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Evidencias del comercio tartésico junto a puertos y vados de la
AEspA, 71, 1998, págs. 37 a 52
EVIDENCIAS DEL COMERCIO TARTESICO
JUNTO A PUERTOS Y VADOS DE LA CUENCA DEL TAJO
POR
A N A M A R Í A M A R T Í N BRAVO
Universidad Complutense de Madrid
RESUMEN
En este trabajo se dan a conocer unos vasos «à chardon»
a torno depositados en uno de los escasísimos enterramientos conocidos de esa época en Extremadura, que contenía
huesos femeninos, aparecido en el puerto de Santa Cruz, junto a un poblado indígena; materiales de un poblado orientalizante situado junto al vado de Talavera la Vieja, y una serie
de objetos, también orientalizantes, procedentes de castros
de la cuenca extremeña del Tajo. Todo ello permite esbozar
un nuevo panorama sobre la extensión del comercio tartésico hacia el norte, a través de la Alta Extemadura, planteando
la posibilidad de que existiera algún matrimonio mixto entre
indígenas y mujeres tartésicas.
SUMMARY
Various finds from Upper Extremadura throw new light
on the northward extension of Tartessian trade and in particular the possible intermarriage of natives with Tartessian
women. The first comprises a group of wheel-turned «à chardon» vases from a settlement at Puerto de Santa Cruz found
in a grave —one of the very rare burials of this date from the
region— containing female bones. The second comprises
material from an orientalising site by the ford at Talavera la
Vieja and the third a series of similarly orientalising objects
from hill-forts in the Tagus basin.
INTRODUCCIÓN
Los trabajos de prospección que durante los últimos años hemos realizado en la Alta Extremadura
y la revisión de los fondos del Museo Provincial de
Cáceres nos han permitido conocer nuevos poblados
y materiales tanto del Bronce Final como de la Edad
del Hierro (Martín Bravo, e. p.). Entre los datos que
hemos podido reunir destacan un conjunto de hallazgos orientalizantes procedentes tanto de poblados como de enterramientos, que proporcionan una
interesante información sobre la llegada de influjos
tartésicos desde el suroeste peninsular a las tierras
del interior a través de la Alta Extremadura.
Ya se conocía el destacado papel que desempeñó la Baja Extremadura durante la época tartésica,
gracias a los importantes hallazgos aparecidos en
torno a la cuenca extremeña del Guadiana (Alma-
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gro-Gorbea, 1977, 1991; Maluquer, 1981, 1983;
Maluquer et alii, 1986; Celestino, 1996; Celestino y
Jiménez, 1993; Enriquez, 1991; Aubet, 1994: 254).
Esos datos permitieron concebir la idea de que se
produjo a partir del siglo viii a.C. una auténtica «colonización orientalizante» de esas ricas vegas (Almagro-Gorbea, 1996: 68). Sin embargo, hasta que
en 1992 descendió drásticamente el nivel de aguas
del embalse de Valdecañas, nada hacía suponer que
existiera un enclave orientalizante similar al de Medellín bajo Talavera la Vieja, junto a un vado del
Tajo. Por fortuna, también hemos podido documentar dos de los escasos vasos «a chardon» a torno
conocidos en la Península, que acompañaban a un
enterramiento cuyos huesos corresponden, según los
análisis realizados, a una mujer joven, aparecido
junto al puerto de Santa Cruz de la Sierra, en cuya
cima se encuentra un poblado indígena. El hecho de
que tanto el rito del enterramiento como el ajuar
supongan una novedad en la región, donde se constatan hasta la fecha rituales funerarios de la población del Bronce Final y del Hierro Inicial, permite
imaginar que se trata de un hallazgo excepcional,
que nos trae a la memoria el rico tesoro áureo de
Aliseda, aparecido también en la falda de un poblado indígena situado junto a otro puerto de acceso a
la cuenca del Tajo.
Gracias a éstos y otros hallazgos la Alta Extremadura ha dejado de ser un área vacía de información, porque existen datos para suponer que pudo
ser una zona de expansión de las poblaciones orientalizantes de la cuenca del Guadiana, que debieron
de ser las responsables de que aparecieran poblados
o centros orientalizantes junto al Tajo, engranados
con puntos intermedios de contacto con las poblaciones indígenas, para poder abrirse camino hacia el
interior de la Meseta. Habrá que determinar por qué
aparece junto a algunos de esos puertos de la cuenca extremeña del Tajo, al pie de un poblado indígena, un enterramiento femenino, excepcional tanto
por su escaso número como por el rico ajuar que lo
acompaña.
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LOS DATOS
Si nos fijamos en un mapa
del occidente peninsular, en el
que se marquen los ríos y sierras, observaremos que resulta
una empresa difícil ir desde el
suroeste hacia el norte por vía
terrestre. Las primeras dificultades son las pequeñas sierras que
delimitan la Meseta por el suroeste, especialmente la Sierra
de Aroche, aunque son serrezuelas fácilmente accesibles por diversos puntos, por lo que llegar
a las vegas del Guadiana no entraña una especial complicación.
Tampoco lo es salvar el río, porque se puede vadear por varias
zonas, junto a las cuales surgieron asentamientos orientalizantes ^
Para llegar a la cuenca del
Tajo desde el Guadiana sí hay
que atravesar importantes barreras orográficas, como son la Sierra de San Pedro, la de Montánchez y la de Guadalupe, siendo
imprescindible buscar los puertos para cruzarlas con cierta comodidad. Más hacia el norte, el
Tajo supone otro nuevo obstáculo, más difícil aún de atravesar,
ya que tan sólo es vadeable por
dos puntos: Talavera la Vieja y
Fig. 1.—Mapa del occidente peninsular, donde se aprecian los montes y ríos que hay
Alconétar. Pero la mayor barreque cruzar para llegar hasta Extremadura y la localización de los yacimientos orienra orográfica se sitúa más hacia
taUzantes de la cuenca del Tajo: 1. Sierra de Santa Cruz 2. Aliseda 3. El Risco 4. El
el norte, en el Sistema Central,
Torrejón de Abajo 5. Talavera la Vieja 6. El Carpio de Tajo.
en la importante Sierra de Gredos, que sólo se puede cruzar por el puerto de Bénicaciones, reiteradamente ocupados en diversas
jar, el pasillo natural del Jerte o el puerto del Pico
épocas (Galán y Martín, 1991-92).
También es imprecindible señalar que el pobla(fig. 1).
miento de la región durante el Hierro Inicial ^ se caEn definitiva, puertos y vados de montaña desracterizaba por sus poblados situados en puntos doempeñaron un papel fundamental en cualquier tipo
minantes del paisaje, algunos de los cuales ya
de relación interregional canalizada a través de Exestuvieron ocupados durante el Bronce Final, con la
tremadura. De ahí la importancia de estos pasos,
novedad de que en esta nueva fase comienzan a estar
que se convertirán en puntos nodales de las comuamurallados. Conviviendo con ellos aparecen algunos poblados que rechazan los emplazamientos en al' Han aparecido evidencias de asentamientos orientalizantura en favor de cerros junto a los ríos que tengan las
tes en la alcazaba de Badajoz (Berrocal, 1994: 172), Cerro
márgenes suficientemente abruptas para proporciode S. Cristóbal (Enriquez y Domínguez, 1984: fíg. 2), en
Medellín, en Mengabril (Almagro Gorbea, 1977), en la desembocadura del río Aljucén, en Gargáligas, en Usagre, en
Cogolludo, en Alange y en la necrópolis de los Tercios (Enriquez, 1991) (Fig. 7).
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^ Hemos denominado con este término el periodo que
abarca desde el siglo viii hasta finales del v a.C.
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nar buena defensa (Martín Bravo, 1994; e. p.). Frente
al alto número de poblados bien protegidos por el relieve y las incipientes murallas, son muy escasos los
poblados abiertos distribuidos por la llanura que han
proporcionado una cerámica a mano similar a la de
los castros. En ese marco de referencia resultan muy
llamativos los escasos enclaves de carácter orientalizante situados en puntos desprovistos de defensa
natural, donde aparecen cerámicas a torno en lugar
de las cerámicas locales. Por eso, a estos sitios los denominaremos de «carácter orientalizante», claramente distintos de los poblados indígenas. Ello no impide
que en los castros también puedan aparecer materiales orientalizantes, pero serán objetos exóticos
que aparecen en un contexto indígena. En cambio,
del mundo funerario de la población local poco podemos decir, porque hasta la fecha casi nada se sabe.
Es fundamental tener presente esas peculiares
características de la geografía y del poblamiento del
área extremeña, porque en ese contexto hay que enmarcar los hallazgos que presentamos a continuación para entender todo su significado.
1.
EL ENTERRAMIENTO DE SANTA CRUZ DE LA SIERRA
La Sierra de Santa Cruz es un «monte isla» (Gómez, 1985: 174) desgajado por el este del macizo de
la Sierra de Montánchez, desde donde se domina
toda la llanura trujillana hacia el norte y la depresión
del Guadiana hacia el sur. El interés fundamental de
este sitio reside en que a sus pies se encuentra el
Puerto de Santa Cruz, zona de paso hacia la cuenca
del Guadiana por la desembocadura del Zújar, de ahí
la importancia fundamental de este enclave, controlando el paso hacia la actual Andalucía. En el extremo norte de la Sierra de Santa Cruz se asentó un pequeño castro durante el Hierro Inicial, aprovechando
las inmejorables condiciones de defensa que le ofrecen los cortados verticales de los granitos, que fue
reocupado durante el Hierro Pleno (Martín Bravo, e.
p.) y la Edad Media (Roso de Luna, 1902).
El material más significativo del castro está depositado en el Museo Provincial de Cáceres gracias
a una donación de M. Roso de Luna. Destacan un
fragmento de plato gris de casquete esférico con el
borde ligeramente engrosado en la parte interna y
un suave cambio de dirección de la pared bajo él,
similar a los del tipo IC establecido por Lorrio en
la necrópolis de Medellín (1988-89: 290), más un
fragmento de plato de barniz rojo con un pequeño
borde biselado ^ (figs. 2, 3-4).
^ Estos dos fragmentos estaban dentro de una bolsa con el
n° 509 de inventario del Museo de Cáceres, mezclados con
otros abundantes fragmentos de la Edad del Bronce.
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Además, se localizó de forma fortuita a principios
de los años cincuenta un enterramiento de incineración en urna en la ladera de la sierra, a los pies del
castro (Mena, 1959). Según Mena, el conjunto estaba
formado por la base de una urna que contenía los restos de la cremación, otros dos vasos más pequeños
colocados a cada lado, más un plato que formaban
parte del ajuar y una figurilla con forma de pájaro en
arcilla depositada junto a los huesos. Al parecer, la
urna grande estaba tapada con el plato y las pequeñas
con lajas de pizarras. Las tres se habían depositado
en un hoyo y cada una se sujetaba con piedras. Ni la
urna central, ni el plato, ni la figurita de pájaro aparecen, en cambio, con el resto de los materiales depositados en el Museo Provincial de Cáceres. La segunda
urna (n° inv. 861) está fabricada a torno, es muy pesada, y se caracteriza por un cuello acampanado alto y
un cuerpo globular separados por un marcado bisel,
con toda la superfície cubierta por bandas rojas salvo
en la zona de la base. La tercera (n° inv. 862) también
está fabricada a torno y es de forma similar, aunque
la panza es más ovoide y no se marca el bisel, también cubierta por bandas rojas salvo en la zona inferior (fig. 2, 1-2). Sus formas son muy similares a los
dos vasos «à chardon» que aparecen en la necrópolis
de incineración de la base del Túmulo A de Seteñlla
(Aubet, 1981a: 94), al que apareció en el Túmulo B
(Aubet, 1981b: 213) y al vaso 12 que procede de la
tumba 1 de La Joya (Orta y Garrido, 1963: 21).
Este tipo de urnas han sido estudiadas por Aubet,
quien las considera productos de algún taller del
Bajo Guadalquivir (Aubet, 1976: 24); son piezas
muy escasas en la Península y sus dimensiones son
poco usuales, según la misma autora, ya que son
más grandes que las del Mediterráneo. El origen de
estos vasos es feno-púnico; alcanzaron un extraordinario éxito por el Mediterráneo en el siglo viii y se
generalizaron en el siglo vii a.C. {ibid.\ 16), desapareciendo paultinamente a lo largo de ese siglo.
Las tumbas de incineración donde aparecieron
estos vasos en Setefilla se han fechado durante el
siglo VII a.C. (Aubet, 1995: 401). Sin embargo, las
últimas revisiones de los túmulos A y B de esta necrópolis los sitúan cronológicamente a finales del
siglo VIII a.C. (Torres, 1996: 149), quizás más acorde con la fecha generalmente admitida para ese tipo
de vasos en el Mediterráneo. Las formas, el tipo de
pintura y la forma de cocción (con el interior gris y
el exterior anaranjado) de las de Santa Cruz son casi
idénticas a las de Setefilla ^, por lo que no parece
^ El hecho de que no se aprecien restos de pintura negra
tal vez deba atribuirse a la limpieza agresiva que sufrieron
los vasos en el momento en el que se recuperaron, que deterioró incluso parte del engobe rojo.
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descabellado suponer que fueron fabricadas y distribuidas desde la misma área. Esa forma caliciforme
se imita después en algunas urnas de la necrópolis
de Mengabril (Almagro-Gorbea, 1977: 283, fig.
100) o en la desembocadura del río Aljucén (Enriquez, 1991: fig. 4), aunque ya sin pintura y de sabor local, fechadas en el siglo vi a.C. Por tanto, habría que considerar que las urnas de Santa Cruz son
productos importados desde el Bajo Guadalquivir a
finales del siglo viii o comienzos del vii a.C.
Lo realmente destacado de este enterramiento es
el resultado del estudio de los huesos que contenía la
urna. Los Drs. B. Robledo y G.J. Tancho han realizado un análisis antropológico que ponía de manifiesto
que «en relación al desarrollo de la glabela, de las
zonas de inserción muscular y las dimensiones de los
restos de epífisis... pueden asignarse sin duda al sexo
femenino dada su gracilidad». En cuanto a la edad de
este mujer, los autores señalan en su informe que
«se puede asumir una edad mínima de 25 años» y, a
juzgar por el análisis del tejido cortical, en el que no
se aprecian indicios de osteoporosis, «no mayor de
30 años». Otros datos de interés que se incluyen en el
informe emitido son que no se observa ningún tipo
de patología apreciable en el análisis macroscópico y
que el cadáver fue incinerado a una temperatura
de unos 600°, puesto que la coloración de los huesos demuestra que estuvieron sometidos a un calor
claramente inferior a los SOO''^. Por tanto, parece
clara la vinculación de este enterramiento con una
mujer y, a este respecto hay que recordar que también en Setefilla esos vasos a torno a «chardon» van
asociados siempre a mujeres (Aubet, 1995: 404).
Se podría pensar que los vasos de Santa Cruz llegaron hasta allí de la misma forma que lo hicieron
otros objetos de lujo que aparecen en poblados del
interior peninsular, fruto del intercambio. Sin
embargo, la presencia de esos raros vasos en una
tumba aislada, precisamente en este lugar tan estratégico, no queda suficientemente justificada argumentando que es un ejemplo de la práctica del comercio, ya que dejaría sin explicar dos hechos
fundamentales: la existencia de un enterramiento en
un contexto donde no se ha documentado ningún
otro y el que esté acompañado de unos vasos sumamente escasos que siempre se asocian a mujeres.
Estos datos parecen sugerir más bien que la enterrada fuera una mujer que procedía del área tartésica y
se trasladó a vivir al castro trayendo entre su dote
esos vasos, que luego se depositaron junto a su ca^ Beatriz Robledo y Gonzalo J. Tancho «Análisis antropológico de la incineración del yacimiento de Sierra de Santa
Cruz (Cáceres)», (Martín Bravo, e. p., Apéndice I).
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dáver, incinerado respetando sus tradiciones funerarias. A juzgar por el valor simbólico y de prestigio
que debieron tener esos recipientes, la enterrada
debió de gozar de una posición social destacada.
De ser ciertas esas hipótesis, habría que explicar
qué motivos llevaron a esa mujer hasta el puerto de
Santa Cruz. Quizás el argumento que mejor responda a esta cuestión sea el de que llegó posiblemente
para unirse con algún «señor» del castro, justo en un
momento en el que se observa que el comercio tartésito estaba tratando de abrise camino hacia el norte. Por ello, se podría aventurar que a raíz de la difusión de los intercambios surgiría la necesidad de
establecer alianzas con los poderes locales, imprescindibles en cualquier empresa comercial con tierras
lejanas (Wagner, 1995: 117). Por tanto, habría que
imaginar que existieron casos de matrimonios mixtos, cuyo objetivo pudo ser el facilitar la expansión
del comercio tartésico, siendo probablemente jóvenes de alto rango las desposadas, que trajeron con
ellas sus objetos de prestigio, como ya había argumentado Ruiz-Gálvez (1992: 238).
2.
E L ENTERRAMIENTO DE ALISEDA
El conjunto de casi trescientas joyas de oro aparecidas en Aliseda, acompañadas de otras piezas de
plata o vidrio de origen tartésico u oriental (Mélida,
1921) parecen haber formado parte de un ajuar funerario que Almagro-Gorbea consideró de carácter femenino (1977: 204), posteriormente interpretado por
Ruiz-Gálvez como ejemplo de intercambio de mujeres (1992: 238). A pesar de que en este caso no se
han podido analizar los huesos de la tumba, ya que
no se recogieron, se repiten algunas de las características observadas en Santa Cruz, lo que permite
imaginar que se trate de un fenómeno similar, aunque el enterramiento en sí pudiera tener sus peculiaridades propias, diferente tanto en la forma como
quizás en el número de los individuos enterrados.
El enterramiento se halló también en las faldas
de una sierra, la del Aljibe, en cuya cima existe un
poblado que ocupa la zona más alta de la sierra
(Fig. 2), aprovechando un amplio rellano que existe
junto a los crestones (Martín Bravo, 1994: 256).
Este punto también es un lugar estratégico de primer orden, puesto que desde él se domina, hacia el
norte, toda la penillanura hasta la Sierra de Cañaveral; por el sur, el puerto que permite el acceso a la
cuenca del Tajo desde la del Guadiana.
El material cerámico es muy abundante por todo
este cerro, donde pudimos recoger más de un centenar de fragmentos. Son numerosas las cerámicas a
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B
Roblado
Fig. 2.—A. Urnas a torno de tipo «à chardon» del enterramiento de Santa Cruz (1-2), cerámica gris (3) y de barniz rojo (4) de
ese castro. B. Perfil topográfico de la Sierra de Santa Cruz, con la situación del poblado y el enterramiento, y de la Sierra del
Aljibe, con la localización del poblado y el Tesoro de Aliseda.
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mano, algunas con superficies bien espatuladas y
otras con la cara exterior cepillada. Aparecen también cerámicas a torno, de las que interesa destacar
la presencia de algunos fragmentos de platos grises
de casquete esférico de tradición orientalizante. Por
la forma del borde, uno de ellos puede clasificarse
en el grupo IC de la tipología elaborada por Lorrio
(1988-89) para los materiales de Medellín, lo que
evidencia una relación entre este poblado y los enclaves orientalizantes de la cuenca del Guadiana,
además del parecido entre Aliseda y Santa Cruz.
El tesoro de Aliseda ha sido fechado por varios
autores en el siglo vii a.C, con diferentes matices
crononológicos entre ellos: Blázquez lo situó en ese
siglo (1975: 134) y Almagro-Gorbea precisó que
durante el último tercio (1977: 220). Perea considera, en cambio, que las piezas tienen cronologías distintas, las más antiguas ciertamente del siglo vii,
aunque propone que alguna pudo fabricarse a comienzos del VI (1991: 211).
3.
EL RISCO
Castro situado en el extremo sur de la Sierra de la
Mosca, desde donde se divisa la amplia penillanura
trujillano-cacereña, además de ofrecer una extraordinaria defensa natural a sus pobladores, protegidos
por las abruptas pendientes de la serrezuela. La defensa se reforzó con una muralla construida con bloques de cuarcita unidos en seco, que desaparece en
los flancos donde los abruptos cortados verticales la
harían innecesaria. Las excavaciones realizadas en el
poblado han confirmado que se ocupó durante el
Bronce Final y el Hierro Inicial, documentándose
estructuras de habitación de planta circular de esta
última etapa (Rodríguez, 1994: 113 ss.).
Sin embargo, la mejor fuente de información sobre este yacimiento es un importantísimo lote de
materiales de bronce depositados en el Museo Provincial de Cáceres. Aunque se desconoce su contexto, es interesante analizar algunos de ellos porque
aportan una valiosa información sobre las relaciones
del poblado con el exterior.
Se conocen cinco fíbulas, dos de doble resorte,
con el puente y el resorte filiforme (fig. 3, 1-2). Son
idénticas a las documentadas en la Fase I de la necrópolis de Medellín (Almagro-Gorbea, 1991: fig.
7) y yacimientos orientalizantes de la cuenca del
Guadiana, como la de Gargáligas o San Cristóbal de
Badajoz (Enriquez, 1991: 182). En Medellín estas
fíbulas se fechan entre el 625 y la primera mitad del
siglo VI a.C. (Almagro-Gorbea, 1977: 413; Lorrio,
1988-89: 309), por lo que éstas pueden tener una
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cronología similar. También en las necrópolis andaluzas son emblemáticas estas fíbulas que se fechan
desde mediados del siglo vm hasta finales del vi a.C.
(Ruiz Delgado, 1989: 105 y 212).
Las otras tres fíbulas son anulares hispánicas con
puente de cinta, en dos de ellas unido al anillo mediante un resorte de muelle del que arranca la mortaja y la aguja, mientras que en la tercera el puente
forma una pieza única con el anillo. Estos dos tipos
de fíbulas se fechan en Medellín en la segunda mitad del siglo VI y comienzos del v a.C. (AlmagroGorbea, 1977: 398).
Apareció también un broche de cinturón de tres
garfios y escotaduras laterales cerradas, decoradas
en los bordes con dos ensanchamientos circulares.
Está adornada con una profunda línea incisa y un
motivo sogueado junto a ella que contornea la parte
interna de la placa y las escotaduras. La necrópolis
de Medellín es el lugar más cercano donde aparecen
estos broches, que se han podido datar allí conviviendo con las fíbulas anulares hispánicas.
Otros elementos a destacar son ocho botones
cónicos con una trabilla muy desarrollada, de 35,
30, 22, 18 y 15 mm de diámetro, más otro de 53
mm, muy deformados al parecer por la acción del
fuego, dado que están semifundidos (fig. 3, 7-15).
Son muy parecidos a los que se encuentran en Cancho Roano, en su forma y en el tamaño (Maluquer,
1981: 66 ss.; Celestino y Jiménez, 1993: fig. 29),
hasta el punto de que parecen realizados en un mismo taller. En Cancho Roano estos botones están
asociados en la habitación N-5 a cerámicas griegas
datadas a finales del siglo v a.C. por lo que habría
que datar los botones a lo largo de esa centuria, fecha que también pueden tener los del Risco.
Más interesante aún es un conjunto de ponderales formado por tres piezas circulares de plomo, dos
de ellas con perforación central (fig. 4, 4-6). Las dos
que están perforadas pesan 7,7 gr y 15,2 gr, es decir, una el doble que la otra. Hay que destacar, además, que estos pesos encajan perfectamente dentro
del sistema metrologico que estaba en vigor por la
misma fecha en Cancho Roano, ya que pesan
aproximadamente la mitad y la cuarta parte de la
unidad de 31 gr identificada por Maluquer (1983:
84; Celestino y Jiménez, 1993: 106). Es interesante
esta constatación porque parece ratificar el uso de
un sistema de pesas y medidas común a los poblados del periodo orientalizante en la región, que también se ha documentado recientemente en otros
yacimientos como en el Turuñuelo (Jiménez y Domínguez, 1995: 140).
Mayor interés tiene el hecho de que estos pesos
cuadren con el sistema metrologico que presenta el
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Fig. 3.—Materiales procedentes de El Risco. Escala 1/2.
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shequel hispano-cartaginés, cuya unidad en España
en el siglo m es de 7,5 gr (Villaronga, 1979: 104), de
origen cartaginés, pero del que desconocemos su
procedencia y pertenencia a un sistema metrologico
concreto. Esa unidad es básicamente la que caracteriza al sistema metrologico fenicio-púnico, con leves
variaciones en todo el Mediterráneo desde Cerdeña
(Zaccagnini, 1991: 344) hasta la península ibérica
(Pellicer i Bru, 1992: 59). Existe una tercera pieza
discoidal que no está perforada y pesa 25,2 gr, medida que no encaja con el sistema de valores anteriores.
Además de los ponderales se han recuperado dos
platillos de 8,5 cm de diámetro hechos en una lámina de bronce muy fina y con dos perforaciones para
sujetarlos, una frente a la otra (fig. 4, 1-2). Las únicas piezas similares que conocemos proceden de
Cancho Roano (Maluquer, 1981: 337, fig. 43) que
Maluquer consideró platillos de balanza; por sus
características y dado que ha aparecido el sistemas
de pesas en el poblado, efectivamente podrían haber
formado parte de una balanza de dos platillos.
Se conocen también seis fragmentos de asadores,
de sección rectangular y rematados en un apéndice
plano de forma circular. Como sucede con otros
objetos de este yacimiento, son idénticos a los documentados en Cancho Roano, tanto en el exterior
del recinto (Celestino y Jimémez, 1993: 100) como
en su interior (Maluquer, 1982). Estas piezas son
características del ambiente orientalizante del suroeste y su cronología es por tanto muy amplia, pero
en el yacimiento deben fecharse entre el siglo vi e
inicios del v a.C, en consonancia con la cronología
que ofrecen otros objetos de este poblado y coincidiendo con la época de mayor difusión de estos instrumentos (Almagro-Gorbea, 1974; Celestino y Jiménez, 1993: 99).
A parte de los materiales mencionados, existen
otras piezas de difícil clasificación por estar partidas
o porque se desconoce su funcionalidad. Entre ellas
destacan nueve fragmentos de placas rectangulares,
deformadas por acción del fuego, que presentan una
de las caras molduradas con baquetones (fig. 4, 1927). Apareció también un colgante formado por una
esferilla central calada hecha con tiras de bronce
que en los extremos se unen a una pequeña prolongación cónica por donde se ensarta la esferilla (fig.
3, 21) que recuerda los apliques de suspensión que
llevan las placas áureas de la Sierra de la Martela,
también de clara raigambre orientalizante.
Se han encontrado también algunas argollas de
bronce y de hierro, una especie de cuchillo de filo
curvo en bronce (fig. 3, 16), un lingote rectangular
de plomo de 183,6 gr y algunas pequeñas piezas de
plata como un botón, un fragmento de argolla y un
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fragmento de lingote informe (fìg. 4, 16-18), además de multitud de varillas de bronce que pudieron
servir para acumular y transportar dicho metal.
En general, estos materiales permiten conocer la
intensidad de los contactos entre la población local
y las gentes llegadas de fuera, que comenzaron en
el siglo vil y perduraron hasta el v a.C. En este caso,
además, no se puede desvincular del hecho de que
se construyera frente al castro un destacado edifìcio
orientalizante en el Torrejón de Abajo. Como consecuencia de ello se produjo la asimilación de las nuevas formas de vestir, plasmada en las fíbulas, broches de cinturón y otros adornos personales. Los
asadores también parecen estar vinculados con algún tipo de ritual relacionado con la comida en común, como se comprueba en Cancho Roano (Celestino y Jiménez, 1993: 101) y en la mayoría de los
hallazgos del suroeste.
Sin embargo, es probable que las repercusiones
más rápidas y profundas estuvieran relacionadas
con el mundo de la economía a raíz de la activación
de los intercambios; en este sentido, la aparición de
un sistema de medidas de peso que encaja con el
utilizado en centros como Cancho Roano o el Turuñuelo sugiere que existió un sistema común que se
impuso desde los enclaves orientalizantes para facilitar el comercio, perdurando hasta finales del siglo
V a . C , es decir, un siglo después de que el comercio tartésico hubiera desaparecido.
Estos datos coinciden con los obtenidos durante
la excavación, en la que aparecieron cerámicas a
tomo de gran calidad que sus excavadores consideran de origen foráneo traídas a través del comercio
(Rodríguez, 1994: 114). Toda esta información es de
sumo interés porque ayuda a conocer la profunda
interrelación que existió entre la población indígena
y los comerciantes llegados desde el mundo tartésico o su hinterland a la Alta Extremadura, donde hasta ahora apenas se había intuido la existencia de
esos contactos.
4.
E L TORREJÓN DE ABAJO (SIERRA DE FUENTES)
A 6 kms en línea recta del castro del Risco se
construyó el edificio del Torrejón de Abajo, fechado en el siglo vi a.C. (García-Hoz y Alvarez, 1991:
199), aunque habría que pensar que las fechas más
recientes aportadas por los materiales del Risco, que
apuntan ya hacia el siglo v a.C, también pueden ser
válidas para el Torrejón, dada esa profunda interrelación entre los dos yacimientos. Está situado sobre
una loma que se alza sobre la gran llanura cacereña-trujillana, en una zona de paso entre el vado de
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EVIDENCIAS DEL COMERCIO TARTESICO JUNTO A PUERTOS Y VADOS
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Fig. 4.—Platillos (1-2), ponderales (3-7), asadores (8-14), fondo de recipiente (15), fragmentos de plata (16-18) y fragmentos
moldurados de bronce de El Risco. Escala 1/2.
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Medellín y el de Alconétar, por lo que los autores de
la excavación han insistido en señalar que la ubicación del edificio pudo estar relacionada con el control de esa vía natural de penetración hacia el norte
(García-Hoz y Alvarez, 1991: 203).
De este yacimiento se han excavado hasta el
momento tres estancias rectangulares adosadas, a
las que se accede por una entrada en codo precedida de una plataforma enlosada. La habitación más
cercana a la puerta es la de mayores dimensiones y
en ella apareció un lecho funerario que lleva en los
extremos representaciones exentas de dos cabezas
femeninas y dos prótomos de leones de tradición
oriental. En las otras dos aparecieron grandes recipientes de almacenaje junto a cerámicas finas de
importación.
El emplazamiento, la ausencia de construcciones
defensivas, la planta del edificio y los materiales
que se encontraban en él son totalmente diferentes
a los de los poblados indígenas de la cuenca del
Tajo. En cambio, edificios monumentales de esa
época sí existían en la cuenca del Guadiana ^. Representa, por tanto, la llegada de comerciantes del
mundo orientalizante a la cuenca del Tajo, si bien es
verdad que es un enclave muy concreto desde donde se controla una importante zona de paso en las
comunicaciones norte-sur, por lo que sus excavadores consideran que el edificio estaría dotado de cierto carácter sacro (García-Hoz y Alvarez, 1991:
203). Su misión pudo ser la de asegurar el desarrollo de una actividad comercial pacífica, como sucede en otros enclaves del área tartésica andaluza,
donde se ha podido constatar el importante papel
desempeñado por los templos para poder desarrollar
los intercambios en territorios que no están controlados políticamente (Aubet, 1990: 38).
5.
LA NECRÓPOLIS DEL VADO DE TALAVERA LA VIEJA
Restos de una necrópolis orientalizante han aparecido bajo las ruinas del pueblo de Talavera la Vieja y los restos romanos de la ciudad de Augustóbriga, situados en la margen izquierda del Tajo, todos
ellos actualmente sumergidos bajo las aguas del
embalse de Valdecañas. En la zona donde terminan
las construcciones romanas y modernas, ya en el
borde mismo de la cubeta del río, han aparecido
^ Además del citado Cancho Roano, en los últimos años
se están estudiando nuevos edificios monumentales de influencia orientalizante en la provincia de Badajoz. Destaca el
hecho de que el de Campanario, que se encuentra en fase de
excavación, tenga algún parecido con el de Torrejón de Abajo (Rodríguez, 1994: 114; Celestino, 1995: 81).
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abundantes cerámicas orientalizantes, muy fragmentadas pero que por su abundancia y calidad testimonian la existencia de un importante asentamiento.
Las cerámicas pertenecen en su mayoría a urnas
grises y platos de casquete esférico de formas idénticas a las documentadas en la necrópolis de Medellín. Los materiales aparecían envueltos en una
capa rojiza de arcilla, rodeados de abundantes
carboncillos y algunos huesos calcinados y fragmentados, cubiertos por cantos de río, que a veces
adoptaban una forma rectangular. Estas evidencias
hacen pensar que se utilizara un ritual de incineración con deposición de los restos en una urna, protegida por construcciones de arcilla y guijarros de
ríos similares a los encachados documentados en la
necrópolis de Medellín (Almagro-Gorbea, 1977:
Lám. 59 y ss.)^.
El grueso de la cerámica corresponde a urnas y
platos grises cuyos mejores paralelos se encuentran
también en la necrópolis de Medellín; de hecho, las
formas aparecidas en Augustóbriga encajan perfectamente en el cuadro de formas tipológicas establecidas^ en aquella necrópolis. Entre los fragmentos
de platos más significativos que hemos recuperado
(Martín Bravo, e. p.) destacan uno del Tipo IC, otro
del Tipo 2 y dos del Tipo 3 de Lorrio (1988-89). Los
fragmentos de urnas eran mucho más numerosos
pero ha sido más difícil documentar formas completas; sólo se ha podido reconstruir el perfil completo
de alguna urna ligeramente ovoide con cuello estrangulado y borde saliente (fig. 5, 1) que constituye el tipo más habitual en las necrópolis orientalizantes del Guadiana. Otro importante hallazgo es el
asa geminada de una urna de tipo Cruz del Negro ^
(fig. 5, 11). Junto a una de las urnas se recogió la
punta de un cuchillo de hierro y un garfio de bronce, además de una falange distal quemada de un
ovicaprino muy joven, que debió de depositarse quizás también en la pira.
A ello hay que añadir otro lote procedente quizás del poblado, en el que se incluyen fragmentos
de grandes vasijas de almacenaje a mano, y otros de
cuencos de paredes extremadamente finas y de gran
calidad que recuerdan los fragmentos de las cerámi^ Hubiera sido necesaria una intervención arqueológica
para poder documentar con rigor esos encachados, ya que a
veces era diñ'cil discernirlos entre la acumulación de revuelto. Por ello, en septiembre de 1995 se informó a la Junta de
Extremadura del expolio que estaba sufriendo el yacimiento
y solicitamos una intervención arqueológica de urgencia que
no fue concedida. Poco tiempo después, el agua del embalse
de Valdecañas volvió a cubrir este sitio.
^ Queremos agradecer a A. Madrigal, que está estudiando
las urnas de tipo Cruz del Negro de la necrópolis de Medellín (Badajoz), el haber confirmado la adscripción de esta
pieza a dicho tipo.
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EVIDENCIAS DEL COMERCIO TARTESICO JUNTO A PUERTOS Y VADOS
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Fig. 5.—Urnas (1-8), cerámica a mano (9-10), asa Cruz del Negro (11) y de ánfora (12) de la necrópolis de Talavera la Vieja.
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cas de Tipo Medellín (Almagro-Gorbea, 1977: 454;
Almagro-Gorbea y Martín, 1994: 108), sobre todo
por las peculiares características de sus pastas de
buena calidad pero con numerosos desgrasantes y la
superficie alisada, inconfundible aunque no conserva pintura. Más significativo si cabe es un cuenco
de carena alta y borde recto (fig. 5, 10) semejante a
las aparecidas en el enclave de Portaceli de Medellín o en los niveles más antiguos de la estratigrafía
de ese poblado (Almagro-Gorbea, 1977: 461) que se
inscriben en el conjunto de cazuelas de tradición
tartésica cuya cronología se puede remontar al siglo
VII a.C. De carácter más excepcional, debido a que
sólo apareció un fragmento, es un asa de ánfora de
sección circular de pasta anaranjada de tipo fenopúnico (fig. 5, 12). Es similar a las asas de ánforas
encontradas en otros yacimientos extremeños como
Cancho Roano (Celestino y Jiménez, 1993: 126;
Guerrero, 1991), la Alcazaba de Badajoz (Berrocal,
1994: fig. 9) o Medellín (Almagro-Gorbea, 1977:
469; Almagro-Gorbea y Martín, 1994: 111), fechadas a lo largo de los siglos vi y v a.C.
Por tanto, los materiales más antiguos indican
que este lugar estuvo ocupado desde mediados del
siglo VII a.C; existen otras cerámicas más recientes
que parecen de un momento avanzado del Hierro
Pleno, época a la que también pertenecen los famosos verracos de piedra (López Monteagudo, 1989:
87), aunque no existen evidencias suficientes para
afirmar que existió una ocupación continuada entre
las dos fases.
6.
EL ENTERRAMIENTO DE LA CASA DEL CARPIO
El enterramiento de La Casa del Carpio (Fernández-Miranda y Pereira, 1992: 63 ss.) está muy cerca del vado de Azután y en una zona por donde es
fácil cruzar el Tajo justo antes de encajonarse en el
terreno extremeño, a unos 40 km hacia el este de
Talavera la Vieja, razón por la que tienen una especial relevancia en el contexto de los datos que estamos analizando.
En la tumba de la Casa del Carpio también se ha
documentado que la difunta era una mujer, que en
este caso se enterró con un recién nacido. El enterramiento tiene forma de fosa escalonada, donde se
colocó un importante conjunto de ofrendas puestas
en los escalones de la tumba, destacando un lote de
vasos a mano pintados con motivos geométricos bícromos, seis grandes urnas que contenían anillos y
brazaletes de bronce, vasijas que imitan las de la
zona andaluza, una de ellas con una jarrita dentro
que está decorada con incrustaciones de botones de
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bronce, un pequeño recipiente que posiblemente se
utilizara como unguentario y, entre las piezas metálicas, un garfio posiblemente de un broche de cinturón de tres garfios, un fragmento indeterminado de
fíbula, una vasija de bronce, un vaso de plata y dos
posibles cuchillos de hierro (Pereira y Alvaro, 1986;
Pereira, 1989).
Aunque este enterramiento se diferencia del observado en Santa Cruz y en los restos de la tumba
de Aliseda, en cambio se repiten las circunstancias
de ser un enterramiento femenino y que se trate de
una tumba aislada en un contexto en el que no ha
aparecido ningún enterramiento ni contemporáneo
ni siquiera del periodo anterior, por lo que se desconocen absolutamente las tradiciones funerarias de
la población local, aunque esa falta absoluta de enterramientos parece indicar que no fue ni el de la
inhumanición ni el de la cremación. De hecho, sus
excavadores consideran que el rito utilizado en esa
tumba supuso una novedad, que atribuyen también
a una posible influencia orientalizante en estas tierras (Fernández-Miranda y Pereira, 1992: 67).
CONCLUSIONES
El enterramiento aparecido en Santa Cruz de la
Sierra ha permitido documentar la existencia de una
mujer joven sepultada según el ritual orientalizante
junto a un poblado indígena, justo en la zona limítrofe entre las Vegas del Guadiana, profundamente
aculturadas, y las regiones del interior. Parecidas características reúnen tanto el poblado como el enterramiento de Aliseda, lo que permite suponer que se
trate de otro caso similar al de Santa Cruz. A ellos
hay que añadir otro enterramiento femenino localizado en la Casa del Carpio, diferente a los dos anteriores, pero que repite el esquema de mujer asociada a elementos orientalizantes en tierras del
interior, donde no se realizaban ese tipo de prácticas funerarias.
Lo interesante es que estas tumbas aparecen junto a poblados indígenas que controlan puertos o
vados importantes de la cuenca del Tajo, bien diferenciados de los asentamientos de carácter orientalizante tanto de la cuenca del Guadiana como el del
vado de Talavera la Vieja. Esas mujeres están acompañadas de un ajuar rico, formado por piezas de origen tartésico, que en el caso de los vasos de Santa
Cruz son piezas de un tipo muy escaso, siempre
asociado a mujeres (Aubet, 1995: 404), posiblemente de alto rango. Por ese motivo ya indicamos que
no parece quedar justificada la presencia de ese
material en estas tierras simplemente como fruto de
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EVIDENCIAS DEL COMERCIO TARTESICO JUNTO A PUERTOS Y VADOS
los intercambios, sobre todo en una fecha tan temprana y con unos materiales tan inusuales como las
urnas a «chardon» a tomo. Las especiales características de estos enterramientos sugieren que el
ajuar probablemente llegara con su propietaria, que
posteriormente se enterró con él conforme a sus tradiciones. Esa hipótesis sugiere que esas mujeres se
habían desplazado desde su núcleo de origen, quizás para unirse a algún personaje de su mismo rango del poblado indígena. Es posible que con ello se
buscara establecer relaciones entre los tartésicos y
la población local, materializadas a través de matrimonios mixtos, fenómeno ampliamente documentado en otras áreas de expansión del comercio mediterráneo (Coldstream, 1993), argumento que
también Ruiz-Gálvez había propuesto para el tesoro
de Aliseda (1992: 238)^. La reiteración de ese fenómeno permite plantear que tal vez estas mujeres llegaron hasta allí para garantizar esas relaciones,
creando vínculos de sangre con la elite local de las
zonas de paso y áreas fronterizas. En el caso de
Santa Cruz debió de influir la estratégica posición
que este lugar ocupa, al estar junto a uno de los primeros puertos que hay que cruzar para adentrarse en
la Alta Extremadura y condiciones parecidas reúne
también el puerto de Aliseda. La Casa del Carpio se
encuentra a unos 40 km al oeste del vado de Talavera la Vieja, lugar donde definitivamente surgiría
un enclave orientalizante, y está en línea recta hacia
el norte con el pasillo natural del Cíjara, que comunica el Guadiana con el Tajo. Diferente es el caso
del singular edificio del Torrejón de Abajo, situado
en el centro de la penillanura cacereña, posiblemente surgido como punto intermedio que centralizara
las actividades de intercambio y permitiera la fluidez de las relaciones con la población local.
Estos nuevos hallazgos permiten conocer con
mayor detalle el proceso de expansión tartésica desde su foco original, primero creando una red de
asentamientos junto al Guadiana y, posteriormente,
introduciéndose hacia el norte de Extremadura, proceso intuido ya desde hace años pero en el que
ahora se puede profundizar con datos nuevos. Los
núcleos de carácter orientalizante raramente sobrepasan la línea del Guadiana, en cuyas márgenes
existió un verdadero núcleo de expansión tartésica
(Almagro-Gorbea y Martín, 1994: 124; AlmagroGorbea, 1996: 68). Hacia el norte tan sólo aparecen
^ En otras épocas protohistóricas esa política la conocemos mucho mejor gracias a que se nos ha trasmitido en las
fuentes escritas, como sucedió en época de los Bárquidas, ya
que Asdrúbal y Aníbal se casaron con hijas de destacados
jefes ibéricos para ganarse su adhesión (Ruiz-Gálvez, 1992:
148).
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determinados enclaves situados junto a puertos, vados o zonas de paso de la mitad oriental de la cuenca del Tajo, entre los que destaca el de Talavera la
Vieja, cuya misión pudo ser la de facilitar la difusión
de los intercambios hacia la Alta Extremadura, que
se convirtió en el área de expansión de la activa zona
de las Vegas del Guadiana. La graduación del fenómeno de expansión del comercio tartésico es más
evidente conforme se avanza hacia el norte, ya que
más allá de la cuenca del Tajo tan sólo aparecen casos como los de Villanueva de la Vera, situada en el
pasillo que comunica la Alta Extremadura con las
tierras de Avila a través de Gredos. Interesa destacar
que en ella aparecen ajuares orientalizantes (González Cordero et alii, 1993) en urnas de tradición local
(Celestino, 1995: 82), poniendo de manifiesto la
cada vez más tibia llegada de influencias tartésicas a
medida que se aleja del área del Guadiana.
Al norte de Gredos tan sólo aparecen ricos objetos de origen oriental en poblados claramente indígenas (fig. 6), algunos tan llamativos como el
conjunto de bronces aparecido en Sanchorreja (González-Tablas et alii, 1991-92), elementos de oro como
los de Ulaca y el Raso (Fernández Gómez, 1996),
objetos de vidrio junto a otras piezas metálicas como
braseros en El Berrueco (Conde et alii, 1996: 59),
de donde proceden también piezas tan significativas
como los llamados «bronces del Berrueco», más otras
piezas distribuidas por poblados abulenses (Baquedano, 1996), algunos de los cuales ocupaban enclaves desde los que se controlan los principales puertos que cruzan Gredos. Más alejados aún aparecen
algunas piezas, pero ya de forma esporádica, como
el jarro de Coca (Segovia); otros objetos quizás de
menor prestigio, como la cerámicas pintadas, alcanzaron zonas tan lejanas de su foco de origen como
las tierras de Zamora, porque su influencia está claramente reflejada en yacimientos como el de la Aldehuela (Santos, 1990).
Sin embargo, este proceso de expansión no fue
uniforme y su repercusión no alcanzó por igual a
todo el territorio situado en su radio de influencia.
Hay que explicar cómo influyeron los condicionantes geográficos, pero también históricos, para poder
matizar los modelos teóricos llamados de «centroperiferia» que se aplican al estudiar estos fenómenos. El análisis del conjunto del registro arqueológico del área extremeña (Martín Bravo, e. p.) pone de
manifiesto diferencias profundas entre distintas zonas de la misma región, a pesar de que se encuentren
a la misma distancia del «centro» unas que otras.
Hay que destacar que en la mitad oeste de la cuenca
extremeña del Tajo, que había estado volcada hacia
el centro de Portugal y la fachada atlántica durante el
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hacia los puertos de Credos que
desembocan en las tierras de
Ávila. Por ello, se puede sugerir
que la influencia orientalizante
se canalizó siguiendo los principales puntos de paso en las vías
de comunicación norte-sur, lo
que originó un modelo de penetración a través de los principales
puertos y vados cuya consecuencia fue que, en estas zonas tan
alejadas del mundo tartésico, al
margen de esas rutas naturales,
las influencias apenas calaron en
la sociedad indígena. De ahí la
desigual influencia orientalizante
que se observa entre el área
oriental y la occidental de la Alta
Extremadura, existiendo zonas
en la Alta y Baja Extremadura
que apenas transformaron sus
formas de vida, limitándose a incorporar los objetos de prestigio
y algunas innovaciones técnicas.
En definitiva, los datos expuestos parecen indicar que el
comercio tartésico se difundió
entre diferentes pueblos establecidos a lo largo de la ruta natural de comunicación desde el suroeste hacia la Meseta a través
de Extremadura, remontándose
los primeros contactos con la
Alta Extremadura a finales del
Fig. 6.—Mapa de la zona tartésica nuclear en torno al Bajo Guadalquivir, zona de
siglo VIII o, con mayor seguriexpansión por la costa portuguesa, y el Guadiana Medio, y su zona de influencia
hacia el Tajo: 1) distribución de los poblados «orientalizantes», 2) objetos de influendad, comienzos del vii a.C. y
cia oriental, y 3) enterramientos femeninos con elementos orientalizantes aparecidos
consolidándose a lo largo del sijunto a poblados indígenas.
glo VI a.C. Aunque esos caminos
se transitaban ya desde mucho antes, se revitalizaBronce Final, las evidencias de comercio tartésico
rán en este periodo, en detrimento de aquellos otros
son mucho más escasas que en la mitad este y siemque habían conectado la Alta Extremadura con el inpre aparecen en poblados de claro carácter indígena,
terior de Portugal y la fachada atlántica durante el
totalmente diferentes a los de la cuenca del Guadiafinal de la Edad del Bronce. Es posible que en ese
na. En cambio, parece que la zona oriental de la
proceso
desempeñara un importante papel la llegacuenca del Tajo fue más permeable a estos contacda de mujeres desde el ámbito tartésico a algunos
tos. De hecho, los hallazgos de bronces de tipología
poblados situados en puntos estratégicos que, adeatlántica se concentraban en la zona oeste de la promás de garantizar la fluidez de las relaciones con
vincia de Cáceres y la zona portuguesa, mientras que
los jerarcas locales, se convirtieron en un vehículo
más allá de Monfragüe casi no aparecen. Prácticade
aculturación (Wagner, 1995: 117) al traer con
mente al contrario sucede con los hallazgos orientaellas sus tradiciones, entre otras, el ritual funerario.
lizantes. A este factor cultural se añade otro de caPor tanto, a raíz de la expansión de los intercambios
rácter geográfico: para quien quiera llegar a la
se ejerció una importante influencia sobre la poblaMeseta a través de la Alta Extremadura es preferible
ción
del hinterland tartésico. Con ellos se difundiehacerlo por los pasos orientales de la cuenca y desron, aparte de los objetos de prestigio, nuevos conode allí dirigirse hacia Talavera de la Reina o bien
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EVIDENCIAS DEL COMERCIO TARTESICO JUNTO A PUERTOS Y VADOS
cimientos en el campo de la metalurgia, la fabricación de cerámicas y de telas, nuevos cultivos y especies domésticas, además del uso de un sistema
nuevo de pesos y la escritura, que según la intensidad de los contactos transformaron las formas de
vida de la población indígena.
Antes de terminar, queremos llamar la atención
sobre la posibilidad de que en otras áreas peninsulares se hubieran podido producir también fenómenos
parecidos de expansión tartésica que, dada la fragilidad de los testimonios arqueológicos, son difíciles
de reconocer. En este sentido, llama la atención que
en el interior de la provincia de Albacete se haya documentado un enterramiento en una urna que recuerda los vasos a «chardon», asociada a un broche de
cinturón de tartésico, fechado en el siglo vii a.C.
(Soria y García, 1995). Aunque el conjunto carece
de contexto y se desconoce la procedencia exacta de
esos materiales, es posible que los fenómenos documentados en Extremadura arrojen alguna luz para
interpretar estos otros hallazgos dispersos en diferentes zonas de la periferia del área tartésica ^°.
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'^ Tenemos que agradecer al Dr. M. Almagro-Gorbea los
consejos recibidos y a E. Galán y M. Torres sus apreciaciones para enriquecer este texto.
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