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Ya no tenía duda, estaba dolido conmigo, pero jamás me lo diría

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Ya no tenía duda, estaba dolido conmigo, pero jamás me lo diría
Ya no tenía duda, estaba dolido conmigo, pero jamás me lo diría, repetíamos las bromas de siempre, me hablaban de los niños y del trabajo y me preguntaban por el mío y Félix se me quedaba mirando como si no me oyera, como
si buscara en mis ojos, en mi cara cansada, en los gestos nerviosos de mis manos, la respuesta a una interrogación que
no era formulada con palabras y que las mías no iban a explicarle, y entonces me puse íntimamente en guardia y empecé a verme a través de sus ojos. En eso tampoco tengo remedio, puedo ser un extraño para mí mismo y observarme sin
embargo desde el punto de vista de otro, no ya alguien que me conozca tanto como Félix, sino cualquier desconocido, y
automáticamente tiendo a suponer que su dictamen será implacable y a darle la razón. Noté de repente que mis manos
se movían con desasosiego y rapidez, que no sostenía mucho rato las miradas de ellos, que encendía un cigarrillo a los
pocos minutos de apagar otro y se me acababa en seguida la cerveza del vaso, pero la atención de Félix no era reprobadora, sólo continua y minuciosa, como todos sus actos, como la manera que tiene de cortar el queso o de escribir los títulos de las piezas y los nombres de los músicos en las cintas que graba, lo veo hacer algo y me acuerdo de cuando estábamos en un pupitre de la escuela y escribía en su cuaderno rayado pasándose por los labios la punta de la lengua, una
concentración absoluta y tranquila. Así es como se ha edificado la vida, sin variar nunca desde que lo conozco, pero
también sin obstinarse en la rigidez de un propósito con esa voluntad que se alimenta de rencor y que tan justificadamente pudieron haberle inoculado las penurias de su infancia, su padre inmóvil en la cama por una parálisis irreversible,
su madre fregando suelos y vistiéndolos a él y a sus hermanos en el ropero de Auxilio Social, de nada de eso habla, contra nada lo he visto nunca rebelarse, ni siquiera en los tiempos en que casi todos nosotros nos complacíamos en aspavientos de rebelión, pero tampoco ha claudicado ni se ha sometido, es el mismo de hace veinticinco años y del verano
pasado, y ella, cuando la veo junto a él, me da la misma impresión de serenidad y permanencia, como si hubieran nacido así los dos y se hubieran limitado a seguir una especie de instinto que los protegía y los mejoraba. No se han gastado,
como tú y yo, en años de extravío ni en amores estériles, no parecen haber conocido la desesperación ni la discordia, viven juntos y tienen hijos y los cuidan y van a trabajar y ven películas en la televisión después de haberlos acostado y seguramente luego se desean y se entregan, los he visto mirarse y me he fijado en cómo se rozan por casualidad y se sonríen, no con esa felicidad idiota a lo Doris Day de los recién casados permanentes que se exhiben delante de los matrimonios amigos y acaban llamándose mamá y papá, los oigo y vomito, te lo juro, sino con pudor y experiencia, como
quien lleva toda su vida haciendo algo y lo hace muy bien, como un hombre y una mujer habituados a un vínculo que ha
probado su eficacia a lo largo del tiempo. Tú y yo tenemos miedo, no hemos pasado juntos ni diez noches todavía, tenemos miedo de lo que el tiempo vaya a hacer con nosotros y cada hora nos parece un regalo del azar, no hemos poseído nada que no fuese frágil o que sintiéramos indudablemente nuestro, pero ellos no, yo creo que carecen del sentido de
la incertidumbre como carecemos nosotros de cualquier idea de perduración. Se mudaron el año pasado a este piso de
ahora, porque el anterior, con los niños, se les había quedado muy pequeño, han firmado una hipoteca y han comprado
muebles nuevos a plazos y no se sienten agobiados ni atrapados, Félix me lo enseñó mientras Lola hacía la comida, y yo
pensaba en mi casa, en los apartamentos donde he vivido a salto de mata en los últimos diez años, sin más pertenencias
que un radiocassette, unos cuantos libros y cintas, una maleta que me prestó alguien para una mudanza y no le devolví y
una bolsa de viaje, lugares tan refractarios a cualquier presencia como habitaciones de hotel, sin cuadros en las paredes
ni fotografías enmarcadas en los aparadores, sin una tarjeta con mi nombre bajo la mirilla de la puerta, edificios enteros
habitados por gente que vive sola, por parejas con un perro, como máximo, tabiques delgados tras los que se oyen los
ruidos de alguien pero que lo confinan a uno en una distancia de monasterio tibetano, se muere uno de un colapso cardíaco mirando la televisión y tardan más tiempo en hallar su cadáver que si se hubiera perdido en el desierto de Australia.
El jinete polaco 1991. Antonio Muñoz Molina
ASUNTO y TEMA
Un protagonista, narrador en 1ª persona, comenta a su pareja la diferencia entre la vida de su amigo de infancia
Félix y la suya propia. Desde ese punto de vista, dado que uno “ha edificado la vida, sin variar nunca”, y quien narra dice a su pareja que “no hemos poseído nada que no fuese frágil”, el tema pasa por la tristeza de haber equivocado la vida
al preferir el nomadismo al sedentarismo. Esto es capaz de verlo gracias a su capacidad para –extrañado de sí- verse
como le ven los demás. Y es que su vida se caracteriza por el miedo, mientras que su amigo vive su vida en pareja con
idea de perduración.
¿Quién ha elegido mejor destino? La cuestión no es baladí. En una página el autor nos desvela dos formas de vivir antagónicas pareciendo decantarse por el encanto de la conformidad frente al placer del movimiento perpetuo. El
protagonista de una novela será preferentemente el segundo, pero el protagonista de una vida tendrá su referente en el
primero.
ANÁLISIS DEL CONTENIDO
De forma misteriosa, no explícita, refiere que el amigo busca en él “respuesta a una interrogación”. ¿Podemos
lucubrar cuál fuera? Evidentemente sí, gracias al devenir del relato. Este pasa a establecer un contraste radical entre dos
formas de entender la vida; por ello bien podemos colegir que Félix pregunta a nuestro narrador ¿por qué vives como un
disidente? Yo, que tuve una infancia difícil, tendría más motivos para ser bohemio y rebelde. ¿Qué sentido tiene una vida de huidas como la tuya? Si vida significa sometimiento a unas “reglas”, llámalo cultura o instinto, has extraviado tu
destino. Somos amigos desde la infancia, podemos hablarnos, pero no sé si podemos comprendernos, o si cuando me
ves me recriminas mis pertenencias e incluso mi fe en la descendencia. ¿Por qué no labras un futuro en la estabilidad
del presente? ¿No ves -sigue recriminando Félix- que buscas unja muerte tan incierta que nadie se enterará de que has
muerto?
Así pues, gracias a la capacidad de extrañamiento del protagonista, su narración va dando respuesta a unas preguntas que no se formulan. Dos modos de entender el amor: uno el amor estéril por pasajero y azaroso, y otro el amor
adulto porque crece y no se queda en perennes recién casados. La habilidad del protagonista de dar la razón al otro hace
que su forma errabunda de vida salga malparada de la comparación que se establece.
Es en todo el párrafo extremadamente eficaz la evocación de la memoria. Y con ello aludimos a los pequeños detalles que se evocan, sean del pasado escolar o del pasado más reciente. Esos pormenores confieren realismo a lo narrado, y con el realismo la verosimilitud exigible al género novelístico. Por ello, cuando aparece la hipérbole que finaliza
el párrafo haciendo alusión al desierto de Australia, la reputamos por real y cercana. La vida “a salto de mata” tiene el
inconveniente de que la muerte se vuelva más sinsentido, absurda e inexplicable. Ahí culmina esa reprobación inicial de
Félix, esa pregunta que podría formularse ¿sabes cómo me voy a enterar de tu muerte?
ESTRUCTURA
La frase «tú y yo tenemos miedo» marca un paralelo hemisférico, ecuatorial, en el discurso del párrafo. No sabemos quién es el tú, lo imaginamos femenino porque pueda hacer mejor correlato con Lola, pero ni tenemos certeza ni
sabemos en qué medio se dirige a ese “tú” desconocido: ¿es carta, es contado en vivo…? Pero lo importante es que
mientras lo anterior relata la forma de vida de Félix y de Lola, lo siguiente se centra ante todo en la vida del protagonista. La estructura es bimembre de forma temporal y de conducta antagónica. La cara y cruz de una misma moneda que es
la forma de vivir. Así frente al miedo se ha relatado la seguridad, porque el miedo viene instigado por el futuro azaroso
e incierto. Como ya se ha indicado, la vida bohemia frente a la vida burguesa se valoran en detrimento de la primera. Es
importante en esa comparación la igualdad en el punto de partida, y efectivamente para que el contraste sea eficaz se
nos hace saber que han partido del mismo colegio y han seguido caminos divergentes desde ese manantial común. Ese
es el preliminar del relato que se desarrolla a lo largo de todo un párrafo hasta llegar a una frase que sirve de desenlace
y apunta al modo en que haya de morir esa cara de Jano bifronte.
TEXTO y ÉPOCA
Una característica primera de este texto nos lleva a ver que el tiempo ha dejado de ser disolución y exterminio
para convertirse en contemplación, recuerdo y consciencia del pasado. Toda la experiencia del protagonista está presente a la hora de interpretar un momento concreto, una visita a un amigo, de su vida. De hecho, el futuro descubre el movimiento que se genera en el pasado y se proyecta desde el presente. Que la memoria sea “afectiva” nos lleva a considerar el párrafo deudor de M. Proust: Los fragmentos del pasado iluminan los episodios del presente. Nada así había en la
novela realista decimonónica y esta es evidencia de la datación del texto en el novecento.
Ahora bien, para ello era precisa la aparición del autobiografismo para dar al personaje narrador la interpretación
de su historia. Tan sólo él puede establecer la relación entre la forma en que su amigo “escribía en su cuaderno rayado”
con la forma de vida arraigada que ha edificado después. Y tan sólo él puede determinar cuáles son sus miedos al trasladar su presente actual al futuro incierto que presagia.
De otra parte el desdoblamiento interior «observarme desde el punto de vista del otro», consiente el enfoque narrativo múltiple que caracteriza la novela del siglo XX. El autor narrador del XIX gana en perspectivas “cubistas” al interpretar la realidad por diferentes visiones de los personajes. Si además, y como en este caso, esas visiones son contradictorias la globalidad corresponde convenirla al lector atento, al que se le ofreció reconstruida.
Concepción del tiempo y forma de narrar son pues los elementos que permiten afirmar la modernidad del texto.
Una y otra características tejen un relato donde lo psicológico desplaza a la acción como elemento secundario de la trama. El párrafo constituye una totalidad que se descompone en detalles que la ilustran. Tanto una como los otros giran
alrededor de una preocupación individual y existencial. La libertad ha generado en dos destinos humanos dos vidas diferentes, divergentes y tan cuestionables una como otra. En todo caso una ha elegido la ruta marcada por los hábitos
culturales establecidos, otra ha apostado por la aventura y la espontaneidad. Desde luego es esta la que se hace digna de
ser narrada por el novelista. Los existencialistas creen que, cuando la sociedad impone sus valores, se destruye el individualismo. Pero ¿es lo más conveniente para la realización personal? La respuesta queda abierta al lector. Lo que parece imposible es decantarse por ambas y de esa imposibilidad nace aquí la angustia vital, que se vuelve evidente al constatar que el hombre es un «ser para la muerte».
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