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ABUELO, ¿ME CUENTAS UN CUENTO?

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ABUELO, ¿ME CUENTAS UN CUENTO?
Índice
Abuelo,
¿me escribes un cuento?
3
Presentación
10
La Luna
4
14
18
22
Memorias de San Lobito
Cuento de Navidad
Con el Chacachá del Tren
La Zorra y el Gallo
2 A b u e l o , ¿me escribes un cuento?
L
Presentación
Los cuentos subsisten gracias a la gente que los lee y sobre
todo, a la que los cuentan con ilusión e imaginación. Necesitan
también que se les dedique tiempo para poder crear a su alrededor una atmósfera mágica, lejos del ruido y las distracciones.
En un mundo en el que predominan el ritmo frenético, las prisas y lo
urgente, aquellos que disfrutan del tiempo libre y que pueden pararse a
reflexionar sobre lo que ocurre son unos afortunados. Los mayores lo
somos. En la actualidad, nos dedicamos por completo a nuestros nietos
y no son pocos los progenitores que dejan en nuestras manos la crianza
de sus hijos. Es en esos momentos cuando los mayores transmitimos la
tradición de escribir y contar cuentos a los más pequeños.
Muestra de ello son
estas seis narraciones del
I Concurso de Escritura de
Cuentos para personas
mayores, organizado por
C O N F E P E S y la revista E N
A C T I V O.
Invitamos a leerlos con
atención y a compartirlos,
con ilusión, con los niños
de la familia.
CONFEPES
A b u e l o , ¿me escribes un cuento?
3
Y
Memorias de
San Lobito
Por Ángel Muñoz “el hombre de Navalcau”
o siempre fui un lobo ilustrado. Vamos, todo lo que bien puede llamarse un lobo fino. Y no es que mi padre fuera un lobo rico, pero
yo de joven presumía como si lo fuera. También a los lobos
jóvenes nos gustaba ser un poquito presuntuosos, darnos cierta importancia y lanzarnos algún que otro farolito: vamos, lo mismo que en
cualquier otra “clase de animales”, sean estos racionales o no. No lo pasé
mal durante mi juventud, pero no todos los caminos por los que tuve la
suerte de andar fueron senderos de rosa, porque, si bien asistí a la escuela
lobuna de la alta sociedad durante el día, de noche teníamos que cazar
para comer, y teníamos que andar despiertos porque en cualquier sitio
podía esperarnos la muerte. Y así, alternando la buena vida con las dificultades fue como aprendí a ser un prudente y práctico lobo.
Nuestra vida no es muy larga. Y nuestros antecesores siempre nos
recomendaban que los, aproximadamente, doce años de vida que tenemos los aprovecháramos bien. Yo, que ya tengo once años y medio, y
puede que ya no me queden muchas noches de contar estrellas; te contaré a grandes rasgos, cómo fue parte de mi vida. No te puedo contar
todo, porque algunas de las cosas que hice no me siento muy orgulloso,
y esas por descontado que me las pienso callar. Vamos, más o menos
igual que en el mundo de los humanos.
Empezaré por mi nacimiento, que la verdad es que yo creo que nací en
4 A b u e l o , ¿me escribes un cuento?
un lugar que tiene unos paisajes extraordinarios. Claro que yo estaba
seguro de merecerlo: “Un lobo como yo, no es un lobo cualquiera”, por lo
menos eso he pensado yo toda la vida. Mi familia había escogido bien el
lugar para instalar su madriguera. La fundó un antepasado mío que parece
ser que estuvo unos años haciendo las “Américas” y cuando regresó fue
conocido como el Indiano. Eligió un lugar en la orilla derecha del río Tiétar,
en el llamadado Cerro de los Lobos, cuya cima está coronada de unas
enormes piedras, y debajo de estos peñascos, mi admirado y trabajador
pariente se afiló bien las uñas y se puso a excavar con tanto ahínco, que
llenó toda la parte más alta de la montaña con un gigantesco laberinto de
galerías subterráneas muy bien protegidas y disimuladas todas ellas.
Antes de que mi familia llegara a esta zona, todo esto se llamaba el
Cerro del Muerto, por aquella historia que contaban los lugareños de los
pueblos cercanos que, según decían, allá por el año 1800 un pastor cayó
muerto por un rayo y los parientes lo enterraron bajo un montón de
piedras, muy cerca de las puertas de nuestra lobera. Nuestros antecesores que, al parecer siempre fueron muy piadosos, colocaron dos troA b u e l o , ¿me escribes un cuento? 5
zos de madera en forma de cruz sobre las piedras de la tumba, y los mayores de nuestra familia siempre nos enseñaron a los pequeños lobeznos
a santiguarnos cada vez que pasábamos por aquel sendero.
Cuando nuestro antecesor se construyó allí la madriguera que,
estratégicamente, está muy bien hecha y nos servía de refugio seguro
cuando los habitantes de los pueblos cercanos nos asediaban con sus
batidas de perros y armas de fuego. Según ellos, decían que estaban
cansados de que nuestra familia lobuna se alimentara a costa de sus animales. ¡Qué ignorantes! No imaginaban lo pesado que es tener que comer
carne de oveja para desayunar, comer y cenar todos los días.
En fin, como quiera que sea ya me estoy alargando demasiado.
Vayamos a mis primeros recuerdos que puede que sea lo más interesante:
cuando tenía unos tres meses, mi madrina la loba Parda, que era muy
buena cristiana, me llevó hasta el río para bautizarme. Me metió la cabeza
bajo el agua y me puso por nombre San Lobito, diminutivo de San Lobón,
que era el Santo del día además de ser el patrón de todos los lobos. Cierto
es que para mí, el nombre de San Lobito me dio suerte. Eso sí, cuando fui
mayor me quedé solo en “lobito”, y con minúscula, porque para que a
alguien le pongan el San delante, hay que tener dinero. Vamos, que en el
mundo de los lobos también existen las categorías.
Yo siempre tuve mucho aprecio y respeto a mi madrina, la loba Parda,
que fue muy buena toda su vida. Recuerdo aquella noche de invierno fría
y lluviosa que, estando con ella de caza,
nos encontramos una niña perdida en
el monte, puede que de unos tres
años de edad. Yo me relamía los
bigotes pensando en el festín
que me esperaba, después de
varios días sin tener ni un trozo
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de oveja que comer. Mi madrina me dijo que de comerme a la niña, nada
de nada, “¡Ya comerás otro día!”. Para que la niña no se asustara ella se
disfrazó de virgen María, se llevó a la niña hasta nuestra madriguera, para
lo cual hubo de echar fuera a todos los parientes que, como yo, la querían
clavar el diente. Y pasadas unas horas, cuando fue de día, la dejó cerca de
la cabaña de unos pastores y así la niña siempre tuvo una bonita historia
que contar, aunque la verdadera realidad nunca se llegó a conocer.
De mis padres casi nada les puedo contar. Yo era muy pequeño cuando
un tipo, llamado el Lobero, les atizó dos tiros a cada uno, y, según me
comentaron, los pasearon muertos a lomos de burro durante varios días
por los pueblos cercanos, donde aquel tipo que los mató reclamaba su recompensa entre los ganaderos de la región. Aquel individuo mal encarado
fue una maldición para nuestra familia, además de mis padres, se cargó a
varios parientes de los cuales ya no recuerdo su nombre. Yo creo que a
los lobos viejos también nos afecta algo la enfermedad de Alzheimer.
De todas formas, algunas cosas conservo como lejano recuerdo. Una de
aquellas tardes en la que toda la familia habíamos comido muy bien y
bebido mucho vino, ya que uno de mis primos apodado el Caco había conseguido robar un barril de buen tinto en la choza de un pastor y así fue
cómo, animados por la bebida, formamos consejo familiar y, entre todos,
decidimos cargarnos a aquel tipo que se ganó el apodo de el Lobero a
costa de ir matando de cuando en cuando a alguno de nuestros parientes.
Qué ilusos nosotros los lobos jóvenes, nos creíamos seguros de matar al
Lobero, pero se trataba de un tipo feo, duro y astuto, y nos montó una
encerrona, que por muy poco no quedamos alguno vivo.
En total, nos juntamos quince lobatos jóvenes y tres mayores.
Esperamos al tipo que montado en su burro se dirigía a nuestro cerro
para colocarnos sus trampas; le salimos al paso aullando como verdaderos diablos, pero el topo se cargó a los tres parientes mayores en
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un abrir y cerrar de ojos, los dejó tiesos de otros tantos disparos.
Acabados los tiros, el hombre se bajó del burro y salió corriendo, y
nosotros detrás de él. ¡Cómo corría el tío! Era todo un campeón, tres
leguas fue delante de nosotros a todo correr y debía tener mucho miedo
porque notamos un cierto olor desagradable mientras el Lobero se
manchaba el pantalón de color marrón y empezamos a notar que
pisábamos algo blando y resbaladizo.
Dos de mis primos jóvenes se desnucaron al resbalar; los que
quedábamos útiles seguíamos corriendo cada vez con más ganas de
acabar con aquel tio que era la pesadilla de toda nuestra familia lobuna. El
individuo se metió entre dos paredes de piedra que se estrechaban más y
más. Al final quedamos mi prima la lobata Pardina y yo, que de pronto nos
dimos cuenta de que estábamos cayendo en una trampa especial para
cazar una manada de lobos. Los dos retrocedimos a tiempo y muy cansados, dolidos y jadeantes, nos refugiamos en nuestra lobera.
Allí estuvimos unos días sin atrevernos a salir al exterior hasta que el
hambre nos obligó a cazar de nuevo. Unos meses más tarde me casé con
la Pardina y pudimos reconstruir la manada. Y pasados ya varios años es
bastante numerosa. Gracias a aquella hazaña de todos nosotros y al sacrificio de casi toda mi familia, el Lobero cogió tanto miedo que nunca
jamás volvió a aparecer por el cerro de nuestra guarida, ni a causarnos
preocupaciones con sus trampas.
En el día de hoy somos un clan bastante numeroso y yo creo que
algunos de mis descendientes están deseando que finalice mis días para
convertirse en el jefe de la manada. Yo, mientras tanto, me mantego un
poco apartado de las hermosas correrías de la caza y como ya tengo
poco apetito y ando mal con la dentadura y el vino me produce ardores
de estómago, me limito a comerme algún conejillo tierno que, de cuando
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en cuando, me regalan mis nietos y con ello voy pasando.
Por las noches me siento sobre mis patas traseras delante de nuestra
guarida, recordando mis aventuras, lanzo unos aullidos sonoros a la luz de
la luna en honor de todos los lobos muertos, y recito con fervor la oración
“de salud hambre a San Lobón, gran rey de todos los lobos”. Mientras
espero reunirme alguna vez con aquel Lobero en el cielo. Yo creo que el
Dios de toda la creación, que es muy bueno y justo, ¡estoy seguro de que
a él también le perdonará!
fin
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La Luna
Por Manuel Olloqui “Alan”
U
na noche de verano, en la puerta de una casa de un pueblo se
encontraban sentados el abuelo, su nieto y un vecino que se les
había unido. Los dos ancianos fumaban su cigarro. El cielo lucía
su azul más hermoso. En la bóveda la luna majestuosa sonreía feliz
acompañándola las estrellas.
El nieto miró el cigarro que tenían en sus labios pegados y que fumaban sin utilizar sus dedos. Observó que se consumía por el humo que
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salía por la comisura, obligando a mantener un ojo cerrado para evitar
las lágrimas. El vuelo de un murciélago atrajo su atención y al seguirlo
vio a la luna que le sonreía.
–Abuelo, ¿por qué en la capital no veo la luna? –dijo.
–Allí sólo hay muros.
–¡Qué filósofo te has vuelto! –exclamó el vecino.
–Es que mi abuelo es muy listo. Me cuenta muchos cuentos –contestó
orgulloso el nieto.
El abuelo le sonríe sintiéndose satisfecho mientras deja escapar una
bocanada de humo que cubre su cara como si por delante de ella estuviera un día de niebla que, poco a poco, va desapareciendo.
–¿Sabes por qué la luna a veces está grande, otras oscura o a medias
a derecha o izquierda? –dijo el abuelo deseando despertar la curiosidad
en su nieto.
–Se llama llena, nueva, creciente y menguante –respondió el vecino.
–¿Es un cuento? –preguntó con ansiedad el nieto.
–Sí –contestó el abuelo que le sonrió.
–Cuéntamelo –había deseos.
–Bueno, ¿has ido al mar?
–Sí –dijo con alegría. Extrañado continuó– ¿No te acuerdas que fuimos
un verano? Me compraste un helado y no te bañaste, aunque presumías
de saber nadar.
–¿Tú? ¿Nadar? –dijo el vecino sonriendo.
–Bueno, dejemos eso –miró al nieto e ignoró la mirada pícara del vecino– ¿No te fijaste en lo que pasa?
–Sé que tiene mucho agua –respondió el nieto con su inocencia.
–Pero, ¿no te fijaste que por la mañana y por la tarde el agua sube o
baja?
–No –dijo pensativo.
–Pues sí –había una sonrisa maliciosa en el abuelo.
A b u e l o , ¿me escribes un cuento? 1 1
El niño le miró pensativo; hay algo que no le cuadra. Como no puede
quedarse con dudas le consultó.
–¿Eso qué tiene que ver con la luna? –preguntó el nieto.
–Pues que ella es quien lo hace.
La respuesta de su abuelo le desconcertó y se manifestó en su rostro.
–Pero…
–Cuando a la luna le falta parte es porque la ha dejado en la tierra y
por eso sube el agua del mar…
–¿No es que cuando hay llena la marea es alta y cuando son los cuartos baja? –dijo el vecino.
–Tú no te metas –el abuelo le hizo un guiño pícaro.
–Sigue abuelo y acláramelo.
–Pues te diré pequeño que la luna, ahí donde la ves, es una ladrona.
–No, abuelo, no es así –se precipitó a decir al no estar de acuerdo. Le
habían dicho que la luna era buena, pero sonreía por la noche.
–Sí, muchacho. La luna cuando quiere tira parte de ella para quedarse
tan pequeña que casi no la ves y otras quiere ser grande…
–Se dice nueva –añadió el vecino.
–Entonces toma del fondo del
mar tierra para
llenarse.
–¡Ya decía yo!
Por eso cuando
veo en la televisión los reportajes de naturaleza
en el mar hay
agujeros…
1 2 A b u e l o , ¿me escribes un cuento?
–Se llaman simas –aclaró el vecino.
–Así es –dijo el abuelo. Miró pícaramente al vecino siendo cómplices.
El pequeño estaba contento de su abuelo: sabía mucho. ¡Claro: era
por los años que tenía!
–¿Cómo se lleva la tierra o cómo la tira? –preguntó de sopetón el
nieto mirando con seriedad.
–Pues…
–¡Eso! ¿Cómo lo hace? –dijo el vecino sonriendo pícaramente, deseando ver cómo salía de aquella situación.
Los años dan experiencia, acumulan conocimientos. Después de largos
segundo le llegó la luz.
–Has escuchado hablar de los meteoritos, maremotos, tornados…
–Sí, una vez lo ví en la televisión. ¡Claro! Se las lleva en el viento hasta
ella y cuando la tira es por los meteoritos –aseguró con firmeza, con una
amplia sonrisa de satisfacción.
–Así lo hace–. Respiró profundamente mientras miraba al vecino y
éste le comprendió. Había salido del apuro. Le dio un ataque de tos que
salió de su interior.
–Abuelo, tienes que dejar el tabaco –le miró preocupado.
–Ya lo sé, pero a mi edad es el único capricho que tengo. –Se encogió
de hombros.
–Es malo. Lo tienes que dejar.
–Bueno… –sonrió.
Abuelo y nieto se miran, sonríen y la luna en las alturas les sonrió
picarona.
fin
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Cuento de Navidad
C
Por Elvira de la Osa “Xouviña”
arlota, Luis y Berta estaban alborotados. Eran las fiestas de
Navidad y mamá les había dicho que vendrían los abuelos a
pasar con ellos unos días. ¿Los abuelos? Apenas les recordaban.
Carlota un poquito porque era la mayor, pero Luis y Berta vagamente. Los
abuelos eran los padres de su papá, los de su mamá hace mucho que se
fueron los dos a jugar con las estrellas. Lo decía mamá. A Luis le daba
cosa que subieran tan alto y le decía a Carlota: “¿Cómo han subido?”.
Carlota se reía y respondía: “Mamá lo sabe”.
–Oye Carlota, y ¿cómo es el abuelo?.
– Pues como todos los abuelos…
– Pero –dice Berta– ¿por qué no vienen a casa?
– Pues no sé… Mamá dice que son muy raros.
– ¿Qué es ser raro? –pregunta Luis con los ojos muy abiertos.
– Pues no sé… Mira, déjalo ya y vamos a sacar las figuritas para poner
el Belén.
– No, no –dice Berta–, yo quiero que vengan los abuelos para ver qué
es lo raro.
Carlota se enfada, apoya sus naricillas en el cristal de la ventana y contempla la nieve. “¡Cómo nieva! ¡Qué frío! No hay pajaritos en los árboles.
¿Dónde se esconden?”.
Luis y Berta se sientan en el suelo. Berta saca de la caja una oveja, un
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pastor, un molino, el papel de plata para hacer el río. Está contento, Luis
observa a su hermana muy callado.
–Ven –le dice Berta–, mira qué bonita es esta casita: tiene ventanas y
una gallina–. Luis no responde.
Berta le toca y le dice:
–¿Estás enfadado con Carlota porque dice que los abuelos son raros?
–No. No estoy enfadado, pero quiero que mañana cuando vengan esté
todo muy bonito con las luces encendidas y calentitos. Así lo raro si es
malo no lo veremos.
–Es verdad –dice Berta y le da un beso a Luis–. Tendremos el nacimiento colocado. ¿Les gustará a los abuelos?
Los tres niños están nerviosos. Para ellos la Navidad es alegría y fiesta.
A b u e l o , ¿me escribes un cuento? 1 5
Con sus papás cantan villancicos y comparten el
turrón y los pasteles con otros vecinos y
amiguitos al final de la cena. ¡Qué bien,
Navidad! Pero este año es distinto: ¡¡llegan los abuelos!!
–Carlota, Carlota: ¿dónde van a
dormir los abuelos?
–No lo sé. A lo mejor en el sofá del
comedor.
–¿Los dos? –pregunta Luis.
–No, no caben. Se caerán –dice Berta.
–Mirad, cuando llegue ya lo dirá mamá. ¡Sois unos
pesados! –dice Carlota.
–Bueno mejor. ¿Pero sabes una cosa? Luis y
yo dormimos e el salón del comedor, el abuelo
en la cama de Luis y la abuela en la mía –dice
Berta. Luis la besa.
–Eso, eso. Ellos en las camas. ¡Qué Navidad
tan bonita!
Al día siguiente el timbre de la puerta suena
muy fuerte. Los pequeños corren para abrir. Papá y
mamá también. Son los abuelos, ¡qué guapos! El abuelo lleva gorra y ella
tiene el pelo de algodón. ¿Dónde está lo raro? Los abuelos lloran. ¡Cuánto
tiempo sin verlos!
Los pequeños caen sobre ellos como una tromba besándoles y cogiendo sus manos. Entran todos al salón. Todo está precioso. Luis mira al
abuelo, después a la abuela.
–¿Raros? ¡Son guays! Es lo mejor de la Navidad. Carlota, Berta, venid.
1 6 A b u e l o , ¿me escribes un cuento?
Las niñas cogen las panderetas y Luis canta: “Han
venido los abuelos, han llegado en Navidad,
dormirán en nuestras camas y con nosotros
vivirán”.
En la calle sigue nevando, hace frío, pero
en casa de Carlota, Luis y Berta, el amor
llena la Navidad. Los papás deciden que los
abuelos no vuelvan al pueblo. ¡Se quedan con
ellos! Luis se acerca al Portal de Belén, toma en
sus manos al Niño Jesús y le dice bajito: “Gracias
porque me has escuchado. Yo también soy raro y necesitaré que me
quieran”.
Los ángeles alaban a Dios y en una humilde casa tres niños hacen brotar el milagro del amor y la acogida.
fin
A b u e l o , ¿me escribes un cuento? 1 7
T
Con el Chacachá
del Tren
Por Felisa Valtueña “la Cuentera”
ranscurría el año 1951, era en el mes de junio. Yo viajaba desde
Morón de Almazán a Soria para examinarme del segundo curso
del Bachillerato. Estudiaba por libre, como se llamaba entonces, y
eso consistía en aprender los cuestionarios en casa y examinarse de
todo el curso en un par de días. Nosotros éramos ocho hermanos y no
podíamos ir al colegio, por lo que yo –que era la más pequeña– estudiaba con mi hermana, bueno ella estudiaba más por mí que yo.
Esa vez iba yo sola en el tren, pues mi hermana tenía que seguir en
la escuela dando clase. Al subir al convoy me senté en un departamento
con otras cinco personas, una de ellas era un señora muy bien arreglada
y enjoyada. Yo observé que llevaba un pendiente desabrochado y le dije:
–Señora, se le va a caer el pendiente.
–Muchas gracias niña. Te lo agradezco porque no sólo es el valor que
tiene, que es mucho, sino el sentimental, pues es muy antiguo.
Perteneció a mi abuela materna, de ella pasó a mi madre y lo conservo
como el objeto más preciado de todos los que tengo.
Charlábamos y recuerdo que me preguntó si habría más sorianos o
pinos. Yo le dije que lo mejor sería atar un soriano a cada pino y de ese
modo no habría confusión. Le hizo mucha gracia. Tenía tantas ganas de
ver cosas, que me marché a dar un vuelta por los pasillos del tren.
1 8 A b u e l o , ¿me escribes un cuento?
Sentía curiosidad por todo, pues yo sólo salí de mi pueblo a los
exámenes en el mes de junio y a veces en septiembre, si me quedaba
alguna asignatura (que va a ser que sí).
Miraba por todos los departamentos, me llamaban la atención las
maletas y las personas, pensaba que me iba a encontrar con alguien
conocido, pero ¡qué va!
De vuelta al asiento veo a la señora muy alterada diciendo:
–Llame al revisor para que de cuenta a los guardias. Ha sido la niña.
¡Sí! ¡Tú has sido!
-¿Yo he sido qué?
–La que me ha robado el pendiente.
–Señora –le dije con voz entrecortada– yo no he sido.
–Sí. Bien te fijaste en él cuando entraste. Y además, sospecho que no
viajas sola. Has ido a entregárselo a tu cómplice.
–Señora, yo…
–No digas nada, ladrona. Ya se ocuparán los guardias de sacarte la verdad.
¡Qué desazón! ¡Qué nervios! ¡Qué espanto! Del susto que tenía no me
salían ni las lágrimas. Ya, en Soria, estaban los guardias esperándome, ¡a
mí! Sí ¡A mí! Jamás volvería a mi casa. ¿Qué pensaría mi familia? ¡Qué
A b u e l o , ¿me escribes un cuento? 1 9
disgusto el de mi madre! Y los de mi pueblo, ¿qué dirían?
Uno de los guardas al verme tan sofocada dijo:
–No parece que esta niña haya robado su pendiente.
–Ya estamos con favoritismos. Sepa usted que soy una persona muy
influyente y con gran prestigio y exijo que se la lleve a la comisaría para
interrogarla.
–De acuerdo señora…
Al bajar del tren me esperaba mi prima, pues era la que se encargaba
de mí mientras duraran los exámenes. Asombrada al verme con dos
guardias, preguntó:
–¿Qué ha pasado? ¿Se encuentra mal?
–Está acusada de robo –contestó uno de los agentes- y la llevamos a
comisaría. Acompáñenos.
Uno de los guardias cogió mi paquetito donde llevaba algo de ropa y
comida del pueblo. El otro guardia acompañó a la señora y a su ayudante que tenía cara de pocos amigos. Cuando el señor de cara agria
fue a coger la maleta, vio que debajo del asa estaba el pendiente de
2 0 A b u e l o , ¿me escribes un cuento?
brillantes y esmeraldas. En ese momento parecía que las esmeraldas me
miraban tratando de consolarme: “Tranquila, ya pasó. Respira hondo,
todo está arreglado”.
Jesús, ¡qué alegría! La luz se hizo, el cielo se abrió, cesó el huracán y
todo respiraba calma. La señora roja, nerviosa, intranquila y muy asustada me pidió perdón repetidas veces. Me besó, sí, me besó y ví el
arrepentimiento en su rostro.
–¿Cómo podré recompensar este rato tan malo que te he hecho
pasar?
–¡Otra vez piense antes de juzgar! –le respondió el agente.
–De nuevo pido perdón; pero nada será suficiente para resarcir ese
daño.
–Quiero entregarte un dinero para que puedas costear tus estudios.
–La señora sacó 50.000 pesetas.
Se imaginan lo que eran 50.000 pesetas entonces? Yo le dije que no,
que me conformaba con que se hubiera aclarado todo. Ella me insistió
para que las aceptara aunque ya sabía que no era suficiente.
–Cógelo –dijo uno de los guardias.
–Bien te lo has ganado –añadió el otro agente.
El público que se arremolinó para curiosear decía:
–Cógelo que a ella le sobra.
Y ante tanta insistencia y el consejo de mi prima para que lo aceptara. Ya lo iba a coger, alargué la mano y … entonces… entonces… ¡Me
desperté!
fin
A b u e l o , ¿me escribes un cuento? 2 1
La zorra y el gallo
É
P o r E u s t i q u i a C o r d e r o “ l a C o n t a d o r a d e s u e ñ o s”
rase una vez un pueblo muy pequeño, donde las abuelitas se
sentaban al sol en el Cerrocepillo, un lugar donde
se estaba muy, muy bien y tranquilo.
Cuando de pronto aparece un gallo muy sofocado corriendo, corriendo, corriendooooo.
Dice la abuelita:
–¿Qué te ha pasado gallo que
vienes sofocado?
–¡UUF! ¡UFFF! ¡Abuelita!
¡Me persigue una zorra!
¡UUUF! ¡UUUUF! No
puedo más uuuuuuuffff.
–Pues, ¿qué te ha
pasado con la zorra gallito?
–Pues… uuuuuffff la muy tuna me
ha querido engañar. Estaba yo
en la era dándome un paseíto y me
dice la zorra: “Oye gallo, ¿no ves los granos
de trigo que hay en el suelo? ¡Pero mira qué
apetitosos están!” “Sí, sí que los veo”, contesté yo. “¿Por qué no te los
comes?” Yo agaché la cabeza para comerlos y… ¡ZAS! Se tira a mi
cuello y por poco si me lo arranca. ¡QUÉ SUSTO me llevé! Y por eso
corro, la muy ladina lo que quería era comerme.
2 2 A b u e l o , ¿me escribes un cuento?
Dice la abuelita:
–¿Quieres que le demos un escarmiento a la zorra?
–Sí, sí –dijo el gallo.
–Pues métete debajo de mis sayas y escucha, pero no salgas oigas lo
que oigas.
Al poco rato se ve a la zorra que viene a todo correr la calle abajo. Le
dice la abuelita:
–¿Dónde vas zorrita con tanta prisa y tan sofocada? –El gallo estaba
temblando debajo de las sayas de la abuelita.
–No me entretengas abuelita, que llevo mucha prisa, pues voy buscando a un gallo que me debe la vida y ¡no me ha dado ni las gracias!
¡Usted cree que eso está bien! –Piensa la abuela “será ladina esta zorra.
¡Qué bien miente!”.
–Oye zorrita, pues hace un rato he visto pasar a un gallo corriendo a
todo correr hacia el río, por la calle del medio. Si te das prisa seguro que
lo alcanzas.
–Pues no me entretengo más –dijo la zorra.
–Pero corre, corre muy deprisa que si no, no lo alcanzarás. Corre hacia
el río.
La zorra salió a todo correr y ni miraba para atrás.
–JA, JA, JA. ¿Ves gallito cómo hemos engañado a la zorra?
–¡Gracias, gracias abuelita! ¡Me has salvado la vida! –respondió el gallo.
–Gallito, mira siempre con quién andas, pues no todas las compañías
son buenas, aprende a elegir a tus amigos.
Y de la zorra nunca más se supo. Todavía debe andar buscando al gallito.
Y COLORÍN COLORADO ESTE CUENTO SE HA ACABADO. Y COLORÍN
COLORETE POR LA CHIMENEA SALE UN COHETE.
fin
A b u e l o , ¿me escribes un cuento? 2 3
Más vale maña
que fuerza
E
P o r M a n u e l M a c i a s “ E l a b u e l o c u e n t i s t a”
n una noche tormentosa se encontraba una mula en su cuadra y
en el exterior un león. Éste quiso entrar en la cuadra, pero al ver
las chispas de fuego que la mula provocaba con las herraduras en
las piedras del suelo, el miedo le hizo desistir y tuvo que dormir en la
calle bajo la lluvia.
Al día siguiente recrimina el león a la mula, diciéndola: “Tú me has
hecho pasar una noche mala
sabiendo que yo soy el rey de
los animales”. A ello replicó la
mula: “Demuéstramelo”, para lo
cual acordaron ir de caza.
La mula se tumbó en el suelo y
abrió los labios del culo, ocasionando que dos cigüeñas curiosas
picaran esa zona y quedaran
atrapadas, una vez cerrados los
labios.
El león después de un
fatigoso largo día cazó solamente una serpiente. Al
cotejar la caza de ambos, se
2 4 A b u e l o , ¿me escribes un cuento?
dio por ganadora la mula. El león exigió una nueva prueba, que se refería
a la pesca.
El león con un enorme esfuerzo pescó un pez, mientras que la mula,
que llevaba una sera en el lomo, se lanzó a pescar en un lago, llenando
la sera de pesca.
Los dos contendientes mostraron los motines alcanzados: mientras el
león, enseñando el pez, se reía de la mula, creyendo que ésta no había
pescado nada. Pero… ¡Oh! Sorpresa: la mula se sacudió y arrojó infinidad
de peces que estaban dentro de la sera.
Con esto se demuestra, una vez más, que: más vale maña que fuerza.
fin
A b u e l o , ¿me escribes un cuento? 2 5
Fly UP