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Mariana viene a verme

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Mariana viene a verme
Mariana
viene a verme
Úrsula Fuentesberain
N
o soy un hombre normal. Pienso que por eso me escogió, por eso
viene a verme. Desde pequeño tengo la sensación de haber perdido algo.
Ahora sé que eso que me falta es ella.
Llegué aquí por mis alergias. Los dolores de cabeza, el moqueo y la
fatiga se habían vuelto insoportables. Después de varias rondas de antihistamínicos, inyecciones y otros tratamientos, mi médico sugirió que pasara
unas semanas a la orilla del mar. No perdía nada intentándolo. Así que
canjeé las vacaciones que tenía guardadas desde hace dos años y me vine
a este pueblito costero para recuperar la salud.
Ocupaba mis días caminando en la playa y pensando en que si mi
vida fuera un libro, no tendría ningún pasaje subrayado, no habría ninguna
página doblada para indicar que ahí había algo importante.
Por eso cuando conocí a Mariana, me vacié por completo. Quería que
ella fuera esa página. Y lo logré.
La primera vez que la vi estaba donde nacen las olas, en esa frontera
donde el mar se hincha y mece. Me senté a verla desde lejos. Ella fue
directo a mí. Se acomodó a mi lado y comenzó a hablarme del mar. Su
lenguaje era extraño, vacilaba al poner una palabra tras otra, salían oraciones
inconexas, a veces incomprensibles, como las de un niño aprendiendo a
hablar. Entre aquellos balbuceos creí entender su nombre. Yo repetí los
versos que había leído sobre el mar en algún libro de poesía. Después de
mirarme con detenimiento, Mariana saltó sobre mí y comenzó a oscilar mientras se frotaba contra mi pantalón. Cuando sintió mi erección, me
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liberó el sexo de la ropa y se penetró
con él hasta alcanzar el orgasmo. Un
chorro escurrió sobre sus muslos, era
un líquido transparente y salado, olía
a agua de mar. Me quedé dormido y
cuando desperté, ella ya no estaba.
Desde ese momento hasta la noche del accidente, regresé todas las
tardes a la misma playa desierta para escucharla hablar sobre el mar, para
derramarme en ella. Esa mujer ondeaba sobre mí con un ritmo musical,
sólo interrumpido por ocasionales espasmos violentos, climáticos. Su
olor se iba haciendo cada vez más penetrante, ella aspiraba hondo y yo
seguía su ejemplo, nos impregnábamos de ese perfume salado que escurría
por su cuerpo hasta que, entre convulsiones, yo le decía que olía como
huele el mar por dentro. En ninguna ocasión pude contener el sueño y
siempre que abría los ojos, Mariana ya había desaparecido.
Pregunté por ella en el pueblo, nadie la conocía. La busqué en costas
cercanas, a otras horas del día, nada. Mariana sólo era en esa playa y a esa
hora de la tarde.
Durante nuestros siguientes encuentros, le pedí que se regresara conmigo a la ciudad. Ella evadía mi petición excitándome, haciendo que me
perdiera en su cuerpo. Mi tiempo en la costa se acababa. Una necesidad
hasta ahora desconocida me invadía, me volvía un hombre desesperado.
Por eso decidí arrancarla de aquí, llevármela. Mientras ella me montaba
esa última vez en la playa, la sometí hasta amarrarla y la metí en mi coche.
Su fuerza era demasiada para una mujer tan pequeña, apenas estábamos
dejando el pueblo atrás cuando se liberó de la cuerda que la inmovilizaba,
se apoderó del volante del auto y provocó que amarizáramos en un estero.
La estación de policía estaba a unos metros de ahí y nos detuvieron de
inmediato. Ella estaba embravecida, gritaba cosas que nadie entendía,
se balanceaba violentamente y golpeaba con el tórax a los oficiales. La
internaron en una clínica psiquiátrica y, como ya había caído la noche, no
me dejaron verla hasta el día siguiente.
Cuando llegué a ese sitio con vista al mar, la encontré oliéndose las
axilas.
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Mariana viene a verme
—¿Qué haces? ¿Por qué te hueles?
—Porque mi olor me dice qué soy —giró y me
miró—. Yo aquí no soy. Sácame.
Quería decirle que no me importaba si estaba loca,
que la quería para mí.
—Mariana, ¿por qué no te quieres ir conmigo?
Parecía no haberme oído y ahora se olía los pies
descalzos. Me arrodillé junto a ella y busqué sus
ojos.
—¿Lo escuchas? Huele­—y me ofreció uno de sus
pies—. ¿Qué dice el olor?
Callé. No iba a morder su anzuelo.
—Dice que yo no soy aquí. Huele… —separó las
piernas, se hurgó el sexo con los dedos y me los dio a
oler—. ¿Huele cómo?
Me paré de un salto y le di la espalda. El mar a
lo lejos estaba agitado, había comenzado a llover. No
podía dejar que me arrastrara, tenía que ser más fuerte
que ella.
—Yo te puedo sacar, sólo dime que te vienes
conmigo.
—¿A qué huele? ¡Di!
Sus ojos se llenaron de furia e inmediatamente de
tristeza. Lloraba hecha un ovillo a mis pies. Me hinqué
de nuevo a su lado y tomé su mano ligera, una mano
que no parecía estar hecha de carne. Sucumbí.
—Huele a mareas violentas… a humedades prohibidas —le dije.
Acerqué sus dedos a mi lengua y los lamí despacio.
Mariana se retorcía. La brisa salada de su boca empañaba las ventanas. El aire estaba mojado y, entre nosotros,
una laguna brotaba por debajo de su bata.
—¿A qué huelo yo, toda? —preguntó aunque
conocía la respuesta.
—Tú hueles a roca, a lágrimas condensadas.
Tomó mi mano y la acercó a su sexo. Mis dedos lo
rozaron y su clítoris tuvo una oleada de placer. Entonces
me arrebató los dedos y los forzó a que la penetraran.
Yo no supe más de mí. Me quité la ropa y me metí en
ella. Estaba perdido en el líquido templado que Mariana era por dentro, cuando de ella nació una ola que
me golpeó y me alejó con fuerza. El cuarto sucumbió
ante una marejada iracunda. Traté de mantenerme a
flote, pero las crestas me golpearon hasta dejarme
inconsciente.
Cuando recuperé el sentido, me encontré en la
playa. El mar estaba manso. Los guardias de la clínica
no tardaron en llegar, me aprehendieron. Las explicaciones fueron inútiles.
Ahora ocupo su cuarto. No estoy solo, ella viene a
verme. Lo sé porque puedo olerla desde aquí: húmeda,
salada, inclemente.
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