a nadie, que sale de su casa para ir al trabajo. La escalera
retumba de mala gana, lo cual despierta a Nelson, y durante unos momentos
Janice tiene las manos ocupadas. Al preparar el desayuno rompe un vaso lleno
de zumo de naranja, le resbala tontamente entre los dedos y se estrella contra el
fregadero. Cuando se inclina sobre Nelson para darle sus copos de arroz
inflado, el niño la mira y arruga la nariz. Huele la tristeza, y ese olor familiar es
la causa de su timidez con ella.
—¿Papi se ha ido?
Es tan buen chico... Le hace esa pregunta para facilitarle las cosas, y ella
sólo tiene que responderle afirmativamente.
—No, papá ha salido a trabajar temprano, antes de que te levantaras, pero
vendrá a cenar como siempre.
El niño la mira cejijunto y luego repite esperanzado:
—¿Como siempre?
La preocupación ha estirado su cabeza hacia arriba, y el cuello parece un
tallo demasiado delgado para sostener la esfera de su cráneo con el remolino de
pelo desgreñado por la almohada.
—Papá vendrá a casa —insiste ella.
Ha aceptado la carga de la mentira sobre sus hombros y necesita un poco
más de whisky para sobrellevarla. Hay una oscuridad en su interior que debe
teñir de un color brillante, pues de lo contrario se derrumbará. Lleva los platos
a la cocina, pero se le resbalan de tal modo en sus manos que no intenta
lavarlos. Piensa que ha de quitarse la bata y ponerse un vestido, sin embargo,
durante el trayecto al dormitorio, se olvida de su propósito y empieza a hacer la
cama. Sin embargo, algo cuya presencia cree notar en las sábanas arrugadas le
asusta, retrocede y va a la otra habitación para estar con los niños. Es como si al
decirles que Harry volverá como de costumbre hubiera atraído un fantasma
que ahora está en el apartamento. Pero esa persona invisible no parece ser
Harry, sino un asaltante, un ladrón que se burla yendo de una habitación a otra
por delante de ella.
Cuando levanta al bebé nota de nuevo que tiene las piernas mojadas y
piensa en cambiarle, pero se da cuenta de que está borracha y podría pincharle
con los imperdibles. Está orgullosa por ser tan precavida a pesar de su estado y
se dice que debe olvidarse de la botella para que dentro de una hora pueda
cambiar al bebé. Deja en su cuna a la buena de Becky y tiene la inmensa suerte
de no oírla llorar ni una sola vez. Entonces se sienta con Nelson y miran el final
de la serie de Dave Garroway y luego un programa de Elizabeth y su marido,
los cuales atienden a un amigo de éste que, como es soltero, siempre está de
camping y resulta que es mejor cocinero que Elizabeth. Por algún motivo este
programa la pone tan nerviosa que, sólo por el hábito adquirido al mirar la
televisión, va a la cocina y se sirve un traguito, casi todo hielo, sólo para
mantener herméticamente cerrado el gran agujero que amenaza con volver a
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John Updike
Corre, conejo
abrirse en su interior. Toma un sorbito y es como un trago de luz azul que lo
aclara todo. Tiene que arquearse por encima de esa pequeña brecha y al final de
la jornada, después del trabajo, Harry regresará y nadie sabrá que ha vuelto a
irse, nadie se reirá de su madre. Tiene la sensación de ser un arco iris que se
curva protector por encima de Harry, el cual parece infinitamente pequeño
debajo de ella, como un juguete infantil. Piensa en que sería muy conveniente
que jugara con Nelson, pues es perjudicial para él pasarse la santa mañana
mirando la televisión. Apaga el receptor, va en busca del cuaderno de dibujo y
los lápices de colores, se sientan en la alfombra y colorean sendas páginas.
Janice le abraza repetidas veces, le habla, le hace reír y se siente muy feliz
mientras colorea la página. En el instituto, el arte era la única asignatura que no
le daba ningún miedo, y siempre sacaba buenas notas en ella. Sonríe encantada
porque está coloreando tan bien ese corral de granja y las varillas de color en
sus dedos trazan unas líneas paralelas tan pulcras, con su hijito absorto a su
lado. La bata se despliega en el suelo a su alrededor y su cuerpo parece
hermoso y amplio. Se mueve para eliminar su sombra de la página y ve que ha
coloreado un pollo parcialmente de verde, que ha sobresalido de las líneas y
que su página es fea. Empieza a llorar. Es tan injusto, como si alguien detrás de
ella sin comprender nada le hubiera dicho que su página coloreada es fea.
Nelson alza la vista, su ancha cara se desliza hacia ella y grita:
—¡No, mami, no!
Ella se dispone a recibirle en su regazo, pero en vez de aguardar a que lo
haga, se levanta y corre con pasos sesgados, casi como una lisiada, al
dormitorio, cae al suelo y patalea.
Se levanta del suelo con una sonrisa serena y va a la cocina, donde cree que
ha dejado el vaso. Lo importante es completar el arco hasta el final de la
jornada, ser una protección para Harry, y es una tontería no tomar ese otro
sorbo que le proporcionará suficiente longitud para cubrir a su marido. Sale de
la cocina y grita a Nelson:
—Mamá ha dejado de llorar, cariño. Era una broma. Mamá no está
llorando, mamá es muy feliz y te quiere muchísimo.
El niño la mira con su carita restregada y manchada. Suena el teléfono,
como una puñalada por la espalda. Conservando todavía esa calma, ella
responde.
—¿Diga?
—¿Eres tú, cariño? Soy papá.
—¡Oh, papá! —La alegría sale como un torrente de sus labios.
El hombre hace una pausa.
—¿Está Harry enfermo? Son las once pasadas y aún no ha venido a trabajar.
—No, está bien. Todos estamos bien.
Hay otra pausa. El amor que siente por su padre fluye hacia él a través del
cable silencioso. Desea que la conversación dure eternamente.
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John Updike
Corre, conejo
—Bueno, ¿dónde está? —pregunta él—. ¿Está ahí? Déjame hablar con él,
Janice.
—No está aquí, papá. Salió esta mañana temprano.
—¿Adonde ha ido? No se ha presentado a trabajar.
El trabajo en el centro de venta de coches usados... Cuántas veces ha oído a
su padre hablar de esa ocupación, entusiasmado, como si todo el mundo se
concentrara en ella. Todas las buenas cosas de su infancia y adolescencia
procedían de ahí, sus ropas, sus juguetes, su casa. Se siente inspirada. Es una
cosa que conoce a fondo.
—Salió temprano, papá, para enseñar una camioneta a un posible cliente
que sólo podía recibirle antes de salir a trabajar. Espera, déjame pensar... Dijo
que ese hombre tenía que ir a Allentown a primera hora. Sí, él tenía que ir a
Allentown y Harry tenía que enseñarle la camioneta. Todo va bien, papá. A
Harry le encanta su trabajo.
La tercera pausa es la más larga.
—Cariño..., ¿seguro que no está ahí?
—No seas ridículo, papá. No está aquí. ¿Ves?
Como si el teléfono tuviera ojos, lo mueve delante de ella en el aire de la
sala vacía. No es más que la broma descarada de una hija, pero
inesperadamente el mero hecho de extender el brazo le causa mareo. Cuando
vuelve a llevarse el aparato al oído, la voz de su padre suena lejana y metálica.
—... querida. De acuerdo. No te preocupes por nada. ¿Están los niños
contigo?
Cuelga el teléfono, sintiéndose aturdida. Esto es un error, pero cree que, en
general, ha sido bastante inteligente. Piensa que se merece un trago. El líquido
marrón se derrama sobre los humeantes cubitos de hielo y no se detiene cuando
ella se lo ordena. Cierra la botella con brusquedad y saltan unas gotas al
fregadero. Con el vaso en la mano va al baño y sale con las manos vacías y un
sabor a dentífrico en la boca. Recuerda que se ha mirado en el espejo y
arreglado el pelo, y luego se ha lavado los dientes con el cepillo de Harry.
De repente se sorprende a sí misma preparando el almuerzo, como si
estuviera hojeando una revista y viera un anuncio de comida. Unas tiras de
bacon chisporrotean en una sartén en el extremo de un enorme brazo azul. Ve
los chisporroteos de grasa que vuelan como la hermosa rociada de una fuente
en un parque, y se pregunta qué rapidez tendrán sus arcos que punzan su
mano en el mango. Apaga la llama azulada del gas. Llena un vaso de leche para
Nelson, arranca unas hojas de lechuga, las pone en una fuente de plástico
amarillo, se come un puñado de ellas. Piensa que no pondrá cubierto para ella y
al instante cambia de parecer, porque quizás ese temblor en su estómago se
deba al hambre, coge otra fuente y se queda inmóvil, sosteniéndola con ambas
manos y preguntándose por qué su padre tenía tal seguridad de que Harry
estaba en casa. Hay otra persona en el apartamento, pero sabe que no es Harry
y, de todos modos, esa persona no tiene nada que hacer aquí, decide hacerle
201
John Updike
Corre, conejo
caso omiso y sigue preparando el almuerzo con cierta rigidez en el cuerpo. Se
aferra a cada cosa hasta que queda instalada en la mesa.
Nelson dice que el bacon está grasiento, vuelve a preguntar si papá se ha
ido y su queja por el bacon que ella ha frito con tanta maña y valentía en el
estado en que se encuentra la irrita tanto que, tras la vigésima negativa del
pequeño a comer siquiera una hoja de lechuga, le da una bofetada. El estúpido
crío ni siquiera puede llorar, se limita a seguir sentado mirándola con la
respiración entrecortada, hasta que por fin da rienda suelta a las lágrimas. Por
entonces ella domina ya la situación, está muy serena, ve lo irrazonable de la
conducta del niño y se niega a dejarse avasallar. Con la suavidad de una ola
grande aislada, le prepara el biberón, le coge de la mano, le vigila mientras hace
pipí y le acuesta. Todavía tembloroso tras el llanto, el pequeño aferra la tetina
con la boca y ella está segura, por su mirada vidriosa, de que ya ha entrado en
el canal del sueño. Permanece al lado de la cama, sorprendida de su propia
severidad.
El teléfono vuelve a sonar, más insistente que la vez anterior, y cuando
corre a cogerlo, porque no quiere que el timbre turbe el sueño de Nelson, nota
que su fuerza disminuye y un sabor rancio impregna el fondo de su garganta.
—¿Diga?
—Janice. —Es la voz de su madre, áspera y contenida—. He estado
comprando en Brewer y al volver he sabido que tu padre ha tratado de
localizarme toda la mañana. Cree que Harry ha vuelto a irse. ¿Es cierto?
Janice cierra los ojos y dice:
—Ha ido a Allentown.
—¿Qué ha de hacer ahí?
—Va a vender un coche.
—No seas tonta, Janice. ¿Estás bien?
—¿Qué quieres decir?
—¿Has estado bebiendo?
—¿Bebiendo qué?
—Oye, no te preocupes, ahora mismo voy a verte.
—No lo hagas, mamá. Todo va bien. Nelson ha empezado a hacer la siesta.
—Sacaré algo de la nevera para comer y vendré enseguida. Acuéstate.
—Mamá, por favor, no vengas.
—No me contestes, Janice. ¿Cuándo se marchó?
—No vengas, mamá. Volverá esta noche. —Escucha y añade—: Y deja de
llorar.
—Sí, dices que deje de llorar cuando no haces más que degradarnos a
todos. La primera vez pensé que él tenía toda la culpa, pero ya no estoy segura,
¿me oyes? Ya no estoy tan segura.
Estas palabras han aumentado tanto la pendiente por la que Janice se
deslizaba hacia la náusea que se pregunta si puede seguir sosteniendo el
teléfono.
202
John Updike
Corre, conejo
—No vengas, mamá —le ruega—, por favor.
—Comeré un poco y dentro de veinte minutos estaré ahí. Vete a la cama.
Janice cuelga el aparato y mira a su alrededor horrorizada. El apartamento
está en horribles condiciones, los cuadernos de colorear y vasos en el suelo, la
cama sin hacer, platos sucios por todas partes. Corre al lugar donde ella y
Nelson coloreaban e intenta agacharse, pero cae de rodillas y en ese momento el
bebé empieza a llorar. Presa del pánico, con la doble idea de no molestar a
Nelson y ocultar la ausencia de Harry, corre a la cuna y cree sufrir una pesadilla
al encontrarla embadurnada de excremento anaranjado.
—Maldita, maldita seas —le dice gimiendo a Rebecca, levanta el sucio
cuerpecillo y se pregunta adónde va a llevarla. La coloca sobre el sillón y,
mordiéndose los labios, quita los imperdibles del pañal—. Ah, estás llena de
mierda —murmura, sintiendo que el sonido de su voz mantiene a distancia a la
otra persona invisible en la habitación.
Lleva el pañal empapado y sucio al baño, lo deja caer en el lavabo, se
arrodilla y, tras unas torpes tentativas, cierra el desagüe de la bañera con el
tapón. Abre ambos grifos al máximo, sabiendo por experiencia que así obtendrá
una mezcla de agua tibia. Los chorros de agua golpean el suelo de la bañera
como puños. Repara en el vaso de whisky aguado que dejó sobre el lavabo y
toma un largo trago de líquido rancio. Entonces se pregunta, desconcertada,
cómo ponerlo fuera de su alcance. Entretanto, Rebecca llora como si tuviera
suficiente conocimiento para saber que está sucia. Janice va hacia ella con el
vaso en la mano, lo deja a su lado y, mientras quita a la niña la camiseta y el
jersey, lo derriba con la rodilla y vierte el líquido en la alfombra. Lleva las
prendas empapadas al televisor y las deja encima, se arrodilla e intenta meter
de nuevo los lápices de colores en su caja. Le duele la cabeza de tanto agacharse
y levantarse. Lleva los lápices a la mesa de la cocina y tira el bacon y la lechuga
a la bolsa de papel bajo el fregadero, pero la boca de la bolsa está inclinada y
parcialmente cerrada y la lechuga cae detrás, en la oscuridad al fondo del cubo.
Con la cabeza latiéndole dolorosamente, se agacha para tratar de verla o cogerla
con los dedos, pero no lo consigue. Le escuecen las rodillas de tanto
arrodillarse. Abandona el intento y se sorprende a sí misma sentándose en una
silla de la cocina y mirando las chillonas y blandas puntas de los lápices de
colores que sobresalen de la caja de Crayola. Esconde el whisky. Su cuerpo
permanece inmóvil un instante, pero cuando se mueve ve sus manos con las
tenues líneas de excremento en las uñas, deja la botella de whisky en un
armario más bajo, junto a unas camisas viejas de Harry que guardaba para
trapos, él nunca se ponía una camisa remendada, claro que ella tampoco era
mañosa para hacer remiendos. Cierra la puerta, pero sólo golpea sin que el
pestillo enganche, y en el borde del linóleo al lado de la pila el tapón de corcho
de la botella de whisky la mira como un minúsculo sombrero de copa. Lo echa
al cubo de la basura. Ahora la cocina está bastante limpia. En la sala de estar,
Rebecca está desnuda, tendida en el sillón, con el vientre hinchado y de costado
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John Updike
Corre, conejo
para chillar, sus piernecitas curvas apretadas y enrojecidas. El otro bebé de
Janice fue varón y aún le parece poco natural ver entre las piernas de la niña
esos dos montículos de grasa en vez de las tres piezas de un niño (cuando el
médico circuncidó a Nelson, Harry no estuvo de acuerdo, a él no se lo hicieron
y no le parecía natural, ella se rió al verle tan furioso). La cara del bebé enrojece
a cada berrido y Janice cierra los ojos y piensa en lo horrible que
verdaderamente es que su madre venga y le amargue el día sólo para
asegurarse de que ella ha vuelto a perder a Harry. No puede esperar ni un
minuto para averiguarlo, y las prendas sucias están encima del televisor. Las
lleva al baño, las echa en el lavabo encima del pañal y cierra los grifos. La
ondulante línea gris del agua casi llega al borde de la bañera. En la superficie se
desplazan rápidas arrugas y por debajo aguarda una masa profunda e incolora.
Ojalá pudiera darse un baño. Completamente serena, regresa a la sala. Tiene
que inclinarse demasiado para alzar el cuerpecillo del sillón, así que vuelve a
arrodillarse, coge a Rebecca en brazos y la lleva al baño, sosteniéndola de
costado contra su pecho. Se siente orgullosa de llevar a cabo todo esto, pues por
lo menos la niña estará limpia cuando llegue su madre. Se arrodilla con cuidado
ante la gran bañera de agua inmóvil, y lo último que espera es que se le
empapen las mangas. El agua envuelve sus antebrazos como dos grandes
manos. Bajo sus ojos el bebé rosado se hunde como una piedra gris.
Con un sollozo de protesta, hunde las manos para coger a la niña, pero el
agua las empuja hacia arriba, las mangas de la bata tienden a flotar y el cuerpo
resbaladizo serpentea en la opacidad repentina. Por un instante cree agarrarla,
nota un latido de corazón en el pulgar, pero la pierde, y la superficie del agua
salta con pálidas formas oblongas refractadas cuyo sólido ella no puede asir. Es
sólo un instante, pero un instante que se dilata en un tiempo más denso.
Entonces recoge a Becky y todo se normaliza. Alza a la criatura y la estrecha
contra su pecho empapado. El agua se desprende de ambas y moja las baldosas
del baño. El liviano cuerpecillo cae pesadamente contra su cuello y una rápida
mirada de alivio al rostro del bebé hace sonar la alarma y produce en Janice una
impresión abrumadora. Recuerda vagamente cómo se practica la respiración
artificial y sus brazos mojados y fríos aprietan frenética y rítmicamente a la
niña. Bajo sus párpados cerrados aparecen grandes plegarias escarlatas, silentes,
monótonas, y le parece aferrarse a las rodillas de una vasta tercera persona cuyo
nombre, Padre, Padre, se descarga sobre su cabeza como golpes físicos. Aunque
su alocado corazón baña de rojo el universo, ninguna chispa enciende el espacio
entre sus brazos. A pesar de sus plegarias torrenciales no percibe el menor
atisbo de respuesta en la oscuridad contra ella. La sensación de esa tercera
persona presente se intensifica de un modo enorme, y sabe, sabe, mientras oye
que llaman a la puerta, que lo peor que puede ocurrirle a cualquier madre del
mundo le ha ocurrido a ella.
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John Updike
Corre, conejo
Jack Eccles regresa lívido tras hablar por teléfono.
—Janice Angstrom ha ahogado accidentalmente a su bebé.
—¿Cómo ha podido hacer semejante cosa? —pregunta ella.
—No lo sé. Me temo que estaba borracha. Ahora está inconsciente.
—¿Dónde estaba él?
—Nadie lo sabe. A mí me toca averiguarlo. Era la señora Springer.
Se sienta en el gran sillón con brazos de nogal que perteneció a su padre y
Lucy, enojada, se da cuenta de que su marido es un hombre de edad mediana,
con el cabello ralo, la piel reseca y un aspecto fatigado.
—¿Por qué has de pasarte la vida persiguiendo a ese inútil? —le grita.
—No es inútil. Le tengo afecto.
—Le tienes afecto. Eso me asquea. Sí, Jack, me asquea. ¿Por qué no intentas
tenernos afecto a mí y a tus hijos?
—Lo tengo.
—No, Jack. Enfrentémonos a ello, no nos quieres. No soportas querer a
nadie que pueda devolverte tu amor. Eso te da miedo, ¿no es cierto? ¿Verdad
que te asusta?
Estaban tomando té en la biblioteca cuando sonó el teléfono, y él recoge del
suelo la taza vacía entre sus pies y mira al centro.
—No seas extravagante, Lucy. Estoy demasiado dolido.
—Estás dolido, sí, y yo también. Lo estoy desde que empezaste a
relacionarte con ese animal que ni siquiera pertenece a tu iglesia.
—Cualquier cristiano pertenece a mi iglesia.
—¡Cristiano! Si ése es cristiano, yo no lo soy, gracias a Dios. Cristiano. Mata
a su hija y se te ocurre llamarle así.
—Él no ha matado al bebé. No estaba allí, ha sido un accidente.
—Es como si lo hubiera hecho. Huye de su casa y hace que la idiota de su
mujer se emborrache. No deberías haberlos vuelto a juntar. La chica se había
adaptado y nunca habría ocurrido una cosa así.
Eccles parpadea. La conmoción ha puesto una gran distancia analítica entre
él y las cosas. Está bastante impresionado por la manera en que ella ha
reconstruido lo que debe de haber sucedido. Le extraña un poco el tono
vengativo de sus palabras.
—Entonces estás diciendo que he sido yo quien realmente ha matado al
bebé —le dice.
—Por supuesto que no. No pretendía decir eso en absoluto.
—No, creo que probablemente tienes razón —replica él, y se levanta del
sillón.
Se dirige al vestíbulo, donde está el teléfono, y vuelve a sacar de su cartera
el número anotado a lápiz debajo del nombre borroso de Ruth Leonard. Ese
número funcionó una vez, pero en esta ocasión el ratón de electricidad roe en
vano la remota membrana del metal. Deja que el timbre suene doce veces,
205
John Updike
Corre, conejo
cuelga, marca el número de nuevo y cuelga al cabo de siete timbrazos. Cuando
regresa al estudio Lucy se ha calmado.
—Lo siento, Jack. No pretendía sugerir que fueras responsable en absoluto,
claro que no. No seas tonto.
—Está bien, Lucy. La verdad no tiene que dolemos.
Estas palabras son una sombra de su idea de que si la fe es verdadera,
entonces nada que sea verdadero está en conflicto con la fe.
—Ya salió el mártir. Bien, veo que estás convencido de que tienes la culpa y
nada de lo que yo diga te hará cambiar de opinión. Ahorraré saliva.
Él guarda silencio para ayudarla a ahorrar saliva, pero al cabo de un
momento ella le dice en un tono más suave:
—¿Jack?
—¿Qué?
—¿Por qué tenías tanto interés en volver a juntarlos?
Él coge la rodaja de limón del platillo de su taza de té y, cerrando un ojo,
trata de ver la habitación a su través.
—El matrimonio es un sacramento —replica.
Casi espera que ella se eche a reír, pero en vez de hacer eso le pregunta
seriamente:
—¿Incluso un mal matrimonio?
—Sí.
—Pero eso es ridículo, no tiene sentido común.
—No creo en el sentido común. Si te hace feliz saberlo, no creo en nada.
—Eso no me hace feliz —dice ella—. Estás reaccionando como un
psicópata. Pero lamento que haya ocurrido esa desgracia, lo siento de veras.
Recoge las tazas, se encamina a la cocina y le deja solo. Las sombras de la
tarde se acumulan como telarañas en las paredes cubiertas de libros, muchos de
los cuales no son suyos sino de su predecesor en la rectoría, el muy admirado
soltero Joseph Langhorne. Aguarda sentado e inmóvil, pero no por mucho
tiempo. Suena el teléfono y se apresura a responder antes de que lo haga Lucy.
A través de la ventana, por encima del alféizar donde descansa el teléfono, ve
que su vecina recoge la colada del tendedero.
—¿Diga?
—¿Eres Jack? Soy Harry Angstrom. Espero no interrumpir nada.
—No, no.
—No habrá ninguna anciana por ahí cosiendo o haciendo algo por el estilo,
¿verdad?
—No.
—Mira, he estado llamando a mi casa y nadie contesta. Eso me ha puesto
un poco nervioso. Anoche estuve ausente y ese silencio me da mala espina.
Deseo volver a casa, pero antes quiero saber si Janice ha hecho algo, como
avisar a la policía. ¿Sabes algo?
—¿Dónde estás, Harry?
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John Updike
Corre, conejo
—En un drugstore de Brewer.
La vecina ha doblado la última sábana y la mirada de Jack se apoya en la
cuerda blanca y desnuda. Una de las tareas que parece haberle asignado la
sociedad es la de dar noticias trágicas, y la caverna de su boca se le seca
mientras se prepara para cumplir con ese deber familiar. Ningún hombre,
habiendo puesto su mano en el arado... Mantiene los ojos muy abiertos para no
parecer demasiado próximo a la presencia junto a la oreja.
—Creo que para ahorrar tiempo será mejor que te lo diga por teléfono —
empieza a decirle—. Harry, nos ha ocurrido una cosa terrible.
Cuando uno retuerce una cuerda y sigue retorciéndola, ésta empieza a
perder su forma recta y de repente aparece en ella un rizo, un lazo. Harry tiene
en sí mismo uno de esos lazos después de haber escuchado a Eccles. No sabe
qué decirle a su amigo. No tiene conciencia de nada salvo de los montones de
mercancías en paquetes discordantes que ve a través de los cristales de la cabina
telefónica. En la pared del drugstore hay una bandera con una sola palabra en
rojo: paradiclorobenzeno. Mientras trata de entender a Eccles, relee esa palabra,
tratando de ver dónde hay que hacer una pausa al pronunciarla y si eso es
posible. Cuando por fin entiende lo ocurrido y su vida es un abismo que le
engulle, una señora gorda se acerca al mostrador y paga dos cajas de Kleenex.
Harry sale a la calle soleada tragando saliva, para evitar que el lazo ascienda
por su cuerpo y le asfixie. Es un día caluroso, el primero del verano. El calor se
levanta del pavimento centelleante hasta los rostros de los transeúntes, les ataca
lateralmente desde los escaparates y las calientes fachadas de piedra. Bajo esa
luz blanca las caras tienen la expresión norteamericana, con los ojos
entrecerrados, los labios abiertos y colgantes, el ceño fruncido, y parecen a
punto de decir algo amenazante y cruel. En la calzada, bajo los techos
relucientes de sus coches, los conductores se tuestan en medio del tráfico
congestionado. El cielo está envuelto en una capa de neblina lechosa y parece
como demasiado fatigado para aclararse. Harry espera en una esquina con
varios pasajeros enrojecidos y sudorosos el autobús 16A que le llevará a Mount
Judge. Cuando el resollante vehículo se detiene, ya está lleno a rebosar. Conejo
se sujeta de una barra de acero en la plataforma trasera, esforzándose para que
ese lazo que tiene en su interior no le haga retorcerse de dolor. Unos carteles
curvados anuncian cigarrillos con filtro, loción bronceadura y una organización
benéfica.
La noche anterior viajó a Brewer en uno de esos autobuses y fue el
apartamento de Ruth, pero la luz estaba apagada y nadie salió a abrir cuando
llamó al timbre, aunque había una luz mortecina detrás del cristal opaco con el
letrero f. x. Pellegrini. Se sentó en los escalones, mirando la charcutería de
enfrente hasta que se apagaron las luces, y entonces su mirada vagó al brillante
rosetón de la iglesia. Cuando las luces de ésta también se apagaron, le
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John Updike
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invadieron la desesperanza y los calambres y pensó en regresar a casa. Caminó
Weiser Street arriba y contempló las luces y el gran girasol, no vio ningún
autobús y siguió caminando, temeroso de que le apuñalaran y robaran. Entró
en un hotel de baja categoría y pidió una habitación. No durmió muy bien. En
el exterior zumbaba un tubo de neón que tenía un empalme asegurado con
cinta adhesiva, en alguna parte una mujer reía continuamente, y se despertó lo
bastante temprano para volver a Mount Judge, ponerse un traje e ir a trabajar,
pero algo le retuvo. Algo le retuvo allí durante todo el día. Intenta recordar qué
era, porque fuera lo que fuese asesinó a su hija. Era en parte el deseo de ver
nuevamente a Ruth, pero cuando volvió a casa de ésta por la mañana y no la
encontró, supuso que probablemente se había ido a Atlantic City con algún loco
y siguió deambulando por Brewer, entrando y saliendo de los grandes
almacenes con hilo musical, se comió un perrito caliente y estuvo a punto de
entrar en un cine, pero desistió y prefirió mantenerse ojo avizor para encontrar
a Ruth. No abandonaba la esperanza de ver aquellos hombros que había besado
avanzando a empellones entre la multitud, y el cabello rubio pajizo, que él solía
rogarle que se soltara, brillante al otro lado de un anaquel con felicitaciones de
cumpleaños. Pero era una ciudad con más de cien mil habitantes, las
posibilidades estaban totalmente en su contra y, de todos modos, podía
encontrarla cualquier otro día. No, lo que le retuvo en la ciudad, a pesar del
creciente retortijón en su interior que le avisaba de que algo iba mal en su casa,
lo que le hacía caminar a través del aire frío que salía de las puertas de los cines,
ir y venir entre mostradores con ropa interior perfumada, bisutería y puestos de
frutos secos salados (pobrecilla Jan), entrar en el parque y recorrer los senderos
por los que tiempo atrás paseó con Ruth, para ver, apostado bajo un castaño de
Indias, a cinco críos roñosos que jugaban con una pelota de tenis y un palo de
escoba, y luego, finalmente, bajar por Weiser hasta el drugstore desde donde
telefoneó, lo que le mantuvo en movimiento fue la idea de que en alguna parte
encontraría una abertura, pues lo que le enfureció de Janice no era tanto el
hecho de que por una vez tuviera razón y él se hubiera equivocado
comportándose como un estúpido, sino la sensación de agobio que eso le
producía, de estar cercado. Fue a la iglesia, regresó con aquella llamita y no
tuvo lugar donde ponerla en las paredes oscuras y húmedas del apartamento,
por lo que la llama vaciló y acabó apagándose, y entonces se dio cuenta de que
no siempre sería capaz de producir esa llama. Lo que le retuvo en la ciudad
todo el día fue la sensación de que en alguna parte existía algo mejor para él
que escuchar el lloro de los bebés y engañar a la gente en el centro de venta de
coches usados, y es esa sensación la que intenta exterminar en el autobús, se
aferra a la barra cromada y se inclina por encima de dos mujeres con blancas
blusas plisadas y paquetes en el regazo, cierra los ojos e intenta matar esa
sensación. El lazo en su estómago empieza a adquirir la forma de náusea y se
aferra a la fría barra mientras el autobús rodea la montaña. Se apea varias
manzanas antes de su parada, empapado en sudor. Aquí, en Mount Judge, las
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John Updike
Corre, conejo
sombras han empezado a espesarse, el sol que hornea Brewer monta la cresta de
la montaña, el sudor se coagula y la respiración se le acorta. Corre para
mantener el cuerpo ocupado, para que la velocidad le deje la mente en blanco.
Pasa ante un establecimiento de lavado en seco, con una pequeña tubería por la
que sale al exterior un vapor siseante, atraviesa los olores a gasolina y
neumáticos que se alzan del estanque de asfalto alrededor de las bombas rojas
de una estación de servicio de la Esso, pasa por el césped del Ayuntamiento de
Mount Judge y el monumento a los caídos en la segunda guerra mundial con
las placas de los nombres partidas o descascarilladas detrás de un cristal. El
pecho empieza a dolerle y reduce su velocidad hasta andar de nuevo.
Cuando llega a la casa de los Springer, su suegra sale a la puerta y le grita a
la cara, pero él sabe, por el Buick de color verde oliva aparcado en el exterior,
que Eccles está ahí dentro, y poco después aparece el clérigo y le hace pasar. En
el lóbrego vestíbulo le dice en voz baja:
—Han dado un sedante a tu mujer y está durmiendo.
—El bebé...
—Está en la funeraria.
Conejo quiere echarse a llorar, le parece indecente que un cuerpo tan
diminuto esté en la funeraria, que deben enterrarlo en su propia simplicidad,
como el cuerpo de un pájaro, en un pequeño agujero cavado en la tierra. Pero
asiente. Tiene la sensación de que nunca más volverá a resistirse a nada.
Eccles sube al piso superior y Harry se sienta en una silla y contempla el
juego de la luz a través de la ventana, que ilumina una mesa de hierro con
helecho, violetas africanas y cactos minúsculos. Allá donde la luz incide, las
hojas son de un brillante verde amarillento, mientras que las hojas a la sombra
delante de ellas parecen agujeros verdinegros abiertos en este color dorado.
Alguien desciende la escalera con paso errático. Harry no vuelve la cabeza para
ver quién es, no quiere correr el riesgo de mirar a alguien a la cara. Nota un
contacto de pelo en su antebrazo y se encuentra con los ojos de Nelson. El rostro
del niño brilla de curiosidad.
—Mami duerme —dice en voz profunda, imitando los tonos trágicos que
ha oído.
Conejo le toma en brazos y le sienta en su regazo. Le parece que es más
pesado y más alto que antes. Su cuerpo actúa como una cobertura. Atrae la
cabeza del niño contra su cuello.
—¿Nena enferma? —pregunta Nelson.
—Nena enferma.
—Agua, mucha agua en la bañera —dice Nelson, tratando de enderezarse
para poder explicarse con los brazos Mucha, mucha agua —dice extendiendo
los bracitos.
Debe de haberla visto. Quiere bajar del regazo de su padre, pero éste le
abraza con fuerza, presa de una especie de terror. Flota en la atmósfera de la
casa una espesa aflicción que parece amenazar al pequeño, y éste también se
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John Updike
Corre, conejo
contorsiona con una energía que amenaza a la aflicción, podría hacerla volcar y
hacer que la casa entera se derrumbe sobre ellos. Se está protegiendo a sí mismo
al aprisionar al niño.
Eccles baja a la sala y se queda mirándoles.
—¿Por qué no le llevas afuera? —sugiere—. Ha tenido un día de pesadilla.
Salen los tres. Eccles coge la mano de Harry y la sostiene entre las suyas
largo rato sin apretarla.
—Quédate aquí —le dice Te necesitan, aunque no te lo digan.
Cuando Eccles se aleja en el Buick, Harry y Nelson se sientan en la hierba
junto al sendero de grava y lanzan piedrecillas hacia la acera. El niño se ríe y
habla excitado, pero aquí, al aire libre, el sonido no es tan fuerte. Harry se siente
vagamente protegido porque esto es lo que Eccles le ha dicho que haga. Por la
acera pasan unos hombres camino de sus casas después del trabajo. Nelson
lanza un guijarro demasiado cerca de los pies de uno de ellos y el hombre alza
la vista. Ese rostro desconocido parece mirar a Harry desde las honduras de
otro mundo, el mundo de los sin culpa. Cambian su blanco a una sembradora
verde apoyada contra la pared del garaje. Harry la alcanza cuatro veces
seguidas. Aunque el aire es todavía ligero, el sol ha quedado reducido a unos
pocos jirones en las copas de los árboles. La hierba está cada vez más húmeda, y
Harry piensa en la posibilidad de hacer entrar sigilosamente a Nelson en la casa
y marcharse.
El señor Springer sale a la puerta y le llama.
—Harry. —Padre e hijo van a su encuentro—. Becky ha preparado unos
bocadillos para cenar —le dice Entrad los dos.
Entran en la cocina y Nelson come. Harry lo rechaza todo excepto un vaso
de agua. La señora Springer no está presente y Harry agradece su ausencia.
—Harry —le dice su suegro, y se levanta, dándose golpecitos en el bigote
con dos dedos, como si estuviera a punto de hacer una concesión financiera—.
El reverendo Eccles y yo hemos tenido una conversación. No voy a decir que no
te culpo, por supuesto, pero no eres el único culpable. De alguna manera su
madre y yo nunca logramos que Janice se sintiera segura, quizá podrías decir
que nunca hemos sabido hacer que se sintiera a gusto en su casa. No sé... —sus
ojuelos rosados no tienen ahora su habitual expresión taimada, están
empañados e irritados Quisiera creer que lo intentamos. En cualquier caso —
ahora su tono es áspero, quebradizo, y hace una pausa para recobrar la
serenidad de su voz— la vida debe continuar. ¿Tiene algún sentido para ti lo
que estoy diciendo?
—Sí, señor.
—La vida debe continuar. Debemos seguir adelante con lo que nos queda.
Becky está de acuerdo en esto, aunque ahora se siente demasiado trastornada
para verte. Hemos hablado y conviene conmigo en que es la única manera.
Quiero decir..., ya veo que estás desconcertado, quiero decir que te
consideramos de nuestra familia, Harry, a pesar... —alza un brazo y señala
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John Updike
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vagamente la escalera—... de este... —deja caer el brazo atrás y añade—:
accidente.
Harry se cubre los ojos con la mano. Le arden y son vulnerables a la luz.
—Gracias —dice, y casi gime de gratitud hacia este hombre, al que siempre
ha despreciado por mostrarse tan generoso, y de acuerdo con una etiqueta que
sigue funcionando en medio de la aflicción, como bajo el agua, intenta replicarle
adecuadamente Le prometo que cumpliré con mi parte del trato. —Se
interrumpe, sofocado por el abyecto sonido de su voz. ¿Por qué ha pronunciado
la palabra trato?
—Sé que lo harás —dice Springer—. El reverendo Eccles nos asegura que lo
harás.
—Postre —dice Nelson claramente.
—Nelly, ¿por qué no te llevas una galleta a la cama? —Springer habla con
una familiar jovialidad que, aunque tensa, recuerda a Conejo que el pequeño ha
vivido aquí varios meses ¿No es la hora de acostarte? ¿Quieres que la abuelita te
lleve arriba?
—Papi —dice Nelson, al tiempo que baja de la silla y se acerca a su padre.
Los dos hombres se sienten violentos.
—De acuerdo —dice Conejo—. Enséñame dónde está tu habitación.
Springer saca dos galletas de la despensa y Nelson, inesperadamente, corre
hacia él y le abraza. Él se agacha para aceptar el abrazo y su rostro de dandi
ajado pierde su expresión contra la mejilla del niño. Su mirada perdida se posa
en los zapatos de Conejo, y unos gemelos negros grandes y cuadrados,
finamente contorneados y con una S inicial en oro, aparecen cuando las mangas
de su chaqueta retroceden al abrazar con fuerza al niño.
Cuando Nelson precede a su padre hacia las escaleras pasan ante la
habitación donde la señora Springer está sentada. Conejo tiene un atisbo de su
rostro hinchado y humedecido por las lágrimas, como un órgano interior
expuesto quirúrgicamente, y desvía la vista. Le susurra a Nelson que entre y le
dé las buenas noches. Cuando el niño regresa a su lado suben la escalera y
recorren un pasillo cuyas paredes empapeladas tienen un diseño de coches
antiguos, hasta llegar a un pequeño cuarto con cortinas blancas a las que tiñe de
verde un árbol que se alza frente a la ventana. A cada lado de ésta cuelgan dos
cuadros colgados simétricos, uno de cachorros de gato y otro de perritos. Harry
se pregunta si ésta es la habitación que ocupó Janice de pequeña. Tiene una
inocencia mohosa y cierto suspense, como si hubiera permanecido durante años
sin habitar. Un viejo osito de peluche, con la piel desgastada hasta quedarse en
el paño y sin un ojo, está sentado en un balancín infantil roto. ¿Ha pertenecido a
Janice? ¿Quién le sacó el ojo? Nelson se vuelve extrañamente pasivo en esta
habitación. Harry desviste al niño soñoliento, su cuerpo totalmente moreno con
excepción del estrecho trasero, le pone el pijama, le acuesta y arropa.
—Eres un buen chico —le dice.
—Sí.
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Corre, conejo
—Ahora he de irme. No te asustes.
—¿Te vas, papi?
—Para que puedas dormir, pero volveré.
—Ah, bueno.
—Bueno.
—¿Papi?
—¿Qué?
—¿Becky está muerta?
—Sí.
—¿Estaba asustada?
—Oh, no, no estaba asustada.
—¿Es feliz?
—Sí, ahora es muy feliz.
—Bueno.
—No te preocupes por eso.
—Vale.
—Ponte bien cómodo.
—Sí.
—Piensa que estás tirando piedras.
—Cuando crezca las tiraré muy lejos.
—Es verdad. Ahora ya las tiras muy lejos.
—Lo sé.
—Anda, duerme.
Cuando baja encuentra a Springer en la cocina, fregando los platos.
—No querrá que me quede aquí esta noche, ¿verdad?
—Esta noche no, Harry, lo siento. Creo que esta noche será mejor que no te
quedes.
—Sí, claro. Volveré al apartamento. ¿Vengo aquí por la mañana?
—Sí, por favor. Te haremos el desayuno.
—No, no quiero nada. Sólo ver a Janice cuando despierte.
—Sí, claro.
—¿Cree que dormirá toda la noche de un tirón?
—Supongo que sí.
—Siento no haber ido hoy al trabajo.
—Oh, no te preocupes. Eso no tiene importancia.
—No querrá que vaya a trabajar mañana, ¿verdad?
—Claro que no.
—¿Sigo conservando el empleo?
—Por supuesto. —Su voz es cautelosa, su mirada inquieta. Tiene la
sensación de que su mujer les está escuchando.
—Ha sido usted tremendamente bueno conmigo.
Springer no le replica. Harry sale por el porche trasero para no tener que
vislumbrar de nuevo el rostro de la señora Springer, rodea la casa y camina
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John Updike
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hacia su apartamento en la espesa oscuridad veraniega, que tintinea con los
sonidos de las vajillas en los fregaderos. Sube por Wilbur Street, abre su vieja
puerta y sube la escalera, que todavía huele a algo parecido a col hervida. Usa
su llave para entrar en el apartamento y enciende todas las luces con la mayor
rapidez posible. Va al baño, donde el agua sigue en la bañera. Una parte ha sido
absorbida, por lo que la superficie está un par de centímetros por debajo de una
tenue línea gris en la loza, pero aun así la bañera está más que medio llena. Con
su volumen pesado, sereno, inodoro, incoloro, insípido, el agua le produce una
impresión extraña, como la presencia de una persona silenciosa en el baño. La
inmovilidad forma una piel muerta sobre su quieta superficie. Incluso flota en
ella una especie de polvo. Harry se arremanga, mete el brazo en el agua y quita
el tapón. El agua gira y el desagüe boquea. Observa la línea de agua que se
desliza lenta y nivelada por la pared de la bañera, hasta que desaparece por
completo con un ruidoso remolino. Harry piensa en lo fácil que ha sido y, no
obstante, a pesar de toda su fuerza, Dios no ha hecho nada. Sólo había que
levantar ese pequeño tapón de caucho.
En la cama descubre que le duelen las piernas debido a su larga caminata
en Brewer. Parece como si tuviera las canillas astilladas. No importa la postura
que adopte, pues el dolor, tras un momento de alivio gracias al movimiento,
regresa solapadamente. Intenta rezar para relajarse, pero no le sirve de nada.
No hay ninguna conexión. Abre los ojos para mirar el techo y la oscuridad está
moteada por una inestable red de venas como la red amarilla y azul que
moteaba la piel de su bebé. Recuerda haber visto su pulcro perfil rojizo a través
de la ventana en el hospital, y una fuerte corriente de horror se abate sobre él,
obligándole a levantarse de la cama y encender las luces. El resplandor eléctrico
parece escaso. Su vejiga clama para que la alivie, pero teme entrar en el baño,
teme que si enciende la luz verá un diminuto y arrugado cadáver tendido boca
arriba en el suelo de la bañera vaciada. El temor le oprime los riñones y al final
se ve forzado a atreverse. El fondo oscuro de la bañera aparece ante sus ojos
blanco y vacío.
No tiene la menor esperanza de conciliar el sueño, pero al despertar cuando
los rayos oblicuos del sol entran por la ventana y llega desde abajo el ruido de
puertas que se cierran, tiene la sensación de que el cuerpo ha traicionado a su
alma. Se viste a toda prisa, ahora con más pánico que en cualquier momento del
día anterior, pues la desgracia acaecida es más real. Unos cojines invisibles
presionan contra su garganta, restan agilidad a sus piernas y brazos. Aquella
especie de lazo en el pecho se ha hecho grueso y duro. Perdóname, perdóname,
dice una y otra vez silenciosamente a nadie.
Al llegar a la casa de los Springer comprueba que la atmósfera ha
cambiado, intuye que todo ha sido ligeramente reordenado a fin de formar un
espacio donde él pueda caber empequeñeciéndose. La señora Springer le sirve
zumo de naranja y café e incluso le habla, cautelosamente.
—¿Quieres crema?
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—No, no, lo tomaré solo.
—Si quieres, tenemos crema.
—No, de veras. Está bien así.
Janice está despierta. Harry sube al dormitorio y se tiende en la cama a su
lado. Ella le abraza y solloza en el hueco entre el cuello, la mandíbula y la
sábana. Su rostro se ha encogido, su cuerpo parece pequeño como el de una
niña, caliente y duro.
—No soporto mirar a nadie, excepto a ti —le dice—. No puedo mirar a los
demás.
—No has sido tú la culpable, sino yo.
—La leche me ha vuelto —dice Janice—, y cada vez que me escuece el
pecho pienso que ella debe de estar en la habitación de al lado.
Se abrazan en una oscuridad común. Harry siente que los muros entre ellos
se disuelven en una inundación de negrura, pero el pesado nudo de aprensión
continúa en su pecho, inmutable.
Se queda en la casa durante todo ese día. Llegan visitas que deambulan de
puntillas, y su actitud sugiere que Janice está muy enferma en el piso de arriba.
Esas mujeres se sientan en la cocina a tomar café con la señora Springer, cuya
voz chiquita y refinada, curiosamente juvenil y divorciada del aspecto de su
cuerpo, suspira una y otra vez como si entonara una canción confusa, en
monótono ascenso y declive. Llega Peggy Fosnacht, sin gafas de sol, errática la
mirada de sus ojos estrábicos, y sube al dormitorio de Janice. Su hijo Billy juega
con Nelson, y nadie se mueve para poner fin a sus chillidos de cólera y dolor en
el jardín trasero, gritos que, ignorados, mueren a su tiempo y reviven, tras una
pausa, en forma de risa. Incluso Harry tiene un visitante. Suena el timbre de la
puerta y la señora Springer va a abrir y entra en la habitación penumbrosa
donde Harry se halla sentado, hojeando revistas.
—Un hombre pregunta por ti —le dice, tan sorprendida como ofendida.
Su suegra da media vuelta y él se levanta y da unos pasos para saludar al
hombre que entra en la habitación, Tothero, apoyado en un bastón y con la cara
semiparalizada, pero capaz de hablar y andar, vivo. Y el bebé está muerto.
—¡Hola! Hombre, ¿cómo estás?
—Harry...
Le coge el brazo con la mano libre y le mira largamente a la cara. Un lado
de su boca está torcido hacia abajo y la piel sobre el ojo en ese lado está estirada
en diagonal, como una cortina que casi le impide ver. Le tiemblan los dedos con
que aferra el brazo de Conejo.
—Sentémonos —le dice Harry, y le ayuda a acomodarse en un sillón.
Tothero tira al suelo un pequeño tapete al mover los brazos. Conejo se sienta en
una silla de respaldo alto, muy cerca de él, para que no tenga que alzar la voz
¿Ya puedes andar por ahí? —le pregunta, al ver que el viejo no dice nada.
—Me ha traído mi mujer en el coche. Está fuera, Harry. Nos enteramos de
la terrible noticia. ¿No te lo advertí? —Sus ojos ya están humedecidos.
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—¿Cuándo?
—¿Cuándo? —Ha desviado, quizá conscientemente, el lado paralizado de
su cara, que permanece oculto, de modo que su sonrisa parece entera, sagaz y
segura—. Aquella primera noche. Te dije que volvieras, te lo rogué.
—Supongo que sí. Lo he olvidado.
—No es cierto, no lo has olvidado, Harry. —La respiración se le corta al
pronunciar la sílaba «Ha» de Harry Déjame decirte algo. ¿Me escucharás?
—Claro.
—El bien y el mal —dice, y se interrumpe, mueve su gran cabeza,
mostrando las rígidas líneas en declive de la boca y el ojo malo—. El bien y el
mal no caen del cielo. Nosotros... nosotros los causamos, como la desgracia.
Invariablemente, Harry, invariablemente —va adquiriendo confianza en su
capacidad de pronunciar palabras largas— la desgracia sigue a nuestra
desobediencia. No la nuestra; a menudo, al principio, no la nuestra. Ahora
tienes un ejemplo de ello en tu propia vida. —Conejo se pregunta cuándo
aparecerán los regueros de lágrimas en las mejillas de Tothero. Ahí están, como
rastros de caracoles ¿Me crees?
—Claro, claro. Mira, sé que esto ha ocurrido por mi culpa. Me siento
como... como un insecto desde que sucedió.
La serena sonrisa de Tothero se alarga y emite un débil y áspero ronroneo.
—Te lo advertí —repite—, te lo advertí, Harry, pero la juventud es sorda.
La juventud no hace caso de las advertencias.
—Pero, ¿qué puedo hacer? —dice abruptamente Harry.
Tothero no parece oírle.
—¿No recuerdas que te rogué que volvieras?
—No sé, supongo que sí.
—Bien. Ah... Todavía eres un hombre excelente, Harry, tienes un cuerpo
sano. Cuando haya muerto, recuerda que tu viejo entrenador te dijo que
evitaras el sufrimiento. Recuérdalo. —Entona la última palabra afectadamente,
con un leve meneo de la cabeza. Aprovechando el impulso de su incongruente
vivacidad, se levanta de la silla y evita caer hacia adelante mediante el uso
rápido del bastón. Harry se pone en pie alarmado, y los dos hombres están por
un momento muy juntos. La cabeza del viejo desprende un olor molesto, no
tanto a medicamentos como a una dulzona ranciedad vegetal Vosotros, los
jóvenes —dice con una entonación ascendente, un tono de maestro de escuela,
regañón pero malicioso—, tendéis a olvidar, ¿no es cierto? ¿Eh, Harry?
Parece tener un empeño misterioso en hacérselo admitir.
—Tienes razón —dice Conejo, rogando para que se vaya.
Le ayuda a subir al coche, un Dodge del 57 de color azul y crema, que
aguarda ante la boca de incendios anaranjada. Con bastante frialdad, la señora
Tothero le da el pésame por la muerte de su hijita. Tiene un aspecto inquieto y
noble. El pelo gris se extiende más allá de la sien plateada y surcada de finas
arrugas. Quiere alejarse de él, marcharse con su presa. Tothero, a su lado en el
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John Updike
Corre, conejo
asiento del pasajero, parece un gnomo que sonríe satisfecho y acaricia
distraídamente la empuñadura curvada de su bastón. Conejo regresa a la casa
sintiéndose deprimido y ensuciado por la visita. La revelación de Tothero le ha
estremecido. Él quiere creer en el cielo como la fuente de todas las cosas.
A última hora de la tarde llega Eccles para completar los trámites del
funeral, que tendrá lugar al día siguiente, miércoles, por la tarde. Cuando se
dispone a marcharse, Conejo hace un aparte con él en el vestíbulo.
—¿Cuál es tu opinión? —le pregunta.
—¿Acerca de qué?
—De lo que debo hacer.
Eccles alza la vista con nerviosismo. Su rostro tiene la palidez de quien no
ha dormido lo suficiente.
—Haz lo que estás haciendo —le dice Sé un buen marido y un buen padre.
Ama lo que te ha quedado.
—¿Y eso es suficiente?
—¿Quieres decir si basta para lograr el perdón? No me cabe duda, siempre
que lo hagas durante toda tu vida.
—Quiero decir... —no recuerda haber suplicado nunca a Eccles—.
¿Recuerdas aquello de lo que solíamos hablar? Lo que hay detrás de todas las
cosas.
—Harry, sabes que no creo en la existencia de esa cosa tal como la
imaginas.
—Muy bien. —Se da cuenta de que Eccles también quiere marcharse, que
verle ahora resulta doloroso y desagradable.
Eccles debe intuir lo que siente, pues bruscamente hace acopio de
misericordia y le dice:
—Harry, no soy yo quien ha de perdonarte. No has hecho nada que te
pueda perdonar, porque soy tan culpable como tú. Debemos trabajar para
conseguir el perdón, debemos ganarnos el derecho a ver esa cosa que está
detrás de todo. Harry, sé que algo nos lleva a Cristo, lo he visto con mis ojos y
lo he saboreado con mi boca, y ¿sabes lo que creo? Creo que el matrimonio es
un sacramento y que esta tragedia, por terrible que sea, al final os ha unido a
Janice y a ti de un modo sagrado.
Durante las horas siguientes Conejo se aferra a esa creencia, aunque no
parece tener relación con los colores y los sonidos de la gran casa en duelo, los
toques y arcos del sol moribundo en la pequeña jungla de plantas sobre la mesa
de cristal y hierro o la cena casi silente que comparte con Janice en su
dormitorio.
Pasa esa noche en la casa de los Springer, durmiendo con Janice. Ella tiene
el sueño profundo. Su oscura boca emite un ligero ronquido que aviva la luz de
la luna y le mantiene despierto. Se incorpora sobre un codo y contempla su
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John Updike
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rostro: iluminado por la luna es amedrentador, pequeño y cubierto de retazos
oscuros, parece cortado en una sustancia blanda que carece de los contornos de
una presencia humana. Le molesta ese abandono al sueño. Cuando, con la
primera luz, la nota moverse y bajar de la cama, él hunde aún más el rostro en
la almohada, esconde la cabeza hasta la mitad bajo la sábana y se empeña en
dormir, cosa que posibilita de algún modo el pensamiento de que hoy es el día
del funeral. Mientras dormita tiene un vivido sueño. Está solo en un gran
campo deportivo o un solar abandonado y cubierto de pequeños guijarros. En
el cielo dos discos perfectos, de tamaño idéntico, pero uno de un blanco intenso
mientras que el otro es algo transparente, se mueven despacio el uno hacia el
otro. El pálido está directamente encima del denso. En el momento en que se
tocan, Conejo siente miedo y una voz, como la de un altavoz en un campeonato
de juegos atléticos, anuncia: «La prímula se traga al saúco». El deslizamiento
hacia abajo del disco superior prosigue sin interrupción hasta que el otro,
aunque es más fuerte, queda totalmente eclipsado, y ahora Harry ve un solo
círculo, pálido y puro. Comprende su significado: «la prímula» es la luna y «el
saúco» el sol, y lo que él ha visto es la explicación de la muerte, una vida
adorable eclipsada por una muerte adorable. Intensamente aliviado y excitado,
se da cuenta de que debe partir de ese campo y fundar una nueva religión. Nota
la textura de los discos, oye el eco de la voz, que se inclina insistente sobre él, y
abre los ojos. Janice está al lado de la cama, vestida con una falda marrón y una
blusa rosa sin mangas. Bajo su mentón hay un feo embolsamiento de grasa en el
que Harry no se había fijado hasta ahora. Le sorprende estar boca arriba, pues
casi siempre duerme sobre el vientre. Comprende que ha sido un sueño, que no
tiene nada que decirle al mundo, y el nudo vuelve a formarse en su pecho. Al
bajar de la cama le besa el dorso de la mano, que cuelga al costado de Janice
débil y fría.
Ella le prepara el desayuno, a su estilo, ahogando el cereal en la leche e
hirviendo el café. En compañía de Nelson caminan hasta su apartamento a fin
de recoger la ropa para el funeral. A Conejo le irrita que ella sea capaz de andar,
le gustaba más cuando estaba inconsciente. ¿Qué clase de aflicción de segunda
clase es la que les permite caminar? La mera sensación del desplazamiento de
sus cuerpos, envolviendo sus corazones en aturdimiento y pequeñas
necesidades, le enoja. Caminan con su hijo por las mismas calles que recorrieron
de niños. El arroyo a lo largo de Potter Avenue, por donde corría el agua limosa
de la fábrica de helados, está seco. Las casas, en la mayoría de las cuales ya no
viven las personas cuyos rostros él conocía, son como las casas de una
población avistada desde el tren, y sus fachadas de ladrillo plantean el enigma:
¿por qué vive alguien aquí? ¿Por qué nació él aquí, por qué esta población, un
tedioso extrarradio de una ciudad de tercera clase, que para él es el centro y el
índice de un universo que contiene inmensas praderas, montañas, desiertos,
bosques, ciudades y mares? Este misterio infantil, el misterio de «cualquier
lugar», preludio de la pregunta definitiva: «¿Por qué soy yo?», despierta el
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pánico en su corazón. El frío se extiende por su cuerpo y se siente separado del
suelo, como si al final hiciera lo que siempre ha temido, caminar por el aire. Los
detalles de la calle, el margen zigzagueante donde se querellan la acera y la
hierba, los oleosos y magullados postes telefónicos, ya no le dicen nada. Él
carece de entidad, es como si hubiera salido de su cuerpo y su cerebro un
momento para ver funcionar el motor y hubiese entrado en la nada, pues ese
«él» ha sido una mera refracción, una vibración dentro del motor, y ahora no
puede regresar al interior de su cuerpo. Tiene la sensación de hallarse tras las
ventanas de las casas ante las que pasan, observando a esta familia de tres
miembros que caminan con paso firme, sin más señal de la convulsión sufrida
por su universo que las lágrimas silenciosas de la mujer. Las lágrimas de Janice
han brotado con tanta suavidad como lo hace el rocío. La vista de las calles en la
frescura matinal parece haberlas provocado.
Cuando entran en el apartamento, ella exhala un profundo suspiro y se
apoya en Harry como si fuera a derrumbarse. Tal vez no esperaba que la casa
estuviera tan llena de sol. Contrafuertes de polvo que pululan en una luz
lechosa se extienden sesgadamente desde el centro del suelo hasta lo alto de las
ventanas, rayándolo todo con franjas de inocencia. La puerta del ropero de
Harry está cerca de la entrada, por lo que al principio no tienen que adentrarse
mucho en el apartamento. Él abre la puerta del armario tanto como puede sin
golpear el televisor, sus manos exploran el interior hasta dar con una bolsa de
plástico con cremallera y la abre para sacar su traje azul, un traje de invierno de
lana, el único oscuro que posee. Nelson, contento de estar aquí, vaga por las
habitaciones, va a orinar al baño, encuentra un viejo panda de goma en su
cuarto y quiere llevárselo. Su actividad diluye lo suficiente la amenaza que
parecía cernirse en las habitaciones y se atreven a ir a su dormitorio, donde está
la ropa de Janice. Por el camino ella señala un sillón.
—Aquí me senté la otra mañana y vi la salida del sol —le dice con la voz
examine. Él no sabe qué quiere oírle decir, calla y contiene la respiración.
Pero en el dormitorio hay un breve instante agradable. Ella se quita la falda
y la blusa para ponerse un viejo traje de chaqueta negro, y al moverse de un
lado a otro en combinación, descalza sobre la alfombra, Harry recuerda cómo
era cuando la conoció, los tobillos y las muñecas estrechos, la cabeza pequeña y
la expresión tímida de su rostro. El traje de chaqueta, que se compró cuando
estudiaba en el instituto, no le va bien, su vientre, tan reciente todavía el parto,
es demasiado voluminoso y quizás está empezando a adquirir ese aspecto
rollizo de su madre. Ahí de pie, mientras intenta en vano subir la cremallera de
la falda, las bóvedas de sus senos, hinchados por la leche sin extraer, rebosando
del sostén, tiene, en efecto, cierta rotundidad, una plenitud que le atrae. Piensa:
Es mía, mi mujer, pero entonces ella se vuelve y su rostro arrasado por las
lágrimas y crispado aniquila en Harry el orgullo de su posesión. Janice se
convierte en un lastre que tensa dolorosamente el nudo bajo su pecho. Ésta es la
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mujer frenética a la que él debe conducir con cuidado por el camino de toda una
vida, alejándola de la mañana del lunes.
—¡No me sirve! —grita ella, al tiempo que se quita la falda y la hace volar
como un gran murciélago que piruetea hasta el otro extremo de la habitación.
—¿No tienes nada más?
—¿Qué voy a hacer?
—Anda, vámonos de aquí. Volveremos a casa de tus padres, aquí te pones
demasiado nerviosa.
—¡Pero vamos a tener que vivir aquí!
—Sí, pero no hoy.
—No podemos vivir aquí —dice ella.
—Lo sé.
—¿Dónde podemos vivir entonces?
—Ya lo solucionaremos. Vámonos.
Ella se pone la falda y la blusa y recobra su calma relativa, se da la vuelta y
pide a Conejo que le abroche los botones de la espalda. Mientras él cubre su
quieta espalda con la tela rosa, las lágrimas acuden a sus ojos. Primero le arden,
luego le escuecen y al final ve los diminutos botones a través de un racimo de
discos de luz acuosa, como los pétalos de la flor del manzano. El líquido vacila
en sus párpados antes de correr por las mejillas, y esa humedad es deliciosa.
Desearía ser capaz de llorar durante horas, puesto que esas pocas lágrimas
derramadas le alivian. Pero las lágrimas de un hombre son escasas y las suyas
se acaban antes de que abandonen el apartamento. Al cerrar la puerta, Harry
tiene la sensación de que se ha pasado toda su árida vida abriendo y cerrando
esa puerta.
Nelson se lleva su panda de goma, y cada vez que lo aprieta para que
chille, a Conejo le duele el estómago. Ahora el pueblo está blanqueado por el sol
que se aproxima a la altura del mediodía.
Las horas que siguen son tan largas que parecen dar cabida a los mismos
incidentes repetidos una y otra vez. Una vez en casa, Janice y su madre se
embarcan en ligeras conversaciones mientras van de una habitación a otra.
Parecen preocupadas por lo que va a ponerse Janice. Ambas suben la escalera y
media hora después Janice baja con un vestido negro de su madre, adaptado a
su talla con alfileres, que le da un parecido extraordinario a la señora Springer.
—¿Te parece bien, Harry?
—¿Qué diablos crees que va a ser esto? ¿Un desfile de modelos? —
Entonces, arrepentido, añade—: Estás elegante —pero el daño ya está hecho.
Sorprendida, Janice emite un largo gemido de protesta, sube al piso de
arriba y se desahoga con su madre, la cual revoca la pequeña medida de perdón
que había concedido a Harry. Vuelve a flotar en la casa la idea tácita de que es
un asesino, y él la acepta agradecido. Es cierto, lo es, lo es, y el odio es más
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John Updike
Corre, conejo
adecuado para él que el perdón. Inmerso en el odio, no tiene que hacer nada,
puede estar paralizado, y la rigidez del odio forma una especie de refugio para
él.
Es la una de la tarde. La señora Springer entra en la habitación donde está
sentado y le pregunta:
—¿Quieres un bocadillo?
—No, gracias, no puedo comer nada.
—Será mejor que tomes alguna cosa.
Esta insistencia le parece a Harry tan extraña que entra en la cocina para
ver qué ocurre. Nelson está tomando sopa, zanahorias crudas y un bocadillo de
mortadela. Está sentado a la mesa y come sin ayuda de nadie. Parece inseguro
de si debe sonreír a su padre o no. La señora Springer le da la espalda y no se
vuelve cuando él entra.
—¿Ha hecho el niño la siesta? —pregunta.
—Podrías llevarle arriba —dice ella, sin volverse.
Suben a la habitación donde está el osito de peluche tuerto y Harry lee al
pequeño un cuento acerca de un tren que temía a los túneles. Cuando el tren
demuestra que ya no tiene miedo, Nelson se ha quedado dormido bajo el brazo
de su padre. Harry baja de nuevo. Janice descansa en su habitación y el sonido
de la máquina de coser de la señora Springer, que está arreglando el vestido
para que Janice lo lleve, gira en la placidez murmurante de la tarde temprana.
Se oye el ruido de la puerta principal al cerrarse y el señor Springer entra
en la sala de estar. No ha subido ninguna persiana y se sobresalta al descubrir a
Harry en un sillón.
—¡Hola, Harry!
—Hola.
—He estado en el Ayuntamiento, hablando con Al Horst, el juez de
instrucción, y me ha prometido que no habrá acusación de homicidio. Están
convencidos de que ha sido accidental. Él ha hablado con casi todo el mundo y
quiere hablar contigo en alguna ocasión, extraoficialmente.
—De acuerdo. —Springer sigue ahí, esperando alguna clase de felicitación
¿Por qué no me meten entre rejas? —añade Harry.
—Esa manera de pensar es muy negativa. Lo que ahora importa es seguir
adelante a pesar de esta pérdida.
—Tiene razón. Lo siento.
Le disgusta sentir que la red de la ley resbala sobre él sin atraparle. «No
quieren hacerlo por ti, no están dispuestos a sacarte del apuro», piensa.
Springer sube al encuentro de sus mujeres. Harry oye sus pisadas
amortiguadas, vibran los platos ornamentales en la vitrina a sus espaldas. El
pequeño reloj con esfera de plata sobre la repisa de la falsa chimenea le indica
que aún no son las dos.
Tal vez el dolor de estómago que experimenta se deba a que ha comido
muy poco en los dos últimos días. Entra en la cocina y se come dos galletas
220
John Updike
Corre, conejo
saladas. Cada bocado que traga parece caer en un suelo raspado hasta dejarlo
en carne viva. El dolor aumenta. Los accesorios relucientes y las puertas de
acero parecen cargados de un magnetismo negativo que le empuja y le adelgaza
en extremo. Vuelve a la sala penumbrosa, sube la persiana de una ventana y ve
pasar por la acera soleada a dos muchachas con pantalones cortos ceñidos. Sus
cuerpos ya están maduros, pero sus caras todavía dejan mucho que desear. Es
curioso que las quinceañeras tengan esas caras granujientas, comen demasiados
dulces y les estropean la piel. Caminan tan lentamente como lo hace el tiempo
hasta la hora del funeral, como si al desplazarse con suficiente lentitud fuera a
producirse alguna transformación mágica en la esquina. Hijas, son hijas, ¿acaso
June...? Suprime ese pensamiento. Las dos muchachas transeúntes, con sus
grupas erguidas y su sexo expectante, parecen desagradables e irreales. Se dice
que él mismo, al observarlas desde la ventana, debe de parecer un tiznajo en el
cristal, y se pregunta por qué el universo no borra una cosa tan sucia y pequeña.
Se mira las manos y su fealdad le parece fantástica.
Sube las escaleras y se lava la cara, las manos y el cuello minuciosamente.
No se atreve a usar una de esas toallas de lujo. Al salir con las manos húmedas
encuentra a Springer en el silencioso pasillo y le dice:
—No tengo una camisa limpia.
—Espera —susurra su suegro, y le trae una camisa y unos gemelos negros.
Harry se viste en la habitación donde duerme Nelson. La luz del sol se filtra
por debajo de las persianas bajadas, que aletean suavemente con la brisa, casi al
ritmo de la respiración del niño. Aunque se viste muy despacio y tarda varios
minutos en ponerse los gemelos a los que no está acostumbrado, tarda menos
tiempo de lo que había esperado. El traje de lana es incómodamente caluroso y
no le sienta tan bien como recordaba, pero no se quita la chaqueta, se niega a
dar a alguien, no sabe quién, esa satisfacción. Baja de puntillas y se sienta,
inmaculadamente vestido, la camisa demasiado prieta, en la sala de estar, su
mirada vaga hacia las plantas tropicales sobre la mesa de vidrio y mueve la
cabeza, de modo que esa planta eclipsa a aquélla y ésta a la otra, preguntándose
si va a vomitar. Sus entrañas son una masa apretujada de temor, una burbuja
dura que no reventará aunque la pinchen. Mira el reloj: sólo son las dos y
veinticinco.
De todas las cosas que teme, ver a sus padres es la principal. No ha tenido
el valor de llamarles o visitarles desde que ocurrió el accidente. La señora
Springer telefoneó a su madre el lunes por la noche para decirle cuándo sería el
funeral. El silencio de su familia desde entonces le ha asustado. Una cosa es que
los demás le censuren a uno agriamente y otra muy distinta que lo hagan los
propios padres. Desde que Harry regresó del servicio militar, su padre ha
estado resentido con él por su negativa a trabajar en la imprenta, y ese empeño
ha minado de alguna manera el cariño de Harry hacia él. La indulgencia y la
amabilidad que siempre le mostró el viejo se han evaporado. Pero su madre es
distinta, aún está viva e influye en él. Si se presenta y le dice cuatro verdades,
221
John Updike
Corre, conejo
cree que se morirá antes que soportarlo. Y, naturalmente, ¿qué otra cosa puede
hacer ella? Con la señora Springer es diferente, lo que le diga no le afecta,
porque al fin y al cabo es su yerno, ha de aceptarle y, además, él intuye que de
algún modo quiere tenerle aprecio, pero en el caso de su madre no hay aprecio
que valga, en cierto sentido ni siquiera son dos personas independientes,
porque él empezó a vivir en su vientre, y si ella le dio la vida también puede
quitársela, y si él notara que ella le repudia, sería como bajar a la tumba. De
todas las personas del mundo a ella es a la que tiene menos deseos de ver.
Sentado ahí a solas, llega a la conclusión de que uno de ellos debe morir, él o su
madre. Es una conclusión extraña, pero acude a su mente una y otra vez, hasta
que oye movimiento en el piso de arriba, el de los Springer que se están
vistiendo, y eso le hace salir un poco de su ensimismamiento.
Se pregunta si debería subir, pero no quiere sorprender a nadie sin vestirse
todavía, y uno tras otro van bajando, vestidos, el señor Springer con un elegante
traje gris grafito, Nelson con un afeminado trajecito de pana con tirantes, la
suegra tocada con un sombrero de fieltro negro y luciendo un rígido collar de
bayas artificiales, mientras que Janice parece perdida y amorfa con el vestido de
su madre arreglado para ella.
—Estás elegante —vuelve a decirle Harry.
—¿Dónde está el coche negro? —pregunta Nelson alzando la voz.
Hay algo indigno es esa espera, y mientras deambulan por la sala lanzando
furtivas miradas al reloj de esfera plateada, se convierten en niños
incómodamente vestidos que aguardan nerviosos el inicio de la fiesta. Todos se
agolpan en la ventana cuando el Cadillac de la funeraria se detiene en el
exterior, pero cuando el conductor sube por el sendero y toca el timbre, se han
dispersado hacia los rincones de la sala como si hubieran lanzado una bomba
de contagio entre ellos.
La funeraria fue en otro tiempo un hogar, pero ahora está amueblada como
ningún hogar lo ha estado jamás. Unas alfombras sin desgaste, de un color
verde muy pálido, amortiguan sus pisadas. Pequeños fluorescentes plateados
en las paredes emiten un débil resplandor. Los colores de cortinas y paredes
son atonales, colores que nadie tendría en su casa, salmón, verde azulado y un
violeta como ese que mata gérmenes en los asientos de los lavabos en las
estaciones de servicio. Les hacen pasar a una pequeña sala lateral de paredes
rosadas. Desde su asiento Harry ve la sala principal. Hay varias filas de sillas en
las que están sentadas seis personas, cinco de ellas mujeres. Peggy Gring es la
única que él conoce. Su hijo, que no para de moverse, eleva a siete el número de
asistentes. En principio sólo debían asistir los familiares, pero luego los
Springer invitaron a algunos amigos íntimos. Sus padres no han llegado
todavía. Unas manos invisibles se deslizan suavemente por el teclado de un
órgano eléctrico. El color antinatural del interior llega a un violento apogeo en
222
John Updike
Corre, conejo
las flores de invernadero dispuestas alrededor del pequeño ataúd blanco. La
caja, con asas de color dorado, descansa sobre una plataforma cubierta por una
tela de intenso color morado. Harry piensa que esa tela podría abrirse a modo
de telón y revelar debajo, como un truco de magia, al bebé vivo. Janice mira
hacia esa sala, solloza y un empleado de la funeraria, un joven rubio de rostro
anormalmente rojizo, se saca del bolsillo un frasco de esencia de amoníaco. La
madre de Janice se lo da a oler, y ésta reprime una mueca de repugnancia y
alarga las cejas, mostrando las protuberancias que forman los globos oculares
bajo la delgada membrana. Harry la coge del brazo y le vuelve la cabeza para
que no vea la otra sala.
A través de la ventana en la sala lateral se ve la calle, por donde corren
niños y coches.
—Espero que el sacerdote no se haya olvidado —dice el joven de cara roja,
y suelta una risita que a él mismo le azora. No puede evitar sentirse cómodo en
este ambiente. Su rubicundez parece aumentar un poco.
—¿Sucede eso a menudo? —le pregunta el señor Springer.
Está en pie detrás de su esposa, e inclina la cabeza con curiosidad, la boca
un inquieto tajo oscuro bajo el bigote descolorido. La señora Springer se ha
sentado en una silla y se cubre el rostro con las manos a través del velo. Las
bayas moradas tiemblan en el alambre que las ensarta.
—Unas dos veces al año —responde el empleado.
Un viejo Plymouth familiar se detiene en el bordillo ante la funeraria. La
madre de Conejo baja del coche y mira furibunda en una y otra dirección. El
corazón de Conejo da un brinco y tropieza con la lengua:
—Ahí están mis padres.
Todos se cuadran. La señora Springer se levanta y Harry se coloca entre ella
y Janice. Así, en formación con los Springer, por lo menos puede mostrar a su
madre que se ha reformado, que ha aceptado y le aceptan. El empleado de la
funeraria sale en su busca. Harry les ve en la acera reluciente, discutiendo sobre
la puerta por la que van a entrar, Mim un poco apartada. Vestida como para ir a
la iglesia y sin maquillaje, le recuerda a la hermanita que tuvo una vez. Al ver a
sus padres se pregunta por qué les ha temido.
Su madre es la primera en cruzar la puerta. Abarca a los presentes con una
sola mirada y se dirige hacia su hijo con los brazos extendidos.
—¿Qué te han hecho, Hassy? —le pregunta en voz alta, abrazándole como
para llevarle de regreso al cielo del que han caído.
Así, con esta celeridad, el sentimiento se abre y vuelve a cerrarse
herméticamente. Con un juvenil reflejo de embarazo, él la aparta y vuelve a su
posición de firmes. Como si no supiera qué ha dicho, su madre se vuelve y
abraza a Janice. Papá murmura y estrecha la mano de Springer. Mim se acerca y
toca a Harry en el hombro, luego se agacha y le susurra algo a Nelson. Son los
dos más jóvenes. Harry tiene la sensación de que esos seres se están uniendo
por debajo de él. Su esposa y su madre se abrazan. Su madre empieza a hacerlo
223
John Updike
Corre, conejo
de un modo automático, pero vuelca en el gesto toda su aflicción y el dolor le
contorsiona el rostro. Aunque desgreña y sofoca a Janice, ésta le responde y sus
débiles brazos morenos tratan de rodear el gran cuerpo que suspira pegado a
ella. La señora Angstrom le dice un par de palabras. Los demás están
desconcertados, sólo Harry, desde su fría altura, la entiende. A su madre le ha
impulsado el instinto que nos hace abrazar a quienes herimos, y entonces ha
comprendido que esta muchacha entre sus brazos es, igual que ella, un
miembro de una antigua raza de esclavos maltratados, y se ha dado cuenta de
que, habiéndose restituido ella misma a su hijo, también ella debe ser
abandonada.
Él ha notado en sí mismo el despliegue de estas etapas de la aflicción a
medida que le apretaban más y más los brazos de su madre. Ahora la mujer
suelta a Janice y habla, triste y apropiadamente, con los Springer, los cuales han
achacado a una demencia pasajera su protesta inicial. Por supuesto que no le
han hecho nada a Harry, al contrario, lo que ha ocurrido es algo que él les ha
hecho a ellos. No ven la liberación de Harry, a cuyo lado se convierten en
extraños. Las palabras que su madre le ha dicho a Janice, «Hija mía», se alejan.
Mim se levanta, su padre coge a Nelson en brazos. Sus movimientos empujan
suavemente a Harry.
Y, entretanto, el corazón de Conejo completa su giro y vuelve a girar, un
giro más ancho en un medio que va perdiendo consistencia y con el que el
mundo exterior tiene una relación decreciente.
Eccles ha entrado por otro lugar y les hace señas desde una puerta distante.
Los siete desfilan con Nelson hacia la sala donde aguardan las flores y ocupan
la primera fila de sillas. Eccles, vestido de negro, lee ante el ataúd blanco. A
Conejo le molesta que Eccles se interponga entre él y su hija. Se le ocurre lo que
nadie ha mencionado, que la pequeña no estaba bautizada. Eccles lee:
—Yo soy la resurrección y la vida, dice el Señor; los que crean en mí,
aunque estén muertos, vivirán, y quienes vivan y crean en mí nunca morirán.
Las palabras angulares se mueven en la cabeza de Conejo como torpes
pájaros negros y percibe sus posibilidades, pero Eccles no. El rostro del clérigo
está serio y tenso, su voz suena a falsa. Todas estas personas son falsas, excepto
su hija muerta y la caja blanca con los adornos dorados.
—Alimentará a su rebaño como un pastor: recogerá a los corderos con sus
brazos y los llevará en su pecho.
Pastor, cordero, brazos: los ojos de Harry se llenan de lágrimas. Al
principio es como si las lágrimas le rodearan por doquier, como un mar, y al
final la sal del agua le entra en los ojos. Su hija ha muerto, June le ha dejado
para siempre. Su corazón flota en la tristeza, a la que antes sólo había rozado, se
hunde más y más en el ilimitado volumen de la pérdida sufrida. Nunca volverá
a oírla llorar, nunca volverá a ver su piel marmoleña, nunca volverá a sostener
aquel peso liviano en sus brazos ni contemplará el azul de sus ojos errante en
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John Updike
Corre, conejo
busca de la fuente de su voz. Nunca, la palabra nunca cesa, nunca hay una
brecha en su grosor.
Van al cementerio. Harry, su padre, el de Janice y el funerario llevan la caja
blanca al coche fúnebre. El ataúd pesa, pero todo el peso es el de la madera.
Suben a los coches y recorren las calles empinadas. El pueblo se acalla a su
alrededor, una mujer sale a su porche con un cesto de colada y espera ahí, un
niño que estaba a punto de lanzar una pelota se detiene para verlos pasar.
Pasan entre dos columnas de granito unidas por un arco de hierro forjado. El
cementerio es bello a las cuatro de la tarde. Su nutrida lanilla verde se extiende
por una pendiente un tanto paralela a los rayos del sol. Las lápidas arrojan
largas sombras pizarrosas. El cortejo avanza lentamente por un crujiente
sendero de grava azul, su destino es un apacible dosel verde que huele a tierra
y helechos. Los coches se detienen, sus ocupantes bajan. A cierta distancia de
ellos, el límite del oscuro bosque traza un arco. El cementerio está a
considerable altura en la colina, entre el pueblo y el bosque. Por debajo de ellos
humean las chimeneas. Un hombre empuja una segadora a motor entre los
dientes desgastados de las lápidas, cerca del seto que se levanta al fondo. Unas
golondrinas trenzan una danza aérea, con bajadas cortas y repentinas y vueltas
por encima de una casita de piedra, una cripta. Con diestros movimientos
deslizan el blanco ataúd en unas angarillas desde la profunda caja del coche
fúnebre a unas correas carmesíes que lo sostienen por encima de la boca casi
cuadrada de la tumba, pequeña pero honda. Los leves crujidos y los murmullos
del esfuerzo arañan una lámina de silencio. Alguien tose. Las flores les han
seguido y ahí están, densamente apiladas bajo el toldo. Detrás de los pies de
Harry, un montículo de tierra sobre el que descansan unos terrones herbosos
cuadrados aguarda para cubrir la fosa, exhalando entretanto un intenso aroma
a tierra removida. Los hombres de la funeraria parecen satisfechos, con el
trabajo casi terminado, y cruzan las manos ante sus braguetas. Silencio.
—El Señor es mi pastor, nada me puede faltar.
La voz de Eccles es frágil al aire libre. El zumbido distante de la segadora
mecánica se detiene respetuosamente. El pecho de Conejo vibra, rebosante de
emoción. Está seguro de que su hija ha ascendido al cielo, y este conocimiento
llena las palabras que Eccles recita como un cuerpo vivo llena una piel.
—Oh, Dios, cuyo Hijo más amado cogía a los niños en sus brazos y los
bendecía, te suplicamos que nos des la gracia para confiar el alma de esta
criatura a tu amor y tu cuidado que jamás desfallecen, y para que nos lleves a
todos nosotros al reino celestial por medio de tu Hijo Jesucristo, Nuestro Señor.
Amén.
—Amén —susurra la señora Springer.
Las cabezas de los presentes rodean a Harry como lápidas, las percibe como
si fueran una sola entidad, unidos a la hierba y las flores de invernadero, todos,
los hombres de la funeraria, el invisible jardinero que ha detenido su ruidosa
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John Updike
Corre, conejo
segadora, todos unidos aquí como una sola persona a fin de dar a su bebé sin
bautizar la fuerza necesaria para saltar al cielo.
Alguien gira un interruptor eléctrico, las correas empiezan a bajar el ataúd
a la fosa y se detienen. Eccles deposita una cruz de arena sobre la tapa. Los
granos dispersos corren uno tras otro por la tapa curvada hacia el hoyo. Una
mano rosada arroja unos pétalos estrujados.
—Te rogamos que tengas misericordia de todos cuantos sufren y que,
dejando en tus manos todos sus cuidados... —Las correas chirrían de nuevo.
Janice se tambalea al lado de Harry. Él la coge del brazo y lo nota caliente
incluso a través de la tela. Una brisa ligera hincha el dosel como una vela
orzada. El aroma de las flores les envuelve—... y el Espíritu Santo os bendiga y
proteja ahora y siempre. Amén.
Eccles cierra el libro. El padre de Harry y el de Janice, en pie uno al lado del
otro, alzan la vista y parpadean. Los hombres de la funeraria empiezan a
recoger su equipo y retiran las correas de la fosa. Los deudos caminan hacia el
sol. Dejando en tus manos todos sus cuidados... El cielo les saluda. Una fuerza
extraña ha embargado a Harry. Es como si se hubiera estado arrastrando por el
interior de una caverna y ahora, por fin, más allá de la oscura masa de rocas que
le oprimen, hubiera visto una rendija de luz. Se vuelve y el rostro de Janice,
aturdido por la pesadumbre, bloquea esa luz.
—No me mires —dice él Yo no la he matado.
Pronuncia esas palabras con claridad, en armonía con la simplicidad que
ahora percibe en todas las cosas. Los demás, que hablaban entre ellos en voz
baja, vuelven bruscamente las cabezas al oír estas palabras violentas y crueles.
Le interpretan mal. Lo único que él desea es dejar las cosas claras, y les
explica:
—Todos estáis actuando como si yo lo hubiera hecho, pero cuando ocurrió
estaba lejos. Ella lo hizo. —Se vuelve hacia Janice, cuyo rostro, inerte como si
hubiera recibido una bofetada, parece irremediablemente apartado de él—. Oye,
no lo tomes así. No tenías intención de hacerlo.
Intenta cogerle la mano, pero ella la retira bruscamente, como si de una
trampa se tratara, y mira a sus padres, los cuales van a su encuentro.
A Harry le arde la cara, se siente profundamente turbado. El perdón que
había llenado su pecho se ha transformado en odio. Odia la cara de su mujer,
que no puede comprenderle, que ha tenido una oportunidad de compartir con
él la verdad, la sencilla verdad de los hechos, y la ha rechazado. Ve que incluso
su madre está horrorizada, la conmoción le ha hecho palidecer, es un muro
contra él. Antes le ha preguntado qué le han hecho y ahora se lo hace ella
también. Una sofocante sensación de injusticia le ahoga. Da media vuelta y echa
a correr.
Corre exultante cuesta arriba, esquivando lápidas. Entre las tumbas, los
dientes de león brillan como si fueran de mantequilla. Oye la voz de Eccles que
le llama a sus espaldas:
226
John Updike
Corre, conejo
Harry! ¡Harry!
Nota que Eccles le persigue, pero no se vuelve para mirar. Ataja en
diagonal, a través de las losas diseminadas por la hierba, hacia el bosque. La
distancia hasta el oscuro arco de árboles es mayor de lo que parecía al lado de la
fosa. La agilidad de su cuerpo cede el paso a la pesadez; la cuesta es cada vez
más empinada. No obstante, hay una blandura en el terreno del camposanto
que le permite proseguir su huida, una muelle textura que le sostiene a flote al
recordarle las carreras repentinas para esquivar a los contrarios en una pista de
juego. Llega a las estribaciones del bosque y se dirige al centro del arco. Una vez
dentro está menos protegido de lo que esperaba. Se vuelve y entre las hojas ve
la pequeña tienda verde al lado de la cual se agrupan los seres humanos a los
que acaba de abandonar. Eccles está a medio camino entre el grupo y él. Ha
dejado de correr y su pecho negro se agita mientras concentra la mirada en el
bosque. Los demás, gruesos tallos envueltos en telas oscuras, van de un lado a
otro, maniobrando, planeando, poniendo a prueba mutuamente sus fuerzas,
sosteniéndose unos a otros. Sus pálidos rostros lanzan mudas señales hacia el
bosque y se desvían, con disgusto o desesperación, luego vuelven a mirar y la
luz del sol poniente resalta sus expresiones aturdidas. Sólo la mirada de Eccles
se mantiene firme. Debe de estar haciendo acopio de energías para reanudar la
persecución.
Conejo se agazapa y corre siguiendo una línea irregular, las manos y el
rostro arañados por los arbustos y arbolitos que bordean el bosque. A medida
que se interna encuentra más espacio, pues los pinos ahogan cualquier otra
vegetación. La pinaza parda cubre la tierra áspera con una manta resbaladiza.
La luz del sol cae en estrechas ranuras sobre este suelo muerto. Hay penumbra
pero hace calor, como en un desván. El invisible sol de la tarde hornea la
techumbre vegetal verde oscuro. Las ramas inferiores sobresalen a la altura de
sus ojos. Le arden el rostro y las manos arañados. Se vuelve para ver si los ha
dejado atrás y comprueba que nadie le sigue. A lo lejos, en el extremo de este
pasillo entre pinos hay un brillo verde, quizás el del cementerio, pero parece tan
lejano como los fragmentos de cielo que surgen entre las copas de los árboles.
Al volverse pierde un poco la orientación, pero los troncos están dispuestos en
hileras entre las que él se desplaza, siempre contra la pendiente del terreno. Si
sigue ascendiendo llegará al paseo panorámico que se extiende a lo largo de la
ladera. Sólo si va cuesta abajo se encontrará con los demás.
Las hileras de árboles se interrumpen y ahora la vegetación es más espesa.
Estos árboles son más viejos, la oscuridad a sus pies es más densa y el terreno
más empinado. De la manta de pinaza sobresalen pedruscos recubiertos por
costras de liquen, troncos caídos extienden garras intrincadas sobre el camino.
En algunos lugares, allí donde se ha abierto un agujero en el tejado de hojas
perennes, crecen arbustos de bayas y hierbas amarillas, en una mezcolanza de
olor dulzón, sobre la que pululan enjambres de jejenes. Estos trechos, algunos lo
bastante anchos para que llegue a ellos un poco del sol que se desliza por la
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John Updike
Corre, conejo
ladera de la montaña, aumentan la oscuridad circundante, y al detenerse en
ellos Conejo nota un susurro que llena los pardos túneles a su alrededor. Los
árboles del entorno también son demasiado altos para que pueda ver alguna
señal de civilización, ni siquiera un claro lejano. Aislado en la luz, se asusta. Es
una presa fácil, los osos y las amenazas sin nombre que susurran a través del
bosque pueden verle claramente. Para no seguir siendo vulnerable en esos
pozos de visibilidad, corre hacia las amenazas al otro lado de las rocas, los
troncos podridos y la pinaza resbaladiza. Los insectos le siguen fuera de la
extensión soleada, su sudor tiene un perfume fuerte, el pecho se le constriñe y le
duelen las piernas de tanto tropezar con hoyos y piedras ocultos por la pinaza.
Se quita la chaqueta azul y la lleva en la mano doblada de cualquier manera.
Lucha contra el impulso de volver la cabeza para ver qué hay detrás. Lo ha
hecho demasiadas veces y nunca hay nada, salvo la vida silenciosa del bosque,
pero su temor llena el espacio serpenteante entre los troncos de ágiles amenazas
que le rehúyen cada vez que vuelve la cabeza y mira por el rabillo del ojo. Tiene
que mantener la cabeza hacia adelante. Se está aterrorizando a sí mismo. De
niño a menudo se internaba en el bosque, pero quizás entonces caminaba bajo
una protección de la que ahora carece. Le cuesta creer que entonces los árboles
fuesen tan oscuros. También ellos han crecido. Qué oscuridad tan poco natural
en este espacio obturado por la maraña de ramitas que le rasguñan sin cesar,
una oscuridad que desafía a la luz diurna cuyo cielo salta en fragmentos
irregulares de una a otra copa por encima de él, como un mono silencioso.
De tanto agazaparse le duele la región lumbar. Empieza a dudar de su
método. De niño nunca entraba en el bosque desde el cementerio. Quizás
avanzar contra la cuesta más empinada sea una estupidez, como tal vez lo sea
que esté avanzando por ese terreno abrupto por debajo de la cresta de la
montaña cuando a pocos pasos a su izquierda está la carretera. Se desvía a la
izquierda, procurando mantenerse en una línea recta. El rumor del bosque
parece aumentar, y en su corazón anida la esperanza: estaba en lo cierto, cerca
de aquí pasa la carretera. Se apresura, gateando temerariamente, esperando que
a cada momento aparezca la carretera, sus postes blancos y la barrera metálica
protectora. La pendiente del terreno desaparece de repente bajo sus pies. Se
detiene, perplejo, en el borde de una hondonada en cuya pared más cercana se
acumulan árboles muertos apretados contra troncos que han logrado erguirse
aferrados al suelo empinado y arrojan al hueco una sombra tan profunda como
la última etapa del crepúsculo. Algo rectangular interrumpe esa penumbra, y
Harry comprende que en el fondo de la hondonada está el espacio que ocupó el
sótano y los muros de piedra caliza desmoronada de una casa olvidada. A la
irritación por haber perdido su camino e ir de nuevo cuesta abajo, se añade un
horror estrepitoso, como si esa ruina, evidencia de una intrusión humana en un
mundo de vida ciega, hiciera repicar unas campanas cuyo sonido llegara a los
confines del universo. La idea de que este lugar estuvo habitado, de que esta
tierra fue pisada, desbrozada y conocida, ennegrece la atmósfera de espectros
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que trepan por la pared cubierta de helechos, como niños que salieran de una
tumba, y se dirigen hacia él. Tal vez aquí vivieran niños, gruesas chiquillas con
vestidos de calicó que iban a buscar agua a un manantial, que dejaban en los
troncos las cicatrices de sus juegos, crecían sobre los tablones que cubrían el
sótano y morían echando una última mirada por la ventana hacia el lugar
donde ahora está Harry. Se siente más expuesto y vulnerable que en los
pequeños claros soleados, se siente extrañamente iluminado por una gran
chispa, la chispa mediante la cual el ciego montón de materia se hizo consciente
de sí mismo, una chispa producida por la colisión de dos reinos contrarios, un
encuentro propiciado por un Dios terrible. Su estómago da un vuelco, sus oídos
parecen abrirse de súbito al sonido de una voz. Agazapado, vuelve a subir
cuesta arriba, moviéndose ruidosamente en la oscuridad cada vez más
profunda para ahogar la voz que quiere gritarle desde esa fuente que salta de
árbol en árbol en las sombras. A la luz traicionera, parece como si la pendiente
huyera cual una criatura serpenteante.
La luz se intensifica lo bastante para permitirle ver a su derecha un nido de
viejas latas y botellas hundido en la pinaza. Está a salvo. Ha llegado a la
carretera. Pasa las largas piernas por encima de la valla protectora y se
endereza. Unos puntos dorados titilan en las comisuras de sus ojos. El asfalto es
rasposo bajo sus zapatos, y le parece que ha entrado, con la maravillosa
oquedad resonante de la fatiga, en una nueva vida. El aire frío le acaricia los
omóplatos: la camisa del viejo Springer tiene un desgarrón en la espalda. Ha
salido del bosque a unos ochocientos metros por debajo del hotel Pinnacle. Echa
a andar, colgando airosamente la chaqueta del hombro y sujetándola con un
dedo, y Janice, Eccles, su madre y sus pecados parecen haber quedado dos mil
kilómetros atrás. Decide llamar a Eccles, como quien envía una postal a alguien.
Eccles le tenía afecto, ha confiado mucho en él y merece por lo menos una
llamada telefónica. Conejo ensaya lo que le dirá: Toda va bien, estoy en el
camino. Quiero decir que, para mí, hay varios caminos. No te preocupes y
gracias por todo. Quiere conseguir que Eccles no se descorazone.
En la cima de la montaña aún es pleno día. En el mar celeste un lecho
fragmentado de cirro cúmulos se desplaza como un banco de peces. Hay sólo
un par de coches aparcados alrededor del hotel, cacharros, Pontiacs del 52 y
Mercs del 51, como los que Automóviles Springer vende a esos chicos
granujientos que tienen la foto de una chica en la cartera y cien dólares en el
banco. En la cafetería varios de ellos están jugando con una máquina del millón
con el rótulo briosa betsy. Le miran, le hacen muecas y uno de ellos incluso le
pregunta:
—¿Te ha roto ella la camisa?
Pero parece extraño que no sepan realmente nada de él excepto que tiene
un aspecto desaliñado. Haces cosas y más cosas y nadie parece tener una pista
de tus andanzas. El reloj indica las seis y veinte. Se acerca al teléfono de pago
que cuelga de una pared y busca el número de Eccles en el listín.
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John Updike
Corre, conejo
—¿Diga? —pregunta la mujer de Eccles secamente.
Conejo cierra los ojos y las pecas de la mujer danzan en la rojez de sus
párpados.
—Hola. ¿Podría hablar con el reverendo Eccles, por favor?
—¿Quién es? —Su voz se ha encabritado: sabe quién llama.
—Eh, soy Harry Angstrom. ¿Está Jack?
La comunicación se interrumpe. La muy zorra ha colgado. El pobre Eccles
probablemente está ahí sentado, esperando oír su voz, y ella va a decirle que se
han equivocado de número. Ese pobre cabrón casado con semejante zorra...
Cuelga el aparato, oye el ruido de la moneda que cae y se siente simplificado
por este fracaso. Sale y cruza el parking.
Tiene la impresión de haber dejado en la cafetería todo el veneno que ella
debe de estar vertiendo en el oído del pobre hombre exhausto. Le imagina
contándole a Eccles que él le dio una palmada en el trasero, cree oír la risa de
Eccles y él mismo sonríe. Recordará a Eccles riendo. Tenía algo que te mantenía
a distancia, que no podías franquear, una gangosa severidad, pero cuando reía
era tuyo, como si te deslizaras sigilosamente por detrás de él, rodeando la
deprimente, húmeda y pegajosa fachada anterior, deprimente porque le faltaba
seguridad pero no podía decírtelo, y en vez de hacerlo enarcaba las cejas y
pronunciaba cada palabra en un tono diferente. Bien mirado, era un alivio
librarse de él.
Desde el borde del parking, Brewer se extiende como una alfombra, su roja
maceta cubriéndose de polvo. Ya hay algunas luces encendidas. El gran girasol
de neón en el centro de la ciudad parece pequeño como una margarita. Ahora
las nubes bajas son rosadas pero arriba, en lo alto de la cúpula, todavía hay
jirones de cúmulos pálidos y puros. Mientras baja las escaleras se pregunta si
Lucy lo habría hecho. ¿Son frígidas las esposas de los clérigos?
Baja el tramo de escalones de troncos en la ladera de la montaña, cruza el
parque, donde todavía hay gente jugando al tenis, y baja por Weiser Street. Se
pone la chaqueta y toma Summer Street. Su corazón murmura, en suspenso,
pero está en el centro del pecho. Aquel lazo ladeado por lo de Becky ha
desaparecido, él la ha enviado al cielo, ha notado que iba allá. Si Janice lo
hubiera notado, él se habría quedado, ¿o no? La puerta exterior está abierta y
una anciana con una especie de pañuelo polaco en la cabeza sale mascullando
de la puerta del doctor F. X. Pelligrini. Toca el timbre de Ruth.
El portero eléctrico responde y él se apresura a abrir la puerta interior y
sube los escalones. Ruth se asoma a la barandilla, mira abajo y dice:
—Vete.
—¿Eh? ¿Cómo has sabido que era yo?
—Vuelve con tu mujer.
—No puedo, acabo de dejarla.
Ella se echa a reír. Harry ha llegado al penúltimo escalón y sus rostros están
a la misma altura.
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John Updike
Corre, conejo
—Siempre la estás abandonando —le dice.
—No, esta vez es diferente. Las cosas están muy mal.
—Lo están en todas partes. Aquí también.
—¿Por qué?
Ha subido al último escalón y permanece a un paso de ella, excitado e
indeciso. Había creído que cuando la viera el instinto le diría qué hacer, pero en
cierto sentido todo es nuevo, aunque sólo han transcurrido unas semanas. Ella
ha cambiado, sus movimientos son más lentos y su cintura más ancha. El azul
de sus ojos ya no es inexpresivo.
Ella le mira con un desprecio que es completamente nuevo.
—¿Por qué? —repite ella con voz dura, incrédula.
—Déjame adivinarlo —replica Conejo—. Estás embarazada.
La sorpresa suaviza por un instante la dureza de su expresión.
—Eso es fantástico —dice él, y aprovecha ese momento de debilidad para
empujarla al interior del piso. Ese breve contacto le basta para recordar lo que
sentía con Ruth entre sus brazos Fantástico —repite, cerrando la puerta.
Intenta abrazarla, pero ella se debate, logra zafarse y retrocede detrás de
una silla. Su resistencia es seria: le ha arañado el cuello.
—Vete. He dicho que te vayas.
—¿No me necesitas?
—¿Necesitarte? —grita ella.
Él entrecierra los ojos, dolido por la aguda nota de histeria. Tiene la
sensación de que Ruth ha imaginado este encuentro tantas veces que está
decidida a decirlo todo, y será demasiado. Se sienta en un sillón, le duelen las
piernas.
—Te necesitaba la noche en que te fuiste —le reprocha ella—. ¿Recuerdas
cuánto te necesitaba? ¿Recuerdas lo que me obligaste a hacerte?
—Ella estaba en el hospital. Tenía que ir.
—Qué bueno eres, Dios mío, qué formal. Tenías que ir, pero también tenías
que quedarte, ¿no? ¿Sabes? Fui lo bastante estúpida para pensar que por lo
menos me llamarías.
—Quise hacerlo, pero intenté empezar de nuevo. No sabía que estabas
embarazada.
—No lo sabías. ¿Por qué no? Cualquier otro lo habría sabido. Tenía náuseas
bastante a menudo.
—¿Cuándo? ¿Conmigo?
—Sí, Dios mío. ¿Por qué no miras fuera de tu bonito pellejo de vez en
cuando?
—¿Por qué no me lo dijiste?
—¿Por qué habría de hacerlo? ¿De qué habría servido? No eres ninguna
ayuda, no eres nada. ¿Sabes por qué no lo hice? Te reirás, pero no lo hice
porque pensé que me abandonarías si lo supieras. Ni siquiera me dejabas tomar
alguna medida preventiva, pero supuse que cuando sucediera me
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John Updike
Corre, conejo
abandonarías. De todos modos me abandonaste, así que ya ves. ¿Por qué no te
marchas? Vete, por favor. Te rogué que lo hicieras la primera vez, aquella
maldita primera vez. ¿A qué has venido?
—Quiero estar aquí, es la verdad. Mira, me siento feliz porque estás
preñada.
—Es demasiado tarde para sentirnos felices.
—¿Por qué? ¿Por qué es demasiado tarde?
Está asustado y recuerda que ella no estaba en casa cuando vino la vez
anterior. Ahora está aquí, de modo que no se había marchado. Sabía que
algunas mujeres se ausentaban para solucionar el asunto. Había un sitio en
Filadelfia donde lo hacían.
—¿Cómo puedes quedarte ahí sentado? —le pregunta No lo entiendo.
Acabas de matar a tu hija y estás ahí sentado.
—¿Quién te ha dicho eso?
—Tu amigo sacerdote, tu santo amiguito. Llamó hace una media hora.
—Dios mío, aún intenta dar conmigo.
—Le he dicho que no estabas aquí, que nunca has estado.
—Yo no maté a la pobre niña, fue Janice. Me enfurecí con ella una noche,
vine a buscarte y ella se emborrachó y ahogó a la criatura en la bañera. No me
hagas hablar de eso. Por cierto, ¿dónde estabas aquella noche?
Ella le mira con sombrío asombro y dice en voz baja:
—Hijo, desde luego eres mortífero, ¿no crees?
—Eh, ¿has hecho algo?
—Cállate, no te muevas. De repente veo muy claramente cómo eres. Eres la
muerte en persona. No es que seas nada, eres peor que nada, no eres un canalla,
no apestas, ni siquiera puedes apestar.
—Mira, no hice nada. Venía a verte cuando ocurrió.
—No, tú no haces nada, sólo deambulas por ahí con el beso de la muerte.
Lárgate. Te lo juro por Dios, Conejo, sólo verte me enferma.
La sinceridad con que dice estas palabras la debilita tanto que ha de
sujetarse en el respaldo de una silla, una de las que utilizaban cuando comían
juntos, y se inclina hacia delante, con la boca abierta y mirándole fijamente.
Él, que siempre se ha enorgullecido de vestir pulcramente, que siempre se
ha considerado agradable y bien parecido, se ruboriza al notar esa sinceridad.
No ha experimentado la sensación con la que contaba, la de ser por naturaleza
el dominador de Ruth y hacerla plegarse a sus deseos. Se mira las uñas, con sus
grandes lunas de cutícula. La realidad con que tropieza le paraliza las piernas.
Su hija ha muerto realmente, su comportamiento en este día ha sido real, como
también lo es la náusea que inspira a esta mujer. Al darse cuenta cabal, desea
ardientemente tenerlo todo, avanzar lo más lejos que pueda en esa dirección.
—¿Has abortado? —le pregunta de súbito.
Ella sonríe con afectación y replica en voz ronca:
—¿Tú qué crees?
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John Updike
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Él cierra los ojos y, mientras aprieta el áspero tapizado de los brazos del
sillón, reza: Dios mío, no, otro no, ya tienes uno, deja vivir a éste. Un sucio
cuchillo revuelve su intrincada oscuridad interior. Cuando abre los ojos
comprende, por la manera en que ella sigue ahí, inmóvil, tratando de dar un
aire de dureza a su postura, que pretende atormentarle. En su voz tiembla la
esperanza al preguntarle:
—¿Lo has hecho?
El rostro de Ruth se nubla.
—No..., no. Debería hacerlo, pero ya ves. No quiero perderlo.
Él se levanta y la rodea con sus brazos, sin apretarla, como un aro mágico, y
aunque ella se pone rígida y menea la cabeza a uno y otro lado de su musculosa
garganta blanca, él ha recobrado esa sensación de dominio.
—Ah, cómo me alegro —le dice—. Es magnífico.
—Era demasiado brutal —dice ella Margaret lo había preparado todo, pero
yo... seguía pensando...
—Sí, sí. Eres tan buena... Qué contento estoy. —Intenta acariciarle la mejilla
con los labios y la punta de su nariz toca la humedad de las lágrimas—. Tenlo —
la apremia Sí, tenlo.
Ella se queda quieta un momento, pensativa, y entonces se aparta
bruscamente de sus brazos y exclama:
—¡No me toques!
Tiene el rostro congestionado e inclina el cuerpo adelante como un animal
amenazado, como si el contacto de Harry fuese realmente el de la muerte.
—Te quiero —dice él.
—Eso no significa nada en tus labios. ¿Qué me dices de tu esposa? ¿Y el
niño que ya tienes?
—No lo sé.
—¿Te divorciarás? No. También te encanta estar casado con ella. Te encanta
estar casado con todo el mundo. ¿Por qué no eres capaz de decidir lo que
quieres hacer?
—¿No soy capaz? No lo sé.
—¿Cómo me mantendrías? ¿A cuántas mujeres puedes mantener? Tus
trabajos son una broma. No vale la pena contratar a un tipo como tú. Quizás en
otro tiempo jugabas a baloncesto, pero ahora eres incapaz de hacer nada. ¿Qué
diablos crees que es el mundo?
—Por favor, ten el niño. Debes tenerlo.
—¿Por qué? ¿A qué viene ese interés?
—No lo sé. No tengo ninguna de esas respuestas. Lo único que sé es que
me parece lo correcto. Siento que lo correcto es que viva contigo. A veces he
sentido que debía seguir con Janice. A veces nada me parece correcto.
—¿A quién le importa? Esa es la cuestión. ¿A quién le importa lo que
sientas?
—No lo sé —dice él de nuevo.
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Ella gime, por la cara que ha puesto él ha temido que le escupiera, se vuelve
y mira la pared llena de abultamientos por haber sido pintada tantas veces
sobre capas anteriores descascarilladas.
—Tengo hambre —dice Harry—. ¿Por qué no vamos a la charcutería a
buscar algo? Entonces podremos pensar.
Ella vuelve a mirarle, más serena.
—Ya he estado pensando. ¿Sabes dónde estaba cuando viniste aquí el otro
día? En casa de mis padres. Porque tengo padres, ¿sabes? Son unos padres
bastante pobres, pero son todo lo que tengo. Viven en Brewer Oeste, y están al
corriente, quiero decir que saben algunas cosas. Por ejemplo, que estoy
embarazada. Esa es una palabra bonita, y es algo que le ocurre a todo el mundo,
no has de pensar demasiado en lo que debes hacer para quedarte embarazada.
Bien, me gustaría casarme contigo, lo haría, todo cuanto he dicho lo he dicho en
serio, pero si nos casáramos todo quedaría arreglado. Ahora piénsalo.
Divórciate de esa mujer que tanto te apena una vez al mes, divórciate u
olvídame. Si no puedes decidirte, no existo para ti, y este hijo tuyo tampoco
existe. Ahora vete si quieres.
Al decir todo esto pierde su firmeza y siente deseos de llorar, pero procura
fingir. Aferra el respaldo de la silla, con los lados de la nariz brillantes, y espera
que él diga algo. La manera en que se esfuerza por controlarse repele a Harry.
No le gusta la gente que manipula las cosas; le gusta que éstas sucedan por sí
solas.
Siente, nervioso, que ella le observa, buscando algún signo de resolución
inspirado por sus palabras. La verdad es que él apenas la ha escuchado. Lo que
ha dicho es demasiado complicado y, comparado con la imagen de un
bocadillo, es irreal. Se pone en pie, confiando en hacerlo con un aire marcial.
—Eso es justo —le dice—. Lo pensaré. ¿Qué te traigo de la tienda?
Un bocadillo y un vaso de leche, y luego desnudarla, quitarle ese vestido de
algodón, dejarlo en el suelo convertido en un montón de tela arrugada y
contemplar cómo esa cintura dilatada se serena en su piel fría y pálida. Le
encantan las mujeres al principio del embarazo, en sus cuerpos aparece una
especie de amanecer. Sabe que, si puede hundirse sólo una vez más en sus
entrañas, pondrá fin a la irritante destemplanza de sus nervios.
—No quiero nada —dice ella.
—Vamos, tienes que comer.
—Ya he comido.
Intenta besarla, pero ella se resiste y no parece invitadora: gorda, acalorada
y con el cabello multicolor desgreñado y húmedo.
—Enseguida vuelvo —le dice.
Cuando baja la escalera, las preocupaciones le asaltan con tanta rapidez
como el ruido de sus pisadas. Janice, el dinero, la llamada de Eccles y la
expresión de su madre entrechocan en ásperas y oscuras oleadas, el sentimiento
de culpa y la responsabilidad se deslizan juntos como dos sombras sólidas
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John Updike
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dentro de su pecho. La mera gestión de todo eso —las conversaciones, las
llamadas telefónicas, los abogados, las finanzas— parece complicarse,
físicamente, ante su boca, hasta tal punto que es consciente del esfuerzo para
respirar y cada acción, incluso alargar el brazo para coger el pomo de la puerta,
parece una precaria extensión de una larga secuencia mecánica conectada sin
garantía de seguridad a su corazón. La solidez del pomo de la puerta responde
a su contacto, y gira debidamente.
En el exterior sus temores se condensan. Globos de éter, puro nerviosismo,
se deslizan por sus piernas. La sensación del espacio abierto le ahueca el pecho.
De pie en el escalón, intenta analizar sus preocupaciones, la maquinaria que ha
dejado tras él, en la casa, poner el dedo en lo que la hace chirriar tanto. Dos
pensamientos le consuelan y dejan pasar un poco de luz a través de la masa
densa de alternativas imposibles. Ruth tiene padres y dejará vivir a su hijo. Dos
pensamientos que son, quizás, uno solo: el del orden vertical de la paternidad,
una especie de delgado tubo vertical en el tiempo, en el que se diluye un poco
nuestra soledad. Tanto Ruth como Janice tienen padres: con este pensamiento
las disuelve a ambas. Queda Nelson, y sobre este pequeño fulcro intenta
equilibrar sus dificultades, sopesar los opuestos: Janice y Ruth, Eccles y su
madre, el camino correcto y el buen camino, el camino a la tienda —chillona,
con montoncitos de fruta iluminados por una bombilla sin pantalla— y el otro
camino, por Summer Street abajo hacia donde termina la ciudad. Intenta
imaginar cómo terminará, con un campo de béisbol vacío, una fábrica oscura, y
luego, cruzando un arroyo, por un camino de tierra. No lo sabe. Imagina un
enorme solar cubierto de cenizas y el corazón se le hunde.
Temeroso, verdaderamente temeroso, recuerda lo que una vez le consoló al
practicar una abertura a través de la cual él contemplaba la brillantez
subyacente, y alza los ojos al rosetón de la iglesia. Debido a la pobreza del
templo, a la larga noche del verano o a simple descuido, está apagado, no es
más que un círculo oscuro en una fachada de piedra.
Pero en la calle hay luz, la de las farolas. Embozados entre los árboles, sus
conos se mezclan en retirada hacia el extremo invisible de Summer Street.
Cerca, a su izquierda, directamente bajo una farola, el áspero asfalto parece
nieve llena de hoyuelos. Decide dar la vuelta a la manzana para aclararse y
elegir el camino que debe seguir. Es curioso que aquello por lo que uno se
mueve sea tan simple, y el terreno en el que uno debe moverse esté tan
atestado. La distinción da fuerza a sus piernas, unas tijeras que se mueven
acompasadamente. La bondad está en el interior, fuera no hay nada, esas cosas
que se proponía equilibrar carecen de peso. De repente tiene la sensación de
que su interior es muy real, un puro espacio en blanco en medio de una densa
red. No lo sé, le ha dicho a Ruth varias veces. No sabe qué hacer, adónde ir, qué
ocurrirá, la idea de que no lo sabe parece hacerle infinitamente pequeño e
imposible de atrapar. Su pequeñez le llena como una vastedad. Es como cuando
te decían que eras grande, te ponían dos hombres delante y en cualquier
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dirección que tomaras tropezabas con uno de ellos, de modo que no tenías más
remedio que pasar la pelota. Lo hacías así, la pelota pertenecía a los otros y tus
manos estaban vacías, y los hombres que te controlaban parecían idiotas
porque, en efecto, allí no había nadie.
Conejo llega al bordillo pero, en vez de ir hacia la derecha y rodear la
manzana, baja a la calzada, con una sensación tan intensa como si la callecita
lateral fuese un ancho río, y cruza al otro lado. Quiere viajar al siguiente parche
de nieve. Aunque esta manzana de casas de ladrillo de tres pisos es igual a la
que acaba de abandonar, algo en ella le hace feliz. Los escalones y los alféizares
parecen vibrar y desplazarse como si estuvieran vivos, lo ve por el rabillo del
ojo. Esta ilusión le pone en movimiento. Sus manos se alzan por sí solas y nota
el viento en las orejas incluso antes de que, con los talones golpeando con
fuerza el suelo al principio, pero luego, impulsado sin esfuerzo por una especie
de dulce pánico, cada vez más ligero, rápido y silencio, eche a correr. Ah...,
corre, corre.
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