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Dr. Duville, supongo?

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Dr. Duville, supongo?
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Título: ¿Dr. Duville, supongo?
Autor: María Gainza
Lugar y fecha: Buenos Aires, 2010. Publicado en la edición Matías Duville, Esto fue otro lugar.
Si me sintiera llamado
a fundar una religión
recurriría al agua.
Philip Larkin
Julio 2009: Ruta Mar del Plata – Miramar. A la derecha se abre el mar hasta caer por el horizonte.
Miles de toneladas de agua llegan hasta la costa y la espuma se acumula como perritos lanudos.
Los paradores, las escolleras y las rocas se suceden, son las ruinas abandonadas de una civilización
de adoradores del sol que ha migrado durante el invierno a otros territorios. El verde aparece de
golpe bloqueando la mirada. Un muro de verdes brutos, espesos y marinos. La próxima vez que el
mar vuelva a asomar el paisaje habrá cambiado. Ahora el agua está cincuenta metros debajo de mis
pies y los acantilados detienen su embate. Un refugio pende del precipicio. Desde allí, un puñado
de surfistas sobre sus bicicletas otea el horizonte. Sus trajes de neopren se secan al sol sobre el
capot de una camioneta vieja y las tablas descoloridas yacen sobre el pasto como barcas de ofrendas
listas para ser lanzadas al agua.
La primera vez que vi los dibujos de Matías Duville pensé en el surf, y ahora frente al acantilado,
con el viento ululando alrededor, sus imágenes vuelven a mi mente. Un kilómetro adentro, en el
turquesa, se empiezan a levantar las olas. Y avanzan una detrás de la otra hasta que una de ellas
se infla hacia el cielo y surge, sobre su cresta que echa vapor, la figura de un hombre.
El misterio recurrente del surf no le es ajeno a Duville: el impulso de correr hacia la catástrofe en
lugar de huir de ella. El artista parece fascinado por las fuerzas de la naturaleza. Si fuera por él
probablemente intentaría alcanzar la gran ola de Hokusai. El método del surf consiste en la no
resistencia, en abandonarse al agua que quiere destrozarte. Por eso en sus dibujos hay una sensación
que podría compararse al éxtasis de deslizarse dentro una ola. Una energía cósmica que se vuelve
ectoplasma: chorros azules que conectan las imágenes. Mientras, Duville mira al mundo desde un
lugar lejano. Es la distancia del que mira la costa desde mar adentro.
Ahí están los surfistas con las puntas de sus tablas sobresaliendo del agua. Llevan un par de horas,
con medio cuerpo afuera, y la otra mitad perdida debajo. Esa paranoia subyace en la obra de Duville.
Por eso abre la tierra, corta la superficie del agua, traza planos para poder ver qué hay ahí. Lo que
él llama sus “excavaciones” quizás hayan sido alimentadas por sus horas dentro del mar: ¿cómo
lucen las piernas colgando de la tabla? ¿Qué pensarán los tiburones? ¿Creerán que son serpientes
gemelas?
El bosque petrificado
No se puede detectar con precisión a qué mundo pertenecen los dibujos de Matías Duville. Creo
que ni un electroencefalograma ni un traductor de sueños podrían hacerlo. Perseguida por esta duda,
un día de julio de 2009 salí a buscar de dónde venían sus imágenes, con la conciencia tranquila de
que era una tarea destinada al fracaso. Entre lo poco que decía el artista, su familia y la ciudad donde
había transcurrido su adolescencia, ¿podría reconstruir la atmósfera que impregna su obra?
La primera vez que entrevisté a Duville se me escapó el perro. Salió disparado por la puerta de
entrada en el instante mismo en que pasaba por la calle un cuidador con toda su jauría. Cuando
volví, agitada y magullada, con mi mascota entre las piernas, Duville me dijo: “Está bien como
comienzo”. No dijo nada más (no suele decir mucho). Después caí en la cuenta que durante todo
el tiempo que duró la escena él había permanecido fijo en su baldosa. Por un instante pensé que
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había sido un poco descortés. Después, cuando lo conocí mejor, comprendí que no, que Matías
venía del bosque donde un animal es una cosa seria.
“Si vas al bosque llevá un palo por los perros”, me advirtió Duville cuando le comenté sobre mi
plan de visitar Mar del Plata. Fue una advertencia que inmediatamente convirtió a todo animal en
un peligro latente. El bosque Peralta Ramos queda a tan solo un par de cuadras de la casa donde
Matías pasó su adolescencia. Durante esos años, jaurías de perros vagabundos acechaban las calles
como pandilleros. De chicos, los tres hermanos solían jugar entre la maleza minada por coníferas,
eucaliptos, pinos y aromos. Unas 450 hectáreas de bosque y casitas que en los años 80 fueron un
reducto hippie de venta de marihuana y otras yerbas, y que hoy es un lugar con una energía rara
–como si una batalla entre la oscuridad y la luz se desarrollara en su interior– y que inevitablemente
recuerda el enigma portentoso del bosque de Twin Peaks.
Los Duville no nacieron en Mar del Plata. Se mudaron allí en los años 80 a una casa que se
construyó para vacaciones y que terminó siendo definitiva. “Quienes se van a vivir al bosque,
no lo dejan nunca”, dicen sus habitantes. Algo del bosque sigue creciendo aún hoy dentro de
Duville, por eso mina sus dibujos con pinos viejos y caídos, troncos altísimos y pelados
convertidos en carbón.
Los dibujos de Duville recuerdan las novelas de catástrofe de J.G.Ballard. En El mundo de cristal
hay un bosque petrificado cuya área se expande día a día afectada por un extraño mal. El virus que
en la historia está destruyendo la selva no es un virus convencional sino uno que congela la materia
en un estado atemporal y que lentamente ha comenzado a afectar a las personas. La amenaza de
la cristalización es un fondo donde podrían desarrollarse las escenas de Duville. Sus “naturalezas
muertas”, su proliferación de paisajes rocosos, son joyas opacas que agonizan. En El mundo
sumergido hay un personaje que en contraste con la ficción post apocalíptica más común, en vez
de sentirse amenazado por el fin del mundo, se extasía por la realidad caótica que ocupa su lugar.
En ambas historias el tono es duvilliano. Los éxodos de Duville subrayan que alguien se ha quedado
atrás para registrar el desastre.
“El desierto avanza en Buenos Aires”, anuncia a las tres de la mañana la televisión mientras intento
dormir en una cama de hotel frente al mar. Y unos minutos después: “Se encontró agua en la luna”.
Ciertamente el paisaje está cambiando.
El legado de Humboldt
En el 2003 Duville hizo su primera muestra individual en la galería Alberto Sendrós. Colgó sus
piletas sobre filtros de seda tironeando de los hilos hasta producir el efecto de un tapiz roído o de
un recuerdo fuera de foco. Otros paisajes habían sido dibujados sobre blisters, como un Seurat
trucho. Por ese entonces, Duville era un artista tímido, con cierta reticencia a hablar sobre su obra.
Cinco años después, sentado en el living de mi casa, aún lo sigue siendo. A pesar del fogueo con
el mundo del arte y de su repentino y sostenido éxito, aún conserva un costado intacto, ése que me
recuerda a Chance Gardener en “Desde el Jardín”. Un hombre esencialmente intuitivo metido a la
fuerza en el mundito del arte, un lugar donde no encaja del todo pero que lo venera desaforadamente.
Hay algo que vuelve en Duville. La sensación de que sus imágenes son experimentos, el lado
blando de un pensamiento científico. No sé cuándo me enteré que su hermano menor, Bernardo,
era biólogo, que Pablo, su hermano mayor, era un fanático de la computación y que Carlos, su padre,
era químico. Supe después que de niños su padre les enseñaba a hacer pólvora en el fondo de la
casa con tubitos de colores, azufre y potasio. Para Duville el contacto con la ciencia sería clave. Un
día, luego de una tormenta, Matías salió al jardín, pisó el césped y comprobó que había agua debajo
del pan de pasto. “Se mueve, se mueve” gritó extasiado como testigo de una transformación
molecular. Por ese entonces aún vivían en Buenos Aires, donde su madre, Laura, era directora de
una escuela y atiborraba la casa de carpetas y cuadernos hasta convertir todo el lugar en una especie
de ser vivo incontrolable y en constante modificación.
A veces las imágenes de Duville parecen metáforas en la génesis de una nueva idea científica.
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Cada vez que el artista se propone un dibujo parte de una premisa absurda pero con asidero real:
¿Qué pasaría si el fuego ardiera en dos direcciones?, ¿cómo podrían convivir los tres estados del
agua? Entonces dibuja un tronco gigante por donde pasa el agua en estado sólido, líquido y gaseoso.
Pero eso es apenas el disparador y pronto la imagen olvida su punto de partida para volverse un
parque nacional que se puede visitar desde unos andamios monstruosos y el tronco ahora parece
un gigantesco LHC, aquel acelerador de partículas que busca la respuesta a la creación.
Un día su hermano Bernardo me cuenta sobre los ensayos familiares con la música. Los tres
hermanos tienen una banda que se llama Príncipe de Gales; Bernardo guarda cientos de grillos en
una pecera con el fin de producir un experimento musical; Pablo tunea sintetizadores rusos y las
pequeñas catástrofes de sonido pueblan una serie de dibujos de Matías. Mirarlas es como ver en
papel las canciones de Sonic Youth, una banda que hace el pop más abstracto del que tenga registro.
En el ómnibus de ida a Mar del Plata suena en mi ipod “The Diamond Sea”, veinte minutos de
variaciones de guitarra y batería. Podría ser el título de una de las series de Duville. Y además
tiene esa impresión tan duvilliana de ser una escritura automática entregada a la fascinación por
la geografía.
Escucho:
Blood crystalized as sand
and now I hope you’ll understand
you reflected into his looking glass soul
and now the mirror is your only friend
look into his eyes and you will see
that men are not alone on the diamond sea
sail into the heart of the lonely storm
and tell her that you’ll love her eternally. (1)
¿No es eso acaso la traducción poética de un dibujo de Duville? La cristalización, la soledad, el
agua, las tormentas, la fascinación por la muerte, todo vuelve en esa música hipnótica.
Además pasan cosas raras con sus materiales. En uno de los dibujos que cuelga sobre la pared
de su taller un perro lobuno lanza un aliento de hielo. La figura ha sido dibujada con carbonilla, tanta
que parece tener relieve y sobresalir del papel. “A veces creo que hago esculturas”, me dice como
si pudiera literalmente atrapar su experimento. Es probable que sus materiales tengan propiedades
distintas a las que conocemos. Hace unos años un equipo de científicos anunció el descubrimiento
de dos nuevos elementos, los que en la tabla periódica serían los números 113 y 115. Por ese
entonces escuché decir que alguien podría llegar a adivinar sus propiedades pero que nunca podría
predecir qué tipo de usos prácticos estos elementos iban a tener. Después de todo, ¿quién hubiera
pensado que algunos elementos, como el neodimio y el samario, contemplados durante un siglo
como meras curiosidades, se convertirían en elementos esenciales a la hora de fabricar imanes? Los
materiales de Duville se comportan de maneras curiosas y sus usos son inimaginables. Por ahora
habitan ese lugar donde algunos estrafalarios y gigantescos bloques de tierra y agua viven sus
extrañas vidas.
El llamado de lo salvaje
Como aquellos pintores viajeros que en el siglo XIX acompañaban a los científicos en sus
expediciones, en los últimos años Duville se ha dedicado a registrar con trazo taquigráfico bocetos
de cataclismos geográficos. Sus dibujos prueban los límites del mundo, testean su materialidad,
buscan un método para explorar los últimos territorios. Ballard alguna vez comparó su rol como
escritor a aquel de un scout. Alguien enviado adelante para determinar si el agua es potable. Mirando
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las obras de Duville me sorprendo al ver cuán hábil y original ha sido al desarrollar relatos de mundos
perdidos en su cabeza.
Hace poco Bernardo y Matías viajaron a Alaska. Antes del viaje, Matías realizó una serie de dibujos
donde volcó sus fantasías sobre el paisaje, y una vez allá, dibujó a partir de lo que había visto. Esta
segunda serie de dibujos es especialmente extraña. Como si el contacto con la realidad, en lugar
de bajarle los decibeles, lo hubiera disparado hacia un lugar más raro aún.
“La naturaleza es morbosa en Alaska”, me contó Matías, “Hay unos salmones gigantes que van
a morir a un río que lo llaman Río Resurrección. Todo parece apocalíptico.” Es inevitable: uno mira
lo que le interesa. Y después: “No surfee en Alaska”, me responde por mail, “pero anduve en skate
en cada pedazo de cemento que aparecía al costado de la ruta. Era una sensación rarísima: unos
estacionamientos solitarios en el medio de la nada y las montañas gigantescas de telón.” Nuevamente,
lo abandonado, como una constante en Duville. En el camino a Miramar paso decenas de edificios,
canchas de paddle, coliseos, parques de juegos a medio terminar. Me resultan asombrosamente
elocuentes de los vaivenes del país. Y podría jurar haber visto algunas de esas construcciones entre
las imágenes de Matías. Aunque unos días después, cuando en una segunda visita al taller intento
reconocerlas sobre los dibujos, ya es tarde: todo ha sido transfigurado.
Lejos del pintor a plein air, Matías necesita cierta ceguera visual para poder dibujar. “Llega un
momento en que la distancia de la naturaleza me juega a favor”, cuenta. Durante su estadía en la
Beca Kuitca construyó en el patio un cuartito de madera al que llamó Studio: “Era como una cápsula
con una ventana circular que si la cerrabas quedabas totalmente aislado y podías imaginar que
estabas en cualquier lugar”. Hoy se aísla de Mar del Plata en un departamento céntrico con vista a
un pulmón de manzana.
Una noche, mientras estudio un mapa de Alaska arrugado y con manchas de café en mi cuarto
de hotel, algo llama mi atención. Un pedazo de costa de unos 80 kilómetros, una extensión desolada
con unas palabras que la surcan: “Sin explorar”. Me pregunto si no habrán sido esas tierras las que
Duville salió a buscar. Y si alguien algún día se lo encontrará por ahí, en medio de la nada, encerrado
en su motorhome, dibujando lo que sólo él puede ver. Entonces le dirá: ¿Dr. Duville, supongo?
Notas
Título: frase pronunciada por el periodista Henry Stanley cuando en 1871 fue enviado por el diario
New York Herald en busca del explorador escocés David Livingston quien se había internado en el
continente africano en 1866 y desde entonces no se sabía nada de él. Stanley lo encontró en el
pequeño pueblo de Ujiji a las orillas del lago Tanganika y al verlo pronunció una frase que se volvería
mítica: “Dr. Livingstone, supongo”.
1. Sangre cristalizada como arena / y ahora espero que entiendas / te reflejaste en su alma a través
del espejo / y ahora el espejo es tu único amigo / mira sus ojos y verás / que los hombres no están
solos en el mar de diamantes / navega hacia el corazón de la tormenta solitaria / y dile que la amarás
eternamente. The Diamond Sea, Sonic Youth.
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