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El Soldado de madera

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El Soldado de madera
El Soldado de madera
Enrique Pérez Díaz
Es el día de su cumpleaños y a Javi le regalan un soldado.
Cuando pasaban cerca de las tiendas, le pidió a mamá alguno de los tantos que
había en las vidrieras.
Los vio de plomo pintado en muchos colores y también plásticos o de goma.
Con sus uniformes hacían recordar las guerras del mundo de antaño y también las
contiendas de galaxias lejanas.
A Javi le hubiera ilusionado poderlos comprar todos, mas se conformaba con uno
solo para jugar a las guerras.
Por eso, al llegar el esperado día de sus diez años, mamá le dice:
––Aquí tienes tu regalo. Es lo que tanto deseas.
–– ¿Los soldaditos? –pregunta Javi sin poderlo creer.
Sabe que en casa no abunda el dinero, que los precios andan en el cielo y todo
aquello que a diario hablan los mayores.
–– ¿Cuál es, mamá? ¿Aquel pirata grande? ¿Acaso el cacique apache? No me digas
que el Rey de los Animales o un Power Ranger... –suspira esperanzado.
––Ninguno de esos, querido. No entristezcas, pero el dinero lo gasté en cosas que
son más necesarias...
Por un momento, una sombra brilla sobre la frente de Javi. Mamá la disipa
enseguida:
––Javi, se trata de un soldado muy especial.
Viene en un papel de regalo que ya conocía porque ha pasado de mano en mano en
cada cumpleaños. Los gatos de colores ya habían envuelto libros, perfumes,
jabones olorosos, abrecartas o el adorno de cerámica con que alguno en casa deseó
obsequiar al otro.
Al abrirlo, Javi queda boquiabierto.
Es un soldado de madera, grande. Viste de un color blanco inmaculado y en su
cabeza coronada de pelo crespo y negro hay un sombrero de guano. Al cuello lleva
un pañuelo rojo, como el sol de la mañana cuando asoma por el este.
–– ¡Es un mambí! –exclama con admiración–. ¡Siempre quise tener un soldado que
se pareciera a Elpidio Valdés!
––Sí –dice mamá acariciándole el pelo, que también es negro y encrespado como
las olas–. Se trata de una reliquia. Con él jugaron los varones de nuestra familia,
incluso tatarabuelos mambises. Es obra de un artista de la talla en madera que lo
hizo en la manigua, durante la Guerra Grande.
Javi no sabe qué decir. Emocionado, da un beso a mamá y ahora más que nunca se
acuerda de papá, quien murió combatiendo muy lejos.
Al otro día, despierta bien temprano y va a casa de Nico.
Nico es en verdad su mejor amigo y con él Javi comparte sus juegos y sueños.
Nada más ver al soldado, Nico dice:
––Me lo tienes que prestar.
––Podremos jugar juntos –sugiere Javi.
––Lo quiero para jugar con otros amigos. Si no me complaces, nunca más jugaré
contigo. Será como si te declarara la guerra. ¡Y para siempre!
¿Cómo es que Nico puede ser capaz de decirle algo así?
¿Por qué lo hace?
¿Declararle la guerra para siempre y sólo por un simple soldado de madera?
Javi está preocupado.
¿Qué será preferible, quedarse con aquel soldado o complacer a su mejor amigo?
Mamá le había contado, con su voz queda y misteriosa de anocheceres, que se
trata de un juguete mágico, un talismán que en los peores momentos se convertía
en un enorme gigante y ayudaba a los buenos a triunfar. Luego volvía a ser como
antes, un simple soldado de madera.
Nico se aleja con aire indiferente, cuando Javi le extiende el mambí.
Lo toma con más indiferencia todavía y se marcha.
Todo el día, Javi aguarda a su amigo.
Anocheciendo, lo ve cruzar velozmente la verja del jardín de su casa y lo llama:
–– ¿Y el soldado, Nico, lo tienes ahí?
––No –grita el otro sin volverse y restándole importancia al asunto–. Lo he perdido.
¿Por qué pones esa cara si se trataba sólo de un trozo de madera vieja? Hay
muchos soldados mejores en cualquier tienda de la ciudad.
––Pero este soldado era...
–– ¿Me vas a decir ahora que lo querías mucho? –le grita Nico despectivo–. No
puedo entender que vayamos a fajarnos por un simple soldado de madera.
Javi siente que ha perdido algo muy grande, dos cosas en realidad: por un lado
aquella especie de reliquia familiar. Pero también la amistad de Nico.
¿Cómo se puede ser amigo de alguien tan egoísta y que piensa así?
Mas ¿qué hacer?
Mamá lo encuentra taciturno, escondido en las sombras de un rincón.
–– ¿Qué te ocurre, mi pequeño gruñón?
Después de escucharlo, mamá suspira cansada.
––No es tu culpa si confiaste en él. Jamás te lamentes por el mal que hagan los
demás si tú no puedes evitarlo. Además, recuerda que el soldado es mágico.
Soportó muchas guerras...
–– ¿Tú crees, Mamá?
–– ¡Ya lo verás, hijo! –asegura ella con un extraño brillo en los ojos.
Pero ocurre que, un buen día, Nico llega lloroso, asustado, hasta el portal de la casa
de Javi.
–Pero, ¿qué te sucede, muchacho?
Nico apenas puede hablar de tan nervioso que se encuentra.
–Me pasó algo tremendo, Javi, algo tremendo...
–– ¿Me lo vas a contar de una vez? –le dice Javi ya molesto.
––Pues que la otra noche yo venía solo por una calle cercana a mi casa y me atacó
la pandilla de Los Muchos, ya sabes, esos que se meten con todo el mundo, roban
los juguetes y hasta le dan golpes a las niñas cuando salen de la escuela...
Los ojos de Javi brillan de interés:
––Sigue, hombre, ¿y qué te ocurrió?
––Ellos me atacaron y... Yo te había mentido, Javi, perdóname. Todavía guardaba
el soldado conmigo, pero no quería devolvértelo. Te engañé.
“Cuando ya me tumbaban Los Muchos, tu soldado de madera cayó al suelo y
entonces...
Javi sabe que algo extraño va a ocurrir.
Sus ojos se abren como platos.
La voz de Nico se escucha como si viniera desde muy lejos:
“El soldado comenzó a andar y, con cada paso que daba, se volvía más y más
grande y, cuando menos lo esperábamos, sacó su machete que brillaba a la luz de
la luna y entonces Los Muchos escaparon corriendo como si hubieran visto a un
fantasma... Después... no sé qué más ocurrió, pues desperté en mi casa.
––Todavía me parece que fue un sueño –concluye Nico apenado–. Pero ahora sí
que, de verdad, tu soldado no está conmigo.
Javi queda en silencio y luego, estrecha con afecto la mano de Nico, que vuelve a
ser su amigo, el de antes, el de siempre.
––Y menos mal que no te ocurrió nada. Pudo haber sido mucho peor.
Pasan semanas, meses, quizás hasta un año.
Un buen día, al regreso de la escuela y cruzando por un parque cercano a su casa,
a Javi le llama la atención algo que ve en la tierra.
Allí está el soldado.
Maltrecho, descolorido, con una pierna de menos, sin sombrero de guano ni
machete al cinto.
Pero su aire marcial y afable sí que no lo pierde por nada del mundo.
Aquel pobre soldado de madera aún inspira confianza después de todo.
Jugando por primera vez con él, Javi pierde el sentido del tiempo.
Luego, al verlo tan contento, mamá le pregunta:
–– ¿Qué ocurre?
Javi le muestra el viejo soldado.
Los ojos de mamá brillan de alegría.
––Ese soldado siempre vuelve a casa, hijo mío, victorioso de todas las guerras... Ya
te lo decía yo.
––Me contó que estuvo en muchas batallas, injustas casi todas.
La madre asiente complacida.
––Al preguntarle por qué había soldados, respondió que porque hay guerras.
El rostro de mamá se torna muy serio.
––Al yo querer saber por qué hay guerras, replicó que porque hay soldados. Es algo
muy confuso ¿no crees?
Mamá guarda silencio.
––Dice –continúa Javi– que nunca más se marchará, porque ha combatido en todas
las guerras del mundo y finalmente las ha ganado para que llegue el tiempo de la
paz.
––El tiempo en que los hombres buenos e inocentes que nunca quisieron ser
soldados vuelvan a casa –dice mamá con aire ausente.
–– ¿Ha llegado ese tiempo? –quiere saber Javi.
––Tal vez, hijo mío.
Ambos quedan en silencio.
Después contemplan al soldado.
Está allí, de pie, sobre la mesa de la sala.
Pareciera que los colores le vuelven al rostro, que su
uniforme es nuevo como antes, que el machete relumbra
en su mano y el rojo pañolón de su cuello indica que se
viste de esperanzas.
El soldado parece ser el de antes.
Javi piensa que quizás sea verdad eso de que nunca más
habrá guerras en el mundo, guerras de esas que separan a
los hijos de sus padres.
Es tan bonito creer algo así, aunque los diarios y la
televisión siempre informen lo contrario.
Cuando mamá estrecha a Javi contra su pecho, el viejo y
maltrecho soldado de madera se ve tan feliz.
Al menos, alguien ha dibujado una sonrisa en sus labios.
Ilustraciones: Renier Quer (Réquer)
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