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Hacia una economía diferente: una mirada retrospectiva y otra hacia

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Hacia una economía diferente: una mirada retrospectiva y otra hacia
Hacia una economía diferente: una mirada retrospectiva y otra hacia el futuro
Neva Goodwin
© Copyright Opinión Sur
Revista Mensual y Gratuita N°49
Septiembre 2007
Al considerar una transición económica sustancial, resulta útil tener en cuenta los antecedentes
históricos. Si nos retrotraemos a la última transición comparable, la primera Revolución
Industrial, podemos apreciar que los complejos problemas emergentes que la raza humana
enfrenta son, irónicamente, consecuencia de grandes logros humanos. A lo largo de los últimos
250 años se ha producido un avance excepcional en muchos aspectos del bienestar humano.
Mucho de ello es el resultado de los grandes aumentos en la productividad de la mano de obra
debidos a las innovaciones en materia de tecnología, infraestructura, gestión e instituciones. Sin
embargo, al comienzo de la Revolución Industrial no estaba del todo claro a quién alcanzaría la
mejora del bienestar como resultado de esa mayor productividad, o de qué manera ello
ocurriría. La capacidad de producir cada vez más bienes y servicios podría haber desembocado
en cualquiera de los siguientes resultados extremos:
1. El aumento de la producción podría ser absorbido sólo por las elites, tal como había
ocurrido generalmente en el pasado. Tal vez las elites serían más numerosas, pero la mayoría
de las personas seguirían consumiendo sólo para subsistir.
2. El crecimiento de la producción podría estar acompañado de un crecimiento generalizado
del ingreso y, por ende, del consumo.
3. Las personas que pudieran producir más por hora podrían simplemente trabajar menos
cantidad de horas. El crecimiento del consumo estaría restringido por un mayor tiempo ocioso
y una menor producción nacional.
En los Estados Unidos y la mayoría (aunque no la totalidad) de los demás países avanzados, se
adoptó mayoritariamente la segunda alternativa.[1] La clave para la segunda opción es la
creación de una sociedad orientada al consumo: lo que se produce debe comprarse. Mientras
exista demanda inmediata para todo lo que los fabricantes producen, no hay ningún problema.
Cuando la demanda se desfasa, deben lograr que los consumidores se convenzan de que
quieren más.[2] Si los fabricantes no lo logran, se producirá la quiebra de las empresas y se
perderán empleos. La pérdida de empleos implica la pérdida del ingreso, lo que implica una
merma del consumo. Si esto ocurre a una escala macroeconómica, decrece la producción de la
sociedad en su conjunto y ésta experimenta el sufrimiento asociado con la recesión o depresión.
En el presente, este mecanismo opera a nivel del sistema global, donde los trabajadores de
muchos otros países también dependen del espíritu consumista estadounidense.
1
El crecimiento en la productividad de la mano de obra que acompañó a la Revolución Industrial
estaba basado en muchos factores; la disponibilidad de energía barata fue un elemento
fundamental. Ahora, en vista de la antes insospechada relación entre las emisiones de CO2 y el
clima, la tremenda dependencia de los combustibles fósiles se ha convertido en una grave
debilidad del sistema económico global. Tarde o temprano (y, previendo los costos de
adaptación al cambio climático, deberíamos esperar que sea más bien temprano) el consumo de
combustibles fósiles disminuirá. Muy probablemente esto ocurra a causa de los crecientes
precios del petróleo, el gas y el carbón. Estos incrementos podrían producirse por alguna o la
totalidad de las siguientes causas: disrupciones de oferta de naturaleza política, agotamiento
de los yacimientos petrolíferos con crecientes costos de extracción o de regulación nacional o
internacional (por ejemplo, impuestos sobre las emisiones de gas o un sistema cap-and-trade,
es decir, un régimen de cupos o límites máximos y comercio tendiente a controlar las emisiones
de dióxido de carbono). Pocas personas son lo suficientemente optimistas como para creer que
las fuentes de energía alternativas y sustentables estarán disponibles a tiempo para reemplazar a
los combustibles fósiles sin que se ocasione ninguna disrupción significativa. Las nuevas
tecnologías para la producción de energía requerirán también de nuevos sistemas de
distribución y muchos tipos de maquinarias de toda clase deberán ser reconvertidas o
reemplazadas para poder utilizar los nuevos sistemas.
De este modo es probable que la energía, en líneas generales, sea más costosa durante el
período de transición, que podría durar algunos años o un siglo. Los precios relativos de
muchos bienes y servicios se modificarán drásticamente: aquellos cuya producción tarde más
en adaptarse a las nuevas circunstancias serán relativamente más caros. El aumento de los
costos energéticos tendrá un efecto dominó sobre toda la economía y provocará el incremento
de otros costos.[3] Además, deberán desviarse grandes cantidades de esfuerzo y recursos
disponibles para encarar las tareas de adaptación, especialmente si no logramos –ahora y en el
futuro– implementar acciones efectivas para mitigar el cambio climático.
En vista de estos costos y requerimientos, la capacidad de las economías mundiales para
producir bienes de consumo puede dejar de crecer, e incluso por un tiempo al menos,
contraerse. Si eso ocurre, la pregunta que deberemos responder urgentemente es: ¿Quién
consumirá menos: aquellos que hoy son los principales consumidores o aquellos cuyo consumo
es ya demasiado bajo para satisfacer las necesidades básicas?
El caos climático crea peligros tan dramáticos que puede convertirse en una oportunidad
propicia para que se generen reformas de pensamiento y acción que anteriormente eran
demasiado incómodas de encarar. Además de las sugerencias ya formuladas en este artículo,
los siguientes son algunos cambios adicionales de comportamiento económico y de teoría
económica que deberán adoptarse para crear una sociedad con mayor resiliencia.
En primer lugar, será necesario introducir cambios masivos con respecto a las prioridades de
inversión para:
•
Desarrollar fuentes de energía renovable;
•
Desarrollar tecnologías sustentables para la producción, el transporte, las actividades
domésticas, el entretenimiento, etc. y
•
Desarrollar métodos para restablecer la productividad de los suelos y las aguas.
2
•
Encarar una reconstrucción de las ciudades que incluya aspectos tales como transporte
público, edificios de bajo consumo energético y excelente equipamiento comunitario, con el
triple objetivo de mejorar la habitabilidad, controlar los costos y reducir el impacto ambiental.
•
Reemplazar y (cuando sea posible) retirar sustancias tóxicas que, durante el último
siglo, se hayan introducido de manera generalizada en los ecosistemas del mundo y en los
organismos de los seres vivos, incluídos los humanos. La salud mental depende en gran medida
de la salud física; ambas deben protegerse en poblaciones que necesitarán contar con
inteligencia, conocimientos, voluntad y cohesión social para encarar los desafíos de mitigación
y adaptación que tenemos por delante.
•
Es necesario encarar tareas de investigación y planificación para prever, en las
distintas economías, dónde el requerimiento de reducir actividades que generan cambio
climático recomienda un cambio en la producción de bienes transables y no transables hacia
insumos con relativamente más factor humano y menos insumos energéticos y materiales.
Energía y materiales deberían ser sustituidos por tecnología e insumos humanos “intensivos en
información”.
En segundo lugar, será necesario adoptar cambios políticos/institucionales para:
•
Fortalecer el poder de entidades que representen el interés social frente a aquellas
(tales como las corporaciones en el sistema actual) que persiguen intereses estrechos o de corto
plazo.
•
Crear medios apropiados de gestión de los activos que se definen como de “propiedad
comunitaria”.
•
Crear un firme piso al poder político, económico y de tomar decisiones de individuos
y comunidades, por ejemplo, a través de instrumentos legales tales como fideicomisos,
estatutos y ordenanzas.
•
Intensificar los esfuerzos -al interior de las naciones y entre ellas- para avanzar hacia
un poder más igualitario y un acceso más equitativo a los recursos. Esfuerzos especiales
deberían realizarse para mejorar la calidad de la educación para todos al tiempo de igualar la
calidad de la educación para ricos y pobres.
Por último, los cambios culturales necesarios probablemente han de incluir:
•
Reconocimiento de los cambios demográficos y adaptación a los mismos. Los países
ricos, que deben asumir liderazgo en aspectos significativos del desarrollo de nuevos patrones
sustentables de actividad económica, deberán al mismo tiempo hacer frente a una creciente
proporción de población de edad avanzada, con sus necesidades médicas y sociales específicas,
junto con una proporción cada vez menor de personas comprendidas en la fuerza laboral
formal. Si el envejecimiento de la población implica que hay menos personas que buscan
trabajo, ¿también habrá menos empleos? ¿Qué implicancias tiene esto para el nivel de vida de
aquellos que se desempeñan en trabajos formales y los que se desempeñan fuera del sector
formal? ¿Cómo pueden las sociedades respetar y aprovechar los potenciales aportes de la
población de edad avanzada?
•
Los cambios de actitud en relación con el trabajo y el tiempo libre, junto con posibles
cambios en las definiciones de "trabajo" o "un trabajo", probablemente serán consecuencia de
los cambios demográficos y, asimismo, pueden ser necesarias acciones concomitantes con una
3
economía que produce menos. La disminución del ingreso proveniente del trabajo en relación
con el valor de la energía y los materiales puede hacer que sea necesario revisar las
expectativas acerca de las proporciones de los bienes transables y los bienes no transables que
los hogares disfrutan. (Esto conlleva el riesgo de que se neutralicen los avances logrados en
materia de igualdad de géneros, ya que en muchas sociedades las mujeres tradicionalmente han
sido las proveedoras de los bienes y servicios no transables.)
•
En base a los hallazgos de la psicología hedónica, la economía, otras ciencias sociales
y el público en general necesitan reconsiderar qué es lo que contribuye al bienestar. La cultura
del consumismo incluye creencias tales como "más es mejor", "la felicidad puede comprarse",
etc. Existe suficiente evidencia que prueba que estas creencias son falsas, pero las mismas son
alentadas activamente por muchas empresas que perciben que la cultura consumista beneficiará
sus intereses.
Los sistemas socio-económicos mundiales probablemente se encuentren al borde de otro
período de transición –uno que posiblemente ocurra con mayor rapidez que la Revolución
Industrial original– y la humanidad encara una vez más importantes opciones. Una opción tiene
que ver con la cuestión que los economistas clásicos denominaban “la división del producto de
la sociedad”. Esta era la opción entre la alternativa 1 y la 2, tal como se describió
anteriormente. Ese par de opciones planteó la siguiente cuestión: a medida que las economías
se vuelven cada vez más capaces de producir una cantidad de producción que está cada vez más
por encima del mínimo indispensable para subsistir, ¿ese "extra" irá principalmente a las elites
(los dueños de los recursos de capital) o se distribuirá más ampliamente entre los trabajadores?
Esta cuestión se vuelve incluso más perentoria si el "extra" comienza a mermar, tal como
podría suceder a consecuencia de los crecientes costos energéticos. La distribución desigual de
una torta cada vez más grande puede no ser demasiado grave, pero si la torta se achica, el
destino de aquellos que reciben una menor tajada de la torta puede ciertamente volverse
bastante nefasto.
Hace catorce años escribí un articulo en el que describía el “escenario de pesadilla":
… en el cual no se produce una redistribución; el colapso ecológico castiga más rápido y
duramente al pobre, provocando el hambre y la enfermedad en el Tercer Mundo a una escala
que supera todo lo experimentado hasta hoy por nuestra especie; y los países ricos aprenden lo
suficiente de ello como para modificar sus acciones, no ayudando al pobre sino reduciendo su
propio rendimiento (Goodwin, 1994).
Lo que no incluí en este escenario de pesadilla fue el aspecto de “comunidad encerrada” que ya
está surgiendo dentro de los países y en sus fronteras, a medida que los individuos, las
comunidades y las naciones consciente o inconscientemente sientan las bases para el uso de la
violencia por parte de los ricos para repeler un posible violento flujo de quienes están
desesperados. Anteriormente mencionamos a la igualdad como un requisito para la resiliencia.
Esto es aplicable a nivel global como también local. Las naciones y los individuos ricos del
mundo enfrentan una dura elección: brindar la asistencia necesaria para aumentar la resiliencia
entre los pobres o dejarlos morir o dispararles cuando llegan a sus portones de acceso. Si la
moral no fuese suficiente para que la elección resulte obvia, también cabe considerar cuán
desagradable sería, incluso para los ricos, vivir en un mundo así.
4
[1] Esta no fue una única decisión; emergió en el transcurso de varios siglos. Por ejemplo, el desenlace en los
Estados Unidos todavía resultaba dudoso en la primera parte del siglo XX, cuando (antes de la Gran Depresión)
los sindicatos aún discutían tanto acerca del descanso como del ingreso. Los países latinoamericanos se han
inclinado por la alternativa 1. Europa Occidental ha demostrado una mayor preferencia por la alternativa 3 que los
Estados Unidos; Francia es la que ha llegado más lejos en los intentos por institucionalizar la alternativa 3
mediante legislación.
[2] Desde ya, los gobiernos, como usuarios finales de muchos productos, también pueden ser “consumidores”. Los
productores modernos son cada vez más eficientes en sus prácticas de lobby con respecto a las agencias
gubernamentales, lo que equivale a la publicidad dirigida a los consumidores.
[3] Parece altamente probable que en cualquier escenario de mitigación los costos de la energía aumenten, por lo
menos durante algunas décadas. El costo de los materiales también podría aumentar porque es probable que los
mayores costos energéticos encarezcan significativamente el costo de extracción de las materias primas o de
reciclado de los materiales usados. Sin embargo, ha persistido una tendencia descendente en los costos de las
materias primas y de muchos productos materiales durante la mayor parte de los últimos 50 años y muchos
observadores estiman que esta tendencia ha de continuar.
Si usted desea ofrecer comentarios o sugerencias sobre este artículo lo invitamos a hacerlo en nuestro blog
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al autor y se indique que fue publicado en Opinión Sur.
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