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7. Estaba en la cárcel y fuisteis a verme (Mt, 25,36)

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7. Estaba en la cárcel y fuisteis a verme (Mt, 25,36)
7. Estaba en la cárcel
y fuisteis a verme
(Mt, 25,36)
Silvestre Valero Segovia
Capellán del Centro Penitenciario de Cuenca. Delegado de Pastoral Social.
Director de Cáritas Diocesana de Cuenca
Resumen
Los presos constituyen el último eslabón de la exclusión. A través de su experiencia
personal y con diferentes testimonios de reclusos y voluntarios, el autor descubre
desde el andamiaje que proporciona el programa de intervención del Centro Penitenciario de Cuenca, diferentes dimensiones de la exclusión desde la privación
de libertad y ausencia de sentido. Posteriormente, plasma la aportación específica
de un Dios que se manifiesta en el sufrimiento de los presos y da sentido a la existencia humana.
Palabras clave: Exclusión, Cárcel, Sentido, Experiencia de fe, Encarnación.
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Abstract:
Prisoners are the last link in exclusion.Through his personal experience and various
testimonies from inmates and volunteers, the author uses the scaffolding provided
by the action programme at Cuenca Prison to reveal different dimensions of exclusion, from the deprivation of liberty and lack of meaning. He goes on to plasma the
specific contribution of a God who shows Himself in the prisoner’s suffering and
gives meaning to human existence.
Key words: Exclusion, Prison, Sense, Experience of faith, Incarnation.
Corintios
Corintios XIII
XIII nº
nº 135
135
Estaba en la cárcel y fuisteis a verme (Mt. 25, 36)
Introducción
Cuando me pidieron colaborar en Corintios XIII en un número especial sobre
exclusión, no dudé: los presos constituyen una población en situación, casi podríamos decir, de exclusión integral. El último eslabón de la falta de sentido. De inmediato vinieron a mi mente tantos amigos… Vida, sonrisas, lágrimas, dolor y esperanza,
gritos y silencios compartidos de mis compañeros de viaje. Es mucho lo que hemos
aprendido juntos y, en agradecimiento, no puedo menos que intentar plasmarlo en
estas páginas, donde también tendrán cabida sus palabras.
Es muy difícil dejar sólo en palabras tantas vivencias del alma, es imposible
plasmar la belleza de una sonrisa o el dolor desesperado de un rostro, no se puede
traer la mirada de esperanza más allá de las rejas y la nostalgia de los seres queridos,
cuesta mucho poner al desnudo sus vidas rotas a jirones por las mil y una circunstancias de la vida que, en muchos casos, les ha abocado a ello.
Como verá el lector, junto a mi experiencia personal, intercalo textos, experiencias, narraciones de personas reales que se han ido cruzando en el camino y
dan cuenta y dan cuenta del trayecto.
1. Comienzos
1.1. Encuentro
Andaba yo por entonces llevando la Parroquia de Motilla del Palancar, unos
6000 habitantes, junto con un anejo, Gabaldón, de 200, metido de lleno en las tareas pastorales intentando romper estructuras de siglos y anunciar la buena noticia
del Reino, atendiendo los tres pilares fundamentales de la evangelización: catequesis,
culto y caridad.
Pero una religiosidad cargada de siglos, de tradición, de costumbres que no
siempre facilita el terreno a la semilla del Evangelio, va distrayendo mi vida y está a
punto, con el tiempo, de burocratizarla.
Después de once años en esta Comunidad el Sr. Obispo me llama a Cáritas
Diocesana y, como un añadido sin demasiada importancia, me pide que asuma la
capellanía de la Prisión de Cuenca. Es pequeña. Construida para unos 60 preventivos, ahora alberga masivamente unos 130 presos entre condenados y preventivos.
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Aquí mi vocación se renueva y mi vida cobra nueva intensidad. Tras las interminables puertas de la cárcel me voy encontrando, cada día, con el rostro de hombres y mujeres que, poco a poco, voy poniendo nombre y van desvelando el mío.
Junto al grupo de voluntarios existente empezamos a elaborar un Programa
de Intervención que ponemos en marcha el año 2001. Presento el esquema de
este Programa de Intervención que nos ha servido, a presos y voluntarios, para
hacer el camino juntos hasta hoy. Es sólo un esqueleto al que vamos poniendo
vida, día a día, al comunicar y compartir nuestras experiencias. Así, poco a poco
va surgiendo el yo más profundo que anida en nosotros. Poco a poco nos vamos conociendo. Poco a poco nos vamos poniendo nombre. Poco a poco nos
vamos queriendo y van despertando en nosotros las ganas de vivir, las ansias de
libertad ante tanta esclavitud que ha ido manejando nuestras vidas. Juntos vamos
dando forma al esqueleto, sin prisas.
Este programa sólo ha sido una ayuda que nunca ha determinado el curso
de nuestros encuentros y vivencias. Pero considero importante traerlo aquí para
comprender mejor el esquema básico con que vamos haciendo el camino.
1.2. Programa de Intervención en el
Centro Penitenciario de Cuenca
Identidad personal. Búsqueda de valores. Programa de reinserción social
Contando con la experiencia positiva de varios años, el Voluntariado de Cáritas Diocesana de Cuenca elabora, en el 2001, un programa sencillo que ayuda en la
búsqueda de la “identidad personal” con el descubrimiento de unos valores éticos,
de validez universal, de cara a la reinserción social.
Esta universalidad, que cada día se busca más en todas las culturas, permite
la participación en este programa de todos los reclusos que lo deseen sin que sea
impedimento la religión, la cultura o la raza.
La presencia y labor del voluntariado de Cáritas en el Centro Penitenciario
tiene continuidad en la calle con un piso de acogida de reclusos y exreclusos, “Vía
Libre”, con capacidad para ocho personas, con un programa propio de inserción
socio-laboral que no abordaremos en este momento.
El Objetivo General del Programa de Intervención en el Centro Penitenciarios de Cuenca es reforzar la identidad personal con el descubrimiento
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de valores humanos y éticos, que forman parte de la misma esencia del ser humano, de cara a la inserción en la sociedad con un talante solidario.
El tipo de programa y las líneas de actuación están determinados por el
objetivo general que requiere distintas y variadas intervenciones. Dado el carácter
social de todo individuo, y las influencias determinantes que recibe del medio, todo
el programa se sustenta sobre tres pilares fundamentales:
1.– Experiencia personal.
El presente de cada persona viene determinado por un cúmulo de circunstancias del pasado que es necesario asumir para entender y orientar bien nuestra
vida de hoy. Teniendo esto en cuenta analizamos juntos:
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r -BTDPOTFDVFODJBTQPTJUJWBTZOFHBUJWBTRVFTFEFTQSFOEFOEFDBEBTJUVBción en el momento presente.
2.– Otras experiencias y formas de vida que pueden reestructurar nuestra
personalidad y dar un sentido válido a nuestra vida.
No somos islas sino seres humanos que vivimos en sociedad y que nos vamos edificando como personas en “relación” y “diálogo”. Por ello es importante ver
otras maneras de vivir, otros valores y experiencias, de las que podamos aprender
nosotros.
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3.– Reinserción social. Otra forma de vida. El gozo y la alegría de vivir. Compromiso de vida aquí y ahora.
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–Con uno mismo.
–Con los demás.
–Con la sociedad.
–Con la naturaleza.
–Con Dios.
Procuramos que la metodología empleada en cada encuentro suponga la
participación activa de todos. Partir de la situación personal, de nuestra experiencia
compartida, y traer a nuestra reflexión otras maneras de ver la vida y actuar, nos
ayuda a cuestionar nuestra realidad.
Para ello nos ayudamos de dinámicas y técnicas de grupo, utilizamos los
medios audiovisuales e informáticos, realizamos actividades deportivas y culturales,
salidas terapéuticas, contactos con personas y grupos del exterior, convivencias en
fiestas religiosas o populares y participación en Cáritas Diocesana colaborando en
la revista.
El Programa se lleva a cabo durante todo el año, viernes y domingos, con una
duración aproximada de dos horas cada día.
Los objetivos más concretos son:
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la vida: solidaridad, respeto mutuo, amistad, perdón generosidad…
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2. Experiencias
2.1. La cárcel y los presos
Ya hay muchas y muy buenas reflexiones sobre la cárcel y los presos. Yo intentaré transmitir tan solo mi experiencia, lo que he visto, oído y vivido.
Cuando uno entra en la cárcel por primera vez tiene la sensación de haber
sido arrancado de cuajo de su medio. Queda desnudo de amigos, familia, trabajo,
espacio social y, en definitiva, de todo aquello con lo que ha ido configurando su
existencia. De una manera traumática, en un abrir y cerrar de ojos, tiene que situarse en un espacio extraño y desconocido.
La frialdad e indiferencia de unos rostros le reciben y, en breve tiempo,
habiéndole explicado lo más elemental de su nueva situación, se encuentra en la
mayor de las soledades, en el mayor de los vacíos, perdido entre cuatro paredes y
muchas rejas.
El ruido monótono y chirriante de una y otra puerta lleva al preso a su nuevo destino. En el silencio, con el dolor todavía fresco de las esposas, sólo escuchas
el tic tac acelerado de tu cerebro. Solo, con su tristeza y sus lágrimas, tiene que
encontrar en su interior la fuerza, los valores, los esquemas vitales que le ayuden a
afrontar su nueva situación. Es entonces cuando sirve de mucho los valores sobre
los que se sustenta la vida y los lazos que se han ido creando con los que te rodean
y con el medio.
Dios también tiene mucho que ver en esos momentos.
Poco a poco, desde el vacío y la soledad de los primeros días, vas descubriendo el medio donde se va a desarrollar tu vida y la gran variedad de personas con
que te vas a encontrar. Desde el funcionario, educador social, médico… que verás
con cierta frecuencia hasta el trabajador social, jurista, psicólogo y equipo directivo
que verás muy de tarde en tarde y con escaso interés por tu situación personal.
Pero siempre tendrás a tu lado algún compañero que te ayude a iniciar una nueva
andadura.
Normalmente las cárceles son lugares sin horizonte. Demasiadas paredes y
alambradas espinosas impiden que tu visión pueda recorrer el espacio deseado.
Después de un largo tiempo en prisión, cuando sales a la calle, tienes que
aprender a vivir de nuevo, te sientes extraño, hasta te cuesta trabajo andar con
normalidad. Me decía un preso, no se si de su propia cosecha, de 32 años, privado
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de libertad 12 de ellos, que para él “ser libre era sentirse como un marinero que,
acostumbrado a la mar, al mecer de las olas, al olor de la sal, a los espacios cortos, a
pasear tranquilo por cubierta, a la soledad de su camarote, a ver atardecer desde su
barco, a la belleza de la luna reflejada en el mar, llega un día a tierra y descubre que
la gente le agobia, que el mundo es muy grande, los edificios muy altos y el sol no
se ve y la luna se esconde en la noche. Y por eso el marinero tiene miedo y quiere
volver al mar, porque aun en la prisión de su barco se siente libre y, sin embargo en
la libertad de la tierra se siente preso”. No obstante su sueño es la libertad.
En prisión tu mirada no tiene lejanía, siempre chocará con una pared, con
unos barrotes, con algún compañero que ocupa el espacio que necesitas para respirar. Cuando los permisos se limitan y la cárcel tiene que asumir el 210 % de su
capacidad el ambiente se nota tenso. No hay espacio para vivir con dignidad.
Solo, a través de los barrotes de tu celda, si tienes suerte, podrás mirar la
lejanía y respirar un aire limpio. Será ese espacio íntimo donde das vueltas y más
vueltas a tu vida sin hallar respuesta alguna, será espacio de sueños y esperanza, será
también, en muchos casos, aire fresco para tus sienes embotadas por la confusión
de tu vida y, generalmente, por la droga.
Pero la celda, compartida, te deja poco tiempo y espacio para la intimidad.
Abrir y cerrar de viejos cerrojos, murmullo constante, TV con un volumen
muy alto, notas de guitarra, fichas de dominó, pasos rápidos… serán tu sonido de
compañía cada día.
Poco a poco vas viendo la singularidad de cada preso. En sus rostros llevan escrita parte de su vida, su mirada refleja parte de su historia y de su drama personal.
Droga, pobreza, enfermedad mental, sida… son los faraones de la prisión
que mantienen en la esclavitud a más del 70% de los presos que provienen de las
capas más humildes de la sociedad. Una sociedad que en sus presos, 72.215 en
enero del presente año según el Ministerio del Interior, se está condenando a sí
misma pero que no quiere ver lo que ella misma ha generado y lo aleja y oculta
lo más posible. Con la condena del otro justifico mi culpa. Es la postura hipócrita
de nuestra sociedad que vive dando culto a los viejos dioses del tener, del poder
y del placer.
“Una 4/5 parte de la población penitenciaria, desde el punto de vista de su
origen social, proceden de barriadas y ambiente de marginación” (Campaña contra
la exclusión social. Informe del año 2007 de la Asociación Pro derechos humanos
de Andalucía). La cárcel es el último eslabón de la cadena de exclusión. Sin derechos antes, presos ahora.
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La fragilidad de muchas personas por condicionamientos sociales, culturales
y económicos, es caldo de cultivo para caer en la tentación de estos dioses a los
que quieren servir manejados por la sociedad de consumo.
En la mayoría de los casos los presos han tenido unas carencias familiares
importantes. La ausencia de una familia estructurada y estable, donde estén presentes valores fundamentales presididos por el amor, es el origen de muchas carreras
delictivas. Sin familia estable, sin cultura, sin trabajo, la delincuencia aparece como
única alternativa.
El hombre es como la tierra. Si labras bien la tierra, la abonas y riegas, la
semilla sembrada germina. Si no se labra y abona, la tierra se va endureciendo y la
semilla no puede sentir el frescor de la lluvia y germinar.
Es el caso triste de muchas personas que han crecido entre dificultades y carencias de todo tipo. No ha tenido la oportunidad de ser “cultivados”. Como diría
el Principito “no se han creado lazos”.
Poco a poco se va nublando la mirada, uno va dejando de ser realista, no
afronta sus errores y los actos delictivos le van creando una coraza difícil de franquear.
Su mundo interior, su alma, la imagen de Dios grabada en lo más intimo de
su ser se va ocultando y anulando.
Pero la tierra está ahí, siempre lista para ser labrada y abonada, dispuesta a
dejar brotar la semilla.
El Padre, cada amanecer, otea el horizonte esperando con ilusión la vuelta
del hijo.
“Me llamo Antonia, tengo 40 años y tres hijos, aunque me gusta que
me llamen Toñi.
Con este artículo tengo la oportunidad de hablar sobre mi vida, que es
una bendición de Dios.
Por desgracia yo no conocí mi infancia, ya que desde muy pequeñita
me quedé sin madre, sólo tenía nueve años cuando me hice cargo de seis
hermanos.
Mi abuelo abusaba de mí.
Mi padre era alcohólico. Pero fue él quien me enseño a cocinar, a coser un botón… Lo perdí en el año 1998, estando en prisión, y no pude salir
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al entierro porque estaba preventiva y no tenía derecho a nada. Para mí fue
muy duro. Ahora para el 19 de Agosto hace nueve años. También perdí a un
hermano, que se suicidó en Herrera de la Mancha. Era más pequeño que
yo. Estaba cumpliendo condena, pero él fue muy débil y no lo soportó.
Cuando yo entré en prisión entré muy mal, con depresión, anémica
perdida, comida por la droga, pero tuve que echarle mucho coraje, porque mi
vida no acababa ahí, aunque las cárceles sean parte del infierno.
Pero me ha servido mucho, me ha servido para saber, sobre todo, a
decir que no a las drogas, que no te dejan valorarte a ti misma, ni quererte.
En siete años que me he tirado en prisión he aprendido mucho.
Ahora estoy en tercer grado, viviendo en Cáritas gracias al padre
Silvestre, que me tendió su mano como un padre; también todas las chicas
responsables del Piso de Acogida, “Vía Libre”, que me ayudan día tras día.
En Cáritas me encuentro muy bien, no me falta cariño. Les estoy muy
agradecida.
Ahora estoy esperando la condicional para poder empezar a trabajar
en la hostelería o en la limpieza, que me gusta. Ahora estoy haciendo cursillos
en Cáritas y estoy aprendiendo cosas nuevas que me gustan.
Estoy aprendiendo a vivir de otra manera y me siento muy feliz”.
Toñi
2.2. La cárcel, un camino sin retorno para muchos
En cada encuentro que tenemos los que trabajamos en prisión, desde la
pastoral penitenciaria y el voluntariado, llegamos a la misma conclusión: el sistema
penitenciario, tal como está concebido, no responde, lo más mínimo, a su razón de
ser plasmado en el artículo 25.2 de la Constitución Española, “las penas privativas
de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas a la reeducación y la
reinserción social”.
Desde el primer día que el preso entra en prisión queda limitado en sus
derechos humanos más allá de la privación de libertad. El carácter punitivo y la
seguridad carcelaria serán casi único objetivo de toda la estructura y personal de la
prisión (funcionarios de vigilancia, técnicos de los equipos de tratamiento, administrativos, directivos…), quedando bastante restringido el objetivo final de la prisión
que es la reinserción del preso en la sociedad. Para ello el diálogo, la convivencia, el
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trato personalizado, el trabajo legal en el medio carcelario, la cultura, la intimidad, las
relaciones familiares, la comunicación con el medio social…, deberían ser objetivos
fundamentales de la prisión.
Pero no es así. Sirva como ejemplo un estudio de la Universidad Pontificia
de Comillas en Madrid, que expresaba la opinión de los presos, “el 78% de los
encuestados dice tener problemas en la comunicación con los funcionarios de
vigilancia y los equipos de tratamiento. El tiempo medio que el Equipo de Tratamiento ha utilizado durante el tiempo de condena que llevan cumplido las personas encuestadas es de 80 minutos, cuando estamos hablando de personas que
están condenadas a un media de 13,5 años (más de siete millones de minutos de
condena). Unos cinco minutos al año.
A mi madre
Mamá cuéntame un cuento,
acúname en tus brazos
igual que cuando era pequeño.
Se que fui muy malo,
que no fui bueno
que puse un muro por medio
para que no me llegaran tus brazos
y no me rozaran tus besos.
Cogí un caballo y corrí mucho más,
mucho más que el viento.
Me parecía todo mejor,
que era un mundo nuevo,
todo me parecía bueno.
Sí, de ti estaba muy lejos.
A galope en mi desenfreno,
ya nadie podía parar aquello,
había ido demasiado lejos
en aquella carrera dulce y amarga.
Y caí como un torbellino,
mal herido y sediento.
Ya fue tarde para mi.
¡Dios, como te recuerdo
en mi lecho enfermo y sin aliento!
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Ya apenas me queda voz,
mi cuerpo ya está seco,
mis venas ya no son venas,
parecen de esparto seco,
y en ese hilo de voz,
ya sin aliento y sin vida,
te pido, mamá,
que tú me cuentes un cuento,
que me acunes en tus brazos
y que tus labios me besen.
Y pídele a Dios para mí
un poco sitio en cielo,
donde te espero, mamá.
Poesía de un joven de 18 años dedicada a su madre,
desde el hospital, días antes de morir. La remite M. Collado
La masificación (más del 150% en todas las cárceles españolas); el ambiente
agresivo; la inactividad; el correr de la droga (muchos afirman que se han iniciado
en la cárcel); el tiempo vacío; el desarraigo del medio; la lejanía de los familiares; la
ausencia de familia en otros; las enfermedades mentales y la falta de tratamiento
(según la Sociedad Española de Sanidad Penitenciaria el 40% de los presos sufre
trastornos mentales y de la personalidad); el futuro incierto y la falta de perspectiva
y preparación para la libertad y un largo etcétera hacen de la cárcel un camino sin
retorno.
Una vez que salen en libertad, sin haber llegado a las causas que les llevaron
a delinquir y poner el remedio necesario, la poca preparación (el 61% engloba a
personas analfabetas, que mínimamente saben leer o únicamente tienen certificado
de escolaridad, sin que hayan alcanzado el nivel de graduado), les lleva de nuevo a
delinquir en más del 60% de los casos.
Un nuevo delito, la escasez de medios económicos y un abogado de oficio
son camino rápido para ingresar de nuevo en prisión. La cárcel viene a ser para
muchos su espacio habitual.
En consecuencia, el sistema penitenciario, tal como hoy se está llevando
a cabo, demuestra, en la mayoría de los casos, su ineficacia hasta el punto de ser
gravoso para la administración por el coste elevadísimo que supone, peligroso para
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la ciudadanía que no confía en la reeducación y reinserción del preso y prejudicial
para el preso que ha perdido un tiempo precioso y sale, por lo general, en peores
condiciones que entró.
Por tanto, para muchos, la cárcel, tal como está funcionando hoy, es un camino sin final y es apremiante buscar alternativas a la prisión.
Al mismo tiempo es urgente una política social adecuada, basada en la prevención, en igualar oportunidades y en eliminar los factores que generan la exclusión social.
2.3. Mi experiencia en prisión. Alfredo García
Mi primera noche en la cárcel
Precedido del funcionario entré en un espacio sumergido en penumbra, donde
pude ver una litera, un camastro sobre otro, una ventana que daba a un patio, unas
espumas que querían alcanzar el grado de colchones, un reborde que hacía las veces
de mesa, y un habitáculo donde había un lavamanos minúsculo y un inodoro sin tapa,
todo ello con el denominador común de una suciedad amenazante. El funcionario, te
extiende una bolsa con enseres (cepillo de dientes, crema dentrífica, toalla, cubiertos
de plástico, dos sábanas y cuatro preservativos cuya visión me dejo preocupado), te
hace firmar una hoja como recibo de los mismos y después de hacerte un minucioso
reconocimiento corporal y ver que no llevas nada que no sea lo que él te acababa de
obsequiar, se va con un aire de autosuficiencia y lo rubrica con un mayúsculo portazo y
posterior golpe de cerradura, sonidos, que por otro lado, me acompañarán a partir de
ese instante en todo momento.
Aquí comienza mi confrontación con la soledad, tengo sed, y me siento empapado. Haciendo caso omiso de la suciedad, bebo agua del grifo y me lavo como puedo.
Al cabo de tres horas de incertidumbre, angustia y sobretodo con la presión de la
soledad, me salta la alarma de mis instintos al oír de nuevo esos ruidos, llave que da la
vuelta, cerrojo que se desplaza y puerta que se abre con un golpe de esa pesada llave
en la chapa como propina. Mi reacción fue irme al fondo de la celda y… veo a otro
recluso que me trae la cena. Creo reconocer a este preso y eso me alivia, lo confirmo
cuando también él me saluda y me pregunta si necesito algo. En ese momento, con un
nudo en la garganta, le dije que cigarrillos, papel y boli. Al rato por debajo de la puerta
me llegan 10 cigarrillos, un mechero, 2 hojas blancas y un bolígrafo. Creo que este amigo
no sabrá nunca lo que este acto supuso para mí… o quizás porque lo sabia, lo hizo.
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Puse la sábana encima de la espuma que consideré que estaba menos manchada de
círculos sospechosos y con la ropa que llevaba me tumbé encima evitando el contacto
directo con el jergón y me quedé dormido. De vez en cuando me despertaba el ruido del
funcionario que levantando sin miramientos la mirilla, después de observarme, la dejaba
caer dando a entender que aquí solo se dormía cuando el quería.
Hacia la madrugada, ignoro la hora por no tener reloj desde el día anterior, vuelvo
a oír los pasos del funcionario y sus juegos con las llaves, así que, perturbado sin cesar
en mi sueño, acabé por dejar de dormir. Perdido en la contemplación de las telarañas
que decoraban los rincones y en las cañerías que iban de un extremo a otro de la
pared, empecé a tomar conciencia de que esta atmósfera y este paisaje debían ser mi
ambiente durante un periodo largo.
Nunca he sido particularmente piadoso, sin embargo, caí de rodillas junto al
lecho y murmuré: ¡Dios mío! Sácame de aquí, no permitas que esto esté pasándome. A
continuación le hice promesas si lo conseguía. Después mi conciencia me recordó cuanto
tiempo llevaba sin dirigirme a Él y caí en la cuenta que, al prometerle a cambio de que
me sacara de ahí, estaba haciéndole chantaje, entonces aún me sentí peor.
Mi primer día
Por la mañana comienzan a sonar las voces que durante el día se oirán para
todo: ¡Rápido señores, recuento! ¡Rápido señores, a desayunar! ¡Rápido señores al patio!
¡Rápido señores arriba! ¡Rápido señores, abajo!
La bajada al comedor produce la formación de un grupo de 30 presos, les miro,
les observo, descubro que todos están pendientes de mí. Me doy cuenta que la población penal aquí está reclutada entre las capas sociales mas bajas. Estoy intentando
decidirme entre si ir a por leche o buscar un sitio donde sentarme, cuando una voz me
saca de tal disquisición, proponiéndome sentarme en su mesa, era el recluso que me
trajo la cena. Sentí un gran alivio pues aún no era capaz de saber si las miradas que
estaban acechándome, desde el principio, eran curiosas o algo peor. Reconozco que
todas las películas de cine y televisión acerca de prisiones se me amontonaban en la
cabeza, me hacían estar alerta. Mi amigo, así lo bautice desde ese momento, me puso
al corriente de todo: horarios, turnos, presos, funcionarios, comidas, economato, trabajos,
premios, castigos, caprichos… fue una clase intensiva de la que tenía que tomar buena
nota para no meterme en problemas. Más tarde toda esta amabilidad la devolví en
productos del economato.
Como era sábado, se disfrutaba de un recreo continuado consistente en paseos
por un patio grande donde era posible mezclarse con condenados y en el que contem-
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plé por primera vez una crisis de epilepsia, a personas en mal estado físico con ojos
desorbitados y caras pálidas, son los toxicómanos. No están aquí para ser desintoxicados, sino para ser castigados.
Como colofón, asistí a una reyerta, donde se esgrimieron armas hechas a mano
de lo más inverosímil, con lo que pude ver que existían clanes y bandas.
Al llegar a mi celda para pasar la noche de nuevo, me sentía soliviantado con
tantas sensaciones nuevas, mi estrés era enorme, mi preocupación creciente, estaba
entrando en un estado de derrumbe porque sabía que no tendría fuerzas para aguantar
muchos días como éste. No podía integrarme, ni hacerme a la idea de que formaba
parte de un universo así. Esa noche me hundí y de nuevo acudí a la oración, ya no pedía
que me sacase de allí sino tener fuerzas para soportarlo. Evoqué pasajes del Evangelio,
recordé que Jesús también pidió librarse del cáliz amargo de la pasión. Un horizonte de
esperanza surgió en mí, necesitaba saber si había misas o un cura con quien hablar. Con
este pensamiento y un mar de lágrimas acabé por dormirme.
7 meses
La vida dentro es la misma que la del primer día, pero ahora soy yo el que ha
cambiado, acepté que mi familia viniese a verme, pues la vergüenza no me dejaba
antes, y ellos han sido uno de mis pilares para salir adelante, para dejar a un lado la
soledad. Sus visitas a través de unos cristales los domingos, son de lo más esperado en
la semana, es mi desahogo, y me siento querido. También reforzábamos estos lazos con
unas increíbles cartas que nos escribíamos semanalmente. Aprendí de ellos que la vía
del AMOR es la solución a todo tipo de problemas. Esta práctica fui capaz de llevarla
dentro de la prisión tal y como sentía que mi familia me la daba a mí.
Conocí al sacerdote, el Padre Silvestre, ¡qué gran descubrimiento!, me sentí escuchado, que interesaba a alguien, que no me señalaba, ¡caramba! ¡Incluso me confesé!
Y muy a gusto. Recuerdo esa sensación, ese alivio, esa descarga. Algo me decía que iba
por buen camino, participaba enormemente en sus homilías, incluso le pedí un Nuevo
Testamento en donde leía lo que después oiríamos en la misa. Empezaba a disfrutar,
disfrutar… sí, esa palabra la tenía olvidada desde que entré. Comenzamos a tener
conversaciones más profundas, entendí palabras como el Amor, el Sacrificio, la Paciencia.
Incluso trabajé como ayudante del profesor de la escuela para ayudar a otros, sobretodo inmigrantes que no dominaban el idioma. Notaba como día a día, iba creciendo,
aceptaba todo lo que me venía y el domingo él era mi válvula, le contaba mis progresos.
Llegué a escribir en una revista de Cáritas porque quería que mi testimonio llegase a
más gente, tanto fuera como dentro de la prisión.
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Fue entonces cuando hice un gran descubrimiento: la Providencia. Ahora entendí
qué grande es la sabiduría del Señor. No me otorgó la libertad que le pedía de rodillas ese primer día, porque lo que realmente necesitaba era la libertad de mi alma, la
libertad que, aun estando entre cuatro paredes, ya sentía. Utilizó a la Providencia para
hacerme buscar en lo más profundo de mí, de manera que cada acto tenía un significado, era una pista para dar un paso más hacia delante, me estaba guiando hacia la paz
conmigo mismo y a aprender a escuchar su mensaje, el mensaje de su silencio.
¡Cómo había cambiado todo!, pasé de tener como única compañía a la soledad
a disfrutar del amor que en muy diversas facetas se me presentaba: la unión como
una piña de mi familia y su constancia, el incondicionalismo de mi mujer, el derroche de
humanidad del Padre Silvestre, el buen quehacer del voluntariado de Cáritas, las visitas
impregnadas de espiritualidad de mis abogadas… incluso los atípicos pero sinceros
brindis de confianza de algún funcionario o interno del Centro Penitenciario. Todos ellos
formaban para mí un conjunto de calidad máxima a quienes no debía fallar. Me di
cuenta que no podía asistir a ver mi vida como quien observa un día de lluvia.
Tomé la decisión de vivirla.
Salida
Hoy en día, estoy fuera, esperando el juicio, pero no salí con las manos vacías, mi
alma está fortalecida, sé que no fallaré, mi Fe está renovada y siento que Dios es mi
aliado. Todo esto junto con el apoyo de mi familia hace que mi caso sea algo atípico en
el que se ha producido una reinserción, pero no por lo que me metieron en la cárcel sino
por la reinserción moral que viví.
Y sin embargo… ¿Basta haber cumplido la pena para convertirse de nuevo en
un ser libre? Todavía siento el frío de la prisión. Se diría que una frontera invisible me
separa de los demás y de la persona que fui. Antes la libertad me parecía tan natural
como el aire que respiro. Era algo que se daba por supuesto. Ahora, en cambio, la siento
como un don continuamente amenazado. Toda mañana es una fiesta para mí, todo
paisaje es un regalo, todo trabajo es bienvenido; pero no hay día que no me asalte, de
pronto, un miedo repentino, como si hubiese sido sorprendido en flagrante delito de
distracción y estuviese a punto de dejar escapar mi libertad por no pensar lo suficiente
en ella. Veo entonces los rostros de los que abandoné detrás de mi, ¿Qué harían ahora
ellos? ¿Qué haría yo si estuviese allí?
Creo que pasaré el resto de mi vida, en cierta manera, en prisión.
Corintios XIII nº 135
Estaba en la cárcel y fuisteis a verme (Mt. 25, 36)
Todo el que, en alguna ocasión, la ha conocido nunca vuelve a reintegrarse del
todo en la sociedad. Entre aquél y ésta se interpone siempre el recuerdo de lo que se
ha sufrido y el peso de lo que se ha de callar, porque un expreso es un mutilado que
no tiene el derecho de enseñar las heridas, sino que, todo lo contrario, debe disimularlas
si quiere hacerse con el modo de no volver más al lugar de donde vino. El mundo de
la prisión lo ha marcado con su sello. ¿Contará con la fuerza interior suficiente para
borrarlo? No lo conseguirá porque, ante los demás, tendrá el terror continuo de delatarse. Entonces, como es natural, volverá a buscar la compañía de los que han sufrido
las mismas pruebas que él.Y de ese modo, aun fuera de la cárcel, la prisión se apodera
de él…
No tengo la pretensión de cambiar las cosas, sino simplemente de aportar mi
grano de arena y favorecer una toma de conciencia. Porque si algo le debo a la cárcel es
un sentimiento de solidaridad, con todas las responsabilidades que esto implica. No me
siento cualificado para decir si las cárceles son o no necesarias, pero tengo, en cambio,
el deber de decir que las nuestras se basan en un sistema aberrante, el cual engendra
una realidad insoportable.
Doy gracias a Dios y a su providencia por haberme dado las pistas suficientes
para ponerme en camino.
2.4. Mi experiencia personal en la cárcel
La cárcel: delincuentes, drogadictos, asesinos, maltratadores, mafiosos, inmigrantes…, en fin, gente de mala ralea.
Esta es la idea que la mayoría de la gente tiene todavía de la cárcel, a pesar
de la presencia del voluntariado y de nuevos programas de Instituciones Penitenciarias.
Recuerdo que en mis años de estudiante de filosofía en el Seminario de
Cuenca, finales de los sesenta, pidieron voluntarios para ir a la cárcel. Por entonces
acudía a la Beneficencia, los domingos por la tarde, a visitar a personas enfermas,
que, por una u otra razón, terminaban solas y abandonadas. Me cautivó la posibilidad de una nueva experiencia. ¡La cárcel!
La idea que se me trasmitió de los presos fue tal que yo iba bastante asustado,
tendría la oportunidad de conocer el rostro del mal en aquellos hombres que habían
metido en prisión. Pero no fue así. Aún recuerdo aquella primera partida de frontón
con un preso. El que estaba a mi lado, jugando conmigo, era un hombre de mediana
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7 Silvestre Valero Segovia
edad y por cierto bastante agradable. Por todos los medios intentó normalizar la
situación ante mi visible nerviosismo. Enseguida se rompieron mis miedos.
Pasados los años, mi vivencia en prisión es muy diferente, pero está en la
misma línea de aquella primera experiencia. Sigue siendo un encuentro donde yo
soy el más beneficiado.
Lo primero que tengo que afirmar es que mi presencia en prisión como
capellán y voluntario es una bendición del cielo que siempre agradeceré al Dios de
la vida y al Sr. Obispo Don Ramón del Hoyo.
En segundo lugar nunca encontraré palabras para manifestar mi agradecimiento a todas las personas que he conocido en prisión y me han ayudado a
situarme en el sendero de la vida y en la confirmación, día a día, de la razón de mi
existencia.
Poco a poco, reunión tras reunión, siguiendo el esquema del programa, hemos ido sacando a flote nuestra experiencia, desde la infancia a nuestros días,
viendo nuestras carencias, nuestras limitaciones, las circunstancias adversas desde la
niñez, los tremendos errores cometidos, el daño que nos han hecho y el que hemos
hecho nosotros.
Hemos descubierto que no nos han enseñado bien las primeras lecciones
de la vida: no hemos tenido una mano cariñosa que nos advirtiera del bien y del
mal, nos ha faltado el reproche y el castigo cariñoso que podara las ramas feas del
árbol de nuestra vida, hemos crecido sin rumbo, a la deriva.
En otros casos hemos sido atrapados por el sendero fácil, por los amigos de
turno, por experiencias novedosas, por la huida cómoda.
Por una u otra senda equivocada hemos llegado hasta aquí.
En muchos encuentros hemos analizado nuestro pasado viendo los momentos fundamentales y las causas que han ido modelando nuestra vida tal cual es hoy.
Preso en la vida y preso en la cárcel.
Experiencias y más experiencias compartidas. Y tras ellas un hombre, una
mujer, que, habiendo sufrido la amargura del camino, quiere vivir, necesita vivir, necesita amar y ser amado.
Es ahí en esa profundidad, en lo más intimo de nuestro ser donde empezamos a mirar de nuevo y oír sonidos nunca escuchados.
Corintios XIII nº 135
Estaba en la cárcel y fuisteis a verme (Mt. 25, 36)
Un hombre nuevo quiere nacer en mí.
Con ellos, desde su corazón, he ido llegando al mío, desde su vida a mi vida,
desde su amor a mi amor. Desde su Dios, en muchos casos sin nombre, a mi Dios
con el nombre de Jesús.
Con ellos he aprendido, he vivido, la experiencia más gratificante de mi vida:
que Dios es amor. En ellos me he visto a mí y he comprobado que su dios y mi
Dios es el mismo y que tiene el mismo nombre: “el que es”, “el que está” a mi lado
llamándome a la vida y a la libertad.
Así, poco a poco, con ellos y desde ellos, voy aprendiendo a vivir, voy descubriendo la figura de Jesús y su buena noticia, y voy comprendiendo, cada día más, la
maravillosa Historia de Salvación de Dios con los hombres y la Alianza eterna con
su pueblo.
Queridos amigos del Centro Penitenciario de Cuenca:
Soy Aurelia, voluntaria por un tiempo, tres años más o menos. Momentos compartidos, muchas horas con vosotros, mucha vida. A todos os llevo en
el corazón. No os he olvidado. Confío en que tampoco os hayáis olvidado de
mí.
Muchas risas, muchos cantes y bailes, inolvidables viajes a Priego y
Albarracín y, sobre todo, inolvidables vosotros, vuestros testimonios, vuestras
experiencias, vuestras palabras llenas de sabiduría tantas veces, y profundas.
¡Gracias amigos por ello! No todo el mundo tiene la suerte de conoceros y
escucharos.
Las mejores misas de mi vida, las que compartí con vosotros en la
cárcel. ¡Son los misterios de la vida, y de Dios!
Ahora doy clases de religión en Altea (Alicante), y a mis alumnos les
hablo con mucho cariño de vosotros, de las cosas tan importantes que me
habéis enseñado, seguro que sin daros cuenta, porque sois humildes, y por eso
sois los preferidos de Dios.
Los chavales alucinan con mis historias de la cárcel y yo les enseño
a no tener prejuicios, a no marginar a nadie, a ser comprensivos con todos,
porque todos somos buenos y malos a ratos. Somos débiles. Y hasta el más
malvado tiene corazón, porque a pesar de nuestras malas acciones, seguimos
siendo hijos de Dios, creados por Él a su imagen y semejanza, y esto está
siempre por encima de todas nuestras maldades juntas. Dios nos sigue queriendo seamos como seamos.Y cuando peores somos, más nos quiere. Porque
más falta nos hace, porque más bajo hemos caído. Y ahí está.
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Él, tendiéndonos la mano para levantarnos, porque Él nos quiere de
pie, a su lado, para que seamos felices.
¡Qué hermoso e impresionante es tener un Dios que nos quiere
siempre!
Gracias por todo, amigos. Un abrazo a cada uno.
3. Mi experiencia personal
3.1. Mi experiencia, como la de muchos presos,
es una experiencia de fe
Desde mi experiencia de cada día voy leyendo la Biblia.
Desde la Biblia voy leyendo cada día mi experiencia.
El libro del Éxodo, de manera especial, va marcando mis pasos de libertad.
Ya desde las primeras páginas de la Biblia veo a Dios, lleno de amor, creando
todas las cosas, creando al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza. Dios crea
un paraíso donde pasea a la hora de la brisa.
Dios paseaba por el jardín del Paraíso a la hora de la brisa (Gn3, 8).
Pero a los hombres y mujeres de todos los tiempos nos cuesta descubrir
nuestra identidad, nuestra razón de ser. No aceptamos ser creados con referencia a
la naturaleza, a Dios y al hermano y rompemos la armonía. Adán y Eva (Gn. 3), Caín
y Abel (Gn. 4), La Torre de Babel (Gn. 11). Es la historia de entonces y la historia
de hoy.
Sin la referencia al Amor, el hombre, nacido para vivir en fidelidad al único
Dios, abandona su origen y su destino. Se queda sin horizonte y se pierde en la
espesura de su egoísmo. Surge el dolor, la injusticia y la muerte. Surge la pobreza, la
miseria y el hambre. Éste será el drama del hombre de todos los tiempos.
Pero Dios, recordando su Alianza, siempre tenderá su mano al hombre, de
manera especial donde el egoísmo causa un daño mayor: los pobres, los humildes,
Corintios XIII nº 135
Estaba en la cárcel y fuisteis a verme (Mt. 25, 36)
los excluidos. Dios ya nunca abandonará a su pueblo sino que le tenderá siempre
su mano salvadora.
Los gritos de auxilio de los esclavos llegaron a Dios; Dios escuchó sus
quejas y se acordó del pacto hecho con Abraham, Isaac y Jacob; Dios se
fijó en los israelitas y se ocupó de ellos (Ex. 2,23-25).
El hombre se lamenta de su situación y eleva al cielo una súplica de liberación. La presencia amorosa de Dios es siempre liberadora.
… El Señor le dijo (a Moisés): He visto la opresión de mi pueblo en Egipto,
he oído sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos.
Voy a bajar a liberarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra para
llevarlos a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel…
(3, 7-11).
Es el libro del Éxodo, la historia de cada hombre y de cada pueblo que, liberándose de la esclavitud, busca, a través del desierto, la tierra prometida.
Esta experiencia se hace realidad, cada día, en la cárcel. La cárcel es un lugar
donde se grita pidiendo auxilio, donde se llora de amargura, donde uno se siente
una piltrafa, donde hay una gran impotencia y debilidad, donde uno no es nadie.
Y surge la plegaria de todos los tiempos:
“¡Sálvame, oh Dios, que estoy con el agua al cuello!
Estoy hundido en un cenagal sin fondo, no puedo hacer pie;
estoy metido en aguas profundas, me arrastra la corriente.
Estoy agotado de gritar, tengo la garganta ronca,
mis ojos se consumen de esperar a mi Dios…
Oh Dios, tú sabes lo necio que he sido,
no se te ocultan mis pecados…
Pero yo dirijo mi oración a ti, Señor, en el tiempo propicio;
por tu inmenso amor respóndeme,
sálvame, oh Dios, pues eres fiel…” (Sal. 69).
En la cárcel, con los presos, revives constantemente la experiencia del Éxodo.
Cuando tocamos fondo sentimos el dolor de la esclavitud. Los faraones de turno
nos hacen pasar mil calamidades y añoramos el paraíso.
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A través del tiempo, Dios ha escuchado el dolor de los pobres. El Señor ha
puesto a su pueblo en camino hacia una Tierra Nueva. Ha enviado mensajeros y
profetas que recordaran al pueblo el paraíso y la alianza.
Pero en el camino hacia la libertad, la tierra prometida, el pueblo se encuentra en el desierto buscando siempre salidas fáciles ante las dificultades, creando
dioses falsos y soluciones mágicas. Pero Dios no se cansa. Siempre está ahí. Con el
pueblo. Delante del pueblo. Haciendo camino con el pueblo.
En muchos momentos, reuniones de grupo, celebraciones litúrgicas, encuentros personales, sientes la presencia salvadora de Dios. Una presencia que te manifiesta el gran amor que Dios nos tiene más allá de nuestros grandes errores,
una presencia que te invita a seguir adelante, a salir de la esclavitud hacia una vida
nueva.
Esta fuerza de Dios la ves en muchos presos que están pasando situaciones
límites y buscan con sinceridad, y en la medida de sus fuerzas, un camino se salvación.
A ti, Señor, me dirijo suplicante;
Dios mío, en ti confío, no quede yo defraudado…
Muéstrame, Señor, tus camino, instrúyeme en tus sendas.
Guíame en tu verdad; instrúyeme,
pues tu eres el Dios que me salva: en ti espero todo el día.
Acuérdate, Señor, de que tu ternura y tu amor son eternos.
No recuerdes los pecados ni las maldades de mi juventud;
acuérdate de mí, por tu amor, por tu bondad, Señor.
El señor es bueno y recto;
enseña el camino a los pecadores,
guía por la senda del bien a los humildes,
instruye a lo humildes en su camino (Sal. 25).
Dios siempre sale en defensa del humilde, del pobre, del desvalido…
No pongáis vuestra confianza en los poderosos,
seres humanos que no pueden salvar…
Dichoso el que se apoya en el Dios de Jacob,
y pone su esperanza en el Señor, su Dios…
Él hace justicia a los oprimidos,
Corintios XIII nº 135
Estaba en la cárcel y fuisteis a verme (Mt. 25, 36)
y da pan a los hambrientos.
El Señor da libertad a los cautivos,
el Señor abre los ojos a los ciegos,
el Señor levanta a los humillados,
el Señor ama a los justos.
El Señor protege al emigrante,
sostiene a la viuda y al huérfano… (Sal. 146)
El Señor no justifica el mal comportamiento del hombre sino que, sintiendo
el dolor que su actuar le produce, le trae una buena noticia de salvación.
El espíritu del Señor está sobre mí, porque el señor me ha ungido. Me ha enviado para dar la buena nueva a los pobres, para curar los corazones desagarrados y anunciar la liberación a los cautivos, a los prisioneros la libertad…
Esta buena noticia es la presencia de Dios, es un sentimiento profundo de
que Dios te quiere, que no te condena, que está contigo, que forma parte de ti y
quiere que vivas, quiere que seas tú mismo, que seas su imagen y te liberes de toda
esclavitud.
Esta experiencia profunda te ayuda a vivir en la cárcel y a recomponer tu
vida. Inicias, entonces, un camino nuevo, largo y difícil. Ha empezado tu liberación
por el camino del desierto.
Tu vida y tantas circunstancias adversas, tus errores, tus fracasos, la droga, tu
soledad, la estructura inhumana de la cárcel, los jueces, la sociedad, el futuro incierto, serán etapas del desierto en el camino de la tierra prometida.
La cárcel es un lugar donde se sueña, donde se añora un mundo mejor, sin
injusticias, donde se anhela el paraíso perdido.
Pero la dureza de experiencias vividas ha creado falsas defensas en nuestra
vida y hace difícil ilusionarse con un camino nuevo. Por eso el camino de la libertad
en prisión es lento, muy lento. Como nos dice Juan Pablo II en su mensaje para el
Jubileo en las Cárceles: “Cada uno está llamado a sincronizar el tiempo del propio
corazón, único e irrepetible, con el tiempo del corazón misericordioso de Dios, siempre
dispuesto a acompañar a cada uno a su propio ritmo hacia la salvación”.
El horizonte de tu identidad, como imagen de Dios, nuevo cada día, es la
fuerza que guiará siempre tus pasos. Pero para ello necesitas quitarte ropajes que
con el tiempo han ido desfigurando tu imagen: ideas, normas, leyes y doctrinas
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sin vida, liturgias cargadas de siglos y vacías de sentido, dioses elaborados según
criterios humanos, Dioses sin amor, y enemigos del hombre, que han creado a su
alrededor estructuras rígidas, siempre de poder, donde el hombre, de manera especial el pobre e indigente, nunca ha ocupado el lugar que le corresponde como
preferido del Dios verdadero.
El ayuno que yo quiero es éste: que abras las prisiones injustas, que desates
las correas del yugo, que dejes libres a los oprimidos, que acabes con todas
las tiranías, que compartas tu pan con el hambriento, que albergues a los
pobres sin techo, que proporciones vestido al desnudo y que no te desentiendas de tus semejantes. Entonces brillará tu luz como la aurora y tus heridas
sanarán enseguida, tu recto proceder caminará ante ti y te seguirá la gloria
del Señor… (Is. 58, 6-9).
En la cárcel aprendes a dejar de mirarte a ti mismo, a salir de tu cómoda
instalación espiritual y humana, para centrarte mejor en el Dios que se revela desde
las entrañas de los presos. La cárcel es un lugar que la presencia de Dios y del hombre hace sagrado, donde tenemos que entrar con los pies descalzos, como Moisés
en el monte Sinaí, sin seguridades, sin esquemas previos, sin doctrinas elaboras en
fríos conceptos.
Para ello es necesario el silencio, la oración, escuchar el murmullo de Dios en
la vida, en el preso y en ti.
¡Cuántas veces hemos sentido juntos tu presencia, Señor, y hemos dejado
largos silencios para escucharte!
¡Cuántas veces hemos sonreído con tu sonrisa, Señor, y hemos llorado con
tus lágrimas!
¡Cuántas veces nos has visto tan frágiles y pequeños, Señor, que, lleno de
ternura y amor, has tomado la decisión de venir con nosotros!
Y te has hecho uno de los nuestros.
3.2. Viernes santo desde la cárcel
Es Viernes Santo. Estamos reunidos en la capilla de la cárcel unas 25 personas. Hay un ambiente tranquilo. Elevamos al cielo una oración universal por la
paz, por la justicia, por los hombres y mujeres de nuestro mundo sembradores de
esperanza, por nuestras familias, por nosotros… Leemos la Pasión y dialogamos
Corintios XIII nº 135
Estaba en la cárcel y fuisteis a verme (Mt. 25, 36)
sobre la muerte de Jesús, las causas que le llevaron a la cruz y los responsables de
su muerte según el relato de San Juan.
Se hace un gran silencio.
Besamos la cruz, la cruz de Cristo, nuestra cruz. Sentimos el dolor de las
víctimas inocentes de todos los tiempos. Sentimos con dolor nuestra culpa. Lamentamos el daño que hemos hecho.
Recordamos la comida fraterna del Jueves Santo donde sentíamos el amor
de Dios que se derramaba en pan y vino y penetraba nuestro corazón despertando, en nosotros, sentimientos de agradecimiento a Dios, nuestro Padre, que tanto
nos ama. Sentados a su mesa nos hablaba con palabras de amigo, como si siempre
nos hubiera amado, y olvidamos nuestros delitos y nos sentíamos hombres nuevos
recuperando nuestra dignidad.
El silencio del Viernes Santo nos hablaba de tristeza, de soledad familiar, de
cansancio, de una vida sin sentido, de arrepentimiento, de miedo, de lágrimas, de
ausencia de esperanza, de falta de confianza en uno mismo para salir del atolladero
donde hemos caído casi irremediablemente. Cristo en la Cruz por nosotros, por
nuestros errores, tomando nuestro pecado. Nosotros junto a Él con las cruces
amargas de nuestra vida sin sentido. Mirándole. Mirándonos. Sintiendo su amor,
sintiendo su perdón. “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Hoy te doy la mano para
que te levantes y camines por el sendero de la vida.
Con lágrimas en los ojos, un poco silenciadas por la vergüenza, recordaba
aquellas palabras de Jesús: Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del Reino
preparado para vosotros desde el principio del mundo. Porque estuve preso y
vinisteis a verme. Comprendí, como nunca antes lo había hecho, que Jesús estaba
allí. Recordaba las palabras de Juan Pablo II: “En la persona de los pobres hay una
presencia especial suya (de Cristo) que impone a la Iglesia una opción preferencial
por ellos” (NMI 49). Mis lágrimas se trasformaron en manifestación de una emoción
indescriptible. Donde los pobres están es un lugar sagrado porque allí está Cristo.
Ellos son el mejor camino para encontrarnos con Él.
En calma y en silencio terminamos.
Quedamos para el Domingo de Pascua. Necesitábamos resucitar, dejar brotar
la esperanza en nuestras vidas. En lo más profundo del corazón veíamos amanecer
un nuevo sol que iluminará nuestras entrañas. Te queremos a nuestro lado, Señor,
te necesitamos a nuestro lado. La noche nos cerca y el camino es oscuro. Sólo tu
presencia, Señor, iluminará nuestra vida. Mañana te veremos, Señor, resucitado.
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7 Silvestre Valero Segovia
3.3. Dios ama tanto al hombre que, haciéndose
hombre Él mismo, lo acompaña incluso
a la muerte (dce nº 10).
La Historia de Salvación, de liberación, que es una historia de amor de Dios
con el hombre, llega a su plenitud en la Encarnación.
El mismo Dios ha querido venir a salvarnos. Quiere salvar al ser humano, a la
persona. No tan sólo el alma. Ya es tiempo de superar la dicotomía cuerpo y alma.
En Jesucristo, el propio Dios va tras la oveja perdida, la humanidad doliente y
extraviada… En su muerte en la cruz se realiza ese ponerse Dios contra sí
mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor
en su forma más radical… (DCE nº 12).
Por tanto con la Encarnación ya no hay lugares sagrados en la tierra. Sólo el
hombre, imagen de Dios, es sagrado. Por eso el culto que Dios quiere es en espíritu
y en verdad. “Ha llegado la hora en que para dar culto al Padre no tendréis que subir a
este monte ni ir a Jerusalén…Ha llegado la hora en que los que rinden verdadero culto
al Padre, lo adoran en espíritu y en verdad” (Jn 4, 21-23). El verdadero culto ha de
estar dirigido, inseparablemente, al encuentro con Dios y con el hombre.
Este es el “sentido del mundo y de la existencia humana” que Jesús vino a
desvelarnos: Que Dios es nuestro Padre y que los hombres somos hermanos. Y
el amor de Dios se sitúa de manera real, como nos lo enseñó el Maestro, entre y
desde las personas más excluidas y necesitadas de la sociedad. No hay misión más
sagrada que esta sobre la tierra. Esto es hacer realidad el Reino de Dios. Esta es la
respuesta que dio Jesús a los discípulos de Juan:
¿Eres tú el que tenía que venir o hemos de esperar a otro?
Id y contad a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los
leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres
se les anuncia la buena noticia… (Lc. 7, 19-23).
Y con parecidas palabras comenzó Jesús su ministerio en Nazaret (Lc. 4, 1819) leyendo el texto de profeta Isaías que anteriormente hemos recogido.
Su misión es hacer presente el Reino de Dios:
Desde entonces empezó Jesús a predicar diciendo: ¡arrepentíos, porque está
llegando el Reino de Dios (Mt 4-17).
Corintios XIII nº 135
Estaba en la cárcel y fuisteis a verme (Mt. 25, 36)
Poco a poco, en diferentes ocasiones y, sobre todo, en la eucaristía de cada
domingo vas experimentando un significado nuevo de la Encarnación y de la misión de Jesús, de su vida, de su muerte y Resurrección. El preso, encarcelado por su
destino, es un espejo nítido de lo que Dios no quiere para el hombre. En él vemos
la triste realidad de nuestro mundo y nuestra parte de culpa. Sientes su pecado y
tu pecado y se desprende en ti un sentimiento de tristeza y ternura. Tristeza por
rechazar constantemente el regalo de la vida que Dios te da, y ternura porque ves
en ellos y en ti las ganas de enmendar errores, de vivir, de seguir adelante. Ves entre
ellos, con ellos, dentro de ellos, caminando, a Jesús.
Por eso en cada eucaristía que celebramos el espacio se hace sagrado por
la presencia de Dios. Nos vamos quitando las sandalias y el ropaje adherido y quedamos desnudos. Nunca antes lo había sentido así. La Palabra de Jesús va calando
nuestra tierra reseca que algún día florecerá, y dialogamos, compartimos, comulgamos, soñamos… y dejamos tiempo al silencio.
La realidad de la vida nos despertará.
Es entonces cuando veo una sociedad, llena de hipocresía, que cierra sus
puertas y condena a quien reproduce su misma imagen.
Es entonces cuando veo, tristemente, la rutina de nuestras celebraciones,
el espectáculo vacío de muchas manifestaciones religiosas, el puro folklore…, en
definitiva, una religión sin vida, una religión sin cristianismo, sin el alma del amor a
Dios y al prójimo.
Es entonces cuando veo parte de mi Iglesia más preocupada por mantener
su vieja estructura que trabajar por hacer realidad la novedad del Reino de Dios.
Es entonces cuando veo una Iglesia que, mirándose demasiado a sí misma, no
ve la dura problemática en que vive el hombre de hoy.
Se echa de menos una Iglesia samaritana, atenta “al gozo y la esperanza, a la
tristeza y angustia de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, sobre todo de los
pobres y afligidos” (GS 1).
“Si supierais lo que significa misericordia quiero y no sacrificios”.
Poco a poco, desde la experiencia diaria, vas viendo y comprendiendo que
Cristo fue enviado por el Padre a sanar a los de corazón destrozado (Lc 4.18), a
buscar y salvar lo que estaba perdido (Lc 9,10).
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Y así, cuando a Jesús le pregunta un maestro de la ley: “Maestro, ¿qué tengo
que hacer para alcanzar la vida eterna? Jesús le contestó: ¿Qué está escrito en la
ley? ¿Qué lees en ella? El maestro de la ley respondió: Amarás al Señor tu Dios con todo
tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo
como a ti mismo. Jesús le dijo: Has respondido correctamente. Haz eso y vivirás. Pero
él, queriendo justificarse, dijo a Jesús: ¿Y quién es mi prójimo?
Jesús le contó la parábola del Buen Samaritano…” (Lc 10,25-37) que termina con estas significativas palabras: “Vete y haz tú lo mismo”.
Llevando a cabo el amor al prójimo descubres y amas a Dios. Entonces tendrás la vida. El amor a Dios y al prójimo van unidos para tener la vida, par alcanzar
la vida eterna.
3.4. Conclusión
Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparada para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre, y me distéis de comer;
tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me alojasteis; estaba desnudo,
y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y fuisteis a verme…
(Mt. 25, 34-37).
Ateniéndonos a las indiscutibles palabras del Evangelio, en la persona de los
pobres hay una presencia especial suya, que impone a la Iglesia una opción
preferencial por ellos (NMI nº 49).
Corintios XIII nº 135
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