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Tú ya lo sabías - Serlib Internet
pa rt e i
Antes de
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Lo sabes perfectamente
Normalmente la gente lloraba en la primera visita, y esta chica no
parecía ser una excepción. Entró contoneándose y le estrechó la
mano a Grace con aplomo; llevaba un portafolio en la mano, sin
duda para tener un aspecto más profesional. Se sentó en el sofá y
cruzó las largas piernas enfundadas en pantalones de sarga. De golpe pareció caer en la cuenta de que estaba en la consulta de una
psicóloga. Se llamaba, tal como Grace se había molestado en comprobar, Rebecca Wynne.
—Oh, vaya —dijo—. No estaba en la consulta de una psicóloga
desde el instituto.
Grace se sentó en su silla y cruzó las piernas, mucho más cortas
que las de la chica. Para conversar con la paciente tenía que inclinarse un poco hacia delante.
—¡Es tan raro! Acabo de entrar y ya tengo ganas de berrear.
—Tengo muchos pañuelos de papel —comentó Grace sonriendo.
¿Cuántas veces había estado sentada en esta silla con las piernas
cruzadas mientras oía llorar a sus pacientes? El llanto aquí era tan
habitual que a veces se imaginaba que su consulta estaba bajo el
agua. Como en una de las historias mágicas de Betty MacDonald
que le gustaban de niña en las que la protagonista, una llorona, no
dejó de llorar hasta que el agua le llegaba a la barbilla. Otras veces
la consulta se inundaba de ira, ya fuera una ira chillona o silenciosa,
venenosa. Entonces Grace se imaginaba que las paredes (pintadas
de un inofensivo blanco roto) se oscurecían de rabia. Y cuando se
llegaba a un acuerdo o a un momento feliz, Grace creía percibir un
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dulce olor a pino, como el que se respiraba a finales del verano en
la casa junto al lago.
—No es más que una salita —afirmó en tono animoso—. Y
bastante aburrida.
—Cierto.
Rebecca miró alrededor, como para asegurarse de que así era.
La sala de consulta de Grace estaba cuidadosamente diseñada
para ser varias cosas a un tiempo: debía ser confortable pero no
particularmente acogedora, cálida sin resultar invasiva, decorada
con objetos familiares para la mayoría de los pacientes. Los abedules de Eliot Porter que había junto a la puerta, por ejemplo; seguro
que todo el mundo había vivido en algún momento con uno de
estos pósteres: en el apartamento de vacaciones, o en la residencia
de estudiantes…, lo mismo que el kilim*, el sofá beis y la silla giratoria de cuero donde se sentaba Grace. Encima de la mesita de
centro con sobre de cristal reposaba una caja de pañuelos de papel
forrada en cuero. El viejo escritorio de madera de pino que había
en el rincón tenía los cajones repletos de blocs de páginas amarillas
y de listas de especialistas en psicofármacos, psicoterapeutas infantiles, terapeutas que practicaban hipnosis para dejar de fumar,
agentes inmobiliarios, agencias de viaje, mediadores, gestores patrimoniales y abogados matrimonialistas. Y sobre él había un montón de bolígrafos que sobresalían de la taza de cerámica —bastante fea— que había hecho su hijo Henry de pequeño (a lo largo de
los años, este objeto había suscitado multitud de comentarios y
había hecho aflorar un sorprendente número de recuerdos de los
pacientes) y una lámpara blanca con pantalla de arpillera que arrojaba una luz tenue. La única ventana de la habitación daba a la
parte trasera del edificio, donde no había nada interesante que ver,
pese a que unos años atrás hicieron un intento de colocar allí una
maceta con flores coloridas fáciles de mantener —es decir, gera* Alfombra oriental de colores vivos y escaso grosor, generalmente de reducidas dimensiones, que se caracteriza por estar decorada con motivos geométricos.
(N. de la T.)
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nios— y un poco de hiedra. El conserje se había mostrado entusiasmado con la idea, pero lo único que hizo fue ayudar a Grace a
descargar la maceta de la furgoneta y a colocarla en su sitio. Las
plantas murieron por falta de sol y la propia maceta desapareció
poco después, dejando sobre el cemento una marca indeleble. La
verdad, Grace no era muy aficionada a las plantas.
Hoy, sin embargo, había comprado flores para la consulta: unas
rosas de un rosa intenso por recomendación directa de Sarabeth,
quien a medida que se acercaba el Gran Día se volvía más y más
mandona, hasta en los pequeños detalles. No sólo le indicó que
debía comprar flores para la ocasión, sino que tenían que ser rosas,
y de un rosa intenso, además.
Rosas de un rosa intenso. ¿Por qué?, se preguntó Grace. Sarabeth no esperaría una foto en color, ¿no? Ya era bastante que la
revista Vogue publicara una foto suya en blanco y negro. Sin embargo, Grace obedeció a Sarabeth y colocó las flores, sin demasiada
gracia, en el único jarrón que encontró en la diminuta cocina de la
consulta, resto de un ramo anterior ya olvidado (¿se lo regaló un
paciente por curarlo, o por abandonar el tratamiento?, ¿fue un regalo de Jonathan?). El ramo, colocado sobre una de las mesitas
auxiliares, estaba en peligro de ser derribado por el grueso abrigo
de Rebecca.
—Tiene razón —dijo Grace—. Entrar aquí da ganas de llorar.
Por lo general, a todo el mundo le cuesta esfuerzo llegar hasta aquí.
O traer aquí a su pareja, en el caso de esta consulta. Son muchos los
que al atravesar esta puerta se desahogan. No pasa nada.
—Bueno, tal vez en otra ocasión —replicó la joven.
Tendría unos treinta años más o menos, pensó Grace, y era guapa, aunque un poco seria. Había tenido la habilidad de elegir prendas que disimulaban las curvas de un cuerpo exuberante y la hacían
aparecer como una mujer flaca y aniñada. La camisa blanca de algodón parecía expresamente diseñada para ello, y el pantalón de
sarga se cerraba en el punto exacto para sugerir una cintura que
apenas existía. Las dos prendas eran obras maestras del ilusionismo. Quien las confeccionó sabía lo que hacía. Claro que cuando
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una trabajaba para Vogue tenía acceso a este tipo de profesionales,
pensó Grace.
Tras rebuscar en la maleta que había dejado a los pies, calzados
con botas, Rebecca extrajo una vieja grabadora y la colocó sobre la
mesa de cristal.
—¿Le importa? —preguntó—. Ya sé que es una antigualla,
pero la necesito por seguridad. En una ocasión estuve cuatro horas
con una estrella del pop que no es precisamente conocida por su
capacidad de pronunciar frases inteligibles y grabé la entrevista en
uno de esos chismes modernos que son como una caja de cerillas.
Cuando volví a casa y lo puse en marcha, descubrí que no había
grabado nada. Fue el peor momento de mi carrera.
Grace hizo un gesto de asentimiento.
—Desde luego. Pero veo que logró reponerse.
Rebecca se encogió de hombros. Su pelo rubio y fino se disparaba en todas direcciones, y un collar plateado reposaba sobre sus
clavículas desnudas.
—Puse en su boca unas afirmaciones tan inteligentes que hubiera tenido que estar loca para negar que las había hecho ella. Yo
estaba preocupada, por supuesto. Pero de hecho su publicista le
dijo a mi redactor jefe que era la mejor entrevista que le habían
hecho nunca, de modo que al final quedé como una reina.
Se quedó callada y miró a Grace.
—No sé —añadió, con una media sonrisa—. A lo mejor no tendría que haber dicho esto. Es otro de los efectos de estar en la consulta de una psicóloga. En cuanto te sientas en el sofá empiezas a
confesarte.
Grace sonrió.
Se oyó un clic cuando Rebecca apretó el botón de su grabadora.
Tras rebuscar en su portafolio, la periodista sacó un anticuado bloc
de notas y una edición del libro en galeradas.
—¡Oh, ya tiene el libro! —exclamó Grace.
Era tan nuevo que no se había acostumbrado a la idea de que
alguien pudiera tenerlo en la mano; como si hubiera producido un
objeto que sería solamente para ella.
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—Por supuesto —respondió la joven con frialdad.
La pregunta de neófita de Grace le había devuelto su profesionalidad y su autocontrol. Grace no había podido evitarlo. Le seguía
pareciendo extraño ver el libro materializado, su libro. Todavía no
estaba publicado, pero casi. Saldría a principios de año, la mejor
época para publicar un libro así, según le aseguraron la agente Sarabeth, Maud la editora y J. Colton la publicista (¡así se llamaba, J.
Colton!). Le parecía extraño incluso tras los meses de revisión, la
edición de galeradas (un objeto material, tranquilizadoramente sólido), el contrato, el cheque (que ingresó de inmediato, como temiendo que se evaporara), y su aparición en el catálogo. Todo era
muy real, en plan Está pasando de verdad.
Grace había presentado el libro la primavera pasada en la editorial ante un público de representantes comerciales aburridos de
recorrer las carreteras. Todos tomaban muchas notas y le sonreían
(algunos se le acercaron subrepticiamente tras la presentación para
pedirle consejo respecto a sus propios matrimonios en crisis; Grace
pensó que más valía que se acostumbrara). Y un año atrás hubo un
día de locura en que Sarabeth la telefoneó a primera hora de la
mañana para comunicarle sorprendentes novedades. Había alguien
interesado en el libro. Y alguien más. Una editorial… no, dos; no,
tres. A partir de aquí empezó a utilizar una jerga que Grace no entendía: oferta preferente, contraoferta (¿contraoferta?, se preguntaba Grace), audio y digital, algo atractivo para «La Lista» (no descubrió lo que era «La Lista» hasta que leyó el contrato). Nada de esto
le cuadraba. Grace llevaba años leyendo sobre el ocaso de la edición, pero en lugar de un cadáver disecado se encontró con una
industria pujante y frenética; y sin embargo era otra de las industrias en declive de Estados Unidos, un resto más que quedaría en el
camino, junto a las plantas siderúrgicas y las minas de oro. Se atrevió a preguntárselo a Sarabeth en una ocasión, cuando en el tercer
día de la subasta se alargó el plazo y hubo una nueva lluvia de ofertas. ¿No se suponía que el sector editorial estaba en decadencia?, le
preguntó. Sarabeth se rió. La verdad era que el sector estaba moribundo, le respondió en tono animado. Salvo cuando conectabas
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con el espíritu de los tiempos. Y al parecer el libro de Grace, Tú ya
lo sabías, había conectado con ese espíritu.
Le llevó dos años escribirlo. En la consulta, entre un cliente y
otro, sentada al escritorio de la esquina, con el portátil abierto. Y
también en su dormitorio en la casa del lago, frente a la pesada
mesa de roble con salpicaduras de agua y vista sobre el lago. Y en
el mostrador de la cocina en su casa de la calle Ochenta y uno, por
la noche, mientras Jonathan seguía en el hospital o se había metido
en la cama extenuado por su día de trabajo y Henry dormía con un
libro abierto sobre el pecho y la luz encendida. Lo había escrito con
una taza de té de jengibre peligrosamente cerca del teclado y sus
notas esparcidas sobre la encimera hasta llegar al fregadero en el
otro extremo, y con los archivos de antiguos pacientes repletos de
papelitos amarillos. A medida que escribía, sus teorías largamente
elaboradas habían tomado cuerpo; primero de forma general, pero
cada vez más refinada hasta adquirir una auténtica autoridad, una
sabiduría de estar por casa que Grace no sabía que poseía hasta que
leyó negro sobre blanco las conclusiones a las que había llegado
incluso antes de empezar con su consulta quince años atrás. (¿Quería decir que no había aprendido nada o que lo sabía todo desde el
primer día?) De hecho, ni siquiera recordaba haber tenido que
aprender su trabajo de psicóloga, aunque por supuesto había estudiado los libros y escrito los trabajos necesarios para obtener el título. Pero siempre supo cómo hacerlo; no recordaba una época en
que no lo supiera. Aunque hubiera pasado directamente del instituto a esta pequeña y pulcra consulta, habría sido una profesional tan
eficiente como lo era ahora; habría sido capaz de ayudar al mismo
número de parejas y evitado que el mismo número de mujeres eligieran al hombre equivocado. Grace era consciente de que esto no
significaba que fuera especial, ni más lista. Consideraba esta capacidad natural suya, no como algo que Dios le hubiera dado (veía a
Dios como un tema de interés meramente histórico, cultural o artístico), sino como una combinación de genes y educación. Era como
esa bailarina que no sólo nació con piernas largas, sino que además
tuvo la suerte de que sus padres la llevaran a clases de baile. Por la
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razón que fuera —o por ninguna razón en especial—, Grace
­Reinhart Sachs había nacido con predisposición a ser observadora
e intuitiva, y además había crecido en un ambiente que propiciaba
la conversación y el intercambio de ideas. Ella no podía cantar ni
bailar, no sabía recortar papel doblado y desplegar una ristra de
números. Grace no sabía tocar un instrumento, como su hijo, ni
devolver la salud a niños gravemente enfermos, como su marido,
aunque le hubiera encantado ser capaz de hacer cualquiera de las
dos cosas, pero en cambio era capaz de sentarse con unas personas
y ver —casi siempre de forma inmediata, con absoluta claridad—
las trampas que se estaban poniendo a sí mismos, y cómo aconsejarles que no cayeran en ellas. Y si ya estaban entrampados, como
solía ocurrir, Grace podía ayudarles a liberarse. El hecho de que
escribir estas obviedades hubiera atraído a la revista Vogue hasta su
pequeña consulta le parecía fascinante, desde luego, pero también
un poco extraño. No entendía que le concedieran una plataforma
nacional por señalar algo tan obvio como que el día sucedía a la
noche, que la economía sufría altibajos o cualquier otra cosa que
todos podían ver. (En ocasiones, cuando pensaba en su libro y en lo
que les decía a las mujeres, sentía algo cercano a la vergüenza, como
si quisiera venderles una cura que llevaba tiempo a su alcance.)
Pero, claro, había cosas que era necesario repetir una y otra vez.
Unas semanas atrás había estado en un reservado de Craft,
compartiendo mesa con una serie de profesionales (claramente
descreídos, pero fascinados) de la comunicación escrita. En medio
del discreto sonido de los cubiertos de plata, Grace habló de su libro y soportó preguntas trilladas (entre ellas una cargada de hostilidad por parte de un tipo con pajarita carmesí) sobre por qué su
libro Tú ya lo sabías: Por qué las mujeres son incapaces de escuchar lo
que los hombres que forman parte de sus vidas les dicen era diferente
de otros libros sobre el tema. No cabía duda de que muchos de los
asistentes llegaron atraídos por la comida de Tom Colicchio. Grace
estuvo tanto rato escuchando a la directora de la revista que tenía
al lado (es decir, tragándose el relato de su carísimo divorcio) que
el camarero se llevó su plato de cordero cuando apenas lo había
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probado, y no parecía digno de una autora pedir que le envolvieran
los restos en papel de aluminio para llevárselos a casa.
Sin embargo, la comida pareció tener efecto. Al día siguiente,
J. Colton, la publicista, llamó anunciando peticiones de entrevistas
en televisión. La directora del carísimo divorcio le dedicó a Grace
un artículo en More, y el tipo hostil con la pajarita quería hacerle
una entrevista en AP (Grace tuvo que admitir que la comida había
valido la pena). Poco después llegaron los de Vogue. No cabía duda
de que la promoción del libro estaba en marcha.
Grace había escrito (a petición de Maud, la directora) un artículo
de opinión sobre por qué solía haber tantos divorcios en el mes de
enero (producto de las tensiones de las fiestas más las resoluciones
para el nuevo año), y a petición de J. Colton, la publicista, se sometió a una curiosa sesión con un preparador especial que se encargó
de explicarle cómo comportarse ante los medios. Tenía que saber
inclinar la cabeza hacia el entrevistador, caer bien a la audiencia y
aprovechar cualquier resquicio para introducir en la conversación
el título de su libro sin por ello parecer (o eso esperaba Grace) una
estúpida narcisista.
Rebecca colocó sobre la mesa las galeradas junto a la caja de
pañuelos de papel.
—Mi redactor jefe me lo envió hace unas semanas —dijo—. Me
ha encantado. Creo que la gente no suele oír cosas como esta: Si no
la cagas al principio, te evitarás muchos problemas. Es una afirmación muy directa. Normalmente, los libros que abordan estos temas
proponen un enfoque menos agresivo.
Grace comprendió que la entrevista acababa de empezar y que
debía poner en práctica lo que le habían enseñado: inclinar la cabeza hacia la entrevistadora, pronunciar frases cortas y comprensibles. Cuando tomó la palabra, había adoptado su voz profesional,
la que consideraba su voz de psicóloga.
—Entiendo lo que quiere decir. Pero si he de serle sincera, creo
que tanta comprensión y dulzura nos han hecho un flaco favor.
Creo que las mujeres están preparadas para oír lo que les digo en mi
libro —recalcó—. No necesitamos que nos traten con tiento. So-
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mos adultas, y si nos hemos equivocado debemos estar dispuestas a
oírlo y a obrar en consecuencia. A mis clientas les digo que si quieren que alguien les diga que todo se arreglará, o que todo lo que
sucede es por una razón, o cualquiera que sea la tontería que está
de moda en ese momento, no hace falta que vengan a mi consulta
ni que me paguen. Ni que compren mi libro, supongo —dijo Grace
con una sonrisa—. Pueden comprar cualquiera de los otros libros;
hay muchos: Cómo lograr que tu matrimonio funcione, Cómo recuperar el amor de tu pareja…
—Ya, pero el título es un poco… agresivo, ¿no? Tú ya lo sabías.
Quiero decir, es justo lo que nos decimos cuando estamos viendo
una conferencia de prensa y hay un político que acaba de enviar un
tuit de la foto de su pene, o acaban de descubrir que llevaba una
doble vida, y vemos a la esposa mirándole estupefacta. Todas pensamos: ¿En serio no lo sabías? ¿Te ha sorprendido?
—Yo no dudo de que la esposa se haya quedado sorprendida
—asintió Grace—. La pregunta es si debería sentirse sorprendida.
¿No podía haber evitado encontrarse en esta situación?
—De modo que es el título que usted eligió.
—Bueno, sí y no —admitió Grace—. En realidad fue mi segunda opción. Quería llamarlo Hay que prestar atención. Pero nadie
captaba que era una cita. Me dijeron que era un título demasiado
literario.
—¿En serio? Pensaba que todos habíamos leído a Arthur Miller en el instituto —dijo Rebecca en tono socarrón, dando a entender que sabía que la cita era de Muerte de un viajante.
—Tal vez en su instituto —aventuró Grace con diplomacia.
En realidad Grace había leído la obra de Arthur Miller en secundaria en Rearden, la orgullosa escuela privada (hubo un tiempo
en que ostentaba un aire vagamente socialista) de Nueva York donde ahora estudiaba su propio hijo.
—El caso es que llegamos a un acuerdo —prosiguió Grace—.
Cuando alguien hace algo que no esperábamos, nos decimos Con
la gente nunca se sabe, ¿verdad? Cuando descubrimos que tu pareja resulta ser un mujeriego o un desfalcador. O un adicto. Cuan-
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do averiguamos que lo que decía era mentira, o que es tan egoísta
que el hecho de estar casado contigo —de tener hijos contigo, incluso— no le impide comportarse como un adolescente sin obligaciones.
—¡Desde luego! —exclamó Rebecca.
A Grace le pareció que había sonado un poco demasiado personal. Bueno, no era de extrañar. De eso se trataba, en cierto modo.
—Cuando eso ocurre, alzamos las manos al cielo y nos decimos:
Vaya, con la gente nunca se sabe. No nos sentimos responsables de
la parte que hemos jugado en el engaño. Hemos de aprender a asumir esa responsabilidad, porque, si no, no podemos cuidar de nosotras mismas. Y nos puede volver a ocurrir.
—Ajá.
Rebecca levantó la mirada del bloc de notas y miró a Grace con
expresión de desagrado.
—Pero no vamos a culpar a la víctima, ¿no?
—No hay ninguna víctima —replicó Grace—. Mire, llevo quince años trabajando como psicóloga. Infinidad de mujeres me han
contado los inicios de la relación con su pareja, me han explicado
sus primeras impresiones. Yo siempre pensaba lo mismo, que tenían razón. Lo sabían desde el primer momento. Sabían que él no
dejaría de mirar a otras mujeres. Sabían que sería incapaz de ahorrar. Se daban perfecta cuenta de que su pareja las despreciaba; lo
supieron desde la primera conversación que tuvieron, o desde el
momento en que le presentaron a sus amigas. Pero por algún motivo olvidaron lo que sabían, dejaron que estas primeras impresiones
quedaran ofuscadas por otra cosa… Es increíble lo poderosa que es
nuestra tendencia a negar las primeras impresiones, y las consecuencias desastrosas que tiene sobre la vida de una mujer. Nos pasa
una y otra vez en nuestra vida personal, pero en cambio cuando
vemos a otra mujer que se ha engañado nos quedamos mirándola y
pensamos: ¿Cómo es posible que no viera lo que iba a ocurrir? Estoy convencida de que tenemos que aplicarnos ese mismo principio, pero antes de caer en el engaño, no después.
Rebecca alzó la mirada de su bloc, aunque sin dejar de escribir.
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—Pero en realidad esto no pasa solamente con los hombres.
Las mujeres también mienten, ¿no?
Estaba frunciendo el ceño, y en su frente se dibujaba claramente una V. Estaba claro que la revista no la había convencido —afortunadamente— de que se inyectara botulina.
—Desde luego; de eso también hablo en el libro. Pero lo cierto
es que nueve veces de cada diez es la mujer la que viene desconsolada a mi consulta porque cree que su pareja le ha estado ocultando
algo. Desde el primer momento decidí que este libro sería para las
mujeres.
—Vale —dijo la joven, volviendo la mirada al bloc—. Ya entiendo.
—A lo mejor utilizo un tono demasiado didáctico —aventuró
Grace con una risita.
—Más bien un tono apasionado.
De acuerdo, pensó Grace. Lo tendría en cuenta. Decidió seguir
con la explicación de sus motivos.
—Llegó un momento en que no podía soportar ver que tantas
mujeres buenas y con el corazón destrozado debían soportar meses
o años de terapia y gastarse una fortuna simplemente para comprender que su pareja no había cambiado, que probablemente
nunca hizo el menor intento de cambiar y ni siquiera tenía ganas de
intentarlo. Entonces ellas vuelven al punto donde empezaron cuando se sentaron en este mismo sofá. Estas mujeres merecen que se
les diga la verdad: que su situación no mejorará, por lo menos en la
medida en que ellas esperan. Necesitan saber que posiblemente cometieron un error irreparable.
Grace se detuvo. En parte para darle tiempo a Rebecca a escribir, y en parte para saborear el efecto de esta «bomba» (así la había
llamado su agente, Sarabeth, en su primer encuentro el año pasado). Todavía le producía un efecto sísmico. Grace recordaba perfectamente el momento en que decidió poner por escrito eso que le
parecía cada vez más evidente con cada año que pasaba, con todos
y cada uno de los libros que había leído para escribir el suyo: los
manuales para encontrar pareja (que sobre esto no decían nada) y
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los libros de consejos para el matrimonio (que también lo callaban).
En las convenciones de la Asociación de Psicólogos de Pareja y de
Familia a las que había asistido tampoco había oído ninguna mención. Aunque nadie la mencionara, Grace sospechaba que sus colegas la conocían tan bien como ella. ¿Debería escribir un libro sobre
ello y arriesgarse a recibir agrias críticas? ¿O tenía que seguir con el
ridículo mito de que cualquier «relación» (fuera lo que fuera) podía
«salvarse» (significara lo que significara esa palabra)?
—No se equivoque al elegir pareja —le dijo a Rebecca.
La presencia de Vogue en su pequeña consulta la había envalentonado. Allí estaba esa mujer artificialmente flaca y alta sentada en
el insulso sofá de color beis, armada con el bloc de notas y la grabadora.
—Si elige a la pareja equivocada, su relación no durará, por más
que lo intente.
Rebecca se quedó un momento en silencio y alzó la cabeza.
—Esta es una afirmación bastante dura —comentó.
Grace se encogió de hombros. Era una afirmación dura, para
qué negarlo. Pero tenía que serlo. Si una mujer elegía al hombre
equivocado, sería siempre el hombre equivocado, y ni el mejor psicólogo del mundo podría hacer gran cosa; como mucho, lograría
que llegaran a un acuerdo. En el mejor de los casos, el resultado
sería triste, pensó Grace. Y en el peor, un castigo, un castigo para
toda la vida. Un matrimonio así no valía la pena. Si no tenían hijos,
lo mejor era separarse. En caso de que tuvieran hijos, debían respetarse mutuamente y cooperar. Y divorciarse.
Claro que lo sentía mucho por ellos. Por supuesto. Lo lamentaba profundamente, en especial si se trataba de sus pacientes, porque acudían a ella en busca de ayuda y ella no podía ofrecerles
más que un trapo y una fregona para limpiar el desastre. Pero lo
que más le indignaba a Grace era que se hubiera podido evitar tanto dolor. Sus pacientes eran inteligentes, mujeres educadas, con una
formación. Algunas incluso muy inteligentes. Pero en algún punto
de su juventud se cruzaron con hombres que iban a hacerles daño
con casi total seguridad, y lo que Grace no entendía era que ellas los
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hubieran aceptado como parejas y recibieran por consiguiente ese
daño que ya se anticipaba desde el primer momento…, no conseguía entenderlo. Siempre le había parecido desconcertante y la había indignado. En ocasiones —no podía evitarlo—, tenía ganas de
cogerles de los hombros y sacudirlas.
—Imagínese que está sentada a una mesa con alguien que acaba
de conocer —le dijo a Rebecca—. Puede que sea una cita. O en la
casa de una amiga, da igual. Un hombre que le parece atractivo.
Desde el primer momento hay cosas que puede ver de ese hombre,
cosas que intuye. Son cosas muy evidentes. Percibirá si es un hombre que se abre a los demás, si se interesa por el mundo, si es inteligente, y si hace uso de esa inteligencia. Se dará cuenta de si es amable o despectivo, curioso o generoso. Puede ver cómo le trata.
Deducirá muchas cosas a partir de lo que le dice de sí mismo: qué
papel tienen en su vida los amigos y la familia, qué relación tiene con
sus parejas anteriores. Puede ver si cuida de sí mismo; si cuida de su
salud, de sus finanzas. Toda esta información está bien a la vista y la
sabemos interpretar. Pero luego…
Rebecca, con la cabeza gacha, garabateaba en su libreta.
—¿Luego, qué?
—Luego viene la historia. Él tiene una historia, muchas historias. No digo que mienta. A lo mejor sí, pero incluso si no miente,
nosotras mentimos por él, porque los humanos necesitamos explicarnos historias, sobre todo si esperamos tener un papel importante en ellas. Ya sabe, Yo soy la heroína y aquí llega mi héroe. Incluso
mientras recabamos información y nos formamos una impresión,
tendemos a situarlo todo en un contexto. De modo que nos inventamos una historia sobre cómo fue su infancia, cómo lo trataron las
mujeres de su vida, cómo lo han tratado en el trabajo. Y lo que vemos en el momento de conocerlo entra a formar parte de esa historia. Sus planes para el futuro forman parte de esa historia que nos
inventamos: Nadie le ha querido tanto como yo. Ninguna de sus novias ha estado intelectualmente a su altura. Yo no valgo tanto como
él. Lo que admira es mi independencia. Esto no son hechos, sino una
mezcla de lo que él nos ha contado con lo que nos hemos contado
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nosotras mismas. Hemos convertido a esta persona en un personaje
inventado de una historia inventada.
—Como el protagonista de una novela.
—Sí. Y no es buena idea casarse con el protagonista de una
novela.
—Lo dice… como si fuera inevitable.
—No lo es. Si tratáramos estos asuntos con una fracción del
cuidado que ponemos en nuestras decisiones como consumidores,
por ejemplo, no habría tantos fracasos matrimoniales. ¿Por qué no
lo hacemos? Antes de comprar unos zapatos, nos los probamos;
antes de que nos pongan la moqueta, leemos un montón de opiniones de personas desconocidas para elegir al mejor profesional. Pero
en cuanto un hombre nos atrae o sentimos que le gustamos, apagamos nuestro maldito sistema de detección y nos olvidamos de nuestras intuiciones. Aunque el hombre en cuestión sostuviera un cartel
donde pusiera Me llevaré tu dinero, me insinuaré a tus amigas y te
dejaré arruinada y sola, encontraríamos la manera de obviarlo, de
desaprender lo que sabíamos.
—Pero la gente tiene dudas… —comentó Rebecca—. Puede
que simplemente no haga nada al respecto.
Grace asintió. En su consulta veía aparecer muchas dudas: dudas antiguas y resecas que unas mujeres profundamente heridas y
golpeadas sacaban de nuevo a la luz. Era siempre el mismo tema,
con innumerables variantes: Sabía que él bebía más de la cuenta.
Nunca pudo mantener la boca cerrada. Nunca me quiso tanto como
yo lo quería.
—Muchas personas tienen dudas —reconoció—. El problema
es que normalmente no comprenden lo que la duda significa. Yo
creo que la duda es un regalo de nuestro ser más profundo. Como
el miedo. Le sorprendería saber cuántas personas han tenido miedo
justo antes de que les sucediera algo malo. Cuando piensan en ello
a posteriori, comprenden que hubieran podido evitarlo. Ya sabe,
cuando algo nos dice: No vayas por esta calle. No montes en el coche
de este hombre. Al parecer somos capaces de ignorar lo que sabemos, lo que sospechamos, lo que desde un punto de vista evolutivo
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resulta fascinante. Pero lo que me interesa ahora es su aspecto práctico. Creo que la duda es un extraordinario don y que tenemos que
aprender a escucharlo, aunque esto signifique romper un noviazgo.
Ya sabe, es más fácil cancelar una boda que acabar con un matrimonio.
—Oh, yo no estoy tan segura —comentó Rebecca con sarcasmo—. Últimamente he estado en algunas bodas que… Sería más
fácil cancelar los Juegos Olímpicos.
Grace pensó que probablemente tenía razón, aunque no conocía a las amigas de Rebecca. Su propia boda había sido sencilla
porque su familia consistía en ella misma y su padre, y la familia de
Jonathan no había querido asistir. Pero como invitada había estado
en unas cuantas bodas desmesuradas.
—El mes pasado —dijo Rebecca—, mi compañera de habitación de la universidad organizó una fiesta de quinientas personas
en el edificio Puck. La cantidad de flores… Dios mío. Les costaron
por lo menos quince mil dólares, se lo aseguro. Tenían los regalos
de boda sobre una mesa larguísima en una habitación. Como se
hacía antes, ¿se acuerda?
Grace se acordaba. Era una antigua costumbre que, como otras
costumbres de bodas, había renacido en toda su gloria materialista,
porque al parecer las bodas de hoy en día no eran lo bastante multitudinarias o llamativas. En la boda de sus padres, en el hotel St.
Regis, los regalos se expusieron en una sala junto al salón de baile:
cubertería de plata de Audubon, porcelana de Haviland y un juego
entero de copas de Waterford. Todo estaba ahora en manos de Eva,
la segunda esposa de su padre.
—Medio Tiffany’s, además de todos los artilugios que puedes
encontrar en Williams-Sonoma. Lo que es un absurdo —rió Rebecca—, porque mi amiga no sabe cocinar, y no creo que él aprenda
nunca a utilizar los cubiertos de plata.
Grace asintió. Había oído muchas veces historias parecidas, narradas desde este mismo sofá de color beis. Como lo difícil que fue
encontrar los caramelos de colores pastel que se sirvieron en la
boda de los padres de la novia y que ahora sólo se vendían en un
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diminuto establecimiento de Rivington, o la búsqueda frenética de
unos medallones grabados para las damas de honor, o del coche
antiguo de un modelo concreto que tenía que llevar a los novios al
hotel Gansevoort, y los diez días que pasarían luego en las Seychelles, en el mismo centro turístico donde habían estado unos famosos para su luna de miel, en una cabaña sobre pilotes desde donde
se divisaba el azul intenso del océano Índico. Allí precisamente tendrían esa primera pelea que estropearía las vacaciones, y que diez
años después volvería a salir a la luz en la consulta de la terapeuta,
que para entonces ya había comprendido que esas dos personas
eran incompatibles, que probablemente lo habían sido siempre y
así seguirían.
En ocasiones Grace habría deseado arrojar un venablo envenenado contra la industria nupcial. Si elimináramos la parte de espectáculo de las bodas del siglo xxi y las convirtiéramos en una ceremonia sencilla en la que él y ella pronunciaran sus votos en
presencia de la familia y los amigos íntimos, la mitad de las parejas
de novios abandonarían de inmediato la idea de casarse…, justo los
que era preferible que no se casaran, pensó Grace. Si pudiera decirles a los novios que celebraran la fiesta a los veinticinco años de
matrimonio, cuando él estuviera casi calvo y ella hubiera perdido la
cintura a causa de los embarazos, la mirarían con expresión de horror. Pero cuando llegaban a su consulta el mal estaba hecho y no se
podía remediar.
—La duda puede ser un regalo. —Rebecca pronunció la frase
en voz alta, como si quisiera probar cómo sonaba—. Es una frase
muy buena.
Grace percibió su tono de cinismo. A continuación ella misma
se sintió cínica.
—No es que no crea en la capacidad de transformación de la
persona —dijo, intentando no sonar defensiva, aunque se sentía
atacada—. La transformación es posible. Requiere mucho valor y
generosidad, pero es posible. Lo que quiero decir es que ponemos
todo el acento en esta pequeñísima posibilidad de corrección y no
pensamos en la prevención. Y eso es poco razonable, ¿no le parece?
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Rebecca asintió, demasiado ocupada para responder. Estaba
garabateando a toda prisa en el bloc rayado. Grace veía el bolígrafo
moviéndose bruscamente. Cuando por fin acabó de escribir lo que
fuera que quería dejar escrito, la periodista alzó la cabeza y le habló
en un tono muy propio de una psicóloga.
—¿Le importaría desarrollar este punto?
Grace respiró profundamente. Una de las ironías de su profesión, explicó, era que cuando le preguntabas a una mujer qué buscaba en una pareja, solía darte una explicación madura y plena de
sabiduría. Te decía que quería un compañero, alguien que la protegiera, que la estimulara, que la cuidara, alguien en quien pudiera
confiar. Pero cuando conocías a su pareja no veías estas cualidades
por ninguna parte. Estas mujeres tan sabias estaban solas o en continua pelea con su pareja, con la autoestima por los suelos. Había
abandono y enfrentamiento, competición y obstáculos, y todo porque le habían dicho que sí a la persona equivocada. De modo que
venían a su consulta esperando que ella les solucionara el problema, y entonces ya no servía de nada que se lo explicara. Debías
habérselo explicado antes de que se unieran a la persona equivocada.
—Voy a casarme —anunció Rebecca de repente, cuando acabó
de transcribir las palabras de Grace.
—Felicidades. Es una estupenda noticia.
Rebecca estalló en carcajadas.
—¿En serio?
—En serio. Espero que sea una boda estupenda. Y lo que es
más importante, un matrimonio estupendo.
—¿De modo que es posible tener un matrimonio feliz?
Rebecca se estaba divirtiendo.
—Por supuesto. Si no lo creyera, no estaría aquí.
—Y no estaría casada, supongo.
Grace sonrió levemente. Le había costado ofrecer incluso la
escasa información que su editora consideraba indispensable. Las
psicólogas no hablaban de su vida personal, pero al parecer las autoras sí. Le prometió a Jonathan que haría todo lo posible por pre-
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servar su privacidad como familia, como matrimonio. En realidad
Jonathan no parecía tan preocupado por el tema como ella.
—Hábleme de su marido —propuso Rebecca.
Grace había supuesto que lo haría.
—Se llama Jonathan Sachs. Nos conocimos en la universidad.
Bueno, yo empezaba la universidad y él estaba en la Facultad de
Medicina.
—¿Es médico?
Grace le explicó que era pediatra. Pero no quería desvelar el
nombre del hospital. Tendría consecuencias. Esta información estaba disponible en Internet, porque unos años atrás la revista New
York escribió un artículo sobre Jonathan en el número dedicado a
los mejores médicos. En la fotografía aparecía él con su bata de
médico y el pelo rizado y oscuro demasiado largo ya, pasado el
punto en que ella le insistía para que fuera al barbero. Llevaba su
inseparable estetoscopio colgando y una piruleta asomando por el
bolsillo de la bata. Parecía tan exhausto que le costaba sonreír. En
el regazo tenía a un sonriente niño calvo.
—¿Tienen hijos?
—Uno. Henry, de doce años.
Rebecca asintió, como si esta respuesta le confirmara algo. Sonó
el timbre.
—Oh, bien. Supongo que es Ron —dijo Rebecca.
Ron debía de ser el fotógrafo. Grace se levantó para abrirle la
puerta.
Abrió y encontró a Ron en el recibidor rodeado de pesadas cajas
de metal. Estaba escribiendo un mensaje en el móvil.
—Hola —saludó Grace, más que nada para que le prestara
atención.
Ron levantó la cabeza.
—Hola. Soy Ron. ¿Le dijeron que vendría?
Grace le estrechó la mano.
—Hola. ¿Cómo? ¿Ni peluqueros ni maquilladores?
Ron la miró extrañado, incapaz de adivinar si lo decía en serio.
—Lo decía en broma.
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Grace soltó una carcajada, pero en el fondo le hubiera gustado contar con maquillaje y peluquería. Se había hecho ciertas ilusiones.
—Pase.
El fotógrafo entró en la consulta cargado con dos cajas y volvió
a salir en busca del resto. Tenía la estatura de Jonathan y su mismo
peso, pensó Grace. Aunque su marido tenía mucho más cuidado en
esconder la tripa.
Rebecca salió también al recibidor.
—Hola, Ron.
Ahora los tres estaban en el vestíbulo, que era todavía más pequeño que la consulta. Ron miró con expresión de disgusto las pesadas butacas, la alfombra navajo y los ejemplares del New Yorker
en una cesta de mimbre sobre el suelo.
—Creo que sería mejor dentro —sugirió Rebecca.
—Veamos.
Al parecer, dentro le gustó más. Trajo una lámpara, una pantalla blanca y curvada y una de las cajas, de la que empezó a extraer
cámaras. De pie junto al sofá, Grace contemplaba incómoda cómo
sacaban la butaca de cuero al vestíbulo. Se sentía una intrusa en su
propia consulta. Ron apartó su mesa para colocar la luz, un foco
brillante sobre un soporte cromado, y encajó la pantalla en la pared
opuesta.
—Normalmente tengo un ayudante —le dijo a Grace.
Es un encargo de baja categoría, pensó ella. No es prioritario.
—Bonitas flores. Resaltarán contra la pared. Las pondré de
modo que se vean en el encuadre.
Grace asintió. Vaya con Sarabeth. Había acertado.
—Usted querrá, tal vez… —Ron miró a Rebecca que esperaba
de pie con los brazos cruzados sobre el voluminoso busto.
—¿Retocarse un poco? —La periodista completó la frase de
Ron. Se había transformado en editora gráfica.
—Oh. Claro.
Grace entró en el baño, que era muy pequeño —tan pequeño
que le provocó una crisis de angustia a una clienta obesa— y no te-
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nía buena iluminación. Ahora esto le fastidió, porque aunque tuviera la fórmula mágica que transformara su aspecto como para ser
digna de aparecer en Vogue, incluso a sus propios ojos, dudaba que
pudiera hacerlo en un lugar tan estrecho y mal iluminado. No sabía
qué hacer. Se lavó la cara con el jabón de manos y se la secó con una
toalla de papel del dispensador. Esto no pareció tener un efecto especialmente positivo. Se miró en el espejo con desánimo. Su rostro
estaba limpio, pero nada más. Sacó del bolso un tubo de crema correctora y se la aplicó con el dedo debajo de los ojos. Tampoco esto
sirvió de mucho. Ahora parecía una mujer cansada con tapaojeras.
¿Cómo se atrevía a tratar tan desdeñosamente a la revista Vogue?
Se preguntó si debía llamar a Sarabeth. Lo cierto era que le
costaba molestar a su agente. En el fondo no se consideraba una
verdadera autora. Sarabeth podría estar inmersa en una apasionante
conversación literaria con el ganador del Premio Nacional de Críticos Literarios. Grace no iba a interrumpirla para preguntarle si debía acudir a la farmacia de Zitomer y pedir que la maquillaran un
poco. ¿Y el peinado? ¿Debía conservar el recogido con horquillas
que llevaba siempre (las que hacían para los anticuados rulos de
plástico, y que ahora eran cada vez más difíciles de encontrar)? ¿O
era preferible que se lo dejara suelto? Esto último le daría un aspecto descuidado y aniñado.
Aspecto aniñado. Qué más quisiera yo, pensó con melancolía.
Porque, claro, ya no era una niña. Era una mujer de edad madura, una mujer refinada y segura de sí misma, con un sinfín de
responsabilidades y ataduras. Hacía tiempo que había establecido
unos parámetros para su apariencia física y los mantenía. No tener
que reinventarse constantemente ni pretender alcanzar cotas más
altas de belleza era un alivio. Grace era consciente de que la mayoría de la gente la veía como una mujer seria y formal, pero no le
importaba. Se dejaba el pelo suelto en cuanto llegaba a su casa, y
cuando estaba en la casa del lago se ponía vaqueros, pero esto formaba parte de su vida privada, y así seguiría siendo.
Era suficientemente joven; suficientemente atractiva. Y era lo
bastante competente. Esto no le preocupaba.
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En cuanto a la fama…, bueno. Ahí sí que había un problema. Si
hubiera podido contratar a una actriz (más alta, más guapa que
ella) para representar su papel de autora, Grace habría estado tentada de hacerlo. Una actriz a la que pudiera susurrarle las palabras
que debía pronunciar (En la mayoría de los casos, tu futuro esposo te
dirá enseguida lo que necesitas saber…), mientras Matt Lauer o
Ellen DeGeneres asentían. Pero soy toda una mujer, pensó Grace.
Limpió pensativa la superficie del espejo con el dorso de los dedos
y volvió con el fotógrafo y la redactora de Vogue.
Encontró a Rebecca sentada en su butaca, absorta en la pantalla del teléfono. Habían apartado la mesa de centro del sofá, y habían movido el jarro de las rosas y las galeradas de su libro para que
quedaran en primer plano. No hacía falta que le dijeran dónde tenía que sentarse.
—Su marido es muy guapo —dijo Rebecca.
—Oh, sí. Gracias.
Le molestó un poco que le hicieran un comentario tan personal.
—¿Cómo puede hacer este trabajo? —preguntó Rebecca.
Ron, que ya estaba mirando por el objetivo de una de las cámaras, alzó la mirada.
—¿Qué trabajo?
—Es médico de niños con cáncer.
—Es oncólogo infantil —aclaró Grace—. En el Memorial.
En el Memorial Sloan-Kettering, en otras palabras. Confiaba en
que este dato saliera en la entrevista.
—Yo sería incapaz de hacer ese trabajo. Debe de ser un santo.
—Es un buen médico —señaló Grace—. Su especialidad es
muy difícil.
—Cielos —terció Ron—. Yo tampoco podría hacerlo.
Suerte que nadie te lo ha pedido, pensó Grace un poco molesta.
—Estaba intentando decidir qué hacer con mi pelo —comentó, con ánimo de distraerlos—. ¿Qué les parece? Podría soltármelo —dijo, tocándose el apretado recogido de la nuca—. Tengo un
cepillo.
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—No, así está bien. Se le ve mejor la cara. ¿Vale?
La pregunta de Ron iba dirigida a Rebecca, no a Grace.
—Hagamos la prueba —propuso la redactora.
—De acuerdo.
Ron miró a través de la lente de la cámara.
—Esto es una prueba, ¿vale? No se ponga nerviosa.
Antes de que Grace pudiera responder, se oyó el chasquido metálico.
Se puso rígida.
—Oh, no —rió Ron—. Esto no le hará daño. ¿No está usted
cómoda?
—Lo cierto es que no —respondió Grace, forzando una sonrisa—. Es la primera vez que hago esto. Me refiero a dejarme fotografiar para una revista.
Me estoy comportando otra vez como una cría, pensó con absoluto desánimo.
—Bueno, ¡es la mejor revista para empezar! —exclamó Ron—.
Quedará tan fantástica que pensará que una bellísima modelo ha
ocupado su lugar.
Grace rió sin ganas y se recolocó en el sofá.
—¡Así queda muy bien! —aseguró Rebecca—. Pero cruce las
piernas hacia el otro lado, ¿vale? El ángulo es mejor.
Grace así lo hizo.
—¡Allá vamos! —exclamó Ron.
Disparaba la cámara como una ametralladora mientras se movía
ligeramente para obtener —según le pareció a Grace— pequeñas
variaciones del mismo ángulo.
—Entonces —dijo, para distraerla—. ¿Cómo se titula su novela?
—¿Novela? Oh, no he escrito una novela. Sería incapaz.
Entonces pensó que tal vez no debería hablar. ¿No quedaría
mal en las fotos si movía los labios?
—¿No acaba de sacar un libro? —preguntó Ron sin alzar la
cabeza—. Creía que era usted una escritora.
—No. Bueno, sí que he escrito un libro, pero no soy una escritora. Es decir… —Grace frunció el ceño, intentando encontrar las
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palabras—. Es un libro sobre relaciones de pareja. Me he especializado en parejas.
—Es psicóloga —explicó Rebecca.
También era escritora, ¿no?, pensó Grace. Se le ocurrió que
escribir un libro la convertía en escritora.
—No he contratado a nadie para que lo escribiera —se defendió, como si Ron la hubiera acusado de haberlo hecho—. Lo he
escrito yo.
Ron había dejado de disparar y miraba el monitor digital. Le
habló sin levantar la mirada.
—Ahora muévase un poco a la izquierda. Perdone, a mi izquierda. ¿Podría echarse un poco para atrás? Vale —dijo pensativo—. Puede que nos hayamos equivocado con el peinado.
—Bien —comentó Rebecca.
Grace se quitó rápidamente las tres horquillas con las que se
recogía el pelo y la larga cabellera de pelo oscuro le cayó sobre los
hombros. Alzó la mano para extenderla, pero Ron la detuvo.
—No, no se lo toque. Así está mejor. Tiene un aspecto escultural. Usted no lo ve, pero hay un contraste muy bonito de su pelo
sobre la blusa.
Grace no le corrigió. No era una «blusa», desde luego. Era un
jersey finito de cachemira de color pergamino. Uno de los cinco
que tenía. Pero no tenía intención de hablar de blusas con Ron, por
más fotógrafo de Vogue que fuera.
Él movió un poco el jarrón. Y también el libro sobre la mesa.
—Bien —anunció finalmente—. Vamos a ello.
Volvió a disparar con la cámara. Rebecca se limitaba a observar
sin decir nada. Grace intentó respirar.
Casi nunca se sentaba en el sofá, y la perspectiva era curiosa.
Vio que el póster de Eliot Porter estaba ladeado, y que había una
marca de suciedad en la pared, encima del interruptor. Tengo que
hacer algo, pensó. Y tal vez también era hora de que cambiara el
Eliot Porter. ¿No estaban todos ya cansados de verlo?
—El matrimonio, menudo tema —comentó de repente Ron—.
Se diría que ya está todo dicho.
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—Siempre hay algo más que decir —apuntó Rebecca—. Es una
de las cosas en las que no quieres equivocarte.
Ron apoyó una rodilla en el suelo y siguió disparando. Grace
intentó recordar si desde este ángulo se le vería el cuello más largo
o más corto.
—Supongo que no he pensado nunca en el tema —explicó
Ron—. Yo creía que cuando conocías a la persona adecuada, lo sabías. A mí por lo menos me pasó cuando conocí a mi mujer. Al
volver a casa se lo dije al amigo con el que vivía: «He conocido a la
mujer de mi vida». Un amor a primera vista, supongo.
Grace cerró los ojos, pero recordó dónde estaba y volvió a
abrirlos. Ron dejó la cámara, cogió otra y empezó a manipularla.
Era el momento de hablar.
—El problema es cuando uno cuenta con saberlo al instante, y
rechaza a las personas que no responden a estos parámetros. En
realidad creo que hay muchas posibles parejas adecuadas para cada
uno de nosotros, y nos cruzamos con ellas a menudo, pero estamos
tan obsesionados con la idea del amor a primera vista que nos perdemos a personas maravillosas simplemente porque no hemos tenido una revelación.
—¿Puede mirar hacia aquí? —pidió Rebecca.
En otras palabras, ¿puede cerrar el pico?, pensó Grace. Miró a la
redactora, sentada en la silla que ella solía ocupar, frente a la mesa
que ella solía ocupar. Para evitar que se notara su desagrado, le
sonrió ampliamente, lo que le resultó más desagradable todavía.
Y había otra cosa que la incomodaba, aparte de la forzada postura que le obligaban a adoptar en el sofá. Otra cosa que empezó a
abrirse paso entre la distracción de que la fotografiaran para Vogue
(aunque ningún lector la tomaría por una supermodelo) y la extrañeza de estar sentada en su propio sofá, y que por fin alcanzó su
conciencia. Esa cosa era el hecho incontestable de que ella —lo
mismo que Ron, el fotógrafo, lo mismo que innumerables pacientes
en esta consulta y posiblemente muchos de los futuros lectores de
su libro— había sabido, desde el primer momento en que vio a Jonathan Sachs, que se casaría con él y que lo amaría el resto de su
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vida. Era una noche fresca de principios de otoño, y Grace atravesó
el río Charles en compañía de su amiga Vita y el novio de esta para
ir a una fiesta de Halloween en algún antro siniestro de la Facultad
de Medicina. Los otros entraron primero, pero Grace quería ir al
baño y se perdió en el sótano. Empezó a recorrer pasillos, cada vez
más perdida y más nerviosa, cada vez más asustada. De repente
descubrió que no estaba sola, sino en presencia o en compañía de
un hombre al que reconoció al instante, aunque no estaba segura
de haberlo visto antes. Era un chico flaco y despeinado, con barba de varios días. Llevaba una camiseta de Johns Hopkins y una tina
de plástico con ropa sucia, y un libro sobre Klondike en inestable
equilibrio sobre la ropa. Cuando la vio, el chico le sonrió. Fue una
de esas sonrisas que consiguen que la Tierra deje de girar y que el
mundo se ilumine con una nueva luz. Por esta sonrisa Grace se
detuvo en seco y su vida cambió para siempre. En un instante, este
hombre del que todavía no sabía el nombre se convirtió en la persona más valiosa, deseada y cercana de su vida. Simplemente, supo
que era él. Grace lo eligió a él, y como resultado estaba viviendo la
vida que quería con el marido adecuado, el hijo adecuado, la casa
adecuada, el trabajo adecuado. Lo cierto era que a ella le había
funcionado. Pero esto no podía decirlo. Sobre todo, ahora.
—Eh, podríamos hacer unos primeros planos, ¿no? —preguntó Ron.
¿Debería contestar?, pensó Grace. ¿Tenía un voto en esta cuestión?
—De acuerdo —dijo Rebecca. Así confirmó que la pregunta
era para ella.
Grace se inclinó hacia delante. La lente de la cámara estaba
muy cerca, a pocos centímetros. La miró fijamente y se preguntó si
podría ver el ojo de Ron al otro lado. Pero lo único que vio fue la
superficie de la lente y el poderoso chasquido de la cámara. Allí no
había nadie. Se preguntó entonces qué sentiría si fuera Jonathan el
que sostenía la cámara, pero no logró recordar que su marido hubiera sostenido una cámara ni una sola vez. Y menos a esa distancia
de su cara. Siempre era ella la encargada de las fotos, aunque sin
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todos los añadidos que había ahora en su consulta, sin la profesionalidad de Ron y sin demasiado interés en la parte técnica. Era la
que hacía las fotos de cumpleaños y de las visitas de fin de semana.
Clic, Henry dormido con su traje de Beethoven. Clic, jugando al
ajedrez con su abuelo. Clic, su foto favorita de Jonathan después de
ganar la carrera del Homenaje a los Caídos, en la casa del lago; acababa de arrojarse un vaso de agua en la cara y tenía una expresión de
absoluto orgullo y de deseo. O tal vez lo vio así después, pensó Grace. Clic. A lo mejor vio deseo en aquella foto porque más tarde hizo
cálculos y comprendió que Henry fue concebido aquella misma
noche. Después de que Jonathan comiera algo y se quedara largo
rato bajo la ducha, después de que la llevara a la cama que Grace
había ocupado de niña y, clic, se moviera rítmicamente sobre ella,
repitiendo su nombre una y otra vez. Grace se había sentido tan
absolutamente feliz, y no porque estuvieran concibiendo el niño
que deseaba con locura, ya que en aquel momento ni siquiera eso le
importaba. Clic. Sólo le importaba Jonathan, ellos dos. Clic. Y qué
raro que se acordara ahora de esto, ahora que veía el ojo y el otro
ojo a través de la cámara. El ojo que la estaba mirando.
—Estupendo —dijo Ron.
Bajó la cámara y Grace pudo verle los ojos. Unos ojos marrones,
nada especiales. Casi se echó a reír, un poco avergonzada.
—En serio, ha quedado muy bien —comentó el fotógrafo, interpretando que ella no le creía—. Ya hemos acabado.
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