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La pintura como filosofía José Saramago Supongo que en el

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La pintura como filosofía José Saramago Supongo que en el
La pintura como filosofía
José Saramago
Supongo que en el principio de los principios, antes de que hubiéramos
inventado el habla, que es, como sabemos, la suprema creadora de
incertidumbres, no tendríamos dudas serias sobre quienes éramos y
sobre nuestra relación con el lugar en que nos encontrábamos. El
mundo, obviamente, sólo podía ser lo que nuestros ojos veían, y
también, como información complementaria, lo que los otros sentidos –el
oído, el tacto, el olfato, el gusto- pudiesen percibir de él. En ese instante
inicial el mundo fue apariencia pura y pura superficie. La materia era
simplemente áspera o lisa, amarga o dulce, ácida o sin sabor, sonora o
silenciosa, tenía olor o no tenía olor. Entonces, todas las cosas eran lo
que parecían ser por la única razón de que no existía ningún motivo para
que parecieran otra cosa. En esas antiquísimas épocas estábamos muy
lejos de imaginar que la materia fuera “porosa”, pero hoy, cuando
sabemos que, desde el último de los virus hasta el universo, todo y
todos no somos nada más que composiciones de átomos y que en su
interior, además de la masa que le es propia, todavía sobra espacio para
el vacío (lo compacto absoluto no existe, todo es penetrable), seguimos,
como hacían nuestros antepasados de las cavernas, capturando,
reconociendo e identificando el mundo de acuerdo con su apariencia.
Supongo que el espíritu científico y el espíritu filosófico se manifestarían
el día en que alguien tuvo la intuición de que la apariencia, al mismo
tiempo que la imagen exterior capturada por la consciencia y por ella
manejada, podía ser, también, una ilusión de los sentidos. Aunque
habitualmente más referida al mundo moral que al mundo físico, es
conocida
la
expresión
popular
en
que
aquella
intuición
acabó
plasmándose: “Las apariencias engañan”.
Nadie lo sabe mejor que el pintor cuyo instinto o cuyo genio (el genio es
tal vez una especie de instinto…) rechaza la facilidad del simple discurrir
sobre la superficie de los seres y de las cosas, dejándolos, por decirlo
de alguna manera, intactos. Al contrario de lo que una más o menos
hábil transposición de líneas y de colores sería capaz de producir, la
pintura realmente digna de ese nombre es siempre una “revisión” o una
“relectura” propia, personal, de aquello que lo real propone al artista. Es
cierto que los girasoles de Van Gogh, tal como él los pintó, no existieron
en la realidad, pero existen como otra realidad en el cuadro que los
representa, y esa nueva realidad, antes subyacente, es sólo una entre
las infinitas que sería posible ir encontrando, expectantes, más allá del
primer e inmediato plano que es la apariencia. Un retrato pintado por
Rembrandt, fiel en lo que se refiere a semejanza física, es fiel también
de una manera que llamaré intemporal, como si el artista hubiera
sorprendido al modelo, no sólo en la instantaneidad del momento, sino
también en un antes y en un después que reúnen, en la superficie de la
tela, algo que es, algo que fue y algo que será, o más simplemente, el
presente, el pasado y el futuro del personaje retratado.
Todo o casi todo lo que dejo escrito hasta este punto tiene relación
directa con la obra de Ildefonso Aguilar que aquí se muestra. En primer
e importante lugar porque la compleja cuestión de lo real y de lo
aparente es tratada en su pintura con una clarividencia que, habiendo
comenzado (quizá) como resultado de un impulso irresistible de la propia
naturaleza del artista, se convirtió, según mi opinión, con el paso del
tiempo y la profundización de la madurez, en lo que se me presenta
como una obstinada (si no obsesiva) reflexión sobre las virtudes
gnoseológicas del acto de pintar. Intentaré explicarme mejor. A simple
vista, cualquiera dirá, porque es difícil, por no decir imposible, defender
otra opinión, que los cuadros de Ildefonso Aguilar son paisajes.
Convengamos por tanto que es así. Esos paisajes, sin embargo, tal
como los girasoles de Van Gogh, aunque por otros motivos, no podrán
ser encontrados en la realidad por la sencilla razón de que no le
pertenecen.
Más
aún,
los
paisajes
de
Ildefonso
Aguilar
están
desprovistos de nombre (si alguna vez le fue puesto, la transfiguración
radical del objeto en el mismo instante los convirtió en anónimos), no
pueden ser situados aquí o allí, aunque podamos conocer, por
información del propio artista, que la realización de esas pinturas habría
sido precedida de fuertes vivencias e intensas impresiones sensoriales
de un exterior determinado.
Me atrevo a afirmar que, como pintor, la apariencia del mundo no es lo
que le importa a Ildefonso Aguilar, ni siquiera para ofrecernos de esa
apariencia una imagen más o menos asociable a nuestras propias
experiencias, y por eso de algún modo tranquilizadora. Por su
singularidad radical, los paisajes de Ildefonso Aguilar no están ahí para
confirmar la supuesta justeza de la percepción del observador, al
contrario, viene a provocarla, a desafiarla, a desequilibrarla. Al releer el
mundo, al reelaborarlo a partir de un insólito proceso de manipulación de
la arena y del color, el pintor lo transforma en otro mundo, en un mundo
donde una apariencia toma el lugar de otra, como si pretendiera
decirnos que nosotros mismos somos mera apariencia, y por tanto
mutables y permutables. Aunque Leonardo da Vinci hubiera dicho que la
pintura es “cosa mental” no son muchos los pintores con una postura
filosófica ante el mundo. Ildefonso Aguilar es una de esas excepciones.
Gracias a él quedamos sabedores que la pintura también puede ser un
camino para la sabiduría. Las pruebas ahí están.
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