...

El Comandante y Dr. Eduardo Bernabé Ordaz que yo conocí.

by user

on
Category: Documents
0

views

Report

Comments

Transcript

El Comandante y Dr. Eduardo Bernabé Ordaz que yo conocí.
TÍTULO: EL COMANDANTE Y DR. EDUARDO BERNABÉ ORDAZ QUE YO
CONOCÍ.
AUTOR: Ricardo González Menéndez.
Doctor en Ciencias. Profesor Titular y Consultante Psiquiatría de la UCMH.
Ex Presidente de la Sociedad Cubana de Psiquiatría.
Presidente de la Comisión Nacional de Ética Médica del Ministerio de Salud
Pública de Cuba.
RESUMEN: Con motivo de la Sesión Científica convocada por la Sociedad
Cubana de Historia de la Medicina para tributar el Elogio al Comandante del
Ejército Rebelde, Doctor Eduardo Bernabé Ordaz Ducungé, quien fuera
Miembro de Honor de esta Sociedad, se decidió que fuera el autor, quien
realizara la semblanza histórica de esta gran personalidad de las ciencias
médicas cubanas, atendiendo a los años de labor conjunta con quien fuera el
gran transformador del Hospital de Dementes de Cuba (Mazorra) en un
verdadero hospital psiquiátrico que garantizara la atención integral a los
pacientes allí recluidos. El propósito fundamental de la presente semblanza no
es destacar la trayectoria social de un gran hombre, que con su propio esfuerzo
alcanzó el rango de figura histórica en el desarrollo de nuestra Revolución y en
la Salud Pública. Los objetivos no serán, por tanto, exponer su extraordinario
significado nacional e internacional. La motivación básica para escribir estas
líneas es contribuir a responder la pregunta de ¿Por qué los pacientes
psiquiátricos, y muy especialmente aquellos de evolución prolongada,
mundialmente rechazados como si fuesen -al decir de quien hoy recordamos“las borras del café” entre los pacientes de la especialidad, le decían, le dicen y
le dirán por centurias, “Papá Ordaz”.?
PALABRAS CLAVE: comandante/doctor/papá ordaz
1
INTRODUCCIÓN:
El propósito fundamental de la presente semblanza no es destacar la trayectoria
social de un gran hombre, que con su propio esfuerzo alcanzó el rango de figura
histórica en el desarrollo de nuestra Revolución y en la Salud Pública.
Los objetivos no serán, por tanto, exponer su extraordinario significado nacional
e internacional como Comandante de la Revolución, fundador del Hospital de
Guerra en la Sierra Maestra, como Héroe Nacional del Trabajo de la República
de Cuba, Diputado a la Asamblea Nacional, militante del Partido Comunista de
Cuba, Presidente de la Asociación de Estudiantes de Medicina, Presidente de la
Asociación Psiquiátrica de América Latina, Miembro de Honor de las Sociedades
Cubanas de Neurociencias, Historia de la Medicina, Psiquiatría, y de Psicología
de la Salud, ni su condición de Miembro honorífico de la Asociación Mundial de
Rehabilitación Psicosocial, Profesor de Mérito de la Universidad de Ciencias
Médicas de La Habana y profesor honorario de Psiquiatría de universidades de
Perú, Ecuador, Brasil, Argentina, Uruguay, Colombia, República Dominicana,
España y México.
Tampoco se comentará su nominación al Premio Nobel de la Paz ni al título
honorario de Maestro de la Rehabilitación Psicosocial conferido por la
Asociación Psiquiátrica de la República Dominicana.
La motivación básica para escribir estas líneas es contribuir a responder la
pregunta de ¿Por qué los pacientes psiquiátricos, y muy especialmente aquellos
de evolución prolongada, mundialmente rechazados como si fuesen -al decir
de quien hoy recordamos- “las borras del café” entre los pacientes de la
especialidad, le decían, le dicen y le dirán por centurias, “Papá Ordaz”.?
2
DESARROLLO:
Los grandes hombres se recuerdan por sus grandes obras y detrás de las
mismas está, como sentenció Martí, la sonrisa de una gran mujer, en este caso
Adelita, esposa, compañera de trabajo y madre de sus dos hijos, que le
acompañó hasta que la muerte los separara.
Cuando Ordaz vino al mundo el 13 de octubre del año 1921, en un humilde
hogar proletario en Bauta y pese al fuerte temperamento evidente desde los
primeros días de su vida, muy lejos estaban sus progenitores y hermanos
mayores de imaginar que aquel recién nacido alcanzaría en la historia de
nuestra revolución el rango de figura inolvidable.
Fue en ese hogar proletario, funcional, armónico, consistente y amoroso que
comenzó su desarrollo como ser humano, destinado a escribir gloriosas páginas
de heroísmo, bondad, estoicismo, solidaridad, honestidad, lealtad y, sobre todo,
a erigirse como un símbolo de sensibilidad humana y capacidad de
involucración, manifestados en todos los campos de su vida y ejemplarmente
focalizados, a partir de enero de 1959, hacia las personas con discapacidades
mentales, responsabilidad jamás asumida por los gobiernos de turno que
precedieron la culminación de nuestro proceso de liberación de la colonia y de la
república.
De sus honras fúnebres, recuerdo, junto a las brillantes palabras de despedida
de nuestro rector de la Universidad de Ciencias Médicas de La Habana, profesor
Jorge González Pérez, el toque a silencio de la trompeta que hizo latir con
fuerza los corazones de los presentes y que indujo a la evocación, entre sus
amigos, de los años de estudiante de medicina en que sufragaba parte del
costo de sus libros trabajando la madrugada de los sábados como trompetista
autodidacta, en un conjunto musical que le pagaba cinco pesos por noche de
trabajo.
3
Cuando en mi trayecto al Hospital General Calixto García, paso frente al
Carmelo de 23 y G, un recuerdo inevitable es también que, con igual objetivo
de enfrentar los costos de su carrera médica, noche tras noche, a la misma hora
en que otros estudiantes comenzaban su merecido descanso, el comandante
Ordaz iniciaba su jornada de trabajo como auxiliar de limpieza en dicha
instalación gastronómica, para poder subsistir en aquella etapa en que las
facilidades para hacerse médico, de que hoy disfrutan nuestros jóvenes, eran
solo un sueño.
Desde mi posición ideológica inicial de pequeño burgués, siempre admiré a
quienes terminaron su carrera enfrentando dificultades económicas que yo
nunca sufrí y el comandante Ordaz fue para mí el paradigma de ese indiscutible
mérito personal.
Pese al tiempo dedicado a estas tareas “extracurriculares”, fue dirigente de la
Asociación de Estudiantes de Medicina hasta la culminación de sus estudios,
cuando prosiguió su activa participación clandestina y luego se incorporó a la
Sierra Maestra.
Durante la etapa de la lucha en la Sierra Maestra, creó el hospital de campaña
de la Columna Uno en La Lata, un intrincado paraje de las montañas orientales,
y allí fungió como director, anestesista y cirujano de guerra, a la vez que, como
hombre de fe católica, participaba como monaguillo y otras veces como
sacerdote substituto, en bautizos y matrimonios en los territorios ya liberados.
Su valentía como combatiente, su ética profesional y su profundo humanismo, le
hicieron merecedor del respeto de los soldados enemigos; de la admiración de
sus compañeros de armas y del amor de los residentes en la zona.
Fueron, en gran medida, esas condiciones integrales, las que explican su
selección para asumir la dirección y transformación del otrora Hospital de
4
Dementes de Cuba, que durante la dictadura batistiana alcanzó la triste
categoría de “peor manicomio en toda América Latina y el Caribe”.
Desde el inicio del esforzado cumplimiento de la tarea asignada, su profunda
vocación de servicio alcanzó en el ámbito laboral su clímax, al encontrar “la
misión de su vida” y asumir sus responsabilidades médicas como un verdadero
sacerdocio, motivado por su deseo de que aquel engendro de la explotación e
indiferencia ante los sufrimientos de los más débiles, se transformara en un
hospital estatal modelo, no sólo para América Latina, sino para todo el tercer
mundo.
El nueve de enero de 1959, aquel joven barbudo, traspasó el dintel de nuestro
centro, con la actitud orientada por nuestro Apóstol cuando sentenció “el deber
debe cumplirse sencilla y naturalmente”.
La pregunta que seguramente se formularon los miembros del equipo
hospitalario de entonces, fue: ¿Podrá un anestesiólogo y cirujano de guerra,
hacer dejar atrás para siempre aquella institución psiquiátrica denominada--con
sobradas razones--por nuestro Comandante en Jefe, como “el infierno de
Dante”?
Quienes vivenciaban dicha justificada incertidumbre, seguramente desconocían
cuántas cualidades humanas habían en aquel combatiente, designado para la
dirección del hospital, como una de las primeras medidas de gobierno de la
dirigencia revolucionaria, el mismo día en que las tropas victoriosas entraban a
La Habana.
Estas virtudes eran empero harto conocidas por Fidel, Raúl, Almeida y Celia
Sánchez, quienes pusieron sobre sus hombros tal responsabilidad, conscientes
de que, mucho más que conocimientos especializados en psiquiatría, se
necesitaba una alta sensibilidad humana, capacidad organizativa, compasión y
potencialidades para involucrarse de manera transformadora, creativa y
5
resolutiva en la tragedia de otros seres humanos, cuyo paradigma era el
enfermo mental de curso prolongado.
Existía en él—afortunadamente—sobrada espiritualidad para saber ubicarse en
el lugar de los pacientes y
familiares, así como para
ofrecerles el trato
respetuoso y amable que desde un principio supo darles. Se cumplía así el
propósito martiano de que la ley primera de nuestra constitución fuese “el culto a
la dignidad plena del hombre” y también el pensamiento de su más destacado
discípulo acerca de que “Revolución es cambiar todo lo que debe ser cambiado”.
Pareciera que nuestro gran amigo, el Comandante Dr. Eduardo Bernabé Ordaz
Ducungé, conocía o intuía el aforismo del Maestro acerca de que, en el
enfrentamiento a grandes tareas humanas, “virtudes se necesitan más que
talento”.
Los brazos abiertos, resaltados en la magnífica escultura erigida tan solo a unos
pasos del lugar en que día tras día y desde las cinco de la madrugada, los
trabajadores y pacientes del hospital sabían que encontrarían un hombre de
bien, dispuesto a escucharles cualquier tipo de problema, que estuviese a su
alcance resolver.
En efecto, la vida íntegra del Comandante Ordaz fue demostrativa de que para
él, “nada humano resultaba ajeno” y esto lo mantuvo hasta su último hálito de
vida. Sus características personales, de saber “dar sin recordar y recibir sin
olvidar” han quedado grabadas en nuestro pueblo como atesoramiento eterno
de su glorioso recuerdo.
En efecto, nuestro querido e inolvidable director fundador, era un ejemplo de
alta espiritualidad, término que al decir de Martí expresa un “conglomerado de
virtudes que permiten asumir como propias las necesidades de otros”.
El Comandante Ordaz sumaba a sus conocimientos, actitudes y habilidades
médicas, una especial visión de futuro, expresiva de su alto nivel intelectual y de
6
algo aún más relevante, que era su desarrollada inteligencia emocional, cualidad
implícita en sus ejemplares potencialidades para ubicarse en el lugar de otros,
sentir como ellos y disponerse a ayudarles al máximo de sus posibilidades.
Ese era justamente el hombre que transformaría aquel infierno, (expresión muy
nítida del total abandono de la salud pública en la Cuba de antes), que
albergaba seis mil quinientos enfermos mentales en solo dos mil maltrechas
camas--la mayoría consistente en bastidores rotos sin ningún tipo de
cobertura—sufría las carencias implícitas en la magra asignación presupuestaria
de 12 centavos de peso por día/paciente.
Para hacer aún mayor el sufrimiento de pacientes y familiares, solo el 25% del
limitado presupuesto llegaba a su destino, mientras que el resto pasaba a
engrosar los bolsillos de quienes medraban con el abandono a la desdicha de
los más indefensos de todos los pacientes.
¿Cómo lo hizo? Yo diría que dedicando casi medio siglo de su relevante
existencia a dicha tarea, pero sobre todas las cosas había en él un don especial
para identificar y gratificar afectivamente las virtudes de sus trabajadores en
detrimento del señalamiento de sus defectos.
En forma intuitiva aplicaba en sus relaciones interpersonales el principio
Pigmalión, aquel escultor de la mitología griega que creó la estatua de una mujer
que respondía a sus más exigentes criterios estéticos sobre la belleza femenina.
Tan hermosa fue su obra, que llegó a enamorarse perdidamente de aquella
imagen en mármol, hasta que Afrodita, la diosa del amor, le insufló vida a
Galatea -que así se llamó finalmente su creación.
Esa era en mi criterio una de las más importantes virtudes del comandante en
su gestión como director de una institución en la que algunos trabajadores-profesionales o no, subvalorados por otros organizadores de salud, brillaban a
7
plenitud en el crisol de una relación madura con el modelo padre—hijo, que les
hacía crecer emocional y laboralmente.
Otro aspecto a destacar fue el nombramiento de un valioso equipo de asesores
que tuvo la vivencia -y hablo en nombre de los que nos precedieron en dicha
misión y en el de mis coetáneos y colegas posteriores- de que todos aprendimos
más de su profunda capacidad creadora y desempeño interpersonal, de lo que
pudimos aportar como modestos colaboradores.
Por otra parte, en forma realmente intuitiva, tuvo desde el comienzo una visión
profundamente científica y marxista leninista de los fenómenos que enfrentaba,
pues todos fueron valorados tanto con objetividad como con criterios
multifactoriales, sistémicos e historicistas y el más relevante de sus aportes fue
lograr, mediante la práctica social transformadora, convertir el peor almacén de
enfermos del tercer mundo, en el mejor hospital estatal psiquiátrico en América
Latina y el Caribe.
Su impronta quedará para siempre en la historia de la medicina cubana, ya que
además del desarrollo de nuestra institución que hoy se enorgullece de llevar su
nombre, hizo posible el aporte de nuestros pacientes y trabajadores para la
construcción de los hospitales rehabilitatorios Comandante René Vallejo de
Camagüey y Gustavo Machín de Santiago de Cuba, además de dispensarios,
policlínicos, casas de médicos de familia, Centros Comunitarios de Salud
Mental, centros de rehabilitación protegidos con albergue y talleres protegidos.
Creó además los hogares protegidos y los hogares familiares protegidos, como
nuevos modelos rehabilitatorios. Los primeros, muy cercanos al paradigma
social de la adopción, viabilizan que una familia con adecuado nivel económico y
demostrada integridad moral, lleve a su hogar, luego de un profundo estudio por
el departamento de trabajo social, a pacientes en rehabilitación que
desarrollarán en la mayoría de los casos labores de atención a ancianos, damas
8
de compañía, jardineros o custodios, pacientes a quienes se garantizará un
trato como miembro pleno de la familia, requisito cuyo incumplimiento en las
supervisiones sistemáticas de trabajo social, da lugar a la búsqueda de otro
hogar adoptivo.
En el caso de los hogares familiares protegidos, el paciente en rehabilitación
regresa a su hogar de procedencia, luego de garantizar a un miembro
seleccionado del núcleo familiar, igual salario al recibido en su trabajo habitual,
para dedicarse por entero a la atención integral del enfermo, quien
recibe
además, apoyo gratuito de la institución en lo referente a consultas evolutivas,
medicamentos, vestuario, calzado, alimentación, artículos de aseo personal, y
ropa de cama.
La eficacia de estos dos nuevos modelos rehabilitatorios en nuestro país fue
demostrada mediante rigurosos estudios científicos.
Sin ser aún especialista en psiquiatría, el Dr. Ordaz comprendió que psiquiatría
comunitaria era mucho más que psiquiatría ambulatoria y participó con igual
entusiasmo en el desarrollo de todas las instalaciones asistenciales que
requieren las comunidades.
Desde el punto de vita epistemológico fundó el método rehabilitatorio por
niveles, que se generalizó en nuestro país y otros países del Caribe.
Apoyó e hizo factible, el trabajo taxonómico iniciado por el profesor Carlos
Acosta Nodal y continuado brillantemente por el profesor Ángel Otero Ojeda, con
la elaboración de los glosarios cubanos I, II y III de la Clasificación Internacional
de Enfermedades, en su capítulo V.
En lo referente a la ética psiquiátrica, fue quien auspició el trabajo colectivo de la
Sociedad Cubana de Psiquiatría y el Grupo Nacional de Psiquiatría para la
elaboración
del
código
ético
de
los
psiquiatras
cubanos,
coordinado
brillantemente por el profesor Alberto Galvizu Borrel y discutido con propósitos
9
enriquecedores, de aprendizaje activo y sentido de pertenencia, por el 96% de
los psiquiatras de nuestro país, así como por otros miembros del equipo de
Salud Mental.
Fue el impulsor de nuevos métodos terapéuticos como el Psicoballet, cuyas
creadoras, la profesora en psicología Georgina Fariñas y la prima ballerina Alicia
Alonso, encontraron el apoyo y respaldo merecidos.
Llevó igualmente al Hospital Psiquiátrico de La Habana a convertirse en centro
de referencia nacional para la atención de la esquizofrenia, las psicosis
epilépticas, las adicciones, la psiquiatría forense y el programa para personas
deambulantes.
Desarrolló la asistencia, la docencia y la investigación. Creó la Revista del
Hospital Psiquiátrico de La Habana y la convirtió en la revista de psiquiatría de
mayor consistencia en la región. Fundó y mantuvo una editorial en la que nada
relacionado con la Salud Mental fue desatendido.
Tuvo por siempre, proyecciones a la promoción de salud, la prevención, la
curación y la rehabilitación, así como una visión integral que le permitió
garantizar la atención clínica y quirúrgica de los pacientes en nuestro propio
hospital.
Siguió fielmente el pensamiento de Bolívar, Martí y Fidel cuando transmitió a su
equipo institucional los principios del internacionalismo.
Sus proyecciones de trabajo fueron reconocidas, admiradas y enriquecidas por
quienes le sucedieron, que supieron honrarlo mediante gestos tan hermosos
como asignar su nombre a la institución y erigirle la bella estatua que inmortaliza
su figura.
La proyección latinoamericana de su trabajo se hizo evidente cuando en medio
de la campaña difamatoria de la derecha miamense, y gracias al notable
avance científico y las consecuentes visitas de intercambio recíproco con
10
psiquiatras de todo el mundo, se recibió el total respaldo de la Asociación
Mundial de Psiquiatría y la Asociación Psiquiátrica de América Latina (APAL),
organización que lo eligió su Presidente, como un formidable espaldarazo que
terminó para siempre con aquella falsa y malintencionada maniobra, que
acusaba al hospital de ser utilizado como instrumento de represión política.
Fue durante la presidencia de dicha prestigiosa Asociación Regional, que logró
ampliar en sus estatutos los idiomas oficiales que diesen cabida a los países
caribeños de habla francesa, inglesa y holandesa, además del castellano y
portugués, tradicionales en dicha organización psiquiátrica. Logró también,
mediante la reforma estatutaria, que se rotaran las sedes para eventos, con lo
que países pequeños como Guatemala disfrutaron del intercambio científico
como sedes de eventos de la Asociación. Igualmente brillante fue la celebración
del Congreso APAL en La Habana.
La proyección regional de sus aportes y el reconocimiento mundial se hizo
patente con el otorgamiento de la categoría de “Maestro de la Rehabilitación
Psicosocial” y con su nominación para el Premio Nobel de la Paz.
Como demostración de su ejemplar modestia, cuando con toda justicia se le
propuso su convalidación como psiquiatra, pidió humildemente que se nombrara
un tribunal de expertos para rendir los ejercicios científicos previos al
otorgamiento de la especialidad... Quienes nos honramos al integrar dicho
tribunal docente, tuvimos la alta satisfacción de presenciar un ejercicio excelente
en el que, junto al otorgamiento de la categoría de especialista de primer grado
en psiquiatría y la felicitación por su desempeño, le hicimos saber que mas que
árbitros científicos de sus conocimientos éramos y seríamos siempre sus
discípulos.
11
CONSIDERACIONES FINALES:
En el momento de su desaparición física, el 21 de mayo del año 2006, el
Comandante y Doctor Eduardo Bernabé Ordaz Ducungé había logrado que
Cuba se convirtiera en la expresión más genuina de lo que destacó Emil
Kraepelín, el padre de la Psiquiatría alemana, cuando sentenció que “el
indicador más importante para conocer el nivel de humanismo de un pueblo, era
la forma en que atendía a sus pacientes mentales”.
Durante su fructífera vida, el director fundador del Hospital Psiquiátrico de La
Habana, Comandante y Doctor Eduardo Bernabé Ordaz Ducungé, llevó siempre
a la práctica el aforismo martiano que da marco inspirativo a su hermoso y
merecido monumento “Hombre es algo más que ser torpemente vivo: es
entender una misión, ennoblecerla y cumplirla”.
BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA:
-
Alfonso, C. “El asombro de la rehabilitación”.
http//www.trabajadores.cubaweb.cu/2005/Mayo/09/index.htm…
-
Álvarez Vázquez, J. “Falleció el Dr. Eduardo Bernabé Ordaz”. Revista
Humanidades Médicas V.7 n.2 Ciudad de Camagüey, mayo-agosto 2007
Acceso
en:
scielo.sld.cu/scielo.php?pid=S1727...script=sci_arttext
En caché
-
Castro Ruz, F. Discurso pronunciado el 1º de mayo del 2000. Periódico Granma, 2 de
mayo de 2000.
-
González Menéndez, R. “Vivencias durante los años de trabajo dirigido por el Dr.
Ordaz”. 17 Enero 1967 al 21 de mayo del -2006
-
González Pérez, J. Despedida del duelo del Profesor de Mérito, Dr. Eduardo
Bernabé Ordaz Ducungé. La Habana, 22 de mayo 2006.
-
Quiroga
Paneque,
M.
“Y
entonces
llegó
http//cubahora.co.cu/…/ver-noticias/…, mayo, 2007
12
la
esperanza”.
-
Martí Pérez, J. “Escuela Mexicana (1875)”. Obras Completas. Editorial Lex,
La Habana, Cuba, 1953. Vol. II.
13
Fly UP