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El caso del soldado descontento

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El caso del soldado descontento
EL CASO DEL SOLDADO
DESCONTENTO
Agatha Christie
Digitalizado por kamparina para Biblioteca-irc en Enero de 2.004
http://biblioteca.d2g.com
Frente a la puerta del despacho de mister Parker Pyne, el mayor
Wilbraham se detuvo para leer, no por primera vez, el anuncio del
diario de la mañana que le había llevado allí. Era bastante claro:
El mayor inspiró profundamente y se lanzó decidido hacia la puerta
giratoria que conducía al despacho exterior. Una joven de aspecto
sencillo levantó la vista de su máquina de escribir para dirigirle una
mirada interrogante.
—¿Mister Parker Pyne?
—Tenga la bondad de venir por aquí.
Y él la siguió al despacho interior, ante la suave presencia de mister
Parker Pyne.
—Buenos días —dijo mister Parker Pyne—. Hágame el favor de
sentarse. Y dígame ahora qué puedo hacer por usted.
—Me llamo Wilbraham —empezó a decir.
—¿Mayor? ¿Coronel? —preguntó mister Parker Pyne.
—Mayor.
—¡Ah! Y ha regresado recientemente de países lejanos. ¿India?
¿África Oriental?
—África Oriental.
—Un bello país, según dicen. Bien, es decir que vuelve usted a estar
en casa... y no se encuentra a gusto. ¿Es éste el problema?
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—Tiene usted mucha razón. Aunque no sé cómo ha podido saberlo.
Mister Parker Pyne movió una mano con gesto imponente.
—Éste es mi oficio. Ya ve usted: durante treinta y cinco años he
estado ocupado en la compilación de estadísticas en un despacho del
gobierno. Ahora estoy retirado y se me ha ocurrido utilizar la
experiencia adquirida de un modo nuevo. Es muy sencillo. La
infelicidad puede ser clasificada en cinco grupos principales... ni uno
más, se lo aseguro. Una vez conocida la causa de la enfermedad, el
remedio no ha de ser imposible.
»Yo ocupo el lugar del médico. El médico empieza por diagnosticarle
la enfermedad al paciente y luego procede a recomendar el
tratamiento. En algunos casos, no hay tratamiento posible. Si es así,
yo le digo francamente que no puedo hacer nada. Pero, si me
encargo de un caso, la curación está prácticamente garantizada.
»Puedo asegurarle a usted, mayor Wilbraham, que el noventa y seis
por ciento de los Forjadores del Imperio retirados (como yo les llamo)
son desdichados. Han dejado una vida activa, una vida llena de
responsabilidades, de posibles peligros, ¿a cambio de qué? A cambio
de recursos limitados, de un clima triste. Y tienen la sensación
general de ser peces sacados del agua.
—Todo lo que acaba usted de decir es cierto —observó el mayor—. Lo
que yo no puedo aceptar es el hastío. El hastío y la charla
interminable sobre las insignificancias de una pequeña aldea. Pero
¿cómo remediarlo? Tengo algo de dinero, además de mi pensión.
Tengo un agradable cottage cerca de Cobham. Tengo los medios para
dedicarme a la caza o a la pesca. No estoy casado. Mis vecinos son
todos personas agradables, pero sus ideas no van más allá de esta
isla.
—Dicho en dos palabras: que encuentra usted la vida insípida.
—Condenadamente insípida.
—¿Le gustaría experimentar emociones y correr posibles peligros? —
preguntó mister Parker Pyne.
El soldado se encogió de hombros.
—No existe tal cosa en este pequeño país.
—Perdone —dijo mister Parker Pyne con seriedad—. En esto anda
usted equivocado. Los peligros y la excitación abundan aquí, en
Londres, si sabe usted dónde ha de ir a buscarlos. Usted no ha visto
más que la superficie de nuestra vida inglesa, tranquila, agradable. Si
lo desea, yo puedo mostrarle ese otro aspecto .
El mayor Wilbraham le miró con expresión pensativa. Había algo
tranquilizador en el aspecto de mister Parker Pyne. Era grueso, por
no decir gordo. Tenía una cabeza calva de nobles proporciones, gafas
de alta graduación y unos ojillos que parpadeaban. Y le envolvía una
atmósfera... una atmósfera de persona en quien se puede confiar.
—Debo advertirle, no obstante —continuó mister Parker Pyne —, que
hay algún riesgo.
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Los ojos del soldado se iluminaron.
—Perfectamente —dijo. Y añadió de pronto—: ¿Y sus honorarios?
—Mis honorarios —contestó mister Parker Pyne— son cincuenta libras
pagadas por adelantado. Si dentro de un mes continúa usted en el
mismo estado de hastío, se las reembolsaré.
—Es un trato justo —dijo Wilbraham tras un momento de reflexión—.
Estoy de acuerdo. Voy a darle un cheque ahora.
Terminados aquellos trámites, mister Parker Pyne oprimió un botón
que había sobre su mesa.
—Ahora es la una —le dijo—. Voy a rogarle que lleve a una señorita a
almorzar. —Y habiéndose abierto una puerta, continuó—: ¡Ah!
Madeleine, querida, permítame que le presente al mayor Wilbraham,
que la acompañará a usted a almorzar.
Wilbraham parpadeó ligeramente, lo que no era de extrañar. La
muchacha que había entrado en la habitación era morena, de
lánguida actitud, ojos admirables, largas pestañas negras, una tez
perfecta y una boca voluptuosa de color escarlata. Su exquisita
indumentaria realzaba la gracia de su figura. De pies a cabeza era
una mujer perfecta.
—¡Ejem...! Encantado —dijo el mayor Wilbraham.
—Miss De Sara —dijo mister Parker Pyne.
—Es usted muy amable —murmuró Madeleine de Sara.
—Tengo aquí su dirección —anunció mister Parker Pyne—. Mañana
por la mañana recibirá usted mis nuevas instrucciones.
El mayor Wilbraham salió con la adorable Madeleine.
Eran las tres cuando Madeleine regresó.
Mister Parker Pyne levantó la vista para preguntar:
—¿Cómo ha ido?
—Está asustado de mí —contestó ella moviendo la cabeza—. Cree que
soy una vampiresa.
—Me lo figuraba —dijo mister Parker Pyne—. ¿Ha seguido mis
instrucciones?
—Sí. Hemos hablado libremente de los ocupantes de las otras mesas.
El tipo que le gusta es de cabello rubio, ojos azules, ligeramente
anémica y no demasiado alta.
—Eso será fácil —dijo mister Parker Pyne—. Déme el modelo B y
déjeme ver de qué disponemos en este momento —y recorriendo la
lista con el dedo, se detuvo en un nombre —. Freda Clegg. Sí, creo
que Freda Clegg nos irá perfectamente. Es mejor que hable de esto
con Mrs. Oliver.
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Al día siguiente, el mayor Wilbraham recibió una nota que decía:
«El próximo lunes por la mañana, a las once, vaya a Eaglemont,
Friars Lane, Hampstead, y pregunte por mister Jones. Anúnciese
como representante de la Guava Shipping Company.»
Obedeciendo estas instrucciones, el siguiente lunes (que resultó ser el
día festivo de los bancos), el mayor Wilbraham partió con destino a
Eaglemont, Friars Lane. Decimos que partió, pero no llegó allí, pues,
antes de llegar, ocurrió algo.
Todo bicho viviente parecía dirigirse a Hampstead. El mayor
Wilbraham hubo de mezclarse con las multitudes y sofocarse en el
metro, y le costó trabajo descubrir dónde estaba Friars Lane.
Friars Lane era un callejón sin salida, un camino descuidado y lleno
de roderas, con casas apartadas a uno y otro lado: casas espaciosas
que habían conocido mejores tiempos y se veían sin las necesarias
reparaciones.
Wilbraham se internó por él y miró los nombres semiborrados en los
marcos de las puertas y, de pronto, oyó algo que atrajo su atención.
Era una especie de grito gorgoteante y medio ahogado.
El grito se repitió y pudo ahora reconocer la palabra «¡Socorro!».
Venía del interior de la casa junto a la cual pasaba entonces.
Sin vacilar un solo momento, el mayor Wilbraham abrió de un
empujón la raquítica puerta y entró sin ruido por el camino de
entrada cubierto de maleza. Allí, entre los arbustos, se agitaba una
muchacha sujetada por dos negros enormes. Se defendía
valientemente, retorciéndose, volviéndose sobre sí misma y
pataleando. Uno de los negros le había tapado la boca con una mano,
a pesar de los furiosos esfuerzos que ella hacía parar liberar su
cabeza.
Con la atención concentrada en su lucha con la muchacha, ninguno
de los negros había advertido la proximidad de Wilbraham. La
primera noticia de él les llegó con un violento puñetazo asestado en
la mandíbula del que le tapaba la boca y que retrocedió
tambaleándose. Cogido por sorpresa, el otro hombre soltó a su
víctima y se volvió. Wilbraham estaba preparado para recibirlo. Una
vez más disparó su puño cerrado, y el negro perdió el equilibrio y
cayó hacia atrás. Wilb raham se volvió hacia el otro, que ya se le
venía encima.
Pero los dos negros tenían ya bastante. El segundo rodó por el suelo
y se sentó. Al levantarse, corrió en dirección a la puerta. Su
compañero le imitó. Wilbraham quiso salir tras ellos, pero cambió de
parecer y se volvió hacia la muchacha, que jadeaba apoyándose en
un árbol.
—¡Oh, gracias! —le dijo ésta con voz entrecortada—. Ha sido terrible.
El mayor Wilbraham vio entonces, por primera vez, a quien había
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salvado tan oportunamente. Era una joven de veintiuno o veintidós
años, rubia, de ojos azules y algo pálida.
—¡Si no hubiese usted venido! —dijo sin aliento.
—Bien, bien —contestó Wilbraham con voz tranquilizadora—. Ya ha
pasado todo. Sin embargo, creo que sería mejor alejarse de aquí.
Esos hombres pueden volver.
A los labios de la muchacha asomó una débil sonrisa.
—No creo que vuelvan... después de la paliza que les ha dado usted.
¡Oh, su actuación ha sido realmente espléndida!
El mayor Wilbraham se sonrojó ante aquella expresiva mirada de
admiració n.
—Nada de eso —dijo con indiferencia—. Esto es algo normal cuando
alguien molesta a una dama. Dígame: ¿puede usted andar
apoyándose en mi brazo? Bien, comprendo que ha sido una impresión
horrible.
—Ahora estoy perfectamente —dijo la muchacha, quien, no obstante,
tomó su brazo. Aún se estremecía un poco. Al atravesar la puerta
exterior, se volvió hacia la casa—. No puedo entenderlo —murmuró—
Es evidente que esta casa está vacía.
—Sin duda está vacía —convino el mayor, mirando hacia las ventanas
cerradas y observando su ruinoso aspecto general.
—Y sin embargo, esto es Whitefriars —dijo ella señalando el nombre
medio borrado que podía leerse en la puerta —. Y Whitefriars es el
lugar adonde yo debía ir.
—No se inquiete ahora por nada —dijo Wilbraham—. En un par de
minutos encontraremos un taxi. Y luego iremos a cualquier parte a
tomar una taza de café.
En el extremo del callejón encontraron una calle más concurrida y,
por suerte, acababa de desocuparse un taxi enfrente de una de las
casas. Wilbraham lo llamó, le dio una dirección al conductor y
subieron al coche.
—No se esfuerce en hablar —le aconsejó a su compañera—. Sólo
recuéstese. Acaba de pasar por una situación horrible.
Ella le sonrió con gratitud:
—A propósito, mi nombre es Wilbraham.
—El mío es Clegg, Freda Clegg.
Al cabo de diez minutos, Freda tomaba su café caliente y miraba
agradecida, por encima de la mesa, a su salvador.
—Parece un sueño —dijo—, un mal sueño. —Y se estremeció —. Y
poco tiempo antes estaba yo deseando que ocurriese algo...
¡cualquier c osa! Oh, no me gustan las aventuras.
—Dígame cómo ocurrió.
—Bien, podría contárselo con pelos y señales, pero me temo que
tendría que hablar mucho de mí misma.
—Es un tema excelente —dijo Wilbraham con una inclinación de
cabeza.
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—Soy huérfana. Mi padre, un capitán de marina, murió cuando yo
tenía ocho años. Mi madre murió hace tres años. Trabajo en la City.
Estoy empleada en la Vacum Gas Company. Una tarde de la semana
pasada, al volver a mi alojamiento, encontré a un caballero
esperándome. Era un abogado, un tal mister Reid, de Melbourne.
»Se mostró muy cortés y me hizo varias preguntas acerca de mi
familia. Explicó que había tratado a mi padre hace muchos años y
que, en realidad, había gestionado varios de sus asuntos. Luego me
comunicó el objeto de su visita:
»—Miss Clegg, tengo razones para creer que podría usted obtener un
beneficio como resultado de una operación financiera en la que se
interesó su padre varios años antes de su muerte.»
»Por supuesto, esto me causó gran sorpresa.
»—No es posible —contin uó mi visitante— que haya usted oído hablar
de este asunto. Me parece que John Clegg no se lo tomó nunca en
serio. No obstante, el asunto se ha concretado inesperadamente en
realidades, pero me temo que cualquier derecho que pudiera usted
alegar dependería de su posesión de determinados documentos.
Estos documentos habrían formado parte de los bienes de su padre y,
por supuesto, es posible que hayan sido destruidos por cree él que no
tenían ningún valor. ¿Ha examinado usted algunos de los papeles de
su padre?»
»Yo le expliqué que mi madre había conservado varias cosas de mi
padre en un antiguo cofre marino. Yo los había mirado por encima,
pero no había descubierto nada que despertase mi interés.
»—Quizás no es muy probable que supiera usted reconocer la
importancia de estos documentos», dijo sonriendo.
»Pues bien, me fui al cofre, saqué los pocos papeles que contenía y
se los llevé. Él los miró, pero dijo que era imposible decidir, de
momento, cuáles podían o no podían tener relación con el asunto a
que se había referido. Que se los llevaría y se comunicaría conmigo si
el resultado era positivo.
»Con el último correo del sábado recibí una carta suya en la que me
proponía que acudiese a su casa para hablar del asunto. Me daba su
dirección: Whitefriars, Friars Lane, Hampstead. Debía estar allí esta
mañana a las once menos cuarto.
»Me retrasé un poco buscando el lugar. Crucé la puerta rápidamente
y, me dirigía a la casa cuando, de pronto, salieron de entre la maleza
esos dos hombres horribles y saltaron sobre mí. No tuve tiempo de
llamar a nadie. Uno de ellos me tapó la boca con la mano.
Retorciéndome he podido apartar la cabeza y pedir socorro. Por
fortuna, me ha oído usted. A no ser por usted... —y se detuvo. Su
mirada era más elocuente que todas las palabras.
—Estoy muy contento de haber acertado a estar allí. Vive Dios que
me gustaría coger a esos dos brutos. Supongo que usted no los había
visto nunca...
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Ella movió la cabeza.
—¿Qué cree usted que significa esto?
—Es difícil de decir. Pero hay algo que parece bastante seguro. Hay
alguna cosa que alguien anda buscando entre los papeles de su
padre. Ese Reid le ha contado una historia disparatada para tener la
oportunidad de examinarlos. Evidentemente, lo que él quería no
estaba allí.
—Oh —dijo Freda—, estoy pensando... Cuando volví a casa el sábado
me pareció que alguien había tocado mis cosas. Para decirle la
verdad, sospeché que mi patrona había registrado mi habitación por
pura curiosidad, pero ahora...
—Tenga la seguridad de que fue así. Alguien logró entrar en su
habitación y la registró sin encontrar lo que buscaba. Tuvo la
sospecha de que usted conocía el valor de ese documento, cualquiera
que fuese, y que lo llevaba encima. Por esto preparó la emboscada.
Si lo llevaba encima, se lo quitaría. Si no lo llevaba, la conservaría
prisionera e intentaría obligarla a revelar dónde lo tenía escondido.
—Pero ¿por qué? —dijo Freda.
—No lo sé, pero debe ser algo muy importante para que él tenga que
recurrir a estos medios.
—Esto no parece posible.
—Oh, no lo sé. Su padre era marino. Iba a países lejanos. Pudo haber
encontrado algo cuyo valor no llegase a conocer nunca.
—¿Lo cree usted realmente? —y en las pálidas mejillas de la
muchacha apareció una ola rosada de excitación.
—En realidad, no lo creo. La cuestión es: ¿qué hacemos ahora?
Supongo que no desea acudir a la policía...
—Oh, no, se lo ruego.
—Me satisface oírle decir esto. No veo para qué podría servirnos la
policía y sólo nos acarrearía disgustos. Le propongo que me permita
llevarla a almorzar a alguna parte y acompañarla a su domicilio para
estar seguro de que ha llegado sin novedad. Y luego, podríamos
buscar el documento. Porque ya comprenderá usted que debe estar
en alguna parte.
—Mi padre pudo haber destruido el papel.
—Desde luego, es posible, pero la parte co ntraria, evidentemente, no
lo cree así y esto parece prometedor.
—¿Qué cree usted que puede ser? ¿Un tesoro escondido?
—¡Quizás sí sea un tesoro! —exclamó el mayor Wilbraham, sintiendo
renacer en su interior todo su alegre entusiasmo de muchacho—.
Pero ahora, miss Clegg, ¡el almuerzo!
El almuerzo les proporcionó un rato agradable. Wilbraham le habló a
Freda de su vida en África Oriental. Le describió las cacerías de
elefantes y la muchacha se emocionó. Cuando terminaron, insistió en
acompañarla a su casa en un taxi.
Su alojamiento estaba cerca de Notting Hill Gate. A su llegada, Freda
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mantuvo una breve conversación con su patrona. Volviéndose hacia
Wilbraham, lo condujo al segundo piso, donde tenía un pequeño
escritorio y una salita.
—Es exactamente como lo habíamos pensado —le dijo—. El sábado
por la mañana vino un hombre para colocar un nuevo cable eléctrico.
Dijo que había un defecto en la instalación de mi dormitorio. Estuvo
allí un rato.
—Déjeme ver ese cofre de su padre —dijo Wilbraham.
Freda le mostró un arca con cantoneras de latón.
—Ya lo ve —dijo levantando la tapa—: está vacío.
El soldado hizo un gesto afirmativo con expresión pensativa.
—¿Y no hay papeles en ninguna otra parte?
—Estoy segura de que no los hay. Mi madre lo guardaba todo aquí.
Wilbraham examinó el interior del cofre. De pronto, lanzó una
exclamación.
—Aquí hay una hendidura en el forro —cuidadosamente, metió la
mano palpando por todas partes. Y se vio recompensado por un
ligero crujido—. Algo se había deslizado por allí detrás.
Al cabo de un minuto, había sacado el objeto oculto: un trozo de
papel sucio y doblado varias veces. Lo alisó sobre la mesa mientras
Freda lo miraba por encima del hombro. La joven dejó oír una
exclamación de desencanto.
—No es más que un montón de señales raras.
—¡Cómo! ¡Pero si esto está escrito en swahili! ¡El swahili entre todas
las lenguas! —exclamó el mayor Wilbraham—. El dialecto indígena de
África Oriental, ya comprende.
—¡Qué extraordinario! —dijo Freda—. ¿Entonces, puede entenderlo?
—Bastante. Pero, ¡vaya una cosa sorprendente! —y se llevó el papel
a la ventana.
—¿Ve algo? —preguntó Freda con voz trémula.
Wilbraham lo leyó dos veces y regresó junto a la muchacha.
—¡Vamos! —dijo riendo entre dientes—. Aquí tiene un tesoro
escondido.
—¿Un tesoro escondido? ¿De verdad? ¿Quiere decir oro español, un
galeón sumergido o este tipo de historias?
—Quizás algo no tan romántico como eso, pero el resultado es el
mismo. Este papel señala el escondrijo de un almacén de marfil.
—¿Un almacén de marfil? —preguntó la muchacha asombrada.
—Sí, elefantes, ya comprende. Hay una ley que limita el número de
los que pueden matarse. Algún cazador la desobedeció en gran
escala. Le siguieron la pista y él escondió su mercancía. Hay una
cantidad enorme... y aquí se dan claras instrucciones para
encontrarlo. Escuche: tendremos que ir a buscarlo usted y yo.
—¿Quiere decir que esto representa mucho dinero?
—Una bonita fortuna para usted.
—Pero ¿cómo estaba este papel entre las cosas de mi padre?
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Wilbraham se encogió de hombros.
—Quizás el hombre estaba muriendo o corría un gran peligro. Es
posible que escribiese el papel en swahili para protegerse y que se lo
diese a su padre, que pudo haberlo protegido de algún modo. Al no
entender lo que decía, su padre no le dio importancia. Ésta no es más
que una conjetura mía, pero me atrevo a creer que no está lejos de
la verdad.
—¡Qué emocionante! —dijo Freda Clegg con un suspiro.
—El caso es: ¿qué hacemos con ese precioso documento? —dijo
Wilbraham—. No me gusta la idea de dejarlo aquí. Podrían volver y
hacer otro registro. Supongo que no me lo confiaría usted a mí...
—Naturalmente que se lo confiaría. Pero ¿no podría ser peligroso para
usted? —le preguntó desalentada.
—Yo soy duro de pelar —dijo Wilbraham sombríamente—. No tiene
que inquietarse por mí —y doblando el papel, se lo guardó en la
cartera—. ¿Puedo venir a verla mañana? Para entonces ya me habré
trazado un plan y quiero situar esos lugares en mi mapa. ¿A qué hora
vuelve usted de la City?
—Hacia las seis y media.
—Perfectamente. Nos reuniremos y quizás luego me permitirá que la
lleve a comer. Tenemos que celebrar esto. Entonces, adiós. Hasta
mañana a las seis y media.
Al día siguiente, el mayor Wilbraham llegó con puntualidad. Llamó a
la puerta y preguntó por miss Clegg. A la llamada había acudido una
doncella.
—¿Miss Clegg? Ha salido.
—¡Oh! —a Wilbraham no le gustaba decir que entraría para esperarla
y contestó—. Ya volveré.
Y se quedó vagando por la calle y esperando a cada momento ver
llegar a Freda. Pasaron los minutos. Dieron las siete menos cuarto.
Las siete. Las siete y cuarto. No había aún señales de Freda. Empezó
a sentirse dominado por la inquietud. Volvió a la casa y llamó de
nuevo.
—Escuche —dijo—. Yo tenía una cita con miss Clegg a las seis y
media. ¿Está segura de que no ha vuelto o no ha dejado ningún
recado?
—¿Es usted el mayor Wilbraham? —preguntó la doncella.
—Sí.
—Entonces hay aquí una nota para usted. La han traído a mano.
Wilbraham la cogió y abrió. Decía así:
«Querido mayor Wilbraham:
Ha ocurrido algo extraño. No escribiré más ahora, pero ¿quiere usted
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reunirse conmigo en Whitefriars? Venga tan pronto como reciba la
presente.
Sinceramente suya,
FREDA C LEGG »
Wilbraham frunció las cejas y pensó rápidamente. Su mano sacó con
aire distraído una carta del bolsillo. Estaba d irigida a su sastre.
—No sé —le dijo a la camarera— si podría usted proporcionarme un
sello de correos.
—Supongo que Mrs. Parkins podrá ayudarle.
Y volvió al cabo de un momento con el sello, que el mayor pagó con
un chelín. Al cabo de otro momento, Wilbraham estaba camino de la
estación de metro y echó el sobre a un buzón que encontró por el
camino.
Movió la cabeza. ¡Entre todas las tonterías que podían hacerse...!
¿Habría reaparecido Reíd? ¿Había logrado de algún modo que la
muchacha confiase en él? ¿Qué era lo que le había hecho ir a
Hampstead?
Consultó su reloj. Casi las siete y media. Ella debía haber contado con
que él se pondría en camino a las seis y media. Una hora de retraso.
Era demasiado. Si hubiese tenido la picardía de hacerle alguna
indicación...
La carta le daba que pensar. Fuera como fuese, aquel tono frío no era
característico de Freda.
Eran las ocho menos diez cuando llegó a Friars Lane. Estaba
oscureciendo. Miró vivamente a su alrededor. No había nadie a la
vista. Suavemente empujó la raquítica puerta, que giró sin ruido
sobre sus goznes. El camino de los coches estaba desierto. La casa
estaba oscura. Subió por el sendero con cautela, mirando a un lado y
a otro. No se proponía dejarse coger por sorpresa.
De pronto, se detuvo. Por un instante había asomado un rayo de luz
a través de uno de los postigos. La casa no estaba vacía. Había
alguien en su interior.
Wilbraham se deslizó despacio por entre los arbustos y dio la vuelta a
la casa hasta alcanzar la parte trasera. Por último, encontró lo que
andaba buscando. Una de las ventanas de la planta baja no estaba
cerrada. Era la ventana de una especie de fregadero. Levantó el
marco, encendió una linterna (la había comprado en una tienda de
camino hacia allí), iluminó el interior desierto de la habit ación y entró
en ésta.
Con cuidado, abrió la puerta del fregadero. No oyó ningún sonido.
Una vez más encendió la linterna. Una cocina vacía... Fuera de la
cocina había media docena de peldaños y una puerta que,
evidentemente, conducía a la parte delantera de la casa.
Abrió la puerta y escuchó. Nada. La atravesó y se encontró en el
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vestíbulo. Tampoco ahora llegó ningún sonido. Había una puerta a la
derecha y otra a la izquierda. Eligió la de la derecha, escuchó durante
algún tiempo y luego le dio la vuelta al picaporte, que cedió. Abrió la
puerta poco a poco y penetró en el interior.
En aquel preciso momento, oyó un ruido detrás suyo y se dio la
vuelta... demasiado tarde. Algo había caído sobre su cabeza y lo
derribó, dejándolo sin conocimiento.
Wilbraham no tenía idea del tiempo que tardó en recobrarlo. Volvió a
la vida penosamente, con dolor de cabeza. Intentó moverse y no
pudo. Estaba atado con cuerdas.
Repentinamente, tuvo plena conciencia de su estado. Ahora lo
recordaba. Había recibido un golpe en la cabeza.
Una débil claridad sobre la parte posterior de la pared le mostró que
estaba en un pequeño sótano. Miró a su alrededor y su corazón dio
un brinco. A pocos pies de distancia yacía Freda, atada a él. Tenía los
ojos cerrados, pero, mientras él la observaba con ansiedad, suspiró y
los abrió. Su aturdida mirada se fijó en él y expresó la alegría con que
le había reconocido.
—Usted también —exclamó ella —. ¿Qué ha ocurrido?
—La he desamparado a usted tristemente —dijo Wilbraham—. He
caído de cabeza en la trampa. Dígame: ¿me ha enviado usted una
rota rogándome que viniese a encontrarme con usted aquí?
—¿Yo? —contestó la muchacha, abriendo los ojos con asombro—. Ha
sido usted quien me la ha enviado a mí.
—Oh, así que yo le enviado una nota.
—Sí. La recibí en la oficina. Esta nota me pedía que me reuniese con
usted aquí y no en casa.
—El mismo método para los dos —gimió él, y explicó la situación.
—Ya comprendo —dijo Freda—. Entonces la idea era...
—Conseguir el papel. Debieron seguirnos ayer. Así es como han caíd o
sobre mí.
—Y... ¿se lo han quitado? —preguntó Freda.
—Por desgracia, no puedo tocarme y comprobarlo —contestó el
soldado, mirando con expresión lastimera sus manos atadas.
Y entonces, los dos se sobresaltaron. Porque habló una voz. Una voz
que parecía venir del aire.
—Sí, gracias —dijo—. Se lo he quitado, no hay la menor duda sobre
esto.
Y otra voz desconocida hizo que los dos se estremecieran.
—Mister Reid —murmuró Freda.
—Mister Reid es uno de mis nombres, mi querida señorita —dijo la
voz —. Pero sólo uno de ellos. Tengo otros muchos. Ahora bien, siento
tener que decirles que han interferido ustedes en mis planes, una
cosa que nunca consiento. Su descubrimiento de esta casa es un
asunto grave. No se lo han comunicado aún a la policía, pero podrían
hacerlo más tarde.
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»Mucho me temo que no puedo fiarme de ustedes. Podrían
prometerme... pero las promesas rara vez se cumplen. Y ya lo ven,
esta casa es muy útil para mí. Es, como podrían ustedes decir, mi
casa de liquidaciones. La casa de la que no se vuelve. Desde aquí se
pasa... a otra parte. Siento tener que decirles que esto es lo que van
ustedes a hacer. Lamentable, pero necesario.
La voz se detuvo un breve momento y continúo luego diciendo:
—Nada de sangre. El derramamiento de sangre me resulta odioso. Mi
método es mucho más sencillo. Y en realidad, no excesivamente
doloroso, me parece. Bien, ahora tengo ya que retirarme. Buenas
noches a los dos.
—¡Oiga! —exclamó Wilbraham—. Haga lo que quiera conmigo, pero
esta señorita no ha hecho nada... nada. Dejarla libre no puede
perjudicarle.
No hubo contestación. En aquel momento, Freda Clegg gritó:
—¡El agua... el agua!
Wilbraham se giró penosamente y siguió la dirección de los ojos de la
chica. Por un agujero cercano al techo manaba con firmeza un
chorrito de agua. Freda lanzó un grito histérico:
—¡Van a ahogarnos!
El sudor apareció en la frente de Wilbraham.
—Aún no hemos terminado —dijo—. Gritaremos pidiendo socorro.
Seguramente, alguien nos oirá. Vamos: los dos a la vez.
Y ambos se pusieron a lanzar gritos y alaridos con todas sus fuerzas,
sin detenerse hasta que se quedaron roncos.
—Me temo que es inútil —dijo Wilbraham tristemente—. Este sótano
es muy profundo y supongo que las puertas están acolchadas.
Después de todo, si pudieran oírnos no dudo de que ese bruto nos
hubiera amordazado.
—¡Oh! —exclamó Freda—. Y todo es por mi culpa. Yo lo he metido en
esta aventura.
—No sufra por eso, niñita. Estoy pensando en usted y no en mí. Yo
me encontrado en otros trances apurados como éste y he salido de
ellos. No se desanime. Yo la sacaré de éste. Tenemos tiempo de
sobra. Según la cantidad de agua que cae, habrán de pasar algunas
horas antes de que ocurra lo peor.
—¡Qué admirable es usted! —dijo Freda—. Nunca había encontrado a
nadie como usted... salvo en los libros.
—Tonterías... Ésta es una cuestión de puro sentido común. Ahora
tenemos que aflojar estas cuerdas infernales.
Al cabo de un cuarto de hora de esforzarse y retorcerse, Wilbraham
tuvo la satisfacción de observar que sus ligaduras se habían aflojado
considerablemente. Pudo entonces arreglárselas para doblar la
cabeza y levantar las muñecas hasta lograr atacar los nudos con los
dientes.
Una vez consiguió tener las manos libres, el resto era sólo cuestión
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de tiempo. Aunque entumecido y rígido, pudo inclinarse sobre la
muchacha. Transcurrido un minuto, también ella quedó libre.
Hasta aquel momento, el agua sólo les había llegado a los tobillos.
—Y ahora —dijo el soldado— vamos a salir de aquí.
La puerta del sótano estaba unos cuantos peldaños más arriba. El
mayor Wilbraham la examinó.
—Aquí no hay dificultad —dijo—. Un material endeble. Pronto cederá
por los goznes.
Y, aplicando los hombros, la empujó. La madera crujió, se oyó un
estallido y la puerta cedió a sus pies.
Fuera había un tramo de escaleras y, en su parte superior, otra
puerta (muy diferente) de madera sólida, atrancada con hierro.
—Ésa será un poco más difícil —dijo Wilbraham—. ¡Aja! Estamos de
suerte, no la han cerrado.
La empujó, miró a su alrededor e hizo una seña a la muchacha para
que se acercase. Ambos salieron a un corredor, detrás de la cocina.
Un momento después se hallaban al aire libre, en Friars Lane.
—¡Oh! —exclamó Freda con un pequeño sollozo—. ¡Oh, qué terrible
ha sido!
—¡Querida mía! —contestó él, y la tomó en sus brazos—. ¡Has sido
tan admira blemente valiente, Freda...! Ángel mío... ¿podrías algún
día... quiero decir, querrías...? Te quiero, Freda, ¿quieres casarte
conmigo?
Tras un intervalo adecuado y altamente satisfactorio por ambas
partes, el mayor Wilbraham
dijo riendo entre dientes:
—Y lo que es más, tenemos aún el secreto del escondrijo de marfil.
—¡Pero esto te lo quitaron!
—Esto es justamente lo que no han hecho —replicó, riendo de nuevo,
el mayor—. Como comprenderás, hice una copia falsa y, antes de
reunirme contigo esta noche, puse el verdadero papel en una carta
dirigida a mi sastre y que eché al correo. Lo que han cogido ha sido la
copia falsa... ¡y que les haga buen provecho! ¿Sabes lo que vamos a
hacer, querida? ¡Vamos a irnos a África Oriental a pasar la luna de
miel y recoger el marfil!
Mister Parker Pyne salió de su despacho y subió dos tramos de
escalera. Allí, en la habitación del piso más alto de la casa, estaba
sentada Mrs. Oliver, la sensacional novelista, que había formado
parte del estado mayor de mister Parker Pyne.
Mister Parker Pyne llamó a la puerta y entró. Mrs. Oliver estaba ante
una mesa que contenía una máquina de escribir, varios cuadernos de
notas, una confusión general de manuscritos sueltos y un gran saco
de manzanas.
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—Una excelente historia, Mrs. Oliver —dijo mister Parker Pyne de
buen humor.
—¿Ha salido bien? —preguntó ella —. Lo celebro.
—Referente al asunto del agua en el sótano —dijo mister Parker
Pyne—, ¿no cree usted que en una futura ocasión podría usarse
quizás algo más original? —terminó con la adecuada timidez.
Mrs. Oliver cogió una manzana del saco.
—No lo creo, mister Parker Pyne. Ya lo ve usted, la gente está
acostumbrada a leer estas cosas: agua que va subiendo en el sótano,
gas venenoso, etc. Si se sabe de antemano, aumenta la emoción
cuando le ocurre a uno mismo. El público es conservador, mister
Parker Pyne, le gustan los recursos gastados.
—Bien, usted debe saberlo mejor —admitió mister Parker Pyne,
recordando que estaba hablando con la autora de noventa y seis
novelas de gran éxito en Inglaterra y América, y traducidas al
francés, al alemán, al italiano, al húngaro, al finlandés, al japonés y
al abisinio —. ¿Qué hay de los gastos?
Mrs. Oliver le acercó un papel.
—En general, muy moderados. Los dos negros, Percy y Jerry, querían
muy poca cosa. El joven Lorimer, el actor, ha aceptado de buen
grado el papel de mister Reid por cinco guineas. El discurso del
sótano era, por supuesto, un disco de gramófono.
—Whitefriars me ha resultado muy útil —dijo mister Parker Pyne—.
Lo compré para una canción y ha sido ya el escenario de once dramas
emocionantes.
—Oh, me olvidaba —dijo Mrs. Oliver—. El sueldo de Johnny, cinco
chelines.
—¿Johnny?
—Sí, el muchacho que ha echado el agua con las regaderas por el
agujero de la pared.
—Ah, sí. Y a propósito, Mrs. Oliver, ¿cómo es que sabe usted swahili?
—No sé una palabra de ese dialecto.
—Comprendo. ¿El Museo Británico, quizás?
—No. La Oficina de Información del Selfridges.
—¡Qué maravillosos son los recursos del comercio moderno! —
murmuró él.
—Lo único que me disgusta es que esos dos muchachos no van a
encontrar ni rastro de marfil cuando lleguen allí.
—En este mundo, no puede uno tenerlo todo —dijo mister Parker
Pyne—. Tendrán una luna de miel.
Mrs. Wilbraham ocupaba un sillón de la cubierta. Su esposo estaba
escrib iendo una carta.
—¿Qué fecha es hoy, Freda?
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—Dieciséis.
—¡Dieciséis! ¡Válgame Dios!
—¿Qué pasa, querido?
—Nada, que acabo de acordarme de un tipo llamado Jones.
Por muy bien que se haya uno casado, hay algunas cosas que no
cuenta nunca.
«Al diablo con toda la historia —pensó el mayor Wilbraham—. Debería
haber llamado allí y haber ido a recoger mi dinero —y luego, siendo
un hombre justo, consideró el otro aspecto del problema—. Después
de todo, fui yo quien faltó a lo pactado. Debo suponer que, si hubiese
ido a ver a ese Jones, algo hubiera sucedido. Y de todos modos, tal
como han ocurrido las cosas, si no hubiese salido para ir a verlo, no
hubiera oído a Freda pedir socorro ni nos hubiéramos conocido. ¡Y
así, por casualidad, quizás tiene derecho a las cincuenta libras!»
Por su parte, Mrs. Wilbraham se decía, siguiendo sus propios
pensamientos:
«¡Qué tonta fui al creer aquel anuncio y dar a esa gente tres guineas!
Por supuesto, ellos no han tenido parte alguna en el asunto ni ocurrió
nada. ¡Si yo hubiese sabido lo que iba a suceder...! Primero mister
Reid y, luego, ¡el modo extraño y romántico de entrar este hombre
en mi vida! Y pensar que, a no ser por pura casualidad, no hubiera
llegado a conocerlo!»
Y volviéndose, dirigió a su esposo una mirada de adoración.
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