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Ramiro Ávila, La privación de libertad dentro y fuera de la cárcel

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Ramiro Ávila, La privación de libertad dentro y fuera de la cárcel
La privación de libertad dentro y fuera de la cárcel
Ramiro Avila Santamaría
Universidad Andina Simón Bolívar
A mi maestra, la Dra. Pilar Sacoto
Aquí, en el Sexto, la mugre está afuera.
En los palacios de los señores la mugre es de antiguo, es más por dentro.
¿Dónde está la diferencia entre esos de afuera, y éstos aquí dentro?
José María Arguedas,
El Sexto
La cárcel es un espacio donde padecen miles de personas. Por un lado, la cárcel tiene
cuatro paredes y es un espacio administrado por el Estado. Por otro lado, la cárcel es
una metáfora de la vida en libertad y en sociedad, y las paredes son mentales y
culturales (la alienación por la mercantilización de la vida, el consumismo, la
explotación, la exclusión, el dolor y la violencia). Vivir en sociedad es como estar
encerrados, y la cárcel es solo una forma más de encierro, en donde se encuentra, quizá
más concentrado, como en perfume, lo que se vive en sociedad.
Para explicar la realidad y la metáfora quisiera usar como herramienta el análisis
intertextual sobre una película y dos novelas. La película es de Luis Buñuel (1962), El
Ángel Exterminador, y las novelas son La ciudad y los perros, de Mario Vargas Llosa, y
Hot sur, de Laura Restrepo (2012). En la primera, una reunión social de alta alcurnia se
convierte en una cárcel; en La ciudad y los perros, la vida en un colegio militar, que
podría ser cualquier institución total (hospital, guardería, convento), se parece a la de
una ciudad, en este caso Lima; en Hot Sur, el American Dream se convierte en una
pesadilla tanto en la vida de una migrante en libertad como en el encierro por una falsa
acusación de un delito. El encierro, tanto físico (en la cárcel), en lo existencial (dentro
de una ciudad o un instituto) como emocional (dentro y fuera de la cárcel) y todos los
problemas que acarrea, no es fácil de experimentar y mucho menos de sentir, a menos
que se haya vivido o se tenga cierta conciencia de esa vivencia. La cárcel siempre se
mira como algo lejano y ajeno, pero está entre nosotros. El cine y la literatura nos
pueden ayudar a comprenderla y también a sentirla. Como sostiene Martha Nussbaum,
la literatura contribuye a comprender la complejidad de las vidas. Nos ayuda a entender
experiencias vitales que no hemos tenido para sentir el sufrimiento ajeno. Sin estas
posibilidades culturales, nuestra racionalidad no podría dar una respuesta adecuada a los
problemas relacionados con la justicia. “La comprensión literaria promueve hábitos
mentales que nos guían hacia la equidad social y contribuye a desmantelar los
estereotipos que sostienen el odio entre grupos” (Nussbaum, 1995: 92).1
Una película o una novela a veces pueden valer más que un informe sobre los
derechos humanos realizado en una cárcel o que un estudio sobre la pobreza o la
emigración. Los informes tienen números, comparaciones, artículos de determinadas
normas jurídicas, a veces testimonios e incluso conclusiones. No obstante, estos no
llegan al corazón e incluso, en ocasiones, contribuyen a continuar mirando el problema
como lejano y ajeno. Es imperante mirar la película y leer el libro para lograr un efecto
distinto. Espero que este ensayo motive a mirar la cárcel y el encierro como un
problema que hay que afrontar, así como a buscar en el arte salidas a instituciones
perversas que el ser humano ha creado y que provocan cotidianamente mucho dolor
innecesario.
1. El encierro en “libertad”
En el Ángel exterminador una pareja mexicana de aristócratas invita a su casa, después
de una función de ópera, a unos amigos para cenar. Hay un despliegue de lujos,
sonrisas, satisfacción y “felicidad”. Aparentemente todos los presentes están seguros de
sí mismos: de sus trajes y sus peinados, de sus gustos musicales, de sus costumbres, de
sus apetencias culinarias, de su presente, de su libertad. Todos cenan y siguen
satisfechos.
Después de la cena, entran en la sala y por una fuerza extraña e inexplicable,
nadie puede salir del recinto: una metáfora de una cárcel de oro. En el encierro, todos
experimentan la pérdida de libertad en términos absolutos: quieren ejercer toda su
libertad y no pueden. Irónicamente, quienes nunca pisarían una cárcel por un privilegio
de clase, viven lo que miles de personas sienten por haber cometido delitos. Mientras
tanto, afuera están policías, parientes y personas que están preocupadas por la gente que
1 La traducción es mía.
está dentro. La fuerza que los retiene, y que no se sabe de donde viene, añadiendo un
carácter fantástico al encierro, metaforiza el poder de vigilancia y control estatal.
En este espacio se desatan ciertos dramas internos en los personajes: una pareja
de novios no puede vivir su intimidad, una persona no tiene las medicinas básicas para
poder sobrevivir, los alimentos y el agua escasean para todos. Los presos intentan
escapar. Rompen una pared y encuentran agua. Todos se desesperan por sentir y
degustar el líquido vital. Se pelean por beber aunque algunos aún tienen la cordura para
ordenar la vida en el encierro. Sienten hambre. En una de las escenas más significativas,
el mayordomo decide comer papel pues sacia el hambre y afirma que esto no puede ser
malo ya que el papel se hace con la corteza de los árboles (48m 27s a 48m 35s).
Mientras tanto una mujer delira. A la par, otro personaje termina odiando a un hombre
porque descubre que él no sabe peinarse. En medio de estas peripecias no hay nada para
comer, ni siquiera azúcar.
Los que antes se trataban con cortesía, comienzan a despreciarse. “Piensa algo
para que podamos salir al fin de esta pesadilla” (53m 27s a 53m 30s), dice la dueña de
casa a su marido. El baño comienza a oler mal y a perturbar a la gente. Hace frío. Los
antes elegantes comensales fuman los puchos de los cigarrillos ya fumados. Los que
están enfermos dicen que preferirían morir. Varios se encuentran aburridos e irascibles.
“Esto es demasiado. Un poco de consideración” (58m 0s a 58m 4s), increpa una mujer.
“Vivimos en una pocilga, como cerdos, me dan asco todos ustedes. Os detesto”, (58m
32s a 58m 41s) dice el más joven. “Lo que desde niño he odiado más, la grosería,
violencia, la sociedad, son ahora nuestras compañeras inseparables. Es preferible la
muerte” (58m 56s a 59m 08s), afirma, Edmundo, el dueño de casa. Estamos, pues, ante
un grupo humano que ha perdido el “dulce encanto de la burguesía”. La humanidad al
desnudo.
Para prevenir el abuso sexual, deciden al momento de dormir separar a hombres
y mujeres. La violencia es inevitable en el grupo. “Hasta los mejores su vuelven
violentos” (1h 5m 57s a 1h 6m 0s), observa una de las mujeres. Los objetos de lujo se
convierten en objetos que permiten subsanar necesidades vitales. Así, destruyen
guitarras y lámparas para crear otros objetos. En este extraño escenario aparecen
corderos y osos. Matan a uno de los corderos para alimentarse.
En este espacio y ante la imposibilidad de salir unos se acogen a la oración y
hacen ritos extraños. “Son unos salvajes”, (1h 10m 34s a 1h 10m 36s), comenta un
personaje. La pareja que buscaba intimidad, Eduardo y Beatriz, decide suicidarse. De
hecho, el asesinato se vuelve una opción para dar solución a la convivencia en el
encierro. De pronto todos pelean. “Es inútil luchar por algo que es tan fácil conseguir”,
(1h 22m 38s a 1h 22m 40s), dice el anfitrión, Edmundo, refiriéndose a la muerte,
mientras toma un arma, haciendo que todos dejen de pelear. El tiempo, dice Leticia:
“horrible eternidad” (1h 23m 54s a 56s a 1h 23m 54s).
Hacia el final, todos, como en un tablero de ajedrez que se ordena para comenzar
una nueva partida, se han movido y han vuelto a sus posiciones originales. Recuerdan y
recrean los últimos momentos antes de sentir el encierro. Están devastados. “Es tarde y
deseamos retirarnos” (1h 27 m 17s a 1h 27m 17s) dicen. Y de pronto, desde fuera, se ve
una luz que se prende, la puerta se abre y salen. Huyen salvajemente. Vuelven a sonreír
pues se reinstaura el orden ideológico que encierra a ciertos cuerpos y libera a otros.
En la escena final del texto: una misa termina dentro de una gran iglesia. Nadie
puede salir de el recinto, metáfora de esa cárcel espiritual. Afuera, los policías disparan
contra la población. Son el ángel exterminador.
En el Ángel exterminador, Buñuel usa un recurso semejante a La Gran comilona
(Marco Ferreri, 1973), película en la que un grupo de amigos deciden suicidarse
comiendo, bebiendo y teniendo sexo. Hacen, en poco tiempo y en poco espacio, lo que
cada ser humano hace durante su vida y en la amplitud del espacio: comer, beber,
defecar, saciar instintos. Con Buñuel este espacio metafórico, en el que no se escoge la
convivencia, recuerda que lo mismo que se experimenta en la vida cotidiana, de hecho,
se puede experimentar en la cárcel, aunque con diferente sensibilidad y un sentido
común renovado. De este modo, esta película propone que no hace falta estar preso,
para sentir necesidades y carencias en el encierro. Un encierro que ejerce violencia, que
segrega a las personas y hace odiar al Otro. Así, la libertad se muestra como una ilusión
que se puede perder; o que se puede creer ilusoriamente que se tiene.
En la película, como en la cárcel, se concentra la experiencia humana. Se
sobrevive, se siente, se odia, afloran los institintos, se necesita a otros seres humanos, se
reprime, se ejerce poder, se ama, se quiere huir, incluso cuando todos son de la misma
clase social. En la película al final se permite al espectador desenmascarar lo que los
buenos modales y la ideología esconden. Buñuel usa la metáfora de la “cárcel invisible”
para reflejar la vida en sociedad, que sirve para entender que las dinámicas de la cárcel
obedecen a una estructura de vigilancia más que a que los cuerpos peligrosos de la
sociedad estén allí.
2. La ciudad y el colegio como lugares de encierro
La ciudad y los perros narra la historia de una escuela militar, el Colegio Militar
Leoncio Prado, y de una ciudad, Lima, que la alberga. La historia comienza con un
sorteo. El número 4 decide la suerte del estudiante Porfirio Cava. Después de que
ruedan los dados con ese número, él tiene que ir a robar un examen de química. Lo
logra pero rompe un vidrio y llama la atención de los vigilantes de turno (los
imaginarias). Para su suerte, las autoridades no logran saber quién es el culpable y
tampoco nadie se atreve a soplar al responsable. Soplar es una falta muy grave entre los
estudiantes. Por ello, se los sanciona a todos haciendo que no puedan salir los fines de
semana. En esta acción existen ya características propias de la vida en el encierro
carcelario: se vulneran derechos adquiridos de las personas más débiles, se evidencia un
doble estándar de la autoridad, se muestra la lealtad entre los miembros de un grupo, se
realizan castigos colectivos.
Ricardo Arana, llamado el Esclavo, es uno de los que sufre la consecuencia del
castigo. Él entiende que no salir significa no ver ni declarar su amor a Teresa. El
Esclavo pide a Alberto Fernández, que es poeta, que visite a Teresa y que le excuse por
no verla y por no poderla invitar al cine. Alberto, rompiendo sus prejuicios, le da el
mensaje y también la acaba invitando al cine. Se enamora. De regreso al Colegio, le
informa a Ricardo que cumplió su misión, sin contarle de su cita y mucho menos de su
enamoramiento. Se negará en adelante a escribir a Teresa cartas de amor a nombre de
Ricardo creando una compleja trama de secretos. Por otro lado, el encuentro entre
Teresa y Alberto es también el cara a cara de dos clases sociales y de dos barrios de
Lima pues Alberto es rico y Teresa es pobre. A la par Ricardo no soporta más el
confinamiento y la imposibilidad de diálogo con su pareja y para poder salir decide
informar sobre el responsable del robo del examen. Cava es expulsado. El jaguar
indignado decide vengar la separación de Cava y escarmentar al soplón, quien recibe un
disparo, pierde la conciencia y es enviado al hospital. A los pocos días muere. El
Colegio informa que la muerte se produjo por un accidente producido por la misma
víctima y lamenta los hechos. El prestigio del Colegio Militar no podía verse empañado
por un acto de violencia, que además quedaría impune por cálculo y decisiones de las
autoridades. Esto genera que Alberto denuncie al Jaguar en un Tribunal Militar. Aunque
por falta de pruebas y por miedo es chantajeado, por unos cuentos escritos por él, en el
que constan escenas pornográficas. Alberto decide retirar la denuncia a cambio de que
no se haga público ni se sancione el material. El teniente Gamboa, encargado de los
estudiantes, es sancionado y enviado a la selva. El Jaguar le confesará que
efectivamente mató al esclavo. Gamboa decide no hacer nada bajo la convicción de que
el colegio prefirió conservar su imagen y evitar el escándalo público que el hecho
provocaría.
Así se configuran varios espacios cerrados donde la ilegitimidad del poder es
evidente. Parecería que la sociedad simplemente no puede convivir con ciertos hechos y
es preferible ocultarlos o simplemente olvidarlos. Pero ¿qué hubiese pasado si es que
era alguien como Alberto quien moría? Nuevamente la noción de clase es un leit motiv
marca la diferencia respecto al encierro.
Mientras tanto, la vida en la ciudad es paralela a la vida en el colegio. Sabemos
por la novela de las malas relaciones de todos los personajes con sus padres, de las
radicales diferencias de clase, del abandono, de la infidelidad, de las constantes
discriminaciones que de algún modo se exacerban y llegan a la fatalidad con el encierro.
La ciudad como el colegio está dividida en clases sociales, en barrios, en costumbres
distintas. La ciudada como el colegio es un espacio de violencia, injusticias, jerarquías
e incumplimiento de las normas jurídicas y sociales.
Teresa, en este sentido y desde una perspectiva de género, tiene un rol particular.
Ella, la “dulcinea” de la novela, vincula a los tres personajes más importantes. El Jaguar
le hace una escena de celos y la maltrata en público. Acaba casándose con ella. El poeta
se enamora de ella, deja de sentir las presiones sociales y se siente auténtico, pero acaba
sintiendo vergüenza porque ella es impresentable en su sociedad, y deja de visitarla. El
Esclavo la tiene como un amor ideal, a la que por sus limitaciones nunca podrá
confesarle ese amor imposible. Todas las contradicciones sociales y emocionales son
encarnadas por Teresa, quien acaba siendo la típica adolescente que sueña con una vida
estable y feliz. Es este personaje el que sin estar dentro de la cárcel es quien recibe los
efectos del espacio de encierro patrarcal.
La novela termina dibujando la vida después del colegio. El poeta vuelve a su
vida de clase alta y sueña con bienestar material y una vida propia de alcurnia. Jaguar
sigue en la clase baja, cumpliendo su rol de persona condenada por la falta de recursos
que hará una vida sumido en el hampa. Es decir, como en la cárcel la rehabilitación
fracasa y se impone el castigo, un castigo que es espejo de lo social.
El sistema de control social en el lugar de encierro, como un colegio militar,
tiene a disciplinar, homogeneizar, en donde hay tanta impunidad e inmunidad basada en
la jerarquía y en sistemas de dominación. En ese universo, la libertad es restringida y la
invidualidad anulada y es posible crear empatía respecto a la cárcel como espacio de
reproducción de los males sociales.
3. El encierro por el sueño del bienestar imposible: el primer American dream
Bolivia, mujer colombiana, es la madre de dos hijas: María Paz (la protagonista) y
Violeta, que tenía una capacidad mental diferenciada (Restrepo, 2012: 175). Cuando sus
hijas eran pequeñas, decidió buscar mejor vida. “Bolivia, mi madre —cuenta María Pazse había ido para América a cumplir su sueño y a conseguir dinero, porque no le
alcanzaba para mantenernos—. Quería darnos una buena vida, y la vida buena sólo
estaba allá, para nosotras América era un allá muy lejano e inalcanzable” (77). El sueño
de las niñas y la promesa de la madre era llevarlas a Estados Unidos y darles junto a la
visa, techo, empleo, pantalones de licra, zapatos Nike, comisetas con corazones
brillantes, chocolatinas milky way, calles seguras, recolección diaria de basura,
automóvil, olor a limpio, calles radiantes, resplandecientes, casi celestiales (79-81).
Intertexto de lo que millones de personas soñaron cuando dejaron tierras sudamericanas
para ir a América.
Bolivia se fue sin papeles, como ilegal. “Lo que había empezado siendo una
separación provisional, se transformaría en un abandono definitivo” (277). “En América
un recién llegado tiene que batirse a muerte y se jode bien jodido si no echa mano de
todas sus herramientas”(190). Bolivia trabajó como mujer de limpieza en un
apartamento de una anciana en Manhattan (158), y luego, con el afán de conseguir más
dinero, en un sweatshops o “reducto de semiesclavitud”, en una fábrica de blue jeans. El
trabajo no fue fácil. Por no poder usar las máquinas industriales, ensució el primer día
con sangre la tela (163), y para no perder el trabajo, terminaría acostándose con el
administrador: “esclava laboral y esclava sexual. Ésa era su desgracia” (164). No se
permitía divertirse, “necesitaba todo el dinero extra que pudiera conseguir para traer a
sus hijas a América” (165).
Cinco años más tarde, logra conseguir la green card y, consecuentemente, la visa
para sus hijas: Violeta y María Paz. Cuando llegan, Bolivia no tenía carro, ni
departamento ni los ansidos bienes con los que soñó. La llegada a Nueva York no fue la
entrada el mundo de los sueños: “- Esto es América, mi linda —me dijo. / - No me
mienta mamá, esto no es América” (285).
Bolivia es una sobreviviente que sin embargo termina muriendo por sus hijas
debido a un apoplejía fulminante. “Si usted me pregunta de qué murió, tan joven, mi
madre, yo tengo que responderle que se reventó trabajando” (192). María Paz vive,
pues, el “sueño” de su madre e interpreta dolorosamente la “cárcel” del migrante.
El primer trabajo que consigue María Paz es en una empresa de investigación de
mercadeo, en la que hace encuestas. Entra a varias casas y va mirando las miserias que
suceden puertas adentro, como aquella mujer que tenía atadas las manos con alambres
que le tallaban la piel. “Lo que sí ves, por todos lados, es soledad. Una soledad inmensa,
sin remedio. A veces, cuando la gente te invita a entrar, sientes que te estás hundiendo
en un pozo. Es una sensación casi física, la soledad es como la humedad, la hueles, se te
pega a los huesos, y no crea que son sólo los pobres, los ricos también están solos” (63).
En este trabajo, ella joven y bonita, conoce a Greg, guardia de seguridad. Se
casan y gracias a ello consigue la green card. Tienen un pequeño departamento con
barbecue, para tener el propio american way of life. Greg se dedicaba al tráfico de
armas y el día de su cumpleaños de Greg, a la hora de la cena, sale de la casa después de
atender una llamada y es asesinado.
Hasta aquí, la vida de Bolivia y de María Paz es análoga a la escena de encierro
doméstico reproducida en el Angel exterminador. La diferencia, como habíamos
anotado, es de extensión pero no de intensidad. Lo que sucede en la sala de una casa se
refleja en una ciudad norteamericana. Ahora veamos las diferencias que se presentan
con en el encierro físico en una cárcel en esta novela.
3.1 El segundo american dream: la cárcel
Restrepo dedica gran parte del libro a la vida carcelaria. Si bien encontramos elementos
típicos de la narrativa penitenciaria, nunca está demás recordar que a veces la realidad
supera a la ficción, y que lo que afirma Restrepo se puede confirmar con numerosos
estudios criminológicos (cfr. Carranza, 2007; Ramm, 2005; Rosales y Aniyar de Castro,
2007; Gargarella, 2008; Durá, 2009; Cole, 1999; Baratta, 2006). Dicho esto, volvamos a
la historia.
La muerte del marido de María Paz, Greg, tuvo dos versiones. En la oficial, el
marido, un policía blanco, retirado, celador en la empresa de encuestas, fue asesinado
por su esposa por odio racial. Lo mataron de siete tiros en la calle y le infligieron cinco
heridas post mortem con un arma blanca, que luego encontraron en el departamento de
María Paz. Sobre el muro donde murió se encontraba un mensaje que decía “racist pig”
(120). En la segunda versión, que sólo sabremos al final de la novela, Greg fue muerto
por los socios del negocio de armas, que se habían enterado que él los iba a entregar al
FBI. Sleepy Joe, un personaje que sirve de testigo de los hechos comenta, sostiene que
“en mis propias narices los malparidos mataron a mi propio hermano” (Restrepo, 2012:
510).
María Paz, por estos hechos, es detenida, enjuiciada y condenada por asesinato y
siente el poder punitivo del estado desde el primer momento de la muerte de Greg, tal
como los jóvenes sintieron el poder militar en La ciudad y los perros. En el caso de Hot
Sur los policías allanan el departamento de la pareja. “Todo lo destruyeron. Lo que
tocaron, lo ensuciaron. Mearon el colchón y el sofá, echaron mis pertenencias en bolsas
negras de plástico que sacaron de allí como quien arrastra muertos, arrancaron el tapate,
las cortinas y los forros de los muebles, reventaron las chapas, vaciaron los cajones y
dejaron mi casa rota y abierta” (176). Después del violento allanamiento la llevan a una
cárcel, Manninpox, que:
(…) era una serie de espacios interiores inmensos y desolados, como inventados por
Piranesi, donde los seres humanos adquirían el tamaño y la condición de insectos y los
ecos de sus voces quedaban resonando para siempre porque no hallaban por dónde salir.
Y si no era eso, eran varios pisos de jaulas apretadas unas contra otras, como un
zoológico vertical, con la diferencia de que a los animales se les concedía un mínimo
necesario de espacio vital (…) Las celdas era de 42 x 15 pasos. Ves el cielo, un glorioso
rectángulo azul, y te llega el aire, tus pulmones se inflan de aire libre y puedes respirar
por fin. Un ridículo castillo de Drácula con muros de piedra reforzada, sin una ranurita
siquiera que te permita soñar con escapar. (44, 195)
En la cárcel, “la memoria es nuestro único juguete (…) miedo ante lo que enfrentamos
aquí dentro, y ansiedad ante lo que dejamos allá afuera” (50, 57). “A fin de cuentas ni
usted ni nadie estaba de nuestro lado; allá fuera el resto del mundo y aquí adentro
nosotras, solas con nuestra soledad” (55). Desde luego, si se es inmigrante y mujer,
como en este caso, las discriminaciones pueden ir en vertiginoso aumento.
Sea como sea, la experiencia del encierro trae momentos de desolación y
depresión, como cuando se siente el vacío por la falta de un ser querido o como cuando
la cárcel se hace simplemente insoportable. En la novela a este sentimiento se le llama
“la causa” o “la pálida”, que “es lo peor, te quieres morir, nada te interesa, sólo deseas
estar quieta, aislada, como encerrada dentro de ti misma, como muerta en vida. La causa
es introversión, más desanimo, más pesimismo: todo junto en un cóctel mortal” (58).
En una cárcel se pierde no solo la libertad y la autonomía, y esto es fundamental
para el análisis jurídico, sino también la dignidad. En buena parte este se debe a la
violenta convivencia que es impuesta. “Si alguna quiere joderte, es el momento
indicado, te chuza de costado y después se refunde entre la montonera” (178). “Un día
pueden forzarte a cosas feas, como ser mujer de alguien, sirvienta, esclava sexual”
(180).
José María Arguedas, basándose en su propia experiencia como preso político,
cuenta en su cuarta novela, El Sexto (1961) la historia de Gabriel, un personaje
encerrado en la cárcel Sexta, que no tenía documentos. En un momento de la novela lo
envían a una celda donde: “lo violaron tres maleantes durante toda la noche, y lo
tuvieron encerrado en la celda cuatro días. Cuando lo arrojaron estaba ya enloquecido”
(1983: 243). De vuelta a Hot sur y sin tanto dramatismo, hay cuestiones que no es
posible imaginar que puedan suceder en espacios de convivencia corporal. Por ejemplo,
cuando Mandra X derrama la leche en señal de protesta en la cárcel para que cambien
esa por leche deslactosada: “Aquí las celdas son de a dos, de a tres y hasta cuatro,
muchas reclusas tienen rechazo a la lactosa y si la toman les produce la flatulencia. ¿Se
imagina lo que es pasar la noche encerrada en un cuarto de 8x9 pies con otras tres viejas
que se pedorrean? Una cámara de gas” (179).
Esta percepción corporal, no obstante, y desde una perspectiva feminista puede
ser interesante. En una escena, la narradora cuenta que lo único que no les es privado en
ese espacio es el cuerpo, aunque este también es un espacio de vulnerabilidad:
Tu cuerpo es tu única pertenencia, no pueden impedir que hagas con él lo que quieras.
Por eso muchas lo chuzan, lo atraviesan con ganchos, lo cortan, lo rayan. Las hay que
llegan hasta la mutilación voluntaria. No puedo digerir que alguien por voluntad propia
llegue a amputarse un dedo, como pasó el otro día en un pabellón de blancas. Pero
Mandra no desaprueba. Opina que son gestos de libertad y soberanía. (…) En las
circunstancias nuestras, las orgías, los pactos de sangre y hasta el propio suicidio
pueden ser actos de resistencia. En consecuencia, había algo que nadie podía quitarles:
su propia sangre, su sudor, su mierda, sus lágrimas, su orina, su saliva, su flujo vaginal.
Aquí toda suciedad es aceptable, o más bien la suciedad es tu elemento. Todo se tolera
menos la sangre. En la sangre está la plaga, al sida le dicen así, la plaga” (185, 296).
La violencia es cotidiana e inevitable cuando hay gente hacinada (igual que en el Angel
exterminador):
Cucharas, lápices, pinzas para el pelo y otros objetos inofensivos de la vida diaria, aquí
se convierten en armas. Es que en la cárcel, donde no tienes nada, cada objeto que cae
en tus manos se te vuele religioso, haga cuenta una medalla o un escapulario, así se trate
apenas de un lápiz o un peine. Lo aprietas en la mano, te aferras a él, lo tratas como si
tuviera alma. (272)
La “libertad” después de la cárcel tampoco es fácil. “Salir de la cárcel y regresar a la
vida real es para todo preso un parto más difícil que el del nacimiento. La cárcel
infantiliza, te vuelve dependiente, todo te lo quita y a la vez todo te lo resuelve” (332).
María Paz manifiesta que se sentía “como un lázaro recien resucitado y todavía
apestando a mortecino. El encierro en la cárcel es duro, pero también es duro volver a
asomar las narices” (352). “Volver de un lugar sin retorno; regresar del inframundo y el
mundo todavía le es ajeno” (375).
La historia de Brooks Hatlen, en Rita Hayworth and The Shawshank
Redemption de Sthepen King, cuenta este proceso difícil de reinserción después de un
tiempo de inhabilitación brutal dentro de una cárcel. Brooks era bibliotecario en la
prisión. Cuando se enteró que le habían concedido, después de 50 años de encierro, su
libertad condicional, intentó matar a un compañero, argumentando que era la única
manera como podía permanecer allí. El encierro estaba institucionalizado y ser preso
era ya parte de su identidad. En libertad, no soportaba el tráfico, la soledad, el tiempo, el
insomnio, el maltrato. Al final, Brooks se ahorca y deja inscrito en la pared: “Brooks
was here” (King, 2008: 115).
María Paz tiene que buscar refugio para dormir y pedir caridad.
No crea que por aquí eso es algo de otro mundo, cuánta gente no malvive en estos
barrios sin tener dinero para los servicios, aquí usted pasa de largo y ve todo más o
menos normal, pero anímese entrar, eche un ojito detrás de las fachadas, para que vea lo
que es miseria. Mendigaba comida. Comparada con la cárcel, la comida y la vida, salía
bien librada, pero le juro que a veces hasta echaba de menos la cárcel. (354)
Después de varias peripecias (fugas, rescate de su hermana, asesinatos misteriosos,
mafias), hacia el final del libro María Paz afirma, que lo que vivió fue una pesadilla y
no un sueño, confirmando aquello propuesto que Foucault proponía, que el
encarcelamiento penal “ha cubierto a la vez la privación de libertad y la transformación
técnica de los individuos” (2005: 235).
(…) hasta aquí llegó mi American dream. Quien lo creyera, el país se les había ido
convirtiendo en un gran pastel milhojas con capas de capas escondidas bajo la
superficie; no era sino escarbar un poco para descubrir las realidades más
insospechadas. La sociedad americana, hasta ayer sólida e incuestionable, era ahora una
viga carcomida por el gorgojo. (453)
La vida, despojada de la máscara de la ideología, que nos impide ver lo que está atrás de
las apariencias, es como una discoteca: todo depende del momento y con la conciencia
con la que se mire. Como cuenta uno de los personajes de la novela de Restrepo:
No podía creer lo que estaba viendo. A la luz del día, todo el hechizo de la noche
anterior se había hecho trizas, haga de cuenta el mundo de Cenicienta cuando suenan las
doce campanas. El tal Le Palace era apenas unos galpones vacíos de lo más
desangelados, la verdad un sitio medio tétrico, todo silencioso y destartalado, con los
muebles cubiertos de polvo, paredes mal pintadas de negro, las cortinas desgarradas, un
tufo asfixiante a colilla y basura por todos los rincones. A la luz del día, a eso quedaba
reducido mi paraíso nocturno”. (373)
La mirada de la discoteca a la luz del día, símbolo de la sociedad estadounidense puesta
al descubierto, ofrece un panorama distinto de un mismo lugar. Mirada de desconcierto
parecida a la que Cleve Rose, el personaje que ayuda a María Paz dentro de la historia,
tiene de las varias cárceles presentadas en el texto literario. Mirada que es exactamente
la que yo sentía cuando dejaba la cárcel en mis prácticas universitarias y que regresa
cuando leo libros como los de Restrepo.
Desde que conozco la cárcel por dentro, desde que la frecuento todas las semanas, no
puedo dejar de pensar en ese mundo de encierro que coexiste como una sombra con el
nuestro, el de las puertas abiertas y el aire libre, donde habitamos sin darnos cuenta
siquiera de lo que significa. Todo parece tan dolorosamente arbitrario. (2012: 301)
4. Reflexiones finales
La cárcel como un hecho real y la vida como una cárcel tienen muchas cosas en común:
falta de libertad, coerción, dolor, pero con consecuencias distintas. En la primera cárcel,
la ingeniada desde el derecho penal, el encierro en gran cantidad de casos produce un
innecesario dolor (salvo que creamos que la finalidad de la pena es la venganza y la
retribución, que ningún sistema jurídico reconoce formalmente). Dicho dolor suele
producir más daño social que el propio delito. Ante esto, dos medidas podrían tomarse
para repensar la realidad de la prisión: una radical, que consistiría en abolir las penas de
privación de libertad (Cfr. Mathiesen, 2003); o, una aceptable social y jurídicamente, al
menos desde la mirada del derecho constitucional y del garantismo penal (Cfr. Avila,
2013; Ferrajoli, 2005), que propondría utilizar la privación de libertad como una
excepción y para casos realmente necesarios, que es lo que postula el derecho penal
mínimo.
En el caso de la vida como una cárcel, donde no hay realmente libertad en un
sistema social capitalista que explota y degrada, en el que opera una constante aliención
(acaso sustentada por el modelo burgués, por la fuerza militar del estado, por el
american dream), en el que hay una persecusión de la soledad a la persona y en el que
los seres humanos deben buscar múltiples formas huida (drogas, alcohol, turismo
irracional, suicidio), la alternativa es cambiar el sistema de vida y la organización social.
Pero esa es otra discusión.
Lo cierto es que la cárcel, esa de cuatro paredes bien vigiladas, es un símbolo de
la modernidad, al mismo tiempo que es una cruda y dura realidad para quienes la viven.
Aunque es también un intertexto que nos permite reflexionar sobre nuestras propias
vidas. De ambas cárceles tenemos que salir. En ambas, la libertad no deja de ser un
sueño y un derecho a ser realizado.
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