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un principio fútil o útil en la ética de la asistencia sanitaria?
Revista Redbioética/UNESCO, Año 2, 1(3), 89-101, Enero-junio 2011
ISSN 2077-9445
Jan Helge Solbakk
Vulnerabilidad: ...
Vulnerabilidad: ¿un principio fútil o útil en la ética de la asistencia sanitaria?*
Jan Helge Solbakk**
Introducción
El 19 de octubre de 2005, la 33ª Sesión de la
Conferencia General de la UNESCO adoptó por
aclamación la Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos (UNESCO, 2005). Esta
Declaración es el primer instrumento ético internacional que aborda el vínculo entre bioética y
derechos humanos. Además, representa el primer
instrumento normativo que proporciona normas
bioéticas mundiales a la comunidad internacional.
Es también el primer documento sobre políticas
mundiales en lo que respecta a lo principios bioéticos que han sido adoptados por los gobiernos;
en total más de 192 Estados Miembro de las Naciones Unidas han adherido a la Declaración.
Entre los 15 artículos de la Declaración que abordan los principios moralmente vinculantes, el Artículo 8 trata de los principios de la vulnerabilidad
humana y la integridad personal:
“Al aplicar y profundizar el conocimiento
científico, la práctica médica y las
tecnologías asociadas, debería tenerse
en cuenta la vulnerabilidad humana.
Debe protegerse a las personas y grupos
especialmente vulnerables y respetarse
su integridad”.
Desde su introducción en 1979 en el llamado Informe Belmont sobre la protección de sujetos humanos de investigación (Estados Unidos, 1979),
se le ha atribuido al principio de vulnerabilidad un
papel cada vez más preponderante en las directrices y documentos normativos nacionales e internacionales aplicables a la investigación médica,
asistencia sanitaria o bioética. La culminación en
este sentido estuvo determinada por la integración de este principio a la Declaración Universal
sobre Bioética y Derechos Humanos.
La Declaración no incluye una definición explícita de vulnerabilidad’ o ‘vulnerabilidad humana’.
En este sentido, la Declaración de la UNESCO
se asemeja a las pautas del Informe Belmont así
como a la Declaración de Helsinki de la Asociación Médica Mundial (Asociación Médica Mundial,
2008). Sin embargo, en el Artículo 24 de la Declaración de la UNESCO se hace énfasis en que
no sólo las personas pueden ser vulnerables sino
también las familias, los grupos y las comunidades. Asimismo, en el preámbulo de la Declaración
se hace referencia a las poblaciones vulnerables.
También a determinadas circunstancias en las
que personas, familias, grupos, comunidades y
poblaciones pueden volverse vulnerables. Las
circunstancias explícitamente mencionadas son:
* Este trabajo es una traducción de Solbakk, JH. The principle of respect for human vulnerability and global
bioethics. In: Chadwick R, ten Have H and Meslin E. (Eds), 2011, Health Care Ethics in an Era of Globalisation,
SAGE (con autorización de la editorial y del autor).
** Center for Medical Ethics, Universidad de Oslo
89
•
enfermedad,
•
discapacidad,
•
otras circunstancias personales,
•
condiciones ambientales,
•
recursos limitados.
Finalmente, debe destacarse que la Declaración
opera con un concepto antropocéntrico de vulnerabilidad, es decir, el punto de referencia es la
vida humana y ‘la vulnerabilidad humana’, no la
fragilidad y la precariedad de la vida – de las bioi
– en general.
Vulnerabilidad: un principio complejo
y ‘complejante’
A pesar de que la creciente importancia que ha
adquirido el principio de vulnerabilidad (humana)
en las directrices y documentos normativos contemporáneos aplicables a la investigación médica, la asistencia sanitaria o la bioética es un hecho
indiscutible, la bibliografía académica que aborda
este principio refleja una visión más contradictoria
y cambiante.
El primer intento serio en el campo de la bioética
contemporánea por encontrar una justificación y
consolidación normativa de este principio se remonta a la iniciativa lanzada en 1995 por un grupo
de académicos europeos. El objetivo de esta iniciativa, cuyo título programático era Los grandes
principios de la bioética y el bioderecho, era investigar las posibilidades ofrecidas por la filosofía y
la teología de Europa continental para la creación
de un marco teórico sustentado en principios que
pudiera poner en tela de juicio la hegemonía del
enfoque de cuatro principios de la bioética, desarrollado en la Universidad de Georgetown en
Washington DC (Beauchamp y Childress, 20096).
Dicha iniciativa incluía sólo uno de los cuatro principios del llamado mantra de la Universidad de
Georgetown, específicamente el de la autonomía,
unido a los principios de dignidad, integridad y vulnerabilidad:
90
“En el proyecto de investigación partimos
de la presuposición metodológica de que la
filosofía de los principios éticos básicos, a
saber, autonomía, dignidad, integridad y vulnerabilidad pueden proporcionar un marco
normativo para la protección de la persona
humana en el desarrollo de la biomedicina…
….
Los principios éticos básicos expresan la
necesaria protección de la humanidad y de
la persona humana como directrices para
una futura política europea en el campo
de la bioética y el bioderecho” (Rendtorff,
2002: 235).
Tal como se manifiesta en el informe elaborado
por el grupo de investigación, esta iniciativa no
apuntaba sólo a construir una nueva base para la
bioética y el bioderecho; también estaba alimentada por la ambición biopolítica de promover estos
principios como base para la creación de políticas
europeas sobre derechos humanos:
“El tema del informe debe considerarse
‘política ética’, más que ‘epistemología moral’. Estamos…tratando de identificar los
principios como cuatro ideas o valores importantes para la bioética y el bioderecho
europeos. Nuestra conclusión es que no
son ideas universales y eternas o verdades
trascendentales sino directrices reflexivas y
valores importantes en una cultura posconvencional de derechos humanos” (Rendtorff y Kemp, 2000: 14).
De estos cuatro principios, se reivindica el de vulnerabilidad como ontológicamente anterior a los
otros tres por su supuesta capacidad de expresar
de una manera más persuasiva, en términos de
sus características, la “finitud de la condición humana” (Rendtorff y Kemp, 2000: 46). Por ende la
vulnerabilidad debe ser vista como un aspecto inherente al ser humano y no como algo meramente
contingente de lo cual podría prescindirse a través del progreso científico y médico (Rendtorrf y
Kemp, 2000: 47). Además, es proclamado como
un principio capaz de acortar la brecha de valores entre los extraños morales y como un principio
regulador capaz de abrir los oídos al discurso éti-
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co en una sociedad plural (Solbakk, 1994: 231 ff;
Rendtorrf y Kemp, 2000: 46; Botbol-Baum, 2000:
60, 62). Por estas razones, el respeto por la vulnerabilidad debe verse como un principio biopolítico
medular del estado de bienestar moderno (Rendtorrf y Kemp, 2000: 375).
Sin embargo, el alcance es más amplio que el fomento de la vulnerabilidad como la expresión más
fundamental y universal de la condición humana;
apela a la protección de la vida – de las bioi –
en general y de la “autoorganización teleológica
del mundo” (Rendtorrf, 2002: 231ff; Rendtorrf y
Kemp, 2000: 375). Por lo tanto, el respeto por la
vulnerabilidad debe ser reconocido no sólo como
el principio más esencial de la bioética sino como
la base de toda la ética (Rendtorrf, 2002: 237).
En una propuesta normativa enviada a la Comisión Europea en noviembre de 1998, los 22 socios participantes en esta iniciativa de investigación resumen así su punto de vista compartido
sobre la vulnerabilidad:
“La vulnerabilidad expresa dos ideas básicas. (a) Expresa la finitud y la fragilidad
de la vida en las que, en aquellas personas capaces de autonomía, se funda la
posibilidad y necesidad de toda moral. (b)
La vulnerabilidad es el objeto de un principio moral que requiere del cuidado de los
vulnerables. Los vulnerables son aquellos
cuya autonomía, dignidad o integridad son
susceptibles de ser amenazadas. Como
tales, todos los seres que tienen dignidad
son protegidos por este principio. Pero el
principio también exige específicamente
no sólo la no interferencia con la autonomía, dignidad o integridad de los seres sino
también que reciban asistencia para poder
desarrollar todo su potencial” (Rendtorrf y
Kemp, 2000: 398).
Es justo decir que la recepción académica a esta
iniciativa de investigación particular, así como
también a la creciente importancia de la vulnerabilidad en las directrices y documentos normativos contemporáneos aplicables a la investigación
médica, asistencia sanitaria, o a la bioética, ha
sido mixta. Una crítica formulada contra el advenimiento bioético de este principio es que es demasiado vago como para proporcionar una guía
moral clara:
“A pesar de que diversas directrices protectoras estipulan protecciones especiales
para las poblaciones vulnerables, el concepto de vulnerabilidad y, como consecuencia, los criterios que designan a las
poblaciones vulnerables continúan siendo
vagos” (Ruof, 2004: 411).
Una crítica similar acusa al principio de ser demasiado general, algo que conduce al agotamiento
de su fuerza moral:
“Tantos grupos son ahora considerados vulnerables en el contexto de la investigación,
en particular de la investigación internacional, que el concepto ha perdido fuerza” (Levine y col., 2004: 44).
Por otra parte, también se lo ha criticado por ser
demasiado estrecho, con el riesgo de no prestar
suficiente atención a las características no relacionadas con los grupos rotulados como vulnerables sino con los “rasgos de la investigación misma, el ambiente institucional, o el contexto social
y económico que pueden poner a los participantes
en peligro” (Levine y col., 2004: 46).
A esto se suma la falta de toda clase de categorización visiblemente firme (Morawa, 2003: 150) o
conjunto específico de criterios o términos operacionales para determinar qué individuos o grupos
o poblaciones deben considerarse vulnerables y
qué formas de intervención deben ser consideradas explotación (Macklin, 2003: 473; Alwang y
col., 2002). Además, existe el problema de estereotipar:
“…el concepto de vulnerabilidad crea estereotipos, sin hacer distinción entre las personas del grupo cuyas características especiales deben ser tomadas en consideración y las que no” (Levine y col., 2004: 47).
91
Se ha introducido la metáfora del rótulo para formular este problema: “…uno de los defectos de
las concepciones actuales de vulnerabilidad...es
que conciben el ‘ser vulnerable’ como un rótulo
inmutable en una subpoblación particular” (Luna,
2009: 122).
También se ha formulado una crítica más fundamental contra la proclamación de la vulnerabilidad
como un principio bioético. A pesar de que la bienvenida otorgada a la iniciativa de investigación
europea como un “enriquecimiento de la bioética
principista” muy necesario, esta crítica dirige la
atención a la necesidad de un mayor trabajo académico antes de que puedan derivarse principios
bioéticos viables de las descripciones antropológicas de la condición humana:
“Cuando los principios describen las condiciones o rasgos característicos, a saber:
vulnerabilidad, integridad y dignidad, emplean un lenguaje firme y enérgico que cae
en lo deontológico y pretende representar
requisitos morales en lugar de los distintivos antropológicos que en realidad son…
….
Al manifestar que los seres humanos son
vulnerables y que esto constituye un principio ético, se comete una falacia de tipo
naturalista. La vulnerabilidad es un modo
esencial y universal del ser humano, no es
una dimensión ética en sí misma pero, por
supuesto, reivindica de manera enérgica y
legítima el derecho de inspirar un principio
bioético de protección” (Kottow, 2004: 284).
Concepciones de vulnerabilidad en
conflicto
Mientras que en la sección anterior, el foco de
atención estaba puesto en una iniciativa de investigación en particular que sugería una concepción
amplia de la vulnerabilidad, la presente sección
brindará un relato sistemático de las concepciones alternativas de vulnerabilidad que están en
juego en la bibliografía bioética y en las directri-
92
ces y documentos normativos contemporáneos
aplicables a la investigación médica, la asistencia
sanitaria o la bioética. Esto nos lleva en primer
lugar al extremo opuesto del espectro, es decir,
a las concepciones de vulnerabilidad de un tipo
restrictivo o minimalista. Se ha propuesto diferenciar entre tres subgrupos de tales concepciones, es decir, entre las concepciones basadas en
el consentimiento, las basadas en el daño y las
concepciones integrales (Hurst, 2008: 192). Una
característica de este primer subgrupo es que la
protección está justificada con la referencia explícita a las personas que por razones de coerción,
falta de capacidad o influencia indebida son incapaces de dar su consentimiento libre e informado.
Ésta es la concepción de vulnerabilidad que se refleja en el Informe Belmont y también en la última
versión de la Declaración de Helsinki. Estos dos
documentos normativos carecen de una definición explícita del principio de vulnerabilidad, pero
los vulnerables (sea una persona, una población
o una comunidad particular en investigación) son
rotulados como tales por “su estatus dependiente
y su capacidad, con frecuencia comprometida, de
dar su libre consentimiento” (National Commission for the Protection of Human Subjects of Biomedical and Behavioral Research, 1979) o porque
no “pueden otorgar o negar su consentimiento por
ellos mismos” por razones de coerción, incapacidad o influencia indebida (Asociación Médica
Mundial, 2008).
Sin embargo, una concepción de vulnerabilidad
basada en el consentimiento es demasiado estrecha en términos de protección para abarcar todo
el terreno de la vulnerabilidad en la investigación
médica y la práctica clínica. Por esta razón, se
han introducido las nociones de daño (Kottow,
2003 y 2004), de justicia (Nickel, 2006), de poder (Zion y col., 2000) y de mal (Hurst, 2008) para
abordar las situaciones en las que son necesarios
otros salvaguardas para dar consentimiento a fin
de cumplir con los requisitos de una conducta ética. Según uno de los proponentes de abrazar dichas nociones “...la vulnerabilidad como derecho
a una protección especial debe entenderse como
una probabilidad identificable mayor de causar un
mal más profundo” (Hurst, 2008: 196). A pesar de
estas inclusiones, dichas interpretaciones de vul-
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nerabilidad continúan siendo de tipo restrictivo o
minimalista cuando se las compara conel enfoque
basado en la concepción humana sugerida por el
grupo europeo, porque las primeras no reflejan la
vulnerabilidad de la condición humana per se.
Un ejemplo destacado del tercer subgrupo de
concepciones minimalistas de vulnerabilidad se
encuentra en las Directrices Éticas Internacionales para la Investigación Biomédica con Sujetos
Humanos del Consejo de Organizaciones Internacionales de Ciencias Médicas (CIOMS, por su
sigla en inglés), donde se afirma:
“Las diferencias en la distribución de las
cargas y beneficios son justificables sólo si
están basadas en distinciones moralmente pertinentes entre las personas; una de
esas distinciones es la vulnerabilidad. La
‘vulnerabilidad’ refiere a una incapacidad
sustancial de proteger los propios intereses
debido a impedimentos tales como la falta
de capacidad de dar un consentimiento informado, falta de medios alternativos para
obtener atención médica u otras necesidades costosas, o ser un miembro de menor
rango o subordinado de un grupo jerárquico” (CIOMS, 2002: 11).
En el comentario sobre la Directriz Nº 13, Investigación que incluye a personas vulnerables, se
desarrolla más esta concepción de vulnerabilidad
con la introducción de la noción de poder:
“Las personas vulnerables son aquellas
relativamente (o absolutamente) incapaces de proteger sus propios intereses. Más
formalmente, pueden no tener poder, inteligencia, educación, recursos, fortaleza u
otros atributos necesarios suficientes para
proteger sus propios intereses” (CIOMS,
2002: 44).
Una característica común de las diferentes versiones de las concepciones restrictivas de vulnerabilidad, que aparecen en la bibliografía así como
también en las directrices y documentos normativos contemporáneos aplicables a la investigación
médica, la asistencia sanitaria o la bioética, es
que se presta mucha atención a identificar grupos
específicos de personas o subpoblaciones que
pueden volverse vulnerables durante la investigación biomédica y la práctica clínica (Flaskerud y
Winslow, 1998; Weijer, 1999; Reeder, 1999; Reeder, 2000; Backlar, 2000; Flanigan, 2000; Zion y
col., 2000; Aday, 20012, DeBruin, 2001; Danis y
Patrick 2002; Blacksher y Stone, 2002; Stone,
2002; Leight, 2003; Macklin, 2003; Nickel, 2006).
Por ejemplo, en el Informe Belmont y en la Declaración de Helsinki, el número de subgrupos
especialmente vulnerables mencionados es 4, en
tanto, en las directrices del CIOMS, se enumera un total de 19 ejemplos de dichos subgrupos
(véase tabla 1).
Si bien las listas de personas y subgrupos pueden
ser una guía útil para los investigadores y profesionales de la salud respecto de la identificación
de posibles “grupos que comparten la categoría
de vulnerabilidad” (Luna, 2009: 122), dichos intentos por lograr una categorización o rotulación
homogénea de grupos como vulnerables tienden
a pasar por alto la necesidad de diferenciación
dentro de un grupo, en lo que respecta a las diferentes clases de vulnerabilidades a las que
individuos del mismo subgrupo pueden ser susceptibles y por lo tanto de la que necesitan ser
protegidos.
Estas observaciones pueden ayudar a explicar el
surgimiento de la última generación de concepciones de vulnerabilidad, es decir, concepciones
de menor inmutabilidad y mayor sensibilidad con
respecto a las consideraciones contextuales. Analizaremos aquí esas dos concepciones: una que
se centra en la necesidad de una interpretación
estratificada de la vulnerabilidad (Luna, 2009) y
una segunda que introduce una distinción entre
ser permanentemente vulnerable, es decir, la vulnerabilidad concebida como un rasgo esencial del
ser humano, y las formas contingentes o variables de vulnerabilidad, es decir, susceptibilidad
(O’Neill, 1996; Kottow, 2003 y 2004, Schramm,
2008).
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Tabla 1 Ejemplos de personas, poblaciones o comunidades consideradas particularmente vulnerables
Informe Belmont
Minorías raciales
Declaración de Helsinki
CIOMS
Personas incapaces de otorgar o
Personas que son incapaces de
negar su consentimiento
dar su consentimiento
Los económicamente
Personas susceptibles de coerción
Niños
desfavorecidos
o influencia indebida
Los muy enfermos
Poblaciones o comunidades que
Miembros de menor rango
no obtendrán beneficios directos
o subordinados de un grupo
de su participación
jerárquico (por ejemplo,
estudiantes de medicina y
enfermería, personal subordinado
de hospitales y laboratorios,
empleados de compañías
farmacéuticas, y miembros de las
fuerzas armadas o la policía)
Los institucionalizados
Pacientes bajo investigación
Ancianos
médica en combinación con la
atención médica
Residentes de hogares de
ancianos
Personas beneficiarias de la
seguridad o asistencia social
Personas pobres
Los desempleados
Pacientes en salas de emergencia
Algunos grupos étnicos y raciales
minoritarios
Personas sin hogar
Nómades
Personas refugiadas o
desplazadas
Prisioneros
Pacientes con enfermedades
incurables
Personas sin poder político
Miembros de comunidades no
familiarizadas con los conceptos
médicos modernos
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La interpretación estratificada de la vulnerabilidad
enfatiza la importancia de prestar mayor atención
a las consideraciones microcontextuales, es
decir, de analizar las relaciones entre personas o
grupos específicos y en circunstancias y contextos
específicos. La segunda interpretación, por otra
parte, aboga por la necesidad de una distinción
entre
consideraciones
macrocontextuales
debidas a formas permanentes de vulnerabilidad
y consideraciones de menor nivel debidas a
formas contingentes o variables de vulnerabilidad.
La metáfora de los estratos ha sido introducida
como un recurso retórico para rescatar la fuerza
moral de este principio y al mismo tiempo evitar
algunos de los escollos de la inmutabilidad, la categorización y encasillamiento típicos de las concepciones previas:
“La metáfora de un estrato o capa da la
idea de algo ‘más suave’, algo que puede
ser múltiple y diferente y que puede ser eliminado capa por capa. No es ‘una vulnerabilidad compacta y única’ que cubre toda la
categoría; pueden existir diferentes vulnerabilidades, diferentes capas que operan.
Estas capas o estratos pueden superponerse: algunos pueden estar relacionados con
problemas de consentimiento informado,
otros con circunstancias sociales. La idea
de estratos de vulnerabilidad otorga flexibilidad al concepto de vulnerabilidad” (Luna,
2009: 127).
En este contexto la flexibilidad se usa con un doble sentido. En primer lugar, no necesariamente
todos los miembros de un subgrupo en particular
que han sido rotulados de vulnerables como consecuencia de la aplicación de una noción restrictiva de vulnerabilidad de hecho lo son (o lo son en el
mismo sentido), y por lo tanto, están necesitados
indiscriminadamente de (el mismo tipo de) protección. Además, existe necesidad de una mayor
flexibilidad en cuanto a la opacidad, diversidad y
multiplicidad de las variables contextuales. Estas
variables deben ser cuidadosamente analizadas y
escudriñadas, capa por capa, por así decirlo, para
identificar las formas de protección que pueden
resultar suficientes respecto de las particularidades que presenta la situación real. Un enfoque
estratificado de la vulnerabilidad puede por ende
representar una herramienta lo suficientemente
precisa como para manejar el ‘microcosmos’ de
vulnerabilidades contingentes a las que los seres
humanos pueden estar sometidos en escenarios
de investigación médica y asistencia sanitaria.
Un rasgo distintivo de la noción de vulnerabilidad
que opera con una distinción entre las formas
permanentes y variables de vulnerabilidad es la
necesidad de diferenciar al menos dos regímenes
diferentes de protección. En primer lugar, un régimen basado en los derechos humanos que apunta a la protección de la vulnerabilidad permanente
o universal. Este régimen requiere de una acción
negativa de parte del Estado, en el sentido de
que es su responsabilidad garantizar “las libertades básicas procurando un orden social justo que
otorgue protección equitativa a la vulnerabilidad
de cada ciudadano” (Kottow, 2003: 463). Sin embargo, estas medidas de protección necesitan ser
complementadas por otras medidas de protección
o de acción afirmativa (o a favor de las minorías),
para lidiar con estados y situaciones accidentales
en los que la vulnerabilidad humana se ve afectada. “Vulnerabilidad perdida” es una metáfora
que ha sido sugerida para designar estas situaciones (Kottow, 2004: 281), es decir, situaciones
de personas y poblaciones indigentes. Se trata de
personas o poblaciones cuyas libertades básicas
nunca han sido protegidas, o que ya no cuentan
con dicha protección. No están “en posesión de
sus derechos humanos fundamentales”; se han
convertido en víctimas de la “integridad herida” y
por ende han sido despojados de su “estado de
vulnerabilidad ilesa” (Kottow, 2004: 281, 284).
Para hacer frente a dichas situaciones accidentales de susceptibilidad, no basta con apoyarse
en medidas que apuntan a proteger las libertades
básicas porque dichas libertades ya no existen.
Lo que se necesitan son acciones afirmativas (a
favor de las minorías) y que tomen en consideración el contexto, de tipo social y reparador, dirigidas a sanar las heridas de las personas y grupos
susceptibles, llevándolos así a un estado de referencia de vulnerabilidad intacta.
95
Vulnerabilidad aplicada
“El movimiento se demuestra andando”. Este
viejo proverbio puede oficiar de punto de ingreso simbólico a esta última sección del capítulo en
el que se abordarán algunas de las repercusiones prácticas derivadas de la aplicación de las
diferentes concepciones de vulnerabilidad en el
campo de la investigación médica y la asistencia
sanitaria. Esto nos lleva nuevamente al Artículo
8 de la Declaración Universal de Bioética y Derechos Humanos. Si se lo examina en profundidad, este artículo revela la combinación de dos
interpretaciones de vulnerabilidad diferentes: por
un lado, una corriente de pensamiento que toma
su inspiración de la filosofía europea, principalmente la filosofía continental (Mirandola, (1486)
1997; Hobbes, (1651) 1978 ; Herder, (1772) 1966;
Levinas, 1961; Jonas, 1979 y Habermas, 1991),
desarrollada por el grupo europeo de académicos
previamente mencionados, en la que la vulnerabilidad es concebida como la condición humana por
excelencia, es decir, como algo permanente e indeleble que provoca respeto; por otra lado, una interpretación de la vulnerabilidad prevalente en las
directrices y documentos normativos aplicables a
la investigación médica, la asistencia sanitaria o la
bioética y promovida por los académicos angloamericanos especialistas en bioética que implica
una clasificación particular y relativa de las personas y poblaciones en necesidad de protección
adicional. Por ende, las formulaciones del Artículo
8 de la Declaración bien pueden ser vistas como
un intento de hacer coexistir dos concepciones de
vulnerabilidad en conflicto (Patrão Neves, 2009:
161-162) y como consecuencia, también dos regímenes morales de protección bien diferenciados.
El primero es un régimen basado en los derechos
humanos que apunta a la protección de la vulnerabilidad permanente o universal. Éste es el tipo
de vulnerabilidad a la que alude la primera oración
del artículo:
“Al aplicar y profundizar el conocimiento
científico, la práctica médica y tecnologías
asociadas, debería tenerse en cuenta la
vulnerabilidad humana”.
96
El segundo régimen apunta al manejo de estados y situaciones accidentales de vulnerabilidad
“perdida”, es decir, formas de vulnerabilidad que
exigen medidas adicionales de protección así
como también la identificación de las personas y
poblaciones específicas que necesitan protección
contra las formas de daños y males no contemplados en los regímenes de protección basados
en los derechos humanos. Éste es el tipo de vulnerabilidad a la que alude la segunda oración del
Artículo 8:
“Los individuos y grupos especialmente
vulnerables deberían ser protegidos y se
debería respetar la integridad personal de
dichos individuos”.
Tal como señalan varios autores (Kottow, 2003 y
2004 y Patrão Neves, 2009), la amplia concepción
de vulnerabilidad proclamada por el grupo de académicos europeos, de la cual la primera oración
del Artículo 8 de la Declaración Universal sobre
Bioética y Derechos Humanos se hace eco, carece en sí misma de fuerza prescriptiva. Sin embargo, junto con la dignidad (Artículo 3 de la misma
Declaración) y la integridad (incluida en el Artículo
8), la vulnerabilidad aborda “rasgos esenciales de
la existencia humana” (Kottow, 2004: 286) y por
lo tanto puede, indirectamente, “inspirar” el desarrollo de “los requisitos bioéticos de protección
y respeto por los derechos humanos como una
consecuencia de la justicia social” (Kottow, 2004:
281). A este respecto, el Artículo 8 de la Declaración puede ser considerado el primer paso valiente a nivel mundial hacia el desarrollo de un lenguaje de vulnerabilidad moralmente sustentable:
”....primero manifiesta la obligación de tomar en consideración la vulnerabilidad inherente a todos los seres humanos. Es
decir, es importante adquirir conciencia del
hecho de que una persona es vulnerable,
está expuesta a ser ‘tocada’ por el otro,
está sujeta a formas diversas y a menudo
sutiles de explotación o abuso, independientemente de su nivel de autonomía. En
segundo lugar, da prioridad a las personas
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Vulnerabilidad: ...
y grupos clasificados como vulnerables,
para quienes exige no sólo protección contra el ser ‘tocados’ sino también respeto por
su integridad, de modo que no queden meramente reducidos a una parte de sí mismos y por lo tanto considerados de manera
abstracta” (Patrão Neves, 2008: 161).
¿Cuáles son entonces las repercusiones prácticas de dicha concepción amplia y aparentemente
abarcadora de vulnerabilidad, cuando se la compara con las alternativas minimalistas previamente abordadas así como también con las dos
concepciones de menor inmutabilidad y mayor
sensibilidad con respecto a las consideraciones
contextuales mencionadas anteriormente? La
respuesta a corto plazo a esta pregunta es que
todas estas concepciones pueden ser útiles cuando se trata de identificar en situaciones concretas:
•
Quién puede estar potencialmente expuesto a otras formas de daño y del mal.
•
Qué formas de susceptibilidad y estratos
de vulnerabilidad deben tomarse particularmente en consideración.
•
Qué variables contextuales requieren atención especial.
•
Qué otras formas de daño y del mal pueden
estar potencialmente en juego.
•
Qué otras medidas de protección, de acción afirmativa, deben adoptarse.
•
Quiénes tienen la obligación de tomar dichas medidas en situaciones de vulnerabilidad “perdida”.
Por ende, tales concepciones pueden resultar
también útiles respecto de la implementación y
aplicación práctica de la segunda parte del Artículo 8 de la Declaración Universal sobre Bioética
y Derechos Humanos. Por otra parte, existen fuertes razones para advertir contra la aplicación de
estas concepciones (incluso la concepción estratificada de vulnerabilidad) en escenarios de investigación o de la asistencia sanitaria que carecen
de la clase de protección básica de la permanente
fragilidad a la que se alude en la primera oración
del Artículo 8, ya que esto puede dar lugar a una
fusión de formas alterables de vulnerabilidad, es
decir, de susceptibilidad con una permanente fragilidad. Si las formas alterables de vulnerabilidad
se perciben como inalterables, como partes del
reino de la vulnerabilidad permanente abarcada
por el poder protector y la responsabilidad de los
estados, el resultado puede ser la fusión de las
responsabilidades protectoras. Este problema
ha sido específicamente analizado en la investigación internacional sobre salud (Attaran, 1999;
Angell 2000; Kottow, 2000 y 2003, Solbakk, 2004
a y b; Londres 2005; Garrafa y Lorenzo, 2008),
dando lugar a dudas y acusaciones acerca de que
los investigadores de los países ricos y de las naciones patrocinantes de ensayos clínicos en países pobres, abusan de la noción de vulnerabilidad
para justificar la aplicación de una doble moral en
la investigación para la salud:
“La discusión indiscriminada sobre las poblaciones vulnerables ha disparado la clase de reacciones que esconden a los susceptibles bajo la categoría de vulnerables
y olvidan prestarles especial consideración
basadas en la suposición de que la vulnerabilidad es un hecho humano que no impone
responsabilidades u obligaciones individuales más allá de la protección del estado....
....
Los defensores de la doble moral en la ética
de la investigación consideran vulnerables
a los sujetos de los países receptores, inmersos en un estado de fragilidad que puede ser deplorable pero que no requiere de
un esfuerzo externo para mejorar la atención y la protección más allá de la disponibilidad local. Si estas personas fueran consideradas susceptibles, resultaría claro que
los países patrocinantes están mostrando
indiferencia ante el daño y la negligencia,
ignorando las privaciones que éstas enfrentan y no ejerciendo las virtudes sociales de
paliar la indigencia de sus sujetos de investigación” (Kottow, 2003: 466, 467).
Estas inquietudes ilustran no sólo los escollos
potenciales de las nociones minimalistas de vulnerabilidad (London, 2005: 27-28) sino también el
poder protector inserto en una concepción de vulnerabilidad de naturaleza dual. Por ende, paradó-
97
jicamente, para que el principio de vulnerabilidad
no pierda su fuerza moral, debe ser incorporado
a la condición humana de vulnerabilidad inalterable. Sólo de esta manera será posible proclamar
la vulnerabilidad como un principio universal e impedir que se convierta en un instrumento de abuso y explotación en las manos de los relativistas
morales.
Conclusiones
En el transcurso de los últimos veinte años se le
ha atribuido al principio de vulnerabilidad un papel
e importancia cada vez mayores en las directrices
y documentos normativos nacionales e internacionales aplicables a la investigación médica, asistencia sanitaria o la bioética. La culminación en
este sentido estuvo determinada en 2005 por la
integración de este principio a la Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos. Asimismo en la bibliografía académica sobre bioética y ética de la asistencia sanitaria, el principio
de vulnerabilidad ha sido foco de gran atención
y escrutinio. Observando en perspectiva estos
debates es posible descubrir el surgimiento de
dos orientaciones aparentemente contradictorias.
Por una parte, el surgimiento de toda una gama
de concepciones restrictivas o minimalistas que
apuntan a identificar y categorizar las personas,
grupos y poblaciones como vulnerables e identificar las diferentes formas de vulnerabilidad que
deben ser superadas. Por otra parte, un enfoque
de la vulnerabilidad basado en los derechos humanos, que diferencia las formas inalterables de
vulnerabilidad que requieren la protección del estado de las formas accidentales de vulnerabilidad,
es decir susceptibilidad, que deben ser resueltas
por medio de la adopción de otras medidas de
protección. El Artículo 8 de la Declaración Universal sobre Bioética y Derechos Humanos representa el primer paso firme a nivel mundial hacia el
fomento de una concepción de vulnerabilidad de
naturaleza dual. De este modo, también ha sido
posible proclamar la vulnerabilidad como un principio universal, reconociendo al mismo tiempo la
necesidad de desarrollar un lenguaje de vulnerabilidad capaz de prescribir medidas de protección
según el contexto.
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