...

Terrible y cotidiano es el silencio: Siete casas vacías de

by user

on
Category: Documents
0

views

Report

Comments

Transcript

Terrible y cotidiano es el silencio: Siete casas vacías de
Terrible y cotidiano es el
silencio: Siete casas vacías
de Samanta Schweblin
Nora de la Cruz
francotiradores |
77
A finales de 2015, la editorial española Páginas
de Espuma publicó la obra ganadora de su cuarto
premio internacional. Se trataba de Siete casas vacías,
de Samanta Schweblin, joven autora argentina, reconocida en su país e internacionalmente; su segundo
libro de cuentos, Pájaros en la boca, recibió el Premio
Casa de las Américas en 2008. Al menos en México
parecía ser notoriamente apreciada: varios autores recomendaron el nuevo libro y se mostraron entusiastas
ante su presentación en el Palacio de Bellas Artes. Todo
resultaba promisorio.
Samanta Schweblin es una de las narradoras jóvenes más relevantes de la actualidad en lengua española:
así la clasifican revistas de gran credibilidad. Algunos inscriben su obra en el género fantástico por lo que parece
ser su marca registrada: la intromisión de un elemento
perturbador e inexplicable (en ocasiones, violento) en
un ámbito cotidiano y casi siempre de enclaustramiento. La sensación de anomalía y encierro se intensifica
cuanto más cotidiano parece el ambiente donde se desarrolló, generando atmósferas peculiares: lo doméstico
dominado por una amenaza insólita y sutil.
Este mecanismo narrativo, explorado en su colección anterior (el ya mencionado Pájaros en la boca),
muestra su consistencia en Siete casas vacías. Compuesto
por siete relatos que giran en torno, precisamente, a casas —y sus habitantes, claro está—, el libro funciona con
el mecanismo descrito, aunque con matices de emotividad más acusados, lo cual lo distingue de su predecesor.
Por otra parte, los vacíos narrativos son también mayores: observamos anécdotas contadas casi como escenas
(representadas ante nuestros ojos en su duración “natural”) en las que los personajes o la voz narrativa dan
78 | casa del tiempo
indicios del peso del incidente, sin aclararlo por completo y sin que el objetivo de la historia sea develarlo,
lo cual acentúa la sensación de desconcierto. Gracias a
esto, los relatos ganan fuerza y hondura, y este efecto
se convierte en el sello distintivo de Schweblin.
El argumento de la mayoría de los cuentos, como se
ha dicho, es similar: en una situación cotidiana surge lo
extraño, pero no del lado sobrenatural entendido como
fantasmal o monstruoso (como podía ocurrir en Pájaros en la boca); en general, estos relatos entienden
lo extraño como lo inescrutable: algo que pareciera
incognoscible y que en ocasiones ni siquiera es patente en la narración, sino que se elide y su estado latente
es lo que intensifica su extrañeza. Schweblin se adscribe al género fantástico, en sentido estricto, pero
lo contemporáneo en su literatura es la tendencia al
minimalismo: una anécdota simple, dicción ajustada.
Si en su volumen anterior hay un par de cuentos que
lindan con la idea de lo monstruoso, en este, la mayoría apunta a lo que ya tiene de extraña la realidad tal
como la conocemos: el infranqueable muro de misterio o temor que existe siempre en nuestra relación con
el otro (más terrible cuanto más próximo el vínculo;
en este sentido, como a los autores góticos, la paternidad y la maternidad interesan particularmente a la
autora argentina), la mente y sus trampas, los viajes.
En cierto sentido, los cuentos de Siete casas vacías son
más realistas, pues su extrañeza deviene del silencio
en torno a algo aludido, pero innombrable. Es evidente que los padecimientos mentales (la depresión,
la obsesión, la pérdida de la memoria) y las relaciones
familiares siguen siendo temas que interesan a la autora, pues constituyen el eje del volumen.
Siete casas vacías
Samanta Schweblin
Madrid, Páginas de Espuma,
2015, 128 pp.
El problema, sin embargo, es que el mecanismo es
tan recurrente que puede volverse cansado. Justo a la
mitad, en el centro del relato nuclear y más extenso, “La
respiración cavernaria”, algo se desgasta. Se trata de una
historia contada en cuarenta páginas cuya clasificación
es compleja: cabalga entre el cuento y la nouvelle, como
“El perseguidor”, de Cortázar, aunque sin su vigor. La primera mitad del relato abusa de la morosidad, mientras
que el último tramo sufre una aceleración desproporcionada que, sin embargo, termina salvando el texto.
En este relato es casi inevitable la comparación con los
relatos de otra autora publicada por la misma editorial:
Guadalupe Nettel. Ambas muestran, en su prosa sutil,
contenida e inteligente, pleno dominio del oficio, aunque una notable distancia con aquello que narran, algo
semejante a la de los cirujanos ante el cuerpo humano
enfermo y cortado para su manipulación. La semejanza
se vuelve coincidencia, pues Nettel resultó ganadora del premio Ribera del Duero cuando Schweblin fue
jurado, y la mexicana fue parte del jurado cuando la
argentina obtuvo este reconocimiento.
Una vez cruzado el margen de este relato, nuclear
y extenso, volvemos a encontrarnos con cuentos breves
y concisos, en los que la capacidad narrativa de la autora es más evidente. Si el máximo punto de tensión
se alcanza en “La respiración cavernaria”, donde la protagonista es su propio misterio y amenaza, en los tres
relatos que le preceden encontramos de nuevo un incidente que perturba el mundo momentáneamente. En
los relatos iniciales lo perverso es la rutina, mientras
que en los últimos hay algo que la rompe. También es
evidente que predominan los personajes femeninos y
que la exploración de la autora en torno a la palabra
casa abarca no sólo el espacio de la cotidianidad, sino
la idea de pertenencia, de identidad y de estabilidad o
confort. Y claro, la más temible de las casas es el cuerpo, lleno de huellas y ruidos, de amenazas y misterios.
En este libro no se requieren fantasmas: lo terrible
está en los objetos que pueden ser favorables o adversos. Una azucarera, una alfombra, una caja o una tira
de aspirinas pueden ser presencias (o ausencias) ominosas, con el poder suficiente para provocar la locura
o la perdición. Las atmósferas que Schweblin construye con tanto acierto están en los objetos nimios y sus
sentidos arcanos.
francotiradores |
79
Fly UP